La noche que Jaime Humberto Hermosillo murió, Canal 22 transmitió La pasión según Berenice (1976), película que dirigió y en la que actuaban Martha Navarro y el bigotón de Pedro Arméndariz Jr. La película narra la rutina de Berenice entre sus faldas largas y tableadas, sus clases como maestra de taquimecanografía, los rumores sobre las razones de su viudez y un posible incendio provocado que circulan entre sus vecinos, o cuidando a su abusiva madrina en las calles de la provincia mexicana, en la que no puede faltar el cine con intermedios, un restaurante, la tienda de guayaberas y una iglesia: la catedral que resguarda las oscuras confesiones de sus habitantes, lujuriosos y llenos de culpa por haber nacido con genitales que parecen tener vida propia y aterrados del infierno.
https://www.youtube.com/watch?v=NA1Av36JA1o
Hay dos escenas que considero geniales y que se quedaron grabadas en mi memoria desde la primera vez que la vi el largometraje en aquel canal de cable nacional, “De Película”, que resguarda la filmografía de Hermosillo con la prolijidad que se merece: aquella en la que Berenice, homenajeando el lascivo arrebato de los personajes de Patricia Highsmith, persigue sigilosamente a Rodrigo, el joven médico interpretado por Armándariz Jr, hasta perderlo en una esquina polvorienta. Cuando su tosca figura desaparece de las pupilas, Berenice se jura a si misma, con la fuerza de un juramento militar: “te voy a tener”.
La otra escena es un auténtico puñetazo punk: Berenice, cegada por la envidia de toparse con Rodrigo en el cine del pueblo rodeado de parejas hetero que se dan besos en los cachetes con las manos sudadas, se dirige al baño, cierra la puerta del cubículo del wáter y, sin desabotonarse el cuello de su asfixiante blusa negra, suelta bruscos movimientos de lo que pareciera ser una masturbación instantánea pero que no estamos seguros porque Hermosillo lo deja a nuestra morbosa imaginación. Hasta que Berenice deja el retrete, nos damos cuenta que lo que hizo fue pintar, encabronada, una verga erecta con huevos y pelos sobre la puerta. Fade out. De vuelta a su lugar, junto a la manipuladora de su madrina y el costumbrismo que la rodea.
Al ver de nuevo aquella secuencia tuve una especie de deja vu esquizofrénico. No tanto con la imagen. Era la sensación de sudorosa frustración sexual la que resonaba en mi memoria. Finalmente di con recuerdo exacto al que me remitía: Erika Kohut, interpretada por Isabelle Hupert, espiando a las parejas de jóvenes teniendo sexo en los asientos traseros del autocinema, oliendo papel higiénico usado de los baños públicos en La Pianiste (2001) de Michael Haneke. La semejanza entre los deseos reprimidos de Erika y Berenice es perturbadora. Con la diferencia que Hermosillo exploró estos deseos 25 años antes que Haneke, con todo y el conservadurismo mexicano propio de aquella época.
Eso era Jaime Humberto Hermosillo. Un director de cine transgresor y adelantado a su tiempo. Fue de los poquísimos directores que hundió su cámara en las tripas de la doble moral mexicana, sin juzgar a sus personajes con el desdén de los que se asumen liberales.
Además de entender a la cámara como un personaje en si mismo con sus propias complejidades analíticas fue, tal vez, el primero en entender las ventajas del cine digital y usarlas a favor del morbo tan arraigado en la cultura mexicana. Intimidades en un cuarto de baño (1989) y La Tarea (1991) son sus ejemplos más sublimes de esa combinación de innovación, video y deseo sexual atravesado por los valores familiares entendidos según la culpa mexicana.
De hecho, a diferencia de Haneke, cuyas cintas explotan las teorías del psicoanálisis desde un pesimismo intelectualizado, Hermosillo era un voyeur que exprimía las delicias de los fetiches eludiendo las trampas de las moralejas sociales y la pretensión. De algún modo, sus personajes siempre encuentran la forma de salir airosos de las condiciones que los oprimen, como los hombres de la compleja y escandalosa película El cumpleaños del perro (1974), que aborda la homosexualidad a punto de explotar en dos matrimonios heterosexuales, sin dejar de reflejar la realidad machista mexicana.
Jaime Humberto Hermosillo fue un pionero en el visibilizar la homosexualidad en México y el deseo femenino, que hierve y se satisface a pesar de la opresión y los prejuicios. La icónica Doña Herlinda y su hijo (1985) retrató con maestría y descarnado humor, el eterno debate de la homosexualidad mexicana: la libertad de ejercer el homoerotismo en una sociedad donde se perpetúan las costumbres que alimentan la homofobia, en ocasiones, incluso por algunos miembros de la comunidad LGBTTTIQA.
Cachondo observador de la doble moral nacional, la filmografía de Hermosillo es abrumadoramente extensa y compleja como para querer saborearla completamente en un texto apresurado, como masturbarse en la oficina, que bien pudiera ser una escena típica del Jaime Humberto Hermosillo más puro.
Que su inesperada muerte sirva para repasar su filmografía donde la pornografía, nunca explícita, es un ejercicio de radiografía al sistema de valores mexicanos, y los deseos que le subyacen.
