Detalle de: Fabián Cháirez, “La revolución” (2013), expuesta en “Emiliano Zapata después de Zapata” en el Palacio de Bellas Artes.
A raíz del escándalo que supuso la obra “La revolución” (2013) de Fabián Cháirez, expuesta en “Emiliano: Zapata después de Zapata”, en el Palacio de Bellas Artes, entrevistamos a profundidad a Luis Vargas, curador de la exposición.
Luis Ham: ¿Cómo se inserta Zapata en tu historia? ¿De dónde surge en ti esta pasión por la figura de Zapata?
Luis Vargas: Zapata ha estado conmigo desde hace 15 años, más o menos. Yo soy de Chiapas, de San Cristóbal de las Casas, y cuando estudié la licenciatura en Historia del Arte, estaba comenzando a perfilar un proyecto de tesis de licenciatura. Lo que más me llamaba la atención era trabajar con los imaginarios neo-zapatistas vinculados al EZLN, que en parte tuvieron que ver con que mi familia migrara de Chiapas a Veracruz; no por un tema directo del EZLN sino porque la economía estaba muy complicada en esos días, en San Cristóbal.
Siempre fue un nexo con volver a casa. Al final, no hice esa tesis, pero sí escribí un artículo —el primer artículo, yo creo que fue en 2004— sobre el muralismo en territorios rebeldes. Después eso se convirtió en la tesis de maestría, y participé -yo era curador en el MUNAL en el 2008, y estábamos haciendo una curaduría que encabezaba Jaime Cuadriello, sobre los héroes. se llamaba El éxodo mexicano: los héroes en la mirada del arte, para el bicentenario. A mi me encargaron el Zapata, o sea, había Hidalgo, Juárez, tal, y a mi me comisionaron hacer el Zapata, y me acuerdo que un colega del instituto me provocaba o me decía, “ponte a hacer la arqueología de tu tema”. Y la arqueología era ir a las raíces iconográficas de Zapata. Ahí comencé a revisar a Zapata.
Ya cuando estaba en el doctorado en Austin, Texas, no pensaba hacer algo relacionado, sino algo sobre la fotografía. Pero me encontré tantas imagenes fronterizas de Zapata, pochas, chicanas, que me llamaron mucho la atención. Y eso sirvió también como un sitio para interrogar mi propia identidad como migrante mexicano allá.
Entonces, han sido quince años de haber estado coleccionando estampitas de Zapata. Porque siempre la pensé mucho como una exposición. Entonces, tengo miles y miles de Zapata. Eso ha sido un poco cómo inicié con Zapata.
LH: ¿Cómo ha cambiado tu percepción? Creo que desde la primaria, me imagino que más en Chiapas, tenemos una idea, quizás muy de libro de texto, de quién es Zapata. Pero ahora, después de ver miles de pequeños Zapatas y grandes Zapatas, representaciones populares de Zapata, concepciones de Zapata en el imaginario colectivo, ahora, ¿quién es esta figura para ti?
LV: Para mi es una figura a la que muchas veces refiero con una metáfora: Zapata es una suerte de envase o botella. Es una botella que siempre está referida a ciertas cosas que tienen que ver con México, con el territorio mexicano, con la identidad; desde luego los ideales zapatistas de la defensa de la tierra, los recursos naturales y la autonomía. Eso está ahí, es como un anclaje, ese envase nunca cambia. Lo que cambia es el contenido con que se llena el envase. Ese contenido tiene que ver con las activaciones de Zapata.
Yo he visto tantas activaciones de Zapata, desde las más superfluas, que puede tener que ver con moda o de pronto verlo como el rostro de un restaurante, mezcales, tequilas, cosas así, hasta las reinvidicaciones más radicales en manos de grupos sociales como los zapatistas en Chiapas pero también el feminismo chicano, que se apropia de un Zapata pero para hacer una crítica mordaz al machismo mexico-americano o mexicano.
Para mi Zapata es como esta suerte de contenedor, pero también de detonador. Eso es otra cosa: Zapata gatillea todo el tiempo. Cuando pensábamos que ya al gobierno de izquierda con el que Zapata habría estado, digamos, en cierta armonía, de pronto suceden todas estas cosas como las dificultades que tuvo la celebración del centenario luctuoso de Zapata en Morelos, o todos los conflictos que hubo en torno a la termoeléctrica, o lo que está pasando ahora mismo con la exposición, es decir, una figuración de Zapata en particular y ¡pum!
Zapata es incontrolable. De hecho, el libro que estoy terminando de escribir, y que ojalá salga el próximo año, se llama algo así como Zapata incontenible , un poco en esta idea de, si bien Zapata puede ser receptáculo a muchas cosas, nunca lo puedes contener, se te va a escapar de las manos. El gobierno ha intentado innumerables veces apropiarse del legado zapatista, los herederos mismos se han intentado apropiar de ese legado, y se les escurre. Eso es, para mí, Zapata. Me relaciono con un personaje histórico, con un legado, pero que lo veo por todos lados.
LH: En esta exposición, ¿cómo figuras el contener a Zapata? Cuando vayamos a la exposición, estaremos viendo un vaso grande que contiene muchos otros, o más bien algo más fragmentario que igual puede escurrírsele a la misma exposición?
LV: Para la exposición, lo que decidí plantearle al equipo de Bellas Artes y que de hecho hubo muy buen eco con ellos, fue hacer una visión más o menos organizada de cómo Zapata fue avanzando, no sólo como un personaje sino como una imagen, que a su vez era capaz de contener otras imágenes, de proyectar una serie de anhelos, preocupaciones sociales, políticas, afectivas, etcétera.
La exposición tiene un primer núcleo, que es el núcleo histórico más tradicional, donde lo que se presenta es la construcción de la imagen de Zapata cuando Zapata vivía. Es decir, esta no es una exposición sobre la vida de Zapata, sino sobre la vida de la imagen de Zapata o las imágenes de Zapata. En ese sentido, los primeros diez años de la revolución que son cuando Zapata pasa de ser un hombre común y corriente de un pueblito en Morelos a líder de toda una facción de revolucionarios y la cabeza del ejército libertador del sur, esa primera parte para nosotros la contábamos desde tres anclajes que son los que más o menos organizan o vertebran toda la exposición.
Uno es el peso de la imagen misma, la imagen en términos de construcción de una personalidad, de un discurso, de una retórica, es decir, Zapata usó la fotografía deliberadamente para hacerse de una imagen que le permitiera presentarse como un líder de una sección campesina, pero entonces para eso usaba por un lado, el traje de charro como marca de mayor prestigio en el campo — así se presentaba a la tropa, es decir, él no era de la tropa porque vestía traje de charro, pero por otro lado se presentaba con los otros generales de la revolución, con los generales ilustrados, los institucionalistas, con traje de charro. Y él era muy consciente de cómo su imagen tiene que estar muy bien construida para sentarse a las mesas de negociación, para desmitificar un poco la otra imágen que se está construyendo sobre él que es la imagen negativa del bárbaro, del violador, del indio patarrajada, todas esas construcciones que tenemos en la caricatura.
Ese es un primer segmento: siempre la imagen como un territorio de construcción, de retórica y de disputa. Ese es un eje que vas a ver en casi todos los cuatro núcleos de la exposición.
El segundo tiene que ver con el género. Siempre hay una mirada desde el género, ya sea desde la hipermasculinización, o bien desde la feminización, o de las críticas, incomodidades que pueden generarse si pensamos en la revolución de Zapata y su legado, no sólo en la clave de un nacionalismo masculino hegemónico, sino también desde miradas o anécdotas menores. menores en el sentido de minoritario.
El zapatismo, si lo pensamos desde un ángulo feminista, va a arrojar a los otros grupos minoritarios, a los campesinos, a los indígenas, quizá a las mujeres y su participación en la gesta revolucionaria. Todo eso está en la primera sección trabajado mucho desde el género y el zapatismo, hay una presencia importante para mujeres.
Contamos a partir de una modesta fotografía de Amelio Robles la historia de este general transgénero que nació mujer pero vivió como hombre dentro de las filas del Zapatismo. Hablamos incluso de una pieza de arte contemporáneo muy linda de una performancera chicana que se llama Nao Bustamante, que es una invitación a reimaginar la historia: es decir, ¿qué hubiera pasado si la historia de la revolución no la hubieran contado solo hombres? Quizás, más que adelitas pasivas tendríamos soldaderas empoderadas.
Lo que ella hace es, con el pretexto de completar el último capítulo que Sergei Eisenstein nunca filmó de ¡Que viva México! , que se llamaba “La soldadera”, ella diseña unos vestidos hechos con tela Kevlar, que es la tela antibalas que usan los ejército para chalecos y cascos, y hace unos diseños de vestidos revolucionarios de diferentes mujeres de diferentes estratos sociales, y entonces agarra a otras amigas, performanceras, etcétera, y genera un filme donde fotografías históricas de la revolución aparecen como el fondo de pantalla de una escena donde las mujeres, estas nuevas mujeres, ocupan los lugares que la historia no ha visibilizado, los lugares que tuvieron en la revolución.
Esto se presenta así literal en la primera sección con una instalación de cinco vestidos y la película. Al lado están las fotografías que encontramos, porque lo que sabemos gracias a la investigación sobre todo de Gabriela Cano, historiadora del Colegio de México, es que las mujeres sí tuvieron un lugar muy relevante como espías, maestras, coronelas, abanderadas, es decir, tenían un lugar dentro de las filas de los ejércitos, en especial los ejércitos populares, donde se juegan de maneras distintas las marcas de raza, de clase y de género. Eso es el zapatismo.
Ya tenemos el peso de la imagen, el peso del género, y el tercero tiene que ver con un aspecto devocional.
En mi investigación de Zapata, y esto es algo que quizás a algunos colegas historiadores no les parezca tan atinado, pero yo estoy convencido de que el zapatismo surge en un territorio de México cuya historia y características étnicas y culturales son muy específicas de los pueblos campesinos e indígenas de méxico y de las manera en que se vive la religiosidad. Sin la religiosidad, que es distinta a la religión —la religión la vamos a entender más como un lugar desde lo institucional, la religiosidad va a ser cómo la religión afecta la vida cotidiana y permite la organización de las comunidades y de los pueblos.
Los pueblos de muchas partes de México históricamente están marcados por aspectos religiosos que tienen que ver desde las fiestas patronales, cómo se organizan las cofradías, y de alguna manera eso va muy de la mano de la política.
En mi lectura del zapatismo, sin la religiosidad o sin el culto a la virgen de Guadalupe, que tiene mucha fuerza en el sur de México, la organización del zapatismo no hubiera podido tener tanta fuerza. Esa es una de las cosas que se están revisitando ahora por algunos historiadores. Incluso se habla de la participación del México negro, de los afromestizos dentro de las filas del zapatismo.
