Tierra Adentro
Fotos de Nigorette.
Fotografía por Nigorette.

 

El tren del metro se tambaleaba porque todas las mujeres brincábamos dentro de él. Solo nos detuvimos por miedo a que el avance se volviera más lento: lo importante era llegar. Se esparció un grito que empezó en el primer vagón hasta abarcar a los demás, ya solo estábamos a una estación del Monumento a la Revolución.

Nos cuidamos siempre. En el metro nos reconocimos por nuestros pañuelos morados, las pancartas. Teníamos calor, íbamos abrazadas las unas con las otras de manera involuntaria, el tumulto feminista iba apretado en los vagones cantando ya las consignas, estableciendo conexiones.

Los puntos de encuentro estaban dispersos; cada una de nosotras en su contingente pequeño o mediano desembocó en la gran congregación que ya nos esperaba bajando del tren. Volví sentir la unión que nos desbordaba. Aún no lo sabíamos pero nos esperaban el resto de las ochenta mil manifestantes. Nos cuidamos para salir poco a poco del metro. Avanzar era difícil.

Fotos de Nigorette.

Fotografía por Nigorette.

 

La primera oleada

La experiencia de llegar al Monumento fue una extensión del apretujamiento del metro. Nos seguía el calor, el tumulto y la imposibilidad de movernos. El Monumento se convirtió en una fortaleza impenetrable de contingentes feministas. No quedaba claro cuál sería la dinámica a seguir. En medio del caos previo al inicio de la marcha, muchas mujeres trataban de atravesar los tumultos para encontrarse con el resto de sus agrupaciones.

“Qué bueno que somos tantas y que todas estamos enojadas”, se escuchaban decir, entre la multitud, saliendo de las oleadas que desembocaban en la marea morada, mientras intentábamos avanzar, ansiosas de que empezara la movilización.

Estuvimos estancadas un rato. Los cordeles de separación, que en marchas previas habían funcionado para mantener los contingentes separatistas en su propio espacio, jugaron en nuestra contra. Quedar entre un grupo acordonado y otro se volvió peligroso.

Tras el embotellamiento en Plaza de la República, parte de los contingentes encontró su camino hacia Avenida de la República. Por la calle desfilaron grupos bailando con penachos al ritmo de tambores, envueltos en la humareda del copal. Detrás venían familias, pero la confusión hizo difícil saber si sería posible respetar el orden preestablecido que había publicado la Asamblea feminista.

A los lados pasaban corriendo grupos más pequeños. Las personas de un local en Av. De la República 157, tomaron lo que pudieron de las mesas exteriores y entraron, los meseros bajaron las cortinas de metal. Los grupos pequeños de mujeres encapuchadas y descubiertas siguieron pasando sin notarlos.

Fotos de Nigorette.

Fotografía por Nigorette.

 

La unión y los afectos

 “¿Dónde está Mar?”, “A ver, somos 9, vamos a divirnos en tres parejas y una tercia para irnos coordinando”, “Hay que orillarnos”, “Esperen, esperen, nos falta una”. Si algo mueve las marchas feministas son los afectos. A lo largo de la marcha se pueden ver las pequeñas agrupaciones organizándose para cuidarse entre sí. Volteamos cada tanto para saber que nuestro grupo sigue el mismo camino. Vamos tomadas de la mano. Por allá alguien grita que levante la mano todo el contingente de Economía, más allá las de Psicología y Derecho se reencuentran y reagrupan.

Los puños se alzan por la necesidad de silencio, cuando se está buscando a una mujer. Las consignas se detienen solo para encontrarnos y re-encontrarnos. A todas nos alegra cuando alguien vuelve a su contingente. Lo que hay, ante todo, en estas manifestaciones, es amor, fluyendo de maneras diferentes. Amor y preocupación constante por las otras, porque en esos momentos somos más cercanas y aprendemos a caminar juntas.

También, se nos acelera el corazón cuando vemos, más adelante, sobre Paseo de la Reforma, a las chicas que ya lograron escalar la enredadera de El Caballito para pintar ahí las consignas, símbolos a los que nos vamos acostumbrando, lenguaje de la resistencia. Son ellas quienes construyen las nuevas maneras de hacernos notar.

La multitud corea “Sí me representan”, “Sí se puede”, “Fuimos todas”. Se grita en apoyo y por admiración. A eso que desde afuera es calificado como algo “violento” contra los edificios de la ciudad, es una prueba de amor, un acto contestatario por las mujeres que ya no están, por la necesidad de protegernos entre nosotras.

Fotos de Nigorette.

Fotografía por Nigorette.

 

Avenida Juárez

Los gritos no han dejado de sonar. Es una marcha sorora y sonora. Cacerolazos, consignas, canciones, tambores. La diversidad no falta en las voces, en la búsqueda de maneras de expresar el enojo, el cansancio y la confianza entera de que se luchará lado a lado.

A la altura del Hemiciclo a Juárez, el contingente se repliega. Alguien advierte que nos mantengamos juntas, nos piden: “no caigan en provocaciones”. El mensaje viene de un lugar perdido entre la multitud y se esparce, nos tranquiliza. Todos los gritos se extienden así, la voz de una puede recorrernos a todas.

La marcha de hoy fue la primera para muchas mujeres. Algunas prefirieron irse en la Alameda, por la confusión de los repliegues constantes, por la cantidad de granaderos que rodeaban Bellas Artes. También porque desde la vanguardia nos llegó la noticia de que echaban gas pimienta, que pasando el Palacio, el contingente se había tenido que separar, la mitad siguió la ruta planeada y la otra fue a Tacuba.

Fotos de Nigorette.

Fotografía por Nigorette.

Esperábamos más tranquilidad en esta marcha, en este día que se ha reclamado para pelear por nuestras vidas. “Hay mucha desinformación de lo que está pasando”, decían algunas antes de decidir retirarse. En medio de la marea, fue difícil saber dónde nos estaban conteniendo y de qué formas.

La estatua de Francisco I. Madero fue pintada de morado. Una mujer oaxaqueña tomó el micrófono al lado de la primera parada que es la Antimonumenta. “Me vine aquí para trabajar, pero está difícil vivir con miedo. Antes salía a las diez de la noche y tenía que irme sola”, contó antes de introducir la canción, “La Martiniana”, dedicada a las niñas que nos faltan, a las muertas, a las desaparecidas:

“No me llores, no, no me llores, no, / porque si lloras yo peno, / en cambio si tú me cantas / yo siempre vivo y nunca muero”.

Fotos de Nigorette.

Fotografía por Nigorette.

 

El zumbido en los oídos

Madero cerró; dimos vuelta para tomar 5 de mayo y seguir el camino hacia el Zócalo. Caminábamos sobre vallas tiradas, con edificios con las ventanas rotas a cada lado. “Primero las mujeres, luego las paredes”.

En el Banco de México un grupo trataba de romper el vidrio de las puertas. La furia de todas corea los golpes. Los granaderos las enfrentaron, las empujaron con sus escudos. Muchas se unieron a las primeras, las respaldaban, las acompañaban, otras gritaron para que supieran que no estaban solas.

Las mujeres tomaron un fragmento de valla que amurallaba el edificio, lo colocaron entre los granaderos y ellas. Y en eso un retumbo. Fue el sonido de una granada de gas lacrimógeno, pero nos inundó la confusión.

Un pequeño grupo perdió a una de las suyas. La reacción fue inmediata: mientras la mitad la buscaba entre el tumulto que empezaba a dispersarse, otras subían al desnivel del Edificio Guardiola para tener un punto alto desde cual ubicar a la integrante perdida. La encontraron; la chica decía que le zumbaban los oídos: cuando estaba ahí entre el contingente y los granaderos no se explicaba cómo es que podía seguir deteniendo la valla: “luego me di cuenta que era la fuerza de todas”.

Fotos de Nigorette.

Fotografía por Nigorette.

La eficacia de las chicas y el ataque se vivieron como sucesos increíbles, la primera por la actuación tan rápida y eficaz, por la manera de reaccionar inmediata para mantenerse juntas; el segundo por lo absurdo del momento, lo cuestionable de los actos disuasivos en un día que las mujeres necesitan exigir su espacio.

Seguimos hacia el Zócalo. Algunas calles fueron bloqueadas por policías mujeres. Se gritaba “Mujer consciente se une al contingente”, “Mujer policía, a ti también te violan!” y “Policía escucha, tu hija está en la lucha”.

Todas las ventanas terminaron rotas.

 

Los nombres y los rostros

Muchas mujeres iban cubiertas. Tenían el derecho a marchar así, por seguridad ante las amenazas de ataque con ácido, por precaución: la marca que se deja por las calles puede ser reprendida. También porque los rostros que teníamos que exhibir hoy son de de violadores y acosadores, pegados en carteles que se dispersaron a lo largo de nuestro camino.

Fotos de Nigorette.

Fotografía por Nigorette.

Los gritos: “Alerta, alerta”, “Marchamos por las que ya no están”, “No se separen, no se replieguen”, “Hombres atrás”, “Arriba el feminismo que va a vencer”; los comentarios: “Es mi primera marcha”, “Aquí ya nos vamos porque no sabemos qué está pasando”, “Marchen por todas mañana, por las que no podemos ir”; las voces permanecen colectivas y anónimas.

No nos nombramos porque los nombres que sonaron este día por la calles son de aquellas que ya no pueden gritar con nosotras. Los nombres del listado de feminicidios 2019-2020 que se pegó de las vallas que protegían los monumentos. Los nombres de las mujeres que hemos perdido escritos en la Plaza de la República, para que se puedan leer desde cualquier parte. Los nombres de los 73 feminicidios que se registraron solo en enero.

Fotos de Nigorette.

Fotografía por Nigorette.

Nos movieron ellas, los afectos, el amor a todas y cada una de las mujeres que han sido violentadas, las mujeres en nuestra vida que necesitamos proteger. Así como nos cuidamos las unas a las otras en los grupos que conforman la marea morada que inundó las calles, así velamos por ellas. Lo que se juzga como vandalismo o violencia, es la rabia que viene de la sororidad.

***

La manifestación no empezó exactamente a las 14:00 horas del 8 de marzo, sino semanas antes, con la convocatoria de la Asamblea Feminista, con las colectivas proponiendo actividades de encuentro en el Zócalo.

Continuó con las publicaciones constantes de propuestas de carteles, ilustraciones compartidas para inundar las calles de arte, discusiones sobre la manera más ecológica y amable de pintar todas las fuentes de rojo sangre, canciones para empoderadoras como “Canción sin miedo” de Vivir Quintana, recomendaciones para las mujeres que van por primera vez, precauciones para cualquier eventualidad que se pudiera presentar. Vamos aprendiendo a estar prevenidas.

Sabemos que lo más importante es cuidarnos entre todas. Nuestra movilización empezó cuando se nos quitó el miedo de tomar los espacios que nos merecemos.

Fotos de Nigorette.

Fotografía por Nigorette.

 

 


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.

Ilustrador
Nigorette
Fotógrafa originaria de la Ciudad de México, nacida en 1990 y especializada en moda. En 2015 apareció en la lista de los 10 mejores fotógrafos mexicanos de moda con cuenta en instagram del diario Milenio. Nigorette ha trabajado con diferentes marcas nacionales e internacioales. Su trabajo ha sido publicado en Vogue.mx, Vogue.it, Buro 24/7, Reforma (Moda), MILENIO, InTrend y, LUVAN, entre otras.

Hace unas semanas, el colectivo Brujas del Mar convocó un paro masivo de mujeres para el 9 de marzo como una forma de protestar contra la ola de violencia feminicida que sacude al país. Nos pusimos en contacto con algunas de nuestras autoras para preguntarles si formarán parte del paro del 9 y por qué decidieron parar. 


