La escritura de la memoria suele ser un buen punto de partida para el análisis. Recordar desde un lugar de resistencia implica un esfuerzo por reinterpretar el pasado individual o colectivo. Carmen María Machado estructura la memoria como una Casa de los Sueños, en la que ensaya, escribe y desarticula la experiencia traumática de una relación tóxica lésbica. Es una exposición exhaustiva del yo y de las fallas sociales sobre las que tuvo que reflexionar para entender lo que vivió. En su nueva novela In the Dream House (2019), la escritora se impone el reto de re-estructurar la narrativa interna que creó a causa del abuso psicológico.
María Machado vence una y otra vez las restricciones que se han impuesto sobre y desde las experiencias que vivió. A pesar de que la violencia y el silencio parecen duplas difíciles de separar, la memoria de Machado se enuncia desde un lugar en el que se ha vuelto necesario visibilizar los efectos del amor romántico tóxico entre una pareja de la comunidad LGBT+.
Como ejercicio literario, In the Dreamhouse se proclama desde su introducción como una memoria un tanto huérfana de tradición, de referentes inmediatos con los cuales dialogar para establecer un punto de partida; denuncia esta orfandad como un círculo de mutismo:
[…] el abuso doméstico entre parejas que comparten la identidad de género es posible y común, y puede ser parecido a esto. Yo hablo dentro del silencio. Lanzo la piedra de mi propia historia dentro de una enorme grieta; mido el vacío a través del leve sonido que produce.[1]
No obstante, en las páginas subsecuentes, Machado logra trazar una genealogía de la agresión dentro de la comunidad lésbica. Encuentra referentes en la música, en textos ensayísticos, en la reflexión en torno a la manera en que han funcionado batallas legales para analizar desde dónde se coloca la sociedad frente estos casos de abuso. El ensayo y la búsqueda de los antecedentes son, por lo tanto, las maneras que encuentra la autora para hacer frente al silencio.
En estos recuentos, analiza agudamente las prácticas heteropatriarcales; también las reticencias de la comunidad queer con respecto a la verbalización de estos sucesos. A través del análisis de los casos de abuso, la novela evidencia las luchas que aún faltan por librar para que la comunidad LGBT+ sea aceptada realmente, puesto que no se puede permitir la omisión de estos “villanos queer”, como los llama Machado, por la necesidad latente de “buenas relaciones públicas”. Para la autora la representación de estos personajes antagónicos es igual de necesaria porque:
Queers de la vida real no merecen representación, protección y derechos porque sean puros moralmente o personas intachables. Sino que merecen todas esas cosas porque son seres humanos, y eso es suficiente.[2]
De manera que hace una crítica constante al manejo social de la violencia doméstica a través de ejemplos de pleitos legales, la invisibilización a la que ha sido sometida, la falta de terminología para definirla y clasificarla en todos sus matices; todo desde una postura crítica de la hegemonía patriarcal, así como de la identidad LGBT+.
Este análisis va de lo colectivo a lo individual y de regreso, su relación tóxica se vuelve la metonimia de un vasto número de problemas sociales y el detonante para una exploración profunda de las fallas sistémicas que se manifiestan en los síntomas de una relación afectiva. Fallas que tienen que ver con la idealización del amor romántico y la consecuente normalización de distintos tipos de violencia psicológica, una que es difícil de nombrar y de denunciar.
Machado hace énfasis constantemente en el hecho de que la mayoría de las agresiones que se cometen en la vida de pareja son legales, imposibles de procesar y de demostrar.
Cada línea escrita, además, es una subversión en contra del terror impuesto por las amenazas de la antagonista: la Mujer en la Casa de los Sueños, quien dice después de su primer episodio violento: “No tienes permitido escribir sobre esto, […] No te atrevas a escribir sobre esto. ¿Me pinches entiendes?”.[3] En otro momento la cuestiona de manera pasivo-agresiva para saber quién sabe sobre ellas, si existe una historia que denuncie su comportamiento violento. La memoria se manifiesta, de esta manera, como un acto de valentía.
