Tierra Adentro
Fotos de Irving Cabello.

 

Luego de una actividad realmente intensa, la Semana del Arte de la Ciudad de México ha concluido y es necesario poner sobre la mesa algunas reflexiones sobre esta edición.

En estos momentos las miradas siguen atentas a lo que pueda ocurrir luego del episodio del sábado, cuando Avelina Lésper, la crítica de arte más mediática del país, rompió una obra del artista Gabriel Rico valuada en 20 mil dólares por la galería OMR.

Será un día recordado por la crítica y, en general, por el resto del campo artístico. De cara a la “explosión” de comentarios y memes, debemos mirar más allá de la imagen. El suceso pide cerrar los ojos y apartarse del peso de las redes y del tono del escarnio.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

 

El sonido de una instalación que cae en medio de Zona Maco

La carrera crítica de Lésper ha girado en torno a demeritar el valor estético del arte contemporáneo, especialmente lo que ella denomina arte VIP (video, instalación y performance). Y se acercó a la obra de Rico con una lata de refresco en la mano. Sin embargo convengamos en que se trató de un accidente, a pesar de las declaraciones ambiguas de la crítica y la galería.

Si Lésper no contara con el peso mediático de ser la directora de la Colección Milenio, ¿qué hubiera sucedido en ese preciso y desafortunado momento? Las respuestas de Lésper y la galería denotan una serie de vacíos sobre los elementos técnicos e incluso legales necesarios para el montaje, exposición y venta de obra dentro de un circuito que demanda profesionalización.

Fotos de Irving Cabello.

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Me preocupa que se hablara de “reponer la pieza”, si hablamos meramente del costo, incluso de su reposición, ¿cómo podemos entender en términos artísticos su valor?, y por ende, ¿cómo puedo entender el arte contemporáneo si finalmente se trata de la reposición de un objeto?

De los 72 mil visitantes de Zona Maco—de acuerdo con las cifras oficiales del evento— cualquiera pudo romper una obra de manera accidental y pasado un momento desagradable. ¿De qué manera las galerías y las espacios de exposición y venta se encuentran legalmente protegidos ante percances de esta naturaleza?

Como lo expone Juan Pablo Ramos en Obrasdeartecomentadas.com, el problema radica en que “numerosas prácticas materiales del arte contemporáneo se sostienen precisamente en su fragilidad misma […] la tensión es tal que, aunque se trate de objetos en apariencia insignificantes, el espectador debe cuidar de ellos a toda costa”.

Fotos de Irving Cabello.

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La crítica y las críticas

Las redes oscurecen la realidad, la paradoja es que también son herramientas y medios por los cuales podemos establecer un diálogo en torno a lo que sucede dentro de la escena artística de nuestro país. En esta ocasión, también fueron el escenario de algo sumamente propositivo.

Un hilo de Twitter iniciado por la editora Sandra Barba (al que se sumaron críticas y creadoras), demostró que en la crítica de arte actual existen otras plumas que sí logran superar los múltiples vacíos que se develan ante la presentación de las obras de arte contemporáneo, muchas de las cuales contamos con espacios solamente en la red o en revistas universitarias.

Fotos de Irving Cabello.

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El experimento reflejó un cambio positivo en el camino de la crítica en México, no solo por exponer una paleta de múltiples tonos, abordajes, posiciones y gustos personales, sino por lo que representa dentro del quehacer crítico y el trabajo femenino.

Sandra Sánchez, Baby Solís, Brenda Caro o Helena Chávez McGregor se cuentan entre las muchas tejedoras que siguen el entramado de Helen Escobedo, Silvia Rodríguez Prampolini, Raquel Tibol, Teresa del Conde y, de manera más cercana, Karen Cordero, Sol Henaro y otras tantas mujeres que atienden a la complejidad que descarta el uso de la categoría arte VIP.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

 

Semana del Arte 2020

Esta edición de la Semana del Arte ha dejado múltiples cuestionamientos en torno al quehacer de la producción artística dentro del sistema económico en la ciudad y a nivel nacional, a la manera en que las galerías se relacionan con los compradores, los vacíos culturales y educativos alrededor del coleccionismo en México, y ahora también las medidas legales, los procesos de conservación, montaje y resguardo de las obras y el papel del artista.

En el caso de Zona Maco y los artistas que se encuentran representados por una galería, el Premio Tequila 1800 Colección es uno de los más codiciados, tanto por el monto económico como por la oportunidad de formar parte de una de las colecciones privadas más importantes a nivel nacional.

Fotos de Irving Cabello.

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En esta edición los seleccionados fueron Gina Arizpe, cuya serie de dibujos Nombres y coordenadas fueron expuestos por la galería barcelonesa Freijó; Laure Prouvost, de la galería neoyorkina Lisson Galery, quien presentó la instalación The tv mantelpiece, y Antonio Vega Macotela, de la Galería Labor, quien presentó Burning landscape VII.

El reconocimiento dentro del campo se suma a la distinción que se ofrece a las galerías, sin embargo, en esta edición de Zona Maco se juntó el Salón del Anticuario y las exposiciones de Foto y Diseño. En términos de espacio la tarea de juntar cada una de las plataformas de exposición no tuvo la mejor resolución; para algunos asistentes, el espacio de foto se desdibujaba frente a los demás espacios.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

Frente a la pregunta “¿arte para quién?” el Salón Acme sostuvo un equilibrio entre las propuestas de los proyectos invitados —como Atrium Lab con Rocca y su Lourdes no hace preguntas— y aquellas piezas que formaron parte de la convocatoria abierta, como las de Dulce Eme, Vanessa Da Silva y Alonso Cartú, así como Fogo, de Celina Portella, ganadora del premio que otorga cada año Casa Wabi.

En Salón Acme se logra mantener un cierto equilibrio entre un mercado constituido y la búsqueda de nuevas propuestas que logren configurar la cartografía de miradas sobre las propias problemáticas de nuestro país como la violencia, los feminicidios, la identidad frente a la migración y la ecología.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

Vale la pena analizar que en el caso del estado invitado, Yucatán, la propuesta del artista Rafael Sánchez (Rafiki) sostiene un diálogo entre el contexto político y ecológico del estado, así como una exploración desde la escultura y el diseño textil, cuya ejecución en términos estéticos y técnicos da como resultado una pieza en la que el tejido hecho con henequén formula una crítica de cara al uso de materiales sintéticos que poco tienen que ver con la identidad.

Sin embargo es probable que la mejor propuesta de la semana fue la formulada por los artistas, gestores y curadores independientes. Luego de que durante todo el 2019 diversos grupos plantearan sus inconformidades frente a la falta de organización y la precarización del trabajo artístico, artistas de diversas disciplinas formularon la posibilidad de encontrar otros caminos alternos a las pautas del Estado y sus instituciones culturales, así como del mercado y la iniciativa privada.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

Todo indica que el camino que los organizadores de la Feria de la Acción y Feria Maroma es un ejemplo de lo que puede hacerse más allá de los estímulos económicos públicos y privados. Si durante la década de los noventa el impulso de la iniciativa privada generó la articulación de espacios y en sí del arte contemporáneo, puede que la autogestión sea otra forma de generar no solo objetos artísticos, sino saberes, redes y, desde luego, consumo de obra y publicaciones que salen de las reglas del mercado.

Sus organizadores consideran que la creación de comunidad, así como de públicos por medio del diálogo, promueven otra forma de generar y comprender el arte contemporáneo en México. Si la crítica se revoluciona desde el trabajo de las horas-mujer y la producción y consumo de arte se realiza desde la autogestión, es posible que estemos desde esta Semana del Arte contemplando el futuro de nuestro campo artístico.

Fotos de Irving Cabello.

Fotos de Irving Cabello.

 


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
Irving Cabello
Nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.
La ciudad del plástico. Isabel del Valle.

El siglo XX plastificado

En el oficio de empacador se adquiere cierta actitud meticulosa, una que mi tío Ricardo Durán, a sus 53 años, aún carga en su forma de acomodar las palabras: “sí, tenía 11 años”, responde luego de meditar unos segundos, “trabajé en el Gigante de Taxqueña”, prosigue y evalúa dónde pondrá su siguiente oración, “ganaba lo que ahora podrían ser 150 pesos, era bueno para un adolescente”.

La industria fue titánica desde el inicio. En 1965, la empresa Celloplast patentó las bolsas de polietileno. Para 1979, Estados Unidos logró controlar 80% del mercado de bolsas en Europa”; pero un año antes, en un Gigante de Taxqueña consolidado en 1973, mi tío ya distribuía el plástico a miles de clientes a dirario. “Tal vez por eso tenemos toneladas de bolsas”, admite. Es cierto, al año llegan 10 mil toneladas a los mares.

