“Qué vida sórdida la suya. Policía, abogado, escritor.
Siempre con las manos sucias.” Rubem Fonseca, El caso Morel
Supongo que muchos llegamos a creer que Rubem Fonseca sería eterno. Lo pensamos porque cada que volteábamos hacia Brasil, Fonseca seguía ahí: flaco, incólume, receloso de la prensa, los últimos años pelado a rape. Porque desde los años ochenta, momento en que su obra comenzó a circular fuera de su país, a veces en traducciones argentinas, a veces en españolas, pero siempre golpeando con fiereza a todo aquel que se acercara, el nuevo lector podía saber que Fonseca seguía vivo.
Lo llegamos a pensar porque con cada nueva generación alguien lo volvía leer y sus libros volvían a circular en manos de nuevos lectores, tomando con cada ciclo nueva vida. Pasó cuando RBA publicó El caso Morel (1973) en el año 2012 y volvió a levantar el gusto por su obra en España. Cuando Cal y arena, su casa en México durante años, perdió los derechos, sus libros fueron saldados, y una nueva camada de lectores pudo conocerlo.
Policía y abogado
Fonseca nació en 1925, en Juiz de Fara, Minas Gerais, un pequeño pueblo enclavado en una región montañosa de Brasil. En español el nombre del pueblo significa Juez de fuera. Y como cosa curiosa, Fonseca acabaría entrando al sistema judicial del gigante sudamericano. Este mismo pueblo serviría como refugio a algunos de sus personajes. Una especie de volver a la infancia para protegerte. Rubem estudiaría derecho y acabaría laborando como comisario, en Sao Cristóvao, Río de Janeiro.
Pese a todo, a diferencia de otros escritores que estuvieron en el sistema de justicia como George V. Higgins, Joseph Wambaugh o Edwad Bunker (este como interno en diversas prisiones), Fonseca estuvo poco en las calles. Lo suyo eran las relaciones públicas del distrito. A diferencia de ahora que los policías en Brasil son una especie de paramilitares, en aquellos tiempos funcionaban como jueces de paz, resolviendo entuertos salomónicamente.
Pero sin duda es en esa labor que se llenaría de historias para su obra posterior. Apenas estuvo poco menos de cinco años en servicio, ya que lo abandonó en 1958. Sin embargo, entre septiembre de 1953 y marzo de 1954, va una especialización a Nueva York. Tiempo que aprovecha para estudiar administración de empresas.
Los primeros cuentos
Dedicado ya de lleno a escribir, luego de dar clases durante un tiempo, publica Los prisioneros, seguido de El collar del perro y Lucía McCarney. En todos ellos ya estaba por completo la forma fonsequiana de escribir. Un relato aparentemente sencillo, con a veces giros que en otros escritores podrían parecer guiñolescos o exagerados, pero que en su pluma eran plausibles. Su forma de narrar era límpida, sin grandes parrafadas o frases extremadamente largas, pero tampoco cortas y secas a lo Dashiel Hammet.
Había una forma de narrar la violencia que te incitaba a botar el libro, pero que no servía de nada porque lo que te había contado seguía en tu cabeza. Era una forma de narra la crueldad como nadie lo había hecho antes, no con ganas de espantarte, sino como algo cotidiano, como lo es en una región donde las dictaduras, los golpes de Estado y la desigualdad es comida de todos los días. Es una violencia anárquica que no puede detenerse por los medios propios del status quo.
Pero también había eso que los brasileños conocen muy bien: el sexo. De las pornochanchadas a las revistas de desnudos, el brasileño sabe de futbol y sexo. La carne en Fonseca se hace presenta como disfrute, pero también como castigo, como pasarrato, como agregado al crimen. No hay libro donde este no se haga presente.
El gran arte
Es con El Caso Morel (1975) que conseguiría el éxito internacional. Esta novela sería traducida a varias lenguas y publicada en varios países. En ella un fotógrafo es recluido en la cárcel acusado de un crimen atroz. El comisario Matos y el exitoso escritor Vilela van a visitarlo para desentrañar cuanto de lo que ha escritor Morel en prisión es cierto y cuanto es mentira.
Utilizando una vez más la estructura de la novela policiaca, como lo hiciera antes en sus cuentos, Fonseca juega con el lector haciendo una especie de carrusel de juegos que entraman lo escrito con el cine, antes de que esto fuera común, pero también poniendo en duda cuanto de lo que se dice es verdad o mentira.
La novela funciona a dos niveles, por un lado engancha al lector común que busca desenredar un misterio y por el otro le habla directamente al lector atento que ve las costuras de la trama. En ella, como en casi toda su obra posterior, Fonseca se revelaría ya como un hombre con una cultura vastísima, no solo de la que es considerada alta, sino de la popular. Para él no hay diferencia entre una y otra. También empezarían los juegos de espejos, entre, por ejemplo, el recluso y el novelista famoso, que es una especie de trasunto de Fonseca.
El gran arte es la novela que encaja más en la literatura detectivesca a lo Raymond Chandler. Es más, gran parte de ella tiene sobre sí al autor dipsómano y neurótico. En ella un par de abogados, Mandrake y Wexler, son contratados para encontrar al asesino de varias mujeres, que como seña particular deja en sus rostros una letra P marcada a cuchillo. Este llamado convierte esta enorme novela polifónica en un vistazo al más cruel Brasil, haciendo eco en nuestras ciudades latinoamericanas llenas de corrupción, policías podridas y regímenes aguasanados.
En éstas novelas y en sus cuentos, Fonseca nos regala un pedacito del infierno y personajes que no podrían darse en novelas sajonas: Abogados/investigadores deseosos de sexo, escritores que tiene amigos policías y criminales, santeros y practicantes del palo mayombe, millonarios torturadores, carteristas, prostitutas y asesinos vengadores.
Sitos que si bien están ubicados en Brasil podrían trasladarse sin problemas a Callao en Perú, Veracruz, en México o la Boca en Argentina.
Fonseca contra la censura
Sería en 1975 que saldría la luz su libro de cuentos Feliz año nuevo. De golpe y porrazo los 36 mil ejemplares fueron guillotinados por atentar contra la moral y las buenas costumbres. La dictadura estaba ahí, instalada desde hace años y pese a que el país e iba a pique, preferían condenar a un libro que reflejaba la violencia de las calles, que atacarla en la realidad.
Pero Fonseca no se quedó de brazos cruzados. Decidió litigar y tuvo una victoria parcial. Ya no atentaba contra la moral, ahora incitaba a la violencia y hacía apología del crimen, cualquier cosa que eso significara. A la larga, ganaría y el libro saldría a la luz.
Inevitablemente negro/criminal
Aunque muchos autores quieren sacar a Fonseca del género:
“En aras de hacerle verdadera justicia al talento inabarcable de Rubem Fonseca… bastaría con extirparle la palabra ‘policíaca’ a la desganada y rutinaria referencia que le hace Luisa Trias Folch en el único manual de literatura brasileña en castellano.” Javier Aparicio, Letras Libres.
“…describimos las principales características de los textos policiales de Rubem Fonseca. Finalmente, analizamos cómo el autor subvierte los límites del género policial en la composición de sus novelas”. Oliveira, en La narrativa policial de Rubem Fonseca: el caso Mandrake, la biblia y el bastón.
