Tierra Adentro
Ilustración sacada de flickr

Capítulo 1

En el que la personalidad y nacionalidad de los personajes es revelada poco a poco

 

—¡Debemos aceptar, sin embargo, que la vida es buena! —dijo uno de los invitados, mientras mascaba una raíz azucarada de nenúfar apoyado en el brazo de su asiento de mármol.

—¡Y mala también! —respondió otro entre ataques de tos después de casi haberse ahogado debido a las espinas de una delicada aleta de tiburón. 

—¡Seamos filósofos!— dijo un personaje de edad avanzada, cuya nariz llevaba encima un enorme par de anteojos con vidrios grandes sostenidos por unas varillas de madera— el hoy llega casi entre ahogos, mientras que el mañana fluye con suavidad como las corrientes fragantes de este néctar. Así es la vida, después de todo.

Habiendo dicho eso, ese sibarita fácil de complacer bebió una copa de excelente vino tibio cuyo vapor se escapaba lentamente desde una tetera de metal.

—Por mi parte —continuó un cuarto invitado— la existencia, existir, parece muy agradable cuando uno no hace nada y tiene los medios para mantenerse ocioso.

—Te equivocas —dijo el quinto invitado— pues la verdadera felicidad se encuentra en el estudio y el trabajo. Conseguir la mayor cantidad de conocimiento es el verdadero camino para conseguir la felicidad propia.

—Y entender, una vez que has conseguido todo el conocimiento, que en realidad no sabes nada.

—¿No es ese el principio de la sabiduría?

—¿Entonces cuál es el final?

—La sabiduría no tiene final —respondió filosóficamente el hombre con anteojos— tener sentido común es la satisfacción más grande que existe.

Después de esto, el primer invitado le habló directamente al anfitrión, que ocupaba el asiento del principio de la mesa, es decir, el peor asiento, como lo requieren las reglas de la cortesía. El anfitrión escuchaba con indiferencia y en silencio la discusión filosófica.

—Escuchemos lo que nuestro anfitrión opina de estas divagaciones llenas de vino, ¿le parece que la existencia es una bendición o un mal? ¿Es un sí o un no?

El anfitrión masticaba descuidadamente varias semillas de melón y tan solo frunció los labios con desprecio a modo de respuesta, como un hombre que no encuentra interés en nada.

—¡Pff!— dijo.

Esta es la exclamación preferida de las personas indiferentes, pues significa, a la vez, todo y nada. Le pertenece a todos los lenguajes y debe tener un lugar en todos los diccionarios del globo, es poner una mala cara verbalmente.

Los cinco invitados a quienes estaba entreteniendo este anfitrión indiferente, comenzaron a lanzarle argumentos, cada uno en favor de su postura; pues anhelaban escuchar su opinión. Al principio evitó contestarles, pero finalmente dijo que su vida no era una bendición ni una maldición: en su opinión, era un “invención” bastante insignificante, y en breve, poco alentadora.

—¡Ah! Nuestro amigo revela sus verdaderos sentimientos.

—¿Cómo puede decir esto cuando su vida ha sido tan suave como una rosa?

—¡Y es tan joven!

—¡Joven y con buena salud!

—Con buena salud y adinerado.

—Muy adinerado.

—Más que muy adinerado.

—Quizás demasiado adinerado.

Estas observaciones se siguieron una a la otra como cohetes de fuegos artificiales, sin siquiera traer una sonrisa a la cara impasiva del anfitrión. Tan solo se encogió de hombros casi imperceptiblemente, como un hombre que nunca ha deseado, ni por una hora, pasar las hojas del libro de su propia vida y que no había leído ni las primeras.

Y aún así, este hombre indiferente tenía 31 años como mucho; estaba en un excelente estado de salud, poseía una gran fortuna, una inteligencia superior al promedio y tenía, en breve, todo lo que los demás no tenían. Tenía lo suficiente como para convertirlo en una de las personas más felices del mundo. ¿Por qué no era feliz?

—¿Por qué?

La voz profunda del filósofo resonó en la sala, hablaba como el líder de un coro griego.

—Amigo —dijo— si no eres feliz aquí, es porque hasta ahora tu felicidad ha sido solo negativa. La felicidad es como la salud: para valorarla uno debe ser privado de ella ocasionalmente. Nunca has sido desafortunado: eso es lo que tu vida necesita. ¿Quién puede apreciar la felicidad si nunca ha caído sobre él la desgracia?

Después de haber dicho esa observación llena de sabiduría, levantó su vaso lleno de champaña de la mejor calidad y dijo:

—Deseo que alguna sombra ensombrezca la luz de nuestro anfitrión y que algunas tristezas vengan a su vida.

Y tras decir eso, vació su vaso de un solo trago.

El anfitrión asintió brevemente y de nuevo, se sumergió en su habitual apatía. 

¿Dónde ocurrió esta conversación? ¿En una sala de estar europea en París, Londres, Viena o San Petesburgo?

¿Estos seis compañeros discutían juntos en un restaurante del Viejo o Nuevo Mundo? ¿Y quién eran aquellos que, sin haber bebido más de lo usual, discutían estas cuestiones en medio de la sobremesa?

No eran franceses, pues no hablaban de política.

Estaban sentados en un salón elegantemente decorado de tamaño mediano. Los últimos rayos del sol emanaban a través de los vidrios azules y naranjas de las ventanas y más allá de las ventanas abiertas, la brisa de la tarde mecía guirnaldas de flores naturales y artificiales. Algunas linternas mezclaban su luz pálida con los últimos rayos del sol. Sobre las ventanas estaban grabados arabescos representando hermosuras celestiales y terrenales y animales y plantas de una flora y fauna exótica.

En las paredes del salón, colgados en tapices sedosos, había espejos amplios y doblemente biselados; en el techo, un abano movía sus alas finamente pintadas haciendo que la temperatura en la habitación fuese tolerable.

La mesa era enorme y cuadrada, oscura y lacada; descubierta, reflejaba las piezas numerosas de plata y porcelana como lo hubiese hecho el cristal más fino. No había servilletas de tela, tan solo un suministro abundante de unos cuadrados de papel ornamentado para cada invitado. Alrededor de la mesa había sillas con respaldos de mármol, mucho más gustados en esta latitud que los respaldos acolchados de los muebles modernos.

La servidumbre estaba compuesta por chicas muy atractivas, con lirios y crisantemos trenzados en su cabello oscuro, y en cuyos brazos descansaban coquetamente brazaletes de oro y jade. Servían o quitaban platos siempre sonrientes y animadas con una sola mano y con la otra, movían enormes abanicos con gracia para mover las corrientes de aire creadas por el abano del techo. 

La comida era igualmente grandiosa. Es imposible imaginar algo más delicado que aquél festín que era a la vez ordenado y artístico; pues el cocinero del lugar, sabiendo que cocinaba para verdaderos conocedores, se había superado a sí mismo en la preparación de no más ni menos que quinientos platillos que conformaban el menú.

 

Era, pues, el salón de uno de los botes floreados que cruzaban el Río de las perlas en Cantón y nuestro anfitrión era el rico Kin-Fo, acompañado de su inseparable Wang, el filósofo y juntos acababan de entretener a cuatro de los mejores amigos de su infancia: Pao-Shen, un mandarín de la cuarta clase y de la orden del botón azul: Yin-Pang, un rico mercader de seda que negociaba en la calle de los boticarios, Tsin, el epicúreo endurecido y Hual el literato.

 

Este encuentro se había llevado a cabo durante el vigésimo sétimo día de la cuarta luna, durante el primer de aquellos cinco periodos que poéticamente dividen la noche en China.


Autores
(1828-1905) fue un escritor, poeta y dramaturgo francés célebre por sus novelas de aventuras y por su profunda influencia en el género literario de la ciencia ficción.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Fotografía por Carlos Castro. Extraída de Flickr.

 

Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo;
donde parezca sueño la agonía,
y el alma, un ave que remonta el vuelo.

Para entonces, Manuel Gutiérrez Nájera

 

 

Estos últimos días me he convencido, por fin, de que nada vale nada. No sé qué me habrá convencido finalmente. Tal vez el minúsculo departamento donde vivo. El olor a smog que sube a mi ventana cada mañana. El cielo. Mi cuarto vacío. Mi cama vacía. Yo. Pero me desperté. Un día de esos me desperté. Pensando, por primera vez en la vida, que en realidad nada importaba.

No es que lo haya planeado. Creo que nunca se me ha permitido planear nada. Tampoco me ha importado. Pero un día, un día pensé que tenía que haber algo mejor que esto.

 

Ir.

Venir.

Despertar.

Dormir.

Comer.

Cagar.

Vivir.

Morir.

 

Le dije eso a Marina. Que tenía que haber algo mejor y que si no había nada mejor, entonces nada valía nada. Nada jamás volvería a valer algo en la vida.

Marina me miraba con sus ojos negros, como de gato. Dos orbes inmensos e inmensamente tristes. Ojos de no entender pero sí hacerlo al mismo tiempo. De entenderme a mí. De no querer entenderme. De aceptar. Aceptarme. Aceptar sin entender. Tomaba sorbitos minúsculos de su té de manzanilla mientras me miraba como inspeccionando algo. Tal vez a mí.  Dijo algo. Algo muy bonito, algo que solo Marina podría decir. Me fui a casa y me quedé pensando todo el día en lo que había dicho. Resultó ser una maldición. Lo que Marina había dicho.

Marina dijo. Aún ahora me cuesta pensar en eso. Marina dijo, con mucha tranquilidad e ignorando todo lo que le había dicho antes. Marina dijo que le gustaría morir en el mar. Así, nada más. Dio un suspiro muy largo y lo soltó.

—Sabes, Alejo, me gustaría morir en el mar.

No volvió a mencionarlo, yo no volví a mencionarlo. Nadie dijo nada. Me fui a mi casa con la cara de Marina grabada en la pupila. Y esa frase: “Sabes, Alejo, me gustaría morir en el mar”. Esa frase dando vueltas en mi cabeza. Me di cuenta. Me di cuenta de que nunca había visto el mar. Bueno, lo había visto. En la televisión. En el cine. En fotografías. En anuncios. En los ojos tristes y negros de Marina, pero nunca lo había visto visto.

Soñé con el mar ese día, y el siguiente, y el siguiente. Con el mar. Con los ojos de Marina. Con una profunda inmensidad que nos engullía. Con un cielo despejado. El sol que se ponía. Un silencio abrasador. Con las olas. Nunca he olido ni oído una ola. Pero ahí, en sueños, bajo la atenta mirada gatuna de Marina, pude entender las olas.

Entendí que eran igual a ella.

Marina no volvió a decir nada. Sería más acertado decir —aceptar—, que no volví a ver a Marina de nuevo. Que Marina desapareció sin más. Como espuma. Mientras, pasaban los días y las horas sin Marina, con el mar. Sin Marina. Con las olas.

Entendí que, seguramente, Marina tampoco había visto nunca el mar. Pero que ahora se había ido a morir ahí. A morir o qué sé yo. A tomar té de manzanilla. Pero que ella estaba ahí, que quizás eso me había querido decir ese día. El día que yo no la había escuchado. Por hablar de la ciudad. Por hablar de mi mediocridad. Del smog. De mi inmundicia.

Y yo. Yo seguía aquí.

Despertar, dormir. Desayunar, cenar. El cielo. Mi cama. El trabajo. La comida.

Sin Mar. Sin Marina.

Despertar, dormir, la nada. El que nada vuelva a valer algo de nuevo, de nuevo. Llamar a Marina. Que no responda. Que su madre me diga que ahora sí se nos fue. Que Marina hizo lo que siempre había dicho que haría. Pero que lo hizo sin mí. Peor aún. Que Marina despertó un día pensando que el mar era hermoso. Que nunca había conocido personalmente al mar, pero que se le daba la gana morir ahí. O conocerlo. O dormir ahí. Existir un rato en ese lugar inmenso.

 

Nada de Marina. Nada del Mar.

El mar.

El mar.

El mar siempre.

 

En sueños, en un atardecer infinito, un sol extendiendo sus últimos rayos sobre las aguas. Sobre la cara de Marina. Marina sobre las olas. Dormida. Tan Marina. Con sus ojos negros, cerrados. A la mitad del silencio y de la nada. A su alrededor una cosa sola. Las olas. Su tumbo constante. Majestuoso, diría Marina.

 

Y yo,

aquí.

 

En la ciudad, en la contaminación infinita. Una neblina que nos traga a poco a poco. Día a día, con el ruido constante de los coches, de la gente, gente que no es Marina. Rodeado de cosas que tal vez no vuelvan a tener sentido nunca. No sé. No sé nada. Un día me desperté y nada tenía sentido. Un día me desperté sabiendo que no había visto el mar en la vida.

Un día me desperté deseando ser Marina. La de mis sueños. Ahí, dormida.

 

A la mierda.

A la mierda.

A la mierda todo.

 

Hice una maleta. Con prisa. Pero una prisa imbécil porque en realidad no tenía prisa para nada.

