Tierra Adentro
Ilustración de Richard Zela

So with my eyes I traced the line

Of the horizon, thin and fine,

Straight around till I was come

Back to where I’d started from

Edna St. Vincent Millay

En 1889 Nellie Bly guardó, dentro de una pequeña bolsa de piel, los artículos necesarios para su viaje alrededor del mundo. La mujer quizá observó su tocador, los cajones de su cómoda, algunos pares de zapatos puestos en línea, examinando su relevancia o intentando predecir los cambios de humor de las nubes en los meses próximos. Sabía que, si todo iba como estaba planeado, su nombre ganaría la eternidad de las cosas que se recuerdan; y ella conseguiría un lugar en la Historia de los hombres.

¿Qué es lo que se empaca para una travesía nunca antes lograda?, ¿cuánto es esencial para navegar el mar y tomar trenes y cruzar carreteras?, ¿cuánto, para caminar la Tierra? Bly seleccionó solamente unos cuantos objetos; porque lo necesario es casi siempre muy poco. La lista se redujo: ropa interior, dos gorras, dinero, un reloj, papel, lápiz, tres velos, un blazer, un par de zapatillas y un botecito de crema para el rostro. La mujer confesó en un texto escrito a su regreso que aquella había sido una de las tareas más difíciles de su vida.

Pero Nellie Bly había estado siempre dispuesta a abandonar más que las cosas en su armario; la ciudad donde nació, por ejemplo, su familia, su nombre original. Este último, Elizabeth Jane Cochran, no apareció en los carteles, en los diarios de la época ni en las portadas de los libros que publicó en vida; quedó, sin embargo, en un acta de nacimiento de Pensilvania fechada el 5 de mayo de 1864. Todo lo que Elizabeth eligió e, incluso más, lo que aceptó dejar atrás, la convirtió con el paso de los años en una de las mujeres más conocidas del mundo, la hizo ser Nellie Bly.

 

*

 

La historia de Nellie es la de una mujer itinerante, guardando su vida en maletas que se hacían más pequeñas mientras ella crecía en identidad. Su naturaleza errante logró consolidarla, le brindó una voz fija y reconocible. Una mujer observando y dejándose observar, Bly seguía el rastro de sus ideas, las olfateaba a lo lejos y no dudaba en tomar camino hasta encontrarlas, hasta hacerse parte de ellas.

“But tell me, who are they, these wanderers?”, escribió Rilke, y bien podría haber estado hablando de Elizabeth Jane, de Nellie Bly y de todas las que fue en el transcurso. Para entenderlo debemos remontarnos a aquel día en el que la mujer leía el periódico. Con veintidós años, pasaba las hojas delgadas manchando los dedos índice y pulgar de tinta negra, hasta que un artículo atrajo su mirada y le produjo la más profunda indignación. El título preguntaba con burla: “What Girls are Good For?”; el autor desarrollaba en la columna que las mujeres servían para tener hijos y estar en casa. Forjar una carrera, estudiar; existir fuera del hogar le parecía, simplemente, una

pérdida de tiempo. Idea bastante común a finales del siglo XIX, no era inusual verla desplegada en los diarios.

Quizá, lo único peculiar de todo aquello fue Elizabeth tomando una pluma para responder a la opinión pública con la voz individual. La controversial réplica, con la firma “Lonely Orphan Girl”, hizo que el Pittsburgh Dispatch le ofreciera trabajo como corresponsal. Fue entonces cuando el editor la bautizó como Nellie Bly, tomando el mote de una antigua canción estadounidense. La suave melodía del piano o la mujer retratada en la letra, femenina y atenta a las necesidades de su marido, tal vez le parecieron ideales al editor del Dispatch para las columnas que tenía planeado asignar a Elizabeth, quien terminó por cubrir almuerzos de señoras y exposiciones florales. Dos años después, cansada, dejó en el escritorio de su jefe una nota: “Dear Q.O: I’m off for New York. Look out for me! Bly”.

Llevada por un impulso que ya no podría contener, huyó de las expectativas que recaían en su juventud y belleza, en su cuerpo de mujer. Maleta en mano partió al este, con un alma libre y un nombre nuevo.

 

NELLIR BLY

Ilustración de Richard Zela

 

 

Nadie la esperaba en Nueva York. Los hombres de la ciudad no supieron anticipar el acontecimiento que sería Nellie; un espectáculo, quiero decir, alguien digna de ser vista. Por meses tocó las puertas de los periódicos sin suerte. Una mujer que escribe no podía ser sino una broma, pensaban. Pero Bly poseía constancia de sol, saliendo cada día sin tardanza ni pesadumbre. Eventualmente, Joseph Pulitzer aceptó contratarla en el New York World si lograba completar un reportaje; debía infiltrarse en Blackwell’s Island, un famoso frenopático y desenmascarar los horrores que escondía.

Fingió una locura practicada por días frente al espejo. Salió de casa llevando solamente una libretita para hacer notas y algunas monedas. Diagnosticada con histeria fue trasladada al hospital psiquiátrico bajo el nombre de Nellie Brown. En el vestíbulo las grandes escaleras revelaban una majestuosidad pronto opacada por el denso aire del dolor. Charles Dickens las había pisado también, años antes, apuntando luego su elegancia y amplitud. El escritor hizo una visita corta y decidió irse, no soportó el sufrimiento en los rostros, las voces traspasando los muros, retumbando en los peldaños. Dickens tuvo la libertad de partir. Las puertas se cerraron con llave detrás de Nellie; le asignaron un cuarto, le dijeron que no saldría de aquel lugar.

Diez días después Joseph Pulitzer hizo lo necesario para llevarla de regreso a casa. Nellie Bly publicó un aterrador artículo hablando con detalle del tiempo en el que estuvo encerrada. Lo había logrado; la piedra angular de su carrera estaba puesta y a la espera de la edificación que pronto le seguiría.

En su reportaje “Ten Days in a Mad-House”, exhibió la crueldad de los doctores y las enfermeras; habló sobre la vulnerabilidad de las mujeres acusadas de insanidad. Quién no se volvería loco, se preguntó, encerrado por semanas en un cuarto gris, sin permiso de hablar, de leer, de tener algún contacto con el mundo. Quién no caería, finalmente, en aquello que llaman histeria.

 

*

 

Inesperada e improbable, la voz de Nellie Bly entró en la escena periodística estadounidense. Su andar itinerante la llevó a planear el viaje que la consagraría. Le propuso a Pulitzer realizar una vuelta alrededor del mundo en menos de 80 días; inspirada, por supuesto, en el personaje de Julio Verne, Phileas Fogg. Ella conseguiría, aseguró, establecer una nueva marca. Al afamado periodista le pareció una gran idea, digna de ser realizada por un hombre. Argumentó que las mujeres iban siempre escoltadas y que era imposible lograr aquella empresa con la cantidad de maletas con las que viajaban regularmente las damas, seis o siete, según fuera el caso.

Pero Pulitzer no contaba con la pericia de Nellie a la hora de empacar; sabía bien qué guardar y qué desechar. Se regía por la ligereza en la carga, por aquello que le permitiera avanzar a ritmo constante. Dos días le fueron dados para prepararse, eligió una maleta Gladstone café y el atuendo que portaría durante los siguientes meses.

La ropa con la que salió de casa para tomar un barco de vapor a Inglaterra: un abrigo victoriano de cuadros negros y blancos, un gorro a la Sherlock Holmes, guantes y una pulsera de oro en la muñeca derecha, fueron las piezas clave de su autorretrato, los elementos con los que se convirtió en un ícono. Dentro de la bolsa de mano hizo espacio para lo único que no era indispensable llevar sino una elección, una comodidad: el botecito de crema facial.

Pienso en Nellie despertando en territorios desconocidos, entre hablantes de lenguas que no entendía, y creo que su elección no fue simple vanidad o el deseo de un cutis juvenil. Era la esperanza de un ritual que podía ser más o menos conservado. Abrir el bote, esparcir la crema suavemente en el rostro y el cuello, sentir cómo entraba en los poros, cómo hidrataba la piel; era la rutina que permanecería entre los cambios bruscos, el recuerdo del autocuidado, del hogar y sus olores.

La crema era un tótem, una raigambre; la conservación de la identidad y la esperanza del regreso.

 

*

 

Nellie Bly hizo un ligero desvío en su ruta. En Francia, Julio Verne la esperaba con vino y galletas, curioso de ver a la contrincante de su personaje, a la mujer que creía tener la capacidad de vencerlo. En la pared de su estudio colgaba un mapa donde se trazaba la ruta que Phileas Fogg había seguido en su aventura. Enseguida, Verne trazó la de Nellie; Brindisi, Puerto Saíd, Adén, Colombo, Singapur, Hong Kong. Nellie veía los pasos que faltaban, estaba un poco más cerca de su meta.

Los periódicos siguieron la vuelta al mundo en 72 días realizada por Bly contra los pronósticos, las reglas y el tiempo. Registraron su recorrido, se sorprendieron con su perseverancia, reconocieron la hazaña. Quién hubiera pensado que una chica de Pensilvania sería la primera en batir el récord. Quién hubiera predicho que sería una mujer la que vencería los límites de lo imaginado. Reprodujeron su imagen en juegos de mesa, en carteles, en anuncios de pastillas para dolores de cabeza y constipación; ojos puestos en ella, las semanas pasaban y su vida era una noticia urgente.

Elizabeth Jane Cochran es recordada como era en aquellos días. Se mantuvo estática en su itinerancia como una veinteañera llamada Nellie Bly; trazando con su imaginación una línea en el horizonte, siguiéndola de ida y vuelta. Después de algunos imprevistos, pisó las tierras estadounidenses; con un abrigo a cuadros protegiéndola del viento nordestino, casi podía ver las luces de Nueva York brillar a la distancia. Llegó a Pittsburgh, en donde una multitud aplaudió su paso. Más de la mitad de los presentes eran mujeres juntando las palmas con algarabía.

72 días, seis horas y once minutos; una maleta de mano y una crema para el rostro le fueron suficientes para convertirse en un estandarte de posibilidades; en la certeza de que el mundo podía ser conquistado por cualquiera, si se sabía elegir las cargas correctas.