La exposición presta atención a estos aspectos devocionales sin los cuales no se puede entender por qué tras la muerte de Zapata su activación como mito o como culto heróico o culto social, porque es un tipo de culto que siempre he leído como a la mitad entre la devoción política y la devoción del catolicismo popular.
Esos son tres grandes hilos conductores: el peso de la imagen, el género y la devoción o la religiosidad. Una afectividad que permea la aparición de Zapata.
LH: La entrega a la figura de Zapata.
LV : Sí, y quizás el cuarto aspecto, que no está tan claro, lo tengo escrito en mi texto curatorial, tiene que ver con pensar a Zapata como un espectro. Esto está muy vinculado a la lectura de Espectros de Marx de Jacques Derrida, justo es esta figura que no está y sí está.
Después de que Zapata muere, es una presencia ausente. No tenemos a Zapata de carne y hueso, pero de alguna manera se hace presente y está asediando todo el tiempo, y aparece, y aquí podemos pensar en Derrida o Rancier o cualquiera. Aparece y aparece con una fuerza que moviliza cosas y las moviliza desde las causas políticas pero también desde lo que le genera a la gente a nivel afectivo.
Esto no tiene que ver con si en las apariciones de Zapata hay corrección histórica, es decir, cuántas veces no se ha convocado o invocado la figura de Zapata sin ninguna precisión histórica. En las últimas secciones tenemos un video dedicado a los movimientos sociales, y uno de los carteles que retomamos es del movimiento #Yosoy132, un cartel que decía, “Se solicita más sangre tipo Zapata para todos los mexicanos”.
Eso tiene que ver con mitos fundacionales de México como el de el mestizaje, y un montón de otras entelequias que son eso, creación de la retórica estatal, pero Zapata revuelve las cosas y hace que aparezcan de otra manera.
Yo creo que toda la exposición es eso: a partir de las imágenes de Zapata, cómo estamos enfrentados a procesos de construcción de imagen o de retórica visual, problemas de género y los temas de un México con cierta devoción popular. El cuatro es Zapata como algo que acompaña. Eso se presenta en el primer núcleo, y los núcleos que siguen son núcleos cronológicos: el segundo núcleo se ocupa de la posrevolución, lo titulamos “La fabricación del héroe de la nación”, y la idea de “fabricación”como una fábrica mecánica es intencional, porque de alguna manera, el estado mexicano se apropia— casi casi que los enemigos que mataron a Zapata se apropian de su legado, para hacer el rotro del campesinado desde un lugar mucho más utópico.
Diego Rivera, con su programa comunista, ve a Zapata como el que va a permitir esta fraternidad entre proletarios y campesinos, y ahí revisamos los años fundacionales donde se está negociando qué va a ser México y como Zapata juega un lugar fundamental en la definición de varios discursos de tipo racial, la idea de lo mestizo y luego del México indígena.
LH: Deteniendonos aquí, que creo que es el lugar donde valdría la pena hablar de esto, por qué crees que la imagen de Zapata sobrevive, pero quizás muchos de sus ideales y las formas de zapatismos de las que hablabas antes, que era un zapatismo incluyente de los indígenas, de las mujeres, de las minorías, ¿por qué eso no sobrevive de la forma en que sobrevive la imagen de Zapata que sí logra escapar la muerte y se forma en este periodo?
LV: En las políticas de la memoria y de la historia, tristemente estamos más acostumbrados a la figura heróica. Es decir, es mucho más fácil recordar un rostro, un héroe, que todo un movimiento.
Si algo ha pasado a la memoria del zapatismo son dos cosas: la imagen de Zapata, y el lema “Tierra y libertad”, que en realidad ese lema ni siquiera es del zapatismo, es del magonismo y del anarquismo español y se lo imponen a Zapata un poco después.
Nuestra memoria colectiva es de corto alcance. Por eso es tan importante que existan ejercicios desde la historia, desde las exposiciones y desde la conmemoración, pero la conmemoración crítica, que permitan desarmar la idea de Zapata: no es solo este hombre que fue excepcional en muchos términos, pero esa excepcionalidad se construye desde muchos rincones, y visibilizar esos otros rincones va a permitir que también nos expliquemos porque en la latencia o la persistencia de Zapata se lo apropien también otras causas, es decir, el que se diga que las feministas no tienen nada que hacer subvirtiendo a Zapata o lo mismo los gays, es porque quizás no se está entendiendo cómo ese baluarte que es Zapata es un baluarte de muchas cosas más allá del nacionalismo y el heroísmo o los ideales primigenios del zapatismo.
El culto al héroe tiene que ver con cultos religiosos —recordemos que la figura del héroe en los modelos republicanos es una sustitución del monarca como representante de lo divino, que después cuando surgen las repúblicas, van a ser los héroes nacionales. Modelos como el napoleónico son los que van a llegar a ocupar eso. Es decir, seguimos esperando que nos salven, que venga un salvador.
Hay depositadas en ciertas figuras, que generalmente son hombres y que vienen, digamos que suman a las colectividades a las masas, pues se depositan un montón de anhelos. Y en el caso de Zapata, pesa mucho que su revolución está inconclusa, por más que se haya querido hacer valer el reparto agrario en tiempos de Cárdenas, resolver las necesidades del campesino, México sigue presentando terribles problemas de desigualdad, es decir, las cosas por las que peleaba Zapata siguen siendo urgencias del presente.
LH: Es muy sintomático, por ejemplo, que en 1994 un movimiento hubiera adoptado su nombre para pelear por causas similares y que otra vez no se haya completado. Y ahora, ya 100 años después, estamos en este momento cómo de vuelta de tuerca.
LV: La exposición se llama “Emiliano” y eso es una cosa deliberada, el título es “Emiliano: Zapata después de Zapata” para alejarnos un poquito del registro de lo biográfico y de lo histórico. Es decir, Emiliano, ¿qué Emiliano?, pueden ser un montón de Emilianos y es por la cercanía que te genera Zapata. Mi ahijado se llama Emiliano, el hijo de muchos se llama así, el hijo de Carlos Salinas de Gortari se llama Emiliano y tiene que ver con cómo Zapata es este personaje que, de alguna manera, genera cierta empatía o simpatía; su legado trasciende.
Después de que se publicara en el 69 el libro de John Womack, un perfil biográfico sobre Zapata que sería uno de los libros más leídos por la generación del post 68, el registro civil empieza a ver la aparición de un montón de nuevos Emilianos y tiene que ver con la memoria de un personaje histórico haciéndose más cercana, más íntima y personal a través de que su nombre vaya ocupando la vida de las familias en México y en Estados Unidos. La exposición intenta conectar a México con su diáspora que generalmente está marcada hacia el norte.
El segundo núcleo es la construcción de Zapata como un héroe nacional, el tercero se llama “imágenes migrantes” y es básicamente cómo Zapata cruza la frontera, aparece en Hollywood como pretexto de algunas películas como Viva Zapata con Marlon Brando en 1952 o la caricatura de Speedy González de Warner Brothers pintando a un Robin Hood mexicano. Todo eso yo lo leo en términos de la política de la Guerra Fría y cómo es muy eficiente representar a México como un México pobre, un México necesitado, que no está civilizado.
Después avanzamos a la parte de los nacionalismos chicanos, la recuperación de Zapata en los movimientos de derechos civiles de los 60 y 70.
El cuarto núcleo se llama “otras revoluciones”, ahí vemos los últimos 50 años de la imagen zapatista apropiada por las guerrillas de los 70 en la guerra sucia, por los neomexicanismos y todas estas subversiones del género donde Zapata se convierte en un lugar para cuestionar las masculinidades hegemónicas, el nacionalismo, el machismo, muchas cosas así, y luego está el EZLN y algunas otras cositas que aparecen por ahí.
A grandes rasgos esa es la exposición, son 141 piezas provenientes de 70 colecciones nacionales e internacionales, no se había hecho una revisión de la imagen de Zapata tan grande desde el 60 aniversario de Bellas Artes con Raquel Tibol.
Volvemos a preguntarnos por la persistencia de la imagen de Zapata desde claves que se están pensando ahora en el 2019, no desde la conmemoración de un héroe, sino más bien de repensarlo desde un punto de vista más crítico.
H: Creo que podríamos hablar de que la figura de Zapata como héroe y como símbolo también tiene sus límites y a 100 años, ya no le toca a Zapata ser la bandera del movimiento, sino ser una imagen que los movimientos mismos apropien, pero que ya es un Zapata diferente. Ya es, o más bien, quizás siempre ha sido un Zapata diferente, pero ahora llega a lugares donde las representaciones gráficas de Zapata en el siglo XX no hubieran llegado.
L : Sí, lo que yo creo es que Zapata siempre va a referirnos a cosas que tienen que ver con la tierra, con México, con ciertos ideales de libertad y autonomía, pero eso es susceptible de ser apropiado desde ciertos lugares.
La diferencia por ejemplo entre Zapata y el Ché, siendo el Ché un héroe mucho más apropiado a nivel mundial, es que el Ché no tiene anclajes tan claros, sino es más bien la idea de revolución, pero una revolución muy abstracta que en muchos casos ha servido para banalizar o hacer muy poco la verdadera lucha del Ché.
Zapata, aunque sí se lo han llevado a esos territorios, sigue activo desde otros lugares y lo que yo creo que está pasando en el 2019 es que muchos todavía no se ha entendido que Zapata no le pertenece a los zapatistas históricos, no le pertenece solo al gobierno mexicano, sino a la gente y en ese sentido, su habilidad de convocar o invocar nuevas causas es muy fuerte.
El Zapata de la siguiente década va a ser el de los ecocidios, de la defensa del territorio, de los recursos naturales y la autonomía de los pueblos e irá de la mano de proyectos que se oponen al extractivismo, a la intervención de compañías mineras, de macroproyectos estatales; ya apareció este año con la muerte de Samir Flores en Morelos y la oposición a la termoeléctrica y probablemente aparezca con el tren maya porque finalmente esas sí son las causas zapatistas históricas y contemporáneas: defender los recursos naturales; las montañas, el agua, la propiedad comunal y cuando eso entra en colisión con otros intereses como pueden ser los del desarrollismo, los del desarrollo macroeconómico, pues la figura de Zapata es susceptible a aparecer.
Esa es su capacidad y su actualidad.
LH: Con otra imagen de Zapata un poco más canónica, mucha gente habría llegado a la exposición y de repente su habría encontrado hasta la cuarta parte con esta pintura de Cháirez y ahí ya no tiene posibilidad de correr a otro lado o escribir un comentario de odio. En redes sociales estamos viendo la indignación de muchas personas por esta figura de Zapata que en realidad representa solo una parte de la exposición y solo una de las varias formas en que se ha tomado su imagen. ¿Se considera también al momento de hacer la curaduría la difusión digital y el impacto digital que va a tener, ya sea en redes sociales, las fotos que la gente va a postear en Instagram o en Facebook? ¿Eso fue parte de tu proceso?
