Esta crítica se publicó originalmente en Tropic of Meta. La traducción estuvo a cargo de Luis Ham.
Cuando le digo a cualquier gringo que mi abuelo mexicano trabajaba de publicista, se quedan sin respuesta ante la noticia.
Sus expresiones faciales mutan a shock.
Sus cabezas dan la impresión de que van a estallar y yo sé que están pensando, “¿En México hay PUBLICISTAS?”
Le regalo una mueca torcida a esos fulanos y dejo que mi sonrisa hable por mí. Les dice, “Sí, bitch, en México hay cosas que publicitar, como nuestras propias fucking opiniones sobre USTEDES.”
Yo sigo orgullosa los pasos de mi abuelo, Ricardo Serrano Ríos, “decano de los publicistas de Jalisco,” y no solo tengo opiniones, las ladro como itzcuintli. También soy chismosa.
Es mi forma de arte preferida, misma que comencé a practicar poco después de que mi periodo manchó por primera vez mis calzones, y ¿qué es la literatura, y la crítica literaria, si no un chisme diligentemente estetizado?
Tengo chisme. ¿Están listxs?
Una gabacha autoprofesa, Jeanine Cummins, escribió un libro torpe. Soberanamente torpe.
Su obra de caca pertenece a la gran tradición literaria estadounidense de hacer lo siguiente:
Apropiarse de obras excepcionales escritas por gente de color
Untarles una capa de mayonesa para volverlas sabrosas y digeribles para las papilas gustativas estadounidenses y
Re-empaquetarlas para su consumo masivo racialmente daltónico.
En vez de mirarnos a los ojos, muchos gabachos prefieren alzar su mirada y menospreciarnos. En vez de aceptar que somos sus pares morales e intelectuales, nos compadecen felizmente. Su lástima es lo que instaura en ellos su gusto por el dolor mexicano, un ansia que muchos esconden. Esta negación motiva sus hábitos de consumo, lo que resulta en una preferencia por el porno de trauma con ornamentos de justicia social. Para satisfacer esta demanda, Cummins ensambló sin mucho cuidado American Dirt, un “road thriller” que trae puesto una peluca de estoy-dando-voz-a-los-sin-voces.
Me enteré de Dirt cuando la editora de una revista femenista me invitó a reseñarlo.
Acepté su oferta, Dirt me llegó por correo y la empaqué. Una vez en casa de mi tía, en Guadalajara, abrí el libro.
Antes siquiera de llegar al primer capítulo, la carta de su editor me hizo retorcerme.
“La primera vez que Jeanine y yo hablamos por teléfono,” chorea el editor, “me dijo que los migrantes en la frontera mexicana estaban siendo retratados como una ‘masa morena sin cara.’ Me dijo que quería darle una cara a esas personas.”
La frase “esas personas” me enojó tanto que mi sangre se gasificó.
Alcé la mirada y encontré un espejo que colgaba de la pared de mi tía.
Reflejaba mi cara.
Tuve que desarrollar una estrategia de supervivencia para poder tragarme Dirt. Consistió en entregarme por completo a la lectura de odio del libro, llenando los márgenes con frases tipo “Pendeja, please.”
Ya de regreso en Alta California, me senté en la mesa de mi cocina a escribir la reseña. La envié. Esperé.
Tras algunos días, una editora me respondió. Me dijo que, aunque mi análisis de Dirt era “espectacular,” no era lo suficientemente famosa para escribir algo tan “negativo.” Me ofreció reconsiderarlo si cambiaba mis palabras, si escribía “algo que la redimiera.”
Porque lo mejor que puedo decir sobre Dirt es que sus páginas deberían reciclarse para papel de baño, sus editores ser arrastrados a la guillotina. Me notificaron que se me pagaría una tasa de liquidación: 30% de los $650 dólares que me habían ofrecido por mis servicios.
¡Mirad, entonces, mi crueldad inpublicable que renace de la muerte!
En México, la gente ocupada toma licuados. Preparar estas bebidas requiere habilidades mínimas. Se echa fruta, leche y hielo en una licuadora, y voilà: comida para llevar.
Desafortunadamente, la narco-novela de Jeanine Cummins, American Dirt, es un licuado literario que sabe a su título. En su intento de prosa, Cummins presenta estereotipos mexicanos muy pasados, incluyendo el latin lover, la madre que sufre, y el estoico machito inmaduro. El heteroromanticismo tóxico le da un arco al lodazal de novela, y gracias al glaseado blanco con que recubre su prosa, Cummins posiciona a los Estados Unidos de América como un santuario magnético, un faro hacia el cual la cronología de la historia chapotea.
México: bad.
EUA: good.
Me tapé mi nariz metafórica y continué leyendo.
Cummins nos bombardea con clichés desde el inicio. El primer capítulo abre con un grupo de sicarios acribillando una fiesta de quinceañera, una escena que es fácil imaginar saliendo sin aliento de la boca de Donald Trump durante un mitin en el medio oeste, y si bien los asesinos de Cummins son jocosos, su humanidad es, a lo mucho, superficial. Al caracterizar a estos personajes como los “bogeymen modernos del México urbano,” los vuelve superficiales. Al invocar monstruos con nombres en inglés y linajes europeos, Cummins revela el color de piel de la audiencia a quien va dirigida su obra: blanca. En México no existe el miedo al bogeyman. Existe el miedo a su primo lejano, el cucuy.