 

Ilustración de Richard Zela

Ilustración de Richard Zela


Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Ilustración de Eduardo Ramón Trejo

 

Estoy harto de siempre ver a la misma gente bonita en todas las pantallas. Rodeados de brillo, luces espectaculares y un millar de gritos clamando por ellos.

 

Tal vez Iron Man es un héroe precisamente porque nunca se queda viendo al techo preguntándose cómo llegará al final de la quincena, por qué sigue vivo. No le teme al futuro surgiendo como Galactus, mortífero y avasallante.

 

¿Si fueras un alienígena y conocieras a la humanidad por sus películas taquilleras, qué podrías asumir?

En principio, verías que todo sucede de la infancia hasta los 40 años, la vejez es un vacío emocional y existencial limitado a los papeles secundarios. Los padres y tíos ancianos sirven más como tumbas motivadoras que personajes reales ¿Acaso spiderman nunca se queda a platicar en las noches con su tía solitaria? Batman lo tendría más fácil, de tener padres, bastaría contratar una legión de enfermeras para cubrirlo durante sus jornadas nocturnas. Como una verdad incómoda, hacemos todo lo posible para no pensar en el futuro, el desgaste de la piel firme, la acción, la pasión. Millones son destinados para rejuvenecer a las grandes estrellas, ocultar bigotes, lunares, cicatrices. Para mantener la ilusión.

 

Presenciamos una película que nunca deja de promocionarse, usa todas las pantallas y bocinas a su disposición para asegurar que sepamos nombres, caras, poderes y trajes ¿Por qué lo permitimos? Quiero ver en la cartelera al anciano que toda su vida estuvo en el closet y al fin conoce el amor. Quiero poder ir al cine de la plaza y enseñarle a mi abuela cómo lidia una señora con la pérdida de su memoria. Así al menos ella no se sentiría tan sola.
¿Entre más envejeces, la culpa, el bochorno, la depresión se siente peor o sólo deja de importarte? ¿Qué pasa con la gente que arruinó toda su vida de forma lenta e imperceptible? Una historia de terror.

 

¿Te has dado cuenta que en las películas, salvo las parejas sentimentales, casi nunca se abrazan efusivamente? ¿Tú abrazas efusivamente?

 

Yo quiero ver a Spiderman con la voz cortada, intentando explicar entre sollozos por qué duele tanto; pidiendo perdón por ser un estorbo ¿Por qué, entre explosiones y disparos, los salvadores, confiados y musculosos, nunca rompen en llanto después de casi morir y matar a 30 personas?

¿John Wick tendrá pesadillas donde nada en un mar de sangre? Noches enteras repasando los rostros de todos a los que les arrebató la vida.

 

Ya no quiero más del asqueroso sabor a plástico que tengo al salir del cine. Las celebridades impolutas, el espectáculo cuidadosamente armado palidece ante los clamores de vida que vivo cada día; las miradas preocupadas, la tristeza en compañía, las carcajadas fortuitas. Quiero ver personas de carne y hueso, ya no más brillo sobre brillo, mentiras recubiertas con plástico y ci-yi-ai.

 

Quiero una película sobre la relación a distancia de mi madre y los amores que nunca fueron. Sobre todo, quiero que ella desee ver esa película, que no sea solo la bien vendida recomendación de alguien.

 

¿Por qué en las películas las parejas siempre terminan pareciéndose? Tienen la misma sonrisa de comercial, el peinado hacia el mismo lado, la misma altura (ligeramente distinta para encuadrar el beso perfecto). El beso perfecto: cuando llega la policía, las ambulancias y todo el peligro ha pasado…por ahora (aún faltan 2 secuelas).

 

Soy apenas más alto que la Viuda Negra y también quiero un protagonista chaparro. Un protagonista chaparro con un novio, con una novia increíblemente alta; unos novios de esos que cuando se besan, sus cuerpos adoptan formas de árboles viejos, que aprovechan los escalones para verse a los ojos.

¿Cómo encuadrar a un larguirucho y un chaparro? Más de 100 años de cine y sólo Fassbinder me ha dicho que en las ficciones también sale gente sin glamour.

 

¿Los feos pueden salvar el mundo? Tal vez, afuera del set.

Una vez leí que a Tom Cruise le dan un banquito para quedar al nivel de su contraparte femenina; el mismo actor que tantas veces arruinó planes de terroristas, sociedades secretas y amenazas biológicas.

¿Qué pensará Tom Cruise sobre su banquito? ¿Sentirá vergüenza al recordarlo cuando le cuesta trabajo dormir? ¿Por qué si la naturaleza del cine es crear una ilusión, el banquito y toda esa norma corporal se sienten como un insulto?

 

Por fortuna, el resto de las artes y la historiografía misma sirven como perenne consuelo. Saber que mi nariz no es tan enorme como la de Francisco I; más la fortuna de no ser reconocido, entre otras cosas, por ser feo como Sócrates reducen mi sentimiento de extrañeza. Pero no es suficiente para mí, hay algo en la imagen en movimiento que es tan inmersivo, tan maravilloso y estimulante. El cinematógrafo estuvo esperando a contar historias, y ahora tenemos esta maquinaria millonaria que al final del día apenas y recordamos.

Frente a tal contrincante, es evidente que un ensayo no va a cancelar las siguientes 15 películas de Rápido y Furioso. Hay quien me dirá que podría evitarme todas estas quejas si conociera las cintas correctas, las de los viejos enamorados, las que encuadran la vida. Tal vez no pido que los superhéroes sean más reales, sino poder ver más cine real. Que las opciones no sean la misma cartelera de siempre o la piratería. La gran ventaja del imperio cinematográfico (además del dinero) es que entiende a las masas, se jacta de conocernos. El otro cine, el de los silencios, de los canales culturales, de arte; intenta hablarnos desde la verdad, el problema es que para dialogar necesitas ojos (que paguen su entrada). Y esos ojos ya fueron aprisionados con nombres, rostros, videos, cereales, entrevistas, ropa, todo con la misma imagen registrada.

 

¿Qué película quieres ver?

 

Buscar al cine que se siente real, es un camino medianamente complicado. La opción más sencilla está en internet, hay que evitar los virus, el audio desfasado o un doblaje deplorable. Si quieres que el viaje sea más cómodo, puedes rentar la película. Sin embargo, la única posición realmente ventajosa es vivir cerca de un lugar donde proyecten esa clase de cine. Queda claro que opciones hay muchas, lo problemático, la cuestión del asunto, es en saber qué buscar. Para que alguien sepa cómo se llama una de esas películas que muestra lo real, alguna persona debió decírselo, leerlo en algún lado o visto un fragmento por casualidad (esa es mi manera favorita).

 

En cambio, para las grandes producciones, nadie escapa de reconocer suspelículas, por algún nombre dicho en el transporte público, un video de internet, los espectaculares en la calle. Cómo le cuento a mi primo de diez años sobre la llegada de Akira y las persecuciones en moto cuando su gorra, mochila y tenis tienen al millonario robótico apuntándome a la cara. Se han encargado de hacer que todo el planeta alabe a lo mismos héroes, la libertad que me queda es quejarme, quizá lamentarme.

Tal vez mi problema no es con las películas de superhéroes, sólo son la vanguardia del espectáculo que manufactura nuestras vidas. Tal vez el problema son las jaulas de 6 días a la semana y 8 horas diarias. Queremos escapar de todo lo que se parezca a esta vida que va hacia ningún lado y un mundo que nunca ha tenido cabeza. En la desesperación por buscar un descanso de todo esto, a algunos les reconforta saber de otra tierra con peores problemas siendo salvada por superhéroes; pero lentamente, las explosiones pierden su llama, los actores envejecen, uno a uno nos quedamos a solas con pantallas oscuras y aún más incertidumbre. En un país pobre, desigual y en guerra, ya nadie cree en millonarios que rescatan al pueblo, en justicieros que acaban con los malos, ni en un repartidor de pizzas con la energía suficiente para combatir el crimen.

 

Por ahora, solo pido que las películas se sientan un poco más reales, no más estruendosas, ni épicas, ni costosas. Quiero poder dejarme llevar, creer que un héroe llegará para salvarnos.

Es una súplica.


Autores
(Chicontepec, 1997). Estudiante para profesor de primaria, en un intento por no perder la esperanza. No participa en muchas convocatorias, por miedo al rechazo más que por petulancia, debido a ello tiene pocas publicaciones. Disfruta la literatura crítica pero con humor, es un fiel creyente del absurdo.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, desarrolla su estilo en la ilustración a través de la técnica del collage. Ha colaborado en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Sus colaboraciones se han publicado en medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Concierto de Óscar Chávez en el Espacio Cultural Los Pinos, 2020. Secretaría de Cultura.
Concierto de Óscar Chávez en el Espacio Cultural Los Pinos, 2020. Secretaría de Cultura.

Para una minoría Óscar Chávez es una suerte de músico atado a los años setenta, músico político más que artista, desfasado y añejado. Para otros es el Caifán mayor, el actor de cuello levantado y voz potente que encarnó al Estilos en la señera película de la época, Los Caifanes (1967), dirigida por Juan Ibañez. Para otros es un historiador de la música mexicana del siglo XIX y principios del XX. Para unos más un activista, que siempre, desde la fatídica fecha del 2 de octubre de 1968, y de ahí para delante, puso el dedo en la llaga a través de canciones y fuertes declaraciones. Se vende mi país, decía en algunas canciones y en otras, con ironía describía la “casita” que se hizo el Negro Durazo, el corrupto jefe la policía mexicana, pero la canción acabó por aplicarse a la clase política en general. Para otros más, es una especie de baladista que rompía esquemas, el sueño de amor de muchas mujeres y el tipo a imitar por varios hombres.

Chávez fue eso y mucho más, pero principalmente fue un hombre de profundas convicciones y arraigadas tradiciones. Cada año, durante poco más de veinte, organizaba un concierto en el auditorio nacional, una cita obligada para sus seguidores, donde cantaba sus éxitos y presentaba canciones nuevas. Su casa musical fue Discos Pentagrama, en la que grabó poco más de cuarenta discos de los casi ciento cincuenta que grabó.

