Señales de ruta (Herring Publisher, 2019) es un texto escrito por Andrés Paniagua y César Campos, editado por Oliver Herring y Oswaldo García. Digo texto para eludir afirmarlo como libro, ensayo, poema o cuento. El texto pide, antes de ser leído, que te detengas a pensar qué hacer con él. Cómo hacerlo, pues leer como el acto lineal aprendido en la educación primaria queda suspendido en primera instancia. Por eso mismo es difícil escribir sobre un libro que no puedes hojear. Hacer una reseña sobre una serie de textos que no son unidos ni por el encuadernado del libro. Creo que nuestra forma de entender el fenómeno literario está centrada en la idea de unidad: uno comienza a poder hablar sobre un poema cuando lo logra ver como un todo, en eso consiste el trabajo hermenéutico, en concebir a la obra y al autor como un sistema cerrado.
El objeto del que queremos hablar es un rectángulo blanco que pesa 87.5 gramos y mide 14.3 x 10 x 1.2 cm. Dentro contiene tarjetas impresas por los dos lados. Para manipular este objeto debes sacar las tarjetas y dejar la caja rectangular de lado. Por torpeza se te pueden caer y quedar esparcidas y desordenadas. No importa. Se puede comenzar a leer desde ese lío. También puedes colocarlas en una superficie y pasar las tarjetas una por una hacia la izquierda siguiendo el orden propuesto por sus autores.
Para ambos casos, las fichas están numeradas consecutivamente pero eso es una falla en lo que propone el objeto textual, pues regresa a imponer un orden preconcebido que para el texto no es necesario. Desde sus contenidos se propone como una escritura contingente. Fue escrito por correo desde el trabajo y lo acompañan reflexiones sobre la ambigüedad de las certezas. Por eso no es casual la elección del formato fichero que abre las formas de lectura y límites de lo que sería un libro. Pero tampoco es un trabajo radical: el fichero es un gesto que recuerda tradiciones experimentales hispanoamericanas, pero Señales de ruta no se define por el fichero. Ahí se queda flojo, pues me parece que o tomas la experimentación y te dejas ir o numeras las páginas y haces un libro, no ambas.
Retomando la idea inicial que construye los saberes en unidades, ha habido también casos en que se quiere luchar contra ello. No es que sea malo que los conocimientos del hombre
recaigan en libros con un orden unitario, pero ciertamente homogeniza las formas en que se puede conocer y expresar.
Recientemente se publicó en México el proyecto Permanente obra negra (Sexto piso, 2019) de Vivian Abenshushan. Este libro es varios libros y a veces deja de ser un libro pero sí es un libro. Se publicó en tres formatos, como libro-libro, como libro suajado y como fichero. A éste lo atraviesan retazos, citas, escritura dispersa sobre el trabajo no remunerado de los escritores fantasmas o negros literarios como antaño se les nombraba, reflexiones sobre escrituras conceptuales de América latina y Europa. No hay relación entre estos dos ficheros más que el espíritu del que encarnan.
Como un eco aparece el fantasma de Walter Benjamin con su Libro de los Pasajes, trabajo inconcluso que consiste únicamente en una compilación de citas en cuatro idiomas sobre documentos y teorías del capitalismo en el París del siglo XIX. Existe la especulación de que éste iba a ser un ensayo formal y que por el contexto de la Segunda Guerra Mundial y la muerte del autor quedó inconclusa, lo cierto es que es un archivo de citas y comentarios dispersos. En él yace una teoría sobre el conocimiento de la historia desde los fragmentos olvidados. Lo cual recobra sentido con las hojas con citas que Bejamin dejó.
Para Señales de ruta este libro es importante, pero también el espíritu anarco-punk de las cartoneras latinoamericanas. Ediciones en las que lo importante es que los libros salgan y circulen. Editar rápido. Imprimir como fichero es también un asunto económico, pues es más barato imprimir fichas que armar libros y encuadernarlos. No parece una edición cartonera por la fina manufactura de la editorial queretana Herring Publisher pero bebe de esa idea.
Estamos frente a un texto repartido en fichas numeradas por corrección política o error, dos autores y una caja. Decidamos leer como Rayuela, siguiendo el orden propuesto o sacándolas al azar; hay una experiencia que reclama ser abierta. A pesar de la continuación innegable de nuestra mente al momento de leer cualquier cosa, no hay un sentido cabal en el texto y formalmente tiene algo de político. La forma dice algo sobre el contenido: te obliga a pensarla para poder entrar.
Ahora al interior de la caja. Los textos son poesía, no por la forma sino por su desconocimiento de las lógicas normalizadas del mundo. No importa mucho qué se dice sino
que lo que se está diciendo nos hace ver, oír y pensar el lenguaje. Después de todo, qué es la poesía sino ir hacia el lenguaje.
Los trozos de lenguaje tienen un tono directo, íntimo, casi confidencial. No como testimonio político o de una intimidad feroz como los diarios pero parten de que sabemos de lo que estamos hablando. Eso pretenden. Recordemos que materialmente cada uno de los textos fue escrito por correo electrónico teniendo como destinatario al otro escritor. De Andrés Paniagua para César Campos y de César Campos para Andrés Paniagua. Asistimos a una amistad que por error o por astucia podemos leer.
Dice una de las primeras fichas:
“A partir de ahora la tarea puede entenderse como la caza de un salmón.
Alguien allá afuera se confunde y arponea las olas.
Mientras tanto, en la cabina el relator del viaje se dedica a transcribir los bramidos de los peces (11).”
No sé ustedes, pero yo no estoy ahí. Me gustaría estarlo, eso sí. ¿Cuál tarea, cuál salmón?, ¿Quién me está diciendo qué?, no creo que los peces braman pero imaginar ese sonido se me antoja. Me parece que no hay respuestas pero a través de las fichas formamos una comunidad imaginaria, participamos de un diálogo con sus códigos secretos, sus misiones e incertidumbres. El efecto es el de un cadáver exquisito, ese experimento vanguardista donde uno dice lo que sea a partir de lo que sea que el otro escribió. Sin embargo hay motivos y repeticiones.
El salmón reaparece como alegoría de las posibilidades del silencio. El salto del salmón en el agua como esa tos azarosa que podemos no escuchar. La idea de casa es constante para derivar y pensar los límites de lo habitable y como lugar de exhibición. Una casa es un cubo blanco, el texto que conforma Señales de ruta está en una caja blanca, ambas formas de habitar en comunidad. La casa nos recuerda también a la precariedad y las constantes mudanzas de nuestra generación sin prestaciones laborales.
Entonces César Campos, Andrés Paniagua, Oliver Herring y Oswaldo García como por azar crearon un raro objeto literario. Se ha hablado de hacer otra edición pero normal: como libro.
Perdería la ambigüedad y los leves riesgos de ésta, pero la experiencia de perderse en una comunidad a la que eres momentáneamente bienvenido permanecería.
Señales de ruta no concluye ni cierra nada, es acaso un proyecto que tensiona el deber ser de un texto legible, el diálogo a susurros de un canon poético imaginario en el que desfila Juan de Dios Martínez y Mario Montalbetti, una confesión sobre modos de vida y una profunda amistad que se cimienta en el lenguaje. Su tema es quizás la confesión y el desvío, el método, los guiños blandos a lo experimental. Nos exponen a una sesión, quizá no lo pensaron así, pero el libro es una transferencia: aquel intercambio entre inconscientes en que se juega el miedo; los deseos mediante lo expresivo. Si lo pensamos así, que tal vez sea desviarse mucho, la forma no podría ser otra sino el de la carta clausurada: notas íntimas dirigidas a quien se acerque.
Tocas la pantalla y se abre la aplicación. Tocas un botón más, en el centro, para comenzar tu jornada laboral. Estás en línea. Una ansiosa viborita negra que va de izquierda a derecha simula estar ocupada en buscarte tu primer viaje del día. En la pantalla aparece el mapa delimitado de la zona donde vives. Eres una flecha sobredimensionada que cintila sobre el mapa y eso te hace sentir importante. Un número en la esquina señala la bonificación del día y de la hora. En las horas pico ganas a veces hasta el doble por entrega y es mejor que aproveches que la demanda se incrementa y precisan de tu fuerza de trabajo.
Cansada de la academia, renuncié a mi trabajo fijo como profesora universitaria en California el pasado diciembre. Me mudé y comencé a estudiar psicología clínica. Desde enero, dependía de un trabajo temporal dando clases de español y escritura en la universidad en la que también estudio, pero tras la crisis económica provocada por la pandemia del Covid-19 no me ofrecieron dar más clases. Hace tres meses que no tengo trabajo pero la renta tiene que pagarse y tengo que comer. Dadas las circunstancias de la pandemia, no hay mucho que una doctora en letras pueda hacer: el tipo de “trabajadores esenciales” que se necesitan ante la crisis no son intelectuales. He solicitado decenas de trabajos sin respuesta. Para sobrevivir, a partir de marzo decidí explorar diferentes trabajos en la llamada “gig economy” (economía de los trabajos esporádicos o, en mi traducción más coloquial, “economía de las chambitas”). Una semana después de descargar varias aplicaciones en mi teléfono y solicitar los materiales que no tardaron en llegarme por correo, me convertí en una trabajadora independiente para diferentes plataformas. Ahora soy repartidora de comida y de compras del supermercado.
Tu perfil muestra una foto de tu rostro con una sonrisa falsa, tu primer nombre y, justo debajo, las temidas estadísticas. En esta aplicación has tenido suerte y tienes un índice de satisfacción del 97%, pero en la otra que usas comúnmente tu aprobación baja hasta 90%. En tu perfil te presentas así:
Estudiante de psicología y escritora. ¡Me encanta manejar!
Sabe inglés, español y holandés.
De la Ciudad de México.
Nadie verá tu perfil, pero aún así te esfuerzas en ser coherente e interesante. En realidad, solo quieren que les entregues la comida a tiempo, pero nunca está de más poner una buena cara para que te den una propina que te ayudará al menos a pagar la gasolina o el seguro del coche que usas para trabajar.
Aunque el trabajo independiente o por contrato (“freelance”) ha existido desde la invención del dinero, la economía de las chambitas comenzó a crecer cuando se lanzó la aplicación de Uber. La compañía usó por primera vez la inteligencia artificial y las aplicaciones móviles para conectar a los pasajeros con conductores “independientes”.
