En medio de la pandemia por COVID-19 que sufre el mundo, el pasado 26 de marzo Trent Reznor preguntó desde su cuenta de Twitter si alguien estaba por ahí, para después anunciar en la página oficial de Nine Inch Nails que había nueva música para oír y descargar gratis, a manera de solidaridad con lo que ocurre en estos momentos.
El mensaje con el que Reznor y Atticus Ross (únicos miembros oficiales de la banda) compartieron este nuevo disco doble, es por demás empático y esperanzador:
Mensaje de NIN a sus seguidores.
El disco doble titulado Ghosts V: Together y Ghosts VI: Locusts, es un álbum que continúa la saga que vio la luz en el año 2008, titulada Ghosts I-IV (álbum con 36 canciones seccionadas en cuatro discos). En aquella ocasión, la banda sugería escuchar su disco en un día lluvioso o en una noche larga, describiéndolo como un soundtrack para soñar despierto. Con esta idea, Reznor organizó un festival de cine y convocó a sus seguidores para que hicieran videos que acompañaran la música del álbum, no como concurso, sino como un experimento de colaboración e interacción entre ellos y sus seguidores. Algo así hizo Placebo incluyendo en su álbum Black Market Music (2000) a algunos videofans de la canción “Peeping Tom”.
En estos nuevos Ghosts, Reznor no pidió videos, pero mencionó algo similar, que esta entrega puede escucharse como el soundtrack de lo que nos sucede hoy en día, más notorio si leemos los títulos de las canciones del Ghosts V: Together, que bien puede ser un poema o un mensaje para no bajar los brazos ante la pandemia:
Letting Go While Holding On / Together /
Out In The Open / With Faith /
Apart / Your Touch / Hope We Can Again / Still Right Here
En general el sonido del disco es más apegado a los soundtracks de películas que Reznor y Ross han hecho como: The Social Network (2010) con el que ganaron un Oscar y un Globo de Oro, Bird Box (2019), la serie Watchmen (2019) muy aclamado por la crítica, y hasta con la musicalización que hizo Reznor del videojuego de id Software, Quake (1996). La creación de estas y otras bandas sonoras en las que el dúo se ha centrado en los últimos diez años ha incrementado, sin duda, la calidad y cantidad de sonidos instrumentales y ambientales que ambos componen con maestría.
Ghosts V: Together se puede escuchar como un disco más relajado, incluso NIN mencionó que es esperanzador y que puede escucharse: “cuando todo parece estar bien”. Y sí, tiene algo de melancolía que transmite mucha calma. El piano es el eje de todo el disco y se combina con noise, estática, voces distorsionadas y efectos atmosféricos; canciones que suben y bajan pero que nunca explotan, solo se mantienen. Este disco recuerda un poco a los multinstrumentistas Brian Eno, Jon Brion y Eluvium en sus diferentes facetas, así como a bandas del tipo de Mono, Have A Nice Live y sleepmakewaves.
Ghosts VI: Locusts se escucha siniestro desde el inicio, incluso provoca desesperación y ansiedad por algunas programaciones. De igual manera, los títulos son más sombríos, hacen imaginar cosas que tal vez no acabarán bien (“The Cursed Clock”, “Another Crashed Car”, “So Tired”, etc.). El piano vuelve a ser el ejecutor del que se unen las demás resonancias como trompetas, percusiones, sintetizadores, leves cuerdas, tiene mucho más noise y estática que se juntan con algunos rechinidos y voces en off. En este disco las canciones también suben y bajan, pero aquí sí explotan como en “Run Like Hell” y “Turn This Off Please”.
Si bien el Ghosts V es un disco más instrumental, el Ghosts VI es una combinación de dark ambient con más post-rock que se acerca mucho a bandas ya consagradas en estos géneros como Boris, Godspeed You!Black Emperor, Explosion in The Sky, entre otras. También recuerda a John Murphy con el magnífico soundtrack de 28 Days Later (2002), o el de la película Sunshine(2007) en la que el propio Murphy colabora con Underworld. Por los sonidos y aliteraciones que tiene con la esencia más pura de la banda, Ghosts VI puede ser la cumbre de lo que ahora mismo está haciendo NIN.
