Pero volvamos a mi trabajo y mi misión. Después de recibir las instrucciones volví a mi pensión, y cuando cayó la tarde empecé a practicar el papel con el que debutaría al día siguiente. Qué tarea tan difícil, pensé, aparecer frente a un montón de gente y convencerlos de que estoy loca. Nunca había estado cerca de personas locas en toda mi vida y no tenía la menor idea de cómo se comportaban. ¡Además sería examinada por un número de médicos entrenados que han hecho de la locura su especialidad, y que a diario están en contacto con gente loca! ¿Cómo podía creer que burlaría a estos doctores y los convencería de que estaba demente? Temía que no pudieran ser engañados. Empecé a pensar que mi tarea era imposible, pero alguien tenía que hacerla. Así que corrí al espejo y examiné mi rostro. Recordé todas las cosas que había leído sobre los locos, para empezar que tenían una mirada fija y penetrante, así que abrí mis ojos lo más que pude y miré mi reflejo sin pestañear. Les aseguro que no era una imagen alentadora, ni siquiera para mí, especialmente al filo de la noche. Intenté elevar mi valentía subiéndole a la calefacción, y solo lo conseguí en parte, pero me consolé pensando que en pocas noches no estaría ahí, sino encerrada en una celda con un montón de lunáticos.
No hacía mucho frío, sin embargo, cuando pensaba en lo que vendría, vientos fríos jugaban a las carreras de arriba a abajo por mi espalda mofándose del sudor que lenta pero definitivamente me arrebataba los rizos del fleco. A ratos, mientras practicaba frente al espejo y me imaginaba mi futuro como lunática, leía pedazos de historias de fantasmas improbables e imposibles, para que cuando el amanecer llegara a espantar a la noche, me sintiera de buen ánimo para mi misión, pero con hambre suficiente para estar muy segura de querer desayunar. Lenta y tristemente tomé mi baño matutino despidiéndome en silencio de algunos de los preciosos artículos conocidos por la civilización moderna. Con ternura hice a un lado mi cepillo de dientes y, cuando me daba la última pasada de jabón, murmuré:
—Podrían ser unos días, o podría ser más tiempo.
Después me puse la ropa vieja que había elegido para la ocasión. Tenía humor de ver todo con mucha seriedad. Quería dar una última mirada profunda. Medité respecto a que nadie podía saber las deformaciones que podría provocarle a mi cerebro hacerme la loca y ser encerrada con una multitud de personas enloquecidas, y que podían no dejarme volver. Pero jamás pensé en eludir mi misión. Con calma, al menos eso aparentaba, me fui a hacer mis negocios desquiciados.
Al principio pensé que lo mejor sería ir a una pensión, y, cuando ya tuviera mi hospedaje asegurado, decirle a la señora o señor de la casa, según fuera el caso, que buscaba trabajo, y unos días después, fingir volverme loca. Cuando reconsideré la idea, temí que tomaría mucho tiempo. De pronto pensé que sería mucho más fácil si fuera a una pensión para mujeres trabajadoras. Sabía que una vez que las convenciera de que estaba loca, no descansarían hasta que estuviera lejos de su alcance y encerrada bajo llave.
Seleccioné del directorio el Hogar Temporal para Mujeres, Número 84 de la Segunda Avenida. Al caminar por la avenida decidí que, cuando entrara al Hogar, debía esforzarme por empezar cuanto antes mi jornada al Manicomio de la Isla de Blackwell.
La pregunta que ha respondido ya la RAE sigue sin satisfacer a todo el mundo. Hoy quisimos hacer algo muy especial y rescatar una de las secciones de la revista impresa, el “Mano a mano”. En esta sección, dos textos breves presentan ambos lados del argumento, en este caso: ¿cuándo comienza o termina la década?
PROCRASTINACIÓN, O LA POLÉMICA DEL FIN DE LA DÉCADA
Lupe de Vega
Estimados polemizadores del final de la década:
…que si entonces nos venimos equivocando desde el 2000 por celebrar el nuevo milenio, que depende del calendario, que en todo caso, si se nos da la gana un decenio puede empezar en el 2023 y terminar en el 2033 y que entonces todo es relativo, que de cualquier manera el tiempo no existe, y el calendario gregoriano y el ISO y la RAE y la matemática… ¡Pero, no! Esto no es una cuestión de quién dice qué. Este debate, polemizadores, tuitstars, inconformes e indiferentes, no se trata de buscar la mejor explicación para alcanzar una respuesta correcta sobre nuestro evidente desconocimiento de qué es una década y qué es un decenio. Esto no es una cuestión de adhesión o rebeldía frente a la Real Academia de la Lengua Española (ni si sigue siendo una marca de colonización en el mundo hispano), hay que separar los temas: cada cosa en su lugar. Tampoco se trata de demostrar una aparente superioridad intelectual con la nueva sabiduría adquirida en Twitter sobre la definición de un término que nos expresa la confusión temporal en la que vivimos—una intelectualidad de la que dudamos desde el triunfo del hombreser humane de las masas. No es, ni por asomo, una batalla sobre la relatividad de las categorías occidentales, o un reajuste al calendario para cambiar por completo nuestra noción del tiempo que hemos vivido, porque no estamos corrigiendo el calendario gregoriano, ¡ni sabemos cómo funciona el conteo! Esto es un tema de solidaridad, ante todo. Solidaridad para sus semejantes que han estado posponiendo sus resoluciones. Este es un debate para nosotros (-tres, que seguimos fallando con la “e” aunque la defendemos), los que el fin de la década nos agarró en curva, sin uvas para los deseos, indispuestos, con las cervicales lastimadas o dolor de estómago. Se trata de buscar explicaciones pseudocientíficas para tranquilizarnos con la “verdad” de que, en efecto, tenemos un año más para prometernos más agua, menos carbohidratos, más relaciones sanas, más cuestionamiento a las instituciones (aunque la RAE nos respalde en este momento), menos enumeraciones.
¿Es acaso mucho pedir otros doce meses como colchón para el autoengaño?
Sinceramente,
Procrastinadora centurial
CONTRA EL ORDEN DE DIEZ
Lúser K. Breade
Trescientos sesenta y seis días
bajo el signo indeleble de Marte
y peleas a cuchillo palabras
de saber si ha empezado algo
o solo termina lo que conocíamos:
veinte veinte año umbral,
dos cero dos cero una puerta abierta
bajo cuyo marco nos resguardamos
de la edad que comienza a caer
como lluvia ácida:
el camino va solo hacia delante
y de los vapores que dejarán nubes negras
la intuición queda del trueno.
Que no me cuente la “real” academia de la lengua que arde
los días que faltan para decir adiós.
Que no me puedo despedir ya
del estruendo granizo con que crecí:
ayer decidí intentar amarme
porque ayer decidí volver a ser
una flor como la que fui en infancia.
No me digas que este es el fin de una temporada
porque no creo en los finales felices
y hoy salí a la calle
–se había aclarado el cielo,
el IMECA sospechosamente bajo–
con una sonrisa y la esperanza de que los años me la robaran.
Portada de El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley, (El Tapiz del Unicornio-INBAL, 2019).
El acto natatorio reúne esfuerzo físico, armonía respiratoria y movimiento acuático; pero también posee una vertiente reflexiva e individual: el nado es reclusión y concentración en uno mismo, mecanizadas en un ritmo de respiración y brazadas. En contraste con los deportes de conjunto, la soledad es condición esencial del nadador, además de que lo despoja de aditamentos y artificios en su desnudez de vestido y accesorios. El que nada no juega para nadie, sólo para sí. El nadador tiende hacia el adentro, hacia su cuerpo, su fuerza, el aire constreñido en sus pulmones, hacia la sangre fluyendo en su interior. Igualmente, experimenta el vacío del ahogo cuando se ha quedado sin aire.
Trabajada como navegación de las sensaciones internas en Carta de Marear y como actividad mística respiratoria en Crawl, la natación también cobra sentido indispensable en Hospital Británico. Hundimiento en la carne y buceo personal en “el agua profunda” que es “el pasado de nuestra alma” (Bachelard, 1978: 86), el nado en Viel es ejercicio memorioso, un viaje temporal a través de las honduras de la conciencia, regulado por una respiración que lo colma y lo vacía.
Por su capacidad de flotación y desplazamiento simultáneo, los braceos en este flujo se relacionan con otro desplazamiento de connotaciones mágicas: el vuelo. No es gratuito que desde “El nadador”, Viel relacionara el golpe de las manos sobre el agua con el batir de las alas de los pájaros: “Gracias doy a tus aguas porque en ellas/ mis brazos todavía/ hacen ruido de alas” (vv. 38-47). Su brazada, de inicial movimiento descendente, lo impulsa hacia arriba y le permite ascender interiormente hacia el cielo, hasta salir del cuerpo y descubrir ese otro lugar más verdadero, más trascendente, original.
Nadar es un viaje desde la primera realidad –el agua como humus de la memoria– hasta las experiencias trascendentes. Se trata de un antiguo estado en que lo celestial y lo terreno se tocaban, cuando el hombre vivía en armonía con lo primario, podía acceder con simpleza al agua celestial y “entraba en ella y respiraba” (v. 41). Las aguas inferiores y terrestres son un reflejo de las aguas superiores y celestes, ya que los ríos, mares y lagos “no son más que cielos arrastrados/ por tus caídos ángeles” (vv. 11-12).
Natación memoriosa de Viel que trae de vuelta el aspecto ritual del texto: en un poemario como Crawl, el corte de la brazada del nadador sobre el agua se asemejaba a dos bisturíes paralelos; ahora, en Hospital Británico, la penetración real del bisturí y la mano del poeta cirujano es penetración del exterior dentro del flujo de la conciencia individual, un acto de natación en las profundidades de la cabeza del poeta, gracias al estado de muerte anestésica que induce a la contemplación extática de la divinidad.
