Una ciudad siempre es fugitiva. Sus dimensiones escapan de cualquier medida, sea en el plano, sea en los niveles donde la mirada nos permite descubrirla en su totalidad. La ciudad se desnuda en diversos niveles, no tiene límite vertical y sin embargo, en cada uno de sus pisos, una imagen enfrenta a la fotografía que se guarda de aquel lugar en la infancia.
El efecto de ensoñación no es extraño, las texturas y paletas obedece a la ley de los mosaicos, mi ciudad a veces es como un gran muro conformado de pequeñas estructuras que a su vez contienen sus propios elementos. La ciudad collage, otra simplemente pastiche, una estructura que exclama su deseo de no ser un diseño acabado, inmóvil.
Conformada por sets, la ciudad nos condiciona a estar preparados para la escena siguiente, siempre al acecho no hacemos sino llevar un ritmo que en ocasiones, nos permite estar en un estado de vigía constante, donde miedos y deseos se dan lugar de extremo a extremo de la urbe.
Colectivo Chachachá, Espacios en colision.
Muros, espectaculares, puentes, pero también portones y ventanas forman parte del cuerpo urbano, materia pétrea con oquedades remendadas de cristales rotos y láminas oxidadas. No es gratuito que el miedo a caer aparezca como una constante, su límite vertical y los retos que los peatones sortean como ofrenda de amor o incluso como derecho de piso, hace que la idea de morir aplastado en ocasiones se haga realidad.
El sacrificio siguen siendo una constante, pues la idea de atravesar el semáforo en plena avenida con motocicletas y algunas bicis que nos pertuban el andar, repara en cruzar alguno de los 1059 puentes. Para algunos, el primer impulso será el de aventarse al vacío, para otros será el de llegar al otro lado en la menor cantidad de tiempo posible: extinción o supervivencia, los dos extremos que en realidad unen cada una de estas estructuras de montaje que se sabe, más de la mitad de la ciudadanía no las utiliza, los cuerpos que de manera cotidiana yacen atropellados a escasos metros de sus escaleras lo confirman.
Y mientras tanto, en algunos otros puentes una pinta reclama el espacio que alguna de esas corporalidades ha dejado. Cada escena plasma una silueta, una marca sobre la Ciudad Monstruo, como algunos pobladores la nombran.
En estos momentos una nueva marca o pinta aparece como un tatuaje sobre la dermis de la urbe. Quienes la habitamos nos reconocemos en cada uno de los trazos que la dibujan, siempre en estado de alerta, como un sueño que sin embargo siempre escapa y se presenta de distintas formas en nuestras imágenes mentales.
La ciudad siempre parece que nos soltará las manos o que nos explotará sobre el rostro incólume todavía décadas atrás. No solo escapa de cualquier clase de reglas y formas de medición, sino también de las miradas que pretendan privarla de su voluntad de estar en constante movimiento.
Su vida obedece a las líneas y giros que dictan los pasos de sus moradores. Su lengua se transforma al ritmo de las coreografías que las rutinas marcan en horarios no establecidos. Su vista resulta inabarcable, no sólo por sus dimensiones, sino por la centena de acontecimientos que se ocultan debajo de los límites verticales de concreto y cristal. Mi ciudad parece no tener fin.
Irasema Fernández, mural, 2018.
La Ciudad de México no se acaba nunca —sabemos que ninguna lo hace— y entre las proporciones, los cambios y expansiones de la traza, las mutaciones que, sin remedio ni promesa de cura, han sufrido barrios y comunidades, la cadena de intersticios y fronteras se multiplica ante las exigencias de la plusvalía y la sumisión de las políticas estatales en turno. ¿Qué es lo que pasa en la ciudad? ¿Qué es lo que pasará en ella?
La duda siempre asalta, no solo por las alteraciones que desarticulan todo tipo de sintaxis resuelta sobre el espacio público y privado, sino por la acumulación de vestigios de discurso, de materialidades arquitectónicas, de cuerpos que despliegan en sus rutas y en su habitar una serie de instantáneas que encuadran aquellos momentos donde la felicidad y el desasociego son las gradaciones de la luz que se trasmina entre los edificios y vías de circulación.
