Tierra Adentro

La escritura de la memoria suele ser un buen punto de partida para el análisis. Recordar desde un lugar de resistencia implica un esfuerzo por reinterpretar el pasado individual o colectivo. Carmen María Machado estructura la memoria como una Casa de los Sueños, en la que ensaya, escribe y desarticula la experiencia traumática de una relación tóxica lésbica. Es una exposición exhaustiva del yo y de las fallas sociales sobre las que tuvo que reflexionar para entender lo que vivió. En su nueva novela In the Dream House (2019), la escritora se impone el reto de re-estructurar la narrativa interna que creó a causa del abuso psicológico.

María Machado vence una y otra vez las restricciones que se han impuesto sobre y desde las experiencias que vivió. A pesar de que la violencia y el silencio parecen duplas difíciles de separar, la memoria de Machado se enuncia desde un lugar en el que se ha vuelto necesario visibilizar los efectos del amor romántico tóxico entre una pareja de la comunidad LGBT+.

Como ejercicio literario, In the Dreamhouse se proclama desde su introducción como una memoria un tanto huérfana de tradición, de referentes inmediatos con los cuales dialogar para establecer un punto de partida; denuncia esta orfandad como un círculo de mutismo:

[…] el abuso doméstico entre parejas que comparten la identidad de género es posible y común, y puede ser parecido a esto. Yo hablo dentro del silencio. Lanzo la piedra de mi propia historia dentro de una enorme grieta; mido el vacío a través del leve sonido que produce.[1]

No obstante, en las páginas subsecuentes, Machado logra trazar una genealogía de la agresión dentro de la comunidad lésbica. Encuentra referentes en la música, en textos ensayísticos, en la reflexión en torno a la manera en que han funcionado batallas legales para analizar desde dónde se coloca la sociedad frente estos casos de abuso. El ensayo y la búsqueda de los antecedentes son, por lo tanto, las maneras que encuentra la autora para hacer frente al silencio.

En estos recuentos, analiza agudamente las prácticas heteropatriarcales; también las reticencias de la comunidad queer con respecto a la verbalización de estos sucesos. A través del análisis de los casos de abuso, la novela evidencia las luchas que aún faltan por librar para que la comunidad LGBT+ sea aceptada realmente, puesto que no se puede permitir la omisión de estos “villanos queer”, como los llama Machado, por la necesidad latente de “buenas relaciones públicas”. Para la autora la representación de estos personajes antagónicos es igual de necesaria porque:

Queers de la vida real no merecen representación, protección y derechos porque sean puros moralmente o personas intachables. Sino que merecen todas esas cosas porque son seres humanos, y eso es suficiente.[2]

De manera que hace una crítica constante al manejo social de la violencia doméstica a través de ejemplos de pleitos legales, la invisibilización a la que ha sido sometida, la falta de terminología para definirla y clasificarla en todos sus matices; todo desde una postura crítica de la hegemonía patriarcal, así como de la identidad LGBT+.

Este análisis va de lo colectivo a lo individual y de regreso, su relación tóxica se vuelve la metonimia de un vasto número de problemas sociales y el detonante para una exploración profunda de las fallas sistémicas que se manifiestan en los síntomas de una relación afectiva. Fallas que tienen que ver con la idealización del amor romántico y la consecuente normalización de distintos tipos de violencia psicológica, una que es difícil de nombrar y de denunciar.

Machado hace énfasis constantemente en el hecho de que la mayoría de las agresiones que se cometen en la vida de pareja son legales, imposibles de procesar y de demostrar.

Cada línea escrita, además, es una subversión en contra del terror impuesto por las amenazas de la antagonista: la Mujer en la Casa de los Sueños, quien dice después de su primer episodio violento: “No tienes permitido escribir sobre esto, […] No te atrevas a escribir sobre esto. ¿Me pinches entiendes?”.[3] En otro momento la cuestiona de manera pasivo-agresiva para saber quién sabe sobre ellas, si existe una historia que denuncie su  comportamiento violento. La memoria se manifiesta, de esta manera, como un acto de valentía.

La estructura de In the Dreamhouse admite dos lecturas: la fragmentación inevitable de la narrativa —personal y, por tanto, en la forma de escritura— o bien, la forma en que el trabajo de la escritora encuentra sus propios mecanismos para expresarse, a pesar del peso de las agresiones vividas. El reto es complejo, como dice la autora: “Expresar a través del lenguaje algo para lo que careces de un lenguaje no es una tarea fácil”.[4]

Es así que el libro se crea como una búsqueda constante de la manera de expresar ese lugar sin-lenguaje; nos presenta una memoria hecha de apartados, con una lógica interna individual, la cual está cifrada en el título de cada uno: “Casa de los Sueños como una Bildungsroman”, Casa de los Sueños como la taxonomía de un cuento tradicional”, “Casa de los Sueños como colección”, “Casa de los sueños como Barbazul”.[5] Pasa de esta manera por varios géneros, desde capítulos que podrían ser cuentos redondos y casi independientes, hasta ensayos, analogías, análisis de piezas musicales, un “escoge tu propia aventura”, notas bibliográficas y otros más.

No hay que olvidar que el formato híbrido y fragmentario es algo que funciona bien en la narrativa de Carmen María Machado. En su libro anterior, Her body and other parties, vemos la versatilidad de la autora para escribir narraciones en formatos distintos, como inventarios o sinopsis de capítulos de una serie televisiva. Curiosamente, en In the Dream House, Machado menciona que esos experimentos, si bien justificables dentro de su propia lógica, respondían en realidad al estado fragmentado en que se encontraba su vida en ese momento. Pareciera ser que los grandes aciertos estilísticos de su estructura no lineal responden al incentivo de la fractura que representó para ella la agresión de su pareja.

Junto con las escenas en las que de manera explícita la Mujer en la Casa de los Sueños agrede a la protagonista, la novela nos traza una especie de reglamento. Se interrumpe, de esta manera, la lectura lineal para hacer acotaciones; en las notas a pie de página se referencia el libro Motif-Index of Folk-Literature; las entradas tienen que ver con resaltar la ruptura de un tabú, como las siguiente: “Type C961.2, Transformation to stone for breaking taboo; Type C481, Taboo: singing”.[6] Así, remarca aún más la dinámica de prohibiciones que plagaba la relación, para hacernos conscientes de las consecuencias que se desprendían de todo aquello que ella no podía hacer ni podía ser, pero también de la re-estructuración que sufrió su personalidad y su vida cotidiana.

Es una lectura brutal y dolorosa que nos atraviesa de lleno. La elección del narrador en segunda persona, nos empuja a una relación íntima con la protagonista, nos acerca de golpe al personaje, obligándonos a vivir más íntimamente lo que le acontece. El resultado es que aprendemos a caminar de puntitas en la Casa de los Sueños, pues la repetición constante de los tabúes en las notas a pie de página, y la construcción magistral de los personajes, nos hacen adelantarnos a las reacciones, a tener miedo por anticipado.

Además de esto, la segunda persona en sí misma nos devela gran parte del proceso de escritura. Carmen María Machado la introduce de la siguiente manera:

Tú no fuiste siempre solo un “tú”. Yo estaba completa —una relación simbiótica entre mis mejores y mis peores partes— y entonces, en uno de los sentidos de la definición, estaba escindida: un corte limpio que separó la primera persona —esa mujer confiada, segura, la chica detective, la aventurera— de la segunda, alguien que estaba siempre ansiosa y temblando como un perrito de una raza muy pequeña. [7]

De esta manera, vemos cómo la voz narrativa necesita de un desdoblamiento para contar la historia, porque de otra manera no podría lidiar con ella. La escisión va construyendo la experiencia demoledora de los daños que ejerció sobre su personalidad la violencia a la que fue sometida. Y termina por hacer énfasis en la necesidad de romper con el silencio autoimpuesto, que también viene del trauma. Lo que hace en esta novela es el ejercicio contrario a las re-escrituras que hacía de los momentos violentos de su relación, para presentarla ante los demás:

Mientras el suelo se aleja cada vez más, te juras a ti misma que vas a decirle a alguien lo terrible que es, vas a dejar de actuar como si nada de esto estuviera sucediendo, pero en el momento en el que el suelo se está acercando a ti de nuevo, ya terminaste de pulir la historia.[8]

En la novela, separa esas ficciones del pasado para reconstruir un recuento necesario.

