Tierra Adentro
Pedro Uc Be, poeta y defensor del territorio maya. Fotografía de Haizel de la Cruz.

Canek dijo:

Los hombres blancos no saben de la tierra ni del mar ni del viento de estos lugares. ¿Qué saben ellos si noviembre es bueno para quebrar maizales? ¿Qué saben si los peces ovan en octubre y las tortugas en marzo? ¿Qué saben si en febrero hay que librar a los hijos y a las cosas buenas de los vientos del sur? Ellos gozan, sin embargo, de todo lo que produce la tierra, el mar y el viento de estos lugares. Ahora nos toca entender, cómo y en qué tiempo debemos librarnos de este mal.

Ermilo Abreu Gómez

 

El 16 de diciembre de 2019, Pedro Uc Be, poeta y defensor del territorio maya en Yucatán, originario del municipio de Buctzotz, recibió una amenaza de muerte desde un número anónimo. Un sujeto le advirtió que lo matarían a él y  su familia si no paraba con sus acciones en contra de las construcciones, financiados por empresas privadas, que invaden áreas naturales.

Pedro acababa de cumplir dos años encabezando la Asamblea de Defensores del Territorio Maya Múuch’ Xíinbal, cuyo fin es proteger las tierras de los pueblos originarios de Yucatán, formar redes de comunicación y resistencia entre las comunidades; y más de veinte años como integrante y fundador  del Consejo Nacional Indígena(CNI).

“Para el neoliberalismo el único criterio es maximizar la ganancia de los inversionistas en el menor tiempo posible, pero sin considerar la participación integral de los ejidos y comunidades indígenas mayas que son los dueños de la tierra”, explicó en una entrevista para La Jornada Maya.

A lo largo de tres décadas de lucha, Pedro ha sufrido el encarcelamiento y asesinato de varios compañeros. Uno de los más recientes, menciona, es el caso de Samir Flores, un campesino indígena náhuatl a quien presuntamente asesinaron por su activismo en contra de la construcción de una termoeléctrica en la población de Huexca. Fue ultimado a balazos en la puerta de su domicilio. Los responsables, hasta la fecha, siguen libres.

Sin bandera religiosa ni política, acostumbrado a las amenazas de represión, consciente de la agresión contra más de 440 ambientalistas en los últimos diez años y del cruento panorama que viven los defensores de la tierra en México, Pedro publicó el mensaje en sus redes sociales, herramienta que hoy, sentado en la terraza de su domicilio, define como indispensable para dar a conocer su proyecto y, a su vez, para protegerse.

Asimismo, sobre las redes sociales, las considera una herramienta “maravillosa” pero mal utilizada. Lo expone con una frase que el escritor Juan Villoro dijo durante una ponencia en la Feria Internacional del Libro de Yucatán (Filey): “El internet nos ha llegado como le llegó el cuchillo a los primitivos: lo primero que se les antoja es cómo encajarlo en la costilla de su prójimo”.

Durante los últimos años se la ha identificado por ser un férreo opositor a los proyectos de energía renovable encabezados por megaempresas en Yucatán, como el parque fotovoltaico —actualmente detenido— que pretende construir la empresa Jinko Solar en las comunidades mayas de Valladolid.

“Ni rentamos ni vendemos tierras”, sentencia. “Nuestra tierra no es negociable, no queremos ser despojados de ella porque es la fuente de nuestra vida, alimentación, aprendizaje, lengua y cultura”.

 

El origen del poeta maya

Las principales vías de acceso a Buctzotz, municipio localizado al nororiente de Yucatán, con poco más de 10 mil habitantes, se encuentran cercadas por policías. Los casos de coronavirus, o Covid-19, están por llegar a una centena y media en el estado, mientras que son más de cinco mil a nivel nacional, y se busca prevenir la propagación del brote. Muestro un gafete de prensa falso, de un medio clausurado hace más de cinco años, y les explico que pasaré únicamente para hacer una entrevista. Menos de una hora, preciso, y los efectivos ceden. Ni siquiera revisan mi lugar de procedencia.

La gente de la comunidad lo identifica— “Ah, vas con Don Pedro”, dicen—  y proporcionan las indicaciones para llegar. Un mototaxi me guía hasta su calle, que se encuentra a un costado de la plaza principal. Pedro mira el auto desde la ventana y sale a recibirme.

En su estudio hay un librero abarrotado, un refrigerador, una computadora, una mesa de madera con utensilios diversos y sin orden aparente. Cuelgan, cerca del techo, dos retratos que lo sintetizan a nivel ideológico: un dibujo a lápiz del revolucionario Ernesto Guevara y, más arriba, una pintura con los rostros de los guerrilleros Lucio Cabañas, Genaro Vázquez y el Subcomandante Galeano.

Autor de los libros U k’aay Siipkuut/El canto del Siipkuut (2019) y Yáanal Xya’axche’/Debajo de la Ceiba (2019), ganador del concurso estatal “El espíritu de la letra” y el nacional “Alfredo Barrera Vázquez”, ambos en lengua maya,  Pedro apunta que la poesía y la lucha en defensa del territorio son un tema común en su vida, una raíz profunda, anudada, que lo remite a su niñez como campesino maya.

“Donde nazco, en una familia de campesinos, comencé a labrar la milpa. Lo que conocí, hasta mis dieciocho años de edad, fue el trabajo para la producción de la comida. De eso estoy lleno emocionalmente, mentalmente, porque de la labor nace una emoción. Ese monte que trabajamos nos da una forma de mirar,  vemos como ese lugar va transformándose en diferentes estaciones del año. Las flores amarillas, de este inicio de primavera, nos anuncian la preparación de los vientos del sur para comenzar a traer lluvia, y por eso se calienta más la tierra. Esos conocimientos nos llenan de una sabiduría que no tiene la gente de la ciudad y que no les significa absolutamente nada. Para la gente de la ciudad buscar comida es ir al supermercado. Nosotros aprendimos que para comer hay que ir a la milpa”.

El amor por la tierra y los elementos de su cultura encauzaron a Pedro en la poesía. A los dieciocho años entró a un seminario teológico de donde obtuvo tres herramientas fundamentales para interpretar su realidad: la hermenéutica, aplicada como una forma de entender los elementos culturales que marcaron su crecimiento; la teología, la filosofía y la homilética: el arte de preparar un discurso.

“En el seminario encuentro que la filosofía es el nido de estas materias, en donde brotan diferentes vidas que van configurando un pensamiento donde se unen la escritura y los conocimientos que adquirí de niño. Pasan los años y entiendo el valor del monte, del lugar en el que vivo, y descubro que vienen empresas y comienzan a depredar, a fumigar, a destruir y desnudar la tierra, a quitarles la casa a los animales. Es un dolor que uno no sabe cómo combatir. Al comienzo se buscan las vías legales, lo civilizado, para evitarlo. Pero te llevas una sorpresa al notar que el único valor que ostenta el mundo occidental es el monetario. Ante esto, comienzo a escribir como una reacción de impotencia. ¿Qué puedo hacer con el dolor que esto nos genera si los caminos legales y organizados están obstruidos?”

De esa manera, Pedro escribió versos donde unió su visión del mundo desde la identidad maya y la defensa de la tierra. Su objetivo, explica, es acercar a las comunidades la necesidad de una resistencia organizada para enfrentar al capitalismo. “Lo que pasó por mi cabeza fue: cómo hacer accesible y, de ser posible, atractivas algunas líneas para llevárselas a la gente y que las escuchen. Pero pasó algo curioso, lo escrito pegó más en el mundo occidental que en los pueblos. Ahí ha sido complicado, pero lo hacemos. En las comunidades, antes de comenzar cualquier taller, leo un poema y lo reflexionamos. Les gustan mucho porque se encuentran, se espejan en ellos. Se dicen: es cierto, eso somos nosotros, pero ha costado trabajo. Es necesario generar canales de comunicación en los pueblos para hacerles llegar la información”.

 

La realidad a través de la poesía de Pedro Uc Be. Fotografía de Haizel de la Cruz.

La realidad a través de la poesía de Pedro Uc Be. Fotografía de Haizel de la Cruz.

Sobre esa línea, el poeta critica la postura de algunos autores que escriben en su lengua, quienes, desde la oralidad maya, abordan argumentativamente símbolos occidentales. Para él los símbolos necesarios son los mayas, los cuales deberían ser vistos desde las problemáticas de la contemporaneidad.

“Tenemos símbolos muy ricos que no hemos sabido explotar. Aquí es donde viene mi diferencia con algunos escritores y escritoras mayas: me parece que hay una tendencia de copiar los contenidos occidentales y decirlos en sonidos que son propios de la lengua. Eso, pienso, no hace literatura maya. Por el contrario, mi planteamiento es revestir esos símbolos de la realidad que vivimos y demostrar que son también una propuesta de vida, de valores morales, de sobrevivencia y alegría. Una forma que hemos aprendido los mayas desde hace cientos de años y que también le podría servir a otra cultura occidental”.

Al igual que otros escritores en lenguas indígenas, habita el mundo en dos idiomas. Su predilecto, el maya, le permite indagar en aspectos de sí mismo en los que es imposible utilizar el español. Al respecto, considera  que en esa lengua está limitado, y que mantener la escritura en lengua maya es un acto político y de resistencia.

“Tengo dos razones para no escribir en español: la primera, que mi español es demasiado limitado; aunque puedo leer y comprender casi cualquier texto en este idioma, en especial textos sobre ciencias sociales, no puedo producir con él, está atropellado por el maya; la segunda: ¿qué voy a escribir en español si en español ya se ha dicho todo? Yo creo que no tengo nada que decir. En todo caso, es un esfuerzo por compartir lo que intento decir con quien no habla mi lengua”.

Añade que: “la resistencia de escribir en maya no es plástica, sino natural, no me lo propuse, es así desde que nací. Mi estructura de pensamiento es maya, aunque la exprese en español. Tal vez eso le da mayor legitimidad, es decir, que no sea algo comprado sino algo que se da como parte de la vida”.

Pedro es parte del grupo que fundó el Consejo Nacional Indígena durante 1996, en el marco del crecimiento mediático del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), organización que marcó un hito en cuanto a la lucha por la autonomía de los pueblos indígenas en México. Sin embargo,  considera que su concepto sobre la identidad cobró forma en 1992. “Fue en ese tiempo, en los primeros meses del 1992, cuando participé en una serie de marchas y conferencias, de conversatorios, viajes y gestiones sobre la importancia de conocernos y rescatar nuestras formas de vida como culturas originarias”.

Ese mismo año descubrió el espacio de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, bajo la gestión de Samuel Ruiz, obispo del estado y teólogo de la liberación que entonces trabajaba en favor de las comunidades indígenas e incluso fungió como mediador entre el EZLN y el gobierno federal de México, encabezado por Carlos Salinas de Gortari.

