Tierra Adentro
Un joven camina por la estacion del metro Leginstrasse del metro de Hamburgo. Foto por José Luna.

 

La percepción de la realidad se transforma cuando en tu trabajo suspenden actividades por la cuarentena, pues hace dos días te encontrabas en Hamburgo (ciudad en el norte de Alemania). El rumor del viaje se esparce fuera de la oficina. Para esto, el jefe decide tomar medidas de precaución y te pide que realices homeoffice. Haces cara de sorprendido porque piensas que no deberían usar ese término de la lengua inglesa cuando pueden decirte que trabajes desde la comodidad de tu casa.

Y como en México “todo se les va en risas”, quizá ocultando la preocupación de la circunstancias, comienzas a vacilar tocando a los colegas del trabajo como si tuvieras “la peste”. Ellos uniéndose a la festividad como si te hubieras sacado el avión presidencial, te cantan la cumbia del coronavirus de un cabrón desconocido que tiene 3 millones 295 mil 68 visitas a partir del 29 de enero de este año. Mi jefa inmediata me dice: suertudo, aunque sea iré al barrio chino para ver si me dan homeoffice también.

Días previos, en la ciudad alemana, la situación se divulgaba por la radio y los noticieros. No entendías nada por el idioma, pero ponías cara de preocupado. Afuera, la vida cotidiana era la misma como el final de cualquier invierno: viento, lluvia, clima frío y poca gente a las calles. En el U-bahn (Metro) no veías ninguna medida de precaución y eso que los alemanes se caracterizan por tomar todo en serio y ser exageradamente cautos.

El miércoles 11 de marzo te encontrabas entregando tu pasaporte junto con el boleto de viaje al personal de la aerolínea Iberia. La seguridad del aeropuerto de Hamburgo siempre es tensa. Quizá mantienen una estricta vigilancia por el historial de acontecimientos terroristas que han sucedido en esa ciudad; lo dicen sus habitantes y porque en 1999 un grupo de musulmanes de la ciudad Alemana se capacitaron para realizar ataques suicidas. Alguno de ellos participó en el atentado de las torres gemelas, pero, esta vez, la seguridad parecía haber tomado té de tila y no te topaste con ningún protocolo relacionado con el virus.

En la máquina infrarroja te detienen y te acompañan a una revisión minuciosa en donde demuestras que no tienes nada en los calcetines y la bolsa pequeña del pantalón. Te piden que saques lo que hay y muestras un bulto pequeño con unos billetes de Sor Juana.

Te sientas en los apretujados asientos mientras escuchas las instrucciones del piloto para comenzar el recorrido. En todos tus viajes acostumbras usar una chamarra o sudadera, aparte de la cobija que te da la aerolínea, porque siempre bajas del avión con un resfriado provocado por el aire acondicionado. Pero, esta vez no has ocupado tus prendas porque el clima ha sido demasiado cálido para un vuelo.

Un hombre espera en el aeropuerto de Madrid. Foto por José Luna.

Un hombre espera en el aeropuerto de Madrid. Foto por José Luna.

Tres horas después te encuentras en Madrid, España esperando la escala para la Ciudad de México. La vida en los aeropuertos se podría comparar con la de los hospitales; el olor a desinfectante te remonta a tu estancia en algún de ellos. Por el altavoz anuncian que el vuelo será compartido con otra aerolínea. Eso significa que compartirás el traslado con personas de otros lugares.

Cuando te abrochas el cinturón te das cuenta que el asiento contiguo se encuentra libre. Eso es una comodidad privilegiada, viajar sin el de junto durante once horas. Sin embargo, esa alegría es momentánea porque un hombre con acento español te pide permiso para ocupar el lugar. El avión despega durante el día, no te permite dormir. Procuras ver el menú de películas traducidas al “español de España”. A pesar de escuchar los filmes con auriculares te llega el sonido de la tos del intruso de tu derecha. Lo ignoras y tratas de concentrarte en la trama de la película. No obstante, el silbido del escurrimiento nasal llega a tus oídos. Naturalmente sientes una incomodidad que no debería de suceder. Obvio, esto no sucedería si esa persona se hubiera quedado en su asiento asignado.

De pronto tu cuerpo comienza a sentir escalofríos y un leve cosquilleo detrás del cuello. Te tocas la frente pensando en algún síntoma y descubres que no tienes nada. Después de unos minutos comprendes que los padecimientos no son físicos, sino que son generados por tu mente. La sugestión te invade. Piensas en tu muerte por un virus contraído en tu último viaje a Europa. Recuerdas que siempre es mejor quedarse en casa y no salir para evitar al mundo y sus pequeños detalles; como una pandemia, por ejemplo. Piensas que te detendrán en el aeropuerto y te llevarán a un hospital como si fueras un delincuente. Te diriges al baño y te lavas las manos porque tocaste la puerta. Y antes de salir repites la maniobra. Regresas a tu lugar y la angustia se calma cuando descubres que tu acompañante revisa algunos casos de acné y cicatrices. Algo así como los infomerciales donde muestran a las personas con un antes y después. Para tu satisfacción, comienzas a desbordar tu imaginación y supones que es un médico o algo relacionado con la salud. Y te imaginas que ya ha aplicado sus patrones de higiene personal. Además, tu paranoia se aleja cuando el piloto explica que el aire del avión usa un sistema de ventilación que renueva el aire unas 20 veces cada hora.

El avión aterriza y comienza a escucharse ¡click!, ¡click!, por doquier, el sonido resulta ser un alivio porque la gente se libera del cinturón de seguridad. Cuando tomas tu maleta y estás listo para salir. Los altavoces ordenan a más de diez personas salir de inmediato de la aeronave. Te indican que nadie puede descender antes que ellos. Al despedirte del personal del vuelo en la puerta y caminar por el puente te recibe una chica con un traje blanco que te recuerda los documentales de Chernóbil. Ella te observa mientras te dice: bienvenido. Cuando llegas al área de migración hay dos filas que separan a los nacionales de los extranjeros.  Y cerca de las filas nacionales hay una oficina inflable donde llevan a los chicos que mencionaron por los altavoces. Son jóvenes menores de veinte años. Todos visten ropa deportiva con el escudo de un colegio en la espalda. Quizá llegaron de Italia y transbordaron en Madrid.

Jóvenes juegan basquetbol en el parque de Sant Pauli en la ciudad de Hamburgo.  Foto por José Luna.

Jóvenes juegan basquetbol en el parque de Sant Pauli en la ciudad de Hamburgo. Foto por José Luna.

Los dos días desde tu llegada hasta tu “aislamiento” son momentos de cotidianidad. Los limpia parabrisas siguen abollándote el auto. En las quesadillas siguen pidiendo quesadillas con queso. Es cierto que el impacto del virus viene por etapas. Pero, acá, hasta el momento no sucede nada y solo te enteras que la gasolina ha bajado unos pesos.

La Ciudad de México se construye de varias formas. En algunos lugares la gente se prepara para el apocalipsis comprando kilos de papel de baño. En otros, los más populares, abunda el comercio informal. Ahí donde habitan las personas que generan sus ingresos día a día. Para ellos, no existe la enfermedad sino hasta que ya no puedan caminar. Los barrios como la Merced, la Guerrero, Tepito, la Lagunilla, por mencionar algunos seguirán en pie de lucha laboral porque deben de pagar las rentas. Mientras otros tienen el privilegio de ver caer el mundo desde la comodidad de sus casas.

