En el que la personalidad y nacionalidad de los personajes es revelada poco a poco
—¡Debemos aceptar, sin embargo, que la vida es buena! —dijo uno de los invitados, mientras mascaba una raíz azucarada de nenúfar apoyado en el brazo de su asiento de mármol.
—¡Y mala también! —respondió otro entre ataques de tos después de casi haberse ahogado debido a las espinas de una delicada aleta de tiburón.
—¡Seamos filósofos!— dijo un personaje de edad avanzada, cuya nariz llevaba encima un enorme par de anteojos con vidrios grandes sostenidos por unas varillas de madera— el hoy llega casi entre ahogos, mientras que el mañana fluye con suavidad como las corrientes fragantes de este néctar. Así es la vida, después de todo.
Habiendo dicho eso, ese sibarita fácil de complacer bebió una copa de excelente vino tibio cuyo vapor se escapaba lentamente desde una tetera de metal.
—Por mi parte —continuó un cuarto invitado— la existencia, existir, parece muy agradable cuando uno no hace nada y tiene los medios para mantenerse ocioso.
—Te equivocas —dijo el quinto invitado— pues la verdadera felicidad se encuentra en el estudio y el trabajo. Conseguir la mayor cantidad de conocimiento es el verdadero camino para conseguir la felicidad propia.
—Y entender, una vez que has conseguido todo el conocimiento, que en realidad no sabes nada.
—¿No es ese el principio de la sabiduría?
—¿Entonces cuál es el final?
—La sabiduría no tiene final —respondió filosóficamente el hombre con anteojos— tener sentido común es la satisfacción más grande que existe.
Después de esto, el primer invitado le habló directamente al anfitrión, que ocupaba el asiento del principio de la mesa, es decir, el peor asiento, como lo requieren las reglas de la cortesía. El anfitrión escuchaba con indiferencia y en silencio la discusión filosófica.
—Escuchemos lo que nuestro anfitrión opina de estas divagaciones llenas de vino, ¿le parece que la existencia es una bendición o un mal? ¿Es un sí o un no?
El anfitrión masticaba descuidadamente varias semillas de melón y tan solo frunció los labios con desprecio a modo de respuesta, como un hombre que no encuentra interés en nada.
—¡Pff!— dijo.
Esta es la exclamación preferida de las personas indiferentes, pues significa, a la vez, todo y nada. Le pertenece a todos los lenguajes y debe tener un lugar en todos los diccionarios del globo, es poner una mala cara verbalmente.
Los cinco invitados a quienes estaba entreteniendo este anfitrión indiferente, comenzaron a lanzarle argumentos, cada uno en favor de su postura; pues anhelaban escuchar su opinión. Al principio evitó contestarles, pero finalmente dijo que su vida no era una bendición ni una maldición: en su opinión, era un “invención” bastante insignificante, y en breve, poco alentadora.
—¡Ah! Nuestro amigo revela sus verdaderos sentimientos.
—¿Cómo puede decir esto cuando su vida ha sido tan suave como una rosa?
—¡Y es tan joven!
—¡Joven y con buena salud!
—Con buena salud y adinerado.
—Muy adinerado.
—Más que muy adinerado.
—Quizás demasiado adinerado.
Estas observaciones se siguieron una a la otra como cohetes de fuegos artificiales, sin siquiera traer una sonrisa a la cara impasiva del anfitrión. Tan solo se encogió de hombros casi imperceptiblemente, como un hombre que nunca ha deseado, ni por una hora, pasar las hojas del libro de su propia vida y que no había leído ni las primeras.
Y aún así, este hombre indiferente tenía 31 años como mucho; estaba en un excelente estado de salud, poseía una gran fortuna, una inteligencia superior al promedio y tenía, en breve, todo lo que los demás no tenían. Tenía lo suficiente como para convertirlo en una de las personas más felices del mundo. ¿Por qué no era feliz?
—¿Por qué?
La voz profunda del filósofo resonó en la sala, hablaba como el líder de un coro griego.
—Amigo —dijo— si no eres feliz aquí, es porque hasta ahora tu felicidad ha sido solo negativa. La felicidad es como la salud: para valorarla uno debe ser privado de ella ocasionalmente. Nunca has sido desafortunado: eso es lo que tu vida necesita. ¿Quién puede apreciar la felicidad si nunca ha caído sobre él la desgracia?
Después de haber dicho esa observación llena de sabiduría, levantó su vaso lleno de champaña de la mejor calidad y dijo:
—Deseo que alguna sombra ensombrezca la luz de nuestro anfitrión y que algunas tristezas vengan a su vida.
Y tras decir eso, vació su vaso de un solo trago.
El anfitrión asintió brevemente y de nuevo, se sumergió en su habitual apatía.
¿Dónde ocurrió esta conversación? ¿En una sala de estar europea en París, Londres, Viena o San Petesburgo?
¿Estos seis compañeros discutían juntos en un restaurante del Viejo o Nuevo Mundo? ¿Y quién eran aquellos que, sin haber bebido más de lo usual, discutían estas cuestiones en medio de la sobremesa?