“Fundamos un evento que sigue vivo hasta el día de hoy, que se llama Teología India. Como parte de este proyecto hacemos un encuentro regional cada año, algo que sigue hasta la fecha: un evento en Chiapas y otro en Yucatán”.

Antes de que sonaran los primeros balazos en las selvas chiapanecas, como parte de la represión gubernamental contra el movimiento insurgente, Pedro ya avizoraba el panorama al que se enfrentarían en adelante los defensores de los pueblos originarios. En coordinación con la diócesis de San Cristóbal, en compañía de Samuel Ruiz y otros sacerdotes, viajó por América Latina. Tuvo experiencias desgarradoras. Destaca una en Guatemala, al borde de la conclusión de la guerra centroamericana, donde estuvo en pueblos únicamente habitados por mujeres porque habían asesinado a todos los hombres.

“En la zona de Chimaltenango, Huehuetenango, Quetzaltenango. Ahí encontramos pueblos de solo mujeres porque mataron a todos los hombres. Acompañamos situaciones así, complicadas, eso profundizó mi conciencia y el dolor que se vive en América Latina. Tal vez eso fue el sabucán en donde se iban guardando las palabras y emociones que más tarde estarían convertidas en versos”.

 

“Escribir desde nuestra identidad”

Sobre la amenaza que recibió el pasado 16 de diciembre, Pedro agradeció la labor de los medios de comunicación que la posicionaron a nivel nacional, pero resalta que no es la misma situación con el resto de los defensores del territorio en México; muchos han muerto, han sido reprimidos o encarcelados.

“La persecución, el encarcelamiento y el asesinato de indígenas que defienden su territorio ha sido la diversión del sistema desde hace mucho tiempo”.

En ese sentido, responsabiliza a la empresa Jinko Solar por la amenaza en contra de él y su familia. A través de la vía legal, la Asamblea de Defensores del Territorio Maya logró suspender de manera definitiva la construcción de un parque fotovoltaico financiado por la empresa. El abogado de la organización, Flavio Ayuso, dijo que se tomó la decisión porque para la construcción del proyecto “Yucatán Solar” no hubo una consulta libre e informada a la comunidad maya, que tiene derecho a un ambiente sano. El proyecto incluye, sin ningún aval científico, la deforestación de más de 246 hectáreas solo en este caso, pues en conjunto se plantea la deforestación de 15 mil hectáreas en la península para la construcción de parques eólicos, solares, mega granjas porcícolas y cultivos con organismos transgénicos.

“La empresa ha querido amedrentarnos, darnos miedo para levantar la demanda y desistir. No lo vamos a hacer. Se quejan de que han perdido millones de dólares, pero ni siquiera incluyeron en sus estudios que en la zona hay un cenote, un lugar sagrado para los sacerdotes mayas. Pelear contra estas empresas significa derrota de nuestra parte, persecución, descalificación, cárcel, amenazas y muerte. Porque sí lo hacen: matan a la gente y lo hemos visto. Afortunadamente en mi caso, hasta ahora, no ha prosperado, gracias a la circulación que tuvo en los medios y las organizaciones. Lamento que esto no pase con muchos otros compañeros”.

Tras esta situación, se acogió al Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de los Derechos Humanos y Periodistas. Le ofrecieron una escolta, que rechazó, pero aceptó ser monitoreado por las autoridades federales en su domicilio, así como un botón de alerta que le garantiza la presencia de los efectivos en quince minutos.

Para finalizar comenta que, incluso dentro de las etnias, hay indígenas que se han prestado a una representatividad falsa de las comunidades a nivel político. “Las guardias blancas están en todas las culturas, entre los pueblos indígenas también los hay. Si uno quiere, desde el poder político y económico, tener gatos, uno los va a tener de cualquier raza. Y esto ha pasado con nosotros: hay indios que trabajan de indios, y por muy poco. Eso se tiene que terminar. No somos un acto publicitario”.

La lucha sigue, señala Pedro. El camino es construir redes de información entre las comunidades, “mirarnos frente a frente para poner nuestros problemas en común” y usar la vía jurídica y política para fortalecer la unidad.
“Eso vamos hacer siempre, contra todo megaproyecto que intente despojarnos o destruir la tierra. En cuanto al trabajo como poeta, estoy por terminar una obra de 250 poemas; quiero ver si hay un golpe de suerte para que alguien apoye con el financiamiento y se publique. Las literaturas indígenas merecen tener un papel con el resto de la literatura mundial, es injusto que nos traten como inferiores, aunque es cierto que no hemos reclamado nuestros derechos y me preocupa que la mayoría de quienes hoy dicen ser escritores lo hacen bajo la sombra del poder. Yo creo que la literatura hay que liberarla del poder. No podemos escribir bajo ningún yugo, sino desde nuestra identidad. Desde los sueños propios y no los prestados y menos los pagados”.

 


Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.

 

 

1

Existe la idea de que cada libro es un manual en sí mismo, una lista de instrucciones. Cada libro contiene su propio misterio (una otredad y su idea de la existencia) y la clave para resolverlo (el camino para descubrirla).

Si hacemos un acercamiento, si enfocamos el proceso y las circunstancias que permiten y rodean la creación, podemos afirmar que cada libro, también, nos invita a pensar la tradición dentro de la que se inscribe.

Los autores, al dar forma a sus obras, moldean al mismo tiempo una genealogía de la que buscan formar parte, un contexto estético en el que su creación puede existir, un ideal. Esto sucede de espaldas a la voluntad, o acontece en el ámbito de los deseos secretos. Ahora bien, quien escribe no puede adelantarse, programar a la distancia o dirigir las intuiciones e interpretaciones de quien lee; el resultado de la lectura es impredecible.

Estas afinidades actúan de manera semejante, pero aquí intentaré hacer una distinción. Las influencias operan de manera subconsciente, proveen un impulso al acto creativo desde zonas subterráneas de la conciencia; empujan desde abajo, desde los sedimentos, formados por los libros que nos impactan al grado de dar forma a los conceptos básicos que delinean nuestra poética. Cada vez que se le pregunta a un autor, nos dirá sus aspiraciones, es decir, la tradición particular que ha querido moldear para cierto momento de su escritura.

La invención final del libro es un derecho del lector. Así, al terminar de leer Cosmos nocturno, de Gerardo Lima (Tlaxcala, 1988), me puse a elegir en qué estante de mi biblioteca habría de poner el libro (dónde ubicarlo en esa suma libresca que todos llevamos en la cabeza). Decidí ponerlo cerca de esos tomos que se desentienden de los límites de los géneros, que echan mano de distintas escrituras y temperaturas, universos híbridos. Pienso, por ejemplo, en Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y Gente del mundo, de Alberto Chimal. Estos libros recrean, mediante leyendas, fragmentos y cuentos, la existencia de un lugar fantástico que podría surgir de cualquier sitio de este mundo.

También encuentro en estas páginas el vagabundeo y los ritmos morosos de Thomas Ligotti, así como ciertas cualidades del Ciclo Onírico de Howards Philip Lovecraft, que comprende narraciones como “La búsqueda en sueños de la ignota Kadath”, “La ciudad sin nombre” y “La maldición que cayó sobre Sarnath”; sobre todo, sus detenidas descripciones, que oscilan entre los paisajes naturalistas (los inventarios del ecosistema) y los paisajes urbanos (arquitecturas enloquecidas y antiguas).

 

2

Los libros se mueven entre la confirmación del mundo que habitamos y su refutación. Toda lectura es idealmente un diálogo sin guion, una amistad sin programa fijo. A veces hay ciertos libros que vienen a confirmar cierto presentimiento. Cosmos nocturno ilustra para mí una certeza que he sostenido a lo largo de los años: el poema y el cuento están más cerca que el cuento y la novela.

Esta noción la comparten numerosos escritores y la expresan en sus meditaciones sobre el oficio desde distintas perspectivas. Raymond Carver, por ejemplo, afirmaba que sus poemas —la vertiente más discreta de las que conforman su obra— guardaban una continuidad directa con sus cuentos —la más conocida—. Lo anterior es sencillo de confirmar: sus poemas y cuentos están construidos con los mismos materiales cotidianos y discretos, transidos por huracanes emocionales que suceden soterrados, o en una calma producto de renunciar al mundo. Los cuentos son poemas que operan en una ampliación del campo de batalla. Ambos buscan fijarse en la mente del lector gracias a un momento preciso, quedar resumidos en una imagen —la llave que les permite ser portátiles—, y que vuelve inmediato el ejercicio de recuperarlos y revivirlos en la memoria. Los cuentos son tránsitos condensados en imágenes.

Esto sucede en el libro de Gerardo Lima. Aquí debo contar lo siguiente: los textos de la cuarta de forros pretenden siempre engancharnos, convencernos de que, dentro, hay algo que nos concierne; nos dan una pista, quizá nos informan de un aspecto extraliterario. Por lo general, reviso las cuartas desde el principio y a veces las consulto en el transcurso de la lectura, pero esta vez no fue así. Hay un dato que ofrece este texto editorial y que, al final, me resultó iluminador en cierto sentido: la mayor parte de los cuentos están inspirados en las imágenes tenebrosas, seductoras y vertiginosas, del pintor, fotógrafo y escultor polaco Zdzislaw Beksinski; obras que los lectores de nuestro país pueden reconocer como las que ilustran las portadas de la emblemática editorial de terror y misterio Valdemar. ¿Me hizo falta esa clave para leer el libro? La respuesta es no. Los cuentos, a pesar de su carga visual y de las imágenes seductoras y terribles que concentra, no se limitan a la écfrasis —la representación verbal de una representación visual—, no son derivados, ni dependen de las imágenes que los inspiraron. Son sin duda una extensión del universo estético de referencia. Pero también constituyen una forma artística por sí mismas, que se comunican, secretamente, con otras.

 

3

Los cuentos de Cosmos nocturno suceden en el territorio de los sueños y los mitos. Los personajes, las historias, los lugares, parecen existir al margen del tiempo y de la realidad que la humanidad habita. No vienen de un pasado específico, en ningún momento se considera necesario abundar o siquiera mencionar antecedentes de los personajes, las historias, el origen de la ciudad, una ubicación en el mapa o los libros de historia. Todo se abre en la plenitud de su misterio, como un libro del que no leemos las primeras páginas, un libro sin prólogo. Las maravillas de una urbe extraña y oscura carecen de documentación, no necesitan explicaciones sus asombrosas naturalezas, viven en la leyenda oral, cobran la seductora existencia de los sueños o las pesadillas que se materializan a ras de tierra.

Paisajes antiguos de decadente belleza. Viajes al horizonte que parecen un fin en sí mismos. Edificios construidos siguiendo la geometría y la biología de los insectos. Un hombre que vive consagrado a amar y habitar una casa macabra. Una ciudad que vive un eterno crepúsculo. Un aventurero que sin quererlo encuentra una llave que abre la percepción. Cthulhu, que aparece quizá en agonía o despertando de su descanso eterno, en un mundo muerto, posapocalíptico. Transformaciones. Escenas de guerra. Cuentos y estampas de horror, locura y muerte.