El escritor Jorge Hardmeier ha resumido el motivo de la natación en Viel como “metáfora del movimiento continuo para alcanzar a Dios” (Hardmeier: s/p). En el imaginario del poeta argentino, la natación es camino constante y esforzado que se transforma en una disciplina tan corporal como mística; el nado es imagen del vuelo que empieza en el cuerpo, y por medio de los braceos y el desplazamiento flotante, conecta con Dios.
El instante de la inmersión es encuentro con el otro mundo (el inframundo o el cielo), un pasaje a realidades que se encuentran más allá de la vida cotidiana. Preparado para la operación quirúrgica, Viel se sumerge en su personal visión del cosmos y de la muerte bajo las aguas de la anestesia que recorre su cuerpo, entrando en un sueño inducido que lo enfrenta a un espacio liminal donde se rozan las playas de la vida y el fin de la existencia.
Bachelard ha denominado Complejo de Caronte a la navegación del ser en las aguas de la muerte, entendiendo que “todo un lado de nuestra alma nocturna se explica por el mito de la muerte concebida como una partida en el agua” (1978: 118) y que “morir es realmente partir y sólo se parte bien, animosamente, cuando se sigue el hilo del agua, la corriente del largo río. Todos los ríos van a dar al Río de los Muertos” (117).
Vale aclarar que el viaje mortal e iniciático de Viel durante la anestesia, acaso esa “serpentina de agua helada en la memoria” dentro de las esquirlas de Hospital Británico, no implica un retiro total de las sensaciones de su corporeidad. No es una travesía lenta o pesada por un agua quieta, enfangada. La natación interna de Viel es ante todo luminosa, de extenuación física, y en ella se descubren incluso sensaciones pudorosas, como la que invade al poeta expuesto a una luz poderosísima que lo abre y lo desnuda; de allí el deseo de repliegue, alejamiento y concentración en sí mismo frente a esa luz de la que nada se esconde, ese “Necesito estar a oscuras” que se repite en Hospital Británico.
Así, el poema es tránsito por el mar anestésico en el punto límite, un mar lleno de imágenes, personajes perdidos y reencontrados, espacios diversos y saltos temporales, donde los sentidos titubean y se perturban. El poeta posee conciencia de las heridas infligidas sobre su carne, que es al mismo tiempo su cuerpo y el cuerpo de otro. Viel es un sujeto pasivo de las “maniobras de Cristo en su cabeza”, que se traducen en la operación sangrante y violenta de los médicos sobre su tumor. El desplazamiento y la brazada en lo acuático reproducen el flujo interno de pensamientos. La barca de Caronte que lleva al viaje mortal se encarna en el poeta-nadador, quien emprende el viaje por las aguas de la memoria y de la muerte. El cuerpo-navío, rasurado y vulnerable, ebrio de anestesia, posibilita el viaje.
Fragmento de Adán Medellín, El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley, México, El Tapiz del Unicornio-INBAL, 2019, págs. 61-64.
Pacientes y personal del hospital psiquiátrico de St. Louis City. Extraída de Wikimedia commons.
Desde que se publicaron en el Mundo[1] mis experiencias en el Manicomio de la Isla de Blackwell he recibido cientos de cartas al respecto. Hace mucho que se agotó la edición que contenía mi historia, y me han convencido de permitir que se publique en forma de libro, para satisfacer a los cientos que todavía piden ejemplares.
Estoy feliz de poder señalar que como resultado de mi visita al manicomio y las denuncias que hice al respecto, la ciudad de Nueva York ha asignado $1,000,000 más al presupuesto anual para el cuidado de los locos. Así que al menos tengo la satisfacción de saber que los pobres desafortunados estarán mejor cuidados gracias a mi trabajo.
Capítulo I
Una misión delicada
El 22 de septiembre me preguntaron en el Mundo si podía hacer que me internaran en uno de los manicomios de Nueva York, con las miras puestas en escribir una narrativa simple y sin arreglos sobre el trato que recibían los pacientes internos y los métodos de organización, etcétera. ¿Creía tener el valor de pasar por la mala experiencia que traería la misión? ¿Podía asumir las características de la locura a tal grado que pudiera convencer a los doctores, vivir por una semana entre los locos sin que las autoridades del lugar descubrieran que era una “infiltrada tomando notas”? Dije que creía que sí. Tengo algo de fe en mis propias habilidades como actriz y pensé que podía asumir la locura por el tiempo suficiente para cumplir la misión que me encomendaban. ¿Podía pasar una semana en el pabellón mental de la Isla de Blackwell? Dije que podría y que lo haría. Y lo hice.
La instrucción fue que siguiera haciendo mi trabajo hasta que creyera estar lista. Debía hacer una crónica fiel de las experiencias que tuviera, y una vez dentro de las paredes del manicomio descubrir y describir el funcionamiento interno, que siempre está efectivamente escondido por enfermeras de tocados blancos, así como por cerrojos y barrotes, del conocimiento del público.
—No te pedimos que vayas con el propósito de hacer revelaciones sensacionalistas. Escribe sobre lo que encuentres, bueno o malo; elogia o culpa como consideres mejor, siempre con la verdad. Pero me preocupa esa sonrisa crónica tuya.
—Ya no sonreiré —dije y me fui a ejecutar mi delicada y, como más adelante descubrí, difícil misión.
Si lograba entrar al manicomio, y tenía pocas esperanzas de lograrlo, no sabía si mis experiencias contendrían algo más que el relato sencillo de la vida en el manicomio. Que esa institución pudiera tener malos manejos, y que existieran crueldades bajo su techo, no me parecía posible. Siempre había tenido el deseo de conocer un manicomio a fondo, un deseo de convencerme de que las criatura más desamparadas de Dios, los locos, eran cuidados amable y adecuadamente. Las muchas historias que había leído sobre abusos en esas instituciones me habían parecido salvajemente exageradas o de plano novelas, pero tenía el deseo latente de saberlo a ciencia cierta.
Me estremecía pensar que los locos estuvieran completamente bajo el poder de sus cuidadores, y como alguien podía llorar y suplicar poi su liberación, y todo sin que valiera para nada, si es lo que decidían los guardianes. Acepté ansiosamente la misión de conocer el funcionamiento interno del Manicomio de la Isla de Blackwell.
—¿Cómo me van a sacar —le pregunté a mi editor— después de que ingrese?
—No sé —respondió—, pero te sacaremos diciéndoles quién eres, y que fingiste estar loca solo para entrar.
No creía mucho en mi habilidad para engañar a expertos en la locura, y creo que mi editor creía menos.
Todos los preparativos preliminares para mi dura prueba tenía que planearlos yo sola. Solo una cosa se decidió antes, a saber, que debía usar el seudónimo de Nellie Brown, iniciales que corresponden con las de mi propio nombre y apellido, así no sería difícil seguirme la pista y ayudarme en las dificultades o peligros en los que pudiera involucrarme. Había formas de meterse en el pabellón mental, pero no las conocía. Podía seguir uno de dos caminos. O fingía volverme loca en la casa de unos amigos, y hacer que me internaran por la decisión de dos médicos competentes, o podía alcanzar mi meta a través de la estación de policía.
Reflexioné que era más sabio no imponerme sobre mis amigos o ningún doctor bien intencionado para servir a mi propósito. Además, para llevarme a la Isla de Blackwell mis amigos habrían tenido que fingir pobreza, y, para mala suerte del fin que tenía en mente, mi relación con quienes luchan contra la pobreza, a excepción de mí misma, era muy superficial. Así que elegí el plan que me llevó a la realización exitosa de mi misión. Conseguí que me internaran en el pabellón mental de la Isla de Blackwell, donde pasé diez días y diez noches y tuve una experiencia que jamás olvidaré. Me obligué a actuar el papel de una chica loca, pobre y desafortunada, y sentía que era mi deber no eludir ninguna de las consecuencias desagradables que pudieran seguir. Me convertí en uno más de los pabellones mentales de la ciudad por ese periodo de tiempo, experimenté muchas cosas, y vi y escuché más sobre el trato que recibe esta clase desamparada de nuestra población, y cuando ya había visto y escuchado suficiente, mi liberación fue conseguida rápidamente. Dejé el pabellón mental con placer y remordimiento: placer porque volvía a disfrutar del aire fresco del cielo; remordimiento porque no pude traerme conmigo a algunas de las mujeres desafortunadas que vivieron y sufrieron conmigo, y quienes, estoy convencida, estaban tan cuerdas como yo lo estaba y estoy.
Pero permítanme decir algo: desde el momento en que entré en el pabellón mental de la Isla, no hice nada por asumir el rol de la locura. Hablaba y actuaba justo como lo hago en mi vida ordinaria. Sin embargo, por extraño que sea decirlo, entre más cuerda hablaba y actuaba se me veía como más loca, excepto por ese médico, cuya bondad y formas atentas no podré olvidar pronto.
[1] Se refiere de manera abreviada a The New York World
No importó cuántas veces preguntaron la señora Bennet y sus hijas, nadie pudo extraerle al señor Bennet una descripción satisfactoria del señor Bingley. Lo intentaron haciendo preguntas directas, suposiciones ingeniosas e incluso conjeturas distantes; el señor Bennet evadió con maestría cada uno de sus intentos hasta que finalmente se resignaron a aceptar información de segunda mano de su vecina: Lady Lucas. El reporte que les dio fue altamente favorable. Sir William, su esposo, estaba encantado con el señor Bingley, quien fue descrito como joven, extraordinariamente guapo, enormemente agradable y, para el deleite de las hermanas, pretendía asistir al siguiente baile acompañado por numerosas personas. ¡Nada podía ser más encantador! El gusto por el baile era sin duda un paso hacia enamorarse, y así comenzaron a surgir animadas esperanzas de que el corazón del señor Bingley pudiese ser capturado.
-Si tan solo pudiera ver a una de mis hijas felizmente establecida en Netherfield -dijo la señora Bennet a su esposo- y a las demás igualmente bien casadas, no tendría ya nada más que desear.
