Encerré a la mosca en el minibar
junto a los cubos de hielo.
Sentí la necesidad de conservar algo fresco
que me señalara las cosas podridas.
A veces pienso en ella
escucho su zumbido bajo cero
fantaseo con su muerte.
¿Nunca te has sentido así cuando una idea choca
dentro de tu cabeza
al caminar por calles frías y solitarias?
Restaurante bar familiar
En la mesa, un señor viejo —bata y cabello blanco—
presume su oficio, su trabajo en el hospital.
Sentada junto a él, una muchacha
—que podría ser su hija— le acaricia la mano.
Tienen tiempo esperando;
desde que llegaron se han quejado del servicio,
que el mesero no los atiende.
Yo me escondo detrás de la barra. Finjo que no
los veo.
El gerente me obliga a atender la mesa:
mi padre y su amante esperan el desayuno.
Kentucky Fried Chicken
Trabajé bajo la mirada inquisidora del Coronel Sanders,
limpié los baños más sucios,
rescaté del suelo pedazos de pollo
que se reutilizaron. Incluso me encerraron en un enorme refrigerador.
Todos los días me coloqué
una etiqueta en la playera del uniforme
que se incrustaba en mi piel: Estoy aprendiendo, decía.
¿Cómo logro quitarme el uniforme?
Bohemios
Siempre llegan puntuales, a la siete.
Son dos grupos; se sientan en mesas separadas,
siempre hay libros en ellas.
Ambos piden café con azúcar mascabado;
ambos, pastel de queso y zarzamora;
si aumenta la temperatura de la charla, una cerveza.
Se miran con recelo unos a otros.
Se sienten superiores.
Unos lloran la muerte del hechicero del best seller;
los otros, la de Héctor en la Ilíada.
Unos cuentan lo que les pasó anoche,
los otros, versos.
Ninguno de los grupos se queda después de las nueve.
Ninguno deja propina.
Hace poco más de veinte años, la conocida marca de estilógrafos Montblanc, en una de sus ediciones limitadas, la que está dedicada a escritores, puso a la venta la edición de Alexandre Dumas. El clip de la pluma estaba adornado con una espada, y el plumín —forjado con oro de dieciocho quilates— llevaba el símbolo de la flor de lis, figura recurrente en las aventuras del mulato —recordemos, entre ellas, que éste era el nombre que llevaba la taberna en donde los mosqueteros se reunían, además de ser la marca que ostentaba Milady en su espalda—. En el capuchón, la firma de Alexandre Dumas remataba esta edición de lujo cuyo valor rondaba los setecientos cincuenta dólares. Esto parecería ser una más de las ediciones de escritores que, junto a las de Hemingway, Fitzgerald, Cervantes, Shakespeare, Tolstói o Virginia Woolf, ornan las camisas de escritores y diletantes; sin embargo, las primeras plumas tenían estampada la firma no del autor de El Conde de Montecristo, sino de su hijo, escritor también, y más conocido por haber escrito La dama de las camelias. Incluso, si se visita la página electrónica en español de Montblanc,[1] el error se duplica, pues consigna que la firma pertenece ¡al padre de Alexandre Dumas, padre!, quien era general del ejército francés, nacido en la colonia haitiana conocida, en ese entonces, como Saint Domingue.
Esta frívola anécdota, sin embargo, acusa un tanto de la vida misma de Alexandre Dumas, la real y la escritural. En sus novelas más conocidas —al genio de Dumas se le atribuyen más de mil doscientas obras— parte de la trama se construye a partir de la suplantación de la identidad y del nombre. Por ejemplo, en la icónica Los tres mosqueteros, un joven gascón, Artagnan, viaja a París para labrar su fortuna. En el camino, un desconocido le roba la única prueba de su identidad, una carta que Artagnan padre le diere para presentarla ante Tréville, el capitán de los mosqueteros del rey Luis XIII, y con quien compartía la nacionalidad gascona.
—Debéis, pues, decía yo, tener necesidad de conservar lo que tenéis, por fuerte que sea esa suma; pero debéis necesitar también perfeccionaros en los ejercicios que convienen a un gentilhombre. Escribiré hoy mismo una carta al director de la Academia Real y desde mañana os recibirá sin retribución alguna. No rechacéis este pequeño favor. Nuestros gentileshombres de mejor cuna y más ricos lo solicitan a veces sin poder obtenerlo. Aprenderéis el manejo del caballo, esgrima y danza; haréis buenos conocimientos, y de vez en cuando volveréis a verme para decirme cómo os encontráis y si puedo hacer algo por vos.
Por desconocedor que fuera D’Artagnan de las formas de la corte, se dio cuenta de la frialdad de aquel recibimiento.
—¡Desgraciadamente, señor —dijo— veo la falta que hoy me hace la carta de recomendación que mi padre me había entregado para vos!
—En efecto —respondió el señor de Tréville—, me sorprende que hayáis emprendido tan largo viaje sin ese viático obligado, único recurso de nosotros los bearneses.
—La tenía, señor, y, a Dios gracias, en buena forma —exclamó D’Artagnan—; pero me fue robada pérfidamente.[2]
Así, el viaje de Artagnan comienza sin que se sepa su identidad, sólo será su palabra la que lo sostenga en el París del siglo diecisiete, pleno de intrigas palaciegas y de querellas por el poder. Conforme la novela avanza, el joven gascón conoce a los tres mosqueteros y por quienes la novela lleva ese nombre: Athos, Porthos, Aramís. Artagnan los reta a duelo sin saber su identidad ni su profesión, y detrás de cada uno de ellos, se esconde una historia que se develará a través de toda la saga: Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne. Athos se unió a los mosqueteros después de llevar una vida como el Conde de La Fére, quien después de un desengaño con su esposa, la ahorca por llevar la ya mencionada flor de lis tatuada en la espalda, es decir, la marca de los criminales; Aramís se muestra como un hombre piadoso, aunque detrás de la máscara es un enamoradizo y un visitante habitual de marquesas y mujeres de la alta nobleza; Porthos es, quizás, el más auténtico de los tres, pues su origen humilde es conocido y sólo es su gran ambición la que lo hace querer ser alguien que no es. En el primer encuentro con Artagnan, Porthos lleva un tahalí que en el pecho es de oro, y por detrás, la parte que queda oculta a la vista de todos por la capa, es de un material más austero.
¡Ay!, como la mayoría de las cosas de este mundo que sólo tienen apariencia el tahalí era de oro por delante y de simple búfalo por detrás. Porthos, como verdadero fanfarrón que era, al no poder tener un tahalí de oro, completamente de oro, tenía por lo menos la mitad; se comprende así la necesidad del resfriado y la urgencia de la capa.
—¡Por mil diablos! —gritó Porthos haciendo todo lo posible por desembarazarse de D’Artagnan que le hormigueaba en la espalda—. ¿Tenéis acaso la rabia para lanzaros de ese modo sobre las personas?
—Perdonadme —dijo D’Artagnan reapareciendo bajo el hombro del gigante—, pero tengo mucha prisa, corro detrás de uno, y…
—¿Es que acaso olvidáis vuestros ojos cuando corréis? —preguntó Porthos.
—No —respondió D’Artagnan picado—, no, y gracias a mis ojos veo incluso lo que no ven los demás.
Porthos comprendió o no comprendió; lo cierto es que dejándose llevar por su cólera dijo:
—Señor, os desollaréis, os lo aviso, si os restregáis así en los mosqueteros.
—¿Desollar, señor? —dijo D’Artagnan—. La palabra es dura.
—Es la que conviene a un hombre acostumbrado a mirar de frente a sus enemigos.
—¡Pardiez! De sobra sé que no enseñáis la espalda a los vuestros.
Y el joven, encantado de su travesura, se alejó riendo a mandíbula batiente.
Porthos echó espuma de rabia e hizo un movimiento para precipitarse sobre D’Artagnan.
—Más tarde, más tarde —le gritó éste—, cuando no tengáis vuestra capa.
—A la una, pues, detrás del Luxemburgo.
