Tierra Adentro

 

Lo que la gente no sabe es que dentro del barril del Chavo del Ocho hay un Aleph. Cada vez que el Chavo se mete en él observa todos los lugares y momentos del universo reflejados. Puede ver su futuro como drogadicto antes del suicidio; a su madre abandonándolo en una vecindad; al profesor Jirafales cogiendo con la mamá de Quico; a Don Ramón robando para su hija caprichosa que dentro de pocos días quedará embarazada. Puede ver los otros universos, donde es el Chapulín, el Chompiras, el Chanfle.

Incluso, el Aleph de su barril puede mostrarle el rostro de todos los televidentes que asesinan sus neuronas viendo el programa número uno de la televisión humorística. Observa a los brasileños, a los colombianos, a los mexicanos y los costarricenses reírse de su humor simple y repetitivo. Dentro del barril, el chavo puede ver todas las tortas de jamón y todos los colores del mundo. Observa a Roberto Gómez Bolaños haciéndose millonario, infeliz, siendo esclavo de Florinda Meza.

El chavo sale del barril y busca cómo conseguir dinero para comprar todo aquello que ve, pero no puede alcanzar. Cuando no lo consigue, hace una travesura para meterse de nuevo en el barril, a refugiarse del mundo leyendo los textos que la gente escribe sobre él.


Autores
(Ciudad de México, 1995). Docente. Egresado de la licenciatura en Comunicación por la FES Acatlán (UNAM). Director de la revista literaria Monodemonio.
Ilustración de Luis Ham.

 

Tarde

 

Entre la tierra y el polvo

camina con cuidado de no resbalar.

Hasta respirar petrifica.

 

No llores, niña,

la limpieza es deber

para recibir de nuevo

a los cañones.

 

Esas voces

que alguna vez fueron hombres

no resultan, no retumban

más que cañones.

 

Levanta raíces a patadas tibias

entre jirones de paciencia.

 

Hay gente que ve la ciudad triste

como un bar con las luces encendidas

o un precipicio que no podría matarte.

 

Yo no.

Yo no creo que estas sean ruinas,

nada deja de construirse.

Barrer el polvo de hoy

que mañana será ladrillo

tras de sí, ceniza.

 

 

Mañana

 

Mi niña come huevos fritos

suena un cañón en la cocina.

Ya está listo el pan.

 

Solo piedras quemadas

son las biografías,

los martillos se hicieron polvo

verduzco por la humedad,

como la ceniza de un volcán enfermo.

 

La jornada se acorta

sobran manos y faltan

materiales, metales, arcilla.

Los hombres empacaron su sudor

en bloques con la quijada abierta.

Cañón en la catedral.

Hora de almorzar.

 

Los niños en la escuela

olvidarán lo que no vieron

Cañón en las lejanías.

 

Noche

 

Todavía se escuchan,

todavía habitan el silencio.

 

Escombros de memoria

que tocan las puertas a puños.

Nosotros mismos lo seremos

polvo gris irreconocible, innombrable

y, ¿quién nos barrerá?

 

Un coche se acerca sin temor.

De sus llantas salen

cañón al norte.

Cañón al norte.

 

El incendio consumirá

hasta sus brazos.

 

Cañones al sur.

Cañón al oeste.

 

Y el crepitar de las llamas

gira sobre sí, néctar anaranjado

contrae al mundo a lengüetazos.

Solo el fuego gusta tanto

de morder el polvo.

 

Y los cañones

acompañan

acampanan

el calor de todas las bocas.

 


Autores
(Baja California, 1998). Sus textos han sido publicados por las revistas El Septentrión y Cinosargo. Fue seleccionado para participar en la Antología Mexicalense del Nuevo Milenio. Ha participado en presentaciones y mesas redondas de la feria internacional del libro UABC y Tijuana, además de los encuentros PoeTi-Sa y Tiempo de literatura en sus ediciones 2018, presentando su primera obra, el poemario Testigos del fuego.

 

I

pájaros otoño revolotean al agua parda

mecen la voz

pupila de cerval que acecha

y floración de jacarandas madurando suelos

 

 

 

II

qué haré a las risas

si te hago partir

 

con quién veré los caballos de playa nacer el ocaso

volar ruidosos los pelícanos de arena

que se tuesta al sol

 

se me escurren tus ojos

a través de los dedos

 

te siembro en la tierra

 

no quiero

 

 

 III

 

los batires atravesarán azul

reverberarán azul

ondulaciones revueltas

 

 

retumbar

un pecho que bate es el remar

 

labrar el agua

 

 

llega la tormenta

lluviadilubio

bancos de gorriones desfundan el aire

 

desfundarán aire

y lejanía

 

 

 

IV

 

de frente a mí

te miro

eternecedora

bastedad

como un oleaje despojado de costa

 

encuentro migración

aves echándose al destino

nostalgia

lo que pudo ser

 

 

becerra a la noche abierta

en cada mugido oigo tu amor

en lo remoto somos de miedo

de orfandad

enraízo

trashumo

 

soy aquí de desesperanza

y hace la memoria

jauría blanca

 

rendición

 

esto es lo que tengo


Autores
(1985, Ciudad de México) Cursó el diplomado en Creación Literaria en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia del INBA (2017). Ha cursado estudios en Lengua y Literaturas Hispánicas y en Lingüística.
Vista exterior del edificio del antiguo Manicomio de Santa Isabel. Extraída de Wikimedia Commons.

 

Aquí el capítulo anterior.

Aquí el capítulo siguiente.

 


 

Capítulo III

En el hogar temporal

 

Estaba por empezar mi carrera como Nellie Brown, la muchacha loca. Mientras caminaba por la avenida traté de personificar la apariencia que las jovencitas tienen en las imágenes tituladas “Soñando.” Las expresiones de “mirada perdida” tienen un aire delirante. Pasé a través de un pequeño patio pavimentado a la entrada del Hogar. Tiré de la campana, que sonó tan fuerte como la campanada de una iglesia, y aguardé nerviosamente la apertura de la puerta al Hogar, de la cual esperaba ser echada fuera a la merced de la policía. La puerta fue abierta de un jalón con determinación, para revelar a una niña pequeña y rubia, de unos trece veranos de edad.

—¿Está la matrona? —pregunté, con timidez.

—Sí, aquí está; pero está ocupada. Ve al patio trasero —respondió la chica, con una voz fuerte, sin siquiera mover un músculo en su rostro peculiarmente maduro.

Seguí sus descorteses instrucciones y me encontré en un oscuro e incómodo recibidor trasero. Ahí esperé la llegada de mi anfitriona. Había estado sentada por lo menos unos veinte minutos, cuando entró una mujer delgada, forrada en un sencillo vestido negro, y se detuvo delante de mí.

