Tierra Adentro
Imagen tomada de Pixabay

El primer libro que leí, con esa conmoción egoísta que a veces sentimos algunos lectores, cuando creemos que un relato fue escrito exclusivamente para nuestros ojos, ya no como un deber, sino por pura adicción a las palabras y en libre complicidad, fue la novela Un hombre, biografía de Oriana Fallaci sobre el revolucionario griego Alekos Panagoulis.

Debía tener diez u once años cuando mi papá me regaló el libro y me quedé absorto con la historia de ese joven que intentó ponerle fin a una dictadura mediante un atentado fallido, tras el cual fue encarcelado y torturado por el régimen. De los 29 a los 35 años, Panagoulis se vio sometido a un estricto aislamiento solo interrumpido por crueles torturas físicas y psicológicas: cada mañana lo llevaban al pelotón de fusilamiento e interrumpían su ejecución un segundo antes de gritar ¡fuego!

Fallaci relata minuciosamente cómo se distraía Panagoulis para reinventar las cuatro paredes de su celda: escribía poemas con sangre, intentaba resolver un viejo problema matemático de sus años universitarios, concebía nuevas y más ingeniosas ofensas para sus torturadores con el fin de desmayarse cuanto antes y no sentir todo el dolor que querían infligirle.

En el año de 1975, Panagoulis salió en libertad. Obtuvo inmunidad gracias a un cargo en el congreso, pero nunca dejó de habitar esa horrorosa prisión en su cabeza y no dejó de luchar para derrocar a la dictadura. Pese a las constantes amenazas, se negaba a tener escolta o a ir armado (decía que su pipa estaba lo suficientemente afilada para usarla cual cuchillo). Un año más tarde, iba caminando “libre” por la calle cuando el régimen al fin se deshizo de él con un fingido accidente automovilístico.

El día de hoy, en mi cumpleaños 29, pienso en Alekos Panagoulis. Mis padres tenían un perro alaska llamado Alekos que murió poco antes de que yo naciera y, casi en sustitución, me heredó el nombre en su versión castellanizada. Pienso en los 1500 días que pasó en aislamiento. Pienso en los 27 años de encierro de Nelson Mandela y los 12 años de José Mujica. Por mi parte, llevo menos de 20 días en cuarentena en una ciudad europea, con internet, alimentos, música, medicinas, una biblioteca fantástica a mi alcance, y ya me estoy volviendo loco, y noto cómo enloquecen todos a mi alrededor.
Tal vez nos falta una causa. O es verdad que pertenecemos a una generación débil. Los días ya no tienen sentido, los confinados habitamos la semana de colores de Elena Garro, en la que podían suceder tres domingos juntos o cuatro lunes seguidos. ¿A quién le importa el orden? Se supone que ya entró en vigor el horario de verano en España; el anuncio me sonó a una broma de mal gusto.

Me conecto otra vez a la red de neurosis. Además de Jeff Bezos (dueño de Amazon), parece que los grandes triunfadores de esta terrible tragedia son los filósofos de cuarta, que se pelean por quién presagiará con más tino la caída del sistema capitalista o la instauración de un nuevo régimen ultra-totalitario. Forrest Gump tiene coronavirus. En Madrid se habla de tomar por asalto los hospitales privados. Hay decenas de miles de doctores, enfermeros y camilleros contagiados. Todos tenemos síntomas de quién sabe qué bicho, no sabemos cuál, porque ya solamente hacen pruebas a personal sanitario, policías y famosos. Sólo nos queda preguntarnos cuánto tiempo faltará para volver a esa normalidad que antes aborrecíamos.

En mi caso, soñar se ha vuelto más importante que vivir. Al fin y al cabo, ¿de qué tratan mis días? Despertar, temer que el carraspeo matutino sea un síntoma, comer sin ganas, fumar con miedo, paralizarme ante el nuevo record de contagios y muertes, lavar mis manos, rendirle pleitesía al imperio del cloro, distraerme con entretenimientos cada vez más idiotas. Todo suena tan banal. La gente de las películas se abraza, se besa, prueba con el dedo el guiso del almuerzo, soplan las velas de un pastel, y uno siente ganas de refrenarlos: ¡Oigan! ¡Respeten la sana distancia! ¡Lávense las manos por al menos veinte segundos, tallen cada dedo hasta que salga espuma!

En mis sueños, en cambio, habito un pasado caricaturesco que en ocasiones me sorprende con una sonrisa al despertar. Esta sonrisa dura de uno a cinco minutos, hasta que veo las noticias y pierdo toda esperanza. Temo que mis sueños también se opaquen con la psicótica parafernalia de atender cotidianamente a una pandemia global.

La red nos mantiene alerta con su caudal de información, donde el amarillismo opinólogo calla los estudios científicos bien documentados. De cualquier forma, mi ansiedad no quiere saber nada de lo uno ni de lo otro, sino que anhela el pastelazo absurdo, el meme rotundo, el videíto chusco, lo que sea que me relaje por un instante durante esta pandemia que ha puesto en jaque imperios todopoderosos, y que, en última instancia, terminará jodiendo, como siempre, a los más pobres, los que no tenían nada aun antes del caos.

Me recuerda a una situación en la CDMX después del terremoto de 2017. En un parque de Taxqueña se organizó una fila para darle apoyos de renta a todos aquellos que hubieran perdido su casa con el sismo. Se presentaron decenas de miles, la gran mayoría gente en situación de calle que ni siquiera tenía un techo que perder.

Basta de dramas. Los confinados no quieren más derrota, injusticias ni temores, sino buenas noticias: Una viejita italiana de 95 años venció al coronavirus.  La letalidad en enfermos que rondan la edad de Panagoulis es prácticamente nula, entonces, ¿por qué no estamos allá afuera ayudando? Si te recuperas quedas inmune. Como no se hacen pruebas, se estima que no sólo el porcentaje de contagios, también el de recuperados debe ser diez veces lo que indican las cifras oficiales.

El problema es que los que nos curamos en casa no sabemos de qué fue: ¿resfriado común?, ¿influenza?, ¿AH1N1?, ¿Coronavirus clásico?, ¿coronavirus murciélago?, ¿otra enfermedad que se creía extinta?

En México —nunca conforme con una sola tragedia—, a la par que el coronavirus, surgió un inusitado brote de sarampión. Tengo un grupo de amigas que eligieron precisamente este momento para contraer paperas. Me pareció muy retro de su parte, como quien se aferró a la música disco en la epidemia del reggaetón.

Debe ser lindo conocer el nombre de tu enfermedad, sobre todo al superarla. Por primera vez en mucho tiempo, Yahoo respuestas no puede contestarme: ¿Cómo sé si me curé de coronavirus y no de otra cosa? Silencio. La respuesta no está allá afuera. Los medios audiovisuales tampoco tienen nada que ofrecer en este aspecto. Tal vez la respuesta esté en la literatura.

¿Será un buen momento para releer La montaña mágica? Lo que Thomas Mann te enseña en su novela sobre el sanatorio de tuberculosos es a resignarte a convivir naturalmente con la enfermedad. Si todos estamos enfermos, entonces ninguno lo está, solo es una nueva condición, hay que inventar nuevas dinámicas y aceptar que a partir de ahora seremos un poco más vulnerables.

Encuentro calma en la película Trono de sangre, adaptación de Kurosawa del Macbeth de Shakespeare, en particular en aquella escena en la que Lady Washizu se restriega las manos para borrar la sangre de su crimen. Y la sangre no se borra.
Esta película ya la vi, no me refiero a la historia shakesperiana, sino a la película de mi vida en cuarentena. Me resulta familiar porque la última novela que escribí trataba de un joven que pasaba un año entero encerrado en una habitación madrileña. La titulé Agenbite of inwit, frase que solía murmurar Joyce cuando alguien se lavaba las manos de culpa. Yo quería rendir homenaje a Oblómov —novela rusa de 500 páginas en la que el protagonista jamás sale de su habitación— y a la felicidad pascaliana —“la desgracia humana se debe a que nadie sabe quedarse tranquilo en una habitación”—, pero ni el ruso ni el francés tomaron en cuenta el factor cibernético, la herramienta más útil y desquiciante del nuevo milenio.

Es posible que los nombres de los días sí sean importantes y solo baste con ajustarlos un poco. En vez de astros y dioses romanos podríamos rebautizarlos con nuestros síntomas cotidianos: día de la flema ambigua, día de la tos desértica, día de la amígdala gorda, día del pulmón apachurrado.

Merkel lo anticipó desde un comienzo al afirmar que al menos un 70% de la población se contagiaría. Cuanto antes aceptemos esta enfermedad, más pronto aprenderemos a domesticar el miedo sin permitir que nos paralice. Aunque no siempre resulte positivo remover los síntomas sin curar las causas.

Recuerdo que en México pasó algo semejante con la guerra del narco. De pronto pasamos de 20 a 100 asesinatos diarios y nadie dejó de cantar Cielito lindo cada que el Chicharito anotaba un gol. En dos sexenios acumulamos casi tantos muertos como  la población de Islandia y nadie supo qué hacer.

A lo mejor lo único que nos queda es concentrar todas las energías en encontrar la cura. Ninguna idea es mala. Un amigo a la distancia (ese amigo jalifeano que todos tenemos) me cuenta que, según el virólogo de Harvard en Guerra Mundial Z, “a veces el aspecto más terrible de una enfermedad es también su punto débil”. ¿Y cuál es el aspecto más terrible del coronavirus? La tos. Entonces nuestro mejor escudo será fingir que tenemos mucha tos para que el virus se despiste y se vaya a otro lado.

Con esta necedad y todas las que rondan mi cabeza, descubro que el verdadero factor que debemos cuidar durante esta temporada de encierro es la cordura. Hay columnistas que insisten en que se debe preservar, ante todo, el sentido del humor. Como mexicano, me parece una estrategia creativa y simpática, pero inestable. La evasión puede ayudarte con una tediosa jornada de trabajo o una ruptura amorosa, pero poco aportará a tu serenidad en prolongadas guerras invisibles.

Hay quienes recomiendan distraerse con tramas detectivescas y conspiraciones concretas. El escritor Jesús Zomeño exhorta a la lectura de Sherlock Holmes, como un sistema cerrado para aferrarnos a una brújula narrativa coherente. Zlavoj Zizek recomienda las series policiacas escandinavas.

