Insólitas: narradoras de lo fantástico en Latinoamérica y España (Páginas de Espuma, 2019) reúne a 28 escritoras de 13 países que exploran las diferentes modalidades del género fantástico en español; desde voces consagradas hasta propuestas más actuales que han llevado lo fantástico, de nueva cuenta, a la mesa de lectores y críticos.
La selección, prólogo y notas corrieron a cargo de Teresa López-Pellisa* y Ricard Ruiz Garzón*, quienes, sin desestimar todas las aproximaciones teóricas que se han generado y estudiado a lo largo de la historia del género, optaron por una definición más flexible de lo fantástico; de ahí que eligieran el término “insólitas”: “En esta antología, lo insólito es todo aquello que resulta extraordinario. Lo que sale de lo común, lo inusual, lo fabuloso o lo inexplicable: lo que aspira a ir más allá de la realidad”.
Así, el objetivo de esta robusta colección, la primera en su especie, además de reivindicar la extraordinaria obra de autoras que en su momento pasaron inadvertidas o fueron silenciadas por el canon, es ofrecer, a manera de un Wunderkammern o gabinete de curiosidades, una pequeña pero expansiva muestra de las posibilidades de lo fantástico escrito por mujeres. Sobre este tópico, las editoras aclaran que no se trata de una antología sobre lo “insólito femenino” o lo “insólito feminista”, ya que “las mujeres no están obligadas o inclinadas necesariamente a escribir literatura y crítica feminista por el hecho de serlo”.
Esta reseña, por motivos de extensión y por la necesidad de visibilizar la obra de nuestras autoras mexicanas, explorará únicamente los cuentos “El huésped” de Amparo Dávila, “Sin reclamo” de Cecilia Eudave y “¿A qué tienes miedo?” de Raquel Castro. Sin embargo, es necesario subrayar que el resto de los cuentos cumple y supera los objetivos iniciales de la antología.
Aunque, como ya fue indicado, se optó por una definición amplia de lo fantástico, me parece importante reconocer el umbral antes de atravesarlo. Para ello recupero la aproximación teórica de Ana María Morales (2), donde señala que lo primordial en lo fantástico no es la aparición de seres sobrenaturales o el rompimiento escandaloso de las reglas de la naturaleza, sino la desazón y extrañeza provocadas tanto en los protagonistas como en el lector, cuando la realidad del mundo construido en el texto ha sido alterada, brutal o sutilmente, haciendo necesaria la búsqueda de una explicación que puede ser aludida, ofrecida o, principalmente, eludida, pero siempre presente. Es decir, lo fantástico debe evidenciar que por momentos han convivido, no del todo en forma pacífica, dos formas excluyentes de realidad.
También considero importante señalar que en México contamos con una rica tradición fantástica. Entre nuestras autoras “insólitas” fundamentales podemos encontrar a Elena Garro, Ana de Gómez Mayorga, Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, Inés Arredondo, Adela Fernández o Beatriz Álvarez Klein, y una larga lista de autoras contemporáneas que, afortunadamente, se han apoderado de los espacios “formales” e “informales” para nuestro total deleite. Con todo esto intento decir que en nuestro país contamos con el material suficiente para generar varios y robustos volúmenes de este tipo de antologías.
EL FANTÁSTICO DOMÉSTICO EN “EL HUÉSPED”
Aunque la propia Amparo Dávila (1928-2020), ganadora del Premio Xavier Villaurrutia, de la Medalla Bellas Artes y del Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura, nunca se consideró fantástica, su obra fungió como piedra angular del género, siendo “El huésped”, incluido originalmente en Tiempo destrozado (1959), su cuento más celebrado por los lectores y el más estudiado por la academia para definir lo fantástico modélico.
“Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje”, confiesa al inicio la esposa sin nombre desde su casona en un pueblo “pequeño, incomunicado y distante de la ciudad”. A lo largo de su obra nos daremos cuenta, como señala Jazmín Tapia (3), que la casa familiar es el espacio predilecto de la autora para desarrollar sus historias.
