Uno de los pilares del feminismo es, sin duda, el debate constante. En el marco de la Semana de la Mujer, buscamos experiencias frente al feminismo y su reapropiación a partir de contextos diferentes. En el caso del islam, investigadoras como Asma Lamrabet, Arzu Merali y Sirin Adlbi Sibai han ensayado alrededor de los paralelos, las problematizaciones y las desavenencias que pueden existir entre un feminismo occidental y la lucha específica de la comunidad musulmana. Estas autoras señalan el peligro de utilizar ideales de conceptos occidentales para evaluar la otredad, el proyecto de colonización que puede esconderse tras la supuesta liberación democrática y feminista.
Desde este punto de partida, en realidad, lo que proponen las autoras es una decolonización del pensamiento, así como un replanteamiento de las categorías de análisis de las relaciones de poder, del género y sus implicaciones sociales. Así, se vuelve fundamental poner atención a las experiencias, a la manera de ver el mundo desde esta postura en específico.
Por eso nos acercamos a Mariam Weston, quien plantea distintas cuestiones desde su contexto como minoría musulmana en México. Mariam ha puesto especial énfasis, tanto en su trabajo como en sus participaciones en foros internacionales, en la urgencia de un cambio en la representación en los medios de las mujeres musulmanas. Así, ha trabajado para ser un modelo para las musulmanas más jóvenes que viven, como ella, en un país donde son minoría.
Ha realizado una labor intensa como activista ambiental: es directora de proyectos de una fundación mexicana llamada Animal Karma, que se dedica a la conservación de especies, principalmente felinos y grandes primates. Estudia Ingeniería en Desarrollo Sustentable y es cofundadora de una consultoría ambiental, Clima, cuyo propósito es brindar soluciones para los problemas de las empresas del siglo XXI.
En su ponencia en la Cumbre para minorías musulmanas, abordó sus preocupaciones de visibilización de mujeres exitosas, tema que recuperó en el diálogo que se presenta a continuación.
Donají Zavaleta: ¿Cómo inició tu vida en el islam?
Mariam Weston: Mis padres son musulmanes conversos. Yo nací siendo musulmana, toda mi vida me la pasé yendo a mezquitas, eventos de convivencia, encuentros internacionales en Chicago, a los que me llevaba mi papá. Él abrió el primer centro islámico en México, en la Ciudad de México, estudió mucho la religión y lo invitaban a mil lugares a dar conferencias. Yo aprendí mucho de mi papá y siempre estuve fuertemente involucrada con la religión desde pequeña; forma gran parte de lo que soy, de mis valores.
Como preámbulo quiero aclarar que obviamente el islam es mi religión y la practico, pero a mí me falta muchísimo por estudiar. Voy a tratar de contestar desde mi perspectiva como persona y a través de mis experiencias como musulmana, pero no me gustaría que alguien tomara la entrevista como fuente de referencia para juzgar o calificar a todos los musulmanes.
A mí no me gusta decir que soy de tal o cual rama porque yo creo que seguimos la religión que nos enseñó el Profeta Mohammed y nos apegamos a sus enseñanzas. Algunos le llaman a eso ser sunni, entonces somos sunnis.
DZ: ¿Te consideras feminista?
MW: Es muy importante que recalque que para mí es un poco difícil catalogarme como feminista porque sí creo en muchos pilares del feminismo, sobre todo la parte de poder decidir qué hacer sin ser juzgada, pero también, algunas veces, puede llegar a ser un movimiento muy polarizante. A pesar de que coincido en varias cosas, sí siento que el feminismo debe considerar los contextos, conocer la cultura de las personas, las formaciones, todo. No porque una mujer no haga lo mismo que tú con este concepto de feminismo occidental, no quiere decir que no sea una mujer independiente o no sea una mujer autónoma o una representación de una lucha.
Quiero dejar eso en claro porque sí considero que soy una mujer líder, independiente. También sé que nuestro sistema ha creado brechas muy grandes y ha forzado una cultura machista completamente con la que no estoy de acuerdo, pero no es el mismo caso en todos los lugares del mundo.
Estoy muy en contra de la violencia contra las mujeres, si hay algo del feminismo que me gustaría retomar mucho es eso. La violencia contra nosotras es algo muy grave y algo que no debería de pasar nunca y no se justifica. Además, sí me ha marcado mucho vivir en un país donde hay tantos feminicidios. Ni siquiera puedo entender por qué alguien podría matar y abusar de una mujer solo por ser mujer.
DZ: ¿Qué ha implicado para ti la experiencia de la religión musulmana?
MW: La verdad es que yo creo que la religión me ha salvado de muchas cosas. Ha sido realmente una bendición. No quiero sonar como que estoy predicando. Por ejemplo, en mi religión no se permite el consumo de alcohol. Por cosas como esa hubo siempre una delimitación muy grande entre lo que yo podía hacer con mis amigas y lo que ellas podían hacer como grupo separado.
Me supe enfocar en otras cosas diferentes desde muy joven que me permitieron ser la persona que soy hoy. Yo me preocupaba mucho más por aprender sobre todos los tipos de animales que existen antes de querer ir a una fiesta. Tampoco quiero decir que una fuera mejor o peor que la otra, solo para mí no era una prioridad como para otras personas porque simplemente en mi día a día no se vivía eso. Todas estas circunstancias me fueron llevando hacia la persona que soy.
También tuve muchas opiniones encontradas con varias personas. Sobre todo, con las cosas que te dicen desde pequeña, muchas otras niñas, por ejemplo, me decían que era súper importante tener novio, o no quedarse sola. Además, realmente hay cierto grado de competencia de imagen entre mujeres, que suele estar ahí mientras crecemos, y yo nunca le di tanta importancia porque realmente a mí nunca se me fomentó esa parte. La verdad es que yo no le dediqué tiempo a mi imagen porque para mí no era tan importante agradarle a la gente a través de mi apariencia.
Cuando usaba mi velo sentía que había un poco más de respeto de las personas hacia mí, me trataban muy amablemente. Me parece que México siempre ha sido un país muy inclusivo en ese aspecto. Lo único que sí me marcó es que, aun usando mi hiyab, yo iba caminando por la calle, y un hombre me dijo, ya sabes, un “piropo”. De verdad que no importó dónde estaba ni cómo vestía.
Otro asunto con el que me he encontrado es que en el medio científico o en la escuela, cuando la gente habla de religión lo hace de una manera medio despectiva, como si creer en dios fuera algo retrógrada.
No todas las religiones son represoras, por ejemplo, en el islam te inculcan mucho la búsqueda de conocimiento y también siempre se nos ha dejado en claro que la ciencia no está peleada con la religión. De hecho, los grandes libros de álgebra, química, incluso las cuestiones históricas y traducciones del griego, toda la preservación de la historia fue gracias a los musulmanes.
Sí me molesta que existan prejuicios en contra de las religiones, pero eso me lleva a ser un poquito más fuerte en la búsqueda del conocimiento. Me gustaría mucho poder ser un ejemplo para otras generaciones, otras musulmanas que se sientan solas, sobre todo en un país de minoría musulmana como México. Aquí no hay un sentido de comunidad tan fuerte como lo habría en Inglaterra o en Arabia Saudita y realmente hay muy pocas personas a quién admirar. Digo está la cultura pop, prendes la tele y vas a ver a Emma Watson o mujeres que son buenas en lo que hacen, pero al final de cuentas sabes que no puedes conectar por completo porque sí eres diferente en las creencias.
No hay suficiente representación de mujeres musulmanas exitosas y eso de verdad desmotiva mucho a las niñas en su búsqueda de qué quieren hacer. Digo, muchas dirán que es por tu fe y todo eso, que debes de seguir y, claro, aquí estamos haciendo la lucha, pero en países occidentales donde las musulmanas somos minoría, es desconcertante no conocer a alguien a quien puedas admirar y querer ser como ella. Alguien que practique su religión y a parte sea relevante en la ciencia, en los negocios, en el diseño. No hay suficiente representación.
DZ: ¿Cómo fue usar el hiyab durante gran parte de tu vida?
MW: Yo empecé a usar hiyab en la prepa y lo seguí usando hasta la mitad de mi carrera. Planeo volver a usar mi velo pronto. Fue una experiencia súper enriquecedora porque me formó mucho en carácter. Me gustó porque me despreocupaba del aspecto físico y realmente me dedicaba a ser yo. Es una experiencia de libertad.
La gente me trataba como si fuera extranjera en el sentido de que eran demasiado amables. No había faltas de respeto o yo no me sentía juzgada en lo absoluto, pero en ciertas ocasiones no había suficiente inclusión. Yo creo que se presentía que era diferente, que podía no ser compatible con ciertas cosas.
Me ayudó mucho a forjarme y a ser mejor persona porque sentía en mis hombros toda la responsabilidad de representar. Quizá todas las personas en México que me veían era la primera vez que veían una musulmana en su vida; si hacía algo incorrecto automáticamente iban a pensar que todos los musulmanes son así.
Sí siento que el velo te ayuda a ser mucho mejor musulmana porque se convierte en un recordatorio constante de las cosas que realmente te importan, la modestia, por ejemplo. En ese sentido me ayudó mucho, pero es un arma de doble filo porque sentía una presión horrible: si decía algo incorrecto iban a pensar que era porque soy musulmana, o iban a juzgar a toda una religión con base en mis acciones.
