En mayo del año 2000, en el pueblo de Yoshii, prefectura de Okayama, un campesino japonés reportó el hallazgo de la osamenta de una serpiente muy extraña. Medía unos sesenta centímetros y, a diferencia de cualquier otra, tenía el estómago demasiado abultado, como si hubiera en su interior algo todavía en proceso de digestión. Los representantes de la comunidad llevaron el extraño cuerpo a un laboratorio universitario, en donde el departamento de biología se encargó de determinar si se trataba —como era la sospecha general— de un tsuchinoko, criatura que, desde el siglo VIII, ha formado parte de las leyendas de Japón.
Según los recuentos populares, el tsuchinoko vive en las profundidades del bosque. Se caracteriza por ser ágil, veloz, venenoso y porque tiene la capacidad de hablar: se les aparece a los viajeros en los parajes desolados y platica con ellos para engañarlos. No se trata, pues, de un animal común y corriente. Está muy lejos de serlo: el tsuchinoko es un yōkai, un monstruo del folclor japonés que se ha constituido como parte imprescindible para comprender la construcción cultural de los pueblos.
La definición de yōkai es muy compleja. Según anota el japonólogo Michael Dylan Foster, el término se puede traducir como monstruos, criaturas extrañas, seres fantásticos, espíritus, fantasmas, deidades menores, o cualquier otra ocurrencia de lo numinoso. En todo caso, se trata de seres mitológicos, cuya naturaleza varía de tal manera que algunos son prácticamente idénticos a los seres humanos, y otros son tan sustancialmente distintos como las linternas o los paraguas o distintos tipos de animales: los tejones, las ranas, los zorros.
Mientras las noticias de este hallazgo se difundieron a lo largo del país, en Yoshii se construyó una estatua de la peculiar criatura; además, se inició la producción en masa de sake de tsuchinoko y otros dulces regionales que tomaban su figura como motivo y promoción. Eventualmente, los análisis demostraron que la osamenta en realidad había pertenecido a una simple culebra con malformaciones genéticas, pero esto no impidió que las autoridades del pueblo continuaran gozando de la “fiebre del tsuchinoko” e, incluso, llegaran a ofrecer una cuantiosa recompensa —por lo menos 20 mil dólares— para aquel que les llevara un tsuchinokode verdad.
Para el lector (no japonés) promedio, el revuelo que causó el descubrimiento del falso monstruo podría parecer una nimiedad. Ridículo, incluso, pues la equivalencia en México hubiera sido el hallazgo de un chaneque, un chololito o hasta del chupacabras (aunque muchos recordarán que en los años noventa hasta en TV Azteca se hablaba de los avistamientos de esta pesadilla del ganado). En Japón, no obstante, el avistamiento produjo no solo el furor general, sino que se desplegó en una serie de eventos que llevarían a la región a un renacido esplendor económico. Aún más, apenas un año después del incidente de Yoshii, en el pueblo de Mikata, localizado en la prefectura de Hyogo, el gobierno local exhibió un nuevo cadáver a la vista de todos, asegurando también que se trataba de un tsuchinoko real. Cabe destacar que los habitantes de Mikata no tuvieron la misma prisa para comprobar la legitimidad del hallazgo.
La anécdota anterior nos ayuda a entender la relevancia cultural y hasta comercial que tienen los yōkai a lo largo y ancho del territorio japonés. Al grado de que, en casi cada región, existe al menos uno que se integra rápidamente a las narrativas sociales y tradicionales. Así como cada ciudad establece sus atractivos paisajísticos o históricos para atraer al turismo local e internacional, de la misma manera las criaturas folclóricas pueden llegar a instituirse como elementos que determinan la identidad de los pueblos. “Las criaturas sobrenaturales”, dice Dylan Foster, “negocian con los extremos, creando interacción entre los intereses comerciales locales (el vino de tsuchinoko) y los estudios científicos (un profesor de biología), el rigor académico (una base de datos con más de treinta mil entradas) y la fascinación popular”.
