Hospital psiquiátrico, extraída de Flickr.
Aquí el capítulo anterior
Capítulo VI
En el hospital Bellevue
Al fin había alcanzado a Bellevue, mi tercera parada de camino a la Isla. Había pasado exitosamente las pruebas del Hogar y la Estación de Policía de Essex Market y ahora me sentía convencida de que no fallaría. La ambulancia se detuvo con una sacudida repentina y el doctor bajó de un salto.
—¿A cuántos traes? —oí a alguien preguntar.
—Solo una, para el pabellón —fue la respuesta.
Un hombre de aspecto tosco se acercó e intentó sacarme del carruaje, ciñéndome como si yo tuviera la fuerza de un elefante y la intención de resistirme. El doctor, al ver mi expresión de disgusto, le ordenó que me dejara en paz y dijo que él mismo se haría cargo de mí. Entonces me ofreció la mano al salir del carruaje y caminé con la gracia propia de una reina a través de la multitud que se había juntado para ver a la más reciente alma desdichada. Entré junto con el doctor a una oficina pequeña y mal iluminada, donde nos esperaban varios hombres. El que estaba detrás del escritorio abrió un libro y comenzó con la larga lista de preguntas que me habían hecho una y otra vez.
Me rehusé a contestar y el doctor le dijo que no era necesario molestarme más, pues ya habían llenado todos los papeles necesarios y yo estaba demasiado loca como para decirle algo que cambiara las circunstancias. Me sentí agradecida de que todo fuera tan fácil aquí, pues, aunque mi espíritu seguía inquebrantable, mi cuerpo languidecía por la falta de alimento. Entonces dieron la orden de llevarme al pabellón de los locos y un hombre musculoso se acercó y me tomó del brazo con tanta fuerza que sentí un dolor punzante recorrer mi cuerpo entero. Me enojé tanto que por un momento me olvidé de mi papel y le reclamé:
—¿Cómo se atreve a tocarme? —ante lo cual aflojó un poco su agarre y me lo sacudí de encima con más fuerza de la que creía tener— No iré con nadie más que con él —le dije, apuntando al conductor de la ambulancia—, el juez me dijo que él me iba a cuidar y no iré con nadie más.
Tras oír esto, el conductor dijo que me acompañaría, así que fuimos tomados del antebrazo, siguiendo al hombre que inicialmente fue tan rudo conmigo. Pasamos por los terrenos bien cuidados y finalmente llegamos al pabellón de los locos. Una enfermera de capucha blanca estaba ahí para recibirme.
—Esta chica debe esperar el bote aquí —dijo el conductor y comenzó a irse. Le rogué que se quedara o que me llevara con él, pero dijo que quería ir por su almuerzo primero y que debía de esperarlo ahí. Insistí en acompañarlo, pero dijo que debía de asistir en una amputación y que no sería apropiado que yo estuviera presente. Era evidente que creía que estaba lidiando con una persona loca. Justo entonces unos gritos demenciales escaparon de uno de los jardines traseros. Aún con toda mi valentía, sentí un escalofrío recorrer mi espalda ante la idea de ser encerrada con una de mis compañeras que efectivamente estuviera loca. El doctor evidentemente notó mis nervios, pues le dijo al asistente:
—Dios mío, qué ruido hacen los carpinteros.
Volteo a verme y me explicó sobre los nuevos edificios siendo construidos y que el ruido provenía de algunos de los obreros que trabajaban ahí. Le dije que no quería quedarme ahí sin él y para apaciguarme me prometió que regresaría pronto. Me dejó sola y por fin me convertí en la residente de un manicomio.
Me quedé de pie en la puerta y contemplé la escena frente a mis ojos. El pasillo largo y desnudo de alfombras había sido depurado con aquel peculiar blanco, típico de las instituciones públicas. En la parte de atrás del pasillo había unas enormes puertas de hierro aseguradas con un candado. Varias bancas sujetas al suelo y algunas sillas de mimbre eran los únicos muebles del lugar. En ambos extremos del pasillo había puertas que, según supuse y más tarde confirmé, llevaban a las habitaciones. Cerca de la puerta principal, del lado derecho, había una pequeña sala de estar para las enfermeras y del lado opuesto había un cuarto donde se servía la cena. Una enfermera en vestido negro, gorro blanco y delantal, armada de un montón de llaves, estaba a cargo del pasillo. Pronto aprendí su nombre, la Srta. Ball.