No eran franceses, pues no hablaban de política.
Estaban sentados en un salón elegantemente decorado de tamaño mediano. Los últimos rayos del sol emanaban a través de los vidrios azules y naranjas de las ventanas y más allá de las ventanas abiertas, la brisa de la tarde mecía guirnaldas de flores naturales y artificiales. Algunas linternas mezclaban su luz pálida con los últimos rayos del sol. Sobre las ventanas estaban grabados arabescos representando hermosuras celestiales y terrenales y animales y plantas de una flora y fauna exótica.
En las paredes del salón, colgados en tapices sedosos, había espejos amplios y doblemente biselados; en el techo, un abano movía sus alas finamente pintadas haciendo que la temperatura en la habitación fuese tolerable.
La mesa era enorme y cuadrada, oscura y lacada; descubierta, reflejaba las piezas numerosas de plata y porcelana como lo hubiese hecho el cristal más fino. No había servilletas de tela, tan solo un suministro abundante de unos cuadrados de papel ornamentado para cada invitado. Alrededor de la mesa había sillas con respaldos de mármol, mucho más gustados en esta latitud que los respaldos acolchados de los muebles modernos.
La servidumbre estaba compuesta por chicas muy atractivas, con lirios y crisantemos trenzados en su cabello oscuro, y en cuyos brazos descansaban coquetamente brazaletes de oro y jade. Servían o quitaban platos siempre sonrientes y animadas con una sola mano y con la otra, movían enormes abanicos con gracia para mover las corrientes de aire creadas por el abano del techo.
La comida era igualmente grandiosa. Es imposible imaginar algo más delicado que aquél festín que era a la vez ordenado y artístico; pues el cocinero del lugar, sabiendo que cocinaba para verdaderos conocedores, se había superado a sí mismo en la preparación de no más ni menos que quinientos platillos que conformaban el menú.
Era, pues, el salón de uno de los botes floreados que cruzaban el Río de las perlas en Cantón y nuestro anfitrión era el rico Kin-Fo, acompañado de su inseparable Wang, el filósofo y juntos acababan de entretener a cuatro de los mejores amigos de su infancia: Pao-Shen, un mandarín de la cuarta clase y de la orden del botón azul: Yin-Pang, un rico mercader de seda que negociaba en la calle de los boticarios, Tsin, el epicúreo endurecido y Hual el literato.
Este encuentro se había llevado a cabo durante el vigésimo sétimo día de la cuarta luna, durante el primer de aquellos cinco periodos que poéticamente dividen la noche en China.
Quiero morir cuando decline el día, en alta mar y con la cara al cielo; donde parezca sueño la agonía, y el alma, un ave que remonta el vuelo.
Para entonces, Manuel Gutiérrez Nájera
Estos últimos días me he convencido, por fin, de que nada vale nada. No sé qué me habrá convencido finalmente. Tal vez el minúsculo departamento donde vivo. El olor a smog que sube a mi ventana cada mañana. El cielo. Mi cuarto vacío. Mi cama vacía. Yo. Pero me desperté. Un día de esos me desperté. Pensando, por primera vez en la vida, que en realidad nada importaba.
No es que lo haya planeado. Creo que nunca se me ha permitido planear nada. Tampoco me ha importado. Pero un día, un día pensé que tenía que haber algo mejor que esto.
Ir.
Venir.
Despertar.
Dormir.
Comer.
Cagar.
Vivir.
Morir.
Le dije eso a Marina. Que tenía que haber algo mejor y que si no había nada mejor, entonces nada valía nada. Nada jamás volvería a valer algo en la vida.
Marina me miraba con sus ojos negros, como de gato. Dos orbes inmensos e inmensamente tristes. Ojos de no entender pero sí hacerlo al mismo tiempo. De entenderme a mí. De no querer entenderme. De aceptar. Aceptarme. Aceptar sin entender. Tomaba sorbitos minúsculos de su té de manzanilla mientras me miraba como inspeccionando algo. Tal vez a mí. Dijo algo. Algo muy bonito, algo que solo Marina podría decir. Me fui a casa y me quedé pensando todo el día en lo que había dicho. Resultó ser una maldición. Lo que Marina había dicho.
Marina dijo. Aún ahora me cuesta pensar en eso. Marina dijo, con mucha tranquilidad e ignorando todo lo que le había dicho antes. Marina dijo que le gustaría morir en el mar. Así, nada más. Dio un suspiro muy largo y lo soltó.
—Sabes, Alejo, me gustaría morir en el mar.
No volvió a mencionarlo, yo no volví a mencionarlo. Nadie dijo nada. Me fui a mi casa con la cara de Marina grabada en la pupila. Y esa frase: “Sabes, Alejo, me gustaría morir en el mar”. Esa frase dando vueltas en mi cabeza. Me di cuenta. Me di cuenta de que nunca había visto el mar. Bueno, lo había visto. En la televisión. En el cine. En fotografías. En anuncios. En los ojos tristes y negros de Marina, pero nunca lo había visto visto.