Quizá de no haber cercanía entre la ciencia y el arte, Andrea Chapela (Ciudad de México, 1990) no habría escrito un ensayo. Quizá de no haber ensayado, otro sería el género, otra la voz y el cuerpo que se reflejan en la escritura de este libro. Quizá de no verse reflejada, leeríamos un tratado sobre óptica y no literatura. Grados de miopía existe porque todo lo anterior no es una suposición sino una verdad.
Merecedora del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez de 2019, la autora –química de formación, aunque escritora de toda la vida– decide reconciliarse con la ciencia por medio de la escritura. El resultado es lo que ella denomina ensayo lírico, con el que preserva la curiosidad en su búsqueda de reinventar el lenguaje científico por medios estéticos. La metáfora es uno de ellos permitiéndole conectar dos mundos aparentemente irreconciliables.
Estudiar las palabras hasta que yo, como ellas, pueda habitar esos dos mundos.
Andrea Chapela no ha sido la primera escritora mexicana cuyo esfuerzo por terciar en el diálogo entre ciencia y literatura nos ha dado la oportunidad de leer sobre otros temas. El patólogo y ensayista Francisco González Crussí tampoco renunció a la medicina para escribir en clave literaria sobre el cuerpo humano. No dudo que los lectores recuerden decenas de escritores más. Sin embargo, al igual que González Crussí, Andrea Chapela reivindica la afortunada reciprocidad que existe entre filósofos y médicos, matemáticos y narradores, químicos y poetas, físicos y ensayistas.
Si bien en Grados de miopía no hay una intención explícita por proyectar la imagen femenina de una escritora joven, el orden en que su autora divide el libro muestra una yo totalmente consciente de sí misma. No en vano uno de los elementos con mayor simbolismo que aparecen en el texto es el espejo. La escritura ensayística es un espejo que refleja a quien cree conocerse pero termina sorprendiéndose con lo que descubre en el camino. Búsqueda especulativa, ensayar permite llegar a nuestra propia imago prima.
No quiero que esto sea un amago de autorretrato, pero tampoco puedo ignorar que estos pensamientos tienen cuerpo.
Grados de miopía está dividido en tres apartados: “El acto de ver a través”, “El acto de verse” y “La historia de ver”. El ensayo lírico debe su nombre a dos instancias que le permiten escribir a Chapela: la curiosidad y la belleza. Si el ensayo basa su búsqueda en la prueba y el error, la poesía construye imágenes o, para ser más precisas, busca imágenes en la realidad. Experimenta. Por eso me sorprende la brecha tan grande que, por ignorancia o malicia, se ha abierto hasta hoy entre ciencia y arte. En este sentido comparto frustración con la autora:
Basta decir que A y yo estamos de un lado, defendiendo la ciencia, y los artistas del otro, poniéndola en duda. Sobre todo recuerdo mi frustración, como si habláramos idiomas diferentes y fuéramos incapaces de comunicarnos.
El orden del libro se opone al viaje natural de la mirada. En vez de ir de adentro hacia afuera, el análisis parte del exterior para encontrar resultados en el interior de la ensayista. Dicha disposición en la escritura sigue la idea de Jacques Lacan, a quien Chapela cita, respecto al estadio del espejo. A esta acción que viaja a contrapelo de la proyección convencional (que va hacia adelante en un intento de salirse del sujeto u objeto proyectado para entonces duplicarse), Lacan la nombra “éxtimo”; la capacidad del sujeto para construir su intimidad no solo mediante lo que hay en sí mismo sino también por medio del exterior como factor circunstancial.
No somos únicamente lo que creemos ser sino lo que los otros ven (de) (en) nosotros. Esta es la primera imposibilidad a la que se enfrenta la autora: ¿cómo ensayar el yo a través del yo si lo que conozco de mí está distorsionado por mi propia perspectiva? No hay manera de verse sin ayuda. Chapela lo reconoce como un fracaso anunciado:
Estoy tan cerca de mí que es difícil distinguir el todo que formo. Cualquier idea que tenga de mí misma es imaginaria.
Toda escritura del yo, sobre sí mismo, es mera especulación. Es decir, un reflejo. Al ensayar se especula.
En el apartado “El acto de verse”, por ejemplo, se revela la imposibilidad de mirar eso que somos. Pero también la imposibilidad de escribir al respecto. Aquí es más clara la imagen de Andrea Chapela como una mujer que escribe. Y no solo que escribe, también que vive, que experimenta la realidad. Una mujer acosada por la mirada indiscreta de un taxista. Una mujer que desde pequeña tuvo un espejo en su cuarto, a diferencia de su hermano menor, varón liberado de la condena que implica ser mirada. Una mujer que escribe para encontrar a una mujer distinta a la que ella y los demás creen que es. ¿Qué devuelve el espejo a estas mujeres reunidas en una misma mujer? Tal vez una imagen filtrada, distorsionada, ajena. Una imagen que no les pertenece. Romper el espejo y escribir sobre cada fragmento es otro modo de resistencia.
¿De dónde viene la necesidad de replegarme en mí misma cuando estoy tanteando mis alrededores? ¿O es solo un bálsamo reconfortante el abrir la puerta del clóset, mirarme en el espejo y, como Vilariño a los once años, decirme ahí estoy?