Una vieja mujer irlandesa era el ama de llaves. Oí a alguien llamarla Mary y me alegra saber que hay una mujer de buen corazón en aquel lugar. Tan solo recibí amabilidad y consideración de su parte. Unicamente había tres pacientes. Yo me convertí en el cuarto. Pensé que me convendría ponerme a trabajar de inmediato, pues aún sospechaba que el primer doctor podría declararme sana y mandarme de vuelta al mundo exterior. Así que bajé a la parte posterior del cuarto, me presenté con una de las mujeres y le pregunté todo sobre su vida. Su nombre, según dijo, era la Srta. Anne Neville y había estado enferma por sobrecarga de trabajo. Trabajaba como una mucama y cuando su salud declinó, fue enviada al Hogar de las Hermanas para ser tratada. Su sobrino, que era un mesero, estaba desempleado y, siendo incapaz de cubrir sus gastos del Hogar, la había transferido a Bellevue.
—¿También sufre de algún malestar mental? —le pregunté.
—No —respondió—, los doctores me han estado haciendo varias preguntas y confundiéndome tanto como les es posible, pero no hay nada malo con mi cerebro.
—¿Sabe que solo envían gente loca a este pabellón? —pregunté.
—Sí, lo sé; pero no puedo hacer nada al respecto. Los doctores se rehusan a escucharme y es inútil decirle algo a las enfermeras.
Convencida por varias razones de que la Srta. Neville estaba tan cuerda como yo, dirigí mi atención a una de los otras pacientes. Me pareció que necesitaba ayuda médica y era un poco boba en sus facultades mentales, aunque ciertamente he visto a mujeres del bajo mundo que eran mucho menos brillantes y cuya sanidad mental nunca fue puesta en duda.
La tercera paciente, la Sra. Fox, no hablaba mucho. Era bastante callada y después de decirme que el suyo era un caso perdido, se rehusó a hablar. Comencé a sentirme más segura de mi posición y decidí que ningún doctor me convencería de que estaba sana siempre y cuando tuviera la esperanza de conseguir mi misión. Una enfermera pequeña y de tez clara llegó y, después de ponerse su gorro, le dijo a la Srta. Ball que fuera a cenar. La nueva enfermera, la Srta. Scott, se me acercó y espetó bruscamente:
—Quítate el sombrero.
—No que quitaré el sombrero —respondí—, estoy esperando al barco y no me lo quitaré.
—Bueno, no vas a subirte a ningún barco. Supongo que da igual si te enteras ahora o más adelante. Estás en un hospital psiquiátrico.
Aunque ya estaba completamente al tanto de este hecho, sus palabras fueron tan directas y desprovistas de adornos que me provocaron un shock .
—No quería venir aquí; no estoy enferma ni loca y no voy a quedarme —le dije.
—Será un largo tiempo antes de que salgas si no haces lo que te dicen —contestó la Srta. Scott—, más te vale quitarte el gorro o usaré mi fuerza, y si no soy capaz de hacerlo, todo lo que tengo que hacer es tocar la campana y tendré a alguien que me asista. ¿Te lo vas a quitar?
—No, no lo haré. Tengo frío y quiero dejarme puesto mi sombrero y no puedes hacer que me lo quite.
—Te daré unos cuantos minutos más y si no te lo quitas, tendré que usar fuerza, y te lo advierto, no seré nada gentil.
—Si me quitas mi sombrero yo te quitaré tu gorro y estaremos a mano.
Entonces la Srta. Scott fue llamada a la puerta y como temía que una demostración de mal carácter mostrara demasiada sanidad, me quité mi sombrero y guantes y estaba sentada en silencio viendo hacia la nada cuando ella regresó. Tenía hambre y estaba muy alegre de ver a Mary haciendo los arreglos para la cena. Los preparativos eran bastante sencillos. Tan solo sacó un banca larga al lado de una mesa vacía y le ordenó a los pacientes juntarse alrededor del festín; entonces sacó un pequeño plato de estaño en el que yacía un pedazo de carne hervida y una patata. Estaba más fría que si la hubieran cocinado la semana pasada y no tuvo la oportunidad de convidarse de sal ni pimienta. No me acercaba a la mesa, así que Mary se aproximó a la esquina en la que estaba sentada y, mientras repartía los platos de estaño, me preguntó:
—Dime querida, tienes algunas monedas que te sobren.
—¿Qué? —dije sorprendida.
—¿Tienes algunas monedas, querida, que pudieras darme? Te las van a quitar de todas formas querida, así que me las podrías dar a mí.
Ahora todo tenía sentido, pero no tenía ninguna intención de pagar mi cuota a Mary recién comenzada la partida. Temía que su trato hacia mí se vería influenciado por esto, así que le dije que había perdido mi bolso, lo cual era suficientemente cierto. Pero Mary no dejo de ser amable conmigo aunque no le di nada de dinero. Cuando me quejé del plato de estaño en el que me había traído mi comida, me trajo uno de porcelana, y cuando me fue imposible engullir la comida que me presentó, me trajo un vaso de leche y unas galletas de soda.
