Tierra Adentro
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Ese libro lo escribió el señor Mark Twain y contó la verdad, casi siempre

Huckleberry Finn, Mark Twain

 

En alguna calle perdida del sur de la ahora desolada Ciudad de México, se lee en una de sus bardas: “El secreto de salir adelante es comenzar”. Debajo de ella puede leerse la identidad institucional de esta estrategia, quizás olvidada y efímera, que sin embargo da cuenta de que en el imaginario cultural la literatura pervive, cuando menos, en la pintura y en las brochas de algunos aventurados entusiastas.

Si bien no he encontrado con exactitud la cita, ésta se repite incesantemente en páginas electrónicas de autoayuda y motivación personal. ¡Peculiar destino para uno de los humoristas más consumados de las letras!

Y como para ser humorista es necesario ser cínico, hay que pensar en qué diría Samuel Langhorne Clemens al enterarse que su pluma se ha tomado para apuntalar discursos frívolamente moralinos, no muy distantes de aquellos, a los que el escritor mejor conocido como Mark Twain fustigara con dureza.

En sus Escritos irreverentes, Twain escribió: “el ser humano lleva en su naturaleza el ansia de saber, pese a que el sacerdote, como ese Dios a quien imita y representa, se ha dedicado desde el principio a impedirle saber nada que pueda serle útil”.[1] Y el aserto cobra relevancia en estos días en que el tiempo parece haberse detenido.

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Mark Twain nació el 30 de noviembre de 1835 en Florida, Missouri, un par de semanas después del paso del cometa Halley, en un tiempo en el que las lesivas ansias expansionistas de los Estados Unidos comenzaban a emerger y la esclavitud no sólo era común, sino defendida.

No se olvide que Thomas Jefferson, padre fundador de esa nación, escribió a propósito de la barbarie de la esclavitud: “We have the wolf by the ear, and we can neither hold him, nor safely let him go. Justice is in one scale, and self-preservation in the other”.[2]

Si bien Mark Twain no podía escapar a su circunstancia y se enlistó brevemente a una unidad confederada —estas unidades estaban formadas por soldados de los estados que pugnaban por su separación de los Estados Unidos, pues contaban entre sus principales actividades económicas la pizca de algodón, para la cual consideraban imprescindibles a los esclavos negros— dejó constancia de su posición política e ideológica en The private history of a campaign that failed:

I was piloting on the Mississippi when the news came that South Carolina had gone out of the Union[…] My pilot mate was a New Yorker. He was strong for the Union; so was I. But he would not listen to me with any patience, my loyalty was smirched, to his eye, because my father had owned slaves. I said in palliation of this dark fact that I had heard my father say, some years before he died, that slavery was a great wrong and he would free the solitary Negro he then owned if he could think it right to give away the property of the family when he was so straitened in means. My mate that a mere impulse was nothing, anyone could pretend to a good impulse, and went on decrying my Unionism and libelling my ancestry.[3]

El antiimperialismo, los derechos civiles y las críticas a las instituciones fueron parte medular de la obra de Twain. Recuérdese que fue un esclavo quien le dio vida a una parte sustancial de una de las obras que Ernest Hemingway preconizó en uno de sus juicios más famosos, junto a los de escritores como Hawthorne, Thoreau y Henry James: “Mark Twain is a humorist. The others I do not know. All modern American Literature comes from one book by Mark Twain called Huckleberry Finn […] is the best book we’ve had . All American writing comes from that. There was nothing before. There has been nothing as good since”.[4]Jim, el esclavo que fue dos veces libre, primero por la vieja señorita Watson, y después por Huckleberry y Tom Sawyer, quien acaba siendo millonario por los cuarenta dólares que Tom le brindó por las molestias de haberlo hecho prisionero.

El recorrido de Huck y de Jim es una suerte de bildungsroman, pero sin el aprendizaje final, y no hubiera sido posible sin el conocimiento de Mark Twain del río Mississippi. Desde su juventud, y como dejó patente en Life on the Mississippi, su gran aspiración, y la de muchos de sus amigos, era ser un “hombre de barco de vapor”. Incluso, su nombre se debe a uno de esos hombres, Isaiah Sellers, a quien Twain describió como:  “a fine man, a high-minded man, and greatly respected both ashore and onthe river. He was very tall, well built, and handsome; and in his old age—as Iremember him—his hair was as black as an Indians, and his eye and handwere as strong and steady and his nerve and judgment as firm and clear asanybodys, young orold, among the fraternity of pilots”.[5]Según Samuel Langhorne Clemens, este capitán enviaba algunas notas del diario que llevaba al New Orleans Picayune, y las firmaba como “Mark Twain”. Como el mismo Clemens escribe, él era un joven periodista que necesitaba un “nom de guerre”, así que tomó el de su antiguo capitán y comenzó a firmar así. Mark Twain es una referencia marítima que significa, literalmente, “la marca de dos brazas”. Twaines un arcaísmo en lengua inglesa para decir “dos”, y estas dos brazas —casi cuatro metros— es la profundidad mínima que un barco de vapor necesitaba para poder navegar sin mayores contratiempos.

La travesía de Twain lo llevó de los barcos de vapor a las imprentas, de ser marinero a ser cajista que formaba línea por línea las noticias del Hannibal Journey, el periódico que se precia, hasta la fecha, de ser la publicación periódica más longeva de Missouri, puesto que se ha publicado, bajo diversos nombres desde 1841. Habrá sido esta profesión, quizás, la que lo llevó a invertir su capital en la Paige compositor, una máquina que reemplazaba al cajista por un brazo mecánico y que fue inventada por James W. Paige. Aunque era un adelanto formidable para la época, antes de que esta máquina estuviera perfeccionada, llegó el linotipo, que volvió inservible el invento en el que Twain había invertido su fortuna. El único vestigio de esta maquina está exhibida, ahora, en la casa museo de Twain, en Hartford, Connecticut, ciudad que fuera su última morada.

Las vivencias de Samuel Langhorne Clemens sirvieron para alimentar la pluma de Mark Twain. Su conocimiento de las redacciones de periódicos, imprentas, barcos de vapor, campañas bélicas y de la vida en general es el causal del reconocimiento que obtuvo con sus primeros cuentos hasta sus libros más celebrados, como los ya citados Huckleberry Finn yTom Sawyer o la mil veces versionada The prince and the pauper,  al lado de obras un poco menos conocidas como los citados The mysterious Strangero A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court. Estas obras son producto de una fina visión irónica del mundo:

Hay personas que sostienen que una novela debe ser sólo una obra de arte, que en ella no se debe predicar ni enseñar. Quizás sea esto cierto para las novelas, pero no lo es para el humor. El humor no debe adoptar la profesión de enseñar ni de predicar, pero debe hacer ambas cosas si quiere perdurar eternamente. Cuando digo eternamente, querido decir treinta años… [6]

El humorista parte de una contemplación que trastoca la moral de su época; su mirada, quizás la de un moralista, retrata las extravagancias del mundo que le rodea, acentúa los vicios, destaca los caracteres de sus personajes mientras que su escenario, el mundo, sigue su contradictorio curso. Para ello, Twain toma distancia, se aleja de la escena. Si no es un amigo quien le cuenta la historia, es un desconocido que le relata hechos extraordinarios. En su cuento “The Celebrated Jumping Frog of Calaveras County”, la historia de un apostador que pierde su dinero cuando le llenan a su invencible rana con perdigones, el pretexto es una visita a Simon Wheeler, como un favor a un amigo, para pedirle noticias de Leonidas W. Wheeler; sin embargo, el viejo Simon en vez de darle noticias, comienza la historia del apostador, Jim Smiley. Así, Twain es un mero relator de hechos, no toma partido y es ahí donde radica su peculiar humor. “Así como el verdadero humor tiene un aspecto serio, mientras todo el mundo ríe a su alrededor; el falso humor ríe de continuo, mientras que todo el mundo a su alrededor tiene un aspecto de gran seriedad”.[7]

En su cuento The Story of the Bad Little Boy, el lector siempre espera una redención del personaje, y Twain lo sabe y lo remarca en su texto, enfatiza que el pequeño niño de su cuento, si fuera personaje de un libro de catecismo o de moral, en algún momento se arrepentiría de sus faltas o tendría una revelación que lo haría enmendar el camino, a la manera de Roberto el Diablo o los exemplalatinos, pero la vida, simplemente, no es tan seria en sus cosas, así que Twain termina el relato:

And he grew up, and married, and raised a large family, and brained them all with an axe one night, and got wealthy by all manner of cheating and rascality; and now he is the infernalest wickedest scoundrel in his native village, and is universally respected, and belongs to the Legislature.[8]

El humor apela a la inteligencia del receptor, a sus expectativas culturales, a su imaginación, pero sobre todo, a sus prejuicios. El humor de Twain no es un espejo en donde reconocerse, es un lugar privilegiado para ver las extravagancias del carácter colectivo. El humor “tiene un secreto, oculta su ausencia, gusta de disfrazarse. Es algo serio y grave […] es risa equívoca, cohibida […] es suave y fina tristeza”[9], escribe C.F. de la Vega. Twain asume el compromiso del humor para señalar con su pluma flamígera lo que le rodea, sin miramientos. En How I Edited an Agricultural Paper, de 1870, la pluma de Twain se muestra, como la mayor parte de su obra, atemporal y dolorosamente vigente. Escribe:

Tell you, you corn-stalk, you cabbage, you son of a cauliflower? It’s the first time I ever heard such an unfeeling remark. I tell you I have been in the editorial business going on fourteen years, and it is the first time I ever heard of a man’s having to know anything in order to edit a newspaper.[10]

Y en estos tiempos de aciago confinamiento, las carroñeras plumas de los gacetilleros a sueldo y los comicastros devenidos líderes de opinión fueron vaticinados por Twain en el mismo texto: “and I tell you that the less a man knows the bigger the noise he makes and the higher the salary he commands”.[11]

Su perspicaz visión no dejaba escapar nada. Este forastero que viajó, vivió y escribió, lo mismo fue inversionista que editor de Walt Whitman y de Ulysses Grant y amigo de Thomas Alva Edison, murió el 21 de abril de 1910, el mismo mes que el cometa Halley pudo ser apreciado a simple vista. Como consigna Albert Bigalow, biógrafo de Twain, el escritor dijo:

I came in with Halley’s comet in 1835. It is coming again next year, and I expect to go out with it. It will be the greatest disappointment of my life if I don’t go out with Halley’s comet. The Almighty has said, no doubt: ‘Now here are these two unaccountable freaks; they came in together, they must go out together.’ Oh! I am looking forward to that.[12]

Y tuvo la fortuna de llegar e irse con el cometa. Mark Twain fue enterrado en New York, junto a su esposa, a los pies de un mausoleo de ocho metros de altura, es decir, de dos brazas: “Mark Twain”.


[1]Mark Twain, “Las cartas de Satán desde la Tierra”, en Escritos irreverentes, edición digital.

[2]https://www.loc.gov/exhibits/jefferson/159.html

[3]http://www.classicshorts.com/stories/phctf.html

[4]Ernest Hemingway, Green Hills of Africa, New York: Scribner, 1998, p. 23

[5]Mark Twain, Life on Mississippi, capítulo L, edición digital.

[6]En Robert Escarpitt, El humor, Buenos Aires: Eudeba, 1962, p. 60.

[7]Íbid., p. 30

[8]Mark Twain, “The Story of the Bad Little Boy”, en The Complete Short Stories of Mark Twain, New York: Bantam Books, 1981, p. 6.

[9]C.F. de la Vega, El secreto del humor, Buenos Aires: Editorial Nova,1967, p. 22.

[10]Mark Twain, “How I Edited an Agricultural Paper”, en The Complete Short Stories of Mark Twain, New York: Bantam Books, 1981, p. 49.

[11]Íbid., p. 50.

[12]Albert Bigalow Paine, Mark Twain. A Biography. Complete, Project Gutenberg, capítulo CCLXXXII, “Personal Memoranda”, edición digital.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración por Mariana Martínez

Vigilar, regular y castigar han sido las respuestas de los gobiernos ante cualquier desafío antropológico; en abril del 2020 llegó el momento para México de afrontar uno color verde: la legalización de la marihuana para uso personal; por eso nos acercamos a Nacho Lozano, periodista y autor de  Marihuana a la mexicana (2018) para comprender el conflicto constante entre prohibición y aprobación.

