Tierra Adentro
Ilustración por Isabel del Valle

En todo acto, la primera intención de quien lo realiza es revelar su propia imagen.

Dante

 

Todos los seres humanos existimos bajo una mirada. ¿La del amor, la de Dios, la nuestra?  De acuerdo con el tipo de mirada bajo el cual deseamos vivir, navegamos entre cuatro situaciones: aquellos que desean vivir bajo una multitud de ojos anónimos (los posesos de la gloria y la notoriedad); los que se rodean por los ojos de las personas conocidas (pasan sus días organizando comidas, fiestas y reuniones), quienes se definen por la mirada de alguien que los ama (el reconfortante amor narcisista a través del otro) y, finalmente, los seres que viven determinados por la mirada de un ser ausente (la madre fallecida, el jefe cuya sombra los acecha, etc.). Esta fascinante y cartesiana fenomenología de la observación permea los relatos de Milan Kundera y al mismo tiempo descifra uno de los prismas en nuestra concepción existencial. 

Como los artistas definitivos, Kundera rebasa las categorías: es más que un retratista del erotismo y la risa (tópicos obligados en sus ficciones), un novelista filosófico (si bien sus novelas se leen como agudas meditaciones ontológicas) o un escritor disidente (aunque fue expatriado y perseguido por el régimen comunista durante la tercera parte de su vida).

 

I. El erotismo 

“Todo se trata de sexo, menos el sexo, que se trata de poder”, atinaba Oscar Wilde en sus luminosos aforismos. La narrativa erótica de Kundera desmonta esos oscuros procesos del deseo, sus narradores se comportan prácticamente como pedagogos que nos explican el entramado de esas “irreductibles relaciones de poder y sus puntos de fuga”, siguiendo la nomenclatura de los pensadores del mayo francés. A menudo sus personajes discurren sobre (o están atrapados por) los complejos dilemas del deseo y la fidelidad. En La Insoportable levedad del ser Tomás no puede renunciar a su deseo por otras mujeres (aunque necesite el alcohol para acostarse con ellas) y le es irremediablemente infiel a Teresa. Ella consiente la situación porque él no le miente (antes bien, culpabiliza delante de ella, cosa que la reconforta), y nunca se irá de su lado, pues su amor trasciende lo carnal, su peso rebasa la levedad del ser. El esquema se repite en El libro de la risa y el olvido, donde Marketa no solo consiente las infidelidades de su esposo, sino que participa en los eventuales menage à trois que concierta con sus amantes. Todo para mantener viva la flameante lumbre del deseo bajo el marco de un mutuo acuerdo de erotismo y culpabilidad donde la mirada del otro es esencial. 

En El libro de los amores ridículos la reflexión permea el esquema ético y estético del erotismo. En la buena elección de un amante se juega la dignidad del amado; por eso el Dr. Hezel, un donjuanesco psiquiatra a destiempo, declara que solo deberían escogerse amantes que mantengan intacta nuestra dignidad ética y estética, pues reflejan nuestra verdad más justa: “El erotismo no es solo un deseo del cuerpo sino un deseo del honor. La pareja que hemos logrado es nuestro espejo, la medida de lo que somos y de lo que significamos. En el erotismo buscamos la imagen de nuestro propio significado e importancia”1. Uno de los puntos sensibles de este desdoblamiento sucede cuando se plantean ambiguos límites como la violencia psicológica del deseo, esa que hacía afirmar a Charles Baudelaire que “el amor es como una tortura o una operación quirúrgica (…) uno de los dos amantes siempre será más calmo, o estará menos poseído de deseo que el otro. Él o ella es el operario o el verdugo; el otro es el sujeto, la víctima”2.

Resulta fascinante leer a Kundera en 2020 y constatar que ha envejecido mejor que la mayoría de escritores y pensadores del erotismo, pese a que su narrativa adopta una posición claramente patriarcal, sus héroes (trágicómicos) son siempre masculinos y están enmarcados en un universo donde prevalece la dinámica machista del cortejo. Sus reflexiones están más vivas que nunca. Su relato La dorada manzana del eterno deseo resume toda la frustración, la ilusión y la ficción que acompaña el acto de seducción. Es la historia de dos mejores amigos, Martin, y el narrador, que pasan sus días cortejando mujeres (sueñan llevarlas a la cama sin lograrlo nunca) de una forma que va más allá del hostigamiento. Martin, sin embargo, lo ve como una especie de deporte —el símil con el fútbol es recurrente, se refiere a sí mismo como “un delantero que le pasa generosamente balones seguros a su compañero de juego para que éste meta luego goles fáciles y recoja una gloria fácil”3. El narrador, mucho menos impetuoso que Martin, no se anima a contrariarlo y trata más bien de complacerlo (un poco por camaradería y un poco porque se divierte), pues comprende que sus aventuras donjuanescas funcionan bajo una irreductible dinámica de autosabotaje (Martin nunca pasará al acto porque tiene una novia que ama, obedece y que no está dispuesto a dejar, pero sí está dispuesto a lidiar con la culpabilidad del deseo, sobre todo si cuenta con la complicidad de su amigo). En suma, ambos hombres están dispuestos a alimentar ese deseo aunque sea de una manera virtual, ficticia. “Nunca iría a un club que acepte miembros como yo” dice Woody Allen en Annie Hall —citando, a su vez, el célebre chiste de Groucho Marx— al hablar de su incapacidad para conquistar a las mujeres que realmente desea. En definitiva, el erotismo se ve desplazado por la culpabilidad o por la relación de camaradería; el narrador del relato de Kundera se resigna, consciente de que el deseo funge como la excusa que determina su ser y su relación con Martin. Quizás precisamente por eso lo mantiene dentro del marco trivial del ocio, de “lo inofensivo”, como se hace precisamente con el juego: “lo que cada vez importaba menos de aquél acoso a las mujeres eran las mujeres, y lo que más importaba era el acoso en sí. Siempre que sea una persecución vana, es posible perseguir a cualquier cantidad de mujeres y convertir este acoso en un acoso absoluto”4. Un caso diametralmente opuesto es el del escritor —alter ego del propio  Kundera—, en El Libro de la risa y el olvido, que salta abruptamente de una situación de miedo y culpabilidad hacia una de erotismo oscuro, irracional y violento. Temeroso de que el régimen comunista descubra que, gracias a su amiga editora, ha estado escribiendo el horóscopo durante meses en una revista de la cual estaba vetado, el escritor se da cita con ella para coordinar sus declaraciones:

Aquella chica no me había dejado ni el más pequeño intersticio a través del cual poder apreciar el relámpago de su desnudez. Y de repente el miedo la abrió como el cuchillo de un carnicero. Estábamos sentados en el sofá del piso prestado, desde el retrete se oía el ruido del agua que llenaba la cisterna y a mí me atacó un deseo furioso de hacerle el amor. Más exactamente; el deseo furioso de violarla. (…) Aquel deseo quedó dentro de mí, apresado como un pájaro en un saco, como un pájaro que a veces se despierta y golpea con sus alas. Es posible que aquel deseo demencial de violar a R. haya sido sólo un desesperado intento de aferrarme a algo en medio de la caída.5 

Lo irónico de las distintas situaciones mencionadas, es que el aspecto sexual del erotismo se presenta como un intermediario de la ética (el honor, el respeto, la fidelidad y la fraternidad) y casi nunca como fin en sí mismo. Su aparición surge más bien de una fricción que entraña cierto dolor —“la caricia del ojo sobre la piel es de un dolor excesivo”, afirma Georges Bataille en Historia del ojo—, o de un deseo irrefrenable de control en medio del vértigo, dilemas que reviven la discusión sobre las relaciones del poder evocadas por Wilde en su célebre aforismo.

 

II. La risa

La risa, por su parte, también se identifica con una situación de conflicto. Es un desgarramiento interior, el descubrimiento de una paradoja existencial que despierta la carcajada. Nos reímos del absurdo, de lo ridículo, del estado de ignorancia o grotesco que a veces llamamos estupidez. En la filosofía platónica, el ridículo representa todo lo opuesto al “conócete a ti mismo”. El ignorante es, entonces, el antípoda del filósofo (amante del conocimiento) y su ignorancia suscita la burla, pero también implica una reprobación ética: “qué despreciable ese otro que no es capaz de observar su propia ignorancia”. Además, la risa entraña un elemento primitivo (herencia de los primates), un doloroso mecanismo de ataque y defensa vinculado a las relaciones de poder entre los seres humanos. En Filebo o del placer, Platón hace notar, por boca de Sócrates6, que “cuando nos reímos de las ridículas cualidades de nuestros amigos, mezclamos placer y dolor, porque lo mezclamos con la envidia y, según lo que hemos acordado, la envidia es el dolor del alma”7. En su Poética, Aristóteles ahondó en la dimensión política de la risa y su presencia en el teatro antiguo. Se refirió a la comedia como “el drama de los peores”, es decir, los eventos trágicos acaecidos a los personajes más mezquinos e indignos, que muchas veces eran individuos históricos reales, despreciados por los dramaturgos o la Polis en general. Aristófanes, por ejemplo, usó su sátira política contra Cleón, un poderoso comerciante de Atenas que lo había acusado de “traer la vergüenza de la Polis delante de los extranjeros con sus comedias”. Así pues, Cleón fue el protagonista y hazmerreír de varias de ellas.

Para los modernos la risa obedece, en esencia, a los mismos conflictos enunciados por la filosofía griega. Ya Kierkegaard, en su Postcriptum, usa un ejemplo tan machista como ilustrativo, para entender que “lo cómico se basa sobre la contradicción. Si una mujer intentara establecerse como dueña de una taberna y falla, eso no sería cómico. Pero si una muchacha intenta obtener un permiso para establecerse como prostituta y falla, que ocurre a veces, esto es cómico, debido a sus contradicciones”8. A pesar de las concordancias con la tradición clásica, la risa moderna tiene un rasgo esencial: la auto-consciencia o el distanciamiento. En la modernidad el individuo no solo se ríe del ridículo ajeno, sino también y sobre todo del propio. Es lo suficientemente capaz de distanciarse de sí mismo como para burlarse de su triste condición. Esa es la actitud esencial de Kundera en El libro de la risa y el olvido donde, bajo el nombre de Banaka, se cuenta a sí mismo entre los personajes y es objeto de sus nocivas bromas. Bibi, una mujer con aspiraciones de escritora (a quien, en el fondo, le aburre leer), desea tener urgentemente una cita con Banaka para conversar acerca del oficio de escribir. Una amiga le recomienda leer “aunque sea una de sus obras” antes de hablar con él, pero otro amigo interviene:

Tenga en cuenta que hasta el momento no hay nadie que haya leído una sola obra de Banaka. Leer un libro de Banaka significa el descrédito total. Nadie duda de que se trata de un escritor de segunda categoría, por no decir de tercera o de décima. Le aseguro que el mismo Banaka (…) cuando se entera de que alguien ha leído un libro suyo, lo desprecia. 9

Los libros de Milan Kundera, como los de Banaka, fueron objeto de rechazo en Europa del este y proscritos en su propio país hasta la independencia de la República Checa en los años noventa. La persecución del régimen comunista fue bastante más dura de lo que aparece en la novela (¡Kundera fue despojado de su nacionalidad desde 1979 hasta el año 2019!), pero de cualquier forma, el distanciamiento del escritor traza una ironía tan profunda como liberadora. Ahora bien, ¿de dónde proviene esa particular obsesión por el entramado de ficciones superpuestas donde el autor es objeto de risas?  De Miguel de Cervantes Saavedra. 

En El arte de la novela, un conjunto de ensayos redactados a manera de entrevista, el checo afirma que desconfía de la vieja creencia según la cual el “el porvenir es el único juez de nuestras obras y nuestros actos”, y a la vez confiesa su mayor credo artístico:

Pero si el porvenir no representa un valor para mí, ¿a quién o a qué me siento ligado?: ¿a Dios? ¿a la patria? ¿al pueblo? ¿al individuo?

Mi respuesta es tan ridícula como sincera: no me siento ligado a nada salvo a la desprestigiada herencia de Cervantes.10

En la literatura, la desprestigiada11 herencia del Quijote de la Mancha encarna la risa desde su noción de origen : se trata de una novela de caballería que se burla de las novelas de caballería de su época. En la segunda parte, Don Quijote y Sancho Panza (que han leído la primera) se manifiestan a favor de los críticos mordaces que hacen todo tipo de reproches a la obra, e incluso se refieren a las condiciones de vida del mismo (Cervantes vivió mucho tiempo en la absoluta pobreza). “No ha sido sabio el autor de mi historia (…) sino algún ignorante hablador de miserable vida que se ha puesto a escribirla a tiento y sin ningún discurso, salga como saliere”12. Los personajes del libro se burlan así del autor, que manifiesta su consciencia sobre la fragilidad de lo humano y decide no tomarse tan en serio a sí mismo. La ironía es doble porque Cervantes no solo describe la mofa de la cual es objeto su obra, sino que además toma distancia para burlarse de su desgraciada situación. Ahora bien, Kundera trasciende la mera risa burlona de la trama novelesca. Dos de sus obras, La burla y El libro de la risa y el olvido teorizan profundamente sobre ella –no olvidemos que el título del segundo, “el libro de la risa”, será recuperado por Umberto Eco en El nombre de la rosa para aludir al supuesto tomo perdido en La Poética de Aristóteles, obra prohibida en los monasterios por la “frivolidad de su objeto”, la comedia.