La estructura de In the Dreamhouse admite dos lecturas: la fragmentación inevitable de la narrativa —personal y, por tanto, en la forma de escritura— o bien, la forma en que el trabajo de la escritora encuentra sus propios mecanismos para expresarse, a pesar del peso de las agresiones vividas. El reto es complejo, como dice la autora: “Expresar a través del lenguaje algo para lo que careces de un lenguaje no es una tarea fácil”.[4]
Es así que el libro se crea como una búsqueda constante de la manera de expresar ese lugar sin-lenguaje; nos presenta una memoria hecha de apartados, con una lógica interna individual, la cual está cifrada en el título de cada uno: “Casa de los Sueños como una Bildungsroman”, Casa de los Sueños como la taxonomía de un cuento tradicional”, “Casa de los Sueños como colección”, “Casa de los sueños como Barbazul”.[5] Pasa de esta manera por varios géneros, desde capítulos que podrían ser cuentos redondos y casi independientes, hasta ensayos, analogías, análisis de piezas musicales, un “escoge tu propia aventura”, notas bibliográficas y otros más.
No hay que olvidar que el formato híbrido y fragmentario es algo que funciona bien en la narrativa de Carmen María Machado. En su libro anterior, Her body and other parties, vemos la versatilidad de la autora para escribir narraciones en formatos distintos, como inventarios o sinopsis de capítulos de una serie televisiva. Curiosamente, en In the Dream House, Machado menciona que esos experimentos, si bien justificables dentro de su propia lógica, respondían en realidad al estado fragmentado en que se encontraba su vida en ese momento. Pareciera ser que los grandes aciertos estilísticos de su estructura no lineal responden al incentivo de la fractura que representó para ella la agresión de su pareja.
Junto con las escenas en las que de manera explícita la Mujer en la Casa de los Sueños agrede a la protagonista, la novela nos traza una especie de reglamento. Se interrumpe, de esta manera, la lectura lineal para hacer acotaciones; en las notas a pie de página se referencia el libro Motif-Index of Folk-Literature; las entradas tienen que ver con resaltar la ruptura de un tabú, como las siguiente: “Type C961.2, Transformation to stone for breaking taboo; Type C481, Taboo: singing”.[6] Así, remarca aún más la dinámica de prohibiciones que plagaba la relación, para hacernos conscientes de las consecuencias que se desprendían de todo aquello que ella no podía hacer ni podía ser, pero también de la re-estructuración que sufrió su personalidad y su vida cotidiana.
Es una lectura brutal y dolorosa que nos atraviesa de lleno. La elección del narrador en segunda persona, nos empuja a una relación íntima con la protagonista, nos acerca de golpe al personaje, obligándonos a vivir más íntimamente lo que le acontece. El resultado es que aprendemos a caminar de puntitas en la Casa de los Sueños, pues la repetición constante de los tabúes en las notas a pie de página, y la construcción magistral de los personajes, nos hacen adelantarnos a las reacciones, a tener miedo por anticipado.
Además de esto, la segunda persona en sí misma nos devela gran parte del proceso de escritura. Carmen María Machado la introduce de la siguiente manera:
Tú no fuiste siempre solo un “tú”. Yo estaba completa —una relación simbiótica entre mis mejores y mis peores partes— y entonces, en uno de los sentidos de la definición, estaba escindida: un corte limpio que separó la primera persona —esa mujer confiada, segura, la chica detective, la aventurera— de la segunda, alguien que estaba siempre ansiosa y temblando como un perrito de una raza muy pequeña. [7]
De esta manera, vemos cómo la voz narrativa necesita de un desdoblamiento para contar la historia, porque de otra manera no podría lidiar con ella. La escisión va construyendo la experiencia demoledora de los daños que ejerció sobre su personalidad la violencia a la que fue sometida. Y termina por hacer énfasis en la necesidad de romper con el silencio autoimpuesto, que también viene del trauma. Lo que hace en esta novela es el ejercicio contrario a las re-escrituras que hacía de los momentos violentos de su relación, para presentarla ante los demás:
Mientras el suelo se aleja cada vez más, te juras a ti misma que vas a decirle a alguien lo terrible que es, vas a dejar de actuar como si nada de esto estuviera sucediendo, pero en el momento en el que el suelo se está acercando a ti de nuevo, ya terminaste de pulir la historia.[8]
En la novela, separa esas ficciones del pasado para reconstruir un recuento necesario.