La hierba en nuestro país se remonta a tiempos coloniales y ha arrastrado la prohibición consigo. De acuerdo con Juan Pablo García Vallejo, en su libro El primer manifiesto pacheco (1985), fue Hernán Cortés quien ordenó cultivarla en México en 1530, pero el virrey Luis de Velasco limitó la actividad en 1550.

Hasta el 17 de febrero de 1940 apareció un decreto del expresidente Lázaro Cárdenas, quien legalizaba el uso medicinal de la marihuana; sin embargo, la despenalización terminó luego de seis meses debido a las restricciones de Estados Unidos.

Las siguientes décadas de la mota en México se definen por un discurso persecutorio para los usuarios, pues la sanción ameritaba el encarcelamiento para quien portara y comerciara el cannabis. Pese al estigma, el 4 de noviembre del 2015 la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) resolvió seis amparos respecto al uso lúdico de la marihuana, y determinó que la prohibición atentaba contra “el derecho al libre desarrollo de la personalidad”.

Otro hecho ocurrido en el Senado de la República supuso un avance importante: el 4 de marzo del 2020 se avaló en lo general el dictamen de la regularización de la marihuana. De acuerdo con el documento, cualquier persona podrá consumir 28 gramos; no obstante de portar un gramaje mayor a 200, habrá una sanción de trabajo comunitario y multas en vez de 10 a 25 años de prisión, de acuerdo con la última propuesta de los Senadores.

Las organizaciones civiles han cuestionaron esta versión del dictamen. Al respecto, Nacho Lozano, retoma una crítica desde el enfoque del consumidor: “la regulación criminaliza a los usuarios, hay que comprenderlo en primer lugar; entendido esto, sabremos que muchos hombres y mujeres, sobre todo, fueron encarceladas por poseer un gramaje que no tenían o por ser obligadas a servir como “mulas” para el narcotráfico. Hay una serie de irregularidades terribles”.

La inconformidad también existe por parte de quienes usan el extracto de marihuana para disminuir el dolor de la artritis, detener el crecimiento del cáncer y reducir al “50%  la frecuencia de ciertas convulsiones en niños y adultos” con epilepsia; entre otras enfermedades. Las personas con este problema “son víctimas de la criminalización del uso de marihuana”, agrega Lozano.

“En lo particular –prosigue- me he dedicado a documentar el asunto y dialogar con quienes tienen más años que yo en esto; la pregunta que se hace es: ¿por qué limitar a 28 gramos como está considerado en el dictamen? No tendría que haber ningún límite; no lo hay para consumir Gansitos, y actualmente el azúcar es la droga más adictiva y causante de muertes en el país. ¿Por qué no te limitan el consumo de cigarros? Fumar mata, pero consumir marihuana no lo hace”.

En México la cultura del consumismo nos ha otorgado títulos a nivel mundial, en 2019 alcanzamos el puesto número uno en obesidad en adultos. Acorde a Lozano, en su artículo de opinión Regulación de la marihuana en México: cambiar para estar igual, en 2017 se registraron “120 muertes vinculadas con el consumo de drogas ilegales; 32 mil 79 decesos fueron por homicidios; 106 mil 525, por diabetes; 14 mil 176, por cirrosis; 22 mil 954, por enfermedades pulmonares”.

En esta entrevista, el autor menciona que lo anterior “se traduce a una hipocresía” ante la regularización de la hierba. “¿Qué es lo que queda? Ampararnos. La Suprema Corte de Justicia asentó un precedente que garantiza a cualquier ciudadano el derecho a desarrollar la personalidad, pese a lo que se publique en el diario oficial de la federación”.

En ese sentido parece ser que las sociedades modernas se enamoran de los ideales progresistas que persiguen, y en este romance desdeñan las prácticas conservadoras de siglos anteriores o ignoran el valor de la libertad del individuo frente al surgimiento de los Estados, uno de los principales malestares en la cultura.

En el vaivén de pensamientos, la humanidad ha presenciado personajes históricos cuyos aportes fueron puntos de inflexión para su respectivo campo de estudios; de la moral, defensores; de la teoría política, precursores, pero ninguno logró satisfacer las necesidades de una civilización avanzada.

El tema concitó diversos debates como el protagonizado por los filósofos Noam Chomsky y Michel Foucault en 1971. Este último, con una mente excepcional para explicar las relaciones de poder en los sistemas sociales, se declaró “incapaz” de estructurar una definición de justicia aplicable a cualquier época ya que todo es contextual, también expone que las autoridades son arbitrarias; por otro lado, Chomsky asegura que hay precedentes de cómo debería ser un sociedad tecnológica. La esencia de esta discusión nos recuerda que existen formas legítimas para desarrollar libremente la personalidad, en nuestro caso, con la elección de consumir o no cannabis.

Instituto Mexicano del Cannabis, el agente de control

A pesar de las constantes discusiones y la aparente falta de determinación respecto al tema; el dictamen prevé la creación del Instituto Mexicano del Cannabis, el cual se encargará de regular, comerciar, cosechar, producir, almacenar, consumir y vender marihuana; de igual forma será el responsable de emitir las licencias necesarias para la importación y exportación que las empresas deberán respetar.

Lozano aclara que la conformación del instituto responde a la legalidad del proceso: “El poder legislativo establece las leyes; el judicial revisa que lo creado no viole otra legislación, y el Instituto del Cannabis ejecutará lo que mandató el poder legislativo. Aquí lo importante es que el derecho a desarrollar libremente la personalidad ampara todas la actividades, salvo el daño a terceros o su comercialización”.

El reto al que el instituto se enfrentará es multilateral. “Lo que deberían hacer esta clase de entes ejecutivos es garantizar que el producto tenga la calidad suficiente para llegar al consumidor, que haya una verificación científica capaz de avalar la salud e integridad del usuario. El instituto debe despojarse de mitos, prejuicios y vestimenta moralina que comprometa el libre desarrollo de la personalidad de los individuos”, sugiere Lozano.

Aunque el Instituto Mexicano del Cannabis parezca un organismo de control pertinente para afrontar el futuro, aún falta esclarecer uno de los puntos que el Senado aprobó en lo general: el uso personal de 28 gramos.

Estamos ante un largo camino y la decisión de la cámara alta es la antesala de un proceso arduo. “El proceso legislativo –explica Lozano- es una discusión en comisiones, y el hecho de que el Senado haya aprobado portar 28 gramos no significa que ya sea permisible. Después de que pase esto en el Senado, que va a ocurrir, y se aprueben algunos puntos del dictamen, pasará a la Cámara de Diputados para volverse a discutir, luego deberá ser aprobado en el Senado. Si toca reformas federales como de seguridad o salud, se tiene que consultar a los congresos de los estados para que la mitad más uno (17 congresos) avale lo que las dos Cámaras resolvieron”.

Si bien el fallo sobre la legalización de la hierba fue interpretada como una decisión “tibia”, Lozano advierte que “podría implicar la liberación para muchas personas encarceladas por delitos menores, relacionados con el consumo de la marihuana”; pero en una valoración crítica con los objetivos que el dictamen persigue, el autor considera que “una buena regulación no limita las libertades de sus ciudadanos”.

 

La mano empresarial y el oportunismo

Las críticas respecto a la ventaja para el sector privado se formularon pocos días después la de decisión en el Senado. El hecho de que las “semillas certificadas” sean inasequibles en México, beneficia a la importación por parte de las industrias extranjeras.

Este problema podría desatar consecuencias negativas para los usuarios. Lozano afirma que “el dictamen vulnera el derecho a la salud, a la vida y la seguridad pública. Lo que se señala es que hay una serie de intereses de empresas transnacionales y farmacéuticas, pues como poderes fácticos han influido en legisladores de muchos partidos políticos”.

Por desgracia, lo anterior es una adicción con reincidencia frecuente. “Desafortunadamente –continúa Lozano- es parte de las prácticas de la clase política legislativa porque cumplen su función no como ciudadanos, lo hacen sin las víctimas, sin la evidencia científica ni la experiencia de otros países respecto a la regulación de la marihuana; en cambio, legislan con la mano de los intereses económicos, los prejuicios y mentiras”.

Para el periodista es claro lo que pasaría si se deja el bienestar de las personas a merced de las empresas transnacionales. “México tiene que estar a la altura de las circunstancias, es el socio comercial de E.U. y Canadá, los tres países forman el tratado de libre comercio llamado T-MEC, en vías de ratificación. Canadá ya reguló a nivel federal el consumo de la hierba; E.U lo hizo de forma local, para fines personales y médicos”.

Ante la urgencia de una jurisdicción adecuada en un mercado globalizado, el autor arroja una observación para el sistema legal de nuestro país, “una vez que cruzas la frontera norte, no existe una legislación, lo único que tiene son desaparecidos, impunidad, violencia y la experiencia de otros países aislada”.

Son muchas la preguntas que asoman a en el horizonte. Tras la aprobación del dictamen final, ¿los consumidores irán a las farmacias por su cannabis o seguirán comprando con el dealer?, ¿las prácticas cambiarán de un día a otro solo porque una ley lo diga? “No estoy seguro –responde Lozano. Si este documento avanza y las empresas hacen su voluntad, llegaremos a lo de siempre: los jodidos seguirán igual; mientras los poderosos se enriquecerán más”.

¿Es posible determinar si existe el interés por garantizar el bienestar de quienes cultivan en condiciones de vulnerabilidad? El autor exhorta a que “se debería voltear a los campos donde son esclavizadas cientos de familias por el crimen organizado, en el fondo no hay una intención de protegerlos; en cambio existe es una entrega del mercado a una infraestructura económica amigable con el poder político, para obtener una certidumbre legal con la cual controlar las actividades alrededor de la marihuana”.

Existe un vía, pero por sí misma resulta inadmisible para la iniciativa privada. “Habrá que invitar a los científicos, escuchar a todas las voces posibles para evitar críticas sobre los intereses de empresas transnacionales. Lo demás tiene que ver con la impunidad y el crimen organizado con sus costumbres corruptas”.

 

El camino sin víctimas

El presidente de la Comisión de Justicia, Julio Ramón Menchaca Salazar consideró que la regulación del cultivo de la marihuana “le arrebata al crimen organizado esta actividad y le permitirá a nuestro país transitar por un mejor camino”.

La opinión pública ha retomado una tesis similar al hablar de las vidas que podrían salvarse gracias a la legalización del cannabis y su comercio, pero Lozano reflexiona sobre la verdadera naturaleza de los grupos delictivos:

“Si imaginamos al crimen organizado como un hombre con pasamontañas, vestido de negro, armado, con muchas joyas en las manos y en una camioneta, sería una visión sesgada. El crimen organizado está en la política, en los gobiernos y legislaturas, incluso en las marcas transnacionales”.

Un sistema de funcionamiento social requiere de representantes competentes para impartir justicia, es en este nivel donde Lozano identifica más obstáculos. “de nada sirve que tengamos mil 428 leyes si nadie las respeta, si el crimen organizado permea todas las capas en México. Los grupos delictivos son poderosos porque se amparan en quienes no hacen cumplir la constitución”.

En cuanto al golpe económico que se supone recibirá el crimen organizado, el autor admite que “es difícil saberlo, pues algunos especialistas estiman que el negocio de la marihuana representa entre el 7 y 9% de sus ganancias locales, lo cual es mínimo ante el comercio de otras drogas ilegales. Sin embargo, quienes han sido afectados por el comercio ilícito, consideran que la regularización ayudará en algo”.

Las naciones tienen un destino, y sortear el de nuestro país será difícil si se ignoran las voces de quienes sufren por los que intentan vedar la libertad de los individuos. Por ahora, una solución enfocada en los derechos humanos parece lejana, el 17 abril el SCJN concedió una prórroga hasta el 15 de diciembre para que el Congreso de la Unión discuta la legalización de la marihuana.