 

 

Alicia Hopkins

Sí, voy a participar en el paro. El día 9 de marzo nos hemos convocado todas las mujeres en este país a parar nuestras múltiples labores, las que se hacen dentro y fuera del hogar: en la oficina, en la fábrica, en la empresa, en la escuela, en la calle. Incluso es un llamado a parar también nuestro consumo. El paro ha sido desde hace siglos un medio de lucha legítimo de las trabajadoras y trabajadores para hacer presión en la exigencia de demandas concretas. Y hay que decir que, además de legítimo, es tremendamente efectivo. Volteemos a nuestro alrededor: todo lo que tenemos está hecho con base en el trabajo, lo que sostiene esta sociedad y mantiene esta cotidianidad es el trabajo que hacemos millones de personas. Y justo queremos detener esa cotidianidad, porque la cotidianidad que nosotras las mujeres estamos viviendo en este país es desgarradora, pero al mismo tiempo, es indolente. A pesar de que hay una guerra en nuestra contra, a pesar de que México es el país más feminicida de la región latinoamericana, que cada dos horas y media, en promedio, un hombre decide acabar con la vida de una mujer ― ¡cada dos horas y media!―  es decir, a pesar de que diez mujeres al día son asesinadas ―esto es más de tres mil mujeres al año― y que la tendencia muestra que “las cifras” siguen en aumento, la cotidianidad indolente en la que vivimos pareciera decirnos que no queda más que acostumbrarnos al horror, cuando no nos culpa por las violencias que enfrentamos o se burla de nuestros dolores y de nuestra rabia. En el 2019 se registraron más de 50 mil denuncias por violencia sexual en nuestro país y la cifra es conservadora porque más de noventa por ciento de las mujeres que sufren alguna violencia sexual no denuncian y, para quienes lo han hecho, el porcentaje de impunidad asciende a casi cien por ciento. Así que en este país se nos puede asesinar y violar con total impunidad. A mí me parece que es insostenible esta cotidianidad, para muchas lo es. Es muy duro.

 

Hay una responsabilidad del Estado en esta situación: no ofrece condiciones para una vida libre de violencia para las mujeres; sus instituciones, que deberían procurarnos el acceso a la justicia, revictimizan y apuestan por la impunidad; sus cuerpos policiales no sólo son represores sino específicamente violentos sexualmente contra las mujeres; la política de seguridad que mantiene la militarización del país ha sido un fracaso durante años pero, además, sabemos que la militarización y la política de guerra mantiene la demanda de trata y esclavitud sexual de las mujeres y sus asesinatos. El caso tan doloroso de Ciudad Juárez, laboratorio de la guerra, es emblemático y nosotras hemos aprendido.

 

Pero también es cierto que nos enfrentamos a una sociedad machista que constantemente nos recuerda el odio que siente hacia las mujeres. Recientemente hemos visto cómo se lucra con el horror sobre nuestros cuerpos, cómo las niñas en este país tampoco están a salvo. Recuerdo hace algunos años cuando se realizó esa experiencia colectiva en redes que titulamos con el hashtag #MiPrimerAcoso, las compañeras que se dedicaron a hacer las estadísticas nos mostraron que, en promedio, las primeras violencias que enfrentamos se dieron cuando teníamos entre 4 y 7 años: no sólo es un país machista, feminicida, sino pederasta. Y, aun así, se atreven a juzgar nuestra rabia, a recetarnos manuales de la buena manifestación y la buena conducta, como si viviéramos en un Estado de derecho, como si tuviéramos acceso a la justicia.

 

Ahora bien, paramos el 9 porque el 8 es domingo y ese día vamos a salir a las calles nuevamente. El 8 de marzo es un día emblemático de la lucha de las mujeres trabajadoras que conmemora a las más de 140 mujeres calcinadas en una fábrica textil en Nueva York, en 1911. En nuestro país la emergencia es el feminicidio, pero también nos urge hacer visibles las condiciones de trabajo injustas en las que nos encontramos. Para nosotras es fundamental, por ejemplo, hacer visible todo ese trabajo que pasa desapercibido y sin el cual la vida social no podría seguirse reproduciendo: el trabajo que se hace en casa, el cuidado de familiares que padecen alguna enfermedad, la crianza de las infancias, ese trabajo al que se nos ha obligado con dogmas o a la fuerza. Es un trabajo que no tiene ninguna remuneración y, sin embargo, aporta 23.5% del PIB de nuestro país. Son más de 5 billones de pesos, según cifras del INEGI en el 2018. Cinco billones de pesos que son producidos por las manos y el esfuerzo de millones de mujeres que no reciben ni un peso por la riqueza que producen. Por su parte, en el trabajo que hacemos fuera de casa nos enfrentamos con una desigualdad injustificable: a las mujeres en promedio se nos paga 23% menos que a los hombres por hacer el mismo trabajo. Es injustificable. Sabemos que históricamente a las mujeres se les ha negado el acceso a los recursos económicos que les permitirían mayor autonomía frente a los hombres como una estrategia muy eficiente para mantenerlas a su servicio y con pocas posibilidades de escapar, a pesar de que vivan violencia.

 

Ahora, hay que decir que el impacto que ha tenido la convocatoria a parar el 9 de marzo es inaudito en la historia de nuestro país. Nosotras decimos que hemos venido acumulando fuerzas, sobre todo desde la movilización masiva del 24 de abril del 2016 cuando salimos a las calles en todo el país para protestar contra todas las violencias machistas. El movimiento feminista está logrando desarticular los pactos patriarcales que sostienen la sociedad en la que vivimos y aunque nos están castigando con una crueldad indecible, lo cierto es que no pensamos detenernos y que seguimos avanzando en la lucha, mirándonos y reconociéndonos, organizándonos en todos los territorios y en todos los rincones: desde las charlas y complicidades con las mujeres de la familia para denunciar el machismo doméstico y las violencias que ahí se viven, hasta las protestas en las preparatorias y en las universidades que han puesto el dedo sobre la llaga y han obligado a estudiantes, profesores y funcionarios a reconocer que no han generado espacios seguros para nosotras y a tomar cartas en el asunto. Pero también en las luchas en defensa del territorio y de la vida donde las mujeres del campo y de la ciudad ponen el cuerpo porque reconocen que el capitalismo ha hecho con la Tierra lo mismo que ha hecho con nuestros cuerpos y que luchar por la vida en la época de crisis civilizatoria que vivimos es fundamental para detener la catástrofe que se avecina. Y también luchamos desde este primer territorio que es nuestro cuerpo, damos una batalla por el derecho a decidir sobre el aborto, por una maternidad libre y elegida, por una vida en donde nuestra libertad no genere la culpa y la vergüenza que nos han inculcado, sino por el disfrute, el goce, la alegría de nuestra sexualidad, a pesar de la moralidad recalcitrante con la que intentan castrarnos y debilitar nuestras potencias.

 

Aumento e impunidad en las violencias sexuales y los feminicidios que enfrentamos, condiciones laborales injustas propias del capitalismo, trabajo no remunerado, derechos sobre la libertad de nuestros cuerpos, la defensa de la vida, serán algunas de las razones más importantes por las que decidimos parar este 9 de marzo. Son razones legítimas que nos ponen en una situación de confrontación no sólo contra el Estado, sino contra el capitalismo y contra la sociedad. Sin embargo, lo que hemos visto estos últimos días es que la convocatoria para parar el 9 de marzo se ha convertido en un botín jugoso y acomodaticio. El feminismo en nuestro país es eminentemente una lucha autónoma, independiente de partidos políticos y de las pugnas por el poder que se dan allá arriba entre los poderosos y la gente con dinero. Ahora todo el mundo quiere quedar bien: los bancos, las empresas, los partidos que nos han negado durante décadas los derechos básicos a las mujeres ¡ahora se hacen pasar como aliados! Realmente es una burla, una simulación y una burla. A nosotras no nos engañan ni tampoco permitiremos que en su oportunismo se apropien de nuestras demandas. Las mujeres no somos millones de votos posibles para las próximas elecciones, ni millones de consumidoras para sus bolsillos, el feminismo no es una agenda partidista para alcanzar o mantener el poder de ciertos sectores de la política. Nuestra lucha trasciende a sus intereses y también estamos en su contra.

 

Nosotras estamos más bien en otro terreno de la política, que no es el que está allá arriba, que no genera esas cuantiosas ganancias ni se juega en torno al poder estatal. Nosotras nos convocamos a parar el 9 para salir a las calles, parar para encontrarnos con otras, para conversar con otras, en el metro, en los transportes públicos, con las vecinas, las amigas, con desconocidas, en los parques, en los espacios abiertos de las escuelas. Porque necesitamos encontrarnos para reconocernos, mirarnos a los ojos, decirnos que no estamos solas, que vamos a seguir luchando y organizándonos. Porque a pesar de las múltiples resistencias, hoy, pero herederas de todas las luchas que han dado las mujeres a lo largo de la historia, hemos venido dando pasos certeros y firmes para hacer de este mundo un lugar más justo y más digno para nosotras. Me parece que estamos en un momento de crisis y de transición y que, a la par que un mundo se derrumba ―un mundo que no construimos nosotras sino esta civilización patriarcal, capitalista, racista, ecocida que nos colonizó― estamos logrando construir con nuestros dolores, nuestra rabia, pero también con nuestras alegrías y esperanzas la posibilidad de un mundo por venir, ahora, justo en este momento histórico de la humanidad, donde ese mundo por venir pareciera ser peligrosamente incierto.

 

Fotografía por Fernanda Villanueva

Fotografía por Fernanda Villanueva

 

Iveth Luna

No soy nadie porque trabajo*. Pero trabajo desde casa. El resto de mis compañeras no. Aun así, la agencia para la que trabajo mandó un correo donde dice que somos el 52% de su fuerza laboral y que se solidariza con la decisión de paro. Ojalá se solidarizara con nuestros bolsillos, quizá hasta con darnos de alta en el IMSS con nuestro sueldo real. Cotizaríamos más, una casita, ya saben, algo para el retiro. Debido a que trabajo, no soy nadie*. Además, en nuestro grupo de WhatsApp se nos informa de las reglas para poder parar: hay que adelantar pendientes y si una de nuestras cuentas internacionales nos necesita, hay que atender. O sea que nos dan permiso de parar nacionalmente, pero no internacionalmente. En la sociedad nuevoleonesa es muy difícil parar porque para muchos jalar es como lo que le he escuchado decir a mi madre: “Trabajar me hace sentir viva”. Y en cambio yo siento que no soy nadie porque trabajo. Pararía toda la vida, si es posible. Así que sí, el lunes paro, independientemente de lo que vaya a pasar, si es otra de las simulaciones controlada por el Estado, si es una forma de marcar algo, si empuja decisiones y contradicciones. Sí paro.

*Aborto en la escuela, Kathy Acker

 

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Lola Ancira

En México, ser mujer es un peligro.

Los últimos casos de feminicidios que nos cimbraron y que recibieron una gran visibilidad mediática fueron el de Isabel Cabanillas, de 26 años, el de Fátima, de 7, y el de Ingrid, de 25. Engullimos a diario, con cada noticia, una dosis terrible de angustia y horror. ¿Cómo seguir con nuestras vidas bajo esta amenaza constante?

Tenemos miedo de salir, de usar el transporte público o servicios privados, de pasar por una calle mal iluminada, de un hombre solitario, de hombres en grupo. De regresar tarde a casa. De no regresar. Miedo incluso de nuestras propias parejas o exparejas.

Este miedo, que en un inicio nos paralizó, se ha convertido en una furia contra el sistema patriarcal del que deriva la violencia en nuestra contra y que nos atañe a todos como sociedad, misma que busca contenernos y eliminarnos y que genera crímenes muchas veces impunes o cuyas sanciones son mínimas.

El dolor por nuestras hermanas acalladas con tanta saña se desborda. La empatía y la sororidad son urgentes. La desaparición masiva y ficticia (tanto física como digital) que representa #UnDíaSinNosotras surge de este hartazgo desbordado. El paro nacional apoya la lucha por nuestros derechos.