Se fue acumulando mucho la presión y, a pesar de que yo sé que uso el velo por convicción propia, por mi propia fe y solo para agradarle a Dios y no a los demás, creo que para mí fue importante dejar de usarlo un tiempo. Necesitaba dejar de sentir esa presión; no quiero que juzguen a mi religión por cómo yo vivo o me desenvuelvo. Aunque me gustaría volver a usar mi velo pronto porque sí es una parte de mí muy importante.
El hiyab es parte de una reflexión relevante. Hay muchas musulmanas que no usan su velo porque en su trabajo no pueden o porque sienten que van a ser juzgadas. También es una cuestión de saber qué es lo que tú quieres hacer y por qué lo estás haciendo o por qué no lo estás haciendo. Usarlo implica valorizar eso. Nos puede ayudar mucho entender el por qué, tener la convicción de que lo estás haciendo para agradarle a Dios. Asumir la vestimenta debe ser algo voluntario, si se hace por coacción pierde un poco el valor.
Realmente considero que usar el velo es un acto de feminismo, sobre todo ahora con toda esta malinterpretación del islam. Quizá algunas lo dejan de usar porque sienten que van a ser juzgadas, reprimidas, porque aquí en Occidente se tienen muchos prejuicios, como que lo usamos para complacer a nuestros papás o al esposo. Esto no es verdad, es para complacer a Dios y es lo más importante.
A veces usar velo en muchos países donde hay islamofobia te convierte en un target, te pueden golpear en la calle. De verdad admiro mucho a las musulmanas que se ponen con orgullo su hiyab en países donde están prohibiendo su uso, como en su momento en Francia, por ejemplo. Las musulmanas cuestionamos esas prohibiciones; lo usamos porque queremos no porque vaya en contra de nuestra libertad. Esas musulmanas son un ejemplo de feminismo en sus propios términos.
DZ: Autoras como Sirin Adlbi Sibai declaran que no se consideran feministas porque el feminismo puede ser un arma de doble filo, un instrumento que coloniza culturas no occidentales en lugar de entender su realidad específica, ¿cuál es tu opinión sobre esto?
MW: Por eso justo siento que no me gusta decir que soy feminista. Es importante entender el feminismo, cómo surge, que es un movimiento contra cosas muy específicas, pero no necesariamente nos representa a todas de la misma manera.
El islam es una religión de miles de años, nosotros creemos que es una religión desde Adán y Eva. No podemos enfrascarlo todo en el mismo lugar y tampoco podemos pensar que para validarnos tenemos que apegarnos a los mismos estándares. Creo que hay que leer muy bien las historias, la razón de los movimientos y entender las culturas.
Cuando el islam surge se nos dice: todos son iguales, mujeres y hombres ante Dios. No hay una división, todos son musulmanes. No es separatista, en el sentido de que todo el mundo va a ser juzgado por igual, todos tienen los mismos derechos ante Dios.
Sí, en la religión hay una sección para mujeres y una para hombres, pero no es para demeritar a las mujeres. No nos segregan por “impuras” ni nada parecido, al contrario, es para hermanarnos, para crear esta sororidad, para decir: “este es nuestro lugar”.
Una mujer puede tomar parte de las actividades de una mezquita, tener grupo de estudio, ser líder dentro de su comunidad. Hay muchos ejemplos de feminismo dentro de la historia del islam como Mariam o María, la madre de Jesús. Fue una gran líder y para mí un gran ejemplo de lo que es ser una mujer independiente y fuerte en esa época.
El feminismo ha ayudado a muchas mujeres, pero es un concepto completamente occidentalizado. Tiene buenas raíces, buena causa; sin embargo, tiene que considerar otras maneras de vivir la libertad.
Yo sé que muchas de las mujeres que se llaman feministas son muy abiertas, están dispuestas a escuchar tu punto de vista. Yo creo que, en el fondo, el corazón de esto es el respeto. Siento que sí hace falta entender los conceptos, las culturas, y no solo enfrascarnos en estereotipos.
DZ: ¿En alguna situación una mujer, o una mujer abiertamente feminista ha reaccionado de manera prejuiciosa frente a tus convicciones religiosas?
MW: Nunca he tenido esa problemática y tal vez se deba a que verdaderamente tus acciones hablan más que tu imagen. Una vez que me conocen se dan cuenta que no soy para nada una mujer reprimida o algo parecido.
Por eso regreso a mi parte de la representación porque siempre que vemos mujeres musulmanas en los medios están en peligro. Te voy a dar un ejemplo un poco trivial, pero que me parece adecuado. Cuando vi Spider-Man: Far from home, me gustó que una de las compañeras de Peter Parker era musulmana, y estaba ahí con los demás con toda la naturalidad. Ahora imagínate si en lugar de soft representation como esa, hubiera realmente películas de mujeres líderes musulmanas. Mujeres que no vivan en un plano de misoginia. O que haya fondos para mujeres musulmanas investigadoras.
Todas esas líderes que ya existen, pero no tienen suficiente representación en los medios. Hace poco tomé un taller en Cambridge, donde conocí a Matrah Al-Mutari, que vive en Dubai y trabaja investigando un tipo de antílope, se dedica a la recuperación de esta especie como parte del Kuwait Institute for Scientific Research. Yo quiero saber cuándo vamos a empezar a conocer musulmanas haciendo cosas extraordinarias, esa mujer lleva muchos años de preparación, de estudios y no veo las notas sobre ella.
Ibtihaj Muhammades esgrimista y fue campeona olímpica. Tampoco tiene la representación que debería, entonces eso hace falta: para que dejen de ubicar a las musulmanes como sumisas, reprimidas hay que dejar de enseñarlas así.
Otra cosa súper importante que hay en las comunidades musulmanas de mujeres es la sororidad. Todo el tiempo estás con mujeres, se vuelven una segunda familia, entonces te haces súper fuerte. Aquí en México es bien difícil porque no hay muchos musulmanes y menos de mi edad, pero lo que he experimentado en otros países es que tus amigas de la mezquita también van a ser tus amigas de vida.
Creo que hay un vínculo muy fuerte ahí, digo obviamente no es cuestión de cierta edad o que solo pueda generarse con otras musulmanas. Al contrario, quiero muchísimo a mis amigas no musulmanas, las amo y las admiro en su propia vida.
De nuevo, lo más importante es el respeto. Lo único que sí he sentido es que en los medios de comunicación se estigmatiza a las musulmanas. Como si fueran sujetos de lástima por usar su velo o cosas como esa. Me encabrona muchísimo porque siento que ni siquiera entienden.
Algo que me pasó en la preparatoria, fue que para una materia tuvimos una actividad en la que todas se tenían que poner un hiyab. Supuestamente era para hacer conciencia sobre cómo vivían las mujeres en otros países, o realmente nunca terminé de entender el propósito. Se me hacía bastante contraproducente. Un día las mujeres se tenían que poner hiyab y no podían hablar con los hombres, un hombre tenía que pedir por ellas en la cafetería, se tenían que sentar hasta atrás, no podían hablar. Al día siguiente, a los hombres les tocaba hacer eso.
Me sentí muy ofendida. Yo usaba mi velo diario y no tenía que hacer ninguna de esas cosas. La mayoría de mis compañeros se llevó una idea súper equivocada de lo que es ser musulmán porque nunca hubo una reflexión al respecto de esa actividad.
Me parece importante destacarlo porque hasta hace muy poco se dejó de hacer esa actividad, pero se realizó durante muchísimos años. Eso generaba un estereotipo de misoginia de la religión. No hubo una clase en la que se reflexionara al respecto, que se explicara que esto no era por cuestiones religiosas sino por cuestiones sociales distintas. Esa pequeña parte de mi vida fue bastante frustrante. Me caía bien la maestra y no quería ofenderla, pero no estaba bien realizada la actividad. Afortunadamente ya no se hace.
DZ: ¿Cómo fue tu participación en el congreso de minorías musulmanas?
MW: Fue un congreso de minorías musulmanas en Turquía, Estambul. La inauguración la dio el presidente de Turquía. El propósito era hablar de los problemas de los países en que los musulmanes son minoría, tratar de abrir una conversación para ver cómo podríamos encontrar soluciones. Fui en representación de México.
Me pareció muy interesante que no había restricción, si eras hombre o mujer podías ir a participar. A pesar de que estaba abierta la invitación, de 300 personas, 15 más o menos éramos mujeres. Yo tuve una intervención para hablar de México, planteé los problemas, pero aprovechando el fórum y la atención de todos los congregado ahí -gente de Canadá, Australia, México, Ecuador, Bolivia, Guatemala, Cuba, entre otros- aproveché para decirles que no había tanta inclusión.
Hablé sobre la representación y que en lugar de estar hablando de problemas deberíamos hablar de soluciones. Buscar cómo hacer que la juventud musulmana se conozca, se conecte para que empecemos a apoyar proyectos.
Realmente aquí está el panel, todas las puertas abiertas para que pueda haber una voz. Hace falta un poco más de eso, de fomentar el impulso, de unirnos. Es importante integrar a las jóvenes musulmanas para que hagamos estos eventos, encontrar soluciones, apoyar proyectos, que sí los hay, pero no son de talla internacional tan grandes como uno esperaría.