“Veamos qué se publica en el diario oficial de la federación –finaliza el autor-, yo no noto ningún interés de clase política por los consumidores del país. Tampoco se ha publicado un reglamento porque siempre se trata de eludir la encomienda constitucional: respetar los otros derechos. Espero que hagan una legislación con base al amparo de la Suprema Corte de Justicia, un dictamen hecho con activistas, víctimas y consumidores de distintas regiones del país.”

En diciembre las voces de los activistas, científicos y víctimas del prohibicionismo encontrarán otra oportunidad para ser escuchados y superar la melodía comercial que embelesó a la clase política en este dictamen. La regularización será un paso hacia la dirección correcta o se convertirá en una ilusión progresista, pensada para pretender que los derechos y la libertad del país están garantizadas. 


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
Portada de los Cuentos reunidos de Amparo Dávila (Fondo de Cultura Económica).
Portada de los Cuentos reunidos de Amparo Dávila (Fondo de Cultura Económica).

Cuando oigo la lluvia golpear en las ventanas vuelvo a escuchar sus gritos. Aquellos gritos que se me pegaban a la piel como si fueran ventosas. Subían de tono a medida que la olla se calentaba y el agua empezaba a hervir. También veo sus ojos, unas pequeñas cuentas negras que se les sallan de las órbitas cuando se estaban cociendo.

Nacían en tiempo de lluvia, en las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros. A tres por cinco centavos regularmente y, cuando había muchos, a quince centavos la docena.

En mi casa se compraban dos pesos cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos y, con más frecuencia, si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas distinguidas o a las muy apreciadas. “No se pueden comer mejor preparados en ningún otro sitio”, solía decir mi madre, llena de orgullo, cuando elogiaban el platillo.

Recuerdo la sombría cocina y la olla donde los cocinaban, preparada y curtida por un viejo cocinero francés; la cuchara de madera muy oscurecida por el uso y a la cocinera, gorda, despiadada, implacable ante el dolor. Aquellos gritos desgarradores no la conmovían, seguía atizando el fogón, soplando las brasas como si nada pasara. Desde mi cuarto del desván los oía chillar. Siempre llovía. Sus gritos llegaban mezclados con el ruido de la lluvia. No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aun así los oía. Cuando despertaba, a medianoche, volvía a escucharlos. Nunca supe si aún estaban vivos, o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser.

A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían y, me siguen aún, a todas partes.

Algunas veces me mandaron a comprarlos; yo siempre regresaba sin ellos asegurando que no había encontrado nada. Un día sospecharon de mí y nunca más fui enviado. Iba entonces la cocinera. Ella volvía con la cubeta llena, yo la miraba con el desprecio con que se puede mirar al más cruel verdugo, ella fruncía la chata nariz y soplaba desdeñosa.

Su preparación resultaba ser una cosa muy complicada y tomaba tiempo. Primero los colocaba en un cajón con pasto y les daban una hierba rara qua ellos comían, al parecer con mucho agrado, y que les servía de purgante. Allí pasaban un día. Al siguiente los bañaban cuidadosamente para no lastimarlos, los secaban y los metían en la olla llena de agua fría, hierbas de olor y especias, vinagre y sal.

Cuando el agua se iba calentando empezaban a chillar, a chillar, a chillar… Chillaban a veces como niños recién nacidos, como ratones aplastados, como murciélagos, como gatos estrangulados, como mujeres histéricas…

Aquella vez, la última que estuve en mi casa, el banquete fue largo y paladeado.

 

Este cuento pertenece a los Cuentos reunidos (FCE, 2009) de Amparo Dávila y lo reproducimos con el permiso del Fondo de Cultura Económica.


Autores
(1928-2020) Nació en Pinos, Zacatecas,. Poeta y narradora. Hizo sus estudios en San Luis Potosí. Fue secretaria de Alfonso Reyes, 1956-58. Ha colaborado en las principales revistas y periódicos del país. Becaria del Centro Mexicano de Escritores, 1966-67. Su obra ha sido incluida en varias antologías y traducidas a diversos idiomas.
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Afirmar que Tlaxcala no existe ha perdido su función como chiste. Si acaso, el otro sonreirá de manera forzada y dirá algo de las escaleras eléctricas. Si apela a su “memoria histórica” dirá que la gente de ahí, de aquí, es traicionera. El que un estado sea irreal es un hecho en el imaginario de los mexicanos de cualquier otra región del país. En el mismo lugar puede situarse un virus, ilusorio porque es pequeño, y puedo hacer bromas al respecto. ¿Qué ocurre cuando se cruza un virus, uno que un porcentaje elevado de la población cree inexistente, una estrategia del gobierno o de las derechas para encubrir los buenos actos de AMLO, de los grupos de poder (supongamos los Rockefeller) para instaurar un nuevo orden mundial, con un estado invisible, liminal, un invento fantástico de la mente de un Jorge Luis Borges o de un José Emilio Pacheco? El resultado es peligroso, un virus que no existe en el no-lugar.

Cuando era un niño solía acompañar a mis papás a comer tacos en una calle que llamábamos la “calle del hambre”, porque está inundada de casetas blancas donde se venden tacos de bistec, buche, machito, nenepil o longaniza (el taco de pastor llegó en épocas recientes a estos puestos). La zona, localizada cerca del Río de los Negros en Santa Ana, una ciudad que forma una especie de zona metropolitana junto con Tlaxcala, San Pablo y otros municipios cercanos, nunca ha sido atractiva ni reluce por su crecimiento económico. En sí, Santa Ana, una urbe comercial como lo es Apizaco, en el oriente del estado, es fea. La mueve el comercio al menudeo, la venta de ropa, zapatos, algunas artesanías y hasta comida. Sin embargo, resulta cómodo pasearse por las aceras amplias e iluminadas por los locales. Lo que no ocurre con la “calle del hambre”, una zona casi siempre húmeda por las corrientes que bajan como riadas desde las zonas más altas del municipio, cercanas a La Malinche, el volcán tlaxcalteca.

Nunca me pregunté qué tan sano era comer en medio de esas riadas malolientes, entre perros callejeros y combis que no han sido verificadas en lustros. La comida de allí, por cierto, nunca me ha hecho daño. Es un lugar, a pesar de lo que pueda pensarse, ideal para pasar una media hora comiendo, sintiendo el vapor caliente en el rostro, los aromas arrebujados sobre el labio. Las preguntas ahora son inevitables: ¿los comensales asiduos a esas casetas se pensarían en la peligrosidad del Covid-19, creerían que es un invento del gobierno, una tapadera? ¿Restringirían sus visitas, serían menos los automovilistas que se detendrían junto a los puestos de tacos para comer sus pedidos desde la comodidad de sus asientos? ¿Irían todos los días los taqueros?

Los primeros días, cuando el Covid-19 apenas entró  a territorio nacional, los clientes no disminuían. Los días que más venden, me aseguraron los mismos taqueros, son los jueves, viernes y sábados. A veces la cantidad de clientes puede aumentar o aminorar. Pero no había preocupación. En una visita, cuando la pandemia ya estaba declarada y los brotes aún no emergían, solté una simple mención al “coronavirus” y las opiniones brotaron sin pena. “El virus es un invento del gobierno, como el chupacabras, ¿se acuerdan?”. “Si no nos ha matado la salmonela, menos este virus chino, aquí los tacos sí son de vaca”, “quieren tapar las cosas buenas que ha hecho AMLO, seguro es un invento del Tomandante Borolas”. Nadie creía en la pandemia, y su seguridad era contagiosa.

Tlaxcala es un ente extraño, un pulpo pequeñito cuyos tentáculos son capaces de alcanzar a sus habitantes. La gente se conoce y saluda cuando se encuentran en la calle. Era inevitable que este localismo permaneciera indiferente a la emergencia sanitaria. La comunicación, como ocurre ya en cualquier lado del planeta, se expandió en Tlaxcala conteniendo casi un único tópico: el virus. Conforme los casos fueron creciendo las voces en los cafés dejaron de tener la tranquilidad de siempre, al menos en apariencia, porque los grupos de personas que nunca han creído en las pandemias (y no hablo de los antivacunas sino de la gente a pie), han seguido en la negación. Bastaba caminar por el centro de Tlaxcala, en las calles de Apizaco, en las de Santa Ana, para darse cuenta de que, aunque empezaban a disminuir los viandantes, y los restaurantes y cafés ponían al alcance de los clientes botellas con gel desinfectante, el problema estaba ya presente en la mesa, en las conversaciones cara a cara y digitales.

Se había dicho que la llegada del  Covid-19 era inevitable. El país comenzó a responder. Después de una tranquilidad similar a la de los habitantes de Tlaxcala, iniciaron las conferencias de las 7 de la tarde, en contraposición a las “mañaneras”. Sin embargo, no parecía haber una diferencia significativa en la mayoría de los tlaxcaltecas… hasta que alguien tosía en el transporte público, porque entonces las miradas de desconfianza se hacían presentes.

Pocos días bastaron para que los negocios empezaran a tomar medidas. Poco a poco los anuncios de restaurantes y bares locales aparecieron en Facebook, Twitter o Instagram. Algunos tomaron medidas drásticas como cerrar sus puertas, otros realizaron maromas para que sus clientes pudieran comer o beber (lo que me parecía ridículo) sin estar demasiado cerca el uno del otro. El “coronavirus” era intangible, pero ya daba miedo.

El primer caso en el estado provocó que empresas y viandantes por igual empezaran a sentir miedo. Tlaxcala, y su zona metropolitana, no se han convertido en un páramo, por más que el imaginario colectivo crea que esto es un desierto. Los tlaxcaltecas son muy pocos a comparación de los de Ciudad de México, pero tampoco su densidad es tan distinta a otras ciudades de Nayarit, Michoacán, Tabasco o Hidalgo. En Tlaxcala sus habitantes salen diario a comer, comprar lo necesario, trabajar y divertirse. A pesar de la pequeña población, pensé que debería notarse un descenso en los transeúntes, en la gente que sale a pasear, en el tráfico. Y lo hubo,

De mi trabajo al centro de Tlaxcala distan unos 15 o 20 minutos en auto. El centro es un lugar agradable para pasar el rato o para caminar tranquilo, comerse una hamburguesa, tomar algo, pero es un pequeño infierno cuando se necesita realizar un encargo. Salí, hace unas semanas, a comprar el medicamento que necesitaba mi hermano, un adolescente que, a diferencia mía, ha tomado en serio el cuidado de su piel. Ve a un dermatólogo cuya clínica está, precisamente, enclavada en el centro. La travesía fue breve, salí del trabajo y llegué al centro descubriendo que me podía estacionar con mayor facilidad. El problema era que la farmacia estaba cerrada, el encargado había salido unos minutos. Me estacioné cerca de las instalaciones y me puse a observar lo que ocurría en el punto neurálgico de nuestras interacciones sociales. La única diferencia que noté fue que había más niños en la calle. No parecía que viviéramos una contingencia, sino más bien unas vacaciones. Me extrañó la actitud despreocupada de los viandantes. Mientras pensaba en mi propia responsabilidad ante el contagio, regresé a la farmacia. El dependiente ya estaba ahí, compré mi medicamento, le pregunté por la situación y me dijo que hasta ese momento todo estaba igual. “A menos que se asusten, nada cambiará”.

“Que se asusten”. Me dolió la idea. Es lo que necesitamos para hacer algo, que nos entre el miedo.

Dos días después la cabeza empezó a dolerme. No soy una persona en extremo social, disfruto las reuniones, pero no salgo demasiado. Casi siempre, como cualquier escritor freelance que realiza maniobras para tener ganas y energía de escribir después de su trabajo “normal”, tengo cosas que hacer. Había ya reducido mis salidas a la calle en la manera de lo posible. No creía que hubiera contraído Covid-19. ¿Cómo? Sin embargo, por las medidas federales, me mandaron a casa durante 15 días. Mi enfermedad resultó ser una gripa común, aunque mantuve la comunicación con los canales oficiales, por si me sentía peor y tenía que ir al médico.

