Una evasión masiva. Así comenzó todo. Cientos de personas saltando torniquetes de entrada al metro; evadiendo el saldo de viaje. El aumento de 30 pesos chilenos a la tarifa de Metro en hora pico aparentaba ser otra de las piedras que se sumaba a la espalda del costo de vida en Chile. Si bien este aumento no estaba dirigido ni a estudiantes ni a adultos mayores, la movilización fue encabezada por estudiantes de educación secundaria que cuestionaron la pertinencia de la decisión empresarial que, en promedio, significaría el consumo de casi el 10% del sueldo mínimo en Chile, llamando a una manifestación colectiva que declarara su descontento.
La paralización de metro impidió el traslado de cientos de personas que diariamente lo utilizaban para llegar a sus trabajos o centros de estudio, generando una especie de desacelero en la ciudad de Santiago. En apenas dos días, el caos parecía apoderarse de las calles, un frenesí que tensionaba el ambiente. La gente empezaba a preguntarse cosas, hablaba en las filas para comprar pan, hacía comentarios y publicaciones políticas en redes sociales y se asombraba por la evasión de la tarifa del metro, pero no la cuestionaron.
Carabineros, fuerzas especiales y policía de investigaciones llegaban a todo lugar donde se concentrara algún grupo de manifestantes, lugares en donde social e históricamente era extraño, terrorífico incluso, ver a la policía con carros lanza agua y lacrimógenas.
Dos días.
Eso bastó para que en la tarde del viernes 18 de octubre el presidente, Sebastián Piñera, a través de un comunicado por cadena nacional, anunciara el inicio del Estado de Emergencia debitado por considerar el movimiento como un riesgo para la seguridad ciudadana y del país.
Esta decisión situó un conflicto cargado de furia y violencia generalizada. Todo el país se levantó entre consignas de demanda por injusticias que escuchamos siempre: el sistema de servicio nacional de menores, las administradoras de fondos de pensiones, el sistema de salud pública, la educación desigual.
Circulaba mucha información, pero lo que más esparcía miedo eran los comentarios que aseguraban que los militares se encontraban acuartelados, listos para salir a las calles. Se hicieron bromas, mensajes con información exagerada y sarcástica, y sin darnos cuenta, al día siguiente se ejecutó la orden de toque de queda para la provincia de Santiago, abriendo así, una herida sin sanar que se había cubierto, infectado e intentado cicatrizar sin éxito durante 46 años.
Ahora la reacción de las personas se tradujo en desafiar el toque de queda. En cuanto comenzaba, salíamos a las calles a “cacerolear”, las familias se reunían con vecinos y amigos para expresar de forma pacífica su descontento; poco a poco la demanda desembocó en la exigencia de una nueva constitución. Paralelamente, situaciones de violencia y terror se esparcían a lo largo del país: incendios en las estaciones de Metro y sucursales de grandes tiendas, abusos extremos de uso de fuerza y armas contra manifestantes, detenciones ilegales y arbitrarias.
En menos de una semana se comenzó a hablar de desapariciones bajo circunstancias confusas y muertes a manos de agentes del Estado. La implementación del Estado de Emergencia y toque de queda se esparció hacia otras regiones, y las denuncias iban en aumento a través de videos y publicaciones en redes sociales. El terror se sembró en forma de rabia y poder, creciendo rápido como un shot de adrenalina que se inyectaba con cada foto y video publicado.
Las redes sociales tomaron un rol protagónico y fundamental para la manifestación y conservación de material de denuncia que pudiese resguardar la integridad jurídica de las personas, pero no fue suficiente.
Para comprender la situación sociopolítica de Chile, es necesario retroceder en el tiempo y revisar la historicidad de la exclusión y la desigualdad en América Latina que, bajo la premisa de los trabajadores sociales e investigadores Giannina Muñoz y Cristian Leyton, se basa en un proceso de múltiples dimensiones que perjudica la participación de las personas en la vida económica, social, cultural y política.
Este proceso tiene cuatro cauces principales: el primero nace del trauma colonial y la monopolización de los canales de influencia -es decir, el control de las redes de poder que dan sustento a una sociedad, como empresarios, líderes políticos, miembros de la religión o iglesia dominante, entre otros. Más allá de la violencia, masacre e invasión territorial, este primer cauce abarca también la desposesión y dominación económica de los grupos étnico-raciales, se trata del poder concentrado en el colonizador asumido por las élites criollas y reforzado por regímenes autoritarios heredados en dictaduras o formados durante la transición a la democracia en la época posmoderna.
El segundo corresponde a la fragilidad de los sistemas de bienestar y sus limitaciones. De esta forma se revela la desprotección por parte del Estado en los ámbitos de educación, salud o previsión social, por nombrar algunos. Esta desprotección termina por facilitar la brecha entre quienes puedan acceder de forma privada al bienestar y quienes no.
En tercer lugar se encuentran los déficits de ciudadanía y la debilidad de los sistemas democráticos, refiriéndose a la constitución de los Estado-nación latinoamericanos como un híbrido entre democracia y autoritarismo, y de cómo se ha formado una tradición clientelar que profundiza y refuerza la exclusión de ciertos grupos sociales a la vez que inhibe su ejercicio de ciudadanía.
El cuarto y último cauce hace referencia a las brechas de desigualdad de ingresos, acceso a servicios, al poder, a la influencia, la justicia, entre otros, y de cómo estos altos niveles de desigualdad condicionan la vida política y cultural de los grupos sociales.
A nivel latinoamericano, es posible identificar estas características que originan la exclusión y la desigualdad. Chile, sin embargo, tiene una historia propia y un contexto que le distingue de otros países de la región, debido a una promoción histórica de acumulación de capital, mezclada con componentes de intervención política irrumpida por el proyecto socialista de Salvador Allende, el primer presidente de izquierda electo de forma democrática en América Latina, caracterizado por instaurar un sistema planificador, potenciando la participación ciudadana y el rol empresarial del Estado, disminuyendo el mercado a modo de impulsar la industria propia del país.
El modelo neoliberal comenzaba a apropiarse de los países dominantes y, sin querer, como se dice en Chile, salimos escogidos como el lugar ideal para pilotear las propuestas que este nuevo sistema tenía para ofrecer. En septiembre de 1973 comenzó el golpe militar en donde políticos y ciudadanos con poder e influencia social sintieron la obligación de resguardar “los intereses de la nación” ante las condiciones de emergencia (¿suena conocido?) que se venían dando desde los años 60.
Luego de intervenir en la crisis económica, no había un camino claro que seguir, por lo que se comenzaron a estudiar diversos proyectos que dieran objetivo al régimen. No fue hasta 1975 que los Chicago Boys, un selecto grupo de estudiantes chilenos que obtuvieron conocimientos del economista Milton Friedman representando visiones monetaristas-neoliberales, escribieron un proyecto sólido llamado “El Ladrillo”, que parecía tener la solución a los problemas económicos presentes en Chile.
De esta manera, Chile pasó a adoptar un modelo que se caracterizaba por su liberación extrema de muchos mercados, con un débil rol regulador por parte del Estado y que entregaba aún menos importancia a la política social: un modelo que se implantó con miedo, muerte y desapariciones por 16 años.
Una de las huellas más potentes que dejó el régimen militar fue la Constitución, realizada únicamente por el abogado Jaime Guzmán, caracterizada por ser sumaria, rígida y autoritaria, protectora del libre mercado y con limitaciones de política social acotadas a los sectores de pobreza y extrema pobreza, los marginados y excluidos.
Pero no eran tantos los que se consideraban marginados y excluidos. Chile se convirtió lentamente en una sociedad neoliberal avanzada y triunfante, la mayoría de las fuerzas sociales y políticas habían adoptado el neoliberalismo. Esto se tradujo en chilenos y chilenas -ahora y entonces- políticamente desvinculados, pasivos, disciplinados y enajenados del mercado, quienes adquieren la “membresía de ciudadano” en la medida en que participan dentro del mercado, accediendo a tarjetas de crédito casi instantáneas, servicios privados de alto costo y una vida social dentro de centros comerciales, potenciando el consumo y el endeudamiento de miles de personas.