“Fonseca, por su parte, suele dar a sus historias un trasfondo intelectual, científico o literario que las convierten en algo más que meras aventuras policiales…” José Miguel Oviedo, Letras Libres.
La verdad es que sus obras están siempre dentro del género. Pero como dice la ley de Sturgeon, el 90% de todo es mierda. Regla que podemos aplicar a la narrativa autoficcional, poesía, grandes ensayos, a la literatura toda. Pero de vez en vez surgen autores como Fonseca, que tocan algo y se quedan el 10% restante.
Lectores no le faltarán ahora que ha muerto físicamente a los 94 años. Nunca le faltaron, y lo mismo encanta al lector ocasional que al sibarita de la literatura. Durante muchos años estuvo ahí, en Brasil, como único referente, con la rabia de sus textos y su fina forma de narrar.
Mi mejor amigo en primaria se llamaba Sergio. Éramos los recluidos a voluntad porque no nos entusiasmaba el fútbol o molestar a las niñas. No nos gustaban las niñas, lo dijimos a modo de confesión en el patio, junto al enjambre de abejas. Terminé con una mano hinchada, él con un cachete rojo. Al otro día juramos nunca hablar del tema. Las únicas que nos escucharon fueron las abejas y nos castigaron a causa de ello.
Loo
Años después, leí un poema de Sergio Loo en Twitter, en las computadoras de la biblioteca de mi facultad. Desbaratar tu colchón y encontrar en él mi cuerpo erecto de tu ausencia. ¿Dónde estará, por estos días, aquel Sergio, el del cachete rojo? (y suelto esta pregunta retórica para mantener la conexión al fragmento anterior, ¿así lo estoy haciendo bien, Sergio Loo? es tu homenaje, ¿querías homenajes?) Y por si fuera poco, al salir extasiado por el poema, otro enjambre me esperaba afuera. Esa vez no. Los tiempos ya son otros y las abejas de la justicia también cambian, gradualmente.
Nos siguen matando
Febrero 2014. Apenas unas semanas me enteré que Sergio murió. No, lo mataron, me contó mi madre. Dos años atrás lo fui a ver, usaba rubor en los cachetes y tacones. En aquella ocasión, estaba construyendo la imagen de cómo quería recordarlx, con el carmín difuminado en el rostro; en punta, talón, punta en la banqueta de enfrente. ¿O se llamaba Gerardo? Como tú. El que te molestaba en la escuela. Ese no era Sergio, mi madre tiene la habilidad de confundir rostros y nombres del pasado. Gerardo fue el primero que nos vio, a Sergio y a mí, agarrarnos de la mano en el baño. Me dijeron que andaba con uno de los “malos” y los cacharon saliendo de un hotel. Fue el primero en decirle a todo el salón, y consecuentemente al grupo B, que éramos jotos, que nos tocábamos en el baño. Ahora estaba muerto por asociarse con los “malos”, una lástima que llevara tan feo nombre, una pena lo de su muerte. Imagino que Sergio debe andar por ahí o por allá, aplicándose el rojo a sus cachetes. Qué felicidad, sus tacones sonando en el asfalto.
6 de marzo de 2020, encuentro Nos siguen matando de Sergio Loo en un blog de Internet con una nota de Úrsula Fuentes, fechada a finales de enero de 2014: murió ayer en la madrugada. Tenía mi edad. Me pareció encantador y brillante. Le envidié lo prolífico, la prosa desenfada y cándida, los versos puntiagudos.
Y cómo no va ser puntiaguda la escritura de Loo, si con el tino mordaz de sus arrebatos literarios construía no un imaginario indulgente, sino brutal y preciso para dar sentencias a las figuras del homosexual del ayer y hoy.
Porque antes los maricones éramos así, sórdidos y retorcidos como el rímel negro que se nos escurre al llorar. Así se ahorraban las investigaciones. Así se tapaba todo. Así nos mataban. Decían que nosotros mismos, por putos, nos matábamos entre nosotros, por putos y como putos: traicioneros.
Cuando Gerardo nos encontró aquella vez en el baño, en aquel pequeño acto de afecto entre niños, yo aventé a Sergio por el susto de que nos habían descubierto. Resbaló con los orines y se pegó fuertemente en el rostro. Díganme ustedes, ¿eso no fue el puto traicionero de mi pasado?
Yo digo que sí.
“Guía Roji “, Sergio Loo, IVEC. 2012. Pag 32.
Y nuestra sonrisa […] desangra claveles rojos
Es cierto que a veces queremos agregar valores espirituales o hasta paranormales a acontecimientos y aspectos de nuestras vidas. Este es mi caso, lo quiero creer, lo construyo así. ¿Qué cosa hay más espiritual o paranormal que la literatura? Seguramente sí las habrá, pero cada maestrito con su librito.
Hay un espacio especial para ambos Sergios en mi librero. Cuando el día puede tornarse espeso por tanto trabajo, suelo llegar a la sección de mis libros favoritos. Ahí están los pocos de Anne Carson que he podido comprar, Juliana Spahr, Marosa Di Gorgio y Eros Alesi en copias, al recién llegado Ocean Vuong y claro, Sergio Loo. Abro cualquier libro y leo páginas salteadas. Si abro House. Retratos desarmables, me voy a encontrar con la fotografía de Sergio y yo en la primaria con los labios pintados muy sonrientes, vestidos de payasitos. Y nuestra sonrisa…
Aquí está la página, número 107, en donde suelo poner la foto porque siempre me ha parecido lo mejor de la novela y lo que mi mente ha querido construir de la personalidad de Sergio, lo que sus amigos me han dicho de él, ¿cómo sería su tono de voz leyendo? ¿Sergio diría algo así en pleno cotorreo?
Tema de hoy: gente ilusa
Hasta Marx fue un romántico al pensar que el mundo cambiaría por sus ideas.
Aquí es donde agrego lo espiritual. Gente ilusa, pensar que por tener un amigo de la infancia llamado Sergio habrá alguna conexión metaliteraria con un escritor mexicano. Sí, ¿no sientes la magia Coca Cola?
Sí la he visto en sus amigos, la magia y la conexión espiritual. Sé de escritores de su generación que le tienen un altar casi permanente en sus casas. He escuchado que constantemente lo recuerdan con mucho cariño. Que han fabricado artefactos para tenerlo más presente. Recuerdo una caja de madera con su nombre grabado en mano de sus amigos poetas. Los he visto con sus sonrisas floreciendo como claveles rojos al término de homenajes. También he visto sus miradas desangrar claveles rojos en el aniversario de su muerte.
Hasta puedo agregar el plano paranormal. Una vez, con el poeta de la boina, uno de sus amigos más cercanos, nos leía poemas inéditos guardados en su correo electrónico. Nos platicaba una que otra anécdota. De repente, al término de uno de los textos, la casa sufrió un apagón. Salí a la calle para verificar si era un fallo en la cuadra, pero, era solo el sistema eléctrico donde estábamos. El poeta de la boina, permaneció tranquilo, nos dijo, puede que sea Sergio.
