Resulta inusual asomarse por la ventana, ver las jacarandas, el azul de un cielo despejado con mínima contingencia, y temer salir. Enemigo invisible. Es como si solo existiera en Twitter, en los videos escalofriantes de un hombre encerrado con su hermana muerta, de altoparlantes prohibiendo las salidas a la calle; pero también en videos endulcorantes de italianos cantando por balcones, de policías españoles llevando serenatas y doctores cubanos siendo recibidos con aplausos.
Aquí en México todavía no se siente tan duro, aunque ya tuvimos nuestro primer intento de viralidad virtual cuando los santafeños cantaron Cielito lindo y el internet de las cosas sintió el cringe más profundo. Y sin embargo, paso mis días pegado a la computadora y salgo únicamente al supermercado.
Entre los consejos que pululan por redes sociales está el de cuidar la salud mental, hablar con amigos y familiares por medio de videollamadas y procurar distracciones compuestas de temas alejados de la pandemia. Con esa semilla encontré un tuit que proponía algo llamado “fiesta de powerpoints”. Desconociéndome por completo, contranatura, respondí de inmediato que contaban conmigo y mi presentación de diapositivas.
La convocante formó un grupo de Telegram y por ese medio compartió un Google Doc donde cada uno pondría su nombre y el tema que expondría. En la conversación se discutió la hora y día, se fijó para un domingo en la noche. El orden de presentación quedaría dictado por el orden en que nos apuntáramos en el documento compartido. Ahí entró mi gran angustia: ¿de qué tema hablaría con quince extraños?
Sentí que no sabía nada de nada, que era el individuo menos interesante en internet y que era mejor escribirle a la moderadora y excusarme: lo siento, la pandemia me tiene consumido, no puedo hacer un Power Point, mis habilidades se limitan a evitar propagar el virus pasando días viendo memes y videos de gatitos. Pero la semilla había germinado, esto era bueno para mi salud mental, para distraerme un poco de la locura mundial. Escribí en una agenda los temas que podría abordar:
1- La peste negra. Doy clases de antropología filosófica, en una sesión reciente había expuesto la historia de la pandemia que arrasó la Europa del siglo XIV, esto con el fin de señalar las implicaciones culturales que trajo. Pero eso fue hace semanas, cuando el miedo no era tan personal, cuando no era una aguja ensartada en la carne que apenas y cubre la uña del meñique. Ahora sería imprudente traer el tema a una fiesta de powerpoints, conformado por quince personas aisladas que temían por sus vidas y las del mundo. (DESCARTADO)
2- San Agustín y su concepción del tiempo. También doy clases de introducción a la filosofía, ahora en formato podcast, y la siguiente sesión revisaré al filósofo de la patrística, especialmente a su genial modo de entender el tiempo. Pero eso lo toleran mis alumnas porque no tienen de otra, qué hueva chutarse eso siendo quince personas aisladas que temen por sus vidas y las del mundo. (DESCARTADO)
3- El “chernobyl” de Ciudad Juárez. ¡No! ¡Necio! Entiende que nadie quiere leer sobre muerte y amenazas invisibles, mucho menos quince personas que temen por sus vidas y las del mundo. (DESCARTADO)
Me sentí abrumado. ¿Por qué me había metido en algo que requería este tipo de estrés? Ese tiempo lo podía gastar viendo series en Netflix. Despues de todo, jamás había sucedido que la sociedad pidiera que me quedara en casa haciendo binge watch de Better Call Saul. Necesitaba despejarme, abrí Spotify y puse una de mis listas de reproducción: ABBAin an emergency. Epifanía. Aquí nadie se raja. Supe de inmediato cuál iba a ser mi tema:
ABBA: implicaciones filosóficas, económicas y sociales
Entré al Google Doc y escribí el título, sería el noveno en presentar.
Llegó la fecha. Tardamos la acostumbrada media hora en que todos entendieran cómo funciona Zoom, en que todos escucharan y vieran correctamente, en que el maldito internet saturado permitiera la conexión de quince individuos aislados que temen por sus vidas y las del mundo.
