Graham Greene (1904-1991) es el culpable de mi obsesión por viajar a lugares poco narrados para cartografiar los espacios desde la experiencia más íntima.
El primer libro que leí del novelista inglés fue Journey without maps (Viaje sin mapas, 1936) sobre su expedición a una región inhóspita de Liberia que aún no había sido cartografiada. El autor estuvo después en Cuba, Vietnam, Haití, Paraguay, Argentina, Sierra Leone y México, entre otros países. En cada uno de esos lugares escribió libros de viajes de corte periodístico, con observaciones sobre los espacios, su experiencia y la historia del lugar entremezclada.
Pero Greene es uno de esos raros autores que saben cómo balancear la separación y hermandad entre la ficción y la no-ficción en su obra. Sus cuadernos de notas nutrían también a su producción novelística, aunque ésta, frecuentemente, no se enfocaba necesariamente en los espacios, sino en dramas íntimos de seres humanos y la forma en que el contexto en el que habitan —esos mismos lugares que Greene visitó— les afecta.
Lo que el escritor inglés veía de lejos en sus viajes lo exploraba de adentro hacia afuera en las entrañas de los personajes de sus novelas. Mientras que sus libros de viaje ofrecen imágenes lejanas y muchas veces mediadas por juicios adversos que la tiñen, sus novelas pulen lentamente y a fuerza de insistencia el diamante del carácter contradictorio de los personajes.
Graham Greene viajó a México por primera vez en 1938 a sus treinta y cuatro años. Lo precedieron otros dos grandes escritores ingleses del siglo XX, D. H. Lawrence y Malcolm Lowry, que también escribieron novelas (La serpiente emplumada y Bajo el Volcán) basadas en su estancia en el país que imaginaban a la vez lleno de un aire místico indígena y saqueado por convulsiones políticas y la siempre presente corrupción.
Ya para 1938, Greene había publicado siete libros y había sido el subdirector de edición del Times de Londres. Vivía en parte de escribir reseñas de libros y de películas para distintas revistas. En 1937 escribió una reseña particularmente ácida sobre la nueva película Wee Willie Winkie de John Ford protagonizada por Shirley Temple quien apenas tenía nueve años.
En la reseña, Greene denunciaba el subtexto sexual de cómo representaban a la niña en la película y decía que era popular porque sus admiradores eran básicamente viejos rabo verde y clérigos que respondían a su “dudosa coquetería, a la imagen de su pequeño cuerpo deseable bien formado sólo porque la historia y el diálogo funcionan como una cortina de seguridad entre su inteligencia y su deseo”.
En 1938, los agentes de la actriz Shirley Temple y Twentieth Century Fox demandaron a Greene por difamación. Para escapar del complejo caso que lo perseguía y que llegó a la corte, Greene decidió aceptar ser corresponsal para un periódico y viajó al sur de México para reportar sobre la persecución del clero y los católicos en Tabasco y Chiapas.
El novelista inglés estuvo en Tabasco y Chiapas durante los meses de marzo y abril de 1938. Queda claro que a Greene no le gustó lo que vio de México y eso lo consignó en Caminos sin ley (The Lawless Roads, 1939), su libro de viajes por el país.
Por ejemplo, luego de describir una pelea de gallos, concluye: “todo este énfasis falso agregado… ¿por qué ponerse sombreros enormes y pantalones ajustados y hacer tocar a una banda? Creo que ese día empecé a odiar a los mexicanos.” Y más adelante dice: “Odiaba a México, pero en ciertos momentos me parecía que había lugares peores”.
En su camino a Chiapas, el autor pierde su único par de anteojos y por el resto del viaje tiene que vivir con “fatiga visual”, y dice que esa es quizás “una de las causas de mi depresión creciente, el odio casi patológico que empecé a sentir hacia México”.
Pero es precisamente a partir de este hartazgo, frustración y falta de claridad que Greene logra armar sus mejores escenarios, como los que acabarán formando parte de El poder y la gloria (The Power and the Glory, 1940), la novela que cobra vida a partir de las notas y personas que Greene conoce en Caminos sin ley.
Pese a ello, El poder y la gloria no es ni una novela histórica ni política y por lo tanto no envejece como aquellas que sí dependen de su contexto. Ahí yace la riqueza de la pluma de Greene: sus novelas no indagan lo mismo que su obra de no ficción ni le dan color y personalidad a lo histórico. Más bien, se trata de obras que usan el espacio como escenario para representar pasiones universales del hombre, pero situadas en un contexto que las lleva al extremo. El poder y la fe se enfrentan lejos del escenario épico de la historia de México y se ven la cara en un espacio íntimo, frecuentemente oscuro e incierto.
Greene no quería necesariamente documentar la persecución religiosa en contra la iglesia católica que había tenido su clímax diez años atrás en la Guerra Cristera (de 1927 hasta 1929) librada en Guadalajara y Guanajuato, al noroeste de la Ciudad de México y en algunos estados más, entre el ejército y campesinos católicos que se habían alzado en armas ante las medidas anticlericales del estado. Greene llegó diez años después a México y le tocó reportar sobre la represión contra los sacerdotes en Tabasco que era entonces uno de los estados más pobres y deshabitados del país, de caluroso clima tropical, lluvias torrenciales, ríos caudalosos, pantanos y selvas todavía vírgenes. En toda su obra, Greene seduce al lector en su forma de registrar lugares y maneras de ser de países y regiones donde sorprende que solamente haya estado de paso y no regresa nunca: logra asirlos como propios y transmitir el ambiente con mucha precisión.
Todo cronista debería aspirar a esa mirada aguda del Greene novelista describiendo la lluvia: “La lluvia caía perpendicular, con una especie de mesurada intensidad, como quien clava la tapa de un ataúd. Pero el aire no se había despejado; el sudor y la lluvia empapaban las ropas.”
En su estancia en Tabasco, Greene encontró un personaje muy novelesco y lleno de contradicciones: el gobernador Tomás Garrido Canabal (1891-1943) quien gobernó el estado hasta 1935. Garrido Canabal era un socialistaanticlerical que ordenó desde 1925 que todos los sacerdotes debían casarse.
Despreciaba lo que él percibía que era la corrupción e hipocresía de la religión organizada y por ello clausuró todas las iglesias, hizo quemar las imágenes de santos, quitó las cruces de las tumbas de los cementerios e hizo desaparecer la imaginería religiosa, sustituyó las festividades católicas por las agrícolas y las ganaderas y hasta prohibió que se usara la palabra “adiós” para saludarse y mandó que se usara “salud”.
En su mandato, Garrido Canabal fue responsable de ejecutar a la mayoría de los sacerdotes del estado y de que los pocos que quedaban se escondieran o se casaran. Durante su segundo periodo como gobernador, creó “Las camisas rojas” que era una milicia privada de jóvenes que lo ayudaban a mantener sus radicales políticas anticlericales. Tenía un hijo llamado Lenin y a su hija le puso Zoila Libertad.
En contraste a todo esto, el gobernador fue activista de los derechos de las mujeres y le dio el derecho al voto a las mujeres en Tabasco en 1934, siendo el segundo estado del país en hacerlo. Garrido Canabal es una paradoja encarnada: una persona tanto irracional como progresista, dogmática y viciosa y por lo tanto difícil de encarcelar en un estereotipo. Ese tipo de personajes le atraían a Greene y por ello su personaje del teniente en El poder y la gloria está basado en el insólito gobernador.
Más allá del contexto histórico, lo central en El poder y la gloria es la lucha entre la fe y el poder y cómo llegan a convertirse en orgullo y decadencia. Y esta es una problemática que ochenta años después sigue tan vigente como nunca, aunque quizás ahora los protagonistas no operan bajo la misma careta que los poderosos de entonces.
El personaje central de la novela (y con quien el lector siente empatía dada la focalización) es el “padre whisky” (the whisky priest), que aparece como el último sacerdote que aún se oculta en un estado (sin nombre) del sureste mexicano. El padre recorre la selva, el valle y los montes en mula y a pie, huyendo de los soldados de la milicia del gobernador que lo persiguen por ser sacerdote.
Pero el personaje es complejo y no es un simple mártir a quien persiguen por su religión, dispuesto a morir por sus ideales. Se trata de un hombre acorralado por el pecado, alcohólico, infiel a sus votos de castidad, egocéntrico y es inclusive el padre sacrílego de una niña. El sacerdote huye de dos persecuciones: la de su propia alma atormentada y la de quienes lo buscan para asesinarlo por desafiar la ley.