Ambos discos son obras que se tienen que escuchar de principio a fin, ya que las canciones no terminan y, aunque suelen caer de intensidad hasta casi apagarse, tienen una continuidad que hacen del disco una obra lineal. Algo parecido a esto sucede en el disco The Fragile(1999), pues las canciones se entrelazan con sonidos ambientales e instrumentales cada vez más largos, sin permitir el silencio entre las canciones que te llevan casi de la mano a las voces fuertes y al metal industrial que sube y baja para explotar cuando es debido. Esta idea de obra continua también ocurre en el disco Smell Like Children (1995) de Marilyn Manson producido por Reznor, el cual tampoco se detiene con el cambio de canciones, además de tener sonidos escalofriantes como en el Ghosts VI.
Esta versión más instrumental y experimental que Reznor y Ross presentan no es nuevo e incluso va más allá de las primeras entregas de Ghosts o las bandas sonoras de la última década. Canciones como “Help Me I Am in Hell” (Broken, 1992), “Warm Place” (Soundtrack de Natural Born Killers, 1994) y “Diver Down” (Soundtrack de Lost Highway, 1997), muestran un poco el inicio de estos sonidos que tienen mayor consistencia en los álbumes, Closer to god (1994) o en el Further Down The Spiral (1995) y, si nos fijamos en The Fragile (1999), el piano se vuelve un sello característico de la banda, haciéndose indispensable y necesario en cada uno de los discos posteriores de NIN, tal como lo vemos en estos últimos Ghosts.
Reznor ha sido duramente criticado en los últimos años por cambiar tan drásticamente su música y dejar de lado el rock, el metal y el industrial más estridente que lo llevaron al éxito, pero también ha sido alabado por arriesgarse a experimentar y crear nuevos proyectos sin estancarse. A diferencia de algunas bandas o artistas que temen cambiar o que evolucionan por modismos; NIN ha crecido a otro nivel más sofisticado, explorando con esos sonidos oscuros y estridentes, pero ahora con una propuesta más personal, trascendental y coherente con lo que Reznor siempre quiso. Queda decir que para los fans que están apabullados por lo que sucede en nuestro mundo, este par de discos (como dicen Reznor y Ross), puede ayudar y musicalizar el sentimiento en estos días de confinamiento: miedo, ansiedad, incertidumbre y esperanza.
“Lo mejor que tiene la historia humana es su capacidad de sorpresa, la presencia de lo inesperado. A veces ocurren cosas terribles, pero también hay latidos de esperanza, lo que yo llamo los soles que hay en la noche escondida, que no se ven, pero que, de golpe, iluminan los caminos”.
Eduardo Galeano
Son tiempos confusos para escribir. El mundo que conocemos atraviesa una crisis para la cual la mayoría de la humanidad no tiene referencias vitales ni la experiencia necesaria para hacerle frente. No se trata meramente de la crisis de salud pública originada por la pandemia del COVID-19, sino de la crisis de una civilización que hace siglos anuncia su decadencia, intensificando, en las últimas décadas, el estrépito de su caída, cada vez más audible y certera.
La incertidumbre en el día de mañana amanece en cada rostro que ha de enfrentar las condiciones más precarizadas de este estado de emergencia. Recientemente, grandes pensadoras y pensadores del norte global han publicado densos diagnósticos, en una incesante búsqueda por los análisis que nos permitan comprender a cabalidad el tiempo que vivimos. ¿Pero cómo, si estamos en vilo, podemos comprender este momento histórico que estamos compartiendo? ¿Cómo, si ese vilo, acá, se vive desde la cuerda floja latinoamericana?
En este momento en el que vivimos de manera planetaria un fenómeno histórico, no podemos perder de vista las particularidades de cada región, la historia que subyace y en la que la pandemia se encuentra. Por eso la necesidad de pensar desde América Latina, pero también la necesidad de hacerlo no desde el protagonismo de los gobiernos y del papel que han desarrollado en la emergencia, sino desde la propia vivencia de pueblos, comunidades, personas de a pie, que ahora con más intensidad sufren los estragos de un mundo anclado a fuerza al neoliberalismo y que les ha dejado a su suerte.
