Tierra Adentro
Vista exterior del edificio del antiguo Manicomio de Santa Isabel. Extraída de Wikimedia Commons.

 

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Capítulo III

En el hogar temporal

 

Estaba por empezar mi carrera como Nellie Brown, la muchacha loca. Mientras caminaba por la avenida traté de personificar la apariencia que las jovencitas tienen en las imágenes tituladas “Soñando.” Las expresiones de “mirada perdida” tienen un aire delirante. Pasé a través de un pequeño patio pavimentado a la entrada del Hogar. Tiré de la campana, que sonó tan fuerte como la campanada de una iglesia, y aguardé nerviosamente la apertura de la puerta al Hogar, de la cual esperaba ser echada fuera a la merced de la policía. La puerta fue abierta de un jalón con determinación, para revelar a una niña pequeña y rubia, de unos trece veranos de edad.

—¿Está la matrona? —pregunté, con timidez.

—Sí, aquí está; pero está ocupada. Ve al patio trasero —respondió la chica, con una voz fuerte, sin siquiera mover un músculo en su rostro peculiarmente maduro.

Seguí sus descorteses instrucciones y me encontré en un oscuro e incómodo recibidor trasero. Ahí esperé la llegada de mi anfitriona. Había estado sentada por lo menos unos veinte minutos, cuando entró una mujer delgada, forrada en un sencillo vestido negro, y se detuvo delante de mí.

— ¿Y bien? —me espetó.

—¿Es usted la matrona? —le pregunté.

—No, —contestó— la matrona está enferma; soy su asistente. ¿Qué quieres?

—Me gustaría quedarme aquí unos cuantos días, si pueden acomodarme.

—Bueno, no tengo cuartos individuales, estamos a reventar; pero si quieres ocupar un cuarto con otra chica, es todo lo que puedo hacer.

—Estaría muy agradecida, —contesté— ¿cuánto cobran? —tan solo había traído conmigo unos setenta centavos, a sabiendas que mientras más pronto agotara mis fondos, más pronto sería expulsada, y ser expulsada era mi objetivo principal.

—Cobramos treinta centavos la noche, —fue su respuesta a mi pregunta, entonces le pagué una noche de alojamiento y me dejó con la excusa de tener algo más que atender. Una vez sola y con la libertad de hacer lo que me placiera, inspeccioné las inmediaciones.

No eran muy alegres, por no decir más. El mobiliario consistía en un armario, un escritorio, una repisa de libros, un organillo y varias sillas, arremetidos en un cuarto en el que apenas entraba la luz del día.

Para el momento en que me había familiarizado con mis aposentos, una campana, que competía en sonoridad con la campana de la puerta, comenzó a repicar en el sótano y varias mujeres marcharon escaleras abajo simultáneamente. Me imaginé, por obvias razones, que estaban sirviendo la cena, pero como nadie me dijo nada, no hice ningún esfuerzo por seguir aquella peregrinación hambrienta. Aunque sí me hubiera gustado que alguien me invitara a bajar. El hecho de saber que otros están comiendo sin convidarnos, siempre produce una sensación de soledad y añoranza, incluso si no se tiene hambre. Me alegró cuando la asistente de la matrona subió a preguntarme si deseaba comer algo. Le contesté que sí, y luego le pregunté su nombre. Sra. Stanard, dijo, e inmediatamente lo apuntó en un cuaderno que había traído conmigo con el propósito de hacer una bitácora, y en el cual había escrito varias páginas de absoluto sinsentido para la mirada de científicos curiosos.

Equipada con esto, esperé nuevos acontecimientos. Pero en lo que respecta a mi cena: seguí a la Sra. Stanard bajando por las escaleras sin alfombrar hacia el sótano, donde un gran número de mujeres estaban comiendo. Me encontró lugar en la mesa con otras tres mujeres. La sirvienta de pelo corto que me abrió la puerta ahora personificaba a una mesera. Colocando sus brazos en jarra sobre la cadera, y con el ceño fruncido me dijo:

—¿Carnero hervido, res hervida, frijoles, patatas, café o té?

