Tierra Adentro

 

En mayo del año 2000, en el pueblo de Yoshii, prefectura de Okayama, un campesino japonés reportó el hallazgo de la osamenta de una serpiente muy extraña. Medía unos sesenta centímetros y, a diferencia de cualquier otra, tenía el estómago demasiado abultado, como si hubiera en su interior algo todavía en proceso de digestión. Los representantes de la comunidad llevaron el extraño cuerpo a un laboratorio universitario, en donde el departamento de biología se encargó de determinar si se trataba —como era la sospecha general— de un tsuchinoko, criatura que, desde el siglo VIII, ha formado parte de las leyendas de Japón.

Según los recuentos populares, el tsuchinoko vive en las profundidades del bosque. Se caracteriza por ser ágil, veloz, venenoso y porque tiene la capacidad de hablar: se les aparece a los viajeros en los parajes desolados y platica con ellos para engañarlos. No se trata, pues, de un animal común y corriente. Está muy lejos de serlo: el tsuchinoko es un yōkai, un monstruo del folclor japonés que se ha constituido como parte imprescindible para comprender la construcción cultural de los pueblos.

La definición de yōkai es muy compleja. Según anota el japonólogo Michael Dylan Foster, el término se puede traducir como monstruos, criaturas extrañas, seres fantásticos, espíritus, fantasmas, deidades menores, o cualquier otra ocurrencia de lo numinoso. En todo caso, se trata de seres mitológicos, cuya naturaleza varía de tal manera que algunos son prácticamente idénticos a los seres humanos, y otros son tan sustancialmente distintos como las linternas o los paraguas o distintos tipos de animales: los tejones, las ranas, los zorros.

Mientras las noticias de este hallazgo se difundieron a lo largo del país, en Yoshii se construyó una estatua de la peculiar criatura; además, se inició la producción en masa de sake de tsuchinoko y otros dulces regionales que tomaban su figura como motivo y promoción. Eventualmente, los análisis demostraron que la osamenta en realidad había pertenecido a una simple culebra con malformaciones genéticas, pero esto no impidió que las autoridades del pueblo continuaran gozando de la “fiebre del tsuchinoko” e, incluso, llegaran a ofrecer una cuantiosa recompensa —por lo menos 20 mil dólares— para aquel que les llevara un tsuchinoko de verdad.

Para el lector (no japonés) promedio, el revuelo que causó el descubrimiento del falso monstruo podría parecer una nimiedad. Ridículo, incluso, pues la equivalencia en México hubiera sido el hallazgo de un chaneque, un chololito o hasta del chupacabras (aunque muchos recordarán que en los años noventa hasta en TV Azteca se hablaba de los avistamientos de esta pesadilla del ganado). En Japón, no obstante, el avistamiento produjo no solo el furor general, sino que se desplegó en una serie de eventos que llevarían a la región a un renacido esplendor económico. Aún más, apenas un año después del incidente de Yoshii, en el pueblo de Mikata, localizado en la prefectura de Hyogo, el gobierno local exhibió un nuevo cadáver a la vista de todos, asegurando también que se trataba de un tsuchinoko real. Cabe destacar que los habitantes de Mikata no tuvieron la misma prisa para comprobar la legitimidad del hallazgo.

Kappa estatua camino

La anécdota anterior nos ayuda a entender la relevancia cultural y hasta comercial que tienen los yōkai a lo largo y ancho del territorio japonés. Al grado de que, en casi cada región, existe al menos uno que se integra rápidamente a las narrativas sociales y tradicionales. Así como cada ciudad establece sus atractivos paisajísticos o históricos para atraer al turismo local e internacional, de la misma manera las criaturas folclóricas pueden llegar a instituirse como elementos que determinan la identidad de los pueblos. “Las criaturas sobrenaturales”, dice Dylan Foster, “negocian con los extremos, creando interacción entre los intereses comerciales locales (el vino de tsuchinoko) y los estudios científicos (un profesor de biología), el rigor académico (una base de datos con más de treinta mil entradas) y la fascinación popular”.

Vi este fenómeno de manera particularmente clara en el pueblo de Tōno, en la prefectura de Iwate. Aunque escondido en uno de los últimos rincones del campo japonés, Tōno goza de un indudable atractivo turístico, pues inspiró al celebérrimo Kunio Yanagita —llamado por algunos “el Grimm japonés”— para escribir su famoso 遠野物語 [Tōno monogatari, traducido por editorial Quaterni como Leyendas de Tono], libro que inició con los estudios folclóricos del país asiático. Apenas al salir de la estación de trenes, me encontré de frente con una fuente llena de kappa, una especie de reptiles similares a las tortugas que viven en los ríos y solo aparecen de vez en cuando para robarse a las mujeres, a los niños y a los caballos. Cuando miré la bellísima fuente de los kappa pude sentir con claridad que estaba por adentrarme a un espacio cercano a la magia, como si aquellos reptiles rojos fueran una especie de conejo blanco que me diera la bienvenida a las maravillas de Japón.

kappa

La mayoría de los pueblos japoneses se ha dedicado a cultivar y engrandecer a sus propios yōkai. Su estudio y relevancia han crecido de tal manera que en la actualidad es posible encontrar un amplio número de enciclopedias, manuales, mapas y otros escritos respecto a estas criaturas. No obstante, el furor está lejos de ser una moda: en el periodo Edo (1603-1868), varios escritores y artistas se dedicaron a llevar a cabo estudios, manuales y bestiarios que pretendían catalogar con una precisión casi taxonómica las miles de criaturas que poblaban el imaginario fantástico de Japón. Y si bien hay varios textos que merecerían una mención, sin duda el más popular es el trabajo del artista del ukiyō-e, Toriyama Sekien.

Basado en el concepto del Hyakki Yagyō [el Desfile Nocturno de los Cien Demonios, creencia popular según la cual durante las noches de verano cientos de monstruos caminan a lo largo y ancho de las calles de Japón], Toriyama Sekien se dedicó a ilustrar la apariencia de un centenar de yōkai, acompañados con una pequeña descripción de sus características, el sitio donde vivían o incluso qué hacer en caso de encontrarse con uno de ellos. Si bien su técnica, tanto en la ilustración como en la descripción, es ahora criticada por burda y limitada, lo cierto es que se trata del primer intento clasificatorio de estas criaturas, esfuerzo que abrió un campo de investigación inagotable sobre la cultura tradicional de Japón. Cito directamente de su libro la entrada para “Kitsune bi”, los populares zorros de fuego: “De acuerdo a la leyenda, los zorros de toda la región de Kantō se unieron para ir al santuario de Ōji Inari, en Edo, para presentar sus ofrendas en el último día del año. Una vez ahí, exhalaron fuego de sus bocas sus narices. Estos fuegos fueron vistos por los locales, quienes los usaron para predecir la próxima cosecha”.

kappa manhole

En su célebre serie Cien famosas vistas de Edo, el artista del ukiyo-e Utagawa Hiroshige —de la legendaria estirpe Utagawa— incluyó el grabado “Los zorros de fuego se reúnen en año nuevo en el Árbol del Disfraz, Ōji”. En la escena podemos observar con claridad el maravilloso evento descrito por Toriyama Sekien: una miríada de zorros de fuego se reúne alrededor del árbol, definiendo el punto donde se construyó el santuario. Un santuario que todavía se mantiene a la vera del gran árbol de Hiroshige, en una esquina rodeada de edificios departamentales cerca de Akasaka. Aquel buen presagio que se grabara en el fuego, ¿no remite a la aparición de los famosos fuegos fatuos que, según las leyendas mexicanas, aparecen en los caminos desolados, en los campos, los cementerios e incluso dentro de las casas para designar en dónde hay tesoros enterrados?

Con este trasfondo, no es casualidad que el reconocimiento de las amabie se diera de forma tan acelerada en Japón. Desde que la epidemia del COVID-19 se instauró como la nueva realidad a principios de 2020, artistas de todo el mundo —pero, principalmente, de Japón—, se entregaron con resolución a elaborar sus propias versiones del particular yōkai, representado como una sirena con una suerte de pico y tres patas características, y que promete la protección contra las plagas si uno dibuja su retrato y lo comparte con otras personas, como una especie de amuleto para la protección. Al igual que todos los yōkai, las amabie aparecieron en el escenario japonés como una respuesta, una manifestación mágica que pretendía representar un tipo específico de miedo. En este caso, el miedo a las enfermedades.

Según el recuento histórico, el primer avistamiento de una amabie ocurrió en 1846 —en los últimos años del periodo Edo—. Se le apareció a un oficial de la provincia de Higo, hoy prefectura de Kumamoto, en la isla de Kyūshū, para darle dos predicciones: la primera era anunciar que en Japón habría buenas cosechas durante los próximos seis años. Y la segunda, que una terrible plaga estaba a punto de internarse en las islas japonesas. Junto al dibujo del yōkai, aparece una leyenda sucinta del encuentro:

“Se dice que en el mar de Higo todas las noches empezaron a aparecer luces extrañas.  Cuando un oficial de la provincia fue a verlas, se le apareció una criatura como la que se muestra en la imagen, y le dijo: ‘Yo soy una amabie que vive en las profundidades del mar. A partir de éste, durante los siguientes seis años los cultivos seguirán siendo abundantes en el país, pero también la enfermedad prevalecerá. ¡Rápido! Haz un dibujo de mí y muéstraselo a la gente.’ Y diciendo esto, volvió a sumergirse en el agua”. Al final del texto, aparece una fecha de mediados de abril del año 3 de la era Kōka (1844-1848).

El oficial copió la figura y se la transmitió de inmediato al gobierno de Edo —hoy Tokyo—. En ella, podemos apreciar con claridad algunas de las cualidades físicas: se trata de una criatura con escamas, largos cabellos y una especie de pico, así como tres patas que bien podrían ser aletas. De igual manera, se aseguró de transmitir el aterrador vaticinio de la amabie, que venía acompañado con un mensaje de esperanza: para protegerse de la enfermedad, la gente tenía que dibujar la figura del amabie y compartirla con tantas personas como fuera posible. En pocas palabras, la amabie estaba pidiendo volverse viral.

kappa pond anuncio

Desconozco si la gente de Edo se dedicó a seguir las instrucciones de la amabie. Como un dato curioso, los registros históricos de pandemias no establecen que haya ocurrido nada durante la década de 1840-1850, si bien en otros países de Asia, como China y Corea, fue precisamente en esta época en la que se desató una epidemia de tifus que no llegó a cruzar el mar de Japón. No obstante, según declara el investigador William Johnston, en 1858-1859, se desató una gran epidemia de cólera (Johnston la llama “la enfermedad epidémica arquetípica”) que mató alrededor de trescientas mil personas. Aunque esto ocurrió más de una década después de la aparición de la amabie.

Fue gracias al mangaka Mizuki Shigeru que la amabie llegó a ser conocida en el siglo XX. En su maravillosa Enciclopedia yōkai —que se puede encontrar ya en español, en dos volúmenes bellamente cuidados— le dedica una entrada en donde reproduce la vieja leyenda de Edo, y discurre acerca de algunas de sus virtudes como yōkai vaticinador. Desgraciadamente, fuera de esta página enciclopédica —ilustrada, también, siguiendo la tradición de Toriyama Sekien— no existe mucha mayor información en español o siquiera en inglés, pues el amabie no goza de la misma popularidad que la de otros yōkai.

Esto podría tener su explicación en dos cosas: en primer lugar, porque los primeros intentos de clasificación datan de mediados del siglo XVIII —el libro de Toriyama apareció en 1781—, varias décadas antes de la primera aparición del amabie. Por otro lado, porque hasta el 2020 no se trataba de un ser de particular relevancia, ni siquiera en comparación con otros de sus parientes acuáticos como los kappa o los samebito. Fue la presente contingencia del COVID 19 la encargada de darle al amabie un lugar en la cultura popular, y que la volvió un signo protagónico en nuestros tiempos. Y podemos estar seguros de que el nombre de amabie conservará un lugar muy especial en la posteridad para los amantes y estudiosos de la cultura japonesa.

Entre el tsuchinoko de Okayama y el amabie de Kumamoto se cierne la misma expectación porque lo fantástico irrumpa en la realidad para transformarla. Y si bien no hay aún ninguna convocatoria gubernamental en Japón para cazar una real, lo cierto es que su difusión global ha vuelto innecesario el ejercicio: la amabie está en todas partes. Luego de que esta pandemia viniera a cambiar nuestra forma de entender la sociedad, es natural que el amabie haya regresado hasta nosotros con un renovado impacto. Y una prueba está en los cientos de artistas, aficionados y profesionales, que se han dedicado desde el pasado marzo a compartir en sus redes sus propias creaciones del amabie. Tan solo en México, la convocatoria para el concurso “Dibuja tu amabie”, que convocó la Fundación Japón en México y que culminó el pasado 29 de mayo, convocó a más de 400 artistas de todas las edades, quienes compartieron su propia versión de aquella peculiar criatura.

Amabie imagen original de 1846

Hay un consenso entre los investigadores de que los yōkai son portadores de la memoria histórica de Japón. El reconocimiento del que ahora goza el amabie es también un vaticinio sobre la relevancia que irá cobrando para los investigadores del futuro, quienes seguramente mirarán esta época y podrán reconstruir el relato de la pandemia partiendo de esta peculiar sirena. Después de todo, esta es una de las funciones más importantes de los yōkai y otras criaturas mágicas en Japón y el mundo: nos ayudan a contar una historia de nuestros pueblos, que de ninguna otra forma seríamos capaces de reconstruir.

Cientos de imágenes que no son sino una respuesta, un acto de resistencia ante el distanciamiento social al que hemos sido empujados, un esfuerzo para encontrar una conexión emocional con los otros para compartir esperanza ante el temible virus que asola nuestros tiempos.


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).
Ilustración por Édgar MT

Experimento 1: Ir al puerto. Esperar a que zarpe un barco. Mirar cómo se aleja, cómo se hace más pequeño al acercarse al horizonte. Mirar cómo desaparece primero el cuerpo, luego el mástil, al final la bandera. Aunque tengas unos binoculares, en algún momento desaparecerá de la vista. Si la Tierra fuera plana, no habría horizonte y podríamos ver los objetos cada vez más lejos en la distancia sin ocultarse.

