Tierra Adentro
Portada del disco doble de NIN, Ghosts V: Together y Ghosts VI: Locusts, (2020).

En medio de la pandemia por COVID-19 que sufre el mundo, el pasado 26 de marzo Trent Reznor preguntó desde su cuenta de Twitter si alguien estaba por ahí, para después anunciar en la página oficial de Nine Inch Nails que había nueva música para oír y descargar gratis, a manera de solidaridad con lo que ocurre en estos momentos.

El mensaje con el que Reznor y Atticus Ross (únicos miembros oficiales de la banda) compartieron este nuevo disco doble, es por demás empático y esperanzador:

Mensaje de NIN a sus seguidores.

Mensaje de NIN a sus seguidores.

El disco doble titulado Ghosts V: Together y Ghosts VI: Locusts, es un álbum que continúa la saga que vio la luz en el año 2008, titulada Ghosts I-IV (álbum con 36 canciones seccionadas en cuatro discos). En aquella ocasión, la banda sugería escuchar su disco en un día lluvioso o en una noche larga, describiéndolo como un soundtrack para soñar despierto. Con esta idea, Reznor organizó un festival de cine y convocó a sus seguidores para que hicieran videos que acompañaran la música del álbum, no como concurso, sino como un experimento de colaboración e interacción entre ellos y sus seguidores. Algo así hizo Placebo incluyendo en su álbum Black Market Music (2000) a algunos videofans de la canción “Peeping Tom”.

En estos nuevos Ghosts, Reznor no pidió videos, pero mencionó algo similar, que esta entrega puede escucharse como el soundtrack de lo que nos sucede hoy en día, más notorio si leemos los títulos de las canciones del Ghosts V: Together, que bien puede ser un poema o un mensaje para no bajar los brazos ante la pandemia:

 

Letting Go While Holding On / Together /

Out In The Open / With Faith /

Apart / Your Touch / Hope We Can Again / Still Right Here

 

En general el sonido del disco es más apegado a los soundtracks de películas que Reznor y Ross han hecho como: The Social Network (2010) con el que ganaron un Oscar y un Globo de Oro, Bird Box (2019), la serie Watchmen (2019) muy aclamado por la crítica, y hasta con la musicalización que hizo Reznor del videojuego de id Software, Quake (1996). La creación de estas y otras bandas sonoras en las que el dúo se ha centrado en los últimos diez años ha incrementado, sin duda, la calidad y cantidad de sonidos instrumentales y ambientales que ambos componen con maestría.

Ghosts V: Together se puede escuchar como un disco más relajado, incluso NIN mencionó que es esperanzador y que puede escucharse: “cuando todo parece estar bien”. Y sí, tiene algo de melancolía que transmite mucha calma. El piano es el eje de todo el disco y se combina con noise, estática, voces distorsionadas y efectos atmosféricos; canciones que suben y bajan pero que nunca explotan, solo se mantienen. Este disco recuerda un poco a los multinstrumentistas Brian Eno, Jon Brion y Eluvium en sus diferentes facetas, así como a bandas del tipo de Mono, Have A Nice Live y sleepmakewaves.

 

Ghosts VI: Locusts se escucha siniestro desde el inicio, incluso provoca desesperación y ansiedad por algunas programaciones. De igual manera, los títulos son más sombríos, hacen imaginar cosas que tal vez no acabarán bien (“The Cursed Clock”, “Another Crashed Car”, “So Tired”, etc.). El piano vuelve a ser el ejecutor del que se unen las demás resonancias como trompetas, percusiones, sintetizadores, leves cuerdas, tiene mucho más noise y estática que se juntan con algunos rechinidos y voces en off. En este disco las canciones también suben y bajan, pero aquí sí explotan como en “Run Like Hell” y “Turn This Off Please”.

Si bien el Ghosts V es un disco más instrumental, el Ghosts VI es una combinación de dark ambient con más post-rock que se acerca mucho a bandas ya consagradas en estos géneros como Boris, Godspeed You! Black Emperor, Explosion in The Sky, entre otras. También recuerda a John Murphy con el magnífico soundtrack de 28 Days Later (2002), o el de la película Sunshine (2007) en la que el propio Murphy colabora con Underworld. Por los sonidos y aliteraciones que tiene con la esencia más pura de la banda, Ghosts VI puede ser la cumbre de lo que ahora mismo está haciendo NIN.

 

Ambos discos son obras que se tienen que escuchar de principio a fin, ya que las canciones no terminan y, aunque suelen caer de intensidad hasta casi apagarse, tienen una continuidad que hacen del disco una obra lineal. Algo parecido a esto sucede en el disco The Fragile (1999), pues las canciones se entrelazan con sonidos ambientales e instrumentales cada vez más largos, sin permitir el silencio entre las canciones que te llevan casi de la mano a las voces fuertes y al metal industrial que sube y baja para explotar cuando es debido. Esta idea de obra continua también ocurre en el disco Smell Like Children (1995) de Marilyn Manson producido por Reznor, el cual tampoco se detiene con el cambio de canciones, además de tener sonidos escalofriantes como en el Ghosts VI.

 

Esta versión más instrumental y experimental que Reznor y Ross presentan no es nuevo e incluso va más allá de las primeras entregas de Ghosts o las bandas sonoras de la última década. Canciones como “Help Me I Am in Hell” (Broken, 1992), “Warm Place” (Soundtrack de Natural Born Killers, 1994) y “Diver Down” (Soundtrack de Lost Highway, 1997), muestran un poco el inicio de estos sonidos que tienen mayor consistencia en los álbumes, Closer to god (1994) o en el Further Down The Spiral (1995) y, si nos fijamos en The Fragile (1999), el piano se vuelve un sello característico de la banda, haciéndose indispensable y necesario en cada uno de los discos posteriores de NIN, tal como lo vemos en estos últimos Ghosts.

Reznor ha sido duramente criticado en los últimos años por cambiar tan drásticamente su música y dejar de lado el rock, el metal y el industrial más estridente que lo llevaron al éxito, pero también ha sido alabado por arriesgarse a experimentar y crear nuevos proyectos sin estancarse. A diferencia de algunas bandas o artistas que temen cambiar o que evolucionan por modismos; NIN ha crecido a otro nivel más sofisticado, explorando con esos sonidos oscuros y estridentes, pero ahora con una propuesta más personal, trascendental y coherente con lo que Reznor siempre quiso. Queda decir que para los fans que están apabullados por lo que sucede en nuestro mundo, este par de discos (como dicen Reznor y Ross), puede ayudar y musicalizar el sentimiento en estos días de confinamiento: miedo, ansiedad, incertidumbre y esperanza.

 


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.

 

“Lo mejor que tiene la historia humana
es su capacidad de sorpresa,
la presencia de lo inesperado.
A veces ocurren cosas terribles,
pero también hay latidos de esperanza,
lo que yo llamo los soles que hay en la noche escondida,
que no se ven, pero que, de golpe, iluminan los caminos”.

Eduardo Galeano

 

Son tiempos confusos para escribir. El mundo que conocemos atraviesa una crisis para la cual la mayoría de la humanidad no tiene referencias vitales ni la experiencia necesaria para hacerle frente. No se trata meramente de la crisis de salud pública originada por la pandemia del COVID-19, sino de la crisis de una civilización que hace siglos anuncia su decadencia, intensificando, en las últimas décadas, el estrépito de su caída, cada vez más audible y certera.

La incertidumbre en el día de mañana amanece en cada rostro que ha de enfrentar las condiciones más precarizadas de este estado de emergencia. Recientemente, grandes pensadoras y pensadores del norte global han publicado densos diagnósticos, en una incesante búsqueda por los análisis que nos permitan comprender a cabalidad el tiempo que vivimos. ¿Pero cómo, si estamos en vilo, podemos comprender este momento histórico que estamos compartiendo? ¿Cómo, si ese vilo, acá, se vive desde la cuerda floja latinoamericana?

En este momento en el que vivimos de manera planetaria un fenómeno histórico, no podemos perder de vista las particularidades de cada región, la historia que subyace y en la que la pandemia se encuentra. Por eso la necesidad de pensar desde América Latina, pero también la necesidad de hacerlo no desde el protagonismo de los gobiernos y del papel que han desarrollado en la emergencia, sino desde la propia vivencia de pueblos, comunidades, personas de a pie, que ahora con más intensidad sufren los estragos de un mundo anclado a fuerza al neoliberalismo y que les ha dejado a su suerte.

Durante la última década, han partido referentes invaluables para nuestras generaciones cuya voz alcanzaba a romper los muros del academicismo y la autorreferencialidad de ciertas militancias, referentes de una subjetividad política militante que se dedica a las letras, al estudio, a la pedagogía popular de lo que somos y hemos hecho a lo largo del tiempo, a la convocatoria para escuchar las voces menos favorecidas por los anales de la historia. Nos han legado hojas escritas como pájaros en vuelo por el mundo. Eduardo Galeano es uno de esos referentes. Hoy, en su aniversario luctuoso nos preguntamos qué mensaje nos estaría compartiendo, qué versos para alegrar o aclarar los días.

Extrañamos la sencillez de su palabra, la claridad de sus denuncias nacidas del amor que sentía por la América Latina profunda. ¿Con qué gestos y palabras nos recordaría el dolor de los invisibilizados? ¿Qué historias cazaría en el mar de narraciones y experiencias de esta especie de tsunami? ¿Qué nos diría de la cultura del terror y de “la condena al hambre de abrazarnos”? ¿Mantendría en medio de esta incertidumbre, la esperanza incansable que le acompañaba? “Somos libres de ser lo que se nos ocurra ser –afirmaba–. El destino es un espacio abierto y para llenarlo como se debe hay que pelear a brazo partido contra el quieto mundo de la muerte y la obediencia y las putas prohibiciones”.[1]

Los análisis que se hacen desde una Europa convulsionada que, en los últimos años, padece en carne propia los estragos del neoliberalismo y los monopolios del capitalismo financiero, parecen anunciar una crisis sin precedente. Las sociedades del bienestar, que venían en un serio desmantelamiento respondido por protestas masivas contra el alza de los precios de la gasolina, contra la ampliación de los años de jubilación, contra el encarecimiento de la vida y el grosero lucro de las inmobiliarias, el incremento en las cuotas para acceder a la educación universitaria ―entre otras luchas― , tendrán que hacer frente a una crisis económica derivada de las afectaciones comerciales que han traído consigo las medidas tomadas para detener la curva de infección del COVID-19, los altos índices de mortandad y la sobresaturación del sistema médico de los Estados nación.

Por su parte, el acercamiento que desde América Latina se ha tenido sobre la crisis a la que nos estamos enfrentando, parte de un contexto agitado donde el movimiento feminista, las luchas en defensa de la vida y del territorio, la resistencia al imperialismo norteamericano sobre todo en Venezuela y en Cuba, forman parte de un escenario complejo. Los análisis sobre las consecuencias que el neoliberalismo ha traído consigo en esta región del planeta, tienen el reto ahora de sostenerse en medio de una crisis que azota particularmente desde los noventa. El costo ha sido pagado por las clases más empobrecidas del campo, de las comunidades indígenas, de las trabajadoras y trabajadores de la industria y la maquila, de las barriadas de la ciudades que se sostienen a partir de una economía informal: aquellas y aquellos para quienes el derecho a la salud, a la vivienda, a la educación, a la seguridad, son privilegios a los que difícilmente pueden aspirar.

Son tiempos confusos para pensar, para hacer diagnósticos. Las voces sobresalientes de los cuatro puntos cardinales, de expertas, expertos, funcionarias y funcionarios, se aglutinan en el espacio público en una cacofonía que se reproduce en cientos de versiones distintas y contradictorias, generando esa incertidumbre de hondo calado que atravesamos históricamente. El desencanto de la política clasista, moderna, liberal, y ahora de mercado, atraviesa por un momento complejo en el que los Estados se han puesto en el centro de la resolución de una emergencia planetaria. En América Latina, la desconfianza popular y su reconocimiento de los regímenes corruptos se suman al reclamo legítimo de quienes no pueden parar en medio de la emergencia porque también parar pone en riesgo la continuidad de su vida. “El pánico a la pérdida del empleo es uno de los miedos más poderosos en estos tiempos del mundo gobernado por el miedo”[2], sostenía Galeano.