Algunos días después, el señor Bingley devolvió la visita del señor Bennet y se sentó con él durante diez minutos en su biblioteca. Había tenido esperanzas de poder conseguir echarle un vistazo a alguna de las jóvenes, pues había escuchado hablar de su belleza, pero tan solo vio a su padre. Las muchachas fueron un poco más afortunadas que él, pues tenían la ventaja de haber visto desde una ventana que usaba un abrigo azul y que tenía un caballo negro.
Poco después de la visita, se le mandó una invitación para cenar y la señora Bennet no tardó ni un segundo en planear todos los platillos que seguramente la presentarían como una excelente ama de casa, pero la respuesta que llegó de Netherfield no fue tan favorable como se había esperado. El señor Bingley se veía obligado a ir a la ciudad el día siguiente y, por consiguiente, se veía en la pena de rechazar el honor de ser invitado a cenar etc.La señora Bennet se desconcertó bastante por esa respuesta, pues no podía imaginar qué asuntos podía tener el señor Bingley a tan pocos días de su llegada a Hertfordshire y comenzó a temer que nunca se fuese a asentar apropiadamente en Netherfield por andar yendo y viniendo de un lado para otro. Lady Lucas apaciguó un poco sus miedos al plantear que quizás había ido a Londres a reunir un grupo grande de personas para el baile y pronto se esparció el rumor de que el señor Bingley pensaba llevar a la fiesta a doce damas y siete caballeros. Las chicas se afligieron al enterarse de ese rumor, pues el número de damas que presuntamente acompañarían al señor Bingley era demasiado grande, pero un día antes de la fiesta se esparció otro rumor que constataba que en lugar de doce damas, era un grupo de seis personas el que lo acompañaba desde Londres: sus cinco hermanas y un primo.
Y cuando el señor Bingley y sus acompañantes llegaron a la reunión, resultaron ser en total tan solo cinco: el señor Bingley, sus dos hermanas, el esposo de la mayor y otro hombre joven.
El señor Bingley era guapo y caballeroso, tenía un semblante agradable y modales sencillos y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas con un aire de indudable elegancia, mientras que cuñado, el señor Hurst casi no parecía un caballero. Fue su amigo, el señor Darcy, quien pronto atrajo la atención de todos los presentes gracias a su porte elegante, sus atractivas facciones, su figura alta y su noble semblante, y cinco minutos después de que hubiese entrado a la habitación, corrió el rumor de que ganaba diez mil libras al año. Los caballeros aseguraban que era un hombre de mucha clase y las mujeres declaraban que era mucho más apuesto que el señor Bingley. Durante la mitad de la velada, se le miró con gran admiración, hasta que sus modales causaron un grave desaire que arruinó su popularidad: se descubrió que era orgulloso, que se sentía por encima no solo de todos los demás, sino también del ambiente de la fiesta y no intentaba disimular su falta de complacencia con todo lo que lo rodeaba, entonces ni siquiera su enorme propiedad en Derbyshire pudo salvarlo de parecer odioso y desagradable, o de ser visto como indigno de ser comparado con su amigo.
El señor bingley, por otro lado, tardó poco en trabar amistad con las principales personas de la habitación, era animado y se presentaba sin reservas, bailó cada pieza, se mostró enojado de que la fiesta terminara tan pronto e incluso habló de organizar él un baile en Netherfield. Sus cualidades amigables hablaban por sí mismas ¡Qué contraste entre él y su amigo! El señor Darcy había bailado tan solo una vez con la señora Hurst y una vez con la señorita Bingley, después había rechazado cada intento de que se le presentara a alguien para bailar y pasó el resto de la velada caminando por la habitación, hablando ocasionalmente con alguien de su grupo de amigos. Su carácter había sido desentrañado: era el hombre más orgulloso y desagradable del mundo y todos esperaban que jamás fuese a volver a ser visto por ahí nuevamente. Entre sus más violentos detractores se encontraba nada más y nada menos que la señora Bennet cuyo disgusto hacia el caballero se había convertido rápidamente en resentimiento por haber desairado a una de sus hijas.
Elizabeth Bennet se había visto obligada, debido a la escasez de caballeros,a permanecer sentada durante dos piezas y en una de esas ocasiones, el señor Darcy había estado parado lo suficientemente cerca de ella como para permitir que Elizabeth escuchara una conversación entre él y el señor Bingley, quien se había escapado brevemente de la pista de baile para presionar a su amigo a unirse a él en el baile.
-Ven, Darcy -dijo él- debes bailar. Odio verte parado ahí solo y con esta actitud tan estúpida. Sería mucho mejor que vinieras a bailar.
-Definitivamente no lo haré. Ya sabes cuánto detesto bailar a menos que sea con alguien a quien conozco, lo cual es imposible en esta fiesta. Tus hermanas ya están bailando y no hay ninguna otra mujer aquí a quien no me parecería una tortura aguantar.
-No seas tan fastidioso -le recriminó el señor Bingley- ¡Por todos los cielos! Por mi honor, que nunca he conocido en toda mi vida a muchachas tan agradables como las que hay en esta fiesta, y hay varias de ellas que son impresionantemente hermosas.
-Estás bailando con la única chica bonita en toda la habitación -dijo el señor Darcy viendo a la mayor de las Bennet.
-¡Oh! Es la criatura más hermosa que he visto jamás. Pero hay una de sus hermanas sentada ahí, justo detrás tuyo, que es muy bonita y me atrevo a decir que bastante agradable también. Permite que le pida a mi compañera de baile que te la presente.
-¿A quién te refieres? -y volteó para ver a Elizabeth hasta que ella le regresó la mirada, al retirar la vista de ella dijo fríamente- es tolerable, pero no lo suficientemente hermosa como para tentarme. No estoy en humor de tener como compañía a alguien que ha sido despreciada por los otros hombres. Será mejor que regreses con tu compañera de baile y que disfrutes sus sonrisas, pues pierdes el tiempo conmigo.
Mr. Bingley siguió su consejo y el señor Darcy continuó merodeando por el salón, dejando a Elizabeth con sentimientos poco cordiales hacia él. Sin embargo, cuando contó la historia a sus amigas, lo hizo con mucho humor, pues tenía un carácter juguetón que se regocijaba en encontrar cosas graciosas o ridículas.
La velada fue, casi por completo, bastante agradable para toda la familia. La señora Bennet había visto a su hija mayor ser bastante admirada por el grupo de Netherfield. El señor Bingley había bailado con ella dos veces y sus hermanas se habían llevado bien con ella. Jane estaba tan complacida por eso como su madre, aunque demostraba su emoción de una forma mucho más reservada. Elizabeth sintió la felicidad de Jane y se alegró con ella. Mary había escuchado que alguien la había llamado frente a la señorita Bingley, la muchacha más culta del vecindario y Catherine y Lydia habían tenido la fortuna de haber bailado cada pieza, lo cual era todo por lo cual se preocupaban en un baile. Regresaron, entonces, con un ánimo elevado a Longbourn, el pueblo donde vivían y del cual eran los principales habitantes. Encontraron al señor Bennet despierto todavía, pues siempre perdía la noción del tiempo cuando leía, aunque en esta ocasión, había esperado despierto su regreso, pues tenía bastante curiosidad de los eventos sucedidos en la velada y se había formado, gracias a la emoción de su esposa e hijas, expectativas bastante altas de la fiesta. Había esperado que la opinión que había tenido su esposa del señor Bingley antes de la fiesta hubiese sido defraudada, pero pronto descubrió que tenía una historia distinta que escuchar.
-¡Oh, mi querido señor Bennet! -dijo al entrar a la habitación- acabamos de tener la velada más exquisita, el baile más excelente. Ojalá hubieses estado ahí. Jane fue tan admirada, nadie se le pudo comparar. Todos dijeron lo bonita que se veía y ¡el señor Bingley la encontró tan hermosa que bailó con ella dos veces! Piensa en eso, querido, ¡bailó con ella dos veces! Fue la única en toda la fiesta con quien volvió a bailar. Primero se lo pidió a la señorita Lucas ¡Me estremecí tanto al verlo parado junto a ella! Pero no la admiró ni un poco, ya sabes que nadie lo hace, y justo en esa pieza se quedó anonadado cuando vio a Jane entrar a la pista de baile. Preguntó quién era ella, logró que los presentaran y le pidió que bailara con él el baile que seguía de ese. Luego bailó con la señorita King, después con Maria Lucas, después nuevamente con Jane, luego con Lizzy y el boulanger-
-¡Si hubiese tenido cualquier tipo de misericordia por mí -, la interrumpió su esposo con impaciencia- no habría bailado tanto! Por Dios, ya no me hables de sus compañeras de baile, ¡ojalá se hubiese torcido el tobillo!
-Oh, querido, estoy completamente encantada con él. ¡Es excesivamente guapo! Y sus hermanas son mujeres encantadoras. Nunca en mi vida he visto nada tan elegante como sus vestidos. Me atrevo a decir que el encaje del vestido de la señora Hurst-
En ese momento fue interrumpida nuevamente por el señor Bennet quien protestó ante cualquier descripción de atuendos. Se vio obligada, entonces, a buscar otro tema de conversación y relató, con mucha amargura y exageración, la sorprendente rudeza del señor Darcy.
-Pero te aseguro -añadió- que Lizzy no pierde nada al no ser de su agrado, pues es el hombre más horrible y desagradable del mundo y no vale la pena intentar complacerlo. ¡Era tan orgulloso y engreído que resultaba insoportable! ¡Caminaba de un lado para otro sintiéndose la gran cosa! ¡No es lo suficientemente guapo como para que alguien quisiera bailar con él! Ojalá hubieses estado ahí, querido, así habrías podido dado una merecida lección. Detesto a ese hombre.
Tierra Adentro: El asesinato de Qasem Soleimani ha desatado una discusión virtual sobre una posible Tercera Guerra Mundial. Al margen de que ello ocurra, ¿cuán acertado es decir que esa es la dimensión del conflicto?
