Tierra Adentro

Un hombre de rostro duro, marcado por años de tormentos, duerme en un miserable camastro de la Penitenciaria Federal de Leavenworth, Kansas. Allí cumple una pena de 20 años. Su cabeza de gigante, profundamente negra y rizada, apunta hacia el pasillo. En la misma cárcel un preso enorme, de cuerpo tosco, se prepara: mientras atraviesa el corredor extiende las manos que introduce entre los barrotes de la celda del primer reo. The bull toma al condenado del cuello y con su fuerza de toro lo aprieta hasta que la resistencia se acaba y el sacudimiento del cuerpo maltrecho se detiene.

 

Es 21 de noviembre de 1922. Ricardo Flores Magón, semiciego y enfermo, es asesinado en una prisión del país del progreso, de la legalidad y las libertades.  A los 48 años, al Prometeo de la libertad,[1] al apóstol revolucionario, como lo llaman, le arrebatan la vida.[2] Finalmente esa pluma de fuego se apaga.

 

A The bull podría decírsele lo mismo que Ricardo escribió en 1911 tras la muerte de Práxedis G. Guerrero, el poeta de la revolución: “¡Ah, soldados que militáis en las filas del Gobierno: cada vez que vuestro rifle mata a un revolucionario, ¡echáis otro eslabón a vuestra cadena!”.[3]

 

El homicidio del periodista conmovió a todos. En Estados Unidos, organizaciones obreras, socialistas, comunistas y anarquistas, realizaron mítines y homenajes inmensos. En México, Soto y Gama[4] habló ante la cámara de diputados: “En lugar de pedir a ustedes luto, algo de tristeza, algo de crespones negros, yo pido un aplauso estruendoso que los revolucionarios mexicanos, los hermanos de Flores Magón, dedican al hermano muerto”[5]. Decidieron traer su cuerpo de vuelta a cargo del Estado. Ninguna protesta, hubo una solemnidad religiosa. Cuando el rebelde ya no era peligroso, lo adularon y glorificaron.

 

No fue el Estado, sin embargo, quien se ocupó del traslado; los obreros no permitieron tal burla hacia uno de los suyos. La Confederación de Sociedades Ferrocarrileras de la República Mexicana, sindicatos y asociaciones obreras enviaron delegados con fondos para el traslado.

Después de 56 días los restos llegaron a la capital en tren, pero antes se detuvieron en cada ciudad importante. En Juárez, medio millón de trabajadores realizó una manifestación. Lucille Norman Brousse,[6] en un telegrama del domingo 7 de enero de 1923, dirigido a Librado Rivera[7], describió una de estas escenas:

 

… Nunca había visto un espectáculo tan hermoso en mi vida, cientos de trabajadores cargaron los restos de mi amado padre … En el tren especial la Bandera Roja flotaba por delante, símbolo de la hermandad y la justicia de los desheredados. A lo largo del camino el peón pagó tributo a su compañero martirizado por su causa con cabezas inclinadas… Los maestros llevaron a sus alumnos a que vieran los rasgos de un apóstol cuyas enseñanzas serán cosechadas en las conciencias de los hombres y las mujeres del futuro.[8]

 

Pese al esfuerzo del gobierno por reivindicar la figura del revolucionario, los trabajadores fueron los responsables de la organización del viaje y el entierro.


 

 

Librado rivera y Enrique Flores Magón. Flickr

Librado rivera y Enrique Flores Magón. Flickr

“Todo es de todos –dice Teodoro Flores, indio mixteco, héroe de tres guerras ¡Repítanlo!  y los hijos repiten. ¡Todo es de todos! (…) la tierra, el agua, los bosques, las casas, los bueyes, las cosechas. De todos. ¡Repítanlo! Noche tras noche los niños lo escuchan, hasta que los vence el sueño. Nacemos todos iguales, encueraditos. Somos todos hermanos. ¡Repítanlo”![9]

 

Los tres niños eran Ricardo, Enrique y Jesús Flores Magón. En Memoria de Fuego II, Eduardo Galeano, rescató esta historia, importante para comprender la figura del apóstol de la revolución mexicana. En Peleamos contra la injusticia, de Samuel Kaplan, aparecen dos relatos más de la familia. Enrique Flores Magón cuenta cómo a los ocho años fue con su padre al Zócalo de la ciudad. Allí, se encontraron con un viejo conocido:

 

-Si eres pobre, Teodoro, tú has de saber por qué. (…) ¿Has olvidado que eres dueño de tres haciendas en nuestra tierra?… vende esas propiedades y te haces rico.

-Pero esas tierras no me pertenecen –dijo mi padre- la tierra pertenece a quien la trabaja, su esfuerzo y su sudor la hacen fértil [10]

 

Otra anécdota, esclarece el carácter de la familia: la manera en cómo Margarita Magón y Teodoro Flores se conocieron. Durante la batalla de Puebla contra el ejército francés, la madre de los rebeldes gritaba y daba aliento a los hombres que peleaban: “¡Valerosos compatriotas, adelante! ¡Salvadores de México, derroten al invasor!”. [11] Mientras Teodoro, respetado liberal, dirigía la carga contra los franceses. Entre cañonazos, balas y muerte, se encontraron. Durante el sitio de la ciudad se enamoraron y ya no se separaron nunca.

 

Ricardo Flores Magón, “el luchador alto, recto y firme como la roca en medio del mar embravecido”[12] según lo describe Librado Rivera, nació el 16 de septiembre de 1873 en Eloxochitlán, Oaxaca. Hijo de Margarita Magón, mujer valiente, y el militar liberal, Teodoro Flores. Vivió su infancia en Oaxaca, pero a los 8 años, la familia se mudó a la Ciudad de México, donde unos años después entró a la Escuela Nacional Preparatoria. Cursó tres años de la universidad como abogado, pero la abandonó porque a los 20 años fue detenido por protestar contra la segunda reelección de Díaz. Le bastó pisar una vez las mazamorras para declararle la guerra al dictador y a las injusticias hasta el día en que murió.

 


 

Amigos y enemigos por igual estaban de acuerdo en un punto sobre Ricardo Flores Magón.  Era el luchador más audaz, más enérgico, activo y firme de la historia mexicana. Soto y Gama lo describió como “el gran rebelde, el inmenso inquieto, el enorme hombre de carácter jamás manchado, sin una mácula, sin una vacilación”.[13] Alonso Cravioto, que después de la revolución se convirtió en senador dijo: “… su voluntad tenía algo de extrahumano…de espíritu abierto y fraternal… a nosotros nos tenía deslumbrados por su carácter de hierro”. Para William C. Owen era un “volcán que nunca dormía”.[14]

 

Decir que sus enemigos lo respetaban no es falsedad. Salado Álvarez, muy cercano al dictador Díaz, antagónico declarado de Magón y miembro del grupo de los científicos recuerda cómo se le pidió Ricardo, más como amenaza, que detuviera sus escritos y él respondió: “Bien sé que se me daría una gran suma de dinero si dejara de atacar a Díaz, pero no es enemistad personal la que me guía, estoy cumpliendo una misión y la llevaré a cabo de cualquier manera, aunque sea exponiendo la vida”. Salado escribió en 1922: “… hay un aspecto de su carácter que no sabría yo condenar. La respuesta de Magón fue la de un hombre honrado”.[15]

 

Desde los 20 años, Ricardo Flores Magón nunca detuvo su trabajo por la libertad. Ni las cárceles más obscuras ni las palizas más encarnizadas apagaron el fuego de su pluma. Su eterna batalla no fue solo contra Díaz y el clero sino contra la explotación y las injusticias. Ni Madero ni Carranza ni Wilson, se salvaron de sus palabras de plomo. Por eso tenían que encerrarlo, y finalmente, por eso lo asesinaron.[16]

En las vísperas del cataclismo social de 1910, era el revolucionario más respetado. Madero osó ofrecerle el puesto de vicepresidente de la república y en 1911 escribió: “yo no peleo por cargos públicos… no quiero pues, ser tirano, soy un revolucionario y lo seré hasta que exhale mi último aliento.”[17]


En 1918 Ricardo Flores Magón y Librado Rivera escribieron un manifiesto dirigido a los trabajadores del mundo. Alentaban a la lucha, a tomar parte activa en la historia. El Manifiesto a los anarquistas del mundo y a los trabajadores en general fue la causa de la condena que pagó Magón: 20 años para él y 15 para su eterno compañero. “Todo indica, por la fuerza de evidencia, que la muerte de la sociedad burguesa no tarda en sobrevenir.”[18]

 

Fueron procesados bajo los cargos de sedición y de violación las leyes de neutralidad y recluidos en la Isla McNeil,[19] donde Magón enfermó, y 15 meses después fue trasladado a Leavenworth. Pero allí, su salud no mejoró, los ojos del apóstol de la libertad se apagaron lentamente.

Mientras, la situación política en México no era propicia, el caudillismo había abanderado la revolución de los trabajadores, por la que tanto habían peleado. Y con el establecimiento de Carranza en el poder, comenzaron a institucionalizarse los grupos revolucionarios.

Durante este encierro Ricardo se sintió abandonado y una melancolía agobiante se posó sobre su pecho, así lo expresa su correspondencia. Desde 1893 el gobierno lo había perseguido, pero en estas fechas le ofrecieron una pensión. La enfermedad lo consumía, pero no por eso su fortaleza se doblegaba. En una carta le escribió a Nicolás T. Bernal:

 

Yo no creo en el Estado; sostengo la abolición de las fronteras internacionales; lucho por la fraternidad universal del hombre… todo dinero obtenido por el Estado representa el sudor, la angustia y el sacrificio de los trabajadores. Si el dinero viniera directamente de los trabajadores, gustosamente, y hasta con orgullo, lo aceptaría, porque son mis hermanos. Pero viniendo por intervención del Estado… es un dinero que quemaría mis manos, y llenaría mi corazón de remordimiento.[20]

 

La reclusión de Magón, su deterioro de salud y la nostalgia producto del abandono, no lograron corromper su voluntad de apóstol. En los últimos dos años de su vida, su escritura cambió abismalmente. Ya no eran los fogosos llamados a la lucha, sino las cartas poéticas de un preso que anhela intensamente su libertad. En una carta a Gus Teltsch le escribió fatalmente:

 

¿Por qué ponen águilas en las jaulas? ¿No saben que las alas necesitan espacio, que las alas son sagradas? Un suspiro por la libertad, por la vida, termino esta carta antes de que mis alas se lastimen en este estrecho encierro.[21]

 

Magón nunca conoció el miedo. Pero en esta prisión lo experimentó por primera vez. El hombre que “había nacido para combatir sin tregua,”[22] aquel que estuvo preso nueve veces antes de esta última, y soportó más de 13 años recluido en pocilgas, que empuñó el rifle y emprendió una lucha armada; en su décimo encierro, tuvo miedo. No fue horror por la muerte[23], sino por la ceguera.

