Tierra Adentro

Tal vez has existido apenas como la lagartija a la que cortan el rabo
y el rabo salta, separado del cuerpo. 

Fernando Pessoa

Nuestra sociedad vive enferma – y no me refiero a la pandemia ni a las patologías médicas, sino a las enfermedades del deseo, esas que padecemos “los sanos”. El éxito, la riqueza y la fama son ideas inofensivas a priori, pero en la práctica son objeto de un obsesivo culto que nos corrompe y dicta nuestros actos. Su idealización despierta celos, rencores y envidias que determinan nuestros conflictos internos y, por ende, las interacciones que tenemos con el mundo. Si bien estos trastornos individuales tienen su origen en el criterio de la comunidad (¿quién no ha deseado ser exitoso, rico o famoso?), suelen germinar en soledad. Se mantienen en la esfera privada porque son temas tabú que está mal visto evocar en reuniones y nadie admite abiertamente la influencia que tienen sobre su vida, pero es evidente que gobiernan nuestra cultura. Por otro lado hay trastornos colectivos asentados en los cimientos de la sociedad como el racismo, el clasismo y el patriarcado. Tanto así, que incluso han llegado a considerarse doctrinas o, en el peor de los casos, se mantienen invisibles a fuerza de costumbre y normalidad. 

En medio de esa geografía de las voluntades nuestro deseo se atrofia y nos conducimos cual títeres endebles en una constante experiencia de la frustración. ¿Por qué? Esa es la compleja pregunta que trató de formular Freud en 1930 en el (no siempre) reconocido ensayo El malestar en la cultura [Das Unbenhagen in der kultur].

 

Un sentimiento que preferiría llamar sensación de eternidad 

Pese a los conflictos que suscitan nuestros deseos, los seres humanos tenemos un vínculo innegable con nuestra especie y el mundo. Es una intuición escondida en un vago umbral de la mente; una idea que nos permite reconocernos en el otro (y lo otro); un sentimiento que hermana nuestros miedos, esperanzas y alegrías. Este cordón umbilical ha sido descrito en incontables ocasiones, pero su existencia rebasa lo racional y se asienta en un principio de buena fe, de panteísmo acaso: “es una sensación como de algo sin límites, sin barreras, por así decir «oceánica » (…) un sentimiento puramente subjetivo, no un artículo de fe; (…) pero es la fuente de la energía religiosa”1, declara un amigo de Sigmund Freud a quien el pensador confiesa no entender pero cuyas palabras resume bajo la noción de “sentimiento de atadura indisoluble, de co-pertenencia con el todo exterior”. No se trata entonces de la fe religiosa, pues dicho sentimiento pervive por igual en creyentes, ateos y agnósticos. Además, es bien sabido que Freud era un judío ateo y la religión le parecía un placebo social, un mal necesario.

Estos dos polos (las enfermedades sociales y el sentimiento “oceánico” humanitario) resumen la condición del individuo en sociedad pero también exponen la fragilidad de los límites del yo. A simple vista el cuerpo parece ser una barrera lo suficientemente clara, pero el abismo interior del yo es infinito. Más aún, sus fronteras tiemblan cuando pensamos en experiencias como el enamoramiento, donde el yo y el  se funden; o en la experiencia parental, donde los padres pierden una parte de su identidad, pues la transfieren irremediablemente a sus hijos.

 

You can’t never get what you want

El deseo es el motor que nos conduce y dirige nuestros sueños. “No soy nada / nunca seré nada /no puedo querer no ser nada / aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”, proclama Fernando Pessoa en su poética de la nostalgia y la aspiración. A una persona pueden despojarla de todo menos de sus ambiciones íntimas, que gozan de un valor igual o mayor al de un bien material aunque nunca se realicen – no hay que desconocer el peso metafísico de los deseos en el receptáculo de la mente. Tanto más agrega Jorge Luis Borges en su Declaración final: “No hay en la tierra un hombre que secretamente no aspire a la plenitud. Es decir, a la suma de experiencias de que un hombre es capaz”. Nuestra inevitable condición deseante nos lleva a soñar sin importar nuestras posibilidades, a creer que podemos conocer todos los países del planeta, disfrutar los mejores platillos de la gastronomía o beber sus licores más exquisitos. Tal panorama confluye con el cauce de una sociedad que ha entronizado el consumismo como la forma reina de la felicidad.

Aunque todos reconocemos la felicidad como una quimera inalcanzable, un estado idílico de relativa consecución y esquiva posibilidad, de cierto modo estamos sometidos a su tiranía. “En nuestras sociedades el goce se transforma en una especie de extraña obligación pervertida”, recuerda Zizek en su reflexión sobre la promesa metafísica que se esconde tras las propagandas de Coca Cola. Ser feliz parece, pues, una condición sin la cual perderemos el respeto de nuestros amigos más queridos. “El ser humano no aspira a la felicidad, eso es algo que solo hacen los ingleses”, asegura Nietzsche con ironía en El ocaso de los ídolos, un tratado aforístico que pone en evidencia los impulsos infantiles que nos mueven a inventar dioses o pequeños dioses como la belleza canónica, el turismo exótico o la corrección política,   y donde quizás no hacen tanta falta como creemos. La sensación de orfandad es la responsable de nuestra necesidad de inventar “padres” donde subyacen miedos, dirá Freud, y esa es nuestra manera de evitar el dolor de una existencia sin ilusiones conservando nuestra aspiración a la felicidad. Por eso, de alguna forma, “las religiones son deseos colectivos”.

Así pues, los humanos nos mecemos en una danza infinita entre “el principio de placer” (lo que queremos, que es todo y solo para nosotros) y “el principio de realidad” (lo que el mundo nos permite, que es bien poco y depende de incontables variables). Lo trágico reside en que la eventual obtención de un objeto del deseo , que nunca será suficiente porque éste es un dios insaciable y caprichoso. “Quizás el máximo terror del deseo consiste en ser satisfecho completamente”, reitera Zizek. Por eso la aspiración a la felicidad no se trata de encontrar un placer definitivo, empresa de antemano inalcanzable, sino de evitar el dolor en la medida de nuestras posibilidades. ¿Cómo logramos esto? En principio asimilamos “el afuera, el mundo exterior” como un enemigo, una fuente de displacer. Y entonces adoptamos una estrategia determinada para luchar contra él.

Los tres caminos: entre la frustración y el dolor

Una soledad buscada, mantenerse alejado de los otros, es la protección más inmediata que uno puede procurarse contra las penas que depare la sociedad de los hombres. Bien se comprende: la dicha que puede alcanzarse por este camino es la del sosiego.2

 

Según Freud, hay tres caminos para proteger nuestro yo interior de las agresiones del mundo exterior. El primero es el aislamiento y todas las formas que se desprenden de él. Dormir bastante es una forma de proteger nuestra mente del sufrimiento que provoca la realidad – aunque los sueños y las pesadillas siguen al acecho–; olvidar es otra manera en que el cerebro protege a la consciencia de los eventos que no queremos o no necesitamos recordar. Hay reiteradas historias sobre los soldados que olvidan largos períodos de su vida en combate “sin darse cuenta” de ello. Desde luego, este olvido es parcial y selectivo. Hay muchos sucesos traumáticos que permanecen e incluso insisten en quedarse en nuestra memoria como los desamores y el duelo por la muerte de los seres queridos. En definitiva, “nada que haya entrado a la psique puede borrarse del todo”. 

El segundo camino para combatir el sufrimiento que nos produce el mundo exterior es “pasar al ataque” y someterlo a nuestra voluntad. En esa categoría entran los esfuerzos que hacemos para manejar nuestras vidas. Pagar los servicios públicos y la renta, culminar nuestros estudios, emprender ese proyecto que nos llevará al éxito, entablar contacto con esa persona que nos interesa. Pero también se incluye aquí la creación y el consumo de obras artísticas que alivian nuestra humana necesidad tener contacto con lo bello. A gran escala, Freud se refiere al grueso de la cultura, a todas las acciones de la humanidad que buscan refrenar la hostilidad de la naturaleza sobre los individuos: las invenciones tecnológicas, los medios y herramientas semejantes al avión, el servicio de pizza a domicilio o las videollamadas. No obstante, surge una pregunta inevitable: ¿cuál es la necesidad de artefactos como las minas quiebra-pata o las bombas atómicas? Pues bien, Freud cree que estos terribles dispositivos buscan saciar el (¿vergonzoso, contradictorio, bestial?) instinto de agresión connatural a los seres humanos, una tendencia que habría de conceptualizar como “pulsión de muerte”.

Por último, la tercera ruta en nuestra infructuosa tentativa para escapar del dolor son los paliativos, o lo que Freud denomina “el método de la intoxicación”. En este grupo no solo  se encuentran la aspirina, los anticonceptivos o el prozac, sino además ciertas creencias y prácticas colectivas –“delirios de masa”– como las religiones, la meditación o el yoga; ejercicios que tratan de crear una consciencia sobre las sensaciones y emociones que nos hacen sufrir. Al intelectualizar o dogmatizar nuestros límites podemos dejar de sufrir innecesariamente (pues el dolor es inevitable; vivir duele y de cierta forma “el dolor es una afirmación de la vida”, como diría Schopenhauer). Sin embargo, cada persona tiene un carácter o constitución diferente y responde distinto al influjo exterior. En la tipología freudiana están los individuos “eróticos”, que dan prioridad a sus relaciones sentimentales; los “narcisistas”, que tratan de hallar la satisfacción en sus propios procesos anímicos; y los “seres de acción”, que no dejan de probar su fuerza y satisfacer su deseo en el mundo exterior. 

Pese a los distintos caminos que la cultura ha creado, la suerte está echada en contra del ser humano. Su única esperanza reside en “hallar el punto medio”, la justa armonía entre lo que quiere y lo que puede como quien hace un negocio pero en vez de ganar algo espera no perder demasiado. Es evidente que el deseo trata de empujarnos a transgredir los límites sociales, a encontrar “los puntos de fuga”, porque el goce de satisfacer las pulsiones salvajes, no dominadas por el yo, es incomparablemente inferior al reducir el sufrimiento. Eso explica el fascinante atractivo y “el carácter incoercible de los impulsos perversos”3. Ahora bien, ¿eso nos hace perversos por naturaleza?