Soñé con el mar ese día, y el siguiente, y el siguiente. Con el mar. Con los ojos de Marina. Con una profunda inmensidad que nos engullía. Con un cielo despejado. El sol que se ponía. Un silencio abrasador. Con las olas. Nunca he olido ni oído una ola. Pero ahí, en sueños, bajo la atenta mirada gatuna de Marina, pude entender las olas.
Entendí que eran igual a ella.
Marina no volvió a decir nada. Sería más acertado decir —aceptar—, que no volví a ver a Marina de nuevo. Que Marina desapareció sin más. Como espuma. Mientras, pasaban los días y las horas sin Marina, con el mar. Sin Marina. Con las olas.
Entendí que, seguramente, Marina tampoco había visto nunca el mar. Pero que ahora se había ido a morir ahí. A morir o qué sé yo. A tomar té de manzanilla. Pero que ella estaba ahí, que quizás eso me había querido decir ese día. El día que yo no la había escuchado. Por hablar de la ciudad. Por hablar de mi mediocridad. Del smog. De mi inmundicia.
Y yo. Yo seguía aquí.
Despertar, dormir. Desayunar, cenar. El cielo. Mi cama. El trabajo. La comida.
Sin Mar. Sin Marina.
Despertar, dormir, la nada. El que nada vuelva a valer algo de nuevo, de nuevo. Llamar a Marina. Que no responda. Que su madre me diga que ahora sí se nos fue. Que Marina hizo lo que siempre había dicho que haría. Pero que lo hizo sin mí. Peor aún. Que Marina despertó un día pensando que el mar era hermoso. Que nunca había conocido personalmente al mar, pero que se le daba la gana morir ahí. O conocerlo. O dormir ahí. Existir un rato en ese lugar inmenso.
Nada de Marina. Nada del Mar.
El mar.
El mar.
El mar siempre.
En sueños, en un atardecer infinito, un sol extendiendo sus últimos rayos sobre las aguas. Sobre la cara de Marina. Marina sobre las olas. Dormida. Tan Marina. Con sus ojos negros, cerrados. A la mitad del silencio y de la nada. A su alrededor una cosa sola. Las olas. Su tumbo constante. Majestuoso, diría Marina.
Y yo,
aquí.
En la ciudad, en la contaminación infinita. Una neblina que nos traga a poco a poco. Día a día, con el ruido constante de los coches, de la gente, gente que no es Marina. Rodeado de cosas que tal vez no vuelvan a tener sentido nunca. No sé. No sé nada. Un día me desperté y nada tenía sentido. Un día me desperté sabiendo que no había visto el mar en la vida.
Un día me desperté deseando ser Marina. La de mis sueños. Ahí, dormida.
A la mierda.
A la mierda.
A la mierda todo.
Hice una maleta. Con prisa. Pero una prisa imbécil porque en realidad no tenía prisa para nada.
Tomé todo mi dinero, llamé a mamá.
—Mamá, sabes, creo que quiero morir en el mar. Me gustaría ver el mar, al menos una vez en la vida.
Llamé a Marina. Bueno, llamé al buzón de voz de Marina. Para decirle que me iba yo también al mar. Llamé a la mamá de Marina para decirle que yo también me iba. Ahora sí. Me dijo algo. Que solo la mamá de Marina diría. Me dijo, saboreando cada palabra. Con un ronroneo. Me dijo que la vida era mía. Dijo:
—Alejo, querido, la vida es tuya.
Y yo no pude evitar reírme. Porque era ridículo. Toda esta situación era estúpida. Pero no se lo dije. Solo me reí bajito. Porque era algo que seguro le había dicho también a Marina y que Marina también había reído.
La carretera. Los coches. El cielo. Las montañas. El aire. La brisa marina.
La brisa marina es una cosa chistosa. Se pega en la cara. No te deja respirar pero te llena los pulmones.
Entonces lo vi.
El mar.
Mi mente se vació cuando vi el mar. Y todo: mi culpa, Marina, que nada vuelva a valer nada nunca, mi pequeño departamento, el caos de la ciudad, el smog, mi trabajo, todo, todo, todo; todo dejó de importar. Solo estaba esa cosa frente a mí. Esa bestia desconocida y profundamente familiar que rugía con la voz de miles de olas. Mi mente no podía abarcarlo, mis manos no podían tocarlo, no completo, no a su inmensidad. No sé si me quité los zapatos, no sé en qué momento tiré mis cosas en la playa y corrí.
Él me recibió como si me hubiera estado esperando. Desee disolverme como sal entre sus olas.
Ahí, en el mar por fin, con nada a mi alrededor. Solo cielo, mar, olas, verde, sol, atardeceres. Ahí en un lugar que se me pareció inmenso, que se me hizo que era lo único que tenía o que alguna vez tendría sentido en esta vida, cerré los ojos y pensé en Marina.