Javier Buenrostro: Sobre si estamos al borde de una Tercera Guerra Mundial, me parece que la respuesta es definitivamente no. Si bien es cierto que Soleimani era el segundo o tercer hombre más importante de Irán, a Irán no le conviene entrar en una escalada de violencia. Irán vive una crisis económica derivada de los embargos y bloqueos que les ha impuesto Estados Unidos.
Además, en la política nacional, el pueblo iraní lleva dos años muy molesto con su gobierno. La crisis económica es fuerte, la inflación y la carestía son claras y rampantes. La gente no está contenta con el gobierno, no hay un verdadero respaldo popular.
Entrar en una guerra en este momento implicaría que estas condiciones económicas se recrudecerían. El más afectado sería el gobierno de Hasán Rohaní. Podría haber sublevaciones populares, muchas más protestas de las que ya hay. Pondría en jaque al propio gobierno, aunque los iraníes estén molestos con Estados Unidos. Entrar en una guerra los llevaría a una espiral de violencia, carestía y dificultades económicas. El gobierno de Irán no se lo puede permitir.
Históricamente, Irán ha sido cauteloso, estratégico, pragmático, ha sabido tensar la cuerda pero también ha sabido aflojarla en los momentos de mayor tensión. Hay que recordar lo que sucedió en mayo y junio pasado con el Estrecho de Ormuz, que elevó también las tensiones entre Irán, Arabia Saudita, Estados Unidos y Reino Unido. Supieron salir de esa situación tensando y aflojando la cuerda.
Varios miembros del gobierno (Rohaní, el ayatola Alí Jamenei) han declarado que sí habrá un ajuste de cuentas, pero que no será inmediato, y eso descarta la idea de una Tercera Guerra Mundial.
Aunque en Estados Unidos hay unanimidad para condenar a la figura de Soleimani, los demócratas no quieren hacerle el juego a Donald Trump en este caso. Los senadores Elizabeth Warren y Bernie Sanders ya declararon que a Estados Unidos no le conviene entrar en una guerra directa o escalar la violencia, y que deberían evitar esa confrontación a toda costa.
Como Estados Unidos vive el proceso del impeachment y la elección de 2020, todo pasará por cuánto pueda salir perjudicada la imagen de Donald Trump. Los demócratas no quieren hacer nada a nivel local o internacional que implique un apoyo a Trump y que su figura se fortalezca.
TA: Nos gustaría que no hablaras un poco de Qasem Soleimani. En la prensa de Estados Unidos se le describe como “implacable” y “sangriento”, sin embargo su reputación es altísima en Irán. ¿Cuál sería una valoración correcta de Soleimani?
JB: Es cierto que en Estados Unidos se le describe como sangriento, como un asesino, mientras que en Irán su popularidad entre la gente es muy alta. Esto no es una contradicción. Soleimani es un militar, un hombre de guerra. Por ello quienes sufrieron su dureza lo juzgarán como un asesino. Para los iraníes es visto como un héroe, como quien defendió a toda costa el proyecto de la Revolución Islámica.
Un balance sería que, como todo hombre metido en la guerra, sea estadounidense, iraní, mexicano, libanés o argentino, es un hombre de claroscuros. Las funciones militares a cumplir implican violencia, fuerza, arrebatar, aplastar, asesinar. Pero me parece que Soleimani era un hombre pragmático. Sabía cuándo ir a la guerra, sabía cuando entrar en negociaciones, incluso sabía cuando entrar en negociaciones con los enemigos, como con Estados Unidos.
Hay que recordar que mucha de política para derrotar al Estado Islámico pasó por las manos y la cabeza de Soleimani. Finalmente, junto a Bashar El Assad y Rusia, fueron quienes pusieron los hombres y las estrategias, y quienes ayudaron a Estados Unidos a derrocar al Estado Islámico. Se ayudaron mutuamente en esa ocasión, pues el Estado Islámico representaba un peligro no solo para Estados Unidos, sino también para Irán. Soleimani no tuvo empacho en unir su mente, su estrategia y su fuerza militar con los estadounidenses.
¿Por qué la popularidad de Soleimani? Soleimani es un hijo de campesinos, nacido en la pobreza, con instrucción de hasta quinto de primaria. A los doce años empezó a trabajar para ayudar a sus padres. Fue un hombre que se hizo a sí mismo. Antes de la Revolución Islámica, empezó a hacerse religioso. Encontró en la religión un soporte para su vida, y para cuando llegó la revolución él ya era un convencido del islamismo de Jomeini. Participó en los primeros años de gobierno, uniendo las fuerzas de las guardias revolucionarias para contrarrestar los intentos de asesinato contra Jomeini y los movimientos contrarrevolucionarios.
Por eso era una figura muy popular del régimen. Era un hombre convencido de la religión, convencido del papel de Irán, de la revolución islámica. Entendió desde el principio el papel que tenía que jugar para ayudar a Irán, el papel de hombre fuerte, de estratega militar.
Durante los ochenta, en las incursiones de la guerra Irán-Irak, era un personaje que iba al frente de las misiones. Aunque esta sea una imagen idealizada, lo que se dice y la gente cree es que no estaba detrás de su escritorio mandando hombres a la guerra, sino que era alguien al frente de batalla, que participaba activamente. Esto le hizo ganarse una reputación entre su gente y subordinados.
Soleimani se volvió más popular en 2002 y 2003, debido a la guerra de Estados Unidos con Irak, con sus intervenciones al frente de la política militar exterior de Irak. Por su carácter religioso y afable, se dice que ayudaba mucho a las familias de los soldados muertos, de los compañeros muertos en acción, y se ganó la reputación de compañero de armas solidario, sensible a los muertos, leal. Incluso algunas fuentes lo describen como un filósofo, un asceta, una figura mística, algo difícil de encontrar en un militar.
Es más fácil encontrar al hombre fuerte, pero estos hombres fuertes tienen claroscuros que los llevan a ser figuras más contradictorias. Aunque él también fuera fuerte y con claroscuros, se forjó toda una imagen de él como leal, místico, religioso, con una vida ascética, y eso, en un país religioso como Irán, tiene una connotación alta de estima y valor.
Es difícil hacer un juicio exacto, equilibrado, Soleimani es un hombre de guerra que fue implacable y duro, pero también supo negociar y, en otros casos, con los suyos, mostró compasión y lealtad, y es lo que le valoran el pueblo iraní y los líderes religiosos.
TA: Una de las cosas que más se ha mencionado es que no hay un plan detrás del asesinato de Soleimani, ¿existe un plan imaginable o efectivamente solo puede tratarse de una acción sin sentido?
JB: Me parece que sí hay un plan. Hay versiones de un intento de asesinato de hace un año. A él no le importo, y por ello su reputación en Irán. Una figura heroica que, aunque estaba en la mira, no le importaba haber pasado de las sombras a la luz, y que estuvo en confrontación directa con Estados Unidos.
Hay un interés y un plan de Estados Unidos, lo que no sabe del todo es cómo va a reaccionar el adversario. Pero lo que quería el gobierno de Estados Unidos era que, en medio del impeachment y en plena carrera presidencial, Trump apareciera como un líder que salvaguarda los intereses estadounidenses, un patriota; para ello durante su carrera ha elegido dos blancos preferidos: Irán y México. Aunque tiene abiertas dificultades con Rusia, y aliados como Francia y Alemania, Irán y México han ocupado el lugar primordial de su narrativa.
México ha sabido sortearlo, el presidente, López Obrador, y el canciller, Marcelo Ebrard, han sabido mantener buenas relaciones. Irán también ha sabido sortearlo, pero con más costos económicos, por los embargos y los bloqueos. El propósito de Estados Unidos es salvaguardar la imagen de Trump en tiempos del impeachment y la carrera electoral. Sabiendo que, antes las dificultades económicas, Irán no iba a responder de una manera abierta.
Habra represalias, dificultades y complicaciones, pero también queda lugar para las negociaciones.
TA: ¿Cómo podría alterar el equilibrio de poder en la región? ¿Cómo cambia la relación de Estados Unidos con Rusia, la otra potencia implicada en la región?
JB: Por el momento no hay grandes cambios. Evidentemente no es algo que les agrade a China y Rusia; Irán ya se había acercado a ambos países y ya habían hecho maniobras militares conjuntas. Mi expectativa es que, como ni siquiera Irán dará una respuesta directa, ellos tampoco lo harán, ni tampoco les interesa empujar a Irán a que tome ese tipo de decisiones.
Se verá en la ONU, China seguirá presionando por el lado económico, cuanto le convenga; Rusia hará algo similar. Lo harán para minar la fuerza de Estados Unidos en los organismos internacionales y en los tratados económicos.
Quienes me parece que sí sufrirán consecuencias, son los aliados de Estados Unidos en la región: Arabia Saudita e Israel. Especialmente Arabia Saudita. Podrían revivirse las tensiones en el Estrecho de Ormuz, que se complique la situación de los cargueros que salen del golfo, podría provocar un alza del precio del petróleo.
TA: El gobierno de Irán aseguró que vengará la muerte de Soleimani. ¿Qué tipo de respuesta podría esperarse? ¿Directa o por-proxi?
JB: Soleimani fue una figura del poder durante dos décadas, para algunos el segundo hombre más fuerte del país, más que el presidente, solo después de los Ayatolas, por eso que dijeran que vengarían su muerte es algo esperado, una cuestión de honor nacional.
No es momento para entrar en una guerra directa con Estados Unidos. Esperarán para vengarse. Lo que sí puede suceder es que Irán abandone el acuerdo nuclear, las complicaciones en el estrecho de Ormuz, y una guerra asimétrica e híbrida o, como se decía en la guerra fría, las proxi-wars. Esto en el territorio de Irak, donde ocurrió el asesinato.
Las milicias chiitas que controlaba Irán en Irak, y que influyen mucho en el gobierno de Irak, podrían enfrentarse a las fuerzas estadounidenses que siguen en el país. Lo mismo podría pasar en Afganistán. En Líbano podría aumentar el financiamiento a grupos como Hezbolah.