La acumulación de un estilo de vida consumista, la cantidad de servicios privados de alto costo, la vergüenza de la desprotección del Estado a niños, niñas, adolescentes, adultos mayores y personas con enfermedades complejas, la administración de fondo de pensiones por parte de privados, el trauma colonial reflejado en el conflicto Estado-Mapuche que continúa desde hace más de 200 años, se fueron acumulando, aunándose a una lista inmensa que evidenciaba una bomba de tiempo que, si bien parecía preocuparnos a todos, era ignorada entre reuniones en los Malls y palabras de ánimo cargadas de incertidumbre, molestia y desencanto. Mientras tanto, cada día salía en los noticieros asesinatos de niños y niñas en la red de protección a menores, parejas mayores de edad suicidándose por sentirse una carga para sus familiares por el alto costo que significaba mantenerse con salud, políticos engañando y robando una y otra vez. Nuestras conversaciones se caracterizaban por intentos vanos de darnos ánimo mutuo y desafíos a llevar la pesada mochila que suponían los problemas del país a dondequiera que fuéramos. Y mientras tanto, el tiempo de la bomba seguía corriendo.
Remix de Luis Ham a partir de la fotografía de Davidlohr Bueso
¿Qué sucederá ahora?
Es difícil saberlo. Ante la incompetencia de los medios de comunicación hemos elegido el uso excesivo de redes sociales, las cuales se están saturando de realidad, especulación, miedo o empoderamiento, pero una cosa es clara: al salir a la calle la gente sigue hablando del tema, sigue enojada y con nuevas historias de las injusticias sufridas por vivir en un país en donde el Estado no invierte en sus ciudadanos, sino en quienes tienen el poder.
Cesó el toque de queda en menos de una semana, Piñera pidió la renuncia de sus ministros, lo que resultó como una burla a las peticiones demandadas. Se han hecho modificaciones respecto al sueldo mínimo y otras medidas parche que no terminan de cerrar el daño que el neoliberalismo les hizo a las personas, y mientras tanto, las manifestaciones continúan en las calles bajo la represión de carabineros y fuerzas especiales.
Las movilizaciones continuarán porque las personas se están dando cuenta de que pueden hacer algo más que visitar un mall, que pueden abastecerse sin las grandes cadenas de supermercados y que pueden trabajar menos horas siendo igual o más productivos. Continuarán porque las instancias de discusión que podían darse entre amigos, familiares, en las filas de compra y en redes sociales, se está transformando en la convocatoria a cabildos abiertos y asambleas constituyentes en diversas comunidades.
Esta vez es el pueblo hablando por el pueblo.
Si bien el Estado hace lo posible por “volver a la normalidad”, cada vez son más las personas que desean instaurar y se pronuncian por un pacto social que se manifieste en un cambio de constitución porque entienden que volver a la normalidad significaría volver a la vida precaria y desigual, volver a la normalidad sería ignorar a las 232 personas que han sufrido daños oculares por perdigones y las 2.808 personas heridas en hospitales acometidos por carabineros.
Así no, dice el dentista. Su yema recorre mi mandíbula y me empuja la quijada para recostarme el cráneo. En mi espalda, entre omóplato y cadera, queda un vacío fastidioso que resuelvo con un falso estornudo que me devuelve a la posición original. A mano izquierda tengo la escupidera y el detalle de un manubrio que no me atrevo a tocar. No estás en una máquina del tiempo, oigo el susurro detrás del tapabocas.
Y es que yo quería morirme a los veinticuatro años, antes de que mis dientes se pudrieran, antes de que tuteara a los taqueros, antes de que mi contador me invitara a sus cumpleaños. Bien, a bocajarro, cuento doce caries; me parece que esto, indaga con el gancho, es sarro, pero hay que revisar a fondo, dice el dentista. Concluyo, se rasca con el dedo la nariz o el bigote detrás del tapabocas, que no sabes lavarte los dientes. Verás, toma una dentadura de juguete y me indica tallando con un cepillo miniatura, hay que lavar por fuera, de arriba abajo, y por dentro, también de arriba abajo. Los molares, en cambio, debes tallarlos en círculos, uno por uno, como si fueran peldaños o ventanales.
Hagamos algo: figúrate que son ventanales, o plataformas, digo, como una superficie con relieve, ¿qué tal? A lo mejor lo que sucede es que tú eres Dios y bajas una mano al mundo para limpiar una montaña, o en tu caso un volcán, porque sin duda tienes cavidades hondas. Por ejemplo, entierra el garfio y me jala la mandíbula hacia su rostro, aquí hay una caries consagrada, espero por tu bien que no se haya infectado.
Bien, haz de cuenta que eres Dios limpiando una cordillera, que es tu dentadura, porque yo no sé de religión, pero Dios, al menos el de siempre, es el creador y el cuerpo; él mismo es el cosmos y se reconfigura en su creación. De modo que la materia, en cierta forma, dice el dentista, también es Dios, así que Dios puede bajar a limpiar su mundo y, a la vez, lava su cuerpo, la prisión a la que nos trajo para desinfectar la carne. Pero yo no sé nada de religión, dice el dentista.
Nunca me acostumbraré al taladro chillón ni al inyector de líquido que no es agua, pero te aseguran que es agua, o uno cree que es agua, y en verdad es un desinfectante que disparan a la encía, luego de lo cual, el aire, que sí es aire y se siente como un silbido, petrifica el derredor del diente, lo esmerila, lo aísla en sinsabores ácidos.
Escupe, me ordena el dentista y me habla de sus cinco hijos, de una universidad en Londres, de un chef con muchísimas probabilidades de ascender en un restaurante bistro, gourmet, folclórico, prehispánico, fusión, molecular. Me hace preguntas que sabe que no puedo responder con tres pinzas en la boca. ¿Eres casado? ¿Consideras al fascismo una derivación natural de todo rol protagónico? ¿Padeces insomnio? ¿Lloras al recordar los amores que perdiste a causa de tu mal aliento? Qué tonto, ¡cómo me vas a contestar así!
Retira los instrumentos, prepara una aguja del tamaño de una flauta y me hace otra pregunta, aunque la expresa como si estuviera repitiendo la última, o quizá se trate de la misma que creo que ha hecho desde que entré al consultorio. ¿Eres feliz?, señala mi labio inferior con la aguja burbujeante y desliza solo un poco los dedos índice y medio al presionar la base de la jeringa con el pulgar.
Contrólate, me digo, menciona elementos familiares y sustrae de ellos un juicio no comprometedor, habla del mar, hay un cuadro del mar en la recepción; habla del color turquesa que te recuerda al día en que tu madre se sentía muy guapa en una boda y tú, niño de cinco o seis, te escondiste bajo su vestido y gritaste que no querías vivir nunca sin su compañía.
No sabes convivir, ¿verdad?, imagino que dice el dentista, o lo dice, pero pronuncia con tal sutileza las consonantes que podría tratarse de una banalidad. ¿Te gustan los perros? ¿Sabes karate o taekwondo? ¿Ya te titulaste? No tolero, me dice el dentista, que mis pacientes se crean superiores al hilo dental ni que me pregunten qué marca de pasta de dientes es mejor. Bien podría contestar, lo sé, como con los vinos, el mejor es el que más te gusta, ¿no? Sin embargo los artículos de higiene bucal no funcionan de la misma manera, no sería riguroso aseverar que funcionan así porque, déjame contarte algo de todos los artículos de higiene personal, esto incluye los cepillos de dientes, jabones y cremas para el pie de atleta. Parece que el dentista está a punto de confesarme un secreto, aunque es posible que me esté hablando de la caída del Imperio romano.
Los mejores productos higiénicos, presta atención, son los que se usan con regularidad. Re-gu-la-ri-dad. Ya sé, no descubrí el hilo negro, pero esa es la verdad. No sabes cómo me carga que me lo pregunten, ¿qué es mejor? Porque, mire, doctor, el otro día en la tele vi un comercial en el que aparecía otro doctor, uno como usted, igual de sabio y generoso, que decía que tal o cual marca era superior, entonces, doctor, ¿la compro? Golpea con el puño la bandeja donde están los instrumentos y entreveo una lágrima en el contorno de su párpado.
