Tierra Adentro: El asesinato de Qasem Soleimani ha desatado una discusión virtual sobre una posible Tercera Guerra Mundial. Al margen de que ello ocurra, ¿cuán acertado es decir que esa es la dimensión del conflicto?
Javier Buenrostro: Sobre si estamos al borde de una Tercera Guerra Mundial, me parece que la respuesta es definitivamente no. Si bien es cierto que Soleimani era el segundo o tercer hombre más importante de Irán, a Irán no le conviene entrar en una escalada de violencia. Irán vive una crisis económica derivada de los embargos y bloqueos que les ha impuesto Estados Unidos.
Además, en la política nacional, el pueblo iraní lleva dos años muy molesto con su gobierno. La crisis económica es fuerte, la inflación y la carestía son claras y rampantes. La gente no está contenta con el gobierno, no hay un verdadero respaldo popular.
Entrar en una guerra en este momento implicaría que estas condiciones económicas se recrudecerían. El más afectado sería el gobierno de Hasán Rohaní. Podría haber sublevaciones populares, muchas más protestas de las que ya hay. Pondría en jaque al propio gobierno, aunque los iraníes estén molestos con Estados Unidos. Entrar en una guerra los llevaría a una espiral de violencia, carestía y dificultades económicas. El gobierno de Irán no se lo puede permitir.
Históricamente, Irán ha sido cauteloso, estratégico, pragmático, ha sabido tensar la cuerda pero también ha sabido aflojarla en los momentos de mayor tensión. Hay que recordar lo que sucedió en mayo y junio pasado con el Estrecho de Ormuz, que elevó también las tensiones entre Irán, Arabia Saudita, Estados Unidos y Reino Unido. Supieron salir de esa situación tensando y aflojando la cuerda.
Varios miembros del gobierno (Rohaní, el ayatola Alí Jamenei) han declarado que sí habrá un ajuste de cuentas, pero que no será inmediato, y eso descarta la idea de una Tercera Guerra Mundial.
Aunque en Estados Unidos hay unanimidad para condenar a la figura de Soleimani, los demócratas no quieren hacerle el juego a Donald Trump en este caso. Los senadores Elizabeth Warren y Bernie Sanders ya declararon que a Estados Unidos no le conviene entrar en una guerra directa o escalar la violencia, y que deberían evitar esa confrontación a toda costa.
Como Estados Unidos vive el proceso del impeachment y la elección de 2020, todo pasará por cuánto pueda salir perjudicada la imagen de Donald Trump. Los demócratas no quieren hacer nada a nivel local o internacional que implique un apoyo a Trump y que su figura se fortalezca.
TA: Nos gustaría que no hablaras un poco de Qasem Soleimani. En la prensa de Estados Unidos se le describe como “implacable” y “sangriento”, sin embargo su reputación es altísima en Irán. ¿Cuál sería una valoración correcta de Soleimani?
JB: Es cierto que en Estados Unidos se le describe como sangriento, como un asesino, mientras que en Irán su popularidad entre la gente es muy alta. Esto no es una contradicción. Soleimani es un militar, un hombre de guerra. Por ello quienes sufrieron su dureza lo juzgarán como un asesino. Para los iraníes es visto como un héroe, como quien defendió a toda costa el proyecto de la Revolución Islámica.
Un balance sería que, como todo hombre metido en la guerra, sea estadounidense, iraní, mexicano, libanés o argentino, es un hombre de claroscuros. Las funciones militares a cumplir implican violencia, fuerza, arrebatar, aplastar, asesinar. Pero me parece que Soleimani era un hombre pragmático. Sabía cuándo ir a la guerra, sabía cuando entrar en negociaciones, incluso sabía cuando entrar en negociaciones con los enemigos, como con Estados Unidos.
Hay que recordar que mucha de política para derrotar al Estado Islámico pasó por las manos y la cabeza de Soleimani. Finalmente, junto a Bashar El Assad y Rusia, fueron quienes pusieron los hombres y las estrategias, y quienes ayudaron a Estados Unidos a derrocar al Estado Islámico. Se ayudaron mutuamente en esa ocasión, pues el Estado Islámico representaba un peligro no solo para Estados Unidos, sino también para Irán. Soleimani no tuvo empacho en unir su mente, su estrategia y su fuerza militar con los estadounidenses.
¿Por qué la popularidad de Soleimani? Soleimani es un hijo de campesinos, nacido en la pobreza, con instrucción de hasta quinto de primaria. A los doce años empezó a trabajar para ayudar a sus padres. Fue un hombre que se hizo a sí mismo. Antes de la Revolución Islámica, empezó a hacerse religioso. Encontró en la religión un soporte para su vida, y para cuando llegó la revolución él ya era un convencido del islamismo de Jomeini. Participó en los primeros años de gobierno, uniendo las fuerzas de las guardias revolucionarias para contrarrestar los intentos de asesinato contra Jomeini y los movimientos contrarrevolucionarios.
Por eso era una figura muy popular del régimen. Era un hombre convencido de la religión, convencido del papel de Irán, de la revolución islámica. Entendió desde el principio el papel que tenía que jugar para ayudar a Irán, el papel de hombre fuerte, de estratega militar.
Durante los ochenta, en las incursiones de la guerra Irán-Irak, era un personaje que iba al frente de las misiones. Aunque esta sea una imagen idealizada, lo que se dice y la gente cree es que no estaba detrás de su escritorio mandando hombres a la guerra, sino que era alguien al frente de batalla, que participaba activamente. Esto le hizo ganarse una reputación entre su gente y subordinados.
Soleimani se volvió más popular en 2002 y 2003, debido a la guerra de Estados Unidos con Irak, con sus intervenciones al frente de la política militar exterior de Irak. Por su carácter religioso y afable, se dice que ayudaba mucho a las familias de los soldados muertos, de los compañeros muertos en acción, y se ganó la reputación de compañero de armas solidario, sensible a los muertos, leal. Incluso algunas fuentes lo describen como un filósofo, un asceta, una figura mística, algo difícil de encontrar en un militar.
Es más fácil encontrar al hombre fuerte, pero estos hombres fuertes tienen claroscuros que los llevan a ser figuras más contradictorias. Aunque él también fuera fuerte y con claroscuros, se forjó toda una imagen de él como leal, místico, religioso, con una vida ascética, y eso, en un país religioso como Irán, tiene una connotación alta de estima y valor.
Es difícil hacer un juicio exacto, equilibrado, Soleimani es un hombre de guerra que fue implacable y duro, pero también supo negociar y, en otros casos, con los suyos, mostró compasión y lealtad, y es lo que le valoran el pueblo iraní y los líderes religiosos.
TA: Una de las cosas que más se ha mencionado es que no hay un plan detrás del asesinato de Soleimani, ¿existe un plan imaginable o efectivamente solo puede tratarse de una acción sin sentido?
JB: Me parece que sí hay un plan. Hay versiones de un intento de asesinato de hace un año. A él no le importo, y por ello su reputación en Irán. Una figura heroica que, aunque estaba en la mira, no le importaba haber pasado de las sombras a la luz, y que estuvo en confrontación directa con Estados Unidos.
Hay un interés y un plan de Estados Unidos, lo que no sabe del todo es cómo va a reaccionar el adversario. Pero lo que quería el gobierno de Estados Unidos era que, en medio del impeachment y en plena carrera presidencial, Trump apareciera como un líder que salvaguarda los intereses estadounidenses, un patriota; para ello durante su carrera ha elegido dos blancos preferidos: Irán y México. Aunque tiene abiertas dificultades con Rusia, y aliados como Francia y Alemania, Irán y México han ocupado el lugar primordial de su narrativa.
México ha sabido sortearlo, el presidente, López Obrador, y el canciller, Marcelo Ebrard, han sabido mantener buenas relaciones. Irán también ha sabido sortearlo, pero con más costos económicos, por los embargos y los bloqueos. El propósito de Estados Unidos es salvaguardar la imagen de Trump en tiempos del impeachment y la carrera electoral. Sabiendo que, antes las dificultades económicas, Irán no iba a responder de una manera abierta.
Habra represalias, dificultades y complicaciones, pero también queda lugar para las negociaciones.
TA: ¿Cómo podría alterar el equilibrio de poder en la región? ¿Cómo cambia la relación de Estados Unidos con Rusia, la otra potencia implicada en la región?
JB: Por el momento no hay grandes cambios. Evidentemente no es algo que les agrade a China y Rusia; Irán ya se había acercado a ambos países y ya habían hecho maniobras militares conjuntas. Mi expectativa es que, como ni siquiera Irán dará una respuesta directa, ellos tampoco lo harán, ni tampoco les interesa empujar a Irán a que tome ese tipo de decisiones.
Se verá en la ONU, China seguirá presionando por el lado económico, cuanto le convenga; Rusia hará algo similar. Lo harán para minar la fuerza de Estados Unidos en los organismos internacionales y en los tratados económicos.
Quienes me parece que sí sufrirán consecuencias, son los aliados de Estados Unidos en la región: Arabia Saudita e Israel. Especialmente Arabia Saudita. Podrían revivirse las tensiones en el Estrecho de Ormuz, que se complique la situación de los cargueros que salen del golfo, podría provocar un alza del precio del petróleo.
TA: El gobierno de Irán aseguró que vengará la muerte de Soleimani. ¿Qué tipo de respuesta podría esperarse? ¿Directa o por-proxi?
JB: Soleimani fue una figura del poder durante dos décadas, para algunos el segundo hombre más fuerte del país, más que el presidente, solo después de los Ayatolas, por eso que dijeran que vengarían su muerte es algo esperado, una cuestión de honor nacional.
No es momento para entrar en una guerra directa con Estados Unidos. Esperarán para vengarse. Lo que sí puede suceder es que Irán abandone el acuerdo nuclear, las complicaciones en el estrecho de Ormuz, y una guerra asimétrica e híbrida o, como se decía en la guerra fría, las proxi-wars. Esto en el territorio de Irak, donde ocurrió el asesinato.
Las milicias chiitas que controlaba Irán en Irak, y que influyen mucho en el gobierno de Irak, podrían enfrentarse a las fuerzas estadounidenses que siguen en el país. Lo mismo podría pasar en Afganistán. En Líbano podría aumentar el financiamiento a grupos como Hezbolah.
Dentro de las represalias podría haber guerras asimétricas, especialmente en los territorios donde es importante la comunidad chiita: Siria, Líbano, pero sobre todo Irak, de donde Estados Unidos tendrá que sacar a sus fuerzas, pues si los deja seguramente tendrán muchas bajas.