—Muy bien, a la una —respondió D’Artagnan volviendo la esquina de la calle.[3]
En Los tres mosqueteros, la antagonista es una mujer que también se oculta bajo distintas máscaras: Anne de Breuil, Charlotte Backson, Condesa de La Fére, Milady de Winter, Lady Clarick. Así, la peripecia se inicia con el desdoblamiento del nombre, del origen incierto.
“The Three Musketeers”, de Joaquín Agrasot y Juan. Extraido de Wikimedia Commons.
En Veinte años después, la continuación de las aventuras de los mosqueteros, por su parte, dos momentos en particular guardan esta polivalencia del nombre. El primero, en uno de los pasajes más emotivos de la novela, Artagnan se bate en duelo con dos desconocidos. Porthos lo acompaña y es en medio de la noche en donde las armas centellean y las pistolas —entonces de un sólo tiro— se yerguen en contra del pecho del enemigo invisible:
Casi al mismo tiempo resonaron dos pistoletazos, disparado el uno por D’Artagnan y el otro por el adversario de Porthos. D’Artagnan atravesó el sombrero de su adversario y el de Porthos dio al caballo de éste en el pescuezo, dejándole muerto.
—¡Por última vez! —dijo la misma voz—. ¿Adónde vais?
—¡Al infierno! —gritó D’Artagnan.
—Pronto llegaréis.
Vio D’Artagnan dirigido contra su pecho el cañón de un mosquete; no tenía tiempo para sacar sus pistolas de las pistoleras y teniendo presente un consejo de Athos, encabritó su caballo.
La bala hirió al animal en el vientre.
Sintióle D’Artagnan vacilar, y tiróse al suelo con gran agilidad.
—Poco a poco —dijo la misma voz irónica y vibrante—. ¿Estamos aquí para matar caballos o para batirnos como hombres? Empuñad la espada, señor mío.
Y el desconocido se apeó de su caballo.
—¿La espada? —dijo D’Artagnan—. Al momento; es mi arma favorita.
En dos saltos púsose D’Artagnan al frente de su adversario; tropezáronse sus espadas y con su ordinaria destreza presentó el mosquetero su arma en tercera. Esta postura era la que prefería para ponerse en guardia. (…)
Creyó finalmente D’Artagnan que era llegado el momento de apelar a su golpe favorito: le preparó muy diestramente y le ejecutó con la rapidez del rayo, descargándole con un vigor que él creyó irresistible. Su enemigo paró el golpe.
—¡Voto a tal! —exclamó D’Artagnan con su acento gascón.
A esta exclamación dio el desconocido un salto hacia atrás, y estirando la cabeza, trató de divisar por entre la oscuridad las facciones de D’Artagnan. (…)
—¡Athos! —dijo D’Artagnan.
—¡D’Artagnan! —dijo Athos.
Athos levantó su espada y D’Artagnan la suya.
—¡No tiréis, Aramis! —gritó Athos.
—¡Ah! ¿Sois vos, Aramis? —dijo Porthos.
Y echó su pistola al suelo.
Aramis guardó la suya y envainó su espada.
—¡Hijo mío! —dijo Athos presentando la mano a D’Artagnan.[4]
Este fragmento pertenece a la primera vez que los cuatro mosqueteros están juntos en la novela. Separados por la política, los cuatro ven comprometida su amistad hasta el punto de enfrentarse, como se acaba de mostrar, en el campo de batalla. Después de varias peripecias, los cuatro amigos se reúnen con una misión en común, salvar al rey de Inglaterra. Con dos décadas encima y muchas más estocadas en el cuerpo, los mosqueteros se unen una vez más. De ahí el dicho, cada vez más lejano para las nuevas generaciones que no saben de dónde se origina: “No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”, pues en esta novela la vida ha hecho mella en el ánimo de sus protagonistas y las rencillas, la avaricia y la deshonra rondan en todo momento a los hijos predilectos de Alexandre Dumas. De las aventuras púberes a la ruindad de la mediana edad, los mosqueteros se saben falibles, como falibles son también los lazos que la amistad en algún momento unió. Otrora inseparables, el mundo se ha convertido de romper sus lazos para dejarlos tan sólo en un melancólico recuerdo, asaz una nostálgica herida por los tiempos pasado.
Un segundo momento de la novela es en el reconocimiento del enemigo. Cuando la cabeza de Carlos Estuardo cae en el cadalso, merced a la revuelta liderada por Oliver Cromwell, los mosqueteros reconocen en el verdugo a Mordaunt, quien durante toda la novela se ha encargado de enfrentarse a ellos y es el hijo de Milady de Winter, quien fue decapitada en el río por nuestros protagonistas.
Mordaunt hizo el último esfuerzo, se levantó, tocó el punto de apoyo que se le presentaba, y se aferró a él con vehemencia.
—Bien —dijo Athos—, poned aquí la otra mano.
Y ofrecióle un hombro como segundo punto de apoyo; de suerte que su cabeza casi se tocaba con la de Mordaunt. Los dos enemigos mortales estaban abrazados como hermanos.
Mordaunt apretó el cuello de la ropilla de Athos.
—Bueno —dijo el conde—, ya estáis salvado, tranquilizaos.
—¡Ah, madre querida! —gritó Mordaunt con flameantes ojos y acento cuya rencorosa expresión es imposible describir—; no puedo ofrecerte más que una víctima, pero al menos será la que tú hubieras escogido.
Y mientras que D’Artagnan daba un grito, que Porthos alzaba el remo, y Aramis buscaba un sitio donde herir a Mordaunt, una horrible sacudida hizo caer a Athos en el agua, en tanto que lanzando Mordaunt un alarido de triunfo, estrechaba la garganta de su víctima y se cruzaba de piernas con el conde, a fin de paralizar sus movimientos, como hubiera podido hacerlo una serpiente. (…)
El cadáver llevaba clavado en el pecho un puñal de resplandeciente empuñadura.
—¡Mordaunt! ¡Mordaunt! ¡Mordaunt! —gritaron los tres amigos—. ¡Es Mordaunt!
—¿Y Athos? —dijo D’Artagnan.
De pronto se torció la barca a la izquierda, cediendo a un nuevo e inesperado empuje, y Grimaud lanzó un grito de júbilo. Volviéronse todos y vieron a Athos apoyarse en el borde de la lancha, lívido el semblante, apagados los ojos y trémulas las manos. Cogiéronle al momento ocho nervudos brazos y le colocaron en la barca, donde no tardó Athos en sentirse reanimado, resucitando a fuerza de las caricias de sus amigos, llenos de alegría.
—Supongo que no estaréis herido —dijo D’Artagnan.
—No —respondió Athos.
—¿Y él? —preguntó Porthos.
—¡Oh! Esta vez queda bien muerto, gracias a Dios. Miradle.
Y obligando D’Artagnan a Athos a volver los ojos hacia donde le señalaba, le enseñó el cuerpo de Mordaunt, que todavía flotaba sobre las olas y que sumergiéndose y levantándose alternativamente, parecía perseguir aún a los cuatro amigos con su provocativa y rencorosa mirada.[5]
Quizás sea la tercera parte de la saga de los mosqueteros, El vizconde de Bragelonne, la que tenga el elemento con más peso del desdoblamiento del nombre, de la identidad suplantada. Gracias a los distintos productos culturales como The man in the iron mask, dirigida por Randall Wallace en 1998, protagonizada por Leonardo Di Caprio, o la adaptación de 1977, protagonizada por Richard Chamberlain, es conocida la anécdota de un prisionero, del que se dice que es hermano de Luis XIV, el Rey Sol, y está encarcelado con una máscara que cubre su rostro. Si bien esta historia es rescatada primero por Voltaire, es recreada por Alexandre Dumas en, cuando menos, dos ocasiones. La primera, en la novela antes mencionada, aunque sólo ocupe un par de capítulos en una novela de más de mil cuartillas. El prisionero, quien lleva una máscara de hierro es parte del complot de Aramis, quien busca ponerlo en lugar del Rey Sol, dada la apariencia parecida de ambos, aunque falla y eso provoca, al final, la proscripción y, en último término, la muerte de Porthos. Años antes de que Alexandre Dumas publicara El Vizconde de Bragelonne, el mulato publicaba, en colaboración con Arnauld, una serie llamada Crímenes célebres, en ella, se recreaban y se ensayaban muchas de las historias que se contaban en las cortes francesas. Entre algunos de los crímenes que Dumas escribió junto a Arnauld está el fusilamiento de Murat, la historia de los Borgia o los años finales de María Estuardo. Junto a estos relatos, que en total abarcan más de dieciocho volúmenes, está el del hombre de la máscara de hierro, tratado de modo muy distinto al de la ficción, aunque bien puede suponerse que fue material de primer mano que inspiró la posterior historia de los mosqueteros.