Entre tanto desasosiego, tomar un respiro para continuar peleando es más que necesario. Demostremos cómo sería un país deshabitado por nosotras, sin fuerza laboral femenina, sin cuidados del hogar y de la familia.

Paremos por las que ya no están, por las que siguen con nosotros pero cuya vida fue arruinada. Que nuestra ausencia despierte la conciencia de los demás para así encontrar acciones eficientes y detener la barbarie.

Si la violencia de género, el terror y la impunidad no paralizan al país, hagámoslo nosotras por un día.

 

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Andrea Chapela

Los últimos dos años pasé el 8M en Madrid. Estaba allí porque tenía una beca de escritura para vivir en un hotel. Justo ese par de años (2018 y 2019) se convocó en España un paro: de trabajo y de cuidados. En esos dos años paré de las maneras que tenía a mi alcance: no escribí y no leí nada que tuviera que ver con los libros que consideraba mi “trabajo”, limité mi uso en redes, pedí que no se hiciera mi habitación (porque quien limpiaba era una mujer), no bajé al comedor, pasé tiempo con mis compañeras y compañeros becarios y, de no haber tenido viajes, habría ido con ellos a la marcha.

En la primavera del 2018 en España se estaba llevando a cabo el juicio de la Manada, un grupo de cinco hombres que habían violado a una chica durante las fiestas de San Fermín del 2016. La indignación alrededor del caso y su juicio, entre otras cosas, llevaron a manifestaciones multitudinarias y al paro. Ahora, en México sucede algo parecido. Los asesinatos de Ingrid y Fátima en las últimas semanas, el aumento en la estadística “10 mujeres son asesinadas todos los días en México” y el clima generalizado de inseguridad y violencia para las mujeres, llevan no sólo a convocar una marcha el 8M, sino también un paro el 9 de marzo.

Este año tengo planes de ir a la marcha y también de parar. No daré clase, no estaré en redes sociales y no consumiré. Sin

embargo, inspirada por el hilo de twitter de Vivian Abenshushan no pretendo guardarme en mi casa y desaparecer. Me gusta entender el paro como un llamado a la imaginación política y a existir de otra manera en el mundo. Por eso pasaré el día en la cafetería de unos amigos en la Santa María la Ribera hablando y pensando sobre el paro, la marcha del día anterior, los feminicidios, esas 10 mujeres asesinadas y la imposibilidad que tenemos en esta ciudad para caminar seguras por la calle.

Como Abenshushan sugiere, creo que es importante disrumpir el orden, apoderarnos de los espacios que se nos niegan y reunirnos. En marchas, en parques, en cafeterías, donde podamos, pero juntarnos a hablar. No sólo para entender que no estamos solas, sino para articular la injusticia y la impotencia. Históricamente las acciones políticas han comenzado así: un grupo de personas rompe el orden, se reúne, habla y, a través de compartir ideas y frustraciones, generan cambios.

El lunes, yo voy a parar e intentaré existir en el mundo de manera consciente y política. En México, el 8 y 9 de marzo no son días de celebración, son días para canalizar nuestra impotencia, nuestro dolor y nuestra ira.

 

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero

 

Aura García-Junco

#NosotrasParamos porque las cosas tienen que cambiar y ya están cambiando. Un paro implica confiar en ese nosotras, en lo colectivo. Para que una estrategia así surta efecto, muchas tenemos que estar ahí, poniendo el cuerpo. Y digo poniendo porque no se trata de “quitarse” de un sitio, de vivir “un día sin nosotras”, situación que, por lo demás, le encantaría a más de uno. Es una acción simbólica que visibiliza al 52% de la población a través de un vacío activo. A diferencia de los medios que se empeñan en mostrar nuestros cuerpos como entes pasivos, ya sea receptores de la violencia masculina o de su deseo, el paro implica una resistencia. No consumir, no trabajar, no producir es hacer algo. La iniciativa de no entrar a redes sociales o servicios digitales el 9 de marzo me parece especialmente importante porque es en el espacio difuso de los clics donde se produce dinero con nuestros cuerpos maltratados, con los clickbytes descarnados que hacen de nuestras violencias amarillismo barato. Dejemos a un lado el consumo desmedido de información y pasemos tiempo juntas. Hagamos de este espacio una oportunidad para organizarnos políticamente, querernos y procurarnos. Sólo en colectivo podemos transformar la sociedad machista.

 

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero

 

Biaani Garfias Gallegos

Ya me cansé, me cansé de vivir en una cotidianidad donde todo el tiempo tengo miedo; miedo de no llegar, miedo de que me lleven lejos, miedo de que mi cuerpo sea tratado como el objeto que es en esta sociedad patriarcal, miedo de ser la siguiente.

Me cansé de entrar a las redes sociales y leer relatos sobre acosos y violaciones que no distinguen edad; de ver que decenas de mujeres y niñas que en un principio aparecían en carteles de búsqueda, aparecen en encabezados de noticias que parecen un cuento de terror; noticias que relatan como por ser mujeres se les ha arrebatado la vida de una manera atroz e inhumana.

Mientras mis ojos recorren los encabezados y se me hace un nudo en la garganta por la crueldad de los feminicidios, las violaciones y la empatía que siento por las madres, padres, hijos y amigos que se van a quedar sin una parte de su corazón; deseo con toda mi alma ya no volver a ver algo así; deseo que mi mamá, mis tías, mi hermana, mis amigas y todas las mujeres estemos a salvo, seamos respetadas, seamos humanizadas.

Ya no quiero salir a la calle con miedo, volteando hacia todos lados por si alguien me viene siguiendo, ya no quiero mandarle una foto a mis papás en las mañanas para que vean cómo voy vestida, para que si algún día ya no me encuentran puedan describir en un cartel de búsqueda cómo iba vestida ese día, por si alguien me vio o si encuentran en algún basurero, río o carretera un cuerpo irreconocible, pero con la descripción de mi ropa.

Ya no quiero llegar a casa llorando por la impotencia que me causó ser víctima de acoso en el transporte público o porque alguien me intentó jalar por la fuerza afuera de la escuela; quisiera borrar de mi mente las imágenes grotescas, la indignidad, el miedo de no regresar y el pensamiento de que, así como yo que tuve la fortuna de que no me llevaran, hubo muchas más que no corrieron con la misma suerte.

Por eso, por todas las que ya no están, por todo el sufrimiento histórico que venimos cargando, por los que se quedaron sin hijas, sin madres, sin hermanas, sin amigas; por las nuevas generaciones, por mi hermanita. Llegó la hora de mostrar nuestra empatía, de mostrar que lo que a muchos les molestaba era, en efecto, la manera de protestar y no la protesta.

Se nos da un día en el que nuestro silencio y ausencia creen conciencia de esta situación que por mucho tiempo ha desangrado al país; de que esto lleve a comenzar ese cambio tan esperado por generaciones y que al final es un movimiento que debe ser traducido como un grito desesperado más clamando por equidad y justicia.

 

Fotografía por Nigorette

Fotografía por Nigorette

 

Donají Zavaleta

Pienso en el paro del 9M como una performance de la ausencia que, por un lado, sacude el sistema cimentado en los procesos de explotación y utilidad neoliberalista, cuya violencia se inscribe en nuestros cuerpos desde la acumulación originaria. Entorpecerlo, provocar pérdidas económicas es otra de las estrategias a las que tenemos que recurrir para llamar la atención sobre nuestra propia existencia, nuestro derecho a seguir vivas. También, esta medida dice mucho de los extremos necesarios para que un problema que para nosotras es tan evidente, sea una preocupación fundamental para una población cada vez mayor. Si el sistema económico determina nuestras vidas, si la pérdida de los posibles 26 millones de pesos que el paro podría costar los ayuda a confrontarse con la realidad, entonces que así sea. Nuestro paro también será una llamada de atención sobre el cinismo y la deshumanización de nuestra sociedad.

Además de esto, creo que considero el paro casi como un ritual de la ausencia. La idea de desaparecer, incluso de “recluirnos” voluntariamente de una realidad que no nos respeta, apunta por una pronunciación simbólica de cita y subversión de la norma. En los estudios de la performance, se plantea que un ritual o una representación reproduce la convención social que está causando una ruptura en el tejido, para evidenciarla y resignificarla. Esto es precisamente lo que creo que es una de las propuestas del paro: estamos citando las desapariciones forzadas, los asesinatos, las ausencias, estamos haciendo evidente lo que sería la vida sin nosotras; el extremo al que nos están llevando por no respetar nuestra existencia.

Si la norma social es la violencia sistemática por el simple hecho de ser mujeres, haremos evidente la absurdidad y la atrocidad de dicha norma al desaparecer un día de manera voluntaria.

Estamos cansadas de tener que discutir, demostrar, argumentar que nuestra vida vale, que tenemos derecho a hacer todo por mantenernos vivas. La marcha del 8 será nuestro grito y el 9 un contrapunto. Las maneras de vivir el paro del lunes, por supuesto, serán distintas para cada una. No puedo esperar para escuchar sobre los diálogos, los encuentros, los afectos que se vivieron durante ese día en que se decidió desaparecer para el mundo, pero no para nosotras.

 

Fotografía por Nigorette

Fotografía por Nigorette

 

Isabel del Valle

Durante varios meses, me acompañó en mis trayectos en metrobús la carita sonriente de Isabella Solís Granados, de siete años, desaparecida un 12 de noviembre a las 21:30; desde su cartel de se busca en la pantalla del metrobús, Isabella nos miraba a todos. Me fijé en ella porque de alguna manera me hacía recordar la cara de una amiga de la primaria, porque nuestros nombres eran similares y porque uno de los apellidos de mi abuelo era Solís. Hasta ahora nadie ha vuelto a saber nada de ella.

No puedo evitar pensar en mis sobrinas, en mí a esa edad, en las mujeres y niñas que hay en mi vida; cuando me doy cuenta de que alguna de ellas podría desaparecer en cualquier momento y ser hallada en algún lado, con el cuerpo destrozado o incluso jamás volver a ser vista, me dan ganas de llorar, de gritar y de salir de aquí. Pienso en el horror de la desaparición y en la violencia que por fin se está visiblizando y me hierve la sangre porque no es justo que tengamos que vivir con miedo.
El tiempo que ha pasado desde que Isabella desapareció me rompe el corazón, es un recordatorio de que ninguna mujer, ni las niñas pequeñas, está a salvo en este país. Ahora cuando estoy en la calle, la busco sin encontrarla, tengo memorizada su cara, me gustaría poder hacer lo mismo con cada una de las miles de desaparecidas que se nos acumulan día a día.
El nueve voy a parar por Isabella, por cada una de las mujeres que salieron de su casa y no han vuelto, por las que fueron asesinadas por quienes decían amarlas, por las que vivieron para contarlo y por las que ya no están.

 

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero

 

Mariana Martínez

Terminamos el 2019 con 976 feminicidios aproximadamente. De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública tan solo durante Enero se registraron 320 feminicidios. Verlo así, como cifras, a veces impide que sintamos empatía con el problema. En ocasiones olvidamos que cada número de esa cifra está representando a una mujer asesinada, olvidamos que hay familias buscando justicia para sus hijas, madres, sobrinas, amigas, tías o compañeras. Y olvidamos también que a nuestro alrededor hay más víctimas de violencia de género. Hemos llegado a un punto en el que ser indiferentes no es una opción, por eso este nueve de marzo voy a participar en el Paro Nacional. Estoy cansada, me siento impotente y sin importar cuánto me arme de valor para levantar la voz, me vuelven a callar. Paramos para que les importe, desapareceremos para que nos vean.

 

Fotografía por Miranda Guerrero

Fotografía por Miranda Guerrero

 

Raquel Guerrero Viguri

Tomar la decisión de unirme al paro fue una cosa fácil, inmediata: Sí, me uno sin dudarlo. Lo difícil en realidad es tratar de entender bien a bien en por qué hacerlo, mis razones correctas y personales para apoyar la causa, para que mis acciones (o en este caso mis no acciones) trasciendan, logren algo.