La solución (Prohíbe)

A partir de la prohibición de las bolsas plásticas de un solo uso, el primero de enero del 2020, los supermercados en la CDMX que incumplan la Ley de residuos sólidos pueden recibir sanciones que van de los 42 mil a los 170 mil pesos, de acuerdo con la Secretaría de Medio Ambiente.

Para los fabricantes de plástico, el decreto ha significado una pérdida de aproximadamente el 20% del mercado nacional, calculó José Cueto (presidente de la Sección de Fabricantes de Bolsas de Plástico de la Asociación Nacional de Industrias del Plástico) en entrevista con Milenio. Cueto considera que el problema es “la gestión de los residuos… busquemos alternativas que al final de su vida útil se puedan reciclar”.

Ante esta cuestión, el papel es uno de los sustitutos principales por ser el más rápido en descomponerse, pero, el proceso de producción podría descartarlo. Acorde al estudio realizado por la Asamblea de Irlanda del Norte en 2011 y expuesto en el artículo de la BBC Plástico o papel: ¿qué bolsas contaminan menos realmente?, “se necesita cuatro veces más energía para fabricar una bolsa de papel que para una de plástico”.

En el mismo texto, el análisis de la Agencia de Medio Ambiente británica reveló en 2006 que la bolsa de papel debe reutilizarse tres veces para ayudar al planeta; la de plástico, conocida como “bolsa verde”, tiene un máximo de cuatro. Lo anterior sugiere que será necesario talar bosques con mayor frecuencia. La Agencia concluyó que “es poco probable que la bolsa de papel pueda reutilizarse el número de veces requerido debido a su baja durabilidad”.

Ahora bien, la Agencia Ambiental de Reino Unido informó en su estudio del 2011 Evaluación del ciclo de vida de la bolsa de supermercado que los materiales más contaminantes en la elaboración de bolsas son el algodón: deja mil 800 gramos de desperdicio por cada mil unidades; y el polietileno de baja densidad genera 5 mil 850 gramos de desechos en una producción de mil piezas.

Según los resultados de ese análisis, recuperados por El Financiero, el poliéster emite 94.8 gramos de residuos en un lote de mil. En cuanto las bolsa que solían dar los empacadores en los supermercados, contaminan 418.4 gramos por cada mil fabricadas. Esto dos tipos de componentes son los que menos impactan al ambiente, al menos en su elaboración.

Si las opciones principales para sustituir al plástico son perniciosas para el medio ambiente, ¿cuál es la solución? La Agencia recomienda reutilizar cualquier tipo de bolsa: “la de tela no tejida de polipropileno al menos 11 veces; y las de algodón 131 veces”.

Por una CDMX sin plásticos. Isabel del Valle

Por una CDMX sin plásticos. Isabel del Valle

Basura cero y la economía circular (informa)

Uno de los principales retos es concientizar a la gente, por esa razón la Secretaria del Medio Ambiente creó la iniciativa Basura cero, con la que busca aprovechar 10 mil toneladas de residuos sólidos en vez de 4 mil. Se espera que con las campañas permanentes de comunicación educativa, el reconocimiento a los trabajadores y los eventos de promoción, la ciudadanía se sume a las acciones.

La meta para el reciclaje es que en seis años se puedan tratar 3 mil doscientas toneladas en vez de la las mil novecientas del año pasado. Si la CDMX cumple con las medidas estipuladas, en el 2030 el problema residual será historia.

Otra estrategia para reforzar la reutilización de los plásticos es la economía circular, en la que se aspira a alargar la vida de los productos. De esta manera, el restringir las bolsas de un solo uso “implica el cuidado del ambiente… así como la posibilidad de incorporarlos a una economía circular a partir de que los fabricantes se responsabilicen de su producción”.

Daños colaterales

Después de 42 años, Ricardo Durán llega al supermercado más cercano, se para frente a la caja de cobro y ordena sus compras, pero ya no escucha el murmullo agudo del plástico, son las rasgaduras de la tela lo que percibe. Al terminar mira al empacador y le da una moneda. “Su trabajo es valioso”, me dice.

Para Estela Moreno, de 68 años, la apreciación a su trabajo voluntario en la Comercial de las Armas (CDMX), es precaria. “Antes de esto [la prohibición de las bolsas plásticas] ganaba 200 pesos al día; ahora gano 100 o 150”. Su compañera Josefina Mejía asegura que “la gente avienta las cosas y no te deja ponerlas en las bolsas, así no te pagan”.

Leo Marcial carga una lista de asistencia, ve a sus compañeros irse sin perder la noción de donde escribir la hora de salida mientras responde: “era un problema con las bolsas, era necesario prohibirlas, ya ve cómo está el problema”.

El señor Marcial, de 73 años, labora 4 horas y media, y admite que los ingresos para los empacadores han bajado. “A uno de la tercera edad ya no le dan trabajo, estaría bien que el gobierno hiciera alguna campaña para ayudar”.

El pasado 8 de enero, de acuerdo con Chilango, la Comisión Permanente del Congreso capitalino aprobó solicitar a los titulares del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores y a la Secretaría de Trabajo y Fomento al Empleo capitalinos “establecer medidas y acciones para vincular a empacadores con el sector productivo”.

El objetivo de la propuesta hecha por los panistas Gabriela Salido y Héctor Barrera es concientizar a los consumidores y exhortarlos a pagar el servicio de los empacadores.

El bucle (reutiliza)

Tanto los entrevistados como las fuentes de consulta en este texto han concordado en una conclusión: reutilizar las bolsas es la respuesta, sin importar de qué estén hechas. El medio ambiente está en una cuenta regresiva hacia un daño irreversible, el 2030 es la cita con un futuro sin basura plástica.

Solo queda esperar que la humanidad sobreponga la vida del planeta ante los intereses comerciales. Reemplazar las bolsas de plástico por otros productos significaría entrar a un bucle generacional, conscientes de que fuimos, somos y seremos nuestros verdugos.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
El hombre hembra, Joanna Russ

 Durante años he estado diciendo: Déjame entrar, Quiéreme,

Acéptame, Defiéndeme, Regúlame, Valídame, Sostenme.

Ahora digo: Hazme sitio.

Joanna Russ, El hombre hembra

 

Durante el siglo XX se consolidó la ciencia ficción, territorio con predominancia masculina en el que sobresalieron escritores como Ray Bradbury e Isaac Asimov, y cuyos temas recurrentes no distaron de los otros géneros literarios, pues los protagonistas eran varoniles e intrépidos mientras que los personajes femeninos eran ornamentos o simples víctimas. Se trataba de una narrativa escrita por hombres para hombres.

Fue hasta 1970, durante la tercera ola del feminismo, que varias autoras hacen suya esta ficción, el sitio ideal para irrumpir y trastocar el futuro a partir de la crítica social: literatura escrita por mujeres para mujeres. Ellas lo tenían claro, la forma más rápida y radical de terminar con los problemas del mundo del hombre era crear uno propio. Idear estos territorios exclusivamente femeninos remite a la época grecorromana y sus amazonas, las guerreras con un imperio que confrontaba a los héroes griegos.

Una de esas escritoras fue Joanna Russ (Nueva York, 1937-2011), feminista y académica enfocada en los estudios de género, ganadora del Premio Nébula al mejor relato corto en 1972. En 1975 publicó la novela The Female Man con la editorial Bantam Books (traducido en español como El hombre hembra [Bruguera, 1978]), cuya trama es vigente. En 1983 obtuvo el Hugo, año en el que vio la luz su ensayo Cómo acabar con la literatura femenina, en el que aborda la censura y el rechazo al que las literatas se han enfrentado durante siglos.

Otro ejemplo de lo anterior fue Ursula K. Le Guin, quien en 1969 escribió La mano izquierda de la oscuridad, novela representativa de su generación. Russ y Le Guin formaron parte de un grupo de creadoras que continuaron por la línea de la ciencia ficción feminista instaurada por Charlotte Perkins en 1915, durante la segunda ola del feminismo, con la aparición de la novela Herland; misma que retrata una sociedad utópica sin varones en la que prevalece la paz.

En El hombre hembra, Russ se enfoca en cuestionar la feminidad y la hombría, en rebatir al machismo y su “inquieta agresividad” hacia la mujer. La autora evidencia lo difícil que resulta sobresalir en un mundo de hombres (término que refiere a la humanidad entera) si no eres uno de ellos, privilegiados con el poder de decidir qué debe ser y hacer una mujer: casarse, tener hijos y “realizarse” cuidando de los demás, sacrificándose para criar a las futuras generaciones sin remuneración económica. En el remoto caso de que destaque en algún aspecto, su intelecto es demeritado si ella no logra compaginar su éxito profesional y personal, según los cánones del patriarcado.

Esta relevante obra está dividida en nueve secciones y es autorreferencial: Joanna, una de las protagonistas, describe el proceso de escritura de la novela y le ofrece al lector un texto que habla sobre sí mismo. Además, se caracteriza por un tiempo no lineal y un enfoque narrativo múltiple, una narradora protagonista que da voz a un personaje escindido.

