Tierra Adentro
Irasema Fernández, Llorar en seco, 2019.

 

Una ciudad siempre es fugitiva. Sus dimensiones escapan de cualquier medida, sea en el plano, sea en los niveles donde la mirada nos permite descubrirla en su totalidad. La ciudad se desnuda en diversos niveles, no tiene límite vertical y sin embargo, en cada uno de sus pisos, una imagen enfrenta a la fotografía que se guarda de aquel lugar en la infancia.

El efecto de ensoñación no es extraño, las texturas y paletas obedece a la ley de los mosaicos, mi ciudad a veces es como un gran muro conformado de pequeñas estructuras que a su vez contienen sus propios elementos. La ciudad collage, otra simplemente pastiche, una estructura que exclama su deseo de no ser un diseño acabado, inmóvil.

Conformada por sets, la ciudad nos condiciona a estar preparados para la escena siguiente, siempre al acecho no hacemos sino llevar un ritmo que en ocasiones, nos permite estar en un estado de vigía constante, donde miedos y deseos se dan lugar de extremo a extremo de la urbe.

Colectivo Chachachá, Espacios en colision.

Colectivo Chachachá, Espacios en colision.

Muros, espectaculares, puentes, pero también portones y ventanas forman parte del cuerpo urbano, materia pétrea con oquedades remendadas de cristales rotos y láminas oxidadas. No es gratuito que el miedo a caer aparezca como una constante, su límite vertical y los retos que los peatones sortean como ofrenda de amor o incluso como derecho de piso, hace que la idea de morir aplastado en ocasiones se haga realidad.

El sacrificio siguen siendo una constante, pues la idea de  atravesar el semáforo en plena avenida con motocicletas y algunas bicis que nos pertuban el andar, repara en cruzar alguno de los 1059 puentes. Para algunos, el primer impulso será el de aventarse al vacío, para otros será el de llegar al otro lado en la menor cantidad de tiempo posible: extinción o supervivencia, los dos extremos que en realidad unen cada una de estas estructuras de montaje que se sabe, más de la mitad de la ciudadanía no las utiliza, los cuerpos que de manera cotidiana yacen atropellados a escasos metros de sus escaleras lo confirman.

Y mientras tanto, en algunos otros puentes una pinta reclama el espacio que alguna de esas corporalidades ha dejado. Cada escena plasma una silueta, una marca sobre la Ciudad Monstruo, como algunos pobladores la nombran.

En estos momentos una nueva marca o pinta aparece como un tatuaje sobre la dermis de la urbe. Quienes la habitamos nos reconocemos en cada uno de los trazos que la dibujan, siempre en estado de alerta, como un sueño que sin embargo siempre escapa y se presenta de distintas formas en nuestras imágenes mentales.

La ciudad siempre parece que nos soltará las manos o que nos explotará sobre el rostro incólume todavía décadas atrás. No solo escapa de cualquier clase de reglas y formas de medición, sino también de las miradas que pretendan privarla de su voluntad de estar en constante movimiento.

Su vida obedece a las líneas y giros que dictan los pasos de sus moradores. Su lengua se transforma al ritmo de las coreografías que las rutinas marcan en horarios no establecidos. Su vista resulta inabarcable, no sólo por sus dimensiones, sino por la centena de acontecimientos que se ocultan debajo de los límites verticales de concreto y cristal. Mi ciudad parece no tener fin.

Irasema Fernández, mural, 2018.

Irasema Fernández, mural, 2018.

La Ciudad de México no se acaba nunca —sabemos que ninguna lo hace— y entre las proporciones, los cambios y expansiones de la traza, las mutaciones que, sin remedio ni promesa de cura, han sufrido barrios y comunidades, la cadena de intersticios y fronteras se multiplica ante las exigencias de la plusvalía y la sumisión de las políticas estatales en turno. ¿Qué es lo que pasa en la ciudad? ¿Qué es lo que pasará en ella?

La duda siempre asalta, no solo por las alteraciones que desarticulan todo tipo de sintaxis resuelta sobre el espacio público y privado, sino por la acumulación de vestigios de discurso, de materialidades arquitectónicas, de cuerpos que despliegan en sus rutas y en su habitar una serie de instantáneas que encuadran aquellos momentos donde la felicidad y el desasociego son las gradaciones de la luz que se trasmina entre los edificios y vías de circulación.

La fragmentación espacial, el abuso de políticas que privatizan el derecho de ciudadanía que, con más ímpetu, nos convocan felizmente a una anarquía edulcorada, —pero anarquía al fin—, y las constantes soluciones urbanísticas poco asequibles para el total de la población producen un efecto de pérdida constante, de sentido y de tiempo.

Si lo pensamos, la sensación de extravío no sólo la experimentan los extranjeros que llegan a buscar —buscarse, buscarme o ¿coleccionar qué?— una experiencia “cultural” sino que cada habitante de una determinada zona o barrio, al salir de su radio de control, sentirá que debe caminar rápido, buscará ayuda en Google Maps, pedirá un servicio de transporte privado o huirá para regresar de nuevo, al café, taquería, fonda, puesto  o chelería que le diga, “Otra vez aquí, ¿qué le sirvo?” y enfrente, la pared de siempre, la misma que no obstante, en medio del colapso cambia de color, su piel siempre muestra otros tatuajes.

***

En la última década el graffiti de Ciudad de México y área conurbada advirtió cambios sumamente sugestivos, sus mutaciones en arte le ha ganado espacios, técnicas y desde luego reconocimiento.

Sin embargo, toda mutación lleva de alguna u otra forma a la degradación del cuerpo primario, el rigor clandestino de quienes dejaban su marca bajo el resguardo de la noche o de la fracción de segundos ha quedado atrás, aquellos rostros ocultos cuyas manos encallecidas por la presión del aerosol dejaban bomba o un tag sobre los muros, o incluso los vidrios de los ventanales de los dragones anaranjados que todavía atraviesan de norte a sur de oriente al centro las entrañas de la ciudad, han dejado de ser sombras, ahora sostienen una identidad.

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Dulce Karina Morales Vega, Ventanas visionarias, 2019.

De cara al neomuralismo, la intervención de muros ha tenido cambios en estéticas e incluso materiales, como la ola de stickers —quizá la heredera más próxima al graffiti de los nacidos en los ochenta—, la sofisticación de las bombas y el uso del color, así como la creación de grupos que buscan diversos patrocinios como materiales, muros y permisos con la CDMX y empresas privadas.

La ciudad reclama esas intervenciones, incluso ante la devastación. De frente a la urbe, resulta sugestivo pensar que los muros, las mamparas y las tablas son otra piel, una dermis que intenta esconder los huecos de los sets que desaparecieron tal fuerza de Thanos con el último sismo de 2017.

Por ello, esta mínima selección de artistas no es más que un despliegue de imágenes que encuentran su espacio y narrativa de manera personal, cuya fuerza radica en reinventar procesos propios de la ciudad, como la gentrificación, la perdida de la memoria barrial, violencia de género y feminicidios e incluso, la sucesión de técnicas tanto de graffiti como de la gráfica, mismas que encuentran un feliz equilibrio en la mixtura estéticopolítica del tag.

El efecto político de enunciarse sobre la urbe, Irasema Fernández

En una ciudad cuyo mayor problema en materia de seguridad pública es nuestra devastación encarnada en feminicidio, resultaría normal que la denuncia y la constante búsqueda de justicia de cara a los cientos de cuerpos que cada año pierden la vida por el simple hecho de ser mujeres fueran prácticas normales, pero sabemos que por las diversas barreras institucionales, incluyendo las de los salvoconductos de la Policía de la Ciudad de México y aquellas instancias  encargadas en reconocer el derecho de las mujeres, reconocemos en nuestro cuerpo que no es así.

De ahí que muchas mujeres de diversas edades, fenotipos, escolaridades y clases económicas sostengan sobre sus manos el derecho de existir y de poner la cuerpa en la ciudad como derecho natural, sin temor a no ser violentadas o privadas de su derecho fundamental.

Irasema Fernández en su mural de 2018.

Irasema Fernández en su mural de 2018.

Irasema Fernández (Ciudad de México 1990) es escritora, ilustradora, editora y neomuralista. Se ha dado a la tarea de comprender la situación y de crear medios y puentes para que más de la mitad de la población que representamos nos sintamos acompañadas.