Una foto en blanco y negro de Marilyn Monroe, saludando sonriente en el primer número; Pamela Anderson, puro sol, exceso y exuberancia, mostrándolo todo en las páginas interiores; o tus estrellas favoritas, en las portadas de las ediciones locales, sensuales como nunca las habías visto —en Argentina, mi país, es muy recordada la de Dolores Fonzi—, mirándote desde el puesto de diarios cubiertas por esas bandas negras que decían “censurado”: desde los años 50 hasta más o menos los primeros años del siglo XXI, cada generación tuvo su versión de Playboy.
Para nosotros, Playboy fue mucho más que una revista: representaba las encarnaciones que en cada época tomaba el paradigma de la sensualidad femenina, la intersección entre lo que se deseaba en privado pero también, por primera vez, se mostraba en público. Eso es lo que, en palabras del filósofo español Paul Preciado, inventó el editor Hugh Hefner: no la circulación de imágenes de mujeres desnudas para consumo masculino, sino “el modo en que hacía irrumpir en la esfera pública aquello que hasta entonces había sido considerado privado”[1].
Esa es la novedad que trajo Playboy y la que para Preciado es la característica fundante de la pornografía moderna. Y aún así, quedarse con esto solamente sería decir poco sobre la importancia cultural que supo tener el imperio de Hugh Hefner.
Desde su primer número en 1953, Playboy se propuso —de forma bastante autoconsciente, a juzgar por sus editoriales y las declaraciones de Hefner— una subversión de los ideales puritanos que imperaban en los Estados Unidos de la segunda posguerra.
En algún sentido, antes de que los hippies del verano del amor y las feministas de segunda generación hicieran sus críticas al modelo de familia norteamericana de la época, Playboy enarboló su propia revolución sexual: una que no estaría protagonizada por las mujeres, ni por las disidencias sexuales, ni por los pacifistas, sino por los varones solteros adinerados. A estos sujetos —y a los varones casados o pobres que aspiraban a encarnarlos— se dirigió Hefner, no solamente a través de las miradas invitantes de las conejitas, sino también del resto del contenido que la revista traía, curado y producido con la misma inteligencia y atención al detalle que las producciones fotográficas.
A diferencia de las revistas masculinas que circulaban antes de ella, dirigidas a buenos maridos que se escapaban a pescar o cazar para descansar por un rato de sus vidas domésticas, Playboy proponía un tipo de escape completamente distinto, y de alguna manera, incluso, femenino: meterse en la cocina para hacer un cóctel, elegir con cuidado la ropa que uno se pondría esa noche para ver a la novia, disfrutar de una novela o un buen disco de jazz a la luz de las velas o incluso de una larga entrevista con un poeta —como aquella realizada en 1969 al mismísimo Allen Ginsberg—. Todo eso, por primera vez en la historia, sin ser sospechado de homosexual gracias a esas mismas conejitas desnudas que nos recordaban todo el tiempo la virilidad del recién nacido playboy.
Ilustración por Caro García.
Entre los años 50 y 70, Playboy se enfrentó alternadamente con los conservadores que acusaban a la revista de amenazar las buenas costumbres americanas, y con las feministas, para quienes Playboy representaba a las mujeres como objetos sexuales y no sujetos legítimos. La revista salió airosa de ambas peleas: el puritanismo sexual iría perdiendo terreno a lo largo de lo que quedaba del siglo XX, y las feministas más visibles de la segunda oleada —Andrea Dworkin, Betty Friedan y Gloria Steinem entre otras— sostuvieron públicamente posiciones que se confundían demasiado con la pacatería como para que la juventud, envalentonada en la revolución del amor, se sintiera representada por ellas.
Derrotados momentáneamente estos dos adversarios en el mainstream, los años 80 y los 90 serían décadas gloriosas para Hefner y su revista: el capitalismo consumista que Playboy había celebrado como garantía y símbolo de la libertad estaba en su mejor momento, los yuppies reemplazaron a los hippies como el sujeto aspiracional de esa generación y el discurso postfeminista que repitieron productos orientados a mujeres como la revista Cosmopolitan y la serie Sex and the City —la idea de que el feminismo ya no nos hacía falta y con un buen par de tacos, la dieta de la luna y un vibrador último modelo las mujeres nos las arreglaríamos— se volvió hegemónico.
Todo conspiraba a favor de la vigencia de Playboy y el estilo de vida que proponía. Los hombres dejaron de esconder sus Playboy para mostrarlas orgullosos en sus livings como objetos de culto; para las mujeres, ser “una conejita” pasó de ser una vergüenza y un deshonor para ser casi una aspiración.
Paradójicamente, la caída de Playboy no fue provocada por sus adversarios o sus defectos sino por su propia victoria cultural: a medida que la desnudez se volvió ubicua y el porno hardocre empezó a estar por todas partes —a consecuencia, también, de la aparición de internet— su razón de ser se fue volviendo cada vez más difusa.