La tensión está construida perfectamente, no de manera progresiva ni lineal, sino profunda, heterogénea, y se va alimentando poco a poco de cada una de las pistas, los cambios de estructura y la reflexión constante en torno a la socialización de la violencia de pareja.

La arquitectura de In the Dreamhouse encierra a su lector, hace evidente la complejidad de su propio proceso de escritura: la versatilidad del texto híbrido para explicar experiencias límite, para desmenuzarlas poco a poco y facilitar su acceso al lenguaje.

También llama la atención sobre la necesidad de visibilizar la violencia dentro de cualquier grupo, así como la urgencia de replantear la manera de vivir los afectos.

Inevitablemente, es un libro que requiere regresos constantes para entender nuevas aristas de su planteamiento. Es, quizá, la guía que la escritora no tuvo para lidiar con su dolor, para recordar todo aquello que es una falla sistémica, tanto en la percepción de la minoría, como en el establecimiento de las relaciones, la exposición de los focos rojos que nos advierte alejarnos de eso: la existencia angustiante en la Casa de los Sueños.

[1] Machado, Carmen María, In the Dream House, Graywolf Press, Minneapolis, 2019, p. 14.

[2] Ibid, p. 56. “Queers—real-life ones—do not deserve representation, protection, and rights because they are morally pure or upright as a people. They deserve those things because they are human beings, and that is enough.”

[3] Ibid, p.  53. “You’re not allowed to write about this,” she says. “Don’t you ever write about this. Do you fucking understand me?”

[4] Ibid, p. 142. “Putting language to something for which you have no language is no easy feat”.

[5]“Dream House as Bildungsroman”, “Dream House as Folktale Taxonomy”, “Dream House as Menagerie”, “Dream House as Bluebeard”…

[6] Ibid, pp. 93, 113.

[7] Ibid, p. 22. “You were not always just a You. I was whole —a symbiotic relationship between my best and worst parts— and then, in one sense of the definition, I was cleaved: a neat lop that took first person —that assured, confident woman, the girl detective, the adventurer— away from second, who was always anxious and vibrating like a too-small breed of dog”.

[8] Ibid, p. 140. “And as the ground gets farther and farther away you swear to yourself that you’re going to tell someone how bad it is, you’re gonna stop pretending like none of these things are happening, but by the time the ground is coming toward you again you are already polishing your story”.


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.

Afirman que mucho se ha escrito sobre el agua, y es cierto; la exploración poética de este elemento se ha convertido en un tema común en la escritura de algunas regiones mexicanas, sea por la cercanía al asunto, o bien, por la popularidad que autores como Francisco Cervantes, José Luis Rivas o Juan Domingo Argüelles han dado. No obstante, existen propuestas que dan un giro novedoso a la inspección alrededor de la naturaleza, pues en su complejidad, las inquietudes al respecto no se terminan.

Derrota de mar (Jaguar Ediciones, 2019), el libro más reciente de Marco Antonio Murillo, plantea un diálogo entre un personaje que a veces es narrador y el agua en sus formas y contradicciones. En la obra de Murillo, dicho elemento natural es visto como un ser que toma varios cuerpos, con carácter e impulsos propios. En este escenario, perder el equilibrio en el tratamiento del contenido puede suceder con relativa facilidad. Sin embargo, el autor se mantiene en la línea y nos entrega un escrito sensible y de claridad inestimable.

Dice Thierry Juteau, geólogo francés, que solamente se conoce alrededor del 5%  de los océanos. Siendo que el 70% de nuestro planeta está cubierto por océanos y ríos, ¿realmente se nos acabaron las formas para representarlos? Murillo demuestra que no en su libro fragmentado en retratos del agua. Entonces vemos, por momentos, un mar temperamental, destructor; en otras ocasiones es un arroyo calmo y suave, fuente de vida y compañero.

Con certeza, el que quiera escribir sobre el mar, lo hará a la manera de un oceanógrafo: con la premisa de que quizás encuentre algo sin conocer qué. Ya decía Jacques Cousteau que, de haber sabido lo que hallaría en sus expediciones submarinas, no hubiera ido. La incertidumbre es el impulso de lanzarse al agua, y a su literatura.

En este sentido, Derrota de mar es el resultado de una expedición larga y consciente. El mar, a veces río, a veces caudal, es un escenario con posibilidades de acción simultánea: un clavadista en inmersión, pájaros construyen nidos, un ebanista talla un barco, alguien encuentra una carta. El océano permite la recreación de la belleza y, en ocasiones, es partícipe del desastre. El agua unifica a las criaturas de este poemario y las que viven más allá de sus límites.

Existen, a lo largo de la obra, varios puntos líricos en donde Murillo guía la exploración del lenguaje como un sitio lleno de imágenes y sonoridades, reconocibles también en la lectura de poetas como Saint John Perse y José Carlos Becerra. Sus ecos saltan como fauna marítima y dan luz a la construcción de los versos.

“Mar en junio” es la parte más contemplativa y aquí se escribe lo que ocurre en la superficie del elemento protagonista. La convivencia entre las formas de vida que están dentro y fuera de él. Frente a ese escenario, uno se cuestiona si aquello es imaginario o existe a pesar de la observación. Este ejercicio sirve como un puente hacia lo que viene después.

Hacia el final, leemos “Carta de relación”, un poema largo que a manera de relatoría –como lo hacían los exploradores– cuenta lo que pasa luego de un desastre. El paso del huracán es la metáfora en la que se gesta otro desastre impalpable: la forma en que dos naturalezas distintas se erosionan y se desgastan, como ocurre con la mayoría de los vínculos humanos.

El amor es tifón y calamidad. Entra en las intimidades, destruye nuestros lugares seguros, nos despoja de todo, nos derrota. Lo único posible, después, sería tomar lo que quede y comenzar a reconstruir. Luego de la ruina, Derek Walcott celebraría que aún estamos vivos. El lector se convierte en un náufrago que ha sobrevivido a la belleza y los anversos del agua, alguien que contempla el fracaso y revive sus batallas perdidas.

Derrota de mar es un libro que va más allá de la exploración de su elemento principal. El cuaderno de viaje de Marco Murillo confronta al protagonista de la historia y a quien la lee. Las pérdidas deben ser contadas por su valía y lo que dejan en nosotros; es así que, como en los océanos, nos sumergimos en las emociones que nos deja el desastre.


Autores
Irma Torregrosa. Merida, 1993. Licenciada en Comunicación Social. Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2012 y Premio Hispanoamericano de Poesía San Román 2017. Profesora en el Centro Estatal de Bellas Artes, en Yucatán.
Jorge Mejía Peralta, Homenaje a Ernesto Cardenal en sus 90 Años, Teatro Nacional Rubén Darío. Managua, Nicaragua. Flickr.
Jorge Mejía Peralta, Homenaje a Ernesto Cardenal en sus 90 Años, Teatro Nacional Rubén Darío. Managua, Nicaragua. Flickr.

 

De noche las lechuzas vuelan entre las estelas,

el gato-de-monte maúlla en las terrazas,

el jaguar ruge en las torres

y el coyote solitario ladra en la Gran Plaza

a la luna reflejada en las lagunas

que fueron piscinas en lejanos katunes.

 

Ahora son reales los animales

que estaban estilizados en los frescos

y los príncipes venden tinajas en los mercados.

¿Pero cómo escribir otra vez el jeroglífico,

pintar al jaguar otra vez, derrocar los tiranos?

¿Reconstruir otra vez nuestras acrópolis tropicales,

nuestras capitales rurales rodeadas de milpas?

 

La maleza está llena de monumentos.

Hay altares en las milpas.

Entre las raíces de los chilamates arcos con relieves.

En la selva donde parece que nunca ha entrado el hombre,

donde sólo penetran el tapir y el pizote-solo

y el quetzal todavía vestido como un maya:

allí hay una metrópolis.

 

Cuando los sacerdotes subían al Templo del Jaguar

con mantos de jaguar y abanicos de colas de quetzal

y caites de cuero de venado y máscaras rituales,

subían también los gritos del Juego de Pelota,

el son de los tambores, el incienso de copal que se quemaba

en las cámaras sagradas de madera de zapote,

el humo de las antorchas de ocote… y debajo de Tikal

hay otra metrópolis mil años más antigua.

