Tierra Adentro
Imagen original de Anses.

 

ella
canta junto a una niña extraviada que es ella:
su amuleto de la buena suerte. Y a pesar de la
niebla verde en los labios y del frío gris en los
ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre
la sed y la mano que busca el vaso.

-Alejandra Pizarnik.

 

Olga Orozco, la cantora nocturna[1], fue poeta, polifacética, periodista con ocho seudónimos, redactora de horóscopos y huracanes, actriz y médium de sus fantasmas y las cosas. Nació en Argentina en 1920, perteneció a la Generación del 40, aunque realmente nunca se sintió parte de ella, así como nunca sintió, en su totalidad, pertenecer a este plano que habitamos; ella prefirió descubrir su tercer ojo. Entre las páginas que escribió nos damos cuenta que nos hemos adentrado en una espesura, alejada de todo, donde al fondo se encuentra Olga Orozco colocando cartas en la mesa. Leer su poesía es una invitación al otro reino: el de las cosas que se mantienen boca abajo. Por tanto, hay que tener el oído (la mirada) más atento para este llamado a lo otro, lo que no se ve inmediatamente, ese más allá.

Si bien en el acto de leer poesía hay un desprendimiento del “yo”; con las poetas siempre nos queda un escalofrío de no entender (sin querer entenderlo por completo) el cómo llegan a ciertos lugares dentro de su escritura; pareciera que tocan el fuego. Alejandra Pizarnik, por ejemplo, discípula de Orozco, nos dirige de inmediato a una imagen: un recuerdo que quema. Además, comparte con Olga Orozco, el conflicto del peso de la palabra y los textos de sombras que no dejan de deambular en el mundo de los vivos. Hay una fotografía donde ambas salen sentadas en una banca; las dos llevan su gabardina y la mirada que trata de llenar un vaso, una hoja, lo inasible.

Con Olga Orozco podemos sentir que se nos habla desde otro reino, uno que ha dejado ya de existir, pero que se manifiesta en ella a través de ciertos hilos invisibles que vienen de distintos tiempos, de distintos cuerpos. Para hablar de la poesía de Orozco —y su polifonía— tendríamos que hablar de ella y sus fantasmas, que se presentan con un aroma antaño para recordarle que vienen y permanecen en ella.

A partir de su primer poemario, Desde lejos, existe ya la llamada compulsión a la repetición[2], un ejercicio surrealista. En el caso de Orozco, la compulsión genera que su voz lírica comience a multiplicarse. En su poesía, entonces, nos encontramos con seres que vuelven y vuelven a repetirse de manera insistente. En su poema “Lejos desde mi colina”, nos dice: “Reconocía en ellos distantes mensajeros / de un país abismado con el mundo bajo las altas sombras de mi frente”[3] para luego, guiarnos a través del jardín de sus edades, y darnos, en un poema siguiente, un enlistado de aquellas mensajeras:

Están aquí, reunidas alrededor del viento,
la niña clara y cruel de la alegría, coronada de flores polvorientas;
la niña de los sueños, con su tierno cansancio de otro cielo recién
abandonado;
la niña de la soledad, buscando entre la lluvia de las alamedas el
secreto del tiempo y del relámpago
la niña de la pena, pálida y silenciosa,
contemplando sus manos que la muerte de un árbol oscurece;
la niña del olvido que llama, llama sin reposo sobre su corazón adormecido,
junto a la niña eterna”.[4]

¿Es acaso esta su maniobra para asegurarse un lugar en el mundo? Los recuerdos que se tienen de la infancia los vuelve suyos, aún cuando son experiencias contadas por voces ajenas; con estos recuerdos forma un cúmulo de años para decir que fue de tal forma y, un cúmulo de años después, de otra. Se asegura un lugar, entonces, en tanto se recrea con las voces ajenas y plasma estas memorias en su tiempo: “He juntado vestigios, testimonios que acreditan quién soy / Credenciales irrefutables como un juego de espejos entorno a un fulgor, /Certezas como cifras esculpidas en humo.”[5] Gaston Bachelard, en La intuición del instante, nos dice cómo nos imitamos a nosotros mismos y cómo de esta manera adquirimos nuestro propio nombre.[6] Y, en esta sensación orozquiana, la imagino a ella juntando distintos tiempos sobre una mesa para comer de ellos, volverse presente y “darle consistencia a la copa”.[7]

¿Y, si además de ser todas cuantas fuimos, somos las personas con quienes hemos estado? Olga Orozco, como médium poeta, parece juntar a sus fantasmas a esa mesa que es su poesía para que no dejen de hablar a través de ella. Como comentamos anteriormente: la compulsión de instantes, que crean el tiempo para Orozco, vienen del pasado, es decir, son instantes desaparecidos. Bachelard los llama “la sinfonía de los instantes”; nos habla de estos ritmos (voces) que se van cayendo y, sin embargo, siguen inmersos en una sinfonía general. Para Olga Orozco, las niñas que fue, su madre, Pizarnik, Valerio Peluffo, y otros fantasmas, son esas notas que siguen resonando. Bachelard nos presenta el siguiente esquema para entender la caída de los instantes:

◑◑◑           ◑◑                ◑

◑◑◑◑◑  ◑◑◑◑◑  ◑◑◑◑◑   ◑◑◑◑◑[8]

Es decir, “Del tres por cinco se constituye en dos por cinco, luego en uno por cinco y luego en el silencio de un ser que nos deja cuando alrededor,[en] el mundo continúa resonando […] Un ritmo que continúa inmutable es un presente con duración […] Un sentimiento que perdura adquiere un sentimiento metafísico”.[9] Y este sentimiento metafísico que resuena en Olga Orozco, podríamos decir que fue un regalo de su madre, para “aquella niña de la soledad, la que busca el secreto del tiempo y del relámpago”.[10] El obsequio es precisamente el secreto del lenguaje en relación con la muerte. Como nos indica Tamara Kamnenszain, la madre es la primera que le entrega a Olga Orozco los vasos comunicantes para aprehender el idioma de ese otro reino: “Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo, vuelto estatua de arena/ puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal, / los signos con que habremos de volver a entendernos”.[11]

Al paso del tiempo, Olga no solo logra entender y comunicarse con su pasado y su madre incorpórea, sino también con los objetos: “Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato. / No me sirves, memoria, aunque simules este día. /No quiero que me asistas con mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales”.[12]

Valerio, otro personaje elemental en la vida y obra de nuestra poeta, es quien, tiempo después, le otorga el corazón secreto de las cosas, para que, tras su muerte, puedan comunicarse a través de ellas: encontrarse en su tiempo presente.  Este nuevo lenguaje lo vemos claramente en Con esta boca, en este mundo, poemario donde Orozco logra hacer uso de la herramienta de nombrar para poder realmente beber al decir “agua” y comer al decir “pan”. Los objetos, por lo tanto, dejan de ser inanimados:

He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del deseo, una alucinación de la nostalgia.”[13]

Se crea desde la nostalgia la contraseña del lenguaje entre Olga Orozco y las cosas. Lo que acaba de desaparecer, fallecer, vuelve al siguiente instante. Orozco junta los objetos cercanos para darles su carácter vivo. Es quizá este poder que tiene nuestra poeta mística de admirar todo cuanto ocurre ante sus ojos: lo mínimo, el instante de nuevo, el “ínfimo insecto que conserva su lugar de honor en su muestrario[14]. Todo objeto es, por ende, valioso y también un puente hacia algún recuerdo, hacia el otro reino.

“Si nuestro corazón fuera suficientemente vasto para para amar la vida en el detalle, veríamos que todos los instantes son a la vez donadores y expoliadores, y que una novedad joven o trágica, repentina siempre, no deja de ejemplificar la discontinuidad esencial del tiempo.”[15] Al leer a Olga Orozco pareciera que terminamos con un sexto sentido y esto es quizá uno de los fines de la poesía: levantar las cartas, prender fuego al agua, y juntar todas las voces en un mismo cuerpo.

 

Bibliografía

Gaston Bachelard, La intuición del instante. México, Fondo de Cultura Económica, 2002.

Olga Orozco, La voz de Olga Orozco. Poesía en la residencia. España, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2003.

Tamara Kamenszain (prol.), Olga Orozco. Poesía completa. Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2012.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] “Cantora nocturna”, nombre del poema que Alejandra Pizarnik le dedica a Olga Orozco.

[2] Tamara Kamenszain (prol.), Olga Orozco. Poesía completa, p. 7.

[3] Ibíd, p. 23.

[4] Ibíd, pp. 26-27.

[5] Olga Orozco, La voz de Olga Orozco. Poesía en la residencia, p. 12.

[6] Gaston Bachelard, La intuición del instante, p. 74.

[7] Tamara Kamenszain (prol.), op, cit., p. 16.

[8]Gaston Bachelard, op. cit., 47.

[9]  Ibíd., pp. 47- 48.

[10]  “Esos seres extraños”

[11] Tamara Kamenszain (prol.), op, cit, p. 129.

[12] Ibíd.,p. 416.

[13] Ibíd., p. 417.

[14] Olga Orozco, op. cit., p. 12.

[15] Gaston Bachelard, op. cit., p. 13.


Autores
Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la licenciatura de Escritura Creativa y Literatura. Ha sido publicado en el Periódico de Poesía, Tierra Adentro, Sin embargo, Taller Igitur, Este País; entre otros. Publicó, junto con otras poetas, en Novísimas. Reunión de poetas mexicanas (1989-1999) de la editorial Los libros del perro. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2021-2022).
Karl Marx, painted portrait. Galería de Thierry Ehrmann. Flickr

 

Este 14 de marzo se conmemoró el 137 aniversario de la muerte de Karl Marx (1818-1883). Su obra y perspectiva sobre las formas de la acumulación del capital, la división del trabajo, así como los modos de producción sustentaron un cambio absoluto en la mirada antropocéntrica del mundo. Es preciso admitir que su enfoque del trabajo planteó proyecciones que a lo largo del siglo pasado y el presente son verdades, el arma mortal de la humanidad es la epidemia capitalista.

La obra del filósofo, en conjunto con Friedrich Engels (1820-1895), consiguió crear una genealogía de la explotación y esclavismo desde la institución familiar, donde se observa el trabajo femenino como un medio para que las horas hombre fueran cumplidas en los sistemas fabriles.

Repensar la vigencia del marxismo nos permite no solo criticar de manera objetiva (es decir, ligada a su contexto) la invisibilidad de las mujeres en su propia lectura histórica, sino criticar al interior de nuestras líneas de pensamiento la manera en que hemos creado islas, a veces falsas, respecto a la voluntad de cambiar la era que vivimos.

La visión cíclica de la historia facilita ver cada proceso como el trazado de la segmentación de las civilizaciones, habitadas por sujetos oprimidos y círculos de acumulación —de poder y capital—, dinastías que han creado la extinción del contrato social hasta nuestros días.

El capital (1867) puede que sea uno de los libros más citados en la región latinoamericana, donde las fuerzas comunistas y socialistas dictaron buena parte de las tesis, manuales guerrilleros, actas de defunción, contraataques y lecturas opuestas que se han originado en México.

Siempre propongo leer antes El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), desde luego no en un afán de que sea una guía o un resumen millennial (algo así como Los conceptos de la historia marxista para dummies),  sino porque antes de leer El capital es necesario reconocer que la lectura marxista de la historia y el origen de la explotación es resultado también de la concentración del poder sobre los demás seres humanos.

De ahí que la interpretación que hace Marx de Hegel expone la idea de que para comprender las formas de explotación es necesario mirar detenidamente la manera en que Occidente ha creado sus figuras y procesos históricos, tales como las estructuras monárquicas, la construcción de las Repúblicas y Estados, pero principalmente las estructuras “revolucionarias”, por eso resulta sumamente atractivo analizar el peso de la burguesía en las rupturas sociales —incluso contra la monarquía— para obtener un beneficio propio.

La historia siempre se presenta dos veces —“primero como tragedia, luego como farsa”, indica el propio Marx—, pero es en ese proceso cuando el desequilibrio de un momento histórico guerras y revoluciones, por ejemplo actúa como el dispositivo ideal para comenzar el proceso de explotación de los individuos mediante su fuerza de trabajo, es decir, las horas hombre.

Mediante la promesa de progreso, incluso de igualdad, las clases bajas y trabajadoras sostienen la maquinaria primero de la revolución burguesa, después de los Estados democráticos y posteriormente del tardocapitalismo. De esta forma, vemos cómo Occidente ha consolidado su hegemonía mediante diversas formas de explotación, también gracias a la invención de estructuras políticas verticales, incluso en el caso de los Parlamente o la propia democracia.

Lo que puede leerse al inicio como un infortunio, como lo es la guerra y la perdida de vidas, finalmente se vuelve un medio con múltiples réplicas para salvaguardar su lugar en el mundo político y económico. Mientras la masa sucumbe —como se ve de manera sumamente detallada en la historia que Marx cuenta sobre Luis Bonaparte y la extensión de la revolución burguesa—, el origen de rebeliones similares son cuentos de hadas para dormir mientras se acelera el enriquecimiento de muy pocos individuos. Desde un principio, Marx admite que si bien el hombre hace su propia historia, existen fuerzas externas que impiden el sustento del libre arbitrio:

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla en el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionarias es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, su consigna de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.

La farsa a la que hemos sobrevivido nos obliga a repensar la figura del Estado, las instituciones privadas y el mercado, también los grandes y pequeños fenómenos. El pensamiento marxista ha sido uno de los continentes de filosofía del cual he podido establecer puntos de contacto entre movimientos sociales que sin duda tienen un carácter urgente, como es el caso de las formas de explotación en el trabajo femenino, las maneras en que le generación del capital se vincula de manera directa con los feminicidios y la violencia de género, y desde luego la manera en que el feminismo en su cuerpa interna se ha visto fragmentada ante la articulación de clase y fenotípico.

*

Desde luego que si hablo del feminismo como un tema que sale de la lupa de los grandes problemas del mundo no es porque no comprenda el momento histórico desde el cual escribo, sino precisamente por haber llegado al punto límite de la vida de las mujeres, donde enfrento esta realidad.

Ante las estadísticas de explotación en el trabajo de hora/mujer, de acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo, se advierte que no solo las múltiples diferencias salariales que se encuentran entre el trabajo de hombre y mujeres, sino las maneras en que el trabajo doméstico, del cuidado de las hijas y otros no permiten una verdadera equidad.