Las cosas no empezaron. No tienen origen las maldiciones. Los sueños son eternos. Suceden, sucedieron y sucederán. Al margen de la voluntad y la mortalidad de los humanos. Tienen su lugar en el olvido. Y de vez en cuando, alguien las percibe, se percata de su existencia; es decir, las recuerda.

 

4

La novela La ciudad y la ciudad de China Miéville, se sustenta en una cautivante y provocadora premisa: en un mismo espacio físico, dos ciudades perfectamente diferenciadas, se traslapan. O quizá confluyen. O tal vez coexisten. La historia entraña una investigación criminal entre dos mundos, pues ha ocurrido un asesinato y no queda claro en cuál de los mundos existe el culpable; esta situación agravada por las tensiones políticas y transdimensionales que caracterizan a dos ciudades que se empeñan en ignorarse.

La metáfora es poderosa. ¿Qué son las percepciones de los sentidos y las de la mente, si no dos mundos que conviven, aunque a veces nos empeñemos en mantenerlos separados? ¿Qué divide la realidad de la imaginación si no una brecha que no siempre alcanzamos a distinguir? Gerardo Lima propone en estos cuentos breves y precisos, absorbentes y gratificantes, diversos caminos, nos abre distintas puertas, para cruzar al otro lado de la percepción. El mundo se transforma en cada página de Cosmos nocturno. Es éste y es otro. ¿Por qué ese mundo sombrío es tan distinto a este, si ambos están hechos con los mismos materiales, las mismas historias? Las sombras parecen humanas y de pronto se desvanecen: avanzamos por sótanos y pantanos insospechados —mitad en el mundo, mitad en la mente— que no sabemos que habitamos.


Autores
(Monclova, 1977) Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones, y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Ha recibido siete premios nacionales, entre ellos el de Poesía Joven Elías Nandino 2007, el de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y el de Poesía Ramón López Velarde 2009. Es autor de Las afueras, entre otros libros.
Foto extraída de Flickr

I

Que nunca vuelen acechando sobre ti estos cuervos,

que se llevan en sus picos nuestros días,

que se llevan en sus garras los recuerdos*.

 

Ana me tomó de la mano mientras el doctor seguía explicando con su estúpido tono condescendiente. Blastocisto, gastrulación, gonadotropina… Que es una situación muy común: constituye el 50% de las pérdidas durante el primer trimestre… Yo solo podía ver su bigote mal recortado y aquellos dientes nicotínicos que dispersaban partículas de saliva a su alrededor. Los dedos de Ana se aferraron a los míos, preparándose para el tiro de gracia: legrado. La palabra, con su cualidad de lengua de vaca, permaneció adherida al techo, junto a las lámparas asépticas y migrañosas del consultorio, escurriendo su ponzoña.

Ana cambió su ropa por una bata operatoria detrás de un biombo y se recostó en una camilla negra. Desde mi lugar, solo podía ver sus piernas vacilantes; sus calcetines violeta provocaban una profunda tristeza.

—¿Se quieren quedar con el saco gestacional? —preguntó el doctor, mostrándonos un frasco de conservas.

Las primeras lágrimas de Ana brotaron y nos marchamos en silencio.

Nunca me había pesado tanto subir los nueve pisos del edificio. Las ráfagas de aire que se colaban por el hueco que debería albergar un elevador ausente parecían burlarse de nosotros.

Al abrir la puerta del 912, esperaba encontrar un ambiente que hiciera juego con las sensaciones y sentimientos que arañaban mi cuerpo, pero los rayos solares que se reflejaban en las paredes blancas eran tan potentes que entrecerré los ojos.

Ana se acercó a la cuna y comenzó a doblar la ropita que familiares y amigos nos habían regalado; la colocó en el maletín que habíamos comprado para el día del parto y se encerró en la recámara. Yo solo pensaba que ahora podría poner de nuevo mi escritorio en ese lugar. Reprimí la idea al ver una cuarteadura detrás de la cuna. De lejos se veía superficial, pero al tocarla pedacitos de yeso cayeron al piso. Tuve que bajar las persianas cuando un reflejo me golpeó la cara, y la penumbra, por fin, me reconfortó.

 

II

Que nunca soplen los demonios contra ti esta bruma,

que te deja el corazón enloquecido,

que te deja solo aullándole a la luna*.

 

—Todo es culpa de tu madre —dijo Ana entre sollozos antes de abandonarme.

La mañana siguiente entró la fase 2 de una larga pandemia que fragmentaría al país.

Pasaba los días lavándome compulsivamente las manos y escuchando las noticias. Por las tardes me gustaba sentarme en el viejo sillón gris capitoneado con botones violeta (el único mueble que pude comprar antes de la mala racha de negocios fallidos y desempleo) y ver el desolado paisaje citadino a través de la ventana. Sobre todo, no podía quitarle la vista al “gemelo”: el edificio que se encontraba al otro lado de la calle. Era una copia del que yo habitaba: misma altura, color, forma de las ventanas… En su parte más alta descansaba un enorme espectacular con el rostro sonriente del arquitecto Légamo y la frase “¡Salva nuestras raíces, vota Légamo!”, rematado con el logotipo de su partido: un cardosanto. Suponía que encima del mío habría un espectacular parecido. Por supuesto, ambos eran creación de Légamo, quien puso de moda este tipo de “arquitectura gemelar”. Imaginaba que ahí vivía otro yo: uno exitoso, con familia.

La cuarteadura se fue extendiendo por toda la pared hasta llegar a la fase 3 de la pandemia, botando la pintura y liberando ese polvillo blanco que se adhería a los muebles, al cabello y a mi estado de ánimo.

—¿De qué color eran tus ojos? —le preguntaba a mi hijo nonato mientras dibujaba sobre la pared desconchada cientos de miradas tristes de diferentes colores, sin atinar nunca al tono correcto.

De nuevo un reflejo golpeó mi cara, haciendo que todos nuestros ojos se cerraran.

Me asomé a la ventana y localicé al culpable: era el “gemelo”.

 

III

A veces nada te detiene cuando vas descendiendo,

y en el fondo no se encuentra la salida,

en el fondo solo existen los comienzos*.

 

Olvidé todas las recomendaciones sanitarias que había memorizado y descendí los nueve pisos con el corazón en la boca, sintiendo su sabor ferroso resbalar por la garganta. Al llegar a la planta baja descubrí que algo había cambiado: el color de las paredes y la alfombra, las lámparas, las macetas, el olor… El portón de salida había desaparecido. Caminé hasta el hueco del elevador fantasma para encontrar dos hojas metálicas que reflejaban mi silueta distorsionada y un tablero de botones numerados. Al oprimir el 9, las hojas se deslizaron con suavidad.

La puerta del 912 estaba entreabierta.

 

IV

A veces necesito llegar hasta el infierno,

para volver a valorar esto que tú me das*.

 

—Todo es culpa de nuestra madre —dijo mi gemelo apenas entré al departamento. Estaba frente a la ventana, sentado en mi sillón que aquí era violeta con botones grises; en sus manos descansaba un frasco de conservas.

Se levantó con movimientos cansados y retiró la aguja del disco que estaba sonando. Escuché que algo se rompía a la altura de mi pecho.

—Por un tiempo fue interesante… —continuó, abriendo el frasco. El reflejo del sol en su tapa metálica me hizo parpadear.

Me sentía como un espantapájaros a punto de ser atacado por una parvada furiosa de cuervos. De las paredes colgaban fotos enmarcadas de mi gemelo con gente famosa e importante; también, de su familia vacacionando. Sobre la mesa, floreros suntuosos que acogían diversas especies de cardosantos. Por la ventana, el espectacular colocado en lo más alto del edificio ahora ordenaba “¡Transformémonos, vota Légamo!”.

—…pero se ha vuelto intolerable —concluyó, llevándose el saco gestacional a la boca.

Mi cuerpo se sintió extremadamente ligero y de mis poros emergieron filamentos de luz violeta que poco a poco fueron ganando intensidad. Antes de cerrar los ojos vi a mi gemelo colocar el frasco vacío en una alacena repleta de otros frascos de conservas.

 

*”Cuervos” / La Barranca


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).

Decir que El plantador de tabaco (1960) es una novela posmoderna provoca cierta gracia. Su autor es John Barth (1930, E.U.), alguien no tan conocido en los países de habla hispana; a pesar de sus mamotretos, de los alcances de su narrativa, y de pertenecer al mundo de la “novela posmoderna americana” (las obras escritas y publicadas alrededor de la mitad del siglo XX). A diferencia de otros escritores como Don Delillo, Joseph Roth o Thomas Pynchon, cuyas obras más renombradas se publicaron en el mismo periodo, con el objetivo de analizar a la sociedad estadounidense a partir de mediados del XX junto con los entresijos del autor, de la creación en sí y de la parodia, John Barth ha sido reconocido por  El plantador de tabaco, una novela satírica y rara (en la línea de Tristram Shandy, de Rabelais, de Cándido), publicada primero en Cátedra, para ser rescatada en 2013 por la editorial mexicana Sexto Piso, con la misma traducción laureada de Eduardo Lago.

Una de las extrañezas de este novelón, lo digo tanto por su extensión como por lo que significa en muchos niveles, es la época en la que ocurre la acción, también la historia de los personajes principales, la pareja cervantina conformada por Ebenezer Cooke, una especie de poeta flojo, ingenuo y oportunista; y por su maestro, Henry Burlingame, un hombre tan polifacético como irreverente, maestro del disfraz.

El viaje que realiza este par se lleva a cabo primero en las cercanías de Londres, y después por el Atlántico, rumbo a las viejas colonias de Nueva Inglaterra, especialmente Maryland, al finalizar el siglo XVII. Todo esto sería normal, si estuviéramos hablando de una novela histórica, romántica incluso; pero, al pensar en una narración posmoderna, difícilmente se nos vendría a la cabeza una epopeya “hudibrástica” con toques de Rabelais, sátira y aires a lo Fielding, a lo Voltaire. ¿Estamos ante una sátira inmensa?, ¿una novela al estilo Marguerite Yourcenar?, ¿acaso será Ciencia Ficción? Antes tendríamos que situarnos correctamente, pues, aunque sea divertido entrar a una obra sin saber gran cosa, la novela gana todavía más cuando comprendemos sus circunstancias.

¿Qué es El plantador de tabaco? ¿Qué significa esta novela de portada tan agradable y edición impecable? ¿Cómo guiarnos ante un mamotreto poco conocido, o del que apenas podemos saber nada? Según nos cuenta Eduardo Lago en el prólogo, la edición de esta novela en Cátedra era famosa por ser el libro más ancho de la colección Letras Universales, un logro nada desdeñable, pero si se le agrega el “epítome” de posmoderna, la situación cambia in extremis.