—Donde ahora gritan los monos en los palos de zapote.

No hay nombres de militares en las estelas.

 

En sus templos y palacios y pirámides

y en sus calendarios y sus crónicas y sus códices

no hay un nombre de cacique ni caudillo ni emperador

ni sacerdote ni líder ni gobernante ni general ni jefe

y no consignaban en sus piedras sucesos políticos,

ni administraciones, ni dinastías,

ni familias gobernantes, ni partidos políticos.

¡No existe en siglos el glifo del nombre de un hombre,

y los arqueólogos aún no saben cómo se gobernaban!

 

La palabra “señor” era extraña en su lengua.

Y la palabra “muralla”. No amurallaban sus ciudades.

Sus ciudades eran de templos, y vivían en los campos,

entre milpas y palmeras y papayas.

El arco de sus templos fue una copia de sus chozas.

Las carreteras eran sólo para las procesiones.

La religión era el único lazo de unión entre ellos,

pero era una religión aceptada libremente

y que no era una opresión ni una carga para ellos.

Sus sacerdotes no tenían ningún poder temporal

y las pirámides se hicieron sin trabajos forzados.

El apogeo de su civilización no se convirtió en imperio.

Y no tuvieron colonias. No conocían la flecha.

Conocieron a Jesús como el dios del maíz

y le ofrecían sacrificios sencillos

de maíz, y pájaros, y plumas.

Nunca tuvieron guerras, ni conocieron la rueda,

pero calcularon la revolución sinódica de Venus:

anotaban todas las tardes la salida de Venus

en el horizonte, sobre una ceiba lejana,

cuando las parejas de lapas volaban a sus nidos.

No tuvieron metalurgia. Sus herramientas eran de piedra,

y tecnológicamente permanecieron en la edad de piedra.

Pero computaron fechas exactas que existieron

hace 400 millones de años.

No tuvieron ciencias aplicadas. No eran prácticos.

Su progreso fue en la religión, las artes, las matemáticas,

la astronomía. No podían pesar.

Adoraban el tiempo, ese misterioso fluir

y fluir del tiempo.

El tiempo era sagrado. Los días eran dioses.

Pasado y futuro están confundidos en sus cantos.

Contaban el pasado y el futuro con los mismos katunes,

porque creían que el tiempo se repite

como veían repetirse las rotaciones de los astros.

Pero el tiempo que adoraban se paró de repente.

 

Hay estelas que quedaron sin labrar.

Los bloques quedaron a medio cortar en las canteras.

—Y allí están todavía—.

 

Ahora sólo los chicleros solitarios cruzan por el Petén.

Los vampiros anidan en los frisos de estuco.

Los chanchos-de-monte gruñen al anochecer.

El jaguar ruge en las torres —las torres entre raíces—

un coyote lejos, en una plaza, le ladra a la luna,

y el avión de la Pan American vuela sobre la pirámide.

¿Pero volverán algún día los pasados katunes?

 

“Las ciudades perdidas” de Ernesto Cardenal aparece en Canto a México (FCE, 2019) y se reproduce con el permiso del Fondo de Cultura Económica.

 

Ernesto Cardenal, Canto a México.

Ernesto Cardenal, Canto a México.

 


Autores
Granada, Nicaragua. 1925 es un humanista en el más amplio sentido, preocupado por las carencias de su natal Nicaragua y del mundo. Hizo estudios literarios en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad de Columbia. Se ordenó sacerdote despúes de realizar estudios de seminarista en Antioquia, Colombia. Más tarde fundaría una comunidad religiosa en su país. Su poesía se reconoce como una de las más originales de Latinoamérica, con tendencias místicas y de denuncia social, y que al mismo tiempo abreva en la sabuduría de algunas culturas indígenas.
Imagen tomada de Wikimedia Commons

El zapato, si es bello y de calidad, pisa fuerte.

Margo Glantz

 

Un par de zapatillas doradas se asoman por debajo del vestido de la reina María Luisa. La punta se respinga ligeramente acentuando el garigoleo de un calzado elegante. Tacones bajos la sostienen con altura suficiente para mostrar clase y gusto; soportes de brillo discreto, adecuados para su edad. El vestido de encaje negro contrasta con su piel blanquísima; de no ser por el tenue dorado que Goya imprimió en los zapatos, estos tendrían el mismo color del cuello y los brazos de la mujer. Las sutiles zapatillas parecen extensiones de su cuerpo; la horma se ajusta de manera natural, las piernas continúan su trayectoria: una capa más de epidermis se suma a los pies. Intuyo la comodidad; en el rostro de la reina se ve el preámbulo de una sonrisa que nace, me gusta pensar, de andar por el mundo alzada en tacones a la medida.

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Manolo Blahnik observa el retrato; muy cerca está también el de la duquesa de Alba. Sabe el sitio exacto de cada uno. El Museo del Prado ha cerrado por unas horas para que pueda recorrer el espacio cómodamente, en soledad. No es la primera vez que sucede este encuentro; Manolo visita a Goya como a un profeta. Lo ha nombrado Rey de los zapatos. Los dos hombres son artistas y artesanos, pintores y zapateros, discípulos y maestros de su tiempo. Hay quien asegura que el siglo XX español dio tres grandes mentes: Picasso, Pedro Almodóvar y Manolo Blahnik; íconos, ejes de la cultura, representantes ante el mundo del genio nacional.

En los zapatos como en la pintura, importa el detalle, la alquimia del color, la expresión de un mundo íntimo. Cada zapatero confiere al ejemplar un discurso, una manera de ver la realidad que acaso encuentra interlocutores, pies dispuestos a corresponder el diálogo, a apropiarse de la confección, a crear con ella caminos nuevos; y qué mejor si las huellas son hechas con zapatillas de seda otomana, con borlas o pedrería.

Goya tenía buen ojo para los zapatos, fue algo así como un fotógrafo de moda de su época, entendía que cada individuo se delataba en su elección. No escatimó en atrapar las minucias, con igual ahínco retrató los rostros como los dobleces y bordados en las prendas. Es bien conocida la debilidad que las damas de la realeza sentían por los zapatos; eran tan grandes las colecciones en los palacios que había pares que usaban solo una vez. Gracias al excesivo consumo de moda de aquellas mujeres, entre las cuales se encontraba María Luisa de Parma, han llegado piezas casi intactas de calzado de la época esparcidas por el globo como valiosas cápsulas para la comprensión y estudio de las costumbres de otros siglos.

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Los trabajos al óleo de Goya, realizados como retratista oficial de la casa real, encierran en cada sutil entramado de los atuendos los cambios históricos que sucedían en la península ibérica. Con la llegada al trono de los Borbones, arribó la vestimenta afrancesada, repleta de adornos; las botas y chinelas de cuero español, muy populares entre las clases altas, dieron paso al calzado entaconado de telas finas para las damas, con lustrosas hebillas para los hombres.

El zapato nos une al mundo; ata al hombre a su tiempo. Bien podría escribirse una historia universal utilizándolos como referencia primordial; por eso, la mirada minuciosa de Goya, las horas dedicadas a los trazos finos de las calzas, no eran solo una obsesión por la belleza o la experiencia estética sino también por establecer el relato de un imperio.

Tal vez uno de sus retratos más enigmáticos es el de “La duquesa de Alba de negro”, con quien se rumora mantuvo una relación amorosa; este cuadro es también el poseedor de unos de los zapatos más bellos que plasmó. El cuadro, guardado por el español en su taller hasta el día de su muerte, muestra la elegancia y recato de la mujer. Una mantilla cubre la cabeza; un brazo cae al frente, el índice se alarga apuntando al suelo. El vestido se detiene a unos centímetros antes de tocar la superficie, se suspende en el aire dejando al descubierto zapatillas de arquitectura rococó. La sensualidad de la duquesa se derrama en la curva del empeine, en la ligera altura de los tacones que reconfiguran su silueta y su condición. Frente a los suntuosos zapatos de la Cayetana elevada hacia el cielo se lee: Solo Goya, escrito sobre la tierra.