La alegría del fracaso ajeno

Es innegable que hay ciertos placeres vinculados con el dolor ajeno. Muchas veces nos provoca risa la desgracia del vecino, aunque tratamos de que sea mínima para que no perturbe nuestra buena conciencia – ¿quién no se ha burlado de la repentina caída circense de alguien?. Sin duda el goce es mayor cuando es alguien conocido y se ha establecido una relación de comparación –consciente o inconsciente– con esa persona. Incluso nos alegramos de hacer bromas inocentes a nuestros conocidos, que celebramos como singulares muestras de afecto. En esos casos, según dice Sócrates en El Filebo o del placer, se confunden el placer y el dolor porque, nos guste o no, “los hemos mezclado con envidia y (…) la envidia es el dolor del alma”4. Esa misma contradicción resumió el místico William Blake en sus Cantos de experiencia al versar que “La crueldad tiene corazón humano, y la envidia humano rostro”. También el sexo pasa por una serie de dinámicas donde el roce y la agresión, la violencia y la pasión, ocupan un rol importante –ya sea en pequeñas porciones que finalmente rozan los límites de “lo razonable”. La vida erótica no puede sustraerse de los polos que representan el sadismo y el masoquismo, vías que permiten aplacar esa pulsión de muerte. Las relaciones humanas contienen, inevitablemente, una dosis de esos placeres culposos. Juzgarlos de antemano sería desconocer los deseos que nos habitan. Llevarlos al extremo sería legitimar aberraciones como la violencia de género o la pedofilia, pero tampoco es una casualidad que el confinamiento haya traído fenómenos como el notable incremento de denuncias5 por violencia intrafamiliar, de divorcios y de visitas a los sitios de pornografía en línea. 

  “Schadenfreude” es una palabra en alemán que podría traducirse como “alegría del fracaso ajeno” y se usa en la psicología cognitiva para definir la felicidad que nos produce vergüenza. Nada más problemático que sentirse feliz porque al vecino le fue mal, pero hay varios contextos en los que sucede, como el del reconocimiento deportivo (para ganar necesito que ellos pierdan) o el académico (para ser “el mejor” necesito de cierta forma que al resto le vaya mal). En una sociedad de libre mercado y competencia exacerbada, los infortunios del otro generan posibilidades de mejoría material o psíquica para el yo. Esta brecha se agranda con la tendencia comparativa de nuestra mente (nos comparamos con nuestros hermanos, amigos, parejas, etc.), lo cual deriva en un sinnúmero de acciones y pensamientos que si bien no podemos juzgar como malintencionados, tampoco nos enorgullecen. ¿Por qué? En general, la “alegría del fracaso ajeno” está mal vista en sociedad, pero en el fondo es de gran utilidad para la autoestima y la capacidad de resiliencia. Además, según teóricos de la psicología conductiva como Dan Ariely6, el “Schadenfreude” es un sentimiento de dominación connatural al ser humano y ha sido modelado por su evolución. Los primitivos Homo sapiens habrían desarrollado reacciones como la risa o el regocijo ante la tragedia ajena, hecho que combina “la ley del más fuerte” y el amor propio. En definitiva, Freud solo coincide a medias con la famosa sentencia romántica de Rousseau: “el ser humano no nace bueno, pero sin duda la sociedad lo corrompe más”.

  Como la vida humana misma, la evolución cultural es una lucha entre el instinto de vida (Eros) y el instinto de destrucción (Thanatos). La semilla de esa idea figura en el mito de Psique, recogido por Apuleyo en El asno de oro. La doncella Psique –que en griego significaba “brisa” y derivó en “alma” y luego en “mente”– era tan bella que la diosa Afrodita, celosa, ordenó su muerte. Pero Eros, encargado del trabajo, sucumbió a los encantos de Psique y decidió no matarla sino esconderla en una torre, donde la visitaba al caer el sol y la amaba en la oscuridad, a ciegas. Una noche, la curiosidad movió a Psique a encender una vela para conocer el aspecto de su amante, pero en el breve instante que logró ver el rostro de Eros, lo quemó con la cera de la vela y lo hizo escapar horrorizado. Entonces, para recuperar el amor y la belleza de Eros, Psique tuvo que negociar con Afrodita y luego atravesar el mundo de los muertos para pedirle a Perséfone, la reina del infierno, su don. De este mito se desprenden dos reflexiones que iluminan nuestras derivas: por un lado, descubrir el verdadero rostro del ser amado nos puede llevar al desencanto absoluto (pues con frecuencia nos enamoramos de “la idea del otro” que ha modelado nuestro deseo), y por otro, que a veces para amar es necesario atravesar el infierno, y aún la muerte (el amor pasional colinda con la angustia y la prueba final de cualquier amor es la muerte).  

La cultura, entre guerras y religiones

El instinto de agresividad que habita a los individuos debe, dice Freud, encontrar “fuentes de canalización” para no incurrir en la autodestrucción y el aniquilamiento de la especie. Así pues, los sistemas religiosos no solo crean “ilusiones perfectas” al responder preguntas metafísicas que carecen de solución concreta – ¿quién creó la especie humana?, ¿cuál es el fin último de la vida?, ¿qué hay después de la muerte? –, sino que además regulan las pulsiones de amor y muerte, y tratan en vano de aliviar el sentimiento de culpabilidad que estas generan7. Probablemente por eso, sostiene Freud, el judeo-cristianismo triunfó sobre las religiones paganas. En algún punto pareció necesario establecer esquemas como el sacramento de “la confesión”, o los mandamientos irrealizables pero consoladores como “amar a Dios sobre todas las cosas”. Eso explicaría también la hostilidad del catolicismo hacia la vida primitiva y la desvalorización de los placeres mundanos; aquello que Nietzsche llamó “la verdadera vida”. 

Freud insiste en que la frustración de los deseos es una experiencia fundamental para la existencia de la “civilización” –palabra más acertada quizás para traducir “kultur”. Las leyes y la religión son pues un conjunto de diques que canalizan las aguas de la libido humana. Sin embargo, las contradicciones morales de los designios religiosos quedan expuestas en El malestar en la cultura. La célebre refutación de la máxima “amarás al prójimo como a ti mismo” es demoledora. Freud la presenta como antinatural, imposible e incluso injusta, pues no se puede amar por igual a los allegados más cercanos y a un desconocido que no tiene ninguna influencia directa sobre nuestras vidas: 

¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servirnos? Pero, ante todo, ¿cómo llegar a cumplirlo? ¿De qué manera podríamos adoptar semejante actitud? Mi amor es para mí algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente. Me impone obligaciones que debo estar dispuesto a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien es preciso que éste lo merezca. Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo. (…) Pero si he de amarlo con ese amor general por todo el Universo, simplemente porque también él es una criatura de este mundo, como el insecto, el gusano y la culebra, entonces me temo que sólo le corresponda una ínfima parte de amor, de ningún modo tanto como la razón me autoriza a guardar para mí mismo. ¿A qué viene entonces tan solemne presentación de un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir?8

 

El instinto de Thanatos es, pues, irrefrenable e insaciable como el deseo mismo. A lo máximo que se puede aspirar es a engañarlo momentáneamente y luego conducir su violencia hacia “un otro”. Así pues, los sistemas religiosos concentran el Eros y dirigen el Thanatos del individuo hacia un afuera: “siempre se podrá vincular amorosamente a mayor número de personas con la condición de que sobren otros para descargar los golpes”9. Desde esa perspectiva, no extraña que “evangelizar” y “conquistar” fueran acciones análogas durante sucesos como las cruzadas o en la colonización de África y América Latina. De alguna forma, civilizar es también agredir, coartar y castrar. Preguntas inevitables brotan de estas reflexiones: ¿Cómo nos sacudimos de nuestro instinto de agresividad? Y más aún, ¿quiénes son esos “otros” que reciben nuestros golpes? ¿Acaso nuestros familiares y amigos, nuestros colegas y compañeros? 

El ensayo de Freud goza de una actualidad innegable. Es cierto que sus revelaciones son de un enorme pesimismo. No solo la pulsión de muerte connatural al ser humano –gozamos ejerciendo nuestro impulso destructivo– sino que es imposible de extirpar. Pero también desnuda la estructura libidinal de nuestra sociedad y muestra que esta no seguiría existiendo si la pulsión de muerte hubiera primado. Su permanencia nos habla; nos recuerda quizás el “sentimiento oceánico” que nos vincula con el resto de la humanidad, o acaso el principio de buena fe que nos lleva a creer en los beneficios de la asociación mutua, la cooperación y las leyes. Imposible no pensar en la experiencia del confinamiento mundial como el punto más álgido de la civilización en toda la historia. En virtud del bien común restringimos nuestros deseos personales como nunca antes y nos exponemos a una experiencia de la soledad y la frustración única. Probablemente, la solidaridad sea el último refugio de la cultura humana, pero el precio psíquico que supone es bastante alto, ya que además genera nuevas preguntas y nuevos problemas, como todas las invenciones humanas. Baste pensar en la relatividad del progreso, en las invenciones tecnológicas que nos enorgullecen y en sus daños colaterales: 

Si no hubiera ferrocarriles que vencieran las distancias, el hijo jamás habría abandonado la ciudad paterna, y no haría falta teléfono alguno para escuchar su voz. De no haberse organizado los viajes transoceánicos, mi amigo no habría emprendido ese viaje por mar y yo no necesitaría del telégrafo para calmar mi inquietud por su suerte. ¿Y de qué nos sirve haber limitado la mortalidad infantil, si justamente eso nos obliga a la máxima reserva en Ja concepción de hijos, de suerte que en el conjunto no criamos más niños que en las épocas anteriores al reinado de la higiene y, por añadidura, nos impone penosas condiciones en nuestra vida sexual dentro del matrimonio y probablemente contrarresta la beneficiosa selección natural? Y en definitiva, ¿de qué nos vale una larga vida, si ella es fatigosa, huera de alegrías y tan afligente que no podemos sino saludar a la muerte como redentora?10

 

Los beneficios de la cultura crean nuevos problemas sociales y psicológicos, nos enfrentan a nuevos dilemas. Lo cierto es que no sabemos vivir de otra forma, y un idílico regreso a la vida primitiva también implica una idealización, cambiar un verdugo por otro. Ningún pensamiento crítico debería dar por sentada la estructura y las barreras que constituyen nuestra sociedad. “No existe una cultura normal; toda cultura debe ser interpretada”, recuerda Zizek. La realidad es irreductible, no hay un manual definitivo que nos explique cómo vivir esa frustración inevitable. Quizás ahí reside el desafío esencial de la existencia, en su carácter indomable y en su incertidumbre. 


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Ilustración por Richard Zela.

 

 

A unos kilómetros del Parque Nacional de las Montañas Rocosas, en Colorado, se erige un sitio lujoso que fue inaugurado a principios del siglo XX, el emblemático hotel Stanley. El éxito que tuvo en un inicio se vio opacado tras el accidente casi mortal de una de las recamareras en la habitación 217, lo que inició el rumor de que en el hotel ocurrían fenómenos paranormales y que estaba habitado por fantasmas, historias que fueron corroboradas tanto por los trabajadores del hotel como por los huéspedes.

Décadas después, en los 70, debido a los escasos visitantes y a los duros meses de invierno que orillaban al dueño a cerrar las puertas del lugar durante largos periodos, el sitio estuvo al borde de la quiebra. En ese entonces, Stephen King, quien comenzaba a ser un escritor reconocido tras publicar su primera novela, Carrie (1974), se mudó junto con su familia a Colorado buscando inspiración para una nueva historia.

Él y Tabitha, su esposa, decidieron celebrar Halloween en el Stanley, donde se registraron el 30 de octubre del 74. El hotel estaba por cerrar sus puertas debido a la temporada invernal, por lo que ambos eran los únicos huéspedes.