En El libro de la risa y el olvido se lee que lo gracioso nace cuando aflora el sinsentido de un hecho cualquiera. El ejemplo de “un marxista formado en Moscú cree en los horóscopos”, es obvio, pero olvida la otra cara de la risa. De hecho, según el narrador, existen dos tipos de risa en el mundo: la diabólica y la celestial (su distinción recuerda, con razón, las reflexiones nietzscheanas sobre lo dionisíaco y lo apolíneo). La diferencia esencial entre ambas risas es su postura respecto de la creación divina. Mientras la primera se burla de la incoherencia y el absurdo de la existencia humana, la segunda celebra la armónica perfección de lo creado, su intrínseco significado. Sin embargo, el narrador es sincero con sus simpatías y toma partido: 

Así, el ángel y el diablo, frente a frente, con la boca abierta, producían más o menos los mismos sonidos, expresando cada uno, en su clamor, cosas absolutamente opuestas. Y el diablo, mirando reír al ángel, reía aún, mejor y más francamente, porque el ángel que reía resultaba infinitamente ridículo13

. 

No es casualidad que esta genealogía de la risa está vinculada estrechamente con dos fascinantes derivas metafísicas. La primera evoca el sistema hegeliano. Para el filósofo alemán, el arte y el judeo-cristianismo están intrínsecamente conectados porque en el arte se hace una abstracción del sujeto (los personajes de la obra artística son la representación del humano universal) mientras que en la narrativa de la religión católica, Jesucristo encarna al más universal de los hombres: el hijo de un humilde carpintero. Esa doble naturaleza, sumada a su dualidad de ser humano-divino, hace de Jesús el ser más contradictorio posible. Por eso no extraña la innumerable cantidad de chistes que carga su figura tras de sí.

III. El novelista filósofo

La segunda deriva metafísica se refiere a la obra de Kundera y nos introduce de lleno en la filosofía de Nietzsche, instigador de las célebres nociones de pesadez y levedad en la narrativa del checo. Si en el Eterno Retorno todos los actos humanos están condenados a repetirse a través de la historia, entonces “una insoportable responsabilidad descansa sobre cada gesto”. Si, en cambio, el énfasis se pone en el hecho de su repetición y no en cada gesto individual o en cada vida, entonces la repetición, el Eterno Retorno, es lo que se convierte en “la carga más pesada (das schwerste Gewitch)” mientras las existencias se vuelven efímeras, leves. “¿Qué hemos de elegir? ¿Peso o levedad?”14 nos pregunta el autor en La insoportable levedad del ser. Esa dicotomía nos lleva a escoger entre dos extremos cuya ambigüedad dejarían perplejo a cualquiera: tener una existencia apasionada e intensa pero llena de dolor, o llevar una vida libre y apacible pero carente de sentido e importancia. 

Ese profundo dilema tiene un origen y una perspectiva filosófica, es verdad, pero más que un debate de filosofía, son un pretexto que abre la dimensión existencial, fenomenológica, en la problemática de los personajes. “Encuentro impropio el término filosófico. La filosofía desarrolla su pensamiento en un espacio abstracto, sin personajes, sin situaciones”15, afirma Kundera en El arte de la novela. En otras palabras, estos narradores y personajes viven desgarrados por el inevitable vértigo de un meollo filosófico. Pero el abismo no solo es tópico sino también una marca definitiva de estilo. Los momentos definitivos de los relatos de Kundera, que se narran con la debida condensación, las transiciones de una prosa rítmica y la propiedad de las buenas historias, tienen una estructura similar a la de los chistes: una situación de inicio conduce rápidamente a una situación de tensión donde se provoca una revelación (hija del anagnórisis o reconocimiento de la tragedia griega) que implica una irreductible paradoja (una conciliación de opuestos, risas), y de inmediato se precipita al desenlace. Los héroes kunderianos razonan menos con disquisiciones filosóficas que con ironías desgarradoras y aun así llegan a reflexiones que también han sido abordadas en las digresiones existenciales de Schopenhauer o Nietzsche: la inexistencia de Dios, la imposibilidad de un amor completo y la soledad del hombre en el mundo (llámese familia, sociedad, partido político o pareja). “¡Ay, señoras y señores, triste vive el hombre cuando no puede tomar en serio a nada y a nadie!”16, se queja el protagonista de Éduard y Dios

Todo esto hace de Milan Kundera un observador privilegiado de lo humano. Su prosa navega con sinceridad y asombrosa lucidez entre los límites más oscuros del espíritu, entre las recónditas dimensiones del deseo, la felicidad y la trascendencia. En su universo los temas se exploran y se retuercen hasta llegar a un paroxismo valiente y rara vez alcanzado en la literatura del siglo XX. Quizás el hecho de su disidencia (un artista apátrida que retrató la vida de un país que ya no existe) constituye la ironía última, ese no-lugar, esa periferia desde la cual un escritor puede abrir por completo los ojos del espíritu. 

 

Bibliografía

Attardo, Salvatore, Linguistic theories of humor, Muton de gruyter, New York, 1994, p. 72. disponible en versión digital en: https://books.google.com.mx/books/about/Linguistic_Theories_of_Humor.html?id=FEWC4_3MrO0C&redir_esc=y

Baudelaire, Fusées: mon coeur mis au nu, disponibles en versión digital en : https://fr.wikisource.org/wiki/Fus%C3%A9es

Cavallazi, Alejandro, Hegel más allá de Hegel: la transgresión cómica de los límites de hgel en Zizek y Kierkegaard. Versión digital disponible en: https://zizekstudies.org/index.php/IJZS/article/download/687/693 

Cervantes, Miguel de,  El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Disponible en versión digital en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-ingenioso-hidalgo-don-quijote-de-la-mancha–13/html/ff0dcf4a-82b1-11df-acc7-002185ce6064_14.html

Kundera, Milan, El Libro de los amores ridículos, Tusquets, Barcelona, 2004.

Kundera, Milan, El Arte de la novela, Tusquets, Barcelona, 1994.

Kundera, Milan, La insoportable levedad del ser. Versión digital disponible en: https://freeditorial.com/es/books/la-insoportable-levedad-del-ser 

Kundera, Milan, El libro de la risa y el olvido. Versión digital disponible en: https://kupdf.net/download/el-libro-de-la-risa-y-el-olvido-milan-kunderapdf_5a3a4aebe2b6f5c02c3a0c7a_pdf 

Platón, Filebo o del placer , 50 A. Disponible en versión digital en: https://www.textos.info/platon/filebo/descargar-pdf


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
Isabel del Valle
Imagen tomada de Pixabay.

Escuchas los ventiladores, el chirrido de las camillas entrar y salir del quirófano las veinticuatro horas. Te alistas con el uniforme autorizado y cruzas la entrada sin reparar en la leyenda de la recepción: “Terapia intensiva”. La supervisora te saluda desde el área limpia, donde debes colocarte el equipo de protección.

Dejas tus aretes y el celular fuera de la zona segura; de inmediato lavas tus manos con gel desinfectante durante treinta segundos. Te pones los guantes internos, tomas las botas desechables y las acomodas de tal forma que cubran tus zapatos.

La bata impermeable es incómoda, metes ambos brazos en las mangas para cargarla mientras tu compañera amarra los sujetadores a tu espalda; el último nudo queda a tu izquierda, en tu cadera. Tomas la mascarilla N-95, con ella cubres tu boca y nariz, doblas la laminilla sobre tu tabique nasal. Acomodas la primer tira a la mitad de tu cabeza; la segunda, en tu nuca. Ahora inhalas y exhalas profundamente, el centro de la mascarilla colapsa, eso indica que has sellado la mascarilla.

Ajustas las gafas un par de veces, aunque no interfieren con tu visión, resultan incómodas. El gorro quirúrgico te brinda más comodidad hasta que encierra tus orejas. Los guantes externos también son blancos, los estiras hasta los puños de la bata para evitar exponer tu piel. Levantas los brazos hacia los lados en un ángulo de noventa grados y giras sobre tu propio eje. Finalmente tu colega te indica que estás lista.

Tu respiración se coordina con el hálito artificial de los concentradores de oxígeno. Alcanzas a percibir el débil sube y baja del centro de tu mascarilla que, en contraste con el tórax de algunos pacientes, ya no te parece tan sutil.

El reflejo de la luz en los tubos de plástico te recuerda a los postes en las calles desiertas, donde la gente se ganaba la vida o se reunía con sus seres queridos. ¿Hace cuánto que no ves a los tuyos? Han pasado dos semanas.

Te rodea un mundo de vestigios: donde hubo fiestas, ahora hay fotos. En el área de Terapia Intensiva tu deber es ayudar a las personas que tenían voz y aliento; gente a la que el enemigo convirtió en retratos vivientes. Sabes que este mal es imparable, ha destruido los sistemas de salud de otros países para llegar hasta aquí; a su paso dejó rastros de nuestra civilización flotando entre la incertidumbre y la esperanza.

Avanzas por el corredor, los pitidos eléctricos de las bombas de infusión te alertan, observas que programan la máquina para administrar más medicamento; la fiebre no cede en algunos pacientes. Faltan cuatro personas por atender, colocas el oxímetro en el dedo del primer sujeto en la lista, te aferras a encontrar un resultado diferente, pero la respiración forzada confirma el resultado: el portador de COVID-19 sufre por la falta de aire, sabes que esa será la constante en los demás.

El ritmo del personal médico se acelera. Ves a los cuatro equipos atender de inmediato a quienes solicitan apoyo, también acudes más rápido. El calor de tu traje te molesta, pero las reglas te impiden acomodarlo, tus compañeros gritan órdenes, tratas de cumplir con todas. Revisas las bombas de infusión con dificultad, las gafas lastiman tu visión.

En el quirófano solicitan tu ayuda; llegó una nueva camilla, tomas los bordes con temor de exponer tu piel al estirar los brazos. Deben intubar al paciente, procedes con cuidado, combates el estrés aunque te molesta el zumbido del ventilador sobre tus oídos.

Entre el palpitar digital de las máquinas, escuchas alaridos débiles de los enfermos. Nunca creíste tardar tanto en recorrer ese pasillo y esperas ver a los pacientes salir de él, a su tiempo; pero esta vez, el corredor parece infinito. Estás en una tierra donde no se descansa.

Este es el testimonio de una joven doctora quien ha enfrentado las dos primeras fases del COVID-19 en México. Decidió conservar su anonimato.

 

El enemigo de la humanidad en México (COVID-19, fase 2)

Las historias de los demás países con sistemas de salud colapsados, como España e Italia, nos advertían de una pandemia invencible. En México apareció el primer caso positivo de COVID-19 el 28 de febrero y, desde ese día, el número de casos creció exponencialmente hasta alcanzar la primera fase de la pandemia, cuando los contagios se contaban en decenas y el origen podía rastrearse en otros países.

El 24 de marzo, se registraron cinco casos sin antecedentes de importación, lo que provocó que iniciara la fase dos. Las autoridades crearon estrategias enfocadas a disminuir la curva de contagio antes de que llegara a su punto más alto.

La principal campaña nacional es la Jornada de la Sana Distancia, contemplada desde el 23 de marzo hasta el 30 de abril. Además de implementar los cuidados personales como lavarse las manos durante cuarenta segundos y guardar una distancia de al menos un metro con las personas, también se suspendieron actividades no esenciales, incluso en instancias del gobierno federal.

El 27 de marzo, el subsecretario de salud, Hugo López-Gatell anunció que todas las actividades en empresas serían suspendidas y llamó a los dueños a no despedir a nadie, al menos durante un mes. Estas medidas buscan disminuir los estragos de una propagación acelerada en el país.

Con el fin de reforzar la jornada, la Secretaría de la Defensa (Sedena) presentó el Plan DN-III, que consiste en repartir insumos médicos, y que en las 103 instalaciones hospitalarias a su disposición, “podrán beneficiar a 14 mil 10 personas en total“, detalló el general Luis Cresencio Sandoval. Respecto a la demanda de  los hospitales generales por medicamentos e instrumental, se usarán aeronaves y barcos; con esto se contempla transportar al personal médico contratado por la Sedena, al igual que los mil 330 respiradores artificiales para los infectados graves.

Por su parte, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, pidió a la población contactar con un mensaje SMS gratuito al 51515 con la palabra covid19, si presentan algún síntoma del COVID-19: dolor de cabeza, dificultad para respirar, gripe, tos seca, fiebre y problemas estomacales. En la campaña de la CDMX, #QuédateEnCasa se busca de igual manera socavar la curva ascendente de los casos de contagio.

El 30 de marzo, la Secretaría de Salud ordenó la suspensión inmediata de actividades hasta el 30 de abril. Lopez-Gatell acotó que “solo las actividades esenciales para mantener la circulación de la economía” tienen flexibilidad ante las indicaciones antedichas; sin embargo, el país necesita “quedarse en casa”, pues es “la última oportunidad” para protegernos. Estos ajustes incluyen a la Jornada de Sana Distancia y el periodo de cuarentena. La Sedena anunció que iniciaron con las “conversiones” de los hospitales generales para contener la “emergencia sanitaria por causas de fuerza mayor“, recién declarada por el gobierno. “Hay que actuar hoy para evitar que la fase 3 sea más intensa“, enfatizó el subsecretario de salud.     

Al respecto, la licenciada en enfermería en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y especialista en Salud Pública por la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia (ENEO), Blanca Casasola especifica que hay un eje de estas disposiciones en el que los ciudadanos deben participar sin excepción: “mantenerse en casa al haber tenido contacto con casos positivos, o en caso de presentar síntomas también es importante, ya que de esta manera se reduce el riesgo de contagio a la población”.

