Tierra Adentro
Ilustración de Luis Ham

Esta crítica se publicó originalmente en Tropic of Meta. La traducción estuvo a cargo de Luis Ham.


 

 

Cuando le digo a cualquier gringo que mi abuelo mexicano trabajaba de publicista, se quedan sin respuesta ante la noticia.

Sus expresiones faciales mutan a shock.

Sus cabezas dan la impresión de que van a estallar y yo que están pensando, “¿En México hay PUBLICISTAS?”

 

Le regalo una mueca torcida a esos fulanos y dejo que mi sonrisa hable por mí. Les dice, “Sí, bitch, en México hay cosas que publicitar, como nuestras propias fucking opiniones sobre USTEDES.”

Yo sigo orgullosa los pasos de mi abuelo, Ricardo Serrano Ríos, “decano de los publicistas de Jalisco,” y no solo tengo opiniones, las ladro como itzcuintli. También soy chismosa. 

Es mi forma de arte preferida, misma que comencé a practicar poco después de que mi periodo manchó por primera vez mis calzones, y ¿qué es la literatura, y la crítica literaria, si no un chisme diligentemente estetizado?

 

Tengo chisme. ¿Están listxs?

 

Una gabacha autoprofesa, Jeanine Cummins, escribió un libro torpe. Soberanamente torpe.

Su obra de caca pertenece a la gran tradición literaria estadounidense de hacer lo siguiente:

  1. Apropiarse de obras excepcionales escritas por gente de color
  2. Untarles una capa de mayonesa para volverlas sabrosas y digeribles para las papilas gustativas estadounidenses y
  3. Re-empaquetarlas para su consumo masivo racialmente daltónico.

AmericanDirtCover

En vez de mirarnos a los ojos, muchos gabachos prefieren alzar su mirada y menospreciarnos. En vez de aceptar que somos sus pares morales e intelectuales, nos compadecen felizmente. Su lástima es lo que instaura en ellos su gusto por el dolor mexicano, un ansia que muchos esconden. Esta negación motiva sus hábitos de consumo, lo que resulta en una preferencia por el porno de trauma con ornamentos de justicia social. Para satisfacer esta demanda, Cummins ensambló sin mucho cuidado American Dirt, un “road thriller” que trae puesto una peluca de estoy-dando-voz-a-los-sin-voces.

 

Me enteré de Dirt cuando la editora de una revista femenista me invitó a reseñarlo.

Acepté su oferta, Dirt me llegó por correo y la empaqué. Una vez en casa de mi tía, en Guadalajara, abrí el libro.

 

Antes siquiera de llegar al primer capítulo, la carta de su editor me hizo retorcerme. 

“La primera vez que Jeanine y yo hablamos por teléfono,” chorea el editor, “me dijo que los migrantes en la frontera mexicana estaban siendo retratados como una ‘masa morena sin cara.’ Me dijo que quería darle una cara a esas personas.”

La frase “esas personas” me enojó tanto que mi sangre se gasificó. 

Alcé la mirada y encontré un espejo que colgaba de la pared de mi tía.

Reflejaba mi cara.

 

Tuve que desarrollar una estrategia de supervivencia para poder tragarme Dirt. Consistió en entregarme por completo a la lectura de odio del libro, llenando los márgenes con frases tipo “Pendeja, please.”

Ya de regreso en Alta California, me senté en la mesa de mi cocina a escribir la reseña. La envié. Esperé.

 

Tras algunos días, una editora me respondió. Me dijo que, aunque mi análisis de Dirt era “espectacular,” no era lo suficientemente famosa para escribir algo tan “negativo.” Me ofreció reconsiderarlo si cambiaba mis palabras, si escribía “algo que la redimiera.”

Porque lo mejor que puedo decir sobre Dirt es que sus páginas deberían reciclarse para papel de baño, sus editores ser arrastrados a la guillotina. Me notificaron que se me pagaría una tasa de liquidación: 30% de los $650 dólares que me habían ofrecido por mis servicios.

¡Mirad, entonces, mi crueldad inpublicable que renace de la muerte!

 

En México, la gente ocupada toma licuados. Preparar estas bebidas requiere habilidades mínimas. Se echa fruta, leche y hielo en una licuadora, y voilà: comida para llevar.

 

Desafortunadamente, la narco-novela de Jeanine Cummins, American Dirt, es un licuado literario que sabe a su título. En su intento de prosa, Cummins  presenta estereotipos mexicanos muy pasados, incluyendo el latin lover, la madre que sufre, y el estoico machito inmaduro. El heteroromanticismo tóxico le da un arco al lodazal de novela, y gracias al glaseado blanco con que recubre su prosa, Cummins posiciona a los Estados Unidos de América como un santuario magnético, un faro hacia el cual la cronología de la historia chapotea. 

 

México: bad.

 

EUA: good.

 

Me tapé mi nariz metafórica y continué leyendo. 

 

Cummins nos bombardea con clichés desde el inicio. El primer capítulo abre con un grupo de sicarios acribillando una fiesta de quinceañera, una escena que es fácil imaginar saliendo sin aliento de la boca de Donald Trump durante un mitin en el medio oeste, y si bien los asesinos de Cummins son jocosos, su humanidad es, a lo mucho, superficial. Al caracterizar a estos personajes como los “bogeymen modernos del México urbano,” los vuelve superficiales. Al invocar monstruos con nombres en inglés y linajes europeos, Cummins revela el color de piel de la audiencia a quien va dirigida su obra: blanca. En México no existe el miedo al bogeyman. Existe el miedo a su primo lejano, el cucuy. 

 

Cummins utiliza este “paisaje de matanza,” una frase que casi remite al discurso inaugural de Trump, para introducir a su protagonista, la recién enviudada Lydia Quixano Perez. La policía llega al hogar de Lydia, transformado en una grotesca escena del crimen, a pretender que investigan. Lydia no se queda quieta. Ella entiende lo que todxs lxs mexicanxs entienden, que policías y criminales están en el mismo equipo, así que ella y su hijo, Luca, el único otro sobreviviente de la masacre, escapan. 

 

Con su familia aniquilada por narcotraficantes, madre e hijo se embarcan en un viaje de refugiadxs. Se dirigen al norte, deletreado en español en el inglés original, mientras otras palabras en español resaltadas en itálicas, como carajo, mijo, y amigo, contaminan la prosa, con un resultado similar al del sazonador para tacos que se vende en las tiendas gringas.

 

A través de flashbacks, Cummins nos revela que Lydia, “una mujer moderadamente atractiva pero no hermosa,” de 32 años, trabajaba en una librería. Su personaje súbitamente adquiere un perfil absurdo. Como protagonista, Lydia es incoherente, con contradicciones irrisibles. En un flashback, Sebastián, el esposo de Lydia, periodista, la describe como una de las mujeres “más inteligentes” que haya conocido jamás. Sin embargo, ella se comporta de una forma descaradamente inocente y estúpida. A pesar de ser una mujer intelectualmente comprometida y la esposa de un reportero cuyo tema central es el narcotráfico, Lydia no deja de sorprenderse al confrontar las realidades de México, realidades que no sorprenderían a unx mexicanx. 

 

¡Es una sorpresa para Lydia el enterarse que el misterioso y rico cliente que frecuenta la librería rodeado de guardaespaldas de mala pinta es el capo del cartel local! ¡Es una sorpresa para Lydia enterarse que algunos migrantes centroamericanos llegan a los Estados Unidos a pie! ¡Es una sorpresa para ella enterarse que hay hombres que violan a mujeres en su ruta a los Estados Unidos! ¡Es una sorpresa para Lydia enterarse que la Ciudad de México tiene una pista de patinaje sobre hielo! (Esta sorpresa me sacó una buena carcajada: yo aprendí a patinar en México.) El hecho de que Lydia esté tan sorprendida por las realidades diarias de su propio país, realidades con las cuales yo soy íntima como una Chicana viviendo en el norte, dan la impresión de que Lydia quizás no sea… una mexicana creíble. De hecho, percibe su propio país a través de los ojos de una turista.

 

Susan Sontag escribió que “una sensibilidad (a diferencia de una idea) es una de las cosas más difíciles de abordar” y con esta aserción en mente, declaro que American Dirt fracasa al intentar transmitir cualquier tipo de sensibilidad mexicana. Aspira a ser un Día de muertos, pero termina por encarnar Halloween. La prueba radica en la dolorosa falta de humor de la novela. Lxs mexicanxs tienen cientos de apodos para la muerte, la mayoría juguetones porque la muerte es nuestra compañera de juegos favorita, y Octavio Paz explicó nuestra relación única con la muerte cuando escribió, “Nuestras relaciones con la muerte son íntimas […] el mexicano […] la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.” La incapacidad de Cummins para acercarse a la muerte con la debida curiosidad y humildad es lo que vuelve American Dirt el libro perfecto para tu círculo local de lectoras gringas engreídas.

 

El escritor Alexander Chee ha dicho que quienes estén interesadxs en explorar las realidades de personas diferentes a ellxs mismxs, deberían responder tres preguntas antes de proceder. Estas son:

 

“¿Por qué quieres escribir desde el punto de vista de este personaje?”

 

“¿Lees a autorxs de esta comunidad actualmente?”

 

“¿Por qué quieres contar esta historia?”

 

La nota introductoria al libro de Cummins responde la última pregunta. Cummins cree que ella es lo suficientemente importante y experta como para representar a un pueblo moreno “sin cara”.

 

A un lado, Jesucristo. Hay un nuevo mesías en la ciudad. Y su nombre es Jeanine.

 

Me aterran los salvadores, siempre empeoran las cosas, muchas veces a través de la muerte de varias personas, y si no me creen, lean las primeras cuatro letras de messiah en inglés.

 

Para encajar con el modelo mesiánico, Cummins renació como una persona de color. Un vistazo a sus más recientes entrevistas revela que Cummins ahora se identifica como “latinx,” su identidad basada en la existencia de una abuela puertoriqueña. Sin embargo, Cummins recién está estrenando su latinx-idad porque hace cuatro años no lo era.

 

Repito: hace cuatro años, Cummins era blanca.

 

“No quiero escribir sobre raza,” escribió en un artículo editorial para el New York Times en 2015. “A lo que me refiero es, en verdad no quiero escribir sobre raza… soy blanca… nunca conoceré la rabia impotente de ser juzgada o de toparme con obstáculos institucionalizados por mi tono de piel o mi nombre.”

 

Al contrario de los narcos que envilece, Cummins carece de gracia y brillo. Al contrario, avanza a tropiezos con mal gusto trumpiano, y un vistazo a la cronología revela su modus operandi: de forma oportunista, con egoísmo y de forma parasitaria. Cummins identificó el apetito gringo por el dolor mexicano y encontró una forma de explotarlo. Con su ambición puesta, tiró por la borda lo “sin cara”, corrió hacia el micrófono y nos lo arrebató de las manos, decidiendo que su voz incompetente merecía ser amplificada.

 

En sus propias palabras, Cummins no cumplía los requisitos para escribir Dirt.

 

Y lo hizo de todas formas.

 

Por un cheque de siete cifras.

 

Siete cifras.

 

Como decía Bart Simpson, “¡Ay caramba!”

 

Dirt no es el primer libro de Cummins. Además de varias otras novelas, escribió también una memoria true crime altamente racializada, A Rip in Heaven. Yo también escribí una memoria de este género, Mean. Mean habla de un asesino serial en ciernes, Tommy Jesse Martínez. En 1996, Martínez abusó sexualmente de varias mujeres, incluyéndome, y su última víctima ayudó a la policía a capturarlo.

 

En los meses entre mi abuso sexual y su captura, Martínez violó, desfiguró y golpeó a Sophia Castro Torres hasta matarla, una migrante mexicana reservada que vendía cosméticos de Mary Kay y trabajaba en una granja. Martínez robó su green card, se la quedó como trofeo y la arrojó a la basura cuando se aburrió de ella.

 

El fantasma de Sophia me atormenta. Siempre está conmigo, supongo que se podría decir que me habla, y tiene algo que decirle a Cummins:

 

Mexicanas se mueren del otro lado también. A las mexicanas las violan en los Estados Unidos también. Tú lo sabes, sabes lo peligrosos que los Estados Unidos de América son y aún así decides pintarlos como un santuario. No lo son.

 

Los Estados Unidos de América se volvieron mi tumba.

 

Quizás la fascinación de Cummins con la frontera explique la similitud entre Dirt y otras obras sobre la migración: su novela es tan similar a las obras que usó para investigar que algunxs podrían decir que bordea en la palabra P. En los agradecimientos de Dirt, Cummins anuncia su ignorancia dando las gracias a “quienes me enseñaron con paciencia sobre México”. Da un listado de escritorxs que “deberías leer si quieres saber más sobre México” — Luis Alberto Urrea, Oscar Martinez, Sonia Nazario, Jennifer Clement, Aida Silva Hernandez, Rafael Alarcon, Valeria Luiselli y Reyna Grande— contradiciendo su caracterización de nosotrxs como una horda iletrada. No solo tenemos caras y nombres. Algunxs tenemos bibliografías extensas.

 

Si Cummins hubiese querido brindar atención a las distintas crisis que atraviesan lxs mexicanxs, migrantes mexicanxs en particular, podría haber referido a los lectores a las fuentes primarias y secundarias que saqueó. Tomemos, por ejemplo, A través de cien montañas, de Reyna Grande. A los nueve años, Grande entró a los Estados Unidos sin documentos. Se convirtió “en la primera persona en la familia en llegar a la universidad,” y obtuvo una licenciatura y una maestría. Su experiencia como migrante mexicana inspira tanto su narrativa como sus ensayos, y Grande escribe íntimamente sobre un fenómeno que Cummins ha enfatizado que desconoce: el racismo.

 

Mientras atendía una gala literaria en la Biblioteca del Congreso, otro escritor la confundió. En vez de asumir que ella era su igual, la trató como parte del servicio de meseros. Grande escribió sobre esta experiencia, relatando que su “sensación de insuficiencia” siempre ha estado ahí a pesar de su éxito. Estos sentimientos comienzan a una edad temprana. Cuando estaba en la preparatoria, saqué el puntaje más alto en el examen avanzado de inglés y composición, más alto aún que el de mis compañerxs blancxs. En vez de celebrarme, mis maestros insinuaron abiertamente que mi resultado era sospechoso. Seguro hice trampa. 

 

Mientras estamos obligadxs a lidiar con nuestro síndrome del impostor, a lxs aficionadxs que roban nuestro material, estilo e incluso voz se les celebra y recompensa.

 

Dirt se lee como un remix gringo de El viaje de Enrique de Nazario y un mash-up descuidado de la obra entera de Urrea. Sus primeros libros, Across the Wire y By the Lake of Sleeping Children, reverberan a través de Dirt. La dolorosa incomodidad del libro me recuerda a la vez que sorprendí a mi compañera de cuarto vestida por completo con mi ropa. Me asombró y perturbó encontrar a mi compañera de licenciatura frente a nuestro espejo, pretendiendo ser… yo. Cuando se percató de mi presencia, me miró a los ojos a través del reflejo. Sin saber qué hacer, me fui. Nunca hablamos al respecto.

 

Ella regresó las prendas a mi clóset, pero su decisión de usarlas como un disfraz las alteró. No podía usarlas de nuevo. Olían a ella. Las costuras se habían gastado.

 

Mi compañera de cuarto y yo no éramos del mismo tamaño.

 

Cummins hizo lo mismo que mi compañera pero llevó su audacia un paso más allá: salió al público usando su disfraz de mexicana, un disfraz que no le queda bien. 