Dentro de las represalias podría haber guerras asimétricas, especialmente en los territorios donde es importante la comunidad chiita: Siria, Líbano, pero sobre todo Irak, de donde Estados Unidos tendrá que sacar a sus fuerzas, pues si los deja seguramente tendrán muchas bajas.
TA: ¿Qué efecto podría tener el ataque en la política de Estados Unidos?
JB: La política exterior de Estados Unidos es una extensión de la política interior. Es común que cuando un presidente de Estados Unidos sufre de popularidad, abra un frente en el extranjero para hacer un llamado a la unidad nacional. Trump desde el principio lo ha intentado para presentarte como un patriota.
No se irá a una confrontación directa, pues sería muy costoso y es algo que no quieren apoyar los demócratas. No les conviene tampoco a los republicano, pues la imagen de Trump podría desgastarse de manera paralela al impeachment.
Hay un reflejo directo, una incidencia directa, hay un asesinato de una figura importante, pero esto no nos llevará a una guerra convencional, ni a la histeria colectiva de la tercera guerra mundial. Se ha movido una pieza del ajedrez, pero lo que provocará son negociaciones.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Había cinco de ellos.
Cinco mensajeros sentados en una banca afuera del convento en la cima del Gran San Bernardo, en Suiza, observando las remotas cumbres pintadas por la puesta de sol como si una gran cantidad de vino tinto se hubiera derramado sobre la cima de la montaña y no hubiese tenido tiempo todavía de hundirse en la nieve.
Esta no es mi sonrisa. Fue hecha para la ocasión por el más robusto de los mensajeros, que era alemán. Ninguno de los otros prestó mas atención a ello de lo que me prestaron a mí, sentado en una banca en el lado opuesto de la puerta del convento, fumando un cigarro como ellos y —también como ellos— observando la nieve rojiza y la desgastada cabaña de la cual los viajeros atrasados lentamente se desvanecían ignorantes de los vicios de esa gélida región.
El vino de la cima fue absorbido bajo nuestra mirada; la montaña se volvió blanca; el cielo, de un color azul profundo; el viento sopló con fuerza; el aire se tornó helado. Los cinco mensajeros se abotonaron las chaquetas. No habiendo un mejor ejemplo de persona a imitar que aquellos mensajeros, abotoné la mía.
La montaña durante la puesta de sol había interrumpido la conversación de los cinco mensajeros. Era una vista sublime que fácilmente detendría una conversación. Ahora que la puesta de sol había terminado, volvieron a hablar. No es que yo hubiera escuchado nada de su charla previa, pues en ese momento todavía no había partido del caballero americano en la sala de viajeros del convento, que con la mirada hacia el fuego me había contado la serie de eventos que llevaron al honorable Ananias Dodger a una de las más grandes adquisiciones de dólares que se hayan hecho en nuestro país.
—¡Por Dios! —dijo el mensajero suizo, hablando en francés, que no considero (como muchos autores al parecer lo hacen) una excusa valida para expresar malas palabras y solo tener que escribirlas en ese lenguaje para hacerlo parecer inocente— Si hablas de fantasmas, entonces…
—Pero no hablo de fantasmas —dijo el alemán.
—¿De qué hablas entonces? —preguntó el suizo.
—Si supiera de qué hablo —dijo el alemán—, probablemente sería un hombre mucho más sabio.
Era una buena respuesta, pensé, y despertó mi curiosidad. Así que me moví hacia la orilla de la banca que estaba más cercana a ellos y reposando mi espalda contra la pared del convento pude escuchar perfectamente lo que decían sin tener que estar allí.
—¡Rayos y centellas! —dijo el alemán— Cuando un hombre va a buscarte de forma inesperada y, sin él estar consciente de ello, manda a un mensajero invisible a poner su presencia en tu mente durante todo el día, ¿cómo le llamas a eso? Cuando caminas por una calle concurrida —en Frenkfurt, Milan, Londres, Paris— y piensas que aquel extraño es parecido a tu amigo Heinrich, y aquel otro extraño es similar a tu amigo Heinrich, y comienzas a tener el presentimiento de que verás a tu amigo Heinrich, cosa que sucede, a pesar de que tu pensabas que él estaba a en Trieste, ¿cómo le llamas a eso?
—No es algo poco común —murmuró el suizo y los otros tres.
—¿Poco común? —dijo el alemán— Es tan común como las cerezas en la selva negra. Es tan común como los macarrones en Nápoles. Y hablando de Nápoles, cuando la vieja marquesa Senzanima se lamenta por una carta, durante una fiesta en Chiaja, y yo lo sé porque la escuché y la vi, pues sucedió en una familia bávara mía y yo estaba a cargo del servicio esa noche. Cuando la vieja marquesa se levanta de la mesa de cartas, con el rostro blanco y grita “¡Mi hermana en España está muera! ¡Sentí su tacto helado en mi espalda!” y resulta que esa hermana realmente muere en ese momento, ¿cómo le llamas a eso?
—O cuando la sangre de San Gennaro se vuelve liquida por deseo del clérigo, como todos sabemos que lo hace regularmente una vez al año en mi ciudad natal —dijo el mensajero Napolitano tras una pausa y con una expresión burlona—, ¿cómo le llamas a eso?
—¡Eso! —dijo el alemán—. Bueno, aunque yo sé cómo se le llama a eso.
—¿Un milagro? —dijo el napolitano con la misma expresión de burla.
El alemán solamente fumo su cigarro y echó a reír; y todos rieron y fumaron.
—¡Tonterías! —dijo el alemán— Yo hablo de cosas que realmente suceden. Cuando voy a ver a un brujo, pago por ver a uno profesional y que valga lo que estoy pagando. Cosas muy extrañas suceden sin necesidad de fantasmas. Giovani Baptista, cuenta tu historia de La novia inglesa. No hay ningún fantasma en ella, pero si que hay algo extraño. ¿Podrá alguien explicarlo?
Se hizo silencio entre ellos. Mire alrededor. Aquel que asumí que era Baptista encendía un cigarrillo y procedió a hablar. Era genovés, tal como deduje.
—¿La historia de La novia inglesa? —dijo él— ¡Basta! No se le debe llamar algo tan insignificante como una historia. Bueno, puede que lo sea, pero es una verdadera. Obsérvenme con atención, caballeros, es verdadera. No todo lo que brilla es oro, sin embargo, lo que estoy a punto de contarles es verdadero —repitió.
Repitió esto en más de una ocasión.
—Hace diez años, presenté mis credenciales a un caballero inglés en el Hotel Long, en Bond Street, Londres, que estaba por emprender un viaje. Tenía pensado en un viaje de uno o dos años. El caballero aprobó mis antecedentes y mí persona. Estuvo complacido de entrevistarme. Las referencias que tuvo de mí fueron muy favorables. Me contrató por seis meses y mi servicio fue satisfactorio.
Él era joven, apuesto, muy feliz. Estaba enamorado de una bella y joven dama inglesa con una fortuna abundante y estaban prometidos. Ese era el viaje de luna de miel que iban a hacer, para el que me contrataron. Por un plazo de tres meses durante la temporada de calor (eran inicios del verano en aquel entonces) rentó una vieja casa en la Riviera, a poca distancia de mi ciudad, Génova, en la carretera hacia Nice. ¿Que si conocía aquella casa? Sí, le dije que la conocía bien. Era una vieja casa con grandes jardines. Estaba algo vacía y era un poco oscura y deprimente al estar rodeada de árboles; pero era espaciosa, antigua, imponente y estaba cerca de la costa. Él dijo que se la habían descrito exactamente de esa manera y que estaba complacido de que la conociera tan bien, Respecto a que estaba vacía, ese era la situación general de los lugares de alquiler. Respecto a lo oscuro, la había rentado específicamente por los jardines y para que la dama pasara el verano en su sombra.
—¿Entonces, todo va bien, Baptista? —dijo él.
—Sin duda, signore; excelente.
Teníamos un carruaje para viajar recién fabricado y muy completo en todos los aspectos. Todo lo que teníamos estaba muy completo; no necesitábamos nada. El matrimonio tuvo lugar. Ellos estaban felices. Yo estaba feliz viendo el alegre panorama, estando en un lugar tan bien situado, yendo a mi propia ciudad, enseñándole mi lengua a la sirvienta, la bella Carolina, cuyo corazón rebozaba alegría: que era joven y sonrosada.
El tiempo voló.
Pero observé, escuchen esto, se los pido (y aquí el mensajero bajó la voz); observé que la señora melancólica y actuando de manera muy extraña; como si estuviera asustada; como si fuera infeliz; con una nebulosa incertidumbre. Creo que lo empecé a notar cuando caminaba colina arriba junto al carruaje y el señor se había adelantado. Recuerdo que quedó plasmado en mi memoria una noche que estábamos en el sur de Francia, cuando la señora me llamó para que le hablara al amo para que regresara; y cuando regresó y camino un lago tramo, le hablo con afecto, con su mano sobre agarrando la suya en la ventana. De vez en cuando se reía alegremente como burlándose inocentemente de ella por algo. Al cabo de un rato, ella comenzó a reír y todo estuvo bien una vez más.
Tenía curiosidad. Le pregunté a la bella Carolina, la hermosa solitaria, si la señora se encontraba bien.
—No.
—¿Decaída?
—No.
—¿Asustada de los caminos o los bandidos?
—No.
Y lo que lo hizo todavía más misterioso era que la pequeña hermosa no me miraba a los ojos cuando me respondía y se quedaba viendo al paisaje.
—Si en verdad quieres saberlo —dijo Carolina—, por lo que he escuchado, creo que la señora está siendo atormentada.
—¿Atormentada por qué?
—Por un sueño.
—¿Qué sueño?
—Soñó con un rostro. Durante tres noches antes de su matrimonio vio un rostro en un sueño, siempre el mismo rostro, el único.
—¿Un rostro terrible?