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La fábrica abre sus puertas cada día. Manolo, con bata y guantes blancos como su cabello, lija la madera para la muestra de cada nuevo modelo. Nadie, excepto él, realiza esta labor. Un vínculo se crea entre el artesano y el material que muta; sus manos llevan a cabo un trabajo escultórico a través del cual la madera adquiere una forma escondida que no se resiste a existir. A las ocho de la mañana, cuando las máquinas se encienden, comienza el proceso; las telas se despliegan a la vista del zapatero, quien mantiene vigentes tradiciones antiguas del oficio.

Así como en Goya los zapatos pueden ser leídos como un relato histórico, escrito por un hombre interesado en los cambios de su país que llegan a modificar hasta los más pequeños detalles, en Manolo encontramos la confluencia de varias épocas. En la manufactura de su calzado se entrelaza lo antiguo con las nuevas industrias que rigen el mercado. Pero Manolo Blahnik no pertenece del todo a nuestro siglo. Lo que puede leerse en su obra como un espíritu cosmopolita natural, es en realidad la sombra de un hombre que busca su lugar; ya en un pasado que visita, con fascinación a través del arte o en un presente amoldado, a base de soledad y rutina, a sus necesidades.

Entre las capas de encaje de los zapatos se entrevén sus influencias; los vastos conocimientos arquitectónicos, plásticos, literarios y botánicos que posee. Su traducción resulta en monumentos que lo han tornado en un mito. Su catálogo de zapatos se articula como un bestiario medieval. Cada criatura posee un nombre, son bautizadas por él de acuerdo a la personalidad que irradian: Josefa, Agatha, Hangisi, Lala. Sus diseños más representativos rescatan las hebillas masculinas retratadas por Goya, las cuales cubre de joyas para ataviar el décolleté, el sensual escote de los dedos.

Muchas de sus colecciones se exhiben alrededor del mundo. Manolo logró crear piezas de museo, dinámicas en su estatismo. Dentro de cúpulas de cristal, acompañados de cuadros del siglo XVIII, The Wallace Collection alberga temporalmente una selección especial de su trabajo, muchos confeccionados exclusivamente para la película María Antonieta. La función dio paso a la importancia de la presencia; los zapatos se disponen en una narración en donde la modernidad se desdobla resignificando al siglo de las luces. Sofia Coppola se preguntó al planear el largometraje, ¿a quién hubiera pedido la monarca, si viviera hoy, la tarea especial de hacer sus zapatos? La respuesta inmediata de la directora fue: a Manolo Blahnik. El resultado fue espectacular y, como el resto de sus composiciones pensadas para caminar; destinadas a contemplarse.

 

 


Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.

Una serie de alucinaciones provocan que se desmorone el mundo de Natanael. Cuando la enfermedad mental se asoma, los amigos, las parejas y la familia desaparecen. En este su primer libro, David Alfonso Estrada realiza una radiografía de la esquizofrenia como nunca se había visto en la literatura mexicana. Es un viaje infierno adentro que transcurre entre anexos, fugas de narcotraficantes y la miseria del mundo cultural. La pecera de Dios es un debut literario rarísimo y siempre sorprendente.

En este libro-teaser, realizado por el mismo David Alfonso Estrada, la imaginería visual de La pecera de Dios salta del libro para darnos una muestra de la imaginativa prosa que caracteriza la novela. Rituales, magia, profecías y mitos se vuelven realidad en esta extraña narración, ganadora del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2019.


 

 

 

“Adivinanza” de Mer Bleue

En esta publicación combinamos los talentos creativos de Mer Bleue y Lola Ancira para desencadenar un diálogo entre la ilustración y la narrativa. La ilustración “Adivinanza” fue el detonante para el ejercicio ecfrástico, que dio como resultado un futuro precario, un visitante felino y obsequios aterradores. 


 

Sin ponerme de pie, uso la venda que llevo al cuello para cubrir mi vista y lo llamo con un susurro apenas. Hago un cuenco con las manos y espero a que deposite el trofeo ahí.

Tarda tres segundos. Por lo general, son bultos tibios y suaves sin vida que aún conservan su temperatura. Las plumas rara vez están pegajosas. Él es certero, un relámpago que de una dentellada limpia les roba el aliento. Ahora es diferente, la sangre que cubre la mitad del cuerpo bicéfalo está fresca todavía e incluso siento sus palpitaciones calmas.

“Es un ratón”, digo. Ya que el gato haya terminado de lamerse las patas delanteras y se marche de nuevo, desapareceré el cuerpo inerte sin darle tiempo para enfriarse.

Ya no hay más que oscuridad, una noche perpetua y venenosa. Los efluvios tóxicos que arrojan las calderas acabaron primero con los ancianos y los niños. Cuerpos antes livianos se volvieron de plomo y resultó imposible sepultarlos. El escaso oxígeno se tornó dañino, tuvimos que buscar refugio. Decidimos aislarnos para soportar la catástrofe mejor, para no convertir en otra batalla mortal el simple hecho de poder respirar.

Al principio de este tiempo indefinido, los gritos lejanos eran persistentes. Las palabras alargadas en alaridos se fueron espaciando hasta convertirse en aullidos que desaparecieron en el aire viciado. Mi soledad se duplicó al saberlos indescifrables.

Si él llega mientras duermo, rasguña lentamente la madera con la pata derecha, sonido suficiente para romper el silencio. Quiero creer que me hace partícipe de su juego porque soy una espectadora reservada que obedece sin dudar.

En el momento en que despierto, la densa tiniebla se aligera un poco; por mi cuerpo entero pasean letras con una tenue luz propia que persiguen el flujo de la sangre, símbolos insistentes que buscan por dónde salir. Mantengo la boca cerrada porque temo llamar al terror, despojarme de señales que atraigan a mis famélicos hermanos.

Las siluetas a mi alrededor son objetos de contornos difusos. Y todo lo que llena mi cabeza son caracteres, evocaciones traducidas a llaves. Me pienso en sonidos fragmentados que van perdiendo su significado, su música. Destellos de símbolos me escocen, me invaden porque la palabra es la base de mi pensamiento, no puedo razonar más allá de lo que nombro. Mis llaves están contadas y siento imposible la tarea de abrir cerrojo alguno. En caso de que una de ellas acierte, las cerraduras no hacen más que mutar.

Si logro articular frases coherentes, me reprocho ser tan burda, querer con terquedad entenderlo todo con un idioma que ya resulta hostil e incomprensible, lanzar estacas afiladas como las garras del gato. Él, por el contrario, a pesar de tener armas más punzantes, no las usa contra mí sin importar que lo confronte. Aunque me he desesperado hasta las lágrimas buscando los términos adecuados, vocablos que suavicen su corazón para que acepte comunicarse conmigo, nada más me observa.

Las noches que despierto antes de que él llegue, el silencio se turba con mi miedo, los murmullos agolpados invaden el espacio y pienso que la finalidad del gato es recordarme que sigo viva, aunque su mutismo me irrita. A cualquier pregunta, su respuesta es lamerse los bigotes, mover la cola con presteza o estirarse y desaparecer.

Cuando me dirijo a él, siento su insistencia en comunicarnos de manera distinta, en dejar de lado el idioma que conozco, pero me resulta imposible. No sé de qué otra forma hablar. Si pudiera verme a través de un único ojo opaco, quizá lo entendería. Si pudiera saber qué adivina en mí, sabría por qué no abandona su minuciosa labor.

Yo misma tapié la puerta y el par de ventanas por dentro. Traje esta silla porque no quiero morir acostada. La vez que descubrí un resplandor diminuto entre las sombras, no pude emitir sonido alguno porque las letras en mi cuerpo huyeron de mi boca. Escupí un sonido incomprensible que, para mi sorpresa, lo atrajo. Conforme se acercaba, pude distinguir el pelaje sucio y enmarañado y el centelleo de su ojo. A pesar del desaliño, su cuerpo conservaba la gracia propia de un felino. Dio un salto preciso a mis piernas y se recostó. Sólo atiné a acariciar su aspereza. Era el primer ser vivo con el que tenía contacto desde la reclusión. Luego se estiró y volteó su rostro hacia el mío. Gracias a la cercanía noté que el iris de su ojo estaba cubierto por una capa turbia y, debajo, en su pecho, percibí una cerradura igual a la mía. Antes de que pudiera tocarla, dio un salto y penetró la sombra.

No ha vuelto a acercarse tanto. En sus movimientos presiento cómo recibe mi saludo, unos días amable y, otros, amenazante o agresivo. No depende de mí, son las expresiones las que eligen su propio tono. Mis pensamientos están hechos de una lengua punzante que me cercena al igual que los colmillos del gato hieren los cuellos de las pequeñas bestias.