 

Lo paralizaba la idea de las tinieblas infinitas. En otra carta le escribe a Gus de nuevo:

… mis ojos están demasiado dañados. Por lo tanto, estoy en la eterna obscuridad que va a envolverme mientras viva. Para mí, el no ver es una positiva desgracia. No ver más luz… la sola idea hace que se me revuelva la cabeza.[24]

 

Una carta más de julio de 1922, revela el estado de ánimo de Ricardo, el destinatario es desconocido, pero dice:

 

Me esforcé, mi querida camarada, por volver a encender en el corazón del hombre, el fuego sagrado (…) Pero cualesquiera que puedan ser mis sufrimientos, me complazco de haber tratado de hacer al hombre, una parte de lo hermoso.[25]


 

Los revolucionarios mexicanos, salvo los amigos más cercanos, lo olvidaron. Detrás de esos muros, se consumió la salud, mas no la energía ni la entereza de Ricardo. Poco antes de morir, dio una última lección de dignidad y honradez. Debido a su deteriorada salud,[26] se solicitó su libertad y su caso se revisó nuevamente. Podía salir libre, recobrarse de su ceguera y gozar de la vida nuevamente, sólo bastaba una solicitud de perdón. En una carta a Nicolas T. Bernal, confesó:

 

…  nada puede hacerse en mi favor si no hago una solicitud de perdón… Esto sella mi destino; cegaré, me pudriré y moriré dentro de estas horrendas paredes que me separan del resto del mundo, porque no voy a pedir perdón. ¡No lo haré!  … No sobreviviré a mi cautiverio, pues ya estoy viejo; pero cuando muera mis amigos quizá inscriban en mi tumba: “Aquí yace un soñador”, y mis enemigos: “Aquí yace un loco”. Pero no habrá nadie que se atreva a estampar esta inscripción: “Aquí yace un cobarde y traidor a sus ideas”.[27]

 

Así llegó la muerte a su celda, la gran libertadora de las tinieblas que lo aterraban. La vida de este revolucionario transcurrió tal y como Práxedis expresó: “Vivir para ser libre, o morir para dejar de ser esclavo”. Yo pienso que mientras pataleaba y se resistía en su celda ese 21 de noviembre, mientras los ojos casi inútiles se cerraban para siempre como dos portones gigantes, vio con claridad y en un segundo toda su vida, se sintió libre al fin, recordó sus mejores años, a los viejos camaradas, a sus padres.

 

Seguramente, mientras pataleaba y se resistía, le llegaron las palabras que escuchaba de niño y comprendió que su tiempo había acabado: “¡Todo es de todos! (…) la tierra, el agua, los bosques, las casas, los bueyes, las cosechas. De todos. ¡Todo es de todos! ¡Todo es de todos!”

Ricardo y Enrique Flores Magón. Wikimedia Commons

Ricardo y Enrique Flores Magón. Wikimedia Commons


 

 

[1] Librado Rivera se refiere de esta forma a Magón en el prólogo del libro Ricardo Flores Magón, el apóstol de la revolución mexicana, mientras que Diego Abad de Santillán autor de éste, se refiere al revolucionario oaxaqueño como un apóstol; al igual que Alfonso Cravioto y Soto y Gama.

[2] Librado Rivera aseguró siempre que su compañero Ricardo, al que vio un día antes, fue asesinado, pues “tenía la cara negra hasta el cuello y la frente tendida hacia atrás”, es decir, con signos claros de estrangulamiento. Véase; Librado Rivera, “Persecución y asesinato de Ricardo Flores Magón”, 1923. Disponible en http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/literatura/pqsla/1.html.

Además, sobre la   participación de The bull en el asesinato, véase: Rafael Carrillo, “Ricardo Flores Magón, esbozo biográfico” México, 1945. pp. 52 y 53. Disponible en: http://archivomagon.net/biblioteca-digital/biblioteca-digital-ricardo-flores-magon/.

[3] Ricardo Flores Magón, “Práxedis ha muerto”, Regeneración, 1911, tomo 4, número 20. Disponible en: http://archivomagon.net/periodicos/regeneracion-1900-1918/4ta-epoca/e4n20/.

[4] Antonio Díaz Soto y Gama fue un político, diputado y abogado liberal, se opuso a la dictadura porfirista y fue uno de los fundadores del Club Ponciano Arriaga. En 1912 participó en la formación de la Casa del Obrero Mundial, en 1913, se unió al Ejercito Libertador del Sur y en 1920 fundó el Partido Nacional Agrarista. Véase: Pedro Castro, Antonio Díaz Soto y Gama, agrarista, en Polis,  vol. ll, UAM-I, 2000, p.p. 257-282. Disponible en: https://polismexico.izt.uam.mx/index.php/rp/article/view/535/531.

[5]Carrillo, Ricardo Flores Magón, esbozo biográfico, México, 1945, p. 53.

[6] Lucille Norman fue la hija adoptiva de Ricardo Flores Magón, quién estableció una relación afectiva con Maria Brousse Talavera, madre de ésta. Véase más en: http://archivomagon.net/obras-completas/art-periodisticos-1900-1918/1918/1918-06/.

[7] Librado Rivera fue un profesor, periodista y revolucionario anarquista mexicano. Escribió en periódicos como el Hijo del Ahuizote -donde conoció a los hermanos Flores Magón- y Regeneración. Fue un miembro importante del Partido Liberal Mexicano. Véase: Aurora Alcayaga, Librado Rivera en el movimiento anarquista mexicano 1905-1932, tesis de maestría, México, UAM-I, 1990. Disponible en: http://148.206.53.84/tesiuami/UAM9434.pdf.

[8] Ricardo Flores Magón, el ultimo viaje del anarquista, documental, 15 minutos, productora: Abril Schmucler, México. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=InxuRZG7IWU.

[9] Eduardo Galeno, Memoria del fuego ll, Madrid, Siglo XXl, 1985, p. 201.

[10] Samuel Kaplan, Peleamos contra la injusticia, México, Libro-Mex, 1960, p.p 11 -12.

[11] Ibidem, p. 16.

[12] Diego Abad de Santillán, Ricardo Flores Magón, el apóstol de la revolución mexicana, p. 38.

[13] Carrillo, Op. cit., p. 53.

[14] William C. Owen, La muerte de Ricardo Flores Magón, Freedom, Londres, 1922. Disponible en: http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/literatura/pqsla/2.html.

[15] Salado Álvarez, cit pos Abad de Santillán, Op. Cit., p. 104.

[16] Véase respectivamente: Francisco I. Madero es un traidor a la causa de la libertad, disponible en: http://archivomagon.net/periodicos/regeneracion-1900-1918/4ta-epoca/e4n26/; Carranza traiciona la revolución, disponible en:http://archivomagon.net/wpcontent/uploads/e4n238.pdf; y Las utopías de Woodrow Wilson, disponible en: http://archivomagon.net/wp-content/uploads/e4n176.pdf.

[17] Flores Magón, Francisco I. Madero es un traidor a la causa de La libertad, Regeneración, Tomo 4, número 26, 1911.

[18] Puede leerse completo en: http://archivomagon.net/obras-completas/manifiestos-y-circulares/manifiestos-1918/1918-112/1918-112/

[19] Esta pena debe entenderse en el contexto de la primera guerra mundial. No sólo Regeneración, sino la prensa disidente en general y los revolucionarios que alentaban a sabotear el enfrentamiento bélico eran recluidos en la prisión.

[20] Flores Magón a Nicolas T. Bernal, 20 de diciembre de 1920, Archivo Magón. Disponible en: http://archivomagon.net/obras-completas/correspondencia-1899-1922/c-1920/cor24-2/

[21] Flores Magón a Gus Teltsch, 29 de octubre de 19202, Archivo Magón. Disponible en: http://archivomagon.net/obras-completas/correspondencia-1899-1922/c-1922/cor129-2/.

[22]Abad de Santillán, Op., cit., p. 100.

[23] Antes escribió sobre ésta: “la muerte es la gran libertadora… estoy cansado de ver a la muerte pintada como un gran esqueleto humano. Si yo fuera un artista pintaría a la muerte completamente diferente, como una bella doncella, por ejemplo”.

[24] Flores Magón a Gus Teltsch, 4 de mayo de 1920, Archivo Magón. Disponible en: http://archivomagon.net/obras-completas/correspondencia-1899-1922/c-1920/cor06-2/.

[25] Flores Magón, destinatario desconocido, 8 de julio de 1922, Archivo Magón. Disponible en: http://archivomagon.net/obras-completas/correspondencia-1899-1922/c-1922/cor118-2/.

[26] Magón además de la afección visual, padecía diabetes, su peso era muy bajo y en 1920 enfermó de influencia y pulmonía. A pesar de su grave estado de salud las autoridades estadounidenses aseguraban que estaba sano y dificultaron la atención médica que necesitaba. Véase: Abad de Santillán, Op., cit., p. 134; Librado Rivera,  “Persecución y asesinato de Ricardo Flores Magón”, 1923. Disponible en http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/literatura/pqsla/1.html. ; y la cartas dirigidas a Gus Telstch del 1 de marzo de 1920, disponible en: http://archivomagon.net/obras-completas/correspondencia-1899-1922/c-1920/cor04-2/ y

[27] Flores Magón A Nicolas T. Bernal, 6 de diciembre de 1920, Archivo Magón. Disponible en: http://archivomagon.net/obras-completas/correspondencia-1899-1922/c-1920/cor18-2/.


