Tierra Adentro
Ilustración de Aricollage

Según la ONU, cada dos semanas desaparece una lengua. No es algo que suene extraño hoy en día, con la globalización, los medios masivos de comunicación y la idea de ir hacia un mundo mejor; nos inculcan que conviene aprender lenguas que sean de habla generalizada, como parte de un sistema en donde puedes “trabajar hasta llegar a tu meta”. Esta cuestión es preocupante y desalentadora en un país que se destaca por su heterogeneidad cultural y los distintos pueblos que lo componen, cada uno con su lengua, cada uno con su forma particular de apropiarse del mundo por medio del lenguaje.

El caso mexicano es algo particular, donde las lenguas maternas pertenecen a un grupo social que amamos y repudiamos al mismo tiempo, que encuentra sus raíces en la época prehispánica y es uno de los pilares para la construcción de nuestra nacionalidad.

La dicotomía se hace en el presente donde pocas veces hay cabida para este grupo, fuera de algunos intentos por parte de políticas integradoras que intentan rescatarlos de la inminente extinción causada por el sistema “progresista” en el que vivimos. Se dice que en cada individuo o en cada institución podemos ver reflejada la sociedad a la que pertenece, así que hablaré del caso específico de mi familia que, sin afán de generalizar, creo que ejemplifica el proceso de desaparición de nuestras lenguas.

En mi familia, el zapoteco es un elemento esencial que se encuentra esparcido en detalles grandes y pequeños de nuestra vidas: la mayoría de sus miembros, incluyéndome, lo tenemos impreso en nuestros nombres; de vez en cuando, en alguna ocurrencia, decimos palabras altisonantes en este idioma como para suavizarlas o darles un tono carismático; para contar historias y referirnos a la gente de los barrios donde vivían mis papás, utilizamos sus apodos zapotecos; a veces cantamos versos de canciones como la Zandunga. A pesar de esto estamos contribuyendo a silenciar una manera distinta de concebir el mundo.

Las últimas generaciones en hablar el zapoteco fueron las de mis abuelos y bisabuelos, aunque recuerdo más la parte materna. Durante mi niñez, en mis visitas al Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, convivía con mi abuela y mi bisabuela, quienes se negaban a migrar y dejar su vida en ese lugar. Verlas juntas era vivir el zapoteco: la lengua predilecta entre ellas.

Escucharlas cuando era niña, me causaba gran curiosidad. No podía dejar de imaginar de qué estarían hablando: si era del día; de la comida; de alguna persona o incluso de mí. Lo curioso de esos momentos era que se sumergían en una intimidad que yo no podía penetrar; pareciera que creyeran que nadie las estaba viendo o escuchando. Generalmente lo hablaban cuando estaban solas en alguna habitación, cuando se molestaban entre ellas o cuando no había más que una persona acompañándolas; si nos descubrían mirándolas cambiaban el zapoteco por el castellano, tal vez para no hacernos sentir apartadas de ese mundo o para no confundir nuestra mente de niñas.

Algunas veces, las frases solo se les escapaban de los labios. Supongo que se decían entre ellas: “abre la puerta”, “apaga la luz”, “ayúdame a poner la mesa”, “ve a comprar a la tienda” y posteriormente seguía la acción. De vez en cuando, me dejaban a mí y a mis primos ser espectadores de sus conversaciones y es ahí donde les preguntaba cómo se decían palabras simples como “hola”, “día”, “amor”, palabras que se quedaron fugazmente en mi memoria y después en el olvido.

En mi curiosidad de niña y en algún intento por parte de mis padres de inculcarme esta lengua, se decidió que asistiría a clases con mi bisabuela donde me enseñaría a hablar y entender el zapoteco. No resultó tan bien como esperaba, pues en mi concepción occidental de enseñanza pensé que comenzaríamos por las palabras y después por frases compuestas, acompañadas siempre de la escritura. Lo que sucedió fue que empezó por conversaciones que me parecían venidas de otro planeta. Decía: “Pa diux. Gudidí gurí (Hola. Pasa y siéntate)”, mientras hacía señas con las manos para que me sentara frente a ella. “¿Xhi noo xha lu? (¿Cómo estás?)”, de mi parte solo silencio mientras esperaba la traducción al castellano con cara de no entender nada. “¿Biene lu la? (¿Entendiste?)”, “…” y yo me quedaba callada.

Las clases consistían en sentarme y escucharla hablar; me preguntaba cómo iba a aprender algo de esa manera. Ahora entiendo que, en comparación con nuestro sistema de educación, las lenguas originarias se transmitieron oralmente a través de la vida cotidiana. Esto implica, también, una concepción del mundo, en la cual no estaba pensado un alfabeto como el que tenemos ahora.

Así decidí que era muy difícil y preferí dejarlo para después, no sin antes grabar en mi mente algunas palabras que me parecían simpáticas, en su mayoría inapropiadas para niñas de mi edad, pero que podría decir sin que nadie me entendiera. Así como hacían mis abuelas a la hora de conversar, mis palabras iban a ser un secreto entre el zapoteco y yo; así por fin me sentía un poco perteneciente a este otro mundo tan desconocido y cercano.
En la generación de mis padres se comenzó a sentir la ruptura con la lengua materna. Mis abuelos, influidos por la época en la que crecieron, decidieron que inculcarles el castellano les haría la vida más sencilla: con esto podrían acceder a la superación tan deseada, basada en la cultura del esfuerzo y la educación. Así estarían preparados para una sociedad en la que el uso de las lenguas originarias no tenía razón de ser, donde tenía un papel secundario.

El siglo XX, en el cual crecieron mis abuelos y mis padres vivieron su niñez, fue una época importante para la cuestión indígena moderna. Se buscaba acoplar a las comunidades con la nación mexicana; de la mano de intelectuales como Manuel Gamio se esparció la idea de “tratar de entenderlas” con el modelo de escuelas rurales en el que participó mi abuela paterna. Lo que sucedió en realidad fue un intento de aculturación, en el que se trataba de adaptarlas al modelo general del país. Dentro de este afán se encontraba la necesidad de imponer el castellano para acceder a la educación y al mundo globalizado, minimizando la importancia de aprender la lengua materna, hasta el grado que mis abuelos decidieron cortar el lazo con el zapoteco, a favor de la prometida prosperidad que se veía en aprender el castellano: así decidieron dejar de transmitirlo directamente a mis padres.
En casa de mi mamá, el zapoteco estaba restringido a mi abuela, su hermano y mi bisabuela. De esas conversaciones ajenas, ella pudo aprender a entender la lengua, pero la falta de práctica y el entorno escolar, que era castellano en su totalidad, le impidió conseguir hablarlo.

El caso de mi padre es parecido, la transmisión fue sesgada y aprendió la lengua ya cuando iba a la universidad, en alguna materia propia de la licenciatura de antropología. Cuando regresaba a su pueblo aprendía fuera de casa con conocidos cercanos que preservaron esa parte de su cultura, lo que le hizo sentir desprotección por parte de mis abuelos que decidieron no transmitirle ese conocimiento, pues en ese momento había tomado una gran importancia para él. Así, ambos aprendieron el zapoteco por piezas que no han llegado a completar hasta el día de hoy.

Desde que era pequeña aprendí a identificarme con mi nombre. Después de aprender a pedir las necesidades básicas como comida, para mí, lo más importante fue saber cómo decir mi nombre y su significado: “me llamo ´Biaani´ y significa ´luz´ en zapoteco del Istmo de Tehuantepec”, eso era lo que me repetía a mí misma. Posteriormente, a los seis años, para no confundir mi poca compresión del lenguaje me enseñaron que mi nombre completo era otro, Biaani solo era mi nombre ante la ley. Mi nombre ente la iglesia es Biaani Bizalua, que significa “luz de mis ojos”. Cuando lo aprendí me emocionaba saber que incluso en mi nombre estaban estos secretos del lenguaje, me sentía especial al saber el significado de, por lo menos, esas palabras. Es ahí donde radica mi relación principal con el zapoteco, desde mi nombre viene un empuje para querer aprenderla y un toque de añoranza por recuperarla.

Ciertamente, al tiempo que fui creciendo y entendiendo lo importante que pudo haber sido para mí que me enseñaran el zapoteco, se le reproché a mis padres. Ellos contestaron con las historias sobre su relación con esta lengua materna, sobre cómo el zapoteco llegó a mi generación: como pequeños restos, algunas migajas que he podido recoger.

He aprendido palabras sueltas con pésima pronunciación y nula capacidad de comunicar mis ideas: “guié” significa flor, “sicarú” es bonito, “nisa” es agua, “bi” viento, “gola” antiguo o viejo; “xa” atrás; “dani” cerro o monte; “roo” es grande. La unión de estas palabras da vocablos nuevos como “guiedani”, literalmente flor de monte o flor silvestre; “biniza” significa literalmente viento y agua, pero denota brisa. Cada una de ellas las trato de memorizar por algunos días. Trato de aprender como los zapotecos el zapoteco, y posteriormente las anoto para no olvidarlas como es necesario para una persona educada en un sistema occidental, puesto que me es complicado unir estas ideas. Son palabras que segmentadas quieren decir una cosa y juntas son la suma de los significados de las palabras segmentadas, algo a lo que mi mente no está acostumbrada.

