Tierra Adentro

 

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Autores
(Cancún, 1988), igual conocido como El Dee, es un ilustrador e historietista caribeño. Es creador del cómic Yo y La Muerte, El Twit Ilustrado y Nido de Serpientes, proyecto ganador del premio Novela Gráfica Joven 2018 de Tierra Adentro. También es socio fundador de Pizzatánicos, marca de ropa mexicana. Su trabajo de ilustracion puede ser encontrado en paredes, portadas de libros, discos y carteles musicales tanto en México como en Francia, Rusia y Latinoamérica. Hoy en día vive en Cholula con su esposa y un montón de perros.

para Cristian Lagunas

encontré una piedra gris

y le dije:

tenemos que resucitar

Juan Eduardo Cirlot

 

 

Existe una probabilidad altísima

de que nunca nos pasen cosas extraordinarias.

Una vida común,

sin clavos ni tres días para resucitar.

Nos incrustamos

en el sillón como piedras sucias,

inestables, con la memoria fresca

de algún desgajamiento,

horas martirizadas con latones

que expende el refrigerador

hasta nublarnos, giramos

el cuerpo a medias

que siempre va adelante

con su torpeza, decir

no hay caídas

pequeñas, todas las ruinas

tuvieron un imperio,

o no, mejor aún,

no todo desciende de grandezas,

hay ruinas de lo mínimo,

escombros de algún día

donde no pasó nada

o piedras que taparon sepulcros

para darnos alguna idea de Dios,

indigerible y grueso como el trago

de esta cerveza oscura,

una vida común postrados en la sala,

esperando a que el tiempo lo disolviera todo

hasta dejarnos en una cruz de huesos,

con el ventilador oreándonos

el nido de unicel y de colillas,

mientras afuera ardían catedrales antiguas

y se apagaban dos o tres certezas.

Enorme probabilidad

de que nunca seamos relevantes,

el cielo prototípico, empacado al vacío,

caducidad que entra a la ventana

con sus formas de luz distorsionada

por los cristales rotos, vidrios

por donde el Dios de la Semana Santa

nos dijo que era tarde

y cerrarían el Seven.

Altísimo el estruendo de la risa,

hablando de la música sacra

inserta en reguetones de moda,

reír de lo perecedero

y Dios asomándose siempre,

metiche estrafalario,

vestido con un saco de púas para rasgar

el aire y los abrazos

que no son para él

porque nos hiere. Dios,

con sus ojos de huérfano,

jugando a que se cae

y le aplaudimos.

Altísimo el sonido de las bocinas

al tocarnos como estrujando latas de cerveza,

metales que en el tacto dicen

su vocación real, su verdadero imperio

minúsculo, que algún recolector

nunca va a despreciar.

Existe la probabilidad

de que las cosas extraordinarias

les ocurran a otros,

mientras nos preguntamos

si el día de la resurrección,

al juntar nuestras latas,

obtendremos un kilo de aluminio.

 


Autores
Fotógrafa y comunicóloga originaria de la Ciudad de México. En 2007 comenzó estudios de guitarra en la Escuela de Iniciación Artística No. 1 del Instituto Nacional de Belleza Artes y posteriormente en 2008 ingresó a la Escuela Nacional de Música, ahora Facultad de Música, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) donde cursó el ciclo propedéutico en guitarra clásica concluyendo en 2011. Simultáneamente, en 2010, ingresó a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM a la carrera de Ciencias de la Comunicación dónde encaminó sus estudios hacia la fotografía y video. Mientras se encontraba realizando sus estudios participó de manera activa en el movimiento #YoSoy132 en 2012 y en colaboración con otros compañeros fundó el medio independiente Políticas Media donde participó como fotógrafa y reportera. En 2014 comenzó la carrera en Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En este periodo participó de manera activa en el movimiento social por la presentación con vida de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, documentó en fotografía y video parte de las manifestación en torno a este movimiento. En 2015 ingresó al área de comunicación social de la Red de Transporte de Pasajeros (RTP) de la CDMX, donde estuvo encargada del levantamiento de imagen y desarrolló una base de datos del material fílmico y fotográfico. Durante este periodo se puede destacar su participación como fotógrafa y coordinadora editorial en el libro “La huella de la movilidad” 2016 y “Glosa para el 6° Informe de Gobierno (2018)” así como en la elaboración de videos institucionales. Simultáneamente colaboró con la producción videos para la página “Voces de Colores”. Paralelamente a esta labor continuó con la especialización en fotografía y video tomando un diplomado de Iluminación fotográfica en la Escuela F8 y un master en Post-producción en EduMac. Finalmente durante el segundo semestre de 2018 y los primeros meses de 2019 partició en el Proyecto “México 1968 - 2018, Un tributo a medio siglo”, con financiamiento de la Secretaría de Cultura. Este proyecto dio como resultado el documental “Heberto Castillo y el 68”, que se estrenó el pasado 7 de marzo de 2019 en el Centro Cultural Universitario de Tlatelolco, en dicho Proyecto participó en la fotografía y como asistente de producción. Durante 2019 colaboró como asesora de imagen y comunicación de la Concejalía de Coyoacán y como Coordinadora de Producción Ejecutiva externa para Comunicación Social de Presidencia.
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.
Imagen tomada de Pixabay.

Sé que es lunes porque la obra del edificio en construcción frente a mi casa, después de dos días de silencio, reanudó su actividad, los taladros chirriantes y martilleos de siempre; labor que ha perdurado a pesar de la contingencia sanitaria y los avisos de las autoridades.

Últimamente, me cuesta saber qué día es. Sé que mientras escribo esto, es lunes, porque mi clase de portugués recién terminó mediante una video llamada de WhatsApp con mi profesora particular, a quien regularmente veía en un café cada semana; ahora solo tengo clases virtuales y ejercicios que le mando por correo.

Eliseo Diego diría que: “La eternidad por fin comienza un lunes / y el día siguiente apenas tiene nombre”, si pudiera preguntarle qué día es hoy. Y que eso, lejos de animarme, me pondría triste porque el verso siguiente es aún más lapidario, oscuro, razón suficiente para abstenerme de una consulta al poema.

Y si consultase los números para tener una certeza de mi encierro, me dirían que llevo una treintena de días adentro, con un par de escapadas al supermercado para reabastecer la casa de despensa y provisiones que, por supuesto, incluyen cerveza y comida para perro. Solo un par de días hemos salido. Al hacer una resta, el resultado fue de 28 días en cuarentena. Decir que ese periodo ha sido extraño, es poco y sería incluso una reiteración. Sin embargo, lo ha sido. Y aun así, resulta ridículo compadecerse de uno mismo si consideramos otros encierros para salvar la vida.

Confinamientos como el que vivió Ana Frank durante 1942 y 1944 en el refugio dispuesto por su padre para esconderse de los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial; en esa condición y durante días enteros, la familia de la protagonista permaneció inmóvil, silenciosa, aterrada por la latente posibilidad de ser descubiertos y llevados a los campos de concentración, donde el Tercer Reich exterminaba a los judíos.

Ante la anécdota de esa reclusión, esta pérdida de la rutina entre la oficina, los trámites, las filas en los bancos y las citas que se quedaron ahí, suspendidas, parece un juego de niños, algo menor. Estamos adentro con un aislamiento que amaina con maratones de Netflix, salidas al balcón para oír las ambulancias pasando por la avenida, fiestas por Zoom con los amigos escritores y transmisiones por Facebook Live.