Lo que llevó su marido fue una cosa extraña que nunca se describe en su totalidad (la ambigüedad suele ser pieza clave del género): “Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas”. Esta presencia, que parece no formar parte del paradigma de realidad presentada en el texto, es tan poderosa que primero nos devanamos los sesos intentando darle forma al monstruo y nos angustiamos por sus fechorías, pero después, gracias a los maravillosos mecanismos de escritura de la autora, nos revienta en la cara la esencia de la historia, donde radica su valor subversivo: el monstruo no es la criatura que amanece junto a la cama observando fijamente a nuestra protagonista como en “La pesadilla” de Fuseli, sino la violencia doméstica, el abandono, el silenciamiento de las mujeres.
Si quieres leer más de Amparo Dávila,
te recomiendo Cuentos reunidos (FCE, 2009).
LA NARRATIVA DE LO INUSUAL EN “SIN RECLAMO”
Cecilia Eudave (1968), ganadora del Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce y doble mención honorífica en los Annual International Latino Book Awards, goza de una vasta y reconocida trayectoria en la escritura, docencia e investigación. En “Sin reclamo”, incluido originalmente en En primera persona (2014), subvierte las “reglas” al ubicar su historia en un lugar tan frío e impersonal como un aeropuerto y al utilizar a un protagonista nada empático.
“Siempre he detestado viajar, pero lo prefiero a estar en casa. No soporto los fines de semana familiares porque no hago vida en familia aunque tenga una que cualquiera envidiaría”, nos confiesa el protagonista desde la sala de espera de un aeropuerto. En breve, aparece el primer elemento inusual: nuestro detestable protagonista no se puede mover, sufre una especie de parálisis, se ha “quedado como un maniquí sin escaparate”. Después aparece el segundo elemento inusual: confiesa que hubiera preferido caerse en “uno de esos agujeros negros que hay por todos lados en la ciudad”.
Mientras intentamos dilucidar a qué se refiere, nuestro “maniquí” continúa repartiendo su odio entre los viajantes y recordando algunas situaciones muy desagradables con su familia. El tercer elemento inusual se presenta al confesarnos que lleva así como día y medio y que nadie se ha dado cuenta de su estado. El último, y más desconcertante, elemento inusual explota cuando dos trabajadoras de la limpieza confiesan que no es el primero al que encuentran así y que deben echarlo con los otros para ver si alguien lo reclama. Justo ese final es lo que lo emparenta con lo fantástico, aunque Carmen Alemany Bay (4) prefiere el término “narrativa de lo inusual”: una mezcla de episodios esquizoides, desdoblamientos y elucubraciones manifestados desde la subjetividad; textos que reflejan una realidad cotidiana accidentada donde los personajes no encuentran su lugar. También podemos resaltar el humor, otra de las herramientas favoritas del género, como señala Lola Ancira (5): “Eudave acude a la ironía para colocar un tono humorístico, mientras que sus profundas reflexiones nos hacen pensar y repensarnos”.
Si quieres leer más de Cecilia Eudave,
te recomiendo Bestiaria vida (Ficticia, 2008).
LOS TERRORES JUVENILES DE “¿A QUIÉN TIENES MIEDO?”
Raquel Castro (1976), ganadora del Premio de Literatura Juvenil Gran Angular y dos veces del Premio Nacional de Periodismo, es una especialista en literatura juvenil y de terror. “Me gusta pensar en la cotidianidad como algo fantástico, nada más que estamos tan apresurados que no nos damos cuenta”, apuntó Raquel en una entrevista (6), y así lo demuestra con este cuento donde Diana, una chica de 17 años, comienza a ser asediada por una extraña criatura cuando su mejor amiga Coral sufre un accidente.
“Hacia abajo, la sombra se volvía jirones de humo. De donde tendrían que estar los ojos, brotaron dos haces de luz azulada, fría, maligna… ¿A qué le tienes miedo?, le preguntó una voz que definitivamente no era la de ella, pero que estaba dentro de su cabeza”, así se narra el primer encuentro de Diana con eso, que bien podría ser la muerte ansiosa de corazones tiernos y temerosos. Con su característico estilo subversivo, donde le da voz a jóvenes marginales en escenarios callejeros, la autora aprovecha nuestro espanto ante esa sombra maligna para contarnos una emotiva amistad entre dos chicas de diferentes estratos sociales y para denunciar el acoso sexual que sufren las adolescentes.