—Res, patatas, café y pan —le respondí.

—El pan viene incluido —me explicó, mientras se dirigía a la cocina, que estaba en su retaguardia. No tomó mucho tiempo en regresar con mi orden en una bandeja grande y maltrecha, la cual soltó de golpe frente a mí. Comencé con mi modesto almuerzo. No era muy apetitoso, así que observaba a los demás mientras fingía comer.

¡A menudo he moralizado sobre la forma repulsiva que siempre asume la caridad! Aquí estaba un hogar para mujeres dignas, el cual no hacía honor a su nombre en lo más mínimo. El piso estaba desnudo y las pequeñas mesas de madera ignoraban por completo los arreglos modernos, tales como aplicar barniz, sacar lustre y poner encima unos manteles. Es inútil hablar de lo barato que es el lino y de sus efectos en la civilización. Aún así estas trabajadoras honestas, las más merecedoras de las mujeres, se ven forzadas a llamar hogar a este hoyo.

Cuando el almuerzo hubo terminado, cada una se dirigió al escritorio de la esquina, donde estaba sentada la Sra. Stanard, y pagó su cuenta. Me fue dado un recibo bien gastado por la original pieza de humanidad en forma de mi mesera. Mi cuenta era de unos treinta centavos.

Tras almorzar volví a subir y retomé mi lugar en el salón trasero. Tenía bastante frío y estaba incómoda, y ya me había hecho a la idea que no aguantaría estas circunstancias por mucho tiempo, así que mientras más rápido asumiera mi papel de loca, más rápido sería liberada de esta ociosidad auto-impuesta. ¡Ah! Ese fue sin lugar a dudas el día más largo de mi vida. Miré con indiferencia a las mujeres en el recibidor principal, donde todas estaban sentadas excepto yo.

Una de ellas no hacía nada, excepto leer y rascarse la cabeza y ocasionalmente llamar en voz baja —Georgie… —sin levantar sus ojos del libro. “Georgie” era su hijo travieso, el niño más ruidoso que jamás he visto. Era grosero e impertinente a más no poder y su madre no decía ni una palabra a menos de que oyera a alguien gritándole. Otra mujer continuaba quedándose dormida y despertándose con sus propios ronquidos. Me sentí aliviada de que tan solo se despertaba a sí misma. La mayoría de las mujeres solamente se sentaban ahí sin hacer nada, pero había algunas que tejían encajes y prendas incesantemente. La enorme campana de la puerta parecía no parar nunca, al igual que la chica de pelo corto. Esta era, además, una de esas chicas que siempre canta fragmentos de todas las canciones e himnos que han sido inventados en los últimos cincuenta años. En la actualidad, subyace una pequeña cosa llamada martirio. El repicar de la campana trajo consigo más personas que querían alojamiento por la noche. A excepción de una mujer, quien venía de la provincia para una expedición de compras, todas eran mujeres trabajadoras, algunas de ellas con niños.

Conforme se acercaba la noche, la Sra. Stanard se me acercó y me dijo:

—¿Qué te sucede? ¿Tienes alguna pena o problema?

—No —le dije, sorprendida por la pregunta —¿Por qué?

—Oh, porque —dijo, a la manera propia de una señora— lo puedo ver en tu rostro. Cuenta una historia de grandes dificultades.

—Sí, todo es tan triste —le dije, de manera incoherente, con lo cual intentaba reflejar mi locura.

—Pero no debes permitir que eso te preocupe. Todos tenemos nuestros problemas, pero los superamos con el tiempo. ¿Qué tipo de trabajo estás intentando conseguir?

—No lo sé; todo es tan triste —respondí.

—¿Te gustaría ser una enfermera para niños y usar un delantal y un lindo gorrito blanco?

Levanté mi pañuelo a la altura de la cara para esconder una sonrisa y contesté en voz baja, amortiguada por la tela:

—Nunca he trabajado; no sé cómo.

—Pero tienes que aprender —insistió—, todas las mujeres aquí trabajan.

—¿Lo hacen? —dije, en un murmullo apagado— Pero, me parece que se ven horribles; como un montón de mujeres locas. Me dan mucho miedo.