Cummins utiliza este “paisaje de matanza,” una frase que casi remite al discurso inaugural de Trump, para introducir a su protagonista, la recién enviudada Lydia Quixano Perez. La policía llega al hogar de Lydia, transformado en una grotesca escena del crimen, a pretender que investigan. Lydia no se queda quieta. Ella entiende lo que todxs lxs mexicanxs entienden, que policías y criminales están en el mismo equipo, así que ella y su hijo, Luca, el único otro sobreviviente de la masacre, escapan.
Con su familia aniquilada por narcotraficantes, madre e hijo se embarcan en un viaje de refugiadxs. Se dirigen al norte, deletreado en español en el inglés original, mientras otras palabras en español resaltadas en itálicas, como carajo, mijo, y amigo, contaminan la prosa, con un resultado similar al del sazonador para tacos que se vende en las tiendas gringas.
A través de flashbacks, Cummins nos revela que Lydia, “una mujer moderadamente atractiva pero no hermosa,” de 32 años, trabajaba en una librería. Su personaje súbitamente adquiere un perfil absurdo. Como protagonista, Lydia es incoherente, con contradicciones irrisibles. En un flashback, Sebastián, el esposo de Lydia, periodista, la describe como una de las mujeres “más inteligentes” que haya conocido jamás. Sin embargo, ella se comporta de una forma descaradamente inocente y estúpida. A pesar de ser una mujer intelectualmente comprometida y la esposa de un reportero cuyo tema central es el narcotráfico, Lydia no deja de sorprenderse al confrontar las realidades de México, realidades que no sorprenderían a unx mexicanx.
¡Es una sorpresa para Lydia el enterarse que el misterioso y rico cliente que frecuenta la librería rodeado de guardaespaldas de mala pinta es el capo del cartel local! ¡Es una sorpresa para Lydia enterarse que algunos migrantes centroamericanos llegan a los Estados Unidos a pie! ¡Es una sorpresa para ella enterarse que hay hombres que violan a mujeres en su ruta a los Estados Unidos! ¡Es una sorpresa para Lydia enterarse que la Ciudad de México tiene una pista de patinaje sobre hielo! (Esta sorpresa me sacó una buena carcajada: yo aprendí a patinar en México.) El hecho de que Lydia esté tan sorprendida por las realidades diarias de su propio país, realidades con las cuales yo soy íntima como una Chicana viviendo en el norte, dan la impresión de que Lydia quizás no sea… una mexicana creíble. De hecho, percibe su propio país a través de los ojos de una turista.
Susan Sontag escribió que “una sensibilidad (a diferencia de una idea) es una de las cosas más difíciles de abordar” y con esta aserción en mente, declaro que American Dirt fracasa al intentar transmitir cualquier tipo de sensibilidad mexicana. Aspira a ser un Día de muertos, pero termina por encarnar Halloween. La prueba radica en la dolorosa falta de humor de la novela. Lxs mexicanxs tienen cientos de apodos para la muerte, la mayoría juguetones porque la muerte es nuestra compañera de juegos favorita, y Octavio Paz explicó nuestra relación única con la muerte cuando escribió, “Nuestras relaciones con la muerte son íntimas […] el mexicano […] la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.” La incapacidad de Cummins para acercarse a la muerte con la debida curiosidad y humildad es lo que vuelve American Dirt el libro perfecto para tu círculo local de lectoras gringas engreídas.
El escritor Alexander Chee ha dicho que quienes estén interesadxs en explorar las realidades de personas diferentes a ellxs mismxs, deberían responder tres preguntas antes de proceder. Estas son:
“¿Por qué quieres escribir desde el punto de vista de este personaje?”
“¿Lees a autorxs de esta comunidad actualmente?”
“¿Por qué quieres contar esta historia?”
La nota introductoria al libro de Cummins responde la última pregunta. Cummins cree que ella es lo suficientemente importante y experta como para representar a un pueblo moreno “sin cara”.
A un lado, Jesucristo. Hay un nuevo mesías en la ciudad. Y su nombre es Jeanine.
Me aterran los salvadores, siempre empeoran las cosas, muchas veces a través de la muerte de varias personas, y si no me creen, lean las primeras cuatro letras de messiah en inglés.
Para encajar con el modelo mesiánico, Cummins renació como una persona de color. Un vistazo a sus más recientes entrevistas revela que Cummins ahora se identifica como “latinx,” su identidad basada en la existencia de una abuela puertoriqueña. Sin embargo, Cummins recién está estrenando su latinx-idad porque hace cuatro años no lo era.
Repito: hace cuatro años, Cummins era blanca.
“No quiero escribir sobre raza,” escribió en un artículo editorial para el New York Times en 2015. “A lo que me refiero es, en verdad no quiero escribir sobre raza… soy blanca… nunca conoceré la rabia impotente de ser juzgada o de toparme con obstáculos institucionalizados por mi tono de piel o mi nombre.”
Al contrario de los narcos que envilece, Cummins carece de gracia y brillo. Al contrario, avanza a tropiezos con mal gusto trumpiano, y un vistazo a la cronología revela su modus operandi: de forma oportunista, con egoísmo y de forma parasitaria. Cummins identificó el apetito gringo por el dolor mexicano y encontró una forma de explotarlo. Con su ambición puesta, tiró por la borda lo “sin cara”, corrió hacia el micrófono y nos lo arrebató de las manos, decidiendo que su voz incompetente merecía ser amplificada.
En sus propias palabras, Cummins no cumplía los requisitos para escribir Dirt.
Y lo hizo de todas formas.
Por un cheque de siete cifras.