Me explico, este 2020 se celebran 60 años de haberse publicado El plantador de tabaco, la novela más importante, todavía superior a Giles el niño-cabra, de John Barth, uno de los exponentes de la narrativa norteamericana, a la altura de Los reconocimientos, de William Gaddis o El arcoíris de la gravedad; sin mencionar a otros grandes escritores americanos de la época. Sin embargo, no es la situación financiera, las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial ni los peligros del comunismo lo analizado en las innumerables páginas que John Barth ha concatenado como si su obra hubiera sido escrita por Lawrence Sterne con El Quijote en mente o hasta Las mil y una noches.

La novela en principio elige el realismo para desenvolverse, pues incluso se agrega un mapa de la región de Virginia, Delaware y Maryland. A continuación, con los intertítulos puestos en letras capitales, deviene la vida de Ebenezer Cooke, un hombre común, nacido en una familia más o menos acomodada en el Londres del 1600. Ebenezer cuenta con una hermana, y su educación y crecimiento evocan a la bildungsroman (novela de formación) clásica, lo mismo que la aparición del maestro, el mencionado Henry Burlingame, quien se encarga de llevar a los dos hermanos por la senda del conocimiento.

Nada extraño ocurre en los primeros capítulos. Se atisba el desarrollo de un personaje que, si bien no podría estar en una novela de Dickens, recorre su vida entera en busca del sentido, de la profesión, del bien hacer, de la vocación. Pronto, la hermana de Ebenezer, Anna, se pierde en la maraña de los primeros años para ser abandonada y rescatada después en breves momentos. El protagonista, un torpe jovenzuelo que no parece tener afición por nada, tampoco habilidad, termina por partir a Cambridge después de haber perdido a su tutor, Henry Burlingame, luego de una decisión paterna sin mucho fundamento en apariencia. Lo que sucede en los capítulos siguientes es la vida de desenfreno y holgazanería del joven en un ambiente que ni le va ni le viene.

Una vez aparece Burlingame, nos vamos enterando de qué va la novela. El plantador de tabaco se declara después de los primeros capítulos como una parodia irreverente de las novelas de formación, pues al poco tiempo el lector se da cuenta de que figuras tan señeras como Newton se convierten en machos cabríos lascivos en búsqueda del favor de algún mozuelo. La sexualidad, la “aberración” y todo tipo de actos tienen lugar en la obra, jugando con la condición que Ebenezer Cooke termina por colgarse: la de poeta virgen.

Eduardo Lago es un traductor que entiende a la perfección la obra de quien estudia; lee y relee, nos anuncia que John Barth es muchas cosas, pero principalmente es un narrador avezado que se ha entusiasmado con la musa, no ya del lenguaje (aunque también hay espacio para ello, ya que el mismo inglés, en este caso en traducción española, es reproducido tal cual se hablaba en el periodo de la instauración de las colonias), sino del mismo acto de contar.

Es presumible que la condición de la novela cambia al leerse en español, y de ser una de las grandes apologías a la narración posmoderna se convierte en una especie de rendición ante lo relatado, frente el solo y fino acto de hacer que las noches se extiendan hasta rozar el día y luego vuelvan a despertar; no por nada en el prólogo se hace alusión a Las mil y una noches. Cabe mencionar que la tradición satírica, humorística y al mismo tiempo filosófica que ha tomado John Barth parte desde el mismo Gargantúa y Pantagruel, pues aparecen en la obra exabruptos escatológicos en forma de pedos, ruidos grotescos, deyecciones líquidas y mucha risa convertida en pastelazo (la broma es involuntaria, no así la de John Barth). El autor no duda en trazar las circunstancias no solo de la mente, sino del cuerpo, utilizando a personajes secundarios, a veces famosos, o históricos, que devienen en un banquete filosófico sobre el cuerpo, el placer y el mismo actuar que provoca la hilaridad. No por nada, Aristóteles le dio tanta importancia a la risa, parece recordarnos Barth.

De Rabelais, con semejantes poéticas llenas de mierda y gases, da paso también al ridículo del letraherido Quijote y su siempre fiel Sancho Panza; aunque de una manera original, ya sea encajando el arquetipo del ayudante tonto en el mismo Burlingame, maestro sapiente y de múltiples caretas, o en Ebenezer Cooke, sin olvidar a su criado traicionero; ya que la sexoservidora dulce y hermosa, que uno piensa si lo será así por la visión errada y fársica de Cooke o su maestro, se asentará en Jane Toast, una prostituta que se convierte en el anhelo lúbrico del sacerdote de la poesía, tanto ridículo como estúpido, de Ebenezer Cooke.

La trama política que teje John Barth no tiene relación aparente con la de los Estados Unidos de los años 60, tampoco es una hilarante forma de hablar sobre el periodo hippie, la posguerra o el miedo a la Guerra Fría. En cambio, el narrador de El plantador de tabaco se convierte en un guía para el sendero del mito. Ebenezer Cooke es un poetastro que realmente existió, y de cuya vida apenas se sabe nada. Pero el Ebenezer Cooke de Barth es un tremendo imbécil, aunque inolvidable por su docilidad, su ingenuidad y su pasión ridícula hacia el lenguaje, pues no hay peor poeta ni literato más falso que el mismo Cooke, quien se siente autorizado a ser el mensajero de la Poesía proveniente del Parnaso, nada más obtener la venia de lord Baltimore.

Durante la travesía del poeta, el Laureado de Maryland, cuya labor es componer un poema épico llamado La Marylandíada, a la manera de un grande entre los grandes, Barth diseña escenarios y personajes que conciben distintos elementos de la narrativa, y que recuerdan a ciertos pasajes de Huckleberry Finn y de Moby Dick, o cualquier novela de aventuras al estilo Jules Verne; sin olvidar las escenas repletas de sexo, deseo y perversión que provocan cierto disgusto. No hay página donde ocurra alguna violación, un pellizco o una confesión inmoral, parafílica o ciertamente grotesca. Sorprende que El plantador de tabaco no posea el título de novela obscena que se le dio a, por ejemplo, El arcoíris de gravedad. ¿Y todo esto para qué?

Ernesto de la Peña, en Carpe Risum, hace un estudio, que es también mero disfrute, evocando la lubricidad y la carcajada en Rabelais. La risa es una forma de explorar la humanidad, de buscar entre el deleite y la miseria lo que significa ser humano, más allá de la poesía o la filosofía, y es Ebenezer, Burlingame, Joan Toast, o cualquier otro personaje, prostituta, pirata, libertador, rey indio, papista o insurgente, el que sufre y goza con la carcajada sostenida, con la sonrisa leve de aquel que siente el aguijón del deseo, y concibe entonces la visión de la forma humana y del acto soberbio de la narración.

Eduardo Lago dice que El plantador de tabaco es una novela irremediable, inadmisible no leerla, un gran clásico de las letras americanas y mundiales; sin embargo es tan extraña que incluso él no volvería a visitarla. La linealidad de la obra poco a poco va difuminándose, en especial después de la mitad, cuando el cariz experimental de la novela provoca en el lector la comprensión de que se encuentra ante un enorme ejercicio metaficcional, como en El Quijote, y que por ello no atisba algo necesariamente nuevo. No importa, si acaso lo posmoderno en Barth sea la recuperación de lo viejo, comprendiendo que narrar, tejer, tramar, es más importante incluso que cualquier operación del lenguaje, más aún que un Ulises donde un hombre hace todo y nada; donde discurre su mente en un sinfín de vericuetos intelectuales.

El plantador de tabaco en cambio podría verse y leerse como una contraparte del Ulises, pues aquí no importa tanto el acto de pensar como el de vivir, no es la reflexión del lenguaje, pese a encontrarla en la novela; sino el transcurrir del tiempo narrativo, el placer de concatenar una historia con otra (a la manera de Far-Li-Mas, de Sherezade) en una estructura novelística compleja, sin olvidarse ni del Quijote ni de Las mil y una noches. La diferencia aquí reside en Ebenezer Cooke: al cumplir o no su cometido, cobre o no su herencia, ya ha escrito; aunque tal vez no en la novela, la gran epopeya de un hombre simple e ingenuo que sufre de la risa, de la perfidia y de la sexualidad, aprehendiendo todos estos elementos en su propia persona, que viaja desde la antigüedad hasta sus nuevas posesiones en la Maryland de un país por nacer.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Tal vez has existido apenas como la lagartija a la que cortan el rabo
y el rabo salta, separado del cuerpo. 

Fernando Pessoa

Nuestra sociedad vive enferma – y no me refiero a la pandemia ni a las patologías médicas, sino a las enfermedades del deseo, esas que padecemos “los sanos”. El éxito, la riqueza y la fama son ideas inofensivas a priori, pero en la práctica son objeto de un obsesivo culto que nos corrompe y dicta nuestros actos. Su idealización despierta celos, rencores y envidias que determinan nuestros conflictos internos y, por ende, las interacciones que tenemos con el mundo. Si bien estos trastornos individuales tienen su origen en el criterio de la comunidad (¿quién no ha deseado ser exitoso, rico o famoso?), suelen germinar en soledad. Se mantienen en la esfera privada porque son temas tabú que está mal visto evocar en reuniones y nadie admite abiertamente la influencia que tienen sobre su vida, pero es evidente que gobiernan nuestra cultura. Por otro lado hay trastornos colectivos asentados en los cimientos de la sociedad como el racismo, el clasismo y el patriarcado. Tanto así, que incluso han llegado a considerarse doctrinas o, en el peor de los casos, se mantienen invisibles a fuerza de costumbre y normalidad. 

En medio de esa geografía de las voluntades nuestro deseo se atrofia y nos conducimos cual títeres endebles en una constante experiencia de la frustración. ¿Por qué? Esa es la compleja pregunta que trató de formular Freud en 1930 en el (no siempre) reconocido ensayo El malestar en la cultura [Das Unbenhagen in der kultur].

 

Un sentimiento que preferiría llamar sensación de eternidad 

Pese a los conflictos que suscitan nuestros deseos, los seres humanos tenemos un vínculo innegable con nuestra especie y el mundo. Es una intuición escondida en un vago umbral de la mente; una idea que nos permite reconocernos en el otro (y lo otro); un sentimiento que hermana nuestros miedos, esperanzas y alegrías. Este cordón umbilical ha sido descrito en incontables ocasiones, pero su existencia rebasa lo racional y se asienta en un principio de buena fe, de panteísmo acaso: “es una sensación como de algo sin límites, sin barreras, por así decir «oceánica » (…) un sentimiento puramente subjetivo, no un artículo de fe; (…) pero es la fuente de la energía religiosa”1, declara un amigo de Sigmund Freud a quien el pensador confiesa no entender pero cuyas palabras resume bajo la noción de “sentimiento de atadura indisoluble, de co-pertenencia con el todo exterior”. No se trata entonces de la fe religiosa, pues dicho sentimiento pervive por igual en creyentes, ateos y agnósticos. Además, es bien sabido que Freud era un judío ateo y la religión le parecía un placebo social, un mal necesario.

