Tierra Adentro
Ilustración de Mariana Martínez

El joven no sabe elegir. Desde su auto merodea la avenida Itzaés repleta de travestis con faldas cortas y blusas escotadas, otras más con mallas delicadas y zapatos de tacón altísimos. El joven busca la correcta con ojos de analista, de espigador. Ninguna parece darle lo que quiere, pero no se apresura a desencantarse ni se abruma por el sonido de los cláxones de otros que tienen más prisa por ver el menú. Ya es muy noche y el joven no atina cuál pueda ser útil.

En cambio, cada una de las travestis lo ve con demasiado interés porque no es un hombre barrigón de cincuenta años. Se le ve, dicen entre risas, un pollito listo para ser desplumado, y no tan feo si sonriera. El carro es nuevo, quizá un regalo de su padre cuando cumplió los dieciocho años. Ellas también lo saben analizar.

Él se detiene ante una con minifalda plateada y cabellera lacia. Es flaca y usa botas que suben hasta la rodilla. A ojos del joven, es la adecuada. Abre la ventanilla y le indica que se acerque. Lo hace con gesto de señor altanero. Ella se alisa la falda y aunque trata de ser coqueta, no puede o no quiere, porque sabe que los hombres mal encarados solo garantizan una golpiza o algo peor. Mejor es ahuyentarlos y que se busquen a otra más desesperada.

—El servicio te sale en ochocientos pesos la hora, un oral, penetración, desnudo completo o parcial y las posiciones que tú gustes. El hotel corre por tu cuenta —dice sin sonreír o hacer contacto con los ojos del joven.

Sabe que va a decir que no vale tanto y se dispone a volver a su sitio.

—Súbete.

La travesti resopla al escuchar la puerta del auto abrirse. Pero se resigna y piensa que son gajes del oficio, y ya viéndolo bien, con suerte podría someter a ese escuincle a la primera cachetada que le suelte. De paso, tumbarle la cartera y rayarle el auto. Se sube con poco ánimo y le sonríe fingidamente, o más bien, le enseña los dientes para hacerle saber que sabe usarlos como defensa. El joven apenas la mira y comienza a manejar apretando el volante con mucha fuerza.

No hablan de nada y es inusual. Los clientes siempre abren la boca, cuentan de alguna novia o de sus ansias por probar carne de puta. Este no. Ella podría decirle cariñitos para empezar a relajarlo, tal vez lo ablande y hasta lo enamore. Pero no puede, se mantiene quieta y alerta. Tiene miedo.

El joven deja atrás la avenida y los moteles de paso. Todo eso sin poner música, sin darse cuenta que su acompañante está intranquila y sudando. Él sólo puede ver la calle y los autos que rebasa o lo rebasan, los transeúntes y semáforos. Ella sabe que están cerca de la zona norte, donde pasean las amas de casa con sus perros y sus hijos en carriola.

Piensa que el joven tiene una casa o apartamento para él solo. Eso es mejor que restregarse en una cama pulguienta. Pero también riesgoso, podría entrar completa a una casa muy bonita y salir en cachitos en una bolsa de plástico. Ella prefiere el olor corriente de las sábanas de los moteles a las cálidas alcobas donde nada es seguro. Sonríe al pensar esas cosas. En ninguna parte está segura.

Se mete al estacionamiento de un Liverpool. El joven es el primero en bajar porque ella se queda pasmada. Él le abre la puerta del auto, refunfuñando, y piensa que hasta las travestis esperan las mínimas cortesías.

—Qué caballeroso —se atreve a decir ella.

Pero a él no le hace gracia y la toma del brazo fuertemente para hacerla caminar a su paso. Ella no lo soporta mucho tiempo y se zafa de aquellos dedos que la aprietan.

—¡Pérate, salvaje! Van a decir que no sabes tratar a una dama.

—No seas payasa y camínale.

El joven quiere volver a tomarla, pero se lo piensa mejor. Le hace señas para que pase delante de él. Ella sabe que en aquella victoria ha puesto las reglas del juego. Así ya no tiene tanto miedo.

—¿No te da vergüenza que te vean entrar conmigo?

Lo pregunta seriamente. Nunca la habían llevado a ninguna parte, los hombres prefieren tener tratos con ella en lo oscurito. Mucho menos la han exhibido en un lugar donde van señoras estiradas. El joven gruñe como respuesta. Sí le da vergüenza.

—No hago esto por diversión.

—¿Ah, no? Pensé que era una fantasía. Nunca lo he hecho en los baños del Liverpool.

El joven la mira con asco.

—No voy a hacer nada contigo. Vamos a comprarte ropa decente.

Ella ríe fuerte. Nunca ha comprado ropa en una tienda departamental.

—¿Vamos a jugar a que soy Julia Roberts?

El hombre quiere replicar, pero las puertas mecánicas se abren. Ella se siente soñada entre tanta marca distinguida. Cree que toda está a su disposición y sonríe ilusionada y con los ojos pelados de maravillarse. El joven trata de caminar rápido por los pasillos y entrar pronto al departamento de ropa para mujeres. Llegan ahí después de ser vistos por un gerente y señoras aterradas. El joven toma una prenda, la primera que encuentra.

—Toma, pruébatela.

—¿Qué? ¿Esto? Ni loca.

—Entonces elige otra cosa, apúrale.

Ella saca una blusa transparente.

—No, no. Otra cosa. Algo más simple.

Ella mira divertida al joven por hacerlo sentir vergüenza, por su repentina preocupación y ansias de irse lo más pronto posible de allí.

—Ya entiendo —dice dejando escapar su voz gruesa—. Quieres que me vista como tu hermana. O como tu mami.

El joven le suelta una cachetada. No ha sido fuerte, pero la deja quieta y asombrada. No puede hacer un escándalo en Liverpool, se dice ella, si al menos fuera el tianguis otra cosa sería. Porque tiene principios, pero sobre todo porque no desea ir presa esa noche.

—No digas esas cosas —el joven habla despacio, apenado.

La travesti no dice nada y saca una blusa de trazo convencional y elegante. Luego escoge una falda recta y unos zapatos bajos. El joven asiente y la manda a probadores.

Cuando sale, ella es una mujer “casta”. Le modela al joven su vestuario, muy modosa, pero él se hace el desentendido. Ya está tranquilo porque no parece que va acompañado de una prostituta, sino de una novia bonita pero algo caballona. El joven paga en caja y ella se lleva puesto todo. Van al auto sin hablar, ella se contonea a pesar de que todavía le arde la mejilla. Él simplemente camina con la cabeza gacha y suspira al ver las nalgas de ella.

Otra vez las calles de la ciudad. El mismo silencio. La incertidumbre de dónde irán a parar, qué perversidades le va a exigir. Ella le dirige la palabra para pedirle que se detenga a comprar condones o de perdido un tarrito de vaselina. Es ignorada. Ella cree sentir lo mismo que una mujer en matrimonio: ya la han cacheteado y ahora, ni la palabra le dirigen.

Cuidados-Paliativos-2

Llegan a un hospital privado. Ella se queda igual o peor de pasmada que cuando estuvieron en Liverpool. Ya le han contando que los enfermos terminales (o ni siquiera terminales, sino puro enyesado) hacen lo posible por tener sexo por última vez en su vida (o en el caso de los enyesados, nada más para pasar el rato). Entonces cae en cuenta de por qué la urgencia de hacerla ver presentable y recatada.

—Estas cosas se dicen, se hablan. Qué bárbaro —dice ella aliviada—. Así nos hubiéramos ahorrado los disgustos y el misterio.

El joven se estaciona, pero no hace nada para bajarse. Sigue aferrado al volante.

—De qué estás hablando.

—Si quieres que me encame con un paciente no tengo problemas, incluso si está decrépito. Nomás dime para no andar con el Jesús en la boca.

El hombre ni la mira, se baja del carro y comienza a caminar. Ella sale por su propio pie y camina para alcanzarlo. Entran a recepción y de inmediato los pasan a una sala muy blanca. De allí los llevan a una zona que dice “cuidados paliativos”. Ella piensa que entonces sí es grave la cosa, que está a punto de tener sexo con un moribundo. No entiende cómo puede tener una erección un enfermo terminal. Se persigna al detenerse en la puerta. El joven abre y la hace entrar.

La habitación parece todo menos un cuarto de hospital: las paredes están pintadas de mamey, las cortinas tienen estampado de flores y hay ramos por todos lados. La cama es de madera y los cobertores pachoncitos. No hay máquinas de las que tintinean ni sondas o sueros. En la cama yace una persona menuda. Es una viejita canosa y arrugada. Respira muy lento y tiene los ojos semiabiertos.