Siete cifras.
Como decía Bart Simpson, “¡Ay caramba!”
Dirt no es el primer libro de Cummins. Además de varias otras novelas, escribió también una memoria true crime altamente racializada, A Rip in Heaven. Yo también escribí una memoria de este género, Mean. Mean habla de un asesino serial en ciernes, Tommy Jesse Martínez. En 1996, Martínez abusó sexualmente de varias mujeres, incluyéndome, y su última víctima ayudó a la policía a capturarlo.
En los meses entre mi abuso sexual y su captura, Martínez violó, desfiguró y golpeó a Sophia Castro Torres hasta matarla, una migrante mexicana reservada que vendía cosméticos de Mary Kay y trabajaba en una granja. Martínez robó su green card, se la quedó como trofeo y la arrojó a la basura cuando se aburrió de ella.
El fantasma de Sophia me atormenta. Siempre está conmigo, supongo que se podría decir que me habla, y tiene algo que decirle a Cummins:
Mexicanas se mueren del otro lado también. A las mexicanas las violan en los Estados Unidos también. Tú lo sabes, sabes lo peligrosos que los Estados Unidos de América son y aún así decides pintarlos como un santuario. No lo son.
Los Estados Unidos de América se volvieron mi tumba.
Quizás la fascinación de Cummins con la frontera explique la similitud entre Dirt y otras obras sobre la migración: su novela es tan similar a las obras que usó para investigar que algunxs podrían decir que bordea en la palabra P. En los agradecimientos de Dirt, Cummins anuncia su ignorancia dando las gracias a “quienes me enseñaron con paciencia sobre México”. Da un listado de escritorxs que “deberías leer si quieres saber más sobre México” — Luis Alberto Urrea, Oscar Martinez, Sonia Nazario, Jennifer Clement, Aida Silva Hernandez, Rafael Alarcon, Valeria Luiselli y Reyna Grande— contradiciendo su caracterización de nosotrxs como una horda iletrada. No solo tenemos caras y nombres. Algunxs tenemos bibliografías extensas.
Si Cummins hubiese querido brindar atención a las distintas crisis que atraviesan lxs mexicanxs, migrantes mexicanxs en particular, podría haber referido a los lectores a las fuentes primarias y secundarias que saqueó. Tomemos, por ejemplo, A través de cien montañas, de Reyna Grande. A los nueve años, Grande entró a los Estados Unidos sin documentos. Se convirtió “en la primera persona en la familia en llegar a la universidad,” y obtuvo una licenciatura y una maestría. Su experiencia como migrante mexicana inspira tanto su narrativa como sus ensayos, y Grande escribe íntimamente sobre un fenómeno que Cummins ha enfatizado que desconoce: el racismo.
Mientras atendía una gala literaria en la Biblioteca del Congreso, otro escritor la confundió. En vez de asumir que ella era su igual, la trató como parte del servicio de meseros. Grande escribió sobre esta experiencia, relatando que su “sensación de insuficiencia” siempre ha estado ahí a pesar de su éxito. Estos sentimientos comienzan a una edad temprana. Cuando estaba en la preparatoria, saqué el puntaje más alto en el examen avanzado de inglés y composición, más alto aún que el de mis compañerxs blancxs. En vez de celebrarme, mis maestros insinuaron abiertamente que mi resultado era sospechoso. Seguro hice trampa.
Mientras estamos obligadxs a lidiar con nuestro síndrome del impostor, a lxs aficionadxs que roban nuestro material, estilo e incluso voz se les celebra y recompensa.
Dirt se lee como un remix gringo de El viaje de Enrique de Nazario y un mash-up descuidado de la obra entera de Urrea. Sus primeros libros, Across the Wire y By the Lake of Sleeping Children, reverberan a través de Dirt. La dolorosa incomodidad del libro me recuerda a la vez que sorprendí a mi compañera de cuarto vestida por completo con mi ropa. Me asombró y perturbó encontrar a mi compañera de licenciatura frente a nuestro espejo, pretendiendo ser… yo. Cuando se percató de mi presencia, me miró a los ojos a través del reflejo. Sin saber qué hacer, me fui. Nunca hablamos al respecto.
Ella regresó las prendas a mi clóset, pero su decisión de usarlas como un disfraz las alteró. No podía usarlas de nuevo. Olían a ella. Las costuras se habían gastado.
Mi compañera de cuarto y yo no éramos del mismo tamaño.
Cummins hizo lo mismo que mi compañera pero llevó su audacia un paso más allá: salió al público usando su disfraz de mexicana, un disfraz que no le queda bien.
Dirt es una obra-frankenstein, un espectáculo torpe y distorsionado, y a pesar de que algunxs criticxs blancxs han hecho la comparación entre Cummins y Steinbeck, creo que una comparación más apropiada sería a Vanilla Ice. Según Hollywood Reporter, Imperative Entertainment, un banner de producción conocido por el equipo que hicieron con el vaquero libertario Clint Eastwood, ya compró los derechos para volver película la “Mexican migrant drama novel.” Dado que mi catastrófica imaginación ha estado muy activa estos últimos días, puedo visualizar por completo lo que esta película inspirará. Puedo ver a Trump sentado en la sala de cine de la Casa Blanca, sus pequeñas manos tomando puñitos de palomitas mientras absorbe la adaptación cinematográfica de Dirt. “¡Esto!” grita, “Es por esto que debemos invadir.” No creo que Cummins tuviera la intención de escribir una novela que se ajustara a la agenda trumpiana, pero ese es el peligro de volverse un mesías. Nunca sabes quién te seguirá hacia la tierra prometida.