LV : A mí el efecto que ha tenido la pintura de Cháirez me causa, por un lado, alegría porque está generando una conversación que es incómoda, pero necesaria y está trayendo visibilidad a la exposición.
Por otro lado, a veces me preocupa si no estará eclipsando la diversidad de discursos que también están en la exposición. Porque, como dices, es muy fácil entrar a comentar sobre esa pintura que es 1 entre 141 y me quedo con el temor de si eso no hará que muchos se generen una falsa idea de la exposición porque si bien está muy reivindicado la parte del género y su relación, también incómoda, pero muy necesaria con Zapata, toca a la vez muchos otros temas.
A nivel curatorial, cuando nosotros presentamos este proyecto, el museo del Palacio de Bellas Artes y el equipo que encabeza Miguel Fernández Félix, siempre estuvo súper abierto diciendo: “mete lo que se te pegue la gana”.
Había mucha apertura y cuando vieron la sección de subvertir el género que ocupa un buen espacio del cuarto núcleo donde están Germán Venegas con dos piezas de muy buen tamaño, Julio Galán, Mariana Castillo, Daniela Roselle, Daniel Salazar y unos Arnaldo Cohen y están estas dos pinturas que es las que más polémica causan, que son las de Fabián Cháirez y las de Miguel Cano, e l equipo de Bellas Artes se hizo preguntas como “¿qué va a poder generar esto en las audiencias?” y desde el principio dijimos: las audiencias tienen que entrar a la exposición a ver el símbolo de Zapata de forma compleja.
Una obra que a mí me gustaba mucho para ser la imagen publicitaria es la de un Zapata que tiene un mandil y en lugar del fusil, una escoba. Aparece un jabón de ropa; e s una pieza de un artista chicano de Denver que se llama Daniel Salazar y forma parte de una serie que él llamó “machos sensitivos” en donde revisa mucho las masculinidades hegemónicas mexicanas y las feminiza o las hace más sensibles.
Nunca pensé que la de Cháirez pudiera ser protagónica en la parte de la difusión, pero sí creía que iba a ser bastante atractiva para algunos públicos. Con lo que yo no contaba y fue una buena sorpresa, fue que desde la Secretaría de Cultura eligieran la pieza de Fabián y la pusieran en los desplegados oficiales en periódicos. No fue una decisión mía y creo que tampoco del Museo del Palacio de Bellas Artes, fue una decisión más bien de alguien que vio cosas interesantes en ponerla allí.
Fue bastante bueno en dos sentidos. Por un lado, algunos activistas y académicos de la comunidad gay se habían sentido incómodos con el lugar que tiene la pieza de Fabián Cháirez dentro de la exposición.
¿Por qué? Imagina que esta es la sala Diego Rivera, entonces hay como un muro que tiene un cuadro de Arnold Belkin, que es un mural más o menos de gran tamaño y a espalda de eso quedan el Miguel Cano y el Fabián Cháirez y acá hay un pasillo y están el Julio Galán… digamos que el tiro visual de acá las piezas de Cano y de Cháirez están detrás. La razón de por qué están allí atiende a varias cosas.
Uno, a que el mural que tenemos ahí es muy pesado, entonces necesitábamos meterle un muro reforzado y el muro que está atrás no lo está y no aguantaba este cuadro. De hecho estábamos pensando que en ese muro, el muro que se construyó, podrían estar el Arnold Berkin o un Jironilla que es mucho más grande que está de este lado. Por cosas presupuestales nosotros no podíamos reforzar este muro, sino que era más barato construir otro.
Eso supuso que la pieza de Belkin fuera un remate y luego, como la pieza de Cháirez es tan chiquita, es un cuadro de este tamaño con un marco grandote muy muy bonito y el Cano es como de este tamaño. Entonces dijimos: ¿por qué no los ponemos en un espacio que te invite a cierto recogimiento y a verlos más de cerca? Entonces la idea es que vengas desde acá, veas el Julio Galán, voltees a la derecha y veas un espacio donde están estos cuadros.
Además tiene mucho sentido porque Julio Galán está aquí junto con Germán Venegas. Estos son dos monstruos de los años ochenta y estos dos son dos pintores superinteresantes pero mucho más contemporáneos que están volviendo a revisitar, un tema que el neomexicanismo trabajó mucho que son los héroes patrios desde otro lugar mucho más radical.
Esa era nuestra lógica curatorial, pero lo que algunos dijeron fue que “estos cuadros están escondidos” entonces fue muy útil que la Secretaría sacara al Cháirez en su propaganda oficial porque entonces, claro, los críticos que decían que los habíamos escondido, se quedaron un poco callados.
LH: Claro, es la cara de la exposición.
LV: Ahora es la cara de la exposición, entonces esas son cosas que fueron pasando y que ahí están.
La pieza de Cháirez para mí es la consecución, o digamos, en este relato en el que se fue cuestionando el nacionalismo y las masculinidades hegemónicas, lo de Cháirez es muy bonito porque llega desde un lugar de lo kitch. Tiene que ver con lo mexicano donde la figura heróica ya es feminizada, pero desde una de las críticas más fuertes es “¿cómo se atreven a hacerle eso al héroe patrio?” y el tema es ¿por qué es algo malo la feminización de un cuerpo entonces es algo malo o qué?
El otro tema es hacer de la feminidad un lugar de lo revolucionario. No solo es una feminidad cualquiera, es la feminización de un cuerpo moreno. Hay toda una crítica desde la raza y desde la clase. Lo de Cháirez para mí y lo de Cano son dos obras que llegan a este último grado de crítica mucho más radical y que es de obras recientes. Tanto Chairez como Cano son obras que se hicieron en el 2014 y el 2015.
LH: Justo eso que se me hace interesante con este cuadro de Cháirez y con su obra en general es que a pesar de que se podría hablar de feminización este cuerpo de Zapata, a caballo, no deja de ser un cuerpo fuerte. La feminización está más en la pose que adopta sobre el caballo que para mi representa una vulnerabilidad. En Cháirez vemos estos cuerpos hegemónicamente masculinos, pero de cierto modo vulnerables y ahí es donde se cuestiona la supuesta masculinidad infranqueable del macho o el caudillo.
LV: Y que, lo queramos o no, si a ti te hace ruido ese cuadro, eso habla mucho de ti mismo. Este es otro dato interesante y que, y es algo que platicaba con Fabián en una conversación por teléfono hace poco: uno, este cuadro ya se había exhibido, se había puesto en exhibición en la galería José María Velasco, que también es un espacio gubernamental.
Es un espacio que ha albergado durante mucho tiempo la disidencia sexual de este país y que ha mostrado exposiciones de distintos artistas con este discurso. Dos, el cuadro está replicado a gran escala como mural en un bar gay de la calle de República de Cuba, en el Marrakech, y no había causado controversia.
Cuando llega a Bellas Artes y a la centralidad del museo del Palacio de Bellas Artes es que provoca la controversia. Entonces lo que a mí me hace pensar es que estas imágenes se les permite existir si están en lugares ocultos, pero si las traes al centro del país, a los reflectores, entonces son incómodas. Eso para mí confirma la necesidad de que desde lugares centrales se incluyan discursos diversos y se problematicen cosas más allá de lo políticamente correcto.
Puesto en otras palabras, si lo de Cháirez está en lo oscurito, no afecta nada y todos somos muy plurales, pero si lo traes al Palacio de Bellas Artes y lo pones al frente de la campaña promocional de la exhibición, entonces sí importa.
Eso, para mí, es problemático y justo aplaudo mucho tanto lo que está haciendo el Museo del Palacio de Bellas Artes al incluirlo, como lo que está haciendo la Secretaría de Cultura al ponerlo en los promocionales de la exposición. Ahora, no es la única imágen, porque al día siguiente salió un Julio Galán y el día anterior hubo un Miguel Covarrubias y se han estado cambiando las imágenes que se utilizan para la difusión.
LH: Sin embargo, no fueron lo suficientemente fuertes, como la pintura de Cháirez para generar, en un solo día, no uno, sino diez encabezados.
LV: Hay una gran variedad de pinturas en esta exposición que tiene discursos diversos estas imágenes en la exposición. Si lees además el texto curatorial que acompaña la exposición, nosotros de ninguna manera estamos reivindicando que Zapata fue homosexual, de hecho, soy de los que tienden a creer que no hay ningún fundamento histórico para eso. Aquí lo importante es que la exposición no es sobre la vida de Zapata, sino sobre la vida de la imagen, de cómo se ha alimentado de desde fantasías homoeróticas y se ha vuelto, incluso, un sitio para cuestionar el machismo.
La polémica de Chairez prueba un poco la tesis de la exposición. ¿De qué manera podemos resumir de lo que se trata la exposición? En vez de “Zapata vive, la lucha sigue”, sería “Zapata sigue vivo y las luchas —porque son “luchas” en plural— también siguen muy vivas”. Es decir, la imágen está más activa que nunca.
Pedro Ángel Palau es quien inicia la narrativa de la homosexualidad de Zapata y es quien escribe la novela sobre la vida de Amada Díaz, la hija de Porfirio Díaz, que estuvo casada con Nachito de la Torre. Él dice que revisando el diario de Amada Díaz, hay un pasaje donde la propia esposa dice que Zapata y Nachito de la Torre se revolcaban en las caballerías de la casa de Nachito.
Zapata trabaja alrededor de seis meses con Ignacio de la Torre en su casa en Reforma que estaba donde ahora está el edificio de la Lotería Nacional, por El Caballito . Trabaja seis meses allí y a partir de esa mención en el diario, Pedro Ángel Palau, bueno y de otras cosas que hay en la historia, él construye este gran mito de que Ignacio de la Torre fue amante de Zapata.
Yo creo que habría que ver más bien el zapatismo desde una lógica muy distinta a la de los ejércitos formales, porque el hecho de que Amelio Robles pudiera existir como un coronel transgénero en las filas del zapatismo o que fueran permisivos con alguien como Palafox, que era un general zapatista que se sabía que era homosexual, te habla de que quizás había otras dinámicas.
No estamos diciendo que se permitiera la homosexualidad, sino simplemente se negociaba de otras maneras.
LH: Ya para finalizar, ¿qué influencia piensas que tiene el bigote de Zapata desde la posrevolución hasta nuestros días?
LV: Digamos que la imágen zapatista tiene algunas marcas claras por las cuales es fácilmente recordada. Uno es el traje de charro: el sombrero, hasta el fusil, el sable, etcétera. Y del rostro de Zapata siempre se habla de los ojos y del bigote. Y ese bigote es un bigote muy característico de la época. Si vemos las representaciones, las primeras que hay de pintura de Zapata, el bigote es un elemento en el que ponen mucho enfasis algunos artistas.