Entre la escritura, la ilustración y el neomuralismo, Irasema propone una estética que parte de la autoerotización, el deseo al cuerpo, la ciudad, la vida y la constante búsqueda de espacios para que nuestro deseo encarne la totalidad. Ubicada en frente de la estación de Metrobús Nuevo León, su mural Llorar en seco ha recibido múltiples visitas que según historias de instagramers, les han permitido explorar el duelo y encuerparse con la ciudad.

Irasema Fernández, Llorar en seco, 2019.

Irasema Fernández, Llorar en seco, 2019.

De esta forma, la denuncia, la erotización y la ciudad encuentran un punto de fuga donde las posibilidades son infinitas según la ley del deseo, la furia glitter y la proclama de estar unidas, a pesar de las fisuras y las distancias que no obstante, nos vuelven a reunir toda vez que una de nosotras desaparece.

Memoria de la crisis, una historia constante

Para los artistas jóvenes, aquellos nacidos en los noventa, buena parte de su formación se ha dado en la calle. Los muros han actuado como galerías, también como estudios de artistas y libros y catálogos, la ciudad funciona también como el espacios virtual dónde se congregan centenas de estéticas, historias del arte y uso del color.

Si todo en la ciudad es tan inmediato y de muchas formas desprendible,  sabemos lo que sigue, las marcas que de ella subyacen terminan siendo un profundo arrebato, tiempo espacial.

Augusto Castellanos, artista de formación urbana y académica (Ciudad de México, 1994), además de haber participado en diversas bienales y exposiciones colectivas. Mediante su práctica y sus diversos desplazamientos por el oriente del Estado de México y la Ciudad monstruo, ha comprendido que la pérdida de espacios urbanos declaran la muerte de las historias e identidades de sus habitantes.

Augusto Castellanos, PBB.

Augusto Castellanos, PBB.

Fiel seguidor de la historia de Ciudad Nezahualcoyótl y la mutación de la Avenida Pantitlán, tanto en el sentido visual, como de sus moradores, Augusto ha llevado los saberes de la calle al bastidor y a la sofisticación de los formatos aceptados por el mercado artístico y la academia, sin embargo su deseo de ciudad lo han llevado a encontrar puentes con lo mejor de la Ruptura, las técnicas del graffiti más clásico con sus materiales y las gradaciones en la luz del negro que nos hacen recordar no sólo la ciudad de nuestra infancia, plasmada ahora en polaroids de tonos pardos, sino también a la reconfiguración de la identidad mexicana y urbana en la pintura, misma que sostiene una lejanía de millones de kilómetros del neomexicanismo. En sus trazos encontramos una urbe en negativo que reclama su derecho de existencia.

Augusto Castellanos, PBB9.

Augusto Castellanos, PBB9.

Rescate del tag y la enunciación desde las entrañas de la ciudad

El Transporte Colectivo Metro es quizá el medio de transporte más utilizado por los habitantes de la urbe y la zona metropolitana, prácticamente gracias a él millones de personas llegamos a nuestros empleos, que casi siempre están del otro lado de nuestras ciudades dormitorios. Trayectos de hasta dos horas nos permiten reconocernos incluso bajo tierra.

Las lecturas aumentan conforme el convoy se desplaza, mediante el reconocimiento clandestino de aquellos símbolos y elementos tipográficos apenas visibles en los vidrios y paredes que soportan nuestros cuerpos suspendidos en el avance continúo de kilómetros de distancia. La ciudad nos soporta de extremo a extremo mientras la reconocemos entre sus capas.

Dulce Karina Morales Vega

Dulce Karina Morales Vega

Dulce Karina Morales Vega (Ciudad de México 1992) es artista plástica, ha participado en diversas exposiciones colectivas. Desde su formación en la FAD y en sus múltiples empleos ha experimentado la densidad de esas horas mediante sus recorridos en las diversas líneas del Metro, mismas que la llevaron a replantearse en su práctica artística la reconfiguración de una de las técnicas más antiguas del arte en México, el grabado.

Mediante la recuperación de diversos tags, Dulce ha podido establecer rutas de acceso a los deseos que se esconden detrás de aquellas letras que, sin duda son la pesadilla de las autoridades. El peso político de dejar un registro tiene la consecuencia de vivir de manera clandestina, los segundos son oro mientras con cutters y marcadores, incluso a veces ácido, develan identidades de jóvenes que cargan las mochilas del desencanto.

Dulce Karina Morales Vega, Libro.

Dulce Karina Morales Vega, Libro.

Siendo becaria, se dio a la tarea de reinventar los procesos de la gráfica para extender los deseos de aquellas escrituras que en paletas frías develan un sentido distinto sobre los papeles libres de ácido y la correspondencia con la punta seca. De esta forma, Dulce devela que la práctica artística también funciona como traductora de deseos en falta de quienes suspenden su cuerpo en la cadena de montaje de esta ciudad.

El barrio como acontecer del futuro urbano

No es casual que la calle siempre se manifieste como un espacio cuya lectura se vuelve casi imperceptible ante la mirada de quienes transitan de manera constante por la misma ruta, la prisa y las demandas constantes y absolutas de la vida actual superan el deseo de detenerse y observar el paisaje.

Sin importar la hora, los cuerpos son sometidos a un continuo tránsito, las siluetas no hacen sino componer una serie de vistas que ante la mirada rápida, ocultan lo que sucede atrás, identidades barriales cuyas raíces se componen de nuestro mestizaje, los símbolos indígenas y la profunda necesidad de conservar el sentido de comunidad.

Colectivo Chachachá!

Colectivo Chachachá!

El Colectivo Chachacha! Conformado por Raymundo Rocha (San Luis Potosí 1983) y Dayron López (Ciudad de México 1984), quienes han participado en diversas exposiciones, laboratorios urbanos, además de haber sido ganadores de la Bienal Nacional de Diseño, sostienen que ante los cambios espaciales, los fenómenos de violencia, la identidad puede crear una diferencia absoluta en la forma en que experimentamos la urbe.

Entre el neomuralismo, la pintura y el tatuaje y la documentación de procesos identitarios, como fue el proceso de Simulación ritual y 19/S Tatoo, su práctica los ha llevado a establecer no sólo conexiones entre diversos habitantes de toda la ciudad, sino también en diversos Estados, como Oaxaca y Guerrero, experiencias que han enriquecido su producción llena de matices y color, formas y grifos que dilucidan el código de nuestra cultura mexicana.

Colectivo Chachachá!

Colectivo Chachachá!

Cada artista e imágenes funcionan como fragmentos de la escena de arte urbano, como mosaicos, dan la idea de que la ciudad es siempre un espacio de montaje, pero también un espacio en continúa disputa. Por ello no resulta extraña la exploración que formula cada uno de los casi nueve millones de habitantes que la vivimos, de manera cotidiana como un desafío, a veces como frontera, pero también como una estructura móvil que nos contiene incluso ante la violencia y el temor de perder la vida camino a casa. Al final, parece que nuestros deseos y el derecho a enunciarnos son nuestra única forma de salvarnos ante la extinción.

 


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

 

Para lxs chicxs trans que todavía se están encontrando.

 

 

Todas las transiciones son diferentes. 

 

Para mí, el ser trans inició con el no pertenecer. A modo de analogía, sentía que todo era un rompecabezas de La Creación y yo era una pieza de La gran ola que empaquetaron por equivocación. La caja decía que había mil piezas y las había, así que habría que hacerlas funcionar de alguna manera, habría que obligarme a ser una pieza de La Creación. 

Crecí en un pueblo y en un tiempo en que ser trans implicó descubrirme desde el miedo y el desconcierto. En mi infancia nunca escuché el concepto de trans o transgénero. En aquel lugar, como en casi todos, todavía existe la creencia de que ser trans es la máxima exponencia de ser lesbiana o gay. De cualquier manera estaba jodido: ya había interiorizado todos los prejuicios de mi cultura para después reproducirlos en mi contra.

La primera vez que escuché sobre la etiqueta «trans» me limité a considerarla única del género femenino, y tuvieron que pasar muchos algoritmos de Youtube para finalmente descubrir que los hombres trans también existimos, y esto fue paralelo a saberme uno. Siempre me había costado identificarme como mujer, pero me había obligado a hacerlo durante años. Saberme hombre me dio un sentido de identidad que estaba perdido, pero también me posicionó en la incertidumbre.

¿Cómo se es hombre? ¿cómo se es trans? tenía que resolver eso y tomé la única ruta visible para mí. Me desarrollé dentro de la concepción superficial de saberse trans, en la que todo se resume en una to-do list: descubrirlo, externarlo, tomar hormonas, hacer los cambios de papeles y tratar de pasar desapercibido. Esta idea presupone que todos los cuerpos y mentes trans tienen las mismas necesidades y que independientemente a la organización de su lista, la meta es cumplirla para finalmente pasar por el género con el que se identifican. 