Estamos adentro, es cierto, pero con la posibilidad de escuchar música y beber cerveza mientras trabajamos en lo que aún se puede. Esto no es una guerra y afortunadamente no estamos cerca. No somos Ana Frank, nuestro perímetro parece más generoso y alegre, si consideramos que afuera los coches siguen pasando y aún tenemos Wifi, aunque quizá el miedo y la incertidumbre de nuestro futuro nos hacen carne del mismo cuerpo.

Sobre nuestras cabezas no llueven bombas, como caían sobre Ámsterdam en 1944 mientras los Frank vivían sus horas más oscuras; pero a veces, también a nosotros nos bombardean con otro tipo de explosivos que se manifiestan a través de las fakenews que la tía más escandalosa comparte por Facebook o WhatApp bajo la consigna de la prevención, pero logra lo contrario: infecta, contagia, persigue. Nos impacta.

Y entonces queda aparentemente poco por hacer, porque no hay peor batalla que aquella contra algo intangible; eso que no se sabe, pero que se siente en el pecho, presionando por las noches, quiero decir: la ansiedad y muchas veces, la impotencia.

 

En estos 28 días, las cifras también son un ancla en el paso del tiempo, un reloj que nos marca con otro tipo de minutos. El mundo se contagia de Covid-19 y de miedo, de incertidumbre, paranoia, amargura. Y eso me asusta lo mismo, quizá más, que oír la palabra “pandemia” en las noticias.

Quiero decir, me atemorizan sus palabras anunciando el fin; diciendo que el virus es un castigo divino, una advertencia de Dios o un plan maligno de los iluminati para cambiar el orden económico del mundo.  Sus palabras caen en la poca calma que logro reunir al ver el calendario en mi teléfono y corroborar que hoy es lunes, que no pasa nada interesante allá afuera de lo que me esté perdiendo. Resisto arbitraria, como dice la periodista Leila Guerreiro y me aferro a “soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada”, aunque mis proyectos de escritura estén marchando a cuenta gotas, pues cuentan que en 1606, durante la cuarentena que provocó la peste, Shakespeare escribió El Rey Lear, Macbeth y Antonio y Cleopatra, y yo solo he podido leer la primera parte de Suave es la noche, y he escrito tres o cuatro versos decentes o que al menos me gustan.

Estos días adentro, respirar tranquilamente ya en sí me parece una tarea, una afrenta importantísima en contra del miedo. Dormir sin tener pesadillas, tener apetito, bañarse y cambiarse de ropa, usar sostén, como para encima tener que soportar pensamientos erráticos ajenos o la presión de aquellos que llaman a intentar escribir grandes obras como si este encierro fuera un retiro de escritura.

En mis redes sociales están dejando de caber los amargados, los pesimistas, los negativos. Me declaro incompetente para soportarlos. Por salud mental, he silenciado a todos y todas aquellas que comparten noticias falsas, amarillistas. He mandado callar a los que socarronamente nos critican por hacer videítos leyendo poemas, por descargar tiktok, por transmitir en YouTube, por tener un poco de fe.

Me refugio en las cosas chiquitas. En mis pequeñas certezas: hoy es lunes. Afuera los obreros siguen trabajando.

Acaricio al perro que me viene a pedir que me acueste con él. Que deje de escribir esto.

Me dejo contagiar por su ternura, por las cosas simples, por los días adentro.

Con frecuencia me pregunto si saldré y esos mismos silenciados y silenciadas en mis redes sociales lo estarán en la vida apenas vuelva todo a la normalidad.

Quiero pensar que sí.

Que como dice Machado: “Hoy es siempre todavía”.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Quasar Outflows. Imagen extraída de Hubblesite.

 

Lo asombroso no es que el Universo sea tan grande,
sino que el ser humano lo haya medido.

“El jardín de Epicuro” Anatole France.

 

La primera vez que observé a través de un telescopio fue en la universidad cuando estaba haciendo mi servicio social en el Instituto de Astronomía de la UNAM. Una noche, después de una conferencia, subimos a la azotea para mirar Saturno a través del telescopio del Instituto. A pesar de la contaminación lumínica de la Ciudad de México, sí vi el planeta.  No sé qué había esperado, pero allí, al fondo, estaba una esfera amarillosa, rodeada de anillos. La imagen habría cabido en el espacio entre mi dedo pulgar e índice. Parecía más una calcomanía del planeta que el objeto espacial. Alguien me preguntó si podía ver la separación entre cada uno de los anillos y no supe qué responder porque no podía creer que lo estaba viendo, ni que a través de ese instrumento era capaz de mirar un planeta que lucía exactamente igual a los dibujos de los libros de física.

Ahora, abierta en la pantalla de mi computadora tengo una fotografía de Saturno tomada por el telescopio espacial Hubble. Ahí está la separación entre los anillos, el gas de distintos colores que conforma las capas del planeta, amarillo claro en el ecuador y luego otras franjas rojas, rosas, anaranjadas, incluso verdes. En una fotografía se ve una aurora, un círculo de luz azul brillante. Nunca había pensado que otros planetas podían tener auroras. En otras fotografías se ven sus satélites. Titán, diminuto junto a Saturno, es del tamaño de Mercurio y tiene su propia atmósfera. En una imagen, persigue su propia sombra.

Titán persiguiendo su sombra. Fotografía del Hubble.

Titán persiguiendo su sombra. Fotografía del Hubble.

*

Hubble es el primer telescopio espacial. Orbita la Tierra desde el 24 de abril de 1990, cuando el transbordador espacial Discovery dejó la atmósfera de la Tierra atrás. Es del tamaño de un autobús escolar grande con 13.2 metros de longitud y 4.2 metros de diámetro. Pesa doce toneladas, que equivale al peso de dos elefantes africanos adultos, y se encuentra a 593 kilómetros sobre el nivel del mar. Su espejo principal tiene un diámetro de 2.4 metros. No tiene propulsores y para cambiar su ángulo gira sus ruedas en dirección contraria. Le toma el mismo tiempo girar sobre sí mismo que al minutero recorrer la cara del reloj, por lo que tarda 15 minutos en girar noventa grados. Orbita la Tierra a unos 28 000 km/h, lo que significa que le da una vuelta a nuestro planeta cada noventa y siete minutos. Durante los últimos treinta años ha recorrido más de 6 mil millones de kilómetros. Ha hecho más de 1.3 millones de observaciones y genera aproximadamente 10 terabytes de datos nuevos cada año.

Es nuestro ojo en el espacio. Nos ha permitido ver otras galaxias, los remanentes de explosiones de supernova y hacia el fondo del Universo.

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La primera persona en ver los anillos de Saturno fue Galileo Galilei. Aunque no fue el inventor del telescopio, mejoró varios de los diseños y se le reconocen las primeras observaciones del cosmos a través de un instrumento. Vio los cráteres de la Luna, descubrió manchas solares y siguió las fases de Venus. El siete de enero de 1610, observó cuatro de las lunas de Júpiter y sobre este hecho escribió en Sidereus Nuncius: “Cuando estaba viendo las constelaciones de los cielos a través de un telescopio, el planeta Júpiter se presentó ante mi vista y como quiera que yo me había preparado un instrumento excelente, observé una circunstancia que nunca antes había sido capaz de ver, a saber, tres pequeñas estrellas, pequeñas pero muy brillantes, estaban cerca del planeta; y aunque yo creí que pertenecían al conjunto de estrellas fijas, hicieron sin embargo que reflexionase, porque parecían estar situadas formando una línea recta perfecta, paralela a la eclíptica, y ser más brillantes que el resto de las estrellas, igual que ellas en magnitud […] por tanto concluí, y decidí sin dudarlo, que existen tres estrellas en los cielos que se mueven alrededor de Júpiter, como Venus y Mercurio lo hacen alrededor del Sol; lo que fue establecido de largo tan claro como la luz del día por otras numerosas observaciones posteriores. Estas observaciones también establecieron que no sólo existen tres, sino cuatro, cuerpos sidéreos erráticos que hacen sus revoluciones alrededor de Júpiter”. Las llamó Ío, Ganimedes, Europa y Calisto.