Al final, en una escena digna de las mejores películas de terror ochenteras (la autora también es guionista), Diana tendrá que enfrentarse a sus peores miedos dejándonos claro que si podemos nombrarlos, podemos controlarlos.
Si quieres leer más de Raquel Castro,
te recomiendo Ojos llenos de sombra (SM, 2012).
Resulta fascinante la selección de estas tres grandes autoras, pues representa muy bien los diversos fantásticos que se han explorado en el país. Esperemos que éste sea el primer volumen de una larga serie de antologías para que más de nuestras autoras insólitas mexicanas sean leídas y reconocidas en Latinoamérica y España. También espero que este tipo de proyectos inciten a las editoriales nacionales a hacer lo mismo.
*Teresa López-Pellisa es profesora de literatura en la Universidad de las Islas Baleares, miembro del Grupo de Estudios sobre lo Fantástico (GEF) y jefa de redacción de Brumal, revista de investigación sobre lo fantástico. Coordinó Las otras, antología de mujeres artificiales (2018) y las antologías de escritoras españolas de ciencia ficción Poshumanas y Distópicas (2018). / Ricard Ruiz Garzón es escritor, columnista y profesor en la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonés, donde está especializado en género fantástico. Ganador de varios premios nacionales y autor de una docena de libros, entre ellos Los monstruos de Villa Diodati (2018) y la serie Guardianes de Sueños (2013). Coordinó las antologías Mañana todavía (2014) y Riesgo (2017).
(1) Amatto, Alejandra: “La literatura fantástica: el carácter fascinante de su naturaleza”. Imaginario fantástico mexicano, Vol. I/Teoría (coordinado por Miguel Lupián y el Seminario de Literatura Fantástica
Hispanoamericana); Revista Ritmo #35 (CCH Naucalpan, 2019).
(2) Morales, Ana María: México fantástico, antología del relato fantástico mexicano. El primer siglo; Oro de la Noche, 2008.
(3) Tapia, Jazmín: “El triángulo donde habita el horror: “Óscar” de Amparo Dávila”. Mujeres mexicanas en la escritura; Universidad de Guanajuato, 2017.
…quizá esté lejos de mi destino, no importa dice. Pero creo que ya no estoy tan alejado de lo real…
Michel Serres
flama de bordes redondeados nube
…el rechinar de doscientos globos encendidos de aire
aire dentro de aire… tal vez si llega majestuosa la plaga será posible que crezca el aire a cuchillo ven a nosotros
Tania Carrera
no es la búsqueda del placer, sino del estupor,
el atontamiento o anonadamiento, la no conciencia,
punto de indiferencia entre el animal y el ser humano.
Sonia Rangel
Sabemos que no es apacible ni reconfortante, ni siquiera podemos decir, esperanzador. Si ya tenemos o somos varios cuerpos sin órganos, habremos de mantener la velocidad y la desmesurada vertiginosa oscilación, mantenernos en el borde, toda la intensidad lisa del mar rosando, deshaciendo o desorganizando nuestro cuerpo.
Nómadas, huérfanos o huérfanas arrojados a un desierto. Pero un desierto poblado, lleno, en potencia. Es el campo de inmanencia en el que surgen las posibilidades del colmar el deseo, aquel estado de conquista en el que no se carece de nada y no contiene tampoco ninguna interioridad: afuera absoluto.
Por ahora soy hijo adoptivo de quince tribus…Y son mis tribus adoptivas, porque las quiero a todas más y mejor que si hubiera nacido en ellas…¿pero el esquizofrénico no tiene también un padre y una madre? Sentimos tener que decir que no, que como tales no los tiene. Sólo tiene un desierto y tribus que lo habitan, un cuerpo lleno y multiplicidades que se aferran a él.[1]
Y sabemos que ni siquiera hay punto de llegada o de partida, ni siquiera un alguien que lo consiga, o un trazado o una instrucción que nos dirija. Se trata de la desorientación misma, de perder el rumbo, de aceptar el desconcierto, dejar entrar el viento, las voces, la incertidumbre. De pronto somos solo ese instante mudo o el momento de ser atravesados por el viento, la velocidad quieta que una ráfaga provoca en un espacio liso. Ya decía Serres que la mejor figura para pensar en la materia que nos constituye es el fuego “.. mi cuerpo es una llama un tanto más lenta que esta cortina chamuscada que consume los leños.”[2]No nos sirven más las figuras abstractas con bordes rígidos para pensar lo real. La esquizofrenia no viene para darnos cobijo, sino para recordarnos la amplitud, las potencias e intensidades, abrirnos a la posibilidad múltiple de la tierra y los afectos.