La tensión está construida perfectamente, no de manera progresiva ni lineal, sino profunda, heterogénea, y se va alimentando poco a poco de cada una de las pistas, los cambios de estructura y la reflexión constante en torno a la socialización de la violencia de pareja.
La arquitectura de In the Dreamhouse encierra a su lector, hace evidente la complejidad de su propio proceso de escritura: la versatilidad del texto híbrido para explicar experiencias límite, para desmenuzarlas poco a poco y facilitar su acceso al lenguaje.
También llama la atención sobre la necesidad de visibilizar la violencia dentro de cualquier grupo, así como la urgencia de replantear la manera de vivir los afectos.
Inevitablemente, es un libro que requiere regresos constantes para entender nuevas aristas de su planteamiento. Es, quizá, la guía que la escritora no tuvo para lidiar con su dolor, para recordar todo aquello que es una falla sistémica, tanto en la percepción de la minoría, como en el establecimiento de las relaciones, la exposición de los focos rojos que nos advierte alejarnos de eso: la existencia angustiante en la Casa de los Sueños.
[1] Machado, Carmen María, In the Dream House, Graywolf Press, Minneapolis, 2019, p. 14.
[2]Ibid, p. 56. “Queers—real-life ones—do not deserve representation, protection, and rights because they are morally pure or upright as a people. They deserve those things because they are human beings, and that is enough.”
[3]Ibid, p. 53. “You’re not allowed to write about this,” she says. “Don’t you ever write about this. Do you fucking understand me?”
[4]Ibid, p. 142. “Putting language to something for which you have no language is no easy feat”.
[5]“Dream House as Bildungsroman”, “Dream House as Folktale Taxonomy”, “Dream House as Menagerie”, “Dream House as Bluebeard”…
[7] Ibid, p. 22. “You were not always just a You. I was whole —a symbiotic relationship between my best and worst parts— and then, in one sense of the definition, I was cleaved: a neat lop that took first person —that assured, confident woman, the girl detective, the adventurer— away from second, who was always anxious and vibrating like a too-small breed of dog”.
[8]Ibid, p. 140. “And as the ground gets farther and farther away you swear to yourself that you’re going to tell someone how bad it is, you’re gonna stop pretending like none of these things are happening, but by the time the ground is coming toward you again you are already polishing your story”.
Afirman que mucho se ha escrito sobre el agua, y es cierto; la exploración poética de este elemento se ha convertido en un tema común en la escritura de algunas regiones mexicanas, sea por la cercanía al asunto, o bien, por la popularidad que autores como Francisco Cervantes, José Luis Rivas o Juan Domingo Argüelles han dado. No obstante, existen propuestas que dan un giro novedoso a la inspección alrededor de la naturaleza, pues en su complejidad, las inquietudes al respecto no se terminan.
Derrota de mar (Jaguar Ediciones, 2019), el libro más reciente de Marco Antonio Murillo, plantea un diálogo entre un personaje que a veces es narrador y el agua en sus formas y contradicciones. En la obra de Murillo, dicho elemento natural es visto como un ser que toma varios cuerpos, con carácter e impulsos propios. En este escenario, perder el equilibrio en el tratamiento del contenido puede suceder con relativa facilidad. Sin embargo, el autor se mantiene en la línea y nos entrega un escrito sensible y de claridad inestimable.