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Hace un año, en mayo de 2019, se convocó la primera reunión de terraplanistas en México. En la foto oficial del encuentro se ve a doce personas posando frente a la Torre Latinoamericana. Hombres, mujeres, niños. Todos hacen una señal que se parece al saludo a la bandera, pero que, en este caso, representa la creencia de que la Tierra no es esférica, sino un disco plano rodeado de una muralla de hielo. 

Cuando vi esta fotografía por primera vez, me pregunté qué caso tenía creer que la Tierra es un disco. ¿Por qué poner en duda algo tan básico que sólo se puede creer si se desconfía de todo tipo de testimonio, prueba científica o fotografía? ¿Cuál es el sentido?

Desconfiar de la forma misma de la Tierra es desconfiar de todo el conocimiento humano. A partir de ahí, es válida toda interpretación. 

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Experimento 2: Buscar la fecha del siguiente eclipse lunar. Esperar despierta. La Tierra pasa entre el Sol y la Luna. Su sombra se proyecta sobre la superficie del satélite. La imagen: una sombra redonda sobre un objeto redondo.  

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El principal argumento de los terraplanistas es así: ¿Puedes probar , personalmente, que la Tierra es redonda? ¿Lo has visto con tus propios ojos? ¿Has sido testigo? ¿Cómo puedes estar seguro de algo que no has visto? 

No pueden creer lo que no han visto con sus propios ojos. 

El 23 de febrero del 2020, Michael “Mad Mike” Hughes murió durante un vuelo de prueba del cohete espacial que había construido en su casa. Él, como muchos otros terraplanistas, aseguraba que la única manera de probar sin ninguna duda que la forma de la Tierra plana, es yendo al espacio y viéndolo uno mismo. No valen los testimonios, los videos, las fotografías. La única forma de estar cien por ciento seguro del hecho es verlo con nuestros propios ojos. Murió cuando el cohete falló en un vuelo de prueba, ni siquiera llegó lo suficientemente alto para saber si estaba equivocado.  

Algunas personas aseguran que en realidad Mad Mike no creía que la Tierra era plana. Sólo usaba esa excusa para darle publicidad a sus campañas de fondeo y conseguir dinero para construir cohetes caseros. 

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Experimento 3: Escoger un árbol en la mitad de un bosque. Un árbol alto. Mirar al horizonte desde la base y luego comenzar el ascenso. Hay que detenerse durante la subida y mirar alrededor. Buscar el horizonte. La visión se extiende, con cada metro se puede ver más y más lejos. Si la Tierra fuera plana, la visión desde la base y desde la cima sería la misma. 

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La mayoría de los mitos creacionistas asumían que la Tierra era plana y tenía bordes. Los griegos hasta el periodo clásico, entre ellos Homero, describían el océano como el cuerpo de agua que rodeaba la superficie circular de la Tierra. Una idea similar se puede encontrar antes en la cultura egipcia y en Mesopotamia. Los nórdicos describían la Tierra como un disco rodeado de un océano cuyo eje es el árbol Yggdrasil. Para los chinos la Tierra era cuadrada, mientras que el firmamento era un domo circular. Esta visión se mantuvo hasta el siglo XVII. 

En el mundo occidental, las primeras ideas sobre la Tierra como una esfera aparecieron en el siglo V a.C. entre los pitagóricos. Algunos de los pensadores griegos que se cree que comenzaron a pensar en la Tierra esférica fueron Parménides, Empédocles y Pitágoras. Lo que se sabe con seguridad es que Platón estudió matemáticas pitagóricas y cuando regresó a fundar su academia comenzó a describir la Tierra como una pelota, todos sus extremos equidistantes del centro, la más perfecta de todas las figuras, sin dar ninguna justificación. Su alumno estrella, Aristóteles, observó que las estrellas que se veían en Egipto o Chipre no eran las mismas que se veían más al norte. Sólo si la superficie estaba curveada podía ser posible que, al navegar hacia el sur, los viajeros observaran cómo las constelaciones del sur se alzaban en el cielo. Asimismo, observó que la sombra de la Tierra durante un eclipse lunar era circular. Después, en 240 a.C. Eratóstenes estimó la circunferencia de la Tierra con un error menor al 5%.  

Estas ideas pasaron de los griegos a los romanos y así se esparcieron por el imperio. Tolomeo describió cómo al navegar hacia un grupo de montañas, estas parecen crecer, lo que se explicaría si antes la curvatura de la Tierra hubiera ocultado su verdadero tamaño. 

A diferencia de lo que se cree ahora, las obras de Tolomeo y Aristóteles influyeron a muchos estudiosos durante la Edad Media, tanto cristianos como islámicos. Es un mito creado durante el siglo XVIII que en este periodo los estudiosos creían que la Tierra era plana. La mayoría mantuvieron la creencia griega como se puede ver, por ejemplo, en la Divina Comedia, Dante describe la Tierra como una esfera. 

Sin embargo, la primera demostración de la forma esférica de la Tierra la aportó la circunnavegación (1519-1522) que comenzó Fernando de Magallanes y que Juan Sebastián Elcano continuó al morir su capitán. Esta prueba, sumada al cálculo de Eratóstenes, terminó por convencer a la mayor parte de los europeos educados. 

O eso parecía.

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Experimento 4: Tomar un avión que viaje a más de 10 kilómetros de altura. Elegir un asiento junto a la ventanilla. Observar la curvatura de la Tierra. Si esto no es una posibilidad, comprar un vuelo redondo desde México a Japón. Experimentar la pérdida de un día en la ida y la ganancia de otro en el regreso. En Japón, llamar por teléfono a casa. Experimentar la diferencia horaria. Si la Tierra fuera plana, en todos los continentes sería de noche o de día al mismo tiempo. Los husos horarios sólo pueden explicarse si la Tierra es esférica. 

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La idea de que la Tierra es un disco reaparece en el siglo XIX con el experimento del canal de Bedford. Este consiste en una serie de observaciones que se realizaron en el río Bedford en Inglaterra para medir la curvatura de la Tierra. En un punto del río, este tiene un canal de drenaje recto de alrededor de nueve kilómetros de largo. Dadas estas características, no sería posible que un bote en uno de los extremos avistara otro bote en el extremo contrario porque la curvatura de la Tierra lo ocultaría. Sin embargo, Samuel Rowbotham había observado varias veces que era capaz de ver el bote en el otro extremo y publicó en el periódico que le daría 500 libras a la persona que pudiera probar que la Tierra no era plana.

Alfred Wallace le demostró a través de un experimento que este efecto era provocado por una ilusión óptica causada por los efectos de la refracción de la atmósfera. El experimento consistía en colocar una línea recta a lo ancho del canal de postes de 4 metros de altura por encima de la superficie del agua para evitar la refracción. Si la Tierra tenía una curvatura, los postes de en medio se verían más altos que los que están en los extremos. A pesar de su demostración, Wallace no pudo cobrar las 500 libras porque había ofrecido el dinero no era Rowbotham, sino otra persona: John Hampden. Él miró a través del telescopio el experimento y decidió que los postes se veían del mismo tamaño, aunque todos los demás observadores lo contradijeron. Se negó a pagar y declaró que este experimento demostraba que la Tierra era plana. No hubo forma de convencerlo. Estaba seguro de lo que había visto y lo que significaba. 

Rowbotham, por otra parte, siguió escribiendo panfletos y libros a partir de estos experimentos. Llamó a su sistema de investigación Astronomía Zetética y lo planteo como un método alternativo al método científico, que ponía su énfasis en las observaciones sensoriales. Esto significa que, como en nuestro día a día no percibimos la curvatura, la conclusión es que la Tierra tiene que ser plana.

Cuando Rowbotham murió, Lady Elizabeth Blout creó la Sociedad Universal Zetética, cuyo objetivo era “la propagación de conocimiento relacionado con la Cosmología Natural, aquella que confirma las Santas Escrituras, basándose en la experimentación científica”. Esta es la primera sociedad de terraplanistas y así la idea de la Tierra plana toma un carácter religioso. 

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Experimento 5: Ir al Centro. Observar el atardecer desde Bellas Artes, el Sol desaparece entre los edificios. Cuando ya no pueda verse el Sol, subir al décimo piso de la Torre Latinoamericana. Mirar el Sol desaparecer en el horizonte otra vez. Cuando se oculte, subir veinte pisos más y mirar de nuevo el atardecer. Repetir hasta llegar al mirador. Si la Tierra fuera plana, una vez que se hubiera puesto el Sol, no podría verse desde ningún punto de la ciudad, pero como la Tierra es esférica, uno puede ir subiendo la Torre Latinoamericana piso a piso y experimentar varios atardeceres en el mismo día. 

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En 1956, Samuel Shenton crea la International Flat Earth Society, que tiene que enfrentarse a las primeras fotografías tomadas desde el espacio y a los testimonios de los astronautas. Shenton argumentó que las fotografías no eran reales. Así la idea de la Tierra plana comienza a mezclarse con teorías de conspiración, donde la NASA y el gobierno están tratando de engañar a los ciudadanos. 

De nuevo la sociedad pierde fuerza con la muerte de Sheton. Varias veces más se ha revivido la sociedad, hasta 2007 que Daniel Shenton (sin relación filial con Samuel) creó un foro en Internet en el que revivió a la Flat Earth Society. Facebook, Twitter y YouTube han permitido que las ideas terraplanistas lleguen a más y más individuos. Actualmente, existen conferencias, cruceros y series de televisión para que los terraplanistas se reúnan y encuentren. Sin embargo, bajo esta ideología convergen diversos tipos de personas: aquellas que creen que la Tierra es plana porque la Biblia así lo dice, aquellas que creen en múltiples teorías de conspiración y aquellas que encuentran consuelo en que su percepción del mundo es sencilla y correcta. 

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Experimento 6: Elegir dos puntos: digamos uno en Monterrey y otro en Cancún. Tomar dos palos de madera del mismo tamaño y dos cintas métricas. Invitar a un amigo, darle un palo y una cinta de medir. Viajar de la Ciudad de México al punto asignado. Buscar un jardín y clavar el palo en el suelo. Llamar al amigo y medir al mismo tiempo el tamaño de la sombra del palo. Si la Tierra fuera plana, las sombras serían del mismo tamaño, pero como la Tierra es esférica, el Sol golpea distintos puntos de la Tierra con un ángulo diferentes y, por tanto, las sombras serán de diferente tamaño. El primero en realizar este experimento fue Eratóstenes. 

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Uno de cada seis estadounidenses no está completamente seguro de que la Tierra sea esférica. Esta estadística me deja fría. Regreso a la pregunta. ¿Qué caso tiene dudar de la forma misma de nuestro planeta? Es más, durante todo el artículo he escrito que la Tierra es esférica, cuando en realidad su forma es la de un esferoide oblato, achatado en los polos y abultado en el Ecuador a causa de la fuerza centrífuga generada al girar sobre su propio eje. Los terraplanistas reducen su mundo a las interpretaciones de lo que perciben. 

¿Qué sucede si no podemos confiar en los testimonios de expertos, en las pruebas, incluso en la evidencia fotográfica? ¿Qué sucede cuando dudamos de todo lo que no esté de acuerdo con la interpretación que damos a nuestras percepciones? 

Parece que su argumentación se basa en un escepticismo puro. La duda por encima de todo. La duda también se encuentra en el fondo del método científico, pero la ciencia tiene la característica sustentar sus ideas en la evidencia, en la repetibilidad. Cuando se encuentran pruebas que desmontan una teoría, la teoría se abandona. El escepticismo de grupos como los terraplanistas —que dudan de toda prueba, de todo razonamiento y privilegian la experiencia personal— no permite ajustar las ideas a la evidencia que el mundo presenta, sino que ajustan sus percepciones para que coincida con sus ideas. 

A partir de este método, no me extraña que el terraplanismo congregue gente tan dispar, con ideas tan distintas. En 2015, la International Flat Earth Society respondió a críticas de Obama con un comunicado donde decían que ellos sí creían en el cambio climático. Pero existen terraplanistas que son cristianos fundamentalistas que no creen en la evolución o gente que cree en la ciencia, pero que piensa que vivimos en una conspiración del gobierno para controlarnos. Reducen su conocimiento del mundo a la experiencia. Supongo que uno puede consolarse: ¿quién es realmente ignorante cuando el entendimiento de lo que nos rodea es tan estrecho? 

A partir de aquí, ¿puedo extrañarme realmente de que exista tanta desconfianza en la ciencia y que vivamos en un mundo de post-verdad? Aun así, presento aquí siete experimentos, algunos más sencillos que otros, para quien quiera experimentar la curvatura de la Tierra, verla con sus propios ojos y maravillarse de que el mundo es mucho más complejo que lo que alcanzamos a ver a simple vista. 

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Experimento 7: Googlear las fotografías de la Estación Espacial Internacional. Mirar los continentes, los océanos. La imagen puede ser de día o de noche con todas las ciudades encendidas. Da igual. Mirar la curvatura. Creer que las imágenes son una evidencia confiable y no una creación por computadora. 

 


 

 

Fuentes:

Picheta, Rob, “The flat-Earth conspiracy is spreading around the globe. Does it hide a darker core?”, 

https://edition.cnn.com/2019/11/16/us/flat-earth-conference-conspiracy-theories-scli-intl/index.html

Whittaker, Ian, “Even a Kid Can Prove the Earth Is Round: Here’s How”, https://www.space.com/38931-kids-can-prove-earth-round.html

Wolchover, Natalie, “Are Flat-Earthers Being Serious?”, https://www.livescience.com/24310-flat-earth-belief.html

Frenz, Erik, “7 ways to prove the earth is round”, http://crosstalk.cell.com/blog/seven-ways-to-prove-earth-is-round

 


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.

Ilustrador
Édgar MT
(Guadalajara, 1988) Ilustrador, artista visual y director de arte de la ciudad de Guadalajara. Egresado del Diplomado Ilustración Narrativa de las Imágenes de la UNAM y licenciado en Diseño para la Comunicación Gráfica en la UDG. Ha exhibido sus dibujos en diferentes ciudades del país y del extranjero.
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

En una época donde la incertidumbre es el manto que nos envuelve cada mañana frente a nuestros dispositivos, no resulta extraño que pensemos en la solvencia del tiempo, en el ocaso de nuestra vida. La vida dentro de cuatro paredes se vuelve un loop interminable; el exilio de la vida pública, el miedo a la peste, el miedo a una misma y a quienes viven con nosotros nos hace mirarnos casi próximos a la extinción.