Las escaladas de la militarización que llama a una política de guerra por parte del Estado, como si se tratara de combatir un enemigo ―en este caso, un virus― o, por otro lado, el desdén y la minimización de la dimensión del problema, muestran, además, que la relación con eso que es fundamental en el humano: su relación con la vida, con la muerte, con eso que se ha dado en llamar “naturaleza”, aún tiene un largo camino para recorrer. Como sea, sentimos miedo, un miedo a la enfermedad, al hambre, a la guerra. Y donde el miedo se instala, manda. Pero también decía Galeano que “de nuestros miedos nacen nuestros corajes; y nuestras dudas, viven nuestras certezas”[3], el desafío es sostenernos, que el miedo no nos convierta en ellos. Vivimos en una: “crisis universal, de un sistema que está pidiendo a gritos ser cambiado para que su lugar lo ocupe otro que no esté organizado en contra de la gente… no es un mundo muy alentador en el que hemos nacido ―dice― pero hay otro mundo en la barriga de éste, esperando. Un mundo diferente y de parición difícil, no es seguro que nazca, pero está latiendo en este mundo que es”[4].

Galeano se fue creyendo en la vida y en sus múltiples formas de resistencia; sin duda, nos estaría haciendo un llamado a organizar el “contramiedo” y la “contraimpotencia”, a conocer y comprometernos con todas las formas de oposición a la barbarie en esta América Latina asolada por el neoliberalismo, ahora, en plena pandemia.

 


 

[1]Galeano, Eduardo. Entrevista disponible en: https://www.lainformacion.com/arte-cultura-y-espectaculos/galeano-esta-es-la-crisis-de-un-sistema-que-pide-a-gritos-ser-cambiado_elnZTRk3XvsCpCKVfe29L6/

[2]Galeano, Eduardo. “El miedo global”. Disponible en: http://www.concausa.com/el-miedo-global/

[3]Galeano, Eduardo. “De nuestros miedos” en El libro de los abrazos.

[4]Disponible en: https://www.youtube.com/watch?time_continue=201&v=rKc-lal1HJM&feature=emb_logo


Autores
Doctora en Estudios Latinoamericanos en el área de Filosofía. Dedicada al estudio de la Filosofía Política feminista, latinoamericana y de liberación. Forma parte de la escuela de pensamiento y de la Asociación de la Filosofía de la Liberación (AFyL). Vive en la Comuna Lencha Trans, un espacio político autogestivo que apuesta por la vida comunitaria en la urbe y es miembro de Biznaga Editoras, una colectiva editorial feminista concentrada en publicar a mujeres y disidencias sexogenéricas.
Fotografía de Irving Cabello

Hoy para hablarte me he quedado solo;

cerré para estar solo todas las ventanas,

el ojo alegre de las cerraduras

y los libros y las puertas. Y todo lo he cerrado.

Nomás los labios no, ni estas atormentadas

palabras que irán naciendo de mis labios a oscuras.

El retorno, Miguel Guardia

11:30 A.M

Un pequeñísimo bloque de hielo, del tamaño de una caja de zapatos, reposa junto a un puesto de lámina cubierto de polvo. Desde su centro corren hilos de agua hacia la banqueta, que muestra el característico color parduzco del pavimento que se llena de grasa y que, aunque se lave con abundante cloro y jabón, permanece oscuro. En un proceso invisible a simple vista, ese trozo de hielo recuerda que es agua y comienza a deshojarse en diminutos pétalos de cristal que se vuelven arroyo. Unos metros más allá, un segundo bloque, de mayor tamaño, vuelve a su semilla a un ritmo distinto.

Son las once de la mañana y hay en las calles mucha menos gente que de costumbre. Los vendedores que aún instalan sus puestos (casi todos de comida) aguardan, platican a veces entre sí, revisan su teléfono celular o miran hacia las escaleras de acceso al metro, luego a las avenidas circundantes. Nada. La siguiente semana, según les informó su representante, puede que ya no sea posible ni instalarse; además, se rumora que los paraderos cerrarán. Los que están, los que se quedaron, aguardan con el gesto del actor que debe representar una tragedia aunque no haya nadie en el público.

“Está flojo, está flojo”, dice un hombre al pasar, con el tono con el que se dan los buenos días. “¿Ya mero? Vámonos ya. Ánimo, ánimo”: saludos que se vuelven casi una clave entre ellos.

El pequeño bloque de hielo sigue su camino hacia su propia mutación; ahora es menor, aunque no lo parezca, y una parte de sí viaja en los zapatos de una enfermera hacia el metro Nezahualcóyotl, mientras otra se adentra en las calles que están más allá del puente, adherida a las llantas de un bici taxi.

El bloque grande conserva su tamaño, parece sufrir amnesia momentánea: olvidó que es agua, que nada sabe de prisiones y puede irse, a diferencia de los vendedores, que deben esperar a terminar su mercancía para ver lo menos afectada su economía, que no puede permitirse el aislamiento. “Ya mero, ya mero”, se dicen al pasar frente al puesto de algún vecino, quizá en espera de que les digan lo mismo. 

Todo parece indicar que habrá quienes soportarán aquí todos y cada uno de los días que le restan a este bache en la rutina; no hay a dónde más ir, nada más qué hacer.

Se canjea un riesgo de muerte por otro, porque el encierro, para quien no posee un sueldo ni prestaciones, no es una posibilidad.

Siempre que se cierra una puerta se abre una ventana, dicen, aunque esta vez quizá sea forzoso cerrar ambas. Cerrar todo. El que parece permanecer firme en su rutina es el repartidor del hielo, que realiza su entrega aunque los puestos ya no se instalen: como seguir llevando el correo a una casa donde, desde hace años, ya no vive nadie.

Fotografía de Irving Cabello

Fotografía de Irving Cabello

12:45 P.M

Aunque al principio parece no creerse, hay suficiente espacio para todos en el metro, a pesar de que es casi la una de la tarde. Sin embargo, la gente viaja encogida, firme, contenida; parecen cargar, todavía, con el peso de alguien más en la espalda, a los costados, al frente: un dolor fantasma del espacio.

Un hombre, que viaja de pie, suda copiosamente, como si se derritiera. Recarga la espalda en las puertas y cierra los ojos por un momento, luego se pasa la lengua por el bigote y se talla los ojos, carraspea y se endereza. Pareciera burlarse de todas y cada una de las recomendaciones emitidas para evitar la propagación del virus. 

Hay silencio en los vagones, en los andenes, en los pasillos. Algunos asientos permanecen vacíos, a pesar de que hay gente parada. Un hombre ciego avanza por el pasillo y, mientras canta, lleva el extremo de su bastón de lado a lado, como detector de metales.

Que tus ojitos

jamás se hubieran

cerrado nunca

  

Avanza a pasos diminutos, firmes a fuerza de lentitud: parece un juguete de cuerda que alguien soltó en este vagón; un juguete de cuerda con el mecanismo averiado, que ya no podrá detenerse. Canta con firmeza y cuando siente a alguien llevarse la mano al bolsillo, ralentiza la marcha y aguza el oído. Luego, cuando la moneda cae en el vaso que sostiene a la altura del estómago, la toma de inmediato y la coloca al interior de su camisa, junto al corazón.

Amor eterno

Eterno

Amor eterno

Eterno

Su “eterno” no termina de caer nunca, como si el tiempo se hubiera detenido, mientras él desaparece en el andén. La estación de autobuses TAPO refulge a lo lejos, como una moneda olvidada en el pavimento.

En la estación Morelos, el tren hunde la cabeza en la tierra, como avergonzado, y el calor que sembró el sol desde Ciudad Azteca hasta San Lázaro comienza a marchitarse en el ambiente. Hay poca gente, pero el vagón está lleno de murmullos, de charlas que no encuentran ya la salida. Una mujer, que lleva a una niña de la mano, sube y espera a que se cierren las puertas. Abre la pequeña hielera que cuelga a su costado y un golpe de humo helado escapa como una llamarada; comienza a anunciar los precios de los helados y congeladas. Antes de bajar, casi arrastrado por su madre, un niño abre los ojos como si nunca hubiera visto el hielo, luego mira por un segundo a la hija de la vendedora.

Fotografía de Irving Cabello

Fotografía de Irving Cabello

 

 

1:30 P.M

De la lona que cubre la carretilla, reptan hacia el piso ligerísimas gotas de agua turbia; una procesión de hormigas de vidrio. En el bloque de hielo, reposan tres botellas de refresco que se hunden cada vez más debido al calor.

―Aguas, refrescos, jugos.

Empuja un poco la carretilla y se detiene, luego continúa su camino. El siguiente puesto está vacío. Un par de maniquíes, vestidos con ropa deportiva, lo miran alejarse. Los pasillos de Tepito lucen despoblados, inverosímiles.

La ropa en los tendidos está ordenada, a diferencia de los días con más movimiento, cuando la gente hunde sus manos entre la tela con el gesto de quien remueve la tierra para buscar a los desaparecidos. Aquí el orden denuncia la calma.

―Aguas, refrescos, jugos ―repite el hombre, pero ni siquiera voltean a mirarlo―. Tengo cerveza preparada, sangría…

Lo último lo dice en movimiento. El sol se queda en la parte alta de las lonas y al suelo solo alcanza a llegar una luz teñida de rojo, de rosa, de azul. Un caleidoscopio lleno de polvo, de ruidos ausentes. La soledad de los pasillos es casi idéntica a la de las calles que conectan Tepito con el Zócalo de la Ciudad de México. Los vendedores reposan a la espera de los clientes que terminan por no llegar. Una banda de guerra avanza, como puede, entre los puestos, y el aire caliente de la tuba, del clarinete, se enreda en los oídos. Un aire caliente lleno de microscópicos restos de saliva, de diversas formas de vida.

Un vendedor de raspados, que devasta el bloque de hielo del que salpican ligerísimas chispas de agua que no alcanzan a llegar al piso, se hace a un lado para que la orquesta continúe su camino, para que sigan arando el aire caliente con sus pasos y después siembren notas en los surcos; que nazca una melodía que haga algo contra este silencio que de pronto se vuelve atronador.

Fotografía de Irving Cabello

Fotografía de Irving Cabello

 

 

2:12 P.M

A unos metros del Zócalo Capitalino, en Luis González Obregón, un grupo de mujeres aguardan sentadas en las jardineras. Están quietas y sobre las cejas tienen un pedazo de papel casi transparente; una de ellas tiene las manos francamente abiertas: está esperando a que sequen las uñas postizas que le acaban de colocar y que aún son transparentes como una rebanada de hielo. Después vendrán los colores, colocados en un diseño creado exclusivamente para ella.

―Te plancho tus cejas, amiga. Un tratamiento, uñas. Pásale.

La mujer vuelve a la sombra después de invitar a un par de muchachas a recibir un tratamiento facial, se lleva las manos a la cadera y reanuda la conversación que había dejado a medias con una de sus compañeras. Mira de nuevo hacia la calle y sopesa con los ojos, pero esta vez no se acerca a repetir la oferta. “Así es, así es esto”, dice más para el aire que para alguien en particular, y vuelve a mirar hacia la calle, sobre la que ahora no hay más de tres personas. Resopla y se alisa el cabello.

Una cuadrilla del grupo de limpia, vestidos de verde fosforescente, se bate en retirada: una de las mujeres lleva en la mano una bolsa con botellas vacías. “Hay que ponerle buena cara a este business, si no, ¿cómo?”, dice al teléfono una mujer que pasa por ahí y que rechaza, con un gesto de la mano libre, el servicio que le ofrecen. 

―Te plancho tus cejas, te hago unas uñas.

