Tierra Adentro
Hospital psiquiátrico, extraída de Flickr.

 

Aquí el capítulo anterior

 


 

Capítulo VI

En el hospital Bellevue

 

Al fin había alcanzado a Bellevue, mi tercera parada de camino a la Isla. Había pasado exitosamente las pruebas del Hogar y la Estación de Policía de Essex Market y ahora me sentía convencida de que no fallaría. La ambulancia se detuvo con una sacudida repentina y el doctor bajó de un salto.

—¿A cuántos traes? —oí a alguien preguntar.

—Solo una, para el pabellón —fue la respuesta.

Un hombre de aspecto tosco se acercó e intentó sacarme del carruaje, ciñéndome como si yo tuviera la fuerza de un elefante y la intención de resistirme. El doctor, al ver mi expresión de disgusto, le ordenó que me dejara en paz y dijo que él mismo se haría cargo de mí. Entonces me ofreció la mano al salir del carruaje y caminé con la gracia propia de una reina a través de la multitud que se había juntado para ver a la más reciente alma desdichada. Entré junto con el doctor a una oficina pequeña y mal iluminada, donde nos esperaban varios hombres. El que estaba detrás del escritorio abrió un libro y comenzó con la larga lista de preguntas que me habían hecho una y otra vez.

Me rehusé a contestar y el doctor le dijo que no era necesario molestarme más, pues ya habían llenado todos los papeles necesarios y yo estaba demasiado loca como para decirle algo que cambiara las circunstancias. Me sentí agradecida de que todo fuera tan fácil aquí, pues, aunque mi espíritu seguía inquebrantable, mi cuerpo languidecía por la falta de alimento. Entonces dieron la orden de llevarme al pabellón de los locos y un hombre musculoso se acercó y me tomó del brazo con tanta fuerza que sentí un dolor punzante recorrer mi cuerpo entero. Me enojé tanto que por un momento me olvidé de mi papel y le reclamé:

—¿Cómo se atreve a tocarme? —ante lo cual aflojó un poco su agarre y me lo sacudí de encima con más fuerza de la que creía tener— No iré con nadie más que con él —le dije, apuntando al conductor de la ambulancia—, el juez me dijo que él me iba a cuidar y no iré con nadie más.

Tras oír esto, el conductor dijo que me acompañaría, así que fuimos tomados del antebrazo, siguiendo al hombre que inicialmente fue tan rudo conmigo. Pasamos por los terrenos bien cuidados y finalmente llegamos al pabellón de los locos. Una enfermera de capucha blanca estaba ahí para recibirme.

—Esta chica debe esperar el bote aquí —dijo el conductor y comenzó a irse. Le rogué que se quedara o que me llevara con él, pero dijo que quería ir por su almuerzo primero y que debía de esperarlo ahí. Insistí en acompañarlo, pero dijo que debía de asistir en una amputación y que no sería apropiado que yo estuviera presente. Era evidente que creía que estaba lidiando con una persona loca. Justo entonces unos gritos demenciales escaparon de uno de los jardines traseros. Aún con toda mi valentía, sentí un escalofrío recorrer mi espalda ante la idea de ser encerrada con una de mis compañeras que efectivamente estuviera loca. El doctor evidentemente notó mis nervios, pues le dijo al asistente:

—Dios mío, qué ruido hacen los carpinteros.

Volteo a verme y me explicó sobre los nuevos edificios siendo construidos y que el ruido provenía de algunos de los obreros que trabajaban ahí. Le dije que no quería quedarme ahí sin él y para apaciguarme me prometió que regresaría pronto. Me dejó sola y por fin me convertí en la residente de un manicomio.

Me quedé de pie en la puerta y contemplé la escena frente a mis ojos. El pasillo largo y desnudo de alfombras había sido depurado con aquel peculiar blanco, típico de las instituciones públicas. En la parte de atrás del pasillo había unas enormes puertas de hierro aseguradas con un candado. Varias bancas sujetas al suelo y algunas sillas de mimbre eran los únicos muebles del lugar. En ambos extremos del pasillo había puertas que, según supuse y más tarde confirmé, llevaban a las habitaciones. Cerca de la puerta principal, del lado derecho, había una pequeña sala de estar para las enfermeras y del lado opuesto había un cuarto donde se servía la cena. Una enfermera en vestido negro, gorro blanco y delantal, armada de un montón de llaves, estaba a cargo del pasillo. Pronto aprendí su nombre, la Srta. Ball.