La primera noche, después de cenar, Tabitha se fue a su habitación, la 217, mientras King paseaba por el sitio casi desierto. Al llegar al bar, trazó los primeros esbozos mentales del personaje principal, Jack Torrance, un hombre de carácter explosivo y con problemas de alcoholismo. A la mañana siguiente, King despertó de golpe: tuvo una pesadilla que involucraba a su hijo pequeño. Durante el tiempo que le tomó consumir el primer cigarro del día, ideó la novela que titularía The shining, obra que publicó tres años después, en 1977, y donde el hotel Stanley se convierte en el hotel Overlook.

El resplandor fue el primer best seller de King. En 1980, Stanley Kubrick adaptó la novela a la pantalla grande, película con la que King no estuvo muy contento debido a los cambios que realizó el director, como la eliminación de varias escenas importantes, la reducción de diálogos de Wendy, el cambio del número de la habitación y la modificación radical del final, pues Kubrick buscó un cierre mucho más profundo y metafórico que el de King.

The shining relata la historia de Jack Torrance (interpretado por el inigualable Jack Nicholson), un hombre desempleado, con problemas económicos y antecedentes de violencia y alcoholismo que acude a una entrevista de trabajo al hotel Overlook para obtener un empleo como cuidador del lugar durante los meses de invierno que permanecerá cerrado al público, pues las intensas nevadas bloquearán los caminos y lo aislarán por completo.

Durante la entrevista, el director, Stuart Ullman (Barry Nelson), le comenta a Jack que el aislamiento total podría resultar nocivo: el vigilante anterior se perturbó al punto de matar con un hacha a su esposa y dos hijas para, finalmente, suicidarse. Jack, tras escuchar la trágica y espeluznante historia, reafirma su interés y compromiso respecto al empleo y asegura que ese tiempo en confinamiento será ideal para poder concluir el libro que está escribiendo.

Jack obtiene el trabajo, regresa a la ciudad y vuelve al hotel junto con su esposa, Wendy (Shelley Duvall), y su hijo de cinco años, Danny (Danny Lloyd), el día en el que el resto de los empleados partirán a sus hogares. Ullman los presenta con los últimos empleados que están por marcharse, y el niño, cuya percepción extrasensorial está muy desarrollada, se comunica telepáticamente con el jefe de cocina del hotel, quien le menciona que su propia abuela, quien también se podía comunicar de esa forma, llamaba a esa habilidad “el resplandor”. Le advierte que, entre todas las historias que se han originado en el hotel, hay algunas que no son buenas, y le prohibe entrar a la habitación 237.

Algunas semanas después, ya solos, quedan incomunicados por completo debido a las intensas nevadas y todo comienza a complicarse. Jack no puede escribir más, y la violencia contra la que lucha comienza a brotar de nuevo, primero de forma inconsciente: tiene una pesadilla en la que mata cruelmente a su esposa e hijo.

Danny finalmente entra a la habitación prohibida, de la que sale completamente alterado y con marcas en el cuello. Al verlo, Wendy piensa de inmediato que Jack maltrató de nuevo al niño y lo encara. Entonces Jack acude al bar y experimenta su primera visión, la del barman del hotel y una barra repleta de botellas.

 

Ilustración por Richard Zela.

Ilustración por Richard Zela.

 

Una secuencia de alucinaciones espantosas (como la famosa cascada de sangre), diversos fantasmas (las gemelas que se le aparecen a Danny o los espíritus que celebran una fiesta), explosiones de ira de Jack, ataques y persecuciones espeluznantes (una de las cuales culmina con el protagonista destrozando la puerta de madera del baño con un hacha, una de las escenas más representativas) son recurrentes en la película.

El resplandor es la historia de un hombre trastornado que cede a la locura bajo circunstancias excepcionales que él mismo buscó con la idea de cumplir un quehacer intelectual y lograr solventar su economía familiar. Jack Torrance pensó que su proyecto literario se beneficiaría al pasar algunos meses en confinamiento, lejos de los distractores e interrupciones de la vida cotidiana, pero no tomó en cuenta uno de los elementos que alimentarían el caos: su propia familia, un núcleo en crisis incluso antes del encierro.

El rompimiento de antiguos hábitos y la creación de nuevas rutinas para los tres integrantes repercutió definitivamente en sus emociones y pensamientos. Compartir el espacio ínitmo sin tener oportunidad de deslindarse de éste ni un momento, el aislamiento del resto de la sociedad y la imposibilidad de apartarse de los otros aun en un espacio inmenso, pero finalmente incomunicado, lleva a Jack a perder la paciencia, su ira detona y enfoca su cólera de la forma más violenta en las dos personas inocentes y vulnerables atrapadas con él.

The Shining nos muestra un confinamiento autoinducido derivado de una necesidad económica e intelectual. La causa del mismo son las condiciones climaticas extremas. Pero a Jack le resulta imposible escribir porque su soledad no es absoluta, no solo lo acompañan su esposa y su hijo, sino también los espíritus que comienzan a aparecer por doquier en el hotel. Aunque este hombre de temperamento irascible tiene una visión distorcionada de la realidad y se comporta de forma irracional tras varias semanas de reclusión, no es necesario padecer algún trastorno o padecimiento previos para que el aislamiento, bajo cualquier contexto, altere nuestro pensamiento y comportamiento.

La privación de la libertad puede presentar la oportunidad única de encausar la experiencia en el ámbito creativo y artístico, pero esto no es un hecho incuestionable. Como sucedió con Jack, podría afilar y mostrar lo más negativo de nuestras personalidades.

Actualmente, llevamos meses en confinamiento debido a una pandemia. ¿Qué nos provoca el encierro, qué genera en nosotros el aislamiento social, no saber qué va a suceder? Ante la incertidumbre, el cerebro actúa alimentando el miedo. Además, la limitación de espacio y de actividades modifica nuestra neuroquímica. Experimentar falta de apetito, irascibilidad, estrés, preocupación, pesimismo e insomnio es lo más común, pues son síntomas de que nuestras mentes y cuerpos no se encuentran en condiciones óptimas, lo que resulta igualmente en altibajos emocionales y una sensación de irrealidad. Abrumados por la cantidad de información y la manipulación mediática, nos alimentamos constantemente de miedos e incertidumbres que culminan en agotamiento mental, depresión, ansiedad. En ocasiones, el pánico nos domina por completo.

En condiciones ordinarias, diariamente tenemos miles de pensamientos, de los cuales un gran porcentaje puede ser negativo. En confinamiento, dicho porcentaje aumenta. El problema se presenta cuando nos resulta imposible discernir entre los pensamientos con fundamentos reales y los meramente catastrofistas.

Diversas son las razones que han generado reclusiones masivas a lo largo de la historia: pestes, luchas armadas, climas adversos. En menor medida, el encarcelamiento y el internamiento involuntario en instituciones psiquiátricas.

Deleuze, en su artículo “Post-scriptum sobre las sociedades de control” (1991), ya hablaba de las agrupaciones que sustituyen a las sociedades disciplinarias a través de “los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia.” En la misma línea, para Foucault, en Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión (1975), existe cierto origen cultural común para instituciones como la prisión, el manicomio y la escuela, mismas que buscan la disciplina estricta, el control y el sometimiento de cuerpos, mentes y la diversidad humana a través de clasificaciones, segregación, exámenes, calificaciones y rangos, así como el castigo (según el caso); estas instituciones distribuyen y dividen de forma severa tiempos y espacios, creando en conjunto “una verdadera empresa de ortopedia social”, lo que representa la base de nuestra sociedad disciplinaria.

Si bien el caso de Jack, en cuanto a su empresa literaria, fue un fracaso, hay diversos casos de éxito de escritores en confinamiento carcelario: Oscar Wilde redactó su carta De profundis en 1897 mientras purgaba su pena en la cárcel de Reading, en Francia. El Marqués de Sade escribió Los 120 días de Sodoma (1904) al estar preso en la Bastilla. Ludwig Wittgenstein, quien buscaba continuamente el asilamiento para poder escribir, escribió su Tractatus Logico-Philosophicus (1921) siendo prisionero en Italia.

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Ilustración por Richard Zela.

La cárcel le otorgó a Dostoievski la experiencia para escribir algunas de sus grandes obras una vez que estuvo en libertad. Fue encarcelado y condenado a muerte en 1849. A punto de ser fusilado, el propio zar lo perdonó. En Memorias de la casa muerta (1862), Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamazov (1880) la repercusión del presidio es notable.

En una situación de aislamiento distinta, Ana Frank escribió, en la década de los 40, un diario al tiempo que estaba escondida junto con sus padres y su hermana en una pequeña casa de otra familia en la Alemania nazi.

En México, el caso de José Revueltas es uno de los más sobresalientes. Tras algunos meses en una correccional de menores, otros tantos en las Islas Marías y varios más en Lecumberri, Revueltas escribió dos de sus mejores obras inscritas en contextos carcelarios: Los muros de agua (1941) y El apando (1969).

En un contexto diferente, el aislamiento resultó igualmente escencial para la creación de grandes obras literarias: la poeta Emily Dickinson vivió gran parte de su vida recluida en su hogar, e incluso en su propia habitación. Frankenstein, de Mary Shelley, y El vampiro, de Polidori, se escribieron en 1816 tras un encierro de varios días debido al mal clima que les impedía salir de la mansión de Byron en Suiza.

Como elemento de ficción, el tema del cautiverio ha servido para crear universos cerrados como El Decámeron, de Giovanni Boccaccio, que utilizó la reclusión de diez jóvenes ante la peste bubónica como motivo principal de esta obra. Un caso más actual y opresivo es el de Javier Tomeo con su novela El cazador (1967), en la que un hombre se encierra de por vida en su habitación para evitar a su madre —de nuevo, la familia como núcleo en crisis.

Sí, hay casos en los que la tensión entre libertad y cautiverio detona la creatividad, pero la creación artística no depende ni se limita a esto. Como le ocurrió a Jack, puede delimitarla o extinguirla. La escritora Mariana Enríquez publicó, hace poco, un texto en la Revista de la Universidad de México en el que reflexionó sobre la dificultad de escribir (y de realizar cualquier actividad intelectual) en nuestra situación actual: “Me rebelo ante esta demanda de productividad cuando sólo siento desconcierto. (…) Es posible que hoy esté constituida apenas de ansiedad. Me deja muda e inmóvil en un sillón, encerrada. No en mi casa, eso no importa. Encerrada en mi cabeza.”

Estamos inmersos en un sistema económico que, aún en cuarentena, nos explota, nos exprime. Inmersos en la hiperconectividad que, a pesar del aislamiento, nos permite estar en un contacto insistente con los demás. No tener energía o ánimo para existir y exigirnos, además, erudición, es completamente comprensible. ¿A qué deberíamos temerle más, a lo que ocurre del otro lado de la puerta, en el exterior, o a lo que está ocurriendo en nuestras mentes?