Mientras mi bisabuela vivía, me asombraba escuchar las conversaciones que sostenía con mi abuela en esa lengua tan cercana y desconocida para mí. En su momento nunca pensé que fuera posible dejar de escucharlo o que dejara de sorprenderme, así dejé pasar el tiempo siendo solo una espectadora de tales escenas.

Cuando mi bisabuela murió, murió con ella ese universo, mi abuela se quedó sin alguien con quien poder hablar zapoteco, se quedó callada y así enmudeció casi por completo la lengua materna en mi familia. Ahora solo lo escucho de vez en cuando en mi nombre, el cual entiendo como una manera de no perder la esencia de donde viene mi familia. A pesar de haber migrado a la ciudad, mi lengua madre viene conmigo: en las bromas y en mis torpes intentos por aprender algunas cosas que mis padres pueden transmitirme. Sin embargo, más torpe aún me parece mi desidia, dejar pasar el tiempo para aprender con mi abuela antes de que se haya extinguido totalmente.

Ahora, a parte de causarme ese asombro y curiosidad, me causa temor y dolor perder esta carrera contra el tiempo, dejar que estas palabras sueltas suenen huecas al no encontrarles una razón de ser y que pasen a ser parte de los recuerdos. No quiero seguir con este sentimiento de añoranza y culpa por no convertirme en ese alguien con quien mi abuela pueda volver a hablar el zapoteco.


Autores
(Oaxaca de Juárez, Oaxaca, 1997) Estudia la Licenciatura en Historia en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa. Sus líneas de investigación se relacionan con la historia cultural, historia de género e historia de cine.

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.

 

En diciembre del año pasado Tierra Adentro publicó Recuento del machismo del año de Danae Silva, La Corregidora, que exponía el machismo con el cual los medios abordaron las notas de feminicidios, violencia hacia las mujeres y desapariciones en 2019.

Si algo dejó claro esa minuciosa selección y crítica de titulares fue la evidente falta de perspectiva de género y empatía con la cual los medios trataban casos desgarradores; las mujeres no eran asesinadas, sino que “aparecían muertas” por andar de fiesta, por fugarse con el novio o porque de alguna manera lo merecían.

Para los medios el sufrimiento de las mujeres es un escalón más hacia el anhelado contenido viral, a pesar de que en 2019 el país registró 976 feminicidios, un incremento del 137% respecto a 2015. El delito se normaliza y las muertas son revictimizadas.

Después de una pelea, el esposo de Ingrid Escamilla la acuchilló, desolló, descuartizó y tiró algunos de sus órganos por el drenaje. Tras su detención se filtraron fotos del cuerpo mutilado de Ingrid, que fueron publicadas en las primeras planas de periódicos como La Prensa (del consorcio mediático Organización Editorial Mexicana) y compartidas en redes sociales.

El cuerpo de Ingrid se hizo viral, la brutalidad de su muerte es pública y de fácil acceso.

Crónica 2

 

Que Ingrid no sea una más

Las protestas surgieron en Twitter, donde cientos de usuarios subieron fotos de flores o de paisajes con los hashtags #IngridEscamilla, #IngridEscamillaCuerpo o #IngridEscamillaChallenge, para que cuando se buscara su nombre no apareciera su cuerpo violentado. 

Pensamos en nuestras amigas, mamás, tías, familias, en nosotras mismas y nuestros cuerpos, en el horror que supondría para nuestros seres queridos que nuestros restos mutilados dieran vueltas por internet; escogimos las fotos más bonitas que encontramos y se las dedicamos a Ingrid. No podíamos borrar de internet las fotos filtradas de su asesinato, pero sí hacer todo lo posible para floodear la búsqueda y que no fuera recordada así.

Se hacía necesario salir a las calles una vez más, gritar de nuevo con la voz de las que no pueden gritar y permitirle a nuestros pies que fueran los de miles de mujeres que ya no pueden exigir justicia. 

Surgieron varias convocatorias para el 14 y 15 de febrero: marchas para exigir a los medios que no exhiban los cuerpos violentados de las víctimas de feminicidios, ofrendas en el antimonumento de Bellas Artes y en la casa de Ingrid. 

¿Qué muestra de amor más grande podía haber en ese día, 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad, que recordar y gritar los nombres de aquellas que nos fueron arrebatadas, asesinadas por quienes decían amarlas? Era necesario marchar para decir que el amor de verdad no mata ni descuartiza.

 

Mujer consciente / se une al contingente

Llegamos al Caballito y esperamos que la marcha comenzara. Sentadas en una banca nos dimos cuenta de que la mayoría de los reporteros que la cubrían eran hombres. La situación nos indignó: ¿no hay reporteras que puedan cubrir estos eventos?

A las 5:00 de la tarde comenzó la movilización. Algunas manifestantes se cubrieron la cara, otras organizaron cómo sostener una lona con el rostro de diferentes víctimas. Los gritos de reprobación no se hicieron esperar, algunos hombres intentaron callar a quienes se manifestaban, unos motociclistas se detuvieron para gritar “machorras”, “feminazis” y “pinches locas”.

Avanzamos junto con el contingente hasta el periódico La Prensa, en la calle Doctor Basilio Vadillo, una calle estrecha de un solo carril donde también está la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Nos esperaban las mujeres granaderas que protegían el edificio.

Crónica 4

 

Resonaba en la calle la consigna Van a volver, van a volver, las balas que disparaste van a volver. La sangre que derramaste la pagarás, las mujeres que asesinaste no morirán. ¡No morirán! mientras el contingente se agrupaba frente al periódico y demandaban que alguien saliera a hacerse responsable de haber publicado las fotos de Ingrid.

Al no recibir respuesta por parte de la dirección de La Prensa, el contingente avanzó a la Escuela de Periodismo Carlos Septién, donde algunas encapuchadas recordaron las denuncias de acoso que han recibido directivos de la escuela y aprovecharon la poca vigilancia para pintar y destruir la puerta. Cuando las policías aparecieron frente a la escuela, las manifestantes entrelazaron los brazos tratando de impedir el paso de las uniformadas. 

Durante su esfuerzo por dispersarlas, terminaron por acorralar a una de las manifestantes, pronto los camarógrafos de prensa se sumaron al tumulto haciendo aún más difícil que la mujer pudiera salir de ese encierro. 

Se formó una masa de escudos, luces, pintura en aerosol y cámaras y de la que solo se escuchaban los gritos de la manifestante atrapada entre los escudos de las policía y la puerta cerrada de la escuela.

Los fotógrafos y periodistas superaban en número a las manifestantes y dificultaron el forcejeo con los policías en su intento por captar la mejor toma. Algunas chicas atacaban a las policías con sus carteles, gritando suéltala

 

Algunas pidieron que los hombres se alejaran, pero hicieron caso omiso, no fue sino hasta que una de ellas comenzó a empujarlos que retrocedieron. 

Cuando liberaron a la mujer atrapada, el contingente aprovechó la atención de los medios para exigir justicia. Esta escuela encubre violadores, la prensa debería informar la realidad de la masacre que está siendo México para las mujeres.

Al estar rodeadas de tantas personas y de tantos medios, en esa calle estrecha, se decidió que era mejor salir hacia Paseo de la Reforma, fue entonces cuando una de las mujeres se enfrentó a las policías: Aunque seas policía, esta es tu lucha. De pronto más se sumaron. 

Cuando llegamos a Paseo de la Reforma, el grupo se dividió. Algunas buscaban llegar a Bellas Artes, otras se dirigieron al Ángel de la Independencia, el resto volvió a La Prensa. En la avenida algunas manifestantes se sentaron con las piernas cruzadas y el puño arriba. En medio de las conversaciones acordaron permanecer frente al edificio lejos de las granaderas, aunque otro grupo volvió a plantarse frente a la puerta del edificio. 

Bastaron unos minutos para que una gran nube verde captara nuestra atención. Alguien gritó que las estaban atacando, pero esa nube de gas pimienta no era un llamado para quienes se manifestaban, sino para el resto de las policías que rodeaban la avenida, pues querían refuerzos.

Se formó rápidamente una cadena humana para impedir el paso a todo aquel que tratara de acercarse a las instalaciones de La Prensa. Las policías formaron su propia cadena que envolvía a la de las manifestantes, lanzaban miradas de desprecio, algunas incluso eran burlonas. 

No supimos si todo terminó bien para aquellas que atacaron con gas, no tuvimos tiempo de hacer más que correr hacia el Ángel de la Independencia, a donde todas parecían ir. Una fila de policías nos siguió en todo momento, seguidas por policías hombres listos para dispersar la manifestación con extintores si era necesario.

Si van a ser parte de ellos, destrúyanlos desde dentro, gritó una joven detrás de nosotras, después de ella la mayoría gritó: Yo también abortaría por si sale policía.  Comenzaron las burlas, esta vez del contingente a las policías, jugaron con ellas, cambiaron de dirección una y otra vez para burlar sus intentos por seguirles el paso. Pero comenzó a llover y el contingente se dispersó más y más.

Crónica 3

 

Los peatones que se refugiaban de la lluvia seguían el paso de la manifestación con la mirada, otros mostraban señales de apoyo a los gritos y consignas.

