Tierra Adentro
Ilustración por Mariana Martínez

Fue hace siete muy francesas décadas. Era la noche del 11 de mayo de 1950, en el interior de un pequeño teatro francés, con muy poco público francés, sentados todos ellos en asientos franceses, esperando a que se levantara un telón francés, en el 5 arrondissement de París, Francia. 

 

No era un lugar lujoso como esos que acostumbran los franceses educados burguesamente por la Comedia Francesa. Era una de esas pequeñas salas de teatro francés, para intelectuales franceses, y uno que otro francés, despistado, que no tenía gran cosa que hacer. 

 

La obra, francesa, que se representaba era la primera obra de un escritor franco-rumano llamado Eugéne Ionesco. El muy francés nombre con el que se anunciaba en las calles francesas de París, Francia, era La Cantatrice Chauve, lo que quiere decir, en francés, “La Cantante Calva”. A su muy francesa manera, esta obra francesa de teatro francés contemporáneo cambiaría al mundo… mucho más allá de Francia. 

 

Y todo empezó con una imaginación francesa de lo que era ser inglés: 

 

“Interior burgués inglés, con sillones ingleses. Noche inglesa. El Sr. Smith, inglés, fuma su pipa inglesa y lee un periódico inglés, cerca de una chimenea inglesa. Tiene lentes ingleses, un pequeño bigote gris, inglés. La Sra. Smith, inglesa, se acomoda los zapatos ingleses. Un momento de silencio inglés. El reloj suena diecisiete golpes ingleses.”

 

Esta es la primera didascalia de La Cantante Calva. Las indicaciones muestran algo que se perfila como revolucionario: la obra juega con el límite de la lógica, el sinsentido y el absurdo en un lenguaje extremadamente codificado, como es el lenguaje teatral. A partir de La Cantante Calva, mucho más allá que con los intentos surrealistas de Guillaume Apollinaire (que creará escándalo, tres décadas después de su muerte, con la muy militante obra surrealista Les Mamelles de Tirésias), el teatro francés sintió una sacudida dura y considerable. 

 

El teatro del absurdo brilló fuerte y se apagó rápido. En 1950, cuando se representó por primera vez La Cantante Calva o en 1953 cuando se representó por primera vez Esperando A Godot de Samuel Beckett, este era un teatro contestatario que se separaba, radicalmente, del teatro burgués de la Comedia Francesa, del teatro popular realista del TNP y, por supuesto, del teatro marxista, ideológico, fuertemente contestatario, de Brecht. Entre estas tres corrientes dominantes, el teatro del absurdo no era casi nada, un pequeño movimiento de protesta intelectual, una idea poco comprendida. 

 

Para 1960, el teatro del absurdo era ya el rey de las representaciones parisinas, viajaba por el mundo y sus autores acabaron consagrados. En 1969, Beckett recibió el Premio Nobel de Literatura y en 1970, Ionesco entró a la Academia de la Lengua Francesa. El teatro de vanguardia, el teatro de propuesta radical, de deformación del lenguaje, del absurdo, se había canonizado.  

 

La lucha del absurdo se apagó en la normalidad, pero sus sueños siguieron repercutiendo en el mundo literario y en las escenas. A pesar de que el absurdo ya se considera un movimiento crítico para el estudio académico, algo pasado y superado, ciertas obras siguen teniendo repercusiones duraderas. Desde 1957, en el teatro de la Huchette, La Cantante Calva está, ininterrumpidamente, en cartelera. 

 

¿Pero por qué es tan importante esta obra y cómo ha sobrevivido tanto tiempo?

 

Calva cartel

 

El teatro espejo

 

En la Europa del siglo XVIII se gesta un profundo cambio cultural, social y político. Una nueva civilización surge, una nueva clase dominante, una nueva forma de gobernar alrededor de la figura del hombre, del individuo, de sus derechos, de la razón. Se trata, claro, de la burguesía, una clase que empieza a tener, como diría Robert Abirached, “el poder intelectual, el dinamismo moral y, cada vez más, el poder económico necesario para realizar su proyecto.” 

 

En medio del auge de la burguesía, el teatro en Francia se cerró sobre sí mismo. Los espectadores, ahora los reyes del poder económico que mueve al teatro y el centro mismo de todo el valor de entretenimiento que lo mantiene, reclamaron ciertos comportamientos, actitudes y temas. El público burgués, a través del contrato que le permite pagar el dinero de las entradas, exige cierto contenido: en el teatro quieren ver sus propios comportamientos, sus actitudes y sus temas. 

 

El teatro se modifica físicamente para lograr un mejor efecto de espejo, para que el espectador sienta que, en la escena, está viendo las escenas idealizadas de su propia vida. Las luces en la sala se apagan y la escena se separa de los espectadores por un muro invisible, la cuarta pared que deja observar un cuadro de realidad verificable. Al mismo tiempo, éste es un espejo tramposo: refleja idealizando, distorsiona siempre favorablemente. A la manera de los espejos en las ferias que regresan reflejos de figuras esbeltas frente a cuerpos descuidados, la escena burguesa regresa el reflejo moral de una sociedad idealizada.

El teatro se estanca en su propia fascinación y el público repite al infinito las escenas de sus propias expectativas. Se impone la mímesis burguesa que dice en la sala de teatro: “lo que van a ver es una realidad, sumérjanse en ella, déjense llevar por la ilusión”. Así, en una obra de Ibsen, cuando alguien toca a la puerta, está tocando una verdadera puerta. Para los dramas burgueses, cuando suena un teléfono, hay un teléfono en la escena que suena y debe contestarse. Las cosas son lo que señalan, el mundo que aparece en escena significa nuestro mundo; o, al menos, el mundo de la realidad burguesa del momento. 

 

La escena se llena de figuras de familia, historias de dinero, de comerciantes en problemas; y el orden se restablece siempre en el matrimonio, en la fortuna restaurada, en el éxito mercantil. El público se divierte y se instruye en este teatro del conformismo en el que se espera anticipadamente un resultado siempre halagador, siempre conservador, siempre idéntico. 

 

Frente a este teatro de lo mismo, surgieron dos figuras titánicas. Hablamos, claro, de Antonin Artaud y de Bertold Brecht. Pero Artaud nunca logró transformar al teatro desde dentro y sus conceptos acabaron siendo un apéndice académico de mucho valor teórico y de poca aplicación práctica. Por su parte, Brecht quedó relegado a su muy específica lucha política y, fuera del certero valor artístico, literario y teatral de sus representaciones, muchos lo encasillan dentro de la puesta en acción ideológica. 

 

Por otra parte, tanto Cocteau como Anouilh, Sartre, Camus, Giraudoux y Montherlant, para nombrar a los más reconocidos, se mantenían en los márgenes seguros de un tipo de representación convencional. Por más que sus temas fueran violentamente contemporáneos, ninguno atacó la forma teatral. Todo ellos, pues, utilizaban viejos preceptos para decir nuevas inquietudes. Nada tan radical como Artaud o Brecht, nada tan relevante, para la historia futura del teatro, como lo que sucedería en 1950 con esa pequeña representación de La Cantante Calva

 

La cantante calva se sigue peinando igual

 

En 1948, Ionesco no pensaba convertirse en un escritor de teatro. De hecho, el teatro le parecía bastante aburrido o francamente molesto. Lo suyo, más bien, era estudiar. Desde que era pequeño, pasó su vida entre Francia y Rumania. Estudió la lengua francesa y se interesó enormemente en la literatura. Su padre, un hombre militar y autoritario, siempre quiso que fuera ingeniero. 

 

En Rumania, escribe crítica literaria con la que sorprende a muchos por su elocuencia y sagacidad. Da clases de francés, se casa, crea toda una vida en Bucarest. Sin embargo, para escapar del tenso ambiente en la Rumania de los años 30, el joven escritor toma una beca de doctorado para estudiar los temas de la muerte y el pecado en la literatura moderna a partir de Baudelaire. 

 

Cuando termina la guerra, Ionesco pierde su trabajo como periodista, desde Francia, para diarios en Rumania, y termina fungiendo como corrector de libros de derecho. Con este trabajo mecánico, terriblemente aburrido, Ionesco y su esposa apenas logran sobrevivir. Pero fue en estos años cuando, de pronto, el futuro miembro de la Academia Francesa se encontró con algo que cambiaría su vida: un manual para aprender inglés llamado Assimil. 

 

Como todos los manuales para aprender idiomas, el manual Assimil juega con conversaciones sencillas, hechas a propósito para transmitir las fórmulas esenciales de la lengua; fórmulas que siempre están en el registro de lo permitido, de lo elevado, de lo socialmente respetable; fórmulas que, en su generalidad plástica, bien pensante, agradable y educada, muestran un ideal muerto de la lengua en acción, la lengua pensada como debería ser siempre, la lengua rígida de marionetas didácticas. 

 

Ionesco tiene, entonces, un manual de conversación para aprender inglés, y en su tiempo libre se dedica consitentemente a copiar las frases prefabricadas del material didáctico. Copia y copia frases, conversaciones entre personajes anónimos, muy ingleses, que hablan de acuerdo a la lección por aprender; que se señalan a sí mismos para que él aprenda pronombres; que valoran todo para que él aprenda adjetivos; que describen la casa que habitan para que él aprenda sustantivos; qué es una puerta, una ventana, una sillón, la mesa de noche.

 

Ionesco escribe estas conversaciones para luego aprenderlas de memoria. Sin embargo, cuando las vuelve a leer, algo mágico sucede. Un extrañamiento único, una realización brutalmente honesta: estas frases tienen un cargado sentido de obviedad. Lo que se dice aquí es ridículo, porque es necesario. 

 

“Concienzudamente, copiaba, para aprenderlas de memoria, estas frases de mi manual.” Cuenta Ionesco. “Al releerlas atentamente, no aprendí el inglés, pero aprendí algunas cosas sorprendentes: que hay siete días en la semana, por ejemplo, cosa que ya sabía; o que el piso está abajo y el techo está arriba, cosa que también ya sabía, tal vez, pero que no había considerado seriamente o que había olvidado y que me pareció, de pronto, tan impresionante como indiscutiblemente verdadera. Tengo suficiente agudeza filosófica para darme cuenta que, lo que copiaba en mi cuaderno y repetía, no era frases inglesas y su traducción francesa, sino verdades fundamentales y constataciones profundas.”

 

Para la tercera lección de este manual de inglés, Ionesco se encontró con pequeñas representaciones, dice él, con sorna, basadas en una especie de mayéutica platónica. Así, aparecieron personajes que intercambiaban diálogos para demostrar un punto. 

 

“A partir de la tercera lección, aparecieron dos personajes que no sabía si eran reales o inventados: el Sr. y la Sra. Smith, una pareja inglesa. A mi enorme sorpresa, la señora Smith le explicaba a su marido que tenían varios hijos, que vivían en las afueras de Londres, que sus nombres eran Smith, que el Sr. Smith trabajaba en una oficina, que tenían una trabajadora del hogar que se llamaba Mary y también era inglesa, que tenían, desde hace veinte años, amigos llamados Martin, que su casa era un palacio porque ‘la casa de un Inglés es su verdadero Palacio.’”

 

A partir de la quinta lección, la cosa se puso bastante seria, y aparecieron los famosos Martin para intercambiar diálogos que no nada más mostraban verdades axiomáticas de una manera peculiar, sino que empezaban a enlazar problemas más complejos, frases más abstractas, verdades menos evidentes. 

 

“Para la quinta lección, los amigos de los Smith, los Martin, llegaban; la conversación empezaba entre los cuatro y, sobre los axiomas más elementales, se edificaban verdades más complejas: ‘El campo es más tranquilo que la gran ciudad’ afirmaba unos; ‘sí, pero en la ciudad la población es más densa, hay más tiendas’, replicaban los otros, lo que es verdad y demuestra, además, que verdades antagónicas pueden muy bien coexistir.”

 

Ahí, de pronto, Ionesco tuvo una revelación profunda que lo llevó a superar la discreta meta de aprender inglés para lograr algo mucho más ambicioso: transmitir las verdades absolutas de los Smith y del Martin a un público cada vez más grande. Alguien tenía que decir, finalmente, que el techo estaba arriba y que el piso seguía abajo. 

 

Inmediatamente, Ionesco pensó en el teatro, porque todo esto ya era teatral. El teatro son diálogos y, entre las frases que copiaba con tanta diligencia, todo era diálogo. 

 

“Escribí entonces La Cantante Calva que es una obra de teatro específicamente didáctica.” Explica Ionesco. “Toda una parte de la obra fue construida poniendo, una tras otras, las frases que tomé de mi manual de inglés; los Smith y los Martin del manual son los mismos Smith y Martin de mi obra, son los mismos, pronuncian las mismas frases, hacen las mismas acciones o ‘inacciones’. En todo ‘teatro didáctico’ no hay que ser originales, no hay que expresar lo que uno piensa: sería una falta contra la realidad objetiva; nada más hay que transmitir, humildemente, las enseñanzas que a uno le fueron transmitidas, las ideas que uno recibió. ¿Cómo me hubiera podido permitir cambiar la mínima cosa a estas palabras que expresan de una manera tan edificante la realidad absoluta? ¡Al ser auténticamente didáctica, mi obra no tenía que ser original, ni que ilustrar mi talento!”

 

Y, sin embargo, al colocar estas frases una junto a la otra, todo empezó a desacomodarse. Las realidades irrefutables como “hay siete días en la semana: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo” se convirtieron en las palabras de estos personajes, en cuestiones disparatadas como una semana de tres días compuesta de martes, jueves y martes. Los personajes cambiaron, sus diálogos cambiaron y, en esta transformación, nació el teatro del absurdo; un teatro que, al alejarse del didactismo que lo creó, confronta la necesidad transparente de ese didactismo y lo que revela de nuestra tragedia habitual.

