Tierra Adentro
“Adivinanza” de Mer Bleue

En esta publicación combinamos los talentos creativos de Mer Bleue y Lola Ancira para desencadenar un diálogo entre la ilustración y la narrativa. La ilustración “Adivinanza” fue el detonante para el ejercicio ecfrástico, que dio como resultado un futuro precario, un visitante felino y obsequios aterradores. 


 

Sin ponerme de pie, uso la venda que llevo al cuello para cubrir mi vista y lo llamo con un susurro apenas. Hago un cuenco con las manos y espero a que deposite el trofeo ahí.

Tarda tres segundos. Por lo general, son bultos tibios y suaves sin vida que aún conservan su temperatura. Las plumas rara vez están pegajosas. Él es certero, un relámpago que de una dentellada limpia les roba el aliento. Ahora es diferente, la sangre que cubre la mitad del cuerpo bicéfalo está fresca todavía e incluso siento sus palpitaciones calmas.

“Es un ratón”, digo. Ya que el gato haya terminado de lamerse las patas delanteras y se marche de nuevo, desapareceré el cuerpo inerte sin darle tiempo para enfriarse.

Ya no hay más que oscuridad, una noche perpetua y venenosa. Los efluvios tóxicos que arrojan las calderas acabaron primero con los ancianos y los niños. Cuerpos antes livianos se volvieron de plomo y resultó imposible sepultarlos. El escaso oxígeno se tornó dañino, tuvimos que buscar refugio. Decidimos aislarnos para soportar la catástrofe mejor, para no convertir en otra batalla mortal el simple hecho de poder respirar.

Al principio de este tiempo indefinido, los gritos lejanos eran persistentes. Las palabras alargadas en alaridos se fueron espaciando hasta convertirse en aullidos que desaparecieron en el aire viciado. Mi soledad se duplicó al saberlos indescifrables.

Si él llega mientras duermo, rasguña lentamente la madera con la pata derecha, sonido suficiente para romper el silencio. Quiero creer que me hace partícipe de su juego porque soy una espectadora reservada que obedece sin dudar.

En el momento en que despierto, la densa tiniebla se aligera un poco; por mi cuerpo entero pasean letras con una tenue luz propia que persiguen el flujo de la sangre, símbolos insistentes que buscan por dónde salir. Mantengo la boca cerrada porque temo llamar al terror, despojarme de señales que atraigan a mis famélicos hermanos.

Las siluetas a mi alrededor son objetos de contornos difusos. Y todo lo que llena mi cabeza son caracteres, evocaciones traducidas a llaves. Me pienso en sonidos fragmentados que van perdiendo su significado, su música. Destellos de símbolos me escocen, me invaden porque la palabra es la base de mi pensamiento, no puedo razonar más allá de lo que nombro. Mis llaves están contadas y siento imposible la tarea de abrir cerrojo alguno. En caso de que una de ellas acierte, las cerraduras no hacen más que mutar.

Si logro articular frases coherentes, me reprocho ser tan burda, querer con terquedad entenderlo todo con un idioma que ya resulta hostil e incomprensible, lanzar estacas afiladas como las garras del gato. Él, por el contrario, a pesar de tener armas más punzantes, no las usa contra mí sin importar que lo confronte. Aunque me he desesperado hasta las lágrimas buscando los términos adecuados, vocablos que suavicen su corazón para que acepte comunicarse conmigo, nada más me observa.

Las noches que despierto antes de que él llegue, el silencio se turba con mi miedo, los murmullos agolpados invaden el espacio y pienso que la finalidad del gato es recordarme que sigo viva, aunque su mutismo me irrita. A cualquier pregunta, su respuesta es lamerse los bigotes, mover la cola con presteza o estirarse y desaparecer.

Cuando me dirijo a él, siento su insistencia en comunicarnos de manera distinta, en dejar de lado el idioma que conozco, pero me resulta imposible. No sé de qué otra forma hablar. Si pudiera verme a través de un único ojo opaco, quizá lo entendería. Si pudiera saber qué adivina en mí, sabría por qué no abandona su minuciosa labor.

Yo misma tapié la puerta y el par de ventanas por dentro. Traje esta silla porque no quiero morir acostada. La vez que descubrí un resplandor diminuto entre las sombras, no pude emitir sonido alguno porque las letras en mi cuerpo huyeron de mi boca. Escupí un sonido incomprensible que, para mi sorpresa, lo atrajo. Conforme se acercaba, pude distinguir el pelaje sucio y enmarañado y el centelleo de su ojo. A pesar del desaliño, su cuerpo conservaba la gracia propia de un felino. Dio un salto preciso a mis piernas y se recostó. Sólo atiné a acariciar su aspereza. Era el primer ser vivo con el que tenía contacto desde la reclusión. Luego se estiró y volteó su rostro hacia el mío. Gracias a la cercanía noté que el iris de su ojo estaba cubierto por una capa turbia y, debajo, en su pecho, percibí una cerradura igual a la mía. Antes de que pudiera tocarla, dio un salto y penetró la sombra.

No ha vuelto a acercarse tanto. En sus movimientos presiento cómo recibe mi saludo, unos días amable y, otros, amenazante o agresivo. No depende de mí, son las expresiones las que eligen su propio tono. Mis pensamientos están hechos de una lengua punzante que me cercena al igual que los colmillos del gato hieren los cuellos de las pequeñas bestias.

Volvió poco después. El centelleo oscilante se detuvo antes de llegar a mis pies; vislumbré su ligera silueta con un bulto en el hocico. Lo soltó, se sentó y comenzó a lamerse una pata delantera. Ya quieto, me miró. Tomé con ambas manos el objeto que, a la brevedad, descubrí animal. Lo solté de golpe y el gato bufó. Tensa, lo volví a agarrar. Lo miré y descubrí que era un mirlo. Comprobé lo que había imaginado, la textura del plumaje de sus tres alas era suave como terciopelo. Sólo alcancé a ver la cola del gato desaparecer en la penumbra.

No sé por qué me eligió, tampoco cómo perdió el ojo derecho o la punta de una oreja. La primera vez que apareció escuché un murmullo agudo detrás de mi cuello: “¿Quién soy?”. La pregunta tocó un sitio más profundo que el recuerdo.

Solamente él ha encontrado la manera de entrar. Sus regalos, parco alimento disponible, me mantienen con vida. Su presencia muda me recuerda que mi último destino será la memoria de los que aún rondan por aquí hasta devenir en un simple nombre, en una evocación ligeramente dolorosa.

Cada visita significa un obsequio nuevo, y me ha demostrado que tener un único ojo turbio no le impide conseguir botines para mí. Él tiene la movilidad y yo el razonamiento. Para percibir el mundo como él, comencé a usar una venda que duplica la oscuridad. Y así he aprendido a llegar a un estado tenebroso que antecede al habla, un puro estado vital que no necesita comunicar ni comprender, en el que sólo se es sin mayor angustia.

Gracias a mi visitante entendí que la voz no es total, no encierra lo que representa, sino una parte de su esencia. Si al palpar una serpiente pequeña escucho detrás de mi cabeza el murmullo agudo diciendo “tarántula”, las escamas se transforman en mis manos y del cuerpo brotan patas velludas y alargadas de las que incluso puedo adivinar el color. Si en mis manos tengo una rana de piel fría y lisa, al momento de que el murmullo pronuncia “ave”, le crecen unas pequeñas alas y plumas fuertes y delgadas.

Su vista ciega parece advertir más que mis ojos sanos. Su misterio me introduce en un laberinto cada vez más intrincado. La mirada opaca me revela lo invisible, lo que no se puede nombrar. La bruma de su abismo ocular refleja mi imposibilidad de comunicarme, de deshacerme de máscaras que lo mismo me permiten pensar en lo bello que en lo atroz, artificios para interpretar la realidad.

Mi último alimento fue escaso. Apenas una porción ínfima de carne y cartílago. Al palparla, no quise adivinar qué era. Nombrarlo lo volvería real; preferí engullirlo sin pensar. Al terminar, escuché el murmullo: “Desiste”.

Siento que ya no tengo fuerza ni para mantener los párpados abiertos. Me cuesta despertar. Mis labios resecos son una costra dolorosa, mi cuerpo macilento se va enfriando desde los pies y las manos. Mis orejas y nariz arden, el aire es polvo que araña y rasga a su paso. Por intervalos, reconozco al felino recién llegado. Cada parpadeo lo descubro más cerca. Sube a mi regazo y su peso me oprime. Deja la presa y salta.

Este presente es más grande que los anteriores. Mis dedos pulgares avanzan entre el plumaje hasta llegar a la cabeza. Está lisa, no tiene pelo, y donde debería estar el pico, palpo un puente nasal. Toco unas cejas escasas y pestañas cortas, los globos oculares son pequeños. Deslizo la venda lo suficiente para poder ver al animal. Es una perdiz blanca con mi rostro y una cerradura ínfima en el pecho.

A pesar de que el gato ya no está, en el aire flota una última frase espesa que invade las tinieblas mientras se consume mi flama exigua.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Mer Bleue
(Distrito Federal, 1991) Estudió Ilustración como parte de la Licenciatura en Diseño y Comunicación Visual de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Actualmente combina su trabajo de ilustración con la enseñanza de pintura a niños y adolescentes.
Foto extraída de Piqsels.

 

 

Lo amarraron de pies y de manos y lo dejaron en la arena, mirando el mar. La soga anudada en su boca sabía a sal y mugre, a sangre y sudor.

Entre tantos pedazos de imágenes en su cabeza adolorida, el pescador le había dicho que esa playa se llenaba de tiburones en ciertos momentos del año. En la época de sus abuelos, le contó, los escualos se quedaron atrapados en unos bancos de arena al inicio de la playa, pero un grupo se arrinconó a un lado de la escollera y el faro alumbraba las aletas de noche, chocando unas contra otras, mientras se atacaban entre sí, daban vueltas y tiraban mordidas en la oscuridad.

–Una pinche alberca de tiburones, para quien quisiera meter los pies– esa fue la frase del pescador, antes de que todo se jodiera. Se reía y lo miraba muy fijo, como aguardando su reacción. Le dijo que los del pueblo se espantaron al principio, pero luego se pusieron a cazarlos. Se subían en las lanchas o se metían en la orilla, y los arponeaban. Hubo heridos y mordidos, pero ahí siguieron hasta que se los acabaron. El mar era un caldo de espuma y de sangre. Dicen que el tiburón más grande ya tenía cicatrices de arponazos de antes, que era el que más peleaba y también el que más aguantó.

El pescador le dijo que la pobreza y el hambre del pueblo se acabaron en esos días. Las casas se llenaron de carne de tiburón. Los servían en arroz, con plátanos fritos, con frijoles, con coco. Los guisaban en un caldo espeso, con sal y pimienta, en chile rojo. Hacían comilonas e invitaban a los demás. Pero después de unos días, se hartaron del sabor. Trataron de vender el pescado en las comunidades vecinas, lo llevaron con cubetas bajo grandes cubos de hielo, pero no tuvieron suerte. Aquello empezó a apestar, a llenar el pueblo de moscas, cucarachas y ratas. Al final, echaron los sobrantes podridos en un paraje a las afueras.

