Tierra Adentro
Ilustración por Aricollage

‘’Es imposible acabar con las hormigas […]’’[1]

 

Domingo 2 de febrero

 

Hoy al amanecer olvidé tu nombre. Estábamos sentados frente al agua en la oscuridad. El aire caliente nos golpeaba por todos lados y en un segundo el cielo se aclaró.

— Me voy.

Sabes que pienso que a veces mi cabeza no se sostiene, y mi mano derecha a veces no reconoce a la izquierda. Nos sentamos ahí, mi respiración era un escándalo, ni el sonido de aquella ave la ocultó. Por un momento hasta dudé de lo que escuchaba. El sudor ardiente recorría mi nariz, quemando la piel. Estoy tan pesada que no podré salir de aquí. ¿Sientes la estática entre el cuerpo y el aire? El lago negro. Las hormigas extendiéndose por debajo de la tierra. El zumbido de estos bichos. Ocupamos el mismo espacio pero ellos lo atraviesan. Estamos detenidos como una cuerda en tensión, suspendidos, probablemente como siempre lo hemos estado pero ahora de verdad lo siento.

Dijiste que te ibas, lamento que mi respiración en crisis no te haya obligado a partir antes. La hierba bajo mis muslos se sintió aún más fría y la sombra de tu perfil partió el horizonte. Hiciste un movimiento, reconocí tus orejas anchas y tu cabello largo. Olías como a naranja. Me dio pavor tocar tu mano. Yo no quería llegar a este lugar pero insististe en marcar el camino. Seguro los mosquitos se durmieron al vernos aquí inmóviles.

Mi respiración se hace más fuerte, pero no me molesta, alimento ese sonido tragando más aire y aventándolo por la boca, cada vez más aire, cada vez más rápido. He notado que si echo la cabeza para atrás el sonido puede llegar lejos. ¿Sientes ese espacio en la garganta? Me lo imagino como un túnel rasposo, con baches, no sé cómo. Cuando pasa el aire por ahí, se queda en los rincones y sale un sonido sin brillo, mira no te miento, pruébalo. Entonces se enciende el pecho. El sonido le responde a los bichos de afuera. No hay pausas. Lo atraviesa todo, un chillido que vibra, escúchalo. Pon la lengua en el paladar, suelta el estómago, mueve la boca, no dejes de tragar y escupir aire. Échate a correr.

 

 

‘’Ancho rostro de mejillas blancas, rostro de tiza perforado por unos ojos como agujero negro.’’[2]

 

Miércoles 5 de febrero

 

¿Te acuerdas de la noche que decidí seguirte? Caminabas muy rápido.

 

—¿Tienes un cigarro?

— ¿Qué si quiero o tengo?

— ¿Quieres?

 

Nos arrastramos a tu casa. En la cama, antes de cerrar mis ojos te dije que quería dormir adentro de tu boca. Que me tejieras una hamaca para que en la madrugada, cuando alcanzara dimensiones minúsculas pudiera escalar desde tu pecho hasta tu barba. Reconociendo el camino cuesta arriba utilizando las cuerdas hechas de vellos rojos, aferrándome a ellas hasta estar ahí dentro, quedarme dormida en tu saliva para que en la mañana, cuando fueras a lavarte los dientes, me escupieras en el lavabo (primer intento para despertarme). Una vez ahí, me quedaría tendida hasta que tuvieras que abrir la llave para dejar caer gotas de agua sobre mi cuerpo.

Creo que así pasó, así lo recuerdo.

Al medio día vi correr ríos morados en esos pies tuyos blancos.

— Tus pies son horribles.

Te reíste porque ya lo sabías. Torcidos, gigantes, lampiños. Volví a ver ese lugar donde dormí: tu cara. No tenía sentido, alguien sin conocerte eligió tus pies al azar. Por la tarde noté que los usabas para facilitar tus tareas, recoger ropa, patear basura, matar el tiempo cuando estás apunto de dormir estirándolos, viéndolos desde arriba, volando la mirada sobre tu lánguido cuerpo hasta hacer los dedos bailar.  Los miré una vez más a mi lado. Recorrí un camino oscuro entre tu cara y tus pies. Supe que eventualmente al ponerte los zapatos dejaría de ver tus pies y los olvidaría. También tu cara, cuando te fueras y no te viera más.

 

‘‘Esa hora del desierto en la que el dromedario deviene mil dromedarios que ríen burlonamente en el cielo.’’[3]

 

Sábado 8 de febrero.

 

Cuando abrí la puerta la ventana se azotó y el vidrio se rompió, cayeron los pedazos a la calle, no importaba. Todo el día mantuve una tendencia a la cama, a las sábanas. Al fin estaba ahí, en la orilla. Caí boca abajo, doblé mi cuello hacia la derecha, mi columna exprimiéndose. Pasó un tiempo, no sé cuánto. El viento nunca dejará de entrar con la ventana rota. Los sonidos de afuera, la gente caminando, conversaciones al salir de la escuela, el humo de la comida, los coches, las motos, las coladeras, los tacones, la música, los perros. Mis párpados pesaban como si sostuvieran algo. Me atreví a cerrar los ojos y sentí dolor, pero supuse que me acostumbraría. Aparecieron las manchas moradas, amarillas, grises, del atardecer, del amanecer.

Estoy agotada, sobra decirlo. Ahora escucho más los pasos que todo lo demás, ¿son pasos? No podría asegurarlo. Intenté recordar lo del día pero no pude imaginar, no me sentí triste. Me quedé inmóvil dejando perder mi cuerpo que se escurría hasta llegar al piso. Ahí encontré que mis pulgares crecían hasta hacerse enormes. En el sueño, ya sabes, lo de siempre, volaba, veía el balcón llenarse de arena y el sol salir por el oriente. Nada se repitió, al estar en movimiento era imposible volver a los mismo lugares, los olvidaba al pasar. Por un momento vi mi mano levantada frente a la ventana, los dedos moviéndose buscando una comprobación de realidad. Al segundo ya estaba en otra ventana al cruzar la calle. La tendencia al otro lado. El tiempo se hizo doble, tal vez así lo entienda todo mejor, tal vez aprenda otro idioma y me encuentre en la mañana recitando. Las sábanas calientes, un lago de saliva sobre la tela.

 

 

[1]  […] puesto que forman un rizoma animal que aunque se destruya en su mayor parte, no cesa de reconstruirse.’’ Gilles Deleuze, Félix Guattari. (2004). Mil mesetas, España: PRE-TEXTOS. Página 15.

 

[2]  Ibídem, página 173.

 

[3]  Ibídem, página 43.

 


Autores
(Ciudad de México, 1992) Gestora cultural, curadora, escritora y, sobre todo, lectora. A través de mis escritos busca encontrar su razón de ser dentro de la vorágine de producción artística y cultural a la que la virtualidad nos arroja. También intenta comprenderse a sí misma, al tiempo, y la belleza existente en un vaso frío de ginebra rosada.

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

Yo no tomo mi Deleuze derecho,
lo tomo en las rocas

Manuel de Landa

 

Cuarenta años de un libro no son nada comparados con los ciclos del crecimiento de las montañas o el proceso de la implementación de la moneda en el mercado para controlar los excedentes agrícolas e imponer impuestos a su abstracción en flujos financieros digitales. Este año se cumplen cuatro décadas del libro Mil Mesetas (1980) de Gilles Deleuze y Félix Guattari. Este es la segunda parte del dúo Capitalismo y Esquizofrenia. Tiempo suficiente para tantear qué sucedió en el pensamiento desde su publicación, cómo sigue generando ecos. Estos años pueden parecer poco, pero en retrospectiva es el mismo tiempo que agitó la política internacional con el mayo francés o el 2 de octubre mexicano, es decir el periodo en que se intensificaron las lógicas del capital, la desconfianza de los gobiernos y cierto desencanto con los alcances de las revueltas.

Un día, tal vez, el siglo será deleuziano dijo Foucault augurando el siglo XXI. El dossier que hoy se inaugura quiere honrar esta idea. A lo largo de una semana cada día un autor dará su punto de vista sobre las implicaciones o posibles lecturas de este libro-virus revolucionario. Importa, quizá, por que abrió el terreno para relacionar ciclos biológicos o geológicos con el dinero, las circunstancias del arte, la política, las flores y sus raíces con la amistad. Por eso merece la atención en medio del colapso medioambiental, la guerra civil en curso y la precarización de la vida.

Entre los textos que se presentarán, Martha Vázquez, en Fragmentos de un diario encontrado, recupera un diario cuya escritura fue atravesada por la reflexión del cuerpo y la filosofía francesa. Por su parte, Juan Pablo Anaya en Mil mesetas de humor geológico expone una lectura desde el humor donde geología y lenguaje conviven juguetonamente. Las imágenes de este texto no solo son afortunadas, sino que traen la reflexión desde lo visual: ese otro terreno que excede el discurso.

Stefanía Acevedo nos narra cómo se gestó el libro a partir de una rara amistad, la escritura automática desde la vigilia y la importancia, quizá dada en su génesis, de acercarse a estos libros con el acompañamiento amistoso sin figuras de autoridad, donde prima la experimentación y la libertad creativa. Esta filosofía nos lleva a desobedecer y hacernos responsables de la propia vida.

La idea de amistad tiene un eco en el texto de Natalia Durand, para quien la micropolítica se gesta en el encuentro de los amantes y los amigos. Desde una escritura fragmentaria, en segmenos, nos lleva a su intimidad política: esas amistades que la llevaron de la necesidad política hasta los acontecimientos afectivos. Ahí desfilan sus maestros, el desencanto, las amigas y uno que otro mentor. En fin, sus complicidades inconfesables. Finalmente, Rodrigo Ramírez nos acerca al acontecimiento del arte experimentado desde la filosofía y la poética de la deriva: construye imágenes que surgen del pensar.

Los textos que se agruparon en este dossier, del que este es un preámbulo, tratan de exponer qué sucedió con las ideas de Mil Mesetas, cómo es acercárseles materialmente y qué sigue latiendo de ellas. Refieren conceptos que suceden al interior del libro o su génesis, es decir, piensan al libro en su autonomía alejado del campo cultural y político.

Es por eso que en esta apertura quisiera trazar algunos de los brotes que surgieron posteriores a su publicación. No una historia, ni siquiera una línea de pensamiento ni mucho menos la totalidad de la recepción del libro, sino algunos retoños que han crecido en estos años. Sirven las notas siguientes como provocación para que cada cual dibuje su Deleuze y su Guattari, los dos juntos, mezclados o individuados.

El dúo Capitalismo y Esquizofrenia del que Mil Mesetas (1980) es la segunda y última parte abre el paradigma del deseo para la filosofía, la política, la economía y la guerra. No es que inventaran algo que no existía sino que dieron forma a un territorio desde donde posicionar la filosofía y el psicoanálisis frente al capitalismo: crearon una (micro) política. La política que engendraron tiene como armas la liberación del inconsciente edipizado en el que el deseo tiene un papel creador y no traumatizado y encerrado en el esquema familiar. Al liberar el deseo del triángulo edípico padre-madre-hijo su fuerza revolucionaria se vuelve socialmente potente en tanto creadora. Esta política del deseo que abren Deleuze y Guattari continúa en Lyotard, Economía libidinal y Baudrillard, El intercambio Simbólico y la muerte. Líneas que se cruzan y entremezclan con acontecimientos históricos: de Mayo del 68 a la guerra del Golfo. Búsquedas que comparten salir de las lógicas del capitalismo o hacer su crítica.