La escritura de Andrea Chapela en Grados de miopía no puede aspirar más que a los añicos que busca ordenar nuevamente con tal de mirar la imagen perdida, que no obstante siempre es virtual: la imagen original a la que aspiran poeta y científica. Con este libro la autora no busca verdad en la poesía, como sí lo hace en la ciencia. De intentarlo, tal vez habría escrito un tratado científico sobre el acto de ver. Su búsqueda va más allá de lo descriptivo. De ahí su declaración de intenciones:
Quiero volver a acercarme a la ciencia, mirarla con nuevos ojos. Por eso comienzo con esta confesión: a mí la ciencia me parece bella y, al escribir, quiero explorar esa belleza.
Con su libro, Andrea Chapela propone una suerte de meta-mirada. Reflexiona en torno al acto de verse en el ver, analizar el análisis, mirar el modo en que la humanidad se ha mirado todo este tiempo. De ahí su título: una imagen que no se alcanza a percibir o que se ve a medias y siempre a expensas de los demás. ¿Existen nuevas formas de verse? Grados de miopía afirma que sin duda las hay:
Es un visor de descomposición que me permite acercarme y alejarme, girar y separar lo que me rodea en formas y colores geométricos. Pienso que es una buena metáfora para lo que estoy escribiendo. Con cada giro busco en estas imágenes, en estas palabras, nuevos patrones, otras formas de ver.
Pero volvamos a mi trabajo y mi misión. Después de recibir las instrucciones volví a mi pensión, y cuando cayó la tarde empecé a practicar el papel con el que debutaría al día siguiente. Qué tarea tan difícil, pensé, aparecer frente a un montón de gente y convencerlos de que estoy loca. Nunca había estado cerca de personas locas en toda mi vida y no tenía la menor idea de cómo se comportaban. ¡Además sería examinada por un número de médicos entrenados que han hecho de la locura su especialidad, y que a diario están en contacto con gente loca! ¿Cómo podía creer que burlaría a estos doctores y los convencería de que estaba demente? Temía que no pudieran ser engañados. Empecé a pensar que mi tarea era imposible, pero alguien tenía que hacerla. Así que corrí al espejo y examiné mi rostro. Recordé todas las cosas que había leído sobre los locos, para empezar que tenían una mirada fija y penetrante, así que abrí mis ojos lo más que pude y miré mi reflejo sin pestañear. Les aseguro que no era una imagen alentadora, ni siquiera para mí, especialmente al filo de la noche. Intenté elevar mi valentía subiéndole a la calefacción, y solo lo conseguí en parte, pero me consolé pensando que en pocas noches no estaría ahí, sino encerrada en una celda con un montón de lunáticos.
No hacía mucho frío, sin embargo, cuando pensaba en lo que vendría, vientos fríos jugaban a las carreras de arriba a abajo por mi espalda mofándose del sudor que lenta pero definitivamente me arrebataba los rizos del fleco. A ratos, mientras practicaba frente al espejo y me imaginaba mi futuro como lunática, leía pedazos de historias de fantasmas improbables e imposibles, para que cuando el amanecer llegara a espantar a la noche, me sintiera de buen ánimo para mi misión, pero con hambre suficiente para estar muy segura de querer desayunar. Lenta y tristemente tomé mi baño matutino despidiéndome en silencio de algunos de los preciosos artículos conocidos por la civilización moderna. Con ternura hice a un lado mi cepillo de dientes y, cuando me daba la última pasada de jabón, murmuré:
—Podrían ser unos días, o podría ser más tiempo.
Después me puse la ropa vieja que había elegido para la ocasión. Tenía humor de ver todo con mucha seriedad. Quería dar una última mirada profunda. Medité respecto a que nadie podía saber las deformaciones que podría provocarle a mi cerebro hacerme la loca y ser encerrada con una multitud de personas enloquecidas, y que podían no dejarme volver. Pero jamás pensé en eludir mi misión. Con calma, al menos eso aparentaba, me fui a hacer mis negocios desquiciados.
Al principio pensé que lo mejor sería ir a una pensión, y, cuando ya tuviera mi hospedaje asegurado, decirle a la señora o señor de la casa, según fuera el caso, que buscaba trabajo, y unos días después, fingir volverme loca. Cuando reconsideré la idea, temí que tomaría mucho tiempo. De pronto pensé que sería mucho más fácil si fuera a una pensión para mujeres trabajadoras. Sabía que una vez que las convenciera de que estaba loca, no descansarían hasta que estuviera lejos de su alcance y encerrada bajo llave.
Seleccioné del directorio el Hogar Temporal para Mujeres, Número 84 de la Segunda Avenida. Al caminar por la avenida decidí que, cuando entrara al Hogar, debía esforzarme por empezar cuanto antes mi jornada al Manicomio de la Isla de Blackwell.
La pregunta que ha respondido ya la RAE sigue sin satisfacer a todo el mundo. Hoy quisimos hacer algo muy especial y rescatar una de las secciones de la revista impresa, el “Mano a mano”. En esta sección, dos textos breves presentan ambos lados del argumento, en este caso: ¿cuándo comienza o termina la década?