Autores
Carlos Rivero nació en el Estado de México en 1997. Es periodista y editor. Egresado de la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Fue miembro del Programa Jóvenes Hacia la Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales. Actualmente colabora en ZAMNIK.
Portada de Sopa de tortuga falsa de Nadia Escalante Andrade.

 

Ladrón malo, ladrón bueno

Hay un extremo sobre el cual diré la verdad,
y es que voy a contar mentiras.
Luciano de Samosata

Robé una y otra vez y jamás me descubrieron:
pasitas, chocolates y tampones, baterías AA,
desodorantes; un anillo de plata
—se le desprendió el granate
y nunca más volví a lucirlo—,
un par de pantalones de mezclilla
—regresé al lugar del crimen
porque olvidé mis lentes—,
un libro de Rosario Castellanos
—regresé a pagarlo, fingiendo
haberlo llevado por descuido—,
una antología de Lȇdo Ivo mal traducida,
cuya lectura abandoné a la mitad.
Comía hamburguesas
sin pedir la cuenta nunca,
aconsejaba sobre asuntos
de los que no tenía la más remota idea.
Daba nombres y apellidos falsos
en la lavandería, las encuestas callejeras,
los boletos de autobús entre ciudades,
inventaba historias para los taxistas
sobre pueblos que nunca había visitado
y les convencía de cambiar
a otras marcas de aceite inventadas por mí;
tenía novios similares en ciudades diferentes,
cuya semejanza me hacía fantasear
con que eran el mismo.
Pero cada noche, sin falta, al llegar a casa,
me desmaquillaba a conciencia,
lavaba los trastes mientras repasaba mi día
con la atención necesaria para no olvidar
ningún detalle de lo que sí ocurrió
ni falsear la historia en sus mínimos engaños
para poder contársela el fin de semana
a mi abuelo de noventa años
que me esperaba porque alguien más le daba aviso,
y ya no podía reconocerme.

 
Criptografía

La parábola de la arena y la roca
me obsesionó durante años.
Aunque la roca se me deshizo como arena,
construí la casa.
Recibí una y otra vez a mis tormentas
y también al lobo
que soplaba cada vez más fuerte:
la casa terminó por derrumbarse.
Le recé a la arena,
le recé a la roca,
le recé a los códigos binarios y las dicotomías.
Le recé a la parábola para que ya no existiera,
pero siguió enviándome notas por correo,
requerimientos con logotipos oficiales.
Me fui al campo,
pero las hormigas devoraron las letras de mis libros;
me mudé a una ciudad muy grande,
pero no encontré ningún espacio no indexado
y la parábola acechaba en todas partes.
Fui a una isla en medio del océano,
sobre las rocas de madrépora que brillan en la noche,
pero una compañía petrolera
decidió excavar un pozo en medio de mi sala.
Al fin, vine al desierto
para perderme entre las dunas.
Si aquí todo es arena
para qué buscar la roca,
para qué el mar
si aquí todo es inmenso.
Los espejismos edifican ciudades en alta definición.
Ahora bailo mientras cruzo mi reino de arena
que resiste en la tempestad de sus fragmentos.

 


Autores
(Mérida, 1982) ha publicado dos libros: Adentro no se abre el silencio (La Ceibita, 2010) y Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo (Textofilia, 2014). Ha sido becaria del FONCA y de la Fundación para las Letras Mexicanas.
Fotografía por Fernanda Villanueva

 

 

Como sociedad hemos sobrevivido en un país que los últimos doce años ha estado sumergido por una guerra que el grueso de la población ha pagado con sus cuerpos; sin embargo, el fenómeno de la violencia contra las mujeres ha dejado cifras que de acuerdo al Laboratorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe de la Cepal, nos posicionan como el segundo país, luego de Brasil, con mayor número de casos de feminicidios registrados en la región.

De acuerdo a cifras oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema de Seguridad Pública, de enero a septiembre de 2019, 2 833 mujeres han sido asesinadas en nuestro país, de las cuales sólo 726 mujeres, es decir el 25.6%, son investigados como feminicidios, el resto han sido identificados por las autoridades correspondientes como homicidios dolosos.

El problema principal radica en que tales cifras no representan de manera fiel los casos de violencia psicológica, sexual o física, ni reflejan el número de feminicidios que en muchas ocasiones no son tipificados como tales por las autoridades correspondientes.

Fotografía por Fernanda Villanueva

Fotografía por Fernanda Villanueva

Una de las razones tiene que ver con la denuncia. Los días 25 de cada mes, desde febrero de 2018, se elabora un documento donde se establecen las estadísticas que generan las denuncias por incidencia delictiva en las 32 entidades federativas, así como las llamadas realizadas al 911 como una forma de registrar aquellas llamadas de emergencia que pueden o no haber terminado en una denuncia formal frente al Ministerio Público. En el último mes, con corte al día 31 de octubre, dos aspectos tienen un gran peso para realizar un análisis profundo sobre los hechos de los últimos dos días: que el delito de feminicidio representa el 0.05% en la incidencia delictiva total de enero a octubre de 2019, y en segundo lugar, el hecho de que dentro del ejercicio de valoración de un hecho delictivo, es decir desde la apertura de la carpeta y el proceso de investigación, éste puede cambiar tanto de status e incluso ser desechado, reclasificado o, incluso, “puede determinarse la no existencia del mismo”. Igualmente marca que “la obligación que tienen las autoridades Ministeriales de toda la República para la utilización del protocolo de  investigación en materia de feminicidio en las investigaciones de muertes dolosas de mujeres no condiciona su registro estadístico bajo dicho título”; es decir,  dentro del cumplimiento de las autoridades sobre la investigación, éstas no se encuentran obligadas a condicionar su registro como feminicidio.

Esta es la principal razón por la cual ante la ausencia de hijas, madres, amigas, abuelas, maestras y compañeras, tal cifra no representa la de forma precisa el fenómeno del feminicidio y la violencia de género. De ahí que desde la cuerpa social, una formada por todas aquellas corporalidades que importan y tienen el derecho legítimo a vivir de manera digna, sostengan un reclamo a la visibilidad de la vida de millones de mujeres que sobre sus manos sostienen la deuda de la sociedad: los cientos de cuerpos que han perdido la vida por el solo hecho de ser mujeres, los miles de casos de abuso sexual desde la infancia, de violencia psicológica y física, la nula vida que nos han impuesto y que, sin embargo, nuestros senos, sangre menstrual y deseos todavía sostienen los estallidos de digna rabia para exigir al Estado y al grueso de la sociedad ya no la igualdad, sino la mirada hacia una salida que puede ser la oportunidad para que todos terminemos de una vez con el registro mortuorio en nuestro país.

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El digno camino de la enunciación

No es gratuito que cientos de mujeres ¾algunos hombres también¾ se hayan congregado en distintos momentos en este año para demandar nuestros derechos, el más importante, la salvaguarda de nuestras vidas.

Las marchas multitudinarias del 15 de agosto y del 24 y 25 de noviembre confirman que las mujeres han sobrevivido gracias al trabajo, a veces, de colectivos y organizaciones civiles, y en muchas otras, por el trabajo silencioso de aquello que ahora llamamos sororidad, pero que ha estado presente desde el principio de la nación: el cuidado de nuestras madres, abuelas, tías, vecinas, maestras; las prácticas de reciprocidad comunitaria encontradas sobre todo en las clases bajas, en los contextos rurales y barriales de la ahora CDMX, Estado de México y el resto de los estados y municipios donde las mujeres, desde niñas, han estado sentenciadas a una posible marca de violencia y muerte sobre sus cuerpos.

Pero ante las desapariciones, los cadáveres encontrados de maneras dolorosas, los abusos cotidianos, el cúmulo de marcas que la violencia doméstica deja en cada minuto, no debería ser una sorpresa el hecho de que se elabore un proceso no sólo de denuncia, sino de reclamo que nace, es cierto, desde lo más profundo de nuestra corporalidad, porque las pruebas no mienten, las entrañas nos convocan a exigirle al Estado y la sociedad que dejen de normalizar la violencia de cualquier tipo, que dejemos de ser el blanco de los odios, de las frustraciones, de la delincuencia organizada.

En cada uno de los procesos que la cuerpa social se ha levantado para demandar y defender nuestras vidas, diversos edificios y monumentos han quedado marcados con símbolos, pintas, demandas, que no hacen sino establecer, en primer lugar, un espacio político dentro del espacio público. Desde luego, se rompe el pacto social de la misma manera que éste ha quedado necrosado desde el principio de la violencia.

El Ángel de la independencia, las estatuas y edificios públicos de la Zona Rosa y Reforma, los palacios municipales y monumentos en otros estados de la República, y ahora también el Hemiciclo a Juárez, han sido tomados como lienzos para expresar la rabia y también el miedo, porque no es normal que una mujer sea violentada o pierda la vida por serlo, eso es lo que quebranta el pacto social y constitucional.

Fotografía por Fernanda Villanueva

Fotografía por Fernanda Villanueva

De ahí que colectivos como Restauradoras con glitter, Juntas Marabunta, Colectivo de Mujeres Unidas en Monterrey, Asamblea Feminista Autónoma Independiente, Asamblea Feminista Metropolitana, Madres de Familia de Víctimas en el Estado de México y cientos de organizaciones más no sólo se congreguen para marchar, sino que se apropien de la calle, de la infraestructura urbana y de los artefactos de memoria, monumentos históricos y estatuas, no sólo como una forma de emancipación, sino para reparar el sentido político desde lo social. Esas marcas, pintas, cruces, monumentos a la memoria de las mujeres víctimas de homicidio y desaparición y brillantina rosa, como lo dice Silvia Ribera Cusicanqui, escamotean el discurso para tejer el propio, para establecer pautas donde la vida sea prioridad, para desterrar aquellos procesos heteropatriarcales que devienen en prácticas y memorias necrofílicas y pétreas.

La sensibilidad social entonces, se presenta como aquello donde el reclamo ha dejado atrás a la súplica, encarnamos la voz de aquellas que no pudieron o pueden defenderse. Como lo marca Héléne Sixous, nuestras voces, gritos, risas, tienen que salir, tienen que entenderse como propio de las mujeres, porque durante la historia, política, pero también artística y cultural se nos ha negado el derecho a ser mujeres.