 

La lista supone felicidad, el lograr ser tú mismo y poder desarrollar una mejor versión de ti, como si se tratara de un comercial de multivitamínicos. Todas las historias trans con final feliz tratan de eso, tapizamos el internet con ellas: los primeros meses en hormonas, la emoción del cambio legal, la aceptación de las personas cercanas después de su tiempo en negación, las operaciones, la plenitud.   

Los primeros meses de mi to-do list fueron desgastantes. Pasaba el día la computadora investigando por medio de testimonios cómo era el proceso de otros hombres trans, quería estar seguro de los pasos a seguir antes de externarlo a los demás. El único acceso que tenía hacia otros hombres trans, era el internet. Solo quedaba tener conversaciones unilaterales con la pantalla, esperando que el testimonio fuera vigente todavía. Poco a poco fui descubriendo grupos en Facebook, colectivos y organizaciones en todo el mundo.  Ahí descubrí, que no éramos pocos, pero que casi todos estábamos escondidos.

Una vez terminada mi investigación, decidí que era momento de externarlo, todavía no sabía cómo llamarme, pero estaba seguro de querer ser nombrado como él. Me decía a mí mismo que fuera cual fuera la respuesta de mi burbuja social, en algún momento todo mejoraría. Al contrario de mi pronóstico,  mi salida del clóset no fue caótica, mis cercanxs trataban de comprender el tema y buscaban la manera de hacerme sentir cómodo. Algunxs hasta se dispusieron a hacer un comité para encontrarme un nuevo nombre.

En mi casa había una resistencia particular con el tema de las hormonas, por lo que esperé a que el ser hombre se normalizara en mi casa, para poder acceder a ellas. Sabía que era una decisión personal, pero también sabía que en parte, ellxs también lo estaban asimilando. Por mi parte había dudas mínimas, quería comenzar los cambios y sabía que estos eran una moneda al aire. Podía crecer barba o no, podía cambiar la voz o quizá no tanto. Existía un mundo de posibilidades y en todas habría obligatoriamente cambios de hábitos. Temía a responsabilizarme por mi cuerpo.

Mi transición poco a poco se había convertido en un trabajo en equipo, lo cual hacía que mi grupo de amigxs fuera estable. Evitaba lugares donde había gente que me resultaba incomoda y frecuentaba aquellos donde sentía que no me juzgaban. Entre más sentía una red de apoyo, aumentaba también el hostigamiento de otrxs. Al desinhibirme como soy, otrxs personas también estaban desinhibiendo su transfobia. En algún punto me doblé.

Decidí cambiar de círculo y de ciudad por un tiempo. Ahí tuve un acercamiento con Maggie Esmerelda, que sería quien me sostendría la mano los siguientes meses. Esmerelda no hacía muchas preguntas respecto al tema trans, se limitaba a escuchar lo que tenía que sacar y cambiábamos de tema. Era la primera persona que me veía como yo quería ser visto, lo cual poco a poco me fue llenando de seguridad.

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Había pasado un año y medio de mi salida del clóset, al fin había tomado la decisión de comenzar con mi TRH (Terapia de Reemplazo Hormonal). Algunxs amigxs habían ayudado a conseguir un endocrinólogo especialista en el tema trans, quien me explicó que el procedimiento sería sencillo, pero que sería necesario hacerme exámenes médicos y subir de peso. Hice ambas cosas y cuando llegué a mi peso ideal, regresé con él.

El endocrinólogo había especificado un día para la inyección de testosterona, también había dado instrucciones específicas de cómo aplicarla. Había decidido hacer ese proceso junto a Esmerelda, en caso de que algo saliera mal durante el procedimiento. Durante el día estuve viendo vídeos sobre inyecciones, cada cierto tiempo veía mi ampolleta de testosterona, era tan pequeña que no entendía cómo era posible lograr cambios a través de ella.

Esmerelda llegó por la noche. En mi habitacón ya había una silla y el kit Mi primera inyección de testosterona. Había puesto un playlist para calmarme un poco, pero no importaba, en mi mente sólo se escuchaba After The Storm de Kali Uchis. Después de varios intentos de acercar la jeringa a mi pierna, lo logramos. Esmerelda tenía su mano en la parte plástica de la jeringa, me estaba ayudando a verificar que no hubiésemos picado alguna vena. Cuando terminamos el proceso, no quedó más que esperar en muchas habitaciones los cambios que la testosterona haría en mí.

Quedaba algo más por hacer en mi to-do list: el cambio legal de nombre y género. Después de escarbar en internet, había dado con el vídeo de Gabriel ML. Él explicaba el procedimiento a seguir si no éramos ciudadanos de CDMX. El procedimiento no iba a ser difícil, pero en mi caso, sería tardado. Había que cambiar la dirección de mi identificación a una de CDMX, por lo que habría que pedir un recibo de luz o de teléfono. Después de ello, habría que pedir una copia fiel del libro de mi acta de nacimiento, para finalmente pedir una cita en la Oficina Central de Registro Civil (Arcos de Belén). El proceso llevaría aproximadamente tres meses, entre pedir citas, asistirlas y esperar a que la burocracia hiciera lo suyo.

Mi primera vez en el registro fue un rotundo fracaso, había llevado mal un documento. Era sólo eso, habría que cambiarlo y ya estaba. La siguiente vez en intentarlo no demoré ni una hora en el registro civil. Mi trámite ya estaba en proceso y en caso de no haber ninguna irregularidad, en quince días tendría un acta de nacimiento con mi verdadera identidad.

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Realizar todos los pasos de mi to-do list fue lo que me llevó a tomar consciencia de lo que sería mi verdadera transición.

Ahora los cambios vendrían acompañados de una voz más grave, de ver semana a semana cómo empezarían a crecer los vellos en mi mandíbula, de notar cada vez menos la ausencia  menstrual. Notaba cada vez a más personas que se referían a mí como joven o señor. El acoso callejero era casi invisible, no había miradas lascivas, ni murmullos al regresar a casa. Transitar socialmente de un género a otro me hizo evidenciar muchas violencias. Violencias que notaba, pero que normalizaba, porque no había experimentado otros cuerpos, ni otras percepciones.

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Cuando comprendí que vivía en construcción, aprendí a cuestionar. Me sabía hombre, pero no estaba dispuesto a repetir el esquema generacional, ni a continuar con las tradiciones patriarcales que ahora me heredaban. Ser hombre trans te acerca más fácilmente a otras visiones de la masculinidad, ahora sabía que podía vivir mi masculinidad como yo quisiera. Ya no importaba la validación de mis congéneres, ni me importaban sus comentarios sobre cómo ser hombre. No había un instructivo, ni una forma correcta de serlo, yo ya lo era y para ello no había necesitado hormonas, ni ser nombrado como Iván, no tenía que demostrarlo en cada movimiento y en cada palabra. Lo era y ya.

Mi reconstrucción no sólo fue física y legal, en mayor parte había sido psicológica. Pero de esa parte no estaba siendo consciente, no lo racionalizaba como un cambio, estaba concentrado en mi cuerpo. Poco a poco estaba descubriendo que pasar por el género masculino no era lo que realmente importaba en todo este proceso. Mi transición inició con el único propósito de ser yo, de aproximarme lo más posible a mí. Ya era un hombre, ahora sólo faltaba serlo bajo mis propias reglas y condiciones. Esa sería mi verdadera liberación.

La reconstrucción me llevó a entender que todxs -trans o cis- en algún momento somos la pieza de Katsushika Hokusai en un rompecabezas Miguel Ángel, que el no pertenecer es temporal, que el encontrarse y reconocerse es una cuestión de itinerancia.


Autores
Nació el día que se estrenó Victor/Victoria en Broadway, justo 57 años después de la muerte de Alfonsina Storni. Desde chico supo que su pasión era la procrastinación; mientras tanto persigue su meta es estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara.

Ilustrador
Valeria Álvarez
(1992, Ciudad de México) Estudió en la Facultad de Artes y Diseño, especializándose en la ilustración digital.

Próspero sigue las instrucciones

Próspero bosqueja la máquina: une sus partes con líneas azules, escribe las letras de los ángulos con tinta roja. El artilugio dará agua bendita a cambio de una moneda. Próspero, diligente y meticuloso, dibuja el líquido, la ranura para la moneda, la vara. Sigue el escrito griego, el conjuro mágico arcano. termina al fin, después de horas de trabajo. el boceto, rojo y azul, funciona.

