Tierra Adentro
Ilustración de Caro Monterrubio

El vendedor subió al microbús con una ligereza sospechosa. Llevaba un bulto lleno de mercancía: chicles, chocolates, golosinas. Algunos pasajeros siguieron escuchando música. Otros clavaron la mirada en las hileras de coches que apenas si se movían. Yo volví a mi lectura. Hicimos lo que cualquier contingente de pasajeros en un viernes caluroso podía hacer: lo ignoramos.

Él no se dio por vencido. Se abanicó el rostro con su vieja cachucha mientras sondeaba la situación. Cantó otra vez sus productos, uno por uno, presumiendo una desgastada voz de presentador de circo. Ante la falta de reacción, remató los precios de todo lo que llevaba. Tampoco obtuvo respuesta. En el micro sólo se escuchó cómo el conductor destrozaba la segunda marcha del motor.

—¿Nada de nada? —torció una ceja.

Puso sus productos en un asiento vacío y se rascó la barba incipiente. Dejó pasar al fondo dos pasajeros que acababan de subir mientras aclaraba la garganta. Casi una cuadra después volvió al ataque. Había algo en él que me inquietaba.

—Damita, caballero, no lo piense. Sólo hoy. Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta.

Cantó la última frase con una contundencia electrizante que nada tenía que ver con la primera impresión que dejó su gorra percudida. La repentina autoridad de su voz tomó a algunos por sorpresa. Ahora le prestamos atención. Carraspeó para despertar a aquellos que todavía no lo miraban. Luego pasó a su lado para asegurarse de que él era el centro del espectáculo. Y una vez que todos volteamos a verlo, se llevó una mano al pantalón y la sacó cerrada en puño para prolongar lo más posible la expectación que teníamos. Al ver nuestra curiosidad, sonrió triunfante.

—Señoras y señores, aquí la tienen frente a ustedes… —dijo y abrió la mano de golpe. Un suspiro de decepción se escuchó al fondo del micro— Yo sé lo que están pensando, pero no les puedo decir qué tiene dentro. Sólo hoy, diez pesos. ¡Diez pesos le vale! ¡Diez pesos le cuesta un vistazo!

En su mano había nada más y nada menos que una cajita de fósforos. Parecía inexplicablemente grande en su palma. Nos tenía alelados.

—¿Qué hay, mamá? —preguntó un niño y nos sacó del ensueño.

La madre se hizo la que no escuchó la pregunta. El pequeño la tiró del vestido. Se sentaban dos lugares frente a mí, del lado derecho, y yo podía escudriñarlos sin problemas. Ella, una señora regordeta que apenas si cabía en el asiento, comenzó a jugar con sus anillos.

—¿Quiere un vistazo, jefecita? —preguntó el vendedor en el momento justo en el que caíamos en un bache.

La señora se arregló el peinado.

—¿No es nada…?

No terminó su pregunta porque ya el niño le arrebataba al vendedor la amarillenta caja de cerillos.

—¡Espera! —lo detuvo y el estruendo de su voz alargó ese instante como un elástico que le dio una ventaja apenas justa para que la caja volviera a su palma cual imán.

Con ambas manos hizo una casita para que sólo el niño y nadie más que él viera lo que había dentro. El chiquillo acercó una mano e intentó tocar a ciegas aquello.

—¡No la encuentro!

Todos nos reímos. La señora tomó por el brazo al vendedor porque ella también quería ver. Pero este se giró a tiempo y lo impidió.

—Por usted serían diez pesos más.

—¡Viejo encajoso! ¿Cómo voy a dejar a mi niño ver una cosa que yo no sé qué es?

—Entonces no —el vendedor cerró de un aplauso el espectáculo. Se escucharon varias voces en el micro— ¿Por qué no me paga 10 pesos y cuando vea qué es, deja ver también a su hijo?

—¿Quince por los dos?

Él negó con la cabeza. Acto seguido, buscó con la mirada a otro cliente.

—¡Usted! Sí, usted, el que se hace que está leyendo.

—¿Perdón? —dije y me tuve que reacomodar los lentes.

—¿No se anima usted a ver por diez pesitos? ¡Ándele! Hágalo por el chamaco.

Los demás pasajeros me voltearon a ver.

—¡Sí, ándele! —secundó el niño entusiasmado.

Estuve a punto de decir que no y que de hecho pronto llegaría a mi destino, pero no podía despegarle los ojos a esa cajita de cerillos.

—Es que…no creo que me alcance.

—¿Cuánto trae? —el vendedor se limpió el sudor de la frente.

Me encogí de hombros y abrí la mochila.

—Ni idea.

—Pues órale, búsquele. Anímese que no muerdo.

Mientras buscaba, me acordé de la vez que mi padre me llevó a ver el circo de pulgas.

—No es un truco barato, ¿verdad?

—Ya usted me dirá, joven —el vendedor recibió toda mi morralla, que efectivamente llegó a los diez pesos.

Después, formó cuidadosamente una casita con ambas manos. Me agaché hacia ellas. No se veía nada. Todo estaba en penumbra. Los dedos no dejaban pasar nada de luz. Parpadeé un par de veces. Tomé aire y me atreví a pasar. No tardé en darme cuenta de que ahora estaba dentro de la caja. Y ésta era mucho más grande que yo. Parecía vacía. El suelo era suave y acolchonado. Exploré a ciegas las paredes de cartón buscando la salida. Su superficie me hizo cosquillas en las yemas. En la oscuridad descubrí una puerta. La abrí y entré. Una vez del otro lado, los colores regresaron e inundaron mis pupilas con su luminosidad. Los sonidos se intensificaron y se volvieron tan claros que casi podía verlos. Sí, era como si de verdad viera el sonido. Y, adonde mirara, podía saber cómo se oían las formas. Voces, trinos, ruidos callejeros. ¡Todo se veía!

Había gente ahí dentro, mucha. Eran los que habían pasado antes allí, a la cajita. Entre ellos estaba el vendedor mismo que se paseaba de la mano con un niño que ocultaba la cara. Supe cómo anteriores visitantes habían caído dentro. También vi a todas esas personas antes de que toparan con el vendedor. Visité sus casas. Entré a sus dormitorios y los observé durmiendo. Ellos también sabían que yo estaba ahí. En ningún momento me sentí ajeno a esos lugares ni a esas personas. Podía acceder a mi antojo a cualquier resquicio de recuerdo o pensamiento de aquellos visitantes anteriores. Los conocía a todos por completo. Era como si por fin hubiera vuelto a casa, con ellos.

