En esta entrevista, que publicamos con permiso de Spectator USA, el filósofo esloveno habla de George Clooney, populismo y de por qué los demócratas prefieren a Trump sobre Bernie.
‘Ok, puedo hacerlo, pero estoy enfermo (NO es el virus)’
Con eso comienza la entrevista: una hora hablando con Slavoj Žižek por teléfono.
Mientras agradezco a Žižek por su tiempo, él enfatiza, “No esperes demasiado. No es el virus, pero… cómo lo pongo, tengo muchos de los síntomas del virus, pero espero que no sea el virus.”
“He tenido estos síntomas por años,” apunta. “Ya sabes como me la paso estornudando todo el tiempo.”
Se supone que hablemos del próximo libro de ensayos de Žižek, La izquierda que se atreve a decir su nombre; el septuagenario asegura que se trata de una lectura más ligera que la que suponen el resto de los libros que ha escrito en las últimas cinco décadas.
Pero a Žižek le emociona mucho más hablar del coronavirus COVID-19 .
“Europa se acerca a la tormenta perfecta,” dice, antes de preguntar si había visto “aquella estúpida película sobre el bote de pesca?”
“La película con George Clooney. Se llama La tormenta perfecta. ¿Sabes cuál es la definición de ‘tormenta perfecta’? Cuando distintas calamidades, un tornado por aquí y una tormenta por allá, se unen y entonces su unificación multiplica su efecto,” explica. “Así es como creo que Europa se acerca a una tormenta perfecta.”
Una de esas calamidades, de acuerdo a Žižek, es el coronavirus.
“No entiendo, incluso lo que ocurre aquí. Todos los comunicados oficiales comienzan con un “No hay razón para entrar en pánico, que nadie entre en pánico” y luego todo lo que te dicen son razones para entrar en pánico” dice, antes de apuntar que las consecuencias del coronavirus tanto en la salud como en la economía podrían causar un gran daño a Europa.
“Si añades a esto una posible nueva oleada de refugiados consigues la tormenta perfecta, y creo que Europa está tan debilitada que no podrá reaccionar de forma unificada, y a eso me refiero cuando digo que el coronavirus nos da una vez más la oportunidad del comunismo”, afirmó. “Claro, no me refiero al comunismo anticuado. Por comunismo, me refiero simplemente a lo que la Organización Mundial de la Salud está diciendo. Que deberíamos movilizarnos, coordinarnos y demás… como, por Dios, esta es una situación de peligro. Están diciendo que al país le faltan máscaras, respiradores y demás. Deberíamos tomarnos esto como una guerra. Algún tipo de Coordinación Europea… quizás incluso una movilización de tiempos de guerra. Puede hacerse e incluso puede elevar la productividad.
“A lo que me refiero es que es posible mantener los lados buenos del capitalismo, pero a través de un esfuerzo para movilizar que sea estatal y social. No solo con el coronavirus, esto es necesario con otras crisis ecológicas, de refugiados y demás.”
¿Qué hay de la política del otro lado del Atlántico? Con respecto a la nominación demócrata en las elecciones estadounidenses, Žižek dice, “Ciertos eventos recientes confirman en su plenitud las analogías que he defendido a través de los años. ¿Acaso no es absolutamente claro que el mensaje del establishment del Partido Demócrata es ‘mejor Trump que Bernie Sanders’?
Imagen de Mariana Martínez.
“Me di cuenta de cómo, por un lado, tienes este, llamémosle, ‘problema de elegibilidad’. El establishment demócrata dice que Bernie Sanders es demasiado radical, etcétera etcétera, pero, por Dios, ¡así es como Trump triunfó en las elecciones!” continuó. “Me refiero a que esta línea de razonamiento de ‘jugar a la segura y quedarse en el centro para ser elegido’ ya no funciona.”
“Tenemos un extenso movimiento socialista que ha conseguido seriamente echar raíces en la política de los Estados Unidos y en el mainstream, y es increíblemente importante ser visible como una opción seria.”
Žižek prosigue asegurando que el partido Demócrata y el partido Republicano se están volviendo indistinguibles en el mainstream, tomando como ejemplo la breve carrera presidencial del billonario Michael Bloomberg.
“Si el establishment demócrata tuviera que tomar una decisión con una pistola en la sien —Trump o Sanders— no lo dirían, pero de facto preferirían a Trump. Creo que, políticamente, ahí está la ironía.
Según Žižek, Trump es demasiado pasivo. Cita esta falla como un factor detrás de la decisión estadounidense de retirarse de Siria, que Žižek describe como “una de las cosas más catastróficas que ha hecho Trump”.
“Sacrificó a los kurdos,” dice Žižek. “Las víctimas principales. Todos quieren chingárselos. Tengo simpatía absoluta por los kurdos. No tanto los kurdos en el norte de Irak, que son más conservadores, sino los kurdos en el sureste de Turquía y al norte de Siria.”
“Trump abrió con un retiro unilateral una nueva situación en la que básicamente los dos oponentes ahora son Putin y Erdogan, y el objetivo de ambos es claro… arruinar Europa. La unidad europea. La gente ni siquiera se da cuenta de que algo similar ocurre en Libia justo ahora. Rusia está entrando, apoyando a una de las facciones, y los turcos están apoyando al lado opuesto en la guerra civil. Son estos dos poderes los que toman las decisiones.
“Creo que todo esto está coordinado. Cómo esta tensión amenaza a Europa con nuevas oleadas de refugiados que —sonará horrible para alguien de izquierda— pero creo que una nueva ola de refugiados en Europa supone una total catástrofe política e ideológica. Yo apoyo a los refugiados… pero hace cuatro años, cuando llegó la primera ola, debió haber ocurrido de forma ordenada. El camino —este caótico camino— significa que no solo será Hungría y un par de otros populistas. El populismo gradualmente tomará control de Europa, y no debemos olvidar nunca las extrañas alianzas que ahí encontramos.”
Para Žižek, la Rusia de Putin y la Turquía de Erdogan son parte de un ‘nuevo Eje’ que, dada la pasividad europea, “siempre puede chantajear a Europa” a través de petróleo y refugiados.
“Me estremece esta pasividad de Europa,” declara. “Le pagamos a Turquía 6 mil millones de euros si nos ayudan con los refugiados. Me parece un compromiso asqueroso, pero OK. Luego, el tiempo que tuvimos de cuatro años de paz relativa debió haber sido usado por Europa para movilizarse no en contra de los refugiados, sino para cambiar la situación. Por supuesto, Europa debería recibir a más refugiados, pero esta no es la solución.
Los países más ricos de la región… Arabia Saudita, Kuwait, los Emiratos. Simplemente no reciben inmigrantes. ¿Por qué Europa? ¿Por qué no Arabia Saudita, Kuwait, los Emiratos? Países ricos, prósperos. Sería fácil para ellos recibir.”
Mstyslav Chernov, Refugiados sirios descansando en la estación de trenes Keleti. Budapest, Hungría, 5 de septiembre de 2015. Wikimedia Commons.
Sobre la “izquierda populista”, Žižek se mantiene escéptico, declarando que “prefieren escribir libros maravillosos sobre por qué todo salió mal” en vez de mostrar compostura y organizarse.
“Me gustaría tener una izquierda modesta y realista que tenga propuestas positivas sobre qué hacer. Como, OK, siendo francos, obviamente no podemos salir del capitalismo. ¿Cómo lidiamos con él?” dice, añadiendo que la izquierda populista necesita averiguar “cómo usar los mecanismos capitalistas”.
Žižek dice que “el auge de Trump y del populismo señal el fin del rancio consenso liberal centrista.”
“La mayoría se siente decepcionada y simplemente no podemos regresar a él. Por eso, por todas partes de Europa —Le Pen, AfD, etc.— por todas partes tenemos esta revuelta populista,” declaró, antes de alentar a la izquierda a hacer “lo que Trump hizo en la derecha”.