La economía de las chambitas es diferente de los mercados con trabajadores independientes porque se enfoca en labores en donde no es necesario tener muchas habilidades, ningún título, estudios, o experiencia y porque controla los precios y la mercadotecnia (que en mercados que requieren mayor habilidad son controlados por los trabajadores independientes). Después del surgimiento de Uber en 2013, una gran cantidad de nuevas empresas imitaron el modelo: Instacart es el Uber de las compras en tiendas departamentales y Taskrabbit es el Uber de los trabajos domésticos (que nació con gente que se anunciaba como expertos en ensamblar muebles de Ikea). En pleno 2020, las aplicaciones que conectan a usuarios o empresas con trabajadores independientes son demasiadas: Fiverr, Shipt, DoorDash, UberEats, Grubhub, Postmates, Lyft, Kitchensurfing, Wag, Rover, entre otras, son las más populares en los Estados Unidos. La colección de plataformas en línea y aplicaciones prometen trascender el capitalismo, pero lo único que ha cambiado es el modo o la tecnología a través de la cual el trabajador es alienado y se le explota.
En este mundo, tus estadísticas valen más que tus habilidades: 75 viajes en UberEats, 93 entregas en Doordash, 37 para Postmates y 12 entregas de compras del supermercado para Shipt.
Como buena investigadora, te dedicas a comparar fríamente las aplicaciones, los requisitos, lo que paga cada una de ellas, y qué tan fácil es usarlas. Tienen ventajas y desventajas, pero su objetivo es el mismo: trasladar del punto A al punto B mercancía, comida o personas. Pero como buena escritora que eres, te aferras al término más poético que usa una de las aplicaciones para contar tu tarde de trabajo en forma de “viajes” (y no de “entregas”). Te gusta imaginar que vas a viajar a diferentes lugares en poco tiempo y que eres una arqueóloga voluntaria del lugar en el que vives.
Viaje 1. Suena una campanita en el celular. Aparece un círculo con el restaurante al que tienes que ir y la compensación estimada, así como el kilometraje del viaje. Lo aceptas antes de que se agoten los quince segundos que te dan antes de que desaparezca de tu pantalla y le envíen el trabajo a otro repartidor. Llenas tu botella de agua para la jornada laboral y sales de casa. Caminas cinco cuadras hasta la calle donde puedes estacionar tu coche sin que te pongan una multa. Conectas tu celular y manejas unos cinco minutos hasta el Starbucks en un pequeño centro comercial. Te pones el cubrebocas antes de salir de tu coche. En el piso, unos cuadritos marcados con cintas fosforescentes te señalan dónde debes pararte mientras esperas la orden y un letrero te señala que no podrás pedir una orden si no estás usando un cubrebocas. Pides la orden con el nombre del cliente que te aparece en la aplicación y te entregan una bolsa de papel cerrada con un sello que contiene dos cafés fríos con mucha crema batida y chispitas de chocolate, además de algo que huele a tocino. Regresas al coche y acomodas el paquete en el asiento del pasajero mientras deslizas el dedo sobre la pantalla para que te aparezca la dirección en la que debes entregar el pedido. Sigues las instrucciones del GPS y tu coche se convierte en la flecha que navega el mapa. Maniobras para que no se te caiga todo al tomar las curvas a una velocidad más alta que la máxima y a ratos tienes que ser un pulpo para detener las bebidas cuando frenas abruptamente.
Llegas a un complejo de apartamentos de tres pisos, mal numerado, y ves las temidas instrucciones: “dejar el pedido en la puerta: edificio 9, departamento F”. Suspiras. Estacionas el coche en el lugar para las visitas. Tomas el paquete con cuidado y ves que la bolsa de papel está un poco mojada por abajo. La crema batida está batida. Ni modo, ni qué hacerle. Subes y bajas escaleras. Caminas alrededor de la alberca y frente a los buzones con el paquete en mano. Es un laberinto polvoso lleno de rincones mínimos que la gente llama “hogar”. Caminas durante diez minutos dando vueltas alrededor del complejo hasta encontrar el edificio 9. El apartamento F es el último del tercer piso. Subes tres escaleras y la herrumbre de la letra “F” te da la bienvenida. Quitas unas telarañas del tapete de la entrada y ahí mismo colocas el paquete. Sacas tu celular para tomar una fotografía y así completar la entrega. Pero tu celular parece no tener señal. Presionas la pantalla una y otra vez hasta que toma una borrosa foto de la bolsa de papel medio húmeda con el logo de Starbucks, sobre el tapete que clama: ¡Bienvenido! Vuelves al coche. Has triunfado. Una vez recuperas la señal, la pantalla de tu teléfono se enciende con un nuevo pedido que deberás recoger en Panda Express.
Las empresas de la economía de las chambitas venden sus modelos de trabajo con la idea de que son un camino hacia el sueño de tener una mejor calidad de vida y que el trabajador puede administrar su propio “negocio”. Hay muchas cosas que, en principio, se ponen en juego en la ilusión que le brindan al trabajador: tienes la libertad de armar tu propio horario, no necesitas ningún tipo de entrenamiento, no tienes un jefe que te obligue a nada y puedes vivir la vida que quieres. ¿Se trata entonces de un paraíso de flexibilidad y libertad individual? ¿O es un mundo de explotación, lleno de conflictos?
Es una ironía un tanto cruel que los trabajadores en este tipo de plataformas vivan sin ninguna de las protecciones o seguridad que se le asegura a cualquier otro trabajador, incluso aquellos que trabajan por el salario mínimo. En los Estados Unidos, a los trabajadores de la economía de las chambitas se les paga bajo el esquema de “contratistas independientes” (también llamados “trabajadores 1099” por la forma que reciben para pagar impuestos) y por lo tanto no reciben compensaciones extra por su trabajo, no tienen beneficios si pierden su trabajo ni pueden tener vacaciones pagadas, un fondo de retiros, protecciones de licencia familiar o por discapacidad y tampoco tienen derecho de conformar sindicatos de trabajadores.
Este panorama se torna aún más gris si se considera que los repartidores bajo este endeble esquema laboral también somos considerados “trabajadores esenciales” durante la pandemia y que necesitamos salir y arriesgar la salud para ganar unos dólares y entregar a tiempo la comida de quienes tienen el lujo de quedarse en casa.
Viaje 2. Manejas diez minutos siguiendo el destino que te marca el GPS. Entras al restaurante luego de leer los cinco carteles que dicen que no puedes entrar sin un cubre bocas que te tape por completo la boca y nariz. Te colocas bien la mascarilla quirúrgica que te envió una de las aplicaciones que usas (aunque el costo del envío, por supuesto, lo tuviste que pagar tú) y te paras en una de las flechitas anaranjadas que florecieron en los suelos en todos los supermercados y restaurantes, marcando los famosos seis pies de distancia. Sigues sin entender si los seis pies son los de alguien de dos metros o los de un niño de seis años, quizás porque a pesar de que llevas ya ocho años en este país, te niegas a aprender el sistema inglés de medidas. Hablas con el empleado y recoges una bolsa. Te dice que te falta llenar un vaso con la bebida que pide el cliente y ya en la máquina decides ponerle un poco de hielo, por si acaso.
Al coche de nuevo y manejar según lo marca el GPS hacia los dormitorios de la universidad. Por la carretera, el paisaje se torna verde hasta entrar al campus. Manejas por un estrecho camino hasta encontrar a un muchacho asiático que espera en la esquina con su celular. Te detienes y le entregas la bolsa. Pocas entregas son así de sencillas, pero sabes que cuando vas a la universidad no te espera ninguna propina y lo entiendes, pero no deja de decepcionarte. Los estudiantes que todavía están en el campus son los que no pudieron salir en medio del semestre, cuando se declaró la pandemia y las clases se pasaron al formato en línea o, quizás, son extranjeros, o no tienen otra casa, y posiblemente lidian con servicios de comida reducidos en los pocos comedores que todavía funcionan.
“Todo viaje depende de la carga de mito que el viajero sea capaz de agregarle, voluntaria o involuntariamente”, dice Martín Caparrós. Me pregunto cuál es la mitología que me impulsa en los viajes que hago al menos tres veces por semana entregando comida. A veces soy un caballero errante que lucha con perderse en el bosque de apartamentos y rescata a damiselas cautivas en prisiones, llevándoles comida que las sustente, arriesgándose a luchar con virus microscópicos potencialmente letales. Pero a veces soy Tlazoltéotl, “la comedora de suciedad”, visitando a la gente que está por morir, alentando la lujuria y el exceso de los deseos de crema batida de los moribundos.
Viaje 3. Apenas regresas al coche, te aparece otro viaje para ir a un restaurante tailandés, cerca de la zona turística de la ciudad, ahora desierta. Lo conoces bien y entonces te apresuras a aceptar la entrega. Rara vez rechazas un viaje y al algoritmo no le gusta cuando no le respondes. Si te distraes por un momento o vas con música en el coche y no escuchas la campanita, no aceptas el viaje por omisión y la aplicación te penaliza con unos minutos (y a veces horas) en los que no te envía nuevas entregas.
Manejas y te estacionas en una calle empinada. Te asomas a ver si la rueda de la fortuna ya está moviéndose o si los juegos mecánicos ya abrieron, pero todo sigue cerrado y probablemente tardará mucho en volver a abrir. Eso sí, nunca falta gente en la playa, pese a que suelen estar cerradas de 11 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Cruzas la calle, abres la puerta de metal con algo de temor (imaginas virus pegados a las manijas cada vez que abres una puerta). Pides la orden con el nombre del cliente y esperas. Cinco minutos. La mujer de la caja grita el nombre del cliente que tú ya habías olvidado en tu breve ensueño en el que sentiste el calor de la arena en tus pies mientras caminabas por las playas de Tailandia que muestran las vetustas fotografías en las paredes. Revisas el teléfono y confirmas. Tomas la bolsa con cuidado y otra vez te imaginas al virus como criaturitas colgadas de la bolsa que la mujer recién ató para ti. La puerta de nuevo, punto posible de contacto con virus número diez o quince, se pierde la cuenta. Al llegar al coche deslizas el dedo sobre el teléfono y comienzas la entrega. Te pones gel antibacterial por enésima vez y arrancas.