Volvió poco después. El centelleo oscilante se detuvo antes de llegar a mis pies; vislumbré su ligera silueta con un bulto en el hocico. Lo soltó, se sentó y comenzó a lamerse una pata delantera. Ya quieto, me miró. Tomé con ambas manos el objeto que, a la brevedad, descubrí animal. Lo solté de golpe y el gato bufó. Tensa, lo volví a agarrar. Lo miré y descubrí que era un mirlo. Comprobé lo que había imaginado, la textura del plumaje de sus tres alas era suave como terciopelo. Sólo alcancé a ver la cola del gato desaparecer en la penumbra.

No sé por qué me eligió, tampoco cómo perdió el ojo derecho o la punta de una oreja. La primera vez que apareció escuché un murmullo agudo detrás de mi cuello: “¿Quién soy?”. La pregunta tocó un sitio más profundo que el recuerdo.

Solamente él ha encontrado la manera de entrar. Sus regalos, parco alimento disponible, me mantienen con vida. Su presencia muda me recuerda que mi último destino será la memoria de los que aún rondan por aquí hasta devenir en un simple nombre, en una evocación ligeramente dolorosa.

Cada visita significa un obsequio nuevo, y me ha demostrado que tener un único ojo turbio no le impide conseguir botines para mí. Él tiene la movilidad y yo el razonamiento. Para percibir el mundo como él, comencé a usar una venda que duplica la oscuridad. Y así he aprendido a llegar a un estado tenebroso que antecede al habla, un puro estado vital que no necesita comunicar ni comprender, en el que sólo se es sin mayor angustia.

Gracias a mi visitante entendí que la voz no es total, no encierra lo que representa, sino una parte de su esencia. Si al palpar una serpiente pequeña escucho detrás de mi cabeza el murmullo agudo diciendo “tarántula”, las escamas se transforman en mis manos y del cuerpo brotan patas velludas y alargadas de las que incluso puedo adivinar el color. Si en mis manos tengo una rana de piel fría y lisa, al momento de que el murmullo pronuncia “ave”, le crecen unas pequeñas alas y plumas fuertes y delgadas.

Su vista ciega parece advertir más que mis ojos sanos. Su misterio me introduce en un laberinto cada vez más intrincado. La mirada opaca me revela lo invisible, lo que no se puede nombrar. La bruma de su abismo ocular refleja mi imposibilidad de comunicarme, de deshacerme de máscaras que lo mismo me permiten pensar en lo bello que en lo atroz, artificios para interpretar la realidad.

Mi último alimento fue escaso. Apenas una porción ínfima de carne y cartílago. Al palparla, no quise adivinar qué era. Nombrarlo lo volvería real; preferí engullirlo sin pensar. Al terminar, escuché el murmullo: “Desiste”.

Siento que ya no tengo fuerza ni para mantener los párpados abiertos. Me cuesta despertar. Mis labios resecos son una costra dolorosa, mi cuerpo macilento se va enfriando desde los pies y las manos. Mis orejas y nariz arden, el aire es polvo que araña y rasga a su paso. Por intervalos, reconozco al felino recién llegado. Cada parpadeo lo descubro más cerca. Sube a mi regazo y su peso me oprime. Deja la presa y salta.

Este presente es más grande que los anteriores. Mis dedos pulgares avanzan entre el plumaje hasta llegar a la cabeza. Está lisa, no tiene pelo, y donde debería estar el pico, palpo un puente nasal. Toco unas cejas escasas y pestañas cortas, los globos oculares son pequeños. Deslizo la venda lo suficiente para poder ver al animal. Es una perdiz blanca con mi rostro y una cerradura ínfima en el pecho.

A pesar de que el gato ya no está, en el aire flota una última frase espesa que invade las tinieblas mientras se consume mi flama exigua.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Mer Bleue
(Distrito Federal, 1991) Estudió Ilustración como parte de la Licenciatura en Diseño y Comunicación Visual de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Actualmente combina su trabajo de ilustración con la enseñanza de pintura a niños y adolescentes.
Foto extraída de Piqsels.

 

 

Lo amarraron de pies y de manos y lo dejaron en la arena, mirando el mar. La soga anudada en su boca sabía a sal y mugre, a sangre y sudor.

Entre tantos pedazos de imágenes en su cabeza adolorida, el pescador le había dicho que esa playa se llenaba de tiburones en ciertos momentos del año. En la época de sus abuelos, le contó, los escualos se quedaron atrapados en unos bancos de arena al inicio de la playa, pero un grupo se arrinconó a un lado de la escollera y el faro alumbraba las aletas de noche, chocando unas contra otras, mientras se atacaban entre sí, daban vueltas y tiraban mordidas en la oscuridad.

–Una pinche alberca de tiburones, para quien quisiera meter los pies– esa fue la frase del pescador, antes de que todo se jodiera. Se reía y lo miraba muy fijo, como aguardando su reacción. Le dijo que los del pueblo se espantaron al principio, pero luego se pusieron a cazarlos. Se subían en las lanchas o se metían en la orilla, y los arponeaban. Hubo heridos y mordidos, pero ahí siguieron hasta que se los acabaron. El mar era un caldo de espuma y de sangre. Dicen que el tiburón más grande ya tenía cicatrices de arponazos de antes, que era el que más peleaba y también el que más aguantó.

El pescador le dijo que la pobreza y el hambre del pueblo se acabaron en esos días. Las casas se llenaron de carne de tiburón. Los servían en arroz, con plátanos fritos, con frijoles, con coco. Los guisaban en un caldo espeso, con sal y pimienta, en chile rojo. Hacían comilonas e invitaban a los demás. Pero después de unos días, se hartaron del sabor. Trataron de vender el pescado en las comunidades vecinas, lo llevaron con cubetas bajo grandes cubos de hielo, pero no tuvieron suerte. Aquello empezó a apestar, a llenar el pueblo de moscas, cucarachas y ratas. Al final, echaron los sobrantes podridos en un paraje a las afueras.

–Ese año muchas de aquí se embarazaron, hasta las que no podían. Mi papá nació después y salió muy peleonero. Dicen que fue por esa carne y que los hijos salimos iguales– sentenció el pescador.

Eran las cosas que decía antes de la rabia, de las preguntas. Las decía horas atrás, esa misma mañana, cuando le pareció un simple lanchero requemado por el sol, que se metía a sacar ostiones en el río, que se hundía en las aguas mostrando sus espaldas anchas y braceaba sin agotarse de una isleta a otra, o saludaba con risas y mentadas de madre a los demás lancheros en el embarcadero.

–¡Chinga tu madre, cuñado, deja algo pa los demás!

Parecía divertido y tan simple. Las señoras de la fonda donde comía le recomendaron mucho que hablara con él. Accedió a darle la entrevista como si nada después de pasearlo por los esteros y mostrarle lagartos y tortugas.

Él le dijo que era para un trabajo en la universidad y el pescador dijo que sí. Lo citó más tarde en la plaza y le dijo que lo acompañara a una casa en la orilla del mar. Bajo la débil luz del último poste de alumbrado, la distinguió como una construcción blanca y ruinosa, alumbrada por un foquito exterior.

Algo en esa soledad le extrañó y le preguntó si podían quedarse afuera.

–Bueno. Hay unos amigos adentro, les voy a pedir que me ayuden.

Un par de hombres, sin hablarle, sacaron una mesa de madera, un par de sillas, una hielera. Luego volvieron adentro.

–Lo bueno es que hay brisa que se lleva los mosquitos –dijo el muchacho, un poco más tranquilo. La ciudad le daba un radar sobre el peligro y ya había atenuado esa rara sensación. Aquello era un trabajo de la universidad y nada más. Podía levantarse e irse en cualquier momento. Su novia se había quedado en la ciudad para terminar trabajos pendientes. Y él regresaría en un par de días, pero antes, tenía que registrar el habla de la gente del pueblo para un trabajo de fonética. Esa era su intención de grabarlos, eso decía cuando le preguntaban. Lo veían en las fondas comiendo pescado y arroz, o sentado en las bancas del parque con una nieve, o mojándose los pies en la playa. No tenía secretos para ellos y después de un rato, los del pueblo empezaban los pedazos de esa historia entre murmullos. Se fue dando cuenta poco a poco, charla con charla. Lo decían bajando los ojos, o detrás de una sonrisa nerviosa.