–Ese año muchas de aquí se embarazaron, hasta las que no podían. Mi papá nació después y salió muy peleonero. Dicen que fue por esa carne y que los hijos salimos iguales– sentenció el pescador.

Eran las cosas que decía antes de la rabia, de las preguntas. Las decía horas atrás, esa misma mañana, cuando le pareció un simple lanchero requemado por el sol, que se metía a sacar ostiones en el río, que se hundía en las aguas mostrando sus espaldas anchas y braceaba sin agotarse de una isleta a otra, o saludaba con risas y mentadas de madre a los demás lancheros en el embarcadero.

–¡Chinga tu madre, cuñado, deja algo pa los demás!

Parecía divertido y tan simple. Las señoras de la fonda donde comía le recomendaron mucho que hablara con él. Accedió a darle la entrevista como si nada después de pasearlo por los esteros y mostrarle lagartos y tortugas.

Él le dijo que era para un trabajo en la universidad y el pescador dijo que sí. Lo citó más tarde en la plaza y le dijo que lo acompañara a una casa en la orilla del mar. Bajo la débil luz del último poste de alumbrado, la distinguió como una construcción blanca y ruinosa, alumbrada por un foquito exterior.

Algo en esa soledad le extrañó y le preguntó si podían quedarse afuera.

–Bueno. Hay unos amigos adentro, les voy a pedir que me ayuden.

Un par de hombres, sin hablarle, sacaron una mesa de madera, un par de sillas, una hielera. Luego volvieron adentro.

–Lo bueno es que hay brisa que se lleva los mosquitos –dijo el muchacho, un poco más tranquilo. La ciudad le daba un radar sobre el peligro y ya había atenuado esa rara sensación. Aquello era un trabajo de la universidad y nada más. Podía levantarse e irse en cualquier momento. Su novia se había quedado en la ciudad para terminar trabajos pendientes. Y él regresaría en un par de días, pero antes, tenía que registrar el habla de la gente del pueblo para un trabajo de fonética. Esa era su intención de grabarlos, eso decía cuando le preguntaban. Lo veían en las fondas comiendo pescado y arroz, o sentado en las bancas del parque con una nieve, o mojándose los pies en la playa. No tenía secretos para ellos y después de un rato, los del pueblo empezaban los pedazos de esa historia entre murmullos. Se fue dando cuenta poco a poco, charla con charla. Lo decían bajando los ojos, o detrás de una sonrisa nerviosa.

El muchacho lo vigilaba sentado a su lado, sin decir nada. Podía oler el humo de su cigarro, aburrido, como si no tuviera otra cosa que hacer. Porque no había más qué hacer para él, con el cuerpo golpeado, con la cara rota, con el sabor de la sangre en los labios. Nada sino esperar y que llegaran los pasos y los ruidos desde la casa. Con un milagro, con una disculpa tal vez.

No quería meterse, pero el lanchero era el informante final para el reporte. Una fuente privilegiada por toda su vida en el pueblo. Se veía que lo respetaban por cómo lo saludaban en la mañana, por cómo los vieron caminar en la noche y dejaron que todo ocurriera. En ese momento, ya con los miembros entumecidos y los cabellos enarenados, se dio cuenta.

Cuando se sentaron en las sillas para la entrevista, el pescador abrió una lata para cada uno. Le pareció descortés negarse y apuraron un trago juntos. El lanchero le dijo que él conservaba su propiedad en ruinas, pero trabajaba cuidando y limpiando esa casa. Le había pertenecido a un músico, que viajaba en verano y descansaba y se inspiraba tocando el piano en un cuarto con un ventanal que daba al mar. Ese músico se paseaba en las tardes por la plaza y la gente lo reconocía y lo saludaba. Los invitaba a la casa en la noche. Ahí todos lo escuchaban tocar y se asombraban del sentimiento que transmitía.

La gente coreaba sus canciones o hasta bailaba alguna, pero luego, cuando la velada avanzaba y el hombre iba vaciando botellas de cerveza y de ron blanco, empezaba a tocar para sí mismo melodías tristes donde todo parecía hacerse más oscuro. Con esas piezas, hasta el mar parecía picarse y gemir más fuerte. Entonces el pianista cantaba con una voz grave que se quebraba en estribillos cada vez más cerrados y monótonos, y la gente se volteaba a mirar. Pronto, los visitantes suspiraban y se marchaban a sus casas para dejarlo solo. El músico parecía dolido, cansado, atrapado en sus pensamientos. Nunca le conocieron una mujer ni parientes. Un verano ya no regresó y les contaron que se había matado ebrio en un accidente de coche.

El nuevo dueño de la casa era un contador en la capital, de mucho dinero.

–Los fuereños se quedaron con los terrenos más grandes. Compraron los solares a precio de ganga esos cabrones. Se quedaron con todo lo que veían abandonado acá en la playa. Pero sobre todo, les valió madre y se metieron como si nada: donde quisieron, como quisieron, ¿te contaron?

Él dijo que no, aunque lo sabía. Podía armar una historia con esos pedazos de voces grabadas. Pero no quería más problemas. Era mejor dejarlo hablar, así terminaría más pronto.

–¿No quieres tomar?

Él asintió y le dio un sorbo pequeño a su lata, el último, porque quería tener la cabeza clara. El pescador continuó su relato. Los otros tiraban las empalizadas de madera. Hacían disparos al aire y dejaban señales y recados en las puertas. Cerraban el paso del pueblo para que nadie entrara ni saliera ni pudiera comprar ni vender. También echaban animales muertos. Varios del pueblo parecían haberse aliado con los fuereños y los amenazaban por la falta de papeles y títulos. Convencían a la gente de darles lo que fue suyo por cualquier cosa. Todos esos sitios se habían inundado años atrás. Ahora estaban construyendo palapas y todos sus conocidos tenían que trabajar para los otros.

–Al final todos quedamos más jodidos –resumió el lanchero. Ya no sacaban lo mismo de antes, el mar se había enfermado, las familias estaban yéndose, los viejos se morían.

–Y luego fue lo del pasado noviembre –agregó el pescador apretando el ceño y cerrando el puño. Vació su cerveza de un trago y apretó la lata vacía, que quedó como un animal metálico muerto sobre la mesa.

–Tuvimos la inundación, se llevó todo a la chingada –continuó. Le contó que todavía, de repente, los niños encontraban ladrillos, cortinas, tablones o ropa que el mar había echado en distintos puntos del pueblo.

–Es lo último que queda, porque los cuerpos ya no suben, se los comen los tiburones, ya sabes que eso sí nos sobra– le dijo con un dejo de amargura. Los sobrevivientes llevaban esos restos de casas a una capillita en las afueras, entre las ceibas. Los más viejos estaban pidiendo que les bendijeran la capilla, porque era la única forma de que la inundación no se repitiera y las cosas mejoraran.

–¿Pero quién lo va a bendecir? Los otros cerraron la iglesia y el cura se largó. Corriendo, con todas las limosnas, como rata en la noche –le dijo el pescador. La furia empezaba a subir por el rostro moreno del hombre y a encenderle la piel. Añadió que de todos modos ese lío no podía arreglarlo Dios. Dios se encaprichaba y se apartaba cuando no le rezaban. Se lavaba las manos cuando todo eran cosas entre hombres.

–Todo se fue a la chingada cuando llegaron los otros. Ellos llegaron a chingarnos, ellos comenzaron los problemas. ¿Tú los conoces?

Alumbrado por el foco exterior de la casa, espantando los mosquitos, sentado frente a la grabadora con una nueva lata de cerveza, el pescador le pareció envejecido: se le notaban arrugas en el rostro y canas en los cabellos aclarados por la sal. Pero era fuerte, como el tronco de un árbol que no se doblaba, parecía cada vez más molesto.

Él le dijo que no, no los conocía. No era de ahí, venía de la ciudad, se lo había dicho desde el principio.

–¿Entons a qué viniste? ¿Por qué estás haciendo preguntas?

–Es un trabajo de la universidad, señor, soy estudiante.

–Apaga esa madre –le ordenó. Él apagó la grabadora y entonces el lanchero la tomó y se la metió en el pantalón.

–¿Por qué andas grabando lo que pasó aquí? No me quieras hacer pendejo. ¿Trabajas para alguien en la universidad, eres policía, eres de ellos?

–Sólo soy estudiante, de verdad, señor.

No le dijo que tenía veinte años, que todo parecía tan fácil y a la mano, que su novia lo esperaba en la ciudad, que pensaba que era libre y le gustaba la aventura de ir al pueblo y de paso enterarse de los rumores mientras hacía un trabajo escolar para mantener un promedio y su beca.

No, eso lo dijo después, entrecortado, pero fue la primera vez en que mirando las ceibas y los plátanos que se tragaban las casas sombrías, mirando los caminos del pueblo que se internaban en la oscuridad, esos rincones donde cualquiera podía perderse, sintió un miedo inexplicable de que algo le pasara.

–¿La universidad está con el gobierno o con los otros cabrones?

–No, la universidad está aparte, tiene autonomía.

–Han venido muchachos como tú, pero no estudian. A veces son de afuera, pero también de aquí. ¿Sabes qué hacen? Se paran en la plaza o en los negocios a mirar, a vigilarnos, a molestarnos. Hacen preguntas. ¿Sabías eso? ¿Te contaron?

La brisa cesó un instante y el calor se asentó con todo su peso, como una malla gruesa. O sólo fue su reacción ante aquellas palabras. Sintió el sudor brotando debajo del cabello, los mosquitos en la piel pegajosa. Prefería las historias de tiburones con las que todo había comenzado.

–Sólo hago un trabajo de fonética, señor, se lo juro. El maestro nos pide que analicemos cómo hablan aquí. Traigo mi credencial.

Cuando metió la mano en la bolsa, el pescador lo sujetó del brazo.

–Puras mamadas. ¿No vas a decir la verdad, cabrón? Has estado hablando con todos.

Se quedó inmóvil por la sorpresa. Entonces la puerta se abrió y salieron tres hombres a pararse frente a él. Creyó reconocer a algunos pescadores en el embarcadero.

–Se los juro. Déjeme enseñarle mi credencial.

–Siempre quieren sacar credenciales. ¿Crees que somos pendejos? Las consigues en cualquier parte. Ahora sí dime qué chingados haces aquí.

Miró las luciérnagas brillando entre los árboles en dirección a la plaza, se le aceleró el corazón. Pensó en los manglares oscuros a estas horas, donde podían tirar su cuerpo sin problemas. El pescador y los hombres bloqueaban sus salidas. ¿Adónde podía correr? Sólo se le ocurría atrás, a la playa, pero ellos habían crecido toda su vida en la arena y no tardarían en alcanzarlo.

–Dinos cuándo van a venir otra vez. ¿Quién te mandó?

