Tierra Adentro
Ilustración de Mariana Martínez

El joven no sabe elegir. Desde su auto merodea la avenida Itzaés repleta de travestis con faldas cortas y blusas escotadas, otras más con mallas delicadas y zapatos de tacón altísimos. El joven busca la correcta con ojos de analista, de espigador. Ninguna parece darle lo que quiere, pero no se apresura a desencantarse ni se abruma por el sonido de los cláxones de otros que tienen más prisa por ver el menú. Ya es muy noche y el joven no atina cuál pueda ser útil.

En cambio, cada una de las travestis lo ve con demasiado interés porque no es un hombre barrigón de cincuenta años. Se le ve, dicen entre risas, un pollito listo para ser desplumado, y no tan feo si sonriera. El carro es nuevo, quizá un regalo de su padre cuando cumplió los dieciocho años. Ellas también lo saben analizar.

Él se detiene ante una con minifalda plateada y cabellera lacia. Es flaca y usa botas que suben hasta la rodilla. A ojos del joven, es la adecuada. Abre la ventanilla y le indica que se acerque. Lo hace con gesto de señor altanero. Ella se alisa la falda y aunque trata de ser coqueta, no puede o no quiere, porque sabe que los hombres mal encarados solo garantizan una golpiza o algo peor. Mejor es ahuyentarlos y que se busquen a otra más desesperada.

—El servicio te sale en ochocientos pesos la hora, un oral, penetración, desnudo completo o parcial y las posiciones que tú gustes. El hotel corre por tu cuenta —dice sin sonreír o hacer contacto con los ojos del joven.

Sabe que va a decir que no vale tanto y se dispone a volver a su sitio.

—Súbete.

La travesti resopla al escuchar la puerta del auto abrirse. Pero se resigna y piensa que son gajes del oficio, y ya viéndolo bien, con suerte podría someter a ese escuincle a la primera cachetada que le suelte. De paso, tumbarle la cartera y rayarle el auto. Se sube con poco ánimo y le sonríe fingidamente, o más bien, le enseña los dientes para hacerle saber que sabe usarlos como defensa. El joven apenas la mira y comienza a manejar apretando el volante con mucha fuerza.

No hablan de nada y es inusual. Los clientes siempre abren la boca, cuentan de alguna novia o de sus ansias por probar carne de puta. Este no. Ella podría decirle cariñitos para empezar a relajarlo, tal vez lo ablande y hasta lo enamore. Pero no puede, se mantiene quieta y alerta. Tiene miedo.

El joven deja atrás la avenida y los moteles de paso. Todo eso sin poner música, sin darse cuenta que su acompañante está intranquila y sudando. Él sólo puede ver la calle y los autos que rebasa o lo rebasan, los transeúntes y semáforos. Ella sabe que están cerca de la zona norte, donde pasean las amas de casa con sus perros y sus hijos en carriola.

Piensa que el joven tiene una casa o apartamento para él solo. Eso es mejor que restregarse en una cama pulguienta. Pero también riesgoso, podría entrar completa a una casa muy bonita y salir en cachitos en una bolsa de plástico. Ella prefiere el olor corriente de las sábanas de los moteles a las cálidas alcobas donde nada es seguro. Sonríe al pensar esas cosas. En ninguna parte está segura.

Se mete al estacionamiento de un Liverpool. El joven es el primero en bajar porque ella se queda pasmada. Él le abre la puerta del auto, refunfuñando, y piensa que hasta las travestis esperan las mínimas cortesías.

—Qué caballeroso —se atreve a decir ella.

Pero a él no le hace gracia y la toma del brazo fuertemente para hacerla caminar a su paso. Ella no lo soporta mucho tiempo y se zafa de aquellos dedos que la aprietan.

—¡Pérate, salvaje! Van a decir que no sabes tratar a una dama.

—No seas payasa y camínale.

El joven quiere volver a tomarla, pero se lo piensa mejor. Le hace señas para que pase delante de él. Ella sabe que en aquella victoria ha puesto las reglas del juego. Así ya no tiene tanto miedo.

—¿No te da vergüenza que te vean entrar conmigo?

Lo pregunta seriamente. Nunca la habían llevado a ninguna parte, los hombres prefieren tener tratos con ella en lo oscurito. Mucho menos la han exhibido en un lugar donde van señoras estiradas. El joven gruñe como respuesta. Sí le da vergüenza.

—No hago esto por diversión.