Frente a ti, la playa. Esquivas a los peatones que deciden que la calle también es su playa y caminan en todos lados. Si llegas tarde, dile adiós a tus buenas estadísticas y posiblemente te toquen menos pedidos. El algoritmo es cruel y despersonalizado, no hay a quien reclamarle en caso de que pase algo y no puedes dirigir tu enojo sino al yugo de una aplicación, ubicua, sin rostro. Mate a su jefe es ahora desinstale la aplicación.
Luego de sortear los obstáculos en el camino llegas a la dirección. Ya te sabes el truco: cuando el mapa de Google dice que ya llegaste, sabes que todavía no has llegado y el destino está unos metros más adelante. Encuentras el número de la casa y tocas el timbre. Un perro ladra desgañitándose como desesperado, pero nadie sale. Esperas unos minutos más. Tocas la puerta con la mano, temiendo que el virus esté untado por ahí porque alguien estornudó. Nadie. Una vez más tocas el timbre y el perro gruñe y se golpea con la ventana. Finalmente, una mujer sale, luego de ponerse su máscara a paso de tortuga, a recibir la comida. Te aseguras de verla a los ojos, aunque quizás eso le parezca muy invasivo. No sabes si con los ojos le estás exigiendo algo o más bien se siente avergonzada, pero te dice: “Ya te dejé la propina en la aplicación”, luego de verte de abajo hacia arriba. “Gracias”, le respondes detrás de tu cubrebocas con voz impostada, para que te escuche: “que tenga un buen día”.
Cuando los clientes eligen la opción de que les entregues la comida a ellos y no que la dejes sobre el tapete lleno de telarañas, se ven forzados a ver que otro ser humano de carne y hueso y no un robot sin rostro es quien les lleva su comida. Suelen dejarte más propina. Un par de veces te han indicado en las instrucciones que te dejaron un billete debajo del tapete (te imaginas un ejército de virus que vive ahí debajo, pero necesitas agarrar ese billete que inmediatamente guardas en una bolsa de plástico sellada). En una ocasión, incluso, te dejaron un sobre pegado con cinta adhesiva en la puerta con tu nombre, con algo de dinero en efectivo. A decir verdad, te emociona el papel en tus manos más de lo que te aterra que el billete tenga el virus: el dinero en efectivo hace que tu trabajo se sienta más real y le da algo de solidez a la labor que se desvanece en el aire de seguir las instrucciones de una aplicación en tu celular.
Llevo mi pluma y cuaderno a todas partes. Es mi copiloto fiel en las entregas y me asegura que la literatura es pertinente en medio del mar del capital, la inmediatez y la urgencia que me devora.
Si tengo suerte (que otros verían como mala suerte y tiempo perdido) me quedan algunos minutos entre entrega y entrega. Abro la ventana del coche, extiendo el brazo y destapo mi pluma fuente blanca, de la que fluye tinta roja, lista para garabatear y desahogar observaciones mínimas:
Grietas y más grietas con líneas de colores: carreteras que comprimen el sentido del espacio bajo el tiempo.
No hay un arco dramático ni narrativo. Los personajes no tienen un trasfondo psicológico. Hay sólo un ojo que ve de forma oblicua y un oído que escucha el silencio. Una mano anota la realidad según la percibe y arma su sentido del tiempo: crónica (palabra que debiera ser un verbo).
El yugo de no hacer es estar perdiendo (lo único que se nos ha dado: tiempo).
Tu cuerpo será: el vaso comunicante de mi deseo o el obstáculo ante su satisfacción.
Suena la campanita y acaba tu tiempo libre. Los perros de Pavlov salivan y tú estás lista para aceptar un nuevo viaje.
Viaje 4. La aplicación te ofrece entregar una pizza. Te parece una buena entrega porque como está lejos y a mayor distancia, el pago es mejor. Decides tomarla, todo listo con presionar la pantalla dentro del círculo que se prende y apaga con insistencia. Manejas hasta la pizzería y al bajar del coche la aplicación te ofrece otro pedido para añadirlo a tu ruta. Rara vez se encadenan los pedidos pero cuando sucede debes aprovecharlo.
Aún recuerdas el primer pedido que recogiste, en esa misma pizzería, hace unos meses. Estabas muy nerviosa y llevabas, por si acaso, la bolsa para mantener los alimentos calientes que la aplicación te había enviado a tu casa junto con tu paquete de “bienvenida”. Como si la bolsa fuera tu escudo de legítima repartidora cualificada cuando lo único que hiciste fue llenar un perfil en línea y presionar un botón. No podías creer que fuera tan fácil como pedir la orden por el nombre y luego llevar la comida al domicilio. En esa primera entrega, una viejita te dio una propina en efectivo y te emocionó mucho llevarle la comida a quien realmente lo necesita. Pero con el tiempo y los muchos viajes esa sensación se te ha desvanecido y ahora ves a tu trabajo como una oportunidad mecánica y sin mucho sentido. En realidad, los repartidores son cuerpos intercambiables que se desplazan a su propio costo y riesgo, en sus coches y pagando todos los gastos. No son empleados y no tienen ningún beneficio. No son tampoco “emprendedores” como lo anuncia la aplicación cuando busca que seas repartidor con la promesa de “tener un horario flexible”, “ser tu propio jefe” o “empezar a ganar dinero de forma inmediata”.
Esa retórica, junto con tácticas como bonos de cientos de dólares para los conductores que reclutan amigos para unirse a la plataforma, ayudan a las aplicaciones a inscribir a decenas de miles de trabajadores en todo el mundo. A su vez, la tecnología se promueve como innovadora y funciona con algoritmos de distribución de la oferta y demanda y crea la ilusión de una relación parecida a la de los empleados con sus empleadores. Pero en la era ubicua de las aplicaciones cuando surge un problema no hay a quién llamar.
En lugar de tener un jefe que da instrucciones directas, los trabajadores tienen entrenamientos por medio de videos en línea en los que todos sonríen; les llega trabajo por algoritmos y los evalúan por medio de calificaciones de “estrellitas” o de un pulgar hacia arriba o hacia abajo, según juzguen apropiado los propios clientes. Los sistemas de calificación por estrellas que ahora son estándar en todas las aplicaciones y páginas de comentarios de productos tienen graves problemas, lo sabemos; ayudan a las empresas a deslindarse de toda responsabilidad, culpando a los trabajadores independientes de hacer un mal trabajo. La empresa nunca tiene la culpa.
La naturaleza de las plataformas y las aplicaciones también garantiza (hasta cierto punto) una mayor atomización de los trabajadores que rara vez se encuentran y por lo tanto no interactúan en un lugar de trabajo y no pueden comunicarse ni identificarse a través de las plataformas, lo que hace más difícil que los trabajadores se organicen en sindicatos o exijan beneficios de forma colectiva. Las empresas se protegen así en contra de las demandas laborales y parece que todo es benéfico para ellos.
Entras a la pizzería donde ya conoces a algunos de los empleados y te preguntan para quién estás recogiendo hoy un pedido. Les dices los dos nombres y esperas unos minutos para que tengan lista la orden. Tomas las siete cajas de pizza sobre tus brazos y, balanceándote, logras empujar la puerta con un pie y salir a duras penas. Colocas sobre el asiento la torre de pizzas con humo que se escabulle por las comisuras de la caja. Tu coche se impregna con el olor a comida y carne. Te asquea un poco. Tu primera entrega queda a unos diez kilómetros y luego de un buen rato por la carretera, el GPS te señala que debes salir. Luego de varias vueltas, te encuentras en un camino de una vía no pavimentada, en medio de un bosque de secuoyas rojas. Has venido muchas veces a esta zona a entregar comida, pero no a un lugar tan remoto. Llegas finalmente a una zona llena de lo que acá llaman “casas móviles”. En realidad, las casas no son móviles sino estructuras baratas prefabricadas que se pueden colocar en terrenos que se rentan y nunca son de las personas que viven ahí. Lo peor de venir a los lotes de casas móviles es que la numeración es una pesadilla y no tiene ningún sentido. Das dos vueltas al terreno y finalmente encuentras la casa, en plena reparación, donde debes dejar cuatro cajas de pizza. Le das las cajas a una señora en la mano, intentando alejarte lo más posible de ella.
La siguiente entrega queda a cinco minutos. Sales del imponente bosque y te ciega el sol. Te detienes unos momentos a ver la dirección: la entrega tiene como destino un hotel. Sigues tu camino. Llegas finalmente al borde del mapa de la aplicación, en una zona llena de granjas y cultivos y por lo tanto los letreros de pronto están todos en español.
La señora de la casa móvil te envía un mensaje, quejándose porque le faltó una pizza. Tú no podías haberlo sabido, seguiste las instrucciones. Buscas una solución en línea, pero no hay con quién quejarse, a quién llamar. Le recomiendas por mensaje que se comunique con la pizzería y te disculpas por la omisión. Despídete de tu buena reputación en la aplicación luego de este incidente.
Llegas finalmente a tu segunda entrega. Ahí, cerca de la carretera, hay un hotel de paso. La aplicación te señala en las instrucciones que debes entregar las tres cajas de pizza restantes en la habitación 205. Entras al hotel sin decir nada, cargando las cajas, y luego de esperar el elevador y caminar por un largo pasillo, encuentras la habitación. Tocas la puerta mientras detienes las cajas entre tu cadera y la pared. Alguien, detrás de una cortina de humo de marihuana, extiende la mano y no te dice una sola palabra luego de tomar las cajas y azotarte la puerta en las narices en medio de la frase que apenas comenzaste a decir: “que tenga un…”.
“Buen día”, te dices a ti misma, ya de regreso en tu coche.
Me han comentado amigos de otras latitudes que me imaginan repartiendo comida en una motocicleta o bicicleta. Si pudieran ver las enormes carreteras, venas y arterias del estado de California, entenderían por qué me da tanta risa la imagen de un repartidor en motocicleta. Sería imposible franquear las distancias y probablemente me pondrían varias multas por usar la carretera en dos ruedas. A veces yo misma me cuestiono: ¿qué hace una doctora en letras repartiendo comida para una aplicación o esperando un pedido detrás de la bodega del supermercado? Pero no es un asunto de grados ni de títulos, sino de formas de ver el mundo. Me emociona cuando descubro algo nuevo en este trabajo y nada me gusta más que manejar para ir completando en mi mente el mapa mental de la California que desconozco. La ambivalencia en torno a las contradicciones en las que se fundó esta sociedad es lo que me mueve a seguir descubriendo sus rincones, no sin también querer denunciar la terrible inequidad en la que se basa el sueño del oro inmaterial de Silicon Valley, en el corazón californiano. Hay que trazar una arqueología del presente que se derrumba. Construir incansablemente con tinta un mundo más habitable.