Recuerdas lo acontecido allá por el 2009. Donde se vivió algo similar. Hiciste lo mismo: salir a la calle a ver cómo la gente vivía con la crisis. Y te das cuenta de hay ciertas similitudes. En los cafés todos son epidemiólogos y saben todo acerca del virus y escuchas que recetan mezcal, té y cocaína para la enfermedad. En el transporte público el amigo de una amiga tuvo COVID-19 y ya se recuperó y ahora es inmune hasta de la corrupción. Ahora, con las benditas redes sociales te das cuenta que en los medios de comunicación, están haciendo énfasis a los chayoteros, la culpa del coronavirus es por el presidente Obrador.

Mientras vives refugiado en tu departamento esperando que ningún síntoma aparezca tú sigues trabajando en calzones en la computadora y viendo como el mundo se transforma desde las noticias desde tu ordenador.

 


Autores
José Luna (15 de Enero de 1980. Ciudad de México). Licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Escribe crónicas y reportajes. Ha publicado en revistas de España, Austria y Estados Unidos. En México ha colaborado para diferentes medios: Secretaria de Cultura CDMX, Letra S de la Jornada y Proceso.

 

Tierra Adentro se queda en casa. Vía una de las muchas aplicaciones que emulan digitalmente una oficina, seguiremos revisando textos y programando publicaciones. También tomaremos las siguientes medidas:

1) Otorgaremos una prórroga a la fecha límite de entrega de la Convocatoria para publicar en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Recibiremos libros para el plan editorial de 2020 hasta el 30 de abril. Esperaremos con gusto leer sus propuestas, y confiamos en que esta ventana de tiempo otorgará a muchas más personas la oportunidad de participar.

2) A partir del próximo lunes 23 de marzo empezaremos a publicar 15 libros del plan editorial 2018 para descarga gratuita. Estos libros son ya piezas clave de la mejor literatura mexicana joven:

 

Principia, de Elisa Díaz Castelo

Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso, de Ana Fuente Montes de Oca

El vals de los monstruos, de Lola Ancira

Barranca, de Diana del Ángel

La castellane errante, de Pablo Piceno

Melancolía de los pupitres, de Jaime He

Nido de serpientes, de David Espinosa El Dee

Linde faz, de Aldo Rosales Velázquez

La noche sin nombre, de Hiram Ruvalcaba

Strauss quería pastel, de Adrián Chávez

Cosmos nocturno, de Gerardo Lima Molina

De las cenizas de la tierra, de Néstor Pinacho

Días de Jengibre, de Hugo Roca Joglar

El museo de las máscaras, de Sergio Pérez Torres

Fisuras o el leviatán en el cielo, de Juan Carlos Delgado

 

3) Por último queremos recordar que la convocatoria para publicar en la revista en línea sigue abierta, y estaremos recibiendo testimonios, cuentos, poemas, cómics, videoarte, crónicas o cualquier otro tipo de manifestación artística que tenga que ver con la transformación que la vida diaria ha tenido en estas últimas semanas.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Arcanum Planetae es un libro para instagram stories producido y publicado por Obelisco Records con ayuda de Litra Blank. Se estrenará el 30 de marzo desde varias cuentas de Instagram.

 

 

 


Autores
Horacio Warpola es autor de varios libros de poesía, los más recientes Carcass (Obelisco Records, 2019 / Fracas, 2021), La incertidumbre cuántica (Editorial Montea, 2019) y Arcanum Planetae (Obelisco Records, 2020). Ha aparecido en las antologías Todo pende de una transparencia -Muestra de poesía mexicana reciente (Vallejo & Co., Perú), Guasap -15 poetas mexicanos súper actuales (La Liga Ediciones, Chile), El autor es usuario. Antología panhispánica de escrituras digitales (Letral, España), Relatos de Música y Músicos (Alba Editorial, España), Lines In Land -A Collection of Mexican Poems (Australian Poetry), Nueva York Poetry Review (Julio - diciembre 2020), entre otras. Colabora y trabaja en proyectos de literatura electrónica, arte digital y arte contemporáneo, mantiene en Twitter el bot literario @Poesía_es_bot y tiene un programa semanal en Radio Nopal. Ha sido becario del PECDA y el FONCA.
Circles de Mac Miller, álbum póstumo (2020).

Hoy se lanzó la edición digital de Circles (17 de enero de 2020) con dos nuevos temas: “Floating” y “Right“; los vestigios de una voz retrospectiva, de una armonía entre la depresión y la voluntad de Mac Miller (1992-2018), quien intentó vivir “un día a la vez”.

La música es un escape de nuestra realidad: cuando nos sentimos tristes, refugiarnos tras unos audífonos es una de las formas más comunes y placenteras de desahogarnos; pero para los músicos como Mac Miller poner sus sentimientos en una obra no es algo tan sencillo, exponer algo tan personal podría ser abrumador.

 

El nacimiento de un concepto

Circlees el sexto álbum de estudio del rapero estadounidense, le precede Swimming (2018); antes de la muerte del músico, se tenía contemplado que las dos piezas fueran parte de una trilogía; esta segunda y última entrega se completó gracias al productor Jon Brion, quien, según sus propias palabras, tomó como base lo acordado con el intérprete, un concepto que se resume en: “Nadar en círculos”.

Se compone de 14 temas y cuenta con dos invitados (Guy Lawrence de Disclosure en algunos sencillos como productor, mientras que se especula la aparición de la voz de la cantante Ariana Grande en “I Can See), así como una versión de la canción de Arthur Lee “Everybody’s Gotta Live“, de su álbum debut Vindicator (1972).

El contexto en el que nació Swimming fue marcado por los problemas de Mac Miller con el uso de alcohol y drogas, el polémico accidente en auto que le provocó un altercado con la policía por intentar escapar e incluso su ruptura amorosa con Ariana Grande. Estas historias inspiraron sus letras, mismas que lograron posicionarlo en la industria de la música, pero derrumbaron su estabilidad emocional.

 

¿Adónde regresa Circles?  

Circles contiene indicios del ambiente autodestructivo en el que Mac Miller sobrevivía. La frase “¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?” es una constante; a partir de esta cuestión revela el deseo de tener una vida sencilla, y que le gustaría tener permiso de sentirse mal, porque la prensa y la sociedad en la que vivimos solo da cabida para aquellos que tienen buenas noticias”, un mundo donde los trastornos mentales son mal vistos.

Las rimas que componen esta entrega no son del todo deprimentes, en ocasiones rapea acerca de continuar intentándolo y no dejarse caer, de aceptar los problemas y afrontarlos; aunque también en algunos versos admite que necesita ayuda, alguien que lo salve. Si bien expone sus excesos, su hartazgo y los problemas que enfrentaba, también transmite esperanza y trata de hacernos ver que, para salir de ahí, es importante “intentarlo un día a la vez”.

Musicalmente prevalece el bajo con arreglos sutiles de guitarra y sintetizadores que crean atmósferas melancólicas con ritmos reconfortantes para aquellos que desean curar su alma; en eso radica la importancia de este último trabajo, pues a pesar de su lírica desgarradora, la composición musical no envuelve al escucha en un momento doloroso, sino en uno de apreciación intrínseca.