Estos dos polos (las enfermedades sociales y el sentimiento “oceánico” humanitario) resumen la condición del individuo en sociedad pero también exponen la fragilidad de los límites del yo. A simple vista el cuerpo parece ser una barrera lo suficientemente clara, pero el abismo interior del yo es infinito. Más aún, sus fronteras tiemblan cuando pensamos en experiencias como el enamoramiento, donde el yo y el  se funden; o en la experiencia parental, donde los padres pierden una parte de su identidad, pues la transfieren irremediablemente a sus hijos.

 

You can’t never get what you want

El deseo es el motor que nos conduce y dirige nuestros sueños. “No soy nada / nunca seré nada /no puedo querer no ser nada / aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”, proclama Fernando Pessoa en su poética de la nostalgia y la aspiración. A una persona pueden despojarla de todo menos de sus ambiciones íntimas, que gozan de un valor igual o mayor al de un bien material aunque nunca se realicen – no hay que desconocer el peso metafísico de los deseos en el receptáculo de la mente. Tanto más agrega Jorge Luis Borges en su Declaración final: “No hay en la tierra un hombre que secretamente no aspire a la plenitud. Es decir, a la suma de experiencias de que un hombre es capaz”. Nuestra inevitable condición deseante nos lleva a soñar sin importar nuestras posibilidades, a creer que podemos conocer todos los países del planeta, disfrutar los mejores platillos de la gastronomía o beber sus licores más exquisitos. Tal panorama confluye con el cauce de una sociedad que ha entronizado el consumismo como la forma reina de la felicidad.

Aunque todos reconocemos la felicidad como una quimera inalcanzable, un estado idílico de relativa consecución y esquiva posibilidad, de cierto modo estamos sometidos a su tiranía. “En nuestras sociedades el goce se transforma en una especie de extraña obligación pervertida”, recuerda Zizek en su reflexión sobre la promesa metafísica que se esconde tras las propagandas de Coca Cola. Ser feliz parece, pues, una condición sin la cual perderemos el respeto de nuestros amigos más queridos. “El ser humano no aspira a la felicidad, eso es algo que solo hacen los ingleses”, asegura Nietzsche con ironía en El ocaso de los ídolos, un tratado aforístico que pone en evidencia los impulsos infantiles que nos mueven a inventar dioses o pequeños dioses como la belleza canónica, el turismo exótico o la corrección política,   y donde quizás no hacen tanta falta como creemos. La sensación de orfandad es la responsable de nuestra necesidad de inventar “padres” donde subyacen miedos, dirá Freud, y esa es nuestra manera de evitar el dolor de una existencia sin ilusiones conservando nuestra aspiración a la felicidad. Por eso, de alguna forma, “las religiones son deseos colectivos”.

Así pues, los humanos nos mecemos en una danza infinita entre “el principio de placer” (lo que queremos, que es todo y solo para nosotros) y “el principio de realidad” (lo que el mundo nos permite, que es bien poco y depende de incontables variables). Lo trágico reside en que la eventual obtención de un objeto del deseo , que nunca será suficiente porque éste es un dios insaciable y caprichoso. “Quizás el máximo terror del deseo consiste en ser satisfecho completamente”, reitera Zizek. Por eso la aspiración a la felicidad no se trata de encontrar un placer definitivo, empresa de antemano inalcanzable, sino de evitar el dolor en la medida de nuestras posibilidades. ¿Cómo logramos esto? En principio asimilamos “el afuera, el mundo exterior” como un enemigo, una fuente de displacer. Y entonces adoptamos una estrategia determinada para luchar contra él.

Los tres caminos: entre la frustración y el dolor

Una soledad buscada, mantenerse alejado de los otros, es la protección más inmediata que uno puede procurarse contra las penas que depare la sociedad de los hombres. Bien se comprende: la dicha que puede alcanzarse por este camino es la del sosiego.2

 

Según Freud, hay tres caminos para proteger nuestro yo interior de las agresiones del mundo exterior. El primero es el aislamiento y todas las formas que se desprenden de él. Dormir bastante es una forma de proteger nuestra mente del sufrimiento que provoca la realidad – aunque los sueños y las pesadillas siguen al acecho–; olvidar es otra manera en que el cerebro protege a la consciencia de los eventos que no queremos o no necesitamos recordar. Hay reiteradas historias sobre los soldados que olvidan largos períodos de su vida en combate “sin darse cuenta” de ello. Desde luego, este olvido es parcial y selectivo. Hay muchos sucesos traumáticos que permanecen e incluso insisten en quedarse en nuestra memoria como los desamores y el duelo por la muerte de los seres queridos. En definitiva, “nada que haya entrado a la psique puede borrarse del todo”. 

El segundo camino para combatir el sufrimiento que nos produce el mundo exterior es “pasar al ataque” y someterlo a nuestra voluntad. En esa categoría entran los esfuerzos que hacemos para manejar nuestras vidas. Pagar los servicios públicos y la renta, culminar nuestros estudios, emprender ese proyecto que nos llevará al éxito, entablar contacto con esa persona que nos interesa. Pero también se incluye aquí la creación y el consumo de obras artísticas que alivian nuestra humana necesidad tener contacto con lo bello. A gran escala, Freud se refiere al grueso de la cultura, a todas las acciones de la humanidad que buscan refrenar la hostilidad de la naturaleza sobre los individuos: las invenciones tecnológicas, los medios y herramientas semejantes al avión, el servicio de pizza a domicilio o las videollamadas. No obstante, surge una pregunta inevitable: ¿cuál es la necesidad de artefactos como las minas quiebra-pata o las bombas atómicas? Pues bien, Freud cree que estos terribles dispositivos buscan saciar el (¿vergonzoso, contradictorio, bestial?) instinto de agresión connatural a los seres humanos, una tendencia que habría de conceptualizar como “pulsión de muerte”.

Por último, la tercera ruta en nuestra infructuosa tentativa para escapar del dolor son los paliativos, o lo que Freud denomina “el método de la intoxicación”. En este grupo no solo  se encuentran la aspirina, los anticonceptivos o el prozac, sino además ciertas creencias y prácticas colectivas –“delirios de masa”– como las religiones, la meditación o el yoga; ejercicios que tratan de crear una consciencia sobre las sensaciones y emociones que nos hacen sufrir. Al intelectualizar o dogmatizar nuestros límites podemos dejar de sufrir innecesariamente (pues el dolor es inevitable; vivir duele y de cierta forma “el dolor es una afirmación de la vida”, como diría Schopenhauer). Sin embargo, cada persona tiene un carácter o constitución diferente y responde distinto al influjo exterior. En la tipología freudiana están los individuos “eróticos”, que dan prioridad a sus relaciones sentimentales; los “narcisistas”, que tratan de hallar la satisfacción en sus propios procesos anímicos; y los “seres de acción”, que no dejan de probar su fuerza y satisfacer su deseo en el mundo exterior. 

Pese a los distintos caminos que la cultura ha creado, la suerte está echada en contra del ser humano. Su única esperanza reside en “hallar el punto medio”, la justa armonía entre lo que quiere y lo que puede como quien hace un negocio pero en vez de ganar algo espera no perder demasiado. Es evidente que el deseo trata de empujarnos a transgredir los límites sociales, a encontrar “los puntos de fuga”, porque el goce de satisfacer las pulsiones salvajes, no dominadas por el yo, es incomparablemente inferior al reducir el sufrimiento. Eso explica el fascinante atractivo y “el carácter incoercible de los impulsos perversos”3. Ahora bien, ¿eso nos hace perversos por naturaleza?

La alegría del fracaso ajeno

Es innegable que hay ciertos placeres vinculados con el dolor ajeno. Muchas veces nos provoca risa la desgracia del vecino, aunque tratamos de que sea mínima para que no perturbe nuestra buena conciencia – ¿quién no se ha burlado de la repentina caída circense de alguien?. Sin duda el goce es mayor cuando es alguien conocido y se ha establecido una relación de comparación –consciente o inconsciente– con esa persona. Incluso nos alegramos de hacer bromas inocentes a nuestros conocidos, que celebramos como singulares muestras de afecto. En esos casos, según dice Sócrates en El Filebo o del placer, se confunden el placer y el dolor porque, nos guste o no, “los hemos mezclado con envidia y (…) la envidia es el dolor del alma”4. Esa misma contradicción resumió el místico William Blake en sus Cantos de experiencia al versar que “La crueldad tiene corazón humano, y la envidia humano rostro”. También el sexo pasa por una serie de dinámicas donde el roce y la agresión, la violencia y la pasión, ocupan un rol importante –ya sea en pequeñas porciones que finalmente rozan los límites de “lo razonable”. La vida erótica no puede sustraerse de los polos que representan el sadismo y el masoquismo, vías que permiten aplacar esa pulsión de muerte. Las relaciones humanas contienen, inevitablemente, una dosis de esos placeres culposos. Juzgarlos de antemano sería desconocer los deseos que nos habitan. Llevarlos al extremo sería legitimar aberraciones como la violencia de género o la pedofilia, pero tampoco es una casualidad que el confinamiento haya traído fenómenos como el notable incremento de denuncias5 por violencia intrafamiliar, de divorcios y de visitas a los sitios de pornografía en línea. 

  “Schadenfreude” es una palabra en alemán que podría traducirse como “alegría del fracaso ajeno” y se usa en la psicología cognitiva para definir la felicidad que nos produce vergüenza. Nada más problemático que sentirse feliz porque al vecino le fue mal, pero hay varios contextos en los que sucede, como el del reconocimiento deportivo (para ganar necesito que ellos pierdan) o el académico (para ser “el mejor” necesito de cierta forma que al resto le vaya mal). En una sociedad de libre mercado y competencia exacerbada, los infortunios del otro generan posibilidades de mejoría material o psíquica para el yo. Esta brecha se agranda con la tendencia comparativa de nuestra mente (nos comparamos con nuestros hermanos, amigos, parejas, etc.), lo cual deriva en un sinnúmero de acciones y pensamientos que si bien no podemos juzgar como malintencionados, tampoco nos enorgullecen. ¿Por qué? En general, la “alegría del fracaso ajeno” está mal vista en sociedad, pero en el fondo es de gran utilidad para la autoestima y la capacidad de resiliencia. Además, según teóricos de la psicología conductiva como Dan Ariely6, el “Schadenfreude” es un sentimiento de dominación connatural al ser humano y ha sido modelado por su evolución. Los primitivos Homo sapiens habrían desarrollado reacciones como la risa o el regocijo ante la tragedia ajena, hecho que combina “la ley del más fuerte” y el amor propio. En definitiva, Freud solo coincide a medias con la famosa sentencia romántica de Rousseau: “el ser humano no nace bueno, pero sin duda la sociedad lo corrompe más”.