Con cubrebocas y las medidas pertinentes de higiene, salía a la calle solo para comprar comida. Fui uno de los afortunados que no perdió su trabajo ni el goce de sueldo. Y, como parte de esa población, me puse a convivir conmigo mismo y mi perro. Podía seguir escribiendo esa novela que no parecía avanzar ni a golpes de marro. Pero sentía la necesidad de explorar, de seguir viendo el mundo, aunque no quedara con nadie. Así que me aventuré otra vez, por la noche y por la mañana, y algunos días también por la tarde, con cubrebocas, en mi auto, sin tener interacción con nadie. Los noticieros locales anunciaron el primer caso detectado en la entidad. La ciudad, solo entonces, cambió.

En el centro de Tlaxcala algunos restaurantes han cerrado, lo mismo que las librerías, los bares y algunas tiendas. Los viandantes son menos. Es posible estacionarse en la periferia del parque, algo que resulta complicado en un día normal por la profusión de automóviles pertenecientes a funcionarios de gobierno o dueños de locales. El tráfico, que nunca ha sido demasiado, disminuyó al punto de resultar cómodo a cualquier hora del día.

En medio de la pandemia, y de los casos confirmados en el estado, las noticias saltan como trampas destinadas a herir la susceptibilidad de quienes  nos lo tomamos en serio: un baile después de un cierre de carnaval en una localidad del estado y la aglomeración de maestros en la institución gubernamental de educación, la USET (Secretaría de Educación Pública de Tlaxcala), sin ninguna clase de protección o medida. Ni Susana ni Abraham. Hay formas de pasar una cuarentena, hay quien decide no exagerar, pero esos dos actos representaron una mentada de madre, un desvergonzado “nos vale madres ese pinche virus chino”. No es localismo ni necesidad de trabajar. Es eso, una mentada de madre.

Tlaxcala, el no-lugar, empezó a parecerme más cercana a ese páramo famoso del imaginario mexicano. Para comprobarlo regresé, en las primeras horas de la noche, hace pocos días, a la “calle del hambre”. No esperaba encontrar a mucha gente, pero tampoco que algunas casetas no estuvieran en su lugar de siempre. En las demás, la gente no se arremolinaba ni los autos aguardaban junto a los locales. Una vuelta por Santa Ana y encontré parques resguardados, con bancas protegidas por cintas para que nadie se siente en ellas, patrullas anunciando por perifoneo las medidas de seguridad e higiene (además de invitar a la gente a quedarse en casa), negocios cerrados. No voy a ser demasiado optimista. Ni siquiera la mitad de la población en Tlaxcala se ha confinado en sus hogares.

Imagen tomada de Pixabay.

Imagen tomada de Pixabay.

Mientras escribo esto, el Covid-19 infecta a tlaxcaltecas de manera exponencial. El gobernador ha confirmado en su cuenta de Twitter que son ya 38 contagios, y al menos uno ha requerido hospitalización. Comparando los números con los de otros países, ciudades o estados, parece poco, pero en la entidad ya hay más infectados que en Durango, Nayarit o Zacatecas. Tampoco, es cierto, que se apilan los cadáveres en las calles como en Guayaquil, ni las ambulancias suenan todo el tiempo como en Nueva York. Y ese es el problema, la dificultad psicológica a la que muchos nos enfrentamos: cuidarse de algo invisible. Parece algo que pasa en una película, en Tren a Busán o en Contagio. Lo que ocurre allá afuera no puede ocurrir aquí. El chiste tópico sobre la inexistencia de Tlaxcala ha terminado por contaminar a una parte de sus habitantes. “El virus no nos ve porque no existimos, tal vez sí somos un páramo.” Pero el virus con su nombre regio, el Covid-19, ese tipo de SARS del que no se tenía registro, existe, no es un páramo ni un silencio, un eco de las posibilidades de la vida ante la muerte.

Mis vecinos realizan fiestas cada tercer día, entonando canciones de banda a todo pulmón. Me cuenta mi madre que todos los días escucha las campanas al vuelo, el repicar constante de una iglesia que llama a misa. Los tianguis de Tlaxcala (a excepción del sabatino que se instala en el centro) parecen trabajar normalmente, algunos vendedores portan mascarillas e invitan a sus clientes a ponerse gel antibacterial.

Por las calles de Apizaco se puede apreciar cómo han cerrado ya negocios, plazas y se ha restringido el acceso a los parques, aunque la gente pasee despreocupada. En los alrededores del estado, en poblaciones y municipios más pequeños, es común observar a familias enteras, casi siempre de padres jóvenes, caminando hacia sus casas sin ningún tipo de preocupación. El verdadero miedo no parece estar en las calles, sino en las redes sociales, en los pensamientos de amigos y vecinos que empiezan a desesperarse, que comparten noticias sobre el avance del Covid-19, que se pelean contra desconocidos al defender una idea.

“Los tlaxcaltecas siempre han sido tercos”, esa es una aseveración que le he escuchado a mi padre en diferentes ocasiones, ese debe ser el motivo por el que nos aferramos a “la normalidad”, a pesar de que el miedo hacia una enfermedad invisible y potencialmente mortal sea palpable en nuestro comportamiento, en el temor a las aglomeraciones, en la baja concurrencia a puestos callejeros de comida, en la mirada aprensiva contra una persona que empieza a toser.

Tanto Tlaxcala como el Covid-19 no son una fantasía, por más que nos parezcan entidades muy pequeñas, ínfimas. Tampoco son un chiste fácil, el lugar de los fantasmas, nunca un páramo.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración de Mariana Martínez

Me inocularon el virus en Tepito y se activó un año después en el picadero de Jamaica o cómo pude evitar el contagio practicando la permacultura

Pero no solo no comprendí lo que pasaba
sino que me asusté.  En ese instante
ocurrieron muchas cosas.

Felisberto Hernández, “Muebles ‘El Canario’”

Todo este círculo vicioso que
no se está considerando, hace que
se esté preparando otra pandemia.

Silvia Ribeiro en la entrevista “No le echen
la culpa al murciélago”  

 

I

Hoy domingo 22 de marzo fui a trabajar a la chinampa. Sin paga monetaria, claro está: las cosas importantes son otras. Ayer en la noche recibí el mensaje con la invitación del cartógrafo Sebastián: “En metro Taxqueña a las ocho de la mañana”.

Abordar el transporte público en tiempos de pandemia me recordó las veces que he ido a lugares inadecuados y peligrosos, sin verdadera necesidad de hacerlo, por el puro gusto o curiosidad. Como el día en que caminé por la calle Tenochtitlan de Tepito y un chaca que vendía droga me rasguñó el brazo con una jeringa diminuta para inocularme una maldad cuyo nombre, ahora lo sé, es Coronavirus.

Me entusiasmaba ir al punto de encuentro: de todos los tenebrosos y sórdidos paraderos de la ciudad, Taxqueña es el que más amo. Viví durante más de diez años cerca de ahí y aprendí a identificar a cada uno de los indigentes mutilados que se arrastraban entre los charcos aceitosos. Hoy ya no sobrevive ninguno. Todos son nuevos, excepto Doña Piojos, que habla una lengua que no identifico, defeca de pie y probablemente vive en la zona desde tiempos precuauhtémicos.

Cuando llegué, Sebastián y Bere, la documentalista, ya estaban en el andén, besándose. Salimos del metro y en la letra M del paradero abordamos el camión a San Gregorio Atlapulco, Xochimilco. Siete pesos por un camino de aproximadamente una hora, en compañía de más de veinte desconocidos que, igual que nosotros, se zangoloteaban en sus asientos, aparentemente felices, divididos entre la cháchara y la botana del desayuno portátil.

Aunque apenas era la segunda vez que lo hacía, puedo asegurar que platicar con Bere y Sebastián es una delicia. Mientras el camión avanzaba por avenidas que antes eran canales de agua, la charla fluyó por diferentes cauces (el cine del palestino Elia Suleiman, la pertinencia de leer a Xu Lizhi en español pese a las deficiencias lingüísticas de las traducciones, la promesa de poder contemplar la Sierra de Santa Catarina y la península de Iztapalapa desde las chinampas de San Gregorio, etcétera) hasta encallar inevitablemente en el arenoso tema del Coronavirus, específicamente en la dificultad demográfica de conocer con exactitud el número de contagios, la distribución mundial y el índice de mortalidad, seguramente mucho más alto que el consignado en estadísticas públicas.

El cartógrafo habló del famoso mapa realizado en el Centro de Ciencia e Ingeniería de Sistemas (CSSE) de la Universidad Johns Hopkins, y explicó que si uno lo consultaba superficialmente podía llevarse una impresión equivocada acerca de la distribución del virus. La “trampa” o sutileza estaba en el hecho de que hay algunos países (China, Canadá, Estados Unidos, Australia) que presentan muchos puntos rojos, lo cual da la idea de que son las naciones más infectadas del planeta. Eso se debe a que ahí el registro de los contagios se ha hecho por provincias, mientras que otros países solo presentan un punto rojo o peor, mientras que algunos no presentan ninguno. Eso último puede explicarse porque se trata de lugares donde, ya sea por situaciones bélicas, carencias de estructura médica u otras razones, no se ha realizado el cálculo de los contagios.

Imagen del 20 de marzo

Imagen del 20 de marzo

Al escuchar los argumentos de Sebastián, recordé la ya clásica ponencia de demografía histórica que Woodrow Borah y Sherburne F. Cook publicaron en 1960 con el título “La despoblación del México central en el siglo XVI”, en la cual expusieron los escollos, procedimientos y resultados que se tienen al intentar calcular el índice de mortalidad causada por factores específicos en lugares o épocas que han carecido de datos.

Borah y Cook concluyeron que la población indígena del México central en 1519 era de aproximadamente 25 millones (casi el doble que lo propuesto por otros estudiosos), y que para el año1605 bajó a 1 millón 75 mil, es decir que disminuyó en un 90%. Un cataclismo difícil de imaginar. Como si dentro de 86 años los humanos de los continentes de Asia, América y África murieran y solo quedaran vivos, debilitados, sumidos en crisis civilizatorias profundas, los de Oceanía y Europa. Y lo más impresionante, como si la terrible mortalidad se debiera a las consecuencias de un solo factor, digamos el Coronavirus, el cambio climático o una conquista extraterrestre.

Para llegar a esa conclusión, los investigadores revisaron y desestimaron los criterios demográficos de sus predecesores. También explicaron sus propios criterios. Uno de ellos fue el cotejo escrupuloso de los archivos y documentos novohispanos referentes a los tributos que los indígenas estaban obligados a entregar a la Corona española, los cuales dejan ver un claro descenso de la población originaria durante el siglo XVI. El otro, utilizado para calcular la población prehispánica, fue un criterio de ecohistoria: se “examinó la sedimentación del suelo en el fondo de los valles para identificar la procedencia del material erosionado en los estratos originarios de las laderas montañosas y determinar, por la presencia de tepalcates, otros artefactos y huesos, si la erosión fue ocasionada o no por la agricultura”.

Gracias a esos análisis se descubrió que tanto la deforestación como la erosión agrícolas comenzaron hace 6 mil años y registraron varios picos de intensidad que, como los anillos en el tronco de un árbol, corresponden a lapsos particulares. Los últimos delatan métodos europeos como el arado y la ganadería, mientras que los más antiguos reflejan cultivo con coa, lo cual significa que hubo periodos precortesianos en los que el excesivo aumento de población erosionó fuertemente el suelo, cosa que redundó varias veces en carestía, mortalidad y abandono de ciudades. Según Borah y Cook, la Conquista española pudo haber coincidido con una “situación agrícola madura para el desastre” que, junto con la guerra, el colapso de las estructuras socioeconómicas, la interrupción de los sistemas de producción y distribución de alimentos y las enfermedades europeas convertidas aquí en epidemias, encendió la catástrofe demográfica.