La fragmentación espacial, el abuso de políticas que privatizan el derecho de ciudadanía que, con más ímpetu, nos convocan felizmente a una anarquía edulcorada, —pero anarquía al fin—, y las constantes soluciones urbanísticas poco asequibles para el total de la población producen un efecto de pérdida constante, de sentido y de tiempo.
Si lo pensamos, la sensación de extravío no sólo la experimentan los extranjeros que llegan a buscar —buscarse, buscarme o ¿coleccionar qué?— una experiencia “cultural” sino que cada habitante de una determinada zona o barrio, al salir de su radio de control, sentirá que debe caminar rápido, buscará ayuda en Google Maps, pedirá un servicio de transporte privado o huirá para regresar de nuevo, al café, taquería, fonda, puesto o chelería que le diga, “Otra vez aquí, ¿qué le sirvo?” y enfrente, la pared de siempre, la misma que no obstante, en medio del colapso cambia de color, su piel siempre muestra otros tatuajes.
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En la última década el graffiti de Ciudad de México y área conurbada advirtió cambios sumamente sugestivos, sus mutaciones en arte le ha ganado espacios, técnicas y desde luego reconocimiento.
Sin embargo, toda mutación lleva de alguna u otra forma a la degradación del cuerpo primario, el rigor clandestino de quienes dejaban su marca bajo el resguardo de la noche o de la fracción de segundos ha quedado atrás, aquellos rostros ocultos cuyas manos encallecidas por la presión del aerosol dejaban bomba o un tag sobre los muros, o incluso los vidrios de los ventanales de los dragones anaranjados que todavía atraviesan de norte a sur de oriente al centro las entrañas de la ciudad, han dejado de ser sombras, ahora sostienen una identidad.
De cara al neomuralismo, la intervención de muros ha tenido cambios en estéticas e incluso materiales, como la ola de stickers —quizá la heredera más próxima al graffiti de los nacidos en los ochenta—, la sofisticación de las bombas y el uso del color, así como la creación de grupos que buscan diversos patrocinios como materiales, muros y permisos con la CDMX y empresas privadas.
La ciudad reclama esas intervenciones, incluso ante la devastación. De frente a la urbe, resulta sugestivo pensar que los muros, las mamparas y las tablas son otra piel, una dermis que intenta esconder los huecos de los sets que desaparecieron tal fuerza de Thanos con el último sismo de 2017.
Por ello, esta mínima selección de artistas no es más que un despliegue de imágenes que encuentran su espacio y narrativa de manera personal, cuya fuerza radica en reinventar procesos propios de la ciudad, como la gentrificación, la perdida de la memoria barrial, violencia de género y feminicidios e incluso, la sucesión de técnicas tanto de graffiti como de la gráfica, mismas que encuentran un feliz equilibrio en la mixtura estéticopolítica del tag.
El efecto político de enunciarse sobre la urbe, Irasema Fernández
En una ciudad cuyo mayor problema en materia de seguridad pública es nuestra devastación encarnada en feminicidio, resultaría normal que la denuncia y la constante búsqueda de justicia de cara a los cientos de cuerpos que cada año pierden la vida por el simple hecho de ser mujeres fueran prácticas normales, pero sabemos que por las diversas barreras institucionales, incluyendo las de los salvoconductos de la Policía de la Ciudad de México y aquellas instancias encargadas en reconocer el derecho de las mujeres, reconocemos en nuestro cuerpo que no es así.
De ahí que muchas mujeres de diversas edades, fenotipos, escolaridades y clases económicas sostengan sobre sus manos el derecho de existir y de poner la cuerpa en la ciudad como derecho natural, sin temor a no ser violentadas o privadas de su derecho fundamental.
Irasema Fernández en su mural de 2018.
Irasema Fernández (Ciudad de México 1990) es escritora, ilustradora, editora y neomuralista. Se ha dado a la tarea de comprender la situación y de crear medios y puentes para que más de la mitad de la población que representamos nos sintamos acompañadas.