Viaje 5. Te duele el cuello luego de tanto manejar y poner atención al mapa pero decides tomar una última entrega antes de que anochezca. Llegas a un local de comida rápida que vende hamburguesas. “¿Tiene una orden para Jota Ce?”, le preguntas a la empleada detrás del mostrador, ahora cubierto con acrílico transparente para evitar el contacto directo. “No, no hay ninguna orden”, te responde “aquí no llega nada por ese sistema”. Te sonríe y coloca unas papas a la francesa con demasiado aceite dentro de una bolsa que después engrapa para cerrarla. Te vuelve a sonreír, te ve a los ojos y espera a que digas algo. “Pero aquí me mandó la aplicación y dice que recoja esta orden, ¿en serio no hay nada para Jota Ce?” Te ve fijamente y después se ríe. Su risa retumba en todo el local, prácticamente vacío. El eco multiplica su risa que se adhiere al aceite de las papas y a tu preocupación. Desconcertada, la ves. Comienzas a caminar hacia afuera.
“¡No!” te grita. “Estaba bromeando”, te dice y al fin respiras. Te ríes, pero de pura vergüenza, víctima de su broma, acaso su única diversión en el día tras preparar hamburguesas durante horas en un local sin un solo cliente, con esas paredes pintadas de amarillo que te hacen sentir como que te tienes que mover y que tenías que haber acabado hace horas y apúrate porque aquí se sirve comida rápida y no es lugar para la sobremesa y el disfrute, sino para el consumo eficaz. Acaso por eso te sorprende más ese retraso y la broma de la empleada, tomándose su tiempo para disfrutar de su breve engaño y tu cara de preocupación. Te da, al fin, la bolsa engrapada, aceitosa.
Ya con la orden de Jota Ce en mano, decides que esta será tu última entrega del día y presionas el ícono que tiene una mano en rojo que señala “parar” las siguientes ordenes. Para tu buena suerte, tu destino está cerca de tu casa. Tras manejar unos minutos en una calle cuyos letreros exigen que te detengas absurdamente en cada esquina, llegas a la casa del tal Jota Ce. Le dejas el pedido en las escaleras, sobre el montón de arena y enfrente del coche gris, como estipuló en las instrucciones. Tomas la fotografía de rigor y eres libre, acabó tu jornada laboral.
Vuelves a casa y ves tus ganancias del día. Habría que restarle a la cifra final los impuestos que todavía no pagas, la gasolina que te gastaste y subió esta semana de precio, el seguro del coche del mes y tus pagos por el coche que tampoco es tuyo, sino de tu banco que te lo financió. Lo que queda, es tu ganancia, algo risible. Lo mismo te espera mañana, si es que decides prender de nuevo la aplicación o hacerle caso cuando te manda notificaciones de que te necesitan y te ofrecen un dólar más por entrega porque hay más demanda de lo que hay conductores.
Una última anotación en mi libreta de ese día, luego de estacionarme:
Nada se percibe como algo enteramente nuevo (sería incognoscible). La memoria filtra el mundo y acomoda lo que se sale del cauce de la norma o es extraordinario. Quizás por eso me obsesionan las grietas y las manchas, las nubes y no los cielos: dinamitan la continuidad de lo mismo, introducen la diferencia en el horizonte de lo dado.
Viajo para encontrar las consecuencias de las grietas y persigo las nubes para encontrar el punto en el que condensan e intercambian mi mirada por la tuya aquí, en la palabra que nació como mirada y que la tinta, apresurada, logró apresar.
Las meninas o La familia de Felipe IV, Diego Velázquez, 1656
Las meninas o La familia de Felipe IV, Diego Velázquez, 1656
¿Por qué las cosas tienen tal o cual nombre? ¿Hay una relación especial entre las palabras y las cosas que refieren? ¿De dónde provienen esos misteriosos acuerdos ancestrales que derivan en las lenguas que hablamos hoy? Con frecuencia se dice que las palabras son máscaras de lo real, designios arbitrarios del aparato lingüístico, nomenclaturas que esconden sistemas de poder erigidos desde tiempos inmemoriales para aclarar a unos y engañar a otros. Tanto expertos (políticos, abogados, lingüistas, filólogos, etc.) como profanos (gente como usted o yo) pretenden hacer un uso instrumental de las palabras pero desconocen la amplitud del espacio lingüístico; los puntos muertos que transitamos a gatas y en la oscuridad sin saber que no solo nos definen, sino trazan el rumbo de nuestras acciones. La influencia del pensador francés Michel Foucault en la crítica del pensamiento de occidente es innegable. Antes de habitar problemáticas ligadas a la razón (Historia de la locura en la era clásica), el género (Historia de la sexualidad) y el poder (Vigilar y castigar), Foucault presentó en 1966 Las palabras y las cosas, una teoría antihumanista que aborda las intrincadas correspondencias entre las representaciones del lenguaje y las ciencias humanas en donde concluye que “lo humano se ha disuelto, está muerto”.
En las letras de “rosa” está la rosa, y todo el Nilo en la palabra “Nilo”
En la Grecia antigua se creía que una disposición divina había imbuido a cada cosa y a cada ser con un nombre único, intransferible y universal. Homero cantaba que los dioses usan palabras distintas a los humanos para nombrar las mismas cosas, pero tanto en unos como en otros hay una motivación especial que explica la relación. Así pues, en Cratilo o de la propiedad de los nombres, Sócrates refiere que el nombre de Zeus es idóneo porque su vocablo en griego antiguo (Ζεύς) expresa dos de sus atributos esenciales: por un lado, la idea de brillo o claridad en la bóveda celeste; y por el otro, la noción de causa de vida (tou dςεεn). La luz del día es indispensable para el florecimiento de cualquier existencia, por tanto “los elementos reunidos expresan la naturaleza del dios y la virtud de su nombre”1, afirma el filósofo. La idea de base es que la palabra es el arquetipo, la representación e incluso la evocación de la cosa. Asimismo, en lenguas como el quechua o el náhuatl, las palabras también entrañan un estrecho vínculo — muchas veces insospechado— con respecto a la cosa nombrada, aunque su uso está dominado por la oralidad, lo cual implica variaciones en factores tan diversos como quién pronuncia el vocablo o en qué momento del día lo hace. En náhuatl, por ejemplo, la palabra ahuacátl da nombre al aguacate y significa “testículo”. La forma ovalada, ligeramente fálica del fruto y el lugar donde se encuentra la semilla explican la asociación. En quechua existe una palabra para referirse específicamente a un niño desnudo y con frío: chirisqui. Chiri quiere decir “pequeño” o “frío” según el contexto, y siki significa nalga. Hay un sinnúmero de factores sociales, históricos, espirituales y geográficos que determinan la forma en que cada lengua se articula para definir su realidad. Por eso, cada idioma es una forma de entender el mundo, y quien aprende un nuevo idioma ingresa a otro tipo de sensibilidad y de ethos. Se dice, incluso, que las personas que crecen en el bilingüismo desarrollan dos caracteres distintos. De alguna manera, las lenguas determinan las diferentes formas de ser de lo humano a lo largo y ancho del planeta como recuerda la historia de la Torre de Babel.
Según el relato bíblico, en Babel, futura Babilonia, se asentó el pueblo más grande de la humanidad “cuando toda la tierra tenía una sola lengua y un solo hablar”2. Nimrod, el primer monarca, quiso erigir una torre que alcanzara el cielo y fuera el símbolo de la unidad entre los humanos. Su obsesión por culminar la obra fue tal que ni siquiera las obreras podían dejar de trabajar para dar a luz, debían sostener al recién nacido en sus delantales y continuar con la labor. Para numerosos intérpretes, la torre de Babel representa el artificio humano del lenguaje, un lenguaje común muy cercano al conocimiento divino que perdimos, como el paraíso. Para los cabalistas, evoca la arrogante tentativa de encontrar el nombre de dios, ese fuego prometeico. En definitiva, la desmesura de Nimrod provocó la cólera (¿la envidia, acaso?) de Dios, que bajó para separar a los hombres y dividió el idioma humano en muchos. No en vano Babel significa “confundir” en hebreo, y esa separación marca una ruptura definitiva con respecto al vínculo primigenio que refería Sócrates. No obstante, el mito sugiere que todas las lenguas vienen de una sola y por eso al indagar en sus raíces se descubren las profundas coincidencias de sus formas de nombrar.
En La tradición de la ruptura, Octavio Paz revive una de las claves de la problemática relación entre las palabras y las cosas. El lenguaje clásico, nos dice, es hijo del tiempo cíclico y de alguna manera pretendía reemplazar a lo nombrado, encarnarlo. Antes de la modernidad —“ese período que inicia quizás en el siglo XVIII y llega ahora a su ocaso”3—, las palabras estaban fraguadas como una combinatoria precisa de símbolos; una especie de conjuro que encriptaba las características y representaba la cosa. El arte clásico, asimismo, estaba basado en la mímesis y de alguna forma quería ser, encarnar, el objeto retratado. Si por casualidad lo llegaba a transformar lo hacía de manera inconsciente y a destiempo, como es el caso de Velázquez en la pintura o Cervantes en la novela; sus revolucionarios estilos artísticos solo habrían de prosperar con la consciencia novelesca del siglo XIX. Así pues, la percepción moderna busca lo opuesto, la anticipación de lo desconocido, la percepción de lo heterogéneo, lo concreción de lo excepcional y en definitiva, la predicción de lo futuro. En esa singular diatriba se inscribe el capítulo inicial de la obra de Michel Foucault, el análisis de Las meninas, la pintura de Velázquez. Tras una minuciosa écfrasis —que es la descripción punto por punto de una imagen— el filósofo francés se concentra en un detalle; el fuera de campo donde confluyen las miradas de los personajes, un irreductible espacio muerto, un quiebre, una ausencia que constituye el elemento central de la obra y marca la escisión de un lenguaje:
Quizá haya, en este cuadro de Velázquez, una representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre. En efecto, intenta representar todos sus elementos, con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquélla recoge y despliega en conjunto, se señala imperiosamente, por doquier, un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta —de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo —que es el mismo— ha sido suprimido. Y libre al fin de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación.4
Los fósiles del lenguaje
A finales del siglo XIX, los primeros etnólogos descubrieron que muchas comunidades en distintos lugares del mundo (arahucanos, polinesios y africanos, entre ellos) acostumbraban dar a los hijos el mismo nombre que sus padres, lo cual también implicaba muchas veces el desempeño de la misma función en la comunidad, y bautizaron este fenómeno como teknonymia. Fue en 1889, tras una serie de viajes por México y Cuba, que las teorías primitivistas de Edward Burnett, expuestas en “Primitive culture” (1871), florecieron como una de las primeras perspectivas de la naciente disciplina antropológica. La presencia de la teknonnymia en occidente es a todas luces evidente. Los antiguos griegos y romanos añadían un epíteto a los nombres para indicar el lugar de procedencia y el nombre del padre. Apellidos como Erikson (hijo de Erik) en inglés, o Rodríguez (del latín, “hijo de Rodrigo”) en castellano son una muestra de dicho fenómeno en la actualidad. En India, el nombre de una persona indica de qué región viene, cuál es su lengua nativa y su casta (lo cual incluye casi invariablemente su condición económica, social y la vertiente religiosa de su familia en el hinduismo o el budismo). Por lo demás, Rusia y algunos países eslavos utilizan los patronímicos en el nombre — así, por ejemplo, Tatiana “Fedorova” indica que Tatiana es hija de Fedor. Desde luego, el eje patriarcal, nacional y religioso domina esta, como tantas otras directrices del lenguaje, y ese es el punto neurálgico que aborda Michel Foucault en Las palabras y las cosas: hay irreductibles relaciones de poder, de dominación y de jerarquía en las construcciones lingüísticas que expresan nuestras ideas. Dichas relaciones reducen las posibilidades de siquiera pensar en la libertad humana.