“Recuerdo cuando Trump comenzó, la gente pensaba que era demasiado divisivo. ¡No! ¡Así es como ganas!” dice. “Hillary perdió porque Hillary intentó jugar este juego. ‘Debemos movernos hacia el centro,’… la mayoría moral, la silenciosa mayoría moral. Creo que la izquierda debería apropiarse de esto. La estrategia de la izquierda no debería ser, ‘somos radicales, provocamos, decimos majaderías en público”… creo que la izquierda, para reinventarse, debería presentarse de esta forma. Si por posmodernismo nos referimos a la obscenidad, a la ironía, la inconsistencia, fake news y demás, entonces Trump es el presidente posmoderno definitivo, y creo que la izquierda debería comenzar desvergonzadamente a gritar, “no, nuestro mensaje no es solo para un grupo marginal, nuestro mensaje es para personas comunes, normales, modestas, empobrecidas.”
“La izquierda debería frenar esta obsesión con la minoría LGBT, esta minoría y demás. Creo que la obsesión con distintos estilos de vida, minorías, es a fin de cuentas una maniobra para evadir el gran problema económico.”
“La lucha de clases está regresando” proclama Žižek, apuntando que “los dos megaéxitos del año pasado”, Guasón y Parásito, son ambas “películas sobre la lucha de clase”.
Si la era digital, sin embargo, ayudará a los trabajadores en la lucha de clase, es una pregunta “ambigua” en la mente de Žižek.
“Por un lado, el internet, claro está, abre un nuevo espacio de coordinación social inmediata. Puedes llegar a millones instantáneamente,” explicó. “Por otro lado, yo diría que aquí entra Julian Assange.”
“Gradualmente nos estamos volviendo conscientes del grado de control del internet, ¿quién controlará el espacio digital? Es una de las grandes batallas de hoy en día… Creo que este espacio digital no es bueno o malo. Es simplemente un plano de lucha.”
Le pregunto sobre Nick Land y el interés creciente en la filosofía del aceleracionismo, que parte de la idea que el capitalismo y la tecnología deberían acelerar su avance para finalmente precipitar cambio social. No parece saber sobre Land pero dice: “Lo que veo de bueno en el aceleracionismo es que no me convence esta idea de que puedas oponerte al capitalismo global a través de resistencia local tradicional. Algunos de mis amigos latinoamericanos aseguran que debemos regresar a las tradiciones tribales ancestrales, etcétera. No. Mantengo mi marxismo en este punto. Debemos atravesar la modernización capitalista radical. No hay vuelta atrás.”
Breve e incompleta crónica desde Berlín en días de Coronavirus
¿Corona qué?
Justamente hace una semana, el 12 de marzo, mi compañera turcoalemana en un ataque de nerviosismo fue puerta por puerta a decirnos que la editorial donde trabajo ordenaba homeoffice. Se lo dijo a cada uno del Departamento de español, parecía que lo repetía de memoria. Ella lo había escuchado por allí, en alguna reunión. Cuando terminó de avisar, tomó su portátil y se fue. En ese momento me reí. Era impensable. ¿Cómo se va parar esto ahora que estamos por entregar tantas cosas? Un día después, el viernes 13 –no en vano su fama– a las 5 de la tarde, justo cuando más del noventa por ciento de los trabajadores ya ni estábamos en la editorial, se confirmó la disposición.
En la ciudad sucesivamente se anunció el cierre de escuelas, jardines de niños, universidades, museos, grandes almacenes. Se acortaron horarios de supermercados, cafeterías y restaurantes. Comenzó un extraño efecto dominó que terminó en el supermercado y el saqueo de estanterías a diestra y siniestra.
Fotografía por Grizel Delgado
Mi pareja no paraba de recibir mensajes de sus padres que son polacos y todavía tienen muy fresco el recuerdo de la escasez vivida durante la Ley marcial que terminó en 1983. Que si tenemos papel higiénico, que compremos víveres, que no se nos olvide comprar jabón. Enlatados, repiten varias veces. En ese entonces el virus aún parecía ajeno a la rutina. Sí, en las calles se hablaba sobre varios casos en Lombardía, pero eso pasa en Italia, ¿no? Y esa región queda tan lejos de Berlín.
En mi edificio, en el pizarrón de vecinos, alguien deja una lista donde uno se puede anotar para pedir u ofrecer ayuda. Nos damos cuenta, o mejor dicho, me doy cuenta… de que, al menos en mi edificio, no hay ancianos. La lista de ayudantes ha crecido; entusiasmados, varios nos hemos ofrecido para ayudar a hacer la compra y encargos menores. Pero… ningún anciano se ha anotado hasta el momento. Tal vez porque vivo en un barrio compuesto por familias y estudiantes. Tal vez porque piensan que cobraremos nuestra ayuda. No lo sé.
Me doy cuenta apenas el sábado de lo que está pasando. En Alexanderplatz, un lugar que en diez años de vivir en Berlín nunca he visto vacío a las 7 de la tarde, hay algunos turistas, una decena de adolescentes punks, policías y paro de contar. Aunque todo el tiempo la situación estuvo frente a mí, apenas la veo o la quiero ver: la ciudad está en estado de emergencia, se respira miedo, inseguridad, incertidumbre.
Fotografía por Grizel Delgado
18 de marzo
Mientras la canciller Angela Merkel se dirige en un anuncio televisivo a la nación, los memes y videos en torno al coronavirus no dejan de llegar a mi celular. Entre ellos me escribe Álvaro, el huésped colombiano que hace dos semanas pasó por Berlín y se quedó con su novia en mi piso. Desde Medellín me comenta que han puesto a los adultos mayores en cuarentena. Casi al mismo tiempo, una tía en México ha reenviado al grupo de la familia un video de Arabia Saudita donde se ilustra el porqué es importante desinfectarse las manos (explicado todo en árabe, por supuesto).
Y yo en Berlín, escuchando a Merkel. En un mensaje que roza los doce minutos, la canciller pide sensatez y moderación a la población. Sí a tener reservas en casa, a disminuir el contacto social, a cuidarse. No a las compras de pánico, a la irresponsabilidad social.
Apela a la solidaridad que se necesita en estos días y para recalcar sus frases recurre a la historia. “Desde la Reunificación”, dice y se corrige ella misma, “no, desde la Segunda Guerra Mundial, Alemania no ha tenido un desafío de esta magnitud que precise tanta solidaridad en la sociedad”. Y va entonces al grano: ya no habla de luchar contra la pandemia, sino de ralentizar su propagación “en su paso por Alemania”. El Estado asume su tarea, seguir gobernando. Y la población tiene que asumir la suya, porque se quiera o no, el show debe continuar y la economía sigue siendo el motor de todo en este país. Así que a disminuir el contacto social (por tiempo indefinido) y a seguir trabajando de ser posible desde casa, por cierto, ahora hay que hacerlo con los niños al lado.
Son las 7 de la tarde, los días por fortuna son mucho más largos, el invierno va en picada total y en los parques el pasto reverdece. Este es el momento que hemos esperado los 3,5 millones de habitantes de Berlín para quitarnos el abrigo, quemarlo o guardarlo en las profundidades del sótano y entonces, salir a recuperar las calles y las plazas. Pero se nos pide, como en todo el país, que en lugar de eso, nos quedemos en casa y seamos sensatos.
“Es ist ernst”, dice la canciller, esto es cosa seria. Volteo a ver otros países, Francia que “perdona” cuentas de alquiler, electricidad y agua a su población. España que cesa actividades y multa a los corredores por poner en riesgo a los demás al salir a hacer deporte. China que mandó a construir en tiempo récord un hospital. Corea y sus estrictas normas de control. Polonia y su temprano cierre de frontera con Alemania. No importa cuál sea el país, se critican las medidas, su tardanza o lo prematuro de la decisión, su realización o el costo. Lo que hacen los gobiernos se siente diferente en la calle.