— ¿Y bien? —me espetó.

—¿Es usted la matrona? —le pregunté.

—No, —contestó— la matrona está enferma; soy su asistente. ¿Qué quieres?

—Me gustaría quedarme aquí unos cuantos días, si pueden acomodarme.

—Bueno, no tengo cuartos individuales, estamos a reventar; pero si quieres ocupar un cuarto con otra chica, es todo lo que puedo hacer.

—Estaría muy agradecida, —contesté— ¿cuánto cobran? —tan solo había traído conmigo unos setenta centavos, a sabiendas que mientras más pronto agotara mis fondos, más pronto sería expulsada, y ser expulsada era mi objetivo principal.

—Cobramos treinta centavos la noche, —fue su respuesta a mi pregunta, entonces le pagué una noche de alojamiento y me dejó con la excusa de tener algo más que atender. Una vez sola y con la libertad de hacer lo que me placiera, inspeccioné las inmediaciones.

No eran muy alegres, por no decir más. El mobiliario consistía en un armario, un escritorio, una repisa de libros, un organillo y varias sillas, arremetidos en un cuarto en el que apenas entraba la luz del día.

Para el momento en que me había familiarizado con mis aposentos, una campana, que competía en sonoridad con la campana de la puerta, comenzó a repicar en el sótano y varias mujeres marcharon escaleras abajo simultáneamente. Me imaginé, por obvias razones, que estaban sirviendo la cena, pero como nadie me dijo nada, no hice ningún esfuerzo por seguir aquella peregrinación hambrienta. Aunque sí me hubiera gustado que alguien me invitara a bajar. El hecho de saber que otros están comiendo sin convidarnos, siempre produce una sensación de soledad y añoranza, incluso si no se tiene hambre. Me alegró cuando la asistente de la matrona subió a preguntarme si deseaba comer algo. Le contesté que sí, y luego le pregunté su nombre. Sra. Stanard, dijo, e inmediatamente lo apuntó en un cuaderno que había traído conmigo con el propósito de hacer una bitácora, y en el cual había escrito varias páginas de absoluto sinsentido para la mirada de científicos curiosos.

Equipada con esto, esperé nuevos acontecimientos. Pero en lo que respecta a mi cena: seguí a la Sra. Stanard bajando por las escaleras sin alfombrar hacia el sótano, donde un gran número de mujeres estaban comiendo. Me encontró lugar en la mesa con otras tres mujeres. La sirvienta de pelo corto que me abrió la puerta ahora personificaba a una mesera. Colocando sus brazos en jarra sobre la cadera, y con el ceño fruncido me dijo:

—¿Carnero hervido, res hervida, frijoles, patatas, café o té?

—Res, patatas, café y pan —le respondí.

—El pan viene incluido —me explicó, mientras se dirigía a la cocina, que estaba en su retaguardia. No tomó mucho tiempo en regresar con mi orden en una bandeja grande y maltrecha, la cual soltó de golpe frente a mí. Comencé con mi modesto almuerzo. No era muy apetitoso, así que observaba a los demás mientras fingía comer.

¡A menudo he moralizado sobre la forma repulsiva que siempre asume la caridad! Aquí estaba un hogar para mujeres dignas, el cual no hacía honor a su nombre en lo más mínimo. El piso estaba desnudo y las pequeñas mesas de madera ignoraban por completo los arreglos modernos, tales como aplicar barniz, sacar lustre y poner encima unos manteles. Es inútil hablar de lo barato que es el lino y de sus efectos en la civilización. Aún así estas trabajadoras honestas, las más merecedoras de las mujeres, se ven forzadas a llamar hogar a este hoyo.

Cuando el almuerzo hubo terminado, cada una se dirigió al escritorio de la esquina, donde estaba sentada la Sra. Stanard, y pagó su cuenta. Me fue dado un recibo bien gastado por la original pieza de humanidad en forma de mi mesera. Mi cuenta era de unos treinta centavos.

Tras almorzar volví a subir y retomé mi lugar en el salón trasero. Tenía bastante frío y estaba incómoda, y ya me había hecho a la idea que no aguantaría estas circunstancias por mucho tiempo, así que mientras más rápido asumiera mi papel de loca, más rápido sería liberada de esta ociosidad auto-impuesta. ¡Ah! Ese fue sin lugar a dudas el día más largo de mi vida. Miré con indiferencia a las mujeres en el recibidor principal, donde todas estaban sentadas excepto yo.

Una de ellas no hacía nada, excepto leer y rascarse la cabeza y ocasionalmente llamar en voz baja —Georgie… —sin levantar sus ojos del libro. “Georgie” era su hijo travieso, el niño más ruidoso que jamás he visto. Era grosero e impertinente a más no poder y su madre no decía ni una palabra a menos de que oyera a alguien gritándole. Otra mujer continuaba quedándose dormida y despertándose con sus propios ronquidos. Me sentí aliviada de que tan solo se despertaba a sí misma. La mayoría de las mujeres solamente se sentaban ahí sin hacer nada, pero había algunas que tejían encajes y prendas incesantemente. La enorme campana de la puerta parecía no parar nunca, al igual que la chica de pelo corto. Esta era, además, una de esas chicas que siempre canta fragmentos de todas las canciones e himnos que han sido inventados en los últimos cincuenta años. En la actualidad, subyace una pequeña cosa llamada martirio. El repicar de la campana trajo consigo más personas que querían alojamiento por la noche. A excepción de una mujer, quien venía de la provincia para una expedición de compras, todas eran mujeres trabajadoras, algunas de ellas con niños.

Conforme se acercaba la noche, la Sra. Stanard se me acercó y me dijo:

—¿Qué te sucede? ¿Tienes alguna pena o problema?

—No —le dije, sorprendida por la pregunta —¿Por qué?

—Oh, porque —dijo, a la manera propia de una señora— lo puedo ver en tu rostro. Cuenta una historia de grandes dificultades.

—Sí, todo es tan triste —le dije, de manera incoherente, con lo cual intentaba reflejar mi locura.

—Pero no debes permitir que eso te preocupe. Todos tenemos nuestros problemas, pero los superamos con el tiempo. ¿Qué tipo de trabajo estás intentando conseguir?

—No lo sé; todo es tan triste —respondí.

—¿Te gustaría ser una enfermera para niños y usar un delantal y un lindo gorrito blanco?

Levanté mi pañuelo a la altura de la cara para esconder una sonrisa y contesté en voz baja, amortiguada por la tela:

—Nunca he trabajado; no sé cómo.