 

El absurdo de lo real

 

La primera vez que se representó La Cantante Calva, ese 11 de mayo de 1950, Ionesco miró estupefacto la reacción del público: muchos reían, algunos reían a carcajadas. Para el autor, esta obra era una tragedia: la tragedia de nuestra común banalidad. El aspecto más didáctico de la obra era algo que se había traspasado, entre ese manual para aprender una nueva lengua y la realidad del autor: esas frases lanzadas para rellenar un vacío, asfixiar el silencio, para no transmitir nada o transmitir otra cosa, son las mismas que intercambiamos todos los días. 

 

La tragedia está en que no podemos escaparnos del lenguaje y que el silencio también debe decirse. La tragedia está en que, a pesar de que no tenemos nada que decirnos, no podemos dejar de hablar. La tragedia está, finalmente, en que todas las fórmulas de cortesía, todo el small talk del mundo, todo lo que decimos para familiarizarnos con el otro, son palabras absolutamente huecas, llenas de verdad, vacías de todo significado ulterior. 

 

“Hace algunos año tuve la idea, un buen día, de poner, una después de la otra, las frases más banales, fabricadas con las palabras más vacías de sentido, de los clichés más gastados que pude encontrar en mi propio vocabulario, en el de mis amigos o, en menor medida, en los manuales de conversación extranjeros. Maldita iniciativa: invadido por la proliferación de cadáveres de palabras, aturdido por los automatismos de la conversación, casi sucumbo al asco, a una tristeza innombrable, a una depresión nerviosa, a una verdadera asfixia.”

 

En La Cantante Calva, la banalidad de los diálogos se vuelve casi asfixiante. Y sin embargo, la tragedia de esta obra no está en su sinsentido, en el absurdo de sus propósitos, sino en esto mismo que señala el autor: el absurdo y el sinsentido no son cosas que se tienen que inventar y abstraer porque forman parte de nuestra realidad cotidiana, de nuestro lenguaje y de nuestra forma de relacionarnos. 

 

Esto es llevado aún más lejos por Beckett que decididamente busca expresar el silencio completo a través de la palabra: el silencio es aquí la última crítica, la última revuelta contra el sinsentido, la banalidad y el absurdo de nuestros intercambios lingüísticos cotidianos. Pascal Quignard explicaba su necesidad de narrar diciendo que “escribir es la única manera de hablar callándose”. 

 

Para Beckett, es lo mismo. El silencio juega un papel esencial en su literatura porque es un horizonte mesiánico, algo que debe construirse, una meta. En el pensamiento de Beckett, no basta callar, coserse la boca con un hilo blanco, el silencio tiene que mostrarse en presencia, a través de las palabras. El silencio debe conquistarse. Como bien dijo el crítico Georges Godin: “Detrás de la rabia de hablar se esconde siempre el deseo de callarse”. 

 

El deseo de silencio se siente en los personajes de Ionesco, se siente en el profundo y doloroso mecanismo con el que se entabla la conversación, siempre con carraspidos, con lenguas que truenan, con monosílabos, con gruñidos: todos buscan calmar esa sed de hablar por hablar, ese impulso absurdo que nos domina a todos, que nos lleva a atacar el silencio, a rellenarlo neuróticamente, a querer eliminarlo, a él y a la incomodidad que produce. 

 

La conquista del silencio es entonces una lucha abierta en contra del sinsentido, no es una lucha absurda, sino una lucha contra el absurdo, contra el flujo ininterrumpido de banalidades. El teatro de Ionesco no es necesariamente un teatro absurdo, sino un teatro que plantea la absurdidad de toda escritura, de toda conversación, de toda didáctica de la palabra. 

 

Por eso La Cantante Calva es un intento agresivo de anti-teatralidad: quiere apropiarse el teatro a través de su -parcial- destrucción. Para que viva el teatro, pues, Ionesco quiere mostrar la banalidad de sus propósitos anteriores, el vacío del espejo burgués, el vacío de todo realismo y, al mismo tiempo, la inutilidad de lo didáctico. De hecho, Robert Abirached describe todo este movimiento dramático como el último bastión contemporáneo que buscó rejuvenecer la mímesis burguesa:

 

“Es interesante subrayar que toda estas empresas no vienen de una voluntad, perversa o ingenua, de asesinar el teatro: consisten, precisamente, al contrario, de una tentativa casi desesperada -la última que hemos conocido- de restaurar la mímesis de una manera aceptable para la sociedad industrial moderna, liberándola de sus fardos y quitándole sus falsos semblantes. Los dramaturgos de los años cincuenta acabaron por destruir el teatro burgués, al desacreditar sus lecturas de la mímesis y ridiculizando los vestidos elegantes con los que habían vestido a sus personajes.”

 

Sin embargo, todo lo que logró, como un movimiento de vanguardia, como una forma de oponerse al viejo teatro; todo lo que puso patas arriba en el drama tradicional francés y en el mundo, parece que finalmente se agotó. Todo llegó a un término anticlimático y La Cantante Calva se convirtió en una obra que, lejos de seguir siendo revolucionaria, ahora se estudia en las escuelas secundarias. 

 

¿Esto quiere decir que el teatro del absurdo se traicionó a sí mismo? ¿Falló en todos sus cometidos? ¿Se empantanó en sus propias ambiciones?

 

Tal vez. Pero, tal vez, nunca hubiera podido ser de otra forma. El teatro del absurdo importa a pesar de su fracaso. La influencia de este teatro cambió profundamente la manera en que se escribe dramáticamente en Francia, liberó caprichos de realismo y, sobre todo, sigue siendo profundamente inquietante. A pesar de que se represente en juegos estudiantiles, a pesar de que ya se considere como una comedia declarada, La Cantante Calva es una de las expresiones más puras de la angustia cotidiana en la escena contemporánea.

 

Mientras te sientas, en una sala, a observar estos diálogos acartonados, te das cuenta de que estás en un momento único y privilegiado. Por poco más de una hora tendrás el placer de permanecer en silencio mientras otros hablan. La forma de la mímesis burguesa funcionó para algo: en esa sala oscura, el silencio, de pronto, ya no es incómodo. La obra vuelve a empezar, se desdobla, cuando acaba: nuestras conversaciones casuales, los refranes que utilizamos, nuestra plática cotidiana sobre el clima, las anécdotas que ya conocemos y nos repetimos fingiendo sorpresa, lo vacío de nuestras palabras diarias es una extensión de lo que vimos.

 

Sin alterarse, al fondo de su comodidad inglesa, mientras el mundo se transforma para permanecer igual, la cantante calva no cambia de peinado. Ella sabe, en el fondo, que su burla se mantiene, elegante como siempre, en el espejo que le presenta al mundo. La Cantante Calva sigue teniendo tanto éxito porque, al separarse del realismo, nos mostró, con un espejo certero, nuestra ridícula forma de hablar, nuestra aversión al silencio, nuestra fascinación por rellenarlo todo con palabras huecas y propósitos banales. Esta obra sigue siendo tan importante, después de siete décadas, porque nosotros no hemos conquistado el silencio y nuestra realidad, nuestra condena, es seguir siendo tan absurdamente consecuentes. 

 

Bibliografía:

 

Abirached, Robert, 2012. La crise du personnage dans le théâtre moderne, Tel Gallimard, Paris. 

Godin, Georges, 1994. Beckett. Hurtubise. Québec.

Ionesco, Eugène, 2002. La cantatrice chauve. Gallimard, Folio. Paris. 

Ionesco, Eugène, 2006. Notes et contre-notes. Gallimard, Folio Essais. Paris. 

 

Todas las traducciones son mías: asumo y me disculpo por sus torpezas. 

 


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Ilustración por Édgar MT

“Hasta ese punto, el ser humano tolera el ruido.
Cuando se sobrepasa, el dolor se suelta.”

-Antonio Di Benedetto.

 

Nos mantenían en el pabellón de maternidad. El llanto de mi esposa no se escuchaba por los gritos de los recién nacidos. Alguien en el pasillo, probablemente una enfermera, dijo que los bebés estaban inquietos, que acostumbran a dormir más.

Agradecí el ruido. Tenía que sentirme mal por ella y por mí. Se puede volver a intentar, pero en ocasiones no quedan ganas, solo el vacío que la tristeza llena gota a gota.

La doctora entró, venía con un enfermero que cargaba una pecera pequeña en la que flotaba un diminuto pez rojizo.

Preguntó como estábamos.

Silencio.

Nos explicaron lo sucedido. Solo podía concentrarme en la pecera, no distinguía bien al pez estático en el agua opaca, tal vez era un beta: un premio de consolación. Podría ser política del hospital regalar uno para incitar a sus pacientes a intentarlo de nuevo, cuando el plan alfa no funciona.

Desperté del trance cuando la doctora dijo: no pudimos salvar el embarazo y mi esposa comenzó a sollozar. La doctora la tranquilizó y repitió: no pudimos salvar el embarazo, pero sí al feto. El enfermero nos acercó la pecera y vimos bien su contenido: un embrión, nuestro alfa.

Lloré.

 

A los tres días los dieron de alta. Compré catorce peceras (cada dos semanas lo teníamos que cambiar a una nueva), once esféricas y tres cuadradas. Incluían una red de mano muy similar a las que se usan en los acuarios. La diferencia es que esta era de acero quirúrgico, el hilo de la red era del mismo que usan para poner suturas. El juego de pecera y red venían en bolsas selladas al vacío para no comprometer su esterilidad antes de usarlas.

Puse trece peceras en el cuarto del bebé y la más pequeña en la mesa del comedor. Dejé todo listo antes de ir a buscarlos. En el hospital nos dieron comida suficiente para dos semanas junto con un paquete de gasas para el periodo de gestación.

Me dio la pecera mientras se metía al auto; se la puse en las piernas cuando se terminó de acomodar en el asiento; le pasó el cinturón de seguridad por enfrente presionándola contra su vientre. Manejé con toda la precaución posible, imaginé que hasta el mínimo golpe en el auto podría romper el contenedor de nuestro hijo. Anette no habló en el camino, miraba el bebé en el acuario transparente sobre su estómago. Hipnotizada, sonreía. Me recordó a un bote con fondo de cristal. No lo mencioné.

Lo acomodamos en una mesa de noche. Ella dijo que era mejor dejarlo un par de días en la pecera del hospital, que se acostumbrara a la casa y evitarle la tensión de otra mudanza. Alejé la mesa de la cama, no quería que la golpeáramos mientras dormíamos.

Repasamos la lista de cuidados hasta que pudimos recitarla de memoria. Teníamos que cambiarle el agua cada doce horas, pero solo se llenaba a la mitad; él terminaba de llenarla con líquido amniótico que producían sus riñones. Lo alimentábamos cada tres horas y lo absorbía con su cordón umbilical. Parecía la trompa de un elefante. Si necesitaba algo entre horas, hacía burbujas. Ella aprendió de inmediato lo que significaban.

Ilustración por Édgar MT

Ilustración por Édgar MT

Apenas empezábamos y yo estaba asustado por el final. Las cuadradas eran para la última etapa de gestación, cuando los pulmones se desarrollan. La doctora nos dijo que debíamos que tener sumo cuidado, ya que el bebé, cuando está preparado, flota a la superficie y llora, hace formal su nacimiento. Tenemos que sacarlo de inmediato o se puede voltear y ahogarse.

Necesitamos ponerle nombre.

Regresé a trabajar, ella tenía permiso de maternidad.

Los días que llegaba temprano la veía con la pecera pegada en el vientre, acariciándola de arriba abajo.

Las primeras veces le cambiábamos el agua juntos. Preparábamos una pecera más grande para ponerlo, tirábamos el líquido, lavábamos y rellenábamos hasta la mitad. El agua era especial, venía con las medidas de las peceras impresas al frente, de modo que la cantidad siempre era la correcta. Una farmacia cercana enviaba semanalmente las bolsas de agua a la casa, ya no teníamos que pedirlas. Y en caso de presentarse algo de urgencia podíamos llamar, tenían todo lo necesario para los bebés de acuario.

Ahora ella le cambia el agua. Paso más tiempo en el trabajo, mi hijo ya no les importa. Como llego después de las nueve lo único que puedo hacer es vigilar la pecera mientras ella se baña. Cuando termina preparo la cena.

Rex no se mueve, solo su trompa umbilical cuando come o burbujea. Era normal, hasta el quinto mes comenzaría a nadar un poco, ya que estuviera en la pecera número seis. Me aburría verlo, sacaba mi celular o iba a la cocina por agua, cuando escuchaba que ella salía guardaba rápido el teléfono. No quería que pensara que no estaba atento.

 

Me levanto por un café. Desde la cocina veo a Rex en la mesa del comedor, inmóvil como es su costumbre.

¡Rubén!

¡En la cocina! No me escucha. Salgo de la cocina. La veo aún en una toalla mojada. Corre a la mesa del comedor.

¿No lo escuchas?

En la superficie del agua nacen y mueren burbujas muy pequeñas, no las podía ver desde donde estaba, y ni siquiera tan cerca las podía escuchar. El agua de la regadera sigue corriendo. Toma a Rex para llevárselo, quiero decir algo, me interrumpo cuando la veo resbalar. No cae, la pecera tampoco, me acerco para ayudarla y me da una cachetada con líquido amniótico.

¿Ves lo que provocas? ¡Lo pude perder de nuevo!

 

Dormí en la sala hasta la siguiente pecera. Aún quedaban once.

Ya no descansamos; ni Rex que gorgojea toda la noche; ella que dice escucharlo y yo claro, que no lo oigo, pero me despierta para decirme exactamente eso. No cree en la imposibilidad de mi oído de percibir lo que está entre las burbujas.