Entre la escritura, la ilustración y el neomuralismo, Irasema propone una estética que parte de la autoerotización, el deseo al cuerpo, la ciudad, la vida y la constante búsqueda de espacios para que nuestro deseo encarne la totalidad. Ubicada en frente de la estación de Metrobús Nuevo León, su mural Llorar en seco ha recibido múltiples visitas que según historias de instagramers, les han permitido explorar el duelo y encuerparse con la ciudad.
Irasema Fernández, Llorar en seco, 2019.
De esta forma, la denuncia, la erotización y la ciudad encuentran un punto de fuga donde las posibilidades son infinitas según la ley del deseo, la furia glitter y la proclama de estar unidas, a pesar de las fisuras y las distancias que no obstante, nos vuelven a reunir toda vez que una de nosotras desaparece.
Memoria de la crisis, una historia constante
Para los artistas jóvenes, aquellos nacidos en los noventa, buena parte de su formación se ha dado en la calle. Los muros han actuado como galerías, también como estudios de artistas y libros y catálogos, la ciudad funciona también como el espacios virtual dónde se congregan centenas de estéticas, historias del arte y uso del color.
Si todo en la ciudad es tan inmediato y de muchas formas desprendible, sabemos lo que sigue, las marcas que de ella subyacen terminan siendo un profundo arrebato, tiempo espacial.
Augusto Castellanos, artista de formación urbana y académica (Ciudad de México, 1994), además de haber participado en diversas bienales y exposiciones colectivas. Mediante su práctica y sus diversos desplazamientos por el oriente del Estado de México y la Ciudad monstruo, ha comprendido que la pérdida de espacios urbanos declaran la muerte de las historias e identidades de sus habitantes.
Augusto Castellanos, PBB.
Fiel seguidor de la historia de Ciudad Nezahualcoyótl y la mutación de la Avenida Pantitlán, tanto en el sentido visual, como de sus moradores, Augusto ha llevado los saberes de la calle al bastidor y a la sofisticación de los formatos aceptados por el mercado artístico y la academia, sin embargo su deseo de ciudad lo han llevado a encontrar puentes con lo mejor de la Ruptura, las técnicas del graffiti más clásico con sus materiales y las gradaciones en la luz del negro que nos hacen recordar no sólo la ciudad de nuestra infancia, plasmada ahora en polaroids de tonos pardos, sino también a la reconfiguración de la identidad mexicana y urbana en la pintura, misma que sostiene una lejanía de millones de kilómetros del neomexicanismo. En sus trazos encontramos una urbe en negativo que reclama su derecho de existencia.
Augusto Castellanos, PBB9.
Rescate del tag y la enunciación desde las entrañas de la ciudad
El Transporte Colectivo Metro es quizá el medio de transporte más utilizado por los habitantes de la urbe y la zona metropolitana, prácticamente gracias a él millones de personas llegamos a nuestros empleos, que casi siempre están del otro lado de nuestras ciudades dormitorios. Trayectos de hasta dos horas nos permiten reconocernos incluso bajo tierra.
Las lecturas aumentan conforme el convoy se desplaza, mediante el reconocimiento clandestino de aquellos símbolos y elementos tipográficos apenas visibles en los vidrios y paredes que soportan nuestros cuerpos suspendidos en el avance continúo de kilómetros de distancia. La ciudad nos soporta de extremo a extremo mientras la reconocemos entre sus capas.
Dulce Karina Morales Vega
Dulce Karina Morales Vega (Ciudad de México 1992) es artista plástica, ha participado en diversas exposiciones colectivas. Desde su formación en la FAD y en sus múltiples empleos ha experimentado la densidad de esas horas mediante sus recorridos en las diversas líneas del Metro, mismas que la llevaron a replantearse en su práctica artística la reconfiguración de una de las técnicas más antiguas del arte en México, el grabado.
Mediante la recuperación de diversos tags, Dulce ha podido establecer rutas de acceso a los deseos que se esconden detrás de aquellas letras que, sin duda son la pesadilla de las autoridades. El peso político de dejar un registro tiene la consecuencia de vivir de manera clandestina, los segundos son oro mientras con cutters y marcadores, incluso a veces ácido, develan identidades de jóvenes que cargan las mochilas del desencanto.