La especialista identifica un reto a vencer para el sistema de Salud, se trata de la concientización. “Es importante sensibilizar a la gente para que tenga un sentido de corresponsabilidad en la salud comunitaria, ya que al no llevar a cabo esta acción, pondrían en riesgo a las personas con las que tengan contacto y eso ocasionaría un incremento de casos que provocaría alta demanda de los servicios de salud y saturación de los mismos”.

Ante la posibilidad que contempla Casasola, la cámara de diputados aprobó —el 18 de marzo— la creación de un fondo de 180 mil millones de pesos. En la actual fase 2 de la pandemia en México, la recomendación de la especialista en Salud Pública es invertir en “los servicios de los hospitales generales (nivel 2), se deberá planificar el área en la que se dará atención a las personas con COVID-19 en cada instituto, así se evitaría la diseminación intrahospitalaria. En cuanto a insumos, en caso de no contar con ellos o requerir de una mayor cantidad debido al aumento en la demanda, el fondo tendrá que ser empleado para compensar esta necesidad”.

El 15 de marzo la CDMX anunció que se destinarán 10 millones de pesos por la contingencia del virus.  En la madrugada del viernes 27 de marzo, iniciaron las construcciones de los consultorios de valoración y pabellones con 200 camas en 5 hospitales.

Infografía de los síntomas del COVID-19. Fuente: CDC, NIH

Infografía de los síntomas del COVID-19. Fuente: CDC, NIH.

 

Propagación

El doctor Gustavo Cruz, miembro del Instituto de Investigaciones Matemáticas, estimó que a finales de marzo aumentará exponencialmente el número de contagios. Este estudio resulta de vital importancia para enfrentar la fase dos, y para la especialista en Salud Pública, representa una ventaja inestimable:

“La estimación fue realizada con base en el modelo utilizado durante la situación de 2009 a causa de la influenza AH1N1, además de que se está desarrollando por parte de varios expertos para considerar los aspectos necesarios. Tenemos una gran ventaja, ya que, como lo menciona el Dr. Gustavo Cruz, el modelo también puede estimar la efectividad de la cuarentena para frenar el brote.  Este modelo puede contribuir a mejorar la toma de decisiones ante el brote y así evitar que el número de casos incremente de manera rápida”.

Lo anterior es sinónimo de buenas noticias para el Dr. Carlos Martínez, profesor de neurociencias y epidemiología en la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza (FES) de la UNAM.

Asegura que este punto “suele llegar entre cuarenta y cincuenta días después de la detección del primer caso, así es que en México ya superamos la fase de transición”, explica. “El modelo matemático fue propuesto originalmente en 1927 por Kermack y McKendrick, mediante ecuaciones diferenciales a fin de detallar como surge un brote infeccioso, su crecimiento, en qué momento alcanza su máximo y cómo decae; se tomaron en cuenta dos factores uno biológico (las propias características del virus) y otro social (nuestro comportamiento ante esta situación).

De acuerdo con el doctor Cruz, los modelos matemáticos indican que no hay forma de evitar la diseminación del COVID-19, pero la buena noticia es que,saber esto nos permitirá afrontar la crisis de mejor manera”.

Para la fase 2 de la pandemia, se prevé que el 80% de los casos sean leves; el 14%, graves; y el 6%, muy graves. El Dr. Carlos Martínez esclarece la estabilidad que podríamos esperar en cuanto a las cifras y la mortalidad estimada para nuestro país:

“Estas previsiones son obtenidas a través de modelos matemáticos y la experiencia estadística de la forma en cómo se comporta el COVID-19, por tanto estas pueden variar de acuerdo con lo que se conoce como intervalo de confianza (valores un poco más arriba o un poco más debajo de los reportados). Estos valores, por supuesto podrán cambiar en función de qué tan efectivas sean las medidas de detección temprana, de contención de la propagación y de la corresponsabilidad que cada uno de nosotros asuma en el seguimiento de las medidas preventivas”.

Se calcula que la epidemia podría durar al menos 12 semanas, el subsecretario Hugo López-Gatell fundamentó lo anterior en la experiencia de China y se refirió a estudios serológicos para conocer “el porcentaje de personas que fueron infectadas a pesar de no haber tenido la enfermedad”. Para el Dr. Martínez,  “la experiencia con base en el comportamiento del COVID-19 en otros países es la única certeza que tenemos por el momento”.

Es un hecho que la fase 3, presente en otros países, “se dará en México“, esto en gran medida por la posibilidad de que un caso positivo de COVID-19 ignore la cuarentena. Hay una pregunta clave para entender la propagación del virus: ¿a cuántas personas podría infectar una paciente de coronavirus?

El profesor de epidemiología explica que “el virus es altamente transmisible. Tanto la experiencia observada como la evidencia científica muestra que el virus que causa COVID-19 se transmite fácilmente de persona a persona. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de E.U., estiman que el número de reproducción del virus (el número de casos adicionales que probablemente resulten de un caso inicial) está entre 1.6 y 2.4, lo que hace que el COVID-19 sea significativamente más transmisible que la gripe estacional (cuyo número de reproducción se estima en 1.2 a 1.4).

Las personas infectadas a menudo muestran síntomas leves (o ningún síntoma), por lo que es fácil para los sistemas de Salud Pública pasar por alto estos casos. La evidencia es mixta sobre si las personas asintomáticas pueden transmitir el virus y sobre la duración del período de incubación. Si la transferencia asintomática es uno de los principales impulsores de la epidemia, se necesitarán diferentes medidas”.

 

La batalla invisible

México libra una guerra; los hospitales, los laboratorios y las casas son las trincheras donde se trata de frenar la fuerza de un impacto contra la vida de millones. Sin embargo es difícil mantener la pelea contra un rival que evade cualquier visión y se refugia bajo un disfraz fraternal.

“La principal forma de propagación de la enfermedad es a través de las gotículas respiratorias expelidas por alguien al toser”, aclara el Dr. Martínez. “El riesgo de contraer COVID-19 de alguien que no presente ningún síntoma es muy bajo. Sin embargo, muchas personas que contraen COVID-19 solo presentan síntomas leves. Esto es particularmente cierto en las primeras etapas de la enfermedad. Por lo tanto, es posible contagiarse de alguien que, por ejemplo, solamente tenga una tos leve y no se sienta enfermo.

La cultura mexicana es sumamente táctil. Las costumbres de saludo y contacto habitual entre personas, ya sea de mano, abrazo o beso son mecanismos por los cuales el virus se puede transferir entre individuos”.

El tiempo es un factor determinante para nuestro caso, la detección oportuna evita el contagio y el avance de la enfermedad en el portador; el problema radica en que el virus se transmite durante el periodo de incubación: entre tres a quince días.

Para atender los casos que podrían surgir en ese lapso, el Dr. Martínez menciona que “la Secretaría de Salud invitó a distintos hospitales a que se certifiquen para poder realizar las pruebas correspondientes para la pronta detección de los casos de COVID-19. Al respecto, el Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos (INDRE) estableció los lineamientos de calidad con la finalidad de que los organismos privados apliquen las pruebas”.

Pese al panorama actual, el 17 de marzo, China desarrolló con éxito una posible vacuna contra el SARS-CoV-2, causante del COVID-19; no obstante, existen otras versiones en fase de pruebas en animales, entonces ¿cuán probable es que la vacuna con autorización para experimentarse en humanos sea efectiva?

“Para la creación de vacunas”, especifica el Dr. Martínez, “un componente importante de los virus es la proteína que está en la superficie de la partícula viral porque es la que interacciona con las moléculas que se encuentran en las superficies de las células, la interacción de estas dos partes es necesaria para que el virus pueda ingresar y replicarse dentro de la célula, pero si se bloquea este contacto, se puede prevenir la infección.

Hay diversas estrategias de biotecnología para diseñar vacunas, pero en general las que se prueban en la actualidad para este coronavirus se basan en dos métodos: uno, la producción de la proteína en el laboratorio y su purificación para usarla como tal; y otro, la utilización del ARN, el mensajero que ayuda al organismo a producir dentro de sus células esa proteína viral que a su vez es detectada por el sistema inmune.

El trabajo para la creación de vacunas contra el COVID-19 no podría haber avanzado con tanta rapidez si no fuera por los años de pruebas de laboratorio detrás de una posible vacuna del MERS. La tecnología ha tenido resultados positivos en las pruebas de Fase 1 en seis vacunas diferentes, una de las cuales se encuentra actualmente en un ensayo de Fase 2.

Las pruebas del primer estudio en humanos de la vacuna para el COVID-19 se realizarán en un pequeño número de voluntarios jóvenes, donde se trata de verificar que las vacunas no muestren efectos secundarios preocupantes, y así preparar el escenario para pruebas más grandes donde sí se buscará comprobar la efectividad contra el COVID-19”.

 

El show debe continuar

Hoy despiertas a las once de la noche. Aunque ya has tenido ese horario, no te acostumbras a la vacuidad de la noche. La planta de tu pie tantea el suelo frío, invita al resto de tu cuerpo a moverse con libertad hacia la regadera. Estás en casa, bañarte será más fácil que ayer, cuando tu turno terminó a la una de la mañana y decidiste quedarte en la residencia para ducharte y descansar cinco horas. A las siete de la mañana tenías que volver a tu departamento.

Quitarte el equipo de protección fue lo que más te preocupó. En el área sucia desinfectaste los guantes externos durante treinta segundos, los retiraste con la técnica de pico para evitar rasgar el par interno.

Desamarraste el nudo de tu bata, comenzó a caer por tu cuerpo; la envolviste de tal modo que la parte interna quedó hacia afuera. Después de tirarla a la basura, desinfectaste el par de guantes interno, al terminar, quitaste el gorro desde la parte posterior. Desinfectaste tus guantes otra vez. Estiraste la liga de tus gafas y te las quitaste siguiendo el mismo procedimiento que con el gorro.

Otra vez untaste gel en tus manos cubiertas por el latex y tomaste la tira inferior de tu mascarilla para apartarla de tu cara sin que la parte exterior tocara tu piel; de nuevo usaste el desinfectante, bajaste a tus pies para deshacerte de las botas que cubrían tus zapatos. Una última vez desinfectaste tus guantes, los removiste desde la parte interior. El gel antibacterial cayó en tus manos desnudas, solo así saliste de terapia intensiva.

Al salir del baño de tu hogar, buscas ropa que no ha estado en contacto con el área de atención médica. Ante el refrigerador abierto tomas lo primero a tu alcance: huevo, sopa, pasta, pollo… nada en especial; lo único que te importa es restringir líquidos porque durante las siguientes ocho horas está prohibido beber, comer, usar el celular e ir al baño.

El trabajo inicia a las doce de la noche. Cierras con premura la puerta. Escuchar tus pasos en las calles abandonadas aguza tus ideas. Una pregunta estimula tu sistema nervioso como agua helada entre los dientes, ¿cuál ha sido el peor día en terapia intensiva? “Todavía no llega”, respondes. De inmediato recuerdas que el número de contagios puede duplicarse cada dos días y Estados Unidos está por convertirse en el epicentro de la pandemia.

Esto suena más grave en tu cabeza cuando reflexionas que, si el virus afecta a las comunidades de escasos recursos, la pandemia será incontrolable. Además la media de edad en los infectados es de 41 años; hasta ahora hay 28 fallecidos y mil 94 casos confirmados. Entonces lanzas de nuevo la pregunta anterior y respondes: “aún no vemos la peor cara que esto podría traernos, espero que no la lleguemos a ver”.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
"Selena, mi chola", de Irasema Fernández.
“Selena, mi chola”, de Irasema Fernández.

 

 

i like donna summer

 

después de que selena sabe que puede tocar a las personas con su
música
abraham la enseña a cantar en español

una conversación conmovedora
un abierto rechazo por una vieja balada hispánica
y un cariño exclusivo por la música de donna summer

interseccionalidad es la palabra
la música otra palabra

te gusta donna summer
y eres gabacha
pero también eres mexa
y en el fondo
no puedes ser nada si no sabes quién eres 1

 

 

 

 


 

 

 

 

 

es un brasier 2

 

selena y los dinos están de gira por los escenarios de la feria del condado de texas

selena entre la multitud

selena entre la multitud se quita la chamarra a mitad de la canción revelando lo que abraham llama
escandalosamente
un sostén con pequeñas cosas salpicadas

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

la latinidad es una cuestión de cuerpos3

 

 

el día que fui a ver la película
el pacto mimético entre el filme y el espectador se rompió
se rompió inexplicablemente
me esforzaba
pero no veía a selena
me esforzaba
pero solo veía a jennifer
me esforzaba fantasmagóricamente
y fantasmagóricamente eran las dos
yuxtapuestas
como en una superficie de vidrio

al final
jennifer termino siendo más fuerte en mi cabeza
que selena

 

 

 

 


 

 

 

 

 

asombrosa es la palabra

 

la escena es esta:
el padre abraham4 y su trío doo-wop or the dinos
están a punto de hacer una audición
cuando el propietario del club descifra algo ansioso

damn it mierda fuck it ¡carcácharatonta!

un grupo de mexicanos

fuck it ¡mierda!

un grupo de mexicanos en un club donde no
porque es un club solo de blancos
para blancos

pero es honesta como sombría
la manera en que comienza la película:
[bidibidibombóm]

 

 

 

 


 

 

 

 

 

girls don´t play the drums

 

cuando abraham obliga a los hermanos quintanilla a tener un tiempo de unión familiar antes de su performance como banda:

a) todos protestan

b) suzette la hermana drummer está incómoda

c) nadie se da cuenta de que ser una baterista ruda es lo mismo que romper con los estereotipos de género

 

 


 

"Selena, mi chola", de Irasema Fernández.

“Selena, mi chola”, de Irasema Fernández.