Me rindo, dice el dentista, si no quieres usar hilo dental, no lo hagas, ¿quién tiene el tiempo? Solo te voy a pedir una cosa, haz buches. No me mires así, no vayas a preguntarme de qué debes hacer los buches, que si de enjuague con alcohol o sin alcohol, o con aroma a cerezas o con perfumes bucólicos. Haz buches, te aseguro que Dios hace buches de huracanes, y los huracanes purifican su creación, lavan el cuerpo de su creación, que también es su cuerpo, como ya te había dicho. Haz buches, me ruega el dentista y se quita los guantes.
¿Terminamos?, le pregunto, pero pronuncio otra palabra debido a la anestesia. Levántese, ya es tarde, siempre será demasiado tarde, me está robando el tiempo, dice el dentista, quítese el babero. Hago el ademán de sacar mi cartera y él exclama la palabra honorarios y menciona otras tres universidades privadas y a una exesposa que toma frapuchinos de setenta pesos. Hablemos, me ruega el dentista, no hay que perder el contacto.
Me pasa también en las peluquerías. La sensación dolosa de querer, más que nada en el mundo, acurrucarme y dormir bajo la falda de mi madre. Doy un paso al frente. Tengo vértigo. La odontología, me explica el dentista, no es un ritual ni un pasatiempo, tampoco es una diligencia exclusiva ni una experiencia trascendental; la odontología es un tratamiento prolongado, y yo, por más que lo desee, no puedo darlo de alta, ¿entendido?
Saco la cartera y elijo los billetes, pero en un arranque tomo todo y se lo ofrezco, tarjetas de crédito y de metro incluidas, foto de novia incluida, credenciales incluidas, membresías de tiendas especializadas incluidas.
Vamos a ver, distingue una a una mis posesiones. De acuerdo, acepto el trato, dice guardándose los billetes y las credenciales en la bolsa frontal de la bata. Lárguese y no vuelva, pero no por eso crea que lo daré de alta, usted está podrido, su boca es una bacteria, usted es una bacteria, el mundo y las cordilleras son también bacterias, Dios, perdóneme que lo diga, es también una bacteria, tal vez una bacteria lingüística, y la lengua, oh, sí, no me vea de esa manera, la lengua está en la boca y la boca es mi especialidad, así que no pienso darlos ni a usted ni al mundo y ni siquiera a Dios de alta. Todos ustedes tienen cita con su putrefacción, se lo aseguro, y si le duele haga el favor de tomarse un ibuprofeno cada ocho horas.
Muy a menudo la gente no sabe lo que quiere, o no quiere lo que sabe, o simplemente quiere algo que está mal. (…) ¿qué ocurre con la democracia cuando la mayoría se siente inclinada a votar por, pongamos, leyes racistas y sexistas?
Slavoj Zizek
La migración es un proceso natural de movimiento, un hecho inherente a la vida misma. Los pájaros, las ballenas y los renos migran en busca de alimento, refugio o de un clima ideal para dar a luz. Además de un mecanismo de supervivencia, su movimiento garantiza el equilibrio del ecosistema, el orden secreto en el flujo de las cosas. Quizás las migraciones del homo sapiens desde África hacia el resto del mundo, acontecidas en el paleolítico, guardan algo de esa naturalidad. En cambio, las migraciones masivas propiciadas por las expediciones de Cristóbal Colón o Marco Polo, así como el éxodo rural de la Revolución Industrial, responden a un interés material y quizás epistemológico. Sin embargo, desde el siglo XX la cuestión se ha tornado un tanto más compleja, acaso por los giros sociales derivados de los conflictos armados, del intervencionismo y de la globalización de la economía. Este fenómeno ha provocado que los migrantes se hayan convertido en el nuevo proletariado de Occidente, como anota Zizek[1].
“Migrants” por Jeanne Menjoulet. Extraida de Flickr.
Hay factores de expulsión que establecen diferencias enormes entre un migrante y otro. No es lo mismo hablar de un refugiado de guerra que de un funcionario internacional o del mal llamado “migrante económico”. Incluso, dentro de estos grupos, hay distinciones que complejizan aún más el problema: ¿acaso es semejante la situación del refugiado sirio en Europa quien, con suerte, encontrará un trabajo precario en condiciones desfavorables, que la situación de los refugiados europeos de la guerra civil española que se asentaron en Latinoamérica como empresarios y amasaron grandes fortunas? (no olvidemos que la mayoría de refugiados añora volver a su patria) O, peor aún, ¿acaso un emprendedor venezolano, que arrastra los pesados estigmas de su nacionalidad, recibe el mismo trato que uno francés en un país como México?
Pareciera que la efervescencia migratoria en Estados Unidos, Francia o Alemania con respecto a países como Cuba, Argelia o Siria es la prueba reina de que existe un Espíritu de la Historia, tal y como lo pretendía Hegel. ¿O si no, cómo podría explicarse que las mismas naciones, antiguos verdugos del colonialismo y el intervencionismo, se vean ahora ocupadas por las “hordas de bárbaros” que provienen de los países colonizados e invadidos en el pasado?
***
En La ética de la migración, el filósofo y exsecretario de estado alemán Julian Nïda-Rumelin confronta dos tendencias generales bastante claras: por un lado, están quienes predican una apertura total de las fronteras, un cosmopolitismo o universalismo que recuerda el proyecto humanista del renacimiento. Por el otro están los nacionalistas, aquellos que legitiman la defensa de las fronteras y la absoluta soberanía de los estados. No obstante, ambas posturas resultan insostenibles si las aplicamos al sistema democrático. No es posible vivir en estados sin restricciones políticas respecto al mercado laboral porque eso pondría en duda el poder de decisión y los derechos de los ciudadanos que integran ese estado. Además, como afirma Nïda-Rumelin, la migración transcontinental “empobrecería aún más a las regiones más pobres del mundo, ya que su mano de obra calificada emigraría a las regiones más ricas”[2]. Por otro lado, adoptar un modelo hermético y nacionalista atentaría contra las bases de solidaridad y buena fe que cimentan, por lo menos en principio, nuestra sociedad. Sería también un acto hipócrita en la medida en que muchas de las olas de migrantes a ciertos países fueron provocadas por la política intervencionista de esos países. Esa encrucijada es lo que Noam Chomsky describe como la “crisis humana”[3].
“Mirando los sueños”, fotografía por Pies cansados, extraída de Flickr.
En definitiva, controlar la migración termina siendo un derecho inalienable para un país, pero asimismo la ayuda humanitaria constituye un deber inevitable (por la Convención de Ginebra) que se desprende de los principios éticos de la política global. Lo más problemático del asunto es que la miseria de la migración económica no se resolvería en ninguno de los dos sistemas. Fenómenos como el braindrain (la fuga de jóvenes con estudios en busca de oportunidades en el extranjero) y la migración en masa en países como El Salvador, Nicaragua y México ha implicado la pérdida de un tercio de su población juvenil entre 2005 y 2010. Por otra parte, es evidente que “los más pobres de los pobres no tienen la posibilidad de emigrar atravesando continentes”[4].
***
Personalmente, mi experiencia de la migración me ha mostrado dos aristas bastante significativas del fenómeno social. Tuve la fortuna culminar una licenciatura en Colombia (menos del 15% de la población joven puede decir lo mismo) y gracias a una beca de estudios en Colombia y a las subvenciones del gobierno francés para estudiantes extranjeros obtuve mi grado de maestría. Sin embargo, la inserción laboral no fue nada fácil. Tuve decenas de pequeños trabajos o “Jobs” que poco o nada tenían que ver con mi formación académica (letras y literatura francesa). Fui mesero, recreacionista, profesor de español, de francés, chofer y finalmente obrero en una agencia de trabajos varios (limpieza, construcción y maniobras). Recuerdo particularmente esa época porque tuve que aprender oficios que desconocía por completo y me vi confrontado a una situación de precariedad similar, tal vez, a la de los jornaleros en las áreas rurales: cada día debía esforzarme al máximo para darle un rendimiento considerable a la agencia y me llamaran de nuevo al día siguiente. Competía con otros jóvenes de origen árabe, gitano y africano, que deseaban en secreto que alguno de los demás llegara tarde o no diera el rendimiento suficiente para que uno de sus familiares o amigos tomara ese lugar. Lo más curioso es que durante la pausa de la comida teníamos momentos de fraternidad: nos reuníamos, contábamos chistes y recordábamos nuestros lugares de origen o el de nuestros padres. Por supuesto, la remuneración, así como la incertidumbre, era diaria.