Dulce Karina Morales Vega, Libro.
Siendo becaria, se dio a la tarea de reinventar los procesos de la gráfica para extender los deseos de aquellas escrituras que en paletas frías develan un sentido distinto sobre los papeles libres de ácido y la correspondencia con la punta seca. De esta forma, Dulce devela que la práctica artística también funciona como traductora de deseos en falta de quienes suspenden su cuerpo en la cadena de montaje de esta ciudad.
El barrio como acontecer del futuro urbano
No es casual que la calle siempre se manifieste como un espacio cuya lectura se vuelve casi imperceptible ante la mirada de quienes transitan de manera constante por la misma ruta, la prisa y las demandas constantes y absolutas de la vida actual superan el deseo de detenerse y observar el paisaje.
Sin importar la hora, los cuerpos son sometidos a un continuo tránsito, las siluetas no hacen sino componer una serie de vistas que ante la mirada rápida, ocultan lo que sucede atrás, identidades barriales cuyas raíces se componen de nuestro mestizaje, los símbolos indígenas y la profunda necesidad de conservar el sentido de comunidad.
Colectivo Chachachá!
El Colectivo Chachacha! Conformado por Raymundo Rocha (San Luis Potosí 1983) y Dayron López (Ciudad de México 1984), quienes han participado en diversas exposiciones, laboratorios urbanos, además de haber sido ganadores de la Bienal Nacional de Diseño, sostienen que ante los cambios espaciales, los fenómenos de violencia, la identidad puede crear una diferencia absoluta en la forma en que experimentamos la urbe.
Entre el neomuralismo, la pintura y el tatuaje y la documentación de procesos identitarios, como fue el proceso de Simulación ritual y 19/S Tatoo, su práctica los ha llevado a establecer no sólo conexiones entre diversos habitantes de toda la ciudad, sino también en diversos Estados, como Oaxaca y Guerrero, experiencias que han enriquecido su producción llena de matices y color, formas y grifos que dilucidan el código de nuestra cultura mexicana.
Colectivo Chachachá!
Cada artista e imágenes funcionan como fragmentos de la escena de arte urbano, como mosaicos, dan la idea de que la ciudad es siempre un espacio de montaje, pero también un espacio en continúa disputa. Por ello no resulta extraña la exploración que formula cada uno de los casi nueve millones de habitantes que la vivimos, de manera cotidiana como un desafío, a veces como frontera, pero también como una estructura móvil que nos contiene incluso ante la violencia y el temor de perder la vida camino a casa. Al final, parece que nuestros deseos y el derecho a enunciarnos son nuestra única forma de salvarnos ante la extinción.
Para lxs chicxs trans que todavía se están encontrando.
Todas las transiciones son diferentes.
Para mí, el ser trans inició con el no pertenecer. A modo de analogía, sentía que todo era un rompecabezas de La Creación y yo era una pieza de La gran ola que empaquetaron por equivocación. La caja decía que había mil piezas y las había, así que habría que hacerlas funcionar de alguna manera, habría que obligarme a ser una pieza de La Creación.
Crecí en un pueblo y en un tiempo en que ser trans implicó descubrirme desde el miedo y el desconcierto. En mi infancia nunca escuché el concepto de trans o transgénero. En aquel lugar, como en casi todos, todavía existe la creencia de que ser trans es la máxima exponencia de ser lesbiana o gay. De cualquier manera estaba jodido: ya había interiorizado todos los prejuicios de mi cultura para después reproducirlos en mi contra.
La primera vez que escuché sobre la etiqueta «trans» me limité a considerarla única del género femenino, y tuvieron que pasar muchos algoritmos de Youtube para finalmente descubrir que los hombres trans también existimos, y esto fue paralelo a saberme uno. Siempre me había costado identificarme como mujer, pero me había obligado a hacerlo durante años. Saberme hombre me dio un sentido de identidad que estaba perdido, pero también me posicionó en la incertidumbre.