Son alarmantes los índices mundiales de feminicidios, como puede verse en el informe creado por la oficina dedicada al análisis de criminalidad de la ONU, donde cada dos horas y media se registra un feminicidio en Latinoamérica y uno de cada tres mujeres ha sufrido violencia sexual.

Una práctica tan cotidiana como salir de casa para trabajar se vuelve una trampa, por ello exigimos que nuestra lucha se integre de manera real a la agenda política y económica del Estado y las iniciativas privadas.

En términos actuales, Estado y Mercado están prácticamente del mismo lado, valga decir que no existe esperanza en un país donde las actividades delictivas han sido mecanismos reguladores, tanto en la política interna como en la economía, del mismo modo que mediante la economía gore, como lo denomina Sayak Valencia en su libro Capitalismo gore, se han sentado las bases para definir el valor de la vida.

Vivimos una tragedia producto de la serie de farsas que los grandes “cñores” han impuesto en nuestra vida. Y cuando escribo “cñores” también integro en su núcleo el trabajo de mujeres que han decidido regirse bajo tales praxis con privilegios que desde las altas esferas políticas y económicas igualmente han recreado las dolorosas huellas en nuestras cuerpas. La explotación de mujeres, ya de por sí oprimidas por su clase o por su color de piel, ha llevado desde el norte hasta el sur la generación de una cartografía de explotación laboral y sexual, así como el encuentro con la vida nula.

Si bien el marxismo clásico —entendido como el análisis sin modificaciones del pensamiento de Karl Marx, tanto en sus conceptos como en las herramientas de análisis económico e histórico— se quedó corto en la manera de comprender el trabajo de las mujeres, la idea es que este funcione como una forma de establecer una voz crítica al interior del feminismo insurgente, joven y absolutamente necesario, pero también volátil.

La perspectiva histórica del feminismo permite establecer puentes entre los conceptos del marxismo clásico y las maneras en que estos, en específico los referentes a la idea de trabajo remunerado, se integraron al feminismo desde hace más de un siglo, es decir en las formas de explotación laboral fuera de casa y al interior, así como en los modos de producción, incluso de manera contemporánea el acceso a la educación universitaria y a la especialización en las áreas.

Hay que decirlo, el marxismo no era un entusiasta del feminismo, en parte porque suponía que, dentro de la división del trabajo por género se detenía una vez que las mujeres se embarazaban y se quedaban en casa.

Engels argumentaba que la división del trabajo era en absoluto espontánea, por que hombre y mujeres debían trabajar en los espacios y con los instrumentos propios de sus labores por género, porque “la economía doméstica es comunista, común para varios y a menudo varias familias”; sin embargo, cambiaría en la misma transición hacia el capitalismo, donde el intercambio de dinero mediante el labor masculino ponía en un plano inferior a la mujer.

Este tema no solo será el punto de quiebre para el posterior análisis sobre el trabajo de las mujeres fuera de casa, como es el caso de Olive Schreiner, autora pionera del feminismo, quien con su libro Woman and labour, de 1911, expuso “el problema del trabajo femenil” a partir de las condiciones en las que las empleadas trabajaban fuera de casa, situadas desde su visión de finales del siglo XIX.

Imagen tomada de Flikr.

Adolescencia comunista de Enrique Molina. Flickr

En general, Schreiner pone en tensión el espacio doméstico. Desde luego que la bibliografía acerca del cuidado del otro y su relación con la generación de capital es basta, incluso los análisis contemporáneos son esperanzadores y ofrecen formas de pensar políticamente el trabajo doméstico, como Silvia Federici y Alejandra Eme Vázquez. Cabe decir que el libro Su cuerpo dejarán, de Eme Vázquez, es una de las mejores reflexiones en cuanto a aquello denominamos trabajo no remunerado, es decir, el cuidado de los demás, pues marca en el mapa del pensamiento feminista en México, una discusión que se ha ido postergando.

De la mano del pensamiento feminista, muchas mujeres sostuvieron que además de hablar de clase, era necesario hablar de raza. El feminismo radical e incluso interseccional ha leído el marxismo como una forma de crear desde un mismo concepto el problema de clase y fenotipo, pero no es suficiente en nuestro contexto, porque tenemos una sociedad compleja constituida por diversos grupos y experiencias de lo que se traduce como la cuerpa social o el ser mujer en México, más allá de las condiciones del feminismo en la CDMX, como lo analiza Dahlia de la Cerda en su texto Separatismo, la mayonesa feminista.

Es una tragedia saber que el problema es más lacerante, y la labor para ayudarnos a nosotras mismas es más dura que el de los pequeños “cñores” que intentan que los dejemos pasar a nuestra cuerpa mediante su discurso deshonesto, mediante su farsa de “soy hombre, pero también soy feminista”. El quehacer político que nos resta como mujeres comprometidas y concientes de nuestro contexto es de base, política y orgánica, es decir, desde la cuerpa, de fondo y con orientación hacia las comunidades pauperizadas, desfasadas de la perspectiva de las clases altas y, hay que decirlo, separatista. Todo esto supone una crítica profunda a los privilegios que poseemos, por lo menos desde una lectura marxista.

Sabemos que buena parte de la producción de pensamiento feminista ha sido creado por mujeres blancas de esferas sociales altas, razón por la cual las mujeres de color, indígenas o de clase trabajadora no se encuentran contempladas desde este amplio marco de análisis.

Luego del paro del pasado 9 de marzo, el análisis marxista me cosquilleó la razón al ver que existen mujeres que no pudieron decidir porque el faltar o no incide de manera directa en su economía y no en la de sus empleadores, puesto que no trabajan en grandes empresas, en medios de producción de bienes culturales, artísticos o educativos, incluso como freelanceras.

La autocrítica desde un análisis de clase y formas de explotación laboral es absolutamente urgente en el sentido de que podemos mirar y escuchar las experiencias y saberes de otras compañeras en distintos contextos para reformular la idea de prácticas inclusivas. No dudo de las buenas intenciones, pero sí creo que no hemos escuchado a las mujeres que no cuentan con ningún privilegio y que dependen absolutamente de su fuerza de trabajo.  Sus cuerpos y de saberes indiscutiblemente fortalecerán nuestros feminismos.

El paro laboral es una práctica que genera presión, como lo vimos, consigue la obtención de permisos por parte de diversos empleadores que propusieron su idea de feminismo, spoiler de momento fársico, incluso de empatía, pero hasta que el feminismo en México no se genere de manera horizontal y ayude a romper la pirámide clasista, sea por privilegios de educación, clase o fenotipo, la lectura de la obra de un hombre del siglo XIX seguirá en las agendas para comprender lo que los cientos de mujeres del siglo XX aprendieron de él.

Ciertamente el feminismo como la lengua es un ser vivo, se gesta en nuestros cuerpos, se abre en nuestros pulmones, se regodea en los muros, en las calles y plazas de este país, y su urgencia nos exige el fin de las farsas.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.
Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.

 

La chica que está en la mesa de al lado estornuda. En México se responde a cualquier estornudo (hasta los de pimienta) con un: ¡Salud!, pero en España solo se replica en confianza y nunca más de una vez. Además aquí dicen ¡Jesús!, y ese es un nombre que algunos prefieren evitar.

La chica estornuda de nuevo. Calculo en mi mente si la distancia que nos separa es superior a la estatura de Michael Jordan; así suelo estimar los dos metros. El basquetbolista mide 2.02, por lo que hay un mínimo rango de error. La prensa indica que en un trecho menor a dos metros el virus se propaga con facilidad, en un avión estás jodido, lo mismo en un autobús, en una sala de cine, en una manifestación.

Aparento calma, pero mi mano busca de manera inconsciente un caramelito de propóleo que me traje de México. Según mi hermano, filósofo apicultor, las abejas producen el propóleo para desinfectar cualquier sustancia intrusa que entre al panal. Imagino que el dulce hace lo mismo en mi garganta.

Estoy en la terraza de un café en el centro de Madrid, la temperatura oscila entre los 15 y los 5 grados, hay fuertes vientos y oleadas de polen primaveral, lo que justifica tantas narices rojas, gargantas carrasposas y ojos irritados. Pero pocos saben con seguridad qué bicho tienen, tal vez solo los que dieron positivo en la prueba descansan felices, como los tuberculosos en La Montaña mágica. Los demás enfermos buscan a los de su categoría, quienes están sanos no quieren acercárseles, pero de ninguna manera se quieren juntar con los que pueden estar peor.

Sólo hay una verdad en esta ciudad cercada, nadie quiere estar solo en el Apocalipsis. Ya lo dijo Jim Jarmusch: “sólo los amantes sobreviven”. La chica me mira. Me dedica una sonrisa que ya me sé de memoria, una que significa: “se te cayó algo” o “¿me regalas un cigarrillo?” Se acerca a mi mesa, es bonita, tiene el look mitad bohemio mitad Inditex que prolifera en las ciudades españolas; sus ojos azul Cómex me dibujan una sonrisa, pero no puedo dejar de ver su nariz respingona, roja y humedecida. Me pregunta por la calle del Príncipe. Sé que está a tan solo unas cuadras, nace en la plaza de Santa Ana donde está el Teatro español, incluso tengo entradas para la función del miércoles de Diálogo del amargo de Federico García Lorca; sin embargo, me paralizo, una gotita de saliva brota de sus labios y finjo no entender su idioma, cabeceo como un demente y huyo.

¿A quién le importa el teatro? Todo se va a cancelar: las clases, los conciertos, el futbol, las presentaciones de libros, el cine, los mercadillos. Sin actividades culturales ni cerveceo, Madrid es tal vez la ciudad más aburrida del mundo. Corro de vuelta a casa, aunque esa “casa” sea una pequeña habitación sin luz por la que pago una cifra mensual con la que viviría bien durante todo un año en una playa oaxaqueña.

Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.

Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.

Apuro el paso cuando veo caras enfermizas; si oigo un acento italiano o un carraspeo, agacho la cabeza; si distingo rasgos orientales, cambio de calle. En mi habitación hay el mismo clima que allá afuera, ni siquiera es frío, solo es una destemplanza de ideas. Preparo un té inspirado por los tantos remedios de abuelita que se me ocurren. La olla se convierte en un caldo de ajo, jengibre, cebolla, cúrcuma, pimienta y miel.

Me hago a la idea: leeré hasta que todo pase, estoy preparado para este tipo de situaciones, se supone que a eso me dedico, a estar solo; la literatura es el arte de domesticar la soledad. Pobres de los otros: los maratonistas, los cocainómanos, los chicos antro, los bailadores, los entrenadores de gimnasio. No sé si sobrevivan al aislamiento.

Leo el nuevo Premio Herralde de Novela, Nuestra parte de noche de Mariana Enriquez, avanzo cincuenta páginas antes de darme cuenta de que no me estoy involucrando con la lectura. Hay muchos distractores: ¿por qué los rusos no se han enfermado?, ¿de verdad sirve el propóleo?, ¿por qué me aterra tanto que no haya una mente maestra detrás de esta pandemia?, ¿y por qué está otra vez de moda el terror fantástico?, ¿qué chingados hago leyendo una novela de fantasmas? Nunca me gustó el género del terror, ¿debo de forzarme a leerlo solo porque el fin del mundo está a la vuelta?

Paso mejor a La tentación del fracaso, los diarios de Julio Ramón Ribeyro, y busco si en algún momento vivió algo parecido como emigrante latinoamericano en Europa. No encuentro ninguna pandemia pero sí una frase que me retrata: “A los 28 años uno se vuelve estúpido, mezquino, terriblemente egoísta. Antes de resolverse a la acción piensa en mil detalles insignificantes”. Estoy a pocos días de cumplir 29 —probablemente celebre mi cumpleaños en cuarentena—  y me siento más insignificante que nunca.

Decido salir, ser parte de algo, existir en conjunto tal vez por última vez. Lo primero que veo sobre la Gran Vía, en la manifestación del día de la mujer, es a un viejito desubicado que enarbola un enorme cartel no sé si en contra o a favor del coronavirus, al otro lado tiene un mensaje que acusa a Pablo Iglesias de mentiroso.

Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.

Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.

Me uno al contingente sin ánimos de gritar, porque muchas consignas quedan mal con voz grave (¡escucha, hermana, aquí está tu manada!), pero sobre todo por temor a los microorganismos que salen expulsados de miles de gargantas al unísono. La marcha es festiva e internacionalista, se habla de Chile, de Argentina, de Kurdistán, no obstante, resulta desangelada si se compara con las de otros años. El clima no ayuda, tampoco el miedo.

Tres días después, Irene Montero, ministra de Igualdad, da positivo en la prueba de coronavirus. Algunos se preguntan si no se habrán contagiado todos en la manifestación. Cierran las escuelas, prohíben las reuniones de más de mil personas. Se desatan las compras de pánico: el Mercadona vacío, el Carrefour sin carne ni verduras, en el Lidl escasean los enlatados.

Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.

Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.

Madrid ha caído. Resulta estúpida la comparación, pero el ambiente de pánico no deja de repetirme la caída de Madrid en la Guerra Civil frente a las tropas franquistas. Encuentro más tarde una de esas coincidencias inverosímiles que nos facilita Wikipedia: a la ciudad de Wuhan, epicentro del brote de coronavirus, se le conoce como “el Madrid del este” por las similitudes en su asedio durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa.

No queda más, hay que huir de aquí. Suspenden todos los vuelos a Europa, ya no hay escape. Regreso a mi habitación, leo en un post de Patricio Pron una brillante idea de Paul Virilio que define lo que está pasando: “Nos enfrentamos a una situación de emergencia provocada por un verdadero delirio colectivo que está, a su vez, reforzado por la sincronización de las emociones, es decir, por la súbita globalización de los afectos en tiempo real que golpea a la humanidad en el mismo instante”.

Clausuro mi atención cibernética con esa cita, apago los aparatos y le doy otra oportunidad a la novela de Enriquez. Es el día uno de mi cuarentena. Tengo la creencia de que estos encierros hipocondriacos tendrán a la larga un efecto positivo en la sociedad. Leo en paz y sin ninguna prisa, ¿no era esto lo que quería desde hace tanto tiempo?

Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.

Fotos de Alejandro Espinosa Fuentes.

