Un hombre de rostro duro, marcado por años de tormentos, duerme en un miserable camastro de la Penitenciaria Federal de Leavenworth, Kansas. Allí cumple una pena de 20 años. Su cabeza de gigante, profundamente negra y rizada, apunta hacia el pasillo. En la misma cárcel un preso enorme, de cuerpo tosco, se prepara: mientras atraviesa el corredor extiende las manos que introduce entre los barrotes de la celda del primer reo. The bull toma al condenado del cuello y con su fuerza de toro lo aprieta hasta que la resistencia se acaba y el sacudimiento del cuerpo maltrecho se detiene.
Es 21 de noviembre de 1922. Ricardo Flores Magón, semiciego y enfermo, es asesinado en una prisión del país del progreso, de la legalidad y las libertades. A los 48 años, al Prometeo de la libertad,[1] al apóstol revolucionario, como lo llaman, le arrebatan la vida.[2] Finalmente esa pluma de fuego se apaga.
A The bull podría decírsele lo mismo que Ricardo escribió en 1911 tras la muerte de Práxedis G. Guerrero, el poeta de la revolución: “¡Ah, soldados que militáis en las filas del Gobierno: cada vez que vuestro rifle mata a un revolucionario, ¡echáis otro eslabón a vuestra cadena!”.[3]
El homicidio del periodista conmovió a todos. En Estados Unidos, organizaciones obreras, socialistas, comunistas y anarquistas, realizaron mítines y homenajes inmensos. En México, Soto y Gama[4] habló ante la cámara de diputados: “En lugar de pedir a ustedes luto, algo de tristeza, algo de crespones negros, yo pido un aplauso estruendoso que los revolucionarios mexicanos, los hermanos de Flores Magón, dedican al hermano muerto”[5]. Decidieron traer su cuerpo de vuelta a cargo del Estado. Ninguna protesta, hubo una solemnidad religiosa. Cuando el rebelde ya no era peligroso, lo adularon y glorificaron.
No fue el Estado, sin embargo, quien se ocupó del traslado; los obreros no permitieron tal burla hacia uno de los suyos. La Confederación de Sociedades Ferrocarrileras de la República Mexicana, sindicatos y asociaciones obreras enviaron delegados con fondos para el traslado.
Después de 56 días los restos llegaron a la capital en tren, pero antes se detuvieron en cada ciudad importante. En Juárez, medio millón de trabajadores realizó una manifestación. Lucille Norman Brousse,[6] en un telegrama del domingo 7 de enero de 1923, dirigido a Librado Rivera[7], describió una de estas escenas:
… Nunca había visto un espectáculo tan hermoso en mi vida, cientos de trabajadores cargaron los restos de mi amado padre … En el tren especial la Bandera Roja flotaba por delante, símbolo de la hermandad y la justicia de los desheredados. A lo largo del camino el peón pagó tributo a su compañero martirizado por su causa con cabezas inclinadas… Los maestros llevaron a sus alumnos a que vieran los rasgos de un apóstol cuyas enseñanzas serán cosechadas en las conciencias de los hombres y las mujeres del futuro.[8]
Pese al esfuerzo del gobierno por reivindicar la figura del revolucionario, los trabajadores fueron los responsables de la organización del viaje y el entierro.
“Todo es de todos –dice Teodoro Flores, indio mixteco, héroe de tres guerras ¡Repítanlo! y los hijos repiten. ¡Todo es de todos! (…) la tierra, el agua, los bosques, las casas, los bueyes, las cosechas. De todos. ¡Repítanlo! Noche tras noche los niños lo escuchan, hasta que los vence el sueño. Nacemos todos iguales, encueraditos. Somos todos hermanos. ¡Repítanlo”![9]
Los tres niños eran Ricardo, Enrique y Jesús Flores Magón. En Memoria de Fuego II, Eduardo Galeano, rescató esta historia, importante para comprender la figura del apóstol de la revolución mexicana. En Peleamos contra la injusticia, de Samuel Kaplan, aparecen dos relatos más de la familia. Enrique Flores Magón cuenta cómo a los ocho años fue con su padre al Zócalo de la ciudad. Allí, se encontraron con un viejo conocido:
-Si eres pobre, Teodoro, tú has de saber por qué. (…) ¿Has olvidado que eres dueño de tres haciendas en nuestra tierra?… vende esas propiedades y te haces rico.