Estas filosofías del deseo abogarían por pensar otras formas de ordenar el tiempo diferentes a los revivals y los ciclos del capital, pero también nos hacen reconocer las topografías en donde acontecen formas de pensar y constructos materiales. Más que un homenaje para re-enaltecer un libro, creo que la serie de textos que publicará Tierra Adentro tienen la labor de reconocer un territorio que es necesario seguir explorando: re activar el flujo libidinal de una obra que es más que pertinente en tiempos aciagos.

La obra de estos filósofos franceses permite apropiársela, llevarla a otros planos de existencia. La esperanza, quizá, es que esos planos estuvieran siempre en el camino de la causa revolucionaria. La crítica no es algo que se realiza una vez, sino que se realiza cada vez y todas las veces. El objetivo es no universalizar la causa revolucionaria, entonces hay que ponerse en movimiento.

La lectura de Mil Mesetas produce una obsesión extraña. Parece que es posible explicarlo todo bajo el yugo de este texto o que al menos hay campos del saber que tienen relaciones que antes eran impensables. Dentro de esos lectores obsesos, el crítico de arte Fernando Castro Flórez recuerda continuamente una visita al pintor Carlos Alcolea, quien en la mesa de su estudio tenía los libros de Deleuze y Guattari subrayados de la primera a la última palabra con marcador fosforescente. Entre risas le preguntaron qué pasaba con esos subrayados, que si no creía que era demasiado. A lo que el pintor respondió: “A ver, dime algo que no sea importante”. Los tres se quedaron callados.

Incluso si todo lo que contienen estos libros fuera significativo, este enajene por el ritmo de la prosa y las trayectorias de imágenes y conceptos es producto de un lirismo fascinante. Junto a sus coetáneos posestructuralistas, Deleuze y Guattari dieron una dimensión estética a la glosa conceptual en sus escritos.

Más allá de la anécdota, late la idea de que sin importar si se es investigador, esta filosofía llega a ser significativa en la práctica de todo aquel que se acerque a los libros. AntiEdipo pretende ser una crítica al psicoanálisis en vías a desedipizar el inconsciente. En términos muy generales sus tesis son tres:

1) El inconsciente funciona como fábrica y no como teatro: produce, no representa.

2) El delirio es histórico y mundial no familiar.

3) La historia universal es la de la contingencia.

En algún punto dice lo siguiente: “Edipo es lo que nos hace hombres, aprendemos a vivir triangularmente (madre-padre-hijo). Para lo mejor, para lo peor”. Si AntiEdipo es la crítica producto del fracaso de mayo del 68 y causa lectores desencantados con actitudes de derecha, “Thatcherismo deleuziano”, Nick Land, aceleracionistas, paranoia, etc… Mil Mesetas estaría produciendo políticas de la amistad, máquinas de guerra que resisten los movimientos del capital, otros vínculos con la escucha de la naturaleza cuya repercusión frente al antropoceno y la actual reconversión global a la derecha aún está por verse. De lo que podríamos extrapolar juguetonamente: con Mil Mesetas aprendemos a vivir, para lo mejor, para lo peor. Este segundo tomo es un lugar en donde refugiarse.

El fenómeno Capitalismo y esquizofrenia tiene fuertes repercusiones en distintas expresiones del pensamiento y la creación humana. Al final de su obra, Deleuze tomó un camino que puede desembocar en el campo de las artes pláticas y el cine. Por su parte, la ruta Guattari correspondería a la política revolucionaria. Algunos de sus influjos se dieron en retrospectiva, pero Mil Mesetas es el punto de salida y entrada. Para el cine, Godard con su Histoire(s) du cinema encarna la teoría de la multiplicidad, la subjetividad y la repetición para la representación de la historia. Harun Farocki, por su parte, hace video-cine político de la transición de un régimen disciplinario hacia aquello que Deleuze ha definido como sociedades de control. Por el lado de Guattari hay una ruta hacia las resistencias llamadas por él minoritarias. Su acompañamiento de algunos movimientos como la causa palestina en 1976, los obreristas italianos en 1977 y Lula y la democratización brasileña en 1979 pusieron en marcha su teoría de la micropolítica. Del movimiento italiano se desprende su libro en colaboración con Toni Negri: Las verdades nómadas y del brasileño con Suley Rolnik: Micropolítica: Cartografías del deseo.

Sería difícil y errado tratar de encajar un libro con tantas fugas e intensidades en un esquema o práctica específica, pero como he dicho, Mil Mesetas, Deleuze y Guattari dan una serie de rutas y herramientas desde las cuales es posible fincar tierra firme. No se edifican estos autores como monumentos, pues la hipótesis de estos es la fuga y los saberes nómadas, sino que abrieron un vasto terreno desde el cual seguir pensando.

El epígrafe de esta nota es del mexicano Manuel de Landa, figura estelar de uno de los múltiples embonajes entre Deleuze, la cibernética y la filosofía por venir. Esta filosofía estaría encarnada en el nuevo realismo.

De Landa es artista y profesor en Nueva York. Representaría de alguna forma la recepción norteamericana de la máquina de guerra que encarna el dúo Capitalismo y esquizofrenia. La escuela filosófica norteamericana no suele incurrir en el desgaste y los excesos. Es una filosofía moderada que tiende a lo pragmático. Basta recordar la carta que firmaron veinte académicos de altos vuelos para que Derrida “escribiera bien” en términos de rigor y claridad. Sin juzgar moralmente, los americanos tienden a sintetizar hacia lo útil las filosofías. Cuando de Landa dice que él no toma su Deleuze derecho sino en las rocas está diciendo que elimina el riesgo que implican los desplantes de su filosofía.

El filósofo mexicano explica que el Deleuze que le interesa es sistematizado y claro. En parte como respuesta a los abusos hiperteóricos antes mencionados. De Landa toma de Deleuze su ontología en la que desaparece el sujeto y lo que hay son fuerzas y sentidos, que es fundamental en su libro Mil años de historia no lineal (1997) para pensar al mundo con capacidades morfogenéticas propias tanto en escenarios culturales como biológicos o lingüísticos.

Una de las más recientes improntas que recupera a Deleuze y Guattari, y ya para cerrar una enumeración que se podría abrir al infinito, es el Aceleracionismo. El Aceleracionismo podría leerse como un concepto que creció en rizoma rápidamente y quebró una lógica lineal de la historia. El término fue acuñado por Roger Zelazny en su novela Lord of Light de 1967 y puesto en circulación en 2013 con el “Manifiesto por una política aceleracionista” de Nick Srnicek y Alex Williams. Desde ahí se abrió a debates sobre la transición al postcapitalismo, una relectura de la historia estética y política que recorre las vanguardias, el comunismo ruso, el Cyberpunk y la crisis económica de 2008. Estas repeticiones y variaciones del aceleracionismo tienen como mantra un fragmento de Deleuze y Guattari:

“Pero, ¿qué vía revolucionaria, hay alguna? ¿Retirarse del mercado mundial como aconseja Samir Amin a los países del tercer mundo, en una curiosa renovación de la ‘solución fascista’? ¿O bien ir en sentido contrario? Es decir, ir aún más lejos en el movimiento del mercado, de la descodificación y de la desterritorialización (…) No retirarse del proceso, sino ir más lejos, ‘acelerar el proceso’, como decía Nietzsche: en verdad, en esta materia todavía no hemos visto nada”

El libro que nos convoca en este homenaje, desde su publicación, abrió una línea de esperanza revolucionaria y creadora que hoy continúa. Si Nietzche fue, según cierta lectura, el ideólogo del nazismo y los soldados alemanes lo leían en la trinchera, pienso que hoy Deleuze y Guattari lo es de quienes luchan por otras formas de vida. No abogo por una izquierda radical lectora, como ya mencioné hay un ala más reaccionaria de lectores, pero sí creo que sea cual sea la causa, estos trayectos conceptuales abren mundo.

Me gusta el ir y venir de un concepto a la materia y de la idea a la forma. El concepto que abre Mil Mesetas es el Rizoma, en este se plantea la metáfora agrícola para conceptualizar las imágenes del pensamiento. Tal vez como augurio, pero la forma rizomática es el punto de entrada para pensar los trazos de este libro. Los ensayos que hoy comienzan a publicarse son, en este sentido, un destello que desea encontrarse con aquellos otros que en el pensamiento se encuentran afectivamente desde la amistad, la risa y el desconsuelo.

 

 

 


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, desarrolla su estilo en la ilustración a través de la técnica del collage. Ha colaborado en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Sus colaboraciones se han publicado en medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.

En un contexto donde todavía los derechos reproductivos y la pauperización económica resuenan con mayor énfasis en las historias de las mujeres invisibilizadas (por su clase y fenotipo) no es rara la excitación que nos producen las genealogías de la escritura femenina. Quizá por una cuestión incluso de cuidado, sororidad, o una exigencia orgánica de reconocernos en otras voces y cuerpas, escribir sobre literatura de mujeres convoca a hacerlo desde la propia experiencia y los placeres que devienen de la corporalidad. El cuerpo habla, sostiene un diálogo que durante nuestra historia ha sido una narrativa interna, casi oculta entre los pliegues de tela; en el centro de las oquedades, recubiertas de la savia dulce y transparente, en la luminosidad del carmesí, de la violencia. La vivencia de saberse encerradas hizo que las obras escritas por mujeres alcanzaran un pulso cuya fuerza cambió de manera determinante la literatura en menos de un siglo.

 

En la escritura todo se trata —de alguna forma— de amor, deseo y muerte, de nosotras mismas; pero, principalmente, de quien quiera escucharnos, leernos, esas mentes son a las que damos nuestra devoción, nuestros verdaderos amores o delirios. Es cierto que en la pasión escritural una se va llenando de amores, hijos, amantes, también de iguales: mujeres que, sin importar la distancia temporal, geográfica o incluso de contexto, pautan las líneas de aquello que ahora nombramos sororidad, un cariño que se une al agradecimiento de quiénes hemos decidido crecer sin la atadura patriarcal.

 

Es a las no santas a quienes dedicamos nuestros desvelos, las faltas de tiempo y palabra; a las raras, locas, pretenciosas, pasionarias; todo menos insulsas. Ellas nos han invitado a seguirlas hasta al punto de hablar solas, de pretender que con los cientos de horas delante de páginas en blanco podamos, aunque sea por un minuto, estar a su lado.

 

Con Raras. Ensayos sobre el amor, lo femenino, la voluntad creadora (2019), la llamada que hace Brenda Ríos (Acapulco, Guerrero, 1978), es para entrar a las raíces de su escritura, cuyos hilos conforman los patrones de su poética construida por tradiciones, murmullos y sonidos que provienen de diversos puntos de la cartografía literaria. Poeta y ensayista, ganadora del Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo y del Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano, Ríos ha logrado que su voz tenga una resonancia capaz de crear un registro personal, pero con un estruendo que nos persigue desde la primera línea. Ese poder ha hecho que ejecute una ruta no del acontecer eternamente femenino —figura ya de por sí cursi y de la cual deseamos huir—, sino de los tránsitos y experiencias de las mujeres con las que Ríos comparte la intimidad suficiente como para realizar retratos de cuerpo entero.  Ciertamente su selección no obedece a otra cosa que a su deseo, como si el recorrido de sus veinticinco compañeras fueran instrucciones para llegar a ella misma, a su propio centro, al origen de sus pasiones: la literatura, la vida y las formas diversas que concierta.