 

De la furia a la depresión

El hip-hop se caracteriza por ser un estilo donde la pobreza y la desigualdad social son la base, y donde la furia y la energía son parte del performanceMac Miller combinaba el este género con otros estilos como el popel jazzel r&b y hasta música disco; pero en Circles  ya no tiene ganas de rapear, suena más a un susurro, y su voz se escucha fría, lo cual es importante porque al contar con pocos arreglos podemos sentir sus palabras y la intención que le daba a cada una.

En cuanto a las fusiones musicales que solía hacer con el hip-hop, esta vez  terminó por integrarlo a sonidos más lentos y profundos como el soul en su máximo esplendor, un cambio de suma importancia e inteligente decisión por parte del productor porque capturó las emociones del intérprete para deslizarlas suavemente en los paneos en los audífonos.

Ya no veremos a Mac Miller interpretar estas canciones en vivo; estábamos acostumbrados a verlo bailar y lanzar sus rimas con rapidez hasta perder el aire, con sonidos más vivos que invitaban a seguir la improvisación de una batería, un saxofón o una mezcla en el sintetizador.

Durante sus conciertos hacía contacto visual con el público y lo incitaba a levantar las manos y agitarlas como si fuesen olas con el clásico vaivén del hip-hop, obligaba a gritar a la gente y la bañaba con su energía; quizá con este disco hubiera optado por cantar en lugares más pequeños, donde la privacidad resulta vital.

 

El llamado de auxilio inaudible

Aunque este texto es una reseña del disco póstumo de Miller, también quisiera hacer un llamado a no normalizar la depresión; es momento de escuchar las palabras de aquellos que nos rodean. Es un grito a las personas cercanas a los artistas: managers, productores, ejecutivos, otros creadores, melómanos; no deberíamos pasar por alto la tristeza, la ansiedad y la soledad del otro.

Las grandes obras prescinden de un estado emocional en concreto (o de una sustancia psicotrópica), depende de la forma en cómo el artista busca manifestar sus emociones.

Aunque la trilogía de Mac Miller no vio la luz, con estas dos entregas encontró una forma de enfrentar aquello que también nosotros negamos; demostró cómo la música puede transgredir cualquier cosa, incluso lo que nos mantiene nadando en círculos.


Autores
Yuri Nava nació en la CDMX en 1994. Estudió la licenciatura en Comunicación y periodismo en la Facultad de Estudios Superiores Aragón. Colaboró en medios digitales como Ultramarinos Co. y Resistencia Radio; en la revista WARP y en el diario Milenio. Actualmente realiza ensayos, reseñas e investigaciones dedicadas a la representatividad de la música alternativa en México.
Michiel Sweerts: Plague in an Ancient City (1652 ). Imagen tomada de Wikimedia Commons.

 

La primera novela que me estremeció hasta lo insoportable fue La Peste (1947) de Albert Camus (1913-1960). Rondaba los 18 años y, gracias a este libro, mi espíritu envejeció radicalmente, pues conocí zonas de la existencia penumbrosa en su estado límite. Son memorables su comienzo y su final, dos cosas de esta magnífica cumbre del existencialismo francés (adscripción que el propio Camus expulsaría de sí).

La obra inicia con la premisa de que podemos conocer una sociedad por la forma en la que sus integrantes mueren, y culmina al enunciar la posibilidad latente de que hay algo terrible en cada pueblo y/o nación que está a punto de detonarse para derrumbar los cimientos de la humanidad. Puede ser un virus y su extensión catastrófica en forma de epidemia, o más desastroso aún, las decisiones que conducen a la extinción de la especie.

A partir de ello es posible establecer una serie de conexiones con nuestra actualidad, en tiempos en los que –ya en un sentido de alerta mundial– otra pandemia se adviene: el COVID-19, llamado popularmente “Coronavirus“. Su aparición dejó perplejos a los sistemas sanitarios en Asia, Europa y diversas regiones del mundo.

 

Diciembre 31 de 2019, nace el virus en Wuhan, China

Este es un momento idóneo para regresar a los argumentos filosóficos, poéticos y literarios: cuando los gobiernos y sus representantes principales no resuelven dudas, el panorama donde la ciencia se muestra endeble, superada por la violencia de la naturaleza, y el caos impera en cada sector social para dar lugar a un escenario de incertidumbre.

En situaciones así, no hay respuestas más precisas que las que emergen de la palabra, de su calmada sabiduría. Esto puede notarse gracias a la serie de opiniones distópicas que han repuntado gracias a las redes sociales, que con una lógica simplista especulan y dictan contextos inverosímiles, aunque aceptadas por las mentes conducidas –hoy más que nunca– por el miedo y la ignorancia.
Un virus común ataca las cavidades nasales, el Coronavirus, su principal objetivo: las vías respiratorias y los pulmones

El argumento central de la novela de Camus se desarrolla en una ciudad de Argelia, Onán. Rieux, un médico, es el protagonista. Ambos entes (médico y ciudad) construyen una relación para hacernos entender lo subjetivo y lo objetivo de la existencia entre una crisis patológica: una persona puede representar a la urbe entera y viceversa. Si nos remitimos al entorno encontramos que la metrópoli  tercermundista que plantea el autor no es distinta a nuestra capital, así como al tercer mundo en países que ostentaban ser equitativos o vanguardistas en términos de igualdad: Europa es un caso, como advirtió Slavoj Zizek.1

Desigualdad económica, falta de oportunidades laborales y un sistema de salud poco eficaz, forman la tormenta perfecta para el desarrollo de una crisis de salud. Las pandemias se originan en cualquier sitio –con ese temible principio de incertidumbre que mencionaba el también autor de El extranjero– pero adquieren potencia gracias a las condiciones sociales que facilitan su propagación.

 

El 30 de enero de 2020 la OMS declara alerta mundial por el nuevo y violento virus

Un indicador alarmante de la dispersión del Coronavirus en el mundo es que, ahora, los pueblos en carencia se encuentran en todas partes del orbe. A medida que la riqueza se concentra en sectores puntuales, la pobreza se difumina exponencialmente: esto no es nuevo, aunque comenzamos a ver tintes fáusticos en nuestra cotidianidad.

En el caso de la novela, las ratas infectaban a la gente. Con este virus (SARS-CoV-2) surgido en China, somos los propios humanos los que contagiamos a nuestros pares (se acusó falsamente al consumo o propagación animal al comienzo).

El origen de la patología  no se ha esclarecido aún. Existen tesis que apuntan a un ataque viral por parte de Estados Unidos, cuyo objetivo sería desestabilizar el orden mundial y legitimar al presidente Donald Trump ante las próximas elecciones de su país. También las acusaciones han incluido a las grandes compañías farmacéuticas, que podrían incrementar significativamente sus ganancias gracias a la pandemia.
Las ventas de cubrebocas y productos sanitarios asépticos estallaron en solo tres meses

El factor humano tiene mucho qué decir al respecto: ¿es necesaria la matanza y el sufrimiento para consolidar los intereses del poder plutócrata? La respuesta es un lamentable sí, que nos deja expuestos en tanto sociedades egoístas y desiguales. En tenor de ello podríamos preguntarnos: ¿cómo mueren las personas a nuestro alrededor? Para contestar, regresaremos a La peste, pues hay un símil preocupante: en soledad.

