Los celos, turbación de nuestra alma que cobra agudísima conciencia de su soledad irremediable. Pasión que no mueve a piedad por ser acaso la más individual y exclusiva y que a los más lamentables extravíos conduce. Así define Julio Torri a los celos en su hermoso cuento “El celoso”. La trama a grandes rasgos: un hombre mata a su esposa, celándola. La tiene recluida, no quiere que nadie la toque, que nadie la vea ni sepa de su existencia. Vaya, ni el doctor −cuando cae enferma− accede a ella. Una vez que la mujer está en la tumba, el sujeto se oculta diario en el cementerio esperando que llegue otro hombre a colocar un ramo de flores en la tumba. Esto último es de mi cosecha, pero ayuda a entender el relato.
“Exponiendo infieles” es un contenido del canal de Youtube Badabun que ya suma más de cincuenta episodios, y cada video tiene un número violento de visitas. Yo no sabía nada al respecto. Había visto un par de memes y me daba una idea de qué se trataba. Incluso, sentado en un food court de centro comercial escuché que una persona, bromeando, se acercó con sus compañeros de trabajo preguntándoles: ¿amigos, son pareja? Para escribir este texto me di un clavado en un buen número de capítulos. Es adictiva esa cochinada.
Bajo la premisa de que hay que premiar a la gente fiel, una mujer se pasea acompañada por un par de camarógrafos en las calles de Tijuana. Les cae por sorpresa a las parejitas y les propone revisar sus celulares a cambio de un par de tristes billetes. Whatsapp, el chat de Facebook, Instagram, las fotos archivadas. Los novios, evidentemente nerviosos, acceden. Y entonces acontece el show de la infidelidad. Todos tienen cola que les pisen. La vida electrónica de los habitantes de este joven siglo solapa plenamente la infidelidad. Las apps por sí mismas cuentan con opciones que facilitan el engaño. Y sin embargo todas las parejitas de “Exponiendo infieles”, caen, se vuelven el villano en su rincón y debajo de la candileja.
Hay una cantidad alarmante de violencia física en las reacciones de las parejas. Las cachetadas son inmediata moneda de cambio. Como si fuera un acto de lo más normal agredir a tu pareja. Jalones, golpes directos, zapatos que vuelan, un hombre amenaza a la producción con un palo de billar, una chavita que minutos antes abrazaba a su novio guitarrista estrella el instrumento en el piso. Cuando se entera de que su novia se acuesta con su prima, una chica le quita los lentes y los pisotea en el suelo. Y ahora cómo voy a ver, dice la otra. La Chica Badabun encuentra nudes en el celular de un jovenazo y sardónicamente le pregunta a la novia: ¿amiga, esta es tu vagina?
Packs, fotos de penes, el emoji de corazón en todas sus modalidades de color. ¿Por qué le andas mandando un emoji de fuego a mi prima? Imposible no soltar una incómoda carcajada. Dejó ir este monumento de mujer por una bola de suripantas.
Los videos tienen un subtítulo que recuerda a las primeras planas albureras de la nota roja o a los nombres de los pasquines colorados tipo Sensacional de Barrios. “El tamaño sí importó”, “Los 4 eran felices y no lo sabían”, etcétera. Esto lo menciono porque de alguna manera construye una educación sentimental que no tiene nada de nueva en la cultura mexicana. Nos da sorna que la vecina tenga sexo con el de la carnicería. Cálmate, estás haciendo el ridículo, cálmate, dice el cornudo. Después de la bronca, uno de los integrantes se aleja gritando peladeces hasta salir de cuadro, el otro se queda ahí. Su presente emocional ha sido pisoteado a cambio de un billete que regularmente termina en el suelo o en las manos de la presentadora Lizbeth Rodríguez.
Ella es tema aparte. No me es simpática ni me parece carismática, como tanto acota la prensa. Sí, hay notas periodísticas acerca de cada capítulo de “Exponiendo infieles”. Ella adopta una postura chocante y se pone a sí misma como una suerte de justiciera emocional, sus conclusiones de cada caso –a là He-man- dejan claro que no posee la estatura ética requerida para un trabajo de esta índole.
No hay estratos sociales ni rango de edad en la selección de infieles. Populosa raza de Madames Bovarys. Queda clara una cosa: la oferta emocional en nuestro país en este momento de la historia humana es paupérrima. Queda clara otra cosa: los límites de la fidelidad en la era digital no están definidos y no pareciera que las parejas estén muy preocupadas por delimitarlos. El nivel de infidelidad permitida está de la fregada. Cuántas veces no mira uno de reojo el teléfono del pasajero de al lado en el transporte público y lee la cursi correspondencia amorosa que nuestro vecino bigotón tiene con “Juan Plomero” o “Esteban chamba” Otra cosa queda también clara: la estética del morbo nos encanta. Y mientras más chicharronera luzca, mejor.