Vi este fenómeno de manera particularmente clara en el pueblo de Tōno, en la prefectura de Iwate. Aunque escondido en uno de los últimos rincones del campo japonés, Tōno goza de un indudable atractivo turístico, pues inspiró al celebérrimo Kunio Yanagita —llamado por algunos “el Grimm japonés”— para escribir su famoso 遠野物語 [Tōno monogatari, traducido por editorial Quaterni como Leyendas de Tono], libro que inició con los estudios folclóricos del país asiático. Apenas al salir de la estación de trenes, me encontré de frente con una fuente llena de kappa, una especie de reptiles similares a las tortugas que viven en los ríos y solo aparecen de vez en cuando para robarse a las mujeres, a los niños y a los caballos. Cuando miré la bellísima fuente de los kappa pude sentir con claridad que estaba por adentrarme a un espacio cercano a la magia, como si aquellos reptiles rojos fueran una especie de conejo blanco que me diera la bienvenida a las maravillas de Japón.
La mayoría de los pueblos japoneses se ha dedicado a cultivar y engrandecer a sus propios yōkai. Su estudio y relevancia han crecido de tal manera que en la actualidad es posible encontrar un amplio número de enciclopedias, manuales, mapas y otros escritos respecto a estas criaturas. No obstante, el furor está lejos de ser una moda: en el periodo Edo (1603-1868), varios escritores y artistas se dedicaron a llevar a cabo estudios, manuales y bestiarios que pretendían catalogar con una precisión casi taxonómica las miles de criaturas que poblaban el imaginario fantástico de Japón. Y si bien hay varios textos que merecerían una mención, sin duda el más popular es el trabajo del artista del ukiyō-e, Toriyama Sekien.
Basado en el concepto del Hyakki Yagyō [el Desfile Nocturno de los Cien Demonios, creencia popular según la cual durante las noches de verano cientos de monstruos caminan a lo largo y ancho de las calles de Japón], Toriyama Sekien se dedicó a ilustrar la apariencia de un centenar de yōkai, acompañados con una pequeña descripción de sus características, el sitio donde vivían o incluso qué hacer en caso de encontrarse con uno de ellos. Si bien su técnica, tanto en la ilustración como en la descripción, es ahora criticada por burda y limitada, lo cierto es que se trata del primer intento clasificatorio de estas criaturas, esfuerzo que abrió un campo de investigación inagotable sobre la cultura tradicional de Japón. Cito directamente de su libro la entrada para “Kitsune bi”, los populares zorros de fuego: “De acuerdo a la leyenda, los zorros de toda la región de Kantō se unieron para ir al santuario de Ōji Inari, en Edo, para presentar sus ofrendas en el último día del año. Una vez ahí, exhalaron fuego de sus bocas sus narices. Estos fuegos fueron vistos por los locales, quienes los usaron para predecir la próxima cosecha”.
En su célebre serie Cien famosas vistas de Edo, el artista del ukiyo-e Utagawa Hiroshige —de la legendaria estirpe Utagawa— incluyó el grabado “Los zorros de fuego se reúnen en año nuevo en el Árbol del Disfraz, Ōji”. En la escena podemos observar con claridad el maravilloso evento descrito por Toriyama Sekien: una miríada de zorros de fuego se reúne alrededor del árbol, definiendo el punto donde se construyó el santuario. Un santuario que todavía se mantiene a la vera del gran árbol de Hiroshige, en una esquina rodeada de edificios departamentales cerca de Akasaka. Aquel buen presagio que se grabara en el fuego, ¿no remite a la aparición de los famosos fuegos fatuos que, según las leyendas mexicanas, aparecen en los caminos desolados, en los campos, los cementerios e incluso dentro de las casas para designar en dónde hay tesoros enterrados?