PROCRASTINACIÓN, O LA POLÉMICA DEL FIN DE LA DÉCADA
Lupe de Vega
Estimados polemizadores del final de la década:
…que si entonces nos venimos equivocando desde el 2000 por celebrar el nuevo milenio, que depende del calendario, que en todo caso, si se nos da la gana un decenio puede empezar en el 2023 y terminar en el 2033 y que entonces todo es relativo, que de cualquier manera el tiempo no existe, y el calendario gregoriano y el ISO y la RAE y la matemática… ¡Pero, no! Esto no es una cuestión de quién dice qué. Este debate, polemizadores, tuitstars, inconformes e indiferentes, no se trata de buscar la mejor explicación para alcanzar una respuesta correcta sobre nuestro evidente desconocimiento de qué es una década y qué es un decenio. Esto no es una cuestión de adhesión o rebeldía frente a la Real Academia de la Lengua Española (ni si sigue siendo una marca de colonización en el mundo hispano), hay que separar los temas: cada cosa en su lugar. Tampoco se trata de demostrar una aparente superioridad intelectual con la nueva sabiduría adquirida en Twitter sobre la definición de un término que nos expresa la confusión temporal en la que vivimos—una intelectualidad de la que dudamos desde el triunfo del hombreser humane de las masas. No es, ni por asomo, una batalla sobre la relatividad de las categorías occidentales, o un reajuste al calendario para cambiar por completo nuestra noción del tiempo que hemos vivido, porque no estamos corrigiendo el calendario gregoriano, ¡ni sabemos cómo funciona el conteo! Esto es un tema de solidaridad, ante todo. Solidaridad para sus semejantes que han estado posponiendo sus resoluciones. Este es un debate para nosotros (-tres, que seguimos fallando con la “e” aunque la defendemos), los que el fin de la década nos agarró en curva, sin uvas para los deseos, indispuestos, con las cervicales lastimadas o dolor de estómago. Se trata de buscar explicaciones pseudocientíficas para tranquilizarnos con la “verdad” de que, en efecto, tenemos un año más para prometernos más agua, menos carbohidratos, más relaciones sanas, más cuestionamiento a las instituciones (aunque la RAE nos respalde en este momento), menos enumeraciones.
¿Es acaso mucho pedir otros doce meses como colchón para el autoengaño?
Sinceramente,
Procrastinadora centurial
CONTRA EL ORDEN DE DIEZ
Lúser K. Breade
Trescientos sesenta y seis días
bajo el signo indeleble de Marte
y peleas a cuchillo palabras
de saber si ha empezado algo
o solo termina lo que conocíamos:
veinte veinte año umbral,
dos cero dos cero una puerta abierta
bajo cuyo marco nos resguardamos
de la edad que comienza a caer
como lluvia ácida:
el camino va solo hacia delante
y de los vapores que dejarán nubes negras
la intuición queda del trueno.
Que no me cuente la “real” academia de la lengua que arde
los días que faltan para decir adiós.
Que no me puedo despedir ya
del estruendo granizo con que crecí:
ayer decidí intentar amarme
porque ayer decidí volver a ser
una flor como la que fui en infancia.
No me digas que este es el fin de una temporada
porque no creo en los finales felices
y hoy salí a la calle
–se había aclarado el cielo,
el IMECA sospechosamente bajo–
con una sonrisa y la esperanza de que los años me la robaran.
Portada de El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley, (El Tapiz del Unicornio-INBAL, 2019).
El acto natatorio reúne esfuerzo físico, armonía respiratoria y movimiento acuático; pero también posee una vertiente reflexiva e individual: el nado es reclusión y concentración en uno mismo, mecanizadas en un ritmo de respiración y brazadas. En contraste con los deportes de conjunto, la soledad es condición esencial del nadador, además de que lo despoja de aditamentos y artificios en su desnudez de vestido y accesorios. El que nada no juega para nadie, sólo para sí. El nadador tiende hacia el adentro, hacia su cuerpo, su fuerza, el aire constreñido en sus pulmones, hacia la sangre fluyendo en su interior. Igualmente, experimenta el vacío del ahogo cuando se ha quedado sin aire.
Trabajada como navegación de las sensaciones internas en Carta de Marear y como actividad mística respiratoria en Crawl, la natación también cobra sentido indispensable en Hospital Británico. Hundimiento en la carne y buceo personal en “el agua profunda” que es “el pasado de nuestra alma” (Bachelard, 1978: 86), el nado en Viel es ejercicio memorioso, un viaje temporal a través de las honduras de la conciencia, regulado por una respiración que lo colma y lo vacía.
Por su capacidad de flotación y desplazamiento simultáneo, los braceos en este flujo se relacionan con otro desplazamiento de connotaciones mágicas: el vuelo. No es gratuito que desde “El nadador”, Viel relacionara el golpe de las manos sobre el agua con el batir de las alas de los pájaros: “Gracias doy a tus aguas porque en ellas/ mis brazos todavía/ hacen ruido de alas” (vv. 38-47). Su brazada, de inicial movimiento descendente, lo impulsa hacia arriba y le permite ascender interiormente hacia el cielo, hasta salir del cuerpo y descubrir ese otro lugar más verdadero, más trascendente, original.