Me atreví entonces a mirarme a mí. Empecé por los pies. Unos patines de hielo blancos suplían mis tenis. A pesar de abrazar con rigidez mi empeine se sentían cómodos y amplios. El filo de las cuchillas lucía desgastado. Mis piernas eran mucho más fuertes y largas. Quise verme en algún espejo, pero me tiraron de la ropa y no conseguí percibir más. ¿Qué había sido aquello? La ilusión había cesado y yo no entendía cómo me habían sacado de ahí. Otra vez estaba en el microbús. Sentado en el mismo lugar. El micro no había avanzado ni siquiera una cuadra.

—¿Y? –me sonrió el vendedor.

—¿Qué es? —preguntó el niño.

La madre se mordió una de sus uñas postizas. Mis tenis me parecían ahora tan fuera de lugar, así como las personas a mi alrededor que esperaban que yo hablara. Mientras acomodaba las ideas en la cabeza sólo atiné a sonreír. No podía dejar de pensar si alguna vez de niño había yo intentado patinar sobre hielo. ¿Me habían llevado mis padres? ¿A quién había visto patinar? ¿De dónde salía esta inquietud ahora?

—Ustedes no se conocen, ¿verdad? —la señora nos miró con desconfianza al vendedor y a mí.

—No conozco a este señor —contesté molesto por la sospecha.

La mujer le susurró algo al hijo. Hablaban los dos tan bajo que todos tuvimos que estirarnos discretamente para intentar pescar sus palabras. Acto seguido ella sacó un billete de veinte.

—Déjeme ver. Si no es una tontería, ni me dé cambio, para que después vea mi hijo.

La regordeta se acercó a las manos y miró.

—¿Qué se ve? —el pasajero de al lado me dio un codazo.

Yo quería hablar, pero no conseguía encontrar palabras. Allí dentro, en la cajita, todo pasaba al mismo tiempo.

—Primero no se ve nada —le contesté—, luego en algún momento se ven colores y…

—¿A poco? Si nomás miraste un ratito, güero. Apenas cinco segundos, hasta los conté.

No había terminado de decir esto cuando la señora regordeta ya se había separado de las manos del vendedor.

—¿Qué hay adentro? —gritó el niño y pataleó.

—No sé qué es. Pero es…

—Suave —la interrumpí.

—¡Qué va! —volteó a corregirme e instintivamente se llevó una mano al seno y lo apretó. Al topar con mi rostro un gesto de vergüenza se le dibujó en la cara. Se dio cuenta de que se estaba acariciando el pecho y lo soltó—. Es como ir… a un temazcal.

—Pero… más bonito… —agregó el vendedor— ¿Quieres ver?

Luego le hizo una caricia al niño. El chico negó con la cabeza.

—No quiero —se negó el niño de repente y se alejó un poco de la madre. Parecía que tenía miedo.

—¿Seguro? —preguntó insistente.

—Yo te agarro la mano —apoyó la madre con una voz que ahora parecía sensual.

Me dio la impresión de que ella le dio al niño un empujoncito para que se animara a ver. El vendedor hizo nuevamente una casita. Volteé a ver a todos los pasajeros, todos seguían atentos. Hasta el conductor miraba por el retrovisor lo que pasaba en su micro. El chiquillo se fue acercando de a poquito.

—Chaparro, abre los ojos. Porque si no, pos de verdad que no vas a ver nada.

El tiempo parecía suspendido. Nadie se movía. El chofer no hacía caso a los cláxones externos para que avanzáramos. Como los otros pasajeros, no podía dejar de mirar. Finalmente, el niño se encorvó un poco como si quisiera meter toda la cabeza a aquella casita oscura. El vendedor, la regordeta y yo no pudimos reprimir una sonrisa. Segundos después y con enfado, el chico volteó a ver a su madre:

—¡Sólo hay una caja de cerillos!


Autores
(1982, Cd. de México) Realizó estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma de México en la Facultad de Filosofía y Letras y de Posgrado en la Universidad de Tübingen y Düsseldorf. Es editora, correctora y reseñista. Ha publicado cuentos en las revistas mexicanas La Colmena, Palabrijes, Punto en línea. Asimismo algunos de sus relatos se encuentran compilados en antologías del Consejo Editorial Cordobés y Grupo Lectio. Ha ganado certámenes de cuento en universidades mexicanas y en concursos en España. Colabora esporádicamente con revistas alemanas como iMex y CultMag. Es autora de la novela juvenil Tu abuela en bicicleta (recomendada por IBBY México, 2018), del cuento infantil “El misterio de Zacango”, premiado por el certamen de Literatura infantil (2014) de la UAEM. Reside en Berlín donde trabaja como editora. Ha tomado talleres con Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón y Amir Valle.

Ilustrador
Carolina Monterrubio
(Ciudad de México, 1990) Se especializó en ilustración narrativa por la UNAM y en ilustración infantil por la EINA, Barcelona. Ha sido seleccionada dos veces para el concurso “Invitemos a leer” de la FILIJ México (2017-2018) y en 2019 fue finalista en el concurso para diseñar el cartel de las fiestas de Gràcia en Barcelona. Ha impartido cursos de ilustración para niños y sus ilustraciones han sido publicadas en revistas, libros infantiles, textiles y proyectos de diseño gráfico.
Imagen de Mohamed Mahmoud Hassan, extraída de PublicDomainPictures.

 

 

 

El presente texto nace de una inquietud muy particular por explorar un tema que posiblemente ha tenido un sinnúmero de lecturas, pero me parece, muy pocas se acercan a la que expondré y disertaré en los siguientes párrafos.

Estudiar a los booktubers, estos seres que hablan de libros frente a una cámara, se graban, lo suben a Youtube y crean comunidades de jóvenes que de esta forma se motivan a la lectura por iniciativa propia, ha sido propósito de muchos académicos que reflexionan en la labor que su presencia ha significado en el universo literario, ya sea como promotores de lectura, como mediadores, como agentes culturales, como futuros críticos, como autores en potencia, como modelos aspiracionales o como el prometedor futuro que las editoriales hoy en día buscan y fomentan como consumidores que empiezan a serlo a edades tempranas y continuarán así por largo tiempo.