Debido a una desquiciante maldición, la bestia humana del siglo que corre tiene una obsesión enfermiza por encontrar el amor. Esperamos que se abra el elevador y ahí, mágicamente, esté la persona que nos llenará el alma. Y la buscamos y la buscamos, mal influenciados por seriales gringoides, comerciales de yogurt y películas basadas en la Ilíada que estúpidamente terminan con un beso que involucra a Brad Pitt. ¡Caramba!, habiendo tantos componentes humanos adormecidos adentro de uno. La decencia, la sensatez, la bravura, etcétera. La búsqueda del amor está sobrevaluada. ¿Quién sale de su casa por las mañanas anhelando mantener su honor sin mácula? Dicen que Kavafis le rezaba diario a Dios, suplicándole claridad literaria. Bueno. “Exponiendo Infieles”, además de destrozar las relaciones de sus víctimas, los deja sin decencia, sin sensatez, sin bravura, etcétera. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que todo el show sea una farsa escrita por una especie de Balzac moderno y medio degenerado.
El azar que me dio a la amada es capaz de arrebatármela, escribió Torri, la mujer que esclarece y dora mi gris existir ¿me estaba predestinada? O pudo ser de otro. Me encanta que la palabra infidelidad en inglés sea “unfaithful”. Es decir: perderle fe a alguien. Cuando alguien nos traiciona dejamos de creer en ellos. No perdamos la fe, amigos. Esa tumba que el personaje de “El Celoso” visita diario a escondidas, hoy en día la lleva nuestra pareja en el bolsillo. Y vibra y se ilumina.
Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso es una antología de veintiún relatos breves que, en el marco de lo cotidiano, revelan el sentir y pensar de la modernidad, muchas veces ocultos bajo las normas sociales. En el cuento que da título al libro, un rancho y un festejo de quince años se vuelven el escenario en que el recuerdo revela, a través de un oso y de un hombre, la humanidad que se encuentra más allá de las convenciones.
La gente lleva el destino grabado en el nombre. Es el caso de mi mamá, a quien Soledad le queda como anillo al dedo, y es también el del tío Valente, mi tío Valente. Si yo lo extraño, estoy segura de que a ella le hace mucha más falta, pero no me he atrevido a preguntar, y eso que el rancho ya tiene un buen rato soportando el vacío que dejó.
Él no es mi tío; no era. No sé si es o era; no sé si habrá llegado bien. Así ocurre en la frontera, incertidumbre pura, porque pareciera que cruzarla es entrar a otra dimensión. Nunca hemos tenido noticia de las personas que se regresan ni de los que se ha llevado la migra. No quiero pensar en eso. Quiero imaginar que finalmente cumplió su sueño de volver a Aguililla, estar ahí para la boda de su hija y poner su negocio de carnitas en la carretera, porque para eso vivió tantos años aquí, lejos de su gente, trabajando más horas de las que tiene el día y ahorrando cada centavo que ganaba. Yo creo que también anhelaba regresar con su esposa; nunca me tragué eso de que fuera viudo, sin embargo entiendo que mi mamá haya preferido pensar que sí. Si no hubiera tenido mujer, digo yo, le habría mandado el dinero a sus hijas para quedarse de este lado con mi mamá, pero las cosas no fueron así. El caso es que Valente no era mi tío, ni siquiera compartíamos sangre, sino que recibí la instrucción de llamarlo de esa manera el día que le dije “papá” y él mismo me aclaró que tenía dos hijas y yo no era una de ellas.
Él llegó al rancho tiempo antes que nosotras. No sé cuánto porque a Valente no se le preguntaban cosas, se le observaba y se le escuchaba; no se le pedían explicaciones pues era como topar con pared: él hablaba cuando así lo dictaba su voluntad y al único al que le respondía era al patrón. Entre semana yo nunca lo veía: se levantaba antes del amanecer y trabajaba hasta bien entrada la noche. Alguna vez, entre sueños, alcancé a percibir que su sombra se colaba para compartir el lecho con mi mamá, pero tampoco me consta. Nunca lo vi acostado; por lo que sé, bien pudo haber dormido parado o colgado del techo. Quién sabe. Yo convivía con él los domingos, cuando se sentaba en el porchecito de la casa de servicio y se dedicaba a la contemplación. Observaba todo como si lo estuviera descubriendo por primera vez, escondido tras su sombrero y su pipa, entre la espesa mata de sus cejas pobladas y su barba negra y tupida. Me sentaba cerca de él y esperaba a que soltara entre dientes alguna historia, como si contarla le ayudara a mantener vivo el recuerdo. Así me enteré de la existencia de Socorro y Dolores, sus hijas, que tenían un par de años más que yo y vivían, decía él, con una tía. A mí más bien se me hace que Valente trataba de “tíos” y “tías” a todas las relaciones que no podía —o no quería— explicar.