Afuera del trabajo, la tensión social con otros jóvenes franceses (que difícilmente consideran un extranjero no-europeo como un igual), suscitaba muchas dudas con respecto a mi estadía y futuro.
En cambio, mi vida profesional en México tuvo un vuelco considerable. Después de algunas prácticas profesionales no remuneradas en Francia, algunas incursiones en el mundo de las revistas literarias y en la traducción (igualmente no remuneradas), tuve la fortuna de encontrarme con un anuncio de servicio social de la Embajada de Francia en la Ciudad de México. Tras la entrevista laboral, el viaje, y algunos meses de trabajo, mi diploma internacional y mi experiencia me permitieron acceder a una esfera mucho menos marginal de la sociedad. Comencé a escribir en distintos medios culturales, luego trabajé como profesor universitario y finalmente como consultor pedagógico en una casa editorial francesa instalada en México. Para ese entonces, no solamente muchos me consideraban como un igual, sino que en realidad demostraban su admiración, respeto, y a veces su envidia. Por supuesto, mi origen colombiano no deja de evocar el problema del narcotráfico y también una sincera fraternidad por las profundas semejanzas que hermanan a Colombia y México.
Así pues, esas dos caras dispares de la migración me han mostrado hasta qué punto puede ser complejo el espectro de prejuicios, estereotipos e ideas que tiene una sociedad sobre la nacionalidad y los migrantes. Pero sobre todo, he entendido que el contacto humano sincero y profundo solo se construye en medio de una lucha constante por despojarse de esos nocivos fantasmas.
[1] En La Nueva Lucha de clases: los refugiados y el terror, Zizek realiza una serie de reflexiones en torno a cuestiones diversas como el feminismo, el conflicto de Estados Unidos y Europa con ISIS, la ola de los refugiados en Siria y Afganistan, y las nuevas implicaciones del enfrentamiento entre Israel y Palestina.
Si bien considero que los libros que enlistaré a continuación son los que más me interesaron, me conmovieron, me cuestionaron o me divirtieron en el 2019, debo indicar que a mí los rankings, cuando se trata de literatura, me parecen detestables, reduccionistas, caprichosos y siempre injustos. En especial si se habla de “los mejores”, como si la literatura funcionara de manera aislada y el lector estuviera a la búsqueda del libro único que lo prive de cualquier escritura diferente. Por eso esta lista no pretende ser determinante ni infalible, tan sólo se trata de una propuesta acorde a mis predilecciones lectoras, la cual le da prioridad a proyectos narrativos arriesgados y renovadores.
10 8:38 – Luis Rodríguez (Candaya, España)
8:38 es una breve enciclopedia obsesiva que compendia parábolas literarias a manera de rompecabezas en torno a la hora exacta en la que murió Dostoievski. Luis Rodríguez teje la historia de un crimen remoto a través de experimentos narrativos que le permiten reinventar las formas convencionales del género. Ya lo dijo Alberto Olmos y lo suscribo: “El escritor más moderno de España tiene 60 años y se llama Rodríguez”.
Si hay una escritura arriesgada en la actualidad, una que mete las manos al fuego, que se juega la vida en el lenguaje, la podemos encontrar en la obra de Ariana Harwicz. Ninguno de sus libros es cómodo ni complaciente, Degenerado no es la excepción, se trata un soliloquio laberíntico sobre un presunto pedófilo al que, antes de que lo condene la justicia, lo condenan las ansias de sangre de una sociedad que confía en rumores y verdades convenientes para cimentar un discurso aborregado, predispuesto a dañar al desconocido sin responsabilizarse de las consecuencias.
8 MATEN A DARWIN – Franco Félix (Caballo de Troya, México)
Jamás imaginé que disfrutaría tanto una novela de 600 páginas narrada por una jirafa. ¿Spoiler alert? ¿Demasiado pronto? Es que no hallo otra forma más concisa de aproximarme al universo que nos propone Franco Félix: ecos de Sterne, Pynchon y Foster Wallace dialogan con un repertorio de personajes carnavalescos, como un hombre con dos cabezas, dos genios filósofos con síndrome de down, un dios impotente, Joseph Ratzinger, el Subcomandante Marcos, Bruce Willis y hasta el niño predicador. Una novela tan compleja como divertida que presenta una fatídica rebelión de inadaptados por la geografía mexicana.
7 CUÁNTAS AVENTURAS NOS AGUARDAN – Inés Bortagaray (Criatura, Uruguay)
Conocí este libro a través de una amiga que creo que lo sabe todo de literatura uruguaya, me lo recomendó como lo mejor que se había publicado en el año. Me bastó leer la mitad para darle la razón, la prosa honesta y reflexiva de Bortagaray, después de 10 años de silencio, me recordó por qué me gusta la literatura; ahí están todos los elementos de una gran narración localizados en una pequeña voz que se reconstruye en cada párrafo. Lo que más disfruto de la literatura uruguaya es su extrañeza, que le permite jugar con el artefacto literario en fondo y forma. Cuántas aventuras nos aguardan es un libro que le hubiera fascinado a Mario Levrero, una suerte de Novela luminosa a la inversa, que radiografía a manera de viñetas los conflictos de vivir en pareja, de la maternidad, de la vida familiar, de la situación laboral, todo con un humor agridulce y una delirante obsesión supersticiosa.
6 ESTA BRUMA INSENSATA – Enrique Vila-Matas (Seix Barral, España)
Dr. Vila y Mr. Matas nos presenta una nueva obra colmada de intertextualidad, la cual metaforiza los neurasténicos conflictos de Cataluña mediante dos escritores que conciben la literatura desde posiciones diametralmente opuestas; ambas encaminadas a la extinción. La pregunta que acecha cada página es la misma que deberían formularse diariamente todos los escritores del mundo: ¿Deben los artistas divulgar sus opiniones políticas? En esta era de slogans, en la que adherirse a una causa (aunque sea superficialmente) puede significar consolidarse en el mundo de las letras, Vila-Matas se pregunta sobre esta función pública del escritor en contraposición a las nociones de obra abierta, “el arte por el arte” y la novela como una suma de discursos modernos y antiguos que dialogan en busca no de la respuesta correcta, sino de la pregunta enmarañada que le siga dando cuerda al mundo.
5 SEROTONINA – Michel Houellebecq (Anagrama, Francia)
Uno de los conflictos más profundos e irreconciliables en este siglo polarizado es el que confronta los pensamientos del campo y la ciudad. En esta novela profética, el controversial Houellebecq nombra las causas económicas y culturales que depauperaron a la provincia francesa, las cuales, más tarde, desatarían el levantamiento de los chalecos amarillos. Serotonina, como todos los libros de este autor, es protagonizada por un nihilista desesperanzado que rememora, a la manera de High Fidelity, el fantasma de sus relaciones fallidas para entender el fracaso de Occidente y la crisis sexual que nos ha vuelto adictos a la felicidad en píldoras.
4 LOS ERRANTES – Olga Tokarczuk (Anagrama, Polonia)
Antes que cualquier editorial en lengua española, el gran Sergio Pitol ya apuntaba en su prólogo al Elogio del cuento polaco que “era urgente la traducción de toda la obra de Olga Tokarczuk”. No es coincidencia, con Los errantes la recién galardonada con el premio Nobel firma una obra que hubiera maravillado al veracruzano. “El arte de la Fuga” desde el punto de vista de una mujer de Europa del este, un cuaderno de viaje que tiene como tema central el viaje mismo, pero también narraciones magníficas como el traslado del corazón de Chopin a Varsovia o la historia de un vendedor de nombres. Un libro para leer viajando, un libro para revisitar los lugares más hermosos y terribles del pensamiento occidental.