Con este trasfondo, no es casualidad que el reconocimiento de las amabie se diera de forma tan acelerada en Japón. Desde que la epidemia del COVID-19 se instauró como la nueva realidad a principios de 2020, artistas de todo el mundo —pero, principalmente, de Japón—, se entregaron con resolución a elaborar sus propias versiones del particular yōkai, representado como una sirena con una suerte de pico y tres patas características, y que promete la protección contra las plagas si uno dibuja su retrato y lo comparte con otras personas, como una especie de amuleto para la protección. Al igual que todos los yōkai, las amabie aparecieron en el escenario japonés como una respuesta, una manifestación mágica que pretendía representar un tipo específico de miedo. En este caso, el miedo a las enfermedades.
Según el recuento histórico, el primer avistamiento de una amabie ocurrió en 1846 —en los últimos años del periodo Edo—. Se le apareció a un oficial de la provincia de Higo, hoy prefectura de Kumamoto, en la isla de Kyūshū, para darle dos predicciones: la primera era anunciar que en Japón habría buenas cosechas durante los próximos seis años. Y la segunda, que una terrible plaga estaba a punto de internarse en las islas japonesas. Junto al dibujo del yōkai, aparece una leyenda sucinta del encuentro:
“Se dice que en el mar de Higo todas las noches empezaron a aparecer luces extrañas. Cuando un oficial de la provincia fue a verlas, se le apareció una criatura como la que se muestra en la imagen, y le dijo: ‘Yo soy una amabie que vive en las profundidades del mar. A partir de éste, durante los siguientes seis años los cultivos seguirán siendo abundantes en el país, pero también la enfermedad prevalecerá. ¡Rápido! Haz un dibujo de mí y muéstraselo a la gente.’ Y diciendo esto, volvió a sumergirse en el agua”. Al final del texto, aparece una fecha de mediados de abril del año 3 de la era Kōka (1844-1848).
El oficial copió la figura y se la transmitió de inmediato al gobierno de Edo —hoy Tokyo—. En ella, podemos apreciar con claridad algunas de las cualidades físicas: se trata de una criatura con escamas, largos cabellos y una especie de pico, así como tres patas que bien podrían ser aletas. De igual manera, se aseguró de transmitir el aterrador vaticinio de la amabie, que venía acompañado con un mensaje de esperanza: para protegerse de la enfermedad, la gente tenía que dibujar la figura del amabie y compartirla con tantas personas como fuera posible. En pocas palabras, la amabie estaba pidiendo volverse viral.
Desconozco si la gente de Edo se dedicó a seguir las instrucciones de la amabie. Como un dato curioso, los registros históricos de pandemias no establecen que haya ocurrido nada durante la década de 1840-1850, si bien en otros países de Asia, como China y Corea, fue precisamente en esta época en la que se desató una epidemia de tifus que no llegó a cruzar el mar de Japón. No obstante, según declara el investigador William Johnston, en 1858-1859, se desató una gran epidemia de cólera (Johnston la llama “la enfermedad epidémica arquetípica”) que mató alrededor de trescientas mil personas. Aunque esto ocurrió más de una década después de la aparición de la amabie.
Fue gracias al mangaka Mizuki Shigeru que la amabie llegó a ser conocida en el siglo XX. En su maravillosa Enciclopedia yōkai —que se puede encontrar ya en español, en dos volúmenes bellamente cuidados— le dedica una entrada en donde reproduce la vieja leyenda de Edo, y discurre acerca de algunas de sus virtudes como yōkai vaticinador. Desgraciadamente, fuera de esta página enciclopédica —ilustrada, también, siguiendo la tradición de Toriyama Sekien— no existe mucha mayor información en español o siquiera en inglés, pues el amabie no goza de la misma popularidad que la de otros yōkai.
Esto podría tener su explicación en dos cosas: en primer lugar, porque los primeros intentos de clasificación datan de mediados del siglo XVIII —el libro de Toriyama apareció en 1781—, varias décadas antes de la primera aparición del amabie. Por otro lado, porque hasta el 2020 no se trataba de un ser de particular relevancia, ni siquiera en comparación con otros de sus parientes acuáticos como los kappa o los samebito. Fue la presente contingencia del COVID 19 la encargada de darle al amabie un lugar en la cultura popular, y que la volvió un signo protagónico en nuestros tiempos. Y podemos estar seguros de que el nombre de amabie conservará un lugar muy especial en la posteridad para los amantes y estudiosos de la cultura japonesa.