Una vieja mujer irlandesa era el ama de llaves. Oí a alguien llamarla Mary y me alegra saber que hay una mujer de buen corazón en aquel lugar. Tan solo recibí amabilidad y consideración de su parte. Unicamente había tres pacientes. Yo me convertí en el cuarto. Pensé que me convendría ponerme a trabajar de inmediato, pues aún sospechaba que el primer doctor podría declararme sana y mandarme de vuelta al mundo exterior. Así que bajé a la parte posterior del cuarto, me presenté con una de las mujeres y le pregunté todo sobre su vida. Su nombre, según dijo, era la Srta. Anne Neville y había estado enferma por sobrecarga de trabajo. Trabajaba como una mucama y cuando su salud declinó, fue enviada al Hogar de las Hermanas para ser tratada. Su sobrino, que era un mesero, estaba desempleado y, siendo incapaz de cubrir sus gastos del Hogar, la había transferido a Bellevue.

—¿También sufre de algún malestar mental? —le pregunté.

—No —respondió—, los doctores me han estado haciendo varias preguntas y confundiéndome tanto como les es posible, pero no hay nada malo con mi cerebro.

—¿Sabe que solo envían gente loca a este pabellón? —pregunté.

—Sí, lo sé; pero no puedo hacer nada al respecto. Los doctores se rehusan a escucharme y es inútil decirle algo a las enfermeras.

Convencida por varias razones de que la Srta. Neville estaba tan cuerda como yo, dirigí mi atención a una de los otras pacientes. Me pareció que necesitaba ayuda médica y era un poco boba en sus facultades mentales, aunque ciertamente he visto a mujeres del bajo mundo que eran mucho menos brillantes y cuya sanidad mental nunca fue puesta en duda.

La tercera paciente, la Sra. Fox, no hablaba mucho. Era bastante callada y después de decirme que el suyo era un caso perdido, se rehusó a hablar. Comencé a sentirme más segura de mi posición y decidí que ningún doctor me convencería de que estaba sana siempre y cuando tuviera la esperanza de conseguir mi misión. Una enfermera pequeña y de tez clara llegó y, después de ponerse su gorro, le dijo a la Srta. Ball que fuera a cenar. La nueva enfermera, la Srta. Scott, se me acercó y espetó bruscamente:

—Quítate el sombrero.

—No que quitaré el sombrero —respondí—, estoy esperando al barco y no me lo quitaré.

—Bueno, no vas a subirte a ningún barco. Supongo que da igual si te enteras ahora o más adelante. Estás en un hospital psiquiátrico.

Aunque ya estaba completamente al tanto de este hecho, sus palabras fueron tan directas y desprovistas de adornos que me provocaron un shock.

—No quería venir aquí; no estoy enferma ni loca y no voy a quedarme —le dije.

—Será un largo tiempo antes de que salgas si no haces lo que te dicen —contestó la Srta. Scott—, más te vale quitarte el gorro o usaré mi fuerza, y si no soy capaz de hacerlo, todo lo que tengo que hacer es tocar la campana y tendré a alguien que me asista. ¿Te lo vas a quitar?

—No, no lo haré. Tengo frío y quiero dejarme puesto mi sombrero y no puedes hacer que me lo quite.

—Te daré unos cuantos minutos más y si no te lo quitas, tendré que usar fuerza, y te lo advierto, no seré nada gentil.

—Si me quitas mi sombrero yo te quitaré tu gorro y estaremos a mano.

Entonces la Srta. Scott fue llamada a la puerta y como temía que una demostración de mal carácter mostrara demasiada sanidad, me quité mi sombrero y guantes y estaba sentada en silencio viendo hacia la nada cuando ella regresó. Tenía hambre y estaba muy alegre de ver a Mary haciendo los arreglos para la cena. Los preparativos eran bastante sencillos. Tan solo sacó un banca larga al lado de una mesa vacía y le ordenó a los pacientes juntarse alrededor del festín; entonces sacó un pequeño plato de estaño en el que yacía un pedazo de carne hervida y una patata. Estaba más fría que si la hubieran cocinado la semana pasada y no tuvo la oportunidad de convidarse de sal ni pimienta. No me acercaba a la mesa, así que Mary se aproximó a la esquina en la que estaba sentada y, mientras repartía los platos de estaño, me preguntó:

—Dime querida, tienes algunas monedas que te sobren.

—¿Qué? —dije sorprendida.

—¿Tienes algunas monedas, querida, que pudieras darme? Te las van a quitar de todas formas querida, así que me las podrías dar a mí.