Las palabras conjuran el alma de las cosas
La historia del alma es difícil de rastrear con exactitud. En la Ilíada se canta que las almas abandonan la boca de los guerreros al morir. Para los cultos órficos que influyeron en la filosofía pitagórica, el alma era un principio extensivo y vital que proviene del “todo” (cercano a la idea pre-homérica de Cosmos) e imbuye por igual a los seres y las cosas. Así, no solo el movimiento está determinado por el alma, sino también la existencia de los entes que aparentan inercia. Por eso el nombre de las cosas, al ser una representación de su esencia y una manera de cifrar sus rasgos distintivos, tenía un atributo mágico que consistía en conjurar las almas e invocar la presencia de la cosa nombrada. Este poder evocador del lenguaje pervive como una tradición en un sinnúmero de culturas del planeta (para las tribus cofanes que habitan el amazonas colombiano la creación vuelve a ocurrir cada vez que el taita o abuelo nombra cada cosa y recuerda su origen), pero ha adquirido un matiz negativo al asociarlo con la superstición y la brujería. De hecho Edward Burnett sentó las bases de la antropología con la conceptualización de la cultura entendida como “conjunto de saberes, costumbres y prácticas humanas”, e investigó la noción de alma para dar nombre a lo que hoy día conocemos como animismo.
Tras sus estudios de las etnias en México, Turquía, India y ciertas islas de la polinesia, el antropólogo inglés concluyó que “la existencia del alma” era la idea más elemental de las religiones humanas y la base de los dogmas sobrenaturales que se construían a partir del lenguaje. “Un sistema de creencias según el cual todos los seres y objetos tienen una consciencia o un alma, una doctrina de almas”5, tal fue la primera definición de animismo. Sin embargo, el inglés no consideró este conjunto de prácticas como un fundamento de todas las culturas (o de su construcción simbólica), sino como un estadio pre-religioso o primitivo en la evolución de las culturas. Con el tiempo, su lectura historicista se convirtió en un modelo de pensamiento.El ser hombre occidental, hijo de la revolución industrial, de la idea de progreso y del método positivista, se concebía como el eje central de la historia humana. Por eso no es casual que Burnett haya sido el primer antropólogo en el sentido estricto del término, ni tampoco que haya dictado los lineamientos de dicha disciplina influido por el determinismo darwiniano. Aunque en su momento no hubo serios cuestionamientos al respecto, ya en la crítica nietzscheana del lenguaje relucían los contrasentidos de la teoría primitivista y se veía venir la crisis del pensamiento, enunciada por los primeros estructuralistas y más tarde por Michel Foucault.
Las trampas del lenguaje
Para Nietzsche las palabras son espadas de doble filo. Inventadas para darle orden a una realidad heterogénea y compleja, permiten la comunicación pero tratan de imponer su lógica en un mundo contradictorio que se resiste a entrar en sus casillas. Esta “voluntad de verdad” ha confundido a la humanidad, haciéndole creer que los signos lingüísticos son más que simples asignaciones colectivas. En su deseo de dominación, y conservación del poder, los hombres han convertido las palabras en meros instrumentos de control para las élites (los reyes, los sacerdotes y los “letrados”) que dictan las leyes, las verdades y los ideales éticos y estéticos. Esa innegable arbitrariedad ha desnudado las estructuras que subyacen bajo la construcción del lenguaje. “¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades? ¿Las cosas necesitan nuestro señalamiento para ser?”6— no solo sería difícil, sino hipócrita sostenerlo, formula Nietzsche.
Pocos años más tarde, el lingüista francés Ferdinand de Saussure habría de teorizar su filosofía del lenguaje en Curso de lingüística general, la obra fundacional del estructuralismo y probablemente el primer estudio científico acerca de los fenómenos del lenguaje. A partir de un análisis binario, Saussure diferencia “lengua” y “habla”. La primera, se refiere a la estructura del lenguaje en la mente humana, el entramado de signos que lo componen; mientras que la segunda alude al acto de hablar —la parole, en francés. Por otra parte, distingue entre significado (sentido) y significante (signos y sonidos que componen las palabras) y pone en evidencia su relación arbitraria, esto es, la imposición de los nombres a las cosas sin que haya una motivación particular. Por ejemplo, la palabra “policía” tiene un origen griego (πολιτεία) pero su etimología, que hacía referencia al deber de los ciudadanos con el estado, se contrapone a su significado actual de un cuerpo judicial encargado de mantener el orden y la seguridad. Además, un hablante no necesita conocer al detalle esta información para comprender lo que es un policía. Por el contrario, dice Saussure, en el lenguaje poético sí hay un vínculo especial en tanto pasa por dinámicas de forma y melodía para establecer un vínculo autorreferencial.
La genealogía de los problemas
Ahora bien, la revelación de la estructura lingüística es sumamente valiosa para Foucault, pero su crítica rebasa el esquema estructuralista. No basta conocer los marcos del lenguaje, pues los individuos viven el fenómeno lingüístico sin tener consciencia de los mecanismos bajo los cuales se despliega, como bien lo demostró Freud al teorizar los deseos del inconsciente. “Las ciencias, en apariencia tan lúcidas, obedecen a un mecanismo inconsciente de la misma forma en que hay un inconsciente de nuestras conductas individuales y colectivas”7. Por eso no es una inocente coincidencia que pensamientos como el del intercambio de bienes y servicios en la economía política de David Ricardo y la crítica de la razón humana en la filosofía de Kant se hayan suscitado al final del siglo XVIII, en el mismo momento de la historia. En otras palabras, eran necesarias ciertas condiciones de posibilidad, ciertas “condiciones de verdad” para la existencia de ciertos discursos, de ciertas palabras. Por tanto, el psicólogo, el sociólogo o el lingüista no descubren realmente qué es el hombre con sus análisis, más bien descubren “estructuras mucho más hondas, formas de pensamiento que no son controladas por nuestra consciencias de seres individuales”8. Las palabras y las cosas tienen una relación irreconciliable, escindida hasta la médula y cualquier sensación de control es ilusoria. El lenguaje como un armazón de categorías, definiciones y arquetipos se ha desvanecido del horizonte de las ciencias humanas, y cualquier pensamiento que pretenda reivindicarse como tal debe asumir esa profunda desarticulación. Ahora cualquier estructura de conocimiento (científico o no) que se arrogue definitiva resulta inaceptable.
Se entiende entonces que el subtítulo de Las palabras y las cosas sea La arqueología del saber, pues el ejercicio crítico de los discursos encaja con el símil de la arqueología como el estudio de los cambios sociales y materiales de una época. En efecto, de estas reflexiones genealógicas se puede intuir el germen de la deconstrucción, método que vendría casi sistemáticamente con las obras posteriores de Foucault. La pregunta queda sobre la mesa: ¿hasta qué punto podemos hablar de libertad, autonomía o de lucidez en un espacio tan complejo como el lenguaje? ¿qué nos queda si después de “la muerte de Dios” el único papel del individuo es observar cómose desvanece la idea de ser humano?
Aunque muchos piden soluciones ante este tipo de crítica, es bien sabido que la filosofía no es una doctrina de respuestas, sino de preguntas. Por lo demás, el pensamiento de Foucault es de un profundo pesimismo. Su desconfianza de ideas como la libertad humana lo han perfilado como un pensador antihumanista. De hecho, Las palabras y las cosas se publica en 1966, ad portas del Mayo francés. No extraña entonces que hayan llovido todo tipo de críticas por parte de filósofos, artistas y simpatizantes del existencialismo libertario y comprometido con la izquierda. Incluso se sabe que el mismo Sartre, de quien Foucault era un amigo cordial, catalogó su obra como “la última barricada de la burguesía”. Sin embargo, la extrema consciencia crítica del pensamiento foucaultiano difícilmente podría reconciliarse con otro modelo de pensamiento, pues ha establecido como principio la anarquía misma. Por el contrario, las airadas reacciones y el espacio de incertidumbre que deja la obra confirman que su propósito se ha cumplido: si el ser humano se desencanta de sí mismo, si se hace consciente de su fragilidad, si renuncia a la arrogancia (una arrogancia que le viene incluso desde las palabras), entonces quizás pierda esa voluntad de poder, esa sensación de dominio que lo lleva a pasos agigantados hacia la autodestrucción.
José María Velasco, “Ahuehuete de la Noche Triste”. Imagen extraída de Flickr, digitalizada por Jorge Elías.