3 LA PARTE RECORDADA – Rodrigo Fresán (Random House, Argentina)
Culminación del que tal vez sea el proyecto narrativo más ambicioso de la década, después de La parte inventada y La parte soñada, este tercer y último volumen nos instala en los terrenos del recuerdo como principio esencial del quehacer literario. Fresán asume aquella idea de Peter Handke según la cual uno no existe en el tiempo presente sino en la memoria de un ayer remoto o inmediato que, a fin de cuentas, nos termina de construir como seres humanos. En un escenario más apocalíptico que los anteriores (el cual se representa como el cerebro de un creador y recuerda a la tercera parte de Mantra) el argentino nos devuelve a sus obsesiones recurrentes: Kubrick, Pink Floyd, The Beatles, Nabokov y un sinfín de posibilidades distópicas sobre el inenarrable futuro que ya nos alcanzó.
Que esta novela ganara el Premio Nacional de Narrativa causó controversia. A los que admiramos la arriesgadísima apuesta narrativa de Cristina Morales (novela a cuatro voces con cruce de géneros y estilos de temática anarquista) nos pareció sospechoso, como si las autoridades quisieran neutralizarla. A sus detractores les pareció precipitado premiar a una autora tan joven y una obra panfletaria. Lo cierto es que los que más se quejan de esta novela son aquellos a los que Morales destina su crítica. No la derecha ni el fascismo extremo, sino los izquierdistas bien portados, que han construido una retórica hipócrita para quedar bien política, social y culturalmente sin cuestionar de raíz las condiciones crueles del capitalismo heteropatriarcal. Lectura fácil no es una lectura fácil, pero sí una lectura indispensable para entender de qué se trató la segunda década del siglo.
En cuanto terminé de leerlo en inglés, idioma en el que fue escrito, pasé a la versión mexicana solo para comprobar que esta obra maestra conserva su esencia en todas las lenguas. Un libro perfecto para clausurar una década oscura y malograda. Desierto sonoro es la historia de una familia en vías de extinción, pero también es un canto herido a la destrucción de la memoria tal como la conocemos, un angustiante road trip embalado en cajas de mudanza, que ilustra por medio de voces íntimas e intertextuales la gran metáfora de la migración, la condena de las nuevas generaciones y los malentendidos lingüísticos. Sin ser una novela panfletaria, Desierto sonoro aborda todo los grandes conflictos del nuevo milenio, los cuales, quizás, en un futuro voltearemos a ver avergonzándonos de nosotros mismos y lamentándonos por todo aquello que pudimos hacer mejor.
Pirófita: adj / s. f. BOTÁNICA. Se refiere a la planta que es resistente al fuego o que revive después de un incendio.
En 2018, el colectivo Fárrago Nómada pasó unos días viviendo en el terreno de Joana Medellín, poeta, activista y sembradora. Pirófita es el producto de esos días, así como de varios retornos al lugar y de noches enteras de colaboración creativa con Joana para dar edición al documental. El resultado: una nueva forma de retratar la poesía, como se lee y se presenta ante la cámara en la época digital y al mismo tiempo, un retrato íntimo de la poeta y de una época específica de su vida. Conformado por entrevistas, poemas y experimentos, en Tierra Adentro confiamos en que el video que se presenta aquí abajo servirá a muchas y a muchos para seguir pensando en nuevas formas de hacer poesía y de generar un cambio.
En el que la personalidad y nacionalidad de los personajes es revelada poco a poco
—¡Debemos aceptar, sin embargo, que la vida es buena! —dijo uno de los invitados, mientras mascaba una raíz azucarada de nenúfar apoyado en el brazo de su asiento de mármol.
—¡Y mala también! —respondió otro entre ataques de tos después de casi haberse ahogado debido a las espinas de una delicada aleta de tiburón.
—¡Seamos filósofos!— dijo un personaje de edad avanzada, cuya nariz llevaba encima un enorme par de anteojos con vidrios grandes sostenidos por unas varillas de madera— el hoy llega casi entre ahogos, mientras que el mañana fluye con suavidad como las corrientes fragantes de este néctar. Así es la vida, después de todo.
Habiendo dicho eso, ese sibarita fácil de complacer bebió una copa de excelente vino tibio cuyo vapor se escapaba lentamente desde una tetera de metal.
—Por mi parte —continuó un cuarto invitado— la existencia, existir, parece muy agradable cuando uno no hace nada y tiene los medios para mantenerse ocioso.
—Te equivocas —dijo el quinto invitado— pues la verdadera felicidad se encuentra en el estudio y el trabajo. Conseguir la mayor cantidad de conocimiento es el verdadero camino para conseguir la felicidad propia.
—Y entender, una vez que has conseguido todo el conocimiento, que en realidad no sabes nada.
—¿No es ese el principio de la sabiduría?
—¿Entonces cuál es el final?
—La sabiduría no tiene final —respondió filosóficamente el hombre con anteojos— tener sentido común es la satisfacción más grande que existe.
Después de esto, el primer invitado le habló directamente al anfitrión, que ocupaba el asiento del principio de la mesa, es decir, el peor asiento, como lo requieren las reglas de la cortesía. El anfitrión escuchaba con indiferencia y en silencio la discusión filosófica.
—Escuchemos lo que nuestro anfitrión opina de estas divagaciones llenas de vino, ¿le parece que la existencia es una bendición o un mal? ¿Es un sí o un no?
El anfitrión masticaba descuidadamente varias semillas de melón y tan solo frunció los labios con desprecio a modo de respuesta, como un hombre que no encuentra interés en nada.
—¡Pff!— dijo.
Esta es la exclamación preferida de las personas indiferentes, pues significa, a la vez, todo y nada. Le pertenece a todos los lenguajes y debe tener un lugar en todos los diccionarios del globo, es poner una mala cara verbalmente.
Los cinco invitados a quienes estaba entreteniendo este anfitrión indiferente, comenzaron a lanzarle argumentos, cada uno en favor de su postura; pues anhelaban escuchar su opinión. Al principio evitó contestarles, pero finalmente dijo que su vida no era una bendición ni una maldición: en su opinión, era un “invención” bastante insignificante, y en breve, poco alentadora.
—¡Ah! Nuestro amigo revela sus verdaderos sentimientos.
—¿Cómo puede decir esto cuando su vida ha sido tan suave como una rosa?
—¡Y es tan joven!
—¡Joven y con buena salud!
—Con buena salud y adinerado.
—Muy adinerado.
—Más que muy adinerado.
—Quizás demasiado adinerado.
Estas observaciones se siguieron una a la otra como cohetes de fuegos artificiales, sin siquiera traer una sonrisa a la cara impasiva del anfitrión. Tan solo se encogió de hombros casi imperceptiblemente, como un hombre que nunca ha deseado, ni por una hora, pasar las hojas del libro de su propia vida y que no había leído ni las primeras.
Y aún así, este hombre indiferente tenía 31 años como mucho; estaba en un excelente estado de salud, poseía una gran fortuna, una inteligencia superior al promedio y tenía, en breve, todo lo que los demás no tenían. Tenía lo suficiente como para convertirlo en una de las personas más felices del mundo. ¿Por qué no era feliz?
—¿Por qué?
La voz profunda del filósofo resonó en la sala, hablaba como el líder de un coro griego.
—Amigo —dijo— si no eres feliz aquí, es porque hasta ahora tu felicidad ha sido solo negativa. La felicidad es como la salud: para valorarla uno debe ser privado de ella ocasionalmente. Nunca has sido desafortunado: eso es lo que tu vida necesita. ¿Quién puede apreciar la felicidad si nunca ha caído sobre él la desgracia?
Después de haber dicho esa observación llena de sabiduría, levantó su vaso lleno de champaña de la mejor calidad y dijo:
—Deseo que alguna sombra ensombrezca la luz de nuestro anfitrión y que algunas tristezas vengan a su vida.
