Tierra Adentro
Manicomio rural. Extraída de Wikimedia Commons.

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Capítulo II

Preparándome para la prueba

 

 

Pero volvamos a mi trabajo y mi misión. Después de recibir las instrucciones volví a mi pensión, y cuando cayó la tarde empecé a practicar el papel con el que debutaría al día siguiente. Qué tarea tan difícil, pensé, aparecer frente a un montón de gente y convencerlos de que estoy loca. Nunca había estado cerca de personas locas en toda mi vida y no tenía la menor idea de cómo se comportaban. ¡Además sería examinada por un número de médicos entrenados que han hecho de la locura su especialidad, y que a diario están en contacto con gente loca! ¿Cómo podía creer que burlaría a estos doctores y los convencería de que estaba demente? Temía que no pudieran ser engañados. Empecé a pensar que mi tarea era imposible, pero alguien tenía que hacerla. Así que corrí al espejo y examiné mi rostro. Recordé todas las cosas que había leído sobre los locos, para empezar que tenían una mirada fija y penetrante, así que abrí mis ojos lo más que pude y miré mi reflejo sin pestañear. Les aseguro que no era una imagen alentadora, ni siquiera para mí, especialmente al filo de la noche. Intenté elevar mi valentía subiéndole a la calefacción, y solo lo conseguí en parte, pero me consolé pensando que en pocas noches no estaría ahí, sino encerrada en una celda con un montón de lunáticos.

No hacía mucho frío, sin embargo, cuando pensaba en lo que vendría, vientos fríos jugaban a las carreras de arriba a abajo por mi espalda mofándose del sudor que lenta pero definitivamente me arrebataba los rizos del fleco. A ratos, mientras practicaba frente al espejo y me imaginaba mi futuro como lunática, leía pedazos de historias de fantasmas improbables e imposibles, para que cuando el amanecer llegara a espantar a la noche, me sintiera de buen ánimo para mi misión, pero con hambre suficiente para estar muy segura de querer desayunar. Lenta y tristemente tomé mi baño matutino despidiéndome en silencio de algunos de los preciosos artículos conocidos por la civilización moderna. Con ternura hice a un lado mi cepillo de dientes y, cuando me daba la última pasada de jabón, murmuré:

—Podrían ser unos días, o podría ser más tiempo.

Después me puse la ropa vieja que había elegido para la ocasión. Tenía humor de ver todo con mucha seriedad. Quería dar una última mirada profunda. Medité respecto a que nadie podía saber las deformaciones que podría provocarle a mi cerebro hacerme la loca y ser encerrada con una multitud de personas enloquecidas, y que podían no dejarme volver. Pero jamás pensé en eludir mi misión. Con calma, al menos eso aparentaba, me fui a hacer mis negocios desquiciados.

Al principio pensé que lo mejor sería ir a una pensión, y, cuando ya tuviera mi hospedaje asegurado, decirle a la señora o señor de la casa, según fuera el caso, que buscaba trabajo, y unos días después, fingir volverme loca. Cuando reconsideré la idea, temí que tomaría mucho tiempo. De pronto pensé que sería mucho más fácil si fuera a una pensión para mujeres trabajadoras. Sabía que una vez que las convenciera de que estaba loca, no descansarían hasta que estuviera lejos de su alcance y encerrada bajo llave.

Seleccioné del directorio el Hogar Temporal para Mujeres, Número 84 de la Segunda Avenida. Al caminar por la avenida decidí que, cuando entrara al Hogar, debía esforzarme por empezar cuanto antes mi jornada al Manicomio de la Isla de Blackwell.

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Fotografía cortesía de la autora
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