Yo me entretengo con actividades aún más absurdas y esperanzadoras. Ahora mismo estoy redactando futuras críticas literarias y cinematográficas de las posibles novelas y películas sobre el coronavirus que triunfarán en el 2022.

La película será el último papel de Tom Hanks antes de pasar al retiro. Toda su trayectoria se ha preparado, aislado en islas, naves, aeropuertos, barcos, para este rol, que además será un documental cuya producción ya debe haber comenzado. La dirige Steven Spielberg a través de un dron que ronda por el domicilio de la familia Hanks ahora mismo.

La novela la escribirá un autor de Madrid o Barcelona. Será un mosaico polifónico de cientos de voces estancadas en el abismo de la enfermedad, pero tendrá por protagonista a una enfermera de la clase baja que lucha incansablemente por salvar a un enfermo migrante sin tapabocas ni ventiladores.

Estos “futuribles” son lo más parecido a la esperanza que me queda. Además de mis tramas derivadas, la otra actividad que me evita la angustia mortuoria es una que quizá resulte perturbadora a primera vista: pensar en el suicidio.

Puedo garantizar que se trata de una actividad infalible para mejorar los ánimos en tiempos de pandemia. El libro de Camus que debería estar leyendo la gente no es La peste, sino El mito de Sísifo, o como mínimo, La caída. El confinado, sobre todo el ansioso y el hipocondriaco, encontrará entre sus páginas un remedio insólito para lidiar con el miedo a una muerte azarosa.

Adueñarse de la tragedia, poner la muerte a la merced de nuestra voluntad, paradójicamente, nos ayudará a sobrevivirla. Bien lo decía el filósofo rumano Emil Cioran, quien pasó todos los días de su vida imaginando su suicidio y tuvo una muerte sabia y serena a los 84 años: “Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado”.

Hasta aquí mis propuestas tras veinte días de encierro. No quiero imaginarme qué cosas me atreveré a pensar el próximo mes. ¿Qué diría Alekos Panagoulis? Tal vez sea cierto que pertenezco a una generación frágil; para bien o para mal, este es nuestro momento.


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.
Ilustración por Isabel del Valle

Conversación en el encierro

 

En mi departamento, tengo un pequeño balcón que da a una pequeña calle. Esa pequeña calle está en una pequeña zona agitada, junto a una enorme terminal de metro. Desde ahí, llevo dos semanas viendo la vida pasar. 

 

En ese tiempo, solo he salido de mi casa para comprar comida y solventar mi adicción al agua mineral y a los cacahuates enchilados. Todo mi trabajo se puede hacer a distancia, toda mi distancia no ha impedido que reciba un sueldo; y mi sueldo me permite vivir tranquilo y cómodo entre cacahuates y aguas minerales. 

 

La vida que veo pasar, claro, es sólo esa pequeña porción de vida que pasa bajo mi balcón. 

 

Los recogedores de basura que, al estar sentados sobre el camión, me miran a los ojos; el repartidor de gas que cree que no lo veo cuando orina en un bote escondido detrás de las bombonas; un cacomixtle que vive entre las grietas del edificio de enfrente y sale por las noches a masticar sobras humanas; las parejas que se pelean y se persiguen; los borrachos que tienen que sostenerse en una pared para no caer mientras luchan por entender las letras de un celular que quiere seguir bloqueado; los patrulleros como animales nocturnos con extraños colores y ruidos en territorios de caza incomprensibles; los mensajeros de comida que pudo ser lenta, pero que llegó rápido; uno que otro corredor (por supuesto, superior a todos); personas que pasean a perros en pijama; pijamas que pasean a personas no humanas; personas que pasean a perros en traje; personas que van apuradas a trabajar; otros que van comiendo rápido para que la boca del metro se los trague; personas que inundan mi balcón con olor a marihuana cuando pasan, fumando, despreocupadas por el ritmo casual de esta pequeña calle. 

 

Mi rutina cambió y con el cambio, caigo en la costumbre. Me olvido, poco a poco, del ritmo de la calle, de estar en el transporte público, de caminar tendido, de cargar una mochila, de la convivencia de oficina. Al mismo tiempo, me doy cuenta de que estoy detenido frente a la vida que pasa bajo mi balcón. Ese pequeño espacio de intrusión de mi departamento en el exterior, ese lugar que, como decía Mia Couto, es la parte de la casa que sueña con ser mundo. 

 

El filósofo Bifo conversa con nosotros, de lejos, con un texto: “Lo que provoca pánico es que el virus escapa a nuestro saber: no lo conoce la medicina, no lo conoce el sistema inmunitario. Y lo ignoto de repente detiene la máquina. Un virus semiótico en la psicósfera bloquea el funcionamiento abstracto de la economía, porque sustrae de ella los cuerpos.” 1

 

Desde mi balcón estoy en la calle, pero suspendido. La breve distancia me puede alejar esas sensaciones de ras de piso: el olor del asfalto, del mofle, del metro, de la calle, los perfumes que te atraviesan y se van, o el olor de los cigarros de pepino, firma invisible que los oficinistas dibujan en el aire para anunciar que se acabó la hora de comer. Puedo dejar de pensar en muchas interacciones y dejarme ir en esta nueva rutina como costumbre tranquila; pero no puedo dejar de pensar que la vida sigue y que soy yo el que está suspendido.

 

Frente a mi balcón hay tres cosas que nunca se detienen. 

 

A la izquierda, casi al principio de la calle, está un centro de reunión de doble AA. Ahí, jóvenes y adultos, se juntan todos los días de la semana para hacer ejercicio, bailar con una extraña euforia de sobriedad, convivir con familiares, preparar de comer, lavar los platos, hablar mucho y fumar más. 

 

En el medio de la calle, hay un estacionamiento privado para los oficinistas que trabajan en el rumbo. Don Rodolfo es el encargado bonachón, verdadero dueño de la cuadra, que conoce a todos, acomoda los coches, habla por celular y, si regresa alguien muy temprano a casa, lo amonesta con extraña competencia: “¿Qué? ¿A poco tan rápido ya estuvo?” 

 

A la derecha, finalmente, hay una construcción. Tres torres de condominios entre dos enormes avenidas, junto a una terminal de metro, en un lugar en donde ya no caben más coches. Tres torres de condominios de lujo que tendrán un automóvil o dos por departamento. Un infierno en potencia que se eleva, sin concesiones, todos los días, un poco más. Entre menos sol llega a mi balcón, más me doy cuenta de lo inevitable: ese cielo, claro, también está vendido. 

 

Estas tres actividades no paran. Yo trabajo en casa y ellos trabajan, frente a mi balcón, fuera de casa. 

 

Las reuniones de los alcohólicos no pueden detenerse. El riesgo está calculado: la distancia aquí resulta más peligrosa que el contacto. El estacionamiento no cierra a pesar de que son las nueve de la mañana -eso que antes llamábamos hora pico- y Don Rodolfo barre un cuadrado de cemento vacío, sin propósito, cancha de frontón distópica que extraña el peso de las llantas. La construcción no para a pesar de las advertencias gubernamentales y la importante diferencia entre lo que es y no es esencial. Supongo que los trabajadores de la construcción no tienen un contrato, que les pagan en efectivo, que están construyendo un espacio de lujo que los niega; y supongo que para todos los involucrados, los que sobreviven y los que se enriquecen, estar levantando esta conquista del cielo es, en efecto, esencial.

 

Desde mi balcón soy testigo de una extraña, pero habitual, confianza, de cierta bravuconería: personas que no creen que el coronavirus sea real, otras que saben que no es muy letal y pues la vida es un riesgo, las que se han controlado la diabetes que ni se siente con un refresquito diario, los que, envalentonados, frente a un posible riesgo y las órdenes de una autoridad difusa, se burlan de las precauciones, desprecian a los precavidos. La vida se entrega a manos juntas o se pierde, nada de andarse chiquiteando.  

 

“Por primera vez, la crisis no proviene de factores financieros y ni siquiera de factores estrictamente económicos, del juego de la oferta y la demanda. La crisis proviene del cuerpo.”2

 

Desde aquí sé que una distancia evidente me separa de los alcohólicos, de Don Rodolfo, del obrero que veo, minúsculo, flotando y cincelando el cielo. No puedo culpar a nadie por no estar en casa, por estar trabajando frente a mi casa, mientras puedo seguir observando la vida pasar desde el balcón. No puedo culpar a nadie y no es una cuestión de comunicación. 

 

Parar, por supuesto, es un privilegio.  

 

La pandemia se toma como política hasta que se convierte en algo real. Al principio, siempre parece ser una forma de canalizar un racismo apenas escondido frente al origen (todos hablan de esa culpa falaz de los chinos por comer una sopa de murciélago aunque, como dijo Bifo y Burroughs, todo virus siempre es extranjero); de culpar al gobierno en turno de toda ineptitud mal comprendida; de vender posturas de oposición en materia de salud pública, de economía, de prevención; una forma de darle poder al poder acusándolo de maquiavélicas mentiras y manipulaciones. Después, cuando la realidad se instala, parece que la política comienza a esfumarse. ¿De qué sirven las opiniones de pasillo cuando la muerte deja de ser teórica, estadística, filosófica y se planta como evidencia? 3

 

“Resignémonos. De repente, esta parece una consigna ultrasubversiva. Basta con la agitación inútil que debería mejorar y en cambio solo produce un empeoramiento de la calidad de la vida. Literalmente: no hay nada más que hacer. Entonces no lo hagamos.”4

 

Las redes sociales, de pronto desamparadas de contenido, se han convertido en un caparazón vacío. Estos monumentos discursivos al ego, a la construcción de un ethos, a la configuración de una imagen digital, se quedan de pronto huecos cuando la vida de todos se estanca. Nadie es excepcional en calzones. Un mundo de gente en pijama es un mundo sin aspiraciones de lujo o venta de experiencias irrealizables. ¿No le sobra una monedita para un pobre influencer sin trabajo?

 

Desde mi balcón pienso que la calle sería un lugar menos hacinado si muchos trabajaran desde casa. 

 

“La nada se traga una cosa tras otra, pero mientras tanto la ansiedad de mantener unido el mundo que mantenía unido al mundo se ha disuelto. No hay pánico, no hay miedo, sino silencio. Rebelarse se ha revelado inútil, así que detengámonos.”5

 

Tal vez esta sí sea una revolución silenciosa, inesperada, que deseábamos sin conocer su sencilla forma de inmovilidad: podemos “imaginar lo posible, ahora que lo impredecible ha desgarrado el lienzo de lo inevitable.” 