—Pero tienes que aprender —insistió—, todas las mujeres aquí trabajan.

—¿Lo hacen? —dije, en un murmullo apagado— Pero, me parece que se ven horribles; como un montón de mujeres locas. Me dan mucho miedo.

—No se ven muy agradables —admitió—, pero son mujeres trabajadoras, buenas y honestas. Nosotros no mantenemos gente loca aquí.

De nuevo usé mi pañuelo para disimular una sonrisa, pues pensé que antes de la mañana por lo menos sospecharía que tenía una persona loca en su rebaño.

—Todas se ven locas —afirmé de nuevo— y me dan mucho miedo. Hay tantos locos sueltos por ahí, y uno nunca puede saber lo que harán. Luego hay tantos asesinatos cometidos y la policía nunca atrapa a los asesinos —y terminé con un sollozo que hubiera conmovido a una audiencia de críticos indiferentes. Se sacudió de un sobresalto repentino, y supe que había asestado mi primer golpe de manera efectiva. Fue entretenido ver el tiempo tan corto que le tomó levantarse de su silla y susurrar apresuradamente:

—Volveré a hablar contigo después de un rato —supe que no volvería, y no lo hizo.

Cuando sonó la campana de la comida, seguí a las otras camino al sótano y me uní a la merienda, que se parecía bastante al almuerzo, solo que la cuenta era más pequeña y la cantidad de personas mucho más grande, habiendo regresado las mujeres que trabajaban afuera. Después de cenar todas regresamos a los salones, donde estuvimos sentadas o de pie, ya que no había suficientes sillas para todas.

Era una tarde espantosamente solitaria, y la luz que caía de la lámpara de gas abandonada en el recibidor y de la única lámpara de aceite en el pasillo, ayudaba a las sombras crepusculares a envolvernos en un matiz opaco, tiñendo a nuestros espíritus de un azul oscuro. Presentí que no haría falta sumergirme en este ambiente muchas veces para hacerme un sujeto ideal para el lugar al que aspiraba llegar.

Miré a dos mujeres, quienes parecían las más sociables de toda la multitud, y las elegí como las más aptas para concretar mi salvación, o mejor dicho, mi condena y convicción. Con la excusa de sentirme sola, les pregunté si podía unirme a su compañía. Aceptaron gentilmente, así que aún con mi sombrero y guantes puestos, los cuales nadie me había pedido que dejara a un lado, me senté y escuché a la tediosa conversación, en la cual no tomé parte, tan solo esbozando mi semblante triste y respondiendo “sí”, “no” o “no estoy segura”, a sus observaciones. Les dije varias veces que pensaba que todas en la casa se veían locas, pero tardaron en captar el sentido de mi singular comentario. Una de ellas dijo que su nombre era Sra. King y que era una mujer del sur. Luego dijo que yo tenía un acento sureño. Me preguntó sin rodeos si realmente venía del sur. “Sí” le respondí. La otra mujer comenzó a hablar de los botes de Boston y me preguntó si sabía a qué hora partían.

Por un momento me olvidé de mi rol de presunta loca y les dije la hora de salida correcta. Luego me preguntó qué trabajo iba a hacer o si alguna vez había trabajado. Contesté que me parecía muy triste que hubieran tantas personas trabajadoras en el mundo. En respuesta, dijo que había tenido una racha de mala suerte y había venido a Nueva York, donde había trabajado corrigiendo pruebas en un diccionario médico por algún tiempo, pero que su salud había decaído realizando esta tarea y que ahora regresaría a Boston de nuevo. Cuando la mucama vino a decirnos que fuéramos a la cama, le hice saber que tenía miedo y de nuevo mencioné que todas las mujeres en la casa parecían estar locas. La enfermera insistió en que fuera a la cama. Le pregunté si podía sentarme en las escaleras, pero contestó decisivamente:

—No; pues todos en la casa pensarían que tú estás loca.

Finalmente, les permití llevarme a un cuarto.

En este punto debo de introducir por su respectivo nombre a un nuevo personaje en mi relato: la mujer que había sido correctora de pruebas y estaba a punto de regresar a Boston. La Sra. Caine, tan valiente como lo era de buen corazón. Entró en mi cuarto, se sentó y charló conmigo un largo rato, deshaciendo mi peinado con gentileza. Trató de convencerme de desvestirme e ir a la cama. Mientras tanto, algunos de los inquilinos se juntaron a nuestro alrededor. Se expresaron de varias maneras. “¡Pobre chiflada!” Dijeron. “¡Pues vaya que está disparatada!” “Me da miedo quedarme con una criatura así de loca en la casa”, “Nos matará a todos antes de que amanezca”. Una mujer quería llamar a la policía para que me llevaran de inmediato. Todos estaban en un terrible estado de pánico.

Nadie quería hacerse responsable de mí y la mujer con la que iba a compartir cuarto, declaró que no se quedaría con esa “mujer loca” ni por todo el dinero del magnate Vanderbilts. Fue entonces cuando la Sra. Caine dijo que ella se quedaría conmigo. Le dije que eso me gustaría. Así que la dejaron conmigo. No se desvistió, tan solo se acostó en la cama, alerta de mis movimientos. Intentó convencerme de que también me recostara, pero temía hacerlo. Sabía que si cedía, me quedaría dormida y soñaría tan apacible como un bebé. Correría el riesgo de delatarme a mí misma. Así que insistí en sentarme al borde de la cama y mirar a un punto con expresión perdida. Mi pobre compañera se sumió en un profundo estado de descontento. Cada cierto tiempo se levantaba y me miraba. Me dijo que mis ojos resplandecían demasiado brillantes y comenzó a interrogarme, preguntándome dónde vivía, cuánto tiempo había estado en Nueva York, qué había estado haciendo y muchas otras cosas. A todas sus preguntas tenía solamente una respuesta: le dije que había olvidado, que desde que mi dolor de cabeza había aparecido no podía recordar nada.

¡Pobre alma! ¡La torturé con tanta crueldad, y tenía un corazón tan tierno! ¡Torturé a todos aquella noche! Uno de ellos soñó conmigo, en la forma de una pesadilla. Tras estar alrededor de una hora en el cuarto, yo misma me espanté al oír los gritos de una señora en la habitación contigua. Comencé a imaginar que verdaderamente me encontraba en un manicomio.