 

 


Autores
(Monterrey, 1979). Poeta y gestora cultural. Ha publicado los libros de poesía: Larga oda a la salvación de Osvaldo en co-autoría con Sergio Ernesto Ríos, iremos que te pienso entre las filas y el olfato pobre de un paisaje con borrachos o ahorcados y Lo mejor que damos. Antología personal. Actualmente colabora con Benjamín Moreno en el proyecto de experimentación textual, visual y tecnológico Benerva! Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte.
Fotografía de Cynthia Cea

Lunes, 9 de marzo del 2020

Nuestra experiencia de mundo está cambiando y va a cambiar radicalmente en los próximos días.

Es la última semana de clases y hoy cancelaron clases presenciales por el resto del cuatrimestre y hasta dentro de tres semanas. Esta mañana le pregunté a los estudiantes si pensaban que la escuela tomaría tal descisión y nadie me respondió afirmativamente. Pero por la tarde, cuando llegué a mi clase de psicología, nos llegó el correo electrónico pidiéndonos dar clases en línea por el resto del periodo. En Santa Clara County se registró el primer caso de coronavirus de todo California, y ahí, en medio, está la universidad en la que trabajo. Sabíamos que era cuestión de tiempo y que el virus se comenzaría a propagar, pero nunca imaginamos lo que eso implicaría para la vida diaria.

Ahora tendremos que enseñar y tomar clases, trabajar e ir al doctor, por medio de plataformas de video. Para los que nacimos a finales de los años ochenta y en los noventa es quizás más fácil, pero para quienes que no crecieron en el mundo en línea usar los recursos disponibles representa un desafío muy cuesta arriba.

En los últimos cinco años muchas universidades han implementado cursos en línea. Tu profesor es un cuadrito que habla en un video a través de una pantalla y no un ser humano que se come una manzana en el descanso y bromea sobre la clase. Para los que enseñamos en las humanidades suele ser una idea inconcebible que nos da alergia, pues consideramos que es una forma de abaratar nuestra labor y desvirtuar el contacto necesario y el diálogo en la educación. Ahora es obligatoria la medida. Y a ver si internet nos aguanta a todos.

Los doctores, también en los últimos años, han querido mover la atención de pacientes a plataformas de video. Esta mañana, todavía, me negué a tener una cita con mi doctora por video e insistí en ir al consultorio y verla cara a cara, pese a que ella solo teclea en la computadora mientras me hace las preguntas de protocolo. Me parece, sin embargo, que en las próximas semanas esto ya no será posible. Hoy fue el último día de normalidad en el norte de California.

Escribo esto con tinta roja en mi cuaderno, para que quede señalado el cambio.

Fotografía de Cynthia Cea

Fotografía de Cynthia Cea

 

 

Martes, 10 de marzo del 2020

En California hay espacio. Lo siento cada vez que me subo al coche y voy por carreteras de seis carriles o llego al centro comercial con más espacio de estacionamiento que de tiendas. Todo se hace desde el coche y a una distancia prudente. Las medidas obligatorias para detener al coronavirus, como mantener una distancia de seis pies (casi dos metros) de otra persona, son algo que ya se practicaba desde hace mucho.

A diferencia del acostumbrado beso, besos, o abrazo en otros lados, acá ya he pasado meses sin contacto humano en la era previa al coronavirus. Aquí la gente siempre compra comida para llevar y suelen comer en su coche más que en su casa. Puedes ir al banco desde el coche, pedir tu café de Starbucks, comer una hamburguesa o una dona, lavar el coche sin bajarte o hacer que te cambien el aceite mientras tú te quedas sentado en el confort del asiento de conductor.

Hay un cierto poder que los californianos adquieren cuando manejan y sienten que son los amos del camino y la distancia, que todo el paisaje les pertenece. Incluso, puedes ir a un parque nacional y recorrerlo en tu coche, sin bajarte nunca a que el viento te mueva el cabello. Además de esto, hace años que los productos esenciales se piden por internet y llegan en paquetes enormes. En California las compras parecen siempre ser de pánico y excesivas en los enormes galerones de los supermercados que cada día festivo se inventan un nuevo descuento o cupones para atraer a la gente.

Las medidas actuales no son sino la generalización de la forma de vida californiana. Cada vez más, siento que vivo dentro de un cuadro impresionista: la gente es un puntito lejano que solo puedo apreciar si me alejo aún más. Vivir en este estado de excepción me hace pensar que acaso ya vivíamos en una excepción que ahora se ha normalizado.

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Fotografía de Cynthia Cea

 

 

Miércoles, 11 de marzo del 2020

Impartí la última clase del cuatrimestre en línea. Mis estudiantes eran cuadritos parlantes en una pantalla. Me pregunto cuántos estaban en pijama o con pantuflas. Yo intento hacer la faramalla y vestirme, pero hay algo en la pantalla que no me deja tomar las cosas tan en serio.

Las cosas parecen empeorar a nivel mundial. Nos vamos a convertir en elocuentes hologramas por meses, al parecer.

 

Viernes, 13 de marzo del 2020

No es fácil estar en casa. Me da claustrofobia y me canso de las cuatro paredes. Ya me aprendí las grietas de la pared y la rutina de los vecinos. Salgo a caminar y correr, pero no es suficiente. La normalidad se ha roto y dicen que esto va a ponerse peor. A diferencia de otros desastres naturales, esta pandemia no nos vuelca a ayudar a los demás ni a gestos colectivos de apoyo masivo, sino que nos obliga a recluirnos: el mayor gesto de solidaridad, dicen, es guardarnos en nuestras burbujas con nuestros propios virus y bacterias. Nos vemos obligados a regresar a lo más íntimo, lo más propio, que es el hogar. Pero ¿qué pasa con todos aquellos para quienes el hogar representa un lugar vulnerable, peligroso y del que sienten que deben huir diariamente? Pienso en quienes experimentan violencia doméstica, o inclusive en quienes no tienen casa, como tantos aquí en California. No es una decisión fácil quedarse en casa cuando lo que hay en casa no es seguro.

 

Sábado, 14 de marzo del 2020

Decido salir con C para aprovisionarme de lo necesario y hacer nuestras compras de la semana, pero no somos las únicas. Los lugares más abarrotados y llenos de gente son los supermercados. Apenas hay espacio para estacionarse y la hipocondría es reina. Todos somos hipocondriacos ahora. Gente con tapabocas que lanza miradas de odio si te acercas demasiado o si osas tocar su carrito con tus obscenas manos. Limpian la tienda con cloro y los carritos con toallitas desinfectantes.

Vivo en un pueblo costero al sur de Santa Cruz y pese a ser un lugar pequeño veo en los supermercados la histeria colectiva ante la escasez y el deseo de comprar en exceso, por si acaso. Pues por si acaso, yo también voy. Pero en el supermercado no hay ya alimentos enlatados, y me fue imposible encontrar arroz, pasta, papas, frijoles, papel de baño, agua, productos de limpieza para desinfectar y hasta pan. Ni hablar de los geles antibacteriales, que hace semanas que no hay. Se ven letreros en los estantes advirtiéndole a las personas que sólo pueden llevarse dos paquetes de papel a la vez, pero lo cierto es que hace más de una semana que no veo un solo paquete de papel de baño en los estantes.

Fotografía de Cynthia Cea

Fotografía de Cynthia Cea

 

 

Los anaqueles de las tiendas masivas como Costco están vacíos, pero también los de todas las tiendas locales. Es una cuestión mundial y no es diferente aquí en California. Anticipando las artimañas de los consumidores, las tiendas advierten que no aceptarán devoluciones de productos en alta demanda, cosas con las que la gente especula. Y es que todo parece ser un juego desmesurado en el que el que se lleve el último paquete, gana. C se llevó el último paquete de mango congelado y tenía una sonrisa de oreja a oreja cuando se me acercó y me dijo que se sentía como una campeona por haberse llevado el último. Me asombra el circo que se ha vuelto salir de compras estos días. Pareciera que en este juego el que gana es el que acumula más cosas. No es muy diferente a la lógica del capital.

Hablé con el encargado de una tienda en Los Ángeles y me contó que en el sur de California hay también un caos en su tienda. La gente se sube a las estanterías de metal para sacar cosas de arriba y en un supermercado cerca del suyo entraron a asaltar con pistola en mano. A las cinco y media de la mañana abren los supermercados y ya hay una fila enorme de personas esperando entrar.

Las ventas de su tienda se han duplicado en una semana y casi llegan al millón de dólares. Trump dice que las tiendas han vendido más que durante la época navideña y no lo dudo.

Ana, empleada de otra tienda, me contó que a los empleados los tienen limpiando todo el tiempo y se han viso en problemas por querer tomar alguno de los artículos de mayor demanda. Ella, por ejemplo, se llevó un paquete de papel de baño escondido dentro de una caja de plátano para ir a pagarlo y que la gente no viera lo que llevaba. Dice que no lleva cosas porque crea que se vaya a enfermar, sino porque después no va a haber nada. Ese discurso es precisamente el que genera más pánico.

El pánico llegó hasta las tiendas de armas. Circulan en línea fotografías de enormes filas para comprar armas. Un par de conocidos que viven cerca de tiendas de armas me lo han confirmado. Una nota de NPR dice que la venta de armas ha aumentado entre 400% y 500% en el país. En un país con una historia de tiroteos como este me aterra el prospecto de que más gente paranoica tenga armas en momentos de crisis.

 

Lunes, 16 de marzo del 2020

Países enteros están paralizados ya y por la mañana leo la noticia de que se va a inmovilizar gran parte del norte de California (San Francisco y sus alrededores) con una orden para todos los

residentes llamada “shelter in place” (quedarse en casa). A partir de mañana los aproximadamente siete millones de residentes de la zona de la Bahía de San Francisco debemos quedarnos en casa excepto si necesitamos algo esencial de la tienda o farmacia.

Todos deben trabajar desde casa, a excepción de quienes tienen una labor esencial como la policía, los bomberos, quienes trabajan en las tiendas, los que responden a las emergencias, el personal médico y cierto personal de limpieza. Se ordenó que cierren todos los bares, clubes, restaurantes y gimnasios hasta el final del mes y se cancelaron los eventos de todo tipo en la región.

Es lunes y hace una semana estoy trabajando desde casa. Hoy anunciaron, también, que lo que inicialmente iban a ser tres semanas de clases virtuales se extenderá indefinidamente y que las clases del próximo cuatrimestre se llevarán a cabo de forma virtual.

En realidad, era extraño ponerle un límite cierto a lo que no sabemos cuánto durará. Se espera que después de que las cosas escalen y empeoren, las cosas regresen a la normalidad. Pero aunque la vida regrese a la normalidad, las cosas no van a ser iguales, no daremos por sentado lo que antes nos parecía normal y aprenderemos a vivir una vida más frágil bajo amenazas constantes.

Estos días, solo el medio aséptico de la virtualidad parece ser sano y salvo. No tenemos que tocar nada más que las teclas y pantallas sucias con nuestro polvo y bacterias de hace meses, las mismas de siempre, las que no representan una amenaza. Pero no olvido que conocí primero el término “virus” y “viral” con relación al mundo digital.

Los virus digitales infectan el ciberespacio y que de manera cotidiana afectan a nuestras computadoras, destruyendo datos o merodeando en el funcionamiento del disco duro. Ahora regresamos al significado literal del término: las infecciones virales son tanto reales como virtuales.

Fotografía de Cynthia Cea

Fotografía de Cynthia Cea

 

 

Miércoles, 18 de marzo del 2020

Salgo a la calle a caminar, desafiando las ordenes oficiales. La mayoría de los negocios de los alrededores están cerrados y la comida se vende sólo para llevar. Pero hay tanta gente caminando en el parque, la playa, y las calles, que parece fin de semana. ¿Nos estaremos tomando la pandemia en serio?

 

Viernes, 20 de marzo del 2020

Ayer dieron la orden estatal de “shelter in place” para todo California. 40 millones de personas sin moverse.

Todas las mañanas sale el presidente Donald Trump desde la Casa Blanca con su grupo de trabajo contra el coronavirus, anunciando los nuevos datos y medidas de prevención y, sobre todo, las medidas económicas. Es la nueva mañanera de por acá. Río y lloro a la vez: Trump es la voz de credibilidad que nos da las noticias sobre el virus. ¿Cómo confiar una situación así de grave a un presidente que se ha caracterizado por mentir durante todo su mandato?

Me cuesta escuchar la forma optimista en que se expresa y recalca que los “americanos” saldrán adelante sin chistar una vez pase la crisis. Me cuesta escucharlo hablar de la inmigración (no pierde ocasión) como una “tormenta perfecta” mientras les da a los agentes de la patrulla fronteriza el derecho a usar violencia en contra de los inmigrantes en las fronteras (dice que se trata de ambas fronteras, que la canadiense y la mexicana se van a tratar igual, pero sabemos que eso no es cierto). Anuncia que cerrarán las fronteras excepto para lo esencial y aumenta mi claustrofobia.

Bajo el disfraz de una respuesta de “todo el gobierno unido”, la administración de Trump está rápidamente aprobando medidas y políticas que quería implementar hace tiempo y que ahora ratifica bajo la bandera de que es “para nuestra protección”. Esto incluye más control y derecho a la violencia en las fronteras y evitar la sindicalización de los trabajadores. Los trabajadores federales pueden detener el dinero en su nómina que se le dedica a los sindicatos para tener “más dinero en tiempos de crisis”.

Se usa el virus como justificación para tomar medidas que se querían efectuar desde antes, pero habían encontrado resistencia. Pero nadie resiste una medida “para su protección” de un agente invisible, el virus. El virus tiene mil caras dependiendo del cuerpo que lo acoge.