El caminante anda por una ancha calzada. En ella, el vestigio de recuerdos ya casi empañados por el tiempo regresa a los labios que sueltan una bocanada de humo, mientras sus ojos se pierden en el largo camino recorrido de una ciudad tres veces fundada. En la primera de ellas, el caminante advierte que la calle que arropa sus pasos unía el centro del imperio con tierra firme, con un inmenso lago entre los dos; en la segunda, como escribiera Luis González Obregón, fueron “arrasados uno a uno sus teocallis y edificios, [y] abandonada después de glorioso sitio a causa del insoportable hedor que despedían los mil cadáveres”;[1] varias decenas de años después de su tercera fundación, tanques y halcones recorrerían con sevicia su historia centenaria para reprimir salvajemente una manifestación estudiantil.
El caminante también sabe que en los siglos de esta calzada están sus propios pasos que la caminaron fervorosamente, primero, y despechados, después. “En la guerra estas cosas suelen acaecer”, se dice mientras se sienta en una de las tres únicas mesas del área de fumar de un Toks. Acompañado de un café desabrido que va olvidando con cada nuevo cigarro su calor, el caminante fija su vista en los restos de un ahuehuete casi marchito, cuyos restos muestran todavía las cicatrices que un incendio le infligiera un 10 de enero de 1980. Sin embargo su mirada no ve las llamas ni escucha el crepitar de la madera, en realidad, se remonta muchos años atrás, a una fotografía en donde un maestro, que lleva sobre las canas un sombrero claro, platica con un joven de chamarra a cuadros y pantalón obscuro que lleva entre sus manos un pedazo de papel: artificio, quizás, al que acudirá la memoria días o años después. En la instantánea, es Manuel Gamio quien habla, y Miguel León Portilla lo escucha con la juvenil curiosidad que nunca lo abandonó.
En Forjando patria, Manuel Gamio escribe sobre los aspectos de la Historia. En el libro, describe los dos valores que ésta posee: el especulativo y el trascendente. Cuando la Historia está pasivamente en las bibliotecas o en la mente de los hombres su valor es especulativo, y si se le considera como un “copioso índice, como fuente inagotable de experiencias por medio de las cuales la humanidad ha alcanzado sus diversas etapas de florecimiento y decadencia”[2], entonces, se vuelve trascendente. Dentro de estos aspectos de la Historia, Gamio menciona —junto a los “prejuicios corrientes”, el “criterio integral” y los “límites específicos, geográficos y cronológicos”— el “bello aspecto”, que es, en palabras del insigne historiador, un aspecto “puramente descriptivo y encaminado a instruir agradable, aunque superficialmente, al lector”. Y quizás sea este aspecto el que ha acompañado al caminante en su travesía por la calzada que abriga al vetusto ahuehuete. Si como escribe Vicente Quirarte, a propósito de Guillermo Prieto, “la vagancia es un arte, una educación que se afirma conforme se complican los códigos de la ciudad”,[3] el andar de nuestro caminante ha encontrado en la calzada un código del que se cumplen quinientos años, y en ella, una historia que se anida en sus centros.
La tradición indígena, realista, vigorosa […] nos deja mirar cómo era […] la vida de los mexicanos antes de que llegara la Conquista: artes originales y novísimas[…]Industria ingeniosa de múltiples manifestaciones. Organización social compleja, fuerte y sabia. Rituales extraños en los que sangre fresca, copalli cristalino y goma ennegrecida, constituían la más devota ofrenda; panteón ilimitado, donde tuvieron cabida desde el dios generador de la existencia hasta los cuatrocientos dioses del vino y de la embriaguez. Instituciones militares que pusieron asombro en los capitanes hispanos.
Estas y otras manifestaciones reviven a nuestros ojos a la raza vencida; percibimos el ambiente de gloria en que se hizo grande, la miramos de relieve, palpamos casi, su carne cobriza, oímos su alarido bélico, sentimos el pavor y la admiración que llevaban consigo los guerreros de Cortés cuando en la “noche triste” hallaron medida a la pujanza de ese pueblo que sabía perder la vida como arrancarla.[4]
La historia —una de tantas— que en esta calzada se enquista tiene, como Cerbero, tres cabezas: los sucesos aciagos —para los conquistadores españoles— de aquel 30 de junio de 1520; el apelativo de “noche triste”, y el ahuehuete que se afincó en la memoria colectiva mexicana como el lugar donde Cortés lloró su derrota. Manuel Gamio escribió Forjando patria en 1916, por lo que “noche triste” ya estaba en el imaginario nacionalista.
Francisco López de Gómara, en su Historia de la conquista de México, de 1552, escribe: “fue aciago el día, y la noche triste y llorosa para nuestros españoles y amigos. Regocijaron aquella tarde y noche los de México con grandes fuegos, con muchas bocinas y acábales con bailes, banquetes y borracheras”.[5] Y si bien cabe la posibilidad que esta fuera la primera vez que el sustantivo y el adjetivo se emparentaran para nombrar una batalla por la conquista de México, Gómara hace alusión a una derrota posterior, cuando Moctezuma Xocoyotzin ya había muerto, al igual que su sucesor Cuitláhuac, y en el trono estaba el último tlatoani: Cuauhtémoc. El caminante tendrá que recorrer tres siglos en su memoria para buscar el epíteto en un artículo de El siglo XIX, en donde se consigna que:
En la próxima exposición de la Academia verán un magnífico cuadro histórico que ha ejecutado el hábil pintor mexicano don Francisco Mendoza. […] Representa la tremenda batalla conocida en la historia de la conquista con el nombre de la Noche Triste. […] Infinitas son las figuras del cuadro, y muchas de aquéllas son retratos verdaderos. Allí están Hernán Cortés, Alvarado, Sandoval, doña Marina, el señor de Iztapalapa, Cacamantzin, los hijos de Moctezuma y otros […] le excitamos a que siga cultivando con su diestro pincel la historia no explorada del país.[6]
En esta “historia no explorada del país”, será hasta el año de 1885 en donde el melancólico epíteto encuentre reposo —treinta años antes del libro de Gamio— en una pintura de José María Velazco: El ahuehuete de la noche triste. El año en que la pintura se fecha es relevante si se piensa que en 1880, Manuel Orozco y Berra publica su Historia antigua y de la conquista de México, en donde escribe que: “Tan profunda fue la impresión causada en el ánimo de los conquistadores por aquella sangrienta derrota, que bautizaron la jornada con el epíteto significativo de la Noche triste”. [7] Sin embargo, en 1892, Alfredo Chavero publica su Explicación del Lienzo de Tlaxcala, el códice fechado alrededor de 1550, y que da cuenta desde un lugar privilegiado, por el papel que tuvieron los tlaxcaltecas en la campaña, de la bienvenida y de la guerra a los conquistadores. En este texto, Chavero escribe, sin miramientos, en su descripción de la lámina decimonovena:
Los que aceptan la fábula de que Cortés lloró bajo el ahuehuete de Popotla, o en el teocalli de Tacuba, como quiere el Sr. Orozco, no están en lo cierto: si con esto lo rebaja la leyenda en la tremenda lucha de aquella noche memorable, la historia, por el contrario lo realza, pues no se bajó un instante del caballo, y no se detuvo ni en Popotla ni en Tlacopan; y ni tiempo tuvo para llorar, sino sólo para batallar sin descanso.
La idea del mito fue y es necesaria para establecer una noción de “patria diamantina”, de un nacionalismo tan necesitado en el siglo XIX después de una guerra de independencia, de luchas fratricidas, de invasiones extranjeras y de un proceso que llegaría a cierta engañosa calma con la pax porfiriana; así, la frase del citado Prieto, “Los valientes no asesinan”, la defensa del Castillo de Chapultepec o la Noche triste, son intentos de construir un arraigo en la historia y en la memoria. Y éste no debiera ser motivo para fútiles diatribas o encendidas arengas en pos de una nación fragmentada, diversa y compleja. Lucas Alamán escribió que: “estos trastornos que de tiempo en tiempo han sufrido todas las naciones; estas revoluciones que mudan la faz del orbe y que tienen el nombre de conquistas, no deben ser consideradas ni en razón de la justicia, ni en la de los medios que se emplean para su ejecución, sino más bien en razón de sus consecuencias”.[8] Y en esta pesquisa, pretextada por quinientos años de aquella batalla, convendría revisar los diferentes testimonios con los que se cuentan.
La andanada del pueblo mexica en contra de los teules que se encontraban hospedados dentro de la ciudad se debió, indudablemente, a la ausencia de Cortés en la capital del imperio, puesto que Pánfilo de Narváez había llegado a la Villa Rica de la Vera Cruz, desde Cuba y con la venia del gobernador Diego Velázquez, para contraponerse a la campaña del extremeño. López de Gómara refiere que Cortés, al enterarse, le dijo a Moctezuma:
Señor, conocido tenéis el amor que os tengo y el deseo de serviros, y la esperanza de que a mí y a mis compañeros haréis, cuando nos vamos, muy crecidas mercedes. Pues ahora os suplico me las hagáis en estaros siempre aquí, y miréis por estos españoles que con vos dejo, y que os encomiendo, con el oro y joyas que les queda y que vos nos disteis; porque yo me parto a decir a aquellos que poco ha llegaron en la flota, cómo vuestra alteza manda que yo me vaya, y que no hagan daño ni enojo a vuestros súbditos y vasallos, ni entren en vuestras tierras, sino que se estén en la costa hasta que nosotros estemos para poder embarcar y nos ir, como es la vuestra voluntad y merced […][9]
Moctezuma accedió a los ruegos de Cortés, y éste partió a una campaña que terminaría con la prisión de Pánfilo de Narváez. Mientras tanto, y como refiere el mismo López de Gómara:
[…] pocos días después de ido Cortés a Narváez, vino cierta fiesta solemne que los mexicanos celebraban, y qui-iéronla celebrar como solían, y para ello pidieron licencia a Pedro de Alvarado [quien] se la dio, con tal que en el sacrificio no interviniese muerte de hombres ni llevasen armas. Juntáronse más de seiscientos caballeros y principales personas, y aun algunos señores, en el templo mayor; otros dicen más de mil. Hicieron grandísimo ruido aquella noche con atabales, caracoles, cornetas, huesos hendidos, con que silban muy recio, […] desnudos, empero cubiertos de piedra y perlas, collares, cintas, brazaletes y otras muchas joyas de oro, plata y aljófar, y con muy ricos penachos en las cabezas, bailaron el baile que llaman mazeualiztli […] Estando pues bailando aquellos caballeros mexicanos en el patio del templo de Uitcilopuchtli, fue allá Pedro de Alvarado. Si fue de su cabeza o por acuerdo de todos no lo sabría decir; más de que unos dicen que fue avisado que aquellos indios, como principales de la ciudad, se habían juntado allí a concertar el motín y rebelión que después hicieron; otros, que al principio fueron a verlos bailar baile tan loado y famoso, y viéndolos tan ricos, que se acodiciaron al oro que traían a cuestas, […] y sin duelo ni piedad cristiana los acuchilló y mató, y quitó lo que tenían encima. Cortés, aunque le debió pesar, disimuló por no enojar a los que lo hicieron.[10]
Al regresar Cortés de su expedición encontró al pueblo sublevado en contra de los invasores por la matanza. Y después de soportar los embates de los guerreros mexicas, el conquistador tuvo que pedir a Moctezuma que intercediera por él y por los suyos ante su pueblo. Moctezuma Xocoyotzin, quien en el juicio de la Historia ha pasado por un gobernante de feble temple respondió: “¿Qué quiere ya de mí, Malinche? […] Han propuesto de no os dejar salir de aquí con la vida; y así creo que todos vosotros habéis de morir”. [11] Al salir al pretil del templo, Moctezuma murió, dicen los vencedores, lapidado por su propio pueblo, y en eso coinciden tanto las historias de los cronistas de la conquista como plumas como la de Francisco Cervantes de Salazar. Sin embargo, como quisiera Manuel Gamio, si quisiéramos apelar al valor trascendental de la Historia y viéramos la historia de la conquista de América Latina en su conjunto, veríamos que es probable que a Moctezuma lo mataran los propios captores, para después dar la versión de que fue su propia gente, como un modo de expiar culpas y afirmarse como salvadores, en vez de conquistadores.