Algo parecido puede verse en el artículo “Sistemas agrícolas y desarrollo del área clave del imperio texcocano”. Ahí Ángel Palerm explica que a finales del siglo XIV, el señorío de Texcoco fue incapaz de lograr la autosuficiencia alimentaria por haber estado asentado en un territorio muy angosto (la ribera lacustre) y porque, a diferencia de los señoríos xochimilcas o chalcas, no podía cultivar chinampas debido a la salinidad del agua. Para impulsar su prurito imperial, colonizó a los recolectores y cazadores chichimecas de la sierra circundante y los obligo a practicar la agricultura. Gobernantes texcocanos como Nezahualcóyotl o Nezahualpilli mandaron arrasar la vegetación de las montañas y construir un impresionante sistema hidráulico de regadío y terrazas que propició el florecimiento económico, cultural y demográfico de su metrópoli, pero que a la larga erosionó toda la franja de la sierra del Acolhuacan comprendida entre los 2500 y los 2750 metros sobre el nivel del mar, preparando un escenario de hambre y muerte.

“Los bosques preceden a los pueblos, los desiertos les siguen”, escribió René de Chateaubriand.

Tras la devastación demográfica de las civilizaciones prehispánicas, los españoles tuvieron en sus manos enormes extensiones de territorio despoblado (de humanos) en las cuales crearon latifundios y desarrollaron la minería, los cultivos extranjeros como la caña de azúcar y la ganadería, actividades que, por sí solas, aumentaron de forma exponencial la erosión del suelo −aunque eso en su momento eso no causó grandes catástrofes porque el índice de población se mantuvo relativamente bajo.

A propósito de erosión novohispana del suelo, en el breve capítulo “El infierno de las ovejas” de su libro Historia de nuestro futuro, Diego Olavarría cuenta cómo en el siglo XVI las estancias ovejeras desertificaron en menos de cien años el otrora idílico Valle del Mezquital, Hidalgo, que pasó de ser un lugar de pingües pastos fértiles, clima suave y rumorosos arroyos, a un páramo pedregoso que solo reverdeció en el siglo XX gracias a la irrigación de jabonosas aguas negras provenientes de la Ciudad de México.

La civilización colonial dejó su estela de desierto y osamentas. La del México moderno ha hecho lo propio, superándose a sí misma y a las anteriores, confirmando su membresía en el club del capitalismo global, quemando con entusiasmo y superstición todo tipo de combustibles y engordando demográficamente a costa de desmontes, fertilizantes químicos, plaguicidas, transgénicos y monstruosos criaderos de animales que dentro de poco nos conducirán a una “situación madura para el desastre” que nos impedirá afrontar cualquier problema imprevisto, por ejemplo las pandemias.

 

II

Llegamos a San Gregorio y bajamos del autobús. Dije a mis compañeros que desde hacía mucho tiempo deseaba conocer ese lugar, uno de los pueblos de Xochimilco cuyos manantiales fueron entubados en 1908 como parte del más impresionante sistema de abastecimiento, robo y trasvase de agua realizado en el Porfiriato: un moderno acueducto de concreto de 1.5 metros de diámetro que, dotado de pozos, bombas y cientos de chimeneas de ventilación, comienza en la zona chinampera y desemboca, 33 kilómetros después, en una planta de bombeo ubicada en la colonia Condesa de la Ciudad de México, entre las calles Alfonso Reyes, Diagonal Patriotismo y Circuito Interior, frente a una abandonada placita adornada con bustos de compositores mexicanos y una estatua del grillo Cri−Cri. La planta de bombeo se encarga de hacer subir el agua hacia cuatro cisternas de cien metros de diámetro por 15 de alto cada una, ubicadas en la Segunda Sección del Bosque de Chapultepec, muy cerca de donde ahora está el Cárcamo de Dolores, una de las construcciones más significativas de la ciudad, acerca de la cual, por cierto, Juan Pablo Anaya escribió un ensayo estremecedor. Desde esas cisternas, el agua sustraída a Xochimilco abastece a la cada vez más poblada Ciudad de México y, con su fresco afluente, garantiza el funcionamiento de la economía y el Estado.

Durante la Revolución mexicana, los expoliados habitantes de Atlapulco viajaron a San Pablo Oztotepec, en Milpa Alta, donde Emiliano Zapata y los suyos tenían un cuartel protegido por las cañadas del volcán Teuhtli. Se quejaron del robo de agua del que eran víctimas por parte del gobierno. Sin dudarlo, la junta marcial del Ejército Libertador del Sur dispuso que un comando armado interrumpiera los caudales de agua, cosa que obviamente enardeció a los gobiernos de Victoriano Huerta y Venustiano Carranza. Al final, el paradigma hidráulico de trasvase a la ciudad y paulatina desecación de la zona chinampera se impuso: sigue funcionando hasta nuestros días, contrapunteado por la lucha y resistencia de los xochimilcas.

La fiesta patronal de San Gregorio comenzó el 12 de marzo y terminó hoy mismo, tras diez días de derroche y convivencia. En el centro del pueblo había juegos mecánicos, un escenario con equipo de sonido, puestos de pan de feria, basura de baile cervecero mezclada con residuos de pirotecnia. Nada que indicara cuarentena. Caminamos entre bicitaxis, camionetas, motos, niños, ancianos, perros y gente que comía tamales en las esquinas. Mis amigos me platicaban de los destrozos que ahí se sufrieron por el terremoto del 19 de septiembre de 2017. Ambos participaron en las brigadas de voluntarios que ayudaron en la demolición de construcciones colapsadas, distribución de víveres y organización de albergues. “¿Ves esa casa donde ahora está la tienda? La tuvimos que tumbar”, dijo la documentalista.

En la avenida Belisario Domínguez giramos a la derecha y luego a la izquierda. El paisaje cambió por completo. Caminamos sobre calles de tierra, entre casas con patios abiertos, perros y, creo recordar, algunas vacas negras. Cien metros adelante, más allá de las últimas construcciones, iniciaban las chinampas: un abierto, reticular y espacioso laberinto de mariposas, ahuejotes, canales, huertos de lavanda, canoas hundidas, flores, abejas, hinojo, nopales, chilacayotes, lechugas, repollos, acelgas, tomillo, romero y tierra fina que, volando, ingrávida, se levantaba a nuestros pasos, como una bienvenida. Mucho sol. Cielo azul. Murmullo de agua. Aves. Esporádicas personas semiocultas entre hojas verdes: oníricas.

Fotografía por Diego Rodríguez Landeros

Fotografía por Diego Rodríguez Landeros

Un par de veces tomamos senderos equivocados hasta que por fin dimos con la chinampa de la banda. Ahí, escuchando la música norteña que como el canto de un fruto fantástico o de un cenzontle robótico sonaba en una bocina colgada de la rama de un árbol, laboraban desde hacía algunas horas Sari, Dante, Fer, Don Juan y Pedro, a quienes yo veía por primera vez. Como se ha hecho desde tiempos inmemoriales, sacaban limo fértil del fondo del canal, lo subían a la chinampa y lo vaciaban en el almácigo o chapín, un rectángulo de aproximadamente 4 x 1.5 metros de área y diez centímetros de profundidad. A nosotros nos encomendaron trabajar en otro almácigo que se encontraba en una fase muy posterior de cultivo. Nuestra tarea fue separar brotes de chile chicuarote para después sembrarlos en un espacio donde sus raíces pudieran extenderse. Algo relativamente sencillo porque, como supe después, gracias a la cuadrícula realizada en el lodo fresco del almácigo, cuando las semillas germinan y crecen pueden tomarse, con su pedacito de tierra mucho más seca que al principio, como si fueran rebanadas de brownie de chocolate.

En la chorcha del trabajo estuvimos más o menos tres horas, bajo el sol. Cuando terminaron de vaciar el lodo y de aplanarlo con la hoja de un machete, fuimos a comer al pueblo. Poco a poco fui captando las particularidades de los compañeros. En sus rostros, incluso en los de don Juan y Pedro, que tienen más de cincuenta años, descubrí gestos infantiles, brillos y rescoldos.

Sari es −aunque ella misma se niegue a aceptarlo− la líder de la pandilla, conocedora de las técnicas, una especie de súper heroína. Su cara, con aretes en cejas y nariz, es una mezcla de sonrisa y crispación asoleada.

Dante es rojo, pecoso, barbado, ojos de hacker, voz suave y quebrada en risa. Se mueve con certeza y conoce, además de la chinampa, ciertos cultivos mágicos de California.

Don Juan, el más viejo de todos, tiene una preciosa cara de barro pulido y moteado. Su voz es un hilo dosificado cuidadosamente. Labios y ojos húmedos, felices. Nació ahí.

Fer es una ciclista tatuada, pequeña y de voz cinética a quien yo, intrigado, había visto durante meses en la biblioteca de la UNAM. Me alegró poder conocerla en la chinampa.

Pedro es un nahual anfibio capaz de respirar en el trabajo y en el juego, el estado de alerta y la suavidad. Moreno, afilado, campesino, bromista, reconfortantemente pedagógico.

En un patio, con un pequeño molino, dos señoras se encargaban de la nixtamalización de la masa con la que preparaban las garnachas más sabrosas que he probado. Entre todos bebimos diez caguamas, comimos un montón de gorditas de chicharrón y nopal, tlacoyos de requesón y frijol, sopes, quesadillas de hongo y huitlacoche. Entrechocamos los vasitos desechables de plástico con nuestras manos de uñas negras de tierra. Elogiamos la salsa roja. Para llegar al baño se tenía que atravesar un pasillo en el que había un gallinero donde vi, dispuestas como las viñetas de un cómic, jaulas para aves de todas las edades, lo cual daba al conjunto el sentido de una fábula existencial con sus hitos de reproducción, gestación, crecimiento, sexualidad y muerte.

Como una clepsidra, el último chorro de la décima caguama marcó la hora de pagar lo justo por la comida y la bebida: un precio desconcertantemente barato si se compara con las cartas de los restaurantes de la ciudad.

Cuando regresamos a la chinampa, el sol ya había evaporado el exceso de agua en los almácigos. Con un machete había que hacer una retícula de cuadrados cuyos lados midieran más o menos cinco centímetros. Luego, en cada cuadrado, hacer un hoyito con el dedo: el receptáculo de las semillas.

Las semillas de maíz parecen los dientes de una calaca adulta y van tres en cada hoyo: “una pa’ la ardilla, una pa´l ave y otra pa´l humano”. En esa ocasión el maíz sembrado fue rojo: cortesía de Damián, un amigo que tiene una milpa y a quien, curiosamente, todos conocíamos, pero que no había podido ir porque su roomiees un portugués que acababa de llegar a México y ambos estaban en cuarentena.

También sembramos cebolla, girasol y chile chicuarote.

Aquello era como un juego de mesa compartido o un coito a muchas manos con la tierra.

Fotografía por Berenice Fernández

Fotografía por Berenice Fernández

 

 

Cuando todos los hoyitos tuvieron sus semillas, los almácigos adquirieron el aspecto de una maqueta no realista de la zona chinampera. Entonces llegó el momento de cubrirlos con estiércol seco de vaca y de lograr una superficie homogénea con ayuda de un puñado de pasto utilizado como escoba.

Fotografía por Berenice Fernández

Fotografía por Berenice Fernández

 

 

Creo que después de ese paso seguía otro, consistente en cubrirlos otra vez con una malla, pero no pude verlo porque caía la tarde y aún faltaba ir a la otra chinampa a cosechar acelga, de modo que Pedro y Dante lo hicieron mientras los demás nos fuimos.

Durante el camino masticamos hojas tiernas de perejil. Sabían dulces.

Las acelgas estaban en la última chinampa antes de la laguna, el cuerpo de agua donde los patos se preparaban para pasar la noche. Desde ahí, como había dicho el cartógrafo, se tenía una vista inmejorable de la Península de Iztapalapa, el Cerro de la Estrella y la Sierra de Santa Catarina, paraje volcánico donde el Doctor Atl proyectó construir, entre cráteres y laderas, una ciudad utópica para artistas, filósofos y científicos que se llamaría Olinka.

Con ese paisaje de fondo, nos dedicamos a arrancar las hojas más bellas y de tallos más fuertes. Gracias a que en la chinampa no se utiliza ningún pesticida industrial, pude ver muchas catarinas entre las plantas, mansas como vaquitas rojas. Arriba, el sol se ocultaba y el cielo ardía, mientras las cosas sobre la tierra ganaban sombra. Naciones de zancudos removieron el aire, agrisándolo. La dentadura de Pedro brillaba. Sari amarraba manojos de acelgas. A contraluz del crepúsculo, un hombre en canoa hundía la pértiga en el agua. Ecos de chapoteo. En un momento de silencio, Sebastián corrió hacia Bere, la tomó entre sus brazos, la hizo reír y le dio un beso largo, correspondido y abierto, sin condiciones ni miedos. Al contemplar la escena, y sobre todo al ser conscientes de formar parte de ella, cada uno de los demás dedicó un instante para pensar en el amor. Solo entonces pudo caer la noche.