TA: ¿Qué efecto podría tener el ataque en la política de Estados Unidos?
JB: La política exterior de Estados Unidos es una extensión de la política interior. Es común que cuando un presidente de Estados Unidos sufre de popularidad, abra un frente en el extranjero para hacer un llamado a la unidad nacional. Trump desde el principio lo ha intentado para presentarte como un patriota.
No se irá a una confrontación directa, pues sería muy costoso y es algo que no quieren apoyar los demócratas. No les conviene tampoco a los republicano, pues la imagen de Trump podría desgastarse de manera paralela al impeachment.
Hay un reflejo directo, una incidencia directa, hay un asesinato de una figura importante, pero esto no nos llevará a una guerra convencional, ni a la histeria colectiva de la tercera guerra mundial. Se ha movido una pieza del ajedrez, pero lo que provocará son negociaciones.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Había cinco de ellos.
Cinco mensajeros sentados en una banca afuera del convento en la cima del Gran San Bernardo, en Suiza, observando las remotas cumbres pintadas por la puesta de sol como si una gran cantidad de vino tinto se hubiera derramado sobre la cima de la montaña y no hubiese tenido tiempo todavía de hundirse en la nieve.
Esta no es mi sonrisa. Fue hecha para la ocasión por el más robusto de los mensajeros, que era alemán. Ninguno de los otros prestó mas atención a ello de lo que me prestaron a mí, sentado en una banca en el lado opuesto de la puerta del convento, fumando un cigarro como ellos y —también como ellos— observando la nieve rojiza y la desgastada cabaña de la cual los viajeros atrasados lentamente se desvanecían ignorantes de los vicios de esa gélida región.
El vino de la cima fue absorbido bajo nuestra mirada; la montaña se volvió blanca; el cielo, de un color azul profundo; el viento sopló con fuerza; el aire se tornó helado. Los cinco mensajeros se abotonaron las chaquetas. No habiendo un mejor ejemplo de persona a imitar que aquellos mensajeros, abotoné la mía.
La montaña durante la puesta de sol había interrumpido la conversación de los cinco mensajeros. Era una vista sublime que fácilmente detendría una conversación. Ahora que la puesta de sol había terminado, volvieron a hablar. No es que yo hubiera escuchado nada de su charla previa, pues en ese momento todavía no había partido del caballero americano en la sala de viajeros del convento, que con la mirada hacia el fuego me había contado la serie de eventos que llevaron al honorable Ananias Dodger a una de las más grandes adquisiciones de dólares que se hayan hecho en nuestro país.
—¡Por Dios! —dijo el mensajero suizo, hablando en francés, que no considero (como muchos autores al parecer lo hacen) una excusa valida para expresar malas palabras y solo tener que escribirlas en ese lenguaje para hacerlo parecer inocente— Si hablas de fantasmas, entonces…
—Pero no hablo de fantasmas —dijo el alemán.
—¿De qué hablas entonces? —preguntó el suizo.
—Si supiera de qué hablo —dijo el alemán—, probablemente sería un hombre mucho más sabio.
Era una buena respuesta, pensé, y despertó mi curiosidad. Así que me moví hacia la orilla de la banca que estaba más cercana a ellos y reposando mi espalda contra la pared del convento pude escuchar perfectamente lo que decían sin tener que estar allí.
—¡Rayos y centellas! —dijo el alemán— Cuando un hombre va a buscarte de forma inesperada y, sin él estar consciente de ello, manda a un mensajero invisible a poner su presencia en tu mente durante todo el día, ¿cómo le llamas a eso? Cuando caminas por una calle concurrida —en Frenkfurt, Milan, Londres, Paris— y piensas que aquel extraño es parecido a tu amigo Heinrich, y aquel otro extraño es similar a tu amigo Heinrich, y comienzas a tener el presentimiento de que verás a tu amigo Heinrich, cosa que sucede, a pesar de que tu pensabas que él estaba a en Trieste, ¿cómo le llamas a eso?
—No es algo poco común —murmuró el suizo y los otros tres.
—¿Poco común? —dijo el alemán— Es tan común como las cerezas en la selva negra. Es tan común como los macarrones en Nápoles. Y hablando de Nápoles, cuando la vieja marquesa Senzanima se lamenta por una carta, durante una fiesta en Chiaja, y yo lo sé porque la escuché y la vi, pues sucedió en una familia bávara mía y yo estaba a cargo del servicio esa noche. Cuando la vieja marquesa se levanta de la mesa de cartas, con el rostro blanco y grita “¡Mi hermana en España está muera! ¡Sentí su tacto helado en mi espalda!” y resulta que esa hermana realmente muere en ese momento, ¿cómo le llamas a eso?
—O cuando la sangre de San Gennaro se vuelve liquida por deseo del clérigo, como todos sabemos que lo hace regularmente una vez al año en mi ciudad natal —dijo el mensajero Napolitano tras una pausa y con una expresión burlona—, ¿cómo le llamas a eso?
—¡Eso! —dijo el alemán—. Bueno, aunque yo sé cómo se le llama a eso.
—¿Un milagro? —dijo el napolitano con la misma expresión de burla.
El alemán solamente fumo su cigarro y echó a reír; y todos rieron y fumaron.
—¡Tonterías! —dijo el alemán— Yo hablo de cosas que realmente suceden. Cuando voy a ver a un brujo, pago por ver a uno profesional y que valga lo que estoy pagando. Cosas muy extrañas suceden sin necesidad de fantasmas. Giovani Baptista, cuenta tu historia de La novia inglesa. No hay ningún fantasma en ella, pero si que hay algo extraño. ¿Podrá alguien explicarlo?
Se hizo silencio entre ellos. Mire alrededor. Aquel que asumí que era Baptista encendía un cigarrillo y procedió a hablar. Era genovés, tal como deduje.
—¿La historia de La novia inglesa? —dijo él— ¡Basta! No se le debe llamar algo tan insignificante como una historia. Bueno, puede que lo sea, pero es una verdadera. Obsérvenme con atención, caballeros, es verdadera. No todo lo que brilla es oro, sin embargo, lo que estoy a punto de contarles es verdadero —repitió.
Repitió esto en más de una ocasión.
—Hace diez años, presenté mis credenciales a un caballero inglés en el Hotel Long, en Bond Street, Londres, que estaba por emprender un viaje. Tenía pensado en un viaje de uno o dos años. El caballero aprobó mis antecedentes y mí persona. Estuvo complacido de entrevistarme. Las referencias que tuvo de mí fueron muy favorables. Me contrató por seis meses y mi servicio fue satisfactorio.
Él era joven, apuesto, muy feliz. Estaba enamorado de una bella y joven dama inglesa con una fortuna abundante y estaban prometidos. Ese era el viaje de luna de miel que iban a hacer, para el que me contrataron. Por un plazo de tres meses durante la temporada de calor (eran inicios del verano en aquel entonces) rentó una vieja casa en la Riviera, a poca distancia de mi ciudad, Génova, en la carretera hacia Nice. ¿Que si conocía aquella casa? Sí, le dije que la conocía bien. Era una vieja casa con grandes jardines. Estaba algo vacía y era un poco oscura y deprimente al estar rodeada de árboles; pero era espaciosa, antigua, imponente y estaba cerca de la costa. Él dijo que se la habían descrito exactamente de esa manera y que estaba complacido de que la conociera tan bien, Respecto a que estaba vacía, ese era la situación general de los lugares de alquiler. Respecto a lo oscuro, la había rentado específicamente por los jardines y para que la dama pasara el verano en su sombra.
—¿Entonces, todo va bien, Baptista? —dijo él.
—Sin duda, signore; excelente.
Teníamos un carruaje para viajar recién fabricado y muy completo en todos los aspectos. Todo lo que teníamos estaba muy completo; no necesitábamos nada. El matrimonio tuvo lugar. Ellos estaban felices. Yo estaba feliz viendo el alegre panorama, estando en un lugar tan bien situado, yendo a mi propia ciudad, enseñándole mi lengua a la sirvienta, la bella Carolina, cuyo corazón rebozaba alegría: que era joven y sonrosada.
El tiempo voló.
Pero observé, escuchen esto, se los pido (y aquí el mensajero bajó la voz); observé que la señora melancólica y actuando de manera muy extraña; como si estuviera asustada; como si fuera infeliz; con una nebulosa incertidumbre. Creo que lo empecé a notar cuando caminaba colina arriba junto al carruaje y el señor se había adelantado. Recuerdo que quedó plasmado en mi memoria una noche que estábamos en el sur de Francia, cuando la señora me llamó para que le hablara al amo para que regresara; y cuando regresó y camino un lago tramo, le hablo con afecto, con su mano sobre agarrando la suya en la ventana. De vez en cuando se reía alegremente como burlándose inocentemente de ella por algo. Al cabo de un rato, ella comenzó a reír y todo estuvo bien una vez más.
Tenía curiosidad. Le pregunté a la bella Carolina, la hermosa solitaria, si la señora se encontraba bien.
—No.
—¿Decaída?
—No.
—¿Asustada de los caminos o los bandidos?
—No.
Y lo que lo hizo todavía más misterioso era que la pequeña hermosa no me miraba a los ojos cuando me respondía y se quedaba viendo al paisaje.
—Si en verdad quieres saberlo —dijo Carolina—, por lo que he escuchado, creo que la señora está siendo atormentada.
—¿Atormentada por qué?
—Por un sueño.
—¿Qué sueño?
—Soñó con un rostro. Durante tres noches antes de su matrimonio vio un rostro en un sueño, siempre el mismo rostro, el único.
—¿Un rostro terrible?
—No. El rostro de un hombre de rostro oscuro y apariencia agradable, con cabello negro y bigote gris; un hombre atractivo con la excepción de que tenia un aire secreto y reservado. Era un rostro que ella nunca había visto, ni siquiera similar a ninguno que haya visto. No hacía nada en su sueño, excepto verla fijamente a través de la oscuridad.
—¿Ha vuelto a tener ese sueño?
—Nunca. Es el recuerdo el que la atormenta.
—¿Y por qué la atormenta?
Carolina movió la cabeza para mostrar su desconcierto.
—Esa respuesta solo la sabe el señor de la casa —dijo la bella—. Ella no lo sabe. Se pregunta la razón. Pero la he escuchado decirle, apenas la noche anterior, que si llegara a encontrar una foto de esa cara en esta casa italiana (que teme lo hará) no sabe si podría soportarlo.