Si me voy a mi experiencia personal podría decir que afortunadamente, nunca me he sentido en ninguna de las situaciones de violencia que aquejan a mi género. Según mi visión de las cosas (que puede tener cierta miopía, como si uno viera solo lo que quiere ver, que puede ser el caso), todas y cada una de las experiencias laborales que he tenido han estado lejos de una discriminación o un acoso por el hecho de ser mujer; por el contrario, he contado con jefas de las que he aprendido mucho aunque entiendo bien que fueron ellas quienes libraron todas esas batallas que me permitieron a mi sentarme a su lado, escuchándolas o dimensionado todo lo que significa ocupar cargos de importancia en un mundo donde el hombre sigue sin estar acostumbrado a recibir órdenes, sugerencias o incluso aportaciones valiosas de una mujer.

Y si bien el entorno de lo familiar/sentimental sale bien librado en mi vida, no es así para muchas otras, y es ahí donde mi decisión para el unirme al paro empieza a tener razones más que válidas: no todas las mujeres están en mi misma situación ni yo misma estoy exenta de que mis experiencias de vida a futuro que estén libres de violencia, sea cual sea su forma. Ni mis sobrinas adoradas, ni mis hermanas, ni mi madre o amigas. Nadie está a salvo.

Una razón más: está claro que cuando una ama de casa o madre se ausenta por alguna razón de su casa (por viaje, por hartazgo, por cansancio, por enfermedad), su ausencia se percibe mucho más que su presencia, que normalmente los hijos o las parejas dan por hecho sin ofrecer ayuda, sin valorar su labor. Así, creo que visibilizar las ausencias no es solo importante sino fundamental, sobre todo cuando se hacen por voluntad, por cansancio y por hartazgo, ya que las ausencias forzadas que a diario se contabilizan por cientos, por miles, no han logrado hacer el eco necesario, como si no se tratara lo mismo de hogares vacíos donde las no presencias duelen. Tristemente.

Y una vez más, es hacerlo porque ninguna está exenta ni a salvo en sus propios hogares. Ni en la vía pública. Ni pagando la renta. Ni camino a casa. Ni en el día. Ni en la escuela. Ni en el trabajo.

Me quedo con un paro que comience a hacer visible a niveles nunca antes imaginados la unión de mexicanas que son capaces de ponerse de acuerdo para exigir empatía, soluciones inmediatas, credibilidad ante la sociedad, ante las autoridades que pasan por ciegas y sordas. Y deseo con todo mi corazón que sea exitosa, porque hay otra larga lista de situaciones de violencia que también ameritan defensas constantes y urgentes: los niños, los adultos mayores, sin importar su género, que son despojados, excluidos, olvidados incluso por sus propios familiares; los animales, empezando por los de compañía, las tierras que nos proveen vida que hoy más que nunca son saqueadas, contaminadas, violentadas.

Es imposible ser ajeno ante causas que nos impactan, de una u otra manera, aunque no tengamos mascotas o no nos guste comer verduras. No somos entes que viven en solitario y por eso todo lo que le afecta a un grupo impacta y afecta a otro. Así es la vida. Y con eso me quiero quedar, con un paro que nos de fuerza, poder y aliento para lo que venga después, para darnos impulso cuando los ojos y los oídos se abran y comiencen vernos, a escucharnos.

Con lo que no estoy de acuerdo, y es donde mi mente discierne luego de tantos estímulos que llegan por todas partes, es en tomar esta causa y a la mayoría de las personas que la están siguiendo como pretexto para dividir. Para colgarse de otros temas, para adjudicar a las paristas causas que no les fueron consultadas, en las que quizás no están de acuerdo y por las cuáles no se jugarían el salario de una jornada o la educación de sus hijos un día.

Tampoco estoy de acuerdo con un paro que parezca más una batalla contra los hombres, porque si bien hay mayorías importantes que nos han llevado hasta aquí, también existen las minorías que empatizan, que humanizan, que se conduelen y ayudan.

Me quedo con un paro que haga algo, que incentive algo, que prenda una chispa que no se nos salga de las manos y termine quemándonos. Que la violencia no se pida con violencia. Que la paz llame a la paz. Que el paro nos visibilice a todas.

 

Crónica 5

 

Christina Soto van der Plas

Ver, desde lejos, cómo se desangra mi país es acaso más doloroso que si lo viviera desde las entrañas. No me paraliza la impotencia, me mueve. Me mueve a no moverme el nueve, a unirme al paro.

“¿De dónde viene la palabra ‘feminicidio’?”, me preguntó mi estudiante Mireille en clase, aquí en California.

Le sonreí, apenas. Debería de saber la respuesta.

“¿Es un término nuevo?”, me volvió a preguntar. “Quizás es mi ignorancia”, me dijo, antes de que le respondiera algo.

“No es reciente”, le contesté, mientras pensaba que el término describe una realidad milenaria, no nueva. “Hay términos específicos para hablar de los tipos de asesinatos, homicidios, en este caso, el de las mujeres. Y desde siempre los hombres han asesinado a las mujeres”. Segura de mi respuesta, dejé ahí el asunto.

Pero luego dudé. Y comencé a investigar el origen concreto de la palabra “feminicidio”. Mireille tenía razón. Es un término nuevo. Muy nuevo, a decir verdad.

La Real Academia de la Lengua Española apenas reconoció el término en el año 2014 y enmendó su definición para incluir el componente misógino hasta 2018. Actualmente lo define como: “Asesinato de una mujer a manos de un hombre por machismo o misoginia”. Estamos acostumbrados a la lentitud de la RAE, pero en este caso tardó demasiado: más de treinta años en consignar el uso común de la palabra. Hace tres décadas se conceptualizó el término en inglés “feminicide” y antes “femicide” (tanto en español como en inglés, “feminicidio” y “femicidio” se aceptan y refieren al mismo fenómeno). Diana Russell usó la palabra por primera vez en la década de 1970 en la organización del Tribunal Internacional sobre Crímenes contra Mujeres en Bruselas y fue hasta 1992 cuando, junto a Jill Radford, publicó una antología titulada Femicide: the Politics of Woman Killing. Desde entonces, el término se volvió clave para el movimiento feminista. En español, la antropóloga mexicana Marcela Lagarde acuñó el término “feminicidio” en 1997 para referirse a los crímenes contra niñas y mujeres, particularmente como resultado de la infame ola de feminicidios en Ciudad Juárez que obligó a repensar el marco jurídico. El Código Penal en México fue pionero en tipificar el delito por razones de género.

Pero en el acto extremo (y aún así tan terriblemente común) del feminicidio hay también que conceptualizar lo que conduce al exterminio: el temor y opresión violenta que obliga a que las mujeres sobrevivan en el temor e inseguridad, amenazadas todos los días, sin libertad.

Sí, el término es nuevo, pero describe una realidad que no es nueva. Me sorprende que apenas en las últimas décadas se acuñó la palabra “feminicidio” porque los hombres que han asesinado a mujeres por el simple hecho de ser mujeres han estado ahí desde siempre. Lo que me da esperanza: nombrar de forma apropiada el hecho hoy nos permite reconocerlo y cuantificarlo.

No sólo veo desde lejos. Grito desde aquí, desde mi trinchera en el salón de clases en un país extranjero. Veo cómo las empresas, los políticos y el gobierno de pronto son dizque muy conscientes y sensibles y hasta nos dan “permiso” a las mujeres para protestar porque nos están matando. Por todas las mujeres gracias a las que estoy en donde estoy, no quiero perder de vista lo más importante de las protestas del 8 de marzo: nos están matando porque somos mujeres en cruentos feminicidios. Por eso, el día 9 de marzo van a sentir nuestra ausencia. No le vamos a pedir permiso a nadie. El no-hacer es un arma que tenemos contra el sistema patriarcal y capitalista y hay que organizarnos y unirnos en base a nuestras diferencias.

Un día, quizás, le podré decir a Mireille que la palabra feminicidio es un arcaísmo y ya no es relevante. Entonces, habrá que quitarla del diccionario

 

Crónica

 

Lucía Rueda

Considero que existen muchísimas perspectivas desde donde mirar el paro nacional del 9 de marzo. Principalmente quiero señalar que hay un problema de clases sociales, pues este movimiento particularmente está dirigido a personas privilegiadas que pueden decidir faltar a su trabajo sin que esto las afecte económicamente o en su mismo contrato. Sabemos que el chantaje laboral existe, que hay un odio hacia los distintos movimientos que creamos para manifestarnos, que el abuso de poder se ejerce más hacia las mujeres que se encuentran más invisibilizadas por su nivel económico.

Parecería que ahora estoy atacando mi decisión de parar, pero no, es solo ser consciente de todas las realidades posibles, porque así inicia el feminismo, con una conciencia general de las cosas, sin taparnos los ojos, ni generar, como práctica patriarcal, puntos ciegos porque todas somos; todas estamos.

Somos muchas mujeres con distintas historias, distintos vértices de los cuales partimos y, como en este caso, algunos movimientos se vuelven limitantes para algunas. Sin embargo, es importante, evidentemente, resaltar el porqué de este paro nacional, que no sea, como también podría verse y como se ha comentado, para ocultarnos en lugar de mostrarnos como somos, las que somos, las que estamos día a día. Sino para dar un golpe de realidad en la sociedad -que nos violenta día con día a todas de distintas maneras- de cómo haríamos falta económicamente, socialmente, políticamente, humanamente.

El 8 de Marzo de 1908 mujeres trabajadoras fueron asesinadas por manifestarse. Desde entonces -claro que también desde antes, pero no en ese día- y hasta ahora, salimos para gritar por ellas, por todas, por cada una desde donde podemos. El 8M muchas saldremos a la calle para gritar por nuestro derecho a la vida (Y qué doloroso tener que seguir saliendo y romper todo para que se den cuenta que nos están matando).

Pienso que así como no todas las mujeres salimos el 8, y no todas pueden ausentarse el 9, nos representamos entre todas, hacemos nuestra lucha desde donde podemos por la misma causa que es levantarnos, ausentarnos, negarnos, gritar, vandalizar, abrazarnos hasta que esta situación sea atendida y dé fin

 

Ilustración  de Cecilia Ruiz

Ilustración de Cecilia Ruiz

 

Jazmín Lozada Ángel

Escribo esto y me dan ganas de llorar, porque pienso en todas las razones para parar y cada una de ella es muy triste. Las mujeres no nos sentimos seguras en este mundo, todos los días salimos de casa con miedo a desaparecer.

Tengo 29 años, me han violentado verbalmente, me he topado con exhibicionistas camino a la escuela que me muestran su pene mientras se ríen, se han acercado carros intentando hacerme subir, me han tocado en la calle, han frotado su pene cerca de mí en la sala de juegos, y me han acosado maestros. Todo eso antes de los 20 años, tenía como 9 años la primera vez que sucedió. A los 14 años no entendía el acoso, el maestro me parecía raro, me tocaba el cabello, las manos y siempre quería que lo saludara, fue hasta que dijo que me esperaría a que cumpliera 18 años que entendí todo y me dio miedo y asco.

Es brutal todo lo que pasa, no conozco a una sola mujer que no haya pasado por algo parecido o peor. Los hombres deben entender que no somos una cosa, que lo que nos hacen nos afecta, pero también es importante que las niñas lo entiendan, porque muchas veces no lo hacen y se sienten avergonzadas o piensan que fue un accidente y por eso se callan. Es importante gritar muy fuerte y que los abusadores sepan que no vamos a permitir que nos violenten.

No es justo que nos maten por un capricho, por sus huevos. Y también deben de entender que no les pertenecemos, nos pertenecemos a nosotras mismas.