 


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.
Blair Lee

En tiempos como estos, en los que el feminismo está alcanzando cada vez a más mujeres mexicanas, en donde nuestra sociedad comienza a cuestionarse más sus machismos, es importante voltear a ver las otras trincheras feministas para hacer alianzas, fomentar los diálogos, aprender de otros movimientos y apoyarnos mutuamente aunque estemos a cientos de kilómetros de distancia. Me acerqué a Blair Lee de 22 años, una estudiante de Administración de Artes en Seúl, para platicar sobre las luchas a las que se enfrentan las feministas en Corea. Blair, cuyo verdadero nombre permanecerá oculto por motivos de seguridad, nos muestra un feminismo radical en un país ampliamente conservador y la esperanza de un cambio necesario. La sororidad que me unió a Blair en nuestro emocional, pero breve intercambio de correos, surgió de un entendimiento mutuo de que aunque las expresiones machistas y la forma de combatirlas son distintas en Corea y en México, la lucha es la misma: alcanzar una vida digna, libre y segura para todas las mujeres del mundo.

 

Isabel del Valle: ¿Cómo decidiste ser feminista?

Blair Lee: Mientras crecía, siempre fui consciente de cómo la sociedad oprime a las mujeres, pero no llegué a conocer la existencia del movimiento feminista hasta que se volvió relevante en Corea del Sur en 2016. Muchas mujeres sintieron que tomaron la  “píldora roja” 1 después de un asesinato ocurrido en la estación de metro Gangnam en Seúl al que llamamos “el caso de asesinato de la estación Gangnam”.

Esa estación de metro es uno de los lugares más concurridos de Seúl, capital de Corea del Sur. Hay muchos bares y restaurantes a su alrededor, por lo que es un lugar popular para pasar el rato y es concebido como un lugar seguro. El 17 de mayo de 2016, un hombre mató a una mujer en el baño de un edificio cerca de la estación, el hombre no conocía a su víctima. Este asesinato impactó mucho a la sociedad y a quienes consideraban los lugares cercanos a la estación como seguros; la personas normalmente creen que Corea es un país con buena seguridad pública porque el índice de violencia es bajo para su población y los ciudadanos no tienen derecho a portar armas.

La gente decía que el asesino había cometido el crimen porque tenía esquizofrenia, pero esperó escondido en el baño dejando ir a seis hombres  hasta que entró una mujer. Además, confesó después que había cometido el crimen porque muchas mujeres lo habían ignorado durante toda su vida. Sin importar el desorden mental que tenía, está claro que su odio y misoginia lo impulsaron a cometer el asesinato. Pero la policía no admitió el papel que la misoginia jugó en el crimen, así que muchas mujeres se enojaron y pusieron post-its con mensajes en la salida 10 de la estación para honrar a la víctima. Creo que ese asesinato fue el catalizador necesario para despertar a muchas mujeres y llevarlas al feminismo, yo fui una de ellas. Después de aceptar que vivía en un mundo con problemas serios de inequidad, decidí ser feminista a los 18 años.

 

IDV: Para nuestros lectores que no están familiarizados con la sociedad Coreana, ¿cómo es crecer siendo mujer en Corea?¿A qué estándares de escrutinio se te somete?¿Qué es lo que se espera de ti?¿Cuáles son tus perspectivas de vida en el futuro?

BL: Muchas personas creen que la situación ahora está mucho mejor para mi generación que como lo estuvo en la generación de mi madre. Siempre dicen que no existe la misoginia porque las mujeres ya podemos ir a la universidad y obtener trabajos como los hombres. En el pasado, las mujeres debían trabajar para financiar la colegiatura de la universidad de sus hermanos; se esperaba que se convirtieran en buenas amas de casa y que tuvieran por lo menos un hijo. El infanticidio femenino era común hasta 1990 por la preferencia marcada hacia tener hijos hombres y debido a que el aborto era ilegal, aún lo es. Muchas bebés fueron abortadas o asesinadas después de nacer solo por su género.

Quizás sea cierto que en teoría el estatus social de las mujeres ha mejorado, pero la realidad es muy diferente. Como mujer, me han dicho desde pequeña que debo ser obediente, tímida y cuidadosa. Se espera de mí que tenga el cabello largo, un cuerpo delgado y que sea hermosa y use maquillaje. Se espera que sea buena en matemáticas, ciencias y manejando. Cuando empecé a menstruar dudé si usar tampones ya que se considera sucio que ponga algo en mi vagina que no sea un pene. No debo ser como una zorra porque es vergonzoso hablar de llevar una vida sexualmente activa, pero al mismo tiempo debo de querer tener relaciones sexuales con hombres cuando ellos quieran que lo haga a pesar del riesgo de contraer una ETS.

Muchas empresas prefieren contratar hombres aún cuando hay mujeres aplicando para los mismos puestos con trayectorias mucho más competitivas, pues piensan que inevitablemente dejarán de trabajar cuando tengan hijos; y si sí lo hacen, después regresar a trabajar es casi imposible, así que las mujeres terminan en trabajos inestables de medio tiempo. Incluso cuando son contratadas por buenas empresas, es poco probable que puedan ser promovidas de sus puestos de trabajo iniciales y la brecha salarial entre los empleados hombres y mujeres es evidente.

Si las mujeres deciden casarse y formar una familia, después de criar a sus hijos deberán hacerse cargo de cuidar a sus esposos cuando decidan retirarse; ellos probablemente gastarán todo su dinero en prostitutas o engañando a sus esposas. El divorcio, aunque existe, no es una opción real para muchas mujeres, ya que no podrían sostenerse económicamente sin sus esposos debido a las precarias condiciones laborales.

Para resumir brevemente lo que significa ser una mujer en Corea, puedo decir esto: sufrimos de cada estereotipo y discriminación posible. Gracias a mis hermanas feministas, las viejas costumbres están cambiando para bien; así que espero que mi generación pueda tener por delante un futuro distinto.

 


IDV: ¿Qué significa ser feminista en Corea y cuál es la percepción de los hombres y mujeres coreanos hacia el movimiento?

BL: Puede significar cosas distintas para cada persona, pero todas las feministas compartimos una idea general: el feminismo es un movimiento para mujeres. Si eres mujer y te identificas como feminista, eso es todo lo que necesitas. Ya que es un movimiento nuevo en Corea, las personas no están acostumbradas a escuchar hablar de feminismo, así que todo el tiempo tenemos que lidiar con estereotipos negativos como: “Las feministas odian a los hombres”, “seguramente nunca han sido amadas por un hombre”, “deben ser gordas y feas”, “pobrecitas”, “deben ser lesbianas todas”, “no todos los hombres son malos”, “dejen de impulsar conflictos entre géneros”. Estamos tan acostumbradas a escuchar cosas de ese tipo que ya no nos molestan. Al mismo tiempo, es cierto que esos estereotipos impiden que muchas mujeres hablen sobre feminismo aunque ya se sientan representadas por movimiento.

A diferencia de algunos países Occidentales, ser feminista es un concepto ampliamente malentendido en Corea del Sur. Por ejemplo, si una actriz famosa de Hollywood dice que es feminista, las personas dirán: “Sí, ¿y luego?”. En Corea, la gente no puede ni imaginarse algo así. Por supuesto algunas hermanas valientes se muestran abiertamente feministas, pero en algunos campos laborales corremos el riesgo incluso de ser despedidas si hablamos de feminismo. Una actriz de voz perdió su trabajo después de usar una playera que decía “Las chicas no necesitan un príncipe”. Esto demuestra lo difícil que es ser abiertamente feminista aquí.

La mentalidad general en el país es relativamente conservadora y convencional comparada con otros países desarrollados. La cultura del confucianismo se ha desarrollado de una manera extraña a través del tiempo y se ha utilizado para hacer sufrir a mujeres, personas jóvenes y aquellos más débiles. Eso ha resultado en que los roles de género tradicionales y las opiniones negativas sobre el feminismo se potenciaran hasta llegar a la situación que tenemos ahora. 

La mayoría de los hombres creen que en la sociedad actual hay equidad de género y que elllos son víctimas que sufren de discriminación inversa, lo cual creo que está completamente equivocado. Es más fácil encontrar un grupo de hombres anti-feministas que un hombre que apoye el feminismo. Algunos confunden a las feministas con un grupo de personas antisociales que odian a los hombres. Incluso si alguno afirma que apoya al feminismo, al final del día, quiere casarse con una mujer “buena y bonita”, tener una familia “ordinaria” y tener bebés, estabilizando el patriarcado. Algunos incluso lo dicen solo para ser populares entre las mujeres.

Puedo decir que la mayor parte de las mujeres jóvenes (entre 10 y 30 años) están de acuerdo con el feminismo. Están muy conscientes de la misoginia y quieren romper las reglas antiguas. Algunas personas perciben la inequidad, pero no les gusta la palabra “feminista” por la manera en que es percibida por otras personas. Sin embargo, también hay mujeres que no se sienten como parte del movimiento feminista; algunas simplemente no terminan de entender el problema, mientras que otras han sido manipuladas por tanto tiempo que ni siquiera se dan cuenta que viven oprimidas, como mi mamá y sus amigas.


IDV: ¿Es sencillo encontrar a otras feministas o formar colectivos?

BL: Es más fácil encontrar colectivos en línea que en la vida real. Como es bastante peligroso decir libremente que eres feminista, muchas personas prefieren mantenerse anónimas. He hecho muchas amigas feministas por Internet y las he conocido en persona, pero aún no sé cuáles son sus nombres o trabajos reales. Las youtubers coreanas feministas tienden a usar sus nicknames y no muestran sus rostros en línea; es poco común que alguien lo haga, ya que aquellas que se atrevieron a revelar sus rostros o nombres, sufrieron de acoso cibernético y recibieron amenazas. Fueron atacadas por hombres y mujeres por igual.

Sin importar estas duras condiciones, hay varios intentos de formar comunidades offline como clubes o reuniones sociales. En estos lugares, la idea es compartir ideas, escribir revistas, jugar deportes o estudiar juntas. Sin importar las actividades que se realicen, lo realmente importante es que se forman espacios en donde nos podemos sentir seguras e inspiradas al convivir con otras feministas. Aunque no son muy comunes, puedes encontrar estos clubes o reuniones si las buscas.

 


IDV:¿Con qué rama del feminismo te sientes más identificada?

BL: Creo que comparto más opiniones con las feministas radicales coreanas. Nuestra meta principal es romper el patriarcado y convertirnos en mujeres completamente independientes que no requieran el apoyo financiero o mental de los hombres. Seguimos cuatro reglas fundamentales conocidas como 4B(4非), en las que nos rehusamos a casarnos, tener hijos, salir en citas y tener relaciones sexuales con hombres en la mayor parte de los casos. Además, estamos en contra de los estándares de belleza que nos han sido impuestos solo a las mujeres, esta postura es conocida como “Escape the Corset”.

 

IDV: ¿Qué es el movimiento de resistencia “Escape the Corset”?¿Cómo te manifiestas contra el Patriarcado de maneras cotidianas que quizás en Occidente podrían estar ya normalizadas?

BL: Es un movimiento que se opone a los dañinos estándares de belleza, que no son diferentes de un corset, en el sentido de que reprimía los cuerpos de las mujeres. La K-beauty2 fuerza a las mujeres a tener ojos encantadores, nariz perfecta, labios jugosos y cabello sedoso como una muñeca Barbie. La cirugía plástica es tan común que las personas no se toman en serio el asunto de que algunos de los efectos secundarios pueden ser letales. Mujeres jóvenes se enferman por dejar de comer para perder peso; pues está de moda que se use ropa ajustada y reveladora.

Para romper con esas expectativas, algunas feministas coreanas dejaron de seguir estas costumbres. En ese movimiento, cualquier cosa considerada femenina está diseñada para convertirnos en ciudadanas de segunda clase. En este contexto, incluso ser una misma de manera natural puede ser una protesta en contra del patriarcado. Ahora tenemos cabello corto, no nos ponemos maquillaje y usamos pantalones cómodos. Liberamos nuestros pezones y hacemos ejercicio para tener músculos. Estos actos muestran a las mujeres que pueden ser ellas mismas sin tener que encajar en los ideales, ni gastar dinero en cosméticos o ropa. Ser hermosa no es una idea con la que las mujeres nacen, sino un lavado de cerebro con el que tienen que lidiar toda la vida. Para apoyar el movimiento y liberarnos, algunas de mis amigas y yo nos cortamos el cabello y dejamos de usar ropa femenina desde hace dos años. Las personas están participando gradualmente, a su propio ritmo, y podemos ver el declive de la industria de la belleza. Ahora estoy ahorrando dinero, en lugar de gastarlo en eso, para mi futuro y no podría sentirme más feliz con mi vida.


IDV: ¿Es fácil en Corea encontrar o publicar textos feministas?

BL: No es difícil encontrar libros feministas en librerías o bibliotecas. En los años recientes, muchos libros han sido traducidos o publicados en Corea, el más famoso es una novela llamada Kim Ji-young, nacida en 1982 de Cho Nam-joo, ha sido traducida a más de 37 idiomas distintos e incluso la adaptaron en una película. Aún así, la mayoría de los textos feministas disponibles en Corea, no fueron escritos por autores coreanos. Personalmente, creo que el feminismo de Primer Mundo, o el feminismo Occidental, no es 100% adecuado para la sociedad Coreana y definitivamente necesitamos más libros y estudios escritos exclusivamente por autoras feministas. Muchos de los libros y revistas fueron financiados por medio de plataformas de crowdfunding, otros, fueron y están siendo producidos por editoriales feministas. Además de los textos, existen creadoras de contenido en video o animación digital. Conforme pasa el tiempo están surgiendo más y más creadoras de contenido feminista y no creo que la producción vaya a decaer.


IDV:¿A qué procesos necesita someterse la sociedad coreana para cerrar la brecha de género?

BL: Deben suceder cambios  drásticos en el sistema. En primer lugar, el país debe dejar de forzar a las mujeres a ser la muñeca sexual de sus futuras parejas. Todas las leyes deben ser justas para las mujeres,  así como la educación y los agresores de mujeres deben ser castigados. Es necesario que se muestre que el potencial de las mujeres es igual al de los hombres y así considerarlas ciudadanas de igual calidad.