Sin embargo hay una vertiente que también ha llamado, en mucho menor medida, la atención de esta rama de los Youtubers: su lado desde lo comunicativo, desde lo mediático, desde lo sociocultural. Para ello basta revisar el trabajo de José Miguel Tomasena, escritor e investigador que ha dedicado sus estudios de posgrado a explorarlos desde las culturas participativas y la explotación comercial de la conectividad, como uno de los ejemplos que al menos desde el castellano han ido más profundo alrededor del tema. Pero aún con esos lentes puestos, no he podido encontrar reflexiones sobre el uso que tales personajes hacen sobre los formatos audiovisuales a su disposición, y es desde ese lugar donde parte el presente texto.

 

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Hace unos días compartí con éxito en mi cuenta de Twitter la publicación de una arroba que durante la cuarentena comenzó a grabar a su familia y a subir una suerte de reality show que comenzó con la discusión entre su madre y hermanos sobre por qué ladran los perros. Un clip de 1 minuto con 28 segundos que a partir de movimientos de cámara, musicalización, testimonios, filtros varios y velocidad con cierto ritmo es capaz de hacernos entender, sin siquiera leer el texto con el que acompañó la publicación, que estábamos frente a un episodio de cualquier reality familiar. ¿Por qué los 33 mil likes que hasta el momento lleva el tweet de @meninicapotini celebramos lo bien hecho de este video totalmente casero? Porque nos involucramos perfecto en una discusión aparentemente sin sentido por cómo se nos presentó, ya que estamos acostumbrados a que un show de realidad, sobre todo en situaciones de confinamiento, puede traer semejantes disparatadas reflexiones. Pero en mi caso muy particular lo celebro porque quien realizó esta pieza supo entender perfectamente todas las características audiovisuales de este tipo de programas hasta el punto de emularlas exitosamente por cuenta propia.

 

 

Eso es lo que los académicos y estudiosos de estos temas llaman competencias mediáticas, término que se ubica dentro de la alfabetización mediática donde se fomenta y propicia la capacidad de entender y evaluar de forma crítica diferentes aspectos de los medios de comunicación que nos lleven a saber leer, analizar, entender, evaluar, crear, producir y participar en ellos (Pereira & Moura, 2018). Esto es algo -que no se enseña de manera formal en las escuelas aunque para la UNESCO sí representa una asignatura que debe impartirse desde edades tempranas, para generar así ciudadanos inmersos en sociedades democráticas que sean capaces de conocer el funcionamiento de medios y otros proveedores de información, de reconocer si estas funciones son llevadas a cabo de forma eficiente y que además sepan evaluar el desempeño y los servicios que proveen, para así involucrarse en estos medios de manera participativa (Wilson, Grizzle, Tuazon, Akyempong, & Cheung, 2011). Dicho en otras maneras, una persona que está alfabetizada o educada en los medios sabe usarlos, crear sus propios contenidos y participar dentro de ellos.

 

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Reconocer las formas de aquello que consumimos mediáticamente hablando es una parte pequeña pero relevante de todo lo que abarca la alfabetización mediática y esa es la causa que abrazo desde hace algún tiempo. Tanto que tomando elementos ya existentes sumados a mi propio ejercicio de observación creé un manual de formatos audiovisuales para reconocer las características que vemos tanto en los programas de televisión como en los contenidos de Youtube, plataforma que cuenta con sus propias reglas y términos. Reconozco también que es un documento sujeto a una constante actualización, ya que cuando uno cree que lo vio todo aparecen más y más datos que se escaparon a las primeras revisiones. Ahí es donde aparecen en mi radar los booktubers, quienes más que como youtubers se reconocen como un nicho aparte dentro de estos creadores de contenido que juega con sus propios términos, etiquetas y reglas. No son los únicos (lo mismo ocurre con los gamers), pero sí resultan una excepción digna de analizar.

A partir de este punto es necesario explicar qué se entenderá por booktuber y qué por formato.

Booktuber, según la definición de Tomasena es un término que conjunta book (libro) y youtuber y se trata de personas “en su mayoría jóvenes, que comparten videos en Youtube sobre su afición lectora” (2016). Este es un término que según el autor apareció por primera vez en 2011 en el título de un video de Elizabeth Vallish, chica oriunda de Georgia, Estados Unidos, que desde diciembre de 2009 comenzó a subir a su canal ElizzieBooks reseñas literarias.

El mismo autor reconoce elementos propios del vlog en los videos de los booktubers, es decir, hablar directamente a la cámara desde su habitación o algún otro espacio cerrado, interpelando a la audiencia desde esos videos y en forma diferida a través de las redes sociales, en los comentarios de las publicaciones o en correos electrónicos.

Ahora bien, hablemos de los formatos.

Los formatos son unidades con características propias que en su conjunto conforman los géneros audiovisuales. En este caso un género es un sistema de reglas modificables, discursos con códigos establecidos y reconocibles con fines clasificatorios a partir de estructuras y normas tanto en lo expresivo como en los contenidos. Es decir, son facilitadores para que los destinatarios (el público), decodifiquemos los textos en función de un sistema (de géneros) que sean reconocibles aún sin ser conscientes de ello.

Así, un formato es “una idea, un modo de producir, bajo criterios de estética y filosofía, en una dramaturgia específica, con un estilo de relato y unos modos de mercadear.” (Rincón, 2011), o como agrega el Diccionario de Teorías Narrativas, se trata de un concepto o idea de programa con una combinación única de elementos entre los que se incluyen la escenografía, la dinámica, la temática y los conductores, que lo hacen único y diferente de los demás (Vilches, 2017). Un género se compone de distintos formatos con lógicas similares pero no iguales en su creación y contenidos.

La autora Inmaculada Gordillo reconoce un grupo de géneros televisivos específicos: el informativo, el ficcional, el docudrama, la publicidad y el entretenimiento (2009) dentro de los cuáles existen a su vez un grupo de formatos como, en el caso del ficcional podrían serlo las series, las telenovelas, las antologías y las películas hechas para la televisión. Siguiendo esa misma línea yo propongo la existencia de cuatro grandes géneros en el ámbito audiovisual de Youtube: el personal, el informativo, el de entretenimiento y el ficcional.