Dice Thierry Juteau, geólogo francés, que solamente se conoce alrededor del 5% de los océanos. Siendo que el 70% de nuestro planeta está cubierto por océanos y ríos, ¿realmente se nos acabaron las formas para representarlos? Murillo demuestra que no en su libro fragmentado en retratos del agua. Entonces vemos, por momentos, un mar temperamental, destructor; en otras ocasiones es un arroyo calmo y suave, fuente de vida y compañero.
Con certeza, el que quiera escribir sobre el mar, lo hará a la manera de un oceanógrafo: con la premisa de que quizás encuentre algo sin conocer qué. Ya decía Jacques Cousteau que, de haber sabido lo que hallaría en sus expediciones submarinas, no hubiera ido. La incertidumbre es el impulso de lanzarse al agua, y a su literatura.
En este sentido, Derrota de mar es el resultado de una expedición larga y consciente. El mar, a veces río, a veces caudal, es un escenario con posibilidades de acción simultánea: un clavadista en inmersión, pájaros construyen nidos, un ebanista talla un barco, alguien encuentra una carta. El océano permite la recreación de la belleza y, en ocasiones, es partícipe del desastre. El agua unifica a las criaturas de este poemario y las que viven más allá de sus límites.
Existen, a lo largo de la obra, varios puntos líricos en donde Murillo guía la exploración del lenguaje como un sitio lleno de imágenes y sonoridades, reconocibles también en la lectura de poetas como Saint John Perse y José Carlos Becerra. Sus ecos saltan como fauna marítima y dan luz a la construcción de los versos.
“Mar en junio” es la parte más contemplativa y aquí se escribe lo que ocurre en la superficie del elemento protagonista. La convivencia entre las formas de vida que están dentro y fuera de él. Frente a ese escenario, uno se cuestiona si aquello es imaginario o existe a pesar de la observación. Este ejercicio sirve como un puente hacia lo que viene después.
Hacia el final, leemos “Carta de relación”, un poema largo que a manera de relatoría –como lo hacían los exploradores– cuenta lo que pasa luego de un desastre. El paso del huracán es la metáfora en la que se gesta otro desastre impalpable: la forma en que dos naturalezas distintas se erosionan y se desgastan, como ocurre con la mayoría de los vínculos humanos.
El amor es tifón y calamidad. Entra en las intimidades, destruye nuestros lugares seguros, nos despoja de todo, nos derrota. Lo único posible, después, sería tomar lo que quede y comenzar a reconstruir. Luego de la ruina, Derek Walcott celebraría que aún estamos vivos. El lector se convierte en un náufrago que ha sobrevivido a la belleza y los anversos del agua, alguien que contempla el fracaso y revive sus batallas perdidas.
Derrota de mar es un libro que va más allá de la exploración de su elemento principal. El cuaderno de viaje de Marco Murillo confronta al protagonista de la historia y a quien la lee. Las pérdidas deben ser contadas por su valía y lo que dejan en nosotros; es así que, como en los océanos, nos sumergimos en las emociones que nos deja el desastre.
Jorge Mejía Peralta, Homenaje a Ernesto Cardenal en sus 90 Años, Teatro Nacional Rubén Darío. Managua, Nicaragua. Flickr.
Un par de zapatillas doradas se asoman por debajo del vestido de la reina María Luisa. La punta se respinga ligeramente acentuando el garigoleo de un calzado elegante. Tacones bajos la sostienen con altura suficiente para mostrar clase y gusto; soportes de brillo discreto, adecuados para su edad. El vestido de encaje negro contrasta con su piel blanquísima; de no ser por el tenue dorado que Goya imprimió en los zapatos, estos tendrían el mismo color del cuello y los brazos de la mujer. Las sutiles zapatillas parecen extensiones de su cuerpo; la horma se ajusta de manera natural, las piernas continúan su trayectoria: una capa más de epidermis se suma a los pies. Intuyo la comodidad; en el rostro de la reina se ve el preámbulo de una sonrisa que nace, me gusta pensar, de andar por el mundo alzada en tacones a la medida.