Con esta protesta haremos que todos se paren a pensar aunque sea por un momento; algunos lo entenderán, otros no y hablarán de que la violencia también les afecta a ellos, pero aun así seguirán caminando tranquilamente por la calle sin sentir que se acabó su vida cuando se encuentren solos y frente a ellos salga un hombre de una esquina y los mire fijamente

 

Ilustración de Caro García.

Ilustración de Caro García.

 

Danae Silva, “La Corregidora”

Me uniré porque mi trabajo independiente me permite poder solidarizarme. Creo que el paro es una acción imperfecta y me preocupa que se nos valore de acuerdo a lo que producimos, servimos o consumimos; así como la forma en que la acción ha sido manipulada por razones partidistas o comerciales, y la falta de una meta específica en común.

Lo que me invita a sumarme es la reflexión que se ha dado alrededor del día nueve, el tiempo que hemos dedicado a educarnos, conversar y plantearnos qué nuevas acciones tomar para exigir equidad, justicia, respeto y seguridad; así como para estrategizar nuestras acciones y lucha e invitar y sumarnos a otras mujeres en este trabajo de todos los días.

Que miles o millones de nosotras tengamos que desaparecer para ser vistas es un ejercicio triste y simbólico que probablemente no logre mucho, pero lo que la planeación está logrando entre nosotras y nuestros espacios es importante.

Será un pequeño paso que seguramente nos dará fuerzas para seguir caminando y continuar con acciones constantes que ayuden a cambiar esta terrible realidad.

 

Fotografía por Nigorette

Fotografía por Nigorette

 

Zel Cabrera

Decálogo
¿Por qué parar?
¿Por qué no hacerlo?
Tenías que ser mujer.
¿Por qué no detener el tráfico de las avenidas con nuestras existencias?
Mujer al volante, peligro constante
¿Por qué no juntarnos todas para gritar muy fuerte?
Mujeres juntas, sólo difuntas
¿Por qué no pausar la olla de arroz que hierve en la estufa?
Mala pa’l metate, buena pa’l petate
¿Por qué no arder la tristeza y quemar la rabia contenida?
Esos no son modos de una señorita
¿Por qué no romper vajillas y tazas?
El diablo no entra en piernas cerradas.
¿Por qué no gritar si el silencio fue por años nuestra peor consigna?
Calladita te ves más bonita…
¿Por qué no hacer evidente lo invisible?
La mujer como la carabina, cargada y en la esquina.

¿Por qué?
Porque no, ya no. Basta.

 

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Karen Villeda

(Fragmento de su libro Agua de Lourdes. Ser mujer en México. Reproducido con la autorización de la autora.)

 

Mujer es una palabra con eme. Maquiladora es una palabra con eme también. La misma eme de muerte. Eme de México. De muerte. De misoginia. De machismo. Eme de mi. Mi. Mi Amiga.

Mi Amiga ha sido rechazada al nacer por no ser varón. Mi Amiga ha sido minimizada. Mi Amiga ha sido acosada. Mi Amiga ha sido nalgueada. Mi Amiga ha sido piropeada. Mi Amiga ha sido amenazada. Mi Amiga ha sido manoseada. Mi Amiga ha sido discriminada. Mi Amiga ha sido pozoleada[1]. Mi Amiga ha sido violada. Mi Amiga ha sido golpeada. Mi Amiga ha sido abusada. Mi Amiga ha sido sometida. Mi Amiga ha sido ninguneada. Mi Amiga ha sido desollada. Mi Amiga ha sido entambada[2]. Mi Amiga ha sido maniatada. Mi Amiga ha sido ahorcada. Mi Amiga ha sido destazada. Mi Amiga ha sido levantada. Mi Amiga ha sido desaparecida. Mi Amiga ha sido asesinada. Mi Amiga ha sido desdignificada. Mi Amiga ha sido revictimizada. Mi Amiga sigue viva. Sigue viva.

 

Me tengo que repetir “feminicidio”. Una y otra vez. En el micrositio Mujeres sin Violencia[3] de gob.mx, o el portal único del gobierno, encuentro un blog. Una de las entradas se titula “¿Cuál es el origen del concepto de feminicidio y por qué hay que distinguirlo de homicidio?” y hace un breve recorrido por el surgimiento del término: “Marcela Lagarde acuñó el concepto de “feminicidio” y lo definió como el acto de matar a una  mujer solo por el hecho de su pertenencia al sexo femenino, confiriéndole también un significado político con el propósito de denunciar la falta de respuesta del Estado en estos casos y el incumplimiento de sus obligaciones de garantía.” Lagarde recupera la noción propuesta por Russell  y  Radford  para  desarrollarla como feminicidio  (femicidio es  la  traducción  literal) ya que considera que el término “se  presta  mejor  a  cubrir  las  razones  de  género  y  la  construcción  social  detrás  de  estas  muertes,  así  como  la impunidad que las rodea”[4]. Básicamente es “la muerte violenta de mujeres por razones de género, ya sea que tenga lugar dentro de la familia, unidad doméstica o en cualquier otra relación interpersonal, en la comunidad, por parte de cualquier persona, o que sea perpetrada o tolerada por el Estado y sus agentes, por acción u omisión”[5].

El feminicidio, en un sentido amplio, “se encuentra en el extremo final de un continuo de terror anti-mujeres que incluye una amplia variedad de abuso físico y verbal como la violación, la tortura, la esclavitud sexual (particularmente, la prostitución), el incesto y el abuso sexual de niñas en el entorno extrafamiliar, la violencia física y emocional, el acoso sexual (vía telefónica, en las calles, en la oficina y en salón de clases), la mutilación genital (clitoridectomía, escisión, infibulación), las operaciones ginecológicas que son innecesarias (histerotomías gratuitas), heterosexualidad forzada, esterilización forzada, maternidad forzada (al criminalizar la contracepción y el aborto), la psicocirugía, la negación de comida en algunas culturas, la cirugía cosmética y otras mutilaciones en nombre del embellecimiento. Cada vez que estas formas de terrorismo provocan la muerte, se convierten en feminicidios.”[6]

En Life and Death, Andrea Dworkin se cuestiona cómo es que la percepción de las mujeres como subhumanas provoca que estos crímenes se vuelvan habituales[7] y nosotras estamos protagonizando publicaciones de nota roja.

 

Degenerado y cínico!

Tenía tres amantes!

Y se las llevó a su esposa!

 

A LA QUE SE ENOJÓ, LA ASESINO

 

“Asesine a Edilberta porque la amaba”

Cinica confesión del padrastro que pasara cuarenta años en prisión

 

Es un maniático sexual!

Su record: quince niñas violadas; entre ellas, sus dos hermanas!

Y hasta el hermanito”

 

Bailarina torturada, violada y ahorcada. El cadáver estaba desnudo!!

 

Después de matar a su esposa, se suicidó!!

La falta de hijos originó la doble y terrible tragedia

 

El crimen del pozo maldito. Nadie sabe quien mató a la mujer

 

Encuentran otra niña descuartizada!

Psicosis!

Fue violada y torturada; tenía 14 años!

 

Tormento sexual!

Violó a su hijastra de cuatro años![8]

 

O en una canción de un grupo musical popular:

“Ese día, pasaba normalmente

Cuando su padre, atacola de repente

Violola con un deseo demente

Y ella quiso, morirse en ese instante

Mató a su padre, cuando este la seguía

Mientras su madre, con su hermano le ponía

Pensó que ayuda jamás encontraría

Hasta que al fin, hallo un policía

Alarma, Alármala de tos

Uno, dos, tres

Patada y cos

Alarma, Alármala de tos

Uno, dos, tres

Patada y cos

La Lola, su historia lloró

Y auxilio al tilo imploró

El azul, sonriendo la miró

¿Qué creen que fue lo que pasó?

Siguiola, jalola, atacola, jalola

Escupiola, golpeola, tirola, pateola

Pegola, violola, matola…

…con una pistola.”

 

Somos ciudadanas de segunda clase y el lenguaje cotidiano se encarga de recordárnoslo:

“Tenías que ser mujer”.

“Es que estás en tus días”.

“Calladita te ves más bonita”

“Detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”.

“Ella lo está provocando”.

“El hombre llega hasta donde la mujer lo permite”.

“Ella se lo buscó”.

 

 

[1] Disuelta en ácido.

[2] Encontrada en el interior de un tambo de basura.

[3] Mujeres sin Violencia: https://www.gob.mx/mujeressinviolencia

[4] MECANISMO DE SEGUIMIENTO DE LA CONVENCIÓN DE BELÉM DO PARÁ (MESECVI), La Declaración sobre el Femicidio del MESECVI, Organización de Estados Americanos, 2008. Disponible en línea: https://www.oas.org/es/mesecvi/docs/declaracionfemicidio-es.pdf

[5] Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (OACNUDH) y Entidad de la ONU para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer (ONU Mujeres), Modelo de protocolo latinoamericano de investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género (femicidio/ feminicidio), 2014, punto 2. Disponible en internet: http://www.unwomen.org/-/media/headquarters/attachments/sections/library/publications/2014/modelo%20de%20protocolo.ashx?la=es

[6] RADFORD, Jill y RUSSELL, Diana E.H. (editoras), Femicide: The Politics of Woman Killing, Nueva York: Twayne Publishers, 1992, p. 15.

[7] “We are treated as if we are subhuman, and that is a precondition for violence against us.”

[8] Textos recuperados de varios números de Alarma!, revista “especializada en crímenes y muerte”.


Autores
Doctora en Estudios Latinoamericanos en el área de Filosofía. Dedicada al estudio de la Filosofía Política feminista, latinoamericana y de liberación. Forma parte de la escuela de pensamiento y de la Asociación de la Filosofía de la Liberación (AFyL). Vive en la Comuna Lencha Trans, un espacio político autogestivo que apuesta por la vida comunitaria en la urbe y es miembro de Biznaga Editoras, una colectiva editorial feminista concentrada en publicar a mujeres y disidencias sexogenéricas.
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.
(Nuevo León, 1988). Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha tomado talleres de creación literaria con Óscar David López y Julián Herbert. Fue miembro del Seminario Permanente de Literatura Francisco José Amparán, de la ciudad de Saltillo, Coahuila. Su poemario Comunidad terapéutica (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2016) ganó el Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal.
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Danae Silva es una diseñadora, ilustradora y arquitecta que dedica su tiempo a diversas iniciativas de justicia social. Administra la página de Facebook La Corregidora.
(Ciudad de México, 1988) Escribe narrativa y ensayo, y es traductora. Ha colaborado en revistas y en proyectos de investigación sobre literatura clásica y medieval. Fue becaria del FONCA y la Fundación para las Letras Mexicanas. Su primera novela, “Anticitera, artefacto dentado” fue publicada en 2019 por el Fondo Editorial Tierra Adentro.
(Oaxaca de Juárez, Oaxaca, 1997) Estudia la Licenciatura en Historia en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa. Sus líneas de investigación se relacionan con la historia cultural, historia de género e historia de cine.
Raquel Guerrero Viguri es Maestra en Estudios de Cultura y Comunicación por la Universidad Veracruzana y creadora del proyecto de divulgación audiovisual Ratona de tv: www.ratonadetv.com
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.
Licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamérica por la Universidad Autónoma de Baja California. Es administradora del Grupo Cultural Página en Blanco y de Lapicero Rojo Editorial, donde también realiza el diseño editorial. Es mediadora de su sala de lectura Libro a Libro, la cual está adscrita a Programa Nacional de Salas de Lectura. Trabaja en la mediación lectora con públicos migrantes y adolescentes, y coordina el Círculo de lectura Los Devoralibros junto a su compañero Miguel Ochoa desde 2016. Ha impartido diversos talleres de creación y lectura en distintas ediciones de la Feria de Libro de Tijuana, así como en diversos espacios culturales, como el ICBC.
Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la licenciatura de Escritura Creativa y Literatura. Ha sido publicado en el Periódico de Poesía, Tierra Adentro, Sin embargo, Taller Igitur, Este País; entre otros. Publicó, junto con otras poetas, en Novísimas. Reunión de poetas mexicanas (1989-1999) de la editorial Los libros del perro. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2021-2022).
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
(Tlaxcala, 1985) participo en 2015 en el Programa Internacional de Escritura de la University of Iowa. Ha obtenido becas y residencias de Open Society Foundations, The Ragdale Foundation y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Imagen original tomada de Flickr. Edición por Mariana Martínez.