En Morelia, rentaba un cuarto en esa casa en mi etapa de universitario y nunca me había percatado del eco que se implantó después del apagón. Luna, mi gata, maullaba casi sin descanso a una esquina y tenía la sensación de que me miraban todo el tiempo. No había ni perturbación o miedo, solo presencié esa alteración en el ambiente de la habitación por unas semanas.
Cuando vivía en Iztapalapa, la poeta de la clorofila y las células, me llevaba a mi departamento después de la fiesta. Siempre manejaba y contaba algo. En varias ocasiones, Loo salió al tema, yo notaba cierto cambio de tono en su voz y la cadencia de su risa espontánea cuando le divertía mucho recordar. Terminaba definiéndolo. Sergio, era…; Sergio, tenía una especie de… Cuando llegábamos al Eje 6 Sur nos despedíamos con un abrazo profundo y un te quiero mucho. Bajaba del auto y mientras subía las escaleras experimentaba un estado de tranquilidad como si la energía de ese tipo de pláticas desprendiera un no sé qué; un devenir, diría la poeta de la clorofila. Llegaba a mi cuarto y leía a Loo con mucho cariño. Fue en esas noches cuando me topé con, Necrófaga comisura de tus labios se remiendan a la mía/ y nuestra sonrisa, que ahora es una sola, /desangra claveles rojos, claveles oxidados/ claveles a borbotones. Y cuando veo sonreír a sus amigos pienso en esta sucesión de imágenes y recuerdo también al Sergio, mi amigx de la primaria. Ramillete chorreando sin raíces de arrepentimiento.
Tema de hoy: DF
La colonia Narvarte se desvanece. Entra un tercer Sergio a este Fragmento. No sabemos si canta o si pide alguna explicación por su aparición, su voz no se escucha. Se dirige a la cámara en todo.
Burdel de buenas intenciones o Urbe máquina de habitar, Sergio Loo siempre ponía los rostros de las calles en todos sus libros. Era, pues, un escritor citadino. La ciudad se presentaba buena o mala, como otro personaje. Narvarte Pesadilla y Guía Rojison los mejores ejemplos. Conocía bien su campo de batalla (literario) (literalmente):
“Guía Roji”, Sergio Loo, IVEC. 2012. Pag 29.
Tema de hoy: la música
De a poco hasta sonar a todo volumen, entra la canción “Disorder” de Joy Division. Sergio sin dejar de mover la boca (ahora sabemos que sí canta) se desnuda.
¿Qué sucederá con esta nueva sensibilidad poética trastocada por MTV y Oscar Wilde?, escribe Sergio en la reseña de Catnip de la poeta Xitlalitl Rodríguez. ¿Qué pensaría Loo en esta segunda década del siglo, donde MTV fracasó y ahora Spotify domina las redes de la música? Quizá, y muy seguramente, no dudaría en agregar una playlist en su nuevo libro.
Soy la felicidad de este mundo o muchachos en la azotea
Sergio está desnudo, su enorme miembro choca en los limites de estos párrafos. Está de espaldas, ya no sabe dónde está la cámara.
No es secreto que Loo tenía una postura política con el cuerpo, es imposible no tocar este tópico cuando hablamos de su obra. Al parecer es una constante en la escritura de hombres homosexuales. Sin embargo, su visión resalta en el plano de la literatura mexicana. Sobre todo en su Operación al cuerpo enfermo, donde lo corpóreo tiene una carga en la orientación sexual y se presenta deforme, enfermo, habitado, violentado. Pareciera que la experiencia de llevar el cuerpo a todas partes es sinónimo de encarcelamiento:
[…]Él imagina que la gente al verlo lo ve en cuatro patas pidiendo ser embestido […] otro hombre le mete un dedo por el ano y le comienza a hurgar. Nadie se detiene a imaginar a los heterosexuales en actos impúdicos. Son heterosexuales y ya.
Los vasos comunicantes en toda su obra son constantes. En Narvarte Pesadilla, el protagonista llamado Sergio tiene un pene descomunal, a lo que me llevó a recordar este texto contenido en Operación al cuerpo enfermo:
Sergio Loo se desbordó, llevó sus ideas del cuerpo a otros géneros y disciplinas del arte. El director de cine, Julián Hernández, comentó en una charla donde platicaba sobre su filmografía, que Loo trabajó con él de forma indirecta, solo lo vio dos o tres ocasiones, que trabajaban vía correo electrónico y fue en ese tiempo donde se concretaron dos proyectos para la pantalla grande: Soy la felicidad de este mundo (largometraje) y Muchachos en la azotea (cortometraje). En estos trabajos, que casi nadie toca cuando hablamos de su obra, está impregnada la esencia del escritor tan apreciado por muchos.
Lo que nos queda de un cuerpo
Propongo, seguir recolectando las huellas de Sergio, como se ha hecho hasta ahora. Alguien, no recuerdo que poeta, amigo suyo, me comentó que pareciera que dejó todo planeado para trazar su camino después de su partida, con esa idea también quiero quedarme.
Propongo, Loo, mantenerte en nuestro imaginario, en el de la literatura nacional (una película documental vendría excelente). Mantener los ritos sobre partes de tu cuerpo que son tus libros, que sigas en muchos lugares especiales, en libreros y altares.
La filosofía requiere tiempo. No es un arma de vanguardia y de golpeo de primera línea, sino un decir que nos obliga a reflexionar sobre las verdades, sobre quiénes somos y estamos siendo en los acontecimientos actuales y pasados. Cuando nos apuramos a sacar una conclusión para opinar sobre una situación, que es lo más cómodo y no nos obliga a pensar o escuchar sin juzgar, frecuentemente nos precipitamos y reducimos lo ajeno a categorías que podemos comprender. Metemos lo que no sabemos qué forma tiene en las cajitas que ya guardábamos en el sótano de nuestra mente para acallar la incertidumbre. Precipitamos el entendimiento antes de observar la situación, antes de medir sus ángulos y darle tiempo para que se desarrolle y se modifique: nos obliga la velocidad de los tiempos en que vivimos, en los que parece que no podemos estar ni un instante desconectados o sin producir algo.
La compilación Sopa de Wuhan: pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias es un síntoma del oportunismo y reduccionismo que vivimos en estos difíciles momentos. Con síntoma me refiero simplemente a que la compilación es una “formación de compromiso”, es decir, para admitir un contenido reprimido en el discurso consciente, se transforma en algo más aceptable para pasar la barrera de la defensa. El valor del pensamiento contemporáneoes el aceptable disfraz, velozmente confeccionado, bajo el que se pretende esconder el título que hace referencia al falso origen de la pandemia en Wuhan, en una sopa de murciélago.
Editada por Pablo Amadeo, la compilación presenta intervenciones de pensadores y filósofos contemporáneos de primera línea reflexionando sobre la actual pandemia del Covid-19 y algunas de sus consecuencias políticas, sociales y epistemológicas. El libro circula libremente en línea bajo el sello editorial ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio) que, según se dice es “una iniciativa editorial que se propone perdurar mientras se viva en cuarentena, como un punto de fuga creativo ante la infodemia, la paranoia y la distancia lasciva autoimpuesta como política de resguardo ante un peligro invisible”. Pero por ahora, Sopa de Wuhan se ha visto implicada en una controversia que solo ha contribuido a multiplicar la infodemia y paranoia porque presenta un discurso inaceptable (revelado en la portada) para el pensamiento crítico consciente, escudado en el nombre de filósofos y pensadores respetables de todas las latitudes, para convertirlo en algo más admisible y saltar nuestras barreras de defensa.