La revista intentó mantener su halo de exclusividad y elegancia como marca, pero ese intento de distinción chocaba con la imagen más bien kitsch del resto del imperio Playboy, que el propio Hefner vendió en carne y hueso en su reality “The Girls of the Playboy Mansion” y que para el siglo XXI era el verdadero sostén económico de la empresa. Los siguientes años vieron la aparición de las redes sociales y, con ellas, de una generación de varones a la que las pantuflas, la bata de seda y la pipa de Hef solo le hacían recordar a sus padres —cuando no a sus abuelos— y una de mujeres a la que la figura silenciosa y atontada de la Conejita le parecía cada vez más anticuada.
La crisis de identidad de Playboy no hizo más que profundizarse. A fines de 2015, en una comentada decisión que puso a Playboy brevemente de vuelta en boca de todos, la revista anunció que no publicaría más desnudos totales; un año después, con un número que llevaba en su portada la frase “Naked is normal” (“la desnudez es normal”), Playboy se volvió sobre sus pasos. Finalmente, hace un año, con Hugh ya fallecido y ninguno de sus descendientes en la empresa, la revista decidió encarar una transformación definitiva a la medida de los nuevos tiempos.
***
La nueva Playboy se ve, ya desde su estética, muy diferente a su predecesora: una frecuencia algo menor —cuatro números anuales en vez de seis— les permitió a los editores aumentar la cantidad de contenido, de modo que cada volumen tiene el look “ladrillo” de una edición de anuario. No hay avisos, el papel es mate y el famoso tagline “Entertainment for Men” (“entretenimiento para hombres”) brilla por su ausencia.
En febrero de este año, poco después del silencioso relanzamiento, el New York Times publicó un extenso perfil en el que presenta al “triunvirato millennial” a cargo de la revista (compuesto por un varón públicamente gay y dos mujeres) y a la nueva visión más en general: desnudos artísticos y diversos, posiciones políticas fuertes y —sobre todo— una intención abierta de transformar a Playboy de una revista para hombres a una revista para todo el mundo.
Ilustración por Caro García.
A la fecha de la nota, la audiencia de Playboy estaba compuesta en un 75% por varones; la aspiración de mediano plazo, dice la jefa de Marketing Rachel Webber, es alcanzar un 50% de lectoras mujeres. Webber insiste con el objetivo de “ser relevantes” en el mercado actual y, para eso, la necesidad de “tomar posición sobre ciertas cosas”.
Mirando tanto los números impresos como la nueva web, el rebranding de Playboy recuerda al que la revista Teen Vogue intentó hace unos años: un acercamiento a las causas vinculadas a la diversidad —racial, de género, de tipos corporales—, llegando incluso a posicionamientos políticos partidarios claros —tanto Teen Vogue como la nueva Playboy son definitivamente anti Trump— y, sobre todo, la voluntad firme y explícita de distanciarse de los estereotipos de género que eran la base de la propuesta de este tipo de publicaciones cuando fueron creadas y durante la mayor parte de sus existencias.
Esa voluntad coincidió, en ambos casos, con un intento simultáneo de mantener “algo” de la marca original: en el caso de Teen Vogue —que, luego de un período prometedor, dejó de salir en papel por decisión de su compañía madre Condé Nast—, se intentó conservar algo del tono coloquial y de la preocupación por acercarse a lectoras adolescentes, pero justamente teniendo en cuenta que a las adolescentes del siglo XXI —al igual que a las que las precedieron— les interesan la política, la literatura y la música tanto o más que elegir el mejor pantalón para la forma de sus caderas.
En este sentido, Playboy tiene múltiples ventajas: a diferencia de una revista como Teen Vogue, que durante muchos años se ocupó de moda y celebrities, el contenido sofisticado, inteligente y potenciado por firmas prestigiosas ya era parte de la de identidad de Playboy, al igual que el tono desprejuiciado y los planteos políticos sustanciosos. Todos estos elementos pueden encontrarse en los nuevos números, en una combinación que parece hecha a medida de la juventud del siglo XXI, y con un cambio de enfoque clave: tal como prometían en el New York Times, la curaduría editorial de la revista hace un esfuerzo explícito por reconocer que en su audiencia hay —o puede haber— mucho más que varones heterosexuales. Así, una incisiva cobertura del corresponsal en Washington Alex Thomas sobre el proceso de impeachment a Donald Trump se cruza con una nota hecha con el mismo cuidado y seriedad sobre el futuro de la industria de los juguetes anales.