¿Cómo se es hombre? ¿cómo se es trans? tenía que resolver eso y tomé la única ruta visible para mí. Me desarrollé dentro de la concepción superficial de saberse trans, en la que todo se resume en una to-do list: descubrirlo, externarlo, tomar hormonas, hacer los cambios de papeles y tratar de pasar desapercibido. Esta idea presupone que todos los cuerpos y mentes trans tienen las mismas necesidades y que independientemente a la organización de su lista, la meta es cumplirla para finalmente pasar por el género con el que se identifican.
La lista supone felicidad, el lograr ser tú mismo y poder desarrollar una mejor versión de ti, como si se tratara de un comercial de multivitamínicos. Todas las historias trans con final feliz tratan de eso, tapizamos el internet con ellas: los primeros meses en hormonas, la emoción del cambio legal, la aceptación de las personas cercanas después de su tiempo en negación, las operaciones, la plenitud.
Los primeros meses de mi to-do list fueron desgastantes. Pasaba el día la computadora investigando por medio de testimonios cómo era el proceso de otros hombres trans, quería estar seguro de los pasos a seguir antes de externarlo a los demás. El único acceso que tenía hacia otros hombres trans, era el internet. Solo quedaba tener conversaciones unilaterales con la pantalla, esperando que el testimonio fuera vigente todavía. Poco a poco fui descubriendo grupos en Facebook, colectivos y organizaciones en todo el mundo. Ahí descubrí, que no éramos pocos, pero que casi todos estábamos escondidos.
Una vez terminada mi investigación, decidí que era momento de externarlo, todavía no sabía cómo llamarme, pero estaba seguro de querer ser nombrado como él. Me decía a mí mismo que fuera cual fuera la respuesta de mi burbuja social, en algún momento todo mejoraría. Al contrario de mi pronóstico, mi salida del clóset no fue caótica, mis cercanxs trataban de comprender el tema y buscaban la manera de hacerme sentir cómodo. Algunxs hasta se dispusieron a hacer un comité para encontrarme un nuevo nombre.
En mi casa había una resistencia particular con el tema de las hormonas, por lo que esperé a que el ser hombre se normalizara en mi casa, para poder acceder a ellas. Sabía que era una decisión personal, pero también sabía que en parte, ellxs también lo estaban asimilando. Por mi parte había dudas mínimas, quería comenzar los cambios y sabía que estos eran una moneda al aire. Podía crecer barba o no, podía cambiar la voz o quizá no tanto. Existía un mundo de posibilidades y en todas habría obligatoriamente cambios de hábitos. Temía a responsabilizarme por mi cuerpo.
Mi transición poco a poco se había convertido en un trabajo en equipo, lo cual hacía que mi grupo de amigxs fuera estable. Evitaba lugares donde había gente que me resultaba incomoda y frecuentaba aquellos donde sentía que no me juzgaban. Entre más sentía una red de apoyo, aumentaba también el hostigamiento de otrxs. Al desinhibirme como soy, otrxs personas también estaban desinhibiendo su transfobia. En algún punto me doblé.
Decidí cambiar de círculo y de ciudad por un tiempo. Ahí tuve un acercamiento con Maggie Esmerelda, que sería quien me sostendría la mano los siguientes meses. Esmerelda no hacía muchas preguntas respecto al tema trans, se limitaba a escuchar lo que tenía que sacar y cambiábamos de tema. Era la primera persona que me veía como yo quería ser visto, lo cual poco a poco me fue llenando de seguridad.
Había pasado un año y medio de mi salida del clóset, al fin había tomado la decisión de comenzar con mi TRH (Terapia de Reemplazo Hormonal). Algunxs amigxs habían ayudado a conseguir un endocrinólogo especialista en el tema trans, quien me explicó que el procedimiento sería sencillo, pero que sería necesario hacerme exámenes médicos y subir de peso. Hice ambas cosas y cuando llegué a mi peso ideal, regresé con él.