El poder y la gloria es una novela de aventuras llena de persecuciones y de tortuosas reflexiones sobre el comportamiento humano. Tanto el padre como el teniente son personajes llenos de contradicciones y ninguno funge como el héroe o la víctima. Mientras el sacerdote rural huye de pueblo en pueblo, se encuentra con diferentes momentos de su pasado que lo enfrentan con las consecuencias de sus actos.
Por ejemplo, llega a ocultarse en el lugar donde tenía su parroquia y se encuentra con la mujer con la que tuvo un hijo, a la que sólo llega a pedirle más vino que tomar. Antes de irse, conoce a su hija que ha crecido sin padre y en la pobreza y abandono, asunto que atormentará al sacerdote hasta el final. Todos estos sucesos lo van acorralando y cada vez parece tener menos energía para huir de la justicia y para encontrar su siguiente trago ilegal: “Era un mal sacerdote, lo sabía: un ‘padre whisky’, apodo puesto a los de su clase; pero sus culpas caían fuera de la vista y del entendimiento, en algún lugar donde acumulaba en secreto: el vertedero de sus caídas. Alguna vez, suponía él, llegarían a taponar la fuente de la gracia”.
El teniente que está cazando al “traidor a la república” tiene su propia lucha interna pero se siente orgulloso de su tarea y cómo había logrado con su labor cambiar el paisaje de su estado:
“el campo de deportes, de cemento, sobre el altozano próximo al cementerio, donde los columpios de hierro se alzaban como patíbulo a la luz de la luna, ocupaba el antiguo emplazamiento de la catedral. Las nuevas generaciones tendrían nuevos recuerdos: nada volvería a ser como era…. Se enfurecía al pensar que hubiera todavía gente que creyera en un Dios amante y misericordioso. Existen místicos que dicen estar en comunicación directa con Dios. Él era un místico también, y cuanto había experimentado era el vacío, la certeza absoluta de la existencia de un mundo que muere y se enfría, con seres humanos que evolucionaron desde animales sin objeto ni razón ninguno. Lo sabía”.
El teniente a ratos parece ser más lo que debiera un sacerdote, un hombre consciente y preocupado por su comunidad, a quien lo impulsa sobre todo su misión; el padre parece ser más un criminal borracho que sólo se preocupa por sí mismo y su miedo a morir fusilado.
Como católico converso y que tiene en cuenta el valor de su propia fe, Greene deja explícito un mensaje que va labrando a lo largo de la novela: por más bajo que haya caído y aunque sus pecados sean muchos, el padre no deja nunca de ser sacerdote y puede hasta el final arrepentirse. Gran parte de la novela se juega en el debate interno del padre que lucha por ser más valiente de lo que es y se arrepiente de su vida.
Ochenta años después, El poder y la gloria narra una historia que mantiene al lector en vilo, llena de ironía (muy oscura, necesariamente inglesa) y de peripecias. Greene arma la historia de tal forma que las trayectorias de los personajes casi se cruzan pero mantiene la tensión hasta el final de la trama. Una de las virtudes más grandes de la novela es que funciona tanto para los lectores que buscan una obra con profundidad psicológica como para aquellos que buscan acción e intensidad.
No es fácil lograr ambas, pero Greene lo logró en su obra maestra que ochenta años después sigue siendo la cartografía íntima de las pasiones humanas. Así como Greene cartografió territorios geográficos no mapeados, también logró cartografiar con sus novelas lo que nos mueve como seres humanos comunes y corrientes.
Hombre y mujer que no paran de toser. Yo en la fila cuatro del autobús. Ellos en la uno. Habían subido al bus en Miranda del Ebro, y el sonido de sus pulmones era preocupante: un carraspeo áspero, de perro viejo. Él –unos setenta años, cara roja, envuelto en una gran chamarra– se sacudía con cada ataque de tos, que le daban como por intervalos: pasaba tres o cuatro minutos en silencio y, de pronto, una explosión: caghhhcajjjjcajjj caghhhcajjjjcajjj. Sus erupciones duraban treinta o cuarenta segundos, tiempo suficiente para diseminar material viral por todo el autobús.
(Yo imaginaba cada tosido como una suerte de pirotecnia viral: un estallido que subía al cielo y se reventaba en millones de partículas salivares que luego caían lentamente, como las luces de una bengala, sobre el resto de los pasajeros.)
¿Exageraba? Probablemente. España, país de 49 millones de habitantes, tenía poco más dos mil casos confirmados de Covid-19. O sea, un caso por cada 20 mil personas. ¿Cuáles eran las posibilidades de que estos señores fueran vectores de infección? Casi las mismas de pegarle a un premio de la lotería de Navidad. Decidí ser razonable: no me cambié de asiento.
2. Burgos, febrero 2020
Burgos, la más fría de las ciudades de España, está perchada en un altiplano que en invierno es casi una tundra. Me gustan sus portales, su río glacial, sus sauces, su cielo de nubes grises y sol, sus quesos maduros de oveja. Es un sitio poblado en su mayoría por viejos que toman el cafecito de mañana en locales que no han sido remozados desde el franquismo. Esos viejos –sobre todo las viejas– visten abrigos de pieles de visón y zorro, testamentos de tiempos en los que el invierno era más frío que ahora.
A inicios de marzo, esta debe ser una de las ciudades más pálidas de Europa: en pocos sitios he visto personas más blanquecinas, pieles más necesitadas de sol que en el Burgos de finales de invierno. Aún así, siempre he notado que los burgaleses prefieren caminar por la sombra que por el sol, prefieren el lado oscuro del café que el luminoso. Entre las catedrales góticas y la nieve, Burgos me parece el sitio perfecto para una novela de vampiros. Como una suerte de tributo al vampiro que llevan dentro, el platillo predilecto de los burgaleses es la morcilla: un embutido que se fabrica con sangre cocinada, especias y arroz, perfecto para calmar el apetito de un Drácula con frío
En los días previos al Estado de Emergencia, todo era normalidad: podías tomarte un vermú en la Vermutería Victoria, comerte unos huevos rotos con pimentón en El Morito, algunos optimistas incluso preparaban ya la primaveral sangría.
Conforme las cifras de infectados crecían en España, llegué a tocar el tema con algunos locales. Acostumbrados a vivir en los márgenes, en una provincia a la que todo llega tarde, me respondían con alguna variante del: “Nada, aquí no está pasando nada. Está todo normal. Despreocúpate.”
Fotos de Diego Olavarría.
II. BIO-STR, 7 de marzo, 2020
El 7 de marzo volé de Bilbao a Stuttgart, Alemania. En la fila frente a la mía viajaban mamá, papá y dos hijos –creo que eran del sur de Asia— todos con cubrebocas. Los miré con un poco de condescendencia: me pareció que su psicosis importada era digna de cierta ternura.
Tres horas más tarde, antes de bajar del avión, los volví a analizar: el paterfamilia llevaba lentes que no eran de leer sino de protección, la madre cargaba un paquete de toallitas de cloro, los niños calzaban guantes.
“Pinches locos, ni que estuviéramos en el mercado de mariscos de Hubei,” pensé.
Unas horas más tarde llegaría a casa de mi novia, G., en Tübingen, al sur de Stuttgart. Por la noche, echados en la cama, leyendo noticias, una nota en el diario El País llamaría mi atención. La nota relataba que la guardia civil española había puesto en cuarentena un pequeño pueblo. Todo parecía indicar que muchos de los habitantes habían acudido a un funeral y, ahí, más de sesenta personas se habían infectado de Covid-19. Era, hasta el momento, el núcleo de contagio más grande del España.
La localidad en cuarentena se llamaba, se llama, Haro. Revisé un mapa y descubrí: Haro es un suburbio de Miranda del Duero, provincia de Burgos. El hombre y la mujer que tosían se subieron al autobús en esa ciudad. La tierra de los vampiros había sido tocada por el beso del murciélago.
Me acordé de la familia del avión, los asiáticos.
Yo creía saber algo que ellos no.
En realidad, ellos sabían algo que yo no.
Dejaron de ser turistas hipocondriacos y se convirtieron en algo más ominoso: ángeles providenciales que, con cubrebocas y guantes, cruzaban el cielo europeo con noticias de una desgracia inminente.
IV. 1 de marzo, 2019
El 1 de marzo de 2019, mi novia y yo decidimos pasar un fin de semana en el norte de Italia. Fue una vacación improvisada y, en retrospectiva, creo que solo fuimos porque conseguimos los vuelos a un precio de ganga. Nuestra misión en Milán era banal: tomar un poco de sol, visitar la plaza donde colgaron a Mussolini, comer helado de pistache. Pero en nuestra segunda jornada, mientras paseábamos por el Lago Como, alguien se trepó al balcón del AirBnb en el que nos hospedábamos, reventó las cerraduras de las puertas, y entró al apartamento. Fue así como me robaron mi computadora, el pasaporte de G., e incluso mi chamarra favorita. La computadora no tenía respaldo y perdí meses de avance en un proyecto de trabajo. Fue una experiencia de trauma y horror.