 

Este grado mínimo de separación en la imagen de mi balcón me hace pensar que la inmovilidad puede convertirse, en efecto, en una fuerza revolucionaria. La suspensión delimita nuevas definiciones de lo que son las actividades esenciales. Porque no se trata de algo intransitivo (¿lo esencial para quién? ¿Lo esencial para qué?). La suspensión convierte al tiempo en un privilegio: pensar a largo plazo es más evidente cuando no se vive al día. La suspensión calla las aspiraciones de las redes sociales y vuelve ridículo el constante combate de nuestros egos. La suspensión, finalmente, convierte a los políticos en títeres de lo real: ellos sobran cuando los científicos faltan. 

 

Bifo tiene una idea interesante. Tal vez, la suspensión es una revolución de la resignación, de la pasividad, frente a un mundo que, a pesar de su estancamiento, no se detiene. 

 

“La revolución ya no era pensable, porque la subjetividad está confusa, deprimida, convulsiva, y el cerebro político no tiene ya ningún control sobre la realidad. Y he aquí entonces una revolución sin subjetividad, puramente implosiva, una revuelta de la pasividad, de la resignación”6

 

En este ritmo lento del encierro, la vida sigue allá afuera, en otra parte. Y, desde mi balcón, pienso que, aunque nada cambie, algo de esta experiencia, como yo, se mantendrá suspendida. Ahí está la sospecha de otra cosa, un perfume de novedad en el aire, una incomodidad pasajera que te dice que, aunque todo quede igual, todo ya es diferente. 


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.

Virus poesía. Tendencia suicida. Hospital saturación y una fotocopiadora que hace mucho es solo un adorno de oficina. Se acabó la tinta negra. Se clausuraron los slams en la suavicrema. Llegó la policía a todas las fiestas del mundo menos una. 

Yo sabía poco sobre el escritor en cuestión, era unx iniciadx en ciernes. Sabía que era queretano, que había escrito por lo menos tres obras esquizofrénicas (aunque una bien podría ser un libro para niños), que había muerto en 2012 y que hoy era su cumpleaños. En la sala de M.S. Yániz, sede de la Sociedad de Lectores Independientes, comenzaron a llegar asistentes a la fiesta.

Recordar la celebración ahora es recordar un mundo diferente. Podía salir de casa, me tomé una cerveza o dos en un bar sobre avenida Cuauhtémoc, caminé hacia la Doctores, sin conocer a nadie, sin conocer la calle. La nostalgia de la exploración.

Había whisky de cortesía para las primeras personas en llegar, botones conmemorativos del cumpleañero, fotocopias de poemas y un ambiente que, sin caer en lo solemne, daba pistas de lo que Gerardo Arana significaba para cada quien.

Estaban quienes lo conocían, porque habían vivido en Querétaro cuando él vivió en Querétaro, porque conocían a algún amigo suyo y se lo habían encontrado en alguna fiesta o en la calle, o en la barbería. Y estaban quienes lo conocían porque lo habían encontrado en internet, todavía demasiado jóvenes, y lo admiraron con el misterio que supone conocer a alguien a través de una pantalla.

 

Ilustración de Luis Ham

Ilustración de Luis Ham

 

 

Gerardo Arana nació en 1987 en Querétaro. Su obra, repartida en oscuros blogs y libros inconseguibles de editoriales independientes, auguraba ya una escritura de culto. Al día de la fiesta cumpliría 33 años, 8 de los cuales llevaba ya viviendo en otra tierra (dicen que Comala). “Gerardo Arana, mítico-mago-escritor, quizá sea el héroe de una generación, la de los chicos adoctrinados por Wikipedia y los ecos de Ian Curtis. ‘Todos podemos ser escritores’”, dice Guillermo Hidalgo. Cuando la gente habla de sus libros, se intuye el aura benjaminiana que supondría tener una copia. Nada de producciones en masa. Esta es de las plaquettes que salieron en 2011. Esta es su sangre.

Cómo ansiamos a la literatura de culto, que nos pongan el libro de un autor muerto en su juventud en las manos para que podamos sentir algo. Pero una minoría de los asistentes se oponían a la romantización del queretano. Si nos enamoramos de un libro porque tocó las manos del poeta, ¿qué pasa con las manos de aquellas personas que tocaron al poeta? Nadie quiere que romanticen a su amigo, nadie quiere terminar en un museo. 

 

El doctor Hoffman de La máquina de hacer pájaros vive entre la genialidad y la locura, como alguien que vio demasiada televisión. El libro plantea, en el primer capítulo, una invención que arroja un cuento a partir de los objetos que se pongan dentro de la máquina. Leerlo es como pasar los canales de televisión, como las ocho de la mañana con cereal y las caricaturas al otro lado de la cocina. Pasamos de trama en trama infatigablemente, con personajes que se sienten familiares a pesar de no haberlos conocido nunca. Nunca queda claro si el doctor Hoffman, capitán de tan inventiva empresa, sabía exactamente lo que estaba haciendo. El libro lo muestra decepcionado con el invento, pero esa podría ser una máscara, un detalle para darle más sentido a la trama. Televisión trauma. Taladro taquicardia. 

 

Porque crecimos con la televisión, incluso si ahora en nuestra sala quedan solo mesas, ni siquiera un sillón. Crecimos con las pantallas y en las pantallas aprendimos a leer.

Leí a Gerardo Arana primero en libro, luego me estremecí con Gerardo Arana en pantalla. Llegó un día a la sala de redacción una re-edición de Bulgaria-Mexicali, proyecto en que se combina “La suave patria” de Velarde con “Septiembre” de Geo Milev, poeta búlgaro. Un libro triste. No sé si todavía se lea a Ramón López Velarde fuera de las clases universitarias de Literatura Mexicana.

No sé si a la gente le guste la Suave Patria. Bulgaria-Mexicali apuesta por la reescritura, por el remix. Un escritor puede ser un DJ, pero jamás un DJ de los que dan conciertos de año nuevo en Tulum. Un escritor puede ser un DJ pero tendrá que serlo como Harry en Requiem por un sueño. Un libro tristísimo sobre la muerte del hijo del poeta Javier Sicilia.

Ya luego conseguí el PDF de Meth Z, obra en principio similar a La máquina de hacer pájaros, si esta hubiera desarrollado una adicción fuerte a la piedra y hubiera asaltado un puesto de ropa retro del Chopo. Meth Z es un libro que se resiste a la lectura y a la categorización, aunque esto también es una mentira. El mismo libro incita a la lectura y hace referencias a sí mismo como un libro de cuentos, en algunos capítulos, y como novela, de forma más vaga, en otros.

Publicado finalmente por Tierra Adentro bajo el paratexto de “novela”, se divide en dos partes que tienen como rasgo en común a Pegaso Zorokin, mago, escritor, drogadicto y diseñador de drogas (“pociones”). La primera parte del libro sigue casi la misma estructura que La máquina de hacer pájaros, solo que en vez de una máquina es Pegaso quien reescribe incansablemente el primer capítulo de su novela. Para el momento de la fiesta, yo solo había terminado la primera parte, el archivo PDF seguía abierto en mi computadora esperando a mis ojos para desgastarlos con su polifonía, con su luz blanca a las tres de la mañana. 

Me doy cuenta que tengo a un Pegaso Zorokin agregado como amigo en Facebook; así se presenta en sus lecturas, así lo conocía yo antes de conocer a Arana, y entonces me doy cuenta también de que la influencia de Arana, como la de un árbol que habla con otros árboles en el subsuelo del bosque, podrá estar oculta pero es real y de ella nacen flores.

 

Ilustración de Luis Ham

Ilustración de Luis Ham

 

 

Después de las lecturas, la sala del departamento de Yániz en la Doctores se volvió fiesta. El pretexto de Arana había funcionado y ahora cada quién era libre de entablar conversación, propiciada por el alcohol y la literatura, en una de esas terribles tertulias que ya casi no ocurren.

Discutimos, bailamos y recitamos poesía. Hablamos del rumbo de la literatura. Fuimos el lugar común del paradigma literario joven latinoamericano y nos sentimos bien siéndolo. No intuíamos el desenlace, las semanas venideras, el hastío al que nos llevaría una insospechada pero inminente cuarentena. Muy pronto estaríamos saltando de nodo a nodo en Wikipedia.

 

Una vez instaurado el home office, comprada la silla de oficina, organizada la mesa que usaría como centro de trabajo desde casa, terminé de leer Meth Z.

Como era de esperarse, Pegaso habla sobre el fin del mundo en uno de los últimos capítulos. “Creo que es importante que consideren que si esto sale mal el presente corre el riesgo de volverse una eternidad […] Si el mundo no se acaba nada tiene sentido.” Arana y el aceleracionismo, temazo de tesis.

Algo así te hace sentir Gerardo Arana; sus libros, conspiranoicos por naturaleza, se sienten como cuando el chico de pelo rizado en la fiesta te comienza a hablar sobre el control inherente que tiene la familia Rothschild sobre las decisiones económicas y culturales del mundo. Y no sabes qué haces ahí, cómo terminaste en la Doctores a las dos de la mañana, cómo se llama esta persona frente a ti que sabe tanto de algo imposible de comprobar. De una máquina que al final genera poemas. De las maldiciones del FONCA. De cómo controlar tus sueños para vandalizar edificios de gobierno. No puedes dejar de escuchar, no hay forma de saber hasta dónde llegará todo. 

 

 

Neónida-portada

 

 

El final melodramático de esta crónica/ensayo/texto/reflexión citaría a Arana en Meth Z: “Si he llegado hasta este punto, al lugar donde cuento mi historia, donde se me permite contar una historia y decir que esa historia es mía, lo único que busco es la certeza de que no cambie nada al vivirla y al contarla. Esa es mi única forma de saber que yo y ustedes fuimos felices. Entonces me sentiré bien. ¿Nos sentimos bien, verdad?” Y yo diría, “Nos sentimos bien, Pegaso. Nos sentimos bien, Gerardo. Son días pesados pero nos sentimos bien”.

 

El final utilitario te incitaría a ti a buscar el rastro digital de Arana en la interminable ruta del internet. Haz clic de nodo a nodo. Salta en el tiempo. Encuentra cada texto que puedas encontrar.