 

Dirt es una obra-frankenstein, un espectáculo torpe y distorsionado, y a pesar de que algunxs criticxs blancxs han hecho la comparación entre Cummins y Steinbeck, creo que una comparación más apropiada sería a Vanilla Ice. Según Hollywood Reporter, Imperative Entertainment, un banner de producción conocido por el equipo que hicieron con el vaquero libertario Clint Eastwood, ya compró los derechos para volver película la “Mexican migrant drama novel.
Dado que mi catastrófica imaginación ha estado muy activa estos últimos días, puedo visualizar por completo lo que esta película inspirará. Puedo ver a Trump sentado en la sala de cine de la Casa Blanca, sus pequeñas manos tomando puñitos de palomitas mientras absorbe la adaptación cinematográfica de Dirt. “¡Esto!” grita, “Es por esto que debemos invadir.” No creo que Cummins tuviera la intención de escribir una novela que se ajustara a la agenda trumpiana, pero ese es el peligro de volverse un mesías. Nunca sabes quién te seguirá hacia la tierra prometida.


Autores
es escritora, locutora y artista. Vive en Long Beach, California. Su libro más reciente, Mean fue la selección editorial del New York Times. Publishers Weekly la describe como "una voz literaria sin igual." Gurba es co-anfitriona del podcast AskBiGirlz, junto a la caricaturista y compañera biracial Mari Naomi. Sus collages y arte digital han sido presentados en museos, galerías y centros comunitarios.
Ilustración por Isabel del Vallle

Hace algunas semanas, tuve la oportunidad de impartir un taller de cuento breve en el Centro Femenil de Reinserción Social Santa Martha Acatitla, cuya finalidad era acercar a las internas a este género literario y que crearan sus propios textos.

El proceso para ingresar a Santa Martha es rutinario: solo podía entrar con hojas, plumas y cuadernos. Después de cambiar mi identificación por un papel que avalaba mi identidad para poder salir, pasaba por una revisión y me colocaban un sello de tinta invisible. Atravesaba las primeras rejas junto con la coordinadora y avanzábamos hasta llegar al patio de actividades, entrábamos a pasillos grises y extensos donde nos encontrábamos con mujeres vestidas completamente de color azul o café. Algunas pasaban con indiferencia, otras nos veían con curiosidad, unas más saludaban y había otras, de mirada dura, que nos inspeccionaban preguntándose qué hacíamos en su territorio. También había algunas madres con niños pequeños, lo que le daba cierto toque acogedor al sitio. Pasábamos dos o tres rejas más, en donde mostrábamos el sello para seguir avanzando, y subíamos unas escaleras.

En el transcurso sobresalían murales hechos por las internas, y en gran parte de los dormitorios había ropa y cobijas tendidas entre lazos y palos que asomaban de pequeños orificios, exhibiendo la poca intimidad sobrante.

Una vez en el área de talleres y clases, era cuestión de dar unos pasos más hasta el salón asignado. A éste, amplio y con numerosas sillas, llegaban mujeres tan diferentes en edad como en apariencia física e incluso nacionalidad. Las dos más interesadas desde el inicio fueron Aída «Spica», una mujer de la tercera edad, y una muchacha muy joven, de no más de veinticinco años. La intriga de saber por qué estaban ahí era grande, pero fue una incógnita que permaneció sin respuesta. Finalmente, nos había reunido el interés por la literatura, por aprender y escribir. Conversamos sobre las características y la estructura básica del cuento, sobre las obras que conocían, y al hablar de Sherezade, descubrí que los libros y la literatura ya eran parte de la vida de varias. Algunas veces nos interrumpía el barullo propio del sitio que entraba por las ventanas siempre abiertas.

Entre textos teóricos de escritores como Onetti o Bosch, cuentos de Rulfo, Cortázar, Arreola y Quiroga, la charla fluyó. Incluso tras leer “El guardagujas”, nos enfrascamos en un debate político. Para acercarlas a la literatura contemporánea, lleve textos de autores como Iliana Vargas, Gerardo Lima, Laura Baeza (de las favoritas) y Gabriel Rodríguez Liceaga. Todas participaron leyendo fragmentos y comentando, en especial Spica y su joven compañera, quien nos mostró la biblioteca en una ocasión, pues trabaja ahí.

El último día del taller debían llevar textos escritos por ellas. Spica fue la última en leer, y su texto resultó realmente maravilloso. En el clímax, se le quebró la voz y soltó algunas lágrimas, me miró y yo le sonreí, queriendo abrazarla. Ella continuó leyendo. Escribió sobre la espera y la incertidumbre, sobre un asesinato enmascarado de suicidio, sobre la solidaridad que se crea entre mujeres, pero también sobre el encono que surge en el aislamiento. Al terminar, se sentó de nuevo entre una oleada de aplausos y frases de apoyo.

En «La escalera azul», Spica nos toma fuerte de la mano para llevarnos hasta la intimidad de su celda y de sus sentimientos, nos muestra las incomodidades que la rodean y los deseos que tiene de recuperar la libertad. Nos mira de frente, a los ojos, y nos muestra la entereza que aún late dentro de ella a pesar de llevar más de una década tras las rejas. Las palabras de esta mujer nos muestran con fidelidad cómo es la vida en reclusión, cómo se vive el encierro. Y es precisamente ahí, en Santa Martha Acatitla, donde comenzó a pintar y escribir: ella afirma que «La libertad es un arte». Y no está equivocada.

Valoro inmensamente esta experiencia, la oportunidad de intercambiar puntos de vista, pensamientos y reflexiones, más allá de la literatura, que involucraron cada aspecto de nuestras vidas. También estoy muy agradecida con las instituciones que hicieron posible este taller que, definitivamente, es una labor cultural necesaria.

La reiterada gratitud de las participantes fue, además, un gran aliciente. Cualquier acercamiento al arte es liberador. En este caso, una breve aproximación a la literatura generó lazos empáticos, un intercambio y una reciprocidad de aprendizaje en un sitio donde el aislamiento es la norma.

Yo solo espero que, ahí dentro, las palabras y las letras sigan generando lazos, hermandad, cariño, puertas y ventanas por donde asomarse más allá de las paredes y los barrotes. Y que éstas les permitan, a su vez, conocerse y comprenderse, a sí mismas y a las demás, a fondo.

 

Lola Ancira


 

 

Soy Antígona, hija de Spica, la estrella más grande de la constelación de Virgo, nací en el siglo XX, un miércoles. Hoy es viernes, 17:00 horas.

En el comedor de la crujía E, Martacatitla me lee el tarot. Del maso de cartas me dice que barajee, que parta tres veces en forma de cruz con la mano izquierda y que saque una carta. Mira la carta. Dice: “La muerte te protege”. Exaltada, repito: “¿Muerte?”. La miro asustada.

—No es tu muerte… Es la otra. Llévale un cigarro o una manzana y con fe pídele que te conceda tu libertad.

—Sí, eso haré —contesto convencida.

Martacatitla mira las cartas, se las acerca a la boca, les da un soplido, desdobla un paño rojo, las envuelve y las guarda en el bolsillo de su chamarra azul.

Terminamos la sesión. Se despide. Al levantarse del asiento frío de lámina agrega:

—Luego me platicas qué tal te fue.

Su aspecto es desaliñado: poco más del metro y medio de estatura, cabello grisáceo entreverado por finos rizos cortos despeinados, su tez blanca manchada de paño, y los dientes que le faltan, marcan sus quizá cincuenta años. Padece de gastritis crónica que la pone de mal humor frecuentemente; huele a hierbas y al caminar se contonea, pues cojea un poco de la pierna izquierda.

La sesión de tarot fue muy corta. Me sorprendió que, sin preguntar nada, había mencionado mi libertad, y que “La muerte” estaba presente.

Mi mente se llenaba de preguntas: ¿libertad? Igual a búsqueda. ¿Muerte? Igual a efecto infalible. Raro, ¿no?

Creí que quizás no era muy acertado confiar en unas cartas, así que dudé un poco de la lectura de Martacatitla. Pensativa, me dirijo a la celda.

17:30 horas. Al fondo del pasillo del dormitorio está pintada en la pared la imagen de una muerte. Grande, de semblante cadavérico, de sus orificios destella una luz fosforescente impactante, con una mueca espantosa. Lleva una hoz sostenida como un báculo, soportando su osamenta cubierta con una capucha negra. Toda vestida de negro, no de azul como Martacatitla.

No sé cuánto tiempo lleva ahí pintada, pero más de once años, sí. Está deteriorada, pero al mismo tiempo su mirada y enormidad hacen que se te ponga la piel de gallina. Me inquieta lo que la adivina Hécate (así le decíamos las Antígonas a Martacatitla) me había dicho. Lo que más anhelaba en este mundo era conseguir mi libertad, así que me apuré a llevarle a “La muerte” el cigarro, pero al sacarlo de la cajetilla pienso: “¿Cómo llevarle un cigarro? Es malo para la salud. Si fumas, te mueres. ¡Ay, tonta! Pero si ya está muerta. ¿La manzana? Ella se la dio a Adán, y semejante embrollo en el que nos han metido. Llevando más de dos mil años cargando con la emancipación, y lo que falta. Martacatitla me mintió, es una charlatana”.

Dentro de la celda azul siento la humedad. A finales de octubre, las noches comienzan a ponerse frías.

Vestidas de negro, igual que “La muerte”, llegan las Creontes. Estruendos de candados y cadenas cierran las celdas. Mi corazón se ha estremecido durante once años, con sus noches y sus días, cada vez que se escucha ese estrepitoso despertar. ¡Se cierran las celdas, señoras!

Las noticias en la tele: más muerte, desaparecido, muertos sin hoz que los sostenga. Antígonas llorando por sus hijos, nietos, esposos. Feminicidios. Pan y rosas.

Apago la televisión sentada en mi camarote sobre un colchón de hule espuma que parece una galleta por lo delgado que está. La lámina fría traspasa la galleta y congela mi espalda.

Frente a la litera hay otra lámina que hace la función de mesa empotrada en la pared. Allí escribo. En un recipiente de plástico puse a germinar un chayote, parece que va creciendo bien, ése apenas tiene dos meses privado de su libertad, pero está en buenas manos: las mías, que además de pintar, tratan de escribir.

Es agradable estar cerca de la naturaleza, aunque sea de esta manera. Acrecienta mi deseo de estar afuera, en la calle, en un parque aunque sea.

Trato de dormir. Siento un vacío en el estómago. Voy a la zotehuela. Está el refrigerador imaginario de la celda. Es el estanque de agua que tiene el lavadero del lado izquierdo, que usamos para lavar la ropa, los platos y los tenis, la verdura, etcétera. Y sólo encontré manzanas rojas de remordimiento, verdes de culpa, amarillas de soledad. Lloro. ¡Pinche Martacatitla, eres una farsa!

Sábado. Estruendo de cadenas y candados. Las de negro abren. Otro día más, otro día menos. Día azul. Recuerdo mi sueño: aparece la “Justicia”, semejante a Aldonza Lorenzo, la Dulcinea del Toboso, escondiendo su tristeza, sin venda, con los ojos bien abiertos cargando la balanza de un lado llena de Creontes y del otro llena de palomas blancas emprendiendo el vuelo hacia una luz muy brillante. Hacia Dios.

Me levanto y preparo un café. Salgo estoicamente, la miro, me hace pensar en “mis muertos”. Son los que me protegen. Creo en los milagros como Coatlicue, que da y quita la vida: es la encarnación de los procesos cósmicos, representa lo contradictorio. En su figura se integran todos los símbolos importantes de la religión y filosofía de los aztecas. Al igual que la Medusa y la Gorgona, se trata de un símbolo de la fusión de los opuestos: el águila y la serpiente, el cielo y el inframundo, la vida y la muerte, el afuera y el adentro, la moralidad y la amoralidad, la belleza y el horror, la manzana y el cigarro.

Así como la virgen de Guadalupe (Tonantzin) cuando concibió a Jesús. Tienen mensajes de vivir. Coatlicue cuando una pluma de ave se posó en su abdomen, y la Tonantzin cuando se le apareció un ángel. Antígonas hermanas de la Coyolxauhqui, representando la fragmentación del cuerpo material y espiritual. Siento que estamos muertas pero vivas, muertas que hablamos desde los muros. ¡Pronto seremos libres!

En el baño coloco un cable largo con una resistencia eléctrica en forma de espiral dentro de un bote de cuatro galones lleno de agua para que se caliente y así poderme dar un baño a jicarazos, como lo hacían nuestros antiguos, que no conocían las modernas regaderas. Aquí sería un lujo que funcionaran las llaves de agua caliente y que pudieras darte una ducha.

Ahora que sea libre, bueno, que deje de estar “privada de la libertad”, pasaré una hora debajo de la regadera sintiendo el agua sobre mi espalda encorvadas; dormiré en un colchón normal, abriré un refrigerador, una ventana y una puerta como lo hacía antes. Soñar es válido, eso es ser libre.

El “pase de lista”: “Antígona”. “¡Presente!”, le contesto a la de negro (igual que la pintada en la pared). Tres veces al día mencionan mi nombre y tres veces ponen un puntito con pluma. Somos mil seiscientas Antígonas. Esto se repite a las 8:00 a. m., a las 14:00 y a las 20:00 horas. Verifican que estemos vivas… ¿o muertas?

Se escuchan gritos en el segundo nivel. Me encuentro en el tercero, el último. Escucho la voz quebrada de otra Antígona gritando: “¡Jefa, jefa!” (así les hablamos a las de negro que nos custodian). “¡Jefa! ¡Ay, jefa! ¡Por favor, venga!” Más gritos, bullicio, gritos: “¡Está muerta!”.

“¡Se colgó!” Mi corazón se paró dos sístoles, también yo me iba a morir del susto. Horror, el cielo y el inframundo, suicidio. Autodestrucción, interrupción. La escalera azul de fierro servía para sostenernos a todas las Antígonas que vivíamos en ese dormitorio, la impresión, el dolor, la incertidumbre, la tristeza y el miedo se distinguían en nuestras miradas. Sufríamos y bajábamos desesperadas, llorando, gritando. No sabíamos bien qué había pasado.

Después de un gran rato (veinte minutos que nos parecieron veinte horas), llegaron las de negro. Acordonaron el pasillo y esperamos aterradas. Esperamos. Pero para mi no es extraño esperar, he esperado muchos años. Once. Esa Antígona no quiso esperar más. Conoció el Hades. Disminuyó la importancia de que fuera sábado, jueves o x día. La luz no era azul, era gris. Así pasaron varios días. Olía a narcisos y violetas, olía a muerte, ocurrió un deceso.

La saudade duró poco.

Parece que el azul que quiere decir “del color del cielo sin nubes”, quinto color del espectro solar, regresara a su naturaleza. Existir. Todas actuamos estoicamente.

Al poco tiempo corrió un rumor entre los muros azules: “No se suicidó, la mataron.” “Fue un homicidio.” El asesino priva de la vida porque significa que es él mismo el que desea morir.

Había un manejo cauteloso de la información para que las Antígonas no nos enteráramos de lo que había sucedido. Las voces que se oían decían que su compañera de celda la había asfixiado. Decían que la habían encontrado boca abajo, con la venda que tenía atada al cuello, y que era imposible que se colgara a esa altura. Tenía golpes en el cuerpo. Chismes. Porque nadie vio nada, nadie más que los expertos en la materia: “los peritos”.

En este ambiente de perfiles vulnerables y delincuencia se puede especular fácilmente. En este caso me hubiera gustado que viniera Agatha Christie o el inspector Poirot, pues ellos hubieran descubierto el crimen.

Constaté que le tememos a la muerte. Apagarse o dejar de vivir. Lo he sentido en el encierro, el encierro te enseña muchas cosas. Pero entender la muerte es algo sobrehumano…

La vida es el estado del alma después de la muerte. Duración de las cosas. Ascesis. La muerte está pintada en la pared y se llevó a una Antígona. ¿Le habrá llevado un cigarro o una manzana? Quién sabe. Pasó el tiempo y ya no le pude contar a Martacatitla cómo me había ido. Se la llevaron de traslado. Ella siguió leyendo el tarot.