Esto es importante porque me plantea una constante discusión con autores como los retomados por Tomasena, que identifican al vlog como el gran género también llamado videoblog cuando para mí resulta un formato más dentro del género personal, que entre otras cosas tiene como características el contenido de un autor que desde su propia visión del mundo tiene algo que decir, tanto verbal como a través de su narrativa audiovisual (sin que eso implique que tenga conocimientos previos respecto a las producciones audiovisuales); videos con tomas o planos un tanto movidos, iluminación de escasa a buena, en ocasiones poca profundidad en las tomas, ediciones con brincos o ciertos errores; cortinillas o animaciones de entrada cortas; uso de filtros, transiciones, animaciones, capturas de pantalla, stickers, memes y efectos de sonido; y elementos discursivos en común como la invitación a suscribirte al canal, dar click en la campana para recibir notificaciones, compartir y dar like a cada publicación.

Desde mi propuesta, el vlog es un formato a modo de bitácora donde se da cuenta del día a día del creador, que puede tener la cámara en movimiento constante y que implica que el autor aparezca o no frente a la cámara durante todo el video, mientras que formatos como el storytime o las reseñas implican una sola toma con la cámara fija en un escenario determinado donde el contenido puede ser lo mismo una anécdota personal (en el caso del storytime) que una o varias opiniones personales al respecto de un producto o servicio. Lo mismo sucede con los tags, listados que parten de opiniones para dar a conocer gustos o disgustos de productos, servicios o incluso hábitos individuales.

 

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Si bien los formatos que circulan por todo Youtube son dados a conocer por su autor bien sea en la miniatura que acompaña cada publicación como el título de ésta, o bien desde una serie de hashtag o etiquetas, en el ámbito booktuber surgió la necesidad de darle una característica o nombre especial a cada uno de estos formatos para que fueran (asumo, imagino) más fácilmente reconocibles y localizables y que esos contenidos no se pierdan en el mar de posibilidades que arroja la plataforma cuando funciona como motor de búsqueda.

En este sentido, el Manual del club “Booktubers”, publicado por la Secretaría de Educación Pública y el Sistema Educativo Estatal de Baja California con material del Grupo Pértiga (2018), ofrece una propuesta para la capacitación docente y así mismo, que estos docentes hagan uso de las herramientas didácticas para crear en los pequeños las habilidades para ser futuros booktubers.

Este material identifica los siguientes formatos, además de las clásicas reseñas:

 

Bookchallenges, o retos propuestos por otros booktubers que proponen realizar ciertas acciones relacionadas con los libros.

Bookhoul, presentación de libros que han sido adquiridos por el booktuber ya sea por compra, regalo o donación.

Booktag, retos entre los booktubers a partir de preguntas sobre temáticas particulares o relación entre libros y otros tópicos.

Im, abreviatura de “In my mailbox” (en mi buzón de correo), práctica que identifican más en los blogs literarios.

To be read o TBR, en español lo que queda por leer.

Unboxing book, o abrir paquetes de compras que se realizan vía internet o envíos de las distintas editoriales.

Wrap up, un resumen o compendio de las lecturas realizadas por el booktuber en un determinado periodo.

 

Hay otros término más que escaparon al citado manual:

Bookself tour, un recorrido hacia los libreros de los booktubers.

Read vlog, bitácora que da seguimiento a la lectura de un libro.

 

Sin embargo, los booktubers también retoman formatos propios de Youtube que de manera creativa enlazan con el tema de los libros, como los top (listados por jerarquía de gustos o disgustos), los vlogs, los storytime, tutoriales, reacciones, 50 cosas de mí, en vivo, y entrevistas. Lo maravilloso de los formatos es que existen y están ahí a la disposición para ejercerlos con contenido de cualquier índole, lo mismo funcionan con libros que con otro tipo de temas, y estos creadores en específico también saben enlazarlos con otros productos culturales o incluso con emociones.

¿Qué otros elementos, además de los nombres, son característicos en los formatos usados por los booktubers? Tomasena reconoce las estanterías o libreros llenos de fondo, que más que un asunto estético el autor sugiere como una continuación del estatus simbólico que su pertenencia confiere como capital cultural.

Yo agregaría la relación constante entre los libros ciertos objetos de la cultura pop: referencias cinematográficas, como carteles o muñecos Funko en personajes que se relacionen con adaptaciones de libros al cine o las series y viceversa; referencias teatrales; objetos de identidad personal como letras o iniciales relacionadas con su nombre o el de su canal, o bien, que determinan nacionalidad como una bandera; objetos decorativos vintage, como una máquina de escribir, un mapa o fotografías en blanco y negro; series de luces decorando los estantes y atuendos que hacen referencia a grupos musicales o conciertos asistidos.

Pero también está la estética que confiere la grabación personal un espacio personal, como una recámara, un estudio o la sala de la casa. La investigadora José Van Dijck acuñó el término homecasting, que contrae los términos home video y broadcasting, para hablar específicamente de las producciones creadas para Youtube que se presentan como un “híbrido entre la difusión tradicional y el video hogareño” (2016). Es la sensación de ver un producto amateur con una calidad aceptable.

Lo cierto es que, aunque estos elementos en su conjunto dotan al booktuber de un carácter propio y un impacto visual que también comunica, ni todos quienes hacen reseñas de libros recurren a los mismos elementos ni las reseñas de libros en formato audiovisual surgieron a partir del Youtube:

“No es una reseña, no es un resumen porque es muy difícil extractar una obra maestra sin que se pierda el espíritu de sus valores. No cuento la historia, saco equivalencias que el público identifique, trato de presentar el ambiente en que se desarrolla, la esencia de la trama, me inclino más por destacar el subtexto sin narrar el argumento para que el televidente se interese por leer el libro, sienta curiosidad por conocerlo.” (Vilalta, 2001)

Este es el testimonio de la fallecida dramaturga española Maruxa Vilalta, quien fungió como conductora en distintos espacios de la televisión pública mexicana desde 1968, entre los que se destacan El libro de hoy (1982-1986), una emisión diaria donde la escritora hablaba de distintos títulos literarios sentada detrás de un escritorio, mirando todo el tiempo a la cámara, en un plano medio que mostraba como fondo un librero lleno y algunos otros elementos de ambientación sobre el escritorio, como los libros de los que hablaba en cada programa que iba mostrando de vez en vez.

El formato se adoptó y adaptó a las reglas que la plataforma Youtube fue planteando incluso por condiciones tecnológicas como la duración de cada video, pero tiene sus orígenes en la televisión y antes de eso, en el cine. La diferencia sustancial radica en que ahora son personas comunes y corrientes quienes con una cámara, una computadora y una conexión a internet son capaces de emular las mismas lógicas teniendo al alcance programas de edición que permiten crear un estilo propio a partir de recursos de video, de audio, de iluminación y de ritmo. Ya no son solo los profesionales y ya no es necesario salir en televisión nacional: Youtube se ve en todas partes. Pero eso no significa que todos queramos hacerlo y, mejor aún, que todos podamos hacerlo. Aquí es donde las competencias mediáticas y nuestra educación en los medios entran en juego.