Pero no somos sino una generación cuyas barreras del envejecimiento se vieron forzadas a suprimirse delante de las pocas oportunidades para establecer una vida independiente —de la familia y del Estado. Es entonces cuando la desilusión, el desasosiego posmoderno, nos confronta a buscar apoyo en aquellas figuras que siempre sostienen el aliento.

En una época donde las tradiciones son recicladas, quizá la palabra femenina sea la fuente más certera para sanar la melancolía contemporánea. Son las abuelas quienes logran otorgarnos consuelo ante la nebulosa mirada al futuro. Las reales, las de lazos consanguíneos, pero también las literarias terminan siendo quizá los últimos refugios donde podemos llorar tranquilamente, reír o dejarnos hipnotizar por las imágenes y cantares de las mujeres singulares que sobrevivieron sus propias pestes, sus propias guerras.

Anne Carson cumple setenta años y no creo que sea un improperio tomarla como una abuela nutricia, como un abrazo cuya fuerza se presenta no en la ternura, sino en la vigencia y en la necesidad absoluta de encontrar en las raíces del tiempo la libertad de la lengua, la profundidad que el deseo erótico logra transmitir en la palabra, incluso, más allá del tiempo y las trampas de la lengua frente a los efectos de traducción.

A lo largo de su trayectoria ha sido galardonada con premios como el T.S. Eliot Award, —fue la primera escritora en obtenerlo— el Pen Award en traducción, el Griffin Poetry Prize, y ahora con el premio Princesa de Asturias de las letras 2020, cuyos reflejos no deslumbran hasta haberla leído, hasta hacerla tan nuestra mediante el abrazo duro, pero evocador, de la tradición que ha tejido desde 1986 con su primer libro.

La ciudad de Toronto acogió sus primeros pasos, sus primeros hallazgos frente a una figura tan necesaria como la de aquella muchacha proveniente de la isla de Lesbos. Con tan solo quince años, Carson decidió seguir el camino de la imponente Safo, y con ello, tomar como territorio la lengua griega.

El espacio quedaría delimitado mediante los hilos del deseo erótico, pero sobre todo sobre la hipnosis que produce la metáfora en el terreno del relato, puesto que no existe otra forma de comprender la imagen poética que no sea mediante el deleite. Es así como desde su primer libro nos hizo comprender su visión sobre los múltiples encantamientos de la época clásica griega.

Con Eros the Bittersweet, publicado en 1986 por Princeton University Press, sostuvo su lugar como una de las mejores especialistas de estudios clásicos, y también, como la mejor traductora de Safo, al mismo tiempo que dibujó una impronta en la literatura universal del siglo XX: la de hablar del mundo clásico desde las preguntas, muchas veces irónicas, sobre el deseo, el género y las trampas del lenguaje bajo la sombra sáfica.

Ese primer libro sería el inicio de un sólido trabajo dedicado al lenguaje en sus múltiples formas: el ensayo, la poesía e incluso libretos para ópera, estructuras que demuestran que en la literatura no solo se trata de escribir desde la voz femenina, sino que los hallazgos de esta conforman la genialidad, la erudición y perspicacia necesarias para crear una obra clásica dentro del panorama contemporáneo.

Su camino ha sido intenso y formado desde la academia. Sin embargo, su conocimiento filológico no empaña de modo alguno el trabajo poético. Su erudición sobre las raíces del relato y el mito de occidente la han llevado al punto de interrogarse sobre las formas sobre las cuales hemos basado el erotismo contemporáneo.

Anne Carson no es una poeta fácil. Su manera de suspender la tradición grecolatina en el mundo posmoderno resulta ser un lugar incómodo para quienes no reconocen más territorio que el de las mesas de novedades, y aun en esas circunstancias estoy segura de que la potencia de su voz llegaría a la lectora más joven, al lector libre de una lectura mordaz. La fuerza de su oficio se desplaza desde Platón y Aristófanes hasta Sófocles: la cartografía que trazó en Eros…sería proyectada hacia los próximos treinta años.

La autora de Hombres en sus horas libres, corresponde a una generación de escritoras que no temían ni temen deambular entre la academia y la creación, como es el caso de Susan Sontag quien no reparó en advertir la profundidad de su conocimiento de la retórica, la prosa poética y las imágenes que logran cimbrarnos ante su implacable inteligencia.

En su segundo libro, Short talks, publicado en 1992, Carson alcanzó la madurez suficiente para reconstruir desde la brevedad la forma natural de la academia, y así transformar aquella estructura estéril de la que ya hablaba Virginia Woolfen algo espontáneo, chispeante. Estas son notas para una academia del deseo, o del mero ocio, donde lo mismo se habla de Rembrandt que de las orquídeas o de cómo caminar hacia atrás.

Como una miscelánea ensayística, Carson no hace sino llevarnos por un camino sostenido por digresiones, pero también tesis sobre la experiencia vital y el trabajo onírico, como puede apreciarse en “Charla breve sobre la verdad que pueden ofrecer los sueños”, en la versión de Ezequiel Zaidenwerg:

 

Asaltada por una súbita verdad me levanté a las cuatro de la
mañana. La palabra “grip” pronunciada “gripe” se aplica solo
a pueblos ciudades y lugares de residencia; la palabra “gripe”
pronunciada “grip” puede usarse para seres humanos. En mi
sueño vi las dos paredes de esta verdad conectadas por una
soga de cinco kilómetro de pelo de una mujer. Y en ese preciso
momento, todas las preguntas sobre el asesinato de las almas
de hombre y mujeres que encontrarían respuesta tan pronto
como yo tirara de la soga, se cortaron y cayeron en un montón
al fondo del abismo pedregoso junto al que yo había estado
durmiendo. Somos de nuevo mitad y mitad, somos el muñón
del lenguaje.

 

Si acaso como seres deseantes somos tan solo el muñón del lenguaje, el espacio entre dos cuerpos quizá sea aquello que conforma la completitud, lo que se esconde a simple vista y que no es otra cosa que el espacio de la intimidad. Mediante el relato, Anne Carson vuelve a estirar los hilos de la trama universal.

Primero con Autobiografía de rojo, una novela en verso que juega a replantear el mito de Hércules y Gerión desde el homoerotismo. Lejos de forzar la poesía homérica, Carson logra una vez más llevarnos desde las raíces de la humanidad hasta una historia de amor contemporánea, la misma que la posicionó bajo la luz de las reseñas y lectores hasta convertirse en un best seller.

La siguiente novela, prosa poética o ensayo narrativo es La belleza del marido, cuya descripción es “ensayo narrativo en 29 tangos”, y que si bien no logró la misma popularidad que Autobiografía de rojo, es preciso decir que hablamos de una de las mejores páginas de la historia del ensayo contemporáneo, o de los artefactos literarios, donde Keats es el invitado de honor, y sus citas y la estructura de la obra nos lleva incluso hacia un flashback de lo mejor de las vanguardias.

¿Acaso en estos tiempos es posible pensar la poesía como un género de moda? ¿Una mente forjada en la academia puede sostener tal travesía? De Carson puede decirse que su trabajo no es sino la vida cotidiana de una mujer singular cuyos límites únicamente se perciben en sus entrevistas.

Es conocido el hecho de que sus respuestas son cortas y casi siempre resulta ser distante: “Quiero ser una mujer insoportable”, responde con las ganas de provocar un episodio épico. Y lo logra, porque cómo no desear escuchar a una mujer cuya provocación se sostiene desde el mero deseo de ser alguien que vive de comprender el mundo grecolatino. Su vida logra alinearse con el recorrido que diariamente se configura y se configuraba antes de la pandemiadesde su cama hasta el escritorio.

Una escritora no es más que su obra. De la misma manera que lo expone en la introducción de Sino, el invierno: fragmentos de Safo, al decir que “Safo fue una música”, Carson es poesía, en los términos más complejos que la imagen y la lengua exigen en cada oído.

En su cumpleaños setenta, la mejor lección estriba en el hecho de que no es posible sostener una vanguardia, un dispositivo literario, acaso una forma de inventar la intimidad y el erotismo desde la lengua sin el conocimiento de los clásicos.

Hoy, a la sombra de Safo, los cantares, las respuestas cortas y la necesidad de reconocer el presente en el pasado, la escritura de Anne Carson nos enseña que la diferencia entre la luz y la iluminación no es otra cosa sino la capacidad de reconocer la sombra entre la oscuridad del tiempo.

 


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, desarrolla su estilo en la ilustración a través de la técnica del collage. Ha colaborado en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Sus colaboraciones se han publicado en medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Fotografía por Miko

La noche de los conjurados
todos los bailarines comprendimos el día y la hora
ya que el por qué estaba de sobra justificado
en la inmensa cuantía del sufrimiento humano.

Leopoldo María Panero

 

No podía creer que la publicidad estuviera a la vista de cualquier alma inocente. No me dejé seducir por su Freddie Mercury cadavérico, como si lo acabaran de extraer de su sepulcro para modelar ante el diseñador. Supuse que en el fondo ocurriría un acto pagano, olvidado por nuestra sociedad.

¿Quiénes eran los chavo rukos? ¿Cuáles eran los territorios y rituales de esta tribu? ¿Por qué nadie sospechaba que se estuviera organizando un Chavo Rukos Fest? Dichas preguntas asaltaban mi mente cuando me acercaba, en metro, a aquella ceremonia nocturna; y esto gracias a las redes sociales, donde averigüé que los chavo rukos era peligrosos para los jóvenes. Pero, déjenme decirles, la información era superficial y podía resumirse en que son adultos que se camuflan entre nuestra generación flamante para pertenecer a la atmósfera de la juventud y, así, negar su decadencia.

¿Acaso soy el único que piensa que este es el disfraz perfecto para cometer un acto ominoso? Quería preguntarles a los viajeros del vagón. ¿Este asunto no tiene algo antinatural? Sentía que mi responsabilidad era averiguarlo.

Me encontré con una hilera de feligreses que esperaban su turno para entrar. El santuario estaba decorado con unas telarañas blancas que, sobre la fachada del edificio, parecían jaulas de concreto para un felino colosal que, en cualquier instante, saldría para descuartizarme con sus garras y dientes afilados; aun así, mantuve la compostura y me quedé en mi lugar, observando a las personas impacientes. La mayoría iban vestidos como si acudieran a una fiesta común, no reconocía en ellos la vestimenta de un clan.

Entrada al santuario. Víctor del Valle

Fotografía por Miko

 

En un sujeto vi un pendiente, una chamarra de cuero y un par de lentes oscuros, al grado de que casi parecía la definición de lo que hallé en línea; mas no lo volví a encontrar durante la fiesta. A lo mejor entendió la magnitud de lo que se avecinaba. A un costado de la fila, caminando como sacerdotes atentos a su congregación, iba alguien disfrazado de Darth Vader, seguido por un trío de stormtroopers, y, detrás de ellos, dos hombres, uno caracterizado como Slash; el otro, como Freddie Mercury. Los asistentes se acercaban a ellos para tomarse una fotografía. ¿Por qué querían guardar un recuerdo de esa noche? Es algo que aún se me escapa.

Finalmente entramos. A lo largo del techo, había cobertores color plata, como la decoración de una boda o de unos quince años, trampas para despistar; en el centro se extendía un gran cubo Rubik con el que también, hordas de engañados, llegaban a tomarse fotografías antes de pasar a sentarse en las mesas. Al fondo, junto a los baños, montaron una carpa que vendía alcohol y golosinas. Al costado izquierdo, un escenario sin instrumentos ni bocinas. ¿Acaso el ritual no conllevaría música? Luego observé que, a un lado de la entrada principal, se encontraba otro clérigo con una consola para reproducir discos de acetato.

Fueron inteligentes, he de reconocer, y fingieron desorganización. El tipo disfrazado de Freddie Mercury corría a todos lados hablando con el staff. ¿A quién querían engañar con eso?, me pregunté y descubrí que la gente empezó una fila para comprar sus bebidas, discutían entre ellos. La falta de sentido común: ¿por qué algunos no alcanzaron mesa?, ¿por qué no encontraban un modo más eficaz de distribuir las botellas? Los escuché con piedad. Deambulaba a su alrededor mientras oía sus charlas sobre sus trabajos; se quejaban de sus compañeros o de su familia. Yo solo pensaba en un grupo de becerros a lo largo del corral, ignorando el camión que llega por ellos para llevarlos al matadero.

En la antesala del rito. Víctor del Valle.

Fotografía por Miko

Salí un momento del salón y caminé por los alrededores porque quería aire fresco. Continuaba sin encontrar un patrón entre los asistentes: así como había jóvenes vestidos para asistir al templo nocturno de su elección, había cincuentones que tomaban asiento en alguna mesa para mirar a los bailarines. ¿Para qué se arriesgan? Me hubiera gustado reclamarles a gritos. No podía averiguar nada con solo mirarlos. Entonces, ¿estos serían los organizadores? Nada en la fiesta cumplía mis expectativas para desentrañar su misterio.

Al regresar, el rito ya había iniciado. Algunas personas bailaban en la pista. Unos lucían inspirados, otros siguieron la inercia. Pero hubo alguien que se volvió mi objeto de estudio: un hombre delgado, con camisa fajada, que no se sentaba cuando terminaban las canciones: danzó al ritmo de Guns N’ Roses, a Madonna, cánticos ancestrales que hablaban de una vida y un apareamiento que ya no era parte de nuestro mundo. Entonces, él estaba en comunicación con su dios. Entendí que era el sumo sacerdote, camuflado como un feligrés cualquiera y que fue el primero en bailar. Ahora conducía al rebaño hacia el barranco.

El sacerdote. Víctor del Valle.

Fotografía por Miko.

En un momento se detuvo el carnaval. El hombre no se sentó, sino que caminó hacia la salida, quizá para hablar con las manos que jugaban con nuestra existencia. Ahí me acerqué con el pretexto de que quería entrevistarlo y, al principio, el hombre desconfió de mí, mas aceptó hablar.

Saqué la grabadora y le pregunté por qué había ido a aquel evento.

–Mi nombre es Agustín. Vine porque esa fue mi década. Yo he tenido una vida difícil y me casé muy chavo, me perdí todo lo bueno. Ahora estoy recuperando el momento, lo vivo y lo disfruto. Yo bailo las canciones, te las puedo nombrar todas. Me dejo ir, mi espíritu es aventurero.