Por ejemplo, en mural de Zapata de 1923 hecho por Diego Rivera, Zapata tiene un bigote mucho más largo. El motivo está ligado a la influencia budismo chino y la relación con la sabiduría. Sin embargo, un Siqueiros de 1931 también hace mucho énfasis en los bigotes. Y el bigote, desde luego, se ha leído como esta marca de masculinidad.
LH: Es interesante porque el bigote me parece un símbolo muy contundente de, al menos en el siglo XX, lo que hace a un hombre en México.
Pensando en otras polémicas que han surgido a partir de estas pinturas que se consideran controversiales, en los años 80, Rolando de la la Rosa pintó “La virgen de Marilyn”, aunque creo que sería más preciso decir que hizo un collage de una virgen de Guadalupe con el rostro de Marilyn. Esto, en aquel momento le costó el puesto a Jorge Alberto Manrique que en ese era director del MAM.
Hay otro pintor chileno que se llama Juan Dávila, que es uno de los pintores más interesantes de Chile y tiene esta obra que fue un escandalazo también. Se llama “El libertador Simón Bolívar”. En la pintura se presenta un Bolívar parasexual que además tiene rasgos afromestizos y demás.
Esta obra fue un escándalo, porque Juan Dávila pues era parte de un proyecto público de pinturas que después se iban a distribuir como postales a través de la valija diplomática del ministerio de relaciones exteriores. Se producen las postales y esto llega a Venezuela. Entonces explota este escándalo terrible en la Venezuela bolivariana; incluso estuvo la posibilidad de una ruptura de relaciones entre ambos países.
Meterte con los héroes siempre es un pedo: travestirlos, feminizarlos, siempre provoca una especie de cortocircuito que justo lo que pone en cuestión es el diálogo entre la idea de nación y masculinidad.
Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en
Periódico de poesía .
BELLE DAME SANS NOM
Escasos autores han provocado tantos atropellos en nombre de la razón poética como Emily Dickinson (1830-1886). La falla, claro está, no es de origen, sino de los estudiosos que la despachan con calificativos como “oscura” y “misteriosa”: aparentes halagos que no se distinguen de las críticas que recibió en vida, incluyendo las de su mentor, T. W. Higginson. Aunque la poeta ignoraba el destino de su obra, siempre tuvo claro el rumbo que debía seguir y depositó su confianza en los peculiarísimos instrumentos escogidos para llevarla a cabo, a saber: una ortografía que distingue entre sustantivos “tótems” (aquellos que componen el universo íntimo de Dickinson) y “tabúes” (referencias comunes y corrientes del mundo exterior), otorgando mayúsculas solo a los primeros; una puntuación que sustituye la mayoría de los puntos y comas por guiones largos —esos que en los Himnos a la noche (1800) de Novalis, por ejemplo, ya constituían las pausas semánticas, marcas de sentido y hasta grafías de orden musical con que la poeta indicará los límites de su discurso, aquello que la palabra a solas no puede referir por sí misma¾; una prosodia que, en su afán sintético y antiprosaico, elimina distintos vocablos, frases hechas y conectores no en busca de una estéril pureza poética, sino de una expresión libre de muletillas. (Búsqueda similar a la que, ni más ni menos, le costó la cordura al poeta venelozano José Antonio Ramos Sucre, cuyos últimos volúmenes eliminan el pronombre relativo “que” en una clase suicida de estilismo.)
Last but not least , la elección de un tono ingenuo y cancioneril para emprender sus averiguaciones, entre domésticas y subatómicas, sobre la conciencia, la naturaleza, el ser, la muerte, la inmortalidad o el deseo. Su rechazo a un metro como el pentámetro yámbico es, en ese sentido, una oposición al verso oratorio, que lo mismo funciona para el diálogo teatral y el ensayo filosófico que para el canto lírico y el monólogo dramático en poetas como Shakespeare, Pope, Milton, Wordsworth, Keats y Browning. Dickinson pretendía mucho menos; percibió que el mundo hechizado y autista de sus sensaciones solo podía representarse con un tono menor y una especie de interiorismo formal. Como parece resumir el poeta, ensayista y traductor Ricardo F. Herrera, Dickinson tenía
un gusto innato en comprimir los grandes temas en espacios de dimensiones reducidas. Aun en sus poemas más extensos, el deleite por el detalle es bien perceptible, detalle que puede llegar a imantar con su energía la totalidad del texto (…) La ley que ha concebido esos mundos cerrados e intensos puede formularse así: obtener fuerza expresiva a partir de la máxima compresión verbal.
La planeación verbal de “espacios de dimensiones reducidas” obligó a Dickinson a eludir los moldes prestigiados de la poesía occidental. A diferencia de su paisano Walt Whitman, a quien nunca leyó porque le dijeron que era “vergonzoso”, Dickinson no se cantó a sí misma para insertarse en la joven y vigorosa sociedad norteamericana, sino para apartarse de ella. Sus canciones, como las de san Juan de la Cruz, son “canciones del alma en la íntima comunicación”, no la epopeya surgida de la voz fundacional de todo un pueblo.
Ni la amenaza de permanecer inédita hizo que Dickinson modificara tan inquietantes elecciones. Es probable, incluso, que sus mil setecientos setenta y cinco poemas fueran escritos contra dicha amenaza. Como sostiene la filóloga Amalia Rodríguez Monroy, “gracias a esa renuncia temprana [la de darse a conocer] nuestra poeta, libre de toda atadura al imperativo social, crea una obra tan excepcional y renovadora como secreta”. Pero tal obra, insisto, es víctima de un formidable absurdo: en su clandestinidad, ha sido profusamente citada, interpretada, traducida y hasta imitada alrededor del mundo. Dickinson misma, que apenas puso un pie fuera de su casa en Amherst, Massachussets, y que en los últimos años ni siquiera abandonó su habitación, ha sido elevada a personaje central en diversos ensayos, novelas, películas, programas televisivos, obras teatrales y libros de poemas. Baste mencionar Mi Emily Dickinson (1985), ensayo de la también estadunidense Susan Howe; La bella de Amherst (1976), monólogo de William Luce protagonizado por Julie Harris durante su primer y exitoso montaje en Broadway; La hermana (2003), novela de la argentina Paola Kaufmann sobre la familia Dickinson y cuya narradora es Lavinia, hermana de la poeta; A Quiet Passion (2016), película del galés Terence Davies; Archivo Dickinson (2018), gabinete de curiosidades líricas de la también argentina María Negroni; y en México, las traducciones realizadas por Gilberto Owen, Rosario Castellanos o David Huerta, así como tres conjuntos de poemas: Amherst Suite (2010) de Alberto Blanco, Una forma escondida tras la puerta (2012) de Francisco Hernández y Cámara nupcial (2015) de Jorge Esquinca.
¿A qué se debe el equívoco protagonismo de una poeta que llegó a afirmar “¡Qué aburrido —ser — Alguien!”? Quizá al recelo disfrazado de admiración que provocan los cultivadores del anonimato en una época de nombres y apellidos artísticos, de celosa propiedad intelectual, de marquesinas y encabezados a ocho columnas, de trending topics y hashtags . La literatura moderna y contemporánea ha sido particularmente pródiga en dichos cultivadores. Sin embargo, Dickinson entraña una especial complejidad: no dejó de escribir, como Arthur Rimbaud o Juan Rulfo, ni cosechó la fama inmediata (e indeseable para él) de J. D. Salinger. Lo que Dickinson prefirió no hacer —parafraseando a Bartleby, el escribiente de Melville, patrono de la renuncia creativa— fue publicar. De ahí que en su obra no se observen fracturas, sino una impecable coherencia interior. Del primer al último poema, Dickinson jamás pensó en títulos, secciones o conjuntos, sino en las células numeradas de un organismo vivo. A su muerte dejó cuarenta volúmenes manuscritos como un diario sin fechas redactado en verso. Según Owen, “luego [de leer a la poeta] aprendemos cuán superficial y vana es nuestra búsqueda, si los datos reales de su biografía estaban, vivos y ardorosos, en sus poemas y en su epistolario”. Lo demás son hipótesis, franquicias del silencio.
Pero Dickinson, en el fondo de su buscado anonimato, deseaba dialogar —discretamente, si se quiere— con el mundo. Sus poemas no fueron concebidos para leerse en público, sino para entregarse a su lector imposible y póstumo. Si Dickinson no recibió carta a vuelta de correo fue porque su dirección era la misma que la de su incógnito destinatario.
Hernán Bravo Varela
280
I felt a Funeral, in my Brain,
And Mourners to and fro
Kept treading—treading—till it seemed
That Sense was breaking through—
And when they all were seated,
A Service, like a Drum—
Kept beating—beating—till I thought
My Mind was going numb—
And then I heard them lift a Box
And creak across my Soul
With those same Boots of Lead, again,
Then Space—began to toll,
As all the Heavens were a Bell,
And Being, but an Ear,
And I, and Silence, some strange Race
Wrecked, solitary, here—
And then a Plank in Reason, broke,
And I dropped down, and down—
And hit a World, at every plunge,
And Finished knowing—then—
280
Yo sentí un Funeral en mi Cerebro,
Y los Dolientes que iban y venían
Pisaban tanto — tanto — hasta que pareció
Irrumpir el Sentido —
Y cuando estaban todos ya sentados,
Como un Tambor, la Misa —
Sonaba tanto — tanto — hasta que Yo pensé
Que mi Mente se iba entumeciendo —
Y entonces los oí levantar un Cajón
Y su crujido atravesaba mi Alma
Con esas mismas Botas de Plomo, nuevamente,
Luego el Espacio — comenzó a doblar,
Como si fuera el Cielo una Campana,
Y el Ser, sólo un Oído,
Y Yo, con el Silencio, alguna Raza insólita
Náufraga, solitaria, aquí —
Y luego a la Razón se le rompió una Tabla,
Y Yo me desplomé, me desplomé —
Y choqué con un Mundo en cada zambullida,
Y Terminé de conocer — entonces —
419
We grow accustomed to the Dark—
When Light is put away—
As when the Neighbor holds the Lamp
To witness her Goodbye—
A Moment ¾ We uncertain step
For newness of the night—
Then— fit our Vision to the Dark—
And meet the Road— erect—
And so of larger— Darkness—
Those Evenings of the Brain—
When not a Moon disclose a sign—
Or Star— come out— within—
The Bravest— grope a little—
And sometimes hit a Tree
Directly in the Forehead—
But as they learn to see—
Either the Darkness alters—
Or something in the sight
Adjusts itself to Midnight—
And Life steps almost straight.