Fotografía por Berenice Fernández

Fotografía por Berenice Fernández

 

III

Por fortuna la hermana de Sari y su novio fueron a San Gregorio en una camioneta y nos dieron un aventón de regreso a la ciudad, a nuestras casas.

Llegué a las nueve de la noche, saludé a mi hermano y tomé una ducha. El plan era cenar con él, fumar un porro y ver una película hasta quedarme dormido, pero la hierba se había acabado. Decidimos ir en su moto al picadero de Jamaica, el punto de distribución más cercano a nuestro hogar −o al menos eso creemos: uno nunca sabe con los vecinos.

Ese lugar siempre ha sido malvibroso, pero antes, cuando menos, uno se paraba en la esquina, detrás del puesto de flores (traídas, obviamente, de Xochimilco), y esperaba a que algún vago se ofreciera a meterse a la vecindad −una verdadera cueva de lobo− y salir con un paquete de mota a cambio de una modesta propina. Sin embargo, desde hace algunos meses, unos mafiosillos altaneros interrogan a los clientes acerca de su procedencia y luego los obligan a pasar, lo cual, a mí en lo personal, me pone los pelos de punta.

En el patio de la vecindad hay patos domesticados en lugar de perros, como una suerte de nostalgia por el pasado lacustre de la zona: a pocos metros de ahí pasaba hace menos de un siglo el Canal de la Viga. Uno de ellos tiene el pico destrozado, como si le hubieran dado un martillazo, accidente que no le impide graznar. A cada paso que uno da, es necesario dar gracias por aún no haber sido apuñalado o balaceado. Una mujer joven salió de un rincón y nos interceptó.

−¿Y ustedes quiénes son y qué quieren? −preguntó, amenazante, mientras le chiflaba a un sujeto para que la apoyara en su cada vez más intimidante misión de vigilancia o halconería. Estuve a punto de decirle, suplicante y ridículo, que solo deseábamos conseguir un poco de inofensiva marihuana, pero mi hermano tomó el control de la situación.

Cuando salimos de ahí, no paré de repetir que éramos unos tontos por no cultivar nuestra propia hierba. Imaginé sembrarla en chapín.

En casa, preparamos rápidamente la cena: acelgas frescas de San Gregorio con pollo. En el sillón rojo de la sala, mi hermano me pidió escoger lo que veríamos en Netflix. Elegí una película que él no conocía: Monty Python and the Holy Grail(Terry Gilliam y Terry Jones, 1975), la representación de la Edad Media más aguda y graciosa de la que tengo noticia. Encendimos el porro. Nos relajamos. Comimos. Vimos al rey Arturo cometer estupideces en nombre del Santo Grial. Comenzamos a reír pero rápidamente comenzó la paranoia. La escena donde un hombre con un carrito de madera atraviesa una aldea infecta y recoge cadáveres de las casas como si se llevara la basura doméstica, me hizo recordar la epidemia de Coronavirus y su número indeterminado de víctimas mortales. A la mitad de la peli, cuando basados en retruécanos inverosímiles y descaradamente idiotas un grupo de hombres busca demostrar que una mujer es una bruja, comencé a sentir frío. Luego a temblar. Fui a mi habitación por una sudadera. Los escalofríos no disminuyeron. Me toqué la frente para descubrir si tenía fiebre. Recordé, no sé por qué, el pico destrozado del pato. Vi la cabeza del martillo cayendo sobre el animal. Vi la maldad. Por dinero, esas mafias distribuyen la muerte entre la población rota. Trabajan para alguien. Los verdaderos jefes de los cárteles son las élites financieras que están al tanto del colapso ambiental del planeta. Saben que solo una drástica disminución demográfica permitirá la sobrevivencia de la especie humana, es decir, su propia sobrevivencia. El 90% de las personas son prescindibles: desempleados, habitantes de países periféricos con problemas de adicciones, asiduos visitantes de picaderos que viven al margen de la ley, gente asquerosa. Una fumigación selectiva, profilaxis con virus. El plan lleva varios años gestándose y opera en diversos frentes. Yo fui inoculado en una etapa bastante previa, cuando el virus solo se transmitía por jeringas. Lo recuerdo bien: fue una tarde, en Tepito. Ni siquiera había ido a comprar droga. Solo paseaba. El tipo me rasguñó con una aguja. La infección permaneció incubada desde entonces hasta ahora, que ha llegado el momento de la activación programada del brote. A mucha gente le llegó la enfermedad por otros caminos, quizá a través de la comida virulenta: ellos también son prescindibles. En mi caso me fue inoculado con anterioridad y luego catalizado con la envenenada mota de Jamaica. Si tan solo hubiéramos cultivado nuestra planta. Las élites sobrevivirán junto con un puñado de trabajadores que consuman basura. Y los cárteles. O no. Los cárteles también morirán y las élites sobrevivientes formarán nuevos esbirros cuando los necesiten. Siempre lo han hecho. Así será.


Autores
(Mazatlán, 1988), estudió letras hispánicas en la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del Fonca. Textos suyos se han publicado en medios nacionales y en las antologías Álbum rojo. Narrativa sinaloense de no Ficción (2018) y Ciudades aprehendidas y otros apegos (2019). Es autor de El investigador perverso (2014) y Nadie es tan desvergonzado como desea (2019).
Imagen de Mariana Martínez.
Imagen de Mariana Martínez.

“Qué vida sórdida la suya. Policía, abogado, escritor.
Siempre con las manos sucias.”
Rubem Fonseca, El caso Morel

Supongo que muchos llegamos a creer que Rubem Fonseca sería eterno. Lo pensamos porque cada que volteábamos hacia Brasil, Fonseca seguía ahí: flaco, incólume, receloso de la prensa, los últimos años pelado a rape. Porque desde los años ochenta, momento en que su obra comenzó a circular fuera de su país, a veces en traducciones argentinas, a veces en españolas, pero siempre golpeando con fiereza a todo aquel que se acercara, el nuevo lector podía saber que Fonseca seguía vivo.

Lo llegamos a pensar porque con cada nueva generación alguien lo volvía leer y sus libros volvían a circular en manos de nuevos lectores, tomando con cada ciclo nueva vida. Pasó cuando RBA publicó El caso Morel (1973) en el año 2012 y volvió a levantar el gusto por su obra en España. Cuando Cal y arena, su casa en México durante años, perdió los derechos, sus libros fueron saldados, y una nueva camada de lectores pudo conocerlo.

 

Policía y abogado

Fonseca nació en 1925, en Juiz de Fara, Minas Gerais, un pequeño pueblo enclavado en una región montañosa de Brasil. En español el nombre del pueblo significa Juez de fuera. Y como cosa curiosa, Fonseca acabaría entrando al sistema judicial del gigante sudamericano. Este mismo pueblo serviría como refugio a algunos de sus personajes. Una especie de volver a la infancia para protegerte. Rubem estudiaría derecho y acabaría laborando como comisario, en Sao Cristóvao, Río de Janeiro.

Pese a todo, a diferencia de otros escritores que estuvieron en el sistema de justicia como George V. Higgins, Joseph Wambaugh o Edwad Bunker (este como interno en diversas prisiones), Fonseca estuvo poco en las calles. Lo suyo eran las relaciones públicas del distrito. A diferencia de ahora que los policías en Brasil son una especie de paramilitares, en aquellos tiempos funcionaban como jueces de paz, resolviendo entuertos salomónicamente.

Pero sin duda es en esa labor que se llenaría de historias para su obra posterior. Apenas estuvo poco menos de cinco años en servicio, ya que lo abandonó en 1958. Sin embargo, entre septiembre de 1953 y marzo de 1954, va una especialización a Nueva York. Tiempo que aprovecha para estudiar administración de empresas.

 

Los primeros cuentos

Dedicado ya de lleno a escribir, luego de dar clases durante un tiempo, publica Los prisioneros, seguido de El collar del perro y Lucía McCarney. En todos ellos ya estaba por completo la forma fonsequiana de escribir. Un relato aparentemente sencillo, con a veces giros que en otros escritores podrían parecer guiñolescos o exagerados, pero que en su pluma eran plausibles. Su forma de narrar era límpida, sin grandes parrafadas o frases extremadamente largas, pero tampoco cortas y secas a lo Dashiel Hammet.

Había una forma de narrar la violencia que te incitaba a botar el libro, pero que no servía de nada porque lo que te había contado seguía en tu cabeza. Era una forma de narra la crueldad como nadie lo había hecho antes, no con ganas de espantarte, sino como algo cotidiano, como lo es en una región donde las dictaduras, los golpes de Estado y la desigualdad es comida de todos los días. Es una violencia anárquica que no puede detenerse por los medios propios del status quo.

Pero también había eso que los brasileños conocen muy bien: el sexo. De las pornochanchadas a las revistas de desnudos, el brasileño sabe de futbol y sexo. La carne en Fonseca se hace presenta como disfrute, pero también como castigo, como pasarrato, como agregado al crimen. No hay libro donde este no se haga presente.

 

El gran arte

Es con El Caso Morel (1975) que conseguiría el éxito internacional. Esta novela sería traducida a varias lenguas y publicada en varios países. En ella un fotógrafo es recluido en la cárcel acusado de un crimen atroz. El comisario Matos y el exitoso escritor Vilela van a visitarlo para desentrañar cuanto de lo que ha escritor Morel en prisión es cierto y cuanto es mentira.

Utilizando una vez más la estructura de la novela policiaca, como lo hiciera antes en sus cuentos, Fonseca juega con el lector haciendo una especie de carrusel de juegos que entraman lo escrito con el cine, antes de que esto fuera común, pero también poniendo en duda cuanto de lo que se dice es verdad o mentira.

La novela funciona a dos niveles, por un lado engancha al lector común que busca desenredar un misterio y por el otro le habla directamente al lector atento que ve las costuras de la trama. En ella, como en casi toda su obra posterior, Fonseca se revelaría ya como un hombre con una cultura vastísima, no solo de la que es considerada alta, sino de la popular. Para él no hay diferencia entre una y otra. También empezarían los juegos de espejos, entre, por ejemplo, el recluso y el novelista famoso, que es una especie de trasunto de Fonseca.

El gran arte es la novela que encaja más en la literatura detectivesca a lo Raymond Chandler. Es más, gran parte de ella tiene sobre sí al autor dipsómano y neurótico. En ella un par de abogados, Mandrake y Wexler, son contratados para encontrar al asesino de varias mujeres, que como seña particular deja en sus rostros una letra P marcada a cuchillo. Este llamado convierte esta enorme novela polifónica en un vistazo al más cruel Brasil, haciendo eco en nuestras ciudades latinoamericanas llenas de corrupción, policías podridas y regímenes aguasanados.

En éstas novelas y en sus cuentos, Fonseca nos regala un pedacito del infierno y personajes que no podrían darse en novelas sajonas: Abogados/investigadores deseosos de sexo, escritores que tiene amigos policías y criminales, santeros y practicantes del palo mayombe, millonarios torturadores, carteristas, prostitutas y asesinos vengadores.

Sitos que si bien están ubicados en Brasil podrían trasladarse sin problemas a Callao en Perú, Veracruz, en México o la Boca en Argentina.

 

Fonseca contra la censura

Sería en 1975 que saldría  la luz su libro de cuentos Feliz año nuevo. De golpe y porrazo los 36 mil ejemplares fueron guillotinados por atentar contra la moral y las buenas costumbres. La dictadura estaba ahí, instalada desde hace años y pese a que el país e iba a pique, preferían condenar a un libro que reflejaba la violencia de las calles, que atacarla en la realidad.