La compilación ha circulado ampliamente en las redes sociales con una portada y título que ha molestado a muchos lectores que le reclaman al autor y a su editorial improvisada ser consecuentes con el contenido crítico y reflexivo ofrecido. En un comunicado firmado por la Red de Diáspora China en España y otros colectivos asiáticos y de asiáticodescendientes antirracistas de España se le insta al editor a “retirar el actual título y diseño y a cambiarlo para que no se perpetúen más los discursos racistas”. La portada del libro electrónico que comenzó a circular hace un par de semanas lleva como fondo un collage de grabados de murciélagos dibujados por Ernst Haeckel (exponente de una teoría evolutiva racista del siglo xixde la que se sirvieron las ideologías fascistas en Italia, Francia y Alemania) y sobre ese collage, con mayúsculas en amarillo y fondo gris oscuro, se muestra el título: Sopa de Wuhany el subtítulo Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias. En la parte inferior derecha hay una lista con los nombres de los pensadores cuyas contribuciones se incluyen en el libro. La conjunción de estos elementos es ciertamente problemática y como dicen los críticos, la portada “difumina la peligrosidad de reproducir un discurso reduccionista y esencialista, en este caso, a través de una ilustración que refiere a un falso origen masivamente señalado por los medios de comunicación y reproducido en las redes acríticamente”. A su vez, el juego de palabras que podría ser visto como algo inocente, creativo y que podría referirse a la reunión de miradas sobre el tema en una “sopa”, también alude a un cierto imaginario que “cosifica el motivo y la culpa a la sopa” y por lo tanto complementa a la imagen, los murciélagos, que van acompañados peligrosamente por una geolocalización: Wuhan.[1]
En las redes sociales, el editor Amadeo ha defendido su compilación señalando que su portada no contiene ningún término racializado y que la idea de “sopa” no solo hace referencia “a la tristemente célebre teoría del surgimiento del Covid-19, sino que es una figura retórica que intenta referirse al ‘rejunte’ de miradas en relación a un tema. De igual manera la cara de los murciélagos”. Pero más adelante comenta, defendiéndose, que tanto los textos como las imágenes “ya están circulando” y que su labor es posibilitar para el público el acceso inmediato al libro. Lo cierto es que en la portada el conjunto de la palabra sopa, Wuhan y la imagen de los murciélagos es desafortunado y señala una responsabilidad geográfica, aunque no haya la intención de hacerlo (y la culpa siempre es del “otro”, del sucio y menos civilizado según el estándar occidental, vemos cómo esto se repite a lo largo de la historia).
No solo quiero discutir aquí la máscara o la portada que desafortunadamente eligió el editor para la compilación, sino también el contenido de las intervenciones de los diversos pensadores reunidos en la antología. Me decepciona el contenido del libro tanto como su portada. Y es que se trata de pensadores que en su trabajo han elaborado cuidadosa y pacientemente conceptos y teorías muy potentes para pensar nuestra era. Pero en estas breves intervenciones apuradas me parece que los filósofos han cedido ante la “urgencia” y la falta de reflexión del periodismo y con la situación de la pandemia han escrito textos que muchas veces parecen ser más un reproche implícito que una verdadera reflexión. El filósofo italiano Giorgio Agamben, por ejemplo, no deja de ver sus sospechas confirmadas al pensar la situación a través del lente del “estado de excepción” y de un gobierno que limita las libertades en nombre de la seguridad. A su vez, la reflexión de Slavoj Žižek, aunque tiene dos o tres puntos lúcidos en su diagnóstico, acaba por sugerir que la crisis nos obligará a pensar en una sociedad alternativa, más allá del Estado nación y que hay que “reinventar el comunismo basado en la confianza en las personas y en la ciencia”. Es decir, cada filósofo lleva agua a su propio molino y usa la crisis actual para confirmar los desastres que ya predecían sus teorías o para promover el tipo de gobierno que prefiere.
Otras intervenciones son más medidas y acaso más apropiadas para el momento porque no necesariamente interpretan las medidas que toman los gobiernos, sino más bien intentan pensar la temporalidad del pensamiento mismo y se preguntan: ¿en qué tiempo del pensamiento vivimos? En vez de entrar al ring y pelearse a golpes al nivel que lo hace Byung-Chul Han, pensadores como Alain Badiou, María Galindo y Patricia Manrique se detienen un momento ante el hecho y las respuestas y se preguntan por la posibilidad de la filosofía en momentos de emergencia. Badiou dice que “parece que la prueba epidémica disuelve en todas partes la actividad intrínseca de la Razón, y que obliga a los sujetos a regresar a los tristes efectos (misticismo, fabulación, rezos, profecías y maldiciones) que en la Edad Media eran habituales cuando la peste barría los territorios”.[2]La compilación está marcada por la prisa que disuelve la razón en todo sentido y quiero rescatar algo que dice Patricia Manrique en el texto que incluye la misma antología: “Pensar filosóficamente un evento como el que estamos viviendo, requiere, en primer lugar, tiempo… Lo que se hace, con las prisas, a menudo, es reducir la otredad a la mismidad: confinarla en los parámetros habituales de lo propio, en la órbita del yo, de lo conocido”.[3]
Me parece que en la urgencia y la velocidad está el grave error de esta compilación (incluyendo innumerables erratas y malas traducciones de los artículos). Más allá de criticar la intencionalidad o no del título o que haya una agenda racista oculta, lo más preocupante es el oportunismo que decide que es necesario opinar ya y que ha surgido a raíz de la pandemia del Covid-19 en todas las esferas de la política, la economía y ahora la cultura y el pensamiento que se pretende filosófico. El pensamiento crítico y la filosofía, repito, requieren tiempo para operar en una esfera que no sea la de las meras opiniones periodísticas de las que ya todos estamos hartos.
Estos días de confinamiento se está debatiendo sobre los usos y abusos de la filosofía. Un poco al estilo de un libro new age de autoayuda, se busca recurrir a los filósofos como si fueran un maestro espiritual capaz de iluminar el camino que nos ayude a salir de la oscura caverna en la que de pronto nos dimos cuenta hemos estado siempre recluidos. A veces, se les recrimina a los filósofos que han salido a teorizar muy pronto sobre una tragedia que aún no nos es posible asir dada la excepcionalidad de la situación. Aunque creo que siempre es un buen momento para detenernos a reflexionar, las posiciones que han ofrecido algunos pensadores en estas últimas semanas, muchas de ellas contenidas en el libro Sopa de Wuhan, tienen más que ver con el deseo de ver plasmadas sus teorías en la realidad que con la complicada labor de intentar comprender-nos en el momento que vivimos. No se trata de volver a la filosofía de quienes viven aislados del mundo en sus torres de marfil, ni de armar un pensamiento nuevo y rápido desde el confinamiento lleno de estrés desde el que trabajamos. No es ni el fin ni el comienzo, sino un momento como otros que hay que reflexionar lejos del reduccionismo que sintomáticamente señala la culpa en lo incomprensible, lo otro. Habría que articular un pensamiento crítico que fuera realmente crítico y no oportunista, presa de la moda del momento.