La trama se construye con la vida de cuatro mujeres que en realidad son la misma, pero en diferentes tiempos y contextos. Russ enjuicia los roles y estereotipos de género donde lo masculino representa fuerza, dominación, inteligencia y agresividad y se rige por el ego, mientras que lo femenino encarna la sumisión, debilidad, ignorancia y pasividad y se guía por el sentimiento. La autora refleja la necesidad del hombre por someter, conquistar y atemorizar, de dominar y recluir a cualquiera que no perciba como a un semejante.

En cuanto a las protagonistas, la primera de las cuatro es Janet, quien viene de Whileaway, una tierra a diez siglos de distancia; esa sociedad está constituida por mujeres que se han reproducido a partir de la fusión de óvulos, pues una plaga acabó con los hombres. Esta utopía no cuenta con gobierno ni con un sistema económico, pero tienen su propio idioma y un Dios llamado “Ella” y otro tipo de instituciones. La familia nuclear está compuesta al menos por treinta miembros. Esta nueva comunidad cercana a la perfección se basa en el respeto y en la sabiduría. Para saber cómo son otras civilizaciones, realizan un experimento en el que envían a Janet a Estados Unidos durante la década de los 70.

La segunda es Jeannine, quien vive en una ucronía en el Nueva York de los años 70 (en una Gran Depresión perpetua). Su pueblo atestiguó el asesinato de Hitler en los años 30, lo que evitó la Segunda Guerra Mundial. Ella cuestiona (siempre por lo bajo y en su mente) las convenciones sociales; no quiere subyugarse, casarse y tener hijos para poder ser feliz y sentirse realizada. Este orden machista ejerce tal represión y condicionamiento hacia las mujeres que Jeannine se considera incapaz de vivir en un lugar donde “la contribución de él es Dame confianza; la de ella Dame existencia”. No se identifica con lo que es “ser mujer”, y murmura constantemente “este no es mi sitio”.

La tercera es Joanna, situada en la misma realidad de Jeannine. Ella persigue el éxito reservado para los hombres y está en desacuerdo con los patrones impuestos por el género: problematiza los roles en la población y se niega a conformarse, por lo que se convierte en el hombre hembra; una persona con cuerpo de mujer que se comporta y piensa como su opuesto. No busca ser una “versión femenina” del héroe, sino ser El héroe.

La cuarta es Jael, quien vive en una distopía: un mundo en guerra desde hace más de cuatro décadas, una Tierra posterior a la de Jeannine y Joanna, pero anterior a la de Janet, en la que la plaga terminó con la mitad de la población y un conflicto bélico eliminó a los desamparados. Después, los territorios se dividieron en Manland, o el país de los hombres, y Womanland, la nación de las mujeres. Jael es un arma mortal modificada genéticamente que se llama a sí misma “vampira”, duda que los varones sean seres humanos y afirma que ellos le temen tanto a la dualidad que esto merma su inteligencia. “Hay que superar generaciones de condicionamiento. Quizá en una década”, dice un sujeto poderoso de Manland. “Quizá nunca”, es la respuesta de Jael, pues sabe que la igualdad de género y la abolición del machismo parecen imposibles. Se refiere a Manland como “…ese mundo sin mujeres perseguido por los fantasmas de millones de mujeres muertas…”.

En nuestro siglo XXI, a más de cuarenta años de haberse publicado El hombre hembra, parece que esa Tierra es la más cercana a la nuestra.

Conforme avanza la trama, las cuatro (llamadas “las Jotas” por Jael) se encuentran y dialogan, exponiendo diferencias extremas de sus sociedades y reconociendo las injusticias y la violencia a las que, de alguna u otra forma, están sometidas en tres contextos. A pesar de que comparten el mismo genotipo, su fisionomía es disímil porque cada una se ha adaptado a un modo de vida distinto: son “cuatro versiones de la misma mujer”, o la Joven, la Débil y la Fuerte, según Jael (quien sería la ágil).

En estos universos de probabilidad, las Jotas visitan futuros y pasados ajenos a ellas, lo que anula la conocida paradoja del viaje en el tiempo. Russ argumenta la existencia de estos multiversos o probabilidades continuum debido a la infinidad de posibilidades a elegir que se nos presentan a diario.

La autora incluye también otros elementos fantásticos como la evanescencia, la existencia de autómatas sexuales y la transformación de Joanna en ente, fantasma o conciencia que narra varias escenas como testigo; una de ellas es un detallado encuentro erótico entre Janet y una joven estudiante que rechaza igualmente las imposiciones patriarcales.

Russ nos da una lección mediante la parodia y el humor negro, fusiona con maestría lo cómico y lo trágico. Inmersa en el análisis de las relaciones de poder entre géneros y su construcción colectiva e histórica, base del entramado social, retrata con ironía a un mundo que se burla de las feministas e invalida su lucha aduciendo que es innecesaria.

A través de casos concretos a los que llama “juegos de sometimiento” como: Tengo que Impresionar a Esta Mujer o La Carrera de la Dominación, evidencia la indignación, la violencia, el menosprecio y las humillaciones que han imperado en el trato hacia la mujer. Expone la rabia y frustración que estas prácticas generan y que suelen interpretarse como locura, lo que ayuda a que la opinión y la voz femenina sean invalidadas de forma pública, invisibilizándolas: una de tantas conductas agresivas perpetuadas junto al acondicionamiento para la obediencia, la sumisión y la dependencia, lo que significa negar su humanidad.

El hombre hembra, novela contestataria, incómoda y necesaria, surge del rechazo hacia el abuso y de la furia que nace de la opresión, es un grito que busca justicia, reconocimiento y una libertad vedada desde siempre.

Russ establece tres fases esenciales para lograr un cambio: la primera es evidenciar, lo que conlleva a la segunda, objetar, y, posteriormente, a la tercera, actuar. Propone que las mujeres se salven a sí mismas, que sean sus propias heroínas.

Finalmente, si al igual que Jeannine, sentimos que este no es nuestro sitio, hagamos lo posible por habitarlo de la mejor manera posible. En palabras de Russ, “Recordad: todas cambiaremos. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, todas seremos libres. (…) Seremos nosotras mismas”.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.
Fotografía de Irving Cabello.

 

Desde hace más de cinco años en la Ciudad de México, la primera semana de febrero es esperada por quiénes conforman el campo artístico mexicano. En general la idea de hacer de manera pública la venta de arte en México comenzó con MACO en el 2002 bajo la conducción de Zélika García, quién desde entonces ha formado una plataforma relevante no sólo en nuestro país sino en toda la región latinoamericana.

Desde que la edición de la ahora Zona Maco cambió a estas fechas, el circuito de arte se desplegó prácticamente por toda la ciudad. Cabe decir que de manera paralela a la sede de Zona, que se realiza en el Centro Banamex, diversas ferias han emergido como una forma de dar un espacio a aquellas propuestas que sea por falta de representación por parte de una galería consolidada como OMR, Kurimanzutto, Hilario Galguera, Patricia Conde, Luis Adelantado, por nombrar algunas de las galerías más importantes de la ciudad, o incluso por encontrarse dentro de la emergencia —incluso muchos artistas que han sido beneficiarios con algún programa federal para el impulso de artistas jóvenes como FONCA o PECDA, se encuentran en esta situación— no les es posible entrar al sistema del mercado artístico.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.

Por ello, la generación de ferias y espacios como Salón Acme o Material Art Fair, con siete y ocho años de creación respectivamente, así como los nuevos espacios creados incluso por artistas jóvenes como Feria de la Acción, creada por el grupo independiente de estancias y proyectos enfocados a propuestas artísticas como videoarte, performance y multidisciplina, así como Maroma y la apuesta de BADA, propuesta de argentina que se incluye dentro de las propuestas por primera vez en México.

En el resto de las galerías de la ciudad, principalmente en el circuito Roma-Condesa y Polanco podrán apreciarse diversas exposiciones colectivas e individuales de artistas instalados ya dentro del mercado. Frente a esto, no es sorpresa que el gobierno de la Ciudad de México haya aceptado integrarse al movimiento de esta semana. La Secretaría de Turismo ha proyectado su participación mediante la instalación de obra en las estaciones Auditorio e Insurgentes, así como la instalación de la estructura habitable Pabellón, del artista colombiano Mateo López en la Glorieta de Insurgentes, misma que contempla la experimentación del espacio público con la estructura, la activación del objeto artístico será mediante los performances de Anaïs Bouts y Tania Solomonoff este próximo viernes 7 de febrero a las 4 p.m.

Hay que decir que la idea de que el arte se presente como uno de los rostros turísticos de la ciudad nos invita a varias reflexiones sobre las maneras en que el arte, sobre todo el contemporáneo, produce diversas formas de comprender los capitales simbólicos así como el flujo económico.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.