 

Ríos no es benevolente y, por tanto, cliché; las buenas costumbres no las entiende desde el tono cándido o ceremonioso con el que en ocasiones —y de manera errada— un autor convoca fantasmas sobre tierra yerma. El caso de Raras, ensayos sobre el amor, o femenino, la voluntad creadora es en sí una estructura que obedece a la urgencia de explorar a su lado las posibilidades del cuerpo herido, marginado, ausente; aunque en ocasiones extrañan sus momentos de inconsistencia, pues su voz alcanza tonos sumamente altos y, de pronto, baja hasta desmoronar el ritmo. Resulta notorio cuando la autora decide dejar de lado el orden y cumplirse el deseo de que estén todas las mujeres que la representan, sea por su gusto literario, o su educación sentimental. Particularmente el ejercicio de haber incluido el texto de la poeta Xel-Ha López es muestra de ello.

 

Pese al sentido de extravío que se atisba entre los matices del libro, en muchos momentos y de la nada, una voz en llamas nos regresa a la caricia que deviene del llanto, de los recuerdos de infancias oscuras, tal es el caso del texto dedicado a Jean Rhys y las maneras en las que su escritura edifica un puente para que aquellos secretos, como el abuso y maltrato infantil, salgan a la luz; aunque pague el costo de ser rara, de la manera en que lo expone Ríos: “la mujer que no se adapta es una marginal y una mártir de sí misma”. La intimidad expuesta en el lenguaje está lejos de ser un defecto, ni en sus disertaciones ni en la selección de sus personajes, sino una auténtica muestra de fidelidad hacia sí misma, y así lo advierte: “Este libro es personal. No podría ser de otra manera. Son ensayos personales que van desde ideas inocentes hasta desplazamientos más aletargados. Ejercicios de diálogo. Están aquí porque me las encontré al mismo tiempo. Porque las vi de manera distinta con los años”.

 

Mientras enfoco las pequeñas instrucciones que, a manera de prólogo, la autora ofrece para caminar a su lado, pienso en la manera en que el paseo y la digresión se emparentan de manera eficaz en la escritura. Finalmente se trata de mujeres que rompieron las regla; por ello, la poética es clara no solo por tratarse de mujeres escritoras con vidas al límite, sino porque la lectura termina siendo un espacio de seguridad. Virginie Despentes retoma las maneras en que la memoria, —incluso aquella que nos trae de vuelta a los dolores de la juventud— se vuelve una calle de diversos sentidos, un pasadizo de posibilidades —incluso la de salvarse a sí misma—, cuyas interrupciones no son sino recorridos que nos permiten reflexionar sobre aquello oculto, lo que no puede decirse, de lo que solo las voces fuertes se atreven a hablar y nombrarse desde ese lugar. Raras, marca en la compulsión y la tristeza un espacio libre de juicios acerca de cómo ser escritora.

 

Una de las tesis en Raras es la del encuentro con la creación, y funciona como un hilo conductor entre la diversidad de estilos y voces, también es el pretexto ideal para acallar sus propias dudas, las que en extremo llevan a la esterilidad. Cuando retoma a la poeta colombiana Fátima Vélez, lo hace con lucidez y cuidado, igual a las formas que las doulas, o cuidadoras de otras mujeres, tienen para mitigar las distintas formas de dolor, sea por parto, aborto, violación y pérdida. Me gusta imaginar que después de cada uno de estos momentos, la vida se da como un bálsamo, y que una encuentra el alivio incluso en las creaciones más complejas. Nada es simple, aun el escenario más común: la casa, así lo intuye Ríos en el poemario de Vélez, Diseño de interiores.

 

El cuidado de varias cosas a la vez (el hogar, la comida, la crianza y el trabajo creativo) se puede sentir en los poemas de Diseño de interiores. Son versos para imaginar el mundo poético en la parte más elemental de la vida diaria, en las alcobas, las tareas diarias. En los catálogos de lo visible, lo más tangible. La poesía no será algo abstracto que celebre la noche o la belleza inalcanzable, esos poemas feroces por su propia simplicidad. Los elementos combinan, crean nuevos sentidos. No es la edad de la poeta, la poca o mucha experiencia. El trabajo de Vélez me hace reflexionar sobre la importancia del “hallazgo” en el poema, esa informalidad, esa pretensión de que no importa si no se logra, eso es justo lo que hace al poema un suceso de develamiento y simpleza.

 

En cada uno de los veinticinco ensayos, Brenda nos asigna pequeñas notas para entender su propia escritura. Eso que puede ser visto como inconsistencia, para la autora es el ritmo vital, aquello que sale de los esquemas automáticos, de las estructuras abigarradas, de lo que se torna ceremonia y distinción. De ahí que esta colección deambule entre Clarice Lispector y la interprete Becky G, entre Anïs NinAmy Winehouse y la poeta Xel-Ha López. En el caso de Nin, la apuesta se vuelve un hallazgo por ser casi una autora desconocida entre las generaciones más jóvenes, y en definitiva nos otorga una mirada valiosa.

 

La colección es personal y por eso Brenda Ríos, nos muestra la cartografía de su creación intima y llena de matices. Quizá el aporte más significativo sea el hecho de que, sin importar los orígenes o la tradición, la literatura siempre obedece a las reglas del deseo: para la cuerpa no hay otra forma de escribirse en el mundo.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
Ilustración por Mariana Martínez.

 

 

el video me muestra echado y descalzo en un sillón de la sala

y detrás de mí hay tantos libros como pobres

mi voz suplicante pide que te quedes en casa durante la pandemia

y escuches mi poema que empieza muy triste

: la ciudad está desolada

solo se escuchan los golpes que provocan

los camareros con cubrebocas lavacoches con cubrebocas albañiles con cubrebocas jardineros con cubrebocas veladores con cubrebocas cuando caen muertos en la calle

no mueren por el virus

mueren de hambre

y detrás de ellos

poetas actrices bailarinas tramoyistas payasos vagos indigentes migrantes

también caen muertos de hambre pero sin cubrebocas:

y hago una pausa para darle unos sorbos a mi coñac

pienso en el príncipe infectado y su karma infiel

y vuelvo al poema

: ahora la mitad de la ciudad es un hospital

y la otra mitad se divide en cementerio y claustro

poco a poco en el poema

epidemiólogos enfermeras paramédicos geopolíticos sociólogos economistas intendentes de hospital

ex presidentes y expertos del tik tok

se asfixian en su propio aliento

como barcos varados en el océano o ballenas en la playa

las carrozas hacen fila igual que los carritos en la caja de un supermarket

hay demasiados muertos en el poema que urge ponerle cal a las palabras antes de que la pantalla se pudra

unas se infectaron amándose

otras al sacudir el cabello

otras sin darse cuenta

otras decidieron tirarse desde la azotea

y el resto son optimistas porque les está pasando lo mismo:

el texto no lo dice pero un gargajo ha tumbado la bolsa de valores

y mi voz suplicante desde el sillón de la sala

pide que te quedes en casa durante la pandemia

y escuches mi poema que: ahora es un edificio

y tiene virus en picaportes cerraduras barandales

cuchillería control remoto cables del tendedero ascensor escalera apagadores abanicos focos ventanas cajones mesas cortinas suelo manijas candados

e infecta mis manos

e infecta tus ojos:

(del libro: #teleo #mequedoencasa #salariodeburócrata)

Ilustración por Miranda Guerrero

El dolor es nuestra condición. En él todos podemos reconocernos.

Chantal Maillard

 

Recuerdo con claridad mi primera impresión al ver la portada de Escribir, de Marguerite Duras, en la edición de Fábula en Tusquets, traducida por Ana María Moix. Consiste en una fotografía que yo consideraba tétrica: una mano asexuada con retorcidos dedos, decorada con tres anillos y un ramillete de arrugas y venas pronunciadas. Para ese entonces, era una mano cuya procedencia, absurdamente, ignoraba. Tiempo después, supe que era de la mismísima Marguerite Duras, y que había sido fotografiada por Hélène Bamberger, buena amiga suya. Debí sospecharlo, pero lo que menos buscaba era ahondar en detalles. Lo juro, me inquietaba y me parecía insoportable, tal vez por la duda de si ese miembro crispado pertenecía a un vivo o a un muerto.

Poco antes de escribir estas líneas, me enteré de que no estaba sola. Y conocí estas palabras de Silvia Molina:

Lo que no ha dejado de impresionarme de este libro de la señora Duras es, en realidad, la fotografía de portada […], la mano izquierda. Una mano vieja, abatida por la artritis, con un gran anillo en el meñique y dos en el anular. No observamos una mano bella ni con carácter; más bien sentimos la derrota, la tristeza (Molina 26).

Ya me era habitual pensar de forma involuntaria en la mano de Duras, no sólo como la escribiente sino como la narradora, así que cuando releía el ensayo que inaugura el libro, titulado homónimamente, pensaba en sus señas y ademanes; pensaba la mano como una extremidad autónoma, como la totalidad de la autora. Qué terrible. Lo que provoca una portada. Aún así, seguía disfrutando del texto porque es capaz de llevarnos a los recodos más solitarios de su casa en Neauphle-le-Château. Abrir esas páginas es entrar a un discurso que se escribe mientras está siendo pensado y que se autodestruye una vez dicho, yes también recorrer el interior de su hogar, mientras la escuchas conversar con el aliento de su infaltable whisky, acerca de sus libros, su profesión, su vida amorosa, su alcoholismo, y en particular, la escritura como acontecimiento: la escritura presente hasta en la muerte de una mosca, porque  “todo escribe a nuestro alrededor” (Duras 47).

Si acaso miras la fotografía, podrías preguntarte: ¿de qué oscuridad proviene esa protuberancia?, ¿hay brazo dentro de la manga oscura?, ¿hacia dónde se dirigen esos dedos que ensortijados simulan una caminata por el aire? Podrías relacionarla con Thing, la mano solidaria de Los locos Addams que sale de su caja, parecida a un féretro, para correr derrapando de veloz, y para comunicarse en clave morse con sus amos. O podrías pensar también en las paradójicas Manos dibujando de Escher, que surgen de líneas bidimensionales y, en su juego óptico, adquieren corporeidad y vida propia. En cualquier caso, la mano de Duras se diferencia de las anteriores por su solemnidad y antivitalidad.

¿Por qué no me causa admiración, como la litografía autorreferencial de Escher? ¿Por qué no me provoca risa, como la atlética mano creada por Charles Addams y David Levy? Quizá porque ver o imaginar un miembro al margen de los otros suele devenir en miedo y extrañeza.

Ambas sensaciones también las he experimentado en dos obras recién publicadas en México durante diciembre de 2019, dos materiales que vi y leí casi al momento de su salida: uno cinematográfico y otro literario. Y es una coincidencia fortuita para estas páginas que ambas utilicen, de forma total o parcial, esta misma figura anatómica. Se trata de dos obras disímiles entre sí, tanto en nacionalidad, contexto y trasfondo, pero que pese a todo abordan la fragmentariedad y la disociación.