Desde el sábado pasado no tomo el transporte público, que según se ve, va vacío. Uso la bicicleta o la moto. El único contacto real que tengo ahora con la ciudad es el camino al trabajo. Las avenidas principales están desiertas en las acostumbradas horas pico. En las calles, a veces se ven corredores en parejas, dejando la distancia recomendada entre ellos. Esta semana, quien madrugó tiene papel higiénico en casa. Yo espero que mi último rollo alcance unos días más.
A la redacción vamos todavía cuatro personas: mi jefa, el compañero berlinés que siempre viene en bici y el chico español que tiene a cuestas la entrega de un proyecto importante y aún no sabemos qué le dará primero, si coronavirus o burn out. Todos conservamos las distancias. A pesar de que estamos en el mismo piso, cada uno permanece en su despacho, a puerta cerrada y preguntando todo por mensajería instantánea.
Hay que cuidarnos, decimos, nos disculpamos unos a otros porque encontramos tan rara esta nueva situación y sí, porque no queremos enfermarnos sea o no grave la infección.
En recepción persona que entra, persona que saluda y se despide de la recepcionista. En el comedor, agradecemos el esfuerzo que están haciendo los cocineros. En el supermercado de vez en vez se escucha que alguien agradece a quien resurte las estanterías o atiende las cajas. Nos damos cuenta de que la redacción no se cuida sola, la comida de la cafetería la prepara alguien y los estantes no se llenan solos en el supermercado.
Las conversaciones laborales con compañeros que trabajan en Alicante o en Valencia se van llenando de detalles personales donde cuentan del hastío que se les va acumulando por estar en casa. Pero al final todas terminan igual: “Cuídate”.
He acumulado más de sesenta memes, videos y chistes sobre el coronavirus. En algunos compruebo feliz que el tipo de humor germano se acerca peligrosamente al mexicano, donde una situación trágica que se puede volver angustiosa, se ridiculiza completamente. “Todos contra el coronavirus. Participa en la cadena humana contra esta enfermedad. Mano a mano.” Me pregunto si son germanos quienes hacen estos chistes o son habitantes de otro origen. Me pregunto también si es importante saber quién lo hizo y por qué me importaría saberlo.
No creo que esté recibiendo y enviando tantos mensajes por el encierro parcial que hay en la ciudad. Durante el invierno, donde la gente se queda en casa por decisión propia y no por imposición sanitaria, no pasa lo mismo. No tenemos esa necesidad compulsiva de ver las noticias, mandar memes, escribirles a los amigos o familia para saber si están bien o si necesitan algo. Esa necesidad viene de otra parte.
Entre las conversaciones con amigos y con compañeros de trabajo, descubro conforme pasa esta semana que todos le tememos a lo mismo, a la masa: esas personas que vacían las repisas en los supermercados, que van nerviosas por la calle, que trasmiten miedo y lo hacen contagioso.
Curiosamente, gracias a este estado de emergencia, veo también a las otras personas, a esas que, como hoy, han dejado un paquete abierto de papel higiénico en el rellano de la escalera con una nota: “Si te hace falta, toma lo que necesites” para que cualquiera en el edificio se sirva. A quienes tuvieron el gesto antes yo les decía vecinos, ahora que los puedo ver, sé que son la familia chilena del primer piso. Tienen dos hijos y a juzgar por su semblante es evidente que en estos días no han dormido nada bien.
Ahora
No sé si en Berlín vamos a hacer caceroladas tan conmovedoras como las que se organizaron en balcones italianos y que han dado ya la vuelta al mundo, como el coronavirus. Tampoco sé si el gobierno alemán consiga su meta: detener el ritmo de contagio para conseguir dar asistencia médica a los afectados con la infraestructura que se tiene. Yo espero que sí, pero la verdad, no tenemos buenas cartas.
Además, una vez solucionado el problema sanitario queda la cuenta pendiente de destrozos económicos por la falta de productividad. Habrá que ver quién la paga.
Fotografía por Grizel Delgado
Lo que sí creo que va a pasar en estas semanas –porque todavía falta bastante– es que vamos a conseguir ver cosas que habíamos olvidado. Algunos de nosotros aquí en Berlín, en Ciudad de México, en Coímbra, en Madrid, vamos a recordar que las relaciones personales se cultivan y se riegan a diario, que el vecino de al lado tiene un nombre, que el dibujante valenciano con el que trabajas desde hace diez años adora a su perro o que una caricia virtual de tu familia es un apapacho certero en la distancia. Vamos a recordar que el mundo no está lleno de gente, sino de personas.
A los miembros del CCCP, nido de maníacos adorables. Y en especial a Java, maestro de ceremonias.
Los grandes contemplativos son los mejores seres de acción.
André Bazin
Con su aire de marqués antiguo y refinado vampiro, Eric Röhmer le hacía honor a su fama de “cineasta literario”. Era uno de esos genios tímidos que intimidan a cualquier interlocutor. Cuando hablaba, parecía hacerlo consigo mismo; quizás por eso fue tan esquivo con los medios y se negó rotundamente a referir su vida privada o la de sus compañeros. Su autismo era literario. Las treinta películas que constituyen el grueso de su obra le merecieron un León de Oro a este “hermano mayor” de la Nueva Ola Francesa, que hoy cumpliría cien años si no hubiera muerto en París hace diez, poco antes de llegar a los noventa.
Su cine es una infinita correría por los sutiles meandros del deseo amoroso, las relaciones de pareja y el eterno conflicto pascaliano: azar o libre albedrío, pasión o razón. La conocida sentencia de Blaise Pascal es inevitable para ahondar en su autoría: “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Sus personajes proclaman convicciones que pronto están tentados a abandonar y luego se refugian en la indecisión hasta que un golpe de azar revierte su rumbo. “En general, nunca trato de conquistar a nadie a toda costa, y aunque tratara, no lo conseguiría, es mi destino, estoy condenado a la libertad” dice Gaspard, protagonista de Cuento de Verano y personificación de la indecisión voluntaria, de la heroicidad por inacción. En palabras de Röhmer su obra es un constante intento de abordar “una lucha entre la voluntad de infidelidad y la necesidad de fidelidad”1.
Fracasa de nuevo, fracasa mejor
Eric Röhmer encaja a la perfección con la poética del fracaso y el célebre apotegma de Samuel Beckett en Rumbo a lo peor: “inténtalo otra vez, fracasa otra vez, fracasa mejor” [Try again, fail again, fail better]. A diferencia de sus pares de La Nueva Ola (Chabrol, Godard, Truffaut), las primeras diez películas de Röhmer no tuvieron prácticamente ningún éxito comercial. El largometraje que inició su carrera, El signo de Leo, fue financiado enteramente por Chabrol y se rodó en 1959, pero solo vio la luz tres años después. Su recepción fue tímida, casi inexistente. Hasta 1969, luego de una catastrófica proyección en el festival de Cannes2, Mi noche con Maud logró cierto reconocimiento del público gracias a su nominación al Oscar como mejor película extranjera. Curiosamente, Röhmer declaró —un poco en broma y un poco en serio— que el suyo es “cine comercial” porque sus películas nunca recibieron subvenciones del gobierno y tuvieron que sostenerse con lo poco o mucho que recaudaban en las taquillas3. Probablemente él fue uno de los primeros cineastas en crear su propio público, una audiencia fiel y contraria a los fenómenos de masas, interesada en algo más que las controversias o las modas efímeras —y por ello tildada con frecuencia de diletante y burguesa.