Y aquí la dimensión de aislamiento es más profunda que la entendida convencionalmente. Hablamos de un sentimiento de desolación comunitario y de relaciones inmediatas, así como de un abandono de parte del Estado y su brazo derecho, el poder empresarial.

Para Camus, esta es una situación deplorable: los enfermos –tanto más los terminales– tienen al menos un derecho primordial, estar acompañados. Los hombres y las mujeres de esta época no se distancian de los personajes en la novela, cuando al verse rebasados por una crisis sanitaria, se hunden en un profundo desamparo espiritual y material, égida de nuestro tiempo.

Últimamente he escuchado y leído, con mayor insistencia, argumentos a favor del malthusianismo. Personas con diatribas ilógicas sobre las bendiciones que podrían traer las pandemias y las guerras: en redes sociales no falta el ejemplo de quien justifica el virus como una conducta inherente a la naturaleza para equilibrar el orden biológico, como si pudiéramos establecer este tipo de juicios. He visto en contraste, pocas defensas de la vida. Tras revisar a diario las notas en relación al Coronavirus considero que hay dos factores imperantes en la opinión pública de los medios masivos, que ya mencioné en este ensayo: ignorancia y miedo.

El temor que hace violento al corazón humano y la intransigencia que destroza la solidaridad: hoy escuché en el transporte público a un par de jóvenes que decían: “que se mueran –los enfermos– pero que no entren a nuestro país”.

Inconciencia y pánico. Camus los retrata perfectamente en las páginas de la novela aquí retomada y, pienso, son estas condiciones las que a la postre consiguieron en más de una ocasión hacerme dejar la lectura por un sentimiento insostenible de náusea (en su sentido sartreano).2

No fueron los crudos escenarios de ancianos muertos, niños huérfanos o moribundos, hombres y mujeres en las cimas de la desesperación, sino los pasajes donde se exponía a detalle la iniquidad del alma y el camino hacia la barbarie, donde se perdía la esperanza en un agónico callejón sin salida. Eso, a diferencia de las consecuencias físicas de una pandemia, puede ser más dañino para nuestro mundo: ¿cuántas veces la falta de solidaridad y vínculos han llevado al declive a nuestra especie?

Camus pensaba en los temas que deambulan en su obra: la guerra de Argelia de mediados del siglo XX y la Segunda Guerra Mundial, su perjuicio al mundo Occidental, es decir, la catástrofe del capitalismo y sus guerras adscritas para servir a las clases dominantes y asfixiar a los más desprotegidos. Ninguna batalla asesina más que la desigualdad.

Nicolas Poussin: The Plague at Ashdod (1630). Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Nicolas Poussin: The Plague at Ashdod (1630). Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Han dicho que la población con obesidad y enfermedades respiratorias se encuentran en mayor vulnerabilidad, igual los niños y los ancianos. No se ha advertido ni se apuntará que son los pobres quienes una vez más sufrirán antes que los demás.

Los pobladores de Orán, al saberse desprotegidos por su Estado –pues se les condenó a cuarentena sin posibilidad de escape–, entran en una paranoia colectiva. Tanto por el miedo de contagiarse como la ignorancia al respecto, los obligó a realizar prácticas inhumanas.

La indiferencia ante los decesos ajenos han crecido a medida que las necesidades vitales se vuelven difíciles de satisfacer. Al ver a los demás morir, el espejo de la muerte se hace más nítido: nos aferramos a la vida casi siempre desde lo individual; olvidándonos así de la preocupación por el otro.

 

Italia, 2 de febrero: hay carencia de cubrebocas en las villas más pobres de Lombardía. Un alcalde en cuarentena anuncia que, por seguridad de los demás, no saldrá de su casa; causa la burla regional y mundial por usar incorrectamente un cubrebocas

Encuentro otro paralelismo entre la novela y la realidad. Por una parte, la ignorancia se evidencia al acotar de forma irreflexiva cualquier novedad sobre el tema: leemos mucho gracias a internet con una ínfima capacidad de comprensión lectora. Tenemos más información que nunca, aunque nuestro criterio procesa mal esa desmesura. Las mentiras se propagan más rápido que los virus, las habladurías generan malestar en la población, acrecientan las enfermedades más procaces de la actualidad: las mentales.

Es por ello que más de un gobierno en el mundo ha solicitado no generar mayor tensión psicológica de la que ya existe al compartir fake news. Sin duda, oportunistas y maliciosos abundan, incluso en calidad de figura política: en cualquier latitud se difunde este tipo de contenido sin saber las caóticas consecuencias que implica publicar falsedades con rostro de verdad.

Según Zizek, más allá de cualquier otro trastorno son la ansiedad, el estrés, la depresión y sucedáneas, enfermedades que vuelven proclive a la población de crisis mentales continuas, casi cotidianas. Situación que se acentúa explícitamente en las pandemias.

 

En este tipo de catástrofes, las mentiras son asesinas

Ansiedad y depresión encuentran un campo idóneo de repunte, y de esto no habla nadie en política pues, como demostró Michel Foucault en su Historia de la locura, estas patologías son un mecanismo de ordenamiento –y punición– de probada efectividad en la sociedad.3

A la par, crecen las fricciones entre individuos, se originan incidentes de racismo que incluso son considerados graciosos: un “chino” en un vuelo es motivo –al menos– de burla y desprecio. Regresamos a la deliberación mediante el prejuicio.

Dice Camus: “Estupidez. Las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro”.4

Es verdad: nos encontramos ante la carestía de ciertos medios de subsistencia (enseres alimenticios y médicos, principalmente), también escasez de humanidad: falta de comprensión y empatía. No vemos que es la desigualdad una de las causas de cualquier crisis sanitaria: morirán personas de cualquier estrato social, cierto, pero quienes están más desprotegidos ante cualquier riesgo son las clases bajas.

Simultáneamente podemos ver un incremento del egoísmo como forma de supervivencia, mismo que no hace más que exponer el estado pútrido del espíritu de la época que vivimos. Lo acabamos de ver hace unos días, cuando el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, hizo hincapié en que daría auxilio –en caso de urgencia extrema– a embarcaciones con posibles personas contagiadas provenientes de Italia. Una horda de críticos más vulgares que informados, autonombrados “especialistas en salud”, salieron a defender a la patria y a sus habitantes.

¿De la misma forma están comprometidos con brindar apoyo y mostrar solidaridad con sus pares mexicanos cuando no haya pandemias?, ¿o solamente hablan ahora que existe un peligro para la población y pueden hacer uso del miedo?  No lo creo, tal vez solo se defenderán a sí mismos, a su ego investido de opinión. Destaca con preocupante regularidad la miseria individualista.

Quién sabe cuántos de los detractores en atender humanamente a los demás estén dispuestos a mirar en retrospectiva. Habría que preguntarles a ellos –y a nosotros mismos– qué tanta es nuestra preocupación por los demás en tiempos en los que, como dice Fito Paez, nadie escucha a nadie y todos contra todos.