La colaboración con Arnauld da pie a uno más de los desdoblamientos de Dumas: el escritural. Las tres obras de las que se ha escrito en este texto, que pertenecen a la saga de los mosqueteros, fueron escritas junto a un personaje de nombre ya casi olvidado: Augusto Maquet. Amén de los cientos de obras que son firmada por Dumas, las que se sabe a ciencia cierta que fueron esbozadas, en un principio, por Maquet, y retocadas por Dumas, con su genio, fueron, además, El Conde de Montecristo, Bathilde y La reina Margoti. Éstos son, sin lugar a dudas, los libros más conocidos de Dumas, así como los más editados. Después de que Maquet se separara de Dumas, sus obras cayeron en el olvido, y las de Dumas siguieron siendo reconocidas, aunque ninguna alcanzó la inmortalidad de las anteriores. Augusto Maquet recopilaba la documentación de las obras y las delineaba, y era el “talento” de Dumas el que las hacía obras maestras. Incluso, entre alguno de los colaboradores de Dumas, que se cuentan por varias decenas, está Gerard de Nerval, aunque parece que su relación fue más de tutoría, pues Dumas era ya una celebridad cuando el vate apenas atisbaba el éxito que no pudo disfrutar. Después de la muerte de Dumas, ocurrida en 1870, y a lo largo de varias décadas se sucedieron ediciones apócrifas que se vendían como si fueran producto del francés. Títulos como La hija de Porthos, La hija de Artagnan, Los caballeros templarios, El hijo de Aramís o La mano del muerto —ésta publicada como continuación de El Conde de Montecristo y escrita por Alfred Hogan— son muestra de la influencia y la importancia de Alexandre Dumas en las letras del siglo veinte. Y quizás, como escribiera Borges a propósito de Joyce, Alexandre Dumas encarna, en su literatura y en la de los demás, un aliento de siglos que se desdobla en cada nueva oportunidad:
¡Ay, Dios mío santísimo! ¡Nosotras cómo lo íbamos a saber, joven! ¡Mijito, parecía un muchacho! Traía una cachucha, uno de esos aretes en el labio y una lágrima tatuada en el ojo izquierdo. Eso sí, llevaba muy planchadito su pantalón café, con su rayita en medio. Pensé en su mamacita, en su santa madre. Un muertito no nomás es un difunto, es el hijo, el hermano, el padre de alguien. ¿Te fijas que, cuando se te mueren tus papás, te dicen “huérfana”, y cuando tu esposo pasa a mejor vida, eres “viuda”? Perder un hijo no tiene nombre. ¡Pobre de su madre, no dejo de acongojarme por ella! Lo natural, la ley de Dios, es que a una la entierren sus hijos, no al revés.
La hubieras visto: lloraba con el cuerpo bien agarrado y le gritaba que se levantara. Luego se nos fue a los golpes y nos gritó: “¡Sí robaba, pero no era una mala persona!” ¿Usted cree, mijito? ¿Nosotras cómo íbamos a saber si era una buena o una mala persona? Nomás lo vimos ahí con el machete, y, de que lloraran en su casa a que lloraran en la nuestra, pos mejor allá, ¿qué no?
Esa noche hacía hartísimo frío. Mis hermanas y yo acostamos a dormir a mi mamá. Ella ya no camina, padece de pie diabético y es ciega. Es que, imagínate, ¡tiene noventa años! Ya está muy malita. Después le dimos de comer a Zapatitos, nuestro gato, y nos preparamos un cafecito de olla con harta canela y unas conchas de chocolate y nata.
Estábamos acabando un trabajo. Acá en la colonia cada 12 de diciembre se organizan primeras comuniones comunales y esta vez nos tocó a nosotras hacer los vestidos de las chamaquitas. Quince vestidos de raso blanco con encaje y velo. Les bordamos con hilo dorado una paloma blanca de pura lentejuela y chaquira; queda bien bonita, aunque es muy cansado. Trabajamos como costureras y así nos ganamos nuestro dinerito. Andábamos en la bordadera y oímos un ruido en el patio. El Toby empezó a ladrar. Mi hermana Emilia fue a asomarse. “Anda un cabrón en el patio”, nos gritó.
Vivimos en una colonia conflictiva y aquí son comunes los robos y los asesinatos. Nosotras llegamos cuando todavía no había nadie. Habitamos toda nuestra infancia y juventud por allá en el Centro Histórico. En aquellos tiempos había decenas de vecindades. Un día vino un señor muy trajeado, se presentó como representante de gobierno y nos alegó que iban a comprar esas fincas y que nos teníamos que ir. Mi papá se hizo de un terrenito por acá. En ese entonces era un ejido. Era puro monte y si acaso había una o dos casas construidas con lo que se pudo, cartón, lámina, ladrillo viejo. Poco a poco mi papá fue fincando y nos hicimos de una casa digna. Luego llegó otro trabajador del gobernador y nos informó que nuestros terrenos no eran nuestros porque la persona que nos los vendió no era dueña de nada; nos querían desalojar. Los colonos nos organizamos y resistimos y aquí estamos. No nos reconocen todavía como colonia, nos llaman que “asentamiento irregular”. Y por lo mismo no tenemos acceso a servicios, no hay luz eléctrica ni agua ni alcantarillado. Todo lo que ves de luces y drenaje lo han puesto las inmobiliarias que se adueñaron de las tierras vecinas y construyeron pajareras y edificios multifamiliares.
La colonia, así le decimos nosotros, se fue poblando. Se empezaron a fincar casas cada vez más chiquitas y se dejó venir gente muy fea de modos. Familias sin valores morales, cholos y señoras de reputación dudosa. El gobierno no manda patrullas para cuidarnos porque no estamos municipalizados, por eso hay robos y drogadictos en las esquinas. Las inmobiliarias no se hacen responsables de la inseguridad, dicen que ya bastante han hecho con pavimentar y alumbrar las calles. Vivimos a la buena de Dios.
No era la primera ocasión que allanaban nuestra casa. Por ahí de enero un señor al que unos vecinos querían linchar por ratero se brincó a nuestro patio y agarró a mi hermana Martha de rehén. Quedamos ariscas. Por eso, cuando Estela gritó que había un cabrón afuera, fuimos corriendo a la cocina, que está pegada al patio. Y sí, joven, ahí lo vimos. Te digo, tenía toda la pinta de un cholo. Playera aguada, los pantalones de esos pescadores. Pos que le decimos: “Vete, mijo. No queremos problemas, somos unas señoras solas; tócate el corazón, mijo, ¿qué no tienes madre?” No entendió razones. Y que se nos deja venir, ¿y cómo ves que traía tremendo machete en la mano?
Estamos hartas de vivir rodeadas de violencia, pobreza y robos, por eso me da tristeza pasar por el Centro y ver centros comerciales lujosos y cotos donde fue nuestro hogar. Me da tristeza que nos despojaran de nuestras casas por ser morenos y de pocos recursos, porque por eso fue. El gobierno lo llamó “saneamiento del Centro Histórico”; la mera verdad es que nos querían correr por feos y pobres. Y uno, aunque pobre y de tez humilde, tiene derecho a la vivienda. Acá en la colonia, tú la miraste, nuestra casa es sencilla, pero digna. Tenemos un patio grande con muchas plantas y espacio para nuestros animalitos. ¿Viste que criamos gallinas y cóconos y que también hay una cocina espaciosa y cuatro cuartos? Pues con trabajo y esfuerzo nos hicimos en familia de nuestras cositas. Las constructoras y el gobierno son los culpables de la violencia; construyen casas inhumanas: viviendas de dos recámaras y un baño y de apenas cuarenta metros cuadrados. ¿Sabes cuánta gente vive ahí? Hasta diez personas. Los muchachitos mejor agarran para la calle y acaban en una esquina. Por eso nos dio compasión y le rogamos: “Mijo, agarra juicio, por san Judas. Vente, te invitamos cenar. No vayas a desgraciar tu futuro por una pendejeada”. No nos escuchó.