Todas las ventanas del pasillo estaban abiertas y comencé a sentir el efecto del aire frío en mi fisionomía sureña. La ventisca helada era casi insoportable y me quejé al respecto con la Srta. Scott y la Srta. Ball. Pero contestaron cortésmente que ya que me encontraba en una institución de caridad no podía esperar mucho más. Todas las demás mujeres también estaban sufriendo por el frío e incluso las enfermeras tenían que usar prendas pesadas para mantenerse calientes. Les pregunté si podía irme a la cama. “¡No!” me dijeron al unísono. Al fin la Srta. Scott tomó un viejo chal gris, le sacudió algunas polillas y me dijo que me lo pusiera.
—Este chal se ve en pésimo estado.
—Bueno, las cosas serían mucho más sencillas para algunas personas si fueran mucho menos orgullosas —dijo la Srta. Scott—. Las personas que viven de caridad no deberían de esperar nada ni quejarse.
Así que me envolví encima el chal carcomido por las polillas, con todo y su olor a humedad y me senté en una silla de mimbre, preguntándome qué ocurriría después, si moriría congelada o sobreviviría. Mi nariz estaba muy fría, así que cubrí mi cabeza y estaba medio dormida, cuando alguien arrebató el chal de mi cara y un hombre extraño y la Srta. Scott aparecieron de pie frente a mí. El hombre resultó ser un doctor y su primer saludo fue:
—Yo he visto esa cara antes.
—¿Entonces me conoce? —le pregunté, mostrando un entusiasmo que en realidad no sentía.
—Creo que sí. ¿De dónde viene?
—De mi hogar.
—¿Y dónde queda su hogar?
—¿No lo sabe? Cuba.
Entonces se sentó junto a mí, tomo mi pulso, examinó mi lengua y finalmente dijo:
—Cuéntele a la Srta. Scott sobre su vida.
—No, no lo haré. No hablaré con mujeres.
—¿Qué hace en Nueva York?
—Nada
—¿Puede trabajar?
—No, señor —le respondí en español.
—Dígame, ¿es una mujer pública?
—No le entiendo —respondí, realmente molesta con él.
—Es decir, que si ha dejado que algún hombre provea por usted o se quede con él.
Sentí el impulso de arremeter una bofetada en su cara, pero tenía que mantener la compostura, así que simplemente dije:
—No sé de lo que está hablando. Siempre he vivido en mi hogar.
Después de varias preguntas más, tan inútiles como absurdas, se alejó y comenzó a hablar con la enfermera:
—Posiblemente demencia —dijo—, lo considero un caso perdido. Necesita estar en un lugar donde alguien la cuide.
Y así pasé mi segundo experto médico.
Después de esto, comencé a tener una menor consideración por la habilidad de los doctores de la que jamás tuve, y una mayor en mí misma. Estaba convencida de que ningún doctor podía decir si las personas estaban locas o no, siempre y cuando el caso no fuera uno violento.
Más tarde aquel día, un chico y una mujer vinieron. La mujer se sentó en una banca, mientras el chico entró y habló con la Srta. Scott. Al poco tiempo volvió a salir y se limitó a asentir en señal de despedida a la mujer, que era su madre, antes de partir. Ella no se veía loca, pero como era alemana no pude averiguar su historia. Su nombre, sin embargo, era Louise Schanz. Parecía bastante perdida, pero una vez que las enfermeras la pusieron a cocer, hizo su trabajo eficiente y rápidamente. A las tres de la tarde dieron gachas de cereal a todos los pacientes y a las cinco, una taza de té y un pedazo de pan. Se apiadaron de mí, pues cuando se dieron cuenta que me era imposible comer el pan o beber aquella sustancia glorificada con el nombre de té, me dieron un vaso de leche y una galleta, lo mismo que tuve a mediodía.
Justo cuando estaban encendiendo las luces de gas, otro paciente se nos unió. Era una chica joven, de unos veinticinco años. Me dijo que acababa de levantarse de cama tras estar enferma. Su apariencia confirmaba su historia. Se veía como alguien que acababa de tener un episodio de fiebre.
—Ahora estoy sufriendo de un trastorno nervioso —dijo— y mis amigos me han enviado aquí para tratarlo.
No le dije donde se encontraba y parecía bastante satisfecha. A las 6:15 la Srta. Ball dijo que quería retirarse, así que todas debíamos de ir a la cama. Entonces a cada una —ya éramos seis— le fue asignado un cuarto y se nos ordenó desvestirnos. Seguí las instrucciones y me dieron un camisón de algodón corto para usar durante la noche. Luego recolectó todos los artículos de vestir que había usado durante el día y, enrollándolos en un bulto, los etiquetó con el nombre “Brown” y se los llevó. La ventana con barrotes de hierro estaba cerrada y la Srta. Ball, después de darme una cobija extra, que según dijo, era un favor rara vez concedido, se fue y me dejó a solas. La cama no era ni remotamente cómoda. Estaba tan dura que ni siquiera pude amoldarla; y la almohada estaba rellena de paja. Debajo de la cobija había un cubrecama de hule. Conforme la noche enfriaba traté de calentarlo. Apreté mi cuerpo contra el hule, pero cuando cayó la mañana seguía tan frío como cuando me recosté; y a mí también me había dejado a la temperatura de un iceberg, así que me di por vencida.