—Estee… el lesbianismo lo cobro más caro.

El joven la voltea a ver entre enfurecido y sorprendido.

—No puedo creer que seas tan idiota. Es mi mamá.

A ella le ofende y le confunde la respuesta.

—¿Y siempre le presentas a tu mamá las fulanas que recoges de la calle? ¿O nomás cuando está al borde de la muerte?

El joven, desesperado, la agarra del brazo y la lleva fuera de la habitación. La mira por unos instantes y después le dice:

—Le vas a pedir perdón a mi mamá.

—¿Y yo por qué? Contigo es el pedo. A ella no la ofendí.

El joven se lleva la mano a la frente y habla desesperado:

—No, no. A esto te traje. Le vas a pedir disculpas a mi madre como si fueras mi hermano. Te doy los ochocientos que dijiste y una propina porque sé que esto es raro. Te llevas la ropa o puedes hacer el cambio por lo que quieras. Es más, te doy mil quinientos pesos por todo. Nada más di esas palabras: perdón mamá. Y listo.

Ella se queda pensativa. Peores cosas le han ofrecido hacer y por menos dinero. Se muerde un labio. Una cosa es abrir las piernas y otra engañar a una viejita a punto de morir. Se imagina cosas. Quién pensaría que ese joven tuviera una vestida como hermano, y quién sabe qué diablos hizo para no acudir al lecho de muerte de su madre. Hasta en las mejores familias.

—Órale, pues —se decide—. Pero si tu mami se pone parlanchina yo no respondo y sube la tarifa.

Él abre la puerta y ya no entra. Se despide advirtiéndole que más le vale ser convincente. Queda de custodio, ve enfermeras pasar y les sonríe nervioso. Le tiemblan las manos porque no puede confiar que todo va a salir bien. Tiene ganas de abrir la puerta y ser testigo de todo. Piensa, ¿por qué no me vestí yo? No se imagina subido a unos tacones y envuelto en un vestido. Casi se pone a reír.

Ella sale de la habitación como histérica: “no puedo hacerlo”. Él la sigue alarmado y le da caza en un pasillo donde se tira para llorar casi sin lágrimas.

—No puedo hacerlo. Te devuelvo la ropa y nomás dame para el taxi.

El joven se agacha y la toma del hombro.

—Pero, ¿qué pasó? ¿Por qué?

A ella le toma unos segundos abrir la boca para explicarse. Mientras tanto se limpia el maquillaje corrido.

—Abrió los ojos y me reconoció. Digo, creyó reconocer a tu hermano. Me tomó de la mano y me llamó Carmen. Dijo que nunca debí irme de la casa, que yo siempre fui su favorita y no sé qué tantas cosas que me hicieron recordar a mi mamá. No puedo hacerle esto a la tuya.

—¿Pero alcanzaste a pedirle perdón?

Ella lo empuja y se levanta.

—¿Cómo le voy a pedir perdón a mi propia madre? Digo, a tu propia madre.

—En eso quedamos —dice el joven incapaz de levantarse.

—¿Y tú crees que eso espera oír? ¿Que su hijo le pida perdón por ponerse vestidos? No mames.

El joven se levanta, ahora sí, encabronado, porque no atina a decir más palabras. La agarra del brazo y la arrastra sin importarle que las enfermeras lo vean. Ella no grita ni hace nada por zafarse, simplemente pone resistencia en los pies. Rechinan los zapatos en los pasillos del hospital. El joven la mete a la fuerza a la habitación, la lleva hasta el borde de la cama de su madre. La toma del cuello para empinarla y acercar su cara a la de la moribunda.

—¡Pídele perdón a mi mamá!

Ella no abre la boca. Ve los ojos atentos y brillosos de la madre.

—¡Pídele perdón!

La madre del joven acerca sus manos llenas de lunares al rostro de ella y le acaricia las mejillas.

—¡Dile que te perdone!

Ella le sonríe a la madre, pese a que su cara se ha puesto hinchada y se le saltan las venas de la frente. La madre le devuelve la sonrisa y vuelve a repetir, quedamente, el nombre de Carmen.

—¡Pídele perdón! ¡Dile que te…! Puta madre…

El joven suelta a la travesti y se va dando un portazo. Ella no le presta atención a su cuello adolorido y besa la frente de la anciana. Piensa que lo único imperdonable allí es la boca reseca de la madre. Ella saca de su brasier un labial rojo y le pinta los labios a la viejita.

—Perdóname, mamá —le dice mientras la arropa con el cobertor pachoncito—. Perdón por no haberte puesto más guapa.


Autores
(Mérida, 1990) es antropólogo, narrador y tianguista. Cofundador de la revista digital Memorias de Nómada. Becario del Sistema Nacional de Jóvenes Creadores 2023 y ganador del Fondo Editorial 2023 del Ayuntamiento de Mérida con el libro de cuentos Cristo es una forma de hacer drag.

Christina Soto van der Plas ganó el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019, aunque bien pudo haber ganado el de ensayo, o el de novela; más aún, cabe la posibilidad de que en un futuro exista un nuevo premio para obras como la suya, de semejante calibre y aliento, que no se dejan atrapar bien dentro de frontera alguna. Porque hay obras, como autores, a los que los adjetivos se les resbalan, y aquí estamos frente a ambos casos. Más allá del evidente hecho de que las sílabas mismas no lo permiten, el título, desde que lo escuché, me pareció un bellísimo haiku falso que me permito reproducir a continuación.

 

Curaçao

Costa de cemento

Pueblo de prisión

 

Quizá, cuando se hable de este libro, y esto lo digo más para mí, sea útil una frase de Braunstein que me encontré dentro del libro mismo: “a falta de explicación, clasificación.” Porque, insisto, la zona limítrofe entre en el ensayo y la crónica en la que se mueve este material lo convierten en una rara avis de ambos géneros, un texto extenso, caudaloso y poliédrico que, por el momento, llamaremos crónica.

Pero no es menester detenerse (más allá de lo evidentemente necesario) en los géneros bajo los que puede leerse (jamás ser encasillado) el presente libro. Si para Christina Soto van der Plas cualquier punto del planeta es el centro del mundo, cualquier género literario (de los que conocemos hasta el momento) es un buen punto de inicio para adentrarse en la historia de Curaçao (exquisitamente presentada como antesala al viaje de la misma Christina). A su vez, la historia de Curaçao me parece el punto de partida para una búsqueda más inefable y acaso más importante: la del origen. Desde Días de Jengibre, de Hugo Roca, no me había encontrado con una apuesta tan íntima, personal y de ojos tan abiertos.

Avanzando con soltura del poema (traducido, aunque por ello mismo ya apropiado) al ensayo, de la crónica a la bitácora, el presente libro es un trabajo magnánimo por luchar contra la solidificación del tiempo, como la misma autora lo señala, y ofrecernos (aunque no somos los destinatarios finales del texto, eso queda claro) un testimonio del esfuerzo y viaje emprendidos. Si para Christina contar y recontar historias es un ejercicio con el que se pretende comprender, el leer y releer Curaçao es algo similar, aunque lo que se persiga no sea tanto una comprensión cabal, sino un lento hundirse (sí, como barco) en estas arenas movedizas lingüísticas y narrativas, porque lo que tenemos entre manos no es solo una narración a cuatro voces (al menos cuatro voces identificables en esta polifonía armónica, en la que Soto van der Plas funge a veces como un corifeo), sino una disertación sobre el género de la crónica en sí, llevada a sus extremos más inimaginables y atrevidos. Una disertación sobre el origen, sobre el viaje, sobre la identidad y la memoria.

Para la autora, el descubrimiento no implica solo ver, sino explorar y dejar prueba de ello, y queda de manifiesto que es una tenaz investigadora no solo del tiempo, de la historia y del lenguaje mismo, sino acaso del “yo”. Aquí entre manos, en este libro, tenemos una huella de ese descubrimiento. Y si para ella la narración de este “yo” es la narración de los espejismos, para nosotros, testigos ocasionales, totalmente accesorios al fenómeno aquí sucedido, esta narración de su yo es asistir a un fenómeno que no se repetirá en mucho tiempo y donde, en ocasiones, podemos ver un trozo de la propia cara en el reflejo de estas historias y este rastrear quiénes somos y de dónde venimos, en el sentido más profundo del término, más allá de geografías y lenguas.

Narrada con una poética única, irrepetible, irremplazable, esta obra es lo más cercano a presenciar el estado sólido del flujo de consciencia de Christina, a cuyos lados, a veces de forma paralela, a veces intersecando en ciertos puntos, corren otra voces, otras vidas. Si para la autora una lengua se habita, nos orilla a nosotros, como lectores, a habitar un testimonio. Porque nos lleva, a través de su imaginación anecdótica del descubridor, a nombrar un territorio, ese territorio siempre ignoto, ese Curaçao que está y no está, como espejismo, y que se levanta cuando ella lo nombra, lo invoca.