Desde entonces, el norte de Italia ha sido para mí un sitio maldito. Bérgamo, Milán y el Lago Como son nombres que me producen repudio y flashbacks traumáticos.
El 22 de febrero de 2020, a un año del fatídico viaje, la Lombarda volvía a sonar en mi vida: era el epicentro del brote de Covid-19 en Europa.
Cuando la noticia irrumpió, llamé a G. desde España. Lo único que separaba la Lombarda de los valles alemanes era la cordillera de los Alpes. En otras palabras: era cuestión de días para que el Covid llegara a Tübingen. Le sugerí que fuera al supermercado en busca de gel desinfectante y toallitas.
“No creo que haga falta comprar mucho, finalmente estás en Alemania y los alemanes deben ser más razonables y ordenados que en otros países”.
*
Tres días después, cuando el virus llegó a Tübingen –en el torrente de un médico universitario, nada menos– los alemanes se lanzaron en blitzkrieg contra los supermercados: arrasaron con el papel de baño, con los antisépticos, con los paquetes de espagueti, con el Bircher Müsli, con los tomates enlatados.
A pesar de que Tübingen se halla a menos de 100 kilómetros del Lago de Constanza, uno de los cuerpos de agua dulce más grandes y limpios de Europa, arrasaron también con el agua embotellada. Como langostas egipcias ante espigas de trigo y sorgo, los consumidores alemanes dejaban a su paso anaqueles vacíos, caos y confusión.
Fotos de Diego Olavarría.
4. #ItsCoronaTime
El 9 de marzo, el gobierno alemán intentaba convencer al mundo de que las cosas estaban “bajo control”. Angela Merkel aseguraba que las fronteras de Alemania permanecerían abiertas y que la pandemia no era más que un catarro que todos debían enfrentar –de preferencia infectándose y generando anticuerpos.
En España e Italia, la cifra de muertos crecía. Los hospitales estaban llenos, los sistemas sanitarios se acercaban al colapso. Pero en Alemania se contaban, apenas, un par de muertos por el COVID-19. Nada de qué preocuparse, insistía Merkel.
Durante estos días de normalidad incierta, pasaba los ratos de aburrimiento ojeando videos de la red social TikTok. Ahí, gracias al hashtag #ItsCoronaTime descubrí que el papel de baño, el espagueti y la harina de una nación yacía en los sótanos de las casas de clase media de suburbios con nombres como Sindelfingen y Derendingen: ahí, adolescentes –y uno que otro adulto de dudoso criterio– se filmaban bailando frente a torres de papel de baño y paquetes de pasta suficientes para abastecer una trattoria.
Fotos de Diego Olavarría.
5. Austria
Vale la pena relatarlo para recordar que hace poco vivíamos otros tiempos.
Habíamos planeado un fin de semana en Salzburgo, Austria: queríamos subir a las montañas, ver un lago, pasar la tarde en un museo. Para ello, habíamos reservado dos noches de hotel. Pero la fecha del viaje se acercaba, y quedaba cada vez más claro que era mala idea viajar. El viernes 13 de marzo, un día antes del viaje previsto, Austria anunció que a partir del lunes 16 de marzo cerraría todos los hoteles del país, así como los restaurantes y los teleféricos. Los museos los cerraban desde ya.
Intenté cancelar el viaje y que me devolvieran el dinero pagado, pero la mujer que contestó el teléfono del hotelito donde teníamos la reserva me informó que el hotel seguiría operando hasta el lunes –el día de mi check out—y que no habría devoluciones de dinero. Pero también insistió que no me preocupara, que Salzburgo me esperaba “con brazos abiertos”.
El sábado 14 de marzo tomamos, contra toda recomendación, un tren a Salzburgo. Para entonces, Austria tenía ya 422 casos confirmados de COVID (la gran mayoría de ellos en la región de Tirol, relativamente lejos de Salzburgo). Viajé porque no quería perder el dinero, pero también porque sospechaba que sería mi último viaje en mucho tiempo.
Ese día nos encontramos con una ciudad fantasma. Una ciudad sin tiendas, museos, turistas ni galerías. Me acerqué a la oficina de turismo y pregunté qué estaba abierto.
“Las iglesias,” me respondieron.
Así que visitamos la catedral, donde no había nadie, ni siquiera feligreses. En la pileta de agua bendita, un letrero: a fin de evitar la propagación de un coronavirus sin respeto por lo sagrado, se retiraba el agua bendita de la iglesia.
*
Al día siguiente, domingo, G. y yo tomamos un autobús al monte Untersberg. Ahí descubrimos que el cierre de teleféricos se había adelantado un día, por lo que tampoco podríamos subir a los Alpes, el propósito original del viaje. En lugar de esto, caminamos junto a un río glacial y llegamos, accidentalmente, a territorio alemán: de esas cosas mágicas que pasan en la Europa de fronteras abiertas.
Unas horas más tarde, a bordo de un bus local, escuchamos la noticia: Alemania cerraría fronteras con Austria, Luxemburgo, Francia, Suiza y Dinamarca. En otras palabras: teníamos 14 horas para salir de Austria, o no podríamos volver a Tübingen.
A la mañana siguiente, 6:35 en punto, tomamos el tren de Salzburgo a Freilassing, Alemania. Una hora más tarde, Alemania cerraba su frontera con Austria, impidiendo el paso de autos, trenes y peatones. Esa misma frontera que horas antes crucé a pie, por error, sin pedir permiso a nadie, en un bosque.
Quién sabe cuándo la vuelvan a abrir.
6. Primavera
El 21 de marzo Alemania superó los 20 mil infectados y en Tübingen, pob. 90 mil, había más de 115 casos positivos. Aún así, dejar de ir al supermercado es imposible: las diminutas cocinas alemanas, sus refrigeradores tamaño Mi Alegría y la ausencia de tiendas de conveniencia significa que, en los pueblitos de Alemania, el supermercado es la única opción para quien quiere una botella de agua o la despensa semanal.
[Salgo del encierro: sobrevuelan helicópteros, hay policías en cada esquina, patrullas.]
El supermercado es un sitio de paranoia: de clientes con guantes y cubrebocas. Se respira nerviosismo, y todos parecen temerosos de las monedas, las canastas, las manijas. Entre los productos que han desaparecido de los anaqueles, el que más me sorprende es la harina.
Veo en ese gesto un resquicio del pensamiento de la posguerra: de tiempos en los que las conservas, granos y harina eran una forma de ahorro. Hace cien años, cuando había hornos de leña en todas partes, acumular harina tenía sentido. Hoy, según entiendo, este acto es una forma extraña de optimismo: implica creer que, aún durante el fin del mundo, habrá energía para encender los hornos eléctricos de las casas y preparar una hogaza de Dinkelbrot.
Algunas sociedades, para bien o para mal, son incapaces de imaginar un apocalipsis. Bienaventuradas ellas.
Fotos de Diego Olavarría.
8. 2020: año de Hölderlin
Desde hace algunos meses, como parte de las conmemoraciones por los 250 años de su nacimiento, el gobierno local de Tübingen anunció que el 2020 sería el año del poeta Friedrich Hölderlin. Este autor, famoso por sus febriles versos de juventud, por su poesía iluminada por lo divino, pasó la mitad de su vida viviendo en una torre a la orilla del río Neckar, al pie de las murallas de Tübingen.
Durante los 36 años que vivió recluido en la torrecita, Hölderlin padeció esquizofrenia. Sufrió la soledad, los estragos de la locura, el paulatino deterioro de su inteligencia. Al final de sus días, desdentado, apagado y jorobado, Hölderlin era una sombra de sí, una mente destruida por la lucidez.
*
A finales de marzo, Alemania anunció un paquete económico de 156 mil millones de euros para el rescate económico del país. Mis paseos por el centro de Tübingen me dejan claro, sin embargo, que el dinero se mueve muy lento: aún hay desamparados recolectando botellas –babeadas, chupadas, focos de infección– de los botes de basura para canjearlas por los ocho centavos de importe.
En tiempos de virus, las únicas ansiosas de contacto humano son las palomas, que cada día están más flacas y no se explican la ausencia de migajas en las aceras. La primavera es una época de abundancia: de conos de helado en la basura, butterbrezels abandonados en las bancas de los parques, döner kebabs que resbalan de las manos y terminan convertidos en festín de los pájaros y los ratones.