Nadar es un viaje desde la primera realidad –el agua como humus de la memoria– hasta las experiencias trascendentes. Se trata de un antiguo estado en que lo celestial y lo terreno se tocaban, cuando el hombre vivía en armonía con lo primario, podía acceder con simpleza al agua celestial y “entraba en ella y respiraba” (v. 41). Las aguas inferiores y terrestres son un reflejo de las aguas superiores y celestes, ya que los ríos, mares y lagos “no son más que cielos arrastrados/ por tus caídos ángeles” (vv. 11-12).
Natación memoriosa de Viel que trae de vuelta el aspecto ritual del texto: en un poemario como Crawl, el corte de la brazada del nadador sobre el agua se asemejaba a dos bisturíes paralelos; ahora, en Hospital Británico, la penetración real del bisturí y la mano del poeta cirujano es penetración del exterior dentro del flujo de la conciencia individual, un acto de natación en las profundidades de la cabeza del poeta, gracias al estado de muerte anestésica que induce a la contemplación extática de la divinidad.
El escritor Jorge Hardmeier ha resumido el motivo de la natación en Viel como “metáfora del movimiento continuo para alcanzar a Dios” (Hardmeier: s/p). En el imaginario del poeta argentino, la natación es camino constante y esforzado que se transforma en una disciplina tan corporal como mística; el nado es imagen del vuelo que empieza en el cuerpo, y por medio de los braceos y el desplazamiento flotante, conecta con Dios.
El instante de la inmersión es encuentro con el otro mundo (el inframundo o el cielo), un pasaje a realidades que se encuentran más allá de la vida cotidiana. Preparado para la operación quirúrgica, Viel se sumerge en su personal visión del cosmos y de la muerte bajo las aguas de la anestesia que recorre su cuerpo, entrando en un sueño inducido que lo enfrenta a un espacio liminal donde se rozan las playas de la vida y el fin de la existencia.
Bachelard ha denominado Complejo de Caronte a la navegación del ser en las aguas de la muerte, entendiendo que “todo un lado de nuestra alma nocturna se explica por el mito de la muerte concebida como una partida en el agua” (1978: 118) y que “morir es realmente partir y sólo se parte bien, animosamente, cuando se sigue el hilo del agua, la corriente del largo río. Todos los ríos van a dar al Río de los Muertos” (117).
Vale aclarar que el viaje mortal e iniciático de Viel durante la anestesia, acaso esa “serpentina de agua helada en la memoria” dentro de las esquirlas de Hospital Británico, no implica un retiro total de las sensaciones de su corporeidad. No es una travesía lenta o pesada por un agua quieta, enfangada. La natación interna de Viel es ante todo luminosa, de extenuación física, y en ella se descubren incluso sensaciones pudorosas, como la que invade al poeta expuesto a una luz poderosísima que lo abre y lo desnuda; de allí el deseo de repliegue, alejamiento y concentración en sí mismo frente a esa luz de la que nada se esconde, ese “Necesito estar a oscuras” que se repite en Hospital Británico.
Así, el poema es tránsito por el mar anestésico en el punto límite, un mar lleno de imágenes, personajes perdidos y reencontrados, espacios diversos y saltos temporales, donde los sentidos titubean y se perturban. El poeta posee conciencia de las heridas infligidas sobre su carne, que es al mismo tiempo su cuerpo y el cuerpo de otro. Viel es un sujeto pasivo de las “maniobras de Cristo en su cabeza”, que se traducen en la operación sangrante y violenta de los médicos sobre su tumor. El desplazamiento y la brazada en lo acuático reproducen el flujo interno de pensamientos. La barca de Caronte que lleva al viaje mortal se encarna en el poeta-nadador, quien emprende el viaje por las aguas de la memoria y de la muerte. El cuerpo-navío, rasurado y vulnerable, ebrio de anestesia, posibilita el viaje.
Fragmento de Adán Medellín, El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley, México, El Tapiz del Unicornio-INBAL, 2019, págs. 61-64.
Pacientes y personal del hospital psiquiátrico de St. Louis City. Extraída de Wikimedia commons.
Desde que se publicaron en el Mundo[1] mis experiencias en el Manicomio de la Isla de Blackwell he recibido cientos de cartas al respecto. Hace mucho que se agotó la edición que contenía mi historia, y me han convencido de permitir que se publique en forma de libro, para satisfacer a los cientos que todavía piden ejemplares.
Estoy feliz de poder señalar que como resultado de mi visita al manicomio y las denuncias que hice al respecto, la ciudad de Nueva York ha asignado $1,000,000 más al presupuesto anual para el cuidado de los locos. Así que al menos tengo la satisfacción de saber que los pobres desafortunados estarán mejor cuidados gracias a mi trabajo.
Capítulo I
Una misión delicada
El 22 de septiembre me preguntaron en el Mundo si podía hacer que me internaran en uno de los manicomios de Nueva York, con las miras puestas en escribir una narrativa simple y sin arreglos sobre el trato que recibían los pacientes internos y los métodos de organización, etcétera. ¿Creía tener el valor de pasar por la mala experiencia que traería la misión? ¿Podía asumir las características de la locura a tal grado que pudiera convencer a los doctores, vivir por una semana entre los locos sin que las autoridades del lugar descubrieran que era una “infiltrada tomando notas”? Dije que creía que sí. Tengo algo de fe en mis propias habilidades como actriz y pensé que podía asumir la locura por el tiempo suficiente para cumplir la misión que me encomendaban. ¿Podía pasar una semana en el pabellón mental de la Isla de Blackwell? Dije que podría y que lo haría. Y lo hice.