Entre el tsuchinoko de Okayama y el amabie de Kumamoto se cierne la misma expectación porque lo fantástico irrumpa en la realidad para transformarla. Y si bien no hay aún ninguna convocatoria gubernamental en Japón para cazar una real, lo cierto es que su difusión global ha vuelto innecesario el ejercicio: la amabie está en todas partes. Luego de que esta pandemia viniera a cambiar nuestra forma de entender la sociedad, es natural que el amabie haya regresado hasta nosotros con un renovado impacto. Y una prueba está en los cientos de artistas, aficionados y profesionales, que se han dedicado desde el pasado marzo a compartir en sus redes sus propias creaciones del amabie. Tan solo en México, la convocatoria para el concurso “Dibuja tu amabie”, que convocó la Fundación Japón en México y que culminó el pasado 29 de mayo, convocó a más de 400 artistas de todas las edades, quienes compartieron su propia versión de aquella peculiar criatura.
Hay un consenso entre los investigadores de que los yōkai son portadores de la memoria histórica de Japón. El reconocimiento del que ahora goza el amabie es también un vaticinio sobre la relevancia que irá cobrando para los investigadores del futuro, quienes seguramente mirarán esta época y podrán reconstruir el relato de la pandemia partiendo de esta peculiar sirena. Después de todo, esta es una de las funciones más importantes de los yōkai y otras criaturas mágicas en Japón y el mundo: nos ayudan a contar una historia de nuestros pueblos, que de ninguna otra forma seríamos capaces de reconstruir.
Cientos de imágenes que no son sino una respuesta, un acto de resistencia ante el distanciamiento social al que hemos sido empujados, un esfuerzo para encontrar una conexión emocional con los otros para compartir esperanza ante el temible virus que asola nuestros tiempos.
Experimento 1: Ir al puerto. Esperar a que zarpe un barco. Mirar cómo se aleja, cómo se hace más pequeño al acercarse al horizonte. Mirar cómo desaparece primero el cuerpo, luego el mástil, al final la bandera. Aunque tengas unos binoculares, en algún momento desaparecerá de la vista. Si la Tierra fuera plana, no habría horizonte y podríamos ver los objetos cada vez más lejos en la distancia sin ocultarse.
*
Hace un año, en mayo de 2019, se convocó la primera reunión de terraplanistas en México. En la foto oficial del encuentro se ve a doce personas posando frente a la Torre Latinoamericana. Hombres, mujeres, niños. Todos hacen una señal que se parece al saludo a la bandera, pero que, en este caso, representa la creencia de que la Tierra no es esférica, sino un disco plano rodeado de una muralla de hielo.
Cuando vi esta fotografía por primera vez, me pregunté qué caso tenía creer que la Tierra es un disco. ¿Por qué poner en duda algo tan básico que sólo se puede creer si se desconfía de todo tipo de testimonio, prueba científica o fotografía? ¿Cuál es el sentido?
Desconfiar de la forma misma de la Tierra es desconfiar de todo el conocimiento humano. A partir de ahí, es válida toda interpretación.
*
Experimento 2: Buscar la fecha del siguiente eclipse lunar. Esperar despierta. La Tierra pasa entre el Sol y la Luna. Su sombra se proyecta sobre la superficie del satélite. La imagen: una sombra redonda sobre un objeto redondo.
*
El principal argumento de los terraplanistas es así: ¿Puedes probar tú, personalmente, que la Tierra es redonda? ¿Lo has visto con tus propios ojos? ¿Has sido testigo? ¿Cómo puedes estar seguro de algo que no has visto?
No pueden creer lo que no han visto con sus propios ojos.