Lo cierto es que a la muerte de Moctezuma se eligió como sucesor a Cuitláhuac —su hermano, ambos hijos de Axayácatl—, quien dirigió por ochenta días la embestida contra el enemigo. Ante el asedio del pueblo mexica, Cortés decide abandonar la ciudad, no sin antes llevar consigo el oro que habían recolectado. Relata Cristobal del Castillo en :
Era media noche exacta y además lloviznaba, caía una lluvia fina. […] Entonces salieron los españoles. Nadie alzaba la voz, sólo iban llamándose disimuladamente. […] llegaron […] hasta el cuarto gran canal, llamado Canal Tolteca, pero ahí fueron vistos que salían, que se iban perdiendo en la noche, que iban a escapar secretamente de noche los españoles y todos los tlaxcaltecas. Y primero los vio una mujer que recogía una red allá, a la orilla del canal. En cuanto fue oído su llamado, todos […] se levantaron […] De ambos lados eran flechados los españoles, en ambos lados eran muertos […] Fue a causa de todo el oro y la plata […] que se hicieron pesados, que se hundieron en el agua […] Cuando llegaron al lugar llamado Popotla ya se había hecho de día.[12]
Esta crónica de Cristobal del Castillo se escribió alrededor de 1599, y junto a los textos de Bernal Díaz del Castillo y del propio Hernán Cortés en sus cartas de relación, entre muchos otros, son lo más cercano a conocer el olor de la sangre mezclada con el agua, del miedo surcado por las flechas, del sonido de la pálida sensación de asfixia entre las aguas hoy perdidas de la Ciudad. Escribió Bernal del Castillo: “volvamos a Pedro de Alvarado; que como Cortés y los demás capitanes le encontraron de aquella manera y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos”.[13] Del mismo modo, Diego Muñoz Camargo, historiador tlaxcalteca, escribe a mediados del siglo XVI —relato que podemos conocer gracias a una edición preparada ex profeso para la exposición de Chicago de 1892 por el mencionado Alfredo Chavero—:
[…] salieron los mexicanos con tan gran alboroto, ira y furia, y en tan breve espacio, que parecía que el mundo se acababa; y en un momento se hincharon las plazas y calles y azoteas de tantas gentes, que no cabían unos y otros, y vello era la cosa más horrible y espantosa que se vio jamás […] y comenzaron a arremeter y dar en los nuestros tras cruelmente y con tan gran ira, ímpetu, y coraje y furia, que no parecían sino leones fieros y encarnizados y hambrientos.[14]
El sonido de la carne atravesada por el tiempo llega hasta los oídos de nuestro caminante. El café se ha tornado insoportablemente solitario. Él sabe del tiempo y sus espirales. Si el llanto del conquistador del “mito negro”, como escribiera Paz, cayó entre las raíces del ahuehuete, en realidad no importa. Es la historia de la calzada lo que llena la memoria de sus pasos, los sonidos que alimentan esta Ciudad tres veces fundada. Es el trayecto que ha recorrido hasta encontrarse de pie, frente al árbol de la noche triste, enclavado en sus recuerdos, en una acera del siglo veintiuno, bajo el sol que quema sus labios que en la México-Tacuba repiten: “En la guerra estas cosas suelen acaecer”.
José María Velasco, “Ahuehuete de la Noche Triste”. Imagen extraída de Flickr, digitalizada por Jorge Elías.
[1] Luis González Obregón, México viejo, México: Editorial Offset, 1982, p. 7.
[2] Manuel Gamio, “Aspectos de la historia”, en Ernesto de la Torre, Lecturas Históricas Mexicanas (tomo III), México: UNAM, 1994, p. 438.
[3] Vicente Quirarte, “La Patria como oficio”, en La Patria como oficio. Guillermo Prieto, una antología general, México: FCE, Fundación para las Letras Mexicanas, UNAM, 2009, p.23.
[11] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México: Editorial Pedro Robredo, 1939, p. 78.
[12] Cristobal del Castillo, Historia de la venida de los mexicanos y de otros pueblos e historia de la conquista, México: Conaculta, 2001, p. 145 y ss.
En la actualidad la bicicleta representa una alternativa para transportarse, hacer ejercicio o simplemente es una actividad recreativa de la que pueden participar chicos y grandes, pero, ¿cómo fue la aparición de este artefacto en México y qué repercusiones tuvo en la sociedad? Esta pregunta es la que guía nuestra investigación.
El vehículo del porvenir
De las modas que nos llegan de París y Nueva York,
hay una sin igual, que nos llama la atención.
Son las bicicletas que transitan por Plateros y Colón,
Y por ellas han olvidado la sombrilla y el bastón.
Las bicicletas, niña hermosa, son las que andan por ahí.
Ellas corren muy veloz igual que el ferrocarril,
vámonos pa’ la Alameda con muchísimo placer,
y ahí con más violencia las veremos ya correr.
Estas estrofas forman parte de la polka “Las bicicletas” creada por Salvador Morlet en 1896 y reflejan sin duda la gran impresión que causaban en la sociedad. A pesar de esto, el uso de la bicicleta fue parte de una gran discusión para que pudiera rodar libremente por las calles de la capital mexicana.
Fue en el año de 1892 cuando las bicicletas tuvieron acceso a la vía pública, gracias a una carta elaborada por los miembros del Club Veloce y dirigida al secretario de gobernación. En dicha correspondencia solicitaban el libre tránsito por las calles de la metrópoli pues argumentaban que:
Algunos agentes de policía no nos han permitido circular por las calles de la ciudad manifestando que está prohibido andar en velocípedo porque algún periódico manifestó que los velocipedistas después de derribar a los transeúntes seguían su vertiginosa marcha burlando la acción de la policía. Apenas habrá vehículo alguno que sea más inofensivo que el velocípedo […] pero aun suponiendo que algunos velocipedistas hubieran cometido atropellos castíguese a estos en buena forma más no se supriman los velocípedos. (Archivo Histórico de la Ciudad de México, vol.3639, exp.1012.).
Para convencer a las autoridades capitalinas presentaban a la bicicleta como el vehículo del porvenir, señalando que las potencias europeas como Inglaterra, cabeza del progreso, contaba ya con más de mil quinientos velocipedistas y alrededor de cincuenta mil individuos que se dedicaban a la venta y construcción de biciclos y triciclos. Junto con eso anexaron una lista de razones por las cuales se debía permitir el uso de la bicicleta, entre las que destacaron:
No deterioran los pavimentos
Ocupan muy poco espacio
Giran en muy poco espacio y con gran facilidad
No se desbocan ni espantan
Paran instantáneamente pues tienen garrote.
La petición tuvo una respuesta favorable el 16 de febrero de 1892, a pesar de esto el tema seguía siendo controversial en ese momento; la bicicleta seguía dividiendo opiniones entre las personas.
Vemos, por ejemplo, una publicación del periódico La voz de México que señalaba las dificultades que se presentaban: en primer lugar, el alto costo de las bicicletas (de 100 a 200 pesos), la imposibilidad de montarla en condiciones climáticas adversas, por ejemplo en la lluvia, “pero aún hay más… muchos individuos se hallan en absoluto imposibilitados para montar en bicicleta:
Los hombres gordos
Los hombres débiles
Los miopes
Los que padecen alguna afección al corazón, se exceptúa a los enamorados, naturalmente
Los que sufren vértigos”
Aunque este artículo es tardío ante la llegada de la bicicleta, refleja las ideas que giraron en torno a ella durante la década. Ideas que fueron respaldadas por estudios que llevaron a cabo médicos europeos, así lo informó otra nota de La Voz de México:
En la academia de medicina de París se ha discutido ampliamente este asunto y designada ha quedado una comisión, la cual después de que oiga todas las opiniones que en pro y en contra expongan ante ella cuantos médicos lo deseen, acerca de la conveniencia o de los prejuicios que pueda ocasionar el ejercicio velocipédico, dictará el informe que ha de servir de base al fallo que adopte el citado centro científico.
En muy poco tiempo el número de esos nuevos conductores creció y se agudizó el problema de los accidentes en las vialidades. Otra estrofa de la polka de Morlet señala: “un bicicletista torpe una señora atropelló, el gendarme le pregunta: ¿señora que le pasó? La señora le responde: el demonio me tumbó”.
Ese tipo de percances tuvieron un seguimiento de la prensa que de alguna manera se mostraba inconforme con la presencia de bicicletas en las calles. Es difícil tratar de develar el porqué de la resistencia que algunos diarios tenían en contra de ese moderno artefacto, pues no hay una fuente de información contundente que nos lo demuestre. Proponemos la hipótesis de que las clases altas y los extranjeros eran el único público aficionado a ellas que tenía alcance a esa moda.