El grupo que llegó al Ángel de la independencia se tomó de las manos rodeando a las policías que protegían el monumento. Les dieron la espalda, algunas se mostraron temerosas, incluso preguntaron si no era mejor mirarlas de frente. Otro contingente las alcanzó y se les unió. La poca prensa que quedaba fotografió las cadenas humanas: una de policías y otra, delante de ellas, de manifestantes que sostenían pancartas y letreros.

Aún cuando se dispersaron, los cuerpos de seguridad seguían a las manifestantes. En más de una ocasión les gritaron que ya habían terminado, que podían dejar de seguirlas.

 

Lo que queda

Tras las marchas del 14 y 15, los medios jugaron un papel importante. Era su oportunidad de redimirse, de no distorsionar el mensaje de los contingentes feministas. Pero algunos medios reincidieron en el amarillismo, juzgando al movimiento con titulares como “encapuchadas hacen pintas a nuestros monumentos”.

Terminó la marcha, regresamos a nuestras casas, regresamos a un lugar seguro, pero es imposible olvidar que hay miles de mujeres que ya no regresan. Ahora que los reflectores están puestos sobre la violencia machista que se vive en México, es momento de salir a exigir lo que por derecho debería ser nuestro: la tranquilidad de vivir sin miedo y la seguridad de que nuestra muerte no será exhibida impunemente.

 


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
Sol Ceh Moo, ganadora el Premio de Literaturas Indígenas de América,. Mateo Peraza

Sol Ceh Moo, la primera escritora en ganar el Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA), busca que otras personas se reflejen en su vida: que se animen a escribir en sus lenguas originarias y vislumbren que más allá del peso del racismo y la discriminación, está la trascendencia.

Desde un café en la ciudad de Mérida, Yucatán, la escritora cuenta que se siente cansada, pero feliz. En poco más de un mes, viajó a Tokio y Los Ángeles para impartir ponencias sobre su obra. Además, el pasado 10 de septiembre le notificaron que ganó el PLIA, el cual recibió por su novela Sa´Atal Maan/Pasos Perdidos.

Sol (Yucatán,1968) novelista y poeta nacida en el municipio de Calotmul, paradójicamente repudia la luz solar; trabaja desde hace décadas durante la madrugada, de 2:00 a 4:30 a.m.

Bajo este ritmo, que define como “militarizado”, publicó las novelas X-Teya, u puksiikal koolel/ Teya, un corazón de mujer (2009, Conaculta), T’ambilák men tunk’ulilo’ob/El llamado de los tunk’ules (2011, Conaculta) y Hen tumeen x ch’úupen /Solamente por ser mujer (Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas 2014).

Sus libros se caracterizan por desmitificar un canon establecido en las literaturas indígenas; se alejan de la cosmovisión, la oralidad y las costumbres tradicionales relacionadas con el campo. Recupera la reinterpretación de leyendas, para abordar la represión, el rechazo a la identidad y la violencia de género que viven las mujeres en los pueblos originarios.

Mateo Peraza: En una columna de Milenio Novedades mencionó que escribe por las madrugadas.

Sol Ceh Moo: Así es. Trabajo de dos treinta a cuatro de la mañana. Después de obtener el PLIA, amplié el horario a tres horas y media. Pero cuando decidí hacer mi primer proceso metodológico de escritura fue antes de sufrir un accidente automovilístico que me dejó incapacitada, y mi tiempo de media hora, en que hacía ejercicios físicos de rehabilitación, ahora se lo dedico solo a escribir a un ritmo militarizado. Antes del premio pensaba tomarme un año sabático, pero es imposible: tengo un orden. Mi próximo objetivo es el Premio Casa de las Américas.

Mateo Peraza: Hay una idea que me resulta interesante, usted la ha retomado en diversas entrevistas para criticar la forma en que crean algunos autores en lenguas indígenas. Me refiero a contar las problemáticas actuales y alejarse de lo arcaico. Un ejemplo es su novela X-Teya, u puksiikal koolel/ Teya, un corazón de mujer (Conaculta, 2009) donde aborda la desaparición de un líder revolucionario perteneciente al movimiento estudiantil del 68; mientras que en otras, se enfocó en las adversidades que enfrentan las mujeres mayas en Yucatán. ¿Qué la motivó a narrar estos temas y no otros?

Sol Ceh Moo: Tuve una vida conflictiva. Crecí con padres buenos, en el sentido de hacerte una persona mejor en el ámbito cívico, sin saber el significado ni la forma. Con ese actuar generaron en nosotros, sus hijos, incomprensión social, limitaciones. No nos escuchaban ni nos dejaban expresarnos en nuestro idioma y solo imponían órdenes. Una vez —no recuerdo el motivo— tuve la mala suerte de cruzarme con mi padre mientras estaba enojada y nos enfrentamos. “Tú naciste para ser mujer”, me dijo categórico, “no puedes compararte conmigo ni con ningún hombre”. Le respondí: “usted se equivoca, le voy a demostrar que puedo compararme con cualquiera”. Era una época en la que una ni siquiera se podía vestir como quería. Todo estaba prohibido.

Mateo Peraza: ¿Entonces comenzó a escribir?

Sol Ceh Moo: Eso fue accidental. A principios del 2000, en mis tiempos libres, redactaba una novela sobre Víctor Jara. El único objetivo era tener un libro: escribirlo, engargolarlo. No pensé si deseaba ser escritora, pero supe que debía ser mejor que quienes estaban en mi casa; ser un ejemplo y no quedarme en mi pueblo. Porque, si bien algunas personas de mi familia y la comunidad me dijeron que no valíamos nada por nuestras facciones y apellidos, yo quería demostrar que lo importante iba más allá de eso. Así que me inscribí en una convocatoria para becas en lenguas indígenas, y una vez ahí, me cuestioné: ¿sobre qué escribo?, ¿cuáles son los temas? Me daba pena publicar algo limitado. El campo, el maíz, la población, eso, que era lo que abordaban todos, me pareció demasiado burdo, sin imaginación. En mis términos no se trataba de creación sino de apropiarse de la historia del otro, la del pueblo, y tomarla como tuya. Eso, en síntesis, era convertirse en un mercenario cultural. Y con esa motivación escribí un cuento que se llama “Samuel dijo” acerca de un hombre, mi tío, que va a cazar venados y recolectar miel. Generé una trama que se relacionara con estos elementos tradicionales, pero desde la actualidad, en primera persona, algo que, si eres escritora, resultaba raro en esa época.

Además, presenté un texto diferente. En ese hablé al respecto de la sumisión de las mujeres delante de una piedra, una virgen en la iglesia de Calotmul, frente a la cual ellas iban inclinadas, sosteniendo velas, a la procesión. Me pareció una situación terrible de sometimiento: subordinación en tu casa, ante tus padres por ser indígenas; subyugación por tratarse de pobres, empleadas domésticas o lo que sea; y a parte se abniegan ante una roca, que fue lo que más me llamó la atención. En fin, escribí sobre eso. Luego envié las dos obras y tuve buenos resultados. Esa fue mi primera beca FONCA (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes) en lenguas indígenas(2003).

Sol Ceh Moo, ganadora el Premio de Literaturas Indígenas de América

Sol Ceh Moo, ganadora el Premio de Literaturas Indígenas de América

Mateo Peraza: Dijo en una entrevista para Los Angeles Times que por haberse negado a sí misma en dos ocasiones, ha tenido tres identidades: Marisol Ceh Moo, Soledad Castro y Sol Ceh Moo. ¿A qué se refirió con esto?
Sol Ceh Moo: Hubo un periodo de mi infancia en el que usé ropa de hombre como una forma de libertad. En una ocasión mi padre reaccionó mal; me miró y con pasividad, hasta con amor, me dijo: “¡Ja, con que quiere ser niño!” Y se fue, al volver, me tomó del brazo y me llevó bajo un árbol de toronjas y con esos filos que sirven para afeitarse me cortó el cabello hasta que pareció el de un niño. “Listo, ahora tu nombre es Ananías”. Quizá creyó que me castigaba, pero yo adopté el nombre sin problemas.

Luego pasó algo con una de mis hermanas, que siempre ha sido sensible a la discriminación. En primero de secundaria la molestaron mucho por nuestro apellido, Ceh, que significa venado. Eso nos obligó a mí y a ella a cambiarlo. Yo tomé el de Soledad Castro y lo mantuve muchos años vedando mi personalidad. Cuando me preguntaban si entendía o hablaba maya, lo negaba. Intentaba ser lo que no se podía ocultar. Mientras, mi primera identidad y mi nombre de pila, Marisol Ceh Moo, nunca la asumí.

Mateo Peraza: ¿Cómo llegó a su tercero y último nombre?

Sol Ceh Moo: Fue una persona ajena a mí, que me hizo activar mi inconsciente y confesarme. Él, un médico, me cuestionaba si hablaba maya, yo le contestaba, aunque en el interior sabía que era una vergüenza lo que estaba haciendo: “Mi familia no es maya. Soy Sol Castro”. Ahora me entiendo. Era demasiada la discriminación. Quería ser blanca como me inculcaron. Rehuía de la luz solar, compraba cremas para aclarar mi piel. Aspiraba, pues, a convertirme en alguien como ellos. Por eso hoy el sol me desagrada, porque tenía en mi mente la consigna de evitar considerarme parte de una comunidad originaria. El doctor me preguntó sobre mis orígenes hasta que le avisé que no iba a volver. Y me dijo en nuestra última cita médica: “¿Ni una sola palabra sabes en maya?” Después, citó una palabra chontal, la lengua de su pueblo. Ahí no sé qué pasó, fue como si mi inconsciente y mi alma se abrazaran; le respondí inmediatamente: “Eso se parece al maya”. Él sacó unos libros sobre la lengua y me reclamó: “Hazme el favor de ir a aprender”. A partir de eso soy Sol Ceh Moo.