Pan de la noche, libro de poemas que hizo ganar a Ibán de León el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2018, por un lado enuncia la fragmentación de los cuerpos que han quedado esparcidos en barrancas, fosas o cualquier baldío de tierras mexicanas; y en paralelo, revela una fractura familiar a partir de la muerte de la madre: ahí donde su pan —pretexto del fuego—reunía a seis hermanos, sólo queda una mesa vacía, o en todo caso, un pan que “sabe a noche” (20).

La muerte es el vaso comunicante que avanza por dos ejes: las muertes anónimas —como los feminicidios y las masacres causadas por el narcotráfico—, y la muerte “personal”, esa que sí lleva un nombre propio.

Y hay que cruzar de una violencia a otra, pues no parece haber un respiradero entre esa atmósfera que te sofoca. Hay que viajar dentro de la macroviolencia que se extiende sobre ti y se te mete hasta el sueño (adentro y afuera del libro), hacia la violencia más silenciosa, que se desarrolla en los órganos de un cuerpo enfermo.

Pan de la noche es el consuelo, la precariedad pero también una digna subsistencia, lo bondadoso, un retorno a los aromas de la infancia: único sitio seguro en tiempos violentos.

Creo necesario resaltar el miedo, ya no de ver una portada con una mano viva pero envejecida y enferma, sino de abrir este libro que escribe el horror de una necrópolis, que nombra a los desaparecidos y sus pedazos, tal vez para darles sepultura mediante las palabras, o para reconfigurar el mundo. Enumeraré el impacto de las manos leídas: manos que cargan ataúdes. Manos que amasan. Manos atadas. Manos que presionan los “cuernos de chivo”. Manos desmembradas. Manos que cortan leña para el pan. Manos cercenadas por el hacha. Manos que escriben:

[El cuerpo presentaba fuertes quemaduras y tenía una bolsa en la cabeza]: / Si averiguas el nombre de la muchacha el día será triste. Si le das una historia que retoñe en un patio donde jugó de niña. (Hay vidrios adentro del sosiego.) / Si dices que salió de clases temprano en la mañana. Si describes sus dientes o el azul de su blusa, puede que pierda el sueño de las noches que llaman a tu puerta. / (Lo anónimo no pesa, es espejo de un rostro en las calles de una ciudad desconocida.) / Si me cuentas que a casa de su madre caminaba. Que la vieron reír cuando tomó su mochila y se fue de la escuela, puede que algo se rompa en esta hoja, quizá la vocal muda aleteando en la lengua del paisaje. / Si hablas de una búsqueda, si me muestras la foto donde se ve feliz, llena de eso que dios llamó el aliento, puede que no resista y precipite el duelo de otros años. / Si dices que el mantel del desayuno se quedó en la mesa, esperándola (el pan también se llaga en la vigilia), que pasaron las horas como una caracola detenida en la angustia, es posible que baje la mirada y comprenda que hay tierra en mi silencio. / Y si al final descubres que su cuerpo fue hallado en el bosque, al pie de una montaña, humeando con la luz de los gorriones, seguro lloraré los veinte años que corrían descalzos por su nombre, su juventud austera de muchacha que sueña con los primeros frutos de la vida (de León 69).

Ibán de León se pregunta “¿quién va a escribir los nombres de los otros?” (18) / “De qué pueden servir estas palabras” (36). Y resuelve: “No han de servir, no sirven” (36). Al igual que Nuccio Ordine, cuestiona la utilidad de lo inútil. Y sin embargo, escribe. Escribimos. No importa para qué, al menos no desde los ojos utilitaristas del capitalismo.

Y quisiera ir más allá de lo obvio: que la escritura no va a cambiar de manera directa y objetiva el mundo, que tampoco revivirá gente muerta ni castigará a los culpables, que no servirá como sirve una cuchara o un paraguas. Hay que ir más allá: ¿qué representa escribir rodeados de muertos y qué implicaciones éticas y estéticas tiene? (Rivera 19), se pregunta Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles, Necroescrituras y desapropiación. Ella parte del concepto de necropolítica de Achille Mbembe, considerado como la expresión última de la soberanía [que] reside ampliamente en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir(Rivera 19). Entonces, Garza habla de las necroescrituras como aquellos procesos escriturales, que insertos en condiciones extremas de mortandad, se desplazan de la unicidad del autor hacia la función del lector que se desapropia del material del mundo, pues la desapropiación significa desposeerse del dominio de lo propio para formar comunalidades de escritura.

En este sentido, el poemario de Ibán de León es, además, reescritura de su contexto a partir de una lectura personal, una escritura a causa de los muertos y para los muertos, porque la fragmentariedad también está presente en los titulares que extrae de la nota roja o de los narcomensajes que comunican los cadáveres.

Con las técnicas de apropiación que se pueden ver en Antígona González, de Sara Uribe, por ejemplo, Ibán de León extrae estos fragmentos para insertarlos entre los poemas, para crear otro hilo conductor a partir de los retazos. También hace uso del argot del ultramundo propio de los narcos: neologismos como narcofosa, o palabras resignificadas como plaza o chapulines. Así, construye a partir de los cortes. Representa una realidad, cotidiana hasta el hartazgo, para humanizar otra vez, mediante el artificio, —Maricruz Patiño, Rafael Vargas y Luis Cortés Bargalló, los jurados del Premio López Velarde se equivocan cuando dictaminan que es un discurso sin artificios: hay artificio en el libro de Ibán de León, como lo hay en toda buena escritura; hay artificio porque se habla de arte. Y en el caso de esta obra, la técnica de la forma no opaca ni la naturalidad con que se expresa, ni la emotividad del fondo.

La pieza cinematográfica que mencioné antes… no me he olvidado de ella. Perdí mi cuerpo, dirigida por Jérémy Clapin y guionizada por Guillaume Laurant, es una animación francesa que se estrenó en Netflix a inicios de diciembre, en Latinoamérica. Proviene de la novela del mismo Laurant, Happy hand. Su trama: una mano en busca de su cuerpo.

Contrario a Pan de la noche (donde incluso un descabezado describe el entorno sin asimilar su condición) en Perdí mi cuerpo, la mano disociada de su dueño, Naoufel, está viva y posee conciencia propia, tiene recuerdos, es más que la simple extensión de lo incompleto. Una vez que la mano se disocia de él, por ende, su futuro ideal se quiebra. Antes del accidente, la mano es la posibilidad de alcanzar los sueños de la infancia: ser pianista o astronauta, por ejemplo. Luego, no. Después, su propósito es regresar a su hábitat, a un sitio fiable otra vez. Pero como todo ente vivo, también es vulnerable: se vuelve un elemento extraño inserto en un entorno normal. Después de todo, ¿qué es una mano cortada arrojada en mitad del parque? El horror.

Consciente de su condición marginal o el peligro al que se expone de ser señalada, se desplaza entre sombras, se esconde (como otros esconden, muchas veces, los cuerpos que se olvidan), evita acabar entre los dientes de las ratas y los perros, se arriesga entre alturas y rieles subterráneos con tal de obedecer a ese instinto —¿instinto?— que es la búsqueda de sí. Esa atracción nostálgica la hace emprender un viaje a través de la ciudad y el tiempo.

Cuando hablo de extrañeza, no sólo me refiero a una extrañeza lógica o de verosimilitud, sino a un sentimiento de desconexión (no estoy segura si de un desapego, como lo indica Fernanda Solórzano en su videocolumna de Letras Libres, porque Naoufel demuestra una obsesión peculiar con un momento de su pasado).

Y, sin embargo, no es el chico quien te lleva como espectador a sus recuerdos; es la mano la que parece desprender una memoria táctil, en blanco y negro, como una especie de síndrome del miembro fantasma que sufre la extremidad perdida y no el joven; mientras la mano persigue a Naoufel, Naoufel persigue a alguien más, pero ambas son entidades marginales, extraviadas de sí mismas.

Pienso en cómo hubiera sido esta historia si la mano fuera un miembro muerto, si también en ese estado comunicaría como lo hace la que puede moverse, aun alienada, aun desconectada de su entorno. Claro que sí. Una mano inerte, suelta por las calles, comunica. Pero quienes contendrían recuerdos en torno a ella serían otros, los testigos.

Los trazos del largometraje se alejan por mucho de las animaciones edulcoradas de Disney; su paleta de colores con poca luminosidad, su banda sonora cargada de sintetizadores y otros elementos estructurales crean, en conjunto, una atmósfera que dota de poeticidad y ofrece una experiencia más que emotiva a quienes miran.

¿Qué tienen en común, entonces, la fotografía de una portada, un libro de poemas sobre los muertosy un largometraje animado procedente de la geografía francesa? Tomo perspectiva de mis propias palabras, escribo bajo un miedo habitual y casi imperceptible: el de mi contexto. No sé si estas relaciones las habría hecho si hubiera vivido en otro tiempo, tal vez 30 años antes… quiero decir, hoy, la mano animada no solo es la mano animada, ni esa otra mano entrada en años, que pende del descansabrazos, es solo otra mano… porque estos signos comunican, de manera distinta según los ojos de quién los vea y dicen también algo de mí; comunican o revelan.

Estas obras, poéticas de la fragmentación responden, como un síntoma, a la posmodernidad. No importa desde dónde se enuncien. Importa leerlas y escribirlas. Dar constancia de la nostalgia, el dolor y el pánico que nos sacude, que nos rompe, pero también nos humaniza en tiempos de normalizada violencia.

 


 

Bibliografía

De León, Ibán. Pan de la noche. México: Universidad Autónoma de Zacatecas, 2019. Impreso.

Duras, Marguerite. Escribir. México: Fábula en Tusquets Editores, 2014. Impreso.

Molina, Silvia.Encuentros y reflexiones.México: UNAM, 1998. Impreso.

Maillard, Chantal. La baba del caracol. Madrid: Vaso Roto Ediciones, 2014. Impreso.

Ordine, Nuccio. La utilidad de lo inútil, manifiesto. España: Acantilado, 2014. Impreso.

Perdí mi cuerpo. Dir.Jérémy Clapin. Netflix, 2019.

Rivera Garza, Cristina. Los muertos indóciles, Necroescrituras y desapropiación. México:Solórzano, Fernanda. Cine aparte. Letras libres. 12 Dic. 2019. Digital. 13 Dic. 2019.

Tusquets Editores, 2013. Impreso.

Uribe, Sara. Antígona González. México: Sur+ ediciones, 2012. Poesía mexa. Web.

 

 

 

 


Autores
Cuernavaca, Morelos, 1991. Es autora del poemario Confín de nadie (FEDEM, 2018), obra ganadora del certamen de publicación de obra inédita del Fondo Editorial del Estado de Morelos 2018. Participa en la antología poética Desde el contorno (Ediciones Simiente, 2019). Cursa la carrera de Escritura creativa. Fue becaria en el programa Under the volcano 2019, en la Master Class de David Huerta. Su claraboya virtual es The PoemTube, un espacio literario en YouTube. Forma parte de Librosb4tipos, colectivo que visibiliza el trabajo intelectual femenino.