Tomé todo mi dinero, llamé a mamá.

—Mamá, sabes, creo que quiero morir en el mar. Me gustaría ver el mar, al menos una vez en la vida.

Llamé a Marina. Bueno, llamé al buzón de voz de Marina. Para decirle que me iba yo también al mar. Llamé a la mamá de Marina para decirle que yo también me iba. Ahora sí. Me dijo algo. Que solo la mamá de Marina diría. Me dijo, saboreando cada palabra. Con un ronroneo. Me dijo que la vida era mía. Dijo:

—Alejo, querido, la vida es tuya.

Y yo no pude evitar reírme. Porque era ridículo. Toda esta situación era estúpida. Pero no se lo dije. Solo me reí bajito. Porque era algo que seguro le había dicho también a Marina y que Marina también había reído.

La carretera. Los coches. El cielo. Las montañas. El aire. La brisa marina.

La brisa marina es una cosa chistosa. Se pega en la cara. No te deja respirar pero te llena los pulmones.

 

 Entonces lo vi. 

 

El mar.

 

Mi mente se vació cuando vi el mar. Y todo: mi culpa, Marina, que nada vuelva a valer nada nunca, mi pequeño departamento, el caos de la ciudad, el smog, mi trabajo, todo, todo, todo; todo dejó de importar. Solo estaba esa cosa frente a mí. Esa bestia desconocida y profundamente familiar que rugía con la voz de miles de olas. Mi mente no podía abarcarlo, mis manos no podían tocarlo, no completo, no a su inmensidad. No sé si me quité los zapatos, no sé en qué momento tiré mis cosas en la playa y corrí.

 Él me recibió como si me hubiera estado esperando. Desee disolverme como sal entre sus olas.

Ahí, en el mar por fin, con nada a mi alrededor. Solo cielo, mar, olas, verde, sol, atardeceres. Ahí en un lugar que se me pareció inmenso, que se me hizo que era lo único que tenía o que alguna vez tendría sentido en esta vida, cerré los ojos y pensé en Marina.

 


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Ilustración por Caro García.

Una foto en blanco y negro de Marilyn Monroe, saludando sonriente en el primer número; Pamela Anderson, puro sol, exceso y exuberancia, mostrándolo todo en las páginas interiores; o tus estrellas favoritas, en las portadas de las ediciones locales, sensuales como nunca las habías visto —en Argentina, mi país, es muy recordada la de Dolores Fonzi—, mirándote desde el puesto de diarios cubiertas por esas bandas negras que decían “censurado”: desde los años 50 hasta más o menos los primeros años del siglo XXI, cada generación tuvo su versión de Playboy.

Para nosotros, Playboy fue mucho más que una revista: representaba las encarnaciones que en cada época tomaba el paradigma de la sensualidad femenina, la intersección entre lo que se deseaba en privado pero también, por primera vez, se mostraba en público. Eso es lo que, en palabras del filósofo español Paul Preciado, inventó el editor Hugh Hefner: no la circulación de imágenes de mujeres desnudas para consumo masculino, sino “el modo en que hacía irrumpir en la esfera pública aquello que hasta entonces había sido considerado privado”[1].

Esa es la novedad que trajo Playboy y la que para Preciado es la característica fundante de la pornografía moderna. Y aún así, quedarse con esto solamente sería decir poco sobre la importancia cultural que supo tener el imperio de Hugh Hefner.

Desde su primer número en 1953, Playboy se propuso —de forma bastante autoconsciente, a juzgar por sus editoriales y las declaraciones de Hefner— una subversión de los ideales puritanos que imperaban en los Estados Unidos de la segunda posguerra.

En algún sentido, antes de que los hippies del verano del amor y las feministas de segunda generación hicieran sus críticas al modelo de familia norteamericana de la época, Playboy enarboló su propia revolución sexual: una que no estaría protagonizada por las mujeres, ni por las disidencias sexuales, ni por los pacifistas, sino por los varones solteros adinerados. A estos sujetos —y a los varones casados o pobres que aspiraban a encarnarlos— se dirigió Hefner, no solamente a través de las miradas invitantes de las conejitas, sino también del resto del contenido que la revista traía, curado y producido con la misma inteligencia y atención al detalle que las producciones fotográficas.

A diferencia de las revistas masculinas que circulaban antes de ella, dirigidas a buenos maridos que se escapaban a pescar o cazar para descansar por un rato de sus vidas domésticas, Playboy proponía un tipo de escape completamente distinto, y de alguna manera, incluso, femenino: meterse en la cocina para hacer un cóctel, elegir con cuidado la ropa que uno se pondría esa noche para ver a la novia, disfrutar de una novela o un buen disco de jazz a la luz de las velas o incluso de una larga entrevista con un poeta —como aquella realizada en 1969 al mismísimo Allen Ginsberg—. Todo eso, por primera vez en la historia, sin ser sospechado de homosexual gracias a esas mismas conejitas desnudas que nos recordaban todo el tiempo la virilidad del recién nacido playboy.

Ilustración por Caro García.

Ilustración por Caro García.

Entre los años 50 y 70, Playboy se enfrentó alternadamente con los conservadores que acusaban a la revista de amenazar las buenas costumbres americanas, y con las feministas, para quienes Playboy representaba a las mujeres como objetos sexuales y no sujetos legítimos. La revista salió airosa de ambas peleas: el puritanismo sexual iría perdiendo terreno a lo largo de lo que quedaba del siglo XX, y las feministas más visibles de la segunda oleada —Andrea Dworkin, Betty Friedan y Gloria Steinem entre otras— sostuvieron públicamente posiciones que se confundían demasiado con la pacatería como para que la juventud, envalentonada en la revolución del amor, se sintiera representada por ellas.

Derrotados momentáneamente estos dos adversarios en el mainstream, los años 80 y los 90 serían décadas gloriosas para Hefner y su revista: el capitalismo consumista que Playboy había celebrado como garantía y símbolo de la libertad estaba en su mejor momento, los yuppies reemplazaron a los hippies como el sujeto aspiracional de esa generación y el discurso postfeminista que repitieron productos orientados a mujeres como la revista Cosmopolitan y la serie Sex and the City —la idea de que el feminismo ya no nos hacía falta y con un buen par de tacos, la dieta de la luna y un vibrador último modelo las mujeres nos las arreglaríamos— se volvió hegemónico.

Todo conspiraba a favor de la vigencia de Playboy y el estilo de vida que proponía. Los hombres dejaron de esconder sus Playboy para mostrarlas orgullosos en sus livings como objetos de culto; para las mujeres, ser “una conejita” pasó de ser una vergüenza y un deshonor para ser casi una aspiración.

Paradójicamente, la caída de Playboy no fue provocada por sus adversarios o  sus defectos sino por su propia victoria cultural: a medida que la desnudez se volvió ubicua y el porno hardocre empezó a estar por todas partes —a consecuencia, también, de la aparición de internet— su razón de ser se fue volviendo cada vez más difusa.

La revista intentó mantener su halo de exclusividad y elegancia como marca, pero ese intento de distinción chocaba con la imagen más bien kitsch del resto del imperio Playboy, que el propio Hefner vendió en carne y hueso en su reality “The Girls of the Playboy Mansion” y que para el siglo XXI era el verdadero sostén económico de la empresa. Los siguientes años vieron la aparición de las redes sociales y, con ellas, de una generación de varones a la que las pantuflas, la bata de seda y la pipa de Hef solo le hacían recordar a sus padres —cuando no a sus abuelos— y una de mujeres a la que la figura silenciosa y atontada de la Conejita le parecía cada vez más anticuada.

La crisis de identidad de Playboy no hizo más que profundizarse. A fines de 2015, en una comentada decisión que puso a Playboy brevemente de vuelta en boca de todos, la revista anunció que no publicaría más desnudos totales; un año después, con un número que llevaba en su portada la frase “Naked is normal” (“la desnudez es normal”), Playboy se volvió sobre sus pasos. Finalmente, hace un año, con Hugh ya fallecido y ninguno de sus descendientes en la empresa, la revista decidió encarar una transformación definitiva a la medida de los nuevos tiempos.

 

***

 

La nueva Playboy se ve, ya desde su estética, muy diferente a su predecesora: una frecuencia algo menor —cuatro números anuales en vez de seis— les permitió a los editores aumentar la cantidad de contenido, de modo que cada volumen tiene el look “ladrillo” de una edición de anuario. No hay avisos, el papel es mate y el famoso tagline “Entertainment for Men” (“entretenimiento para hombres”) brilla por su ausencia.

En febrero de este año, poco después del silencioso relanzamiento, el New York Times publicó un extenso perfil en el que presenta al “triunvirato millennial” a cargo de la revista (compuesto por un varón públicamente gay y dos mujeres) y a la nueva visión más en general: desnudos artísticos y diversos, posiciones políticas fuertes y —sobre todo— una intención abierta de transformar a Playboy de una revista para hombres a una revista para todo el mundo.

Ilustración por Caro García.

Ilustración por Caro García.

A la fecha de la nota, la audiencia de Playboy estaba compuesta en un 75% por varones; la aspiración de mediano plazo, dice la jefa de Marketing Rachel Webber, es alcanzar un 50% de lectoras mujeres. Webber insiste con el objetivo de “ser relevantes” en el mercado actual y, para eso, la necesidad de “tomar posición sobre ciertas cosas”.

Mirando tanto los números impresos como la nueva web, el rebranding de Playboy recuerda al que la revista Teen Vogue intentó hace unos años: un acercamiento a las causas vinculadas a la diversidad —racial, de género, de tipos corporales—, llegando incluso a posicionamientos políticos partidarios claros —tanto Teen Vogue como la nueva Playboy son definitivamente anti Trump— y, sobre todo, la voluntad firme y explícita de distanciarse de los estereotipos de género que eran la base de la propuesta de este tipo de publicaciones cuando fueron creadas y durante la mayor parte de sus existencias.

Esa voluntad coincidió, en ambos casos, con un intento simultáneo de mantener “algo” de la marca original: en el caso de Teen Vogue —que, luego de un período prometedor, dejó de salir en papel por decisión de su compañía madre Condé Nast—, se intentó conservar algo del tono coloquial y de la preocupación por acercarse a lectoras adolescentes, pero justamente teniendo en cuenta que a las adolescentes del siglo XXI —al igual que a las que las precedieron— les interesan la política, la literatura y la música tanto o más que elegir el mejor pantalón para la forma de sus caderas.

En este sentido, Playboy tiene múltiples ventajas: a diferencia de una revista como Teen Vogue, que durante muchos años se ocupó de moda y celebrities, el contenido sofisticado, inteligente y potenciado por firmas prestigiosas ya era parte de la de identidad de Playboy, al igual que el tono desprejuiciado y los planteos políticos sustanciosos. Todos estos elementos pueden encontrarse en los nuevos números, en una combinación que parece hecha a medida de la juventud del siglo XXI, y con un cambio de enfoque clave: tal como prometían en el New York Times, la curaduría editorial de la revista hace un esfuerzo explícito por reconocer que en su audiencia hay —o puede haber— mucho más que varones heterosexuales. Así, una incisiva cobertura del corresponsal en Washington Alex Thomas sobre el proceso de impeachment a Donald Trump se cruza con una nota hecha con el mismo cuidado y seriedad sobre el futuro de la industria de los juguetes anales.

Frente a este presente cool e inclusivo, la sensación es que hace falta hablar del elefante en la habitación: la historia de Playboy está plagada de contradicciones, y no se puede ignorar que aportes valiosísimos y progresistas como sus célebres entrevistas a Muhammad Ali, Martin Luther King y Malcolm X —entre otros— convivieron con una imagen de la subjetividad y la sexualidad femenina muchas veces algo pobre. Mientras los varones que circulaban en la revista eran intelectuales, artistas y políticos de renombre, las mujeres aparecían generalmente solo como imágenes bellas, sin agencia ni pensamiento propio. Bien podríamos decir —como argumenta el artículo ”Does Playoy know who its readers are?” del portal feminista Jezebel— que la nueva revista no termina de hacerse cargo de esta historia; más bien piensa que puede hacer borrón y cuenta nueva, quedarse con aquellos aspectos de la tradición Playboy que se pueden “reciclar” más fácilmente y pretender que los otros no existieron. Y aunque en algún sentido esto es cierto, la revista funciona mejor cuanto más se apropia del legado de Playboy, reivindicando lo bueno y distanciándose explícitamente de lo malo. Así, por ejemplo, una nota sobre la vida sexoafectiva de las estrellas porno presenta las ideas e impresiones de estas mujeres que llevan décadas en las páginas de Playboy, pero cuyas voces, experiencias y saberes jamás habían sido tomadas en serio.

Ilustración por Caro García.

Ilustración por Caro García.

En otro caso interesante, para su número sobre género y sexualidad, los editores repasaron la historia de la relación entre Playboy y la diversidad sexual, tanto en sus redes sociales como en la revista: recordaron a todas las modelos trans que alguna vez se vieron en Playboy y también la célebre publicación del slogan “gay is good” (“gay es bueno”), como título de una valiente carta de lectores en 1969.