Durante la última década, han partido referentes invaluables para nuestras generaciones cuya voz alcanzaba a romper los muros del academicismo y la autorreferencialidad de ciertas militancias, referentes de una subjetividad política militante que se dedica a las letras, al estudio, a la pedagogía popular de lo que somos y hemos hecho a lo largo del tiempo, a la convocatoria para escuchar las voces menos favorecidas por los anales de la historia. Nos han legado hojas escritas como pájaros en vuelo por el mundo. Eduardo Galeano es uno de esos referentes. Hoy, en su aniversario luctuoso nos preguntamos qué mensaje nos estaría compartiendo, qué versos para alegrar o aclarar los días.
Extrañamos la sencillez de su palabra, la claridad de sus denuncias nacidas del amor que sentía por la América Latina profunda. ¿Con qué gestos y palabras nos recordaría el dolor de los invisibilizados? ¿Qué historias cazaría en el mar de narraciones y experiencias de esta especie de tsunami? ¿Qué nos diría de la cultura del terror y de “la condena al hambre de abrazarnos”? ¿Mantendría en medio de esta incertidumbre, la esperanza incansable que le acompañaba? “Somos libres de ser lo que se nos ocurra ser –afirmaba–. El destino es un espacio abierto y para llenarlo como se debe hay que pelear a brazo partido contra el quieto mundo de la muerte y la obediencia y las putas prohibiciones”.[1]
Los análisis que se hacen desde una Europa convulsionada que, en los últimos años, padece en carne propia los estragos del neoliberalismo y los monopolios del capitalismo financiero, parecen anunciar una crisis sin precedente. Las sociedades del bienestar, que venían en un serio desmantelamiento respondido por protestas masivas contra el alza de los precios de la gasolina, contra la ampliación de los años de jubilación, contra el encarecimiento de la vida y el grosero lucro de las inmobiliarias, el incremento en las cuotas para acceder a la educación universitaria ―entre otras luchas― , tendrán que hacer frente a una crisis económica derivada de las afectaciones comerciales que han traído consigo las medidas tomadas para detener la curva de infección del COVID-19, los altos índices de mortandad y la sobresaturación del sistema médico de los Estados nación.
Por su parte, el acercamiento que desde América Latina se ha tenido sobre la crisis a la que nos estamos enfrentando, parte de un contexto agitado donde el movimiento feminista, las luchas en defensa de la vida y del territorio, la resistencia al imperialismo norteamericano sobre todo en Venezuela y en Cuba, forman parte de un escenario complejo. Los análisis sobre las consecuencias que el neoliberalismo ha traído consigo en esta región del planeta, tienen el reto ahora de sostenerse en medio de una crisis que azota particularmente desde los noventa. El costo ha sido pagado por las clases más empobrecidas del campo, de las comunidades indígenas, de las trabajadoras y trabajadores de la industria y la maquila, de las barriadas de la ciudades que se sostienen a partir de una economía informal: aquellas y aquellos para quienes el derecho a la salud, a la vivienda, a la educación, a la seguridad, son privilegios a los que difícilmente pueden aspirar.
Son tiempos confusos para pensar, para hacer diagnósticos. Las voces sobresalientes de los cuatro puntos cardinales, de expertas, expertos, funcionarias y funcionarios, se aglutinan en el espacio público en una cacofonía que se reproduce en cientos de versiones distintas y contradictorias, generando esa incertidumbre de hondo calado que atravesamos históricamente. El desencanto de la política clasista, moderna, liberal, y ahora de mercado, atraviesa por un momento complejo en el que los Estados se han puesto en el centro de la resolución de una emergencia planetaria. En América Latina, la desconfianza popular y su reconocimiento de los regímenes corruptos se suman al reclamo legítimo de quienes no pueden parar en medio de la emergencia porque también parar pone en riesgo la continuidad de su vida. “El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos en estos tiempos del mundo gobernado por el miedo”[2], sostenía Galeano.