Ahora todo tenía sentido, pero no tenía ninguna intención de pagar mi cuota a Mary recién comenzada la partida. Temía que su trato hacia mí se vería influenciado por esto, así que le dije que había perdido mi bolso, lo cual era suficientemente cierto. Pero Mary no dejo de ser amable conmigo aunque no le di nada de dinero. Cuando me quejé del plato de estaño en el que me había traído mi comida, me trajo uno de porcelana, y cuando me fue imposible engullir la comida que me presentó, me trajo un vaso de leche y unas galletas de soda.

Todas las ventanas del pasillo estaban abiertas y comencé a sentir el efecto del aire frío en mi fisionomía sureña. La ventisca helada era casi insoportable y me quejé al respecto con la Srta. Scott y la Srta. Ball. Pero contestaron cortésmente que ya que me encontraba en una institución de caridad no podía esperar mucho más. Todas las demás mujeres también estaban sufriendo por el frío e incluso las enfermeras tenían que usar prendas pesadas para mantenerse calientes. Les pregunté si podía irme a la cama. “¡No!” me dijeron al unísono. Al fin la Srta. Scott tomó un viejo chal gris, le sacudió algunas polillas y me dijo que me lo pusiera.

—Este chal se ve en pésimo estado.

—Bueno, las cosas serían mucho más sencillas para algunas personas si fueran mucho menos orgullosas —dijo la Srta. Scott—. Las personas que viven de caridad no deberían de esperar nada ni quejarse.

Así que me envolví encima el chal carcomido por las polillas, con todo y su olor a humedad y me senté en una silla de mimbre, preguntándome qué ocurriría después, si moriría congelada o sobreviviría. Mi nariz estaba muy fría, así que cubrí mi cabeza y estaba medio dormida, cuando alguien arrebató el chal de mi cara y un hombre extraño y la Srta. Scott aparecieron de pie frente a mí. El hombre resultó ser un doctor y su primer saludo fue:

—Yo he visto esa cara antes.

—¿Entonces me conoce? —le pregunté, mostrando un entusiasmo que en realidad no sentía.

—Creo que sí. ¿De dónde viene?

—De mi hogar.

—¿Y dónde queda su hogar?

—¿No lo sabe? Cuba.

Entonces se sentó junto a mí, tomo mi pulso, examinó mi lengua y finalmente dijo:

—Cuéntele a la Srta. Scott sobre su vida.

—No, no lo haré. No hablaré con mujeres.

—¿Qué hace en Nueva York?

—Nada

—¿Puede trabajar?

—No, señor —le respondí en español.

—Dígame, ¿es una mujer pública?

—No le entiendo —respondí, realmente molesta con él.

—Es decir, que si ha dejado que algún hombre provea por usted o se quede con él.

Sentí el impulso de arremeter una bofetada en su cara, pero tenía que mantener la compostura, así que simplemente dije:

—No sé de lo que está hablando. Siempre he vivido en mi hogar.

Después de varias preguntas más, tan inútiles como absurdas, se alejó y comenzó a hablar con la enfermera:

—Posiblemente demencia —dijo—, lo considero un caso perdido. Necesita estar en un lugar donde alguien la cuide.

Y así pasé mi segundo experto médico.

Después de esto, comencé a tener una menor consideración por la habilidad de los doctores de la que jamás tuve, y una mayor en mí misma. Estaba convencida de que ningún doctor podía decir si las personas estaban locas o no, siempre y cuando el caso no fuera uno violento.

Más tarde aquel día, un chico y una mujer vinieron. La mujer se sentó en una banca, mientras el chico entró y habló con la Srta. Scott. Al poco tiempo volvió a salir y se limitó a asentir en señal de despedida a la mujer, que era su madre, antes de partir. Ella no se veía loca, pero como era alemana no pude averiguar su historia. Su nombre, sin embargo, era Louise Schanz. Parecía bastante perdida, pero una vez que las enfermeras la pusieron a cocer, hizo su trabajo eficiente y rápidamente. A las tres de la tarde dieron gachas de cereal a todos los pacientes y a las cinco, una taza de té y un pedazo de pan. Se apiadaron de mí, pues cuando se dieron cuenta que me era imposible comer el pan o beber aquella sustancia glorificada con el nombre de té, me dieron un vaso de leche y una galleta, lo mismo que tuve a mediodía.

Justo cuando estaban encendiendo las luces de gas, otro paciente se nos unió. Era una chica joven, de unos veinticinco años. Me dijo que acababa de levantarse de cama tras estar enferma. Su apariencia confirmaba su historia. Se veía como alguien que acababa de tener un episodio de fiebre.