 

Un historiador musical

En esta friolera de títulos, muchos de ellos están dedicados a la recuperación de música no solo de México como lo hizo en el caso de los discos Herencia Lírica Mexicana volumen I y II, Latinoamérica canta, y luego Añoranzas mexicanas, ambos con dos volúmenes. En ellas hacía un recorrido por la canción escrita en el siglo XIX y principios del XX en nuestro país y en el subcontinente. E incluso, se remonta a al virreinato. La célebre “Román Castillo”, de autor anónimo, es un romance datado en la horquilla de siglos XVII-XVIII. Esta canción que se volvió parte de sus concierto y una de sus más clásicas interpretaciones.


En ella se muestra mucho de lo que ya conformaba la idiosincrasia del mexicano: los criados, el caballo, la honra, el romance prohibido y la hidalguía. Claro, en un ritmo de romance a lo español. Román Castillo es un héroe trágico porque se enfrenta a los ricos, o cuando menos eso deja entrever la letra, tan críptica y por ello tan abierta a interpretaciones.

Otra canción clásica de su repertorio es “Marihuana”. Otra canción de autor anónimo, esta del siglo XIX, que supuestamente hacía referencia satírica al inefable Antonio López de Santa Anna, que apuntan las malas lenguas, era gran fumador de ella.
Mariguana tuvo un hijito
y le pusieron San Expedito,
como el abogado de los de Santana
porque era Sansón para la mariguana.

 


Para más referencia, San Expedito era el abogado de las necesidades urgentes, prácticamente del dinero. Aunque con el tiempo, la fe de los mexicanos ha ido cambiando dependiendo la época. La canción caló muy bien entre las juventudes de los años sesenta que veían en el uso de drogas recreativas una bandera para diferenciarse de las rígidas normas del partido único. Cuni, cuni, cantaban ellos y la rana.

Otra canción clásica de su reportorio era “La Llorona”, que como muchos otros músicos mexicanos, aportó su propia versión. Esta canción también hunde sus raíces en la época virreinal, donde el mito de la filicida se crea. A esta canción se integra su hermana siamesa, “La Ixhuateca” en la versión del poeta Andrés Henestrosa, también basada en una canción anónima. En esta La llorona se convierte en su versión oaxaqueña y juega con el amor que busca la muerte.

“Perdón”, el bolero de Pedro Flores, se volvió una de las de las obligadas de su repertorio, un ícono que versionaban otros, ya no como creación del puertorriqueño, Flores, sino de Chávez.

https://www.youtube.com/watch?v=evgMgVnw4mw
Sus parodias políticas fueron sus éxitos más recientes, convirtiéndose luego en parodias neoliberales. Sin embargo, la versión que hiciera de La Casita, autoría de Felipe Lara y Manuel José Othón, donde a menara bucólica, ambos autores hablaban con amor de sus pobreza, Chávez la convirtió en el cinismo de la riqueza mal avenida.

A las parodias políticas y satirizar a un político se unieron la recuperación de las Canciones de la Guerra Civil y Resistencia Española (España 1936-1939-1975), también la recuperación de boleros del Caribe, entre muchas otras canciones que iban engrosando cada vez más su repertorio.

 

Un hombre de cine

Óscar Chávez estudió actuación con el gran Seki Sano (el cojo, como le decía Jodorowsky), gran maestro que fue expulsado de muchos países por su formación marxista. Con el tiempo, Chávez sería parte de una camada de actores que tomarían el cine mexicano y el teatro. Entre ellos sus compañeros en la icónica película Los Caifanes. (Cinta de la que, por cierto, Armando Ramírez se pitorreaba). Julissa, Ernesto Gómez Cruz, Enrique Álvarez Félix, Sergio Jiménez y Eduardo López Rojas.

La película con guion original de Carlos Fuentes (una especie de capítulo perdido de La región más transparente, llamado en primera instancia Fuera del mundo), fue modificado por el director teatral y a la postre, director cinematográfico, Juan Ibañez, llenando de calle lo propuesto por Fuentes. Cada uno de los personajes correspondería a un rol y cliché, siendo el de Chávez el del héroe trágico a lo Román Castillo. El Estilod fue la fusión de un personaje que desapreció con la reescritura del guion, fusionándose con otro El Rostro.

El Estilos se convirtió en una especie de masculinidad deseada, porque, pese a ser varonil, también era frágil y tierna. A lo barrial y callejero, se le unía la capacidad de cantar a capela y a recitar poemas sin esfuerzo. Mucha gente creyó que así era el actor, Chávez, que si bien dio mucho de su personalidad, la verdad es que también consistió en trabajo actoral.

Esto quedaría de manifiesto en la película El cuerpazo del delito (1970) Chávez interpretaría un personaje cómico llamado El Dedos. No quedándose a la saga del resto de actores cómicos con más tablas: Mauricio Garcés, José Gálvez, Roberto Gómez Bolaños, el increíble Ramón Valdés y Angélica María.

https://www.youtube.com/watch?v=5r6ieC_HqYg
Debido a diferentes conflictos con el sindicato de actores, Chávez tuvo solo fugaces apariciones en el cine nacional. Como él mismo contó en una entrevista: “(Los Caifanes) Se hizo con muy poco dinero, con todas las dificultades del mundo, por eso estimo mucho esa experiencia. Había muchos conflictos entre los sindicatos, traían un desmadre increíble. Por platicártelo rapidito: la filmación se interrumpió como quince veces. Se filmó prácticamente en la calle, con un clima del demonio. Fue un esfuerzo titánico y mis respetos al director, Juan Ibáñez, que ya murió”.

En Rompe el Alba (1988), ópera prima del tijuanense Isaac Artenstein, Chávez encarna al migrante chihuahuense Pedro J. González, que llegaría  la  ciudad de Los Ángeles en 1926, donde, luego de varios empleos acabaría siendo el conductor de un programa radiofónico. Poco a poco, y gracias a la música, que interpretaba en vivo con su guitarra, corridos y baladas, acaba por convertirse en portavoz de los braseros.

Así como el propio telegrafista convertido en locutor, tuvo problemas con los anunciantes norteamericanos que veían en el a un rojo despreciable, así también Chávez acabó teniendo problemas con los diferentes gobiernos y poderes fácticos. González y Chávez tendrían vidas paralelas, unidas por la música y el activismo. Chávez había nacido para interpretar a González.
Su legado

Pese a siempre estar en la independencia, dejando de lado los grandes medios de comunicación y las disqueras transnacionales, Chávez fue creando una siempre creciente base de seguidores. No solo dolió entre sus contemporáneos su muerte, sino entre las nuevas generaciones que lo fuimos adoptando como cantante/actor favorito. Gran influencia en el rock nacional, por ejemplo, compartiendo escenario con gente a la que le doblaba la edad. Siempre sencillo, honesto, era capaz de brindar con el mismo profesionalismo una entrevista igual a una radio por internet que a un diario nacional.

Hasta siempre… Óscar Chávez.


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Ilustración de Caro Monterrubio

El vendedor subió al microbús con una ligereza sospechosa. Llevaba un bulto lleno de mercancía: chicles, chocolates, golosinas. Algunos pasajeros siguieron escuchando música. Otros clavaron la mirada en las hileras de coches que apenas si se movían. Yo volví a mi lectura. Hicimos lo que cualquier contingente de pasajeros en un viernes caluroso podía hacer: lo ignoramos.

Él no se dio por vencido. Se abanicó el rostro con su vieja cachucha mientras sondeaba la situación. Cantó otra vez sus productos, uno por uno, presumiendo una desgastada voz de presentador de circo. Ante la falta de reacción, remató los precios de todo lo que llevaba. Tampoco obtuvo respuesta. En el micro sólo se escuchó cómo el conductor destrozaba la segunda marcha del motor.

—¿Nada de nada? —torció una ceja.

Puso sus productos en un asiento vacío y se rascó la barba incipiente. Dejó pasar al fondo dos pasajeros que acababan de subir mientras aclaraba la garganta. Casi una cuadra después volvió al ataque. Había algo en él que me inquietaba.

—Damita, caballero, no lo piense. Sólo hoy. Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta.

Cantó la última frase con una contundencia electrizante que nada tenía que ver con la primera impresión que dejó su gorra percudida. La repentina autoridad de su voz tomó a algunos por sorpresa. Ahora le prestamos atención. Carraspeó para despertar a aquellos que todavía no lo miraban. Luego pasó a su lado para asegurarse de que él era el centro del espectáculo. Y una vez que todos volteamos a verlo, se llevó una mano al pantalón y la sacó cerrada en puño para prolongar lo más posible la expectación que teníamos. Al ver nuestra curiosidad, sonrió triunfante.

—Señoras y señores, aquí la tienen frente a ustedes… —dijo y abrió la mano de golpe. Un suspiro de decepción se escuchó al fondo del micro— Yo sé lo que están pensando, pero no les puedo decir qué tiene dentro. Sólo hoy, diez pesos. ¡Diez pesos le vale! ¡Diez pesos le cuesta un vistazo!

En su mano había nada más y nada menos que una cajita de fósforos. Parecía inexplicablemente grande en su palma. Nos tenía alelados.

—¿Qué hay, mamá? —preguntó un niño y nos sacó del ensueño.

La madre se hizo la que no escuchó la pregunta. El pequeño la tiró del vestido. Se sentaban dos lugares frente a mí, del lado derecho, y yo podía escudriñarlos sin problemas. Ella, una señora regordeta que apenas si cabía en el asiento, comenzó a jugar con sus anillos.

—¿Quiere un vistazo, jefecita? —preguntó el vendedor en el momento justo en el que caíamos en un bache.

La señora se arregló el peinado.

—¿No es nada…?

No terminó su pregunta porque ya el niño le arrebataba al vendedor la amarillenta caja de cerillos.

—¡Espera! —lo detuvo y el estruendo de su voz alargó ese instante como un elástico que le dio una ventaja apenas justa para que la caja volviera a su palma cual imán.