Soto van der Plas se confiesa afecta a los cuadernos, como punto de trabajo, de encuentro, de reflexión. No es de extrañar, entonces, el franco tono de bitácora que atraviesa de forma transversal esta obra. Quizá a ella, como a nadie más en este género (o en otros, como ya mencioné) le queda firme uno de los tantos términos que hallamos en sus páginas: Ajq´ij. Contadora de tiempo. A la par de contarlo, lo construye, lo reafirma, lo malea. No es una cronista nada más (valga la expresión “nada más”): eso es solo el punto de inicio. Lo demás, lo definitorio de este libro, no puede ponerse en palabras que no sean las de ella; cualquier otra cosa que diga, correría el riesgo de señalar un punto distinto.

Si después de la extensa y arriesgada labor de Günter Wallraff como investigador, como cronista, tuvo lugar el verbo wallraffen (que hace referencia a la labor de transformación de un reportero, a la creación de una identidad falsa que experimentará todas las vivencias relatadas después en la crónica resultante; vivencias que de otro modo serían difíciles de investigar), quizá pronto escucharemos un término derivado del apellido Soto van der Plas, uno que haga referencia a una narrativa íntima, arriesgada, polifónica y diáfana, cuyos resultados no puedan (o no deban) insertarse en alguno de los géneros que hasta hoy conocemos.


Autores
Aldo Rosales Velázquez. Ciudad de México, 1986. Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento: Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de Cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica: Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang . De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada , El Universal , Casa del Tiempo , Tierra Adentro , entre otras, así como en las antologías: De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el vampiro y otros relatos de la lucha libre (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de Partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar , de La Jornada . Es egresado de la Licenciatura en Enseñanza del Inglés, de la UNAM.
Fotos de Irving Cabello.

 

Luego de una actividad realmente intensa, la Semana del Arte de la Ciudad de México ha concluido y es necesario poner sobre la mesa algunas reflexiones sobre esta edición.

En estos momentos las miradas siguen atentas a lo que pueda ocurrir luego del episodio del sábado, cuando Avelina Lésper, la crítica de arte más mediática del país, rompió una obra del artista Gabriel Rico valuada en 20 mil dólares por la galería OMR.

Será un día recordado por la crítica y, en general, por el resto del campo artístico. De cara a la “explosión” de comentarios y memes, debemos mirar más allá de la imagen. El suceso pide cerrar los ojos y apartarse del peso de las redes y del tono del escarnio.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

 

El sonido de una instalación que cae en medio de Zona Maco

La carrera crítica de Lésper ha girado en torno a demeritar el valor estético del arte contemporáneo, especialmente lo que ella denomina arte VIP (video, instalación y performance). Y se acercó a la obra de Rico con una lata de refresco en la mano. Sin embargo convengamos en que se trató de un accidente, a pesar de las declaraciones ambiguas de la crítica y la galería.

Si Lésper no contara con el peso mediático de ser la directora de la Colección Milenio, ¿qué hubiera sucedido en ese preciso y desafortunado momento? Las respuestas de Lésper y la galería denotan una serie de vacíos sobre los elementos técnicos e incluso legales necesarios para el montaje, exposición y venta de obra dentro de un circuito que demanda profesionalización.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

Me preocupa que se hablara de “reponer la pieza”, si hablamos meramente del costo, incluso de su reposición, ¿cómo podemos entender en términos artísticos su valor?, y por ende, ¿cómo puedo entender el arte contemporáneo si finalmente se trata de la reposición de un objeto?

De los 72 mil visitantes de Zona Maco—de acuerdo con las cifras oficiales del evento— cualquiera pudo romper una obra de manera accidental y pasado un momento desagradable. ¿De qué manera las galerías y las espacios de exposición y venta se encuentran legalmente protegidos ante percances de esta naturaleza?

Como lo expone Juan Pablo Ramos en Obrasdeartecomentadas.com, el problema radica en que “numerosas prácticas materiales del arte contemporáneo se sostienen precisamente en su fragilidad misma […] la tensión es tal que, aunque se trate de objetos en apariencia insignificantes, el espectador debe cuidar de ellos a toda costa”.

Fotos de Irving Cabello.

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La crítica y las críticas

Las redes oscurecen la realidad, la paradoja es que también son herramientas y medios por los cuales podemos establecer un diálogo en torno a lo que sucede dentro de la escena artística de nuestro país. En esta ocasión, también fueron el escenario de algo sumamente propositivo.

Un hilo de Twitter iniciado por la editora Sandra Barba (al que se sumaron críticas y creadoras), demostró que en la crítica de arte actual existen otras plumas que sí logran superar los múltiples vacíos que se develan ante la presentación de las obras de arte contemporáneo, muchas de las cuales contamos con espacios solamente en la red o en revistas universitarias.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

El experimento reflejó un cambio positivo en el camino de la crítica en México, no solo por exponer una paleta de múltiples tonos, abordajes, posiciones y gustos personales, sino por lo que representa dentro del quehacer crítico y el trabajo femenino.

Sandra Sánchez, Baby Solís, Brenda Caro o Helena Chávez McGregor se cuentan entre las muchas tejedoras que siguen el entramado de Helen Escobedo, Silvia Rodríguez Prampolini, Raquel Tibol, Teresa del Conde y, de manera más cercana, Karen Cordero, Sol Henaro y otras tantas mujeres que atienden a la complejidad que descarta el uso de la categoría arte VIP.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

 

Semana del Arte 2020

Esta edición de la Semana del Arte ha dejado múltiples cuestionamientos en torno al quehacer de la producción artística dentro del sistema económico en la ciudad y a nivel nacional, a la manera en que las galerías se relacionan con los compradores, los vacíos culturales y educativos alrededor del coleccionismo en México, y ahora también las medidas legales, los procesos de conservación, montaje y resguardo de las obras y el papel del artista.

En el caso de Zona Maco y los artistas que se encuentran representados por una galería, el Premio Tequila 1800 Colección es uno de los más codiciados, tanto por el monto económico como por la oportunidad de formar parte de una de las colecciones privadas más importantes a nivel nacional.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

En esta edición los seleccionados fueron Gina Arizpe, cuya serie de dibujos Nombres y coordenadas fueron expuestos por la galería barcelonesa Freijó; Laure Prouvost, de la galería neoyorkina Lisson Galery, quien presentó la instalación The tv mantelpiece, y Antonio Vega Macotela, de la Galería Labor, quien presentó Burning landscape VII.

El reconocimiento dentro del campo se suma a la distinción que se ofrece a las galerías, sin embargo, en esta edición de Zona Maco se juntó el Salón del Anticuario y las exposiciones de Foto y Diseño. En términos de espacio la tarea de juntar cada una de las plataformas de exposición no tuvo la mejor resolución; para algunos asistentes, el espacio de foto se desdibujaba frente a los demás espacios.

Fotos de Irving Cabello.

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Frente a la pregunta “¿arte para quién?” el Salón Acme sostuvo un equilibrio entre las propuestas de los proyectos invitados —como Atrium Lab con Rocca y su Lourdes no hace preguntas— y aquellas piezas que formaron parte de la convocatoria abierta, como las de Dulce Eme, Vanessa Da Silva y Alonso Cartú, así como Fogo, de Celina Portella, ganadora del premio que otorga cada año Casa Wabi.

En Salón Acme se logra mantener un cierto equilibrio entre un mercado constituido y la búsqueda de nuevas propuestas que logren configurar la cartografía de miradas sobre las propias problemáticas de nuestro país como la violencia, los feminicidios, la identidad frente a la migración y la ecología.

Fotos de Irving Cabello.

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Vale la pena analizar que en el caso del estado invitado, Yucatán, la propuesta del artista Rafael Sánchez (Rafiki) sostiene un diálogo entre el contexto político y ecológico del estado, así como una exploración desde la escultura y el diseño textil, cuya ejecución en términos estéticos y técnicos da como resultado una pieza en la que el tejido hecho con henequén formula una crítica de cara al uso de materiales sintéticos que poco tienen que ver con la identidad.

Sin embargo es probable que la mejor propuesta de la semana fue la formulada por los artistas, gestores y curadores independientes. Luego de que durante todo el 2019 diversos grupos plantearan sus inconformidades frente a la falta de organización y la precarización del trabajo artístico, artistas de diversas disciplinas formularon la posibilidad de encontrar otros caminos alternos a las pautas del Estado y sus instituciones culturales, así como del mercado y la iniciativa privada.