Aquí nos miran como presa fácil de los delincuentes porque no tenemos hombre que nos cuide. Mi papá murió hace veinte años de cáncer y luego mi mamá cayó enferma de diabetes, y nosotras renunciamos a hacer vida matrimonial para dedicarnos a cuidar lo más sagrado que una tiene, que son los padres. Se nos fue la juventud en ver por ellos, en cuidarlos, y nunca nos casamos; somos las quedadas de la colonia. Quizás por eso decidió meterse a nuestra casa y verdad de Dios que no queríamos perjudicar a nadie, pero se nos dejó venir con el machete, y aunque le gritamos: “Mijo, no, mijo, llévate lo que quieras”, estaba como en otro planeta. Mi hermana le dio un sartenazo en la mera chompa. Yo entré en crisis, agarré otra sartén y le hice la segunda. Le dimos como diez sartenazos en la cabeza, hombros y espalda. Se cayó al piso. Mi otra hermana estaba fuera de sí, solo nos miraba llorando. Ya cuando vimos que estaba ahí, en el suelo, sin moverse, llamamos a la policía.
Nos fuimos a la sala y seguimos tomando café y pan para el susto. Nos daba miedo que se fuera a levantar. Llegó la policía y una ambulancia. Les contamos lo que pasó. Cuál va siendo nuestra sorpresa que nos informan: “La muchacha ya no cuenta con signos vitales”. “¿La muchacha?”, les preguntó mi hermana. “La muchacha que se les metió a robar”, nos contestó el oficial. Híjole, mijo, se me rompió algo por dentro. Yo jamás pensé que fuera una chamaca, ¡te juro que parecía un cabrón! Ya nos acercamos, y sin cachucha sí, sí era una jovencita. Traía su cabello recogido con unas trenzas. Su cabeza, ay, no, sobre un charco de sangre. Tenía los labios ya moraditos. Pobrecita, sabe qué habrá vivido para terminar en esos pasos. Vino su mamá y ya luego te digo que se nos fue a los golpes. Su hermano nos amenazó.
Los vecinos se amontonaron afuera de la casa. Entre gritos el Semefo se llevó el cuerpo de la jovencita y a nosotras nos trasladaron al Ministerio Público. Nos dejaron salir al día siguiente: comprobamos que actuamos en legítima defensa. Nos absolvieron. A mí lo que me preocupa es Dios. Una cosa es que nos perdone la justicia humana y otra no tener un castigo divino. Ya le hicimos un novenario a la muchachita y organizamos todos los rosarios de la Morenita en tu humilde casa. También les regalamos los vestidos a las jovencitas de las primeras comuniones y le pedimos a san Judas que interceda por nosotras ante nuestro Padre Dios, ¿crees que nos irá a perdonar?
Viola Liuzzo fue asesinada en 1965, en Estados Unidos, a manos del Ku Klux Klan. Conducía su coche en la carretera, acompañada de Leroy Moton, un joven afroamericano. Los miembros del Klan emparejaron su auto al de las víctimas; dispararon dos veces. Solo ella murió, tenía 39 años.
Liuzzo era una militante activa del movimiento de los negros estadounidenses que buscaban derechos electorales. El 7 de marzo de 1965, el mismo año de su asesinato, Liuzzo acudió al llamado de Martin Luther King para marchar públicamente de Selma hasta Montgomery, la capital del estado de Alabama. El motivo de la protesta era el asesinato de Jimmie Lee Jackson, un joven activista negro, a manos de la policía.
Martin Luther King Jr. en la marcha de Selma a Montgomery, Wikimedia Commons
El día de la protesta sería conocido como el Domingo Sangriento y permanecería como una herida dolorosa en la historia de Occidente. El 7 de marzo de 1965, en el marco del movimiento en cuestión, los manifestantes se cruzaron con una fuerza pública decidida al ejercicio desmedido de la violencia. El jefe de la policía local era Jim Clark, un hombre que durante años se había opuesto a la emancipación electoral de la comunidad afroamericana. Los palos y el gas inundaron las calles y sobajaron la voz negra sedienta de libertad.
Viola ayudó a los marchistas en todas las formas en que le fue posible: coordinó áreas logísticas de la protesta y se encargó, además, de trasladar a manifestantes en su automóvil. Así fue emboscada por cuatro miembros del Ku Klux Klan: Collie Wilkins, William Eaton, Eugene Thomas y Gary Rowe. El último era un informante encubierto del FBI.
II. KKKI
La historia del Klan es, sobre todo, un relato de privilegio revanchista. Su primera formación surgió en Estados Unidos durante el siglo XIX, después del final de la Guerra Civil. La batalla era entre los Estados Confederados y el Ejército de la Unión, el primer grupo quería conservar el estado de esclavitud negra; el segundo, abolirla. En 1863, a dos años de que terminara el conflicto, Abraham Lincoln presentó su Proclamación de Emancipación, que otorgaba la libertad a los esclavos habitantes de las áreas controladas por los Confederados. Ese mismo año, el general Robert E. Lee, del grupo esclavista, perdió la Batalla de Gettysburg. El final de la guerra trajo consigo la liberación total de los negros subyugados.
El primer Ku Klux Klan es efecto de esa liberación. Aunque parezca extraño, durante el periodo de la Guerra, el ala republicana deseaba la abolición y la demócrata buscaba mantenerla. Así, el primer Klan fue conformado por varios veteranos demócratas a los que se sumaron granjeros, trabajadores y jóvenes blancos.
Mediante un ejercicio sistemático del horror, promovieron la supremacía blanca, el racismo y la xenofobia. Allanaron los hogares de familias negras, a las que golpearon y despojaron sin titubeos. El Klan reivindicó más de un centenar de asesinatos.
Tres niños usando las túnicas del KKK durante una ceremonia, Flickr
En 1868, un jurado federal dictaminó al Klan como una organización terrorista, iniciando procesos legales contra sus miembros. En 1871, se ordenó su persecución y disolución desde el aparato público federal.
III. KKK II
El segundo Ku Klux Klan nació en 1915. Su detonación se conecta con el cine, con el enorme potencial político que los Estados vieron en él y quisieron hacer suyo. El lenguaje fílmico, como lo conocemos hoy, es consecuencia en gran medida de la agencia de D.W. Griffith. Él, que estableció algunos de los códigos fundamentales en la narración cinemática, también es el autor de The birth of a nation, cinta de 1915. Su tema es la Guerra Civil en Estados Unidos y la supuesta amenaza que parecía suponer la recién liberada comunidad afroamericana. En la película, los negros son representados como una horda de pseudo animales que sólo buscan violencia y sexo; el Ku Klux Klan aparece en el relato, son planteados como un grupo de héroes, de agentes del orden.
https://www.youtube.com/watch?v=B_sl4ovTVAc
En la escena anterior, una joven huye de un negro que quiere violarla. Para escapar, se arroja desde un barranco. Es difícil saber que el personaje es un afroamericano, pues en realidad es una actor blanco con el cuerpo pintado.
La cinta se estrenó en un contexto histórico delicado, que se distinguía entre otras cosas por la presidencia segregacionista de Woodrow Wilson, quien se declaró abiertamente maravillado y conmovido por la cinta y su tratamiento de la historia.
En efecto, la emancipación había llegado medio siglo atrás y, sin embargo, el gobierno estadounidense aún ejercía medidas de separación y discriminación sobre las comunidades negras, además de propiciar la discriminación y estigma que pendía sobre otras minorías.