Frente a este presente cool e inclusivo, la sensación es que hace falta hablar del elefante en la habitación: la historia de Playboy está plagada de contradicciones, y no se puede ignorar que aportes valiosísimos y progresistas como sus célebres entrevistas a Muhammad Ali, Martin Luther King y Malcolm X —entre otros— convivieron con una imagen de la subjetividad y la sexualidad femenina muchas veces algo pobre. Mientras los varones que circulaban en la revista eran intelectuales, artistas y políticos de renombre, las mujeres aparecían generalmente solo como imágenes bellas, sin agencia ni pensamiento propio. Bien podríamos decir —como argumenta el artículo ”Does Playoy know who its readers are?” del portal feminista Jezebel— que la nueva revista no termina de hacerse cargo de esta historia; más bien piensa que puede hacer borrón y cuenta nueva, quedarse con aquellos aspectos de la tradición Playboy que se pueden “reciclar” más fácilmente y pretender que los otros no existieron. Y aunque en algún sentido esto es cierto, la revista funciona mejor cuanto más se apropia del legado de Playboy, reivindicando lo bueno y distanciándose explícitamente de lo malo. Así, por ejemplo, una nota sobre la vida sexoafectiva de las estrellas porno presenta las ideas e impresiones de estas mujeres que llevan décadas en las páginas de Playboy, pero cuyas voces, experiencias y saberes jamás habían sido tomadas en serio.
Ilustración por Caro García.
En otro caso interesante, para su número sobre género y sexualidad, los editores repasaron la historia de la relación entre Playboy y la diversidad sexual, tanto en sus redes sociales como en la revista: recordaron a todas las modelos trans que alguna vez se vieron en Playboy y también la célebre publicación del slogan “gay is good” (“gay es bueno”), como título de una valiente carta de lectores en 1969.
La nueva Playboy es astuta, y eso es positivo: en lugar de vivir haciendo un mea culpa por sus pecados de antaño, aprovechan las partes más positivas del pasado de Playboy para apropiarse de un legado que tiene muchos motivos para el orgullo.
Quizás lo más complicado de la marca Playboy desde el punto de vista de los millennials no sea el modo en que se retrataron el sexo y las mujeres, sino un rasgo identitario característico que parece más difícil de reactualizar: la relación con la riqueza, el lujo y la ostentación de la banalidad. La tapa del número sobre el placer, publicada para el otoño norteamericano, está protagonizada por la influencer billonaria Kylie Jenner; su novio, el rapero Travis Scott, participó de la dirección de su sesión de fotos y le hizo una larga entrevista que parece una pieza publicitaria pagada por la pareja. Como es de esperarse, nada interesante se revela en una entrevista como esta. Tampoco es una sorpresa, teniendo en cuenta que Jenner se ve muy bella en las fotos pero no tiene absolutamente nada para decir: es, al final del día, una estrella de reality que nació millonaria y fundó una marca de cosméticos, aunque en la nota se refiera a su creatividad y “su capacidad de superar la adversidad”.
En una revista con una tradición de entrevistas como Playboy —Jan Wenner, el fundador de la revista Rolling Stone, dijo incluso que la clásica entrevista de Rolling Stone tuvo como inspiración al modelo establecido por Playboy— es frustrante que un número clave como es el del placer elija poner en el centro una conversación en la que Scott y Jenner se regodean en lo fácil que es la maternidad para ellos, lo fantástica que es su vida sexual a pesar de todos los mitos sobre sexo y bebés (¿será igual para aquellas parejas que no cuentan con un ejército de babysitters?, podría preguntarse una entrevistadora incisiva) y repiten un montón de lugares comunes sobre el compañerismo.
Es un poco gracioso leer a los editores hablar de la profunda transformación de Playboy para llegar al progresismo millennial y luego cruzarse con semejante nota de tapa; es cierto, de todos modos, que Playboy siempre fue también eso, la revista que creía que quien se viste con ropa cara y toma el Martini como hay que tomarlo ya ha hecho un contribución suficiente en este mundo. Es difícil imaginar cómo cuadra esa parte de su identidad en este nuevo destinatario al que quieren dirigirse, jóvenes cada vez más críticos de las jerarquías socioeconómicas, para quienes la ostentación al estilo Kardashian es en el mejor de los casos algo demodé —y en el peor, una vulgaridad—.
Tal vez, en realidad, sea una idea genial: en el fondo, esa combinación de crítica social inteligente y frivolidad sin autoconsciencia ni ironía es exactamente lo que patentó Hefner en ese primer número, desde el que la sonrisa de Marilyn nos mira, cristalina, para siempre.
[1] Preciado, Beatriz, Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en “Playboy” durante la guerra fría. Barcelona, Anagrama, 2010, p. 27.
Un óleo cuatrocientas veces maldito, un frente agrario homofóbico, un brote de violencia en el recinto cultural más importante del país: en la diligencia de cubrir la nota sobre la más reciente protesta de la Alameda Central, se entremezclaron activistas y prensa LGBTIQ+ ante la violencia simbólica que demandó el líder de los grupos que ayer por la tarde tomaron el palacio de Bellas Artes.
La noticia llegó poco después del mediodía: centenares de personas se habían reunido en el interior del Palacio de Bellas Artes para exigir que se retirara una pieza de la más reciente exposición “Emiliano: Zapata después de Zapata”, que conmemora el aniversario luctuoso del Caudillo del Sur, Emiliano Zapata. Los miembros del Frente Auténtico por el Campo, integrado por cuatro organizaciones campesinas, la Unión Nacional de Trabajadores Agrarios (UNTA), la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC), la Coalición de Organizaciones Democráticas Urbano-Campesinas (CODUC) y el Movimiento Social por la Tierra, tomaron las instalaciones del Palacio y no dejaban entrar o salir a nadie.