—No. El rostro de un hombre de rostro oscuro y apariencia agradable, con cabello negro y bigote gris; un hombre atractivo con la excepción de que tenia un aire secreto y reservado. Era un rostro que ella nunca había visto, ni siquiera similar a ninguno que haya visto. No hacía nada en su sueño, excepto verla fijamente a través de la oscuridad.
—¿Ha vuelto a tener ese sueño?
—Nunca. Es el recuerdo el que la atormenta.
—¿Y por qué la atormenta?
Carolina movió la cabeza para mostrar su desconcierto.
—Esa respuesta solo la sabe el señor de la casa —dijo la bella—. Ella no lo sabe. Se pregunta la razón. Pero la he escuchado decirle, apenas la noche anterior, que si llegara a encontrar una foto de esa cara en esta casa italiana (que teme lo hará) no sabe si podría soportarlo.
Doy mi palabra de que después de escuchar esto me encontraba temeroso (dijo el mensajero Genovés) de nuestra visita al viejo palazzo y que algún inoportuno cuadro pudiera estar allí. Sabía que había muchos cuadros y a la vez que nos acercábamos al lugar desee que la galería completa cayera dentro del cráter del monte Vesubio. Para hacer peor el asunto, era una noche tormentosa y lúgubre. Los truenos resonaban; y los truenos en mi ciudad y sus alrededores son muy ruidosos. Los lagartos corrían adentro y afuera de las grietas en el muro de piedra roto del jardín asustados; las ranas burbujeaban y croaban tan fuerte como podían; el viento proveniente del mar rugía y los arboles se tambaleaban, ¡y los rayos! Por san lorenzo, ¡los rayos!
Todos sabemos cómo es un viejo palacio de Génova y sus alrededores; cómo el tiempo y el mar lo han asediado; cómo el tapizado de las paredes exteriores se ha ido cayendo en grandes trozos; cómo las ventanas del piso inferior se han ennegrecido con los oxidados barrotes de hierro; cómo los otros edificios han quedado devastados; como todos parecen estar destinados a la ruina. Nuestro palazzo era realmente único en su tipo. Había estado cerrado por meses. ¿Meses? Mejor dicho, años; emanaba un olor a tierra, como una tumba. El aroma de los arboles de naranja en la terraza, los limones madurando en la pared y los arbustos que crecían alrededor de la fuente rota habían entrado de alguna manera a la casa y nunca habían logrado salir de nuevo. Había, en todos los cuartos, un olor a viejo que había amainado con el confinamiento. Impregnaba todos los muebles. En los cuartos más pequeños que servían de pasajes para los más grandes, el olor era abrumador. Si volteabas un retrato, hablando una vez más de retratos, allí se mantenía el olor, aferrándose a la pared detrás del marco, como una especie de murciélago.
Las cortinas estaban cerradas por toda la casa. Había dos viejas y horribles mujeres en la casa para cuidar de ella, una de ellas con un huso, que se mantuvo en el umbral merodeando y murmurando y que primero hubiera dejado entrar al diablo que al aire. El señor, la señora, la bella Carolina y yo entramos al palazzo. Yo entré primero, a pesar de que me he nombrado al último, para abrir las ventanas, las cortinas y sacudirme las gotas de lluvia, los trozos de argamasa y uno que otro mosquito despistado, o una monstruosa, gorda y moteada araña genovesa.
Cuando deje entrar la luz de la noche a uno de los cuartos, el señor, la señora y la bella Carolina entraron. Entonces revisamos todos los cuadros y seguimos a otra habitación. La señora secretamente estaba aterrada de encontrarse con el rostro que había soñado, todos lo temíamos; pero no encontramos tal cosa. La Madonna y el Bambino, San Francisco, San Sebastiano, Venus, Santa Caterina, ángeles, bandidos, templos al atardecer, batallas, caballos blancos, bosques, apóstoles y perros. ¿Todos mis viejos conocidos repetidos una y otra vez? Sí. ¿Un hombre oscuro, atractivo, vestido de negro con un aire reservado y secreto con cabellos negro y bigote gris? No.
Por fin terminamos de revisar todos los cuartos y pinturas y salimos al jardín. Se habían mantenido en un estado decente cuidados por un jardinero y habían crecido largos y sombríos. En cierto lugar había un rustico teatro al aire libre; el escenario era una pendiente verdosa; los bastidores, tres entradas en uno de los lados, pantallas de hojas de olor dulce. La señora buscaba con sus ojos brillantes incluso allí como si esperara que apareciera el rostro en el escenario; pero todo salió bien.
—Ahora, Clara —dijo es señor en voz baja—, ¿ves que no hay nada? Eres feliz.
La señora se sintió entusiasmada. Rápidamente se acostumbró al sombrío palazzo y cantaba, tocaba el arpa, copiaba viejas pinturas y paseaba con el señor bajo los verdes árboles y las parras todo el día. Ella era hermosa. Él era feliz. Acostumbraba reír y decirme, cuando montaba a caballo durante su paseo matutino antes de que comenzara el calor:
—¿Todo va bien, Baptista?
—Si, signore, gracias a Dios, muy bien.
No teníamos mayor compañía. Yo llevé a la bella al Duomo y la Annnunciata, al café, a la ópera, a la festa de la aldea, al jardín público, al teatro, al Marionetti. La pequeña hermosa estaba maravillada con todo lo que veía. Aprendió italiano (¡Milagro!). ¿Acaso la señora había olvidado aquel sueño? Solía preguntarle a Carolina de vez en cuando. “Casi”, decía la bella, “se está desvaneciendo.”
Un día el señor recibió una carta y me llamó.
—¡Baptista!
—¡Signore!
—Un caballero que me han presentado vendrá a comer hoy. Es el Signor Dellombra. Quiero cenar como un príncipe.
Era un nombre peculiar. No conocía el nombre. Pero había muchos nobles y caballeros que habían sido perseguidos por Austria por motivos políticos últimamente y en ocasiones se cambiaban el nombre. Tal vez este caballero era uno de ellos. Al final, Dellombra era para mí un nombre tan bueno como cualquier otro.
Cuando el Signor Dellombra vino a cenar —dijo el genovés en una voz baja que ya había tenido antes—, lo llevé a la sala de estar del viejo palazzo. El señor lo recibió cordialmente y se lo presentó a la señora. Cuando se levantó, su semblante cambió, soltó un grito y cayó en el suelo de mármol
Entonces volteé a ver al Signor Dellombra y observé que estaba vestido de negro, tenía un aire secreto y reservado y era un hombre oscuro de apariencia atractiva con cabello negro y bigote gris.
El señor levantó a la señora en sus brazos y la llevo a su cuarto, a donde yo mande a la bella Carolina inmediatamente. La bella me dijo después que la señora estaba espantada de muerte y que estuvo pensando en aquel sueño toda la noche.
El señor estaba frustrado y ansioso, casi enojado y, sin embargo, lleno de preocupación. El Signor Dellombra era un cabalero cortés y hablaba con gran respeto y simpatía por el estado de salud de la señora. El viento africano había estado soplando por carios días (le habían dicho esto en su hotel de la Cruz de Malta), y sabía que en ocasiones podía resultar perjudicial. Esperaba que la señora se recuperara pronto. Se quiso despedir y dijo que reanudaría su visita cuando recibiera noticias de que la señora se encontraba saludable. El señor no podía permitir esto y terminaron comiendo solos.
Se retiró temprano. EL día siguiente llamó a la puerta sobre su caballo para preguntar por la salud de la señora. Lo hizo dos o tres veces esa semana.
Lo que yo observé, y que la bella Carolina me dijo, sirvió para explicar por qué el señor ahora había puesto su voluntad en curar a la señora de su terror caprichoso. Él era muy amable, pero también sensato y firme. Intentó razonar con ella, bajo el argumento de que dichos caprichos solo la llevaban a la melancolía, si es que no la llevaban a la locura. Que solo estaba en sus manos ser ella misma. Que si lograba resistir su extraña debilidad de forma tan exitosa como poder recibir al Signor Dellombra como una dama inglesa lo haría con cualquier otro invitado, habría conquistado su miedo. Al final, el Signore regresó y la señora lo recibió sin que su angustia fuera evidente (aunque sin perder la precaución todavía) y la tarde paso serenamente. El señor estaba tan complacido con este cambio y tan ansioso por confirmarlo que el Signor Dellombra se volvió un invitado recurrente. Estaba bien versado en pintura, libros y música; y su compañía en ese sombrío palazzo era muy bien recibida.
Llegué a notar en varias ocasiones que la señora aún no se había recuperado. Solía evadir la mirada y bajar la cabeza frente al Signor Dellombra, o lo miraba con terror y fascinación, como si su presencia ejerciera una influencia malvada sobre ella. Pasando de ella a él, solía verlo en los jardines sombríos, o la pobremente iluminada sala de estar, mirando, o, mejor dicho, con los ojos fijos en ella desde la oscuridad. Aunque lo cierto es que no había podido olvidar las palabras de la bella Carolina para describir el rostro del sueño.
Después de su segunda visita escuche al señor decir:
—Ya lo ves, mi querida Clara, ¡se acabó! Dellombra vino y se fue, y tu miedo infundado se resquebrajó como vidrio.
—¿Él… Él volverá a venir otra vez? —preguntó la señora.
—¿Otra vez? Pues claro, ¡una y otra vez! ¿Tienes frío? (Ella tembló).
—No, querido, pero él me aterra. ¿Estas seguro que es necesario que vuelva a venir?
—¡No podría estar más seguro, Clara! —respondió el señor, alegre.
Pero el estaba muy esperanzado con la recuperación de la señora y su esperanza crecía cada día más. Ella era hermosa. Él era feliz.
—¿Todo va bien, Baptista? —me decía.
—Si, signore, gracias a Dios; todo va bien.
Todos estábamos —dijo el mensajero genovés, forzándose a hablar más fuerte—. Todos estábamos en Roma por el carnaval. Yo había estado fuera todo el día con un siciliano amigo mío y también mensajero que estaba allí con una familia inglesa. Cuando regresé a nuestro hotel esa noche, me encontré con la pequeña Carolina, que nunca salía sola de casa, deambulando por el Corso.