Mateo Peraza: ¿Esta lucha por la identidad, que va más allá de un concepto romántico, también se refleja en su obra?

Sol Ceh Moo: Es un mensaje para que la gente se reivindique y se asuma como lo que son: indígenas. Mis facciones, mi estatura, mi lugar de procedencia, eso es lo que soy. También quiero inspirar a las personas para lograrlo. Los premios para mí han sido retos, me dieron un peso mayor de responsabilidad y solo me queda aceptarlo.

Mateo Peraza: ¿Qué piensa del puritanismo de algunos escritores en esta literatura que no reconocen haber negado su idiosincrasia, ven esto como una debilidad o una afrenta contra su imagen?

Sol Ceh Moo: Lo que muchos escritores de México hacen, me parece un folclor. Una falta de respeto en ocasiones. La ropa, la vestimenta, el cabello, no definen a nadie. Lo que no termina de entender la sociedad contemporánea es que somos una dualidad: el indígena puro no existe, y quien lo piense, está confundido. A veces te dicen: “Sol rompe con los esquemas y escribe tonterías”. Esto porque para ellos es absurdo abordar la violencia, el maltrato, el incesto. Situaciones reales que se viven en las comunidades hace muchos años atrás; desde el derecho de pernada, por ejemplo, las haciendas, o que te casaban contra tu voluntad. Hoy en día persiste, es algo de lo que no se habla. Y si confrontas el problema, te responden: “Sí, te pasó, pero eres mujer, naciste para ello. Mala suerte que te tocó”. A nosotras nos culpan por desear ser libres, por menstruar, por “agusanar la fruta”. Serlo incluye, de forma inherente, un abuso constante y es algo que he querido poner sobre la luz, evidenciarlo en mi obra.

Mateo Peraza: En un ensayo sobre su trabajo, publicado en la revista Letras Libres, se menciona que las obras en lenguas indígenas deberían dejar de ser separadas de las demás. Es decir, que su recepción, producción y difusión editorial sea la misma que la de otros libros catalogados como literatura mundial.

Sol Ceh Moo: Sí, coincido. Mi apuesta es la universalidad y que mis libros, junto con el resto de esta literatura, figuren como los textos de García Márquez, Rulfo, Rosario Castellanos, Friedrich Nietzsche, Bauman, por mencionar algunos. Ellos además fueron medulares para mí: me ayudaron a abrir mi capacidad de pensamiento.

Mateo Peraza: El modelo occidental se basa en un prestigio generado a través de la acumulación sistemática de galardones, publicaciones, reconocimientos, etcétera. Desde su perspectiva, ¿la literatura en lenguas indígenas debe alejarse de esta dinámica? ¿De qué forma le han servido los reconocimientos?

Sol Ceh Moo: No creo que deba alejarse. Los premios, claro está, son un impulso. Importa la fuerza que te proporciona, el estatus que te otorga para que les sirvas de ejemplo a los demás. Lo vergonzoso es perseguir las condecoraciones para formar parte de un sistema de reconocimientos sin ninguna clase de valor estético. Sin embargo, creo que es válida la búsqueda del posicionamiento, que reparen en que, aunque hayas venido de debajo de la tierra, puedes ocupar este lugar. Eso es lo que tenemos que demostrar. Es imperante hacerlo.


Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.
Ilustración de María Magaña

 

YU’UN BALAMIL

    Li pome svol te yik’ li iklimane

  xpomomet te sjol te’etik

     Xtoymuel nuk’ulaletik,

te chk’otik k’alal te stojol ch’ul k’ak’al

 

       Li jch’uviletike snijan sjolik tech’ul  balamil,

    Epal te tos k’exolal sjelevesik te motonil

yu’un sts’unik te syajemal banamil jp’ej ach’ na.

 

Li ch’uvile te skapsbaik te ik’,

xcholchun ch-ochik te xchikin ch’ul banamil.

Sak jol viniketik yakil xch’uvilaj

   sk’oponik ch’ul balamil.

 

 

A LA TIERRA

  Emanación del incienso perfuma la mañana,

abraza la copa de los árboles.

Se elevan voces,

llegan en el sol.

 

        Las palabras acarician el corazón de la madre,

  ofrendan aves multicolores,

enraízan refugio en la herida .

 

Las palabras se entrelazan en el aire,

entran a los oídos de la madre tierra.

Hombres canosos invocando

   en el núcleo de la orbe.

 


 

VABAJOM

        Chanav te osil balamil,

           ch-tajin te sat o’,

skapsba te yik’ sob ik’liman,

  xmuk’ubaj yonton jteklumetik.

 

         Xjimjun slametel xchi’uk li nichimetike.

snichimtasbe  yonton yaxal pepentik

xjoyetik muel te vinajel.

 

Xchi’inoj te anil stsatsal k’inibal,

xniknun yu’un  yaxinal toketik.

 

   Li te’etike xjiimlajet

chak’ik te a’yel yaxal k’ejoj.

  Spokbe sat lametel,

          xk’ataj te anil  tumtunel on’tonal

ch-ochyalel  te yonton balamil.

 

 

REQUINTO

Se expande en el infinito,

     juega en el ojo del agua,

     abraza el perfume de la mañana,

   retumba el corazón de los pueblos.

 

    Susurra y baila con las flores

despierta la alegría de mariposas azules

    que vuelan en espiral hacia el cielo.

 

Corre con la fuerza del huracán,

mueve la sombra de las nubes.

 

   Los árboles se agitan,

 anuncian el canto celeste.

Limpia el rostro de la tranquilidad,

 se convierte en latidos fugaces que bajan

penetrando el corazón de la tierra.

 


 

YON’TON K’AK’AL

Spix te skevanel yelob yik’al osil.

        Xpixtal te xojobal

    yaxinal vitsetik.

 

Li syol sate sts’iletaj te sjamlejal osil

sts’uts’unbe yab yok  ik’al osil.

  Xtil xch’ich’el  te jujun ik’liman.

 

 Xchopesbe slu’bel li ts’ujul

   xt’elt’un yu’un sk’uxul muk’ta sik.

 

Sk’iantal k’unchamen stse’oj

k’elanbil yu’un unen sob ikliman.

    Te xch’ayelbatel k’ak’al

skux yon’ton te spat xokon ak’bal.

 

 

PALPITACIÓN DEL SOL

     Envuelve con su resplandor el oscuro rostro.

   Con sus rayos cubre

   la sombra de las montañas.

 

    Brillan sus pupilas al infinito

  absorbe pisadas oscuras.

   Arde su pulso en cada amanecer.

 

     Sana fatiga del rocío

    tiritando por los dolores del frío impávido.

 

                  Riega la tibia sonrisa

   ofrendada por la joven matutina.

   Y en la consumación del atardecer

descansa detrás de la noche.

 

 


Autores
Chiapas, México. Educadora popular, escritora, antropóloga, traductora, y actriz Maya Tsotsil. Autora de: Xojobal Jalob te’ / Telar Luminario (México, 2013); Realtà non necessaria (Italia, 2009); Xchamel Ch’ul Balamil / Eclipse en la madre tierra (2008); Ch’iel k’opojelal / Vivencias (2003); y coautora de Palabra conjurada, cinco Voces cinco Cantos (1999); e Indigenous children: We are not to blame. Sus obras forman parte de las antologías: Chiapas Maya Awakening. Contemporary Poems and Short Stories (U.S.A, 2017); antología de poesía de mujeres indígenas de América Latina (Ecuador, 2011); Jaime Sabines 83 aniversario, 83 poetas (CONECULTA, 2009); Poètes indiens du Chiapas (París, 2007); Los abismos de la palabra (UNICH, 2005); y en Red Rock Review (Community College of Southern Nevada Canadá, 2003). Dos de sus poemas están musicalizados: Jtij vobetik (Tamboreros) y Jsa’ ch’ulelal (Buscadora de Alma). Algunos de sus escritos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, catalán, portugués y sueco.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) Ilustradora mexicana multidisciplinaria enfocada en creación narrativa. Ha participado en proyectos que van desde ilustración editorial, cómics, libros infantiles, escenografía, exposición en galerías y pintura mural.
Ilustración de Isela Xospa

Se acerca el Día Internacional de la Lengua Materna y en Tierra Adentro decidimos celebrarlo la semana entera. Del 17 al 21 de febrero podrán encontrar textos de autoras increíbles que tienen en común el compromiso con la vida de una lengua. Inauguramos la conmemoración con la escritora, traductora y actriz maya tsotsil Ruperta Bautista, quien participa con Yon’ton k’ak’al y otros poemas.

No podía faltar Sol Ceh Moo, ganadora del Premio de Literaturas Indígenas de América 2019, quien, a través de una entrevista, nos habla de su compromiso social como escritora, así como la lucha en contra de los prejuicios que envuelven la literatura indígena. El zapoteco, por su parte, aparece desde la experiencia personal de Biaani Garfias y la dinámica familiar en la que se instaura el conocimiento o desconocimiento de esta lengua en el ensayo ¿Y si nos quedamos sin alguien para hablar?.