Pero ya no: todos quienes dependemos de la economía humana –incluyendo la fauna nociva—intuimos que se avecinan tiempos inciertos. Tiempos de encierro y locura iluminada por el sol de primavera y el distante canto de los pájaros.
[Escribo esto y, según datos del Sozial Ministerium de la provincia de Baden Württemberg, uno de cada 270 habitantes de Tübingen tiene actualmente Covid-19. Y mañana serán más.]
Hace unas horas pasé afuera de un taller de cerámica. Poco antes de cerrar sus puertas indefinidamente, los dueños colocaron en el aparador un plato con un fragmento del Hiperión de Hölderlin.
Zu wild, zu bang ist’s ringsum, und es / Trümmert und wankt ja, wohin Ich blicke
Alrededor todo es demasiado salvaje, demasiado temeroso / Sin importar a donde miro, todo se vence y se desploma
Fotos de Diego Olavarría.
Still Life with Cyclamen de Zelda Fitzgerald. Extraído de Wikimedia Commons.
I love her and that’s the beginning and the end of everything
F. Scott Fitzgerald
Era abril y el olor de la primavera, la luz amarilla de los días cálidos atravesando los vitrales de un templo; era la Catedral de San Patricio, su arquitectura neogótica de techos altos, dos altas torres con sus agujas hacia el cielo presagiando la eternidad a los recién llegados. Era el periodo de postguerra, una felicidad de sonrisas claras desfilando en caravana por las avenidas; era la iridiscencia de Nueva York en los años 20, lejos de Alabama, de los bailes en el club campestre, del hogar y las modas sureñas.
Era el encaje de un vestido con mangas cortas, las perlas alrededor de un cuello joven, el cabello ondulado y corto de una mujer moderna; eran las manos de Zelda Sayre sosteniendo un ramo de orquídeas blancas elegido por Scott Fitzgerald. Eran ella y él listos para casarse en aquel momento, para decir: sí, acepto, te acepto por siempre; para adueñarse de la ciudad prometida y encarnar en ella el espíritu de la década. Era el amor en un sábado antes de las doce del mediodía, un sacerdote, ocho invitados, un anillo brillando en el dedo anular; era comienzo y el fin del paraíso.
El 3 de abril de 1920, Zelda y Scott Fitzgerald contrajeron matrimonio. Se habían conocido dos años atrás, cuando ella apenas había terminado la preparatoria; Scott era miembro de la infantería estadounidense y esperaba en Montgomery el llamado para ir a la guerra. Tenían el cabello oscuro, sin canas ni edad. La juventud destilaba en el cortejo nocturno, los soldados buscaban el amor con ímpetu, antes de verse obligados a partir a lugares de los que quizá no regresarían nunca.
Zelda guardaba, en una cajita de guantes, insignias de oro y plata que le regalaban los hombres como muestra de su afecto con la esperanza de conquistarla; el deseo se acumulaba día con día en obsequios de antiguos dueños, nombres que fueron olvidados. Solo el de Scott permaneció, las cinco letras que lo conformaban salieron de la mano de Zelda una y otra vez en la correspondencia que intercambiaron antes de comprometerse.
Zelda Sayre y Scott Fitzgerald. Foto extraída de Flickr.
Aquella primera noche, Scott olía a tela nueva y la belleza clásica de la joven se incrustó en la mente del escritor, quien meses después diría en una carta: “Un año de enorme importancia. Trabajo y Zelda”; un binomio que guiaría el resto de su vida y al que se entregó con devoción. Entrada la década de los 20 publicó su primera novela, A este lado del paraíso, un éxito rotundo que impulsó sus primeros pasos a la fama y al reconocimiento en el medio literario del momento.
Una semana después tuvo lugar su boda con Zelda Sayre, quien desde entonces adoptó el apellido de su esposo. Hasta el día de hoy sus nombres se imantan, uno remite al otro de manera inevitable. Laflapper girloriginal y el hombre en perpetuo proceso de demolición; identidades armadas (aunque acaso siempre sea así), romantizados, idealizados casi tanto como la época que los engendró. La ficción sustituyó poco a poco a los sujetos quienes, un siglo después, se convirtieron en seres sepias de fotografías bidimensionales.
Es ya bastante conocida, por ejemplo, la determinación de Fitzgerald por ser uno de los mejores escritores que jamás hubieran existido y tener a su lado a la mujer perfecta, acompañándolo en el camino hacia la grandeza. Pero no hablaremos de las obsesiones de Scott, ni de su alcoholismo o su muerte temprana; tampoco de la locura en la que se vio sumida Zelda, de sus sueños truncos ni su trágico fin; no hablaremos del término del amor.
Seguiremos, en cambio, la trayectoria del anillo que brillaba en el dedo anular de la mujer aquella mañana en la iglesia de San Patricio. La joya fue una herencia familiar; la madre de Scott, Mollie McQuillan, la había portado antes de entregarla a su único hijo varón. Los mimos dados por la madre desde la infancia encontraron su cumbre en aquel accesorio; en el diamante tallado que reflejaba la luz de la urbe pero que al mismo tiempo atrapaba en su circunferencia la educación católica de Mollie y de su hijo, su linaje irlandés, la esperanza del sueño americano.
En marzo de 1919, el anillo llegó a Nueva York, una parada breve antes de su destino verdadero. Un Scott Fitzgerald muy cerca de la mitad de su vida lo guardó al lado de una pequeña carta y lo envió por correo postal el día 24. El sobre viajó del norte al sur del país; desde Nueva York, lugar donde él intentaba consolidarse como escritor, hasta Montgomery, en el que ella hacía trabajos de modelaje. El anillo, según Zelda, le decía “pronto” todo el día con su brillo; se manifestaba como una declaración y un pacto que finalmente (y después de dudarlo en varias ocasiones) aceptó.
Fifth Avenue de Zelda Fitzgerald. Extraído de Wikimedia Commons.
Fitzgerald vestía a Zelda de palabras a través de una correspondencia copiosa y la adornaba también con regalos. A la puerta de una casa familiar en Alabama llegaron otros presentes. El nuevo neoyorquino, a pesar de vivir bajo un presupuesto limitado, no escatimaba en los paquetes que cada tanto le enviaba a la mujer; además de la obligada carta diaria, Fitzgerald le hizo llegar un pijama que se sentía como una nube y se veía como un sueño, un abanico de suaves plumas rosas con el que ella jugaba a ahuyentar el aire y detrás del cual ocultaba su rostro. Hubo también un suéter y, cuando recibió un pago más grande por los derechos de un cuento, gastó buena parte en un reloj de platino y diamantes. En el reverso una inscripción decía “De Scott para Zelda”; ella la veía con más recurrencia que la hora, sus nombres grabados lado a lado merecían una importancia mayor que el tiempo dictado por las manecillas.
Finalmente, después de muchos altibajos y de los roces naturales en una relación casi estrictamente postal, el día de la boda llegó. La ceremonia tuvo lugar y fue tan rápida que dos de los invitados no consiguieron asistir. Sin fiesta ni brindis posterior, cada quien tomó su camino; los nuevos esposos se fueron a celebrar la unión al Hotel Biltmore.
Los bailes campestres, con Zelda como foco de las miradas de los soldados, quedarían desplazados por fiestas desbordantes de jazz y champagne. Fue vertiginoso el ascenso de Scott en la escena neoyorquina y con él, empezó un proceso de mitificación paulatina de la pareja. El recuerdo de la noche en la que se conocieron se conservaría solo en la añoranza; Alabama no volvería a ser la misma, ni siquiera cuando regresaron a vivir allí tiempo después. Zelda lo intuía, pues poco antes de la boda le escribió a su prometido: “Corazón mío, nuestro cuento de hadas está a punto de terminar”. Aunque probablemente no sabía con qué facilidad sucedería aquel derrumbe.
Del tiempo previo y la correspondencia intercambiada se conservan también (afortunadamente), las cartas escritas por Zelda. En ellas despliega una prosa altamente sensorial, directa y libre de pretensiones; una poesía orgánica surge en su forma de ver lo que está a su alrededor. El mundo crecía en los detalles; se detenía en el polvo que caía sobre las flores, en la suavidad de las telas rozando su piel, en todos los olores que se le cruzaban. El olfato, decía Zelda, era su sentido más desarrollado; la realidad le entraba por la nariz a través de una voluptuosidad inmaterial.
Ilustración de Zelda Fitzgerald. Extraído de Flowvella.