Da un par de pasos hacia el sol en la banqueta y vuelve con la misma prontitud a la sombra. Un olor a acrílico sube por el aire caliente y se va en silencio. Otra mujer se sienta en la jardinera y mira sus uñas recién colocadas, luego echa la cabeza hacia atrás para que comiencen a depilarle las cejas. Las manos de la cultora de belleza, con gesto experto, recorren el rostro y extraen, uno por uno, los vellos que se consideran innecesarios. Mientras recibe el tratamiento, ella y quien la atiende intercambian un par de frases, pero nada comentan sobre virus, sobre enfermedades, sobre aislarse: su vida parece correr por derroteros totalmente distintos. 

A unos pasos de las jardineras, hay un puesto de periódicos. Un hombre, parapetado tras un par de muertos en primera plana, destroza un bloque de hielo con ritmo de pájaro carpintero, luego lo vierte en una caja de plástico llena de botellas de agua y refresco.

La Ciudad de México es una urbe de agua en todas sus formas, pero principalmente de hielo, que bien podría ser la moneda corriente. Una ciudad que siempre tiene sed porque tiene la garganta reseca de gritar sin que ya nadie escuche.

―Unas uñas, un tratamiento. Pásale.

    En la banqueta del otro lado de la calle, un invidente se mece de izquierda a derecha a un ritmo que no es el de la canción que escurre de la enorme bocina que le cuelga del pecho. Aferra el micrófono con la mano izquierda y canta de una forma que más bien parece un rezo. Del vaso de plástico que pende de su cuello, como un escapulario que se quedó sin deidad, no escapa ningún sonido porque está vacío. Baja la voz dramáticamente cuando la banqueta se queda sola. Después, en el momento en el que siente pasar a alguien a su lado, eleva el canto y espera un poco, pero nada pasa. Es una sensitiva de sudor en medio de este vacío que son las calles.   

Frente al puesto de periódicos, se detiene un hombre en silla de ruedas; avanza hacia atrás, para impulsarse con los pies, porque sus manos y brazos presentan una deformidad. Pide un refresco y comienza a rebuscar en su pequeño morral. Sus manos, eternamente crispadas, aturdidas por un frío invisible, imperceptible, rebuscan sin hallar, hasta que por fin encuentra la moneda y se aleja con el refresco en el regazo, siempre hacia atrás, como si quisiera volver al punto donde todo inició.

―Unas uñas, te plancho tus cejas; un tratamiento, amiga.

   

Fotografía de Irving Cabello

Fotografía de Irving Cabello

 

 

3:05 P.M

La plancha del Zócalo luce casi vacía. Un grupo de jóvenes, de entre quince y dieciocho años, se esconde bajo la sombra de la bandera. Luego, cuando el aire la hace moverse, ellos también dan un par de pasos para seguirla. Una anciana, sentada sobre una tela roja que ha extendido frente a Palacio Nacional, entrecierra los ojos para observar a la gente que pasa por ahí. Frente a ella, también sobre la tela roja, yacen numerosas pulseras que ella misma ha tejido. Cuando logra vender una, recibe el billete de 20 pesos y lo acerca a su rostro para distinguir el monto, lo lleva a su frente, al esternón, al seno izquierdo y al derecho, después lo guarda en un pequeño morral que pende de su pecho y que hasta hace unos segundos estaba vacío.

Fotografía de Irving Cabello

Fotografía de Irving Cabello

 

 

Del otro lado del Zócalo, las vitrinas de un par de joyerías reposan en silencio, sin ojos que las observen. Sobre monturas de oro, de plata, algunas piedras brillan en tonos fríos. Un grupo de relojes, como parvada de estorninos, sobrevuelan la existencia con las alas extendidas a las 3:15 de la tarde. Madero es larga y caliente, pero más que nada  recta, como un vendaje restirado, tal vez eterno.

Madero de las multitudes es ahora una calle por la que poca gente transita. Madero de las estatuas de hielo viviente, que se retiran con la caída del sol, cuenta los transeúntes con los dedos de ambas manos.

Fotografía de Irving Cabello

Fotografía de Irving Cabello

 

 

Un niño disfrazado de Michael Jackson baila ante la mirada atónita de apenas un par de espectadores, apenas un par de pasos, y después continúa su camino. Hay poca gente, pero hay: nada que no pueda ser visto puede ser temido por ellos, los que ahora circulan aferrados de la mano, los que se abrazan y se besan frente al Museo del Estanquillo, los que entran riendo al Sanborns de los azulejos.

Bellas Artes se levanta como un iceberg en medio de este mar de calor que es la ciudad. En sus jardineras reposan parejas de diversas edades, aunque no tantas como otros días. Un fotógrafo camina de aquí para allá, ofreciendo congelar el tiempo por un segundo y entregarte la prueba en un papel. Un bolero brota de la garganta de un cantante urbano y un bolero espera sentado a la sombra de un árbol para comenzar a trabajar y resistir otro día: ciudad homofónica, homofóbica.

 

 

 

 

Fotografía de Irving Cabello

Fotografía de Irving Cabello

 

 

Cerca de metro Hidalgo, una anciana agita un bote con monedas; de su andadera cuelgan matamoscas y en las manos lleva bolsas de muéganos: 10 pesos cada una. Para dar el cambio de un billete de 20, toma de su bolsa dos monedas de 5 pesos entre el índice y el pulgar derechos y las frota despacio porque, dice, solo así reconoce el monto. Después se persigna y se besa la mano: nada que no pueda ser visto puede ser temido: para ella, y los que son como ella, los que comen y viven y aguantan con 30 pesos al día, con 50 pesos al día, nada que quepa en una gota de agua puede asustar; nada que no pueda ser percibido con alguno de los cinco sentidos vale tanto como para no intentar sobrevivir un día más. “Es que ya no veo, estoy casi ciega”, agrega después de entregar el cambio, y bajo sus gafas oscuras, por un segundo, asoman sus pupilas blancuzcas, pulidas como un espejo, como un trozo de hielo.

Fotografía de Irving Cabello

Fotografía de Irving Cabello

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

Ilustrador
Irving Cabello
“The old castle”, Emanuel Murant. Extraida de Wikimedia Commons.

El castillo, al cual mi criado se había aventurado a entrar por la fuerza, para no permitir que yo, que me encontraba gravemente herido, pasara la noche al aire libre, era uno de esos edificios que combinan melancolía con grandeza y que por mucho tiempo se han mantenido erguidos en los Apeninos, no menos reales que en la imaginación de la señora Radcliffe.

En apariencia, el castillo había sido abandonado temporal y muy recientemente. Nos establecimos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosas. Esta se encontraba en una torre remota del edificio. Sus decoraciones eran ricas, pero a su vez deterioradas y antiguas. Sus paredes estaban cubiertas de tapicería y adornadas con una multitud de escudos de armas de múltiples formas, junto con un numero inusual de pinturas modernas con marcos arabescos dorados.

Aquellas pinturas que colgaban de las paredes, no solo en sus superficies principales, sino en los muchos rincones que la extraña arquitectura del castillo consideraba necesarios; aquellas pinturas habían despertado en mí un gran interés, tal vez a causa de mi incipiente delirio; tanto que ordené a Pedro que cerrara los postigos —pues ya era de noche—, que encendiera los múltiples brazos de un candelabro, que se encontraba junto a la cabecera de mi cama, y que retirara las cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama.

Deseaba con esto poder resignarme a dormir y de no ser posible, a la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que encontramos sobre la almohada y que contenía una descripción y crítica de las mismas.

Por un largo tiempo —pues estuve leyendo por largo tiempo— y de forma verdaderamente devota me dediqué a observar. De forma rápida y gloriosa transcurrieron las horas y la oscura media noche llegó. La posición del calendario me molestaba, por lo que, extendiendo mi mano con dificultad en lugar de perturbar el sueño de mi criado, lo acomodé de manera que su luz diera de forma más directa al libro.

Sin embargo, esta acción tuvo un efecto inesperado. La luz de las numerosas velas alumbró uno de los rincones del cuarto que previamente había estado a oscuras, cubierto por uno de los postes de la cama. De esta manera pude observar bajo una iluminación vívida una pintura que había pasado desapercibida antes. Era el retrato de una mujer joven que apenas estaba alcanzando la madurez.

Miré la pintura de forma apresurada y posteriormente cerré mis ojos. La razón por la cual hice esto no me quedó del todo clara al inicio. Pero mientras mantenía mis ojos cerrados, intenté razonar mis motivos. Fue un movimiento impulsivo para permitirme reflexionar —con la finalidad de confirmar que mi vista no me había engañado—, para calmarme y serenar mi espirito para una contemplación mas sobria y objetiva. Unos momentos después volví a abrir los ojos y me quedé viendo fijamente a la pintura.

Aquello que miraba no lo podía, ni lo hubiera querido, dudar; pues el primer rayo de luz de las velas que cayó sobre el lienzo me despertó de mi somnoliento estupor que nublaba mis sentidos y, una vez más, me llevó a un estado de completa conciencia.

El retrato, como ya lo había mencionado, era el de una mujer joven. No mostraba mas que su rostro y sus hombros; estaba hecho en lo que se conoce en lenguaje técnico como estilo vignette; había en él muchas similitudes con los retratos de medio cuerpo favoritos de Thomas Sully. Los brazos, el pecho e incluso las puntas de su radiante cabello se fusionaban de forma imperceptible en la vaga y a su vez muy profunda oscuridad que conformaba el segundo plano del retrato.

El marco era de forma oval, ricamente chapado en oro y con un afiligranado morisco. Como objeto artístico nada podía ser más admirable que aquella pintura. Pero no había sido ni la ejecución de la obra ni la belleza inmortalizada de aquel rostro lo que me había impresionado tan inesperada y vehementemente. Menos cabía pensar que, tras haberme recuperado de mi estado somnoliento, hubiera confundido aquel rostro por el de una persona viva.

Noté inmediatamente que las peculiaridades del diseño, de la viñeta y el marco debieron haberme disuadido de tal idea inmediatamente y que persistiera un solo instante más. Pensando seriamente acerca de ello me mantuve por, por lo menos, una hora, mitad sentado y mitad reclinado, con los ojos fijos sobre el retrato.

Finalmente, satisfecho con la verdad detrás del efecto de esta obra, me recosté de nuevo en la cama. Concluí que el encanto de la pintura estaba en que la expresión —que primero me hizo estremecer, me confundió y finalmente me subyugó— estaba lograda de forma muy realista y llena de vida.

Con una profunda y reverencial admiración, devolví el candelabro a su posición original. De esta manera, con la causa de mi agitación fuera de mi vista, busqué impaciente el libro con las pinturas y sus historias. Pasando página hasta aquella que habla de aquel retrato oval, leí las vagas y extrañas palabras que presento a continuación:

“Ella era una doncella de singular hermosura, y era tan adorable como llena de júbilo. Maldita fue la hora en que vio, se enamoró y casó con el pintor. El, de carácter apasionado, estudioso, austero y ya casado con el arte. Ella, una doncella de singular hermosura y tan adorable como llena de júbilo; toda luz y sonrisas, y juguetonería; amando y apreciándolo todo; odiando solamente el arte que era su único rival; aprehensiva solo de la paleta y los pinceles y cualquier otro instrumento que la privara del rostro de su amado.

Esto fue terrible para esta doncella, cuando escuchó que el pintor deseaba retratar incluso a su joven esposa. Pero ella era humilde y obediente, y se sentó dócilmente durante semanas en la habitación de la oscura torre, donde la luz se filtraba por el cielo raso solo dando al pálido lienzo. Pero él, el pintor, glorificaba su trabajo que avanzaba de hora en hora, de día en día. Y él era apasionado, y salvaje, y malhumorado, y se perdió en su ensimismamiento; tanto que no de dio cuenta que la luz cadavérica que penetraba en aquella solitaria torre mancillaba la salud de su esposa que parecía consumirse para todos, excepto para él.