Dejó de bañarse. Ya no cuido del bebé, solo hago la cena y cenamos con él en medio de nosotros. Es mi hijo y lo amo, pero verlo rojizo, en ocasiones rosa, comiendo con su trompa, no es algo que me dé hambre.

 

Ha comenzado a llamarme todos los días al trabajo desde que la doctora le dejó de contestar.

No se calla.

Es todo lo que dice, hemos terminado en urgencias en más de una ocasión, siempre con el mismo diagnóstico: “Todo bien”, “es normal”. No lo cree.

Cuando llego a casa es la misma imagen. Ella en el cuarto con la televisión o la música en el estéreo a todo volumen. Dice que aún lo escucha.

Pequeñas burbujas.

La grasa se le acumula en el cabello. Las ojeras. Los dientes amarillos.

Ha dejado de despertarme por voluntad. La escucho por las noches yendo de un lado a otro con la pecera pidiéndole a Rex que se duerma. No deja que me acerque, solo puedo escucharla del otro lado de la pared.

Ilustración por Édgar MT

Ilustración por Édgar MT

Necesito resolver esto, tal vez hay otros padres que nos puedan dar consejos o un grupo de padres anónimos que se reúnan todos los jueves en alguna iglesia, después de los alcohólicos. De camino a casa paro en iglesias, en un centro doble A y en algunos consultorios a pedir informes. Ninguno de ellos tiene un grupo como el que necesito, pero me dicen que si hay uno en el centro de rehabilitación que se encuentra a diez minutos fuera de la ciudad.

 

Callo el motor, veo la luz de nuestro cuarto extinguirse. Es tarde, debería bajarme y entrar, pero no hay diferencia entre llegar tarde unos minutos o llegar tarde unas horas. Me quedo sentado en el auto hermético, escuchando nada, disfrutando el abismo que genera la ausencia de ruido.

A diferencia de lo que espero, la casa se encuentra en un silencio tan rotundo que el movimiento de mis llaves parece una tormenta, chocando una con otra, generando truenos artificiales. Arriba, le jala al baño y libera el ruido de un tifón en toda la casa. Sigue despierta.

Escucho diminutos plopsdescendiendo por las paredes. Subo las escaleras como si estuviera aprendiendo, despacio y tambaleante. Paso por el cuarto de Rex, veo las peceras vacías, aun nos falta camino.

Abro la puerta de nuestro cuarto y el sonido de agua me golpea los tímpanos, la taza del inodoro se está llenando tan lenta como siempre. Dejo que la luz del pasillo se derrame en mi lado de la cama. En la oscuridad puedo oler su shampoo. Ahí recién dormida vuelve a ser ella ¿Cuánto tiempo tardará en estallar la siguiente burbuja? Me siento en la cama y veo la mesa de noche, la pecera está vacía.

El inodoro termina de llenarse.


Autores
(Mazatlán, Sinaloa, 1990). Ha publicado en la revista digital Efecto Antabus. Participante del dossier sin nombre.

Ilustrador
Édgar MT
(Guadalajara, 1988) Ilustrador, artista visual y director de arte de la ciudad de Guadalajara. Egresado del Diplomado Ilustración Narrativa de las Imágenes de la UNAM y licenciado en Diseño para la Comunicación Gráfica en la UDG. Ha exhibido sus dibujos en diferentes ciudades del país y del extranjero.

Un pueblo ficticio, en California de 1960 y 1970, llamado Vineland: como la tierra prometida de los vikingos, sitúa la vida de una bella adolescente, hija de un hippie estrafalario que recibe cheques del gobierno y una directora, también exhippie, que abandonó todo (incluyendo su hija) para formar parte del sistema del FBI

¿Puede un tema ser más insólito? Hay que tener la mente abierta, y saber a que leemos a un alumno de Vladimir Nabokov, a un tipo misterioso que ha rechazado importantes galardones literarios; famoso por ser un fantasma. Hablamos de Thomas Pynchon, uno de los autores mas punitivos, exigentes y bizarros del Siglo XX y XXI. El tema y la prosa, por supuesto, tenían que ser tan excéntricos como él.

Seamos claros, hay muchísimos escritores extraños, incluso ahora. Un movimiento existe, liderado por la batuta de Carlton Mellick III, y abarca a narradores tan dispares como Laura Lee Bahr o Nick Antosca, el creador de esa serie macabra llamada Channel Zero, quienes buscan trascender lo fantástico o el horror, y que son influidos en parte por el surrealismo: el género bizarro. ¿Se podría afirmar que Thomas Pynchon es uno de sus padres? No exactamente. Lo que hizo el autor invisible, ganador del National Book Award y el Pulitzer, antecede al movimiento antedicho; partiendo desde una visión posmoderna de la estructura de la novela, de los personajes, que lo acerca a Robbe-Grillet. Y no es porque Pynchon sea vanguardista, lo suyo es la narración más disparata y enferma, a la vez que ágil y enciclopédica que golpea a los lectores con la fuerza de un poderoso alud.

La publicación de Vineland (1990) llega a su 30 aniversario, la novela que tardó 17 años en publicarse, y que era esperada por críticos, lectores exquisitos, curiosos y escritores por igual. El mismo Salman Rushdie hacía cábalas meditando sobre lo que vendría a continuación. ¿Por qué? El trabajo anterior fue la inabarcable El arcoíris de la gravedad, nacida en 1973. Lo que se esperaba era algo parecido, tal vez igual de desmesurado, promesa que no se cumpliría hasta la publicación de Mason & Dixon.

Sin embargo, ¿quién que haya leído Vineland pensaría que se encuentra con un “respiro entre novelones gigantes”, como dijo John Leonard para Nation? Tal vez la extensión pueda resultar engañosa. Cuando alguien, un lector curioso, escucha sobre Pynchon, si es lo suficientemente obsesivo, se hará con un par de sus libros. El escritor esquivo tiene tres novelones que justificarían esta obsesión, o al menos harán que un lector travieso levante una ceja.

La “trilogía”, porque en realidad no lo es, estaría conformada por El arcoíris de la gravedad, Mason & Dixon y Against the day (o Contraluz, como fue nombrada en español por la editorial Tusquets). Lo siguiente sería examinar la prosa en cualquiera de estos libros para comprobar que, si bien esto no es la prosa de Woolf o Faulkner, al menos no se parece a la de alguien cuyo interés se centre más en la historia que en las figuras narrativas, en la estructura, en la locura.

Como decía, esta apreciación, guiándonos por el tamaño de los tomos gordos, es errónea. Novelas como La subasta del lote 49 o la misma Vineland parecerían creaciones de menor calibre, cosa que no es cierta, pues la novela más californiana de Pynchon es una arremetida contra de los valores históricos estadounidenses de las décadas 60, 70 y 80; además de una novela política repleta de surrealismo y transiciones cuasi oníricas que nos hacen pensar en la influencia que ejerció su prosa, aunque de manera indirecta, en narradores tan dispares como László Krasznahorkai o Mircea Cartarescu. Pero, vayamos directo, ¿qué es Vineland? ¿A qué hace alusión esta tremenda novela de mediana extensión?

Vineland, si se recuerda, es la tierra prometida hallada por el hijo de Erik el Rojo, Leif Eriksson, al llegar a las costas de Canadá, a la altura de Terra Nova. Esta región fue llamada así porque, según los registros vikingos, la tierra estaba llena de viñedos. La vid es el material esencial para la creación del vino, y California, como se sabe, es también una región vinícola; pero, si empezamos a adentrarnos en la extraña historia que tejió Pynchon en menos de 400 páginas, es también el centro de las drogas, la tierra de los fumatas, de las actrices en busca de sentido, de las directoras melancólicas que buscan en los rescoldos de su pasado una explicación para sus inclinaciones hippies y antihippies. El pubelo es un territorio mítico, ficcional, pero reconocible por los bosques de secuoyas, por las clásicas playas californianas con nombres en español, como “Playa Gordita”, además de la cercanía con Los Ángeles.

Y es, de alguna forma, esta Nueva Jerusalén el personaje más reconocible de la novela pynchoniana, porque además de Prairie, Zoyd, o el y terrible Brock Vond, los personajes se desarrollan con apenas unas cuantas descripciones, por medio del diálogo y de las acciones disparatadas, o hasta atravesando las extrañas señas de identidad que van saliendo una tras otra conforme la lectura avanza y el laberinto se hace más intrincado.

La historia de la novela retrata, si es que verdaderamente existe una historia per se en Vineland, la melancolía de una adolescente, Prairie, quien extraña a su madre, una ex hippie que se pasó “al lado malvado” de los federales, prendada de Vond debido a un deseo sexual apabullante.

La madre de Prairie estaba casada con Zoyd Wheeler, un sempiterno adolescente aficionado a las drogas, hippie del recuerdo, que recibe cheques gubernamentales debido a su situación mental. Cada año realiza una exhibición en la que atraviesa el cristal de alguna tienda para demostrar su locura. El mismo Zoyd extraña a su ex esposa, Frenesí, cuyo mismo nombre ya anuncia la personalidad casi psicópata del personaje, quien manifiesta conductas tiernas pero esquizoides, conformando una psicología (si es que esto puede decirse de algún personaje pynchoniano) contradictoria que hace a Frenesí entrañable.

Los personajes que se van sucediendo, uno tras otro, como si Vineland fuera un moderno Cuentos de Canterbury, o incluso una renovada Manuscrito encontrado en Zaragoza, retoman el foco de la voz narrativa para llevarla a aventuras extrañísimas, como las de LD y Takeshi Fumamoto; en medio de rituales místicos, ninjas, drogas y viejas técnicas para matar a alguien sin que este se entere.

La profundidad de los personajes no llega a parecerse a la de novelas mucho más convencionales, pues se intuye que la intención de Pynchon era retratar una espiral que da vueltas sobre sí misma en una especie de fijación física. El tiempo no existe o es circular. Los escenarios y la figuración temporal van dando vueltas en su mismo eje, superponiéndose con el hilo conductor de la melancólica, guiada por la curiosa Prairie, quien ancla la narración; aunque dejando que los pasos de los personajes vayan lo suficientemente lejos para perder al lector por varias páginas.

La prosa pynchoniana es compleja, pero menos que en El arcoíris de la gravedad, en parte porque, a pesar de la exaltación de la escritura y de las historias que van cayendo un tras otra ante los ojos del lector, hay un escenario, una enmarcación que define el significado y los alcances, que son diversos.

Para empezar, si se fija la atención en El arcoíris, el lector se percata de que la novela describe a Europa durante la Segunda Guerra Mundial, sin seguir las formas convencionales. La obra es vasta y casi eterna, llena de personajes que van apartando a sus antecesores para después darle la batuta a uno que ya casi hacíamos perdido. Por fortuna, los nombres son igual de hilarantes en Vineland, que en otras novelas pynchonianas. En esta es la California de 1984, con una visión a los años 60, la que está clavada en las uñas del narrador, en la lengua, en sus oídos.

No debe ser un accidente el año en que se ambienta el relato, pues si bien no existe una distopía en Vineland, se siente la nostalgia por la era de la inmadurez, por los hippies y las drogas que buscaban alterar el estado de consciencia, expandirlo, convertir al humano en un ser de luz, cosa que acaba con la brutalidad de Reagan o de Thatcher, del mismo Brock Vond, que personifica la brutalidad de los agentes federales de los años 50, la paranoia anticomunista, el horror ante “la liberación” de la generación de “los amantes de las flores”. Vond es el FBI, también representa la masculinidad fulgurante, manifiesta en la polla de Vond, que se menciona en boca de Frenesí, su amante puesta en cintura, o de cualquier otro que tenga el infortunio de encontrarse con tal mole humana.

Uno de los aspectos más interesantes de Vineland es, quizás, el interés de Frenesí, la directora de cine, exhippie, exesposa, exmadre de la bellísima adolescente Prairie, hacia la masculinidad tóxica (nunca mejor ejemplificada) de Brock Vond, de su polla, de su fortaleza, de su cinismo e ira.

Resulta claro que Pynchon no nos retrató a una mala madre, a una mujer perdida, a una “mujerzuela” que se va por interés, sino a una mujer llena de contradicciones y miedos. Las escenas sobre su maternidad son dolorosas e inquietantes, la obligación de la misma Frenesí a quedarse anclada a una secuoya, al lado de un pelele cuyo nombre evoca a Shaggy de Scooby Doo, o a cualquier otro perdedor desgarbado de la cultura pop occidental. ¿Cómo se casó una mujer así con un hombre tan estúpido como Zoyd?, ¿cómo puede sentirse tan atraída por la desgracia humana del brutal Vond?

Como una espiral que se va cerniendo sobre sí misma, el uróboros termina por morderse la cola, en un final disparatado y humorístico que deja al lector en un estado cercano al de los psicotrópicos que abundan en la novela. Vineland, para sorpresa de cualquiera, es una novela en espiral que termina por cerrar en un círculo perfecto, aunque los encuentros entre los personajes sean anticlimáticos, desquiciados, extraños, o se difuminen en las cajas que caen sobrepuestas donde parece perderse el hilo conductor que tal vez nunca quiso guiar nada.

En su 30 aniversario, Vineland parece una novela extravagante, tan innecesaria como necesaria, igualmente contradictoria y cómica como seria y “tesística”. Es una probada justa, mortal, pero accesible para el delicado y desaforado banquete de la prosa pynchoniana.

A comparación de otros autores norteamericanos célebres, para adentrarse en la narrativa del autor fantasma no es lo mejor empezar desde el inicio, desde V., tampoco desde sus novelas más complejas y largas, que pueden llegar a desalentar a un lector poco brioso. Vineland es una gran opción para empezar a recorrer los vericuetos de personajes que son anagramas, esperpentos, figuras ilusorias, seres humanos heridos y mucho más, para las historias peculiares y siempre estrambóticas de uno de los escritores más extraños de la narrativa norteamericana (otro autor, tocayo suyo, Thomas Ligotti, se acerca en cuanto a rareza e invisibilidad a Pynchon).