Nunca sabré cuando voy a morir. Es algo parecido al no saber cuándo voy a salir de aquí, nada más que a menor escala. La libertad es una faceta del ser. Es un arte. Es inmaterial pero visible. Visible porque adentro es azul y afuera de colores. Pronto dejaré de pasar lista…

 

 

 


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.
Aída María Blanco Pedrero tiene 64 años de edad y desde hace 12 años está recluida en Santa Martha Acatitla. Sobrelleva el encierro leyendo, escribiendo y pintando: es aquí donde descubrió su vena artística, enfocada en diversas mitologías y en lo místico. Lo que más anhela de la libertad es poder reunirse de nuevo con su hijo y su nieto, a este último le escribe fábulas.
Ilustración por Edgar MT.

 

Nunca compres un cereal chino, mejor, nunca compres nada de marca china. Las consecuencias pueden ser horrorosas, porque pueden suceder cosas peores que encontrarte con arroz de plástico o un pedazo de carne de cartón.

El cereal lo compré en una tienda de 99 centavos, la caja era enorme, y no solo eso, estaba al dos por uno. La vida me pareció más fácil en ese momento y aproveché. Al comerlo, el sabor no me resultó nada especial, quizá sabía un poco mejor de lo esperado, pero cumplía con todo lo que prometía la caja excepto por una cosa: arroz inflado con sabor a fresas con crema, encuentre dentro una sorpresa. No encontré la sorpresa, o bien me la comí y no me di cuenta.

Terminó el día y me acosté a dormir, apenas comenzaba a dormitar cuando noté un dolor insoportable en el estómago, quise pararme para prender la luz pero no pude hacerlo. En la oscuridad hice un intento inútil de arrastrarme hasta la lámpara. Quedé retorciéndome y me desmayé mirando mi sombra en la pared. Horas después desperté y en cuanto abrí los ojos algo me impulsó a pararme de un brinco. De un momento a otro me encontré marcando un número de teléfono desconocido, pero no era yo quién lo hacía. Los primeros intentos fallaron, al parecer faltaban el código lada para marcar fuera del país. No sé por qué lo hice, pero puse los dos ceros, y eso funcionó.

—¡Hola!

—Lay, hola.

—Disculpe ¿Quién habla?

—Soy yo.

—Peldone señola pero no la leconozco.

—Lay, soy yo, tu Oso panda.

—¡¿Qué?¡ ¿Ustel está loca? No debelía jugal así con las pelsonas.

La mujer llena de rabia colgó. Y yo, que no era yo, volví a marcar. Pero no contestaron así que dejé un mensaje:

“Lay, peldona que ya no sea el de antes. No sé qué soy, ni en dónde estoy, lo último que lecueldo es un aloma a flesas con clema.”

Minutos después volví a marcar.

—Lay, no cuelgues pol favol, soy Chen.

—No, señola, usted es una loca que se clee el esposo muelto de alguien. ¿Pol qué no va a molestal a su mamá?

Era extraño, yo no sabía chino, y de repente entendía todo lo que decían.  Me volví la voz dentro de la cabeza y un hombre era el dueño de mi cuerpo. Tras la llamada lo escuché llorar. No sabía si interrumpirlo, pero eran mis ojos los que lagrimaban y mi corazón el que se sentía oprimido, así que lo interrumpí.

—¿Chen?

—Sí— Dijo entre sollozos.

—¿Quién eres?

—No lo sé, ela Chen, después estaba muelto, después hubo un tiempo lalgo en el que cleí que había entlado en el limbo polque todo ela osculo, pelo lecueldo que olía a flesas con clema.

—Ahora entindo, tú eres la sorpresa dentro de la caja.

—¿A qué te lefieles?

—Perdón, no me hagas caso.

Chen lloró, yo no dije nada, nunca sé qué decir en esos momentos y siempre creo que es mejor dejarlo así.

Me tomé un segundo para pensar en lo que estaba pasando, de verdad era cierto, ¿el espíritu de un hombre me habitaba?, ¿me había caído tan mal el cereal que estaba alucinando?, ¿podía contarle lo que pasaba a alguien?, ¿a la policía? ¿al doctor? ¿al psiquiatra? Pensarían que estoy loca y quizá me encerrarían o se burlarían de mí en las noticias, ya me lo imaginaba: “Mujer pierde la razón y dice estar poseída por un hombre chino que habitaba en una caja de cereal”, no me pareció buena idea.  Además, parecía un fantasma bueno, quizá se iría en cuanto arreglara el asunto que tiene pendiente.

Ilustración por Edgar MT.

Ilustración por Edgar MT.

De repente, despegó las manos de los ojos y con un tono seco preguntó:

—¿Dónde estamos?

—En Tijuana.

—¿Dónde?

— Tijuana, una ciudad en México.

—¿En Tijuana hablan chino?

—Algunos, pero yo no.

—Entonces, ¿cómo nos entenlemos?

—Pues así, tú hablas español.

—Yo no hablo español.

—Pues yo no hablo chino… —Dije mientras intentaba explicarme lo que pasaba, quizá si hubiera puesto más atención en mis clases de lingüística podría tener una teoría interesante, pero no fue así— Entonces, creo que compartir mi cerebro permite que nos entendamos, es eso o es magia, amigo.

Chen se miró al espejo, o me miro en el espejo. No dijo nada, solo tocó el rostro.

—¡Tengo que il a China!

—No, no podemos, yo no puedo, tengo un trabajo, un gato, y además sale muy caro, olvídalo.

Pero Chen no me dijo nada, solo se puso a buscar en mi casa.

—Yo sentilo mucho, pelo tendlás que dalme algunas cosas.

—Perfecto, tanto que me cuidé para que no me asaltaran nunca y mi propio cuerpo me traiciona.

Chen amontonó muchas de mis cosas, computadora, celular, objetos interesantes y joyas, en menos de un día las vendió.

Antes de tomar el avión, Chen volvió a marcar a Lay, pero no contestó. La cara de él se miraba triste.

—¿Qué esperas encontrar allá?

—No lo sé. Quisiela encontlal a mi esposa.

—¿Estás seguro de que nos va a creer?

—Quizá sí nos clee. Quizá nos clee más de lo que pensamos.

—Pero entonces, ¿por qué no contesta?

—Polque no todos quielen encontlase con sus mueltos.

—Pero ella te amaba, ¿no?

—Sí, lo hizo, alguna vez, cuando élamos jóvenes.

—¿Tú la amas?

—Clalo que la amo, la conozco desde siemple, clecimos juntos, y desde niños nos quelíamos. A los 17 años nos casamos. Me la llevé a mi casa y ahí se quedó toda la noche. No consumamos nuestro amol, pelo eso no impolta, polque en el pueblo si una mujel se queda en casa de un homble es suficiente pala que le peltenezca. Ella lo sabía y quiso sel mía. Nos quedamos toda la noche pegalos a la ventana milando las estlellas. Esa noche, Lay me esclibió un poema y también fue la primela vez que me llamó Oso Panda. Estuvimos tanto tiempo casalos y lo teníamos todo, bueno casi todo, polque pol mi culpa no podíamos tenel hijos, eso llenó de tlisteza a mi mujel.

—¿Después qué pasó?

—Después me molí.

—¿Cuándo la veas, será suficiente para que regreses al otro mundo?

Chen no contestó.

Ilustración por Edgar MT.

Ilustración por Edgar MT.

Llegamos a China una madrugada. Nadie nos esperaba en el aeropuerto. Yo tenía miedo de que nos perdieramos, pero Chen estaba seguro de lo que hacía. Yo no estaba de acuerdo, pero no tenía el control de mi cuerpo. Solo esperaba que se fuera pronto, que al despedirse de su esposa también lo hiciera de la tierra.  Tardamos dos días en llegar al pueblo de Chan. Viajamos en carro, tren y burro.

—Es aquí. Pelo hay que espelal la noche.

El paisaje era bello, la casa de la mujer de Chen estaba sobre una pequeña colina. El cielo estaba despejado y hacía mucho calor.

—¿No vamos a tocar la puerta? —Dije ansiosa por un vaso de agua fresca.

—No.

—¿Entonces, qué hacemos?, no podemos quedarnos aquí todo el día, volamos hasta acá para verla, no podemos echarnos para atrás, además necesito ayuda de tu esposa para que pueda volver casa. —Por dentro deseaba que la esposa de Chen me creyera y aceptara  que, dentro de mí, de este cuerpo tan diferente al de su esposo y tan desconocido para ella, estaba la alma de su difunto esposo, esperaba que nos creyera para así, después de que los dos hablaran de eso que tanto quería decirle Chen, me ayudara a encontrar la forma de regresar a México. Mas dentro de mí temía que terminaría trabajando en los campos de arroz, pero ¿por cuánto tiempo? A veces, por un momento, ni yo podía creer que dentro de mí estaba aquel triste hombre.

—Nos metelemos pol la ventana.

—Chen, no seas tímido, entre más rápido mejor, además en la noche me parece complicado, tu mujer, prácticamente, va a ver un fantasma.

Intenté llegar hasta la puerta, pero Chen sabía controlar mi cuerpo mejor que yo, después de varios intentos en los que él no me decía nada, me di por vencida, y bajo la sombra de un árbol, y medio muriendo de hambre esperamos la noche. Pero que el sol se ocultara no fue suficiente para él, tuvimos que esperar hasta que la última luz de la aldea se apagará, y fue hasta que todos estaban dormidos cuando Chen decidió que era el momento adecuado.

Entramos por la ventana, como gatos, mi cuerpo jamás fue tan ágil. En la habitación dormía Lay junto a un hombre. Me quedé observando su rostro, era muy bella a pesar de la edad. Por un momento me puse a pensar en lo que estaría sintiendo mi amigo chino, después de la muerte había conseguido una oportunidad para ver su esposa, ahora, podría decirle que la quiere y abrazarla. Me sentí feliz por él.

Luego me di cuenta que nuestros ojos no estaban sobre su mujer, sino en aquel hombre. En un abrir y cerrar de ojos, Chen sacó del bolsillo una navaja swiss army y le cortó el cuello al hombre que yacía a lado de su mujer. Al mismo tiempo, la mujer abrió los ojos y al verme cubierta de sangre gritó. Chen le clavó la navaja en el ojo derecho y cuando jaló la navaja el ojo se salió, me sentí como una psicópata, la mujer forcejeo, yo no intenté detener a Chen porque no pude salir del estado de shock en el que quedé cuando cortó el cuello del hombre. Chen terminó ahorcándola mientras decía cosas que no pude entender.

Mi idea de que Chen pudiera encontrar la felicidad ahí, aun no terminaba de esfumarse cuando mire mis manos y estaban cubiertas de sangre.

—¡Qué demonios…!

—Lay fue quien me mató, pol este homble que le había plometido algo que yo no podía darle, pero lo que son las cosas, ni con él pulo tenel hijos. Entle los dos me matalón mientras dolmía, unas holas después de habele dado un beso de buenas noches y habele dicho que la amaba. Lay jaló la cuelda pala aholcalme mientlas aquel hombre me jalaba de los blazos, después, antes de que amaneciela, entelalon mi cuelpo en un plantío de celeal. Todo el pueblo lo supo y aún así dejalon clecel el aloz, y esa es mi histolia, chica occidental de Tijuana.

Ilustración por Edgar MT.

Ilustración por Edgar MT.

Yo me quedé en silencio, no tenía nada que decir, no tenía miedo de Chen, tenía miedo de lo que pasaría si nos descubrían, ¿cómo explicaría aquello? La noche fue larga. Enterramos a Lay junto a su amante en el jardín de la casa. Después caminamos hasta los plantíos de arroz.

—Mila, mujel, debajo está mi cuelpo —dijo Chen con una voz muy triste. Sentí en nuestro corazón una sensación de tristeza muy grande, pero a la vez se iba relajando hasta volver a la normalidad.

Contemple el plantío mientras la luna seguía brillando en el cielo, encontré mi rostro en el reflejo del agua, todo era real, yo estaba ahí, mi amigo Chen estaba ahí conmigo, aunque no lo mirara.

—Lo siento, Chen. —dije, y esperé que me dijera algo más, pero no volví a escuchar su voz. Metí mi mano dentro del bolsillo y tenía una hoja de papel enrollada como pergamino, dentro había una foto de Chen junto a Lay de cuando eran adolescentes, seguramente Chen la tomó de la casa, no siempre me daba cuenta de todo lo que hacía, aún utilizando mi cuerpo se movía en las sombras. Era un poema, estaba escrito en pictogramas, sigo sin explicarme cómo es que pude leerla:

 

La noche nos regala la luna

la luna se refleja desnuda sobre el campo de arroz

mi alma se refleja desnuda sobre el campo de tus ojos

nacen de mí colinas que se unen a las tuyas

y los lotos florecen sobre los dos

despidiendo su aroma entre nuestros labios, 

el rocío de la mañana apadrina nuestro amor

y entre el silencio que produce el sol naciente

nuestras almas se unen a la tierra 

y de nuestros nombres crecen raíces de roble

para vivir uno a lado del otro

cada noche

cada día

 

Para mi Oso Panda

Lay


Autores
Licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamérica por la Universidad Autónoma de Baja California. Es administradora del Grupo Cultural Página en Blanco y de Lapicero Rojo Editorial, donde también realiza el diseño editorial. Es mediadora de su sala de lectura Libro a Libro, la cual está adscrita a Programa Nacional de Salas de Lectura. Trabaja en la mediación lectora con públicos migrantes y adolescentes, y coordina el Círculo de lectura Los Devoralibros junto a su compañero Miguel Ochoa desde 2016. Ha impartido diversos talleres de creación y lectura en distintas ediciones de la Feria de Libro de Tijuana, así como en diversos espacios culturales, como el ICBC.

Ilustrador
Édgar MT
(Guadalajara, 1988) Édgar MT es ilustrador, artista visual y director de arte de la ciudad de Guadalajara. Egresado del Diplomado Ilustración Narrativa de las Imágenes de la UNAM y licenciado en Diseño para la Comunicación Gráfica en la UDG. Ha exhibido sus dibujos en diferentes ciudades del país y del extranjero
Foto: Parasite

Desde hace más de veinte años en Corea del Sur, la genialidad de cineastas como Chanwook Park (Sympathy for Mr. Vengeance, Oldboy, La doncella), Lee Chang-dong (Poetry, Burning) o Kim Ki-duk (Domicilio desconocido, Samaria, Hierro 3) ha deslumbrado a las audiencias. Ahora, ha llegado el turno de Bong Joon-Ho (1969), ganador de la Palma de Oro de Cannes y nominado al Óscar por Mejor Película y Mejor Película Extranjera con el film que pronto se ha convertido en un éxito mundial: Parásitos.

El parasitismo es un modo de vida y una estrecha relación en los cuales uno de los dos participantes, el parásito, vive a costa, adentro, o saca algún provecho de otro, su anfitrión. Además de este proceso de simbiosis —que cualquiera recordará por sus clases de biología en la secundaria—, el título de la película de Bong Joon-ho evoca, como es costumbre en su cinematografía, el tema de la lucha de clases en la sociedad capitalista. La trama central es bastante alegórica y puede resumirse fácilmente, aunque las diversas capas y el simbolismo que le subyacen complejizan su interpretación.

En Seúl hay dos familias diametralmente opuestas: los Ki son pobres y viven casi en la miseria, y los Park son millonarios a manos llenas. Los Ki residen en el sótano de un edificio, dejan la ventana abierta para que la fumigación pública alcance su departamento y aprovechan cualquier señal de wifi vecina para captar internet con sus teléfonos. Los Park viven en una sofisticada mansión de dos pisos, planta baja y jardín en donde casi nunca se encuentran, y delegan muchas tareas de su vida cotidiana a un cortejo de empleados. Un buen día, el primogénito de los Ki se hace pasar por un joven universitario y consigue trabajo como profesor particular de la hija mayor de los Park, que eventualmente se enamora de él. Entonces el joven Ki echa en marcha un plan: conseguir que la familia Park contrate a su madre, su padre y su hermana para diversos oficios que competen a la educación, las tareas domésticas y el transporte. Por supuesto, los Ki siempre ocultan su vínculo familiar delante de los Park y ejecutan todo tipo de artimañas para lograr que despidan a los antiguos empleados.

