Tierra Adentro
Extraída de Wikimedia Commons.

Hace poco más de veinte años, la conocida marca de estilógrafos Montblanc, en una de sus ediciones limitadas, la que está dedicada a escritores, puso a la venta la edición de Alexandre Dumas. El clip de la pluma estaba adornado con una espada, y el plumín —forjado con oro de dieciocho quilates— llevaba el símbolo de la flor de lis, figura recurrente en las aventuras del mulato —recordemos, entre ellas, que éste era el nombre que llevaba la taberna en donde los mosqueteros se reunían, además de ser la marca que ostentaba Milady en su espalda—. En el capuchón, la firma de Alexandre Dumas remataba esta edición de lujo cuyo valor rondaba los setecientos cincuenta dólares. Esto parecería ser una más de las ediciones de escritores que, junto a las de Hemingway, Fitzgerald, Cervantes, Shakespeare, Tolstói o Virginia Woolf, ornan las camisas de escritores y diletantes; sin embargo, las primeras plumas tenían estampada la firma no del autor de El Conde de Montecristo, sino de su hijo, escritor también, y más conocido por haber escrito La dama de las camelias. Incluso, si se visita la página electrónica en español de Montblanc,[1] el error se duplica, pues consigna que la firma pertenece ¡al padre de Alexandre Dumas, padre!, quien era general del ejército francés, nacido en la colonia haitiana conocida, en ese entonces, como Saint Domingue.

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Esta frívola anécdota, sin embargo, acusa un tanto de la vida misma de Alexandre Dumas, la real y la escritural. En sus novelas más conocidas —al genio de Dumas se le atribuyen más de mil doscientas obras— parte de la trama se construye a partir de la suplantación de la identidad y del nombre. Por ejemplo, en la icónica Los tres mosqueteros, un joven gascón, Artagnan, viaja a París para labrar su fortuna. En el camino, un desconocido le roba la única prueba de su identidad, una carta que Artagnan padre le diere para presentarla ante Tréville, el capitán de los mosqueteros del rey Luis XIII, y con quien compartía la nacionalidad gascona.

 

—Debéis, pues, decía yo, tener necesidad de conservar lo que tenéis, por fuerte que sea esa suma; pero debéis necesitar también perfeccionaros en los ejercicios que convienen a un gentilhombre. Escribiré hoy mismo una carta al director de la Academia Real y desde mañana os recibirá sin retribución alguna. No rechacéis este pequeño favor. Nuestros gentileshombres de mejor cuna y más ricos lo solicitan a veces sin poder obtenerlo. Aprenderéis el manejo del caballo, esgrima y danza; haréis buenos conocimientos, y de vez en cuando volveréis a verme para decirme cómo os encontráis y si puedo hacer algo por vos.

Por desconocedor que fuera D’Artagnan de las formas de la corte, se dio cuenta de la frialdad de aquel recibimiento.

—¡Desgraciadamente, señor —dijo— veo la falta que hoy me hace la carta de recomendación que mi padre me había entregado para vos!

—En efecto —respondió el señor de Tréville—, me sorprende que hayáis emprendido tan largo viaje sin ese viático obligado, único recurso de nosotros los bearneses.

—La tenía, señor, y, a Dios gracias, en buena forma —exclamó D’Artagnan—; pero me fue robada pérfidamente.[2]

 

Así, el viaje de Artagnan comienza sin que se sepa su identidad, sólo será su palabra la que lo sostenga en el París del siglo diecisiete, pleno de intrigas palaciegas y de querellas por el poder. Conforme la novela avanza, el joven gascón conoce a los tres mosqueteros y por quienes la novela lleva ese nombre: Athos, Porthos, Aramís. Artagnan los reta a duelo sin saber su identidad ni su profesión, y detrás de cada uno de ellos, se esconde una historia que se develará a través de toda la saga: Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne. Athos se unió a los mosqueteros después de llevar una vida como el Conde de La Fére, quien después de un desengaño con su esposa, la ahorca por llevar la ya mencionada flor de lis tatuada en la espalda, es decir, la marca de los criminales; Aramís se muestra como un hombre piadoso, aunque detrás de la máscara es un enamoradizo y un visitante habitual de marquesas y mujeres de la alta nobleza; Porthos es, quizás, el más auténtico de los tres, pues su origen humilde es conocido y sólo es su gran ambición la que lo hace querer ser alguien que no es. En el primer encuentro con Artagnan, Porthos lleva un tahalí que en el pecho es de oro, y por detrás, la parte que queda oculta a la vista de todos por la capa, es de un material más austero.