La nueva Playboy es astuta, y eso es positivo: en lugar de vivir haciendo un mea culpa por sus pecados de antaño, aprovechan las partes más positivas del pasado de Playboy para apropiarse de un legado que tiene muchos motivos para el orgullo.

Quizás lo más complicado de la marca Playboy desde el punto de vista de los millennials no sea el modo en que se retrataron el sexo y las mujeres, sino un rasgo identitario característico que parece más difícil de reactualizar: la relación con la riqueza, el lujo y la ostentación de la banalidad. La tapa del número sobre el placer, publicada para el otoño norteamericano, está protagonizada por la influencer billonaria Kylie Jenner; su novio, el rapero Travis Scott, participó de la dirección de su sesión de fotos y le hizo una larga entrevista que parece una pieza publicitaria pagada por la pareja. Como es de esperarse, nada interesante se revela en una entrevista como esta. Tampoco es una sorpresa, teniendo en cuenta que Jenner se ve muy bella en las fotos pero no tiene absolutamente nada para decir: es, al final del día, una estrella de reality que nació millonaria y fundó una marca de cosméticos, aunque en la nota se refiera a su creatividad y “su capacidad de superar la adversidad”.

En una revista con una tradición de entrevistas como Playboy —Jan Wenner, el fundador de la revista Rolling Stone, dijo incluso que la clásica entrevista de Rolling Stone tuvo como inspiración al modelo establecido por Playboy— es frustrante que un número clave como es el del placer elija poner en el centro una conversación en la que Scott y Jenner se regodean en lo fácil que es la maternidad para ellos, lo fantástica que es su vida sexual a pesar de todos los mitos sobre sexo y bebés (¿será igual para aquellas parejas que no cuentan con un ejército de babysitters?, podría preguntarse una entrevistadora incisiva) y repiten un montón de lugares comunes sobre el compañerismo.

Es un poco gracioso leer a los editores hablar de la profunda transformación de Playboy para llegar al progresismo millennial y luego cruzarse con semejante nota de tapa; es cierto, de todos modos, que Playboy siempre fue también eso, la revista que creía que quien se viste con ropa cara y toma el Martini como hay que tomarlo ya ha hecho un contribución suficiente en este mundo. Es difícil imaginar cómo cuadra esa parte de su identidad en este nuevo destinatario al que quieren dirigirse, jóvenes cada vez más críticos de las jerarquías socioeconómicas, para quienes la ostentación al estilo Kardashian es en el mejor de los casos algo demodé —y en el peor, una vulgaridad—.

Tal vez, en realidad, sea una idea genial: en el fondo, esa combinación de crítica social inteligente y frivolidad sin autoconsciencia ni ironía es exactamente lo que patentó Hefner en ese primer número, desde el que la sonrisa de Marilyn nos mira, cristalina, para siempre.

 

 

 


 

[1] Preciado, Beatriz, Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en “Playboy” durante la guerra fría. Barcelona, Anagrama, 2010, p. 27.


Autores
(Buenos Aires, 1989) Es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y trabaja como docente y periodista. En 2017 publicó el poemario Reconocimiento de terreno (Pánico el Pánico). En 2018 ganó el premio Ficciones otorgado por el Ministerio de Cultura argentino por el libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie (Emecé, 2020). En 2019 publicó el libro de ensayos El fin del amor (Ariel). Sus textos han aparecido en publicaciones como Anfibia, La Nación, Infobae, revista Orsai y Words Without Borders, entre otras.
Fotografía por Víctor del Valle

Un óleo cuatrocientas veces maldito, un frente agrario homofóbico, un brote de violencia en el recinto cultural más importante del país: en la diligencia de cubrir la nota sobre la más reciente protesta de la Alameda Central, se entremezclaron activistas y prensa LGBTIQ+ ante la violencia simbólica que demandó el líder de los grupos que ayer por la tarde tomaron el palacio de Bellas Artes. 

 


 

La noticia llegó poco después del mediodía: centenares de personas se habían reunido en el interior del Palacio de Bellas Artes para exigir que se retirara una pieza de la más reciente exposición “Emiliano: Zapata después de Zapata”, que conmemora el aniversario luctuoso del Caudillo del Sur, Emiliano Zapata. Los miembros del Frente Auténtico por el Campo, integrado por cuatro organizaciones campesinas, la Unión Nacional de Trabajadores Agrarios (UNTA), la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC), la Coalición de Organizaciones Democráticas Urbano-Campesinas (CODUC) y el Movimiento Social por la Tierra, tomaron las instalaciones del Palacio y no dejaban entrar o salir a nadie. 

 

Fotografía por Víctor del Valle

Fotografía por Víctor del Valle

 

Además del escándalo en algunos círculos cerrados y grupos de Whatsapp de reporterxs, nada en la ciudad parecía indicar lo que ocurría. Las constructoras seguían erigiendo complejos habitacionales a su ritmo usual, y en las esquinas de Reforma mujeres indígenas vendían su mercancía como todos los días. 

“Zapata es del pueblo” me dijo ayer Luis Vargas, curador de la exposición en cuestión. Zapata es ingobernable. Sus palabras caen con el peso de una espada de doble filo. 

¿Qué es una revolución, a fin de cuentas? Un cambio, dicen algunos. Una vuelta. Una palabra demasiado cíclica: de revolución en revolución la rueda se encontrará siempre con aquellos puntos que había dejado atrás. Un cambio, dicen algunos. Pero para ciertos grupos los símbolos permanecen en un altar alejado. Siguen sacros. Siguen conteniendo una carga simbólica innegable, una importancia semiótica que dicta cómo debe comportarse el cuerpo abigotado y con sombrero de charro. Que dicta cómo debe comportarse el cuerpo. 

El Frente Auténtico del Campo ayer reveló ser uno de esos grupos.

Se sentaron al frente de la escalera que comunica la recepción con los pisos superiores, donde se encontraba la galería. Nadie sube, nadie baja, era la respuesta con que se encontraban lxs reporterxs, entre lxs cuales me encontraba. Desde arriba, trabajadoras y trabajadores de Bellas Artes miraban hacia el centro del edificio, resignados a esperar el momento en que pudieran salir. Desde abajo, la gente husmeaba con murmullos que quedaban entre el hastío y la tensión. 

 

Fotografía por Víctor del Valle

Fotografía por Víctor del Valle

 

Luis Vargas, quien estaba dentro de Bellas Artes sin posibilidad de salir, presintió la violencia desde el momento que entraron: había una posibilidad real de que las banderas dañaran los murales que alberga el recinto. Además, la demanda de censura de la pieza no auguraba ninguna posibilidad de diálogo. Me contó que incluso se le hizo una invitación al grupo a visitar la exposición, la cual declinaron. “Es triste porque es una posición que habla desde la intolerancia y la imposición, y creo que eso no es una manera democrática de convivir.” Hasta ahora, no hay señal de que se haya dañado ningún mural.

“Si quiere hacerle preguntas a alguien, hágalas al profesor. Él es el portavoz de todo este movimiento”, me dice una de las abanderadas que se encontraba rondando las inmediaciones. El profesor, Álvaro López Ríos, respondía de forma seca a las preguntas que se le hacían. Su posición oficial: se quedarían plantados hasta que se retirara el óleo “La Revolución”, del artista Fabián Cháirez. Otros partidarios suyos sugerían que no solo la quitaran, sino que se quemara. 

 

Fotografía por Víctor del Valle del profesor Álvaro López

Fotografía por Víctor del Valle del profesor Álvaro López

 

El óleo, que muestra a un revolucionario desnudo a caballo, con una pose de pin-up, fue utilizado por la Secretaría de Cultura el pasado viernes en uno de varios carteles publicitarios para la exposición. Los comentarios de odio en redes sociales, la mayoría del tinte “cómo pueden hacerle eso a Zapata, qué vergüenza” no se dejaron esperar. Cabe resaltar, sin embargo, que el mismo artista ya ha declarado que si bien la pintura tiene varios elementos característicos de los revolucionarios de su época, no hay nada en ella que apunte a que es Zapata.

“¿Por qué están posicionados aquí el día de hoy?”, pregunté cuando conseguí la atención del Profesor. 

“Este palacio exhibe una pintura de un personaje Chiapaneco [erróneo, Zapata era de Morelos] que al movimiento agrario le parece ofensiva.”

“¿Qué les ofende de la pintura?”

“Que representa a alguien como algo que no era.”

Nos interrumpieron las consignas lanzadas por la mujer que está de pie a su derecha. “¡Zapata vive! ¡La lucha sigue y sigue!” “¡Si Zapata viviera, en su madre les pusiera!”.

A Antonio Bertrán, reportero de Metro, quien hacía preguntas directas sobre la comunidad gay, no le fue bien. “Que se encuere el güero”, gritaban. “Que ya se salga de aquí.”

 

Fotografía por Víctor del Valle, uno de los manifestantes que lo agredió.

Fotografía por Víctor del Valle, uno de los manifestantes que lo agredió.

 

Una mujer se acercó al grupo que había tomado las escaleras, en el que se encontraba el profesor López Ríos. Nadie pasa, le dijeron, y ella respondió “Papá”, mirando fijamente al profesor. Era Eréndira López, en efecto, hija del profesor.

 

Esto cambió las cosas. Rápidamente le abrieron camino y ella subió a intercambiar con él palabras que quedaron demasiado lejos de nuestros oídos. Algo era seguro, sin embargo: en su rostro había decepción y rabia, había un deseo íntimo de que frenar la protesta de una vez por todas.

En el pasado, el Frente Auténtico del Campo se  manifestó para exigir pagos que jamás llegaron a Oaxaca y demandas campesinas. Pero en la toma de Bellas Artes no peleaban recursos materiales, sino simbólicos. El matrimonio de la homofobia y la Verdad Única para impedir que se les escapara de las manos el espectro de Zapata (Derrida dixit).

Los periodistas con quienes me encontraba comenzaron a caer en cuenta de que no habría diálogo. Estábamos cansadxs, descepcionadxs, y yo moría por un cigarro.

En grupos de tres periodistas, se concedió hablar con Álvaro López. Era imposible escuchar lo que decía y las banderas de la CIOAC intentaron impedir incluso que las cámaras capturaran la imagen. Cuando solicité la entrevista, uno de los manifestantes apuntó que que yo ya había entrevistado, que ya había tenido mi oportunidad.

 

Fotografía por Víctor del Valle

Fotografía por Víctor del Valle

 

Pero el manifestante se acercó a hablar conmigo, a explicarme que mis preguntas no buscaban abrir diálogo, que había algo que yo no entendía. “Hay una imagen colectiva de Zapata que compartimos”, me dijo. “Aprópiense de lo que quieran, pero no de lo nuestro. Libertad de expresión sí, pero no con algo que es nuestro. No con nuestro héroe.”

La conversación atrajo a otros periodistas y manifestantes. Las voces comenzaron a encenderse. Las consignas se dejaron venir; sin variedad siquiera, se seguía cantando el mismo “Zapata vive”, el mismo “En su madre les pusiera”. De un momento a otro, Antonio, Víctor y yo estábamos rodeadxs, y la discusión se había vuelto gritos, amenazas, recomendaciones no tan amables que nos instruían salir y dejar de tomar fotos, dejar de hacer preguntas.

 

Fotografía por Víctor del Valle

Fotografía por Víctor del Valle

 

Entre los palos de las banderas, las consignas y los flashes de lxs fotógrafxs, la atmósfera se volvió áspera. Una representante de Bellas Artes nos saludó de mano y nos aconsejó salir lo antes posible, pues se había vuelto imposible garantizar nuestra seguridad.

Pero no salimos: al contrario, la mujer de la chaqueta de camuflaje, mirada en alto, llegó en nuestra defensa. Eréndira López, acompañada de Diego, un hombre trans, nos tomaron de los brazos. Cinco personas que nos conocíamos por primera vez ese día nos volvimos cadena. Nos volvimos de repente el frente ante el Frente, una línea de defensa, aunque fuera minúsucula, para la libertad de expresión. Eréndira, desde el centro de nuestra resistencia, lanzó un seco pero letal, “Así no, papá”.

Luego comenzamos: “¡Libertad, libertad!”, quizás porque no podíamos encontrar ni ponernos de acuerdo en otra palabra que resaltara justo aquello que, ahora me doy cuenta, nuestra sola presencia en ese cuarto estaba exigiendo. Nuestra contrademanda. Nuestro canto rojo frente a un toro ciego. “¡Fuera! ¡Fuera!” nos contestaron. Una botella de agua, de la mano de Álvaro Ríos, impactó contra la cabeza de Antonio Bertrán.

El botellazo fue el banderazo de salida. Eréndira recomendó que emprendiéramos el camino hacia la alameda, que ahí afuera podríamos seguir siendo una cadena, pero no bien intentamos retirarnos, una bandera se lanzó contra uno de los nuestros. No conocíamos nuestros nombres, jamás nos habíamos visto, pero nuestros diez brazos tomaron el asta de madera para evitar otra agresión. Salimos como pudimos para descubrir que afuera nos esperaba ya el Frente, específicamente sus jóvenes, esos que se quedaron afuera del Palacio con cuerpos de pelea. Una cámara se estrelló contra el suelo. Sobre nuestro fotógrafo, un grupo propinó patadas. Cuando me acerqué, me recibió un golpe.