Una vida singular: soldado, profesor y crítico de cine
Aunque de joven fue un gran adepto del teatro –en especial de Corneille, Racine y Molière-, Eric Röhmer conoció el mar gracias al cine. Ocurrió en su adolescencia durante una proyección en la plaza pública de Tulle, en una de las cortas secuencias de escenas naturales que permitía el pathé baby, un rudimentario proyector de 9,5 milímetros que funcionaba con el giro de una manivela. Habitualmente los feriantes llegaban con el ocaso al centro de la ciudad e instalaban sus novedosos kinescopios y los pathé baby junto a unos bancos circulares. La puesta en escena le confería cierta alquimia y un aire circense al espacio urbano. Entonces comenzaba la función y esparcía su escarchada magia por doquier: ciclos de Max Linder, Buster Keaton y Charles Chaplin que suscitaron los primeros sueños cinematográficos del futuro realizador y transformaron a ese lector precoz que pasó de las novelas de Julio Verne y la condesa de Ségur a las películas de Jean Renoir y Howard Hawks.
Con 17 años, Röhmer logra la admisión a las clases literarias en el prestigioso liceo Henry IV. Allí recibe cátedra del gran filósofo Alain, quien lo sumerge en la literatura de sus futuros autores de cabecera: Proust, Víctor Hugo y Balzac. En 1942, en plena ocupación nazi, Rohmer sirve en un “agrupamiento juvenil” del ejército francés durante un año, con la suerte de que nunca lo llaman a pelear en el frente. Pocos meses más tarde, aprueba el concurso de profesor de letras (que había reprobado en tres ocasiones) y se muda a un hotel del quinto distrito de París para trabajar en una preparatoria. Probablemente durante esos momentos de efervescencia escribe su única novela, Elisabeth, publicada en 1946 bajo el pseudónimo de Gilbert Cordier y cuya autoría no reconoció sino hasta su reedición, en el año 2000. Hasta los treinta años, el verdadero nombre de Eric Röhmer fue Jean-Marie Maurice Schérer. En los cineclubes, donde se hizo amigo de Bazin y los entusiastas de la Nueva Ola, todo el mundo lo conocía como “Momó”, contracción amical de “Maurice”. Entonces se le ocurrió para firmar la publicación de sus primeros ensayos y críticas cinematográficas como “Eric Röhmer”. El origen del pseudónimo es incierto pero alimenta un juego de máscaras. Se cree que viene de Sax Röhmer, un escritor británico conocido por su saga de relatos de aventura. Curiosamente, Röhmer tampoco era el verdadero nombre de aquél novelista.
Lo cierto es que durante los años sesenta y setenta, Röhmer se forjó a pulso una reputación de creador perfeccionista, neurótico y literario. En poco tiempo el personaje rebasó a Schérer y en el cementerio de Montparnasse, hoy día, figuran los dos nombres en la lápida.
Cine de autor
La obra atípica y personal de Eric Röhmer encarna un concepto clásico de la crítica que hoy es moneda de uso corriente en cocteles y cineclubes: “el cine de autor”. ¿Qué quiere decir en realidad, y por qué Röhmer es su emblema? La expresión viene de un artículo4 de François Truffaut publicado en los míticos Cuadernos del cine. “No hay obras, solo hay autores”, dice Truffaut citando a Giradoux. En síntesis, las películas no solo deben juzgarse como un espécimen cinematográfico, sino también y sobre todo como parte de la producción de un autor. “Lang, Hitchcock, Hawks, Rosellini y Renoir” nunca crearon por pedido, siempre contaron sus historias, construyeron su propio universo audiovisual. Son más que realizadores, son autores de películas [auteurs de films].
Desde esta perspectiva cinematográfica, cada filme es uno de los órganos que compone un gran cuerpo llamado Autor. Por su parte, el espectador-crítico solo logrará asir todo el sentido de un “filme de autor” si está familiarizado con su obra y es capaz de detectar sus recurrencias y contrapuntos. Evidentemente, tomar al pie de la letra esta noción puede resultar excesivo y de un cierto elitismo intelectual. Quizás mejor valga la pena entenderla como lo que fue: el manifiesto de una generación de críticos de cine que se volvieron directores.
A pesar de todo, un hombre estricto como Röhmer lleva la autoría del cine a un extremo insólito. Para él es indispensable concebir y escribir sus películas. Sus personajes hablan un francés literario, sostenido, clásico (y quien dice clásico dice “de cierta clase”, con el refinamiento y estilo que eso supone). Asimismo, Röhmer es dado a la improvisación en muchos aspectos, el azar es parte de su fórmula mágica de creación.
Prefiere, por ejemplo, no conocer bien a sus actores hasta el inicio del rodaje. En Cuento de Verano el elemento central de la película es una canción sobre la errancia y el viaje que el actor principal, Melvil Poupaud, compuso durante los primeros días de la filmación porque Röhmer ni siquiera sabía que tocaba la guitarra. No asombra que un director así declare que detesta las interpretaciones psicoanalíticas porque reducen la libertad individual y considera que uno puede actuar guiado por la intuición o por ciertos reflejos sin perder por ello un ápice de su libre albedrío. En lo demás, Röhmer es un tipo riguroso, casi neurótico. Alguien a quien no le importa en lo más mínimo cambiar su plan de rodaje mientras espera, durante días, una lluvia torrencial que necesita para filmar la escena de un atardecer nublado.
El cuentista de la imagen: análisis de una cinematografía
Hay dos razones evidentes para sostenter que Röhmer es un Autor. Primero, su coherencia y cohesión temática saltan a la vista; segundo, su estrecha relación con el relato literario es especial. La esencia de la filmografía de Röhmer se estructura en tres ciclos que realizó en un lapso de casi cuarenta años: Cuentos Morales (6 películas), Comedias y Proverbios (6 películas), y Cuentos de las Cuatro Estaciones (4 películas).
Los Cuentos morales retoman el título de un clásico de la literatura juvenil del siglo XVIII: Cuentos morales para la instrucción de la juventud, una compilación de la escritora Jeanne-Marie Leprince donde figuran conocidos relatos como La Bella y la Bestia o El príncipe Encantador. Sin embargo, a diferencia de estas narraciones, las películas de Röhmer no tienen una intención moralizante sino moral.
En vez de juzgar, ponen en escena el problema sin tomar partido. Intentan descifran las costumbres y tendencias de la sociedad en cuestiones tan diversas como el vestir, las conversaciones en la mesa o la vida erótica. Por ello, Röhmer se siente más cerca de escritores como Balzac o Víctor Hugo, que de moralistas como La Rochefoucauld o el propio Pascal. Aunque se fundamenta en la ética judeo-cristiana, su cine no pontifica desde un pedestal, más bien trata de reformular una serie de dilemas universales que dividen el alma humana.
Otra de las singularidades de los Cuentos Morales es su unidad narrativa: un hombre busca a una mujer pero encuentra a otra, y duda hasta volver al fin a la primera. La voluntad, las convicciones de los personajes y el azar son los motivos filosóficos de esta serie. Debido a un azar (Röhmer admira profundamente la poesía de Mallarmé, su Golpe de dados), el personaje masculino está tentado a deponer sus principios por el influjo del deseo, pero su voluntad o nuevamente el azar acaban reconduciendo sus pasos hacia la ética de sus fundamentos iniciales. Las conversaciones de los protagonistas ocurren a la manera de complejos diálogos que se debaten entre la sexualidad y la filosofía:
Adrián: Encontré la definición de Haydé : es una coleccionista. Colecciona tipos. Haydée, si te acuestas con todo el mundo así, sin pensarlo siquiera, eres la escala más baja de la especie, la repugnante ingenua. Ahora bien, si estás coleccionando de forma sistemática, con obstinación, o sea, si es un complot tuyo, las cosas son completamente distintas.
Haydé : No soy una coleccionista. Estoy buscando, para tratar de encontrar algo. Y puedo equivocarme, por cierto.
Daniel : Ella no colecciona, toma lo primero que encuentra. (…)
Haydé: Tú también, tú raspas.