—Carolina, ¿qué sucede?
—¡Oh, Baptista! ¡Por el amor de Dios! ¿Dónde está la señora?
—¿La señora, Carolina?
—No está desde la mañana; me dijo, cuando el señor partió en su viaje, que no la molestara, pues estaba cansada por no haber podido dormir bien (estaba adolorida), y que iba a estar acostada hasta la noche y se levantaría refrescada. ¡No está! ¡No está! El señor volvió y tumbó la puerta, pero ella ya no estaba. ¡Mi hermosa, mi benevolente, mi inocente ama!
La pequeña hermosa se quejaba, desvariaba y se desplomaba de tal manera que no la habría podido sostener de no ser porque se desmayó entre mis brazos como si le hubieran disparado. El señor regresó; pero en comportamiento, expresión y voz, no era el amo que yo conocía. Hizo que lo acompañara (dejé a la pequeña recostada en la cama del hotel y la dejé al cuidado de una camarera) en un carruaje, ferozmente a cruzando la oscuridad a través de la desolada Campagna. Cuando se hizo de día y paramos en una posada miserable, nos informaron que todos los caballos habían sido rentados hace doce horas y habían partido en direcciones diferentes. Todo nada más y nada menos que por el Signor Dellombra, que había pasado por allí en un carruaje con una aterrorizada dama inglesa agazapada en un rincón.
No supe —dijo el mensajero genovés tras respirar profundamente— de alguien que la hubiera visto otra vez después de eso. Lo único que sé es que se esfumó en el infame olvido junto con el terrible rostro que había visto en aquel sueño.
—¿Cómo le llamas a eso? —dijo el mensajero alemán, triunfante—. ¿Fantasmas? ¡Allí no hay fantasmas! ¿Cómo le puedes llamar a esto que estoy a punto de contarles? ¿Fantasmas? ¡Aquí no hay fantasmas!
Tomé un trabajo en una ocasión (prosiguió el mensajero alemán) con un caballero inglés, de edad avanzada y soltero, que involucraba viajar a través de mi país, mi patria. El era un mercader que comerciaba en mi país y conocía la lengua, pero que no había estado en él desde que era un niño, que según mi juicio fue hace unos sesenta años.
Su nombre era James y tenía un hermano gemelo llamado John, también soltero. Entre estos hermanos había mucho afecto. Hacían negocios juntos en Goodman´s Fields, pero no vivían juntos. El señor James vivía en Poland Street, esquina con Oxford Street, en Londres; el señor John vivía cerca de Epping Forest.
En ese entonces el señor James y yo habíamos de partir a Alemania en una semana. El negocio dependía de que saliéramos ese día exacto. El señor John vino a Poland Street (donde también me estaba quedando yo) para pasar esa semana con el señor James. Sin embargo, el segundo día de su estancia le dijo a su hermano: “No me siento bien, James. No es algo grave, pero creo que estoy algo gotoso. Me iré a casa y quedaré bajo el cuidado de mi vieja ama de llaves, que entiende mis manías. Si me siento mejor, regresaré para verte antes de que te vayas, si no me siento lo suficientemente bien como para regresar ¿, te pido que pases a verme antes de irte”. El señor James dijo que así lo haría, se despidieron con un apretón de manos —con ambas manos, cómo solían hacerlo— y el señor John pidió que trajeran su viejo carruaje y se apresuró a casa.
Era la segunda noche después de ese día —es decir el cuarto día de aquella semana— cuando me desperté por el ruido del señor James entrando en mi habitación con un camisón de franela y una vela encendida. Se sentó a un lado de la cama y, mirándome, me dijo:
—Wilhelm, tengo razones para pensar que una extraña enfermedad me aqueja.
Fue entonces que percibí una expresión inusual en su rostro.
—Whilhelm —dijo él—, no tengo miedo ni estoy avergonzado de decirte aquello que estaría asustado o avergonzado de decirle a otro hombre. Vienes de un país sensato, donde las cosas misteriosas son investigadas y no se dan por resueltas hasta que son pesadas y medidas, o hasta que se determina que no se pueden pesar ni medir, o en cualquier caso hasta que se han deshecho de ellas, por siempre, después de muchísimos años. Acabo de ver al fantasma de mi hermano.
Debo confesar —dijo el mensajero alemán— que me heló la sangre escuchar esas palabras.
—Acabo de ver —repitió el señor James, mirándome fijamente para que yo me diera cuenta de que hablaba en serio— al fantasma de mi hermano John. Estaba yo sentado en la cama sin poder dormir cuando entró a mi cuarto vestido de blanco y mirándome con seriedad; avanzó hasta el fondo del cuarto, miro unos papeles que estaban en mi escritorio, volteó hacia mí y, mirándome todavía con seriedad mientras pasaba junto a mi cama, salió del curto. Ahora, no creo estar loco y no pienso atribuirle aquella aparición a nada exterior a mi persona. Creo que es una advertencia de que estoy enfermo y que sería conveniente que me sangraran.
Salí de la cama —dijo el mensajero alemán— y comencé a ponerme la ropa, rogándole que no se alarmara y diciéndole que yo iría en persona por un doctor. Me había alistado para salir cuando escuchamos un fuerte golpeteo en la puerta y el timbre sonar. Mi cuarto estaba en el ático la parte trasera de la casa y el del señor James estaba, así que bajamos a su cuarto y miramos por la ventana para ver qué sucedía.
—Es usted el señor James —dijo el hombre que estaba en la pueta, retrocediendo hasta el otro lado de la calle para poder ver la ventana de arriba.
—El mismo —dijo el señor James—, y tu eres el asistente de mi hermano, Robert.
—Sí, señor. Lamento informarle, señor, que el señor John se encuentra enfermo. Está muy grave, señor. Temo que se encuentra en su lecho de muerte. Quiere verlo, señor. Tengo un carruaje esperando. Le ruego que vaya con él. Le ruego que no pierda un segundo.
El señor James y yo nos volteamos a ver.
—Wilhelm —dijo él—, esto es muy extraño. Deseo que me acompañes.
Lo ayudé a vestirse, una parte ahí y lo demás en el carruaje; no creció un centímetro de pasto bajo las herraduras de los caballos entre Poland Street y el bosque.
Tengan en mente —dijo el mensajero alemán— que entré con el señor James a la habitación de su hermano y vi y escuche de primera mano lo que estoy a punto de contarles.
Su hermano estaba postrado en la cama, en el extremo superior de un cuarto alargado. Su ama de llaves se encontraba allí y otras personas también estaban allí: creo recordar que eran otros tres, si no es que cuatro, y habían estado en el lugar desde las primeras horas de la tarde. Vestía de blanco, como la aparición —y con razón pues llevaba su ropa de dormir—. Se veía como la aparición —y con razón, pues también miró a su hermano con seriedad cuando notó que entró al cuarto.
Pero cuando su hermano se paró a lado de la cama, él lentamente se sentó en la misma y viéndolo fijamente dijo estas palabras:
—¡James, me has visto antes, esta misma noche y tú lo sabes!
Y así murió.
Esperé, después de que el mensajero alemán terminó de hablar, para escuchar qué dirían sobre esta peculiar historia. El silencio se mantuvo intacto. Miré a mi alrededor y los cinco mensajeros ya no estaban: habían desaparecido de forma tan silenciosa que la espectral montaña bien pudo haberlos absorbido en su nieve eterna. Para este momento, ya no me encontraba de humor para sentarme solo en aquella horrible situación, con el aire helado soplando con solemnidad sobre mí o, si he de ser honesto, de sentarme solo en cualquier parte. Así que volví a la sala de estar del convento y tras encontrar al caballero americano todavía dispuesto a contarme la historia del honorable Ananias Dodger, la escuché completa.
“El índice Dow Jones cerró el día de hoy a la alza con una ganancia de doscientos treinta y cinco puntos, de 2.3 por ciento. Nasdaq 100 cayó sesenta puntos, lo que equivale a tres por ciento. Las bolsas europeas se mantuvieron a la alza: France 40, 1.2 por ciento; Germany 30, 0.5 por ciento; Ibex 35, 0.9 por ciento.”
Felipe apagó el radio. Se repitió mentalmente los nuevos números para no olvidarlos y, en el primer semáforo, los anotó en la libretita que hacía de copiloto. Había tenido un día desquiciante y solo hasta ese momento, a mitad del tráfico, pudo encapricharse con esos datos inútiles, con esa manía arcaica de hacer las tablas a mano. Volvió a encender el radio, pero ya no prestó atención a los reportes del noticiero.
Llegó a la calle indicada y buscó la casa entre el patrón incomprensible de la numeración. La encontró de inmediato (un golpe de suerte que sus ojos cayeran de ese lado), mimetizada entre dos mansiones igual de viejas y elegantes. Estacionó el coche.
El timbre emitió un quejido y los dedos de Felipe golpearon sus muslos hasta que se abrió la puerta. En el umbral estaba Julia Fernández, la tercera psicóloga con la que Felipe lidiaba en su vida, la primera después de su exasperada adolescencia.
Cruzaron una rápida mirada y después se saludaron:
—¿Felipe?
—Hola, doctora.
—Pasa. Un patio profundo servía de garaje. Del lado derecho estaba la casa. Del lado izquierdo, al fondo, una construcción más pequeña, de dos pisos. Julia se adelantó por el jardín hacia el segundo edificio.
—Está enorme, la casa.
—No es mía. Yo solo rento aquí un espacio. —Era una mujer joven, quizás de la edad de Felipe o un par de años más grande.
Llegaron al fondo del patio en silencio y empezaron a subir por unas escaleras en espiral, ella siempre al frente. Entraron en una pequeña cocineta. Cruzaron una salita hacia otro cuarto lleno de libros, alfombrado, con una silla personal frente a un largo sofá de cuero. Un clásico laboratorio de psicólogo con todos sus elementos en justa disposición: la sala de espera al manicomio.