Centrarnos en el presente nos ayudará a establecer prioridades. Preocuparnos de estar bien en el momento actual es escencial para no perder la cabeza al igual que Jack, y así aprender a relacionarnos en —y con— una realidad que se está transformando al igual que nosotros.

A 40 años del debut de la película The Shining, su secuela, Doctor Sueño, cuyo protagonista es un Danny Torrance ya adulto, se estrenó en México a finales de 2019. Esta vez fue Mike Flanagan quien adaptó a la pantalla grande un guion basado en la novela Doctor sleep, misma que King publicó en 2013. Flanagan buscó reconciliar al autor de la novela con una adaptación de su obra, y, al mismo tiempo, con The Shining de Kubrick, lo que el propio King admitió que sucedió tras ver Doctor sueño y aprobarla totalmente.

Confiemos en que, dentro de unos meses, nuestra “nueva” realidad nos permita aterrorizarnos de nuevo en las salas de cine.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Fotografía del archivo personal de Francisco Carrillo

Me siento sobre las barras de metal, a pocos centímetros del piso, que rodean a las columnas de la Terminal 1 del Aeropuerto de la Ciudad de México mientras espero a que un Uber me traiga el abrigo, olvidado en la percha de la entrada de mi depa. El Google Weather apenas marca 5 grados para el desierto de Chihuahua, más concretamente para El Paso, que es adonde me dirijo, así que el error inconsciente, que sigue asociando desierto y calor, me costará algo más de 100 pesos. Con la sensación de dureza en las pompis y avisado de que serán 27 minutos de trayecto, intento ejercitar el discutible arte de la espera con Catedral, el clásico de Raymond Carver. 

Añadí el libro a mi equipaje de mano porque, según parece, Carver escribió algunos de los cuentos más memorables de Catedral en su breve vida, entre la depresión, el alcohol y la exaltación romántica, en El Paso. Durante esos meses en la frontera, a finales de los años setenta, conoció y se enamoró de Tess Gallagher, a quien está dedicado. 

Recuerdo que, como todos los estudiantes de literatura, en mis años de universidad leí con verdadera fascinación Catedral y que, como todos, comencé a escribir cuentos al estilo Carver: frases cortas, sentido demorado, historias de desolación. No había vuelto a sus páginas, y ahora, casi veinte años después, siento una cierta condescendencia conmigo mismo o, más bien, con aquel joven de entonces. Los libros que se releen son pequeñas cápsulas de tiempo. Como me sucedió entonces, desde las primeras páginas  me dejo llevar por esa prosa desértica y vagamente surrealista, me sumerjo en ese primer relato de una pareja demasiado común que va a cenar, por primera y última vez, a casa de esos amigos que tienen de mascota a un pavo real.   

Llega mi abrigo y se inicia el protocolo de controles de seguridad, salas de espera y vuelos hacinados. Los pasajeros nos miramos con desconfianza. El virus se extiende pero parece que aún no nos ha tocado. 

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Para tomar un Uber en el aeropuerto de Ciudad Juárez hay que caminar a través del parking y salir del recinto hacia una carretera que transita a uno de sus costados. Desde ahí, otros pasajeros con maletas esperan a su placa y, una vez dentro, se internan por la extensión de carreteras sobre esta geografía terrosa y horizontal. Mi alerta interior se activa desde que salgo del entorno vigilado arrastrando dos maletas de ruedas, unas de ellas de un rosa bastante ridículo, y sigue en modo on mientras espero a mi conductor en el margen de la carretera. Los cielos son inmensos y la atmósfera cristalina; de la calle inhóspita solo se eleva el sonido de los coches y camiones que la atraviesan. Cuando aparece el Uber finjo una seguridad compensatoria, como si fuera un viejo conocido de estos lugares, algo incompatible con mi apariencia y mi acento extranjero. 

Desde la parte trasera del coche se acumulan los kilómetros por un entramado urbano disperso y precario. Le confieso al taxista mi asombro por la distancia entre el aeropuerto y los puentes fronterizos y me responde que eso no es nada, que la verdadera extensión es la otra, la que media entre los dos extremos de una ciudad que se derrama a lo largo del muro.

 

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 Aprovecho la conversación para preguntarle por la situación en Juárez, es decir, lo que yo entiendo por “la situación”, y dice que bien, que hay mucho trabajo y mucha economía. Me cuenta de los miles de cubanos y centroamericanos que, después de esperar durante meses en campamentos improvisados, encontraron trabajo en la propia Juárez y se instalaron aquí. Tiene varios amigos cubanos y una amiga en Pinar del Río con la que mantiene contacto a través de Whatsapp; Ella quiere que le ayude a llegar a México. Pero yo insisto: que cómo está la situación de la violencia en Juárez. Que sin problema. Se matan entre ellos.

Según nos acercamos a los puentes crece mi incertidumbre. Uno imagina caravanas migrantes, bloqueos policiales y tensión en la frontera, pero la paz es absoluta. Primero tengo que ir al puente de Lerdo a que me sellen el permiso de salida de México y, de ahí, a pie hasta el de Santa Fe para pasar por el puesto migratorio de Estados Unidos. Poco antes de llegar a él, y bajo la tremenda cruz pintada de rosa y atravesada por clavos en recuerdo de las víctimas de los feminicidios, un tipo semidesnudo y embadurnado de barro se arrastra por el asfalto. 

Con una moneda de cinco pesos, como si se tratara de un W.C,  se abre el torno que da acceso al puente y, con ello, a la seguridad del área controlada. Inmediatamente se apaga la lucecita interior de peligro. Lo que nos han contado que es el caos quedó ahí atrás, aunque todavía quedan remanentes, como este personaje en silla de ruedas que se ofrece, paradójicamente, a subirme las maletas por este primer tramo de puente.  A los costados se despliega el alambre y por abajo transcurre el río Bravo, convertido en un triste canal en cuyas riberas se prolonga el muro fronterizo, las vías férreas y autopistas que ensanchan su curso.  

El agente de inmigración me pregunta en inglés a qué voy a El Paso y qué llevo en mis maletas. Luego cambia al español y me pregunta con una sonrisa si conozco Galicia. Le digo que sí, que no hay nada mejor que el albariño y el pulpo. Quizás sean las referencias más lejanas posibles, pero resultan la clave para que cierre mi pasaporte y, sin siquiera sellarlo, me invite a pasar. Eso es todo: un billete de avión, un viaje en Uber y un par de preguntas. Da vértigo imaginar a quienes avanzan por los caminos con este mismo objetivo.

 

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El otro libro que me hubiera gustado echar a la maleta, aunque sin expectativas de poder leerlo en estos días, es Meridiano de sangre. Cormac McCarthy terminó de escribirlo en El Paso tras recibir una importante beca e instalarse aquí durante varios años. ¿Cuál será la razón de que esta zona de tránsito, rodeada por fronteras naturales y humanas a los cuatro costados, haya sido el escenario de estas dos obras? A simple vista, ningún rasgo de estas calles ordenadas y de donde se ha esfumado la vida, sugiere ningún tipo de narrativa. 

Camino a mi hotel, apenas a unas cuadras del centro, desde el control migratorio. El check-in no es hasta las 3pm, así que, para hacer algo de tiempo me detengo en La Malinche, un restaurante mexicano en pleno San Jacinto Square. Decoración tradicional, meseros mexicanos y quesadillas que me confirman, sin lugar a dudas, que me encuentro del otro lado del muro. Dejo una generosa propina y vuelvo al desierto urbano, solo perturbado por unos autobuses de última generación que, a pesar de circular prácticamente vacíos, se obstinan en su infatigable loop

A la entrada del hotel hay grupos de adolescentes de iglesia. Ya son las tres. Solo quiero que me den la llave y poder descansar del viaje. Desde el noveno piso que ocupa mi habitación se observa como si fuera una maqueta de miniciudad, la oficina de correos, la terminal de autobuses, el Pare de sufrir, el café vegano, el tranvía vintage, el bar, las decenas de hoteles y parkings. En segundo plano nos envuelve el horizonte urbano de Ciudad Juárez, con sus cerros terrosos y el omnipresente mensaje sobre el más próximo: “La Biblia es la verdad, léela”.

 

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No conozco a nadie y no quiero hacer nada más, así que fantaseo con atrincherarme en el hotel después de una breve excursión al CVS. Anochece y el aire es limpio y duro, por las calles me cruzo con otros hombres solos, supongo que con propósitos tan grises como el mío, que vagan por la ciudad antes de retirarse a sus habitaciones de hotel. Sobre uno de los edificios más altos del downtown se proyectan luces con los colores de la bandera mexicana. Sin embargo, todo parece negar cada una de las lógicas del otro lado del muro, erigirse como su exacto opuesto, como si El Paso extremara la imagen que Estados Unidos tiene de sí mismo.   

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Me despierto antes de que salga el sol y bajo al desayuno del hotel, un buffet de colesterol y grasas saturadas, la gasolina que necesitan los cuerpos de los huéspedes. Casi todos ellos, de tallas descomunales, visten la misma sudadera sucia en la que dice “Monster Jam”. Se sientan en grupos y ríen entre sí, aunque también hay quien evita las miradas, se sienta aparte y pronuncia hastiados good mornings. Google me informa que es un espectáculo de camionetas que saltan unas sobre otras, chocan y se rebozan por el barro. 

En la televisión del comedor, prendida y a un volumen considerable, solo se habla del avance del coronavirus mientras decenas de operarios de Monster Jam se ríen entre sí y tosen como si fueran personas obesas acabadas de levantar. Me sirvo una salchicha más, un último roll atiborrado de canela.

 El hotel se conecta con la universidad por una recta avenida que comienzo a recorrer hasta que aparecen los edificios que dotan al paisaje de un extraño toque oriental, como si la arquitectura vernácula del Bután que inspiró el campus hubiera prescindido de toda voluptuosidad. Las superficies rectas y caqui apenas se distinguen del fondo natural ni de los barrios de infravivienda de Juárez, particularmente próximos en esta zona.

 

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Poco ambiente, demora de unos compañeros de mesa que no se presentan, evento académico afectado ya ante las bajas de los primeros retenidos, en otras ciudades, por la pandemia. Así que toca encarar un One man show a las nueve de la mañana sobre el tema estrella de la jornada: violencia, desaparecidos, políticas de la frontera, migrantes. Y luego más mesas, y otros ponentes. Las conferencias magistrales con las que cerró el día insisten en los diferentes apocalipsis que se ciernen sobre todos nosotros. Después, un cocktail alivia el disgusto por el fin del mundo y, de paso, permite hacer un poco de networking. Me retiro antes. Prefiero repetir el ritual, ese sí decadente, de las botanas del CVS y la cama del hotel. En la televisión, algún partido de la NBA que no me interesa . 