 

No es necesario elegir entre uno y otro final. Es posible, además, agregar un final diferente. Pero el final es importante. Termina (para mí) la fiesta, regreso a casa tarde, estoy cansadx. Tengo que escribir una crónica sobre la fiesta de un escritor que no conocí. Tengo que escribir la crónica de un escritor que encontré entre los papeles de la oficina. El mundo acabará en unas semanas. Jamás le mandé un mensaje al Pegaso Zorokin de mi Facebook para confirmar su versión de los hechos. Se me acaba el texto. Me gustaría imprimir mi PDF de Meth Z y pegarlo en las ventanas de mi cuarto, pero no tengo impresora. 

 


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

 

Graham Greene (1904-1991) es el culpable de mi obsesión por viajar a lugares poco narrados para cartografiar los espacios desde la experiencia más íntima.

El primer libro que leí del novelista inglés fue Journey without maps (Viaje sin mapas, 1936) sobre su expedición a una región inhóspita de Liberia que aún no había sido cartografiada. El autor estuvo después en Cuba, Vietnam, Haití, Paraguay, Argentina, Sierra Leone y México, entre otros países. En cada uno de esos lugares escribió libros de viajes de corte periodístico, con observaciones sobre los espacios, su experiencia y la historia del lugar entremezclada.

Pero Greene es uno de esos raros autores que saben cómo balancear la separación y hermandad entre la ficción y la no-ficción en su obra. Sus cuadernos de notas nutrían también a su producción novelística, aunque ésta, frecuentemente, no se enfocaba necesariamente en los espacios, sino en dramas íntimos de seres humanos y la forma en que el contexto en el que habitan —esos mismos lugares que Greene visitó— les afecta.

Lo que el escritor inglés veía de lejos en sus viajes lo exploraba de adentro hacia afuera en las entrañas de los personajes de sus novelas. Mientras que sus libros de viaje ofrecen imágenes lejanas y muchas veces mediadas por juicios adversos que la tiñen, sus novelas pulen lentamente y a fuerza de insistencia el diamante del carácter contradictorio de los personajes.

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Graham Greene viajó a México por primera vez en 1938 a sus treinta y cuatro años. Lo precedieron otros dos grandes escritores ingleses del siglo XX, D. H. Lawrence y Malcolm Lowry, que también escribieron novelas (La serpiente emplumada y Bajo el Volcán) basadas en su estancia en el país que imaginaban a la vez lleno de un aire místico indígena y saqueado por convulsiones políticas y la siempre presente corrupción.

Ya para 1938, Greene había publicado siete libros y había sido el subdirector de edición del Times de Londres. Vivía en parte de escribir reseñas de libros y de películas para distintas revistas. En 1937 escribió una reseña particularmente ácida sobre la nueva película Wee Willie Winkie de John Ford protagonizada por Shirley Temple quien apenas tenía nueve años.

En la reseña, Greene denunciaba el subtexto sexual de cómo representaban a la niña en la película y decía que era popular porque sus admiradores eran básicamente viejos rabo verde y clérigos que respondían a su “dudosa coquetería, a la imagen de su pequeño cuerpo deseable bien formado sólo porque la historia y el diálogo funcionan como una cortina de seguridad entre su inteligencia y su deseo”.

En 1938, los agentes de la actriz Shirley Temple y Twentieth Century Fox demandaron a Greene por difamación. Para escapar del complejo caso que lo perseguía y que llegó a la corte, Greene decidió aceptar ser corresponsal para un periódico y viajó al sur de México para reportar sobre la persecución del clero y los católicos en Tabasco y Chiapas.

El novelista inglés estuvo en Tabasco y Chiapas durante los meses de marzo y abril de 1938. Queda claro que a Greene no le gustó lo que vio de México y eso lo consignó en Caminos sin ley (The Lawless Roads, 1939), su libro de viajes por el país.

Por ejemplo, luego de describir una pelea de gallos, concluye: “todo este énfasis falso agregado… ¿por qué ponerse sombreros enormes y pantalones ajustados y hacer tocar a una banda? Creo que ese día empecé a odiar a los mexicanos.” Y más adelante dice: “Odiaba a México, pero en ciertos momentos me parecía que había lugares peores”.

En su camino a Chiapas, el autor pierde su único par de anteojos y por el resto del viaje tiene que vivir con “fatiga visual”, y dice que esa es quizás “una de las causas de mi depresión creciente, el odio casi patológico que empecé a sentir hacia México”.

Pero es precisamente a partir de este hartazgo, frustración y falta de claridad que Greene logra armar sus mejores escenarios, como los que acabarán formando parte de El poder y la gloria (The Power and the Glory, 1940), la novela que cobra vida a partir de las notas y personas que Greene conoce en Caminos sin ley.

Pese a ello, El poder y la gloria no es ni una novela histórica ni política y por lo tanto no envejece como aquellas que sí dependen de su contexto. Ahí yace la riqueza de la pluma de Greene: sus novelas no indagan lo mismo que su obra de no ficción ni le dan color y personalidad a lo histórico. Más bien, se trata de obras que usan el espacio como escenario para representar pasiones universales del hombre, pero situadas en un contexto que las lleva al extremo. El poder y la fe se enfrentan lejos del escenario épico de la historia de México y se ven la cara en un espacio íntimo, frecuentemente oscuro e incierto.

Greene no quería necesariamente documentar la persecución religiosa en contra la iglesia católica que había tenido su clímax diez años atrás en la Guerra Cristera (de 1927 hasta 1929) librada en Guadalajara y Guanajuato, al noroeste de la Ciudad de México y en algunos estados más, entre el ejército y campesinos católicos que se habían alzado en armas ante las medidas anticlericales del estado. Greene llegó diez años después a México y le tocó reportar sobre la represión contra los sacerdotes en Tabasco que era entonces uno de los estados más pobres y deshabitados del país, de caluroso clima tropical, lluvias torrenciales, ríos caudalosos, pantanos y selvas todavía vírgenes. En toda su obra, Greene seduce al lector en su forma de registrar lugares y maneras de ser de países y regiones donde sorprende que solamente haya estado de paso y no regresa nunca: logra asirlos como propios y transmitir el ambiente con mucha precisión.

Todo cronista debería aspirar a esa mirada aguda del Greene novelista describiendo la lluvia: “La lluvia caía perpendicular, con una especie de mesurada intensidad, como quien clava la tapa de un ataúd. Pero el aire no se había despejado; el sudor y la lluvia empapaban las ropas.”

En su estancia en Tabasco, Greene encontró un personaje muy novelesco y lleno de contradicciones: el gobernador Tomás Garrido Canabal (1891-1943) quien gobernó el estado hasta 1935. Garrido Canabal era un socialista anticlerical que ordenó desde 1925 que todos los sacerdotes debían casarse.

Despreciaba lo que él percibía que era la corrupción e hipocresía de la religión organizada y por ello clausuró todas las iglesias, hizo quemar las imágenes de santos, quitó las cruces de las tumbas de los cementerios e hizo desaparecer la imaginería religiosa, sustituyó las festividades católicas por las agrícolas y las ganaderas y hasta prohibió que se usara la palabra “adiós” para saludarse y mandó que se usara “salud”.

En su mandato, Garrido Canabal fue responsable de ejecutar a la mayoría de los sacerdotes del estado y de que los pocos que quedaban se escondieran o se casaran. Durante su segundo periodo como gobernador, creó “Las camisas rojas” que era una milicia privada de jóvenes que lo ayudaban a mantener sus radicales políticas anticlericales. Tenía un hijo llamado Lenin y a su hija le puso Zoila Libertad.

En contraste a todo esto, el gobernador fue activista de los derechos de las mujeres y le dio el derecho al voto a las mujeres en Tabasco en 1934, siendo el segundo estado del país en hacerlo. Garrido Canabal es una paradoja encarnada: una persona tanto irracional como progresista, dogmática y viciosa y por lo tanto difícil de encarcelar en un estereotipo. Ese tipo de personajes le atraían a Greene y por ello su personaje del teniente en El poder y la gloria está basado en el insólito gobernador.

Más allá del contexto histórico, lo central en El poder y la gloria es la lucha entre la fe y el poder y cómo llegan a convertirse en orgullo y decadencia. Y esta es una problemática que ochenta años después sigue tan vigente como nunca, aunque quizás ahora los protagonistas no operan bajo la misma careta que los poderosos de entonces.

El personaje central de la novela (y con quien el lector siente empatía dada la focalización) es el “padre whisky” (the whisky priest), que aparece como el último sacerdote que aún se oculta en un estado (sin nombre) del sureste mexicano. El padre recorre la selva, el valle y los montes en mula y a pie, huyendo de los soldados de la milicia del gobernador que lo persiguen por ser sacerdote.

Pero el personaje es complejo y no es un simple mártir a quien persiguen por su religión, dispuesto a morir por sus ideales. Se trata de un hombre acorralado por el pecado, alcohólico, infiel a sus votos de castidad, egocéntrico y es inclusive el padre sacrílego de una niña. El sacerdote huye de dos persecuciones: la de su propia alma atormentada y la de quienes lo buscan para asesinarlo por desafiar la ley.

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El poder y la gloria es una novela de aventuras llena de persecuciones y de tortuosas reflexiones sobre el comportamiento humano. Tanto el padre como el teniente son personajes llenos de contradicciones y ninguno funge como el héroe o la víctima. Mientras el sacerdote rural huye de pueblo en pueblo, se encuentra con diferentes momentos de su pasado que lo enfrentan con las consecuencias de sus actos.

Por ejemplo, llega a ocultarse en el lugar donde tenía su parroquia y se encuentra con la mujer con la que tuvo un hijo, a la que sólo llega a pedirle más vino que tomar. Antes de irse, conoce a su hija que ha crecido sin padre y en la pobreza y abandono, asunto que atormentará al sacerdote hasta el final. Todos estos sucesos lo van acorralando y cada vez parece tener menos energía para huir de la justicia y para encontrar su siguiente trago ilegal: “Era un mal sacerdote, lo sabía: un ‘padre whisky’, apodo puesto a los de su clase; pero sus culpas caían fuera de la vista y del entendimiento, en algún lugar donde acumulaba en secreto: el vertedero de sus caídas. Alguna vez, suponía él, llegarían a taponar la fuente de la gracia”.