—Ahora estoy sufriendo de un trastorno nervioso —dijo— y mis amigos me han enviado aquí para tratarlo.

No le dije donde se encontraba y parecía bastante satisfecha. A las 6:15 la Srta. Ball dijo que quería retirarse, así que todas debíamos de ir a la cama. Entonces a cada una —ya éramos seis— le fue asignado un cuarto y se nos ordenó desvestirnos. Seguí las instrucciones y me dieron un camisón de algodón corto para usar durante la noche. Luego recolectó todos los artículos de vestir que había usado durante el día y, enrollándolos en un bulto, los etiquetó con el nombre “Brown” y se los llevó. La ventana con barrotes de hierro estaba cerrada y la Srta. Ball, después de darme una cobija extra, que según dijo, era un favor rara vez concedido, se fue y me dejó a solas. La cama no era ni remotamente cómoda. Estaba tan dura que ni siquiera pude amoldarla; y la almohada estaba rellena de paja. Debajo de la cobija había un cubrecama de hule. Conforme la noche enfriaba traté de calentarlo. Apreté mi cuerpo contra el hule, pero cuando cayó la mañana seguía tan frío como cuando me recosté; y a mí también me había dejado a la temperatura de un iceberg, así que me di por vencida.

Había esperado descansar un poco en mi primera noche en el manicomio. Pero parecía estar asediada por la decepción. Cuando las enfermeras del turno nocturno llegaron, tenían curiosidad de averiguar cómo me veía. Tan pronto como se fueron oí a alguien tocar a mi puerta preguntando por Nellie Brown y comencé a temblar, siempre temiendo que mi sanidad sería descubierta. Al escuchar la conversación me enteré que era un reportero que vino en mi búsqueda y le oí preguntar por mi ropa para que pudiera examinarla. Los escuché hablar sobre mí con mucha ansiedad, pero me alivió saber que ya se me consideraba loca sin lugar a dudas. Eso era alentador. Después de que el reportero se fue, escuché a más personas llegar y me enteré que había un doctor ahí y que deseaba verme. No sabía con qué propósito y me imaginé toda clase de cosas horribles, como examinaciones médicas, y cuando llegaron a mi cuarto me estaba sacudiendo de pies a cabeza.

—Nellie Brown, aquí está el doctor; desea hablar contigo —dijo la enfermera. Si eso era todo lo que deseaba, supuse que podía manejarlo. Me quité la cobija, que había puesto sobre mi cabeza del susto, y miré hacia arriba. La vista fue tranquilizante.

Se trataba de un hombre guapo y joven. Tenía el porte de un caballero. Algunas personas han censurado esta acción; pero estoy segura de que, aunque tal vez un poco indiscreta, el joven doctor solo tenía mi bienestar en mente. Se me acercó, se sentó a mi lado en la cama y posó sus brazos sobre mis hombros de manera reconfortante. Fue una carga terrible actuar el papel de loca frente a este joven hombre, y tan solo una chica puede simpatizar conmigo en esta posición.

—¿Cómo te sientes esta noche Nellie? —preguntó con soltura.

—Oh, me siento bien.

—Pero sabes que estás enferma —dijo.

—Oh, ¿lo estoy? —contesté y rodé mi cabeza en la almohada y sonreí.

—¿Cuándo saliste de Cuba, Nellie?

—Oh, ¿conoces mi hogar? —pregunté.

—Sí, bastante bien. ¿No me recuerdas? Yo te recuerdo a ti.

—¿Ah sí? —y agregué mentalmente que no lo olvidaría. Tenía un acompañante que no se aventuró a decir nada, tan solo me miró mientras yacía acostada en la cama. Después de varias preguntas, a las que respondí con sinceridad, se fue. Entonces llegaron más problemas. Toda la noche las enfermeras se comunicaban en voz alta, y sé que les era imposible dormir a los otros pacientes, así como a mí misma. Más o menos cada media hora, caminaban a paso pesado por los pasillos de extremo a extremo, con sus botas de tacón resonando como la marcha de un regimiento de infantería, y le echaban un vistazo a cada paciente. Por supuesto, esto contribuía a mantenernos despiertas. Luego, conforme se acercaba la mañana, comenzaron a batir huevos para el desayuno y el sonido me hizo darme cuenta de lo hambrienta que estaba. Entonces la sirena de la ambulancia, que traía consigo a más almas desafortunadas, chilló como anunciando el fin de la vida y la libertad. Así transcurrió mi primera noche como una chica loca en Bellevue.

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Fotografía cortesía de la autora
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