Desde luego que desde el Estado y la cuerpa social se hablan de cosas distintas, pues la lucha de las mujeres es por salvaguardar nuestras vidas en los espacios públicos y privados de enunciación, mientras que el Estado y las instituciones proclaman la distinción de un estado de derecho fracturado donde solo la denuncia lícita puede ser el salvoconducto para determinar de manera legal si una práctica delictiva, incluso la pérdida de la vida en manos de un perpetador, puede ser identificada como feminicidio.

Resulta doloroso que no se entienda el inicio de esta Revolución. Es comprensible que las instituciones crean que son actos vandálicos, pues en principio el graffiti, la marca en el espacio público, es un acto disruptor en sí mismo. Lo preocupante es que no se reconozca la emergencia de lo que tal enunciación ha puesto sobre la mesa en materia de discurso político, que las mujeres están organizadas y que como ciudadanas exigimos que este fenómeno sea desterrado no sólo desde las entidades correspondientes, sino en el resto de la sociedad.

Fotografía por Fernanda Villanueva

Fotografía por Fernanda Villanueva

La indignación como praxis política

Es entendible que el Estado, establezca límites, pactos, leyes, reglamentos. Sabemos que la regulación legislativa e institucional es necesaria, sin embargo, cómo explicarle a una madre que ha perdido a su hija que esto ha sido el resultado de un homicidio que para denominarlo como feminicidio se llevará incluso años. Entre muchas de las pintas, se encontraba la consigna “Si me matan, quémenlo todo”. Este coro no hace sino reproducir el profundo dolor, la indignación y la ausencia de miles de mujeres y deudos que no terminan por comprender lo sucedido. El proceso de revictimización también ha configurado esta rabia expuesta en el espacio público mediante prácticas revolucionarias y de disrupción; ese dolor que emana desde los cadáveres sin identificar, los expedientes descartados, fabricación de pruebas o en casos como el de Lesvy, no hacen sino constatar que las pintas son legítimas porque exponen un discurso político y que ante la constante salvaguarda de la limpieza y el orden inmediato por parte de las autoridades, logran visibilizar que ese discurso tendrá que esperar o que será expuesto ante la sociedad como un acto vandálico.

Lo que debemos tomar en cuenta es que ninguna vida debiera ser más importante que otra, lo que reclamamos es que no se nos niegue la nuestra, que no por ser mujeres tengamos que correr riesgos, que no tengamos que vivir en un estado de continua excepción. Las pintas no le hacen lo que el viento a Juárez, las pintas simbólicamente reclaman desde la propia memoria de la Nación constitucional que todas las mujeres en nuestro país exigimos el derecho a existir libremente para formar parte de la sociedad que todos deseamos, una sociedad libre de violencia.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
Fernanda Villanueva
Foto de Pao Martina

Durante el día los militares andaban por los torrentes de las calles, con los pantalones enrollados a media pierna, jugando a los naufragios con los niños. En la noche, después del toque de queda, derribaban puertas a culatazos, sacaban a los sospechosos de sus camas y se los llevaban a un viaje sin regreso. Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos del Decreto Número Cuatro, pero los militares lo negaban a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban la oficina de los comandantes en busca de noticias. “Seguro que fue un sueño”, insistían los oficiales. “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”.

Cien años de soledad, G.G.M.


En la historia de las sociedades hay días cargados de intensidad política extraordinaria. En esos días, la población civil despierta de su hipnosis y aprende más que en décadas de democracia somnolienta. Estamos llegando al comienzo de los años veinte con uno de esos insólitos momentos. La efervescencia de las luchas sociales en países como Chile y Ecuador son los estertores de un cuerpo latinoamericano que convulsiona. Ahora es el turno de Colombia, un país de lamentable tradición intervencionista (¡el aliado más importante de Estados Unidos en el continente!) y con una historia de gobierno marcada por la extrema derecha y un modelo económico feudal y vetusto.

 

El pasado 21 de noviembre iniciaron una serie de manifestaciones políticas cuya fuerza no ha hecho más que aumentar. Las marchas multitudinarias en ciudades como Cali, Medellín, Barranquilla y Bogotá continuaron en medio de irresponsables toques de queda, actos ocasionales de vandalismo y una estrategia mediática para difundir el pánico que haría enorgullecer a Joseph Goebbels (largas cadenas de whatsapp alertan sobre una supuesta “invasión inminente” que amenaza las residencias pero que nunca se produce). No sobra mencionar que los migrantes venezolanos fueron los primeros señalados en esta ola de confusión y caos pero, ¿realmente a quién le conviene sofocar las manifestaciones?

 

Foto de Pao Martina

Foto de Pao Martina

 

Hasta la fecha de hoy el paro nacional continúa de manera indefinida y tiene además un terrible agravante: el asesinato de Dilan Cruz a manos de la policía antidisturbios (ESMAD) en un brutal uso de la fuerza. El estudiante de 18 años, a quien le habían negado un crédito para estudiar (en Colombia las becas son prácticamente inexistentes), se manifestaba pacíficamente en las calles de Bogotá cuando un policía antidisturbios disparó un proyectil de cilindros lacrimógenos que impactó en su cráneo y lo dejó en estado crítico. El lunes 25 de noviembre hacia las 8pm se declaró la muerte del joven, que se convirtió en el símbolo de la manifestación y de una juventud sin derechos que el Estado margina y aplasta. Tampoco sobra decir que Colombia tiene una larguísima lista de asesinatos a líderes sociales (855), indígenas (cada 72 horas muere uno) y la cifra más escalofriante de ejecuciones extrajudiciales por parte de miembros del ejército o grupos paramilitares (más de 2200 jóvenes).[1]

Foto de Pao Martina

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Ahora bien, ¿Qué más se protesta en Colombia? ¿Cuáles son las razones de fondo para la indignación general de la población civil? El Comité Nacional del Paro se opone al “paquetazo” legislativo impulsado por el gobierno del presidente Iván Duque, que contiene reformas laborales, pensionales y tributarias, así como la privatización del aparato productivo del Estado y del sector financiero estatal. ¿Y esto que quiere decir? En resumidas cuentas:

 

Que los jóvenes menores de 25 años podrán tener un SALARIO IGUAL AL 75% DEL SALARIO MÍNIMO LEGAL.

 

Que será posible la CONTRATACIÓN DE PERSONAL POR HORAS

 

Que el salario mínimo de los trabajadores SERÁ DIFERENTE SEGÚN LA PRODUCTIVIDAD DE CADA REGIÓN

 

Que la edad de jubilación subirá de X a Y

 

Que el fondo de pensiones del Estado se privatizará

 

Que se creará una agrupación de empresas estatales en el sector financiero que podrán aportar capitales al mercado pero SIN EL CONTROL DIRECTO DEL ESTADO.

 

Que las grandes empresas y multinacionales obtendrán rebajas en los impuestos bajo la condición de crear más empleos (que podrán ser contratos por horas o al 75% para jóvenes)

 

Que se aumentará el 35% en las tarifas de energía eléctrica para algunos sectores de consumo en favor de la empresa Electricaribe.

 

Lo más grave de todo esto, es que el presidente se ha sumido en el solipsismo. Anunció un diálogo nacional en marzo de 2020 (¿acaso no es una clara falta de respeto posponer una conversación urgente hasta dentro de 4 meses?). Peor aún, impuso los cinco ejes de los diálogos sin siquiera escuchar a las organizaciones sociales o al Comité Nacional del Paro. ¿En qué clase de diálogo los interlocutores no tienen derecho a decidir los temas del mismo?

 

Es claro que, por ahora, el presidente Iván Duque no ha entendido que debe trazar una agenda conjunta. Probablemente piensa que todavía vivimos en Macondo, ese pueblo feliz donde no ha pasado nada ni nunca pasará nada. Se equivoca.

Foto de Pao Martina

Foto de Pao Martina

Foto de Pao Martina

Foto de Pao Martina

 


 

 

Para más información, consultar:

 

https://www.perfil.com/noticias/internacional/contra-el-paquetazo-por-que-colombia-marcho-contra-el-gobierno-de-ivan-duque.phtml

 

https://www.elespectador.com/noticias/politica/manual-para-entender-las-marchas-del-21-de-noviembre-articulo-891802

 

https://www.semana.com/nacion/articulo/paro-nacional-vocero-dice-que-sera-indefinido-si-es-necesario/641964

 

https://www.semana.com/nacion/articulo/muere-dilan-cruz-las-reacciones-tras-la-muerte-del-joven-agredido-por-el-esmad/642048

[1] Estadísticas provenientes del INDEPAZ (Instituto de estudios para el Desarrollo de la Paz), y del informe de la Fiscalía colombiana entregado a la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) en mayo de 2019.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

El acto de ver a través
Objeto de estudio: ventana

 

1. Crecí en una casa de madera y vidrio. “No hay nada que ver afuera. La casa debe mirar hacia adentro”, dijo el arquitecto y en el centro construyó un jardín.

2. Cuando quiero narrar mi pasado como un cuento, empiezo: “Vivían en esa casa un Físico, una Matemática, una Bióloga y una Química”. Entonces es más fácil explicar que sucedió lo que sucede en todas las familias. La Química se fue y dejó de ser química. ¿Puede abandonarse lo que se absorbió como por ósmosis? Respuesta: la química es aquella que estudia los cambios de la materia.

3. El techo de la casa también es de vidrio. En las mañanas el sol entra por los veintiséis paneles; alimenta los dos ficus del jardín interior, y, al final de agosto, me golpea en la cara mientras dejo pasar el tiempo. Les digo a mis padres que ahora que estoy en México voy a empezar un libro, pero, en lugar de escribir, miro el techo acostada en el sillón. Miro el cielo a través del techo. Paso tanto tiempo mirándolo que mi objeto de estudio deja de ser lo que veo a través, para ser lo que veo. El vidrio.

4. En 1933 aparece una definición de Horst Scholze: “El vidrio es un líquido sobreenfriado más allá de su punto de fusión”.