Próspero despega con cuidado los trazos del papel. Los estira poco a poco hasta que el oxígeno los llena y toman cada vez más consistencia: el peso del agua lo obliga a poner el aparato sobre la mesa.

Ahora, la moneda se acerca tímidamente; luego, más segura. La ranura se abre, elástica y real, y, de repente, un clic. Próspero sonríe y la gota bendita cae al suelo.

 

 

Boldini encuentra otra obsesión

Nichola Boldini perdió la razón como tantos otros genios a los que les es imposible dejar de pensar en su arte. La locura le impidió completar el gran proyecto de su vida: el cubo de los sonidos. Una caja enorme, capaz de albergar a diez hombres de pie, con superficies irregulares, llenas de salientes y depresiones de materiales variados. El eco rebotaría reproduciéndose, bifurcándose en todas las direcciones y mezclando sus ondas. La experiencia nunca sería igual,  pues  ningún  rincón  de  la  caja  repetiría  un  sonido. Entre  las  piedras  y  maderos,  los  más  tímidos  timbres  se esconderían, sólo para salir transformados en fuentes de nuevas sensaciones. En su imaginación, cada onda era un color cambiante: ligero en algunas ocasiones, y en otras, de una intensidad tan grande que apabullaba los sentidos. Un mundo constituido únicamente para los oídos.
Boldini sacrificó todo por su proyecto. Su fortuna, que era cuantiosa, perduró muchos años gracias a su buena administración, mas, al final de su cordura, quedó a un paso de la pobreza.

La fama le llegó en vida y desde incontables lugares. Condes, duques y grandes señores acudían a buscar consejo del inventor musical, pues ésta era su labor y en ella su ingenio era insuperable. Creaba nuevos instrumentos: clavicordios con más teclas, laúdes más pequeños, cajas de resonancia, artefactos que contaban a la vez con cuerdas y percusiones. Esta actividad, sin embargo, también la abandonó por la imaginaria caja: ignoró las peticiones de los viajeros y rechazó los trabajos que antaño estimulaban su mente.

En alguna ocasión recibió a un elegante mensajero. Tenía un pedido especial: una viola da gamba que pudiera tocarse con una sola mano; era para un conde manco que había perdido parte de su extremidad izquierda en una guerra religiosa. La trágica imagen de aquel que, a pesar de su deseo, es incapaz de producir arte lo hizo aceptar esta última solicitud. Comenzó a construir el instrumento desde cero, pues el arco debía ser más corto. Una niña con una mano deforme de nacimiento le sirvió de asistente y primera usuaria. La pequeña realizó tan bien la tarea que Boldini le regaló una muñequita articulada, parte de su colección de autómatas. Después de innumerables pruebas, la viola funcionó.

Boldini se presentó en la casa del conde, quien al fin, después de tantos años, pudo interpretar la música que creía perdida. En pago, el noble le prometió financiar la construcción de la caja, sin importar que no la comprendiera del todo. ¿Por qué alguien soñaría con un mundo sólo de sonidos, pero a la vez sin música? Porque lo que Boldini buscaba no tenía un solo acorde, ninguna majestuosa estocada de viola ni un retumbar de timbal.

El tiempo avanzaba y el artista nunca estaba conforme; la fortuna del conde comenzaba a resentir el proyecto. Aunque Boldini no decía palabra alguna, en su apariencia se intuían los signos de la desesperación. Aquel que podía devolver la música a quien la había perdido no era capaz de atraer los sonidos, ni siquiera ofreciéndoles un lugar para que habitaran a su antojo.

Un día cualquiera, Boldini entró en la caja, cuya oscuridad se tornó absoluta cuando cerró la puerta tras de sí. No había más que silencio; el silencio más majestuoso e intenso que había escuchado.

Cuando el conde llegó a indagar sobre los avances del experimento, Encontró a Boldini eufórico en el interior de la caja. No se sabe si el tirón vino de adentro o de afuera; el caso es que la caja atrancó sus puertas y se tragó a su creador.

 

 

Anticitera alberga un secreto

Nació con el nombre de Friné, pero ya nadie la conoce de esa manera. Ahora la llaman Luciano y la tratan como a un muchacho. A sus doce años, llegó a Siracusa, harapienta y llena de hambre. Cuando alguien la confundió con un niño, no dudó en seguir con ese juego. No le fue difícil: su complexión  delgada  y  huesuda  le  facilitó  esconder  cualquier rasgo de femineidad. Ahora tiene diecisiete y la consideran discípulo de Arquímedes. Sin embargo, si le preguntaran, ella respondería que, más que aprender de él, guarda en el cofre de los propios los secretos del matemático.

Un secreto: Arquímedes tiene un rollo de papiro muy viejo; afirma que es una copia de otro y que proviene de la Atlántida. Friné ha escuchado esa historia más de una vez. Su maestro, obsesionado, sostiene que es un instructivo para armar un mecanismo astrológico singular, y que, si no lo ha construido, es porque puede mejorarlo. Ella le cree: lo ha visto hacer cálculos por horas; contar los dientes necesarios para que las piezas, jugando en cohorte, cumplan sus  deseos.  También  lo  ha  ayudado;  para  este  momento, después de tres años a su lado, es buena en mecánica y en matemáticas. Los experimentos del viejo son a menudo propuestas de ella, y, cada vez más, la deja resolver los algoritmos mecánicos que mueven las partes.

Friné se emociona soñando por las noches con el hijo que espera, el lejano artilugio al que ya le ha dedicado tantas horas. Sueña con la bóveda celeste vista a través de un enorme engrane.


Autores
(Ciudad de México, 1988) Escribe narrativa y ensayo, y es traductora. Ha colaborado en revistas y en proyectos de investigación sobre literatura clásica y medieval. Fue becaria del FONCA y la Fundación para las Letras Mexicanas. Su primera novela, “Anticitera, artefacto dentado” fue publicada en 2019 por el Fondo Editorial Tierra Adentro.

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Autores
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.

Maquetación de Luis Ham.

Maquetación de Luis Ham.


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.
Ilustración de Luis Ham

Esperas quince minutos antes de recoger el cambio
y salir de la cafetería. No olvidas tomar las mentas.
Es importante

no dejar nada
o el habla volverá para lanzar sus muñones
con toda la viscosidad del error.

No inventaron palabras cómicas para ocultarlo.
Los caprichos saben caer con gracia
o pregunta por qué la lluvia en enero.

La humedad del andén empuja pequeñas grietas
a través del oído.
Con las vías húmedas tardarás el doble. Prefieres caminar.

Donde quiera las sombrillas perdidas pasarán silbando
pero imagina construir un edificio
de caramelos de menta

jamás podrías ver o imaginar desde dónde parte
o qué te golpea y deja a la intemperie.

Está bien.
Las mentas tienen su gracia.

Se necesita de tiempo en la misma medida que agua
para colocar nuestros sentimientos en el mundo.
Aun así nunca dan suficiente

y tienes que esperar hasta la próxima ocasión de sentarte
con alguien que se adelanta tomando calles paralelas.
Y no hay mejor momento para esperar que ahora

cuando el calentamiento global y la lluvia adquieren
cierto matiz terapéutico.
“Cómo pueden gustarte esas cosas”

es una pregunta que depositas a un lado
de las grietas y las filtraciones y los sedimentos
de un gesto cerca de los labios

externo ahora
como el nuevo restaurante en la esquina.
La puerta cerrada con doble llave.

Te sientas a la mesa y antes de cenar
masticas el último caramelo “Por qué
te gusta venir aquí”. Recuerdas

ese poema donde aparece una heladería.
Ya sé que no son lo mismo: leer caramelos no es un acto emocional
y de cualquier forma por qué dirías algo así.

Por la ventana encontrarás restaurantes
y gente con quien beber mucho

pero nunca comerás tantas mentas como en esta húmeda
tarde de enero. Piensas en ese poema
y en lo perfecto del clima y en lo mucho que llora
pero también espera encontrarme en el futuro cercano

cuando deba revelar nuevas aventuras
seguro de responder que en otro escenario las cosas no fueron mejores.


Autores
(CDMX, 1992). Es autor de Usted está aquí (Ed. Mantarraya, Mx, 2016) y Sin nada detrás (Periferia de escribidores, MX, 2019). Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como Letras Libres, Oculta Lit, Dolce Stil Criollo, Digo.palabra.txt, Low-fi Ardentía, El Humo, Al-Araby, Angel City Review, entre otros. Forma parte del Lhabloratorio Colectivo. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2017-2018.