El muchacho lo vigilaba sentado a su lado, sin decir nada. Podía oler el humo de su cigarro, aburrido, como si no tuviera otra cosa que hacer. Porque no había más qué hacer para él, con el cuerpo golpeado, con la cara rota, con el sabor de la sangre en los labios. Nada sino esperar y que llegaran los pasos y los ruidos desde la casa. Con un milagro, con una disculpa tal vez.

No quería meterse, pero el lanchero era el informante final para el reporte. Una fuente privilegiada por toda su vida en el pueblo. Se veía que lo respetaban por cómo lo saludaban en la mañana, por cómo los vieron caminar en la noche y dejaron que todo ocurriera. En ese momento, ya con los miembros entumecidos y los cabellos enarenados, se dio cuenta.

Cuando se sentaron en las sillas para la entrevista, el pescador abrió una lata para cada uno. Le pareció descortés negarse y apuraron un trago juntos. El lanchero le dijo que él conservaba su propiedad en ruinas, pero trabajaba cuidando y limpiando esa casa. Le había pertenecido a un músico, que viajaba en verano y descansaba y se inspiraba tocando el piano en un cuarto con un ventanal que daba al mar. Ese músico se paseaba en las tardes por la plaza y la gente lo reconocía y lo saludaba. Los invitaba a la casa en la noche. Ahí todos lo escuchaban tocar y se asombraban del sentimiento que transmitía.

La gente coreaba sus canciones o hasta bailaba alguna, pero luego, cuando la velada avanzaba y el hombre iba vaciando botellas de cerveza y de ron blanco, empezaba a tocar para sí mismo melodías tristes donde todo parecía hacerse más oscuro. Con esas piezas, hasta el mar parecía picarse y gemir más fuerte. Entonces el pianista cantaba con una voz grave que se quebraba en estribillos cada vez más cerrados y monótonos, y la gente se volteaba a mirar. Pronto, los visitantes suspiraban y se marchaban a sus casas para dejarlo solo. El músico parecía dolido, cansado, atrapado en sus pensamientos. Nunca le conocieron una mujer ni parientes. Un verano ya no regresó y les contaron que se había matado ebrio en un accidente de coche.

El nuevo dueño de la casa era un contador en la capital, de mucho dinero.

–Los fuereños se quedaron con los terrenos más grandes. Compraron los solares a precio de ganga esos cabrones. Se quedaron con todo lo que veían abandonado acá en la playa. Pero sobre todo, les valió madre y se metieron como si nada: donde quisieron, como quisieron, ¿te contaron?

Él dijo que no, aunque lo sabía. Podía armar una historia con esos pedazos de voces grabadas. Pero no quería más problemas. Era mejor dejarlo hablar, así terminaría más pronto.

–¿No quieres tomar?

Él asintió y le dio un sorbo pequeño a su lata, el último, porque quería tener la cabeza clara. El pescador continuó su relato. Los otros tiraban las empalizadas de madera. Hacían disparos al aire y dejaban señales y recados en las puertas. Cerraban el paso del pueblo para que nadie entrara ni saliera ni pudiera comprar ni vender. También echaban animales muertos. Varios del pueblo parecían haberse aliado con los fuereños y los amenazaban por la falta de papeles y títulos. Convencían a la gente de darles lo que fue suyo por cualquier cosa. Todos esos sitios se habían inundado años atrás. Ahora estaban construyendo palapas y todos sus conocidos tenían que trabajar para los otros.

–Al final todos quedamos más jodidos –resumió el lanchero. Ya no sacaban lo mismo de antes, el mar se había enfermado, las familias estaban yéndose, los viejos se morían.

–Y luego fue lo del pasado noviembre –agregó el pescador apretando el ceño y cerrando el puño. Vació su cerveza de un trago y apretó la lata vacía, que quedó como un animal metálico muerto sobre la mesa.

–Tuvimos la inundación, se llevó todo a la chingada –continuó. Le contó que todavía, de repente, los niños encontraban ladrillos, cortinas, tablones o ropa que el mar había echado en distintos puntos del pueblo.

–Es lo último que queda, porque los cuerpos ya no suben, se los comen los tiburones, ya sabes que eso sí nos sobra– le dijo con un dejo de amargura. Los sobrevivientes llevaban esos restos de casas a una capillita en las afueras, entre las ceibas. Los más viejos estaban pidiendo que les bendijeran la capilla, porque era la única forma de que la inundación no se repitiera y las cosas mejoraran.

–¿Pero quién lo va a bendecir? Los otros cerraron la iglesia y el cura se largó. Corriendo, con todas las limosnas, como rata en la noche –le dijo el pescador. La furia empezaba a subir por el rostro moreno del hombre y a encenderle la piel. Añadió que de todos modos ese lío no podía arreglarlo Dios. Dios se encaprichaba y se apartaba cuando no le rezaban. Se lavaba las manos cuando todo eran cosas entre hombres.

–Todo se fue a la chingada cuando llegaron los otros. Ellos llegaron a chingarnos, ellos comenzaron los problemas. ¿Tú los conoces?

Alumbrado por el foco exterior de la casa, espantando los mosquitos, sentado frente a la grabadora con una nueva lata de cerveza, el pescador le pareció envejecido: se le notaban arrugas en el rostro y canas en los cabellos aclarados por la sal. Pero era fuerte, como el tronco de un árbol que no se doblaba, parecía cada vez más molesto.

Él le dijo que no, no los conocía. No era de ahí, venía de la ciudad, se lo había dicho desde el principio.

–¿Entons a qué viniste? ¿Por qué estás haciendo preguntas?

–Es un trabajo de la universidad, señor, soy estudiante.

–Apaga esa madre –le ordenó. Él apagó la grabadora y entonces el lanchero la tomó y se la metió en el pantalón.

–¿Por qué andas grabando lo que pasó aquí? No me quieras hacer pendejo. ¿Trabajas para alguien en la universidad, eres policía, eres de ellos?

–Sólo soy estudiante, de verdad, señor.

No le dijo que tenía veinte años, que todo parecía tan fácil y a la mano, que su novia lo esperaba en la ciudad, que pensaba que era libre y le gustaba la aventura de ir al pueblo y de paso enterarse de los rumores mientras hacía un trabajo escolar para mantener un promedio y su beca.

No, eso lo dijo después, entrecortado, pero fue la primera vez en que mirando las ceibas y los plátanos que se tragaban las casas sombrías, mirando los caminos del pueblo que se internaban en la oscuridad, esos rincones donde cualquiera podía perderse, sintió un miedo inexplicable de que algo le pasara.

–¿La universidad está con el gobierno o con los otros cabrones?

–No, la universidad está aparte, tiene autonomía.

–Han venido muchachos como tú, pero no estudian. A veces son de afuera, pero también de aquí. ¿Sabes qué hacen? Se paran en la plaza o en los negocios a mirar, a vigilarnos, a molestarnos. Hacen preguntas. ¿Sabías eso? ¿Te contaron?

La brisa cesó un instante y el calor se asentó con todo su peso, como una malla gruesa. O sólo fue su reacción ante aquellas palabras. Sintió el sudor brotando debajo del cabello, los mosquitos en la piel pegajosa. Prefería las historias de tiburones con las que todo había comenzado.

–Sólo hago un trabajo de fonética, señor, se lo juro. El maestro nos pide que analicemos cómo hablan aquí. Traigo mi credencial.

Cuando metió la mano en la bolsa, el pescador lo sujetó del brazo.

–Puras mamadas. ¿No vas a decir la verdad, cabrón? Has estado hablando con todos.

Se quedó inmóvil por la sorpresa. Entonces la puerta se abrió y salieron tres hombres a pararse frente a él. Creyó reconocer a algunos pescadores en el embarcadero.

–Se los juro. Déjeme enseñarle mi credencial.

–Siempre quieren sacar credenciales. ¿Crees que somos pendejos? Las consigues en cualquier parte. Ahora sí dime qué chingados haces aquí.