La Sra. Caine se despertó, miró a su alrededor y escuchó asustada. Entonces fue al cuarto de al lado y la oí haciéndole algunas preguntas a otra mujer. Cuando regresó me dijo que aquella mujer había tenido una pesadilla horrenda. Había soñado conmigo. Me había visto, dijo, corriendo directo hacia ella con la intención de matarla. Al tratar de escapar de mí soltó un grito, que afortunadamente la despertó y ahuyentó al mal sueño. Entonces la Sra. Caine se volvió a meter a la cama, considerablemente agitada, pero muy somnolienta.

Yo también estaba fatigada, pero me había preparado para mi misión y estaba determinada a mantenerme despierta toda la noche para continuar con mi trabajo de personificación. Escuché la campanada de medianoche del reloj. Aún me quedaban seis horas de espera para la luz del día. El tiempo pasaba con una lentitud insufrible. Los minutos parecían horas. Los ruidos en la casa y la avenida se apagaron por completo.

Temiendo que el sueño me tomaría entre sus garras, comencé a analizar mi vida. ¡Qué extraño parece todo! Un incidente, por muy trivial que parezca, es tan solo un eslabón que nos conecta con nuestro destino inalterable. Comencé por el principio y reviví la historia de mi vida. Recordé a viejos amigos con emoción; viejas enemistades, momentos de angustia y goce, todos se manifestaron. Las páginas boca abajo de mi vida fueron volteadas y el pasado se hizo presente.

Cuando terminé, dirigí mis pensamientos hacia el futuro con valentía, preguntándome, primero, qué albergaría el día siguiente, y luego planeando el siguiente paso en mi proyecto. Me pregunté si sería capaz de cruzar el río en dirección a la meta de mi extraña ambición, de eventualmente convertirme en un paciente más de los pasillos habitados por mis hermanas trastornadas. Y luego, una vez adentro, ¿cuál sería mi experiencia? ¿Y después? ¿Cómo saldría?… “¡Bah!”, me dije a mí misma, “ya me sacarán”.

Esa fue la noche más grandiosa de mi existencia. Por unas pocas horas, me paré cara a cara frente al “¡ser!”.

Miré a través de la ventana y recibí con gusto el leve centelleo del alba. La luz se hizo más fuerte y gris, pero el silencio continuaba sin romperse. Mi compañera dormía. Aún me quedaba una o dos horas que matar. Por suerte encontré una tarea para mantener a mi mente ocupada. Roberto Bruce había encontrado esperanza en el futuro mientras estaba cautivo y pasaba su tiempo, tan cómodo como lo permitían las circunstancias, observando a la célebre araña construir su red. Yo no tenía una alimaña tan noble para entretenerme. Aún así, creo que hice algunos descubrimientos importantes en la historia natural. Estaba a punto de quedarme dormida contra mi voluntad, cuando me desperté de un espanto. Creí oír algo arrastrarse y caer sobre el cubrecama con un golpe casi inaudible.

Tuve la oportunidad de estudiar estos interesantes animales con mucho detenimiento. Evidentemente, habían venido a buscar su desayuno, pero se llevaron una gran decepción al darse cuenta que su platillo principal no estaba allí. Se corretearon de un lado al otro de la almohada, se juntaron, parecieron entablar una conversación interesante y actuaron como si estuvieran confundidos ante la ausencia de su apetitoso desayuno. Tras una larga consulta, finalmente desaparecieron, buscando víctimas en otra parte. Pasé los largos minutos prestando atención a las cucarachas, cuyo tamaño y agilidad me tomaron por sorpresa.

Mi compañera de cuarto había estado profundamente dormida por un largo rato, pero al despertarse, se sorprendió al verme aún despierta y tan vivaz como un grillo. Fue tan comprensiva como siempre. Se me acercó, tomó mis manos e hizo lo mejor que pudo por consolarme, y me preguntó si no quería regresar a casa. Me mantuvo en la planta alta hasta que casi todos salieron de la casa y luego me llevó abajo por café y un bollo. Después de eso, calladamente, regresé a mi cuarto, donde me senté a sollozar. La Sra. Caine se ponía más y más nerviosa.

—¿Qué se le puede hacer? —continuaba exclamando— ¿Dónde están tus amigos?

—No —contesté—. No tengo amigos, pero tengo algunas maletas. ¿Dónde están? Las quiero.

La buena mujer trató de calmarme, diciendo que las encontrarían a su debido tiempo. Ella creía que estaba loca.

Sin embargo, la perdono. Tan solo después de que uno encuentra en aprietos se da cuenta de la poca simpatía y bondad que hay en el mundo. Las mujeres en el Hogar que no me tenían miedo querían divertirse a mi costa, así que me molestaron con preguntas y comentarios que, de haber estado loca, hubieran sido crueles e inhumanos. Tan solo esta mujer entre la multitud, la bella y delicada Sra. Caine, demostró un genuino cariño femenino. Les ordenó a las otras dejar de burlarse y tomó la cama de la mujer que se rehusó a dormir cerca de mí. Se puso en contra de la sugerencia de dejarme sola y encerrarme durante la noche para que no lastimara a nadie. Insistió en permanecer a mi lado para asistirme en caso de que lo necesitara. Peinó mi cabello, limpió mi frente y me habló de manera reconfortante, como lo haría cualquier madre a un niño enfermizo. Trató por todos los medios de que me fuera a la cama y descansara, y cuando amaneció, se levantó y me puso una manta encima preocupada por que me diera frío; luego me beso la frente y susurró compasivamente:

—¡Pobre niña, pobre niña!

Cuánto admiré el coraje y la amabilidad de aquella pequeña señora. Cuánto ansié tranquilizarla y murmurarle que no estaba loca y cómo esperaba que, si alguna pobre chica tenía el infortunio de ser lo que yo pretendía ser, pudiera conocer a alguien que compartiera el mismo espíritu de benevolencia humana que poseía la Sra. Ruth Caine.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.

 

No es casualidad o mero juego el nombre. No es que aquí viva Tarantino en formato feminista. Quienes viven son mujeres, eso sí, mujeres perras y emperradas que destrozan o son destrozadas en este perro mundo emperrado. Perras. El sustantivo convertido en adjetivo, en peyorativo, en cualquier otro tipo de función lingüística. El adjetivo convertido en dolor, y también en literatura. Literatura vestida de Louis Vuitton, Boss, Prada o ropa del mercado. Literatura que desdeña marcas utilizadas por clasistas, marcas hipócritas. Porque que nadie se engañe. Lo que hay en Perras de reserva es Literatura. Literatura fina.