Así comenzó la observación espacial. Los telescopios se volvieron más y más grandes, capaces de mirar cada vez más detalles del cielo. El problema de todos ellos, que Galileo no encontró con su pequeño telescopio, era la atmósfera terrestre, que distorsionaba la luz de las estrellas. Por eso a principios del siglo XX, con el avance de los cohetes espaciales, los científicos comenzaron a pensar en la posibilidad de poner un telescopio fuera de la Tierra.

Aurora de Saturno. Fotografía del Hubble.

Aurora de Saturno. Fotografía del Hubble.

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En su poema Historia de la noche, Borges habla de la relación entre la humanidad y la noche. En sus últimos versos describe los ojos como “tenues instrumentos” que nos ayudan a observarla. Los telescopios como el Hubble son ahora esos ojos con los que observamos la noche, para tratar de disipar el vértigo que nos provoca. Un día después de su llegada al espacio, el 25 de abril, el Hubble trasmitió sus primeras imágenes. Para horror de los científicos, las primeras fotografías mostraban la imagen de las estrellas rodeadas por un halo blanco. Este halo era provocado por el espejo principal del Hubble, que había sido pulido de forma incorrecta. La diferencia era tan delgada como el ancho de un cabello humano, pero terrible, porque el espejo era una de las pocas piezas que no podía ser reemplazada. Las imágenes del telescopio no servían. Se preparó entonces una primera misión de servicio. En diciembre de 1993, el transbordador Endeavour llevó a dos astronautas y al instrumento COSTAR (Corrective Optics Space Telescope Axial Replacement) al espacio para corregir la aberración esférica del espejo principal. Como los anteojos ayudan a los ojos con miopía, así el COSTAR le permitió al telescopio enfocar correctamente y ver el “tiempo cargado de eternidad” que es la noche.

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Descomposición de colores. Imagen de Hubblesite.

Descomposición de colores. Imagen de Hubblesite.

 

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Planetas, nebulosas, galaxias, cúmulos globulares. La mayoría de la gente ha visto alguna de las imágenes del Hubble sin saberlo. La famosa fotografía de los Pilares de la creación en la nebulosa del Águila o del cúmulo globular Omega Centauri, la nebulosa Ojo de gato o la galaxia del Sombrero. Todas las imágenes están a color, pero el Hubble sólo es capaz de tomar fotografías en escala de grises. Los colores llegan más tarde, con un tratamiento de filtros (verde, azul y rojo) que les permite a los científicos extraer información de la imagen.

El Hubble ha extraído del Universo más que imágenes. Ha ayudado a buscar planetas fuera del sistema solar, descubrir que los agujeros negros supermasivos son más frecuentes de lo que habíamos supuesto, observar la evolución del cinturón de asteroides, ver los satélites de planetas como Plutón, explorar el nacimiento y muerte de estrellas. Sobre todo, el Hubble ha sido capaz de mirar hacia el fondo de la galaxia, que significa no sólo ver lejos, sino ver hacia el pasado, hacia el inicio mismo del Universo, a 13 800 millones de años. En sus fotografías podemos ver estrellas a 13 200 millones de años de nosotros.

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“La historia de la astronomía es la historia de un horizonte que se aleja” dijo Edwin Hubble, un astrofísico estadounidense, que en 1929 demostró a través de un análisis de la luz de las galaxias que el universo crecía cada vez más y propuso una constante de expansión, pero su valor era impreciso. El telescopio que lleva su nombre les ha permitido a los astrofísicos refinar y hacer más exacta esta constante, lo que les ayudó a saber con más precisión la edad y tamaño del Universo. A través de las observaciones del telescopio espacial Hubble, se ha podido medir el efecto de la “energía oscura” sobre los objetos visibles y demostrar que el Universo no sólo se está expandiendo, sino que se está acelerando.

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En 1990 nadie esperaba que el Hubble continuara trabajando después de cumplir quince años, pero hoy cumple treinta. Sin embargo, su reemplazo, el telescopio espacial James Webb, se pondrá en órbita en algún momento del 2021. Podrá tomar fotografías con más definición y más alcance que el Hubble. Tal vez será capaz de ver las primeras galaxias, en el momento mismo de su formación. Mientras tanto el Hubble continuará dando vueltas alrededor de la Tierra hasta que no pueda trabajar más. Entonces, la NASA decidirá si lo empujará fuera de órbita para convertirlo en basura espacial o, por el contrario, lo hará caer hacia la Tierra y estrellarse en el océano Pacífico.

Hasta entonces, el Hubble continuará siendo nuestros ojos hacia el Universo.

Fotografía del Hubble.

Fotografía del Hubble.

 


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.

Poesía, drogas y misticismo flotando en La pecera de Dios de David Alfonso Estrada

Dios me llama; con “su cuerpo de leopardo, sus piernas de hipopótamo, su cabeza de cocodrilo y su melena de león” me transmite designios que confundo con casualidades. Mis más recientes lecturas llevan su nombre en el título: Un dios de paredes hambrientas de Garret Cook (Orciny Press, 2019), Dios en un Volkswagen amarillo de Efraím Blanco (Lengua de diablo, 2020) y La pecera de dios de David Alfonso Estrada (Tierra Adentro, 2019). Ya no puedo ignorarlo, es momento de regresarle la llamada.

En La pecera de dios, libro ganador del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2019, David Alfonso Estrada nos comparte las aventuras esquizoides de Natanael (Nat) Cienfuegos, un diseñador de 27 años que busca llenar los vacíos de su existencia a través de las drogas. En este viaje nuestro protagonista, que se cree el “espíritu encarnado de Osiris” y piensa que su perro es un robot, será encerrado en un brutal centro de rehabilitación (donde un narcotraficante lo ayuda a escapar), se convertirá en un poeta laureado (con La pecera de dios, una colección de poemas), formará parte de una sociedad suicida de escritores, un espíritu llamado Laura le dictará poemas, recaerá en las drogas, se recuperará (con la ayuda del fantasma de su padre y con el apoyo de su abnegada novia), se casará, escribirá una novela (Hágase tu voluntad, que es lo que estamos leyendo), contemplará su existencia a orillas del mar y se caerá y levantará y caerá y levantará y…

Aunque mi brevísimo y muy superficial resumen haría pensar en una remake de Trainspotting o en otra aventura de Cheech y Chong, estamos ante algo mucho más complejo. Empecemos con un detalle que de primera instancia podría pasar inadvertido: Nat es un diseñador en una agencia de publicidad. Trabajar en este tipo de lugares de mercantilismo exacerbado provoca cuadros de ansiedad y  depresión; te deshumaniza. Al yo mismo ser parte de esta industria, he comprobado que casi todos los que trabajamos en la agencia tuvimos que buscar algún tipo de ayuda psicológica (y en una extraña “casualidad”, recientemente descubrí que seis compañeros, sin habernos puesto de acuerdo, compartimos a la misma terapeuta).

La edad de Nat es otro detalle no fortuito. Recordemos el Club de los 27, donde músicos como Robert Johnson, Brian Jones, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y Amy Winehouse fallecieron a los 27 como resultado del abuso del alcohol y las drogas.

La gran paradoja de Nat, y de toda la generación que está llegando a los 30, es que a pesar de que anhela la muerte, lo que realmente busca es vivir; muere por vivir. Auténtico fantasma de “la generación del desencanto” (como exploraría Macaria España en su libro homónimo), un “títere en la mano equivocada” que nos remite al pesimismo cósmico de Thomas Ligotti: “Mira tu cuerpo: una marioneta pintada, un pobre juguete de partes articuladas al borde del colapso, una cosa enferma y doliente con una cabeza llena de imaginaciones falsas”.