Repitió con palabras ahogadas que era estudiante hasta que cayó el primer puñetazo. Lo agarraron entre dos. Dijo que él sólo sabía lo que susurraban las personas en los negocios, lo que le habían hecho a otros hombres, pero él no era de ellos. No venía a hacerles mal, se iría del pueblo si eso querían. Hubo más puñetazos y patadas, lentos, repetitivos. A veces con más saña, a veces con cansancio e impaciencia. Él se dejaba caer a la arena y volvían a enderezarlo. Sentía que le palpitaban las mejillas, no podía respirar, escupía sangre, trozos de dientes. Cuando alzaba la mirada sólo veía esa línea de tensión en la frente del pescador; gemía rogándole que pararan cuando se le acabó la voz.

–No soy halcón, ni narco, ni policía, se los juro, ya por favor.

–Entonces nadie va a responder por ti –respondió el pescador. –Conozco a los pendejos como tú. Vienen y paran las orejas y corren con los chismes. Luego regresan con rifles, muy chingones, a sacar a las gentes de sus casas, a tirar las huertas, a madrear a los viejos, a llevarse a las niñas. Por eso los quemamos hasta que chillen como puercos. Antes les cortamos los huevos si son violadores. Y luego, al pinche mar, a que los tiburones se atasquen con su pinche carne de traidores.

Sintió que le hablaban olas de sangre de padres y abuelos que pedían su venganza, el pago de abusos pendientes. Era un pueblo pobre, un pueblo olvidado con un mar y un faro, con gente amable que servía pescado en sus fondas, que te hablaba bien si dejabas buena propina. Por eso lo había elegido, era fácil hacer el trabajo ahí.

–Me están confundiendo, se equivocan, vean mi credencial, llamen a mi casa.

Lloró y suplicó que se detuvieran cuando lo amarraron, lo amordazaron y lo llevaron detrás de la casa, con los mismos brazos macizos y fuertes que le habían desfigurado el rostro y, horas antes, habían sacado ostiones para él y le habían tendido una cerveza. Lloró y se preguntó qué había hecho, si él era parte de todo, de aquel sistema, de los otros. No creía en un Dios, no sabía cómo rezar, la mente sólo se repetía que todo debía ser un error, no podía estar pasando, iban a darse cuenta, a pedirle disculpas.

– Quiero que entiendas algo, pendejo –le dijo el pescador antes de dejarlo tumbado. –Lo que te dijeron es cierto. Nosotros sacamos a los traidores y les quemamos las casas. Después de sus chingaderas, igual que tú, esos cabrones chillaron y pidieron por su vida, pero no los pelamos. Los desnudamos, los atamos a un árbol y los matamos a machetazos. Después es bien fácil, ya sabes cómo se alocan los pinches tiburones con la sangre. Pero no tiene caso gastar tanta fuerza contigo. Eres un pinche pendejo nomás. Será el paraje o al mar, lo que me digan ahorita. Vamos a defendernos de ustedes hasta que nos lleve la chingada, hasta que todos estemos muertos, que le quede claro a tu pinche gente.

–Llame a mi casa, por favor, llame.

Lo dijo con el último hilo firme de voz, en la claridad del dolor. Entonces, pudo escuchar que le ordenaba al muchacho que lo vigilara. El pescador agarró su cartera y se perdió fuera de su vista. Él entendió que harían una llamada y lo dejaron caer como un bulto frente al mar. El mismo mar donde una noche antes, se había sentado bajo un techo de palma y había mirado el amanecer. Acostumbrado a la falta de estrellas y las noches nubladas en su ciudad, las tonalidades del cielo y las graduaciones de la oscuridad a la luz le habían parecido un milagro. El aire suave agitaba la fila de palmeras frente a la costa. Incluso había notado el cambio de marea, como si el mar recogiera su sombra. Todo parecía tan bello y pacífico entonces. Había metido las manos entre la arena fresca y sentido tanta vida. Ahora, esos mismos cangrejos juguetones del amanecer lo recorrían, lo pinchaban, aflojaban su carne.

No supo por qué, entre el silencio de su cuerpo abandonado y el rumor de las olas, luchó por convencerse de que todo iba a aclararse. Y de pronto, en la maraña repetitiva de su mente, pensó en la última parte de la historia del músico. El pescador le había dicho que habían tapado el ventanal donde el pianista veía las olas porque la gente tenía miedo, decían que aún escuchaban sus canciones tristes, sonando suaves y enfermas en la playa. Por eso nadie se acercaba a la casa, porque cargaba con un alma en pena y ya qué más daba sumarle más. El contador ya ni se paraba en aquellos lugares, temía por su vida.

Canciones tristes y oscuras, canciones de muertos para los muertos, pensó. Se escuchó gemir, ya agotado de todas las lágrimas, que milagrosamente volvían a sus ojos entrecerrados y arenosos. Percibió una tonada. Música que se iba haciendo furiosa, más grave y más rápida, enchinándole la piel, música que le aletargaba la sangre, que venía desde el mar y su oleaje y se le metía en la cabeza.

Entonces hubo ruidos detrás y se abandonó cuando lo jalaron de los cabellos y el pescador le dijo:

–Ya estuvo, cabrón. Vamos a nadar.

 

 

Este cuento fue el ganador del Premio Nacional de Cuento “Beatriz Espejo” 2019 


Autores
Adán Medellín (Ciudad de México, 1982). Escritor y periodista, es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ganó el Premio Nacional de Relato Sergio Pitol en 2007. Ha publicado los libros de cuentos Vértigos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010), Tiempos de Furia (Ediciones B, 2013), El canto circular (INBA/Instituto Literario de Veracruz, 2013) –ganador del Concurso Nacional de Cuento “Sueño de Asterión”– y Blues vagabundo (Lectorum/INBA, 2018) –con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2017. Tradujo en conjunto el poemario Nierika. Cantos de visión de la Contramontaña (Conaculta/UNAM, 2013) de Serge Pey. Su ensayo El cielo trepanado. Sobre Hospital Británico de Héctor Viel Temperley ganó el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas en 2019. Ese mismo año, su libro Acéldama obtuvo el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza, que se publica en 2020. Imparte talleres de narrativa y colabora en distintas publicaciones.

Sobre La casa de arenas movedizas de Carlton Mellick III

La casa embrujada es un tema que me fascina. Tal vez, como apuntó Mariana Enriquez en el prólogo de Los elementales de Michael McDowell, se deba a que rompe con la seguridad del hogar, pues “al terror le gusta encontrarnos justo en el lugar donde nos creíamos casi invulnerables”.

Quizá por eso sea que mis libros favoritos, por lo general, llevan “casa” en el título como La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, La casa en el confín de la Tierra de William Hope Hodgson, Casa de muñecas de Patricia Esteban Erlés y un largo etcétera, así que no dudé en llevarme La casa de arenas movedizas, escrita por Carlton Mellick III y editada en español por Orciny Press, editorial independiente española especializada en ficción especulativa y la primera en traducir obras del bizarro, “género” al cual pertenece esta novela y toda la obra de Carlton Mellick III.

El autor nos cuenta la historia de los hermanos Pulga y Polly, Hansel y Gretel modernos, que viven al cuidado de su nana y acompañados de Sanguijuela, su hermanita recién nacida, en la guardería de una casa enorme con la constante amenaza de unos extraños seres a los que llaman “siniestros” y la promesa de que sus padres vendrán por ellos pronto.

Son alimentados por una máquina, que me hizo recordar el cuento “Vendrán lluvias suaves” de Ray Bradbury, y se teletransportan al colegio, donde Pulga tiene una novia llamada Darcy.

Aunque a primera vista nuestros hermanos parecen “normales”, pronto nos damos cuenta de que han ocurrido algunos cambios evolutivos en la humanidad. A Polly, como a todas las adolescentes que están por llegar a la madurez, le están saliendo cuernos y sufre constantes ataques de ira, y Sanguijuela no es el típico bebé hermoso y rollizo, sino un horrible gusano succionador de sangre.

Y los “siniestros” solo pueden atacarlos en la oscuridad, por lo que las luces deberán permanecer encendidas siempre y tienen absolutamente prohibido salir de la guardería, pues los pasillos son largos y oscuros. Todo ocurre de forma habitual hasta que la máquina de comida comienza a fallar, la luz se torna intermitente, el agua se agota y la nana se vuelve un poco loca; por lo que, movidos por el hambre, el temor de los cada vez más violentos ataques de los “siniestros” y por la insistencia de los mensajes que su madre les manda en sueños, deciden salir de la guardería para descubrir que la casa es muchísimo más grande de lo que imaginaban, que todo lo que les habían enseñado en el colegio eran mentiras y que deberán encontrar la verdad al fondo de las arenas movedizas.

Con una prosa sencilla y directa, el autor nos lleva por pasillos oscuros repletos de referencias y posibilidades. Es como si esta casa embrujada fuera la representación misma de todo lo que nos provoca terror: en la habitación principal tenemos a la distopía, tan cercana que puedes sentir su aliento aceitoso en la nuca; en el cuarto de visitas, a lo gótico, con sus fantasmas y secretos; en los pasillos y escaleras, a lo siniestro, a lo unheimlich, a ese terror familiar; y en el sótano, al horror de la nueva carne, con Giger, Cronenberg, Barker y Witkin acechando en las sombras.

En el prólogo, Carlton nos confiesa que La casa de arenas movedizas es una de las historias más personales que ha escrito: “La mayoría de la gente recuerda su infancia como un lugar seguro, divertido y despreocupado, pero para mí fue confusa y aterradora. Siempre tenía la sensación de que el mundo que había bajo mis pies me iba a ser arrebatado y que tendría un futuro incierto y solitario”. Justo ahí radica la genialidad del autor, pues a esta mezcolanza de temas logró imprimirle, con una emotividad asombrosa, la angustia de una infancia perdida. Realmente nos preocupamos por Polly, Pulga y Sanguijuela; sentimos su asombro, su miedo, su dolor; y nos rompe el corazón ver cómo van perdiendo lo único que les pertenecía: su infancia.

A pesar de que el bizarro se considera a sí mismo un género irreverente para adultos, a esta maravillosa obra también podríamos añadirle la etiqueta de literatura juvenil.

 

¿Weird o Bizarro?

La primera vez que escuché el término bizarro en literatura creí que solo se trataba de una mala traducción de weird. Lo weird es el concepto que utilizó Lovecraft en El horror sobrenatural en la literatura para explicar su obra: “En el verdadero cuento weird debe respirarse una determinada atmósfera de expectación e inexplicable temor ante lo ignoto y el más allá…”. Para redondear este concepto, S. T. Joshi, en The Weird Tale, que incluye estudios sobre H. P. Lovecraft, Lord Dunsany, Algernon Blackwood, M. R. James, Arthur Machen y Ambrose Bierce, considera que lo weird es una especie de collage que puede incluir “fantasía, horror sobrenatural, horror no-sobrenatural y cuasi-ciencia ficción”.