Fotografía por Eriko Stark

Víctor del Valle siendo agredido dentro del Palacio. Fotografía por Eriko Stark

Fotografía por Eriko Stark

Luis Ham siendo lanzadx a las jardineras de Bellas Artes. Fotografía por Eriko Stark

El efecto Streisand: cuando se intenta cubrir, eliminar o censurar algún tipo de información, esta, paradójicamente, se viraliza. Por la noche, Zapata ya era Trending Topic en Twitter. El óleo de Fabián Cháirez llegó a todos los dispositivos móviles y computadoras del país. Luis Vargas me informa que la organización prometió estar viniendo cada tarde hasta que no se saque el cuadro de la exposición, y al mismo tiempo, ya hay convocatorias para contra-protestas por parte de grupos LGBTI+, incluso una convocatoria por parte del mismo Cháirez.

Por ahora, la tan controversial obra seguirá en su esquina de la galería, junto a las 140 otras piezas que integran la colección, cada una con un discurso propio. Ya sanarán nuestras heridas. Lo que es incierto es si sanará el corte de papel que dejó en ellos el lienzo, aquel óleo no más grande que un libro cualquiera.

 

Autorretrato de Víctor del Valle tomado después de la manifestación.

Autorretrato de Víctor del Valle tomado después de la manifestación.

 

 


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Ilustrador
Víctor del Valle
Fotógrafo y artista de tatuaje.
Detalle de: Fabián Cháirez, “La revolución” (2013), expuesta en “Emiliano Zapata después de Zapata” en el Palacio de Bellas Artes.

 

A raíz del escándalo que supuso la obra “La revolución” (2013) de Fabián Cháirez, expuesta en “Emiliano: Zapata después de Zapata”, en el Palacio de Bellas Artes, entrevistamos a profundidad a Luis Vargas, curador de la exposición.


 


Luis Ham: ¿Cómo se inserta Zapata en tu historia? ¿De dónde surge en ti esta pasión por la figura de Zapata?

Luis Vargas: Zapata ha estado conmigo desde hace 15 años, más o menos. Yo soy de Chiapas, de San Cristóbal de las Casas, y cuando estudié la licenciatura en Historia del Arte, estaba comenzando a perfilar un proyecto de tesis de licenciatura. Lo que más me llamaba la atención era trabajar con los imaginarios neo-zapatistas vinculados al EZLN, que en parte tuvieron que ver con que mi familia migrara de Chiapas a Veracruz; no por un tema directo del EZLN sino porque la economía estaba muy complicada en esos días, en San Cristóbal.

Siempre fue un nexo con volver a casa. Al final, no hice esa tesis, pero sí escribí un artículo —el primer artículo, yo creo que fue en 2004— sobre el muralismo en territorios rebeldes. Después eso se convirtió en la tesis de maestría, y participé -yo era curador en el MUNAL en el 2008, y estábamos haciendo una curaduría que encabezaba Jaime Cuadriello, sobre los héroes. se llamaba El éxodo mexicano: los héroes en la mirada del arte, para el bicentenario. A mi me encargaron el Zapata, o sea, había Hidalgo, Juárez, tal, y a mi me comisionaron hacer el Zapata, y me acuerdo que un colega del instituto me provocaba o me decía, “ponte a hacer la arqueología de tu tema”. Y la arqueología era ir a las raíces iconográficas de Zapata. Ahí comencé a revisar a Zapata.

Ya cuando estaba en el doctorado en Austin, Texas, no pensaba hacer algo relacionado, sino algo sobre la fotografía. Pero me encontré tantas imagenes fronterizas de Zapata, pochas, chicanas, que me llamaron mucho la atención. Y eso sirvió también como un sitio para interrogar mi propia identidad como migrante mexicano allá. 

Entonces, han sido quince años de haber estado coleccionando estampitas de Zapata. Porque siempre la pensé mucho como una exposición. Entonces, tengo miles y miles de Zapata. Eso ha sido un poco cómo inicié con Zapata. 

 

LH: ¿Cómo ha cambiado tu percepción? Creo que desde la primaria, me imagino que más en Chiapas, tenemos una idea, quizás muy de libro de texto, de quién es Zapata. Pero ahora, después de ver miles de pequeños Zapatas y grandes Zapatas, representaciones populares de Zapata, concepciones de Zapata en el imaginario colectivo, ahora, ¿quién es esta figura para ti?

LV: Para mi es una figura a la que muchas veces refiero con una metáfora: Zapata es una suerte de envase o botella. Es una botella que siempre está referida a ciertas cosas que tienen que ver con México, con el territorio mexicano, con la identidad; desde luego los ideales zapatistas de la defensa de la tierra, los recursos naturales y la autonomía. Eso está ahí, es como un anclaje, ese envase nunca cambia. Lo que cambia es el contenido con que se llena el envase. Ese contenido tiene que ver con las activaciones de Zapata.

Yo he visto tantas activaciones de Zapata, desde las más superfluas, que puede tener que ver con moda o de pronto verlo como el rostro de un restaurante, mezcales, tequilas, cosas así, hasta las reinvidicaciones más radicales en manos de grupos sociales como los zapatistas en Chiapas pero también el feminismo chicano, que se apropia de un Zapata pero para hacer una crítica mordaz al machismo mexico-americano o mexicano.

Para mi Zapata es como esta suerte de contenedor, pero también de detonador. Eso es otra cosa: Zapata gatillea todo el tiempo. Cuando pensábamos que ya al gobierno de izquierda con el que Zapata habría estado, digamos, en cierta armonía, de pronto suceden todas estas cosas como las dificultades que tuvo la celebración del centenario luctuoso de Zapata en Morelos, o todos los conflictos que hubo en torno a la termoeléctrica, o lo que está pasando ahora mismo con la exposición, es decir, una figuración de Zapata en particular y ¡pum!

Zapata es incontrolable. De hecho, el libro que estoy terminando de escribir, y que ojalá salga el próximo año, se llama algo así como Zapata incontenible, un poco en esta idea de, si bien Zapata puede ser receptáculo a muchas cosas, nunca lo puedes contener, se te va a escapar de las manos. El gobierno ha intentado innumerables veces apropiarse del legado zapatista, los herederos mismos se han intentado apropiar de ese legado, y se les escurre. Eso es, para mí, Zapata. Me relaciono con un personaje histórico, con un legado, pero que lo veo por todos lados. 

 

LH: En esta exposición, ¿cómo figuras el contener a Zapata? Cuando vayamos a la exposición, estaremos viendo un vaso grande que contiene muchos otros, o más bien algo más fragmentario que igual puede escurrírsele a la misma exposición?

LV: Para la exposición, lo que decidí plantearle al equipo de Bellas Artes y que de hecho hubo muy buen eco con ellos, fue hacer una visión más o menos organizada de cómo Zapata fue avanzando, no sólo como un personaje sino como una imagen, que a su vez era capaz de contener otras imágenes, de proyectar una serie de anhelos, preocupaciones sociales, políticas, afectivas, etcétera.

La exposición tiene un primer núcleo, que es el núcleo histórico más tradicional, donde lo que se presenta es la construcción de la imagen de Zapata cuando Zapata vivía. Es decir, esta no es una exposición sobre la vida de Zapata, sino sobre la vida de la imagen de Zapata o las imágenes de Zapata. En ese sentido, los primeros diez años de la revolución que son cuando Zapata pasa de ser un hombre común y corriente de un pueblito en Morelos a líder de toda una facción de revolucionarios y la cabeza del ejército libertador del sur, esa primera parte para nosotros la contábamos desde tres anclajes que son los que más o menos organizan o vertebran toda la exposición. 

Uno es el peso de la imagen misma, la imagen en términos de construcción de una personalidad, de un discurso, de una retórica, es decir, Zapata usó la fotografía deliberadamente para hacerse de una imagen que le permitiera presentarse como un líder de una sección campesina, pero entonces para eso usaba por un lado, el traje de charro como marca de mayor prestigio en el campo — así se presentaba a la tropa, es decir, él no era de la tropa porque vestía traje de charro, pero por otro lado se presentaba con los otros generales de la revolución, con los generales ilustrados, los institucionalistas, con traje de charro. Y él era muy consciente de cómo su imagen tiene que estar muy bien construida para sentarse a las mesas de negociación, para desmitificar un poco la otra imágen que se está construyendo sobre él que es la imagen negativa del bárbaro, del violador, del indio patarrajada, todas esas construcciones que tenemos en la caricatura.

Ese es un primer segmento: siempre la imagen como un territorio de construcción, de retórica y de disputa. Ese es un eje que vas a ver en casi todos los cuatro núcleos de la exposición.

El segundo tiene que ver con el género. Siempre hay una mirada desde el género, ya sea desde la hipermasculinización, o bien desde la feminización, o de las críticas, incomodidades que pueden generarse si pensamos en la revolución de Zapata y su legado, no sólo en la clave de un nacionalismo masculino hegemónico, sino también desde miradas o anécdotas menores. menores en el sentido de minoritario.

El zapatismo, si lo pensamos desde un ángulo feminista, va a arrojar a los otros grupos minoritarios, a los campesinos, a los indígenas, quizá a las mujeres y su participación en la gesta revolucionaria. Todo eso está en la primera sección trabajado mucho desde el género y el zapatismo, hay una presencia importante para mujeres.

Contamos a partir de una modesta fotografía de Amelio Robles la historia de este general transgénero que nació mujer pero vivió como hombre dentro de las filas del Zapatismo. Hablamos incluso de una pieza de arte contemporáneo muy linda de una performancera chicana que se llama Nao Bustamante, que es una invitación a reimaginar la historia: es decir, ¿qué hubiera pasado si la historia de la revolución no la hubieran contado solo hombres? Quizás, más que adelitas pasivas tendríamos soldaderas empoderadas.

Lo que ella hace es, con el pretexto de completar el último capítulo que Sergei Eisenstein nunca filmó de ¡Que viva México!, que se llamaba “La soldadera”, ella diseña unos vestidos hechos con tela Kevlar, que es la tela antibalas que usan los ejército para chalecos y cascos, y hace unos diseños de vestidos revolucionarios de diferentes mujeres de diferentes estratos sociales, y entonces agarra a otras amigas, performanceras, etcétera, y genera un filme donde fotografías históricas de la revolución aparecen como el fondo de pantalla de una escena donde las mujeres, estas nuevas mujeres, ocupan los lugares que la historia no ha visibilizado, los lugares que tuvieron en la revolución.

Esto se presenta así literal en la primera sección con una instalación de cinco vestidos y la película. Al lado están las fotografías que encontramos, porque lo que sabemos gracias a la investigación sobre todo de Gabriela Cano, historiadora del Colegio de México, es que las mujeres sí tuvieron un lugar muy relevante como espías, maestras, coronelas, abanderadas, es decir, tenían un lugar dentro de las filas de los ejércitos, en especial los ejércitos populares, donde se juegan de maneras distintas las marcas de raza, de clase y de género. Eso es el zapatismo. 

Ya tenemos el peso de la imagen, el peso del género, y el tercero tiene que ver con un aspecto devocional.

En mi investigación de Zapata, y esto es algo que quizás a algunos colegas historiadores no les parezca tan atinado, pero yo estoy convencido de que el zapatismo surge en un territorio de México cuya historia y características étnicas y culturales son muy específicas de los pueblos campesinos e indígenas de méxico y de las manera en que se vive la religiosidad. Sin la religiosidad, que es distinta a la religión —la religión la vamos a entender más como un lugar desde lo institucional, la religiosidad va a ser cómo la religión afecta la vida cotidiana y permite la organización de las comunidades y de los pueblos.

Los pueblos de muchas partes de México históricamente están marcados por aspectos religiosos que tienen que ver desde las fiestas patronales, cómo se organizan las cofradías, y de alguna manera eso va muy de la mano de la política.

En mi lectura del zapatismo, sin la religiosidad o sin el culto a la virgen de Guadalupe, que tiene mucha fuerza en el sur de México, la organización del zapatismo no hubiera podido tener tanta fuerza. Esa es una de las cosas que se están revisitando ahora por algunos historiadores. Incluso se habla de la participación del México negro, de los afromestizos dentro de las filas del zapatismo.

La exposición presta atención a estos aspectos devocionales sin los cuales no se puede entender por qué tras la muerte de Zapata su activación como mito o como culto heróico o culto social, porque es un tipo de culto que siempre he leído como a la mitad entre la devoción política y la devoción del catolicismo popular.

Esos son tres grandes hilos conductores: el peso de la imagen, el género y la devoción o la religiosidad. Una afectividad que permea la aparición de Zapata.

 

LH: La entrega a la figura de Zapata.

