Tierra Adentro

Pandémica

 

 

Zumbidos

 

Cada noche es lo mismo.
Al silencio previo a conciliar el sueño
lo interrumpe el zumbido de un mosquito.
Escuchamos su vuelo
ovillarse en la noche del cuarto
y esperamos que alguno de los dos
decida levantarse
para encender la luz.

A nuestros pies los gatos
sueñan que matan aves
de un zarpazo.
Buscamos el trayecto minúsculo
con la raqueta en mano,
y el aire de la habitación
se va rasgando
por la tormenta eléctrica de pilas doble A.
Antes de eso la ansiedad era muerta
a manotazos.

Siempre vuelve ese ruido.
Después de fumigar o de llegar a acuerdos,
el mosco logra entrar en nuestra calma
y nos susurra algo que no logro entender,
pero incomoda.

Al lado de la cama
donde los dos ponemos
lo que no es necesario para el sueño,
dejamos a la costumbre
establecer su imperio;
aceptamos cohabitar
en silencio este espacio.
La culpa nos espera en el buró
sin saber que dejamos historias
de las que el miedo comió profusamente.

¿Qué nos pesa
cuando dejamos al cuerpo
caer sobre el colchón tan caro
del arrepentimiento?

Hubo una soledad para nosotros
donde no cupo nada,
compartir lo que nadie
dijo que podía fragmentarse,
el pan y sus migajas
cuando el tacto
no logró cobijarnos.
Dos cuerpos que reposan
en plena oscuridad
y sin tocarse
deben tener más cosas que decirse.

 

 


 

 

 

GPS

más cerca que yo mismo.
Juan Bañuelos

Hubo trescientos metros de distancia
que redujimos a centímetros,
y los centímetros
los hicimos desaparecer
entre tu carne.
Hay distancias gozosas
para la comunión
con un desconocido.
Los doce mil kilómetros que ahora
nos separan no
los ocupa el mar
ni accidentes geográficos.
Hay hábitos que nos regresan
al lugar del que huimos:
una esposa, dos hijos, tres
nostalgias en fila india
podrían darle a la tierra
cinco vueltas.

¿Qué tan cerca estuvimos de dormir
sin que nos despertara
el ruido de un avión con sus motores?

Vuelo hacia la realidad,
aunque ciertas distancias me sean irrefutables:
los kilómetros que hay
entre nosotros
y con nosotros mismos.

Hoy estará nublado
en una ciudad en la que ya no vivo.
Mi teléfono calcula un sesenta por ciento
de probabilidad de lluvia Detalles
atmosféricos, temperatura, viento
y algo de granizo.
La aplicación del clima
me sugiere no olvidar
el paraguas y salir abrigado,
pero hoy como ayer, como todos
los días de los últimos meses,
este cielo está ileso y nada
lo interrumpe, y el sol cae
y rebota como en su propia playa.
Me asombra la soberbia tecnológica
de mi teléfono. Las notificaciones
que llegan tan exactas,
su nula propensión hacia la incertidumbre.
Yo sé que evitarás
las avenidas por las que caminamos,
el tránsito se intensifica
en algunas arterias         Intuyo
ese trayecto alterno
para caer puntual
al capítulo que ya no
estaré viendo        Tu realidad
y la mía que no se corresponden.
Mi teléfono miente o está desubicado.
Nuestros satélites triangulan datos
para dar ubicaciones exactas de las cosas.
Es una operación que no alcanzo a entender,
pero me alegra que ahora esté perdido.
Que no sepa si estoy aquí o allá,
o dónde dejé olvidado
el afecto         Pero esa confusión
en la memoria
geográfica
nos hace más humanos,
falibles,
menos listos.

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