—No se ven muy agradables —admitió—, pero son mujeres trabajadoras, buenas y honestas. Nosotros no mantenemos gente loca aquí.

De nuevo usé mi pañuelo para disimular una sonrisa, pues pensé que antes de la mañana por lo menos sospecharía que tenía una persona loca en su rebaño.

—Todas se ven locas —afirmé de nuevo— y me dan mucho miedo. Hay tantos locos sueltos por ahí, y uno nunca puede saber lo que harán. Luego hay tantos asesinatos cometidos y la policía nunca atrapa a los asesinos —y terminé con un sollozo que hubiera conmovido a una audiencia de críticos indiferentes. Se sacudió de un sobresalto repentino, y supe que había asestado mi primer golpe de manera efectiva. Fue entretenido ver el tiempo tan corto que le tomó levantarse de su silla y susurrar apresuradamente:

—Volveré a hablar contigo después de un rato —supe que no volvería, y no lo hizo.

Cuando sonó la campana de la comida, seguí a las otras camino al sótano y me uní a la merienda, que se parecía bastante al almuerzo, solo que la cuenta era más pequeña y la cantidad de personas mucho más grande, habiendo regresado las mujeres que trabajaban afuera. Después de cenar todas regresamos a los salones, donde estuvimos sentadas o de pie, ya que no había suficientes sillas para todas.

Era una tarde espantosamente solitaria, y la luz que caía de la lámpara de gas abandonada en el recibidor y de la única lámpara de aceite en el pasillo, ayudaba a las sombras crepusculares a envolvernos en un matiz opaco, tiñendo a nuestros espíritus de un azul oscuro. Presentí que no haría falta sumergirme en este ambiente muchas veces para hacerme un sujeto ideal para el lugar al que aspiraba llegar.

Miré a dos mujeres, quienes parecían las más sociables de toda la multitud, y las elegí como las más aptas para concretar mi salvación, o mejor dicho, mi condena y convicción. Con la excusa de sentirme sola, les pregunté si podía unirme a su compañía. Aceptaron gentilmente, así que aún con mi sombrero y guantes puestos, los cuales nadie me había pedido que dejara a un lado, me senté y escuché a la tediosa conversación, en la cual no tomé parte, tan solo esbozando mi semblante triste y respondiendo “sí”, “no” o “no estoy segura”, a sus observaciones. Les dije varias veces que pensaba que todas en la casa se veían locas, pero tardaron en captar el sentido de mi singular comentario. Una de ellas dijo que su nombre era Sra. King y que era una mujer del sur. Luego dijo que yo tenía un acento sureño. Me preguntó sin rodeos si realmente venía del sur. “Sí” le respondí. La otra mujer comenzó a hablar de los botes de Boston y me preguntó si sabía a qué hora partían.

Por un momento me olvidé de mi rol de presunta loca y les dije la hora de salida correcta. Luego me preguntó qué trabajo iba a hacer o si alguna vez había trabajado. Contesté que me parecía muy triste que hubieran tantas personas trabajadoras en el mundo. En respuesta, dijo que había tenido una racha de mala suerte y había venido a Nueva York, donde había trabajado corrigiendo pruebas en un diccionario médico por algún tiempo, pero que su salud había decaído realizando esta tarea y que ahora regresaría a Boston de nuevo. Cuando la mucama vino a decirnos que fuéramos a la cama, le hice saber que tenía miedo y de nuevo mencioné que todas las mujeres en la casa parecían estar locas. La enfermera insistió en que fuera a la cama. Le pregunté si podía sentarme en las escaleras, pero contestó decisivamente:

—No; pues todos en la casa pensarían que tú estás loca.

Finalmente, les permití llevarme a un cuarto.