-Pero esas tierras no me pertenecen –dijo mi padre- la tierra pertenece a quien la trabaja, su esfuerzo y su sudor la hacen fértil [10]
Otra anécdota, esclarece el carácter de la familia: la manera en cómo Margarita Magón y Teodoro Flores se conocieron. Durante la batalla de Puebla contra el ejército francés, la madre de los rebeldes gritaba y daba aliento a los hombres que peleaban: “¡Valerosos compatriotas, adelante! ¡Salvadores de México, derroten al invasor!”. [11] Mientras Teodoro, respetado liberal, dirigía la carga contra los franceses. Entre cañonazos, balas y muerte, se encontraron. Durante el sitio de la ciudad se enamoraron y ya no se separaron nunca.
Ricardo Flores Magón, “el luchador alto, recto y firme como la roca en medio del mar embravecido”[12] según lo describe Librado Rivera, nació el 16 de septiembre de 1873 en Eloxochitlán, Oaxaca. Hijo de Margarita Magón, mujer valiente, y el militar liberal, Teodoro Flores. Vivió su infancia en Oaxaca, pero a los 8 años, la familia se mudó a la Ciudad de México, donde unos años después entró a la Escuela Nacional Preparatoria. Cursó tres años de la universidad como abogado, pero la abandonó porque a los 20 años fue detenido por protestar contra la segunda reelección de Díaz. Le bastó pisar una vez las mazamorras para declararle la guerra al dictador y a las injusticias hasta el día en que murió.
Amigos y enemigos por igual estaban de acuerdo en un punto sobre Ricardo Flores Magón. Era el luchador más audaz, más enérgico, activo y firme de la historia mexicana. Soto y Gama lo describió como “el gran rebelde, el inmenso inquieto, el enorme hombre de carácter jamás manchado, sin una mácula, sin una vacilación”.[13] Alonso Cravioto, que después de la revolución se convirtió en senador dijo: “… su voluntad tenía algo de extrahumano…de espíritu abierto y fraternal… a nosotros nos tenía deslumbrados por su carácter de hierro”. Para William C. Owen era un “volcán que nunca dormía”.[14]
Decir que sus enemigos lo respetaban no es falsedad. Salado Álvarez, muy cercano al dictador Díaz, antagónico declarado de Magón y miembro del grupo de los científicos recuerda cómo se le pidió Ricardo, más como amenaza, que detuviera sus escritos y él respondió: “Bien sé que se me daría una gran suma de dinero si dejara de atacar a Díaz, pero no es enemistad personal la que me guía, estoy cumpliendo una misión y la llevaré a cabo de cualquier manera, aunque sea exponiendo la vida”. Salado escribió en 1922: “… hay un aspecto de su carácter que no sabría yo condenar. La respuesta de Magón fue la de un hombre honrado”.[15]
Desde los 20 años, Ricardo Flores Magón nunca detuvo su trabajo por la libertad. Ni las cárceles más obscuras ni las palizas más encarnizadas apagaron el fuego de su pluma. Su eterna batalla no fue solo contra Díaz y el clero sino contra la explotación y las injusticias. Ni Madero ni Carranza ni Wilson, se salvaron de sus palabras de plomo. Por eso tenían que encerrarlo, y finalmente, por eso lo asesinaron.[16]
En las vísperas del cataclismo social de 1910, era el revolucionario más respetado. Madero osó ofrecerle el puesto de vicepresidente de la república y en 1911 escribió: “yo no peleo por cargos públicos… no quiero pues, ser tirano, soy un revolucionario y lo seré hasta que exhale mi último aliento.”[17]
En 1918 Ricardo Flores Magón y Librado Rivera escribieron un manifiesto dirigido a los trabajadores del mundo. Alentaban a la lucha, a tomar parte activa en la historia. El Manifiesto a los anarquistas del mundo y a los trabajadores en general fue la causa de la condena que pagó Magón: 20 años para él y 15 para su eterno compañero. “Todo indica, por la fuerza de evidencia, que la muerte de la sociedad burguesa no tarda en sobrevenir.”[18]
Fueron procesados bajo los cargos de sedición y de violación las leyes de neutralidad y recluidos en la Isla McNeil,[19] donde Magón enfermó, y 15 meses después fue trasladado a Leavenworth. Pero allí, su salud no mejoró, los ojos del apóstol de la libertad se apagaron lentamente.