En 1915, también, el judío Leo Frank fue linchado. Frank violó y asesinó a Mary Phagan, una niña de catorce años que trabajaba en la fábrica presidida por su asesino. El judaísmo del criminal fue un factor clave en su destazamiento. No solo eso, sino que la brutalidad de su acto fue un factor para destapar el profundo antisemitismo presente en una gran parte de la población de la época.
Lo anterior fue el caldo de cultivo perfecto para el resurgimiento del Klan. William J. Simmons, médico estadounidense, refundó la organización en 1915. Hacia 1922, el Ku Klux Klan contaba con más de tres millones de integrantes. Sus enemigos declarados eran los negros, los judíos, los católicos y cualquier minoría étnica; ante sus ojos, ellos eran los culpables de todos los males de la sociedad.
Su influencia política fue tan notable como devastadora. En 1925, 60 mil integrantes marcharon públicamente hacia la Casa Blanca; el mismo año, Edward Jackson, militante activo, fue elegido gobernador de Indiana en 1924.
Una publicación periódica del Klan, titulada Dawn: a journal for true american patriots, animaba a los miembros a competir por puestos de elección pública. El objetivo era promover la agenda de la asociación desde la silla del gobernante. El Klan infectó algunas de las células más importantes del gobierno de Estados Unidos. Len Small, gobernador de Illinois cuya candidatura fue respaldada por el Klan, utilizó su función en favor de la asociación: una vez, por ejemplo, permitió una iniciación masiva y pública de nuevos miembros en su territorio. El KKK se hizo de un poder enorme y peligroso.
IV. Intermedio: relato policíaco y narrativa de Estado
Ocurrió una noche tormentosa de septiembre. Sherlock Holmes y su amigo John Watson se encontraban en su departamento de Baker Street cuando un hombre joven llamó a la puerta. Era John Openshaw, buscaba ayuda. Openshaw presenció la muerte de su tío Elias y la de su padre.
Ambos recibieron un mensaje críptico y perturbador: en un sobre encontraron cinco semillas de naranja y la leyenda K.K.K. Los dos murieron en situaciones que la policía calificó de accidentes.
El joven John acababa de recibir el mismo sobre y su desesperación lo hizo buscar a Sherlock Holmes. En una tentativa de evitar otro asesinato, Holmes indicó a su cliente que volviese a casa y entregase los documentos que el remitente demandaba salvajemente.
Openshaw obedeció y, una vez solos, Holmes relató a Watson lo que hoy conocemos como la historia del primer Ku Klux Klan. Al día siguiente, cuando Holmes se alistaba para atender el caso personalmente, Watson vio el diario. Informaba de la muerte “accidental” del joven Openshaw.
-Eso hiere mi orgullo, Watson –dijo al cabo de un rato–. Es un sentimiento mezquino, sin duda, pero hiere mi orgullo. Ahora se ha convertido en algo personal, y si Dios me da salud voy a atrapar a esta banda. ¡Y pensar que vino a pedirme ayuda y que lo envié a su muerte! –se levantó de la silla y comenzó a caminar por el cuarto presa de una gran agitación, tenía enrojecidas las usualmente pálidas mejillas y abría y cerraba nerviosamente sus manos largas y delgadas.
Sin embargo, aunque Holmes haya rogado salud a Dios, nunca pudo terminar con el Klan. “Las cinco semillas de naranja”, publicado en 1891, cuenta uno de los casos fallidos de Sherlock Holmes, quien no logró derrotar a un grupo que rebasa el terreno de la ficción.
Su enorme talento deductivo y su increíble capacidad de detección fueron completamente impotentes ante la amenaza del Ku Klux Klan y, a pesar de ello, Holmes acierta en un punto: allí donde la policía simplifica el caso y lo dictamina como un accidente, el detective identifica la agencia de una mano invisible pero innegable.
Ricardo Piglia dijo incontables veces que la relación entre el Estado y el intelectual se distingue por la tensión, el conflicto. Citó frecuentemente a Paul Valéry: “no hay poder capaz de fundar el orden por la sola represión de los cuerpos sobre los cuerpos, se necesitan fuerzas ficticias”.
El Estado narra, construye ficciones, manipula las historias, instituye una versión unívoca y monolítica de la realidad. De esa forma, el poder político crea consensos y disemina formas de percepción de lo real: de sus historias depende el ocultamiento o la legitimación de la violencia sobre los cuerpos.
La tarea del intelectual, entonces, está en el desciframiento, en la captación de los secretos y las manipulaciones ficticias y discursivas del poder estatal. El escritor es una especie de detective, un agente que diseca y expone las entrañas estructurales de la narración totémica del Estado.
La ficción del poder suele desplegarse como un entramado narrativo paranoico. Para funcionar, necesita establecer la figura de un enemigo, una supuesta amenaza cuya existencia garantiza un estado perpetuo de podredumbre, una entidad que exige su eliminación inmediata.
V. Charlottesville: FBI y responsabilidad política
El escenario fue Charlottesville, Virginia. Sucedió en agosto de 2017, medio año después de la toma presidencial de Donald Trump.
Las autoridades pretendían retirar la estatua de Robert E. Lee, el general confederado que perdió la Batalla de Gettysburg. Pensaban que su conmemoración perpetuaba la celebración de un racismo inaceptable. Sin embargo, la tentativa de su remoción originó un movimiento siniestro.
Grupos de supremacistas blancos, simpatizantes del alt-right, neo nazis y hordas auto proclamadas como el Ku Klux Klan organizaron una marcha para proteger el monumento. Acudieron a Charlottesville con antorchas y cantos sobre el suelo y la sangre.
La presencia de la masa blanca despertó la alerta civil y ocasionó una contramanifestación ciudadana. Los golpes no se hicieron esperar, la fuerza pública fue incapaz de detener la tragedia. Un joven blanco y racista, llamado Alex Fields, tomó un coche y lo estrelló contra los manifestantes no supremacistas. Murió una mujer, su nombre era Heather Heyer. Alrededor de veinte personas fueron heridas.
La primera declaración pública de Donald Trump no condenó la existencia y operación del supremacismo, solo hizo una condena fría e inverosímil de la violencia que, según él, surgió de ambos bandos. Para el líder del mundo libre, la catástrofe también era responsabilidad de los contramanifestantes.
Volvamos a 1965. Viola Liuzzo fue asesinada por el Ku Klux Klan. Uno de los asesinos, Gary Rowe, era un informante del FBI. Los responsables fueron arrestados rápidamente, Rowe obtuvo protección estatal a cambio de información sobre el crimen. Lejos de proteger a la víctima, el FBI comenzó una campaña de difamaciones sobre Liuzzo.
Se dijo que era una heroinómana, comunista y que había dejado a su familia para acostarse con todos los negros que se atravesaran frente a sus ojos. El centro de inteligencia del Estado, pues, construyó una narrativa en torno a la víctima para desacreditarla y, con ello, culparla tácitamente de su propia muerte.
¿El relato oficial sobre la muerte de Liuzzo es un efecto del Klan y su infección en las altas esferas del Estado? Poco importa si consideramos el solo hecho de la permeabilidad de las instituciones. Todo aparato político es susceptible de caer en manos de organizaciones ajenas al interés colectivo. O dicho de otra manera: todos somos vulnerables de convertirnos en títeres de asociaciones cuyo ideal es, de principio, repugnante. Lo hemos visto en los últimos años.
Donald Trump llegó a la presidencia a través del discurso de odio. Su campaña se distinguió por un relato que culpaba a los inmigrantes, las comunidades no blancas y las mujeres de todos los males políticos y económicos de Estados Unidos. The Donald supo dar una voz pública a la sospecha paranoica de la clase trabajadora blanca: la culpa es del otro. Esto tuvo un efecto específico; se pasó de la palabra al cuerpo.
Durante los días posteriores a la elección de 2016, se registraron cientos de ataques contra inmigrantes, niños incluidos. De la misma forma, David Duke, uno de los integrantes más importantes del Klan tomó la palabra: “no se equivoquen, nuestra gente jugó un rol enorme en la elección de Trump”.