Antes de marcharse, sonrió. Me ocultaba algo. Así que comencé a explorar el sitio para acercarme a los demás. Por la tornamesa me dirigí hacia unas señoras con enormes lentes de plástico, rosas o amarillos, y faldas de encaje con medias; les pregunté, poniendo cara de niño bien portado, por qué decidieron acudir.

–Porque nos agrada la música de los noventa y la de los ochenta: Madona y la música energy, el pop, el rock. Las canciones como “La cita” de Polymarchs, las de Flans, lo que era el rock en español. El evento nos gustó, pese a las fallas en la organización. Esperemos que a la próxima se mejore. Ojalá que se repita.

Continué entrevistando gente porque nada de lo que respondían me era útil. Otra mujer, llamada Lourdes, me dijo:

–Decidí venir porque ponen música de mi época. Me gustan las canciones de Madonna, electrónica, dance. Es parecido a aquel entonces, cuando las fiestas podían ser en alguna casa o en alguna calle, de vez en cuando en algún salón. Me traslado a ese lugar, todavía me siento de veinte, diecisiete años.

En ese momento entendí que estaba condenado. El ritual de los chavo rukos consistía en retroceder el tiempo a una edad en que sus ocupaciones eran un futuro lejano y ni las arrugas ni las deudas se acumulaban fatalmente.

La noche de los chavo rukos hacía que el santuario, como una gran máquina del tiempo confeccionada con concreto (¡eso era la telaraña exterior!), regresara los asistentes a cuando idolatraban a estos íconos desde las revistas de espectáculos, cuando pasaban infinitas tardes de juventud creyendo que esa música sería, por la eternidad, el presente. Se trasportaban a aquella fiesta en la que conocieron a su pareja, a la última salida nocturna con los amigos que no volvieron a ver, a esa tarde en que desconocían que, a ellos también, la vida no iba a perdonarles su voluntad de continuar. Por eso acudían a aquel templo: para cantar sus himnos como la primera vez que lo hicieron. Y, maldita curiosidad que me arrastró a esta trampa de la que no hay escape.

De pronto ocurrió lo indescriptible. Todas las luces se apagaron y descubrí que el escenario, que otrora encontré inservible, se iluminaba. En ese momento salió Cindy Lauper de la parte trasera de una mampara. Ahogué un grito. ¿Cantaba a destiempo o era mi imaginación? No encontraba en donde esconderme. Eran los dioses de la noche de los chavo rukos, y venían para destruir a los infieles; llegó el momento en que tendríamos que besar la pezuña de la cabra que dirige los percances del mundo, a quienes sus adeptos invocaban con sus danzas del recuerdo. Cindy Lauper desapareció y luego Billie Idol apareció, cantaba sobre los ojos sin rostro: lucía un poco más gordo, hasta los demonios sufren el paso del tiempo. Si ellos no se salvan, ¿cómo podría yo?

Las deidades de la noche. Víctor del Valle.

Fotografía por Miko.

Me acurruqué en un rincón esperando que el festejo acabara, que corriera toda la sangre menos la mía. Y en ese instante percibí un un ritmo elíptico, las olas de bajo que marcaban el paso lunar del líder de aquellos seres del averno. Me tapé los oídos, desesperado. Debía aislarme del agudo grito de guerra que lanza el demonio de los guantes blancos, el rey y señor de esa noche, o yo tampoco querría regresar.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.

Ilustrador
Miko
(1993,CDMX) Artista visual multidisciplinario. Su obra es muy variada en temas y materiales, como podemos apreciar en sus cuentas de Instagram, en las cuales se observa el uso de: fotografía análoga y digital, dibujo con distintos materiales, dibujo digital, tatuaje, modelado con cerámica y otras pastas, diversas instalaciones, atrapasueños, y readymades. @fuego.secreto @666perritos @900_099
Ilustración por Caro Monterrubio.

El pasado 14 de mayo Mike Ryan, director de Emergencias Sanitarias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), declaró que el nuevo coronavirus Sars-CoV-2, causante del COVID-19, tiene el potencial de convertirse en un virus endémico y “no irse nunca”, como sucedió con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), el cual provoca el cuadro de infecciones oportunistas denominado Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA).

“Es importante poner este asunto encima de la mesa: (el COVID-19) podría convertirse en otro virus endémico de nuestras comunidades, y estos virus pueden no irse nunca. Creo que es importante que seamos realistas y no me parece que nadie pueda predecir cuándo desaparecerá la enfermedad”, declaró el epidemiólogo irlandés.

De acuerdo con los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, endémico significa la constante presencia y/o habitual prevalencia de una enfermedad o un agente infeccioso en una población de un área geográfica. Es decir, se trata de enfermedades endémicas presentes de manera permanente en estas zonas, con las que se debe convivir y que son, en ciertos casos, incurables.

A 39 años del inicio de la era del SIDA, inaugurada el 5 de junio de 1981, Ryan planteó que tendremos una relación similar con el COVID-19 al exponer que estos virus no desaparecen, pero “hemos encontrado la forma de convivir” con ellos.

“Encontramos tratamientos y métodos de prevención y las personas no se sienten asustadas como se sentían en un principio y podemos garantizar la vida de quienes conviven con el virus”, comentó.

 

El origen de una pandemia

De acuerdo con la OMS, el SIDA pudo originarse en África. La teoría más reconocida sostiene que derivó del llamado “virus de inmunodeficiencia en simios” (SIV, por sus siglas en inglés) que provoca síntomas similares al SIDA en otros primates. Un estudio publicado por la revista Science en 2014 apunta que el virus se transmitiría a los seres humanos por primera vez en 1920, en el centro del territorio.

Sin embargo, fue hasta la década de los ochenta cuando, en el sur de California y Nueva York, se analizaron los primeros pacientes enfermos de Sarcoma de Kaposi y neumonía por Pneumocystis carinii, cuya aparición conjunta detonó el interés de los científicos. Desde el comienzo, el caso incluyó juicios parciales y discriminatorios: Gay-related immune deficiency (Inmunodeficiencia asociada a la homosexualidad) fue una de las denominaciones que se consideró. Popularmente, la prensa bautizó a la enfermedad como la “peste rosa”, atribuyendo su origen a los homosexuales y en referencia al color de las manchas que aparecían en la piel.

Los científicos tardaron poco en identificar que la transmisión también sucedía entre usuarios de drogas y durante las transfusiones sanguíneas; asimismo entre haitianos y heterosexuales del África Subsahariana, donde hasta la fecha enfrentan una de las mayores crisis de salud. La denominación final fue Acquired Immune Deficiency (Síndrome de inmunodeficiencia adquirida), registrada oficialmente en 1982.

Actualmente, de acuerdo con la ONU-SIDA, que recopila datos de 2019 y 2018 en su último informe sobre el virus, hay 37.9 millones de personas con VIH en el mundo. En los últimos meses del 2018, fallecieron 770 mil personas a causa de enfermedades relacionadas con el SIDA. En tanto, al final de junio del año pasado, 24.5 millones de pacientes tenían acceso a la terapia antirretrovírica. Desde el inicio de la epidemia hasta el cierre de 2018, se registraron 79.9 millones casos de VIH, mientras que, en el mismo periodo, el número de muertes ascendió a 32 millones.

Sobre el tratamiento, al cual tienen acceso más de 24 millones de pacientes, se le denomina antirretroviral (TAR). El TAR es una combinación de medicamentos contra el VIH que se consumen diariamente y cuyo fin es reducir la carga viral de una persona a un nivel indetectable. Cabe recordar que la enfermedad destruye las células CD4 del sistema inmunitario que combaten las infecciones, lo que dificulta al cuerpo combatirlas junto con ciertos tipos de cáncer relacionados con el VIH.

Así, la función de los medicamentos es evitar que el virus se replique y reducir su concentración en el cuerpo. Con una menor acumulación, el sistema inmunitario tiene más posibilidad de recuperarse y de producir más linfocitos CD4 para reforzar al sistema inmune.

De esta manera, en caso de tener un tratamiento con resultados positivos, la aglomeración del VIH en la sangre es demasiado baja para detectarla con la prueba de la carga viral. Las personas seropositivas que mantienen una carga viral indetectable “realmente no presentan riesgo de transmitir la infección por el VIH a sus parejas seronegativas durante las relaciones sexuales”, aclara InfoSida.

Según un estudio publicado el 10 de marzo de 2020 en la revista médica The Lancet HIV, el venezolano Adam Castillejo es la segunda persona en curarse de la enfermedad tras permanecer más de dos años sin el virus activo. Como parte del tratamiento, Castillejo se sometió a un trasplante de células madre; su donante portaba una mutación clasificada como CCR5-delta32, que lo habría hecho resistente al VIH. La primera persona en tomar este tratamiento fue Timothy Rain, con la diferencia de que él se sometió a varios trasplantes de células madre.

“Nuestros hallazgos muestran que el éxito del trasplante de células madre como una cura para el VIH, reportado por primera vez hace nueve años en el paciente Berlín (Timothy Rain), puede ser replicado”, informó Ravindra Gupta, el autor principal de la investigación.

“Es importante tener en cuenta que este tratamiento curativo es de alto riesgo y solo se utiliza como último recurso para pacientes con VIH que también tienen neoplasias hematológicas, potencialmente mortales. Por lo tanto, este no es un tratamiento que se ofrecería ampliamente a los pacientes con VIH que reciben un tratamiento antirretroviral exitoso”, agregó.

El Centro Nacional para la Prevención y Control del VIH y el SIDA (Censida) señala que en México se han notificado un total de 210 mil 931 casos de VIH y SIDA entre 1983 y el 2019. Los estados con la mayor tasa de casos nuevos son: Campeche, Quintana Roo y Yucatán. De acuerdo con el último informe, uno de cada tres pacientes seropositivos no sabe que está infectado.

 

El SIDA en Yucatán

Más de 30 años después de la primera muerte por SIDA registrada en el estado de Yucatán, el activista Carlos Méndez  Benavides, de sesenta años, está sentado en la cocina del albergue Oasis San Juan de Dios, ubicado en el municipio de Conkal, el cual atiende bajo su dirección a los portadores de VIH y SIDA provenientes de los 106 municipios del estado.

Carlos Méndez es un hombre rollizo, canoso, alto en relación con la estatura promedio de los yucatecos. Usa una playera polo roja, y una cruz católica gigantesca cuelga de su cuello coriáceo. La cocina huele a medicamentos. Al fondo del  pasillo una gata reposa dentro de un huacal con sus crías pegadas al vientre. Tres niñas la observan y le ofrecen alimento. El sitio, pese a todo, rezuma vida.

Carlos Méndez  Benavides, director del albergue Oasis San Juan de Dios.

Carlos Méndez Benavides, director del albergue Oasis San Juan de Dios.

“Hubo navidades donde no teníamos abasto. Estábamos en la cena de navidad y teníamos gente recién fallecida en cada uno de los cuartos. Cinco, siete, varios. Las familias celebrando navidad y velando sus pérdidas. Lloraban, luego pasaban a cenar. Llegamos a registrar siete muertos por mes a finales de los años noventa”, cuenta cálido, acostumbrado a los temas que conciernen a la tristeza y el olvido.

Ante un repunte en los índices de personas infectadas de VIH en Yucatán, que ha alcanzado el tercer lugar por nuevos contagios a nivel nacional, el testimonio de Carlos Méndez habla sobre un problema de salud que vislumbraban desde hace veinte años activistas y organizaciones no gubernamentales, y que fue ignorado sistemáticamente por las autoridades.

Él, vinculado con activismo a nivel internacional y con médicos especialistas de la OMS, señala que los nuevos casos registrados (poco más de 400, según el último informe de la Secretaría de Salud del estado de Yucatán, publicado en 2019) son falsos. Sostiene que, de acuerdo con la curva epidemiológica y considerando los contagios no registrados —pues hasta la fecha los archivos clínicos se manejan por entidades federativas y no existe una base de datos general y digital—, la cantidad debe ser entre cuatro y cinco veces mayor. Estima que actualmente hay por lo menos 40 mil casos de VIH en el estado, lo que contrasta con los apenas 2 mil reconocidos oficialmente.

La historia de Carlos Méndez podría vincularse a Salón de belleza (Tusquets Editores, 1999), de Mario Bellatín. Catalogada como una de las mejores cien novelas en español, el libro narra el declive del personaje principal, quien trabaja en un salón de belleza donde, tras una serie de sucesos trágicos, termina volviéndose un “moridero”, es decir, una especie de albergue para las personas en fase terminal por el SIDA. Las únicas condiciones del personaje para recibir a los pacientes es que sean hombres y estén a punto de morir.

Ilustración por Caro Monterrubio.

Ilustración por Caro Monterrubio.

En la novela, el virus nunca fue nombrado; aunque las descripciones de los síntomas (las manchas en la piel, la pérdida del sistema inmune, así como la transmisión por vía sexual) delatan al SIDA como el causante. “No sé dónde nos han enseñado que socorrer al desvalido es tratar de apartarlo a cualquier precio de las garras de la muerte”,1 sentencia el narrador.

En ese sentido, y como parte de un largo anecdotario de historias de discriminación, Carlos Méndez cuenta el caso del residente keken (palabra maya que significa cerdo). En 1991 recibió una llamada. Escuchó que una familia de la comisaría de Sitpach encadenó a uno de sus hijos a un gallinero. El sujeto comió —durante un año completo— desde un bote plástico en el que se guardaría un litro de yogurth. Con ese mismo recipiente recogía agua de lluvia para bañarse. Ninguno supo, en primera instancia, si podía responder en español.

Carlos Méndez exigió a la familia que lo soltaran. “Sí”, contestó su madre, “pero le va a costar 200 pesos”. Entre lágrimas, Méndez pagó.

El sujeto, identificado como Gerardo Chan, se infectó en su primera relación sexual, a los 17 años. Tras vivir en condiciones inhumanas, se expresaba como un animal, se asumía como uno. Según el activista, repetía constantemente: “Soy un keken, soy un keken, me lo merezco. Dice mi mamá que me lo merezco”. Pasaron meses. En el albergue, a la hora de la comida, Carlos salía a buscarlo al interior de los gallineros donde el hombre insistía en comer directo de la tierra, casi desnudo y con las manos. Gracias a las terapias especializadas, tomó conciencia de las vejaciones que vivió y, luego de una serie de depresiones, tratamientos con retrovirales e intentos de suicidio, salió adelante. Se enamoró e independizó, agradeció a Don Carlos -a quien los niños que  viven allí llaman “Papá Carlos”- y abandonó el albergue.