Y tras decir eso, vació su vaso de un solo trago.
El anfitrión asintió brevemente y de nuevo, se sumergió en su habitual apatía.
¿Dónde ocurrió esta conversación? ¿En una sala de estar europea en París, Londres, Viena o San Petesburgo?
¿Estos seis compañeros discutían juntos en un restaurante del Viejo o Nuevo Mundo? ¿Y quién eran aquellos que, sin haber bebido más de lo usual, discutían estas cuestiones en medio de la sobremesa?
No eran franceses, pues no hablaban de política.
Estaban sentados en un salón elegantemente decorado de tamaño mediano. Los últimos rayos del sol emanaban a través de los vidrios azules y naranjas de las ventanas y más allá de las ventanas abiertas, la brisa de la tarde mecía guirnaldas de flores naturales y artificiales. Algunas linternas mezclaban su luz pálida con los últimos rayos del sol. Sobre las ventanas estaban grabados arabescos representando hermosuras celestiales y terrenales y animales y plantas de una flora y fauna exótica.
En las paredes del salón, colgados en tapices sedosos, había espejos amplios y doblemente biselados; en el techo, un abano movía sus alas finamente pintadas haciendo que la temperatura en la habitación fuese tolerable.
La mesa era enorme y cuadrada, oscura y lacada; descubierta, reflejaba las piezas numerosas de plata y porcelana como lo hubiese hecho el cristal más fino. No había servilletas de tela, tan solo un suministro abundante de unos cuadrados de papel ornamentado para cada invitado. Alrededor de la mesa había sillas con respaldos de mármol, mucho más gustados en esta latitud que los respaldos acolchados de los muebles modernos.
La servidumbre estaba compuesta por chicas muy atractivas, con lirios y crisantemos trenzados en su cabello oscuro, y en cuyos brazos descansaban coquetamente brazaletes de oro y jade. Servían o quitaban platos siempre sonrientes y animadas con una sola mano y con la otra, movían enormes abanicos con gracia para mover las corrientes de aire creadas por el abano del techo.
La comida era igualmente grandiosa. Es imposible imaginar algo más delicado que aquél festín que era a la vez ordenado y artístico; pues el cocinero del lugar, sabiendo que cocinaba para verdaderos conocedores, se había superado a sí mismo en la preparación de no más ni menos que quinientos platillos que conformaban el menú.
Era, pues, el salón de uno de los botes floreados que cruzaban el Río de las perlas en Cantón y nuestro anfitrión era el rico Kin-Fo, acompañado de su inseparable Wang, el filósofo y juntos acababan de entretener a cuatro de los mejores amigos de su infancia: Pao-Shen, un mandarín de la cuarta clase y de la orden del botón azul: Yin-Pang, un rico mercader de seda que negociaba en la calle de los boticarios, Tsin, el epicúreo endurecido y Hual el literato.
Este encuentro se había llevado a cabo durante el vigésimo sétimo día de la cuarta luna, durante el primer de aquellos cinco periodos que poéticamente dividen la noche en China.
Quiero morir cuando decline el día, en alta mar y con la cara al cielo; donde parezca sueño la agonía, y el alma, un ave que remonta el vuelo.
Para entonces, Manuel Gutiérrez Nájera
Estos últimos días me he convencido, por fin, de que nada vale nada. No sé qué me habrá convencido finalmente. Tal vez el minúsculo departamento donde vivo. El olor a smog que sube a mi ventana cada mañana. El cielo. Mi cuarto vacío. Mi cama vacía. Yo. Pero me desperté. Un día de esos me desperté. Pensando, por primera vez en la vida, que en realidad nada importaba.
No es que lo haya planeado. Creo que nunca se me ha permitido planear nada. Tampoco me ha importado. Pero un día, un día pensé que tenía que haber algo mejor que esto.
Ir.
Venir.
Despertar.
Dormir.
Comer.
Cagar.
Vivir.
Morir.
Le dije eso a Marina. Que tenía que haber algo mejor y que si no había nada mejor, entonces nada valía nada. Nada jamás volvería a valer algo en la vida.
Marina me miraba con sus ojos negros, como de gato. Dos orbes inmensos e inmensamente tristes. Ojos de no entender pero sí hacerlo al mismo tiempo. De entenderme a mí. De no querer entenderme. De aceptar. Aceptarme. Aceptar sin entender. Tomaba sorbitos minúsculos de su té de manzanilla mientras me miraba como inspeccionando algo. Tal vez a mí. Dijo algo. Algo muy bonito, algo que solo Marina podría decir. Me fui a casa y me quedé pensando todo el día en lo que había dicho. Resultó ser una maldición. Lo que Marina había dicho.
Marina dijo. Aún ahora me cuesta pensar en eso. Marina dijo, con mucha tranquilidad e ignorando todo lo que le había dicho antes. Marina dijo que le gustaría morir en el mar. Así, nada más. Dio un suspiro muy largo y lo soltó.
—Sabes, Alejo, me gustaría morir en el mar.
No volvió a mencionarlo, yo no volví a mencionarlo. Nadie dijo nada. Me fui a mi casa con la cara de Marina grabada en la pupila. Y esa frase: “Sabes, Alejo, me gustaría morir en el mar”. Esa frase dando vueltas en mi cabeza. Me di cuenta. Me di cuenta de que nunca había visto el mar. Bueno, lo había visto. En la televisión. En el cine. En fotografías. En anuncios. En los ojos tristes y negros de Marina, pero nunca lo había visto visto.
Soñé con el mar ese día, y el siguiente, y el siguiente. Con el mar. Con los ojos de Marina. Con una profunda inmensidad que nos engullía. Con un cielo despejado. El sol que se ponía. Un silencio abrasador. Con las olas. Nunca he olido ni oído una ola. Pero ahí, en sueños, bajo la atenta mirada gatuna de Marina, pude entender las olas.
Entendí que eran igual a ella.
Marina no volvió a decir nada. Sería más acertado decir —aceptar—, que no volví a ver a Marina de nuevo. Que Marina desapareció sin más. Como espuma. Mientras, pasaban los días y las horas sin Marina, con el mar. Sin Marina. Con las olas.
Entendí que, seguramente, Marina tampoco había visto nunca el mar. Pero que ahora se había ido a morir ahí. A morir o qué sé yo. A tomar té de manzanilla. Pero que ella estaba ahí, que quizás eso me había querido decir ese día. El día que yo no la había escuchado. Por hablar de la ciudad. Por hablar de mi mediocridad. Del smog. De mi inmundicia.
Y yo. Yo seguía aquí.
Despertar, dormir. Desayunar, cenar. El cielo. Mi cama. El trabajo. La comida.
Sin Mar. Sin Marina.
Despertar, dormir, la nada. El que nada vuelva a valer algo de nuevo, de nuevo. Llamar a Marina. Que no responda. Que su madre me diga que ahora sí se nos fue. Que Marina hizo lo que siempre había dicho que haría. Pero que lo hizo sin mí. Peor aún. Que Marina despertó un día pensando que el mar era hermoso. Que nunca había conocido personalmente al mar, pero que se le daba la gana morir ahí. O conocerlo. O dormir ahí. Existir un rato en ese lugar inmenso.
Nada de Marina. Nada del Mar.
El mar.
El mar.
El mar siempre.
En sueños, en un atardecer infinito, un sol extendiendo sus últimos rayos sobre las aguas. Sobre la cara de Marina. Marina sobre las olas. Dormida. Tan Marina. Con sus ojos negros, cerrados. A la mitad del silencio y de la nada. A su alrededor una cosa sola. Las olas. Su tumbo constante. Majestuoso, diría Marina.
Y yo,
aquí.
En la ciudad, en la contaminación infinita. Una neblina que nos traga a poco a poco. Día a día, con el ruido constante de los coches, de la gente, gente que no es Marina. Rodeado de cosas que tal vez no vuelvan a tener sentido nunca. No sé. No sé nada. Un día me desperté y nada tenía sentido. Un día me desperté sabiendo que no había visto el mar en la vida.
Un día me desperté deseando ser Marina. La de mis sueños. Ahí, dormida.