Ilustrador
Luis Ham
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Capítulo III. El misterio en Lauriston Garden

Confieso que estaba considerablemente sorprendido a causa de esta prueba fresca de la naturaleza práctica de las teorías de mi compañero. Mi respeto hacia sus poderes de análisis creció de forma maravillosa. Sin embargo, en mi mente aún quedaban rastros de sospecha de que todo aquel acontecimiento hubiera sido prefabricado para sorprenderme, aunque escapaba de mi comprensión qué motivo podría tener para llevar a cabo algo así. Cuando lo miré, él ya había terminado de leer la nota, sus ojos asumieron la expresión vacante y deslucida que reflejaba su abstracción mental.

—¿Cómo fue que dedujo eso? —le pregunté.

—Deducir, ¿qué? —preguntó, petulante.

—Que él era un sargento retirado de la Marina.

—No tengo tiempo para tonterías —contestó con brusquedad; luego sonrió—. Perdone mi actitud grosera. Rompió el hilo de mis pensamientos; pero quizá haya sido para bien. ¿Realmente no fue capaz de ver que aquel hombre era un sargento de la Marina?

—No, en lo absoluto.

—Es más sencillo saberlo que explicar por qué lo sé. Si alguien le pidiera a usted probar que dos más dos son cuatro, quizá se encontraría cierta dificultad para explicarlo y aún así estaría bastante seguro del hecho. Aún a través de la calle pude ver una gran ancla azul tatuada en el dorso de la mano del hombre. Eso reveló el océano. Usaba transporte militar y tenía bigotes laterales de regulación. Ahí tenemos a la Marina. Era un hombre con cierto aire de importancia y mandato. Usted debió de haber observado la manera en que elevaba la cabeza y sostenía su bastón. Un hombre firme, respetable, de mediana edad, también, por sus facciones; todos esos datos me llevaron a creer que había sido un sargento.

—¡Maravilloso!

—Ordinario —dijo Holmes, aunque por su expresión pude ver que estaba satisfecho con mi sorpresa y admiración—. Hace un momento dije que ya no quedaban criminales. Tal parece que me equivoqué. ¡Mire esto! —Me lanzó la nota que el comisionado había traído.

—¡Esto es terrible! —dije, mientras leía su contenido.

—Parece ser un poco fuera de lo común —dijo con calma— ¿Te molestaría leerlo en voz alta?

Esta es la carta que leí:

“Mi querido señor Sherlock Holmes:

Ocurrió un asunto desagradable durante la noche en el número 3 de Lauriston Gardens, afuera de Brixton Road. Nuestro hombre en guardia vio una luz allí aproximadamente a las dos de la mañana, y como la casa estaba vacía, sospechó que algo extraño pasaba. Encontró la puerta abierta, y en el primer cuarto, el cual carece de muebles, descubrió el cuerpo de un caballero bien vestido y con tarjetas en su bolsillo a nombre de ‘Enoch J. Drebber, Cleveland, Ohio, Estados Unidos’. No hay señal de asalto ni tampoco de cómo murió aquel hombre. Hay marcas de sangre en el cuarto, pero no encontramos ninguna herida en el cuerpo. Desconocemos cómo fue que llegó a la casa vacía; de hecho, todo el asunto es un misterio. Si pudiera ir a la casa a cualquier hora antes de las 12, me encontrará aquí. Dejé todo en su lugar y así permanecerá hasta que sepa de usted. Si se le es imposible venir, le daré detalles más concretos y consideraría una gran amabilidad de su parte si hiciera el favor de dar su opinión.

—Tobias Gregson”.

—Gregson es el más listo de Scotland Yard —destacó mi amigo—. Él y Lestrade son los mejores de un mal grupo. Ambos son rápidos y enérgicos, pero convencionales, sorprendentemente. También tienen sus cuchillos apuntados al otro. Son igual de celosos que un par de participantes de un concurso de belleza. Va a haber un poco de diversión en este caso si los dos están detrás del mismo rastro.

Yo estaba sorprendido por la manera tan calmada en la que contestó.

—Seguramente no hay momento qué perder —dije—. ¿Debería de pedirle un taxi?

—No estoy seguro de si debería ir. Soy el diablo más irremediablemente perezoso que alguna vez haya pisado unos zapatos de cuero; eso cuando aquel humor está en mí, porque puedo ser bastante activo de vez en cuando.

—Es justo la oportunidad que ha estado esperando.

—Mi querido compañero, ¿qué importancia tiene eso? Suponiendo que revele el misterio, puede estar seguro de que Gregson, Lestrade y compañía se van a llevar todo el crédito. Eso pasa cuando eres detective no oficial.

—Pero le está rogando por su ayuda.

—Sí. Sabe que soy su superior y lo reconoce frente a mí; pero él cortaría su propia lengua antes de reconocerlo ante alguien más. Aunque lo mejor será ir y echar un vistazo. Tengo que resolverlo por mis propios medios. Al menos así podré reírme de ellos. ¡Vamos!

Se puso su abrigo y se apresuró de forma que mostró que la actitud enérgica había reemplazado a la apática.

—Vaya por su sombrero —me dijo.

—¿Quiere que vaya con usted?

—Sí, si no tiene nada mejor qué hacer.

Un minuto más tarde ambos estábamos en un carruaje, yendo con rapidez hacia Brixton Road.

Era una mañana de neblina densa y un velo coloreado de pardo colgaba sobre los techos de las casas, luciendo como el reflejo de las calles cubiertas de lodo que se encontraban debajo. Mi acompañante estaba de muy buen humor y parloteaba sobre los violines Cremona y la diferencia entre un Stradivarius y un Amati. Yo estaba en silencio, debido al clima somrbío y a la melancolía del asunto por el que nos dirigíamos, todo eso fue suficiente para deprimir mi espíritu.

—No parecer pensar mucho en el tema en cuestión —dije finalmente, interrumpiendo el discurso musical de Holmes.

—Todavía no tengo información —contestó—. Es un error enorme teorizar antes de tener toda la evidencia.

—Tendrás tu información pronto —intervine, apuntando con mi dedo—. Esto es Brixton Road, y esta es la casa, si no me equivoco.

—Así es. Conductor, ¡pare, pare!

Estábamos a unas 100 yardas de distancia, pero él insistió en detenernos, por lo que terminamos nuestro viaje a pie.

El número 3 de Lauriston Gardens cargaba un aire amenazante y malhumorado. Era una de cuatro casas erguidas a poca distancia de la calle, dos de ellas estaban habitadas y las otras dos, vacías. Las últimas lucían tres niveles de ventanas desnudas y melancólicas, salvo algunas que mostraban carteles que decían “Se alquila”, como una catarata en contra de los cristales blanqueados. Un jardín pequeño adornado con una erupción desperdigada de plantas enfermizas separaba las casas de la calle y estaba atravesado por un camino amarillento hecho de una mezcla de barro y gravilla. Todo el lugar estaba bastante húmedo por la lluvia que había caído durante la noche. El jardín estaba cercado por una pared de ladrillos de tres pies de altura, con una bardilla de madera en lo alto, y contra la pared estaba recargado un agente de policía, rodeado por un grupo pequeño de personas, las cuales estiraban sus cuellos con la esperanza vana de echar un vistazo al proceso que ocurría adentro.

Había imaginado a Sherlock Holmes apresurándose al interior de la casa para lanzarse a estudiar el misterio. Sin embargo, su intención estaba muy lejos de eso. Con un aire de indiferencia el cual, bajo las circunstancias, me parecía que bordeaba a la afectación, paseó de un lado a otro del pavimento y miró vagamente al suelo, al cielo, a las casas contrarias y a la línea de barandillas. Después de terminar con su escrutinio, avanzó con lentitud sobre el camino, o más bien, sobre la línea de césped al lado del camino, manteniendo sus ojos fijos en el suelo. Se detuvo dos veces y lo vi sonreír una vez, escuchándolo murmurar algo con satisfacción. Había muchas huellas de pasos en el camino húmedo y lodoso, pero debido a que la policía había estado entrando y saliendo del lugar, no era capaz de entender cómo mi compañero podía esperar a encontrar algo en él. Aún así, tenía evidencia extraordinaria de la rapidez de sus facultades de percepción, que no me cabía dudad de que él podía ver muchísimas cosas que permanecían ocultas para mí.