***

En Parásitos, cada personaje, si bien forma parte de la célula social que es la familia, encarna también un drama personal e individual que en ocasiones pareciera rozar el libre albedrío (¡gran acierto del realizador y el elenco!, especialmente de Park So-dam, la hija Ki). Eso no impide que uno de los asuntos principales de la película sea la servidumbre moderna. Es inevitable revivir dilemas sociales y preguntas como: ¿qué implicaciones éticas tiene el hecho de poseer o de “rentar” los servicios de un grupo de personas?, ¿hasta qué punto se pierde la identidad y la dignidad en una dinámica desigual de explotación? Por estos derroteros navega Parásitos, pero siempre logra mantenerse ecuánime con respecto a sus protagonistas: no los juzga pero tampoco los absuelve. Cada uno carga un cielo y un infierno y se mueve en el limbo dramático de la trama.

Como reconoce su director en una entrevista, la disposición espacial de la película (se filma casi completamente en dos espacios cerrados) hace que tenga un “producción teatral” que supone ciertos límites, pero también tiene alcances dramáticos. Bong Joon-ho ha resaltado la influencia de realizadores como Hitchkock y Chabrol en su cinematografía. Así, inserta el suspense a la Hitchcock con sus juegos de tensión que mantienen en vilo al espectador sobre el momento definitivo del descubrimiento.

Además, hay un componente de absurdo en los códigos y las mentiras sociales que recuerdan el teatro de Ionesco o Henrik Ibsen, y disparan la ironía y el humor negro que enfrentan constantemente a los personajes con sus propias contradicciones. Así sucede, por ejemplo, cuando la hermana Ki le ordena a su madre, con enojo y desprecio, que deje la comida en la mesa y cierre la puerta de la habitación mientras ella dibuja con el niño Park. De esa forma no solo refuerza su mentira frente a la familia Park (la madre las está observando), sino que se dirige hacia su propia madre, que también es una empleada, como lo haría un jefe iracundo y reproduce el modelo injusto de jefe-servidumbre. Desde luego, sabemos que las Ki mantienen un secreto que las une pero, ¿hasta qué punto están realmente engañando a los Park? ¿No hay un drama interno, inconfesable, sucediendo detrás de sus sonrisas burlescas que ocultan su verdadero lazo familiar?

En contraparte, la secuencia en que los esposos Park están jugueteando en el sofá de la sala y mencionan el “olor a trapo sucio” del señor Ki quien, sin que lo sepan, se esconde justo debajo de ellos, sacude la diferencia de clase. Por supuesto, ese olor a subsuelo que tanto disgusta solo podría tenerlo alguien que pase varias horas al día en el metro o que viva en un departamento de limitadas condiciones y mal aislado contra la humedad. Así pues, tal reflexión clasista separa definitivamente a las dos familias y tendrá una consecuencia definitiva al final de la cinta, cuando se tapen la nariz para evitar el olor a sótano de otro “parásito” que sube desde el subsuelo de la casa y camina por el fastuoso jardín de los Park.

***

El espacio y los símbolos, la poética del engaño

En cuanto al contenido simbólico de los espacios, la alegoría salta a la vista: por un lado, la familia Ki vive en un pequeño departamento ubicado en el sótano, la parte bajade un edificio. Por el otro, la familia Park vive en una casa que es prácticamente un personaje más de la trama y cuya estructura jerárquica podría perfilarse así: hay una planta baja donde solo entran los empleados para esconderse, sobrevivir indignamente, pelear a muerte entre ellos mismos (o enviar señales de auxilio y agradecimiento a sus “amos”); una planta media donde conviven los sirvientes y los amos casi no vienen (o apenas si pasan a comer, a pagarle a los sirvientes o a consentir los caprichos de sus hijos); y una planta alta donde residen los amos y solo suben los empleados que aspiran pertenecer a la alta esfera (los jóvenes Kim).

Asimismo, la profundidad del simbolismo es evidente en objetos como la enorme piedra que les regalan a los Ki y que el padre acepta como un augurio de bienestar material pero termina siendo un arma asesina; o los calzones de la hija Ki que motivan el despido del chofer pero también fungen como objeto del deseo entre los esposos Park. Estos objetos, así como los personajes y el universo donde se desenvuelven, son entes engañosos y ambiguos, espadas de doble filo que delatan la inestabilidad y la incertidumbre de la sociedad que critican.

Más allá de una lectura superficial que nos lleva a hablar de la sociedad como una pasarela de mentira y falsedad donde nadie se muestra como realmente es, en Parásitos la mentira tiene una arista ficcional, es decir, se concibe “el engaño” como una forma del ingenio pero también del arte mismo. “Ki-Jung hubiera podido ser una estafadora profesional”, dice con orgullo su padre. El mismo orgullo que esgrime toda la familia al ensayar el “guion / discurso” que han preparado para que la madre lo memorice, lo actúe delante de la familia Park y los engañe con su historia. De cierto modo, Parásitos hace lo propio con el espectador. Como toda obra de arte figurativo lo introduce en una ficción que sucede en Corea pero podría ser casi cualquier país, y trata de vehicular una reflexión sobre lo real. ¿Qué reflexión? Quizás la secuencia inicial, que coincide con la final, arroje una luz al respecto. Se trata de un travelling que se dirige hacia el sótano donde viven los Ki y se repite en la última escena señalando el escondite del padre. Símbolo de un universo miserable, desigual y despiadado, como el que representa la película. Acaso esta lamentable historia está condenada a repetirse como la reencarnación de un karma social.

 


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Enrique Servín, foto de Noel René Cisneros.

 

“El único antídoto contra la tristeza del mundo: contribuir, de la manera que sea, a remediarla”, escribió Enrique Servín en uno de sus afórismos, una máxima que a lo largo de su vida cumplió, cualquiera que lo haya tratado puede dar testimonio.

El lugar común señala que no hay muerto malo y, para cualquier difunto no faltará alguna acción que revele algo rescatable que tenía —no somos seres unidimensionales y, por su puesto, algo habrá digno de memoria en todas las acciones de una vida—. No se llame a engaño quien lea esto y piense que mis palabras surgen de esa necesidad de un deudo por mejorar la imagen de su ser querido.

Enrique Servín era1 una persona preocupada por los demás, se desprendía con facilidad del dinero que llevaba en el bolsillo si alguien se lo pedía (como recomienda en su poema “Apuntes para una cartilla moral”); si recogiera esas minucias diarias que hacía por los demás (la mayoría de las veces desconocidos), no acabaría nunca.

Su trabajo a cargo del Programa Institucional de Lenguas y Literaturas Indígenas (PIALLI) del Instituto de Cultura de Chihuahua (hoy secretaría), es un ejemplo elocuente de su preocupación por los demás. Ahí logró ser un referente en la edición de publicaciones monolingües en los cuatro idiomas indígenas del estado (guarijó, tarahumar, tepehuán y pima), una labor encaminada a la preservación de esas lenguas y esas culturas.

Enrique Servín, foto de Noel René Cisneros.

Enrique Servín, foto de Noel René Cisneros.

Colaboré año y medio en esa oficina, periodo en el que pude ser testigo de la importancia de la revalorización de las lenguas indígenas, la importancia que tiene para sus hablantes ver su idioma impreso con el mismo rango que el español. En ese tiempo acompañé a Enrique por la Sierra Tarahumara para colocar señalética en los idiomas del estado. Previo a esa jefatura, en 2003, redactó un metódo de aprendizaje para el tarahumara, obra que incluía un cd (combinando su veta de lucha social con su pasión por la adquisición de nuevas lenguas).

Su preocupación por los demás, por hacer de este mundo un lugar menos hostil, lo vi mucho antes, en el papel de activista. En la primavera de 2007 lo acompañé al congreso del estado —a cabildear primero y a ejercer presión después— cuando Jaime García Chávez, entonces diputado, hizo la propuesta de Uniones Civiles de Convivencia. Nos presentamos con varios diputados, discutimos y dimos nuestro punto de vista que era el del mero sentido común.

En aquellos ires y venires Enrique me dijo:

—Yo no creo en el matrimonio, ni para heterosexuales ni homosexuales, pero ¿por qué hacernos  ciudadanos de segunda? Los homosexuales también tenemos derecho a ser infelices en el matrimonio.

Enrique sabía que aquella propuesta no era una solución, como lo sabe cualquiera que haya militado a favor del colectivo LGBT+, y que además una propuesta de unión civil de convivencia era una tibieza (como han demostrado diputados conservadores a lo largo del país cuando, tras el dictamen de la SCJN, los proponían en lugar del matrimonio igualitario) y que, en cualquier caso no resolvía el problema de la homofobia rampante de la sociedad en que vivimos.

—Pero es un paso, por algo se empieza— me llegó a decir.

Fuimos con pancartas a la sesión en la que se desechó la iniciativa, algunos de los que nos acompañaron a esa sesión más tarde participaron en la organización de la Marcha del Orgullo Gay de Chihuahua. Aunque sabíamos que aquello iba a pasar, que recibiríamos un no como respuesta por el pleno del congreso estatal, era un paso en la visibilidad. Así me lo hizo ver Enrique, así me hizo entender que las minorías, aunque enfrenten causas perdidas, necesitan luchar o de lo contrario serán aniquiladas.

Enrique Servín, foto de Noel René Cisneros.

Enrique Servín, foto de Noel René Cisneros.

En aquel entonces fue cuando me explicó lo que era un crimen de odio. Enrique Servín, que era un poliglota, un poeta, un lingüista, daba la casualidad que también era abogado. Aunque nunca ejerció llegó a conocer la importancia de las leyes (a pesar de lo torcidas que llegan a ser a veces) y que hemos de cambiarlas para hacer una mejor sociedad.

“Hannah Arendt dice que la única igualdad defendible es la igualdad ante la ley. ¿Y qué si la ley resulta ser, como tantas leyes lo son, causa de la desigualdad? Cambiar la ley, se me responderá. Pero para cambiar en ese sentido la ley, es necesario creer en otras formas de igualdad”, escribió en otro de sus aforismos.

Así, me explicó, los crímenes de odio se realizan contra una persona por su orientación sexual, su identidad de género, su etnia, religión, lengua o adscripción política y se caracterizan por el ensañamiento contra quienes son cometidos.

—El feminicidio —me explicó— es un crimen de odio. En los lugares donde se estipula el crimen de odio éste resulta en un agravante contra el perpetrador.

Enrique sabía de lo que hablaba. Sufrió un ataque homófobo en 2005 del que sobrevivió de milagro; encontró a uno de sus vecinos mólido a golpes en 2010. La amenaza de la homofobia es constante para cualquiera que no cumpla con los mandatos de la cisheteronorma en Chihuahua.

Según Letra S en “Violencia Extrema. Los asesinatos de personas lgbttt en México: los saldos del sexenio (2013-2018)” el estado de Chihuahua ocupó en ese periodo el quinto lugar en crímenes de odio por homofobia del país, con 28 víctimas de las 423 a nivel nacional —cifras2que apenas dan una idea de la problemática, pues en las fiscalías no existen protocolos para identificar crímenes de odio—. Entre 2013 y 2018 el 15% de los asesinatos contra personas LGBT+ fueron perpetrados en el estado de Chihuahua.

En el reporte de Letra S también se destaca que las autoridades dan poca importancia o nula, a la identidad de género o a la orientación sexual de las víctimas, aunque sea evidente en las escenas del crimen el prejuicio o la motivación de odio.

El 9 de octubre se encontró a Enrique Servín en su domicilio sin vida. Su muerte no tuvo causas naturales, fue asesinado. Era un reconocido defensor de los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas, un escritor también reconocido (fue invitado a festivales en Grecia, la India, China, Suecia y Noruega), cuya labor era creativa y profunda (tanto a nivel laboral como personal). Su muerte puede ser catalogada como un crimen de odio, tanto por su labor como luchador social como por su orientación sexual, espero que la fiscalía del estado de Chihuahua siga esta línea de investigación.

Espero que se haga justicia. Por mi parte la exigiré y mantendré la memoria de Enrique leyendo su obra, compartiéndola:

“La negación de Otro es la más fácil y la más inmediata forma de empezar el proceso de su aniquilamiento”.

Bibliografía:

Enrique Servín. Cuaderno de Abalorios, Aldus, Universidad Autónoma de Chihauhua, Ciudad de México, 2015.

Violencia Extrema. Los asesinatos de personas lgbttt en México: los saldos del sexenio (2013-2018), Letra S, La Jornada, México, mayo de 2019
http://www.letraese.org.mx/wp-content/uploads/2019/05/Informe-cr%C3%ADmenes-2018-v2.pdf


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Campo de concentración de Auschwitz

Reflexiones desde la teoría crítica

A los 75 años de la llegada de la tropas del ejército rojo –cuyos médicos atendieron los muy pocos presos que todavía no habían sido asesinados– al campo de exterminio de Auschwitz, hay que reflexionar sobre el papel de una teoría histórica equivocada de la izquierda alemana, europea y, al fin de cuentas, mundial que hizo imposible que se resistiera con la fuerza necesaria al nacionalsocialismo y al exterminio de los judíos europeos.

En 1945, las tropas aliadas liberaron las ciudades alemanas y austriacas que seguían bajo el yugo de las fuerzas nazis. Durante las últimas dos semanas de la guerra, entre abril y mayo, los nazis todavía asesinaron a 250 mil personas, en las famosas marchas de la muerte. En un momento en que la derrota de Alemania era inminente, los nazis mataron a un cuarto de millón de personas en sus casi incontables campos “secundarios” que existían y de los grandes campos y centros de extermino inmediato como Auschwitz, Treblinka o Sobibor, entre muchos otros.

Además de los centros de exterminio más conocidos, existía un vasto sistema de campos menores, por lo menos cuarenta mil en Alemania y en los países ocupados. De estos últimos enviaron a los prisioneros a las marchas de la muerte; en parte para que el genocidio no fuera tan obvio. Los mataban poco a poco, los que caminaron más lento fueron asesinados por los guardias SS y se quedaron ahí, repartidos a lo largo de kilómetros y kilómetros en toda Europa.

El objetivo del presente texto es cuestionarnos cómo la Teoría crítica en general y Walter Benjamin en particular reaccionaron intelectualmente ante el genocidio, que Claude Lanzmann llama Shoah, y Raul Hilberg denomina La destrucción de los judíos europeos, en su famoso libro que lleva este título, sin duda el estudio más importante sobre la temática.[1]

La pregunta que formula la Teoría crítica no es: ¿por qué fue posible eso? Pues esta es una interrogante muy difícil; Lanzmann, por ejemplo, recomienda no formularla, ya que considera que nos desvía de ver el hecho mismo.[2] Por ello, no planteamos esta pregunta, sino que enfatizamos lo que Benjamin y toda la Teoría crítica indagan: ¿por qué la izquierda alemana y la europea no supieron reaccionar ante el hecho del fascismo en general y del nazismo en particular? Esta cuestión es más concreta que inquirir directamente sobre el genocidio porque, siguiendo a Lanzmann, esto aparta la atención del hecho que pocos o ninguno ha logrado ver, ante el terror y la complejidad del acontecimiento histórico y social mismo.

 

I El error teórico de la izquierda y su resistencia 

 

Lo que Benjamin formuló fue: ¿por qué la izquierda no supo reaccionar? Aquí vale la pena comentar algo importante: existe el mito de que hubo una resistencia; pero por lo menos en el caso de Alemania y Austria, esto no es cierto. En Francia sí existió cierta resistencia, pero mucho más limitada de lo que se solía decir después.