 

¡Ay!, como la mayoría de las cosas de este mundo que sólo tienen apariencia el tahalí era de oro por delante y de simple búfalo por detrás. Porthos, como verdadero fanfarrón que era, al no poder tener un tahalí de oro, completamente de oro, tenía por lo menos la mitad; se comprende así la necesidad del resfriado y la urgencia de la capa.

—¡Por mil diablos! —gritó Porthos haciendo todo lo posible por desembarazarse de D’Artagnan que le hormigueaba en la espalda—. ¿Tenéis acaso la rabia para lanzaros de ese modo sobre las personas?

—Perdonadme —dijo D’Artagnan reapareciendo bajo el hombro del gigante—, pero tengo mucha prisa, corro detrás de uno, y…

—¿Es que acaso olvidáis vuestros ojos cuando corréis? —preguntó Porthos.

—No —respondió D’Artagnan picado—, no, y gracias a mis ojos veo incluso lo que no ven los demás.

Porthos comprendió o no comprendió; lo cierto es que dejándose llevar por su cólera dijo:

—Señor, os desollaréis, os lo aviso, si os restregáis así en los mosqueteros.

—¿Desollar, señor? —dijo D’Artagnan—. La palabra es dura.

—Es la que conviene a un hombre acostumbrado a mirar de frente a sus enemigos.

—¡Pardiez! De sobra sé que no enseñáis la espalda a los vuestros.

Y el joven, encantado de su travesura, se alejó riendo a mandíbula batiente.

Porthos echó espuma de rabia e hizo un movimiento para precipitarse sobre D’Artagnan.

—Más tarde, más tarde —le gritó éste—, cuando no tengáis vuestra capa.

—A la una, pues, detrás del Luxemburgo.

—Muy bien, a la una —respondió D’Artagnan volviendo la esquina de la calle.[3]

 

En Los tres mosqueteros, la antagonista es una mujer que también se oculta bajo distintas máscaras: Anne de Breuil, Charlotte Backson, Condesa de La Fére, Milady de Winter, Lady Clarick. Así, la peripecia se inicia con el desdoblamiento del nombre, del origen incierto.

"The Three Musketeers", de Joaquín Agrasot y Juan. Extraido de Wikimedia Commons.

“The Three Musketeers”, de Joaquín Agrasot y Juan. Extraido de Wikimedia Commons.

 

 

En Veinte años después, la continuación de las aventuras de los mosqueteros, por su parte, dos momentos en particular guardan esta polivalencia del nombre. El primero, en uno de los pasajes más emotivos de la novela, Artagnan se bate en duelo con dos desconocidos. Porthos lo acompaña y es en medio de la noche en donde las armas centellean y las pistolas —entonces de un sólo tiro— se yerguen en contra del pecho del enemigo invisible:

 

Casi al mismo tiempo resonaron dos pistoletazos, disparado el uno por D’Artagnan y el otro por el adversario de Porthos. D’Artagnan atravesó el sombrero de su adversario y el de Porthos dio al caballo de éste en el pescuezo, dejándole muerto.

—¡Por última vez! —dijo la misma voz—. ¿Adónde vais?

—¡Al infierno! —gritó D’Artagnan.

—Pronto llegaréis.

Vio D’Artagnan dirigido contra su pecho el cañón de un mosquete; no tenía tiempo para sacar sus pistolas de las pistoleras y teniendo presente un consejo de Athos, encabritó su caballo.

La bala hirió al animal en el vientre.

Sintióle D’Artagnan vacilar, y tiróse al suelo con gran agilidad.

—Poco a poco —dijo la misma voz irónica y vibrante—. ¿Estamos aquí para matar caballos o para batirnos como hombres? Empuñad la espada, señor mío.

Y el desconocido se apeó de su caballo.

—¿La espada? —dijo D’Artagnan—. Al momento; es mi arma favorita.

En dos saltos púsose D’Artagnan al frente de su adversario; tropezáronse sus espadas y con su ordinaria destreza presentó el mosquetero su arma en tercera. Esta postura era la que prefería para ponerse en guardia. (…)

Creyó finalmente D’Artagnan que era llegado el momento de apelar a su golpe favorito: le preparó muy diestramente y le ejecutó con la rapidez del rayo, descargándole con un vigor que él creyó irresistible. Su enemigo paró el golpe.

—¡Voto a tal! —exclamó D’Artagnan con su acento gascón.

A esta exclamación dio el desconocido un salto hacia atrás, y estirando la cabeza, trató de divisar por entre la oscuridad las facciones de D’Artagnan. (…)

—¡Athos! —dijo D’Artagnan.