Fotos de Irving Cabello.

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Todo indica que el camino que los organizadores de la Feria de la Acción y Feria Maroma es un ejemplo de lo que puede hacerse más allá de los estímulos económicos públicos y privados. Si durante la década de los noventa el impulso de la iniciativa privada generó la articulación de espacios y en sí del arte contemporáneo, puede que la autogestión sea otra forma de generar no solo objetos artísticos, sino saberes, redes y, desde luego, consumo de obra y publicaciones que salen de las reglas del mercado.

Sus organizadores consideran que la creación de comunidad, así como de públicos por medio del diálogo, promueven otra forma de generar y comprender el arte contemporáneo en México. Si la crítica se revoluciona desde el trabajo de las horas-mujer y la producción y consumo de arte se realiza desde la autogestión, es posible que estemos desde esta Semana del Arte contemplando el futuro de nuestro campo artístico.

Fotos de Irving Cabello.

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Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
Irving Cabello
Nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.
La ciudad del plástico. Isabel del Valle.

El siglo XX plastificado

En el oficio de empacador se adquiere cierta actitud meticulosa, una que mi tío Ricardo Durán, a sus 53 años, aún carga en su forma de acomodar las palabras: “sí, tenía 11 años”, responde luego de meditar unos segundos, “trabajé en el Gigante de Taxqueña”, prosigue y evalúa dónde pondrá su siguiente oración, “ganaba lo que ahora podrían ser 150 pesos, era bueno para un adolescente”.

La industria fue titánica desde el inicio. En 1965, la empresa Celloplast patentó las bolsas de polietileno. Para 1979, Estados Unidos logró controlar 80% del mercado de bolsas en Europa”; pero un año antes, en un Gigante de Taxqueña consolidado en 1973, mi tío ya distribuía el plástico a miles de clientes a dirario. “Tal vez por eso tenemos toneladas de bolsas”, admite. Es cierto, al año llegan 10 mil toneladas a los mares.

La solución (Prohíbe)

A partir de la prohibición de las bolsas plásticas de un solo uso, el primero de enero del 2020, los supermercados en la CDMX que incumplan la Ley de residuos sólidos pueden recibir sanciones que van de los 42 mil a los 170 mil pesos, de acuerdo con la Secretaría de Medio Ambiente.

Para los fabricantes de plástico, el decreto ha significado una pérdida de aproximadamente el 20% del mercado nacional, calculó José Cueto (presidente de la Sección de Fabricantes de Bolsas de Plástico de la Asociación Nacional de Industrias del Plástico) en entrevista con Milenio. Cueto considera que el problema es “la gestión de los residuos… busquemos alternativas que al final de su vida útil se puedan reciclar”.

Ante esta cuestión, el papel es uno de los sustitutos principales por ser el más rápido en descomponerse, pero, el proceso de producción podría descartarlo. Acorde al estudio realizado por la Asamblea de Irlanda del Norte en 2011 y expuesto en el artículo de la BBC Plástico o papel: ¿qué bolsas contaminan menos realmente?, “se necesita cuatro veces más energía para fabricar una bolsa de papel que para una de plástico”.

En el mismo texto, el análisis de la Agencia de Medio Ambiente británica reveló en 2006 que la bolsa de papel debe reutilizarse tres veces para ayudar al planeta; la de plástico, conocida como “bolsa verde”, tiene un máximo de cuatro. Lo anterior sugiere que será necesario talar bosques con mayor frecuencia. La Agencia concluyó que “es poco probable que la bolsa de papel pueda reutilizarse el número de veces requerido debido a su baja durabilidad”.

Ahora bien, la Agencia Ambiental de Reino Unido informó en su estudio del 2011 Evaluación del ciclo de vida de la bolsa de supermercado que los materiales más contaminantes en la elaboración de bolsas son el algodón: deja mil 800 gramos de desperdicio por cada mil unidades; y el polietileno de baja densidad genera 5 mil 850 gramos de desechos en una producción de mil piezas.

Según los resultados de ese análisis, recuperados por El Financiero, el poliéster emite 94.8 gramos de residuos en un lote de mil. En cuanto las bolsa que solían dar los empacadores en los supermercados, contaminan 418.4 gramos por cada mil fabricadas. Esto dos tipos de componentes son los que menos impactan al ambiente, al menos en su elaboración.

Si las opciones principales para sustituir al plástico son perniciosas para el medio ambiente, ¿cuál es la solución? La Agencia recomienda reutilizar cualquier tipo de bolsa: “la de tela no tejida de polipropileno al menos 11 veces; y las de algodón 131 veces”.

Por una CDMX sin plásticos. Isabel del Valle

Por una CDMX sin plásticos. Isabel del Valle

Basura cero y la economía circular (informa)

Uno de los principales retos es concientizar a la gente, por esa razón la Secretaria del Medio Ambiente creó la iniciativa Basura cero, con la que busca aprovechar 10 mil toneladas de residuos sólidos en vez de 4 mil. Se espera que con las campañas permanentes de comunicación educativa, el reconocimiento a los trabajadores y los eventos de promoción, la ciudadanía se sume a las acciones.

La meta para el reciclaje es que en seis años se puedan tratar 3 mil doscientas toneladas en vez de la las mil novecientas del año pasado. Si la CDMX cumple con las medidas estipuladas, en el 2030 el problema residual será historia.

Otra estrategia para reforzar la reutilización de los plásticos es la economía circular, en la que se aspira a alargar la vida de los productos. De esta manera, el restringir las bolsas de un solo uso “implica el cuidado del ambiente… así como la posibilidad de incorporarlos a una economía circular a partir de que los fabricantes se responsabilicen de su producción”.

Daños colaterales

Después de 42 años, Ricardo Durán llega al supermercado más cercano, se para frente a la caja de cobro y ordena sus compras, pero ya no escucha el murmullo agudo del plástico, son las rasgaduras de la tela lo que percibe. Al terminar mira al empacador y le da una moneda. “Su trabajo es valioso”, me dice.

Para Estela Moreno, de 68 años, la apreciación a su trabajo voluntario en la Comercial de las Armas (CDMX), es precaria. “Antes de esto [la prohibición de las bolsas plásticas] ganaba 200 pesos al día; ahora gano 100 o 150”. Su compañera Josefina Mejía asegura que “la gente avienta las cosas y no te deja ponerlas en las bolsas, así no te pagan”.

Leo Marcial carga una lista de asistencia, ve a sus compañeros irse sin perder la noción de donde escribir la hora de salida mientras responde: “era un problema con las bolsas, era necesario prohibirlas, ya ve cómo está el problema”.

El señor Marcial, de 73 años, labora 4 horas y media, y admite que los ingresos para los empacadores han bajado. “A uno de la tercera edad ya no le dan trabajo, estaría bien que el gobierno hiciera alguna campaña para ayudar”.

El pasado 8 de enero, de acuerdo con Chilango, la Comisión Permanente del Congreso capitalino aprobó solicitar a los titulares del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores y a la Secretaría de Trabajo y Fomento al Empleo capitalinos “establecer medidas y acciones para vincular a empacadores con el sector productivo”.

El objetivo de la propuesta hecha por los panistas Gabriela Salido y Héctor Barrera es concientizar a los consumidores y exhortarlos a pagar el servicio de los empacadores.

El bucle (reutiliza)

Tanto los entrevistados como las fuentes de consulta en este texto han concordado en una conclusión: reutilizar las bolsas es la respuesta, sin importar de qué estén hechas. El medio ambiente está en una cuenta regresiva hacia un daño irreversible, el 2030 es la cita con un futuro sin basura plástica.

Solo queda esperar que la humanidad sobreponga la vida del planeta ante los intereses comerciales. Reemplazar las bolsas de plástico por otros productos significaría entrar a un bucle generacional, conscientes de que fuimos, somos y seremos nuestros verdugos.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
El hombre hembra, Joanna Russ

 Durante años he estado diciendo: Déjame entrar, Quiéreme,

Acéptame, Defiéndeme, Regúlame, Valídame, Sostenme.

Ahora digo: Hazme sitio.

Joanna Russ, El hombre hembra

 

Durante el siglo XX se consolidó la ciencia ficción, territorio con predominancia masculina en el que sobresalieron escritores como Ray Bradbury e Isaac Asimov, y cuyos temas recurrentes no distaron de los otros géneros literarios, pues los protagonistas eran varoniles e intrépidos mientras que los personajes femeninos eran ornamentos o simples víctimas. Se trataba de una narrativa escrita por hombres para hombres.