Como escribió Susan Sontag en El SIDA y sus metáforas (1996), la interpretación de la civilización y la medicina sobre la enfermedad ocurre desde un plano metafórico, casi siempre bajo la retórica militar y con el fin de incentivar su erradicación. El virus como el enemigo, como un invasor sacado de la ciencia ficción. Este método de interpretación nos ha obligado a considerar a los enfermos de SIDA como “enemigos” de la salud pública, desde una mirada conservadora, y retomando la crítica de Sontag: gente infectada; cuya condición inmunológica es culpa de su propio libertinaje sexual.

Otro registro literario es Loco afán. Crónicas de Sidario (LOM Ediciones, 1996), en donde el chileno Pedro Lemebel (1950-2015) aborda la mística y la proliferación del SIDA en los años ochenta. Los homosexuales de los arrabales de Santiago salían a las calles transitadas en busca de encuentros que al paso de los años se volvieron una ruleta rusa. Lemebel narra, bajo la cadencia que lo caracterizó, los casos de personas cercanas que fallecieron por la enfermedad y, a su vez, aborda las incongruencias que proliferaron en la cultura machista chilena.

El escritor además fue un destacado activista sobre el tema. En una fotografía icónica, tomada en 1994, aparece en la marcha del orgullo gay en la Ciudad de Nueva York. Viste una corona de jeringas en la cabeza y levanta un letrero que reza: “Chile returns AIDS (Chile devuelve el SIDA)”.

En la crónica La Regine de aluminios el mono, el otrora integrante de Las Yeguas del Apocalipsis narra la historia de un grupo de “milicos” que frecuentaba un centro de prostitución de travestis; una parte de ellos se infecta de VIH y, como es de suponerse, contagia a sus parejas heterosexuales. Sin embargo, pese a la enfermedad, un soldado se enamora de La Regine, la protagonista de la historia, la prostituta más solicitada y maternal, y permanece con ella hasta que fallece por las infecciones oportunistas. En otras, como en La Muerte de Madonna, el cronista refiere que para los travestis de la época el VIH-SIDA representó una suerte de mística por el acercamiento a la muerte. El propio Lemebel, cuando describe a La Madona, de origen Mapuche, habla de una suerte de belleza e, incluso, una capacidad paranormal de videncia en su cuerpo apergaminado y enjuto.

 

El acoso contra la infancia

Los niños que viven en el albergue lo apodaron “papá Carlos” como una forma de reponer la ausencia paternal. Pero uno de esos niños, -”los hijos del bicho (bicho/SIDA)”, como los llamó el conductor del transporte público— ya no está aquí. Se fue hace dos años a Morelia.

El chico, originario del centro del país, era hijo de un policía de la extinta Procuraduría General de la República (PGR). El hombre, dice Carlos Méndez, trabajaba para un grupo de choque, un comando policial cuyo fin era entrar por la fuerza a casas de seguridad, asesinar a las personas en el interior, robar los objetos de valor y salir previo al peritaje.

Por lo tanto, a su llegada, el hombre tenía un reloj de oro, una cadena costosa en el cuello, y vestía una última muda de ropa de marca.

“El hombre y su esposa contrajeron la enfermedad. Al paso de los años, el estado de salud de la pareja se deterioró y circularon por otros estados del país, haciendo trabajos pequeños en tiendas, en construcciones; ocultaban su identidad”, cuenta.

Terminaron en el albergue Oasis San Juan de Dios. El hombre falleció a los pocos meses. En pésimo estado, ofreció la cadena y el reloj a Carlos. Sucedió lo mismo con la mujer y ella también trató de pagar con los objetos, como una retribución mínima por proteger a su hijo.

Huérfano, el niño fue criado por el activista. Como otros infantes en  esa situación, lo inscribieron en la primaria del municipio de Conkal. Pero dada la ignorancia, los estigmas perpetrados por un sistema de salud precario, su educación se truncó por el acoso.

Carlos cuenta que el hijo del alcalde, un chico de ocho años que estudiaba con el menor, le dijo en un arranque de superioridad: “Eres como la mierda de caballo. ¿Sabes por qué? Porque, aunque te limpies, aunque te echen cloro, siempre olerás a mierda”.

El niño se encerró un día completo. Por la noche, luego de percatarse, Carlos Méndez intentó abrir su puerta a la fuerza. No pudo. Uno de los residentes, un expandillero en las etapas finales de la infección, con un tatuaje de la Sur 13 entre los omóplatos, logró abrir la puerta. Adentro el niño se había defecado encima; con sus propias heces escribió en la pared: “Soy como la mierda del caballo”. La sensación de sentirse como animales. La intolerancia como una pared que cae y aplasta cualquier resquicio de dignidad. Al final fue adoptado por una tía, quien se lo llevó a Morelia.


Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.

Ilustrador
Carolina Monterrubio
(Ciudad de México, 1990) Se especializó en ilustración narrativa por la UNAM y en ilustración infantil por la EINA, Barcelona. Ha sido seleccionada dos veces para el concurso “Invitemos a leer” de la FILIJ México (2017-2018) y en 2019 fue finalista en el concurso para diseñar el cartel de las fiestas de Gràcia en Barcelona. Ha impartido cursos de ilustración para niños y sus ilustraciones han sido publicadas en revistas, libros infantiles, textiles y proyectos de diseño gráfico.

La cuarentena nos ha obligado a valorar  nuestra relación con el espacio que habitamos y los objetos que nos rodean. Si bien los hogares eran un lugar de privacidad máxima, ahora surgió la necesidad de comprenderlos como algo nuevo. Una mezcla entre el ocio y el trabajo, la pasión y la mesura, todo en búsqueda de una sustitución temporal de lo que el exterior nos aportaba. Tras dos meses en el encierro, es imposible ignorar que la soledad siempre ha sido relativa. Solo toma un segundo en ocio para percatarse de cómo nos acompañan los objetos que nos caracterizan, que nos proporcionan una identidad compartiendo una pizca de la suya.

Los retratos de Irving Cabello cuentan historias silenciosas que se desarrollaron en las casas de quienes aguardan el final de la pandemia. Y, como son relatos, solamente se pueden transmitir a través de las emociones que evocan. Sin embargo, detrás del escondite característico de la cuarentena: la mascarilla, perdimos los signos que pueden ser expresados por medio de una sonrisa, una contracción de la mandíbula o un sutil movimiento lateral de los labios.

Salir a la calle es igual a extraviar la identidad más básica con la que nos relacionamos en el mundo: el rostro. De esta manera, las fotografías no hablan a través de los gestos. Los retratos, irónicamente, ignoran un poco al sujeto, pues deben ser comprendidos en correspondencia con los objetos que escogieron.

Entre la persona y su posesión se construyen las historias que nos han surgido en la pandemia. ¿Qué dice de ti el libro que aún no terminas y no piensas retomar?, ¿qué contarán los controles que usas día y noche para matar el ocio?, ¿una radiografía que te hiciste al poco tiempo de encerrarte?, ¿una cámara que acumulaba polvo como adorno y ahora conmemora los momentos más significativos de tu cotidianidad? Tal vez, la cuarentena reveló que, en el fondo, no somos lo que presentamos al exterior sino lo que nos rodea en privado.

Tal y como las fotografías sugieren, por lo tanto, los objetos decidieron contar su breve relación con su sujeto.

Una pluma comienza a dudar si la línea vale la pena ser pintada. Su sentido de deber flaquea frente a la decisión de la mano de declararle la guerra. Se calientan la punta y la tinta, pero su molestia toma forma en un frío antipático que detiene el trazo, profundizando la discordia en el hogar. La lección está dicha: “No es cuando tú quieras”. La ofensa ante el olvido volcado en atención súbita es una herida profunda para ella, y debe haber un tipo de represalia. Se cobran impuestos codiciosos porque alguien no la valoró cuando existían opciones.

La radiografía acostada sobre la mesa quiere atención. Se regodea en ella como Narciso frente al agua, y como él, tiene un orgullo indomable. “Psst, ey, ¡ey! ¡Aquí estoy! ¡Ven a verme otra vez!” Grito tras grito, eventualmente lo logra. Se eleva de la mesa, y siente un soplo de aire en el costado que premia con una imagen nítida de la impresión. No muestra nada nuevo, lo sabe, pero es irrelevante: “Hacer favores nunca estuvo en mis planes, ¿sí?”, pregunta, encantada. Representar la salud de un individuo en medio de una pandemia que ha contagiado a más de 8 millones de personas, la hace sudar de emoción. La radiografía contenta frente al individuo confundido.

Despiertan con un golpe y se dan cuenta que es hora de otro ensayo. Unas baquetas viejas cumplen con su tarea a regañadientes. Los platillos y la tarola saludan efusivamente, no reciben respuesta. “La peor parte”, grita una de ellas al golpear el tom de suelo, “es que llega de la nada, ni calienta y cree que así vamos a responder bien”. La otra, estoica, solo contesta “al menos es un ritmo nuevo”.  Después de diez minutos regresan al reposo, y se preguntan qué haría su dueño si al menos no pudiera entretenerse con ellas. Entre la constancia y el olvido queda disciplina; la forma por excelencia para superar cualquier peligro.

De la misma manera que las baquetas, la pluma, la radiografía, la cámara o una botella de alcohol quieren contar cómo se relacionan con su entorno y las personas con las que comparten su espacio, es válido intentar escuchar. Las historias de la cuarentena de Irving Cabello no pueden limitarse a ser vistas, sino que formulan una invitación para el —posiblemente—, último trecho de este encierro. Debemos voltear a ver nuestra cotidianidad en exclusión con el mismo asombro que tenemos por el mundo inaccesible. Relatar y percibir las historias que narran en silencio los objetos, pues hablan de sí mismos, pero más de nosotros.

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Viajero

 


Autores
Irving Cabello nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.
(Ciudad de México 1993) Filósofo por la Universidad Panamericana, periodista y defensor de derechos humanos. Ha escrito para diversos medios de tiraje nacional e internacional, obsesivo de encontrar nuevas historias que leer y narrar.

Ilustrador
Irving Cabello
Irving Cabello nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.
Cuadro tomado del tráiler oficial.

“Nadie se ahoga dos veces en el mismo río”

proverbio entropista

 

 

I

Una ciudad paralizada por el miedo. El toque de queda como un acuerdo tácito. Una vida nocturna a puerta cerrada. La tragedia no conoce edades. Muertes a diario, en ascenso y la curva no parecía aplanarse. Taparse la boca también era un acto de prudencia ante la “enfermedad” de una época. Trayectos que parecían eternos: atravesar la ciudad era ya toda una hazaña. Vivir el día a día sin morir en el intento. Nuestra normalidad siempre estuvo marcada por la muerte.

Me refiero al año 2010, el año que marcó el inicio de uno de los procesos históricos más crudos para Nuevo León; una crisis social, cultural, política y económica en medio de un clima de violencia que no reconocía bandos. Fuimos víctimas de una fallida “guerra contra el narco”: una estrategia de Estado que sólo significó la muerte y desaparición de miles de jóvenes de los barrios más populares, que, cual carne de cañón, protagonizaron la nota roja durante años.

Ahí donde algunos románticos (acaso ingenuos) veían la posibilidad del estallido de una revolución social, aludiendo a los caprichos de la historia (1810-1910-2010), nosotros vimos con más crudeza las consecuencias de una violencia estructural que tarde o temprano nos estallaría en la cara, y lo sigue haciendo.

A diez años de la tragedia, emerge de nuevo una pequeña parte de esta historia, curiosamente en un momento en que gran parte de la población sigue dentro de sus casas, una vez más, a consecuencia del miedo. Mientras los cines se encuentran cerrados a causa de la contingencia, la película “Ya no estoy aquí” (2019) del director mexicano Fernando Frías, se transmite vía streaming, llegando así a cada casa con conexión a internet, una pantalla y una cuenta (propia o prestada) de Netflix.

 

 

Se trata de una película producida y filmada en Monterrey y Nueva York, que retrata un capítulo de esta “guerra”, a través de la historia de uno de los movimientos culturales más genuinos que han surgido en México: “Los Colombias”. Dicho movimiento ya había sido abordado en algunas tesis académicas, pequeños documentales, cortometrajes e incluso un largometraje que llegó a la pantalla grande “Cumbia Callera” (2007) del director René Villareal. También la cultura estética del movimiento de puede apreciar en el libro “Cholombianos” (2014) de la fotógrafa y diseñadora Amanda Watkins, quien abordó el tema desde la perspectiva de la moda, y que incluso lo mostró a través de diversas salas de exposición a nivel internacional.

Sin embargo, estamos ante la primera ocasión en que un producto cinematográfico de estas características es difundido de manera masiva, abriendo así diversos debates entorno a la película, el movimiento “Colombia” en Monterrey, el momento histórico en que se desarrolla, las estrategias militares y políticas de la administración en turno e incluso las implicaciones que una proyección como ésta tiene sobre la concepción de la identidad regiomontana.

 

II

 

La película narra la historia de Ulises “El Terko”, integrante de una pandilla también llamada “Los Terkos”, pertenecientes al “Símbolo STAR”, con el cual se identifican también otras pandillas. El grupo opuesto, también conformado por distintas pandillas, sería el “Símbolo UNO”. Si bien la dinámica de estos jóvenes ya se desarrollaba  en medio de los conflictos propios de una pandilla, se trataba de dinámicas ya muy asimiladas y normalizadas por toda una comunidad.

Cuadro tomado del tráiler oficial.

Cuadro tomado del tráiler oficial.

Las riñas con otros grupos, el consumo de drogas y el robo a estudiantes por intimidación, forman parte del estilo de vida del grupo que se retrata en el filme. Por otro lado, están las dinámicas de fraternidad y camaradería expresada en la convivencia, el cuidado mutuo, la integración, y cierto paternalismo ejercido por Ulises, quien es una clara referencia al héroe de la mitología griega, y al igual que él, debe emprender su propia travesía.

Ulises se nos muestra siempre con una personalidad parca, conviviendo desde la seriedad, pero al mismo tiempo desde la obstinación y rebeldía. Ésta forma de socialización no le permite empatizar con gran parte del entorno al que se enfrentará a lo largo de la película. Como su apodo lo describe, “El Terko” se mantiene firme e inamovible frente a un entorno que no lo acepta, lo rechaza y hasta le exige que deje de lado los rasgos culturales que lo vuelven genuino. Sin embargo, sus creencias y gustos siempre son respaldados por su grupo, donde encuentra aceptación y reconocimiento, no sólo por su forma de vestir, sino también por su manera de bailar la cumbia rebajada, un estilo más agresivo que el tradicional, donde integra un complejo trabajo de pies que recuerda un poco al ‘break dance’. Ulises cumple un papel hasta cierto punto paternal con sus camaradas, guiando y cuidándolos de no desviarse demasiado. Este papel es reconocido por los líderes de otras pandillas, y es reforzado gracias a la integración del camarada más pequeño del grupo “El Sudadera”.