La maldad, insiste Camus –evocando a Sócrates–, va en relación directa con la ignorancia.5

Un problema sanitario también es social, fenómeno que puede reflejar en su cauce las crisis del espíritu humano en un periodo histórico determinado. Así lo demostró este existencialista y podemos percibirlo ahora. Las posturas egoístas tienden su lazo con el individualismo, que es producto capitalista por antonomasia, dado que se liga a los valores de la propiedad y el éxito económico. No vemos más que consecuencias de un sistema de producción sólido en las endebles vidas de la población común.

La posibilidad de que una pandemia acabe con la vida en el planeta está inserta en lo cotidiano: es invisible igual que un virus. Está en relación directa con la lucha que podríamos entablar contra, precisamente, nosotros mismos.

No hay vacuna posible para atender el daño que pueden causar la intolerancia en el mundo. La naturaleza evidencia el caos humano y las pandemias no son un castigo sino una consecuencia de la muerte que privilegiamos sobre la vida.

México 28 de febrero: primer caso confirmado en el país

 


Autores
Escritor y sociólogo por la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, actualmente Maestría en Estudios Políticos y Sociales-UNAM (especialidad Arte y poder).

 

Desde que tengo memoria, mi madre deja 15 por ciento de propina a todos los meseros. Mi padre no comparte su idea y en cuanto traen la cuenta, él toma el cambio y se levanta de la silla. Siempre dejé el 15 por ciento ya fuera en el bar, el restaurante o la cafetería, hasta que después de varias malas experiencias, y quizás debido a mi personalidad que tiende a polarizar cualquier asunto, decidí que dejaría el 15 por ciento si el servicio fue bueno, y definitivamente nada si el mesero tuvo una inexistente actitud de servicio. La mirada sutil e incisiva de mis amigos desaprobando mi decisión en la mesa, y la de mi madre juzgándome de “duro”, ha hecho que cambie mi método. Ahora, opto por un dejar 10 por ciento de propina independientemente del desempeño del mesero. Tal vez responde a brindar un poco de equilibro o mera resignación. No estoy seguro. Al final del día, los comensales y, por qué no, muchas veces la poesía, suelen ser condescendientes con la mediocridad. Pero éste no es el caso de Restaurante Bar Familiar de Luis Lugo.

 

El primer poema que leí de Luis Lugo trata justo sobre un mesero que se rehúsa a llevar su comida a un hombre que está sentado a la mesa, acompañado de una mujer que no es la suya, y eso es algo que sólo el mesero sabe porque el hombre en cuestión es su padre. El mesero se niega a atenderlo o, mejor dicho, a confrontarlo. No así la voz de Luis Lugo, que en más de un poema de Restaurante Bar Familiar le pasa la cuenta a la figura paterna, a la casa familiar, a la infancia, a los años noventa y los recuerdos. El hombre del poema del que hablo no le deja propina al mesero en ese texto, pero yo supe al momento de leerlo que tenía entre las manos algo interesante, que me encontraba frente a una “intuición” auténtica de la poesía, algo que Marina Tsvietaieva define como “versos dados”, esos relámpagos, eso que ocurre súbitamente previo a la escritura del poema y cuya ausencia en un texto es lo que evidencia la falsa poesía. El libro de Luis Lugo tiene bastantes versos dados, digresiones que podrían ser también un kōan zen o líneas rotundas de una obra de teatro.

Ejemplos de esto ocurre en el poema “Mudanza”, donde la familia comienza a meter todas sus cosas en un Tsuru viejo, incluyendo “las lámparas que ya no soportan la luz”. Otro ejemplo, es el “tráiler que pasa cimbrándolo todo” en medio de una fiesta de cumpleaños de un niño cuyos padres están recién divorciados. El índice del libro es también la carta que uno mira al llegar al restaurante, los poemas se ofrecen como platillos, y puedo decir que cada uno se ha ganado su lugar ahí. Frente a esos poemas que Lugo comenzó a escribir hace casi diez años, esos textos que fue horneando como hornea su pan en el restaurante o su departamento, supe que no sólo pagaría la cuenta y daría la propina justa, sino que, además, le saldría debiendo al establecimiento. Lugo sabe de esos golpes duros de la vida de los que habla Vallejo, “esos golpes sangrientos son las crepitaciones / de algún pan que en la puerta del horno se nos quema”.

 

La infancia, su recuerdo o reinvención, así como la ruptura de la familia son temas medulares de Restaurante Bar Familiar; poemas que surgen de la primera y la segunda infancia y se instalan ahí, no a la vista de todos, pero sí más adentro, como el reverso de una herida. Además de estos temas, en el libro están presentes la década de los años noventa con los Looney Tunes y Los Años maravillosos, los emblemáticos maratones de películas de Cine Permanencia Voluntaria de Canal Cinco; Toy Story y E.T., el extraterrestre; la cultura pop y el culto a la comida rápida (creo que el poema titulado Kentucky Fried Chicken puede definir la poética de Lugo), así como la pintura y la plástica, con Pollock, Warhol y Hooper, además de su propensión a la prosa de la mano de Raymond Carver. De hecho, los relatos de Raymond Carver, a quien Lugo lee con atención, me recuerdan muchos de los poemas de Restaurante Bar Familiar. Algo me pasa con Carver, difícilmente puede recordar o contar de qué tratan sus historias, pero siempre puedo señalar la sensación que me dejó después de leerlas. Así con los poemas de Lugo, donde los versos funcionan de manera anecdótica y terminan creando atmósferas igual de desconcertantes como las del narrador norteamericano.

 

En un episodio de la quinta temporada de los Los Simpson, Homero decide dar un curso de educación para adultos sobre “Cómo llevar un buen matrimonio”. Después de revelar muchos detalles de su vida marital, Homero lleva al límite la paciencia de su esposa y ésta termina echándolo de la casa. A la mañana siguiente, Marge Simpson prepara el desayuno para sus tres hijos, pone el jugo de naranja en la mesa. Homero no está ahí. Marge toma un respiro y les dice: “niños, su papá y yo estamos pasando por un momento muy difícil ahora, y no sé que va a pasar, pero recuerden que tanto papi como mami los quieren mucho…”, y sale de la cocina. Entonces, sucede algo que he descubierto que pasa muchas veces en Los Simpson y, por qué no decirlo, en varias ocasiones complicadas de mi vida, algo que me gusta llamar “el momento Lugo”; después de las palabras y retirada de Marge, Bart se gira para decirle a su hermana Lisa que nunca ha visto a mamá tan molesta con Homero, y Lisa le confiesa en secreto que cada vez que se preocupa por la relación de sus padres sube al desván y le da una vuelta a su bola de estambre gigante. Ambos niños se quedan en silencio, pasando saliva con trabajo. Viven “un momento Lugo”: el vacío que se asienta en el estómago, el quitarrisas, el silencio que se abre en medio de las conversaciones; esa manera de alterar sutilmente el orden de las cosas con tan sólo tres palabras o un verso; la tensión que se produce entre el tema de la poesía y la poesía del tema, como refirió Wallace Stevens. La reacción de los niños en esa escena hace que algo se paralice en nuestro interior y nos recuerde el peor castigo que sufrimos en la infancia, o ese día en que nuestros padres olvidaron recogernos, a Lugo y a mí que somos hijos de en medio, de una fiesta en el bosque o afuera del consultorio del psicólogo.