419
Nos habituamos a la Oscuridad —
Cuando la Luz se apaga —
Como cuando sostiene la Lámpara el Vecino
Y presencia la Despedida de ella —
Un Momento — pisamos titubeantes
Porque es nueva la noche —
Después — ya acostumbrada nuestra Vista a lo Oscuro —
Enfrentamos — erguidos — el Camino
Y lo mismo con más grandes — Tinieblas —
Esos Anocheceres del Cerebro —
Cuando no hay Luna que revele un signo —
O Astro — que surja — desde el interior —
Los más Audaces — van un poco a tientas —
Y a veces se golpean directamente contra
Un Árbol en la Frente —
Pero conforme aprenden a observar —
O bien la Oscuridad se modifica —
O algo en la mirada
Se adapta por sí solo a Medianoche —
Y da la Vida pasos casi rectos.
441
This is my letter to the World
That never wrote to Me—
The simple News that Nature told—
With tender Majesty
Her Message is committed
To Hands I cannot see—
For love of Her—Sweet—countrymen—
Judge tenderly—of Me
441
Ésta es mi carta al Mundo
Que nunca me escribió —
Las sencillas Noticias que la Naturaleza
Trajo — con Majestad benevolente
Entregó su Mensaje
En Manos que no veo —
Por Amor hacia Ella — Dulces — paisanos míos —
Juzguen mi caso — con benevolencia
505
I would not paint — a picture —
I’d rather be the One
Its bright impossibility
To dwell — delicious — on —
And wonder how the fingers feel
Who rare — celestial — stir —
Evokes so sweet a Torment —
Such sumptuous — Despair —
I would not talk, like Cornets —
I’d rather be the One
Raised softly to the Ceilings —
And out, and easy on —
Through Villages of Ether —
Myself endued Balloon
By but a lip of Metal —
The pier to my Pontoon —
Nor would I be a Poet —
It’s finer — own the Ear —
Enamored — impotent — content —
The License to revere,
A privilege so awful
What would the Dower be,
Had I the Art to stun myself
With Bolts of Melody!
505
No pintaría — un cuadro —
Prefiero ser La que
En su brillante imposibilidad
Se afligiera — de forma deleitosa —
Y preguntara qué sienten los dedos
Cuyo raro — celeste — movimiento
Evoca tan dulcísima Tortura —
Tanta y suntuosa — Desesperación —
Yo no hablaría, como las Cornetas —
Prefiero ser La que
Fuera alzada a los Techos suavemente —
Y afuera, para andar con lentitud —
Por Poblados de Éter —
Yo misma vuelta un Globo
Por un sencillo labio de Metal —
El muelle que conduce a mi Pontón —
Ni sería Poeta —
Mejor — tener Oído —
Obsequioso — impotente — satisfecho
La Licencia para reverenciar,
Un honor tan atroz,
¡Cuál sería la Dote
Si Yo tuviera el Arte de aturdirme
Con las Descargas de la Melodía!
712
Because I could not stop for Death—
He kindly stopped for me—
The Carriage held but just Ourselves—
And Immortality.
We slowly drove—He knew no haste
And I had put away
My labor and my leisure too,
For His Civility—
We passed the School, where Children strove
At Recess—in the Ring—
We passed the Fields of Gazing Grain—
We passed the Setting Sun—
Or rather—He passed us—
The Dews drew quivering and chill—
For only Gossamer, my Gown—
My Tippet—only Tulle—
We paused before a House that seemed
A Swelling of the Ground—
The Roof was scarcely visible—
The Cornice—in the Ground—
Since then—’tis Centuries—and yet
Feels shorter than the Day
I first surmised the Horses’ Heads
Were toward Eternity—
712
Ya que me fue imposible recoger a la Muerte —
Ella fue tan amable de recogerme a mí —
En el Carruaje íbamos solamente Nosotros —
Y la Inmortalidad.
Fuimos despacio — Ella no tenía prisa alguna
Y había Yo abandonado
Mi afán y mi reposo
En pago a su Atención —
Pasamos por la Escuela, ahí donde los Niños
Jugaban a la hora del Recreo — en el Patio —
Pasamos Sembradíos de Granos Expectantes —
Pasamos junto al Sol que se Ponía —
O mejor — Él pasó junto a Nosotros —
El Rocío cayó trémulo, helado —
Pues mi Vestido, solamente Gasa —
Y mi Tápalo — solamente Tul —
Paramos frente a una Casa que parecía
Una Protuberancia de la Tierra —
El Tejado era apenas evidente —
La Cornisa — en el Suelo —
Siglos ha — desde entonces — y aun así parecen
Más cortos que ese Día en que advertí
Por vez primera cómo los Caballos
Dirigían sus Cabezas hacia la Eternidad —
Autores
(Amherst, Massachusets, 1830-1886). Poetisa estadounidense. Excepto cinco de sus poemas (tres de ellos publicados sin su firma y otro sin que la autora lo supiera), su ingente obra permaneció oculta e inédita hasta después de su muerte.
(Ciudad de México, 1979) es poeta, ensayista y traductor. Autor de
Hasta aquí , entre otros títulos.
Ilustración por Berenice Medina
Soy yo quien decide que no habrá mañana;
con suerte, una claridad.
—António Lobo Antunes
¿Cuál fue el momento preciso en el que Roanoke se esfumó para volverse silencio, vacío: una pobre anotación en un árbol? John White llegó por primera vez a la región de Roanoke en 1587; iba dispuesto a colonizarla. La expedición había sido ordenada por Sir Walter Raleigh, que a su vez había obtenido el permiso de la Reina Isabel I de Inglaterra para servirse con cuchara grande, en medio de aquella aparente carrera que sostenían ingleses y españoles para ver quién lograba colonizar antes Norteamérica. Así fue como 117 colonos llegaron a Roanoke como una parada antes de la anhelada Chesapeake.
Los ingleses consiguieron llevar una buena relación con la tribu croatoan, una de las tantas que habitaban la zona, pero las demás tribus se resistieron a la invasión y repelieron la llegada de los colonos. Así, en un constante estira y afloja, White tomó la decisión de volver a Inglaterra para traer más refuerzos que pudieran ayudarle en su propósito.
Con lo que John White no contaba era que la guerra angloespañola lo retrasaría por más de tres años en su país de origen. Al volver, listo para zanjar aquella pausa que había dejada incompleta su misión, White se dio cuenta de que había cometido un error. Todo rastro de la antigua tribu había desaparecido, salvo un pequeño vestigio que, sobra decirlo, no decía mucho de su destino: la palabra ‘croatoan’ tallada en un árbol.
*
Fallecer viene del latín fallere, que en primera instancia quiere decir equivocarse. Fallar. De la misma forma que White equivocó la colonización de Roanoke; de la misma forma que mi padre equivocó el rumbo de su vida hace exactamente un año.
Morir es no acertar el golpe, dejarlo todo a la suerte.
Para fallar no es necesario cometer grandes errores: todos los días fallamos a nuestros compromisos, invariablemente de lo inverosímiles o mundanos que estos parezcan. Fallamos cuando no logramos levantarnos de la cama en el minuto que la alarma comienza a taladrarnos los oídos.
Una vida sin errores es monótona, pasa de largo. Fallar nos hace reconocibles, únicos. Humanos.
Ilustración por Berenice Medina
*
No conocemos el rostro de aquella persona que, hace poco más de 5,000 años, grabó en escritura cuneiforme una tabla de arcilla que contenía la frase “ayer no te vi en Babilonia”. Nos aventuramos a creer, no obstante, que aquella vetusta huella, proveniente de una de las más antiguas formas de expresión escrita que se conocen, delata lo vieja que ha sido nuestra afición por ficcionalizar nuestras vidas, por hacerlas más asequibles a través de algo con mejor talante que nuestras tediosas rutinas.
Seis palabras que, aunque parecen triviales, han sido rescatadas por António Lobo Antunes, que toma este misterioso pasaje de la existencia humana y lo convierte en el título de una de sus más grandes apuestas narrativas. Una novela que, como casi todas las escritas hasta hoy por el portugués, habla del caos y la desesperanza: de personajes que, heridos por la fusta de la derrota, han perdido una parte importante de su vida.
En las novelas de Lobo Antunes siempre hay algo tan cercano a nuestras vidas que termina por resultar grotesco pensar en coincidencias. La voz en soledad de las voces narrativas nos deja ver el hilo que une cuatro vidas discordantes, enlazadas con un nudo que todo lo puede y todo lo arrebata: la pérdida, ese terrible error de cálculo en nuestras vidas que entre las doce de la noche y las cinco de la mañana se vuelve insoportable.
Por eso aventurarse a su lectura es apasionante y, al mismo tiempo, desolador: un pasaje, una escena, un momento justo donde encontramos aquella fisura que nos recuerda que somos humanos y, por lo tanto, somos idiotas. Y cuando al fin tropezamos con aquel párrafo, que pareciera estar escrito precisamente para nosotros, no podemos pensar otra cosa: esto tiene que ser un error.
El último apartado de la primera parte del libro da voz a un hombre que no tiene ni tendrá relación futura con ninguno de los personajes principales: un anciano que, sentado en una silla, reflexiona (y maldice) sobre la muerte, el cáncer y, finalmente, sobre su padre.
¿Cómo nos atraviesa, pues, ese error en la Matrix que es la enfermedad, el desahucio, la desesperanza, el abandono? Yo descubría agradecido que la enfermedad de mi padre, además de ayudarme a respirar, me volvía más firme, dice aquel sujeto del que nunca conoceremos el nombre, pues jamás volverá a aparecerse en nuestra lectura.
Alrededor de todo el libro, cada uno de los individuos que transitan por ese tiempo muerto entre las doce de la noche y las cinco de la mañana, dejan muy en claro que el mundo no es un lugar hecho para los insomnes; mucho menos para todos aquellos que están condenados a equivocarse una y otra vez, a vivir con la pérdida a las espaldas.
¿Qué es la felicidad, a fin de cuentas, si nuestras vidas están destinadas a ser constantemente perforadas por la gélida sombra del error?
Ilustración por Berenice Medina
*
No encuentro una mejor forma para hablar de él que la del desacierto. La mañana del 6 de diciembre de 2018 envié un mensaje de texto a mi padre. Sería el último.
Me gustaría decir que no creo en las coincidencias, que soy una fiel discípula del escepticismo, y que esas tres líneas donde le escribía para recordarle que estaba ahí, a su lado, fueron una mera sucesión de eventos que no tiene relevancia alguna.
Aún y cuando la relación de papá y mía no fuera tan fructífera. Aún y cuando nuestros mensajes y llamadas fueran cada vez más espaciados. Aún y cuando esa falla, esa grieta en nuestras vidas llamada cáncer, hubiera cambiado todo de una vez y para siempre.
Dos o tres horas después vino la catástrofe. A las cuatro de la tarde de aquel 6 de diciembre de 2018 mi padre ya no formaba parte activa de este mundo: era un simple vestigio del pasado, una pequeña marca incomprensible en el tronco de un árbol que a duras penas alcancé a comprender aquel día, mientras atravesaba una a una las baldosas de Parque Hundido y me perdía en el corazón de la Del Valle, intentando explicarme una sucesión de eventos que no tenía ni tendrá sentido; y, sin embargo, su mensaje ahí, en la pantalla de mi celular, como un recordatorio que se quedaría tintineando en mi pantalla: sabes bien cuánto te quiero.