Luego de presentarnos diversos rasgos de la cotidianidad del “Los Terkos”, Frías nos muestra cómo ésta comienza a ser amenazada por otros jóvenes pertenecientes al crimen organizado, quienes primero tratan de incidir y reprobar algunas dinámicas de la pandilla, en este caso el robo por intimidación a algunos estudiantes. El acercamiento se torna cada vez más violento al buscar el reclutamiento de Ulises y Jeremy, a quienes les ofrecen dinero, pero también amenazan con la muerte y hasta les exigen no volver a vestirse como Colombias.

 

Cuadro tomado del tráiler oficial.

Cuadro tomado del tráiler oficial.

 

Tal situación no se aleja mucho de la realidad que se vivió en los barrios populares de Monterrey, donde el reclutamiento a las filas del crimen organizado vio su oportunidad en las diversas pandillas de jóvenes que vivían al margen de las oportunidades de ascenso social y justicia. Y éste proceso no sólo significó una transición cultural drástica, sino también la inyección de armas de fuego a una dinámica social ya de por sí crítica.

Una de las escenas más impactantes es el acribillamiento de la pandilla de “Los Pelones”, quienes operaban abiertamente como ‘dealers’ en una esquina, y quienes son victimados por miembros del crimen organizado. A excepción de esta escena, el filme no vuelve a mostrar una situación de violencia explícita, a pesar de abordar el tema del “narco”, que en muchos otros filmes ha sido un pretexto para vender la violencia como espectáculo. Es en este momento donde Ulises, debido a los diversos roces con el crimen organizado, es confundido con uno de los sicarios, y es amenazado por uno de los heridos. Esta situación obliga al protagonista a huir a Nueva York, mientras que su familia se muda a casa de unos familiares.

En Nueva York, el protagonista intenta integrarse al mundo laboral, junto a un grupo de otros mexicanos migrantes; sin embargo, la socialización se vuelve ríspida debido al ‘bullying’ del que es objeto, siendo señalado siempre por su vestimenta y cabello, al punto que la relación explota y Ulises termina siendo golpeado y exiliado una vez más. Es a través del lente extranjero que éste obtiene de regreso una mirada de asombro por la particularidad de sus rasgos. Primero por un fotógrafo con quien no logra comunicarse por no dominar el idioma, y después por la hija de un tendero chino quien más adelante le dará asilo. Así es como la nostalgia es ligeramente diluida, al intentar explicar su estilo de vida a Lin, quien muestra interés y asombro en cada detalle.

Las nulas habilidades sociales de Ulises y el total desconocimiento del idioma lo colocan en situaciones cada vez más difíciles y, aunque intenta ganarse la vida bailando cumbia en el metro y las calles, no consigue sentir y proyectar aquello que en su barrio lo distinguía, y reconoce: “Así solo, pues al chile, nomás no se hace”. La situación con Lin parece un connato de romance que no llega a tomar forma; es evidente el trato soso que Ulises tiene con ella, y al final, ebrio y nostálgico, decide irse. Una vez más se deja de lado lo que pudo ser un recurso fácil para la película, el romance.

Muchas de las relaciones con otros personajes no alcanzan a ser aparentemente significativas, como es el caso de la mesera colombiana que le da asilo una noche y algunos consejos que no parecen incidir en las decisiones del joven, quien cada vez más hundido en la nostalgia termina inhalando solventes, y en un arranque de tristeza se desprende de aquello que lo distinguía, sus patillas rubias y su corona de cabello teñido.

Finalmente, Ulises es deportado, encarcelado y meses después regresa a su barrio, donde, cual si fuera un fantasma, recorre las calles, pasillos y escaleras de un territorio al que ya no pertenece. Desde esa distancia asiste al funeral de Isaí donde ninguno de sus viejos amigos lo toma en cuenta. También atraviesa una estampida de jóvenes que se dirigen a hacer un bloqueo en alguna avenida, pasando desapercibido.  Así, desde el techo de una casa, con una vista panorámica de la escena, escucha las sirenas de las patrullas, los gritos de los jóvenes, el anuncio de una nueva tragedia, y al buscar refugio en una cumbia rebajada, la pila del reproductor se le termina.

 

III

 

Es reconocible la fotografía a cargo de Damián García, quien logra captar los contrastes de la polarización urbana en Monterrey, así como el diseño de vestuario por Malena de la Riva y Gabriela Fernandez, quienes consiguen expresar la estridencia y el carácter genuino de los Colombias de la época. En lo personal, no puedo dejar pasar la importancia del argot, frases y palabras que hace mucho tiempo no escuchaba, y nunca pensé que alguien consideraría para un filme de alcance internacional. Y qué decir de la actuación de “Los Terkos” que lograron plasmar cierto aire de autenticidad al lenguaje cinematográfico.

 

Cuadro tomado del tráiler oficial.

Cuadro tomado del tráiler oficial.

 

Si bien se proyectan algunos hechos verídicos de lo sucedido en la época, no se busa darle a la trama un sentido documental, y esto, hasta cierto punto, pareciera que le exenta de mostrar datos más precisos respecto al momento histórico y político. De igual modo, el discurso parece plantear la extinción de un movimiento cultural a causa de la presión del crimen organizado, pero no menciona la presión y el abuso de la policía y del ejército en un Estado militarizado. Otro factor para pensar la transición de estos grupos sería el sincretismo cultural de los mismos, y una mutación influenciada también por las nuevas modas. Esto se puede observar en las pandillas que aún existen en los barrios de Monterrey; sólo en la zona norponiente se llegaban a contabilizar cerca de 300 pandillas que aún siguen pelando entre sí por las líneas imaginarias que configuran su territorio.

El discurso clasista regiomontano no se hizo esperar ante la proyección de una realidad social que no encaja con el discurso del trabajo duro y el progreso que “caracteriza” al Estado. La cinta despertó molestia entre espectadores más exigentes, ya sea por no haber cumplido con ciertas expectativas técnicas, documentales, narrativas, etc. Algunos incluso hablan de un intento de “exotización” del movimiento cultural Colombiano. Otros, desde la sospecha, lo señalan como un filme tendencioso, que busca resaltar los errores de la administración de Felipe Calderón, apuntando a cierto oportunismo partidistas. Hay quienes incluso señalaron que el filme no representa la identidad e imagen regiomontana. Incluso algunos medios se atrevieron a preguntar a sus lectores si estos creen que la película denigra a Monterrey.

Tal vez escribo esto desde un criterio empañado por un sentimiento de nostalgia y melancolía provocadas al ver estos pequeños fragmentos de una historia que aún resuena. Y creo que esto le pasa a muchas de las personas que vieron el filme y logran identificar e identificarse en aquellos momentos. No sólo por ver reflejadas las calles, monumentos y colonias emblemáticas de Monterrey, sino también por aquellos momentos críticos que dejaron una huella en quienes sentimos haber sobrevivido. Pensar en los amigos que se fueron, los que fueron asesinados y los que desaparecieron. El miedo en las calles, las balaceras, los bloqueos y los demasiados cuerpos. Ese hilo rojo que aún atraviesa las calles. Tal vez nos conmueve la certeza de que esta ciudad ya no es la misma, no volverá a ser la misma, y nosotros tampoco.

 


Autores
Raúl Márquez “Inthegente” (Monterrey, Nuevo Leon, 1989) Es ex-velador con estudios en sociología, entropista e impresor y artista gráfico en el Taller 10/10.
Ilustración por Valeria Álvarez

Porta una extraña máscara que le deforma la cara. Parece un perro con bigote, aunque su silueta es humana, femenina. Tiene una figura joven, ágil y grácil. Surca el cielo planeando. Se posa en un desierto y aparece en un bosque. La figura femenina de los extraños bigotes porta armas, pero hace labores de investigación científica: recoge muestras de esporas y sólo utiliza la pólvora de sus cartuchos para llevarse un pedazo de caparazón de insecto gigante.

Parece estar a gusto, en esta lluvia de esporas tóxicas; parece estar tranquila entre insectos de imponente tamaño y monstruos que vuelan. Reposa, sueña y vive una extraña placidez mientras se dice para sus adentros que el veneno alrededor puede pudrir sus pulmones en cinco minutos.

En esta secuencia está condensado todo el espíritu de lo que, algunos años más tarde, se conformará como Studio Ghibli, el más renombrado estudio de animación del mundo. La película en cuestión, Nausicaä of the Valley of the Wind, fue un éxito en taquilla y permitió que su director, Hayao Miyazaki y sus productores, Isao Takahata y Toshio Suzuki, siguieran explorando locuras personales, llenas de imaginación y profundamente arriesgadas. Sin embargo, Nausicaä es mucho más que el inesperado soporte comercial que permitió, hace 35 años, la formación de Ghibli. 

Nausicaä es el ejemplo perfecto de un peculiar virtuosismo para crear mundos híbridos, llenos de personalidad cultural, de profundas referencias a la vida mitológica, religiosa y social de Japón que, sin embargo, son absolutamente accesibles para el resto del mundo.

En la primera secuencia de Nausicaä, más allá del idioma, entendemos de entrada la mezcla de estilos entre el animé y los dibujos de Jean Giraud (Moebius); entendemos la complejidad de un mundo de desiertos exuberantes, llenos de vida; la dicotomía de la guerra y de la exploración científica; la despersonalización de una máscara de gas en un personaje lleno de personalidad. 

Nausicaä teje, como todas las películas de Ghibli, un fino pensamiento dicotómico, lleno de contrastes y contradicciones, lleno de tensiones. Nausicaä, como todas las películas de Ghibli, crea un poderoso hechizo que nos regresa a la realidad con una visión transformada, convertida en otra cosa por arte de magia, liberada de los automatismos que, diariamente, en nuestra gris manera de ver al mundo, nos vuelven esclavos de lo habitual.

Desde antes que Ghibli existiera, Ghibli ya existía. Existía en la mente de brillantes realizadores y en el juego complementario de sus gustos, temas y obsesiones. Celebrarlo es festejar también la fecunda relación laboral de Miyazaki, Suzuki y Takahata.

Y, mucho más allá, significa celebrar los mundos complejos, vibrantes y contradictorios que lograron crear; mundos imposibles o crudamente realistas que nos obligan a reflexionar y que, a través de la lucha eterna de nuestras contradicciones, nos hacen ver, entre monstruos, dioses y fantasmas, el centro conflictivo y hermoso del complejo corazón humano. 

Dioses y hombres

El universo de Ghibli, incluso en sus creaciones más realistas de amor adolescente y de nostálgicos recuerdos de familia, está plagado de recovecos fantásticos.

El pasado regresa siempre para atormentar o liberar a los personajes; viejos santuarios animistas y estatuas budistas se aparecen en los caminos; los protagonistas viven en mundos habitados por dragones y magos o se encuentran, inadvertidamente, con pasajes a otros reinos de dioses y leyendas, brujas y seres diminutos que hurtan las despensas, pequeños demonios del polvo y majestuosos dioses que resguardan viejos bosques. 

El mundo de Ghibli es un mundo animado en un sentido doble. La animación sirve para presentarnos un universo que se escapa de cualquier mera representación realista que desautomatiza nuestra visión del mundo a través de la distancia que impone el medio.

Al mismo tiempo, nos presenta un mundo vivo, animado de otra manera, en el que cada piedra, árbol, cascada y cada concepto es susceptible de convertirse en una figura, divina o demoníaca, espiritual o fantástica, humanoide o bestial. 

Evidentemente, las más comunes lecturas de estos mundos que se aparecen y desaparecen, conectados por umbrales secretos, está en las relaciones de Miyazaki y Takahata con la ancestral cultura japonesa.

En particular, muchos han leído la importancia del sintoísmo, el budismo y el folklore japonés en la obra de estos dos autores y en la influencia que tienen sobre los demás directores de Studio Ghibli (generalmente, directores jóvenes a los que los maestros permitían hacer películas más modestas como Ocean Waves de Tomomi Mochizuki, Arrietty y When Marnie Was There del muy talentoso Hiromasa Yonebayashi, Tales from Earthsea y From Up on Poppy Hill de Goro Miyazaki, y Whisper of the Heart del trágicamente fallecido y prometedor director Yoshifumi Kondō). 

Es verdad que la tentación de relacionar el increíblemente rico e inventivo universo de Ghibli con el animismo japonés es tentadora. El Shinto no es una religión basada en textos y no es, en lo absoluto, monoteísta.

De hecho, hasta 2003, el 80% de los japoneses admitía guardar prácticas sintoístas en su rutina diaria. Se trata de la segunda religión de Japón, sólo detrás del budismo japonés, pero en ningún momento estas dos religiones se contraponen: muchos practicantes de una creencia adoptan alegremente aspectos de la otra.

El Shinto se basa en la reverencia a los Kami, espíritus de la naturaleza que fueron evolucionando desde formas primitivas de agradecimiento a las cosechas, hasta un complejísimo panteón en el que caben millones de espíritus, deidades, demonios y fantasmas.

El camino del Shinto es, pues, una vida en armonía con estas entidades que habitan otro plano y que se entrecruzan con nuestro devenir. Por supuesto, el Shinto se convirtió también, durante el imperio nacionalista y militarista que llevó a Japón a la Segunda Guerra Mundial, en una religión de estado que justificaba la supremacía del pueblo japonés como un pueblo elegido; un pueblo guiado por el gran kami, el emperador mismo, descendiente de la deidad solar Amaterasu. 

Desde My Neighbor Totoro, Miyazaki ha sembrado sus películas con elementos reconocibles del sintoísmo y del budismo antiguo. En esta película seminal, la presencia de un pequeño santuario con un zorro, guardián de la diosa Inari, protectora de la cosecha y del comercio, aparece para dar un contexto más rico a la mudanza de la familia hacia una región rural.