Las presentaciones fueron variadas, ninguna trató el tema de la pandemia ni de alguna enfermedad o enemigos invisibles. Abrió la convocante y ahora moderadora con la presentación “Mom’s spaghetti: maneras de entender el hip hop de acuerdo a la comida en sus letras”. El tema me hizo ver que no había errado con mi temática; además, aprendí mucho sobre los eufemismos gastronómicos en el rap, sobre el estatus social expresado con algunos platillos, ya sea presumiendo started from the bottom, now we’re here o ya sea para decir que I’m keeping it real.
Hubo otra presentación que trató temas más personales: “Razones y condiciones bajo las cuales me da asco el cabello mojado. Un llamado a la razón.” Sin duda fue el Power Point que más emociones suscitó, desde la risa hasta la repulsión. Quizá se provocaron nuevas fobias, quizá los quince individuos aislados ahora temen su cabello mojado y el del mundo.
Otra presentación fue sobre los temas que la presentadora consideró para la fiesta, una probadita de su sentido del humor y visión de las cosas. Otro que se puso a jugar con el mapa de México, borrando límites territoriales de los estados, conformando nuevas entidades, como el estado Huasteca y, en claro desafío al orgullo tapatío, Colima absorbiendo a Jalisco.
Las hubo más informativas, como la presentación de los tiburones, la de un anime con eje gastronómico y la que narraba la historia de la peor orquesta del mundo; sentimentales, como la del hurón fallecido de una de las personas aisladas que teme por su vida y por las del mundo; prácticas tipo life hacks, como la del que nos enseñó cómo bajar piratería de alta calidad a través de páginas de torrents poco conocidas; y musicales, como la titulada “Porque The Joshua Tree es el último disco bueno de U2 y Bono es un cñor que ya debería de sentarse”.
Cuando llegó mi momento de presentar sentí los nervios de punta, además me embargó una sensación de locura: estaba hablando sobre filosofía y una banda de pop sueca, frente a mi pantalla, solo, con Kant (mi gato) observándome fijamente. Pero me aferré, después de todo esto podía ayudar a no sentir el peso del miedo por mi vida y por las del mundo, hacer más llevadera la cuarentena.
Inicié con una breve explicación sobre qué era ABBA: la mejor banda del mundo mundial. Tras esto hablé sobre la eugenesia y el programa nazi para “esparcir la raza aria”, atrocidad histórica de la cual proviene Anni-Frid Lyngstad (una de las cuatro integrantes del conjunto sueco). Y ya con ese tono oscuro di inicio al primer análisis de una de las canciones: Money, money, money. Era la más obvia, ligué a la letra con la teoría marxista de la totalidad de la experiencia humana anclada a la estructura económica, las relaciones bajo el marco de los medios de producción.
Continué con The Winner Takes it Allhaciendo el comparativo entre esa visión del destino con la de los estoicos, particularmente Epicteto, quien asumía las rígidas cadenas de la causalidad sin dejar de defender una libertad intencional.
Para tocar filosofía más cercana a nuestros tiempos, incluí el análisis de The Day Before You Came hecho desde el existencialismo de Albert Camus, el absurdo de la cotidianidad, el día a día expresado en los objetos, en el cigarrillo y el periódico.
Y terminé con Fernando y su narrativa de la Guerra Civil Española desde la perspectiva de los que combatieron al fascismo franquista.
Diapositiva de Power Point del autor.
La presentación pecó de apresurada y breve. Creo que pude haber incluido otras canciones que se prestan a este tipo de deconstrucción, como claramente son Dancing Queen, Chiquitita y Does Your Mother Know. Tendrá que ser para otra fiesta de powerpoints.
En total, rozamos las cuatro horas de presentaciones vía Zoom. Este hecho para mí es inaudito. Pasar todo ese tiempo hablando con desconocidos, viendo powerpoints de temas inimaginables, a través de videoconferencia, para un sujeto que sufre las llamadas telefónicas y cualquier conversación que dure más de lo que dura Mamma Mia! (2008), es realmente milagroso.
Pero el mundo es extraño. El enemigo invisible ha transformado nuestras realidades. Quizá no queda de otra que adaptarnos a las nuevas normas. Quizá las fiestas de powerpoints serán lo que antes solían ser las salidas a bares y cantinas. Quizá ABBA es la respuesta a los miles de individuos aislados que temen por sus vidas y por las del mundo. Quizá el absurdo que Camus señaló es más latente que nunca. Por mientras seguiré lavándome las manos cada hora y, sobre todo, cuidaré de secarme bien el cabello al salir de la regadera.