Timothy Leary, psicólogo y entusiasta de la investigación y uso de sustancias psicodélicas, apuntó que con las drogas, específicamente con el LSD, descubrimos con horror nuestra existencia de robot; que nuestra vida está estereotipada, vacía, carente de significado. También, que la experiencia del viaje podría equipararse a una misa católica, un viaje psicodélico poderoso, que involucra transubstanciación de energía y una secuencia de muerte-nacimiento que usa todo tipo de técnica sensorial. Nat, al ser criado en un hogar católico y por el adoctrinamiento que suelen usar los centros de rehabilitación, está embebido en esa mitología. “Este es nuestro problema, que tarde o temprano terminamos en el cristianismo”, le confiesa un compañero.

Pero también Nat absorbe y sintetiza símbolos de otras mitologías, buscando la experiencia mística; la unión de lo particular y lo general, de lo humano y lo divino, de lo natural y lo sobrenatural, de lo aparente y lo absoluto, de lo visible y lo invisible; “las doce verdades que conducen a las brujas malas y a las hechiceras negras a las sombras”.

El lenguaje profético, filoso y delirante de Nat nos remite a personajes como Tyler Durden de El club de la pelea, Elliot Alderson de Mr. Robot o Rust Cohle de True Detective; personajes que han escuchado el gruñido de la lechuza, que han visto el Ojo de Dios.

Durante este trepidante descenso al pozo de Demócrito, el autor encuentra en el sarcasmo la mejor forma de exhibir el surrealismo del mundillo literario: La pecera de dios, poemario ganador de un premio nacional que llevó a Nat a presentarse en la FIL de Guadalajara, es una obra primeriza donde la imagen esquizofrénica del autor importa más que la calidad literaria de los poemas; la musa de su segundo poemario es un espíritu llamado Laura que invocó con una ouija; el grupo de escritores decadentes llamado Guillotina, que ve en Nat a una oscura promesa, a una estrella de la mañana, quiere emular los pasos de Baudelaire y Burroughs; su gran salto a la novela es lo que ahora estamos leyendo y analizando bajo el título de su primer poemario…

Pero sobre todo en Nat podemos encontrar el arquetipo del niño en busca de su padre; al joven que padece la grave enfermedad de vivir en nuestros días; al hombre que confunde el amor con necesidad; al artista emergente.

Y en su conjunto podemos ver en La pecera de dios, a través de su grueso y enmohecido cristal, a pequeños organismos que deben alimentarse de hojuelas de poesía y misticismo para evitar ser devorados por una realidad cada vez más insoportable.

Al final, admitiendo que todos somos pesimistas, resulta inevitable pensar que lo que nos cuenta el autor en esta no-novela es una simulación, que el verdadero Nat nunca fue rescatado del anexo por su amigo narcotraficante y sucumbió bajo las botas del padrino Chano, que todo es el alucine de una larga noche de trabajo frente al monitor… pues “la eternidad es un mismo error cometiéndose”. Sin embargo, me quedo con la imagen de Nat saltando de la pecera de dios y llegando a la orilla del mar.


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).
Ilustración de Luis Ham

 

Cuando uno está fuera de
lugar, uno siempre tiene que
estar listo para brincar al lado,
trecho a trecho, en la Nada que
se encuentra precisamente al
lado del fuera del lugar

(Jelinek, 2006, pág. 30)

 

Hay cuerpos que ya tenían largas décadas de esta prolongada escena distópica que hoy se hace evidente por la aceleración sobreexpuesta de lo naturalizado en los modos de vida. Hay cuerpos que se deben proteger, resguardar y salvar. También (como apunta Jelinek, una de esas escritoras que incomodan a muchxs) cuerpos que, acostumbradxs a fuerza de sobrevivencia, han aprendido a habitar en el cambio constante y el caos que representa la incertidumbre.

 

Existen cuerpos que no encuentran seguridad, ni en el hogar construido por la modernidad, ni en las formas institucionales (reales o simbólicas que hasta ahora se habían postrado como benefactoras), porque a cambio de la fuerza de trabajo devuelven dádivas para la subsistencia. De hecho, contrario a lo que se piensa, lo evidente con la pandemia (y, con los tiempos posteriores) es que la posibilidad de la vida no sólo radica en lo fisiológico, sino, sobre todo, en lo económico-social; un lugar ya común en las reflexiones de este siglo, pero pocas veces “ilustrado” bajo esta forma que recuerda a la estética camp.

 

Dudé mucho al momento de escribir esto, intenté, por todos los medios, aliviar las preguntas que me colocaban no sólo en un cuestionamiento, sino, sobre todo, en un dilema ético. Porque, en el fondo, sé reconocer que algunas de las estrategias de sanitización, al menos desde Latinoamérica, nos dejan con los cuerpos expuestos a los regímenes totalitarios. No podía dejar de pensar en lo que pasaría en Chile, por ejemplo, un país con todas las luchas abiertas, con todas las heridas expuestas y con toda su población disidente en las calles. Mientras parecía que, en México, incluso algunas voces “progresistas” apelaban por el disciplinamiento como recurso último para la salvaguardia. Sigo sin poder concebir que se vuelva ley la prohibición al espacio público, me parece que, muy a menudo, lo que se desea en momentos de miedo, puede resultar contradictorio en momentos de calma.

 

Es un virus que “hace llorar a Foucault”, había pensado de forma irónica, porque parece que lo único efectivo es la obligación del confinamiento; pero no es la pandemia, sino la forma social que se basa en el disciplinamiento, más que en la razón afectiva o, como lo denomina Orlando Fals Borda, una práctica sentipensanteque pueda ser congruente con lo cotidiano.

 

Estamos peligrosamente receptivos a la orden de lxs otrxs, porque no reconocemos la voz propia que nos salvaguarda. Y peor, creemos que estamos bajo la idea de una sociedad benefactora, pero pocxs se han preguntado por qué no son tan difundidas las casi nulas propuestas de traducir a los modos de vida de comunidades indígenas que, en México, para 2018, registran la existencia de 68 pueblos y más de 25 millones de personas que se autoadscriben como tal, por lo que representan el 21% de la población total del país; y que conservan formas distintas de agrupación familiar y comunitaria, por lo que deberían existir medidas apropiadas para sus realidades (espacios en los que carecen de agua, formas de agrupación distintas a las mestizas, centros de salud a muchas horas y sin posibilidad de transporte, etc.). Otra deuda del proyecto fallido del capitalismo multicultural. Y otra evidencia de esta fase que algunxs denominan como biocapitalismo.

 

Aquí me gustaría establecer un vínculo con la forma discursiva que ha adquirido el COVID-19, porque, sobre todo, está convertido en signos de circulación que contienen, lo mismo fake news, que cifras, aportes científicos, posturas institucionales, comentarios personales, memes, bromas o hasta canciones. La fase más expansiva del virus está en su contexto de significación: lo comunicable.

 

Tanto asépticxs como escépticxs coinciden en que esta crisis modificará ampliamente los modos de vida y los vínculos más estructurales. Incluso, muchxs de mis pensadores favortixs se muestran optimistas frente a lo que parece una forma de “obturar” el capitalismo y generar espacios resilientes derivados de expresiones comunitarias fuera de la noción de estado (como ya lo practican muchos espacios sociales). Por supuesto, lxs hay menos entusiastas, y yo tiendo a situarme ahí, no sé si por (post)colonizadx o porque mi lectura sobre la “vasija de Pandora” es que ahí se guardaban los peores males del mundo y entre ellos está la esperanza, pero yo guardaría muchas reservas.