También, en un momento de desesperación, Mei encuentra refugio en un Jizo-Bosatsu, una estatua protectora budista de los niños perdidos. De la misma manera, al final de The Tale of Princess Kaguya, Takahata retrata directamente a la procesión lunar que viene a reclamar la vida eterna y celestial de Kaguya como guiada por Amitabha (Amida Butsu, o el buda más importante en el Budismo de la Tierra Pura). 

https://www.youtube.com/watch?v=L9qN8H6MrD8

Así, desde las primeras hasta las últimas cintas, el mundo de Ghibli está lleno de pequeños santuarios y majestuosas procesiones religiosas. Y, sin embargo, el elemento más recurrente del espiritualismo étnico japonés que encontramos en estas películas tiene que ver con lo que no podemos ver: el Tokoyo, país de deidades y de muertos.

En efecto, como bien lo explica Laura Montero Plata en su muy completa monografía sobre el imaginario de Miyazaki, hay una constante presencia de umbrales, pasajes y transportes que llevan de nuestro mundo hacia el mundo de las deidades en el universo de Ghibli. En ocasiones, como en Princess Mononoke, el mundo del Tokoyo y el de los hombres está íntimamente relacionado. En muchas otras aparece como un fugaz sueño o como una visión periférica. 

Observamos manifestaciones del Tokoyo en la guarida de Totoro; en el mundo pesadillesco al que se aventura Chihiro, por error, en Spirited Away; en el mundo del Rey Gato en The Cat Returns; en el mundo marítimo de Ponyo; en el mundo lunar de Princess Kaguya; en el gran vuelo de los aviadores muertos en Porco Rosso; o en el bosque de los mapaches que celebran hasta dormirse embriagados y llenos de comida en Pom Poko… 

En Princess Mononoke se habla de un lugar fuera del tiempo que mezcla el viejo feudalismo japonés con la llegada de la revolución industrial en un mundo todavía habitado por los antiguos dioses.

Como en otras representaciones del Tokoyo, en esta cinta, los humanos temen acercarse a los bosques de los dioses. Se trata de un territorio prohibido para los hombres en el que habitan toda clase de seres divinos como los kodama (espíritus de los árboles), el Dios lobo llamado Moro, los impactantes dioses mono con ojos rojos, los dioses jabalí con jaurías estúpidas y, por supuesto, Shishigami, el espíritu del bosque. 

Estos espacios, como bien explica Montero Plata, no pueden alterarse por la violencia humana sin que haya consecuencias. El contacto humano respetuoso radica en la conciencia del desbalance, en la conciencia efectiva de un orden.  En My Neighbor Totoro, por ejemplo, no hay violencia ni orgullo y el orden se mantiene. El enorme respeto que tiene el padre por la creencia de sus hijas y la complicidad de Totoro y las niñas crea un balance ideal que es único en el imaginario de Ghibli.

Tal vez por eso esta película insigne es tan importante para el estudio: es la manifestación más pura del balance entre el hombre moderno y las fuerzas naturales con optimismo, respeto y amor. Una película que, de hecho, nadie quería vender por lo mismo que la vuelve única: en ella no hay conflicto.

 

En Princess Mononoke, en cambio, la intrusión humana en estos espacios causa un claro desbalance que produce demonios y la catastrófica muerte de Shishigami. En Ponyo, de forma inversa, el desbalance ocurre por la intrusión del mundo divino en la realidad humana cuando Ponyo desea convertirse en niña por amor a Sōsuke. En Spirited Away, por supuesto, Chihiro corre el grave peligro de perder su nombre y desvanecerse en este mundo alterno, visitado por los espíritus del Tokoyo. 

El peligroso acceso a estos mundos siempre pasa por una frontera invisible. En la mitología japonesa, los espíritus regresan del Tokoyo en barca. Algo que vemos, literalmente, en Spirited Away: es claro que los kami que vienen a bañarse, posiblemente para visitar a los fieles en la antigua celebración del año nuevo lunar en primavera, llegan de una ciudad allende el mar en una festiva y luminosa embarcación que sólo aparece de noche.

Pero estos espacios espirituales, relacionados con el Tokoyo, también aparecen a través de otras fronteras invisibles: en el vuelo más allá de las nubes de Marco en Porco Rosso, en la navegación azarosa de los marineros en Ponyo, en los túneles prohibidos de los bosques, en las hendiduras minúsculas de la pared. 

Estos mundos, separados por un umbral mínimo, colindan con el nuestro, están siempre cerca y pueden manifestarse físicamente. Así, a pesar del descrédito de los borrachos comiendo ramen en Pom Poko, hay una procesión de espíritus fantásticos (que son, finalmente, los mapaches transformados por el arte de los más viejos) en la calle principal del pueblo. Queramos o no, estos mundos colindan con el nuestro y sus manifestaciones ponen a prueba nuestra capacidad de convivir con el otro, con la alteridad absoluta de los dioses, los fantasmas, los espíritus y los muertos. 

Viejos continentes

Como un juego que parece metaficcional, estas películas no nada más nos urgen al respeto de lo intangible, sino que lo ejercen adornando la cultura propia con la visión del otro. 

Es por eso que la película más aterrizada, realista y vivencial de Miyazaki, la impresionante The Wind Rises teje el imaginario del famoso diseñador e ingeniero japonés Jiro Horikoshi con las visiones de su ídolo, el ingeniero y piloto italiano Giovanni Battista Caproni.

Los recuerdos de Miyazaki y del trabajo de su padre en una construcción de aviones, su obsesión por el vuelo y la belleza mecánica de los aviones se mezclan con la historia bélica de Japón y la tradición aeronáutica europea para crear la figura paternal de Caproni. Es imposible separar la importancia de estas influencias entrecruzadas. Porque estas obras no son, nada más o simplemente, la expresión de una realidad cultural. 

Lo señala bien Montero Plata: pensar que las películas de Ghibli son la cristalización de la cultura japonesa en todo su exotismo -en su “japoneisidad”-, sería pecar de simplismo. Miyazaki no es un creyente del Shinto así como Takahata no era budista, pero ambos mantienen un profundo respeto por sus tradiciones.

Los dos se formaron con fuertes influencias del pensamiento literario europeo y, como hijos de la postguerra, ambos toman la tradición japonesa con la misma dosis de amor, respeto y zozobra. No hay que olvidar las atrocidades que se hicieron en nombre del kami humano, del emperador.  

No es posible explicar la universalidad de las películas de Ghibli, la enseñanza metaficcional de respeto al otro en lo propio, sin considerar también las fuertes relaciones que tejen con la literatura europea. A la par de ser un devoto del manga de Osamu Tezuka (el “dios del manga” que, en misma medida, admira y desprecia Miyazaki), de Sanpei Shirato (Kamui den o La leyenda de Kamui) y de Tetsuji Fukushima (Sabaku no mao o El demonio del desierto), Miyazaki se interesó rápidamente en la literatura juvenil fantástica durante sus años de universidad.

Al ingresar a la Universidad de Gakushuin para estudiar Ciencias Políticas y Economía, Miyazaki rápidamente buscó un club de manga, pero no existía. Así que se unió, a pesar de ser el único miembro, al club de literatura infantil. 

Ahí, encontró una fascinación peculiar por los relatos de Julio Verne y la estética retrofuturista de Albert Robida, los cuentos de Hans Christian Andersen, la literatura popular rusa y los relatos de Carlo Collodi, creador, por supuesto, de Las Aventuras de Pinocchio.

Es imposible no observar, en este mapa de exploración cultural europea, la visión misma del trabajo de Miyazaki: cuentos morales de enseñanza para niños, que nunca son infantiles, tétricos y útiles, de crecimiento personal; escenas pesadillescas y transformaciones físicas; máquinas voladoras inspiradas por dibujos renacentistas; una esperanza por el ser humano en otra era científica distinta, en otro significado del progreso; el pensamiento utópico de los que veían en el progreso técnico una forma de salvar al mundo; la decepción y realismo nihilista que se imponen frente a esta promesa rota…

Por su parte, Isao Takahata nació lejos del Tokio de Miyazaki, seis años antes que su compañero de invenciones, en la ciudad de Ise en 1935. Una ciudad que, por cierto, tiene uno de las más importantes santuarios Shinto de Japón. Takahata estudió Literatura Francesa en la universidad de Tokio y, más allá de las importantes influencias que tendrá esta formación en su carrera, la cercanía con la cultura francesa le permitió conocer la maravillosa obra de Paul Grimault: Le Roi et L’Oiseau (estrenada incompleta en los años cincuenta y completada, posteriormente, con estatuto de culto, en los años ochenta). 

Le Roi et L’Oiseau es una magnífica película de animación que se adelantó a su tiempo. Fundamenta muchas de las creencias de Ghibli al no infantilizar a sus espectadores y al no alejarse, a pesar de ser un drama romántico con tintes fantásticos, de fuertes consideraciones políticas.

Nada más para darles una imagen: al final de la cinta, después de destruir el reino del despótico rey bizco, un autómata gigante encuentra a un pequeño pájaro atrapado en una jaula; después de tomar consciencia propia, lo libera y con su enorme puño, aplasta la jaula mientras la película corta a negros. Un final con toda la potencia simbólica de Ghibli, con todo el pensamiento político después de la Segunda Guerra Mundial, con toda rabia antimonárquica y antifascista. 

Le Roi et L’Oiseau es fundamental para entender las influencias culturales vastas de Ghibli. Más allá del sintoísmo, del budismo y del folklore japonés, en las películas de Miyazaki y Takahata respira el pensamiento de libertad lleno de simbolismos de Prévert, la esperanza científica humana de Verne, la curiosidad de Robida, el naturalismo de Zola, el imaginario de Saint-Exupéry, y los mundos posibles de la ciencia ficción y la fantasía de occidente. 

Desde Castle in the Sky nos encontramos con las máquinas voladoras de Verne y Robida y la destrucción de un robot noble no puede dejar de recordar la ternura y violencia del autómata en Le Roi et L’Oiseau. En Kiki’s Delivery Service, The Cat Returns y Howl’s Moving Castle, todos los trasfondos son de ciudades europeas y, en Porco Rosso, la imagen de las islas mediterráneas se suma a un momento histórico particular, desplazado, pero absolutamente reconocible, como el ascenso del fascismo de Mussolini en los años veinte y treinta.

Ahí, también, es transparente la influencia de un mítico piloto y escritor de literatura juvenil, Antoine de Saint-Exupéry con su Vuelo Nocturno, El Principito y, por supuesto la novela Tierra de Hombres que Miyazaki admira profundamente. 

En el estudio que hizo sobre la obra de Miyazaki, Montero Plata encuentra, de la misma manera, referencias a la seminal novela de ciencia ficción Dune de Frank Herbert (en los insectos gigantes que arremedan a los gusanos del planeta desierto), a la saga de Terramar de Ursula K. Leguin, y a Homero (en el nombre, por supuesto, de Nausicaä, pero también en la transformación en cerdos de los padres de Chihiro en Spirited Away, una mezcla grotesca del encanto de Circe y del Pinocchio de Collodi). 

Las fuentes literarias occidentales se convirtieron, más allá del  en una fecunda fuente de inspiración para este imaginario inquieto, en fuentes directas para muchas adaptaciones más recientes de Ghibli.

Por supuesto, la saga de Terramar que tanto ama Miyazaki acabó condensada, de forma bastante torpe, en Tales From Earthsea, dirigida por su hijo Goro. Pero Ghibli también hizo adaptaciones de The Borrowers de Mary Norton (Arrietty) y de When Marnie Was There de Joan G. Robinson (ambas dirigidas por Hiromasa Yonebayashi), además de la compleja Howl’s Moving Castle de Diana Wynne Jones (dirigida por el propio Miyazaki).

Entre todo este entramado de referencias, sin embargo, hay otras películas de Ghibli; cintas que, a pesar de transitar en la tradición cultural japonesa, no tienen las referencias espectaculares de un Kami de rábano aplastando a una pequeña niña en un elevador, de los mundos prohibidos del Tokoyo o del imaginario del folklore europeo.

Antes de hacer The Tale of Princess Kaguya, que sería su última película, Isao Takahata, en efecto, se fijó más en proyectos experimentales, enfocados en aspectos sociales de la historia de Japón; proyectos que siempre se salían de presupuesto, que nunca ganaban la misma atención mediática, que fracasaban en taquilla y que, sin embargo, son otra parte del corazón de Ghibli. En esas películas, que inspiran la veta realista del estudio, se esconden otras dicotomías y dualidades y otra forma de reconciliarlas. 

Ilustración por Valeria Álvarez

Ilustración por Valeria Álvarez

La vida como es

En 1984, Miyazaki y Takahata estaban en la cima del éxito. Nausicaä of the Valley of the Wind era un fenómeno aplaudido por la crítica y el público que rompió toda clase de récords en taquilla.

Una película hecha con un presupuesto limitado y que en menos de un año había cimentado la posición de estos dos autores como los más prominentes creadores de animé de Japón. Después de Nausicaä, Miyazaki, Suzuki y Takahata tenían cerca de 60 millones de yenes en el banco para financiar un nuevo proyecto y la exigencia de crear algo único. 

Miyazaki había visitado la región de Yanagawa, una ciudad turística conocida localmente por existir, como una Venecia del sur de Japón, sobre un complejo sistema de canales. Así que le pidió a Takahata que fuera a visitarla, que filmara la locación y que empezara a pensar en una historia animada basada en el peculiar emplazamiento. 

La idea de crear una película a partir de un lugar no era nueva para los tres fundadores de Ghibli. De hecho, Nausicaä se inspiró de un viaje de Miyazaki a la bahía de Minamata en la costa oeste de Kyushu. En esta bahía, contaminada por toxinas de fábricas locales, Miyazaki vio una nueva flora brotar entre el veneno.

Y eso, en parte, inspiró la idea de un mundo postapocalíptico envenenado en el que la naturaleza encuentra nuevos caminos. De la misma manera, las minas en el pequeño pueblo de Castle in the Sky están basadas en las turbulentas minas de Gales que Miyazaki visitó en plena disputa con las medidas económicas de Margaret Thatcher.

En Yanagawa, Takahata encontró algo más que una locación, una inspiración o una idea. Hijo de un pintor socialista, las ideas de Takahata se alimentaban de la posibilidad de una nueva organización comunal. Había vivido el 68 japonés, estaba presenciando la expansión económica de su país y soñaba con nuevas formas de comunidad que incluyeran una visión afín a la relación tradicional con la naturaleza.