Por otro lado, Jeff Vandermeer, quien editó junto a Ann Vandermeer The Weird, un compendio de “oscuras y extrañas historias” que van desde Lovecraft hasta Borges y Gaiman y que le mereció el World Fantasy Award , que anualmente premia a las mejores obras del género fantástico, a mejor antología en 2012, lo resume apuntando que, a diferencia de ciertos tipos de terror, su énfasis no se encuentra ni en el horror ni en el terror que producen, sino en la belleza de lo desconocido.

Esa definición se acerca más a lo propuesto por Mark Fisher en Lo raro y lo espeluznante (The Weird and the Eerie), mi estudio favorito sobre este tema. Para Fisher lo “raro” es aquello que no debería estar allí y que no se plasma en el terror sino en la fascinación.

Sin embargo, descubrí que, si bien se encuentran íntimamente relacionados, el bizarro es un movimiento diferente. En Bizarro Central, la meca digital de este tipo de literatura, encontré que contaban con su propio manifiesto, en el que, a grandes rasgos, apuntan que el bizarro es el género del “buen” weird, que es el equivalente a la “sección de culto de un videoclub”, que apuesta por la fascinación, que tiene “cierta lógica de dibujos animados”, que es como si mezclaras a Kafka con John Waters o a Takeshi Miike con William S. Burroughs y que es un “Alicia en el país de las maravillas para adultos”.

El bizarro comparte casi todas las características del weird, como el énfasis en la fascinación y en el collage; sin embargo, algunos puntos me parecen conflictivos. Por ejemplo, encuentro mucha pretensión en que se le considere un género y encima uno de culto por encima del weird. Lo que rescato, al ser un movimiento moderno, es la influencia del cine y la televisión, sobre todo de los dibujos animados, donde por momentos, La casa de arenas movedizas me hizo pensar en Rick & Morty y Hora de aventura.

El portal también incluye una lista de autores recomendados, entre los que distinguí, sin saber que eran bizarros, a Nick Antosca (creador de la maravillosa serie televisiva Channel Zero y cuyo cuento “The Quiet Boy” inspiró Antlers, película de terror producida por Guillermo del Toro próxima a estrenarse), a Danger Slater (cuya novela I Will Rot Without You fue ganadora del Wonderland Book Award, el premio que anualmente galardona a los mejores exponentes del Bizarro,  en 2016), a Laura Lee Bahr (de quien estoy leyendo la novela Fantasma), a Garrett Cook (Un dios de paredes hambrientas encabeza mi fila de libros por leer), a Jeremy Robert Johnson (siento mucha curiosidad por su Ciudad revientacráneos) y, por supuesto, a Carlton Mellick III.

En la página web del autor, nos cuentan que es como un Kilgore Trout (autor ficticio, extraño y prolífico que aparece en la novela Matadero 5 de Kurt Vonnegut) de verdad, que ha concebido los libros más extraños, imaginativos y asquerosos, que publica siempre en enero, abril, julio y octubre, que es uno de los autores que encabezan el movimiento bizarro, que en 2013 fue nombrado por The Guardian como uno de los 20 mejores escritores de ciencia ficción menores de 40 años, que en 2009 ganó el Wonderland Book Award por su novela Warrior Wolf Women of the Wasteland, que sus cuentos han sido incluidos en las compilaciones de lo mejor de la fantasía, horror y bizarro de la década, que desde 2001 lleva más de 50 novelas publicadas y que vive en Portland, Oregon (EE.UU.), la “meca del bizarro”. También que su estilo consiste en explorar conceptos ridículos e inimaginables con toda la seriedad y honestidad posibles, utilizando el humor, la sátira social y una prosa sencilla parecida a la empleada en las antiguas publicaciones pulp y en la literatura infantil, como pudimos ver en La casa de arenas movedizas.

Por último, que la Gothic Magazine lo considera el escritor más loco, extraño, bizarro, divertido y obsceno de Norteamérica y que Jack Ketchum (autor de The Girl Next Door, The Woman y Offspring, entre muchas otras) nos advierte que si no lo hemos leído no somos lo suficientemente perversos para el siglo XXI.

Sigo sin la certeza de que el bizarro pueda considerarse un género por sí mismo pues creo que, al igual que el weird, es una modalidad del terror; ni con las lecturas suficientes para saber si es mejor que el weird (y no sé si eso sea algo que deba preocuparnos a los lectores). Lo que sí me queda claro es que bajo sus portadas de mal gusto y su actitud irreverente podemos encontrar historias muy interesantes cargadas de emotividad.

Por lo pronto, me declaro ferviente admirador de Carlton Mellick III y esperaré con ansias la traducción de The Terrible Thing That Happens que se publicará próximamente en Tierra Adentro.

 

OBRA CONSULTADA

Fisher, Mark: Lo raro y lo espeluznante; Alpha Decay, 2018.

Joshi, S. T.: The Weird Tale; University of Texas Press, 1990.

Lovecraft, H. P.: El horror sobrenatural en la literatura; Fontamara, 2002.

McDowell, Michael: Los elementales; La Bestia Equilátera, 2017.

Mellick III, Carlton: La casa de arenas movedizas; Orciny Press, 2016.

Vandermeer Ann & Jeff: The Weird: a compendium of strange and dark stories; Tor, 2012.

 

SITIOS CONSULTADOS

www.bizarrocentral.com

www.carltonmellick.com

www.orcinypress.com


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).
Ilustración de María Magaña

Ts’ijlej
Tsk’ej mukbil k’op li ts’ijil lumal tok,
schijil ts’i’lal abnaltik.
Chjulavanuk yajvaltak li te’tike,
chak’ik ta a’iel sk’ak’alil kuxlejal.

Li cha’uke tslup xa muyel ya’al,
sujom xchi’uk sk’ib yo’ xatintas banomil.

Ta st’uj muikil vomoletik jun ants,
albat yu’un sme’ ti ja’ sk’opojelik
vomoletik li jujun sobe.

Ta te’tik ta xvabajomaj mutetik xchi’uk yok’esik,
ta o’lol k’ak’al chlok’ k’atinikuk st’i’ ojovetik.

K’unil ik’ tstani batel yik pometik,
ta xa spas ta yax uran ton, sakil ton li vinajele:
julav xa li jamalal vinajel.

 

Quietud
La neblina callada guarda secretos,
abrigo de la montaña.
Despiertan los dioses del bosque
y anuncian tiempo de vida.

Un chauk embarca agua,
se apresura con su cántaro
a bañar el mundo.

Una mujer tría hierbas aromáticas;
su madre le enseñó que la madrugada
es el lenguaje de las plantas.

En árboles, aves forman orquesta de flautas
al mediodía emergen a solearse los ts’i’ ojovetik.

Vientecillos irrigan perfume de inciensos,
el cielo de ágata celeste y blanco se torna:
el universo ha despertado.

 


 

Takinaltik
Ta slucha ik’etik li ak’obal,
ta xvay ta sxonkolal tok li vinajel.

Ta xlik jun ants,
nak’obalil ta ik’ osil,
ta spech’ sch’ut
k’ucha’al ta xich’ yomel nichimetik.
Tey ts’ijil chmalavan li sve’ebal na,
tsa’ ta stanil sti’ sk’ok’
li ak’al ts’ik yu’un sikil ak’obale:
chk’elomaj li leb k’ok’, ch-ak’otaj xchi’uk sob osil.

Chjatav lok’el ch’ail ta jol na;
Li k’ok’e rextiko yu’un sbijil muk’totil,
smantal totil,
smantal me’il.
Chbaj snich takinal osil ta pana,
yik’ xa slikeb taiv li ik’e;
juts’ub xa chuch’bal ik’loman osil li jtatatik.

 

Otoñal
La noche borda vientos,
duerme el cielo en su almohada de nubes.

Una mujer se levanta,
es sombra en la oscuridad;
se faja la cintura
como se ciñe en ramos las flores.
Su cocina la espera taciturna.
Busca en la cal del fogón
la brasa que resistió el frío nocturno:
retoña la llama y danza con la aurora.

En el techo escapa humo;
el fuego atestigua sabiduría del abuelo,
consejos de un padre,
los ejemplos de una madre.
Afuera, caen pétalos de otoño,
el aire huele a helada
y el sol de trago en trago se bebe la aurora.

 


 

Yavanel jbats’i k’op
Sol ta jnopben jbel yech’omal eil,
k’ucha’ al chbajbat ti’na li buch’u mu x-ojtikaje,
jech la jbajbe sti’ li ko’nton,
tsatsaj ti yavaneje.

La sbiiltasun ko’ol k’ucha’al sk’opojel me’el,
ko’ol k’ucha’al muk’totil ta vits la yavtaun,
ko’ol k’ucha’al sniketel abnaltik k’alal syak chlom.
Mu’yuk xka’i buy liktal ti yech’omal avanele.
slokoketel yayijem bolom,
ta sk’an juch’tael yo’ xkuxij.
Ja ti jbats’i k’op chak’ yip yo’ mu to xlaj.

 

El grito de mi lengua
Una voz penetró mi pensamiento,
como cerrarle puerta a desconocidos
así le cerré mi corazón,
y se hizo más fuerte el bramido.

Pronunció mi nombre con voz de anciana,
me gritó cual abuelo en las cumbres,
cual montaña al derribo.
No percibí el origen del clamor.
Era rugido de jaguar herido,
auxiliaba un soplo para vivir.
Era mi idioma en resistencia a la extinción.


Autores
Nacida en Suyul, radica actualmente en Las Ollas, San Juan Chamula. Ha cursado varios diplomados y seminarios en creación literaria. Ha publicado en cuatro antologías: “Sbel sjol yo’nton ik’” “Memorias del viento” (2006); “Ma’yuk sti’ilal xch’inch’unel k’inal” “Silencio sin fronteras” (2011); “Insurrección de las Palabras, poetas contemporáneos en lenguas Mexicanas” 2018, y “Anhelo de reposo”2019. Becaria del FONCA 2012-2013 y 2017-2018. Actualmente es integrante en el Taller “Abriendo Caminos, José Antonio Reyes Matamoros”, impartido por el maestro Alejandro Aldana Sellschopp.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) Ilustradora mexicana multidisciplinaria enfocada en creación narrativa. Ha participado en proyectos que van desde ilustración editorial, cómics, libros infantiles, escenografía, exposición en galerías y pintura mural.
Ilustración de Aricollage

ANTS TE AJK’UBAL

 Ijk’ jalbil sk’u’,

 stsek sok sch’ujch’ujt’

 xch’ababetnax xkoj ta witswitstik

y   a   k   a   l        s     t     a     s   e   l          k    o     e    l

tokal k’atbujem ta sijts’.

 

Te jujun sbeel

yak’ xwijk’ sit te u,

xtuchojik skantela kukayetik

jich yich’ lemtesbeyel sbe.

 

X-ok’lajanax chiletik,

Kukujmutetik sok pokoketik

sjukinik te ajk’ubal

te sk’ej ta yolil ya’

pejt’ ijk’al nichim

potsol ta tson te’.

 

 

LA NOCHE ES UNA MUJER

Con un huipil negro,

enagua y faja oscura

baja sigilosa de las montañas

a    r     r   a     s     t     r     a     n     d     o

su rebozo de neblina.