El pasado 24 de marzo, en medio de una crisis internacional de salud pública debido a la pandemia provocada por el virus SARS-CoV-2, el Jefe del Departamento de Justicia, William Barr, junto a fiscales de Florida y Nueva York, presentaron cargos por narcoterrorismo contra Nicolás Maduro, presidente de Venezuela.
La acusación involucra, además, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y a varios de los colaboradores más cercanos de Maduro, como Diosdado Cabello, titular de la Asamblea Nacional Constituyente; Maikel Moreno, presidente de la Corte Suprema; Vladimir Padrino, Ministro de Defensa; Tareck El Aissami, Ministro de Industria y Producción Nacional y el general Hugo Carvajal Barrios, ex director de la Inteligencia Militar de Venezuela.
Todos estos personajes de primer nivel en el gobierno venezolano son señalados por los Estados Unidos de pertenecer al Cártel de los Soles, que es como se conoce a los efectivos castrenses de alto nivel en Venezuela relacionados con el narcotráfico. Los soles son las insignias que distinguen a los generales del ejército venezolano y, al menos desde 1993, durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, se les ha asociado con el tráfico de cocaína colombiana a través del territorio venezolano.
Muchos militares proveen de protección necesaria en el territorio a cambio de sobornos y a la Guardia Nacional venezolana se le ha relacionado desde la década de los noventa con las FARC, organización que utiliza el territorio venezolano como trampolín para enviar cocaína a Europa y Estados Unidos.
Aunque no es de extrañar que miembros del Ejército de un país latinoamericano estén vinculados con el narcotráfico, hasta el momento desconocemos la evidencia con la que cuenta Estados Unidos para lanzar una acusación así contra un jefe de Estado y colaboradores todavía en funciones. En el pasado solo hay un antecedente con estas características. En 1989 los Estados Unidos denunciaron a Manuel Antonio Noriega de pertenecer a una red de narcotráfico vinculada con el Cártel de Medellín. La acusación pavimentó el camino para una intervención militar que terminó en el derrocamiento de Noriega quien fue llevado a Miami para ser juzgado y condenado a 40 años de prisión.
El antecedente de Noriega y Panamá abre dos interrogantes para el futuro inmediato de Maduro y los otros militares venezolanos. Primero, es el doble rasero que utilizan los Estados Unidos respecto a lo relacionado con el narcotráfico. Desde el comienzo de su carrera a Noriega se le vinculó con la CIA, quien apoyó en todo lo que pudo su ascenso al poder. En un principio, el militar panameño estaba en la nómina de la CIA como informante sobre lo que ocurría con los países caribeños vecinos, especialmente con la Cuba castrista y el movimiento sandinista en Nicaragua.
A la muerte de Omar Torrijos, Noriega se convirtió en el hombre fuerte de Panamá y permaneció como un fiel colaborador de la CIA y los Estados Unidos, a pesar que para estos años ya habían sido reveladas sus actividades de tráfico de marihuana y cocaína. A los Estados Unidos no les importó esto en lo más mínimo, e hicieron de Panamá su base para la contrainsurgencia que se enviaba a El Salvador y Nicaragua. Eran los años del escándalo conocido como Irán-Contras, donde el financiamiento de la contra-nicaragüense provenía de tres fondos principalmente: la venta de armas a Irán, la CIA y el narcotráfico de los países latinoamericanos gestionado también por la CIA.
En Panamá con Noriega pasaba algo similar a lo que ocurrió en México con distintos hombres vinculados a la Dirección Federal de Seguridad (DFS) como Fernando Gutiérrez Barrios y Miguel Nazar Haro y la estrecha conexión entre la DFS y el boom del Cártel de Guadalajara a principios de los ochenta. Noriega actualizaba la frase que con anterioridad había proferido Henry Kissinger en su calidad de Secretario de Estado sobre Anastasio Somoza “puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Hasta que ya no.