A la mierda.
A la mierda.
A la mierda todo.
Hice una maleta. Con prisa. Pero una prisa imbécil porque en realidad no tenía prisa para nada.
Tomé todo mi dinero, llamé a mamá.
—Mamá, sabes, creo que quiero morir en el mar. Me gustaría ver el mar, al menos una vez en la vida.
Llamé a Marina. Bueno, llamé al buzón de voz de Marina. Para decirle que me iba yo también al mar. Llamé a la mamá de Marina para decirle que yo también me iba. Ahora sí. Me dijo algo. Que solo la mamá de Marina diría. Me dijo, saboreando cada palabra. Con un ronroneo. Me dijo que la vida era mía. Dijo:
—Alejo, querido, la vida es tuya.
Y yo no pude evitar reírme. Porque era ridículo. Toda esta situación era estúpida. Pero no se lo dije. Solo me reí bajito. Porque era algo que seguro le había dicho también a Marina y que Marina también había reído.
La carretera. Los coches. El cielo. Las montañas. El aire. La brisa marina.
La brisa marina es una cosa chistosa. Se pega en la cara. No te deja respirar pero te llena los pulmones.
Entonces lo vi.
El mar.
Mi mente se vació cuando vi el mar. Y todo: mi culpa, Marina, que nada vuelva a valer nada nunca, mi pequeño departamento, el caos de la ciudad, el smog, mi trabajo, todo, todo, todo; todo dejó de importar. Solo estaba esa cosa frente a mí. Esa bestia desconocida y profundamente familiar que rugía con la voz de miles de olas. Mi mente no podía abarcarlo, mis manos no podían tocarlo, no completo, no a su inmensidad. No sé si me quité los zapatos, no sé en qué momento tiré mis cosas en la playa y corrí.
Él me recibió como si me hubiera estado esperando. Desee disolverme como sal entre sus olas.
Ahí, en el mar por fin, con nada a mi alrededor. Solo cielo, mar, olas, verde, sol, atardeceres. Ahí en un lugar que se me pareció inmenso, que se me hizo que era lo único que tenía o que alguna vez tendría sentido en esta vida, cerré los ojos y pensé en Marina.
Una foto en blanco y negro de Marilyn Monroe, saludando sonriente en el primer número; Pamela Anderson, puro sol, exceso y exuberancia, mostrándolo todo en las páginas interiores; o tus estrellas favoritas, en las portadas de las ediciones locales, sensuales como nunca las habías visto —en Argentina, mi país, es muy recordada la de Dolores Fonzi—, mirándote desde el puesto de diarios cubiertas por esas bandas negras que decían “censurado”: desde los años 50 hasta más o menos los primeros años del siglo XXI, cada generación tuvo su versión de Playboy.
Para nosotros, Playboy fue mucho más que una revista: representaba las encarnaciones que en cada época tomaba el paradigma de la sensualidad femenina, la intersección entre lo que se deseaba en privado pero también, por primera vez, se mostraba en público. Eso es lo que, en palabras del filósofo español Paul Preciado, inventó el editor Hugh Hefner: no la circulación de imágenes de mujeres desnudas para consumo masculino, sino “el modo en que hacía irrumpir en la esfera pública aquello que hasta entonces había sido considerado privado”[1].
Esa es la novedad que trajo Playboy y la que para Preciado es la característica fundante de la pornografía moderna. Y aún así, quedarse con esto solamente sería decir poco sobre la importancia cultural que supo tener el imperio de Hugh Hefner.
Desde su primer número en 1953, Playboy se propuso —de forma bastante autoconsciente, a juzgar por sus editoriales y las declaraciones de Hefner— una subversión de los ideales puritanos que imperaban en los Estados Unidos de la segunda posguerra.
En algún sentido, antes de que los hippies del verano del amor y las feministas de segunda generación hicieran sus críticas al modelo de familia norteamericana de la época, Playboy enarboló su propia revolución sexual: una que no estaría protagonizada por las mujeres, ni por las disidencias sexuales, ni por los pacifistas, sino por los varones solteros adinerados. A estos sujetos —y a los varones casados o pobres que aspiraban a encarnarlos— se dirigió Hefner, no solamente a través de las miradas invitantes de las conejitas, sino también del resto del contenido que la revista traía, curado y producido con la misma inteligencia y atención al detalle que las producciones fotográficas.
A diferencia de las revistas masculinas que circulaban antes de ella, dirigidas a buenos maridos que se escapaban a pescar o cazar para descansar por un rato de sus vidas domésticas, Playboy proponía un tipo de escape completamente distinto, y de alguna manera, incluso, femenino: meterse en la cocina para hacer un cóctel, elegir con cuidado la ropa que uno se pondría esa noche para ver a la novia, disfrutar de una novela o un buen disco de jazz a la luz de las velas o incluso de una larga entrevista con un poeta —como aquella realizada en 1969 al mismísimo Allen Ginsberg—. Todo eso, por primera vez en la historia, sin ser sospechado de homosexual gracias a esas mismas conejitas desnudas que nos recordaban todo el tiempo la virilidad del recién nacido playboy.
Ilustración por Caro García.
Entre los años 50 y 70, Playboy se enfrentó alternadamente con los conservadores que acusaban a la revista de amenazar las buenas costumbres americanas, y con las feministas, para quienes Playboy representaba a las mujeres como objetos sexuales y no sujetos legítimos. La revista salió airosa de ambas peleas: el puritanismo sexual iría perdiendo terreno a lo largo de lo que quedaba del siglo XX, y las feministas más visibles de la segunda oleada —Andrea Dworkin, Betty Friedan y Gloria Steinem entre otras— sostuvieron públicamente posiciones que se confundían demasiado con la pacatería como para que la juventud, envalentonada en la revolución del amor, se sintiera representada por ellas.
Derrotados momentáneamente estos dos adversarios en el mainstream, los años 80 y los 90 serían décadas gloriosas para Hefner y su revista: el capitalismo consumista que Playboy había celebrado como garantía y símbolo de la libertad estaba en su mejor momento, los yuppies reemplazaron a los hippies como el sujeto aspiracional de esa generación y el discurso postfeminista que repitieron productos orientados a mujeres como la revista Cosmopolitan y la serie Sex and the City —la idea de que el feminismo ya no nos hacía falta y con un buen par de tacos, la dieta de la luna y un vibrador último modelo las mujeres nos las arreglaríamos— se volvió hegemónico.
Todo conspiraba a favor de la vigencia de Playboy y el estilo de vida que proponía. Los hombres dejaron de esconder sus Playboy para mostrarlas orgullosos en sus livings como objetos de culto; para las mujeres, ser “una conejita” pasó de ser una vergüenza y un deshonor para ser casi una aspiración.
Paradójicamente, la caída de Playboy no fue provocada por sus adversarios o sus defectos sino por su propia victoria cultural: a medida que la desnudez se volvió ubicua y el porno hardocre empezó a estar por todas partes —a consecuencia, también, de la aparición de internet— su razón de ser se fue volviendo cada vez más difusa.
La revista intentó mantener su halo de exclusividad y elegancia como marca, pero ese intento de distinción chocaba con la imagen más bien kitsch del resto del imperio Playboy, que el propio Hefner vendió en carne y hueso en su reality “The Girls of the Playboy Mansion” y que para el siglo XXI era el verdadero sostén económico de la empresa. Los siguientes años vieron la aparición de las redes sociales y, con ellas, de una generación de varones a la que las pantuflas, la bata de seda y la pipa de Hef solo le hacían recordar a sus padres —cuando no a sus abuelos— y una de mujeres a la que la figura silenciosa y atontada de la Conejita le parecía cada vez más anticuada.
La crisis de identidad de Playboy no hizo más que profundizarse. A fines de 2015, en una comentada decisión que puso a Playboy brevemente de vuelta en boca de todos, la revista anunció que no publicaría más desnudos totales; un año después, con un número que llevaba en su portada la frase “Naked is normal” (“la desnudez es normal”), Playboy se volvió sobre sus pasos. Finalmente, hace un año, con Hugh ya fallecido y ninguno de sus descendientes en la empresa, la revista decidió encarar una transformación definitiva a la medida de los nuevos tiempos.