Con ambas manos hizo una casita para que sólo el niño y nadie más que él viera lo que había dentro. El chiquillo acercó una mano e intentó tocar a ciegas aquello.

—¡No la encuentro!

Todos nos reímos. La señora tomó por el brazo al vendedor porque ella también quería ver. Pero este se giró a tiempo y lo impidió.

—Por usted serían diez pesos más.

—¡Viejo encajoso! ¿Cómo voy a dejar a mi niño ver una cosa que yo no sé qué es?

—Entonces no —el vendedor cerró de un aplauso el espectáculo. Se escucharon varias voces en el micro— ¿Por qué no me paga 10 pesos y cuando vea qué es, deja ver también a su hijo?

—¿Quince por los dos?

Él negó con la cabeza. Acto seguido, buscó con la mirada a otro cliente.

—¡Usted! Sí, usted, el que se hace que está leyendo.

—¿Perdón? —dije y me tuve que reacomodar los lentes.

—¿No se anima usted a ver por diez pesitos? ¡Ándele! Hágalo por el chamaco.

Los demás pasajeros me voltearon a ver.

—¡Sí, ándele! —secundó el niño entusiasmado.

Estuve a punto de decir que no y que de hecho pronto llegaría a mi destino, pero no podía despegarle los ojos a esa cajita de cerillos.

—Es que…no creo que me alcance.

—¿Cuánto trae? —el vendedor se limpió el sudor de la frente.

Me encogí de hombros y abrí la mochila.

—Ni idea.

—Pues órale, búsquele. Anímese que no muerdo.

Mientras buscaba, me acordé de la vez que mi padre me llevó a ver el circo de pulgas.

—No es un truco barato, ¿verdad?

—Ya usted me dirá, joven —el vendedor recibió toda mi morralla, que efectivamente llegó a los diez pesos.

Después, formó cuidadosamente una casita con ambas manos. Me agaché hacia ellas. No se veía nada. Todo estaba en penumbra. Los dedos no dejaban pasar nada de luz. Parpadeé un par de veces. Tomé aire y me atreví a pasar. No tardé en darme cuenta de que ahora estaba dentro de la caja. Y ésta era mucho más grande que yo. Parecía vacía. El suelo era suave y acolchonado. Exploré a ciegas las paredes de cartón buscando la salida. Su superficie me hizo cosquillas en las yemas. En la oscuridad descubrí una puerta. La abrí y entré. Una vez del otro lado, los colores regresaron e inundaron mis pupilas con su luminosidad. Los sonidos se intensificaron y se volvieron tan claros que casi podía verlos. Sí, era como si de verdad viera el sonido. Y, adonde mirara, podía saber cómo se oían las formas. Voces, trinos, ruidos callejeros. ¡Todo se veía!

Había gente ahí dentro, mucha. Eran los que habían pasado antes allí, a la cajita. Entre ellos estaba el vendedor mismo que se paseaba de la mano con un niño que ocultaba la cara. Supe cómo anteriores visitantes habían caído dentro. También vi a todas esas personas antes de que toparan con el vendedor. Visité sus casas. Entré a sus dormitorios y los observé durmiendo. Ellos también sabían que yo estaba ahí. En ningún momento me sentí ajeno a esos lugares ni a esas personas. Podía acceder a mi antojo a cualquier resquicio de recuerdo o pensamiento de aquellos visitantes anteriores. Los conocía a todos por completo. Era como si por fin hubiera vuelto a casa, con ellos.

Me atreví entonces a mirarme a mí. Empecé por los pies. Unos patines de hielo blancos suplían mis tenis. A pesar de abrazar con rigidez mi empeine se sentían cómodos y amplios. El filo de las cuchillas lucía desgastado. Mis piernas eran mucho más fuertes y largas. Quise verme en algún espejo, pero me tiraron de la ropa y no conseguí percibir más. ¿Qué había sido aquello? La ilusión había cesado y yo no entendía cómo me habían sacado de ahí. Otra vez estaba en el microbús. Sentado en el mismo lugar. El micro no había avanzado ni siquiera una cuadra.

—¿Y? –me sonrió el vendedor.

—¿Qué es? —preguntó el niño.

La madre se mordió una de sus uñas postizas. Mis tenis me parecían ahora tan fuera de lugar, así como las personas a mi alrededor que esperaban que yo hablara. Mientras acomodaba las ideas en la cabeza sólo atiné a sonreír. No podía dejar de pensar si alguna vez de niño había yo intentado patinar sobre hielo. ¿Me habían llevado mis padres? ¿A quién había visto patinar? ¿De dónde salía esta inquietud ahora?

—Ustedes no se conocen, ¿verdad? —la señora nos miró con desconfianza al vendedor y a mí.

—No conozco a este señor —contesté molesto por la sospecha.

La mujer le susurró algo al hijo. Hablaban los dos tan bajo que todos tuvimos que estirarnos discretamente para intentar pescar sus palabras. Acto seguido ella sacó un billete de veinte.

—Déjeme ver. Si no es una tontería, ni me dé cambio, para que después vea mi hijo.

La regordeta se acercó a las manos y miró.

—¿Qué se ve? —el pasajero de al lado me dio un codazo.

Yo quería hablar, pero no conseguía encontrar palabras. Allí dentro, en la cajita, todo pasaba al mismo tiempo.

—Primero no se ve nada —le contesté—, luego en algún momento se ven colores y…

—¿A poco? Si nomás miraste un ratito, güero. Apenas cinco segundos, hasta los conté.

No había terminado de decir esto cuando la señora regordeta ya se había separado de las manos del vendedor.

—¿Qué hay adentro? —gritó el niño y pataleó.

—No sé qué es. Pero es…

—Suave —la interrumpí.

—¡Qué va! —volteó a corregirme e instintivamente se llevó una mano al seno y lo apretó. Al topar con mi rostro un gesto de vergüenza se le dibujó en la cara. Se dio cuenta de que se estaba acariciando el pecho y lo soltó—. Es como ir… a un temazcal.

—Pero… más bonito… —agregó el vendedor— ¿Quieres ver?

Luego le hizo una caricia al niño. El chico negó con la cabeza.

—No quiero —se negó el niño de repente y se alejó un poco de la madre. Parecía que tenía miedo.

—¿Seguro? —preguntó insistente.

—Yo te agarro la mano —apoyó la madre con una voz que ahora parecía sensual.

Me dio la impresión de que ella le dio al niño un empujoncito para que se animara a ver. El vendedor hizo nuevamente una casita. Volteé a ver a todos los pasajeros, todos seguían atentos. Hasta el conductor miraba por el retrovisor lo que pasaba en su micro. El chiquillo se fue acercando de a poquito.

—Chaparro, abre los ojos. Porque si no, pos de verdad que no vas a ver nada.

El tiempo parecía suspendido. Nadie se movía. El chofer no hacía caso a los cláxones externos para que avanzáramos. Como los otros pasajeros, no podía dejar de mirar. Finalmente, el niño se encorvó un poco como si quisiera meter toda la cabeza a aquella casita oscura. El vendedor, la regordeta y yo no pudimos reprimir una sonrisa. Segundos después y con enfado, el chico volteó a ver a su madre:

—¡Sólo hay una caja de cerillos!


Autores
(1982, Cd. de México) Realizó estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma de México en la Facultad de Filosofía y Letras y de Posgrado en la Universidad de Tübingen y Düsseldorf. Es editora, correctora y reseñista. Ha publicado cuentos en las revistas mexicanas La Colmena, Palabrijes, Punto en línea. Asimismo algunos de sus relatos se encuentran compilados en antologías del Consejo Editorial Cordobés y Grupo Lectio. Ha ganado certámenes de cuento en universidades mexicanas y en concursos en España. Colabora esporádicamente con revistas alemanas como iMex y CultMag. Es autora de la novela juvenil Tu abuela en bicicleta (recomendada por IBBY México, 2018), del cuento infantil “El misterio de Zacango”, premiado por el certamen de Literatura infantil (2014) de la UAEM. Reside en Berlín donde trabaja como editora. Ha tomado talleres con Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón y Amir Valle.

Ilustrador
Carolina Monterrubio
(Ciudad de México, 1990) Se especializó en ilustración narrativa por la UNAM y en ilustración infantil por la EINA, Barcelona. Ha sido seleccionada dos veces para el concurso “Invitemos a leer” de la FILIJ México (2017-2018) y en 2019 fue finalista en el concurso para diseñar el cartel de las fiestas de Gràcia en Barcelona. Ha impartido cursos de ilustración para niños y sus ilustraciones han sido publicadas en revistas, libros infantiles, textiles y proyectos de diseño gráfico.
Imagen de Mohamed Mahmoud Hassan, extraída de PublicDomainPictures.

 

 

 

El presente texto nace de una inquietud muy particular por explorar un tema que posiblemente ha tenido un sinnúmero de lecturas, pero me parece, muy pocas se acercan a la que expondré y disertaré en los siguientes párrafos.

Estudiar a los booktubers, estos seres que hablan de libros frente a una cámara, se graban, lo suben a Youtube y crean comunidades de jóvenes que de esta forma se motivan a la lectura por iniciativa propia, ha sido propósito de muchos académicos que reflexionan en la labor que su presencia ha significado en el universo literario, ya sea como promotores de lectura, como mediadores, como agentes culturales, como futuros críticos, como autores en potencia, como modelos aspiracionales o como el prometedor futuro que las editoriales hoy en día buscan y fomentan como consumidores que empiezan a serlo a edades tempranas y continuarán así por largo tiempo.

Sin embargo hay una vertiente que también ha llamado, en mucho menor medida, la atención de esta rama de los Youtubers: su lado desde lo comunicativo, desde lo mediático, desde lo sociocultural. Para ello basta revisar el trabajo de José Miguel Tomasena, escritor e investigador que ha dedicado sus estudios de posgrado a explorarlos desde las culturas participativas y la explotación comercial de la conectividad, como uno de los ejemplos que al menos desde el castellano han ido más profundo alrededor del tema. Pero aún con esos lentes puestos, no he podido encontrar reflexiones sobre el uso que tales personajes hacen sobre los formatos audiovisuales a su disposición, y es desde ese lugar donde parte el presente texto.