Mientras, la situación política en México no era propicia, el caudillismo había abanderado la revolución de los trabajadores, por la que tanto habían peleado. Y con el establecimiento de Carranza en el poder, comenzaron a institucionalizarse los grupos revolucionarios.
Durante este encierro Ricardo se sintió abandonado y una melancolía agobiante se posó sobre su pecho, así lo expresa su correspondencia. Desde 1893 el gobierno lo había perseguido, pero en estas fechas le ofrecieron una pensión. La enfermedad lo consumía, pero no por eso su fortaleza se doblegaba. En una carta le escribió a Nicolás T. Bernal:
Yo no creo en el Estado; sostengo la abolición de las fronteras internacionales; lucho por la fraternidad universal del hombre… todo dinero obtenido por el Estado representa el sudor, la angustia y el sacrificio de los trabajadores. Si el dinero viniera directamente de los trabajadores, gustosamente, y hasta con orgullo, lo aceptaría, porque son mis hermanos. Pero viniendo por intervención del Estado… es un dinero que quemaría mis manos, y llenaría mi corazón de remordimiento.[20]
La reclusión de Magón, su deterioro de salud y la nostalgia producto del abandono, no lograron corromper su voluntad de apóstol. En los últimos dos años de su vida, su escritura cambió abismalmente. Ya no eran los fogosos llamados a la lucha, sino las cartas poéticas de un preso que anhela intensamente su libertad. En una carta a Gus Teltsch le escribió fatalmente:
¿Por qué ponen águilas en las jaulas? ¿No saben que las alas necesitan espacio, que las alas son sagradas? Un suspiro por la libertad, por la vida, termino esta carta antes de que mis alas se lastimen en este estrecho encierro.[21]
Magón nunca conoció el miedo. Pero en esta prisión lo experimentó por primera vez. El hombre que “había nacido para combatir sin tregua,”[22] aquel que estuvo preso nueve veces antes de esta última, y soportó más de 13 años recluido en pocilgas, que empuñó el rifle y emprendió una lucha armada; en su décimo encierro, tuvo miedo. No fue horror por la muerte[23], sino por la ceguera.
Lo paralizaba la idea de las tinieblas infinitas. En otra carta le escribe a Gus de nuevo:
… mis ojos están demasiado dañados. Por lo tanto, estoy en la eterna obscuridad que va a envolverme mientras viva. Para mí, el no ver es una positiva desgracia. No ver más luz… la sola idea hace que se me revuelva la cabeza.[24]
Una carta más de julio de 1922, revela el estado de ánimo de Ricardo, el destinatario es desconocido, pero dice:
Me esforcé, mi querida camarada, por volver a encender en el corazón del hombre, el fuego sagrado (…) Pero cualesquiera que puedan ser mis sufrimientos, me complazco de haber tratado de hacer al hombre, una parte de lo hermoso.[25]
Los revolucionarios mexicanos, salvo los amigos más cercanos, lo olvidaron. Detrás de esos muros, se consumió la salud, mas no la energía ni la entereza de Ricardo. Poco antes de morir, dio una última lección de dignidad y honradez. Debido a su deteriorada salud,[26] se solicitó su libertad y su caso se revisó nuevamente. Podía salir libre, recobrarse de su ceguera y gozar de la vida nuevamente, sólo bastaba una solicitud de perdón. En una carta a Nicolas T. Bernal, confesó:
… nada puede hacerse en mi favor si no hago una solicitud de perdón… Esto sella mi destino; cegaré, me pudriré y moriré dentro de estas horrendas paredes que me separan del resto del mundo, porque no voy a pedir perdón. ¡No lo haré! … No sobreviviré a mi cautiverio, pues ya estoy viejo; pero cuando muera mis amigos quizá inscriban en mi tumba: “Aquí yace un soñador”, y mis enemigos: “Aquí yace un loco”. Pero no habrá nadie que se atreva a estampar esta inscripción: “Aquí yace un cobarde y traidor a sus ideas”.[27]
Así llegó la muerte a su celda, la gran libertadora de las tinieblas que lo aterraban. La vida de este revolucionario transcurrió tal y como Práxedis expresó: “Vivir para ser libre, o morir para dejar de ser esclavo”. Yo pienso que mientras pataleaba y se resistía en su celda ese 21 de noviembre, mientras los ojos casi inútiles se cerraban para siempre como dos portones gigantes, vio con claridad y en un segundo toda su vida, se sintió libre al fin, recordó sus mejores años, a los viejos camaradas, a sus padres.