El teniente que está cazando al “traidor a la república” tiene su propia lucha interna pero se siente orgulloso de su tarea y cómo había logrado con su labor cambiar el paisaje de su estado:

“el campo de deportes, de cemento, sobre el altozano próximo al cementerio, donde los columpios de hierro se alzaban como patíbulo a la luz de la luna, ocupaba el antiguo emplazamiento de la catedral. Las nuevas generaciones tendrían nuevos recuerdos: nada volvería a ser como era…. Se enfurecía al pensar que hubiera todavía gente que creyera en un Dios amante y misericordioso. Existen místicos que dicen estar en comunicación directa con Dios. Él era un místico también, y cuanto había experimentado era el vacío, la certeza absoluta de la existencia de un mundo que muere y se enfría, con seres humanos que evolucionaron desde animales sin objeto ni razón ninguno. Lo sabía”.

El teniente a ratos parece ser más lo que debiera un sacerdote, un hombre consciente y preocupado por su comunidad, a quien lo impulsa sobre todo su misión; el padre parece ser más un criminal borracho que sólo se preocupa por sí mismo y su miedo a morir fusilado.

Como católico converso y que tiene en cuenta el valor de su propia fe, Greene deja explícito un mensaje que va labrando a lo largo de la novela: por más bajo que haya caído y aunque sus pecados sean muchos, el padre no deja nunca de ser sacerdote y puede hasta el final arrepentirse. Gran parte de la novela se juega en el debate interno del padre que lucha por ser más valiente de lo que es y se arrepiente de su vida.

Ochenta años después, El poder y la gloria narra una historia que mantiene al lector en vilo, llena de ironía (muy oscura, necesariamente inglesa) y de peripecias. Greene arma la historia de tal forma que las trayectorias de los personajes casi se cruzan pero mantiene la tensión hasta el final de la trama. Una de las virtudes más grandes de la novela es que funciona tanto para los lectores que buscan una obra con profundidad psicológica como para aquellos que buscan acción e intensidad.

No es fácil lograr ambas, pero Greene lo logró en su obra maestra que ochenta años después sigue siendo la cartografía íntima de las pasiones humanas. Así como Greene cartografió territorios geográficos no mapeados, también logró cartografiar con sus novelas lo que nos mueve como seres humanos comunes y corrientes.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Fotos de Diego Olavarría.
Fotos de Diego Olavarría.

I. País Vasco, 6 de marzo 2020

Hombre y mujer que no paran de toser. Yo en la fila cuatro del autobús. Ellos en la uno. Habían subido al bus en Miranda del Ebro, y el sonido de sus pulmones era preocupante: un carraspeo áspero, de perro viejo. Él –unos setenta años, cara roja, envuelto en una gran chamarra– se sacudía con cada ataque de tos, que le daban como por intervalos: pasaba tres o cuatro minutos en silencio y, de pronto, una explosión: caghhhcajjjjcajjj caghhhcajjjjcajjj. Sus erupciones duraban treinta o cuarenta segundos, tiempo suficiente para diseminar material viral por todo el autobús.

(Yo imaginaba cada tosido como una suerte de pirotecnia viral: un estallido que subía al cielo y se reventaba en millones de partículas salivares que luego caían lentamente, como las luces de una bengala, sobre el resto de los pasajeros.)

¿Exageraba? Probablemente. España, país de 49 millones de habitantes, tenía poco más dos mil casos confirmados de Covid-19. O sea, un caso por cada 20 mil personas. ¿Cuáles eran las posibilidades de que estos señores fueran vectores de infección? Casi las mismas de pegarle a un premio de la lotería de Navidad. Decidí ser razonable: no me cambié de asiento.


2. Burgos, febrero 2020

Burgos, la más fría de las ciudades de España, está perchada en un altiplano que en invierno es casi una tundra. Me gustan sus portales, su río glacial, sus sauces, su cielo de nubes grises y sol, sus quesos maduros de oveja. Es un sitio poblado en su mayoría por viejos que toman el cafecito de mañana en locales que no han sido remozados desde el franquismo. Esos viejos –sobre todo las viejas– visten abrigos de pieles de visón y zorro, testamentos de tiempos en los que el invierno era más frío que ahora.

A inicios de marzo, esta debe ser una de las ciudades más pálidas de Europa: en pocos sitios he visto personas más blanquecinas, pieles más necesitadas de sol que en el Burgos de finales de invierno. Aún así, siempre he notado que los burgaleses prefieren caminar por la sombra que por el sol, prefieren el lado oscuro del café que el luminoso. Entre las catedrales góticas y la nieve, Burgos me parece el sitio perfecto para una novela de vampiros. Como una suerte de tributo al vampiro que llevan dentro, el platillo predilecto de los burgaleses es la morcilla: un embutido que se fabrica con sangre cocinada, especias y arroz, perfecto para calmar el apetito de un Drácula con frío

En los días previos al Estado de Emergencia, todo era normalidad: podías tomarte un vermú en la Vermutería Victoria, comerte unos huevos rotos con pimentón en El Morito, algunos optimistas incluso preparaban ya la primaveral sangría.

Conforme las cifras de infectados crecían en España, llegué a tocar el tema con algunos locales. Acostumbrados a vivir en los márgenes, en una provincia a la que todo llega tarde, me respondían con alguna variante del: “Nada, aquí no está pasando nada. Está todo normal. Despreocúpate.”


Fotos de Diego Olavarría.

Fotos de Diego Olavarría.

II. BIO-STR, 7 de marzo, 2020

El 7 de marzo volé de Bilbao a Stuttgart, Alemania. En la fila frente a la mía viajaban mamá, papá y dos hijos –creo que eran del sur de Asia— todos con cubrebocas. Los miré con un poco de condescendencia: me pareció que su psicosis importada era digna de cierta ternura.

Tres horas más tarde, antes de bajar del avión, los volví a analizar: el paterfamilia llevaba lentes que no eran de leer sino de protección, la madre cargaba un paquete de toallitas de cloro, los niños calzaban guantes.

“Pinches locos, ni que estuviéramos en el mercado de mariscos de Hubei,” pensé.

Unas horas más tarde llegaría a casa de mi novia, G., en Tübingen, al sur de Stuttgart. Por la noche, echados en la cama, leyendo noticias, una nota en el diario El País llamaría mi atención. La nota relataba que la guardia civil española había puesto en cuarentena un pequeño pueblo. Todo parecía indicar que muchos de los habitantes habían acudido a un funeral y, ahí, más de sesenta personas se habían infectado de Covid-19. Era, hasta el momento, el núcleo de contagio más grande del España.

La localidad en cuarentena se llamaba, se llama, Haro. Revisé un mapa y descubrí: Haro es un suburbio de Miranda del Duero, provincia de Burgos. El hombre y la mujer que tosían se subieron al autobús en esa ciudad. La tierra de los vampiros había sido tocada por el beso del murciélago.

Me acordé de la familia del avión, los asiáticos.

Yo creía saber algo que ellos no.

En realidad, ellos sabían algo que yo no.

Dejaron de ser turistas hipocondriacos y se convirtieron en algo más ominoso: ángeles providenciales que, con cubrebocas y guantes, cruzaban el cielo europeo con noticias de una desgracia inminente.


 

IV. 1 de marzo, 2019

El 1 de marzo de 2019, mi novia y yo decidimos pasar un fin de semana en el norte de Italia. Fue una vacación improvisada y, en retrospectiva, creo que solo fuimos porque conseguimos los vuelos a un precio de ganga. Nuestra misión en Milán era banal: tomar un poco de sol, visitar la plaza donde colgaron a Mussolini, comer helado de pistache. Pero en nuestra segunda jornada, mientras paseábamos por el Lago Como, alguien se trepó al balcón del AirBnb en el que nos hospedábamos, reventó las cerraduras de las puertas, y entró al apartamento. Fue así como me robaron mi computadora, el pasaporte de G., e incluso mi chamarra favorita. La computadora no tenía respaldo y perdí meses de avance en un proyecto de trabajo. Fue una experiencia de trauma y horror.

Desde entonces, el norte de Italia ha sido para mí un sitio maldito. Bérgamo, Milán y el Lago Como son nombres que me producen repudio y flashbacks traumáticos.

El 22 de febrero de 2020, a un año del fatídico viaje, la Lombarda volvía a sonar en mi vida: era el epicentro del brote de Covid-19 en Europa.

Cuando la noticia irrumpió, llamé a G. desde España. Lo único que separaba la Lombarda de los valles alemanes era la cordillera de los Alpes. En otras palabras: era cuestión de días para que el Covid llegara a Tübingen. Le sugerí que fuera al supermercado en busca de gel desinfectante y toallitas.

No creo que haga falta comprar mucho, finalmente estás en Alemania y los alemanes deben ser más razonables y ordenados que en otros países”.

*

Tres días después, cuando el virus llegó a Tübingen –en el torrente de un médico universitario, nada menos– los alemanes se lanzaron en blitzkrieg contra los supermercados: arrasaron con el papel de baño, con los antisépticos, con los paquetes de espagueti, con el Bircher Müsli, con los tomates enlatados.

A pesar de que Tübingen se halla a menos de 100 kilómetros del Lago de Constanza, uno de los cuerpos de agua dulce más grandes y limpios de Europa, arrasaron también con el agua embotellada. Como langostas egipcias ante espigas de trigo y sorgo, los consumidores alemanes dejaban a su paso anaqueles vacíos, caos y confusión.


Fotos de Diego Olavarría.

Fotos de Diego Olavarría.

4. #ItsCoronaTime

El 9 de marzo, el gobierno alemán intentaba convencer al mundo de que las cosas estaban “bajo control”. Angela Merkel aseguraba que las fronteras de Alemania permanecerían abiertas y que la pandemia no era más que un catarro que todos debían enfrentar –de preferencia infectándose y generando anticuerpos.

En España e Italia, la cifra de muertos crecía. Los hospitales estaban llenos, los sistemas sanitarios se acercaban al colapso. Pero en Alemania se contaban, apenas, un par de muertos por el COVID-19. Nada de qué preocuparse, insistía Merkel.

Durante estos días de normalidad incierta, pasaba los ratos de aburrimiento ojeando videos de la red social TikTok. Ahí, gracias al hashtag #ItsCoronaTime descubrí que el papel de baño, el espagueti y la harina de una nación yacía en los sótanos de las casas de clase media de suburbios con nombres como Sindelfingen y Derendingen: ahí, adolescentes –y uno que otro adulto de dudoso criterio– se filmaban bailando frente a torres de papel de baño y paquetes de pasta suficientes para abastecer una trattoria.