 

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Hace unos días compartí con éxito en mi cuenta de Twitter la publicación de una arroba que durante la cuarentena comenzó a grabar a su familia y a subir una suerte de reality show que comenzó con la discusión entre su madre y hermanos sobre por qué ladran los perros. Un clip de 1 minuto con 28 segundos que a partir de movimientos de cámara, musicalización, testimonios, filtros varios y velocidad con cierto ritmo es capaz de hacernos entender, sin siquiera leer el texto con el que acompañó la publicación, que estábamos frente a un episodio de cualquier reality familiar. ¿Por qué los 33 mil likes que hasta el momento lleva el tweet de @meninicapotini celebramos lo bien hecho de este video totalmente casero? Porque nos involucramos perfecto en una discusión aparentemente sin sentido por cómo se nos presentó, ya que estamos acostumbrados a que un show de realidad, sobre todo en situaciones de confinamiento, puede traer semejantes disparatadas reflexiones. Pero en mi caso muy particular lo celebro porque quien realizó esta pieza supo entender perfectamente todas las características audiovisuales de este tipo de programas hasta el punto de emularlas exitosamente por cuenta propia.

 

 

Eso es lo que los académicos y estudiosos de estos temas llaman competencias mediáticas, término que se ubica dentro de la alfabetización mediática donde se fomenta y propicia la capacidad de entender y evaluar de forma crítica diferentes aspectos de los medios de comunicación que nos lleven a saber leer, analizar, entender, evaluar, crear, producir y participar en ellos (Pereira & Moura, 2018). Esto es algo -que no se enseña de manera formal en las escuelas aunque para la UNESCO sí representa una asignatura que debe impartirse desde edades tempranas, para generar así ciudadanos inmersos en sociedades democráticas que sean capaces de conocer el funcionamiento de medios y otros proveedores de información, de reconocer si estas funciones son llevadas a cabo de forma eficiente y que además sepan evaluar el desempeño y los servicios que proveen, para así involucrarse en estos medios de manera participativa (Wilson, Grizzle, Tuazon, Akyempong, & Cheung, 2011). Dicho en otras maneras, una persona que está alfabetizada o educada en los medios sabe usarlos, crear sus propios contenidos y participar dentro de ellos.

 

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Reconocer las formas de aquello que consumimos mediáticamente hablando es una parte pequeña pero relevante de todo lo que abarca la alfabetización mediática y esa es la causa que abrazo desde hace algún tiempo. Tanto que tomando elementos ya existentes sumados a mi propio ejercicio de observación creé un manual de formatos audiovisuales para reconocer las características que vemos tanto en los programas de televisión como en los contenidos de Youtube, plataforma que cuenta con sus propias reglas y términos. Reconozco también que es un documento sujeto a una constante actualización, ya que cuando uno cree que lo vio todo aparecen más y más datos que se escaparon a las primeras revisiones. Ahí es donde aparecen en mi radar los booktubers, quienes más que como youtubers se reconocen como un nicho aparte dentro de estos creadores de contenido que juega con sus propios términos, etiquetas y reglas. No son los únicos (lo mismo ocurre con los gamers), pero sí resultan una excepción digna de analizar.

A partir de este punto es necesario explicar qué se entenderá por booktuber y qué por formato.

Booktuber, según la definición de Tomasena es un término que conjunta book (libro) y youtuber y se trata de personas “en su mayoría jóvenes, que comparten videos en Youtube sobre su afición lectora” (2016). Este es un término que según el autor apareció por primera vez en 2011 en el título de un video de Elizabeth Vallish, chica oriunda de Georgia, Estados Unidos, que desde diciembre de 2009 comenzó a subir a su canal ElizzieBooks reseñas literarias.

El mismo autor reconoce elementos propios del vlog en los videos de los booktubers, es decir, hablar directamente a la cámara desde su habitación o algún otro espacio cerrado, interpelando a la audiencia desde esos videos y en forma diferida a través de las redes sociales, en los comentarios de las publicaciones o en correos electrónicos.

Ahora bien, hablemos de los formatos.

Los formatos son unidades con características propias que en su conjunto conforman los géneros audiovisuales. En este caso un género es un sistema de reglas modificables, discursos con códigos establecidos y reconocibles con fines clasificatorios a partir de estructuras y normas tanto en lo expresivo como en los contenidos. Es decir, son facilitadores para que los destinatarios (el público), decodifiquemos los textos en función de un sistema (de géneros) que sean reconocibles aún sin ser conscientes de ello.

Así, un formato es “una idea, un modo de producir, bajo criterios de estética y filosofía, en una dramaturgia específica, con un estilo de relato y unos modos de mercadear.” (Rincón, 2011), o como agrega el Diccionario de Teorías Narrativas, se trata de un concepto o idea de programa con una combinación única de elementos entre los que se incluyen la escenografía, la dinámica, la temática y los conductores, que lo hacen único y diferente de los demás (Vilches, 2017). Un género se compone de distintos formatos con lógicas similares pero no iguales en su creación y contenidos.

La autora Inmaculada Gordillo reconoce un grupo de géneros televisivos específicos: el informativo, el ficcional, el docudrama, la publicidad y el entretenimiento (2009) dentro de los cuáles existen a su vez un grupo de formatos como, en el caso del ficcional podrían serlo las series, las telenovelas, las antologías y las películas hechas para la televisión. Siguiendo esa misma línea yo propongo la existencia de cuatro grandes géneros en el ámbito audiovisual de Youtube: el personal, el informativo, el de entretenimiento y el ficcional.

Esto es importante porque me plantea una constante discusión con autores como los retomados por Tomasena, que identifican al vlog como el gran género también llamado videoblog cuando para mí resulta un formato más dentro del género personal, que entre otras cosas tiene como características el contenido de un autor que desde su propia visión del mundo tiene algo que decir, tanto verbal como a través de su narrativa audiovisual (sin que eso implique que tenga conocimientos previos respecto a las producciones audiovisuales); videos con tomas o planos un tanto movidos, iluminación de escasa a buena, en ocasiones poca profundidad en las tomas, ediciones con brincos o ciertos errores; cortinillas o animaciones de entrada cortas; uso de filtros, transiciones, animaciones, capturas de pantalla, stickers, memes y efectos de sonido; y elementos discursivos en común como la invitación a suscribirte al canal, dar click en la campana para recibir notificaciones, compartir y dar like a cada publicación.

Desde mi propuesta, el vlog es un formato a modo de bitácora donde se da cuenta del día a día del creador, que puede tener la cámara en movimiento constante y que implica que el autor aparezca o no frente a la cámara durante todo el video, mientras que formatos como el storytime o las reseñas implican una sola toma con la cámara fija en un escenario determinado donde el contenido puede ser lo mismo una anécdota personal (en el caso del storytime) que una o varias opiniones personales al respecto de un producto o servicio. Lo mismo sucede con los tags, listados que parten de opiniones para dar a conocer gustos o disgustos de productos, servicios o incluso hábitos individuales.

 

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Si bien los formatos que circulan por todo Youtube son dados a conocer por su autor bien sea en la miniatura que acompaña cada publicación como el título de ésta, o bien desde una serie de hashtag o etiquetas, en el ámbito booktuber surgió la necesidad de darle una característica o nombre especial a cada uno de estos formatos para que fueran (asumo, imagino) más fácilmente reconocibles y localizables y que esos contenidos no se pierdan en el mar de posibilidades que arroja la plataforma cuando funciona como motor de búsqueda.

En este sentido, el Manual del club “Booktubers”, publicado por la Secretaría de Educación Pública y el Sistema Educativo Estatal de Baja California con material del Grupo Pértiga (2018), ofrece una propuesta para la capacitación docente y así mismo, que estos docentes hagan uso de las herramientas didácticas para crear en los pequeños las habilidades para ser futuros booktubers.

Este material identifica los siguientes formatos, además de las clásicas reseñas:

 

Bookchallenges, o retos propuestos por otros booktubers que proponen realizar ciertas acciones relacionadas con los libros.

Bookhoul, presentación de libros que han sido adquiridos por el booktuber ya sea por compra, regalo o donación.

Booktag, retos entre los booktubers a partir de preguntas sobre temáticas particulares o relación entre libros y otros tópicos.

Im, abreviatura de “In my mailbox” (en mi buzón de correo), práctica que identifican más en los blogs literarios.

To be read o TBR, en español lo que queda por leer.

Unboxing book, o abrir paquetes de compras que se realizan vía internet o envíos de las distintas editoriales.

Wrap up, un resumen o compendio de las lecturas realizadas por el booktuber en un determinado periodo.

 

Hay otros término más que escaparon al citado manual:

Bookself tour, un recorrido hacia los libreros de los booktubers.

Read vlog, bitácora que da seguimiento a la lectura de un libro.

 

Sin embargo, los booktubers también retoman formatos propios de Youtube que de manera creativa enlazan con el tema de los libros, como los top (listados por jerarquía de gustos o disgustos), los vlogs, los storytime, tutoriales, reacciones, 50 cosas de mí, en vivo, y entrevistas. Lo maravilloso de los formatos es que existen y están ahí a la disposición para ejercerlos con contenido de cualquier índole, lo mismo funcionan con libros que con otro tipo de temas, y estos creadores en específico también saben enlazarlos con otros productos culturales o incluso con emociones.

¿Qué otros elementos, además de los nombres, son característicos en los formatos usados por los booktubers? Tomasena reconoce las estanterías o libreros llenos de fondo, que más que un asunto estético el autor sugiere como una continuación del estatus simbólico que su pertenencia confiere como capital cultural.

Yo agregaría la relación constante entre los libros ciertos objetos de la cultura pop: referencias cinematográficas, como carteles o muñecos Funko en personajes que se relacionen con adaptaciones de libros al cine o las series y viceversa; referencias teatrales; objetos de identidad personal como letras o iniciales relacionadas con su nombre o el de su canal, o bien, que determinan nacionalidad como una bandera; objetos decorativos vintage, como una máquina de escribir, un mapa o fotografías en blanco y negro; series de luces decorando los estantes y atuendos que hacen referencia a grupos musicales o conciertos asistidos.