Fue hasta 1970, durante la tercera ola del feminismo, que varias autoras hacen suya esta ficción, el sitio ideal para irrumpir y trastocar el futuro a partir de la crítica social: literatura escrita por mujeres para mujeres. Ellas lo tenían claro, la forma más rápida y radical de terminar con los problemas del mundo del hombre era crear uno propio. Idear estos territorios exclusivamente femeninos remite a la época grecorromana y sus amazonas, las guerreras con un imperio que confrontaba a los héroes griegos.

Una de esas escritoras fue Joanna Russ (Nueva York, 1937-2011), feminista y académica enfocada en los estudios de género, ganadora del Premio Nébula al mejor relato corto en 1972. En 1975 publicó la novela The Female Man con la editorial Bantam Books (traducido en español como El hombre hembra [Bruguera, 1978]), cuya trama es vigente. En 1983 obtuvo el Hugo, año en el que vio la luz su ensayo Cómo acabar con la literatura femenina, en el que aborda la censura y el rechazo al que las literatas se han enfrentado durante siglos.

Otro ejemplo de lo anterior fue Ursula K. Le Guin, quien en 1969 escribió La mano izquierda de la oscuridad, novela representativa de su generación. Russ y Le Guin formaron parte de un grupo de creadoras que continuaron por la línea de la ciencia ficción feminista instaurada por Charlotte Perkins en 1915, durante la segunda ola del feminismo, con la aparición de la novela Herland; misma que retrata una sociedad utópica sin varones en la que prevalece la paz.

En El hombre hembra, Russ se enfoca en cuestionar la feminidad y la hombría, en rebatir al machismo y su “inquieta agresividad” hacia la mujer. La autora evidencia lo difícil que resulta sobresalir en un mundo de hombres (término que refiere a la humanidad entera) si no eres uno de ellos, privilegiados con el poder de decidir qué debe ser y hacer una mujer: casarse, tener hijos y “realizarse” cuidando de los demás, sacrificándose para criar a las futuras generaciones sin remuneración económica. En el remoto caso de que destaque en algún aspecto, su intelecto es demeritado si ella no logra compaginar su éxito profesional y personal, según los cánones del patriarcado.

Esta relevante obra está dividida en nueve secciones y es autorreferencial: Joanna, una de las protagonistas, describe el proceso de escritura de la novela y le ofrece al lector un texto que habla sobre sí mismo. Además, se caracteriza por un tiempo no lineal y un enfoque narrativo múltiple, una narradora protagonista que da voz a un personaje escindido.

La trama se construye con la vida de cuatro mujeres que en realidad son la misma, pero en diferentes tiempos y contextos. Russ enjuicia los roles y estereotipos de género donde lo masculino representa fuerza, dominación, inteligencia y agresividad y se rige por el ego, mientras que lo femenino encarna la sumisión, debilidad, ignorancia y pasividad y se guía por el sentimiento. La autora refleja la necesidad del hombre por someter, conquistar y atemorizar, de dominar y recluir a cualquiera que no perciba como a un semejante.

En cuanto a las protagonistas, la primera de las cuatro es Janet, quien viene de Whileaway, una tierra a diez siglos de distancia; esa sociedad está constituida por mujeres que se han reproducido a partir de la fusión de óvulos, pues una plaga acabó con los hombres. Esta utopía no cuenta con gobierno ni con un sistema económico, pero tienen su propio idioma y un Dios llamado “Ella” y otro tipo de instituciones. La familia nuclear está compuesta al menos por treinta miembros. Esta nueva comunidad cercana a la perfección se basa en el respeto y en la sabiduría. Para saber cómo son otras civilizaciones, realizan un experimento en el que envían a Janet a Estados Unidos durante la década de los 70.

La segunda es Jeannine, quien vive en una ucronía en el Nueva York de los años 70 (en una Gran Depresión perpetua). Su pueblo atestiguó el asesinato de Hitler en los años 30, lo que evitó la Segunda Guerra Mundial. Ella cuestiona (siempre por lo bajo y en su mente) las convenciones sociales; no quiere subyugarse, casarse y tener hijos para poder ser feliz y sentirse realizada. Este orden machista ejerce tal represión y condicionamiento hacia las mujeres que Jeannine se considera incapaz de vivir en un lugar donde “la contribución de él es Dame confianza; la de ella Dame existencia”. No se identifica con lo que es “ser mujer”, y murmura constantemente “este no es mi sitio”.

La tercera es Joanna, situada en la misma realidad de Jeannine. Ella persigue el éxito reservado para los hombres y está en desacuerdo con los patrones impuestos por el género: problematiza los roles en la población y se niega a conformarse, por lo que se convierte en el hombre hembra; una persona con cuerpo de mujer que se comporta y piensa como su opuesto. No busca ser una “versión femenina” del héroe, sino ser El héroe.

La cuarta es Jael, quien vive en una distopía: un mundo en guerra desde hace más de cuatro décadas, una Tierra posterior a la de Jeannine y Joanna, pero anterior a la de Janet, en la que la plaga terminó con la mitad de la población y un conflicto bélico eliminó a los desamparados. Después, los territorios se dividieron en Manland, o el país de los hombres, y Womanland, la nación de las mujeres. Jael es un arma mortal modificada genéticamente que se llama a sí misma “vampira”, duda que los varones sean seres humanos y afirma que ellos le temen tanto a la dualidad que esto merma su inteligencia. “Hay que superar generaciones de condicionamiento. Quizá en una década”, dice un sujeto poderoso de Manland. “Quizá nunca”, es la respuesta de Jael, pues sabe que la igualdad de género y la abolición del machismo parecen imposibles. Se refiere a Manland como “…ese mundo sin mujeres perseguido por los fantasmas de millones de mujeres muertas…”.

En nuestro siglo XXI, a más de cuarenta años de haberse publicado El hombre hembra, parece que esa Tierra es la más cercana a la nuestra.

Conforme avanza la trama, las cuatro (llamadas “las Jotas” por Jael) se encuentran y dialogan, exponiendo diferencias extremas de sus sociedades y reconociendo las injusticias y la violencia a las que, de alguna u otra forma, están sometidas en tres contextos. A pesar de que comparten el mismo genotipo, su fisionomía es disímil porque cada una se ha adaptado a un modo de vida distinto: son “cuatro versiones de la misma mujer”, o la Joven, la Débil y la Fuerte, según Jael (quien sería la ágil).

En estos universos de probabilidad, las Jotas visitan futuros y pasados ajenos a ellas, lo que anula la conocida paradoja del viaje en el tiempo. Russ argumenta la existencia de estos multiversos o probabilidades continuum debido a la infinidad de posibilidades a elegir que se nos presentan a diario.

La autora incluye también otros elementos fantásticos como la evanescencia, la existencia de autómatas sexuales y la transformación de Joanna en ente, fantasma o conciencia que narra varias escenas como testigo; una de ellas es un detallado encuentro erótico entre Janet y una joven estudiante que rechaza igualmente las imposiciones patriarcales.

Russ nos da una lección mediante la parodia y el humor negro, fusiona con maestría lo cómico y lo trágico. Inmersa en el análisis de las relaciones de poder entre géneros y su construcción colectiva e histórica, base del entramado social, retrata con ironía a un mundo que se burla de las feministas e invalida su lucha aduciendo que es innecesaria.

A través de casos concretos a los que llama “juegos de sometimiento” como: Tengo que Impresionar a Esta Mujer o La Carrera de la Dominación, evidencia la indignación, la violencia, el menosprecio y las humillaciones que han imperado en el trato hacia la mujer. Expone la rabia y frustración que estas prácticas generan y que suelen interpretarse como locura, lo que ayuda a que la opinión y la voz femenina sean invalidadas de forma pública, invisibilizándolas: una de tantas conductas agresivas perpetuadas junto al acondicionamiento para la obediencia, la sumisión y la dependencia, lo que significa negar su humanidad.

El hombre hembra, novela contestataria, incómoda y necesaria, surge del rechazo hacia el abuso y de la furia que nace de la opresión, es un grito que busca justicia, reconocimiento y una libertad vedada desde siempre.

Russ establece tres fases esenciales para lograr un cambio: la primera es evidenciar, lo que conlleva a la segunda, objetar, y, posteriormente, a la tercera, actuar. Propone que las mujeres se salven a sí mismas, que sean sus propias heroínas.

Finalmente, si al igual que Jeannine, sentimos que este no es nuestro sitio, hagamos lo posible por habitarlo de la mejor manera posible. En palabras de Russ, “Recordad: todas cambiaremos. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, todas seremos libres. (…) Seremos nosotras mismas”.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.
Fotografía de Irving Cabello.