5. Mentiría si dijera que mi madre, la Matemática, y mi padre, el Físico, trataron de prevenir que yo dejara la química. Sabían que, en los cuatro años en el estudio de la materia y en los veinticinco de cohabitación científica, ya había absorbido pensamiento y lenguaje. Yo era la única que lo ignoraba cuando emigré a Estados Unidos a escribir. Pero no hay escape si al buscar dentro, encuentras ciencia. Poco a poco en mis poemas se coló su lenguaje y comencé a escribir de enlaces, síntesis, reacciones y descomposiciones. Palabras híbridas atrapadas entre dos mundos.

6. Linus Pauling, autor del primer libro de Química general (1940), definió la química como la ciencia que estudia las sustancias: su estructura, sus propiedades y las reacciones que las transforman con el paso del tiempo en otras sustancias.

7. ¿Por qué construir un techo de vidrio? Un tragaluz tal vez, ¿pero todo un techo? El vidrio es frágil, quebradizo, amorfo, frío, translúcido, sin orden, sin equilibrio, poco confiable y, como descubrí con mi primer novio, entorpece la privacidad.

8. Dos meses en México. Un equilibrio estático entre Estados Unidos y España. Los días se funden uno con otro; forman un día largo, larguísimo, sin escuela, sin trabajo, que me recuerda los días de verano de niña o los fines de semana de la adolescencia. Duermo en la cama de mi infancia, rodeada por las muñecas que coleccionaba y los libros que regresaron conmigo. Mi maleta está en perpetuo estado de mediohacer y a partir de ella se propaga el desorden. Pilas de libros que se quedan, notas que sí me acompañarán, suéteres, zapatos, libretas, papeles de impuestos. Mi entorno refleja mis circunstancias. Me encuentro entre dos fases.

9. Un día hace algunos años el techo dejó pasar la lluvia. Durante el otoño las canaletas se llenaron de hojas y en la primera tormenta el agua se filtró entre el vidrio y la roca. Convirtió la pared en una cascada, el suelo en un charco, el interior en un exterior.

10. “El vidrio es un ejemplo, el ejemplo más simple, de lo que es realmente complejo.”

11. ¿Qué es el vidrio? (consultar entradas 4, 26 y 57). Las referencias básicas no se ponen de acuerdo. Real Academia Española: el vidrio es un sólido duro, frágil y transparente o translúcido, sin estructura cristalina. Una cosa frágil y quebradiza o una persona de genio muy delicado que fácilmente se desazona y enoja. Expresión coloquial: “pagar los vidrios rotos”. Otra, al buscar “el vidrio es un líquido” en Google: el vidrio es un líquido sobreenfriado, un material muy viscoso que fluye a velocidad lentísima, tan lenta que tardaría cientos de años en fluir a temperatura ambiente. Una más, Wikipedia: vidrio común. Composición: sílice, cal y sosa fundidas a 1800 °C y enfriadas hasta formar una red desordenada. Un material que no se comporta ni como sólido ni como líquido.

12. En el lenguaje del día a día las palabras “vidrio” y “cristal” son intercambiables. A lo mucho un cristal es más caro y delicado. Por ejemplo, las copas de mi abuela son de cristal, no de vidrio. En química, sin embargo, son objetos totalmente diferentes. Los cristales son sólidos cuyos átomos y moléculas tienen un orden regular que se repite en el espacio. La sal de mesa es un cristal; moléculas de sodio y potasio acomodadas en cubitos regulares. Los vidrios carecen de esta estructura, son caóticos y ni siquiera sabemos si son sólidos.

13. En la introducción de Química general, Pauling escribe: “Las palabras que usamos para describir la naturaleza, en sí misma compleja, pueden ser incapaces de una definición precisa. Al dar una definición para una palabra se hace un esfuerzo por describir el uso aceptado”. Pero, cuando yo le contestaba a la Matemática “ahorita, diez minutos más”, no tenía en mente que diez minutos son seiscientos segundos y un segundo es la duración de 9 × 109 periodos de la radiación correspondiente a la transición entre dos niveles hiperfinos del átomo de cesio 133. Aunque en el día a día un minuto es relativo, en ciencias las palabras aspiran a la precisión matemática, una perfección que se les escapa en su carácter fluido.

14. En la Ciudad de México, la ciudad de los ríos olvidados, todo lo que fluye se entuba, se sepulta hasta encallarlo. Todo menos la lluvia. Las gotas gordas, frías, imposibles de acallar reviven los siete lagos y los cuarenta y cinco ríos. Hace una década había una temporada de lluvia, pero ahora no hay quien la contenga y resuena contra el techo el año entero. Una tarde a finales de agosto, cuando ha pasado casi un mes desde que regresé, se inundan los alrededores de mi barrio, el agua alcanza las ventanas de los coches, la Bióloga se queda estancada y no puede volver a casa. Desde la cama escucho la tormenta y recuerdo mis fantasías infantiles. Imaginaba que un día las gotas y el granizo perforarían el techo. El estruendo, los añicos y la lluvia caerían sobre el jardín. Se formaría un río que anegaría mi cuarto y lanzaría mi cama a la deriva. No se me ocurriría nadar; navegaría por los ríos recién creados hasta llegar lejos, muy lejos de casa, y ya no sabría cómo volver. El regreso del agua a la Ciudad de México. Mientras escribo me doy cuenta de que no es la primera vez que narro esta fantasía.

15. La diferencia entre un sólido y un líquido es la diferencia entre dos maneras de acomodar un juego de bolas de billar en una caja: con cuidado, una por una, una sobre otra, para crear filas, un empaquetamiento compacto, un sólido. O dejarlas caer, solo el caos como métrica. Ante una caja de bolas de billar mi sentido del orden siempre ha sido líquido.

16. Cuando yo era adolescente, la Matemática me pedía cada tercer día que recogiera mi cuarto. La respuesta perfecta: “No puedo. Todos los procesos espontáneos tienden al aumento de la entropía, al caos” siempre la hacía sonreír, pero no funcionaba. Me contestaba que usara más energía. La segunda ley de la termodinámica aplicada al quehacer no era excusa suficiente. Ahora que estoy en casa de nuevo reaparece la petición, pero tarda más días en presentarse, como si la distancia o la edad hubieran modificado los estándares.

17. La American Society for Testing and Materials definió en 1996 el método más simple para diferenciar un sólido de un líquido (ASTM D4359). El material se coloca en un recipiente cerrado a 38 ± 3 °C (100 ± 5 °F) hasta que alcanza el equilibrio térmico (entre 18 y 24 horas). Se saca del horno y se quita la tapa inmediatamente. Se pone de cabeza. Si en tres minutos el material fluye un total de 50 mm (2 in) o menos, se considerará un sólido; si no, se considerará un líquido. Mis intentos de probar esta metodología son un fracaso. Un charco de agua, un puñado de piedras, un chorrito de miel. Todos terminan en el suelo.

18. Un experimento. Colocarse frente a un vidrio. Tocar la superficie con un dedo. Sentir la resistencia. Ahora un segundo dedo. Apoyar la mano completa. Empujar. Percibir la solidez. Entender que la percepción macroscópica es inútil. Imaginar mejor que cede bajo los dedos, se licúa. ¿Estaría frío, mojado, viscoso? Se me olvida el experimento y apoyo el rostro contra la ventana.

19. Características principales de un sólido: opone resistencia a cambios de forma y de volumen, tiene un aspecto definido y sus partículas se encuentran unidas y ordenadas. Características principales de un líquido: presenta un volumen definido independiente de la presión; toma la forma de su contenedor. Un mililitro cúbico de agua es el mismo en una copa, un plato, un florero, la palma de mi mano, el suelo de la tina. Y todos estos mililitros comparten la característica más importante de un líquido: la capacidad de fluir.

20. ¿Y el vidrio? ¿Fluye?

 

GRADOS_DE_MIOPIA_PORTADA

 


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.
Extraida de Flickr . Foto tomada por Toño Ortiz.

 

El 18 de noviembre de 1919, El Correo del norte, periódico opositor al gobierno de Venustiano Carranza, informaba de la aprehensión del General Felipe Ángeles en la región de Balleza, cercana al Valle de los Olivos, Chihuahua, a manos del mayor Gabino Sandoval; junto a él se encontraban el mayor Eduardo Enciso de Arce[1] y Antonio Trillo, quienes serían enjuiciados junto al exdirector del Colegio Militar en el Teatro de los Héroes. Los complejos mecanismos de la causalidad hicieron que el juicio se llevara a cabo en un teatro inaugurado casi dos décadas antes —el 16 de septiembre de 1902, para ser precisos—, con la ópera Aída, de Giuseppe Verdi, y que cuenta la historia de Radamés, quien es enjuiciado por traición y se le condena a la pena de muerte.

La aprehensión del General Ángeles se dio tres días antes, el 15 de noviembre, después de una larga peregrinación que lo había llevado de Norias Pintas a la Boquilla, pasó por Parral y por Balleza, regresó a la Hacienda de Talamantes y San José del Sitio hasta encontrarse con un antiguo escolta de Martín López, uno de los jefes villistas más conocidos, y a quien Paco Ignacio Taibo II se refiere como:

(…) un jovencito de diecisiete años de origen campesino, de oficio panadero en la ciudad de Chihuahua, que alguna vez había sido azotado por meterse accidentalmente al potrero de un latifundista. Villa lo nombrará tesorero y pagador de su futura brigada, porque había estudiado “casi completa la primaria”. Martín aseguraba que se alzó porque eran “bonitos los maderistas armados”. Villa, que sabía cosas raras sobre los hombres, le dirá años más tarde al periodista estadunidense Frazier Hunt: “Siempre he creído que los hombres, como los caballos, cuando valen algo levantan la cabeza al menor ruido” Yo me fijé en que Martín siempre levantaba la cabeza para escuchar y fruncía el entrecejo”.[2]

El escolta de Martín López llevaba por nombre Félix Salas, y el General Ángeles describió el modo en que llegó a encontrarse con él:

Encontrándome yo en condiciones bastante difíciles en la sierra, en donde llegué a pasarme días enteros sin probar alimento, Félix Salas (…) me ofreció que me hospedara en su casa, que no era ptra cosa que una cueva en donde vivía en unión de su mujer, y en donde, en un principio, fui atendido por ambos con toda clase de consideraciones, y se me proporcionaban tortillas y frijoles; poco tiempo después de esto, Salas se amnistió y señaló a las fuerzas del Gobierno el lugar en que me encontraba.[3]

Monumento a Felipe Ángeles en el Cerro de la Bufa, Zacatecas. Wikimedia Commons.