 

El pasado 25 de febrero murió el expresidente de Egipto Hosni Mubarak, quien sostuvo una prolongada influencia en la política de su país a pesar de su austeridad y falta de carisma. Egipto ocupa el tercer lugar en cuanto a población y poder económico en el continente africano y es un enclave geopolítico importante, al servir de ruta del este al Mar Mediterráneo. La larga trayectoria de Mubarak como jefe de Estado egipcio (1981-2011) vuelve necesario realizar una breve recapitulación biográfica.

Nació el 4 de mayo de 1928 en el seno de una familia de clase media en la villa de Kafr Al Musaylah (al norte de El Cairo). En 1949 se graduó de la Academia Militar Egipcia e ingresó a la Academia del Aire Egipcia para formarse como piloto militar. Desde el ejército Mubarak comenzó a construir su carrera militar y política, la cual tendría un rápido ascenso a partir de la década de los setenta.

En 1970 fue promovido a Mariscal Aéreo y Ministro Representante de Defensa, y en 1973 se convirtió en Jefe Mariscal Aéreo por su participación en la Guerra de Yom Kipur (luchada contra Israel y que tendría como resultado una ganancia de control territorial al este del Canal del Suez hacia la Península del Sinaí, perdida desde 1967 por el gobierno egipcio).

El régimen de Anwar el Sadat (1970-1981) lo cobijó debido a su fama construida de “eficiencia y bajo perfil” dentro de las líneas de la fuerza aérea. En 1975 se incorporó a las altas esferas gubernamentales como vicepresidente, con la tarea fundamental de controlar el aparato coercitivo (militar y policial) nacional contra una oposición político-religiosa en auge, los Hermanos Musulmanes que a la vuelta de unos decenios resultarían los sucesores fugaces del gobierno de Mubarak.

1981 fue un año decisivo en Egipto: un grupo de fanáticos asesinó a Sadat en represalia a la firma de los Acuerdos de Campo David de 1978, los cuales daban por concluida la Guerra Árabe-Israelí de 1948, pero que eran un duro revés para la causa Palestina y la unidad política árabe, entonces en plena efervescencia. Tras un referéndum, Mubarak fue designado como el cuarto presidente de la República Árabe Egipcia.

En términos económicos, Mubarak continuó la política sadatiana de la Infitah (apertura) hacia las inversiones y capitales de occidente, marcando así, en plena Guerra Fría, un total acercamiento a Estados Unidos y su esfera de influencia, en contraste con las políticas aplicadas desde el gobierno de Gamal Abdel Nasser (1956-1970).

Esto generó una dependencia de capitales y ayuda estadounidense que hasta la fecha no ha podido corregirse, además del fortalecimiento de una clase social privilegiada por una política económica injusta y no-redistributiva, y con claras deficiencias para establecer impuestos regresivos (más al que gane más) que fomenten un orden social estable.


 

Tres fenómenos determinaron la vida social egipcia durante la era Mubarak:

1) el carácter autocrático y personalista del gobierno: no existieron instituciones efectivas e independientes, sino relaciones coercitivas y clientelares (ejercidas de manera ininterrumpida desde el gobierno de Nasser), que fragmentaron la solidaridad nacional y la confianza en el gobierno;

2) la Revolución Islámica de Irán (1979): este terremoto político-religioso e ideológico se hizo sentir en todo Medio Oriente, y en el caso egipcio sirvió de impulso a los Hermanos Musulmanes, que abogaban por una vía de desarrollo independiente que garantizara la permanencia de la moral y los valores identitarios; y

3) una explosión demográfica sin precedentes: entre 1980 y 2009 la población pasó de los 43 millones a los 83 millones, con una concentración del fenómeno en el entorno urbano.

Hasta sus últimos días, el régimen de Mubarak mantuvo una vinculación totalmente subordinada a la figura presidencial (tanto en términos administrativos como militares) y un crecimiento económico modesto. La presión de Estados Unidos lo obligó a liberalizar de manera paulatina la vida nacional: desde la participación a partidos opositores en las elecciones hasta la libertad de prensa, sin tener un impacto verdadero en la sociedad egipcia.

Las elecciones de 2005 mostraron las contradicciones entre el sistema autoritario y el surgimiento  de una población joven nacida durante el crecimiento económico; las elecciones quedarían marcadas por la persecución judicial del candidato opositor mejor posicionado, Ayman Nour.

En vísperas de la elección presidencial de 2011, creció la inconformidad respecto a que Mubarak buscara otra reelección. Las manifestaciones antigubernamentales masivas en la Plaza Tahrir en el Cairo demandaban la renuncia inmediata del presidente. Mubarak ofreció a los manifestantes una reforma constitucional que atendiera sus anhelos, pero la presión aumentó y lo obligó a renunciar a principios de febrero de 2011 a favor del Consejo Supremo de las Fuerzas armadas egipcias.


 

Entre 2010 y 2012, también Argelia, Baréin, Libia, Siria, Túnez y Yemen experimentaron manifestaciones contra sus respectivos liderazgos dictatoriales y antiguos, conocidas como la Primavera Árabe. Lo que al principio pareció el inicio de nuevos procesos políticos más justos, incluyentes y democráticos, tuvo distintos efectos.

En Egipto, Libia y Yemen se consiguió derrocar a los regímenes, sin embargo los nuevos gobiernos fueron derrocados vía golpes de Estado; es el caso de Mohamed Morsi, de los Hermanos Musulmanes, quien fue presidente de Egipto entre 2012 y 2013, y murió en 2019 en prisión, acusado de incitar al asesinato de manifestantes en las protestas de 2012.

En Siria, Yemen y Libia la sociedad en general colapsó en procesos de guerra civil apuntalados por las aventuras neoimperialistas de diversas potencias euroatlánticas y regionales. Los efectos de estas guerras han sido las migraciones masivas hacia Europa y la completa destrucción del poco entramado institucional y gubernamental que había logrado establecerse en aquellos países.

Entre 2011 y 2017 Mubarak enfrentó cargos por enriquecimiento ilícito y asesinato de manifestantes, y fue encarcelado en El Cairo junto con sus hijos, pero tras ser condenado y vuelto a enjuiciar fue absuelto de todos los cargos. Finalmente, la salud de un muy desmejorado Mubarak se agravó y el 25 de febrero del presente año murió en un hospital militar de El Cairo a los 90 años.

La vida de Mubarak es una estampa ejemplar de la vigencia de las dictaduras militares, un fenómeno actual en África, el Sureste de Asia y siempre amenazante en América Latina. Se trata de Estados con un aparato militar hipertrofiado para el control y la dominación interna, pero con un nulo consentimiento o una adhesión poco significativa de sus ciudadanos.

Bajo el ropaje de la democracia procedimental (para que sus gobiernos no sean proscritos del escenario internacional), muchas colectividades se encuentran sujetas a los designios de una élite militar dominante inmune a las protestas y demandas de los menos favorecidos.

 

Fuentes

https://web.archive.org/web/20100323064657/http://www.mmc.gov.eg/branches/AIRFORCE/gg16.htm

Al-Sayyid, Afaf, A History of Egypt From the Arab Conquest to the Present, Cambridge University Press, Estados Unidos, 2007.

Daly, M.W., The Cambridge Hisotry of Egypt Volume 2: Modern Egypt, from 1517 to the end of the twentieth century, Cambridge University Press, Estados Unidos, 1998.

 


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.

La escritura de la memoria suele ser un buen punto de partida para el análisis. Recordar desde un lugar de resistencia implica un esfuerzo por reinterpretar el pasado individual o colectivo. Carmen María Machado estructura la memoria como una Casa de los Sueños, en la que ensaya, escribe y desarticula la experiencia traumática de una relación tóxica lésbica. Es una exposición exhaustiva del yo y de las fallas sociales sobre las que tuvo que reflexionar para entender lo que vivió. En su nueva novela In the Dream House (2019), la escritora se impone el reto de re-estructurar la narrativa interna que creó a causa del abuso psicológico.

María Machado vence una y otra vez las restricciones que se han impuesto sobre y desde las experiencias que vivió. A pesar de que la violencia y el silencio parecen duplas difíciles de separar, la memoria de Machado se enuncia desde un lugar en el que se ha vuelto necesario visibilizar los efectos del amor romántico tóxico entre una pareja de la comunidad LGBT+.

Como ejercicio literario, In the Dreamhouse se proclama desde su introducción como una memoria un tanto huérfana de tradición, de referentes inmediatos con los cuales dialogar para establecer un punto de partida; denuncia esta orfandad como un círculo de mutismo:

[…] el abuso doméstico entre parejas que comparten la identidad de género es posible y común, y puede ser parecido a esto. Yo hablo dentro del silencio. Lanzo la piedra de mi propia historia dentro de una enorme grieta; mido el vacío a través del leve sonido que produce.[1]

No obstante, en las páginas subsecuentes, Machado logra trazar una genealogía de la agresión dentro de la comunidad lésbica. Encuentra referentes en la música, en textos ensayísticos, en la reflexión en torno a la manera en que han funcionado batallas legales para analizar desde dónde se coloca la sociedad frente estos casos de abuso. El ensayo y la búsqueda de los antecedentes son, por lo tanto, las maneras que encuentra la autora para hacer frente al silencio.

En estos recuentos, analiza agudamente las prácticas heteropatriarcales; también las reticencias de la comunidad queer con respecto a la verbalización de estos sucesos. A través del análisis de los casos de abuso, la novela evidencia las luchas que aún faltan por librar para que la comunidad LGBT+ sea aceptada realmente, puesto que no se puede permitir la omisión de estos “villanos queer”, como los llama Machado, por la necesidad latente de “buenas relaciones públicas”. Para la autora la representación de estos personajes antagónicos es igual de necesaria porque:

Queers de la vida real no merecen representación, protección y derechos porque sean puros moralmente o personas intachables. Sino que merecen todas esas cosas porque son seres humanos, y eso es suficiente.[2]

De manera que hace una crítica constante al manejo social de la violencia doméstica a través de ejemplos de pleitos legales, la invisibilización a la que ha sido sometida, la falta de terminología para definirla y clasificarla en todos sus matices; todo desde una postura crítica de la hegemonía patriarcal, así como de la identidad LGBT+.

Este análisis va de lo colectivo a lo individual y de regreso, su relación tóxica se vuelve la metonimia de un vasto número de problemas sociales y el detonante para una exploración profunda de las fallas sistémicas que se manifiestan en los síntomas de una relación afectiva. Fallas que tienen que ver con la idealización del amor romántico y la consecuente normalización de distintos tipos de violencia psicológica, una que es difícil de nombrar y de denunciar.

Machado hace énfasis constantemente en el hecho de que la mayoría de las agresiones que se cometen en la vida de pareja son legales, imposibles de procesar y de demostrar.

Cada línea escrita, además, es una subversión en contra del terror impuesto por las amenazas de la antagonista: la Mujer en la Casa de los Sueños, quien dice después de su primer episodio violento: “No tienes permitido escribir sobre esto, […] No te atrevas a escribir sobre esto. ¿Me pinches entiendes?”.[3] En otro momento la cuestiona de manera pasivo-agresiva para saber quién sabe sobre ellas, si existe una historia que denuncie su  comportamiento violento. La memoria se manifiesta, de esta manera, como un acto de valentía.