[2]Alain Badiou, “Sobre la situación epidémica” en Sopa de Wuhan: pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemias, Pablo Amadeo, ed. ASPO, p.70.
[3]Patricia Manrique, “Hospitalidad e inmunidad virtuosa” en Sopa de Wuhan: pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemias, Pablo Amadeo, ed. ASPO, p.145-146.
Portada del disco doble de NIN, Ghosts V: Together y Ghosts VI: Locusts, (2020).
En medio de la pandemia por COVID-19 que sufre el mundo, el pasado 26 de marzo Trent Reznor preguntó desde su cuenta de Twitter si alguien estaba por ahí, para después anunciar en la página oficial de Nine Inch Nails que había nueva música para oír y descargar gratis, a manera de solidaridad con lo que ocurre en estos momentos.
El mensaje con el que Reznor y Atticus Ross (únicos miembros oficiales de la banda) compartieron este nuevo disco doble, es por demás empático y esperanzador:
Mensaje de NIN a sus seguidores.
El disco doble titulado Ghosts V: Together y Ghosts VI: Locusts, es un álbum que continúa la saga que vio la luz en el año 2008, titulada Ghosts I-IV (álbum con 36 canciones seccionadas en cuatro discos). En aquella ocasión, la banda sugería escuchar su disco en un día lluvioso o en una noche larga, describiéndolo como un soundtrack para soñar despierto. Con esta idea, Reznor organizó un festival de cine y convocó a sus seguidores para que hicieran videos que acompañaran la música del álbum, no como concurso, sino como un experimento de colaboración e interacción entre ellos y sus seguidores. Algo así hizo Placebo incluyendo en su álbum Black Market Music (2000) a algunos videofans de la canción “Peeping Tom”.
En estos nuevos Ghosts, Reznor no pidió videos, pero mencionó algo similar, que esta entrega puede escucharse como el soundtrack de lo que nos sucede hoy en día, más notorio si leemos los títulos de las canciones del Ghosts V: Together, que bien puede ser un poema o un mensaje para no bajar los brazos ante la pandemia:
Letting Go While Holding On / Together /
Out In The Open / With Faith /
Apart / Your Touch / Hope We Can Again / Still Right Here
En general el sonido del disco es más apegado a los soundtracks de películas que Reznor y Ross han hecho como: The Social Network (2010) con el que ganaron un Oscar y un Globo de Oro, Bird Box (2019), la serie Watchmen (2019) muy aclamado por la crítica, y hasta con la musicalización que hizo Reznor del videojuego de id Software, Quake (1996). La creación de estas y otras bandas sonoras en las que el dúo se ha centrado en los últimos diez años ha incrementado, sin duda, la calidad y cantidad de sonidos instrumentales y ambientales que ambos componen con maestría.
Ghosts V: Together se puede escuchar como un disco más relajado, incluso NIN mencionó que es esperanzador y que puede escucharse: “cuando todo parece estar bien”. Y sí, tiene algo de melancolía que transmite mucha calma. El piano es el eje de todo el disco y se combina con noise, estática, voces distorsionadas y efectos atmosféricos; canciones que suben y bajan pero que nunca explotan, solo se mantienen. Este disco recuerda un poco a los multinstrumentistas Brian Eno, Jon Brion y Eluvium en sus diferentes facetas, así como a bandas del tipo de Mono, Have A Nice Live y sleepmakewaves.
Ghosts VI: Locusts se escucha siniestro desde el inicio, incluso provoca desesperación y ansiedad por algunas programaciones. De igual manera, los títulos son más sombríos, hacen imaginar cosas que tal vez no acabarán bien (“The Cursed Clock”, “Another Crashed Car”, “So Tired”, etc.). El piano vuelve a ser el ejecutor del que se unen las demás resonancias como trompetas, percusiones, sintetizadores, leves cuerdas, tiene mucho más noise y estática que se juntan con algunos rechinidos y voces en off. En este disco las canciones también suben y bajan, pero aquí sí explotan como en “Run Like Hell” y “Turn This Off Please”.
Si bien el Ghosts V es un disco más instrumental, el Ghosts VI es una combinación de dark ambient con más post-rock que se acerca mucho a bandas ya consagradas en estos géneros como Boris, Godspeed You!Black Emperor, Explosion in The Sky, entre otras. También recuerda a John Murphy con el magnífico soundtrack de 28 Days Later (2002), o el de la película Sunshine(2007) en la que el propio Murphy colabora con Underworld. Por los sonidos y aliteraciones que tiene con la esencia más pura de la banda, Ghosts VI puede ser la cumbre de lo que ahora mismo está haciendo NIN.
Ambos discos son obras que se tienen que escuchar de principio a fin, ya que las canciones no terminan y, aunque suelen caer de intensidad hasta casi apagarse, tienen una continuidad que hacen del disco una obra lineal. Algo parecido a esto sucede en el disco The Fragile(1999), pues las canciones se entrelazan con sonidos ambientales e instrumentales cada vez más largos, sin permitir el silencio entre las canciones que te llevan casi de la mano a las voces fuertes y al metal industrial que sube y baja para explotar cuando es debido. Esta idea de obra continua también ocurre en el disco Smell Like Children (1995) de Marilyn Manson producido por Reznor, el cual tampoco se detiene con el cambio de canciones, además de tener sonidos escalofriantes como en el Ghosts VI.
Esta versión más instrumental y experimental que Reznor y Ross presentan no es nuevo e incluso va más allá de las primeras entregas de Ghosts o las bandas sonoras de la última década. Canciones como “Help Me I Am in Hell” (Broken, 1992), “Warm Place” (Soundtrack de Natural Born Killers, 1994) y “Diver Down” (Soundtrack de Lost Highway, 1997), muestran un poco el inicio de estos sonidos que tienen mayor consistencia en los álbumes, Closer to god (1994) o en el Further Down The Spiral (1995) y, si nos fijamos en The Fragile (1999), el piano se vuelve un sello característico de la banda, haciéndose indispensable y necesario en cada uno de los discos posteriores de NIN, tal como lo vemos en estos últimos Ghosts.
Reznor ha sido duramente criticado en los últimos años por cambiar tan drásticamente su música y dejar de lado el rock, el metal y el industrial más estridente que lo llevaron al éxito, pero también ha sido alabado por arriesgarse a experimentar y crear nuevos proyectos sin estancarse. A diferencia de algunas bandas o artistas que temen cambiar o que evolucionan por modismos; NIN ha crecido a otro nivel más sofisticado, explorando con esos sonidos oscuros y estridentes, pero ahora con una propuesta más personal, trascendental y coherente con lo que Reznor siempre quiso. Queda decir que para los fans que están apabullados por lo que sucede en nuestro mundo, este par de discos (como dicen Reznor y Ross), puede ayudar y musicalizar el sentimiento en estos días de confinamiento: miedo, ansiedad, incertidumbre y esperanza.