Las escaladas de la militarización que llama a una política de guerra por parte del Estado, como si se tratara de combatir un enemigo ―en este caso, un virus― o, por otro lado, el desdén y la minimización de la dimensión del problema, muestran, además, que la relación con eso que es fundamental en el humano: su relación con la vida, con la muerte, con eso que se ha dado en llamar “naturaleza”, aún tiene un largo camino para recorrer. Como sea, sentimos miedo, un miedo a la enfermedad, al hambre, a la guerra. Y donde el miedo se instala, manda. Pero también decía Galeano que “de nuestros miedos nacen nuestros corajes; y nuestras dudas, viven nuestras certezas”[3], el desafío es sostenernos, que el miedo no nos convierta en ellos. Vivimos en una: “crisis universal, de un sistema que está pidiendo a gritos ser cambiado para que su lugar lo ocupe otro que no esté organizado en contra de la gente… no es un mundo muy alentador en el que hemos nacido ―dice― pero hay otro mundo en la barriga de éste, esperando. Un mundo diferente y de parición difícil, no es seguro que nazca, pero está latiendo en este mundo que es”[4].
Galeano se fue creyendo en la vida y en sus múltiples formas de resistencia; sin duda, nos estaría haciendo un llamado a organizar el “contramiedo” y la “contraimpotencia”, a conocer y comprometernos con todas las formas de oposición a la barbarie en esta América Latina asolada por el neoliberalismo, ahora, en plena pandemia.
palabras que irán naciendo de mis labios a oscuras.
El retorno, Miguel Guardia
11:30 A.M
Un pequeñísimo bloque de hielo, del tamaño de una caja de zapatos, reposa junto a un puesto de lámina cubierto de polvo. Desde su centro corren hilos de agua hacia la banqueta, que muestra el característico color parduzco del pavimento que se llena de grasa y que, aunque se lave con abundante cloro y jabón, permanece oscuro. En un proceso invisible a simple vista, ese trozo de hielo recuerda que es agua y comienza a deshojarse en diminutos pétalos de cristal que se vuelven arroyo. Unos metros más allá, un segundo bloque, de mayor tamaño, vuelve a su semilla a un ritmo distinto.
Son las once de la mañana y hay en las calles mucha menos gente que de costumbre. Los vendedores que aún instalan sus puestos (casi todos de comida) aguardan, platican a veces entre sí, revisan su teléfono celular o miran hacia las escaleras de acceso al metro, luego a las avenidas circundantes. Nada. La siguiente semana, según les informó su representante, puede que ya no sea posible ni instalarse; además, se rumora que los paraderos cerrarán. Los que están, los que se quedaron, aguardan con el gesto del actor que debe representar una tragedia aunque no haya nadie en el público.
“Está flojo, está flojo”, dice un hombre al pasar, con el tono con el que se dan los buenos días. “¿Ya mero? Vámonos ya. Ánimo, ánimo”: saludos que se vuelven casi una clave entre ellos.
El pequeño bloque de hielo sigue su camino hacia su propia mutación; ahora es menor, aunque no lo parezca, y una parte de sí viaja en los zapatos de una enfermera hacia el metro Nezahualcóyotl, mientras otra se adentra en las calles que están más allá del puente, adherida a las llantas de un bici taxi.
El bloque grande conserva su tamaño, parece sufrir amnesia momentánea: olvidó que es agua, que nada sabe de prisiones y puede irse, a diferencia de los vendedores, que deben esperar a terminar su mercancía para ver lo menos afectada su economía, que no puede permitirse el aislamiento. “Ya mero, ya mero”, se dicen al pasar frente al puesto de algún vecino, quizá en espera de que les digan lo mismo.
Todo parece indicar que habrá quienes soportarán aquí todos y cada uno de los días que le restan a este bache en la rutina; no hay a dónde más ir, nada más qué hacer.
Se canjea un riesgo de muerte por otro, porque el encierro, para quien no posee un sueldo ni prestaciones, no es una posibilidad.