 

 

La mirada utilitarista

Hace un año en la conferencia de prensa de Zona Maco se habló del costo que representó para la propia feria tanto el cambio de sexenio, así como la falta de apoyo económico por parte del gobierno de la CDMX.

En términos económicos, incluso políticos, el que la decisión haya cambiado nos habla de las maneras en que esta clase de plataformas inciden en la imagen de nuestra ciudad, es decir, hablamos propiamente de un modelo de negocios que se perfila como una forma de impulsar no el desarrollo artístico, sino el flujo de inversión y el impacto en la industria turística, es decir, el campo artístico y sus quehaceres se observan más como una imagen donde el espectáculo y la especulación del mercado artístico se encuentran por encima de cualquier otro interés, sea artístico o educativo incluso.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.

Desde luego que el fin de la semana del arte es meramente económico, de hecho sería pueril pensarlo desde otra perspectiva. Lo inquietante es pensar en la producción artística como una campaña publicitaria que el Estado, en este caso la ciudad, vuelve a utilizar como en nuestro vórtice globalizado, es decir 1994 y el uso del arte y la memoria para fines políticos, en ese caso, la firma del TLC y la globalización.

Lo que se encuentra oculto detrás del espectacular despliegue de eventos (tequilas incluidos) es el impacto real en los otros involucrados, es decir, los artistas y en las formas en las que se plantea tanto su producción, como incluso el poder ganarse la vida mediante su trabajo.

Si pensamos en el hecho de que no existe un tabulador o una forma de empleo para los artistas, quizá la idea de que el arte puede ser una postal que venda el rostro rentable de la ciudad, sobre todo para inversionistas nacionales y extranjeros sea una forma de preguntarnos, ¿arte para quién?

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.


 

 

Proponer desde la Producción: otras experiencias estéticas

Cada año cientos de propuestas se dan cita en las diversas convocatorias que abren las ferias alternas. Estos nichos como Salón Acme, Material Art Fair y ahora BADA, sostienen que la apertura de su convocatoria ayudan a integrar al mercado, ya de por sí cerrado y clasista, a los artistas emergentes cuyas propuestas muchas veces son prácticamente invisibles fuera del campo.

Jóvenes en su mayoría, egresadas de las escuelas de arte públicas y privadas de esta ciudad y algunos otros puntos del país, algunos incluso beneficiarios de diversas becas federales y de la iniciativa privada, que pese a su juventud y propuesta no han podido tener el apoyo de una galería.

En ese sentido vale la pena no sólo visitarlas en estos días, sino pensar si es posible otras formas de crear espacios tanto de venta, pero también educativos. Cabe mencionar que Salón Acme incluye un programa de mesas de reflexión sobre diversos aspectos de la producción y coleccionismo en México.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.

En el caso de Maroma y Feria de la acción, llama la atención que son plataformas creadas por artistas y curadores emergentes que consientes de la falta de espacios, aún con las convocatorias antes mencionadas, intentas exponer e incluso vender propuestas absolutamente distintas, como el arte acción, el libro de artista y explorar espacios distintos a otros espacios.

La Feria de la acción se encuentra dedicada a establecer reflexiones sobre cómo la producción es parte de la experiencia estética. De acuerdo a Valeria Montoya, artista mexicana quien dentro de la feria es parte de la selección de mesas informativas de residencias de arte en la Ciudad de México con el proyecto The Lab Program, comenta que incluso la venta de libros de diversos procesos que el proyecto ha acompañado es una parte fundamental para comprender el arte desde otras perspectivas:

“Los libros son una forma de contener la información de un proceso de investigación artística y de desarrollo de obras. Es un poco como el detrás de cámaras por así decirlo, de algunos procesos de artistas que han formado parte de Lab”.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.

Por su parte, Maroma contempla la exposición de artistas emergentes como Alberto Óderiz, Fernada Caballero y una veintena de propuestas que indiscutiblemente abren otras posibilidades para el coleccionismo de arte contemporáneo.

Desde luego que las ofertas son vastas como la exposición de Maria Conejo en la galería Trastienda Machete y desde luego el Siembra, de la Galería Kurimanzutto, la cual propone un diálogo entre los diversos artistas que presentaran en exposición individual como Gabriel Orozco, Minerva Cuevas o la propuesta de Wendy Cabrera Rubio.

Quedan muchas notas, que en estos días desplegaran diversas preguntas y reflexiones. Quizá la más potente haya sido la que Zombra expuso encima del mural de Sarah Andersen, al final, sin importar quién pague por los espacios, por la ciudad, la impronta de la emergencia e incluso del desencanto termina por reclamar la parte de la polis que al resto nos pertenece.

Fotografía de Irving Cabello.

Fotografía de Irving Cabello.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
Irving Cabello
Nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.
Hospital psiquiátrico, extraída de Flickr.

 

Aquí el capítulo anterior

 


 

Capítulo VI

En el hospital Bellevue

 

Al fin había alcanzado a Bellevue, mi tercera parada de camino a la Isla. Había pasado exitosamente las pruebas del Hogar y la Estación de Policía de Essex Market y ahora me sentía convencida de que no fallaría. La ambulancia se detuvo con una sacudida repentina y el doctor bajó de un salto.

—¿A cuántos traes? —oí a alguien preguntar.

—Solo una, para el pabellón —fue la respuesta.

Un hombre de aspecto tosco se acercó e intentó sacarme del carruaje, ciñéndome como si yo tuviera la fuerza de un elefante y la intención de resistirme. El doctor, al ver mi expresión de disgusto, le ordenó que me dejara en paz y dijo que él mismo se haría cargo de mí. Entonces me ofreció la mano al salir del carruaje y caminé con la gracia propia de una reina a través de la multitud que se había juntado para ver a la más reciente alma desdichada. Entré junto con el doctor a una oficina pequeña y mal iluminada, donde nos esperaban varios hombres. El que estaba detrás del escritorio abrió un libro y comenzó con la larga lista de preguntas que me habían hecho una y otra vez.

Me rehusé a contestar y el doctor le dijo que no era necesario molestarme más, pues ya habían llenado todos los papeles necesarios y yo estaba demasiado loca como para decirle algo que cambiara las circunstancias. Me sentí agradecida de que todo fuera tan fácil aquí, pues, aunque mi espíritu seguía inquebrantable, mi cuerpo languidecía por la falta de alimento. Entonces dieron la orden de llevarme al pabellón de los locos y un hombre musculoso se acercó y me tomó del brazo con tanta fuerza que sentí un dolor punzante recorrer mi cuerpo entero. Me enojé tanto que por un momento me olvidé de mi papel y le reclamé:

—¿Cómo se atreve a tocarme? —ante lo cual aflojó un poco su agarre y me lo sacudí de encima con más fuerza de la que creía tener— No iré con nadie más que con él —le dije, apuntando al conductor de la ambulancia—, el juez me dijo que él me iba a cuidar y no iré con nadie más.

Tras oír esto, el conductor dijo que me acompañaría, así que fuimos tomados del antebrazo, siguiendo al hombre que inicialmente fue tan rudo conmigo. Pasamos por los terrenos bien cuidados y finalmente llegamos al pabellón de los locos. Una enfermera de capucha blanca estaba ahí para recibirme.

—Esta chica debe esperar el bote aquí —dijo el conductor y comenzó a irse. Le rogué que se quedara o que me llevara con él, pero dijo que quería ir por su almuerzo primero y que debía de esperarlo ahí. Insistí en acompañarlo, pero dijo que debía de asistir en una amputación y que no sería apropiado que yo estuviera presente. Era evidente que creía que estaba lidiando con una persona loca. Justo entonces unos gritos demenciales escaparon de uno de los jardines traseros. Aún con toda mi valentía, sentí un escalofrío recorrer mi espalda ante la idea de ser encerrada con una de mis compañeras que efectivamente estuviera loca. El doctor evidentemente notó mis nervios, pues le dijo al asistente:

—Dios mío, qué ruido hacen los carpinteros.

Volteo a verme y me explicó sobre los nuevos edificios siendo construidos y que el ruido provenía de algunos de los obreros que trabajaban ahí. Le dije que no quería quedarme ahí sin él y para apaciguarme me prometió que regresaría pronto. Me dejó sola y por fin me convertí en la residente de un manicomio.

Me quedé de pie en la puerta y contemplé la escena frente a mis ojos. El pasillo largo y desnudo de alfombras había sido depurado con aquel peculiar blanco, típico de las instituciones públicas. En la parte de atrás del pasillo había unas enormes puertas de hierro aseguradas con un candado. Varias bancas sujetas al suelo y algunas sillas de mimbre eran los únicos muebles del lugar. En ambos extremos del pasillo había puertas que, según supuse y más tarde confirmé, llevaban a las habitaciones. Cerca de la puerta principal, del lado derecho, había una pequeña sala de estar para las enfermeras y del lado opuesto había un cuarto donde se servía la cena. Una enfermera en vestido negro, gorro blanco y delantal, armada de un montón de llaves, estaba a cargo del pasillo. Pronto aprendí su nombre, la Srta. Ball.