Seguramente, mientras pataleaba y se resistía, le llegaron las palabras que escuchaba de niño y comprendió que su tiempo había acabado: “¡Todo es de todos! (…) la tierra, el agua, los bosques, las casas, los bueyes, las cosechas. De todos. ¡Todo es de todos! ¡Todo es de todos!”
[1] Librado Rivera se refiere de esta forma a Magón en el prólogo del libro Ricardo Flores Magón, el apóstol de la revolución mexicana, mientras que Diego Abad de Santillán autor de éste, se refiere al revolucionario oaxaqueño como un apóstol; al igual que Alfonso Cravioto y Soto y Gama.
[2] Librado Rivera aseguró siempre que su compañero Ricardo, al que vio un día antes, fue asesinado, pues “tenía la cara negra hasta el cuello y la frente tendida hacia atrás”, es decir, con signos claros de estrangulamiento. Véase; Librado Rivera, “Persecución y asesinato de Ricardo Flores Magón”, 1923. Disponible en http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/literatura/pqsla/1.html.
[4] Antonio Díaz Soto y Gama fue un político, diputado y abogado liberal, se opuso a la dictadura porfirista y fue uno de los fundadores del Club Ponciano Arriaga. En 1912 participó en la formación de la Casa del Obrero Mundial, en 1913, se unió al Ejercito Libertador del Sur y en 1920 fundó el Partido Nacional Agrarista. Véase: Pedro Castro, Antonio Díaz Soto y Gama, agrarista, en Polis, vol. ll, UAM-I, 2000, p.p. 257-282. Disponible en: https://polismexico.izt.uam.mx/index.php/rp/article/view/535/531.
[5]Carrillo, Ricardo Flores Magón, esbozo biográfico, México, 1945, p. 53.
[7] Librado Rivera fue un profesor, periodista y revolucionario anarquista mexicano. Escribió en periódicos como el Hijo del Ahuizote -donde conoció a los hermanos Flores Magón- y Regeneración. Fue un miembro importante del Partido Liberal Mexicano. Véase: Aurora Alcayaga, Librado Rivera en el movimiento anarquista mexicano 1905-1932, tesis de maestría, México, UAM-I, 1990. Disponible en: http://148.206.53.84/tesiuami/UAM9434.pdf.
[19] Esta pena debe entenderse en el contexto de la primera guerra mundial. No sólo Regeneración, sino la prensa disidente en general y los revolucionarios que alentaban a sabotear el enfrentamiento bélico eran recluidos en la prisión.
[23] Antes escribió sobre ésta: “la muerte es la gran libertadora… estoy cansado de ver a la muerte pintada como un gran esqueleto humano. Si yo fuera un artista pintaría a la muerte completamente diferente, como una bella doncella, por ejemplo”.
[26] Magón además de la afección visual, padecía diabetes, su peso era muy bajo y en 1920 enfermó de influencia y pulmonía. A pesar de su grave estado de salud las autoridades estadounidenses aseguraban que estaba sano y dificultaron la atención médica que necesitaba. Véase: Abad de Santillán, Op., cit., p. 134; Librado Rivera, “Persecución y asesinato de Ricardo Flores Magón”, 1923. Disponible en http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/literatura/pqsla/1.html. ; y la cartas dirigidas a Gus Telstch del 1 de marzo de 1920, disponible en: http://archivomagon.net/obras-completas/correspondencia-1899-1922/c-1920/cor04-2/ y
Hay un extremo sobre el cual diré la verdad, y es que voy a contar mentiras.