LV: Sí, y quizás el cuarto aspecto, que no está tan claro, lo tengo escrito en mi texto curatorial, tiene que ver con pensar a Zapata como un espectro. Esto está muy vinculado a la lectura de Espectros de Marx de Jacques Derrida, justo es esta figura que no está y sí está.

Después de que Zapata muere, es una presencia ausente. No tenemos a Zapata de carne y hueso, pero de alguna manera se hace presente y está asediando todo el tiempo, y aparece, y aquí podemos pensar en Derrida o Rancier o cualquiera. Aparece y aparece con una fuerza que moviliza cosas y las moviliza desde las causas políticas pero también desde lo que le genera a la gente a nivel afectivo.

Esto no tiene que ver con si en las apariciones de Zapata hay corrección histórica, es decir, cuántas veces no se ha convocado o invocado la figura de Zapata sin ninguna precisión histórica. En las últimas secciones tenemos un video dedicado a los movimientos sociales, y uno de los carteles que retomamos es del movimiento #Yosoy132, un cartel que decía, “Se solicita más sangre tipo Zapata para todos los mexicanos”.

Eso tiene que ver con mitos fundacionales de México como el de el mestizaje, y un montón de otras entelequias que son eso, creación de la retórica estatal, pero Zapata revuelve las cosas y hace que aparezcan de otra manera. 

Yo creo que toda la exposición es eso: a partir de las imágenes de Zapata, cómo estamos enfrentados a procesos de construcción de imagen o de retórica visual, problemas de género y los temas de un México con cierta devoción popular. El cuatro es Zapata como algo que acompaña. Eso se presenta en el primer núcleo, y los núcleos que siguen son núcleos cronológicos: el segundo núcleo se ocupa de la posrevolución, lo titulamos “La fabricación del héroe de la nación”, y la idea de “fabricación”como una fábrica mecánica es intencional, porque de alguna manera, el estado mexicano se apropia— casi casi que los enemigos que mataron a Zapata se apropian de su legado, para hacer el rotro del campesinado desde un lugar mucho más utópico.

Diego Rivera, con su programa comunista, ve a Zapata como el que va a permitir esta fraternidad entre proletarios y campesinos, y ahí revisamos los años fundacionales donde se está negociando qué va a ser México y como Zapata juega un lugar fundamental en la definición de varios discursos de tipo racial, la idea de lo mestizo y luego del México indígena.

 

LH: Deteniendonos aquí, que creo que es el lugar donde valdría la pena hablar de esto, por qué crees que la imagen de Zapata sobrevive, pero quizás muchos de sus ideales y las formas de zapatismos de las que hablabas antes, que era un zapatismo incluyente de los indígenas, de las mujeres, de las minorías, ¿por qué eso no sobrevive de la forma en que sobrevive la imagen de Zapata que sí logra escapar la muerte y se forma en este periodo?

LV: En las políticas de la memoria y de la historia, tristemente estamos más acostumbrados a la figura heróica. Es decir, es mucho más fácil recordar un rostro, un héroe, que todo un movimiento.

Si algo ha pasado a la memoria del zapatismo son dos cosas: la imagen de Zapata, y el lema “Tierra y libertad”, que en realidad ese lema ni siquiera es del zapatismo, es del magonismo y del anarquismo español y se lo imponen a Zapata un poco después.

Nuestra memoria colectiva es de corto alcance. Por eso es tan importante que existan ejercicios desde la historia, desde las exposiciones y desde la conmemoración, pero la conmemoración crítica, que permitan desarmar la idea de Zapata: no es solo este hombre que fue excepcional en muchos términos, pero esa excepcionalidad se construye desde muchos rincones, y visibilizar esos otros rincones va a permitir que también nos expliquemos porque en la latencia o la persistencia de Zapata se lo apropien también otras causas, es decir, el que se diga que las feministas no tienen nada que hacer subvirtiendo a Zapata o lo mismo los gays, es porque quizás no se está entendiendo cómo ese baluarte que es Zapata es un baluarte de muchas cosas más allá del nacionalismo y el heroísmo o los ideales primigenios del zapatismo. 

El culto al héroe tiene que ver con cultos religiosos —recordemos que la figura del héroe en los modelos republicanos es una sustitución del monarca como representante de lo divino, que después cuando surgen las repúblicas, van a ser los héroes nacionales. Modelos como el napoleónico son los que van a llegar a ocupar eso. Es decir, seguimos esperando que nos salven, que venga un salvador. 

Hay depositadas en ciertas figuras, que generalmente son hombres y que vienen, digamos que suman a las colectividades a las masas, pues se depositan un montón de anhelos. Y en el caso de Zapata, pesa mucho que su revolución está inconclusa, por más que se haya querido hacer valer el reparto agrario en tiempos de Cárdenas, resolver las  necesidades del campesino, México sigue presentando terribles problemas de desigualdad, es decir, las cosas por las que peleaba Zapata siguen siendo urgencias del presente.

 

LH: Es muy sintomático, por ejemplo, que en 1994 un movimiento hubiera adoptado su nombre para pelear por causas similares y que otra vez no se haya completado. Y ahora, ya 100 años después, estamos en este momento cómo de vuelta de tuerca. 

LV: La exposición se llama “Emiliano” y eso es una cosa deliberada, el título es “Emiliano: Zapata después de Zapata” para alejarnos un poquito del registro de lo biográfico y de lo histórico. Es decir, Emiliano, ¿qué Emiliano?, pueden ser un montón de Emilianos y es por la cercanía que te genera Zapata. Mi ahijado se llama Emiliano, el hijo de muchos se llama así, el hijo de Carlos Salinas de Gortari se llama Emiliano y tiene que ver con cómo Zapata es este personaje que, de alguna manera, genera cierta empatía o simpatía; su legado trasciende.

Después de que se publicara en el 69 el libro de John Womack, un perfil biográfico sobre Zapata que sería uno de los libros más leídos por la generación del post 68, el registro civil empieza a ver la aparición de un montón de nuevos Emilianos y tiene que ver con la memoria de un personaje histórico haciéndose más cercana, más íntima y personal a través de que su nombre vaya ocupando la vida de las familias en México y en Estados Unidos. La exposición intenta conectar a México con su diáspora que generalmente está marcada hacia el norte. 

El segundo núcleo es la construcción de Zapata como un héroe nacional, el tercero se llama “imágenes migrantes” y es básicamente cómo Zapata cruza la frontera, aparece en Hollywood como pretexto de algunas películas como Viva Zapata con Marlon Brando en 1952 o la caricatura de Speedy González de Warner Brothers pintando a un Robin Hood mexicano. Todo eso yo lo leo en términos de la política de la Guerra Fría y cómo es muy eficiente representar a México como un México pobre, un México necesitado, que no está civilizado.

 Después avanzamos a la parte de los nacionalismos chicanos, la recuperación de Zapata en los movimientos de derechos civiles de los 60 y 70.

El cuarto núcleo se llama “otras revoluciones”, ahí vemos los últimos 50 años de la imagen zapatista apropiada por las guerrillas de los 70 en la guerra sucia, por los neomexicanismos y todas estas subversiones del género donde Zapata se convierte en un lugar para cuestionar las masculinidades hegemónicas, el nacionalismo, el machismo, muchas cosas así, y luego está el EZLN y algunas otras cositas que aparecen por ahí. 

A grandes rasgos esa es la exposición, son 141 piezas provenientes de 70 colecciones nacionales e internacionales, no se había hecho una revisión de la imagen de Zapata tan grande desde el 60 aniversario de Bellas Artes con Raquel Tibol.

Volvemos a preguntarnos por la persistencia de la imagen de Zapata desde claves que se están pensando ahora en el 2019, no desde la conmemoración de un héroe, sino más bien de repensarlo desde un punto de vista más crítico. 

 

H: Creo que podríamos hablar de que la figura de Zapata como héroe y como símbolo también tiene sus límites y a 100 años, ya no le toca a Zapata ser la bandera del movimiento, sino ser una imagen que los movimientos mismos apropien, pero que ya es un Zapata diferente. Ya es, o más bien, quizás siempre ha sido un Zapata diferente, pero ahora llega a lugares donde las representaciones gráficas de Zapata en el siglo XX no hubieran llegado. 

L: Sí, lo que yo creo es que Zapata siempre va a referirnos a cosas que tienen que ver con la tierra, con México, con ciertos ideales de libertad y autonomía, pero eso es susceptible de ser apropiado desde ciertos lugares.

La diferencia por ejemplo entre Zapata y el Ché, siendo el Ché un héroe mucho más apropiado a nivel mundial, es que el Ché no tiene anclajes tan claros, sino es más bien la idea de revolución, pero una revolución muy abstracta que en muchos casos ha servido para banalizar o hacer muy poco la verdadera lucha del Ché.

Zapata, aunque sí se lo han llevado a esos territorios, sigue activo desde otros lugares y lo que yo creo que está pasando en el 2019 es que muchos todavía no se ha entendido que Zapata no le pertenece a los zapatistas históricos, no le pertenece solo al gobierno mexicano, sino a la gente y en ese sentido, su habilidad de convocar o invocar nuevas causas es muy fuerte.

El Zapata de la siguiente década va a ser el de los ecocidios, de la defensa del territorio, de los recursos naturales y la autonomía de los pueblos e irá de la mano de proyectos que se oponen al extractivismo, a  la intervención de compañías mineras, de macroproyectos estatales; ya apareció este año con la muerte de Samir Flores en Morelos y la oposición a la termoeléctrica y probablemente aparezca con el tren maya porque finalmente esas sí son las causas zapatistas históricas y contemporáneas: defender los recursos naturales; las montañas, el agua, la propiedad comunal y cuando eso entra en colisión con otros intereses como pueden ser los del desarrollismo, los del desarrollo macroeconómico, pues la figura de Zapata es susceptible a aparecer.

Esa es su capacidad y su actualidad.

 

LH: Con otra imagen de Zapata un poco más canónica, mucha gente habría llegado a la exposición y de repente su habría encontrado hasta la cuarta parte con esta pintura de Cháirez y ahí ya no tiene posibilidad de correr a otro lado o escribir un comentario de odio. En redes sociales estamos viendo la indignación de muchas personas por esta figura de Zapata que en realidad representa solo una parte de la exposición y solo una de las varias formas en que se ha tomado su imagen. ¿Se considera también al momento de hacer la curaduría la difusión digital y el impacto digital que va a tener, ya sea en redes sociales, las fotos que la gente va a postear en Instagram o en Facebook? ¿Eso fue parte de tu proceso?

LV: A mí el efecto que ha tenido la pintura de Cháirez me causa, por un lado, alegría porque está generando una conversación que es incómoda, pero necesaria y está trayendo visibilidad a la exposición. 

Por otro lado, a veces me preocupa si no estará eclipsando la diversidad de discursos que también están en la exposición. Porque, como dices, es muy fácil entrar a comentar sobre esa pintura que es 1 entre 141 y me quedo con el temor de si eso no hará que muchos se generen una falsa idea de la exposición porque si bien está muy reivindicado la parte del género y su relación, también incómoda, pero muy necesaria con Zapata, toca a la vez muchos otros temas. 

A nivel curatorial, cuando nosotros presentamos este proyecto, el museo del Palacio de Bellas Artes y el equipo que encabeza Miguel Fernández Félix, siempre estuvo súper abierto diciendo: “mete lo que se te pegue la gana”. 

Había mucha apertura y cuando vieron la sección de subvertir el género que ocupa un buen espacio del cuarto núcleo donde están Germán Venegas con dos piezas de muy buen tamaño, Julio Galán, Mariana Castillo, Daniela Roselle, Daniel Salazar y unos Arnaldo Cohen y están estas dos pinturas que es las que más polémica causan, que son las de Fabián Cháirez y las de Miguel Cano, el  equipo de Bellas Artes se hizo preguntas como “¿qué va a poder generar esto en las audiencias?” y desde el principio dijimos: las audiencias tienen que entrar a la exposición a ver el símbolo de Zapata de forma compleja.

Una obra que a mí me gustaba mucho para ser la imagen publicitaria es la de un Zapata que tiene un mandil y en lugar del fusil, una escoba. Aparece un jabón de ropa; es una pieza de un artista chicano de Denver que se llama Daniel Salazar y forma parte de una serie que él llamó “machos sensitivos” en donde revisa mucho las masculinidades hegemónicas mexicanas y las feminiza o las hace más sensibles.

 Nunca pensé que la de Cháirez pudiera ser protagónica en la parte de la difusión, pero sí creía que iba a ser bastante atractiva para algunos públicos. Con lo que yo no contaba y fue una buena sorpresa, fue que desde la Secretaría de Cultura eligieran la pieza de Fabián y la pusieran en los desplegados oficiales en periódicos. No fue una decisión mía y creo que tampoco del Museo del Palacio de Bellas Artes, fue una decisión más bien de alguien que vio cosas interesantes en ponerla allí. 

Fue bastante bueno en dos sentidos. Por un lado, algunos activistas y académicos de la comunidad gay se habían sentido incómodos con el lugar que tiene la pieza de Fabián Cháirez dentro de la exposición. 