Pero Fonseca no se quedó de brazos cruzados. Decidió litigar y tuvo una victoria parcial. Ya no atentaba contra la moral, ahora incitaba a la violencia y hacía apología del crimen, cualquier cosa que eso significara. A la larga, ganaría y el libro saldría a la luz.

 

Inevitablemente negro/criminal

Aunque muchos autores quieren sacar a Fonseca del género:

“En aras de hacerle verdadera justicia al talento inabarcable de Rubem Fonseca… bastaría con extirparle la palabra ‘policíaca’ a la desganada y rutinaria referencia que le hace Luisa Trias Folch en el único manual de literatura brasileña en castellano.” Javier Aparicio, Letras Libres.

“…describimos las principales características de los textos policiales de Rubem Fonseca. Finalmente, analizamos cómo el autor subvierte los límites del género policial en la composición de sus novelas”. Oliveira, en La narrativa policial de Rubem Fonseca: el caso Mandrake, la biblia y el bastón.

“Fonseca, por su parte, suele dar a sus historias un trasfondo intelectual, científico o literario que las convierten en algo más que meras aventuras policiales…” José Miguel Oviedo, Letras Libres.

La verdad es que sus obras están siempre dentro del género. Pero como dice la ley de Sturgeon, el 90% de todo es mierda. Regla que podemos aplicar a la narrativa autoficcional, poesía, grandes ensayos, a la literatura toda. Pero de vez en vez surgen autores como Fonseca, que tocan algo y se quedan el 10% restante.

Lectores no le faltarán ahora que ha muerto físicamente a los 94 años. Nunca le faltaron, y lo mismo encanta al lector ocasional que al sibarita de la literatura. Durante muchos años estuvo ahí, en Brasil, como único referente, con la rabia de sus textos y su fina forma de narrar.

 


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Ilustración por Alberto Méndez

Sergio

Mi mejor amigo en primaria se llamaba Sergio. Éramos los recluidos a voluntad porque no nos entusiasmaba el fútbol o molestar a las niñas. No nos gustaban las niñas, lo dijimos a modo de confesión en el patio, junto al enjambre de abejas. Terminé con una mano hinchada, él con un cachete rojo. Al otro día juramos nunca hablar del tema. Las únicas que nos escucharon fueron las abejas y nos castigaron a causa de ello.

Loo

Años después, leí un poema de Sergio Loo en Twitter, en las computadoras de la biblioteca de mi facultad. Desbaratar tu colchón y encontrar en él mi cuerpo erecto de tu ausencia. ¿Dónde estará, por estos días, aquel Sergio, el del cachete rojo? (y suelto esta pregunta retórica para mantener la conexión al fragmento anterior, ¿así lo estoy haciendo bien, Sergio Loo? es tu homenaje, ¿querías homenajes?) Y por si fuera poco, al salir extasiado por el poema, otro enjambre me esperaba afuera. Esa vez no. Los tiempos ya son otros y las abejas de la justicia también cambian, gradualmente.

Nos siguen matando

Febrero 2014. Apenas unas semanas me enteré que Sergio murió. No, lo mataron, me contó mi madre. Dos años atrás lo fui a ver, usaba rubor en los cachetes y tacones. En aquella ocasión, estaba construyendo la imagen de cómo quería recordarlx, con el carmín difuminado en el rostro; en punta, talón, punta en la banqueta de enfrente. ¿O se llamaba Gerardo? Como tú. El que te molestaba en la escuela. Ese no era Sergio, mi madre tiene la habilidad de confundir rostros y nombres del pasado. Gerardo fue el primero que nos vio, a Sergio y a mí, agarrarnos de la mano en el baño. Me dijeron que andaba con uno de los “malos” y los cacharon saliendo de un hotel. Fue el primero en decirle a todo el salón, y consecuentemente al grupo B, que éramos jotos, que nos tocábamos en el baño. Ahora estaba muerto por asociarse con los “malos”, una lástima que llevara tan feo nombre, una pena lo de su muerte. Imagino que Sergio debe andar por ahí o por allá, aplicándose el rojo a sus cachetes. Qué felicidad, sus tacones sonando en el asfalto.

6 de marzo de 2020, encuentro Nos siguen matando de Sergio Loo en un blog de Internet con una nota de Úrsula Fuentes, fechada a finales de enero de 2014: murió ayer en la madrugada. Tenía mi edad. Me pareció encantador y brillante. Le envidié lo prolífico, la prosa desenfada y cándida, los versos puntiagudos.

Y cómo no va ser puntiaguda la escritura de Loo, si con el tino mordaz de sus arrebatos literarios construía no un imaginario indulgente, sino brutal y preciso para dar sentencias a las figuras del homosexual del ayer y hoy.

Porque antes los maricones éramos así, sórdidos y retorcidos como el rímel negro que se nos escurre al llorar. Así se ahorraban las investigaciones. Así se tapaba todo. Así nos mataban. Decían que nosotros mismos, por putos, nos matábamos entre nosotros, por putos y como putos: traicioneros.

Cuando Gerardo nos encontró aquella vez en el baño, en aquel pequeño acto de afecto entre niños, yo aventé a Sergio por el susto de que nos habían descubierto. Resbaló con los orines y se pegó fuertemente en el rostro. Díganme ustedes, ¿eso no fue el puto traicionero de mi pasado?

Yo digo que sí.

"Guía Roji ", Sergio Loo, IVEC. 2012, Pag 32.

“Guía Roji “, Sergio Loo, IVEC. 2012. Pag 32.

 

 

Y nuestra sonrisa […] desangra claveles rojos

Es cierto que a veces queremos agregar valores espirituales o hasta paranormales a acontecimientos y aspectos de nuestras vidas. Este es mi caso, lo quiero creer, lo construyo así. ¿Qué cosa hay más espiritual o paranormal que la literatura? Seguramente sí las habrá, pero cada maestrito con su librito.

Hay un espacio especial para ambos Sergios en mi librero. Cuando el día puede tornarse espeso por tanto trabajo, suelo llegar a la sección de mis libros favoritos. Ahí están los pocos de Anne Carson que he podido comprar, Juliana Spahr, Marosa Di Gorgio y Eros Alesi en copias, al recién llegado Ocean Vuong y claro, Sergio Loo. Abro cualquier libro y leo páginas salteadas. Si abro House. Retratos desarmables, me voy a encontrar con la fotografía de Sergio y yo en la primaria con los labios pintados muy sonrientes, vestidos de payasitos. Y nuestra sonrisa…

Aquí está la página, número 107, en donde suelo poner la foto porque siempre me ha parecido lo mejor de la novela y lo que mi mente ha querido construir de la personalidad de Sergio, lo que sus amigos me han dicho de él, ¿cómo sería su tono de voz leyendo? ¿Sergio diría algo así en pleno cotorreo?

Tema de hoy: gente ilusa

Hasta Marx fue un romántico al pensar que el mundo cambiaría por sus ideas.

Aquí es donde agrego lo espiritual. Gente ilusa, pensar que por tener un amigo de la infancia llamado Sergio habrá alguna conexión metaliteraria con un escritor mexicano. Sí, ¿no sientes la magia Coca Cola?

Sí la he visto en sus amigos, la magia y la conexión espiritual. Sé de escritores de su generación que le tienen un altar casi permanente en sus casas. He escuchado que constantemente lo recuerdan con mucho cariño. Que han fabricado artefactos para tenerlo más presente. Recuerdo una caja de madera con su nombre grabado en mano de sus amigos poetas. Los he visto con sus sonrisas floreciendo como claveles rojos al término de homenajes. También he visto sus miradas desangrar claveles rojos en el aniversario de su muerte.

Hasta puedo agregar el plano paranormal. Una vez, con el poeta de la boina, uno de sus amigos más cercanos, nos leía poemas inéditos guardados en su correo electrónico. Nos platicaba una que otra anécdota. De repente, al término de uno de los textos, la casa sufrió un apagón. Salí a la calle para verificar si era un fallo en la cuadra, pero, era solo el sistema eléctrico donde estábamos. El poeta de la boina, permaneció tranquilo, nos dijo, puede que sea Sergio.

En Morelia, rentaba un cuarto en esa casa en mi etapa de universitario y nunca me había percatado del eco que se implantó después del apagón. Luna, mi gata, maullaba casi sin descanso a una esquina y tenía la sensación de que me miraban todo el tiempo. No había ni perturbación o miedo, solo presencié esa alteración en el ambiente de la habitación por unas semanas.

Cuando vivía en Iztapalapa, la poeta de la clorofila y las células, me llevaba a mi departamento después de la fiesta. Siempre manejaba y contaba algo. En varias ocasiones, Loo salió al tema, yo notaba cierto cambio de tono en su voz y la cadencia de su risa espontánea cuando le divertía mucho recordar. Terminaba definiéndolo. Sergio, era…; Sergio, tenía una especie de… Cuando llegábamos al Eje 6 Sur nos despedíamos con un abrazo profundo y un te quiero mucho. Bajaba del auto y mientras subía las escaleras experimentaba un estado de tranquilidad como si la energía de ese tipo de pláticas desprendiera un no sé qué; un devenir, diría la poeta de la clorofila. Llegaba a mi cuarto y leía a Loo con mucho cariño. Fue en esas noches cuando me topé con, Necrófaga comisura de tus labios se remiendan a la mía/ y nuestra sonrisa, que ahora es una sola, /desangra claveles rojos, claveles oxidados/ claveles a borbotones. Y cuando veo sonreír a sus amigos pienso en esta sucesión de imágenes y recuerdo también al Sergio, mi amigx de la primaria. Ramillete chorreando sin raíces de arrepentimiento.

Tema de hoy: DF

La colonia Narvarte se desvanece. Entra un tercer Sergio a este Fragmento. No sabemos si canta o si pide alguna explicación por su aparición, su voz no se escucha. Se dirige a la cámara en todo.

Burdel de buenas intenciones o Urbe máquina de habitar, Sergio Loo siempre ponía los rostros de las calles en todos sus libros. Era, pues, un escritor citadino. La ciudad se presentaba buena o mala, como otro personaje. Narvarte Pesadilla y Guía Roji son los mejores ejemplos. Conocía bien su campo de batalla (literario) (literalmente):

"Guía Roji", Sergio Loo, IVEC. 2012. Pag 29.

“Guía Roji”, Sergio Loo, IVEC. 2012. Pag 29.

 

 

Tema de hoy: la música

De a poco hasta sonar a todo volumen, entra la canción “Disorder” de Joy Division. Sergio sin dejar de mover la boca (ahora sabemos que sí canta) se desnuda.

¿Qué sucederá con esta nueva sensibilidad poética trastocada por MTV y Oscar Wilde?, escribe Sergio en la reseña de Catnip de la poeta Xitlalitl Rodríguez. ¿Qué pensaría Loo en esta segunda década del siglo, donde MTV fracasó y ahora Spotify domina las redes de la música? Quizá, y muy seguramente, no dudaría en agregar una playlist en su nuevo libro.

Soy la felicidad de este mundo o muchachos en la azotea

Sergio está desnudo, su enorme miembro choca en los limites de estos párrafos. Está de espaldas, ya no sabe dónde está la cámara.

No es secreto que Loo tenía una postura política con el cuerpo, es imposible no tocar este tópico cuando hablamos de su obra. Al parecer es una constante en la escritura de hombres homosexuales. Sin embargo, su visión resalta en el plano de la literatura mexicana. Sobre todo en su Operación al cuerpo enfermo, donde lo corpóreo tiene una carga en la orientación sexual y se presenta deforme, enfermo, habitado, violentado. Pareciera que la experiencia de llevar el cuerpo a todas partes es sinónimo de encarcelamiento:

[…]Él imagina  que la gente al verlo lo ve en cuatro patas pidiendo ser embestido […] otro hombre le mete un dedo por el ano y le comienza a hurgar. Nadie se detiene a imaginar a los heterosexuales en actos impúdicos. Son heterosexuales y ya.

Los vasos comunicantes en toda su obra son constantes. En Narvarte Pesadilla, el protagonista llamado Sergio tiene un pene descomunal, a lo que me llevó a recordar este texto contenido en Operación al cuerpo enfermo:

Estamos sanos. Estamos muy sanos. Estamos intensamente sanos. Inconmensurable, bizarramente, deformemente vivos.