Luciano de Samosata
Robé una y otra vez y jamás me descubrieron:
pasitas, chocolates y tampones, baterías AA,
desodorantes; un anillo de plata
—se le desprendió el granate
y nunca más volví a lucirlo—,
un par de pantalones de mezclilla
—regresé al lugar del crimen
porque olvidé mis lentes—,
un libro de Rosario Castellanos
—regresé a pagarlo, fingiendo
haberlo llevado por descuido—,
una antología de Lȇdo Ivo mal traducida,
cuya lectura abandoné a la mitad.
Comía hamburguesas
sin pedir la cuenta nunca,
aconsejaba sobre asuntos
de los que no tenía la más remota idea.
Daba nombres y apellidos falsos
en la lavandería, las encuestas callejeras,
los boletos de autobús entre ciudades,
inventaba historias para los taxistas
sobre pueblos que nunca había visitado
y les convencía de cambiar
a otras marcas de aceite inventadas por mí;
tenía novios similares en ciudades diferentes,
cuya semejanza me hacía fantasear
con que eran el mismo.
Pero cada noche, sin falta, al llegar a casa,
me desmaquillaba a conciencia,
lavaba los trastes mientras repasaba mi día
con la atención necesaria para no olvidar
ningún detalle de lo que sí ocurrió
ni falsear la historia en sus mínimos engaños
para poder contársela el fin de semana
a mi abuelo de noventa años
que me esperaba porque alguien más le daba aviso,
y ya no podía reconocerme.
Criptografía
La parábola de la arena y la roca
me obsesionó durante años.
Aunque la roca se me deshizo como arena,
construí la casa.
Recibí una y otra vez a mis tormentas
y también al lobo
que soplaba cada vez más fuerte:
la casa terminó por derrumbarse.
Le recé a la arena,
le recé a la roca,
le recé a los códigos binarios y las dicotomías.
Le recé a la parábola para que ya no existiera,
pero siguió enviándome notas por correo,
requerimientos con logotipos oficiales.
Me fui al campo,
pero las hormigas devoraron las letras de mis libros;
me mudé a una ciudad muy grande,
pero no encontré ningún espacio no indexado
y la parábola acechaba en todas partes.
Fui a una isla en medio del océano,
sobre las rocas de madrépora que brillan en la noche,
pero una compañía petrolera
decidió excavar un pozo en medio de mi sala.
Al fin, vine al desierto
para perderme entre las dunas.
Si aquí todo es arena
para qué buscar la roca,
para qué el mar
si aquí todo es inmenso.
Los espejismos edifican ciudades en alta definición.
Ahora bailo mientras cruzo mi reino de arena
que resiste en la tempestad de sus fragmentos.
Como sociedad hemos sobrevivido en un país que los últimos doce años ha estado sumergido por una guerra que el grueso de la población ha pagado con sus cuerpos; sin embargo, el fenómeno de la violencia contra las mujeres ha dejado cifras que de acuerdo al Laboratorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe de la Cepal, nos posicionan como el segundo país, luego de Brasil, con mayor número de casos de feminicidios registrados en la región.
De acuerdo a cifras oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema de Seguridad Pública, de enero a septiembre de 2019, 2 833 mujeres han sido asesinadas en nuestro país, de las cuales sólo 726 mujeres, es decir el 25.6%, son investigados como feminicidios, el resto han sido identificados por las autoridades correspondientes como homicidios dolosos.
El problema principal radica en que tales cifras no representan de manera fiel los casos de violencia psicológica, sexual o física, ni reflejan el número de feminicidios que en muchas ocasiones no son tipificados como tales por las autoridades correspondientes.