Siempre que se cierra una puerta se abre una ventana, dicen, aunque esta vez quizá sea forzoso cerrar ambas. Cerrar todo. El que parece permanecer firme en su rutina es el repartidor del hielo, que realiza su entrega aunque los puestos ya no se instalen: como seguir llevando el correo a una casa donde, desde hace años, ya no vive nadie.
Fotografía de Irving Cabello
12:45 P.M
Aunque al principio parece no creerse, hay suficiente espacio para todos en el metro, a pesar de que es casi la una de la tarde. Sin embargo, la gente viaja encogida, firme, contenida; parecen cargar, todavía, con el peso de alguien más en la espalda, a los costados, al frente: un dolor fantasma del espacio.
Un hombre, que viaja de pie, suda copiosamente, como si se derritiera. Recarga la espalda en las puertas y cierra los ojos por un momento, luego se pasa la lengua por el bigote y se talla los ojos, carraspea y se endereza. Pareciera burlarse de todas y cada una de las recomendaciones emitidas para evitar la propagación del virus.
Hay silencio en los vagones, en los andenes, en los pasillos. Algunos asientos permanecen vacíos, a pesar de que hay gente parada. Un hombre ciego avanza por el pasillo y, mientras canta, lleva el extremo de su bastón de lado a lado, como detector de metales.
Que tus ojitos
jamás se hubieran
cerrado nunca
Avanza a pasos diminutos, firmes a fuerza de lentitud: parece un juguete de cuerda que alguien soltó en este vagón; un juguete de cuerda con el mecanismo averiado, que ya no podrá detenerse. Canta con firmeza y cuando siente a alguien llevarse la mano al bolsillo, ralentiza la marcha y aguza el oído. Luego, cuando la moneda cae en el vaso que sostiene a la altura del estómago, la toma de inmediato y la coloca al interior de su camisa, junto al corazón.
Amor eterno
Eterno
Amor eterno
Eterno
Su “eterno” no termina de caer nunca, como si el tiempo se hubiera detenido, mientras él desaparece en el andén. La estación de autobuses TAPO refulge a lo lejos, como una moneda olvidada en el pavimento.
En la estación Morelos, el tren hunde la cabeza en la tierra, como avergonzado, y el calor que sembró el sol desde Ciudad Azteca hasta San Lázaro comienza a marchitarse en el ambiente. Hay poca gente, pero el vagón está lleno de murmullos, de charlas que no encuentran ya la salida. Una mujer, que lleva a una niña de la mano, sube y espera a que se cierren las puertas. Abre la pequeña hielera que cuelga a su costado y un golpe de humo helado escapa como una llamarada; comienza a anunciar los precios de los helados y congeladas. Antes de bajar, casi arrastrado por su madre, un niño abre los ojos como si nunca hubiera visto el hielo, luego mira por un segundo a la hija de la vendedora.
Fotografía de Irving Cabello
1:30 P.M
De la lona que cubre la carretilla, reptan hacia el piso ligerísimas gotas de agua turbia; una procesión de hormigas de vidrio. En el bloque de hielo, reposan tres botellas de refresco que se hunden cada vez más debido al calor.
―Aguas, refrescos, jugos.
Empuja un poco la carretilla y se detiene, luego continúa su camino. El siguiente puesto está vacío. Un par de maniquíes, vestidos con ropa deportiva, lo miran alejarse. Los pasillos de Tepito lucen despoblados, inverosímiles.
La ropa en los tendidos está ordenada, a diferencia de los días con más movimiento, cuando la gente hunde sus manos entre la tela con el gesto de quien remueve la tierra para buscar a los desaparecidos. Aquí el orden denuncia la calma.