 

Domingo, 22 de marzo del 2020

La novedad en los últimos tres días es que me volví repartidora de comida para una aplicación. No voy a tener trabajo los próximos tres meses y bajo estas circunstancias de la recesión que se nos viene encima, nadie va a contratar a alguien con un doctorado en literatura latinoamericana. No soy útil. Tomé la decisión de volverme repartidora por varias razones: para pagar la renta; para poder salir del encierro de la casa y la cuarentena con una buena excusa; para (por una vez en la vida) tener un “trabajo” más concreto y normal que no me obligue a pensar demasiado; para gastar la demasiada energía que tengo estos días de manía sin medicina.

Me encanta ser repartidora, pero es necesario que consiga unos guantes para entregar la comida. Los he buscado sin éxito. Ya me vieron feo y la viejita a la que le llevé una pizza ayer me dijo que prefería que me alejara. En cuanto me alejé, desinfectó con una toallita la caja después de que yo la dejé en una silla frente a su puerta.

La gente pide cosas absurdas que acaso en días menos complicados iría a comprar a su restaurante favorito. Hoy me hicieron manejar casi quince millas por un té helado tailandés, por ejemplo. Y no falta quien pide hamburguesas de un lugar que está a dos cuadras de su casa. Me sorprende que casi nadie deja propinas. Estoy segura de que con esto no podré pagar la renta pero estos días me entretengo viendo el paisaje y el color del cielo mientras manejo en la carretera. Es mi escape del encierro y del mundo virtual.

Sigo escribiendo con tinta roja, porque la normalidad no va a volver pronto a las tierras californianas. Ni al mundo.

Fotografía de Cynthia Cea

Fotografía de Cynthia Cea


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Fotografía por Dayana RCaspeta

Hace poco más de dos semanas estaba a punto de emprender mi viaje a Taiwán, para ese entonces los memes del coronavirus ya eran virales en las redes y un problema real en China. La mayoría de las personas que sabían acerca de mi viaje a Asia se preocupaban y recibía sus mensajes alarmantes preguntando “¿Estás segura que irás?; “¡Qué miedo ir a China en estos momentos!”; “No vayas, es muy peligroso”. Mi respuesta inmediata era: primero explicarles que Taiwán y China son dos países diferentes, y segundo que el primer país contaba con muy pocos casos del virus.

Sin embargo, conforme se acercaba el día del viaje, crecía mi pánico e hipocondriasis, y más tomando en cuenta que Taiwán no forma parte de la OMS. Mi mente continuaba divagando, ¿qué pasaría si se necesitara la ayuda de esta organización? En el peor de los casos, en mi situación personal, buscaría ayudar en conjunto con una ONG a la que me siento muy conectada y cuya labor de ayuda en desastres naturales, y la cual ha estado presente alrededor del globo. Aun con esos miedos llegó el día de viajar; en mi maleta, además de dulces típicos y ropa, contaba con una paca de cubre bocas, pues había escuchado de la escasez en el país de destino, también por recomendación de la universidad a la que iría.

Fotografía por Dayana RCaspeta

Fotografía por Dayana RCaspeta

Una vez en el aeropuerto el viaje comenzó sin algún inconveniente. Mi vuelo al venir de Estados Unidos no contó como una amenaza en ese momento (no diría lo mismo el día de hoy), incluso el oficial de migración estadounidense me dijo algo similar a “aquí estás segura” con tintes de mansplainingy aires de supremacía blanca o como parece que ellos están acostumbrados a explicar “you’re in ‘Merica, everything is fine here”.

Casi veinticuatro horas después del viaje logré llegar a mi destino final, fue en ese momento cuando mi paranoia aumentó, pues el proceso para poder pasar por migración (que había experimentado dos veces anteriores en los últimos dos años), el cual usualmente contaba de un solo paso, ahora contaba con al menos dos más, los cuales eran, pero no estaban limitados a: la identificación de procedencia de tu vuelo para descartar si habías llegado de un lugar “peligroso” o no; llenar un formulario en el cual afirmabas no haber viajado a China o Hong Kong en los 14 días previos y si se diera el caso de tener algún síntoma del coronavirus, eras responsable de dirigirte con las autoridades de salud oficiales para ser examinada; el último paso fue el más normal, el cual era pasar con un oficial de migración y que revisara mis documentos.

Por la procedencia de mi vuelo pude pasar el primer filtro de manera rápida, al llenar el formulario me estaba haciendo a la idea de que debía de prepararme para una extensa línea de personas en el resto de los filtros. Mi asombro fue grande cuando llegué a la fila de migración que usualmente es larguísima y ahora no pasaba de las 10 personas, entonces el proceso que me tomaba de 40 minutos a 1 hora, en esta ocasión me tomó solo 5 minutos.

Antes de salir al área de llegadas internacionales además de recoger mi maleta, tuve que buscar un lugar donde pudiera comprar una tarjeta SIM. Durante esta serie de tareas noté de que tanto oficiales, trabajadores de limpieza, de los duty free y del aeropuerto en general contaban con un cubre bocas. Fue ahí cuando me di cuenta: yo también estaba usando uno. Después de casi veinticuatro horas de vuelo el cansancio me hizo olvidar que lo traía puesto.

Fui al encuentro de las personas que irían por mí, al verme me saludaron con una amabilidad recatada la cual se demostró con una escasez de contacto físico: nada de abrazos, besos en la mejilla ni un simple apretón de manos. Más que un rasgo cultural, era el miedo colectivo de contraer coronavirus.

Después del viaje, he tenido el tiempo de poder adaptarme a una vida “normal” de una estudiante en el extranjero, con pequeñas diferencias como tener que registrar mi temperatura corporal en los diferentes puntos de control distribuidos en la universidad que cuentan con un termómetro y un spray desinfectante; así como portar un sticker que cambia diariamente, que muestre que mi temperatura está bien para poder estar dentro de la universidad.

Control de temperatura. Fotografía de Dayana RCaspeta.

Control de temperatura. Fotografía por Dayana RCaspeta.

 

 

En los últimos días que el virus se ha propagado exponencialmente desde su llegada a Europa, el miedo colectivo ha crecido de manera global y Taiwán no es ninguna excepción. Hasta hace una semana y media estaba muy orgullosa y me sentía igualmente segura estando en este país, incluso había descubierto en un artículo del BusinessInsider que afirmaba que el número tan bajo de casos de infectados con coronavirus se debía al excelente plan de contingencia con que contaba el país desde el brote de SRAG (Síndrome respiratorio agudo grave) de 2003 y que ahora se adaptaba al Coronavirus. Este plan cuenta con cuatro partes:

  1. Llevar a cabo medidas preventivas, pues se menciona que de no tener hacer este esfuerzo los casos aumentarían exponencialmente.
  2. La introducción de nuevas reglas para minimizar el riesgo de infección entre los trabajadores del sector salud.
  3. Los recursos médicos son puestos a disposición de manera estratégica para asegurar que lleguen a las personas que más lo necesiten.
  4. Se trata de reducir el número de personas que busca cuidado médico no esencial.

Aún con todas las medidas fue inevitable la llegada de nuevos casos. La ansiedad y pánico colectivo simplemente ha seguido aumentando y he sido testigo de cómo el papel higiénico se ha ido acabando con una rapidez inusual.

Fotografía por Dayana RCaspeta

Fotografía por Dayana RCaspeta

 

 

Un tema importante de estudio y que quizá en esta época de cuarentena, podamos considerar y analizar sería el posible cambio del poder hegemónico actual, que depende de las decisiones de Estados Unidos ante esta situación. Ya que como lo escribió Organski y su teoría de la transición del poder, a nivel global suele hablarse de una serie de eventos cíclicos con referencia a las relaciones de poder, en contraposición a un Estado de anarquía. Otra teoría similar es la escrita por Modelski, la cual habla de igual manera de un ciclo de liderazgo en la arena global.

Ambos Modelski y Organski explican que para que el poder hegemónico actual (X) sea desafiado, tiene que haber un nivel de insatisfacción en el panorama internacional, y que esta insatisfacción tiene que ser desafiada, por el segundo partido (Z) el cual busque subir al poder. De manera irónica mientras X y Z se encuentran en conflicto un tercer jugador(A) es el que logra tomar el poder, ya que X y Z se encuentran rezagados por el conflicto. Un claro ejemplo de esto es el caso de la segunda Guerra Mundial, donde Gran Bretaña (X) entró en conflicto con Alemania (Z)y Estados Unidos (A) terminó como el poder hegemónico.

En la imagen global no nos encontramos dentro de un conflicto bélico internacional, pero sí ante una crisis económica y de salubridad. Donde actualmente se ha estado esperando ver la toma de responsabilidades y asistencia de Estados Unidos con otros Estados, pero su presencia es nula debido a la dificultad con la que está sobrellevando la pandemia. Este tipo de acciones son similares a la de casi todas las potencias mundiales las cuales están buscando salvaguardar el bienestar de sus ciudadanos y sus Estados antes del poder ayudar a algún otro Estado. Esto refleja  un estado de anarquía, donde no hay alguien quien marque el orden.

Sin embargo, en los últimos días hemos podido observar una mejoría en la situación  de China, y con esto la manera en que  ofrece su apoyo y el compartir sus métodos para prevenir la propagación del virus. Así, China podría demostrar que sus capabilidades de ayudar y establecer un orden global son mayores a las de Estados Unidos en este momento.

Otro tema importante dentro del cambio del poder hegemónico tiene que ver con la inminente recesión global que parece que se avecina conforme el valor del peso se va devaluando, y la cual ya ha comenzado en ciertos mercados como el americano el cuál ha caído más de un 30% en el mes de marzo. El gobierno de este país busca mitigar los posibles efectos con la reserva federal. Por su parte, durante los últimos años China ha estado comprando oro para poder respaldar el valor de su moneda, lo cual muestra nuevamente una posible rápida recuperación en su mercado. Aún tomando estos factores en cuenta tenemos que buscar al tercer partido que posiblemente sea el que realmente logre consagrarse como el próximo poder hegemónico.

***

Mientras avanza esta situación concuerdo con las palabras de una persona muy querida, “durante estos momentos podremos observar muchos actos de gentileza y de egoísmo”. Yo personalmente apuesto a que serán más los actos de gentileza y empatía, ya que el ser humano tiene la capacidad de buscar el bien comunitario. Entonces, después de un viaje internacional durante una pandemia y la experiencia de vivir esta situación en un país diferente a México, quiero exhortar a todes a mantener la calma. Me gustaría terminar este texto compartiendo el siguiente aforismo:

“Cuando los menos afortunados no pueden encontrar ayuda, aquellos que son bendecidos deben ayudarlos”.

Maestra Cheng Yen

 


Autores
Nació en Jojutla, Morelos, en 1997. Estudió la Licenciatura en Relaciones Internacionales en el ITESM Campus Querétaro. Se ha caracterizado por una amplia labor social desde el temblor del 2017. Actualmente reside en Taiwán.
“La casa de locos” de Francisco de Goya. Extraída de Wikimedia Commons.

 

Aquí el capítulo anterior.

 


 

Capítulo VII

Meta a la vista

 

A las seis en punto de la mañana de aquel domingo veinticinco de septiembre, las enfermeras me quitaron de un jalón la cobija de encima. “Vamos, ya es hora de que te levantes” me dijeron y abrieron la ventana para dejar entrar la brisa helada. Entonces me regresaron mi ropa. Después de vestirme, me guiaron a un lavabo, donde el resto de los pacientes trataban de borrar de sus rostros cualquier señal de sueño. A las siete nos sirvieron una abominación que, según nos dijo Mary, era caldo de pollo. El frío, el cual ya habíamos sufrido lo suficiente la noche anterior, era amargo y cuando me quejé con una de las enfermeras, me respondió que según las reglas del instituto, la calefacción no debía ser encendida hasta octubre; así que debíamos de aguantarlo, pues ni siquiera habían organizado la tubería de vapor. Luego las enfermeras de la guardia nocturna, armadas con tijeras, comenzaron a jugar a la manicura con los pacientes. Cortaron mis uñas apresuradamente, así como lo hicieron con varios de los otros pacientes. Poco después, un doctor guapo hizo su aparición y fui llevada a la sala de estar.

—¿Quién eres? —me cuestionó.

—Nellie Moreno —contesté.

—¿Entonces por qué me diste el apellido Brown? —preguntó— ¿Qué pasa contigo?

—Nada. No quería venir aquí, pero me trajeron. Ya me quiero ir. ¿No me puedes dejar salir?

—¿Si te llevo afuera te quedarías conmigo? ¿No te escaparías de mí cuando llegues a la calle?

—No puedo prometer que no lo haré —respondí, con una sonrisa y un suspiro, pues era de buen ver.

Me hizo muchas otras preguntas. ¿Alguna vez vi caras en las paredes? ¿Alguna vez oí voces a mi alrededor? Le respondí lo mejor que pude.

—¿Alguna vez oyes voces en las noches? —me interrogó.

—Sí, hay tantos cuchicheos que ni siquiera puedo dormir.

—Me lo imaginé —se dijo así mismo. Entonces, dirigiéndose a mí, continuó— ¿Qué dicen estas voces?

—Bueno, no las escucho todo el tiempo. Pero algunas veces, hablan de Nellie Brown y luego de otros temas que no me interesan tanto —contesté con honestidad.

—Con eso es suficiente —le indicó a la Srta. Scott, que estaba de pie junto a la puerta.

—¿Ya puedo irme? —pregunté.

—Sí —me dijo, con una risa satisfecha—, pronto te liberaremos.

—Hace mucho frío aquí, quiero salir —insistí.