Ilustrador
Miranda María Guerrero Verdugo
Artista visual y escritora. Se licenció en la carrera de Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Ha publicado su poesía en portales como Otro páramo, Digo Palabra y Círculo de Poesía. También ha escrito para páginas web como Pijamasurf, Ecoosfera y MásdeMX.

 “Todo está sujeto al cambio, y la muerte no es más
que un accidente de la vida universal.
La inmortalidad la han inventado los hombres
para consolarse a sí mismos de lo efímero de la vida”

Gerardo Murillo, DR.ATL

 

El año pasado, el director Terrence Malick estrenó su última película Vida Oculta, y para recordar su trayectoria basta conmemorar una de sus obras más emblemáticas: El Árbol de la vida, cuya confianza y riesgo al establecer valores morales, existenciales y científicos de un modo religioso a través de recursos narrativos como el guion, la fotografía y la música, lo hizo merecedor de una Palma de Oro en el 2011.

El Árbol de la vida de Terrence Malick (2011) es una de las obras más experimentales que llevan la filosofía trascendentalista y panteísta al cine. La película, que narra la vida de una familia compuesta por un matrimonio y sus tres hijos del condado de Waco, Texas (1950), nos muestra conflictos existenciales a través de la educación. Ni la dureza de un padre, ni la nobleza de una madre alcanzan para poder entender la complejidad de la muerte como destino.

La introspección como recurso estético no es algo exclusivo de El Árbol de la vida, es algo muy común si hacemos una retrospectiva de la obra de Malick. Incluso podemos notar la tendencia filosófica hacia ciertos autores como Heidegger o Nietzsche, más si tenemos en cuenta que Malick, además de haber estudiado cine, se graduó de filosofía en 1966 de la Universidad de Harvard. Incluso, poco tiempo antes de descubrir su pasión por el cine, el cineasta trabajaba como periodista y profesor de filosofía.

La trama y el conflicto de la película se enraízan con el proceso de reflexión sobre la vida. La familia se ve fragmentada por la inesperada muerte del hijo mayor a sus 19 años. Las respuestas son pocas o inexistentes ante tantas preguntas. La concepción, la muerte, y la vida misma son tan bastas e inexplicables, que ni la religión logra explicar su sentido.

Por más que la familia intenta vivir bajo un régimen moral religioso, la duda, los recuerdos, los remordimientos, y las culpas permean su realidad. Tal y como se cita a Job al inicio de la película:

¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? ¿Cuándo cantaban las estrellas del alba y los hijos de Dios se regocijaban? Job 38: 4-7

Las imágenes reflexivas que contiene El Árbol de la vida, además de ser enclaves para la introducción a temas sobre la metafísica, el transcendentalismo, el panteísmo, el existencialismo, o hasta el cientificismo, son también tomas simples de la naturaleza, donde el apego a lo orgánico, a las formas, a la luz natural a través de los arboles, o incluso a los cielos que los edificios desean alcanzar, nos remontan el anhelo humano: el deseo por conquistar los cielos.

Malick transforma en delirio la idea de un cine contemplativo a través de la imagen (los encuadres y movimientos de la cámara son desconcertantes); hace visible la capacidad de representar las cosas intangibles, hace presente la ausencia y el vacío de la existencia, aterriza y conceptualiza esas ideas tan grandes que no tienen forma, como lo puede ser dios, la vida, la muerte, o la creación.

Como todo cineasta, Malick explora el significado de la distancia entre la cosa vista (the thing seen) y la cosa misma (the thing itself), entre el objeto y su realización como idea, haciendo que las estructuras entre presencia y ausencia sean el juego metafísico de la película: la transformación del mundo en una imagen.

 

El Ser de Heidegger

Ilustración por Sofía Probert

Ilustración por Sofía Probert

 

 

La manera en la que la película aborda el sentido de la existencia es el paralelo de lo escrito por Heidegger. Es decir, El ser se asume como un concepto universal, integral y total, pero a su vez vacío si no se tiene la finalidad de trascender. El énfasis de relacionar las experiencias cotidianas a realizaciones divinas, sostenidas por un motivo evolutivo se refleja muy bien en el guion de la película:

“Aprendemos para crecer”, dice uno de los hijos.

“Tenemos que morir, tenemos que evolucionar”, dice el padre.

Para Heidegger, el ser es una unidad, un ente, y un enigma incomprensible, lo cual se manifiesta de manera similar en el cine de Malick. En El Árbol de la vida el director deja claro que nosotros nos movemos desde siempre en una comprensión del sentido del ser y la tendencia a su concepto. Las infinitas preguntas que tienen los personajes respecto al sentido de su vida o al de la muerte son la manera de plantear la justificación de nuestros actos por el paso de la vida:

“¿Por qué debería ser bueno?”, se pregunta uno de los hijos.

La angustia sobre el origen y fin de la vida (universo) es uno de los ejes de la película, el mismo título nos recuerda incluso la gran metáfora poética del árbol como cuerpo entre el cielo y la tierra. El padre siembra con sus hijos un árbol, el mismo que perdurará en la tierra por miles de años.

Las vivencias estéticas entre la naturaleza y la formación de las personalidades de los hijos son un fuerte símbolo no solo de cierto estoicismo, sino de las contradicciones generadas de un padre auto flagelado por aspirar al éxito, y que se reivindica a través de la naturaleza.

Para poder seguir profundizando, hay dos palabras en alemán que me gustaría abordar: Vorhandesenhert y Darsein. Vorhandesenhert es una palabra que usó Heidegger para describir el momento en el que el ser se encuentra en el hecho de que algo es, en su ser-así, en la realidad, en el estar-ahí. Es la consistencia, la validez y el existir. Mientras que Darsein, cuyo significado se refiere al ente que somos en cada caso, es el ser uno mismo, es el modo de ser del humano, es el ser en potencia, y el que tiene la posibilidad de preguntarse. Estos dos conceptos son fundamentales para entender desde qué perspectivas nos cuestionamos al serque somos, lo cual es una de las inquietudes más notorias en la obra de Malick. Es decir, entre el ser y la potencia del ser, existen los miles de conflictos existenciales que tienen los personajes en la película.

En ciertas escenas vemos al hermano ya mayor recordando a su hermano ausente: sus memorias y recuerdos amenazan su estado de presencia. Las tomas a los rascacielos, los rayos y las filtraciones de luz natural se asemejan a los destellos de su lucidez perdida por el paso del tiempo. El tiempo devora, pasa, y no perdona. Entre los recuerdos de su infancia y las lecciones de vida llegamos a uno de los diálogos más bellos que resumen el filme:

La única forma de ser feliz es amar,

a menos que ames,

tu vida pasará frente a tus ojos.

(The only way to be happy is to love,

Unless you love,

Your life will pass in front of you)

Hay un aspecto teológico que sin duda rodea todo significado del ser, que comparten la obra de Heidegger y Malick de manera evidente. Si bien la teología es la ciencia que busca una interpretación más originaria del ser en relación con dios, esbozada a partir del sentido de la fe misma y atenida a ella, también cuenta con una sistematización dogmática que reposa sobre un fundamento que no viene de un cuestionamiento a la fe. Esto es porque su aparato conceptual es insuficiente para responder dicho cuestionamiento, en lugar de ello lo encubre y lo desfigura. La película en este caso enaltece de una manera dogmática y religiosa el sentido del ser en cuanto a la relación con algo posiblemente divino.

Sin embargo, lo interesante de la película radica en un equilibrio entre lo enigmático/religioso y el cientificismo; la fotografía sobrecargada de tomas a la naturaleza (desde una célula, pasando por las nebulosas del espacio, hasta los dinosaurios de la prehistoria) se contrapone a los escenarios del conservadurismo de una familia con valores rígidos y religiosos.

El cientificismo, las teorías platónicas y aristotélicas nos dicen que hay una lógica que investiga el estado momentáneo de una ciencia en función de su método; pero lo filosóficamente primario no es la teoría de la formación de conceptos, ni la teoría del conocimiento, ni la teoría de la historia como objeto del saber, sino la interpretación del ente en función de su historicidad. En los ojos de Malick esto se traduce a la carga emocional, psicológica y espiritual de sus personajes, cada uno de ellos envuelto en un continuo agobio que los lleva a cuestionarse las causalidades y su fin último dentro del cosmos.

En cierta forma el director nos deja claro que la consciencia de ser alguien en el mundo envuelve forzosamente significados metafísicos. Malick hace de la ciencia un modo de ser, y a través de ella explora el sentido de la muerte.

 

Ilustración por Sofía Probert

Ilustración por Sofía Probert

 

 

El Origen de La Tragedia. Friedrich Nietzsche

Ilustración por Sofía Probert

Ilustración por Sofía Probert

 

 

Asemejar la filosofía de Nietzsche con el contenido metafísico de El Árbol de la vida es algo de gran utilidad para entender la estructura estética de la película. Para Nietzsche, el arte es la actividad metafísica del humano por excelencia.

En la película entre el movimiento de cámaras, la carga dramática, y las complejidades del carácter de cada personaje, se evidencian los posibles traumas psicológicos de los hijos por una educación casi militante y la dicotomía entre la realidad que es percibida antes de ser alterada por los padres.

Es decir, se muestran los conceptos que se forman sobre el bien y el mal, a través de la educación familiar. En la película, vemos el trayecto de vida de los hijos como una continua guerra entre lo dionisiaco y lo apolíneo, donde el libre albedrío puede ser un engendro o una gran fortuna; y justo, para mediar y encontrar un equilibrio entre la libertad y la responsabilidad, Nietzsche contrapone lo Dionisiaco y lo Apolíneo como dos polaridades entre las cuales se vive. Dionisio como el causante del pesimismo, la salud desbordante y el sufrimiento causado por una sobre-plenitud, que, así como crea y suprime el dolor también provoca la sensibilidad (melancolía), el anhelo de belleza y los nuevos cultos. Y Apolo, como la materia en sí, a la que se le rinde culto.

Asimismo, a través de la fotografía podemos asumir el significado de la evolución bajo la perspectiva de la ciencia. Malick logra aprehender la idea de Nietzsche sobre la ciencia: el cientificismo puede ser el miedo y a la vez la escapatoria frente al pesimismo; en otras palabras, Nietzsche propone concebir la ciencia con la óptica del artista, y el arte con la de la vida.

 

Conclusiones

El Árbol de la vida es la muestra de que el cine contemplativo no debe ser tedioso, sino que el cine como una estrategia del arte para comunicar, debe generar pensamiento. Bien ya lo dijo Fernanda Solórzano al escribir sobre la película: “Este filme demuestra que la estética de Malick no es solo un capricho de estilo, sino es la expresión de un temperamento introspectivo y observador”.

La película se aleja de ser algo forzado, es una poesía a la ciencia donde la yuxtaposición de imágenes sobre la naturaleza hace única su narrativa. La naturaleza del ser tiende a ser dual, la cual lo puede hundir o elevar; la conciencia y la metafísica de la experiencia, que son los temas que encierran a los personajes, son la muestra de ello.

La película confirma el miedo de nuestra especie a la vida, a la muerte y la correspondencia entre ambas; nos recuerda que el ser humano es la única forma de vida que se niega a verse a sí misma como un montón de átomos. El humano frente a la ciencia y la naturaleza no es nada ni nadie sin un motivo transcendental o espiritual. Malick nos transporta al mundo de las emociones y al espíritu a través de escenas mundanas, pero sabiendo que en lo mundano es donde se encuentra el misterio de la existencia.