Si hubiésemos podido llegar a entendernos, piensa a la media noche aquel extrañísimo personaje sin nombre, a propósito de su padre, ¿me sentiría feliz?
Equivocarse es una palabra muy fácil de decir y muy difícil de explicar. ¿O es acaso al revés? La literatura nos enseña, justamente, que existe en el mundo una zona grisácea en donde uno puede darse de trompicones cuantas veces quiera; las más, mejor.
Y es así como en ‘Ayer no te vi en Babilonia’ cuatro personajes recorren uno a uno los minutos que van de las doce de la noche a las cinco de la mañana: un delgadísimo hilo en el que cada uno encuentra los errores que los mantienen al filo del insomnio.
Ilustración por Berenice Medina
*
White desembarcó de nuevo en tierras estadounidenses el 18 de agosto de 1590. Era el cumpleaños número tres de su nieta y, sin embargo, al descender, todo lo que hubo fue un silencio aterrador, de aquellos que sólo se escuchan cuando uno ha palpado el vacío muy cerca. En Roanoke no había un alma.
Y ahora pregunto, qué será de mí cuando acabado este capítulo dejen para siempre de oírme, verbaliza aquella mujer cuando están por dar las cinco de la mañana. Nada, digo en voz alta, esperando que haya alguien que me oiga a mí. La ausencia de ruido lastima: nos recuerda que el abandono existe; aún aquellos abandonos milimétricos que estamos condenados a repetir día con día en los pasillos del supermercado o en la anónima hora pico del meto.
Es cierto eso de que un lugar existe sólo cuando alguien se atreve a nombrarlo: así, desde aquel día en el que los habitantes de aquella colonia decidieron marcharse, o hundirse, o escapar del yugo de los ingleses, encontraron la forma de fundar su propio mito a través de ocho tímidas letras.
¿Qué será de nosotros el día que dejen para siempre de oírnos? Imagino, pues, a White escribiendo aquella frase en la soledad de su estudio. Nadie más lo habría visto pasar por Roanoke. Nadie cantaría sus hazañas: una mera sombra, una rebaba de la historia condenada al tropiezo.
Finalmente, el error de White y de aquellos cuatro personajes condenados al insomnio, e incluso el de mi padre y mío, es pensar que el mundo no es capaz de seguir su curso sin nosotros.
Famélicos, impotentes, nos horroriza la idea de ser olvidados a mitad de la madrugada: por eso el insomnio, por eso las ocho letras talladas en la corteza de un árbol, por eso un raquítico mensaje en la pantalla del celular dejan de tener el sentido que buscamos.
A veces, lo que verdaderamente importa, es aquello que hemos perdido por no saber esperar a que amanezca.
Autores
(Chihuahua, 1992) es escritora. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2016 y el Premio Chihuahua de Literatura 2013 por
El confeccionador de deseos .
Ilustrador
Bere Medina
(Estado de México, 1986) Dibujante y tallerista que radica en la Ciudad de México, es feliz colaborando en espacios de formación y en proyectos editoriales independientes de cómic e ilustración. Coordinó cursos de novela gráfica, ilustración y cómic en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, en el Centro de las Artes de San Agustín (CASA), el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), el Museo Arocena, InSite Casa Gallina, Centro Cultural Border, Cuarto para las 3, Biblioteca Aeromoto, entre otros. Instagram: @escribebere
Restaurante
Mosca
Encerré a la mosca en el minibar
junto a los cubos de hielo.
Sentí la necesidad de conservar algo fresco
que me señalara las cosas podridas.
A veces pienso en ella
escucho su zumbido bajo cero
fantaseo con su muerte.
¿Nunca te has sentido así cuando una idea choca
dentro de tu cabeza
al caminar por calles frías y solitarias?
Restaurante bar familiar
En la mesa, un señor viejo —bata y cabello blanco—
presume su oficio, su trabajo en el hospital.
Sentada junto a él, una muchacha
—que podría ser su hija— le acaricia la mano.
Tienen tiempo esperando;
desde que llegaron se han quejado del servicio,
que el mesero no los atiende.
Yo me escondo detrás de la barra. Finjo que no
los veo.
El gerente me obliga a atender la mesa:
mi padre y su amante esperan el desayuno.
Kentucky Fried Chicken
Trabajé bajo la mirada inquisidora del Coronel Sanders,
limpié los baños más sucios,
rescaté del suelo pedazos de pollo
que se reutilizaron. Incluso me encerraron en un enorme refrigerador.
Todos los días me coloqué
una etiqueta en la playera del uniforme
que se incrustaba en mi piel:
Estoy aprendiendo , decía.
¿Cómo logro quitarme el uniforme?
Bohemios
Siempre llegan puntuales, a la siete.
Son dos grupos; se sientan en mesas separadas,
siempre hay libros en ellas.
Ambos piden café con azúcar mascabado;
ambos, pastel de queso y zarzamora;
si aumenta la temperatura de la charla, una cerveza.
Se miran con recelo unos a otros.
Se sienten superiores.
Unos lloran la muerte del hechicero del best seller;
los otros, la de Héctor en la Ilíada.
Unos cuentan lo que les pasó anoche,
los otros, versos.
Ninguno de los grupos se queda después de las nueve.
Ninguno deja propina.
Autores
(Ciudad de México, 1985), poeta, en 2011 obtuvo el Premio de Poesía Punto de Partida 42 (UNAM). Asimismo, fue becario del Programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2010-2011 y 2013-2014, y de la Fundación para las Letras Mexicanas en el periodo 2011-2013.
Extraída de Wikimedia Commons.
Hace poco más de veinte años, la conocida marca de estilógrafos Montblanc, en una de sus ediciones limitadas, la que está dedicada a escritores, puso a la venta la edición de Alexandre Dumas. El clip de la pluma estaba adornado con una espada, y el plumín —forjado con oro de dieciocho quilates— llevaba el símbolo de la flor de lis, figura recurrente en las aventuras del mulato —recordemos, entre ellas, que éste era el nombre que llevaba la taberna en donde los mosqueteros se reunían, además de ser la marca que ostentaba Milady en su espalda—. En el capuchón, la firma de Alexandre Dumas remataba esta edición de lujo cuyo valor rondaba los setecientos cincuenta dólares. Esto parecería ser una más de las ediciones de escritores que, junto a las de Hemingway, Fitzgerald, Cervantes, Shakespeare, Tolstói o Virginia Woolf, ornan las camisas de escritores y diletantes; sin embargo, las primeras plumas tenían estampada la firma no del autor de El Conde de Montecristo , sino de su hijo, escritor también, y más conocido por haber escrito La dama de las camelias . Incluso, si se visita la página electrónica en español de Montblanc,[1] el error se duplica, pues consigna que la firma pertenece ¡al padre de Alexandre Dumas, padre!, quien era general del ejército francés, nacido en la colonia haitiana conocida, en ese entonces, como Saint Domingue.
Esta frívola anécdota, sin embargo, acusa un tanto de la vida misma de Alexandre Dumas, la real y la escritural. En sus novelas más conocidas —al genio de Dumas se le atribuyen más de mil doscientas obras— parte de la trama se construye a partir de la suplantación de la identidad y del nombre. Por ejemplo, en la icónica Los tres mosqueteros , un joven gascón, Artagnan, viaja a París para labrar su fortuna. En el camino, un desconocido le roba la única prueba de su identidad, una carta que Artagnan padre le diere para presentarla ante Tréville, el capitán de los mosqueteros del rey Luis XIII, y con quien compartía la nacionalidad gascona.
—Debéis, pues, decía yo, tener necesidad de conservar lo que tenéis, por fuerte que sea esa suma; pero debéis necesitar también perfeccionaros en los ejercicios que convienen a un gentilhombre. Escribiré hoy mismo una carta al director de la Academia Real y desde mañana os recibirá sin retribución alguna. No rechacéis este pequeño favor. Nuestros gentileshombres de mejor cuna y más ricos lo solicitan a veces sin poder obtenerlo. Aprenderéis el manejo del caballo, esgrima y danza; haréis buenos conocimientos, y de vez en cuando volveréis a verme para decirme cómo os encontráis y si puedo hacer algo por vos.
Por desconocedor que fuera D’Artagnan de las formas de la corte, se dio cuenta de la frialdad de aquel recibimiento.
—¡Desgraciadamente, señor —dijo— veo la falta que hoy me hace la carta de recomendación que mi padre me había entregado para vos!
—En efecto —respondió el señor de Tréville—, me sorprende que hayáis emprendido tan largo viaje sin ese viático obligado, único recurso de nosotros los bearneses.
—La tenía, señor, y, a Dios gracias, en buena forma —exclamó D’Artagnan—; pero me fue robada pérfidamente.[2]
Así, el viaje de Artagnan comienza sin que se sepa su identidad, sólo será su palabra la que lo sostenga en el París del siglo diecisiete, pleno de intrigas palaciegas y de querellas por el poder. Conforme la novela avanza, el joven gascón conoce a los tres mosqueteros y por quienes la novela lleva ese nombre: Athos, Porthos, Aramís. Artagnan los reta a duelo sin saber su identidad ni su profesión, y detrás de cada uno de ellos, se esconde una historia que se develará a través de toda la saga: Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne. Athos se unió a los mosqueteros después de llevar una vida como el Conde de La Fére, quien después de un desengaño con su esposa, la ahorca por llevar la ya mencionada flor de lis tatuada en la espalda, es decir, la marca de los criminales; Aramís se muestra como un hombre piadoso, aunque detrás de la máscara es un enamoradizo y un visitante habitual de marquesas y mujeres de la alta nobleza; Porthos es, quizás, el más auténtico de los tres, pues su origen humilde es conocido y sólo es su gran ambición la que lo hace querer ser alguien que no es. En el primer encuentro con Artagnan, Porthos lleva un tahalí que en el pecho es de oro, y por detrás, la parte que queda oculta a la vista de todos por la capa, es de un material más austero.
¡Ay!, como la mayoría de las cosas de este mundo que sólo tienen apariencia el tahalí era de oro por delante y de simple búfalo por detrás. Porthos, como verdadero fanfarrón que era, al no poder tener un tahalí de oro, completamente de oro, tenía por lo menos la mitad; se comprende así la necesidad del resfriado y la urgencia de la capa.
—¡Por mil diablos! —gritó Porthos haciendo todo lo posible por desembarazarse de D’Artagnan que le hormigueaba en la espalda—. ¿Tenéis acaso la rabia para lanzaros de ese modo sobre las personas?
—Perdonadme —dijo D’Artagnan reapareciendo bajo el hombro del gigante—, pero tengo mucha prisa, corro detrás de uno, y…
—¿Es que acaso olvidáis vuestros ojos cuando corréis? —preguntó Porthos.