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A la mañana siguiente, y tras otra ronda de estertores Monster Jam, decido dar una vuelta por el Museo de historia de El Paso. Entro junto a una excursión de una escuela local. La maestra, mexican-american, y los niños, todos de nombre Jesús, se comunican en un perfecto inglés. A través de las animaciones y los objetos de época aprendemos el origen de El Paso, apenas una comunidad que se reúne, a mediados del siglo XIX, en torno al destacamento militar de Fort Bliss, actualmente una de las bases militares más masivas del mundo. ¿Cuál es “la situación” de este otro lado? Limpieza y cálculo, veteranos retirados, contratistas que van y vienen, miedo más o menos razonable a un tiroteo masivo. Sin duda, el caldo de cultivo de los personajes de Carver o McCarthy, víctimas y a la vez ejecutores de la violencia que se extiende, como un virus, por esta atmósfera aparentemente inmóvil. 

Tras otra jornada en la universidad quedo con dos amigos para desembarcar esta noche en su casa. Nelson pasa por mí al parking del hotel y de allí vamos por algunos recados. Según nos alejamos en su coche de este simulacro de ciudad que es el downtown, nos internamos por el verdadero El Paso; una red de autopistas y malls marcan sus únicos referentes geográficos. Primero nos dirigimos a un Home Depot a cambiar unas herramientas defectuosas para la chimenea, y después aterrizamos en un Walmart para comprar carne y cervezas. 

 

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Ya en la casa, situada sobre una colina desde la que se extiende un horizonte lejanísimo y un cielo bíblico, bebemos y cocinamos mientras el sol se pone. Llegan más invitados, la mayoría cubanos. Hablamos de La Habana, salimos a comprar más cervezas y fantaseamos con el coronavirus. Aún no imaginamos el inminente confinamiento, pero ya circula esa alegría de las cosas que quizás duren poco, una escena imposible en el universo de Carver,   donde nunca aparece un Sonos con salsa. De pronto, se hace el silencio. Alguien dice que es un puma. En el patio, un predador nos mira a través de los cristales del comedor. Se mueve con seguridad, como si conociera el lugar, mientras nosotros permanecemos expectantes, fascinados por la amenaza y la magia de su presencia. Entonces Nelson agarra un hierro de los que cambiamos en el Home Depot y hace el ademán de abrir la puerta. De un salto, el zorro desaparece en la noche.


Autores
ensayista y profesor universitario; doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Pensilvania y maestro por la Universidad de Puerto Rico. Ha publicado el libro Excepción Bolaño y artículos para diversas revistas internacionales.

¿Llegará un día en que el olor del sexo pueda ser tan sugestivo

que nos haga desear indefectiblemente a un hombre o a una mujer,

y como en los tiempos de hambre y de caza,  

vayamos con todo por tenerlos?

 

Cierta tarde, Florencia Márquez Velosso recibió un anuncio a su casilla de correo. El remitente era L.R., su marido, pues era de su conocimiento el interés causado por los avisos oportunos. El asunto decía: Para que escribas un cuento de fetichismo.

 

De: Néstor Adrián <nestor.adrian@hotmail.com>

Asunto: Te compro tus pantimedias usadas…

Hola, ¿ya vas a tirar tus pantimedias usadas? No las tires, sácales una lanita, véndemelas, mientras más sucias de la vagina estén, mejor, mientras más, más te pago ¿Qué te parece? O ustedes chicos róbenle las medias jaladas a su mujer y véndanmelas, así se hacen de una lanita y si las usaron para hacer el amor con ellas puestas mmmmm mejor!!! Me gusta que tengan flujo y que huelan a sudor y yo me hago del fetichismo que tanto me gusta, las pantimedias de mujer usadas… escriban a este mail. También compro tangas usadas…

 

Florencia repasó el mensaje y lo que más le entusiasmó, antes de escribir cualquier historia, fue ponerse en contacto con ese individuo. A ella le gustaba la corsetería fina y había escuchado que los jóvenes robaban prendas íntimas femeninas porque, a decir de las leyendas urbanas modernas, “así disipaban sus aires de nobleza”. También recordó lo que puede hacer alguien por conseguir una prenda linda para el tacto, el olfato o su uso; como cuando descubrió sus primeras bragas de encaje en la habitación de la mujer que ayudaba en la casa de sus padres. Cuando le preguntó, la joven dijo que le gustaron mucho. Florencia decidió regalárselas.

Es curioso, pero Florencia se imagina hasta ridícula la palabra contacto cuando la gente ni siquiera pretende tocarse. Contacto telefónico, contacto por carta, por internet; cuando lo que se necesita, es una prótesis que nos permita mantenernos cercanos al mundo o hacer tierra.

“Pantimedias usadas o tangas, y mientras más usadas, mejor”. Lo importante era que conservaran el olor del sexo, el sudor o la lujuria impregnada en ellas, desmenuzaba Florencia en su mente cuando se decidió a responder el anuncio. Luego de varios ensayos, escribió:

 

Néstor Adrián: Mi esposo me hizo llegar este anuncio, y dejé pasar mucho tiempo; sin embargo, por fin me pongo en contacto con usted. Me gustaría enviarle unas pantimedias usadas y también unas bragas. Tal vez para él hubiera sido más sencillo ponerse en contacto con usted, aunque no he notado ausencias en mis cajones, así que creo que no lo ha hecho. Dígame si le interesan…

Reciba saludos,

Florencia Márquez

 

El primer paso se había dado. Sintió nervios mientras pensó qué escribir y cómo dirigirse al individuo, sopesando si podría sobrevenir algún problema. Incluso creyó que para su suerte y para no enfrentarse con sus miedos —a los primitivos “deseos” hoy se les llamaba “aspiraciones” del hombre domesticado—, el tal Néstor Adrián no le respondería, pero se equivocó. No tuvo que esperar mucho, solo 24 horas.

 

Hola: Desde luego que me interesa, al contrario, le agradezco que se haya puesto en contacto conmigo, me encantaría comprarle esas pantimedias usadas, solo le menciono las condiciones en las que me gustaría comprarlas, me gustaría que las haya usado sin ropa interior para que tengan su olor y flujo directo de su cuerpo, mientras más sucias estén más me gustan, no me importa marca ni nada, pueden ser las más baratas, mientras más transparentes mejor, me gustaría también que les pusiera una marca mientras las usa y me envíe una foto de usted usándolas donde se aprecie la marca solo con el fin de comprobar que sí fueron usadas por una mujer, por qué créame, me he llevado cada fiasco. En fin, solo eso, que hayan sido usadas por usted y estén muy sucias. Si las usó para hacer el amor mejor, ya que así estarán llenas de su dulce sabor.

De antemano le menciono que su esposo no se ha puesto en contacto conmigo, así que eso explica que no haya ausencias en sus cajones. En fin, sí me interesa y mucho me interesan tangas y pantimedias usadas llenas de flujo y olor a sudor, por favor dígame si las condiciones le parecen adecuadas y si no, siempre podemos negociarlas, lo que me interesa es la prenda usada. Gracias por ponerse en contacto y hasta muy pronto, espero.

Néstor Adrián

 

Florencia mantuvo el juego y escribió con la distancia que proporciona el usted:

 

Néstor Adrián: Creo que deberé esperar unos días entonces, para cumplir con las condiciones. Solo tengo una reserva, la de mandarle una fotografía usando la pantimedia. Me señaló que existe posibilidad de negociar, así que quisiera saber si ello es o no negociable. 

Por otro lado, quiero preguntarle cuánto paga por la prenda en las condiciones deseadas y cuál es el proceso que sigue; aunque por mi parte, más bien me gustaría un trueque. Quedo atenta a su respuesta,

Florencia

 

Después de haber mencionado que, en lugar de vender unas pantimedias usadas sin fotografía de por medio, se pudiera realizar un trueque, Florencia comenzó a imaginar qué podría pedirle. Lo obvio resultaba, sin duda, tener afición a los calzoncillos de hombre y pedirlos en las mismas condiciones que él había solicitado los de mujer, pero eso no le generaba ningún placer y tampoco tenía conocimientos químicos como para considerar extraer olores ni quería remitirse a Patrick Suskind y su El perfume.

A Florencia le costaba creer que el único y genuino interés de ese tal Néstor Adrián, fuera coleccionar prendas femeninas en ese estado, ¿para qué? ¿Cuánto tiempo podría durar el olor? ¿Dónde las guardaría? ¿Cómo haría las clasificaciones? Todas las preguntas surgían al ponerse en el lugar del coleccionista y se preguntó algo más, si habría comunidades fetichistas concretas. En medio de su investigación descubrió las más diversas. Le parecía un mundo desconocido donde la búsqueda no solo era el contacto con la tela. Florencia prefería relacionar imágenes y texturas, no así el olor, pero de todo hay, reflexionó.

¿Envías primero la prenda y luego te pagan? ¿Al revés? ¿Cómo confiar? Debía ser una broma, una persona aburrida enviando correos electrónicos, para ver quien caía.

Para Florencia era difícil creer que pudiera generarse una obsesión por las prendas y los aromas con el objetivo de alterar la libido ¿Pagar por oler? ¿Pagar por conservar un olor, el propio, el de uno en una prenda… el de alguien que ni siquiera conoces y de quien solo puedes tener unas letras de Internet y quizá no ser quien dice ser?

Sus elucubraciones iban acompañadas de pensar qué pantimedia le ofrecería, cuál braga, y si sería capaz de usarla por varios días o hacer el amor con ella; si le diría a L.R., su marido, para que la ayudara a seguir el juego y así ponerse a escribir o si al menos la portaría mientras hacía su ejercicio diario para sudar.

La respuesta de Néstor Adrián llegó a su buzón electrónico, digna de una lectura cuidadosa.

 

Asunto: re: Me interesan…

Hola: En efecto, las condiciones son negociables… Y si para usted no es pertinente la foto, está bien, podemos ignorarla y pasar a la siguiente parte. Como le dije, a mí lo que me interesa es la prenda. Contaré con su palabra de que la prenda fue usada por usted misma, el olor y sabor me lo confirmará más adelante…

ME LLAMA LA ATENCIÓN QUE ME PIDA UN TRUEQUE… DESDE EL INICIO LO ESTIPULÉ, QUE LAS CONDICIONES SON NEGOCIABLES Y LO DEL TRUEQUE ME GUSTA MÁS, ES, DIGAMOS, ALGO MÁS… PERSONAL, POR LA PRENDA EN ÓPTIMAS CONDICIONES PAGO HASTA 200 PESOS, ESTANDO EN MUUY BUEN ESTADO, O SEA, TAL Y COMO LA PEDÍ, PERO LA OPCIÓN DEL TRUEQUE ME GUSTA MÁS… PERO, ¿QUÉ PUEDO OFRECERTE? ¿QUÉ TE GUSTARÍA A CAMBIO DE TUS PANTIMEDIAS USADAS? COMO TE REPITO EL TRUEQUE ME GUSTA MÁS. EL PROCESO QUE SIGUE, PUES ES SENCILLO, ME AVISAS CUANDO TENGAS LA PRENDA LISTA Y SI YO TENGO LO QUE ME PIDES PUES NOS VEREMOS EN UN LUGAR PÚBLICO Y CON GENTE PARA HACER EL TRUEQUE. CUANDO HE COMPRADO PRENDAS LO HE HECHO DENTRO DEL METRO HIDALGO O AFUERA DE BELLAS ARTES O EN ALGÚN VIPS O SANBORNS, EN ALGÚN LUGAR DONDE NINGUNO DE LOS 2 ESTEMOS INQUIETOS O INTRANQUILOS Y QUE ESTEMOS SEGUROS, PORQUE DIGO, NO ME CONOCES Y SE QUE HAS DE TENER TUS DUDAS ACERCA DE MI, PERO COMO TE DIGO NO HAY PROBLEMA. AHORA BIEN, SI NO QUIERES QUE TE VEA CARA A CARA PUEDES ENVIAR A ALGUIEN A QUE ME ENTREGUE TUS PANTIMEDIAS Y YO LE DARÉ A ESA PERSONA LO QUE ME PIDAS A CAMBIO.