De alguna manera podemos imaginarnos el descontento que la clase media, recién aparecida, y las clases bajas tenían en contra de quienes manejan los velocípedos. Veamos, por ejemplo, la siguiente noticia:
Sigue el peligro de las bicicletas. Anoche en el crucero del callejón de López y Mirador de la Alameda, fue derribado un pobre dulcero por uno de esos jóvenes de calzón ajustado y cachuchita de lado, que devotos al espíritu de imitación por todo lo exótico atravesaba como exhalación la avenida Juárez montado en la ya manoseada bicicleta […] Ya se hace necesaria una disposición de policía contra esa nueva plaga. (Siglo Diez y Nueve, 1893).
Para solucionar esta problemática que venía manifestándose, en diciembre de 1895 se dio a conocer al público el reglamento de velocípedos, que se había creado desde el momento de la autorización de la circulación por las avenidas en abril de 1892 y que solo tenían conocimiento de él la policía y los clubs bicicletistas. A continuación mostramos algunos de los artículos importantes de dicho reglamento:
Art. 2.-Todo velocípedo irá provisto de un timbre o de bocina para anunciar su aproximación.
Art. 3.-Durante la noche, además del timbre y bocina de que habla el artículo anterior, llevarán los velocípedos una linterna encendida.
Art. 5.-Los velocipedistas jamás ocuparan las banquetas de las calles, ni montados, ni a pie rodando sus máquinas.
Art. 7.-Los velocipedistas irán siempre en las calles con velocidad moderada, principalmente al acercarse a las bocacalles. Art.
Art. 9.-Queda prohibido a los que no conocen el manejo del velocípedo hacer su aprendizaje en las calles. Art.
Art. 10.-La policía al hacer observar las prevenciones anteriores, cuidará que no se ataque o moleste a los velocipedistas ya sea silbándoles, dirigiéndoles palabras obscenas, arrojándoles proyectiles o de cualquier otro modo. (Archivo Histórico de la Ciudad de México, Fondo: Gobierno del DF, serie: Bandos, Leyes y Decretos, caja: 66, exp.1).
Para 1907 el número de bicicletas que circulaban en la ciudad era de 1608. Este registro se llevó a cabo desde 1894, la Secretaría de Hacienda promovió llevar un conteo de las bicicletas de la ciudad con el fin de imponerles un impuesto que se había planeado de un peso por mes, además de numerar las bicicletas. Sin embargo, los dirigentes del Cyclist Union Club lograron que el gobierno aprobara una tenencia de cincuenta centavos por mes e incluso fue el presidente del club bicicletista el que ideó el modelo de placas que todas las bicicletas utilizaron. Es por eso que, cuando se infraccionaba a un conductor, por medio del número de su placa se conocía también su dirección. Así fue como el vehículo del porvenir fue controlado y reglamentado como cualquier otro medio de transporte en la capital del país.
Mujeres pedaleando.
La bicicleta está a la orden del día; es el recreo de las multitudes, el encanto de la juventud, la reina del sport. ¡En bicicleta la mujeres jóvenes y bellas parecen más bellas y más jóvenes, pero quién sabe qué de rígido y sombrío tiene esa máquina muda e insensible! (El Mundo, 1898).
Durante el gobierno de Porfirio Díaz, los intelectuales liberales pensaban que las mujeres debían recibir una educación que les permitiera desempeñar eficientemente sus labores domésticas, educar a los hijos y ser guardianas de la moral familiar y social. La llegada de la bicicleta abrió las puertas para romper las normas de comportamiento que la sociedad establecía y las mujeres se aventuraron a pedalear contracorriente.
¿Cómo la bicicleta cambió la vida de las mujeres? Les dio cierta libertad de movilidad y la oportunidad de organizarse. Para 1893, la Ciudad de México tuvo una de las primeras excursiones organizadas por “varias de las señoritas de la capital” para recorrer diferentes puntos de la ciudad. De igual forma, las “jovencitas de la élite” se reunían a altas horas de la noche en las plazas y en las principales calles de la Ciudad de México. Así lo plasma un periódico de la época: “La moda de la bicicleta ha cundido entre las señoritas y es de ver cómo a eso de la diez de la noche muchas jovencitas de familias distinguidas, se reúnen el calzada del Emperador y se entregan al aprendizaje algo peligroso de cabalgar sobre dos ruedas”.
Cabe resaltar que del exterior llegaban noticias de la lucha de la mujer por la igualdad. En el Congreso Feminista de París, de 1896, Mad Pogno, declaraba que “la emancipación de la mujer viene en la bicicleta”. En el mismo congreso, Paula Mink opinaba lo siguiente: “En alas del entusiasmo, se propone pedir la bicicleta gratuita y obligatoria para las mujeres para que todas puedan gastar en pantalones símbolo de la igualdad entre el hombre y la mujer”. Sin embargo, el feminismo no era bien visto por gran parte de la sociedad, se le consideraba un peligro para el orden establecido, y se culpaba a la modernidad de introducir nuevas ideas a las mujeres.
Ilustración por Güerogüero
Inició un cambio en la forma de vestir en las mujeres; empezaron a utilizar nuevas prendas como los bloomer, unos pantalones bombachos fruncidos en la rodilla, mucho más cómodos para moverse en bicicleta. Para alguna parte de la sociedad este cambio no fue bien recibido, un claro ejemplo es el artículo escrito por F. de Salazarde nombre “El Marimachismo”, en el que critica a las mujeres mexicanas amantes del sport:
Que las señoritas usen cuellos de hombres, corbatas de hombre, sombrero y chaleco de hombre es feo, y tiende a desaparecer ese tinte de delicadeza que adorna a la mujer mexicana. (…) si una madre hubiera oído hablar a su hija el lenguaje soez (…) por la caída de la bicicleta de que fue víctima (…) jamás hubiera permitido a su hija el peligroso sport. (El amigo de la verdad, 1897).
En los periódicos de la época se argumentaba que el uso de la bicicleta podía ocasionarles daños físicos a los usuarios del vehículo de dos ruedas y que poco a poco se iban acercando al mono de Darwin. Se criticaba que la mujer perdiera esa imagen del ideal femenino.: “que perdiera su delicadeza, su imagen maternal, la imagen de mujer buena, sufrida, abnegada, decente”.
Como podemos observar, hubo una fuerte resistencia por parte de la sociedad mexicana. Se dio una lucha entre la tradición y la modernidad. Aquellos artículos fueron un reflejo de los cambios sociales y políticos que estaba viviendo la sociedad porfiriana.
La bici, nuevo deporte y salud.
Dentro del proceso modernizador y civilizatorio del país, llevado a cabo por el gobierno de Porfirio Díaz, se encontraba el programa de higienización donde se buscaba mejorar el nivel de vida de la población y elevar los índices de salud; “el cuerpo aparece como lugar visible donde se plasman las políticas y los procesos de civilización y urbanidad.” (Elias, Norbert, 1986) Al mismo tiempo se buscaba imitar la moda y costumbres occidentales, que eran el reflejo del progreso, como el arte, la comida, la vestimenta y el sport, entre otros.
Precisamente es por estas razones que el ciclismo (aunque este es un concepto acuñado tiempo después, ya que en la época se llama bicicletismo) adquirió una gran importancia. En los apartados anteriores hemos visto que los clubes de bicicletistas que se formaron en la ciudad, además de impulsar esta práctica, fungieron como mediadores ante el gobierno para velar por sus intereses. Destacamos a personajes como José Hilario Helguero, Federico Trigueros, Alejandro Riva Fontecha y Francisco Rivas, estos personajes al disolverse el Veloce Club formaron el Cyclist Union Club del cual hemos hablado.
El principal oficio que tuvieron estos clubs fue el de organizar expediciones fuera de la ciudad, entre los destinos que imperaban estaban Cuernavaca, Amecameca, Toluca y la cascada de Necaxa en Puebla, también se hacían recorridos a la colegiata de Guadalupe.
Las carreras de bicicleta fueron bastante populares, el Cyclist Unión Club las organizaba dentro de la ciudad de México: “Su primera carrera fue el 8 de enero de 1893 con un largo de 26 km, saliendo de la Viga rumbo a Santa Anita en Iztacalco y luego de regreso” (García Velez, 2014).
El veinte de diciembre de 1895 se inauguró el velódromo de la calzada de la piedad, su construcción fue financiada por este club. “En ese velódromo hay departamentos para los ciclistas, tribunas y jardines donde se colocaran mesas para té y refrescos.” (La voz de México, 1895).
La bicicleta pasó de ser un medio de transporte para llegar más rápido a los destinos o una actividad para divertirse recorriendo la Alameda por las tardes, a ser un estilo de vida y una vía para ganar el reconocimiento social. Fue una herramienta de la modernidad que no solo fomentó un cambio en la vida urbana de las sociedades, sino que a nivel individual también abonó diversas transformaciones de la mano del deporte.
Fuentes consultadas.
Archivos
AGN Archivo General de la Nación
AHDF Archivo Histórico de la Ciudad de México
Hemerografía
El amigo de la verdad
El diario del hogar
El siglo Diez y Nueve
La Voz de México
Mundo
The Mexican Sportsmen
Bibliografía
Arrom, Silvia Marina, Las mujeres de la ciudad de México 1790-1857,(México: Siglo Veintiuno, 1985).
Beezley, William, “El estilo porfiriano: deportes diversiones de fin de siglo”, en Cultura, Ideas y Mentalidades, (México: El Colegio de México, 1992).
García Vélez, Alejandra, “Pedaleando en el siglo XIX”, en Bicentenario. El ayer y hoy de México, (México: Instituto Mora, Vol. 7, núm. 26, 2014).
Elias, Norbert y Eric Dunning, Deporte y ocio en el proceso de la civilización, (México: FCE, 2014).
Ortiz Gaitán, Julieta, Imágenes del deseo: arte y publicidad en la prensa ilustrada mexicana (1894-1939), (México: UNAM, 2003).
Ramírez Hernández, Georgina, “Educar al cuerpo en el porfiriato. Una mirada a través de las revistas pedagógicas”, (Ponencia), en XI Congreso Nacional de Investigación Educativa, Facultad de Filosofía y Letras, (México: Universidad Nacional Autónoma de México, noviembre, 2011).
Saloma Gutiérrez, Ana, “De la mujer ideal a la mujer real. Las contradicciones del estereotipo femenino en el siglo XIX,” en Cuicuilco, Distrito Federal, (México: Escuela Nacional de Antropología e Historia, Vol 7, núm. 18, enero-abril, 2000).