Hace algunas semanas, tuve la oportunidad de impartir un taller de cuento breve en el Centro Femenil de Reinserción Social Santa Martha Acatitla, cuya finalidad era acercar a las internas a este género literario y que crearan sus propios textos.
El proceso para ingresar a Santa Martha es rutinario: solo podía entrar con hojas, plumas y cuadernos. Después de cambiar mi identificación por un papel que avalaba mi identidad para poder salir, pasaba por una revisión y me colocaban un sello de tinta invisible. Atravesaba las primeras rejas junto con la coordinadora y avanzábamos hasta llegar al patio de actividades, entrábamos a pasillos grises y extensos donde nos encontrábamos con mujeres vestidas completamente de color azul o café. Algunas pasaban con indiferencia, otras nos veían con curiosidad, unas más saludaban y había otras, de mirada dura, que nos inspeccionaban preguntándose qué hacíamos en su territorio. También había algunas madres con niños pequeños, lo que le daba cierto toque acogedor al sitio. Pasábamos dos o tres rejas más, en donde mostrábamos el sello para seguir avanzando, y subíamos unas escaleras.
En el transcurso sobresalían murales hechos por las internas, y en gran parte de los dormitorios había ropa y cobijas tendidas entre lazos y palos que asomaban de pequeños orificios, exhibiendo la poca intimidad sobrante.
Una vez en el área de talleres y clases, era cuestión de dar unos pasos más hasta el salón asignado. A éste, amplio y con numerosas sillas, llegaban mujeres tan diferentes en edad como en apariencia física e incluso nacionalidad. Las dos más interesadas desde el inicio fueron Aída «Spica», una mujer de la tercera edad, y una muchacha muy joven, de no más de veinticinco años. La intriga de saber por qué estaban ahí era grande, pero fue una incógnita que permaneció sin respuesta. Finalmente, nos había reunido el interés por la literatura, por aprender y escribir. Conversamos sobre las características y la estructura básica del cuento, sobre las obras que conocían, y al hablar de Sherezade, descubrí que los libros y la literatura ya eran parte de la vida de varias. Algunas veces nos interrumpía el barullo propio del sitio que entraba por las ventanas siempre abiertas.
Entre textos teóricos de escritores como Onetti o Bosch, cuentos de Rulfo, Cortázar, Arreola y Quiroga, la charla fluyó. Incluso tras leer “El guardagujas”, nos enfrascamos en un debate político. Para acercarlas a la literatura contemporánea, lleve textos de autores como Iliana Vargas, Gerardo Lima, Laura Baeza (de las favoritas) y Gabriel Rodríguez Liceaga. Todas participaron leyendo fragmentos y comentando, en especial Spica y su joven compañera, quien nos mostró la biblioteca en una ocasión, pues trabaja ahí.
El último día del taller debían llevar textos escritos por ellas. Spica fue la última en leer, y su texto resultó realmente maravilloso. En el clímax, se le quebró la voz y soltó algunas lágrimas, me miró y yo le sonreí, queriendo abrazarla. Ella continuó leyendo. Escribió sobre la espera y la incertidumbre, sobre un asesinato enmascarado de suicidio, sobre la solidaridad que se crea entre mujeres, pero también sobre el encono que surge en el aislamiento. Al terminar, se sentó de nuevo entre una oleada de aplausos y frases de apoyo.
En «La escalera azul», Spica nos toma fuerte de la mano para llevarnos hasta la intimidad de su celda y de sus sentimientos, nos muestra las incomodidades que la rodean y los deseos que tiene de recuperar la libertad. Nos mira de frente, a los ojos, y nos muestra la entereza que aún late dentro de ella a pesar de llevar más de una década tras las rejas. Las palabras de esta mujer nos muestran con fidelidad cómo es la vida en reclusión, cómo se vive el encierro. Y es precisamente ahí, en Santa Martha Acatitla, donde comenzó a pintar y escribir: ella afirma que «La libertad es un arte». Y no está equivocada.
Valoro inmensamente esta experiencia, la oportunidad de intercambiar puntos de vista, pensamientos y reflexiones, más allá de la literatura, que involucraron cada aspecto de nuestras vidas. También estoy muy agradecida con las instituciones que hicieron posible este taller que, definitivamente, es una labor cultural necesaria.
La reiterada gratitud de las participantes fue, además, un gran aliciente. Cualquier acercamiento al arte es liberador. En este caso, una breve aproximación a la literatura generó lazos empáticos, un intercambio y una reciprocidad de aprendizaje en un sitio donde el aislamiento es la norma.
Yo solo espero que, ahí dentro, las palabras y las letras sigan generando lazos, hermandad, cariño, puertas y ventanas por donde asomarse más allá de las paredes y los barrotes. Y que éstas les permitan, a su vez, conocerse y comprenderse, a sí mismas y a las demás, a fondo.
Lola Ancira
Soy Antígona, hija de Spica, la estrella más grande de la constelación de Virgo, nací en el siglo XX, un miércoles. Hoy es viernes, 17:00 horas.
En el comedor de la crujía E, Martacatitla me lee el tarot. Del maso de cartas me dice que barajee, que parta tres veces en forma de cruz con la mano izquierda y que saque una carta. Mira la carta. Dice: “La muerte te protege”. Exaltada, repito: “¿Muerte?”. La miro asustada.
—No es tu muerte… Es la otra. Llévale un cigarro o una manzana y con fe pídele que te conceda tu libertad.