Daniel: Yo soy un bárbaro. Si me acosté contigo, fue sin ninguna intención.
Haydé: Eso es completamente ilógico: me reprochas de tomar cualquier cosa y tú presumes de hacer lo mismo.
Daniel: Tú no eres bárbara, no tienes derecho de comportarte igual. Yo sí, siempre hay que estar matando algo en algún lugar. Que me haya acostado contigo o no, es exactamente la misma cosa. Me acosté contigo desde el primer segundo en que te vi.
Por cierto, el coleccionista realmente es un pobre ser que solo piensa en acumular. Nunca logra satisfacerse con un objeto. Siempre le hará falta el conjunto. ¡Qué lejos estamos de hablar de algo puro!
La segunda serie, Comedias y Proverbios, al contrario de Cuentos Morales, explora las calamidades de la vida cotidiana y sentimental desde la mirada femenina. ¿Qué es el amor y la felicidad? esa la gran pregunta que intentan resolver sus personajes, y ya no lo hacen desde una moral religiosa sino basados en su credo personal e íntimo. “Quiero encontrar el gran amor”, afirma Marion, en Paulina en la playa, “En el pasado me dejé llevar por un hombre que me persuadió de que me amaba y de que yo lo amaba, y le creí. Pero eso no era amor, eso era fidelidad. Le di un gran peso a la fidelidad, aún lo sigo haciendo. Pienso incluso que no hay amor sin la creencia de que es eterno. Pero claro, uno tiene derecho de equivocarse”.
Un paisaje sonámbulo que le hace honor al realismo poético de Marcel Carné enmarca la atmósfera de este ciclo, y al mismo tiempo pone en escena el pintoresco ambiente francés de los años ochenta —las seis películas de Comedias y Proverbios se filman entre 1981 y 1987. Röhmer establece aquí una forma libre, de menos apegos formales, de mayor improvisación y saltos hacia la ironía cómica. Como las piezas tragicómicas del poeta romántico Alfred de Musset, cuyo título emulan, la estructura de Comedias y Proverbios también parte de un dicho sentencioso y edificante: cada película ilustra un proverbio o una citación tomados de la literatura clásica, de la tradición oral o incluso inventados por Röhmer.
En Paulina en la playa, por ejemplo, el proverbio es “Quien habla mucho, se burla de sí”. Entre los personajes destaca Henri, un donjuanesco cuarentón de elocuente discurso libertario, que él mismo se encarga de sabotear con sus arrebatos seductores y termina en completo ridículo. El brillo de su cobardía y abyección recuerdan el Don Juan de Molière; en especial la réplica de Sganarelle ante una de las mujeres que reclama la presencia de Don Juan para saber si al fin se va a casar con ella: “No tema, Señora, mi Señor se casará con usted tantas veces como usted quiera, es algo que hace muy bien”, responde el sirviente.
Y el último ciclo, acaso el mejor logrado, es Cuentos de las cuatro estaciones. Una escena vale más que mil palabras: en Cuento de Otoño, un grupo de amigos debate sobre la reencarnación como una noción de lo sobrenatural que reside en el seno de todas las grandes religiones. ¿Es incompatible creer en la reencarnación y ser católico? “Sí, es incompatible porque no es una idea moral, suprime la responsabilidad. Uno puede ser responsable de una vida, no de muchas”, responde Loïc, culto librero católico y ex amante de Félicie, la apasionada protagonista de la película, quien, de repente, decide intervenir en la trascendental conversación: “No estoy de acuerdo. Yo creo, por el contrario, que si el alma vive a través de varios cuerpos entonces puede irse perfeccionando poco a poco, y eso no suprime la responsabilidad”.
Rodadas durante los años noventa, las cuatro películas que componen Cuentos de las cuatro estaciones no solo manifiestan la madurez de un lenguaje cinematográfico sino también una síntesis impecable de los motivos recurrentes en la cinematografía de Röhmer. Desde luego, a esto se suma la magistral intervención de actores que se volvieron emblemas del cine francés como Marie Rivière o Melvil Poupaud.
Todos los elementos se orquestan de manera exquisita: los memorables planos de caminatas en la playa o el bosque, las secuencias plano/contraplano que enfatizan la importancia del espacio, el dominio absoluto de la poética visual del fuera de campo (lo más importante es precisamente lo que no nos muestra la cámara, pero nos lo sugiere el plano).
En Cuentos de las cuatro estaciones, el término “cuento” toma un sentido literario, próximo a la leyenda, a los cuentos de hadas y al relato imaginario en general. El verano, el otoño, el invierno y la primavera son el telón de fondo, el marco simbólico en este cosmos röhmeriano; cada estación implica una forma distinta de desamor, fidelidad o de azar. El magistral contrapunto que ocurre entre guión, interpretación y dirección logra una profundidad única en el cine mundial. Y Röhmer funge como un cuentista de la imagen. El espectador llega a sentir que los personajes realmente se transforman y lo cuestionan desde el otro lado de la pantalla con sus penetrantes dudas. Sus cuentos audiovisuales no solo entretienen, sino que persuadan y a veces espantan, pero la “moraleja” nunca es clara ni definitiva, responde a los prejuicios o a la historia sentimental del cinéfilo.
Si Eric Röhmer sigue y seguirá siendo un cineasta indispensable, es quizás en razón de su alquimia cinematográfica. La austeridad de su puesta en escena, su presencia casi invisible en el set, la inclusión del azar y la improvisación como ingredientes de una fórmula mágica donde todos los elementos reviven la dimensión artesanal del artista visual. Su figura recuerda la de esos itinerantes proyeccionistas que montaban, con modestia y rigor, los artilugios necesarios para exhibir por primera vez ese mar que nos ha hecho soñar en algún momento de nuestras vidas..
Un joven camina por la estacion del metro Leginstrasse del metro de Hamburgo. Foto por José Luna.
La percepción de la realidad se transforma cuando en tu trabajo suspenden actividades por la cuarentena, pues hace dos días te encontrabas en Hamburgo (ciudad en el norte de Alemania). El rumor del viaje se esparce fuera de la oficina. Para esto, el jefe decide tomar medidas de precaución y te pide que realices homeoffice. Haces cara de sorprendido porque piensas que no deberían usar ese término de la lengua inglesa cuando pueden decirte que trabajes desde la comodidad de tu casa.
Y como en México “todo se les va en risas”, quizá ocultando la preocupación de la circunstancias, comienzas a vacilar tocando a los colegas del trabajo como si tuvieras “la peste”. Ellos uniéndose a la festividad como si te hubieras sacado el avión presidencial, te cantan la cumbia del coronavirus de un cabrón desconocido que tiene 3 millones 295 mil 68 visitas a partir del 29 de enero de este año. Mi jefa inmediata me dice: suertudo, aunque sea iré al barrio chino para ver si me dan homeoffice también.
Días previos, en la ciudad alemana, la situación se divulgaba por la radio y los noticieros. No entendías nada por el idioma, pero ponías cara de preocupado. Afuera, la vida cotidiana era la misma como el final de cualquier invierno: viento, lluvia, clima frío y poca gente a las calles. En el U-bahn (Metro) no veías ninguna medida de precaución y eso que los alemanes se caracterizan por tomar todo en serio y ser exageradamente cautos.
El miércoles 11 de marzo te encontrabas entregando tu pasaporte junto con el boleto de viaje al personal de la aerolínea Iberia. La seguridad del aeropuerto de Hamburgo siempre es tensa. Quizá mantienen una estricta vigilancia por el historial de acontecimientos terroristas que han sucedido en esa ciudad; lo dicen sus habitantes y porque en 1999 un grupo de musulmanes de la ciudad Alemana se capacitaron para realizar ataques suicidas. Alguno de ellos participó en el atentado de las torres gemelas, pero, esta vez, la seguridad parecía haber tomado té de tila y no te topaste con ningún protocolo relacionado con el virus.