A través de sermones existencialistas, Malick lidia con la contingencia del tiempo y el ser humano a través de esta inmensidad. Su obra muestra las problemáticas que recaen sobre las perspectivas; su principal objetivo parece ser educar el ojo con el que vemos la vida. De manera que su filme pareciera ser una meditación de dos horas y diecinueve minutos que nos persuade a reconocer nuestra propia naturaleza.

¿Qué sería del humano sin el transcendentalismo?, ¿qué seríamos sin esos patrones estéticos universales que se repiten en circunstancias biológicas? El Árbol de la vida nos hace contemplar la existencia desde el punto de vista de la eternidad. La belleza de la película y su gloria estética están ligadas a un propósito transcendental. La naturaleza humana contempla, y su bienestar depende de ello.

 

Ilustración por Sofía Probert

Ilustración por Sofía Probert

 

 


 

Referencias

Michael Fogleman. (2013). Terrence Malick, Heidegger, and Interpretation. 2013, de Quora Sitio web.

 

Jon Baskin. (2013). The Perspective of Terrence Malick. 2013, de The Point Sitio web.

 

Jason Solomons.. (2011). The Tree of Life, Review. 2011, de The Guardian Sitio web.

 

A.B SCOTT. (2011). Heaven, Texas and the Cosmic Whodunit.. 2011, de The New York Times Sitio web.

 

BLAUE HERMENEUTIK. (2015). VORHANDENHEIT AND ZUHANDENHEIT: HERMENEUTIC SIGNPOSTS. 2015, de BLAUE HERMENEUTIK Sitio web.

 

Friedrich Nietzsche. (2016). Prologo a Richard Wagner . En El Nacimiento de la Tragedia. México: México: Biblioteca Nueva.

 

Martín Heidegger . (2009). En El Ser y El Tiempo. México: FCE.


Autores
Lectora. Cinéfila. Historiadora del arte. Con mucha hambre de hacer cine.

Ilustrador
Sofia Probert
Artista y bióloga mexicana que explora el mundo estético desde la naturaleza. La mayoría de sus piezas invitan a cuestionar la mirada antropocéntrica y la forma en la que percibimos al mundo vivo desde el egoísmo humano.
Ilustración de Luis Ham.
Ilustración de Luis Ham.

Hace casi una década acudí a un evento académico en Nueva York, Estados Unidos. Era la segunda vez que visitaba la ciudad aunque la primera que entraba en contacto con gente local. Una de las cuestiones que me llamó la atención es que dos de los anfitriones del evento, jóvenes afroamericanos, me dieron una lista de recomendaciones, la más importante era evitar cualquier contacto por circunstancial que fuera con la policía. Me pareció exagerado y se los hice saber, tratando de indagar el porqué de su postura. Me dijeron: “es simple, ellos son policías y nosotros afroamericanos, la violencia policiaca es un peligro constante aunque no hagas nada incorrecto. Y recuerda que tú eres mexicano”. Me seguía preguntando si el racismo del cuerpo policial era tan alarmante como lo planteaban mis colegas. Investigué un poco con otra gente y coincidieron en que era un tema de bastante gravedad y que no se le tomaba con la seriedad debida.

En los últimos días una imagen ha dado la vuelta al mundo en apenas un par de días. George Floyd, un ciudadano afroamericano es sometido en Minneapolis por el policía Derek Chauvin, quien ejerce presión con su rodilla contra el cuello de Floyd y le impide respirar provocándole la muerte. El hecho ha causado una indignación de tal magnitud que en pocas horas manifestantes prendieron fuego al cuartel de la policía de Minneapolis y las protestas se extendieron a más de 140 ciudades. Las autoridades han respondido con toques de queda y el despliegue de la Guardia Nacional en varios estados mientras que en Washington se apagaron las luces de la Casa Blanca y Donald Trump buscó refugio brevemente en un bunker.

No es la primera vez que el racismo y la brutalidad policiaca están imbricados en casos que desatan oleadas de movilización social. En 1992, la ciudad de Los Angeles ardió en llamas con las protestas por la violenta detención de Rodney King y la absolución de los policías involucrados. De 2013 a 2016 hubo una serie de mítines políticos por la brutalidad policiaca contra afroamericanos que alcanzó su punto culminante en los disturbios en Ferguson en 2014 y Baltimore en 2015 cuyo eje de la protesta se condesaba en la frase Black Lives Matter (las vidas de los negros importan) que encontró un amplio eco internacional.

Imagen de Luis Ham.

Imagen de Luis Ham.

Queda de manifiesto que el racismo y la violencia policiaca no son hechos aislados, sino que forman parte de un problema estructural en Estados Unidos, de dos visiones distintas de país que originó la Guerra Civil.

A pesar del triunfo de los estados del Norte y la abolición de la esclavitud, es un hecho que la integración de los afroamericanos en Estados Unidos estaba lejos de generar algún consenso, incluso el propio Lincoln veía con buenas ojos que emigraran hacia algún lugar en Centroamérica.

Cien años después la segregación en los lugares públicos como parques, transporte, universidades o locales comerciales seguía siendo algo común y corriente. A pesar de su derrota en la Guerra Civil, los estados del Sur se las ingeniaron para elaborar legislaciones locales discriminatorias que se conocieron popularmente como las leyes Jim Crow y que funcionaban cotidianamente hasta 1965.

En Las raíces del fracaso americano (2010), el sociólogo estadounidense Morris Berman destaca que el enfrentamiento de Norte contra Sur fue mucho más allá de la cuestión de la esclavitud, que aunque era condenada moralmente por Lincoln y la Unión era más relevante en la agenda por cuestiones económicas. Pero la economía también traía consigo una modificación de valores por lo que para Berman, el conflicto entre Norte y Sur puede ser explicado como un “choque de civilizaciones”.

Al finalizar la Guerra Civil, los estados confederados vieron modificada no solo su economía cuasifeudal, sino también muchos de los valores tradicionales que ellos concebían como correctos como la familia, la comunidad o el supremacismo blanco. Y aunque el capitalismo industrial fue ganando espacio en la expansión del oeste, los valores quedaron ahí, agazapados, escondidos quizás, pero firmemente arraigados en amplios sectores de la población estadounidense.

Decía William Faulkner que el pasado no está muerto y que ni siquiera es pasado. Y si bien la Guerra Civil acabó con la esclavitud como forma económica, la relación amo-esclavo se transformó en la afirmación de valores que pretenden sustentar la figura de autoridad de la gente blanca sobre los negros y que con el tiempo se ha extendido a los latinos o a los musulmanes. Esa figura de autoridad que no se cuestionaba en el esclavismo con el paso de los años no ha desaparecido aunque si es mucho más cuestionada y puesta en duda, lo que fácilmente deriva hacia el autoritarismo. Y la violencia policiaca se vuelve una expresión constante de esa deriva autoritaria de los valores del supremacismo blanco.

La derrota del movimiento secesionista permitió el triunfo de la mitología del capitalismo estadounidense basado en el individualismo del hombre de empresa y acción con toques liberales. Sin embargo, como lo muestran las novelas de Faulkner, lo valores sureños sobrevivieron a la derrota y se enquistaron en generaciones de familias y personas, y no solo hasta el siglo XX, sino que están presentes hoy en día y toman la forma más parecida a una cosmovisión que de una ideología estructurada.

La victoria electoral de Donald Trump representa la continuidad de esos valores. “Make America Great Again” no refleja un programa económico o político, es principalmente el deseo de restablecer cierto tipo de valores ligados a Dios, la familia, la tradición, la superioridad racial y la autoridad. Es el “otro” proyecto de nación que quedó desterrado después de la Guerra Civil. Trump no creó un discurso de la nada y mucho menos inventó a sus votantes. Ellos ya estaban ahí, con una narrativa clara y definida que la campaña electoral de Trump y su presidencia solo han amplificado.

El racismo y la violencia policial coinciden muchas veces porque están ancladas en la misma matriz de autoridad que fácilmente se pervierte hacia el autoritarismo. Donald Trump es el síntoma de la enfermedad solamente. Pero el problema es tan viejo que se remonta a la Guerra Civil y la derrota del “otro” proyecto de nación. Esa derrota fue muy clara en el sistema económico pero muchos de sus valores se fueron adaptando al nuevo modelo económico y hoy encuentran un tiempo propicio para salir a la arena pública. Una eventual derrota electoral de Trump no cambiará los valores del Deep South (Sur profundo). Eso permanecerá por mucho tiempo porque no es una anomalía sino parte de la historia misma de los Estados Unidos.

Ilustración de Luis Ham.

Ilustración de Luis Ham.


Autores
Historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y McGill University, Canadá. Candidato a doctor en Ciencia Política por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), Francia.
Ilustración por Richard Zela

Hubo un día en el que México cambió el color del cielo en Marte. Era una época extraña, marcada por los fantasmas del fraude electoral, en donde todavía no existían los nuevos pesos o el EZLN. En esta época extraña, el último gran héroe de acción recorría la Glorieta de los Insurgentes con una toalla mojada sobre la cabeza. Arnold Schwarzenegger se plantaba en las oficinas del INFONAVIT para pedir consultas sobre sueños implantados. Entre las escaleras del Metro Chabacano aparecieron cinco espías interplanetarios asesinados y, en una persecución brutal por Metro Universidad, cadáveres ensangrentados volaron entre las escaleras eléctricas. 

 

Eran, pues, tiempos extraños en los que un director holandés, conocido por sus dramas psicosexuales en Europa, decidió venir a México para filmar, con un actor austriaco, la más ambiciosa película americana de ciencia ficción de la década. Y lo logró con creces. 

 

Paul Verhoeven se estableció como un director taquillero en Hollywood después de que Arnold Schwarzenegger le pidió dirigir Total Recall (1990), su segunda cinta de ciencia ficción americana después de RoboCop (1987). Con un presupuesto limitado y en considerable poco tiempo, Verhoeven rentó los Estudios Churubusco; contrató al genial Rob Bottin para hacer efectos visuales; creó sets gigantescos para simular la colonización de Marte; pintó estaciones enteras de metro en gris, incluyendo vagones a los que añadió monitores futuristas y utilizó la delegación Cuauhtémoc, el edificio del INFONAVIT y todo el nuevo brutalismo posible de la ciudad que imaginó Teodoro González de León. 

 

Para hacer Total Recall, Verhoeven y Schwarzenegger apostaron todo en la impresionante capacidad de improvisación de un crew que tuvo permanente diarrea por la comida local; en lo barato que salía, a pesar de todo, pagar el rodaje en México y, claro, en el brillante guión de Dan O’Bannon y Ronald Shusett (que también escribieron, bajita la mano, Alien (1979) de Ridley Scott). Con mucha fe se lanzaron, entonces, a la desconocida aventura de filmar en una ciudad de caos y azares. El resultado fue único. 

 

 

No hay una sola película de ciencia ficción americana que se vea y se sienta como Total Recall; un hito para Hollywood y una cinta que logró mezclar deseos profundos de narrativas lineales de acción con un pensamiento revolucionario, el vívido imaginario paranoico de Philip K. Dick y una poderosa idea de inclusión social. Todo en Total Recall vibra con una profunda vida interior. Mucho más allá del muy merecido Oscar que recibió por los efectos visuales de Bottin, hay algo en en esta película que no nos puede dejar tranquilos. 