Hay un problema entre la juventud musulmana que es la asimilación. Creo que esto es precisamente por la falta de representación porque en los medios no vemos a mujeres musulmanas. ¿Dónde están nuestras futuras directoras del cine islámico?, ¿dónde están nuestras futuras diseñadoras de moda?, ¿nuestras deportistas musulmanas? Esa fue mi intervención y la verdad es que fue muy bien recibida. No esperaba una respuesta tan buena. En cuanto terminé todos me aplaudieron y cuando se acabó se acercaron para pedirme mi tarjeta, para que viéramos cómo podríamos colaborar. Estamos a la espera de que se tome en cuenta esa pequeña propuesta que se hizo.
DZ: ¿Qué recomendarías a otras mujeres musulmanas?, sobre todo en un contexto como el tuyo en el que señalas que la creación de comunidad es un reto constante.
MW: Les recomendaría acercarse a sus hermanas, a su comunidad, a las mezquitas, que vayan a pláticas, a eventos, que se involucren en la comunidad o en actividades extracurriculares que sean de formación. Sobre todo, si quieren acercarse al feminismo, entender el papel de las mujeres líderes en el islam, acercarse sobre todo a conocer su religión, conocer la vida de las hijas del Profeta Mohammed, la historia de Mariam.
Hay cosas en las enseñanzas de la vida del Profeta y en el Corán mismo, pero nada como involucrarse, ir a pláticas y eventos. Hay bastantes grupos estudiantiles de musulmanas mujeres que hablan mucho sobre el hiyab, el valor de por qué se usa. Hay una chava en particular que se llama Essma Bengabsia, es parte de The Muslim Network. Ella estudia en NYU y tiene un blog muy interesante, el cual recomendaría que leyeran.
El pasado 20 de febrero, la escritora chilena Nona Fernández estuvo en la FIL Minería 2020 para presentar su libro Space Invaders, editado por el Fondo de Cultura Económica. En esta novela, nos cuenta de manera fragmentaria la experiencia de un grupo de niños que crece durante la dictadura chilena. La memoria colectiva se recrea, con todas sus complejidades, alrededor de una personaje que se invoca de distintas maneras en la narrativa, desde los sueños, las cartas y las noticias: Estrella González. En Tierra Adentro tuvimos la oportunidad de hablar con ella sobre su proceso de escritura y la importancia de la memoria rebelde en su narrativa. La construcción de una historia colectiva, polifónica y libre es una de sus preocupaciones principales, así como uno de los temas de las siguientes palabras.
Tierra Adentro: ¿Cómo es ser escritora en Chile?
Nona Fernández: Voy a pensar primero desde mí y después intentaré hacer un relato más colectivo. Yo creo que no es fácil o no ha sido fácil. Bueno, ustedes son mujeres; ser mujer es más difícil que ser hombre y cuando uno se mete en territorios donde los intelectuales y los escritores normalmente son hombres, tiene que estar siempre muy expuesta a que ocurra cualquier cosa por estar ocupando un espacio que aparentemente no debiera ser tuyo.
Entonces debo decir que no es fácil ser escritora en Chile, pero cada vez es menos difícil. Se han abierto muchas conciencias, muchas cabezas, muchas ventanas para que cada vez sea más fácil y eso es un trabajo que hemos hecho las mujeres que escribimos: las generaciones más grandes, nosotras y el gran movimiento feminista que ya lleva unos años vigente. Así también, que las cosas se miren desde otro lugar, y que se nos observe desde otro lugar, que se nos permita un lugar.
Tampoco quiero sonar trágica, no es que sea todo difícil pero no es tan fácil. Yo he sido una escritora medianamente afortunada: no me fue difícil publicar, no tuve malas experiencias.
Cuando aparecieron las nuevas editoriales independientes en Chile de alguna manera se democratizaron las publicaciones. Eso hizo que muchas, no solo mujeres, hombres también, tuviesen más espacio dónde publicar y eso ha ayudado bastante.
Mi camino no ha sido tan desafortunado, he tenido suerte, creo que porque soy voluntariosa. He resistido y ha funcionado esa resistencia. Ahora puedo decir que no tengo problemas, yo puedo ejercer mis ediciones donde quiero. Estoy en un escenario más bien cómodo y, si me incomoda, tiene que ver muchas veces con el trato que recibimos las mujeres en general en el gremio.
Yo soy parte AUCH que es un colectivo de autoras chilenas feministas. Estamos intentando esa pelea por la paridad en los jurados, en las antologías, en las mesas de conversación; que no suceda que vamos a hablar sobre el cuento chileno y todos los autores son hombres. Somos mita y mota, 50% mujeres y 50% hombres, de hecho en Chile somos 51% mujeres, por tanto tenemos más derecho a tener más tiempo en la mesa.
Estamos en eso para visibilizar el trabajo de las escritoras y romper esas dificultades, que sobre todo se presentan cuando uno parte y no toda escritora debería tener la piel dura. De hecho, yo creo que las escritoras y los escritores somos personas sensibles, que nos cuesta porque ponemos pedazos de nosotras mismas en lo que hacemos.
Eso es un mix de lo que es ser escritora en este momento en Chile: es difícil pero se están abriendo nuevas ventanas, estamos trabajando conectadas. Eso no pasaba antes, por lo tanto nos da más fuerza como colectivo; más allá de lo estético, somos mujeres que escribimos cosas súper distintas, pensamos cosas muy distintas de la vida también, pero nos unifica la idea de democratizar el trabajo literario: que se lea más a las mujeres, si en la academia se revisa literatura chilena, que haya autoras en esa pasada literatura chilena. En eso trabajamos en alianza con las académicas, se ha generado un universo bien efervescente e interesante para eso. Entonces yo soy optimista, ha sido difícil pero cada vez debiese ser menos.
TA: ¿Cómo empezaste a escribir?
NF: Siempre me gustó la escritura, pero tenía mucho pudor porque, por lo menos cuando yo era niña, nunca conocí a una escritora o a un escritor. También en la dictadura donde había casi un oscurantismo cultural, no entendía cómo podía ser uno escritora o escritor. Además, tampoco existía una carrera, ahora hay muchas carreras de Escritura Creativa, eso te da una pauta. Yo no entendía cómo se podía hacer, pero eso no quiere decir que yo no escribiera, yo escribía igual, escribía para mí, para mi cajón del velador. No mostraba nunca nada.
Cuando llegó la democracia se abrieron muchos talleres literarios que no existían antes, o habían, pero eran muy poquitos. Yo tenía ahí como 17 años. Tenía claro que quería escribir, empecé a estudiar teatro, pero quería escribir. Era como una inquietud, no lo pensaba como una carrera, no había pensamiento, quería escribir nada más.
Tomé un taller literario que era muy interesante porque era un taller donde tú mandabas tu texto, lo seleccionaban y además te entregaban una pequeña bequita de dinero. Entonces era súper conveniente, era para las fotocopias, para la locomoción.
Además, algo que no leí en ese momento, fue que es bueno que alguien de pronto seleccione un cuento tuyo, dentro de un universo donde de pronto uno se topa con las dueñas de casa que van a escribir, que todo es muy legítimo pero batea un poco el nivel del taller. Todos los que quedamos eran personas que querían de verdad escribir, la mayoría con mucho más ímpetu que yo, que se creían escritores, sobre todo los hombres.
Ese taller para mí fue fundamental, lo impartía Antonio Skármeta, un autor chileno. Uno hacía una especie de clínica, cada quien tenía un proyecto y lo iba compartiendo.
Éramos varios, yo diría que como 16 personas. Para mí fue fundamental primero entender -eso lo aprendí de ellos, debo decirlo- que si quería ser escritora tenía que decir “yo soy escritora”. Todos escribíamos lo mismo, pero ellos decían “soy escritor”. Entendí también que si quería ser escritora tenía que escribir, no había otra manera de ejercerlo y lo hice, porque además era un espacio muy gozoso. Entonces escribí y escribí, unos primeros cuentos, primeras novelas. Todo muy malo, la verdad, ahora a luz del tiempo lo observo, pero me creí la idea y dejó de ser un problema para mí mostrar mi trabajo. En el ejercicio del taller empecé a mostrarlo y sentí que no era tan malo, o era tan malo como lo del resto. Aunque, sin dudar, había compañeras y compañeros que eran buenísimos.
Uno aprende mucho en los talleres, de ahí empecé a tomar varios con maestros distintos. Tomé con Pía Barros que es otra maestra chilena a quien yo amo, una escritora muy generosa. Tomé otro con otro escritor que falleció, Carlos Cerda, y ese fue el último.
Ya había desarrollado entre los talleres y a parte un conjunto de cuentos. Mi maestro en ese momento, Carlos Cerda, me dijo: “¿no los quieres publicar?”. En ese momento era difícil, había pocas editoriales como Planeta y Alfaguara, y un par de editoriales independientes grandes como Cuarto Propio. Él me dijo: “ya, vamos a las editoriales”, y me ayudó a tener ese primer nexo. Por eso digo que fui afortunada porque él me llevó, creyó en mi trabajo, me presentó a los editores, hice la primera publicación que no fue para nada traumática ni difícil, todo lo contrario. Luego hice una segunda publicación que tampoco fue traumática ni difícil de una primera novela que escribí sola, sin taller ni nada.