A la hipocresía y doble rasero con que actúa Estados Unidos en el tema del narcotráfico hay otra variable que hace una gran diferencia entre el caso de Noriega en 1989 y el de Maduro en 2020: Panamá siempre ha sido una nación pequeña y con recursos militares limitados a la vez que 1989 marcaba el ocaso de la Guerra Fría y la debilidad de una Unión Soviética próxima a su desintegración. China aun no despuntaba en el horizonte y menos tenía una participación activa en este continente por lo que para Estados Unidos era el comienzo de una hegemonía casi absoluta a nivel internacional. Era un mundo unipolar prácticamente, lo cual facilitaba muchas acciones como la intervención y derrocamiento de Noriega.
El mundo de hoy es distinto y Estados Unidos busca no salir tan mal parado de una pandemia que significará a la larga el cambio de estafeta en la hegemonía mundial con una China que saldrá mejor parada de esta crisis sanitaria y económica.
Así como Estados Unidos ha decidido mantener su programa de sanciones contra Irán en estos tiempos tan difíciles, en el caso de Venezuela ha doblado su apuesta para tratar de forzar la dimisión de Maduro, asunto que lleva más de un año en marcha desde las maniobras por imponer a Juan Guaidó como presidente pero que terminaron en un absoluto fracaso.
¿Está Maduro o alguno de sus hombres vinculado con el narcotráfico? Dada la historia de la cúpula militar en Venezuela desde hace treinta años yo no pondría mis manos al fuego por su inocencia. Pero está claro que la obsesión de Estados Unidos con el presidente venezolano se debe exclusivamente a que no tienen el control de ese país y de sus reservas petroleras. A diferencia de Noriega, Maduro no ha sido nunca un colaborador de la CIA y los Estados Unidos, y esto es lo que verdaderamente les incómoda.
¿Es posible que todo esto sea el preámbulo de una operación armada como lo que se dio en Panamá? Difícilmente. Venezuela, aunque está lejos de la capacidad militar de Estados Unidos, es un Estado que cuenta con una fuerza armada numerosa y tecnología militar respetable, aunque no sea de última generación. Y lo más importante, quizás, sea la relación de cooperación que ha cultivado en los años recientes con Rusia y China, dos actores internacionales de gran relevancia. Estados Unidos ya no es el único actor de peso internacional que tiene influencia en este continente. La geopolítica de hoy es muy distinta a la de 1989.
Y en un año, cuando baje la marea de la pandemia SARS-CoV-2 será todavía más distinta y menos favorable a los Estados Unidos. Por eso la prisa de estos movimientos en el tablero de ajedrez mundial.
En todo acto, la primera intención de quien lo realiza es revelar su propia imagen.
Dante
Todos los seres humanos existimos bajo una mirada. ¿La del amor, la de Dios, la nuestra? De acuerdo con el tipo de mirada bajo el cual deseamos vivir, navegamos entre cuatro situaciones: aquellos que desean vivir bajo una multitud de ojos anónimos (los posesos de la gloria y la notoriedad); los que se rodean por los ojos de las personas conocidas (pasan sus días organizando comidas, fiestas y reuniones), quienes se definen por la mirada de alguien que los ama (el reconfortante amor narcisista a través del otro) y, finalmente, los seres que viven determinados por la mirada de un ser ausente (la madre fallecida, el jefe cuya sombra los acecha, etc.). Esta fascinante y cartesiana fenomenología de la observación permea los relatos de Milan Kundera y al mismo tiempo descifra uno de los prismas en nuestra concepción existencial.
Como los artistas definitivos, Kundera rebasa las categorías: es más que un retratista del erotismo y la risa (tópicos obligados en sus ficciones), un novelista filosófico (si bien sus novelas se leen como agudas meditaciones ontológicas) o un escritor disidente (aunque fue expatriado y perseguido por el régimen comunista durante la tercera parte de su vida).