Pero también está la estética que confiere la grabación personal un espacio personal, como una recámara, un estudio o la sala de la casa. La investigadora José Van Dijck acuñó el término homecasting, que contrae los términos home video y broadcasting, para hablar específicamente de las producciones creadas para Youtube que se presentan como un “híbrido entre la difusión tradicional y el video hogareño” (2016). Es la sensación de ver un producto amateur con una calidad aceptable.

Lo cierto es que, aunque estos elementos en su conjunto dotan al booktuber de un carácter propio y un impacto visual que también comunica, ni todos quienes hacen reseñas de libros recurren a los mismos elementos ni las reseñas de libros en formato audiovisual surgieron a partir del Youtube:

“No es una reseña, no es un resumen porque es muy difícil extractar una obra maestra sin que se pierda el espíritu de sus valores. No cuento la historia, saco equivalencias que el público identifique, trato de presentar el ambiente en que se desarrolla, la esencia de la trama, me inclino más por destacar el subtexto sin narrar el argumento para que el televidente se interese por leer el libro, sienta curiosidad por conocerlo.” (Vilalta, 2001)

Este es el testimonio de la fallecida dramaturga española Maruxa Vilalta, quien fungió como conductora en distintos espacios de la televisión pública mexicana desde 1968, entre los que se destacan El libro de hoy (1982-1986), una emisión diaria donde la escritora hablaba de distintos títulos literarios sentada detrás de un escritorio, mirando todo el tiempo a la cámara, en un plano medio que mostraba como fondo un librero lleno y algunos otros elementos de ambientación sobre el escritorio, como los libros de los que hablaba en cada programa que iba mostrando de vez en vez.

El formato se adoptó y adaptó a las reglas que la plataforma Youtube fue planteando incluso por condiciones tecnológicas como la duración de cada video, pero tiene sus orígenes en la televisión y antes de eso, en el cine. La diferencia sustancial radica en que ahora son personas comunes y corrientes quienes con una cámara, una computadora y una conexión a internet son capaces de emular las mismas lógicas teniendo al alcance programas de edición que permiten crear un estilo propio a partir de recursos de video, de audio, de iluminación y de ritmo. Ya no son solo los profesionales y ya no es necesario salir en televisión nacional: Youtube se ve en todas partes. Pero eso no significa que todos queramos hacerlo y, mejor aún, que todos podamos hacerlo. Aquí es donde las competencias mediáticas y nuestra educación en los medios entran en juego.

 

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Es en este punto es donde radican mis interrogantes sobre el tema. Ninguna gira en torno al fondo, porque eso ya es una cuestión muy personal, pero sí en las formas, aunque sé que deberían tener el mismo peso forma y fondo. Pero, me parece que en este caso una gran mayoría de creadores (y evidentemente sus comunidades de seguidores) ponderan más el fondo que la forma.

Tras revisar una gran cantidad de videos de distintos booktubers con el criterio de los contenidos en español, tanto de canales mexicanos como españoles, descubrí que la mayoría de los formatos que cada creador ha explorado son en su mayoría aquellos que implican la cámara fija, la edición en corte directo, una iluminación cuidada (o al menos es un elemento presente), cortinilla o clip de identificación del canal y como elementos de referencia los libros físicos que presentan cuando se habla de ellos. Eso además de títulos eficaces y miniaturas claras de acuerdo con el tema del video. Sin embargo noté que muchos videos pueden durar 20, 30 o hasta 40 minutos sin que pase nada más a cuadro que el creador hablando de libros. Mi formación de trabajo en televisión nota con horror esta situación en particular.

Es fácil asumir que la motivación inicial de una persona para convertirse en booktuber es compartir su opinión particular sobre libros en una plataforma popular, pero para ello existen también otras vías en Internet como los blogs (espacios escritos), la red social Goodreads o, si acaso se insiste en la imagen como complemento, está la corriente de los bookstagramers, comunidades que surgen a partir de Instagram donde se desarrolla más las habilidades fotográficas y de composición y con ese pretextos se crean amplias redes de lectores. Entonces, me pregunto: ¿por qué optar por una plataforma que demanda al lector convertirse en un prosumidor (es decir, pasar de consumidor a productor de sus propios mensajes), lo cuál implica tener conocimientos esenciales en los medios o mejor dicho, competencias mediáticas?

Si bien existen hoy en día opciones como la aplicación TikTok que contiene cualquier cantidad de opciones para que, sin salirse de ella, se pueda editar con efectos tanto de audio como de video, las exigencias de Youtube son por demás diferentes, pues si bien la plataforma provee información esencial para la creación de un canal desde el sitio Youtube Creator Academy, donde se dan recomendaciones de preproducción, producción y postproducción para los novatos en estos menesteres, así también se sugiere el equipamiento idóneo para lograr una calidad aceptable y con ello que el contenido resulte más atractivo visualmente.

El homecasting que proponía una estética desde el dormitorio grabada con una webcam sin mayor resolución (así como se inició la creación de videos hace muchos años), se convirtió poco a poco en una invitación a la profesionalización sin ser profesional: Motivos propios del Youtube que hoy en día funciona también como una industria cultural.

Y como cualquier industria cultural que mueve sus productos entre marcas que deseen invertir en todo tipo de contenidos, los números de vistas, seguidores y la opción de la monetización son inevitablemente requisitos que motivan al lector con aspiraciones a booktuber a buscar esta plataforma y no otra, pues la visibilidad y la popularidad ligada en este caso a la industria editorial son situaciones deseables y posibles si se siguen las reglas del juego. Por lo tanto el mismo Youtube motiva no solo a booktubers, sino a cualquier creador de contenido que haya alcanzado ciertas cifras a vivir experiencias como el concurso Youtube Next Up, que según su sitio consiste en una semana de campamento para obtener más suscriptores y optimizar canales a partir de asesoría personalizada y cupones para la adquisición de equipos.

En el video con fecha del 18 de octubre de 2017, la instructora de yoga Brenda Medina del canal Brenda Medina Yoga compartió su experiencia como una de las 14 ganadoras del concurso en ese año, y por medio de un vlog mostró las actividades que tuvieron por 5 días de campamento, entre clases y momentos de relax. Entre los instructores se encontraban, según lo mencionó Brenda en una comunicación personal, creadores de la productora mexicana Argos, lugar donde además se llevaron a cabo las lecciones impartidas. Es decir, se incentiva la profesionalización con profesionales que se mueven en la industria.

La comunidad booktuber está consciente de esto, ya que la edición 2018 del Encuentro Nacional de Booktubers, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se programó a modo inaugural la plática “Ser creador y no morir en el intento”, impartida por el youtuber Tato Pozos, uno de los creadores pioneros en la plataforma desde el año 2006.

Esto no es malo si se ve como una gran oportunidad para aprender nuevas habilidades de expresión y conocer el proceso de creación de productos audiovisuales que promueven, entre otras cosas, conciencia y capacidad de análisis sobre los procesos en otros medios, punto en lo que la alfabetización mediática pone mucho énfasis. Entonces, desde esas posibilidades me pregunto: ¿qué pasa con los booktubers que en su mayoría economizan lo más posible en los recursos audiovisuales que tienen a la mano? ¿dónde quedan las competencias mediáticas que se adquieren a fuerza de ver otros canales y otros contenidos variados dentro o fuera de la plataforma para saber cómo se deben ver los formatos? ¿Qué falta para alentar la creación audiovisual?

 

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El caso de Fátima Orozco me intriga. Se trata de una de las primeras booktubers mexicanas que hoy en día suele ser la referencia obligada en el tema e incluso ha trascendido su labor hacia la escritura de sus propios textos. Fa ha creado su propio estilo visual no solo desde un librero ordenado por colores, sino en su también colorida cabellera, y sobre todo en la presencia y seguridad que muestra frente a la cámara. En sus videos hace referencia constante a su hermana, persona detrás de la cámara que le ayuda en el proceso de grabación (digamos, su propio staff), y de manera creativa todo su canal gira en torno al contenido literario, tanto en los formatos que implican la cámara fija con ella al centro del encuadre como los vlogs grabados en las ferias del libro a las que ha asistido, además tiene reseñas con acción como aquel en el que combina la elaboración de un pastel con una receta contenida en el libro que va reseñando durante el proceso.

 

Durante la grabación sus recursos infaltables son su librero, sus libros y sus palabras. En la postproducción la edición contiene algunos acercamientos con el filtro en blanco y negro cuando dice algo fuera de contexto respecto a la reseña, cuenta además con una cortinilla animada de entrada y una de salida, donde anuncia sus redes sociales, miniaturas descriptivas para cada video y títulos descriptivos respecto a su contenido. Y ya.

Lo cierto es que según mi observación no hay música de fondo. No hay efectos de sonido. No hay ráfagas o elementos visuales que cuando se trata de tag o algún top, separe los elementos de la lista a no ser por los ejemplares de los que habla físicamente. Nada. Nada considerando que hay videos de 30, 40 o 50 minutos, como el tour a su estudio, que si bien implicó la cámara en movimiento siguiéndola en cada estación que presentaba careció de algún otro recurso que lo acompañara. Nada. Ni algún indicativo (súper, le llaman) que visualmente nos la presente por su nombre aunque el canal se llame como ella. Nada. Ni siquiera listas de reproducción donde explorar en orden sus diferentes videos.

Su caso no es único, pero también hay sus muchas excepciones. Los canales Clau Reads Books de la creadora mexicana Claudia Ramírez y Raquel Bookish de la española Raquel Brune tienen un mayor uso de los recursos audiovisuales. La primera por ejemplo, tiene un formato con tiempos más fijos (no más de 17 minutos por video) y desde el principio de sus videos su imagen se acompaña con elementos visuales, efectos de sonido, filtros varios, direcciones de sus redes sociales, y cuando habla de libros, va combinando el libro físico con imágenes o fotografías fijas que la acompañan a cuadro que en su mayoría que ilustran o refuerzan sus palabras. Raquel, por otra parte, ha creado un estilo narrativo donde sus videos combinan la reseña de libros con diferentes estados emocionales y esto lo logra cambiando el lugar de grabación, que a veces ocurre frente al librero, en su escritorio, en su cama o en un sillón. A veces solo basta con que cambie el encuadre. Raquel ha ido más allá al ilustrar con tomas hechas exprofeso sus libros de arte y fotografía, por ejemplo, donde viste la descripción que de ellos hace con imágenes de los propios libros. Ambas han logrado crear un estilo en base a las tipografías que ocupan para sus miniaturas y los colores a los que recurren en sus fondos y vestuario.