Después con mi tercer libro, que es un libro un poco más experimental y que costó publicarlo, empecé a vivenciar cosas más difíciles. Me decían cosas como: “¿Cómo escribe esto usted si usted es mujer?, ¿por qué no escribe de la bulimia?” Yo no tengo ningún problema con la bulimia, pero no era mi tema, no era algo que me llamara la atención escribir. Ahí empecé a entender que había temas para hombres y temas para mujeres; se volvió todo más complicado. Finalmente logré publicar ese libro y de ahí seguí mi camino.
Cuando llegaron las editoriales independientes, para mí fue muy fácil estar en ese espacio, generando una literatura un poco más experimental y loca como es esta (señalando Space invaders). Después incluso ese mismo formato de trabajo lo pude empezar a ejercer en las editoriales grandes también. Yo publico un poco en Random House, un poco en otras editoriales, pero es un camino que uno gana porque ha escrito mucho y porque resistió mucho también.
En resumen, creo que fueron los talleres literarios y la convicción de que simplemente quería hacerlo. Nadie me iba a decir que yo era escritora si no me lo creía y perdí el miedo de mostrar, sobre todo eso: mostrar y validar la opinión del otro. Eso fue importante porque muchas veces al comienzo uno escribe algo y piensa que dice un montón de cosas que no está diciendo. Eso que tú escribiste no quiere decir que se entienda necesariamente, para mí fue muy vital aprender de la mirada del otro, qué decía y qué no decía, qué información daba, cómo el otro entendía todo esto que uno algunas veces cree que está y no está.
TA: ¿Cuáles son tus referentes literarios y fuera de la literatura?
NF: Son millones y siempre los estoy cambiando. Voy a remitir a los más originales que son con los que partí y hablaré de literatura chilena. Voy a ser una embajadora. Hay una autora que yo aprecio mucho que se llama María Luisa Bombal, que tiene un libro fundamental: La amortajada. Yo lo tuve que leer en el colegio, lo leí como lectura obligatoria.
María Luisa era muy diferente a todos los autores, sobre todo autores, creo que fue la única mujer leí en ese momento. Los autores chilenos no me pasaban en ese tiempo, todos eran muy criollistas, muy realistas, algunos me gustaban, algunos menos. De pronto aparece este relato de una mujer que la están velando, uno empieza a entender que está muerta, y recupera pedazos de vida a medida que la vienen a ver las personas. Yo encontré que era una chifladura maravillosa, como que se me destapó algo de esas ganas de escribir. Pensé “qué entretenido hacer esto”.
No se me había ocurrido que uno podía jugar con los materiales así, para mí fue muy vital esa lectura. Siempre vuelvo un poco a ella y me siento muy cercana a su trabajo; de hecho, en mi primera novela, el epígrafe del libro es una frase de La amortajada. Siento que venero esa tradición que no es tan realista.
También me siento parte de la familia de otro autor chileno, Pepe Donoso. Es uno de esos autores que de pronto toda la gente lo ama y después todos lo odian. Cuando yo lo empecé a leer toda la gente lo odiaba, y yo no entendía por qué lo odiaban. Lo encontraba tan entretenido: muy onírico, muy extraño, hasta gótico a ratos. Me gusta mucho su trabajo.
Hay un autor que se llama Carlos Droguett que no es muy conocido. Tiene una escritura de la que me siento heredera porque hace un ejercicio muy político en un libro que se llama Sesenta muertos en la escalera. Aquí habla de una gran matanza que hubo en Santiago de Chile cuando él estaba vivo. Genera un relato muy bonito sobre eso que ocurrió, bonito y terrible, y sobre la importancia de recordar eso que había pasado, que es algo que está súper presente en mis libros también.
Bueno y debo decir, Rulfo es un autor que admiro muchísimo hasta el día de hoy.
Ray Bradbury, también, cuando leí las Crónicas marcianas fueron una lectura muy vital para mí. Uno podía estar en la Luna, podía visitar Marte si quería, si uno podía escribirlo. Eran como invitaciones, me despertaban el goce por la literatura, y ganas de habitar esos espacios. Eso fue siempre muy interesante.
Hay una autora chilena que sé que no es conocida aquí, Nene Aguirre. Es dramaturga, era asistente social y escribía desde ese lugar, dándole voz a las personas que no tienen voz a partir de su obra. Es un ejercicio que a mí me interesa mucho cuando escribo: generar, dar un espacio en la literatura a aquellas voces que no tienen espacio en la realidad.
Me siento emparentada con Diamela Eltit, me gusta mucho cómo trabaja ella en el sentido de que es una escritura que está siempre leyendo la época. Diamela hace como una registrada y logra generar metáforas de época. Uno lee la realidad en sus libros como los adivinos leen las hojas de té, lo que pasa en un código distinto porque no es realista lo que ella escribe. La última novela, Sumar, se trata de una gran marcha. Los ambulantes de Santiago, que son los vendedores ambulantes, partieron en algún momento que uno no termina de entender cuándo una gran marcha hacia la Moneda (la Moneda es el palacio de gobierno de Chile). Una marcha que lleva un tiempo infinito, nadie sabe cuándo partió ni cuándo va a terminar, pero es un gran reclamo de esta gente a la Moneda. Además, narra las vidas de ellos, un poco como “La autopista del sur” de Cortázar, que empieza cuando los autos se detienen por el tránsito y no avanzan. La gente estaba en ese atochamiento y pasaban años, entonces empezaban a establecer relaciones, lo mismo aquí, pero con la marcha.
Luego acá viene a Chile esta gran revuelta en la que estamos ahora. La lectura de la Diamela se vuelve casi una lectura gitana, como un vaticinio de lo que venía.
Esos son mis referentes más originales, yo diría, están más presentes estructuralmente, son las lecturas que he hecho más joven. Claro uno siempre está leyendo cosas. Por ejemplo, me ha gustado mucho la lectura de Truman Capote, A sangre fría, es una novela que cuando la leí dije “yo tengo que escribir algo así”, pero después se me olvida. Voy a otra cosa, pero claro es uno de los autores que iluminan muchísimo.
TA: ¿Cuáles son los temas recurrentes en tu escritura?
NF: Siento que uno no termina de hacer la curatoría de los temas que quiere trabajar. Es como que caes en ellos, y a mí me ha pasado que desde el primer libro que trabajé hasta el último que va a salir pronto, siempre he estado inscrita en el mismo tema. O no en el mismo tema, es como si uno habitara un mapa o un cuarto y va iluminando distintos sectores de ese cuarto, va descubriendo el espacio, pero es el mismo cuarto. A veces uno cree que es otro, después llegas al final del libro y te das cuenta que era lo mismo, solo que ahora estaba mirando el techo no el suelo.
Desde el origen he estado revisitando la historia reciente de mi país, para tratar de entender todo eso que nunca entendí. Probablemente porque era muy joven o porque tampoco había muchas herramientas para entenderlo, y partí un proyecto que ha sido muy natural: empecé mi primer libro y ese primer libro me llevó a un segundo, el segundo a un tercero, y hay un momento en el que todo se vuelve más consciente. Yo me volví más consciente de lo que estaba haciendo y empecé a buscar ya las historias que tienen que ver con ese universo.
Este libro (Space invaders) es un poco eso también. De pronto apareció la historia de Estrella porque pasé por su casa, que no había pasado en décadas y me acordé de ella. Había algo de esta historia que no me acordaba mucho; su papá, el caso degollados, Estrella González. Yo no tomo la decisión, la decisión se tomó antes, y me pongo a escribir nada más. Después aparece algo en ese libro que me invitó a escribir otro y así he ido siempre.
Si tuviera que resumir, los grandes temas son la memoria, la memoria histórica de mi país, la historia más reciente de mi país; todo lo que tiene que ver con eso, cómo se ha pauteado esa memoria, cómo se ha silenciado parte de esa memoria, cómo se nos hace creer ciertas cosas y se nos hace olvidar otras; también la memoria particular de cada personaje, qué y cómo recordamos, qué invento nos pasamos a veces como recuerdo, qué olvidos tenemos, por qué olvidamos ciertas cosas, cómo el recuerdo de la época nos hace pensar que las cosas son de una manera cuando de pronto nos damos cuenta que eran otra completamente distinta.
Siempre creímos una historia y después nos damos cuenta que era otra.
En el último libro (Voyager, 2019) intenté salirme de la memoria histórica. Fui a investigar cómo funciona nuestro hipotálamo a nivel neuronal, qué significa la memoria, cómo la memoria está incrustada en el ADN. Por ejemplo, sabemos gritar cuando tenemos días, nadie nos enseñó a gritar: es una memoria que está en el cuerpo, ni siquiera en el hipotálamo sino en nuestras células. Eso también es bonito de constatar.
La memoria ha sido el gran tema, ni siquiera porque yo lo haya decidido. La memoria, lo tramposa que es, lo arbitraria que es, lo arrebatada que es, lo rebelde que es; la memoria y mi generación, la dictadura y la memoria reciente en mi país.
TA: ¿Cómo ha sido tu proceso de reapropiación de la historia?
NF: A partir de lo que he escrito y de lo que he recibido de vuelta, en términos de la reflexión que conlleva, cada vez que he escrito un libro muchas veces me pregunto por qué estoy contando esta historia que ya pasó. A medida que he ido escribiendo he ido entendiendo que me interesa mucho porque tengo un enigma con la historia reciente en mi país, de lo que ocurrió.