  Como la vida humana misma, la evolución cultural es una lucha entre el instinto de vida (Eros) y el instinto de destrucción (Thanatos). La semilla de esa idea figura en el mito de Psique, recogido por Apuleyo en El asno de oro. La doncella Psique –que en griego significaba “brisa” y derivó en “alma” y luego en “mente”– era tan bella que la diosa Afrodita, celosa, ordenó su muerte. Pero Eros, encargado del trabajo, sucumbió a los encantos de Psique y decidió no matarla sino esconderla en una torre, donde la visitaba al caer el sol y la amaba en la oscuridad, a ciegas. Una noche, la curiosidad movió a Psique a encender una vela para conocer el aspecto de su amante, pero en el breve instante que logró ver el rostro de Eros, lo quemó con la cera de la vela y lo hizo escapar horrorizado. Entonces, para recuperar el amor y la belleza de Eros, Psique tuvo que negociar con Afrodita y luego atravesar el mundo de los muertos para pedirle a Perséfone, la reina del infierno, su don. De este mito se desprenden dos reflexiones que iluminan nuestras derivas: por un lado, descubrir el verdadero rostro del ser amado nos puede llevar al desencanto absoluto (pues con frecuencia nos enamoramos de “la idea del otro” que ha modelado nuestro deseo), y por otro, que a veces para amar es necesario atravesar el infierno, y aún la muerte (el amor pasional colinda con la angustia y la prueba final de cualquier amor es la muerte).  

La cultura, entre guerras y religiones

El instinto de agresividad que habita a los individuos debe, dice Freud, encontrar “fuentes de canalización” para no incurrir en la autodestrucción y el aniquilamiento de la especie. Así pues, los sistemas religiosos no solo crean “ilusiones perfectas” al responder preguntas metafísicas que carecen de solución concreta – ¿quién creó la especie humana?, ¿cuál es el fin último de la vida?, ¿qué hay después de la muerte? –, sino que además regulan las pulsiones de amor y muerte, y tratan en vano de aliviar el sentimiento de culpabilidad que estas generan7. Probablemente por eso, sostiene Freud, el judeo-cristianismo triunfó sobre las religiones paganas. En algún punto pareció necesario establecer esquemas como el sacramento de “la confesión”, o los mandamientos irrealizables pero consoladores como “amar a Dios sobre todas las cosas”. Eso explicaría también la hostilidad del catolicismo hacia la vida primitiva y la desvalorización de los placeres mundanos; aquello que Nietzsche llamó “la verdadera vida”. 

Freud insiste en que la frustración de los deseos es una experiencia fundamental para la existencia de la “civilización” –palabra más acertada quizás para traducir “kultur”. Las leyes y la religión son pues un conjunto de diques que canalizan las aguas de la libido humana. Sin embargo, las contradicciones morales de los designios religiosos quedan expuestas en El malestar en la cultura. La célebre refutación de la máxima “amarás al prójimo como a ti mismo” es demoledora. Freud la presenta como antinatural, imposible e incluso injusta, pues no se puede amar por igual a los allegados más cercanos y a un desconocido que no tiene ninguna influencia directa sobre nuestras vidas: 

¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servirnos? Pero, ante todo, ¿cómo llegar a cumplirlo? ¿De qué manera podríamos adoptar semejante actitud? Mi amor es para mí algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente. Me impone obligaciones que debo estar dispuesto a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien es preciso que éste lo merezca. Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo. (…) Pero si he de amarlo con ese amor general por todo el Universo, simplemente porque también él es una criatura de este mundo, como el insecto, el gusano y la culebra, entonces me temo que sólo le corresponda una ínfima parte de amor, de ningún modo tanto como la razón me autoriza a guardar para mí mismo. ¿A qué viene entonces tan solemne presentación de un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir?8

 

El instinto de Thanatos es, pues, irrefrenable e insaciable como el deseo mismo. A lo máximo que se puede aspirar es a engañarlo momentáneamente y luego conducir su violencia hacia “un otro”. Así pues, los sistemas religiosos concentran el Eros y dirigen el Thanatos del individuo hacia un afuera: “siempre se podrá vincular amorosamente a mayor número de personas con la condición de que sobren otros para descargar los golpes”9. Desde esa perspectiva, no extraña que “evangelizar” y “conquistar” fueran acciones análogas durante sucesos como las cruzadas o en la colonización de África y América Latina. De alguna forma, civilizar es también agredir, coartar y castrar. Preguntas inevitables brotan de estas reflexiones: ¿Cómo nos sacudimos de nuestro instinto de agresividad? Y más aún, ¿quiénes son esos “otros” que reciben nuestros golpes? ¿Acaso nuestros familiares y amigos, nuestros colegas y compañeros? 

El ensayo de Freud goza de una actualidad innegable. Es cierto que sus revelaciones son de un enorme pesimismo. No solo la pulsión de muerte connatural al ser humano –gozamos ejerciendo nuestro impulso destructivo– sino que es imposible de extirpar. Pero también desnuda la estructura libidinal de nuestra sociedad y muestra que esta no seguiría existiendo si la pulsión de muerte hubiera primado. Su permanencia nos habla; nos recuerda quizás el “sentimiento oceánico” que nos vincula con el resto de la humanidad, o acaso el principio de buena fe que nos lleva a creer en los beneficios de la asociación mutua, la cooperación y las leyes. Imposible no pensar en la experiencia del confinamiento mundial como el punto más álgido de la civilización en toda la historia. En virtud del bien común restringimos nuestros deseos personales como nunca antes y nos exponemos a una experiencia de la soledad y la frustración única. Probablemente, la solidaridad sea el último refugio de la cultura humana, pero el precio psíquico que supone es bastante alto, ya que además genera nuevas preguntas y nuevos problemas, como todas las invenciones humanas. Baste pensar en la relatividad del progreso, en las invenciones tecnológicas que nos enorgullecen y en sus daños colaterales: 

Si no hubiera ferrocarriles que vencieran las distancias, el hijo jamás habría abandonado la ciudad paterna, y no haría falta teléfono alguno para escuchar su voz. De no haberse organizado los viajes transoceánicos, mi amigo no habría emprendido ese viaje por mar y yo no necesitaría del telégrafo para calmar mi inquietud por su suerte. ¿Y de qué nos sirve haber limitado la mortalidad infantil, si justamente eso nos obliga a la máxima reserva en Ja concepción de hijos, de suerte que en el conjunto no criamos más niños que en las épocas anteriores al reinado de la higiene y, por añadidura, nos impone penosas condiciones en nuestra vida sexual dentro del matrimonio y probablemente contrarresta la beneficiosa selección natural? Y en definitiva, ¿de qué nos vale una larga vida, si ella es fatigosa, huera de alegrías y tan afligente que no podemos sino saludar a la muerte como redentora?10

 

Los beneficios de la cultura crean nuevos problemas sociales y psicológicos, nos enfrentan a nuevos dilemas. Lo cierto es que no sabemos vivir de otra forma, y un idílico regreso a la vida primitiva también implica una idealización, cambiar un verdugo por otro. Ningún pensamiento crítico debería dar por sentada la estructura y las barreras que constituyen nuestra sociedad. “No existe una cultura normal; toda cultura debe ser interpretada”, recuerda Zizek. La realidad es irreductible, no hay un manual definitivo que nos explique cómo vivir esa frustración inevitable. Quizás ahí reside el desafío esencial de la existencia, en su carácter indomable y en su incertidumbre. 


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Ilustración por Richard Zela.

 

 

A unos kilómetros del Parque Nacional de las Montañas Rocosas, en Colorado, se erige un sitio lujoso que fue inaugurado a principios del siglo XX, el emblemático hotel Stanley. El éxito que tuvo en un inicio se vio opacado tras el accidente casi mortal de una de las recamareras en la habitación 217, lo que inició el rumor de que en el hotel ocurrían fenómenos paranormales y que estaba habitado por fantasmas, historias que fueron corroboradas tanto por los trabajadores del hotel como por los huéspedes.

Décadas después, en los 70, debido a los escasos visitantes y a los duros meses de invierno que orillaban al dueño a cerrar las puertas del lugar durante largos periodos, el sitio estuvo al borde de la quiebra. En ese entonces, Stephen King, quien comenzaba a ser un escritor reconocido tras publicar su primera novela, Carrie (1974), se mudó junto con su familia a Colorado buscando inspiración para una nueva historia.

Él y Tabitha, su esposa, decidieron celebrar Halloween en el Stanley, donde se registraron el 30 de octubre del 74. El hotel estaba por cerrar sus puertas debido a la temporada invernal, por lo que ambos eran los únicos huéspedes.

La primera noche, después de cenar, Tabitha se fue a su habitación, la 217, mientras King paseaba por el sitio casi desierto. Al llegar al bar, trazó los primeros esbozos mentales del personaje principal, Jack Torrance, un hombre de carácter explosivo y con problemas de alcoholismo. A la mañana siguiente, King despertó de golpe: tuvo una pesadilla que involucraba a su hijo pequeño. Durante el tiempo que le tomó consumir el primer cigarro del día, ideó la novela que titularía The shining, obra que publicó tres años después, en 1977, y donde el hotel Stanley se convierte en el hotel Overlook.

El resplandor fue el primer best seller de King. En 1980, Stanley Kubrick adaptó la novela a la pantalla grande, película con la que King no estuvo muy contento debido a los cambios que realizó el director, como la eliminación de varias escenas importantes, la reducción de diálogos de Wendy, el cambio del número de la habitación y la modificación radical del final, pues Kubrick buscó un cierre mucho más profundo y metafórico que el de King.

The shining relata la historia de Jack Torrance (interpretado por el inigualable Jack Nicholson), un hombre desempleado, con problemas económicos y antecedentes de violencia y alcoholismo que acude a una entrevista de trabajo al hotel Overlook para obtener un empleo como cuidador del lugar durante los meses de invierno que permanecerá cerrado al público, pues las intensas nevadas bloquearán los caminos y lo aislarán por completo.

Durante la entrevista, el director, Stuart Ullman (Barry Nelson), le comenta a Jack que el aislamiento total podría resultar nocivo: el vigilante anterior se perturbó al punto de matar con un hacha a su esposa y dos hijas para, finalmente, suicidarse. Jack, tras escuchar la trágica y espeluznante historia, reafirma su interés y compromiso respecto al empleo y asegura que ese tiempo en confinamiento será ideal para poder concluir el libro que está escribiendo.

Jack obtiene el trabajo, regresa a la ciudad y vuelve al hotel junto con su esposa, Wendy (Shelley Duvall), y su hijo de cinco años, Danny (Danny Lloyd), el día en el que el resto de los empleados partirán a sus hogares. Ullman los presenta con los últimos empleados que están por marcharse, y el niño, cuya percepción extrasensorial está muy desarrollada, se comunica telepáticamente con el jefe de cocina del hotel, quien le menciona que su propia abuela, quien también se podía comunicar de esa forma, llamaba a esa habilidad “el resplandor”. Le advierte que, entre todas las historias que se han originado en el hotel, hay algunas que no son buenas, y le prohibe entrar a la habitación 237.