Aun así, ella continuaba sonriendo, sin quejarse, pues vio que el pintor —que contaba con un gran reconocimiento— encontraba un ferviente y apasionado placer en esta tarea, y pasaba día y noche tratando de retratarla a ella que tanto lo amaba y que, sin embargo cada día estaba más débil. Y verdaderamente aquellos que habían observado el retrato murmuraban de su semejanza maravillados, como si fuese una prueba no solo de la habilidad del pintor, sino del profundo amor por la doncella que había pintado tan sorprendentemente bien.

Finalmente, su vez que aquella labor llegaba a su término, se dejaron de admitir personas en la torre, pues el pintor se mostraba enloquecido con el fervor que ponía en su trabajo; rara vez quitaba los ojos del lienzo, ni siquiera los levantaba para mirar el rostro de su esposa.

Fue incapaz de notar que los colores que ponía sobre el lienzo desaparecían de las mejillas de aquella que estaba sentada a su lado. Y cando transcurrieron muchas semanas y poco quedaba por hacer, a excepción de unas pinceladas en la boca y unos matices en los ojos, el alma de la dama centelleó como la flama dentro de una lampara a punto de extinguirse.

Y las pinceladas fueron dadas y los matices hechos; y por un momento el pintor quedó pasmado en éxtasis frente a la obra que había terminado.  Pero inmediatamente, aun mirando la pintura, comenzó a temblar, se puso pálido y dio un alarido de terror: “¡En verdad esta es la vida misma!”, y volteó bruscamente a ver a su amada: ¡Estaba muerta!


Autores
(Estados Unidos, 1809-1849) Fue un poeta, narrador, editor y crítico literario, cuyos relatos cortos y poemas fueron especialmente determinantes en el contexto de la literatura decimonónica.
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
Hospital La Raza. Tomada por el Dr. Damesio.

               

 

Desde hace un par de meses, estoy terminando una tesis que habla del género de terror en cuatro cuentistas mexicanos. En un capítulo de esta, reflexiono sobre el fin del mundo y el terror que eso supone, tanto para los personajes de las historias como para los lectores que son afines a este tipo de literatura. Me es inevitable no pensar en el fin y en lo que he leído a partir de los acontecimientos que estamos viviendo con el COVID-19, porque sí: muchas o la mayoría de las historias que se han narrado sobre sucesos apocalípticos, comienzan con una pandemia que se sale de control, con el miedo al contagio y desde luego, con la supervivencia de unos cuantos posterior al fin.

Lo que vivimos con esta pandemia nos coloca ahora en el centro de la historia. Hoy no estamos protegidos por las pantallas, las hojas o las pastas de los libros, por escritores o por historias predecibles, esta vez no tenemos la distancia adecuada para disfrutar del terror que esto supone, esta vez estamos inmersos en la narrativa y somos los personajes principales de lo que pueda o no pasar. Quizás por eso estos últimos días me dediqué a preguntarle a gente cercana cómo es que está viviendo en medio de todo esto y su sentir por lo que sucederá una vez que pase todo.

Esto que escribo a continuación es un poco del sentir de la gente que habita la ciudad, la que está en el foco de un virus invisible que puede desmoronar el mundo que conocemos en tan solo unos días.

 

Italia sucumbió al virus

El pasado 6 de marzo recibimos una videolladama de Fernanda y su esposo Pío, unos amigos que viven en Bolonia. Nos marcaron porque estaban tomando unas coronas en honor, nos dijo, al coronavirus que en ese momento comenzaba a esparcirse por Italia y el resto de Europa. Hablando ya más seriamente, Fer nos comentó que estaba molesta, pues su empresa, previniendo la baja de trabajo que tendrían, le descontaría a ella y a sus compañeros el 30% de su sueldo por unos tres meses al menos en lo que todo volvía a la normalidad. Nos comentó que, por el momento, la zona en la que estaba no corría tanto riesgo pues está alejada de donde comenzó todo: “En Lombardía, donde está Milán, Bérgamo y otras ciudades, es donde todo está más pesado”. Pío y Fernanda parecen tener las mejillas rojas, a pesar de todo ambos se ven contentos.

Un par de días después el virus estalló desproporcionadamente y el 9 de marzo declararon a Italia en cuarentena. Le escribimos a Fernanda y nos dijo que sí, que empezaron a cerrar todo y que no se podía salir, con las excepciones de ir al trabajo, al hospital o a comprar cosas al súper, similar a lo que estamos viviendo hoy en México con la anunciada fase dos. “Yo tengo que seguir yendo a trabajar. No me dejan trabajar desde mi casa. Como yo vivo y trabajo en Bolonia puedo ir sin problema, pero si tuviera que ir, por ejemplo, a Venecia, necesitaría un permiso, un papel que diga que trabajo ahí y que tengo que desplazarme hasta allá. No te permiten dejar la región en la que habitas. Esto del virus no creo que sea grave todavía, no creo que se vuelva una situación muy difícil y si sí, pues les aviso y hacemos una colecta”, cerró Fernanda con tono de broma. Al siguiente día los medios anunciaron que en Italia todos los locales cerraban excepto las tiendas de alimentos y farmacias: el virus parecía salirse de control. Fernanda nos dijo que, por fin, en su empresa permitieron el trabajo desde casa, solo tenía que ir un día más para resolver algunos pendientes. A partir de ese momento el llamado home office comenzaría con mayor fuerza en toda Italia.

Pasó una semana y Fernanda nos confirmó que seguían encerrados, pero que de vez en cuando salían a la montaña que está detrás de su casa a dar la vuelta, caminar, despejarse. Ella y su esposo viven a las afueras de la ciudad de Bolonia, por lo que están más aislados. Nos dice que solo pueden ir al súper y que le ha puesto más atención a su jardín y a las plantas que ha cosechado y que se llevó de México. Nos pregunta que nosotros cómo vamos y contestamos que, en general, todo sigue normal: no han cerrado negocios y, es más, “ni siquiera suspendieron el Vive Latino y yo sigo yendo al gym”, añade mi esposa Gabriela. Fernanda nos confirma que allá el ejército estará muy pronto en las calles porque la gente no entiende y el virus se propaga rápidamente. Según los medios, esto fue porque muchos italianos que vivían en la región lombarda, al norte de Italia, regresaron a sus pueblos o ciudades de origen para resguardarse por la cuarentena, haciendo inevitable la propagación del virus. Ese 18 de marzo, en México muchos amigos y familiares aún se debatían con sus jefes para que los dejaran trabajar desde casa y el miedo en nuestro país comenzó a surgir con casos confirmados de COVID-19 de personas que viajaron a Europa y Asia.

Casa de Fernanda en Bolonia. Tomada por Fernanda Pichardo.

Casa de Fernanda en Bolonia. Tomada por Fernanda Pichardo.

 

 

 

La primera medida: las escuelas en México

Unos días antes, el sábado 14 de marzo, la SEP y el Gobierno Federal anunciaron el adelanto de las vacaciones de Semana Santa más dos semanas adicionales ante la inminente propagación del virus en el territorio mexicano. Al menos un mes las escuelas estarán cerradas y en espera de una muy posible postergación. De esta manera se anunció la primera medida seria en torno al coronavirus, sin embargo se hizo en un fin de semana largo en donde muchos aprovecharon para salir de la ciudad y, aunque los medios inundaron todo con esta información, muchos ni siquiera se enteraron.

Mi papá es director de una escuela secundaria pública en la alcaldía Gustavo A. Madero, y este anuncio, lo condicionó a él y a su equipo a preparar las medidas que el gobierno pidió.

“Ese día por la noche, gran parte del domingo y el lunes de puente, estuvimos organizándonos con todo el personal para hacer lo recomendado por las autoridades. Nos pidieron dos requisitos indispensables sumados a la suspensión del recreo y la educación física que ya se había impuesto. El primero fue que los padres revisaran que sus hijos no tuvieran síntomas y que, si los tenían, no los llevaran porque se les negaría la entrada. El segundo fue una carta firmada por los papás en la que aseguraban que sus hijos estaban sanos. Para agilizar la entrada nos dimos a la tarea de imprimir una carta hecha un día antes por las secretarias para que los padres sólo la llenaran con sus datos personales”.

Le pregunté si no se puso nervioso o temeroso ante el caos que esas medidas pudieron provocar: “no podíamos asustarnos, solo estar atentos”. Me dijo que afortunadamente los padres de familia son muy colaboradores, que siempre están al pendiente de las necesidades de sus hijos y de la escuela, pero que, como en todo, a veces hay padres que llevan prisa y son renuentes a seguir las reglas, sin embargo en esta ocasión no hubo de otra y tuvieron que cooperar.

El martes 17 de marzo “las autoridades me citaron una hora antes de la entrada de los niños para darme gel antibacterial para los 500 alumnos que tiene mi turno, el colmo fue que sólo me dieron un litro, un litro para todos —dice mi papá aún incrédulo—. Ya lo veía venir, lo bueno fue que llevamos más”.

Le dije que me platicara más del asunto, si había pasado alguna otra cosa inusual. “A la hora de la entrada pusimos filtros, el primero fue para que los papás llenaran la carta en la que nos decían que sus hijos estaban bien. El segundo filtro era para que, con ayuda de algunos padres y maestros de la escuela, les pusieran gel antibacterial a los niños y de paso les dieran una checada más por si notaban a alguien con síntomas. El tercero fue indicarles a los profesores estar atentos en el salón de clases por si veían algún enfermo, lo cual sucedió. Creímos que se nos había colado uno pues un niño empezó a toser y el pánico comenzó. Sus compañeros de grupo lo acusaron de estar moqueando y tosiendo todo el tiempo y, además, de que usó cubrebocas desde el inicio del día. Lo hizo de broma confesó más tarde, sin embargo lo llevaron conmigo, llamamos a sus papás y se lo llevaron. Les pedimos que, si quería volver, trajera un documento del médico en donde se verificaba que no tenía problemas. Al otro día lo llevaron como siempre y sí, estaba sano, solo fue una broma, pero no hubo de otra, teníamos que asegurarnos”.

Le pregunté si los alumnos comenzaron a faltar y de inmediato me respondió que sí, “el primer día llegaron 370 alumnos junto a unos 300 padres y madres aproximadamente. Creímos que sería un caos, pero tanto niños como adultos se comportaron a la altura de las circunstancias. Las cartas se siguieron entregando a diario y los niños fueron disminuyeron más: el miércoles 270, el jueves 220 y finalmente el viernes 90”.

Le cuestiono si la ausencia de un mes será algo perjudicial para sus alumnos y me responde que no lo ve de esa manera, ya que los maestros dejaron diversas actividades y tareas para que los jóvenes no se descuiden tanto y que, además, únicamente faltarán dos semanas si se restan las dos semanas de vacaciones que ya estaban contempladas por Semana Santa. En mi mente dudo sobre si los alumnos harán lo dicho por los maestros, me parece difícil. Un vecino que tiene una papelería me dice que, aunque no hay ventas como de costumbre, muchos niños están comprando mapas y monografías para hacer las tareas que les dejaron. Aun así, lo escucho y no lo creo.

Mi papá piensa que la problemática será otra “el problema será más bien psicológico, causado por el estrés que sentirán los niños por no salir de casa; muchos viven en espacios muy pequeños y se juntará con la convivencia día a día con sus padres y hermanos, muchos de ellos tienen familias disfuncionales lo que podría volverse un riesgo enorme si hay alcoholismo, desempleo y violencia intrafamiliar, ojalá que no sufran mucho. Eso sí, creo que cuando regresen lo harán gustosos. Será interesante ver el regreso”.

 

La ciudad se está vaciando

El anuncio de la SEP, aunado a otros como el cierre parcial de fronteras y la cancelación de vuelos de varios países alrededor del mundo, hicieron que en México comenzaran las compras de pánico, que algunas empresas despidieran o descansaran “voluntariamente” a su personal y que otras tantas mandaran a trabajar a sus empleados a casa. También comenzó la petición para que la gente no saliera a menos de ser necesario. Los medios empezaron a inundar todo con noticias de lo que pasaba en otras partes del mundo y las medidas que tomaban en cada país frente al virus, provocando miedo e incertidumbre en parte de la población mexicana, porque según aquí, no se estaba haciendo nada.