¿Debe doler? Es una pregunta que viene a mi cabeza en multitud de ocasiones. Tal vez sea un poco de la resaca de una juventud leyendo a Kundera o a Pamuk. Tal vez es el gusto por el sinsentido, por el pesimismo humanista de Kierkegaard, por el humor negro y a veces simplón, aunque deprima, de Ciorán. O tal vez sea Ligotti hablando desde algún asteroide solitario. El mensaje: la buena literatura tiene que doler. No es una aseveración. Por suerte no soy ningún teórico ni me gusta pontificar. Quien quiera rebatir esto tan solo debe pensar en Borges, en Pirandello o en la luminosidad de algunas humoristas inglesas.

Ligotti, por cierto, tendría problemas al leer a Dahlia de la Cerda, porque uno no se decide si lo que hay aquí es solo negrura, si es solo crítica social o es solo la luz al final del túnel. Después de todo, en Perras de reserva no hay una respuesta única, a pesar de que algunos relatos estén hilados en un universo de violencia, sangre y estatus, de dolor y fuerza. Literatura como poder. ¿Una posible respuesta? ¿Sería mejor Literatura como la vida?

Dudo mucho que la autora, que presenta una facilidad asombrosa para la creación de personajes, haya pensado en la fantasía cuando planteó estos mundos que a veces parecen demasiado irreales. Culpa de la pos-verdad, de la Hiper-realidad y todos esos términos acuñados por sesudos y complicados sociólogos, lingüistas y filósofos. Porque la “fantasía” dentro de este libro de cuentos se parece demasiado a lo visto en las noticias de este país salvaje, de este Brave Ancient World llamado México.

Si yo le preguntara a Dahlia de la Cerda cuáles fueron sus modelos para escribir este libro, posiblemente se reiría de mí, haría un gesto desdeñoso y seguiría su camino. Tendría que darle la razón. Porque aquí, además de los modelos literarios, del posible (y facilón) recurso del “realismo sucio” como base de su obra, de la narrativa de la violencia, del Norte, de Eduardo Antonio Parra, de lo policiaco, de Iris García Cuevas o Naief Yehya, la realidad salta y busca cómo transmitirse, cómo volverse literatura. La autora toca la violencia con su pluma, y también toca el sufrimiento. Toca el dolor y lo convierte en lección, en balas, en sangre, en un enfrentamiento entre “lo que es solo entretenido” y “el arte que no debe entretener sino cuestionar, romper…” ¿Cuáles son tus motivaciones, Dahlia de la Cerda? Mejor cállame y dile a todo el mundo que, no se arrepentirán, comiencen a leerte.

Pero esto es una reseña, y como tal debo hablar del libro que he… ¿estudiado, analizado, leído, percibido, sufrido, disfrutado? ¿Qué es Perras de reserva? Un cuentario de proporciones bíblicas contenido en un librito de apenas 109 páginas. Es el libro ganador del Premio de Cuento Joven Comala 2019. Es un pequeño monumento a la literatura transgresora, dura y suave, romántica y dolorosa. Es un conjunto de historias que viven por su cuenta, pero que también funcionan hilvanadas, creando un mundo que se parece al de la zona conurbada de la capital del país, pero también podría ser cualquier centro o periferia de México.

Los registros de los cuentos varían. El lenguaje se adecúa para cada narradora o personaje sin que la voz poderosa y salvaje de la autora disminuya o se pierda en la retahíla de referencias pop. El primer cuento es quizás el más poderoso y desasosegante. Desde la primera frase se percibe la violencia, la ironía y el dolor que el personaje experimenta y experimentará: “Me senté en la taza del baño, oriné sobre la prueba de embarazo y esperé el minuto más largo de mi vida. Positivo.” Y lo que sigue, en un relato llamado “Perejil y Coca Cola”, es mucho más duro y, curiosamente, divertido.

El lector podría pensar que estoy exagerando, que Dahlia de la Cerda no podría ser tan buena, que su trayectoria no es demasiado amplia, que no es más que una narradora joven, porque los premios son bla-bla-bla (inserte aquí su prejuicio). Pero es que la narradora hidrocálida lo es. Cada uno de los cuentos no hace más que golpear justo entre los ojos, en la barriga, cerca del hígado, en la entrepierna si se quiere. Y mientras la autora nos golpea dejamos escapar algunos murmullos. Son risas. Carcajadas. Porque la prosa es delicada a pesar de los exabruptos. Porque el humor brota en medio de las vidas de socialités, de buchonas, asesinas a sueldo, mujeres de sociedad, influencers preocupadas por cuántos likes tendrá su nueva foto en Instagram.

Podría decir que mis cuentos preferidos son los que se van hilando en un caos de prendas carísimas, gadgets y artilugios de precios prohibitivos y frivolidades muchas, al son de cumbias, narcocorridos y música banda. “Yuliana”, “Constanza”, “La China” y “Regina” funcionan como un cuarteto de jinetes, de jineteras, del Apocalipsis. Todas ellas poderosas, dolidas, sufridas, víctimas y victimarias. Todas ellas voces caóticas que sobreviven en un ambiente difícil, sediento de sangre y de poder. Todas ellas conociéndose de una u otra forma, en esta cosmovisión de cristales y diamantes, oro y prendas de alta costura, y sangre, mucha sangre. Todas ellas narradoras o narradas en una concatenación narrativa deliciosa, donde lo popular, lo superfluo y banal se convierte en algo trascendente, en crítica, en dolorosa crítica social.

En cada uno de estos cuentos se retrata la vida de un personaje que habita en determinado rincón del mundo, de un mundo pequeño pero desconcertante. Nos narran las historias de una chica que se sabe hija de un narcotraficante, una millonaria que es atacada por las mismas chicas de su colegio que al tener menos dinero la combaten con el asunto de la “clase” y del dinero “bien habido”. El abolengo rancio aún permea en la mentalidad de chiquillas cuya única meta en la vida es la popularidad en una triste red social. Aquí se nos hablará de una mujer criada para el poder, para convertirse en la “dulce y tierna esposa de un futuro presidente.” También leeremos sobre la otra parte, la más salvaje, sobre chicas asesinadas y sobre las mismas sicarias, que se ven ambas enredadas en un conflicto estúpido lleno de violencia machista y ejercicio del poder sobre los otros. Cualquiera de estos cuatro sirve para abrir boca.