¿Por qué? Imagina que esta es la sala Diego Rivera, entonces hay como un muro que tiene un cuadro de Arnold Belkin, que es un mural más o menos de gran tamaño y a espalda de eso quedan el Miguel Cano y el Fabián Cháirez y acá hay un pasillo y están el Julio Galán… digamos que el tiro visual de acá las piezas de Cano y de Cháirez están detrás. La razón de por qué están allí atiende a varias cosas. 

Uno, a que el mural que tenemos ahí es muy pesado, entonces necesitábamos meterle un muro reforzado y el muro que está atrás no lo está y no aguantaba este cuadro. De hecho estábamos pensando que en ese muro, el muro que se construyó, podrían estar el Arnold Berkin o un Jironilla que es mucho más grande que está de este lado. Por cosas presupuestales nosotros no podíamos reforzar este muro, sino que era más barato construir otro.

Eso supuso que la pieza de Belkin fuera un remate y luego, como la pieza de Cháirez es tan chiquita, es un cuadro de este tamaño con un marco grandote muy muy bonito y el Cano es como de este tamaño. Entonces dijimos: ¿por qué no los ponemos en un espacio que te invite a cierto recogimiento y a verlos más de cerca? Entonces la idea es que vengas desde acá, veas el Julio Galán, voltees a la derecha y veas un espacio donde están estos cuadros.

 Además tiene mucho sentido porque Julio Galán está aquí junto con Germán Venegas. Estos son dos monstruos de los años ochenta y estos dos son dos pintores superinteresantes pero mucho más contemporáneos que están volviendo a revisitar, un tema que el neomexicanismo trabajó mucho que son los héroes patrios desde otro lugar mucho más radical.

Esa era nuestra lógica curatorial, pero lo que algunos dijeron fue que “estos cuadros están escondidos” entonces fue muy útil que la Secretaría sacara al Cháirez en su propaganda oficial porque entonces, claro, los críticos que decían que los habíamos escondido, se quedaron un poco callados.

 

LH: Claro, es la cara de la exposición.

LV: Ahora es la cara de la exposición, entonces esas son cosas que fueron pasando y que ahí están.

La pieza de Cháirez para mí es la consecución, o digamos, en este relato en el que se fue cuestionando el nacionalismo y las masculinidades hegemónicas, lo de Cháirez es muy bonito porque llega desde un lugar de lo kitch. Tiene que ver con lo mexicano donde la figura heróica ya es feminizada, pero desde una de las críticas más fuertes es “¿cómo se atreven a hacerle eso al héroe patrio?” y el tema es ¿por qué es algo malo la feminización de un cuerpo entonces es algo malo o qué?

El otro tema es hacer de la feminidad un lugar de lo revolucionario. No solo es una feminidad cualquiera, es la feminización de un cuerpo moreno. Hay toda una crítica desde la raza y desde la clase. Lo de Cháirez para mí y lo de Cano son dos obras que llegan a este último grado de crítica mucho más radical y que es de obras recientes. Tanto Chairez como Cano son obras que se hicieron en el 2014 y el 2015.

 

LH: Justo eso que se me hace interesante con este cuadro de Cháirez y con su obra en general es que a pesar de que se podría hablar de feminización este cuerpo de Zapata, a caballo, no deja de ser un cuerpo fuerte. La feminización está más en la pose que adopta sobre el caballo que para mi representa una vulnerabilidad. En Cháirez vemos estos cuerpos hegemónicamente masculinos, pero de cierto modo vulnerables y ahí es donde se cuestiona la supuesta masculinidad infranqueable del macho o el caudillo.

LV: Y que, lo queramos o no, si a ti te hace ruido ese cuadro, eso habla mucho de ti mismo. Este es otro dato interesante y que, y es algo que platicaba con Fabián en una conversación por teléfono hace poco: uno, este cuadro ya se había exhibido, se había puesto en exhibición en la galería José María Velasco, que también es un espacio gubernamental.

Es un espacio que ha albergado durante mucho tiempo la disidencia sexual de este país y que ha mostrado exposiciones de distintos artistas con este discurso. Dos, el cuadro está replicado a gran escala como mural en un bar gay de la calle de República de Cuba, en el Marrakech, y no había causado controversia.

Cuando llega a Bellas Artes y a la centralidad del museo del Palacio de Bellas Artes es que provoca la controversia. Entonces lo que a mí me hace pensar es que estas imágenes se les permite existir si están en lugares ocultos, pero si las traes al centro del país, a los reflectores, entonces son incómodas. Eso para mí confirma la necesidad de que desde lugares centrales se incluyan discursos diversos y se problematicen cosas más allá de lo políticamente correcto.

Puesto en otras palabras, si lo de Cháirez está en lo oscurito, no afecta nada y todos somos muy plurales, pero si lo traes al Palacio de Bellas Artes y lo pones al frente de la campaña promocional de la exhibición, entonces sí importa.

Eso, para mí, es problemático y justo aplaudo mucho tanto lo que está haciendo el Museo del Palacio de Bellas Artes al incluirlo, como lo que está haciendo la Secretaría de Cultura al ponerlo en los promocionales de la exposición. Ahora, no es la única imágen, porque al día siguiente salió un Julio Galán y el día anterior hubo un Miguel Covarrubias y se han estado cambiando las imágenes que se utilizan para la difusión.

 

LH: Sin embargo, no fueron lo suficientemente fuertes, como la pintura de Cháirez para generar, en un solo día, no uno, sino diez encabezados.

LV: Hay una gran variedad de pinturas en esta exposición que tiene discursos diversos estas imágenes en la exposición. Si lees además el texto curatorial que acompaña la exposición, nosotros de ninguna manera estamos reivindicando que Zapata fue homosexual, de hecho, soy de los que tienden a creer que no hay ningún fundamento histórico para eso. Aquí lo importante es que la exposición no es sobre la vida de Zapata, sino sobre la vida de la imagen, de cómo se ha alimentado de desde fantasías homoeróticas y se ha vuelto, incluso, un sitio para cuestionar el machismo.

La polémica de Chairez prueba un poco la tesis de la exposición. ¿De qué manera podemos resumir de lo que se trata la exposición? En vez de “Zapata vive, la lucha sigue”, sería “Zapata sigue vivo y las luchas —porque son “luchas” en plural— también siguen muy vivas”. Es decir, la imágen está más activa que nunca. 

 

Pedro Ángel Palau es quien inicia la narrativa de la homosexualidad de Zapata y es quien escribe la novela sobre la vida de Amada Díaz, la hija de Porfirio Díaz, que estuvo casada con Nachito de la Torre. Él dice que revisando el diario de Amada Díaz, hay un pasaje donde la propia esposa dice que Zapata y Nachito de la Torre se revolcaban en las caballerías de la casa de Nachito.

Zapata trabaja alrededor de seis meses con Ignacio de la Torre en su casa en Reforma que estaba donde ahora está el edificio de la Lotería Nacional, por El CaballitoTrabaja seis meses allí y a partir de esa mención en el diario, Pedro Ángel Palau, bueno y de otras cosas que hay en la historia, él construye este gran mito de que Ignacio de la Torre fue amante de Zapata.

Yo creo que habría que ver más bien el zapatismo desde una lógica muy distinta a la de los ejércitos formales, porque el hecho de que Amelio Robles pudiera existir como un coronel transgénero en las filas del zapatismo o que fueran permisivos con alguien como Palafox, que era un general zapatista que se sabía que era homosexual, te habla de que quizás había otras dinámicas.

No estamos diciendo que se permitiera la homosexualidad, sino simplemente se negociaba de otras maneras. 

 

LH: Ya para finalizar, ¿qué influencia piensas que tiene el bigote de Zapata desde la posrevolución hasta nuestros días?

LV: Digamos que la imágen zapatista tiene algunas marcas claras por las cuales es fácilmente recordada. Uno es el traje de charro: el sombrero, hasta el fusil, el sable, etcétera. Y del rostro de Zapata siempre se habla de los ojos y del bigote. Y ese bigote es un bigote muy característico de la época. Si vemos las representaciones, las primeras que hay de pintura de Zapata, el bigote es un elemento en el que ponen mucho enfasis algunos artistas.

Por ejemplo, en mural de Zapata de 1923 hecho por Diego Rivera, Zapata tiene un bigote mucho más largo. El motivo está ligado a la influencia budismo chino y la relación con la sabiduría. Sin embargo, un Siqueiros de 1931 también hace mucho énfasis en los bigotes. Y el bigote, desde luego, se ha leído como esta marca de masculinidad.

 

LH: Es interesante porque el bigote me parece un símbolo muy contundente de, al menos en el siglo XX, lo que hace a un hombre en México.

Pensando en otras polémicas que han surgido a partir de estas pinturas que se consideran controversiales, en los años 80, Rolando de la la Rosa pintó “La virgen de Marilyn”, aunque creo que sería más preciso decir que hizo un collage de una virgen de Guadalupe con el rostro de Marilyn. Esto, en aquel momento le costó el puesto a Jorge Alberto Manrique que en ese era director del MAM.

Hay otro pintor chileno que se llama Juan Dávila, que es uno de los pintores más interesantes de Chile y tiene esta obra que fue un escandalazo también. Se llama  “El libertador Simón Bolívar”. En la pintura se presenta un Bolívar parasexual que además tiene rasgos afromestizos y demás.

Esta obra fue un escándalo, porque Juan Dávila pues era parte de un proyecto público de pinturas que después se iban a distribuir como postales a través de la valija diplomática del ministerio de relaciones exteriores. Se producen las postales y esto llega a Venezuela. Entonces explota este escándalo terrible en la Venezuela bolivariana; incluso estuvo la posibilidad de una ruptura de relaciones entre ambos países. 

Meterte con los héroes siempre es un pedo: travestirlos, feminizarlos, siempre provoca una especie de cortocircuito que justo lo que pone en cuestión es el diálogo entre la idea de nación y masculinidad.

 


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

 

BELLE DAME SANS NOM

 

 

Escasos autores han provocado tantos atropellos en nombre de la razón poética como Emily Dickinson (1830-1886). La falla, claro está, no es de origen, sino de los estudiosos que la despachan con calificativos como “oscura” y “misteriosa”: aparentes halagos que no se distinguen de las críticas que recibió en vida, incluyendo las de su mentor, T. W. Higginson. Aunque la poeta ignoraba el destino de su obra, siempre tuvo claro el rumbo que debía seguir y depositó su confianza en los peculiarísimos instrumentos escogidos para llevarla a cabo, a saber: una ortografía que distingue entre sustantivos “tótems” (aquellos que componen el universo íntimo de Dickinson) y “tabúes” (referencias comunes y corrientes del mundo exterior), otorgando mayúsculas solo a los primeros; una puntuación que sustituye la mayoría de los puntos y comas por guiones largos —esos que en los Himnos a la noche (1800) de Novalis, por ejemplo, ya constituían las pausas semánticas, marcas de sentido y hasta grafías de orden musical con que la poeta indicará los límites de su discurso, aquello que la palabra a solas no puede referir por sí misma¾; una prosodia que, en su afán sintético y antiprosaico, elimina distintos vocablos, frases hechas y conectores no en busca de una estéril pureza poética, sino de una expresión libre de muletillas. (Búsqueda similar a la que, ni más ni menos, le costó la cordura al poeta venelozano José Antonio Ramos Sucre, cuyos últimos volúmenes eliminan el pronombre relativo “que” en una clase suicida de estilismo.)

Last but not least, la elección de un tono ingenuo y cancioneril para emprender sus averiguaciones, entre domésticas y subatómicas, sobre la conciencia, la naturaleza, el ser, la muerte, la inmortalidad o el deseo. Su rechazo a un metro como el pentámetro yámbico es, en ese sentido, una oposición al verso oratorio, que lo mismo funciona para el diálogo teatral y el ensayo filosófico que para el canto lírico y el monólogo dramático en poetas como Shakespeare, Pope, Milton, Wordsworth, Keats y Browning. Dickinson pretendía mucho menos; percibió que el mundo hechizado y autista de sus sensaciones solo podía representarse con un tono menor y una especie de interiorismo formal. Como parece resumir el poeta, ensayista y traductor Ricardo F. Herrera, Dickinson tenía

 

un gusto innato en comprimir los grandes temas en espacios de dimensiones reducidas. Aun en sus poemas más extensos, el deleite por el detalle es bien perceptible, detalle que puede llegar a imantar con su energía la totalidad del texto (…) La ley que ha concebido esos mundos cerrados e intensos puede formularse así: obtener fuerza expresiva a partir de la máxima compresión verbal.

 

La planeación verbal de “espacios de dimensiones reducidas” obligó a Dickinson a eludir los moldes prestigiados de la poesía occidental. A diferencia de su paisano Walt Whitman, a quien nunca leyó porque le dijeron que era “vergonzoso”, Dickinson no se cantó a sí misma para insertarse en la joven y vigorosa sociedad norteamericana, sino para apartarse de ella. Sus canciones, como las de san Juan de la Cruz, son “canciones del alma en la íntima comunicación”, no la epopeya surgida de la voz fundacional de todo un pueblo.