 

Desde hace más de cinco años en la Ciudad de México, la primera semana de febrero es esperada por quiénes conforman el campo artístico mexicano. En general la idea de hacer de manera pública la venta de arte en México comenzó con MACO en el 2002 bajo la conducción de Zélika García, quién desde entonces ha formado una plataforma relevante no sólo en nuestro país sino en toda la región latinoamericana.

Desde que la edición de la ahora Zona Maco cambió a estas fechas, el circuito de arte se desplegó prácticamente por toda la ciudad. Cabe decir que de manera paralela a la sede de Zona, que se realiza en el Centro Banamex, diversas ferias han emergido como una forma de dar un espacio a aquellas propuestas que sea por falta de representación por parte de una galería consolidada como OMR, Kurimanzutto, Hilario Galguera, Patricia Conde, Luis Adelantado, por nombrar algunas de las galerías más importantes de la ciudad, o incluso por encontrarse dentro de la emergencia —incluso muchos artistas que han sido beneficiarios con algún programa federal para el impulso de artistas jóvenes como FONCA o PECDA, se encuentran en esta situación— no les es posible entrar al sistema del mercado artístico.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.

Por ello, la generación de ferias y espacios como Salón Acme o Material Art Fair, con siete y ocho años de creación respectivamente, así como los nuevos espacios creados incluso por artistas jóvenes como Feria de la Acción, creada por el grupo independiente de estancias y proyectos enfocados a propuestas artísticas como videoarte, performance y multidisciplina, así como Maroma y la apuesta de BADA, propuesta de argentina que se incluye dentro de las propuestas por primera vez en México.

En el resto de las galerías de la ciudad, principalmente en el circuito Roma-Condesa y Polanco podrán apreciarse diversas exposiciones colectivas e individuales de artistas instalados ya dentro del mercado. Frente a esto, no es sorpresa que el gobierno de la Ciudad de México haya aceptado integrarse al movimiento de esta semana. La Secretaría de Turismo ha proyectado su participación mediante la instalación de obra en las estaciones Auditorio e Insurgentes, así como la instalación de la estructura habitable Pabellón, del artista colombiano Mateo López en la Glorieta de Insurgentes, misma que contempla la experimentación del espacio público con la estructura, la activación del objeto artístico será mediante los performances de Anaïs Bouts y Tania Solomonoff este próximo viernes 7 de febrero a las 4 p.m.

Hay que decir que la idea de que el arte se presente como uno de los rostros turísticos de la ciudad nos invita a varias reflexiones sobre las maneras en que el arte, sobre todo el contemporáneo, produce diversas formas de comprender los capitales simbólicos así como el flujo económico.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.


 

 

La mirada utilitarista

Hace un año en la conferencia de prensa de Zona Maco se habló del costo que representó para la propia feria tanto el cambio de sexenio, así como la falta de apoyo económico por parte del gobierno de la CDMX.

En términos económicos, incluso políticos, el que la decisión haya cambiado nos habla de las maneras en que esta clase de plataformas inciden en la imagen de nuestra ciudad, es decir, hablamos propiamente de un modelo de negocios que se perfila como una forma de impulsar no el desarrollo artístico, sino el flujo de inversión y el impacto en la industria turística, es decir, el campo artístico y sus quehaceres se observan más como una imagen donde el espectáculo y la especulación del mercado artístico se encuentran por encima de cualquier otro interés, sea artístico o educativo incluso.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.

Desde luego que el fin de la semana del arte es meramente económico, de hecho sería pueril pensarlo desde otra perspectiva. Lo inquietante es pensar en la producción artística como una campaña publicitaria que el Estado, en este caso la ciudad, vuelve a utilizar como en nuestro vórtice globalizado, es decir 1994 y el uso del arte y la memoria para fines políticos, en ese caso, la firma del TLC y la globalización.

Lo que se encuentra oculto detrás del espectacular despliegue de eventos (tequilas incluidos) es el impacto real en los otros involucrados, es decir, los artistas y en las formas en las que se plantea tanto su producción, como incluso el poder ganarse la vida mediante su trabajo.

Si pensamos en el hecho de que no existe un tabulador o una forma de empleo para los artistas, quizá la idea de que el arte puede ser una postal que venda el rostro rentable de la ciudad, sobre todo para inversionistas nacionales y extranjeros sea una forma de preguntarnos, ¿arte para quién?

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.


 

 

Proponer desde la Producción: otras experiencias estéticas

Cada año cientos de propuestas se dan cita en las diversas convocatorias que abren las ferias alternas. Estos nichos como Salón Acme, Material Art Fair y ahora BADA, sostienen que la apertura de su convocatoria ayudan a integrar al mercado, ya de por sí cerrado y clasista, a los artistas emergentes cuyas propuestas muchas veces son prácticamente invisibles fuera del campo.

Jóvenes en su mayoría, egresadas de las escuelas de arte públicas y privadas de esta ciudad y algunos otros puntos del país, algunos incluso beneficiarios de diversas becas federales y de la iniciativa privada, que pese a su juventud y propuesta no han podido tener el apoyo de una galería.

En ese sentido vale la pena no sólo visitarlas en estos días, sino pensar si es posible otras formas de crear espacios tanto de venta, pero también educativos. Cabe mencionar que Salón Acme incluye un programa de mesas de reflexión sobre diversos aspectos de la producción y coleccionismo en México.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.

En el caso de Maroma y Feria de la acción, llama la atención que son plataformas creadas por artistas y curadores emergentes que consientes de la falta de espacios, aún con las convocatorias antes mencionadas, intentas exponer e incluso vender propuestas absolutamente distintas, como el arte acción, el libro de artista y explorar espacios distintos a otros espacios.

La Feria de la acción se encuentra dedicada a establecer reflexiones sobre cómo la producción es parte de la experiencia estética. De acuerdo a Valeria Montoya, artista mexicana quien dentro de la feria es parte de la selección de mesas informativas de residencias de arte en la Ciudad de México con el proyecto The Lab Program, comenta que incluso la venta de libros de diversos procesos que el proyecto ha acompañado es una parte fundamental para comprender el arte desde otras perspectivas:

“Los libros son una forma de contener la información de un proceso de investigación artística y de desarrollo de obras. Es un poco como el detrás de cámaras por así decirlo, de algunos procesos de artistas que han formado parte de Lab”.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.

Por su parte, Maroma contempla la exposición de artistas emergentes como Alberto Óderiz, Fernada Caballero y una veintena de propuestas que indiscutiblemente abren otras posibilidades para el coleccionismo de arte contemporáneo.

Desde luego que las ofertas son vastas como la exposición de Maria Conejo en la galería Trastienda Machete y desde luego el Siembra, de la Galería Kurimanzutto, la cual propone un diálogo entre los diversos artistas que presentaran en exposición individual como Gabriel Orozco, Minerva Cuevas o la propuesta de Wendy Cabrera Rubio.

Quedan muchas notas, que en estos días desplegaran diversas preguntas y reflexiones. Quizá la más potente haya sido la que Zombra expuso encima del mural de Sarah Andersen, al final, sin importar quién pague por los espacios, por la ciudad, la impronta de la emergencia e incluso del desencanto termina por reclamar la parte de la polis que al resto nos pertenece.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
Irving Cabello
Nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.
Hospital psiquiátrico, extraída de Flickr.

 

Aquí el capítulo anterior

 


 

Capítulo VI

En el hospital Bellevue

 

Al fin había alcanzado a Bellevue, mi tercera parada de camino a la Isla. Había pasado exitosamente las pruebas del Hogar y la Estación de Policía de Essex Market y ahora me sentía convencida de que no fallaría. La ambulancia se detuvo con una sacudida repentina y el doctor bajó de un salto.

—¿A cuántos traes? —oí a alguien preguntar.

—Solo una, para el pabellón —fue la respuesta.

Un hombre de aspecto tosco se acercó e intentó sacarme del carruaje, ciñéndome como si yo tuviera la fuerza de un elefante y la intención de resistirme. El doctor, al ver mi expresión de disgusto, le ordenó que me dejara en paz y dijo que él mismo se haría cargo de mí. Entonces me ofreció la mano al salir del carruaje y caminé con la gracia propia de una reina a través de la multitud que se había juntado para ver a la más reciente alma desdichada. Entré junto con el doctor a una oficina pequeña y mal iluminada, donde nos esperaban varios hombres. El que estaba detrás del escritorio abrió un libro y comenzó con la larga lista de preguntas que me habían hecho una y otra vez.