—Eso es cierto —le comentó a la Srta. Scott—, el frío en este lugar es casi insoportable y habrán algunos casos de neumonía si no tienen cuidado.

Y dicho esto, me sacaron para dar paso a otro paciente. Me senté afuera de la puerta y esperé a oír cómo pondría a prueba la sanidad de los pacientes. A excepción de algunas variaciones pequeñas, la prueba fue exactamente igual a la mía. A todos se les preguntó si veían caras en las paredes, oían voces y qué decían. No está de más decir que cada uno de los pacientes negó tener tales anomalías de vista u oído. A las diez de la noche nos dieron un té de carne[1] sin sal; a mediodía, un poco de carne fría y una patata; a las tres en punto, una taza de gruel de avena y a las cinco y media, té y un pedazo de pan sin mantequilla. Todas teníamos frío y hambre. Una vez que el doctor se fue, nos dieron unos chales y nos hicieron caminar de ida y vuelta en los pasillos para calentarnos. Durante el día varias personas visitaron el pabellón, curiosos por ver a la chica loca de Cuba. Mantuve mi cabeza cubierta, con la excusa de la temperatura, temiendo que alguno de los reporteros me reconociera. Al parecer algunos de los visitantes estaban en busca de una chica perdida, pues me hicieron descubrirme varias veces solo para mirarme y decir “no la conozco” o “no es ella”, por lo que me sentí secretamente aliviada. El director O’Rourke me visitó y probó sus habilidades con una examinación. Luego trajo a algunas mujeres bien vestidas y a algunos caballeros en intervalos para que le dieran una buena mirada a la misteriosa Nellie Brown.

Los reporteros fueron los más aparatosos. ¡Había tantos de ellos! Y eran tan brillantes que estaba realmente preocupada de que averiguaran que estaba cuerda. Fueron muy amables conmigo y muy sensibles en sus preguntas. Mi visitante de la noche anterior se acercó a la ventana mientras algunos periodistas me entrevistaban en la sala de estar y les dijo a las enfermeras que permitieran verme, pues serían de ayuda para encontrar alguna pista de mi identidad.

En la tarde el Dr. Field vino y me examinó. Solo me hizo algunas preguntas, una de las cuales no tenía relación con este caso. La cuestión principal se trataba de mi familia y amigos, también sobre si tenía amantes o si alguna vez había estado casada. Luego me pidió estirar mis brazos y mover mis dedos, lo cual hice al pie de la letra y aun así lo oí asegurar que mi caso estaba perdido. Preguntaron lo mismo a los demás internos.

Justo cuando el doctor estaba a punto de irse, la Srta. Tillie Mayard descubrió que no se encontraba en un sanatorio. Fue directo con el Dr. Field y le preguntó por qué la habían enviado ahí.

—¿Se acaba de dar cuenta que está en un asilo psiquiátrico? —comenzó el doctor.

—Sí; mis amigos dijeron que me estaban enviando a una clínica de recuperación para tratar mi problema de nervios, que se debe a mi enfermedad. Quiero salir de este lugar inmediatamente.

—Bueno, no podrá salir en un pestañeo —replicó, soltando una risa corta.

—Si realmente sabe de lo que habla —le respondió— debería de ser capaz de darse cuenta que estoy perfectamente cuerda. ¿Por qué no me pone a prueba?

—Sabemos todo lo que necesitamos sobre ese asunto —dijo el doctor y dejó a la pobre chica condenada a un manicomio, probablemente de por vida, sin darle siquiera una oportunidad para probar su cordura.

El domingo por la noche no fue sino una repetición del sábado. La plática incesante de las enfermeras y su caminata pesada por los pasillos sin alfombrar nos mantuvo despiertas toda la noche. El lunes por la mañana nos dijeron que deberían de venir por nosotras a la 13:30. Las enfermeras me bombardearon de preguntas sobre mi hogar, y parecían estar bajo la impresión de que tuve un amante que me abandonó a mi propia suerte y destrozó mi mente. La mañana trajo consigo a muchos reporteros. Eran realmente incansables en sus esfuerzos por sonsacar algo nuevo. Sin embargo, la Srta. Scott se negó a dejar que me vieran, por lo cual me sentí muy agradecida. De haberles dado acceso libre, probablemente no hubiera sido un misterio por mucho tiempo, ya que varios me conocían de vista. El director O’Rourke vino por una última visita y tuvimos una pequeña conversación. Escribió su nombre en mi libreta, diciéndole a la enfermera que se me olvidaría por completo en una hora. Sonreí y dije para mis adentros que no estaba tan segura de eso. Otras personas pidieron verme, pero nadie me conocía ni pudieron dar nada de información sobre mí.

Llegó el mediodía. Me puse más y más nerviosa conforme se acercaba la hora de salir con rumbo a la Isla. Temía cada nueva llegada, preocupada de que mi secreto sería descubierto en el último momento. Entonces me dieron un chal, junto con mi sombrero y guantes. Apenas pude ponérmelos, tenía los nervios de punta. Por fin el cuidador llegó y me despedí de Mary mientras le daba unas cuantas monedas.

—Dios te bendiga —me dijo—, rezaré por ti. Anímate, querida. Eres joven y saldrás adelante.

Le respondí que eso esperaba y luego me despedí de la Srta. Scott en español. El cuidador de aspecto tosco me tomó entre sus brazos y me guio casi a rastras a la ambulancia. Un grupo de estudiantes se había reunido y nos observaron con curiosidad. Puse el chal sobre mi cara y me hundí en la cabina. Metieron a las señoritas Neville y Mayard, y a las señoras Fox y Schanz después de mí. Un hombre entró con nosotras, las puertas se cerraron y condujimos con gran estilo fuera de las rejas en dirección al Manicomio y a la victoria. Los pacientes no hicieron ningún intento por escapar. El hedor del aliento del cuidador era suficiente para hacer que mi cabeza diera vueltas.

Cuando llegamos al muelle había tal multitud aglomerándose alrededor del automóvil que llamaron a la policía para abrir camino y que pudiéramos alcanzar el bote. Fui la última de la procesión. Me escoltaron por el puente de tablones, con la brisa fresca aventándome en la cara el aliento a whisky del guardia hasta que me hizo tambalear. Me llevaron a una cabina sucia, donde encontré al resto de mis compañeras sentadas en una banca estrecha. Las ventanas diminutas estaban cerradas y, con el olor del cuarto inmundo, el aire era asfixiante. De un lado de la cabina había un camastro en tal condición que tuve que tapar mi nariz cuando me acerqué. Pusieron a una chica enferma sobre él. Una anciana, con una enorme capota y una canasta sucia llena de pedazos de pan y trozos residuales de carne, se unió a nosotras. La puerta estaba vigilada por dos cuidadoras. Una estaba forrada en un vestido hecho de fábrica para la cama[2] y la otra usaba un atuendo algo parecido a un sentido de moda. Eran mujeres toscas y enormes, escupían el líquido del tabaco alrededor del suelo de una manera más admirable por su habilidad que por su encanto. Una de estas temibles criaturas parecía tener mucha fe en el poder de la mirada sobre las personas locas, pues, cuando cualquiera de nosotras se movía o se asomaba por la ventana alta, ella decía “siéntate” mientras bajaba sus cejas y echaba una mirada asesina que era simplemente aterradora. Hablaban con algunos hombres en el exterior mientras vigilaban la puerta. Discutían el número de pacientes y luego de sus propios asuntos en una manera ni edificante ni refinada.

El bote se detuvo y bajaron a la anciana y la chica enferma. Al resto de nosotras nos dijeron que nos quedáramos sentadas. Nos bajaron en la siguiente parada, una a la vez. Yo fui la última y al parecer era necesario un hombre y una mujer para guiarme por el tablón y alcanzar la playa. Una ambulancia estaba esperando ahí y abordo estaban los otros cuatro pacientes.

—¿Qué es este lugar? —le pregunté al hombre, que tenía sus dedos hundidos en la carne de mi brazo.

—La Isla de Blackwell, un lugar de locos del que nunca saldrás.

Dicho esto, me empujaron adentro de la ambulancia, colocaron el trampolín, un oficial y un cartero brincaron a la parte trasera y fui llevada en breve al Manicomio de la Isla de Blackwell.

 

 


 

[1] El beef tea o té de carne, consiste en un filete de res hervido en agua por veinte minutos con la intención de sustraer el sabor y la energía de la carne y consumirla en forma de bebida. Aunque no era muy efectivo, fue un remedio común para los convalecientes en los hospitales públicos a lo largo del siglo XIX.

[2]Ticking” es un textil de algodón o lino finamente entretejido para evitar que las plumas atraviesen la tela. Generalmente se utilizaba como funda para colchones y almohadas, pero su característico diseño de rayas en colores apagados y un fondo neutro también se utilizó en manteles, cortinas, tapizado de muebles y hasta vestidos.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
Roland barthes, ilustración por Mariana Martínez

“Ce qu’une oeuvre dit, elle le dit en taisant quelque chose.”

Maurice Blanchot, L’Entretien Infini

 

Durante los últimos tres inviernos de su vida, Roland Barthes fue a dar un curso todos los sábados en la Rive Gauche de París, en el cinquième arrondissement, en el prestigioso Collège de France. Barthes no era cualquier profesor. Desde su ingreso al colegio, en 1977, se convirtió en el recipiente (creo que le hubiera gustado esta palabra hueca) vitalicio de la cátedra de semiótica que heredó del grandísimo poeta y pensador de la lengua, Paul Valéry, su maestro. En ese momento, también, Barthes era ya una figura mediática en el medio intelectual francés. Sus Fragments d’un Discours Amoureux (1977) lo habían convertido también, en un peculiar pero no incomprensible giro del destino, en un autor de best seller. 

 

Así pues, en 1978,  Barthes, la luminaria de la sapientia francesa, el gran crítico, el recipiente de una cátedra, el nuevo creador de best sellers, se preparaba para dar un curso. Las salas de ese pequeño recinto, en el Collège de France se abarrotaron. No cabía un alma: se tuvieron que abrir clases adjuntas en las que curiosos y estudiosos se esforzaban por escuchar hablar al maestro. 

 

El curso que empezó Barthes ese invierno de 1978 fue el tercero que dio en el College de France después de su sonado ingreso en 1977. El primero se llamó “Vivre-Ensemble”, el siguiente se enfocó en Lo Neutro y el tercero tendría por título “La Préparation du Roman” es decir, la preparación de la novela. Este último tenía algo personal, algo único que lo distinguía de los dos anteriores. Todos los cursos de Barthes, al menos en la etapa del Collège de France, estaban atravesados por un deseo. Finalmente, él mismo planteó que todos ellos debían ser guiados por un fantasma propio en el sentido psicoanalítico, por un objeto del deseo. Pero esta lección tenía algo especial. 

 

Algo en “La Préparation du Roman” suena profético, huele a despedida, está atravesado por el duelo, ideas de perennidad, de trascendencia, de inmortalidad y, claro, de muerte. En este curso, Barthes se encaminaba hasta el final de su vida, sin saber, tal vez, que estaba tan cerca. 

 

La última clase que Barthes dio fue el 23 de febrero de 1980. Dos días después, cruzando la Rue des Écoles, muy cerca del querido Collège de France, una camioneta de una tintorería lo atropelló causándole heridas severas en el cráneo y en el tórax. Acaba de desayunar con François Mitterrand, quien un año más tarde sería electo como presidente de la república marcando el regreso de los socialistas al poder. Eso, Barthes nunca lo vería. 

 

“La Préparation du Roman” fue, pues, la última lección de Barthes. Una lección incompleta, que se iba a extender por muchos años más y que fue cortada, abruptamente, a media ruta. El camino trazado es, como muchos de los caminos trazados por Barthes, un sendero rico que seduce al caminante para perderse en disgresiones. Y, sin embargo, hay algo muy concreto en este curso, muy propio de Barthes: un vacío que llama a completarse, un vacío esquivo, un lugar en fuga que también es algo pleno, un deseo; para decirlo de otra forma, Barthes nos dio, con su última lección, envuelto en deseo, un regalo puramente literario. 

 

Barthes, un único plural

 

Barthes fue muchas cosas. Hijo de un militar que murió en combate naval; devoto de una madre con la que vivió, prácticamente sin interrupciones, durante 60 años; el homosexual de las polémicas de Sollers; el bibliotecario de Bucarest; el hombre que descubrió la lingüística con Greimas en Alejandría; el maestro de pequeños colegios en Francia y de grandes universidades en Estados Unidos; el amigo de Compagon, de Foucault, de Susan Sontag; el director de estudios en L’École Pratique des Hautes Études; el fundador de un grupo adolescente de teatro griego y de Tel Quel; el heredero de Bataille en la Revista Critique; el helenista de formación y de pasión; semiólogo, estructuralista, postestructuralista; autor, asesino de autores; mitólogo; anarquista, militante; destructor de prejuicios, enemigo de la pequeña burguesía, defensor de intelectuales; devoto de Sade, de Fourier, de Loyola, de Michelet, de Sartre, de Marx, de Nietzsche y de Kierkegaard; enorme lector y amante de ese panteón moderno compuesto por Flaubert, Proust y Mallarmé; hombre de deliciosa plática, lector sutil, escritor de enorme talento; un fino telar de sentidos.