 

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Es en este punto es donde radican mis interrogantes sobre el tema. Ninguna gira en torno al fondo, porque eso ya es una cuestión muy personal, pero sí en las formas, aunque sé que deberían tener el mismo peso forma y fondo. Pero, me parece que en este caso una gran mayoría de creadores (y evidentemente sus comunidades de seguidores) ponderan más el fondo que la forma.

Tras revisar una gran cantidad de videos de distintos booktubers con el criterio de los contenidos en español, tanto de canales mexicanos como españoles, descubrí que la mayoría de los formatos que cada creador ha explorado son en su mayoría aquellos que implican la cámara fija, la edición en corte directo, una iluminación cuidada (o al menos es un elemento presente), cortinilla o clip de identificación del canal y como elementos de referencia los libros físicos que presentan cuando se habla de ellos. Eso además de títulos eficaces y miniaturas claras de acuerdo con el tema del video. Sin embargo noté que muchos videos pueden durar 20, 30 o hasta 40 minutos sin que pase nada más a cuadro que el creador hablando de libros. Mi formación de trabajo en televisión nota con horror esta situación en particular.

Es fácil asumir que la motivación inicial de una persona para convertirse en booktuber es compartir su opinión particular sobre libros en una plataforma popular, pero para ello existen también otras vías en Internet como los blogs (espacios escritos), la red social Goodreads o, si acaso se insiste en la imagen como complemento, está la corriente de los bookstagramers, comunidades que surgen a partir de Instagram donde se desarrolla más las habilidades fotográficas y de composición y con ese pretextos se crean amplias redes de lectores. Entonces, me pregunto: ¿por qué optar por una plataforma que demanda al lector convertirse en un prosumidor (es decir, pasar de consumidor a productor de sus propios mensajes), lo cuál implica tener conocimientos esenciales en los medios o mejor dicho, competencias mediáticas?

Si bien existen hoy en día opciones como la aplicación TikTok que contiene cualquier cantidad de opciones para que, sin salirse de ella, se pueda editar con efectos tanto de audio como de video, las exigencias de Youtube son por demás diferentes, pues si bien la plataforma provee información esencial para la creación de un canal desde el sitio Youtube Creator Academy, donde se dan recomendaciones de preproducción, producción y postproducción para los novatos en estos menesteres, así también se sugiere el equipamiento idóneo para lograr una calidad aceptable y con ello que el contenido resulte más atractivo visualmente.

El homecasting que proponía una estética desde el dormitorio grabada con una webcam sin mayor resolución (así como se inició la creación de videos hace muchos años), se convirtió poco a poco en una invitación a la profesionalización sin ser profesional: Motivos propios del Youtube que hoy en día funciona también como una industria cultural.

Y como cualquier industria cultural que mueve sus productos entre marcas que deseen invertir en todo tipo de contenidos, los números de vistas, seguidores y la opción de la monetización son inevitablemente requisitos que motivan al lector con aspiraciones a booktuber a buscar esta plataforma y no otra, pues la visibilidad y la popularidad ligada en este caso a la industria editorial son situaciones deseables y posibles si se siguen las reglas del juego. Por lo tanto el mismo Youtube motiva no solo a booktubers, sino a cualquier creador de contenido que haya alcanzado ciertas cifras a vivir experiencias como el concurso Youtube Next Up, que según su sitio consiste en una semana de campamento para obtener más suscriptores y optimizar canales a partir de asesoría personalizada y cupones para la adquisición de equipos.

En el video con fecha del 18 de octubre de 2017, la instructora de yoga Brenda Medina del canal Brenda Medina Yoga compartió su experiencia como una de las 14 ganadoras del concurso en ese año, y por medio de un vlog mostró las actividades que tuvieron por 5 días de campamento, entre clases y momentos de relax. Entre los instructores se encontraban, según lo mencionó Brenda en una comunicación personal, creadores de la productora mexicana Argos, lugar donde además se llevaron a cabo las lecciones impartidas. Es decir, se incentiva la profesionalización con profesionales que se mueven en la industria.

La comunidad booktuber está consciente de esto, ya que la edición 2018 del Encuentro Nacional de Booktubers, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se programó a modo inaugural la plática “Ser creador y no morir en el intento”, impartida por el youtuber Tato Pozos, uno de los creadores pioneros en la plataforma desde el año 2006.

Esto no es malo si se ve como una gran oportunidad para aprender nuevas habilidades de expresión y conocer el proceso de creación de productos audiovisuales que promueven, entre otras cosas, conciencia y capacidad de análisis sobre los procesos en otros medios, punto en lo que la alfabetización mediática pone mucho énfasis. Entonces, desde esas posibilidades me pregunto: ¿qué pasa con los booktubers que en su mayoría economizan lo más posible en los recursos audiovisuales que tienen a la mano? ¿dónde quedan las competencias mediáticas que se adquieren a fuerza de ver otros canales y otros contenidos variados dentro o fuera de la plataforma para saber cómo se deben ver los formatos? ¿Qué falta para alentar la creación audiovisual?

 

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El caso de Fátima Orozco me intriga. Se trata de una de las primeras booktubers mexicanas que hoy en día suele ser la referencia obligada en el tema e incluso ha trascendido su labor hacia la escritura de sus propios textos. Fa ha creado su propio estilo visual no solo desde un librero ordenado por colores, sino en su también colorida cabellera, y sobre todo en la presencia y seguridad que muestra frente a la cámara. En sus videos hace referencia constante a su hermana, persona detrás de la cámara que le ayuda en el proceso de grabación (digamos, su propio staff), y de manera creativa todo su canal gira en torno al contenido literario, tanto en los formatos que implican la cámara fija con ella al centro del encuadre como los vlogs grabados en las ferias del libro a las que ha asistido, además tiene reseñas con acción como aquel en el que combina la elaboración de un pastel con una receta contenida en el libro que va reseñando durante el proceso.

 

Durante la grabación sus recursos infaltables son su librero, sus libros y sus palabras. En la postproducción la edición contiene algunos acercamientos con el filtro en blanco y negro cuando dice algo fuera de contexto respecto a la reseña, cuenta además con una cortinilla animada de entrada y una de salida, donde anuncia sus redes sociales, miniaturas descriptivas para cada video y títulos descriptivos respecto a su contenido. Y ya.