Fotos de Diego Olavarría.

Fotos de Diego Olavarría.

5. Austria

Vale la pena relatarlo para recordar que hace poco vivíamos otros tiempos.

Habíamos planeado un fin de semana en Salzburgo, Austria: queríamos subir a las montañas, ver un lago, pasar la tarde en un museo. Para ello, habíamos reservado dos noches de hotel. Pero la fecha del viaje se acercaba, y quedaba cada vez más claro que era mala idea viajar. El viernes 13 de marzo, un día antes del viaje previsto, Austria anunció que a partir del lunes 16 de marzo cerraría todos los hoteles del país, así como los restaurantes y los teleféricos. Los museos los cerraban desde ya.

Intenté cancelar el viaje y que me devolvieran el dinero pagado, pero la mujer que contestó el teléfono del hotelito donde teníamos la reserva me informó que el hotel seguiría operando hasta el lunes –el día de mi check out—y que no habría devoluciones de dinero. Pero también insistió que no me preocupara, que Salzburgo me esperaba “con brazos abiertos”.

El sábado 14 de marzo tomamos, contra toda recomendación, un tren a Salzburgo. Para entonces, Austria tenía ya 422 casos confirmados de COVID (la gran mayoría de ellos en la región de Tirol, relativamente lejos de Salzburgo). Viajé porque no quería perder el dinero, pero también porque sospechaba que sería mi último viaje en mucho tiempo.

Ese día nos encontramos con una ciudad fantasma. Una ciudad sin tiendas, museos, turistas ni galerías. Me acerqué a la oficina de turismo y pregunté qué estaba abierto.

Las iglesias,” me respondieron.

Así que visitamos la catedral, donde no había nadie, ni siquiera feligreses. En la pileta de agua bendita, un letrero: a fin de evitar la propagación de un coronavirus sin respeto por lo sagrado, se retiraba el agua bendita de la iglesia.

*

Al día siguiente, domingo, G. y yo tomamos un autobús al monte Untersberg. Ahí descubrimos que el cierre de teleféricos se había adelantado un día, por lo que tampoco podríamos subir a los Alpes, el propósito original del viaje. En lugar de esto, caminamos junto a un río glacial y llegamos, accidentalmente, a territorio alemán: de esas cosas mágicas que pasan en la Europa de fronteras abiertas.

Unas horas más tarde, a bordo de un bus local, escuchamos la noticia: Alemania cerraría fronteras con Austria, Luxemburgo, Francia, Suiza y Dinamarca. En otras palabras: teníamos 14 horas para salir de Austria, o no podríamos volver a Tübingen.

A la mañana siguiente, 6:35 en punto, tomamos el tren de Salzburgo a Freilassing, Alemania. Una hora más tarde, Alemania cerraba su frontera con Austria, impidiendo el paso de autos, trenes y peatones. Esa misma frontera que horas antes crucé a pie, por error, sin pedir permiso a nadie, en un bosque.

Quién sabe cuándo la vuelvan a abrir.


 

6. Primavera

El 21 de marzo Alemania superó los 20 mil infectados y en Tübingen, pob. 90 mil, había más de 115 casos positivos. Aún así, dejar de ir al supermercado es imposible: las diminutas cocinas alemanas, sus refrigeradores tamaño Mi Alegría y la ausencia de tiendas de conveniencia significa que, en los pueblitos de Alemania, el supermercado es la única opción para quien quiere una botella de agua o la despensa semanal.

[Salgo del encierro: sobrevuelan helicópteros, hay policías en cada esquina, patrullas.]

El supermercado es un sitio de paranoia: de clientes con guantes y cubrebocas. Se respira nerviosismo, y todos parecen temerosos de las monedas, las canastas, las manijas. Entre los productos que han desaparecido de los anaqueles, el que más me sorprende es la harina.

Veo en ese gesto un resquicio del pensamiento de la posguerra: de tiempos en los que las conservas, granos y harina eran una forma de ahorro. Hace cien años, cuando había hornos de leña en todas partes, acumular harina tenía sentido. Hoy, según entiendo, este acto es una forma extraña de optimismo: implica creer que, aún durante el fin del mundo, habrá energía para encender los hornos eléctricos de las casas y preparar una hogaza de Dinkelbrot.

Algunas sociedades, para bien o para mal, son incapaces de imaginar un apocalipsis. Bienaventuradas ellas.


Fotos de Diego Olavarría.

Fotos de Diego Olavarría.

 

8. 2020: año de Hölderlin

Desde hace algunos meses, como parte de las conmemoraciones por los 250 años de su nacimiento, el gobierno local de Tübingen anunció que el 2020 sería el año del poeta Friedrich Hölderlin. Este autor, famoso por sus febriles versos de juventud, por su poesía iluminada por lo divino, pasó la mitad de su vida viviendo en una torre a la orilla del río Neckar, al pie de las murallas de Tübingen.

Durante los 36 años que vivió recluido en la torrecita, Hölderlin padeció esquizofrenia. Sufrió la soledad, los estragos de la locura, el paulatino deterioro de su inteligencia. Al final de sus días, desdentado, apagado y jorobado, Hölderlin era una sombra de sí, una mente destruida por la lucidez.

*

A finales de marzo, Alemania anunció un paquete económico de 156 mil millones de euros para el rescate económico del país. Mis paseos por el centro de Tübingen me dejan claro, sin embargo, que el dinero se mueve muy lento: aún hay desamparados recolectando botellas –babeadas, chupadas, focos de infección– de los botes de basura para canjearlas por los ocho centavos de importe.

En tiempos de virus, las únicas ansiosas de contacto humano son las palomas, que cada día están más flacas y no se explican la ausencia de migajas en las aceras. La primavera es una época de abundancia: de conos de helado en la basura, butterbrezels abandonados en las bancas de los parques, döner kebabs que resbalan de las manos y terminan convertidos en festín de los pájaros y los ratones.

Pero ya no: todos quienes dependemos de la economía humana –incluyendo la fauna nociva—intuimos que se avecinan tiempos inciertos. Tiempos de encierro y locura iluminada por el sol de primavera y el distante canto de los pájaros.

[Escribo esto y, según datos del Sozial Ministerium de la provincia de Baden Württemberg, uno de cada 270 habitantes de Tübingen tiene actualmente Covid-19. Y mañana serán más.]

Hace unas horas pasé afuera de un taller de cerámica. Poco antes de cerrar sus puertas indefinidamente, los dueños colocaron en el aparador un plato con un fragmento del Hiperión de Hölderlin.

Zu wild, zu bang ist’s ringsum, und es / Trümmert und wankt ja, wohin Ich blicke

Alrededor todo es demasiado salvaje, demasiado temeroso / Sin importar a donde miro, todo se vence y se desploma

Fotos de Diego Olavarría.

Fotos de Diego Olavarría.

 


Autores
(Ciudad de México, 1984) creció en distintos países de América del Norte y el Caribe. Es escritor y traductor. Ha publicado crónicas y ensayos en distintos medios. Su primer libro, El paralelo etíope (FETA, 2015), ganó el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay.
Still Life with Cyclamen de Zelda Fitzgerald. Extraído de Wikimedia Commons.

 I love her and that’s the beginning and the end of everything

F. Scott Fitzgerald

Era abril y el olor de la primavera, la luz amarilla de los días cálidos atravesando los vitrales de un templo; era la Catedral de San Patricio, su arquitectura neogótica de techos altos, dos altas torres con sus agujas hacia el cielo presagiando la eternidad a los recién llegados. Era el periodo de postguerra, una felicidad de sonrisas claras desfilando en caravana por las avenidas; era la iridiscencia de Nueva York en los años 20, lejos de Alabama, de los bailes en el club campestre, del hogar y las modas sureñas.

Era el encaje de un vestido con mangas cortas, las perlas alrededor de un cuello joven, el cabello ondulado y corto de una mujer moderna; eran las manos de Zelda Sayre sosteniendo un ramo de orquídeas blancas elegido por Scott Fitzgerald. Eran ella y él listos para casarse en aquel momento, para decir: sí, acepto, te acepto por siempre; para adueñarse de la ciudad prometida y encarnar en ella el espíritu de la década. Era el amor en un sábado antes de las doce del mediodía, un sacerdote, ocho invitados, un anillo brillando en el dedo anular; era comienzo y el fin del paraíso.

El 3 de abril de 1920, Zelda y Scott Fitzgerald contrajeron matrimonio. Se habían conocido dos años atrás, cuando ella apenas había terminado la preparatoria; Scott era miembro de la infantería estadounidense y esperaba en Montgomery el llamado para ir a la guerra. Tenían el cabello oscuro, sin canas ni edad. La juventud destilaba en el cortejo nocturno, los soldados buscaban el amor con ímpetu, antes de verse obligados a partir a lugares de los que quizá no regresarían nunca.

Zelda guardaba, en una cajita de guantes, insignias de oro y plata que le regalaban los hombres como muestra de su afecto con la esperanza de conquistarla; el deseo se acumulaba día con día en obsequios de antiguos dueños, nombres que fueron olvidados. Solo el de Scott permaneció, las cinco letras que lo conformaban salieron de la mano de Zelda una y otra vez en la correspondencia que intercambiaron antes de comprometerse.

Zelda Sayre y Scott Fitzgerald. Foto extraída de Flickr.

Zelda Sayre y Scott Fitzgerald. Foto extraída de Flickr.

 

 

Aquella primera noche, Scott olía a tela nueva y la belleza clásica de la joven se incrustó en la mente del escritor, quien meses después diría en una carta: “Un año de enorme importancia. Trabajo y Zelda”; un binomio que guiaría el resto de su vida y al que se entregó con devoción. Entrada la década de los 20 publicó su primera novela, A este lado del paraíso, un éxito rotundo que impulsó sus primeros pasos a la fama y al reconocimiento en el medio literario del momento.

Una semana después tuvo lugar su boda con Zelda Sayre, quien desde entonces adoptó el apellido de su esposo. Hasta el día de hoy sus nombres se imantan, uno remite al otro de manera inevitable. Laflapper girloriginal y el hombre en perpetuo proceso de demolición; identidades armadas (aunque acaso siempre sea así), romantizados, idealizados casi tanto como la época que los engendró. La ficción sustituyó poco a poco a los sujetos quienes, un siglo después, se convirtieron en seres sepias de fotografías bidimensionales.