—¡D’Artagnan! —dijo Athos.

Athos levantó su espada y D’Artagnan la suya.

—¡No tiréis, Aramis! —gritó Athos.

—¡Ah! ¿Sois vos, Aramis? —dijo Porthos.

Y echó su pistola al suelo.

Aramis guardó la suya y envainó su espada.

—¡Hijo mío! —dijo Athos presentando la mano a D’Artagnan.[4]

 

Este fragmento pertenece a la primera vez que los cuatro mosqueteros están juntos en la novela. Separados por la política, los cuatro ven comprometida su amistad hasta el punto de enfrentarse, como se acaba de mostrar, en el campo de batalla. Después de varias peripecias, los cuatro amigos se reúnen con una misión en común, salvar al rey de Inglaterra. Con dos décadas encima y muchas más estocadas en el cuerpo, los mosqueteros se unen una vez más. De ahí el dicho, cada vez más lejano para las nuevas generaciones que no saben de dónde se origina: “No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”, pues en esta novela la vida ha hecho mella en el ánimo de sus protagonistas y las rencillas, la avaricia y la deshonra rondan en todo momento a los hijos predilectos de Alexandre Dumas. De las aventuras púberes a la ruindad de la mediana edad, los mosqueteros se saben falibles, como falibles son también los lazos que la amistad en algún momento unió. Otrora inseparables, el mundo se ha convertido de romper sus lazos para dejarlos tan sólo en un melancólico recuerdo, asaz una nostálgica herida por los tiempos pasado.

Un segundo momento de la novela es en el reconocimiento del enemigo. Cuando la cabeza de Carlos Estuardo cae en el cadalso, merced a la revuelta liderada por Oliver Cromwell, los mosqueteros reconocen en el verdugo a Mordaunt, quien durante toda la novela se ha encargado de enfrentarse a ellos y es el hijo de Milady de Winter, quien fue decapitada en el río por nuestros protagonistas.

 

Mordaunt hizo el último esfuerzo, se levantó, tocó el punto de apoyo que se le presentaba, y se aferró a él con vehemencia.

—Bien —dijo Athos—, poned aquí la otra mano.

Y ofrecióle un hombro como segundo punto de apoyo; de suerte que su cabeza casi se tocaba con la de Mordaunt. Los dos enemigos mortales estaban abrazados como hermanos.

Mordaunt apretó el cuello de la ropilla de Athos.

—Bueno —dijo el conde—, ya estáis salvado, tranquilizaos.

—¡Ah, madre querida! —gritó Mordaunt con flameantes ojos y acento cuya rencorosa expresión es imposible describir—; no puedo ofrecerte más que una víctima, pero al menos será la que tú hubieras escogido.

Y mientras que D’Artagnan daba un grito, que Porthos alzaba el remo, y Aramis buscaba un sitio donde herir a Mordaunt, una horrible sacudida hizo caer a Athos en el agua, en tanto que lanzando Mordaunt un alarido de triunfo, estrechaba la garganta de su víctima y se cruzaba de piernas con el conde, a fin de paralizar sus movimientos, como hubiera podido hacerlo una serpiente. (…)

El cadáver llevaba clavado en el pecho un puñal de resplandeciente empuñadura.

—¡Mordaunt! ¡Mordaunt! ¡Mordaunt! —gritaron los tres amigos—. ¡Es Mordaunt!

—¿Y Athos? —dijo D’Artagnan.

De pronto se torció la barca a la izquierda, cediendo a un nuevo e inesperado empuje, y Grimaud lanzó un grito de júbilo. Volviéronse todos y vieron a Athos apoyarse en el borde de la lancha, lívido el semblante, apagados los ojos y trémulas las manos. Cogiéronle al momento ocho nervudos brazos y le colocaron en la barca, donde no tardó Athos en sentirse reanimado, resucitando a fuerza de las caricias de sus amigos, llenos de alegría.

—Supongo que no estaréis herido —dijo D’Artagnan.

—No —respondió Athos.

—¿Y él? —preguntó Porthos.

—¡Oh! Esta vez queda bien muerto, gracias a Dios. Miradle.