No es extraño, entonces, el gusto particular que tenía por las flores y la atención que ponía a las esencias de cada lugar y todas las personas. A cada inhalación extraía la fragancia de las cosas y en su memoria se construían paisajes invisibles; después de muchos años podía recordar el olor de las hormigas, del gin y el tabaco, del mes de julio a la orilla del mar, de los perales, el perfume de los uniformes militares, el aroma a lápices y a veces a tweed de Scott.
Es curioso, entonces, que haya sido la orquídea la flor elegida por el escritor para el ramo de Zelda el día de su boda. Su hermosura y elegancia la convertían en la flor ideal de la mujer moderna que él veía en su pareja. Pero las orquídeas, que generan un aroma placentero parecido al de las rosas o la canela, también producen, en pequeñas cantidades, el olor a cadáveres en descomposición.
Belleza y podredumbre se conjuntan con armonía; en una iglesia a las doce de la tarde; en Scott, Zelda y la premonición desprendida por un ramo de orquídeas blancas.
Resulta inusual asomarse por la ventana, ver las jacarandas, el azul de un cielo despejado con mínima contingencia, y temer salir. Enemigo invisible. Es como si solo existiera en Twitter, en los videos escalofriantes de un hombre encerrado con su hermana muerta, de altoparlantes prohibiendo las salidas a la calle; pero también en videos endulcorantes de italianos cantando por balcones, de policías españoles llevando serenatas y doctores cubanos siendo recibidos con aplausos.
Aquí en México todavía no se siente tan duro, aunque ya tuvimos nuestro primer intento de viralidad virtual cuando los santafeños cantaron Cielito lindo y el internet de las cosas sintió el cringe más profundo. Y sin embargo, paso mis días pegado a la computadora y salgo únicamente al supermercado.
Entre los consejos que pululan por redes sociales está el de cuidar la salud mental, hablar con amigos y familiares por medio de videollamadas y procurar distracciones compuestas de temas alejados de la pandemia. Con esa semilla encontré un tuit que proponía algo llamado “fiesta de powerpoints”. Desconociéndome por completo, contranatura, respondí de inmediato que contaban conmigo y mi presentación de diapositivas.
La convocante formó un grupo de Telegram y por ese medio compartió un Google Doc donde cada uno pondría su nombre y el tema que expondría. En la conversación se discutió la hora y día, se fijó para un domingo en la noche. El orden de presentación quedaría dictado por el orden en que nos apuntáramos en el documento compartido. Ahí entró mi gran angustia: ¿de qué tema hablaría con quince extraños?
Sentí que no sabía nada de nada, que era el individuo menos interesante en internet y que era mejor escribirle a la moderadora y excusarme: lo siento, la pandemia me tiene consumido, no puedo hacer un Power Point, mis habilidades se limitan a evitar propagar el virus pasando días viendo memes y videos de gatitos. Pero la semilla había germinado, esto era bueno para mi salud mental, para distraerme un poco de la locura mundial. Escribí en una agenda los temas que podría abordar:
1- La peste negra. Doy clases de antropología filosófica, en una sesión reciente había expuesto la historia de la pandemia que arrasó la Europa del siglo XIV, esto con el fin de señalar las implicaciones culturales que trajo. Pero eso fue hace semanas, cuando el miedo no era tan personal, cuando no era una aguja ensartada en la carne que apenas y cubre la uña del meñique. Ahora sería imprudente traer el tema a una fiesta de powerpoints, conformado por quince personas aisladas que temían por sus vidas y las del mundo. (DESCARTADO)
2- San Agustín y su concepción del tiempo. También doy clases de introducción a la filosofía, ahora en formato podcast, y la siguiente sesión revisaré al filósofo de la patrística, especialmente a su genial modo de entender el tiempo. Pero eso lo toleran mis alumnas porque no tienen de otra, qué hueva chutarse eso siendo quince personas aisladas que temen por sus vidas y las del mundo. (DESCARTADO)
3- El “chernobyl” de Ciudad Juárez. ¡No! ¡Necio! Entiende que nadie quiere leer sobre muerte y amenazas invisibles, mucho menos quince personas que temen por sus vidas y las del mundo. (DESCARTADO)
Me sentí abrumado. ¿Por qué me había metido en algo que requería este tipo de estrés? Ese tiempo lo podía gastar viendo series en Netflix. Despues de todo, jamás había sucedido que la sociedad pidiera que me quedara en casa haciendo binge watch de Better Call Saul. Necesitaba despejarme, abrí Spotify y puse una de mis listas de reproducción: ABBAin an emergency. Epifanía. Aquí nadie se raja. Supe de inmediato cuál iba a ser mi tema:
ABBA: implicaciones filosóficas, económicas y sociales
Entré al Google Doc y escribí el título, sería el noveno en presentar.
Llegó la fecha. Tardamos la acostumbrada media hora en que todos entendieran cómo funciona Zoom, en que todos escucharan y vieran correctamente, en que el maldito internet saturado permitiera la conexión de quince individuos aislados que temen por sus vidas y las del mundo.
Las presentaciones fueron variadas, ninguna trató el tema de la pandemia ni de alguna enfermedad o enemigos invisibles. Abrió la convocante y ahora moderadora con la presentación “Mom’s spaghetti: maneras de entender el hip hop de acuerdo a la comida en sus letras”. El tema me hizo ver que no había errado con mi temática; además, aprendí mucho sobre los eufemismos gastronómicos en el rap, sobre el estatus social expresado con algunos platillos, ya sea presumiendo started from the bottom, now we’re here o ya sea para decir que I’m keeping it real.
Hubo otra presentación que trató temas más personales: “Razones y condiciones bajo las cuales me da asco el cabello mojado. Un llamado a la razón.” Sin duda fue el Power Point que más emociones suscitó, desde la risa hasta la repulsión. Quizá se provocaron nuevas fobias, quizá los quince individuos aislados ahora temen su cabello mojado y el del mundo.
Otra presentación fue sobre los temas que la presentadora consideró para la fiesta, una probadita de su sentido del humor y visión de las cosas. Otro que se puso a jugar con el mapa de México, borrando límites territoriales de los estados, conformando nuevas entidades, como el estado Huasteca y, en claro desafío al orgullo tapatío, Colima absorbiendo a Jalisco.
Las hubo más informativas, como la presentación de los tiburones, la de un anime con eje gastronómico y la que narraba la historia de la peor orquesta del mundo; sentimentales, como la del hurón fallecido de una de las personas aisladas que teme por su vida y por las del mundo; prácticas tipo life hacks, como la del que nos enseñó cómo bajar piratería de alta calidad a través de páginas de torrents poco conocidas; y musicales, como la titulada “Porque The Joshua Tree es el último disco bueno de U2 y Bono es un cñor que ya debería de sentarse”.
Cuando llegó mi momento de presentar sentí los nervios de punta, además me embargó una sensación de locura: estaba hablando sobre filosofía y una banda de pop sueca, frente a mi pantalla, solo, con Kant (mi gato) observándome fijamente. Pero me aferré, después de todo esto podía ayudar a no sentir el peso del miedo por mi vida y por las del mundo, hacer más llevadera la cuarentena.
Inicié con una breve explicación sobre qué era ABBA: la mejor banda del mundo mundial. Tras esto hablé sobre la eugenesia y el programa nazi para “esparcir la raza aria”, atrocidad histórica de la cual proviene Anni-Frid Lyngstad (una de las cuatro integrantes del conjunto sueco). Y ya con ese tono oscuro di inicio al primer análisis de una de las canciones: Money, money, money. Era la más obvia, ligué a la letra con la teoría marxista de la totalidad de la experiencia humana anclada a la estructura económica, las relaciones bajo el marco de los medios de producción.
Continué con The Winner Takes it Allhaciendo el comparativo entre esa visión del destino con la de los estoicos, particularmente Epicteto, quien asumía las rígidas cadenas de la causalidad sin dejar de defender una libertad intencional.
Para tocar filosofía más cercana a nuestros tiempos, incluí el análisis de The Day Before You Came hecho desde el existencialismo de Albert Camus, el absurdo de la cotidianidad, el día a día expresado en los objetos, en el cigarrillo y el periódico.
Y terminé con Fernando y su narrativa de la Guerra Civil Española desde la perspectiva de los que combatieron al fascismo franquista.
Diapositiva de Power Point del autor.
La presentación pecó de apresurada y breve. Creo que pude haber incluido otras canciones que se prestan a este tipo de deconstrucción, como claramente son Dancing Queen, Chiquitita y Does Your Mother Know. Tendrá que ser para otra fiesta de powerpoints.