Es ya bastante conocida, por ejemplo, la determinación de Fitzgerald por ser uno de los mejores escritores que jamás hubieran existido y tener a su lado a la mujer perfecta, acompañándolo en el camino hacia la grandeza. Pero no hablaremos de las obsesiones de Scott, ni de su alcoholismo o su muerte temprana; tampoco de la locura en la que se vio sumida Zelda, de sus sueños truncos ni su trágico fin; no hablaremos del término del amor.

Seguiremos, en cambio, la trayectoria del anillo que brillaba en el dedo anular de la mujer aquella mañana en la iglesia de San Patricio. La joya fue una herencia familiar; la madre de Scott, Mollie McQuillan, la había portado antes de entregarla a su único hijo varón. Los mimos dados por la madre desde la infancia encontraron su cumbre en aquel accesorio; en el diamante tallado que reflejaba la luz de la urbe pero que al mismo tiempo atrapaba en su circunferencia la educación católica de Mollie y de su hijo, su linaje irlandés, la esperanza del sueño americano.

En marzo de 1919, el anillo llegó a Nueva York, una parada breve antes de su destino verdadero. Un Scott Fitzgerald muy cerca de la mitad de su vida lo guardó al lado de una pequeña carta y lo envió por correo postal el día 24. El sobre viajó del norte al sur del país; desde Nueva York, lugar donde él intentaba consolidarse como escritor, hasta Montgomery, en el que ella hacía trabajos de modelaje. El anillo, según Zelda, le decía “pronto” todo el día con su brillo; se manifestaba como una declaración y un pacto que finalmente (y después de dudarlo en varias ocasiones) aceptó.

Fifth Avenue de Zelda Fitzgerald. Extraído de Wikimedia Commons.

Fifth Avenue de Zelda Fitzgerald. Extraído de Wikimedia Commons.

Fitzgerald vestía a Zelda de palabras a través de una correspondencia copiosa y la adornaba también con regalos. A la puerta de una casa familiar en Alabama llegaron otros presentes. El nuevo neoyorquino, a pesar de vivir bajo un presupuesto limitado, no escatimaba en los paquetes que cada tanto le enviaba a la mujer; además de la obligada carta diaria, Fitzgerald le hizo llegar un pijama que se sentía como una nube y se veía como un sueño, un abanico de suaves plumas rosas con el que ella jugaba a ahuyentar el aire y detrás del cual ocultaba su rostro. Hubo también un suéter y, cuando recibió un pago más grande por los derechos de un cuento, gastó buena parte en un reloj de platino y diamantes. En el reverso una inscripción decía “De Scott para Zelda”; ella la veía con más recurrencia que la hora, sus nombres grabados lado a lado merecían una importancia mayor que el tiempo dictado por las manecillas.

Finalmente, después de muchos altibajos y de los roces naturales en una relación casi estrictamente postal, el día de la boda llegó. La ceremonia tuvo lugar y fue tan rápida que dos de los invitados no consiguieron asistir. Sin fiesta ni brindis posterior, cada quien tomó su camino; los nuevos esposos se fueron a celebrar la unión al Hotel Biltmore.

Los bailes campestres, con Zelda como foco de las miradas de los soldados, quedarían desplazados por fiestas desbordantes de jazz y champagne. Fue vertiginoso el ascenso de Scott en la escena neoyorquina y con él, empezó un proceso de mitificación paulatina de la pareja. El recuerdo de la noche en la que se conocieron se conservaría solo en la añoranza; Alabama no volvería a ser la misma, ni siquiera cuando regresaron a vivir allí tiempo después. Zelda lo intuía, pues poco antes de la boda le escribió a su prometido: “Corazón mío, nuestro cuento de hadas está a punto de terminar”. Aunque probablemente no sabía con qué facilidad sucedería aquel derrumbe.

Del tiempo previo y la correspondencia intercambiada se conservan también (afortunadamente), las cartas escritas por Zelda. En ellas despliega una prosa altamente sensorial, directa y libre de pretensiones; una poesía orgánica surge en su forma de ver lo que está a su alrededor.  El mundo crecía en los detalles; se detenía en el polvo que caía sobre las flores, en la suavidad de las telas rozando su piel, en todos los olores que se le cruzaban. El olfato, decía Zelda, era su sentido más desarrollado; la realidad le entraba por la nariz a través de una voluptuosidad inmaterial.

Ilustración de Zelda Fitzgerald. Extraído de Flowvella.

Ilustración de Zelda Fitzgerald. Extraído de Flowvella.

 

 

No es extraño, entonces, el gusto particular que tenía por las flores y la atención que ponía a las esencias de cada lugar y todas las personas. A cada inhalación extraía la fragancia de las cosas y en su memoria se construían paisajes invisibles; después de muchos años podía recordar el olor de las hormigas, del gin y el tabaco, del mes de julio a la orilla del mar, de los perales, el perfume de los uniformes militares, el aroma a lápices y a veces a tweed de Scott.

Es curioso, entonces, que haya sido la orquídea la flor elegida por el escritor para el ramo de Zelda el día de su boda. Su hermosura y elegancia la convertían en la flor ideal de la mujer moderna que él veía en su pareja. Pero las orquídeas, que generan un aroma placentero parecido al de las rosas o la canela, también producen, en pequeñas cantidades, el olor a cadáveres en descomposición.

Belleza y podredumbre se conjuntan con armonía; en una iglesia a las doce de la tarde; en Scott, Zelda y la premonición desprendida por un ramo de orquídeas blancas.

 


Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.
Foto de Isabel de Lara
Foto de Isabel de Lara

Resulta inusual asomarse por la ventana, ver las jacarandas, el azul de un cielo despejado con mínima contingencia, y temer salir. Enemigo invisible. Es como si solo existiera en Twitter, en los videos escalofriantes de un hombre encerrado con su hermana muerta, de altoparlantes prohibiendo las salidas a la calle; pero también en videos endulcorantes de italianos cantando por balcones, de policías españoles llevando serenatas y doctores cubanos siendo recibidos con aplausos.

Aquí en México todavía no se siente tan duro, aunque ya tuvimos nuestro primer intento de viralidad virtual cuando los santafeños cantaron Cielito lindo y el internet de las cosas sintió el cringe más profundo. Y sin embargo, paso mis días pegado a la computadora y salgo únicamente al supermercado.

Entre los consejos que pululan por redes sociales está el de cuidar la salud mental, hablar con amigos y familiares por medio de videollamadas y procurar distracciones compuestas de temas alejados de la pandemia. Con esa semilla encontré un tuit que proponía algo llamado “fiesta de powerpoints”. Desconociéndome por completo, contranatura, respondí de inmediato que contaban conmigo y mi presentación de diapositivas.

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La convocante formó un grupo de Telegram y por ese medio compartió un Google Doc donde cada uno pondría su nombre y el tema que expondría. En la conversación se discutió la hora y día, se fijó para un domingo en la noche. El orden de presentación quedaría dictado por el orden en que nos apuntáramos en el documento compartido. Ahí entró mi gran angustia: ¿de qué tema hablaría con quince extraños?

Sentí que no sabía nada de nada, que era el individuo menos interesante en internet y que era mejor escribirle a la moderadora y excusarme: lo siento, la pandemia me tiene consumido, no puedo hacer un Power Point, mis habilidades se limitan a evitar propagar el virus pasando días viendo memes y videos de gatitos. Pero la semilla había germinado, esto era bueno para mi salud mental, para distraerme un poco de la locura mundial. Escribí en una agenda los temas que podría abordar:

1- La peste negra. Doy clases de antropología filosófica, en una sesión reciente había expuesto la historia de la pandemia que arrasó la Europa del siglo XIV, esto con el fin de señalar las implicaciones culturales que trajo. Pero eso fue hace semanas, cuando el miedo no era tan personal, cuando no era una aguja ensartada en la carne que apenas y cubre la uña del meñique. Ahora sería imprudente traer el tema a una fiesta de powerpoints, conformado por quince personas aisladas que temían por sus vidas y las del mundo. (DESCARTADO)

2- San Agustín y su concepción del tiempo. También doy clases de introducción a la filosofía, ahora en formato podcast, y la siguiente sesión revisaré al filósofo de la patrística, especialmente a su genial modo de entender el tiempo. Pero eso lo toleran mis alumnas porque no tienen de otra, qué hueva chutarse eso siendo quince personas aisladas que temen por sus vidas y las del mundo. (DESCARTADO)

3- El “chernobyl” de Ciudad Juárez. ¡No! ¡Necio! Entiende que nadie quiere leer sobre muerte y amenazas invisibles, mucho menos quince personas que temen por sus vidas y las del mundo. (DESCARTADO)

Me sentí abrumado. ¿Por qué me había metido en algo que requería este tipo de estrés? Ese tiempo lo podía gastar viendo series en Netflix. Despues de todo, jamás había sucedido que la sociedad pidiera que me quedara en casa haciendo binge watch de Better Call Saul. Necesitaba despejarme, abrí Spotify y puse una de mis listas de reproducción: ABBA in an emergency. Epifanía. Aquí nadie se raja. Supe de inmediato cuál iba a ser mi tema:

ABBA: implicaciones filosóficas, económicas y sociales

Entré al Google Doc y escribí el título, sería el noveno en presentar.

Llegó la fecha. Tardamos la acostumbrada media hora en que todos entendieran cómo funciona Zoom, en que todos escucharan y vieran correctamente, en que el maldito internet saturado permitiera la conexión de quince individuos aislados que temen por sus vidas y las del mundo.

Las presentaciones fueron variadas, ninguna trató el tema de la pandemia ni de alguna enfermedad o enemigos invisibles. Abrió la convocante y ahora moderadora con la presentación “Mom’s spaghetti: maneras de entender el hip hop de acuerdo a la comida en sus letras”. El tema me hizo ver que no había errado con mi temática; además, aprendí mucho sobre los eufemismos gastronómicos en el rap, sobre el estatus social expresado con algunos platillos, ya sea presumiendo started from the bottom, now we’re here o ya sea para decir que I’m keeping it real.

Hubo otra presentación que trató temas más personales: “Razones y condiciones bajo las cuales me da asco el cabello mojado. Un llamado a la razón.” Sin duda fue el Power Point que más emociones suscitó, desde la risa hasta la repulsión. Quizá se provocaron nuevas fobias, quizá los quince individuos aislados ahora temen su cabello mojado y el del mundo.