El 23 de febrero del 2020, Michael “Mad Mike” Hughes murió durante un vuelo de prueba del cohete espacial que había construido en su casa. Él, como muchos otros terraplanistas, aseguraba que la única manera de probar sin ninguna duda que la forma de la Tierra plana, es yendo al espacio y viéndolo uno mismo. No valen los testimonios, los videos, las fotografías. La única forma de estar cien por ciento seguro del hecho es verlo con nuestros propios ojos. Murió cuando el cohete falló en un vuelo de prueba, ni siquiera llegó lo suficientemente alto para saber si estaba equivocado.
Algunas personas aseguran que en realidad Mad Mike no creía que la Tierra era plana. Sólo usaba esa excusa para darle publicidad a sus campañas de fondeo y conseguir dinero para construir cohetes caseros.
*
Experimento 3: Escoger un árbol en la mitad de un bosque. Un árbol alto. Mirar al horizonte desde la base y luego comenzar el ascenso. Hay que detenerse durante la subida y mirar alrededor. Buscar el horizonte. La visión se extiende, con cada metro se puede ver más y más lejos. Si la Tierra fuera plana, la visión desde la base y desde la cima sería la misma.
*
La mayoría de los mitos creacionistas asumían que la Tierra era plana y tenía bordes. Los griegos hasta el periodo clásico, entre ellos Homero, describían el océano como el cuerpo de agua que rodeaba la superficie circular de la Tierra. Una idea similar se puede encontrar antes en la cultura egipcia y en Mesopotamia. Los nórdicos describían la Tierra como un disco rodeado de un océano cuyo eje es el árbol Yggdrasil. Para los chinos la Tierra era cuadrada, mientras que el firmamento era un domo circular. Esta visión se mantuvo hasta el siglo XVII.
En el mundo occidental, las primeras ideas sobre la Tierra como una esfera aparecieron en el siglo V a.C. entre los pitagóricos. Algunos de los pensadores griegos que se cree que comenzaron a pensar en la Tierra esférica fueron Parménides, Empédocles y Pitágoras. Lo que se sabe con seguridad es que Platón estudió matemáticas pitagóricas y cuando regresó a fundar su academia comenzó a describir la Tierra como una pelota, todos sus extremos equidistantes del centro, la más perfecta de todas las figuras, sin dar ninguna justificación. Su alumno estrella, Aristóteles, observó que las estrellas que se veían en Egipto o Chipre no eran las mismas que se veían más al norte. Sólo si la superficie estaba curveada podía ser posible que, al navegar hacia el sur, los viajeros observaran cómo las constelaciones del sur se alzaban en el cielo. Asimismo, observó que la sombra de la Tierra durante un eclipse lunar era circular. Después, en 240 a.C. Eratóstenes estimó la circunferencia de la Tierra con un error menor al 5%.
Estas ideas pasaron de los griegos a los romanos y así se esparcieron por el imperio. Tolomeo describió cómo al navegar hacia un grupo de montañas, estas parecen crecer, lo que se explicaría si antes la curvatura de la Tierra hubiera ocultado su verdadero tamaño.
A diferencia de lo que se cree ahora, las obras de Tolomeo y Aristóteles influyeron a muchos estudiosos durante la Edad Media, tanto cristianos como islámicos. Es un mito creado durante el siglo XVIII que en este periodo los estudiosos creían que la Tierra era plana. La mayoría mantuvieron la creencia griega como se puede ver, por ejemplo, en la Divina Comedia, Dante describe la Tierra como una esfera.
Sin embargo, la primera demostración de la forma esférica de la Tierra la aportó la circunnavegación (1519-1522) que comenzó Fernando de Magallanes y que Juan Sebastián Elcano continuó al morir su capitán. Esta prueba, sumada al cálculo de Eratóstenes, terminó por convencer a la mayor parte de los europeos educados.
O eso parecía.