Fotografía por Víctor del Valle
Además del escándalo en algunos círculos cerrados y grupos de Whatsapp de reporterxs, nada en la ciudad parecía indicar lo que ocurría. Las constructoras seguían erigiendo complejos habitacionales a su ritmo usual, y en las esquinas de Reforma mujeres indígenas vendían su mercancía como todos los días.
“Zapata es del pueblo” me dijo ayer Luis Vargas, curador de la exposición en cuestión. Zapata es ingobernable. Sus palabras caen con el peso de una espada de doble filo.
¿Qué es una revolución, a fin de cuentas? Un cambio, dicen algunos. Una vuelta. Una palabra demasiado cíclica: de revolución en revolución la rueda se encontrará siempre con aquellos puntos que había dejado atrás. Un cambio, dicen algunos. Pero para ciertos grupos los símbolos permanecen en un altar alejado. Siguen sacros. Siguen conteniendo una carga simbólica innegable, una importancia semiótica que dicta cómo debe comportarse el cuerpo abigotado y con sombrero de charro. Que dicta cómo debe comportarse el cuerpo.
Se sentaron al frente de la escalera que comunica la recepción con los pisos superiores, donde se encontraba la galería. Nadie sube, nadie baja, era la respuesta con que se encontraban lxs reporterxs, entre lxs cuales me encontraba. Desde arriba, trabajadoras y trabajadores de Bellas Artes miraban hacia el centro del edificio, resignados a esperar el momento en que pudieran salir. Desde abajo, la gente husmeaba con murmullos que quedaban entre el hastío y la tensión.
Fotografía por Víctor del Valle
Luis Vargas, quien estaba dentro de Bellas Artes sin posibilidad de salir, presintió la violencia desde el momento que entraron: había una posibilidad real de que las banderas dañaran los murales que alberga el recinto. Además, la demanda de censura de la pieza no auguraba ninguna posibilidad de diálogo. Me contó que incluso se le hizo una invitación al grupo a visitar la exposición, la cual declinaron. “Es triste porque es una posición que habla desde la intolerancia y la imposición, y creo que eso no es una manera democrática de convivir.” Hasta ahora, no hay señal de que se haya dañado ningún mural.
“Si quiere hacerle preguntas a alguien, hágalas al profesor. Él es el portavoz de todo este movimiento”, me dice una de las abanderadas que se encontraba rondando las inmediaciones. El profesor, Álvaro López Ríos, respondía de forma seca a las preguntas que se le hacían. Su posición oficial: se quedarían plantados hasta que se retirara el óleo “La Revolución”, del artista Fabián Cháirez. Otros partidarios suyos sugerían que no solo la quitaran, sino que se quemara.
Fotografía por Víctor del Valle del profesor Álvaro López
El óleo, que muestra a un revolucionario desnudo a caballo, con una pose de pin-up, fue utilizado por la Secretaría de Cultura el pasado viernes en uno de varios carteles publicitarios para la exposición. Los comentarios de odio en redes sociales, la mayoría del tinte “cómo pueden hacerle eso a Zapata, qué vergüenza” no se dejaron esperar. Cabe resaltar, sin embargo, que el mismo artista ya ha declarado que si bien la pintura tiene varios elementos característicos de los revolucionarios de su época, no hay nada en ella que apunte a que es Zapata.
“¿Por qué están posicionados aquí el día de hoy?”, pregunté cuando conseguí la atención del Profesor.
“Este palacio exhibe una pintura de un personaje Chiapaneco [erróneo, Zapata era de Morelos] que al movimiento agrario le parece ofensiva.”
“¿Qué les ofende de la pintura?”
“Que representa a alguien como algo que no era.”
Nos interrumpieron las consignas lanzadas por la mujer que está de pie a su derecha. “¡Zapata vive! ¡La lucha sigue y sigue!” “¡Si Zapata viviera, en su madre les pusiera!”.
A Antonio Bertrán, reportero de Metro, quien hacía preguntas directas sobre la comunidad gay, no le fue bien. “Que se encuere el güero”, gritaban. “Que ya se salga de aquí.”
Fotografía por Víctor del Valle, uno de los manifestantes que lo agredió.
Una mujer se acercó al grupo que había tomado las escaleras, en el que se encontraba el profesor López Ríos. Nadie pasa, le dijeron, y ella respondió “Papá”, mirando fijamente al profesor. Era Eréndira López, en efecto, hija del profesor.
Esto cambió las cosas. Rápidamente le abrieron camino y ella subió a intercambiar con él palabras que quedaron demasiado lejos de nuestros oídos. Algo era seguro, sin embargo: en su rostro había decepción y rabia, había un deseo íntimo de que frenar la protesta de una vez por todas.