—No —respondió D’Artagnan picado—, no, y gracias a mis ojos veo incluso lo que no ven los demás.
Porthos comprendió o no comprendió; lo cierto es que dejándose llevar por su cólera dijo:
—Señor, os desollaréis, os lo aviso, si os restregáis así en los mosqueteros.
—¿Desollar, señor? —dijo D’Artagnan—. La palabra es dura.
—Es la que conviene a un hombre acostumbrado a mirar de frente a sus enemigos.
—¡Pardiez! De sobra sé que no enseñáis la espalda a los vuestros.
Y el joven, encantado de su travesura, se alejó riendo a mandíbula batiente.
Porthos echó espuma de rabia e hizo un movimiento para precipitarse sobre D’Artagnan.
—Más tarde, más tarde —le gritó éste—, cuando no tengáis vuestra capa.
—A la una, pues, detrás del Luxemburgo.
—Muy bien, a la una —respondió D’Artagnan volviendo la esquina de la calle.[3]
En Los tres mosqueteros , la antagonista es una mujer que también se oculta bajo distintas máscaras: Anne de Breuil, Charlotte Backson, Condesa de La Fére, Milady de Winter, Lady Clarick. Así, la peripecia se inicia con el desdoblamiento del nombre, del origen incierto.
“The Three Musketeers”, de Joaquín Agrasot y Juan. Extraido de Wikimedia Commons.
En Veinte años después , la continuación de las aventuras de los mosqueteros, por su parte, dos momentos en particular guardan esta polivalencia del nombre. El primero, en uno de los pasajes más emotivos de la novela, Artagnan se bate en duelo con dos desconocidos. Porthos lo acompaña y es en medio de la noche en donde las armas centellean y las pistolas —entonces de un sólo tiro— se yerguen en contra del pecho del enemigo invisible:
Casi al mismo tiempo resonaron dos pistoletazos, disparado el uno por D’Artagnan y el otro por el adversario de Porthos. D’Artagnan atravesó el sombrero de su adversario y el de Porthos dio al caballo de éste en el pescuezo, dejándole muerto.
—¡Por última vez! —dijo la misma voz—. ¿Adónde vais?
—¡Al infierno! —gritó D’Artagnan.
—Pronto llegaréis.
Vio D’Artagnan dirigido contra su pecho el cañón de un mosquete; no tenía tiempo para sacar sus pistolas de las pistoleras y teniendo presente un consejo de Athos, encabritó su caballo.
La bala hirió al animal en el vientre.
Sintióle D’Artagnan vacilar, y tiróse al suelo con gran agilidad.
—Poco a poco —dijo la misma voz irónica y vibrante—. ¿Estamos aquí para matar caballos o para batirnos como hombres? Empuñad la espada, señor mío.
Y el desconocido se apeó de su caballo.
—¿La espada? —dijo D’Artagnan—. Al momento; es mi arma favorita.
En dos saltos púsose D’Artagnan al frente de su adversario; tropezáronse sus espadas y con su ordinaria destreza presentó el mosquetero su arma en tercera. Esta postura era la que prefería para ponerse en guardia. (…)
Creyó finalmente D’Artagnan que era llegado el momento de apelar a su golpe favorito: le preparó muy diestramente y le ejecutó con la rapidez del rayo, descargándole con un vigor que él creyó irresistible. Su enemigo paró el golpe.
—¡Voto a tal! —exclamó D’Artagnan con su acento gascón.
A esta exclamación dio el desconocido un salto hacia atrás, y estirando la cabeza, trató de divisar por entre la oscuridad las facciones de D’Artagnan. (…)
—¡Athos! —dijo D’Artagnan.
—¡D’Artagnan! —dijo Athos.
Athos levantó su espada y D’Artagnan la suya.
—¡No tiréis, Aramis! —gritó Athos.
—¡Ah! ¿Sois vos, Aramis? —dijo Porthos.
Y echó su pistola al suelo.
Aramis guardó la suya y envainó su espada.
—¡Hijo mío! —dijo Athos presentando la mano a D’Artagnan.[4]
Este fragmento pertenece a la primera vez que los cuatro mosqueteros están juntos en la novela. Separados por la política, los cuatro ven comprometida su amistad hasta el punto de enfrentarse, como se acaba de mostrar, en el campo de batalla. Después de varias peripecias, los cuatro amigos se reúnen con una misión en común, salvar al rey de Inglaterra. Con dos décadas encima y muchas más estocadas en el cuerpo, los mosqueteros se unen una vez más. De ahí el dicho, cada vez más lejano para las nuevas generaciones que no saben de dónde se origina: “No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”, pues en esta novela la vida ha hecho mella en el ánimo de sus protagonistas y las rencillas, la avaricia y la deshonra rondan en todo momento a los hijos predilectos de Alexandre Dumas. De las aventuras púberes a la ruindad de la mediana edad, los mosqueteros se saben falibles, como falibles son también los lazos que la amistad en algún momento unió. Otrora inseparables, el mundo se ha convertido de romper sus lazos para dejarlos tan sólo en un melancólico recuerdo, asaz una nostálgica herida por los tiempos pasado.
Un segundo momento de la novela es en el reconocimiento del enemigo. Cuando la cabeza de Carlos Estuardo cae en el cadalso, merced a la revuelta liderada por Oliver Cromwell, los mosqueteros reconocen en el verdugo a Mordaunt, quien durante toda la novela se ha encargado de enfrentarse a ellos y es el hijo de Milady de Winter, quien fue decapitada en el río por nuestros protagonistas.
Mordaunt hizo el último esfuerzo, se levantó, tocó el punto de apoyo que se le presentaba, y se aferró a él con vehemencia.
—Bien —dijo Athos—, poned aquí la otra mano.
Y ofrecióle un hombro como segundo punto de apoyo; de suerte que su cabeza casi se tocaba con la de Mordaunt. Los dos enemigos mortales estaban abrazados como hermanos.
Mordaunt apretó el cuello de la ropilla de Athos.
—Bueno —dijo el conde—, ya estáis salvado, tranquilizaos.
—¡Ah, madre querida! —gritó Mordaunt con flameantes ojos y acento cuya rencorosa expresión es imposible describir—; no puedo ofrecerte más que una víctima, pero al menos será la que tú hubieras escogido.
Y mientras que D’Artagnan daba un grito, que Porthos alzaba el remo, y Aramis buscaba un sitio donde herir a Mordaunt, una horrible sacudida hizo caer a Athos en el agua, en tanto que lanzando Mordaunt un alarido de triunfo, estrechaba la garganta de su víctima y se cruzaba de piernas con el conde, a fin de paralizar sus movimientos, como hubiera podido hacerlo una serpiente. (…)
El cadáver llevaba clavado en el pecho un puñal de resplandeciente empuñadura.
—¡Mordaunt! ¡Mordaunt! ¡Mordaunt! —gritaron los tres amigos—. ¡Es Mordaunt!
—¿Y Athos? —dijo D’Artagnan.
De pronto se torció la barca a la izquierda, cediendo a un nuevo e inesperado empuje, y Grimaud lanzó un grito de júbilo. Volviéronse todos y vieron a Athos apoyarse en el borde de la lancha, lívido el semblante, apagados los ojos y trémulas las manos. Cogiéronle al momento ocho nervudos brazos y le colocaron en la barca, donde no tardó Athos en sentirse reanimado, resucitando a fuerza de las caricias de sus amigos, llenos de alegría.
—Supongo que no estaréis herido —dijo D’Artagnan.
—No —respondió Athos.
—¿Y él? —preguntó Porthos.
—¡Oh! Esta vez queda bien muerto, gracias a Dios. Miradle.
Y obligando D’Artagnan a Athos a volver los ojos hacia donde le señalaba, le enseñó el cuerpo de Mordaunt, que todavía flotaba sobre las olas y que sumergiéndose y levantándose alternativamente, parecía perseguir aún a los cuatro amigos con su provocativa y rencorosa mirada.[5]
Quizás sea la tercera parte de la saga de los mosqueteros, El vizconde de Bragelonne, la que tenga el elemento con más peso del desdoblamiento del nombre, de la identidad suplantada. Gracias a los distintos productos culturales como The man in the iron mask , dirigida por Randall Wallace en 1998, protagonizada por Leonardo Di Caprio, o la adaptación de 1977, protagonizada por Richard Chamberlain, es conocida la anécdota de un prisionero, del que se dice que es hermano de Luis XIV, el Rey Sol, y está encarcelado con una máscara que cubre su rostro. Si bien esta historia es rescatada primero por Voltaire, es recreada por Alexandre Dumas en, cuando menos, dos ocasiones. La primera, en la novela antes mencionada, aunque sólo ocupe un par de capítulos en una novela de más de mil cuartillas. El prisionero, quien lleva una máscara de hierro es parte del complot de Aramis, quien busca ponerlo en lugar del Rey Sol, dada la apariencia parecida de ambos, aunque falla y eso provoca, al final, la proscripción y, en último término, la muerte de Porthos. Años antes de que Alexandre Dumas publicara El Vizconde de Bragelonne , el mulato publicaba, en colaboración con Arnauld, una serie llamada Crímenes célebres , en ella, se recreaban y se ensayaban muchas de las historias que se contaban en las cortes francesas. Entre algunos de los crímenes que Dumas escribió junto a Arnauld está el fusilamiento de Murat, la historia de los Borgia o los años finales de María Estuardo. Junto a estos relatos, que en total abarcan más de dieciocho volúmenes, está el del hombre de la máscara de hierro, tratado de modo muy distinto al de la ficción, aunque bien puede suponerse que fue material de primer mano que inspiró la posterior historia de los mosqueteros.
La colaboración con Arnauld da pie a uno más de los desdoblamientos de Dumas: el escritural. Las tres obras de las que se ha escrito en este texto, que pertenecen a la saga de los mosqueteros, fueron escritas junto a un personaje de nombre ya casi olvidado: Augusto Maquet. Amén de los cientos de obras que son firmada por Dumas, las que se sabe a ciencia cierta que fueron esbozadas, en un principio, por Maquet, y retocadas por Dumas, con su genio, fueron, además, El Conde de Montecristo, Bathilde y La reina Margoti. Éstos son, sin lugar a dudas, los libros más conocidos de Dumas, así como los más editados. Después de que Maquet se separara de Dumas, sus obras cayeron en el olvido, y las de Dumas siguieron siendo reconocidas, aunque ninguna alcanzó la inmortalidad de las anteriores. Augusto Maquet recopilaba la documentación de las obras y las delineaba, y era el “talento” de Dumas el que las hacía obras maestras. Incluso, entre alguno de los colaboradores de Dumas, que se cuentan por varias decenas, está Gerard de Nerval, aunque parece que su relación fue más de tutoría, pues Dumas era ya una celebridad cuando el vate apenas atisbaba el éxito que no pudo disfrutar. Después de la muerte de Dumas, ocurrida en 1870, y a lo largo de varias décadas se sucedieron ediciones apócrifas que se vendían como si fueran producto del francés. Títulos como La hija de Porthos, La hija de Artagnan, Los caballeros templarios , El hijo de Aramís o La mano del muerto —ésta publicada como continuación de El Conde de Montecristo y escrita por Alfred Hogan— son muestra de la influencia y la importancia de Alexandre Dumas en las letras del siglo veinte. Y quizás, como escribiera Borges a propósito de Joyce, Alexandre Dumas encarna, en su literatura y en la de los demás, un aliento de siglos que se desdobla en cada nueva oportunidad:
Qué importa nuestra cobardía si hay en la tierra
un sólo hombre valiente,
qué importa la tristeza si hubo en el tiempo
alguien que se dijo feliz,
que importa mi perdida generación,
ese vago espejo,
si tus libros la justifican.