Autores
(Ciudad de México, 1985) Es un joven poeta mexicano que ha sido becario del Fondo Nacional para Cultura y las Artes de México y de la Fundación para las Letras Mexicanas y ha obtenido diversos premios de poesía con sus obras, destacando el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en su edición del año 2014.
Imagen original de Anses.

 

ella
canta junto a una niña extraviada que es ella:
su amuleto de la buena suerte. Y a pesar de la
niebla verde en los labios y del frío gris en los
ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre
la sed y la mano que busca el vaso.

-Alejandra Pizarnik.

 

Olga Orozco, la cantora nocturna[1], fue poeta, polifacética, periodista con ocho seudónimos, redactora de horóscopos y huracanes, actriz y médium de sus fantasmas y las cosas. Nació en Argentina en 1920, perteneció a la Generación del 40, aunque realmente nunca se sintió parte de ella, así como nunca sintió, en su totalidad, pertenecer a este plano que habitamos; ella prefirió descubrir su tercer ojo. Entre las páginas que escribió nos damos cuenta que nos hemos adentrado en una espesura, alejada de todo, donde al fondo se encuentra Olga Orozco colocando cartas en la mesa. Leer su poesía es una invitación al otro reino: el de las cosas que se mantienen boca abajo. Por tanto, hay que tener el oído (la mirada) más atento para este llamado a lo otro, lo que no se ve inmediatamente, ese más allá.

Si bien en el acto de leer poesía hay un desprendimiento del “yo”; con las poetas siempre nos queda un escalofrío de no entender (sin querer entenderlo por completo) el cómo llegan a ciertos lugares dentro de su escritura; pareciera que tocan el fuego. Alejandra Pizarnik, por ejemplo, discípula de Orozco, nos dirige de inmediato a una imagen: un recuerdo que quema. Además, comparte con Olga Orozco, el conflicto del peso de la palabra y los textos de sombras que no dejan de deambular en el mundo de los vivos. Hay una fotografía donde ambas salen sentadas en una banca; las dos llevan su gabardina y la mirada que trata de llenar un vaso, una hoja, lo inasible.

Con Olga Orozco podemos sentir que se nos habla desde otro reino, uno que ha dejado ya de existir, pero que se manifiesta en ella a través de ciertos hilos invisibles que vienen de distintos tiempos, de distintos cuerpos. Para hablar de la poesía de Orozco —y su polifonía— tendríamos que hablar de ella y sus fantasmas, que se presentan con un aroma antaño para recordarle que vienen y permanecen en ella.

A partir de su primer poemario, Desde lejos, existe ya la llamada compulsión a la repetición[2], un ejercicio surrealista. En el caso de Orozco, la compulsión genera que su voz lírica comience a multiplicarse. En su poesía, entonces, nos encontramos con seres que vuelven y vuelven a repetirse de manera insistente. En su poema “Lejos desde mi colina”, nos dice: “Reconocía en ellos distantes mensajeros / de un país abismado con el mundo bajo las altas sombras de mi frente”[3] para luego, guiarnos a través del jardín de sus edades, y darnos, en un poema siguiente, un enlistado de aquellas mensajeras:

Están aquí, reunidas alrededor del viento,
la niña clara y cruel de la alegría, coronada de flores polvorientas;
la niña de los sueños, con su tierno cansancio de otro cielo recién
abandonado;
la niña de la soledad, buscando entre la lluvia de las alamedas el
secreto del tiempo y del relámpago
la niña de la pena, pálida y silenciosa,
contemplando sus manos que la muerte de un árbol oscurece;
la niña del olvido que llama, llama sin reposo sobre su corazón adormecido,
junto a la niña eterna”.[4]

¿Es acaso esta su maniobra para asegurarse un lugar en el mundo? Los recuerdos que se tienen de la infancia los vuelve suyos, aún cuando son experiencias contadas por voces ajenas; con estos recuerdos forma un cúmulo de años para decir que fue de tal forma y, un cúmulo de años después, de otra. Se asegura un lugar, entonces, en tanto se recrea con las voces ajenas y plasma estas memorias en su tiempo: “He juntado vestigios, testimonios que acreditan quién soy / Credenciales irrefutables como un juego de espejos entorno a un fulgor, /Certezas como cifras esculpidas en humo.”[5] Gaston Bachelard, en La intuición del instante, nos dice cómo nos imitamos a nosotros mismos y cómo de esta manera adquirimos nuestro propio nombre.[6] Y, en esta sensación orozquiana, la imagino a ella juntando distintos tiempos sobre una mesa para comer de ellos, volverse presente y “darle consistencia a la copa”.[7]

¿Y, si además de ser todas cuantas fuimos, somos las personas con quienes hemos estado? Olga Orozco, como médium poeta, parece juntar a sus fantasmas a esa mesa que es su poesía para que no dejen de hablar a través de ella. Como comentamos anteriormente: la compulsión de instantes, que crean el tiempo para Orozco, vienen del pasado, es decir, son instantes desaparecidos. Bachelard los llama “la sinfonía de los instantes”; nos habla de estos ritmos (voces) que se van cayendo y, sin embargo, siguen inmersos en una sinfonía general. Para Olga Orozco, las niñas que fue, su madre, Pizarnik, Valerio Peluffo, y otros fantasmas, son esas notas que siguen resonando. Bachelard nos presenta el siguiente esquema para entender la caída de los instantes:

◑◑◑           ◑◑                ◑

◑◑◑◑◑  ◑◑◑◑◑  ◑◑◑◑◑   ◑◑◑◑◑[8]

Es decir, “Del tres por cinco se constituye en dos por cinco, luego en uno por cinco y luego en el silencio de un ser que nos deja cuando alrededor,[en] el mundo continúa resonando […] Un ritmo que continúa inmutable es un presente con duración […] Un sentimiento que perdura adquiere un sentimiento metafísico”.[9] Y este sentimiento metafísico que resuena en Olga Orozco, podríamos decir que fue un regalo de su madre, para “aquella niña de la soledad, la que busca el secreto del tiempo y del relámpago”.[10] El obsequio es precisamente el secreto del lenguaje en relación con la muerte. Como nos indica Tamara Kamnenszain, la madre es la primera que le entrega a Olga Orozco los vasos comunicantes para aprehender el idioma de ese otro reino: “Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo, vuelto estatua de arena/ puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal, / los signos con que habremos de volver a entendernos”.[11]

Al paso del tiempo, Olga no solo logra entender y comunicarse con su pasado y su madre incorpórea, sino también con los objetos: “Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato. / No me sirves, memoria, aunque simules este día. /No quiero que me asistas con mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales”.[12]

Valerio, otro personaje elemental en la vida y obra de nuestra poeta, es quien, tiempo después, le otorga el corazón secreto de las cosas, para que, tras su muerte, puedan comunicarse a través de ellas: encontrarse en su tiempo presente.  Este nuevo lenguaje lo vemos claramente en Con esta boca, en este mundo, poemario donde Orozco logra hacer uso de la herramienta de nombrar para poder realmente beber al decir “agua” y comer al decir “pan”. Los objetos, por lo tanto, dejan de ser inanimados:

He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del deseo, una alucinación de la nostalgia.”[13]

Se crea desde la nostalgia la contraseña del lenguaje entre Olga Orozco y las cosas. Lo que acaba de desaparecer, fallecer, vuelve al siguiente instante. Orozco junta los objetos cercanos para darles su carácter vivo. Es quizá este poder que tiene nuestra poeta mística de admirar todo cuanto ocurre ante sus ojos: lo mínimo, el instante de nuevo, el “ínfimo insecto que conserva su lugar de honor en su muestrario[14]. Todo objeto es, por ende, valioso y también un puente hacia algún recuerdo, hacia el otro reino.