Me rehusé a contestar y el doctor le dijo que no era necesario molestarme más, pues ya habían llenado todos los papeles necesarios y yo estaba demasiado loca como para decirle algo que cambiara las circunstancias. Me sentí agradecida de que todo fuera tan fácil aquí, pues, aunque mi espíritu seguía inquebrantable, mi cuerpo languidecía por la falta de alimento. Entonces dieron la orden de llevarme al pabellón de los locos y un hombre musculoso se acercó y me tomó del brazo con tanta fuerza que sentí un dolor punzante recorrer mi cuerpo entero. Me enojé tanto que por un momento me olvidé de mi papel y le reclamé:

—¿Cómo se atreve a tocarme? —ante lo cual aflojó un poco su agarre y me lo sacudí de encima con más fuerza de la que creía tener— No iré con nadie más que con él —le dije, apuntando al conductor de la ambulancia—, el juez me dijo que él me iba a cuidar y no iré con nadie más.

Tras oír esto, el conductor dijo que me acompañaría, así que fuimos tomados del antebrazo, siguiendo al hombre que inicialmente fue tan rudo conmigo. Pasamos por los terrenos bien cuidados y finalmente llegamos al pabellón de los locos. Una enfermera de capucha blanca estaba ahí para recibirme.

—Esta chica debe esperar el bote aquí —dijo el conductor y comenzó a irse. Le rogué que se quedara o que me llevara con él, pero dijo que quería ir por su almuerzo primero y que debía de esperarlo ahí. Insistí en acompañarlo, pero dijo que debía de asistir en una amputación y que no sería apropiado que yo estuviera presente. Era evidente que creía que estaba lidiando con una persona loca. Justo entonces unos gritos demenciales escaparon de uno de los jardines traseros. Aún con toda mi valentía, sentí un escalofrío recorrer mi espalda ante la idea de ser encerrada con una de mis compañeras que efectivamente estuviera loca. El doctor evidentemente notó mis nervios, pues le dijo al asistente:

—Dios mío, qué ruido hacen los carpinteros.

Volteo a verme y me explicó sobre los nuevos edificios siendo construidos y que el ruido provenía de algunos de los obreros que trabajaban ahí. Le dije que no quería quedarme ahí sin él y para apaciguarme me prometió que regresaría pronto. Me dejó sola y por fin me convertí en la residente de un manicomio.

Me quedé de pie en la puerta y contemplé la escena frente a mis ojos. El pasillo largo y desnudo de alfombras había sido depurado con aquel peculiar blanco, típico de las instituciones públicas. En la parte de atrás del pasillo había unas enormes puertas de hierro aseguradas con un candado. Varias bancas sujetas al suelo y algunas sillas de mimbre eran los únicos muebles del lugar. En ambos extremos del pasillo había puertas que, según supuse y más tarde confirmé, llevaban a las habitaciones. Cerca de la puerta principal, del lado derecho, había una pequeña sala de estar para las enfermeras y del lado opuesto había un cuarto donde se servía la cena. Una enfermera en vestido negro, gorro blanco y delantal, armada de un montón de llaves, estaba a cargo del pasillo. Pronto aprendí su nombre, la Srta. Ball.

Una vieja mujer irlandesa era el ama de llaves. Oí a alguien llamarla Mary y me alegra saber que hay una mujer de buen corazón en aquel lugar. Tan solo recibí amabilidad y consideración de su parte. Unicamente había tres pacientes. Yo me convertí en el cuarto. Pensé que me convendría ponerme a trabajar de inmediato, pues aún sospechaba que el primer doctor podría declararme sana y mandarme de vuelta al mundo exterior. Así que bajé a la parte posterior del cuarto, me presenté con una de las mujeres y le pregunté todo sobre su vida. Su nombre, según dijo, era la Srta. Anne Neville y había estado enferma por sobrecarga de trabajo. Trabajaba como una mucama y cuando su salud declinó, fue enviada al Hogar de las Hermanas para ser tratada. Su sobrino, que era un mesero, estaba desempleado y, siendo incapaz de cubrir sus gastos del Hogar, la había transferido a Bellevue.

—¿También sufre de algún malestar mental? —le pregunté.

—No —respondió—, los doctores me han estado haciendo varias preguntas y confundiéndome tanto como les es posible, pero no hay nada malo con mi cerebro.

—¿Sabe que solo envían gente loca a este pabellón? —pregunté.

—Sí, lo sé; pero no puedo hacer nada al respecto. Los doctores se rehusan a escucharme y es inútil decirle algo a las enfermeras.

Convencida por varias razones de que la Srta. Neville estaba tan cuerda como yo, dirigí mi atención a una de los otras pacientes. Me pareció que necesitaba ayuda médica y era un poco boba en sus facultades mentales, aunque ciertamente he visto a mujeres del bajo mundo que eran mucho menos brillantes y cuya sanidad mental nunca fue puesta en duda.

La tercera paciente, la Sra. Fox, no hablaba mucho. Era bastante callada y después de decirme que el suyo era un caso perdido, se rehusó a hablar. Comencé a sentirme más segura de mi posición y decidí que ningún doctor me convencería de que estaba sana siempre y cuando tuviera la esperanza de conseguir mi misión. Una enfermera pequeña y de tez clara llegó y, después de ponerse su gorro, le dijo a la Srta. Ball que fuera a cenar. La nueva enfermera, la Srta. Scott, se me acercó y espetó bruscamente:

—Quítate el sombrero.

—No que quitaré el sombrero —respondí—, estoy esperando al barco y no me lo quitaré.

—Bueno, no vas a subirte a ningún barco. Supongo que da igual si te enteras ahora o más adelante. Estás en un hospital psiquiátrico.

Aunque ya estaba completamente al tanto de este hecho, sus palabras fueron tan directas y desprovistas de adornos que me provocaron un shock.

—No quería venir aquí; no estoy enferma ni loca y no voy a quedarme —le dije.

—Será un largo tiempo antes de que salgas si no haces lo que te dicen —contestó la Srta. Scott—, más te vale quitarte el gorro o usaré mi fuerza, y si no soy capaz de hacerlo, todo lo que tengo que hacer es tocar la campana y tendré a alguien que me asista. ¿Te lo vas a quitar?

—No, no lo haré. Tengo frío y quiero dejarme puesto mi sombrero y no puedes hacer que me lo quite.

—Te daré unos cuantos minutos más y si no te lo quitas, tendré que usar fuerza, y te lo advierto, no seré nada gentil.

—Si me quitas mi sombrero yo te quitaré tu gorro y estaremos a mano.

Entonces la Srta. Scott fue llamada a la puerta y como temía que una demostración de mal carácter mostrara demasiada sanidad, me quité mi sombrero y guantes y estaba sentada en silencio viendo hacia la nada cuando ella regresó. Tenía hambre y estaba muy alegre de ver a Mary haciendo los arreglos para la cena. Los preparativos eran bastante sencillos. Tan solo sacó un banca larga al lado de una mesa vacía y le ordenó a los pacientes juntarse alrededor del festín; entonces sacó un pequeño plato de estaño en el que yacía un pedazo de carne hervida y una patata. Estaba más fría que si la hubieran cocinado la semana pasada y no tuvo la oportunidad de convidarse de sal ni pimienta. No me acercaba a la mesa, así que Mary se aproximó a la esquina en la que estaba sentada y, mientras repartía los platos de estaño, me preguntó:

—Dime querida, tienes algunas monedas que te sobren.

—¿Qué? —dije sorprendida.

—¿Tienes algunas monedas, querida, que pudieras darme? Te las van a quitar de todas formas querida, así que me las podrías dar a mí.

Ahora todo tenía sentido, pero no tenía ninguna intención de pagar mi cuota a Mary recién comenzada la partida. Temía que su trato hacia mí se vería influenciado por esto, así que le dije que había perdido mi bolso, lo cual era suficientemente cierto. Pero Mary no dejo de ser amable conmigo aunque no le di nada de dinero. Cuando me quejé del plato de estaño en el que me había traído mi comida, me trajo uno de porcelana, y cuando me fue imposible engullir la comida que me presentó, me trajo un vaso de leche y unas galletas de soda.

Todas las ventanas del pasillo estaban abiertas y comencé a sentir el efecto del aire frío en mi fisionomía sureña. La ventisca helada era casi insoportable y me quejé al respecto con la Srta. Scott y la Srta. Ball. Pero contestaron cortésmente que ya que me encontraba en una institución de caridad no podía esperar mucho más. Todas las demás mujeres también estaban sufriendo por el frío e incluso las enfermeras tenían que usar prendas pesadas para mantenerse calientes. Les pregunté si podía irme a la cama. “¡No!” me dijeron al unísono. Al fin la Srta. Scott tomó un viejo chal gris, le sacudió algunas polillas y me dijo que me lo pusiera.

—Este chal se ve en pésimo estado.

—Bueno, las cosas serían mucho más sencillas para algunas personas si fueran mucho menos orgullosas —dijo la Srta. Scott—. Las personas que viven de caridad no deberían de esperar nada ni quejarse.