Yo soy los otros. Yo soy todos aquellos
que ha rescatado tu obstinado rigor.
Soy los que no conoces y los que salvas.[6]
[1] https://www.montblanc.com/es-shop/discover/limited-editions/writers-editions/alexandre-dumas.html [Consultada el 15 de noviembre de 2019]
[2] Alexandre Dumas, Los tres mosqueteros , Edición Digital, cap. III.
[3] Alexandre Dumas, Los tres mosqueteros , Edición Digital, capítulo IV.
[4] Alexandre Dumas, Veinte años después , Edición Digital, capítulo XXVIII.
[5] Alexandre Dumas, Veinte años después , Edición Digital, capítulo LXXVII.
[6] Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra , Buenos Aires, 1969, p. 20
Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Que Dios nos perdone
¡Ay, Dios mío santísimo! ¡Nosotras cómo lo íbamos a saber, joven! ¡Mijito, parecía un muchacho! Traía una cachucha, uno de esos aretes en el labio y una lágrima tatuada en el ojo izquierdo. Eso sí, llevaba muy planchadito su pantalón café, con su rayita en medio. Pensé en su mamacita, en su santa madre. Un muertito no nomás es un difunto, es el hijo, el hermano, el padre de alguien. ¿Te fijas que, cuando se te mueren tus papás, te dicen “huérfana”, y cuando tu esposo pasa a mejor vida, eres “viuda”? Perder un hijo no tiene nombre. ¡Pobre de su madre, no dejo de acongojarme por ella! Lo natural, la ley de Dios, es que a una la entierren sus hijos, no al revés.
La hubieras visto: lloraba con el cuerpo bien agarrado y le gritaba que se levantara. Luego se nos fue a los golpes y nos gritó: “¡Sí robaba, pero no era una mala persona!” ¿Usted cree, mijito? ¿Nosotras cómo íbamos a saber si era una buena o una mala persona? Nomás lo vimos ahí con el machete, y, de que lloraran en su casa a que lloraran en la nuestra, pos mejor allá, ¿qué no?
Esa noche hacía hartísimo frío. Mis hermanas y yo acostamos a dormir a mi mamá. Ella ya no camina, padece de pie diabético y es ciega. Es que, imagínate, ¡tiene noventa años! Ya está muy malita. Después le dimos de comer a Zapatitos, nuestro gato, y nos preparamos un cafecito de olla con harta canela y unas conchas de chocolate y nata.
Estábamos acabando un trabajo. Acá en la colonia cada 12 de diciembre se organizan primeras comuniones comunales y esta vez nos tocó a nosotras hacer los vestidos de las chamaquitas. Quince vestidos de raso blanco con encaje y velo. Les bordamos con hilo dorado una paloma blanca de pura lentejuela y chaquira; queda bien bonita, aunque es muy cansado. Trabajamos como costureras y así nos ganamos nuestro dinerito. Andábamos en la bordadera y oímos un ruido en el patio. El Toby empezó a ladrar. Mi hermana Emilia fue a asomarse. “Anda un cabrón en el patio”, nos gritó.
Vivimos en una colonia conflictiva y aquí son comunes los robos y los asesinatos. Nosotras llegamos cuando todavía no había nadie. Habitamos toda nuestra infancia y juventud por allá en el Centro Histórico. En aquellos tiempos había decenas de vecindades. Un día vino un señor muy trajeado, se presentó como representante de gobierno y nos alegó que iban a comprar esas fincas y que nos teníamos que ir. Mi papá se hizo de un terrenito por acá. En ese entonces era un ejido. Era puro monte y si acaso había una o dos casas construidas con lo que se pudo, cartón, lámina, ladrillo viejo. Poco a poco mi papá fue fincando y nos hicimos de una casa digna. Luego llegó otro trabajador del gobernador y nos informó que nuestros terrenos no eran nuestros porque la persona que nos los vendió no era dueña de nada; nos querían desalojar. Los colonos nos organizamos y resistimos y aquí estamos. No nos reconocen todavía como colonia, nos llaman que “asentamiento irregular”. Y por lo mismo no tenemos acceso a servicios, no hay luz eléctrica ni agua ni alcantarillado. Todo lo que ves de luces y drenaje lo han puesto las inmobiliarias que se adueñaron de las tierras vecinas y construyeron pajareras y edificios multifamiliares.
La colonia, así le decimos nosotros, se fue poblando. Se empezaron a fincar casas cada vez más chiquitas y se dejó venir gente muy fea de modos. Familias sin valores morales, cholos y señoras de reputación dudosa. El gobierno no manda patrullas para cuidarnos porque no estamos municipalizados, por eso hay robos y drogadictos en las esquinas. Las inmobiliarias no se hacen responsables de la inseguridad, dicen que ya bastante han hecho con pavimentar y alumbrar las calles. Vivimos a la buena de Dios.
No era la primera ocasión que allanaban nuestra casa. Por ahí de enero un señor al que unos vecinos querían linchar por ratero se brincó a nuestro patio y agarró a mi hermana Martha de rehén. Quedamos ariscas. Por eso, cuando Estela gritó que había un cabrón afuera, fuimos corriendo a la cocina, que está pegada al patio. Y sí, joven, ahí lo vimos. Te digo, tenía toda la pinta de un cholo. Playera aguada, los pantalones de esos pescadores. Pos que le decimos: “Vete, mijo. No queremos problemas, somos unas señoras solas; tócate el corazón, mijo, ¿qué no tienes madre?” No entendió razones. Y que se nos deja venir, ¿y cómo ves que traía tremendo machete en la mano?
Estamos hartas de vivir rodeadas de violencia, pobreza y robos, por eso me da tristeza pasar por el Centro y ver centros comerciales lujosos y cotos donde fue nuestro hogar. Me da tristeza que nos despojaran de nuestras casas por ser morenos y de pocos recursos, porque por eso fue. El gobierno lo llamó “saneamiento del Centro Histórico”; la mera verdad es que nos querían correr por feos y pobres. Y uno, aunque pobre y de tez humilde, tiene derecho a la vivienda. Acá en la colonia, tú la miraste, nuestra casa es sencilla, pero digna. Tenemos un patio grande con muchas plantas y espacio para nuestros animalitos. ¿Viste que criamos gallinas y cóconos y que también hay una cocina espaciosa y cuatro cuartos? Pues con trabajo y esfuerzo nos hicimos en familia de nuestras cositas. Las constructoras y el gobierno son los culpables de la violencia; construyen casas inhumanas: viviendas de dos recámaras y un baño y de apenas cuarenta metros cuadrados. ¿Sabes cuánta gente vive ahí? Hasta diez personas. Los muchachitos mejor agarran para la calle y acaban en una esquina. Por eso nos dio compasión y le rogamos: “Mijo, agarra juicio, por san Judas. Vente, te invitamos cenar. No vayas a desgraciar tu futuro por una pendejeada”. No nos escuchó.
Aquí nos miran como presa fácil de los delincuentes porque no tenemos hombre que nos cuide. Mi papá murió hace veinte años de cáncer y luego mi mamá cayó enferma de diabetes, y nosotras renunciamos a hacer vida matrimonial para dedicarnos a cuidar lo más sagrado que una tiene, que son los padres. Se nos fue la juventud en ver por ellos, en cuidarlos, y nunca nos casamos; somos las quedadas de la colonia. Quizás por eso decidió meterse a nuestra casa y verdad de Dios que no queríamos perjudicar a nadie, pero se nos dejó venir con el machete, y aunque le gritamos: “Mijo, no, mijo, llévate lo que quieras”, estaba como en otro planeta. Mi hermana le dio un sartenazo en la mera chompa. Yo entré en crisis, agarré otra sartén y le hice la segunda. Le dimos como diez sartenazos en la cabeza, hombros y espalda. Se cayó al piso. Mi otra hermana estaba fuera de sí, solo nos miraba llorando. Ya cuando vimos que estaba ahí, en el suelo, sin moverse, llamamos a la policía.
Nos fuimos a la sala y seguimos tomando café y pan para el susto. Nos daba miedo que se fuera a levantar. Llegó la policía y una ambulancia. Les contamos lo que pasó. Cuál va siendo nuestra sorpresa que nos informan: “La muchacha ya no cuenta con signos vitales”. “¿La muchacha?”, les preguntó mi hermana. “La muchacha que se les metió a robar”, nos contestó el oficial. Híjole, mijo, se me rompió algo por dentro. Yo jamás pensé que fuera una chamaca, ¡te juro que parecía un cabrón! Ya nos acercamos, y sin cachucha sí, sí era una jovencita. Traía su cabello recogido con unas trenzas. Su cabeza, ay, no, sobre un charco de sangre. Tenía los labios ya moraditos. Pobrecita, sabe qué habrá vivido para terminar en esos pasos. Vino su mamá y ya luego te digo que se nos fue a los golpes. Su hermano nos amenazó.
Los vecinos se amontonaron afuera de la casa. Entre gritos el Semefo se llevó el cuerpo de la jovencita y a nosotras nos trasladaron al Ministerio Público. Nos dejaron salir al día siguiente: comprobamos que actuamos en legítima defensa. Nos absolvieron. A mí lo que me preocupa es Dios. Una cosa es que nos perdone la justicia humana y otra no tener un castigo divino. Ya le hicimos un novenario a la muchachita y organizamos todos los rosarios de la Morenita en tu humilde casa. También les regalamos los vestidos a las jovencitas de las primeras comuniones y le pedimos a san Judas que interceda por nosotras ante nuestro Padre Dios, ¿crees que nos irá a perdonar?
Autores
(Aguascalientes, 1985) es narradora, activista y filósofa. En 2009 fue ganadora del certamen literario Letras de la Memoria, del Centro Cultural Los Arquitos. Ha sido becaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico, en la emisión 2015, y del Programa Jóvenes Creadores Fonca, en las emisiones 2016 y 2018. Es codirectora en la organización feminista Morras Help Morras.