Monumento a Felipe Ángeles en el Cerro de la Bufa, Zacatecas. Wikimedia Commons.

La amnistía a la que se refiere Felipe Ángeles fue la promulgada el 18 de diciembre de 1917, mediante el decreto 117, que facultaba al presidente de la República a extenderla a los levantados en armas en contra del gobierno constitucionalista[4].

Félix Salas, según Sandra Molina, recibió por delatar al General Ángeles seis mil pesos, aunque no pude corroborar ni desmentir el dato. De cualquier modo, más allá de lo que haya llevado al antiguo revolucionario a traicionar a Felipe Ángeles, lo cierto es que Gabino Sandoval apresó al General y lo destinó a la capital de Chihuahua, en donde se le levantaría un Consejo Extraordinario de Guerra.

El Jefe de Operaciones Militares en el Norte de la República, Manuel M. Diéguez, quien fuera gobernador de Jalisco, recibió a los prisioneros en Chihuahua el 22 de noviembre. En ese México convulso, Diéguez, el encargado de custodiar y levantar el Consejo de Guerra contra Ángeles, moriría, también, fusilado, aunque él por órdenes de Álvaro Obregón, en Tuxtla Gutiérrez, en 1924.

Los prisioneros fueron encarcelados en el cuartel de 21 regimiento de caballería. La celda del General, la número 8, era un cuarto de no más de cinco metros por lado, pintada de blanco y con piso de tierra. Un catre de metal, una tina y una mesa con algunos libros y una máquina de escribir en donde escribiría sus postreras notas completaban el cuadro. En esa celda, Ángeles, Arce y Trillo, designaron a los licenciados Alberto López Hermosa y a Alfonso Gómez Luna como sus defensores en el Consejo Extraordinario de Guerra, que comenzó el lunes 24 de noviembre.

La historia quizás olvide los nombres de quienes integraron tal Consejo, pero aquí se recuperan solo para que algún curioso recuerde a quienes participaron el sumario juicio: general Gabriel Gavira, presidente; generales brigadieres Miguel M. Acosta, Fernando Peraldi, Silvino M. García y José Gonzalo Escobar, vocales; general Leandro M. Díaz de León, juez instructor; coronel Tomás López Linares, asesor; general Víctores Prieto, agente del Ministerio Público[5].

El juicio, que llevó su curso desde el 24 hasta la madrugada del 26 de noviembre tenía ya la sentencia, incluso antes de que apresaran a Ángeles. En un telegrama de Venustiano Carranza a Diéguez, se consigna: “Cúmplase en todo con la Ley, sin admitir influencias de ninguna especie ni en favor ni en contra del reo”.

Las influencias, claro está, se refieren a la admiración que provocaba Ángeles en militares y civiles, en su prestigio como artillero y en su profunda humanidad como militar. Rosa King, propietaria del hotel Bella Vista, en Cuernavaca, Morelos, en donde se alojaron personajes como Madero y Huerta, describe al General Ángeles como:

delgado y de buena estatura, más que moreno, con la palidez que distingue al mejor tipo de mexicano, de rasgos delicados y con los ojos más nobles que haya visto en un hombre. Se describía a sí mismo, medio en broma, como un indio, pero sin duda tenía el aspecto que los mexicanos llaman de indio triste. Otros grandes atractivos se encontraban en el encanto de su voz y sus modales.[6]

Así, la fortuna de Felipe Ángeles estaba escrita. Las decenas de telegramas que llegaron al teatro de los Héroes que buscaban interceder por el General fueron ignorados y el clamor del público que asistió por miles al juicio —se dice que las autoridades militares tuvieron que expedir cinco mil tarjetas de permiso para asistir a él— fue acallado.

Carabina Winchester Modelo 1894 que perteneció al general Genovevo de la O y que este le regaló al general Felipe Ángeles. Museo Toma de Zacatecas. Wikimedia Commons.

Carabina Winchester Modelo 1894 que perteneció al general Genovevo de la O y que este le regaló al general Felipe Ángeles. Museo Toma de Zacatecas. Wikimedia Commons.

Los argumentos que Ángeles esgrimía ante cada andanada de preguntas de Gavira eran vitoreados. El público se hizo partícipe de un clamor, quizás, nacional. Como recrea la egregia Elena Garro en su obra, los silbidos y los aplausos acompañaron al Consejo de Guerra:

 AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: El licenciado López Hermosa ha dicho que no soy honrado, por citar la confesión del acusado respecto al enemigo. Me permito suplicar al señor Presidente del Consejo, se sirva decir al señor López Hermosa, que se sirva retirar esas palabras, porque no está en lo justo al hacer tal apreciación sobre mi persona.

LÓPEZ HERMOSA: Disculpe el señor Agente del Ministerio Público, ya que no eran mis intenciones lastimarlo, y en obsequio a su deseo retiro las palabras que le hirieron.

AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: Queda borrada la mala impresión.

PRESIDENTE DEL CONSEJO: Se da por terminado el incidente.

LÓPEZ HERMOSA: Insisto en la nueva presencia de los testigos.

AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: Que comparezcan los testigos que todavía están en el recinto, puesto que la mayoría de ellos hace ya mucho rato que abandonaron el lugar. [Entra Sandoval].

AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¿Conoce usted al acusado?

SANDOVAL: Sí es el General Felipe Ángeles [Del público surgen gritos, silbidos, insultos].

AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio, o haré evacuar la sala!

[La gritería aumenta. Sandoval baja los ojos].

AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¡Silencio! ¡Silencio…! [La gritería se calma un poco, hasta que se hace el silencio].

AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: Su nombre y grado militar.

SANDOVAL: Gabino Sandoval, teniente coronel de las Defensas Sociales de Chihuahua.

FISCAL: ¿Conoce usted al acusado?

SANDOVAL: Sí, es el General Felipe Ángeles.

FISCAL: Diga en qué circunstancias lo conoció.

SANDOVAL: El día que lo aprehendí.

FISCAL: Explique usted cómo y en qué batalla lo tomó prisionero. No se deje impresionar por el acusado.

SANDOVAL: Cuando llegué al Valle de los Olivos con mi gente, los soldados del General Ángeles me recibieron con un fuego nutrido. Así se inició la batalla en la que las dos partes tuvimos Bajas… después en el momento en que iba a caer prisionero sacó la pistola para dispararme, sus hombres trataron de propiciarle la huida y así fue como lo conocí…

[Ángeles levanta la cabeza y mira asombrado al testigo].

(…)

AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¿Qué dice usted…? Le suplico que no se deje impresionar por la personalidad del acusado.

[Sandoval guarda silencio].

AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¡Retírese usted, Sandoval! [La sala se llena de aplausos y de vivas al General Felipe Ángeles].

AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¡Silencio! ¡Silencio…! ¡Que pase el testigo Félix Salas! [Entra Félix Salas y una lluvia de gritos e insultos acoge su aparición].[7]

Mucho de la idea que se ha formado del pensamiento de Ángeles tiene su origen en este juicio. Hombre culto, formado en Francia y exiliado en Nueva York, desde donde formó la Asociación Liberal Mexicana, había construido un pensamiento y una ideología socialista:

(…) he predicado la fraternidad; he predicado una doctrina de conciliación y de amor. La gente muy poco entiende eso. Por desgracia, nuestro pueblo no está aún en la época en que deba hablársele de otra cosa que de lo contrario a todo lo que sea odio y venganza; por eso su infelicidad, por eso se preocupa muy poco por analizar el espíritu de las leyes que nos rigen, por comprender, cuando menos, los deberes y los derechos que le asisten. Para que el pueblo mexicano sea feliz, es menester que él quiera serlo; es necesario que cada uno se preocupe por su mejoramiento, que, de corazón, tenga iniciativa propia, que hable por sí mismo. (…). La democracia también consiste en que cada uno se baste a sí mismo para que, en unión de los demás, pueda ser libre y, por tanto, disponer de libertad en su gobierno, en sus hechos, en su vida propia.[8]

El discurso del General Felipe Ángeles, pues, está cimentado en la creencia de que el amor puede más que el odio, que en un estado prístino, no es sino la rapiña de quienes sólo ven por sus privilegios, sin ocuparse de las necesidades de un pueblo.

La desinformación que ha existido desde siempre en los medios de comunicación conservadores, junto a sus carroñeros, no hacen sino atizar una división de clases histórica, en donde la clase privilegiada intentará hasta las últimas consecuencias desacreditar cualquier movimiento que tenga por motivación y finalidad el bienestar general. Los carroñeros de estos medios son, cual modernos Procustos, quienes cortan la realidad a la medida que les conviene.

El General Ángeles lo sabía, por su honda cultura conocimiento del mundo , y así lo dejó claro al relatar un fragmento de su campaña en Morelos, cuando relevó al general Robles por órdenes de Madero, en un artículo del periódico La Patria, de El Paso, en diciembre de 1917:

¡Nunca me habían producido más placer los tiros! Sí, pensaba yo, que tiren los soldados, aquí que nadie los oye; aquí no sucede lo que en Cuernavaca; allá un tiro que se le sale a un soldado es transformado por los reporteros en una batalla que nos dan y nos ganan los zapatistas; aquí no nos oye ningún reportero, aquí pueden tirar los soldados.[9]

La fe de sus contrapartes militares en las armas era contraria a Ángeles; para él éstas eran un arte, para aquéllos —Huerta, Blanquet, Robles— un medio para ejercer la fuerza y el poder. Ángeles, en su diario de la toma de Zacatecas, escribe: “La guerra, para nostros los oficiales llena de encantos, producía infinidad de penas y de desgracias; pero cada quien debe verla según su oficio. Lo que para unos es una calamidad, para los otros es un arte grandioso”. [10]

General Felipe Ángeles. Wikimedia Commons.

General Felipe Ángeles. Wikimedia Commons.

 

 

Para Felipe Ángeles, “valen más las ideas que la fuerza, vale más el amor que la fuerza; si se somete a los pueblos, aherrojándolos, sólo se logrará establecer una paz mecánica, no una paz orgánica. No hay que hacer uso de las armas para someter a un pueblo, hay que hacer uso de la pasión contraria, el amor”. Cien años después de lo relatado, conmemoramos el pensamiento de Felipe Ángeles.