¿QUÉ TE PARECE?, ¿TIENES ALGÚN COMENTARIO, DUDA, SUGERENCIA?, LO QUE SEA HÁZMELO SABER, DE VERDAD TE PROMETO QUE LO CONSIDERARÉ. COMO TE MENCIONO, LO QUE A MI ME INTERESA ES LA PRENDA Y AHORA EL TRUEQUE, ME INTRIGÓ DEMASIADO…QUE PODRÍA TENER YO QUE TE GUSTE TANTO COMO A MI LAS PANTIMEDIAS USADAS… QUEDO ATENTO A TU RESPUESTA…

NÉSTOR…

 

Florencia repitió mentalmente, luego en voz baja y después en voz alta, en un intento por desentrañar lo que pasaba por la mente del otro: contaré con su palabra de que la prenda fue usada por usted misma, el olor y sabor me lo confirmará más adelante…, contaré con su palabra de que la prenda fue usada por usted misma, el olor y sabor me lo confirmará más adelante…, contaré con su palabra de que la prenda fue usada por usted misma, el olor y sabor me lo confirmará más adelante. Se sobrecogió porque ¿cómo podría él confirmar si era su olor y sabor? ¿La conocía? ¿Quién era ese Néstor Adrián? ¿Qué planeaba?

Florencia sintió un escalofrío y el desconcierto la recorrió, transformándose en un calor corporal que le encendió las mejillas. La sensación la llevó a continuar la lectura: ¿Qué puedo ofrecerte?, ¿qué podría tener yo que te guste tanto como a mí las pantimedias usadas? Notó el cambio del ‘usted’ al ‘tú’, y por supuesto, el paso a las mayúsculas. Entendió entonces que el tono ahora sonaba cercano, con más confianza. Se estremeció.

Florencia, confundida, no respondió a Néstor Adrián; sin embargo, a los cuatro días de silencio él volvió a escribirle, reiterándole su interés por sus pantimedias usadas, aún si ya no le interesaba trueque alguno.

Fue entonces que Florencia, buscando respuestas a las preguntas que se había formulado con respecto al fetichismo de Néstor Adrián, y para calmarse, decidió pedirle a L.R., su marido, que no se cambiara de ropa interior por varios días, para saber si le gustaba su aroma concentrado. Él rio de buena gana y le pidió que ella hiciera lo mismo.

Desde entonces, ella aprendió a mirarse al espejo por más tiempo, a cambiarse bragas y medias luego de usarlas lo suficiente. Las modelaba para L.R. como en desfile privado de lencería, y así siempre que podían pasaban las tardes, observándose uno al otro, hasta que la sugestión emocional aterrizaba y se expandía entre cuatro paredes. Él, por su parte, aprendió a usar el mismo bóxer por días. Se volvió esta, una manera íntima de comunicarse.

Si bien el cuento de fetichismo nunca se escribió, L.R. había logrado provocar a Florencia al enviarle ese aviso oportuno. Tanto que ella comenzaba a entender de coleccionismo. Investigaba para sentirse segura cuando se exhibía ante su marido siempre que él percibía los humores de sus prendas íntimas. Entenderlo le permitió conocer y disfrutar del olor concentrado de L.R.

A pesar de la nueva dinámica con su esposo, Florencia seguía intrigada con Néstor Adrián y, aunque tardó en contestar, analizó bien qué era lo que quería a cambio en trueque. Aquello que le pidió, luego de disculparse por su silencio de un par de meses, fue saber cómo había desarrollado ese fetichismo, lo quería detalladamente y por escrito. Quería saberlo todo. Accedió también a realizar el trueque con mensajeros para no sentirse vulnerables durante el intercambio.

Fue así que cuando Florencia ya descartaba cualquier correspondencia con Néstor Adrián, éste finalmente le escribió:

 

Acepto. Me has asombrado. Me pondré en contacto en cuanto tenga listo el relato.

 

El mensaje era breve y estaba correctamente escrito. Ese hombre lograba poner nerviosa a Florencia, pero de un modo extrañamente familiar. Era casi como cuando L.R le despertaba instintos insospechados con sus ideas, esas propuestas que no se imaginaba de él y que le resultaban fascinantes. Al relacionarlos, entendió todo de pronto. Néstor Adrián nunca más le escribiría para acordar el intercambio.

 

***

 

Florencia toma entre sus manos los calzoncillos de L.R., pone su nariz sobre la tela, inhala como si estuviera a punto de degustar un gran vino, sonríe hacia él, y le dice, ¿tú crees que podría diferenciar entre el olor de tu sexo y el de otros?

 

***

Nunca sabemos a quién tenemos junto a nosotros, pensó Florencia cuando encontró, en pequeñas cajas ordenadas alfabéticamente, toda una colección de pantimedias y tangas desconocidas con fichas informativas escritas por L.R.

 


Autores
Licenciada en Ciencias de la Comunicación y maestría en Administración de Organizaciones por la UNAM; con estudios en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Horizontal, la Escuela Dinámica de Escritores y en 17, Instituto de Estudios Críticos. Sin Dios y sin diablo es su segunda novela editada por Plaza y Janés. Autora del texto Las amorosas más bravas (Fonca-Los libros del Sargento), su primer trabajo periodístico de largo aliento imagen-texto, sobre la Casa Xochiquetzal y sus habitantes (único albergue para mujeres trabajadoras sexuales de la tercera edad, localizado en la Ciudad de México). Ha participado en varias antologías de cuento, y publicado cuento, entrevistas, reportajes, artículos y crónicas, en diversas revistas nacionales e internacionales.
Ilustración por Nuria Mel

Para Elsa, Paty, Aldo y Bernardo, por su paciencia y apoyo

 

 

I

Atrás de ella, una televisión prendida habla sobre un virus que preocupa al sector salud por su rápido avance. Le grita a su mamá que apague la tele, el ruido no la deja avanzar con su tesis. La introducción debe quedar lista para esa semana.

 

II

Está tirada en la cama, no logró avanzar con el primer capítulo y, después de tantas horas de pantalla, ya siente un tirón en el hombro. El sonido de ring indica que le llegó un whatsapp:

Luisa, don Puerco manda decir que si vuelves a llegar tarde te corre, mañana apúrate.

Sí, gracias, llego temprano.

No me vayas a dejar sola este trabajo de mierda, eh. Y no te pongas necia, traete tapabocas.

 

III

En medio del cuarto gris, escucha a la gente que se acerca a darle el pésame pero no siente que sea real. Es como estar debajo del agua observando el nado torpe de las prendas negras.

—Ay, mi niña, cómo nos fue a pasar esto a nosotras. Ya sabes, lo que necesites —la vecina Lupe le da un abrazo que ella responde maquinalmente—. Y todavía peor que ni siquiera pudimos darle el adiós a su cuerpo, ahora ya pura cremación —musita un sí, Lupe.

 

IV

Ha logrado despertar sin los ojos hinchados por tres días. Se siente optimista: el llanto nocturno llegó a su fin. Como cuando su papá murió y ella cerró su dolor como un cuarto mohoso luego de unas semanas. La situación es agotadora, pero sobre todo, tiene marcado en su calendario que  prometió a su asesor entregar la primera parte completa esa semana. Podría poner la muerte de su madre como excusa, pero, ¿para qué?, ¿qué otra cosa le queda?

Le queda ella misma. Y Luisa siempre cumple, desde niña. Su mamá lo sabía, y su asesor lo sabe. Esta no va a ser la excepción.

 

V

La biblioteca está vacía. Hace cuentas: ya han pasado al menos seis meses desde la última vez que estuvo ahí. Se felicita a sí misma por haber sido tan previsiva y sacado lo necesario con anticipación, cuando todo lo del virus comenzaba. Regresa a la mujer enmascarada los volúmenes. Le parece ver ojos recriminadores detrás de la máscara sanitaria. No sabe si es por los libros vencidos o porque sólo lleva un tapabocas sencillo. No podrá sacar más ejemplares, la multa es impagable. De cualquier forma, nada parece funcionar bien ahí. Lleva sus nuevas adquisiciones a la sala de copias y las saca ella misma. No hay ni un alma a su alrededor. Ya con esto termina la segunda parte y, luego, a las conclusiones.

 

VI

Abre Facebook. Desde que ya no trabajan juntas, no sabe nada de Ana. Teclea su nombre, pero no encuentra su perfil. Pablo publicó: “Diez datos que no sabías del Virus Molécula”; abajo “Los mejores Hacks para sanitizar tu hogar”; “…este es el número de mi tanatóloga, te va a ayudar mucho, amiga :).” La red social se ha vuelto un lugar deprimente. No se puede permitir que nada la distraiga cuando está tan cerca de su propósito. “¿Estás segura de que quieres eliminar tu cuenta?”. Facebook la tutea.

 

VII

Saca lentamente las piernas de debajo de la sábana. Sus movimientos son cortos y sutiles. Lo hizo bien, el colchón apenas se movió. Mientras se viste sin hacer ruido, mira a Pablo que duerme en la cama, tiene la boca abierta y su respiración es casi imperceptible, ¿estará enfermo? Toma sus cosas y luego va a la puerta. Está cerrada por dentro y la protección sanitaria también tiene chapa. No sabe dónde buscar las llaves. Suspira. Saca su laptop, abre word, “Capítulo 5: Proteo: La sátira latina”. Punto y aparte.

 

VIII

Está a punto de darle fin el capítulo, comienza a teclear: “Es, sin embargo, presentado a la vez como un narrador poco fiable y, hasta cierto punto, ridículo…”. Un toquido la interrumpe. Intenta ignorarlo pero aumenta su intensidad.

—¡Luisa, ya sé que estás allá adentro! Si no pagas la renta mañana, voy a tomar medidas. No creas que mi consideración a tu mamá va a durar para siempre —la voz jadeante le taladra la cabeza pero la vecina se escucha muy desmejorada con respecto al día anterior. Es posible que no dure mucho más. En fin, ya la interrumpió. Está segura de que no va a poder avanzar ese día. Pone música y se sienta en la alfombra a comer galletas y morderse las uñas. De la televisión, ni hablar: está harta de todas esas películas sobre el fin del mundo. Incluso “Los niños del hombre”, que le encantaba antes, le da sueño.