Algunas semanas después, ya solos, quedan incomunicados por completo debido a las intensas nevadas y todo comienza a complicarse. Jack no puede escribir más, y la violencia contra la que lucha comienza a brotar de nuevo, primero de forma inconsciente: tiene una pesadilla en la que mata cruelmente a su esposa e hijo.

Danny finalmente entra a la habitación prohibida, de la que sale completamente alterado y con marcas en el cuello. Al verlo, Wendy piensa de inmediato que Jack maltrató de nuevo al niño y lo encara. Entonces Jack acude al bar y experimenta su primera visión, la del barman del hotel y una barra repleta de botellas.

 

Ilustración por Richard Zela.

Ilustración por Richard Zela.

 

Una secuencia de alucinaciones espantosas (como la famosa cascada de sangre), diversos fantasmas (las gemelas que se le aparecen a Danny o los espíritus que celebran una fiesta), explosiones de ira de Jack, ataques y persecuciones espeluznantes (una de las cuales culmina con el protagonista destrozando la puerta de madera del baño con un hacha, una de las escenas más representativas) son recurrentes en la película.

El resplandor es la historia de un hombre trastornado que cede a la locura bajo circunstancias excepcionales que él mismo buscó con la idea de cumplir un quehacer intelectual y lograr solventar su economía familiar. Jack Torrance pensó que su proyecto literario se beneficiaría al pasar algunos meses en confinamiento, lejos de los distractores e interrupciones de la vida cotidiana, pero no tomó en cuenta uno de los elementos que alimentarían el caos: su propia familia, un núcleo en crisis incluso antes del encierro.

El rompimiento de antiguos hábitos y la creación de nuevas rutinas para los tres integrantes repercutió definitivamente en sus emociones y pensamientos. Compartir el espacio ínitmo sin tener oportunidad de deslindarse de éste ni un momento, el aislamiento del resto de la sociedad y la imposibilidad de apartarse de los otros aun en un espacio inmenso, pero finalmente incomunicado, lleva a Jack a perder la paciencia, su ira detona y enfoca su cólera de la forma más violenta en las dos personas inocentes y vulnerables atrapadas con él.

The Shining nos muestra un confinamiento autoinducido derivado de una necesidad económica e intelectual. La causa del mismo son las condiciones climaticas extremas. Pero a Jack le resulta imposible escribir porque su soledad no es absoluta, no solo lo acompañan su esposa y su hijo, sino también los espíritus que comienzan a aparecer por doquier en el hotel. Aunque este hombre de temperamento irascible tiene una visión distorcionada de la realidad y se comporta de forma irracional tras varias semanas de reclusión, no es necesario padecer algún trastorno o padecimiento previos para que el aislamiento, bajo cualquier contexto, altere nuestro pensamiento y comportamiento.

La privación de la libertad puede presentar la oportunidad única de encausar la experiencia en el ámbito creativo y artístico, pero esto no es un hecho incuestionable. Como sucedió con Jack, podría afilar y mostrar lo más negativo de nuestras personalidades.

Actualmente, llevamos meses en confinamiento debido a una pandemia. ¿Qué nos provoca el encierro, qué genera en nosotros el aislamiento social, no saber qué va a suceder? Ante la incertidumbre, el cerebro actúa alimentando el miedo. Además, la limitación de espacio y de actividades modifica nuestra neuroquímica. Experimentar falta de apetito, irascibilidad, estrés, preocupación, pesimismo e insomnio es lo más común, pues son síntomas de que nuestras mentes y cuerpos no se encuentran en condiciones óptimas, lo que resulta igualmente en altibajos emocionales y una sensación de irrealidad. Abrumados por la cantidad de información y la manipulación mediática, nos alimentamos constantemente de miedos e incertidumbres que culminan en agotamiento mental, depresión, ansiedad. En ocasiones, el pánico nos domina por completo.

En condiciones ordinarias, diariamente tenemos miles de pensamientos, de los cuales un gran porcentaje puede ser negativo. En confinamiento, dicho porcentaje aumenta. El problema se presenta cuando nos resulta imposible discernir entre los pensamientos con fundamentos reales y los meramente catastrofistas.

Diversas son las razones que han generado reclusiones masivas a lo largo de la historia: pestes, luchas armadas, climas adversos. En menor medida, el encarcelamiento y el internamiento involuntario en instituciones psiquiátricas.

Deleuze, en su artículo “Post-scriptum sobre las sociedades de control” (1991), ya hablaba de las agrupaciones que sustituyen a las sociedades disciplinarias a través de “los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia.” En la misma línea, para Foucault, en Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión (1975), existe cierto origen cultural común para instituciones como la prisión, el manicomio y la escuela, mismas que buscan la disciplina estricta, el control y el sometimiento de cuerpos, mentes y la diversidad humana a través de clasificaciones, segregación, exámenes, calificaciones y rangos, así como el castigo (según el caso); estas instituciones distribuyen y dividen de forma severa tiempos y espacios, creando en conjunto “una verdadera empresa de ortopedia social”, lo que representa la base de nuestra sociedad disciplinaria.

Si bien el caso de Jack, en cuanto a su empresa literaria, fue un fracaso, hay diversos casos de éxito de escritores en confinamiento carcelario: Oscar Wilde redactó su carta De profundis en 1897 mientras purgaba su pena en la cárcel de Reading, en Francia. El Marqués de Sade escribió Los 120 días de Sodoma (1904) al estar preso en la Bastilla. Ludwig Wittgenstein, quien buscaba continuamente el asilamiento para poder escribir, escribió su Tractatus Logico-Philosophicus (1921) siendo prisionero en Italia.

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Ilustración por Richard Zela.

La cárcel le otorgó a Dostoievski la experiencia para escribir algunas de sus grandes obras una vez que estuvo en libertad. Fue encarcelado y condenado a muerte en 1849. A punto de ser fusilado, el propio zar lo perdonó. En Memorias de la casa muerta (1862), Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamazov (1880) la repercusión del presidio es notable.

En una situación de aislamiento distinta, Ana Frank escribió, en la década de los 40, un diario al tiempo que estaba escondida junto con sus padres y su hermana en una pequeña casa de otra familia en la Alemania nazi.

En México, el caso de José Revueltas es uno de los más sobresalientes. Tras algunos meses en una correccional de menores, otros tantos en las Islas Marías y varios más en Lecumberri, Revueltas escribió dos de sus mejores obras inscritas en contextos carcelarios: Los muros de agua (1941) y El apando (1969).

En un contexto diferente, el aislamiento resultó igualmente escencial para la creación de grandes obras literarias: la poeta Emily Dickinson vivió gran parte de su vida recluida en su hogar, e incluso en su propia habitación. Frankenstein, de Mary Shelley, y El vampiro, de Polidori, se escribieron en 1816 tras un encierro de varios días debido al mal clima que les impedía salir de la mansión de Byron en Suiza.

Como elemento de ficción, el tema del cautiverio ha servido para crear universos cerrados como El Decámeron, de Giovanni Boccaccio, que utilizó la reclusión de diez jóvenes ante la peste bubónica como motivo principal de esta obra. Un caso más actual y opresivo es el de Javier Tomeo con su novela El cazador (1967), en la que un hombre se encierra de por vida en su habitación para evitar a su madre —de nuevo, la familia como núcleo en crisis.

Sí, hay casos en los que la tensión entre libertad y cautiverio detona la creatividad, pero la creación artística no depende ni se limita a esto. Como le ocurrió a Jack, puede delimitarla o extinguirla. La escritora Mariana Enríquez publicó, hace poco, un texto en la Revista de la Universidad de México en el que reflexionó sobre la dificultad de escribir (y de realizar cualquier actividad intelectual) en nuestra situación actual: “Me rebelo ante esta demanda de productividad cuando sólo siento desconcierto. (…) Es posible que hoy esté constituida apenas de ansiedad. Me deja muda e inmóvil en un sillón, encerrada. No en mi casa, eso no importa. Encerrada en mi cabeza.”

Estamos inmersos en un sistema económico que, aún en cuarentena, nos explota, nos exprime. Inmersos en la hiperconectividad que, a pesar del aislamiento, nos permite estar en un contacto insistente con los demás. No tener energía o ánimo para existir y exigirnos, además, erudición, es completamente comprensible. ¿A qué deberíamos temerle más, a lo que ocurre del otro lado de la puerta, en el exterior, o a lo que está ocurriendo en nuestras mentes?

Centrarnos en el presente nos ayudará a establecer prioridades. Preocuparnos de estar bien en el momento actual es escencial para no perder la cabeza al igual que Jack, y así aprender a relacionarnos en —y con— una realidad que se está transformando al igual que nosotros.

A 40 años del debut de la película The Shining, su secuela, Doctor Sueño, cuyo protagonista es un Danny Torrance ya adulto, se estrenó en México a finales de 2019. Esta vez fue Mike Flanagan quien adaptó a la pantalla grande un guion basado en la novela Doctor sleep, misma que King publicó en 2013. Flanagan buscó reconciliar al autor de la novela con una adaptación de su obra, y, al mismo tiempo, con The Shining de Kubrick, lo que el propio King admitió que sucedió tras ver Doctor sueño y aprobarla totalmente.

Confiemos en que, dentro de unos meses, nuestra “nueva” realidad nos permita aterrorizarnos de nuevo en las salas de cine.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Fotografía del archivo personal de Francisco Carrillo

Me siento sobre las barras de metal, a pocos centímetros del piso, que rodean a las columnas de la Terminal 1 del Aeropuerto de la Ciudad de México mientras espero a que un Uber me traiga el abrigo, olvidado en la percha de la entrada de mi depa. El Google Weather apenas marca 5 grados para el desierto de Chihuahua, más concretamente para El Paso, que es adonde me dirijo, así que el error inconsciente, que sigue asociando desierto y calor, me costará algo más de 100 pesos. Con la sensación de dureza en las pompis y avisado de que serán 27 minutos de trayecto, intento ejercitar el discutible arte de la espera con Catedral, el clásico de Raymond Carver. 

Añadí el libro a mi equipaje de mano porque, según parece, Carver escribió algunos de los cuentos más memorables de Catedral en su breve vida, entre la depresión, el alcohol y la exaltación romántica, en El Paso. Durante esos meses en la frontera, a finales de los años setenta, conoció y se enamoró de Tess Gallagher, a quien está dedicado. 

Recuerdo que, como todos los estudiantes de literatura, en mis años de universidad leí con verdadera fascinación Catedral y que, como todos, comencé a escribir cuentos al estilo Carver: frases cortas, sentido demorado, historias de desolación. No había vuelto a sus páginas, y ahora, casi veinte años después, siento una cierta condescendencia conmigo mismo o, más bien, con aquel joven de entonces. Los libros que se releen son pequeñas cápsulas de tiempo. Como me sucedió entonces, desde las primeras páginas  me dejo llevar por esa prosa desértica y vagamente surrealista, me sumerjo en ese primer relato de una pareja demasiado común que va a cenar, por primera y última vez, a casa de esos amigos que tienen de mascota a un pavo real.   