Tengo muy claro que la historia oficial que se nos ha contado no es del todo real, que las historias oficiales se cierran, son una versión de las cosas. En general las memorias colectivas están hechas de muchas versiones; como todas las hermanas en una familia recuerdan cosas completamente distintas del padre que falleció. Eso no quiere decir que sus versiones sean erróneas, quiere decir que el padre era todo eso: era hermoso, maravilloso y era castigador y desgraciado al mismo tiempo. Lo mismo pasa con los recuerdos de una nación o de un país, esta historia fue de un modo y también fue de este otro. Se creó un Chile de tal manera, pero también se sepultó un Chile de otra manera.
Siento que eso es importante porque nos ayuda a construir presente y nos ayuda a construir futuro: apropiarse de la historia, pensar que los hechos no están en un museo o en un historial ni es algo que te dice un profesor o un experto. La historia es nuestra y si no es nuestra, ¿de quién es?, ¿de qué nos sirve una historia que quede en el museo o en el libro? La historia sirve en la medida en que es un acto presente que nos ayuda ahora para resolver nuestras problemáticas, incluso para observar cómo puede venir un futuro. Por lo tanto, tiene que ser nuestra y si podemos apropiarla, tomarla y escribir de los hechos, escribir versiones no dichas pero que son también reales. Es un poco lo que he empezado o he tratado de hacer, yo creo que es un acto de rebeldía frente a las cosas que son de una sola manera.
TA: Gran parte de Space invaders sucede en los sueños de los personajes y uno nunca sabe si lo que sueñan es real. ¿Cómo relacionaste el mundo onírico y el tiempo fraccionario con una forma de estructurar la narrativa?
NF: Fue una decisión bien concreta porque me pasó que, frente a la casa de Estrella, tomé la decisión de convocar a algunas amigas del colegio para poder recordarla. También pregunté a algunos amigos del colegio menos cercanos sobre ella, como para tener más información, para activar mi propio recuerdo. Así comprendí algo muy particular, que no había pensado antes: cada uno recuerda lo que quiere.
Si yo decía Estrella González todos sabíamos de quién estábamos hablando: “Ah, Estrella, la del caso”. “Pelo largo, blanca, blanca, un poquito pechugona”. “No”, decía el otro, “no, tenía el pelo súper corto, era flaca, flaca”. Surgió una gran cantidad de versiones. Claro, yo tenía mi propia Estrella en la cabeza, la sigo teniendo.
Empecé a preguntarme: ¿cómo era?, ¿era como yo creo que era? O era así o era así o era asá. Entonces me di cuenta que no tenía cómo saberlo y, ¿quién soy yo en el fondo para decidir quién era o cómo era? Probablemente incluso con la suma de todas las versiones de ella no vamos a dar nunca con la realidad. Me di cuenta que eso tenía que ser narrado por un coro de personas, desde ese lugar poroso que es la memoria, que no es un lugar que pueda ser concreto.
Me pareció que los sueños de alguna manera eran un lugar que se asemeja mucho a los recuerdos: los sueños son tremendamente personales. Me interesaba que fueran oníricos porque, por lo menos en mi país, fuimos pautados para no recordar y vivimos en un sistema donde estamos siempre ocupados; no hay tiempo ni para recordar ni para juntarse ni para reencontrarse. Entonces sentía que podía ser bonito que estas personas que no tienen tiempo finalmente pudieran reencontrarse. Estas personas que viven agotadas lo hacen con colchones desperdigados en la ciudad, pero cuando sueñan, entran a ese lugar de reposo, de descanso y pueden reencontrarse, recordar. Incluso aparece este sueño como una especie de condena en ellos porque es un material que no está del todo resuelto.
En ese espacio que es el onírico caben todas las versiones posibles, todo se relativiza porque finalmente no sabemos hasta qué punto tenía el pelo largo o si es como ellos dicen que es. Además, en los sueños hay quienes tienen distintas percepciones más claras: hay gente que sueña en colores, otra que nunca ha soñado con voces, hay gente para la que todo es muy intenso, colores muy fuertes. Nuestra manera de soñar es como una huella digital, es súper particular y los recuerdos también. Los sueños están hechos gran materia de nuestros recuerdos.
Ahí encontré un código que me pareció interesante trabajar. Me permitía jugar con esta estructura que es fragmentaria, no es lineal, no es aristotélica. Son muchos materiales, versiones, cartas, recuerdos de unos, de otros y míos. Finalmente, la lectora o el lector terminan de completarlos, de darle unidad o de entrar a ello.
TA: Justo el sueño es como un punto de encuentro entre los que están lejos y Estrella que ya no está.
NF: Exactamente y ella igual es un personaje no asible. Nunca está la voz de Estrella, nunca la sabemos, pero en el sueño es posible es convocarla, intuir su presencia.
TA: Por último, hablemos del estallido social en Chile, ¿tú crees que hay alguna conexión entre el pasado que buscas desenterrar y el presente? ¿Crees que son problemas sociales que han venido arrastrando desde la dictadura?
NF: Voy a tratar de resumir. Desde el 18 de octubre, Chile está en un estallido, una gran revuelta que no ha parado, llevamos 4 meses así. Se dice que Chile despertó, abrió los ojos y lo fundamental es que se ha exigido el fin del abuso. “Que la dignidad se haga costumbre”, esa es la gran consigna.
Todas las grandes demandas que hemos tenido por décadas y que se han ido expresando de manera parcializada: las demandas por la salud, por la educación, por las pensiones, las demandas de las mujeres a nivel de feminismo siempre son separadas. Lo que ocurrió ahora es que salimos todas y todos a la calle a reclamar basta.
Eso fue tremendamente emocionante, pero han pasado 4 meses y en términos políticos la situación es la misma. No hemos avanzado hacia otro lugar, pero estamos dialogando por primera vez algo que es muy importante para Chile: la idea de una nueva constitución. Nosotros tenemos la constitución de los militares, es la misma que redactaron ellos. Después en democracia tuvo algunas modificaciones, pero se volvió a firmar. Es la misma constitución que, además, es ilegítima porque se eligió en dictadura en un plebiscito en el que nadie votó finalmente.
Lo que se quiere ahora es la posibilidad de cambiarla, partir de una página en blanco. Eso es un gran avance porque cambiaría el tablero del juego para que todas esas demandas puedan realmente realizarse y exista un sistema económico que lo permita. La constitución que tenemos tiene al Estado en un lugar de subsidiario, es decir, solamente se hace cargo de las materias sociales en la medida que lo privado no se haga cargo. La educación, la salud, el transporte, el agua, las pensiones están privatizados. Hay sectores que son públicos, colegios, hospitales, pero están en una precarización absoluta. En el caso de los hospitales la gente muere esperando sus operaciones. Te dicen “te operamos”, y de eso pasan siete meses, pasan años. La gente muere y es muy normal, no es algo raro, no es un caso o dos casos, es así.
Necesitamos ponerle un fin, necesitamos tener un tablero que nos lo permita hacer y se está dialogando por eso. Lo que necesitamos es seguir movilizándonos para que esa redacción se haga por una asamblea vinculada a la ciudadanía, que ahí no tenemos muy buen augurio en relación con el poder político; el gobierno no quiere eso.
Nosotros pedimos una asamblea que sea paritaria 50% mujeres, 50% hombres. El mundo político y el gobierno dice que no entiende para qué. Queremos una asamblea que sea plurinacional, que tenga cupo para los pueblos originarios de Chile, que se vincule con la ciudadanía y con representantes de todas las territorialidades. Esa pelea está muy difícil, nadie lo quiere ni el sector político. Estamos intentando que eso sea una realidad porque lo que se nos ofrece en el fondo es una constitución nueva, sí, pero hecha por un grupo de caballeros blancos que va a estar encerrado en el congreso. Vamos a tener una constitución seguramente mejor pero no lo que necesitamos.
Lo grave del asunto es que esta revuelta ha tenido muchos costos en materia de derechos humanos, ha muerto gente, hay mucha gente herida, hay gente que está con serios daños oculares, gente que ha perdido los ojos porque les disparan a la cara. El gobierno no se hace cargo, hay 4 informes de derechos humanos internacionales que se han ejercido; el gobierno los está desacreditando, dice que no son reales. Estamos sufriendo vulneraciones graves a los derechos humanos todos los días, yo estoy conversando con ustedes y algo está ocurriendo allá en este momento.
Eso está muy difícil de llevar porque es un paralelo. Muchos decimos hay que arreglar esto porque no nos sirve un proceso constituyente si nos están baleando. Lo he dicho y lo intento decir en todas las entrevistas porque la mirada internacional a Chile le pesa mucho y Chile no está visualizando esto que está ocurriendo. Es como vivir un déjà vu de esta misma historia: otra vez los escolares están ahí, otra vez los están baleando, otra vez las marchas, otra vez las represiones, tristemente así.
Cada vez es más frecuente escuchar la palabra separatismo en los movimientos feministas. “¡Convocamos marcha separatista!”, “¡este es el contingente separatista, no se aceptan hombres!” o “espacia separatista y libre de violencia”; sin embargo, lo que define mejor a estas acciones es el concepto de espacio no mixto.