“Si nuestro corazón fuera suficientemente vasto para para amar la vida en el detalle, veríamos que todos los instantes son a la vez donadores y expoliadores, y que una novedad joven o trágica, repentina siempre, no deja de ejemplificar la discontinuidad esencial del tiempo.”[15] Al leer a Olga Orozco pareciera que terminamos con un sexto sentido y esto es quizá uno de los fines de la poesía: levantar las cartas, prender fuego al agua, y juntar todas las voces en un mismo cuerpo.

 

Bibliografía

Gaston Bachelard, La intuición del instante. México, Fondo de Cultura Económica, 2002.

Olga Orozco, La voz de Olga Orozco. Poesía en la residencia. España, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2003.

Tamara Kamenszain (prol.), Olga Orozco. Poesía completa. Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2012.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] “Cantora nocturna”, nombre del poema que Alejandra Pizarnik le dedica a Olga Orozco.

[2] Tamara Kamenszain (prol.), Olga Orozco. Poesía completa, p. 7.

[3] Ibíd, p. 23.

[4] Ibíd, pp. 26-27.

[5] Olga Orozco, La voz de Olga Orozco. Poesía en la residencia, p. 12.

[6] Gaston Bachelard, La intuición del instante, p. 74.

[7] Tamara Kamenszain (prol.), op, cit., p. 16.

[8]Gaston Bachelard, op. cit., 47.

[9]  Ibíd., pp. 47- 48.

[10]  “Esos seres extraños”

[11] Tamara Kamenszain (prol.), op, cit, p. 129.

[12] Ibíd.,p. 416.

[13] Ibíd., p. 417.

[14] Olga Orozco, op. cit., p. 12.

[15] Gaston Bachelard, op. cit., p. 13.


Autores
Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la licenciatura de Escritura Creativa y Literatura. Ha sido publicado en el Periódico de Poesía, Tierra Adentro, Sin embargo, Taller Igitur, Este País; entre otros. Publicó, junto con otras poetas, en Novísimas. Reunión de poetas mexicanas (1989-1999) de la editorial Los libros del perro. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2021-2022).
Karl Marx, painted portrait. Galería de Thierry Ehrmann. Flickr

 

Este 14 de marzo se conmemoró el 137 aniversario de la muerte de Karl Marx (1818-1883). Su obra y perspectiva sobre las formas de la acumulación del capital, la división del trabajo, así como los modos de producción sustentaron un cambio absoluto en la mirada antropocéntrica del mundo. Es preciso admitir que su enfoque del trabajo planteó proyecciones que a lo largo del siglo pasado y el presente son verdades, el arma mortal de la humanidad es la epidemia capitalista.

La obra del filósofo, en conjunto con Friedrich Engels (1820-1895), consiguió crear una genealogía de la explotación y esclavismo desde la institución familiar, donde se observa el trabajo femenino como un medio para que las horas hombre fueran cumplidas en los sistemas fabriles.

Repensar la vigencia del marxismo nos permite no solo criticar de manera objetiva (es decir, ligada a su contexto) la invisibilidad de las mujeres en su propia lectura histórica, sino criticar al interior de nuestras líneas de pensamiento la manera en que hemos creado islas, a veces falsas, respecto a la voluntad de cambiar la era que vivimos.

La visión cíclica de la historia facilita ver cada proceso como el trazado de la segmentación de las civilizaciones, habitadas por sujetos oprimidos y círculos de acumulación —de poder y capital—, dinastías que han creado la extinción del contrato social hasta nuestros días.

El capital (1867) puede que sea uno de los libros más citados en la región latinoamericana, donde las fuerzas comunistas y socialistas dictaron buena parte de las tesis, manuales guerrilleros, actas de defunción, contraataques y lecturas opuestas que se han originado en México.

Siempre propongo leer antes El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), desde luego no en un afán de que sea una guía o un resumen millennial (algo así como Los conceptos de la historia marxista para dummies),  sino porque antes de leer El capital es necesario reconocer que la lectura marxista de la historia y el origen de la explotación es resultado también de la concentración del poder sobre los demás seres humanos.

De ahí que la interpretación que hace Marx de Hegel expone la idea de que para comprender las formas de explotación es necesario mirar detenidamente la manera en que Occidente ha creado sus figuras y procesos históricos, tales como las estructuras monárquicas, la construcción de las Repúblicas y Estados, pero principalmente las estructuras “revolucionarias”, por eso resulta sumamente atractivo analizar el peso de la burguesía en las rupturas sociales —incluso contra la monarquía— para obtener un beneficio propio.

La historia siempre se presenta dos veces —“primero como tragedia, luego como farsa”, indica el propio Marx—, pero es en ese proceso cuando el desequilibrio de un momento histórico guerras y revoluciones, por ejemplo actúa como el dispositivo ideal para comenzar el proceso de explotación de los individuos mediante su fuerza de trabajo, es decir, las horas hombre.

Mediante la promesa de progreso, incluso de igualdad, las clases bajas y trabajadoras sostienen la maquinaria primero de la revolución burguesa, después de los Estados democráticos y posteriormente del tardocapitalismo. De esta forma, vemos cómo Occidente ha consolidado su hegemonía mediante diversas formas de explotación, también gracias a la invención de estructuras políticas verticales, incluso en el caso de los Parlamente o la propia democracia.

Lo que puede leerse al inicio como un infortunio, como lo es la guerra y la perdida de vidas, finalmente se vuelve un medio con múltiples réplicas para salvaguardar su lugar en el mundo político y económico. Mientras la masa sucumbe —como se ve de manera sumamente detallada en la historia que Marx cuenta sobre Luis Bonaparte y la extensión de la revolución burguesa—, el origen de rebeliones similares son cuentos de hadas para dormir mientras se acelera el enriquecimiento de muy pocos individuos. Desde un principio, Marx admite que si bien el hombre hace su propia historia, existen fuerzas externas que impiden el sustento del libre arbitrio:

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla en el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionarias es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, su consigna de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.

La farsa a la que hemos sobrevivido nos obliga a repensar la figura del Estado, las instituciones privadas y el mercado, también los grandes y pequeños fenómenos. El pensamiento marxista ha sido uno de los continentes de filosofía del cual he podido establecer puntos de contacto entre movimientos sociales que sin duda tienen un carácter urgente, como es el caso de las formas de explotación en el trabajo femenino, las maneras en que le generación del capital se vincula de manera directa con los feminicidios y la violencia de género, y desde luego la manera en que el feminismo en su cuerpa interna se ha visto fragmentada ante la articulación de clase y fenotípico.

*

Desde luego que si hablo del feminismo como un tema que sale de la lupa de los grandes problemas del mundo no es porque no comprenda el momento histórico desde el cual escribo, sino precisamente por haber llegado al punto límite de la vida de las mujeres, donde enfrento esta realidad.