Una vieja mujer irlandesa era el ama de llaves. Oí a alguien llamarla Mary y me alegra saber que hay una mujer de buen corazón en aquel lugar. Tan solo recibí amabilidad y consideración de su parte. Unicamente había tres pacientes. Yo me convertí en el cuarto. Pensé que me convendría ponerme a trabajar de inmediato, pues aún sospechaba que el primer doctor podría declararme sana y mandarme de vuelta al mundo exterior. Así que bajé a la parte posterior del cuarto, me presenté con una de las mujeres y le pregunté todo sobre su vida. Su nombre, según dijo, era la Srta. Anne Neville y había estado enferma por sobrecarga de trabajo. Trabajaba como una mucama y cuando su salud declinó, fue enviada al Hogar de las Hermanas para ser tratada. Su sobrino, que era un mesero, estaba desempleado y, siendo incapaz de cubrir sus gastos del Hogar, la había transferido a Bellevue.

—¿También sufre de algún malestar mental? —le pregunté.

—No —respondió—, los doctores me han estado haciendo varias preguntas y confundiéndome tanto como les es posible, pero no hay nada malo con mi cerebro.

—¿Sabe que solo envían gente loca a este pabellón? —pregunté.

—Sí, lo sé; pero no puedo hacer nada al respecto. Los doctores se rehusan a escucharme y es inútil decirle algo a las enfermeras.

Convencida por varias razones de que la Srta. Neville estaba tan cuerda como yo, dirigí mi atención a una de los otras pacientes. Me pareció que necesitaba ayuda médica y era un poco boba en sus facultades mentales, aunque ciertamente he visto a mujeres del bajo mundo que eran mucho menos brillantes y cuya sanidad mental nunca fue puesta en duda.

La tercera paciente, la Sra. Fox, no hablaba mucho. Era bastante callada y después de decirme que el suyo era un caso perdido, se rehusó a hablar. Comencé a sentirme más segura de mi posición y decidí que ningún doctor me convencería de que estaba sana siempre y cuando tuviera la esperanza de conseguir mi misión. Una enfermera pequeña y de tez clara llegó y, después de ponerse su gorro, le dijo a la Srta. Ball que fuera a cenar. La nueva enfermera, la Srta. Scott, se me acercó y espetó bruscamente:

—Quítate el sombrero.

—No que quitaré el sombrero —respondí—, estoy esperando al barco y no me lo quitaré.

—Bueno, no vas a subirte a ningún barco. Supongo que da igual si te enteras ahora o más adelante. Estás en un hospital psiquiátrico.

Aunque ya estaba completamente al tanto de este hecho, sus palabras fueron tan directas y desprovistas de adornos que me provocaron un shock.

—No quería venir aquí; no estoy enferma ni loca y no voy a quedarme —le dije.

—Será un largo tiempo antes de que salgas si no haces lo que te dicen —contestó la Srta. Scott—, más te vale quitarte el gorro o usaré mi fuerza, y si no soy capaz de hacerlo, todo lo que tengo que hacer es tocar la campana y tendré a alguien que me asista. ¿Te lo vas a quitar?

—No, no lo haré. Tengo frío y quiero dejarme puesto mi sombrero y no puedes hacer que me lo quite.

—Te daré unos cuantos minutos más y si no te lo quitas, tendré que usar fuerza, y te lo advierto, no seré nada gentil.

—Si me quitas mi sombrero yo te quitaré tu gorro y estaremos a mano.

Entonces la Srta. Scott fue llamada a la puerta y como temía que una demostración de mal carácter mostrara demasiada sanidad, me quité mi sombrero y guantes y estaba sentada en silencio viendo hacia la nada cuando ella regresó. Tenía hambre y estaba muy alegre de ver a Mary haciendo los arreglos para la cena. Los preparativos eran bastante sencillos. Tan solo sacó un banca larga al lado de una mesa vacía y le ordenó a los pacientes juntarse alrededor del festín; entonces sacó un pequeño plato de estaño en el que yacía un pedazo de carne hervida y una patata. Estaba más fría que si la hubieran cocinado la semana pasada y no tuvo la oportunidad de convidarse de sal ni pimienta. No me acercaba a la mesa, así que Mary se aproximó a la esquina en la que estaba sentada y, mientras repartía los platos de estaño, me preguntó:

—Dime querida, tienes algunas monedas que te sobren.

—¿Qué? —dije sorprendida.

—¿Tienes algunas monedas, querida, que pudieras darme? Te las van a quitar de todas formas querida, así que me las podrías dar a mí.

Ahora todo tenía sentido, pero no tenía ninguna intención de pagar mi cuota a Mary recién comenzada la partida. Temía que su trato hacia mí se vería influenciado por esto, así que le dije que había perdido mi bolso, lo cual era suficientemente cierto. Pero Mary no dejo de ser amable conmigo aunque no le di nada de dinero. Cuando me quejé del plato de estaño en el que me había traído mi comida, me trajo uno de porcelana, y cuando me fue imposible engullir la comida que me presentó, me trajo un vaso de leche y unas galletas de soda.

Todas las ventanas del pasillo estaban abiertas y comencé a sentir el efecto del aire frío en mi fisionomía sureña. La ventisca helada era casi insoportable y me quejé al respecto con la Srta. Scott y la Srta. Ball. Pero contestaron cortésmente que ya que me encontraba en una institución de caridad no podía esperar mucho más. Todas las demás mujeres también estaban sufriendo por el frío e incluso las enfermeras tenían que usar prendas pesadas para mantenerse calientes. Les pregunté si podía irme a la cama. “¡No!” me dijeron al unísono. Al fin la Srta. Scott tomó un viejo chal gris, le sacudió algunas polillas y me dijo que me lo pusiera.

—Este chal se ve en pésimo estado.

—Bueno, las cosas serían mucho más sencillas para algunas personas si fueran mucho menos orgullosas —dijo la Srta. Scott—. Las personas que viven de caridad no deberían de esperar nada ni quejarse.

Así que me envolví encima el chal carcomido por las polillas, con todo y su olor a humedad y me senté en una silla de mimbre, preguntándome qué ocurriría después, si moriría congelada o sobreviviría. Mi nariz estaba muy fría, así que cubrí mi cabeza y estaba medio dormida, cuando alguien arrebató el chal de mi cara y un hombre extraño y la Srta. Scott aparecieron de pie frente a mí. El hombre resultó ser un doctor y su primer saludo fue:

—Yo he visto esa cara antes.

—¿Entonces me conoce? —le pregunté, mostrando un entusiasmo que en realidad no sentía.

—Creo que sí. ¿De dónde viene?

—De mi hogar.

—¿Y dónde queda su hogar?

—¿No lo sabe? Cuba.

Entonces se sentó junto a mí, tomo mi pulso, examinó mi lengua y finalmente dijo:

—Cuéntele a la Srta. Scott sobre su vida.

—No, no lo haré. No hablaré con mujeres.

—¿Qué hace en Nueva York?

—Nada

—¿Puede trabajar?

—No, señor —le respondí en español.

—Dígame, ¿es una mujer pública?

—No le entiendo —respondí, realmente molesta con él.

—Es decir, que si ha dejado que algún hombre provea por usted o se quede con él.

Sentí el impulso de arremeter una bofetada en su cara, pero tenía que mantener la compostura, así que simplemente dije:

—No sé de lo que está hablando. Siempre he vivido en mi hogar.

Después de varias preguntas más, tan inútiles como absurdas, se alejó y comenzó a hablar con la enfermera:

—Posiblemente demencia —dijo—, lo considero un caso perdido. Necesita estar en un lugar donde alguien la cuide.

Y así pasé mi segundo experto médico.

Después de esto, comencé a tener una menor consideración por la habilidad de los doctores de la que jamás tuve, y una mayor en mí misma. Estaba convencida de que ningún doctor podía decir si las personas estaban locas o no, siempre y cuando el caso no fuera uno violento.

Más tarde aquel día, un chico y una mujer vinieron. La mujer se sentó en una banca, mientras el chico entró y habló con la Srta. Scott. Al poco tiempo volvió a salir y se limitó a asentir en señal de despedida a la mujer, que era su madre, antes de partir. Ella no se veía loca, pero como era alemana no pude averiguar su historia. Su nombre, sin embargo, era Louise Schanz. Parecía bastante perdida, pero una vez que las enfermeras la pusieron a cocer, hizo su trabajo eficiente y rápidamente. A las tres de la tarde dieron gachas de cereal a todos los pacientes y a las cinco, una taza de té y un pedazo de pan. Se apiadaron de mí, pues cuando se dieron cuenta que me era imposible comer el pan o beber aquella sustancia glorificada con el nombre de té, me dieron un vaso de leche y una galleta, lo mismo que tuve a mediodía.