Gabbo es un amigo que conozco desde hace bastante tiempo, trabaja como taxista en la Ciudad de México y los fines de semana es coach de un equipo juvenil de americano. Le pregunté cómo le ha afectado todo esto del COVID-19 en su rutina diaria, especialmente en su trabajo. “Empezó sin bronca, pero ya este fin (20 al 22 de marzo) los lugares abiertos, bares, restaurantes, ya están vacíos, la gente tiene mucha incertidumbre, no sabe qué es verdad y qué no. Esta semana (23 al 29 de marzo) creo será la más crítica, nadie va a andar en la calle, va a estar muy complicado, ya dijeron hoy (22 de marzo) que se cierra todo. En la calle no hay nada de chamba. Va a estar muy complicado, a ver cómo nos va. Nosotros no tenemos sueldo, vivimos al día, va a estar cabrón. Sí juntas una lana, pero con el paso de los días se va acabando y no generas nada, está cabrón”. Gabbo regularmente es alegre, dicharachero, pero esta vez noto en su voz mucha preocupación. “Nos han pasado varios comunicados de la SEMOVI de que tenemos que seguir chambeando, nosotros no podemos parar, ahora sí que lo que puedas sacar, ya va a ser para la papa”.

Le pregunto si les dieron recomendaciones diferentes a los del resto, pero me dice con un tono de tedio que son las mismas: “que no te agarres la cara, que llegues y te laves las manos, que desinfectes el carro y pues sí, darle una limpiada no está de más, y lo del tapabocas, pero que lo usen las personas que están enfermas no las que no, porque se genera más pánico del que ya está”.

Hospital La Raza. Tomada por el Dr. Damesio Jonh.

Hospital La Raza. Tomada por el Dr. Damesio.

 

 

Le pregunto cómo es que le ha salido trabajo ante la ausencia de gente en las calles, me responde que “con las aplicaciones sale algo, porque en la calle definitivamente se muere. Ahorita la de la CDMX ya está funcionando, la oficial, pero esa apenas inició el 15 de marzo y no tiene mucho jale todavía. Sí suena, pero muy leve, como una vez al día. La de Cabify está mejor, pero suena cada media hora, cada hora. El pedo es que a la de Cabify hay que meterle saldo; si no, no te llegan servicios para cobro con efectivo”.

Le pregunto por la gente y sonríe: “a la que me ha tocado llevar, la veo muy quitada de la pena. Se sube con gripa, con tos, pero estamos en los meses para que se den esas cuestiones estacionales, entonces pues eso es lo normal en estas fechas.  Además muchos no se la creen; nadie conoce a alguien que esté infectado. Sí toman sus precauciones, pero hay mucha incertidumbre: le tiran más a que no existe, que son farsas de los gobiernos, pero no sé, yo también siento mucha incertidumbre. Con el H1N1, todo y nada pasó, ni se murieron todos y seguimos aquí. Si de verdad fuera una contingencia pues no te esperas. ¿Por qué no parar todo desde el momento en que hay infectados?  Por eso la incertidumbre de saber si es o no verdad o qué chingados. Yo veo al gobierno como si nada, si realmente fuera una pandemia como dicen no habría nadie en la calle; implementas al ejército para que nadie salga de su casa y listo, pero eso tampoco puede ser porque la economía colapsaría en días si nadie saliera. Eso es lo que no me convence mucho. Si realmente la cosa está como dicen que está, no se están tomando las medidas que deberían. En otros países, si la policía te ve afuera te multa y te mete a tu casa. Más bien como que medio hacen algo para complacer a la OMS y que digan a pues México sí hizo para que no los tachen de irresponsables. Y ya si hablamos de las redes sociales, pues ya no sabes tampoco, hay muchas fake news, como dicen”.

Le pregunto a Gabbo si recuerda algo de lo que pasó hace 11 años con el H1N1: “sí, nos hicieron parar una semana, pero antes de eso la SEMOVI nos hizo usar tapabocas, guantes de látex —que era una pendejada porque a los 30 minutos ya estaban todos negros por el sol— y que desinfectáramos constantemente el carro. Sí la hicieron más de a pedo. Dijeron que paráramos una semana y con eso era suficiente y así fue: en la calle no había nada. Yo salí a trabajar, pero no cayó nada. Ahora dicen que un mes y pues no, va a estar cabrón. Yo digo que no nos pueden dejar todo el mes, no mames, ¿qué vamos a hacer?” responde resignado.

No sé qué más decirle, su preocupación es la de millones de personas que se quedará sin ingresos por la cuarentena y eso, aunque no se acabe el mundo como tal, puede ser el final para familias enteras. Le digo que gracias por su tiempo y le pregunto a modo de broma que me recomiende un lugar abierto, es domingo por la noche y me responde que “la Cervecería Chapultepec a lado del Imperial está abierta”, sonrió y le digo que ya será para la otra.

 

El comercio al pie del cañón

Revisando Facebook el sábado 21 de marzo por la tarde, vi que Carlos, otro amigo de muchos años, publicó una foto con el titular que decía “Al pie del cañón, los esperamos amigos”. La foto mostraba el puesto en el que vende diversos productos de su marca Mex Diseño Frenético en el Tianguis Cultural del Chopo. Vi los comentarios y varias personas le publicaron la hora en la que irían a comprar o recoger algún pedido. Al parecer, “la banda del chopo” estaría como cada ocho días resistiendo, como dicen los punks que cada sábado están ahí.

Recordé que Carlos también fue a vender su mercancía al Vive Latino y decidí marcarle para ver cómo la estaba pasando. “Pues si bajó la gente en el Vive, hubo bandas que cancelaron y muchos, por paranoia, estaban vendiendo sus boletos en Facebook para ya no ir. Según esperaban 70 mil y dijeron que nada más fueron 40 mil. La pandilla que entró al principio se veía medio temerosa, como viendo qué pasaba, pero ya después en el desmadre ni se acordaron del virus. Una cosa que sí fue bien rara es que mi carnal entró a las 7 de la noche y me dijo que afuera estaba todo vacío, nada de gente para entrar, a pesar de que todos los años siempre está bien lleno”.

Le pregunto por las ventas y me responde que le fue bien a medías, pero porque metió productos nuevos, si no, otra cosa hubiera sido. En el chopo, comenta que no había gente, pero que a las 3 de la tarde todo mejoró, algo raro pues regularmente el tianguis se llena por el medio día. “Unos cuantos sí, iban con su tapabocas, otros más andaban con precaución, pero a la mayoría le valía madre”.

Le comento que Sheinbaum anunció ese día que en el DF todo se cerraría y me responde sorprendido “no mames, cuándo dijo eso”. “En el Chopo nos pasaron el comunicado de que cumplieramos con las medidas de prevención que ya todos sabemos y que cuando tenga que ser, va a ser (el no poner sus puestos), pero la mitad de México es informal hay un chingo de tianguis, de mercados, va a valer verga”.

Tianguis Cultural del Chopo. Tomada por Carlos Olivares.

Tianguis Cultural del Chopo. Tomada por Carlos Olivares.

 

 

Le pregunto que qué pasó con los envíos de mercancía que hace a otros estados y países y me responde que “con lo que dijo Trump del cierre de fronteras ya no se podían mandar ni recibir nada, pero para el viernes se retractó y dijo que el comercio si se podía, el flujo de personas no. Eso ya es un paro porque sí me compran mucho de allá (EUA) y, aunque se tarden las cosas, sí van a llegar. Uno como comerciante tiene que moverse porque si no, no sale, y vender por internet pues es una opción. Imagínate horita con el dólar alto a ellos les sale bien bara y yo subsisto. Tenemos que buscarle, porque no tenemos injerencia en este pedo, quien sabe cuándo se restablezca todo, nosotros valemos verga, los que vivimos al día, sí guardas algo, bien, pero si no hay chamba, ¿cómo le haces?”

“Creo ante todo que el gobierno hizo todo por chingar lo menos posible. Mientras muchos se estaban quejando de que no se tomaban medidas, se cerraba todo y que ya nadie saliera porque todo era riesgo, el gobierno aguantó. Sí no imagínate, pinche recesión nos va a cargar, por eso digo, si ya esta semana se cierra todo, este gobierno nuevo hasta donde pudo aguantar aguanto y eso yo lo respeto. Además, no es la misma intención que todos los gobiernos anteriores han tenido de chingarse a la gente, no digo que Andrés Manuel no la cague, pero tiene mejor intención. A los otros les valíamos verga y nos chingaban cuando podían, y si el gobierno de ahorita tiene errores no se comparan con los anteriores la neta: que el Solidaridad de Salinas, que el error de diciembre de Zedillo, esas mamadas. Ahorita el de salud no es un pendejo, tiene un chingo de estudios y se ha movido, está actuando bien, mejor que antes. Pero eso sí, la gente y muchos comerciantes que, como te dije, viven al día, no aguantarán y ese va a ser un pedote, somos un chingo”.

Nos ponemos especulativos y mencionamos que está la teoría de que EUA mandó el virus a China y viceversa, ambos reímos y Carlos dice que cuando ya se sospecha de dos gobiernos a nivel mundial es porque hay algo de razón. Le pregunto por su mamá y me dice que “no la he podido ir a ver porque tiene diabetes y como está todo no vaya a ser la de malas”. Nos acusamos de hacer compras de pánico y ambos lo negamos, reímos, recordamos algunas cosas de cuando íbamos en la universidad y pactamos el reencuentro una vez que pase todo, ojalá sea pronto.

 

Poca afluencia en hospitales

Carlos me comenta que apenas vio a mi primo y le comento que justo le hablaré al día siguiente para pregúntarle cómo le va en el hospital en el que trabaja con todo esto de la pandemia.

Le escribo a mi primo por la mañana y me dice que lleva prisa porque va rumbo al trabajo, pero que me irá contestando mis dudas conforme pase la tarde. Lo primero que le pregunto es si aumentó o no el flujo de gente que va regularmente al hospital. Un par de horas después me explica que “el Centro Médico Nacional La Raza (donde él está de domingo a jueves) es un complejo de varios hospitales y debido a eso la afluencia de gente es abundante, recuerdo alguna cifra de propaganda: 5000 trabajadores para “servir y proteger” a 100 000 000 ingresos por año. No he notado un incremento en lo absoluto, sino todo lo contrario. Cada hospital es igual a una fábrica. Dentro de los distintos departamentos que lo componen he notado que algunos están vacíos, la resolución oficial la desconozco por ahora”. Pienso que entonces la gente está tomando enserio eso de no ir a los hospitales o clínicas si no es necesario. Mi esposa y su hermana me lo confirmaron hoy, una fue por unos estudios agendados hace un mes y la otra por alguna medicina que no le dieron la semana pasada; ambas me dicen que “no hay personas esperando consulta, están atendiendo rapidísimo”.

Le pregunto a mi primo si le recomendaron algo más para protegerse del contagio y si están contemplando mandar al personal a descansar algunos días. Me dice que no, que eso no se contempla ni se contemplará y que las recomendaciones son las mismas, sin embargo, me dice con un poco de fastidio que “desde hace unos días están turnándonos para ir y ver una proyección con algún fin de demostrar acción en estos momentos, el contenido exhibido no es objetivo y es carente de utilidad para la práctica hospitalaria”.

Hospital La Raza. Tomada por el Dr. Damesio Jonh.

Hospital La Raza. Tomada por el Dr. Damesio.

 

 

Le pregunto si ha notado algún cambio en los médicos y el personal con el que labora y también me dice que no, que a lo largo de los tres años que ha trabajada ahí, ya asimiló el ritmo de andar por el hospital y nada ha cambiado a pesar de lo que se vive con la pandemia, que más bien el cambio es por parte de “personas externas que nada tienen que ver con la medicina o el hospital como los medios de comunicación o personajes del ámbito social que crean tensión y provocan conductas y sensaciones de vulnerabilidad en la población. Lo distinto quizás, son las bromas que he escuchado últimamente en el trabajo, todas son referentes al virus”.