Por supuesto nos interesa introducir voces jóvenes como la de Alejandra Lucas, quien participa con Tres poemas en lengua tutunakú, donde las transformaciones corporales son uno de los focos principales de sus metáforas.

Yásnaya Elena, lingüista mixe, en Mujeres indígenas y escritura, ensaya alrededor del acto de escritura como subversión, mientras problematiza, también, las implicaciones de una alfabetización no incluyente con respecto a las lenguas originarias.

Más adelante podrán encontrar un ensayo de Susana Bautista, Levantar la voz con la palabra, que aborda la relevancia de proyectos editoriales especializados en la publicación de mujeres escritoras en lengua originaria, tales como Pluralia y Originaria; además, hace un recuento de los esfuerzos editoriales e institucionales por visibilizar la escritura indígena. Al tiempo que Adriana López nos regala la belleza de la poesía en tseltal en Ants te ajk’ubal / La noche es una mujer.

Por último, cerramos esta celebración con Yavanel jbats’i k’op / El grito de mi lengua y otros poemas, de Angelina Suyul. El grito de su lengua, el tsotsil, es un grito metonímico de la gran diversidad lingüística mexicana. Es ese grito, a través de la poesía, del ensayo, de la escritura como forma de resistencia, el que esperamos que nos acompañe toda esta semana de celebración. Sabemos que para la supervivencia de las lenguas se necesitan muchos más esfuerzos continuos, así que es un grito que espera convocar más ecos.

No olvidemos reconectar con la celebración del año pasado, para que los nuevos lectores, o aquellos asiduos releer, puedan visitar la trayectoria histórica de Tierra Adentro en la celebración de la diversidad lingüística mexicana. Aquí pueden encontrar el número de la colección La Ceibita, titulado Lenguas de América (2016) (2016) y compilado por la académica Luz María Lepe Lira. Así como los textos Yuilal Mak abejk’ajon / Fui parto en mes Mak, de Adriana López, Bicéfalos, de Nadia López García y Cinco poemas de Judith Santropiero.

Antes de enviarlos por este camino de la riqueza lingüística, cabe dar un agradecimiento especial a Susana Bautista Cruz por su genuino interés y apoyo a la difusión de la obra de escritoras en lengua originaria, y en la elaboración de este especial.


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.

Ilustrador
Isela Xospa
Originaria de la Alcaldía de Milpa Alta, es ilustradora, archivista y editora independiente de origen nahua. Ha trabajado para el Fondo de Cultura Económica como diseñadora gráfica, en el ILCE México como diseñadora editorial y en el David Bowie Archive como archivista. Actualmente dirige Ediciones XospaTronik (2014) proyecto que surge como una editorial autogestiva e independiente que aborda temas y personajes de Milpa Alta, región nahua del sur de la ciudad de México.
Antonio a color. Ilustración por Herenia González

Con las letras fenicias, los griegos registraron el conocimiento del Mediterráneo, y la historia se encargó de transmitirlo al presente. A la humanidad le costó siglos superar esta proeza. Fue con YouTube, creado el 14 de febrero de 2005, que se fundó un canal cuyo lenguaje audiovisual puede ser comprendido y emitido al mundo en un instante.

Millones de usuarios entran a la plataforma para instruirse, y Antonio García Villarán, (11 de julio de 1976. Sevilla, España) doctor en Bellas Artes, autor, profesor y pintor ve una oportunidad para enseñar arte. Actualmente, su canal tiene 724 mil suscriptores.

Al ser uno de los youtubers con más participación en foros españoles de comunicación cultural, se podría suponer que Antonio García siempre ha conocido la mejor opción para cumplir su labor; sin embargo, su presencia en la red fue una conclusión tras una trayectoria como divulgador en distintos medios.

“Bueno, yo no he dicho nunca que YouTube sea el canal adecuado, pero me parece uno de los más completos porque trabajamos con imágenes en movimiento y sonido; podemos meter contenido de otros videos.

Para difundir el arte vale cualquier canal, desde una charla en una clase hasta las demás redes sociales: Twitter, Facebook, Instagram, pero YouTube me parece una de las mejores. Por eso yo al final, que tenía una editorial, mi conclusión fue que, para llegar a más gente, debía conseguir algo así, hacer videos que los viera todo el mundo. Decidí meterme ahí”.

De la pantalla a las aulas

En 2020 se cumple el decimoquinto aniversario del nacimiento de la plataforma; Antonio creyó que “había llegado tarde” hace cinco años, cuando subió sus primeros cursos básicos de dibujo. Aún recuerda su carrera como docente, que comenzó en el 2000 y finalizó en el 2012. Mira con atención el techo de su casa, busca las experiencias de esa década para responder mi pregunta:

¿Cuál es el modelo comunicativo ideal para enseñar arte y en qué clasificación de tu video “Los youtubers del futuro. La 4ta generación” lo pondrías?

Lo ideal, y yo lo practico, es un modelo híbrido. De hecho, intuitivamente se hace porque diario me llegan mensajes de que mis videos se ven en universidades, institutos y facultades de Bellas Artes. Unas clases presenciales ayudadas de este material audiovisual es lo idóneo.

También yo recomiendo ‘el aula invertida’, que consiste en que los alumnos obtengan los elementos de su aprendizaje a través de videos, documentos en su casa, que estudien las horas que hagan falta; y el salón sea un espacio de experimentación, donde el profesor los guíe hacia ciertos objetivos. Pero que no sea la clase magistral donde está el señor lanzando su cátedra, que eso ya se puede hacer en una videograbación.

Mejoramos la realidad con el video. Si yo me equivoco en algún dato y me doy cuenta, puedo editar o ponerlo en comentarios. Un académico puede cometer errores y el estudiante así lo capta en sus apuntes. Cuando yo fallo, la comunidad lo comenta y lo corrige. Me ve mucha gente, de eso se trata.

En un futuro no muy lejano puede haber animaciones que enseñen en YouTube cierta temática, pero que ni siquiera sean personas reales. O bien algo que no estaría mal que hicieran las instituciones es que empiecen a contar con youtubers de cierto éxito en la plataforma, porque ellos ya saben cómo hacerlo y eso puede ayudar a las escuelas”.

Antonio sabe que el adoctrinar alumnos en las universidades es deficiente para la enseñanza, pues en más de una ocasión ha admitido que se enfrentó a ellas durante su formación académica; lo cual me llevó a una cuestión: ¿qué limitaciones identificas en YouTube y cómo podrían afectar a los youtubers cuya labor es generar arte?

Yo más que limitaciones solo le veo ventajas. A mí no me ha limitado en nada, al contrario. Lo que ha hecho es hacer llegar mi obra a un público que, en el sistema de antes, de ninguna manera hubiera podido.

Han llegado mis ideas al mundo entero, cuando en el sistema escolar me hubiese sido casi imposible, ni siquiera escribiendo artículos; es decir, tú escribes un artículo, pero ¿quién lo lee? Es complicado, y mucho más acercar el arte a gente que en principio no le interesa. Creo que esa la grandeza de mi canal, su misión; es lo que todos estamos consiguiendo, no solo por mi parte al hacer los videos, sino las personas que los comparten, que les gustan y hablan con sus amigos sobre las cosas que enseño en mi canal. Yo digo: esto tiene absolutamente ventajas.

A nivel profesional, yo como pintor para logar que mi obra se vea, antes tenía que hacer muchas exposiciones porque no podía enseñar mi boceto en papel. Hoy en día, gracias a las redes sociales, tú subes ahí tu pintura y a quien le interese, podrá alcanzarla fácilmente. Me parece un gran progreso”.

Un diálogo con el pasado

YouTube consolidó a cantantes como Justin Bieber y demás creadores, ¿cómo se podría usar la plataforma para establecer un diálogo generacional con artistas que no han dependido de la plataforma y los que nacieron en ella?

Lo que veo es que la gente que decía que no le interesaba YouTube está entrando, abren sus propios canales. Hay artistas que me han dicho “yo no consumo la plataforma, no veo tus videos”, pero saben lo que digo en ellos, lo que es el Hamparte, es decir, aseguran que no ven mis videos, pero lo hacen y no quieren admitirlo; es muy sintomático.

Yo pienso que YouTube es un tsunami y si no están preparados, se los va a llevar, les ha pasado a muchos. Si no vas con el progreso, te va a comer. Lo observo en cantantes; has hablado de Justin Bieber, pero hay otros que no nacieron en esta plataforma y hacen videos para YouTube, no pueden hacer otra cosa que unirse.

Los que hemos emergido aquí, somos muy asequibles, localizables. Si hay interés por ambas partes: artistas que reniegan de la plataforma y los que vimos la luz ahí, pueden contactarnos fácilmente. Antes, esta entrevista hubiera sido imposible. La red propicia esto, y los que no se quieran enterar, desde mi punto de vista, están completamente equivocados”.

Es inevitable pensar en los modelos verticales de comunicación que algunos recintos cultuales conservan, donde un ser superior arroja un mensaje e ignora los medios necesarios en la retroalimentación del receptor.