Había esperado descansar un poco en mi primera noche en el manicomio. Pero parecía estar asediada por la decepción. Cuando las enfermeras del turno nocturno llegaron, tenían curiosidad de averiguar cómo me veía. Tan pronto como se fueron oí a alguien tocar a mi puerta preguntando por Nellie Brown y comencé a temblar, siempre temiendo que mi sanidad sería descubierta. Al escuchar la conversación me enteré que era un reportero que vino en mi búsqueda y le oí preguntar por mi ropa para que pudiera examinarla. Los escuché hablar sobre mí con mucha ansiedad, pero me alivió saber que ya se me consideraba loca sin lugar a dudas. Eso era alentador. Después de que el reportero se fue, escuché a más personas llegar y me enteré que había un doctor ahí y que deseaba verme. No sabía con qué propósito y me imaginé toda clase de cosas horribles, como examinaciones médicas, y cuando llegaron a mi cuarto me estaba sacudiendo de pies a cabeza.
—Nellie Brown, aquí está el doctor; desea hablar contigo —dijo la enfermera. Si eso era todo lo que deseaba, supuse que podía manejarlo. Me quité la cobija, que había puesto sobre mi cabeza del susto, y miré hacia arriba. La vista fue tranquilizante.
Se trataba de un hombre guapo y joven. Tenía el porte de un caballero. Algunas personas han censurado esta acción; pero estoy segura de que, aunque tal vez un poco indiscreta, el joven doctor solo tenía mi bienestar en mente. Se me acercó, se sentó a mi lado en la cama y posó sus brazos sobre mis hombros de manera reconfortante. Fue una carga terrible actuar el papel de loca frente a este joven hombre, y tan solo una chica puede simpatizar conmigo en esta posición.
—¿Cómo te sientes esta noche Nellie? —preguntó con soltura.
—Oh, me siento bien.
—Pero sabes que estás enferma —dijo.
—Oh, ¿lo estoy? —contesté y rodé mi cabeza en la almohada y sonreí.
—¿Cuándo saliste de Cuba, Nellie?
—Oh, ¿conoces mi hogar? —pregunté.
—Sí, bastante bien. ¿No me recuerdas? Yo te recuerdo a ti.
—¿Ah sí? —y agregué mentalmente que no lo olvidaría. Tenía un acompañante que no se aventuró a decir nada, tan solo me miró mientras yacía acostada en la cama. Después de varias preguntas, a las que respondí con sinceridad, se fue. Entonces llegaron más problemas. Toda la noche las enfermeras se comunicaban en voz alta, y sé que les era imposible dormir a los otros pacientes, así como a mí misma. Más o menos cada media hora, caminaban a paso pesado por los pasillos de extremo a extremo, con sus botas de tacón resonando como la marcha de un regimiento de infantería, y le echaban un vistazo a cada paciente. Por supuesto, esto contribuía a mantenernos despiertas. Luego, conforme se acercaba la mañana, comenzaron a batir huevos para el desayuno y el sonido me hizo darme cuenta de lo hambrienta que estaba. Entonces la sirena de la ambulancia, que traía consigo a más almas desafortunadas, chilló como anunciando el fin de la vida y la libertad. Así transcurrió mi primera noche como una chica loca en Bellevue.
Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el
Pittsburgh Dispatch ,
New York World y
Cosmopolitan , entre muchos otros.
Las conversaciones e ideas que rodean la entrega de los premios Oscar que se avecina van desde las ausencias significativas que siguen prevaleciendo en la industria del entretenimiento y la manera con que se trabaja con el tiempo en la pantalla grande, hasta la controversia alrededor de la forma en que se cuentan las historias. Aquí algunas de ellas antes de que este domingo estemos frente a la tele con nuestras quinielas en la mesa como si de ello dependiera la confirmación de nuestros gustos ante nuestros familiares y amigos, o simplemente por el placer que brinda celebrar que ganó una película y no otra como quien celebra el triunfo de su equipo.
1. Esos hombres…
Durante el anuncio a los nominados, luego de nombrar a los aspirantes en la categoría de Mejor Dirección, la presentadora Issa Rae recalcó: “felicidades a esos hombres” . Sin nombrarlo, señalaba un vacío de la misma manera que Natalie Portman lo había hecho en los Globos de Oro del 2018 –donde presentó a los aspirantes a la misma categoría como “los hombres nominados”.
La ausencia más notable era la de Greta Gerwig: Mujercitas estaba nominada a mejor actuación, guion, vestuario, música e incluso mejor película y, sin embargo, no le valió una nominación a su directora. En twitter ironizaban diciendo que se trataba de una película tan buena que parecía como si nadie la hubiera dirigido.