El segundo Ku Klux Klan desapareció hacia 1930, las acusaciones de violencia extrema terminaron por destruirlos frente a la mirada pública. Desde entonces, el emblema KKK ha sido adoptado y desechado de continuo por diversos grupos extremistas estadounidenses. Trump despertó al fantasma cuyo vaivén ha marcado la historia contemporánea del llamado “mundo libre”. Charlottesville no hubiese sido posible sin el relato trumpiano sobre los otros, las culpas y las pieles deleznables. Ni siquiera Sherlock Holmes pudo derrotarlos, el Klan continúa allí.
A pesar de ello, todos podemos ser Sherlock Holmes, esto es, todos podemos dar lugar y acoger de cerca la palabra y el dolor de los otros. Aun si Holmes fracasó en su cacería más importante, no se reduce la calidez que brindó a John Openshaw cuando más la necesitaba. El detective no es solo el fetiche de una lógica imbatible, también constituye el último refugio de los más desesperados.
En nosotros queda la posibilidad de nombrar el hueco aberrante que resta después de los asesinatos de Liuzzo y el de Heather Heyer. En nuestras manos yace la tarea de evidenciar la función del relato del FBI, la agencia del racismo de Woodrow Wilson, la vena intolerable de Jim Clark o la narrativa de Donald Trump. En nuestras voces cae la responsabilidad de una enunciación necesaria: no es cierto, John Openshaw no murió accidentalmente, Liuzzo no era culpable, el dolor estadounidense no es culpa de los grupos fuera de la norma aria.
Al final, somos nosotros los que deciden sobre la adscripción o la negación de la ficción del Estado. Podemos suscribir la figura del enemigo, abrazarla y buscar la disolución absoluta del otro ficticio; o bien, podemos reconocer en ese otro la vulnerabilidad que nos constituye y nos alimenta a diario. En ese reconocimiento yace nuestro potencial de detectives.
El siguiente texto será incluido en una colección próxima de Vientos del Pueblo, del Fondo de Cultura Económica. Lo reproducimos aquí, en exclusiva, con permiso del FCE.
Tratando de explicarle a lectores mexicanos la profunda desazón que sienten hoy los jóvenes chilenos, su rabia, su necesidad de salir a las calles a protestar contra un gobierno y una élite que no los incluye ni escucha o aprecia, tratando de entender las razones de que estén dispuestos a arriesgar que los apaleen y les tiren balines a los ojos, que los encarcelen y los violen y hasta los maten las fuerzas del “orden”, me di cuenta de que era fundamental bucear más allá de la situación actual y develar las raíces de la crisis en la historia social y política chilena de las últimas décadas. Y nada mejor y más ilustrativo, pensé, que recordar la experiencia de mi hijo mayor Rodrigo, cuando en 1990, a la edad de veintidós, retornó a Chile después de diecisiete años de exilio.
No había elegido él ese desarraigo. Tuvo que irse cuando yo me vi forzado, junto a su madre Angélica, a abandonar nuestro país después del golpe de estado del General Augusto Pinochet contra el gobierno constitucional de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. Durante la larga dictadura cívico-militar, Rodrigo se alimentó, igual que nosotros y tantos otros chilenos afuera y adentro de la patria, de dos epopeyas vibrantes. Una era la historia de los mil días de Allende y la Unidad Popular, un experimento que conmovió al mundo por ser la primera vez que se intentaba construir el socialismo, no por medio de las armas, sino a través de una vía pacífica y electoral. Y, en efecto, los éxitos fueron notables: nacionalización de los recursos naturales que habían acaparado manos foráneas, control del pueblo de bancos e industrias que hasta entonces sólo habían servido los intereses de una pequeña oligarquía, aumento de salarios y redistribución del ingreso, cambios drásticos en la tenencia de los campos con una reforma agraria que devolvía la tierra a quienes la labraban. Ni qué hablar de los avances en educación, alimentación de los niños, un sistema de salud para la mayoría y no los predilectos, derechos y respeto para los pueblos originarios y las mujeres, y todo ello amparado por un pueblo en marcha, lleno de alegrías y amaneceres, inspirando una excepcional explosión artística e intelectual. La idea de ese pueblo como protagonista de la historia, capaz de entender y crear ideas y gozar de la belleza universal se desplegó en una política editorial que puso en manos de los estudiantes, trabajadores, campesinos y dueñas de casa millones de ejemplares a precios irrisorios –como ahora ocurre con la estrategia del Fondo de Cultura Económica en México.
Por cierto que ese experimento social de liberación, la vía chilena al socialismo, se topó con el feroz antagonismo de los sectores más poderosos de Chile y, naturalmente, con el encono y temor de los Estados Unidos que, con el beneplácito de Nixon y Kissinger y la CIA, financió una violenta campaña de terror y sabotaje en contra de la Unidad Popular, una cruzada que culminó en la asonada de Pinochet y el bombardeo del Palacio Presidencial de La Moneda, donde Allende, combatiendo hasta el final, murió en defensa de la democracia.
Fue la primera víctima de tantas que vendrían.
Fotos de Pablo Tarifeño.
El régimen de los generales y almirantes fue inédito en su crueldad, su afán de exterminio de la izquierda y destrucción de los derechos de la ciudadanía. Las ejecuciones, la tortura, las desapariciones, el exilio masivo, la persecución despiadada a cualquier asomo de indocilidad buscaban asegurar que una población mansa y atemorizada no se atreviera a contrariar la sistemática privatización de las riquezas que pertenecían a todo Chile, ni tampoco pudiera impedir la demolición de un Estado al servicio de las grandes mayorías.
Nunca pudo Pinochet, sin embargo, apagar el deseo de libertad de esas grandes mayorías, el sueño de las “grandes alamedas” que algún día se abrirían, como lo profetizó Allende en su último discurso antes de morir.
Y esa fue la otra epopeya que inspiró a Rodrigo: la saga de la resistencia, de un pueblo que, padeciendo abnegadamente acosos y penurias y no pocas muertes, fue acorralando al dictador, haciendo ingobernable el país, originando horizontes de lucha y esperanza.
Nosotros habíamos participado en esas jornadas victoriosas, habiendo encontrado el modo de volver a Chile a partir de 1983, si bien en forma intermitente mientras armábamos un retorno definitivo. No fueron años fáciles: en 1986 a mí me habían tomado preso y deportado, junto a nuestro hijo menor Joaquín, y aunque la presión internacional hizo que Pinochet tuviera que echar pie atrás y permitirme volver a Chile, Angélica, con toda razón, insistió en que no debíamos instalarnos permanentemente en el país hasta no tener certeza de que disponíamos de condiciones mínimas de seguridad.
Tuvimos atisbos de esa certeza cuando el pueblo chileno, el 5 de octubre de 1988, venció contundentemente a Pinochet en un plebiscito donde él tenía todo el poder del Estado, todo el monopolio del miedo, y los chilenos insumisos solamente su voluntad de cambio, un lápiz en cada mano con que decirle “NO” al general de la muerte. Nos pareció una prueba suficiente de que el final del prolongado cautiverio de nuestros ciudadanos se avecinaba. Era hora de emprender el retorno definitivo.
Rodrigo fue el primero en partir, ilusionado con la idea de ayudar a reconstruir el país empobrecido y devastado, a pesar de que sabía que, siendo imposible resucitar las conquistas que habíamos alcanzado en los tiempos de Allende, sería un proceso arduo conseguir la justicia y la igualdad que el pueblo se merecía. Los seguidores de Pinochet todavía dominaban sectores cruciales del poder –judicial, militar, económico, medios masivos de comunicación- y, gracias a una Constitución aprobada fraudulentamente en 1980, la derecha minoritaria podía vetar todo intento de realizar cambios estructurales o juzgar a los culpables de los más flagrantes abusos a los derechos humanos. Como amenazó Pinochet, al despedirse (y sus amenazas tenían peso, ya que seguía como Comandante en Jefe del Ejército): “Si me tocan a uno de mis hombres, se acabó el Estado de Derecho.” Ante esta situación, los opositores de la dictadura (una vasta coalición que incluía a los democratacristianos que habían sido cómplices del golpe, pero que ahora se jugaban valientemente contra la tutela de los militares) tuvieron que aceptar una democracia restringida y disciplinada, llegar a un pacto tácito que dejaba intactos los enclaves heredados de Pinochet a cambio de poder respirar el aire de la paz y construir un porvenir sin violencia.