 

Al compás de sus pasos

despierta a la luna,

cirios de luciérnagas

iluminan su camino.

 

Incansables grillos,

búhos y sapos

acompañan a la noche

que guarda entre sus muslos

una orquídea negra

cubierta de musgo.

 



 

K’IN K’AYOJIL

Ajk’ubalix.

Chikan ayel sk’ayoj k’aneletik

lostsajtik ta petumaxetik.

 

Stij amay te pokoketik

spajaltesbey sk’ayok xikitinetik

jukinbil yu’un te snichimal sk’op chiletik

k’alal slo’liy sjoyik.

 

 

CANTOS CEREMONIOSOS

Es de noche.

Se oyen baladas de amor

trepadas en los ojos de venado.

 

Los sapos tocan flautas

al compás de las chicharras trovadoras

que riman con los grillos sus poemas

al enamorar a sus hembras.

 


 

 

YAJK’UBALIL TS’UM

Xmebaj ok’ te ts’i’etik,

tse’etnax yot’an te lajelal.

 

Xkoj talel ta wits te xiwel,

xjul ta jtojol,

speton bit’il ak’

xch’ik ochel ta bak’etal te yisim.

 

Kajon ta sk’oponel kajualtik

la jmuk jba ta spak’il jwayibal;

k’alal tal snojk’etal lajelal

te stasoj talel jayuben sk’u spak’

nopts’ej ta sti’il wayibal

banti chawal te tata’ ay ta chamel.

 

Matoba staoj k’axel jun ora-a

k’alal te na,

k’atbuj ta yawil

pots nichimetik sok loxoxetik.

 

 

NOCHE TS’UM

Los perros aúllan,

la muerte sonríe.

 

El miedo baja de la montaña,

llega a mí,

como liana me abraza

y en mi carne incrusta sus raíces.

 

Mientras mastico una plegaria

bajo mi sábana;

entre sombras la muerte llega

arrastrando sus harapos

a la orilla de la cama

donde el abuelo yace enfermo.

 

En menos de una hora

la casa,

se convirtió en un jardín

de claveles, crisantemos y rosas.

 

 


Autores
Maya tseltal. Autora de los libros Jalbil K’opetik/Palabras Tejidas y Naetik/Hilos. Coautora de: Xpulpun Sbek’tal Jch’ul Me’tik/La Luna Ardiente, Ma’yuk Sti’ilal xch’inch’unel k’inal/Silencio sin frontera, Xochitlajtoli Poesía contemporánea en Lenguas Originarias de México, Piedra de Fuego, Flor de siete pétalos y Na’ Lum /Madre tierra. En 2015 y 2019 obtuvo el reconocimiento por su trayectoria como escritora y poeta ocosinguense en lenguas maternas otorgado por el H. Ayuntamiento Constitucional de Ocosingo y por el Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas. Es miembro del Centro PEN Chiapas pluricultural. Actualmente colabora en la Universidad Intercultural de Chiapas.

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.
Ilustración de Aricollage

 Vatsí inká yoo tsi nikanchií
tsaa ñàà ndaká’án ini kue ñuu
ndakíta’ángo tsí inká nivi
kuáña xoo nuú yoso
ñu’un va’a nuú tsitoo yivi
nuu chiíná raa kuú ndane’é ta’an
raa saán koó tono xìná

Vienen otros tiempos
nuevos pensamientos surgen
identidades encrucijadas
bosquejos de Páramo
lugar fértil de vida
sembradíos de encuentros
y así volverá a ser el principio

Celerina Sánchez

 

I. Las pioneras

El panorama actual de las literaturas en lenguas indígenas se ha enriquecido con la participación activa y crítica de jóvenes mujeres pertenecientes a diversas lenguas y culturas originarias. La conciencia de escribir en su lengua como un acto de resistencia, como un acto político: “levantar la voz con la palabra, con el sonido, con los símbolos”[1] es fundamental para situar la relevancia de las diversas escrituras bilingües y el contexto social en el que aparecen las primeras publicaciones. Existen obras fundacionales de gran valor estético y concepción del mundo indígena, que marcan ya el rumbo de la historia literaria de cada lengua y su lucha permanente por su reconocimiento en el ámbito literario mexicano.

El campo literario, específicamente la poesía escrita en lenguas indígenas, varía de una región a otra. Entre las lenguas que más se escriben están las que tienen un considerable número de hablantes, o bien, un alto grado de prestigio lingüístico como las lenguas náhuatl, diidxazá/zapoteco y maya-peninsular. Sin embargo, estas lenguas que se han mantenido como herederas de una rica y muy antigua tradición, resultan minoritarias frente a la hegemonía del español.

En México se reconocen sesenta y ocho lenguas indígenas (y 364 variantes lingüísticas) junto con el español como lenguas nacionales. No obstante, a pesar de este reconocimiento jurídico y la paulatina transformación de políticas lingüísticas y educativas en favor de las lenguas indígenas, más de la mitad se encuentra en alto riesgo de desaparecer.

No hace falta decir que estas lenguas han sido negadas históricamente, lo que ha marginado su uso confiriéndolas a los espacios familiar y comunitario. De ahí, el singular papel que los escritores indígenas están realizando al contribuir con sus obras en la recuperación de sus identidades étnicas, de sus saberes y pensares, y en la construcción de su historia y tradición literarias.

Mujeres ayuujk/mixe; bats’i k’op/tsotsiles; bats’il k’op/tseltales; x_ixikob/chol; ore’yomo/zoque; p’urhépecha; ñahñú/ otomíes; totonakú/totonacas; ñuu’ savi/mixtecas han logrado articular sus voces antes habitualmente silenciadas y, hacer de la palabra, de su poesía, una herramienta para visibilizarse socialmente como escritoras en sus propias lenguas.

La educación escolarizada ha sido un factor clave para liberarse de la exclusión social y económica. Estas mujeres han pasado por un arduo proceso de formación educativa en español. Han tenido que emigrar de sus comunidades para ir a las grandes ciudades en búsqueda de una formación superior en universidades públicas y centros de investigación, e incluso han estudiado creación literaria. Han asistido a residencias artísticas del Banff Centre of the Art en Canadá, uno de los más prestigiosos centros internacionales de traducción literaria. Convertirse en profesionistas, abogadas, antropólogas, lingüistas, docentes, traductoras, ilustradoras, editoras, les ha permitido el autoreconocimiento en la elección de un destino profesional, la obtención de un ingreso económico propio y un alto compromiso social con sus pueblos de origen.

Estas escritoras indígenas han sido reconocidas por sus comunidades como líderes-intelectuales por su destacado pensamiento crítico y activismo en la defensa de las lenguas y el territorio y sus recursos naturales, como Yásnaya Elena A. Gil, lingüista ayuujk o Mikeas Sánchez, poeta zoque. “Las sociedades indígenas tienen un amplio repertorio acerca de cómo hacer política, al vincular su entorno local con el escenario nacional, además saben cómo potenciar dicha articulación en los foros internacionales”, comenta Natividad Gutiérrez Chong (2019). Tal es el caso de Irma Pineda, poeta y activista binnizá, distinguida recientemente con el nombramiento de Representante de los Pueblos Indígenas y Afrodescendientes de México, Latinoamérica y el Caribe en el Foro Permanente en la Organización de Naciones Unidas para el período 2020-2022.

En la década de los noventa aparecen las primeras publicaciones de mujeres poetas en lenguas indígenas en las revistas Nuni y la Palabra florida, ambas pertenecientes a la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas A.C (ELIAC), y en suplementos culturales comoOjarascade La Jornada, antes “México indígena”. Previamente, ya se habían publicado algunos poemas en antologías y compilaciones: los estudios realizados por Carlos Montemayor (1947-2010) en la península de Yucatán, a través de talleres literarios en lengua maya, fructificaron con la serie Letras Mayas Contemporáneas (1994); aunado a los esfuerzos de Víctor de la Cruz (1948-2015) por compilar a los poetas en su lengua diidxazá/zapoteco en Guie’ sti’ diidxazá/ La flor de la palabra (1999) y en la revista Guchachi’Reza/Iguana rajada. Por supuesto, las publicaciones académicas como Estudios de Cultura Náhuatl, dirigida por el Dr. Miguel León-Portilla (1926-2019), han recogido valiosos ensayos, textos históricos y de creación literaria sobre literatura náhuatl contemporánea.

En todas estas publicaciones comienzan a figurar los nombres de Briceida Cuevas Cob (maya-peninsular), Irma Pineda (diidxazá/zapoteco), Natalia Toledo (diidxazá/zapoteco), Ruperta Bautista (maya-tsotsil), Juana Karen Peñate (ch’ol), María Luisa Góngora Pacheco (maya-peninsular), María Concepción Bautista Vázquez (maya-tsotsil), María Roselia Jiménez Pérez (tojolab’al), Yolanda Matías Guerrero (náhuatl), Celerina Patricia Sánchez (tu’un savi/mixteco), Noemí Gómez Bravo (ayuujk/mixe), Angélica Ortiz (wixárica/huichol), Enriqueta Lunez (bats’i k’op /tsotsil), Adriana López (bats’il k’op/tseltal) y Elizabeth Pérez Tzintzún (purépecha).

Estas poetas han transitado por diferentes etapas y por caminos pedregosos para situarse como referentes literarios en sus lenguas. “Nos tocó allanar el camino”. comentó Ruperta Bautista en una conferencia acerca de las escritoras indígenas. En efecto, a su generación, las poetas nacidas en los años setenta, le tocó abrir espacios de difusión en casas de cultura donde se congregaban para discutir sus textos o realizar talleres en sus lenguas como el Taller Génali (géneros narrativo y lírico, 1992) en Calkiní, Campeche. Aquí, Briceida Cuevas Cob se distinguió como una de las más aventajadas discípulas de Waldemar Noh Tzec, fundador del Taller. Cabe destacar La Biblioteca Víctor Yodo (2010) en Juchitán, Oaxaca, donde actualmente se imparten talleres de lengua diidxazá; además de contar con un importante acervo bibliográfico acerca de la historia y cultura del pueblo binnizá.

 

II. Los proyectos de visibilización

La creación de proyectos comunitarios, redes culturales y apoyos institucionales como las becas del sistema nacional de creadores y de jóvenes creadores del FONCA, así como los diversos premios a la creación literaria en lenguas indígenas como el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas (1993); el Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA, 2013);  el Premio a la Creación en Lenguas Originarias Cenzontle (2016) y el Premio Bellas Artes de Literatura en Lenguas Indígenas (2019) han permitido visibilizar la riqueza poética y narrativa de cada lengua en las voces de sus creadoras:

  • Natalia Toledo, poeta binnizá, obtuvo con su poemario Guie’ yaase/Olivo Negro el Premio Nezahualcóyotl en 2004.
  • Sol Ceh Moo, narradora maya, con su novela Chen tumeen Chu´úpen/Sólo por ser mujer en 2015. Además, fue la primera mujer en obtener el PLIA en 2019 con su novela Sa’atal Maan/Pasos
  • Nadia López García, joven poeta en lengua tu’un savi, obtuvo con su poemario Ñu’u vixo/Tierra mojada el Premio Cenzontle (2017).