*
Experimento 4: Tomar un avión que viaje a más de 10 kilómetros de altura. Elegir un asiento junto a la ventanilla. Observar la curvatura de la Tierra. Si esto no es una posibilidad, comprar un vuelo redondo desde México a Japón. Experimentar la pérdida de un día en la ida y la ganancia de otro en el regreso. En Japón, llamar por teléfono a casa. Experimentar la diferencia horaria. Si la Tierra fuera plana, en todos los continentes sería de noche o de día al mismo tiempo. Los husos horarios sólo pueden explicarse si la Tierra es esférica.
*
La idea de que la Tierra es un disco reaparece en el siglo XIX con el experimento del canal de Bedford. Este consiste en una serie de observaciones que se realizaron en el río Bedford en Inglaterra para medir la curvatura de la Tierra. En un punto del río, este tiene un canal de drenaje recto de alrededor de nueve kilómetros de largo. Dadas estas características, no sería posible que un bote en uno de los extremos avistara otro bote en el extremo contrario porque la curvatura de la Tierra lo ocultaría. Sin embargo, Samuel Rowbotham había observado varias veces que era capaz de ver el bote en el otro extremo y publicó en el periódico que le daría 500 libras a la persona que pudiera probar que la Tierra no era plana.
Alfred Wallace le demostró a través de un experimento que este efecto era provocado por una ilusión óptica causada por los efectos de la refracción de la atmósfera. El experimento consistía en colocar una línea recta a lo ancho del canal de postes de 4 metros de altura por encima de la superficie del agua para evitar la refracción. Si la Tierra tenía una curvatura, los postes de en medio se verían más altos que los que están en los extremos. A pesar de su demostración, Wallace no pudo cobrar las 500 libras porque había ofrecido el dinero no era Rowbotham, sino otra persona: John Hampden. Él miró a través del telescopio el experimento y decidió que los postes se veían del mismo tamaño, aunque todos los demás observadores lo contradijeron. Se negó a pagar y declaró que este experimento demostraba que la Tierra era plana. No hubo forma de convencerlo. Estaba seguro de lo que había visto y lo que significaba.
Rowbotham, por otra parte, siguió escribiendo panfletos y libros a partir de estos experimentos. Llamó a su sistema de investigación Astronomía Zetética y lo planteo como un método alternativo al método científico, que ponía su énfasis en las observaciones sensoriales. Esto significa que, como en nuestro día a día no percibimos la curvatura, la conclusión es que la Tierra tiene que ser plana.
Cuando Rowbotham murió, Lady Elizabeth Blout creó la Sociedad Universal Zetética, cuyo objetivo era “la propagación de conocimiento relacionado con la Cosmología Natural, aquella que confirma las Santas Escrituras, basándose en la experimentación científica”. Esta es la primera sociedad de terraplanistas y así la idea de la Tierra plana toma un carácter religioso.
*
Experimento 5: Ir al Centro. Observar el atardecer desde Bellas Artes, el Sol desaparece entre los edificios. Cuando ya no pueda verse el Sol, subir al décimo piso de la Torre Latinoamericana. Mirar el Sol desaparecer en el horizonte otra vez. Cuando se oculte, subir veinte pisos más y mirar de nuevo el atardecer. Repetir hasta llegar al mirador. Si la Tierra fuera plana, una vez que se hubiera puesto el Sol, no podría verse desde ningún punto de la ciudad, pero como la Tierra es esférica, uno puede ir subiendo la Torre Latinoamericana piso a piso y experimentar varios atardeceres en el mismo día.
*
En 1956, Samuel Shenton crea la International Flat Earth Society, que tiene que enfrentarse a las primeras fotografías tomadas desde el espacio y a los testimonios de los astronautas. Shenton argumentó que las fotografías no eran reales. Así la idea de la Tierra plana comienza a mezclarse con teorías de conspiración, donde la NASA y el gobierno están tratando de engañar a los ciudadanos.