Y obligando D’Artagnan a Athos a volver los ojos hacia donde le señalaba, le enseñó el cuerpo de Mordaunt, que todavía flotaba sobre las olas y que sumergiéndose y levantándose alternativamente, parecía perseguir aún a los cuatro amigos con su provocativa y rencorosa mirada.[5]

 

Quizás sea la tercera parte de la saga de los mosqueteros, El vizconde de Bragelonne, la que tenga el elemento con más peso del desdoblamiento del nombre, de la identidad suplantada. Gracias a los distintos productos culturales como The man in the iron mask, dirigida por Randall Wallace en 1998, protagonizada por Leonardo Di Caprio, o la adaptación de 1977, protagonizada por Richard Chamberlain, es conocida la anécdota de un prisionero, del que se dice que es hermano de Luis XIV, el Rey Sol, y está encarcelado con una máscara que cubre su rostro. Si bien esta historia es rescatada primero por Voltaire, es recreada por Alexandre Dumas en, cuando menos, dos ocasiones. La primera, en la novela antes mencionada, aunque sólo ocupe un par de capítulos en una novela de más de mil cuartillas. El prisionero, quien lleva una máscara de hierro es parte del complot de Aramis, quien busca ponerlo en lugar del Rey Sol, dada la apariencia parecida de ambos, aunque falla y eso provoca, al final, la proscripción y, en último término, la muerte de Porthos. Años antes de que Alexandre Dumas publicara El Vizconde de Bragelonne, el mulato publicaba, en colaboración con Arnauld, una serie llamada Crímenes célebres, en ella, se recreaban y se ensayaban muchas de las historias que se contaban en las cortes francesas. Entre algunos de los crímenes que Dumas escribió junto a Arnauld está el fusilamiento de Murat, la historia de los Borgia o los años finales de María Estuardo. Junto a estos relatos, que en total abarcan más de dieciocho volúmenes, está el del hombre de la máscara de hierro, tratado de modo muy distinto al de la ficción, aunque bien puede suponerse que fue material de primer mano que inspiró la posterior historia de los mosqueteros.

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La colaboración con Arnauld da pie a uno más de los desdoblamientos de Dumas: el escritural. Las tres obras de las que se ha escrito en este texto, que pertenecen a la saga de los mosqueteros, fueron escritas junto a un personaje de nombre ya casi olvidado: Augusto Maquet. Amén de los cientos de obras que son firmada por Dumas, las que se sabe a ciencia cierta que fueron esbozadas, en un principio, por Maquet, y retocadas por Dumas, con su genio, fueron, además, El Conde de Montecristo, Bathilde y La reina Margoti. Éstos son, sin lugar a dudas, los libros más conocidos de Dumas, así como los más editados. Después de que Maquet se separara de Dumas, sus obras cayeron en el olvido, y las de Dumas siguieron siendo reconocidas, aunque ninguna alcanzó la inmortalidad de las anteriores. Augusto Maquet recopilaba la documentación de las obras y las delineaba, y era el “talento” de Dumas el que las hacía obras maestras. Incluso, entre alguno de los colaboradores de Dumas, que se cuentan por varias decenas, está Gerard de Nerval, aunque parece que su relación fue más de tutoría, pues Dumas era ya una celebridad cuando el vate apenas atisbaba el éxito que no pudo disfrutar. Después de la muerte de Dumas, ocurrida en 1870, y a lo largo de varias décadas se sucedieron ediciones apócrifas que se vendían como si fueran producto del francés. Títulos como La hija de Porthos, La hija de Artagnan, Los caballeros templariosEl hijo de Aramís La mano del muerto —ésta publicada como continuación de El Conde de Montecristo y escrita por Alfred Hogan— son muestra de la influencia y la importancia de Alexandre Dumas en las letras del siglo veinte. Y quizás, como escribiera Borges a propósito de Joyce, Alexandre Dumas encarna, en su literatura y en la de los demás, un aliento de siglos que se desdobla en cada nueva oportunidad:

 

Qué importa nuestra cobardía si hay en la tierra

un sólo hombre valiente,

qué importa la tristeza si hubo en el tiempo

alguien que se dijo feliz,

que importa mi perdida generación,

ese vago espejo,

si tus libros la justifican.

Yo soy los otros. Yo soy todos aquellos

que ha rescatado tu obstinado rigor.

Soy los que no conoces y los que salvas.[6]

 

 


[1] https://www.montblanc.com/es-shop/discover/limited-editions/writers-editions/alexandre-dumas.html [Consultada el 15 de noviembre de 2019]

[2] Alexandre Dumas, Los tres mosqueteros, Edición Digital, cap. III.

[3] Alexandre Dumas, Los tres mosqueteros, Edición Digital, capítulo IV.

[4] Alexandre Dumas, Veinte años después, Edición Digital, capítulo XXVIII.

[5] Alexandre Dumas, Veinte años después, Edición Digital, capítulo LXXVII.

[6] Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra, Buenos Aires, 1969, p. 20


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.