Vineland es la tierra prometida, la apertura a la continuación de la prosa del autor de El arcoíris de la gravedad; un mundo en el que las drogas y los perros se unen en una especie de apoteosis narradora que abarrota, subyuga, e ilusiona con disfrutables bofetones de comicidad y extrañeza, haciendo que, después de lo que hemos pasado como lectores, descubramos un ligero toque proustiano hacia el final, donde el círculo que se abrió hasta lo inconmensurable, por más improbable que parezca, termina por cerrarse.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración de Richard Zela

So with my eyes I traced the line

Of the horizon, thin and fine,

Straight around till I was come

Back to where I’d started from

Edna St. Vincent Millay

En 1889 Nellie Bly guardó, dentro de una pequeña bolsa de piel, los artículos necesarios para su viaje alrededor del mundo. La mujer quizá observó su tocador, los cajones de su cómoda, algunos pares de zapatos puestos en línea, examinando su relevancia o intentando predecir los cambios de humor de las nubes en los meses próximos. Sabía que, si todo iba como estaba planeado, su nombre ganaría la eternidad de las cosas que se recuerdan; y ella conseguiría un lugar en la Historia de los hombres.

¿Qué es lo que se empaca para una travesía nunca antes lograda?, ¿cuánto es esencial para navegar el mar y tomar trenes y cruzar carreteras?, ¿cuánto, para caminar la Tierra? Bly seleccionó solamente unos cuantos objetos; porque lo necesario es casi siempre muy poco. La lista se redujo: ropa interior, dos gorras, dinero, un reloj, papel, lápiz, tres velos, un blazer, un par de zapatillas y un botecito de crema para el rostro. La mujer confesó en un texto escrito a su regreso que aquella había sido una de las tareas más difíciles de su vida.

Pero Nellie Bly había estado siempre dispuesta a abandonar más que las cosas en su armario; la ciudad donde nació, por ejemplo, su familia, su nombre original. Este último, Elizabeth Jane Cochran, no apareció en los carteles, en los diarios de la época ni en las portadas de los libros que publicó en vida; quedó, sin embargo, en un acta de nacimiento de Pensilvania fechada el 5 de mayo de 1864. Todo lo que Elizabeth eligió e, incluso más, lo que aceptó dejar atrás, la convirtió con el paso de los años en una de las mujeres más conocidas del mundo, la hizo ser Nellie Bly.

 

*

 

La historia de Nellie es la de una mujer itinerante, guardando su vida en maletas que se hacían más pequeñas mientras ella crecía en identidad. Su naturaleza errante logró consolidarla, le brindó una voz fija y reconocible. Una mujer observando y dejándose observar, Bly seguía el rastro de sus ideas, las olfateaba a lo lejos y no dudaba en tomar camino hasta encontrarlas, hasta hacerse parte de ellas.

“But tell me, who are they, these wanderers?”, escribió Rilke, y bien podría haber estado hablando de Elizabeth Jane, de Nellie Bly y de todas las que fue en el transcurso. Para entenderlo debemos remontarnos a aquel día en el que la mujer leía el periódico. Con veintidós años, pasaba las hojas delgadas manchando los dedos índice y pulgar de tinta negra, hasta que un artículo atrajo su mirada y le produjo la más profunda indignación. El título preguntaba con burla: “What Girls are Good For?”; el autor desarrollaba en la columna que las mujeres servían para tener hijos y estar en casa. Forjar una carrera, estudiar; existir fuera del hogar le parecía, simplemente, una

pérdida de tiempo. Idea bastante común a finales del siglo XIX, no era inusual verla desplegada en los diarios.

Quizá, lo único peculiar de todo aquello fue Elizabeth tomando una pluma para responder a la opinión pública con la voz individual. La controversial réplica, con la firma “Lonely Orphan Girl”, hizo que el Pittsburgh Dispatch le ofreciera trabajo como corresponsal. Fue entonces cuando el editor la bautizó como Nellie Bly, tomando el mote de una antigua canción estadounidense. La suave melodía del piano o la mujer retratada en la letra, femenina y atenta a las necesidades de su marido, tal vez le parecieron ideales al editor del Dispatch para las columnas que tenía planeado asignar a Elizabeth, quien terminó por cubrir almuerzos de señoras y exposiciones florales. Dos años después, cansada, dejó en el escritorio de su jefe una nota: “Dear Q.O: I’m off for New York. Look out for me! Bly”.

Llevada por un impulso que ya no podría contener, huyó de las expectativas que recaían en su juventud y belleza, en su cuerpo de mujer. Maleta en mano partió al este, con un alma libre y un nombre nuevo.

 

NELLIR BLY

Ilustración de Richard Zela

 

 

Nadie la esperaba en Nueva York. Los hombres de la ciudad no supieron anticipar el acontecimiento que sería Nellie; un espectáculo, quiero decir, alguien digna de ser vista. Por meses tocó las puertas de los periódicos sin suerte. Una mujer que escribe no podía ser sino una broma, pensaban. Pero Bly poseía constancia de sol, saliendo cada día sin tardanza ni pesadumbre. Eventualmente, Joseph Pulitzer aceptó contratarla en el New York World si lograba completar un reportaje; debía infiltrarse en Blackwell’s Island, un famoso frenopático y desenmascarar los horrores que escondía.

Fingió una locura practicada por días frente al espejo. Salió de casa llevando solamente una libretita para hacer notas y algunas monedas. Diagnosticada con histeria fue trasladada al hospital psiquiátrico bajo el nombre de Nellie Brown. En el vestíbulo las grandes escaleras revelaban una majestuosidad pronto opacada por el denso aire del dolor. Charles Dickens las había pisado también, años antes, apuntando luego su elegancia y amplitud. El escritor hizo una visita corta y decidió irse, no soportó el sufrimiento en los rostros, las voces traspasando los muros, retumbando en los peldaños. Dickens tuvo la libertad de partir. Las puertas se cerraron con llave detrás de Nellie; le asignaron un cuarto, le dijeron que no saldría de aquel lugar.

Diez días después Joseph Pulitzer hizo lo necesario para llevarla de regreso a casa. Nellie Bly publicó un aterrador artículo hablando con detalle del tiempo en el que estuvo encerrada. Lo había logrado; la piedra angular de su carrera estaba puesta y a la espera de la edificación que pronto le seguiría.

En su reportaje “Ten Days in a Mad-House”, exhibió la crueldad de los doctores y las enfermeras; habló sobre la vulnerabilidad de las mujeres acusadas de insanidad. Quién no se volvería loco, se preguntó, encerrado por semanas en un cuarto gris, sin permiso de hablar, de leer, de tener algún contacto con el mundo. Quién no caería, finalmente, en aquello que llaman histeria.

 

*

 

Inesperada e improbable, la voz de Nellie Bly entró en la escena periodística estadounidense. Su andar itinerante la llevó a planear el viaje que la consagraría. Le propuso a Pulitzer realizar una vuelta alrededor del mundo en menos de 80 días; inspirada, por supuesto, en el personaje de Julio Verne, Phileas Fogg. Ella conseguiría, aseguró, establecer una nueva marca. Al afamado periodista le pareció una gran idea, digna de ser realizada por un hombre. Argumentó que las mujeres iban siempre escoltadas y que era imposible lograr aquella empresa con la cantidad de maletas con las que viajaban regularmente las damas, seis o siete, según fuera el caso.

Pero Pulitzer no contaba con la pericia de Nellie a la hora de empacar; sabía bien qué guardar y qué desechar. Se regía por la ligereza en la carga, por aquello que le permitiera avanzar a ritmo constante. Dos días le fueron dados para prepararse, eligió una maleta Gladstone café y el atuendo que portaría durante los siguientes meses.

La ropa con la que salió de casa para tomar un barco de vapor a Inglaterra: un abrigo victoriano de cuadros negros y blancos, un gorro a la Sherlock Holmes, guantes y una pulsera de oro en la muñeca derecha, fueron las piezas clave de su autorretrato, los elementos con los que se convirtió en un ícono. Dentro de la bolsa de mano hizo espacio para lo único que no era indispensable llevar sino una elección, una comodidad: el botecito de crema facial.

Pienso en Nellie despertando en territorios desconocidos, entre hablantes de lenguas que no entendía, y creo que su elección no fue simple vanidad o el deseo de un cutis juvenil. Era la esperanza de un ritual que podía ser más o menos conservado. Abrir el bote, esparcir la crema suavemente en el rostro y el cuello, sentir cómo entraba en los poros, cómo hidrataba la piel; era la rutina que permanecería entre los cambios bruscos, el recuerdo del autocuidado, del hogar y sus olores.

La crema era un tótem, una raigambre; la conservación de la identidad y la esperanza del regreso.

 

*

 

Nellie Bly hizo un ligero desvío en su ruta. En Francia, Julio Verne la esperaba con vino y galletas, curioso de ver a la contrincante de su personaje, a la mujer que creía tener la capacidad de vencerlo. En la pared de su estudio colgaba un mapa donde se trazaba la ruta que Phileas Fogg había seguido en su aventura. Enseguida, Verne trazó la de Nellie; Brindisi, Puerto Saíd, Adén, Colombo, Singapur, Hong Kong. Nellie veía los pasos que faltaban, estaba un poco más cerca de su meta.

Los periódicos siguieron la vuelta al mundo en 72 días realizada por Bly contra los pronósticos, las reglas y el tiempo. Registraron su recorrido, se sorprendieron con su perseverancia, reconocieron la hazaña. Quién hubiera pensado que una chica de Pensilvania sería la primera en batir el récord. Quién hubiera predicho que sería una mujer la que vencería los límites de lo imaginado. Reprodujeron su imagen en juegos de mesa, en carteles, en anuncios de pastillas para dolores de cabeza y constipación; ojos puestos en ella, las semanas pasaban y su vida era una noticia urgente.

Elizabeth Jane Cochran es recordada como era en aquellos días. Se mantuvo estática en su itinerancia como una veinteañera llamada Nellie Bly; trazando con su imaginación una línea en el horizonte, siguiéndola de ida y vuelta. Después de algunos imprevistos, pisó las tierras estadounidenses; con un abrigo a cuadros protegiéndola del viento nordestino, casi podía ver las luces de Nueva York brillar a la distancia. Llegó a Pittsburgh, en donde una multitud aplaudió su paso. Más de la mitad de los presentes eran mujeres juntando las palmas con algarabía.

72 días, seis horas y once minutos; una maleta de mano y una crema para el rostro le fueron suficientes para convertirse en un estandarte de posibilidades; en la certeza de que el mundo podía ser conquistado por cualquiera, si se sabía elegir las cargas correctas.

 

Ilustración de Richard Zela

Ilustración de Richard Zela


Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Ilustración de Eduardo Ramón Trejo

 

Estoy harto de siempre ver a la misma gente bonita en todas las pantallas. Rodeados de brillo, luces espectaculares y un millar de gritos clamando por ellos.

 

Tal vez Iron Man es un héroe precisamente porque nunca se queda viendo al techo preguntándose cómo llegará al final de la quincena, por qué sigue vivo. No le teme al futuro surgiendo como Galactus, mortífero y avasallante.

 

¿Si fueras un alienígena y conocieras a la humanidad por sus películas taquilleras, qué podrías asumir?

En principio, verías que todo sucede de la infancia hasta los 40 años, la vejez es un vacío emocional y existencial limitado a los papeles secundarios. Los padres y tíos ancianos sirven más como tumbas motivadoras que personajes reales ¿Acaso spiderman nunca se queda a platicar en las noches con su tía solitaria? Batman lo tendría más fácil, de tener padres, bastaría contratar una legión de enfermeras para cubrirlo durante sus jornadas nocturnas. Como una verdad incómoda, hacemos todo lo posible para no pensar en el futuro, el desgaste de la piel firme, la acción, la pasión. Millones son destinados para rejuvenecer a las grandes estrellas, ocultar bigotes, lunares, cicatrices. Para mantener la ilusión.

 

Presenciamos una película que nunca deja de promocionarse, usa todas las pantallas y bocinas a su disposición para asegurar que sepamos nombres, caras, poderes y trajes ¿Por qué lo permitimos? Quiero ver en la cartelera al anciano que toda su vida estuvo en el closet y al fin conoce el amor. Quiero poder ir al cine de la plaza y enseñarle a mi abuela cómo lidia una señora con la pérdida de su memoria. Así al menos ella no se sentiría tan sola.
¿Entre más envejeces, la culpa, el bochorno, la depresión se siente peor o sólo deja de importarte? ¿Qué pasa con la gente que arruinó toda su vida de forma lenta e imperceptible? Una historia de terror.

 

¿Te has dado cuenta que en las películas, salvo las parejas sentimentales, casi nunca se abrazan efusivamente? ¿Tú abrazas efusivamente?

 

Yo quiero ver a Spiderman con la voz cortada, intentando explicar entre sollozos por qué duele tanto; pidiendo perdón por ser un estorbo ¿Por qué, entre explosiones y disparos, los salvadores, confiados y musculosos, nunca rompen en llanto después de casi morir y matar a 30 personas?

¿John Wick tendrá pesadillas donde nada en un mar de sangre? Noches enteras repasando los rostros de todos a los que les arrebató la vida.

 

Ya no quiero más del asqueroso sabor a plástico que tengo al salir del cine. Las celebridades impolutas, el espectáculo cuidadosamente armado palidece ante los clamores de vida que vivo cada día; las miradas preocupadas, la tristeza en compañía, las carcajadas fortuitas. Quiero ver personas de carne y hueso, ya no más brillo sobre brillo, mentiras recubiertas con plástico y ci-yi-ai.