Así que me envolví encima el chal carcomido por las polillas, con todo y su olor a humedad y me senté en una silla de mimbre, preguntándome qué ocurriría después, si moriría congelada o sobreviviría. Mi nariz estaba muy fría, así que cubrí mi cabeza y estaba medio dormida, cuando alguien arrebató el chal de mi cara y un hombre extraño y la Srta. Scott aparecieron de pie frente a mí. El hombre resultó ser un doctor y su primer saludo fue:

—Yo he visto esa cara antes.

—¿Entonces me conoce? —le pregunté, mostrando un entusiasmo que en realidad no sentía.

—Creo que sí. ¿De dónde viene?

—De mi hogar.

—¿Y dónde queda su hogar?

—¿No lo sabe? Cuba.

Entonces se sentó junto a mí, tomo mi pulso, examinó mi lengua y finalmente dijo:

—Cuéntele a la Srta. Scott sobre su vida.

—No, no lo haré. No hablaré con mujeres.

—¿Qué hace en Nueva York?

—Nada

—¿Puede trabajar?

—No, señor —le respondí en español.

—Dígame, ¿es una mujer pública?

—No le entiendo —respondí, realmente molesta con él.

—Es decir, que si ha dejado que algún hombre provea por usted o se quede con él.

Sentí el impulso de arremeter una bofetada en su cara, pero tenía que mantener la compostura, así que simplemente dije:

—No sé de lo que está hablando. Siempre he vivido en mi hogar.

Después de varias preguntas más, tan inútiles como absurdas, se alejó y comenzó a hablar con la enfermera:

—Posiblemente demencia —dijo—, lo considero un caso perdido. Necesita estar en un lugar donde alguien la cuide.

Y así pasé mi segundo experto médico.

Después de esto, comencé a tener una menor consideración por la habilidad de los doctores de la que jamás tuve, y una mayor en mí misma. Estaba convencida de que ningún doctor podía decir si las personas estaban locas o no, siempre y cuando el caso no fuera uno violento.

Más tarde aquel día, un chico y una mujer vinieron. La mujer se sentó en una banca, mientras el chico entró y habló con la Srta. Scott. Al poco tiempo volvió a salir y se limitó a asentir en señal de despedida a la mujer, que era su madre, antes de partir. Ella no se veía loca, pero como era alemana no pude averiguar su historia. Su nombre, sin embargo, era Louise Schanz. Parecía bastante perdida, pero una vez que las enfermeras la pusieron a cocer, hizo su trabajo eficiente y rápidamente. A las tres de la tarde dieron gachas de cereal a todos los pacientes y a las cinco, una taza de té y un pedazo de pan. Se apiadaron de mí, pues cuando se dieron cuenta que me era imposible comer el pan o beber aquella sustancia glorificada con el nombre de té, me dieron un vaso de leche y una galleta, lo mismo que tuve a mediodía.

Justo cuando estaban encendiendo las luces de gas, otro paciente se nos unió. Era una chica joven, de unos veinticinco años. Me dijo que acababa de levantarse de cama tras estar enferma. Su apariencia confirmaba su historia. Se veía como alguien que acababa de tener un episodio de fiebre.

—Ahora estoy sufriendo de un trastorno nervioso —dijo— y mis amigos me han enviado aquí para tratarlo.

No le dije donde se encontraba y parecía bastante satisfecha. A las 6:15 la Srta. Ball dijo que quería retirarse, así que todas debíamos de ir a la cama. Entonces a cada una —ya éramos seis— le fue asignado un cuarto y se nos ordenó desvestirnos. Seguí las instrucciones y me dieron un camisón de algodón corto para usar durante la noche. Luego recolectó todos los artículos de vestir que había usado durante el día y, enrollándolos en un bulto, los etiquetó con el nombre “Brown” y se los llevó. La ventana con barrotes de hierro estaba cerrada y la Srta. Ball, después de darme una cobija extra, que según dijo, era un favor rara vez concedido, se fue y me dejó a solas. La cama no era ni remotamente cómoda. Estaba tan dura que ni siquiera pude amoldarla; y la almohada estaba rellena de paja. Debajo de la cobija había un cubrecama de hule. Conforme la noche enfriaba traté de calentarlo. Apreté mi cuerpo contra el hule, pero cuando cayó la mañana seguía tan frío como cuando me recosté; y a mí también me había dejado a la temperatura de un iceberg, así que me di por vencida.

Había esperado descansar un poco en mi primera noche en el manicomio. Pero parecía estar asediada por la decepción. Cuando las enfermeras del turno nocturno llegaron, tenían curiosidad de averiguar cómo me veía. Tan pronto como se fueron oí a alguien tocar a mi puerta preguntando por Nellie Brown y comencé a temblar, siempre temiendo que mi sanidad sería descubierta. Al escuchar la conversación me enteré que era un reportero que vino en mi búsqueda y le oí preguntar por mi ropa para que pudiera examinarla. Los escuché hablar sobre mí con mucha ansiedad, pero me alivió saber que ya se me consideraba loca sin lugar a dudas. Eso era alentador. Después de que el reportero se fue, escuché a más personas llegar y me enteré que había un doctor ahí y que deseaba verme. No sabía con qué propósito y me imaginé toda clase de cosas horribles, como examinaciones médicas, y cuando llegaron a mi cuarto me estaba sacudiendo de pies a cabeza.

—Nellie Brown, aquí está el doctor; desea hablar contigo —dijo la enfermera. Si eso era todo lo que deseaba, supuse que podía manejarlo. Me quité la cobija, que había puesto sobre mi cabeza del susto, y miré hacia arriba. La vista fue tranquilizante.

Se trataba de un hombre guapo y joven. Tenía el porte de un caballero. Algunas personas han censurado esta acción; pero estoy segura de que, aunque tal vez un poco indiscreta, el joven doctor solo tenía mi bienestar en mente. Se me acercó, se sentó a mi lado en la cama y posó sus brazos sobre mis hombros de manera reconfortante. Fue una carga terrible actuar el papel de loca frente a este joven hombre, y tan solo una chica puede simpatizar conmigo en esta posición.

—¿Cómo te sientes esta noche Nellie? —preguntó con soltura.

—Oh, me siento bien.

—Pero sabes que estás enferma —dijo.

—Oh, ¿lo estoy? —contesté y rodé mi cabeza en la almohada y sonreí.

—¿Cuándo saliste de Cuba, Nellie?

—Oh, ¿conoces mi hogar? —pregunté.

—Sí, bastante bien. ¿No me recuerdas? Yo te recuerdo a ti.

—¿Ah sí? —y agregué mentalmente que no lo olvidaría. Tenía un acompañante que no se aventuró a decir nada, tan solo me miró mientras yacía acostada en la cama. Después de varias preguntas, a las que respondí con sinceridad, se fue. Entonces llegaron más problemas. Toda la noche las enfermeras se comunicaban en voz alta, y sé que les era imposible dormir a los otros pacientes, así como a mí misma. Más o menos cada media hora, caminaban a paso pesado por los pasillos de extremo a extremo, con sus botas de tacón resonando como la marcha de un regimiento de infantería, y le echaban un vistazo a cada paciente. Por supuesto, esto contribuía a mantenernos despiertas. Luego, conforme se acercaba la mañana, comenzaron a batir huevos para el desayuno y el sonido me hizo darme cuenta de lo hambrienta que estaba. Entonces la sirena de la ambulancia, que traía consigo a más almas desafortunadas, chilló como anunciando el fin de la vida y la libertad. Así transcurrió mi primera noche como una chica loca en Bellevue.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.

El hombre del carrito
extiende una bolsa
con totopos.

Estamos en el parque.

Hablamos de lo eterno:
una laca brillante
sobre la uña.

Una laca
que arrancaré de tajo
cuando esté seca.

Recordamos un poema de Watanabe:
“no se puede amar
lo que tan rápido fuga”

y amamos
con lo rojo
entre nuestros dedos.

Intenté amar esta bolsa de Doritos
rápido, antes
de que todo se aguadara.

Pero siempre amo las cosas lentamente
hasta que se deshacen junto a mí:

apenas me doy cuenta
de que quiero abrazarlas
y no están.

No quiero tirar esta bolsa de Doritos a la basura.

No quiero arrancarme el barniz.

Mi amiga dice
que el carmesí del esmalte
se ve muy bien.

Es tu color, me dice.
El sol se refleja en mi uña.

Amamos como si el tiempo
no hiciera falta,

como si duraran
las cosas en el mundo.


Autores
(Naucalpan de Juárez, 1994) escribe y traduce poesía. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2019) y ahora lo es del FONCA (2019-2020).