En el pasado, el Frente Auténtico del Campo se manifestó para exigir pagos que jamás llegaron a Oaxaca y demandas campesinas. Pero en la toma de Bellas Artes no peleaban recursos materiales, sino simbólicos. El matrimonio de la homofobia y la Verdad Única para impedir que se les escapara de las manos el espectro de Zapata (Derrida dixit).
Los periodistas con quienes me encontraba comenzaron a caer en cuenta de que no habría diálogo. Estábamos cansadxs, descepcionadxs, y yo moría por un cigarro.
En grupos de tres periodistas, se concedió hablar con Álvaro López. Era imposible escuchar lo que decía y las banderas de la CIOAC intentaron impedir incluso que las cámaras capturaran la imagen. Cuando solicité la entrevista, uno de los manifestantes apuntó que que yo ya había entrevistado, que ya había tenido mi oportunidad.
Fotografía por Víctor del Valle
Pero el manifestante se acercó a hablar conmigo, a explicarme que mis preguntas no buscaban abrir diálogo, que había algo que yo no entendía. “Hay una imagen colectiva de Zapata que compartimos”, me dijo. “Aprópiense de lo que quieran, pero no de lo nuestro. Libertad de expresión sí, pero no con algo que es nuestro. No con nuestro héroe.”
La conversación atrajo a otros periodistas y manifestantes. Las voces comenzaron a encenderse. Las consignas se dejaron venir; sin variedad siquiera, se seguía cantando el mismo “Zapata vive”, el mismo “En su madre les pusiera”. De un momento a otro, Antonio, Víctor y yo estábamos rodeadxs, y la discusión se había vuelto gritos, amenazas, recomendaciones no tan amables que nos instruían salir y dejar de tomar fotos, dejar de hacer preguntas.
Fotografía por Víctor del Valle
Entre los palos de las banderas, las consignas y los flashes de lxs fotógrafxs, la atmósfera se volvió áspera. Una representante de Bellas Artes nos saludó de mano y nos aconsejó salir lo antes posible, pues se había vuelto imposible garantizar nuestra seguridad.
Pero no salimos: al contrario, la mujer de la chaqueta de camuflaje, mirada en alto, llegó en nuestra defensa. Eréndira López, acompañada de Diego, un hombre trans, nos tomaron de los brazos. Cinco personas que nos conocíamos por primera vez ese día nos volvimos cadena. Nos volvimos de repente el frente ante el Frente, una línea de defensa, aunque fuera minúsucula, para la libertad de expresión. Eréndira, desde el centro de nuestra resistencia, lanzó un seco pero letal, “Así no, papá”.
Luego comenzamos: “¡Libertad, libertad!”, quizás porque no podíamos encontrar ni ponernos de acuerdo en otra palabra que resaltara justo aquello que, ahora me doy cuenta, nuestra sola presencia en ese cuarto estaba exigiendo. Nuestra contrademanda. Nuestro canto rojo frente a un toro ciego. “¡Fuera! ¡Fuera!” nos contestaron. Una botella de agua, de la mano de Álvaro Ríos, impactó contra la cabeza de Antonio Bertrán.
El botellazo fue el banderazo de salida. Eréndira recomendó que emprendiéramos el camino hacia la alameda, que ahí afuera podríamos seguir siendo una cadena, pero no bien intentamos retirarnos, una bandera se lanzó contra uno de los nuestros. No conocíamos nuestros nombres, jamás nos habíamos visto, pero nuestros diez brazos tomaron el asta de madera para evitar otra agresión. Salimos como pudimos para descubrir que afuera nos esperaba ya el Frente, específicamente sus jóvenes, esos que se quedaron afuera del Palacio con cuerpos de pelea. Una cámara se estrelló contra el suelo. Sobre nuestro fotógrafo, un grupo propinó patadas. Cuando me acerqué, me recibió un golpe.
Víctor del Valle siendo agredido dentro del Palacio. Fotografía por Eriko Stark
Luis Ham siendo lanzadx a las jardineras de Bellas Artes. Fotografía por Eriko Stark
El efecto Streisand: cuando se intenta cubrir, eliminar o censurar algún tipo de información, esta, paradójicamente, se viraliza. Por la noche, Zapata ya era Trending Topic en Twitter. El óleo de Fabián Cháirez llegó a todos los dispositivos móviles y computadoras del país. Luis Vargas me informa que la organización prometió estar viniendo cada tarde hasta que no se saque el cuadro de la exposición, y al mismo tiempo, ya hay convocatorias para contra-protestas por parte de grupos LGBTI+, incluso una convocatoria por parte del mismo Cháirez.
Por ahora, la tan controversial obra seguirá en su esquina de la galería, junto a las 140 otras piezas que integran la colección, cada una con un discurso propio. Ya sanarán nuestras heridas. Lo que es incierto es si sanará el corte de papel que dejó en ellos el lienzo, aquel óleo no más grande que un libro cualquiera.
Autorretrato de Víctor del Valle tomado después de la manifestación.