Esos domingos llegaban anunciados por el aroma a tabaco de la pipa de cedro que él mismo había hecho. Hacía de todo: abría ostras con más destreza que una nutria, se encargaba de la instalación eléctrica y de las tuberías, usaba la escopeta y el tractor, araba, cosechaba las hortalizas y cocinaba riquísimo. Aunque todos en el rancho envidiaban su habilidad, a Valente le pesaba no poder enviarle cartas a sus hijas porque no sabía leer ni escribir. La única vez que me pidió ayuda, le pregunté por qué no las había traído a vivir en Oregon, pero, inexpresivo y silencioso como era, rompió la hoja y me regaló la pluma. Me quedé fría, avergonzada por no haber sabido ser su confidente y triste porque entendí que no volvería a pedírmelo.
Extraño pasar mis días tratando de descifrarlo. Valente era como un baúl lleno: aunque yo no tenía la llave, a veces alcanzaba a distinguir algunos detalles si me asomaba muy de cerca. Siempre supe, por ejemplo, que era capaz de matar sin que le temblara el pulso, sin embargo nunca imaginé que lo vería llorar. Mucho menos pensé que todo fuera a suceder el mismo día.
Fue en mi fiesta de quince años. Vinieron muchos paisanos de las rancherías cercanas, más animados por la pachanga que por celebrarme, pero eso no era importante. Hubo todo lo que extrañamos aquí en el otro lado: tamalitos, taquitos dorados, carnitas, agua de jamaica e incluso una piñata. Todo iba muy bien, hasta que de la montaña bajó un oso negro a sembrar el terror. Ninguno de nosotros había visto uno en vivo; no conocíamos ese tamaño de animal ni de garras ni de colmillos. No faltó quien tratara de asustarlo, pero lo único que se logró fue que, si antes había un oso curioso en el rancho, ahora tuviéramos uno en pleno ataque de furia. Algunos regresaron corriendo a sus casas, otros se escondieron bajo las mesas y unos más se metieron a nuestros cuartos dejándonos afuera.
Valente salió del cobertizo caminando, se dirigió directamente a él como si se tratara de un viejo conocido y ambos se miraron cara a cara. Parecían vaqueros a punto de retarse a duelo. El animal no tenía intención de calmarse, así que, cuando se apoyó en las patas traseras y lanzó un rugido que nos dejó fríos, mi tío le acomodó un tiro de escopeta justo entre las costillas. Aquél cayó de golpe rendido a sus pies.
Mientras los demás celebraban el regreso de la calma, Valente sostenía entre sus manos la cabeza de su rival. Le pidió a otros trabajadores que le ayudaran a cargarlo y lo llevaron a la parte de atrás del cobertizo, donde empezó a destazarlo. Atraída por el morbo y horrorizada por la cantidad de sangre que casi había formado un estanque bajo sus pies, me acerqué. Lo escuché llorar por primera y única vez. Al saberse acompañado, ni siquiera volteó a verme cuando justificó sus lágrimas:
—Es un animal hermoso y no voy a dejar que se pudra sólo para que se lo coman los zopilotes.
No dije nada, ni a él ni a nadie. Durante varias semanas comimos las mejores carnitas y el mejor chicharrón que preparó en todos sus años en el rancho. Cuando el patrón le preguntó de dónde había salido todo eso, Valente dijo que le habían regalado unos puercos y los había cocinado todos juntos para mi festejo: por fin compartíamos un secreto. Me gusta recordar que me guiñó un ojo, aunque no haya sido así. Logré abrir una rendijita del baúl del más valiente de mis tíos y por eso el chicharrón de oso me supo a puritita gloria.
La serie de Amazon prime The Romanoffs retrata en ocho episodios las vidas de aquellos que dicen ser descendientes de la familia real rusa. En su reseña, Imanol Martínez explora la estructura mediante la cual Matthew Weiner narró, semana tras semana, la historia de sus protagonistas.
Una suerte de fantasma que ocurría cada domingo a lo largo de tres meses. En esos términos explicaba Matthew Weiner a Mad Men, la serie que creó para AMC en un tiempo en que las teleseries se emitían, por lo general, en la televisión. A pesar de que su nueva serie –The Romanoffs– esté disponible en Amazon Prime Video, Weiner se resistió a un abordaje que privilegiara el maratón de temporada, como es común en las plataformas de streaming; apostó por persistir en la emisión semanal para que entre cada episodio existiese una pausa narrativa durante la cual desentrañar la densidad de cada historia, para que la audiencia se familiarizara con los fantasmas.
La comparación es tan conocida como necesaria: gracias a su tradicional emisión por entregas, las teleseries pueden ser leídas como novelas. Los dispositivos de fragmentación en ellas operan con miras a renovar el interés de las audiencias semana a semana, episodio a episodio, y tiene en el cliffhanger su recurso más recurrente. Las series antológicas, de AlfredHitchcock Presents a Black Mirror, no funcionan como novelas, sino como libros de cuentos compuestos por unidades independientes vinculadas por un tema. Con esa estructura se edifica The Romanoffs: historias relacionadas entre sí por los protagonistas que son –o, sobre todo, dicen ser– descendientes de la dinastía asesinada a tiros por los bolcheviques una noche de julio de 1918.