Justo cuando estaban encendiendo las luces de gas, otro paciente se nos unió. Era una chica joven, de unos veinticinco años. Me dijo que acababa de levantarse de cama tras estar enferma. Su apariencia confirmaba su historia. Se veía como alguien que acababa de tener un episodio de fiebre.

—Ahora estoy sufriendo de un trastorno nervioso —dijo— y mis amigos me han enviado aquí para tratarlo.

No le dije donde se encontraba y parecía bastante satisfecha. A las 6:15 la Srta. Ball dijo que quería retirarse, así que todas debíamos de ir a la cama. Entonces a cada una —ya éramos seis— le fue asignado un cuarto y se nos ordenó desvestirnos. Seguí las instrucciones y me dieron un camisón de algodón corto para usar durante la noche. Luego recolectó todos los artículos de vestir que había usado durante el día y, enrollándolos en un bulto, los etiquetó con el nombre “Brown” y se los llevó. La ventana con barrotes de hierro estaba cerrada y la Srta. Ball, después de darme una cobija extra, que según dijo, era un favor rara vez concedido, se fue y me dejó a solas. La cama no era ni remotamente cómoda. Estaba tan dura que ni siquiera pude amoldarla; y la almohada estaba rellena de paja. Debajo de la cobija había un cubrecama de hule. Conforme la noche enfriaba traté de calentarlo. Apreté mi cuerpo contra el hule, pero cuando cayó la mañana seguía tan frío como cuando me recosté; y a mí también me había dejado a la temperatura de un iceberg, así que me di por vencida.

Había esperado descansar un poco en mi primera noche en el manicomio. Pero parecía estar asediada por la decepción. Cuando las enfermeras del turno nocturno llegaron, tenían curiosidad de averiguar cómo me veía. Tan pronto como se fueron oí a alguien tocar a mi puerta preguntando por Nellie Brown y comencé a temblar, siempre temiendo que mi sanidad sería descubierta. Al escuchar la conversación me enteré que era un reportero que vino en mi búsqueda y le oí preguntar por mi ropa para que pudiera examinarla. Los escuché hablar sobre mí con mucha ansiedad, pero me alivió saber que ya se me consideraba loca sin lugar a dudas. Eso era alentador. Después de que el reportero se fue, escuché a más personas llegar y me enteré que había un doctor ahí y que deseaba verme. No sabía con qué propósito y me imaginé toda clase de cosas horribles, como examinaciones médicas, y cuando llegaron a mi cuarto me estaba sacudiendo de pies a cabeza.

—Nellie Brown, aquí está el doctor; desea hablar contigo —dijo la enfermera. Si eso era todo lo que deseaba, supuse que podía manejarlo. Me quité la cobija, que había puesto sobre mi cabeza del susto, y miré hacia arriba. La vista fue tranquilizante.

Se trataba de un hombre guapo y joven. Tenía el porte de un caballero. Algunas personas han censurado esta acción; pero estoy segura de que, aunque tal vez un poco indiscreta, el joven doctor solo tenía mi bienestar en mente. Se me acercó, se sentó a mi lado en la cama y posó sus brazos sobre mis hombros de manera reconfortante. Fue una carga terrible actuar el papel de loca frente a este joven hombre, y tan solo una chica puede simpatizar conmigo en esta posición.

—¿Cómo te sientes esta noche Nellie? —preguntó con soltura.

—Oh, me siento bien.

—Pero sabes que estás enferma —dijo.

—Oh, ¿lo estoy? —contesté y rodé mi cabeza en la almohada y sonreí.

—¿Cuándo saliste de Cuba, Nellie?

—Oh, ¿conoces mi hogar? —pregunté.

—Sí, bastante bien. ¿No me recuerdas? Yo te recuerdo a ti.

—¿Ah sí? —y agregué mentalmente que no lo olvidaría. Tenía un acompañante que no se aventuró a decir nada, tan solo me miró mientras yacía acostada en la cama. Después de varias preguntas, a las que respondí con sinceridad, se fue. Entonces llegaron más problemas. Toda la noche las enfermeras se comunicaban en voz alta, y sé que les era imposible dormir a los otros pacientes, así como a mí misma. Más o menos cada media hora, caminaban a paso pesado por los pasillos de extremo a extremo, con sus botas de tacón resonando como la marcha de un regimiento de infantería, y le echaban un vistazo a cada paciente. Por supuesto, esto contribuía a mantenernos despiertas. Luego, conforme se acercaba la mañana, comenzaron a batir huevos para el desayuno y el sonido me hizo darme cuenta de lo hambrienta que estaba. Entonces la sirena de la ambulancia, que traía consigo a más almas desafortunadas, chilló como anunciando el fin de la vida y la libertad. Así transcurrió mi primera noche como una chica loca en Bellevue.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.

El hombre del carrito
extiende una bolsa
con totopos.

Estamos en el parque.

Hablamos de lo eterno:
una laca brillante
sobre la uña.

Una laca
que arrancaré de tajo
cuando esté seca.

Recordamos un poema de Watanabe:
“no se puede amar
lo que tan rápido fuga”

y amamos
con lo rojo
entre nuestros dedos.

Intenté amar esta bolsa de Doritos
rápido, antes
de que todo se aguadara.

Pero siempre amo las cosas lentamente
hasta que se deshacen junto a mí:

apenas me doy cuenta
de que quiero abrazarlas
y no están.

No quiero tirar esta bolsa de Doritos a la basura.

No quiero arrancarme el barniz.

Mi amiga dice
que el carmesí del esmalte
se ve muy bien.

Es tu color, me dice.
El sol se refleja en mi uña.

Amamos como si el tiempo
no hiciera falta,

como si duraran
las cosas en el mundo.


Autores
(Naucalpan de Juárez, 1994) escribe y traduce poesía. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2019) y ahora lo es del FONCA (2019-2020).
Imagen de Needpix.

 

Las conversaciones e ideas que rodean la entrega de los premios Oscar que se avecina van desde las ausencias significativas que siguen prevaleciendo en la industria del entretenimiento y la manera con que se trabaja con el tiempo en la pantalla grande, hasta la controversia alrededor de la forma en que se cuentan las historias. Aquí algunas de ellas antes de que este domingo estemos frente a la tele con nuestras quinielas en la mesa como si de ello dependiera la confirmación de nuestros gustos ante nuestros familiares y amigos, o simplemente por el placer que brinda celebrar que ganó una película y no otra como quien celebra el triunfo de su equipo.


 

1. Esos hombres…

Durante el anuncio a los nominados, luego de nombrar a los aspirantes en la categoría de Mejor Dirección, la presentadora Issa Rae recalcó: “felicidades a esos hombres”. Sin nombrarlo, señalaba un vacío de la misma manera que Natalie Portman lo había hecho en los Globos de Oro del 2018 –donde presentó a los aspirantes a la misma categoría como “los hombres nominados”. 

La ausencia más notable era la de Greta Gerwig: Mujercitas estaba nominada a mejor actuación, guion, vestuario, música e incluso mejor película y, sin embargo, no le valió una nominación a su directora. En twitter ironizaban diciendo que se trataba de una película tan buena que parecía como si nadie la hubiera dirigido.

De haber sido nominada, Gerwig habría sido la primera mujer en ser elegida dos veces para esta categoría, (en el 2018 lo había estado por Lady Bird). Un caso similar es el de Kathryn Bigelow, quien luego de ganar el Óscar a Mejor Directora en 2010 por The Hurt Locker –lo que la convirtió en la única mujer que se ha llevado dicha estatuilla–, fue olvidada un par de años después cuando Zero Dark Thirty estuvo nominada a cinco categorías, pero entre ellas no estaba la de mejor dirección. La categoría continúa siendo reservada para “esos hombres”, pues en 92 años de historia de los premios tan sólo cinco directoras –Lina Wertmüller, Jane Campion, Sofia Coppola y las referidas Bigelow y Gerwig– han sido nominadas.

Clémence Michallon, en su artículo Oscar nominations 2020: Biggest surprises and snubs”, cuestionaba la falta de mujeres cineastas en las nominaciones, en especial cuando dichas mujeres fueron las directoras de algunas de las mejores películas de los últimos doce meses: como Lorena Scafaria con Hustlers, Alma Har’el con Honey Boy o Marielle Heller con A beautiful Day in the Neighborhood (película por la que, por cierto, sí está nominado un rostro conocido de la industria cinematográfica: Tom Hanks).


 

2. Los rieles con que se cuenta una historia

En la polémica declaración de Martin Scorsese sobre las películas de Marvel, el director neoyorquino diferenciaba el entretenimiento audiovisual mundial –donde situaba las películas de la franquicia de superhéroes– y el cine –donde, por nombrar a algunos autores, colocaba a Bergman, Godard, Paul Thomas Anderson, Ari Aster o Kathryn Bigelow-. En su texto aclaratorio publicado en el New york Times, equiparaba a esos productos de entretenimiento audiovisual mundial con un parque de atracciones. El cine era otra cosa: una revelación estética, emocional y espiritual. 