 

Otro pensamiento con el que también me he encontrado, ha sido el de especular que la fase del capitalismo por venir sólo agudizará estrategias basadas en la búsqueda de la protección del cuerpo fisiológico; lo que deriva en dispositivos que aumentan la invisibilidad de aquellxs otrxs que quedan al margen del trabajo “intelectual-creativo”. Es decir, una composición social que podría considerar el aislamiento como una estrategia de salvaguardia perfecta frente a un virus o “casi cualquier atentado”; sin embargo, trasladar las formas de producción, distribución y consumo a los espacios virtuales, sólo haría más invisible la necesidad de una mano de obra presencial que, al no estar contemplada como relevante, es más susceptible a ser precarizada.

 

Para exponer un poco más la idea anterior, pensaba que, si algo se ha expuesto en medio de todas las medidas de seguridad recomendadas es la posibilidad de resguardo de algunxs, porque existen otrxs que continúan con la distribución y, más aún, porque han observado en los sistemas de repartición a domicilio, una forma de laborar. Lo que, ni empleadxs por estos medios, ni consumidores observamos a primera instancia es cómo se precariza el trabajo que requiere la presencialidad del cuerpo. Mientras hay quienes pueden protegerse casi al punto de la esterilización absoluta (en su mayoría con algún tipo de seguridad sanitaria social o privada), hay quienes sólo pueden ver en la contingencia, la posibilidad de sobrevivir al (bio)capitalismo y, por supuesto, cumplen con labores que no suelen ofrecer ningún tipo de garantía en sectores de salud.

 

¿El virus replica los formatos de producción, distribución y consumo del capitalismo? O será que, por el contrario, hemos naturalizado, a tal punto, las estrategias económicas que se expresan en un cuerpo que no se desprende de lo fisiológico, por más intentos de salirnos de nuestra condición animal. Hasta ahora, por lo que sabemos, es que la propagación tan acelerada del virus se ha posibilitado por los modos de vida actuales. Si bien, la enfermedad se hace evidente en los cuerpos “más vulnerables”, también se hace más evidente aquella frase que hoy parece sacada del oráculo de Delfos, cuando Marx nos advertía “todo lo sólido se desvanece en el aire”; lo problemático, ahora, no sólo es que se desvanezca sino que se propague y albergue sin reconocer cómo se materializa.

 

Hay un sector, muy probablemente menor (pero considerable en torno a su capacidad de crear posicionamiento discursivo a través de medios digitales), que ha visto la posibilidad de trasladar su entorno laboral a los espacios virtuales, y lo que ha premiado es la “simulación” efectiva de herramientas que posibiliten la continuidad de una vida que no se vea detenida por un momento crítico que, bajo esta posición, encontrará su fecha de término. Algunxs creerían que es momento de agradecer las posturas naif, pero la realidad es que el estado de contingencia había iniciado con los modelos económicos que han desprovisto de lo más elemental a los cuerpos, arrojándolos como “producto de las polarizaciones económicas y el bombardeo informativo/publicitario que crea y afianza la identidad hiperconsumista y su contraparte: la cada vez más escasa población con poder adquisitivo, que satisfaga el deseo de consumo.” (Valencia, 2010, pág. 55), es decir, una escena más del Capitalismo Gore.

 

 

Mientras que Europa observa en esta pandemia una vicisitud sólo similar a la que tuvieron en la Segunda Guerra Mundial (léanse las declaraciones de Ángela Merkel), en Latinoamérica, sólo por mencionar una sección del mundo colonizado, hemos atravesado por conflictos políticos, pandemias y desastres naturales que, al no ser contagiados a otras latitudes, se han invisibilizado. Así son, aunque en narrativas digitales, las memorias débiles y fuertes, de las que habla Enzo Traverso.

 

Hasta ahora, parece que sólo se puede hablar desde la obviedad: se agudizará lo que, desde hace muchos años, se estaba advirtiendo. Se espera; sin embargo, encontrar un lugar para recomponer lo que, de por sí, estaba roto. Esto que aparece como un caos es sólo la imagen aumentada de lo que, por mucho tiempo se hacía evidente y se salía por todas partes. Y sí, también se hace indudable que no hay soluciones refractarias porque, hasta ahora, los aspectos más simbólicos de la vida se siguen planteando como una expansión consecuente a modelos económicos que requieren la conexión que, en algún momento, deja de ser virtual.

 

Si lo que se vive ahora es sólo la expresión de las estrategias bioeconómicas que se han estructurado en las formas del capitalismo tardío/avanzado(Jameson), aún sigo preguntándome por qué, incluso la escena del caos se ve como una representación de las ciudades hegemónicas, evidencia de la pérdida del confort vivido sólo por unxs cuantxs y sostenido por una constante distopía que, lejos de ver su final, podría encontrar un reto más para la resistencia.

 

 

 

 

 


Autores
Maestría en Comunicación y Cultura, Universidad de Buenos Aires. Profesora de asignatura de la UACM y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Colaboradorx del diagnóstico de violencia de género en Ecatepec. Ha diseñado y gestionado: talleres, exposiciones, jornadas, podcast, conferencias y otras acciones para problematizar la naturalización de las prácticas sexo genéricas. Coordinadorx del círculo de lectura “Incomodar el género y descolocar el cuerpo”, Biblioteca Vasconcelos.
Imagen extraída de Pixabay

Ese libro lo escribió el señor Mark Twain y contó la verdad, casi siempre

Huckleberry Finn, Mark Twain

 

En alguna calle perdida del sur de la ahora desolada Ciudad de México, se lee en una de sus bardas: “El secreto de salir adelante es comenzar”. Debajo de ella puede leerse la identidad institucional de esta estrategia, quizás olvidada y efímera, que sin embargo da cuenta de que en el imaginario cultural la literatura pervive, cuando menos, en la pintura y en las brochas de algunos aventurados entusiastas.

Si bien no he encontrado con exactitud la cita, ésta se repite incesantemente en páginas electrónicas de autoayuda y motivación personal. ¡Peculiar destino para uno de los humoristas más consumados de las letras!

Y como para ser humorista es necesario ser cínico, hay que pensar en qué diría Samuel Langhorne Clemens al enterarse que su pluma se ha tomado para apuntalar discursos frívolamente moralinos, no muy distantes de aquellos, a los que el escritor mejor conocido como Mark Twain fustigara con dureza.

En sus Escritos irreverentes, Twain escribió: “el ser humano lleva en su naturaleza el ansia de saber, pese a que el sacerdote, como ese Dios a quien imita y representa, se ha dedicado desde el principio a impedirle saber nada que pueda serle útil”.[1] Y el aserto cobra relevancia en estos días en que el tiempo parece haberse detenido.

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Mark Twain nació el 30 de noviembre de 1835 en Florida, Missouri, un par de semanas después del paso del cometa Halley, en un tiempo en el que las lesivas ansias expansionistas de los Estados Unidos comenzaban a emerger y la esclavitud no sólo era común, sino defendida.