Como si de un libro de cuentos se tratara, esta serie antológica está poblada por guiños que entrelazan las historias. El más significativo lo constituye un libro sobre la familia imperial. El autor, Daniel Reese (John Slaterry), aparece brevemente en el crucero que aborda la protagonista de “The Royal We”, y un par de episodios después Reese protagoniza otra historia, en la que menciona que el libro será adaptado a una miniserie. Y aunque la mención podría quedar apenas como apunte autorreferencial –una serie sobre la dinastía rusa dentro de una serie sobre sus descendientes–, en el episodio “House of Special Purpose” la filmación de dicha miniserie es el escenario de un thriller psicológico en clave. Para dar cierre al universo narrativo, en el último episodio el guionista responsable de la adaptación del libro a miniserie aborda un tren de vuelta a casa y ahí escucha la historia que le cuenta su compañera de asiento; el episodio opera una narración tipo matrioshka que finalmente revela la venganza de la que el guionista es víctima mientras escucha la historia de otro descendiente.
***
Enrique Vila-Matas sostiene que si Mad men hubiese sido una novela monumental “se habría podido decir de ella que estaba compuesta por unidades de cuentos, por fragmentos que a su vez estaban formados por instantes intensos”, y que en ella, atendiendo al dictado de las Tesis sobre el cuento de Ricardo Piglia, la trama secreta estaba protagonizada por Peggy cantando siempre al fondo. Entre los intersticios de la caída de Don, se hallaba el ascenso fragmentario de Peggy. Y aun en esos fragmentos que componían el libro de cuentos novelado, operaban también dos historias (como en la tesis de Piglia): la visible ocultando a la secreta, cifradas herméticamente una dentro de la otra.
Weiner, quien suele tener en el cuento a su género favorito, y sus piedras de toque en autores como John Cheever o libros como la novela-en-cuentos Winesburg, Ohio (1919) de Sherwood Anderson, sabe que la historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión. Por eso, a pesar de apostar por un formato de unidades separadas que rebasaban la hora, en The Romanoffs, sin trama que tejer acumulativamente, la apuesta narrativa se diluye y sus unidades independientes pueden llegar a interesar o aburrir en las mismas proporciones. El libro de cuentos novelado que fue Mad Men muestra las costuras en un formato más tradicional en la literatura y extraño a la televisión: el de libro de cuentos o antología, llegando a hacer que muchos abandonaran el interés en la aparición fantasmal en la tercera o cuarta semana. No bastó con hacer uso de la elipsis y el fragmento para conservar la atención de los usuarios. Como escribió Natalia Marcos, el gran problema de The Romanoffs fue que recién terminada, había caído en el más terrible de los olvidos.
Las series, como dice Carlos A. Scolari, tienen en los títulos de crédito su paratexto: son, a lo Genet, el vestíbulo o puerta de entrada del texto, y en ellos se describe el mundo en que se desarrollarán las historias. Como todo libro de cuentos, The Romanoffs tiene en sus títulos un paratexto en clave simbólica: el asesinato de la familia, fotografías como falso archivo de los personajes, un hilo de sangre y una mujer huyendo; imágenes que van acompañadas por la voz de Tom Petty cantando que en realidad no hay que vivir como un refugiado, que el destinatario puede creer lo que quiera. La clave en la puerta de entrada esconde esa impostura sobre la que se sostienen sus episodios o cuentos, donde Petty parece hablar sobre la ambigüedad de que alguien sea realmente quien dice ser; y es que al final poco importa si los protagonistas son descendientes o no de la dinastía rusa, y tan solo se trata, como dice uno de los personajes ironizando, de lo que la televisión necesita: otro programa de época con maniquíes bien vestidos.
En el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se realizaron diversas actividades con los autores jóvenes del Fondo Editorial de Tierra Adentro, desde talleres y presentaciones hasta lecturas y las entregas del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino y el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez. A continuación, una pequeña galería con algunos de los eventos:
Lectura con Néstor Pinacho, ganador del Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2018, Adrián Chávez Medina, que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2018, Gerardo Lima, Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2018 y Valeria Loera, mención honorífica en el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2018.
Valeria Loera, Adrián Chávez Medina y Gerardo Lima Morales
Valeria Loera y Adrián Chávez Medina
Valeria Loera, Adrián Chávez Medina y Gerardo Lima Morales
Néstor Pinacho
Talleres impartidos por autores del Fondo Editorial de Tierra Adentro.
Taller de Libros Artesanales. El libro: otras materialidades.
Taller de Libros Artesanales. El libro: otras materialidades.