…pensaba que debía aspirar la tormenta, dar cabida en él a todo, se tendía a todo lo largo sobre la tierra, se confundía con el universo, era un placer que le causaba dolor, o bien se detenía silencioso y ponía la cabeza en el musgo cerrando a medias los ojos y todo se alejaba de él, la tierra cedía bajo su cuerpo.[3]
La tarea de tapar, zurcir los órganos ha resultado en un desastre. Descompuestos avanzamos caminando con el vientre, respirando con los ojos. No queremos más imperio en nuestro cuerpo, un cacique en nuestros sentidos. Por lo tanto, habremos de asumir que el calco que habíamos trazado del paisaje, la imagen que habíamos obtenido del mundo no nos sirve más, la colocamos sobre el cuerpo y se moja, se agrieta, se estropea, se rompe; la imagen comienza a adherirse a las cavidades, a las grietas, a los huecos, los bordes, las entrañas. El calco, la imagen, comienza a adquirir la posibilidad del paisaje, la inmensidad del territorio que respira, que cambia. De las llagas surgen pezones, anos, bocas. Nuestro cuerpo organizado cede ante tal proliferación, de los huecos surge una manada, una tribu, lobos y bocas aúllan y babean.
La imagen así comienza a adquirir la posibilidad de un paisaje, la topología corporal de un territorio. La proliferación abre paso a la indistinción, ya no son anos y bocas, son anos-boca, cabezas-lobo: “toda la pieza de carne aúlla bajo la mirada de un espíritu-perro que se pinga en lo alto de una cruz”.[4]En ocasiones el dolor es intenso, pero la intensidad de dolor es un aspecto de nuestra apertura al mundo. “Es con una alegría profunda. Es un aleluya tal… que se funde con el más oscuro alarido humano de dolor de separación pero que es un grito de felicidad diabólica”.[5]
Todo ese cúmulo, deja entrever por un momento una figura. Koolhas[6]espera con su caballo en el borde de un acantilado, sabe que pronto la pendiente comenzará a desmoronarse, el peso del caballo negro hará ceder las rocas, que descenderán hacia los poblados. La energía enfebrecida de su máquina desquiciada hará arder las casas y habrá caos y todo se convertirá en marasmo y tumulto, indiferencia. Sabemos muy bien que tal proliferación puede convertirse en explosión fascista, en cáncer. ¿Seremos capaces de construir un cuerpo sin órganos?
La máquina puede adquirir una dimensión de estado, generar tumores, vaciarnos. “Las líneas de fuga que siempre corren el riesgo de abandonar sus potencialidades creadoras para convertirse en línea de muerte, ser transformadas en línea de destrucción pura y simple.”[7] En el proceso de hacerse de este cuerpo sin órganos, el riesgo es absoluto, se está al borde del precipicio, la línea puede no devenir en una acción creadora porque la velocidad e intensidad a la que está sometida esta inmanencia está nutrida también por el afuera.
Este acceso al afuera es también o puede ser la muerte en su sentido más radical. Para ello habrá que mantener la multiplicidad, dejar abierta el conjunto de potencias, de devenires, de deseo, construir poco a poco una máquina, un plan de inmanencia. Es sin duda una experiencia del desierto nómada, de una potente vida intensiva y no orgánica. Tenemos que aumentar constantemente el número de conexiones. A pesar del sinsentido y el afuera al que nos arroja el proceso de devenir, la construcción del cuerpo sin órganos tiene que ser una afirmación de la vida en el mismo sentido tan radical como el de la destrucción de la organización del organismo y el proceso necesita la mayor atención y cuidado posible.