Sergio Loo se desbordó, llevó sus ideas del cuerpo a otros géneros y disciplinas del arte. El director de cine, Julián Hernández, comentó en una charla donde platicaba sobre su filmografía, que Loo trabajó con él de forma indirecta, solo lo vio dos o tres ocasiones, que trabajaban vía correo electrónico y fue en ese tiempo donde se concretaron dos proyectos para la pantalla grande: Soy la felicidad de este mundo (largometraje) y Muchachos en la azotea (cortometraje). En estos trabajos, que casi nadie toca cuando hablamos de su obra, está impregnada la esencia del escritor tan apreciado por muchos.

Lo que nos queda de un cuerpo

Propongo, seguir recolectando las huellas de Sergio, como se ha hecho hasta ahora. Alguien, no recuerdo que poeta, amigo suyo, me comentó que pareciera que dejó todo planeado para trazar su camino después de su partida, con esa idea también quiero quedarme.

Propongo, Loo, mantenerte en nuestro imaginario, en el de la literatura nacional (una película documental vendría excelente). Mantener los ritos sobre partes de tu cuerpo que son tus libros, que sigas en muchos lugares especiales, en libreros y altares.

Aquí

los demasiados rostros te brotamos

biografía póstuma tu cuerpo.

 

 

Bibliografía

Loo, Sergio. Claveles automáticos. México. Harakiri ediciones. 2006.

Loo, Sergio. Guía roji. México. IVEC. 2012.

Loo, Sergio. House: retratos desarmables. México. Zeta. 2011.

Loo, Sergio. Narvarte pesadilla. México. Editorial MoHo. 2017.

Loo, Sergio. Operación al cuerpo enfermo. México. Ediciones Acapulco, UANL. 2015.

Loo, Sergio. Sus brazos labios en mi boca rodando. México. FETA. 2007.


Autores
(Zamora, Michoacán, 1994) egresado de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la Facultad de Letras de la UMSNH. Es parte de Promoción y Difusión para las Letras Michoacanas, A. C. Autor del poemario Cruising Morelia (Instituto Zacatecano de Cultura/ Texere Editores, 2019). En 2015, obtuvo Mención Especial en el Festival Internacional de Cine de Morelia por su guión titulado Fin del Mundo. En 2018, obtuvo el Premio Nacional de Poesía LGBTTTI.

 

La filosofía requiere tiempo. No es un arma de vanguardia y de golpeo de primera línea, sino un decir que nos obliga a reflexionar sobre las verdades, sobre quiénes somos y estamos siendo en los acontecimientos actuales y pasados. Cuando nos apuramos a sacar una conclusión para opinar sobre una situación, que es lo más cómodo y no nos obliga a pensar o escuchar sin juzgar, frecuentemente nos precipitamos y reducimos lo ajeno a categorías que podemos comprender. Metemos lo que no sabemos qué forma tiene en las cajitas que ya guardábamos en el sótano de nuestra mente para acallar la incertidumbre. Precipitamos el entendimiento antes de observar la situación, antes de medir sus ángulos y darle tiempo para que se desarrolle y se modifique: nos obliga la velocidad de los tiempos en que vivimos, en los que parece que no podemos estar ni un instante desconectados o sin producir algo.

La compilación Sopa de Wuhan: pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias es un síntoma del oportunismo y reduccionismo que vivimos en estos difíciles momentos. Con síntoma me refiero simplemente a que la compilación es una “formación de compromiso”, es decir, para admitir un contenido reprimido en el discurso consciente, se transforma en algo más aceptable para pasar la barrera de la defensa. El valor del pensamiento contemporáneoes el aceptable disfraz, velozmente confeccionado, bajo el que se pretende esconder el título que hace referencia al falso origen de la pandemia en Wuhan, en una sopa de murciélago.

Editada por Pablo Amadeo, la compilación presenta intervenciones de pensadores y filósofos contemporáneos de primera línea reflexionando sobre la actual pandemia del Covid-19 y algunas de sus consecuencias políticas, sociales y epistemológicas. El libro circula libremente en línea bajo el sello editorial ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio) que, según se dice es “una iniciativa editorial que se propone perdurar mientras se viva en cuarentena, como un punto de fuga creativo ante la infodemia, la paranoia y la distancia lasciva autoimpuesta como política de resguardo ante un peligro invisible”. Pero por ahora, Sopa de Wuhan se ha visto implicada en una controversia que solo ha contribuido a multiplicar la infodemia y paranoia porque presenta un discurso inaceptable (revelado en la portada) para el pensamiento crítico consciente, escudado en el nombre de filósofos y pensadores respetables de todas las latitudes, para convertirlo en algo más admisible y saltar nuestras barreras de defensa.

La compilación ha circulado ampliamente en las redes sociales con una portada y título que ha molestado a muchos lectores que le reclaman al autor y a su editorial improvisada ser consecuentes con el contenido crítico y reflexivo ofrecido. En un comunicado firmado por la Red de Diáspora China en España y otros colectivos asiáticos y de asiáticodescendientes antirracistas de España se le insta al editor a “retirar el actual título y diseño y a cambiarlo para que no se perpetúen más los discursos racistas”. La portada del libro electrónico que comenzó a circular hace un par de semanas lleva como fondo un collage de grabados de murciélagos dibujados por Ernst Haeckel (exponente de una teoría evolutiva racista del siglo xixde la que se sirvieron las ideologías fascistas en Italia, Francia y Alemania) y sobre ese collage, con mayúsculas en amarillo y fondo gris oscuro, se muestra el título: Sopa de Wuhany el subtítulo Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias. En la parte inferior derecha hay una lista con los nombres de los pensadores cuyas contribuciones se incluyen en el libro. La conjunción de estos elementos es ciertamente problemática y como dicen los críticos, la portada “difumina la peligrosidad de reproducir un discurso reduccionista y esencialista, en este caso, a través de una ilustración que refiere a un falso origen masivamente señalado por los medios de comunicación y reproducido en las redes acríticamente”. A su vez, el juego de palabras que podría ser visto como algo inocente, creativo y que podría referirse a la reunión de miradas sobre el tema en una “sopa”, también alude a un cierto imaginario que “cosifica el motivo y la culpa a la sopa” y por lo tanto complementa a la imagen, los murciélagos, que van acompañados peligrosamente por una geolocalización: Wuhan.[1]

En las redes sociales, el editor Amadeo ha defendido su compilación señalando que su portada no contiene ningún término racializado y que la idea de “sopa” no solo hace referencia “a la tristemente célebre teoría del surgimiento del Covid-19, sino que es una figura retórica que intenta referirse al ‘rejunte’ de miradas en relación a un tema. De igual manera la cara de los murciélagos”. Pero más adelante comenta, defendiéndose, que tanto los textos como las imágenes “ya están circulando” y que su labor es posibilitar para el público el acceso inmediato al libro. Lo cierto es que en la portada el conjunto de la palabra sopa, Wuhan y la imagen de los murciélagos es desafortunado y señala una responsabilidad geográfica, aunque no haya la intención de hacerlo (y la culpa siempre es del “otro”, del sucio y menos civilizado según el estándar occidental, vemos cómo esto se repite a lo largo de la historia).

No solo quiero discutir aquí la máscara o la portada que desafortunadamente eligió el editor para la compilación, sino también el contenido de las intervenciones de los diversos pensadores reunidos en la antología. Me decepciona el contenido del libro tanto como su portada. Y es que se trata de pensadores que en su trabajo han elaborado cuidadosa y pacientemente conceptos y teorías muy potentes para pensar nuestra era. Pero en estas breves intervenciones apuradas me parece que los filósofos han cedido ante la “urgencia” y la falta de reflexión del periodismo y con la situación de la pandemia han escrito textos que muchas veces parecen ser más un reproche implícito que una verdadera reflexión. El filósofo italiano Giorgio Agamben, por ejemplo, no deja de ver sus sospechas confirmadas al pensar la situación a través del lente del “estado de excepción” y de un gobierno que limita las libertades en nombre de la seguridad. A su vez, la reflexión de Slavoj Žižek, aunque tiene dos o tres puntos lúcidos en su diagnóstico, acaba por sugerir que la crisis nos obligará a pensar en una sociedad alternativa, más allá del Estado nación y que hay que “reinventar el comunismo basado en la confianza en las personas y en la ciencia”. Es decir, cada filósofo lleva agua a su propio molino y usa la crisis actual para confirmar los desastres que ya predecían sus teorías o para promover el tipo de gobierno que prefiere.

Otras intervenciones son más medidas y acaso más apropiadas para el momento porque no necesariamente interpretan las medidas que toman los gobiernos, sino más bien intentan pensar la temporalidad del pensamiento mismo y se preguntan: ¿en qué tiempo del pensamiento vivimos? En vez de entrar al ring y pelearse a golpes al nivel que lo hace Byung-Chul Han, pensadores como Alain Badiou, María Galindo y Patricia Manrique se detienen un momento ante el hecho y las respuestas y se preguntan por la posibilidad de la filosofía en momentos de emergencia. Badiou dice que “parece que la prueba epidémica disuelve en todas partes la actividad intrínseca de la Razón, y que obliga a los sujetos a regresar a los tristes efectos (misticismo, fabulación, rezos, profecías y maldiciones) que en la Edad Media eran habituales cuando la peste barría los territorios”.[2]La compilación está marcada por la prisa que disuelve la razón en todo sentido y quiero rescatar algo que dice Patricia Manrique en el texto que incluye la misma antología: “Pensar filosóficamente un evento como el que estamos viviendo, requiere, en primer lugar, tiempo… Lo que se hace, con las prisas, a menudo, es reducir la otredad a la mismidad: confinarla en los parámetros habituales de lo propio, en la órbita del yo, de lo conocido”.[3]

Me parece que en la urgencia y la velocidad está el grave error de esta compilación (incluyendo innumerables erratas y malas traducciones de los artículos). Más allá de criticar la intencionalidad o no del título o que haya una agenda racista oculta, lo más preocupante es el oportunismo que decide que es necesario opinar ya y que ha surgido a raíz de la pandemia del Covid-19 en todas las esferas de la política, la economía y ahora la cultura y el pensamiento que se pretende filosófico. El pensamiento crítico y la filosofía, repito, requieren tiempo para operar en una esfera que no sea la de las meras opiniones periodísticas de las que ya todos estamos hartos.

Estos días de confinamiento se está debatiendo sobre los usos y abusos de la filosofía. Un poco al estilo de un libro new age de autoayuda, se busca recurrir a los filósofos como si fueran un maestro espiritual capaz de iluminar el camino que nos ayude a salir de la oscura caverna en la que de pronto nos dimos cuenta hemos estado siempre recluidos. A veces, se les recrimina a los filósofos que han salido a teorizar muy pronto sobre una tragedia que aún no nos es posible asir dada la excepcionalidad de la situación. Aunque creo que siempre es un buen momento para detenernos a reflexionar, las posiciones que han ofrecido algunos pensadores en estas últimas semanas, muchas de ellas contenidas en el libro Sopa de Wuhan, tienen más que ver con el deseo de ver plasmadas sus teorías en la realidad que con la complicada labor de intentar comprender-nos en el momento que vivimos. No se trata de volver a la filosofía de quienes viven aislados del mundo en sus torres de marfil, ni de armar un pensamiento nuevo y rápido desde el confinamiento lleno de estrés desde el que trabajamos. No es ni el fin ni el comienzo, sino un momento como otros que hay que reflexionar lejos del reduccionismo que sintomáticamente señala la culpa en lo incomprensible, lo otro. Habría que articular un pensamiento crítico que fuera realmente crítico y no oportunista, presa de la moda del momento.

 


 

 

[1]Para ver el comunicado completo, ir a: https://sites.google.com/view/comunicadosopadewuhan/comunicado?authuser=0

[2]Alain Badiou, “Sobre la situación epidémica” en Sopa de Wuhan: pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemias, Pablo Amadeo, ed. ASPO, p.70.

[3]Patricia Manrique, “Hospitalidad e inmunidad virtuosa” en Sopa de Wuhan: pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemias, Pablo Amadeo, ed. ASPO, p.145-146.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.