Estas instituciones han escuchado campanas, pero no saben dónde; tiene canales sin conocer la importancia de esto… y se enterarán. Las universidades y museos abrieron cuentas, pero son muy pobres porque no ven la fuerza que posee; es como tener un coche que corre a 220 km/p, y ellos van a 20 por hora. Tienen que invertir y llegar a más gente.

No me explico cómo las grandes colecciones, que deben conseguir acercar el arte a la gente, no invierten más en esos canales. Alcanzarían a las personas que no pueden desplazarse físicamente al recinto y podrían difundir sus actividades a través de buenos videos, con quienes ya han tenido cierta repercusión en el tema de la divulgación en la red. La tienen muy fácil. Todo llegará, será muy pronto.

Yo el año pasado hice el proyecto Harco 2019, en el que fui a seis ferias de arte contemporáneo; los visité con mi equipo e hice un video. Ellos (en Harco) se vanagloriaban de haber conseguido 100 mil visitantes; en mi video tengo más de 285 mil visitas. ¿De qué va el asunto? Si quieren hacer llegar las galerías a la gente, tendrían que contar con alguien que ya sabe hacerlo.

Planeo sacar Harco 2020, como el año pasado. Quiero que, en lugar de lanzar siete videos, sean el doble. Trabajaré con mi equipo para logar la misión”.

Antonio a color. Ilustración por Herenia González

Antonio a color. Ilustración por Herenia González

Hamparte, el vicio de las élites

Tu concepto Hamparte[1] ya es utilizado en las cuentas de Twitter de las galerías, pero lo hacen de manera errónea, ¿cuál piensas que sea la razón por la que las élites no asuman sus objetos en venta como Hamparte, de la forma en que lo defines?

Si las galerías aceptaran el Hamparte, la gran mayoría de las obras que tienen no valdrían nada. Sería como hacerse el harakiri, se hundirían al decir que el Hamparte es un concepto real. Otros no, los artistas supuestamente de calidad subirían.

Por otra parte, muchos no han visto el video del manifiesto, tampoco han leído el libro, entonces hablan de oídas. No les interesa, pero el Hamparte también es un tsunami. Quien está en el mundillo del arte ha oído hablar de eso, ¿saben lo que significa o no? Yo creo que sí, aunque no les guste porque claro, es como decirte: ‘oye, lo que haces no vale nada, además te digo por qué no’. Hay un montón de gente que piensa lo mismo que yo, por eso no les gusta.

En Harco, me llegó un hampartista y comenzó a insultarme. Yo en mis videos no ofendo a nadie, solo opino; pero las cosas pueden llegar a ese extremo porque no tienen otra herramienta contra la noción. Cada vez la gente fuera del mundillo del arte, la que lo consume, me envía muchas capturas de pantalla señalando lo que hay de Hamparte en los museos.

Decir Hamparte es muy fuerte: estas personas están ahí porque su obra, que no tiene ningún valor filosófico ni técnico, existe gracias a su elevado costo. Es arte, uno llamado Hamparte, una idea común y no vale nada de dinero. ¿Qué rico va a querer una obra que valga cero? Ellos quieren tener cosas costosas; y estos hampartistas tendrán que buscarse otro trabajo o hacer creaciones artísticas de verdad”.

En la contemporaneidad, la gente mucho ha consumido y criticado las obras novedosas, como las pinturas de Mikail Akar comparadas con las de Jackson Pollock, ¿de qué manera el Hamparte podría ser considerado una nueva corriente y gracias a quiénes?

Antonio tensa ligeramente la mandíbula como si algo lo incomodara, junta las yemas de sus dedos en los que sostiene algo pequeño e inaccesible a mi vista, alza ese objeto ilusorio y comienza a formar círculos hacia la cámara, similar a un saludo o el vaivén de un pincel.

“No podría ser una corriente artística. Es la definición de ciertas prácticas, algunas de ellas se vienen haciendo desde principios del siglo XX, entonces no puede ser una corriente porque sería como decir: ‘aquí hay muchísimos tipos de plátanos y estos son amarillos’, eso sería el Hamparte; el amarillo no es un plátano sino una definición de lo que es. Se trata de quitar ese valor económico que se le ha dado a este tipo de obras facilonas.

Las notas, en las que venden Hamparte, nos están llegando porque a los medios de comunicación les da igual el arte; lo que quieren es algo viral. El hecho de que un niño haga cuatro chorreones (que los encuentras en cualquier feria de arte porque repiten la fórmula de Pollock) y se vendan en 11 mil euros es noticia.

Ya ni siquiera investigan. Encontré que el padre de Mikail Akar ha estado intentando desde hace cuatro años promocionar a su hijo con sus videos de YouTube, fue hasta que dio con un futbolista que llamó la atención. ¡Un niño que vende cuadros! Eso no es cierto, además nadie se va a acordar de él.

Esto es sensacionalismo, pero para los amantes del arte como yo, nos interesa denunciar ese tipo de cosas para que la gente vea que eso no es el arte de hoy, es una nota vacía.

Es igual que Bansky, que metió una obra a una trituradora y se quedó a la mitad. Cuando vi eso repetido en los medios ‘que Bansky es un héroe porque ha intentado destruir…’ pregunto: ¿no te das cuenta de que esto es una estrategia comercial?, ¿por qué se ha quedado a la mitad?, ¿cómo ha conseguido meter una máquina dentro de un marco? Eso es imposible y si no lo es, estaría en problemas porque cualquiera podría colar una bomba.

Hacen esas cosas para que el cuadro valga más dinero y ganen los que siempre se enriquecen. Por eso yo me veo en la obligación de denunciarlo, dar una voz crítica respecto a estas malas prácticas en el mundillo del arte”.

Los pasos de un buen pintor y la tarea del divulgador

Gracias a YouTube, yo he tenido ofertas de galerías porque me ven; si no te conocen no te pueden proponer nada. La plataforma es un escaparate muy bueno para que te vean. Antes no era así; si no eras primo o cuñado de tal, difícilmente podías entrar a esas exposiciones de prestigio.

Lo que recomiendo es que trabajen mucho, no solo en la obra, sino en su buena difusión en las redes. Ya no basta con pintar un cuadro y exponerlo”.

De nuevo Antonio invoca a ese pincel suyo, sigue los trazos circulares en un lienzo que nos ha acompañado durante nuestra entrevista; ese movimiento de su mano derecha le ayuda a comunicarme sus ideas. Crea los bocetos de los consejos que dará a los pintores en su audiencia, lecciones avaladas por los seis premios en su trayectoria desde 1984.

“Primero: intenta pintar el mejor cuadro del mundo;

Segundo: la imagen que tú vayas a subir a la red debe ser buena, porque he visto muchos cuadros que en principio están muy bien; pero por una mala foto, al final no parece tan bueno;

Tercero: una vez que tienes eso, trata de posicionarlo. He dicho que para mí el barrio de Montmartre del siglo XX, donde estaban los artistas, ahora es Internet en el siglo XXI. Los que destaquen ahí serán los notables en el arte de nuestra era. Yo apuesto por la red, y sé de mucha gente que, aunque no son mega conocidos, tienen su comunidad en redes sociales, así se ganan la vida, viven de lo que les gusta. Se puede vivir de esta manera más libre”.

De las actividades del humano, el arte es la que mejor lo define. Hay una paradoja si se piensa que en nuestra época es devaluado o, en el caso del Hamparte, convertido en un discurso diseñado a las exigencias económicas de una élite. Antonio me recuerda la valía del divulgador, quien puede ofrecer una solución al artista y a la audiencia:

Tienes que difundir algo que a ti te guste y te apasione de verdad, porque eso se transmite. Después esfuérzate por hacerlo digerible.

En el caso de los videos, que sean divertidos, no vas a hacer conferencias aburridísimas que costaría ver. Deben ser videos que a ti te gusten; yo cuando termino uno, actuó de joven y me pregunto: ¿este video yo lo vería?, ¿me divierte? Si respondo sí, lo subo. A través de un pensamiento muy crítico se valora si eso que tú muestras a las personas es de calidad; no creer que lo sabes todo, que tienes el santo grial en tus manos y decir: ‘lanzaré lo que me dé la gana y lo tendrán que ver porque es una enseñanza de calidad’.

YouTube tiene un formato que, si tú tienes una imagen mal iluminada o te trabas al hablar, nadie verá tu video y fallarás en tu objetivo: hacer llegar el arte a la gente”.

[1] Hamparte: lo que las élites nos dicen que es arte, pero no lo es.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.

Ilustrador
Herenia González
Artista mexicana, estudió Diseño y Comunicación Visual en la UNAM, se especializa en ilustración infantil y su trabajo ha sido publicado en diversas editoriales en México y el extranjero. Ha participado en exposiciones colectivas entre las que destacan “Muestra de artes visuales” Cancún 2018, “Historias de Ajudaris” Portugal 2016, “Imagen Palabra 7” Bogotá 2016, “Una mirada ilustrada al archivo Casasola” Downtown CDMX 2013, “La muerte ilustrada” Seattle Center 2008 e “International Artistic Contest Children and Youth” Czestochowa 2004. “Paseo Vespertino” fue su primera exposición individual en Cancún e Isla Mujeres, 2019.
Ilustración de Mariana Martínez

El joven no sabe elegir. Desde su auto merodea la avenida Itzaés repleta de travestis con faldas cortas y blusas escotadas, otras más con mallas delicadas y zapatos de tacón altísimos. El joven busca la correcta con ojos de analista, de espigador. Ninguna parece darle lo que quiere, pero no se apresura a desencantarse ni se abruma por el sonido de los cláxones de otros que tienen más prisa por ver el menú. Ya es muy noche y el joven no atina cuál pueda ser útil.