La instrucción fue que siguiera haciendo mi trabajo hasta que creyera estar lista. Debía hacer una crónica fiel de las experiencias que tuviera, y una vez dentro de las paredes del manicomio descubrir y describir el funcionamiento interno, que siempre está efectivamente escondido por enfermeras de tocados blancos, así como por cerrojos y barrotes, del conocimiento del público.
—No te pedimos que vayas con el propósito de hacer revelaciones sensacionalistas. Escribe sobre lo que encuentres, bueno o malo; elogia o culpa como consideres mejor, siempre con la verdad. Pero me preocupa esa sonrisa crónica tuya.
—Ya no sonreiré —dije y me fui a ejecutar mi delicada y, como más adelante descubrí, difícil misión.
Si lograba entrar al manicomio, y tenía pocas esperanzas de lograrlo, no sabía si mis experiencias contendrían algo más que el relato sencillo de la vida en el manicomio. Que esa institución pudiera tener malos manejos, y que existieran crueldades bajo su techo, no me parecía posible. Siempre había tenido el deseo de conocer un manicomio a fondo, un deseo de convencerme de que las criatura más desamparadas de Dios, los locos, eran cuidados amable y adecuadamente. Las muchas historias que había leído sobre abusos en esas instituciones me habían parecido salvajemente exageradas o de plano novelas, pero tenía el deseo latente de saberlo a ciencia cierta.
Me estremecía pensar que los locos estuvieran completamente bajo el poder de sus cuidadores, y como alguien podía llorar y suplicar poi su liberación, y todo sin que valiera para nada, si es lo que decidían los guardianes. Acepté ansiosamente la misión de conocer el funcionamiento interno del Manicomio de la Isla de Blackwell.
—¿Cómo me van a sacar —le pregunté a mi editor— después de que ingrese?
—No sé —respondió—, pero te sacaremos diciéndoles quién eres, y que fingiste estar loca solo para entrar.
No creía mucho en mi habilidad para engañar a expertos en la locura, y creo que mi editor creía menos.
Todos los preparativos preliminares para mi dura prueba tenía que planearlos yo sola. Solo una cosa se decidió antes, a saber, que debía usar el seudónimo de Nellie Brown, iniciales que corresponden con las de mi propio nombre y apellido, así no sería difícil seguirme la pista y ayudarme en las dificultades o peligros en los que pudiera involucrarme. Había formas de meterse en el pabellón mental, pero no las conocía. Podía seguir uno de dos caminos. O fingía volverme loca en la casa de unos amigos, y hacer que me internaran por la decisión de dos médicos competentes, o podía alcanzar mi meta a través de la estación de policía.
Reflexioné que era más sabio no imponerme sobre mis amigos o ningún doctor bien intencionado para servir a mi propósito. Además, para llevarme a la Isla de Blackwell mis amigos habrían tenido que fingir pobreza, y, para mala suerte del fin que tenía en mente, mi relación con quienes luchan contra la pobreza, a excepción de mí misma, era muy superficial. Así que elegí el plan que me llevó a la realización exitosa de mi misión. Conseguí que me internaran en el pabellón mental de la Isla de Blackwell, donde pasé diez días y diez noches y tuve una experiencia que jamás olvidaré. Me obligué a actuar el papel de una chica loca, pobre y desafortunada, y sentía que era mi deber no eludir ninguna de las consecuencias desagradables que pudieran seguir. Me convertí en uno más de los pabellones mentales de la ciudad por ese periodo de tiempo, experimenté muchas cosas, y vi y escuché más sobre el trato que recibe esta clase desamparada de nuestra población, y cuando ya había visto y escuchado suficiente, mi liberación fue conseguida rápidamente. Dejé el pabellón mental con placer y remordimiento: placer porque volvía a disfrutar del aire fresco del cielo; remordimiento porque no pude traerme conmigo a algunas de las mujeres desafortunadas que vivieron y sufrieron conmigo, y quienes, estoy convencida, estaban tan cuerdas como yo lo estaba y estoy.
Pero permítanme decir algo: desde el momento en que entré en el pabellón mental de la Isla, no hice nada por asumir el rol de la locura. Hablaba y actuaba justo como lo hago en mi vida ordinaria. Sin embargo, por extraño que sea decirlo, entre más cuerda hablaba y actuaba se me veía como más loca, excepto por ese médico, cuya bondad y formas atentas no podré olvidar pronto.
[1] Se refiere de manera abreviada a The New York World
No importó cuántas veces preguntaron la señora Bennet y sus hijas, nadie pudo extraerle al señor Bennet una descripción satisfactoria del señor Bingley. Lo intentaron haciendo preguntas directas, suposiciones ingeniosas e incluso conjeturas distantes; el señor Bennet evadió con maestría cada uno de sus intentos hasta que finalmente se resignaron a aceptar información de segunda mano de su vecina: Lady Lucas. El reporte que les dio fue altamente favorable. Sir William, su esposo, estaba encantado con el señor Bingley, quien fue descrito como joven, extraordinariamente guapo, enormemente agradable y, para el deleite de las hermanas, pretendía asistir al siguiente baile acompañado por numerosas personas. ¡Nada podía ser más encantador! El gusto por el baile era sin duda un paso hacia enamorarse, y así comenzaron a surgir animadas esperanzas de que el corazón del señor Bingley pudiese ser capturado.