En un texto sobre Parasite, Fernanda Solórzano recuperaba la comparación de Scorsese para sostener que el atractivo de la película de Bong Joon-ho no radicaba solamente en su tema, sino “en su recorrido vertiginoso de géneros, tonos y referencias”, con un guion que sigue “un trayecto de curvas cerradas, ascensos y bajadas súbitas no muy distinto al de los rieles de una montaña rusa”. Dicha comparación entre parques de atracciones y productos de entretenimiento y cine sirve para ahondar en algunos señalamientos de las películas en competencia. 

Probablemente 1917 se lleve el galardón de la noche. Los detractores de la película de Sam Mendes señalan que hay en ella un despliegue de estrategias y herramientas en detrimento del argumento: el falso plano secuencia en que transcurre la película y un argumento lineal lleno de hechos fortuitos –la leche y el bebé, por ejemplo–. La realización por un lado y el argumento por el otro. Richard Brody, incluso comparaba “la prosa visual” del filme con la de “una novela de mercado masivo con puntuación eliminada”.

Pensando en los rieles de una montaña rusa y las imágenes de una película cabe preguntarse ¿qué le pedimos a una película? ¿Qué valoran los miembros de la academia cuando votan? ¿Una experiencia? ¿La forma de un relato? ¿Ambas? Incluso, ¿qué aportan, en los términos de revelación, las competidoras a mejor película? El relato de Jo Jo Rabbit, por ejemplo, gana en la medida de su singularidad pero peca de reforzar lo mismo que 1917: los tópicos de la amistad, el amor por los padres o hermanos, la condenación de la guerra –que se habla en el idioma de los buenos–.  En la categoría de mejor guion original, la película de Rian Johnson, Knives out, bien ejemplifica la diatriba de Scorsese: se trata de un guión eficaz pero que no es redondo, revelador de casi nada. Una película que, como la Waititi, muestra constantemente sus costuras.


 

3. Una cuestión de tiempo

Los limitados movimientos de Frank Sheeran al patear al dueño de una tienda recuerdan que por más rejuvenecimiento digital que haya –motivo que llevó a diversos estudios a rechazar producir la película–, el actor que lo interpreta en El Irlandés tiene 76 años. Algo semejante sucedía, a decir de su director en The Irishman: a conversation, con la escena en que Hoffa se levanta enfadado al ver a los Kennedy en la tele; Scorsese, que nunca había trabajado con Al Pacino, no supo cómo señalar que para ese momento su personaje debía tener 49 años y debía ponerse de pie más rápido, con mayor brío. La actuación, bromeaba Pesci, no podía arreglarse digitalmente.

En esa misma charla entre cuatro colosos del cine, se preguntaban si, más allá del aspecto que adquirieron en la película con el uso de tecnología, había una destilación de un estilo. Un cierto ambiente que Pesci recordaba haber visto desde Mean Streets y que hallaba mejorado en cada una de las películas hasta esa. Estilo del que, por otra parte, abrevó Todd Philipps a modo de pastiche para que un relato nuevo remitiera al pasado y fuera de esa manera medianamente reconocible. Una capitalización de la nostalgia que se percibe por todos lados y no es exclusiva del cine. Hacer pasar un producto de 2019 por uno de los años setentas, que Ciudad Gótica tuviera el aspecto –la pátina– del Nueva York por el que conducía Travis Bickle.  

El tiempo cruza no sólo la perfección de una técnica o el aspecto de un estilo, sino que además problematiza el material con que se trabajan los relatos audiovisuales. ¿Qué ocurre cuando el material original del que proceden los relatos parece ser anacrónico? ¿Cómo se evidencia su vigencia? La respuesta de Greta Gerwig –por la que probablemente sea ganadora a mejor guión adaptado– es que no se logra desde el argumento, sino desde la trama. El dispositivo de Mujercitas apela, como El Irlandés, a descomponer las líneas temporales, rejuveneciendo la anécdota al desordenar la estructura cronológica del libro. 


 

4. Reivindicación y censura de lo cutre

El año pasado parecía sorprendente que uno de los mejores relatos televisivos –Chernobyl– tuviera por showrunner al escritor de películas como Scary Movie, The Huntsman y la saga The Hangover. El de estos últimos títulos cobraría notoriedad cuando, unos meses después, su director –Todd Phillips– subiera al escenario para recibir el León de Oro en la Mostra de Venecia por su película Joker. La pregunta estaba en el aire: ¿se revisitarían las peripecias que resultan de una despedida de soltero en Las Vegas ahora que los nombres de su director y guionista tenían cierto crédito? 

En esta entrega –la menos importante en carácter artístico, pero sí la más mediática– no deja de resultar curioso que Phillipps esté al lado de guionistas como Steven Zaillian o directores como Quentin Tarantino o su calcado Scorsese, a pesar de que hace unos años su nombre no figuraría o sería hecho a un lado. También son notorias las ausencias de dos nombres que precisamente por su reputación no fueron tomados en cuenta, según contó un votante de la Academia: Jennifer López y Adam Sandler por sus interpretaciones en Hustlers y Uncut Gems, respectivamente. Según con qué credenciales cuentan los realizadores, aumentan las posibilidades de subir al escenario.


 

5. La revolución será filmada

Para Mark Fisher, el personaje del Joker siempre fue fascinante porque, a diferencia del resto de villanos de primer nivel, “es pura superficie, una locura sin motivos, desprovista de todo origen o trasfondo histórico”. Lo que la película de Phillips –que encabeza la ceremonia con 11 nominaciones– se propuso fue, precisamente, construirle uno; y el relato resultante ha sugerido muchas interpretaciones del presente. 

Slavoj Zizek halló en la película el retrato de una figura del nihilismo extremo en que, además, se exponía la imperfección social del sistema moderno. En una línea semejante, el documentalista Michael Moore, antes que una incitación y celebración de la violencia, identificó que la película servía para evidenciar a un país “que no siente la necesidad de ayudar a los marginados y a los desprotegidos” al tiempo en que planteaba la pregunta de qué pasaría si un día éstos decidieran pelear de vuelta. En su crítica, para mostrar el paradigma sobre el que se sostiene la película, Javier Ocaña escribía: “los mismos que en una de las primeras secuencias dan una paliza simplemente porque sí al enfermo mental Arthur Fleck, antes de convertirse en el Joker, podrían ser los que lo adoran como mito en los últimos momentos”. 
Donde sea que uno se sitúe -ya sea reprobando el coqueteo con el peligro que supone simpatizar con una forma cool del mal, como señalaba Owen Gleiberman; o bien, celebrando el retrato de un tiempo en que la complicación moral se desdibuja- no deja de ser interesante que una película dirigida a una gran audiencia estimule esta discusión cuando afuera de la sala la gente se amotina a causa de un mundo semejante al reflejado en la pantalla grande. Mejor esa discusión –o la que provoca otra de las competidoras, Parasites– que la que pudieran llegar a propiciar, pongamos por caso Green book, la ganadora a Mejor Película el año pasado.

 


Autores
(Querétaro, 1991) es licenciado en filosofía y maestro en comunicación y cultura digital. Autor de Tríptico sobre las despedidas (2017) y Neighborhood (2017) y Blau Cel (2016). Ha colaborado en medios como la Revista de la Universidad de México y Otra Parte.
Foto de UNC Sea Grant College Program

En la noche había soñado con insectos, con esos escarabajos pequeños y pálidos que salían en temporada de lluvias en la casa de Cuernavaca. Sentía uno caminándole por la cabeza y, cuando se llevaba la mano al pelo, ya no era uno solo sino cientos de ellos. Los sentía crujir entre sus dedos mientras trataba de arrancárselos. Despertó. Al poco tiempo sonó la alarma del reloj de pulsera, guardado en el cajón del escritorio de la habitación del fondo. Sonaba cada hora y estaba informando que eran las tres de la mañana. Se paró de la cama y, después de respirar como le habían aconsejado, inflando grande el estómago y tratando de relajar los músculos, abrió la puerta de la habitación y le quitó las baterías al reloj. Llevaba tres semanas queriendo hacerlo sin haberse decidido. No pudo volver a dormir.