El Premio CaSa a la Creación Literaria en lengua diidxazá/zapoteca (2011), instaurado a iniciativa del maestro Francisco Toledo (1940-2019), ha ampliado su alcance al reconocer la creación literaria en otras lenguas como el umbeyajts/ombeayiüts/huave; el xnánj un’a/stnáj ni’/triqui; ayuujk/mixe, y el tu’un savi, lenguas originarias de Oaxaca.

La creación de fechas conmemorativas sobre los pueblos indígenas, sus culturas y sus lenguas ha convocado la realización de encuentros, ferias y festivales nacionales e internacionales donde se promueven mesas de lectura poética y diálogos entre sus creadores y el público. El Festival de Poesía. Las Lenguas de América Carlos Montemayor (2004), celebrado en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, ocupa un lugar relevante al incluir a las lenguas indígenas de todo el continente americano. Se han efectuado ocho ediciones (entre los años 2004 y 2018) y cuenta con tres antologías correspondientes a las ediciones 2004, 2006 y 2008, donde se pueden leer poemas bilingües de Angélica Ortiz (wixárica/huichol), Natalia Toledo (diidxazá/zapoteco), Briceida Cuevas Cob (maya-peninsular), Irma Pineda (diidxazá/zapoteco), Odi Gonzales (lengua quechua, Perú) y Susy Delgado (guaraní, Paraguay).

 

III. La difusión editorial

Es imprescindible contar con agentes del campo literario para la promoción de las obras poéticas; durante un largo período, la edición, publicación y difusión se concentró en instituciones gubernamentales como el Instituto Nacional Indigenista (INI), luego nombrado Comisión Nacional para Pueblos Indígenas (CDI). La publicación de estos materiales atendió a las propias demandas institucionales por cumplir con políticas públicas. No obstante, el Instituto Nacional de las Lenguas Indígenas (INALI, 2003) ha abierto un espacio para la publicación y difusión de algunos materiales literarios en lenguas indígenas y su distribución es gratuita. Por ejemplo, “Pensamiento y voz de Mujeres Indígenas” (2012) recoge poemas en chatino, chocolteco, maya, mixteco, náhuatl, charrúa, garífona; además, recopila relatos, cuentos y testimonios en otomí, pame, tojolabal, triqui, tsotsil y quechua como resultado de un concurso internacional de escritoras indígenas, organizado en 2011-2012, por el Foro Femenino “Mujeres de México” y el INALI.

Las editoriales independientes han participado férreamente en la publicación especializada de diversos géneros literarios. Algunas han integrado la mano artesanal de los miembros de alguna comunidad indígena en la confección de sus obras y sus contendidos, como el Taller Leñateros; otras han combinado las artes plásticas y la poesía como Magenta Ediciones y Nauyaka Ediciones; o bien cuentan con colecciones bilingües dedicadas a los niños, a la ecología y al medio ambiente como Editorial Resistencia.

Ediciones Xospa Tronik, por su parte, ha publicado varios libros con temas y personajes de Milpa Alta, región nahua de la ciudad de México. Isela Xospa, ilustradora y responsable de esta editorial, ha logrado desarrollar un estilo basado en la gráfica, iconografía, lengua y elementos de la cultura nahua de los pueblos del sur de la Ciudad de México.

Pluralia Ediciones (2001) cuenta con la Colección Literatura Indígena Mexicana y sus dos series: Tradición oral indígena de México (4 volúmenes, 2014) y Voces nuevas de raíz antigua. Poesía Indígena Contemporánea de México. Voces integra a seis mujeres: Irma Pineda (diidxazá/zapoteco), Celerina Patricia Sánchez (tu’u un savi/mixteco), Ruperta Bautista (lengua bats’i k’op/tsotsil), Juana Karen Peñate (ch’ol), Mikeas Sánchez (ore o zoque) y Enriqueta Lunez (bats’i k’op o tsotsil). Estas ediciones incluyen un disco compacto con la grabación de su poesía bilingüe e integran ilustraciones o fotografías. La editorial también ha publicado a los poetas ganadores del Premio Cenzontle. Pluralia ha sido reconocida con el Premio a la Edición de Poesía Caballo Verde 2018 por la publicación de Rojo Deseo/Rului’ladxe (2018) de Irma Pineda, por su proyecto editorial, la calidad de su catálogo de autores, así como su apuesta por la poesía en lenguas indígenas.

Originaria: Gira de mujeres poetas en lenguas indígenas (2018) es un proyecto independiente conformado por tres mujeres Ateri Miyawalt, poeta y gestora náhuatl; Celeste Jaime, fundadora de ALTER.nativa gráfica y Mara Rahab Bautista, directora de El Traspatio. Es una de las más novedosas propuestas de gestión cultural y fomento a lectura literaria en lenguas indígenas. Trabaja articuladamente el proceso de selección, edición, publicación de libros artesanales. Así como la promoción y difusión estratégica de estos materiales, a través de ciclos de giras que iniciaron el año pasado el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

Gira de mujeres poetas en lenguas indígenas realizó el “Encuentro Originaria”, en Pátzcuaro, Michoacán en noviembre pasado con la presencia de doce poetas invitadas y la presentación de la Antología de once poetas mujeres en lenguas indígenas (2019), que reúne los primeros ciclos de presentaciones. Esta antología está cuidadosamente ilustrada con las propuestas de Celeste Jaime, Ioulia Akmadheva, Carolina Ortega, Diana Maldonado, Lenny Saturno, Irasema Parra Arciniega, Jeannie Xochicale, Kitzia González Simón, entre otras diseñadoras gráficas y artistas plásticas.

Sin lugar a dudas, el uso de sitios web en el espacio cibernético, blogs, redes sociales entre otros medios digitales, ha constituido el mayor logro de difusión y acceso a las diversas propuestas literarias en lenguas indígenas, así como la relación sin intermediarios entre los escritores y los lectores. Xochitlajtoli, sección de Círculo de poesía, a cargo de Martín Tonalmeyotl (poeta náhuatl) es un sitio donde se difunde poesía en varias lenguas indígenas y ya cuenta con propia antología Xochitlajtoli. Poesía contemporánea en lenguas originarias (2019). La transmisión simultánea de lecturas poéticas a través de Facebook o bien, los vídeos en Youtube con la grabación de la lectura poética bilingüe en voz de los propios autores, también ha contribuido poderosamente en la creación del capital cultural.

 

IV. Consideraciones sobre la poesía indígena

Este panorama desemboca, por supuesto, en la relevancia de valorar la calidad estética de la poesía en lengua originaria. Cada una de las poetas escribe desde un sentir individual, en sus poemas se ve reflejado el conocimiento de la cultura de sus comunidades y pueblos; resignifican elementos de su cosmogonía y espiritualidad a través de la reapropiación del papel de las mujeres-rezanderas, mujeres-curanderas, mujeres-tejedoras, mujeres-escritoras. Esto se puede ver claramente en la poesía de Celerina Patricia:

Tsíká tsaá nuú ñu’ún yo’ó nchaa tsana’á
nuú ntsitsika kue natsanú nda’á tsi chí iso
nuú nikanchí tsi kue yoo savi
ra yo’o ingáyu tisi kue tú in núu ndó o
Tu’un tsá viíñaa ndakani tsi naa ndaku’un ino
Tu’un ñaa tsa a chi I takua ndaki on ichí
Kue tu’un ñña kunu in ora ndakasía nuúgo
Tu’un ñaa sa a yivi

Con mis pies descalzos he recorrido el camino de los ancestros
donde las abuelas caminaron con pasos firmes y contudentes
bajo el sol de muchas primaveras para no morir
aquí estoy con mi tenate de palabra
con un canto a su historia y su memoria
las palabras son fuerza/valor/camino
y van tejiendo nuestro ser
palabras que construyen mundos 

Natsiká/Viaje
Celerina Patricia (2013, p. 6)

El vínculo con la naturaleza es un canto festivo y armonioso, como leemos a continuación:

Dzundyis kyonuksku’y numba
Kujkiki’
yäre’te’tzame isandzyiyajubätzi
oyubäis nwyjtyae windy ya Nasakobajk’
Kujkiki’
yäre’ te’ tzame makabä’dzajkayae’ äj uneram
yajukamäjtiz
jin’ma’ dzojkpä ‘i yä Nasakobajkäjsi
jin’ma’ jowyajpäi jin’ ma dochäjakia’äj däwäram
tumäbä äj’ngäjin sutyajpatzi äj däwä’
eyabäjin mbäjkindchägbatzi jama’is ñujtzkä.

La oración del sembrador reza
“Kujkiki”
esta es la palabra que me enseñaron
los que caminaron la tierra antes de mí
“Kujkiki’
será la palabra que dejaré a mis hijos
el día de mi muerte
porque no excederé mi paso por la tierra
ni abusaré del placer ni del dolor
con una mano brindo mi ternura
con la otra recibo el calor del sol.

Tujtay/Seis
Mikeas Sánchez (2013, p. 37)

Es también la añoranza del espacio sagrado, en palabras de Juana Karen Peñate:

Mach komik sajtyel ilaj tyi kilem tyejlum,
mach käjäyik chumtyäl che’ maxtyo tyechbilik kcha’añ
[ñaxambä its’ijbal jk’ay.
Majtyañ ak’eñol ili ak’lel ik’äk’al lak piälob,
kambeñoñ kambeñoñ kwuty tyi’ yojli lña’ matye ‘lum.

 

No quiero perderme en la inmensidad de la metrópoli,
no desamparo mi habitar antes de iniciar la primera letra de mi canto.
Regálame esta noche la luz de la multitud,
y despiértame en la profundidad de la Madre Selva.

Juana Karen Peñate (2013, p. 10).

La migración aparece como una ruptura dolorosa, así lo transmite Celerina Patricia Sánchez:

Tsaá chaakú iniyu
niki’ín ichi
ñaa snaaá nikánchi
ra tsíka ñuú nuú yivi yo’ó
ra vichi ingáyu nuú ñuu to’o
tono nivi nda’avi
ra tsíní yu nchíí kuú ichí ñáá nuú vatsí
ri vaasa sana inio ñáá nuú vatsí
ri vaasa sana inio ñáá tsaán
chaa san ndachikogo nuú ñáá

Apenas entendí
tomé el camino
que me enseñó el sol
troté en el mundo
ahora soy migrante
como mucha gente
pero sé cuál es mi camino
eso nunca se olvida
siempre se regresa al origen.

Celerina Patricia  (2013, p. 29).

Es precisamente este regreso al origen donde Ruperta Bautista teje con maestría sus hilos-finísimos para convocar a las aves más pequeñas que danzan entre la lluvia colorida:

Xjiplajet li toketike,
xchajajet yu’un nichimal on’tonal.
Yaxal ya’lel sat vinajel xchajajet,
xchajetel k’ak’altikal o’.
Sututel li ik’e,
slajlun sxaya yon’ton ts’unun,
ch-och te xojobal ikliman.