Lo cierto es que según mi observación no hay música de fondo. No hay efectos de sonido. No hay ráfagas o elementos visuales que cuando se trata de tag o algún top, separe los elementos de la lista a no ser por los ejemplares de los que habla físicamente. Nada. Nada considerando que hay videos de 30, 40 o 50 minutos, como el tour a su estudio, que si bien implicó la cámara en movimiento siguiéndola en cada estación que presentaba careció de algún otro recurso que lo acompañara. Nada. Ni algún indicativo (súper, le llaman) que visualmente nos la presente por su nombre aunque el canal se llame como ella. Nada. Ni siquiera listas de reproducción donde explorar en orden sus diferentes videos.

Su caso no es único, pero también hay sus muchas excepciones. Los canales Clau Reads Books de la creadora mexicana Claudia Ramírez y Raquel Bookish de la española Raquel Brune tienen un mayor uso de los recursos audiovisuales. La primera por ejemplo, tiene un formato con tiempos más fijos (no más de 17 minutos por video) y desde el principio de sus videos su imagen se acompaña con elementos visuales, efectos de sonido, filtros varios, direcciones de sus redes sociales, y cuando habla de libros, va combinando el libro físico con imágenes o fotografías fijas que la acompañan a cuadro que en su mayoría que ilustran o refuerzan sus palabras. Raquel, por otra parte, ha creado un estilo narrativo donde sus videos combinan la reseña de libros con diferentes estados emocionales y esto lo logra cambiando el lugar de grabación, que a veces ocurre frente al librero, en su escritorio, en su cama o en un sillón. A veces solo basta con que cambie el encuadre. Raquel ha ido más allá al ilustrar con tomas hechas exprofeso sus libros de arte y fotografía, por ejemplo, donde viste la descripción que de ellos hace con imágenes de los propios libros. Ambas han logrado crear un estilo en base a las tipografías que ocupan para sus miniaturas y los colores a los que recurren en sus fondos y vestuario.

 

 

 

El otro extremo es el creador del canal El Geek furioso de la literatura. Aunque en la actualidad ha dejado de producir videos con constancia, el contenido que se puede explorar en su canal ilustra de la mejor manera el uso que El Geek hace de los distintos formatos. Un video lo mismo contiene su imagen a cuadro sin nada más de fondo que una pared blanca, un guion leído en voz en off, dramatizaciones que ilustran perfecto las necesidades del guion, que suelen ser pequeños gags o scketchs, imágenes retomadas de la industria cultural como escenas de películas, series o videojuegos, memes, y hasta entrevistas. Todo en un solo clip de 20 minutos.

 

 

Cierto es que los derechos de autor pueden desmonetizar videos (en el caso de que ya aplique a ello) cuando se detecta el uso de ciertas imágenes o música protegidas, sin embargo algunos creadores ponderan la creación por encima de la monetización. El Geek además, maneja un humor bastante ácido y tanto sus reseñas como sus diferentes secciones, como Libro vs Película, aportan información, humor y una muy grata experiencia audiovisual, de tal suerte que en algunos videos, los últimos antes de sus podcast, ya mencionan su ingreso al sistema Patreon, que permite recibir donaciones para mantener con vida canales que los usuarios o patreons (donantes) consideran de alto valor. Tiene una clara influencia cinematográfica que se nota en el ritmo y la construcción de sus guiones.

La mayoría de definiciones existentes describen a los booktubers como gente joven que habla sobre literatura juvenil. Aunque los adolescentes de hoy nacieron como nativos digitales y suelen tener una gran intuición frente a gadgets y aplicaciones, algunos estudios demuestran que las nuevas generaciones “siendo grandes consumidores de medios, están más limitados a la hora de producir, contradiciendo algunos discursos públicos que ponen en circulación la idea de una sociedad en la que todos los jóvenes crean contenido a diario y son un prodigio” (Pereira & Moura, 2018, pág. 27). Lo que nos lleva al punto de que ni son los únicos que tienen derecho a triunfar en la plataforma Youtube, ni que la edad es determinante para la adquisición y práctica de las competencias mediáticas.

Dos ejemplos rescatados bajo los mismos parámetros de búsqueda ilustran este punto: el canal Observatorio de Booktube, creado por el mismo José Manuel Tomasena y el Librero de Valentina, canal de la mexicana Valentina Trava.

En Observatorio de Booktuber Tomasena es muy claro: creó un canal como parte de su proyecto de posgrado, en el cual su comunidad, las “ratillas de laboratorio”, son su audiencia cautiva y también su objeto de estudio. Su producción incluye los distintos formatos propios de los booktubers enfocados lo mismo a literatura como a libros específicos de su área de estudios (comunicación y cultura digital), así como avances y hallazgos de sus investigaciones y una suerte de vlogs que combinó con reseñas. Él, sin embargo, no se subió al tren del librero ni del equipamiento adecuado. Por el contrario, su contenido fue grabado íntegramente desde su teléfono celular (dicho por él), sin una iluminación cuidada, con poca profundidad respecto a la pared blanca de fondo, y sobre todo, sin micrófono externo, lo cuál de pronto dificulta la posibilidad de entender bien el contenido al que obviamente apostó en este observatorio que, se maneja entre el humor negro y la muy útil reflexión. En la edición sí había detalles muy particulares que se visibilizaban cuando el creador daba algún dato incorrecto, como congelar la pantalla con un filtro rojo y una voz en off haciendo la corrección, y las miniaturas eran acordes en estilo y tipografía.

 

 

Por el contrario, el Librero de Valentina surgió, según lo comentó en sus primeros videos la creadora, por la inquietud de encontrar contenido booktuber para personas de su edad (en promedio de 30 a 40 años en adelante) y al no hallar reseñas de libros a su gusto decidió dar continuidad audiovisual a los círculos de lectura que ya organizaba vía Facebook. En su caso lo que se destaca es que la factura de los primeros videos se nota distinta a los más recientes. Si bien tampoco existen en ellos mayores recursos para ilustrar reseñas, tags, tutoriales, wrap up, y unboxings, sí hay diferencias en la intención de agregar pequeños efectos de sonido y separadores cuando se refiere a algún listado o numeración. Según lo ha mostrado desde su cuenta de Instagram, ocupa una tableta para sus grabaciones, y lo hace con iluminación y micrófono aparte. Ella recurre además a las transmisiones en vivo, a los vlogs y a la aplicación del formato a la temática booktuber, el readvlog. Estas producciones ya cuentan con musicalización, efectos de velocidad, separadores entre una situación y otra y títulos.