En al puerta de la casa nos topamos con un hombre alto, de rostro pálido y cabello rubio, con un cuaderno en su mano, quien se apresuró a nuestro encuentro y estrechó la mano de mi acompañante con efusión.

—En verdad es amable por venir —dijo—. Me aseguré de que todo permaneciera intacto.

—¡Excepto por eso! —contestó mi amigo, apuntando hacia el camino—. El desastre no habría sido peor si una manada de búfalos hubiera pasado por ahí. Sin embargo, no tengo dudas de que ha sacado sus propias conclusiones, Gregson, antes de que permitiera eso.

—He tenido mucho qué hacer dentro de la casa —dijo el detective, evasivo—. Mi colega, el señor Lestrade, está aquí. Confié en él para que vigilara todo.

Holmes me miró y alzó las cejas sardónicamente.

—Con dos hombres como usted y Lestrade en el terreno no habrá mucho qué encontrar para un tercero.

Gregson frotó sus manos con satisfacción propia.

—Creo que hemos hecho todo lo que se puede —dijo—, es un caso extraño, de todas formas, y sé que tiene un gusto por esas cosas.

—¿Vino aquí en un taxi? —preguntó Sherlock Holmes.

—No, señor.

—¿Tampoco Lestrade?

—No, señor.

—Entonces vayamos adentro y veamos el cuarto —Sin añadir más, avanzó hacia la casa, seguido por Gregson, cuya expresión delataba su asombro.

Un pasillo corto, con tablones desnudos y cubiertos de polvo, llevaba a la cocina y a las oficinas. Había dos puertas colocadas a la izquierda y a la derecha. Una de ellas había permanecido cerrada por varias semanas. La otra pertenecía al comedor, el cual era el cuarto donde el evento misterioso había ocurrido. Holmes entró y yo lo seguí con aquella sensación baja en mi corazón que inspira el estar cerca de la muerte.

Era una habitación grande y cuadrada, se veía incluso más espaciosa gracias a la ausencia de muebles. Un papel tapiz vulgar adornaba las paredes, pero estaba enrojecido en algunos lugares con moho, y tiras largas de papel despegado colgaban por aquí y por allá, exponiendo el yeso amarillento debajo. Del lado opuesto de la puerta había una chimenea, enmarcada con una pieza de imitación de mármol blanco. Sobre una de sus esquinas, se hallaban los restos de cera de una vela roja. La ventana solitaria estaba tan sucia que la luz que dejaba pasar era brumosa e insegura, le daba un tono gris y sombrío a todo, algo que se intensificaba gracias a una capa gruesa de polvo que cubría toda la casa.

Observé todos estos detalles mucho después. De momento, mi atención estaba centrada en la figura siniestra y sin vida que yacía extendida en el suelo, con ojos vacíos, mirando sin ver fijamente el techo descolorido. Era un hombre de unos 43 o 44 años, complexión promedio, hombros anchos, con cabello negro y rizado y una barba corta de tres días. Estaba vestido con un abrigo pesado y chaleco, con pantalones claros y con el cuello y puños de la camisa inmaculados. Un sombrero de copa, bien cepillado y cuidado, estaba colocado en el piso junto a él. Sus manos estaban apretadas, tenía ambos brazos estirados hacia arriba, mientras que sus extremidades inferiores estaban trabadas como si la lucha que libró antes de encontrar su muerte hubiera sido brutal. Su rostro estaba rígido en una expresión de horror, y lo que a mí me parecía, de odio, uno del que no había visto semejante en ningún rasgo humano. Esta contorsión maligna y terrible, combinada con aquella frente baja, nariz chata y mandíbula salida, le daban al cadáver un aspecto parecido al de un simio, que era incrementada por su postura antinatural. Yo había visto la muerte en muchas de sus formas, pero jamás me apareció en una forma tan aterradora que en ese cuarto oscuro y siniestro, el cual miraba hacia una de las calles principales del Londres suburbano.

Lestrade, delgado y con su eterna apariencia de hurón, estaba parado cerca del umbral de la puerta y me saludó después de a mi compañero.

—Este caso va a causar un revuelo, señor —comentó él—. Supera a todo lo que he visto y yo no soy ninguna gallina.

—¿No hay pistas? —preguntó Gregson.

—Ninguna —respondió Lestrade.

Sherlock Holmes se aproximó al cadáver y lo examinó con atención.

—¿Están seguros de que no hay heridas? —cuestionó, apuntando a los numerosos rastros de sangre que aparecían en todos lados.

—¡Totalmente! —dijeron ambos detectives.

—En ese caso la sangre pertenece a un segundo individuo, presumiblemente del asesino, si se cometió un asesinato. Me recuerda a las circunstancias que rodearon la muerte de Van Jansen, en Utrecht, en el 34. ¿Recuerda el caso, Gregson?

—No, señor.

—Búsquelo, en serio debe de hacerlo. No hay nada nuevo debajo del sol. Todo ya ha sido hecho antes.

Mientras hablaba, sus dedos ágiles volaban por todas partes, sintiendo, presionando, desabotonando, examinando; sus ojos mostraban la misma expresión lejana con la que ya estaba familiarizado. La rapidez de la examinación hacía difícil de concebir la minuciosidad detrás de cada acto. Finalmente, olfateó los labios del hombre muerto y luego miró las suelas de sus botas de cuero.

—¿No lo han movido para nada? —preguntó.

—No más de lo necesario para los propósitos de nuestra investigación.

—Pueden llevarlo a la morgue ahora —dijo—. No hay nada más por descubrir.

Gregson mandó llamar a una camilla y cuatro hombres, los cuales entraron a la habitación y levantaron al extraño para llevarlo afuera. Mientras lo elevaban, un anillo tintineó al caer y rodó a través del piso. Lestrade lo tomó y lo miró con ojos desconcertados.

—Aquí estuvo una mujer —dijo—. Es el anillo de bodas de una mujer.

Lo mantuvo en alto mientras hablaba, en la palma de su mano. Todos nos acercamos a su alrededor para observar. No había ninguna duda de que el anillo de oro simple alguna vez había adornado el dedo de una novia.

—Esto lo complica todo —dijo Gregson—. Dios sabe que todo ya era bastante complicado antes.

—¿Estás seguro de que no lo simplifica? —observó Holmes—. No hay nada para aprender nada más mirándolo. ¿Qué encontraron en sus bolsillos?

—Lo tenemos todo aquí —anunció Gregson, apuntando a una pila de objetos en la base de las escaleras—. Un reloj de oro, número 97163, por Baraud, de Londres. Una cadena de oro, bastante pesada y sólida. Anillo de oro con tallados masónicos. Un pin de oro, con una cabeza de bulldog, rubíes por sus ojos. Un porta tarjetas de cuero ruso, con tarjetas a nombre de Enoch J. Drebber de Cleveland, que corresponde con el E. J. D grabado en el pañuelo. No hay bolso, pero sí cambio suelto que equivale a siete libras con trece centavos. Una edición de bolsillo del “Decameron” de Boccacio, con el nombre de Joseph Stangerson en el interior de la portada. Dos cartas, una dirigida a E. J. Drebber y una a Joseph Stangerson.

—¿A qué dirección?

—American Exchange, Strand; para ser recogida en cualquier momento. Ambas son de Guion Steamship Company y se refieren al rumbo de sus barcos desde Liverpool. Está más que claro que este hombre desafortunado estaba a punto de regresar a Nueva York.

—¿Han investigado algo sobre Stangerson?

—Lo hice de inmediato, señor —dijo Gregson —. Mandé avisos a todos los periódicos y uno de mis hombres fue a American Exchange, pero no ha regresado.

—¿Avisaron a Cleveland?

—Los telegrafiamos esta mañana.

—¿Cómo formuló sus preguntas?

—Simplemente detallé las circunstancias y dije que agradeceríamos cualquier información que pudiera ser de ayuda.

—¿No preguntó por detalles de ningún punto que pareciera ser crucial para usted?

—Pregunté sobre Stangerson.

—¿Nada más? ¿No hay ninguna circunstancia de la que todo el caso parezca depender? ¿No volverá a enviar un telegrama?

—He dicho todo lo que tenía para decir —respondió Gregson, en un tono ofendido.

Sherlock Holmes se rió para sí mismo y parecía a punto de añadir algún comentario, cuando Lestrade, quien había estado en el vestíbulo mientras manteníamos la conversación en el pasillo, reapareció en la escena, frotando sus manos en una manera pomposa y satisfecha.

—Señor Gregson —dijo—. Acabo de hacer un descubrimiento de la más alta importancia, uno que habría sido pasado por alto de no ser por mi cuidadosa examinación de las paredes.