Cuelgan las nubes,
chispean alegría.
Llueve la lluvia celeste,
llueve gotas de sol.
Gotea el corazón del colibrí
cruza la aureola del amanecer.

(2014, p. 27)

En las diferentes comunidades mayas, el significado del colibrí varía. Para los tsotsiles de Huixtan, el colibrí significa buena suerte. Ruperta Bautista escribe: “Confío en que un día llegará para todos el lekil kuxlejal, es decir, el bienestar, la paz y el equilibrio en la vida”.

Cabe hacer una mención particular para Guie’ni zinebe/La flor que se llevó, poema narrativo de Irma Pineda, que encara a través de una serie de interrogantes a los hombres de verde: los militares que “levantaron” a su padre Víctor Yodo, profesor en Tehuantepec y fundador de la histórica Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo (COCEI), para luego desaparecerlo el 11 de julio de 1978. Esos hombres de verde que sorprendieron a doña Ernestina Ascencio (1934-2007), mujer anciana monolingüe, mientras pastoreaba sus borregos en la sierra de Zongolica, Veracruz para violarla tumultuariamente y provocarle la muerte:

Nacarou´ti nguiu la?/
Nuuru’xiixa’nabani ndaani’ ladilu’la?/
Tu nacalu’ yanna ra ma gucu’a ñeelu’
ca guidibo’co’ nachonga ca?

¿Aún eres un hombre?
¿Permanece algo de humanidad en ti?
¿Quién eres ahora después de cazar
esas rígidas botas con sus puntas de metal?

(2014, p. 17).

 Guie’ni zinebe/La flor que se llevó es un poema de resistencia y de reconciliación, inscrito en la mejor tradición de la poesía contestaría latinoamericana desde José Martí hasta Juan Gelman. Sin duda, nos muestra el compromiso social de la poesía indígena con los pueblos que han sido militarizados; es una lectura imprescindible ante la herida profunda que representa la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa.

La nueva generación de mujeres poetas en lenguas indígenas ha ido en aumento: Nadia López García (tu’u un savi/mixteco), Angelina Díaz Suyul (maya-tsotsil), Rubí Tsanda Huerta (p’urepecha), Claudia Guerra (diidxazá/zapoteco), Cruz Alejandra Lucas Juárez (totonakú/totonaca), Margarita León (ñahñú/ otomí);  Rosa Maqueda Vicente (ñahñú/ otomí), Rosario Patricio Martínez (ayuujk/mixe). Incluso se han sumado representantes de lenguas yoreme/mayo y cmiique iitom/seri del norte del país con Emilia Buitimea Yocuipicio y Zara Monroy. Esta última mezcla cantos con música al ritmo de rap en un acto performativo, que se ha convertido una constante en jóvenes agrupaciones musicales que retornan a sus lenguas a través de estos registros, por lo que sus producciones son grabaciones en disco compacto. Al igual que el más reciente material de Celerina Sánchez que junto Víctor Gally grabaron poesía en lengua tu’un savi y blues: Káku ta’an/nacimiento dual (2019).

 

V. Reflexión final

Las lenguas son vehículos de identidad y de pertenencia cultural, pero también son vehículos de lucha, de resistencia sobre la dominación de unas sobre otras. Las mujeres indígenas han adquirido un papel más determinante en el campo intelectual a través de su trabajo poético y participación política. No existe una poética unitaria sino un cuerpo polifónico gracias a la variedad de sus voces y nuevas temáticas. Todas mantienen una continuidad relacionada a la tradición literaria a la que pertenecen (o la que están construyendo). Me refiero a la oralidad como punto fundacional de sus obras. Ninguna de ellas escapa a la primera fuente de creación: la memoria oral. Aún en la migración, existen territorios simbólicos que se fijan en su escritura. Estas poetas están produciendo y publicando en este momento y su obra continúa en formación.

Yomo’chä
tese ngotzäjkpatzi äj’nwyt
tumdumäbä’ tzäki tujkubä’jin
ngotzäjkpatzi äj’ natzikutyam äj’ ngipsokiu’tyam
Mumurambä kipsokiu’y
wurambäre’ äjne’ankä’ram
Yomo’chä tese’ ngotzäjkpatzi tumdumäbä äj’näbin’dzajy
Juwä’ ijtyaju wäñajubä äj’anuKuis myusokiutyam
tese’ mumurämbä tzam ore’ pänis’nyeram ijtyaju äj’ aknakomo
tese’ mumurämbä kokypsku’y ore’yomo ‘isñyeram ijtyaju äj’ tzujomo’

Soy mujer
y celebro cada pliegue de mi cuerpo
cada minúsculo átomo que me forma
y donde navegan mis dudas y mis esperanzas.
Todas las contradicciones son maravillosas
porque me pertenecen.
Soy mujer y celebro cada arteria
donde aprisiono los secretos de mi estirpe
y todas las palabras de los ore’pät* están mi boca
y toda la sabiduría de las ore’yomo** están en mi saliva

Tumä/Uno
Mikeas Sánchez (2013, p. 70)

*Ore’pät/hombre zoque
**Ore’yomo/mujer zoque

  

Bibliografía

Bautista, Ruperta (2019). Poesía en lenguas indígenas desde el sureste mexicano en “Lo lingüístico es político”, Valencia-México, ediciones OnA.

──────────────, (2013). Xojobal jalob te’ /Telar luminario, tsotsil/español. México, Pluralia, CONACULTA.

Gutiérrez Chong, Natividad (2019) “Las palabras que en mí dormían. Discursos indígenas de Bolivia, Ecuador, Chile y México”, México, IIS-UNAM.

Patricia Celerina (2013). Inní ichí, tu’un savi/español. México, Pluralia, CONACULTA.

Pineda, Irma (2013). Guie’ni zinebe/La flor que se llevó, diidxazá/español, México, Pluralia, CONACULTA.

Peñate, Juana Karen (2013). Ipusik’al matys’lum/Corazón de la selva,  cho’l/español. México, Pluralia, CONACULTA.

Sánchez, Mikeas (2013). Mojk’jäy-Mokaya, zoque/español, México, Pluralia, CONACULTA.

Bibliografía recomendada

Pluralia Ediciones

Colección Voces nuevas de raíz antigua. Poesía contemporánea de México.

  1. Bautista, Ruperta (2013). Xojobal jalob te’ /Telar luminario, tsotsil/español. Ilustraciones de Álvaro Figueroa; México, Pluralia, CONACULTA.
  2. Lunez, Enriqueta (2013). Sk’eoj jme’tik u/Cantos de luna, tsotsil/español. Ilustraciones de Joel Rendón; México, Pluralia, CONACULTA.
  3. Patricia Celerina (2013). Inní ichí, tu’un savi/español. Ilustraciones de Olivier Dautais; México, Pluralia, CONACULTA.
  4. Peñate, Juana Karen (2013). Ipusik’al matys’lum/Corazón de la selva, cho’l/español. Ilustraciones de Natalia Gurovich; México, Pluralia, CONACULTA.
  5. Pineda, Irma (2013). Guie’ni zinebe/La flor que se llevó, diidxazá/español, Fotografías de Frida Hartz; México, Pluralia, CONACULTA.
  6. Sánchez, Mikeas (2013). Mojk’jäy-Mokaya, zoque/español, México, Ilustraciones de Paloma Díaz Abreu; Música de Alejandro Burguete; México, Pluralia, CONACULTA.

Otros títulos:

  1. Pineda, Irma (2018). Naxiña’rului’ladxe’/Rojo deseo, diidxazá-español, Ilustraciones de Alec Dempster, México, Pluralia. Premio a la Edición de Poesía Caballo Verde 2018.
  1. López García, Nadia (2018). Ñú’u vixo/Lluvia mojada, tu’un savi/español. Ilustraciones de Álvaro Figueroa; México, Pluralia, Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Cenzontle 2017 (segunda edición).

Proyecto Originaria. Gira de mujeres poetas en lenguas indígenas.

Colección Originaria. Selección de contenidos y coordinación general a cargo  de Ateri Miyawatl, Celeste Jaime y Mara Rahab Bautista.

Publicaciones de poemarios y un breve ensayo bilingües en formato “plaquette”. Acompañados de un grabado con la imagen de cada poeta.

  1. Aguilar Gil, Yásnaya (2018). ¿Es México un país multilingüe? y La lengua como territorio congnitivo. Ensayos bilingües (ayuujk/español). Ilustraciones de Celeste Jaime; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  2. Buitimea Yocupicio, Emilia (2019). Poemario bilingüe (yoreme/español). lustraciones de Jeannine Xochicale; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  3. Huerta Rubí Tsanda (2018). Poemario bilingüe (p’urepecha/español). Ilustraciones de Diana Maldonado; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  4. López García, Nadia (2018). Poemario bilingüe (tu’un savi/español). Ilustraciones de Carolina Ortega; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  5. Lucas Juárez, Alejandra (2019). Poemario bilingüe (tutunakú/español). Ilustraciones de Kitzia González Simón; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; México, Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  6. Lunez, Enriqueta (2018). Poemario bilingüe (tsotsil/español). Ilustraciones de Evelia Mora (Candy Man); Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; México, Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  7. Maqueda Vicente, Rosa (2019). Poemario bilingüe (hñähñu/español). Ilustraciones de Brenda Méndez; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  8. Monroy, Zara (2019). Poemario bilingüe (cmiique iitom/español). Ilustraciones de Alejandra Mundo Nájera (Muna); Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  9. Pineda, Irma (2019). Poemario bilingüe (diidxazá-español). Ilustraciones de Irasema Parra Arciniega; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  10. Pérez Tzintzún, Elizabeth (2018). Poemario bilingüe (p’urepecha/español). lustraciones de Celeste Jaime; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  11. Sánchez, Celerina (2018). Poemario bilingüe (tu’un savi/español). Ilustraciones de Lenny Garcidueñas; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.
  12. Sánchez, Mikeas (2018). Poemario bilingüe (ore’/español). Ilustraciones de Ioulia Akhmadeeva; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; Alternativa ediciones. México, Morelia, Mich.

Antología de once poetas en lenguas indígenas (2019), selección de contenidos de Ateri Miyawatl y Celeste Jaime; Cartografías, Jahzeel Aguilera Lara; Diseño Alternativa Ediciones; FONCA, México, Morelia, Mich.

Flor de siete pétalos. Espina florida de siete poetas mexicanas (2019). Martín Tonalmeyotl (coordinador). Araceli Tecolapa, náhuatl de Guerrero; Mikeas Sánchez, zoque de Chiapas; Cruz Alejandra Lucas Juárez, totonaco de Puebla; Adriana López, tseltal de Chiapas; Celerina Sánchez, mixteco de Oaxaca; Ruperta Bautista, tsotsil de Chiapas e Irma Pineda, zapoteco de Oaxaca. Ilustraciones en acuarela de Sabrina Molinari Tato; México, Ediciones del Espejo Somos.