Miró las luciérnagas brillando entre los árboles en dirección a la plaza, se le aceleró el corazón. Pensó en los manglares oscuros a estas horas, donde podían tirar su cuerpo sin problemas. El pescador y los hombres bloqueaban sus salidas. ¿Adónde podía correr? Sólo se le ocurría atrás, a la playa, pero ellos habían crecido toda su vida en la arena y no tardarían en alcanzarlo.

–Dinos cuándo van a venir otra vez. ¿Quién te mandó?

Repitió con palabras ahogadas que era estudiante hasta que cayó el primer puñetazo. Lo agarraron entre dos. Dijo que él sólo sabía lo que susurraban las personas en los negocios, lo que le habían hecho a otros hombres, pero él no era de ellos. No venía a hacerles mal, se iría del pueblo si eso querían. Hubo más puñetazos y patadas, lentos, repetitivos. A veces con más saña, a veces con cansancio e impaciencia. Él se dejaba caer a la arena y volvían a enderezarlo. Sentía que le palpitaban las mejillas, no podía respirar, escupía sangre, trozos de dientes. Cuando alzaba la mirada sólo veía esa línea de tensión en la frente del pescador; gemía rogándole que pararan cuando se le acabó la voz.

–No soy halcón, ni narco, ni policía, se los juro, ya por favor.

–Entonces nadie va a responder por ti –respondió el pescador. –Conozco a los pendejos como tú. Vienen y paran las orejas y corren con los chismes. Luego regresan con rifles, muy chingones, a sacar a las gentes de sus casas, a tirar las huertas, a madrear a los viejos, a llevarse a las niñas. Por eso los quemamos hasta que chillen como puercos. Antes les cortamos los huevos si son violadores. Y luego, al pinche mar, a que los tiburones se atasquen con su pinche carne de traidores.

Sintió que le hablaban olas de sangre de padres y abuelos que pedían su venganza, el pago de abusos pendientes. Era un pueblo pobre, un pueblo olvidado con un mar y un faro, con gente amable que servía pescado en sus fondas, que te hablaba bien si dejabas buena propina. Por eso lo había elegido, era fácil hacer el trabajo ahí.

–Me están confundiendo, se equivocan, vean mi credencial, llamen a mi casa.

Lloró y suplicó que se detuvieran cuando lo amarraron, lo amordazaron y lo llevaron detrás de la casa, con los mismos brazos macizos y fuertes que le habían desfigurado el rostro y, horas antes, habían sacado ostiones para él y le habían tendido una cerveza. Lloró y se preguntó qué había hecho, si él era parte de todo, de aquel sistema, de los otros. No creía en un Dios, no sabía cómo rezar, la mente sólo se repetía que todo debía ser un error, no podía estar pasando, iban a darse cuenta, a pedirle disculpas.

– Quiero que entiendas algo, pendejo –le dijo el pescador antes de dejarlo tumbado. –Lo que te dijeron es cierto. Nosotros sacamos a los traidores y les quemamos las casas. Después de sus chingaderas, igual que tú, esos cabrones chillaron y pidieron por su vida, pero no los pelamos. Los desnudamos, los atamos a un árbol y los matamos a machetazos. Después es bien fácil, ya sabes cómo se alocan los pinches tiburones con la sangre. Pero no tiene caso gastar tanta fuerza contigo. Eres un pinche pendejo nomás. Será el paraje o al mar, lo que me digan ahorita. Vamos a defendernos de ustedes hasta que nos lleve la chingada, hasta que todos estemos muertos, que le quede claro a tu pinche gente.

–Llame a mi casa, por favor, llame.

Lo dijo con el último hilo firme de voz, en la claridad del dolor. Entonces, pudo escuchar que le ordenaba al muchacho que lo vigilara. El pescador agarró su cartera y se perdió fuera de su vista. Él entendió que harían una llamada y lo dejaron caer como un bulto frente al mar. El mismo mar donde una noche antes, se había sentado bajo un techo de palma y había mirado el amanecer. Acostumbrado a la falta de estrellas y las noches nubladas en su ciudad, las tonalidades del cielo y las graduaciones de la oscuridad a la luz le habían parecido un milagro. El aire suave agitaba la fila de palmeras frente a la costa. Incluso había notado el cambio de marea, como si el mar recogiera su sombra. Todo parecía tan bello y pacífico entonces. Había metido las manos entre la arena fresca y sentido tanta vida. Ahora, esos mismos cangrejos juguetones del amanecer lo recorrían, lo pinchaban, aflojaban su carne.

No supo por qué, entre el silencio de su cuerpo abandonado y el rumor de las olas, luchó por convencerse de que todo iba a aclararse. Y de pronto, en la maraña repetitiva de su mente, pensó en la última parte de la historia del músico. El pescador le había dicho que habían tapado el ventanal donde el pianista veía las olas porque la gente tenía miedo, decían que aún escuchaban sus canciones tristes, sonando suaves y enfermas en la playa. Por eso nadie se acercaba a la casa, porque cargaba con un alma en pena y ya qué más daba sumarle más. El contador ya ni se paraba en aquellos lugares, temía por su vida.

Canciones tristes y oscuras, canciones de muertos para los muertos, pensó. Se escuchó gemir, ya agotado de todas las lágrimas, que milagrosamente volvían a sus ojos entrecerrados y arenosos. Percibió una tonada. Música que se iba haciendo furiosa, más grave y más rápida, enchinándole la piel, música que le aletargaba la sangre, que venía desde el mar y su oleaje y se le metía en la cabeza.

Entonces hubo ruidos detrás y se abandonó cuando lo jalaron de los cabellos y el pescador le dijo:

–Ya estuvo, cabrón. Vamos a nadar.

 

 

Este cuento fue el ganador del Premio Nacional de Cuento “Beatriz Espejo” 2019 


Autores
Adán Medellín (Ciudad de México, 1982). Escritor y periodista, es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ganó el Premio Nacional de Relato Sergio Pitol en 2007. Ha publicado los libros de cuentos Vértigos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010), Tiempos de Furia (Ediciones B, 2013), El canto circular (INBA/Instituto Literario de Veracruz, 2013) –ganador del Concurso Nacional de Cuento “Sueño de Asterión”– y Blues vagabundo (Lectorum/INBA, 2018) –con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2017. Tradujo en conjunto el poemario Nierika. Cantos de visión de la Contramontaña (Conaculta/UNAM, 2013) de Serge Pey. Su ensayo El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley ganó el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas en 2019. Ese mismo año, su libro Acéldama obtuvo el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza, que se publica en 2020. Imparte talleres de narrativa y colabora en distintas publicaciones.

Sobre La casa de arenas movedizas de Carlton Mellick III

La casa embrujada es un tema que me fascina. Tal vez, como apuntó Mariana Enriquez en el prólogo de Los elementales de Michael McDowell, se deba a que rompe con la seguridad del hogar, pues “al terror le gusta encontrarnos justo en el lugar donde nos creíamos casi invulnerables”.

Quizá por eso sea que mis libros favoritos, por lo general, llevan “casa” en el título como La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, La casa en el confín de la Tierra de William Hope Hodgson, Casa de muñecas de Patricia Esteban Erlés y un largo etcétera, así que no dudé en llevarme La casa de arenas movedizas, escrita por Carlton Mellick III y editada en español por Orciny Press, editorial independiente española especializada en ficción especulativa y la primera en traducir obras del bizarro, “género” al cual pertenece esta novela y toda la obra de Carlton Mellick III.

El autor nos cuenta la historia de los hermanos Pulga y Polly, Hansel y Gretel modernos, que viven al cuidado de su nana y acompañados de Sanguijuela, su hermanita recién nacida, en la guardería de una casa enorme con la constante amenaza de unos extraños seres a los que llaman “siniestros” y la promesa de que sus padres vendrán por ellos pronto.

Son alimentados por una máquina, que me hizo recordar el cuento “Vendrán lluvias suaves” de Ray Bradbury, y se teletransportan al colegio, donde Pulga tiene una novia llamada Darcy.

Aunque a primera vista nuestros hermanos parecen “normales”, pronto nos damos cuenta de que han ocurrido algunos cambios evolutivos en la humanidad. A Polly, como a todas las adolescentes que están por llegar a la madurez, le están saliendo cuernos y sufre constantes ataques de ira, y Sanguijuela no es el típico bebé hermoso y rollizo, sino un horrible gusano succionador de sangre.