—¿Ah, no? Pensé que era una fantasía. Nunca lo he hecho en los baños del Liverpool.

El joven la mira con asco.

—No voy a hacer nada contigo. Vamos a comprarte ropa decente.

Ella ríe fuerte. Nunca ha comprado ropa en una tienda departamental.

—¿Vamos a jugar a que soy Julia Roberts?

El hombre quiere replicar, pero las puertas mecánicas se abren. Ella se siente soñada entre tanta marca distinguida. Cree que toda está a su disposición y sonríe ilusionada y con los ojos pelados de maravillarse. El joven trata de caminar rápido por los pasillos y entrar pronto al departamento de ropa para mujeres. Llegan ahí después de ser vistos por un gerente y señoras aterradas. El joven toma una prenda, la primera que encuentra.

—Toma, pruébatela.

—¿Qué? ¿Esto? Ni loca.

—Entonces elige otra cosa, apúrale.

Ella saca una blusa transparente.

—No, no. Otra cosa. Algo más simple.

Ella mira divertida al joven por hacerlo sentir vergüenza, por su repentina preocupación y ansias de irse lo más pronto posible de allí.

—Ya entiendo —dice dejando escapar su voz gruesa—. Quieres que me vista como tu hermana. O como tu mami.

El joven le suelta una cachetada. No ha sido fuerte, pero la deja quieta y asombrada. No puede hacer un escándalo en Liverpool, se dice ella, si al menos fuera el tianguis otra cosa sería. Porque tiene principios, pero sobre todo porque no desea ir presa esa noche.

—No digas esas cosas —el joven habla despacio, apenado.

La travesti no dice nada y saca una blusa de trazo convencional y elegante. Luego escoge una falda recta y unos zapatos bajos. El joven asiente y la manda a probadores.

Cuando sale, ella es una mujer “casta”. Le modela al joven su vestuario, muy modosa, pero él se hace el desentendido. Ya está tranquilo porque no parece que va acompañado de una prostituta, sino de una novia bonita pero algo caballona. El joven paga en caja y ella se lleva puesto todo. Van al auto sin hablar, ella se contonea a pesar de que todavía le arde la mejilla. Él simplemente camina con la cabeza gacha y suspira al ver las nalgas de ella.

Otra vez las calles de la ciudad. El mismo silencio. La incertidumbre de dónde irán a parar, qué perversidades le va a exigir. Ella le dirige la palabra para pedirle que se detenga a comprar condones o de perdido un tarrito de vaselina. Es ignorada. Ella cree sentir lo mismo que una mujer en matrimonio: ya la han cacheteado y ahora, ni la palabra le dirigen.

Cuidados-Paliativos-2

Llegan a un hospital privado. Ella se queda igual o peor de pasmada que cuando estuvieron en Liverpool. Ya le han contando que los enfermos terminales (o ni siquiera terminales, sino puro enyesado) hacen lo posible por tener sexo por última vez en su vida (o en el caso de los enyesados, nada más para pasar el rato). Entonces cae en cuenta de por qué la urgencia de hacerla ver presentable y recatada.

—Estas cosas se dicen, se hablan. Qué bárbaro —dice ella aliviada—. Así nos hubiéramos ahorrado los disgustos y el misterio.

El joven se estaciona, pero no hace nada para bajarse. Sigue aferrado al volante.

—De qué estás hablando.

—Si quieres que me encame con un paciente no tengo problemas, incluso si está decrépito. Nomás dime para no andar con el Jesús en la boca.

El hombre ni la mira, se baja del carro y comienza a caminar. Ella sale por su propio pie y camina para alcanzarlo. Entran a recepción y de inmediato los pasan a una sala muy blanca. De allí los llevan a una zona que dice “cuidados paliativos”. Ella piensa que entonces sí es grave la cosa, que está a punto de tener sexo con un moribundo. No entiende cómo puede tener una erección un enfermo terminal. Se persigna al detenerse en la puerta. El joven abre y la hace entrar.

La habitación parece todo menos un cuarto de hospital: las paredes están pintadas de mamey, las cortinas tienen estampado de flores y hay ramos por todos lados. La cama es de madera y los cobertores pachoncitos. No hay máquinas de las que tintinean ni sondas o sueros. En la cama yace una persona menuda. Es una viejita canosa y arrugada. Respira muy lento y tiene los ojos semiabiertos.

—Estee… el lesbianismo lo cobro más caro.

El joven la voltea a ver entre enfurecido y sorprendido.