Las mujeres deben tomar el poder que ahora está reservado únicamente para los hombres, deben convertirse en líderes: CEOs o funcionarias con altos cargos, para darle más oportunidades a otras mujeres, de cualquier edad. Las mujeres debe tomar el control de, al menos, el 50% de todas las grandes industrias. Finalmente, después de esto, cuando la sociedad establezca la equidad o sea dominada por las mujeres, las mujeres deben ser parte del ejército. Para todos los hombres es obligatorio hacer servicio militar durante 18 meses en caso de guerra en contra de Corea del Norte. Por ello, tienen beneficios sociales exclusivos y seguirán manspleineando 3 hasta el día que se mueran. Las mujeres pueden unirse al ejército si así lo desean, pero por el momento, sufren de acoso sexual e inequidad si lo hacen. En el futuro, todas las mujeres necesitarán aprender cómo usar armas y protegerse a sí mismas en caso de una emergencia nacional, igual que los hombres.

 

IDV: En México, una de las principales luchas es en contra de la violencia feminicida que ha azotado el país, ¿a qué violencias se te somete por ser mujer en Corea?¿Qué ha hecho el feminismo para combatirlas?

BL: He visto algunas noticias sobre las protestas en contra del feminicidio en México. Aunque aquí no podemos ver manifestaciones tan intensas y fuertes, definitivamente sufrimos casos de feminicidio y violencia en contra de la mujer. La violencia más común es la que se ejerce en el ámbito familiar y en las relaciones afectivas. Novios y esposos violentan a sus parejas física y mentalmente, pero la policía no se toma estas agresiones en serio. Cuando hay un feminicidio, les reducen la sentencia a los feminicidas por razones ridículas como que estaban borrachos cuando cometieron el crimen, que tienen algún tipo de enfermedad mental o que parece que se arrepienten. ¿Qué mundo tan loco, no? No obstante, el año pasado, cuando pasó lo contrario (una mujer mató a su marido debido a violencia intrafamiliar), ella se convirtió inmediatamente en un enemigo nacional. Muchas personas que antes no mostraron interés en lo absoluto cuando las víctimas eran mujeres, reaccionaron fuertemente frente a esta situación. 

Las mujeres estamos en peligro todo el tiempo, podemos ser asesinadas como el caso del asesinato de la estación Gangnam. Además, los crímenes relacionados con las cámaras espía y el acoso digital son problemas que se acentúan cada día que pasa. Los hombres graban a las mujeres en cualquier espacio público o comparten en línea el cuerpo de sus parejas sin su consentimiento. Aquellas personas que suben constantemente estos videos, ganan mucho dinero en los sitios web dedicados al acoso y la reproducción de ese tipo de videos continúa. Las víctimas tienen que pagar un precio muy alto para que borren sus videos, pero todas las compañías de limpieza en línea están conectadas con los sitios pornográficos. Hacen mucho dinero de esta manera, es un negocio redondo. Algunas chicas escogen quitarse la vida porque no reciben el apoyo adecuado. Estos casos se están incrementando de manera tan drástica que prácticamente están fuera de los límites de la ley. Aquí hay un artículo donde pueden consultar más información sobre un nuevo caso llamado Nth Room chats

 

IDV: ¿Cuál sientes que es el mayor reto al que se enfrenta el feminismo en Corea?

BL: Es bastante difícil pensar en un solo reto; sin embargo, lo que no podemos resolver nosotras mismas es que nuestro gobierno no muestra una actitud de cooperación. Para ser más específica, el presidente prometió durante el periodo de elecciones ser feminista, pero creo que desde entonces mi vida no ha mejorado en lo absoluto. Aunque cientas de mujeres se han congregado para protestar en contra de las grabaciones ilegales y los feminicidios durante los últimos dos años, la situación sigue siendo la misma y parece que la agenda feminista sigue siendo lo último en considerarse. Esto es frustrante y la razón por la cual las feministas surcoreanas están cansadas del país. 

Cada vez más hermanas escogen irse de Corea del Sur para vivir en países donde ser mujer es más sencillo. Saben que no hay una utopía para mujeres pero creo que es más rápido mudarse que cambiar la situación desesperanzadora de nuestro país. No las culpo porque yo también estoy considerando mudarme de manera permanente a otro país si la situación aquí no mejora. Personalmente, creo que esto puede llevar a un hartazgo en el movimiento feminista parecido al brain drain en el país4. Por otra parte, hay muchas hermanas que luchan día y noche por hacer este país mejor para las mujeres. Yo trato de apoyarlas lo más que puedo porque son acciones necesarias. Incluso si logro irme a vivir lejos de aquí en el futuro, seguiré en contacto con ellas y recordaré siempre cuánta ayuda me dieron. Para terminar la entrevista, me gustaría agradecer a todas mis hermanas feministas coreanas que me guiaron para ser yo misma. 

 

Blair Lee

Blair Lee


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Fotografía por Miranda Guerrero

 

Hay libros que se constituyen en la teoría y aparecen como espectros en los modos de vida; palabras que archivan un secreto, signos a punto de confesar algo. Son escrituras que se presentan, a primera vista, como códigos cerrados e inaccesibles, pero que, al mismo tiempo, guardan elementos reconocibles.

Así podría narrar mi primera aproximación a El género en disputa (1990) de Judith Butler. Una obra inscrita en su propia marca genérica: la teoría; es decir, poseedora de un hermetismo que requiere de esas herramientas que usualmente se adquieren en las academias.

Sabía, por recomendaciones que recibía de esas feministas que iban marcando mis lecturas y prácticas, que se trataba de una obra que posibilitaría modificar algunas de las preguntas que ya comenzaban a surgir sobre el género, y sabía, también por ellas, que abrir cuestionamientos siempre resulta en controversias y rivalidades.

Y sí, la disputa no solo surgió en torno al género, sino a las formas de abordarlo. Es importante recordar que el título completo de la publicación es: El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Lo que a simple vista parece una figura retórica de los sujetos del feminismo resultó en una puesta en abismo sobre la concepción misma de género, y un reto para su apropiación en algunas prácticas feministas.

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero

Butler, en este texto, no apela a las formas disolutivas de la identidad, sino precisamente a la dislocación de este concepto y se pregunta: “¿Hay una región de lo ‘específicamente femenino’, que se distinga de lo masculino como tal y se acepte en su diferencia por una universalidad de las ‘mujeres’ no marcada y, por consiguiente, supuesta?” (Butler, 2007, pág. 50).  Bajo la perspectiva de la filósofa, hacer evidente lo “performativo” del género es, entonces, reconocer como meta política “la construcción variable de la identidad” (Butler, 2007, pág. 50).

Han pasado 30 años desde la publicación de El género en disputa y el escenario de las violencias parece no modificarse tan rápido; sin embargo, lxs participantes de las diversas formas de cuestionar las relaciones de poder, incorporan los planteamientos que han logrado salir de las academias para performar en las calles.

La subversión de la identidad se expresa en resistencias y manifestaciones políticas que se revelan en el cotidiano, sobre todo de los cuerpos no binarios y/o transexuales. Por mencionar sólo el ejemplo más evidente, la revisión coercitiva del género propuesta por Butler, ha posibilitado que los aportes teóricos y académicos acompañen las propuestas sobre leyes en torno al cambio de identidad sexo genérica.

El inicio de la reflexión no significa el agotamiento de la misma; Butler propició una controversia académica que ha disputado la categorización, no solo de las narrativas del sexo/género, sino que, al recuperar las reflexiones de Michel Foucault (1926-1984), focaliza sus cuestionamientos en torno a cómo “el poder, más que la ley, incluye tanto las funciones jurídicas (prohibitivas y reglamentadoras) como las productivas (involuntariamente generativas) de las relaciones diferenciales” (Butler, 2007, pág. 90). Esta aportación al debate ha permitido reconocer que no son solo las alteraciones ‘materiales’ o sus versiones institucionales las que posibilitan modificar las configuraciones de la violencia de género.

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero

Para algunxs, en esa década de los noventa, que hoy parece lejana, el texto de Butler resultaría básico para el desarrollo de propuestas teóricas y de acción que se alejaran de los que comenzaban a gestarse como espacios cerrados, con guiños a modos de vida disciplinares e incluso hegemónicos.

Butler, con su desestabilización de algunos pensamientos fundacionales del feminismo, puso en movimiento los debates en torno a las corporalidades y lxs sujetxs políticos alejadxs de la definición biologicista como eje de la expresión subjetiva de la identidad. Es decir, El Género en disputa permitió pensar en más de una categoría, por tanto, pone en tensión lo que hasta ese momento se pensaba como un sujeto político estable del feminismo. Sin embargo, ese guiño alegre por la posibilidad de construcción de sociabilidades otras que no quedaran fuera de los funciones jurídicas y productivas se observan, hoy, como un horizonte lejano.

Si la palabra es ese bien mayor que se pretende en Occidente, Butler apunta justo al centro del lenguaje para exponer que en consecuencia de una “performatividad sutil y políticamente impuesta, el género es un «acto» que está abierto a la parodia (…) y a las exhibiciones hiperbólicas de «lo natural» que, en su misma exageración, muestran su situación fundamentalmente fantasmática” (Butler, 2007, pág. 283). La promesa política y subversiva de Butler se disimula en un texto filosófico que, al mismo tiempo, satisface algunos paladares académicos, abriendo un espacio para el cuestionamiento y la hegemonía.

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero

Aprovechar la data, ese recordatorio temporal de la aparición del texto, me obliga a la pregunta: ¿se ha modificado en algo, el orden que (im)posibilita la vivencia, no sólo de los cuerpos que obedecen a la norma, sino de aquellxs que se articulan fuera de los márgenes integradores? La obra de Butler, al rescatar las reflexiones y debates de otras teóricas feministas, se propone como un detonante para configurar las estrategias y las acciones que hoy resultan urgentes, frente a los cuerpos que se violentan en lo gramatical y en lo operativo.

Propongo que la (re)lectura de El género en disputa se efectúe a manera de un juego espiral que permita ir y venir: por sus métodos, por el contexto que evoca a los acontecimientos y a lo que reprimen, por sus estrategias para la formulación de gramáticas disidentes y, sobre todo, por la posibilidad de la reescritura de disputas que contemplen no solo las violencias, sino las experiencias que hoy ocupan las calles, a la expectativa de más pasos.

 

Referencias

Butler, J. (2007). Género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad . Barcelona: Paidós.

 


Autores
Maestría en Comunicación y Cultura, Universidad de Buenos Aires. Profesora de asignatura de la UACM y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Colaboradorx del diagnóstico de violencia de género en Ecatepec. Ha diseñado y gestionado: talleres, exposiciones, jornadas, podcast, conferencias y otras acciones para problematizar la naturalización de las prácticas sexo genéricas. Coordinadorx del círculo de lectura “Incomodar el género y descolocar el cuerpo”, Biblioteca Vasconcelos.

Ilustrador
Miranda Guerrero
Artista visual y escritora. Se licenció en la carrera de Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Ha publicado sus fotografías y collages en Tierra Adentro.

Uno de los pilares del feminismo es, sin duda, el debate constante. En el marco de la Semana de la Mujer, buscamos experiencias frente al feminismo y su reapropiación a partir de contextos diferentes. En el caso del islam, investigadoras como Asma Lamrabet, Arzu Merali y Sirin Adlbi Sibai han ensayado alrededor de los paralelos, las problematizaciones y las desavenencias que pueden existir entre un feminismo occidental y la lucha específica de la comunidad musulmana. Estas autoras señalan el peligro de utilizar ideales de conceptos occidentales para evaluar la otredad, el proyecto de colonización que puede esconderse tras la supuesta liberación democrática y feminista.

Desde este punto de partida, en realidad, lo que proponen las autoras es una decolonización del pensamiento, así como un replanteamiento de las categorías de análisis de las relaciones de poder, del género y sus implicaciones sociales. Así, se vuelve fundamental poner atención a las experiencias, a la manera de ver el mundo desde esta postura en específico.

Por eso nos acercamos a Mariam Weston, quien plantea distintas cuestiones desde su contexto como minoría musulmana en México. Mariam ha puesto especial énfasis, tanto en su trabajo como en sus participaciones en foros internacionales, en la urgencia de un cambio en la representación en los medios de las mujeres musulmanas. Así, ha trabajado para ser un modelo para las musulmanas más jóvenes que viven, como ella, en un país donde son minoría.

Ha realizado una labor intensa como activista ambiental: es directora de proyectos de una fundación mexicana llamada Animal Karma, que se dedica a la conservación de especies, principalmente felinos y grandes primates. Estudia Ingeniería en Desarrollo Sustentable y es cofundadora de una consultoría ambiental, Clima, cuyo propósito es brindar soluciones para los problemas de las empresas del siglo XXI.

En su ponencia en la Cumbre para minorías musulmanas, abordó sus preocupaciones de visibilización de mujeres exitosas, tema que recuperó en el diálogo que se presenta a continuación.

Donají Zavaleta: ¿Cómo inició tu vida en el islam?

Mariam Weston: Mis padres son musulmanes conversos. Yo nací siendo musulmana, toda mi vida me la pasé yendo a mezquitas, eventos de convivencia, encuentros internacionales en Chicago, a los que me llevaba mi papá. Él abrió el primer centro islámico en México, en la Ciudad de México, estudió mucho la religión y lo invitaban a mil lugares a dar conferencias. Yo aprendí mucho de mi papá y siempre estuve fuertemente involucrada con la religión desde pequeña; forma gran parte de lo que soy, de mis valores.

Como preámbulo quiero aclarar que obviamente el islam es mi religión y la practico, pero a mí me falta muchísimo por estudiar. Voy a tratar de contestar desde mi perspectiva como persona y a través de mis experiencias como musulmana, pero no me gustaría que alguien tomara la entrevista como fuente de referencia para juzgar o calificar a todos los musulmanes.

A mí no me gusta decir que soy de tal o cual rama porque yo creo que seguimos la religión que nos enseñó el Profeta Mohammed y nos apegamos a sus enseñanzas. Algunos le llaman a eso ser sunni, entonces somos sunnis.

 

DZ: ¿Te consideras feminista?

MW: Es muy importante que recalque que para mí es un poco difícil catalogarme como feminista porque sí creo en muchos pilares del feminismo, sobre todo la parte de poder decidir qué hacer sin ser juzgada, pero también, algunas veces, puede llegar a ser un movimiento muy polarizante. A pesar de que coincido en varias cosas, sí siento que el feminismo debe considerar los contextos, conocer la cultura de las personas, las formaciones, todo. No porque una mujer no haga lo mismo que tú con este concepto de feminismo occidental, no quiere decir que no sea una mujer independiente o no sea una mujer autónoma o una representación de una lucha.