 

Foto clandestina de una mujer siendo llevada a la cámara de gas en Auschwitz, Wikipedia commons

Foto clandestina de una mujer siendo llevada a la cámara de gas en Auschwitz, Wikipedia commons

 

En Polonia hubo una resistencia fuerte, pero en su mayoría no era de izquierda, sino nacionalista, conformada por polacos mayoritariamente conservadores y/o católicos. Lo más famoso de la resistencia de izquierda en Polonia ha sido la importante resistencia en el gueto de Varsovia, la cual estaba organizada principalmente por judíos jóvenes socialistas, cuyo brazo armado no eran mucho más que una docena de ghetto fighters.[3] Existió también una muy importante resistencia antifascista y en contar de la ocupación alemana en la Unión Soviética. Al respecto se sabe que Stalin, cuando trató de convocarla resistencia, lo hizo con el argumento de defender a la madre patria, más que con el argumento de defender al comunismo, al socialismo o a la revolución. Los estalinistas coincidían en que ésta era la mejor manera de organizar la resistencia. A pesar de que no comparto esta idea, es verdad que en las condiciones dadas era la estrategia más practicable.

De este modo, la resistencia de izquierda, específicamente en contra del nazismo y del fascismo en general, existió en España durante la Guerra Civil, esto es innegable; también hubo una definición más izquierdista de la resistencia en Yugoslavia; incluso, casos aislados en otros países; pero, en términos generales y masivos, no era algo que existiera, y mucho menos en Austria y Alemania. Por esta razón, volvemos a la pregunta de la Teoría crítica y de Benjamin, ¿por qué no se logró organizar una resistencia masiva de izquierdista antifascista?, ¿qué fue lo que pasó exactamente?  La contradicción radica en que la izquierda europea era más fuerte que nunca en la década de 1920; ni antes ni después ha sido tan intensa como entonces. Esta izquierda estaba bien organizada, y además armada; los comunistas alemanes, por ejemplo, tenían escondidos cientos de miles de fusiles para preparar la resistencia, los cuales no usaron: ni uno solo dirigieron en contra de los genocidas.

¿Por qué? Lo que Benjamin responde es que la falta de resistencia no fue tanto un error, aunque obviamente se trata de un error político, pero no se debió a la cobardía, o a la incapacidad de organizarse, tampoco a la represión nazi, que por supuesto era fuerte; sino que, diría este filósofo, la razón fue un error teórico.

Había uno o varios errores muy graves en la teoría de la izquierda alemana-austriaca y europea que, de alguna manera, las llevó a cometer actos muy errados y esto provocó la no resistencia o la cuasi inexistente resistencia en contra de los nazis desde la izquierda. Esta cuestión sigue siendo importante hoy, a setenta y cinco años del fin del nazismo militar, porque este error no ha dejado de existir. Benjamin murió en 1940: lo detuvieron durante su huida de Francia a España, y se suicidó porque llegó a la conclusión de que no llegaría a los Estados Unidos, sino a un campo de exterminio nazi. Pienso con casi absoluta certeza que estaría de acuerdo conmigo: este problema teórico sigue vigente.

Vivimos hoy el mismo error teórico en la izquierda, y hablo en plural a propósito, pues me considero parte de ella. En realidad, son varios los errores; lo central, resalta Benjamin, son dos elementos: uno, cómo se concibe la historia y, el otro, cómo se concibe el apoyo popular que puede darse a una lucha. Quisiera comenzar por analizar el segundo.

Durante la época de Benjamin y hasta la caída de la Unión Soviética y sus países aliados, en la década de 1980, predominó un culto al proletariado. Existía la idea de que el proletariado, por definición, era de izquierda; asimismo, se pensaba que de facto lucharía contra las relaciones sociales capitalistas y que sería antifascista. Prácticamente toda la izquierda estaba convencida de ello.

Considero que este error persiste, aunque ya casi nadie usa el término proletariado como tal. El culto al proletariado se ha transformado en un culto a la democracia; en el fondo es prácticamente lo mismo: se cree que las mayorías tienen la razón, que son antifascistas; a menos que sean engañadas o que alguien les vea la cara, como los medios masivos de comunicación o los gobiernos; que se dé un fraude electoral, etcétera. Si algo así no sucede, entonces las poblaciones —sean proletariados o la población en general— tienen la razón, en términos de una razón antifascista. A pesar de la desaparición de la izquierda dogmática, de la Unión Soviética, estos errores político-teóricos siguen existiendo. Nunca ha habido una discusión verdadera al respecto.

La excepción fueron justamente Benjamin y otros autores de la Teoría crítica, pero sus aportaciones han sido en gran medida ignoradas o convertidas en otra cosa. Hoy en día se menciona mucho a Benjamin, pero no se aborda la parte medular de su pensamiento.

Hay, entonces, una creencia ingenua de los líderes partidarios depositada en la masa popular que les sigue, y viceversa; también una creencia ingenua en los líderes. Benjamin argumentó que en el fondo es lo mismo; parece diferente, pero es una sola construcción: el líder de masas y las masas, juntos, garantizan supuestamente que funcione una resistencia en contra de los fascistas.

 

 

Walter Benjamin, Wikipedia Commons

Walter Benjamin, Wikipedia Commons

 

II La imposibilidad democrática de una resistencia anti nacionalsocialista

 

La izquierda alemana defiende insistentemente la democracia, y hay que aclarar que con este argumento, la resistencia anti nacionalsocialista habría sido imposible, porque los nazis llegaron en 1933 democráticamente al poder. Aquella votación no fue falsificada, no hubo fraude electoral, de tal suerte que, por la vía de la democracia, la resistencia anti-nazi hubiera sido una falsedad, aun antes de la época de represión. Efectivamente, en los siguientes años falsificaron las elecciones para siempre obtener un 99.5% de los votos. De cualquier forma, mucha gente pensaba que la política nazi era correcta, incluyendo el exterminio, en ello había algo cercano a un acuerdo social.

Hoy en día, se dice que en Alemania y otros países las poblaciones no sabían que estaba sucediendo el genocidio, lo cual es falso. Hitler repetía sin cansancio la frase de la solución final de la cuestión judía [Endlösung der Judenfrage], lo mencionaba en cualquier ocasión y todos entendían a qué se refería. Todos veían desaparecer a sus vecinos y sabían que nunca regresarían, estaban conscientes de que iban “al Este” y que allá no había comida; veían partir trenes llenos de personas que regresaban vacíos. Afirmar que nadie sabía lo que pasaba, es una mentira “piadosa” para dormir tranquilos.

La gente, en su mayoría, estaba de acuerdo con estas acciones. Aquí radica el gran problema. La izquierda no ejerció resistencia, en parte, porque si lo hacían, se colocaban en contra de la democracia, del proletariado y, por lo menos en parte, en contra de las convicciones de la población.

El vaticano protestó una vez: cuando los nazis comenzaron a exterminar a los llamados discapacitados. Tras el reclamo por parte de la máxima institución católica, la reacción de los nazis fue cambiar la normatividad que preveía que todas las personas con ciertas discapacidades, definidas en una larga lista, tenían que ser exterminadas. Tras esta crítica, se modificó a que solo si la familia estaba de acuerdo, se llevaría a cabo —pero las familias, en un gran porcentaje de los casos, lo estaban—. Hubo pocos casos en que la familia dijo “no queremos”; incluso hubo quienes llevaron a sus hijos, padres o hermanos directamente a los centros de eutanasia a sufrir una muerte violenta. En un inicio estos centros eran hospitales, luego fueron sofisticándose. Así, en muchos casos los familiares no solamente no esperaban a que les pidieran permiso, sino que ellos mismos tomaban la iniciativa para provocar la eutanasia de sus familiares “discapacitados”; de la misma manera, no dudaban en denunciar a sus vecinos judíos.

Una gran parte de los judíos apresados en Alemania fue hallada por los nazis, no gracias sus métodos para encontrarlos, que en ese momento histórico todavía no eran tan sofisticados como hoy en términos de bases de datos digitalizados. El estado alemán todavía no era tan organizado, necesitaba la denuncia de la población y esto funcionó “muy bien”. Muchos habitantes de edificios, por ejemplo, sistemáticamente señalaron a las personas sospechosas. Si los vecinos descansaban los sábados, pero los domingos no, llamaban a la policía para avisar de tan terrible acción. En muchos casos, llegaban a la conclusión de que ese vecino tenía un abuelo, hasta dos o más, judíos; entonces esa persona era exterminada. Había en ese sentido un acuerdo “democrático”, lo cual causó dificultades para que la izquierda opusiera resistencia; no sabían cómo lidiar con ello, cómo cometer el acto “antidemocrático” de ir contra la voluntad popular, no pudieron decir: “nosotros, aunque seamos una minoría, nos oponemos al genocidio”.

 

Hornos crematorios en un campo de concentración, Wikipedia Commons

Hornos crematorios en un campo de concentración, Wikipedia Commons

 

Hoy en día creemos ciega e incondicionalmente, en “la democracia”. Además, el concepto se ha reducido a un simple sistema de elecciones realizado cada cuatro o seis años. Ni siquiera hay una definición cabal de democracia e, incluso, si el concepto fuera más completo, el primer paso sería cuestionarlo. Herbert Marcuse, también perteneciente a la Teoría crítica, presentó una formulación muy buena sobre este tema en Razón y revolución[4], su libro sobre Hegel y la teoría de la sociedad burguesa. Apunta que la democracia sólo funcionaría en verdad si cada miembro de la sociedad tuviera la voluntad de cuidar del bien de todos; si cada uno, al momento de votar, proponer, dirigir, etcétera, tuviera esto en mente. Pero, señala Marcuse, viviendo inmersos dentro de las relaciones sociales capitalistas, esto es imposible. La formación social que reina en la actualidad nos educa, desde el nacimiento, desde que tenemos la primera consciencia, a cuidar únicamente nuestros intereses individuales y egoístas; si somos muy abiertos, quizá podríamos preocuparnos por dos o tres personas más; o si somos muy radicales, tal vez por un grupo de hasta cien personas, pero casi nadie llega a más.

En la forma de reproducción capitalista es imposible, por definición, que alguien piense en el bien de todos; este problema se da necesariamente. La democracia que tenemos hoy en día, por ejemplo, no tiene una estructura sistemática para proteger a las minorías. Si se decide sobre ellas con base en la democracia, con gran facilidad sucede lo que está aconteciendo ahora en Europa, donde democráticamente se determinó no mandar barcos al Mediterráneo, donde cada año mueren ahogados miles de expatriados. Una de las ideas de los gobiernos europeos es enviar barcos y aviones para destruir los barcos en donde podrían trasladarse después los refugiados. Por ello se ha convertido en el mar más peligroso del mundo a pesar de ser más tranquilo y con tormentas menos fuertes que el Atlántico o el Pacífico; pues en ningún otro muere tanta gente.

No hay mayorías que levanten la voz, nadie dice: “ya no vamos a votar por nuestro gobierno si actúa de esta forma en contra de los africanos y asiáticos”. Así fue como la izquierda falló ante el nazismo. Debemos decirlo: hubo un fracaso rotundo de la izquierda europea, tal vez con las excepciones mencionadas; la española y la yugoslava, las únicas que más o menos destacaron. Otra sería Holanda, donde el día que iniciaron las deportaciones de judíos en Amsterdam, se organizó una huelga general. Hay otros pequeños casos significativos en términos históricos, pero lamentablemente, en términos numéricos son casi irrelevantes. Volvemos entonces a la pregunta inicial: ¿Por qué existe esta fe ingenua en las mayorías? ¿Y por qué la izquierda se somete a ello a sabiendas de que es falso? Se somete al argumento equivocado de las mayorías y luego lo justifica teóricamente.

Hubo largos debates después del nazismo enfocados en cómo pudo pasar eso, cómo las poblaciones pudieron, en su mayoría, estar de acuerdo. La justificación comunista, y también de algunos socialistas, es que todos fueron engañados: las poblaciones en sí no son tan revanchistas y pro-guerra, tan racistas, tan antisemitas; pero fueron engañadas por los nazis. Esta explicación persiste en muchos países al día de hoy, sobre todo en la izquierda; sin embargo, es una explicación peligrosa y se fundamenta en una teoría muy simple de la manipulación.

Para Georg Lukács el engaño y la manipulación existen, pero el problema central radica en la cosificación. Esta se da en las relaciones capitalistas y se refleja en la consciencia. Cosificación quiere decir que las cosas dominan el mundo, nosotros somos sus anexos; lo que decide, diría Marx, es el sujeto automático, el valor que se valoriza a sí mismo, nosotros somos sólo sus ayudantes. Incluso nosotros nos convertimos en cosas. Adorno formula una idea similar: la realidad misma, la materialidad misma, ya es ideología. Desde lo material hay una presencia ideológica. Las instancias ideológicas actuales no son las televisoras o los periódicos manejados o los maestros manipulados o manipuladores, todo eso existe, pero no es el punto central. El punto central es la materialidad socialmente reproducida a diario; por eso hay que cambiarla.

Horkheimer, Adorno y Benjamin exponen que ahí reside la razón por la cual la izquierda actúa así. El problema es el siguiente: aunque la izquierda está consciente de cierta tendencia de muchas personas a manifestar una consciencia equivocada debido a las relaciones capitalistas de convivencia, de cualquier modo se somete a las decisiones de la mayoría. Es a primera vista extraño, ya que implica que personas con posiciones políticas anticapitalistas acepten la consciencia procapitalista con el argumento de que se trata de la “modernidad”.

Resulta difícil comprender por qué se llega a esto. Benjamin sostendría que es debido a una fe ingenua en las masas populares y en que estas se encaminan automáticamente hacia una revolución, o por lo menos hacia una sociedad mejor. Esta visión simplificadora es el resultado de interpretaciones limitadas y equivocadas de Karl Marx.

 

Karl Marx, Wikipedia Commons

Karl Marx, Wikipedia Commons

 

 

Marx puede, de repente, en ciertos lugares de su extensa obra, tener afirmaciones de esa índole, sin embargo, aparecen en sus escritos en pocas ocasiones. La obra principal de Marx nunca lo menciona así, en la construcción principal que se expresa en el famoso capítulo “La mercancía” en el apartado cuatro de El capital dice lo siguiente: “El fetichismo de la mercancía y su secreto”, Marx expresa cómo la misma consciencia en nuestra sociedad está sistemáticamente equivocada. Sin embargo, casi ningún marxista en aquel momento tomó en serio estas afirmaciones críticas de Marx. Por ello, Benjamin afirmaría que tienen una interpretación progresista e ingenua de este autor. Progresista en el sentido de asumir una fe ingenua en el progreso; parte de este progreso sería que la población, que cada vez será más inteligente, más lúcida, tendrá mayor afán de democracia. En el México actual, persiste esta ideología que data de la década de los años ochenta. ¿Por qué se piensa que México es más democrático ahora que nunca?

Es extraño que la izquierda, hasta nuestros días, legitime este discurso y crea que funciona. Para Benjamin tiene que ver con la fe ilusa que tenemos en el progreso —este es el punto teóricamente más profundo―, una fe en que la historia avanza en automático. Esto ya había sido formulado por pensadores socialdemócratas y toda la izquierda reformista alemana; Benjamin cita críticamente a Josef Dietzgen, quien afirmó que cada día la población es más sabia y los obreros son más inteligentes porque van puntualmente al trabajo.[5] Por eso la mayor aportación que podemos hacer a la revolución socialista, es ir cada día, sin tardanza, a la fábrica; llevar a cabo las menos huelgas posibles, no faltar al trabajo aunque estemos enfermos: así logramos un sistema más productivo. Esta es la verdadera actitud “anticapitalista”, según Dietzgen.

Esas ideas fueron predicadas no solo por los comunistas, sino también por la socialdemocracia alemana. Los comunistas en este punto eran ligeramente menos dogmáticos, cosa extraña, ya que los estalinistas eran dogmáticos, pero, a veces, la socialdemocracia, la izquierda reformista, les ganó en dogmatismo. En este punto los más dogmáticos eran los reformistas. Dietzgen fue uno de los grandes intelectuales socialdemócratas, de los pioneros de la primera línea de pensamiento; él insistía en la eficiencia, la disciplina y el sometimiento. Insisto: el dogmatismo no es específicamente estalinista, sino de toda la izquierda reformista.