En total, rozamos las cuatro horas de presentaciones vía Zoom. Este hecho para mí es inaudito. Pasar todo ese tiempo hablando con desconocidos, viendo powerpoints de temas inimaginables, a través de videoconferencia, para un sujeto que sufre las llamadas telefónicas y cualquier conversación que dure más de lo que dura Mamma Mia! (2008), es realmente milagroso.
Pero el mundo es extraño. El enemigo invisible ha transformado nuestras realidades. Quizá no queda de otra que adaptarnos a las nuevas normas. Quizá las fiestas de powerpoints serán lo que antes solían ser las salidas a bares y cantinas. Quizá ABBA es la respuesta a los miles de individuos aislados que temen por sus vidas y por las del mundo. Quizá el absurdo que Camus señaló es más latente que nunca. Por mientras seguiré lavándome las manos cada hora y, sobre todo, cuidaré de secarme bien el cabello al salir de la regadera.
El pasado 24 de marzo, en medio de una crisis internacional de salud pública debido a la pandemia provocada por el virus SARS-CoV-2, el Jefe del Departamento de Justicia, William Barr, junto a fiscales de Florida y Nueva York, presentaron cargos por narcoterrorismo contra Nicolás Maduro, presidente de Venezuela.
La acusación involucra, además, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y a varios de los colaboradores más cercanos de Maduro, como Diosdado Cabello, titular de la Asamblea Nacional Constituyente; Maikel Moreno, presidente de la Corte Suprema; Vladimir Padrino, Ministro de Defensa; Tareck El Aissami, Ministro de Industria y Producción Nacional y el general Hugo Carvajal Barrios, ex director de la Inteligencia Militar de Venezuela.
Todos estos personajes de primer nivel en el gobierno venezolano son señalados por los Estados Unidos de pertenecer al Cártel de los Soles, que es como se conoce a los efectivos castrenses de alto nivel en Venezuela relacionados con el narcotráfico. Los soles son las insignias que distinguen a los generales del ejército venezolano y, al menos desde 1993, durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, se les ha asociado con el tráfico de cocaína colombiana a través del territorio venezolano.
Muchos militares proveen de protección necesaria en el territorio a cambio de sobornos y a la Guardia Nacional venezolana se le ha relacionado desde la década de los noventa con las FARC, organización que utiliza el territorio venezolano como trampolín para enviar cocaína a Europa y Estados Unidos.
Aunque no es de extrañar que miembros del Ejército de un país latinoamericano estén vinculados con el narcotráfico, hasta el momento desconocemos la evidencia con la que cuenta Estados Unidos para lanzar una acusación así contra un jefe de Estado y colaboradores todavía en funciones. En el pasado solo hay un antecedente con estas características. En 1989 los Estados Unidos denunciaron a Manuel Antonio Noriega de pertenecer a una red de narcotráfico vinculada con el Cártel de Medellín. La acusación pavimentó el camino para una intervención militar que terminó en el derrocamiento de Noriega quien fue llevado a Miami para ser juzgado y condenado a 40 años de prisión.
El antecedente de Noriega y Panamá abre dos interrogantes para el futuro inmediato de Maduro y los otros militares venezolanos. Primero, es el doble rasero que utilizan los Estados Unidos respecto a lo relacionado con el narcotráfico. Desde el comienzo de su carrera a Noriega se le vinculó con la CIA, quien apoyó en todo lo que pudo su ascenso al poder. En un principio, el militar panameño estaba en la nómina de la CIA como informante sobre lo que ocurría con los países caribeños vecinos, especialmente con la Cuba castrista y el movimiento sandinista en Nicaragua.
A la muerte de Omar Torrijos, Noriega se convirtió en el hombre fuerte de Panamá y permaneció como un fiel colaborador de la CIA y los Estados Unidos, a pesar que para estos años ya habían sido reveladas sus actividades de tráfico de marihuana y cocaína. A los Estados Unidos no les importó esto en lo más mínimo, e hicieron de Panamá su base para la contrainsurgencia que se enviaba a El Salvador y Nicaragua. Eran los años del escándalo conocido como Irán-Contras, donde el financiamiento de la contra-nicaragüense provenía de tres fondos principalmente: la venta de armas a Irán, la CIA y el narcotráfico de los países latinoamericanos gestionado también por la CIA.
En Panamá con Noriega pasaba algo similar a lo que ocurrió en México con distintos hombres vinculados a la Dirección Federal de Seguridad (DFS) como Fernando Gutiérrez Barrios y Miguel Nazar Haro y la estrecha conexión entre la DFS y el boom del Cártel de Guadalajara a principios de los ochenta. Noriega actualizaba la frase que con anterioridad había proferido Henry Kissinger en su calidad de Secretario de Estado sobre Anastasio Somoza “puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Hasta que ya no.
A la hipocresía y doble rasero con que actúa Estados Unidos en el tema del narcotráfico hay otra variable que hace una gran diferencia entre el caso de Noriega en 1989 y el de Maduro en 2020: Panamá siempre ha sido una nación pequeña y con recursos militares limitados a la vez que 1989 marcaba el ocaso de la Guerra Fría y la debilidad de una Unión Soviética próxima a su desintegración. China aun no despuntaba en el horizonte y menos tenía una participación activa en este continente por lo que para Estados Unidos era el comienzo de una hegemonía casi absoluta a nivel internacional. Era un mundo unipolar prácticamente, lo cual facilitaba muchas acciones como la intervención y derrocamiento de Noriega.
El mundo de hoy es distinto y Estados Unidos busca no salir tan mal parado de una pandemia que significará a la larga el cambio de estafeta en la hegemonía mundial con una China que saldrá mejor parada de esta crisis sanitaria y económica.
Así como Estados Unidos ha decidido mantener su programa de sanciones contra Irán en estos tiempos tan difíciles, en el caso de Venezuela ha doblado su apuesta para tratar de forzar la dimisión de Maduro, asunto que lleva más de un año en marcha desde las maniobras por imponer a Juan Guaidó como presidente pero que terminaron en un absoluto fracaso.
¿Está Maduro o alguno de sus hombres vinculado con el narcotráfico? Dada la historia de la cúpula militar en Venezuela desde hace treinta años yo no pondría mis manos al fuego por su inocencia. Pero está claro que la obsesión de Estados Unidos con el presidente venezolano se debe exclusivamente a que no tienen el control de ese país y de sus reservas petroleras. A diferencia de Noriega, Maduro no ha sido nunca un colaborador de la CIA y los Estados Unidos, y esto es lo que verdaderamente les incómoda.
¿Es posible que todo esto sea el preámbulo de una operación armada como lo que se dio en Panamá? Difícilmente. Venezuela, aunque está lejos de la capacidad militar de Estados Unidos, es un Estado que cuenta con una fuerza armada numerosa y tecnología militar respetable, aunque no sea de última generación. Y lo más importante, quizás, sea la relación de cooperación que ha cultivado en los años recientes con Rusia y China, dos actores internacionales de gran relevancia. Estados Unidos ya no es el único actor de peso internacional que tiene influencia en este continente. La geopolítica de hoy es muy distinta a la de 1989.
Y en un año, cuando baje la marea de la pandemia SARS-CoV-2 será todavía más distinta y menos favorable a los Estados Unidos. Por eso la prisa de estos movimientos en el tablero de ajedrez mundial.
En todo acto, la primera intención de quien lo realiza es revelar su propia imagen.
Dante
Todos los seres humanos existimos bajo una mirada. ¿La del amor, la de Dios, la nuestra? De acuerdo con el tipo de mirada bajo el cual deseamos vivir, navegamos entre cuatro situaciones: aquellos que desean vivir bajo una multitud de ojos anónimos (los posesos de la gloria y la notoriedad); los que se rodean por los ojos de las personas conocidas (pasan sus días organizando comidas, fiestas y reuniones), quienes se definen por la mirada de alguien que los ama (el reconfortante amor narcisista a través del otro) y, finalmente, los seres que viven determinados por la mirada de un ser ausente (la madre fallecida, el jefe cuya sombra los acecha, etc.). Esta fascinante y cartesiana fenomenología de la observación permea los relatos de Milan Kundera y al mismo tiempo descifra uno de los prismas en nuestra concepción existencial.
Como los artistas definitivos, Kundera rebasa las categorías: es más que un retratista del erotismo y la risa (tópicos obligados en sus ficciones), un novelista filosófico (si bien sus novelas se leen como agudas meditaciones ontológicas) o un escritor disidente (aunque fue expatriado y perseguido por el régimen comunista durante la tercera parte de su vida).