Llega mi abrigo y se inicia el protocolo de controles de seguridad, salas de espera y vuelos hacinados. Los pasajeros nos miramos con desconfianza. El virus se extiende pero parece que aún no nos ha tocado. 

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Para tomar un Uber en el aeropuerto de Ciudad Juárez hay que caminar a través del parking y salir del recinto hacia una carretera que transita a uno de sus costados. Desde ahí, otros pasajeros con maletas esperan a su placa y, una vez dentro, se internan por la extensión de carreteras sobre esta geografía terrosa y horizontal. Mi alerta interior se activa desde que salgo del entorno vigilado arrastrando dos maletas de ruedas, unas de ellas de un rosa bastante ridículo, y sigue en modo on mientras espero a mi conductor en el margen de la carretera. Los cielos son inmensos y la atmósfera cristalina; de la calle inhóspita solo se eleva el sonido de los coches y camiones que la atraviesan. Cuando aparece el Uber finjo una seguridad compensatoria, como si fuera un viejo conocido de estos lugares, algo incompatible con mi apariencia y mi acento extranjero. 

Desde la parte trasera del coche se acumulan los kilómetros por un entramado urbano disperso y precario. Le confieso al taxista mi asombro por la distancia entre el aeropuerto y los puentes fronterizos y me responde que eso no es nada, que la verdadera extensión es la otra, la que media entre los dos extremos de una ciudad que se derrama a lo largo del muro.

 

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 Aprovecho la conversación para preguntarle por la situación en Juárez, es decir, lo que yo entiendo por “la situación”, y dice que bien, que hay mucho trabajo y mucha economía. Me cuenta de los miles de cubanos y centroamericanos que, después de esperar durante meses en campamentos improvisados, encontraron trabajo en la propia Juárez y se instalaron aquí. Tiene varios amigos cubanos y una amiga en Pinar del Río con la que mantiene contacto a través de Whatsapp; Ella quiere que le ayude a llegar a México. Pero yo insisto: que cómo está la situación de la violencia en Juárez. Que sin problema. Se matan entre ellos.

Según nos acercamos a los puentes crece mi incertidumbre. Uno imagina caravanas migrantes, bloqueos policiales y tensión en la frontera, pero la paz es absoluta. Primero tengo que ir al puente de Lerdo a que me sellen el permiso de salida de México y, de ahí, a pie hasta el de Santa Fe para pasar por el puesto migratorio de Estados Unidos. Poco antes de llegar a él, y bajo la tremenda cruz pintada de rosa y atravesada por clavos en recuerdo de las víctimas de los feminicidios, un tipo semidesnudo y embadurnado de barro se arrastra por el asfalto. 

Con una moneda de cinco pesos, como si se tratara de un W.C,  se abre el torno que da acceso al puente y, con ello, a la seguridad del área controlada. Inmediatamente se apaga la lucecita interior de peligro. Lo que nos han contado que es el caos quedó ahí atrás, aunque todavía quedan remanentes, como este personaje en silla de ruedas que se ofrece, paradójicamente, a subirme las maletas por este primer tramo de puente.  A los costados se despliega el alambre y por abajo transcurre el río Bravo, convertido en un triste canal en cuyas riberas se prolonga el muro fronterizo, las vías férreas y autopistas que ensanchan su curso.  

El agente de inmigración me pregunta en inglés a qué voy a El Paso y qué llevo en mis maletas. Luego cambia al español y me pregunta con una sonrisa si conozco Galicia. Le digo que sí, que no hay nada mejor que el albariño y el pulpo. Quizás sean las referencias más lejanas posibles, pero resultan la clave para que cierre mi pasaporte y, sin siquiera sellarlo, me invite a pasar. Eso es todo: un billete de avión, un viaje en Uber y un par de preguntas. Da vértigo imaginar a quienes avanzan por los caminos con este mismo objetivo.

 

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El otro libro que me hubiera gustado echar a la maleta, aunque sin expectativas de poder leerlo en estos días, es Meridiano de sangre. Cormac McCarthy terminó de escribirlo en El Paso tras recibir una importante beca e instalarse aquí durante varios años. ¿Cuál será la razón de que esta zona de tránsito, rodeada por fronteras naturales y humanas a los cuatro costados, haya sido el escenario de estas dos obras? A simple vista, ningún rasgo de estas calles ordenadas y de donde se ha esfumado la vida, sugiere ningún tipo de narrativa. 

Camino a mi hotel, apenas a unas cuadras del centro, desde el control migratorio. El check-in no es hasta las 3pm, así que, para hacer algo de tiempo me detengo en La Malinche, un restaurante mexicano en pleno San Jacinto Square. Decoración tradicional, meseros mexicanos y quesadillas que me confirman, sin lugar a dudas, que me encuentro del otro lado del muro. Dejo una generosa propina y vuelvo al desierto urbano, solo perturbado por unos autobuses de última generación que, a pesar de circular prácticamente vacíos, se obstinan en su infatigable loop

A la entrada del hotel hay grupos de adolescentes de iglesia. Ya son las tres. Solo quiero que me den la llave y poder descansar del viaje. Desde el noveno piso que ocupa mi habitación se observa como si fuera una maqueta de miniciudad, la oficina de correos, la terminal de autobuses, el Pare de sufrir, el café vegano, el tranvía vintage, el bar, las decenas de hoteles y parkings. En segundo plano nos envuelve el horizonte urbano de Ciudad Juárez, con sus cerros terrosos y el omnipresente mensaje sobre el más próximo: “La Biblia es la verdad, léela”.

 

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No conozco a nadie y no quiero hacer nada más, así que fantaseo con atrincherarme en el hotel después de una breve excursión al CVS. Anochece y el aire es limpio y duro, por las calles me cruzo con otros hombres solos, supongo que con propósitos tan grises como el mío, que vagan por la ciudad antes de retirarse a sus habitaciones de hotel. Sobre uno de los edificios más altos del downtown se proyectan luces con los colores de la bandera mexicana. Sin embargo, todo parece negar cada una de las lógicas del otro lado del muro, erigirse como su exacto opuesto, como si El Paso extremara la imagen que Estados Unidos tiene de sí mismo.   

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Me despierto antes de que salga el sol y bajo al desayuno del hotel, un buffet de colesterol y grasas saturadas, la gasolina que necesitan los cuerpos de los huéspedes. Casi todos ellos, de tallas descomunales, visten la misma sudadera sucia en la que dice “Monster Jam”. Se sientan en grupos y ríen entre sí, aunque también hay quien evita las miradas, se sienta aparte y pronuncia hastiados good mornings. Google me informa que es un espectáculo de camionetas que saltan unas sobre otras, chocan y se rebozan por el barro. 

En la televisión del comedor, prendida y a un volumen considerable, solo se habla del avance del coronavirus mientras decenas de operarios de Monster Jam se ríen entre sí y tosen como si fueran personas obesas acabadas de levantar. Me sirvo una salchicha más, un último roll atiborrado de canela.

 El hotel se conecta con la universidad por una recta avenida que comienzo a recorrer hasta que aparecen los edificios que dotan al paisaje de un extraño toque oriental, como si la arquitectura vernácula del Bután que inspiró el campus hubiera prescindido de toda voluptuosidad. Las superficies rectas y caqui apenas se distinguen del fondo natural ni de los barrios de infravivienda de Juárez, particularmente próximos en esta zona.

 

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Poco ambiente, demora de unos compañeros de mesa que no se presentan, evento académico afectado ya ante las bajas de los primeros retenidos, en otras ciudades, por la pandemia. Así que toca encarar un One man show a las nueve de la mañana sobre el tema estrella de la jornada: violencia, desaparecidos, políticas de la frontera, migrantes. Y luego más mesas, y otros ponentes. Las conferencias magistrales con las que cerró el día insisten en los diferentes apocalipsis que se ciernen sobre todos nosotros. Después, un cocktail alivia el disgusto por el fin del mundo y, de paso, permite hacer un poco de networking. Me retiro antes. Prefiero repetir el ritual, ese sí decadente, de las botanas del CVS y la cama del hotel. En la televisión, algún partido de la NBA que no me interesa . 

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A la mañana siguiente, y tras otra ronda de estertores Monster Jam, decido dar una vuelta por el Museo de historia de El Paso. Entro junto a una excursión de una escuela local. La maestra, mexican-american, y los niños, todos de nombre Jesús, se comunican en un perfecto inglés. A través de las animaciones y los objetos de época aprendemos el origen de El Paso, apenas una comunidad que se reúne, a mediados del siglo XIX, en torno al destacamento militar de Fort Bliss, actualmente una de las bases militares más masivas del mundo. ¿Cuál es “la situación” de este otro lado? Limpieza y cálculo, veteranos retirados, contratistas que van y vienen, miedo más o menos razonable a un tiroteo masivo. Sin duda, el caldo de cultivo de los personajes de Carver o McCarthy, víctimas y a la vez ejecutores de la violencia que se extiende, como un virus, por esta atmósfera aparentemente inmóvil. 

Tras otra jornada en la universidad quedo con dos amigos para desembarcar esta noche en su casa. Nelson pasa por mí al parking del hotel y de allí vamos por algunos recados. Según nos alejamos en su coche de este simulacro de ciudad que es el downtown, nos internamos por el verdadero El Paso; una red de autopistas y malls marcan sus únicos referentes geográficos. Primero nos dirigimos a un Home Depot a cambiar unas herramientas defectuosas para la chimenea, y después aterrizamos en un Walmart para comprar carne y cervezas. 

 

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Ya en la casa, situada sobre una colina desde la que se extiende un horizonte lejanísimo y un cielo bíblico, bebemos y cocinamos mientras el sol se pone. Llegan más invitados, la mayoría cubanos. Hablamos de La Habana, salimos a comprar más cervezas y fantaseamos con el coronavirus. Aún no imaginamos el inminente confinamiento, pero ya circula esa alegría de las cosas que quizás duren poco, una escena imposible en el universo de Carver,   donde nunca aparece un Sonos con salsa. De pronto, se hace el silencio. Alguien dice que es un puma. En el patio, un predador nos mira a través de los cristales del comedor. Se mueve con seguridad, como si conociera el lugar, mientras nosotros permanecemos expectantes, fascinados por la amenaza y la magia de su presencia. Entonces Nelson agarra un hierro de los que cambiamos en el Home Depot y hace el ademán de abrir la puerta. De un salto, el zorro desaparece en la noche.


Autores
ensayista y profesor universitario; doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Pensilvania y maestro por la Universidad de Puerto Rico. Ha publicado el libro Excepción Bolaño y artículos para diversas revistas internacionales.