—Sí, eso haré —contesto convencida.
Martacatitla mira las cartas, se las acerca a la boca, les da un soplido, desdobla un paño rojo, las envuelve y las guarda en el bolsillo de su chamarra azul.
Terminamos la sesión. Se despide. Al levantarse del asiento frío de lámina agrega:
—Luego me platicas qué tal te fue.
Su aspecto es desaliñado: poco más del metro y medio de estatura, cabello grisáceo entreverado por finos rizos cortos despeinados, su tez blanca manchada de paño, y los dientes que le faltan, marcan sus quizá cincuenta años. Padece de gastritis crónica que la pone de mal humor frecuentemente; huele a hierbas y al caminar se contonea, pues cojea un poco de la pierna izquierda.
La sesión de tarot fue muy corta. Me sorprendió que, sin preguntar nada, había mencionado mi libertad, y que “La muerte” estaba presente.
Mi mente se llenaba de preguntas: ¿libertad? Igual a búsqueda. ¿Muerte? Igual a efecto infalible. Raro, ¿no?
Creí que quizás no era muy acertado confiar en unas cartas, así que dudé un poco de la lectura de Martacatitla. Pensativa, me dirijo a la celda.
17:30 horas. Al fondo del pasillo del dormitorio está pintada en la pared la imagen de una muerte. Grande, de semblante cadavérico, de sus orificios destella una luz fosforescente impactante, con una mueca espantosa. Lleva una hoz sostenida como un báculo, soportando su osamenta cubierta con una capucha negra. Toda vestida de negro, no de azul como Martacatitla.
No sé cuánto tiempo lleva ahí pintada, pero más de once años, sí. Está deteriorada, pero al mismo tiempo su mirada y enormidad hacen que se te ponga la piel de gallina. Me inquieta lo que la adivina Hécate (así le decíamos las Antígonas a Martacatitla) me había dicho. Lo que más anhelaba en este mundo era conseguir mi libertad, así que me apuré a llevarle a “La muerte” el cigarro, pero al sacarlo de la cajetilla pienso: “¿Cómo llevarle un cigarro? Es malo para la salud. Si fumas, te mueres. ¡Ay, tonta! Pero si ya está muerta. ¿La manzana? Ella se la dio a Adán, y semejante embrollo en el que nos han metido. Llevando más de dos mil años cargando con la emancipación, y lo que falta. Martacatitla me mintió, es una charlatana”.
Dentro de la celda azul siento la humedad. A finales de octubre, las noches comienzan a ponerse frías.
Vestidas de negro, igual que “La muerte”, llegan las Creontes. Estruendos de candados y cadenas cierran las celdas. Mi corazón se ha estremecido durante once años, con sus noches y sus días, cada vez que se escucha ese estrepitoso despertar. ¡Se cierran las celdas, señoras!
Las noticias en la tele: más muerte, desaparecido, muertos sin hoz que los sostenga. Antígonas llorando por sus hijos, nietos, esposos. Feminicidios. Pan y rosas.
Apago la televisión sentada en mi camarote sobre un colchón de hule espuma que parece una galleta por lo delgado que está. La lámina fría traspasa la galleta y congela mi espalda.
Frente a la litera hay otra lámina que hace la función de mesa empotrada en la pared. Allí escribo. En un recipiente de plástico puse a germinar un chayote, parece que va creciendo bien, ése apenas tiene dos meses privado de su libertad, pero está en buenas manos: las mías, que además de pintar, tratan de escribir.
Es agradable estar cerca de la naturaleza, aunque sea de esta manera. Acrecienta mi deseo de estar afuera, en la calle, en un parque aunque sea.
Trato de dormir. Siento un vacío en el estómago. Voy a la zotehuela. Está el refrigerador imaginario de la celda. Es el estanque de agua que tiene el lavadero del lado izquierdo, que usamos para lavar la ropa, los platos y los tenis, la verdura, etcétera. Y sólo encontré manzanas rojas de remordimiento, verdes de culpa, amarillas de soledad. Lloro. ¡Pinche Martacatitla, eres una farsa!
Sábado. Estruendo de cadenas y candados. Las de negro abren. Otro día más, otro día menos. Día azul. Recuerdo mi sueño: aparece la “Justicia”, semejante a Aldonza Lorenzo, la Dulcinea del Toboso, escondiendo su tristeza, sin venda, con los ojos bien abiertos cargando la balanza de un lado llena de Creontes y del otro llena de palomas blancas emprendiendo el vuelo hacia una luz muy brillante. Hacia Dios.
Me levanto y preparo un café. Salgo estoicamente, la miro, me hace pensar en “mis muertos”. Son los que me protegen. Creo en los milagros como Coatlicue, que da y quita la vida: es la encarnación de los procesos cósmicos, representa lo contradictorio. En su figura se integran todos los símbolos importantes de la religión y filosofía de los aztecas. Al igual que la Medusa y la Gorgona, se trata de un símbolo de la fusión de los opuestos: el águila y la serpiente, el cielo y el inframundo, la vida y la muerte, el afuera y el adentro, la moralidad y la amoralidad, la belleza y el horror, la manzana y el cigarro.
Así como la virgen de Guadalupe (Tonantzin) cuando concibió a Jesús. Tienen mensajes de vivir. Coatlicue cuando una pluma de ave se posó en su abdomen, y la Tonantzin cuando se le apareció un ángel. Antígonas hermanas de la Coyolxauhqui, representando la fragmentación del cuerpo material y espiritual. Siento que estamos muertas pero vivas, muertas que hablamos desde los muros. ¡Pronto seremos libres!