El 26 de noviembre de 1919 fue fusilado por las “chusmas revolucionarias”, aquéllas a las que condenaba por dejarse llevar por sus pasiones y sus odios, aquéllas que lo fusilaron y a las que pertenecía un sargento de nombre Ramón Ortiz, quien le dio el tiro de gracia, no sin antes ponerle un pie en el cuello, como si con el gesto murieran también las ideas del General:

(…) las leyes deben reformarse conforme lo necesita el pueblo. El socialismo es un movimiento general en todo el mundo, y de respetabilidad, que no podrá ser vencido. El progreso del mundo está de acuerdo con los socialistas. (…) es un movimiento de fraternidad y de amor entre los hombres de las distintas partes del universo. La fraternidad será un movimiento, como lo ha sido, que ha impulsado a la sociedad, por siglos y siglos, hacia el bienestar de las masas; esas masas que se debaten en sus luchas, esas muchedumbres que son muchedumbres en todas partes. El pobre se ve siempre abajo y el rico, poco o nada se preocupa por el necesitado: por eso protestan las masas, por esa falta de igualdad en las leyes, es por lo que se lucha.[11]

 

[1] Si bien en muchos documentos se consigna al mayor como Eduardo Enciso de Arce, en una fotografía del juicio, perteneciente al archivo Casasola, se le identifica como Néstor.

[2] Taibo II, Paco Ignacio, Pancho Villa. Una biografía narrativa, México: Planeta, 2006, p. 55.

[3] Federico Cervantes, Felipe Ángeles y la Revolución de 1913, México: Gobierno del Estado de Campeche, 2010, p. 358.

[4] Recopilación de leyes y decretos expedidos por los poderes legislativo y ejecutivo de la Unión de mayo a diciembre de 1917, México: Secretaría de Gobernación, p. 231.

[5] Federico Cervantes, op. cit., p. 363.

[6] Adolfo Gilly (comp.), Felipe Ángeles en la Revolución, México: Ediciones Era, 2016, p. 9.

[7] Elena Garro, Felipe Ángeles,

[8] Federico Cervantes, op. cit., p. 384.

[9] Adolfo Gilly, op. cit., p. 280.

[10] Ibid., p. 250.

[11] Federico Cervantes, op. cit., p. 382.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración por Caro García.

Y sin embargo, escribe: el silencio de las mujeres

 

No se sabe con certeza por qué, en los últimos años de su vida, Sor Juana Inés de la Cruz dejó de escribir. Los comentadores católicos interpretan este abandono como una muestra de fe, una mayor dedicación a las cuestiones sobrenaturales y una entrega mística a Jesucristo; para otros, fue un gesto necesario de reverencia hacia las autoridades de la iglesia luego de una serie de actitudes desafiantes. Algunos dicen que calculó mal sus libertades, su fuerza política; otros, que fue víctima de una conspiración misógina. Es probable que nunca tengamos los elementos para declarar, entre todas las versiones, alguna verdadera. Mientras tanto, entonces, si cada una puede quedarse con la que le guste, yo tengo una favorita: la que despliega Julie Bokser, una especialista norteamericana, en su artículo “Sor Juana’s Rhetoric of Silence”[1].

Bokser no tiene una hipótesis histórica: cita varias, para quienes quieran investigarlas, pero suspende el juicio sobre ellas. Lo que ella quiere es darle un sentido al silencio de Sor Juana que vaya más allá de los acontecimientos: para eso, rastrea en varios de sus escritos —en especial la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691)— el lugar que Sor Juana le va construyendo, justamente, al silencio. En lugar de buscar el sentido afuera, en los devenires de la historia, Bokser busca en la propia Sor Juana una explicación sobre su decisión de callar. Lo que encuentra es una retórica del silencio, que Sor Juana liga en algún sentido a la posibilidad de una retórica femenina: una retórica que tome todo eso que fue despreciado por identificarse tradicionalmente —y prejuiciosamente— con lo femenino y, en lugar de esconderlo o negarlo, lo use a su favor. Entre esas estrategias despreciadas, Bokser dice, está el silencio, cuyo poder retórico y persuasivo —“explica mucho con el énfasis de no explicar”[2], escribe Sor Juana— está explicitado en la Respuesta. En este mismo texto, Sor Juana reivindica un saber femenino como la cocina, como quien se reapropia un insulto: “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más habría escrito”[3]. Sor Juana, para 1691, llevaba casi una vida entera confrontando con los intentos de otros de silenciarla: como muchas otras grandes escritoras, además de luchar, intentó convertir ese silencio en tema, en pregunta, en un instrumento subterráneo y paradójico para pensar su propia escritura.

Ilustración por Caro García.

Ilustración por Caro García.

Quienes intentaron analizar la relación entre las mujeres y la literatura lejos de los estereotipos y los esencialismos —la idea de que las mujeres escriben un determinado tipo de cosas, sobre un determinado tipo de temas, en virtud de su biología o su psicología particular, porque son “más sensibles” o “más emocionales” o cualquier tontería de ese estilo— encontraron en la cuestión del silencio una línea fundamental. La operación del silenciamiento de las mujeres cumplió una serie de funciones claves en el sostenimiento de su opresión: se prohíbe y cuando ya no es posible se burla y se desacredita su palabra —su testimonio en un juicio, su historia oral, su literatura, su producción científica— para ejercer violencia sobre ellas sin consecuencias; y al mismo tiempo que se les silencia para violentarlas, se les violenta para silenciarlas, para evitar la circulación de discursos que pongan en cuestión o en evidencia el orden patriarcal vigente. El silenciamiento es causa y efecto de la violencia. La literatura producida por mujeres se produce sobre y contra ese trasfondo: hable de lo que hable, se relaciona con ese intento de callarlas. A esto se refiere la teórica Hélène Cixous cuando habla de escritura femenina y no de la “literatura femenina”: no se trata de que la literatura escrita por mujeres exhiba una serie de característica, sino de que en el mismo acto de escribir, las mujeres —como sucede con otras subjetividades excluidas tradicionalmente de la palabra y de lo público— están operando contra un status quo. Esa mujer recibe burlas, se le ningunea, se le encierra, se le humilla: “y sin embargo, escribe”, como dice la autora Joanna Russ en su libro Cómo acabar con la escritura de las mujeres[4].

 

***

 

En la mayoría de los análisis de Cumbres borrascosas (1847) se dice que la novela de Emily Brontë tiene dos narradores: Lockwood, inquilino de Heathcliff, que abre y cierra la novela, y Nelly, la criada histórica de las dos familias protagonistas, que narra casi todo el libro enmarcada en la narración de Lockwood. Poca atención ha recibido quien, para la especialista Judith E. Pike[5], es la tercera narradora: Isabella Linton, la chica con la que Heathcliff se termina casando para vengarse de Catherine —que, en lugar de casarse con él, se quedó con Edgar Linton, hermano de Isabella—. El personaje de Isabella fue caracterizado por años, dice Pike, como una joven insulsa, banal y fundamentalmente irrelevante que deviene áspera y oscura a lo largo de la novela; pero es improbable que Emily Brontë compartiera este desdén por Isabella. Aunque no tenga el peso en el texto que tiene la heroína Catherine, a Isabella le toca una de las huidas más valientes y escandalosas que pueden leerse en la literatura victoriana: luego de soportar por mucho tiempo los abusos de Heathcliff —la crítica tardará siglos en mencionarlo, pero ese devenir “áspero” de Isabella no aparece en la novela como una casualidad sino como un claro resultado de la violencia doméstica—, Isabella logra escaparse de él, embarazada y sola, para salvarse y criar a su hijo lejos de su captor. Y Brontë no solo le da eso: como destaca Pike, la carta escrita por Isabella es la única que aparece reproducida entera en Cumbres borrascosas, convirtiendo a Isabella en esta tercera narradora —privilegio que no tienen Catherine ni Heathcliff—.

La aparición de la voz narrativa de Isabella es breve, pero clave: críticos como Allan Brick[6] habían afirmado ya que en Emily Brontë “la forma narrativa es indisociable de su mensaje”, y en este caso es clarísimo. Sin la carta de Isabella, la única versión que tendríamos en la novela sobre las razones por las que Heathcliff la encerró es la que da él, la versión pública, la que tiene Nelly: como lectores podríamos creer —como sucede en la Jane Eyre (1847) de Charlotte Brontë con el personaje de Bertha, otra mujer encerrada— que el encierro de Isabella por parte de Heathcliff está justificado, que ella es loca y débil y Heathcliff hace bien en tenerla cautiva en su casa. La voz de Isabella —la ruptura de su silencio— nos cuenta que hay otra historia, que las  historias que circulan públicamente son las de los hombres que encierran a sus mujeres y no las de esas mujeres encerradas, esas supuestas locas en los áticos que suman misterio y pintoresquismo pero rara vez tienen voz. Emily Brontë podría haber incluido esta información de otra manera: alguno de los narradores principales podría haber contado en su propia voz lo que leyó en la carta de Isabella, Nelly podría haber escuchado algo. En cambio, rompiendo los procedimientos narrativos del resto de la novela por única vez, Brontë elige que esta parte la cuente en primera persona la propia Isabella; así, hace aparecer en Cumbres borrascosas la pregunta por la posibilidad —o imposibilidad— de una mujer de decir su verdad.

Ilustración por Caro García.

Ilustración por Caro García.

Poco más de un siglo después, la escritora argentina Sara Gallardo hizo del silencio un instrumento literario en su novela Enero (1958). Enero, mucho más incluso que Cumbres borrascosas, tiene a la violencia contra las mujeres en el centro de la escena: la protagonista, Nefer, es una muchacha humilde que trabaja con su familia en el campo; está enamorada de un hombre que jamás la mira y fue violada por otro, que la dejó embarazada. El hecho sucedió antes de que empiece la acción: lo que vemos en el libro es su angustia, su miedo al escarnio público y, ante todo, sus intentos de interrumpir el embarazo en un contexto en el que eso está legal y socialmente prohibido, y más aún para las muchachas pobres como ella.