Ante las estadísticas de explotación en el trabajo de hora/mujer, de acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo, se advierte que no solo las múltiples diferencias salariales que se encuentran entre el trabajo de hombre y mujeres, sino las maneras en que el trabajo doméstico, del cuidado de las hijas y otros no permiten una verdadera equidad.

Son alarmantes los índices mundiales de feminicidios, como puede verse en el informe creado por la oficina dedicada al análisis de criminalidad de la ONU, donde cada dos horas y media se registra un feminicidio en Latinoamérica y uno de cada tres mujeres ha sufrido violencia sexual.

Una práctica tan cotidiana como salir de casa para trabajar se vuelve una trampa, por ello exigimos que nuestra lucha se integre de manera real a la agenda política y económica del Estado y las iniciativas privadas.

En términos actuales, Estado y Mercado están prácticamente del mismo lado, valga decir que no existe esperanza en un país donde las actividades delictivas han sido mecanismos reguladores, tanto en la política interna como en la economía, del mismo modo que mediante la economía gore, como lo denomina Sayak Valencia en su libro Capitalismo gore, se han sentado las bases para definir el valor de la vida.

Vivimos una tragedia producto de la serie de farsas que los grandes “cñores” han impuesto en nuestra vida. Y cuando escribo “cñores” también integro en su núcleo el trabajo de mujeres que han decidido regirse bajo tales praxis con privilegios que desde las altas esferas políticas y económicas igualmente han recreado las dolorosas huellas en nuestras cuerpas. La explotación de mujeres, ya de por sí oprimidas por su clase o por su color de piel, ha llevado desde el norte hasta el sur la generación de una cartografía de explotación laboral y sexual, así como el encuentro con la vida nula.

Si bien el marxismo clásico —entendido como el análisis sin modificaciones del pensamiento de Karl Marx, tanto en sus conceptos como en las herramientas de análisis económico e histórico— se quedó corto en la manera de comprender el trabajo de las mujeres, la idea es que este funcione como una forma de establecer una voz crítica al interior del feminismo insurgente, joven y absolutamente necesario, pero también volátil.

La perspectiva histórica del feminismo permite establecer puentes entre los conceptos del marxismo clásico y las maneras en que estos, en específico los referentes a la idea de trabajo remunerado, se integraron al feminismo desde hace más de un siglo, es decir en las formas de explotación laboral fuera de casa y al interior, así como en los modos de producción, incluso de manera contemporánea el acceso a la educación universitaria y a la especialización en las áreas.

Hay que decirlo, el marxismo no era un entusiasta del feminismo, en parte porque suponía que, dentro de la división del trabajo por género se detenía una vez que las mujeres se embarazaban y se quedaban en casa.

Engels argumentaba que la división del trabajo era en absoluto espontánea, por que hombre y mujeres debían trabajar en los espacios y con los instrumentos propios de sus labores por género, porque “la economía doméstica es comunista, común para varios y a menudo varias familias”; sin embargo, cambiaría en la misma transición hacia el capitalismo, donde el intercambio de dinero mediante el labor masculino ponía en un plano inferior a la mujer.

Este tema no solo será el punto de quiebre para el posterior análisis sobre el trabajo de las mujeres fuera de casa, como es el caso de Olive Schreiner, autora pionera del feminismo, quien con su libro Woman and labour, de 1911, expuso “el problema del trabajo femenil” a partir de las condiciones en las que las empleadas trabajaban fuera de casa, situadas desde su visión de finales del siglo XIX.

Imagen tomada de Flikr.

Adolescencia comunista de Enrique Molina. Flickr

En general, Schreiner pone en tensión el espacio doméstico. Desde luego que la bibliografía acerca del cuidado del otro y su relación con la generación de capital es basta, incluso los análisis contemporáneos son esperanzadores y ofrecen formas de pensar políticamente el trabajo doméstico, como Silvia Federici y Alejandra Eme Vázquez. Cabe decir que el libro Su cuerpo dejarán, de Eme Vázquez, es una de las mejores reflexiones en cuanto a aquello denominamos trabajo no remunerado, es decir, el cuidado de los demás, pues marca en el mapa del pensamiento feminista en México, una discusión que se ha ido postergando.

De la mano del pensamiento feminista, muchas mujeres sostuvieron que además de hablar de clase, era necesario hablar de raza. El feminismo radical e incluso interseccional ha leído el marxismo como una forma de crear desde un mismo concepto el problema de clase y fenotipo, pero no es suficiente en nuestro contexto, porque tenemos una sociedad compleja constituida por diversos grupos y experiencias de lo que se traduce como la cuerpa social o el ser mujer en México, más allá de las condiciones del feminismo en la CDMX, como lo analiza Dahlia de la Cerda en su texto Separatismo, la mayonesa feminista.

Es una tragedia saber que el problema es más lacerante, y la labor para ayudarnos a nosotras mismas es más dura que el de los pequeños “cñores” que intentan que los dejemos pasar a nuestra cuerpa mediante su discurso deshonesto, mediante su farsa de “soy hombre, pero también soy feminista”. El quehacer político que nos resta como mujeres comprometidas y concientes de nuestro contexto es de base, política y orgánica, es decir, desde la cuerpa, de fondo y con orientación hacia las comunidades pauperizadas, desfasadas de la perspectiva de las clases altas y, hay que decirlo, separatista. Todo esto supone una crítica profunda a los privilegios que poseemos, por lo menos desde una lectura marxista.

Sabemos que buena parte de la producción de pensamiento feminista ha sido creado por mujeres blancas de esferas sociales altas, razón por la cual las mujeres de color, indígenas o de clase trabajadora no se encuentran contempladas desde este amplio marco de análisis.

Luego del paro del pasado 9 de marzo, el análisis marxista me cosquilleó la razón al ver que existen mujeres que no pudieron decidir porque el faltar o no incide de manera directa en su economía y no en la de sus empleadores, puesto que no trabajan en grandes empresas, en medios de producción de bienes culturales, artísticos o educativos, incluso como freelanceras.

La autocrítica desde un análisis de clase y formas de explotación laboral es absolutamente urgente en el sentido de que podemos mirar y escuchar las experiencias y saberes de otras compañeras en distintos contextos para reformular la idea de prácticas inclusivas. No dudo de las buenas intenciones, pero sí creo que no hemos escuchado a las mujeres que no cuentan con ningún privilegio y que dependen absolutamente de su fuerza de trabajo.  Sus cuerpos y de saberes indiscutiblemente fortalecerán nuestros feminismos.

El paro laboral es una práctica que genera presión, como lo vimos, consigue la obtención de permisos por parte de diversos empleadores que propusieron su idea de feminismo, spoiler de momento fársico, incluso de empatía, pero hasta que el feminismo en México no se genere de manera horizontal y ayude a romper la pirámide clasista, sea por privilegios de educación, clase o fenotipo, la lectura de la obra de un hombre del siglo XIX seguirá en las agendas para comprender lo que los cientos de mujeres del siglo XX aprendieron de él.

Ciertamente el feminismo como la lengua es un ser vivo, se gesta en nuestros cuerpos, se abre en nuestros pulmones, se regodea en los muros, en las calles y plazas de este país, y su urgencia nos exige el fin de las farsas.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.