Quiero dejar eso en claro porque sí considero que soy una mujer líder, independiente. También sé que nuestro sistema ha creado brechas muy grandes y ha forzado una cultura machista completamente con la que no estoy de acuerdo, pero no es el mismo caso en todos los lugares del mundo.

Estoy muy en contra de la violencia contra las mujeres, si hay algo del feminismo que me gustaría retomar mucho es eso. La violencia contra nosotras es algo muy grave y algo que no debería de pasar nunca y no se justifica. Además, sí me ha marcado mucho vivir en un país donde hay tantos feminicidios. Ni siquiera puedo entender por qué alguien podría matar y abusar de una mujer solo por ser mujer.

 

DZ: ¿Qué ha implicado para ti la experiencia de la religión musulmana?

MW: La verdad es que yo creo que la religión me ha salvado de muchas cosas. Ha sido realmente una bendición. No quiero sonar como que estoy predicando. Por ejemplo, en mi religión no se permite el consumo de alcohol. Por cosas como esa hubo siempre una delimitación muy grande entre lo que yo podía hacer con mis amigas y lo que ellas podían hacer como grupo separado.

Me supe enfocar en otras cosas diferentes desde muy joven que me permitieron ser la persona que soy hoy. Yo me preocupaba mucho más por aprender sobre todos los tipos de animales que existen antes de querer ir a una fiesta. Tampoco quiero decir que una fuera mejor o peor que la otra, solo para mí no era una prioridad como para otras personas porque simplemente en mi día a día no se vivía eso.  Todas estas circunstancias me fueron llevando hacia la persona que soy.

También tuve muchas opiniones encontradas con varias personas. Sobre todo, con las cosas que te dicen desde pequeña, muchas otras niñas, por ejemplo, me decían que era súper importante tener novio, o no quedarse sola. Además, realmente hay cierto grado de competencia de imagen entre mujeres, que suele estar ahí mientras crecemos, y yo nunca le di tanta importancia porque realmente a mí nunca se me fomentó esa parte. La verdad es que yo no le dediqué tiempo a mi imagen porque para mí no era tan importante agradarle a la gente a través de mi apariencia.

Cuando usaba mi velo sentía que había un poco más de respeto de las personas hacia mí, me trataban muy amablemente. Me parece que México siempre ha sido un país muy inclusivo en ese aspecto. Lo único que sí me marcó es que, aun usando mi hiyab, yo iba caminando por la calle, y un hombre me dijo, ya sabes, un “piropo”. De verdad que no importó dónde estaba ni cómo vestía.

Otro asunto con el que me he encontrado es que en el medio científico o en la escuela, cuando la gente habla de religión lo hace de una manera medio despectiva, como si creer en dios fuera algo retrógrada.

No todas las religiones son represoras, por ejemplo, en el islam te inculcan mucho la búsqueda de conocimiento y también siempre se nos ha dejado en claro que la ciencia no está peleada con la religión. De hecho, los grandes libros de álgebra, química, incluso las cuestiones históricas y traducciones del griego, toda la preservación de la historia fue gracias a los musulmanes.

Sí me molesta que existan prejuicios en contra de las religiones, pero eso me lleva a ser un poquito más fuerte en la búsqueda del conocimiento. Me gustaría mucho poder ser un ejemplo para otras generaciones, otras musulmanas que se sientan solas, sobre todo en un país de minoría musulmana como México. Aquí no hay un sentido de comunidad tan fuerte como lo habría en Inglaterra o en Arabia Saudita y realmente hay muy pocas personas a quién admirar. Digo está la cultura pop, prendes la tele y vas a ver a Emma Watson o mujeres que son buenas en lo que hacen, pero al final de cuentas sabes que no puedes conectar por completo porque sí eres diferente en las creencias.

No hay suficiente representación de mujeres musulmanas exitosas y  eso de verdad desmotiva mucho a las niñas en su búsqueda de qué quieren hacer. Digo, muchas dirán que es por tu fe y todo eso, que debes de seguir y, claro, aquí estamos haciendo la lucha, pero  en países occidentales donde las musulmanas somos minoría, es desconcertante no conocer a alguien a quien puedas admirar y querer ser como ella. Alguien que practique su religión y a parte sea relevante en la ciencia, en los negocios, en el diseño. No hay suficiente representación.

 

DZ: ¿Cómo fue usar el hiyab durante gran parte de tu vida?

MW: Yo empecé a usar hiyab en la prepa y lo seguí usando hasta la mitad de mi carrera. Planeo volver a usar mi velo pronto. Fue una experiencia súper enriquecedora porque me formó mucho en carácter. Me gustó porque me despreocupaba del aspecto físico y realmente me dedicaba a ser yo. Es una experiencia de libertad.

La gente me trataba como si fuera extranjera en el sentido de que eran demasiado amables. No había faltas de respeto o yo no me sentía juzgada en lo absoluto, pero en ciertas ocasiones no había suficiente inclusión. Yo creo que se presentía que era diferente, que podía no ser compatible con ciertas cosas.

Me ayudó mucho a forjarme y a ser mejor persona porque sentía en mis hombros toda la responsabilidad de representar. Quizá todas las personas en México que me veían era la primera vez que veían una musulmana en su vida; si hacía algo incorrecto automáticamente iban a pensar que todos los musulmanes son así.

Sí siento que el velo te ayuda a ser mucho mejor musulmana porque se convierte en un recordatorio constante de las cosas que realmente te importan, la modestia, por ejemplo. En ese sentido me ayudó mucho, pero es un arma de doble filo porque sentía una presión horrible: si decía algo incorrecto iban a pensar que era porque soy musulmana, o iban a juzgar a toda una religión con base en mis acciones.

Se fue acumulando mucho la presión y, a pesar de que yo sé que uso el velo por convicción propia, por mi propia fe y solo para agradarle a Dios y no a los demás, creo que para mí fue importante dejar de usarlo un tiempo. Necesitaba dejar de sentir esa presión; no quiero que juzguen a mi religión por cómo yo vivo o me desenvuelvo. Aunque me gustaría volver a usar mi velo pronto porque sí es una parte de mí muy importante.

El hiyab es parte de una reflexión relevante. Hay muchas musulmanas que no usan su velo porque en su trabajo no pueden o porque sienten que van a ser juzgadas. También es una cuestión de saber qué es lo que tú quieres hacer y por qué lo estás haciendo o por qué no lo estás haciendo. Usarlo implica valorizar eso. Nos puede ayudar mucho entender el por qué, tener la convicción de que lo estás haciendo para agradarle a Dios. Asumir la vestimenta debe ser algo voluntario, si se hace por coacción pierde un poco el valor.

Realmente considero que usar el velo es un acto de feminismo, sobre todo ahora con toda esta malinterpretación del islam. Quizá algunas lo dejan de usar porque sienten que van a ser juzgadas, reprimidas, porque aquí en Occidente se tienen muchos prejuicios, como que lo usamos para complacer a nuestros papás o al esposo. Esto no es verdad, es para complacer a Dios y es lo más importante.

A veces usar velo en muchos países donde hay islamofobia te convierte en un target, te pueden golpear en la calle. De verdad admiro mucho a las musulmanas que se ponen con orgullo su hiyab en países donde están prohibiendo su uso, como en su momento en Francia, por ejemplo. Las musulmanas cuestionamos esas prohibiciones; lo usamos porque queremos no porque vaya en contra de nuestra libertad. Esas musulmanas son un ejemplo de feminismo en sus propios términos.

 

DZ: Autoras como Sirin Adlbi Sibai declaran que no se consideran feministas porque el feminismo puede ser un arma de doble filo, un instrumento que coloniza culturas no occidentales en lugar de entender su realidad específica, ¿cuál es tu opinión sobre esto?

MW: Por eso justo siento que no me gusta decir que soy feminista. Es importante entender el feminismo, cómo surge, que es un movimiento contra cosas muy específicas, pero no necesariamente nos representa a todas de la misma manera.

El islam es una religión de miles de años, nosotros creemos que es una religión desde Adán y Eva. No podemos enfrascarlo todo en el mismo lugar y tampoco podemos pensar que para validarnos tenemos que apegarnos a los mismos estándares. Creo que hay que leer muy bien las historias, la razón de los movimientos y entender las culturas.

Cuando el islam surge se nos dice: todos son iguales, mujeres y hombres ante Dios. No hay una división, todos son musulmanes. No es separatista, en el sentido de que todo el mundo va a ser juzgado por igual, todos tienen los mismos derechos ante Dios.

Sí, en la religión hay una sección para mujeres y una para hombres, pero no es para demeritar a las mujeres. No nos segregan por “impuras” ni nada parecido, al contrario, es para hermanarnos, para crear esta sororidad,  para decir: “este es nuestro lugar”.

Una mujer puede tomar parte de las actividades de una mezquita, tener grupo de estudio, ser líder dentro de su comunidad. Hay muchos ejemplos de feminismo dentro de la historia del islam como Mariam o María, la madre de Jesús. Fue una gran líder y para mí un gran ejemplo de lo que es ser una mujer independiente y fuerte en esa época.

El feminismo ha ayudado a muchas mujeres, pero es un concepto completamente occidentalizado. Tiene buenas raíces, buena causa; sin embargo, tiene que considerar otras maneras de vivir la libertad.

Yo sé que muchas de las mujeres que se llaman feministas son muy abiertas, están dispuestas a escuchar tu punto de vista. Yo creo que, en el fondo, el corazón de esto es el respeto.  Siento que sí hace falta entender los conceptos, las culturas, y no solo enfrascarnos en estereotipos.

 

DZ: ¿En alguna situación una mujer, o una mujer abiertamente feminista ha reaccionado de manera prejuiciosa frente a tus convicciones religiosas?

MW: Nunca he tenido esa problemática y tal vez se deba a que verdaderamente tus acciones hablan más que tu imagen. Una vez que me conocen se dan cuenta que no soy para nada una mujer reprimida o algo parecido.

Por eso regreso a mi parte de la representación porque siempre que vemos mujeres musulmanas en los medios están en peligro. Te voy a dar un ejemplo un poco trivial, pero que me parece adecuado. Cuando vi Spider-Man: Far from home, me gustó que una de las compañeras de Peter Parker era musulmana, y estaba ahí con los demás con toda la naturalidad. Ahora imagínate si en lugar de soft representation como esa, hubiera realmente películas de mujeres líderes musulmanas. Mujeres que no vivan en un plano de misoginia. O que haya fondos para mujeres musulmanas investigadoras.

Todas esas líderes que ya existen, pero no tienen suficiente representación en los medios. Hace poco tomé un taller en Cambridge, donde conocí a Matrah Al-Mutari, que vive en Dubai y trabaja investigando un tipo de antílope, se dedica a la recuperación de esta especie como parte del Kuwait Institute for Scientific Research. Yo quiero saber cuándo vamos a empezar a conocer musulmanas haciendo cosas extraordinarias, esa mujer lleva muchos años de preparación, de estudios y no veo las notas sobre ella.

Ibtihaj Muhammad es esgrimista y fue campeona olímpica. Tampoco tiene la representación que debería, entonces eso hace falta: para que dejen de ubicar a las musulmanes como sumisas, reprimidas hay que dejar de enseñarlas así.

Otra cosa súper importante que hay en las comunidades musulmanas de mujeres es la sororidad. Todo el tiempo estás con mujeres, se vuelven una segunda familia, entonces te haces súper fuerte. Aquí en México es bien difícil porque no hay muchos musulmanes y menos de mi edad, pero lo que he experimentado en otros países es que tus amigas de la mezquita también van a ser tus amigas de vida.

Creo que hay un vínculo muy fuerte ahí, digo obviamente no es cuestión de cierta edad o que solo pueda generarse con otras musulmanas. Al contrario, quiero muchísimo a mis amigas no musulmanas, las amo y las admiro en su propia vida.

De nuevo, lo más importante es el respeto. Lo único que sí he sentido es que en los medios de comunicación se estigmatiza a las musulmanas. Como si fueran sujetos de lástima por usar su velo o cosas como esa. Me encabrona muchísimo porque siento que ni siquiera entienden.

Algo que me pasó en la preparatoria, fue que para una materia tuvimos una actividad en la que todas se tenían que poner un hiyab. Supuestamente era para hacer conciencia sobre cómo vivían las mujeres en otros países, o realmente nunca terminé de entender el propósito. Se me hacía bastante contraproducente. Un día las mujeres se tenían que poner hiyab y no podían hablar con los hombres, un hombre tenía que pedir por ellas en la cafetería, se tenían que sentar hasta atrás, no podían hablar. Al día siguiente, a los hombres les tocaba hacer eso.

Me sentí muy ofendida. Yo usaba mi velo diario y no tenía que hacer ninguna de esas cosas. La mayoría de mis compañeros se llevó una idea súper equivocada de lo que es ser musulmán porque nunca hubo una reflexión al respecto de esa actividad.

Me parece importante destacarlo porque hasta hace muy poco se dejó de hacer esa actividad, pero se realizó durante muchísimos años. Eso generaba un estereotipo de misoginia de la religión. No hubo una clase en la que se reflexionara al respecto, que se explicara que esto no era por cuestiones religiosas sino por cuestiones sociales distintas. Esa pequeña parte de mi vida fue bastante frustrante. Me caía bien la maestra y no quería ofenderla, pero no estaba bien realizada la actividad. Afortunadamente ya no se hace.

 

DZ: ¿Cómo fue tu participación en el congreso de minorías musulmanas?

MW: Fue un congreso de minorías musulmanas en Turquía, Estambul. La inauguración la dio el presidente de Turquía. El propósito era hablar de los problemas de los países en que los musulmanes son minoría, tratar de abrir una conversación para ver cómo podríamos encontrar soluciones. Fui en representación de México.

Me pareció muy interesante que no había restricción, si eras hombre o mujer podías ir a participar. A pesar de que estaba abierta la invitación, de 300 personas, 15 más o menos éramos mujeres. Yo tuve una intervención para hablar de México, planteé los problemas, pero aprovechando el fórum y la atención de todos los congregado ahí ­­-gente de Canadá, Australia, México, Ecuador, Bolivia, Guatemala, Cuba, entre otros- aproveché para decirles que no había tanta inclusión.