Sin embargo, estos cuentos no pierden fuerza al lado de los demás, que son independientes pero que también se relacionan con ese mundo de mujeres destructoras y destruidas. “Mariposa de Barrio” es un ejemplo triste e irónicamente divertido de una voz femenina presa de sus deseos, de una “mamá luchona” en medio de una sociedad salvaje, de unas circunstancias propias del horror económico y social, de la pobreza. Una mujer sufrida que no puede abandonar a “su hombre” a pesar de todas las faltas, de la humillación, de los arquetipos de la mujer sufrida y doliente que no puede sino llorar por la horrible realidad de saberse enamorada de la mierda. Y aun así, el relato cierra con una frase que hace que Perras de reserva, el libro entero, no sea solo un cuentario depresivo, triste y oscuro, sino una amalgama de voces y finales, de cosmovisiones y sentimientos, de esperanza y desaliento. Estas Perras, pareciera decirnos la autora, siguen vivas aún después de la paliza, y están esperando a salir y levantar las alas, sacar las garras y volver a caminar, muy emperradas, en la pasarela cabrona de la vida.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Cartel de "Doña Herlinda y su hijo" (1985) de Jaime Humberto Hermosillo.
Cartel de “Doña Herlinda y su hijo” (1985) de Jaime Humberto Hermosillo.

La noche que Jaime Humberto Hermosillo murió, Canal 22 transmitió La pasión según Berenice (1976), película que dirigió y en la que actuaban Martha Navarro y el bigotón de Pedro Arméndariz Jr. La película narra la rutina de Berenice entre sus faldas largas y tableadas, sus clases como maestra de taquimecanografía, los rumores sobre las razones de su viudez y un posible incendio provocado que circulan entre sus vecinos, o cuidando a su abusiva madrina en las calles de la provincia mexicana, en la que no puede faltar el cine con intermedios, un restaurante, la tienda de guayaberas y una iglesia: la catedral que resguarda las oscuras confesiones de sus habitantes, lujuriosos y llenos de culpa por haber nacido con genitales que parecen tener vida propia y aterrados del infierno.

https://www.youtube.com/watch?v=NA1Av36JA1o

Hay dos escenas que considero geniales y que se quedaron grabadas en mi memoria desde la primera vez que la vi el largometraje en aquel canal de cable nacional, “De Película”, que resguarda la filmografía de Hermosillo con la prolijidad que se merece: aquella en la que Berenice, homenajeando el lascivo arrebato de los personajes de Patricia Highsmith, persigue sigilosamente a Rodrigo, el joven médico interpretado por Armándariz Jr, hasta perderlo en una esquina polvorienta. Cuando su tosca figura desaparece de las pupilas, Berenice se jura a si misma, con la fuerza de un juramento militar: “te voy a tener”.

La otra escena es un auténtico puñetazo punk: Berenice, cegada por la envidia de toparse con Rodrigo en el cine del pueblo rodeado de parejas hetero que se dan besos en los cachetes con las manos sudadas, se dirige al baño, cierra la puerta del cubículo del wáter y, sin desabotonarse el cuello de su asfixiante blusa negra, suelta bruscos movimientos de lo que pareciera ser una masturbación instantánea pero que no estamos seguros porque Hermosillo lo deja a nuestra morbosa imaginación. Hasta que Berenice deja el retrete, nos damos cuenta que lo que hizo fue pintar, encabronada, una verga erecta con huevos y pelos sobre la puerta. Fade out. De vuelta a su lugar, junto a la manipuladora de su madrina y el costumbrismo que la rodea.

Al ver de nuevo aquella secuencia tuve una especie de deja vu esquizofrénico. No tanto con la imagen. Era la sensación de sudorosa frustración sexual la que resonaba en mi memoria. Finalmente di con recuerdo exacto al que me remitía: Erika Kohut, interpretada por Isabelle Hupert, espiando a las parejas de jóvenes teniendo sexo en los asientos traseros del autocinema, oliendo papel higiénico usado de los baños públicos en La Pianiste (2001) de Michael Haneke. La semejanza entre los deseos reprimidos de Erika y Berenice es perturbadora. Con la diferencia que Hermosillo exploró estos deseos 25 años antes que Haneke, con todo y el conservadurismo mexicano propio de aquella época.

Eso era Jaime Humberto Hermosillo. Un director de cine transgresor y adelantado a su tiempo. Fue de los poquísimos directores que hundió su cámara en las tripas de la doble moral mexicana, sin juzgar a sus personajes con el desdén de los que se asumen liberales.

Además de entender a la cámara como un personaje en si mismo con sus propias complejidades analíticas fue, tal vez, el primero en entender las ventajas del cine digital y usarlas a favor del morbo tan arraigado en la cultura mexicana. Intimidades en un cuarto de baño (1989) y La Tarea (1991) son sus ejemplos más sublimes de esa combinación de innovación, video y deseo sexual atravesado por los valores familiares entendidos según la culpa mexicana.

De hecho, a diferencia de Haneke, cuyas cintas explotan las teorías del psicoanálisis desde un pesimismo intelectualizado, Hermosillo era un voyeur que exprimía las delicias de los fetiches eludiendo las trampas de las moralejas sociales y la pretensión. De algún modo, sus personajes siempre encuentran la forma de salir airosos de las condiciones que los oprimen, como los hombres de la compleja y escandalosa película El cumpleaños del perro (1974), que aborda la homosexualidad a punto de explotar en dos matrimonios heterosexuales, sin dejar de reflejar la realidad machista mexicana.

Jaime Humberto Hermosillo fue un pionero en el visibilizar la homosexualidad en México y el deseo femenino, que hierve y se satisface a pesar de la opresión y los prejuicios. La icónica Doña Herlinda y su hijo (1985) retrató con maestría y descarnado humor, el eterno debate de la homosexualidad mexicana: la libertad de ejercer el homoerotismo en una sociedad donde se perpetúan las costumbres que alimentan la homofobia, en ocasiones, incluso por algunos miembros de la comunidad LGBTTTIQA.

Cachondo observador de la doble moral nacional, la filmografía de Hermosillo es abrumadoramente extensa y compleja como para querer saborearla completamente en un texto apresurado, como masturbarse en la oficina, que bien pudiera ser una escena típica del Jaime Humberto Hermosillo más puro.

Que su inesperada muerte sirva para repasar su filmografía donde la pornografía, nunca explícita, es un ejercicio de radiografía al sistema de valores mexicanos, y los deseos que le subyacen.


Autores
(Torreón, 1977) es escritor, periodista especializado en diversidad sexual, cronista, columnista. Bareback Juke-Box (2017) es su más reciente novela.

Quizá de no haber cercanía entre la ciencia y el arte, Andrea Chapela (Ciudad de México, 1990) no habría escrito un ensayo. Quizá de no haber ensayado, otro sería el género, otra la voz y el cuerpo que se reflejan en la escritura de este libro. Quizá de no verse reflejada, leeríamos un tratado sobre óptica y no literatura. Grados de miopía existe porque todo lo anterior no es una suposición sino una verdad.