No se olvide que Thomas Jefferson, padre fundador de esa nación, escribió a propósito de la barbarie de la esclavitud: “We have the wolf by the ear, and we can neither hold him, nor safely let him go. Justice is in one scale, and self-preservation in the other”.[2]

Si bien Mark Twain no podía escapar a su circunstancia y se enlistó brevemente a una unidad confederada —estas unidades estaban formadas por soldados de los estados que pugnaban por su separación de los Estados Unidos, pues contaban entre sus principales actividades económicas la pizca de algodón, para la cual consideraban imprescindibles a los esclavos negros— dejó constancia de su posición política e ideológica en The private history of a campaign that failed:

I was piloting on the Mississippi when the news came that South Carolina had gone out of the Union[…] My pilot mate was a New Yorker. He was strong for the Union; so was I. But he would not listen to me with any patience, my loyalty was smirched, to his eye, because my father had owned slaves. I said in palliation of this dark fact that I had heard my father say, some years before he died, that slavery was a great wrong and he would free the solitary Negro he then owned if he could think it right to give away the property of the family when he was so straitened in means. My mate that a mere impulse was nothing, anyone could pretend to a good impulse, and went on decrying my Unionism and libelling my ancestry.[3]

El antiimperialismo, los derechos civiles y las críticas a las instituciones fueron parte medular de la obra de Twain. Recuérdese que fue un esclavo quien le dio vida a una parte sustancial de una de las obras que Ernest Hemingway preconizó en uno de sus juicios más famosos, junto a los de escritores como Hawthorne, Thoreau y Henry James: “Mark Twain is a humorist. The others I do not know. All modern American Literature comes from one book by Mark Twain called Huckleberry Finn […] is the best book we’ve had . All American writing comes from that. There was nothing before. There has been nothing as good since”.[4]Jim, el esclavo que fue dos veces libre, primero por la vieja señorita Watson, y después por Huckleberry y Tom Sawyer, quien acaba siendo millonario por los cuarenta dólares que Tom le brindó por las molestias de haberlo hecho prisionero.

El recorrido de Huck y de Jim es una suerte de bildungsroman, pero sin el aprendizaje final, y no hubiera sido posible sin el conocimiento de Mark Twain del río Mississippi. Desde su juventud, y como dejó patente en Life on the Mississippi, su gran aspiración, y la de muchos de sus amigos, era ser un “hombre de barco de vapor”. Incluso, su nombre se debe a uno de esos hombres, Isaiah Sellers, a quien Twain describió como:  “a fine man, a high-minded man, and greatly respected both ashore and onthe river. He was very tall, well built, and handsome; and in his old age—as Iremember him—his hair was as black as an Indians, and his eye and handwere as strong and steady and his nerve and judgment as firm and clear asanybodys, young orold, among the fraternity of pilots”.[5]Según Samuel Langhorne Clemens, este capitán enviaba algunas notas del diario que llevaba al New Orleans Picayune, y las firmaba como “Mark Twain”. Como el mismo Clemens escribe, él era un joven periodista que necesitaba un “nom de guerre”, así que tomó el de su antiguo capitán y comenzó a firmar así. Mark Twain es una referencia marítima que significa, literalmente, “la marca de dos brazas”. Twaines un arcaísmo en lengua inglesa para decir “dos”, y estas dos brazas —casi cuatro metros— es la profundidad mínima que un barco de vapor necesitaba para poder navegar sin mayores contratiempos.

La travesía de Twain lo llevó de los barcos de vapor a las imprentas, de ser marinero a ser cajista que formaba línea por línea las noticias del Hannibal Journey, el periódico que se precia, hasta la fecha, de ser la publicación periódica más longeva de Missouri, puesto que se ha publicado, bajo diversos nombres desde 1841. Habrá sido esta profesión, quizás, la que lo llevó a invertir su capital en la Paige compositor, una máquina que reemplazaba al cajista por un brazo mecánico y que fue inventada por James W. Paige. Aunque era un adelanto formidable para la época, antes de que esta máquina estuviera perfeccionada, llegó el linotipo, que volvió inservible el invento en el que Twain había invertido su fortuna. El único vestigio de esta maquina está exhibida, ahora, en la casa museo de Twain, en Hartford, Connecticut, ciudad que fuera su última morada.

Las vivencias de Samuel Langhorne Clemens sirvieron para alimentar la pluma de Mark Twain. Su conocimiento de las redacciones de periódicos, imprentas, barcos de vapor, campañas bélicas y de la vida en general es el causal del reconocimiento que obtuvo con sus primeros cuentos hasta sus libros más celebrados, como los ya citados Huckleberry Finn yTom Sawyer o la mil veces versionada The prince and the pauper,  al lado de obras un poco menos conocidas como los citados The mysterious Strangero A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court. Estas obras son producto de una fina visión irónica del mundo:

Hay personas que sostienen que una novela debe ser sólo una obra de arte, que en ella no se debe predicar ni enseñar. Quizás sea esto cierto para las novelas, pero no lo es para el humor. El humor no debe adoptar la profesión de enseñar ni de predicar, pero debe hacer ambas cosas si quiere perdurar eternamente. Cuando digo eternamente, querido decir treinta años… [6]

El humorista parte de una contemplación que trastoca la moral de su época; su mirada, quizás la de un moralista, retrata las extravagancias del mundo que le rodea, acentúa los vicios, destaca los caracteres de sus personajes mientras que su escenario, el mundo, sigue su contradictorio curso. Para ello, Twain toma distancia, se aleja de la escena. Si no es un amigo quien le cuenta la historia, es un desconocido que le relata hechos extraordinarios. En su cuento “The Celebrated Jumping Frog of Calaveras County”, la historia de un apostador que pierde su dinero cuando le llenan a su invencible rana con perdigones, el pretexto es una visita a Simon Wheeler, como un favor a un amigo, para pedirle noticias de Leonidas W. Wheeler; sin embargo, el viejo Simon en vez de darle noticias, comienza la historia del apostador, Jim Smiley. Así, Twain es un mero relator de hechos, no toma partido y es ahí donde radica su peculiar humor. “Así como el verdadero humor tiene un aspecto serio, mientras todo el mundo ríe a su alrededor; el falso humor ríe de continuo, mientras que todo el mundo a su alrededor tiene un aspecto de gran seriedad”.[7]

En su cuento The Story of the Bad Little Boy, el lector siempre espera una redención del personaje, y Twain lo sabe y lo remarca en su texto, enfatiza que el pequeño niño de su cuento, si fuera personaje de un libro de catecismo o de moral, en algún momento se arrepentiría de sus faltas o tendría una revelación que lo haría enmendar el camino, a la manera de Roberto el Diablo o los exemplalatinos, pero la vida, simplemente, no es tan seria en sus cosas, así que Twain termina el relato:

And he grew up, and married, and raised a large family, and brained them all with an axe one night, and got wealthy by all manner of cheating and rascality; and now he is the infernalest wickedest scoundrel in his native village, and is universally respected, and belongs to the Legislature.[8]

El humor apela a la inteligencia del receptor, a sus expectativas culturales, a su imaginación, pero sobre todo, a sus prejuicios. El humor de Twain no es un espejo en donde reconocerse, es un lugar privilegiado para ver las extravagancias del carácter colectivo. El humor “tiene un secreto, oculta su ausencia, gusta de disfrazarse. Es algo serio y grave […] es risa equívoca, cohibida […] es suave y fina tristeza”[9], escribe C.F. de la Vega. Twain asume el compromiso del humor para señalar con su pluma flamígera lo que le rodea, sin miramientos. En How I Edited an Agricultural Paper, de 1870, la pluma de Twain se muestra, como la mayor parte de su obra, atemporal y dolorosamente vigente. Escribe:

Tell you, you corn-stalk, you cabbage, you son of a cauliflower? It’s the first time I ever heard such an unfeeling remark. I tell you I have been in the editorial business going on fourteen years, and it is the first time I ever heard of a man’s having to know anything in order to edit a newspaper.[10]

Y en estos tiempos de aciago confinamiento, las carroñeras plumas de los gacetilleros a sueldo y los comicastros devenidos líderes de opinión fueron vaticinados por Twain en el mismo texto: “and I tell you that the less a man knows the bigger the noise he makes and the higher the salary he commands”.[11]

Su perspicaz visión no dejaba escapar nada. Este forastero que viajó, vivió y escribió, lo mismo fue inversionista que editor de Walt Whitman y de Ulysses Grant y amigo de Thomas Alva Edison, murió el 21 de abril de 1910, el mismo mes que el cometa Halley pudo ser apreciado a simple vista. Como consigna Albert Bigalow, biógrafo de Twain, el escritor dijo:

I came in with Halley’s comet in 1835. It is coming again next year, and I expect to go out with it. It will be the greatest disappointment of my life if I don’t go out with Halley’s comet. The Almighty has said, no doubt: ‘Now here are these two unaccountable freaks; they came in together, they must go out together.’ Oh! I am looking forward to that.[12]

Y tuvo la fortuna de llegar e irse con el cometa. Mark Twain fue enterrado en New York, junto a su esposa, a los pies de un mausoleo de ocho metros de altura, es decir, de dos brazas: “Mark Twain”.