I. El erotismo
“Todo se trata de sexo, menos el sexo, que se trata de poder”, atinaba Oscar Wilde en sus luminosos aforismos. La narrativa erótica de Kundera desmonta esos oscuros procesos del deseo, sus narradores se comportan prácticamente como pedagogos que nos explican el entramado de esas “irreductibles relaciones de poder y sus puntos de fuga”, siguiendo la nomenclatura de los pensadores del mayo francés. A menudo sus personajes discurren sobre (o están atrapados por) los complejos dilemas del deseo y la fidelidad. En La Insoportable levedad del ser Tomás no puede renunciar a su deseo por otras mujeres (aunque necesite el alcohol para acostarse con ellas) y le es irremediablemente infiel a Teresa. Ella consiente la situación porque él no le miente (antes bien, culpabiliza delante de ella, cosa que la reconforta), y nunca se irá de su lado, pues su amor trasciende lo carnal, su peso rebasa la levedad del ser. El esquema se repite en El libro de la risa y el olvido, donde Marketa no solo consiente las infidelidades de su esposo, sino que participa en los eventuales menage à trois que concierta con sus amantes. Todo para mantener viva la flameante lumbre del deseo bajo el marco de un mutuo acuerdo de erotismo y culpabilidad donde la mirada del otro es esencial.
En El libro de los amores ridículos la reflexión permea el esquema ético y estético del erotismo. En la buena elección de un amante se juega la dignidad del amado; por eso el Dr. Hezel, un donjuanesco psiquiatra a destiempo, declara que solo deberían escogerse amantes que mantengan intacta nuestra dignidad ética y estética, pues reflejan nuestra verdad más justa: “El erotismo no es solo un deseo del cuerpo sino un deseo del honor. La pareja que hemos logrado es nuestro espejo, la medida de lo que somos y de lo que significamos. En el erotismo buscamos la imagen de nuestro propio significado e importancia”1. Uno de los puntos sensibles de este desdoblamiento sucede cuando se plantean ambiguos límites como la violencia psicológica del deseo, esa que hacía afirmar a Charles Baudelaire que “el amor es como una tortura o una operación quirúrgica (…) uno de los dos amantes siempre será más calmo, o estará menos poseído de deseo que el otro. Él o ella es el operario o el verdugo; el otro es el sujeto, la víctima”2.
Resulta fascinante leer a Kundera en 2020 y constatar que ha envejecido mejor que la mayoría de escritores y pensadores del erotismo, pese a que su narrativa adopta una posición claramente patriarcal, sus héroes (trágicómicos) son siempre masculinos y están enmarcados en un universo donde prevalece la dinámica machista del cortejo. Sus reflexiones están más vivas que nunca. Su relato La dorada manzana del eterno deseo resume toda la frustración, la ilusión y la ficción que acompaña el acto de seducción. Es la historia de dos mejores amigos, Martin, y el narrador, que pasan sus días cortejando mujeres (sueñan llevarlas a la cama sin lograrlo nunca) de una forma que va más allá del hostigamiento. Martin, sin embargo, lo ve como una especie de deporte —el símil con el fútbol es recurrente, se refiere a sí mismo como “un delantero que le pasa generosamente balones seguros a su compañero de juego para que éste meta luego goles fáciles y recoja una gloria fácil”3. El narrador, mucho menos impetuoso que Martin, no se anima a contrariarlo y trata más bien de complacerlo (un poco por camaradería y un poco porque se divierte), pues comprende que sus aventuras donjuanescas funcionan bajo una irreductible dinámica de autosabotaje (Martin nunca pasará al acto porque tiene una novia que ama, obedece y que no está dispuesto a dejar, pero sí está dispuesto a lidiar con la culpabilidad del deseo, sobre todo si cuenta con la complicidad de su amigo). En suma, ambos hombres están dispuestos a alimentar ese deseo aunque sea de una manera virtual, ficticia. “Nunca iría a un club que acepte miembros como yo” dice Woody Allen en Annie Hall —citando, a su vez, el célebre chiste de Groucho Marx— al hablar de su incapacidad para conquistar a las mujeres que realmente desea. En definitiva, el erotismo se ve desplazado por la culpabilidad o por la relación de camaradería; el narrador del relato de Kundera se resigna, consciente de que el deseo funge como la excusa que determina su ser y su relación con Martin. Quizás precisamente por eso lo mantiene dentro del marco trivial del ocio, de “lo inofensivo”, como se hace precisamente con el juego: “lo que cada vez importaba menos de aquél acoso a las mujeres eran las mujeres, y lo que más importaba era el acoso en sí. Siempre que sea una persecución vana, es posible perseguir a cualquier cantidad de mujeres y convertir este acoso en un acoso absoluto”4. Un caso diametralmente opuesto es el del escritor —alter ego del propio Kundera—, en El Libro de la risa y el olvido, que salta abruptamente de una situación de miedo y culpabilidad hacia una de erotismo oscuro, irracional y violento. Temeroso de que el régimen comunista descubra que, gracias a su amiga editora, ha estado escribiendo el horóscopo durante meses en una revista de la cual estaba vetado, el escritor se da cita con ella para coordinar sus declaraciones:
Aquella chica no me había dejado ni el más pequeño intersticio a través del cual poder apreciar el relámpago de su desnudez. Y de repente el miedo la abrió como el cuchillo de un carnicero. Estábamos sentados en el sofá del piso prestado, desde el retrete se oía el ruido del agua que llenaba la cisterna y a mí me atacó un deseo furioso de hacerle el amor. Más exactamente; el deseo furioso de violarla. (…) Aquel deseo quedó dentro de mí, apresado como un pájaro en un saco, como un pájaro que a veces se despierta y golpea con sus alas. Es posible que aquel deseo demencial de violar a R. haya sido sólo un desesperado intento de aferrarme a algo en medio de la caída.5
Lo irónico de las distintas situaciones mencionadas, es que el aspecto sexual del erotismo se presenta como un intermediario de la ética (el honor, el respeto, la fidelidad y la fraternidad) y casi nunca como fin en sí mismo. Su aparición surge más bien de una fricción que entraña cierto dolor —“la caricia del ojo sobre la piel es de un dolor excesivo”, afirma Georges Bataille en Historia del ojo—, o de un deseo irrefrenable de control en medio del vértigo, dilemas que reviven la discusión sobre las relaciones del poder evocadas por Wilde en su célebre aforismo.
II. La risa
La risa, por su parte, también se identifica con una situación de conflicto. Es un desgarramiento interior, el descubrimiento de una paradoja existencial que despierta la carcajada. Nos reímos del absurdo, de lo ridículo, del estado de ignorancia o grotesco que a veces llamamos estupidez. En la filosofía platónica, el ridículo representa todo lo opuesto al “conócete a ti mismo”. El ignorante es, entonces, el antípoda del filósofo (amante del conocimiento) y su ignorancia suscita la burla, pero también implica una reprobación ética: “qué despreciable eseotro que no es capaz de observar su propia ignorancia”. Además, la risa entraña un elemento primitivo (herencia de los primates), un doloroso mecanismo de ataque y defensa vinculado a las relaciones de poder entre los seres humanos. En Filebo o del placer, Platón hace notar, por boca de Sócrates6, que “cuando nos reímos de las ridículas cualidades de nuestros amigos, mezclamos placer y dolor, porque lo mezclamos con la envidia y, según lo que hemos acordado, la envidia es el dolor del alma”7. En su Poética, Aristóteles ahondó en la dimensión política de la risa y su presencia en el teatro antiguo. Se refirió a la comedia como “el drama de los peores”, es decir, los eventos trágicos acaecidos a los personajes más mezquinos e indignos, que muchas veces eran individuos históricos reales, despreciados por los dramaturgos o la Polis en general. Aristófanes, por ejemplo, usó su sátira política contra Cleón, un poderoso comerciante de Atenas que lo había acusado de “traer la vergüenza de la Polis delante de los extranjeros con sus comedias”. Así pues, Cleón fue el protagonista y hazmerreír de varias de ellas.