 

 

 

El otro extremo es el creador del canal El Geek furioso de la literatura. Aunque en la actualidad ha dejado de producir videos con constancia, el contenido que se puede explorar en su canal ilustra de la mejor manera el uso que El Geek hace de los distintos formatos. Un video lo mismo contiene su imagen a cuadro sin nada más de fondo que una pared blanca, un guion leído en voz en off, dramatizaciones que ilustran perfecto las necesidades del guion, que suelen ser pequeños gags o scketchs, imágenes retomadas de la industria cultural como escenas de películas, series o videojuegos, memes, y hasta entrevistas. Todo en un solo clip de 20 minutos.

 

 

Cierto es que los derechos de autor pueden desmonetizar videos (en el caso de que ya aplique a ello) cuando se detecta el uso de ciertas imágenes o música protegidas, sin embargo algunos creadores ponderan la creación por encima de la monetización. El Geek además, maneja un humor bastante ácido y tanto sus reseñas como sus diferentes secciones, como Libro vs Película, aportan información, humor y una muy grata experiencia audiovisual, de tal suerte que en algunos videos, los últimos antes de sus podcast, ya mencionan su ingreso al sistema Patreon, que permite recibir donaciones para mantener con vida canales que los usuarios o patreons (donantes) consideran de alto valor. Tiene una clara influencia cinematográfica que se nota en el ritmo y la construcción de sus guiones.

La mayoría de definiciones existentes describen a los booktubers como gente joven que habla sobre literatura juvenil. Aunque los adolescentes de hoy nacieron como nativos digitales y suelen tener una gran intuición frente a gadgets y aplicaciones, algunos estudios demuestran que las nuevas generaciones “siendo grandes consumidores de medios, están más limitados a la hora de producir, contradiciendo algunos discursos públicos que ponen en circulación la idea de una sociedad en la que todos los jóvenes crean contenido a diario y son un prodigio” (Pereira & Moura, 2018, pág. 27). Lo que nos lleva al punto de que ni son los únicos que tienen derecho a triunfar en la plataforma Youtube, ni que la edad es determinante para la adquisición y práctica de las competencias mediáticas.

Dos ejemplos rescatados bajo los mismos parámetros de búsqueda ilustran este punto: el canal Observatorio de Booktube, creado por el mismo José Manuel Tomasena y el Librero de Valentina, canal de la mexicana Valentina Trava.

En Observatorio de Booktuber Tomasena es muy claro: creó un canal como parte de su proyecto de posgrado, en el cual su comunidad, las “ratillas de laboratorio”, son su audiencia cautiva y también su objeto de estudio. Su producción incluye los distintos formatos propios de los booktubers enfocados lo mismo a literatura como a libros específicos de su área de estudios (comunicación y cultura digital), así como avances y hallazgos de sus investigaciones y una suerte de vlogs que combinó con reseñas. Él, sin embargo, no se subió al tren del librero ni del equipamiento adecuado. Por el contrario, su contenido fue grabado íntegramente desde su teléfono celular (dicho por él), sin una iluminación cuidada, con poca profundidad respecto a la pared blanca de fondo, y sobre todo, sin micrófono externo, lo cuál de pronto dificulta la posibilidad de entender bien el contenido al que obviamente apostó en este observatorio que, se maneja entre el humor negro y la muy útil reflexión. En la edición sí había detalles muy particulares que se visibilizaban cuando el creador daba algún dato incorrecto, como congelar la pantalla con un filtro rojo y una voz en off haciendo la corrección, y las miniaturas eran acordes en estilo y tipografía.

 

 

Por el contrario, el Librero de Valentina surgió, según lo comentó en sus primeros videos la creadora, por la inquietud de encontrar contenido booktuber para personas de su edad (en promedio de 30 a 40 años en adelante) y al no hallar reseñas de libros a su gusto decidió dar continuidad audiovisual a los círculos de lectura que ya organizaba vía Facebook. En su caso lo que se destaca es que la factura de los primeros videos se nota distinta a los más recientes. Si bien tampoco existen en ellos mayores recursos para ilustrar reseñas, tags, tutoriales, wrap up, y unboxings, sí hay diferencias en la intención de agregar pequeños efectos de sonido y separadores cuando se refiere a algún listado o numeración. Según lo ha mostrado desde su cuenta de Instagram, ocupa una tableta para sus grabaciones, y lo hace con iluminación y micrófono aparte. Ella recurre además a las transmisiones en vivo, a los vlogs y a la aplicación del formato a la temática booktuber, el readvlog. Estas producciones ya cuentan con musicalización, efectos de velocidad, separadores entre una situación y otra y títulos.

 

 

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A modo de conclusión:

–  Algunos formatos por su naturaleza permiten mayores o menores recursos audiovisuales, es por ello que el uso de transiciones vistosas, por ejemplo, no son recurrentes en los discursos de los booktubers, que suelen editar a corte directo. Un vlog, que tiene otro tipo de relato, sí permite (y de hecho, lo usan) disolvencias u otro tipo de separadores.

–  La formación profesionales e intereses de los creadores ayudan a entender mejor sus contenidos narrativas y contenidos. El caso del Geek habla de alguien que consume cine y videojuegos o incluso podría estar relacionado con la industria audiovisual, como sucede con Lewis Rimá, booktuber que estudió comunicaciones que conoce y emplea con mayor destreza las herramientas a la mano. Fa Orozco o Valentina, por ejemplo, tienen formación en literatura, lo cuál explica que su atención vaya más dirigida al fondo que a la forma.

–  Si la referencia e inspiración para muchos futuros booktubers es el canal de Fa, eso explicaría porque siguen reproduciendo el mismo estilo con pocos elementos al menos en los inicios de sus canales. Después, se espera, los creadores irán descubriendo sus propios ritmos, colores y formas.

–  Quizá esta falta de elementos de la narrativa audiovisual también sea otra manera en la que los booktubers se distancien de los youtubers de entretenimiento, además de la apropiación de ciertos formatos. Cosa extraña si partimos del hecho de que son creadores de contenidos de la misma plataforma.

– Por último, lo maravilloso de los formatos es que existen, están ahí, pero depende de cada quién cómo se usan y para qué se usan. Lo cierto es que es necesario conocer los formatos y sus reglas para hacer poco o mucho con ellos. Eso depende de cada creador y de sus propias necesidades de comunicar. Además, su conocimiento y aplicación suma un punto más a las competencias mediáticas que sin importar edad, sexo o condición social, son necesarias para formar un criterio y una mejor concepción de los medios audiovisuales en general.

 

 

 

 


 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Gordillo, I. (2009). La hipertelevisión: géneros y formatos. . Quito, Ecuador: Editorial Quipus, CIESPAL.

 

Pereira, S., & Moura, P. (2018). Competencias de producción. En C. Scolari, Adolescentes, medios de comunicación y culturas colaborativas. Aprovechando las competencias transmedia de los jóvenes en el aula (págs. 26, 27). Barcelona.

Pértiga, G. (19 de 09 de 2018). Manual del club “Booktubers”. Autonomía curricular . Obtenido de Sistema Educativo Estatal Baja California: Recuperado de http://www.educacionbc.edu.mx/autonomiacurricular/docs/clubs/Ficha%20Booktubers%20Final.pdf

Rincón, O. (2011). Nuevas narrativas televisivas: relajar, entre-tener, contar, ciudadanizar, experimentar. Comunicar. Revista Científica de Educomunicación, XVIII(36), 43-50.

Tomasina Glennie, J. M. (2016). Los videoblogueros literarios (booktubers): entre la cultura participativa y la cultura de la conectividad. (Tesis de Máster en Comunicación Social). Universitat Pompeu Fabra, Barcelona.

Van Dijck, J. (2016). La cultura de la conectividad. Una historia crítica de las redes sociales. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Vilalta, M. (2001). Maruxa Vilalta. En M. De la Lama, & F. De la Lama, Canal 13. Vida, pasión y gloria (págs. 372-373). Distrito Federal: Editorial Porrúa.

Vilches, L. (2017). Diccionario de Teorías Narrativas. Cine, televisión, transmedia. . España: Caligrama Editorial.

Wilson, C., Grizzle, A., Tuazon, R., Akyempong, K., & Cheung, C.-K. (2011). Alfabetización mediática e informacional. Currículum para profesores. Quito, La Habana y San José: UNESCO.

La autora tiene su propio canal de booktuber en: https://www.youtube.com/user/pochacas, así como también es creadora del ebook: “Formatos audiovisuales del siglo XXI, televisión e internet”.


Autores
Raquel Guerrero Viguri es Maestra en Estudios de Cultura y Comunicación por la Universidad Veracruzana y creadora del proyecto de divulgación audiovisual Ratona de tv: www.ratonadetv.com

 

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Autores
(Cancún, 1988), igual conocido como El Dee, es un ilustrador e historietista caribeño. Es creador del cómic Yo y La Muerte, El Twit Ilustrado y Nido de Serpientes, proyecto ganador del premio Novela Gráfica Joven 2018 de Tierra Adentro. También es socio fundador de Pizzatánicos, marca de ropa mexicana. Su trabajo de ilustracion puede ser encontrado en paredes, portadas de libros, discos y carteles musicales tanto en México como en Francia, Rusia y Latinoamérica. Hoy en día vive en Cholula con su esposa y un montón de perros.

para Cristian Lagunas

encontré una piedra gris

y le dije:

tenemos que resucitar

Juan Eduardo Cirlot

 

 

Existe una probabilidad altísima

de que nunca nos pasen cosas extraordinarias.