El separatismo es una apuesta política y una praxis que va más allá de no permitir varones en espacias feministas. Entonces, ¿qué es el separatismo? Es una postura política heredera de la corriente teórica “radical”, del feminismo de la diferencia y del materialismo francés.
Repasemos: el feminismo radical sostiene que las mujeres y los hombres no somos iguales porque ellos son socializados bajo el privilegio de género “varón” y nosotras, bajo la violencia de género “mujer”. El feminismo radical afirma que la raíz de la opresión tiene base material en la sexualización del cuerpo, su posterior jerarquización y que el “género” es el mecanismo de opresión.
El materialismo francés analiza cómo es que crecer en un cuerpo sexuado de mujer determina cómo te trata el mundo porque la opresión está encarnada, tiene una lectura material. Mientras que el feminismo de la diferencia agrega que habitar el mundo desde un cuerpo sexuado no solo tiene implicaciones en cómo te tratan sino también en cómo ves el mundo; el cuerpo sexuado produce una ontología sexuada, entonces las mujeres y los varones somos ontológicamente distintos, opuestos.
Fotografía por Nigorette
Si metes todas estas ideas en una licuadora, concluyes que las mujeres somos oprimidas con base en nuestro sexo, que ese cuerpo sexuado produce una ontología (o un análisis existencial concreto) y que somos criadas bajo ese yugo llamado género. En el lado antagónico están los varones, quienes son socializados en la masculinidad —que siempre es tóxica—, cuya toxicidad deviene en una construcción ontológica que los hace incapaces de no ser violentos: son educados desde el poder para cometer abusos de poder y que, por más buena voluntad que tengan en deconstruirse como antipatriarcales, siguen siendo beneficiarios del sistema porque los privilegios no se tratan de cómo te beneficias de ellos sino cómo el sistema te beneficia a ti.
Basándonos en este marco teórico, mantener cualquier tipo de relación con ellos es seguir perpetuando sus privilegios y exponerse, o exponer a otras, a sus violencias.
Entonces el separatismo es: con los varones NADA. El separatismo significa apostar en la medida de lo posible, pero siempre como postura política, por otras mujeres.
Separatismo es no leer varones, no tener citas con ellos, no coger con ellos, no criarlos, no luchar con ellos, no darles apoyo emocional, trabajo, cuidado ni nada. Si vas a marchas no-mixtas, pero regresas a casa a servirle la cena a tu pareja, tu praxis se llama espacio no-mixto, no separatismo. Es importante hacer la diferencia para respetar a las genealogías lésbicas y a las feministas lesbianas que practican el separatismo como una apuesta política y asumen los costos.
Fotografía por Nigorette
Todo esto suena bien, pero sucede que a menudo el separatismo es considerado como la cúspide de la praxis feminista o la única vía para la emancipación; sin embargo, desde los años sesenta, las feministas negras y de color han señalado que el separatismo es blanco; se han dedicado a poner los puntos sobre las íes acotando los errores teóricos, éticos y prácticos del feminismo hegemónico, así como sus propuestas de emancipación. Aun así cuando alguna mujer señala que el separatismo es mayonesa, se citan ejemplos como la Colectiva del Río Combahee, la aldea africana Umoja o los encuentros para mujeres convocados por las compañeras zapatistas. Ninguno de estos ejemplos es separatista.
La Colectiva del Río Combahee es muy clara en su manifiesto: “rechazamos la posición del separatismo lésbico porque no es una estrategia ni un análisis viable de la política para nosotras. Excluye demasiados y a demasiada gente, en particular los hombres, mujeres y niños negros. Tenemos bastante crítica y odio hacia lo que la sociedad ha hecho de los hombres: lo que apoyan, cómo actúan, y cómo oprimen. Pero no tenemos la noción descabellada de que esto sucede por ser hombre en sí, es decir que la anatomía masculina los hace como son. Como Negras encontramos que cualquier tipo de determinismo biológico es una base peligrosa y reaccionaria para construir una política. También tenemos que preguntarnos si el separatismo lésbico es un análisis y estrategia política adecuada y progresista aun para las que lo practican, ya que sólo admite las fuentes sexuales de la opresión de las mujeres, renegando de los hechos de clase y raza”.
Por su parte, las mujeres de Umoja ven a su aldea como una suerte de refugio, no como un espacio separatista. Ellas señalan que aman y desean poder vivir en paz con los varones de su comunidad. Es importante hacer énfasis en que Umoja es una estrategia de seguridad, pero no una postura política.
Tenemos otros ejemplos: Gloria Andalzúa afirma que las mujeres tercermundistas en Estados Unidos tienen una doble militancia: luchar contra el racismo y luchar contra el machismo de sus compañeros; Angela Davis hace un análisis extenso sobre cómo las feministas blancas denunciaban a las negras por “defender a sus violadores”. Han pasado casi 40 años desde que Davis escribió “El mito del violador negro”, a pesar de ello, hoy en día hay feministas que llaman cuidapijas a otras por oponerse a una postura separatista.
Foto por Nigorette
¿Qué está mal con la lógica del separatismo? Teóricamente parece tener bases sólidas, y las tiene, pero solo para un grupo determinado de mujeres. El problema del separatismo es que está basado en análisis teóricos incompletos o sesgados que universalizan la experiencia “femenina” y “masculina” sin tener en cuenta las intersecciones de clase y raza.
Se habla de socialización masculina pero no de socialización blanca o de clase media acomodada, estas dos últimas socializaciones también producen actitudes violentas como el racismo y el clasismo. El problema con el análisis separatista es que considera al patriarcado como EL sistema de opresión, el kraken, y a la clase y la raza algunos de sus tentáculos, y no es así. El patriarcado es uno más de los tentáculos del kraken y no es más importante que la opresión racista o clasista.
Si las feministas negras y de color han señalado los errores teóricos del feminismo hegemónico, además de lo violentas que llegan a ser las estrategias derivadas de esos análisis, ¿por qué seguimos pensado que todas las mujeres estamos oprimidas y que un mundo sin varones sería mejor?, ¿por qué seguimos pensando que el separatismo es la cúspide de la emancipación?
Porque apela a nuestra emoción inmediata, en lugar de al análisis profundo: es tentador pensar en un mundo donde podamos salir solas de noche, sin miedo a que algún varón nos haga daño, pero, ¿en serio sería así? Cuando en tuiter una joven lanzó la pregunta “¿si no existieran los varones a quién le tendrías miedo?”, la violinista negra Jeniffer Rubio contestó: a las mujeres blancas. No considerar las voces de las mujeres racializadas e invisibilizarlas de las discusiones, también es racismo.
En el movimiento feminista hay una contradicción constante: por un lado, nadie quiere ser feminista blanca/blanqueada ni practicar un feminismo blanco porque está de “moda” la otredad; por otro, ninguneamos, silenciamos o no tomamos en serio los aportes de las feministas subalternas.
Gracias al boom de la interseccionalidad nos esforzamos en demostrar que nosotras sí entendemos de clase, raza y sus intersecciones con el sistema sexo/género. Sin embargo, señalar que nuestro feminismo es prieto, indígena, negro, periférico, marginal, de color o interseccional y luego agregar frases como “la interseccionalidad no es para incluir penes prietos”, “el feminismo no tiene por qué ser la madre de todas las luchas” o “todos los hombres tienen una mujer más oprimida que ellos” es un oxímoron; además significa despolitizar aportes teóricos fundamentales.
Fotografía por Nigorette
Existen un par de episodios vergonzosos en mi pasado que ejemplifican claramente el blanqueamiento y la despolitización del análisis que incorpora la clase y la raza. Hace algunos años escribí un texto que se llamaba “Nosotras no somos Ayotzinapa”. El texto se hizo viral porque señalaba que los asesinatos de mujeres no generan indignación colectiva como sí sucede con los varones, o al menos así era en ese tiempo.
Básicamente mi interseccionalidad se reducía a “incluyo a todas las mujeres porque si algo tenemos en común todas es que somos mujeres”. ¿Dónde estaba el error en mi texto? En no incluir a los varones que en este caso eran racializados. Quisiera decirles que yo solita me di cuenta, pero no fue así, fue hasta que la feminista negra Yuderkis Espinosa me dijo: si no eres ellos, tampoco eres nosotras.
Lloré, lloré mucho, porque, ¿hay algo peor a que te digan feminista blanca? Me dolió, pero aprendí. No de inmediato, o quizás sí, pero fingía por convivir, porque parece que te da puntos feministas decir a los 4 vientos que “tú no educas vatos” o “que no das servicios sexuales ni emocionales a hombres” o presumir que ridiculizaste a un varón en internet, aunque la mayoría de las veces ese varón sea un varón empobrecido y racializado.
En ese contexto sucedió otro evento desafortunado: mis amigas feministas compartieron una captura de pantalla del rapero decolonial “el Filosoflow” con una crítica a Sor Juana.
Yo, como muchas feministas, había sustituido la aprobación masculina por la aprobación feminista, estaba ávida del aplauso fácil; entonces fui a decirle: tú dices eso porque perteneces a una clase —varones— que históricamente ha tenido acceso a la educación. Discutimos. A grandes rasgos él me dijo algo que en ese momento no entendí por mi privilegio de clase: “Tú terminaste la universidad y yo no”.