La estructura de In the Dreamhouse admite dos lecturas: la fragmentación inevitable de la narrativa —personal y, por tanto, en la forma de escritura— o bien, la forma en que el trabajo de la escritora encuentra sus propios mecanismos para expresarse, a pesar del peso de las agresiones vividas. El reto es complejo, como dice la autora: “Expresar a través del lenguaje algo para lo que careces de un lenguaje no es una tarea fácil”.[4]

Es así que el libro se crea como una búsqueda constante de la manera de expresar ese lugar sin-lenguaje; nos presenta una memoria hecha de apartados, con una lógica interna individual, la cual está cifrada en el título de cada uno: “Casa de los Sueños como una Bildungsroman”, Casa de los Sueños como la taxonomía de un cuento tradicional”, “Casa de los Sueños como colección”, “Casa de los sueños como Barbazul”.[5] Pasa de esta manera por varios géneros, desde capítulos que podrían ser cuentos redondos y casi independientes, hasta ensayos, analogías, análisis de piezas musicales, un “escoge tu propia aventura”, notas bibliográficas y otros más.

No hay que olvidar que el formato híbrido y fragmentario es algo que funciona bien en la narrativa de Carmen María Machado. En su libro anterior, Her body and other parties, vemos la versatilidad de la autora para escribir narraciones en formatos distintos, como inventarios o sinopsis de capítulos de una serie televisiva. Curiosamente, en In the Dream House, Machado menciona que esos experimentos, si bien justificables dentro de su propia lógica, respondían en realidad al estado fragmentado en que se encontraba su vida en ese momento. Pareciera ser que los grandes aciertos estilísticos de su estructura no lineal responden al incentivo de la fractura que representó para ella la agresión de su pareja.

Junto con las escenas en las que de manera explícita la Mujer en la Casa de los Sueños agrede a la protagonista, la novela nos traza una especie de reglamento. Se interrumpe, de esta manera, la lectura lineal para hacer acotaciones; en las notas a pie de página se referencia el libro Motif-Index of Folk-Literature; las entradas tienen que ver con resaltar la ruptura de un tabú, como las siguiente: “Type C961.2, Transformation to stone for breaking taboo; Type C481, Taboo: singing”.[6] Así, remarca aún más la dinámica de prohibiciones que plagaba la relación, para hacernos conscientes de las consecuencias que se desprendían de todo aquello que ella no podía hacer ni podía ser, pero también de la re-estructuración que sufrió su personalidad y su vida cotidiana.

Es una lectura brutal y dolorosa que nos atraviesa de lleno. La elección del narrador en segunda persona, nos empuja a una relación íntima con la protagonista, nos acerca de golpe al personaje, obligándonos a vivir más íntimamente lo que le acontece. El resultado es que aprendemos a caminar de puntitas en la Casa de los Sueños, pues la repetición constante de los tabúes en las notas a pie de página, y la construcción magistral de los personajes, nos hacen adelantarnos a las reacciones, a tener miedo por anticipado.

Además de esto, la segunda persona en sí misma nos devela gran parte del proceso de escritura. Carmen María Machado la introduce de la siguiente manera:

Tú no fuiste siempre solo un “tú”. Yo estaba completa —una relación simbiótica entre mis mejores y mis peores partes— y entonces, en uno de los sentidos de la definición, estaba escindida: un corte limpio que separó la primera persona —esa mujer confiada, segura, la chica detective, la aventurera— de la segunda, alguien que estaba siempre ansiosa y temblando como un perrito de una raza muy pequeña. [7]

De esta manera, vemos cómo la voz narrativa necesita de un desdoblamiento para contar la historia, porque de otra manera no podría lidiar con ella. La escisión va construyendo la experiencia demoledora de los daños que ejerció sobre su personalidad la violencia a la que fue sometida. Y termina por hacer énfasis en la necesidad de romper con el silencio autoimpuesto, que también viene del trauma. Lo que hace en esta novela es el ejercicio contrario a las re-escrituras que hacía de los momentos violentos de su relación, para presentarla ante los demás:

Mientras el suelo se aleja cada vez más, te juras a ti misma que vas a decirle a alguien lo terrible que es, vas a dejar de actuar como si nada de esto estuviera sucediendo, pero en el momento en el que el suelo se está acercando a ti de nuevo, ya terminaste de pulir la historia.[8]

En la novela, separa esas ficciones del pasado para reconstruir un recuento necesario.

La tensión está construida perfectamente, no de manera progresiva ni lineal, sino profunda, heterogénea, y se va alimentando poco a poco de cada una de las pistas, los cambios de estructura y la reflexión constante en torno a la socialización de la violencia de pareja.

La arquitectura de In the Dreamhouse encierra a su lector, hace evidente la complejidad de su propio proceso de escritura: la versatilidad del texto híbrido para explicar experiencias límite, para desmenuzarlas poco a poco y facilitar su acceso al lenguaje.

También llama la atención sobre la necesidad de visibilizar la violencia dentro de cualquier grupo, así como la urgencia de replantear la manera de vivir los afectos.

Inevitablemente, es un libro que requiere regresos constantes para entender nuevas aristas de su planteamiento. Es, quizá, la guía que la escritora no tuvo para lidiar con su dolor, para recordar todo aquello que es una falla sistémica, tanto en la percepción de la minoría, como en el establecimiento de las relaciones, la exposición de los focos rojos que nos advierte alejarnos de eso: la existencia angustiante en la Casa de los Sueños.

[1] Machado, Carmen María, In the Dream House, Graywolf Press, Minneapolis, 2019, p. 14.

[2] Ibid, p. 56. “Queers—real-life ones—do not deserve representation, protection, and rights because they are morally pure or upright as a people. They deserve those things because they are human beings, and that is enough.”

[3] Ibid, p.  53. “You’re not allowed to write about this,” she says. “Don’t you ever write about this. Do you fucking understand me?”

[4] Ibid, p. 142. “Putting language to something for which you have no language is no easy feat”.

[5]“Dream House as Bildungsroman”, “Dream House as Folktale Taxonomy”, “Dream House as Menagerie”, “Dream House as Bluebeard”…

[6] Ibid, pp. 93, 113.

[7] Ibid, p. 22. “You were not always just a You. I was whole —a symbiotic relationship between my best and worst parts— and then, in one sense of the definition, I was cleaved: a neat lop that took first person —that assured, confident woman, the girl detective, the adventurer— away from second, who was always anxious and vibrating like a too-small breed of dog”.

[8] Ibid, p. 140. “And as the ground gets farther and farther away you swear to yourself that you’re going to tell someone how bad it is, you’re gonna stop pretending like none of these things are happening, but by the time the ground is coming toward you again you are already polishing your story”.


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.

Afirman que mucho se ha escrito sobre el agua, y es cierto; la exploración poética de este elemento se ha convertido en un tema común en la escritura de algunas regiones mexicanas, sea por la cercanía al asunto, o bien, por la popularidad que autores como Francisco Cervantes, José Luis Rivas o Juan Domingo Argüelles han dado. No obstante, existen propuestas que dan un giro novedoso a la inspección alrededor de la naturaleza, pues en su complejidad, las inquietudes al respecto no se terminan.

Derrota de mar (Jaguar Ediciones, 2019), el libro más reciente de Marco Antonio Murillo, plantea un diálogo entre un personaje que a veces es narrador y el agua en sus formas y contradicciones. En la obra de Murillo, dicho elemento natural es visto como un ser que toma varios cuerpos, con carácter e impulsos propios. En este escenario, perder el equilibrio en el tratamiento del contenido puede suceder con relativa facilidad. Sin embargo, el autor se mantiene en la línea y nos entrega un escrito sensible y de claridad inestimable.

Dice Thierry Juteau, geólogo francés, que solamente se conoce alrededor del 5%  de los océanos. Siendo que el 70% de nuestro planeta está cubierto por océanos y ríos, ¿realmente se nos acabaron las formas para representarlos? Murillo demuestra que no en su libro fragmentado en retratos del agua. Entonces vemos, por momentos, un mar temperamental, destructor; en otras ocasiones es un arroyo calmo y suave, fuente de vida y compañero.

Con certeza, el que quiera escribir sobre el mar, lo hará a la manera de un oceanógrafo: con la premisa de que quizás encuentre algo sin conocer qué. Ya decía Jacques Cousteau que, de haber sabido lo que hallaría en sus expediciones submarinas, no hubiera ido. La incertidumbre es el impulso de lanzarse al agua, y a su literatura.

En este sentido, Derrota de mar es el resultado de una expedición larga y consciente. El mar, a veces río, a veces caudal, es un escenario con posibilidades de acción simultánea: un clavadista en inmersión, pájaros construyen nidos, un ebanista talla un barco, alguien encuentra una carta. El océano permite la recreación de la belleza y, en ocasiones, es partícipe del desastre. El agua unifica a las criaturas de este poemario y las que viven más allá de sus límites.

Existen, a lo largo de la obra, varios puntos líricos en donde Murillo guía la exploración del lenguaje como un sitio lleno de imágenes y sonoridades, reconocibles también en la lectura de poetas como Saint John Perse y José Carlos Becerra. Sus ecos saltan como fauna marítima y dan luz a la construcción de los versos.

“Mar en junio” es la parte más contemplativa y aquí se escribe lo que ocurre en la superficie del elemento protagonista. La convivencia entre las formas de vida que están dentro y fuera de él. Frente a ese escenario, uno se cuestiona si aquello es imaginario o existe a pesar de la observación. Este ejercicio sirve como un puente hacia lo que viene después.

Hacia el final, leemos “Carta de relación”, un poema largo que a manera de relatoría –como lo hacían los exploradores– cuenta lo que pasa luego de un desastre. El paso del huracán es la metáfora en la que se gesta otro desastre impalpable: la forma en que dos naturalezas distintas se erosionan y se desgastan, como ocurre con la mayoría de los vínculos humanos.

El amor es tifón y calamidad. Entra en las intimidades, destruye nuestros lugares seguros, nos despoja de todo, nos derrota. Lo único posible, después, sería tomar lo que quede y comenzar a reconstruir. Luego de la ruina, Derek Walcott celebraría que aún estamos vivos. El lector se convierte en un náufrago que ha sobrevivido a la belleza y los anversos del agua, alguien que contempla el fracaso y revive sus batallas perdidas.

Derrota de mar es un libro que va más allá de la exploración de su elemento principal. El cuaderno de viaje de Marco Murillo confronta al protagonista de la historia y a quien la lee. Las pérdidas deben ser contadas por su valía y lo que dejan en nosotros; es así que, como en los océanos, nos sumergimos en las emociones que nos deja el desastre.


Autores
Irma Torregrosa. Merida, 1993. Licenciada en Comunicación Social. Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2012 y Premio Hispanoamericano de Poesía San Román 2017. Profesora en el Centro Estatal de Bellas Artes, en Yucatán.
Jorge Mejía Peralta, Homenaje a Ernesto Cardenal en sus 90 Años, Teatro Nacional Rubén Darío. Managua, Nicaragua. Flickr.
Jorge Mejía Peralta, Homenaje a Ernesto Cardenal en sus 90 Años, Teatro Nacional Rubén Darío. Managua, Nicaragua. Flickr.

 

De noche las lechuzas vuelan entre las estelas,

el gato-de-monte maúlla en las terrazas,

el jaguar ruge en las torres

y el coyote solitario ladra en la Gran Plaza

a la luna reflejada en las lagunas

que fueron piscinas en lejanos katunes.

 

Ahora son reales los animales

que estaban estilizados en los frescos

y los príncipes venden tinajas en los mercados.

¿Pero cómo escribir otra vez el jeroglífico,

pintar al jaguar otra vez, derrocar los tiranos?

¿Reconstruir otra vez nuestras acrópolis tropicales,

nuestras capitales rurales rodeadas de milpas?

 

La maleza está llena de monumentos.

Hay altares en las milpas.

Entre las raíces de los chilamates arcos con relieves.