De haber sido nominada, Gerwig habría sido la primera mujer en ser elegida dos veces para esta categoría, (en el 2018 lo había estado por Lady Bird ) . Un caso similar es el de Kathryn Bigelow, quien luego de ganar el Óscar a Mejor Directora en 2010 por The Hurt Locker –lo que la convirtió en la única mujer que se ha llevado dicha estatuilla–, fue olvidada un par de años después cuando Zero Dark Thirty estuvo nominada a cinco categorías, pero entre ellas no estaba la de mejor dirección. La categoría continúa siendo reservada para “esos hombres”, pues en 92 años de historia de los premios tan sólo cinco directoras –Lina Wertmüller, Jane Campion, Sofia Coppola y las referidas Bigelow y Gerwig– han sido nominadas.
Clémence Michallon, en su artículo “ Oscar nominations 2020: Biggest surprises and snubs ”, cuestionaba la falta de mujeres cineastas en las nominaciones, en especial cuando dichas mujeres fueron las directoras de algunas de las mejores películas de los últimos doce meses: como Lorena Scafaria con Hustlers , Alma Har’el con Honey Boy o Marielle Heller con A beautiful Day in the Neighborhood (película por la que, por cierto, sí está nominado un rostro conocido de la industria cinematográfica: Tom Hanks).
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2. Los rieles con que se cuenta una historia
En la polémica declaración de Martin Scorsese sobre las películas de Marvel, el director neoyorquino diferenciaba el entretenimiento audiovisual mundial –donde situaba las películas de la franquicia de superhéroes– y el cine –donde, por nombrar a algunos autores, colocaba a Bergman, Godard, Paul Thomas Anderson, Ari Aster o Kathryn Bigelow-. En su texto aclaratorio publicado en el New york Times , equiparaba a esos productos de entretenimiento audiovisual mundial con un parque de atracciones. El cine era otra cosa: una revelación estética, emocional y espiritual.
En un texto sobre Parasite , Fernanda Solórzano recuperaba la comparación de Scorsese para sostener que el atractivo de la película de Bong Joon-ho no radicaba solamente en su tema, sino “en su recorrido vertiginoso de géneros, tonos y referencias”, con un guion que sigue “un trayecto de curvas cerradas, ascensos y bajadas súbitas no muy distinto al de los rieles de una montaña rusa”. Dicha comparación entre parques de atracciones y productos de entretenimiento y cine sirve para ahondar en algunos señalamientos de las películas en competencia.
Probablemente 1917 se lleve el galardón de la noche. Los detractores de la película de Sam Mendes señalan que hay en ella un despliegue de estrategias y herramientas en detrimento del argumento: el falso plano secuencia en que transcurre la película y un argumento lineal lleno de hechos fortuitos –la leche y el bebé, por ejemplo–. La realización por un lado y el argumento por el otro. Richard Brody , incluso comparaba “la prosa visual” del filme con la de “una novela de mercado masivo con puntuación eliminada”.
Pensando en los rieles de una montaña rusa y las imágenes de una película cabe preguntarse ¿qué le pedimos a una película? ¿Qué valoran los miembros de la academia cuando votan? ¿Una experiencia? ¿La forma de un relato? ¿Ambas? Incluso, ¿qué aportan, en los términos de revelación, las competidoras a mejor película? El relato de Jo Jo Rabbi t, por ejemplo, gana en la medida de su singularidad pero peca de reforzar lo mismo que 1917 : los tópicos de la amistad, el amor por los padres o hermanos, la condenación de la guerra –que se habla en el idioma de los buenos–. En la categoría de mejor guion original, la película de Rian Johnson, Knives out , bien ejemplifica la diatriba de Scorsese: se trata de un guión eficaz pero que no es redondo, revelador de casi nada. Una película que, como la Waititi, muestra constantemente sus costuras.
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3. Una cuestión de tiempo
Los limitados movimientos de Frank Sheeran al patear al dueño de una tienda recuerdan que por más rejuvenecimiento digital que haya –motivo que llevó a diversos estudios a rechazar producir la película–, el actor que lo interpreta en El Irlandés tiene 76 años. Algo semejante sucedía, a decir de su director en The Irishman: a conversation , con la escena en que Hoffa se levanta enfadado al ver a los Kennedy en la tele; Scorsese, que nunca había trabajado con Al Pacino, no supo cómo señalar que para ese momento su personaje debía tener 49 años y debía ponerse de pie más rápido, con mayor brío. La actuación, bromeaba Pesci, no podía arreglarse digitalmente.