Para los modernos la risa obedece, en esencia, a los mismos conflictos enunciados por la filosofía griega. Ya Kierkegaard, en su Postcriptum, usa un ejemplo tan machista como ilustrativo, para entender que “lo cómico se basa sobre la contradicción. Si una mujer intentara establecerse como dueña de una taberna y falla, eso no sería cómico. Pero si una muchacha intenta obtener un permiso para establecerse como prostituta y falla, que ocurre a veces, esto es cómico, debido a sus contradicciones”8. A pesar de las concordancias con la tradición clásica, la risa moderna tiene un rasgo esencial: la auto-consciencia o el distanciamiento. En la modernidad el individuo no solo se ríe del ridículo ajeno, sino también y sobre todo del propio. Es lo suficientemente capaz de distanciarse de sí mismo como para burlarse de su triste condición. Esa es la actitud esencial de Kundera en El libro de la risa y el olvido donde, bajo el nombre de Banaka, se cuenta a sí mismo entre los personajes y es objeto de sus nocivas bromas. Bibi, una mujer con aspiraciones de escritora (a quien, en el fondo, le aburre leer), desea tener urgentemente una cita con Banaka para conversar acerca del oficio de escribir. Una amiga le recomienda leer “aunque sea una de sus obras” antes de hablar con él, pero otro amigo interviene:
Tenga en cuenta que hasta el momento no hay nadie que haya leído una sola obra de Banaka. Leer un libro de Banaka significa el descrédito total. Nadie duda de que se trata de un escritor de segunda categoría, por no decir de tercera o de décima. Le aseguro que el mismo Banaka (…) cuando se entera de que alguien ha leído un libro suyo, lo desprecia.9
Los libros de Milan Kundera, como los de Banaka, fueron objeto de rechazo en Europa del este y proscritos en su propio país hasta la independencia de la República Checa en los años noventa. La persecución del régimen comunista fue bastante más dura de lo que aparece en la novela (¡Kundera fue despojado de su nacionalidad desde 1979 hasta el año 2019!), pero de cualquier forma, el distanciamiento del escritor traza una ironía tan profunda como liberadora. Ahora bien, ¿de dónde proviene esa particular obsesión por el entramado de ficciones superpuestas donde el autor es objeto de risas? De Miguel de Cervantes Saavedra.
En El arte de la novela, un conjunto de ensayos redactados a manera de entrevista, el checo afirma que desconfía de la vieja creencia según la cual el “el porvenir es el único juez de nuestras obras y nuestros actos”, y a la vez confiesa su mayor credo artístico:
Pero si el porvenir no representa un valor para mí, ¿a quién o a qué me siento ligado?: ¿a Dios? ¿a la patria? ¿al pueblo? ¿al individuo?
Mi respuesta es tan ridícula como sincera: no me siento ligado a nada salvo a la desprestigiada herencia de Cervantes.10
En la literatura, la desprestigiada11 herencia del Quijote de la Mancha encarna la risa desde su noción de origen : se trata de una novela de caballería que se burla de las novelas de caballería de su época. En la segunda parte, Don Quijote y Sancho Panza (que han leído la primera) se manifiestan a favor de los críticos mordaces que hacen todo tipo de reproches a la obra, e incluso se refieren a las condiciones de vida del mismo (Cervantes vivió mucho tiempo en la absoluta pobreza). “No ha sido sabio el autor de mi historia (…) sino algún ignorante hablador de miserable vida que se ha puesto a escribirla a tiento y sin ningún discurso, salga como saliere”12. Los personajes del libro se burlan así del autor, que manifiesta su consciencia sobre la fragilidad de lo humano y decide no tomarse tan en serio a sí mismo. La ironía es doble porque Cervantes no solo describe la mofa de la cual es objeto su obra, sino que además toma distancia para burlarse de su desgraciada situación. Ahora bien, Kundera trasciende la mera risa burlona de la trama novelesca. Dos de sus obras, La burla y El libro de la risa y el olvido teorizan profundamente sobre ella–no olvidemos que el título del segundo, “el libro de la risa”, será recuperado por Umberto Eco en El nombre de la rosa para aludir al supuesto tomo perdido en La Poética de Aristóteles, obra prohibida en los monasterios por la “frivolidad de su objeto”, la comedia.
En El libro de la risa y el olvido se lee que lo gracioso nace cuando aflora el sinsentido de un hecho cualquiera. El ejemplo de “un marxista formado en Moscú cree en los horóscopos”, es obvio, pero olvida la otra cara de la risa. De hecho, según el narrador, existen dos tipos de risa en el mundo: la diabólica y la celestial (su distinción recuerda, con razón, las reflexiones nietzscheanas sobre lo dionisíaco y lo apolíneo). La diferencia esencial entre ambas risas es su postura respecto de la creación divina. Mientras la primera se burla de la incoherencia y el absurdo de la existencia humana, la segunda celebra la armónica perfección de lo creado, su intrínseco significado. Sin embargo, el narrador es sincero con sus simpatías y toma partido:
Así, el ángel y el diablo, frente a frente, con la boca abierta, producían más o menos los mismos sonidos, expresando cada uno, en su clamor, cosas absolutamente opuestas. Y el diablo, mirando reír al ángel, reía aún, mejor y más francamente, porque el ángel que reía resultaba infinitamente ridículo13
.
No es casualidad que esta genealogía de la risa está vinculada estrechamente con dos fascinantes derivas metafísicas. La primera evoca el sistema hegeliano. Para el filósofo alemán, el arte y el judeo-cristianismo están intrínsecamente conectados porque en el arte se hace una abstracción del sujeto (los personajes de la obra artística son la representación del humano universal) mientras que en la narrativa de la religión católica, Jesucristo encarna al más universal de los hombres: el hijo de un humilde carpintero. Esa doble naturaleza, sumada a su dualidad de ser humano-divino, hace de Jesús el ser más contradictorio posible. Por eso no extraña la innumerable cantidad de chistes que carga su figura tras de sí.
III. El novelista filósofo
La segunda deriva metafísica se refiere a la obra de Kundera y nos introduce de lleno en la filosofía de Nietzsche, instigador de las célebres nociones de pesadez y levedad en la narrativa del checo. Si en el Eterno Retorno todos los actos humanos están condenados a repetirse a través de la historia, entonces “una insoportable responsabilidad descansa sobre cada gesto”. Si, en cambio, el énfasis se pone en el hecho de su repetición y no en cada gesto individual o en cada vida, entonces la repetición, el Eterno Retorno, es lo que se convierte en “la carga más pesada (das schwerste Gewitch)” mientras las existencias se vuelven efímeras, leves. “¿Qué hemos de elegir? ¿Peso o levedad?”14 nos pregunta el autor en La insoportable levedad del ser. Esa dicotomía nos lleva a escoger entre dos extremos cuya ambigüedad dejarían perplejo a cualquiera: tener una existencia apasionada e intensa pero llena de dolor, o llevar una vida libre y apacible pero carente de sentido e importancia.
Ese profundo dilema tiene un origen y una perspectiva filosófica, es verdad, pero más que un debate de filosofía, son un pretexto que abre la dimensión existencial, fenomenológica, en la problemática de los personajes. “Encuentro impropio el término filosófico. La filosofía desarrolla su pensamiento en un espacio abstracto, sin personajes, sin situaciones”15, afirma Kundera en El arte de la novela. En otras palabras, estos narradores y personajes viven desgarrados por el inevitable vértigo de un meollo filosófico. Pero el abismo no solo es tópico sino también una marca definitiva de estilo. Los momentos definitivos de los relatos de Kundera, que se narran con la debida condensación, las transiciones de una prosa rítmica y la propiedad de las buenas historias, tienen una estructura similar a la de los chistes: una situación de inicio conduce rápidamente a una situación de tensión donde se provoca una revelación (hija del anagnórisis o reconocimiento de la tragedia griega) que implica una irreductible paradoja (una conciliación de opuestos, risas), y de inmediato se precipita al desenlace. Los héroes kunderianos razonan menos con disquisiciones filosóficas que con ironías desgarradoras y aun así llegan a reflexiones que también han sido abordadas en las digresiones existenciales de Schopenhauer o Nietzsche: la inexistencia de Dios, la imposibilidad de un amor completo y la soledad del hombre en el mundo (llámese familia, sociedad, partido político o pareja). “¡Ay, señoras y señores, triste vive el hombre cuando no puede tomar en serio a nada y a nadie!”16, se queja el protagonista de Éduard y Dios.
Todo esto hace de Milan Kundera un observador privilegiado de lo humano. Su prosa navega con sinceridad y asombrosa lucidez entre los límites más oscuros del espíritu, entre las recónditas dimensiones del deseo, la felicidad y la trascendencia. En su universo los temas se exploran y se retuercen hasta llegar a un paroxismo valiente y rara vez alcanzado en la literatura del siglo XX. Quizás el hecho de su disidencia (un artista apátrida que retrató la vida de un país que ya no existe) constituye la ironía última, ese no-lugar, esa periferia desde la cual un escritor puede abrir por completo los ojos del espíritu.