La crítica de Benjamin hacia la fe en el progreso, como algo que necesariamente mejora la vida de las personas, parte de la observación de que esa creencia ciega está equivocada en su totalidad y en todas las perspectivas. Hoy en día, los críticos del progreso la reducen a ciertos aspectos o ciertas perspectivas, critican que solamente se considera el aspecto técnico, cuantitativo, de productividad; mientras el progreso humano, el de la democracia, de los derechos humanos, está estancado.

Actualmente, este argumento es compartido por varios pensadores: la crítica al progreso ha cobrado fuerza desde la década de 1980, pero prácticamente nadie la desarrolla con la radicalidad de Benjamin. Él no pensaba que hacía falta una redefinición del progreso o ampliar el concepto más allá de lo técnico y organizativo; creía que el progreso es un concepto equivocado para la izquierda. Postuló que la idea es meramente burguesa: al hacer la revolución francesa y otras parecidas, los burgueses necesitaron este concepto; resultaba ser el más fuerte en contra de las clases, relaciones políticas y económicas, así como las ideologías medievales.

 

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En este contexto, la idea de progreso era brillante y logró aplastar a una gran parte de la herencia medieval. Desde el punto de vista burgués, el progreso es, sin duda, lo mejor que hay. Muchas teorías se fundamentaron sobre esto: los idealistas alemanes y muchos teóricos burgueses, los mismos positivistas, que a primera vista eran muy diferentes a los idealistas, pero en este tema tienen puntos de encuentro; así también los empiristas y pragmatistas. Todas las teorías más o menos burguesas son casi idénticas al interpretar el progreso, tienen, por supuesto, sus variantes, pero entre ellas la diferencia en este tema no es realmente tan importante.

Benjamin señalaría a la izquierda el error de pensar, como muchas veces lo hacen los burgueses, en términos de progreso. Como se sabe, en nuestra época hay una desindustrialización a nivel mundial, presente desde hace varios años, ejemplos claros son Detroit en Estados Unidos y Ciudad Juárez en México, donde muchas fábricas permanecen vacías. Lo único que mencionan los políticos al respecto es que se ha dado un crecimiento negativo.

Sin embargo, la crítica  no se puede reducir a que el progreso no se lleva a cabo de forma más amplia, que trascienda lo tecnológico y económico para llegar a un progreso social de inclusión. Benjamin sostendría que la idea misma de progreso no sirve a la izquierda; solo funciona para los burgueses, originalmente más revolucionarios y decididos. Cuando Benjamin se refiere a los burgueses, no lo hace despectivamente, más bien se refiere en términos de una clase social que en cierta época fue revolucionaria, que organizó la revolución en contra de la clase feudal. Los burgueses desarrollaron y usaron el concepto con destacada sofisticación.

Pero a la izquierda, en específico a la izquierda anticapitalista, no nos funciona en lo absoluto dicho concepto. Es un error grave pensar que debemos radicalizar el concepto de progreso. La izquierda asegura, por lo general: “Ustedes llevan a cabo el progreso a medias; nosotros, en cambio, lo hacemos de verdad” y se propone que el progreso ahora sí irá bien, que antes solo había sido una promesa o un hecho a medias, pero ahora será completo.

Para Benjamin resulta necesario, durante las revoluciones o los cambios políticos, económicos o ideológicos radicales, atacar el centro ideológico de la época que se quiere superar. Sin embargo, esto no lo han hecho quienes estaban y están en la izquierda europea y mundial; no han detectado que el centro ideológico y económico de la forma de reproducción capitalista, de la burguesía y sus filósofos, es justamente la idea —y hasta cierta realidad— de progreso; ese es el centro del cual parte todo. Si no se ataca, las tendencias burguesas van a resultar victoriosas siempre, tanto en la ideología, como en lo político y militarmente.

La clase burguesa nunca le habría ganado a la clase feudal si no hubiera atacado los conceptos religiosos. Si alguien lucha a favor de una postura antifeudal, pero acepta que Dios mismo creó al rey y a la reina, perderá con certeza. Primero habrá que demostrar que no se es rey por decreto divino y que no existe Dios, que ese rey se impuso violenta y militarmente. Así lo hicieron los políticos y pensadores burgueses del siècle des Lumières.

La izquierda nunca ha llegado a este nivel argumentativo, afirmaría Benjamin, no ha logrado una radicalidad equiparable a la burguesa en su rompimiento con el pensamiento dominante de su momento. Nunca ha llegado tan lejos en las luchas ideológicas como la burguesía, que sí consiguió de cierta forma, destruir la teología existente, que supuestamente asentaba a la vieja clase alta en su lugar. Con dicha ruptura, la burguesía pudo justificar, analizar e impulsar su lucha, y también convencer a la gente de participar en ésta. La izquierda no está ni cerca de algo parecido.

 

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Marx lo intentó, por supuesto, pero el problema es que Marx ha sido malinterpretado sistemáticamente. Desde siempre se han retomado sus frases más aburridas y repetitivas de la ideología dominante en su época, las más “progresistas”, donde demuestra una creencia ingenua en el progreso. Estas ideas existen en Marx, innegablemente, son los momentos cuasi burgueses en donde copió con cierta ingenuidad el modelo dominante del momento. El problema es que estos conceptos se han repetido hasta el cansancio mientras que la parte más crítica y profunda de su pensamiento, precisamente su crítica al progreso, se ha tratado de negar, o por lo menos obviar y minimizar. Por  ejemplo, habla de la necesidad de que deje “el progreso humano de parecerse a ese horrible ídolo pagano que solo quería beber el néctar en el cráneo del sacrificado”.[6] Esta es la forma en que Marx, en sus mejores momentos, se refiere al progreso; ese por el cual cada día morían más personas por enfermedades que se podían curar, y más aún si se trataba de niños de la clase obrera o refugiados de guerra.

En el subcapítulo “El fetichismo de la mercancía y su secreto” Marx se refiere también al desarrollo de la consciencia. Toma distancia de los burgueses (revolucionarios), quienes afirman que cada día, cada generación, somos más conscientes y, sobre todo, que le debemos a la gran ruptura con el feudalismo una explosión de consciencia ―al menos según la teoría burguesa epistemológica en sus muchas variantes—. Todos los pensadores burgueses coinciden en este punto, Marx, en cambio, comparó en este pasaje de su obra magna cuatro o cinco formas económicas históricamente existentes y su grado de consciencia económica, y concluyó que el grado de esta consciencia ha ido disminuyendo.

Según él, los mal llamados hombres primitivos sabían perfectamente cómo funcionaba su economía; los esclavos también tenían mucha claridad al respecto de su esclavitud y explotación. En la Edad Media se fueron sofisticando y complicando las formas de explotación y la relación siervo-amo, pero la gente aún tenía claridad de su condición explotada, subordinada, violentada.

En la forma de reproducción capitalista, al contrario, afirma Marx, la consciencia económica tendencialmente desaparece, ya casi no existe, porque prácticamente nadie entiende —a veces ni siquiera los especialistas— qué está pasando realmente. Marx asevera que hay una caída en el nivel de consciencia económica, pero casi ningún marxista dogmático ha citado esta observación marxiana.

Benjamin hace notar que Marx comenzó a desarrollar una crítica al progreso y al progresismo ingenuo, pero la mayoría de sus lectores no la percibieron, y mucho menos otros izquierdistas: como por ejemplo la izquierda reformista socialdemócrata alemana. Al alejarse este partido a lo largo de los años de la teoría de Marx, aumentó aún más su fe ingenua en el progreso porque no entienden las contradicciones históricas, sociales y económicas que ese autor analiza. Debemos retomar el argumento de Benjamin para entender qué está pasando en el proceso del la historia contemporánea, y lo primero que debemos hacer es dejar atrás la idea ingenua del progreso, como algo que necesariamente mejora la vida y convivencia de los humanos.

Ahora bien, regresando al tema del nazismo: la izquierda alemana, y la europea de cierta manera pensaban, equivocadamente, que los nazis luchaban en contra del progreso y que como este se consideraba algo automático, como un río que avanza y solo por su propio peso arrastraría a los nazis porque según esta imaginación equivocada, los fascistas nadaban a contracorriente y no persistirían mucho tiempo. Esa era la convicción de casi toda la izquierda alemana: los socialdemócratas y los comunistas, aunque entre ellos tuvieran grandes diferencias, coincidieron totalmente en ese punto. Estaban convencidos de que el nazismo no duraría mucho y, en gran parte por ello no lucharon de manera armada en contra del nacionalsocialismo y en contra del genocidio. ¿Para qué luchar, para qué arriesgar la vida, para qué meterse en pleitos militares armados, si de todos modos pronto el nazismo caería por su propio peso? Y, dicho de paso, a primera vista tuvieron razón, el Behemoth (Neumann, 1943) del nacionalsocialismo solo se mantuvo en el poder por doce años.

En términos de tiempo, doce años no es tanto y en ese sentido estaban aparentemente en lo cierto; el tema es que en esos años mataron, en los campos de concentración y exterminio, a seis millones de personas –sin hablar de los muertes de la segunda guerra mundial– destruyeron a los judíos europeos y con ellos, a toda una forma de vida. Cambiaron el continente, me temo que para siempre, aunque espero equivocarme. Al menos hasta que no se dé una interrupción de esta forma social, hasta que no haya una ruptura radical, tenemos que observar que cambiaron –de manera aparentemente permanente– a Europa.

Si pensamos que se trataba de un continente con una presencia judía muy fuerte, importante en todos los sentidos, y que los nazis lograron casi desaparecer esta impronta judía en Europa, el cambio fue casi total. Todavía existe alguna manifestación judía, en Francia tal vez un poco más que en otros países; en Alemania, por ejemplo, es mínima, casi inexistente, no hay casi sinagogas, comparado sobre todo con la situación previa.

Los nazis lo lograron: consiguieron cambiar el planeta; no solamente asesinaron a muchas personas, sino que modificaron la estructura social europea. El gobierno alemán es tan cínico al respecto que hace algunos años, cuando se fundó la Unión Europea, sugirieron que se escribiera en su constitución, al inicio del texto fundacional: “Europa es por definición un continente cristiano”. No solamente mataron a la gente, sino que pretenden negar su existencia antes de haber sido asesinados. Como si dijeran: “los judíos europeos en el fondo nunca han existido”.

Implícitamente se transmite con estas afirmaciones negacionistas la idea de que los nacionalsocialistas cumplieron con el avance de facto del progreso y en este reajuste era necesario homogeneizar. Una de las grandes metas de la modernidad capitalista y del progreso como lo conocemos es homogeneizar, y parte de este proceso es justamente hacer a la gente igual. Dentro de modelos del progreso menos abiertamente violentos y agresivos que el nacionalsocialista se piensa que habría que convencer a los miembros de las minorías de la necesidad de esta homogeneización. Pero si no se dejan, ¿qué se hace con ellos? Hoy en día ―como ya no existen los nazis—, los gobiernos europeos deportan a las nuevas minorías por llegar, o los deja a su suerte en el Mediterráneo. Los nazis tenían un plan más eficiente: para ellos no era suficiente esperar a que murieran al prohibir de facto el rescate en alta mar; tomaron medidas más drásticas y desarrollaron los campos de exterminio.

La lógica implícita en este tipo de política era progresista, en el afán de crear una sociedad homogeneizada habría que eliminar todo aquello que la volvía complicada, contradictoria, enredada, demasiado compleja. Puesto que cada uno cree en cosas distintas, la convivencia totalmente homogeneizada se vuelve un asunto altamente difícil; la opción nazi fue el exterminio para así conseguir, no una sociedad con miembros felices, pero sí lo que ellos imaginaron como un organismo-pueblo “sano”.

Como se sabe, Hitler y su gente se referían con frecuencia a lo que llamaron el cuerpo del pueblo alemán y éste tenía que estar “sano”; así que aquellos grupos perseguidos: judíos, gitanos, homosexuales —de los cuales el grupo más grande era el de los judíos― eran percibidos como una “enfermedad”; el cuerpo sano debía curarse de esta supuesta enfermedad. La idea era “funcionar mejor”, en ese sentido esta postura tenía algo de democrática, si entendemos la democracia como erróneamente se hace por lo general actualmente: que la mayoría se imponga y haga lo que le plazca.

El problema estriba en que en este sentido los nacionalsocialistas eran “progresistas”, llevaron a cabo el progreso no solamente en su política de exterminio, sino también en la cultural. Por ejemplo, el alemán es un idioma altamente diversificado hasta el día de hoy. Si uno está en el norte de Alemania, es muy complicado entender el dialecto, a veces, por más absurdo que parezca, resulta más fácil hablar inglés. Sucede también al revés, yendo de Frankfurt a la región de Innsbruck, a un pueblito en la montaña de Austria, hay alemanes que piensan: “¿de qué habla esta gente?”. Esto fue algo que los nazis también trataron de homogeneizar, y en gran parte lo lograron.

 

Hornos del campo de concentración de Auschwitz, Pxfuel.

Hornos del campo de concentración de Auschwitz, Pxfuel.

 

Muchos conservadores austriacos no querían a los nazis justo por su tendencia progresista. Los conservadores en Austria eran quienes más los detestaban; uno de ellos era mi abuelo. Conservador, de la clase media, tenía un puesto más o menos bueno en Correos Austriacos y no le gustaban los nazis por su línea de progreso, avance, homogeneización, su intención de dejar atrás la forma específica de hablar en Austria o en Innsbruck.

Los nazis imponían el llamado “Hochdeutsch” [alto alemán] en la escuela y en la radio, se trataba de un dialecto proveniente de una zona específica del norte del país. En los colegios de Austria, se hablaba un alemán bastante diferente al de los alemanes, y en ciertas zonas austriacas, los nacionalsocialistas también lograron homogeneizarlo. En esta línea y siguiendo a Walter Benjamin, los nazis eran un movimiento modernizador, un movimiento moderno que imponía el progreso y radicalizaba, de alguna manera, la ideología burguesa. Esto no quiere decir que los burgueses habrían hecho lo mismo que los nazis; aunque muchos sí se aliaron con ellos y cambiaron, renunciaron y traicionaron su propia ideología, que originalmente era humanística.

En la historia de la filosofía hay dos casos famosos, uno más que otro: Martin Heidegger, quien se unió a los nacionalsocialistas; trabajaba para ellos como rector de la Universidad de Friburgo [Freiburg] y desarrolló su filosofía como una cada vez más racista y antisemita. Por otro lado está el caso parecido, y al mismo tiempo diferente, de Hans-Georg Gadamer; su historia es menos conocida y aunque posteriormente él no volvió a hablar de ello, existen doce textos suyos sobre lo que él llamaba en este entonces la violencia platónica, en donde justifica la violencia nacionalsocialista. De hecho, en mayo de 1941, presentó la conferencia “El Volk y la historia en el pensamiento de Herder” en el Instituto Alemán de la Francia ocupada. Al paso de los años intentó que aquellos textos –y sobre todos sus pasajes abiertamente pro nazis– fuesen olvidados.

Martin Heidegger y Hans-Georg Gadamer son dos representantes de aquella parte de la burguesía alemana (y europea) que traicionó sus propios ideales. ¿Por qué?, porque estaban convencidos de que la burguesía no era proactiva, sino demasiado tibia. Me refiero a ellos pues ambos representan dos mentes que formularon sus ideas con sofisticada inteligencia y claridad, mucha gente pensaba —y lo sigue haciendo― igual que ellos, aunque no lo puedan plantear con la misma habilidad.