[1]Mark Twain, “Las cartas de Satán desde la Tierra”, en Escritos irreverentes, edición digital.

[2]https://www.loc.gov/exhibits/jefferson/159.html

[3]http://www.classicshorts.com/stories/phctf.html

[4]Ernest Hemingway, Green Hills of Africa, New York: Scribner, 1998, p. 23

[5]Mark Twain, Life on Mississippi, capítulo L, edición digital.

[6]En Robert Escarpitt, El humor, Buenos Aires: Eudeba, 1962, p. 60.

[7]Íbid., p. 30

[8]Mark Twain, “The Story of the Bad Little Boy”, en The Complete Short Stories of Mark Twain, New York: Bantam Books, 1981, p. 6.

[9]C.F. de la Vega, El secreto del humor, Buenos Aires: Editorial Nova,1967, p. 22.

[10]Mark Twain, “How I Edited an Agricultural Paper”, en The Complete Short Stories of Mark Twain, New York: Bantam Books, 1981, p. 49.

[11]Íbid., p. 50.

[12]Albert Bigalow Paine, Mark Twain. A Biography. Complete, Project Gutenberg, capítulo CCLXXXII, “Personal Memoranda”, edición digital.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración por Mariana Martínez

Vigilar, regular y castigar han sido las respuestas de los gobiernos ante cualquier desafío antropológico; en abril del 2020 llegó el momento para México de afrontar uno color verde: la legalización de la marihuana para uso personal; por eso nos acercamos a Nacho Lozano, periodista y autor de  Marihuana a la mexicana (2018) para comprender el conflicto constante entre prohibición y aprobación.

La hierba en nuestro país se remonta a tiempos coloniales y ha arrastrado la prohibición consigo. De acuerdo con Juan Pablo García Vallejo, en su libro El primer manifiesto pacheco (1985), fue Hernán Cortés quien ordenó cultivarla en México en 1530, pero el virrey Luis de Velasco limitó la actividad en 1550.

Hasta el 17 de febrero de 1940 apareció un decreto del expresidente Lázaro Cárdenas, quien legalizaba el uso medicinal de la marihuana; sin embargo, la despenalización terminó luego de seis meses debido a las restricciones de Estados Unidos.

Las siguientes décadas de la mota en México se definen por un discurso persecutorio para los usuarios, pues la sanción ameritaba el encarcelamiento para quien portara y comerciara el cannabis. Pese al estigma, el 4 de noviembre del 2015 la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) resolvió seis amparos respecto al uso lúdico de la marihuana, y determinó que la prohibición atentaba contra “el derecho al libre desarrollo de la personalidad”.

Otro hecho ocurrido en el Senado de la República supuso un avance importante: el 4 de marzo del 2020 se avaló en lo general el dictamen de la regularización de la marihuana. De acuerdo con el documento, cualquier persona podrá consumir 28 gramos; no obstante de portar un gramaje mayor a 200, habrá una sanción de trabajo comunitario y multas en vez de 10 a 25 años de prisión, de acuerdo con la última propuesta de los Senadores.

Las organizaciones civiles han cuestionaron esta versión del dictamen. Al respecto, Nacho Lozano, retoma una crítica desde el enfoque del consumidor: “la regulación criminaliza a los usuarios, hay que comprenderlo en primer lugar; entendido esto, sabremos que muchos hombres y mujeres, sobre todo, fueron encarceladas por poseer un gramaje que no tenían o por ser obligadas a servir como “mulas” para el narcotráfico. Hay una serie de irregularidades terribles”.

La inconformidad también existe por parte de quienes usan el extracto de marihuana para disminuir el dolor de la artritis, detener el crecimiento del cáncer y reducir al “50%  la frecuencia de ciertas convulsiones en niños y adultos” con epilepsia; entre otras enfermedades. Las personas con este problema “son víctimas de la criminalización del uso de marihuana”, agrega Lozano.

“En lo particular –prosigue- me he dedicado a documentar el asunto y dialogar con quienes tienen más años que yo en esto; la pregunta que se hace es: ¿por qué limitar a 28 gramos como está considerado en el dictamen? No tendría que haber ningún límite; no lo hay para consumir Gansitos, y actualmente el azúcar es la droga más adictiva y causante de muertes en el país. ¿Por qué no te limitan el consumo de cigarros? Fumar mata, pero consumir marihuana no lo hace”.

En México la cultura del consumismo nos ha otorgado títulos a nivel mundial, en 2019 alcanzamos el puesto número uno en obesidad en adultos. Acorde a Lozano, en su artículo de opinión Regulación de la marihuana en México: cambiar para estar igual, en 2017 se registraron “120 muertes vinculadas con el consumo de drogas ilegales; 32 mil 79 decesos fueron por homicidios; 106 mil 525, por diabetes; 14 mil 176, por cirrosis; 22 mil 954, por enfermedades pulmonares”.

En esta entrevista, el autor menciona que lo anterior “se traduce a una hipocresía” ante la regularización de la hierba. “¿Qué es lo que queda? Ampararnos. La Suprema Corte de Justicia asentó un precedente que garantiza a cualquier ciudadano el derecho a desarrollar la personalidad, pese a lo que se publique en el diario oficial de la federación”.

En ese sentido parece ser que las sociedades modernas se enamoran de los ideales progresistas que persiguen, y en este romance desdeñan las prácticas conservadoras de siglos anteriores o ignoran el valor de la libertad del individuo frente al surgimiento de los Estados, uno de los principales malestares en la cultura.

En el vaivén de pensamientos, la humanidad ha presenciado personajes históricos cuyos aportes fueron puntos de inflexión para su respectivo campo de estudios; de la moral, defensores; de la teoría política, precursores, pero ninguno logró satisfacer las necesidades de una civilización avanzada.

El tema concitó diversos debates como el protagonizado por los filósofos Noam Chomsky y Michel Foucault en 1971. Este último, con una mente excepcional para explicar las relaciones de poder en los sistemas sociales, se declaró “incapaz” de estructurar una definición de justicia aplicable a cualquier época ya que todo es contextual, también expone que las autoridades son arbitrarias; por otro lado, Chomsky asegura que hay precedentes de cómo debería ser un sociedad tecnológica. La esencia de esta discusión nos recuerda que existen formas legítimas para desarrollar libremente la personalidad, en nuestro caso, con la elección de consumir o no cannabis.

Instituto Mexicano del Cannabis, el agente de control

A pesar de las constantes discusiones y la aparente falta de determinación respecto al tema; el dictamen prevé la creación del Instituto Mexicano del Cannabis, el cual se encargará de regular, comerciar, cosechar, producir, almacenar, consumir y vender marihuana; de igual forma será el responsable de emitir las licencias necesarias para la importación y exportación que las empresas deberán respetar.