Manolo Blahnik observa el retrato; muy cerca está también el de la duquesa de Alba. Sabe el sitio exacto de cada uno. El Museo del Prado ha cerrado por unas horas para que pueda recorrer el espacio cómodamente, en soledad. No es la primera vez que sucede este encuentro; Manolo visita a Goya como a un profeta. Lo ha nombrado Rey de los zapatos. Los dos hombres son artistas y artesanos, pintores y zapateros, discípulos y maestros de su tiempo. Hay quien asegura que el siglo XX español dio tres grandes mentes: Picasso, Pedro Almodóvar y Manolo Blahnik; íconos, ejes de la cultura, representantes ante el mundo del genio nacional.
En los zapatos como en la pintura, importa el detalle, la alquimia del color, la expresión de un mundo íntimo. Cada zapatero confiere al ejemplar un discurso, una manera de ver la realidad que acaso encuentra interlocutores, pies dispuestos a corresponder el diálogo, a apropiarse de la confección, a crear con ella caminos nuevos; y qué mejor si las huellas son hechas con zapatillas de seda otomana, con borlas o pedrería.
Goya tenía buen ojo para los zapatos, fue algo así como un fotógrafo de moda de su época, entendía que cada individuo se delataba en su elección. No escatimó en atrapar las minucias, con igual ahínco retrató los rostros como los dobleces y bordados en las prendas. Es bien conocida la debilidad que las damas de la realeza sentían por los zapatos; eran tan grandes las colecciones en los palacios que había pares que usaban solo una vez. Gracias al excesivo consumo de moda de aquellas mujeres, entre las cuales se encontraba María Luisa de Parma, han llegado piezas casi intactas de calzado de la época esparcidas por el globo como valiosas cápsulas para la comprensión y estudio de las costumbres de otros siglos.
Los trabajos al óleo de Goya, realizados como retratista oficial de la casa real, encierran en cada sutil entramado de los atuendos los cambios históricos que sucedían en la península ibérica. Con la llegada al trono de los Borbones, arribó la vestimenta afrancesada, repleta de adornos; las botas y chinelas de cuero español, muy populares entre las clases altas, dieron paso al calzado entaconado de telas finas para las damas, con lustrosas hebillas para los hombres.
El zapato nos une al mundo; ata al hombre a su tiempo. Bien podría escribirse una historia universal utilizándolos como referencia primordial; por eso, la mirada minuciosa de Goya, las horas dedicadas a los trazos finos de las calzas, no eran solo una obsesión por la belleza o la experiencia estética sino también por establecer el relato de un imperio.
Tal vez uno de sus retratos más enigmáticos es el de “La duquesa de Alba de negro”, con quien se rumora mantuvo una relación amorosa; este cuadro es también el poseedor de unos de los zapatos más bellos que plasmó. El cuadro, guardado por el español en su taller hasta el día de su muerte, muestra la elegancia y recato de la mujer. Una mantilla cubre la cabeza; un brazo cae al frente, el índice se alarga apuntando al suelo. El vestido se detiene a unos centímetros antes de tocar la superficie, se suspende en el aire dejando al descubierto zapatillas de arquitectura rococó. La sensualidad de la duquesa se derrama en la curva del empeine, en la ligera altura de los tacones que reconfiguran su silueta y su condición. Frente a los suntuosos zapatos de la Cayetana elevada hacia el cielo se lee: Solo Goya, escrito sobre la tierra.
La fábrica abre sus puertas cada día. Manolo, con bata y guantes blancos como su cabello, lija la madera para la muestra de cada nuevo modelo. Nadie, excepto él, realiza esta labor. Un vínculo se crea entre el artesano y el material que muta; sus manos llevan a cabo un trabajo escultórico a través del cual la madera adquiere una forma escondida que no se resiste a existir. A las ocho de la mañana, cuando las máquinas se encienden, comienza el proceso; las telas se despliegan a la vista del zapatero, quien mantiene vigentes tradiciones antiguas del oficio.