En la selva donde parece que nunca ha entrado el hombre,

donde sólo penetran el tapir y el pizote-solo

y el quetzal todavía vestido como un maya:

allí hay una metrópolis.

 

Cuando los sacerdotes subían al Templo del Jaguar

con mantos de jaguar y abanicos de colas de quetzal

y caites de cuero de venado y máscaras rituales,

subían también los gritos del Juego de Pelota,

el son de los tambores, el incienso de copal que se quemaba

en las cámaras sagradas de madera de zapote,

el humo de las antorchas de ocote… y debajo de Tikal

hay otra metrópolis mil años más antigua.

—Donde ahora gritan los monos en los palos de zapote.

No hay nombres de militares en las estelas.

 

En sus templos y palacios y pirámides

y en sus calendarios y sus crónicas y sus códices

no hay un nombre de cacique ni caudillo ni emperador

ni sacerdote ni líder ni gobernante ni general ni jefe

y no consignaban en sus piedras sucesos políticos,

ni administraciones, ni dinastías,

ni familias gobernantes, ni partidos políticos.

¡No existe en siglos el glifo del nombre de un hombre,

y los arqueólogos aún no saben cómo se gobernaban!

 

La palabra “señor” era extraña en su lengua.

Y la palabra “muralla”. No amurallaban sus ciudades.

Sus ciudades eran de templos, y vivían en los campos,

entre milpas y palmeras y papayas.

El arco de sus templos fue una copia de sus chozas.

Las carreteras eran sólo para las procesiones.

La religión era el único lazo de unión entre ellos,

pero era una religión aceptada libremente

y que no era una opresión ni una carga para ellos.

Sus sacerdotes no tenían ningún poder temporal

y las pirámides se hicieron sin trabajos forzados.

El apogeo de su civilización no se convirtió en imperio.

Y no tuvieron colonias. No conocían la flecha.

Conocieron a Jesús como el dios del maíz

y le ofrecían sacrificios sencillos

de maíz, y pájaros, y plumas.

Nunca tuvieron guerras, ni conocieron la rueda,

pero calcularon la revolución sinódica de Venus:

anotaban todas las tardes la salida de Venus

en el horizonte, sobre una ceiba lejana,

cuando las parejas de lapas volaban a sus nidos.

No tuvieron metalurgia. Sus herramientas eran de piedra,

y tecnológicamente permanecieron en la edad de piedra.

Pero computaron fechas exactas que existieron

hace 400 millones de años.

No tuvieron ciencias aplicadas. No eran prácticos.

Su progreso fue en la religión, las artes, las matemáticas,

la astronomía. No podían pesar.

Adoraban el tiempo, ese misterioso fluir

y fluir del tiempo.

El tiempo era sagrado. Los días eran dioses.

Pasado y futuro están confundidos en sus cantos.

Contaban el pasado y el futuro con los mismos katunes,

porque creían que el tiempo se repite

como veían repetirse las rotaciones de los astros.

Pero el tiempo que adoraban se paró de repente.

 

Hay estelas que quedaron sin labrar.

Los bloques quedaron a medio cortar en las canteras.

—Y allí están todavía—.

 

Ahora sólo los chicleros solitarios cruzan por el Petén.

Los vampiros anidan en los frisos de estuco.

Los chanchos-de-monte gruñen al anochecer.

El jaguar ruge en las torres —las torres entre raíces—

un coyote lejos, en una plaza, le ladra a la luna,

y el avión de la Pan American vuela sobre la pirámide.

¿Pero volverán algún día los pasados katunes?

 

“Las ciudades perdidas” de Ernesto Cardenal aparece en Canto a México (FCE, 2019) y se reproduce con el permiso del Fondo de Cultura Económica.

 

Ernesto Cardenal, Canto a México.

Ernesto Cardenal, Canto a México.

 


Autores
Granada, Nicaragua. 1925 es un humanista en el más amplio sentido, preocupado por las carencias de su natal Nicaragua y del mundo. Hizo estudios literarios en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad de Columbia. Se ordenó sacerdote despúes de realizar estudios de seminarista en Antioquia, Colombia. Más tarde fundaría una comunidad religiosa en su país. Su poesía se reconoce como una de las más originales de Latinoamérica, con tendencias místicas y de denuncia social, y que al mismo tiempo abreva en la sabuduría de algunas culturas indígenas.
Imagen tomada de Wikimedia Commons

El zapato, si es bello y de calidad, pisa fuerte.

Margo Glantz

 

Un par de zapatillas doradas se asoman por debajo del vestido de la reina María Luisa. La punta se respinga ligeramente acentuando el garigoleo de un calzado elegante. Tacones bajos la sostienen con altura suficiente para mostrar clase y gusto; soportes de brillo discreto, adecuados para su edad. El vestido de encaje negro contrasta con su piel blanquísima; de no ser por el tenue dorado que Goya imprimió en los zapatos, estos tendrían el mismo color del cuello y los brazos de la mujer. Las sutiles zapatillas parecen extensiones de su cuerpo; la horma se ajusta de manera natural, las piernas continúan su trayectoria: una capa más de epidermis se suma a los pies. Intuyo la comodidad; en el rostro de la reina se ve el preámbulo de una sonrisa que nace, me gusta pensar, de andar por el mundo alzada en tacones a la medida.

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Manolo Blahnik observa el retrato; muy cerca está también el de la duquesa de Alba. Sabe el sitio exacto de cada uno. El Museo del Prado ha cerrado por unas horas para que pueda recorrer el espacio cómodamente, en soledad. No es la primera vez que sucede este encuentro; Manolo visita a Goya como a un profeta. Lo ha nombrado Rey de los zapatos. Los dos hombres son artistas y artesanos, pintores y zapateros, discípulos y maestros de su tiempo. Hay quien asegura que el siglo XX español dio tres grandes mentes: Picasso, Pedro Almodóvar y Manolo Blahnik; íconos, ejes de la cultura, representantes ante el mundo del genio nacional.

En los zapatos como en la pintura, importa el detalle, la alquimia del color, la expresión de un mundo íntimo. Cada zapatero confiere al ejemplar un discurso, una manera de ver la realidad que acaso encuentra interlocutores, pies dispuestos a corresponder el diálogo, a apropiarse de la confección, a crear con ella caminos nuevos; y qué mejor si las huellas son hechas con zapatillas de seda otomana, con borlas o pedrería.

Goya tenía buen ojo para los zapatos, fue algo así como un fotógrafo de moda de su época, entendía que cada individuo se delataba en su elección. No escatimó en atrapar las minucias, con igual ahínco retrató los rostros como los dobleces y bordados en las prendas. Es bien conocida la debilidad que las damas de la realeza sentían por los zapatos; eran tan grandes las colecciones en los palacios que había pares que usaban solo una vez. Gracias al excesivo consumo de moda de aquellas mujeres, entre las cuales se encontraba María Luisa de Parma, han llegado piezas casi intactas de calzado de la época esparcidas por el globo como valiosas cápsulas para la comprensión y estudio de las costumbres de otros siglos.

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Los trabajos al óleo de Goya, realizados como retratista oficial de la casa real, encierran en cada sutil entramado de los atuendos los cambios históricos que sucedían en la península ibérica. Con la llegada al trono de los Borbones, arribó la vestimenta afrancesada, repleta de adornos; las botas y chinelas de cuero español, muy populares entre las clases altas, dieron paso al calzado entaconado de telas finas para las damas, con lustrosas hebillas para los hombres.

El zapato nos une al mundo; ata al hombre a su tiempo. Bien podría escribirse una historia universal utilizándolos como referencia primordial; por eso, la mirada minuciosa de Goya, las horas dedicadas a los trazos finos de las calzas, no eran solo una obsesión por la belleza o la experiencia estética sino también por establecer el relato de un imperio.

Tal vez uno de sus retratos más enigmáticos es el de “La duquesa de Alba de negro”, con quien se rumora mantuvo una relación amorosa; este cuadro es también el poseedor de unos de los zapatos más bellos que plasmó. El cuadro, guardado por el español en su taller hasta el día de su muerte, muestra la elegancia y recato de la mujer. Una mantilla cubre la cabeza; un brazo cae al frente, el índice se alarga apuntando al suelo. El vestido se detiene a unos centímetros antes de tocar la superficie, se suspende en el aire dejando al descubierto zapatillas de arquitectura rococó. La sensualidad de la duquesa se derrama en la curva del empeine, en la ligera altura de los tacones que reconfiguran su silueta y su condición. Frente a los suntuosos zapatos de la Cayetana elevada hacia el cielo se lee: Solo Goya, escrito sobre la tierra.

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La fábrica abre sus puertas cada día. Manolo, con bata y guantes blancos como su cabello, lija la madera para la muestra de cada nuevo modelo. Nadie, excepto él, realiza esta labor. Un vínculo se crea entre el artesano y el material que muta; sus manos llevan a cabo un trabajo escultórico a través del cual la madera adquiere una forma escondida que no se resiste a existir. A las ocho de la mañana, cuando las máquinas se encienden, comienza el proceso; las telas se despliegan a la vista del zapatero, quien mantiene vigentes tradiciones antiguas del oficio.

Así como en Goya los zapatos pueden ser leídos como un relato histórico, escrito por un hombre interesado en los cambios de su país que llegan a modificar hasta los más pequeños detalles, en Manolo encontramos la confluencia de varias épocas. En la manufactura de su calzado se entrelaza lo antiguo con las nuevas industrias que rigen el mercado. Pero Manolo Blahnik no pertenece del todo a nuestro siglo. Lo que puede leerse en su obra como un espíritu cosmopolita natural, es en realidad la sombra de un hombre que busca su lugar; ya en un pasado que visita, con fascinación a través del arte o en un presente amoldado, a base de soledad y rutina, a sus necesidades.

Entre las capas de encaje de los zapatos se entrevén sus influencias; los vastos conocimientos arquitectónicos, plásticos, literarios y botánicos que posee. Su traducción resulta en monumentos que lo han tornado en un mito. Su catálogo de zapatos se articula como un bestiario medieval. Cada criatura posee un nombre, son bautizadas por él de acuerdo a la personalidad que irradian: Josefa, Agatha, Hangisi, Lala. Sus diseños más representativos rescatan las hebillas masculinas retratadas por Goya, las cuales cubre de joyas para ataviar el décolleté, el sensual escote de los dedos.

Muchas de sus colecciones se exhiben alrededor del mundo. Manolo logró crear piezas de museo, dinámicas en su estatismo. Dentro de cúpulas de cristal, acompañados de cuadros del siglo XVIII, The Wallace Collection alberga temporalmente una selección especial de su trabajo, muchos confeccionados exclusivamente para la película María Antonieta. La función dio paso a la importancia de la presencia; los zapatos se disponen en una narración en donde la modernidad se desdobla resignificando al siglo de las luces. Sofia Coppola se preguntó al planear el largometraje, ¿a quién hubiera pedido la monarca, si viviera hoy, la tarea especial de hacer sus zapatos? La respuesta inmediata de la directora fue: a Manolo Blahnik. El resultado fue espectacular y, como el resto de sus composiciones pensadas para caminar; destinadas a contemplarse.

 

 


Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.

Una serie de alucinaciones provocan que se desmorone el mundo de Natanael. Cuando la enfermedad mental se asoma, los amigos, las parejas y la familia desaparecen. En este su primer libro, David Alfonso Estrada realiza una radiografía de la esquizofrenia como nunca se había visto en la literatura mexicana. Es un viaje infierno adentro que transcurre entre anexos, fugas de narcotraficantes y la miseria del mundo cultural. La pecera de Dios es un debut literario rarísimo y siempre sorprendente.

En este libro-teaser, realizado por el mismo David Alfonso Estrada, la imaginería visual de La pecera de Dios salta del libro para darnos una muestra de la imaginativa prosa que caracteriza la novela. Rituales, magia, profecías y mitos se vuelven realidad en esta extraña narración, ganadora del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2019.