Le pido su opinión sobre el COVID-19, si cree o no que existe y tajante responde que “el virus es real, el cómo se le describe y se le intenta connotar social y económicamente no. A diferencia de otros elementos patógenos, los virus no son entidades producto del desarrollo natural. Su uso nos invita totalmente a pensar diferentes escenarios”. Le pregunto que cómo se siente él con todo esto, pero me dice que no lo había pensado, promete responderme luego. Me comenta que él también fue al Vive Latino, específicamente a ver a Guns N´ Roses, “estuvo bueno, tenía que ver a Slash”. Recuerdo que ya tiene un par de meses que no lo veo y, al parecer por cómo vamos, serán algunos meses más. Le deseo suerte y le pido que se cuide, que si necesita algo no dude en hablarme.

Hospital La Raza. Tomada por el Dr. Damesio Jonh.

Hospital La Raza. Tomada por el Dr. Damesio.

 

 

 

El gobierno endureció las cosas en Italia

Fernanda nos llamó hoy (24 de marzo), estaba cocinando con su esposo la cena mientras Gabriela y yo preparábamos la comida. Nos platicó que desde el jueves pasado (19 de marzo) no había podido salir a comparar cosas porque no tenían mascarillas especiales y solo con ellas se les estaba permitiendo salir. La hermana de su esposo les mandó por paquetería unas mascarillas que no han llegado  ni llegaran: los envíos están cancelados en todo el país. Hoy se arriesgaron a ir por algunas cosas y no les fue mal, trajeron lo que necesitaban. Nos comentan que en Italia las restricciones se pusieron más duras, que el gobierno ya implementó multas de 400 a 3000 Euros si sales de la zona en la que vives y que, si estas contagiado y te andas paseando la sanción es de 5 a 12 años de prisión. Gabriela y yo nos sorprendemos, ojalá que no lleguemos a tanto aquí en México.

Nos platicó que el gobierno hizo una integración salarial, o algo así, y que se hará responsable del sueldo de todos en Italia (las empresas no pagaran durante la cuarentena), aunque sólo pagaran el 80% y se retrasará por un par de semanas. Fernanda dice que “ojalá no se tarden mucho porque si sí, nos vamos a empezar a quedar sin dinero”. Ahora ella nos pregunta que cómo vamos nosotros, que “qué dice mi peje”. Sonreímos y le decimos que apenas empieza la fase dos y que mucha gente se está poniendo paranoica influenciada por muchos medios politizados; que apenas empezaremos a encerrarnos, pero que no todos podrán hacerlo. Ella nos recomienda quedarnos en casa para que no pasé como en Italia: “es muy raro no poder salir, ya llevo dos semanas de encierro, hasta el 3 de abril estaremos así pero no creemos, pensamos que será más tiempo. En Bérgamo hubo muchos muertos en poco tiempo para una ciudad tan pequeña. Hay muchos videos de militares llevando ataúdes. Es como empiezan las películas de zombis, que miedo. Ya no vemos noticias, antes estábamos todo el tiempo viéndolas, pero ya no. Pasan imágenes horribles de que en España hay gente tirada en el piso porque ya no caben en los hospitales, está muy feo, amiguitos, cuídense mucho”. Nos despedimos prometiendo videollamar el viernes, ojalá que no lleguemos a tanto en México.

En La industria del fin del mundo, Ignacio Padilla comienza diciendo que emprendió la escritura de ese ensayo en “una de esas tardes borrascosas que el mundo suele elegir para acabarse”. Nos dice que eso sucedió la tarde en que se desató hace once años, la pandemia del H1N1. En la misma introducción de ese libro y sin tratar de ser repetitivo (de mi parte), narra algo similar a lo que sucedió o está sucediendo ahora alrededor del mundo: “las cadenas locales y extranjeras transmiten sin cesar imágenes que cualquiera juzgaría escatológicas: comercios cerrados y avenidas desiertas, estaciones de autobús repletas de trásfugas con cubrebocas, la semifinal de fútbol en un estadio vacío, el desfile de funcionarios que llaman a la calma sin que nadie acabe nunca de calmarse”.

Como Padilla aquella tarde, yo también reescribo estas charlas que tuve con gente que me importa, temeroso del futuro y preocupado como muchos, en estas tardes en las que, de nueva cuenta, el mundo (precario y desigual para la mayoría de sus habitantes), está decidiendo acabarse.

 


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.
Imagen tomada de Pixabay

El primer libro que leí, con esa conmoción egoísta que a veces sentimos algunos lectores, cuando creemos que un relato fue escrito exclusivamente para nuestros ojos, ya no como un deber, sino por pura adicción a las palabras y en libre complicidad, fue la novela Un hombre, biografía de Oriana Fallaci sobre el revolucionario griego Alekos Panagoulis.

Debía tener diez u once años cuando mi papá me regaló el libro y me quedé absorto con la historia de ese joven que intentó ponerle fin a una dictadura mediante un atentado fallido, tras el cual fue encarcelado y torturado por el régimen. De los 29 a los 35 años, Panagoulis se vio sometido a un estricto aislamiento solo interrumpido por crueles torturas físicas y psicológicas: cada mañana lo llevaban al pelotón de fusilamiento e interrumpían su ejecución un segundo antes de gritar ¡fuego!

Fallaci relata minuciosamente cómo se distraía Panagoulis para reinventar las cuatro paredes de su celda: escribía poemas con sangre, intentaba resolver un viejo problema matemático de sus años universitarios, concebía nuevas y más ingeniosas ofensas para sus torturadores con el fin de desmayarse cuanto antes y no sentir todo el dolor que querían infligirle.

En el año de 1975, Panagoulis salió en libertad. Obtuvo inmunidad gracias a un cargo en el congreso, pero nunca dejó de habitar esa horrorosa prisión en su cabeza y no dejó de luchar para derrocar a la dictadura. Pese a las constantes amenazas, se negaba a tener escolta o a ir armado (decía que su pipa estaba lo suficientemente afilada para usarla cual cuchillo). Un año más tarde, iba caminando “libre” por la calle cuando el régimen al fin se deshizo de él con un fingido accidente automovilístico.

El día de hoy, en mi cumpleaños 29, pienso en Alekos Panagoulis. Mis padres tenían un perro alaska llamado Alekos que murió poco antes de que yo naciera y, casi en sustitución, me heredó el nombre en su versión castellanizada. Pienso en los 1500 días que pasó en aislamiento. Pienso en los 27 años de encierro de Nelson Mandela y los 12 años de José Mujica. Por mi parte, llevo menos de 20 días en cuarentena en una ciudad europea, con internet, alimentos, música, medicinas, una biblioteca fantástica a mi alcance, y ya me estoy volviendo loco, y noto cómo enloquecen todos a mi alrededor.
Tal vez nos falta una causa. O es verdad que pertenecemos a una generación débil. Los días ya no tienen sentido, los confinados habitamos la semana de colores de Elena Garro, en la que podían suceder tres domingos juntos o cuatro lunes seguidos. ¿A quién le importa el orden? Se supone que ya entró en vigor el horario de verano en España; el anuncio me sonó a una broma de mal gusto.

Me conecto otra vez a la red de neurosis. Además de Jeff Bezos (dueño de Amazon), parece que los grandes triunfadores de esta terrible tragedia son los filósofos de cuarta, que se pelean por quién presagiará con más tino la caída del sistema capitalista o la instauración de un nuevo régimen ultra-totalitario. Forrest Gump tiene coronavirus. En Madrid se habla de tomar por asalto los hospitales privados. Hay decenas de miles de doctores, enfermeros y camilleros contagiados. Todos tenemos síntomas de quién sabe qué bicho, no sabemos cuál, porque ya solamente hacen pruebas a personal sanitario, policías y famosos. Sólo nos queda preguntarnos cuánto tiempo faltará para volver a esa normalidad que antes aborrecíamos.

En mi caso, soñar se ha vuelto más importante que vivir. Al fin y al cabo, ¿de qué tratan mis días? Despertar, temer que el carraspeo matutino sea un síntoma, comer sin ganas, fumar con miedo, paralizarme ante el nuevo record de contagios y muertes, lavar mis manos, rendirle pleitesía al imperio del cloro, distraerme con entretenimientos cada vez más idiotas. Todo suena tan banal. La gente de las películas se abraza, se besa, prueba con el dedo el guiso del almuerzo, soplan las velas de un pastel, y uno siente ganas de refrenarlos: ¡Oigan! ¡Respeten la sana distancia! ¡Lávense las manos por al menos veinte segundos, tallen cada dedo hasta que salga espuma!

En mis sueños, en cambio, habito un pasado caricaturesco que en ocasiones me sorprende con una sonrisa al despertar. Esta sonrisa dura de uno a cinco minutos, hasta que veo las noticias y pierdo toda esperanza. Temo que mis sueños también se opaquen con la psicótica parafernalia de atender cotidianamente a una pandemia global.

La red nos mantiene alerta con su caudal de información, donde el amarillismo opinólogo calla los estudios científicos bien documentados. De cualquier forma, mi ansiedad no quiere saber nada de lo uno ni de lo otro, sino que anhela el pastelazo absurdo, el meme rotundo, el videíto chusco, lo que sea que me relaje por un instante durante esta pandemia que ha puesto en jaque imperios todopoderosos, y que, en última instancia, terminará jodiendo, como siempre, a los más pobres, los que no tenían nada aun antes del caos.

Me recuerda a una situación en la CDMX después del terremoto de 2017. En un parque de Taxqueña se organizó una fila para darle apoyos de renta a todos aquellos que hubieran perdido su casa con el sismo. Se presentaron decenas de miles, la gran mayoría gente en situación de calle que ni siquiera tenía un techo que perder.

Basta de dramas. Los confinados no quieren más derrota, injusticias ni temores, sino buenas noticias: Una viejita italiana de 95 años venció al coronavirus.  La letalidad en enfermos que rondan la edad de Panagoulis es prácticamente nula, entonces, ¿por qué no estamos allá afuera ayudando? Si te recuperas quedas inmune. Como no se hacen pruebas, se estima que no sólo el porcentaje de contagios, también el de recuperados debe ser diez veces lo que indican las cifras oficiales.

El problema es que los que nos curamos en casa no sabemos de qué fue: ¿resfriado común?, ¿influenza?, ¿AH1N1?, ¿Coronavirus clásico?, ¿coronavirus murciélago?, ¿otra enfermedad que se creía extinta?

En México —nunca conforme con una sola tragedia—, a la par que el coronavirus, surgió un inusitado brote de sarampión. Tengo un grupo de amigas que eligieron precisamente este momento para contraer paperas. Me pareció muy retro de su parte, como quien se aferró a la música disco en la epidemia del reggaetón.

Debe ser lindo conocer el nombre de tu enfermedad, sobre todo al superarla. Por primera vez en mucho tiempo, Yahoo respuestas no puede contestarme: ¿Cómo sé si me curé de coronavirus y no de otra cosa? Silencio. La respuesta no está allá afuera. Los medios audiovisuales tampoco tienen nada que ofrecer en este aspecto. Tal vez la respuesta esté en la literatura.

¿Será un buen momento para releer La montaña mágica? Lo que Thomas Mann te enseña en su novela sobre el sanatorio de tuberculosos es a resignarte a convivir naturalmente con la enfermedad. Si todos estamos enfermos, entonces ninguno lo está, solo es una nueva condición, hay que inventar nuevas dinámicas y aceptar que a partir de ahora seremos un poco más vulnerables.

Encuentro calma en la película Trono de sangre, adaptación de Kurosawa del Macbeth de Shakespeare, en particular en aquella escena en la que Lady Washizu se restriega las manos para borrar la sangre de su crimen. Y la sangre no se borra.
Esta película ya la vi, no me refiero a la historia shakesperiana, sino a la película de mi vida en cuarentena. Me resulta familiar porque la última novela que escribí trataba de un joven que pasaba un año entero encerrado en una habitación madrileña. La titulé Agenbite of inwit, frase que solía murmurar Joyce cuando alguien se lavaba las manos de culpa. Yo quería rendir homenaje a Oblómov —novela rusa de 500 páginas en la que el protagonista jamás sale de su habitación— y a la felicidad pascaliana —“la desgracia humana se debe a que nadie sabe quedarse tranquilo en una habitación”—, pero ni el ruso ni el francés tomaron en cuenta el factor cibernético, la herramienta más útil y desquiciante del nuevo milenio.