 

Total Recall es tan importante porque la enorme satisfacción de volverla a ver no acaba de cuadrar el misterio de su existencia. Eran tiempos extraños cuando un holandés fue a México para grabar una película sobre nuestros deseos ególatras con la estrella de acción más autorreferente de los noventa en un  Hollywood que aún no había caído en los blockbusters ideológicos más banales, retacados de CGI y vacíos de espíritu. Eran tiempos extraños y, yo creo, que lo siguen siendo: Total Recall no ha acabado de decirnos todos sus secretos y, entre tanto tiempo transcurrido, sigue siendo una incómoda visión sobre cómo nos formamos con relatos y cómo vivimos atravesados de mitos violentos. 

 

Soñamos que estamos despiertos

 

Cuando tenía cinco años, la familia de Paul Verhoeven se mudó a la ciudad de La Haya. Era, en ese fatídico año de 1943, el centro del poder nazi en Holanda. Desde 1940, todo el territorio holandés estaba bajo el dominio de Hitler y, tres años después, era la principal plataforma para lanzar los cohetes Saturn V diseñados por Herbert Von Braun que, después de la guerra, se iría con los americanos para llevar a Armstrong a la Luna. 

 

Los cohetes alemanes disparados desde La Haya bombardeaban incesantemente Londres y, como respuesta evidente, los aviones de los aliados bombardeaban incesantemente La Haya. Día y noche caían casas iluminadas en llamas, estallaban pórticos, se escuchaban gritos agónicos. La mayoría de las bombas no caía en las plataformas de cohetes, sino en los barrios aledaños. 

 

En medio de todo este horror, Verhoeven recuerda anécdotas terribles. En una ocasión, se encontró con soldados nazis tratando de recolectar lo que quedaba del cuerpo de un piloto inglés abatido. Tomaban una mano, un pie, un trozo de intestino y lo iban metiendo en una diminuta caja. El pequeño Paul Verhoeven creció en un infierno:

 

“De niño creo que vi tanta violencia ahí, tantos cadáveres… había mucha sangre y, extrañamente, toda el área alrededor de mi casa fue completamente bombardeada porque el líder del escuadrón inglés, en cierto punto, volteó un mapa en su cabina y bombardearon las áreas equivocadas. Bombardearon un área civil y murieron entre 20 mil y 30 mil personas. Y eso fue a cien metros de mi casa. Toda el área detrás de mi casa estaba completamente destruída, toda esa parte de La Haya estaba en llamas”.

 

Sin embargo, para el director esta niñez no fue traumática. Verhoeven recuerda su infancia con cierta alegría bañada de irrealidad. Ningún miembro de su familia fue asesinado, deportado o desaparecido. Así que la guerra fue para él, simplemente, un espectáculo ajeno, separado como un sueño… o como una película. 

 

“Para mí, debo ser honesto, la guerra fue un tiempo maravilloso. Era un niño y me encantaba. (…) Para un niño todo esto era… divertido. Es impresionante que diga esto, pero así lo sentí. Fue como si cada día fuera una gran aventura. Por supuesto, si matan a tus padres y a tus hermanos, todo esto se convierte en otra situación, pero nadie de mi familia murió. Como niño no ves más lejos -no te das cuenta de que 100 mil judíos están siendo enviados a un lugar del que nunca regresarán-. (…) Para mí, fue como presenciar los más impresionantes efectos especiales que jamás haya visto. Todas las noches, al ver hacia arriba podías ver los aviones en llamas cayendo. Y al día siguiente mi padre me llevaba a caminar y podíamos ver el avión caído”.

 

Esta cercanía con la violencia cambió para siempre la perspectiva del futuro director. Para él, como siempre lo ha admitido, la guerra es un estado perpetuo, natural del ser humano, y la paz es una anomalía absoluta. No por eso, claro, Verhoeven hace apologías de la guerra, aunque no lo hayan entendido así los más obtusos detractores de la ironía pacifista de Starship Troopers. Y, más allá, para Verhoeven la violencia se finca en este extraño lugar entre realidad y ficción, sueño y vigilia. 

 

 

La violencia en las películas de Verhoeven es extremadamente real, extremadamente visceral y, al mismo tiempo, coreográfica y espectacular. Ahí, en los desmembramientos de Flesh + Blood, en las imágenes de violencia de Soldier of Orange, Spetters o, de forma mucho más notoria, en su trilogía americana de ciencia ficción (RoboCop, Total Recall y Starship Troopers), Verhoeven muestra un peculiar desapego frente a las imágenes más terribles. Los horrores sangrientos se filman de manera fría y distante, o parecen regodearse en su propio horror, o tienen un humor particularmente oscuro que, por cierto, los americanos tardaron mucho en entender. 

 

En cualquier caso, la violencia en las películas de Verhoeven representa la frontera misma entre lo real y lo imaginario. Porque en la violencia está también el deseo, la venganza, las pulsiones de dominio, de amor y de muerte. La violencia aparece siempre como un límite entre el sueño y la vigilia, la realidad y la ficción en las fantasías de violación de Michèle Leblanc en Elle, en los sueños lúcidos y las pesadillas traumáticas de RoboCop y en toda la construcción de Total Recall. Como en sus películas, el recuerdo de una guerra muy real se convirtió, rápidamente, en esas memorias de infancia, en efectos especiales y fuegos de artificio. 

 

Es por eso, tal vez, que Verhoeven cambió tan radicalmente de rumbo al llegar a Estados Unidos. Sus películas, en especial la maravillosa Turkish Delight y Soldier of Orange recibieron atención internacional: una fue nominada al Oscar por Mejor Película Extranjera; la otra, al Golden Globe en la misma categoría. Verhoeven ya era conocido en Estados Unidos y recibía llamadas de gente como Steven Spielberg incitándolo a venir a dirigir a Hollywood. Pero Verhoeven se negaba: estaba feliz en Holanda haciendo películas financiadas por el gobierno y viviendo con completa libertad creativa. 

 

En esa época, todas sus películas, marcadas ciertamente por la violencia y la exuberante sexualidad de sus demás obras, fueron muchísimo más aterrizadas que las posteriores. Todas las cintas de la primera época holandesa trataban temas realistas: estaban basadas en autobiografías, se centraban en personajes reales o en verdaderos problemas sociales. Y eso terminó siendo un problema para Verhoeven en Holanda. Cuando la comisión que otorgaba las becas gubernamentales para la cinematografía cambió hacia una dirección ideológica de izquierda recalcitrante, los jurados decidieron que el cine de Verhoeven era vulgar y decadente y que no mostraba la realidad de los valores morales holandeses. 

 

Maniatado y, por primera vez en su carrera, artísticamente limitado, Verhoeven decidió probar su suerte en Hollywood. Esta separación con su país natal no fue, simplemente física, real y palpable. También significó la entrada a otro reino de ficción. Por primera vez, le ofrecían  una película que no había sido escrita por Gerard Soeteman, su habitual guionista. Ya no tenía que escuchar a Soeteman despreciar la ciencia ficción y los cómics como estupideces infantiles. Y Verhoeven recordó su amor por The War of the Worlds (1953), por las historias más extraordinarias de superhéroes, por las invasiones marcianas y los robots impresionantes de las cintas de ciencia ficción de los años cincuenta. 

 

Libre de las ataduras de la realidad, animado por su esposa, Verhoeven aceptó tratar, a finales de los años ochenta, el guión que tantos habían rechazado: una historia distópica sobre un Detroit sumido en la delincuencia, custodiado por un departamento de policía privado y fascistoide que encuentra la salvación en un mesías tecnológico resucitado. En ese mismo año -y esto no es ninguna coincidencia- Verhoeven ingresó al Seminario de Jesús, un grupo de teólogos y académicos que investigan la veracidad histórica de los evangelios. En este cruce mítico constante entre ficción y realidad, Verhoeven hizo su propia versión de un Jesucristo tecnológico. 

 

“No creo que la religión cristiana hubiera tenido el mismo impacto si la muerte de Cristo no hubiera sido tan tortuosa. No voy a comparar a Cristo con Murphy, pero por supuesto que había paralelismos en mi mente. La idea básica era hacer algo sobre un alma humana que es destruída y que resucita. Para una resurrección verdadera, es necesaria una verdadera crucifixión”. 

 

 

Al estrenar RoboCop y, a pesar de que fue un éxito masivo e inesperado en taquilla, Verhoeven ya no quería hacer ciencia ficción de acción. Todos los guiones que le mandaban eran iguales: Hollywood había entendido que este director de tantos dramas reales tenía el potencial de convertirse en una gallina de tecnológicos huevos de oro. Entre tantos guiones, sin embargo, había algo que resaltaba. Un extraordinario guion escrito por los insignes creadores del Alien de Ridley Scott que adaptaba el cuento corto We Can Remember It for You Wholesale de Philip K. Dick. 

 

La curiosidad de Verhoeven por el guión de Total Recall no era gratuita. Llegaba en un momento de máxima libertad creativa, pero en el que se sentía encasillado en las premisas de acción y ciencia ficción de Hollywood; en el que tenía grandes presupuestos, pero nadie sabía cómo hacer una película tan ambiciosa; llegaba en un momento de máxima reflexión sobre la realidad de un personaje literario como Cristo, por la verdad de la ficción y la ficción de la historia. 

 

En ese justo momento, Total Recall empezó a rodarse y se gestó algo muchísimo más complejo de lo que las taquillas de Hollywood jamás entenderían: en esta película se concentró una reflexión poderosa sobre los sueños de una industria y los mecanismos maníacos que los alimentan. Total Recall es el reconocimiento de Verhoeven hacia Hollywood y, también, una cachetada con guante blanco bajo el lienzo de un cielo azul en un planeta rojo.

 

Ilustración por Richard Zela

Ilustración por Richard Zela

 

¿Los humanos sueñan con planetas azules?

 

El imaginario de Marte ha cambiado considerablemente con el tiempo. En algún momento, antes de que se conociera verdaderamente la atmósfera, la composición química del suelo y del aire en Marte, se pensaban todo tipo de cosas extraordinarias sobre el planeta rojo. Marte se convirtió, como bien lo señaló Roland Barthes, en el repositorio de un imaginario identitario desdoblado, un lugar terrorífico o esperanzador a medio camino entre Estados Unidos y el desconocido mundo soviético. 

 

“Marte aparece como una Tierra soñada, dotado de alas perfectas, como en cualquier sueño en que se idealiza. Es probable que si desembarcásemos en Marte, tal cual lo hemos construido, allí encontraríamos a la Tierra; y entre esos dos productos de una misma Historia, no sabríamos distinguir cuál es el nuestro”.

 

En esas descripciones encontramos a los antiguos marcianos de Bradbury extinguidos, como muchos pueblos originarios americanos, por la codicia de los nuevos colonizadores. El Marte de The Martian Chronicles es, además, una tierra exuberante llena de riquezas naturales, cielos azules y enormes vegetales. Marte siempre estuvo moldeado para parecerse a nuestro entorno, para agrandar o disminuir aspectos de nuestro presente desdoblados en un imaginario lleno de referencias. 