―Aguas, refrescos, jugos ―repite el hombre, pero ni siquiera voltean a mirarlo―. Tengo cerveza preparada, sangría…
Lo último lo dice en movimiento. El sol se queda en la parte alta de las lonas y al suelo solo alcanza a llegar una luz teñida de rojo, de rosa, de azul. Un caleidoscopio lleno de polvo, de ruidos ausentes. La soledad de los pasillos es casi idéntica a la de las calles que conectan Tepito con el Zócalo de la Ciudad de México. Los vendedores reposan a la espera de los clientes que terminan por no llegar. Una banda de guerra avanza, como puede, entre los puestos, y el aire caliente de la tuba, del clarinete, se enreda en los oídos. Un aire caliente lleno de microscópicos restos de saliva, de diversas formas de vida.
Un vendedor de raspados, que devasta el bloque de hielo del que salpican ligerísimas chispas de agua que no alcanzan a llegar al piso, se hace a un lado para que la orquesta continúe su camino, para que sigan arando el aire caliente con sus pasos y después siembren notas en los surcos; que nazca una melodía que haga algo contra este silencio que de pronto se vuelve atronador.
Fotografía de Irving Cabello
2:12 P.M
A unos metros del Zócalo Capitalino, en Luis González Obregón, un grupo de mujeres aguardan sentadas en las jardineras. Están quietas y sobre las cejas tienen un pedazo de papel casi transparente; una de ellas tiene las manos francamente abiertas: está esperando a que sequen las uñas postizas que le acaban de colocar y que aún son transparentes como una rebanada de hielo. Después vendrán los colores, colocados en un diseño creado exclusivamente para ella.
―Te plancho tus cejas, amiga. Un tratamiento, uñas. Pásale.
La mujer vuelve a la sombra después de invitar a un par de muchachas a recibir un tratamiento facial, se lleva las manos a la cadera y reanuda la conversación que había dejado a medias con una de sus compañeras. Mira de nuevo hacia la calle y sopesa con los ojos, pero esta vez no se acerca a repetir la oferta. “Así es, así es esto”, dice más para el aire que para alguien en particular, y vuelve a mirar hacia la calle, sobre la que ahora no hay más de tres personas. Resopla y se alisa el cabello.
Una cuadrilla del grupo de limpia, vestidos de verde fosforescente, se bate en retirada: una de las mujeres lleva en la mano una bolsa con botellas vacías. “Hay que ponerle buena cara a este business, si no, ¿cómo?”, dice al teléfono una mujer que pasa por ahí y que rechaza, con un gesto de la mano libre, el servicio que le ofrecen.
―Te plancho tus cejas, te hago unas uñas.
Da un par de pasos hacia el sol en la banqueta y vuelve con la misma prontitud a la sombra. Un olor a acrílico sube por el aire caliente y se va en silencio. Otra mujer se sienta en la jardinera y mira sus uñas recién colocadas, luego echa la cabeza hacia atrás para que comiencen a depilarle las cejas. Las manos de la cultora de belleza, con gesto experto, recorren el rostro y extraen, uno por uno, los vellos que se consideran innecesarios. Mientras recibe el tratamiento, ella y quien la atiende intercambian un par de frases, pero nada comentan sobre virus, sobre enfermedades, sobre aislarse: su vida parece correr por derroteros totalmente distintos.
A unos pasos de las jardineras, hay un puesto de periódicos. Un hombre, parapetado tras un par de muertos en primera plana, destroza un bloque de hielo con ritmo de pájaro carpintero, luego lo vierte en una caja de plástico llena de botellas de agua y refresco.
La Ciudad de México es una urbe de agua en todas sus formas, pero principalmente de hielo, que bien podría ser la moneda corriente. Una ciudad que siempre tiene sed porque tiene la garganta reseca de gritar sin que ya nadie escuche.
―Unas uñas, un tratamiento. Pásale.
En la banqueta del otro lado de la calle, un invidente se mece de izquierda a derecha a un ritmo que no es el de la canción que escurre de la enorme bocina que le cuelga del pecho. Aferra el micrófono con la mano izquierda y canta de una forma que más bien parece un rezo. Del vaso de plástico que pende de su cuello, como un escapulario que se quedó sin deidad, no escapa ningún sonido porque está vacío. Baja la voz dramáticamente cuando la banqueta se queda sola. Después, en el momento en el que siente pasar a alguien a su lado, eleva el canto y espera un poco, pero nada pasa. Es una sensitiva de sudor en medio de este vacío que son las calles.