Es posible que los nombres de los días sí sean importantes y solo baste con ajustarlos un poco. En vez de astros y dioses romanos podríamos rebautizarlos con nuestros síntomas cotidianos: día de la flema ambigua, día de la tos desértica, día de la amígdala gorda, día del pulmón apachurrado.

Merkel lo anticipó desde un comienzo al afirmar que al menos un 70% de la población se contagiaría. Cuanto antes aceptemos esta enfermedad, más pronto aprenderemos a domesticar el miedo sin permitir que nos paralice. Aunque no siempre resulte positivo remover los síntomas sin curar las causas.

Recuerdo que en México pasó algo semejante con la guerra del narco. De pronto pasamos de 20 a 100 asesinatos diarios y nadie dejó de cantar Cielito lindo cada que el Chicharito anotaba un gol. En dos sexenios acumulamos casi tantos muertos como  la población de Islandia y nadie supo qué hacer.

A lo mejor lo único que nos queda es concentrar todas las energías en encontrar la cura. Ninguna idea es mala. Un amigo a la distancia (ese amigo jalifeano que todos tenemos) me cuenta que, según el virólogo de Harvard en Guerra Mundial Z, “a veces el aspecto más terrible de una enfermedad es también su punto débil”. ¿Y cuál es el aspecto más terrible del coronavirus? La tos. Entonces nuestro mejor escudo será fingir que tenemos mucha tos para que el virus se despiste y se vaya a otro lado.

Con esta necedad y todas las que rondan mi cabeza, descubro que el verdadero factor que debemos cuidar durante esta temporada de encierro es la cordura. Hay columnistas que insisten en que se debe preservar, ante todo, el sentido del humor. Como mexicano, me parece una estrategia creativa y simpática, pero inestable. La evasión puede ayudarte con una tediosa jornada de trabajo o una ruptura amorosa, pero poco aportará a tu serenidad en prolongadas guerras invisibles.

Hay quienes recomiendan distraerse con tramas detectivescas y conspiraciones concretas. El escritor Jesús Zomeño exhorta a la lectura de Sherlock Holmes, como un sistema cerrado para aferrarnos a una brújula narrativa coherente. Zlavoj Zizek recomienda las series policiacas escandinavas.

Yo me entretengo con actividades aún más absurdas y esperanzadoras. Ahora mismo estoy redactando futuras críticas literarias y cinematográficas de las posibles novelas y películas sobre el coronavirus que triunfarán en el 2022.

La película será el último papel de Tom Hanks antes de pasar al retiro. Toda su trayectoria se ha preparado, aislado en islas, naves, aeropuertos, barcos, para este rol, que además será un documental cuya producción ya debe haber comenzado. La dirige Steven Spielberg a través de un dron que ronda por el domicilio de la familia Hanks ahora mismo.

La novela la escribirá un autor de Madrid o Barcelona. Será un mosaico polifónico de cientos de voces estancadas en el abismo de la enfermedad, pero tendrá por protagonista a una enfermera de la clase baja que lucha incansablemente por salvar a un enfermo migrante sin tapabocas ni ventiladores.

Estos “futuribles” son lo más parecido a la esperanza que me queda. Además de mis tramas derivadas, la otra actividad que me evita la angustia mortuoria es una que quizá resulte perturbadora a primera vista: pensar en el suicidio.

Puedo garantizar que se trata de una actividad infalible para mejorar los ánimos en tiempos de pandemia. El libro de Camus que debería estar leyendo la gente no es La peste, sino El mito de Sísifo, o como mínimo, La caída. El confinado, sobre todo el ansioso y el hipocondriaco, encontrará entre sus páginas un remedio insólito para lidiar con el miedo a una muerte azarosa.

Adueñarse de la tragedia, poner la muerte a la merced de nuestra voluntad, paradójicamente, nos ayudará a sobrevivirla. Bien lo decía el filósofo rumano Emil Cioran, quien pasó todos los días de su vida imaginando su suicidio y tuvo una muerte sabia y serena a los 84 años: “Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado”.

Hasta aquí mis propuestas tras veinte días de encierro. No quiero imaginarme qué cosas me atreveré a pensar el próximo mes. ¿Qué diría Alekos Panagoulis? Tal vez sea cierto que pertenezco a una generación frágil; para bien o para mal, este es nuestro momento.


Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros Los designios del imaginero (2012) y Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por Sonámbulos. En 2023 publicó su tercera novela Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina. Como editor ha elaborado las antologías narrativas Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020), De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.
Ilustración por Isabel del Valle

Conversación en el encierro

 

En mi departamento, tengo un pequeño balcón que da a una pequeña calle. Esa pequeña calle está en una pequeña zona agitada, junto a una enorme terminal de metro. Desde ahí, llevo dos semanas viendo la vida pasar. 

 

En ese tiempo, solo he salido de mi casa para comprar comida y solventar mi adicción al agua mineral y a los cacahuates enchilados. Todo mi trabajo se puede hacer a distancia, toda mi distancia no ha impedido que reciba un sueldo; y mi sueldo me permite vivir tranquilo y cómodo entre cacahuates y aguas minerales. 

 

La vida que veo pasar, claro, es sólo esa pequeña porción de vida que pasa bajo mi balcón. 

 

Los recogedores de basura que, al estar sentados sobre el camión, me miran a los ojos; el repartidor de gas que cree que no lo veo cuando orina en un bote escondido detrás de las bombonas; un cacomixtle que vive entre las grietas del edificio de enfrente y sale por las noches a masticar sobras humanas; las parejas que se pelean y se persiguen; los borrachos que tienen que sostenerse en una pared para no caer mientras luchan por entender las letras de un celular que quiere seguir bloqueado; los patrulleros como animales nocturnos con extraños colores y ruidos en territorios de caza incomprensibles; los mensajeros de comida que pudo ser lenta, pero que llegó rápido; uno que otro corredor (por supuesto, superior a todos); personas que pasean a perros en pijama; pijamas que pasean a personas no humanas; personas que pasean a perros en traje; personas que van apuradas a trabajar; otros que van comiendo rápido para que la boca del metro se los trague; personas que inundan mi balcón con olor a marihuana cuando pasan, fumando, despreocupadas por el ritmo casual de esta pequeña calle. 

 

Mi rutina cambió y con el cambio, caigo en la costumbre. Me olvido, poco a poco, del ritmo de la calle, de estar en el transporte público, de caminar tendido, de cargar una mochila, de la convivencia de oficina. Al mismo tiempo, me doy cuenta de que estoy detenido frente a la vida que pasa bajo mi balcón. Ese pequeño espacio de intrusión de mi departamento en el exterior, ese lugar que, como decía Mia Couto, es la parte de la casa que sueña con ser mundo. 

 

El filósofo Bifo conversa con nosotros, de lejos, con un texto: “Lo que provoca pánico es que el virus escapa a nuestro saber: no lo conoce la medicina, no lo conoce el sistema inmunitario. Y lo ignoto de repente detiene la máquina. Un virus semiótico en la psicósfera bloquea el funcionamiento abstracto de la economía, porque sustrae de ella los cuerpos.” 1

 

Desde mi balcón estoy en la calle, pero suspendido. La breve distancia me puede alejar esas sensaciones de ras de piso: el olor del asfalto, del mofle, del metro, de la calle, los perfumes que te atraviesan y se van, o el olor de los cigarros de pepino, firma invisible que los oficinistas dibujan en el aire para anunciar que se acabó la hora de comer. Puedo dejar de pensar en muchas interacciones y dejarme ir en esta nueva rutina como costumbre tranquila; pero no puedo dejar de pensar que la vida sigue y que soy yo el que está suspendido.

 

Frente a mi balcón hay tres cosas que nunca se detienen. 

 

A la izquierda, casi al principio de la calle, está un centro de reunión de doble AA. Ahí, jóvenes y adultos, se juntan todos los días de la semana para hacer ejercicio, bailar con una extraña euforia de sobriedad, convivir con familiares, preparar de comer, lavar los platos, hablar mucho y fumar más. 

 

En el medio de la calle, hay un estacionamiento privado para los oficinistas que trabajan en el rumbo. Don Rodolfo es el encargado bonachón, verdadero dueño de la cuadra, que conoce a todos, acomoda los coches, habla por celular y, si regresa alguien muy temprano a casa, lo amonesta con extraña competencia: “¿Qué? ¿A poco tan rápido ya estuvo?” 

 

A la derecha, finalmente, hay una construcción. Tres torres de condominios entre dos enormes avenidas, junto a una terminal de metro, en un lugar en donde ya no caben más coches. Tres torres de condominios de lujo que tendrán un automóvil o dos por departamento. Un infierno en potencia que se eleva, sin concesiones, todos los días, un poco más. Entre menos sol llega a mi balcón, más me doy cuenta de lo inevitable: ese cielo, claro, también está vendido. 

 

Estas tres actividades no paran. Yo trabajo en casa y ellos trabajan, frente a mi balcón, fuera de casa. 

 

Las reuniones de los alcohólicos no pueden detenerse. El riesgo está calculado: la distancia aquí resulta más peligrosa que el contacto. El estacionamiento no cierra a pesar de que son las nueve de la mañana -eso que antes llamábamos hora pico- y Don Rodolfo barre un cuadrado de cemento vacío, sin propósito, cancha de frontón distópica que extraña el peso de las llantas. La construcción no para a pesar de las advertencias gubernamentales y la importante diferencia entre lo que es y no es esencial. Supongo que los trabajadores de la construcción no tienen un contrato, que les pagan en efectivo, que están construyendo un espacio de lujo que los niega; y supongo que para todos los involucrados, los que sobreviven y los que se enriquecen, estar levantando esta conquista del cielo es, en efecto, esencial.

 

Desde mi balcón soy testigo de una extraña, pero habitual, confianza, de cierta bravuconería: personas que no creen que el coronavirus sea real, otras que saben que no es muy letal y pues la vida es un riesgo, las que se han controlado la diabetes que ni se siente con un refresquito diario, los que, envalentonados, frente a un posible riesgo y las órdenes de una autoridad difusa, se burlan de las precauciones, desprecian a los precavidos. La vida se entrega a manos juntas o se pierde, nada de andarse chiquiteando.  

 

“Por primera vez, la crisis no proviene de factores financieros y ni siquiera de factores estrictamente económicos, del juego de la oferta y la demanda. La crisis proviene del cuerpo.”2

 

Desde aquí sé que una distancia evidente me separa de los alcohólicos, de Don Rodolfo, del obrero que veo, minúsculo, flotando y cincelando el cielo. No puedo culpar a nadie por no estar en casa, por estar trabajando frente a mi casa, mientras puedo seguir observando la vida pasar desde el balcón. No puedo culpar a nadie y no es una cuestión de comunicación. 

 

Parar, por supuesto, es un privilegio.  

 

La pandemia se toma como política hasta que se convierte en algo real. Al principio, siempre parece ser una forma de canalizar un racismo apenas escondido frente al origen (todos hablan de esa culpa falaz de los chinos por comer una sopa de murciélago aunque, como dijo Bifo y Burroughs, todo virus siempre es extranjero); de culpar al gobierno en turno de toda ineptitud mal comprendida; de vender posturas de oposición en materia de salud pública, de economía, de prevención; una forma de darle poder al poder acusándolo de maquiavélicas mentiras y manipulaciones. Después, cuando la realidad se instala, parece que la política comienza a esfumarse. ¿De qué sirven las opiniones de pasillo cuando la muerte deja de ser teórica, estadística, filosófica y se planta como evidencia? 3

 

“Resignémonos. De repente, esta parece una consigna ultrasubversiva. Basta con la agitación inútil que debería mejorar y en cambio solo produce un empeoramiento de la calidad de la vida. Literalmente: no hay nada más que hacer. Entonces no lo hagamos.”4

 

Las redes sociales, de pronto desamparadas de contenido, se han convertido en un caparazón vacío. Estos monumentos discursivos al ego, a la construcción de un ethos, a la configuración de una imagen digital, se quedan de pronto huecos cuando la vida de todos se estanca. Nadie es excepcional en calzones. Un mundo de gente en pijama es un mundo sin aspiraciones de lujo o venta de experiencias irrealizables. ¿No le sobra una monedita para un pobre influencer sin trabajo?