Así como en Goya los zapatos pueden ser leídos como un relato histórico, escrito por un hombre interesado en los cambios de su país que llegan a modificar hasta los más pequeños detalles, en Manolo encontramos la confluencia de varias épocas. En la manufactura de su calzado se entrelaza lo antiguo con las nuevas industrias que rigen el mercado. Pero Manolo Blahnik no pertenece del todo a nuestro siglo. Lo que puede leerse en su obra como un espíritu cosmopolita natural, es en realidad la sombra de un hombre que busca su lugar; ya en un pasado que visita, con fascinación a través del arte o en un presente amoldado, a base de soledad y rutina, a sus necesidades.
Entre las capas de encaje de los zapatos se entrevén sus influencias; los vastos conocimientos arquitectónicos, plásticos, literarios y botánicos que posee. Su traducción resulta en monumentos que lo han tornado en un mito. Su catálogo de zapatos se articula como un bestiario medieval. Cada criatura posee un nombre, son bautizadas por él de acuerdo a la personalidad que irradian: Josefa, Agatha, Hangisi, Lala. Sus diseños más representativos rescatan las hebillas masculinas retratadas por Goya, las cuales cubre de joyas para ataviar el décolleté, el sensual escote de los dedos.
Muchas de sus colecciones se exhiben alrededor del mundo. Manolo logró crear piezas de museo, dinámicas en su estatismo. Dentro de cúpulas de cristal, acompañados de cuadros del siglo XVIII, The Wallace Collection alberga temporalmente una selección especial de su trabajo, muchos confeccionados exclusivamente para la película María Antonieta. La función dio paso a la importancia de la presencia; los zapatos se disponen en una narración en donde la modernidad se desdobla resignificando al siglo de las luces. Sofia Coppola se preguntó al planear el largometraje, ¿a quién hubiera pedido la monarca, si viviera hoy, la tarea especial de hacer sus zapatos? La respuesta inmediata de la directora fue: a Manolo Blahnik. El resultado fue espectacular y, como el resto de sus composiciones pensadas para caminar; destinadas a contemplarse.
Una serie de alucinaciones provocan que se desmorone el mundo de Natanael. Cuando la enfermedad mental se asoma, los amigos, las parejas y la familia desaparecen. En este su primer libro, David Alfonso Estrada realiza una radiografía de la esquizofrenia como nunca se había visto en la literatura mexicana. Es un viaje infierno adentro que transcurre entre anexos, fugas de narcotraficantes y la miseria del mundo cultural. La pecera de Dios es un debut literario rarísimo y siempre sorprendente.
En este libro-teaser, realizado por el mismo David Alfonso Estrada, la imaginería visual de La pecera de Dios salta del libro para darnos una muestra de la imaginativa prosa que caracteriza la novela. Rituales, magia, profecías y mitos se vuelven realidad en esta extraña narración, ganadora del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2019.
En esta publicación combinamos los talentos creativos de Mer Bleue y Lola Ancira para desencadenar un diálogo entre la ilustración y la narrativa. La ilustración “Adivinanza” fue el detonante para el ejercicio ecfrástico, que dio como resultado un futuro precario, un visitante felino y obsequios aterradores.
Sin ponerme de pie, uso la venda que llevo al cuello para cubrir mi vista y lo llamo con un susurro apenas. Hago un cuenco con las manos y espero a que deposite el trofeo ahí.
Tarda tres segundos. Por lo general, son bultos tibios y suaves sin vida que aún conservan su temperatura. Las plumas rara vez están pegajosas. Él es certero, un relámpago que de una dentellada limpia les roba el aliento. Ahora es diferente, la sangre que cubre la mitad del cuerpo bicéfalo está fresca todavía e incluso siento sus palpitaciones calmas.
“Es un ratón”, digo. Ya que el gato haya terminado de lamerse las patas delanteras y se marche de nuevo, desapareceré el cuerpo inerte sin darle tiempo para enfriarse.