 

Quiero una película sobre la relación a distancia de mi madre y los amores que nunca fueron. Sobre todo, quiero que ella desee ver esa película, que no sea solo la bien vendida recomendación de alguien.

 

¿Por qué en las películas las parejas siempre terminan pareciéndose? Tienen la misma sonrisa de comercial, el peinado hacia el mismo lado, la misma altura (ligeramente distinta para encuadrar el beso perfecto). El beso perfecto: cuando llega la policía, las ambulancias y todo el peligro ha pasado…por ahora (aún faltan 2 secuelas).

 

Soy apenas más alto que la Viuda Negra y también quiero un protagonista chaparro. Un protagonista chaparro con un novio, con una novia increíblemente alta; unos novios de esos que cuando se besan, sus cuerpos adoptan formas de árboles viejos, que aprovechan los escalones para verse a los ojos.

¿Cómo encuadrar a un larguirucho y un chaparro? Más de 100 años de cine y sólo Fassbinder me ha dicho que en las ficciones también sale gente sin glamour.

 

¿Los feos pueden salvar el mundo? Tal vez, afuera del set.

Una vez leí que a Tom Cruise le dan un banquito para quedar al nivel de su contraparte femenina; el mismo actor que tantas veces arruinó planes de terroristas, sociedades secretas y amenazas biológicas.

¿Qué pensará Tom Cruise sobre su banquito? ¿Sentirá vergüenza al recordarlo cuando le cuesta trabajo dormir? ¿Por qué si la naturaleza del cine es crear una ilusión, el banquito y toda esa norma corporal se sienten como un insulto?

 

Por fortuna, el resto de las artes y la historiografía misma sirven como perenne consuelo. Saber que mi nariz no es tan enorme como la de Francisco I; más la fortuna de no ser reconocido, entre otras cosas, por ser feo como Sócrates reducen mi sentimiento de extrañeza. Pero no es suficiente para mí, hay algo en la imagen en movimiento que es tan inmersivo, tan maravilloso y estimulante. El cinematógrafo estuvo esperando a contar historias, y ahora tenemos esta maquinaria millonaria que al final del día apenas y recordamos.

Frente a tal contrincante, es evidente que un ensayo no va a cancelar las siguientes 15 películas de Rápido y Furioso. Hay quien me dirá que podría evitarme todas estas quejas si conociera las cintas correctas, las de los viejos enamorados, las que encuadran la vida. Tal vez no pido que los superhéroes sean más reales, sino poder ver más cine real. Que las opciones no sean la misma cartelera de siempre o la piratería. La gran ventaja del imperio cinematográfico (además del dinero) es que entiende a las masas, se jacta de conocernos. El otro cine, el de los silencios, de los canales culturales, de arte; intenta hablarnos desde la verdad, el problema es que para dialogar necesitas ojos (que paguen su entrada). Y esos ojos ya fueron aprisionados con nombres, rostros, videos, cereales, entrevistas, ropa, todo con la misma imagen registrada.

 

¿Qué película quieres ver?

 

Buscar al cine que se siente real, es un camino medianamente complicado. La opción más sencilla está en internet, hay que evitar los virus, el audio desfasado o un doblaje deplorable. Si quieres que el viaje sea más cómodo, puedes rentar la película. Sin embargo, la única posición realmente ventajosa es vivir cerca de un lugar donde proyecten esa clase de cine. Queda claro que opciones hay muchas, lo problemático, la cuestión del asunto, es en saber qué buscar. Para que alguien sepa cómo se llama una de esas películas que muestra lo real, alguna persona debió decírselo, leerlo en algún lado o visto un fragmento por casualidad (esa es mi manera favorita).

 

En cambio, para las grandes producciones, nadie escapa de reconocer suspelículas, por algún nombre dicho en el transporte público, un video de internet, los espectaculares en la calle. Cómo le cuento a mi primo de diez años sobre la llegada de Akira y las persecuciones en moto cuando su gorra, mochila y tenis tienen al millonario robótico apuntándome a la cara. Se han encargado de hacer que todo el planeta alabe a lo mismos héroes, la libertad que me queda es quejarme, quizá lamentarme.

Tal vez mi problema no es con las películas de superhéroes, sólo son la vanguardia del espectáculo que manufactura nuestras vidas. Tal vez el problema son las jaulas de 6 días a la semana y 8 horas diarias. Queremos escapar de todo lo que se parezca a esta vida que va hacia ningún lado y un mundo que nunca ha tenido cabeza. En la desesperación por buscar un descanso de todo esto, a algunos les reconforta saber de otra tierra con peores problemas siendo salvada por superhéroes; pero lentamente, las explosiones pierden su llama, los actores envejecen, uno a uno nos quedamos a solas con pantallas oscuras y aún más incertidumbre. En un país pobre, desigual y en guerra, ya nadie cree en millonarios que rescatan al pueblo, en justicieros que acaban con los malos, ni en un repartidor de pizzas con la energía suficiente para combatir el crimen.

 

Por ahora, solo pido que las películas se sientan un poco más reales, no más estruendosas, ni épicas, ni costosas. Quiero poder dejarme llevar, creer que un héroe llegará para salvarnos.

Es una súplica.


Autores
(Chicontepec, 1997). Estudiante para profesor de primaria, en un intento por no perder la esperanza. No participa en muchas convocatorias, por miedo al rechazo más que por petulancia, debido a ello tiene pocas publicaciones. Disfruta la literatura crítica pero con humor, es un fiel creyente del absurdo.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, desarrolla su estilo en la ilustración a través de la técnica del collage. Ha colaborado en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Sus colaboraciones se han publicado en medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Concierto de Óscar Chávez en el Espacio Cultural Los Pinos, 2020. Secretaría de Cultura.
Concierto de Óscar Chávez en el Espacio Cultural Los Pinos, 2020. Secretaría de Cultura.

Para una minoría Óscar Chávez es una suerte de músico atado a los años setenta, músico político más que artista, desfasado y añejado. Para otros es el Caifán mayor, el actor de cuello levantado y voz potente que encarnó al Estilos en la señera película de la época, Los Caifanes (1967), dirigida por Juan Ibañez. Para otros es un historiador de la música mexicana del siglo XIX y principios del XX. Para unos más un activista, que siempre, desde la fatídica fecha del 2 de octubre de 1968, y de ahí para delante, puso el dedo en la llaga a través de canciones y fuertes declaraciones. Se vende mi país, decía en algunas canciones y en otras, con ironía describía la “casita” que se hizo el Negro Durazo, el corrupto jefe la policía mexicana, pero la canción acabó por aplicarse a la clase política en general. Para otros más, es una especie de baladista que rompía esquemas, el sueño de amor de muchas mujeres y el tipo a imitar por varios hombres.

Chávez fue eso y mucho más, pero principalmente fue un hombre de profundas convicciones y arraigadas tradiciones. Cada año, durante poco más de veinte, organizaba un concierto en el auditorio nacional, una cita obligada para sus seguidores, donde cantaba sus éxitos y presentaba canciones nuevas. Su casa musical fue Discos Pentagrama, en la que grabó poco más de cuarenta discos de los casi ciento cincuenta que grabó.

 

Un historiador musical

En esta friolera de títulos, muchos de ellos están dedicados a la recuperación de música no solo de México como lo hizo en el caso de los discos Herencia Lírica Mexicana volumen I y II, Latinoamérica canta, y luego Añoranzas mexicanas, ambos con dos volúmenes. En ellas hacía un recorrido por la canción escrita en el siglo XIX y principios del XX en nuestro país y en el subcontinente. E incluso, se remonta a al virreinato. La célebre “Román Castillo”, de autor anónimo, es un romance datado en la horquilla de siglos XVII-XVIII. Esta canción que se volvió parte de sus concierto y una de sus más clásicas interpretaciones.


En ella se muestra mucho de lo que ya conformaba la idiosincrasia del mexicano: los criados, el caballo, la honra, el romance prohibido y la hidalguía. Claro, en un ritmo de romance a lo español. Román Castillo es un héroe trágico porque se enfrenta a los ricos, o cuando menos eso deja entrever la letra, tan críptica y por ello tan abierta a interpretaciones.

Otra canción clásica de su repertorio es “Marihuana”. Otra canción de autor anónimo, esta del siglo XIX, que supuestamente hacía referencia satírica al inefable Antonio López de Santa Anna, que apuntan las malas lenguas, era gran fumador de ella.
Mariguana tuvo un hijito
y le pusieron San Expedito,
como el abogado de los de Santana
porque era Sansón para la mariguana.

 


Para más referencia, San Expedito era el abogado de las necesidades urgentes, prácticamente del dinero. Aunque con el tiempo, la fe de los mexicanos ha ido cambiando dependiendo la época. La canción caló muy bien entre las juventudes de los años sesenta que veían en el uso de drogas recreativas una bandera para diferenciarse de las rígidas normas del partido único. Cuni, cuni, cantaban ellos y la rana.

Otra canción clásica de su reportorio era “La Llorona”, que como muchos otros músicos mexicanos, aportó su propia versión. Esta canción también hunde sus raíces en la época virreinal, donde el mito de la filicida se crea. A esta canción se integra su hermana siamesa, “La Ixhuateca” en la versión del poeta Andrés Henestrosa, también basada en una canción anónima. En esta La llorona se convierte en su versión oaxaqueña y juega con el amor que busca la muerte.

“Perdón”, el bolero de Pedro Flores, se volvió una de las de las obligadas de su repertorio, un ícono que versionaban otros, ya no como creación del puertorriqueño, Flores, sino de Chávez.

https://www.youtube.com/watch?v=evgMgVnw4mw
Sus parodias políticas fueron sus éxitos más recientes, convirtiéndose luego en parodias neoliberales. Sin embargo, la versión que hiciera de La Casita, autoría de Felipe Lara y Manuel José Othón, donde a menara bucólica, ambos autores hablaban con amor de sus pobreza, Chávez la convirtió en el cinismo de la riqueza mal avenida.

A las parodias políticas y satirizar a un político se unieron la recuperación de las Canciones de la Guerra Civil y Resistencia Española (España 1936-1939-1975), también la recuperación de boleros del Caribe, entre muchas otras canciones que iban engrosando cada vez más su repertorio.

 

Un hombre de cine

Óscar Chávez estudió actuación con el gran Seki Sano (el cojo, como le decía Jodorowsky), gran maestro que fue expulsado de muchos países por su formación marxista. Con el tiempo, Chávez sería parte de una camada de actores que tomarían el cine mexicano y el teatro. Entre ellos sus compañeros en la icónica película Los Caifanes. (Cinta de la que, por cierto, Armando Ramírez se pitorreaba). Julissa, Ernesto Gómez Cruz, Enrique Álvarez Félix, Sergio Jiménez y Eduardo López Rojas.

La película con guion original de Carlos Fuentes (una especie de capítulo perdido de La región más transparente, llamado en primera instancia Fuera del mundo), fue modificado por el director teatral y a la postre, director cinematográfico, Juan Ibañez, llenando de calle lo propuesto por Fuentes. Cada uno de los personajes correspondería a un rol y cliché, siendo el de Chávez el del héroe trágico a lo Román Castillo. El Estilod fue la fusión de un personaje que desapreció con la reescritura del guion, fusionándose con otro El Rostro.

El Estilos se convirtió en una especie de masculinidad deseada, porque, pese a ser varonil, también era frágil y tierna. A lo barrial y callejero, se le unía la capacidad de cantar a capela y a recitar poemas sin esfuerzo. Mucha gente creyó que así era el actor, Chávez, que si bien dio mucho de su personalidad, la verdad es que también consistió en trabajo actoral.

Esto quedaría de manifiesto en la película El cuerpazo del delito (1970) Chávez interpretaría un personaje cómico llamado El Dedos. No quedándose a la saga del resto de actores cómicos con más tablas: Mauricio Garcés, José Gálvez, Roberto Gómez Bolaños, el increíble Ramón Valdés y Angélica María.

https://www.youtube.com/watch?v=5r6ieC_HqYg
Debido a diferentes conflictos con el sindicato de actores, Chávez tuvo solo fugaces apariciones en el cine nacional. Como él mismo contó en una entrevista: “(Los Caifanes) Se hizo con muy poco dinero, con todas las dificultades del mundo, por eso estimo mucho esa experiencia. Había muchos conflictos entre los sindicatos, traían un desmadre increíble. Por platicártelo rapidito: la filmación se interrumpió como quince veces. Se filmó prácticamente en la calle, con un clima del demonio. Fue un esfuerzo titánico y mis respetos al director, Juan Ibáñez, que ya murió”.

En Rompe el Alba (1988), ópera prima del tijuanense Isaac Artenstein, Chávez encarna al migrante chihuahuense Pedro J. González, que llegaría  la  ciudad de Los Ángeles en 1926, donde, luego de varios empleos acabaría siendo el conductor de un programa radiofónico. Poco a poco, y gracias a la música, que interpretaba en vivo con su guitarra, corridos y baladas, acaba por convertirse en portavoz de los braseros.

Así como el propio telegrafista convertido en locutor, tuvo problemas con los anunciantes norteamericanos que veían en el a un rojo despreciable, así también Chávez acabó teniendo problemas con los diferentes gobiernos y poderes fácticos. González y Chávez tendrían vidas paralelas, unidas por la música y el activismo. Chávez había nacido para interpretar a González.
Su legado

Pese a siempre estar en la independencia, dejando de lado los grandes medios de comunicación y las disqueras transnacionales, Chávez fue creando una siempre creciente base de seguidores. No solo dolió entre sus contemporáneos su muerte, sino entre las nuevas generaciones que lo fuimos adoptando como cantante/actor favorito. Gran influencia en el rock nacional, por ejemplo, compartiendo escenario con gente a la que le doblaba la edad. Siempre sencillo, honesto, era capaz de brindar con el mismo profesionalismo una entrevista igual a una radio por internet que a un diario nacional.