—Este es mi consultorio —volteó al fin para verlo a través de sus lentes ovalados—. Toma asiento.
Felipe se recostó en el sofá y aprovechó para esconder la mirada en el techo.
—Bueno, Felipe, te escucho.
Tras ella había un gran ventanal por donde entraba la luz de la tarde. Su cabello era ondulado, su rostro pequeño, de contornos redondos y suaves. A contraluz, Felipe no pudo determinar exactamente qué había de extraño en la armonía de sus facciones. Tardó unos segundos en responder.
—De unos meses para acá me cuesta trabajo dormir —ya lo había dicho por teléfono y le parecía trivial repetirlo, aunque entendió que era parte del protocolo—. A veces leo un poco para cansarme, pero últimamente no funciona.
—Entonces el problema es antes de conciliar el sueño —dijo ella mientras tomaba del buró su libretita obligada—. ¿Despiertas por la noche?
—No, no. En realidad duermo muy bien cuando lo logro.
—¿Sucede muy a menudo?
—No sé. Dos veces por semana más o menos. Era extraño que una mujer de su misma edad le hiciera tantas preguntas y él tuviera que conformarse con responder. Hablaron de su trabajo en la empresa, que cada día era más pesado, pero que aún disfrutaba con entusiasmo, del ejercicio que procuraba hacer todas las mañanas, de su vida amorosa más bien inconstante y, finalmente, como si ella lo hubiera buscado desde el principio, llegaron al tema de su familia.
Felipe se quedó en silencio. Miró los títulos en el librero y los olvidó en el acto. Encontró una foto de Julia y se detuvo en ella un momento. Se detuvo, sobre todo, en la ligera torcedura de sus labios dentro de la imagen.
—Si no quieres hablar de ello no hay problema. Era bonita, la torcedura.
—No. Está bien. Mi hermano vive en su casa. Mi madre en la suya, con su hija y su esposo. Yo vivo solo. —Entonces volteó a verla y descubrió esa misma imperfección en su rostro vivo. Ella movió ligeramente los labios. Se los mordía por dentro—. Mi padre está en coma.
Guardaron silencio. Julia se acomodó en el asiento y bajó la libreta a sus muslos cruzados. Después se quitó los lentes, los puso en una mesita a su derecha y se llevó el dedo índice a los ojos, como si se quitara una pestaña. Entre la mesita y la ventana, una planta extendía sus ramos de hojas como manos.
—Hace seis meses fue el accidente. Los médicos creen que tiene alguna posibilidad. La verdad es que ya no va a despertar —y dio un suspiro sincero, natural, como la muerte.
—Lo siento.
—No te preocupes. Solo no quiero hablar más del asunto.
En realidad estaba un poco harto de aquel asedio. Hacía mucho que no hablaba tanto de sí mismo. Solo así se desnudaban los síntomas, ya lo sabía, sin embargo le parecía un ejercicio desgastante y vano.
—Y tú, ¿tienes familia?
—Sí. Sí tengo —Julia sonrió y la torcedura se acentuó en una delicada curva—. Pero no se trata de que tú me psicoanalices a mí, ¿verdad?
—Perdón, perdón —dijo Felipe ampliando la sonrisa—. Supongo que me he desacostumbrado a este tipo de… interacciones… consultas.
—No te preocupes, me parece que es suficiente. —Puso su libreta de notas sobre la mesa y tomó una postura más relajada—. El insomnio puede ser causado por la carga de trabajo y las preocupaciones familiares. Es comprensible. Debe ser un momento muy delicado emocionalmente para ti y tu familia, aunque ya ha pasado un tiempo desde el accidente de tu padre. Intenta reducir tu carga de trabajo, eso servirá. ¿Hay alguna actividad que disfrutes hacer en específico?
La hora de la consulta había terminado y, antes de irse, Felipe le pidió a la psicóloga alguna sugerencia para vencer el insomnio. La receta fue bastante comprensible: regular sus horas de sueño, hacer ejercicio y encontrar alguna actividad relajante. No entendió qué había de malo con sus pasatiempos bursátiles, y prefirió olvidar este último consejo.
Pagó la visita y se levantaron de sus asientos. Julia lo dirigió a la salida, como si Felipe no supiera el camino. Esta vez se tomó el tiempo para verla andar, seguro de que no voltearía.
Conocía mujeres que caminaban con torpeza, dando traspiés o aventando las piernas mecánicamente en pausas y síncopas injustificables. Pero los pasos de Julia eran ligeros y tenían un aire de vuelo. No eran demasiado largos ni demasiado altos.
Se despidieron en la puerta. Felipe pensó que en el fondo lo del insomnio no era del todo desafortunado. Quizás lo más conveniente era seguir durmiendo mal. Subió al carro. Si regresaba el sueño, no volvería a ver a Julia y sería una lástima.
Llegó cuando ya oscurecía y caminó hasta su departamento, en la planta baja, deslizando la libreta de notas en el portafolio. Entró directo al estudio. Aventó el portafolio sobre el escritorio mientras sacaba el periódico de la mañana.
Se sentó en el sillón y encendió la computadora. Pasó varias páginas con presteza, sobrevolando noticias obsoletas mientras esperaba. Cargó Reuters para registrar los cierres de jornada en las bolsas estadunidenses.
Buscó la gráfica de Nasdaq entre los archivos. Tras una curva inmutable que ascendía desde las últimas dos semanas, había caído de nuevo, sin previo aviso, con una brusquedad incomprensible.
—No puede ser…
Miró la pantalla un momento reposando el mentón sobre la mano. Vio la hora en la esquina inferior derecha. Terminó de husmear en las gráficas de seguimiento y apagó la computadora. Era tarde. El programa de Nora ya había comenzado.
Prendió la televisión de la sala y fue a la cocina a calentar agua para té. Después de los comerciales, apareció ella con un hermoso bicho en el dorso de la mano. Era la cuarta transmisión desde el Amazonas. Hacía apenas una semana que el equipo había salido de Manaos para internarse en el curso del Río Negro.
El insecto era una especie voladora del tamaño de una polilla con alas largas y contráctiles. Sobre su espalda pequeños lunares azules hacían un juego de líneas y en su cabeza dos antenas se agitaban curiosas contra la piel blanca de Nora Kasabian. Las alas tenían caprichosas motas de amarillo y rojo sobre negro que hubieran encajado perfecto en un cuadro de Miró.
Ella vestía como si siguiera en la sabana africana, con pantalones, chaleco y un sombrero color caqui. Su cabello brillante caía en mechones sobre el rostro y sus ojos pardos contemplaban fijo al pequeño animalito que, de pronto, echó a volar.
Dijo el nombre científico del insecto. El guía brasileño pronunció su nombre común y Nora Kasabian sonrió sin atreverse a repetirlo. Después empezó a hablar sobre insectos, biodiversidad, evolución: esos temas que encantan a los biólogos, en especial cuando trabajan en la National Geographic.
Felipe se levantó a servir el té. Pensó que era simpático que un bicho con la misma anatomía que una cucaracha pudiera ser tan hermoso. La diferencia, la inconmensurable diferencia, eran los colores. Sonrió tontamente y pensó en mandarle a Nora un correo. El teléfono sonó antes de que llegara a la cocina.
Corrió a apagar el fuego y fue a la sala para contestar.
Supo que era su hermano apenas un segundo antes de escuchar la voz del otro lado de la línea.
—¿Bueno?
—Bueno. Felipe. ¿Cómo estás?
—Bien, gracias. ¿Tú, Rodrigo?
La situación le pareció natural, familiar, como parece familiar el sillón cotidiano, la voz fraternal, el murmullo interminable de la tele cual música de fondo o la larga pausa que sigue a una pregunta rutinaria.
—Bien —respondió al fin Rodrigo. Y volvió a guardar silencio, un silencio profundo que, sin embargo, no incomodó a Felipe del todo.
Felipe tuvo esa extraña sensación de dislocación temporal que suele percibirse con frecuencia en los sueños, pero que pocas veces traiciona la lucidez del día. Pensó que debía estar cansado. La tele, una tarántula sobre esa mano blanca, la iluminación de la sala, el volumen exacto de una explicación biológica acerca de los arácnidos, todo estaba en su perfecto lugar. Y entendió que había llegado la hora.
—Papá ha muerto —dijeron los dos al mismo tiempo.
También Nora Kasabian guardó silencio por un instante, como si estuviera presente.
—¿Ya lo sabías, Felipe?
—No. No lo sabía. Pero tarde o temprano iba a pasar.
—Sucedió esta tarde. Me hablaron del hospital. Estela estaba de visita.
—¿Cómo está?
—Bien.
—¿Y mamá? ¿Ya le dijiste? —poco a poco fue desapareciendo esa sensación extraña. Empezaron los comerciales y la vida regresó a su imprevisible transcurrir.
—No.
—¿Quieres que yo le hable?
—No. Yo me encargo. —Desde el teléfono llegó algo así como un sorbo—. Mañana es el velorio. Estela está arreglando todo. En cuanto sepa la dirección del lugar, te aviso.
—Gracias, Rodrigo.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Colgó el teléfono.
Fue a la cocina a servirse el té y regresó a la sala. Miró el final del programa sin entender lo que decía el guía brasileño. Ni siquiera intentó concentrarse. Esperó a que aparecieran los créditos finales y se terminara el té y comenzara el noticiero y pasaran unos cortes comerciales para decidirse a apagar la tele.
Los pies anduvieron sordamente hacia su recámara. No encontraron otro lugar adónde ir. Estaban cansados.
Releyó cuatro veces un mismo párrafo y después pasó al siguiente, no muy seguro de haberlo entendido. Era algo sobre Jacob o Israel. Algo sobre la fuerza de Dios.
Por fin, cansado y aturdido, cerró el libro. Apagó las luces. Se acostó.
No cerró los ojos. Se quedó ahí, tendido boca arriba varias horas, antes de lograr conciliar el sueño.