En el baño coloco un cable largo con una resistencia eléctrica en forma de espiral dentro de un bote de cuatro galones lleno de agua para que se caliente y así poderme dar un baño a jicarazos, como lo hacían nuestros antiguos, que no conocían las modernas regaderas. Aquí sería un lujo que funcionaran las llaves de agua caliente y que pudieras darte una ducha.
Ahora que sea libre, bueno, que deje de estar “privada de la libertad”, pasaré una hora debajo de la regadera sintiendo el agua sobre mi espalda encorvadas; dormiré en un colchón normal, abriré un refrigerador, una ventana y una puerta como lo hacía antes. Soñar es válido, eso es ser libre.
El “pase de lista”: “Antígona”. “¡Presente!”, le contesto a la de negro (igual que la pintada en la pared). Tres veces al día mencionan mi nombre y tres veces ponen un puntito con pluma. Somos mil seiscientas Antígonas. Esto se repite a las 8:00 a. m., a las 14:00 y a las 20:00 horas. Verifican que estemos vivas… ¿o muertas?
Se escuchan gritos en el segundo nivel. Me encuentro en el tercero, el último. Escucho la voz quebrada de otra Antígona gritando: “¡Jefa, jefa!” (así les hablamos a las de negro que nos custodian). “¡Jefa! ¡Ay, jefa! ¡Por favor, venga!” Más gritos, bullicio, gritos: “¡Está muerta!”.
“¡Se colgó!” Mi corazón se paró dos sístoles, también yo me iba a morir del susto. Horror, el cielo y el inframundo, suicidio. Autodestrucción, interrupción. La escalera azul de fierro servía para sostenernos a todas las Antígonas que vivíamos en ese dormitorio, la impresión, el dolor, la incertidumbre, la tristeza y el miedo se distinguían en nuestras miradas. Sufríamos y bajábamos desesperadas, llorando, gritando. No sabíamos bien qué había pasado.
Después de un gran rato (veinte minutos que nos parecieron veinte horas), llegaron las de negro. Acordonaron el pasillo y esperamos aterradas. Esperamos. Pero para mi no es extraño esperar, he esperado muchos años. Once. Esa Antígona no quiso esperar más. Conoció el Hades. Disminuyó la importancia de que fuera sábado, jueves o x día. La luz no era azul, era gris. Así pasaron varios días. Olía a narcisos y violetas, olía a muerte, ocurrió un deceso.
La saudade duró poco.
Parece que el azul que quiere decir “del color del cielo sin nubes”, quinto color del espectro solar, regresara a su naturaleza. Existir. Todas actuamos estoicamente.
Al poco tiempo corrió un rumor entre los muros azules: “No se suicidó, la mataron.” “Fue un homicidio.” El asesino priva de la vida porque significa que es él mismo el que desea morir.
Había un manejo cauteloso de la información para que las Antígonas no nos enteráramos de lo que había sucedido. Las voces que se oían decían que su compañera de celda la había asfixiado. Decían que la habían encontrado boca abajo, con la venda que tenía atada al cuello, y que era imposible que se colgara a esa altura. Tenía golpes en el cuerpo. Chismes. Porque nadie vio nada, nadie más que los expertos en la materia: “los peritos”.
En este ambiente de perfiles vulnerables y delincuencia se puede especular fácilmente. En este caso me hubiera gustado que viniera Agatha Christie o el inspector Poirot, pues ellos hubieran descubierto el crimen.
Constaté que le tememos a la muerte. Apagarse o dejar de vivir. Lo he sentido en el encierro, el encierro te enseña muchas cosas. Pero entender la muerte es algo sobrehumano…
La vida es el estado del alma después de la muerte. Duración de las cosas. Ascesis. La muerte está pintada en la pared y se llevó a una Antígona. ¿Le habrá llevado un cigarro o una manzana? Quién sabe. Pasó el tiempo y ya no le pude contar a Martacatitla cómo me había ido. Se la llevaron de traslado. Ella siguió leyendo el tarot.
Nunca sabré cuando voy a morir. Es algo parecido al no saber cuándo voy a salir de aquí, nada más que a menor escala. La libertad es una faceta del ser. Es un arte. Es inmaterial pero visible. Visible porque adentro es azul y afuera de colores. Pronto dejaré de pasar lista…
Nunca compres un cereal chino, mejor, nunca compres nada de marca china. Las consecuencias pueden ser horrorosas, porque pueden suceder cosas peores que encontrarte con arroz de plástico o un pedazo de carne de cartón.
El cereal lo compré en una tienda de 99 centavos, la caja era enorme, y no solo eso, estaba al dos por uno. La vida me pareció más fácil en ese momento y aproveché. Al comerlo, el sabor no me resultó nada especial, quizá sabía un poco mejor de lo esperado, pero cumplía con todo lo que prometía la caja excepto por una cosa: arroz inflado con sabor a fresas con crema, encuentre dentro una sorpresa. No encontré la sorpresa, o bien me la comí y no me di cuenta.
Terminó el día y me acosté a dormir, apenas comenzaba a dormitar cuando noté un dolor insoportable en el estómago, quise pararme para prender la luz pero no pude hacerlo. En la oscuridad hice un intento inútil de arrastrarme hasta la lámpara. Quedé retorciéndome y me desmayé mirando mi sombra en la pared. Horas después desperté y en cuanto abrí los ojos algo me impulsó a pararme de un brinco. De un momento a otro me encontré marcando un número de teléfono desconocido, pero no era yo quién lo hacía. Los primeros intentos fallaron, al parecer faltaban el código lada para marcar fuera del país. No sé por qué lo hice, pero puse los dos ceros, y eso funcionó.