I. El erotismo
“Todo se trata de sexo, menos el sexo, que se trata de poder”, atinaba Oscar Wilde en sus luminosos aforismos. La narrativa erótica de Kundera desmonta esos oscuros procesos del deseo, sus narradores se comportan prácticamente como pedagogos que nos explican el entramado de esas “irreductibles relaciones de poder y sus puntos de fuga”, siguiendo la nomenclatura de los pensadores del mayo francés. A menudo sus personajes discurren sobre (o están atrapados por) los complejos dilemas del deseo y la fidelidad. En La Insoportable levedad del ser Tomás no puede renunciar a su deseo por otras mujeres (aunque necesite el alcohol para acostarse con ellas) y le es irremediablemente infiel a Teresa. Ella consiente la situación porque él no le miente (antes bien, culpabiliza delante de ella, cosa que la reconforta), y nunca se irá de su lado, pues su amor trasciende lo carnal, su peso rebasa la levedad del ser. El esquema se repite en El libro de la risa y el olvido, donde Marketa no solo consiente las infidelidades de su esposo, sino que participa en los eventuales menage à trois que concierta con sus amantes. Todo para mantener viva la flameante lumbre del deseo bajo el marco de un mutuo acuerdo de erotismo y culpabilidad donde la mirada del otro es esencial.
En El libro de los amores ridículos la reflexión permea el esquema ético y estético del erotismo. En la buena elección de un amante se juega la dignidad del amado; por eso el Dr. Hezel, un donjuanesco psiquiatra a destiempo, declara que solo deberían escogerse amantes que mantengan intacta nuestra dignidad ética y estética, pues reflejan nuestra verdad más justa: “El erotismo no es solo un deseo del cuerpo sino un deseo del honor. La pareja que hemos logrado es nuestro espejo, la medida de lo que somos y de lo que significamos. En el erotismo buscamos la imagen de nuestro propio significado e importancia”1. Uno de los puntos sensibles de este desdoblamiento sucede cuando se plantean ambiguos límites como la violencia psicológica del deseo, esa que hacía afirmar a Charles Baudelaire que “el amor es como una tortura o una operación quirúrgica (…) uno de los dos amantes siempre será más calmo, o estará menos poseído de deseo que el otro. Él o ella es el operario o el verdugo; el otro es el sujeto, la víctima”2.
Resulta fascinante leer a Kundera en 2020 y constatar que ha envejecido mejor que la mayoría de escritores y pensadores del erotismo, pese a que su narrativa adopta una posición claramente patriarcal, sus héroes (trágicómicos) son siempre masculinos y están enmarcados en un universo donde prevalece la dinámica machista del cortejo. Sus reflexiones están más vivas que nunca. Su relato La dorada manzana del eterno deseo resume toda la frustración, la ilusión y la ficción que acompaña el acto de seducción. Es la historia de dos mejores amigos, Martin, y el narrador, que pasan sus días cortejando mujeres (sueñan llevarlas a la cama sin lograrlo nunca) de una forma que va más allá del hostigamiento. Martin, sin embargo, lo ve como una especie de deporte —el símil con el fútbol es recurrente, se refiere a sí mismo como “un delantero que le pasa generosamente balones seguros a su compañero de juego para que éste meta luego goles fáciles y recoja una gloria fácil”3. El narrador, mucho menos impetuoso que Martin, no se anima a contrariarlo y trata más bien de complacerlo (un poco por camaradería y un poco porque se divierte), pues comprende que sus aventuras donjuanescas funcionan bajo una irreductible dinámica de autosabotaje (Martin nunca pasará al acto porque tiene una novia que ama, obedece y que no está dispuesto a dejar, pero sí está dispuesto a lidiar con la culpabilidad del deseo, sobre todo si cuenta con la complicidad de su amigo). En suma, ambos hombres están dispuestos a alimentar ese deseo aunque sea de una manera virtual, ficticia. “Nunca iría a un club que acepte miembros como yo” dice Woody Allen en Annie Hall —citando, a su vez, el célebre chiste de Groucho Marx— al hablar de su incapacidad para conquistar a las