***
La nueva Playboy se ve, ya desde su estética, muy diferente a su predecesora: una frecuencia algo menor —cuatro números anuales en vez de seis— les permitió a los editores aumentar la cantidad de contenido, de modo que cada volumen tiene el look “ladrillo” de una edición de anuario. No hay avisos, el papel es mate y el famoso tagline “Entertainment for Men” (“entretenimiento para hombres”) brilla por su ausencia.
En febrero de este año, poco después del silencioso relanzamiento, el New York Times publicó un extenso perfil en el que presenta al “triunvirato millennial” a cargo de la revista (compuesto por un varón públicamente gay y dos mujeres) y a la nueva visión más en general: desnudos artísticos y diversos, posiciones políticas fuertes y —sobre todo— una intención abierta de transformar a Playboy de una revista para hombres a una revista para todo el mundo.
Ilustración por Caro García.
A la fecha de la nota, la audiencia de Playboy estaba compuesta en un 75% por varones; la aspiración de mediano plazo, dice la jefa de Marketing Rachel Webber, es alcanzar un 50% de lectoras mujeres. Webber insiste con el objetivo de “ser relevantes” en el mercado actual y, para eso, la necesidad de “tomar posición sobre ciertas cosas”.
Mirando tanto los números impresos como la nueva web, el rebranding de Playboy recuerda al que la revista Teen Vogue intentó hace unos años: un acercamiento a las causas vinculadas a la diversidad —racial, de género, de tipos corporales—, llegando incluso a posicionamientos políticos partidarios claros —tanto Teen Vogue como la nueva Playboy son definitivamente anti Trump— y, sobre todo, la voluntad firme y explícita de distanciarse de los estereotipos de género que eran la base de la propuesta de este tipo de publicaciones cuando fueron creadas y durante la mayor parte de sus existencias.
Esa voluntad coincidió, en ambos casos, con un intento simultáneo de mantener “algo” de la marca original: en el caso de Teen Vogue —que, luego de un período prometedor, dejó de salir en papel por decisión de su compañía madre Condé Nast—, se intentó conservar algo del tono coloquial y de la preocupación por acercarse a lectoras adolescentes, pero justamente teniendo en cuenta que a las adolescentes del siglo XXI —al igual que a las que las precedieron— les interesan la política, la literatura y la música tanto o más que elegir el mejor pantalón para la forma de sus caderas.
En este sentido, Playboy tiene múltiples ventajas: a diferencia de una revista como Teen Vogue, que durante muchos años se ocupó de moda y celebrities, el contenido sofisticado, inteligente y potenciado por firmas prestigiosas ya era parte de la de identidad de Playboy, al igual que el tono desprejuiciado y los planteos políticos sustanciosos. Todos estos elementos pueden encontrarse en los nuevos números, en una combinación que parece hecha a medida de la juventud del siglo XXI, y con un cambio de enfoque clave: tal como prometían en el New York Times, la curaduría editorial de la revista hace un esfuerzo explícito por reconocer que en su audiencia hay —o puede haber— mucho más que varones heterosexuales. Así, una incisiva cobertura del corresponsal en Washington Alex Thomas sobre el proceso de impeachment a Donald Trump se cruza con una nota hecha con el mismo cuidado y seriedad sobre el futuro de la industria de los juguetes anales.
Frente a este presente cool e inclusivo, la sensación es que hace falta hablar del elefante en la habitación: la historia de Playboy está plagada de contradicciones, y no se puede ignorar que aportes valiosísimos y progresistas como sus célebres entrevistas a Muhammad Ali, Martin Luther King y Malcolm X —entre otros— convivieron con una imagen de la subjetividad y la sexualidad femenina muchas veces algo pobre. Mientras los varones que circulaban en la revista eran intelectuales, artistas y políticos de renombre, las mujeres aparecían generalmente solo como imágenes bellas, sin agencia ni pensamiento propio. Bien podríamos decir —como argumenta el artículo ”Does Playoy know who its readers are?” del portal feminista Jezebel— que la nueva revista no termina de hacerse cargo de esta historia; más bien piensa que puede hacer borrón y cuenta nueva, quedarse con aquellos aspectos de la tradición Playboy que se pueden “reciclar” más fácilmente y pretender que los otros no existieron. Y aunque en algún sentido esto es cierto, la revista funciona mejor cuanto más se apropia del legado de Playboy, reivindicando lo bueno y distanciándose explícitamente de lo malo. Así, por ejemplo, una nota sobre la vida sexoafectiva de las estrellas porno presenta las ideas e impresiones de estas mujeres que llevan décadas en las páginas de Playboy, pero cuyas voces, experiencias y saberes jamás habían sido tomadas en serio.
Ilustración por Caro García.
En otro caso interesante, para su número sobre género y sexualidad, los editores repasaron la historia de la relación entre Playboy y la diversidad sexual, tanto en sus redes sociales como en la revista: recordaron a todas las modelos trans que alguna vez se vieron en Playboy y también la célebre publicación del slogan “gay is good” (“gay es bueno”), como título de una valiente carta de lectores en 1969.
La nueva Playboy es astuta, y eso es positivo: en lugar de vivir haciendo un mea culpa por sus pecados de antaño, aprovechan las partes más positivas del pasado de Playboy para apropiarse de un legado que tiene muchos motivos para el orgullo.
Quizás lo más complicado de la marca Playboy desde el punto de vista de los millennials no sea el modo en que se retrataron el sexo y las mujeres, sino un rasgo identitario característico que parece más difícil de reactualizar: la relación con la riqueza, el lujo y la ostentación de la banalidad. La tapa del número sobre el placer, publicada para el otoño norteamericano, está protagonizada por la influencer billonaria Kylie Jenner; su novio, el rapero Travis Scott, participó de la dirección de su sesión de fotos y le hizo una larga entrevista que parece una pieza publicitaria pagada por la pareja. Como es de esperarse, nada interesante se revela en una entrevista como esta. Tampoco es una sorpresa, teniendo en cuenta que Jenner se ve muy bella en las fotos pero no tiene absolutamente nada para decir: es, al final del día, una estrella de reality que nació millonaria y fundó una marca de cosméticos, aunque en la nota se refiera a su creatividad y “su capacidad de superar la adversidad”.
En una revista con una tradición de entrevistas como Playboy —Jan Wenner, el fundador de la revista Rolling Stone, dijo incluso que la clásica entrevista de Rolling Stone tuvo como inspiración al modelo establecido por Playboy— es frustrante que un número clave como es el del placer elija poner en el centro una conversación en la que Scott y Jenner se regodean en lo fácil que es la maternidad para ellos, lo fantástica que es su vida sexual a pesar de todos los mitos sobre sexo y bebés (¿será igual para aquellas parejas que no cuentan con un ejército de babysitters?, podría preguntarse una entrevistadora incisiva) y repiten un montón de lugares comunes sobre el compañerismo.
Es un poco gracioso leer a los editores hablar de la profunda transformación de Playboy para llegar al progresismo millennial y luego cruzarse con semejante nota de tapa; es cierto, de todos modos, que Playboy siempre fue también eso, la revista que creía que quien se viste con ropa cara y toma el Martini como hay que tomarlo ya ha hecho un contribución suficiente en este mundo. Es difícil imaginar cómo cuadra esa parte de su identidad en este nuevo destinatario al que quieren dirigirse, jóvenes cada vez más críticos de las jerarquías socioeconómicas, para quienes la ostentación al estilo Kardashian es en el mejor de los casos algo demodé —y en el peor, una vulgaridad—.
Tal vez, en realidad, sea una idea genial: en el fondo, esa combinación de crítica social inteligente y frivolidad sin autoconsciencia ni ironía es exactamente lo que patentó Hefner en ese primer número, desde el que la sonrisa de Marilyn nos mira, cristalina, para siempre.
[1] Preciado, Beatriz, Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en “Playboy” durante la guerra fría. Barcelona, Anagrama, 2010, p. 27.