Así que ahora tenía sueño y le dolían un poco las piernas. Todavía no llegaba nadie a la fuente del parque; pensó en irse y regresar a la cama, pero una parte fundamental del plan era hacer este tipo de cosas. La fecha estaba cercana y no quería sentir que había dejado alguna carta sin voltear sobre la mesa. Atravesó el parque y compró un café en el Oxxo de la esquina. Cruzó de nuevo y, cuando regresó, ya estaba una pareja de extranjeros sesentones esperando al resto del grupo. Se sentó ella también a esperar, mientras escuchaba cómo la pareja discutía, en inglés, sobre azulejos para el baño. Le pareció que esa conversación llevaba ocurriendo años y que cada uno ya tenía ensayada su parte. Sintió una coz en el pecho, dio un trago a su café y, para distraerse, sacó el folleto de la excursión. Eran unas treinta páginas con mapas y fotografías. La parte del recorrido que ella haría solo ocupaba dos páginas, un día de los quince que duraba el viaje entero. Tampoco era para tanto. Y tampoco tenía el dinero de esos extranjeros jubilados que huían, como bestias migratorias, de los inviernos oscurísimos de sus países para refugiarse en sunny latinamerica, beber margaritas, usar sombreros tejidos y conectarse con la naturaleza.

En esas dos páginas que le concernían había alguna información general sobre Lerma, las ciénagas y varias fotografías con aves de la región. Debajo de cada fotografía aparecía el nombre científico, un nombre en inglés y otro en español y una pequeña explicación sobre cada animal. También, en la orilla de las imágenes, había un recuadro para que los exploradores tacharan las especies que iban encontrando. Vio con detenimiento las fotografías: garzas, patos, águilas, búhos. Las descripciones eran escuetas pero buscaban entusiasmar. Le llamó la atención una en particular. Debajo de un pajarito de pecho amarillo y cabeza negra se leía:

Mascarita transvolcánica / Black-polled Yellowthroat (Geothlypis speciosa): esta pequeña ave endémica se alimenta de insectos y se le suele encontrar sola o en pareja. Se calcula que solo hay cinco mil ejemplares vivos por lo que es muy difícil de ver. Las ciénagas del Lerma es uno de los poquísimos lugares donde podrás avistarla. Si ves una, pide un deseo: es una rareza.

La verdad es que no había nada que le pareciera asombroso en esa ave. De hecho, parecía idéntico al de la siguiente fotografía, la mascarita común que, como su nombre indicaba, era extremadamente fácil de avistar. Aunque era una tontería asumir que un animal difícil de ver debe, en consecuencia, ser vistoso, era inevitable pensarlo. Ese mismo pensamiento, se le ocurrió, era el que estaba detrás de varios críptidos: asumir que lo desconocido debe ser completamente diferente a lo que hemos visto. En lugar de pensar en osos, parecidísimos a los que conocemos, pero con una pequeña variación de color en el pelaje, deseamos al sasquatch. La mascarita transvolcánica no era, para nada, un sasquatch.

Variedades de la especie Geothlypis. Foto de Wikipedia.

Variedades de la especie Geothlypis. Foto de Wikipedia.

Para las seis y media ya estaba el grupo completo. Se subieron a la combi que manejaba Humberto, el guía, y salieron camino a Lerma. Ella se sentó en el asiento del copiloto.

—¿Y de dónde conoces a Mónica?

—Somos amigas desde la preparatoria.

Y la verdad es que, si desde entonces se habían visto media decena de veces, era mucho. Pero se la había encontrado hacía dos semanas, en el lobby del hospital.

—¿Qué haces aquí?, qué gusto verte, pero en qué lugar nos fuimos a encontrar.

—Vine a recoger unos estudios para el seguro —mintió doblando la receta garabateada con nombres de ansiolíticos y antidepresivos— ¿Y tú?

—Visitando a mi sobrina. Apendicitis.

Mónica le había pedido que se tomara un café con ella, aunque fuera ahí, en la cafetería del hospital. Tenían cuánto sin verse, ándale, aunque sea un ratito. Le faltó ingenio y le sobró culpa para inventar un pretexto. Además, pensó, el tiempo seguía pasando y ahí estaba esa cruz que había puesto, hacía casi cuarenta días en el calendario. En algún lugar había leído —ya no recordaba dónde, tantos libros, tantas listas en internet, tantos folletos en salas de espera— que era importante proyectar fechas a futuro, como puntos de relevo para volver a evaluarlo todo y alegrarse por los avances.  Y, a decir verdad, no había avanzado mucho. Se sentó una hora y cuarto en la cafetería, el cuerpo pesando como plomo y la cabeza puesta en otro lado: en la habitación del fondo, en cómo el vacío que salía de ese cuarto iba succionando, poco a poco, toda la vida de su casa. Un cuarto paradójicamente tan lleno de objetos que apenas se atrevía a tocar —porque, aunque ahora eran suyos, seguían siendo ajenos. Mónica no parecía notarlo porque monopolizaba la conversación. Y aunque después no pudo —ni intentó— recordar mucho de lo que le contó, se le había quedado lo que había dicho sobre Humberto, su vecino, un biólogo que un día se hartó de dar clases y empezó a pasear gringos que querían hacer birdwatching.

En el camino, Humberto dio algunas indicaciones en inglés y, comparando los binoculares con las cañas de pescar y con cómo mientras mejor sea el equipo habrá mejor pesca, les recordó que tenía tres Nikon que podía rentarles por 20 dólares. Seguramente ganaba mejor haciendo esto que dando clases. Ella llevaba unos binoculares viejos que encontró entre las cosas de su padre. No eran buenos pero tampoco le interesaba pescar todos los peces del mar. No por 20 dólares.

Cuando llegaron a las ciénagas, el sol ya estaba bien acomodado y hacía frío. El grupo comenzó a caminar y a detenerse señalando aves. Cada que Humberto apuntaba a algún lugar, se hacía el silencio y todos se agazapaban como un montón de predadores seniles. Los binoculares subían a los ojos y, por un par de minutos, se concentraban en los detalles de los animales que veían. De pronto, alguien rompía el silencio aventurando un nombre que Humberto confirmaba o rectificaba. Y, aunque nunca antes había puesto mucha atención a las aves y probablemente dejaría de hacerlo después de este día, encontraba alguna belleza en el ritual de la observación.

Tras un puñado de avistamientos, el grupo se fue desgranando. Los observadores más experimentados se adelantaban o se detenían; un grupo de abuelas holandesas se sentó a comer galletas y la pareja de los azulejos tomaba fotografías del paisaje. Ella caminó siguiendo la orilla de un pantano lleno de garzas; de vez en cuando se detenía a verlas tras los binoculares. Tampoco era que la estuviera pasando mal. Las garzas eran aves muy bellas: se quedaban quietas y largas, como plantas creciendo en la búsqueda del sol.

El día estaba despejado y lo único que se escuchaba eran trinos y el viento. Ese silencio le gustaba, parecía salir de ella en lugar de intentar metérsele al cuerpo para sofocarla. Era distinto de aquel otro silencio que reptaba como una serpiente por las superficies de su casa.

Estaba ya bastante lejos de los demás, sola entre el agua y las hierbas que le llegaban hasta los muslos. Llevaba toda la mañana esforzándose, arrojándole a su cerebro una pelota de viento y sol para que la persiguiera y se cansara. Pero su cabeza volvió a la habitación del fondo. Se sentó entre la hierba y, por un momento, estuvo segura de que no iba a poder pararse nunca: sentía el pecho como una fruta muy madura que se revienta al caer del árbol. Le pareció clarísimo que esta tampoco era la carta ganadora.

De pronto: un gorjeo llamó su atención. Metida entre los pastizales buscó el sonido con los ojos. Ahí, entre los tules, distinguió un pájaro. El pecho amarillo, la cabeza negra. Tras los binoculares lo vio de cerca mientras la sorpresa le iba quitando la pesadez del cuerpo. El pájaro abría grande su pico de carnívoro, mientras seguía haciendo ese ruido como de un montón de cascabeles rodando colina abajo. Lo vio largo rato hasta que dio un par de brinquitos en la vara sobre la que estaba y se fue volando. Sacó el folleto. Releyó: “Si ves una, pide un deseo”. Vio la fotografía con detenimiento. No estaba segura, pero podía ser.

El grupo se volvió a reunir, como habían acordado, en el sitio del primer avistamiento. Humberto les preguntó por lo que vieron.

—Tal vez una mascarita transvolcánica.

—¿Tal vez? ¿No estás segura? Igual fue una común. ¿Tenía ceja?, ¿de qué color eran las patas?, ¿y el dorso? ¿Dónde la viste?

No. No estaba segura. Y no podía recordar con fidelidad el color de las patas ni las cejas ni nada. Ni siquiera en la fotografía podía notar la diferencia entre ese pájaro y el otro. Tal vez había sido una mascarita común. O tal vez no —“pide un deseo”—. Sacó una pluma y se puso a cruzar lo que recordaba haber visto. Cuando llegó a las imágenes de las mascaritas dejó, por el momento, ambos recuadros en blanco.


Autores
(Estado de México, 1987) estudió Literatura en la Universidad de las Américas Puebla y realizó estudios de maestría en Teoría y crítica literaria latinoamericana en la misma universidad.