Y los “siniestros” solo pueden atacarlos en la oscuridad, por lo que las luces deberán permanecer encendidas siempre y tienen absolutamente prohibido salir de la guardería, pues los pasillos son largos y oscuros. Todo ocurre de forma habitual hasta que la máquina de comida comienza a fallar, la luz se torna intermitente, el agua se agota y la nana se vuelve un poco loca; por lo que, movidos por el hambre, el temor de los cada vez más violentos ataques de los “siniestros” y por la insistencia de los mensajes que su madre les manda en sueños, deciden salir de la guardería para descubrir que la casa es muchísimo más grande de lo que imaginaban, que todo lo que les habían enseñado en el colegio eran mentiras y que deberán encontrar la verdad al fondo de las arenas movedizas.

Con una prosa sencilla y directa, el autor nos lleva por pasillos oscuros repletos de referencias y posibilidades. Es como si esta casa embrujada fuera la representación misma de todo lo que nos provoca terror: en la habitación principal tenemos a la distopía, tan cercana que puedes sentir su aliento aceitoso en la nuca; en el cuarto de visitas, a lo gótico, con sus fantasmas y secretos; en los pasillos y escaleras, a lo siniestro, a lo unheimlich, a ese terror familiar; y en el sótano, al horror de la nueva carne, con Giger, Cronenberg, Barker y Witkin acechando en las sombras.

En el prólogo, Carlton nos confiesa que La casa de arenas movedizas es una de las historias más personales que ha escrito: “La mayoría de la gente recuerda su infancia como un lugar seguro, divertido y despreocupado, pero para mí fue confusa y aterradora. Siempre tenía la sensación de que el mundo que había bajo mis pies me iba a ser arrebatado y que tendría un futuro incierto y solitario”. Justo ahí radica la genialidad del autor, pues a esta mezcolanza de temas logró imprimirle, con una emotividad asombrosa, la angustia de una infancia perdida. Realmente nos preocupamos por Polly, Pulga y Sanguijuela; sentimos su asombro, su miedo, su dolor; y nos rompe el corazón ver cómo van perdiendo lo único que les pertenecía: su infancia.

A pesar de que el bizarro se considera a sí mismo un género irreverente para adultos, a esta maravillosa obra también podríamos añadirle la etiqueta de literatura juvenil.

 

¿Weird o Bizarro?

La primera vez que escuché el término bizarro en literatura creí que solo se trataba de una mala traducción de weird. Lo weird es el concepto que utilizó Lovecraft en El horror sobrenatural en la literatura para explicar su obra: “En el verdadero cuento weird debe respirarse una determinada atmósfera de expectación e inexplicable temor ante lo ignoto y el más allá…”. Para redondear este concepto, S. T. Joshi, en The Weird Tale, que incluye estudios sobre H. P. Lovecraft, Lord Dunsany, Algernon Blackwood, M. R. James, Arthur Machen y Ambrose Bierce, considera que lo weird es una especie de collage que puede incluir “fantasía, horror sobrenatural, horror no-sobrenatural y cuasi-ciencia ficción”.

Por otro lado, Jeff Vandermeer, quien editó junto a Ann Vandermeer The Weird, un compendio de “oscuras y extrañas historias” que van desde Lovecraft hasta Borges y Gaiman y que le mereció el World Fantasy Award , que anualmente premia a las mejores obras del género fantástico, a mejor antología en 2012, lo resume apuntando que, a diferencia de ciertos tipos de terror, su énfasis no se encuentra ni en el horror ni en el terror que producen, sino en la belleza de lo desconocido.

Esa definición se acerca más a lo propuesto por Mark Fisher en Lo raro y lo espeluznante (The Weird and the Eerie), mi estudio favorito sobre este tema. Para Fisher lo “raro” es aquello que no debería estar allí y que no se plasma en el terror sino en la fascinación.

Sin embargo, descubrí que, si bien se encuentran íntimamente relacionados, el bizarro es un movimiento diferente. En Bizarro Central, la meca digital de este tipo de literatura, encontré que contaban con su propio manifiesto, en el que, a grandes rasgos, apuntan que el bizarro es el género del “buen” weird, que es el equivalente a la “sección de culto de un videoclub”, que apuesta por la fascinación, que tiene “cierta lógica de dibujos animados”, que es como si mezclaras a Kafka con John Waters o a Takeshi Miike con William S. Burroughs y que es un “Alicia en el país de las maravillas para adultos”.

El bizarro comparte casi todas las características del weird, como el énfasis en la fascinación y en el collage; sin embargo, algunos puntos me parecen conflictivos. Por ejemplo, encuentro mucha pretensión en que se le considere un género y encima uno de culto por encima del weird. Lo que rescato, al ser un movimiento moderno, es la influencia del cine y la televisión, sobre todo de los dibujos animados, donde por momentos, La casa de arenas movedizas me hizo pensar en Rick & Morty y Hora de aventura.

El portal también incluye una lista de autores recomendados, entre los que distinguí, sin saber que eran bizarros, a Nick Antosca (creador de la maravillosa serie televisiva Channel Zero y cuyo cuento “The Quiet Boy” inspiró Antlers, película de terror producida por Guillermo del Toro próxima a estrenarse), a Danger Slater (cuya novela I Will Rot Without You fue ganadora del Wonderland Book Award, el premio que anualmente galardona a los mejores exponentes del Bizarro,  en 2016), a Laura Lee Bahr (de quien estoy leyendo la novela Fantasma), a Garrett Cook (Un dios de paredes hambrientas encabeza mi fila de libros por leer), a Jeremy Robert Johnson (siento mucha curiosidad por su Ciudad revientacráneos) y, por supuesto, a Carlton Mellick III.

En la página web del autor, nos cuentan que es como un Kilgore Trout (autor ficticio, extraño y prolífico que aparece en la novela Matadero 5 de Kurt Vonnegut) de verdad, que ha concebido los libros más extraños, imaginativos y asquerosos, que publica siempre en enero, abril, julio y octubre, que es uno de los autores que encabezan el movimiento bizarro, que en 2013 fue nombrado por The Guardian como uno de los 20 mejores escritores de ciencia ficción menores de 40 años, que en 2009 ganó el Wonderland Book Award por su novela Warrior Wolf Women of the Wasteland, que sus cuentos han sido incluidos en las compilaciones de lo mejor de la fantasía, horror y bizarro de la década, que desde 2001 lleva más de 50 novelas publicadas y que vive en Portland, Oregon (EE.UU.), la “meca del bizarro”. También que su estilo consiste en explorar conceptos ridículos e inimaginables con toda la seriedad y honestidad posibles, utilizando el humor, la sátira social y una prosa sencilla parecida a la empleada en las antiguas publicaciones pulp y en la literatura infantil, como pudimos ver en La casa de arenas movedizas.

Por último, que la Gothic Magazine lo considera el escritor más loco, extraño, bizarro, divertido y obsceno de Norteamérica y que Jack Ketchum (autor de The Girl Next Door, The Woman y Offspring, entre muchas otras) nos advierte que si no lo hemos leído no somos lo suficientemente perversos para el siglo XXI.

Sigo sin la certeza de que el bizarro pueda considerarse un género por sí mismo pues creo que, al igual que el weird, es una modalidad del terror; ni con las lecturas suficientes para saber si es mejor que el weird (y no sé si eso sea algo que deba preocuparnos a los lectores). Lo que sí me queda claro es que bajo sus portadas de mal gusto y su actitud irreverente podemos encontrar historias muy interesantes cargadas de emotividad.

Por lo pronto, me declaro ferviente admirador de Carlton Mellick III y esperaré con ansias la traducción de The Terrible Thing That Happens que se publicará próximamente en Tierra Adentro.

 

OBRA CONSULTADA

Fisher, Mark: Lo raro y lo espeluznante; Alpha Decay, 2018.

Joshi, S. T.: The Weird Tale; University of Texas Press, 1990.

Lovecraft, H. P.: El horror sobrenatural en la literatura; Fontamara, 2002.

McDowell, Michael: Los elementales; La Bestia Equilátera, 2017.

Mellick III, Carlton: La casa de arenas movedizas; Orciny Press, 2016.

Vandermeer Ann & Jeff: The Weird: a compendium of strange and dark stories; Tor, 2012.

 

SITIOS CONSULTADOS

www.bizarrocentral.com

www.carltonmellick.com

www.orcinypress.com


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).