 

IX

Oye, me siento peor hoy.

Amor, este es el tiempo que queda para estar juntos. Te necesito mucho.
¿Que no te importo nada?

¿Luisa?
¡Luisa!

Deja los mensajes en visto. Apaga el teléfono. La gente no entiende, no se da cuenta de lo difícil que es escribir una tesis. Al carajo. Toma el rectángulo negro, lo lleva al baño, lo lanza al excusado, le jala y ve cómo se queda atascado ahí. Jala de nuevo la palanca y escucha el agua golpetear mientras camina hacia su laptop.

 

X

Los toquidos son cada vez más débiles. Confía en que podrá trabajar mejor esta semana.

 

XI

Es el quinto email que le envía a su asesor. Ha pasado de “Estimado Doctor Serafín” a “Gonzalo, ya sé que me he tardado más de lo previsto” a “Oye, me parece una grosería que…” y “Una disculpa por el correo anterior, estaba muy alterada porque mi casera murió”, pero nada funciona. No sabe qué hacer. En un mensaje en blanco, anexa la tesis terminada.

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1988) Escribe narrativa y ensayo, y es traductora. Ha colaborado en revistas y en proyectos de investigación sobre literatura clásica y medieval. Fue becaria del FONCA y la Fundación para las Letras Mexicanas. Su primera novela, “Anticitera, artefacto dentado” fue publicada en 2019 por el Fondo Editorial Tierra Adentro.

Ilustrador
Nuria Mel
Diseñadora e ilustradora gráfica enamorada de los procesos creativos y los libros ilustrados. Ha colaborado como directora de arte e ilustradora en diversos proyectos culturales y editoriales. Su trabajo ha recibido el Tercer lugar (2005) más una Mención Honorífica (2018) en el Concurso Nacional de Cartel Invitemos a Leer y ha sido seleccionado para el 9 Catálogo Iberoamericano de Ilustración (Fundación SM, El Ilustradero y FIL Guadalajara). Maestra en Creatividad para el Diseño por la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, egresada del Diplomado CASA Ilustración Narrativa (2016) y el Diplomado Libro ilustrado y libro álbum de la Academia de San Carlos (2017).
Ilustración de Luis Ham

|declarado desierto|

retazos 

Para Félix Obed Valdovinos 

 

 

                          ¡debiste haberme dicho que íbamos soñando! 

Guillermo Fernández 

 

 

 

un desierto es un cuchillo sobre el corazón

del que ama diferente

una puñalada sobre tu corazón

es su aridez / el frío / su calor. 

* 

un hombre 

deja su cuerpo

a merced de otro hombre

y lo consume 

como la sal exige 

la redención del agua 

 

con la sed en los ojos 

contemplamos  

el esqueleto de los primeros mares 

 

nuestro deseo yendo hacia un remanso 

que decida hospedarnos.   

* 

nadie merece dormir a la intemperie 

cuando hace frío         afuera del amor

nos refugiamos                 

 

aunque sea en el desierto 

donde un amante apenas 

sobreviva. 

* 

nos vendría bien el agua y el adobe

para hacer una casa 

un jardín donde no falte sombra: 

 

a la luz cenital 

la desgarra nuestra semejanza. 

* 

podemos llamar odio a los desiertos  

que no admiten nombrarse como tales 

 

dicen que es el amor 

lo que siempre termina por matarnos. 

* 

en esta habitación dejo mi soledad pastar  

te busca / olfatea  

 

es demasiado el blanco 

para el cuerpo de ambos 

no hay miradas  

que no quieran mojarse  

en este amor que viaja a la garganta 

 

(yo amaba esa blancura 

pero él no  

llegaría a saberlo). 

* 

un hombre que no acepta

la espina –esa palabra dura 

y ponzoñosa–

para nombrar su amor 

y mata  

como hacen los desiertos

con la carne 

 

es mucho                                                          

para un amor que nunca                  

tuvo casa 

en esta boca abierta

que no dice tu nombre 

hay una sed tan grande  

que nos desaparece.  

* 

sé que van a decir  

que es un crimen de hombres  

que amaron demasiado 

 

hay mucha semejanza 

 

el riesgo 

de mirar un estanque 

hasta reconocerse 

 

cautivan 

 son miradas tan viejas 

que hablan de lugares que nunca conocimos 

el riesgo es que no llueva 

o que llueva y no haya humedad 

sobre tu corazón 

 

 el riesgo 

es el amor en sí 

y su reverso 

 

el odio. 

* 

te llamarías  

guillermo 

dario  

o paolo 

 

a todos los arrasó el desierto 

 

era una oleada dulce de cuchillos 

cayendo sobre la piel desnuda de sus corazones  

 

confiaron 

 

pensaban que en un verso de sal para la carne 

se hermanaría el deseo 

pero fue una visión 

muy dura 

y con bastante 

         filo. 

* 

mi nombre ocupará el lugar 

de alguna nota roja 

 

describirán la muerte 

con palabras muy torpes          no saben 

cómo tratar el tema 

 

lo asesinó el amor 

la noche o el desierto 

  

lo asesinó otro hombre 

que estuvo antes con él 

en soledad 

desnudos         parece  

que si mata el amor 

lo hace muy bien y en paz 

 

no hay crimen un lío de maricones 

que se fue de las manos         y les basta. 

* 

ya nada va a salvarnos de esta luz tan anciana 

y peligrosa          en ella 

fundamos  

una ciudad muy breve 

donde no  

cabe 

nadie.   

* 

no hay formas de llevar 

este calor por dentro 

y que nadie lo note 

 

los amantes no tienen  

un corazón seguro 

ni siquiera en el cuerpo 

pueden decir que amaron 

demasiado.  

* 

con cuánta agua  

puede lavar un niño  

su mirada 

después de descubrir 

que otro niño le gusta. 

* 

cómo nos dice un cuerpo 

que ya fue suficiente 

 

su olor                     

innecesario 

         para el tacto: la sombra  

que es aceite de alguna  

luz  

pasada 

lo que ya no soporta  

el humo ni tu carne 

lo que ya nadie toca  

de nosotros. 

* 

un cuerpo en medianía  

no es el mismo que ocupa  

esta cama 

 

tu cuerpo nunca sobra: 

 

es una lluvia atroz 

por debajo del vientre 

que acaso tenga un nombre 

pero ya no              

          recuerdo.         

* 

no es que hubiera pedazos de nosotros 

sobre las avenidas 

 

no fuimos un accidente abierto a la mirada 

de los transeúntes                   nuestra ruina 

era algo doméstico 

la costumbre que apenas delataba 

lo triste de estar juntos 

una cierta adherencia 

 

era también la tristeza del cuerpo en solitario 

 

el tacto que no viene 

 

la rutina  

que amanecía  

devorándolo todo 

 

el cuerpo estuvo expuesto 

y acabó sepultado por los años.  

* 

pero íbamos soñando 

 

el hombre que me mató

me amaba 

su amor era distinto al de los otros 

era un amor muy torpe 

nunca entraba el día en el rostro de ambos 

fueron muchos desiertos que entraron en mi cuerpo

pero ya no había amor 

eran las alas negras del enojo 

no hay crimen

van a decir 

 

un lío de maricones 

que atrajo a las arenas 

su torrente de moscas 

 

un delito 

que no debe anunciarse: 

 

en nombre del amor                                          

pueden resplandecer                                         

todas las muertes.                                             


Autores
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.

I

La ciencia ficción distópica es conservadora. Narrar la nonagésima forma en la que el mundo termina en catástrofe y nos aleja de imaginar las alternativas revolucionarias con las que sí podríamos mejorar el mundo. Además, advertir que el futuro será lo peor imprime inconscientemente la idea de que: “Oye, el presente no es tan malo. No deberías de quejarte. O sea, sí te vigilan, pero esto no es 1984. Sí nos falta en materia de derechos reproductivos, pero esto no es Gilead. Cálmate”.

Ergo, el escritor distópico se engaña con el trip moral de que escribe para criticar y advertir sobre los peligros de estructuras presentes. Pero, en realidad, le confiesa su amor secreto al status quo.

No hay nada revolucionario en escribir distopías. Encima, su estética se fetichiza también. Son otro producto hollywoodense, perfectamente envasable, replicable y comercializable. Sobra con recordar el boom de las distopías juveniles a inicios de la década pasada. Los juegos del hambre era edgy y era cool. Pero, ¿significó algo realmente a nivel de ideas revolucionarias?

Sería difícil responder que sí.

 

II

La literatura de ciencia ficción es escapista. Por eso, los lectores y escritores “serios” la leemos muy poco y la incluimos rara vez en nuestras listas de recomendaciones de lectura.

O sea, se comprende que la ciencia ficción tenga cierto interés, pero es un subgénero. Está targeteada para subculturas de geeks, no para el público en general. Es fantasiosa y, por lo tanto, es más difícil que el público la acoja positivamente porque puede percibir su abordaje como escapista.

Si la ciencia ficción quiere abordar problemas de la realidad, ¿por qué no los aborda de frente, sin metáforas raritas de aliens que nos rompan la verosimilitud a nosotros los normies?

 

III

Espera, ¿me estás diciendo que la ciencia ficción es escapista, aunque su vertiente distópica se la pase imaginando escenarios horribles?

¿Y también me estás diciendo que, aunque te parece que la ciencia ficción no es “para todos”, sí esperas que imagine soluciones verdaderamente revolucionarias para el mundo?

Pero, a ver, dime: ¿es siquiera responsabilidad de la ficción arreglar la realidad? ¿Por qué no le haces ese tipo de exigencias a la ficción realista, eh?

 

IV

Ok, probemos un tercer abordaje.

La ciencia ficción no es escapista ni tampoco es una fetichización catastrófica del futuro. La ciencia ficción es simplemente realista.

Basta con ver la realidad en este momento. 2020. Estamos en medio de una pandemia. ¿Alguien lo vio venir? Sí, precisamente los lectores de ciencia ficción. Nosotros llevamos años ensayando, haciendo terapia de choque anticipatoria para los escenarios más catastróficos. Pero eso no importa. Ahora es real y ninguna ficción nos hizo estar lo suficientemente preparados.

No hace falta ser adepto de Paty Navidad y creer que el virus es un arma creada en laboratorios o que estamos en medio de un experimento de obediencia social para instaurar el Nuevo Orden. No hace falta una teoría de la conspiración para ver por qué esto es distópico.

 

Distopía 2020

Distopía 2020 por Alberto Méndez

 

Estos incidentes víricos van en aumento. Nuestra injerencia, nuestra industrialización voraz del medio ambiente y del mundo animal desata fuerzas que luego se vuelven contra nosotros. El sistema económico necesita producir sin límites para no morirse. Pero la producción sin límites también lo mata.