Taller de Poesía y Música. Antonio Rodríguez, Frino
Taller de Poesía y Música. Antonio Rodríguez, Frino
Taller de autopublicación. Materia Prima. Proyecto de Libro Ilustrado. Abril Castillo
Taller de autopublicación. Materia Prima. Proyecto de Libro Ilustrado. Abril Castillo
Taller de autopublicación. Materia Prima. Proyecto de Libro
Taller de Libros Artesanales. El libro: otras materialidades. Emiliano Álvarez y Anaïs Abreu D’Argence
Pablo Piceno, ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2018
Pablo Piceno
Entrega de reconocimiento
Ceremonia de premiación
Ceremonia de premiación
Presentación de la revista Tierra Adentro, dedicada a Portugal, país invitado de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018
Margarida Vale de Gato
Jorge Vázquez, Margarida Vale de Gato y Mijail Lamas
Margarida Vale de Gato
Jorge Vázquez, Paola Velasco y Margarida Vale de Gato
En el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara platicamos con Aldo Rosales Velázquez, autor de Linde Faz, libro con el que ganó el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2018.
El momento en que tomó el maletín para marcharse al trabajo coincidió con la llamada. Se acercó al teléfono, volvió a mirar el reloj en la pared: eran las ocho con cincuenta. Jamás recibía llamadas por la mañana; supuso que sería una equivocación o una emergencia. Dudó, pero levantó el auricular:
—Qué bueno que te encuentro —la voz de la mujer le era conocida, estaba seguro, aunque no pudo ubicarla.
—¿Quién habla?
—Soy Marisa, quería avisarte que vendí el departamento.
—Por favor dame un segundo.
Sabía que iba a tomarle algo de tiempo. Acercó una silla y dejó el maletín en el suelo. Antes de volver a la línea se aflojó un poco la corbata.
—¿Que hiciste qué?
—Quiero irme de viaje un tiempo, vendí el departamento.
La noticia lo tomó por sorpresa. Habían pasado dos o tres años desde la última vez que hablaron. “Quiero irme de aquí”, dijo Marisa aquella noche, justo cuando volvían a casa de una fiesta. No era la primera vez. Ocurrió con el veganismo, cierto día dijo: “Qué asco me da la carne” y acto seguido se deshizo de todo lo que había en el refrigerador; tiempo después le pareció que el budismo la llamaba y empezó a estudiar sus vidas pasadas con ayuda de un monje. “Quiero irme de aquí. Viajar, recorrer Europa como mochilera”, le dijo aquella noche. Así, sin más, como ahora. Él fingió entenderla, imaginando que, como en las ocasiones anteriores, aquello terminaría por aburrirla y volvería a casa en algunos días. No intentó detenerla, no preguntó qué pasaría después. Pero Marisa no volvió. Los abogados se encargaron del resto.
—¿A dónde te vas? —preguntó.
—No sé.
—¿Y por qué me llamas?
—Por el dinero. Dame tu número de cuenta para depositarte tu parte.
“Es un lugar hermoso, seguramente tendrán una buena vida aquí”, había dicho la vendedora. Él asintió y firmó los papeles. Marisa sonreía. La mujer les entregó las llaves y se fue. El camión de mudanza llegó esa misma tarde. Marisa supervisó obsesivamente dónde tenían que ir los sillones, dónde colgar el espejo comprado en el viaje de luna de miel a Los Cabos; eligió el color de las cortinas, los diseños, qué flores irían en el jarrón sobre la mesa. Siempre tomando en cuenta el feng-shui, su última afición. Aquella primera noche en el departamento hicieron el amor con las luces encendidas. Al terminar la vio cubrirse el pecho con la sábana, presionándola bajo los brazos, arrastrándola en tanto caminaba a la cocina. Le gustaba hacerlo así, como si estuvieran en una película. “¿Quieres algo?”. “Nada”, dijo él, todavía con la respiración agitada, inmóvil pero con la sensación de estar en una balsa mecida por la corriente. “Nada”, dijo, y era cierto.
—¿Sigues ahí?
—Aquí estoy. Espera, tengo que hacer algo.
Colocó el auricular sobre la mesa, caminó hasta el televisor —recorriendo con la vista los pocos muebles del lugar— y lo encendió.
—Ahora sí, ¿qué pasó?
—Dame tu número de cuenta, por favor, ¿te dejo mi número y me lo mandas en estos días?
—¿Por qué vendiste el departamento? —presionó el auricular con el hombro y comenzó a tronarse los dedos.
—Porque ya no quiero vivir aquí, ya te lo dije.
—¿A dónde irás?
—No sé, no importa mucho.
En la televisión un tipo vestido de traje hablaba sobre los exorbitantes gastos de un político. Alzó la vista hacia el reloj: otra vez llegaría tarde al trabajo.
—No te entiendo. No sé nada de ti en años y ahora me llamas porque te vas y me ofreces dinero.
—No te lo ofrezco, es tuyo, es la parte que te corresponde.
Se quedó callado un momento, luego preguntó:
—¿Se van los dos?
Después de algunos segundos, Marisa dijo:
—Nos divorciamos.
—Lo lamento.
—No importa.
—Aunque no importe lo lamento.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. Él trató de escuchar el noticiero.
—¿Cuándo fue?
Marisa suspiró. En el noticiero hacían bromas sobre el clima de la semana y las posibilidades de lluvia.
—Si tiene algo que ver con el departamento merezco saberlo.
—¿Por qué tendría que ver? ¿Siempre tienes que hacerlo todo tan difícil?