Doy mi palabra de que después de escuchar esto me encontraba temeroso (dijo el mensajero Genovés) de nuestra visita al viejo palazzo y que algún inoportuno cuadro pudiera estar allí. Sabía que había muchos cuadros y a la vez que nos acercábamos al lugar desee que la galería completa cayera dentro del cráter del monte Vesubio. Para hacer peor el asunto, era una noche tormentosa y lúgubre. Los truenos resonaban; y los truenos en mi ciudad y sus alrededores son muy ruidosos. Los lagartos corrían adentro y afuera de las grietas en el muro de piedra roto del jardín asustados; las ranas burbujeaban y croaban tan fuerte como podían; el viento proveniente del mar rugía y los arboles se tambaleaban, ¡y los rayos! Por san lorenzo, ¡los rayos!
Todos sabemos cómo es un viejo palacio de Génova y sus alrededores; cómo el tiempo y el mar lo han asediado; cómo el tapizado de las paredes exteriores se ha ido cayendo en grandes trozos; cómo las ventanas del piso inferior se han ennegrecido con los oxidados barrotes de hierro; cómo los otros edificios han quedado devastados; como todos parecen estar destinados a la ruina. Nuestro palazzo era realmente único en su tipo. Había estado cerrado por meses. ¿Meses? Mejor dicho, años; emanaba un olor a tierra, como una tumba. El aroma de los arboles de naranja en la terraza, los limones madurando en la pared y los arbustos que crecían alrededor de la fuente rota habían entrado de alguna manera a la casa y nunca habían logrado salir de nuevo. Había, en todos los cuartos, un olor a viejo que había amainado con el confinamiento. Impregnaba todos los muebles. En los cuartos más pequeños que servían de pasajes para los más grandes, el olor era abrumador. Si volteabas un retrato, hablando una vez más de retratos, allí se mantenía el olor, aferrándose a la pared detrás del marco, como una especie de murciélago.
Las cortinas estaban cerradas por toda la casa. Había dos viejas y horribles mujeres en la casa para cuidar de ella, una de ellas con un huso, que se mantuvo en el umbral merodeando y murmurando y que primero hubiera dejado entrar al diablo que al aire. El señor, la señora, la bella Carolina y yo entramos al palazzo. Yo entré primero, a pesar de que me he nombrado al último, para abrir las ventanas, las cortinas y sacudirme las gotas de lluvia, los trozos de argamasa y uno que otro mosquito despistado, o una monstruosa, gorda y moteada araña genovesa.
Cuando deje entrar la luz de la noche a uno de los cuartos, el señor, la señora y la bella Carolina entraron. Entonces revisamos todos los cuadros y seguimos a otra habitación. La señora secretamente estaba aterrada de encontrarse con el rostro que había soñado, todos lo temíamos; pero no encontramos tal cosa. La Madonna y el Bambino, San Francisco, San Sebastiano, Venus, Santa Caterina, ángeles, bandidos, templos al atardecer, batallas, caballos blancos, bosques, apóstoles y perros. ¿Todos mis viejos conocidos repetidos una y otra vez? Sí. ¿Un hombre oscuro, atractivo, vestido de negro con un aire reservado y secreto con cabellos negro y bigote gris? No.
Por fin terminamos de revisar todos los cuartos y pinturas y salimos al jardín. Se habían mantenido en un estado decente cuidados por un jardinero y habían crecido largos y sombríos. En cierto lugar había un rustico teatro al aire libre; el escenario era una pendiente verdosa; los bastidores, tres entradas en uno de los lados, pantallas de hojas de olor dulce. La señora buscaba con sus ojos brillantes incluso allí como si esperara que apareciera el rostro en el escenario; pero todo salió bien.
—Ahora, Clara —dijo es señor en voz baja—, ¿ves que no hay nada? Eres feliz.
La señora se sintió entusiasmada. Rápidamente se acostumbró al sombrío palazzo y cantaba, tocaba el arpa, copiaba viejas pinturas y paseaba con el señor bajo los verdes árboles y las parras todo el día. Ella era hermosa. Él era feliz. Acostumbraba reír y decirme, cuando montaba a caballo durante su paseo matutino antes de que comenzara el calor:
—¿Todo va bien, Baptista?
—Si, signore, gracias a Dios, muy bien.
No teníamos mayor compañía. Yo llevé a la bella al Duomo y la Annnunciata, al café, a la ópera, a la festa de la aldea, al jardín público, al teatro, al Marionetti. La pequeña hermosa estaba maravillada con todo lo que veía. Aprendió italiano (¡Milagro!). ¿Acaso la señora había olvidado aquel sueño? Solía preguntarle a Carolina de vez en cuando. “Casi”, decía la bella, “se está desvaneciendo.”
Un día el señor recibió una carta y me llamó.
—¡Baptista!
—¡Signore!
—Un caballero que me han presentado vendrá a comer hoy. Es el Signor Dellombra. Quiero cenar como un príncipe.
Era un nombre peculiar. No conocía el nombre. Pero había muchos nobles y caballeros que habían sido perseguidos por Austria por motivos políticos últimamente y en ocasiones se cambiaban el nombre. Tal vez este caballero era uno de ellos. Al final, Dellombra era para mí un nombre tan bueno como cualquier otro.
Cuando el Signor Dellombra vino a cenar —dijo el genovés en una voz baja que ya había tenido antes—, lo llevé a la sala de estar del viejo palazzo. El señor lo recibió cordialmente y se lo presentó a la señora. Cuando se levantó, su semblante cambió, soltó un grito y cayó en el suelo de mármol
Entonces volteé a ver al Signor Dellombra y observé que estaba vestido de negro, tenía un aire secreto y reservado y era un hombre oscuro de apariencia atractiva con cabello negro y bigote gris.
El señor levantó a la señora en sus brazos y la llevo a su cuarto, a donde yo mande a la bella Carolina inmediatamente. La bella me dijo después que la señora estaba espantada de muerte y que estuvo pensando en aquel sueño toda la noche.
El señor estaba frustrado y ansioso, casi enojado y, sin embargo, lleno de preocupación. El Signor Dellombra era un cabalero cortés y hablaba con gran respeto y simpatía por el estado de salud de la señora. El viento africano había estado soplando por carios días (le habían dicho esto en su hotel de la Cruz de Malta), y sabía que en ocasiones podía resultar perjudicial. Esperaba que la señora se recuperara pronto. Se quiso despedir y dijo que reanudaría su visita cuando recibiera noticias de que la señora se encontraba saludable. El señor no podía permitir esto y terminaron comiendo solos.
Se retiró temprano. EL día siguiente llamó a la puerta sobre su caballo para preguntar por la salud de la señora. Lo hizo dos o tres veces esa semana.
Lo que yo observé, y que la bella Carolina me dijo, sirvió para explicar por qué el señor ahora había puesto su voluntad en curar a la señora de su terror caprichoso. Él era muy amable, pero también sensato y firme. Intentó razonar con ella, bajo el argumento de que dichos caprichos solo la llevaban a la melancolía, si es que no la llevaban a la locura. Que solo estaba en sus manos ser ella misma. Que si lograba resistir su extraña debilidad de forma tan exitosa como poder recibir al Signor Dellombra como una dama inglesa lo haría con cualquier otro invitado, habría conquistado su miedo. Al final, el Signore regresó y la señora lo recibió sin que su angustia fuera evidente (aunque sin perder la precaución todavía) y la tarde paso serenamente. El señor estaba tan complacido con este cambio y tan ansioso por confirmarlo que el Signor Dellombra se volvió un invitado recurrente. Estaba bien versado en pintura, libros y música; y su compañía en ese sombrío palazzo era muy bien recibida.
Llegué a notar en varias ocasiones que la señora aún no se había recuperado. Solía evadir la mirada y bajar la cabeza frente al Signor Dellombra, o lo miraba con terror y fascinación, como si su presencia ejerciera una influencia malvada sobre ella. Pasando de ella a él, solía verlo en los jardines sombríos, o la pobremente iluminada sala de estar, mirando, o, mejor dicho, con los ojos fijos en ella desde la oscuridad. Aunque lo cierto es que no había podido olvidar las palabras de la bella Carolina para describir el rostro del sueño.
Después de su segunda visita escuche al señor decir:
—Ya lo ves, mi querida Clara, ¡se acabó! Dellombra vino y se fue, y tu miedo infundado se resquebrajó como vidrio.
—¿Él… Él volverá a venir otra vez? —preguntó la señora.
—¿Otra vez? Pues claro, ¡una y otra vez! ¿Tienes frío? (Ella tembló).
—No, querido, pero él me aterra. ¿Estas seguro que es necesario que vuelva a venir?
—¡No podría estar más seguro, Clara! —respondió el señor, alegre.
Pero el estaba muy esperanzado con la recuperación de la señora y su esperanza crecía cada día más. Ella era hermosa. Él era feliz.
—¿Todo va bien, Baptista? —me decía.
—Si, signore, gracias a Dios; todo va bien.
Todos estábamos —dijo el mensajero genovés, forzándose a hablar más fuerte—. Todos estábamos en Roma por el carnaval. Yo había estado fuera todo el día con un siciliano amigo mío y también mensajero que estaba allí con una familia inglesa. Cuando regresé a nuestro hotel esa noche, me encontré con la pequeña Carolina, que nunca salía sola de casa, deambulando por el Corso.
—Carolina, ¿qué sucede?
—¡Oh, Baptista! ¡Por el amor de Dios! ¿Dónde está la señora?
—¿La señora, Carolina?
—No está desde la mañana; me dijo, cuando el señor partió en su viaje, que no la molestara, pues estaba cansada por no haber podido dormir bien (estaba adolorida), y que iba a estar acostada hasta la noche y se levantaría refrescada. ¡No está! ¡No está! El señor volvió y tumbó la puerta, pero ella ya no estaba. ¡Mi hermosa, mi benevolente, mi inocente ama!
La pequeña hermosa se quejaba, desvariaba y se desplomaba de tal manera que no la habría podido sostener de no ser porque se desmayó entre mis brazos como si le hubieran disparado. El señor regresó; pero en comportamiento, expresión y voz, no era el amo que yo conocía. Hizo que lo acompañara (dejé a la pequeña recostada en la cama del hotel y la dejé al cuidado de una camarera) en un carruaje, ferozmente a cruzando la oscuridad a través de la desolada Campagna. Cuando se hizo de día y paramos en una posada miserable, nos informaron que todos los caballos habían sido rentados hace doce horas y habían partido en direcciones diferentes. Todo nada más y nada menos que por el Signor Dellombra, que había pasado por allí en un carruaje con una aterrorizada dama inglesa agazapada en un rincón.