Ya no hay más que oscuridad, una noche perpetua y venenosa. Los efluvios tóxicos que arrojan las calderas acabaron primero con los ancianos y los niños. Cuerpos antes livianos se volvieron de plomo y resultó imposible sepultarlos. El escaso oxígeno se tornó dañino, tuvimos que buscar refugio. Decidimos aislarnos para soportar la catástrofe mejor, para no convertir en otra batalla mortal el simple hecho de poder respirar.
Al principio de este tiempo indefinido, los gritos lejanos eran persistentes. Las palabras alargadas en alaridos se fueron espaciando hasta convertirse en aullidos que desaparecieron en el aire viciado. Mi soledad se duplicó al saberlos indescifrables.
Si él llega mientras duermo, rasguña lentamente la madera con la pata derecha, sonido suficiente para romper el silencio. Quiero creer que me hace partícipe de su juego porque soy una espectadora reservada que obedece sin dudar.
En el momento en que despierto, la densa tiniebla se aligera un poco; por mi cuerpo entero pasean letras con una tenue luz propia que persiguen el flujo de la sangre, símbolos insistentes que buscan por dónde salir. Mantengo la boca cerrada porque temo llamar al terror, despojarme de señales que atraigan a mis famélicos hermanos.
Las siluetas a mi alrededor son objetos de contornos difusos. Y todo lo que llena mi cabeza son caracteres, evocaciones traducidas a llaves. Me pienso en sonidos fragmentados que van perdiendo su significado, su música. Destellos de símbolos me escocen, me invaden porque la palabra es la base de mi pensamiento, no puedo razonar más allá de lo que nombro. Mis llaves están contadas y siento imposible la tarea de abrir cerrojo alguno. En caso de que una de ellas acierte, las cerraduras no hacen más que mutar.
Si logro articular frases coherentes, me reprocho ser tan burda, querer con terquedad entenderlo todo con un idioma que ya resulta hostil e incomprensible, lanzar estacas afiladas como las garras del gato. Él, por el contrario, a pesar de tener armas más punzantes, no las usa contra mí sin importar que lo confronte. Aunque me he desesperado hasta las lágrimas buscando los términos adecuados, vocablos que suavicen su corazón para que acepte comunicarse conmigo, nada más me observa.
Las noches que despierto antes de que él llegue, el silencio se turba con mi miedo, los murmullos agolpados invaden el espacio y pienso que la finalidad del gato es recordarme que sigo viva, aunque su mutismo me irrita. A cualquier pregunta, su respuesta es lamerse los bigotes, mover la cola con presteza o estirarse y desaparecer.
Cuando me dirijo a él, siento su insistencia en comunicarnos de manera distinta, en dejar de lado el idioma que conozco, pero me resulta imposible. No sé de qué otra forma hablar. Si pudiera verme a través de un único ojo opaco, quizá lo entendería. Si pudiera saber qué adivina en mí, sabría por qué no abandona su minuciosa labor.
Yo misma tapié la puerta y el par de ventanas por dentro. Traje esta silla porque no quiero morir acostada. La vez que descubrí un resplandor diminuto entre las sombras, no pude emitir sonido alguno porque las letras en mi cuerpo huyeron de mi boca. Escupí un sonido incomprensible que, para mi sorpresa, lo atrajo. Conforme se acercaba, pude distinguir el pelaje sucio y enmarañado y el centelleo de su ojo. A pesar del desaliño, su cuerpo conservaba la gracia propia de un felino. Dio un salto preciso a mis piernas y se recostó. Sólo atiné a acariciar su aspereza. Era el primer ser vivo con el que tenía contacto desde la reclusión. Luego se estiró y volteó su rostro hacia el mío. Gracias a la cercanía noté que el iris de su ojo estaba cubierto por una capa turbia y, debajo, en su pecho, percibí una cerradura igual a la mía. Antes de que pudiera tocarla, dio un salto y penetró la sombra.