A la discusión se unió Bren Nava, una extraordinaria poeta, quien muy amablemente dijo que mis posturas no eran interseccionales, que eran más blancas que la leche. También lloré, porque en Feministlán es peor que te digan blanca a que te digan patriarcal. Decidí callarme un rato, me puse a leer y entendí.
Leer no es otra cosa que escuchar, porque, como dice la filósofa y vedette Niurka Marcos:“Cuando yo empecé no hablaba. Porque el que habla no escucha y el que no escucha no aprende. Cuando una está empezando a aprender, calla. Y entre más calla, más escucha, y entre más escucha, más aprende”. Desde entonces no había escrito nada “serio” sobre feminismo, hasta hoy.
Foto por Nigorette
Sabemos que el separatismo es una praxis y una postura derivada de las corrientes feministas hegemónicas, que sirve, pero no para todas. Ahora bien, ¿cuál es el problema de querer posicionarlo como algo que sí es compatible con el anti-racismo, la interseccionalidad y el feminismo decolonial? El ejemplo más claro lo encontré en Facebook en una discusión entre varias feministas por un “quilombo separatista”.
Un quilombo es un espacio político y de lucha de personas negras, inicialmente esclavas y esclavos, contra la esclavitud y el racismo. Si bien la palabra quilombo en algunos países como Chile y Argentina es usada para nombrar eventos “escandalosos”, esto desde luego tiene que ver con una apropiación y blanqueamiento de palabras políticas pertenecientes a las luchas racializadas. Lo cual sucede por algo que en los estudios decoloniales se conoce como colonialidad del saber; sin embargo, aunque quilombo se use como sinónimo de fiesta, desmadre o escándalo, no es ético despojarla de su significado original. Esta acotación la hizo la teórica decolonial Yuderkis Espinosa en una fiesta feminista que las blancas del sur llamaron “Quilombo Feminista”. Yuderkis y una compañera feminista comunitaria de Bolivia señalaron algo fundamental: si es de blancas, no es quilombo.
La banalización de la palabra “esclavitud” por parte del feminismo hegemónico es constante; llaman de esta manera, por ejemplo, al trabajo doméstico. Si bien existen experiencias de injusticia doméstica, la forma correcta de nombrarlas es “trabajo no pagado” o bien explotación en el hogar. La esclavitud es otra cosa, es algo de lo que solo pueden hablar las personas racializadas y de quilombos, ¡también!, porque los quilombos eran estrategias políticas contra la esclavitud.
Yuderkis apuntó algo más: si es separatista no es quilombo, los quilombos eran mixtos, eran de hombres y mujeres negras organizadas en una causa común.
Por su parte, la compañera Aimara apuntó que si bien en todas las luchas indígenas, negras, de inmigrantes, de personas de color y del sur global existen espacios de autonomía entre mujeres para hablar de problemas específicos, esto no es separatismo porque ellas siguen luchando de la mano de varones contra el racismo, el despojo y el modelo económico. Las luchas decoloniales son incompatibles con el separatismo, y un feminismo que no toma esto en cuenta: es racista o blanco.
Foto por Nigorette
Los espacios no-mixtos o de autonomía entre mujeres son fundamentales para compartir experiencias en común, como espacios seguros de goce y afecto. También son necesarios los espacios exclusivos para mujeres negras, indígenas, trans, no binarias.
Pero el separatismo es útil solo para las mujeres que no viven opresiones de clase y raza. Si el separatismo es tu horizonte utópico y lo practicas en tu vida cotidiana porque crees que el feminismo no debe abrazar la lucha anti-racista, por la defensa de los territorios, del agua o contra la violencia policial en los barrios porque crees que debería priorizar a las mujeres, está bien, pero acepta que tu feminismo es blanco, ¡como la mayonesa!
Cada vez que afirmas que tu feminismo es de color, que incluye a las mujeres racializadas y que respaldas sus luchas; cada vez que afirmas que tu feminismo no es blanco porque incluye a todas las mujeres y porque lucha por todas, pero sigues manteniendo que la mejor munda posible es una sin varones, o llamas cuidapijas a quienes te dicen que usar “simio” como insulto es racista porque te estás apropiando de opresiones que no te atraviesan y de luchas en las que no militas, te estás apropiando del conocimiento de mujeres negras y de color para vaciarlo de contenido, despolitizarlo y blanquearlo y eso también es racismo.
Es mejor reconocer que tu feminismo es derivado del feminismo radical blanco y que solo sirve para un grupo específico de mujeres. Así como es importante no llamar separatismo a espacios no mixtos para no despolitizar la lucha de las lesbofeministas y mujeres que apuestan por esa estrategia: reconocer que el separatismo es la mayonesa del feminismo, es una postura ética. Hacer quilombos separatistas es racismo.
Ir simplemente hacia delante, sin cambiar el ritmo de nuestros pasos, no es una opción. No debió serlo nunca y sin embargo no nos hemos detenido a escuchar lo que se nos está gritando. Estamos matando mujeres. Estamos matando hombres. Estamos matando al planeta. Estamos caminando sin medir la diferencia, sin observar el efecto que tienen nuestras pisadas por donde pasan.
Estamos alienados sin saberlo, y cualquier conocimiento que tengamos del (los) problema(s), en tanto no se manifieste en nuestras acciones, tendrá un nulo efecto sobre la realidad. ¿Sabemos detenernos? ¿Queremos detenernos? No soy ese tipo de hombre o Es gente mala contra gente buena son argumentos cortos que no alcanzan a medir la gravedad del asunto, el estado de la cuestión, cuando se trata de la masculinidad.
Quebrar el cerco es difícil. Quedarse dentro y esperar que el cerco desaparezca, fácil, pero inútil. Quizá por eso sea tan común ver cómo le preguntamos a mujeres en redes sociales, ¿qué hacemos nosotros? en un intento “noble” de “ayudar”. ¿Cuántos le hemos hecho la misma pregunta a otro hombre?
Hacer. Qué hacer. Se pregunta casi como si hacer la pregunta fuera hacer algo. Preguntar algo en Twitter es más fácil (pero no por mucho) que comenzar a leer al respecto, hacerse una idea del panorama. Pero queremos respuestas simples, digeridas. Una recomendación de libros. Un hilo que nos diga qué hacer, cómo comportarse, qué hacer en caso de, o cómo actuar en respuesta a. Queremos un hilo que solucione las preguntas que no nos hemos tomado el tiempo de hacernos.
La realidad es que, para llegar a esas respuestas, hace falta tener conversaciones profundas y dolorosas, y abrirnos también a un tipo de sentimentalidad entre hombres que la masculinidad simplemente no puede aceptar. Podemos leer al respecto y evaluar nuestras acciones, pero en tanto no nos sepamos abrir a otros hombres sin escudarnos detrás del pacto patriarcal, difícilmente habrá un cambio.
Hoy estamos nosotros. Pero todos los días nos encontramos en espacios de hombres. No deberíamos tener que ir a círculos de hombres para poder hablar de cómo nos sentimos y para hacernos la pregunta con la que empieza todo: ¿Qué hacemos nosotros?
Será la primera de muchas, muchísimas preguntas que seguirán, que nos corresponden enteramente y que requieren de honestidad, empatía y cariño al momento de responderlas.
Pero son preguntas que podemos hacer todos los días. En los espacios que hemos utilizado para contar chistes o para hablar del fútbol. En la mesa con los amigos un viernes. Sí, implica pláticas más complejas, menos divertidas, pláticas incómodas que posiblemente cambien cómo nos vemos y cómo vemos a nuestras amistades.
No están las cosas como para voltear la mirada cuando no se trate de algo que nos agrada. Hay mucho en este mundo que es desagradable, y mucho trabajo que no hemos hecho. Pero podemos hacerlo, si lo hacemos juntos, críticos pero con ternura. Así como nos dijeron que no deberían ser los hombres.
Hoy se cumplen 31 años de la muerte de Robert Mapplethorpe a causa del VIH. Su obra, polémica, atrevida y liberadora, elevó el reconocimiento que tenía la fotografía en el mundo del arte, y reivindicó la lucha por la libertad sexual. En este poema-collage de Luis Ham su obra se mezcla consigo misma en una celebración de su vida y su arte.
El tren del metro se tambaleaba porque todas las mujeres brincábamos dentro de él. Solo nos detuvimos por miedo a que el avance se volviera más lento: lo importante era llegar. Se esparció un grito que empezó en el primer vagón hasta abarcar a los demás, ya solo estábamos a una estación del Monumento a la Revolución.
Nos cuidamos siempre. En el metro nos reconocimos por nuestros pañuelos morados, las pancartas. Teníamos calor, íbamos abrazadas las unas con las otras de manera involuntaria, el tumulto feminista iba apretado en los vagones cantando ya las consignas, estableciendo conexiones.
Los puntos de encuentro estaban dispersos; cada una de nosotras en su contingente pequeño o mediano desembocó en la gran congregación que ya nos esperaba bajando del tren. Volví sentir la unión que nos desbordaba. Aún no lo sabíamos pero nos esperaban el resto de las ochenta mil manifestantes. Nos cuidamos para salir poco a poco del metro. Avanzar era difícil.
Fotografía por Nigorette.
La primera oleada
La experiencia de llegar al Monumento fue una extensión del apretujamiento del metro. Nos seguía el calor, el tumulto y la imposibilidad de movernos. El Monumento se convirtió en una fortaleza impenetrable de contingentes feministas. No quedaba claro cuál sería la dinámica a seguir. En medio del caos previo al inicio de la marcha, muchas mujeres trataban de atravesar los tumultos para encontrarse con el resto de sus agrupaciones.