Pese a estas limitaciones, Rodrigo estaba optimista. Durante prolongadas visitas anteriores a al Chile dictatorial, había luchado en las calles junto a sus congéneres. Además, como miembro de un equipo de cine que recorrió el país filmando clandestinamente las más diversas muestras de una resistencia, había llegado a conocer la fuerza indómita y el humor inquebrantable de sus compatriotas. Era natural para él, por lo tanto, apostar a que el deseo de justicia se sobrepondría a todos los escollos y seguro de que había un lugar para alguien como él en esta nueva etapa de la vida nacional.
No fue así.
Fotos de Pablo Tarifeño.
Lo supimos cuando el resto de la familia regresó a Santiago en julio de 1990. Estábamos, por supuesto, radiantes ante la perspectiva de reunir a la familia entera en una sola ciudad. Era un triunfo contra un despotismo que había diezmado y separado a tantas familias, que había desaparecido a tantos compañeros y compañeras, y que quiso, infructuosamente, desaparecer al país de Allende. Y, con más razón, estábamos ansiosos por adentrarnos en los detalles del retorno de Rodrigo, que ya había tenido muchas oportunidades para explorar el renovado Chile, tomarle el pulso a un país que otra vez buscaba su destino.
Sabíamos ya algo acerca de los vaivenes chilenos de nuestro hijo mayor. Rodrigo había arrendado, con un par de artistas bohemios, un piso desvencijado en un barrio bastante venido a menos cerca del centro de Santiago. Y nos había contado que estaba trabajando como asistente personal (aunque sin que le pagaran un centavo) de un actor chileno eminente, traduciéndole cartas al inglés y una obra desde el francés y haciendo de chico de los mandados, a lo que se agregaba, según una carta reciente de Rodrigo, una retahíla de proyectos teatrales y mediáticos propios que estarían listos –o por lo menos así lo esperaba él- para cuando arribáramos.
Apenas unos días después de nuestra llegada, pasó Rodrigo por nuestra casa en Chile –la primera ocasión para una conversación franca y tendida– y nos anunció, para nuestra consternación, que acababa de aceptar una oferta de emplearse en Estados Unidos, en un teatro bilingüe en San Diego, con la perspectiva de hacer un posgrado en la Universidad de California. Así que pensaba irse de Chile en unos meses más, y sin planes de un pronto retorno.
Fotos de Pablo Tarifeño.
Era un éxodo que podía llevar a cabo porque disponía de recursos y alternativas que le faltaban a la mayoría de su generación. Muchos jóvenes, según conversaciones que tendríamos en los meses venideros con otra gente de su edad, lo hubieran imitado gustosamente. Esos muchachos chilenos, igual que Rodrigo, se encontraban decepcionados de nuestra nueva democracia, sintiendo que no había significado una diferencia positiva en su vida pese a habían sido ellos los que batallaron con más arrojo contra la tiranía, los que resultaron decisivos para que Pinochet fuese derrotado. En plena democracia, sin embargo, continuaron siendo víctimas de una virulenta persecución, estigmatizados como “anti-sociales”, golpeados por la misma policía que operaba bajo el régimen cívico-militar. Demasiados “hijos de Pinochet”, como se auto-denominaron burlonamente, siguieron tan marginados como antes. Buscaban consuelo en drogas asequibles y alcohol barato, no tenían a su alcance viviendas decentes y módicas, eran tratados con indiferencia y desprecio por el sistema educacional. Vegetando en una estrechez precaria, intuían que no había para ellos alamedas resplandecientes, no existía un futuro real y palpable.
La experiencia personal de Rodrigo había sido también desalentadora. Su entusiasmo desbordante, su curiosidad y energía, su entrega de tiempo y ahorros y visión no encontraron reciprocidad. El actor al que Rodrigo ayudaba le sacó el jugo y cuando ya no le servía lo descartó como si fuera un par de zapatos viejos, si te he visto no me acuerdo. Una actitud típica de quienes, teniendo algo de poder, cruzaron su camino: muchas promesas sin cumplir, muchas puertas hipócritas que se abrían para cerrarse abruptamente. —Tienes que pertenecer a algún partido político —se quejó Rodrigo—, o conectarte a alguna minúscula mafia cultural de la élite para que te ofrezcan asistencia.
—¿Así que no hay vuelta, tu decisión es final? —preguntó Angélica, y tosió con una leve raspadura de garganta que seguía importunándola varios años después de que había sido víctima de un ataque con gas lacrimógeno en una de las muchas protestas en que había participado contra Pinochet.
—Si no me voy —respondió Rodrigo— me voy a morir.
Recuerdo que quise minimizar lo que ese anuncio implicaba. Traté de aclarar, atenuar algo que parecía tan letal, tan peligroso. —Quieres decir que no puedes respirar, que no tienes espacio para respirar.
Vi a Rodrigo vacilar, y enseguida: —Sí, pero es más que eso. Matar. Me van a matar si sigo acá.
Hace unos meses, nos dijo, él y sus dos cumpas fueron detenidos después de lanzarse impulsivamente a la calle a defender a un vecino al que la policía estaba amedrentando por haber besado a su novia arrebatadamente en la vía pública. Con una pasión tal vez excesiva, admitió Rodrigo, pero sin que esa pareja hubiera atentado ni a la legalidad ni a la moral, y en todo caso, sus besos no justificaban que los carabineros acusaran a la pareja de desorden público y vagancia, el mismo cargo que le imputarían a los tres fallidos amigos rescatadores. Cuando Rodrigo protestó, un policía había sacado su pistola y, colocándosela en la sien, le preguntó si quería que esto fuera fácil o difícil.
Fotos de Pablo Tarifeño.
Se los llevaron a la Primera Comisaría, que sirve al distrito en torno al Palacio Presidencial (y donde, noté con desolación, varios de mis compañeros allendistas fueron torturados y asesinados), y ahí pasó Rodrigo la noche en compañía de drogadictos y criminales insignificantes y piltrafas humanas que merodean por el sector. Mientras Rodrigo narraba estas peripecias, me pregunté cómo era posible que la policía no se hubiera dado cuenta de que nuestro hijo era diferente a esa chusma. ¿O acaso no era tan diferente, después de todo? ¿De dónde nacía mi presunción de que sus orígenes de clase lo protegerían, de que él tenía privilegios especiales debido a que era nuestro hijo? ¿Por qué menospreciaba yo a esos otros presos miserables, descalificándolos?
—Estaba en un calabozo provisional —nos explicó Rodrigo— junto a unos cincuenta tipos. Y no dejaba yo de escrutar al teniente que estaba a cargo de la comisaría, no le saqué la vista. Era alto, de estirpe europea, con un uniforme impecablemente planchado. Me di cuenta de que estaba cansado de ese lugar, rodeado de una colmena de pacos nerviosos, todos ellos con una piel bastante más morena que la suya. Y entonces grita nuestros nombres y “A la peni, Ustedes tres, a la penitenciaría.” Y yo pensé, ni modo que me manden a la peni, de ahí no salgo vivo. Y le digo: “Espere, espere, espere,” así, con una voz urgente y bien baja, y me acerco al teniente y él allá arriba en un estrado, como en el día del Juicio Final, algo salido directamente de Kafka, y le murmuré algo, sin levantar la voz, sólo para sus oídos. Le dije, mirándolo muy fijamente: “Usted es blanco, yo soy blanco. Usted tiene los ojos azules, yo los tengo verdes. Usted no debería estar acá, y yo tampoco. ¿Cuánto es la multa por vagancia?” Y el teniente titubeó por un instante. Le echó un vistazo a mis dos acompañantes —al vecino y a su novia hacía tiempo que ya los habían despachado quién sabe a qué sitio aciago—; uno de mis amigos estaba disfrazado de rufián del siglo XIX, con una capa larga, como si fuese el Conde de Lautréamont, y el otro con ropa bastante tosca pero con un aire cándido e inofensivo, si bien había pasado años en Nicaragua robando bancos para los Sandinistas. Ahí el oficial me mira de nuevo y me informa que la multa son sesenta dólares y tuve la suerte de que esa misma mañana había cambiado plata. Pagué la multa y nos pusieron en libertad. De manera que cuando digo…
—Que te van a matar…
—Soy demasiado salvaje, demasiado libre, he pasado demasiados años afuera, y no sé cómo navegar un país como éste, no sé cuando me toca callar, cuando puedo levantar la voz. En esta ocasión logré escaparme, pero la próxima vez…
Recuerdo que pensé: La próxima vez puede que su clase social no lo salve, no le ayude a engañar a la muerte. Era cierto que podían matarlo, que en este país en el que habíamos puesto tantas esperanzas, no había espacio para que un joven como él respirara. Ni tantísimos otros jóvenes parecidos.