No supe —dijo el mensajero genovés tras respirar profundamente— de alguien que la hubiera visto otra vez después de eso. Lo único que sé es que se esfumó en el infame olvido junto con el terrible rostro que había visto en aquel sueño.
—¿Cómo le llamas a eso? —dijo el mensajero alemán, triunfante—. ¿Fantasmas? ¡Allí no hay fantasmas! ¿Cómo le puedes llamar a esto que estoy a punto de contarles? ¿Fantasmas? ¡Aquí no hay fantasmas!
Tomé un trabajo en una ocasión (prosiguió el mensajero alemán) con un caballero inglés, de edad avanzada y soltero, que involucraba viajar a través de mi país, mi patria. El era un mercader que comerciaba en mi país y conocía la lengua, pero que no había estado en él desde que era un niño, que según mi juicio fue hace unos sesenta años.
Su nombre era James y tenía un hermano gemelo llamado John, también soltero. Entre estos hermanos había mucho afecto. Hacían negocios juntos en Goodman´s Fields, pero no vivían juntos. El señor James vivía en Poland Street, esquina con Oxford Street, en Londres; el señor John vivía cerca de Epping Forest.
En ese entonces el señor James y yo habíamos de partir a Alemania en una semana. El negocio dependía de que saliéramos ese día exacto. El señor John vino a Poland Street (donde también me estaba quedando yo) para pasar esa semana con el señor James. Sin embargo, el segundo día de su estancia le dijo a su hermano: “No me siento bien, James. No es algo grave, pero creo que estoy algo gotoso. Me iré a casa y quedaré bajo el cuidado de mi vieja ama de llaves, que entiende mis manías. Si me siento mejor, regresaré para verte antes de que te vayas, si no me siento lo suficientemente bien como para regresar ¿, te pido que pases a verme antes de irte”. El señor James dijo que así lo haría, se despidieron con un apretón de manos —con ambas manos, cómo solían hacerlo— y el señor John pidió que trajeran su viejo carruaje y se apresuró a casa.
Era la segunda noche después de ese día —es decir el cuarto día de aquella semana— cuando me desperté por el ruido del señor James entrando en mi habitación con un camisón de franela y una vela encendida. Se sentó a un lado de la cama y, mirándome, me dijo:
—Wilhelm, tengo razones para pensar que una extraña enfermedad me aqueja.
Fue entonces que percibí una expresión inusual en su rostro.
—Whilhelm —dijo él—, no tengo miedo ni estoy avergonzado de decirte aquello que estaría asustado o avergonzado de decirle a otro hombre. Vienes de un país sensato, donde las cosas misteriosas son investigadas y no se dan por resueltas hasta que son pesadas y medidas, o hasta que se determina que no se pueden pesar ni medir, o en cualquier caso hasta que se han deshecho de ellas, por siempre, después de muchísimos años. Acabo de ver al fantasma de mi hermano.
Debo confesar —dijo el mensajero alemán— que me heló la sangre escuchar esas palabras.
—Acabo de ver —repitió el señor James, mirándome fijamente para que yo me diera cuenta de que hablaba en serio— al fantasma de mi hermano John. Estaba yo sentado en la cama sin poder dormir cuando entró a mi cuarto vestido de blanco y mirándome con seriedad; avanzó hasta el fondo del cuarto, miro unos papeles que estaban en mi escritorio, volteó hacia mí y, mirándome todavía con seriedad mientras pasaba junto a mi cama, salió del curto. Ahora, no creo estar loco y no pienso atribuirle aquella aparición a nada exterior a mi persona. Creo que es una advertencia de que estoy enfermo y que sería conveniente que me sangraran.
Salí de la cama —dijo el mensajero alemán— y comencé a ponerme la ropa, rogándole que no se alarmara y diciéndole que yo iría en persona por un doctor. Me había alistado para salir cuando escuchamos un fuerte golpeteo en la puerta y el timbre sonar. Mi cuarto estaba en el ático la parte trasera de la casa y el del señor James estaba, así que bajamos a su cuarto y miramos por la ventana para ver qué sucedía.
—Es usted el señor James —dijo el hombre que estaba en la pueta, retrocediendo hasta el otro lado de la calle para poder ver la ventana de arriba.
—El mismo —dijo el señor James—, y tu eres el asistente de mi hermano, Robert.
—Sí, señor. Lamento informarle, señor, que el señor John se encuentra enfermo. Está muy grave, señor. Temo que se encuentra en su lecho de muerte. Quiere verlo, señor. Tengo un carruaje esperando. Le ruego que vaya con él. Le ruego que no pierda un segundo.
El señor James y yo nos volteamos a ver.
—Wilhelm —dijo él—, esto es muy extraño. Deseo que me acompañes.
Lo ayudé a vestirse, una parte ahí y lo demás en el carruaje; no creció un centímetro de pasto bajo las herraduras de los caballos entre Poland Street y el bosque.
Tengan en mente —dijo el mensajero alemán— que entré con el señor James a la habitación de su hermano y vi y escuche de primera mano lo que estoy a punto de contarles.
Su hermano estaba postrado en la cama, en el extremo superior de un cuarto alargado. Su ama de llaves se encontraba allí y otras personas también estaban allí: creo recordar que eran otros tres, si no es que cuatro, y habían estado en el lugar desde las primeras horas de la tarde. Vestía de blanco, como la aparición —y con razón pues llevaba su ropa de dormir—. Se veía como la aparición —y con razón, pues también miró a su hermano con seriedad cuando notó que entró al cuarto.
Pero cuando su hermano se paró a lado de la cama, él lentamente se sentó en la misma y viéndolo fijamente dijo estas palabras:
—¡James, me has visto antes, esta misma noche y tú lo sabes!
Y así murió.
Esperé, después de que el mensajero alemán terminó de hablar, para escuchar qué dirían sobre esta peculiar historia. El silencio se mantuvo intacto. Miré a mi alrededor y los cinco mensajeros ya no estaban: habían desaparecido de forma tan silenciosa que la espectral montaña bien pudo haberlos absorbido en su nieve eterna. Para este momento, ya no me encontraba de humor para sentarme solo en aquella horrible situación, con el aire helado soplando con solemnidad sobre mí o, si he de ser honesto, de sentarme solo en cualquier parte. Así que volví a la sala de estar del convento y tras encontrar al caballero americano todavía dispuesto a contarme la historia del honorable Ananias Dodger, la escuché completa.
“El índice Dow Jones cerró el día de hoy a la alza con una ganancia de doscientos treinta y cinco puntos, de 2.3 por ciento. Nasdaq 100 cayó sesenta puntos, lo que equivale a tres por ciento. Las bolsas europeas se mantuvieron a la alza: France 40, 1.2 por ciento; Germany 30, 0.5 por ciento; Ibex 35, 0.9 por ciento.”
Felipe apagó el radio. Se repitió mentalmente los nuevos números para no olvidarlos y, en el primer semáforo, los anotó en la libretita que hacía de copiloto. Había tenido un día desquiciante y solo hasta ese momento, a mitad del tráfico, pudo encapricharse con esos datos inútiles, con esa manía arcaica de hacer las tablas a mano. Volvió a encender el radio, pero ya no prestó atención a los reportes del noticiero.
Llegó a la calle indicada y buscó la casa entre el patrón incomprensible de la numeración. La encontró de inmediato (un golpe de suerte que sus ojos cayeran de ese lado), mimetizada entre dos mansiones igual de viejas y elegantes. Estacionó el coche.
El timbre emitió un quejido y los dedos de Felipe golpearon sus muslos hasta que se abrió la puerta. En el umbral estaba Julia Fernández, la tercera psicóloga con la que Felipe lidiaba en su vida, la primera después de su exasperada adolescencia.
Cruzaron una rápida mirada y después se saludaron:
—¿Felipe?
—Hola, doctora.
—Pasa. Un patio profundo servía de garaje. Del lado derecho estaba la casa. Del lado izquierdo, al fondo, una construcción más pequeña, de dos pisos. Julia se adelantó por el jardín hacia el segundo edificio.
—Está enorme, la casa.
—No es mía. Yo solo rento aquí un espacio. —Era una mujer joven, quizás de la edad de Felipe o un par de años más grande.
Llegaron al fondo del patio en silencio y empezaron a subir por unas escaleras en espiral, ella siempre al frente. Entraron en una pequeña cocineta. Cruzaron una salita hacia otro cuarto lleno de libros, alfombrado, con una silla personal frente a un largo sofá de cuero. Un clásico laboratorio de psicólogo con todos sus elementos en justa disposición: la sala de espera al manicomio.
—Este es mi consultorio —volteó al fin para verlo a través de sus lentes ovalados—. Toma asiento.
Felipe se recostó en el sofá y aprovechó para esconder la mirada en el techo.
—Bueno, Felipe, te escucho.
Tras ella había un gran ventanal por donde entraba la luz de la tarde. Su cabello era ondulado, su rostro pequeño, de contornos redondos y suaves. A contraluz, Felipe no pudo determinar exactamente qué había de extraño en la armonía de sus facciones. Tardó unos segundos en responder.
—De unos meses para acá me cuesta trabajo dormir —ya lo había dicho por teléfono y le parecía trivial repetirlo, aunque entendió que era parte del protocolo—. A veces leo un poco para cansarme, pero últimamente no funciona.
—Entonces el problema es antes de conciliar el sueño —dijo ella mientras tomaba del buró su libretita obligada—. ¿Despiertas por la noche?
—No, no. En realidad duermo muy bien cuando lo logro.
—¿Sucede muy a menudo?
—No sé. Dos veces por semana más o menos. Era extraño que una mujer de su misma edad le hiciera tantas preguntas y él tuviera que conformarse con responder. Hablaron de su trabajo en la empresa, que cada día era más pesado, pero que aún disfrutaba con entusiasmo, del ejercicio que procuraba hacer todas las mañanas, de su vida amorosa más bien inconstante y, finalmente, como si ella lo hubiera buscado desde el principio, llegaron al tema de su familia.
Felipe se quedó en silencio. Miró los títulos en el librero y los olvidó en el acto. Encontró una foto de Julia y se detuvo en ella un momento. Se detuvo, sobre todo, en la ligera torcedura de sus labios dentro de la imagen.
—Si no quieres hablar de ello no hay problema. Era bonita, la torcedura.