Merecedora del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez de 2019, la autora –química de formación, aunque escritora de toda la vida– decide reconciliarse con la ciencia por medio de la escritura. El resultado es lo que ella denomina ensayo lírico, con el que preserva la curiosidad en su búsqueda de reinventar el lenguaje científico por medios estéticos. La metáfora es uno de ellos permitiéndole conectar dos mundos aparentemente irreconciliables.

Estudiar las palabras hasta que yo, como ellas, pueda habitar esos dos mundos.

Andrea Chapela no ha sido la primera escritora mexicana cuyo esfuerzo por terciar en el diálogo entre ciencia y literatura nos ha dado la oportunidad de leer sobre otros temas. El patólogo y ensayista Francisco González Crussí tampoco renunció a la medicina para escribir en clave literaria sobre el cuerpo humano. No dudo que los lectores recuerden decenas de escritores más. Sin embargo, al igual que González Crussí, Andrea Chapela reivindica la afortunada reciprocidad que existe entre filósofos y médicos, matemáticos y narradores, químicos y poetas, físicos y ensayistas.

Si bien en Grados de miopía no hay una intención explícita por proyectar la imagen femenina de una escritora joven, el orden en que su autora divide el libro muestra una yo totalmente consciente de sí misma. No en vano uno de los elementos con mayor simbolismo que aparecen en el texto es el espejo. La escritura ensayística es un espejo que refleja a quien cree conocerse pero termina sorprendiéndose con lo que descubre en el camino. Búsqueda especulativa, ensayar permite llegar a nuestra propia imago prima.

No quiero que esto sea un amago de autorretrato, pero tampoco puedo ignorar que estos pensamientos tienen cuerpo.

Grados de miopía está dividido en tres apartados: “El acto de ver a través”, “El acto de verse” y “La historia de ver”. El ensayo lírico debe su nombre a dos instancias que le permiten escribir a Chapela: la curiosidad y la belleza. Si el ensayo basa su búsqueda en la prueba y el error, la poesía construye imágenes o, para ser más precisas, busca imágenes en la realidad. Experimenta. Por eso me sorprende la brecha tan grande que, por ignorancia o malicia, se ha abierto hasta hoy entre ciencia y arte. En este sentido comparto frustración con la autora:

Basta decir que A y yo estamos de un lado, defendiendo la ciencia, y los artistas del otro, poniéndola en duda. Sobre todo recuerdo mi frustración, como si habláramos idiomas diferentes y fuéramos incapaces de comunicarnos.

El orden del libro se opone al viaje natural de la mirada. En vez de ir de adentro hacia afuera, el análisis parte del exterior para encontrar resultados en el interior de la ensayista. Dicha disposición en la escritura sigue la idea de Jacques Lacan, a quien Chapela cita, respecto al estadio del espejo. A esta acción que viaja a contrapelo de la proyección convencional (que va hacia adelante en un intento de salirse del sujeto u objeto proyectado para entonces duplicarse), Lacan la nombra “éxtimo”; la capacidad del sujeto para construir su intimidad no solo mediante lo que hay en sí mismo sino también por medio del exterior como factor circunstancial.

No somos únicamente lo que creemos ser sino lo que los otros ven (de) (en) nosotros. Esta es la primera imposibilidad a la que se enfrenta la autora: ¿cómo ensayar el yo a través del yo si lo que conozco de mí está distorsionado por mi propia perspectiva? No hay manera de verse sin ayuda. Chapela lo reconoce como un fracaso anunciado:

Estoy tan cerca de mí que es difícil distinguir el todo que formo. Cualquier idea que tenga de mí misma es imaginaria.

Toda escritura del yo, sobre sí mismo, es mera especulación. Es decir, un reflejo. Al ensayar se especula.

En el apartado “El acto de verse”, por ejemplo, se revela la imposibilidad de mirar eso que somos. Pero también la imposibilidad de escribir al respecto. Aquí es más clara la imagen de Andrea Chapela como una mujer que escribe. Y no solo que escribe, también que vive, que experimenta la realidad. Una mujer acosada por la mirada indiscreta de un taxista. Una mujer que desde pequeña tuvo un espejo en su cuarto, a diferencia de su hermano menor, varón liberado de la condena que implica ser mirada. Una mujer que escribe para encontrar a una mujer distinta a la que ella y los demás creen que es. ¿Qué devuelve el espejo a estas mujeres reunidas en una misma mujer? Tal vez una imagen filtrada, distorsionada, ajena. Una imagen que no les pertenece. Romper el espejo y escribir sobre cada fragmento es otro modo de resistencia.

¿De dónde viene la necesidad de replegarme en mí misma cuando estoy tanteando mis alrededores? ¿O es solo un bálsamo reconfortante el abrir la puerta del clóset, mirarme en el espejo y, como Vilariño a los once años, decirme ahí estoy?

La escritura de Andrea Chapela en Grados de miopía no puede aspirar más que a los añicos que busca ordenar nuevamente con tal de mirar la imagen perdida, que no obstante siempre es virtual: la imagen original a la que aspiran poeta y científica. Con este libro la autora no busca verdad en la poesía, como sí lo hace en la ciencia. De intentarlo, tal vez habría escrito un tratado científico sobre el acto de ver. Su búsqueda va más allá de lo descriptivo. De ahí su declaración de intenciones:

Quiero volver a acercarme a la ciencia, mirarla con nuevos ojos. Por eso comienzo con esta confesión: a mí la ciencia me parece bella y, al escribir, quiero explorar esa belleza.

Con su libro, Andrea Chapela propone una suerte de meta-mirada. Reflexiona en torno al acto de verse en el ver, analizar el análisis, mirar el modo en que la humanidad se ha mirado todo este tiempo. De ahí su título: una imagen que no se alcanza a percibir o que se ve a medias y siempre a expensas de los demás. ¿Existen nuevas formas de verse? Grados de miopía afirma que sin duda las hay:

Es un visor de descomposición que me permite acercarme y alejarme, girar y separar lo que me rodea en formas y colores geométricos. Pienso que es una buena metáfora para lo que estoy escribiendo. Con cada giro busco en estas imágenes, en estas palabras, nuevos patrones, otras formas de ver.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
Ilustración de Luis Ham

Ojalá un día la noche me sorprenda

en el tinaco del Hotel Cecile:

el tambo gigante,

las aguas negras que cubren el cuerpo de Elisa Lam,

flotando luego de muchos días,

cuando la sangre y los fluidos y el vapor de la putrefacción

se colaron hasta las regaderas de los huéspedes.

 

¡Oh, tambo gigante cerrado con pernos!