En la máquina infrarroja te detienen y te acompañan a una revisión minuciosa en donde demuestras que no tienes nada en los calcetines y la bolsa pequeña del pantalón. Te piden que saques lo que hay y muestras un bulto pequeño con unos billetes de Sor Juana.
Te sientas en los apretujados asientos mientras escuchas las instrucciones del piloto para comenzar el recorrido. En todos tus viajes acostumbras usar una chamarra o sudadera, aparte de la cobija que te da la aerolínea, porque siempre bajas del avión con un resfriado provocado por el aire acondicionado. Pero, esta vez no has ocupado tus prendas porque el clima ha sido demasiado cálido para un vuelo.
Un hombre espera en el aeropuerto de Madrid. Foto por José Luna.
Tres horas después te encuentras en Madrid, España esperando la escala para la Ciudad de México. La vida en los aeropuertos se podría comparar con la de los hospitales; el olor a desinfectante te remonta a tu estancia en algún de ellos. Por el altavoz anuncian que el vuelo será compartido con otra aerolínea. Eso significa que compartirás el traslado con personas de otros lugares.
Cuando te abrochas el cinturón te das cuenta que el asiento contiguo se encuentra libre. Eso es una comodidad privilegiada, viajar sin el de junto durante once horas. Sin embargo, esa alegría es momentánea porque un hombre con acento español te pide permiso para ocupar el lugar. El avión despega durante el día, no te permite dormir. Procuras ver el menú de películas traducidas al “español de España”. A pesar de escuchar los filmes con auriculares te llega el sonido de la tos del intruso de tu derecha. Lo ignoras y tratas de concentrarte en la trama de la película. No obstante, el silbido del escurrimiento nasal llega a tus oídos. Naturalmente sientes una incomodidad que no debería de suceder. Obvio, esto no sucedería si esa persona se hubiera quedado en su asiento asignado.
De pronto tu cuerpo comienza a sentir escalofríos y un leve cosquilleo detrás del cuello. Te tocas la frente pensando en algún síntoma y descubres que no tienes nada. Después de unos minutos comprendes que los padecimientos no son físicos, sino que son generados por tu mente. La sugestión te invade. Piensas en tu muerte por un virus contraído en tu último viaje a Europa. Recuerdas que siempre es mejor quedarse en casa y no salir para evitar al mundo y sus pequeños detalles; como una pandemia, por ejemplo. Piensas que te detendrán en el aeropuerto y te llevarán a un hospital como si fueras un delincuente. Te diriges al baño y te lavas las manos porque tocaste la puerta. Y antes de salir repites la maniobra. Regresas a tu lugar y la angustia se calma cuando descubres que tu acompañante revisa algunos casos de acné y cicatrices. Algo así como los infomerciales donde muestran a las personas con un antes y después. Para tu satisfacción, comienzas a desbordar tu imaginación y supones que es un médico o algo relacionado con la salud. Y te imaginas que ya ha aplicado sus patrones de higiene personal. Además, tu paranoia se aleja cuando el piloto explica que el aire del avión usa un sistema de ventilación que renueva el aire unas 20 veces cada hora.
El avión aterriza y comienza a escucharse ¡click!, ¡click!, por doquier, el sonido resulta ser un alivio porque la gente se libera del cinturón de seguridad. Cuando tomas tu maleta y estás listo para salir. Los altavoces ordenan a más de diez personas salir de inmediato de la aeronave. Te indican que nadie puede descender antes que ellos. Al despedirte del personal del vuelo en la puerta y caminar por el puente te recibe una chica con un traje blanco que te recuerda los documentales de Chernóbil. Ella te observa mientras te dice: bienvenido. Cuando llegas al área de migración hay dos filas que separan a los nacionales de los extranjeros. Y cerca de las filas nacionales hay una oficina inflable donde llevan a los chicos que mencionaron por los altavoces. Son jóvenes menores de veinte años. Todos visten ropa deportiva con el escudo de un colegio en la espalda. Quizá llegaron de Italia y transbordaron en Madrid.
Jóvenes juegan basquetbol en el parque de Sant Pauli en la ciudad de Hamburgo. Foto por José Luna.
Los dos días desde tu llegada hasta tu “aislamiento” son momentos de cotidianidad. Los limpia parabrisas siguen abollándote el auto. En las quesadillas siguen pidiendo quesadillas con queso. Es cierto que el impacto del virus viene por etapas. Pero, acá, hasta el momento no sucede nada y solo te enteras que la gasolina ha bajado unos pesos.
La Ciudad de México se construye de varias formas. En algunos lugares la gente se prepara para el apocalipsis comprando kilos de papel de baño. En otros, los más populares, abunda el comercio informal. Ahí donde habitan las personas que generan sus ingresos día a día. Para ellos, no existe la enfermedad sino hasta que ya no puedan caminar. Los barrios como la Merced, la Guerrero, Tepito, la Lagunilla, por mencionar algunos seguirán en pie de lucha laboral porque deben de pagar las rentas. Mientras otros tienen el privilegio de ver caer el mundo desde la comodidad de sus casas.
Recuerdas lo acontecido allá por el 2009. Donde se vivió algo similar. Hiciste lo mismo: salir a la calle a ver cómo la gente vivía con la crisis. Y te das cuenta de hay ciertas similitudes. En los cafés todos son epidemiólogos y saben todo acerca del virus y escuchas que recetan mezcal, té y cocaína para la enfermedad. En el transporte público el amigo de una amiga tuvo COVID-19 y ya se recuperó y ahora es inmune hasta de la corrupción. Ahora, con las benditas redes sociales te das cuenta que en los medios de comunicación, están haciendo énfasis a los chayoteros, la culpa del coronavirus es por el presidente Obrador.
Mientras vives refugiado en tu departamento esperando que ningún síntoma aparezca tú sigues trabajando en calzones en la computadora y viendo como el mundo se transforma desde las noticias desde tu ordenador.
Tierra Adentro se queda en casa. Vía una de las muchas aplicaciones que emulan digitalmente una oficina, seguiremos revisando textos y programando publicaciones. También tomaremos las siguientes medidas:
1) Otorgaremos una prórroga a la fecha límite de entrega de la Convocatoria para publicar en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Recibiremos libros para el plan editorial de 2020 hasta el 30 de abril. Esperaremos con gusto leer sus propuestas, y confiamos en que esta ventana de tiempo otorgará a muchas más personas la oportunidad de participar.
2) A partir del próximo lunes 23 de marzo empezaremos a publicar 15 libros del plan editorial 2018 para descarga gratuita. Estos libros son ya piezas clave de la mejor literatura mexicana joven:
3) Por último queremos recordar que la convocatoria para publicar en la revista en línea sigue abierta, y estaremos recibiendo testimonios, cuentos, poemas, cómics, videoarte, crónicas o cualquier otro tipo de manifestación artística que tenga que ver con la transformación que la vida diaria ha tenido en estas últimas semanas.
Arcanum Planetae es un libro para instagram stories producido y publicado por Obelisco Records con ayuda de Litra Blank. Se estrenará el 30 de marzo desde varias cuentas de Instagram.
Hoy se lanzó la edición digital de Circles (17 de enero de 2020) con dos nuevos temas: “Floating” y “Right“; los vestigios de una voz retrospectiva, de una armonía entre la depresión y la voluntad de Mac Miller(1992-2018), quien intentó vivir “un día a la vez”.
La música es un escape de nuestra realidad: cuando nos sentimos tristes, refugiarnos tras unos audífonos es una de las formas más comunes y placenteras de desahogarnos; pero para los músicos como Mac Miller poner sus sentimientos en una obra no es algo tan sencillo, exponer algo tan personal podría ser abrumador.