mujeres que realmente desea. En definitiva, el erotismo se ve desplazado por la culpabilidad o por la relación de camaradería; el narrador del relato de Kundera se resigna, consciente de que el deseo funge como la excusa que determina su ser y su relación con Martin. Quizás precisamente por eso lo mantiene dentro del marco trivial del ocio, de “lo inofensivo”, como se hace precisamente con el juego: “lo que cada vez importaba menos de aquél acoso a las mujeres eran las mujeres, y lo que más importaba era el acoso en sí. Siempre que sea una persecución vana, es posible perseguir a cualquier cantidad de mujeres y convertir este acoso en un acoso absoluto”4. Un caso diametralmente opuesto es el del escritor —alter ego del propio Kundera—, en El Libro de la risa y el olvido, que salta abruptamente de una situación de miedo y culpabilidad hacia una de erotismo oscuro, irracional y violento. Temeroso de que el régimen comunista descubra que, gracias a su amiga editora, ha estado escribiendo el horóscopo durante meses en una revista de la cual estaba vetado, el escritor se da cita con ella para coordinar sus declaraciones:
Aquella chica no me había dejado ni el más pequeño intersticio a través del cual poder apreciar el relámpago de su desnudez. Y de repente el miedo la abrió como el cuchillo de un carnicero. Estábamos sentados en el sofá del piso prestado, desde el retrete se oía el ruido del agua que llenaba la cisterna y a mí me atacó un deseo furioso de hacerle el amor. Más exactamente; el deseo furioso de violarla. (…) Aquel deseo quedó dentro de mí, apresado como un pájaro en un saco, como un pájaro que a veces se despierta y golpea con sus alas. Es posible que aquel deseo demencial de violar a R. haya sido sólo un desesperado intento de aferrarme a algo en medio de la caída.5
Lo irónico de las distintas situaciones mencionadas, es que el aspecto sexual del erotismo se presenta como un intermediario de la ética (el honor, el respeto, la fidelidad y la fraternidad) y casi nunca como fin en sí mismo. Su aparición surge más bien de una fricción que entraña cierto dolor —“la caricia del ojo sobre la piel es de un dolor excesivo”, afirma Georges Bataille en Historia del ojo—, o de un deseo irrefrenable de control en medio del vértigo, dilemas que reviven la discusión sobre las relaciones del poder evocadas por Wilde en su célebre aforismo.
II. La risa
La risa, por su parte, también se identifica con una situación de conflicto. Es un desgarramiento interior, el descubrimiento de una paradoja existencial que despierta la carcajada. Nos reímos del absurdo, de lo ridículo, del estado de ignorancia o grotesco que a veces llamamos estupidez. En la filosofía platónica, el ridículo representa todo lo opuesto al “conócete a ti mismo”. El ignorante es, entonces, el antípoda del filósofo (amante del conocimiento) y su ignorancia suscita la burla, pero también implica una reprobación ética: “qué despreciable eseotro que no es capaz de observar su propia ignorancia”. Además, la risa entraña un elemento primitivo (herencia de los primates), un doloroso mecanismo de ataque y defensa vinculado a las relaciones de poder entre los seres humanos. En Filebo o del placer, Platón hace notar, por boca de Sócrates6, que “cuando nos reímos de las ridículas cualidades de nuestros amigos, mezclamos placer y dolor, porque lo mezclamos con la envidia y, según lo que hemos acordado, la envidia es el dolor del alma”7. En su Poética, Aristóteles ahondó en la dimensión política de la risa y su presencia en el teatro antiguo. Se refirió a la comedia como “el drama de los peores”, es decir, los eventos trágicos acaecidos a los personajes más mezquinos e indignos, que muchas veces eran individuos históricos reales, despreciados por los dramaturgos o la Polis en general. Aristófanes, por ejemplo, usó su sátira política contra Cleón, un poderoso comerciante de Atenas que lo había acusado de “traer la vergüenza de la Polis delante de los extranjeros con sus comedias”. Así pues, Cleón fue el protagonista y hazmerreír de varias de ellas.