Palabra conjurada (cinco voces, cinco cantos) (2012). Josías López K’ana, Juana Karen Peñate Montejo, Ruperta Bautista Vázquez, Nicolás Huet Bautista y Enrique Pérez López; México, Tuxtla Gutiérrez, Chis. CELALI.

 

Discografía. CD’s

Káku ta’án/Nacimiento dual (2019). Tu’un tsa’vii tsi blues, Poesía Ñuu Savi y blues. Celerina Sánchez (poesía y voz) y Víctor Gally (música y armónica); Grabación, mezcla y masterización, Gilberto Vargas y Rubén Luengas. México, CIESAS, Foco Rojo Oaxaca y Ediciones del lirio.

Viento y Vida (s/a). Zara Monroy, compositora y voz; México, Hermosillo, Sonora, Estudios Arriola.

In Joaw, in Wáateme, in Ujyóoli Jióxterim/Mis recuerdos, mi tierra, mi poesía (2017). Emilia Buitimea Yocupicio (textos y voz); Producción y dirección Óscar Mayoral. México, DGCP, Secretaria de Cultura, Instituto Sonorense de Cultura.

Lluvia de sueños III. Escritoras y cantantes indígenas (2007). Aurora Oliva y Fernando Híjar, Coordinación general, selección, edición y masterización; Fotografías: Fernando García Álvarez DGCPI y Aurora Oliva; México, DGCPI e Instituto Sonorense de Cultura.


 

[1] Apunta Ruperta Bautista (2019), poeta en lengua maya-tsotsil, en un breve ensayo “Poesía en lenguas indígenas desde el sureste mexicano”.


Autores
Escritora de origen mazahua. Estudió Derecho y Letras Modernas, cuenta con una especialidad en Derechos Humanos y una maestría en Derecho por la UNAM. Colaboró durante una década en las Jornadas Lascasianas dedicadas al estudio y defensa de pueblos indígenas y afroamericanos del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Imparte la clase “Mujeres indígenas”, en la asignatura México: nación multicultural del Programa Universitario de Estudios de la Diversidad Cultural Intercultural PUIC-UNAM. Coordinadora académica del Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas del INBAL. Ha publicado cuento, poesía y ensayo.

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.
Ilustración de Aricollage

 

Lhtukit

Likuchun lhtukit, wankgokan,

xlakata makuchiy kintlaminkan

cha natlan likuchunkan

akxni kgawa katsan kilaknikan

chu kianimakan.

 

Lipaksa lhtukita talipuwan,

kintalipuwankan,

xtalipuwan kintlaminkan,

xtalipuwan kimpuchinakan,

xlakata xlistakna katuxawat litatlaway

chanchu kin

kaapakgtsu tiyat pakhtakinitaw

chu lakgachinin

kinkataxpulataktaniyan

kianimakan.

 

 

Atole de maíz

El atole de maíz

tapa los poros del barro seco

pero también sirve de medicina

cuando andamos con la cabeza

y el corazón lleno de hoyos.

 

Con atole de maíz

se cura la tristeza,

la tristeza nuestra,

la de nuestras ollas,

la de nuestros santos,

porque está hecho de maíz:

corazón del mundo.

Nosotros somos pedazos de tierra

y a veces se nos desmorona

el corazón.

 


 

Kgachii papa’

Kgaxii latama papa’

likgachilh xkilhpinin

xanat xalak kkinkachikin

nima kxtikat stakkkgoy.

 

Kilakglakamilh

lakgpuwa kinchixit

nima jaxma kintampulakgni’

chu lilhkawililh

xmakgaxkgakganat

xa tsitsokgo chuchut

kxtampin kilhakgat.

 

Luno ebrio

Luno deambula por la noche

para beber los labios

de las flores que brotan

en los petates del pueblo.

 

Su rostro vino hacia mis ojos,

admiró las trenzas

que descansan en mi cintura

y con su opaca luz

trazó cascadas rojas

bajo mi falda.

 


 

 

Nialh kiakstu klama

Nalakachin

aktsu chichiní’ kkimpulakni’,

akxni laa nina chachin

nawan Santujni’,

chu lhmutulun yakgolh

nawani laxux.

Akxni namakgaxkgakganan

kimakni’

lakgatum katuxawat.

Natachixkuwi

xasasti chichini’.

 

 

Embarazada

Un sol pequeño

brotará de mi vientre

antes de que llegue Santujni’[1]

y los naranjos

se arrastren por tanto fruto.

Entonces mi cuerpo

inundará de luz

la piel de la milpa.

Se hará hombre

el nuevo sol.

 

[1] Día de muertos


Autores
Tuxtla, Zapotitlán de Méndez, Puebla, 1997. Poeta tutunakú. Es voluntaria en el Centro de Estudios Superiores Indígenas Kgoyum (CESIK), de Huehuetla, Puebla, donde imparte las materias de Lengua originaria totonaco, Literatura, Taller de lenguas y Taller de creación literaria, a jóvenes totonacos y nahuas de educación media superior. Ha participado en varios recitales, en los que ha representado la lengua tutunakú, como el recital de poesía en lengua tutunakú, en el Primer Encuentro Artístico, Político, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan, celebrado en el Caracol Morelia Zona Tzotz Choj, Chiapas (2018), y la lectura de poesía tutunakú, en el marco del Día Internacional de la Lengua Materna, en la Universidad Pedagógica Nacional Ciudad de México (2018).

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.
Ilustración de María Magaña

La idea de la alfabetización generalizada como símbolo de progreso y civilización es bastante reciente. Las personas que insisten en que las lenguas indígenas no tienen abecedario ni tradición escrita olvidan que, hacia principios del siglo XX, en México, la mayor parte de la población era analfabeta. Analfabeta, esa palabra que ahora es un insulto y que equivale a tratar a alguien como ignorante, aunque la evidencia demuestre que no es así necesariamente. Durante la mayor parte de la historia de la escritura, las personas que podían acceder a esa habilidad y conocimiento eran pocas, se trataba de un conocimiento especializado. La escritura y los escribanos estuvieron concentrados durante mucho tiempo en monasterios en los que se transmitía ese conocimiento al que no podía acceder toda la población.

La idea de que las lenguas indígenas, por serlo, carecen de escritura es también falsa. Muchas cuentan con una sólida tradición escrita y otras no, como sucede con el resto de los idiomas del mundo. Mesoamérica fue un lugar en el que la escritura jugó un papel importante, donde también se crearon espacios determinados para ello y surgieron especialistas en este oficio. Durante una buena parte de la época colonial, las imprentas produjeron libros escritos en lenguas indígenas utilizando caracteres latinos. La escritura ha tenido una gran importancia y forma parte de la tradición mesoamericana. Esta tradición desapareció con el establecimiento del Estado nacional; con la Independencia de México, el nuevo país privilegió el idioma de la minoría para utilizarlo en la administración gubernamental. Por otro lado, la escritura no hace que una lengua sea más completa; la escritura es una entre varios métodos de transmisión de conocimiento entre los que también destaca la tradición oral.

En todo este proceso, al ser un conocimiento especializado durante mucho tiempo, a pocas mujeres se les ha sido permitido aprender a escribir, pero son más de las que pensamos. Como en muchos otros aspectos, la presencia de las mujeres y su función en la tradición escrita ha sido borrada. La historia de Aurora, que llegó a mí por medio de las narraciones de mi abuela, representa una de las excepciones. Aurora fue escribana en una comunidad mixe de la Sierra Norte de Oaxaca hacia mediados del siglo XX; como escribana, una función generalmente reservada a los hombres, llevaba asuntos y registros públicos además de redactar y leer asuntos personales. Esta función implicaba no solo hablar español, saber leer y escribir, sino también entender las complejidades de la vida comunitaria y las del funcionamiento del estado con el que muchas veces tenía que interactuar. Más que una escriba era una mediadora. Lamentablemente la violencia que llegó a la sierra le arrebató la vida. Fue asesinada en circunstancias no esclarecidas en su escritorio mientras estaba redactando un texto. Esta historia siempre me impresionó. La existencia de una mujer escribana en la sierra abría a mis ojos muchas posibilidades, pero la manera en la que le arrebataron la vida parecía un acto aleccionador.

Una vez que la alfabetización masiva se volvió uno de los principales objetivos de la política posrevolucionaria, la diversidad ligüística se mostró como un obstáculo a un noble objetivo necesario de cumplir. En este proceso las mujeres eran las que menos estuvieron bajo el proceso de la castellanización forzada. Aún ahora, los índices más altos de analfabetismo se reportan en mujeres indígenas. Esta situación implica distintas lecturas. Por un lado, las campañas y programas de alfabetización rara vez consideran la alfabetización en lenguas indígenas y, en muchos sentidos, hablar de alfabetización significa castellanización forzada. Los procesos de alfabetización, para adultos o población infantil, pocas veces consideran la diversidad lingüística y la implementación de procesos de aprendizaje del español como segunda lengua. Por otro lado, los reportes sobre analfabetismo en mujeres pertenecientes a estas comunidades se utilizan como una prueba más de la vulnerabilidad en la que habitan sin matizar o dar cuenta de que estas mujeres, en muchísimos casos, son expertas en diversos conocimientos muy valiosos: resguardan las narraciones tradicionales de su comunidad, son expertas en medicina tradicional o en otros conocimientos que no están atravesados por la escritura.

En este contexto, la existencia de mujeres indígenas que escriben literatura en sus lenguas maternas es desafiante. A pesar de la estructura que pesa sobre ellas, las escritoras han tomado ese mecanismo para expresarse frente al largo silencio que se les ha impuesto. Estamos en un momento en el que surgen cada vez más mujeres que escriben literatura en sus propias lenguas y traducen contenido literario activamente. Nombres como el de Briceida Cuevas Cob, Irma Pineda, Enriqueta Lunez, Celerina Sánchez, Natalia Toledo o Sol Ceh Moh, por mencionar solo algunos, forman parte de un movimiento cada vez más potente de escritura femenina en las lenguas originarias de este país. Los retos a los que esta literatura se enfrenta son muchos; los espacios de publicación, las posibilidades de traducción, los mecanismos para distribuir sus creaciones todavía necesitan abrirse a la diversidad de las mujeres indígenas que escriben.

Estas mujeres retoman en sus creaciones los conocimientos que las mujeres de su comunidad han resguardado en la memoria, pero también utilizan sus letras para denunciar la violencia estructural que los pueblos enfrentan, así como la violencia particular que las mujeres indígenas sufren por la estructura colonialista y el régimen patriarcal. Leerlas es necesario porque muestran una subversión de lo esperable, una negación elocuente a las voces y estructuras que han dicho siempre que las lenguas indígenas no se escriben y peor aún, que las mujeres indígenas no escriben.

 

 


Autores
Lingüista mixe. Colabora semanalmente con la columna llamada E’px, en el blog de la revista Este País.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) Ilustradora mexicana multidisciplinaria enfocada en creación narrativa. Ha participado en proyectos que van desde ilustración editorial, cómics, libros infantiles, escenografía, exposición en galerías y pintura mural.