—No. Está bien. Mi hermano vive en su casa. Mi madre en la suya, con su hija y su esposo. Yo vivo solo. —Entonces volteó a verla y descubrió esa misma imperfección en su rostro vivo. Ella movió ligeramente los labios. Se los mordía por dentro—. Mi padre está en coma.
Guardaron silencio. Julia se acomodó en el asiento y bajó la libreta a sus muslos cruzados. Después se quitó los lentes, los puso en una mesita a su derecha y se llevó el dedo índice a los ojos, como si se quitara una pestaña. Entre la mesita y la ventana, una planta extendía sus ramos de hojas como manos.
—Hace seis meses fue el accidente. Los médicos creen que tiene alguna posibilidad. La verdad es que ya no va a despertar —y dio un suspiro sincero, natural, como la muerte.
—Lo siento.
—No te preocupes. Solo no quiero hablar más del asunto.
En realidad estaba un poco harto de aquel asedio. Hacía mucho que no hablaba tanto de sí mismo. Solo así se desnudaban los síntomas, ya lo sabía, sin embargo le parecía un ejercicio desgastante y vano.
—Y tú, ¿tienes familia?
—Sí. Sí tengo —Julia sonrió y la torcedura se acentuó en una delicada curva—. Pero no se trata de que tú me psicoanalices a mí, ¿verdad?
—Perdón, perdón —dijo Felipe ampliando la sonrisa—. Supongo que me he desacostumbrado a este tipo de… interacciones… consultas.
—No te preocupes, me parece que es suficiente. —Puso su libreta de notas sobre la mesa y tomó una postura más relajada—. El insomnio puede ser causado por la carga de trabajo y las preocupaciones familiares. Es comprensible. Debe ser un momento muy delicado emocionalmente para ti y tu familia, aunque ya ha pasado un tiempo desde el accidente de tu padre. Intenta reducir tu carga de trabajo, eso servirá. ¿Hay alguna actividad que disfrutes hacer en específico?
La hora de la consulta había terminado y, antes de irse, Felipe le pidió a la psicóloga alguna sugerencia para vencer el insomnio. La receta fue bastante comprensible: regular sus horas de sueño, hacer ejercicio y encontrar alguna actividad relajante. No entendió qué había de malo con sus pasatiempos bursátiles, y prefirió olvidar este último consejo.
Pagó la visita y se levantaron de sus asientos. Julia lo dirigió a la salida, como si Felipe no supiera el camino. Esta vez se tomó el tiempo para verla andar, seguro de que no voltearía.
Conocía mujeres que caminaban con torpeza, dando traspiés o aventando las piernas mecánicamente en pausas y síncopas injustificables. Pero los pasos de Julia eran ligeros y tenían un aire de vuelo. No eran demasiado largos ni demasiado altos.
Se despidieron en la puerta. Felipe pensó que en el fondo lo del insomnio no era del todo desafortunado. Quizás lo más conveniente era seguir durmiendo mal. Subió al carro. Si regresaba el sueño, no volvería a ver a Julia y sería una lástima.
Llegó cuando ya oscurecía y caminó hasta su departamento, en la planta baja, deslizando la libreta de notas en el portafolio. Entró directo al estudio. Aventó el portafolio sobre el escritorio mientras sacaba el periódico de la mañana.
Se sentó en el sillón y encendió la computadora. Pasó varias páginas con presteza, sobrevolando noticias obsoletas mientras esperaba. Cargó Reuters para registrar los cierres de jornada en las bolsas estadunidenses.
Buscó la gráfica de Nasdaq entre los archivos. Tras una curva inmutable que ascendía desde las últimas dos semanas, había caído de nuevo, sin previo aviso, con una brusquedad incomprensible.
—No puede ser…
Miró la pantalla un momento reposando el mentón sobre la mano. Vio la hora en la esquina inferior derecha. Terminó de husmear en las gráficas de seguimiento y apagó la computadora. Era tarde. El programa de Nora ya había comenzado.
Prendió la televisión de la sala y fue a la cocina a calentar agua para té. Después de los comerciales, apareció ella con un hermoso bicho en el dorso de la mano. Era la cuarta transmisión desde el Amazonas. Hacía apenas una semana que el equipo había salido de Manaos para internarse en el curso del Río Negro.
El insecto era una especie voladora del tamaño de una polilla con alas largas y contráctiles. Sobre su espalda pequeños lunares azules hacían un juego de líneas y en su cabeza dos antenas se agitaban curiosas contra la piel blanca de Nora Kasabian. Las alas tenían caprichosas motas de amarillo y rojo sobre negro que hubieran encajado perfecto en un cuadro de Miró.
Ella vestía como si siguiera en la sabana africana, con pantalones, chaleco y un sombrero color caqui. Su cabello brillante caía en mechones sobre el rostro y sus ojos pardos contemplaban fijo al pequeño animalito que, de pronto, echó a volar.
Dijo el nombre científico del insecto. El guía brasileño pronunció su nombre común y Nora Kasabian sonrió sin atreverse a repetirlo. Después empezó a hablar sobre insectos, biodiversidad, evolución: esos temas que encantan a los biólogos, en especial cuando trabajan en la National Geographic.
Felipe se levantó a servir el té. Pensó que era simpático que un bicho con la misma anatomía que una cucaracha pudiera ser tan hermoso. La diferencia, la inconmensurable diferencia, eran los colores. Sonrió tontamente y pensó en mandarle a Nora un correo. El teléfono sonó antes de que llegara a la cocina.
Corrió a apagar el fuego y fue a la sala para contestar.
Supo que era su hermano apenas un segundo antes de escuchar la voz del otro lado de la línea.
—¿Bueno?
—Bueno. Felipe. ¿Cómo estás?
—Bien, gracias. ¿Tú, Rodrigo?
La situación le pareció natural, familiar, como parece familiar el sillón cotidiano, la voz fraternal, el murmullo interminable de la tele cual música de fondo o la larga pausa que sigue a una pregunta rutinaria.
—Bien —respondió al fin Rodrigo. Y volvió a guardar silencio, un silencio profundo que, sin embargo, no incomodó a Felipe del todo.
Felipe tuvo esa extraña sensación de dislocación temporal que suele percibirse con frecuencia en los sueños, pero que pocas veces traiciona la lucidez del día. Pensó que debía estar cansado. La tele, una tarántula sobre esa mano blanca, la iluminación de la sala, el volumen exacto de una explicación biológica acerca de los arácnidos, todo estaba en su perfecto lugar. Y entendió que había llegado la hora.
—Papá ha muerto —dijeron los dos al mismo tiempo.
También Nora Kasabian guardó silencio por un instante, como si estuviera presente.
—¿Ya lo sabías, Felipe?
—No. No lo sabía. Pero tarde o temprano iba a pasar.
—Sucedió esta tarde. Me hablaron del hospital. Estela estaba de visita.
—¿Cómo está?
—Bien.
—¿Y mamá? ¿Ya le dijiste? —poco a poco fue desapareciendo esa sensación extraña. Empezaron los comerciales y la vida regresó a su imprevisible transcurrir.
—No.
—¿Quieres que yo le hable?
—No. Yo me encargo. —Desde el teléfono llegó algo así como un sorbo—. Mañana es el velorio. Estela está arreglando todo. En cuanto sepa la dirección del lugar, te aviso.
—Gracias, Rodrigo.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Colgó el teléfono.
Fue a la cocina a servirse el té y regresó a la sala. Miró el final del programa sin entender lo que decía el guía brasileño. Ni siquiera intentó concentrarse. Esperó a que aparecieran los créditos finales y se terminara el té y comenzara el noticiero y pasaran unos cortes comerciales para decidirse a apagar la tele.
Los pies anduvieron sordamente hacia su recámara. No encontraron otro lugar adónde ir. Estaban cansados.
Releyó cuatro veces un mismo párrafo y después pasó al siguiente, no muy seguro de haberlo entendido. Era algo sobre Jacob o Israel. Algo sobre la fuerza de Dios.
Por fin, cansado y aturdido, cerró el libro. Apagó las luces. Se acostó.
No cerró los ojos. Se quedó ahí, tendido boca arriba varias horas, antes de lograr conciliar el sueño.
El presentador de las noticias no leía los titulares en el teleprompter. Sus palabras y mirada iban dirigidas al recién iluminado, al rey del carnaval de aquel año, a mí, el encarnado espíritu de Osiris, la luz del mundo. El renacimiento de la flamante primavera. La Semana santa estaba próxima y yo era el nuevo Sol, el Señor del Bosque, Jesucristo cubierto con una piel caprina.
Escuchaba las voces detrás de las cosas y los acontecimientos. Era incapaz de aceptar las coincidencias. Estaba extasiado por una supuesta personalidad mágica y podía jurar que con tan solo ver de cerca a alguien leía sus intenciones. Cerraba los ojos y del negro aparecían calaveras, cucarachas, ratas, cuerpos decapitados. Los mitos cobraron vida. Shiva, con su cobra al cuello, me abría el costado con un tridente. Mi sangre salía y formaba una alfombra roja desde la base de la cruz hasta mi tumba.
Un terror nocturno me azoraba como a un niño cuando se le viene el techo encima en las noches lluviosas, o cuando en las sombras de las ramas ve fantasmas. Trasnochado, con las manos temblorosas de cansancio, imaginé ser el rey de burlas, otro crucificado elegido por el popular culto a la Muerte. Sabía que mi asesinato estaba fechado según la agenda esotérica del Poder Secreto, y no pasaría mucho tiempo para que llegara el día de la ceremonia.
Toda información sobre ocultismo que encontré en internet la integré a mi nuevo sistema de creencias. Vinculaba hechos científicos, económicos, políticos y artísticos a través de las conexiones más insospechadas. En este siglo cibercultural del Nuevo Orden, donde la labor del investigador es extraer la verdad entre tanta mentira subida a la red, cualquiera puede tener un episodio esquizofrénico, con más razón si consume constantemente cristal y LSD.
Mi perro era un robot, mis familiares brujos y asesinos, mis amigos una bola de espías, y mi novia había vendido su alma y la mía en la corte infernal. Cuando nadie me observaba, me comunicaba con la televisión. Si veía un documental de la vida salvaje, estaba seguro de que se referían a mí cuando hablaban del animal más exótico en la cadena alimenticia; si cambiaba de canal a un programa de cocina, el platillo principal era mi carne; si había una película en la que perseguían a muerte a un personaje, ese era yo, la víctima estelar del mundo que controla al otro mundo a partir de holocaustos humanos. La televisión, con su simbología camuflada, me explicó que estaba destinado a ser el nuevo profeta de las naciones. Yo me consagré delante de ella a tal misión.