A lo largo de la novela, la relación del texto con lo que se dice y lo que no se dice —con lo que se puede decir y lo que no— es siempre densa; de hecho, esto aparece desde la primera oración: “‘Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya no habrá remedio —piensa Nefer—; todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar’”. Toda la primera parte de Enero está surcada por esta dualidad: por un lado las conversaciones que escucha Nefer sobre los quehaceres y chismes de la estancia, entre personajes que no tienen ni idea de lo que a ella le sucede; por otro, como debajo de la superficie, el monólogo interior de Nefer, cada vez más rico y más desesperado. Algunos pensamientos de Nefer aparecen, en una puntuación inusual, escritas con rayas de diálogo e inmediatamente seguidas de otra raya de diálogo en la que un personaje dice algo en voz alta, a la manera de este fragmento de la segunda mitad del libro:

Nefer suspira; un cansancio se le ha instalado en los miembros.

—Como si tuviera barro en las venas —piensa.

—¿Terminaste con la mesa? —pregunta su hermana.

—Sí.

Gallardo repite varias veces este procedimiento, intercalando de un modo definitivamente no estándar pensamientos no dichos e intercambios reales: es como si con esa decisión, Gallardo quisiera llamar la atención sobre la mordaza de su heroína, las conversaciones necesarias que jamás podrá tener. Pocas páginas después del fragmento que cito, la protagonista le dice a su madre que “está preñada”, y que necesita ayuda para terminar su embarazo; a todas luces, teniendo en cuenta los tiempos, ya no debería hacer falta que dijera nada; y sin embargo, al principio, la madre hace todo lo que puede por pretender que no escucha, que no entiende, que eso que no había que decir nunca se dijo.

 

Al final de Enero, el destino de Nefer se decide sin que ella tenga parte en el asunto: gracias a los benevolentes arreglos de su patrona, se entera, se casará con su violador. Lo que sucede entonces es interesante: la voz interior de Nefer, que desde el principio venía ocupando una parte importante del texto, desaparece casi por completo. No sabemos lo que ella siente respecto de este matrimonio; se puede intuir, pero a diferencia de lo que sucede en el resto de los capítulos, ella no lo dice. El silencio —ese mismo por el cual ella no tiene voz ni voto sobre su propia vida— finalmente la alcanzó hasta lo más hondo, hasta a su hablar consigo misma. Lo único que tenemos es una frase, que retoma el tema de la primera oración de Enero, la cosecha: “—La cosecha. Todas las cosechas las veré casada”. La autora usa una raya de diálogo para introducir esta oración, pero no aclara —como sí suele hacerlo, a menos que quede muy claro— si Nefer dice esto en voz alta o solo lo piensa. Podemos imaginar que, para este momento, esas dos voces son la misma, una que no le pertenece a Nefer del todo: la verdadera voz de ella ha sido, por fin, callada para siempre.

 

***

 

Los tiempos han cambiado mucho desde las épocas de Sor Juana, Emily Brontë y Sara Gallardo. Seguimos siendo pocas las mujeres que tenemos los recursos económicos para dedicarle tiempo a la escritura, pero ese no es solamente un tema de género. Si una mujer firma hoy con seudónimo es porque quiere; ya no está prohibido ni mal visto que escriba. Para algunos, incluso, está de moda. Y así y todo, en un mundo supuestamente superpoblado de libros firmados con nombres femeninos, la pregunta por el silencio de las mujeres sigue teniendo múltiples sentidos, algunos viejos, otros nuevos; y por eso mismo, esta pregunta continúa siendo reapropiada a modo de herramienta, de tema y de principio constructivo por muchas escritoras.

Ilustración por Caro García.

Ilustración por Caro García.

El caso que me interesó como catalizador de muchos de estos significados antiguos y flamantes es el de la autora norteamericana Amy Fusselman y su libro Ocho (2013, traducido al español en 2019). “Ocho”, la segunda de las dos nouvelles que incluye el libro, es una especie de diario en el que Fusselman enhebra varias historias; entre ellas, un abuso sexual que sufrió cuando era niña. La violencia sexual, en especial la que se ejerce sobre niños y niñas, es un tema poco explorado en la literatura, y más en primera persona; al mismo tiempo, en la última década, se han multiplicado los textos sobre este tema en los medios y en la web. Aunque esa proliferación de discursos ha sido vital a la hora de quebrar el pacto de machos —ese que indica que “de ciertas cosas mejor no hablar”, que la violencia sexual es vergonzosa, y lo es más para quien la ha sufrido que para quien la ha perpetrado—, también ha producido sus propios moldes, una serie de reglas y expectativas. Se esperan ciertos rasgos de la buena víctima: se la quiere ver sufrir, se la quiere ver traumada. Queremos disfrutar del asco que sus descripciones —cuanto más detalladas mejor, dirán los medios, para que podamos juzgar bien la situación y por el morbo, de paso— nos induzcan. Queremos empatizar, queremos entender, queremos llorar; queremos todo eso, quizás, más de lo que queremos escuchar. Hay algo particularmente subversivo en una forma de narrar que se niega a darnos eso.

Amy Fusselman se distancia por completo de la normativa esperada del discurso testimonial, y hace con su literatura lo que quiere: un libro luminoso, con momentos humorísticos (cuenta “yo tenía un pedófilo” y habla de “mi pedófilo” como quien habla de su mascota de la infancia) y también intensos, en los que la historia del abuso, sin dejar de tener peso, aparece atravesada por el juego y también por los ecos de otras historias y no como la única que define a su protagonista de una vez y para siempre. De ese modo, “Ocho” se eleva por sobre una forma muy actual del silencio: el silencio del ruido, de los millones de discursos vueltos idénticos por una maquinaria mediática que los hace entrar a todos en una misma uniformidad. Fusselman no deja que otros decidan de qué se trata su historia, ni para qué sirve; esas son, finalmente, otras maneras del silenciar. Ella quiere contar que con “su pedófilo” tuvo una de las conversaciones más memorables de su infancia, memorable incluso en un buen sentido: nunca nadie, escribe Fusselman, se la había tomado tan en serio como su pedófilo en esa conversación. Y así lo escribe, aunque el lector se incomode, o más bien precisamente porque el lector se incomoda. En esa narración irrespetuosa, original y estremecedora Fusselman nos muestra que incluso sobre eso que creíamos haber escuchado ya muchas veces en los últimos años hay algo que solo la literatura puede organizar; algo no dicho, que necesita de la poesía —de la escritura femenina en el sentido de Cixous— para ver la luz.

 


 

[1] Bokser, Julie A., “Sor Juana’s Rhetoric of Silence” en Rhetoric Review, Vol. 25, No. 1, pp. 5–21 (2006).

[2] Sor Juana Inés De La Cruz, Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, varias ediciones (1691).

[3] Ibíd.

[4] Russ, Joanna, Cómo acabar con la escritura de las mujeres, Dos Bigotes, Madrid (2018; edición original en inglés: 1983).

[5] Pike, Judith E., “‘My name was Isabella Linton’: Coverture, Domestic Violence, and Mrs. Heathcliff’s Narrative in Wuthering Heights” en Nineteenth-Century Literature, Vol. 64, No. 3 (Diciembre 2009), pp. 347-383 (2009).

[6] Brick, Allan, “Wuthering Heights: Narrators, Audience, and Message,” en College English, 21, p. 80 (1959).

 


Autores
(Buenos Aires, 1989) Es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y trabaja como docente y periodista. En 2017 publicó el poemario Reconocimiento de terreno (Pánico el Pánico). En 2018 ganó el premio Ficciones otorgado por el Ministerio de Cultura argentino por el libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie (Emecé, 2020). En 2019 publicó el libro de ensayos El fin del amor (Ariel). Sus textos han aparecido en publicaciones como Anfibia, La Nación, Infobae, revista Orsai y Words Without Borders, entre otras.

Ilustrador
Caro García
Estudió Diseño gráfico en la Universidad Intercontinental y se especializo en ilustración a través del diplomado CASA Ilustración Narrativa en la Facultad de Arte y Diseño. Ha publicado en el periódico Excélsior, revista S1ngular y Editorial Planeta.

Carta a una oficinista

 

Maldita sea. ¿Dónde está tu respeto?
Podrías haber usado un poco de imaginación,
elegir a alguien que no conocía. O al menos,
una perra más a mi gusto.
Sandra Cisneros

 

Pudiste ser cualquiera
y lo fuiste.
Tu nombre no alcanzó.
Tampoco fue suficiente
tu fofa silueta que cruza
los pasillos, buscando
su señal
-perceptible pero inoportuna-
como la marca que deja un insecto
en un ventanal recién lavado.

Y sin embargo
intuyes su llamada
-desde ese cubículo en donde te cabe
la vida-
un menester de pretender
y abarcar nada;
porque el mar es algo
que solo conoces
por la publicidad
del paso peatonal
por el que transitas todos los días.

Siempre es lo mismo,
pero no lo sabes.
Tú no sabes nada
acaso mi nombre: sí, tengo uno,
me llamo como no te alcanza
la voz o la mirada
y sin embargo te lo coges,
aceptas sus escusas,
su pobre vida, sus historias:
ella está de viaje,
nadie me espera.

Aceptas
aquel cuerpo
que todavía me pronuncia,
adormecido por la cerveza,
solo esta vez. Ambos le clavan tijeras
a mi recuerdo deslavado, enmohecido
por una verdad a medias.

 


 

Quisiera descargar todo este odio
en un poema.
He de confesar que he pasado noches enteras
tomando notas para odiarte
y que lo sepas.
Escribo esto
para que lo sepas
porque lo sabes ¿o no?

Desanudo mi garganta
que quiere maldecirte
con cada letra de tu pobre nombre,
común como tus atributos
de oficinista
que calienta
su comida en un microondas
sucio
y compra chilaquiles fríos
en la esquina de Periférico
y Rodolfo Gaona.

 


 

Te he visto, aprendí tus movimientos.
Es la única manera que algunas
tenemos para curarnos.

Describirte es mi venganza.
Eres tú, convencional y desesperada.
Desde acá te hablo,
desde acá te deseo un destino
incurable y triste.

Y quiero que lo sepas:
a mi vienen a curarme las palabras.
A ti no te curará ni Dios.

 

 

PERRAS_PORTADA


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).