En cambio, cada una de las travestis lo ve con demasiado interés porque no es un hombre barrigón de cincuenta años. Se le ve, dicen entre risas, un pollito listo para ser desplumado, y no tan feo si sonriera. El carro es nuevo, quizá un regalo de su padre cuando cumplió los dieciocho años. Ellas también lo saben analizar.

Él se detiene ante una con minifalda plateada y cabellera lacia. Es flaca y usa botas que suben hasta la rodilla. A ojos del joven, es la adecuada. Abre la ventanilla y le indica que se acerque. Lo hace con gesto de señor altanero. Ella se alisa la falda y aunque trata de ser coqueta, no puede o no quiere, porque sabe que los hombres mal encarados solo garantizan una golpiza o algo peor. Mejor es ahuyentarlos y que se busquen a otra más desesperada.

—El servicio te sale en ochocientos pesos la hora, un oral, penetración, desnudo completo o parcial y las posiciones que tú gustes. El hotel corre por tu cuenta —dice sin sonreír o hacer contacto con los ojos del joven.

Sabe que va a decir que no vale tanto y se dispone a volver a su sitio.

—Súbete.

La travesti resopla al escuchar la puerta del auto abrirse. Pero se resigna y piensa que son gajes del oficio, y ya viéndolo bien, con suerte podría someter a ese escuincle a la primera cachetada que le suelte. De paso, tumbarle la cartera y rayarle el auto. Se sube con poco ánimo y le sonríe fingidamente, o más bien, le enseña los dientes para hacerle saber que sabe usarlos como defensa. El joven apenas la mira y comienza a manejar apretando el volante con mucha fuerza.

No hablan de nada y es inusual. Los clientes siempre abren la boca, cuentan de alguna novia o de sus ansias por probar carne de puta. Este no. Ella podría decirle cariñitos para empezar a relajarlo, tal vez lo ablande y hasta lo enamore. Pero no puede, se mantiene quieta y alerta. Tiene miedo.

El joven deja atrás la avenida y los moteles de paso. Todo eso sin poner música, sin darse cuenta que su acompañante está intranquila y sudando. Él sólo puede ver la calle y los autos que rebasa o lo rebasan, los transeúntes y semáforos. Ella sabe que están cerca de la zona norte, donde pasean las amas de casa con sus perros y sus hijos en carriola.

Piensa que el joven tiene una casa o apartamento para él solo. Eso es mejor que restregarse en una cama pulguienta. Pero también riesgoso, podría entrar completa a una casa muy bonita y salir en cachitos en una bolsa de plástico. Ella prefiere el olor corriente de las sábanas de los moteles a las cálidas alcobas donde nada es seguro. Sonríe al pensar esas cosas. En ninguna parte está segura.

Se mete al estacionamiento de un Liverpool. El joven es el primero en bajar porque ella se queda pasmada. Él le abre la puerta del auto, refunfuñando, y piensa que hasta las travestis esperan las mínimas cortesías.

—Qué caballeroso —se atreve a decir ella.

Pero a él no le hace gracia y la toma del brazo fuertemente para hacerla caminar a su paso. Ella no lo soporta mucho tiempo y se zafa de aquellos dedos que la aprietan.

—¡Pérate, salvaje! Van a decir que no sabes tratar a una dama.

—No seas payasa y camínale.

El joven quiere volver a tomarla, pero se lo piensa mejor. Le hace señas para que pase delante de él. Ella sabe que en aquella victoria ha puesto las reglas del juego. Así ya no tiene tanto miedo.

—¿No te da vergüenza que te vean entrar conmigo?

Lo pregunta seriamente. Nunca la habían llevado a ninguna parte, los hombres prefieren tener tratos con ella en lo oscurito. Mucho menos la han exhibido en un lugar donde van señoras estiradas. El joven gruñe como respuesta. Sí le da vergüenza.

—No hago esto por diversión.

—¿Ah, no? Pensé que era una fantasía. Nunca lo he hecho en los baños del Liverpool.

El joven la mira con asco.

—No voy a hacer nada contigo. Vamos a comprarte ropa decente.

Ella ríe fuerte. Nunca ha comprado ropa en una tienda departamental.

—¿Vamos a jugar a que soy Julia Roberts?

El hombre quiere replicar, pero las puertas mecánicas se abren. Ella se siente soñada entre tanta marca distinguida. Cree que toda está a su disposición y sonríe ilusionada y con los ojos pelados de maravillarse. El joven trata de caminar rápido por los pasillos y entrar pronto al departamento de ropa para mujeres. Llegan ahí después de ser vistos por un gerente y señoras aterradas. El joven toma una prenda, la primera que encuentra.

—Toma, pruébatela.

—¿Qué? ¿Esto? Ni loca.

—Entonces elige otra cosa, apúrale.

Ella saca una blusa transparente.

—No, no. Otra cosa. Algo más simple.

Ella mira divertida al joven por hacerlo sentir vergüenza, por su repentina preocupación y ansias de irse lo más pronto posible de allí.

—Ya entiendo —dice dejando escapar su voz gruesa—. Quieres que me vista como tu hermana. O como tu mami.

El joven le suelta una cachetada. No ha sido fuerte, pero la deja quieta y asombrada. No puede hacer un escándalo en Liverpool, se dice ella, si al menos fuera el tianguis otra cosa sería. Porque tiene principios, pero sobre todo porque no desea ir presa esa noche.

—No digas esas cosas —el joven habla despacio, apenado.

La travesti no dice nada y saca una blusa de trazo convencional y elegante. Luego escoge una falda recta y unos zapatos bajos. El joven asiente y la manda a probadores.

Cuando sale, ella es una mujer “casta”. Le modela al joven su vestuario, muy modosa, pero él se hace el desentendido. Ya está tranquilo porque no parece que va acompañado de una prostituta, sino de una novia bonita pero algo caballona. El joven paga en caja y ella se lleva puesto todo. Van al auto sin hablar, ella se contonea a pesar de que todavía le arde la mejilla. Él simplemente camina con la cabeza gacha y suspira al ver las nalgas de ella.

Otra vez las calles de la ciudad. El mismo silencio. La incertidumbre de dónde irán a parar, qué perversidades le va a exigir. Ella le dirige la palabra para pedirle que se detenga a comprar condones o de perdido un tarrito de vaselina. Es ignorada. Ella cree sentir lo mismo que una mujer en matrimonio: ya la han cacheteado y ahora, ni la palabra le dirigen.

Cuidados-Paliativos-2

Llegan a un hospital privado. Ella se queda igual o peor de pasmada que cuando estuvieron en Liverpool. Ya le han contando que los enfermos terminales (o ni siquiera terminales, sino puro enyesado) hacen lo posible por tener sexo por última vez en su vida (o en el caso de los enyesados, nada más para pasar el rato). Entonces cae en cuenta de por qué la urgencia de hacerla ver presentable y recatada.

—Estas cosas se dicen, se hablan. Qué bárbaro —dice ella aliviada—. Así nos hubiéramos ahorrado los disgustos y el misterio.

El joven se estaciona, pero no hace nada para bajarse. Sigue aferrado al volante.

—De qué estás hablando.

—Si quieres que me encame con un paciente no tengo problemas, incluso si está decrépito. Nomás dime para no andar con el Jesús en la boca.

El hombre ni la mira, se baja del carro y comienza a caminar. Ella sale por su propio pie y camina para alcanzarlo. Entran a recepción y de inmediato los pasan a una sala muy blanca. De allí los llevan a una zona que dice “cuidados paliativos”. Ella piensa que entonces sí es grave la cosa, que está a punto de tener sexo con un moribundo. No entiende cómo puede tener una erección un enfermo terminal. Se persigna al detenerse en la puerta. El joven abre y la hace entrar.

La habitación parece todo menos un cuarto de hospital: las paredes están pintadas de mamey, las cortinas tienen estampado de flores y hay ramos por todos lados. La cama es de madera y los cobertores pachoncitos. No hay máquinas de las que tintinean ni sondas o sueros. En la cama yace una persona menuda. Es una viejita canosa y arrugada. Respira muy lento y tiene los ojos semiabiertos.

—Estee… el lesbianismo lo cobro más caro.

El joven la voltea a ver entre enfurecido y sorprendido.

—No puedo creer que seas tan idiota. Es mi mamá.

A ella le ofende y le confunde la respuesta.

—¿Y siempre le presentas a tu mamá las fulanas que recoges de la calle? ¿O nomás cuando está al borde de la muerte?

El joven, desesperado, la agarra del brazo y la lleva fuera de la habitación. La mira por unos instantes y después le dice:

—Le vas a pedir perdón a mi mamá.

—¿Y yo por qué? Contigo es el pedo. A ella no la ofendí.

El joven se lleva la mano a la frente y habla desesperado:

—No, no. A esto te traje. Le vas a pedir disculpas a mi madre como si fueras mi hermano. Te doy los ochocientos que dijiste y una propina porque sé que esto es raro. Te llevas la ropa o puedes hacer el cambio por lo que quieras. Es más, te doy mil quinientos pesos por todo. Nada más di esas palabras: perdón mamá. Y listo.