El endocrinólogo había especificado un día para la inyección de testosterona, también había dado instrucciones específicas de cómo aplicarla. Había decidido hacer ese proceso junto a Esmerelda, en caso de que algo saliera mal durante el procedimiento. Durante el día estuve viendo vídeos sobre inyecciones, cada cierto tiempo veía mi ampolleta de testosterona, era tan pequeña que no entendía cómo era posible lograr cambios a través de ella.
Esmerelda llegó por la noche. En mi habitacón ya había una silla y el kit Mi primera inyección de testosterona. Había puesto un playlist para calmarme un poco, pero no importaba, en mi mente sólo se escuchaba After The Storm de Kali Uchis. Después de varios intentos de acercar la jeringa a mi pierna, lo logramos. Esmerelda tenía su mano en la parte plástica de la jeringa, me estaba ayudando a verificar que no hubiésemos picado alguna vena. Cuando terminamos el proceso, no quedó más que esperar en muchas habitaciones los cambios que la testosterona haría en mí.
Quedaba algo más por hacer en mi to-do list: el cambio legal de nombre y género. Después de escarbar en internet, había dado con el vídeo de Gabriel ML. Él explicaba el procedimiento a seguir si no éramos ciudadanos de CDMX. El procedimiento no iba a ser difícil, pero en mi caso, sería tardado. Había que cambiar la dirección de mi identificación a una de CDMX, por lo que habría que pedir un recibo de luz o de teléfono. Después de ello, habría que pedir una copia fiel del libro de mi acta de nacimiento, para finalmente pedir una cita en la Oficina Central de Registro Civil (Arcos de Belén). El proceso llevaría aproximadamente tres meses, entre pedir citas, asistirlas y esperar a que la burocracia hiciera lo suyo.
Mi primera vez en el registro fue un rotundo fracaso, había llevado mal un documento. Era sólo eso, habría que cambiarlo y ya estaba. La siguiente vez en intentarlo no demoré ni una hora en el registro civil. Mi trámite ya estaba en proceso y en caso de no haber ninguna irregularidad, en quince días tendría un acta de nacimiento con mi verdadera identidad.
Realizar todos los pasos de mi to-do list fue lo que me llevó a tomar consciencia de lo que sería mi verdadera transición.
Ahora los cambios vendrían acompañados de una voz más grave, de ver semana a semana cómo empezarían a crecer los vellos en mi mandíbula, de notar cada vez menos la ausencia menstrual. Notaba cada vez a más personas que se referían a mí como joven o señor. El acoso callejero era casi invisible, no había miradas lascivas, ni murmullos al regresar a casa. Transitar socialmente de un género a otro me hizo evidenciar muchas violencias. Violencias que notaba, pero que normalizaba, porque no había experimentado otros cuerpos, ni otras percepciones.
Cuando comprendí que vivía en construcción, aprendí a cuestionar. Me sabía hombre, pero no estaba dispuesto a repetir el esquema generacional, ni a continuar con las tradiciones patriarcales que ahora me heredaban. Ser hombre trans te acerca más fácilmente a otras visiones de la masculinidad, ahora sabía que podía vivir mi masculinidad como yo quisiera. Ya no importaba la validación de mis congéneres, ni me importaban sus comentarios sobre cómo ser hombre. No había un instructivo, ni una forma correcta de serlo, yo ya lo era y para ello no había necesitado hormonas, ni ser nombrado como Iván, no tenía que demostrarlo en cada movimiento y en cada palabra. Lo era y ya.
Mi reconstrucción no sólo fue física y legal, en mayor parte había sido psicológica. Pero de esa parte no estaba siendo consciente, no lo racionalizaba como un cambio, estaba concentrado en mi cuerpo. Poco a poco estaba descubriendo que pasar por el género masculino no era lo que realmente importaba en todo este proceso. Mi transición inició con el único propósito de ser yo, de aproximarme lo más posible a mí. Ya era un hombre, ahora sólo faltaba serlo bajo mis propias reglas y condiciones. Esa sería mi verdadera liberación.
La reconstrucción me llevó a entender que todxs -trans o cis- en algún momento somos la pieza de Katsushika Hokusai en un rompecabezas Miguel Ángel, que el no pertenecer es temporal, que el encontrarse y reconocerse es una cuestión de itinerancia.