En esa misma charla entre cuatro colosos del cine, se preguntaban si, más allá del aspecto que adquirieron en la película con el uso de tecnología, había una destilación de un estilo. Un cierto ambiente que Pesci recordaba haber visto desde Mean Streets y que hallaba mejorado en cada una de las películas hasta esa. Estilo del que, por otra parte, abrevó Todd Philipps a modo de pastiche para que un relato nuevo remitiera al pasado y fuera de esa manera medianamente reconocible. Una capitalización de la nostalgia que se percibe por todos lados y no es exclusiva del cine. Hacer pasar un producto de 2019 por uno de los años setentas, que Ciudad Gótica tuviera el aspecto –la pátina– del Nueva York por el que conducía Travis Bickle.
El tiempo cruza no sólo la perfección de una técnica o el aspecto de un estilo, sino que además problematiza el material con que se trabajan los relatos audiovisuales. ¿Qué ocurre cuando el material original del que proceden los relatos parece ser anacrónico? ¿Cómo se evidencia su vigencia? La respuesta de Greta Gerwig –por la que probablemente sea ganadora a mejor guión adaptado– es que no se logra desde el argumento, sino desde la trama. El dispositivo de Mujercitas apela, como El Irlandés , a descomponer las líneas temporales, rejuveneciendo la anécdota al desordenar la estructura cronológica del libro.
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4. Reivindicación y censura de lo cutre
El año pasado parecía sorprendente que uno de los mejores relatos televisivos – Chernobyl – tuviera por showrunner al escritor de películas como Scary Movie, The Huntsman y la saga The Hangover . El de estos últimos títulos cobraría notoriedad cuando, unos meses después, su director –Todd Phillips– subiera al escenario para recibir el León de Oro en la Mostra de Venecia por su película Joker . La pregunta estaba en el aire: ¿se revisitarían las peripecias que resultan de una despedida de soltero en Las Vegas ahora que los nombres de su director y guionista tenían cierto crédito?
En esta entrega –la menos importante en carácter artístico, pero sí la más mediática– no deja de resultar curioso que Phillipps esté al lado de guionistas como Steven Zaillian o directores como Quentin Tarantino o su calcado Scorsese, a pesar de que hace unos años su nombre no figuraría o sería hecho a un lado. También son notorias las ausencias de dos nombres que precisamente por su reputación no fueron tomados en cuenta, según contó un votante de la Academia: Jennifer López y Adam Sandler por sus interpretaciones en Hustlers y Uncut Gems , respectivamente. Según con qué credenciales cuentan los realizadores, aumentan las posibilidades de subir al escenario.
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5. La revolución será filmada
Para Mark Fisher , el personaje del Joker siempre fue fascinante porque, a diferencia del resto de villanos de primer nivel, “es pura superficie, una locura sin motivos, desprovista de todo origen o trasfondo histórico”. Lo que la película de Phillips –que encabeza la ceremonia con 11 nominaciones– se propuso fue, precisamente, construirle uno; y el relato resultante ha sugerido muchas interpretaciones del presente.
Slavoj Zizek halló en la película el retrato de una figura del nihilismo extremo en que, además, se exponía la imperfección social del sistema moderno. En una línea semejante, el documentalista Michael Moore, antes que una incitación y celebración de la violencia, identificó que la película servía para evidenciar a un país “que no siente la necesidad de ayudar a los marginados y a los desprotegidos” al tiempo en que planteaba la pregunta de qué pasaría si un día éstos decidieran pelear de vuelta. En su crítica , para mostrar el paradigma sobre el que se sostiene la película, Javier Ocaña escribía: “los mismos que en una de las primeras secuencias dan una paliza simplemente porque sí al enfermo mental Arthur Fleck, antes de convertirse en el Joker, podrían ser los que lo adoran como mito en los últimos momentos”.
Donde sea que uno se sitúe -ya sea reprobando el coqueteo con el peligro que supone simpatizar con una forma cool del mal, como señalaba Owen Gleiberman ; o bien, celebrando el retrato de un tiempo en que la complicación moral se desdibuja- no deja de ser interesante que una película dirigida a una gran audiencia estimule esta discusión cuando afuera de la sala la gente se amotina a causa de un mundo semejante al reflejado en la pantalla grande. Mejor esa discusión –o la que provoca otra de las competidoras, Parasites – que la que pudieran llegar a propiciar, pongamos por caso Green book , la ganadora a Mejor Película el año pasado.
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Autores
(Querétaro, 1991) es licenciado en filosofía y maestro en comunicación y cultura digital. Autor de
Tríptico sobre las despedidas (2017) y
Neighborhood (2017) y
Blau Cel (2016). Ha colaborado en medios como la
Revista de la Universidad de México y
Otra Parte .