En las calles todas las mujeres querían mi sexo y todos los hombres mi cabeza. Me sentí el deleite de sus perversiones. Aún así, continuaba con mis asuntos diarios. Sacaba los pendientes en la oficina. Visitaba a Gaby, mi novia. Paseaba a Blas por el parque. Iba a una que otra reunión familiar. Salía de fiesta. Pagaba la renta y los servicios. Llenaba el refrigerador. Mis alucinaciones pasaban desapercibidas. Incluso varios amigos me dijeron que parecía estar en mi mejor momento.
II
Quería fumarme todo el opio del planeta. La cabeza me punzaba. Regresaban mis suegros a la ciudad luego de unas vacaciones, y acompañé a Gaby al aeropuerto. Le dije que fuera ella a buscar a sus padres, que no aguantaba el dolor, y me senté en una cafetería a hojear el periódico.
Los encabezados de las notas eran las claves necesarias para entender mis peligros y fortalezas. Los números guardaban significados dobles. Las palabras brillaban. Mis canales se abrieron totalmente. Tenía la certeza de que algo extraordinario sucedería. El aeropuerto se volvió un gran teatro y yo era el actor principal.
Los símbolos aparecieron más allá del papel. Todo hablaba. Todo se comunicaba conmigo. No había lugar para la casualidad. Cerca de mí pasó un niño corriendo que traía puesta una playera con el estampado de un conejo —en el antiguo Egipto, Osiris era representado como una liebre—. Yo, Osiris reencarnado, lo seguiría hasta su madriguera.
Dejé mi asiento y fui de señal en señal hacia la verdad de mi propósito mesiánico. No sé cómo terminé abriendo una maleta. ¿Qué pensaba encontrar ahí? Una llave, un libro, una fotografía, un talismán, hasta un pedazo de vidrio o una envoltura de chocolate hubiesen tenido sentido. Las teorías más descabelladas iluminaban mi cerebro. La dueña del equipaje gritó al verme sacar sus cosas echándolas por todos lados. Me vibraba contra mi voluntad un ojo. Dos guardias me sometieron con una llave de lucha y me llevaron a un cuartito para ser interrogado.
—¿Por qué abrió la maleta, joven? —inquirió el que parecía más buena onda de los dos.
—Son parte del teatro. Ustedes saben.
Se quitó la gorra y le preguntó a su compañero sin dar crédito a sus oídos:
—¿Teatro?
—No estamos jugando —dijo enojado el otro, de bigote—. Cometió un delito y podría ir a la cárcel.
Con la esperanza de ser escuchado por un maestro de alta jerarquía de la élite mundial que hiciera una llamada y solucionara mi problema, les dije:
—Los corderos sacrificados a los dioses resultan bastante humanos. No hay misterio. El rey Salomón sigue vivo, hasta los niños y los perros de la calle lo saben.
Hubo un silencio. El guardia buena onda dio unos pasos alrededor del escritorio y se talló los ojos. El de bigote no quitaba su mirada de la mía. Yo permanecía quieto en la silla tratando de mantener una expresión inteligente.
—¿Cuál es su nombre, joven?
—Natanael Cienfuegos.
—¿Qué edad tiene?
—Veintisiete años.
—¿Cuál es su domicilio?
—Calle Pinos número 731, departamento 10, colonia Roma.
—¿Tiene alguna identificación oficial?
Saqué de la cartera mi credencial de elector y se la di.
—¿A qué se dedica, Natanael?
—Trabajo en una agencia de publicidad, soy diseñador gráfico.
—¿Sabe lo que hizo?
Enderecé la espalda dispuesto a soportar los latigazos.
—Tiene suerte de que no se vayan a presentar cargos en su contra, joven. Su pareja habló con la dama propietaria del equipaje y arregló todo. Si no fuera por ella, no sé que habría sido de usted.
—Soy —declaré con seriedad— una pantera rosa más, ningún Cristo.
—¿Qué te pasa? —secundó de sopetón el de bigote—. Necesitas ayuda profesional.
—¡Ggrrrruaff! —le ladré como un perro, clavándole los ojos.
III
A sugerencia de mis suegros, al día siguiente me llevaron al psiquiatra, un señor de barba bien recortada con los ojos muy pegados. No tardó en valorarme y me recetó Diazepam y Risperidona, sus caballitos de batalla. La historia se corrió: Natanael anda muy mal.
No me dejaron solo ni un instante a partir de esa mañana. Se turnaban para acompañarme en el departamento; a veces Gaby, otras mi primo, mi hermana. Me sacaban plática para saber cuán afectado estaba. Se asustaban cuando oían que hablaba con la televisión o con la boca pegada a la muñeca.
Con la excusa de que tenía que descansar no me permitían ir al trabajo, mucho menos fumar mota o tomarme una cerveza. En vano luchaba contra el aburrimiento. Tirado sobre la cama, estiré el brazo y tomé del librero lo primero que alcancé: el Kybalión. Leí hasta la última página. Cerré los ojos y proyecté en mi mente un salón de vigilancia de la Gran Logia de Logias de los místicos. En múltiples pantallas se transmitía la vista cenital de mi recámara. Llamaba su atención pintándoles el dedo.
IV
Cuando llegué a casa de mi madre, me di cuenta de que era a mí a quien esperaban. No cabían en la sala. Solo en año nuevo veía a tanta familia. Uno por uno me abrazaron. Sentí su protección. Descarté la idea de que eran ellos quienes buscaban mi sacrificio. La paranoia dejó de ser total, ahora tenía aliados.
Pregunta tras pregunta comprendieron la gravedad de mi trastorno. A cada respuesta hubo señales de preocupación. Al hablarles de las cámaras y micrófonos escondidos quedó bastante claro: Natanael enloqueció.
Así como la familia crece, también enferma y muere, y algo de mí estaba enfermo o muerto. Malentendí sus rostros de conmiseración, sus ojos llorosos. Imaginaba que estaba en la antesala de mi crucifixión.
—¿Qué te parecería internarte en un centro de rehabilitación por unos meses? —intervino mi tío Francisco, la figura más paternal de la familia.
—Estamos muy preocupados por ti —agregó una de mis tías.
—En un centro de rehabilitación vas a estar mejor, hijo.
—Queremos lo mejor para ti, primo.
—Necesitas tratamiento —reiteró mi hermana— lo más pronto posible.
—¿Y bien, Nat? —preguntaron de nuevo—, ¿estarías dispuesto a internarte unos meses para que te mejores?
Aluciné que su plan era refugiarme en un sitio donde estuviera a salvo. Confiado en que encontrarían un buen escondite donde no corriera peligro, acepté sin entrar en detalles. La habitación cambió de aire. Acordamos que me internaría después del fin de semana. Quería despedirme de mi novia.
—¡Bendito seas, Jesús! —exclamó al cielo mi madre.
¡Hemos tenido un año excelente! Y todo ha sido gracias a ustedes. La Redacción de Tierra Adentro está profundamente agradecida con cada uno de sus lectores y colaboradores, por eso, les hemos preparado esta playlist especial. Tiene algunas de las canciones favoritas de nuestros editores para las fiestas o reuniones familiares. Esperamos que puedan bailar, cantar y disfrutar al mismo ritmo que nosotros. No se nos vayan a atragantar con las uvas, ¡hasta el próximo año!
El animal con el rostro de mi padre voltea,
su ojo choca contra el mío.
Corro asustada a mi cama,
me cubro con las sábanas,
duermo de mentiritas.
Un líquido tibio inunda el colchón
La noche se me escapa.
Mamá cambia las sábanas por otras secas y limpias,
“eres una chiqueada”.
Papá besa mis mejillas,
su barba me pica.
Pollito actora
Oscuridad.
Mamá: ¿Empezamos de nuevo? Pollito: Pío, pío, pío.
Se enciende el único foco de la habitación de Pollito. La luz es tibia. Mamá viste un camisón amarillo, transparente. En las manos lleva una cámara de video; la enciende y graba a su hija: su boca y su cabellito mojado, hace un zoom a sus ojos grandes. Pollito está montada en su cabra gigante de peluche y luce una bata de baño amarillo brillante.
Mamá: ¿Quién quiere morder tus piernas?
Pollito señala la cámara.
Mamá: Ñam, ñam, ñam, ñam. Corre que te alcanzo.
De un salto Pollito baja de la cabra.
Pollito: No me alcanzas. Mamá: A que sí te alcanzo. Pollito: No, no, noooo. Mamá: Te comeré. Pollito: ¡Uy, no me espantes! Mamá: Pollito, Pollito, me voy a comer tus alitas.
Mamá apresa a Pollito y le hace cosquillas aquí y allá. Pollito, sonriente, mira hacia la cámara, le manda besos.
Pollito: Pío, pí, pío. Mamá: ¿Cantamos para él? Pollito: Chi.
Mamá deja la cámara sobre la mesa y va por su guitarra. Pollito se prepara. Ambas se acomodan frente a la cámara.
Mamá: ¿Lista? Pollito: Listisísima.
Mamá toca la canción “La gallina cocoua” mientras Pollito hace una coreografía y canta.
Ambas (coro): “Coco ua ua, coco ua ua, coco coco ua” (bis).
Mamá se acerca a la cámara y sonríe muy coqueta. Pollito continúa bailando y cantando.
Mamá: Ha crecido mucho. Yo digo que será alta como tú. Alta y tonta. Va mal en la escuela. Las maestras nunca olvidan recordármelo. Me fastidian. Deberías escucharlas: “Su hija aún no sabe contar ni sumar ni restar y su letra es terrible. La hemos diagnosticado
con retraso emocional”. ¿Retraso? Por favor, tiene seis años, ¿quién sabe sumar a los seis años? Me dejaste una hija retrasada. “Creemos que las cosas no marchan bien en casa. Necesita mayor atención.” ¿Atención? Lo único que hago es ponerle atención. “Le cuesta trabajo hacer amigos, relacionarse con otros de su edad. ¿Dónde duerme?” “En… no entiendo la pregunta.” “Pensamos que no está bien llamarla Pollito.” “A ella le gusta.” “Pero no es un nombre, al menos no un buen nombre para una niña.” ¿Qué les importa cómo se llama nuestra hija? “Sería importante hablar con el papá.” ¿Puedes creerlo? Quieren hablar contigo. “¿Podemos hacer una cita con él?” “Él… La cambiaré de escuela. No, mejor yo la educo en casa.” “No es lo adecuado para un pequeño…” “¡Ya! Tenemos bastantes libros en casa y… total, si ya es tonta, no necesita más. Le bastamos nosotros.” De verdad son insoportables. Pollito (imitando a Mamá): “insoportables”. Mamá: Pollito, ¿nos enseñas cómo le hacen las vacas? Pollito: Muuuuu, muuuuu. Mamá (acariciando la cámara): Así te siento más cerquita.