—No puedo creer que seas tan idiota. Es mi mamá.

A ella le ofende y le confunde la respuesta.

—¿Y siempre le presentas a tu mamá las fulanas que recoges de la calle? ¿O nomás cuando está al borde de la muerte?

El joven, desesperado, la agarra del brazo y la lleva fuera de la habitación. La mira por unos instantes y después le dice:

—Le vas a pedir perdón a mi mamá.

—¿Y yo por qué? Contigo es el pedo. A ella no la ofendí.

El joven se lleva la mano a la frente y habla desesperado:

—No, no. A esto te traje. Le vas a pedir disculpas a mi madre como si fueras mi hermano. Te doy los ochocientos que dijiste y una propina porque sé que esto es raro. Te llevas la ropa o puedes hacer el cambio por lo que quieras. Es más, te doy mil quinientos pesos por todo. Nada más di esas palabras: perdón mamá. Y listo.

Ella se queda pensativa. Peores cosas le han ofrecido hacer y por menos dinero. Se muerde un labio. Una cosa es abrir las piernas y otra engañar a una viejita a punto de morir. Se imagina cosas. Quién pensaría que ese joven tuviera una vestida como hermano, y quién sabe qué diablos hizo para no acudir al lecho de muerte de su madre. Hasta en las mejores familias.

—Órale, pues —se decide—. Pero si tu mami se pone parlanchina yo no respondo y sube la tarifa.

Él abre la puerta y ya no entra. Se despide advirtiéndole que más le vale ser convincente. Queda de custodio, ve enfermeras pasar y les sonríe nervioso. Le tiemblan las manos porque no puede confiar que todo va a salir bien. Tiene ganas de abrir la puerta y ser testigo de todo. Piensa, ¿por qué no me vestí yo? No se imagina subido a unos tacones y envuelto en un vestido. Casi se pone a reír.

Ella sale de la habitación como histérica: “no puedo hacerlo”. Él la sigue alarmado y le da caza en un pasillo donde se tira para llorar casi sin lágrimas.

—No puedo hacerlo. Te devuelvo la ropa y nomás dame para el taxi.

El joven se agacha y la toma del hombro.

—Pero, ¿qué pasó? ¿Por qué?

A ella le toma unos segundos abrir la boca para explicarse. Mientras tanto se limpia el maquillaje corrido.

—Abrió los ojos y me reconoció. Digo, creyó reconocer a tu hermano. Me tomó de la mano y me llamó Carmen. Dijo que nunca debí irme de la casa, que yo siempre fui su favorita y no sé qué tantas cosas que me hicieron recordar a mi mamá. No puedo hacerle esto a la tuya.

—¿Pero alcanzaste a pedirle perdón?

Ella lo empuja y se levanta.

—¿Cómo le voy a pedir perdón a mi propia madre? Digo, a tu propia madre.

—En eso quedamos —dice el joven incapaz de levantarse.

—¿Y tú crees que eso espera oír? ¿Que su hijo le pida perdón por ponerse vestidos? No mames.

El joven se levanta, ahora sí, encabronado, porque no atina a decir más palabras. La agarra del brazo y la arrastra sin importarle que las enfermeras lo vean. Ella no grita ni hace nada por zafarse, simplemente pone resistencia en los pies. Rechinan los zapatos en los pasillos del hospital. El joven la mete a la fuerza a la habitación, la lleva hasta el borde de la cama de su madre. La toma del cuello para empinarla y acercar su cara a la de la moribunda.

—¡Pídele perdón a mi mamá!

Ella no abre la boca. Ve los ojos atentos y brillosos de la madre.

—¡Pídele perdón!

La madre del joven acerca sus manos llenas de lunares al rostro de ella y le acaricia las mejillas.

—¡Dile que te perdone!

Ella le sonríe a la madre, pese a que su cara se ha puesto hinchada y se le saltan las venas de la frente. La madre le devuelve la sonrisa y vuelve a repetir, quedamente, el nombre de Carmen.

—¡Pídele perdón! ¡Dile que te…! Puta madre…

El joven suelta a la travesti y se va dando un portazo. Ella no le presta atención a su cuello adolorido y besa la frente de la anciana. Piensa que lo único imperdonable allí es la boca reseca de la madre. Ella saca de su brasier un labial rojo y le pinta los labios a la viejita.

—Perdóname, mamá —le dice mientras la arropa con el cobertor pachoncito—. Perdón por no haberte puesto más guapa.

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