En este punto debo de introducir por su respectivo nombre a un nuevo personaje en mi relato: la mujer que había sido correctora de pruebas y estaba a punto de regresar a Boston. La Sra. Caine, tan valiente como lo era de buen corazón. Entró en mi cuarto, se sentó y charló conmigo un largo rato, deshaciendo mi peinado con gentileza. Trató de convencerme de desvestirme e ir a la cama. Mientras tanto, algunos de los inquilinos se juntaron a nuestro alrededor. Se expresaron de varias maneras. “¡Pobre chiflada!” Dijeron. “¡Pues vaya que está disparatada!” “Me da miedo quedarme con una criatura así de loca en la casa”, “Nos matará a todos antes de que amanezca”. Una mujer quería llamar a la policía para que me llevaran de inmediato. Todos estaban en un terrible estado de pánico.

Nadie quería hacerse responsable de mí y la mujer con la que iba a compartir cuarto, declaró que no se quedaría con esa “mujer loca” ni por todo el dinero del magnate Vanderbilts. Fue entonces cuando la Sra. Caine dijo que ella se quedaría conmigo. Le dije que eso me gustaría. Así que la dejaron conmigo. No se desvistió, tan solo se acostó en la cama, alerta de mis movimientos. Intentó convencerme de que también me recostara, pero temía hacerlo. Sabía que si cedía, me quedaría dormida y soñaría tan apacible como un bebé. Correría el riesgo de delatarme a mí misma. Así que insistí en sentarme al borde de la cama y mirar a un punto con expresión perdida. Mi pobre compañera se sumió en un profundo estado de descontento. Cada cierto tiempo se levantaba y me miraba. Me dijo que mis ojos resplandecían demasiado brillantes y comenzó a interrogarme, preguntándome dónde vivía, cuánto tiempo había estado en Nueva York, qué había estado haciendo y muchas otras cosas. A todas sus preguntas tenía solamente una respuesta: le dije que había olvidado, que desde que mi dolor de cabeza había aparecido no podía recordar nada.

¡Pobre alma! ¡La torturé con tanta crueldad, y tenía un corazón tan tierno! ¡Torturé a todos aquella noche! Uno de ellos soñó conmigo, en la forma de una pesadilla. Tras estar alrededor de una hora en el cuarto, yo misma me espanté al oír los gritos de una señora en la habitación contigua. Comencé a imaginar que verdaderamente me encontraba en un manicomio.

La Sra. Caine se despertó, miró a su alrededor y escuchó asustada. Entonces fue al cuarto de al lado y la oí haciéndole algunas preguntas a otra mujer. Cuando regresó me dijo que aquella mujer había tenido una pesadilla horrenda. Había soñado conmigo. Me había visto, dijo, corriendo directo hacia ella con la intención de matarla. Al tratar de escapar de mí soltó un grito, que afortunadamente la despertó y ahuyentó al mal sueño. Entonces la Sra. Caine se volvió a meter a la cama, considerablemente agitada, pero muy somnolienta.

Yo también estaba fatigada, pero me había preparado para mi misión y estaba determinada a mantenerme despierta toda la noche para continuar con mi trabajo de personificación. Escuché la campanada de medianoche del reloj. Aún me quedaban seis horas de espera para la luz del día. El tiempo pasaba con una lentitud insufrible. Los minutos parecían horas. Los ruidos en la casa y la avenida se apagaron por completo.

Temiendo que el sueño me tomaría entre sus garras, comencé a analizar mi vida. ¡Qué extraño parece todo! Un incidente, por muy trivial que parezca, es tan solo un eslabón que nos conecta con nuestro destino inalterable. Comencé por el principio y reviví la historia de mi vida. Recordé a viejos amigos con emoción; viejas enemistades, momentos de angustia y goce, todos se manifestaron. Las páginas boca abajo de mi vida fueron volteadas y el pasado se hizo presente.

Cuando terminé, dirigí mis pensamientos hacia el futuro con valentía, preguntándome, primero, qué albergaría el día siguiente, y luego planeando el siguiente paso en mi proyecto. Me pregunté si sería capaz de cruzar el río en dirección a la meta de mi extraña ambición, de eventualmente convertirme en un paciente más de los pasillos habitados por mis hermanas trastornadas. Y luego, una vez adentro, ¿cuál sería mi experiencia? ¿Y después? ¿Cómo saldría?… “¡Bah!”, me dije a mí misma, “ya me sacarán”.