Pollito le extiende los brazos a Mamá.
Mamá: No. No voy a cargarte. Ya estás muy pesada. Mamita es flaca, y Pollito, gorda. ¿Quieres lastimar a mami? Ninguna comerá más pastelitos. Te tendré que coser tu piquito. A ver, muéstrame el pico. Pollito: No. No me cocines el piquito. Mamá (riendo): ¡En aceite! (más risa). Eres muy ocurrente. Mami solo necesita un piquito de su Pollito. Un piquito así.
Mamá para la boca. Pollito sonríe y besa a Mamá: un beso tierno y polluelo.
Mamá: Mmm, ¡qué rico! ¿Qué le tienes que decir? Pollito (mirando la cámara): Te extrañamos. Mamá: Así no te va a creer. Recuerda lo que ensayamos. Pollito (exagerando): Regresa. Mamá: Vamos, debes hacerlo mejor. Como cuando estás
sola. ¿Crees que no te he visto? Pollito (dramática): ¿Con quién haces el animal ahora? Mamá: El amor. Pollito: El amor. Mamá: ¡Muy bien!, casi me convences. Pollito (con sinceridad): Quiero ser electricista. Mamá: ¿Para qué? Pollito: No sé. Mamá: No puedes ser electricista. Pollito: ¿No? Mami, ¿qué sí puedo ser? Mamá: Pollito y punto. Anda, mejor dile que me imagino su barba haciéndome cosquillas aquí… y aquí… y que nos sentimos… Pollito: Shhh, yo lo digo. (con gestos que bien pueden ser de Mamá) ¡Uy, nos sentimos tan solitas!, ¡uy, uy, uy! Mamá: Ahora manda besito. Pollito: Mua, mua. (emocionada, abraza a Mamá) Te quiero. Mamá: ¿De nuevo? No es necesario que lo repitas todo el tiempo. ¿Qué quieres escuchar? No pongas cara de puchero. Ten (besa a Pollito, un beso no tan tierno. Voltea a la cámara). ¿Cuándo regresas? Pollito: ¿De nuevo?
Mamá mira a Pollito de manera fulminante.
Mamá (a la cámara): ¿No vas a contestar? Se fundió el foco de la cocina, el del baño… Pollito: Nos bañamos en la oscuridad. Mamá: Se hace pipí en la cama. Pollito: No le cuentes. Mamá: Es papi, tiene que saber que todo se acaba en casa. (a la cámara) La alacena se vacía y la carne se pudre; aquí solo tú comías carne. La cama, nuestra cama, pierde tu aroma. Sigue tu espacio reservado, intacto. Pollito: A veces mamá me deja dormir allí. Mamá: Mis lunares te esperan impacientes y oscuros. Huye la luz de nuestra casa. ¿Escuchas cómo lloran mis lunares? (acaricia su piel, sus piernas, su pecho. Una de sus manos se desliza por su cintura. Un dedo travieso llega a su ombligo. Siente la mirada de Pollito y se cubre). ¿Qué haces? Pollito: ¡Quiero ver! Mamá: Sal de aquí. Deseo estar sola con él. Pollito: ¿Puedo mirar? Mamá: No. Hoy no tengo ganas de tu mirada. Ve al jardín.
Pollito se tira en el piso, se revuelca, aletea.
Pollito: ¡Pío, pío, pío! Mamá: No, por favor. Ya sabes que detesto los berrinches. ¿Qué les pasa a las berrinchudas?
Mamá hace un gesto que asusta a Pollito, quien se levanta y avanza hacia la puerta.
Mamá: Espera. ¿No vas a despedirte?
Pollito regresa, se acerca a la cámara, sonríe y besa el lente con mucha fuerza.
Mamá: ¡Ya!, no lo ensucies. Deja algo para mí.
Pollito le saca la lengua a Mamá y sale corriendo de la habitación.
Mamá (a la cámara): ¿Me quieres? (muerde sus labios, los cuales revientan y sangran. Lleva sus dedos a la boca y el foco empieza a parpadear). Te dije… a la luz le gusta escaparse.
Los hermanos Lumière no inventaron el cine. El cine, se podría decir, siempre estuvo entre nosotros. Tal vez las primeras civilizaciones, como planteó alguna vez Siegfried Kracauer, ya estaban pensando en capturar el movimiento kinético de hombres y animales en las pinturas rupestres; tal vez dibujaron un jabalí con ocho patas para representar el movimiento que hacía al correr; o tal vez, como lo planteó Werner Herzog en Cave of Forgotten Dreams, el cintilar del fuego en una cueva animaba a las criaturas que habitaban sus paredes estáticas. Pero, si el cine siempre nos ha acompañado, ¿por qué decimos que los hermanos Lumière lo inventaron?
El día del mito
El 19 de marzo de 1895, un grupo de hombres se agazapaba detrás de una ventana. Las persianas intentaban ocultar el enorme objetivo del primer cinematógrafo. Para utilizar el aparato, están presentes los hermanos Auguste y Louis Lumière, además de algunos operadores y técnicos. Están esperando el momento justo, la salida de la industria Lumière por la puerta que se encuentra en el edificio frente a ellos. Necesitan grabar precisamente a medio día, cuando el sol está alto en el cielo y puedan tener 15 minutos continuos de luz.
https://youtu.be/uPmG8ppUhSw
Como dijo el novelista Jacques Rittaud-Hutinet, en estos tiempos modernos el mediodía no lo marca el reloj sino la salida de la industria. Suena un pitido agudo y cientos de trabajadores salen a la calle. Los operadores de la cámara comienzan a mover una manivela a la velocidad de quince imágenes por segundo. “Tourner la manivelle” (dar vuelta a la manivela) fue una idea que quedó tan impregnada en el nacimiento del cine que, todavía hoy, en francés se dice “Tourner” (rodar, dar vuelta) para hablar de hacer una película.
Señores y señoras, un perrito, caballos, sombreros, gabardinas, bigotes. Gente común que sale del trabajo en un día soleado con la alegría compartida del ocio por disfrutar; gente común que no sabe que la están filmando; gente común que será parte de la historia. Dos días después de grabar la salida de los obreros desde ese cuarto frente a las industrias Lumière, Auguste y Louis presentaban, ante un público escogido de la Sociedad para la Promoción de la Industria Nacional, en París, los resultados de sus experimentos. Fue la primera proyección privada de cine en la historia. Algunos meses después, el 28 de diciembre de 1895 en el Salon indien du Grand Café del número 14 en el Boulevard des Capucines de París, se hizo la primera proyección pagada, con público, en la historia. Éste es el momento que se reconoce, generalmente, como el principio del cine.
En la proyección, los Lumière escogieron diferentes grabaciones para presentar ante un público atónito. Ahí estaba La salida de la fábrica Lumière en Lyon (La Sortie de l’usine Lumière à Lyon), pero también L’arroseur arrosé (El regador regado) que es considerada como la primera película de ficción jamás filmada: un niño pisa la manguera de un jardinero que riega plantas, al ver que no sale agua, el jardinero voltea a ver la manguera al momento en el que el niño levanta el pie; el chorro le pega en la cara y el jardinero persigue al niño para darle nalgadas. La pequeña sala, con 33 espectadores, estalla de risa.
Ese día, se proyectan diez películas que pasan del registro cómico al documental y muestran escenas públicas y privadas de la vida de los Lumière (como la Le Repas en el que vemos a Andrée, hijo de Auguste y de Marguerite Winkler, comiendo). En el programa del espectáculo se podía leer, además del nombre de todos los cortos publicados, el siguiente mensaje:
“Este aparato inventado por los señores Auguste y Louis Lumière, permite recoger, a través de una serie de pruebas instantáneas, todos los movimientos que, durante un cierto tiempo, pasaron frente a su objetivo, y después reproducirlos proyectados, en tamaño natural, en una pantalla ante una audiencia.”
Mucho se ha hablado de la gente que salió despavorida de la sala pensando que un tren iba a arrollarlos. Sin embargo, eso no sucedió en las primeras proyecciones: pasó cierto tiempo antes de que L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat (La llegada del tren a la estación de La Ciotat) fuera proyectada en el programa. En cualquier caso, este mito perduró por la impresión que causó el realismo de las proyecciones. El escritor soviético Máximo Gorki contó una anécdota similar con el juego cómico del jardinero sorprendido por el niño: “Pensé que el chorro de la manguera me iba a pegar a mí también e, instintivamente, me encogí en mi asiento”.
El cinematógrafo, como invento, impactó tanto al público por la capacidad única que tenía de reproducir al mundo. Era una traducción de la realidad que iba más allá de la fotografía, que sumaba todos los impulsos de luz del impresionismo y los producía con la técnica del siglo del progreso científico. A partir de ahí, como bien profetizó Henri Bazin, el cine empezaría a perseguir otro mito que tardaría años en alcanzar: el mito del cine total, de la realidad perfectamente representada.
Faltó mucho tiempo para que surgiera el color en el cine, para que el sonido se perfeccionara y, aún así, seguimos persiguiendo películas en 360, realidades virtuales y todo tipo de parafernalia en tercera dimensión para representar con toda fidelidad la realidad que nos rodea.
El invento de los Lumière trascendió por mucho su contexto y los mitos que creó siguen persiguiendo nuestra obsesión con la realidad fotográfica. Pero, si los Lumière no fueron los primeros en capturar imágenes en movimiento, ¿qué los hace tan únicos?
El invento recurrente
Henri Langlois, uno de los más grandes conocedores de los albores del cine, hablaba de tres siglos de imágenes en movimiento antes de los Lumière. Con esto, se refería a la Linterna Mágica del siglo XVII cuyo invento se atribuye, con mucha polémica, a Athanasius Kircher. La Linterna Mágica proyectaba imágenes fijas que podían intercalarse y simular cierto movimiento. Sin embargo, no fue hasta mediados del siglo XIX cuando empezaron a multiplicarse los diferentes tipos de proyección que antecedieron al invento de los Lumière. Como señala Luis Alonso García, en esa época comienzan a aparecer las “prácticas cronofotografías, kinetoscópicas, praxinoscópicas, bioscópicas, taquiscópicas… cinematográficas (pues ni siquiera el nombre es propio de los Lumiére)”.