“Qué bueno que somos tantas y que todas estamos enojadas”, se escuchaban decir, entre la multitud, saliendo de las oleadas que desembocaban en la marea morada, mientras intentábamos avanzar, ansiosas de que empezara la movilización.
Estuvimos estancadas un rato. Los cordeles de separación, que en marchas previas habían funcionado para mantener los contingentes separatistas en su propio espacio, jugaron en nuestra contra. Quedar entre un grupo acordonado y otro se volvió peligroso.
Tras el embotellamiento en Plaza de la República, parte de los contingentes encontró su camino hacia Avenida de la República. Por la calle desfilaron grupos bailando con penachos al ritmo de tambores, envueltos en la humareda del copal. Detrás venían familias, pero la confusión hizo difícil saber si sería posible respetar el orden preestablecido que había publicado la Asamblea feminista.
A los lados pasaban corriendo grupos más pequeños. Las personas de un local en Av. De la República 157, tomaron lo que pudieron de las mesas exteriores y entraron, los meseros bajaron las cortinas de metal. Los grupos pequeños de mujeres encapuchadas y descubiertas siguieron pasando sin notarlos.
Fotografía por Nigorette.
La unión y los afectos
“¿Dónde está Mar?”, “A ver, somos 9, vamos a divirnos en tres parejas y una tercia para irnos coordinando”, “Hay que orillarnos”, “Esperen, esperen, nos falta una”. Si algo mueve las marchas feministas son los afectos. A lo largo de la marcha se pueden ver las pequeñas agrupaciones organizándose para cuidarse entre sí. Volteamos cada tanto para saber que nuestro grupo sigue el mismo camino. Vamos tomadas de la mano. Por allá alguien grita que levante la mano todo el contingente de Economía, más allá las de Psicología y Derecho se reencuentran y reagrupan.
Los puños se alzan por la necesidad de silencio, cuando se está buscando a una mujer. Las consignas se detienen solo para encontrarnos y re-encontrarnos. A todas nos alegra cuando alguien vuelve a su contingente. Lo que hay, ante todo, en estas manifestaciones, es amor, fluyendo de maneras diferentes. Amor y preocupación constante por las otras, porque en esos momentos somos más cercanas y aprendemos a caminar juntas.
También, se nos acelera el corazón cuando vemos, más adelante, sobre Paseo de la Reforma, a las chicas que ya lograron escalar la enredadera de El Caballito para pintar ahí las consignas, símbolos a los que nos vamos acostumbrando, lenguaje de la resistencia. Son ellas quienes construyen las nuevas maneras de hacernos notar.
La multitud corea “Sí me representan”, “Sí se puede”, “Fuimos todas”. Se grita en apoyo y por admiración. A eso que desde afuera es calificado como algo “violento” contra los edificios de la ciudad, es una prueba de amor, un acto contestatario por las mujeres que ya no están, por la necesidad de protegernos entre nosotras.
Fotografía por Nigorette.
Avenida Juárez
Los gritos no han dejado de sonar. Es una marcha sorora y sonora. Cacerolazos, consignas, canciones, tambores. La diversidad no falta en las voces, en la búsqueda de maneras de expresar el enojo, el cansancio y la confianza entera de que se luchará lado a lado.
A la altura del Hemiciclo a Juárez, el contingente se repliega. Alguien advierte que nos mantengamos juntas, nos piden: “no caigan en provocaciones”. El mensaje viene de un lugar perdido entre la multitud y se esparce, nos tranquiliza. Todos los gritos se extienden así, la voz de una puede recorrernos a todas.
La marcha de hoy fue la primera para muchas mujeres. Algunas prefirieron irse en la Alameda, por la confusión de los repliegues constantes, por la cantidad de granaderos que rodeaban Bellas Artes. También porque desde la vanguardia nos llegó la noticia de que echaban gas pimienta, que pasando el Palacio, el contingente se había tenido que separar, la mitad siguió la ruta planeada y la otra fue a Tacuba.
Fotografía por Nigorette.
Esperábamos más tranquilidad en esta marcha, en este día que se ha reclamado para pelear por nuestras vidas. “Hay mucha desinformación de lo que está pasando”, decían algunas antes de decidir retirarse. En medio de la marea, fue difícil saber dónde nos estaban conteniendo y de qué formas.
La estatua de Francisco I. Madero fue pintada de morado. Una mujer oaxaqueña tomó el micrófono al lado de la primera parada que es la Antimonumenta. “Me vine aquí para trabajar, pero está difícil vivir con miedo. Antes salía a las diez de la noche y tenía que irme sola”, contó antes de introducir la canción, “La Martiniana”, dedicada a las niñas que nos faltan, a las muertas, a las desaparecidas:
“No me llores, no, no me llores, no, / porque si lloras yo peno, / en cambio si tú me cantas / yo siempre vivo y nunca muero”.
Fotografía por Nigorette.
El zumbido en los oídos
Madero cerró; dimos vuelta para tomar 5 de mayo y seguir el camino hacia el Zócalo. Caminábamos sobre vallas tiradas, con edificios con las ventanas rotas a cada lado. “Primero las mujeres, luego las paredes”.
En el Banco de México un grupo trataba de romper el vidrio de las puertas. La furia de todas corea los golpes. Los granaderos las enfrentaron, las empujaron con sus escudos. Muchas se unieron a las primeras, las respaldaban, las acompañaban, otras gritaron para que supieran que no estaban solas.
Las mujeres tomaron un fragmento de valla que amurallaba el edificio, lo colocaron entre los granaderos y ellas. Y en eso un retumbo. Fue el sonido de una granada de gas lacrimógeno, pero nos inundó la confusión.
Un pequeño grupo perdió a una de las suyas. La reacción fue inmediata: mientras la mitad la buscaba entre el tumulto que empezaba a dispersarse, otras subían al desnivel del Edificio Guardiola para tener un punto alto desde cual ubicar a la integrante perdida. La encontraron; la chica decía que le zumbaban los oídos: cuando estaba ahí entre el contingente y los granaderos no se explicaba cómo es que podía seguir deteniendo la valla: “luego me di cuenta que era la fuerza de todas”.
Fotografía por Nigorette.
La eficacia de las chicas y el ataque se vivieron como sucesos increíbles, la primera por la actuación tan rápida y eficaz, por la manera de reaccionar inmediata para mantenerse juntas; el segundo por lo absurdo del momento, lo cuestionable de los actos disuasivos en un día que las mujeres necesitan exigir su espacio.
Seguimos hacia el Zócalo. Algunas calles fueron bloqueadas por policías mujeres. Se gritaba “Mujer consciente se une al contingente”, “Mujer policía, a ti también te violan!” y “Policía escucha, tu hija está en la lucha”.
Todas las ventanas terminaron rotas.
Los nombres y los rostros
Muchas mujeres iban cubiertas. Tenían el derecho a marchar así, por seguridad ante las amenazas de ataque con ácido, por precaución: la marca que se deja por las calles puede ser reprendida. También porque los rostros que teníamos que exhibir hoy son de de violadores y acosadores, pegados en carteles que se dispersaron a lo largo de nuestro camino.
Fotografía por Nigorette.
Los gritos: “Alerta, alerta”, “Marchamos por las que ya no están”, “No se separen, no se replieguen”, “Hombres atrás”, “Arriba el feminismo que va a vencer”; los comentarios: “Es mi primera marcha”, “Aquí ya nos vamos porque no sabemos qué está pasando”, “Marchen por todas mañana, por las que no podemos ir”; las voces permanecen colectivas y anónimas.
No nos nombramos porque los nombres que sonaron este día por la calles son de aquellas que ya no pueden gritar con nosotras. Los nombres del listado de feminicidios 2019-2020 que se pegó de las vallas que protegían los monumentos. Los nombres de las mujeres que hemos perdido escritos en la Plaza de la República, para que se puedan leer desde cualquier parte. Los nombres de los 73 feminicidios que se registraron solo en enero.
Fotografía por Nigorette.
Nos movieron ellas, los afectos, el amor a todas y cada una de las mujeres que han sido violentadas, las mujeres en nuestra vida que necesitamos proteger. Así como nos cuidamos las unas a las otras en los grupos que conforman la marea morada que inundó las calles, así velamos por ellas. Lo que se juzga como vandalismo o violencia, es la rabia que viene de la sororidad.
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La manifestación no empezó exactamente a las 14:00 horas del 8 de marzo, sino semanas antes, con la convocatoria de la Asamblea Feminista, con las colectivas proponiendo actividades de encuentro en el Zócalo.
Continuó con las publicaciones constantes de propuestas de carteles, ilustraciones compartidas para inundar las calles de arte, discusiones sobre la manera más ecológica y amable de pintar todas las fuentes de rojo sangre, canciones para empoderadoras como “Canción sin miedo” de Vivir Quintana, recomendaciones para las mujeres que van por primera vez, precauciones para cualquier eventualidad que se pudiera presentar. Vamos aprendiendo a estar prevenidas.
Sabemos que lo más importante es cuidarnos entre todas. Nuestra movilización empezó cuando se nos quitó el miedo de tomar los espacios que nos merecemos.