 

En 1978, Barthes era todo esto y tal vez mucho más. También, fue tantas otras cosas en la imaginación de quienes iban a escucharlo. Algunos solo lo conocían por la vieja fama de sus primeros ensayos (los muy distintos y geniales Le Degré Zéro de L’Écriture de 1953 y Mythologies de 1957); otros, por su periodo más académico y formal como uno de los pilares del estructuralismo francés (que tendría un legado definitivo en la forma en que se enseña la literatura en ese país); otros, por su fama más reciente, por ensayos más libres, más lúdicos (Le Plaisir du Texte de 1973, Roland Barthes para Roland Barthes de 1975 o los Fragments de 1977). Tal vez, algunos de los que entraban a estos cursos gratuitos solo querían resguardarse del frío y mantener la esperanza viva de una taza de café gratuita. 

 

En todo caso, el público heterogéneo que entraba a la última lección de Barthes podía proyectar una idea heterogénea de lo que era Barthes. Y él, de alguna manera, asumía su mito y lo superaba. Desde su ingreso en la cátedra de semiología del Collège, Barthes siempre negó cualquier presunción científica, cualquier metalenguaje (“no puedo estar al mismo tiempo fuera del lenguaje, tratándolo como un blanco, y dentro del lenguaje, tratándolo como un arma”), cualquier objetividad en la cátedra no sería más que una afirmación de poder. Por eso, su proyecto se liberaba de una estructura, jugaba en el placer y en la literatura, en las formas anárquicas de la lengua o, dicho de forma más cercana a su pensamiento, buscaba enfrentarse al poder siempre insidioso del lenguaje:

 

“Cada vez me convenzo más, tanto al escribir cuanto al enseñar, de que la operación fundamental de ese método de desprendimiento consiste en la fragmentación si se escribe y en la digresión si se expone o, para decirlo con una palabra preciosamente ambigua, en la excursión. Desearía pues que la palabra y la escucha que aquí se trazarán fueran semejantes a los vaivenes de un niño que juega en torno de su madre, que se aleja y luego retorna hacia ella para entregarle un guijarro, una hebra de lana, dibujando de tal suerte en torno de un centro apacible toda un área de juego, dentro de la cual el guijarro, la lana, importan finalmente menos que el don lleno de celo que ofrenda. Cuando el niño actúa así no hace más que desenvolver los vaivenes de un deseo que él presenta y representa sin fin. Creo sinceramente que en el origen de una enseñanza como ésta es preciso aceptar desde siempre colocar un fantasma que puede variar año tras año.”

 

Cada curso se cernía sobre un objeto de deseo externo, admitido, buscado. Cada curso tenía una perspectiva íntima liberada de la necesidad de estructuras didácticas y entregada, completamente, a la subjetividad de un profesor caprichoso como un niño ofrendando con celo guijarros y trozos de lana a sus alumnos. Para Barthes, siempre hubo una censura del sujeto en Francia (censura que se prolongó, en literatura, hasta mucho después del Nouveau Roman); que en su caso pasó por el positivismo de la Sorbona y el materialismo de su juventud. Es por eso que Barthes iniciaba el curso con una advertencia libre:

 

“Más valen los señuelos de la subjetividad que las imposturas de la objetividad. Más vale imaginar al Sujeto que imaginar su censura.”

 

¿Pero cuál era el fantasma de Barthes en este curso? ¿Cuál fue el deseo que guió su última lección? ¿Cuál era esta subjetividad viva, este imaginario del Sujeto que se representaba aquí?

 

Vita Nuova

 

“Nel mezzo del cammin di nostra vita. mi ritrovai per una selva oscura.”1 El verso con el que inicia el primer canto de La Divina Comedia de Dante es el principio, también, de la última lección de Barthes. Según él, Dante no está hablando de una cuestión matemática cuando menciona “la mitad del camino de la vida”. Se trata, más bien, de un momento decisivo, una mutación significativa, una toma de consciencia total que cambia y sacude la historia de una vida; el significado de una vida. Para algunos, la mitad de la vida llega minutos antes de morir en una realización particular; para otros llega cuando son niños y viven un evento traumático; para unos más, como Dante, puede ocurrir con la pérdida de la amada en la vida adulta.

 

Para Barthes, esta “consciencia total” llegó por tres realizaciones abruptas que, como introducción a este último curso (que nadie sabía entonces que sería último) comenta con una enorme candidez a sus alumnos. La primera fue la realización de que la muerte es real, que existe tangentemente, palpablemente, y no sólo como un objeto de pensamiento o un delirio literario, filosófico, teórico. 

 

De pronto, Barthes se siente con los días contados (él agrega, sin ningún drama). Es una realización de ya no sentirse inmortal (un rasgo de juventud) y de sentir que un cierto propósito debería configurar el resto de los días que le quedan. Se crea, como dice, “una imperiosa necesidad de saber cómo usar el tiempo que queda antes de morir”. 

 

Por otra parte, Barthes se da cuenta de que todo lo que está haciendo es una repetición de lo mismo. No nada más el acto académico e intelectual de su profesión (dar cursos, escribir artículos, hacer un libro, repetir), sino la exigencia misma sobre su pensamiento: ya no se le pide producir nada nuevo, escribir nada nuevo, sino glosar lo que ya fue escrito. Esta impresión tal vez se refuerza después del coloquio dedicado a su obra, en Cerisy-la-Salle entre el 22 y el 29 de junio de 1977: hay algo en ese tipo de homenajes que parece una culminación póstuma en vida. 

 

En todo caso, Barthes se imagina, al inverso de Camus, que Sísifo no está contento. Su trabajo se ha convertido en una glosa de su propio pensamiento: “Llega una muy poderosa sensación de forclusión, de fatalidad, de forclusión fatal de la Novedad”. El pensador siente, al fin, que la aventura de pensar se está agotando; que la aventura, en general, es un recuerdo transitado.

 

Finalmente, Barthes se enfrentó a un evento traumático, marcado por el destino. Un evento que cambió radicalmente su vida y que le quitó, de tajo, a su máxima y única compañera: la muerte desgarradora de su madre (y sí, de esta muerte nació la última lección de su vida). 

 

El 25 de octubre de 1977 murió Henriette Binger, una fuerza única en la vida de Barthes, un pilar indiscutible, un amor incuestionable. El amor de Barthes a su madre es algo palpable no nada más en los Journal de Deuil (2009) que mantuvo durante su largo -y terminal- luto, sino también en uno de los ensayos más libres, bellos y penetrantes en su obra: las reflexiones sobre la fotografía en La Chambre Claire (1980). Todo ese ensayo es una reflexión sobre fotografías íntimas de su familia y cómo lo interpelan. Ver una fotografía es, para Barthes, recibir la carnalidad de la luz que alguna vez tocó a los seres queridos ausentes. Es contacto.

 

La reflexión personal que desata el terrible duelo por la muerte de su madre se convierte en la conciencia total que marca la mitad de una vida. Fue la consciencia que también marcó a Proust, en 1905, cuando perdió a su madre y empezó a concebir Á la Recherche du Temps Perdu. Es una consciencia personal que aquí se comparte en un curso y que ya se señalaba en La Chambre Claire: “Soy el punto de referencia de toda fotografía, y es por ello por lo que ésta me induce al asombro dirigiéndome la pregunta fundamental: ¿por qué razón vivo yo aquí y ahora?”.

 

La razón de vida nueva para Barthes nace entonces en medio de la confusión y el desamparo del duelo. Ésta es la reflexión de una separación, de un cambio radical y de una profunda depresión. Él lo llama estado de “Asedia”, utilizando una palabra arcaica para hablar de la pereza intelectual, de vagabundeo del alma, hartazgo, tristeza, aburrimiento; de ser, finalmente, “el sujeto del abandono” y de encontrarse ante la imposibilidad de amar (“Ser tan desdichado que te es imposible amar, dar amor a otros”). 

 

Barthes se da cuenta, entonces, que algo tiene que cambiar. Y si algo tiene que cambiar en un ser de escritura, tiene que ser un cambio de escritura, dentro de la escritura, para la escritura. ¿Pero cómo pasar de esta glosa repetitiva de sí mismo, de los cursos y los coloquios y los artículos a otra cosa? ¿Existe algo más allá de la misma escritura que ha caracterizado toda su vida? ¿Puede llegar a la mitad de su vida de escritor y darle un giro radical?

 

La necesidad está ahí: necesitaba una vida nueva (una Vita Nuova o Vita Nova); la pregunta es equiva: ¿Qué cambiar? Barthes se plantea cambiar ideas, es decir, cambiar de contenido, de creencia, de método, de filosofía, de teoría. Pero eso le parece banal. Dice Barthes que una bella necrología sería escribir en la tumba de alguien: “nunca cambió de ideas”.  

 

¿Entonces? ¿Qué cambiar?

 

La epifanía irrealizable

 

Un buen día, después de una caminata por Marruecos, en el camino hacia Rabat desde Casablanca, Barthes se tiró a una cama a reflexionar y tuvo una epifanía; una realización súbita y poderosa de un deseo; del cambio que se abría ante él, de la posibilidad de una Vita Nuova. La anécdota parece referirse a todas las grandes anécdotas de conversión, desde San Pablo, hasta Paul Claudel en la Catedral de Notre-Dame, y no dudo que haya algo de juego en estas referencias no asumidas. Porque, en este marco místico y revelador, Barthes habla de una conversión religiosa de un ser previamente convertido. Ésta fue la conversión de Roland Barthes a la literatura. 

 

¿Cómo puede convertirse un convertido? Ahí está el cambio, ahí está el cisma del medio de la vida y el anuncio de una vida nueva: Barthes, el estudioso incansable de la literatura, el lector voraz, el gran intelectual que domina la escena literaria francesa, de pronto, piensa en escribir como jamás lo había hecho, de dejar de escribir en torno a la literatura (aunque nunca sobre la literatura), para escribir literatura. Barthes, de un momento a otro, plantea la posibilidad de escribir una novela. 

 

En ese instante, considera inmediatamente salirse del Collège de France, dejar atrás todas las cátedras y los artículos y las glosas y dedicarse exclusivamente a este nuevo proyecto de escritura. Esta idea súbita, por primera vez en tantos meses, lo saca de la depresión y le produce una enorme perspectiva de felicidad. Barthes entrevé, entonces, en el deseo que guiará su última lección, la posibilidad de volver a ser feliz. 

 

Ahora bien, no quería escribir poesía o teatro, su deseo era más específico, a pesar de lo poco específicas que son las categorías genéricas en literatura. Barthes quería escribir una de las grandes novelas necesarias que tanto amaba, una novela como Guerra y Paz de Tolstoi o En Busca del Tiempo Perdido de Proust. Y, sin embargo, nunca lo hizo. Los dos años que separan la epifanía del 15 de abril de 1978 en Marruecos a su muerte los pasó dando este curso llamado “La preparación de la novela” porque es la preparación de Barthes para enfrentarse a la escritura de su primera novela. 

 

En el proyecto de nueva vida que vislumbró como felicidad, Barthes no pudo escaparse de sus propios mecanismos de pensamiento: al desear una novela, al desear vehementemente la escritura de una novela, cayó en la trampa de sí mismo y se puso a reflexionar su deseo. El resultado es un curso inaudito en el pensamiento literario, sobre un tema absolutamente abandonado y apartado de la teoría literaria: el del deseo de escribir. ¿Cómo se puede trabajar el deseo de escribir si, cuando existe, no existe la escritura y cuando existe la escritura es porque este deseo ya se esfumó? 

 

Barthes se enfrenta, entonces, a la única forma de comprender ese fugaz deseo de escribir: a través del imaginario del sujeto atravesado por el deseo, a saber, el imaginario de sí mismo como un sujeto atravesado por el deseo. El curso, en el tiempo que pudo darse, es así una reflexión constante sobre las capacidades mismas de Barthes para perseguir este fantasma. Constantemente hablando de su memoria fallida, de anotar el presente (a través de un hermoso y personal curso sobre el Haiku), de lo fragmentario y de lo compuesto, del pasaje del placer de leer al deseo de escribir, del miedo a escribir, de los que no escriben y de la posibilidad de no escribir, Barthes explora cómo liberarse y alcanzar una felicidad vislumbrada. 

 

La tragedia estaba, sin embargo, escrita. Tal vez este curso fue su manera de nunca llegar a la literatura, una trampa que él mismo se puso para convertir en hipótesis su deseo. Tal vez, si esa desafortunada camioneta con ropa sucia no lo hubiera atropellado una fría mañana de febrero, Barthes hubiera escrito esa gran novela. Nunca lo sabremos. Pero en este vacío que deja la posibilidad de una gran novela de Barthes hay un hermoso e inesperado suceso literario. Cuando Proust decidió escribir su gran novela, el libro ya estaba escrito. Cuando Barthes decidió escribir su gran novela, el libro se escapó para siempre. 

 

Ahora, como lectores de Barthes, a cuarenta años de su muerte, podemos preguntarnos sobre ese gran proyecto y desear algo que no está ahí, la ausencia de una gran novela. La última lección de Roland Barthes planteó, inesperadamente, el deseo de un libro que no existe a través de la preparación de un libro deseado. Pura introduccionística, como le gustaría a Stanislaw Lem, pura literatura a contrapelo de lo que pensaba el narrador en Bartleby de Herman Melville. Para el justo narrador de la enigmática novela corta de Melville, es una gran pérdida para la literatura que no existan más informaciones biográficas sobre Bartleby, el personaje central. Y, sin embargo, son estos huecos, estas ausencias, las que han permitido que Bartleby sea un objeto constante de pensamiento literario. 

 

Tal vez, entonces, la última lección de Barthes es que el Deseo de Escribir no se justifica con el resultado. El hecho de que Barthes nunca haya escrito su gran novela no es una pérdida para la literatura. Todo su pensamiento lo llevó a ese momento, a esa última lección de febrero y, como el Tao, el camino y el fin del recorrido se confunden. “Lo importante es el camino y nunca el destino”, decía Barthes y añadía esta palabra coqueta de Guillermo I: 

 

“No es necesario tener esperanzas para emprender, ni lograrlo para perseverar.” 