—¡Hola!
—Lay, hola.
—Disculpe ¿Quién habla?
—Soy yo.
—Peldone señola pero no la leconozco.
—Lay, soy yo, tu Oso panda.
—¡¿Qué?¡ ¿Ustel está loca? No debelía jugal así con las pelsonas.
La mujer llena de rabia colgó. Y yo, que no era yo, volví a marcar. Pero no contestaron así que dejé un mensaje:
“Lay, peldona que ya no sea el de antes. No sé qué soy, ni en dónde estoy, lo último que lecueldo es un aloma a flesas con clema.”
Minutos después volví a marcar.
—Lay, no cuelgues pol favol, soy Chen.
—No, señola, usted es una loca que se clee el esposo muelto de alguien. ¿Pol qué no va a molestal a su mamá?
Era extraño, yo no sabía chino, y de repente entendía todo lo que decían. Me volví la voz dentro de la cabeza y un hombre era el dueño de mi cuerpo. Tras la llamada lo escuché llorar. No sabía si interrumpirlo, pero eran mis ojos los que lagrimaban y mi corazón el que se sentía oprimido, así que lo interrumpí.
—¿Chen?
—Sí— Dijo entre sollozos.
—¿Quién eres?
—No lo sé, ela Chen, después estaba muelto, después hubo un tiempo lalgo en el que cleí que había entlado en el limbo polque todo ela osculo, pelo lecueldo que olía a flesas con clema.
—Ahora entindo, tú eres la sorpresa dentro de la caja.
—¿A qué te lefieles?
—Perdón, no me hagas caso.
Chen lloró, yo no dije nada, nunca sé qué decir en esos momentos y siempre creo que es mejor dejarlo así.
Me tomé un segundo para pensar en lo que estaba pasando, de verdad era cierto, ¿el espíritu de un hombre me habitaba?, ¿me había caído tan mal el cereal que estaba alucinando?, ¿podía contarle lo que pasaba a alguien?, ¿a la policía? ¿al doctor? ¿al psiquiatra? Pensarían que estoy loca y quizá me encerrarían o se burlarían de mí en las noticias, ya me lo imaginaba: “Mujer pierde la razón y dice estar poseída por un hombre chino que habitaba en una caja de cereal”, no me pareció buena idea. Además, parecía un fantasma bueno, quizá se iría en cuanto arreglara el asunto que tiene pendiente.
Ilustración por Edgar MT.
De repente, despegó las manos de los ojos y con un tono seco preguntó:
—¿Dónde estamos?
—En Tijuana.
—¿Dónde?
— Tijuana, una ciudad en México.
—¿En Tijuana hablan chino?
—Algunos, pero yo no.
—Entonces, ¿cómo nos entenlemos?
—Pues así, tú hablas español.
—Yo no hablo español.
—Pues yo no hablo chino… —Dije mientras intentaba explicarme lo que pasaba, quizá si hubiera puesto más atención en mis clases de lingüística podría tener una teoría interesante, pero no fue así— Entonces, creo que compartir mi cerebro permite que nos entendamos, es eso o es magia, amigo.
Chen se miró al espejo, o me miro en el espejo. No dijo nada, solo tocó el rostro.
—¡Tengo que il a China!
—No, no podemos, yo no puedo, tengo un trabajo, un gato, y además sale muy caro, olvídalo.
Pero Chen no me dijo nada, solo se puso a buscar en mi casa.
—Yo sentilo mucho, pelo tendlás que dalme algunas cosas.
—Perfecto, tanto que me cuidé para que no me asaltaran nunca y mi propio cuerpo me traiciona.
Chen amontonó muchas de mis cosas, computadora, celular, objetos interesantes y joyas, en menos de un día las vendió.
Antes de tomar el avión, Chen volvió a marcar a Lay, pero no contestó. La cara de él se miraba triste.
—¿Qué esperas encontrar allá?
—No lo sé. Quisiela encontlal a mi esposa.
—¿Estás seguro de que nos va a creer?
—Quizá sí nos clee. Quizá nos clee más de lo que pensamos.
—Pero entonces, ¿por qué no contesta?
—Polque no todos quielen encontlase con sus mueltos.
—Pero ella te amaba, ¿no?
—Sí, lo hizo, alguna vez, cuando élamos jóvenes.
—¿Tú la amas?
—Clalo que la amo, la conozco desde siemple, clecimos juntos, y desde niños nos quelíamos. A los 17 años nos casamos. Me la llevé a mi casa y ahí se quedó toda la noche. No consumamos nuestro amol, pelo eso no impolta, polque en el pueblo si una mujel se queda en casa de un homble es suficiente pala que le peltenezca. Ella lo sabía y quiso sel mía. Nos quedamos toda la noche pegalos a la ventana milando las estlellas. Esa noche, Lay me esclibió un poema y también fue la primela vez que me llamó Oso Panda. Estuvimos tanto tiempo casalos y lo teníamos todo, bueno casi todo, polque pol mi culpa no podíamos tenel hijos, eso llenó de tlisteza a mi mujel.
—¿Después qué pasó?
—Después me molí.
—¿Cuándo la veas, será suficiente para que regreses al otro mundo?
Chen no contestó.