A lo anterior, sumemos las perturbadoras imágenes de empresarios ganaderos tirando leche por el drenaje. La tiran porque, en medio de la crisis, no se pueden permitir una sobre-oferta que bajaría dramáticamente los precios. Mientras tanto, un montón de gente pierde su empleo, ve agravada su precariedad y pasa hambre… El sistema económico necesita producir sin límites para no morirse. Pero, después de producir, hay que desperdiciar para inflamar un número, para rendirle culto a los precios. El número abstracto es nuestro objeto de adoración y nos importa más que la gente concreta que no puede alimentarse.

Sumemos que la pandemia ocurre después de años en que el neoliberalismo ordena austeridad, recorte del Estado y de los servicios públicos. Para estar sano, el sistema económico exige un sistema de salud escuálido. Si la población muere en una pandemia, son colaterales. Lo importante es salvar al pobrecito sistema económico.

La economía del capitalismo tardío es una creatura distópica en sí misma: los entresijos de su funcionamiento, los sacrificios de sangre que hay que ofrecer para mantenerlo con vida son la revelación que obtienen los personajes al final de la novela, cuando descubren que todo está podrido y que la esperanza se ha perdido más allá de toda imaginación posible.

Ergo, la ciencia ficción distópica es literatura realista. Sentimos que no, porque los directores de arte de Los juegos del hambre no rigen la estética del mundo. Pero es que la realidad es siempre más mediocre que la ficción.

 

V

Si la distopía está aquí y leer ciencia ficción no nos sirvió para advertirnos y evitar su llegada; pero ya tampoco nos sirve para evadirnos de la realidad, entonces, ¿de qué puede servir la ciencia ficción en plena pandemia del 2020? (Digo, ya que estamos con la idea de encontrarle utilidad a la literatura porque, aun si no sirviera de nada, también sería maravillosa).

Quiero pensar que al menos la ciencia ficción distópica nos ha servido para aumentar nuestra reserva de metáforas. Si la literatura es una linterna que ilumina partes de la realidad y de nosotros mismos, entonces quizás, gracias a ella, al menos disponemos de metáforas que nos ayudan a iluminar esta situación: a entendernos mejor a nosotros mismos dentro del desastre.

Pienso en dos grandes obras que versan sobre desastres de orden planetario o incluso cósmico. Una es la monumental, total y gloriosa a la par que terrible trilogía de Los Tres Cuerpos de Liu Cixin. La otra es Cloud Atlas, de David Mitchell, también monumental, pero más un obelisco discreto que una montaña inconmensurable.

Ambas obras se parecen en que son espirales. La obra de Liu Cixin es una espiral ascendente: una espiral de arrasamiento. Comienza con la modesta amenaza de la Revolución Cultural de Mao Tse-Tung para los intelectuales chinos, pero de ahí asciende, arrasándolo todo, hacia la amenaza de autodestrucción ecológica, la amenaza de un culto que odia a la Tierra, la amenaza de una civilización alienígena muy superior a nosotros, la amenaza de la depredación a nivel cósmico y termina con una amenaza latente e imparable que acabará por desarticular las leyes físicas del universo.

 

LA TRILOGÍA DE LOS TRES CUERPOS | Cixin Liu

LA TRILOGÍA DE LOS TRES CUERPOS | Cixin Liu

 

En el primer libro, Liu Cixin te hace pensar que te habla del Homo homini lupus y de la depredación hacia la Tierra. Pero no. Cixin te muestra que el Homo homini lupus es una realidad y una tragedia cósmica. No es como quieren los new age: no hay aliens buenos que nos enseñarán a vivir en armonía y dejar de matarnos por los recursos. La ley del universo es la depredación: el Dark Forest, como se nombra al concepto dentro de la trilogía.

El Dark Forest lo permea todo. A escala cósmica, la depredación tiene límites cósmicos. No es solo que los humanos destruiremos la Tierra. Ahí no acaba: el universo entero colapsará porque ninguno de sus muy diversos habitantes puede trascender la depredación.

La trilogía de Los Tres Cuerpos es, si se quiere, una obra profundamente pesimista. O un poco optimista. El tercer libro, que es el más oscuro, también es el que más desborda momentos de ternura y amor.

Pero, al final,  es una obra que nos demuestra que los humanos nunca aprendemos nada.

 

VI

En medio de la pandemia, se mezclan muchas emociones. En parte, queremos volver a la normalidad: salir a la calle, reunirnos cara a cara con familia y amigos, dejar de sentir incertidumbre.

Del otro lado, está el sentimiento woke de que volver a la normalidad tampoco es deseable. Porque, ¿cuál normalidad? La normalidad de la depredación y el sistema económico nos trajo hasta aquí. No debemos añorar una normalidad tóxica, lo que necesitamos es subvertirla. Sentimos esperanza de revolucionarnos y salir con un mundo mejor luego de la crisis.

Al mismo tiempo, tenemos miedo de que ese mundo mejor no se logre: de que a ninguno se nos ocurra cómo ser mejores humanos. El miedo a no poder ser mejores humanos.

¿Y, si ante nuestra pasividad e incompetencia, no solo no salimos mejorados de aquí, sino que todo empeora? ¿Y si la crisis económica y social post-coronavirus se convierte en la excusa para medidas que atenten aún más contra los derechos humanos?

Por otro lado, hiede por ahí ese sentimiento eco-fascista. Ya saben, hablo del tuitero o del amigo (o de esa parte secreta de nosotros mismos) que dice: “¿Ya vieron cómo se recuperó Venecia? ¿Ven cómo los humanos sí éramos el virus?”

También está el eco-fascismo soft. Esta tendencia se manifiesta en la convicción de que la pandemia está aquí para enseñarnos algo. Debe enseñarnos a repensar la economía y la explotación, a ser más conscientes con todo y a ser veganos. Este es un pensamiento casi religioso: es ver el sufrimiento de la pandemia como purificación. Es la versión laica de quienes creen que el COVID-19 es una llamada de atención divina y que no saldremos de aquí hasta que nos arrepintamos de haber destruido a la familia tradicional.

Queremos aprender algo de la crisis y queremos que la crisis nos deje algo de provecho para nuestra evolución como especie. Pero, en la trilogía de Los Tres Cuerpos, a la humanidad le pasa literalmente de todo en un lapso de cientos de años y Nunca-Aprende-Nada. El universo tampoco aprende. Es una espiral en la que todo cambia, pero el espíritu se mantiene continuo.

Por eso la equiparo con Cloud Atlas. Esta novela de David Mitchell también es una espiral, pero es una espiral que se contrae y se vuelca hacia adentro.

Cloud Atlas no empieza con una trama distópica. O quizás sí. También es posible afirmar que son seis noveletas distópicas que se eslabonan una con otra en el tejido del tiempo. Solo que las primeras cuatro plantean distopías aparentemente abolidas en el pasado o asimiladas como parte de la realidad presente.

No notamos que David Mitchell nos ha narrado distopías todo el tiempo hasta que nos cuenta la historia de Sonmi~451, la clon que fue diseñada para ser mesera y nada más: servir y morir; su explotación justificada porque es un clon inhibido de desarrollar personalidad propia. Sin embargo, Sonmi asciende, es decir: su consciencia plenamente humana se despierta.

Ver la esclavitud de los clones y el sistema corporatocrático en el que las empresas son prácticamente religiones nos estremece.

Sin embargo, David Mitchell ya nos había hablado, en la primeara historia, del sistema esclavista que sufrían las personas de color. En la segunda, nos habló de la segregación a las minorías sexuales. En la tercera, de la impunidad y el poder desmedido con el que el dinero silencia a quienes dicen la verdad. En la cuarta, de la exclusión silenciosa, pero sistemática hacia los ancianos y quienes “no son productivos”. Para culminar, después de la distopía de los clones, la sexta historia plantea un mundo primitivo, lleno de violencia tribal, habitado por los supervivientes al colapso de la Tierra.

La distopía es la constante. A las personas de la historia número cuatro jamás se les ocurriría afirmar que las personas de color han nacido para ser esclavizadas. En el 2020, decirlo tampoco sería apropiado. Porque parece que nuestra consciencia colectiva crece, que la esfera de quiénes son sujetos de derecho se expande y que nunca volveremos atrás. Sin embargo, la historia de Sonmi (ubicada en un futuro no muy distante) prueba que no. Nuestra consciencia no se expandió nunca. Nuestro único avance como especie ha sido refinar nuestra forma de hacernos daño.

 

Cloud Atlas de David Mitchell

Cloud Atlas de David Mitchell

 

 

En Cloud Altas, los humanos aprenden a crear clones cuya humanidad es reducida objetivamente. Así, pueden confinarlos a labores de servicio y no sentirse mal por ello. La discriminación es científica y justificada. Aprenden esa tecnología, pero sobre la vida, sobre lo importante, Nunca-Aprenden-Nada.

Igual que en la trilogía de Liu Cixin, el espíritu humano permanece continuo.

Esto no es de extrañar, ya que el tema que subyace a la obra de David Mitchell es precisamente la continuidad de la experiencia humana.

Una y otra vez somos los mismos.

Quizás ese es el extraño consuelo que pueden darnos estas obras catastrofistas en tiempos de pandemia.

No sabemos si, tras el COVID-19, emergerá un mundo mejor. Quizás los new age no se equivoquen y alguna vez trascendamos nuestra proclividad a ser lobos de nosotros mismos. Quizás emerja un mundo mucho peor y todos nuestros miedos estén justificados.

Quizás, todo siga igual. De nuevo un capitalismo que seguirá desmoronándose de formas cada vez más estrepitosas. Quizás, unas pocas cosas cambien para bien o para mal.

No lo sabemos. Pero lo que estas obras de ciencia ficción distópica y catastrófica nos dicen es que habrá cierta continuidad. Quizás para eso las escribimos. Para eso imaginamos tantos escenarios horripilantes: para testearnos una y otra vez y darnos cuenta de que, aun en el momento más oscuro, nos seguimos reconociendo.

Nos reconocemos en lo peor de nosotros, pero también en lo mejor. Los actos de amor y de bondad que reconocemos como humanos: la amistad, el compañerismo, la lealtad y la compasión también tienen continuidad en nosotros.

Esa recurrencia sucede también en Cloud Atlas: en cada historia hay una situación de abuso distópico. Pero también hay al menos un personaje que elige hacer lo correcto, que es fiel a algo más grande, que exalta lo mejor del espíritu humano e inspira a otros.

Quizás para eso nos sirve la ciencia ficción justo ahora: para mantener la continuidad. Para recordarnos que hemos vivido escenarios mucho peores en la ficción y no hemos dejado de ser humanos.

Tal vez, en un mundo que cambia de formas que todavía no alcanzamos a comprender, lo que necesitamos es justo eso: un poco de continuidad y de fe en nosotros.


Autores
Guadalajara, 1991) fue beneficiaria de la emisión 2016-2017 del PECDA Jalisco, apoyo con el que escribió el libro de cuentos Noche de pizza con mi villano (Editorial Dreamers, 2019). Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Jesús Amaro Gamboa 2018 y ha publicado en medios como Revista Marabunta, Cantera Malaquita y Pliego 16. Actualmente trabaja en su primera novela.