Tierra Adentro
Ilustración de Caro Monterrubio

El vendedor subió al microbús con una ligereza sospechosa. Llevaba un bulto lleno de mercancía: chicles, chocolates, golosinas. Algunos pasajeros siguieron escuchando música. Otros clavaron la mirada en las hileras de coches que apenas si se movían. Yo volví a mi lectura. Hicimos lo que cualquier contingente de pasajeros en un viernes caluroso podía hacer: lo ignoramos.

Él no se dio por vencido. Se abanicó el rostro con su vieja cachucha mientras sondeaba la situación. Cantó otra vez sus productos, uno por uno, presumiendo una desgastada voz de presentador de circo. Ante la falta de reacción, remató los precios de todo lo que llevaba. Tampoco obtuvo respuesta. En el micro sólo se escuchó cómo el conductor destrozaba la segunda marcha del motor.

—¿Nada de nada? —torció una ceja.

Puso sus productos en un asiento vacío y se rascó la barba incipiente. Dejó pasar al fondo dos pasajeros que acababan de subir mientras aclaraba la garganta. Casi una cuadra después volvió al ataque. Había algo en él que me inquietaba.

—Damita, caballero, no lo piense. Sólo hoy. Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta.

Cantó la última frase con una contundencia electrizante que nada tenía que ver con la primera impresión que dejó su gorra percudida. La repentina autoridad de su voz tomó a algunos por sorpresa. Ahora le prestamos atención. Carraspeó para despertar a aquellos que todavía no lo miraban. Luego pasó a su lado para asegurarse de que él era el centro del espectáculo. Y una vez que todos volteamos a verlo, se llevó una mano al pantalón y la sacó cerrada en puño para prolongar lo más posible la expectación que teníamos. Al ver nuestra curiosidad, sonrió triunfante.

—Señoras y señores, aquí la tienen frente a ustedes… —dijo y abrió la mano de golpe. Un suspiro de decepción se escuchó al fondo del micro— Yo sé lo que están pensando, pero no les puedo decir qué tiene dentro. Sólo hoy, diez pesos. ¡Diez pesos le vale! ¡Diez pesos le cuesta un vistazo!

En su mano había nada más y nada menos que una cajita de fósforos. Parecía inexplicablemente grande en su palma. Nos tenía alelados.

—¿Qué hay, mamá? —preguntó un niño y nos sacó del ensueño.

La madre se hizo la que no escuchó la pregunta. El pequeño la tiró del vestido. Se sentaban dos lugares frente a mí, del lado derecho, y yo podía escudriñarlos sin problemas. Ella, una señora regordeta que apenas si cabía en el asiento, comenzó a jugar con sus anillos.

—¿Quiere un vistazo, jefecita? —preguntó el vendedor en el momento justo en el que caíamos en un bache.

La señora se arregló el peinado.

—¿No es nada…?

No terminó su pregunta porque ya el niño le arrebataba al vendedor la amarillenta caja de cerillos.

—¡Espera! —lo detuvo y el estruendo de su voz alargó ese instante como un elástico que le dio una ventaja apenas justa para que la caja volviera a su palma cual imán.

Con ambas manos hizo una casita para que sólo el niño y nadie más que él viera lo que había dentro. El chiquillo acercó una mano e intentó tocar a ciegas aquello.

—¡No la encuentro!

Todos nos reímos. La señora tomó por el brazo al vendedor porque ella también quería ver. Pero este se giró a tiempo y lo impidió.

—Por usted serían diez pesos más.

—¡Viejo encajoso! ¿Cómo voy a dejar a mi niño ver una cosa que yo no sé qué es?

—Entonces no —el vendedor cerró de un aplauso el espectáculo. Se escucharon varias voces en el micro— ¿Por qué no me paga 10 pesos y cuando vea qué es, deja ver también a su hijo?

—¿Quince por los dos?

Él negó con la cabeza. Acto seguido, buscó con la mirada a otro cliente.