—No está de más saber, ¿por qué no quieres contarme?
Silencio.
—¿Marisa?
—A veces, aunque uno se esfuerce, las cosas no marchan. Y yo no marcho, no aquí. Por eso me voy. Es todo.
Recordaba el primer desacuerdo, o lo que él veía ahora como el primer desacuerdo. El día que llegaron a Los Cabos Marisa insistió en que dejaran el hotel y se hospedaran en una cabaña. “Será más romántico”, dijo. Jamás pudo recuperar el dinero de las reservaciones.
—Tú me conoces, a veces me canso —continuó ella—. ¿Recuerdas nuestro último año juntos?
—Sí.
—¿Recuerdas cómo peleábamos?
—Sí.
—¿Recuerdas los ataques de ansiedad? ¿Recuerdas cómo te dejé los brazos aquella vez que…
—Sí —la interrumpió, repitiendo la afirmación varias veces.
Dejó el teléfono sobre la mesa, caminó hasta el baño y se arregló la corbata y el cabello frente al espejo. Luego apagó el televisor y tomó el maletín. Marisa todavía estaba del otro lado de la línea.
—Que te vaya bien, Marisa —dijo, y colgó el teléfono.
Días después recibió un paquete en el correo, muy temprano. “Marisa Sánchez”, leyó. Firmó de recibido y lo dejó sobre la mesa. Era largo y delgado, pesaba. Caminó hasta la cocina por un poco de agua, luego regresó a la sala y se quedó mirándolo. No tenía intención de abrirlo, no iba a abrirlo, no le daría esa satisfacción.
Encendió el televisor: un maremoto había azotado las costas de Indonesia aquella madrugada y había cientos de muertos. Vio un montón de gaviotas sobrevolando cuerpos desconocidos, lejanos, anónimos rostros azules. Imaginó las advertencias, la población negándose a abandonar sus hogares; lo entendió perfectamente: la pequeña e insignificante naturaleza humana luchando contra esa otra mucho más real, implacable. “Lo han perdido todo”, pensó, y quiso llorar, pero las lágrimas no llegaron.
Alejandra Castro en la librería Educal del Centro Cultural Elena Garro. Foto: José A. Rogerio Giron
Brava y navaja, de Alejandra Castro (Ciudad de México, 1984), se compone por dos obras de teatro: BravaLey y Navaja Kawabata, cuyos temas son diametralmente opuestos. La primera se inscribe en la realidad del México rural contemporáneo, mientras que la segunda es un homenaje al escritor japonés Yasunari Kawabata sobre el teatro de marionetas.
A través de la truculenta historia de El Pollo, un tahúr de 70 años (que al final no se sabe si está vivo o muerto), BravaLey narra numerosos hechos que reflejan cómo se vive hoy en el campo mexicano. Ante los ojos del lector-espectador aparecen tanto las mujeres (como su madre y Jacinta, su mujer) como los hombres (don Villalba, su patrón), así como los gallos que tuvieron que ver en la desdichada vida de este campesino jornalero, gallero y experto en el manejo de la baraja española. Las espadas, los oros, los bastos y las copas se convierten en personajes, y al final se incluye un glosario de las cartas de la baraja, para usarse en escena durante la representación de la obra.
En contraste, Navaja Kawabata se adentra en la ancestral cultura japonesa, rica en significados sobre la vida, la naturaleza y la belleza. Esta obra fue escrita para representarse con marionetas de teatro japonés (banraku). A partir del encuentro de dos mujeres para un ritual de belleza, y mediante el diálogo entre ellas conocemos la insólita historia de un hombre y un brazo, lo que da pie a una profunda reflexión sobre la existencia humana, a partir de las sensaciones de los personajes.
Mientras que Navaja Kawabata ya fue llevada a escena con éxito (se estrenó en el Foro Shakespeare de la Ciudad de México, en marzo de 2016, con el patrocinio de la Fundación Japón en México), BravaLey aún espera tener la oportunidad de mostrarse ante el público. A continuación, una entrevista con la dramaturga egresada de la UNAM:
Alejandra Castro, ¿qué representa para ti la publicación de Brava y navaja en la colección del Fondo Editorial Tierra Adentro? Muchísimas cosas. En primer lugar, es un sueño hecho realidad. Pasé mi vida adolescente en el estado de Morelos y en ese entonces había una librería que estaba saliendo de la Casa de la Cultura de Morelos, donde se vendía la revista Tierra Adentro, entonces yo tomaba mis clases del taller de creación literaria que abarcaba poesía, narrativa y todo, y ahorraba para comprar mi revista.
¿Qué edad tenías? Yo empecé el taller de creación literaria del Centro Morelense de las Artes a los 14 años, ya desde antes supe que amaba escribir, entonces a los 14 conseguí que mi mamá me diera permiso de ignorar un poco la secundaria y la prepa, para ir hacia lo que realmente me apasionaba. Yo era de las que decía: “bueno, si un día publico en Tierra Adentro, voy a ser una persona seria y real”.