En la noche había soñado con insectos, con esos escarabajos pequeños y pálidos que salían en temporada de lluvias en la casa de Cuernavaca. Sentía uno caminándole por la cabeza y, cuando se llevaba la mano al pelo, ya no era uno solo sino cientos de ellos. Los sentía crujir entre sus dedos mientras trataba de arrancárselos. Despertó. Al poco tiempo sonó la alarma del reloj de pulsera, guardado en el cajón del escritorio de la habitación del fondo. Sonaba cada hora y estaba informando que eran las tres de la mañana. Se paró de la cama y, después de respirar como le habían aconsejado, inflando grande el estómago y tratando de relajar los músculos, abrió la puerta de la habitación y le quitó las baterías al reloj. Llevaba tres semanas queriendo hacerlo sin haberse decidido. No pudo volver a dormir.
Así que ahora tenía sueño y le dolían un poco las piernas. Todavía no llegaba nadie a la fuente del parque; pensó en irse y regresar a la cama, pero una parte fundamental del plan era hacer este tipo de cosas. La fecha estaba cercana y no quería sentir que había dejado alguna carta sin voltear sobre la mesa. Atravesó el parque y compró un café en el Oxxo de la esquina. Cruzó de nuevo y, cuando regresó, ya estaba una pareja de extranjeros sesentones esperando al resto del grupo. Se sentó ella también a esperar, mientras escuchaba cómo la pareja discutía, en inglés, sobre azulejos para el baño. Le pareció que esa conversación llevaba ocurriendo años y que cada uno ya tenía ensayada su parte. Sintió una coz en el pecho, dio un trago a su café y, para distraerse, sacó el folleto de la excursión. Eran unas treinta páginas con mapas y fotografías. La parte del recorrido que ella haría solo ocupaba dos páginas, un día de los quince que duraba el viaje entero. Tampoco era para tanto. Y tampoco tenía el dinero de esos extranjeros jubilados que huían, como bestias migratorias, de los inviernos oscurísimos de sus países para refugiarse en sunny latinamerica, beber margaritas, usar sombreros tejidos y conectarse con la naturaleza.
En esas dos páginas que le concernían había alguna información general sobre Lerma, las ciénagas y varias fotografías con aves de la región. Debajo de cada fotografía aparecía el nombre científico, un nombre en inglés y otro en español y una pequeña explicación sobre cada animal. También, en la orilla de las imágenes, había un recuadro para que los exploradores tacharan las especies que iban encontrando. Vio con detenimiento las fotografías: garzas, patos, águilas, búhos. Las descripciones eran escuetas pero buscaban entusiasmar. Le llamó la atención una en particular. Debajo de un pajarito de pecho amarillo y cabeza negra se leía:
Mascarita transvolcánica / Black-polled Yellowthroat ( Geothlypis speciosa): esta pequeña ave endémica se alimenta de insectos y se le suele encontrar sola o en pareja. Se calcula que solo hay cinco mil ejemplares vivos por lo que es muy difícil de ver. Las ciénagas del Lerma es uno de los poquísimos lugares donde podrás avistarla. Si ves una, pide un deseo: es una rareza.
La verdad es que no había nada que le pareciera asombroso en esa ave. De hecho, parecía idéntico al de la siguiente fotografía, la mascarita común que, como su nombre indicaba, era extremadamente fácil de avistar. Aunque era una tontería asumir que un animal difícil de ver debe, en consecuencia, ser vistoso, era inevitable pensarlo. Ese mismo pensamiento, se le ocurrió, era el que estaba detrás de varios críptidos: asumir que lo desconocido debe ser completamente diferente a lo que hemos visto. En lugar de pensar en osos, parecidísimos a los que conocemos, pero con una pequeña variación de color en el pelaje, deseamos al sasquatch . La mascarita transvolcánica no era, para nada, un sasquatch .
Para las seis y media ya estaba el grupo completo. Se subieron a la combi que manejaba Humberto, el guía, y salieron camino a Lerma. Ella se sentó en el asiento del copiloto.
—¿Y de dónde conoces a Mónica?
—Somos amigas desde la preparatoria.
Y la verdad es que, si desde entonces se habían visto media decena de veces, era mucho. Pero se la había encontrado hacía dos semanas, en el lobby del hospital.
—¿Qué haces aquí?, qué gusto verte, pero en qué lugar nos fuimos a encontrar.
—Vine a recoger unos estudios para el seguro —mintió doblando la receta garabateada con nombres de ansiolíticos y antidepresivos— ¿Y tú?
—Visitando a mi sobrina. Apendicitis.