No ha vuelto a acercarse tanto. En sus movimientos presiento cómo recibe mi saludo, unos días amable y, otros, amenazante o agresivo. No depende de mí, son las expresiones las que eligen su propio tono. Mis pensamientos están hechos de una lengua punzante que me cercena al igual que los colmillos del gato hieren los cuellos de las pequeñas bestias.
Volvió poco después. El centelleo oscilante se detuvo antes de llegar a mis pies; vislumbré su ligera silueta con un bulto en el hocico. Lo soltó, se sentó y comenzó a lamerse una pata delantera. Ya quieto, me miró. Tomé con ambas manos el objeto que, a la brevedad, descubrí animal. Lo solté de golpe y el gato bufó. Tensa, lo volví a agarrar. Lo miré y descubrí que era un mirlo. Comprobé lo que había imaginado, la textura del plumaje de sus tres alas era suave como terciopelo. Sólo alcancé a ver la cola del gato desaparecer en la penumbra.
No sé por qué me eligió, tampoco cómo perdió el ojo derecho o la punta de una oreja. La primera vez que apareció escuché un murmullo agudo detrás de mi cuello: “¿Quién soy?”. La pregunta tocó un sitio más profundo que el recuerdo.
Solamente él ha encontrado la manera de entrar. Sus regalos, parco alimento disponible, me mantienen con vida. Su presencia muda me recuerda que mi último destino será la memoria de los que aún rondan por aquí hasta devenir en un simple nombre, en una evocación ligeramente dolorosa.
Cada visita significa un obsequio nuevo, y me ha demostrado que tener un único ojo turbio no le impide conseguir botines para mí. Él tiene la movilidad y yo el razonamiento. Para percibir el mundo como él, comencé a usar una venda que duplica la oscuridad. Y así he aprendido a llegar a un estado tenebroso que antecede al habla, un puro estado vital que no necesita comunicar ni comprender, en el que sólo se es sin mayor angustia.
Gracias a mi visitante entendí que la voz no es total, no encierra lo que representa, sino una parte de su esencia. Si al palpar una serpiente pequeña escucho detrás de mi cabeza el murmullo agudo diciendo “tarántula”, las escamas se transforman en mis manos y del cuerpo brotan patas velludas y alargadas de las que incluso puedo adivinar el color. Si en mis manos tengo una rana de piel fría y lisa, al momento de que el murmullo pronuncia “ave”, le crecen unas pequeñas alas y plumas fuertes y delgadas.
Su vista ciega parece advertir más que mis ojos sanos. Su misterio me introduce en un laberinto cada vez más intrincado. La mirada opaca me revela lo invisible, lo que no se puede nombrar. La bruma de su abismo ocular refleja mi imposibilidad de comunicarme, de deshacerme de máscaras que lo mismo me permiten pensar en lo bello que en lo atroz, artificios para interpretar la realidad.
Mi último alimento fue escaso. Apenas una porción ínfima de carne y cartílago. Al palparla, no quise adivinar qué era. Nombrarlo lo volvería real; preferí engullirlo sin pensar. Al terminar, escuché el murmullo: “Desiste”.
Siento que ya no tengo fuerza ni para mantener los párpados abiertos. Me cuesta despertar. Mis labios resecos son una costra dolorosa, mi cuerpo macilento se va enfriando desde los pies y las manos. Mis orejas y nariz arden, el aire es polvo que araña y rasga a su paso. Por intervalos, reconozco al felino recién llegado. Cada parpadeo lo descubro más cerca. Sube a mi regazo y su peso me oprime. Deja la presa y salta.
Este presente es más grande que los anteriores. Mis dedos pulgares avanzan entre el plumaje hasta llegar a la cabeza. Está lisa, no tiene pelo, y donde debería estar el pico, palpo un puente nasal. Toco unas cejas escasas y pestañas cortas, los globos oculares son pequeños. Deslizo la venda lo suficiente para poder ver al animal. Es una perdiz blanca con mi rostro y una cerradura ínfima en el pecho.
A pesar de que el gato ya no está, en el aire flota una última frase espesa que invade las tinieblas mientras se consume mi flama exigua.