 

Ahora mismo, los sueños de colonización de Marte (en particular los propuestos, con absoluta seriedad, por Elon Musk) hablan de terraformar, de cambiar la composición del aire en Marte para lograr crear una atmósfera. La presencia del hombre, finalmente llegando al planeta rojo, significaría la paulatina transformación de lo ajeno, lo imposible, lo inalcanzable, en un nuevo paraje terrestre. No podemos salvar esta tierra, pero crearemos una nueva. 

 

Estos sueños de transformación de Marte son una proyección continua que atraviesa la literatura de ciencia ficción de los años cincuenta hasta las locuras de Elon Musk, pasando, por supuesto, por el imaginario de Paul Verhoeven. 

 

La historia de Philip K. Dick tenía, ciertamente, muchos elementos presentes en la película. De hecho, los primeros veinte minutos de la cinta parecen directamente sacados del cuento. Sin embargo, al final, algo esencial cambia. 

 

Cuando Ronald Shusett, Dan O’Bannon y Gary Goldman, propusieron el famoso tercer acto de Total Recall, los productores se volvieron locos. En particular, Dino de Laurentiis, el poderoso gestor de presupuestos que hizo más de 500 películas de inmensa popularidad nominadas a casi 40 premios Oscar. El incuestionable mandamás del estudio decía que la idea de Marte con cielos azules era demasiado abstracta. ¿Cómo se podría ver en pantalla un acto casi instantáneo de terraformación? ¿Qué significaba esto? Todo parecía demasiado confuso para un público al que, paternalistamente, Hollywood alimentaba con migajas narrativas. 

 

Verhoeven tenía otra idea. No nada más ese tercer acto era absolutamente necesario en la película, sino que se convertiría en el pilar de toda la construcción narrativa. El cielo azul en Marte está presente en los storyboards dibujados por el mismo director y se perfilaba como el centro mismo de la duda. En una película de ciencia ficción, absolutamente descabellada, los cielos azules de Marte nos hacen cuestionar, finalmente, la realidad de lo que vemos.

 

 

Justo antes de implantar a Douglas Quaid en Rekall, justo antes de que la película pase a la zona inestable entre sueño y realidad, el más joven técnico de la clínica dice: “Cielos azules en Marte, esto sí es una novedad”. La duda está plantada: ¿Todo lo que pasa a partir de ahí es el sueño comatoso de un hombre lobotomizado o la experiencia real de un espía?

 

En el cuento de Dick, el asunto está claro: Douglas Quaid no nada más es un espía en realidad, sino que también es el salvador de la humanidad. Su fantasía de ir a Marte y buscar aventura no es un escape de la monotonía de la vida y su fantasía de ser el único salvador de la humanidad, el hombre vivo más importante del mundo, no es solo una fantasía maníaca de megalomanía inconsciente. Ambas cosas son verdad y demuestran que, en el hombre más común, puede existir la vida más excepcional. 

 

Por supuesto, esto entra perfectamente en el pensamiento paranoico de Philip K. Dick y en el corpus de un hombre que escribió también, con profundas dudas identitarias en plena psicodelia americana, A Scanner Darkly y Do Androids Dream of Electric Sheep? Pero Verhoeven llevó las dudas del cuento a un lugar desesperante. 

 

Melina aparece en el sueño de Quaid antes de aparecer en el monitor de Rekall. El psicólogo infiltrado que mandan para atrapar a Quaid suda y revela que, en realidad, están en Marte. Todo parece demasiado convulso para ser un sueño. Todos quieren convencerse de que todo lo que vive Quaid es real y perfectamente posible. 

 

Sin embargo, lo que le prometen en Rekall se cumple: Quaid mata a los villanos, se queda con la chica y salva al planeta. En el fading a blancos del final de la película suena el leitmotif del sueño del score de Jerry Goldsmith, las mismas notas electrónicas que vemos en la pesadilla que abre la película. Se cierra un bucle y, encima de todo, como una gran certeza compleja, están los cielos azules en Marte. Esos cielos azules que le mencionaron a Quaid antes del procedimiento de implantación de memoria. 

 

Si Verhoeven no quiere explicar qué sucede en realidad en la película, si todo parece confundirse voluntariamente para que nadie sepa, al final, si estamos viendo una realidad o un sueño, es porque así la película significa mucho más. El poder real de Total Recall, más allá de su análisis burlón del periodismo americano (cuestión presente en todas las películas estadounidenses de Verhoeven),o de las reflexiones políticas, está en la burla de las ilusiones de Hollywood. Cada quien elige el final que quiera: aquellos que optan por ver el último beso de Melina y Quaid como una fantasía pueden, más allá de elegir un camino muchísimo más sombrío y desesperado, leer un comentario interesante sobre la forma en que forjamos nuestros esquemas narrativos. 

 

Ilustración por Richard Zela

Ilustración por Richard Zela

 

El placer de la cinta está en olvidarse, en dejarse ir en las secuencias de acción, en el misterio, en las persecuciones, en la batalla final (con un mini boss y un end boss en necesarios showdowns) para terminar celebrando al héroe de acción que mata a los malos, se queda con la chica y salva al planeta. Este esquema muestra el camino del héroe: un hombre común y corriente, con un trabajo aburrido y una vida gris, descubre que es el elegido para salvar a una civilización. El héroe de las mil máscaras de Campbell, Luke Skywalker y Harry Potter con el físico de Mister Universo. 

 

El trabajo anodino y los compañeros de trabajo impiden que se cumplan sueños extraordinarios. La mujer, en un rol de esposa convencionalmente realizado para ser una fuerza de castración, impide que el hombre, tan creativo y naturalmente libre, cumpla sus sueños. La esposa representa la fuerza que, mientras el hombre sueña en otro planeta, en otras aventuras, en otras mujeres, lo lleva a dejar sus fantasías por la normalidad, a mantenerse, literalmente, con los pies en la tierra. 

 

En la dicotomía entre los personaje de Lori (Sharon Stone) y Melina (Rachel Ticotin) encontramos las diferencias de esta fantasía masturbatoria masculina. Todo está ahí, en las diferencias de personalidad: una práctica, terrenal, seductiva dentro de lo permitido, sin particulares perversiones; la otra mucho más libre, llena de perversiones a la mano, con un carácter fuerte independiente y aventurero. Las diferencias físicas: una es la rubia de la normalidad americana suburbana con la que, literalmente, el personaje de Quaid dice haber “alimentado a su pene”; la otra es la exótica morena de otro planeta que confronta sus banales decisiones sexuales. Y todas estas diferencias se resuelven, en la fantasía de celos, con una pelea entre las dos mujeres de Quaid. Epítome de la fantasía masculina, los dos polos de sumisión y aventura se pelean por el amor del héroe hasta que una bala en la frente de Lori sella la decisión final del deseo masculino.

 

 

Esta dicotomía se desarrolla siempre a partir de las elecciones que le dan al personaje de Quaid en Rekall. Decisiones que tiene que hacer honestamente para alimentar esta fantasía. Así, si vemos la película bajo el prisma del sueño, si admitimos la irrealidad de la historia de Quaid, entendemos que su camino narrativo, su victoria sobre los malos, su rescate revolucionario de un planeta y su conquista sexual, no son más que estereotipos hollywoodenses de éxito reproduciéndose naturalmente. 

 

Quaid es el hombre común que sueña con ser importante y el alimento de este sueño son los sueños que vende Hollywood; los sueños de ser, sin saberlo, alguien excepcional destinado a muchas más cosas; de ser el centro de una disputa sexual entre dos fantasías: la de la esposa sumisa -que puede ser amarrada-, y la de la amante exótica de moral relajada y carácter combativo. De ser, finalmente, un símbolo de libertad y bondad moral. Porque aquí el éxito, la conquista de la fama, no pasa nada más con salvar a un planeta, sino con salvarlo de la encarnación absoluta del mal. 

 

Para este hombre cotidiano el mal se manifiesta como una empresa, una corporación maligna que llega a cobrar incluso por el aire que se respira, que no parará en nada para enriquecerse y, por el beneficio propio, para condenar a toda una población. Al regresarles el aire, como Prometeo nos dio el fuego, Quaid se subleva contra lo que lo hace trabajar todos los días y se convierte en el héroe de una revolución que se opone a la normalidad de pagar para respirar y de las estructuras de fuerza fascistas con las que siempre se ha encarnado el mal imaginario la cultura popular americana después de la Segunda Guerra Mundial. 

 

Matar al mal, salvar a los inocentes, transformarse en un ser bondadoso, revelarse contra su personalidad perversa, cumplir la fantasía sexual dicotómica de normalidad y exotismo, converger en el camino del héroe, todo esto se junta en la simple imagen del cielo azul sobre el suelo rojo de marte. 

 

El amor infantil de este director por la ciencia ficción de los años cincuenta puede trazarse a una de las mayores influencias en todo el cine de ciencia ficción americano: la increíble adaptación libre de The Tempest de Shakespeare en Forbidden Planet de 1956. En esa maravillosa cinta, los viajeros interestelares que llegan a Altair IV en una misión de rescate se encuentran con que una milenaria civilización alienígena había logrado construir una máquina formidable que materializaba sus deseos. Con esta herramienta única, la vieja civilización alienígena había logrado cosas impensables, pero también fraguó su destrucción. La máquina no nada más materializó sus deseos más presentes, sino que dio vida a sus deseos inconscientes. Esa máquina, literalmente, crea un monstruo de deseos inconscientes que termina por masacrar a los antiguos alienígenas y que ahora se enfrenta a los exploradores humanos.

 

 

La máquina milenaria que cumple sueños se replica, palmo a palmo, en Total Recall. La máquina alienígena que hace que muera el último malo, que salva a Melina y a Quaid y que lo convierte en el Prometeo que trajo el aire y los cielos azules a Marte es por la virtud de lo que logra, también, una máquina que cumple deseos. La cuestión aquí es que también se materializan los sueños inconscientes más perversos en el final feliz de Total Recall. Lo terrible de estos deseos está en lo que significan inconscientemente: si todo esto es un sueño, el hombre común que desea ser un héroe es la representación de un ser megalómano, sexualmente violento y reprimido, con un grave complejo de inferioridad y agresivos deseos de venganza. La imagen del monstruo del id que hizo Forbidden Planet se materializa aquí de forma mucho más sutil pero mucho más específica. La máquina que cumple deseos materializa el final feliz, pero nos muestra las terribles pulsiones que lo alimentan. 

 

La pregunta que parece hacer Verhoeven no es, finalmente, si la aventura de Quaid es real o es ficticia, sino qué queremos nosotros que sea. ¿Qué deseo queremos que se materialice aquí? ¿Y qué soñamos cuando soñamos cielos azules sobre Marte? Tal vez los sueños no son reales, pero lo que los alimenta sin duda lo es. Total Recall funciona tan bien, tantos años después, porque los sueños masturbatorios de conquista masculina siguen siendo exactamente los mismos y seguimos impregnados de esquemas narrativos y míticos de enorme violencia y frustración. 

 

Totall Recall es, así, una maravillosa y cruda construcción de realidad porque nos muestra que los finales felices están llenos de miseria y que, en este mundo o en cualquier ficción, no hay héroes que no tengan las manos manchadas de sangre.


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.