“Lo mejor que tiene la historia humana es su capacidad de sorpresa, la presencia de lo inesperado. A veces ocurren cosas terribles, pero también hay latidos de esperanza, lo que yo llamo los soles que hay en la noche escondida, que no se ven, pero que, de golpe, iluminan los caminos”.
Eduardo Galeano
Son tiempos confusos para escribir. El mundo que conocemos atraviesa una crisis para la cual la mayoría de la humanidad no tiene referencias vitales ni la experiencia necesaria para hacerle frente. No se trata meramente de la crisis de salud pública originada por la pandemia del COVID-19, sino de la crisis de una civilización que hace siglos anuncia su decadencia, intensificando, en las últimas décadas, el estrépito de su caída, cada vez más audible y certera.
La incertidumbre en el día de mañana amanece en cada rostro que ha de enfrentar las condiciones más precarizadas de este estado de emergencia. Recientemente, grandes pensadoras y pensadores del norte global han publicado densos diagnósticos, en una incesante búsqueda por los análisis que nos permitan comprender a cabalidad el tiempo que vivimos. ¿Pero cómo, si estamos en vilo, podemos comprender este momento histórico que estamos compartiendo? ¿Cómo, si ese vilo, acá, se vive desde la cuerda floja latinoamericana?
En este momento en el que vivimos de manera planetaria un fenómeno histórico, no podemos perder de vista las particularidades de cada región, la historia que subyace y en la que la pandemia se encuentra. Por eso la necesidad de pensar desde América Latina, pero también la necesidad de hacerlo no desde el protagonismo de los gobiernos y del papel que han desarrollado en la emergencia, sino desde la propia vivencia de pueblos, comunidades, personas de a pie, que ahora con más intensidad sufren los estragos de un mundo anclado a fuerza al neoliberalismo y que les ha dejado a su suerte.
Durante la última década, han partido referentes invaluables para nuestras generaciones cuya voz alcanzaba a romper los muros del academicismo y la autorreferencialidad de ciertas militancias, referentes de una subjetividad política militante que se dedica a las letras, al estudio, a la pedagogía popular de lo que somos y hemos hecho a lo largo del tiempo, a la convocatoria para escuchar las voces menos favorecidas por los anales de la historia. Nos han legado hojas escritas como pájaros en vuelo por el mundo. Eduardo Galeano es uno de esos referentes. Hoy, en su aniversario luctuoso nos preguntamos qué mensaje nos estaría compartiendo, qué versos para alegrar o aclarar los días.
Extrañamos la sencillez de su palabra, la claridad de sus denuncias nacidas del amor que sentía por la América Latina profunda. ¿Con qué gestos y palabras nos recordaría el dolor de los invisibilizados? ¿Qué historias cazaría en el mar de narraciones y experiencias de esta especie de tsunami? ¿Qué nos diría de la cultura del terror y de “la condena al hambre de abrazarnos”? ¿Mantendría en medio de esta incertidumbre, la esperanza incansable que le acompañaba? “Somos libres de ser lo que se nos ocurra ser –afirmaba–. El destino es un espacio abierto y para llenarlo como se debe hay que pelear a brazo partido contra el quieto mundo de la muerte y la obediencia y las putas prohibiciones”.[1]
Los análisis que se hacen desde una Europa convulsionada que, en los últimos años, padece en carne propia los estragos del neoliberalismo y los monopolios del capitalismo financiero, parecen anunciar una crisis sin precedente. Las sociedades del bienestar, que venían en un serio desmantelamiento respondido por protestas masivas contra el alza de los precios de la gasolina, contra la ampliación de los años de jubilación, contra el encarecimiento de la vida y el grosero lucro de las inmobiliarias, el incremento en las cuotas para acceder a la educación universitaria ―entre otras luchas― , tendrán que hacer frente a una crisis económica derivada de las afectaciones comerciales que han traído consigo las medidas tomadas para detener la curva de infección del COVID-19, los altos índices de mortandad y la sobresaturación del sistema médico de los Estados nación.
Por su parte, el acercamiento que desde América Latina se ha tenido sobre la crisis a la que nos estamos enfrentando, parte de un contexto agitado donde el movimiento feminista, las luchas en defensa de la vida y del territorio, la resistencia al imperialismo norteamericano sobre todo en Venezuela y en Cuba, forman parte de un escenario complejo. Los análisis sobre las consecuencias que el neoliberalismo ha traído consigo en esta región del planeta, tienen el reto ahora de sostenerse en medio de una crisis que azota particularmente desde los noventa. El costo ha sido pagado por las clases más empobrecidas del campo, de las comunidades indígenas, de las trabajadoras y trabajadores de la industria y la maquila, de las barriadas de la ciudades que se sostienen a partir de una economía informal: aquellas y aquellos para quienes el derecho a la salud, a la vivienda, a la educación, a la seguridad, son privilegios a los que difícilmente pueden aspirar.
Son tiempos confusos para pensar, para hacer diagnósticos. Las voces sobresalientes de los cuatro puntos cardinales, de expertas, expertos, funcionarias y funcionarios, se aglutinan en el espacio público en una cacofonía que se reproduce en cientos de versiones distintas y contradictorias, generando esa incertidumbre de hondo calado que atravesamos históricamente. El desencanto de la política clasista, moderna, liberal, y ahora de mercado, atraviesa por un momento complejo en el que los Estados se han puesto en el centro de la resolución de una emergencia planetaria. En América Latina, la desconfianza popular y su reconocimiento de los regímenes corruptos se suman al reclamo legítimo de quienes no pueden parar en medio de la emergencia porque también parar pone en riesgo la continuidad de su vida. “El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos en estos tiempos del mundo gobernado por el miedo”[2], sostenía Galeano.
Las escaladas de la militarización que llama a una política de guerra por parte del Estado, como si se tratara de combatir un enemigo ―en este caso, un virus― o, por otro lado, el desdén y la minimización de la dimensión del problema, muestran, además, que la relación con eso que es fundamental en el humano: su relación con la vida, con la muerte, con eso que se ha dado en llamar “naturaleza”, aún tiene un largo camino para recorrer. Como sea, sentimos miedo, un miedo a la enfermedad, al hambre, a la guerra. Y donde el miedo se instala, manda. Pero también decía Galeano que “de nuestros miedos nacen nuestros corajes; y nuestras dudas, viven nuestras certezas”[3], el desafío es sostenernos, que el miedo no nos convierta en ellos. Vivimos en una: “crisis universal, de un sistema que está pidiendo a gritos ser cambiado para que su lugar lo ocupe otro que no esté organizado en contra de la gente… no es un mundo muy alentador en el que hemos nacido ―dice― pero hay otro mundo en la barriga de éste, esperando. Un mundo diferente y de parición difícil, no es seguro que nazca, pero está latiendo en este mundo que es”[4].
Galeano se fue creyendo en la vida y en sus múltiples formas de resistencia; sin duda, nos estaría haciendo un llamado a organizar el “contramiedo” y la “contraimpotencia”, a conocer y comprometernos con todas las formas de oposición a la barbarie en esta América Latina asolada por el neoliberalismo, ahora, en plena pandemia.
palabras que irán naciendo de mis labios a oscuras.