Detener la significación, el sentido, es abrirnos al mundo de la sensación y no acceder a ese momento de necesidad y de angustia que puede generar la ausencia de sentido.
En más de un aspecto el mundo del sentido finaliza hoy en lo inmundo y en el no- sentido. Está cargado de sufrimiento, de extravío y de revuelta…Es entonces que surge más imperativa que nunca la exigencia de sentido, que no es otra cosa que la existencia en tanto que ella no tiene sentido. Y esta exigencia por sí sola ya es el sentido, con toda su fuerza de insurrección. [8]
Por un momento vemos cómo Cézanne continúa contemplando la formación del paisaje abierto a la posibilidad de experimentarlo en su forma más primigenia. “Habría pues que volverse hacia la lengua jamás escrita, pero siempre por escribir, para que esa palabra incomprensible sea entendida en su desastrosa pesadez e invitándonos a volvernos hacia el desastre sin comprenderlo ni soportarlo”.[9]
Virginia Woolf espera el instante preciso en que la cortina separe el mar de la penumbra del firmamento. Momento expectante en que la luz comience a reflejar los destellos incandescentes del sol: “El sol no había salido aún. El mar y el cielo hubieran podido confundirse si no fuera por los suaves pliegues del mar, parecidos a una tela arrugada.”[10]Ella se sumerge lentamente en aquel líquido arcaico, inhumano. Pero nos deja en un mundo iluminado por brillantes ojos y rodeado por flores incandescentes, y pájaros que son flamas. Perceptos y sensaciones de infancia que nunca existieron pero que, sin embargo, están ahí, como clavados en una experiencia extranjera, momentos de extravío y errancia nómada infinita.
Los instantes pasan rápidamente, “está pasando un minuto de mundo, no lo conservaremos sin volvernos él mismo, dice Cézanne”.[11]Y es preciso volvernos el instante mismo porque de lo contrario solo seremos, tú o yo, cargados de la herencia edípica autoritaria que organiza nuestros órganos, que dicta nuestro destino, el juicio de Dios que nos impone la manera de percibir lo real. Como ya hemos dicho, renegar de la significación no es la negatividad, es abrirse al instante en sensación, es el hecho inconmensurable.
Las dificultades de Cézanne son de la primera palabra. Se creyó impotente porque no era omnipotente, porque no era Dios, y en cambio había querido pintar el mundo, convertirlo enteramente en espectáculo, hacer ver de qué manera nos toca. [12]
Y al tocarnos, al dejarnos ser tocados por el mundo, este nos atraviesa, nos violenta, nos deforma, nos rompe o nos descompone. La sensación es la posibilidad del huevo de la cosmogénesis, de la multiplicidad, “es las dos caras indisolublemente, es ser-en-el-mundo… a la vez devengo en la sensación y algo ocurre por la sensación, lo uno por lo otro, lo uno en lo otro.” [13]
Deleuze y Guattari en Mil mesetas son en sí mismos figuras catatónicas, tanto más deformadas más colmadas en intensidad, monstruosas y delirantes, cuerpos convulsionados por una fuerza indistinguible. Nos sugieren las pistas para la posibilidad de estar en un entre, mantenernos en la posibilidad múltiple, trazar líneas de fuga que nos dirijan por instantes a la percepción de un afuera, a la sensación intraducible de un momento incomprensible para el habla, para el juez o el verdugo del deseo. La territorialización, la significación y la edipización volverán a intentar generar el calco de lo real, volveremos a caer en la trampa, por lo mismo será preciso errar, perderse, devenir en aquello que es mínimo, que arde, que es imperceptible, en aquello que aun no podemos y nunca podremos comprender.
[1]Deleuze, Guilles, Mil mesetas,Pretextos, Valencia, 2004, p. 37.
[2]Serres, Michel, El paso del noroeste, Debate, Madrid, 1991, p. 53.
[3]Büchner, Georg, Woyzeck Lenz, Alianza Editorial, Madrid, 2016, pp. 84-85.
[4]Deleuze, Guilles, Logica de la sensación, Editions de la différence, 1984 p. 34.
[5]Lispector, Clarice, Agua viva, Siruela, España, 2018, p. 11.