Ni la amenaza de permanecer inédita hizo que Dickinson modificara tan inquietantes elecciones. Es probable, incluso, que sus mil setecientos setenta y cinco poemas fueran escritos contra dicha amenaza. Como sostiene la filóloga Amalia Rodríguez Monroy, “gracias a esa renuncia temprana [la de darse a conocer] nuestra poeta, libre de toda atadura al imperativo social, crea una obra tan excepcional y renovadora como secreta”. Pero tal obra, insisto, es víctima de un formidable absurdo: en su clandestinidad, ha sido profusamente citada, interpretada, traducida y hasta imitada alrededor del mundo. Dickinson misma, que apenas puso un pie fuera de su casa en Amherst, Massachussets, y que en los últimos años ni siquiera abandonó su habitación, ha sido elevada a personaje central en diversos ensayos, novelas, películas, programas televisivos, obras teatrales y libros de poemas. Baste mencionar Mi Emily Dickinson (1985), ensayo de la también estadunidense Susan Howe; La bella de Amherst (1976), monólogo de William Luce protagonizado por Julie Harris durante su primer y exitoso montaje en Broadway; La hermana (2003), novela de la argentina Paola Kaufmann sobre la familia Dickinson y cuya narradora es Lavinia, hermana de la poeta; A Quiet Passion (2016), película del galés Terence Davies; Archivo Dickinson (2018), gabinete de curiosidades líricas de la también argentina María Negroni; y en México, las traducciones realizadas por Gilberto Owen, Rosario Castellanos o David Huerta, así como tres conjuntos de poemas: Amherst Suite (2010) de Alberto Blanco, Una forma escondida tras la puerta (2012) de Francisco Hernández y Cámara nupcial (2015) de Jorge Esquinca.

¿A qué se debe el equívoco protagonismo de una poeta que llegó a afirmar “¡Qué aburrido —ser — Alguien!”? Quizá al recelo disfrazado de admiración que provocan los cultivadores del anonimato en una época de nombres y apellidos artísticos, de celosa propiedad intelectual, de marquesinas y encabezados a ocho columnas, de trending topics y hashtags. La literatura moderna y contemporánea ha sido particularmente pródiga en dichos cultivadores. Sin embargo, Dickinson entraña una especial complejidad: no dejó de escribir, como Arthur Rimbaud o Juan Rulfo, ni cosechó la fama inmediata (e indeseable para él) de J. D. Salinger. Lo que Dickinson prefirió no hacer —parafraseando a Bartleby, el escribiente de Melville, patrono de la renuncia creativa— fue publicar. De ahí que en su obra no se observen fracturas, sino una impecable coherencia interior. Del primer al último poema, Dickinson jamás pensó en títulos, secciones o conjuntos, sino en las células numeradas de un organismo vivo. A su muerte dejó cuarenta volúmenes manuscritos como un diario sin fechas redactado en verso. Según Owen, “luego [de leer a la poeta] aprendemos cuán superficial y vana es nuestra búsqueda, si los datos reales de su biografía estaban, vivos y ardorosos, en sus poemas y en su epistolario”. Lo demás son hipótesis, franquicias del silencio.

Pero Dickinson, en el fondo de su buscado anonimato, deseaba dialogar —discretamente, si se quiere— con el mundo. Sus poemas no fueron concebidos para leerse en público, sino para entregarse a su lector imposible y póstumo. Si Dickinson no recibió carta a vuelta de correo fue porque su dirección era la misma que la de su incógnito destinatario.

Hernán Bravo Varela

 

 


 

 

280

 

I felt a Funeral, in my Brain,
And Mourners to and fro
Kept treading—treading—till it seemed
That Sense was breaking through—

And when they all were seated,
A Service, like a Drum—
Kept beating—beating—till I thought
My Mind was going numb—

And then I heard them lift a Box
And creak across my Soul
With those same Boots of Lead, again,
Then Space—began to toll,

As all the Heavens were a Bell,
And Being, but an Ear,
And I, and Silence, some strange Race
Wrecked, solitary, here—

And then a Plank in Reason, broke,
And I dropped down, and down—
And hit a World, at every plunge,
And Finished knowing—then—

 

 

280

 

Yo sentí un Funeral en mi Cerebro,
Y los Dolientes que iban y venían
Pisaban tanto — tanto — hasta que pareció
Irrumpir el Sentido —

Y cuando estaban todos ya sentados,
Como un Tambor, la Misa —
Sonaba tanto — tanto — hasta que Yo pensé
Que mi Mente se iba entumeciendo —

Y entonces los oí levantar un Cajón
Y su crujido atravesaba mi Alma
Con esas mismas Botas de Plomo, nuevamente,
Luego el Espacio — comenzó a doblar,

Como si fuera el Cielo una Campana,
Y el Ser, sólo un Oído,
Y Yo, con el Silencio, alguna Raza insólita
Náufraga, solitaria, aquí —

Y luego a la Razón se le rompió una Tabla,
Y Yo me desplomé, me desplomé —
Y choqué con un Mundo en cada zambullida,
Y Terminé de conocer — entonces —


 

 

419

 

We grow accustomed to the Dark—
When Light is put away—
As when the Neighbor holds the Lamp
To witness her Goodbye— 

A Moment¾We uncertain step
For newness of the night—
Then—fit our Vision to the Dark—
And meet the Road—erect—

And so of larger—Darkness—
Those Evenings of the Brain—
When not a Moon disclose a sign—
Or Star—come out—within—

The Bravest—grope a little—
And sometimes hit a Tree
Directly in the Forehead—
But as they learn to see—

Either the Darkness alters—
Or something in the sight
Adjusts itself to Midnight—
And Life steps almost straight.

 

 

419

  

Nos habituamos a la Oscuridad —
Cuando la Luz se apaga —
Como cuando sostiene la Lámpara el Vecino
Y presencia la Despedida de ella —

Un Momento — pisamos titubeantes
Porque es nueva la noche —
Después — ya acostumbrada nuestra Vista a lo Oscuro —
Enfrentamos — erguidos — el Camino

Y lo mismo con más grandes — Tinieblas —
Esos Anocheceres del Cerebro —
Cuando no hay Luna que revele un signo —
O Astro — que surja — desde el interior —

Los más Audaces — van un poco a tientas —
Y a veces se golpean directamente contra
Un Árbol en la Frente —
Pero conforme aprenden a observar —

O bien la Oscuridad se modifica —
O algo en la mirada
Se adapta por sí solo a Medianoche —
Y da la Vida pasos casi rectos.


 

 

441

 

This is my letter to the World
That never wrote to Me—
The simple News that Nature told—
With tender Majesty

Her Message is committed
To Hands I cannot see—
For love of Her—Sweet—countrymen—
Judge tenderly—of Me

 

 

441

 

Ésta es mi carta al Mundo
Que nunca me escribió
Las sencillas Noticias que la Naturaleza
Trajo — con Majestad benevolente

Entregó su Mensaje
En Manos que no veo
Por Amor hacia Ella Dulces paisanos míos
Juzguen mi caso con benevolencia


 

 

505

 

I would not painta picture
I’d rather be the One
Its bright impossibility
To dwelldeliciouson
And wonder how the fingers feel
Who rarecelestialstir
Evokes so sweet a Torment
Such sumptuousDespair 

I would not talk, like Cornets
I’d rather be the One
Raised softly to the Ceilings
And out, and easy on
Through Villages of Ether
Myself endued Balloon
By but a lip of Metal
The pier to my Pontoon 

Nor would I be a Poet
It’s finerown the Ear
Enamoredimpotentcontent
The License to revere,
A privilege so awful
What would the Dower be,
Had I the Art to stun myself
With Bolts of Melody!

 

 

505

 

No pintaría — un cuadro —
Prefiero ser La que
En su brillante imposibilidad
Se afligiera — de forma deleitosa —
Y preguntara qué sienten los dedos
Cuyo raro celeste — movimiento
Evoca tan dulcísima Tortura —
Tanta y suntuosa Desesperación —

Yo no hablaría, como las Cornetas —
Prefiero ser La que
Fuera alzada a los Techos suavemente —
Y afuera, para andar con lentitud —
Por Poblados de Éter —
Yo misma vuelta un Globo
Por un sencillo labio de Metal —
El muelle que conduce a mi Pontón —

Ni sería Poeta —
Mejor — tener Oído —
Obsequioso impotente satisfecho
La Licencia para reverenciar,
Un honor tan atroz,
¡Cuál sería la Dote
Si Yo tuviera el Arte de aturdirme
Con las Descargas de la Melodía!

 


 

 

712

 

Because I could not stop for Death—
He kindly stopped for me—
The Carriage held but just Ourselves—
And Immortality.

We slowly drove—He knew no haste
And I had put away
My labor and my leisure too,
For His Civility—

We passed the School, where Children strove
At Recess—in the Ring—
We passed the Fields of Gazing Grain—
We passed the Setting Sun—

Or rather—He passed us—
The Dews drew quivering and chill—
For only Gossamer, my Gown—
My Tippet—only Tulle—

We paused before a House that seemed
A Swelling of the Ground—
The Roof was scarcely visible—
The Cornice—in the Ground—

Since then—’tis Centuries—and yet
Feels shorter than the Day
I first surmised the Horses’ Heads
Were toward Eternity—

 

 

712

 

Ya que me fue imposible recoger a la Muerte —
Ella fue tan amable de recogerme a mí —
En el Carruaje íbamos solamente Nosotros —
Y la Inmortalidad.

Fuimos despacio — Ella no tenía prisa alguna
Y había Yo abandonado
Mi afán y mi reposo
En pago a su Atención —

Pasamos por la Escuela, ahí donde los Niños
Jugaban a la hora del Recreo — en el Patio —
Pasamos Sembradíos de Granos Expectantes —
Pasamos junto al Sol que se Ponía —

O mejor — Él pasó junto a Nosotros —
El Rocío cayó trémulo, helado —
Pues mi Vestido, solamente Gasa —
Y mi Tápalo — solamente Tul —

Paramos frente a una Casa que parecía
Una Protuberancia de la Tierra —
El Tejado era apenas evidente —
La Cornisa — en el Suelo —

Siglos ha — desde entonces — y aun así parecen
Más cortos que ese Día en que advertí
Por vez primera cómo los Caballos
Dirigían sus Cabezas hacia la Eternidad —


Autores
(Amherst, Massachusets, 1830-1886). Poetisa estadounidense. Excepto cinco de sus poemas (tres de ellos publicados sin su firma y otro sin que la autora lo supiera), su ingente obra permaneció oculta e inédita hasta después de su muerte.
(Ciudad de México, 1979) es poeta, ensayista y traductor. Autor de Hasta aquí, entre otros títulos.
Extraída de Pixabay.

Lee aquí el primer capítulo.


Capítulo 2

El señor Bennet fue de los primeros en presentar sus respetos al señor Bingley. Siempre había pretendido visitarlo a pesar de asegurarle en numerosas ocasiones a su esposa que no lo haría; y no le dijo que había realizado la visita sino hasta la tarde después de haberla hecho. Esta información fue revelada de la siguiente manera. Observando a su segunda hija arreglar un sombrero, el señor Bennet le dijo repentinamente lo siguiente:

—Espero que le agrade al señor Bingley, Lizzy.

—Desafortunadamente no hay manera en que sepamos qué le gusta al señor Bingley —dijo su madre con resentimiento— ya que no podremos visitarlo.

—Pero olvidas, mamá —dijo Elizabeth— que lo conoceremos en las fiestas y que la señora Long prometió que nos lo presentaría. 

—No creo que la señora Long vaya a cumplir su promesa. Tiene dos sobrinas solteras. Es una mujer egoísta e hipócrita y no confío en ella.

—Ni yo— dijo el señor Bennet— y me da gusto saber que no pretendes depender de su amabilidad.

La señora Bennet no se dignó a contestar, pero, incapaz de contenerse, comenzó a regañar a una de sus hijas.

—¡Por todos los cielos, Kitty! Deja de toser tanto. Ten un poco de compasión por mis pobres nervios. Vas a destruirlos pedazo a pedazo. 

—Es verdad que Kitty no es muy prudente al toser —dijo su padre— nunca sabe hacerlo en el momento adecuado.

—No toso a propósito— respondió Kitty con impaciencia.

—¿Cuándo es tu próximo baile, Lizzy?

—De mañana en quince días.

—Así es —comenzó a quejarse su madre— y la señora Long no regresará sino hasta un día antes del baile; así que será imposible que le presente a nadie al señor Bingley, pues ella misma no lo conocerá.

—Entonces, querida tendrás la ventaja sobre tu amiga de poder presentarle al señor Bingley tú misma.

—Imposible, señor Bennet, eso es simplemente imposible ya que yo misma no lo conozco ni nos han presentado. ¿Cómo puedes atormentarme de esta manera?