Fotos de Pablo Tarifeño.
De manera que Rodrigo terminó yéndose, repitiendo el camino que tomó cuando se fue de Chile, un pequeño de seis años de edad, pero esta vez no porque se vio obligado a seguir a sus padres al exilio, pero debido a su propia libre voluntad, esta vez forzado por su patria a desterrarse, esa patria que mantuvo vivo adentro suyo con tanta devoción durante todo ese tiempo pernicioso.
Y dejando atrás a millones de chilenos que no tenían la opción de partir.
Tres décadas más tarde, estalló la revuelta popular.
El país, por supuesto, no es el mismo al que retornamos en 1990. La democracia ha permitido logros considerables, gracias, más que nada, a la coalición de centro-izquierda que ha gobernado durante la gran parte de ese período. Una disminución importante de la pobreza, una serie de juicios a los más escalofriantes violadores de los derechos humanos de la época de Pinochet, algunas mejorías en la salud y la educación, proyectos de infraestructura y transporte, modernizaciones del aparato estatal. Pero se pudo haber hecho mucho más para cuestionar la extraordinaria desigualdad de un Chile donde un pequeño y ávido grupo se ha apropiado de una inmensa y obscena tajada de la riqueza nacional. Ahí están los aristócratas y nuevos ricos que ostentan sus franquicias con desparpajo, aislándose cada vez más de los chilenos ordinarios que sufren, los viejos cuyas pensiones (privatizadas durante la dictadura) no alcanzan para vivir con dignidad, los pobladores que no disponen de un parque cerca para sus niños, los pueblos originarios que siguen siendo menospreciados y atacados.
Y, claro que sí, los jóvenes que contemplan las mentiras y la corrupción de militares y millonarios que abusan con impunidad de su situación de privilegio, los jóvenes que, un día, salieron a protestar contra un Chile que no los incluye. Y que, notemos, son los hijos y las hijas de esos jóvenes de 1990 que fueron marginados por una democracia circunscrita y confinada que no reflejó los intereses de la mayoría ni cuestionó a fondo el modelo neoliberal consumista de la dictadura.
La rebelión actual, que exige una democracia plena y que no acepta ya ese modelo económico, comenzó con algo que parecía exiguo y sin mayor trascendencia: un aumento de treinta pesos en el Metro de Santiago que se implementó el 6 de octubre del 2019, casi exactamente 31 años después del plebiscito del 5 de octubre que había terminado con el reinado de Pinochet. Y tal como el pueblo desafió la omnipotencia de la dictadura en ese entonces, ahora los estudiantes secundarios desafiaron la prepotencia del gobierno derechista de Sebastián Piñera (cargado, por lo demás, de Pinochetistas enriquecidos a destajo durante el régimen cívico-militar). Esos adolescentes decidieron no acatar ese aumento, llevando a cabo una “evasión masiva”, saltando jubilosamente los mecanismos de pago de pasaje. En vez de entender la desesperación que se agitaba detrás de esta forma de protesta pacífica, los ministros de Piñera hicieron oídos sordos y respondieron con una represión cada vez más salvaje, lo que, en vez de amenguar los desórdenes, atizó el descontento que se manifestó también en lamentables saqueos y vandalismo, alentados por el lumpen y los narcotraficantes. El presidente declaró que se trataba de una guerra a muerte, impuso un estado de emergencia y toque de queda, y ordenó a los militares que coparan la capital. Desde el tiempo de Pinochet que no se veían tanquetas y soldados patrullando las calles. El pueblo chileno no se dejó amedrentar. En forma mayoritariamente pacífica, millones de personas salieron a desfilar para repudiar esta guerra contra el pueblo, embarcándose en un nuevo octubre liberador. Ya no se trataba tan solo de la juventud. Se agregaban ahora los padres y las madres de esos muchachos rebeldes, los padres y las madres que habían sido, ellos mismos, jóvenes, que habían sido reprimidos y que ahora sacaban la voz y decían “¡Basta!” Sobrepasando las estructuras partidarias que no habían sabido dar una solución a los problemas profundos de Chile, los indignados manifestantes exigían dos cambios fundamentales: una nueva Constitución y una agenda social que atendiera las urgencias más inmediatas de la ciudadanía.
Un mes más tarde, ante una rebelión que aumentaba día a día, los partidos políticos de todas las tendencias acordaron celebrar un plebiscito que llevara a una Convención Constituyente encargada de concebir una nueva Carta Magna para Chile, dejando atrás el cerrojo que se había heredado de la dictadura. Y también se están consumando negociaciones para arreglar las pensiones insuficientes y la falta de viviendas decentes, la pésima calidad de la educación, un aumento significativo de los salarios y otras acciones que, se espera, van a reducir al abismo que existe hoy entre los super-ricos y de sus conciudadanos. Entre las exigencias de los insurrectos están también el control de las aguas, políticas sustentables para enfrentar la crisis climática, afianzar los derechos de sindicalización de los trabajadores.
Es decir, un nuevo modelo de desarrollo donde prima lo humano y no el lucro.
Queda por ver si estas reformas se efectuarán o si, de nuevo, se han de frustrar las ansias de un país más bello y equitativo. Queda por ver si los policías que respondieron a las demandas justas de los jóvenes con balines y torturas van a ser removidos y castigados. Queda por ver si la derecha chilena, acostumbrada a menoscabar la democracia con impunidad, aceptará una contracción de su poder y sus granjerías o si pondrán trabas al proceso que establece una nueva Constitución. Queda por ver si la izquierda chilena se dará cuenta de que no hay que temer la movilización del pueblo. Queda por ver si los sectores fascistas, nostálgicos de la mano dura de Pinochet, no aprovecharán el desorden y los saqueos, para revivir la quimera de una nueva tiranía. Queda por ver si las comisarías donde ayer fue detenido Rodrigo y sus camaradas y donde hoy siguen siendo constreñidos y golpeados otros jóvenes que solo quieren espacio para respirar tranquilos, solo quieren que se les permita sacar todo el potencial creador que tienen adentro, queda por ver si esas comisarías se transformaran en lugares que garantizan la seguridad de los chilenos y no su persecución.
Queda por ver, queda por ver.
Pero hay algunos que no verán más, más de doscientos jóvenes que quedaron ciegos debido a los disparos de la policía, quedaron sin ojos para que los dueños de Chile abrieran los ojos a la realidad de un país al que han ignorado, al que han querido olvidar. Otro sacrificio en la larga lista de sacrificios que han padecido tantos, las penas y pérdidas que nunca faltan para que nazca una patria nueva.
Porque lo que es indudable es que ha despertado Chile.
Así que mi familia y yo, después de todo, no nos equivocamos cuando retornamos a nuestro país en 1990. Teníamos razón de que la dictadura no había logrado contaminar irrevocablemente al pueblo.
Le toca a ese pueblo, y a su juventud, escribir ahora la próxima página de la historia.
Parece que Allende sigue vivo.
Muy vivo.
Fotos de Pablo Tarifeño.
Este reportaje/panfleto/manifiesto utiliza algunas situaciones e ideas escritas en dos libros del autor, las memorias Rumbo al Sur, Deseando el Norte y Entre Sueños y Traidores: Un strip-tease del exilio.