Hasta siempre… Óscar Chávez.


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Ilustración de Caro Monterrubio

El vendedor subió al microbús con una ligereza sospechosa. Llevaba un bulto lleno de mercancía: chicles, chocolates, golosinas. Algunos pasajeros siguieron escuchando música. Otros clavaron la mirada en las hileras de coches que apenas si se movían. Yo volví a mi lectura. Hicimos lo que cualquier contingente de pasajeros en un viernes caluroso podía hacer: lo ignoramos.

Él no se dio por vencido. Se abanicó el rostro con su vieja cachucha mientras sondeaba la situación. Cantó otra vez sus productos, uno por uno, presumiendo una desgastada voz de presentador de circo. Ante la falta de reacción, remató los precios de todo lo que llevaba. Tampoco obtuvo respuesta. En el micro sólo se escuchó cómo el conductor destrozaba la segunda marcha del motor.

—¿Nada de nada? —torció una ceja.

Puso sus productos en un asiento vacío y se rascó la barba incipiente. Dejó pasar al fondo dos pasajeros que acababan de subir mientras aclaraba la garganta. Casi una cuadra después volvió al ataque. Había algo en él que me inquietaba.

—Damita, caballero, no lo piense. Sólo hoy. Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta.

Cantó la última frase con una contundencia electrizante que nada tenía que ver con la primera impresión que dejó su gorra percudida. La repentina autoridad de su voz tomó a algunos por sorpresa. Ahora le prestamos atención. Carraspeó para despertar a aquellos que todavía no lo miraban. Luego pasó a su lado para asegurarse de que él era el centro del espectáculo. Y una vez que todos volteamos a verlo, se llevó una mano al pantalón y la sacó cerrada en puño para prolongar lo más posible la expectación que teníamos. Al ver nuestra curiosidad, sonrió triunfante.

—Señoras y señores, aquí la tienen frente a ustedes… —dijo y abrió la mano de golpe. Un suspiro de decepción se escuchó al fondo del micro— Yo sé lo que están pensando, pero no les puedo decir qué tiene dentro. Sólo hoy, diez pesos. ¡Diez pesos le vale! ¡Diez pesos le cuesta un vistazo!

En su mano había nada más y nada menos que una cajita de fósforos. Parecía inexplicablemente grande en su palma. Nos tenía alelados.

—¿Qué hay, mamá? —preguntó un niño y nos sacó del ensueño.

La madre se hizo la que no escuchó la pregunta. El pequeño la tiró del vestido. Se sentaban dos lugares frente a mí, del lado derecho, y yo podía escudriñarlos sin problemas. Ella, una señora regordeta que apenas si cabía en el asiento, comenzó a jugar con sus anillos.

—¿Quiere un vistazo, jefecita? —preguntó el vendedor en el momento justo en el que caíamos en un bache.

La señora se arregló el peinado.

—¿No es nada…?

No terminó su pregunta porque ya el niño le arrebataba al vendedor la amarillenta caja de cerillos.

—¡Espera! —lo detuvo y el estruendo de su voz alargó ese instante como un elástico que le dio una ventaja apenas justa para que la caja volviera a su palma cual imán.

Con ambas manos hizo una casita para que sólo el niño y nadie más que él viera lo que había dentro. El chiquillo acercó una mano e intentó tocar a ciegas aquello.

—¡No la encuentro!

Todos nos reímos. La señora tomó por el brazo al vendedor porque ella también quería ver. Pero este se giró a tiempo y lo impidió.

—Por usted serían diez pesos más.

—¡Viejo encajoso! ¿Cómo voy a dejar a mi niño ver una cosa que yo no sé qué es?

—Entonces no —el vendedor cerró de un aplauso el espectáculo. Se escucharon varias voces en el micro— ¿Por qué no me paga 10 pesos y cuando vea qué es, deja ver también a su hijo?

—¿Quince por los dos?

Él negó con la cabeza. Acto seguido, buscó con la mirada a otro cliente.

—¡Usted! Sí, usted, el que se hace que está leyendo.

—¿Perdón? —dije y me tuve que reacomodar los lentes.

—¿No se anima usted a ver por diez pesitos? ¡Ándele! Hágalo por el chamaco.

Los demás pasajeros me voltearon a ver.

—¡Sí, ándele! —secundó el niño entusiasmado.

Estuve a punto de decir que no y que de hecho pronto llegaría a mi destino, pero no podía despegarle los ojos a esa cajita de cerillos.

—Es que…no creo que me alcance.

—¿Cuánto trae? —el vendedor se limpió el sudor de la frente.

Me encogí de hombros y abrí la mochila.

—Ni idea.

—Pues órale, búsquele. Anímese que no muerdo.

Mientras buscaba, me acordé de la vez que mi padre me llevó a ver el circo de pulgas.

—No es un truco barato, ¿verdad?

—Ya usted me dirá, joven —el vendedor recibió toda mi morralla, que efectivamente llegó a los diez pesos.

Después, formó cuidadosamente una casita con ambas manos. Me agaché hacia ellas. No se veía nada. Todo estaba en penumbra. Los dedos no dejaban pasar nada de luz. Parpadeé un par de veces. Tomé aire y me atreví a pasar. No tardé en darme cuenta de que ahora estaba dentro de la caja. Y ésta era mucho más grande que yo. Parecía vacía. El suelo era suave y acolchonado. Exploré a ciegas las paredes de cartón buscando la salida. Su superficie me hizo cosquillas en las yemas. En la oscuridad descubrí una puerta. La abrí y entré. Una vez del otro lado, los colores regresaron e inundaron mis pupilas con su luminosidad. Los sonidos se intensificaron y se volvieron tan claros que casi podía verlos. Sí, era como si de verdad viera el sonido. Y, adonde mirara, podía saber cómo se oían las formas. Voces, trinos, ruidos callejeros. ¡Todo se veía!

Había gente ahí dentro, mucha. Eran los que habían pasado antes allí, a la cajita. Entre ellos estaba el vendedor mismo que se paseaba de la mano con un niño que ocultaba la cara. Supe cómo anteriores visitantes habían caído dentro. También vi a todas esas personas antes de que toparan con el vendedor. Visité sus casas. Entré a sus dormitorios y los observé durmiendo. Ellos también sabían que yo estaba ahí. En ningún momento me sentí ajeno a esos lugares ni a esas personas. Podía acceder a mi antojo a cualquier resquicio de recuerdo o pensamiento de aquellos visitantes anteriores. Los conocía a todos por completo. Era como si por fin hubiera vuelto a casa, con ellos.

Me atreví entonces a mirarme a mí. Empecé por los pies. Unos patines de hielo blancos suplían mis tenis. A pesar de abrazar con rigidez mi empeine se sentían cómodos y amplios. El filo de las cuchillas lucía desgastado. Mis piernas eran mucho más fuertes y largas. Quise verme en algún espejo, pero me tiraron de la ropa y no conseguí percibir más. ¿Qué había sido aquello? La ilusión había cesado y yo no entendía cómo me habían sacado de ahí. Otra vez estaba en el microbús. Sentado en el mismo lugar. El micro no había avanzado ni siquiera una cuadra.

—¿Y? –me sonrió el vendedor.

—¿Qué es? —preguntó el niño.

La madre se mordió una de sus uñas postizas. Mis tenis me parecían ahora tan fuera de lugar, así como las personas a mi alrededor que esperaban que yo hablara. Mientras acomodaba las ideas en la cabeza sólo atiné a sonreír. No podía dejar de pensar si alguna vez de niño había yo intentado patinar sobre hielo. ¿Me habían llevado mis padres? ¿A quién había visto patinar? ¿De dónde salía esta inquietud ahora?

—Ustedes no se conocen, ¿verdad? —la señora nos miró con desconfianza al vendedor y a mí.

—No conozco a este señor —contesté molesto por la sospecha.

La mujer le susurró algo al hijo. Hablaban los dos tan bajo que todos tuvimos que estirarnos discretamente para intentar pescar sus palabras. Acto seguido ella sacó un billete de veinte.

—Déjeme ver. Si no es una tontería, ni me dé cambio, para que después vea mi hijo.

La regordeta se acercó a las manos y miró.

—¿Qué se ve? —el pasajero de al lado me dio un codazo.

Yo quería hablar, pero no conseguía encontrar palabras. Allí dentro, en la cajita, todo pasaba al mismo tiempo.

—Primero no se ve nada —le contesté—, luego en algún momento se ven colores y…

—¿A poco? Si nomás miraste un ratito, güero. Apenas cinco segundos, hasta los conté.

No había terminado de decir esto cuando la señora regordeta ya se había separado de las manos del vendedor.

—¿Qué hay adentro? —gritó el niño y pataleó.

—No sé qué es. Pero es…

—Suave —la interrumpí.

—¡Qué va! —volteó a corregirme e instintivamente se llevó una mano al seno y lo apretó. Al topar con mi rostro un gesto de vergüenza se le dibujó en la cara. Se dio cuenta de que se estaba acariciando el pecho y lo soltó—. Es como ir… a un temazcal.

—Pero… más bonito… —agregó el vendedor— ¿Quieres ver?

Luego le hizo una caricia al niño. El chico negó con la cabeza.

—No quiero —se negó el niño de repente y se alejó un poco de la madre. Parecía que tenía miedo.

—¿Seguro? —preguntó insistente.

—Yo te agarro la mano —apoyó la madre con una voz que ahora parecía sensual.

Me dio la impresión de que ella le dio al niño un empujoncito para que se animara a ver. El vendedor hizo nuevamente una casita. Volteé a ver a todos los pasajeros, todos seguían atentos. Hasta el conductor miraba por el retrovisor lo que pasaba en su micro. El chiquillo se fue acercando de a poquito.

—Chaparro, abre los ojos. Porque si no, pos de verdad que no vas a ver nada.

El tiempo parecía suspendido. Nadie se movía. El chofer no hacía caso a los cláxones externos para que avanzáramos. Como los otros pasajeros, no podía dejar de mirar. Finalmente, el niño se encorvó un poco como si quisiera meter toda la cabeza a aquella casita oscura. El vendedor, la regordeta y yo no pudimos reprimir una sonrisa. Segundos después y con enfado, el chico volteó a ver a su madre:

—¡Sólo hay una caja de cerillos!


Autores
(1982, Cd. de México) Realizó estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma de México en la Facultad de Filosofía y Letras y de Posgrado en la Universidad de Tübingen y Düsseldorf. Es editora, correctora y reseñista. Ha publicado cuentos en las revistas mexicanas La Colmena, Palabrijes, Punto en línea. Asimismo algunos de sus relatos se encuentran compilados en antologías del Consejo Editorial Cordobés y Grupo Lectio. Ha ganado certámenes de cuento en universidades mexicanas y en concursos en España. Colabora esporádicamente con revistas alemanas como iMex y CultMag. Es autora de la novela juvenil Tu abuela en bicicleta (recomendada por IBBY México, 2018), del cuento infantil “El misterio de Zacango”, premiado por el certamen de Literatura infantil (2014) de la UAEM. Reside en Berlín donde trabaja como editora. Ha tomado talleres con Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón y Amir Valle.

Ilustrador
Carolina Monterrubio
(Ciudad de México, 1990) Se especializó en ilustración narrativa por la UNAM y en ilustración infantil por la EINA, Barcelona. Ha sido seleccionada dos veces para el concurso “Invitemos a leer” de la FILIJ México (2017-2018) y en 2019 fue finalista en el concurso para diseñar el cartel de las fiestas de Gràcia en Barcelona. Ha impartido cursos de ilustración para niños y sus ilustraciones han sido publicadas en revistas, libros infantiles, textiles y proyectos de diseño gráfico.
Imagen de Mohamed Mahmoud Hassan, extraída de PublicDomainPictures.

 

 

 

El presente texto nace de una inquietud muy particular por explorar un tema que posiblemente ha tenido un sinnúmero de lecturas, pero me parece, muy pocas se acercan a la que expondré y disertaré en los siguientes párrafos.

Estudiar a los booktubers, estos seres que hablan de libros frente a una cámara, se graban, lo suben a Youtube y crean comunidades de jóvenes que de esta forma se motivan a la lectura por iniciativa propia, ha sido propósito de muchos académicos que reflexionan en la labor que su presencia ha significado en el universo literario, ya sea como promotores de lectura, como mediadores, como agentes culturales, como futuros críticos, como autores en potencia, como modelos aspiracionales o como el prometedor futuro que las editoriales hoy en día buscan y fomentan como consumidores que empiezan a serlo a edades tempranas y continuarán así por largo tiempo.

Sin embargo hay una vertiente que también ha llamado, en mucho menor medida, la atención de esta rama de los Youtubers: su lado desde lo comunicativo, desde lo mediático, desde lo sociocultural. Para ello basta revisar el trabajo de José Miguel Tomasena, escritor e investigador que ha dedicado sus estudios de posgrado a explorarlos desde las culturas participativas y la explotación comercial de la conectividad, como uno de los ejemplos que al menos desde el castellano han ido más profundo alrededor del tema. Pero aún con esos lentes puestos, no he podido encontrar reflexiones sobre el uso que tales personajes hacen sobre los formatos audiovisuales a su disposición, y es desde ese lugar donde parte el presente texto.