Frente al puesto de periódicos, se detiene un hombre en silla de ruedas; avanza hacia atrás, para impulsarse con los pies, porque sus manos y brazos presentan una deformidad. Pide un refresco y comienza a rebuscar en su pequeño morral. Sus manos, eternamente crispadas, aturdidas por un frío invisible, imperceptible, rebuscan sin hallar, hasta que por fin encuentra la moneda y se aleja con el refresco en el regazo, siempre hacia atrás, como si quisiera volver al punto donde todo inició.
―Unas uñas, te plancho tus cejas; un tratamiento, amiga.
Fotografía de Irving Cabello
3:05 P.M
La plancha del Zócalo luce casi vacía. Un grupo de jóvenes, de entre quince y dieciocho años, se esconde bajo la sombra de la bandera. Luego, cuando el aire la hace moverse, ellos también dan un par de pasos para seguirla. Una anciana, sentada sobre una tela roja que ha extendido frente a Palacio Nacional, entrecierra los ojos para observar a la gente que pasa por ahí. Frente a ella, también sobre la tela roja, yacen numerosas pulseras que ella misma ha tejido. Cuando logra vender una, recibe el billete de 20 pesos y lo acerca a su rostro para distinguir el monto, lo lleva a su frente, al esternón, al seno izquierdo y al derecho, después lo guarda en un pequeño morral que pende de su pecho y que hasta hace unos segundos estaba vacío.
Fotografía de Irving Cabello
Del otro lado del Zócalo, las vitrinas de un par de joyerías reposan en silencio, sin ojos que las observen. Sobre monturas de oro, de plata, algunas piedras brillan en tonos fríos. Un grupo de relojes, como parvada de estorninos, sobrevuelan la existencia con las alas extendidas a las 3:15 de la tarde. Madero es larga y caliente, pero más que nadarecta, como un vendaje restirado, tal vez eterno.
Madero de las multitudes es ahora una calle por la que poca gente transita. Madero de las estatuas de hielo viviente, que se retiran con la caída del sol, cuenta los transeúntes con los dedos de ambas manos.
Fotografía de Irving Cabello
Un niño disfrazado de Michael Jackson baila ante la mirada atónita de apenas un par de espectadores, apenas un par de pasos, y después continúa su camino. Hay poca gente, pero hay: nada que no pueda ser visto puede ser temido por ellos, los que ahora circulan aferrados de la mano, los que se abrazan y se besan frente al Museo del Estanquillo, los que entran riendo al Sanborns de los azulejos.
Bellas Artes se levanta como un iceberg en medio de este mar de calor que es la ciudad. En sus jardineras reposan parejas de diversas edades, aunque no tantas como otros días. Un fotógrafo camina de aquí para allá, ofreciendo congelar el tiempo por un segundo y entregarte la prueba en un papel. Un bolero brota de la garganta de un cantante urbano y un bolero espera sentado a la sombra de un árbol para comenzar a trabajar y resistir otro día: ciudad homofónica, homofóbica.
Fotografía de Irving Cabello
Cerca de metro Hidalgo, una anciana agita un bote con monedas; de su andadera cuelgan matamoscas y en las manos lleva bolsas de muéganos: 10 pesos cada una. Para dar el cambio de un billete de 20, toma de su bolsa dos monedas de 5 pesos entre el índice y el pulgar derechos y las frota despacio porque, dice, solo así reconoce el monto. Después se persigna y se besa la mano: nada que no pueda ser visto puede ser temido: para ella, y los que son como ella, los que comen y viven y aguantan con 30 pesos al día, con 50 pesos al día, nada que quepa en una gota de agua puede asustar; nada que no pueda ser percibido con alguno de los cinco sentidos vale tanto como para no intentar sobrevivir un día más. “Es que ya no veo, estoy casi ciega”, agrega después de entregar el cambio, y bajo sus gafas oscuras, por un segundo, asoman sus pupilas blancuzcas, pulidas como un espejo, como un trozo de hielo.