Ilustración por Edgar MT.
Llegamos a China una madrugada. Nadie nos esperaba en el aeropuerto. Yo tenía miedo de que nos perdieramos, pero Chen estaba seguro de lo que hacía. Yo no estaba de acuerdo, pero no tenía el control de mi cuerpo. Solo esperaba que se fuera pronto, que al despedirse de su esposa también lo hiciera de la tierra. Tardamos dos días en llegar al pueblo de Chan. Viajamos en carro, tren y burro.
—Es aquí. Pelo hay que espelal la noche.
El paisaje era bello, la casa de la mujer de Chen estaba sobre una pequeña colina. El cielo estaba despejado y hacía mucho calor.
—¿No vamos a tocar la puerta? —Dije ansiosa por un vaso de agua fresca.
—No.
—¿Entonces, qué hacemos?, no podemos quedarnos aquí todo el día, volamos hasta acá para verla, no podemos echarnos para atrás, además necesito ayuda de tu esposa para que pueda volver casa. —Por dentro deseaba que la esposa de Chen me creyera y aceptara que, dentro de mí, de este cuerpo tan diferente al de su esposo y tan desconocido para ella, estaba la alma de su difunto esposo, esperaba que nos creyera para así, después de que los dos hablaran de eso que tanto quería decirle Chen, me ayudara a encontrar la forma de regresar a México. Mas dentro de mí temía que terminaría trabajando en los campos de arroz, pero ¿por cuánto tiempo? A veces, por un momento, ni yo podía creer que dentro de mí estaba aquel triste hombre.
—Nos metelemos pol la ventana.
—Chen, no seas tímido, entre más rápido mejor, además en la noche me parece complicado, tu mujer, prácticamente, va a ver un fantasma.
Intenté llegar hasta la puerta, pero Chen sabía controlar mi cuerpo mejor que yo, después de varios intentos en los que él no me decía nada, me di por vencida, y bajo la sombra de un árbol, y medio muriendo de hambre esperamos la noche. Pero que el sol se ocultara no fue suficiente para él, tuvimos que esperar hasta que la última luz de la aldea se apagará, y fue hasta que todos estaban dormidos cuando Chen decidió que era el momento adecuado.
Entramos por la ventana, como gatos, mi cuerpo jamás fue tan ágil. En la habitación dormía Lay junto a un hombre. Me quedé observando su rostro, era muy bella a pesar de la edad. Por un momento me puse a pensar en lo que estaría sintiendo mi amigo chino, después de la muerte había conseguido una oportunidad para ver su esposa, ahora, podría decirle que la quiere y abrazarla. Me sentí feliz por él.
Luego me di cuenta que nuestros ojos no estaban sobre su mujer, sino en aquel hombre. En un abrir y cerrar de ojos, Chen sacó del bolsillo una navaja swiss army y le cortó el cuello al hombre que yacía a lado de su mujer. Al mismo tiempo, la mujer abrió los ojos y al verme cubierta de sangre gritó. Chen le clavó la navaja en el ojo derecho y cuando jaló la navaja el ojo se salió, me sentí como una psicópata, la mujer forcejeo, yo no intenté detener a Chen porque no pude salir del estado de shock en el que quedé cuando cortó el cuello del hombre. Chen terminó ahorcándola mientras decía cosas que no pude entender.
Mi idea de que Chen pudiera encontrar la felicidad ahí, aun no terminaba de esfumarse cuando mire mis manos y estaban cubiertas de sangre.
—¡Qué demonios…!
—Lay fue quien me mató, pol este homble que le había plometido algo que yo no podía darle, pero lo que son las cosas, ni con él pulo tenel hijos. Entle los dos me matalón mientras dolmía, unas holas después de habele dado un beso de buenas noches y habele dicho que la amaba. Lay jaló la cuelda pala aholcalme mientlas aquel hombre me jalaba de los blazos, después, antes de que amaneciela, entelalon mi cuelpo en un plantío de celeal. Todo el pueblo lo supo y aún así dejalon clecel el aloz, y esa es mi histolia, chica occidental de Tijuana.
Ilustración por Edgar MT.
Yo me quedé en silencio, no tenía nada que decir, no tenía miedo de Chen, tenía miedo de lo que pasaría si nos descubrían, ¿cómo explicaría aquello? La noche fue larga. Enterramos a Lay junto a su amante en el jardín de la casa. Después caminamos hasta los plantíos de arroz.
—Mila, mujel, debajo está mi cuelpo —dijo Chen con una voz muy triste. Sentí en nuestro corazón una sensación de tristeza muy grande, pero a la vez se iba relajando hasta volver a la normalidad.
Contemple el plantío mientras la luna seguía brillando en el cielo, encontré mi rostro en el reflejo del agua, todo era real, yo estaba ahí, mi amigo Chen estaba ahí conmigo, aunque no lo mirara.
—Lo siento, Chen. —dije, y esperé que me dijera algo más, pero no volví a escuchar su voz. Metí mi mano dentro del bolsillo y tenía una hoja de papel enrollada como pergamino, dentro había una foto de Chen junto a Lay de cuando eran adolescentes, seguramente Chen la tomó de la casa, no siempre me daba cuenta de todo lo que hacía, aún utilizando mi cuerpo se movía en las sombras. Era un poema, estaba escrito en pictogramas, sigo sin explicarme cómo es que pude leerla:
La noche nos regala la luna
la luna se refleja desnuda sobre el campo de arroz
mi alma se refleja desnuda sobre el campo de tus ojos