Lozano aclara que la conformación del instituto responde a la legalidad del proceso: “El poder legislativo establece las leyes; el judicial revisa que lo creado no viole otra legislación, y el Instituto del Cannabis ejecutará lo que mandató el poder legislativo. Aquí lo importante es que el derecho a desarrollar libremente la personalidad ampara todas la actividades, salvo el daño a terceros o su comercialización”.

El reto al que el instituto se enfrentará es multilateral. “Lo que deberían hacer esta clase de entes ejecutivos es garantizar que el producto tenga la calidad suficiente para llegar al consumidor, que haya una verificación científica capaz de avalar la salud e integridad del usuario. El instituto debe despojarse de mitos, prejuicios y vestimenta moralina que comprometa el libre desarrollo de la personalidad de los individuos”, sugiere Lozano.

Aunque el Instituto Mexicano del Cannabis parezca un organismo de control pertinente para afrontar el futuro, aún falta esclarecer uno de los puntos que el Senado aprobó en lo general: el uso personal de 28 gramos.

Estamos ante un largo camino y la decisión de la cámara alta es la antesala de un proceso arduo. “El proceso legislativo –explica Lozano- es una discusión en comisiones, y el hecho de que el Senado haya aprobado portar 28 gramos no significa que ya sea permisible. Después de que pase esto en el Senado, que va a ocurrir, y se aprueben algunos puntos del dictamen, pasará a la Cámara de Diputados para volverse a discutir, luego deberá ser aprobado en el Senado. Si toca reformas federales como de seguridad o salud, se tiene que consultar a los congresos de los estados para que la mitad más uno (17 congresos) avale lo que las dos Cámaras resolvieron”.

Si bien el fallo sobre la legalización de la hierba fue interpretada como una decisión “tibia”, Lozano advierte que “podría implicar la liberación para muchas personas encarceladas por delitos menores, relacionados con el consumo de la marihuana”; pero en una valoración crítica con los objetivos que el dictamen persigue, el autor considera que “una buena regulación no limita las libertades de sus ciudadanos”.

 

La mano empresarial y el oportunismo

Las críticas respecto a la ventaja para el sector privado se formularon pocos días después la de decisión en el Senado. El hecho de que las “semillas certificadas” sean inasequibles en México, beneficia a la importación por parte de las industrias extranjeras.

Este problema podría desatar consecuencias negativas para los usuarios. Lozano afirma que “el dictamen vulnera el derecho a la salud, a la vida y la seguridad pública. Lo que se señala es que hay una serie de intereses de empresas transnacionales y farmacéuticas, pues como poderes fácticos han influido en legisladores de muchos partidos políticos”.

Por desgracia, lo anterior es una adicción con reincidencia frecuente. “Desafortunadamente –continúa Lozano- es parte de las prácticas de la clase política legislativa porque cumplen su función no como ciudadanos, lo hacen sin las víctimas, sin la evidencia científica ni la experiencia de otros países respecto a la regulación de la marihuana; en cambio, legislan con la mano de los intereses económicos, los prejuicios y mentiras”.

Para el periodista es claro lo que pasaría si se deja el bienestar de las personas a merced de las empresas transnacionales. “México tiene que estar a la altura de las circunstancias, es el socio comercial de E.U. y Canadá, los tres países forman el tratado de libre comercio llamado T-MEC, en vías de ratificación. Canadá ya reguló a nivel federal el consumo de la hierba; E.U lo hizo de forma local, para fines personales y médicos”.

Ante la urgencia de una jurisdicción adecuada en un mercado globalizado, el autor arroja una observación para el sistema legal de nuestro país, “una vez que cruzas la frontera norte, no existe una legislación, lo único que tiene son desaparecidos, impunidad, violencia y la experiencia de otros países aislada”.

Son muchas la preguntas que asoman a en el horizonte. Tras la aprobación del dictamen final, ¿los consumidores irán a las farmacias por su cannabis o seguirán comprando con el dealer?, ¿las prácticas cambiarán de un día a otro solo porque una ley lo diga? “No estoy seguro –responde Lozano. Si este documento avanza y las empresas hacen su voluntad, llegaremos a lo de siempre: los jodidos seguirán igual; mientras los poderosos se enriquecerán más”.

¿Es posible determinar si existe el interés por garantizar el bienestar de quienes cultivan en condiciones de vulnerabilidad? El autor exhorta a que “se debería voltear a los campos donde son esclavizadas cientos de familias por el crimen organizado, en el fondo no hay una intención de protegerlos; en cambio existe es una entrega del mercado a una infraestructura económica amigable con el poder político, para obtener una certidumbre legal con la cual controlar las actividades alrededor de la marihuana”.

Existe un vía, pero por sí misma resulta inadmisible para la iniciativa privada. “Habrá que invitar a los científicos, escuchar a todas las voces posibles para evitar críticas sobre los intereses de empresas transnacionales. Lo demás tiene que ver con la impunidad y el crimen organizado con sus costumbres corruptas”.

 

El camino sin víctimas

El presidente de la Comisión de Justicia, Julio Ramón Menchaca Salazar consideró que la regulación del cultivo de la marihuana “le arrebata al crimen organizado esta actividad y le permitirá a nuestro país transitar por un mejor camino”.

La opinión pública ha retomado una tesis similar al hablar de las vidas que podrían salvarse gracias a la legalización del cannabis y su comercio, pero Lozano reflexiona sobre la verdadera naturaleza de los grupos delictivos:

“Si imaginamos al crimen organizado como un hombre con pasamontañas, vestido de negro, armado, con muchas joyas en las manos y en una camioneta, sería una visión sesgada. El crimen organizado está en la política, en los gobiernos y legislaturas, incluso en las marcas transnacionales”.

Un sistema de funcionamiento social requiere de representantes competentes para impartir justicia, es en este nivel donde Lozano identifica más obstáculos. “de nada sirve que tengamos mil 428 leyes si nadie las respeta, si el crimen organizado permea todas las capas en México. Los grupos delictivos son poderosos porque se amparan en quienes no hacen cumplir la constitución”.

En cuanto al golpe económico que se supone recibirá el crimen organizado, el autor admite que “es difícil saberlo, pues algunos especialistas estiman que el negocio de la marihuana representa entre el 7 y 9% de sus ganancias locales, lo cual es mínimo ante el comercio de otras drogas ilegales. Sin embargo, quienes han sido afectados por el comercio ilícito, consideran que la regularización ayudará en algo”.

Las naciones tienen un destino, y sortear el de nuestro país será difícil si se ignoran las voces de quienes sufren por los que intentan vedar la libertad de los individuos. Por ahora, una solución enfocada en los derechos humanos parece lejana, el 17 abril el SCJN concedió una prórroga hasta el 15 de diciembre para que el Congreso de la Unión discuta la legalización de la marihuana.

“Veamos qué se publica en el diario oficial de la federación –finaliza el autor-, yo no noto ningún interés de clase política por los consumidores del país. Tampoco se ha publicado un reglamento porque siempre se trata de eludir la encomienda constitucional: respetar los otros derechos. Espero que hagan una legislación con base al amparo de la Suprema Corte de Justicia, un dictamen hecho con activistas, víctimas y consumidores de distintas regiones del país.”

En diciembre las voces de los activistas, científicos y víctimas del prohibicionismo encontrarán otra oportunidad para ser escuchados y superar la melodía comercial que embelesó a la clase política en este dictamen. La regularización será un paso hacia la dirección correcta o se convertirá en una ilusión progresista, pensada para pretender que los derechos y la libertad del país están garantizadas. 


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.