Esa fue la noche más grandiosa de mi existencia. Por unas pocas horas, me paré cara a cara frente al “¡ser!”.

Miré a través de la ventana y recibí con gusto el leve centelleo del alba. La luz se hizo más fuerte y gris, pero el silencio continuaba sin romperse. Mi compañera dormía. Aún me quedaba una o dos horas que matar. Por suerte encontré una tarea para mantener a mi mente ocupada. Roberto Bruce había encontrado esperanza en el futuro mientras estaba cautivo y pasaba su tiempo, tan cómodo como lo permitían las circunstancias, observando a la célebre araña construir su red. Yo no tenía una alimaña tan noble para entretenerme. Aún así, creo que hice algunos descubrimientos importantes en la historia natural. Estaba a punto de quedarme dormida contra mi voluntad, cuando me desperté de un espanto. Creí oír algo arrastrarse y caer sobre el cubrecama con un golpe casi inaudible.

Tuve la oportunidad de estudiar estos interesantes animales con mucho detenimiento. Evidentemente, habían venido a buscar su desayuno, pero se llevaron una gran decepción al darse cuenta que su platillo principal no estaba allí. Se corretearon de un lado al otro de la almohada, se juntaron, parecieron entablar una conversación interesante y actuaron como si estuvieran confundidos ante la ausencia de su apetitoso desayuno. Tras una larga consulta, finalmente desaparecieron, buscando víctimas en otra parte. Pasé los largos minutos prestando atención a las cucarachas, cuyo tamaño y agilidad me tomaron por sorpresa.

Mi compañera de cuarto había estado profundamente dormida por un largo rato, pero al despertarse, se sorprendió al verme aún despierta y tan vivaz como un grillo. Fue tan comprensiva como siempre. Se me acercó, tomó mis manos e hizo lo mejor que pudo por consolarme, y me preguntó si no quería regresar a casa. Me mantuvo en la planta alta hasta que casi todos salieron de la casa y luego me llevó abajo por café y un bollo. Después de eso, calladamente, regresé a mi cuarto, donde me senté a sollozar. La Sra. Caine se ponía más y más nerviosa.

—¿Qué se le puede hacer? —continuaba exclamando— ¿Dónde están tus amigos?

—No —contesté—. No tengo amigos, pero tengo algunas maletas. ¿Dónde están? Las quiero.

La buena mujer trató de calmarme, diciendo que las encontrarían a su debido tiempo. Ella creía que estaba loca.

Sin embargo, la perdono. Tan solo después de que uno encuentra en aprietos se da cuenta de la poca simpatía y bondad que hay en el mundo. Las mujeres en el Hogar que no me tenían miedo querían divertirse a mi costa, así que me molestaron con preguntas y comentarios que, de haber estado loca, hubieran sido crueles e inhumanos. Tan solo esta mujer entre la multitud, la bella y delicada Sra. Caine, demostró un genuino cariño femenino. Les ordenó a las otras dejar de burlarse y tomó la cama de la mujer que se rehusó a dormir cerca de mí. Se puso en contra de la sugerencia de dejarme sola y encerrarme durante la noche para que no lastimara a nadie. Insistió en permanecer a mi lado para asistirme en caso de que lo necesitara. Peinó mi cabello, limpió mi frente y me habló de manera reconfortante, como lo haría cualquier madre a un niño enfermizo. Trató por todos los medios de que me fuera a la cama y descansara, y cuando amaneció, se levantó y me puso una manta encima preocupada por que me diera frío; luego me beso la frente y susurró compasivamente:

—¡Pobre niña, pobre niña!

Cuánto admiré el coraje y la amabilidad de aquella pequeña señora. Cuánto ansié tranquilizarla y murmurarle que no estaba loca y cómo esperaba que, si alguna pobre chica tenía el infortunio de ser lo que yo pretendía ser, pudiera conocer a alguien que compartiera el mismo espíritu de benevolencia humana que poseía la Sra. Ruth Caine.

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Fotografía cortesía de la autora
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