Una vida común,

sin clavos ni tres días para resucitar.

Nos incrustamos

en el sillón como piedras sucias,

inestables, con la memoria fresca

de algún desgajamiento,

horas martirizadas con latones

que expende el refrigerador

hasta nublarnos, giramos

el cuerpo a medias

que siempre va adelante

con su torpeza, decir

no hay caídas

pequeñas, todas las ruinas

tuvieron un imperio,

o no, mejor aún,

no todo desciende de grandezas,

hay ruinas de lo mínimo,

escombros de algún día

donde no pasó nada

o piedras que taparon sepulcros

para darnos alguna idea de Dios,

indigerible y grueso como el trago

de esta cerveza oscura,

una vida común postrados en la sala,

esperando a que el tiempo lo disolviera todo

hasta dejarnos en una cruz de huesos,

con el ventilador oreándonos

el nido de unicel y de colillas,

mientras afuera ardían catedrales antiguas

y se apagaban dos o tres certezas.

Enorme probabilidad

de que nunca seamos relevantes,

el cielo prototípico, empacado al vacío,

caducidad que entra a la ventana

con sus formas de luz distorsionada

por los cristales rotos, vidrios

por donde el Dios de la Semana Santa

nos dijo que era tarde

y cerrarían el Seven.

Altísimo el estruendo de la risa,

hablando de la música sacra

inserta en reguetones de moda,

reír de lo perecedero

y Dios asomándose siempre,

metiche estrafalario,

vestido con un saco de púas para rasgar

el aire y los abrazos

que no son para él

porque nos hiere. Dios,

con sus ojos de huérfano,

jugando a que se cae

y le aplaudimos.

Altísimo el sonido de las bocinas

al tocarnos como estrujando latas de cerveza,

metales que en el tacto dicen

su vocación real, su verdadero imperio

minúsculo, que algún recolector

nunca va a despreciar.

Existe la probabilidad

de que las cosas extraordinarias

les ocurran a otros,

mientras nos preguntamos

si el día de la resurrección,

al juntar nuestras latas,

obtendremos un kilo de aluminio.

 


Autores
Fotógrafa y comunicóloga originaria de la Ciudad de México. En 2007 comenzó estudios de guitarra en la Escuela de Iniciación Artística No. 1 del Instituto Nacional de Belleza Artes y posteriormente en 2008 ingresó a la Escuela Nacional de Música, ahora Facultad de Música, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) donde cursó el ciclo propedéutico en guitarra clásica concluyendo en 2011. Simultáneamente, en 2010, ingresó a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM a la carrera de Ciencias de la Comunicación dónde encaminó sus estudios hacia la fotografía y video. Mientras se encontraba realizando sus estudios participó de manera activa en el movimiento #YoSoy132 en 2012 y en colaboración con otros compañeros fundó el medio independiente Políticas Media donde participó como fotógrafa y reportera. En 2014 comenzó la carrera en Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En este periodo participó de manera activa en el movimiento social por la presentación con vida de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, documentó en fotografía y video parte de las manifestación en torno a este movimiento. En 2015 ingresó al área de comunicación social de la Red de Transporte de Pasajeros (RTP) de la CDMX, donde estuvo encargada del levantamiento de imagen y desarrolló una base de datos del material fílmico y fotográfico. Durante este periodo se puede destacar su participación como fotógrafa y coordinadora editorial en el libro “La huella de la movilidad” 2016 y “Glosa para el 6° Informe de Gobierno (2018)” así como en la elaboración de videos institucionales. Simultáneamente colaboró con la producción videos para la página “Voces de Colores”. Paralelamente a esta labor continuó con la especialización en fotografía y video tomando un diplomado de Iluminación fotográfica en la Escuela F8 y un master en Post-producción en EduMac. Finalmente durante el segundo semestre de 2018 y los primeros meses de 2019 partició en el Proyecto “México 1968 - 2018, Un tributo a medio siglo”, con financiamiento de la Secretaría de Cultura. Este proyecto dio como resultado el documental “Heberto Castillo y el 68”, que se estrenó el pasado 7 de marzo de 2019 en el Centro Cultural Universitario de Tlatelolco, en dicho Proyecto participó en la fotografía y como asistente de producción. Durante 2019 colaboró como asesora de imagen y comunicación de la Concejalía de Coyoacán y como Coordinadora de Producción Ejecutiva externa para Comunicación Social de Presidencia.
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.
Imagen tomada de Pixabay.

Sé que es lunes porque la obra del edificio en construcción frente a mi casa, después de dos días de silencio, reanudó su actividad, los taladros chirriantes y martilleos de siempre; labor que ha perdurado a pesar de la contingencia sanitaria y los avisos de las autoridades.

Últimamente, me cuesta saber qué día es. Sé que mientras escribo esto, es lunes, porque mi clase de portugués recién terminó mediante una video llamada de WhatsApp con mi profesora particular, a quien regularmente veía en un café cada semana; ahora solo tengo clases virtuales y ejercicios que le mando por correo.

Eliseo Diego diría que: “La eternidad por fin comienza un lunes / y el día siguiente apenas tiene nombre”, si pudiera preguntarle qué día es hoy. Y que eso, lejos de animarme, me pondría triste porque el verso siguiente es aún más lapidario, oscuro, razón suficiente para abstenerme de una consulta al poema.

Y si consultase los números para tener una certeza de mi encierro, me dirían que llevo una treintena de días adentro, con un par de escapadas al supermercado para reabastecer la casa de despensa y provisiones que, por supuesto, incluyen cerveza y comida para perro. Solo un par de días hemos salido. Al hacer una resta, el resultado fue de 28 días en cuarentena. Decir que ese periodo ha sido extraño, es poco y sería incluso una reiteración. Sin embargo, lo ha sido. Y aun así, resulta ridículo compadecerse de uno mismo si consideramos otros encierros para salvar la vida.

Confinamientos como el que vivió Ana Frank durante 1942 y 1944 en el refugio dispuesto por su padre para esconderse de los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial; en esa condición y durante días enteros, la familia de la protagonista permaneció inmóvil, silenciosa, aterrada por la latente posibilidad de ser descubiertos y llevados a los campos de concentración, donde el Tercer Reich exterminaba a los judíos.

Ante la anécdota de esa reclusión, esta pérdida de la rutina entre la oficina, los trámites, las filas en los bancos y las citas que se quedaron ahí, suspendidas, parece un juego de niños, algo menor. Estamos adentro con un aislamiento que amaina con maratones de Netflix, salidas al balcón para oír las ambulancias pasando por la avenida, fiestas por Zoom con los amigos escritores y transmisiones por Facebook Live.

Estamos adentro, es cierto, pero con la posibilidad de escuchar música y beber cerveza mientras trabajamos en lo que aún se puede. Esto no es una guerra y afortunadamente no estamos cerca. No somos Ana Frank, nuestro perímetro parece más generoso y alegre, si consideramos que afuera los coches siguen pasando y aún tenemos Wifi, aunque quizá el miedo y la incertidumbre de nuestro futuro nos hacen carne del mismo cuerpo.

Sobre nuestras cabezas no llueven bombas, como caían sobre Ámsterdam en 1944 mientras los Frank vivían sus horas más oscuras; pero a veces, también a nosotros nos bombardean con otro tipo de explosivos que se manifiestan a través de las fakenews que la tía más escandalosa comparte por Facebook o WhatApp bajo la consigna de la prevención, pero logra lo contrario: infecta, contagia, persigue. Nos impacta.

Y entonces queda aparentemente poco por hacer, porque no hay peor batalla que aquella contra algo intangible; eso que no se sabe, pero que se siente en el pecho, presionando por las noches, quiero decir: la ansiedad y muchas veces, la impotencia.

 

En estos 28 días, las cifras también son un ancla en el paso del tiempo, un reloj que nos marca con otro tipo de minutos. El mundo se contagia de Covid-19 y de miedo, de incertidumbre, paranoia, amargura. Y eso me asusta lo mismo, quizá más, que oír la palabra “pandemia” en las noticias.

Quiero decir, me atemorizan sus palabras anunciando el fin; diciendo que el virus es un castigo divino, una advertencia de Dios o un plan maligno de los iluminati para cambiar el orden económico del mundo.  Sus palabras caen en la poca calma que logro reunir al ver el calendario en mi teléfono y corroborar que hoy es lunes, que no pasa nada interesante allá afuera de lo que me esté perdiendo. Resisto arbitraria, como dice la periodista Leila Guerreiro y me aferro a “soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada”, aunque mis proyectos de escritura estén marchando a cuenta gotas, pues cuentan que en 1606, durante la cuarentena que provocó la peste, Shakespeare escribió El Rey Lear, Macbeth y Antonio y Cleopatra, y yo solo he podido leer la primera parte de Suave es la noche, y he escrito tres o cuatro versos decentes o que al menos me gustan.

Estos días adentro, respirar tranquilamente ya en sí me parece una tarea, una afrenta importantísima en contra del miedo. Dormir sin tener pesadillas, tener apetito, bañarse y cambiarse de ropa, usar sostén, como para encima tener que soportar pensamientos erráticos ajenos o la presión de aquellos que llaman a intentar escribir grandes obras como si este encierro fuera un retiro de escritura.

En mis redes sociales están dejando de caber los amargados, los pesimistas, los negativos. Me declaro incompetente para soportarlos. Por salud mental, he silenciado a todos y todas aquellas que comparten noticias falsas, amarillistas. He mandado callar a los que socarronamente nos critican por hacer videítos leyendo poemas, por descargar tiktok, por transmitir en YouTube, por tener un poco de fe.

Me refugio en las cosas chiquitas. En mis pequeñas certezas: hoy es lunes. Afuera los obreros siguen trabajando.

Acaricio al perro que me viene a pedir que me acueste con él. Que deje de escribir esto.

Me dejo contagiar por su ternura, por las cosas simples, por los días adentro.

Con frecuencia me pregunto si saldré y esos mismos silenciados y silenciadas en mis redes sociales lo estarán en la vida apenas vuelva todo a la normalidad.

Quiero pensar que sí.

Que como dice Machado: “Hoy es siempre todavía”.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).