Hablé sobre la representación y que en lugar de estar hablando de problemas deberíamos hablar de soluciones. Buscar cómo hacer que la juventud musulmana se conozca, se conecte para que empecemos a apoyar proyectos.

Realmente aquí está el panel, todas las puertas abiertas para que pueda haber una voz. Hace falta un poco más de eso, de fomentar el impulso, de unirnos. Es importante integrar a las jóvenes musulmanas para que hagamos estos eventos, encontrar soluciones, apoyar proyectos, que sí los hay, pero no son de talla internacional tan grandes como uno esperaría.

Hay un problema entre la juventud musulmana que es la asimilación. Creo que esto es precisamente por la falta de representación porque en los medios no vemos a mujeres musulmanas. ¿Dónde están nuestras futuras directoras del cine islámico?, ¿dónde están nuestras futuras diseñadoras de moda?, ¿nuestras deportistas musulmanas? Esa fue mi intervención y la verdad es que fue muy bien recibida. No esperaba una respuesta tan buena. En cuanto terminé todos me aplaudieron y cuando se acabó se acercaron para pedirme mi tarjeta, para que viéramos cómo podríamos colaborar. Estamos a la espera de que se tome en cuenta esa pequeña propuesta que se hizo.

 

DZ: ¿Qué recomendarías a otras mujeres musulmanas?, sobre todo en un contexto como el tuyo en el que señalas que la creación de comunidad es un reto constante.

MW: Les recomendaría acercarse a sus hermanas, a su comunidad, a las mezquitas, que vayan a pláticas, a eventos, que se involucren en la comunidad o en actividades extracurriculares que sean de formación. Sobre todo, si quieren acercarse al feminismo, entender el papel de las mujeres líderes en el islam, acercarse sobre todo a conocer su religión, conocer la vida de las hijas del Profeta Mohammed, la historia de Mariam.

Hay cosas en las enseñanzas de la vida del Profeta y en el Corán mismo, pero nada como involucrarse, ir a pláticas y eventos. Hay bastantes grupos estudiantiles de musulmanas mujeres que hablan mucho sobre el hiyab, el valor de por qué se usa. Hay una chava en particular que se llama Essma Bengabsia, es parte de The Muslim Network. Ella estudia en NYU y tiene un blog muy interesante, el cual recomendaría que leyeran.


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.

El pasado 20 de febrero, la escritora chilena Nona Fernández estuvo en la FIL Minería 2020 para presentar su libro Space Invaders, editado por el Fondo de Cultura Económica. En esta novela, nos cuenta de manera fragmentaria la experiencia de un grupo de niños que crece durante la dictadura chilena. La memoria colectiva se recrea, con todas sus complejidades, alrededor de una personaje que se invoca de distintas maneras en la narrativa, desde los sueños, las cartas y las noticias: Estrella González.  En Tierra Adentro tuvimos la oportunidad de hablar con ella sobre su proceso de escritura y la importancia de la memoria rebelde en su narrativa. La construcción de una historia colectiva, polifónica y libre es una de sus preocupaciones principales, así como uno de los temas de las siguientes palabras.

 

Tierra Adentro: ¿Cómo es ser escritora en Chile?

Nona Fernández: Voy a pensar primero desde mí y después intentaré hacer un relato más colectivo. Yo creo que no es fácil o no ha sido fácil. Bueno, ustedes son mujeres; ser mujer es más difícil que ser hombre y cuando uno se mete en territorios donde los intelectuales y los escritores normalmente son hombres, tiene que estar siempre muy expuesta a que ocurra cualquier cosa por estar ocupando un espacio que aparentemente no debiera ser tuyo.

Entonces debo decir que no es fácil ser escritora en Chile, pero cada vez es menos difícil. Se han abierto muchas conciencias, muchas cabezas, muchas ventanas para que cada vez sea más fácil y eso es un trabajo que hemos hecho las mujeres que escribimos: las generaciones más grandes, nosotras y el gran movimiento feminista que ya lleva unos años vigente. Así también, que las cosas se miren desde otro lugar, y que se nos observe desde otro lugar, que se nos permita un lugar.

Tampoco quiero sonar trágica, no es que sea todo difícil pero no es tan fácil. Yo he sido una escritora medianamente afortunada: no me fue difícil publicar, no tuve malas experiencias.

Cuando aparecieron las nuevas editoriales independientes en Chile de alguna manera se democratizaron las publicaciones. Eso hizo que muchas, no solo mujeres, hombres también, tuviesen más espacio dónde publicar y eso ha ayudado bastante.

Mi camino no ha sido tan desafortunado, he tenido suerte, creo que porque soy voluntariosa. He resistido y ha funcionado esa resistencia. Ahora puedo decir que no tengo problemas, yo puedo ejercer mis ediciones donde quiero. Estoy en un escenario más bien cómodo y, si me incomoda, tiene que ver muchas veces con el trato que recibimos las mujeres en general en el gremio.

Yo soy parte AUCH que es un colectivo de autoras chilenas feministas. Estamos intentando esa pelea por la paridad en los jurados, en las antologías, en las mesas de conversación; que no suceda que vamos a hablar sobre el cuento chileno y todos los autores son hombres. Somos mita y mota, 50% mujeres y 50% hombres, de hecho en Chile somos 51% mujeres, por tanto tenemos más derecho a tener más tiempo en la mesa.

Estamos en eso para visibilizar el trabajo de las escritoras y romper esas dificultades, que sobre todo se presentan cuando uno parte y no toda escritora debería tener la piel dura. De hecho, yo creo que las escritoras y los escritores somos personas sensibles, que nos cuesta porque ponemos pedazos de nosotras mismas en lo que hacemos.

Eso es un mix de lo que es ser escritora en este momento en Chile: es difícil pero se están abriendo nuevas ventanas, estamos trabajando conectadas. Eso no pasaba antes, por lo tanto nos da más fuerza como colectivo; más allá de lo estético, somos mujeres que escribimos cosas súper distintas, pensamos cosas muy distintas de la vida también, pero nos unifica la idea de democratizar el trabajo literario: que se lea más a las mujeres, si en la academia se revisa literatura chilena, que haya autoras en esa pasada literatura chilena. En eso trabajamos en alianza con las académicas, se ha generado un universo bien efervescente e interesante para eso. Entonces yo soy optimista, ha sido difícil pero cada vez debiese ser menos.

 

TA: ¿Cómo empezaste a escribir?

NF: Siempre me gustó la escritura, pero tenía mucho pudor porque, por lo menos cuando yo era niña, nunca conocí a una escritora o a un escritor. También en la dictadura donde había casi un oscurantismo cultural, no entendía cómo podía ser uno escritora o escritor. Además, tampoco existía una carrera, ahora hay muchas carreras de Escritura Creativa, eso te da una pauta. Yo no entendía cómo se podía hacer, pero eso no quiere decir que yo no escribiera, yo escribía igual, escribía para mí, para mi cajón del velador. No mostraba nunca nada.

Cuando llegó la democracia se abrieron muchos talleres literarios que no existían antes, o habían, pero eran muy poquitos. Yo tenía ahí como 17 años. Tenía claro que quería escribir, empecé a estudiar teatro, pero quería escribir. Era como una inquietud, no lo pensaba como una carrera, no había pensamiento, quería escribir nada más.

Tomé un taller literario que era muy interesante porque era un taller donde tú mandabas tu texto, lo seleccionaban y además te entregaban una pequeña bequita de dinero. Entonces era súper conveniente, era para las fotocopias, para la locomoción.

Además, algo que no leí en ese momento, fue que es bueno que alguien de pronto seleccione un cuento tuyo, dentro de un universo donde de pronto uno se topa con las dueñas de casa que van a escribir, que todo es muy legítimo pero batea un poco el nivel del taller. Todos los que quedamos eran personas que querían de verdad escribir, la mayoría con mucho más ímpetu que yo, que se creían escritores, sobre todo los hombres.

Ese taller para mí fue fundamental, lo impartía Antonio Skármeta, un autor chileno. Uno hacía una especie de clínica, cada quien tenía un proyecto y lo iba compartiendo.

Éramos varios, yo diría que como 16 personas. Para mí fue fundamental primero entender -eso lo aprendí de ellos, debo decirlo­- que si quería ser escritora tenía que decir “yo soy escritora”. Todos escribíamos lo mismo, pero ellos decían “soy escritor”. Entendí también que si quería ser escritora tenía que escribir, no había otra manera de ejercerlo y lo hice, porque además era un espacio muy gozoso. Entonces escribí y escribí, unos primeros cuentos, primeras novelas. Todo muy malo, la verdad, ahora a luz del tiempo lo observo, pero me creí la idea y dejó de ser un problema para mí mostrar mi trabajo. En el ejercicio del taller empecé a mostrarlo y sentí que no era tan malo, o era tan malo como lo del resto. Aunque, sin dudar, había compañeras y compañeros que eran buenísimos.

Uno aprende mucho en los talleres, de ahí empecé a tomar varios con maestros distintos. Tomé con Pía Barros que es otra maestra chilena a quien yo amo, una escritora muy generosa. Tomé otro con otro escritor que falleció, Carlos Cerda, y ese fue el último.

Ya había desarrollado entre los talleres y a parte un conjunto de cuentos. Mi maestro en ese momento, Carlos Cerda, me dijo: “¿no los quieres publicar?”. En ese momento era difícil, había pocas editoriales como Planeta y Alfaguara, y un par de editoriales independientes grandes como Cuarto Propio. Él me dijo: “ya, vamos a las editoriales”, y me ayudó a tener ese primer nexo. Por eso digo que fui afortunada porque él me llevó, creyó en mi trabajo, me presentó a los editores, hice la primera publicación que no fue para nada traumática ni difícil, todo lo contrario. Luego hice una segunda publicación que tampoco fue traumática ni difícil de una primera novela que escribí sola, sin taller ni nada.

Después con mi tercer libro, que es un libro un poco más experimental y que costó publicarlo, empecé a vivenciar cosas más difíciles. Me decían cosas como: “¿Cómo escribe esto usted si usted es mujer?, ¿por qué no escribe de la bulimia?” Yo no tengo ningún problema con la bulimia, pero no era mi tema, no era algo que me llamara la atención escribir. Ahí empecé a entender que había temas para hombres y temas para mujeres; se volvió todo más complicado. Finalmente logré publicar ese libro y de ahí seguí mi camino.

Cuando llegaron las editoriales independientes, para mí fue muy fácil estar en ese espacio, generando una literatura un poco más experimental y loca como es esta (señalando Space invaders). Después incluso ese mismo formato de trabajo lo pude empezar a ejercer en las editoriales grandes también. Yo publico un poco en Random House, un poco en otras editoriales, pero es un camino que uno gana porque ha escrito mucho y porque resistió mucho también.

En resumen, creo que fueron los talleres literarios y la convicción de que simplemente quería hacerlo. Nadie me iba a decir que yo era escritora si no me lo creía y perdí el miedo de mostrar, sobre todo eso: mostrar y validar la opinión del otro. Eso fue importante porque muchas veces al comienzo uno escribe algo y piensa que dice un montón de cosas que no está diciendo. Eso que tú escribiste no quiere decir que se entienda necesariamente, para mí fue muy vital aprender de la mirada del otro, qué decía y qué no decía, qué información daba, cómo el otro entendía todo esto que uno algunas veces cree que está y no está.

 

TA: ¿Cuáles son tus referentes literarios y fuera de la literatura?

NF: Son millones y siempre los estoy cambiando. Voy a remitir a los más originales que son con los que partí y hablaré de literatura chilena. Voy a ser una embajadora. Hay una autora que yo aprecio mucho que se llama María Luisa Bombal, que tiene un libro fundamental: La amortajada. Yo lo tuve que leer en el colegio, lo leí como lectura obligatoria.

María Luisa era muy diferente a todos los autores, sobre todo autores, creo que fue la única mujer leí en ese momento. Los autores chilenos no me pasaban en ese tiempo, todos eran muy criollistas, muy realistas, algunos me gustaban, algunos menos. De pronto aparece este relato de una mujer que la están velando, uno empieza a entender que está muerta, y recupera pedazos de vida a medida que la vienen a ver las personas. Yo encontré que era una chifladura maravillosa, como que se me destapó algo de esas ganas de escribir. Pensé “qué entretenido hacer esto”.

No se me había ocurrido que uno podía jugar con los materiales así, para mí fue muy vital esa lectura. Siempre vuelvo un poco a ella y me siento muy cercana a su trabajo; de hecho, en mi primera novela, el epígrafe del libro es una frase de La amortajada. Siento que venero esa tradición que no es tan realista.

También me siento parte de la familia de otro autor chileno, Pepe Donoso. Es uno de esos autores que de pronto toda la gente lo ama y después todos lo odian. Cuando yo lo empecé a leer toda la gente lo odiaba, y yo no entendía por qué lo odiaban. Lo encontraba tan entretenido: muy onírico, muy extraño, hasta gótico a ratos. Me gusta mucho su trabajo.

Hay un autor que se llama Carlos Droguett que no es muy conocido. Tiene una escritura de la que me siento heredera porque hace un ejercicio muy político en un libro que se llama Sesenta muertos en la escalera. Aquí habla de una gran matanza que hubo en Santiago de Chile cuando él estaba vivo. Genera un relato muy bonito sobre eso que ocurrió, bonito y terrible, y sobre la importancia de recordar eso que había pasado, que es algo que está súper presente en mis libros también.

Bueno y debo decir, Rulfo es un autor que admiro muchísimo hasta el día de hoy.

Ray Bradbury, también, cuando leí las Crónicas marcianas fueron una lectura muy vital para mí. Uno podía estar en la Luna, podía visitar Marte si quería, si uno podía escribirlo. Eran como invitaciones, me despertaban el goce por la literatura, y ganas de habitar esos espacios. Eso fue siempre muy interesante.

Hay una autora chilena que sé que no es conocida aquí, Nene Aguirre. Es dramaturga, era asistente social y escribía desde ese lugar, dándole voz a las personas que no tienen voz a partir de su obra. Es un ejercicio que a mí me interesa mucho cuando escribo: generar, dar un espacio en la literatura a aquellas voces que no tienen espacio en la realidad.