Para los modernos la risa obedece, en esencia, a los mismos conflictos enunciados por la filosofía griega. Ya Kierkegaard, en su Postcriptum, usa un ejemplo tan machista como ilustrativo, para entender que “lo cómico se basa sobre la contradicción. Si una mujer intentara establecerse como dueña de una taberna y falla, eso no sería cómico. Pero si una muchacha intenta obtener un permiso para establecerse como prostituta y falla, que ocurre a veces, esto es cómico, debido a sus contradicciones”8. A pesar de las concordancias con la tradición clásica, la risa moderna tiene un rasgo esencial: la auto-consciencia o el distanciamiento. En la modernidad el individuo no solo se ríe del ridículo ajeno, sino también y sobre todo del propio. Es lo suficientemente capaz de distanciarse de sí mismo como para burlarse de su triste condición. Esa es la actitud esencial de Kundera en El libro de la risa y el olvido donde, bajo el nombre de Banaka, se cuenta a sí mismo entre los personajes y es objeto de sus nocivas bromas. Bibi, una mujer con aspiraciones de escritora (a quien, en el fondo, le aburre leer), desea tener urgentemente una cita con Banaka para conversar acerca del oficio de escribir. Una amiga le recomienda leer “aunque sea una de sus obras” antes de hablar con él, pero otro amigo interviene:
Tenga en cuenta que hasta el momento no hay nadie que haya leído una sola obra de Banaka. Leer un libro de Banaka significa el descrédito total. Nadie duda de que se trata de un escritor de segunda categoría, por no decir de tercera o de décima. Le aseguro que el mismo Banaka (…) cuando se entera de que alguien ha leído un libro suyo, lo desprecia.9
Los libros de Milan Kundera, como los de Banaka, fueron objeto de rechazo en Europa del este y proscritos en su propio país hasta la independencia de la República Checa en los años noventa. La persecución del régimen comunista fue bastante más dura de lo que aparece en la novela (¡Kundera fue despojado de su nacionalidad desde 1979 hasta el año 2019!), pero de cualquier forma, el distanciamiento del escritor traza una ironía tan profunda como liberadora. Ahora bien, ¿de dónde proviene esa particular obsesión por el entramado de ficciones superpuestas donde el autor es objeto de risas? De Miguel de Cervantes Saavedra.
En El arte de la novela, un conjunto de ensayos redactados a manera de entrevista, el checo afirma que desconfía de la vieja creencia según la cual el “el porvenir es el único juez de nuestras obras y nuestros actos”, y a la vez confiesa su mayor credo artístico:
Pero si el porvenir no representa un valor para mí, ¿a quién o a qué me siento ligado?: ¿a Dios? ¿a la patria? ¿al pueblo? ¿al individuo?
Mi respuesta es tan ridícula como sincera: no me siento ligado a nada salvo a la desprestigiada herencia de Cervantes.10
En la literatura, la desprestigiada11 herencia del Quijote de la Mancha encarna la risa desde su noción de origen : se trata de una novela de caballería que se burla de las novelas de caballería de su época. En la segunda parte, Don Quijote y Sancho Panza (que han leído la primera) se manifiestan a favor de los críticos mordaces que hacen todo tipo de reproches a la obra, e incluso se refieren a las condiciones de vida del mismo (Cervantes vivió mucho tiempo en la absoluta pobreza). “No ha sido sabio el autor de mi historia (…) sino algún ignorante hablador de miserable vida que se ha puesto a escribirla a tiento y sin ningún discurso, salga como saliere”12. Los personajes del libro se burlan así del autor, que manifiesta su consciencia sobre la fragilidad de lo humano y decide no tomarse tan en serio a sí mismo. La ironía es doble porque Cervantes no solo describe la mofa de la cual es objeto su obra, sino que además toma distancia para burlarse de su desgraciada situación. Ahora bien, Kundera trasciende la mera risa burlona de la trama novelesca. Dos de sus obras, La burla y El libro de la risa y el olvido teorizan profundamente sobre ella–no olvidemos que el título del segundo, “el libro de la risa”, será recuperado por Umberto Eco en El nombre de la rosa para aludir al supuesto tomo perdido en La Poética de Aristóteles, obra prohibida en los monasterios por la “frivolidad de su objeto”, la comedia.
En El libro de la risa y el olvido se lee que lo gracioso nace cuando aflora el sinsentido de un hecho cualquiera. El ejemplo de “un marxista formado en Moscú cree en los horóscopos”, es obvio, pero olvida la otra cara de la risa. De hecho, según el narrador, existen dos tipos de risa en el mundo: la diabólica y la celestial (su distinción recuerda, con razón, las reflexiones nietzscheanas sobre lo dionisíaco y lo apolíneo). La diferencia esencial entre ambas risas es su postura respecto de la creación divina. Mientras la primera se burla de la incoherencia y el absurdo de la existencia humana, la segunda celebra la armónica perfección de lo creado, su intrínseco significado. Sin embargo, el narrador es sincero con sus simpatías y toma partido:
Así, el ángel y el diablo, frente a frente, con la boca abierta, producían más o menos los mismos sonidos, expresando cada uno, en su clamor, cosas absolutamente opuestas. Y el diablo, mirando reír al ángel, reía aún, mejor y más francamente, porque el ángel que reía resultaba infinitamente ridículo13
.