 

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Hace unos días compartí con éxito en mi cuenta de Twitter la publicación de una arroba que durante la cuarentena comenzó a grabar a su familia y a subir una suerte de reality show que comenzó con la discusión entre su madre y hermanos sobre por qué ladran los perros. Un clip de 1 minuto con 28 segundos que a partir de movimientos de cámara, musicalización, testimonios, filtros varios y velocidad con cierto ritmo es capaz de hacernos entender, sin siquiera leer el texto con el que acompañó la publicación, que estábamos frente a un episodio de cualquier reality familiar. ¿Por qué los 33 mil likes que hasta el momento lleva el tweet de @meninicapotini celebramos lo bien hecho de este video totalmente casero? Porque nos involucramos perfecto en una discusión aparentemente sin sentido por cómo se nos presentó, ya que estamos acostumbrados a que un show de realidad, sobre todo en situaciones de confinamiento, puede traer semejantes disparatadas reflexiones. Pero en mi caso muy particular lo celebro porque quien realizó esta pieza supo entender perfectamente todas las características audiovisuales de este tipo de programas hasta el punto de emularlas exitosamente por cuenta propia.

 

 

Eso es lo que los académicos y estudiosos de estos temas llaman competencias mediáticas, término que se ubica dentro de la alfabetización mediática donde se fomenta y propicia la capacidad de entender y evaluar de forma crítica diferentes aspectos de los medios de comunicación que nos lleven a saber leer, analizar, entender, evaluar, crear, producir y participar en ellos (Pereira & Moura, 2018). Esto es algo -que no se enseña de manera formal en las escuelas aunque para la UNESCO sí representa una asignatura que debe impartirse desde edades tempranas, para generar así ciudadanos inmersos en sociedades democráticas que sean capaces de conocer el funcionamiento de medios y otros proveedores de información, de reconocer si estas funciones son llevadas a cabo de forma eficiente y que además sepan evaluar el desempeño y los servicios que proveen, para así involucrarse en estos medios de manera participativa (Wilson, Grizzle, Tuazon, Akyempong, & Cheung, 2011). Dicho en otras maneras, una persona que está alfabetizada o educada en los medios sabe usarlos, crear sus propios contenidos y participar dentro de ellos.

 

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Reconocer las formas de aquello que consumimos mediáticamente hablando es una parte pequeña pero relevante de todo lo que abarca la alfabetización mediática y esa es la causa que abrazo desde hace algún tiempo. Tanto que tomando elementos ya existentes sumados a mi propio ejercicio de observación creé un manual de formatos audiovisuales para reconocer las características que vemos tanto en los programas de televisión como en los contenidos de Youtube, plataforma que cuenta con sus propias reglas y términos. Reconozco también que es un documento sujeto a una constante actualización, ya que cuando uno cree que lo vio todo aparecen más y más datos que se escaparon a las primeras revisiones. Ahí es donde aparecen en mi radar los booktubers, quienes más que como youtubers se reconocen como un nicho aparte dentro de estos creadores de contenido que juega con sus propios términos, etiquetas y reglas. No son los únicos (lo mismo ocurre con los gamers), pero sí resultan una excepción digna de analizar.

A partir de este punto es necesario explicar qué se entenderá por booktuber y qué por formato.

Booktuber, según la definición de Tomasena es un término que conjunta book (libro) y youtuber y se trata de personas “en su mayoría jóvenes, que comparten videos en Youtube sobre su afición lectora” (2016). Este es un término que según el autor apareció por primera vez en 2011 en el título de un video de Elizabeth Vallish, chica oriunda de Georgia, Estados Unidos, que desde diciembre de 2009 comenzó a subir a su canal ElizzieBooks reseñas literarias.

El mismo autor reconoce elementos propios del vlog en los videos de los booktubers, es decir, hablar directamente a la cámara desde su habitación o algún otro espacio cerrado, interpelando a la audiencia desde esos videos y en forma diferida a través de las redes sociales, en los comentarios de las publicaciones o en correos electrónicos.

Ahora bien, hablemos de los formatos.

Los formatos son unidades con características propias que en su conjunto conforman los géneros audiovisuales. En este caso un género es un sistema de reglas modificables, discursos con códigos establecidos y reconocibles con fines clasificatorios a partir de estructuras y normas tanto en lo expresivo como en los contenidos. Es decir, son facilitadores para que los destinatarios (el público), decodifiquemos los textos en función de un sistema (de géneros) que sean reconocibles aún sin ser conscientes de ello.

Así, un formato es “una idea, un modo de producir, bajo criterios de estética y filosofía, en una dramaturgia específica, con un estilo de relato y unos modos de mercadear.” (Rincón, 2011), o como agrega el Diccionario de Teorías Narrativas, se trata de un concepto o idea de programa con una combinación única de elementos entre los que se incluyen la escenografía, la dinámica, la temática y los conductores, que lo hacen único y diferente de los demás (Vilches, 2017). Un género se compone de distintos formatos con lógicas similares pero no iguales en su creación y contenidos.

La autora Inmaculada Gordillo reconoce un grupo de géneros televisivos específicos: el informativo, el ficcional, el docudrama, la publicidad y el entretenimiento (2009) dentro de los cuáles existen a su vez un grupo de formatos como, en el caso del ficcional podrían serlo las series, las telenovelas, las antologías y las películas hechas para la televisión. Siguiendo esa misma línea yo propongo la existencia de cuatro grandes géneros en el ámbito audiovisual de Youtube: el personal, el informativo, el de entretenimiento y el ficcional.

Esto es importante porque me plantea una constante discusión con autores como los retomados por Tomasena, que identifican al vlog como el gran género también llamado videoblog cuando para mí resulta un formato más dentro del género personal, que entre otras cosas tiene como características el contenido de un autor que desde su propia visión del mundo tiene algo que decir, tanto verbal como a través de su narrativa audiovisual (sin que eso implique que tenga conocimientos previos respecto a las producciones audiovisuales); videos con tomas o planos un tanto movidos, iluminación de escasa a buena, en ocasiones poca profundidad en las tomas, ediciones con brincos o ciertos errores; cortinillas o animaciones de entrada cortas; uso de filtros, transiciones, animaciones, capturas de pantalla, stickers, memes y efectos de sonido; y elementos discursivos en común como la invitación a suscribirte al canal, dar click en la campana para recibir notificaciones, compartir y dar like a cada publicación.

Desde mi propuesta, el vlog es un formato a modo de bitácora donde se da cuenta del día a día del creador, que puede tener la cámara en movimiento constante y que implica que el autor aparezca o no frente a la cámara durante todo el video, mientras que formatos como el storytime o las reseñas implican una sola toma con la cámara fija en un escenario determinado donde el contenido puede ser lo mismo una anécdota personal (en el caso del storytime) que una o varias opiniones personales al respecto de un producto o servicio. Lo mismo sucede con los tags, listados que parten de opiniones para dar a conocer gustos o disgustos de productos, servicios o incluso hábitos individuales.

 

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Si bien los formatos que circulan por todo Youtube son dados a conocer por su autor bien sea en la miniatura que acompaña cada publicación como el título de ésta, o bien desde una serie de hashtag o etiquetas, en el ámbito booktuber surgió la necesidad de darle una característica o nombre especial a cada uno de estos formatos para que fueran (asumo, imagino) más fácilmente reconocibles y localizables y que esos contenidos no se pierdan en el mar de posibilidades que arroja la plataforma cuando funciona como motor de búsqueda.

En este sentido, el Manual del club “Booktubers”, publicado por la Secretaría de Educación Pública y el Sistema Educativo Estatal de Baja California con material del Grupo Pértiga (2018), ofrece una propuesta para la capacitación docente y así mismo, que estos docentes hagan uso de las herramientas didácticas para crear en los pequeños las habilidades para ser futuros booktubers.

Este material identifica los siguientes formatos, además de las clásicas reseñas:

 

Bookchallenges, o retos propuestos por otros booktubers que proponen realizar ciertas acciones relacionadas con los libros.

Bookhoul, presentación de libros que han sido adquiridos por el booktuber ya sea por compra, regalo o donación.

Booktag, retos entre los booktubers a partir de preguntas sobre temáticas particulares o relación entre libros y otros tópicos.

Im, abreviatura de “In my mailbox” (en mi buzón de correo), práctica que identifican más en los blogs literarios.

To be read o TBR, en español lo que queda por leer.

Unboxing book, o abrir paquetes de compras que se realizan vía internet o envíos de las distintas editoriales.

Wrap up, un resumen o compendio de las lecturas realizadas por el booktuber en un determinado periodo.

 

Hay otros término más que escaparon al citado manual:

Bookself tour, un recorrido hacia los libreros de los booktubers.

Read vlog, bitácora que da seguimiento a la lectura de un libro.

 

Sin embargo, los booktubers también retoman formatos propios de Youtube que de manera creativa enlazan con el tema de los libros, como los top (listados por jerarquía de gustos o disgustos), los vlogs, los storytime, tutoriales, reacciones, 50 cosas de mí, en vivo, y entrevistas. Lo maravilloso de los formatos es que existen y están ahí a la disposición para ejercerlos con contenido de cualquier índole, lo mismo funcionan con libros que con otro tipo de temas, y estos creadores en específico también saben enlazarlos con otros productos culturales o incluso con emociones.

¿Qué otros elementos, además de los nombres, son característicos en los formatos usados por los booktubers? Tomasena reconoce las estanterías o libreros llenos de fondo, que más que un asunto estético el autor sugiere como una continuación del estatus simbólico que su pertenencia confiere como capital cultural.

Yo agregaría la relación constante entre los libros ciertos objetos de la cultura pop: referencias cinematográficas, como carteles o muñecos Funko en personajes que se relacionen con adaptaciones de libros al cine o las series y viceversa; referencias teatrales; objetos de identidad personal como letras o iniciales relacionadas con su nombre o el de su canal, o bien, que determinan nacionalidad como una bandera; objetos decorativos vintage, como una máquina de escribir, un mapa o fotografías en blanco y negro; series de luces decorando los estantes y atuendos que hacen referencia a grupos musicales o conciertos asistidos.

Pero también está la estética que confiere la grabación personal un espacio personal, como una recámara, un estudio o la sala de la casa. La investigadora José Van Dijck acuñó el término homecasting, que contrae los términos home video y broadcasting, para hablar específicamente de las producciones creadas para Youtube que se presentan como un “híbrido entre la difusión tradicional y el video hogareño” (2016). Es la sensación de ver un producto amateur con una calidad aceptable.

Lo cierto es que, aunque estos elementos en su conjunto dotan al booktuber de un carácter propio y un impacto visual que también comunica, ni todos quienes hacen reseñas de libros recurren a los mismos elementos ni las reseñas de libros en formato audiovisual surgieron a partir del Youtube:

“No es una reseña, no es un resumen porque es muy difícil extractar una obra maestra sin que se pierda el espíritu de sus valores. No cuento la historia, saco equivalencias que el público identifique, trato de presentar el ambiente en que se desarrolla, la esencia de la trama, me inclino más por destacar el subtexto sin narrar el argumento para que el televidente se interese por leer el libro, sienta curiosidad por conocerlo.” (Vilalta, 2001)

Este es el testimonio de la fallecida dramaturga española Maruxa Vilalta, quien fungió como conductora en distintos espacios de la televisión pública mexicana desde 1968, entre los que se destacan El libro de hoy (1982-1986), una emisión diaria donde la escritora hablaba de distintos títulos literarios sentada detrás de un escritorio, mirando todo el tiempo a la cámara, en un plano medio que mostraba como fondo un librero lleno y algunos otros elementos de ambientación sobre el escritorio, como los libros de los que hablaba en cada programa que iba mostrando de vez en vez.

El formato se adoptó y adaptó a las reglas que la plataforma Youtube fue planteando incluso por condiciones tecnológicas como la duración de cada video, pero tiene sus orígenes en la televisión y antes de eso, en el cine. La diferencia sustancial radica en que ahora son personas comunes y corrientes quienes con una cámara, una computadora y una conexión a internet son capaces de emular las mismas lógicas teniendo al alcance programas de edición que permiten crear un estilo propio a partir de recursos de video, de audio, de iluminación y de ritmo. Ya no son solo los profesionales y ya no es necesario salir en televisión nacional: Youtube se ve en todas partes. Pero eso no significa que todos queramos hacerlo y, mejor aún, que todos podamos hacerlo. Aquí es donde las competencias mediáticas y nuestra educación en los medios entran en juego.

 

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Es en este punto es donde radican mis interrogantes sobre el tema. Ninguna gira en torno al fondo, porque eso ya es una cuestión muy personal, pero sí en las formas, aunque sé que deberían tener el mismo peso forma y fondo. Pero, me parece que en este caso una gran mayoría de creadores (y evidentemente sus comunidades de seguidores) ponderan más el fondo que la forma.

Tras revisar una gran cantidad de videos de distintos booktubers con el criterio de los contenidos en español, tanto de canales mexicanos como españoles, descubrí que la mayoría de los formatos que cada creador ha explorado son en su mayoría aquellos que implican la cámara fija, la edición en corte directo, una iluminación cuidada (o al menos es un elemento presente), cortinilla o clip de identificación del canal y como elementos de referencia los libros físicos que presentan cuando se habla de ellos. Eso además de títulos eficaces y miniaturas claras de acuerdo con el tema del video. Sin embargo noté que muchos videos pueden durar 20, 30 o hasta 40 minutos sin que pase nada más a cuadro que el creador hablando de libros. Mi formación de trabajo en televisión nota con horror esta situación en particular.

Es fácil asumir que la motivación inicial de una persona para convertirse en booktuber es compartir su opinión particular sobre libros en una plataforma popular, pero para ello existen también otras vías en Internet como los blogs (espacios escritos), la red social Goodreads o, si acaso se insiste en la imagen como complemento, está la corriente de los bookstagramers, comunidades que surgen a partir de Instagram donde se desarrolla más las habilidades fotográficas y de composición y con ese pretextos se crean amplias redes de lectores. Entonces, me pregunto: ¿por qué optar por una plataforma que demanda al lector convertirse en un prosumidor (es decir, pasar de consumidor a productor de sus propios mensajes), lo cuál implica tener conocimientos esenciales en los medios o mejor dicho, competencias mediáticas?