Me siento emparentada con Diamela Eltit, me gusta mucho cómo trabaja ella en el sentido de que es una escritura que está siempre leyendo la época. Diamela hace como una registrada y logra generar metáforas de época. Uno lee la realidad en sus libros como los adivinos leen las hojas de té, lo que pasa en un código distinto porque no es realista lo que ella escribe. La última novela, Sumar, se trata de una gran marcha. Los ambulantes de Santiago, que son los vendedores ambulantes, partieron en algún momento que uno no termina de entender cuándo una gran marcha hacia la Moneda (la Moneda es el palacio de gobierno de Chile). Una marcha que lleva un tiempo infinito, nadie sabe cuándo partió ni cuándo va a terminar, pero es un gran reclamo de esta gente a la Moneda. Además, narra las vidas de ellos, un poco como “La autopista del sur” de Cortázar, que empieza cuando los autos se detienen por el tránsito y no avanzan. La gente estaba en ese atochamiento y pasaban años, entonces empezaban a establecer relaciones, lo mismo aquí, pero con la marcha.

Luego acá viene a Chile esta gran revuelta en la que estamos ahora. La lectura de la Diamela se vuelve casi una lectura gitana, como un vaticinio de lo que venía.

Esos son mis referentes más originales, yo diría, están más presentes estructuralmente, son las lecturas que he hecho más joven. Claro uno siempre está leyendo cosas. Por ejemplo, me ha gustado mucho la lectura de Truman Capote, A sangre fría, es una novela que cuando la leí dije “yo tengo que escribir algo así”, pero después se me olvida. Voy a otra cosa, pero claro es uno de los autores que iluminan muchísimo.

 

TA: ¿Cuáles son los temas recurrentes en tu escritura?

NF: Siento que uno no termina de hacer la curatoría de los temas que quiere trabajar. Es como que caes en ellos, y a mí me ha pasado que desde el primer libro que trabajé hasta el último que va a salir pronto, siempre he estado inscrita en el mismo tema. O no en el mismo tema, es como si uno habitara un mapa o un cuarto y va iluminando distintos sectores de ese cuarto, va descubriendo el espacio, pero es el mismo cuarto. A veces uno cree que es otro, después llegas al final del libro y te das cuenta que era lo mismo, solo que ahora estaba mirando el techo no el suelo.

Desde el origen he estado revisitando la historia reciente de mi país, para tratar de entender todo eso que nunca entendí. Probablemente porque era muy joven o porque tampoco había muchas herramientas para entenderlo, y partí un proyecto que ha sido muy natural: empecé mi primer libro y ese primer libro me llevó a un segundo, el segundo a un tercero, y hay un momento en el que todo se vuelve más consciente. Yo me volví más consciente de lo que estaba haciendo y empecé a buscar ya las historias que tienen que ver con ese universo.

Este libro (Space invaders) es un poco eso también. De pronto apareció la historia de Estrella porque pasé por su casa, que no había pasado en décadas y me acordé de ella. Había algo de esta historia que no me acordaba mucho; su papá, el caso degollados, Estrella González. Yo no tomo la decisión, la decisión se tomó antes, y me pongo a escribir nada más. Después aparece algo en ese libro que me invitó a escribir otro y así he ido siempre.

Si tuviera que resumir, los grandes temas son la memoria, la memoria histórica de mi país, la historia más reciente de mi país; todo lo que tiene que ver con eso, cómo se ha pauteado esa memoria, cómo se ha silenciado parte de esa memoria, cómo se nos hace creer ciertas cosas y se nos hace olvidar otras; también la memoria particular de cada personaje, qué y cómo recordamos, qué invento nos pasamos a veces como recuerdo, qué olvidos tenemos, por qué olvidamos ciertas cosas, cómo el recuerdo de la época nos hace pensar que las cosas son de una manera cuando de pronto nos damos cuenta que eran otra completamente distinta.

Siempre creímos una historia y después nos damos cuenta que era otra.

En el último libro (Voyager, 2019) intenté salirme de la memoria histórica. Fui a investigar cómo funciona nuestro hipotálamo a nivel neuronal, qué significa la memoria, cómo la memoria está incrustada en el ADN. Por ejemplo, sabemos gritar cuando tenemos días, nadie nos enseñó a gritar: es una memoria que está en el cuerpo, ni siquiera en el hipotálamo sino en nuestras células. Eso también es bonito de constatar.

La memoria ha sido el gran tema, ni siquiera porque yo lo haya decidido. La memoria, lo tramposa que es, lo arbitraria que es, lo arrebatada que es, lo rebelde que es; la memoria y mi generación, la dictadura y la memoria reciente en mi país.

 

TA: ¿Cómo ha sido tu proceso de reapropiación de la historia?

NF: A partir de lo que he escrito y de lo que he recibido de vuelta, en términos de la reflexión que conlleva, cada vez que he escrito un libro muchas veces me pregunto por qué estoy contando esta historia que ya pasó. A medida que he ido escribiendo he ido entendiendo que me interesa mucho porque tengo un enigma con la historia reciente en mi país, de lo que ocurrió.

Tengo muy claro que la historia oficial que se nos ha contado no es del todo real, que las historias oficiales se cierran, son una versión de las cosas. En general las memorias colectivas están hechas de muchas versiones; como todas las hermanas en una familia recuerdan cosas completamente distintas del padre que falleció. Eso no quiere decir que sus versiones sean erróneas, quiere decir que el padre era todo eso: era hermoso, maravilloso y era castigador y desgraciado al mismo tiempo. Lo mismo pasa con los recuerdos de una nación o de un país, esta historia fue de un modo y también fue de este otro. Se creó un Chile de tal manera, pero también se sepultó un Chile de otra manera.

Siento que eso es importante porque nos ayuda a construir presente y nos ayuda a construir futuro: apropiarse de la historia, pensar que los hechos no están en un museo o en un historial ni es algo que te dice un profesor o un experto. La historia es nuestra y si no es nuestra, ¿de quién es?, ¿de qué nos sirve una historia que quede en el museo o en el libro? La historia sirve en la medida en que es un acto presente que nos ayuda ahora para resolver nuestras problemáticas, incluso para observar cómo puede venir un futuro. Por lo tanto, tiene que ser nuestra y si podemos apropiarla, tomarla y escribir de los hechos, escribir versiones no dichas pero que son también reales. Es un poco lo que he empezado o he tratado de hacer, yo creo que es un acto de rebeldía frente a las cosas que son de una sola manera.

 

TA: Gran parte de Space invaders sucede en los sueños de los personajes y uno nunca sabe si lo que sueñan es real. ¿Cómo relacionaste el mundo onírico y el tiempo fraccionario con una forma de estructurar la narrativa?

 

NF: Fue una decisión bien concreta porque me pasó que, frente a la casa de Estrella, tomé la decisión de convocar a algunas amigas del colegio para poder recordarla. También pregunté a algunos amigos del colegio menos cercanos sobre ella, como para tener más información, para activar mi propio recuerdo. Así comprendí algo muy particular, que no había pensado antes: cada uno recuerda lo que quiere.

Si yo decía Estrella González todos sabíamos de quién estábamos hablando: “Ah, Estrella, la del caso”. “Pelo largo, blanca, blanca, un poquito pechugona”. “No”, decía el otro, “no, tenía el pelo súper corto, era flaca, flaca”. Surgió una gran cantidad de versiones. Claro, yo tenía mi propia Estrella en la cabeza, la sigo teniendo.

Empecé a preguntarme: ¿cómo era?, ¿era como yo creo que era? O era así o era así o era asá. Entonces me di cuenta que no tenía cómo saberlo y, ¿quién soy yo en el fondo para decidir quién era o cómo era? Probablemente incluso con la suma de todas las versiones de ella no vamos a dar nunca con la realidad. Me di cuenta que eso tenía que ser narrado por un coro de personas, desde ese lugar poroso que es la memoria, que no es un lugar que pueda ser concreto.

Me pareció que los sueños de alguna manera eran un lugar que se asemeja mucho a los recuerdos: los sueños son tremendamente personales. Me interesaba que fueran oníricos porque, por lo menos en mi país, fuimos pautados para no recordar y vivimos en un sistema donde estamos siempre ocupados; no hay tiempo ni para recordar ni para juntarse ni para reencontrarse. Entonces sentía que podía ser bonito que estas personas que no tienen tiempo finalmente pudieran reencontrarse. Estas personas que viven agotadas lo hacen con colchones desperdigados en la ciudad, pero cuando sueñan, entran a ese lugar de reposo, de descanso y pueden reencontrarse, recordar. Incluso aparece este sueño como una especie de condena en ellos porque es un material que no está del todo resuelto.

En ese espacio que es el onírico caben todas las versiones posibles, todo se relativiza porque finalmente no sabemos hasta qué punto tenía el pelo largo o si es como ellos dicen que es. Además, en los sueños hay quienes tienen distintas percepciones más claras: hay gente que sueña en colores, otra que nunca ha soñado con voces, hay gente para la que todo es muy intenso, colores muy fuertes. Nuestra manera de soñar es como una huella digital, es súper particular y los recuerdos también. Los sueños están hechos gran materia de nuestros recuerdos.

Ahí encontré un código que me pareció interesante trabajar. Me permitía jugar con esta estructura que es fragmentaria, no es lineal, no es aristotélica. Son muchos materiales, versiones, cartas, recuerdos de unos, de otros y míos. Finalmente, la lectora o el lector terminan de completarlos, de darle unidad o de entrar a ello.

 

TA: Justo el sueño es como un punto de encuentro entre los que están lejos y Estrella que ya no está.

NF: Exactamente y ella igual es un personaje no asible. Nunca está la voz de Estrella, nunca la sabemos, pero en el sueño es posible es convocarla, intuir su presencia.

 

TA: Por último, hablemos del estallido social en Chile, ¿tú crees que hay alguna conexión entre el pasado que buscas desenterrar y el presente? ¿Crees que son problemas sociales que han venido arrastrando desde la dictadura?

NF: Voy a tratar de resumir. Desde el 18 de octubre, Chile está en un estallido, una gran revuelta que no ha parado, llevamos 4 meses así. Se dice que Chile despertó, abrió los ojos y lo fundamental es que se ha exigido el fin del abuso. “Que la dignidad se haga costumbre”, esa es la gran consigna.

Todas las grandes demandas que hemos tenido por décadas y que se han ido expresando de manera parcializada: las demandas por la salud, por la educación, por las pensiones, las demandas de las mujeres a nivel de feminismo siempre son separadas. Lo que ocurrió ahora es que salimos todas y todos a la calle a reclamar basta.

Eso fue tremendamente emocionante, pero han pasado 4 meses y en términos políticos la situación es la misma. No hemos avanzado hacia otro lugar, pero estamos dialogando por primera vez algo que es muy importante para Chile: la idea de una nueva constitución. Nosotros tenemos la constitución de los militares, es la misma que redactaron ellos. Después en democracia tuvo algunas modificaciones, pero se volvió a firmar. Es la misma constitución que, además, es ilegítima porque se eligió en dictadura en un plebiscito en el que nadie votó finalmente.

Lo que se quiere ahora es la posibilidad de cambiarla, partir de una página en blanco. Eso es un gran avance porque cambiaría el tablero del juego para que todas esas demandas puedan realmente realizarse y exista un sistema económico que lo permita. La constitución que tenemos tiene al Estado en un lugar de subsidiario, es decir, solamente se hace cargo de las materias sociales en la medida que lo privado no se haga cargo. La educación, la salud, el transporte, el agua, las pensiones están privatizados. Hay sectores que son públicos, colegios, hospitales, pero están en una precarización absoluta. En el caso de los hospitales la gente muere esperando sus operaciones. Te dicen “te operamos”, y de eso pasan siete meses, pasan años. La gente muere y es muy normal, no es algo raro, no es un caso o dos casos, es así.

Necesitamos ponerle un fin, necesitamos tener un tablero que nos lo permita hacer y se está dialogando por eso. Lo que necesitamos es seguir movilizándonos para que esa redacción se haga por una asamblea vinculada a la ciudadanía, que ahí no tenemos muy buen augurio en relación con el poder político; el gobierno no quiere eso.

Nosotros pedimos una asamblea que sea paritaria 50% mujeres, 50% hombres. El mundo político y el gobierno dice que no entiende para qué. Queremos una asamblea que sea plurinacional, que tenga cupo para los pueblos originarios de Chile, que se vincule con la ciudadanía y con representantes de todas las territorialidades. Esa pelea está muy difícil, nadie lo quiere ni el sector político. Estamos intentando que eso sea una realidad porque lo que se nos ofrece en el fondo es una constitución nueva, sí, pero hecha por un grupo de caballeros blancos que va a estar encerrado en el congreso. Vamos a tener una constitución seguramente mejor pero no lo que necesitamos.

Lo grave del asunto es que esta revuelta ha tenido muchos costos en materia de derechos humanos, ha muerto gente, hay mucha gente herida, hay gente que está con serios daños oculares, gente que ha perdido los ojos porque les disparan a la cara. El gobierno no se hace cargo, hay 4 informes de derechos humanos internacionales que se han ejercido; el gobierno los está desacreditando, dice que no son reales. Estamos sufriendo vulneraciones graves a los derechos humanos todos los días, yo estoy conversando con ustedes y algo está ocurriendo allá en este momento.

Eso está muy difícil de llevar porque es un paralelo. Muchos decimos hay que arreglar esto porque no nos sirve un proceso constituyente si nos están baleando. Lo he dicho y lo intento decir en todas las entrevistas porque la mirada internacional a Chile le pesa mucho y Chile no está visualizando esto que está ocurriendo.  Es como vivir un déjà vu de esta misma historia: otra vez los escolares están ahí, otra vez los están baleando, otra vez las marchas, otra vez las represiones, tristemente así.

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.
Fotografía por Nigorette

 

Cada vez es más frecuente escuchar la palabra separatismo en los movimientos feministas. “¡Convocamos marcha separatista!”, “¡este es el contingente separatista, no se aceptan hombres!” o “espacia separatista y libre de violencia”; sin embargo, lo que define mejor a estas acciones es el concepto de espacio no mixto.

El separatismo es una apuesta política y una praxis que va más allá de no permitir varones en espacias feministas.  Entonces, ¿qué es el separatismo? Es una postura política heredera de la corriente teórica “radical”, del feminismo de la diferencia y del materialismo francés.