Fotografía por Fernanda Villanueva
Una de las razones tiene que ver con la denuncia. Los días 25 de cada mes, desde febrero de 2018, se elabora un documento donde se establecen las estadísticas que generan las denuncias por incidencia delictiva en las 32 entidades federativas, así como las llamadas realizadas al 911 como una forma de registrar aquellas llamadas de emergencia que pueden o no haber terminado en una denuncia formal frente al Ministerio Público. En el último mes, con corte al día 31 de octubre, dos aspectos tienen un gran peso para realizar un análisis profundo sobre los hechos de los últimos dos días: que el delito de feminicidio representa el 0.05% en la incidencia delictiva total de enero a octubre de 2019, y en segundo lugar, el hecho de que dentro del ejercicio de valoración de un hecho delictivo, es decir desde la apertura de la carpeta y el proceso de investigación, éste puede cambiar tanto de status e incluso ser desechado, reclasificado o, incluso, “puede determinarse la no existencia del mismo”. Igualmente marca que “la obligación que tienen las autoridades Ministeriales de toda la República para la utilización del protocolo de investigación en materia de feminicidio en las investigaciones de muertes dolosas de mujeres no condiciona su registro estadístico bajo dicho título”; es decir, dentro del cumplimiento de las autoridades sobre la investigación, éstas no se encuentran obligadas a condicionar su registro como feminicidio.
Esta es la principal razón por la cual ante la ausencia de hijas, madres, amigas, abuelas, maestras y compañeras, tal cifra no representa la de forma precisa el fenómeno del feminicidio y la violencia de género. De ahí que desde la cuerpa social, una formada por todas aquellas corporalidades que importan y tienen el derecho legítimo a vivir de manera digna, sostengan un reclamo a la visibilidad de la vida de millones de mujeres que sobre sus manos sostienen la deuda de la sociedad: los cientos de cuerpos que han perdido la vida por el solo hecho de ser mujeres, los miles de casos de abuso sexual desde la infancia, de violencia psicológica y física, la nula vida que nos han impuesto y que, sin embargo, nuestros senos, sangre menstrual y deseos todavía sostienen los estallidos de digna rabia para exigir al Estado y al grueso de la sociedad ya no la igualdad, sino la mirada hacia una salida que puede ser la oportunidad para que todos terminemos de una vez con el registro mortuorio en nuestro país.
El digno camino de la enunciación
No es gratuito que cientos de mujeres ¾algunos hombres también¾ se hayan congregado en distintos momentos en este año para demandar nuestros derechos, el más importante, la salvaguarda de nuestras vidas.
Las marchas multitudinarias del 15 de agosto y del 24 y 25 de noviembre confirman que las mujeres han sobrevivido gracias al trabajo, a veces, de colectivos y organizaciones civiles, y en muchas otras, por el trabajo silencioso de aquello que ahora llamamos sororidad, pero que ha estado presente desde el principio de la nación: el cuidado de nuestras madres, abuelas, tías, vecinas, maestras; las prácticas de reciprocidad comunitaria encontradas sobre todo en las clases bajas, en los contextos rurales y barriales de la ahora CDMX, Estado de México y el resto de los estados y municipios donde las mujeres, desde niñas, han estado sentenciadas a una posible marca de violencia y muerte sobre sus cuerpos.
Pero ante las desapariciones, los cadáveres encontrados de maneras dolorosas, los abusos cotidianos, el cúmulo de marcas que la violencia doméstica deja en cada minuto, no debería ser una sorpresa el hecho de que se elabore un proceso no sólo de denuncia, sino de reclamo que nace, es cierto, desde lo más profundo de nuestra corporalidad, porque las pruebas no mienten, las entrañas nos convocan a exigirle al Estado y la sociedad que dejen de normalizar la violencia de cualquier tipo, que dejemos de ser el blanco de los odios, de las frustraciones, de la delincuencia organizada.
En cada uno de los procesos que la cuerpa social se ha levantado para demandar y defender nuestras vidas, diversos edificios y monumentos han quedado marcados con símbolos, pintas, demandas, que no hacen sino establecer, en primer lugar, un espacio político dentro del espacio público. Desde luego, se rompe el pacto social de la misma manera que éste ha quedado necrosado desde el principio de la violencia.
El Ángel de la independencia, las estatuas y edificios públicos de la Zona Rosa y Reforma, los palacios municipales y monumentos en otros estados de la República, y ahora también el Hemiciclo a Juárez, han sido tomados como lienzos para expresar la rabia y también el miedo, porque no es normal que una mujer sea violentada o pierda la vida por serlo, eso es lo que quebranta el pacto social y constitucional.