Tres años antes de la proyección de los hermanos, Charles-Émile Reynaud logró, con un dispositivo rotativo y placas de vidrio, animar rudimentariamente algunos dibujos. De hecho, se considera que la primera proyección de Reynaud fue la primera proyección de animación en la historia. Por otra parte, Étienne-Jules Marey y Eadweard Muybridge llegaron a desarrollar estudios de movimiento (incluido el famosísimo caballo corriendo que reconstruyó a través de fotografías fijas), pero se interesaron más en el movimiento mismo que en la proyección de imágenes. Finalmente, Thomas Alva Edison mostró al mundo el Kinetoscopio en 1893, dos años antes de la exhibición de los hermanos Lumière. Su invento, de alguna forma, como bien señala Luis Alonso García, previó el advenimiento del entretenimiento individual: sólo podía ser visto por una persona a la vez. Evidentemente, frente a la proyección a través de una mirilla, la proyección en una sala pública capturó toda la imaginación del mundo.
La diferencia, entonces, entre estos inventos y el invento de los hermanos Lumière está en que ninguna de las imágenes en movimiento que capturaron fue proyectada públicamente, en un espectáculo exclusivo (los hermanos Skladanovski incluían sus proyecciones entre otros espectáculos de circo), por el que se pagaba una cuota. Ese cobro de un franco (lo que suponía una pequeña fortuna entonces) cambió totalmente la forma en que se definió el cine. No se trataba de imágenes en movimiento (que ya perseguíamos desde los tiempos de las cavernas), ni de imágenes proyectadas en una caja o para un público selecto, sino de imágenes reales capturadas y proyectadas en un espacio público mediante el pago de una tarifa.
Como buen hijo del siglo XIX, el cine terminó por ser definido como un producto comerciable. Y, desde entonces, la ilusión de un cine desapegado de las leyes del mercado parece una romantización irrealizable. Todo cine, de una forma u otra, se vende. Y lo más importante aquí es notar cómo, en realidad, el aspecto material de la invención del cine está atravesado por las investigaciones de muchos personajes que antecedieron a los Lumière y la oportunidad económica que tuvieron los hermanos para llevar a cabo el sueño de tantos otros. Como bien explica Luis Alonso García:
“La historia de la invención debería dejar de ser la hagiografía de sus puntos señeros y luminosos -el sueño de una noche de invierno en el que Louis Lumière inventa el cine (“Mon frére, en une nuit, avait inventé le cinématographe”)- para transformarse en el recorrido por una serie de tentativas, fracasos, hallazgos… penumbras y oscuridades. Lo que aportaron los Lumiére en sentido tecnológico se puede reducir por tanto a una simple combinación de oportunidad técnica (mediante un trabajo de investigación documental por toda Europa) y de disponibilidad económica e industrial (poseen el dinero suficiente para hacer que sus diseños mecánicos se ejecuten correctamente y la infraestructura necesaria para realizar un proyecto larvado durante casi un año antes de su explosión).”
A diferencia de los experimentos de Edison con el movimiento o, más aún, de Marey y Muybridge, los Lumière entendieron que más allá de la técnica, su invención servía para reproducir la estética de la fotografía.
Edison, Marey y Muybridge intentaron capturar el movimiento en un estudio, con un fondo negro, para una visión mucho más analítica, taxonómica, científica de las imágenes. Los Lumière, en cambio, salieron a la calle, se escondieron en un pequeño cuarto y, tras las persianas, capturaron algo de un modo imprevisto.
Hay algo inasible y absolutamente diferente en este acto: no es un momento montado, experimental, sino un trozo de realidad que aparece, reproducido. Por eso la gente corría frente a la proyección de un tren, por eso Gorki sentía que la manguera lo salpicaba. Marey y Muybridge pensaron en el Hombre de Vitruvio de Miguel Ángel mientras los hermanos Lumière traducían el daguerrotipo: los primeros fueron científicos, los segundos, fotógrafos.
Así, el nacimiento del cine está ligado a dos cuestiones esenciales: el realismo fotográfico y el intercambio monetario. Entre esos dos polos se construyó un imperio cambiante; un imperio que Meliès iba a sacar de su zona de confort para olvidarse de la reproducción fotográfica de la realidad y empezar a pensar ficciones; un imperio que Griffith, con el desarrollo del lenguaje cinematográfico, iba a cimentar como arte único. Y sin embargo, en ese lejano siglo XIX, mediante un cobro y la reproducción fotográfica de la realidad, los Lumière inventaron todas las intuiciones del cine.
Tal vez no existía el montaje, pero todos sus encuadres estaban pensados y tenían una intención; tal vez no existían los paneos, ni los dollies, ni el traveling, pero ellos montaron por primera vez una cámara en un tren y un globo aerostático para filmar el movimiento del mundo; tal vez no existía la ficción audiovisual, pero ellos crearon los primeros cortometrajes cómicos entre sus familiares y actores espontáneos.
Como bien dijo Henri Langlois, lo interesante de la invención de los Lumière fue que no nos mostraron la historia, sino el espíritu de una época: “La vida no es nada más poner una cámara en la calle y ver pasar a la gente; la vida está en retratar un espíritu profundo, la filosofía de una era, los vestidos, las costumbres, los movimientos humanos”.
Entre los miles de fragmentos que filmaron los hermanos Lumière y sus operadores de cámara, percibimos la vida de la monarquía inglesa y a la gente que camina en Constantinopla; vemos un baile español en las calles de México y a una pequeña que acaricia a un gato; a los niños pasear en los Campos Elíseos de París sin sospechar que crecerán para morir en las trincheras de Verdún; imágenes de Bakou, de Cairo, de Jerusalem, de Tokio, Sevilla y Saigon; vemos las escaleras rojas del Kremlin en Moscú y a marinos disparando en lo que hoy sería Croacia; al presidente William McKinley Jr., cuatro años antes de ser asesinado, hablando a las masas congregadas frente al capitolio de Washington; el cortejo para el matrimonio del príncipe de Nápoles en Roma y a un muezzin rezando en Argelia. Todas estas imágenes son el precioso compendio de un cambio de siglo. Más que un pedazo de historia inmediatamente accesible, se trata de la vida misma del mundo, en un momento, que nos alcanza.
Estas escenas espectaculares están intercaladas con momentos íntimos, familiares, callejeros y cotidianos. Todos los grandes movimientos históricos se mezclan, por ejemplo, con la observación minuciosa y maravillada de una pecera atravesada por la luz. Porque, finalmente, eso fue lo que nos regalaron los Lumière con el invento que materializó su apellido: la posibilidad única y obsesiva, hermosa y constructiva, de atrapar la vida a través de la luz.
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Las reflexiones de este artículo deben mucho a las siguientes fuentes:
Bazin, André, Qu’est-ce que le Cinéma, Éditions du Cerf, France, 1976.
García, Luis Alonso, El caso Lumière: invención y definición del cine: entre el Affaire y la captura. Banda Aparte #11, Mayo, España, 1998.
Kracauer, Siegfried, Teoría del Cine, La Redención de la Realidad Física, Paidós, España, 1996.
Cada noche es lo mismo.
Al silencio previo a conciliar el sueño
lo interrumpe el zumbido de un mosquito.
Escuchamos su vuelo
ovillarse en la noche del cuarto
y esperamos que alguno de los dos
decida levantarse
para encender la luz.
A nuestros pies los gatos
sueñan que matan aves
de un zarpazo.
Buscamos el trayecto minúsculo
con la raqueta en mano,
y el aire de la habitación
se va rasgando
por la tormenta eléctrica de pilas doble A.
Antes de eso la ansiedad era muerta
a manotazos.
Siempre vuelve ese ruido.
Después de fumigar o de llegar a acuerdos,
el mosco logra entrar en nuestra calma
y nos susurra algo que no logro entender,
pero incomoda.
Al lado de la cama
donde los dos ponemos
lo que no es necesario para el sueño,
dejamos a la costumbre
establecer su imperio;
aceptamos cohabitar
en silencio este espacio.
La culpa nos espera en el buró
sin saber que dejamos historias
de las que el miedo comió profusamente.
¿Qué nos pesa
cuando dejamos al cuerpo
caer sobre el colchón tan caro
del arrepentimiento?
Hubo una soledad para nosotros
donde no cupo nada,
compartir lo que nadie
dijo que podía fragmentarse,
el pan y sus migajas
cuando el tacto
no logró cobijarnos.
Dos cuerpos que reposan
en plena oscuridad
y sin tocarse
deben tener más cosas que decirse.
GPS
más cerca que yo mismo.
Juan Bañuelos
Hubo trescientos metros de distancia
que redujimos a centímetros,
y los centímetros
los hicimos desaparecer
entre tu carne.
Hay distancias gozosas
para la comunión
con un desconocido.
Los doce mil kilómetros que ahora
nos separan no
los ocupa el mar
ni accidentes geográficos.
Hay hábitos que nos regresan
al lugar del que huimos:
una esposa, dos hijos, tres
nostalgias en fila india
podrían darle a la tierra
cinco vueltas.
¿Qué tan cerca estuvimos de dormir
sin que nos despertara
el ruido de un avión con sus motores?
Vuelo hacia la realidad,
aunque ciertas distancias me sean irrefutables:
los kilómetros que hay
entre nosotros
y con nosotros mismos.
Hoy estará nublado
en una ciudad en la que ya no vivo.
Mi teléfono calcula un sesenta por ciento
de probabilidad de lluvia Detalles
atmosféricos, temperatura, viento
y algo de granizo.
La aplicación del clima
me sugiere no olvidar
el paraguas y salir abrigado,
pero hoy como ayer, como todos
los días de los últimos meses,
este cielo está ileso y nada
lo interrumpe, y el sol cae
y rebota como en su propia playa.
Me asombra la soberbia tecnológica
de mi teléfono. Las notificaciones
que llegan tan exactas,
su nula propensión hacia la incertidumbre.
Yo sé que evitarás
las avenidas por las que caminamos,
el tránsito se intensifica
en algunas arterias Intuyo
ese trayecto alterno
para caer puntual
al capítulo que ya no
estaré viendo Tu realidad
y la mía que no se corresponden.
Mi teléfono miente o está desubicado.
Nuestros satélites triangulan datos
para dar ubicaciones exactas de las cosas.
Es una operación que no alcanzo a entender,
pero me alegra que ahora esté perdido.
Que no sepa si estoy aquí o allá,
o dónde dejé olvidado
el afecto Pero esa confusión
en la memoria
geográfica
nos hace más humanos,
falibles,
menos listos.