Repasemos: el feminismo radical sostiene que las mujeres y los hombres no somos iguales porque ellos son socializados bajo el privilegio de género “varón” y nosotras, bajo la violencia de género “mujer”.  El feminismo radical afirma que la raíz de la opresión tiene base material en la sexualización del cuerpo, su posterior jerarquización y que el “género” es el mecanismo de opresión.

El materialismo francés analiza cómo es que crecer en un cuerpo sexuado de mujer determina cómo te trata el mundo porque la opresión está encarnada, tiene una lectura material. Mientras que el feminismo de la diferencia agrega que habitar el mundo desde un cuerpo sexuado no solo tiene implicaciones en cómo te tratan sino también en cómo ves el mundo; el cuerpo sexuado produce una ontología sexuada, entonces las mujeres y los varones somos ontológicamente distintos, opuestos.

Fotografía por Nigorette

Fotografía por Nigorette

Si metes todas estas ideas en una licuadora, concluyes que las mujeres somos oprimidas con base en nuestro sexo, que ese cuerpo sexuado produce una ontología (o un análisis existencial concreto) y que somos criadas bajo ese yugo llamado género. En el lado antagónico están los varones, quienes son socializados en la masculinidad —que siempre es tóxica—, cuya toxicidad deviene en una construcción ontológica que los hace incapaces de no ser violentos: son educados desde el poder para cometer abusos de poder y que, por más buena voluntad que tengan en deconstruirse como antipatriarcales, siguen siendo beneficiarios del sistema porque los privilegios no se tratan de cómo te beneficias de ellos sino cómo el sistema te beneficia a ti.

Basándonos en este marco teórico, mantener cualquier tipo de relación con ellos es seguir perpetuando sus privilegios y exponerse, o exponer a otras, a sus violencias.

Entonces el separatismo es: con los varones NADA. El separatismo significa apostar en la medida de lo posible, pero siempre como postura política, por otras mujeres.

Separatismo es no leer varones, no tener citas con ellos, no coger con ellos, no criarlos, no luchar con ellos, no darles apoyo emocional, trabajo, cuidado ni nada. Si vas a marchas no-mixtas, pero regresas a casa a servirle la cena a tu pareja, tu praxis se llama espacio no-mixto, no separatismo. Es importante hacer la diferencia para respetar a las genealogías lésbicas y a las feministas lesbianas que practican el separatismo como una apuesta política y asumen los costos.

Fotografía por Nigorette

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Todo esto suena bien, pero sucede que a menudo el separatismo es considerado como la cúspide de la praxis feminista o la única vía para la emancipación; sin embargo, desde los años sesenta, las feministas negras y de color han señalado que el separatismo es blanco; se han dedicado a poner los puntos sobre las íes acotando los errores teóricos, éticos y prácticos del feminismo hegemónico, así como sus propuestas de emancipación. Aun así cuando alguna mujer señala que el separatismo es mayonesa, se citan ejemplos como la Colectiva del Río Combahee, la aldea africana Umoja o los encuentros para mujeres convocados por las compañeras zapatistas. Ninguno de estos ejemplos es separatista.

La Colectiva del Río Combahee es muy clara en su manifiesto: “rechazamos la posición del separatismo lésbico porque no es una estrategia ni un análisis viable de la política para nosotras. Excluye demasiados y a demasiada gente, en particular los hombres, mujeres y niños negros. Tenemos bastante crítica y odio hacia lo que la sociedad ha hecho de los hombres: lo que apoyan, cómo actúan, y cómo oprimen. Pero no tenemos la noción descabellada de que esto sucede por ser hombre en sí, es decir que la anatomía masculina los hace como son. Como Negras encontramos que cualquier tipo de determinismo biológico es una base peligrosa y reaccionaria para construir una política. También tenemos que preguntarnos si el separatismo lésbico es un análisis y estrategia política adecuada y progresista aun para las que lo practican, ya que sólo admite las fuentes sexuales de la opresión de las mujeres, renegando de los hechos de clase y raza”.

Por su parte, las mujeres de Umoja ven a su aldea como una suerte de refugio, no como un espacio separatista. Ellas señalan que aman y desean poder vivir en paz con los varones de su comunidad. Es importante hacer énfasis en que Umoja es una estrategia de seguridad, pero no una postura política.

Tenemos otros ejemplos: Gloria Andalzúa afirma que las mujeres tercermundistas en Estados Unidos tienen una doble militancia: luchar contra el racismo y luchar contra el machismo de sus compañeros; Angela Davis hace un análisis extenso sobre cómo las feministas blancas denunciaban a las negras por “defender a sus violadores”. Han pasado casi 40 años desde que Davis escribió “El mito del violador negro”, a pesar de ello, hoy en día hay feministas que llaman cuidapijas a otras por oponerse a una postura separatista.

Foto por Nigorette

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¿Qué está mal con la lógica del separatismo? Teóricamente parece tener bases sólidas, y las tiene, pero solo para un grupo determinado de mujeres. El problema del separatismo es que está basado en análisis teóricos incompletos o sesgados que universalizan la experiencia “femenina” y “masculina” sin tener en cuenta las intersecciones de clase y raza.

Se habla de socialización masculina pero no de socialización blanca o de clase media acomodada, estas dos últimas socializaciones también producen actitudes violentas como el racismo y el clasismo. El problema con el análisis separatista es que considera al patriarcado como EL sistema de opresión, el kraken, y a la clase y la raza algunos de sus tentáculos, y no es así. El patriarcado es uno más de los tentáculos del kraken y no es más importante que la opresión racista o clasista.


 

Si las feministas negras y de color han señalado los errores teóricos del feminismo hegemónico, además de lo violentas que llegan a ser las estrategias derivadas de esos análisis, ¿por qué seguimos pensado que todas las mujeres estamos oprimidas y que un mundo sin varones sería mejor?, ¿por qué seguimos pensando que el separatismo es la cúspide de la emancipación?

Porque apela a nuestra emoción inmediata, en lugar de al análisis profundo: es tentador pensar en un mundo donde podamos salir solas de noche, sin miedo a que algún varón nos haga daño, pero, ¿en serio sería así? Cuando en tuiter una joven lanzó la pregunta “¿si no existieran los varones a quién le tendrías miedo?”, la violinista negra Jeniffer Rubio contestó: a las mujeres blancas. No considerar las voces de las mujeres racializadas e invisibilizarlas de las discusiones, también es racismo.


 

En el movimiento feminista hay una contradicción constante: por un lado, nadie quiere ser feminista blanca/blanqueada ni practicar un feminismo blanco porque está de “moda” la otredad; por otro, ninguneamos, silenciamos o no tomamos en serio los aportes de las feministas subalternas.

Gracias al boom de la interseccionalidad nos esforzamos en demostrar que nosotras sí entendemos de clase, raza y sus intersecciones con el sistema sexo/género. Sin embargo, señalar que nuestro feminismo es prieto, indígena, negro, periférico, marginal, de color o interseccional y luego agregar frases como “la interseccionalidad no es para incluir penes prietos”, “el feminismo no tiene por qué ser la madre de todas las luchas” o “todos los hombres tienen una mujer más oprimida que ellos” es un oxímoron; además significa despolitizar aportes teóricos fundamentales.

Fotografía por Nigorette

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Existen un par de episodios vergonzosos en mi pasado que ejemplifican claramente el blanqueamiento y la despolitización del análisis que incorpora la clase y la raza. Hace algunos años escribí un texto que se llamaba “Nosotras no somos Ayotzinapa”. El texto se hizo viral porque señalaba que los asesinatos de mujeres no generan indignación colectiva como sí sucede con los varones, o al menos así era en ese tiempo.

Básicamente mi interseccionalidad se reducía a “incluyo a todas las mujeres porque si algo tenemos en común todas es que somos mujeres”. ¿Dónde estaba el error en mi texto? En no incluir a los varones que en este caso eran racializados. Quisiera decirles que yo solita me di cuenta, pero no fue así, fue hasta que la feminista negra Yuderkis Espinosa me dijo: si no eres ellos, tampoco eres nosotras.

Lloré, lloré mucho, porque, ¿hay algo peor a que te digan feminista blanca? Me dolió, pero aprendí. No de inmediato, o quizás sí, pero fingía por convivir, porque parece que te da puntos feministas decir a los 4 vientos que “tú no educas vatos” o “que no das servicios sexuales ni emocionales a hombres” o presumir que ridiculizaste a un varón en internet, aunque la mayoría de las veces ese varón sea un varón empobrecido y racializado.

En ese contexto sucedió otro evento desafortunado: mis amigas feministas compartieron una captura de pantalla del rapero decolonial “el Filosoflow” con una crítica a Sor Juana.

Yo, como muchas feministas, había sustituido la aprobación masculina por la aprobación feminista, estaba ávida del aplauso fácil; entonces fui a decirle: tú dices eso porque perteneces a una clase —varones— que históricamente ha tenido acceso a la educación. Discutimos. A grandes rasgos él me dijo algo que en ese momento no entendí por mi privilegio de clase: “Tú terminaste la universidad y yo no”.

A la discusión se unió Bren Nava, una extraordinaria poeta, quien muy amablemente dijo que mis posturas no eran interseccionales, que eran más blancas que la leche. También lloré, porque en Feministlán es peor que te digan blanca a que te digan patriarcal. Decidí callarme un rato, me puse a leer y entendí.

Leer no es otra cosa que escuchar, porque, como dice la filósofa y vedette Niurka Marcos: “Cuando yo empecé no hablaba. Porque el que habla no escucha y el que no escucha no aprende. Cuando una está empezando a aprender, calla. Y entre más calla, más escucha, y entre más escucha, más aprende”. Desde entonces no había escrito nada “serio” sobre feminismo, hasta hoy.

Foto por Nigorette

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Sabemos que el separatismo es una praxis y una postura derivada de las corrientes feministas hegemónicas, que sirve, pero no para todas. Ahora bien, ¿cuál es el problema de querer posicionarlo como algo que sí es compatible con el anti-racismo, la interseccionalidad y el feminismo decolonial? El ejemplo más claro lo encontré en Facebook en una discusión entre varias feministas por un “quilombo separatista”.

Un quilombo es un espacio político y de lucha de personas negras, inicialmente esclavas y esclavos, contra la esclavitud y el racismo. Si bien la palabra quilombo en algunos países como Chile y Argentina es usada para nombrar eventos “escandalosos”, esto desde luego tiene que ver con una apropiación y blanqueamiento de palabras políticas pertenecientes a las luchas racializadas. Lo cual sucede por algo que en los estudios decoloniales se conoce como colonialidad del saber; sin embargo, aunque quilombo se use como sinónimo de fiesta, desmadre o escándalo, no es ético despojarla de su significado original. Esta acotación la hizo la teórica decolonial Yuderkis Espinosa en una fiesta feminista que las blancas del sur llamaron “Quilombo Feminista”. Yuderkis y una compañera feminista comunitaria de Bolivia señalaron algo fundamental: si es de blancas, no es quilombo.

La banalización de la palabra “esclavitud” por parte del feminismo hegemónico es constante; llaman de esta manera, por ejemplo, al trabajo doméstico. Si bien existen experiencias de injusticia doméstica, la forma correcta de nombrarlas es “trabajo no pagado” o bien explotación en el hogar. La esclavitud es otra cosa, es algo de lo que solo pueden hablar las personas racializadas y de quilombos, ¡también!, porque los quilombos eran estrategias políticas contra la esclavitud.

Yuderkis apuntó algo más: si es separatista no es quilombo, los quilombos eran mixtos, eran de hombres y mujeres negras organizadas en una causa común.

Por su parte, la compañera Aimara apuntó que si bien en todas las luchas indígenas, negras, de inmigrantes, de personas de color y del sur global existen espacios de autonomía entre mujeres para hablar de problemas específicos, esto no es separatismo porque ellas siguen luchando de la mano de varones contra el racismo, el despojo y el modelo económico. Las luchas decoloniales son incompatibles con el separatismo, y un feminismo que no toma esto en cuenta: es racista o blanco.

Foto por Nigorette

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Los espacios no-mixtos o de autonomía entre mujeres son fundamentales para compartir experiencias en común, como espacios seguros de goce y afecto. También son necesarios los espacios exclusivos para mujeres negras, indígenas, trans, no binarias.

Pero el separatismo es útil solo para las mujeres que no viven opresiones de clase y raza. Si el separatismo es tu horizonte utópico y lo practicas en tu vida cotidiana porque crees que el feminismo no debe abrazar la lucha anti-racista, por la defensa de los territorios, del agua o contra la violencia policial en los barrios porque crees que debería priorizar a las mujeres, está bien, pero acepta que tu feminismo es blanco, ¡como la mayonesa!


 

Cada vez que afirmas que tu feminismo es de color, que incluye a las mujeres racializadas y que respaldas sus luchas; cada vez que afirmas que tu feminismo no es blanco porque incluye a todas las mujeres y porque lucha por todas, pero sigues manteniendo que la mejor munda posible es una sin varones, o llamas cuidapijas a quienes te dicen que usar “simio” como insulto es racista porque te estás apropiando de opresiones que no te atraviesan y de luchas en las que no militas, te estás apropiando del conocimiento de mujeres negras y de color para vaciarlo de contenido, despolitizarlo y blanquearlo y eso también es racismo.

Es mejor reconocer que tu feminismo es derivado del feminismo radical blanco y que solo sirve para un grupo específico de mujeres. Así como es importante no llamar separatismo a espacios no mixtos para no despolitizar la lucha de las lesbofeministas y mujeres que apuestan por esa estrategia: reconocer que el separatismo es la mayonesa del feminismo, es una postura ética. Hacer quilombos separatistas es racismo.


 

Para que sepas más de feminismo decolonial y antiracista te recomiendo seguir en Twitter a @floresdexamaica, @solallego, @ValuRulu, @marbellafi, @danillaortiz, @zapanteranegra, @afrofeministak, @yasnayae, @jenniferpaarker, @Sudaka_insumisa, @KollaGuarani y leer a Yuderkis Espinosa, Ochy Curiel, María Lugones y las brillantes recopilaciones de feminismos subalternos y de color.

 


Autores
(Aguascalientes, 1985) es narradora, activista y filósofa. En 2009 fue ganadora del certamen literario Letras de la Memoria, del Centro Cultural Los Arquitos. Ha sido becaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico, en la emisión 2015, y del Programa Jóvenes Creadores Fonca, en las emisiones 2016 y 2018. Es codirectora en la organización feminista Morras Help Morras.