Mónica le había pedido que se tomara un café con ella, aunque fuera ahí, en la cafetería del hospital. Tenían cuánto sin verse, ándale, aunque sea un ratito. Le faltó ingenio y le sobró culpa para inventar un pretexto. Además, pensó, el tiempo seguía pasando y ahí estaba esa cruz que había puesto, hacía casi cuarenta días en el calendario. En algún lugar había leído —ya no recordaba dónde, tantos libros, tantas listas en internet, tantos folletos en salas de espera— que era importante proyectar fechas a futuro, como puntos de relevo para volver a evaluarlo todo y alegrarse por los avances. Y, a decir verdad, no había avanzado mucho. Se sentó una hora y cuarto en la cafetería, el cuerpo pesando como plomo y la cabeza puesta en otro lado: en la habitación del fondo, en cómo el vacío que salía de ese cuarto iba succionando, poco a poco, toda la vida de su casa. Un cuarto paradójicamente tan lleno de objetos que apenas se atrevía a tocar —porque, aunque ahora eran suyos, seguían siendo ajenos. Mónica no parecía notarlo porque monopolizaba la conversación. Y aunque después no pudo —ni intentó— recordar mucho de lo que le contó, se le había quedado lo que había dicho sobre Humberto, su vecino, un biólogo que un día se hartó de dar clases y empezó a pasear gringos que querían hacer birdwatching .
En el camino, Humberto dio algunas indicaciones en inglés y, comparando los binoculares con las cañas de pescar y con cómo mientras mejor sea el equipo habrá mejor pesca, les recordó que tenía tres Nikon que podía rentarles por 20 dólares. Seguramente ganaba mejor haciendo esto que dando clases. Ella llevaba unos binoculares viejos que encontró entre las cosas de su padre. No eran buenos pero tampoco le interesaba pescar todos los peces del mar. No por 20 dólares.
Cuando llegaron a las ciénagas, el sol ya estaba bien acomodado y hacía frío. El grupo comenzó a caminar y a detenerse señalando aves. Cada que Humberto apuntaba a algún lugar, se hacía el silencio y todos se agazapaban como un montón de predadores seniles. Los binoculares subían a los ojos y, por un par de minutos, se concentraban en los detalles de los animales que veían. De pronto, alguien rompía el silencio aventurando un nombre que Humberto confirmaba o rectificaba. Y, aunque nunca antes había puesto mucha atención a las aves y probablemente dejaría de hacerlo después de este día, encontraba alguna belleza en el ritual de la observación.
Tras un puñado de avistamientos, el grupo se fue desgranando. Los observadores más experimentados se adelantaban o se detenían; un grupo de abuelas holandesas se sentó a comer galletas y la pareja de los azulejos tomaba fotografías del paisaje. Ella caminó siguiendo la orilla de un pantano lleno de garzas; de vez en cuando se detenía a verlas tras los binoculares. Tampoco era que la estuviera pasando mal. Las garzas eran aves muy bellas: se quedaban quietas y largas, como plantas creciendo en la búsqueda del sol.
El día estaba despejado y lo único que se escuchaba eran trinos y el viento. Ese silencio le gustaba, parecía salir de ella en lugar de intentar metérsele al cuerpo para sofocarla. Era distinto de aquel otro silencio que reptaba como una serpiente por las superficies de su casa.
Estaba ya bastante lejos de los demás, sola entre el agua y las hierbas que le llegaban hasta los muslos. Llevaba toda la mañana esforzándose, arrojándole a su cerebro una pelota de viento y sol para que la persiguiera y se cansara. Pero su cabeza volvió a la habitación del fondo. Se sentó entre la hierba y, por un momento, estuvo segura de que no iba a poder pararse nunca: sentía el pecho como una fruta muy madura que se revienta al caer del árbol. Le pareció clarísimo que esta tampoco era la carta ganadora.
De pronto: un gorjeo llamó su atención. Metida entre los pastizales buscó el sonido con los ojos. Ahí, entre los tules, distinguió un pájaro. El pecho amarillo, la cabeza negra. Tras los binoculares lo vio de cerca mientras la sorpresa le iba quitando la pesadez del cuerpo. El pájaro abría grande su pico de carnívoro, mientras seguía haciendo ese ruido como de un montón de cascabeles rodando colina abajo. Lo vio largo rato hasta que dio un par de brinquitos en la vara sobre la que estaba y se fue volando. Sacó el folleto. Releyó: “Si ves una, pide un deseo”. Vio la fotografía con detenimiento. No estaba segura, pero podía ser.
El grupo se volvió a reunir, como habían acordado, en el sitio del primer avistamiento. Humberto les preguntó por lo que vieron.
—Tal vez una mascarita transvolcánica.
—¿Tal vez? ¿No estás segura? Igual fue una común. ¿Tenía ceja?, ¿de qué color eran las patas?, ¿y el dorso? ¿Dónde la viste?
No. No estaba segura. Y no podía recordar con fidelidad el color de las patas ni las cejas ni nada. Ni siquiera en la fotografía podía notar la diferencia entre ese pájaro y el otro. Tal vez había sido una mascarita común. O tal vez no —“pide un deseo”—. Sacó una pluma y se puso a cruzar lo que recordaba haber visto. Cuando llegó a las imágenes de las mascaritas dejó, por el momento, ambos recuadros en blanco.
Autores
(Estado de México, 1987) estudió
Literatura en la Universidad de las Américas Puebla y realizó estudios de maestría en Teoría y crítica literaria latinoamericana en la misma universidad.