El nacimiento de un concepto
Circles es el sexto álbum de estudio del rapero estadounidense, le precede Swimming (2018); antes de la muerte del músico, se tenía contemplado que las dos piezas fueran parte de una trilogía; esta segunda y última entrega se completó gracias al productor Jon Brion, quien, según sus propias palabras, tomó como base lo acordado con el intérprete, un concepto que se resume en: “Nadar en círculos”.
Se compone de 14 temas y cuenta con dos invitados (Guy Lawrence de Disclosure en algunos sencillos como productor, mientras que se especula la aparición de la voz de la cantante Ariana Grande en “I Can See”), así como una versión de la canción de Arthur Lee “Everybody’s Gotta Live“, de su álbum debut Vindicator(1972).
El contexto en el que nació Swimming fue marcado por los problemas de Mac Miller con el uso de alcohol y drogas, el polémico accidente en auto que le provocó un altercado con la policía por intentar escapar e incluso su ruptura amorosa con Ariana Grande. Estas historias inspiraron sus letras, mismas que lograron posicionarlo en la industria de la música, pero derrumbaron su estabilidad emocional.
¿Adónde regresa Circles?
Circles contiene indicios del ambiente autodestructivo en el que Mac Miller sobrevivía. La frase “¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?” es una constante; a partir de esta cuestión revela el deseo de tener una vida sencilla, y que le gustaría tener permiso de sentirse mal, porque la prensa y la sociedad en la que vivimos solo da cabida para aquellos que tienen “buenas noticias”, un mundo donde los trastornos mentales son mal vistos.
Las rimas que componen esta entrega no son del todo deprimentes, en ocasiones rapea acerca de continuar intentándolo y no dejarse caer, de aceptar los problemas y afrontarlos; aunque también en algunos versos admite que necesita ayuda, alguien que lo salve. Si bien expone sus excesos, su hartazgo y los problemas que enfrentaba, también transmite esperanza y trata de hacernos ver que, para salir de ahí, es importante “intentarlo un día a la vez”.
Musicalmente prevalece el bajo con arreglos sutiles de guitarra y sintetizadores que crean atmósferas melancólicas con ritmos reconfortantes para aquellos que desean curar su alma; en eso radica la importancia de este último trabajo, pues a pesar de su lírica desgarradora, la composición musical no envuelve al escucha en un momento doloroso, sino en uno de apreciación intrínseca.
De la furia a la depresión
El hip-hop se caracteriza por ser un estilo donde la pobreza y la desigualdad social son la base, y donde la furia y la energía son parte del performance. Mac Miller combinaba el este género con otros estilos como el pop, el jazz, el r&by hastamúsica disco; pero en Circlesya no tiene ganas de rapear, suena más a un susurro, y su voz se escucha fría, lo cual es importante porque al contar con pocos arreglos podemos sentir sus palabras y la intención que le daba a cada una.
En cuanto a las fusiones musicales que solía hacer con el hip-hop, esta vez terminó por integrarlo a sonidos más lentos y profundos como el soul en su máximo esplendor, un cambio de suma importancia e inteligente decisión por parte del productor porque capturó las emociones del intérprete para deslizarlas suavemente en los paneos en los audífonos.
Ya no veremos a Mac Miller interpretar estas canciones en vivo; estábamos acostumbrados a verlo bailar y lanzar sus rimas con rapidez hasta perder el aire, con sonidos más vivos que invitaban a seguir la improvisación de una batería, un saxofón o una mezcla en el sintetizador.
Durante sus conciertos hacía contacto visual con el público y lo incitaba a levantar las manos y agitarlas como si fuesen olas con el clásico vaivén del hip-hop, obligaba a gritar a la gente y la bañaba con su energía; quizá con este disco hubiera optado por cantar en lugares más pequeños, donde la privacidad resulta vital.
El llamado de auxilio inaudible
Aunque este texto es una reseña del disco póstumo de Miller, también quisiera hacer un llamado a no normalizar la depresión; es momento de escuchar las palabras de aquellos que nos rodean. Es un grito a las personas cercanas a los artistas: managers, productores, ejecutivos, otros creadores, melómanos; no deberíamos pasar por alto la tristeza, la ansiedad y la soledad del otro.
Las grandes obras prescinden de un estado emocional en concreto (o de una sustancia psicotrópica), depende de la forma en cómo el artista busca manifestar sus emociones.
Aunque la trilogía de Mac Miller no vio la luz, con estas dos entregas encontró una forma de enfrentar aquello que también nosotros negamos; demostró cómo la música puede transgredir cualquier cosa, incluso lo que nos mantiene nadando en círculos.
Michiel Sweerts: Plague in an Ancient City (1652 ). Imagen tomada de Wikimedia Commons.
La primera novela que me estremeció hasta lo insoportable fue La Peste (1947) de Albert Camus (1913-1960). Rondaba los 18 años y, gracias a este libro, mi espíritu envejeció radicalmente, pues conocí zonas de la existencia penumbrosa en su estado límite. Son memorables su comienzo y su final, dos cosas de esta magnífica cumbre del existencialismo francés (adscripción que el propio Camus expulsaría de sí).
La obra inicia con la premisa de que podemos conocer una sociedad por la forma en la que sus integrantes mueren, y culmina al enunciar la posibilidad latente de que hay algo terrible en cada pueblo y/o nación que está a punto de detonarse para derrumbar los cimientos de la humanidad. Puede ser un virus y su extensión catastrófica en forma de epidemia, o más desastroso aún, las decisiones que conducen a la extinción de la especie.
A partir de ello es posible establecer una serie de conexiones con nuestra actualidad, en tiempos en los que –ya en un sentido de alerta mundial– otra pandemia se adviene: el COVID-19, llamado popularmente “Coronavirus“. Su aparición dejó perplejos a los sistemas sanitarios en Asia, Europa y diversas regiones del mundo.
Este es un momento idóneo para regresar a los argumentos filosóficos, poéticos y literarios: cuando los gobiernos y sus representantes principales no resuelven dudas, el panorama donde la ciencia se muestra endeble, superada por la violencia de la naturaleza, y el caos impera en cada sector social para dar lugar a un escenario de incertidumbre.
El argumento central de la novela de Camus se desarrolla en una ciudad de Argelia, Onán. Rieux, un médico, es el protagonista. Ambos entes (médico y ciudad) construyen una relación para hacernos entender lo subjetivo y lo objetivo de la existencia entre una crisis patológica: una persona puede representar a la urbe entera y viceversa. Si nos remitimos al entorno encontramos que la metrópoli tercermundista que plantea el autor no es distinta a nuestra capital, así como al tercer mundo en países que ostentaban ser equitativos o vanguardistas en términos de igualdad: Europa es un caso, como advirtió Slavoj Zizek.1
Desigualdad económica, falta de oportunidades laborales y un sistema de salud poco eficaz, forman la tormenta perfecta para el desarrollo de una crisis de salud. Las pandemias se originan en cualquier sitio –con ese temible principio de incertidumbre que mencionaba el también autor de El extranjero– pero adquieren potencia gracias a las condiciones sociales que facilitan su propagación.
Un indicador alarmante de la dispersión del Coronavirus en el mundo es que, ahora, los pueblos en carencia se encuentran en todas partes del orbe. A medida que la riqueza se concentra en sectores puntuales, la pobreza se difumina exponencialmente: esto no es nuevo, aunque comenzamos a ver tintes fáusticos en nuestra cotidianidad.
El origen de la patología no se ha esclarecido aún. Existen tesis que apuntan a un ataque viral por parte de Estados Unidos, cuyo objetivo sería desestabilizar el orden mundial y legitimar al presidente Donald Trump ante las próximas elecciones de su país. También las acusaciones han incluido a las grandes compañías farmacéuticas, que podrían incrementar significativamente sus ganancias gracias a la pandemia. Las ventas de cubrebocas y productos sanitarios asépticos estallaron en solo tres meses
El factor humano tiene mucho qué decir al respecto: ¿es necesaria la matanza y el sufrimiento para consolidar los intereses del poder plutócrata? La respuesta es un lamentable sí, que nos deja expuestos en tanto sociedades egoístas y desiguales. En tenor de ello podríamos preguntarnos: ¿cómo mueren las personas a nuestro alrededor? Para contestar, regresaremos a La peste, pues hay un símil preocupante: en soledad.