 

 

6

A modo de conclusión:

–  Algunos formatos por su naturaleza permiten mayores o menores recursos audiovisuales, es por ello que el uso de transiciones vistosas, por ejemplo, no son recurrentes en los discursos de los booktubers, que suelen editar a corte directo. Un vlog, que tiene otro tipo de relato, sí permite (y de hecho, lo usan) disolvencias u otro tipo de separadores.

–  La formación profesionales e intereses de los creadores ayudan a entender mejor sus contenidos narrativas y contenidos. El caso del Geek habla de alguien que consume cine y videojuegos o incluso podría estar relacionado con la industria audiovisual, como sucede con Lewis Rimá, booktuber que estudió comunicaciones que conoce y emplea con mayor destreza las herramientas a la mano. Fa Orozco o Valentina, por ejemplo, tienen formación en literatura, lo cuál explica que su atención vaya más dirigida al fondo que a la forma.

–  Si la referencia e inspiración para muchos futuros booktubers es el canal de Fa, eso explicaría porque siguen reproduciendo el mismo estilo con pocos elementos al menos en los inicios de sus canales. Después, se espera, los creadores irán descubriendo sus propios ritmos, colores y formas.

–  Quizá esta falta de elementos de la narrativa audiovisual también sea otra manera en la que los booktubers se distancien de los youtubers de entretenimiento, además de la apropiación de ciertos formatos. Cosa extraña si partimos del hecho de que son creadores de contenidos de la misma plataforma.

– Por último, lo maravilloso de los formatos es que existen, están ahí, pero depende de cada quién cómo se usan y para qué se usan. Lo cierto es que es necesario conocer los formatos y sus reglas para hacer poco o mucho con ellos. Eso depende de cada creador y de sus propias necesidades de comunicar. Además, su conocimiento y aplicación suma un punto más a las competencias mediáticas que sin importar edad, sexo o condición social, son necesarias para formar un criterio y una mejor concepción de los medios audiovisuales en general.

 

 

 

 


 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Gordillo, I. (2009). La hipertelevisión: géneros y formatos. . Quito, Ecuador: Editorial Quipus, CIESPAL.

 

Pereira, S., & Moura, P. (2018). Competencias de producción. En C. Scolari, Adolescentes, medios de comunicación y culturas colaborativas. Aprovechando las competencias transmedia de los jóvenes en el aula (págs. 26, 27). Barcelona.

Pértiga, G. (19 de 09 de 2018). Manual del club “Booktubers”. Autonomía curricular . Obtenido de Sistema Educativo Estatal Baja California: Recuperado de http://www.educacionbc.edu.mx/autonomiacurricular/docs/clubs/Ficha%20Booktubers%20Final.pdf

Rincón, O. (2011). Nuevas narrativas televisivas: relajar, entre-tener, contar, ciudadanizar, experimentar. Comunicar. Revista Científica de Educomunicación, XVIII(36), 43-50.

Tomasina Glennie, J. M. (2016). Los videoblogueros literarios (booktubers): entre la cultura participativa y la cultura de la conectividad. (Tesis de Máster en Comunicación Social). Universitat Pompeu Fabra, Barcelona.

Van Dijck, J. (2016). La cultura de la conectividad. Una historia crítica de las redes sociales. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Vilalta, M. (2001). Maruxa Vilalta. En M. De la Lama, & F. De la Lama, Canal 13. Vida, pasión y gloria (págs. 372-373). Distrito Federal: Editorial Porrúa.

Vilches, L. (2017). Diccionario de Teorías Narrativas. Cine, televisión, transmedia. . España: Caligrama Editorial.

Wilson, C., Grizzle, A., Tuazon, R., Akyempong, K., & Cheung, C.-K. (2011). Alfabetización mediática e informacional. Currículum para profesores. Quito, La Habana y San José: UNESCO.

La autora tiene su propio canal de booktuber en: https://www.youtube.com/user/pochacas, así como también es creadora del ebook: “Formatos audiovisuales del siglo XXI, televisión e internet”.


Autores
Raquel Guerrero Viguri es Maestra en Estudios de Cultura y Comunicación por la Universidad Veracruzana y creadora del proyecto de divulgación audiovisual Ratona de tv: www.ratonadetv.com

 

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Autores
(Cancún, 1988), igual conocido como El Dee, es un ilustrador e historietista caribeño. Es creador del cómic Yo y La Muerte, El Twit Ilustrado y Nido de Serpientes, proyecto ganador del premio Novela Gráfica Joven 2018 de Tierra Adentro. También es socio fundador de Pizzatánicos, marca de ropa mexicana. Su trabajo de ilustracion puede ser encontrado en paredes, portadas de libros, discos y carteles musicales tanto en México como en Francia, Rusia y Latinoamérica. Hoy en día vive en Cholula con su esposa y un montón de perros.

para Cristian Lagunas

encontré una piedra gris

y le dije:

tenemos que resucitar

Juan Eduardo Cirlot

 

 

Existe una probabilidad altísima

de que nunca nos pasen cosas extraordinarias.

Una vida común,

sin clavos ni tres días para resucitar.

Nos incrustamos

en el sillón como piedras sucias,

inestables, con la memoria fresca

de algún desgajamiento,

horas martirizadas con latones

que expende el refrigerador

hasta nublarnos, giramos

el cuerpo a medias

que siempre va adelante

con su torpeza, decir

no hay caídas

pequeñas, todas las ruinas

tuvieron un imperio,

o no, mejor aún,

no todo desciende de grandezas,

hay ruinas de lo mínimo,

escombros de algún día

donde no pasó nada

o piedras que taparon sepulcros

para darnos alguna idea de Dios,

indigerible y grueso como el trago

de esta cerveza oscura,

una vida común postrados en la sala,

esperando a que el tiempo lo disolviera todo

hasta dejarnos en una cruz de huesos,

con el ventilador oreándonos

el nido de unicel y de colillas,

mientras afuera ardían catedrales antiguas

y se apagaban dos o tres certezas.

Enorme probabilidad

de que nunca seamos relevantes,

el cielo prototípico, empacado al vacío,

caducidad que entra a la ventana

con sus formas de luz distorsionada

por los cristales rotos, vidrios

por donde el Dios de la Semana Santa

nos dijo que era tarde

y cerrarían el Seven.