Los ojos del hombre pequeño brillaron a la vez que hablaba y estaba evidentemente en un estado de completa soberbia al haber anotado un punto en contra de su colega.

—Acérquese —dijo, internándose de regreso en el cuarto, la atmósfera se sentía mucho más ligera gracias a la ausencia del hombre desafortunado —. Ahora, párese aquí.

Encendió un fósforo con su bota y lo sostuvo hasta iluminar la pared.

—¡Mire eso! —dijo, triunfante.

Había mencionado que el papel se estaba cayendo en varias partes. En esa esquina particular del cuarto, una gran tira se despegó, revelado un gran pedazo de yeso amarillento. A través del espacio había una sola palabra tallada en letras rojo sangre: “Rache”.

—¿Qué piensa sobre esto? —preguntó el detective, con el aire de un presentador anunciando su espectáculo —. Fue pasado de largo por ser la esquina más oscura de la habitación. El asesino o asesina debió de haberla tallado con su propia sangre. ¡Vea esta mancha de donde escurrió por la pared! ¿Por qué eligieron esta parte para escribirlo? Se los diré. Miren esa vela sobre la chimenea. Si estuviera encendida en este momento, esta esquina sería la más iluminada en lugar de ser la más oscura de la pared.

—¿Y qué significa todo esto que ha encontrado? —preguntó Gregson con voz despectiva.

—¿Qué significa? Significa que el escritor o escritora estaba por tallar el nombre “Rachel”, pero fue interrumpido o interrumpida de poder terminar. Escuchen mis palabras, cuando este caso sea resuelto, encontrarán que una mujer llamada Rachel tuvo algo que ver. Está bien reírse, señor Sherlock Holmes. Quizá usted sea muy inteligente y astuto, pero el sabueso viejo siempre es mejor, cuando todo está dicho y hecho.

—En verdad le pido que me disculpe —dijo mi compañero, quien exasperó el temperamento del hombre pequeño con una risotada—. Sin duda posee el crédito de ser el primero de nosotros en encontrarlo y, como dice, todo apunta a que fue tallado por el otro participante de este misterio. Todavía no examino esta habitación, pero con su permiso, lo haré ahora.

Al hablar, sacó una cinta y una lupa de su bolsillo. Con esos dos objetos en mano caminó sin hacer ruido a través del cuarto, a veces deteniéndose, ocasionalmente arrodillándose y una vez, se acostó con su rostro contra el suelo. Estaba tan concentrado en su trabajo que parecía haberse olvidado de nosotros, pues hablaba por lo bajo para sí mismo durante todo ese tiempo, manteniendo un ritmo rápido de exclamaciones, gruñidos, silbidos y pequeños gritos que sugerían estímulo y esperanza. Mientras lo miraba no pude evitar recordar a un sabueso de sangre pura bien entrenado, que va de un lado a otro gimoteando con entusiasmo, hasta que encuentra el rastro que estaba buscando. Durante 20 minutos o más continuó con su investigación, midiendo con la mayor exactitud y cuidado la distancia entre marcas completamente invisibles para mí, y ocasionalmente aplicando su cinta a las paredes con un propósito igual de incomprensible. En un lugar juntó con mucho cuidado una pila de polvo en el suelo y la metió toda en un sobre. Finalmente, examinó con su lupa la palabra en la pared, pasando por cada letra con la exactitud de un minuto. Cuando terminó, pareció estar satisfecho, pues volvió a guardar la cinta y la lupa en su bolsillo.

—Dicen que un genio es medido por su capacidad infinita de asumir molestias —destacó con una sonrisa—. Es una muy mala definición, pero aplica para el trabajo de un detective.

Gregson y Lestrade habían estado mirando las maniobras de su compañero amateur con curiosidad y cierto desdén. Evidentemente habían fallado al apreciar el hecho, el cual yo comenzaba a comprender, de que todas las acciones pequeñas de Sherlock Holmes iban siempre dirigidas a un final práctico y definido.

—¿Qué piensa de esto, señor? —le preguntaron ambos.

—Les estaría robando todo el crédito del caso si me ofreciera a ayudarles —dijo mi amigo—. Lo están haciendo tan bien de momento que sería toda una lástima que alguien interfiriera —Había un mundo de sarcasmo en su voz—. Si me permiten saber cómo avanzan sus investigaciones —continuó—, estaré feliz de darles cualquier ayuda posible. Por ahora me gustaría poder hablar con el agente que encontró el cuerpo. ¿Podrían darme su nombre y dirección?

Lestrade miró su libreta.

—John Rance —dijo—. Está fuera de guardia ahora. Lo podrá encontrar en el número 46 de Audley Court, Kennington Park Gate.

Holmes tomó nota de la dirección.

—Venga conmigo, doctor —dijo—. Tenemos que ir a visitarlo. Les diré algo que podrá ayudarlos con el caso —continuó, girándose hacia los dos detectives—. Ha habido un asesinato y el asesino es un hombre. Mide más de seis pies, está en la flor de su vida, tiene pies pequeños para su altura, usaba botas gruesas con punta cuadrada y fumaba un cigarro tricinopolio. Vino aquí con su víctima en un taxi de cuatro ruedas, el cual era jalado por un caballo con tres herraduras viejas y una nueva en su pata delantera. Hay mucha probabilidad de que el asesino posea una cara florida y las uñas de su mano derecha sean remarcablemente largas. Son algunos detalles, pero podrían servirles.

Lestrage y Gregson se miraron el uno al otro con una sonrisa llena de incredulidad.

—Si el hombre fue asesinado, ¿cómo lo hicieron?

—Veneno —dijo Sherlock Holmes, cortante y se alejó—. Otra cosa, Lestrade —añadió, girándose hacia la puerta—. “Rache” es la palabra en alemán para “venganza”; así que no pierda su tiempo buscando a la señorita Rachel.

Con ese último remate comenzó a avanzar, dejando a los dos rivales con la boca abierta.


Autores
(Edimburgo, 1859) Estudió medicina, pero dejó la práctica médica por su carrera literaria. El trabajo que impulsó su éxito fue "Estudio en escarlata", novela donde aparece por primera vez Sherlock Holmes.
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
Ilustración de Güerogüero

Allí donde la luz no alumbra,

tal vez alumbre la sombra.

-Roberto Juarroz

 

Desde sus primeros años de vida, la salud de Robert Louis Stevenson (13 de noviembre de 1850, Edimburgo, Escocia) se vio amenazada por la neumonía, lo que lo obligó a permanecer en cama y asistir de forma irregular a la escuela. Su madre, afectada igualmente por enfermedades respiratorias, dejó en manos de su padre y de una nodriza su educación. Criado como calvinista, el relato de diversos pasajes de la Biblia y alegorías e historias sobre la maldad y la bondad llenaron sus noches, atormentándolo con pesadillas (que describiría a detalle mucho después, en un ensayo titulado “Un capítulo sobre los sueños”). Así germinó la semilla de la dicotomía bondad-maldad que, más tarde, constituiría la esencia de su literatura.

Durante la adolescencia, los viajes con su padre influyeron en su escritura, y en 1866 publicó, gracias a su apoyo, su primer libro: la novela Pentland Rising, que no generó mucha expectativa.

Estudió ingeniería náutica por indicación de su progenitor, pero lo dejó al poco tiempo. De aquella época, lo más destacable fue su amistad con Henry James. Después estudió derecho, mas su carrera fue muy corta: en 1876, la incipiente tuberculosis, enfermedad que repercutió en su físico y ánimo hasta su muerte, lo hizo comenzar a viajar en busca de un clima menos duro por prescripción médica. Con el sufrimiento mordiéndole los tobillos desde pequeño y a donde quiera que iba, comenzó a abandonar un continente para pasar a otro, intentando postergar lo inevitable. Viajar se convirtió en una de sus pasiones.

Gracias a su peregrinar, conoció a Fanny Van de Grift en Francia, quien experimentó de primera mano la trágica enfermedad que lo aquejaba, pues su hijo más pequeño, afectado por tuberculosis osteoarticular, había muerto hacía poco entre la agonía de huesos rotos que rasgaban su piel y músculos antes de cumplir los 5 años. Gracias a ella, Stevenson viajó a América, donde se inmiscuyó en la crítica social al proclamarse contra la supremacía blanca, la discriminación racial y las masacres de los indios nativos. Más que una esposa, Fanny fue su cuidadora.