De nuevo la sociedad pierde fuerza con la muerte de Sheton. Varias veces más se ha revivido la sociedad, hasta 2007 que Daniel Shenton (sin relación filial con Samuel) creó un foro en Internet en el que revivió a la Flat Earth Society. Facebook, Twitter y YouTube han permitido que las ideas terraplanistas lleguen a más y más individuos. Actualmente, existen conferencias, cruceros y series de televisión para que los terraplanistas se reúnan y encuentren. Sin embargo, bajo esta ideología convergen diversos tipos de personas: aquellas que creen que la Tierra es plana porque la Biblia así lo dice, aquellas que creen en múltiples teorías de conspiración y aquellas que encuentran consuelo en que su percepción del mundo es sencilla y correcta.
*
Experimento 6: Elegir dos puntos: digamos uno en Monterrey y otro en Cancún. Tomar dos palos de madera del mismo tamaño y dos cintas métricas. Invitar a un amigo, darle un palo y una cinta de medir. Viajar de la Ciudad de México al punto asignado. Buscar un jardín y clavar el palo en el suelo. Llamar al amigo y medir al mismo tiempo el tamaño de la sombra del palo. Si la Tierra fuera plana, las sombras serían del mismo tamaño, pero como la Tierra es esférica, el Sol golpea distintos puntos de la Tierra con un ángulo diferentes y, por tanto, las sombras serán de diferente tamaño. El primero en realizar este experimento fue Eratóstenes.
*
Uno de cada seis estadounidenses no está completamente seguro de que la Tierra sea esférica. Esta estadística me deja fría. Regreso a la pregunta. ¿Qué caso tiene dudar de la forma misma de nuestro planeta? Es más, durante todo el artículo he escrito que la Tierra es esférica, cuando en realidad su forma es la de un esferoide oblato, achatado en los polos y abultado en el Ecuador a causa de la fuerza centrífuga generada al girar sobre su propio eje. Los terraplanistas reducen su mundo a las interpretaciones de lo que perciben.
¿Qué sucede si no podemos confiar en los testimonios de expertos, en las pruebas, incluso en la evidencia fotográfica? ¿Qué sucede cuando dudamos de todo lo que no esté de acuerdo con la interpretación que damos a nuestras percepciones?
Parece que su argumentación se basa en un escepticismo puro. La duda por encima de todo. La duda también se encuentra en el fondo del método científico, pero la ciencia tiene la característica sustentar sus ideas en la evidencia, en la repetibilidad. Cuando se encuentran pruebas que desmontan una teoría, la teoría se abandona. El escepticismo de grupos como los terraplanistas —que dudan de toda prueba, de todo razonamiento y privilegian la experiencia personal— no permite ajustar las ideas a la evidencia que el mundo presenta, sino que ajustan sus percepciones para que coincida con sus ideas.
A partir de este método, no me extraña que el terraplanismo congregue gente tan dispar, con ideas tan distintas. En 2015, la International Flat Earth Society respondió a críticas de Obama con un comunicado donde decían que ellos sí creían en el cambio climático. Pero existen terraplanistas que son cristianos fundamentalistas que no creen en la evolución o gente que cree en la ciencia, pero que piensa que vivimos en una conspiración del gobierno para controlarnos. Reducen su conocimiento del mundo a la experiencia. Supongo que uno puede consolarse: ¿quién es realmente ignorante cuando el entendimiento de lo que nos rodea es tan estrecho?
A partir de aquí, ¿puedo extrañarme realmente de que exista tanta desconfianza en la ciencia y que vivamos en un mundo de post-verdad? Aun así, presento aquí siete experimentos, algunos más sencillos que otros, para quien quiera experimentar la curvatura de la Tierra, verla con sus propios ojos y maravillarse de que el mundo es mucho más complejo que lo que alcanzamos a ver a simple vista.
*
Experimento 7: Googlear las fotografías de la Estación Espacial Internacional. Mirar los continentes, los océanos. La imagen puede ser de día o de noche con todas las ciudades encendidas. Da igual. Mirar la curvatura. Creer que las imágenes son una evidencia confiable y no una creación por computadora.
Fuentes:
Picheta, Rob, “The flat-Earth conspiracy is spreading around the globe. Does it hide a darker core?”,