—Tu prudencia es realmente admirable. Es cierto que quince días son muy pocos para conocer a alguien y es imposible llegar a saber realmente quién es una persona en ese periodo. Pero si nosotros no lo hacemos, seguramente alguien más lo hará y por lo tanto, ya que la señora Long y sus sobrinas se merecen una oportunidad, ella lo tomará como un acto de amabilidad y si te rehusas a presentarlas con el señor Bingley, yo tendré que tomar esa responsabilidad. 

Las muchachas miraron a su padre.

—¡Tonterías, tonterías!— repetía la señora Bennet

—¿A qué te refieres con que son tonterías? —dijo él— ¿Consideras que las normas de etiqueta que deben seguirse al presentar a alguien, así como la importancia que se pone sobre ellas, son tonterías? Desde luego que no puedo estar de acuerdo contigo en eso. ¿Qué te parece esto, Mary? Eres una joven reflexiva, lo sé y has leído grandes libros; seguramente tus lecturas te podrán ayudar a comentar sobre esto.

Mary quería decir algo sensible, pero no sabía cómo.

—En lo que Mary ajusta sus ideas— continuó el padre— regresemos al señor Bingley.

—¡Estoy harta del señor Bingley!— gritó su esposa.

—Lamento escuchar eso; ¿por qué no me lo dijiste antes? Si hubiera sabido sobre tu desprecio esta mañana, no habría buscado al señor Bingley. Me temo que somos extremadamente desafortunados, ya que le he hecho una visita y no podremos escapar ahora de su amistad. 

El asombro de sus hijas era justo lo que buscaba y quizás también que el de la señora Bennet superara con creces el de las demás. Cuando el tumulto de asombro y felicidad pasó, la señora Bennet comenzó a declarar que las cosas habían salido justo como ella lo había  esperado todo ese tiempo.

—¡Qué bueno eres, mi querido señor Bennet! Pero siempre supe que te terminaría persuadiendo. Estaba segura de que amabas demasiado a tus hijas como para ser negligente en buscar la amistad del señor Bingley. ¡Qué satisfecha estoy! Y eres un bromista excelente, qué gracioso el que fueras esta mañana a visitarlo y no hubieras dicho ni una palabra de tus planes o de tu visita hasta ahora. 

—Ahora, Kitty, serás libre de toser todo lo que quieras— dijo el señor Bennet mientras salía de la habitación, agotado por los arranques de emoción de su esposa.

—¡Pero qué padre tan excelente tienen, niñas! —dijo ella cuando se cerró la puerta de la habitación— No sé cómo podrán devolverle todas las cosas que ha hecho bondadosamente por ustedes; o por mí, ya que tocamos el tema. A nuestra edad no es nada agradable, se los digo, estar haciendo nuevas amistades todos los días. Pero por ustedes haríamos lo que fuera. Lydia, mi amor, aunque eres la más joven, me atrevo a decir que el señor Bingley bailará contigo durante el siguiente baile.

—¡Oh! —dijo Lydia ruidosamente— Yo tampoco lo dudo, pues aunque soy la más joven, también soy la más alta.

El resto de la tarde transcurrió entre conjeturas de qué tanto tardaría el señor Bingley en regresar la visita del señor Bennet y decidiendo lo que le darían de cenar una vez que lo hiciera.


Autores
(Steventon, 16 de diciembre de 1775-Winchester, 18 de julio de 1817) fue una reconocida escritora inglesa, autora de Orgullo y prejuicio, Emma y muchas otras novelas.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Ilustración por Berenice Medina

 

Soy yo quien decide que no habrá mañana;

con suerte, una claridad.

—António Lobo Antunes

¿Cuál fue el momento preciso en el que Roanoke se esfumó para volverse silencio, vacío: una pobre anotación en un árbol? John White llegó por primera vez a la región de Roanoke en 1587; iba dispuesto a colonizarla. La expedición había sido ordenada por Sir Walter Raleigh, que a su vez había obtenido el permiso de la Reina Isabel I de Inglaterra para servirse con cuchara grande, en medio de aquella aparente carrera que sostenían ingleses y españoles para ver quién lograba colonizar antes Norteamérica. Así fue como 117 colonos llegaron a Roanoke como una parada antes de la anhelada Chesapeake.

Los ingleses consiguieron llevar una buena relación con la tribu croatoan, una de las tantas que habitaban la zona, pero las demás tribus se resistieron a la invasión y repelieron la llegada de los colonos. Así, en un constante estira y afloja, White tomó la decisión de volver a Inglaterra para traer más refuerzos que pudieran ayudarle en su propósito.

Con lo que John White no contaba era que la guerra angloespañola lo retrasaría por más de tres años en su país de origen. Al volver, listo para zanjar aquella pausa que había dejada incompleta su misión, White se dio cuenta de que había cometido un error. Todo rastro de la antigua tribu había desaparecido, salvo un pequeño vestigio que, sobra decirlo, no decía mucho de su destino: la palabra ‘croatoan’ tallada en un árbol.

 

*

Fallecer viene del latín fallere, que en primera instancia quiere decir equivocarse. Fallar. De la misma forma que White equivocó la colonización de Roanoke; de la misma forma que mi padre equivocó el rumbo de su vida hace exactamente un año.

Morir es no acertar el golpe, dejarlo todo a la suerte.

Para fallar no es necesario cometer grandes errores: todos los días fallamos a nuestros compromisos, invariablemente de lo inverosímiles o mundanos que estos parezcan. Fallamos cuando no logramos levantarnos de la cama en el minuto que la alarma comienza a taladrarnos los oídos.

Una vida sin errores es monótona, pasa de largo. Fallar nos hace reconocibles, únicos. Humanos.

 

Ilustración por Berenice Medina

Ilustración por Berenice Medina

 

*

No conocemos el rostro de aquella persona que, hace poco más de 5,000 años, grabó en escritura cuneiforme una tabla de arcilla que contenía la frase “ayer no te vi en Babilonia”. Nos aventuramos a creer, no obstante, que aquella vetusta huella, proveniente de una de las más antiguas formas de expresión escrita que se conocen, delata lo vieja que ha sido nuestra afición por ficcionalizar nuestras vidas, por hacerlas más asequibles a través de algo con mejor talante que nuestras tediosas rutinas.

Seis palabras que, aunque parecen triviales, han sido rescatadas por António Lobo Antunes, que toma este misterioso pasaje de la existencia humana y lo convierte en el título de una de sus más grandes apuestas narrativas. Una novela que, como casi todas las escritas hasta hoy por el portugués, habla del caos y la desesperanza: de personajes que, heridos por la fusta de la derrota, han perdido una parte importante de su vida.

En las novelas de Lobo Antunes siempre hay algo tan cercano a nuestras vidas que termina por resultar grotesco pensar en coincidencias. La voz en soledad de las voces narrativas nos deja ver el hilo que une cuatro vidas discordantes, enlazadas con un nudo que todo lo puede y todo lo arrebata: la pérdida, ese terrible error de cálculo en nuestras vidas que entre las doce de la noche y las cinco de la mañana se vuelve insoportable.

Por eso aventurarse a su lectura es apasionante y, al mismo tiempo, desolador: un pasaje, una escena, un momento justo donde encontramos aquella fisura que nos recuerda que somos humanos y, por lo tanto, somos idiotas. Y cuando al fin tropezamos con aquel párrafo, que pareciera estar escrito precisamente para nosotros, no podemos pensar otra cosa: esto tiene que ser un error.

El último apartado de la primera parte del libro da voz a un hombre que no tiene ni tendrá relación futura con ninguno de los personajes principales: un anciano que, sentado en una silla, reflexiona (y maldice) sobre la muerte, el cáncer y, finalmente, sobre su padre.

¿Cómo nos atraviesa, pues, ese error en la Matrix que es la enfermedad, el desahucio, la desesperanza, el abandono? Yo descubría agradecido que la enfermedad de mi padre, además de ayudarme a respirar, me volvía más firme, dice aquel sujeto del que nunca conoceremos el nombre, pues jamás volverá a aparecerse en nuestra lectura.

Alrededor de todo el libro, cada uno de los individuos que transitan por ese tiempo muerto entre las doce de la noche y las cinco de la mañana, dejan muy en claro que el mundo no es un lugar hecho para los insomnes; mucho menos para todos aquellos que están condenados a equivocarse una y otra vez, a vivir con la pérdida a las espaldas.

¿Qué es la felicidad, a fin de cuentas, si nuestras vidas están destinadas a ser constantemente perforadas por la gélida sombra del error?

 

 

Ilustración por Berenice Medina

Ilustración por Berenice Medina

 

*

No encuentro una mejor forma para hablar de él que la del desacierto. La mañana del 6 de diciembre de 2018 envié un mensaje de texto a mi padre. Sería el último.

Me gustaría decir que no creo en las coincidencias, que soy una fiel discípula del escepticismo, y que esas tres líneas donde le escribía para recordarle que estaba ahí, a su lado, fueron una mera sucesión de eventos que no tiene relevancia alguna.

Aún y cuando la relación de papá y mía no fuera tan fructífera. Aún y cuando nuestros mensajes y llamadas fueran cada vez más espaciados. Aún y cuando esa falla, esa grieta en nuestras vidas llamada cáncer, hubiera cambiado todo de una vez y para siempre.

Dos o tres horas después vino la catástrofe. A las cuatro de la tarde de aquel 6 de diciembre de 2018 mi padre ya no formaba parte activa de este mundo: era un simple vestigio del pasado, una pequeña marca incomprensible en el tronco de un árbol que a duras penas alcancé a comprender aquel día, mientras atravesaba una a una las baldosas de Parque Hundido y me perdía en el corazón de la Del Valle, intentando explicarme una sucesión de eventos que no tenía ni tendrá sentido; y, sin embargo, su mensaje ahí, en la pantalla de mi celular, como un recordatorio que se quedaría tintineando en mi pantalla: sabes bien cuánto te quiero.

Si hubiésemos podido llegar a entendernos, piensa a la media noche aquel extrañísimo personaje sin nombre, a propósito de su padre, ¿me sentiría feliz?

Equivocarse es una palabra muy fácil de decir y muy difícil de explicar. ¿O es acaso al revés? La literatura nos enseña, justamente, que existe en el mundo una zona grisácea en donde uno puede darse de trompicones cuantas veces quiera; las más, mejor.

Y es así como en ‘Ayer no te vi en Babilonia’ cuatro personajes recorren uno a uno los minutos que van de las doce de la noche a las cinco de la mañana: un delgadísimo hilo en el que cada uno encuentra los errores que los mantienen al filo del insomnio.

 

Ilustración por Berenice Medina

Ilustración por Berenice Medina

 

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White desembarcó de nuevo en tierras estadounidenses el 18 de agosto de 1590. Era el cumpleaños número tres de su nieta y, sin embargo, al descender, todo lo que hubo fue un silencio aterrador, de aquellos que sólo se escuchan cuando uno ha palpado el vacío muy cerca. En Roanoke no había un alma.

Y ahora pregunto, qué será de mí cuando acabado este capítulo dejen para siempre de oírme, verbaliza aquella mujer cuando están por dar las cinco de la mañana. Nada, digo en voz alta, esperando que haya alguien que me oiga a mí. La ausencia de ruido lastima: nos recuerda que el abandono existe; aún aquellos abandonos milimétricos que estamos condenados a repetir día con día en los pasillos del supermercado o en la anónima hora pico del meto.

Es cierto eso de que un lugar existe sólo cuando alguien se atreve a nombrarlo: así, desde aquel día en el que los habitantes de aquella colonia decidieron marcharse, o hundirse, o escapar del yugo de los ingleses, encontraron la forma de fundar su propio mito a través de ocho tímidas letras.

¿Qué será de nosotros el día que dejen para siempre de oírnos? Imagino, pues, a White escribiendo aquella frase en la soledad de su estudio. Nadie más lo habría visto pasar por Roanoke. Nadie cantaría sus hazañas: una mera sombra, una rebaba de la historia condenada al tropiezo.

Finalmente, el error de White y de aquellos cuatro personajes condenados al insomnio, e incluso el de mi padre y mío, es pensar que el mundo no es capaz de seguir su curso sin nosotros.

Famélicos, impotentes, nos horroriza la idea de ser olvidados a mitad de la madrugada: por eso el insomnio, por eso las ocho letras talladas en la corteza de un árbol, por eso un raquítico mensaje en la pantalla del celular dejan de tener el sentido que buscamos.

A veces, lo que verdaderamente importa, es aquello que hemos perdido por no saber esperar a que amanezca.


Autores
(Chihuahua, 1992) es escritora. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2016 y el Premio Chihuahua de Literatura 2013 por El confeccionador de deseos.

Ilustrador
Bere Medina
(Estado de México, 1986) Dibujante y tallerista que radica en la Ciudad de México, es feliz colaborando en espacios de formación y en proyectos editoriales independientes de cómic e ilustración. Coordinó cursos de novela gráfica, ilustración y cómic en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, en el Centro de las Artes de San Agustín (CASA), el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), el Museo Arocena, InSite Casa Gallina, Centro Cultural Border, Cuarto para las 3, Biblioteca Aeromoto, entre otros. Instagram: @escribebere