Al empeorar su salud, la pareja volvió a Edimburgo, después viajaron a Alemania y Suiza, y vivieron un tiempo en la finca que heredó el escritor al suroeste de Edimburgo. Más tarde se dirigieron a Nueva York, de ahí a San Francisco y, por último, arribaron a Samoa, último refugio de la pareja y donde los nativos apodaron a Stevenson como Tusitala: “el contador de historias”.

Ilustración de Güerogüero

Ilustración de Güerogüero

Stevenson, asiduo a las obras de Alexandre Dumas, Daniel Defoe y E. A. Poe, y a pesar de su maltrecha salud, no dejaba pasar una noche sin beber y fumar con sus amigos. Prefería disfrutar cada instante que cuidarse en exceso para preservar una salud exigua. Para él, a pesar de los dolores y el sufrimiento derivados de su enfermedad, aunados a los padecimientos por las grandes cantidades de alcohol que ingería, disfrutar la vida era primordial: “Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único importante: vivir”. Además, era generoso: repartía el dinero que recibía por su obra entre literatos cercanos menos afortunados.

Stevenson, a pesar de sus padecimientos y de su vida itinerante, es uno de los escritores británicos más reconocidos y cuenta con una obra prolífica y diversa: poesía, novela, cuento, ensayo y crónica (actualmente, las editoriales Mondadori [en narrativa] y Páginas de espuma [en ensayo] se han encargado de recopilar su obra).

Logró una técnica precisa y personajes perturbadores, complejos y humanos. Stevenson retrató aspectos específicos de la condición humana como la ya mencionada dicotomía bondad-maldad, así como situaciones aciagas en escenarios ominosos y oscuros. Su genio e imaginación cautivó e inspiró a creadores de distintas latitudes como Jorge Luis Borges, Bioy Casares, Joseph Conrad y H. G. Wells.

Su literatura de aventuras y las crónicas de viajes se se basan en la acción. Asimismo, creó obras maestras que pueden clasificarse dentro del terror, como los cuentos “El ladrón de cadáveres” (1884), basado en un hecho real en su natal Edimburgo durante 1829 (esta historia, enfocada en crímenes como asesinatos y profanaciones de tumbas, inicia cuando el doctor Macfarlane le descubre el secreto de cómo consigue cuerpos para las prácticas a un exalumno de medicina), o “Markheim” (1887), inscrito dentro de la tradición del doble malvado cuyo protagonista es un asesino que termina por recibir ayuda del diablo. La violencia y el horror están presentes por igual en “Los juerguistas” (1887), donde Gordon, un hombre enajenado, alcohólico y obsesionado con el mar, esconde el secreto del tesoro de un naufragio entre las rocas donde, poco después, morirá.

Stevenson no polariza a sus criaturas en perversas y bondadosas, sino que expone toda una gama entre esos dos extremos. El personaje que mejor ejemplifica lo anterior es John Silver “el Largo”, el pirata con pierna de palo que funge como cocinero de La Hispaniola en La isla del tesoro (1883). Manipulador, hipócrita y con características psicópatas, se descubre como un asesino despiadado conforme avanza la trama. A pesar de su deslealtad, su aprecio por el protagonista es sincero, a quien incluso llega a proteger. Aunque representa la maldad, John Silver es el personaje más humanizado de la novela. Conoce la simpatía y es ingenioso. En palabras de la escritora argentina Esther Cross, “Los personajes de Stevenson son tridimensionales, y Long John Silver es un poliedro.”

En cuanto a los escenarios ominosos, “Olalla” (1885), resultado de uno de los sueños perturbadores de Stevenson, se desarrolla en un sitio siniestro donde la naturaleza tiene un poder superio. Aquí, una misteriosa familia en decadencia recibe como huésped a un soldado, quien descubrirá un monstruoso secreto.

A principios de 1886, su novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde ­—también concebida en amargos sueños, escrita en pocos días, quemada posteriormente por resultarle repulsiva y reescrita después— lo posicionaría como uno de los escritores más famosos tanto en Europa como en Norteamérica. En esta obra, que calca la época hipócrita y doblemoralista victoriana, Stevenson indaga en la oscuridad propia del ser humano (lo que Jung describiría como la Sombra, uno de los arquetipos del inconsciente) y retoma la dicotomía del bien y el mal.

Inscrita aún dentro de la literatura gótica, parte de su éxito se atribuye al enfoque moralista que el público le otorgó (Jekyll vive tan absorto en su vida onírica, que incluso duda de la misma realidad, lo que lleva a la obra más allá de este simple moralismo).

Ilustración de Güerogüero

Ilustración de Güerogüero

Stevenson representa en sus personajes la benevolencia y la malicia en la acción, pero también en sus rasgos físicos. Mientras que la moral de Jekyll es ambigua, Hyde solo alberga maldad. Las cavilaciones del doctor lo llevan a reflexionar sobre la dualidad del hombre que, en realidad, es una multiplicidad: “…El hombre no es unidad, sino dualidad. (…) continuando el camino de mis investigaciones, descubrirán acaso que el hombre no es un individuo, sino una república habitada por ciudadanos múltiples e incongruentes…”.

En El señor de Ballantrae (1888), Stevenson retoma el argumento del doble maldito con James Durie y Henry Durie, hermanos antagonistas. Mientras que el primero está lleno de odio y maldad, el rencor perturba tanto al segundo, que lo vuelve perverso. Aquí, el poliedro anunciado por Cross se representa a la perfección: la bondad y la maldad no son un dualidad, sino una gama de tonalidades e indeterminaciones.

James, alevoso e impulsivo, vive persiguiendo la esperanza de triunfar en la vida, mientras que, sin buscarlo, el que resulta victorioso es Henri, quien, a pesar de ostentar rasgos positivos, está repleto de oscuridad. El enfrentamiento constante entre los hermanos, derivado de nuevo del tema del doble oscuro o malvado, culmina en fratricidio. En cuanto al escenario, aparece otra vez el océano como una fuerza inconmesurable y tenebrosa, al igual que una mansión en un sitio tétrico y montañas desoladas cubiertas de nieve.

En El diablo en la botella (1891), Keaue, el protagonista, compra la botella y recibe su maldición. Puede pedir cualquier deseo (a expensas siempre de una calamidad) excepto la inmortalidad. Así, al obtener la mansión anhelada a costa de la muerte de su tío, decide aceptar lo bueno a pesar de lo malo.

Volviendo al Tusitala, cuando su enfermedad empeoró al grado de afirmar que “era un amasijo de respiración entrecortada y un catálogo de dolores, una representación de la muerte”, realizó un viaje en crucero durante dos años por el Pacífico junto con su esposa, los dos hijos de esta y su propia madre. Tras conocer lugares como Honolulu y Tahití, se instalaron en Samoa, donde Stevenson se involucró en la política y las artes y abogó por los derechos de los aborígenes. Se negó a continuar su eterno peregrinaje y continuó escribiendo. Su última residencia fue una mansión en Apia, que ahora es un museo que exhibe primeras ediciones, múltiples fotografías, muebles, artículos personales y una estatua del escritor.

La particularidad de las tramas, la claridad en la prosa, el ritmo fluido, la descripción de los escenarios y la profundidad de los personajes del Tusitala son insuperables.

Stevenson se asomó a los rincones más oscuros y mostró sus descubrimientos. Echó un vistazo al abismo humano sin ser devorado, no temió empaparse en sus propias tinieblas, ésas que lo abrazaron desde pequeño, porque buscaba comprenderlas.

En 1894, meses antes de morir, reveló: “Durante catorce años no he conocido un solo día efectivo de salud. He escrito con hemorragias, he escrito enfermo, entre estertores de tos, he escrito con la cabeza dando tumbos”. Tras desconocer su propio rostro, perdió la consciencia debido a un derrame cerebral. Horas después, falleció. Su tumba se ubica en el monte Vaea, en la isla Upolu, sitio con vista al oceáno que tanto amó.

No hay luz sin oscuridad. La maldad y la bondad nos constituyen, somos seres plurales. El gran Tusitala entreveró historias sombrías y luminosas mientras su propia existencia se debatía entre la vida y la muerte, en una perpetua disputa entre su propio mundo onírico y el real.

Ilustración de Güerogüero

Ilustración de Güerogüero


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Güerogüreo
Ilustrador egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha enfocado en la ilustración digital, la creación de GIFS, cómics y fanzines. Su trabajo ha sido expuesto de manera colectiva en México, Canadá y Venezuela. Ha colaborado con distintos proyectos independientes y autogestivos, así como con distintas publicaciones editoriales y medios digitales.