-Si tan solo pudiera ver a una de mis hijas felizmente establecida en Netherfield -dijo la señora Bennet a su esposo- y a las demás igualmente bien casadas, no tendría ya nada más que desear.
Algunos días después, el señor Bingley devolvió la visita del señor Bennet y se sentó con él durante diez minutos en su biblioteca. Había tenido esperanzas de poder conseguir echarle un vistazo a alguna de las jóvenes, pues había escuchado hablar de su belleza, pero tan solo vio a su padre. Las muchachas fueron un poco más afortunadas que él, pues tenían la ventaja de haber visto desde una ventana que usaba un abrigo azul y que tenía un caballo negro.
Poco después de la visita, se le mandó una invitación para cenar y la señora Bennet no tardó ni un segundo en planear todos los platillos que seguramente la presentarían como una excelente ama de casa, pero la respuesta que llegó de Netherfield no fue tan favorable como se había esperado. El señor Bingley se veía obligado a ir a la ciudad el día siguiente y, por consiguiente, se veía en la pena de rechazar el honor de ser invitado a cenar etc.La señora Bennet se desconcertó bastante por esa respuesta, pues no podía imaginar qué asuntos podía tener el señor Bingley a tan pocos días de su llegada a Hertfordshire y comenzó a temer que nunca se fuese a asentar apropiadamente en Netherfield por andar yendo y viniendo de un lado para otro. Lady Lucas apaciguó un poco sus miedos al plantear que quizás había ido a Londres a reunir un grupo grande de personas para el baile y pronto se esparció el rumor de que el señor Bingley pensaba llevar a la fiesta a doce damas y siete caballeros. Las chicas se afligieron al enterarse de ese rumor, pues el número de damas que presuntamente acompañarían al señor Bingley era demasiado grande, pero un día antes de la fiesta se esparció otro rumor que constataba que en lugar de doce damas, era un grupo de seis personas el que lo acompañaba desde Londres: sus cinco hermanas y un primo.
Y cuando el señor Bingley y sus acompañantes llegaron a la reunión, resultaron ser en total tan solo cinco: el señor Bingley, sus dos hermanas, el esposo de la mayor y otro hombre joven.
El señor Bingley era guapo y caballeroso, tenía un semblante agradable y modales sencillos y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas con un aire de indudable elegancia, mientras que cuñado, el señor Hurst casi no parecía un caballero. Fue su amigo, el señor Darcy, quien pronto atrajo la atención de todos los presentes gracias a su porte elegante, sus atractivas facciones, su figura alta y su noble semblante, y cinco minutos después de que hubiese entrado a la habitación, corrió el rumor de que ganaba diez mil libras al año. Los caballeros aseguraban que era un hombre de mucha clase y las mujeres declaraban que era mucho más apuesto que el señor Bingley. Durante la mitad de la velada, se le miró con gran admiración, hasta que sus modales causaron un grave desaire que arruinó su popularidad: se descubrió que era orgulloso, que se sentía por encima no solo de todos los demás, sino también del ambiente de la fiesta y no intentaba disimular su falta de complacencia con todo lo que lo rodeaba, entonces ni siquiera su enorme propiedad en Derbyshire pudo salvarlo de parecer odioso y desagradable, o de ser visto como indigno de ser comparado con su amigo.
El señor bingley, por otro lado, tardó poco en trabar amistad con las principales personas de la habitación, era animado y se presentaba sin reservas, bailó cada pieza, se mostró enojado de que la fiesta terminara tan pronto e incluso habló de organizar él un baile en Netherfield. Sus cualidades amigables hablaban por sí mismas ¡Qué contraste entre él y su amigo! El señor Darcy había bailado tan solo una vez con la señora Hurst y una vez con la señorita Bingley, después había rechazado cada intento de que se le presentara a alguien para bailar y pasó el resto de la velada caminando por la habitación, hablando ocasionalmente con alguien de su grupo de amigos. Su carácter había sido desentrañado: era el hombre más orgulloso y desagradable del mundo y todos esperaban que jamás fuese a volver a ser visto por ahí nuevamente. Entre sus más violentos detractores se encontraba nada más y nada menos que la señora Bennet cuyo disgusto hacia el caballero se había convertido rápidamente en resentimiento por haber desairado a una de sus hijas.
Elizabeth Bennet se había visto obligada, debido a la escasez de caballeros,a permanecer sentada durante dos piezas y en una de esas ocasiones, el señor Darcy había estado parado lo suficientemente cerca de ella como para permitir que Elizabeth escuchara una conversación entre él y el señor Bingley, quien se había escapado brevemente de la pista de baile para presionar a su amigo a unirse a él en el baile.
-Ven, Darcy -dijo él- debes bailar. Odio verte parado ahí solo y con esta actitud tan estúpida. Sería mucho mejor que vinieras a bailar.