La idea de fondo es que la burguesía no desarrolla el progreso con la intensidad necesaria por sus “cursilerías” en temas como los derechos humanos y el respeto por las minorías. No hay que olvidar que los burgueses de la vieja escuela trataron de dar ciertas garantías a las minorías en sus primeras constituciones. Sin embargo, esto representaba una contradicción con su modelo progresista y provocaría que su proyecto no se llevara a cabo con la velocidad deseada. Ahí entraba la crítica de filósofos como Heidegger o Gadamer, ya que afirmaban que los burgueses debían dejar atrás las cursilerías del humanismo. Esto le generó conflictos a varios burgueses, porque implicaba dejar atrás su vieja teoría; y en este contexto adquiere mayor  importancia Gadamer, quien “explicó” a los burgueses que dudaban, en sus textos de la época nacionalsocialista, que las actos violentos de los nacionalsocialistas en el fondo eran algo “platónico”.

 

III Reflexiones finales

 

Benjamin afirmaría que para criticar el concepto de progreso habría que ir todavía un paso más lejos y analizar el hoy dominante concepto de tiempo, como algo lineal, ininterrumpido, dirigido y homogéneo, encaminado claramente hacia una dirección definida llamada futuro. Esta idea de tiempo es necesaria para que funcione a su vez la del progreso. La crítica de Benjamin es radical hacia el concepto de tiempo como hoy en día está establecido, en el cual cada segundo es igual al anterior. Estos tres aspectos del actual concepto de tiempo: homogeneidad, ininterrupción y dirección clara, diría Benjamin, tendrían que ser olvidados para dejar atrás la imaginación ingenua del progreso.

Este es un punto muy cercano entre Marx y Benjamin ―insisto en esta proximidad, porque hay varios marxistas que rechazan a Benjamin, pensando falsamente que se aleja de  Marx por su crítica al progreso, y en realidad Benjamin es quien mejor lo entiende―. Karl Marx argumenta en varias ocasiones de El capital que el centro de la construcción económica capitalista es el tiempo medido en horas, obviamente, del trabajo. Esto define el valor: el de cada mercancía se determina por el tiempo de fuerza de trabajo invertido en ellas; y esta cantidad de fuerza de trabajo se mide en horas. Así, para Marx, la forma de reproducción capitalista necesita un concepto central: el tiempo, justamente el homogéneo, ininterrumpido y claramente dirigido; sin éste, esta forma social no funciona, su forma económica dejaría de existir.

Benjamin es un poco más explícito que Marx, pero los dos coinciden: sin tiempo —como hoy en día lo percibimos— la forma social actualmente reinante no funcionaría. Marx se refiere con ello sobre todo a lo económico; Benjamin a la política y la filosofía. Sin estos conceptos de tiempo y progreso, no existiría la sociedad que tenemos. Como izquierda, lo que debemos hacer es romper radicalmente con ello. Solo si lo hacemos podríamos realmente resistir. Obviamente ya es tarde para oponernos al nacionalsocialismo, pero podemos luchar contra otros movimientos parecidos, pero para ello es imperativo separarnos de la ideología burguesa y concebir nuestra propia forma, ahora sí, de entender el mundo, la historia y el tiempo.

 

 

IV Referencias bibliográficas

 

Hilberg, Raul. (2005): La destrucción de los judíos europeos, trad. Cristina Pina Aldao. Madrid, Akal.

 

Lanzmann, Claude. (1990): “Hier ist kein Warum” en Bernard Cuau y Michel Deguy et al., Au sujet de Shoah. París, Belin.

Marcuse, Herbert. (1971): Razón y revolución: Hegel y el surgimiento de la Teoría crítica social, trad. Julieta Fombona de Sucre. Madrid, Alianza. (El libro de bolsillo. Humanidades, 292) (1ª ed. en Col. Área de conocimiento: Humanidades, 2003. 462 pp.)

Dietzgen, Josef. (1906): Sozialdemokratische Philosophie. Berlin, Vorwärts.

Benjamin, Walter. (2008): Tesis sobre la historia y otros fragmentos, trad. e introd. de Bolívar Echeverría. México, Ítaca/Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Marx, Karl. (1975): El capital. Crítica de la economía política. Libro primero. El proceso de producción de capital, tomo I, vol. 1, trad. de Pedro Scaron. México, Siglo XXI.

Marx, Karl. (1975): “La mercancía” En El capital. Crítica de la economía política. Libro primero. El proceso de producción de capital, tomo I, vol. 1, trad. de Pedro Scaron. México, Siglo XXI.

Neumann, Franz (1943), Behemoth. Pensamiento y acción en el nacional-socialismo. Trad. Vicente Herrero y Javier Márquez. México, Fondo de Cultura Económica. 584 pp., Reimpresión 1983 (FCE de España), reimpresión 2005 (FCE de México). [Nueva edición, basada en la ampliada segunda edición en inglés de 1944: Behemoth. Pensamiento y acción en el nacional-socialismo 1933-1944, Barcelona, Anthropos, 2014, 485 pp.]

Lukács, Georg (2009) Historia y consciencia de clase: estudios de dialéctica marxista. La Habana: Ediciones RyR.

[1] Hilberg, Raul. (2005): La destrucción de los judíos europeos, trad. Cristina Pina Aldao. Madrid, Akal.

[2] Lanzmann, Claude. (1990): “Hier ist kein Warum” en Bernard Cuau y Michel Deguy et al., Au sujet de Shoah. París, Belin. p. 279.

[3] Esta resistencia fue reducida tanto en términos del número de participantes como por el poco apoyo recibido por parte de la resistencia polaca no judía o de otros grupos.

[4] Marcuse, Herbert. (1971): Razón y revolución: Hegel y el surgimiento de la Teoría crítica social, trad. Julieta Fombona de Sucre. Madrid, Alianza. (El libro de bolsillo. Humanidades, 292) (1ª ed. en Col. Área de conocimiento: Humanidades, 2003. 462 pp.)

[5] Cfr. Dietzgen, Josef. (1906): Sozialdemokratische Philosophie. Berlin, Vorwärts.

[6] Cfr. Marx y Engels (1973), “Futuros resultados de la dominación británica en la India”, en: Sobre el colonialismo, Buenos Aires: Pasado y Presente, pp. 83-84.


Autores
(Munich 1964) Estudió Filosofía, Ciencias Políticas y Estudios Latinoamericanos en la Universidad Goethe de Frankfurt, donde se tituló como doctor en filosofía bajo la tutoría de Alfred Schmidt. Radicado en México desde 1993, ha impartido cátedra de filosofía y teoría social en diferentes universidades, como: Universidad Nacional Autónoma de México, University of California, Santa Cruz, Tulane University, New Orleans y Universidad Autónoma de Querétaro, en cuya Facultad de Ciencias Políticas y Sociales ha fundado y coordinado el proyecto de investigación del CONACyT: Teoría crítica desde las Américas (2012-2015). Actualmente es investigador nacional nivel III del Sistema Nacional de Investigadores y autor de los libros Marxismo crítico en México. Adolfo Sánchez Vázquez y Bolívar Echeverrías (FCE, 2007/2008/2015), Fragmentos de Frankfurt. Ensayos sobre la Teoría crítica Siglo XXI, 2009/2014) y El discreto encanto de la modernidad. Ideologías contemporáneas y su crítica (Siglo XXI, 2013), Peripherer Marxismus. (Hamburg, Argument, 1999), Materialismus und Messianismus (Bielefeld, Aisthesis, 2008), Frankfurter Fragmente (Frankfurt, Lang, 2013) y Critical Marxism in Mexico (Leiden, Brill, 2015 / Chicago, Haymarket, 2016). Es compilador de cinco libros, por ejemplo: Teoría crítica: imposible resignarse. Pesadillas de represión y aventuras de emancipación (Porrúa/UAQ, 2016).
Foto extraída de Pixabay.

 

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Capítulo IV

El juez Duffy y la policía

 

Pero regresando a mi historia. Mantuve mi papel hasta que entró la asistente de la matrona, la Sra. Stannard. Trató de persuadirme para que me calmara. Comencé a ver con claridad que quería sacarme de la casa a toda costa, discretamente si era posible. No quería eso. Me negué a moverme y repetí una y otra vez la cantinela de mis maletas perdidas. Finalmente alguien sugirió llamar a un oficial. Después de un rato, la Sra. Stanard se puso su capota y salió. Entonces supe que estaba haciendo progreso hacia la casa de los locos. Regresó al poco tiempo, trayendo con ella a dos policías robustos que entraron al cuarto sin mucha ceremonia, evidentemente esperando encontrarse con una persona violentamente loca. El nombre de uno de ellos era Tom Bockert.

Cuando entraron fingí no verlos.

—Quiero que se la lleven con discreción —dijo la Sra. Stanard.

—Si no viene en silencio —respondió uno de los hombres—, la arrastraré por las calles.

Seguí sin darles importancia, pero claro que deseaba evitar hacer un escándalo afuera. Por fortuna, la Sra. Caine vino a mi rescate. Le contó a los oficiales de mis protestas por mis maletas perdidas y juntos idearon un plan para conseguir que los acompañara en silencio; me dijeron que me acompañarían a buscar mis pertenencias. Me preguntaron si los acompañaría. Dije que tenía miedo de ir sola. La Sra. Stanard dijo que vendría conmigo y organizó la procesión, de tal manera que los dos policías nos siguieran a una distancia respetuosa. Me ayudó a atar mi velo, salimos de la casa por el sótano y comenzamos nuestra travesía por la ciudad, con los dos oficiales siguiéndonos a una distancia prudente. Caminamos en silencio y finalmente llegamos a la comisaría, la cual según me aseguró la buena mujer, era la oficina de correos y que allí seguramente encontraríamos mis pertenencias. Entré temblando y con miedo, no sin buena razón.

Unos días antes, había conocido al Capitán McCullagh en una reunión en Cooper Union. En ese entonces, le pedí algo de información necesaria para mi proyecto, que me dió sin mayor inconveniente. Pero si estaba presente, ¿no me reconocería? Y entonces todo lo que concierne a llegar a la isla estaría perdido. Jalé la visera de mi sombrero tan abajo como pude para cubrir mi rostro, y me preparé para el juicio. En efecto, ahí estaba el fornido Cap. McCullagh de pie junto al escritorio.

Me miró detenidamente mientras el oficial en el escritorio conversaba en voz baja con la Sra. Stanard y el policía que me trajo.

—¿Eres Nellie Brown? —me preguntó el oficial. Le dije que suponía que lo era.

—¿De dónde vienes? —preguntó. Le dije que no lo sabía y entonces la Sra. Stanard le dió bastante información sobre mí: le dijo la manera extraña en la que me había comportado en su hogar; cómo no había siquiera pestañeado en toda la noche y que, en su opinión, era una pobre desafortunada que había sido conducida a la locura por el maltrato inhumano. La Sra. Stanard y los dos oficiales sostuvieron una discusión y le instruyeron a Tom Bockert llevarnos a la corte en un auto.

—Ven con nosotros —dijo Bockert—, encontraremos tus maletas.

Fuimos todos juntos, la Sra. Stanard, Tom Bockert y yo. Les dije que era muy amable de su parte acompañarme, y que no los olvidaría. Mientras caminábamos continué quejándome de mis maletas, haciendo algún comentario ocasional de la condición sucia de las calles y de la apariencia curiosa de las personas que nos encontrábamos de camino.

—No creo haber visto gente como esa en mi vida —les dije—, ¿quiénes son?

Mis compañeros me miraron con una expresión de lástima, creyendo que evidentemente yo era una extranjera, emigrante o algo por el estilo. Me dijeron que la gente a mi alrededor eran personas trabajadoras. Señalé de nuevo que creía que habían demasiadas personas trabajadoras en el mundo para la cantidad de trabajo que tenía que hacerse, tras lo cual el policía P. T. Bockert me miró con recelo, evidentemente pensando que mi mente se había ido para siempre. Pasamos varios policías, que preguntaron a mis guardianes cuál era el problema conmigo. Para entonces, también nos seguían una cantidad considerable de niños harapientos y hacían comentarios sobre mí que me parecían tan originales como entretenidos: “¿Por qué se la llevan?”, “oiga, poli, ¿dónde la agarró?” “¿De dónde la sacó?” “¡Es tan bella como una margarita[1]!”

La pobre Sra. Stanard estaba más asustada que yo. Aquella situación continuaba haciéndose más interesante, pero aún temía por mi suerte ante en juez.

Al fin, llegamos a un edificio bajo y Tom Bockert me facilitó la información:

—Aquí está la oficina postal. Pronto encontraremos esas maletas.

La entrada al edificio estaba rodeada de una multitud curiosa y pensé que mi caso no era lo suficientemente grave como para pasarlos sin hacer un comentario, así que pregunté si todas esas personas también habían perdido sus maletas.

—Sí —me dijo—, casi todos ellos están buscando sus maletas.

—Todos parecen ser extranjeros también.

—Sí —dijo Tom— son extranjeros recién llegados. Todos han perdido sus maletas y nos toma casi todo nuestro tiempo ayudarlos a encontrarlas.

Entramos a la sala de tribunal. Era el Tribunal de Policía de Essex Market. Al fin, la cuestión de mi sanidad o demencia sería determinada. El juez Duffy estaba sentado del otro lado del eminente escritorio, luciendo un semblante que parecía indicar que estaba repartiendo la bondad humana al por mayor[2]. Temía que no conseguiría la suerte que buscaba, debido a la bondad que ví trazada en cada una de las líneas de su rostro. Seguí con gran desaliento a la Sra. Stanard mientras atendía la llamada a subir al escritorio, donde Tom Bockert acababa de dar cuenta del asunto.

—Venga aquí —dijo un oficial— ¿Cuál es su nombre?

—Nellie Brown —respondí, con un pequeño acento extranjero—. Perdí mis maletas y me gustaría saber si pueden encontrarlas.

—¿Cuándo vino a Nueva York?

—No vine a Nueva York —respondí (mientras agregaba mentalmente “porque ya llevo aquí un buen tiempo”).

—Pero está en Nueva York en este momento —dijo el hombre.

—No —dije, con tanta incredulidad como pensé que una persona loca podría mostrar—, no vine a Nueva York.

—Esa chica es del oeste —dijo, en un tono que me hizo temblar—, tiene un acento del oeste.

Alguien más que había estado escuchando nuestra breve conversación aseguró que él había vivido en el sur y que mi acento era sureño, mientras que otro oficial estaba seguro que era del este. Me sentí aliviada cuando el primer portavoz volteó hacia el juez y le dijo:

—Su señoría, aquí tenemos el peculiar caso de una mujer joven que no sabe quién es ni de dónde vino. Será mejor que lo solucione de inmediato.

Comencé a sacudirme y no era únicamente por el frío. Miré a la extraña multitud a mi alrededor, compuesta por hombres mal vestidos y mujeres con historias de vidas difíciles, abuso y pobreza impresas en sus caras. Algunos estaban consultando ansiosamente con sus amigos, mientras que otros se sentaban quietos con una mirada de desesperanza absoluta. Los oficiales, que se veían bien vestidos y bien alimentados, estaban repartidos por todos lados y presenciaban la escena con pasividad, casi con indiferencia. Tan solo era otra historia de antaño para ellos. Otra infeliz añadida a una larga lista que ya había dejado de ser de su interés desde hace un largo tiempo.

—Ven aquí, chica, y levanta tu velo —me llamó el juez Duffy, en un tono tan áspero que me sorprendió, pues no correspondía en lo más mínimo con su cara amable.

—¿A quién le habla? —pregunté, de la manera más solemne que pude.

—Acércate querida, y levanta tu velo. Sabes, incluso la reina de Inglaterra tendría que levantar su velo si se encontrara aquí —dijo de manera amable.

—Así está mucho mejor —respondí—, no soy la reina de Inglaterra, pero levantaré mi velo.

Mientras lo levantaba, el pequeño juez me miró y luego, en un tono gentil, dijo:

—Mi querida niña, ¿qué sucede?

—Nada sucede, excepto que he perdido mis maletas y este hombre —indicando al policía Bockert— prometió traerme a donde podría encontrarlas.

—¿Qué sabe de esta chica? —preguntó con severidad a la Sra. Stanard, quién estaba a mi lado, pálida y temblorosa.