El retorno, Miguel Guardia
11:30 A.M
Un pequeñísimo bloque de hielo, del tamaño de una caja de zapatos, reposa junto a un puesto de lámina cubierto de polvo. Desde su centro corren hilos de agua hacia la banqueta, que muestra el característico color parduzco del pavimento que se llena de grasa y que, aunque se lave con abundante cloro y jabón, permanece oscuro. En un proceso invisible a simple vista, ese trozo de hielo recuerda que es agua y comienza a deshojarse en diminutos pétalos de cristal que se vuelven arroyo. Unos metros más allá, un segundo bloque, de mayor tamaño, vuelve a su semilla a un ritmo distinto.
Son las once de la mañana y hay en las calles mucha menos gente que de costumbre. Los vendedores que aún instalan sus puestos (casi todos de comida) aguardan, platican a veces entre sí, revisan su teléfono celular o miran hacia las escaleras de acceso al metro, luego a las avenidas circundantes. Nada. La siguiente semana, según les informó su representante, puede que ya no sea posible ni instalarse; además, se rumora que los paraderos cerrarán. Los que están, los que se quedaron, aguardan con el gesto del actor que debe representar una tragedia aunque no haya nadie en el público.
“Está flojo, está flojo”, dice un hombre al pasar, con el tono con el que se dan los buenos días. “¿Ya mero? Vámonos ya. Ánimo, ánimo”: saludos que se vuelven casi una clave entre ellos.
El pequeño bloque de hielo sigue su camino hacia su propia mutación; ahora es menor, aunque no lo parezca, y una parte de sí viaja en los zapatos de una enfermera hacia el metro Nezahualcóyotl, mientras otra se adentra en las calles que están más allá del puente, adherida a las llantas de un bici taxi.
El bloque grande conserva su tamaño, parece sufrir amnesia momentánea: olvidó que es agua, que nada sabe de prisiones y puede irse, a diferencia de los vendedores, que deben esperar a terminar su mercancía para ver lo menos afectada su economía, que no puede permitirse el aislamiento. “Ya mero, ya mero”, se dicen al pasar frente al puesto de algún vecino, quizá en espera de que les digan lo mismo.
Todo parece indicar que habrá quienes soportarán aquí todos y cada uno de los días que le restan a este bache en la rutina; no hay a dónde más ir, nada más qué hacer.
Se canjea un riesgo de muerte por otro, porque el encierro, para quien no posee un sueldo ni prestaciones, no es una posibilidad.
Siempre que se cierra una puerta se abre una ventana, dicen, aunque esta vez quizá sea forzoso cerrar ambas. Cerrar todo. El que parece permanecer firme en su rutina es el repartidor del hielo, que realiza su entrega aunque los puestos ya no se instalen: como seguir llevando el correo a una casa donde, desde hace años, ya no vive nadie.
Fotografía de Irving Cabello
12:45 P.M
Aunque al principio parece no creerse, hay suficiente espacio para todos en el metro, a pesar de que es casi la una de la tarde. Sin embargo, la gente viaja encogida, firme, contenida; parecen cargar, todavía, con el peso de alguien más en la espalda, a los costados, al frente: un dolor fantasma del espacio.
Un hombre, que viaja de pie, suda copiosamente, como si se derritiera. Recarga la espalda en las puertas y cierra los ojos por un momento, luego se pasa la lengua por el bigote y se talla los ojos, carraspea y se endereza. Pareciera burlarse de todas y cada una de las recomendaciones emitidas para evitar la propagación del virus.
Hay silencio en los vagones, en los andenes, en los pasillos. Algunos asientos permanecen vacíos, a pesar de que hay gente parada. Un hombre ciego avanza por el pasillo y, mientras canta, lleva el extremo de su bastón de lado a lado, como detector de metales.
Que tus ojitos
jamás se hubieran
cerrado nunca
Avanza a pasos diminutos, firmes a fuerza de lentitud: parece un juguete de cuerda que alguien soltó en este vagón; un juguete de cuerda con el mecanismo averiado, que ya no podrá detenerse. Canta con firmeza y cuando siente a alguien llevarse la mano al bolsillo, ralentiza la marcha y aguza el oído. Luego, cuando la moneda cae en el vaso que sostiene a la altura del estómago, la toma de inmediato y la coloca al interior de su camisa, junto al corazón.
Amor eterno
Eterno
Amor eterno
Eterno
Su “eterno” no termina de caer nunca, como si el tiempo se hubiera detenido, mientras él desaparece en el andén. La estación de autobuses TAPO refulge a lo lejos, como una moneda olvidada en el pavimento.
En la estación Morelos, el tren hunde la cabeza en la tierra, como avergonzado, y el calor que sembró el sol desde Ciudad Azteca hasta San Lázaro comienza a marchitarse en el ambiente. Hay poca gente, pero el vagón está lleno de murmullos, de charlas que no encuentran ya la salida. Una mujer, que lleva a una niña de la mano, sube y espera a que se cierren las puertas. Abre la pequeña hielera que cuelga a su costado y un golpe de humo helado escapa como una llamarada; comienza a anunciar los precios de los helados y congeladas. Antes de bajar, casi arrastrado por su madre, un niño abre los ojos como si nunca hubiera visto el hielo, luego mira por un segundo a la hija de la vendedora.
Fotografía de Irving Cabello
1:30 P.M
De la lona que cubre la carretilla, reptan hacia el piso ligerísimas gotas de agua turbia; una procesión de hormigas de vidrio. En el bloque de hielo, reposan tres botellas de refresco que se hunden cada vez más debido al calor.
―Aguas, refrescos, jugos.
Empuja un poco la carretilla y se detiene, luego continúa su camino. El siguiente puesto está vacío. Un par de maniquíes, vestidos con ropa deportiva, lo miran alejarse. Los pasillos de Tepito lucen despoblados, inverosímiles.
La ropa en los tendidos está ordenada, a diferencia de los días con más movimiento, cuando la gente hunde sus manos entre la tela con el gesto de quien remueve la tierra para buscar a los desaparecidos. Aquí el orden denuncia la calma.
―Aguas, refrescos, jugos ―repite el hombre, pero ni siquiera voltean a mirarlo―. Tengo cerveza preparada, sangría…
Lo último lo dice en movimiento. El sol se queda en la parte alta de las lonas y al suelo solo alcanza a llegar una luz teñida de rojo, de rosa, de azul. Un caleidoscopio lleno de polvo, de ruidos ausentes. La soledad de los pasillos es casi idéntica a la de las calles que conectan Tepito con el Zócalo de la Ciudad de México. Los vendedores reposan a la espera de los clientes que terminan por no llegar. Una banda de guerra avanza, como puede, entre los puestos, y el aire caliente de la tuba, del clarinete, se enreda en los oídos. Un aire caliente lleno de microscópicos restos de saliva, de diversas formas de vida.
Un vendedor de raspados, que devasta el bloque de hielo del que salpican ligerísimas chispas de agua que no alcanzan a llegar al piso, se hace a un lado para que la orquesta continúe su camino, para que sigan arando el aire caliente con sus pasos y después siembren notas en los surcos; que nazca una melodía que haga algo contra este silencio que de pronto se vuelve atronador.