 

Desde mi balcón pienso que la calle sería un lugar menos hacinado si muchos trabajaran desde casa. 

 

“La nada se traga una cosa tras otra, pero mientras tanto la ansiedad de mantener unido el mundo que mantenía unido al mundo se ha disuelto. No hay pánico, no hay miedo, sino silencio. Rebelarse se ha revelado inútil, así que detengámonos.”5

 

Tal vez esta sí sea una revolución silenciosa, inesperada, que deseábamos sin conocer su sencilla forma de inmovilidad: podemos “imaginar lo posible, ahora que lo impredecible ha desgarrado el lienzo de lo inevitable.” 

 

Este grado mínimo de separación en la imagen de mi balcón me hace pensar que la inmovilidad puede convertirse, en efecto, en una fuerza revolucionaria. La suspensión delimita nuevas definiciones de lo que son las actividades esenciales. Porque no se trata de algo intransitivo (¿lo esencial para quién? ¿Lo esencial para qué?). La suspensión convierte al tiempo en un privilegio: pensar a largo plazo es más evidente cuando no se vive al día. La suspensión calla las aspiraciones de las redes sociales y vuelve ridículo el constante combate de nuestros egos. La suspensión, finalmente, convierte a los políticos en títeres de lo real: ellos sobran cuando los científicos faltan. 

 

Bifo tiene una idea interesante. Tal vez, la suspensión es una revolución de la resignación, de la pasividad, frente a un mundo que, a pesar de su estancamiento, no se detiene. 

 

“La revolución ya no era pensable, porque la subjetividad está confusa, deprimida, convulsiva, y el cerebro político no tiene ya ningún control sobre la realidad. Y he aquí entonces una revolución sin subjetividad, puramente implosiva, una revuelta de la pasividad, de la resignación”6

 

En este ritmo lento del encierro, la vida sigue allá afuera, en otra parte. Y, desde mi balcón, pienso que, aunque nada cambie, algo de esta experiencia, como yo, se mantendrá suspendida. Ahí está la sospecha de otra cosa, un perfume de novedad en el aire, una incomodidad pasajera que te dice que, aunque todo quede igual, todo ya es diferente. 


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.

Virus poesía. Tendencia suicida. Hospital saturación y una fotocopiadora que hace mucho es solo un adorno de oficina. Se acabó la tinta negra. Se clausuraron los slams en la suavicrema. Llegó la policía a todas las fiestas del mundo menos una. 

Yo sabía poco sobre el escritor en cuestión, era unx iniciadx en ciernes. Sabía que era queretano, que había escrito por lo menos tres obras esquizofrénicas (aunque una bien podría ser un libro para niños), que había muerto en 2012 y que hoy era su cumpleaños. En la sala de M.S. Yániz, sede de la Sociedad de Lectores Independientes, comenzaron a llegar asistentes a la fiesta.

Recordar la celebración ahora es recordar un mundo diferente. Podía salir de casa, me tomé una cerveza o dos en un bar sobre avenida Cuauhtémoc, caminé hacia la Doctores, sin conocer a nadie, sin conocer la calle. La nostalgia de la exploración.

Había whisky de cortesía para las primeras personas en llegar, botones conmemorativos del cumpleañero, fotocopias de poemas y un ambiente que, sin caer en lo solemne, daba pistas de lo que Gerardo Arana significaba para cada quien.

Estaban quienes lo conocían, porque habían vivido en Querétaro cuando él vivió en Querétaro, porque conocían a algún amigo suyo y se lo habían encontrado en alguna fiesta o en la calle, o en la barbería. Y estaban quienes lo conocían porque lo habían encontrado en internet, todavía demasiado jóvenes, y lo admiraron con el misterio que supone conocer a alguien a través de una pantalla.

 

Ilustración de Luis Ham

Ilustración de Luis Ham

 

 

Gerardo Arana nació en 1987 en Querétaro. Su obra, repartida en oscuros blogs y libros inconseguibles de editoriales independientes, auguraba ya una escritura de culto. Al día de la fiesta cumpliría 33 años, 8 de los cuales llevaba ya viviendo en otra tierra (dicen que Comala). “Gerardo Arana, mítico-mago-escritor, quizá sea el héroe de una generación, la de los chicos adoctrinados por Wikipedia y los ecos de Ian Curtis. ‘Todos podemos ser escritores’”, dice Guillermo Hidalgo. Cuando la gente habla de sus libros, se intuye el aura benjaminiana que supondría tener una copia. Nada de producciones en masa. Esta es de las plaquettes que salieron en 2011. Esta es su sangre.

Cómo ansiamos a la literatura de culto, que nos pongan el libro de un autor muerto en su juventud en las manos para que podamos sentir algo. Pero una minoría de los asistentes se oponían a la romantización del queretano. Si nos enamoramos de un libro porque tocó las manos del poeta, ¿qué pasa con las manos de aquellas personas que tocaron al poeta? Nadie quiere que romanticen a su amigo, nadie quiere terminar en un museo. 

 

El doctor Hoffman de La máquina de hacer pájaros vive entre la genialidad y la locura, como alguien que vio demasiada televisión. El libro plantea, en el primer capítulo, una invención que arroja un cuento a partir de los objetos que se pongan dentro de la máquina. Leerlo es como pasar los canales de televisión, como las ocho de la mañana con cereal y las caricaturas al otro lado de la cocina. Pasamos de trama en trama infatigablemente, con personajes que se sienten familiares a pesar de no haberlos conocido nunca. Nunca queda claro si el doctor Hoffman, capitán de tan inventiva empresa, sabía exactamente lo que estaba haciendo. El libro lo muestra decepcionado con el invento, pero esa podría ser una máscara, un detalle para darle más sentido a la trama. Televisión trauma. Taladro taquicardia. 

 

Porque crecimos con la televisión, incluso si ahora en nuestra sala quedan solo mesas, ni siquiera un sillón. Crecimos con las pantallas y en las pantallas aprendimos a leer.

Leí a Gerardo Arana primero en libro, luego me estremecí con Gerardo Arana en pantalla. Llegó un día a la sala de redacción una re-edición de Bulgaria-Mexicali, proyecto en que se combina “La suave patria” de Velarde con “Septiembre” de Geo Milev, poeta búlgaro. Un libro triste. No sé si todavía se lea a Ramón López Velarde fuera de las clases universitarias de Literatura Mexicana.

No sé si a la gente le guste la Suave Patria. Bulgaria-Mexicali apuesta por la reescritura, por el remix. Un escritor puede ser un DJ, pero jamás un DJ de los que dan conciertos de año nuevo en Tulum. Un escritor puede ser un DJ pero tendrá que serlo como Harry en Requiem por un sueño. Un libro tristísimo sobre la muerte del hijo del poeta Javier Sicilia.

Ya luego conseguí el PDF de Meth Z, obra en principio similar a La máquina de hacer pájaros, si esta hubiera desarrollado una adicción fuerte a la piedra y hubiera asaltado un puesto de ropa retro del Chopo. Meth Z es un libro que se resiste a la lectura y a la categorización, aunque esto también es una mentira. El mismo libro incita a la lectura y hace referencias a sí mismo como un libro de cuentos, en algunos capítulos, y como novela, de forma más vaga, en otros.

Publicado finalmente por Tierra Adentro bajo el paratexto de “novela”, se divide en dos partes que tienen como rasgo en común a Pegaso Zorokin, mago, escritor, drogadicto y diseñador de drogas (“pociones”). La primera parte del libro sigue casi la misma estructura que La máquina de hacer pájaros, solo que en vez de una máquina es Pegaso quien reescribe incansablemente el primer capítulo de su novela. Para el momento de la fiesta, yo solo había terminado la primera parte, el archivo PDF seguía abierto en mi computadora esperando a mis ojos para desgastarlos con su polifonía, con su luz blanca a las tres de la mañana. 

Me doy cuenta que tengo a un Pegaso Zorokin agregado como amigo en Facebook; así se presenta en sus lecturas, así lo conocía yo antes de conocer a Arana, y entonces me doy cuenta también de que la influencia de Arana, como la de un árbol que habla con otros árboles en el subsuelo del bosque, podrá estar oculta pero es real y de ella nacen flores.

 

Ilustración de Luis Ham

Ilustración de Luis Ham

 

 

Después de las lecturas, la sala del departamento de Yániz en la Doctores se volvió fiesta. El pretexto de Arana había funcionado y ahora cada quién era libre de entablar conversación, propiciada por el alcohol y la literatura, en una de esas terribles tertulias que ya casi no ocurren.

Discutimos, bailamos y recitamos poesía. Hablamos del rumbo de la literatura. Fuimos el lugar común del paradigma literario joven latinoamericano y nos sentimos bien siéndolo. No intuíamos el desenlace, las semanas venideras, el hastío al que nos llevaría una insospechada pero inminente cuarentena. Muy pronto estaríamos saltando de nodo a nodo en Wikipedia.

 

Una vez instaurado el home office, comprada la silla de oficina, organizada la mesa que usaría como centro de trabajo desde casa, terminé de leer Meth Z.

Como era de esperarse, Pegaso habla sobre el fin del mundo en uno de los últimos capítulos. “Creo que es importante que consideren que si esto sale mal el presente corre el riesgo de volverse una eternidad […] Si el mundo no se acaba nada tiene sentido.” Arana y el aceleracionismo, temazo de tesis.

Algo así te hace sentir Gerardo Arana; sus libros, conspiranoicos por naturaleza, se sienten como cuando el chico de pelo rizado en la fiesta te comienza a hablar sobre el control inherente que tiene la familia Rothschild sobre las decisiones económicas y culturales del mundo. Y no sabes qué haces ahí, cómo terminaste en la Doctores a las dos de la mañana, cómo se llama esta persona frente a ti que sabe tanto de algo imposible de comprobar. De una máquina que al final genera poemas. De las maldiciones del FONCA. De cómo controlar tus sueños para vandalizar edificios de gobierno. No puedes dejar de escuchar, no hay forma de saber hasta dónde llegará todo. 

 

 

Neónida-portada

 

 

El final melodramático de esta crónica/ensayo/texto/reflexión citaría a Arana en Meth Z: “Si he llegado hasta este punto, al lugar donde cuento mi historia, donde se me permite contar una historia y decir que esa historia es mía, lo único que busco es la certeza de que no cambie nada al vivirla y al contarla. Esa es mi única forma de saber que yo y ustedes fuimos felices. Entonces me sentiré bien. ¿Nos sentimos bien, verdad?” Y yo diría, “Nos sentimos bien, Pegaso. Nos sentimos bien, Gerardo. Son días pesados pero nos sentimos bien”.

 

El final utilitario te incitaría a ti a buscar el rastro digital de Arana en la interminable ruta del internet. Haz clic de nodo a nodo. Salta en el tiempo. Encuentra cada texto que puedas encontrar.

 

No es necesario elegir entre uno y otro final. Es posible, además, agregar un final diferente. Pero el final es importante. Termina (para mí) la fiesta, regreso a casa tarde, estoy cansadx. Tengo que escribir una crónica sobre la fiesta de un escritor que no conocí. Tengo que escribir la crónica de un escritor que encontré entre los papeles de la oficina. El mundo acabará en unas semanas. Jamás le mandé un mensaje al Pegaso Zorokin de mi Facebook para confirmar su versión de los hechos. Se me acaba el texto. Me gustaría imprimir mi PDF de Meth Z y pegarlo en las ventanas de mi cuarto, pero no tengo impresora. 

 


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.