Y aquí la dimensión de aislamiento es más profunda que la entendida convencionalmente. Hablamos de un sentimiento de desolación comunitario y de relaciones inmediatas, así como de un abandono de parte del Estado y su brazo derecho, el poder empresarial.
Para Camus, esta es una situación deplorable: los enfermos –tanto más los terminales– tienen al menos un derecho primordial, estar acompañados. Los hombres y las mujeres de esta época no se distancian de los personajes en la novela, cuando al verse rebasados por una crisis sanitaria, se hunden en un profundo desamparo espiritual y material, égida de nuestro tiempo.
Últimamente he escuchado y leído, con mayor insistencia, argumentos a favor del malthusianismo. Personas con diatribas ilógicas sobre las bendiciones que podrían traer las pandemias y las guerras: en redes sociales no falta el ejemplo de quien justifica el virus como una conducta inherente a la naturaleza para equilibrar el orden biológico, como si pudiéramos establecer este tipo de juicios. He visto en contraste, pocas defensas de la vida. Tras revisar a diario las notas en relación al Coronavirus considero que hay dos factores imperantes en la opinión pública de los medios masivos, que ya mencioné en este ensayo: ignorancia y miedo.
El temor que hace violento al corazón humano y la intransigencia que destroza la solidaridad: hoy escuché en el transporte público a un par de jóvenes que decían: “que se mueran –los enfermos– pero que no entren a nuestro país”.
Inconciencia y pánico. Camus los retrata perfectamente en las páginas de la novela aquí retomada y, pienso, son estas condiciones las que a la postre consiguieron en más de una ocasión hacerme dejar la lectura por un sentimiento insostenible de náusea (en su sentido sartreano).2
No fueron los crudos escenarios de ancianos muertos, niños huérfanos o moribundos, hombres y mujeres en las cimas de la desesperación, sino los pasajes donde se exponía a detalle la iniquidad del alma y el camino hacia la barbarie, donde se perdía la esperanza en un agónico callejón sin salida. Eso, a diferencia de las consecuencias físicas de una pandemia, puede ser más dañino para nuestro mundo: ¿cuántas veces la falta de solidaridad y vínculos han llevado al declive a nuestra especie?
Camus pensaba en los temas que deambulan en su obra: la guerra de Argelia de mediados del siglo XX y la Segunda Guerra Mundial, su perjuicio al mundo Occidental, es decir, la catástrofe del capitalismo y sus guerras adscritas para servir a las clases dominantes y asfixiar a los más desprotegidos. Ninguna batalla asesina más que la desigualdad.
Nicolas Poussin: The Plague at Ashdod (1630). Imagen tomada de Wikimedia Commons.
Los pobladores de Orán, al saberse desprotegidos por su Estado –pues se les condenó a cuarentena sin posibilidad de escape–, entran en una paranoia colectiva. Tanto por el miedo de contagiarse como la ignorancia al respecto, los obligó a realizar prácticas inhumanas.
La indiferencia ante los decesos ajenos han crecido a medida que las necesidades vitales se vuelven difíciles de satisfacer. Al ver a los demás morir, el espejo de la muerte se hace más nítido: nos aferramos a la vida casi siempre desde lo individual; olvidándonos así de la preocupación por el otro.
Encuentro otro paralelismo entre la novela y la realidad. Por una parte, la ignorancia se evidencia al acotar de forma irreflexiva cualquier novedad sobre el tema: leemos mucho gracias a internet con una ínfima capacidad de comprensión lectora. Tenemos más información que nunca, aunque nuestro criterio procesa mal esa desmesura. Las mentiras se propagan más rápido que los virus, las habladurías generan malestar en la población, acrecientan las enfermedades más procaces de la actualidad: las mentales.
Es por ello que más de un gobierno en el mundo ha solicitado no generar mayor tensión psicológica de la que ya existe al compartir fake news. Sin duda, oportunistas y maliciosos abundan, incluso en calidad de figura política: en cualquier latitud se difunde este tipo de contenido sin saber las caóticas consecuencias que implica publicar falsedades con rostro de verdad.
Según Zizek, más allá de cualquier otro trastorno son la ansiedad, el estrés, la depresión y sucedáneas, enfermedades que vuelven proclive a la población de crisis mentales continuas, casi cotidianas. Situación que se acentúa explícitamente en las pandemias.
En este tipo de catástrofes, las mentiras son asesinas
Ansiedad y depresión encuentran un campo idóneo de repunte, y de esto no habla nadie en política pues, como demostró Michel Foucault en su Historia de la locura, estas patologías son un mecanismo de ordenamiento –y punición– de probada efectividad en la sociedad.3
A la par, crecen las fricciones entre individuos, se originan incidentes de racismo que incluso son considerados graciosos: un “chino” en un vuelo es motivo –al menos– de burla y desprecio. Regresamos a la deliberación mediante el prejuicio.
Dice Camus: “Estupidez. Las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro”.4
Es verdad: nos encontramos ante la carestía de ciertos medios de subsistencia (enseres alimenticios y médicos, principalmente), también escasez de humanidad: falta de comprensión y empatía. No vemos que es la desigualdad una de las causas de cualquier crisis sanitaria: morirán personas de cualquier estrato social, cierto, pero quienes están más desprotegidos ante cualquier riesgo son las clases bajas.
Simultáneamente podemos ver un incremento del egoísmo como forma de supervivencia, mismo que no hace más que exponer el estado pútrido del espíritu de la época que vivimos. Lo acabamos de ver hace unos días, cuando el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, hizo hincapié en que daría auxilio –en caso de urgencia extrema– a embarcaciones con posibles personas contagiadas provenientes de Italia. Una horda de críticos más vulgares que informados, autonombrados “especialistas en salud”, salieron a defender a la patria y a sus habitantes.
¿De la misma forma están comprometidos con brindar apoyo y mostrar solidaridad con sus pares mexicanos cuando no haya pandemias?, ¿o solamente hablan ahora que existe un peligro para la población y pueden hacer uso del miedo? No lo creo, tal vez solo se defenderán a sí mismos, a su ego investido de opinión. Destaca con preocupante regularidad la miseria individualista.
Quién sabe cuántos de los detractores en atender humanamente a los demás estén dispuestos a mirar en retrospectiva. Habría que preguntarles a ellos –y a nosotros mismos– qué tanta es nuestra preocupación por los demás en tiempos en los que, como dice Fito Paez, nadie escucha a nadie y todos contra todos.
La maldad, insiste Camus –evocando a Sócrates–, va en relación directa con la ignorancia.5
Un problema sanitario también es social, fenómeno que puede reflejar en su cauce las crisis del espíritu humano en un periodo histórico determinado. Así lo demostró este existencialista y podemos percibirlo ahora. Las posturas egoístas tienden su lazo con el individualismo, que es producto capitalista por antonomasia, dado que se liga a los valores de la propiedad y el éxito económico. No vemos más que consecuencias de un sistema de producción sólido en las endebles vidas de la población común.
La posibilidad de que una pandemia acabe con la vida en el planeta está inserta en lo cotidiano: es invisible igual que un virus. Está en relación directa con la lucha que podríamos entablar contra, precisamente, nosotros mismos.
No hay vacuna posible para atender el daño que pueden causar la intolerancia en el mundo. La naturaleza evidencia el caos humano y las pandemias no son un castigo sino una consecuencia de la muerte que privilegiamos sobre la vida.