—No sé nada de ella excepto que llegó al hogar ayer y pidió quedarse la noche.

—¡El hogar! ¿A qué se refiere con el hogar? —preguntó rápidamente el juez.

—Es un hogar temporal reservado para mujeres trabajadoras en el No. 84 de la Segunda Avenida.

—¿Cuál es su posición ahí?

—Soy asistente de la matrona.

—Bueno, díganos todo lo que sepa del caso.

—Cuando estaba llegando al hogar el día de ayer, la vi caminando por la avenida. Estaba completamente sola. Acababa de entrar a la casa cuando sonó la campana y ella entró. Cuando hablé con ella quizo saber si podía quedarse toda la noche, y le dije que podía hacerlo sin ningún inconveniente. Pasado un rato dijo que todas las personas en la casa parecían locas y que tenía miedo de ellas. Luego se negó a irse a la cama y se quedó despierta toda la noche.

—¿Tenía algo de dinero?

—Sí —respondí en su lugar— le pagué por todo y la comida fue la peor que jamás he probado.

Hubo una sonrisa general ante mi comentario y algunos murmullos que decían “por lo menos no está loca por la comida”.

—Pobre chiquilla —dijo el juez Duffy—, está bien vestida y es una dama. Su inglés es perfecto y apostaría lo que fuera a que es una buena chica. Estoy seguro de que es la amada de alguien.

Todos se rieron ante esta afirmación y yo cubrí mi cara con el pañuelo, tratando de ahogar la carcajada que amenazaba con echar a perder mis planes en contra de mi voluntad.

—Me refiero a que es la amada de alguna mujer —enmendó precipitadamente el juez—, estoy seguro de que alguien la está buscando. Pobre niña, seré bueno con ella, pues se parece a mi hermana difunta.

Hubo un silencio repentino tras este anuncio y los oficiales me dieron una mirada enternecida, mientras bendecía en silencio al bondadoso juez, deseando que cualquier pobre criatura que pudiera estar afligida, como yo pretendía estarlo, tuviera que lidiar con un hombre tan gentil como el juez Duffy.

—Me gustaría que los reporteros estuvieran aquí —dijo por fin—, ellos podrían averiguar algo sobre ella.

Esto me causó mucha inquietud, pues si hay alguien capaz de desenterrar un misterio es un reportero. Preferiría enfrentar una masa de doctores, policías y detectives expertos que a dos brillantes especímenes de mi propio oficio, así que dije:

—No veo por qué tanto alboroto para ayudarme a encontrar mis maletas. Estos hombres son imprudentes y no quiero que se me queden viendo. Ya me voy. No quiero quedarme aquí.

Dicho esto, bajé mi velo y esperé en secreto a que los reporteros estuvieran ocupados en algún otro lugar hasta que me mandaran al manicomio.

—No sé qué hacer con esta pobre niña —dijo preocupado el juez—, alguien debe de encargarse de ella.

—Mándela a la Isla —sugirió uno de los oficiales.

—¡Oh, no! —dijo la Sra. Stanard, evidentemente alarmada— ¡No lo haga! Es una dama y se moriría de ser puesta en la Isla.

Por primera vez, sentí el impulso de zarandear a aquella buena mujer. Solo de pensar que la Isla era justo el lugar al que quería llegar, ¡y ella tratando de evitar que lo alcanzara! Fue muy considerado de su parte, pero nada alentador dadas las circunstancias.

—Ha habido una jugarreta sucia aquí —dijo el juez—, creo que esta jovencita ha sido drogada y traída a la ciudad. Arreglen los papeles y la enviaremos a Bellevue para realizar una examinación. Probablemente en algunos días el efecto de la droga pase y sea capaz de contarnos una historia sorprendente. ¡Si tan solo llegaran los reporteros!

Temía que eso ocurriera, así que dije algo sobre lo incómoda que me ponía ser mirada y que ya no quería quedarme allí. El juez le dijo al policía Bockert que me llevara a la oficina trasera. Después de sentarnos, el juez entró y me preguntó si mi hogar estaba en Cuba.

—Sí —respondí, con una sonrisa—, ¿cómo lo supo?

—Oh, ya me lo imaginaba querida. Ahora dime, ¿dónde estaba? ¿En qué parte de Cuba?

—En la hacienda —contesté.

—Ah —dijo el juez— en una granja. ¿Recuerdas la Havana?

—“Sí señor” —respondí en español— está cerca de mi hogar. ¿Cómo lo supo?

—Era de suponerse. Ahora, ¿podrías decirme el nombre de tu hogar? —preguntó, persuasivamente.

—Eso es lo que no puedo recordar —respondí con tristeza—, tengo un dolor de cabeza todo el tiempo y me hace olvidar cosas. No quiero que me molesten. Todo el mundo me hace preguntas y hacen que mi cabeza empeore —y a decir verdad, era cierto.

—Bueno, nadie te molestará más. Siéntate y descansa por un rato —y el admirable juez me dejó a solas con la Sra. Stanard.

Justo en ese momento, un oficial llegó con un reportero. Temía que me reconociera como una periodista, así que giré mi cabeza y dije:

—No quiero ver a ningún reportero, no veré a ninguno; el juez dijo que me dejaran en paz.

—Bueno, no hay nada de insensato con eso —dijo el hombre que había traído al reportero y salieron del cuarto juntos.

Una vez más, tuve un ataque de pánico. ¿Había ido demasiado lejos al no querer ver al reportero? ¿Habrían notado mi sanidad? Si había dado la impresión de que estaba sana, tenía toda la intención de hacerles ver lo contrario, así que me puse de pie de un salto y comencé a dar zancadas de un lado al otro de la oficina mientras la Sra. Stanard se aferraba a mi brazo aterrorizada.

—No me quedaré aquí, ¡quiero mis maletas! ¿Por qué me molestan con tantas personas? —y seguí así hasta que el conductor de la ambulancia entró acompañado del juez.

 

 


 

[1] El uso de flores silvestres como figuras retóricas era bastante común en la literatura victoriana y norteamericana. “She’s a daisy!” en este caso, se refiere a una mujer inocente y tímida, pero que intimida por su belleza.

[2] Alternativamente, podría traducirse “repartiendo la leche de la bondad humana al por mayor” (he was dealing out the milk of human kindness by wholesale). Una expresión común en inglés que se originó por una frase de Lady MacBeth en Shakespeare


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
Ilustración de Eduardo Ramón Trejo

Los escritores tenemos extraños métodos de subsistencia para granjearnos el pan nuestro de cada día, que pocas veces tienen que ver con la escritura. Durante años, la principal fuente de ingresos del escritor uruguayo Jorge Mario Varlotta Levrero, más conocido en el mundo literario como Mario Levrero (Montevideo, 23 de enero de 1940- 30 de agosto de 2004), fueron las ganancias que obtenía de crear crucigramas y juegos de ingenio. Levrero ocultaba su faceta de escritor neurótico bajo tres heterónimos ocasionales, Jorge Varlotta, Álvar Tot o Lavalleja Bartleby, y se dedicaba a lo que “preferiría no hacer” que era diseñar acertijos, contar los cuadros de los crucigramas o condensar novelas policiales en problemas lógicos. El sublime legado del crucigramista Álvar Tot fue el “crucilaberintijo”, que era su propia variante sofisticada del clásico juego de lógica de filas contra columnas donde las soluciones son sustituidas por pistas entretejidas.

Esta extraña forma de sobrevivir de Levrero, no obstante, no está muy lejos de su literatura. Su obra estuvo marcada, en todas sus etapas, por el deseo de armar los rompecabezas que él mismo diseñaba como premisas de los mundos claustrofóbicos que habitan sus personajes. En sus primeras novelas, La ciudad (1970), París (1979) y Lugar (1982), que componen la llamada “trilogía involuntaria”, los protagonistas habitan extraños mundos kafkianos donde no conocen las reglas del juego en el que están inmersos. En El lugar, por ejemplo, un hombre amanece en una habitación oscura con paredes pegajosas y, a lo largo de la narración, va abriendo puerta tras puerta en una serie infinita de cuartos. Los cuartos están habitados por extrañas personas que hablan un idioma distinto, pero que mantienen el orden dándole de comer siempre a la misma hora. El narrador está “preso en un sistema arbitrario y cada vez más limitativo”[1] hasta que el régimen de sujeción del lugar (que parece más un crucilaberintijo que una trama), colapsa.

En sus cuentos y en novelas como Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (1975), Levrero retrata y parodia los procedimientos del género policial al que era tan afecto. Su narrativa repite fórmulas trilladas del policial, pero lleva a los personajes al límite de su inexistencia: “Aquí viene Nick Carter, el detective más famoso del mundo, a resolver un enigma. Pero en el fondo de tu almita sabes que no es cierto. El enigma eres tú, Nick Carter[…] el enigma de tu vida vacía, de tu verdadera identidad. […] Y tú, lector, que te apiadas del vacío de Nick Carter, ¿qué me puedes decir de ti mismo? De tu enigma, de tu identidad. ¿No te has dado cuenta de que también a ti te han asesinado?”[2]

Como resultado de este tipo de enigmas acerca de la identidad, la obra tardía de Levrero en la década de los años noventa adquirió un tono autobiográfico. Sus últimas novelas siguen esa misma pulsión que busca descubrir y reunir información que le ayudaría a resolver el enigma, pero ahora la cuestión es el enigma de su propio ser: “Si pudiera reunir toda la información, si pudiera armar toda la historia, perdería interés de inmediato, y por supuesto me olvidaría de esa historia—porque lo que cuenta para mí es el descubrimiento, el ir armando el rompecabezas.”[3] A Levrero le interesa más la búsqueda que el resultado, la parte experimental de la escritura que la trama y, en ese sentido, su trabajo es experimental: busca nuevas formas de armarse. Digo “armarse” porque a Levrero no le importa la escritura como ensamblaje de historias o personajes, sino descubrir su propia subjetividad a través de la forma en que relata detalles sobre sí mismo como parte de “un rompecabezas infinito, al que siempre se le puede agregar, y de hecho se le agrega, nuevas piezas”.[4] Este complejo rompecabezas cambia al mismo tiempo que cambia su propia vida. El proceso de escritura, y no las novelas ni su trama, es lo que le permite a Levrero llevar su curiosidad a las últimas consecuencias, explorar sus recuerdos o ejercitar su imaginación. Las obras de Levrero son rompecabezas con muchas dimensiones a los que siempre les falta una pieza.

La obra maestra de Mario Levrero es, sin duda, La novela luminosa que se publicó de forma póstuma en el 2005. La novela luminosa se divide en dos partes: un larguísimo prólogo de cuatrocientas cincuenta páginas titulado “Diario de la beca” y la breve “La novela luminosa” de menos de cien páginas. En el 2000, el autor recibió una beca Guggenheim para poder concluir una obra que había empezado una década antes. El centro de esa novela inconclusa son una serie de experiencias singulares que el autor llama “experiencias luminosas”: momentos triviales (como un perro oliendo el rastro de una perra o el robo de papel de una oficina) pero que al autor le parecen muy significativos y que revelan algo sobre la existencia. A Levrero le dan la beca Guggenheim para que pueda completar su novela (es quizás uno de los poquísimos reconocimientos que Levrero tuvo en vida) pero durante un año entero, se dedica a escribir un diario que da cuenta de sus actividades cotidianas, su rutina, sus persistentes obsesiones y manías y, sobre todo, su imposibilidad de escribir la verdadera novela luminosa. El diario es un ejercicio de preparación que tiene como propósito “poner en marcha la escritura, no importa con qué asunto, y mantener una continuidad hasta crear el hábito”.[5]

Ya en El discurso vacío (1996), Levrero había experimentado con una serie de “ejercicios” en los que practica su letra manuscrita para mejorar su caligrafía. La escritura del libro surge como parte de una “autoterapia grafológica” que presupone una relación entre la letra y los rasgos del carácter y la premisa de que, si se cambia la forma de escribir, se puede modificar la personalidad: “Debo caligrafiar. De eso se trata. Debo permitir que mi yo se agrande por el mágico influjo de la grafología. Letra grande, yo grande. Letra chica, yo chico. Letra linda, yo lindo”.[6] En los ejercicios, el narrador se intenta enfocar en el trazo de las letras y no desviar su atención de su caligrafía, pero, al hacer su plana diaria, su deseo se ve frecuentemente frustrado porque siempre alguien lo interrumpe o él mismo se deja llevar por el tema o contenido de lo que está escribiendo.

El “Diario de la beca” de La novela luminosa es la versión exagerada y aumentada de los ejercicios caligráficos “vacíos” de Levrero. En ambos textos hay un único compromiso: escribir lo que se le ocurre. Lo que nutre a los relatos es, entonces, tanto la experiencia cotidiana y trivial como los “significados profundos” que van surgiendo y mueven la parte más terapéutica del proceso. El diario surge para Levrero como un espacio de experimentación previa a la escritura de la novela supuestamente brillante. El resultado es un diario a modo de museo de historias inconclusas, el cual consigna las persistentes manías de un narrador que casi nunca sale de su departamento de la Ciudad Vieja en Montevideo. Entre sus obsesiones se cuenta la aparición del cadáver de un pájaro afuera de su ventana, su pérdida de tiempo jugando con la computadora, viendo pornografía, odiseñando un software que le recuerde tomar sus medicinas a tiempo. También leemos sobre las vicisitudes y la decadencia de su relaciones amorosas y su entrega a la lectura voraz de novelas policiales. Pero, sobre todo, el diario cuenta la manera en que el autor no puede escribir la deseada novela luminosa, las formas que encuentra para postergar la escritura o gastarse el dinero de la beca Guggenheim en, por ejemplo, comprar un sofá demasiado caro.

En este tipo de ejercicios, experimentos, postergación y fracasos explícitos reside la brillantez de Levrero: el fin sucede en el medio. La escritura de la novela como una trama luminosa ideal se desplaza y, en vez de lo prometido en el título, leemos una indagación que se pregunta acerca de la especificidad del discurso literario como forma pensamiento. Es decir, en la no-escritura de la novela se dan las claves para entender el crucilaberintijo de Levrero, que concibe la escritura como un ejercicio permanente de reflexión sobre la escritura misma. Lo interesante es que logra esta reflexión sin caer en lo cerebral y la sequía en la que frecuentemente caen otros autores que recurren a los excesos de la metaficción. Levrero se divierte en el proceso y nos deja una obra sumamente irónica, sarcástica, y juguetona.

Celebro que en los últimos cinco años se haya comenzado a rescatar la obra completa de Mario Levrero, y se haya reeditado la mayoría de sus textos tanto en España como en América Latina. Ya no es tan raro encontrar alguno de sus libros que durante años fueron inconseguibles. La mejor manera de festejar el cumpleaños de Levrero este 23 de enero es dejarse sorprender por la extrañeza de su obra literaria; hay que enfrentar la obra de Levrero a partir del goce, a partir del ocio como “una disposición del alma” o como una “manera de estar”.[7] Si Levrero vivió durante años gracias a su neg-ocio como crucigramista, nos corresponde leer su obra a través del lente del juego, el experimento y como un ejercicio que lleva al pensamiento lógico hasta sus últimas y absurdas consecuencias.

 


 

[1] Levrero, Mario, El lugar, Barcelona: Plaza y Janés Editores, 2000, p. 41.

[2] Levrero, Mario, Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo) y otras novelas, Barcelona: De Bolsillo, 2012, p. 71.

[3] Levrero, Mario, La novela luminosa. Barcelona: Mondadori, 2008, p. 250.

[4] Levrero, Mario, Irrupciones. Montevideo: Cauce Editorial, 2001, p. 31.

[5] Levrero, Mario, La novela luminosa, p. 23.

[6] Levrero, Mario, El discurso vacío. Buenos Aires: Random House Mondadori, 2014, p. 40.

[7] Levrero, Mario, La novela luminosa, p. 109.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, desarrolla su estilo en la ilustración a través de la técnica del collage. Ha colaborado en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Sus colaboraciones se han publicado en medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.