—¡Usted! Sí, usted, el que se hace que está leyendo.

—¿Perdón? —dije y me tuve que reacomodar los lentes.

—¿No se anima usted a ver por diez pesitos? ¡Ándele! Hágalo por el chamaco.

Los demás pasajeros me voltearon a ver.

—¡Sí, ándele! —secundó el niño entusiasmado.

Estuve a punto de decir que no y que de hecho pronto llegaría a mi destino, pero no podía despegarle los ojos a esa cajita de cerillos.

—Es que…no creo que me alcance.

—¿Cuánto trae? —el vendedor se limpió el sudor de la frente.

Me encogí de hombros y abrí la mochila.

—Ni idea.

—Pues órale, búsquele. Anímese que no muerdo.

Mientras buscaba, me acordé de la vez que mi padre me llevó a ver el circo de pulgas.

—No es un truco barato, ¿verdad?

—Ya usted me dirá, joven —el vendedor recibió toda mi morralla, que efectivamente llegó a los diez pesos.

Después, formó cuidadosamente una casita con ambas manos. Me agaché hacia ellas. No se veía nada. Todo estaba en penumbra. Los dedos no dejaban pasar nada de luz. Parpadeé un par de veces. Tomé aire y me atreví a pasar. No tardé en darme cuenta de que ahora estaba dentro de la caja. Y ésta era mucho más grande que yo. Parecía vacía. El suelo era suave y acolchonado. Exploré a ciegas las paredes de cartón buscando la salida. Su superficie me hizo cosquillas en las yemas. En la oscuridad descubrí una puerta. La abrí y entré. Una vez del otro lado, los colores regresaron e inundaron mis pupilas con su luminosidad. Los sonidos se intensificaron y se volvieron tan claros que casi podía verlos. Sí, era como si de verdad viera el sonido. Y, adonde mirara, podía saber cómo se oían las formas. Voces, trinos, ruidos callejeros. ¡Todo se veía!

Había gente ahí dentro, mucha. Eran los que habían pasado antes allí, a la cajita. Entre ellos estaba el vendedor mismo que se paseaba de la mano con un niño que ocultaba la cara. Supe cómo anteriores visitantes habían caído dentro. También vi a todas esas personas antes de que toparan con el vendedor. Visité sus casas. Entré a sus dormitorios y los observé durmiendo. Ellos también sabían que yo estaba ahí. En ningún momento me sentí ajeno a esos lugares ni a esas personas. Podía acceder a mi antojo a cualquier resquicio de recuerdo o pensamiento de aquellos visitantes anteriores. Los conocía a todos por completo. Era como si por fin hubiera vuelto a casa, con ellos.

Me atreví entonces a mirarme a mí. Empecé por los pies. Unos patines de hielo blancos suplían mis tenis. A pesar de abrazar con rigidez mi empeine se sentían cómodos y amplios. El filo de las cuchillas lucía desgastado. Mis piernas eran mucho más fuertes y largas. Quise verme en algún espejo, pero me tiraron de la ropa y no conseguí percibir más. ¿Qué había sido aquello? La ilusión había cesado y yo no entendía cómo me habían sacado de ahí. Otra vez estaba en el microbús. Sentado en el mismo lugar. El micro no había avanzado ni siquiera una cuadra.

—¿Y? –me sonrió el vendedor.

—¿Qué es? —preguntó el niño.

La madre se mordió una de sus uñas postizas. Mis tenis me parecían ahora tan fuera de lugar, así como las personas a mi alrededor que esperaban que yo hablara. Mientras acomodaba las ideas en la cabeza sólo atiné a sonreír. No podía dejar de pensar si alguna vez de niño había yo intentado patinar sobre hielo. ¿Me habían llevado mis padres? ¿A quién había visto patinar? ¿De dónde salía esta inquietud ahora?

—Ustedes no se conocen, ¿verdad? —la señora nos miró con desconfianza al vendedor y a mí.

—No conozco a este señor —contesté molesto por la sospecha.