Sorprende que haya en tu libro dos temas tan aparentemente distantes. Me refiero a BravaLey, de tema mexicano, mientras que Navaja Kawabata, la escribes a partir del cuento “Un brazo” y otros textos del japonés Yasunari Kawabata. ¿Cuál es la idea de juntarlos ahora en Brava y navaja? Fue muy grueso porque yo estaba trabajando Navaja Kawabata en el taller de adaptación dramática de Silvia Peláez, cuando llegamos ella nos echó el torito, nos dijo: “los que nunca han hecho teatro, les pido que piensen en un poema o un cuento que se adapte muy fácilmente, y los que sí —que era mi caso—, algo que no se pueda adaptar”.
En ese momento me vino a la mente de golpe “Un brazo”, de Yasunari Kawabata, porque el personaje principal es un brazo, entonces pensaba: “cómo demonios pones eso escénicamente, y cómo le das ese nivel metafórico poético que tiene en narrativa, cómo lo llevas a escena”. Y yo estaba trabajando ese texto cuando alguien, un director me dice: “me están pidiendo trabajar algo con atmósferas rulfianas, con un lenguaje especial”, y ya sabían que yo hago mucho esto.
Lo curioso es que terminé escribiendo estos dos textos a la par; mientras presentaba avances de Navaja Kawabata los martes con Silvia Peláez, presentaba avances de BravaLey los viernes con el director que la iba a dirigir en ese momento, y terminé casi al mismo tiempo. Pensé: “tengo dos obras que no tienen absolutamente nada que ver, pero que son hermanitas en cierto sentido porque nacen al mismo tiempo”. Conseguí el montaje de Navaja Kawabata y cuando terminé dije: “bueno, qué se hace con el texto que ya se montó”. Es una vida hermosa, la escena es increíble, pero el texto es texto, el texto es literatura, ¿qué se hace con un texto que ya se montó para que siga teniendo su vida de texto? Lo que se podía hacer es publicarlo y recuerdo la existencia del Fondo Editorial Tierra Adentro, decidí mandarlas juntas pues nacieron al mismo tiempo, tienen una vida más o menos semejante y me gustan como un muestrario de amplitud de gama.
En ambas se pueden ver mucho los dos grandes intereses que tengo, y aparte dos líneas: una mexicana y la otra japonesa, son muy diferentes en su discurso dramático, en su manera de aproximación tanto a la parte literaria del teatro como a la parte escénica, entonces me gustó mucho contarlas, esto es la amplitud de lo que creo puedo mostrar y este libro lo considero como una carta de presentación.
Por cierto, a BravaLey le falta ser llevada a escena… La tengo pensado a una sola voz. Para mí siempre ha sido un solo personaje, pero no descarto que alguien la monte de manera diferente. El montaje que he planeado sería algo muy íntimo: la idea es que fuera una mesa para jugar cartas y que el público fuera los que nos cupieran en la mesa; que el actor estuviera interactuando lo más cercano posible.
¿No crees que sea mucho para un solo actor? Pueden manejarse muchísimos recursos. De todas formas, podría ser presentada como un monólogo. Sí se puede, si tú mantienes la tensión. En drama decimos que se tiene que mantener siempre acción a tres niveles: físico, emocional e intelectual. Si puedes variar esos tres entonces logras mantener la tensión por el tiempo suficiente. Puedo decirte que de la experiencia del montaje de Navaja Kawabata aprendí mucho de lo que no funcionaba. La obra tuvo recepciones padrísimas, había gente que la amaba con intensidad y que regresaba, aunque también hubo quienes decían que se habían aburrido. Soy de la idea de que el creador tiene que tener en primer lugar humildad para recibir críticas, para ver lo que no funciona.
Es buena señal que para la puesta de Navaja Kawabata te haya patrocinado la Fundación Japón en México. Sí, por eso pensé: “no estoy tan perdida en esto”. Me acerqué a la comunidad japonesa primero, como parte del trabajo de producción por medio de una artista plástica, Miho Hagino, quien nos hizo la escenografía. A ella le gustó mucho y nos acercó a su vez a la Fundación Japón, quien nos contactó con la embajada, y terminamos teniendo representantes de la embajada en el teatro.
¿Qué hace una mexicana escribiendo teatro japonés? Es curioso porque me acerco de la literatura al teatro, primero soy fanática de Kawabata y de otros autores japoneses, por lo cual me intereso en el teatro japonés y las formas de teatro, el bunraku y el nō. Escribí esta obra, la monté, tuve una serie de experiencias con ella y después me sumé al esfuerzo que están haciendo por traer teatro nō en español. Conozco más de teatro japonés ahorita que cuando escribí Navaja Kawabata y eso me da una perspectiva muy interesante de un tema que para mí fue central en Navaja, que eran las áreas vistas de lo intraducible, o sea, por qué me puede fascinar un autor tan lejano como Kawabata siendo que no hablaba en ese momento japonés. Ahorita hablo un tres por ciento. Cómo puede ser que tengas tanta fascinación por algo que relativamente no entiendo, el idioma japonés: creo que hay una sombra o una área gris entre lo que es el objeto real o la creación real de Kawabata y lo que me da el traductor, y en la sombrita entre esos dos está lo fascinante y lo que es universal, lo que hace que por ejemplo podamos leer un Rulfo sin problema en francés, aunque él nunca haya escrito en francés. En todos esos casos está la esencia de la obra de arte, que me parece un tema súper fascinante. Me da mucho gusto estar aprendiendo japonés, espero ir creciendo, pero me sigue pareciendo muy fascinante cómo tres de mis autores favoritos son japoneses y hay algo ahí, no creo que sea una coincidencia.