Entre los canales pestilentes de Yanagawa, Takahata encontró a un hombre, de la especie en extinción de los políticos decentes, que estaba dispuesto a luchar, frente a los poderosos consejos locales, para fomentar la idea de un rescate de los canales a través de la acción comunitaria y sabiduría tradicional. Una pausa en el progreso egoísta y desmedido. Un pueblo luchando por la naturaleza para salvarse. 

Isao Takahata se enamoró. No quería ya hacer una película de animación basada en el color local, quería documentar esta transformación única de regreso a las estructuras tradicionales, de trabajo comunitario, de solidaridad con la naturaleza y con los humanos que dependen de ella.

Así que le pidió a Miyazaki presupuesto para hacer un documental. Miyazaki y Suzuki, por supuesto, accedieron y le dieron la mitad de los 60 millones de yenes que tenían guardados en el banco. El resultado pronto sería una pesadilla financiera. 

Takahata no dejaba de grabar y de retrasarse. Después de tres años filmando horas y horas de material en su obsesión por retratar la transformación de Yanagawa, los fondos se agotaron y Miyazaki y Suzuki tuvieron que decidir qué hacer con el futuro de sus empresas.

Así que decidieron crear un estudio de animación para aprovechar los fondos restantes y sacar adelante sus próximos proyectos. Ghibli, en parte, nació porque Takahata se obstinó con crear un documental único, que acabaría siendo de casi tres horas, sobre un pueblo en medio de canales al sur de Japón. 

Cuando finalmente estuvo hecho y Takahata logró editarlo, con animaciones de Miyazaki, era evidente que esta película no los rescataría financieramente. Pero otros proyectos ya estaban en marcha con el sello del nuevo estudio y Ghibli iba bien encaminado a producir Castle in the Sky. El resto es historia y, tras éxitos mitigados y una creatividad absolutamente libre, el estudio creció hasta convertirse en la leyenda que es hoy. Pero muchos se olvidaron de The Story of the Yanagawa’s Canals, el proyecto documental perdido de Takahata.

The Story of Yanagawa's Canals (1987) - IMDb

En este documental único, una obra maestra de live action entre las glorias animadas de Ghibli, Takahata explora cómo el rápido crecimiento económico de Japón después de los años sesenta pervirtió un sistema tradicional de relación con el agua y el cultivo. El cemento y las comodidades modernas trajeron, también, la basura, la contaminación y el olvido de viejas prácticas. Pronto, un sistema de convivencia con la naturaleza se convirtió en un infierno de barro, mosquitos y pestilencia. Pero en Yanagawa, la gente se organizó para cambiar los horrores del crecimiento económico desmedido. 

En la transformación de los canales que Takahata documenta con devoción técnica e interés humano, está el germen del pensamiento dicotómico en sus obras realistas. Si la parte más fantástica de Ghibli vive en la tensión entre el folklore occidental y la cultura japonesa, las películas de Takahata, antes de The Tale of Princess Kaguya, buscan abordar, más bien, el drama humano de la vida cotidiana en la sociedad cambiante de Japón después de la Segunda Guerra Mundial.  

Por supuesto, no hay un ejemplo más desgarrador que Grave of the Fireflies, la primera película animada dirigida por Takahata en Ghibli. Esta cinta retrata los horrores de la postguerra en Japón desde una perspectiva constantemente olvidada: la de los niños abandonados, huérfanos de guerra, que sobreviven en los escombros de las ciudades quemadas.

Robert McNamara y los grandes generales americanos consideraron que no necesitaban tirar bombas nucleares en Tokio o en el resto de las ciudades japonesas: éstas estaban construidas con madera y papel, bastaba prender un cerillo. Las bombas incendiarias americanas al final de la Segunda Guerra Mundial mataron a más personas que las bombas nucleares. Pero, como McNamara mismo dijo: a los vencedores no se les juzga por crímenes de guerra. 

Grave of the Fireflies cambiaba absolutamente lo esperado de Ghibli después de Castle in the Sky abordando una obra biográfica tortuosa, llena de culpa, egoísmo humano y orgullo estúpido. Aquí no hay héroes o villanos, sólo un retrato terriblemente crudo de nuestros errores. Es difícil hablar de solidaridad, es difícil ver la reconstrucción de un país si se considera que bajo cada piedra hay una pequeña niña olvidada, una vida que pudo salvarse, un puñado de arroz que pudo no racionarse. 

En Only Yesterday, Taeko Okajima, una mujer de 27 años que ha vivido toda su vida en Tokio, siente un intenso deseo de conocer otra vida fuera de la rutina agobiante del trabajo citadino. Así que decide visitar a sus familiares en Yamagata, una provincia rural al norte de Japón para dedicarse, durante el verano, a cultivar cártamo.

El principio de la historia, basado en un realismo reflexivo, sale completamente de los cánones del animé hasta entonces: un drama romántico realista basado en protagonistas femeninos era, tal vez, una de las posibilidades más remotas para este medio. Y, sin embargo, Takahata hizo, de nuevo, una obra maestra. 

https://youtu.be/x0ZrjocXVJ4

Al tejer el camino de Taeko hacia Yamagata con recuerdos del pasado, frustraciones por no poder conocer el campo y pequeñas riñas escolares, Takahata crea a un personaje rico y complejo en medio de un camino de descubrimiento. Y, en ese trayecto de tren hacia el campo, el director logra transmitir el poderoso impulso de un deseo compartido de una vida más sencilla arrancando cardos en un campo irrigado hasta que el sol se ponga. La vida simple y comunitaria que descubre Taeko revela la profunda tensión que Takahata buscaba mostrar, desde su documental, entre la vida citadina y sus cauces de progreso y la relación que el Japón más tradicional tenía con la naturaleza y la vida comunitaria.

En un momento más lúdico, empujado por el creciente éxito del estudio, Takahata creará Pom Poko, una historia caprichosamente alegre sobre las tensiones entre un grupo de mapaches y el desarrollo urbano expansivo de Tokio. La película, con todas sus ruidosas verbenas, su esplendor visual y su humor físico es, sin embargo, desgarradora.

A diferencia de muchas otras cintas de Ghibli, Pom Poko guarda algo de la profunda nostalgia pesimista de Takahata por la relación irreconciliable del hombre con la naturaleza. Al final, en la guerra de los mapaches contra el humano, lo que queda es una capitulación mediocre: los animales vivirán de nuestras sobras, escondiéndose como ladrones en una tierra que antes fue suya, cuidándose para no acabar aplastados bajo el peso de una llanta en una carretera mal iluminada. 

La última película de Takahata, antes de un hiato de 14 años, The Tale of Princess Kaguya y su triste muerte, fue una maravilla adaptada de viñetas de periódico. Takahata hizo una película enteramente animada por computadora, la primera de Studio Ghibli en renegar el método tradicional de animación al que, tan vehemente y elocuentemente, se sigue aferrando Miyazaki. My Neighbors the Yamadas es una cinta episódica, en pequeños momentos, que retrata la vida de una familia de clase media pautada por haikus tradicionales de Yosa Buson y Matsuo Bashō. 

Takahata basó esta película en viñetas semanales que salían en periódicos. La idea episódica de esta familia como burla estereotípica (el padre frustrado, la madre floja, la abuela juzgona, el hijo impedido, la hija imaginativa) se toma con la mayor burla cómica y con la mayor seriedad. Esta película no es, nada más, un retrato terriblemente crudo de una familia anodina en el Japón actual, sino de todos los prejuicios y exigencias que se le pide, culturalmente, a una familia anodina del Japón actual.

14 años después, My Neighbors the Yamadas encontrará un eco en la última cinta de Takahata, The Tale of Princess Kaguya. Ambas cintas, en efecto, toman un estilo de animación experimental absolutamente nuevo para Ghibli y para el animé en general.

Ambas cintas plantean, también, de alguna manera, el viejo mito de la niña encontrada en la caña del bambú y muestran la hermosa dicotomía del pensamiento de Takahata entre modernidad y tradición. Mientras The Tale of Princess Kaguya es la reelaboración de un mito del siglo XIII, My Neighbors the Yamadas es la interpretación de un mito contemporáneo. Ambas películas viven en la constante tensión mantenida por Takahata, durante 30 años, de la idea de un Japón desgarrado entre las promesas de la modernidad y el recuerdo de las tradiciones. 

Takahata retrataba la vida como es mientras soñaba en la vida como debería ser. En su última película, hizo una fábula sobre este deseo. Cuando Kaguya corre, arrancándose los costosos lazos del kimono, entre los bambús para regresar a la sencilla vida de su niñez, despojándose de las riquezas y las presiones sociales impuestas por la opulencia, Takahata nos dice algo. Nos dice que, tal vez, en la reconstrucción de un país hacia otro sentido no se habrían abandonado ciertas tradiciones comunitarias. Tal vez, no se habrían abandonado tantos niños huérfanos en el camino, no se habrían podrido los canales de Yanagawa, no se habría enajenado una juventud con la esperanza de superarse en una oficina de dos metros cuadrados. 

La cena está servida

En el cine sobrio, crudo, por momentos oscuro de Takahata, se complementa el fantástico de Miyazaki. Y, entre la tradición y la modernidad, entre el humano y la naturaleza, entre la cultura japonesa y la literatura europea, se crea un enorme espectro dicotómico que abarca toda la obra de Ghibli. Este enorme estudio de animación no se dedicó a mostrarle al mundo las viejas tradiciones de Japón, no creó una plataforma de divulgación del exotismo japonés, sino que redescubrió sus tradiciones, sus creencias y sus inquietudes para llevarlas a un plano universal en el que todos nos encontramos. 

La tensión entre el folklore y el espiritualismo japonés, las influencias europeas, la modernidad y las tradiciones, la naturaleza y el humano hablan, en Ghibli, mucho más allá de un país, un origen e incluso mucho más allá de sus creadores. La teoría aquí se desvanece frente a una vivencia más inmediata. Hay algo visceral, universal, enormemente comprensible en el universo de Ghibli que reúne todas estas dicotomías. Algo que es incuestionablemente humano. 

Cuando me preguntan sobre Ghibli, lo primero que pienso es en comida. Más allá de la invención, la animación, las referencias, la comprensión política, la dimensión social o las lecturas culturales, Ghibli es un festín. Este estudio ha logrado hacernos sentir a través de las imágenes experiencias viscerales, sinestésicas, de gusto, de tacto, de sabor y de presencia. La experiencia maravillosa de sentir visceralmente una tormenta por la forma en la que el viento corre entre los campos de arroz.

El olor de huevos friéndose, junto a gruesas rebanadas de tocino, sobre un fuego caprichoso. El sabor de una taza de té con miel después de un día difícil y ese suspiro después de probarla. Nunca, en ninguna experiencia cinematográfica, he sentido la representación de cocinar, de comer, de compartir una mesa, con tanto candor, con tanta inmediatez, con tanta vitalidad como en las cintas de Ghibli. 

https://youtu.be/RLVKXl0-fVk

Los desayunos únicos en Howl’s Moving Castle; la fabricación del pan en Kiki’s Delivery Service; los festines casi orgiásticos de Pom Poko; el ramen del agotamiento creativo en Whispers of the Heart, plato compartido por una niña frustrada por la creación literaria y un viejo artesano satisfecho con sus enseñanzas; los trozos de carne seca masticados que San da en la boca a Ashitaka en Princess Mononoke; el jamón flotando con el cebollín en los fideos de Ponyo; los desayunos con sopa miso en el internado de From Up on Poppy Hill; la comida que celebra la independencia estúpida, suicida, de Grave of the Fireflies; el té minúsculo preparado por la madre cariñosa en Arriety; el delicado plato de pescado mediterráneo bañado por un vino blanco ligero en el descanso de cantina de Porco Rosso… Todos estos momentos me dicen algo inmediato, visceral, y es ahí en donde encuentro la universalidad de Ghibli. 

https://www.youtube.com/watch?v=AqjFOTMKzZM

En el pensamiento dicotómico entre las viejas tradiciones del Shinto, el budismo japonés, la modernidad impuesta de la ocupación americana, el olvido de las tradiciones comunitarias, la vida materialista del crecimiento económico; entre Takahata y Miyazaki, entre oriente y occidente comprendidos como definiciones laxas e insuficientes; entre el mundo de los vivos y de los muertos encuentro la universalidad de Ghibli cuando la cena está servida.

 Algo fundamental en el acto de comer junta nuestras épocas, borra nuestros esencialismos, transforma el mundo natural a través de la alquimia del fuego, convierte lo crudo en lo cocido, vuelve nuestra vivencia individual un gesto comunitario, nos une a todos alrededor de la necesidad de una mesa, del calor humano, de la compañía. 

La comida en Ghibli significa para mí ese lugar único en donde todas las dicotomías que hemos tratado encuentra un cauce conciliable. Con Ghibli, siempre puedes esperar reconciliar las contradicciones desgarradoras de este mundo con un momento de pausa en la mesa. Siempre puedes encontrar, frente a un plato, una cerveza compartida, una copa de sake, la experiencia cariñosa, humana, real de la alteridad. Ghibli se mete cariñosamente en nuestras vidas para ofrecernos, a través del inmediato de los sentidos, mundos que de otra manera no conoceríamos. 

La universalidad de Ghibli permite que más allá de la expresión cultural nacional, algo íntimo y caluroso se active en nosotros; algo que da peso y relevancia al pesimismo de Takahata y a sus enseñanzas sociales; al deseo de volar de Miyazaki y a sus enseñanzas espirituales. Porque Ghibli ejerce sobre el mundo la misma alquimia de la primera cocina: mezcla elementos dispares, disonantes, heterógeneos para crear, en la marmita de su voluntad universal, en el fuego de su valentía honorable, intransigente, irredimible, un platillo que nunca habíamos probado y que nos hace sentir, por ese fino momento de descubrimiento y de placer, que formamos parte de algo más grande, que nos queda un universo por descubrir y que, en todo lo que nos rodea, hay magia.

Ilustración por Valeria Álvarez

Ilustración por Valeria Álvarez

 

Bibliografía:

MONTERO PLATA, Laura, 2012. El mundo invisible de Hayao Miyazaki. T. Dolmen Editorial. España. 

ODELL, Colin & LE BLANC Michelle, 2019. Studio Ghibli, The Films of Hayao Miyazaki & ISao Takahata. Kamera Books. Reino Unido.


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.

Ilustrador
Valeria Álvarez
(1992, Ciudad de México) Estudió en la Facultad de Artes y Diseño, especializándose en la ilustración digital.