Ella se queda pensativa. Peores cosas le han ofrecido hacer y por menos dinero. Se muerde un labio. Una cosa es abrir las piernas y otra engañar a una viejita a punto de morir. Se imagina cosas. Quién pensaría que ese joven tuviera una vestida como hermano, y quién sabe qué diablos hizo para no acudir al lecho de muerte de su madre. Hasta en las mejores familias.

—Órale, pues —se decide—. Pero si tu mami se pone parlanchina yo no respondo y sube la tarifa.

Él abre la puerta y ya no entra. Se despide advirtiéndole que más le vale ser convincente. Queda de custodio, ve enfermeras pasar y les sonríe nervioso. Le tiemblan las manos porque no puede confiar que todo va a salir bien. Tiene ganas de abrir la puerta y ser testigo de todo. Piensa, ¿por qué no me vestí yo? No se imagina subido a unos tacones y envuelto en un vestido. Casi se pone a reír.

Ella sale de la habitación como histérica: “no puedo hacerlo”. Él la sigue alarmado y le da caza en un pasillo donde se tira para llorar casi sin lágrimas.

—No puedo hacerlo. Te devuelvo la ropa y nomás dame para el taxi.

El joven se agacha y la toma del hombro.

—Pero, ¿qué pasó? ¿Por qué?

A ella le toma unos segundos abrir la boca para explicarse. Mientras tanto se limpia el maquillaje corrido.

—Abrió los ojos y me reconoció. Digo, creyó reconocer a tu hermano. Me tomó de la mano y me llamó Carmen. Dijo que nunca debí irme de la casa, que yo siempre fui su favorita y no sé qué tantas cosas que me hicieron recordar a mi mamá. No puedo hacerle esto a la tuya.

—¿Pero alcanzaste a pedirle perdón?

Ella lo empuja y se levanta.

—¿Cómo le voy a pedir perdón a mi propia madre? Digo, a tu propia madre.

—En eso quedamos —dice el joven incapaz de levantarse.

—¿Y tú crees que eso espera oír? ¿Que su hijo le pida perdón por ponerse vestidos? No mames.

El joven se levanta, ahora sí, encabronado, porque no atina a decir más palabras. La agarra del brazo y la arrastra sin importarle que las enfermeras lo vean. Ella no grita ni hace nada por zafarse, simplemente pone resistencia en los pies. Rechinan los zapatos en los pasillos del hospital. El joven la mete a la fuerza a la habitación, la lleva hasta el borde de la cama de su madre. La toma del cuello para empinarla y acercar su cara a la de la moribunda.

—¡Pídele perdón a mi mamá!

Ella no abre la boca. Ve los ojos atentos y brillosos de la madre.

—¡Pídele perdón!

La madre del joven acerca sus manos llenas de lunares al rostro de ella y le acaricia las mejillas.

—¡Dile que te perdone!

Ella le sonríe a la madre, pese a que su cara se ha puesto hinchada y se le saltan las venas de la frente. La madre le devuelve la sonrisa y vuelve a repetir, quedamente, el nombre de Carmen.

—¡Pídele perdón! ¡Dile que te…! Puta madre…

El joven suelta a la travesti y se va dando un portazo. Ella no le presta atención a su cuello adolorido y besa la frente de la anciana. Piensa que lo único imperdonable allí es la boca reseca de la madre. Ella saca de su brasier un labial rojo y le pinta los labios a la viejita.

—Perdóname, mamá —le dice mientras la arropa con el cobertor pachoncito—. Perdón por no haberte puesto más guapa.


Autores
(Mérida, 1990) es antropólogo, narrador y tianguista. Cofundador de la revista digital Memorias de Nómada. Becario del Sistema Nacional de Jóvenes Creadores 2023 y ganador del Fondo Editorial 2023 del Ayuntamiento de Mérida con el libro de cuentos Cristo es una forma de hacer drag.

Christina Soto van der Plas ganó el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019, aunque bien pudo haber ganado el de ensayo, o el de novela; más aún, cabe la posibilidad de que en un futuro exista un nuevo premio para obras como la suya, de semejante calibre y aliento, que no se dejan atrapar bien dentro de frontera alguna. Porque hay obras, como autores, a los que los adjetivos se les resbalan, y aquí estamos frente a ambos casos. Más allá del evidente hecho de que las sílabas mismas no lo permiten, el título, desde que lo escuché, me pareció un bellísimo haiku falso que me permito reproducir a continuación.

 

Curaçao

Costa de cemento

Pueblo de prisión

 

Quizá, cuando se hable de este libro, y esto lo digo más para mí, sea útil una frase de Braunstein que me encontré dentro del libro mismo: “a falta de explicación, clasificación.” Porque, insisto, la zona limítrofe entre en el ensayo y la crónica en la que se mueve este material lo convierten en una rara avis de ambos géneros, un texto extenso, caudaloso y poliédrico que, por el momento, llamaremos crónica.

Pero no es menester detenerse (más allá de lo evidentemente necesario) en los géneros bajo los que puede leerse (jamás ser encasillado) el presente libro. Si para Christina Soto van der Plas cualquier punto del planeta es el centro del mundo, cualquier género literario (de los que conocemos hasta el momento) es un buen punto de inicio para adentrarse en la historia de Curaçao (exquisitamente presentada como antesala al viaje de la misma Christina). A su vez, la historia de Curaçao me parece el punto de partida para una búsqueda más inefable y acaso más importante: la del origen. Desde Días de Jengibre, de Hugo Roca, no me había encontrado con una apuesta tan íntima, personal y de ojos tan abiertos.

Avanzando con soltura del poema (traducido, aunque por ello mismo ya apropiado) al ensayo, de la crónica a la bitácora, el presente libro es un trabajo magnánimo por luchar contra la solidificación del tiempo, como la misma autora lo señala, y ofrecernos (aunque no somos los destinatarios finales del texto, eso queda claro) un testimonio del esfuerzo y viaje emprendidos. Si para Christina contar y recontar historias es un ejercicio con el que se pretende comprender, el leer y releer Curaçao es algo similar, aunque lo que se persiga no sea tanto una comprensión cabal, sino un lento hundirse (sí, como barco) en estas arenas movedizas lingüísticas y narrativas, porque lo que tenemos entre manos no es solo una narración a cuatro voces (al menos cuatro voces identificables en esta polifonía armónica, en la que Soto van der Plas funge a veces como un corifeo), sino una disertación sobre el género de la crónica en sí, llevada a sus extremos más inimaginables y atrevidos. Una disertación sobre el origen, sobre el viaje, sobre la identidad y la memoria.

Para la autora, el descubrimiento no implica solo ver, sino explorar y dejar prueba de ello, y queda de manifiesto que es una tenaz investigadora no solo del tiempo, de la historia y del lenguaje mismo, sino acaso del “yo”. Aquí entre manos, en este libro, tenemos una huella de ese descubrimiento. Y si para ella la narración de este “yo” es la narración de los espejismos, para nosotros, testigos ocasionales, totalmente accesorios al fenómeno aquí sucedido, esta narración de su yo es asistir a un fenómeno que no se repetirá en mucho tiempo y donde, en ocasiones, podemos ver un trozo de la propia cara en el reflejo de estas historias y este rastrear quiénes somos y de dónde venimos, en el sentido más profundo del término, más allá de geografías y lenguas.

Narrada con una poética única, irrepetible, irremplazable, esta obra es lo más cercano a presenciar el estado sólido del flujo de consciencia de Christina, a cuyos lados, a veces de forma paralela, a veces intersecando en ciertos puntos, corren otra voces, otras vidas. Si para la autora una lengua se habita, nos orilla a nosotros, como lectores, a habitar un testimonio. Porque nos lleva, a través de su imaginación anecdótica del descubridor, a nombrar un territorio, ese territorio siempre ignoto, ese Curaçao que está y no está, como espejismo, y que se levanta cuando ella lo nombra, lo invoca.

Soto van der Plas se confiesa afecta a los cuadernos, como punto de trabajo, de encuentro, de reflexión. No es de extrañar, entonces, el franco tono de bitácora que atraviesa de forma transversal esta obra. Quizá a ella, como a nadie más en este género (o en otros, como ya mencioné) le queda firme uno de los tantos términos que hallamos en sus páginas: Ajq´ij. Contadora de tiempo. A la par de contarlo, lo construye, lo reafirma, lo malea. No es una cronista nada más (valga la expresión “nada más”): eso es solo el punto de inicio. Lo demás, lo definitorio de este libro, no puede ponerse en palabras que no sean las de ella; cualquier otra cosa que diga, correría el riesgo de señalar un punto distinto.

Si después de la extensa y arriesgada labor de Günter Wallraff como investigador, como cronista, tuvo lugar el verbo wallraffen (que hace referencia a la labor de transformación de un reportero, a la creación de una identidad falsa que experimentará todas las vivencias relatadas después en la crónica resultante; vivencias que de otro modo serían difíciles de investigar), quizá pronto escucharemos un término derivado del apellido Soto van der Plas, uno que haga referencia a una narrativa íntima, arriesgada, polifónica y diáfana, cuyos resultados no puedan (o no deban) insertarse en alguno de los géneros que hasta hoy conocemos.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.