No es casualidad que esta genealogía de la risa está vinculada estrechamente con dos fascinantes derivas metafísicas. La primera evoca el sistema hegeliano. Para el filósofo alemán, el arte y el judeo-cristianismo están intrínsecamente conectados porque en el arte se hace una abstracción del sujeto (los personajes de la obra artística son la representación del humano universal) mientras que en la narrativa de la religión católica, Jesucristo encarna al más universal de los hombres: el hijo de un humilde carpintero. Esa doble naturaleza, sumada a su dualidad de ser humano-divino, hace de Jesús el ser más contradictorio posible. Por eso no extraña la innumerable cantidad de chistes que carga su figura tras de sí.
III. El novelista filósofo
La segunda deriva metafísica se refiere a la obra de Kundera y nos introduce de lleno en la filosofía de Nietzsche, instigador de las célebres nociones de pesadez y levedad en la narrativa del checo. Si en el Eterno Retorno todos los actos humanos están condenados a repetirse a través de la historia, entonces “una insoportable responsabilidad descansa sobre cada gesto”. Si, en cambio, el énfasis se pone en el hecho de su repetición y no en cada gesto individual o en cada vida, entonces la repetición, el Eterno Retorno, es lo que se convierte en “la carga más pesada (das schwerste Gewitch)” mientras las existencias se vuelven efímeras, leves. “¿Qué hemos de elegir? ¿Peso o levedad?”14 nos pregunta el autor en La insoportable levedad del ser. Esa dicotomía nos lleva a escoger entre dos extremos cuya ambigüedad dejarían perplejo a cualquiera: tener una existencia apasionada e intensa pero llena de dolor, o llevar una vida libre y apacible pero carente de sentido e importancia.
Ese profundo dilema tiene un origen y una perspectiva filosófica, es verdad, pero más que un debate de filosofía, son un pretexto que abre la dimensión existencial, fenomenológica, en la problemática de los personajes. “Encuentro impropio el término filosófico. La filosofía desarrolla su pensamiento en un espacio abstracto, sin personajes, sin situaciones”15, afirma Kundera en El arte de la novela. En otras palabras, estos narradores y personajes viven desgarrados por el inevitable vértigo de un meollo filosófico. Pero el abismo no solo es tópico sino también una marca definitiva de estilo. Los momentos definitivos de los relatos de Kundera, que se narran con la debida condensación, las transiciones de una prosa rítmica y la propiedad de las buenas historias, tienen una estructura similar a la de los chistes: una situación de inicio conduce rápidamente a una situación de tensión donde se provoca una revelación (hija del anagnórisis o reconocimiento de la tragedia griega) que implica una irreductible paradoja (una conciliación de opuestos, risas), y de inmediato se precipita al desenlace. Los héroes kunderianos razonan menos con disquisiciones filosóficas que con ironías desgarradoras y aun así llegan a reflexiones que también han sido abordadas en las digresiones existenciales de Schopenhauer o Nietzsche: la inexistencia de Dios, la imposibilidad de un amor completo y la soledad del hombre en el mundo (llámese familia, sociedad, partido político o pareja). “¡Ay, señoras y señores, triste vive el hombre cuando no puede tomar en serio a nada y a nadie!”16, se queja el protagonista de Éduard y Dios.
Todo esto hace de Milan Kundera un observador privilegiado de lo humano. Su prosa navega con sinceridad y asombrosa lucidez entre los límites más oscuros del espíritu, entre las recónditas dimensiones del deseo, la felicidad y la trascendencia. En su universo los temas se exploran y se retuercen hasta llegar a un paroxismo valiente y rara vez alcanzado en la literatura del siglo XX. Quizás el hecho de su disidencia (un artista apátrida que retrató la vida de un país que ya no existe) constituye la ironía última, ese no-lugar, esa periferia desde la cual un escritor puede abrir por completo los ojos del espíritu.