Fotografía de Irving Cabello
2:12 P.M
A unos metros del Zócalo Capitalino, en Luis González Obregón, un grupo de mujeres aguardan sentadas en las jardineras. Están quietas y sobre las cejas tienen un pedazo de papel casi transparente; una de ellas tiene las manos francamente abiertas: está esperando a que sequen las uñas postizas que le acaban de colocar y que aún son transparentes como una rebanada de hielo. Después vendrán los colores, colocados en un diseño creado exclusivamente para ella.
―Te plancho tus cejas, amiga. Un tratamiento, uñas. Pásale.
La mujer vuelve a la sombra después de invitar a un par de muchachas a recibir un tratamiento facial, se lleva las manos a la cadera y reanuda la conversación que había dejado a medias con una de sus compañeras. Mira de nuevo hacia la calle y sopesa con los ojos, pero esta vez no se acerca a repetir la oferta. “Así es, así es esto”, dice más para el aire que para alguien en particular, y vuelve a mirar hacia la calle, sobre la que ahora no hay más de tres personas. Resopla y se alisa el cabello.
Una cuadrilla del grupo de limpia, vestidos de verde fosforescente, se bate en retirada: una de las mujeres lleva en la mano una bolsa con botellas vacías. “Hay que ponerle buena cara a este business, si no, ¿cómo?”, dice al teléfono una mujer que pasa por ahí y que rechaza, con un gesto de la mano libre, el servicio que le ofrecen.
―Te plancho tus cejas, te hago unas uñas.
Da un par de pasos hacia el sol en la banqueta y vuelve con la misma prontitud a la sombra. Un olor a acrílico sube por el aire caliente y se va en silencio. Otra mujer se sienta en la jardinera y mira sus uñas recién colocadas, luego echa la cabeza hacia atrás para que comiencen a depilarle las cejas. Las manos de la cultora de belleza, con gesto experto, recorren el rostro y extraen, uno por uno, los vellos que se consideran innecesarios. Mientras recibe el tratamiento, ella y quien la atiende intercambian un par de frases, pero nada comentan sobre virus, sobre enfermedades, sobre aislarse: su vida parece correr por derroteros totalmente distintos.
A unos pasos de las jardineras, hay un puesto de periódicos. Un hombre, parapetado tras un par de muertos en primera plana, destroza un bloque de hielo con ritmo de pájaro carpintero, luego lo vierte en una caja de plástico llena de botellas de agua y refresco.
La Ciudad de México es una urbe de agua en todas sus formas, pero principalmente de hielo, que bien podría ser la moneda corriente. Una ciudad que siempre tiene sed porque tiene la garganta reseca de gritar sin que ya nadie escuche.
―Unas uñas, un tratamiento. Pásale.
En la banqueta del otro lado de la calle, un invidente se mece de izquierda a derecha a un ritmo que no es el de la canción que escurre de la enorme bocina que le cuelga del pecho. Aferra el micrófono con la mano izquierda y canta de una forma que más bien parece un rezo. Del vaso de plástico que pende de su cuello, como un escapulario que se quedó sin deidad, no escapa ningún sonido porque está vacío. Baja la voz dramáticamente cuando la banqueta se queda sola. Después, en el momento en el que siente pasar a alguien a su lado, eleva el canto y espera un poco, pero nada pasa. Es una sensitiva de sudor en medio de este vacío que son las calles.
Frente al puesto de periódicos, se detiene un hombre en silla de ruedas; avanza hacia atrás, para impulsarse con los pies, porque sus manos y brazos presentan una deformidad. Pide un refresco y comienza a rebuscar en su pequeño morral. Sus manos, eternamente crispadas, aturdidas por un frío invisible, imperceptible, rebuscan sin hallar, hasta que por fin encuentra la moneda y se aleja con el refresco en el regazo, siempre hacia atrás, como si quisiera volver al punto donde todo inició.
―Unas uñas, te plancho tus cejas; un tratamiento, amiga.
Fotografía de Irving Cabello
3:05 P.M
La plancha del Zócalo luce casi vacía. Un grupo de jóvenes, de entre quince y dieciocho años, se esconde bajo la sombra de la bandera. Luego, cuando el aire la hace moverse, ellos también dan un par de pasos para seguirla. Una anciana, sentada sobre una tela roja que ha extendido frente a Palacio Nacional, entrecierra los ojos para observar a la gente que pasa por ahí. Frente a ella, también sobre la tela roja, yacen numerosas pulseras que ella misma ha tejido. Cuando logra vender una, recibe el billete de 20 pesos y lo acerca a su rostro para distinguir el monto, lo lleva a su frente, al esternón, al seno izquierdo y al derecho, después lo guarda en un pequeño morral que pende de su pecho y que hasta hace unos segundos estaba vacío.
Fotografía de Irving Cabello
Del otro lado del Zócalo, las vitrinas de un par de joyerías reposan en silencio, sin ojos que las observen. Sobre monturas de oro, de plata, algunas piedras brillan en tonos fríos. Un grupo de relojes, como parvada de estorninos, sobrevuelan la existencia con las alas extendidas a las 3:15 de la tarde. Madero es larga y caliente, pero más que nadarecta, como un vendaje restirado, tal vez eterno.
Madero de las multitudes es ahora una calle por la que poca gente transita. Madero de las estatuas de hielo viviente, que se retiran con la caída del sol, cuenta los transeúntes con los dedos de ambas manos.
Fotografía de Irving Cabello
Un niño disfrazado de Michael Jackson baila ante la mirada atónita de apenas un par de espectadores, apenas un par de pasos, y después continúa su camino. Hay poca gente, pero hay: nada que no pueda ser visto puede ser temido por ellos, los que ahora circulan aferrados de la mano, los que se abrazan y se besan frente al Museo del Estanquillo, los que entran riendo al Sanborns de los azulejos.
Bellas Artes se levanta como un iceberg en medio de este mar de calor que es la ciudad. En sus jardineras reposan parejas de diversas edades, aunque no tantas como otros días. Un fotógrafo camina de aquí para allá, ofreciendo congelar el tiempo por un segundo y entregarte la prueba en un papel. Un bolero brota de la garganta de un cantante urbano y un bolero espera sentado a la sombra de un árbol para comenzar a trabajar y resistir otro día: ciudad homofónica, homofóbica.
Fotografía de Irving Cabello
Cerca de metro Hidalgo, una anciana agita un bote con monedas; de su andadera cuelgan matamoscas y en las manos lleva bolsas de muéganos: 10 pesos cada una. Para dar el cambio de un billete de 20, toma de su bolsa dos monedas de 5 pesos entre el índice y el pulgar derechos y las frota despacio porque, dice, solo así reconoce el monto. Después se persigna y se besa la mano: nada que no pueda ser visto puede ser temido: para ella, y los que son como ella, los que comen y viven y aguantan con 30 pesos al día, con 50 pesos al día, nada que quepa en una gota de agua puede asustar; nada que no pueda ser percibido con alguno de los cinco sentidos vale tanto como para no intentar sobrevivir un día más. “Es que ya no veo, estoy casi ciega”, agrega después de entregar el cambio, y bajo sus gafas oscuras, por un segundo, asoman sus pupilas blancuzcas, pulidas como un espejo, como un trozo de hielo.