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Otra presentación fue sobre los temas que la presentadora consideró para la fiesta, una probadita de su sentido del humor y visión de las cosas. Otro que se puso a jugar con el mapa de México, borrando límites territoriales de los estados, conformando nuevas entidades, como el estado Huasteca y, en claro desafío al orgullo tapatío, Colima absorbiendo a Jalisco.

Las hubo más informativas, como la presentación de los tiburones, la de un anime con eje gastronómico y la que narraba la historia de la peor orquesta del mundo; sentimentales, como la del hurón fallecido de una de las personas aisladas que teme por su vida y por las del mundo; prácticas tipo life hacks, como la del que nos enseñó cómo bajar piratería de alta calidad a través de páginas de torrents poco conocidas; y musicales, como la titulada “Porque The Joshua Tree es el último disco bueno de U2 y Bono es un cñor que ya debería de sentarse”.

Cuando llegó mi momento de presentar sentí los nervios de punta, además me embargó una sensación de locura: estaba hablando sobre filosofía y una banda de pop sueca, frente a mi pantalla, solo, con Kant (mi gato) observándome fijamente. Pero me aferré, después de todo esto podía ayudar a no sentir el peso del miedo por mi vida y por las del mundo, hacer más llevadera la cuarentena.

Inicié con una breve explicación sobre qué era ABBA: la mejor banda del mundo mundial. Tras esto hablé sobre la eugenesia y el programa nazi para “esparcir la raza aria”, atrocidad histórica de la cual proviene Anni-Frid Lyngstad (una de las cuatro integrantes del conjunto sueco). Y ya con ese tono oscuro di inicio al primer análisis de una de las canciones: Money, money, money. Era la más obvia, ligué a la letra con la teoría marxista de la totalidad de la experiencia humana anclada a la estructura económica, las relaciones bajo el marco de los medios de producción.

Continué con The Winner Takes it All haciendo el comparativo entre esa visión del destino con la de los estoicos, particularmente Epicteto, quien asumía las rígidas cadenas de la causalidad sin dejar de defender una libertad intencional.

Para tocar filosofía más cercana a nuestros tiempos, incluí el análisis de The Day Before You Came hecho desde el existencialismo de Albert Camus, el absurdo de la cotidianidad, el día a día expresado en los objetos, en el cigarrillo y el periódico.

Y terminé con Fernando y su narrativa de la Guerra Civil Española desde la perspectiva de los que combatieron al fascismo franquista.

Diapositiva de Power Point del autor.

Diapositiva de Power Point del autor.

La presentación pecó de apresurada y breve. Creo que pude haber incluido otras canciones que se prestan a este tipo de deconstrucción, como claramente son Dancing Queen, Chiquitita y Does Your Mother Know. Tendrá que ser para otra fiesta de powerpoints.

En total, rozamos las cuatro horas de presentaciones vía Zoom. Este hecho para mí es inaudito. Pasar todo ese tiempo hablando con desconocidos, viendo powerpoints de temas inimaginables, a través de videoconferencia, para un sujeto que sufre las llamadas telefónicas y cualquier conversación que dure más de lo que dura Mamma Mia! (2008), es realmente milagroso.

Pero el mundo es extraño. El enemigo invisible ha transformado nuestras realidades. Quizá no queda de otra que adaptarnos a las nuevas normas. Quizá las fiestas de powerpoints serán lo que antes solían ser las salidas a bares y cantinas. Quizá ABBA es la respuesta a los miles de individuos aislados que temen por sus vidas y por las del mundo. Quizá el absurdo que Camus señaló es más latente que nunca. Por mientras seguiré lavándome las manos cada hora y, sobre todo, cuidaré de secarme bien el cabello al salir de la regadera.

Diapositiva de Power Point del autor.

Diapositiva de Power Point del autor.


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Póster de recompensa de Nicolás Maduro, DEA.
Póster de recompensa de Nicolás Maduro, DEA.

El pasado 24 de marzo, en medio de una crisis internacional de salud pública debido a la pandemia provocada por el virus SARS-CoV-2, el Jefe del Departamento de Justicia, William Barr, junto a fiscales de Florida y Nueva York, presentaron cargos por narcoterrorismo contra Nicolás Maduro, presidente de Venezuela.

La acusación involucra, además, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y a varios de los colaboradores más cercanos de Maduro, como Diosdado Cabello, titular de la Asamblea Nacional Constituyente; Maikel Moreno, presidente de la Corte Suprema; Vladimir Padrino, Ministro de Defensa; Tareck El Aissami, Ministro de Industria y Producción Nacional y el general Hugo Carvajal Barrios, ex director de la Inteligencia Militar de Venezuela.

Todos estos personajes de primer nivel en el gobierno venezolano son señalados por los Estados Unidos de pertenecer al Cártel de los Soles, que es como se conoce a los efectivos castrenses de alto nivel en Venezuela relacionados con el narcotráfico. Los soles son las insignias que distinguen a los generales del ejército venezolano y, al menos desde 1993, durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, se les ha asociado con el tráfico de cocaína colombiana a través del territorio venezolano.

Muchos militares proveen de protección necesaria en el territorio a cambio de sobornos y a la Guardia Nacional venezolana se le ha relacionado desde la década de los noventa con las FARC, organización que utiliza el territorio venezolano como trampolín para enviar cocaína a Europa y Estados Unidos.

Aunque no es de extrañar que miembros del Ejército de un país latinoamericano estén vinculados con el narcotráfico, hasta el momento desconocemos la evidencia con la que cuenta Estados Unidos para lanzar una acusación así contra un jefe de Estado y colaboradores todavía en funciones. En el pasado solo hay un antecedente con estas características. En 1989 los Estados Unidos denunciaron a Manuel Antonio Noriega de pertenecer a una red de narcotráfico vinculada con el Cártel de Medellín. La acusación pavimentó el camino para una intervención militar que terminó en el derrocamiento de Noriega quien fue llevado a Miami para ser juzgado y condenado a 40 años de prisión.

El antecedente de Noriega y Panamá abre dos interrogantes para el futuro inmediato de Maduro y los otros militares venezolanos. Primero, es el doble rasero que utilizan los Estados Unidos respecto a lo relacionado con el narcotráfico. Desde el comienzo de su carrera a Noriega se le vinculó con la CIA, quien apoyó en todo lo que pudo su ascenso al poder. En un principio, el militar panameño estaba en la nómina de la CIA como informante sobre lo que ocurría con los países caribeños vecinos, especialmente con la Cuba castrista y el movimiento sandinista en Nicaragua.

A la muerte de Omar Torrijos, Noriega se convirtió en el hombre fuerte de Panamá y permaneció como un fiel colaborador de la CIA y los Estados Unidos, a pesar que para estos años ya habían sido reveladas sus actividades de tráfico de marihuana y cocaína. A los Estados Unidos no les importó esto en lo más mínimo, e hicieron de Panamá su base para la contrainsurgencia que se enviaba a El Salvador y Nicaragua. Eran los años del escándalo conocido como Irán-Contras, donde el financiamiento de la contra-nicaragüense provenía de tres fondos principalmente: la venta de armas a Irán, la CIA y el narcotráfico de los países latinoamericanos gestionado también por la CIA.

En Panamá con Noriega pasaba algo similar a lo que ocurrió en México con distintos hombres vinculados a la Dirección Federal de Seguridad (DFS) como Fernando Gutiérrez Barrios y Miguel Nazar Haro y la estrecha conexión entre la DFS y el boom del Cártel de Guadalajara a principios de los ochenta. Noriega actualizaba la frase que con anterioridad había proferido Henry Kissinger en su calidad de Secretario de Estado sobre Anastasio Somoza “puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Hasta que ya no.

A la hipocresía y doble rasero con que actúa Estados Unidos en el tema del narcotráfico hay otra variable que hace una gran diferencia entre el caso de Noriega en 1989 y el de Maduro en 2020: Panamá siempre ha sido una nación pequeña y con recursos militares limitados a la vez que 1989 marcaba el ocaso de la Guerra Fría y la debilidad de una Unión Soviética próxima a su desintegración. China aun no despuntaba en el horizonte y menos tenía una participación activa en este continente por lo que para Estados Unidos era el comienzo de una hegemonía casi absoluta a nivel internacional. Era un mundo unipolar prácticamente, lo cual facilitaba muchas acciones como la intervención y derrocamiento de Noriega.

El mundo de hoy es distinto y Estados Unidos busca no salir tan mal parado de una pandemia que significará a la larga el cambio de estafeta en la hegemonía mundial con una China que saldrá mejor parada de esta crisis sanitaria y económica.

Así como Estados Unidos ha decidido mantener su programa de sanciones contra Irán en estos tiempos tan difíciles, en el caso de Venezuela ha doblado su apuesta para tratar de forzar la dimisión de Maduro, asunto que lleva más de un año en marcha desde las maniobras por imponer a Juan Guaidó como presidente pero que terminaron en un absoluto fracaso.

¿Está Maduro o alguno de sus hombres vinculado con el narcotráfico? Dada la historia de la cúpula militar en Venezuela desde hace treinta años yo no pondría mis manos al fuego por su inocencia. Pero está claro que la obsesión de Estados Unidos con el presidente venezolano se debe exclusivamente a que no tienen el control de ese país y de sus reservas petroleras. A diferencia de Noriega, Maduro no ha sido nunca un colaborador de la CIA y los Estados Unidos, y esto es lo que verdaderamente les incómoda.

¿Es posible que todo esto sea el preámbulo de una operación armada como lo que se dio en Panamá? Difícilmente. Venezuela, aunque está lejos de la capacidad militar de Estados Unidos, es un Estado que cuenta con una fuerza armada numerosa y tecnología militar respetable, aunque no sea de última generación. Y lo más importante, quizás, sea la relación de cooperación que ha cultivado en los años recientes con Rusia y China, dos actores internacionales de gran relevancia. Estados Unidos ya no es el único actor de peso internacional que tiene influencia en este continente. La geopolítica de hoy es muy distinta a la de 1989.

Y en un año, cuando baje la marea de la pandemia SARS-CoV-2 será todavía más distinta y menos favorable a los Estados Unidos. Por eso la prisa de estos movimientos en el tablero de ajedrez mundial.


Autores
Historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y McGill University, Canadá. Candidato a doctor en Ciencia Política por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), Francia.