-Definitivamente no lo haré. Ya sabes cuánto detesto bailar a menos que sea con alguien a quien conozco, lo cual es imposible en esta fiesta. Tus hermanas ya están bailando y no hay ninguna otra mujer aquí a quien no me parecería una tortura aguantar.
-No seas tan fastidioso -le recriminó el señor Bingley- ¡Por todos los cielos! Por mi honor, que nunca he conocido en toda mi vida a muchachas tan agradables como las que hay en esta fiesta, y hay varias de ellas que son impresionantemente hermosas.
-Estás bailando con la única chica bonita en toda la habitación -dijo el señor Darcy viendo a la mayor de las Bennet.
-¡Oh! Es la criatura más hermosa que he visto jamás. Pero hay una de sus hermanas sentada ahí, justo detrás tuyo, que es muy bonita y me atrevo a decir que bastante agradable también. Permite que le pida a mi compañera de baile que te la presente.
-¿A quién te refieres? -y volteó para ver a Elizabeth hasta que ella le regresó la mirada, al retirar la vista de ella dijo fríamente- es tolerable, pero no lo suficientemente hermosa como para tentarme. No estoy en humor de tener como compañía a alguien que ha sido despreciada por los otros hombres. Será mejor que regreses con tu compañera de baile y que disfrutes sus sonrisas, pues pierdes el tiempo conmigo.
Mr. Bingley siguió su consejo y el señor Darcy continuó merodeando por el salón, dejando a Elizabeth con sentimientos poco cordiales hacia él. Sin embargo, cuando contó la historia a sus amigas, lo hizo con mucho humor, pues tenía un carácter juguetón que se regocijaba en encontrar cosas graciosas o ridículas.
La velada fue, casi por completo, bastante agradable para toda la familia. La señora Bennet había visto a su hija mayor ser bastante admirada por el grupo de Netherfield. El señor Bingley había bailado con ella dos veces y sus hermanas se habían llevado bien con ella. Jane estaba tan complacida por eso como su madre, aunque demostraba su emoción de una forma mucho más reservada. Elizabeth sintió la felicidad de Jane y se alegró con ella. Mary había escuchado que alguien la había llamado frente a la señorita Bingley, la muchacha más culta del vecindario y Catherine y Lydia habían tenido la fortuna de haber bailado cada pieza, lo cual era todo por lo cual se preocupaban en un baile. Regresaron, entonces, con un ánimo elevado a Longbourn, el pueblo donde vivían y del cual eran los principales habitantes. Encontraron al señor Bennet despierto todavía, pues siempre perdía la noción del tiempo cuando leía, aunque en esta ocasión, había esperado despierto su regreso, pues tenía bastante curiosidad de los eventos sucedidos en la velada y se había formado, gracias a la emoción de su esposa e hijas, expectativas bastante altas de la fiesta. Había esperado que la opinión que había tenido su esposa del señor Bingley antes de la fiesta hubiese sido defraudada, pero pronto descubrió que tenía una historia distinta que escuchar.
-¡Oh, mi querido señor Bennet! -dijo al entrar a la habitación- acabamos de tener la velada más exquisita, el baile más excelente. Ojalá hubieses estado ahí. Jane fue tan admirada, nadie se le pudo comparar. Todos dijeron lo bonita que se veía y ¡el señor Bingley la encontró tan hermosa que bailó con ella dos veces! Piensa en eso, querido, ¡bailó con ella dos veces! Fue la única en toda la fiesta con quien volvió a bailar. Primero se lo pidió a la señorita Lucas ¡Me estremecí tanto al verlo parado junto a ella! Pero no la admiró ni un poco, ya sabes que nadie lo hace, y justo en esa pieza se quedó anonadado cuando vio a Jane entrar a la pista de baile. Preguntó quién era ella, logró que los presentaran y le pidió que bailara con él el baile que seguía de ese. Luego bailó con la señorita King, después con Maria Lucas, después nuevamente con Jane, luego con Lizzy y el boulanger-
-¡Si hubiese tenido cualquier tipo de misericordia por mí -, la interrumpió su esposo con impaciencia- no habría bailado tanto! Por Dios, ya no me hables de sus compañeras de baile, ¡ojalá se hubiese torcido el tobillo!
-Oh, querido, estoy completamente encantada con él. ¡Es excesivamente guapo! Y sus hermanas son mujeres encantadoras. Nunca en mi vida he visto nada tan elegante como sus vestidos. Me atrevo a decir que el encaje del vestido de la señora Hurst-
En ese momento fue interrumpida nuevamente por el señor Bennet quien protestó ante cualquier descripción de atuendos. Se vio obligada, entonces, a buscar otro tema de conversación y relató, con mucha amargura y exageración, la sorprendente rudeza del señor Darcy.
-Pero te aseguro -añadió- que Lizzy no pierde nada al no ser de su agrado, pues es el hombre más horrible y desagradable del mundo y no vale la pena intentar complacerlo. ¡Era tan orgulloso y engreído que resultaba insoportable! ¡Caminaba de un lado para otro sintiéndose la gran cosa! ¡No es lo suficientemente guapo como para que alguien quisiera bailar con él! Ojalá hubieses estado ahí, querido, así habrías podido dado una merecida lección. Detesto a ese hombre.