Fotografía por Fernanda Villanueva
De ahí que colectivos como Restauradoras con glitter, Juntas Marabunta, Colectivo de Mujeres Unidas en Monterrey, Asamblea Feminista Autónoma Independiente, Asamblea Feminista Metropolitana, Madres de Familia de Víctimas en el Estado de México y cientos de organizaciones más no sólo se congreguen para marchar, sino que se apropien de la calle, de la infraestructura urbana y de los artefactos de memoria, monumentos históricos y estatuas, no sólo como una forma de emancipación, sino para reparar el sentido político desde lo social. Esas marcas, pintas, cruces, monumentos a la memoria de las mujeres víctimas de homicidio y desaparición y brillantina rosa, como lo dice Silvia Ribera Cusicanqui, escamotean el discurso para tejer el propio, para establecer pautas donde la vida sea prioridad, para desterrar aquellos procesos heteropatriarcales que devienen en prácticas y memorias necrofílicas y pétreas.
La sensibilidad social entonces, se presenta como aquello donde el reclamo ha dejado atrás a la súplica, encarnamos la voz de aquellas que no pudieron o pueden defenderse. Como lo marca Héléne Sixous, nuestras voces, gritos, risas, tienen que salir, tienen que entenderse como propio de las mujeres, porque durante la historia, política, pero también artística y cultural se nos ha negado el derecho a ser mujeres.
Desde luego que desde el Estado y la cuerpa social se hablan de cosas distintas, pues la lucha de las mujeres es por salvaguardar nuestras vidas en los espacios públicos y privados de enunciación, mientras que el Estado y las instituciones proclaman la distinción de un estado de derecho fracturado donde solo la denuncia lícita puede ser el salvoconducto para determinar de manera legal si una práctica delictiva, incluso la pérdida de la vida en manos de un perpetador, puede ser identificada como feminicidio.
Resulta doloroso que no se entienda el inicio de esta Revolución. Es comprensible que las instituciones crean que son actos vandálicos, pues en principio el graffiti, la marca en el espacio público, es un acto disruptor en sí mismo. Lo preocupante es que no se reconozca la emergencia de lo que tal enunciación ha puesto sobre la mesa en materia de discurso político, que las mujeres están organizadas y que como ciudadanas exigimos que este fenómeno sea desterrado no sólo desde las entidades correspondientes, sino en el resto de la sociedad.
Fotografía por Fernanda Villanueva
La indignación como praxis política
Es entendible que el Estado, establezca límites, pactos, leyes, reglamentos. Sabemos que la regulación legislativa e institucional es necesaria, sin embargo, cómo explicarle a una madre que ha perdido a su hija que esto ha sido el resultado de un homicidio que para denominarlo como feminicidio se llevará incluso años. Entre muchas de las pintas, se encontraba la consigna “Si me matan, quémenlo todo”. Este coro no hace sino reproducir el profundo dolor, la indignación y la ausencia de miles de mujeres y deudos que no terminan por comprender lo sucedido. El proceso de revictimización también ha configurado esta rabia expuesta en el espacio público mediante prácticas revolucionarias y de disrupción; ese dolor que emana desde los cadáveres sin identificar, los expedientes descartados, fabricación de pruebas o en casos como el de Lesvy, no hacen sino constatar que las pintas son legítimas porque exponen un discurso político y que ante la constante salvaguarda de la limpieza y el orden inmediato por parte de las autoridades, logran visibilizar que ese discurso tendrá que esperar o que será expuesto ante la sociedad como un acto vandálico.
Lo que debemos tomar en cuenta es que ninguna vida debiera ser más importante que otra, lo que reclamamos es que no se nos niegue la nuestra, que no por ser mujeres tengamos que correr riesgos, que no tengamos que vivir en un estado de continua excepción. Las pintas no le hacen lo que el viento a Juárez, las pintas simbólicamente reclaman desde la propia memoria de la Nación constitucional que todas las mujeres en nuestro país exigimos el derecho a existir libremente para formar parte de la sociedad que todos deseamos, una sociedad libre de violencia.