Tambo que te tragaste a una joven frágil,

sin que nadie levantara tu tapadera.

Y, sin embargo,

un cuerpo flotaba,

ávido de misterio,

entre tus aguas.

 

¡Elisa Lam! ¡Elisa Lam!

Yo quiero ser ese cuerpo,

quiero ser tus últimas horas,

gestos y manos que se agitan en un elevador descompuesto.

¡Antes! Antes de que no sabemos qué cosa

te trague y te arroje y venga por ti.

 

Ojalá algún día venga por nosotros.

 

Ojalá un día yo aparezca en esa caverna del Área 51

que un hombre reportó en YouTube

y luego dijo: “Tengo miedo”.

I’m too afraid to go near that place again”.

Tengo miedo.

Y tuvo miedo y nunca más nadie vio al hombre ni a la cueva.

 

¡Hombres que se desintegran!

¡Poderosas fuerzas que vaporizan a los hombres!

¡Triángulo de las Bermudas!

¡Viajes interdimensionales!

¡Oh, abducciones extraterrestres!

 

Tantas formas de desaparecer

y yo sigo aquí,

en mi mundo.

¿Cómo me gano un pase a lo ultraterreno,

al lodo polvoso, a los halos de luz en el cielo oscuro?

Ruidos, chillidos, krakens, sirenas marinas.

Criaturas que aparecen en Google Earth como peñones blancos,

pero son krakens, son pulpos, son los monstruos de la laguna.

 

¡Oh, criptozoología!

¡Oh, footages de Pie Grande, de Sasquatch,

de monstruos venidos directo de la Fosa de las Marianas!

¡Oh, footage de tantas cosas que te niegas a ver!

¿Por qué te niegas a verlos?

Tú, mundo profano.

Mundo absurdo.

¿Por qué te niegas a verlos si las cámaras los captan en todas partes?

 

¡Oh, tu ceguera va a matarnos, mundo!

Porque las cosas están aquí y no las ves:

las señales del fin,

los signos en los sembradíos.

Ellos nos hablan: no siempre son malos.

Ellos están entre nosotros.

 

Su mensaje está aquí:

en los sembradíos hay círculos entreverados.

Son la flor de la vida,

son toroides

¡Toroides! ¡Toroides! ¡Toroides!

¡Oh, benditos toroides de trigo y toroides de luna y toroides de luz!

¡Toroides!

Truun, truuun, truuun.

Siento el toroide, mis órganos son toroides también.

Vibra la energía perpetua de mi cuerpo,

¡energía de las estrellas!

¡Truuun!

 

¡Oh Nikola! ¡Mi bellísimo Tesla!

¡Santo patrono de las energías limpias!

Santo patrono, viniste de Júpiter

y descubriste la energía perpetua para nosotros.

¡Oh, Nikola, consuelo de la resistencia!

 

¡Oh, resistencia que te apagas porque nadie nos cree!

Porque estamos recluidos a canales de YouTube de prestigio dudoso,

a lurkear en las zonas oscuras de Reddit,

burla y comidilla de la gente que se jura racional,

que cree que todo tiene causas específicas,

causas sociales, económicas;

causas marxistas,

que dice que cómo puede ser que nosotros creamos en ovnis pero no en el machismo y en el patriarcado.

 

Burla y comidilla del New York Times que escribe artículos

que nos pintan como hombres gordos, calvos, de mediana edad,

agazapados a sus madres.

Hombres edípicos,

inteligencia inferior a la promedio,

desempleados por falta de productividad,

defraudados por un sistema que promete a manos llenas,

consume consume consume obedece

¡Obedéceme!

¡No creas en conspiraciones! ¡No creas en los Rothschild ni en los reptilianos!

No creas en la antigua Lemuria porque añorarás un paraíso

que no te corresponde.

 

¿Ves, mundo?

Así funcionan ellos.

Ya vienen.

Ya preparan las guerras,

los alimentos genéticamente modificados,

los almacenes de semillas,

los almacenes de agua.

¡En el Doomsday solo ellos controlarán las provisiones!

 

Pero tú, mundo, permanece callado.

Si abres la boca, que sea solo para decir:

¡Esclavícenos a todos!

¡Oh, oh, oh!

Porque en secreto

nos callamos para que nos posean.

Nos callamos para que nadie nos responda.

 

Yo me callo, le abro las piernas al misterio,

quiero que lo oculto me posea.

¡Oh, Elisa Lam! ¡Oh, Elisa!

¿Por qué no fui yo tus piernas frágiles en esa noche en la que algo,

una fuerza, un secreto,

te atacó en un elevador del Hotel Cecile en California

y te llevó hasta la azotea,

y metió tu cuerpo en un tinaco sin levantarle la tapa de diez toneladas?

¿Por qué mi cuerpo no atraviesa el metal como lo atraviesa el tuyo?

 

¡Oh, Elisa!

¡Oh, Deep Web!

¡Oh, Unfavourable Semicircle!

¡Oh, The Junsui!

¡Oh, enigmas de internet!

Oh, islas malditas que descubrieron en el Renacimiento

y ya no aparecen en los mapas.

 

¡Oh, denme un poco de su infinito!

¡Háganme beber un cuenco, una gota de lo que está del otro lado!

De lo que acecha

a través del portal,

en la geometría secreta,

en la geometría sagrada.

 

¡Oh, déjame sumergir mi cabeza en el triángulo de las Bermudas!

¡Refréscame con tu sal, ahógame!

¡Oh, krakens, oh Bigfoot y tus cavernas subterráneas!

¡Oh, mójenme!

¡Dejen que me hunda en las cuarteaduras del espacio!

Que yo quiero al menos un poco de esa sustancia que nos es prohibida.

 

¡Oh hijacks televisivos!

¡Oh, incidente de Max Headroom!

Quiero ser esa señal pirata que viaja contigo,

para interrumpir una emisión de Doctor Who en los ochenta.

Seré yo la distorsión y los diálogos perturbadores.

They’re coming to get me.

Seré yo quien ponga el culo para que una extraña figura la azote,

al aire, en televisión abierta.

 

¡Que me posean ya los misterios que no tienen solución!

Porque tiene que haber más

¡Este mundo no me basta!

Tiene que haber otra cosa.


Autores
Guadalajara, 1991) fue beneficiaria de la emisión 2016-2017 del PECDA Jalisco, apoyo con el que escribió el libro de cuentos Noche de pizza con mi villano (Editorial Dreamers, 2019). Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Jesús Amaro Gamboa 2018 y ha publicado en medios como Revista Marabunta, Cantera Malaquita y Pliego 16. Actualmente trabaja en su primera novela.