Y respecto a la creación de los personajes de BravaLey, ¿qué podrías decirnos? Lo que me pasó con BravaLey es muy especial. Primero se me acercó un director, Omar Quintanar y me dijo: “quiero adaptar El gallo de oro, de Juan Rulfo para teatro”. Leí El gallo de oro, revisé la película, hice toda mi tarea como adaptadora y pasaron dos cosas: empecé a trabajar mi propuesta casi inmediatamente y lo primero que me salió fue lo de las cartas. En El gallo de oro las cartas están presentes en el universo de Rulfo, pero no tienen un peso de diégesis (el mundo en el que ocurren las situaciones y acontecimientos narrados) como se lo di yo en BravaLey. Salió lo de las cartas y lo quise meter porque es uno de mis grandes temas y de mis grandes obsesiones, además de la identidad cultural, es el destino.
Soy de la idea de que no existe el destino, uno lo forja. A veces es tan abrumante lo que crees que no puedes, o lo que crees que sí puedes, que determina toda tu existencia. El mundo en que vivimos, en la sociedad en que vivimos hay que revisar los enormes privilegios que algunos llegamos a tener, y por lo tanto las enormes desventajas que otros tienen. Yo proyecté el personaje de El Pollo, igual que Dionisio Pinzón de Rulfo, en la más absoluta pobreza, y qué tan mermadas están las posibilidades de alguien que nace en este contexto, pero empecé a trabajarlo y de lo primero que me pasó es darme cuenta de que Dionisio Pinzón es noble, que es alguien a quien la vida le jugó chueco, pero él siempre es honesto y bueno, mientras que mi personaje El Pollo no quería, mi personaje estaba resentido, buscaba venganza, quería pelearse.
En mis talleres de escritura les digo a mis alumnos: “primero diseña a tu personaje hasta el último cabello, cómo se viste y cómo toma la taza; después actívalo, ponlo a vivir y el día en que el personaje se rebele contra tu diseño es porque ya está vivo”. Ése es el día en que él dice: “tú querrás, pero yo no quiero, tú dirás, pero yo no digo” y eso me pasó inmediatamente desde el principio. Desde que empecé a escribir Cuchillos dijo: “yo no soy esa persona, yo no soy dulce, yo no soy dejado, a mí no me pasan por encima, yo estoy harto, estoy molesto” y creo que es una continuación del mismo individuo. El individuo que para Rulfo es noble en su esencia, el mundo a su alrededor es corrupto, pero él es noble en su esencia, él no consume alcohol, él es una buena persona, él solamente quiere lo mejor y la suerte lo apadrina y lo echa para arriba, en el caso de Dionisio Pinzón, mientras que a mi personaje, la suerte lo echa para abajo, el sistema lo echa para abajo y se resiente, se pelea, aprende cómo es la corrupción y juega a la corrupción. Al final, se separaron casi inmediatamente y yo platiqué con el director y le dije: “¿qué prefieres: que te haga la adaptación o que escribamos lo nuestro?” Y que la inspiración es enorme y está ahí, jamás la negaría pero es totalmente distinto. Me responde: “no, vamos con nuestro instinto, vamos con lo que este mundo tiene que decir en el siglo XXI”. Se metió al narco invariablemente, porque no podía estar fuera, se metió la violencia en el país invariablemente porque no podía estar fuera. Eso es lo que ahorita el siglo XXI tiene que decir con este personaje rural a su audiencia. Lo que Dionisio Pinzón tuvo que decir en su momento era valioso y ese es el gran trabajo de Rulfo, pero éste es otro.
¿Qué tanto tiene que ver tu trabajo con el realismo mágico? Me considero una realista mágica sin remedio, y digo sin remedio porque he hecho enormes esfuerzos para no serlo, pero de verdad enormes. Es algo que siempre me ha llevado adelante. Cuando me atoro sale el realismo mágico y me saca del atorón. Por lo tanto, cuando tuve el enorme privilegio de ser becaria y estar bajo la tutela de David Olguín, él me obligaba a leer cosas realistas, ninguna cosa mágica podía entrar, y me quiso obligar a escribir algo así, como un ejercicio, y se lo agradezco, es un extraordinario maestro, me acuerdo que me dijo: “tú tienes que leer thriller y hacer un entramado donde nada de un universo mágico venga a solucionar nada”, pero no pude.