 

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La última lección de Barthes está publicada como Barthes, Roland. 2015. La Préparation du Roman, Cours au Collège de France 1978-1979 et 1979-1980. Paris: Seuil.

 

Bibliografía adicional:

 

BARTHES, Roland. 1989. La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía. Barcelona: Paidós Comunicación.


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Julia Pastrana. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

De todos los cadáveres del mundo,
ése era el más necesitado de compasión.

José Revueltas

 

La luz de las ocho de la mañana es ideal para el cometido. Valeria toma diligente el espejo de mano y las pinzas de depilar y se acerca a la ventana. Analiza con detenimiento su rostro, en especial el contorno de las cejas y los labios. Extirpa de raíz cualquier vello con más de medio milímetro de crecimiento. Si luego de diversos intentos no los puede arrancar, descansa unos segundos para arremeter de nuevo. Queda satisfecha ya que logra liberar a su piel de los indeseables inquilinos.

Cada tanto inspecciona sus fosas nasales con el mismo cuidado. Tan pronto un pelo se asoma, Valeria prefiere arrancarlo a tener que recortarlo usando unas minúsculas tijeras, pues el leve ardor y el atisbo de un estornudo la reconfortan.

Estas inspecciones matutinas son breves comparadas con las horas que llega a destinar para depilar por completo y con sumo cuidado axilas, piernas, brazos, abdomen y pecho, labor que no le permite descanso.

La vergüenza la acompaña desde la infancia. En la primaria, los tupidos y largos vellos de sus piernas y brazos flacos la apremiaban a usar calcetas apretadas arriba de las rodillas y suéter el año entero, sin importar el calor durante el verano sinaloense o el sudor por el esfuerzo en educación física. Las únicas personas entre las que se sentía cómoda eran sus padres, a pesar de sus casi inexistentes folículos pilosos.

A los trece años inició la contienda permanente contra las fibras capilares más insignificantes cuando la mamá de Sandra, su mejor amiga en ese entonces, le dijo que se parecía a la cantante Alaska. Le prestó unas revistas donde observó el rostro de Olvido Gara, nombre real de la mujer. Exhibía dos líneas delgadas a modo de cejas, los costados de la cabeza rapados y una melena cardada con mucho volumen, maquillaje cargado y vestidos cortos entallados. Valeria, quien sólo se vestía de negro y apenas usaba delineador oscuro, comenzó a darle forma a sus cejas hasta que las depiló por completo. Frente al espejo del baño, sacó pelo por pelo y pequeños puntos de sangre dibujaron la zona ahora expuesta.

Junto con Sandra probó cremas, ceras frías y calientes, depiladoras eléctricas, agua oxigenada, peróxido y polvos decolorantes. A diferencia de su amiga, casi lampiña, su vellosidad desafiaba cualquier producto o procedimiento. Por más que desterraba a los indeseados desde la raíz, siempre volvían. Eran igual de necios que ella.

Se distanció de Sandra al notar que un pelo grueso y negro invadía su pubis y los alrededores, incluso brotó una vereda que llegaba casi a su ombligo y un par de esos vellos circundó sus anchas areolas. Estaba convencida de que no era una mujer; hastiada de pelear consigo misma para lograr algo por lo que su amiga ni siquiera se tenía que preocupar.

En quinto semestre de preparatoria, Valeria conoció a otra mujer que cambiaría su relación con el exceso de vello. Comenzó a leer a Darwin en clase de Biología porque el profesor les daba puntos extra cada bimestre si leían obras relacionadas con sus temas, y el primero que eligió fue El origen de las especies. No lo hacía sólo por la recompensa, disfrutaba la asignatura y estaba segura de que su vocación era ésa, quería ser bióloga.

Buscó más ejemplares del naturalista en la biblioteca de la escuela y encontró La variación de animales y plantas domesticados. En ese libro halló la fotografía en blanco y negro de la mexicana Julia Pastrana. Aparecía ataviada con zapatillas, medias, un vestido de época de falda voluminosa y amplia y un corsé muy ajustado que resaltaba su busto. Un collar con dije de cruz le adornaba el cuello. El rostro grande cubierto de pelo parecía formar parte de otra imagen y estar superpuesto. La nariz ancha y los labios prominentes y gruesos resaltaban tanto como la barba.

En el texto que acompañaba la foto leyó que Julia padecía de hirsutismo, aunque ésa no era la razón por la que Darwin la incluyó en su investigación. El autor supo de Julia al recibir una muestra de yeso de su mandíbula, que exhibía una hilera doble de dientes en ambos maxilares, malformación culpable de sus rasgos simiescos. Darwin la describió como una persona muy educada con exceso de vello por todo el cuerpo y una barba masculina. Además, la ficha mencionaba su lugar de origen, Sinaloa de Leyva.

Por primera vez, Valeria se sintió identificada con otra mujer. La obsesionó al grado de pensar y casi asegurar que ella también era una Pastrana. Se preguntó cómo Julia había sobrevivido y triunfado a pesar de su aspecto, o si en realidad fue este el que trazó su destino. Sopesó olvidarse de los rastrillos y las pinzas, detener el suplicio rutinario.

Llegó a la conclusión de que, al no aceptarse tal cual era, quizá estaba evadiendo su propia suerte. Si en verdad era una Pastrana, debía tener alguna habilidad escondida que ya hubiera descubierto de no perder tantas horas en el asiduo escrutinio de sus zonas más pilíferas.

Al llegar a casa le preguntó a sus padres si conocían a Julia Pastrana. Ambos, extrañados al escuchar el apellido, respondieron que no. En su habitación, Valeria se dedicó a investigar en internet y encontró varios sitios amarillistas e investigaciones serias en torno a la vida de Julia. Leyó variaciones de la historia con elementos centrales que no cambiaban: nació en 1834 en Sinaloa de Leyva, y había aprendido a leer y escribir en la casa del gobernador de entonces, de quien era criada. La mayoría de las páginas incluían ilustraciones que exageraban los rasgos simiescos, así como volantes y pósteres que anunciaban sus presentaciones artísticas e incluso fotografías de su cuerpo y el de su hijo recién nacido tras ser embalsamados.

Julia Pastrana. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

Julia Pastrana. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

 

 

Descubrió que lo más peculiar de Julia no era su aspecto: tenía una habilidad notable con los idiomas y bailaba y cantaba con maestría; fue una mezzosoprano reconocida en diversos países. Sin embargo, su apariencia peculiar la convertía en un espectáculo visual explotado por varios hombres a lo largo de su corta vida. Supo que su cadáver estaba en Oslo y que otra artista mexicana trabajaba ya en la repatriación del cuerpo.

Poco antes de concluir la búsqueda, encontró dos grabaciones breves en las que la cantante desplegaba su don en las zarzuelas Jugar con fuego, compuesta por Barbieri, y Marina, compuesta por Arrieta. Una voz sublime le desveló la fuerza que había en Julia. Era una mujer extraordinaria, Valeria quería saber todo lo posible sobre ella. Entonces pensó que, de haber coincidido en tiempo y espacio, no hubiera dudado en invadir su privacidad y comprarle un boleto a su esposo para verla comer o dormir. De repente, un pensamiento más oscuro la invadió: si ella misma ponía en duda su propia feminidad por un motivo estético, lo que ponían en duda en Julia era su mera condición humana.

Valeria imprimió fotografías en el centro de cómputo de la escuela, armó un rompecabezas coherente de la biografía de Julia y esa misma tarde buscó a Sandra para hacerla partícipe de sus hallazgos. Antes de hablarle sobre Pastrana, la hizo escuchar las dos romanzas recordando las tardes en las que tenían el pasatiempo de apreciar diferentes tipos de música para después adivinar cómo era físicamente el artista.

Compartían unos audífonos sentadas en la banqueta afuera de casa de Sandra, quien escuchaba con atención. Extasiada, Valeria dijo:

—Se llamaba Julia Pastrana, ¿cómo te la imaginas?

—Alta, de pecho amplio. De cabello castaño oscuro o negro…

—Acertaste en el cabello, pero te equivocaste en lo demás. No llegaba ni al metro y medio.

Sandra hizo un gesto de extrañeza. Valeria sacó su celular y escribió en el buscador de imágenes “Julia Pastrana”. Le mostró su favorita, la que aparecía en el libro de Darwin.

—Llevo días buscando información sobre ella. Fue una mujer súper sensible y con muchos talentos, ya le conociste uno.

Sandra miró las fotos con asombro.

—¡Parece un mono!

Valeria, ofendida, replicó:

—A mí no me gusta decirle así. “Híbrido maravilloso” o “la indescriptible” le quedan mucho mejor, Julia era una extrañeza en cada aspecto. Ni te imaginas lo inteligente que era, hablaba tres idiomas y ya escuchaste cómo cantaba. También era muy buena bailarina. Lo más sorprendente es que nació aquí hace muchísimo, trabajó en la casa del gobernador y a los veinte años él se la vendió al dueño de un circo en Nueva York, de esos que tenían espectáculos de freaks. Se presentó en Estados Unidos y escribieron sobre ella en el New York Times. Luego la compró un tal Teodoro, un empresario que se casó con ella y la siguió exhibiendo. Se aprovechó todo lo que pudo de Julia e inventó historias para hacerla más famosa, como que, de niña, acá en México la rescataron de una cueva donde la criaba un lobo. En ese entonces, la teoría de la evolución de Darwin era súper popular, y decían que Julia era el eslabón entre el humano y el orangután, ¿te imaginas? —Valeria hablaba deprisa, mirando sus manos—. La usaban para confirmar que los blancos eran más evolucionados. Estando en Moscú se enteraron de que tendrían un hijo, y a Teodoro se le ocurrió vender entradas para el parto. Ése fue su último espectáculo, el bebé murió muy pronto, ella tampoco sobrevivió. Lo peor es que Teodoro mandó disecar los cuerpos para seguirlos exhibiendo, ¡¿puedes creerlo?! Él se murió en un psiquiátrico, y los restos de Julia y de su hijo rondaron de aquí para allá, hasta cayeron en manos de los nazis. Después los guardaron en una bodega en Oslo y se volvió a saber de ellos cuando robaron los cadáveres. El gobierno de Noruega sólo pudo rescatar el cuerpo de Julia, lo resguardaron en el sótano de una universidad. Hace poco, otra artista de aquí empezó a pelear para traerla de vuelta. Ya te imaginarás el embrollo en el que anda. Pobre Julia. ¿Sabes? Nunca la trataron como a una persona, pero ella sabía que lo principal era aceptarse tal cual era; antes de morir, sus últimas palabras fueron “muero feliz porque me amé a mí misma” —Valeria terminó de hablar y su sonrisa de disipó al ver que Sandra no había dejado de mirar con repulsión mal disimulada las imágenes de Julia en su celular, y entendió que fue un error tratar de acercarse a ella de nuevo. Sintió como una afrenta propia aquel rechazo, le arrebató el celular, se puso de pie y se alejó con rabia.

Julia Pastrana. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

Julia Pastrana. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

 

***

Valeria no siente que se esté apropiando de un duelo ajeno, sino de uno olvidado durante más de ciento cincuenta años. Trae un ramo de rosas blancas y es de los pocos que viste de negro; la muerte de Julia es tan remota que los asistentes no sienten la necesidad de llevar el riguroso negro para un luto respetuoso.

En la iglesia de San Felipe y Santiago, inmersa entre una multitud que no llora ni se lamenta, tiene la sensación de que es la única en duelo. Valeria tiene veintiséis años, la misma edad que tenía Julia al morir. Vino con la mínima esperanza de ver su rostro al menos por un instante, pero colocaron un paño rojo sobre el cristal del féretro cerrado. Mientras observa el níveo ataúd de zinc rodeado por miles de rosas, alelíes, casablancas y gladiolas igualmente blancos, imagina a detalle las facciones que ha examinado en papel y en pantalla durante tanto tiempo. Lleva el rostro y la voz de Julia en la memoria: evoca la larga cabellera negra, el cuerpo pequeño cubierto de vello, la prominente barba, su timbre enérgico y grave.

El olor a incienso, a cera líquida y al cúmulo de flores crea una atmósfera tan sofocante como el aire cargado que respira el gentío reunido en ese espacio amplio ahora reducido. Antes de colocar su ramo entre el resto, toma un capullo.

Al terminar la misa, Valeria sigue el cortejo fúnebre al panteón municipal. Cuatro hombres llevan el féretro al sitio indicado al tiempo que la tambora ambienta la peregrinación de diez minutos. Ya que depositan el féretro en una fosa de cemento, empleados públicos le arrojan flores entre capas de tierra y mezcla gris. Con su mejor puntería, Valeria lanza con fuerza el capullo sobre las cabezas de los asistentes y se alegra al verla aterrizar en el sitio indicado. El único que se percatan de la hazaña es un niño que la mira con curiosidad.

Al terminar de colocar la lápida en la que se lee en letras grandes y negras “Julia Pastrana, 1834-1860”, la multitud comienza a dispersarse y Valeria camina algunas cuadras más para llegar a un parque.

No tiene con quién compartir el momento. En la agencia de publicidad pidió permiso para tener el día libre. El motivo fue el entierro de un familiar. Sin indagar ni darle el pésame, su jefe directo accedió. Hubiera querido que le preguntara qué familiar era, qué había sucedido. Tener la oportunidad de hablar de Julia una vez más, decir que la fallecida era una prima mezzosoprano a la que le encantaba viajar.

 


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.