Si bien existen hoy en día opciones como la aplicación TikTok que contiene cualquier cantidad de opciones para que, sin salirse de ella, se pueda editar con efectos tanto de audio como de video, las exigencias de Youtube son por demás diferentes, pues si bien la plataforma provee información esencial para la creación de un canal desde el sitio Youtube Creator Academy, donde se dan recomendaciones de preproducción, producción y postproducción para los novatos en estos menesteres, así también se sugiere el equipamiento idóneo para lograr una calidad aceptable y con ello que el contenido resulte más atractivo visualmente.

El homecasting que proponía una estética desde el dormitorio grabada con una webcam sin mayor resolución (así como se inició la creación de videos hace muchos años), se convirtió poco a poco en una invitación a la profesionalización sin ser profesional: Motivos propios del Youtube que hoy en día funciona también como una industria cultural.

Y como cualquier industria cultural que mueve sus productos entre marcas que deseen invertir en todo tipo de contenidos, los números de vistas, seguidores y la opción de la monetización son inevitablemente requisitos que motivan al lector con aspiraciones a booktuber a buscar esta plataforma y no otra, pues la visibilidad y la popularidad ligada en este caso a la industria editorial son situaciones deseables y posibles si se siguen las reglas del juego. Por lo tanto el mismo Youtube motiva no solo a booktubers, sino a cualquier creador de contenido que haya alcanzado ciertas cifras a vivir experiencias como el concurso Youtube Next Up, que según su sitio consiste en una semana de campamento para obtener más suscriptores y optimizar canales a partir de asesoría personalizada y cupones para la adquisición de equipos.

En el video con fecha del 18 de octubre de 2017, la instructora de yoga Brenda Medina del canal Brenda Medina Yoga compartió su experiencia como una de las 14 ganadoras del concurso en ese año, y por medio de un vlog mostró las actividades que tuvieron por 5 días de campamento, entre clases y momentos de relax. Entre los instructores se encontraban, según lo mencionó Brenda en una comunicación personal, creadores de la productora mexicana Argos, lugar donde además se llevaron a cabo las lecciones impartidas. Es decir, se incentiva la profesionalización con profesionales que se mueven en la industria.

La comunidad booktuber está consciente de esto, ya que la edición 2018 del Encuentro Nacional de Booktubers, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se programó a modo inaugural la plática “Ser creador y no morir en el intento”, impartida por el youtuber Tato Pozos, uno de los creadores pioneros en la plataforma desde el año 2006.

Esto no es malo si se ve como una gran oportunidad para aprender nuevas habilidades de expresión y conocer el proceso de creación de productos audiovisuales que promueven, entre otras cosas, conciencia y capacidad de análisis sobre los procesos en otros medios, punto en lo que la alfabetización mediática pone mucho énfasis. Entonces, desde esas posibilidades me pregunto: ¿qué pasa con los booktubers que en su mayoría economizan lo más posible en los recursos audiovisuales que tienen a la mano? ¿dónde quedan las competencias mediáticas que se adquieren a fuerza de ver otros canales y otros contenidos variados dentro o fuera de la plataforma para saber cómo se deben ver los formatos? ¿Qué falta para alentar la creación audiovisual?

 

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El caso de Fátima Orozco me intriga. Se trata de una de las primeras booktubers mexicanas que hoy en día suele ser la referencia obligada en el tema e incluso ha trascendido su labor hacia la escritura de sus propios textos. Fa ha creado su propio estilo visual no solo desde un librero ordenado por colores, sino en su también colorida cabellera, y sobre todo en la presencia y seguridad que muestra frente a la cámara. En sus videos hace referencia constante a su hermana, persona detrás de la cámara que le ayuda en el proceso de grabación (digamos, su propio staff), y de manera creativa todo su canal gira en torno al contenido literario, tanto en los formatos que implican la cámara fija con ella al centro del encuadre como los vlogs grabados en las ferias del libro a las que ha asistido, además tiene reseñas con acción como aquel en el que combina la elaboración de un pastel con una receta contenida en el libro que va reseñando durante el proceso.

 

Durante la grabación sus recursos infaltables son su librero, sus libros y sus palabras. En la postproducción la edición contiene algunos acercamientos con el filtro en blanco y negro cuando dice algo fuera de contexto respecto a la reseña, cuenta además con una cortinilla animada de entrada y una de salida, donde anuncia sus redes sociales, miniaturas descriptivas para cada video y títulos descriptivos respecto a su contenido. Y ya.

Lo cierto es que según mi observación no hay música de fondo. No hay efectos de sonido. No hay ráfagas o elementos visuales que cuando se trata de tag o algún top, separe los elementos de la lista a no ser por los ejemplares de los que habla físicamente. Nada. Nada considerando que hay videos de 30, 40 o 50 minutos, como el tour a su estudio, que si bien implicó la cámara en movimiento siguiéndola en cada estación que presentaba careció de algún otro recurso que lo acompañara. Nada. Ni algún indicativo (súper, le llaman) que visualmente nos la presente por su nombre aunque el canal se llame como ella. Nada. Ni siquiera listas de reproducción donde explorar en orden sus diferentes videos.

Su caso no es único, pero también hay sus muchas excepciones. Los canales Clau Reads Books de la creadora mexicana Claudia Ramírez y Raquel Bookish de la española Raquel Brune tienen un mayor uso de los recursos audiovisuales. La primera por ejemplo, tiene un formato con tiempos más fijos (no más de 17 minutos por video) y desde el principio de sus videos su imagen se acompaña con elementos visuales, efectos de sonido, filtros varios, direcciones de sus redes sociales, y cuando habla de libros, va combinando el libro físico con imágenes o fotografías fijas que la acompañan a cuadro que en su mayoría que ilustran o refuerzan sus palabras. Raquel, por otra parte, ha creado un estilo narrativo donde sus videos combinan la reseña de libros con diferentes estados emocionales y esto lo logra cambiando el lugar de grabación, que a veces ocurre frente al librero, en su escritorio, en su cama o en un sillón. A veces solo basta con que cambie el encuadre. Raquel ha ido más allá al ilustrar con tomas hechas exprofeso sus libros de arte y fotografía, por ejemplo, donde viste la descripción que de ellos hace con imágenes de los propios libros. Ambas han logrado crear un estilo en base a las tipografías que ocupan para sus miniaturas y los colores a los que recurren en sus fondos y vestuario.

 

 

 

El otro extremo es el creador del canal El Geek furioso de la literatura. Aunque en la actualidad ha dejado de producir videos con constancia, el contenido que se puede explorar en su canal ilustra de la mejor manera el uso que El Geek hace de los distintos formatos. Un video lo mismo contiene su imagen a cuadro sin nada más de fondo que una pared blanca, un guion leído en voz en off, dramatizaciones que ilustran perfecto las necesidades del guion, que suelen ser pequeños gags o scketchs, imágenes retomadas de la industria cultural como escenas de películas, series o videojuegos, memes, y hasta entrevistas. Todo en un solo clip de 20 minutos.

 

 

Cierto es que los derechos de autor pueden desmonetizar videos (en el caso de que ya aplique a ello) cuando se detecta el uso de ciertas imágenes o música protegidas, sin embargo algunos creadores ponderan la creación por encima de la monetización. El Geek además, maneja un humor bastante ácido y tanto sus reseñas como sus diferentes secciones, como Libro vs Película, aportan información, humor y una muy grata experiencia audiovisual, de tal suerte que en algunos videos, los últimos antes de sus podcast, ya mencionan su ingreso al sistema Patreon, que permite recibir donaciones para mantener con vida canales que los usuarios o patreons (donantes) consideran de alto valor. Tiene una clara influencia cinematográfica que se nota en el ritmo y la construcción de sus guiones.

La mayoría de definiciones existentes describen a los booktubers como gente joven que habla sobre literatura juvenil. Aunque los adolescentes de hoy nacieron como nativos digitales y suelen tener una gran intuición frente a gadgets y aplicaciones, algunos estudios demuestran que las nuevas generaciones “siendo grandes consumidores de medios, están más limitados a la hora de producir, contradiciendo algunos discursos públicos que ponen en circulación la idea de una sociedad en la que todos los jóvenes crean contenido a diario y son un prodigio” (Pereira & Moura, 2018, pág. 27). Lo que nos lleva al punto de que ni son los únicos que tienen derecho a triunfar en la plataforma Youtube, ni que la edad es determinante para la adquisición y práctica de las competencias mediáticas.

Dos ejemplos rescatados bajo los mismos parámetros de búsqueda ilustran este punto: el canal Observatorio de Booktube, creado por el mismo José Manuel Tomasena y el Librero de Valentina, canal de la mexicana Valentina Trava.

En Observatorio de Booktuber Tomasena es muy claro: creó un canal como parte de su proyecto de posgrado, en el cual su comunidad, las “ratillas de laboratorio”, son su audiencia cautiva y también su objeto de estudio. Su producción incluye los distintos formatos propios de los booktubers enfocados lo mismo a literatura como a libros específicos de su área de estudios (comunicación y cultura digital), así como avances y hallazgos de sus investigaciones y una suerte de vlogs que combinó con reseñas. Él, sin embargo, no se subió al tren del librero ni del equipamiento adecuado. Por el contrario, su contenido fue grabado íntegramente desde su teléfono celular (dicho por él), sin una iluminación cuidada, con poca profundidad respecto a la pared blanca de fondo, y sobre todo, sin micrófono externo, lo cuál de pronto dificulta la posibilidad de entender bien el contenido al que obviamente apostó en este observatorio que, se maneja entre el humor negro y la muy útil reflexión. En la edición sí había detalles muy particulares que se visibilizaban cuando el creador daba algún dato incorrecto, como congelar la pantalla con un filtro rojo y una voz en off haciendo la corrección, y las miniaturas eran acordes en estilo y tipografía.

 

 

Por el contrario, el Librero de Valentina surgió, según lo comentó en sus primeros videos la creadora, por la inquietud de encontrar contenido booktuber para personas de su edad (en promedio de 30 a 40 años en adelante) y al no hallar reseñas de libros a su gusto decidió dar continuidad audiovisual a los círculos de lectura que ya organizaba vía Facebook. En su caso lo que se destaca es que la factura de los primeros videos se nota distinta a los más recientes. Si bien tampoco existen en ellos mayores recursos para ilustrar reseñas, tags, tutoriales, wrap up, y unboxings, sí hay diferencias en la intención de agregar pequeños efectos de sonido y separadores cuando se refiere a algún listado o numeración. Según lo ha mostrado desde su cuenta de Instagram, ocupa una tableta para sus grabaciones, y lo hace con iluminación y micrófono aparte. Ella recurre además a las transmisiones en vivo, a los vlogs y a la aplicación del formato a la temática booktuber, el readvlog. Estas producciones ya cuentan con musicalización, efectos de velocidad, separadores entre una situación y otra y títulos.

 

 

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A modo de conclusión:

–  Algunos formatos por su naturaleza permiten mayores o menores recursos audiovisuales, es por ello que el uso de transiciones vistosas, por ejemplo, no son recurrentes en los discursos de los booktubers, que suelen editar a corte directo. Un vlog, que tiene otro tipo de relato, sí permite (y de hecho, lo usan) disolvencias u otro tipo de separadores.

–  La formación profesionales e intereses de los creadores ayudan a entender mejor sus contenidos narrativas y contenidos. El caso del Geek habla de alguien que consume cine y videojuegos o incluso podría estar relacionado con la industria audiovisual, como sucede con Lewis Rimá, booktuber que estudió comunicaciones que conoce y emplea con mayor destreza las herramientas a la mano. Fa Orozco o Valentina, por ejemplo, tienen formación en literatura, lo cuál explica que su atención vaya más dirigida al fondo que a la forma.

–  Si la referencia e inspiración para muchos futuros booktubers es el canal de Fa, eso explicaría porque siguen reproduciendo el mismo estilo con pocos elementos al menos en los inicios de sus canales. Después, se espera, los creadores irán descubriendo sus propios ritmos, colores y formas.

–  Quizá esta falta de elementos de la narrativa audiovisual también sea otra manera en la que los booktubers se distancien de los youtubers de entretenimiento, además de la apropiación de ciertos formatos. Cosa extraña si partimos del hecho de que son creadores de contenidos de la misma plataforma.

– Por último, lo maravilloso de los formatos es que existen, están ahí, pero depende de cada quién cómo se usan y para qué se usan. Lo cierto es que es necesario conocer los formatos y sus reglas para hacer poco o mucho con ellos. Eso depende de cada creador y de sus propias necesidades de comunicar. Además, su conocimiento y aplicación suma un punto más a las competencias mediáticas que sin importar edad, sexo o condición social, son necesarias para formar un criterio y una mejor concepción de los medios audiovisuales en general.

 

 

 

 


 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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Pértiga, G. (19 de 09 de 2018). Manual del club “Booktubers”. Autonomía curricular . Obtenido de Sistema Educativo Estatal Baja California: Recuperado de http://www.educacionbc.edu.mx/autonomiacurricular/docs/clubs/Ficha%20Booktubers%20Final.pdf

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La autora tiene su propio canal de booktuber en: https://www.youtube.com/user/pochacas, así como también es creadora del ebook: “Formatos audiovisuales del siglo XXI, televisión e internet”.


Autores
Raquel Guerrero Viguri es Maestra en Estudios de Cultura y Comunicación por la Universidad Veracruzana y creadora del proyecto de divulgación audiovisual Ratona de tv: www.ratonadetv.com