La mujer le susurró algo al hijo. Hablaban los dos tan bajo que todos tuvimos que estirarnos discretamente para intentar pescar sus palabras. Acto seguido ella sacó un billete de veinte.

—Déjeme ver. Si no es una tontería, ni me dé cambio, para que después vea mi hijo.

La regordeta se acercó a las manos y miró.

—¿Qué se ve? —el pasajero de al lado me dio un codazo.

Yo quería hablar, pero no conseguía encontrar palabras. Allí dentro, en la cajita, todo pasaba al mismo tiempo.

—Primero no se ve nada —le contesté—, luego en algún momento se ven colores y…

—¿A poco? Si nomás miraste un ratito, güero. Apenas cinco segundos, hasta los conté.

No había terminado de decir esto cuando la señora regordeta ya se había separado de las manos del vendedor.

—¿Qué hay adentro? —gritó el niño y pataleó.

—No sé qué es. Pero es…

—Suave —la interrumpí.

—¡Qué va! —volteó a corregirme e instintivamente se llevó una mano al seno y lo apretó. Al topar con mi rostro un gesto de vergüenza se le dibujó en la cara. Se dio cuenta de que se estaba acariciando el pecho y lo soltó—. Es como ir… a un temazcal.

—Pero… más bonito… —agregó el vendedor— ¿Quieres ver?

Luego le hizo una caricia al niño. El chico negó con la cabeza.

—No quiero —se negó el niño de repente y se alejó un poco de la madre. Parecía que tenía miedo.

—¿Seguro? —preguntó insistente.

—Yo te agarro la mano —apoyó la madre con una voz que ahora parecía sensual.

Me dio la impresión de que ella le dio al niño un empujoncito para que se animara a ver. El vendedor hizo nuevamente una casita. Volteé a ver a todos los pasajeros, todos seguían atentos. Hasta el conductor miraba por el retrovisor lo que pasaba en su micro. El chiquillo se fue acercando de a poquito.

—Chaparro, abre los ojos. Porque si no, pos de verdad que no vas a ver nada.

El tiempo parecía suspendido. Nadie se movía. El chofer no hacía caso a los cláxones externos para que avanzáramos. Como los otros pasajeros, no podía dejar de mirar. Finalmente, el niño se encorvó un poco como si quisiera meter toda la cabeza a aquella casita oscura. El vendedor, la regordeta y yo no pudimos reprimir una sonrisa. Segundos después y con enfado, el chico volteó a ver a su madre:

—¡Sólo hay una caja de cerillos!


Autores
(1982, Cd. de México) Realizó estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma de México en la Facultad de Filosofía y Letras y de Posgrado en la Universidad de Tübingen y Düsseldorf. Es editora, correctora y reseñista. Ha publicado cuentos en las revistas mexicanas La Colmena, Palabrijes, Punto en línea. Asimismo algunos de sus relatos se encuentran compilados en antologías del Consejo Editorial Cordobés y Grupo Lectio. Ha ganado certámenes de cuento en universidades mexicanas y en concursos en España. Colabora esporádicamente con revistas alemanas como iMex y CultMag. Es autora de la novela juvenil Tu abuela en bicicleta (recomendada por IBBY México, 2018), del cuento infantil “El misterio de Zacango”, premiado por el certamen de Literatura infantil (2014) de la UAEM. Reside en Berlín donde trabaja como editora. Ha tomado talleres con Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón y Amir Valle.

Ilustrador
Carolina Monterrubio
(Ciudad de México, 1990) Se especializó en ilustración narrativa por la UNAM y en ilustración infantil por la EINA, Barcelona. Ha sido seleccionada dos veces para el concurso “Invitemos a leer” de la FILIJ México (2017-2018) y en 2019 fue finalista en el concurso para diseñar el cartel de las fiestas de Gràcia en Barcelona. Ha impartido cursos de ilustración para niños y sus ilustraciones han sido publicadas en revistas, libros infantiles, textiles y proyectos de diseño gráfico.
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