Altísimo el estruendo de la risa,

hablando de la música sacra

inserta en reguetones de moda,

reír de lo perecedero

y Dios asomándose siempre,

metiche estrafalario,

vestido con un saco de púas para rasgar

el aire y los abrazos

que no son para él

porque nos hiere. Dios,

con sus ojos de huérfano,

jugando a que se cae

y le aplaudimos.

Altísimo el sonido de las bocinas

al tocarnos como estrujando latas de cerveza,

metales que en el tacto dicen

su vocación real, su verdadero imperio

minúsculo, que algún recolector

nunca va a despreciar.

Existe la probabilidad

de que las cosas extraordinarias

les ocurran a otros,

mientras nos preguntamos

si el día de la resurrección,

al juntar nuestras latas,

obtendremos un kilo de aluminio.

 


Autores
Fotógrafa y comunicóloga originaria de la Ciudad de México. En 2007 comenzó estudios de guitarra en la Escuela de Iniciación Artística No. 1 del Instituto Nacional de Belleza Artes y posteriormente en 2008 ingresó a la Escuela Nacional de Música, ahora Facultad de Música, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) donde cursó el ciclo propedéutico en guitarra clásica concluyendo en 2011. Simultáneamente, en 2010, ingresó a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM a la carrera de Ciencias de la Comunicación dónde encaminó sus estudios hacia la fotografía y video. Mientras se encontraba realizando sus estudios participó de manera activa en el movimiento #YoSoy132 en 2012 y en colaboración con otros compañeros fundó el medio independiente Políticas Media donde participó como fotógrafa y reportera. En 2014 comenzó la carrera en Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En este periodo participó de manera activa en el movimiento social por la presentación con vida de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, documentó en fotografía y video parte de las manifestación en torno a este movimiento. En 2015 ingresó al área de comunicación social de la Red de Transporte de Pasajeros (RTP) de la CDMX, donde estuvo encargada del levantamiento de imagen y desarrolló una base de datos del material fílmico y fotográfico. Durante este periodo se puede destacar su participación como fotógrafa y coordinadora editorial en el libro “La huella de la movilidad” 2016 y “Glosa para el 6° Informe de Gobierno (2018)” así como en la elaboración de videos institucionales. Simultáneamente colaboró con la producción videos para la página “Voces de Colores”. Paralelamente a esta labor continuó con la especialización en fotografía y video tomando un diplomado de Iluminación fotográfica en la Escuela F8 y un master en Post-producción en EduMac. Finalmente durante el segundo semestre de 2018 y los primeros meses de 2019 partició en el Proyecto “México 1968 - 2018, Un tributo a medio siglo”, con financiamiento de la Secretaría de Cultura. Este proyecto dio como resultado el documental “Heberto Castillo y el 68”, que se estrenó el pasado 7 de marzo de 2019 en el Centro Cultural Universitario de Tlatelolco, en dicho Proyecto participó en la fotografía y como asistente de producción. Durante 2019 colaboró como asesora de imagen y comunicación de la Concejalía de Coyoacán y como Coordinadora de Producción Ejecutiva externa para Comunicación Social de Presidencia.
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.
Imagen tomada de Pixabay.

Sé que es lunes porque la obra del edificio en construcción frente a mi casa, después de dos días de silencio, reanudó su actividad, los taladros chirriantes y martilleos de siempre; labor que ha perdurado a pesar de la contingencia sanitaria y los avisos de las autoridades.

Últimamente, me cuesta saber qué día es. Sé que mientras escribo esto, es lunes, porque mi clase de portugués recién terminó mediante una video llamada de WhatsApp con mi profesora particular, a quien regularmente veía en un café cada semana; ahora solo tengo clases virtuales y ejercicios que le mando por correo.

Eliseo Diego diría que: “La eternidad por fin comienza un lunes / y el día siguiente apenas tiene nombre”, si pudiera preguntarle qué día es hoy. Y que eso, lejos de animarme, me pondría triste porque el verso siguiente es aún más lapidario, oscuro, razón suficiente para abstenerme de una consulta al poema.

Y si consultase los números para tener una certeza de mi encierro, me dirían que llevo una treintena de días adentro, con un par de escapadas al supermercado para reabastecer la casa de despensa y provisiones que, por supuesto, incluyen cerveza y comida para perro. Solo un par de días hemos salido. Al hacer una resta, el resultado fue de 28 días en cuarentena. Decir que ese periodo ha sido extraño, es poco y sería incluso una reiteración. Sin embargo, lo ha sido. Y aun así, resulta ridículo compadecerse de uno mismo si consideramos otros encierros para salvar la vida.

Confinamientos como el que vivió Ana Frank durante 1942 y 1944 en el refugio dispuesto por su padre para esconderse de los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial; en esa condición y durante días enteros, la familia de la protagonista permaneció inmóvil, silenciosa, aterrada por la latente posibilidad de ser descubiertos y llevados a los campos de concentración, donde el Tercer Reich exterminaba a los judíos.

Ante la anécdota de esa reclusión, esta pérdida de la rutina entre la oficina, los trámites, las filas en los bancos y las citas que se quedaron ahí, suspendidas, parece un juego de niños, algo menor. Estamos adentro con un aislamiento que amaina con maratones de Netflix, salidas al balcón para oír las ambulancias pasando por la avenida, fiestas por Zoom con los amigos escritores y transmisiones por Facebook Live.

Estamos adentro, es cierto, pero con la posibilidad de escuchar música y beber cerveza mientras trabajamos en lo que aún se puede. Esto no es una guerra y afortunadamente no estamos cerca. No somos Ana Frank, nuestro perímetro parece más generoso y alegre, si consideramos que afuera los coches siguen pasando y aún tenemos Wifi, aunque quizá el miedo y la incertidumbre de nuestro futuro nos hacen carne del mismo cuerpo.

Sobre nuestras cabezas no llueven bombas, como caían sobre Ámsterdam en 1944 mientras los Frank vivían sus horas más oscuras; pero a veces, también a nosotros nos bombardean con otro tipo de explosivos que se manifiestan a través de las fakenews que la tía más escandalosa comparte por Facebook o WhatApp bajo la consigna de la prevención, pero logra lo contrario: infecta, contagia, persigue. Nos impacta.

Y entonces queda aparentemente poco por hacer, porque no hay peor batalla que aquella contra algo intangible; eso que no se sabe, pero que se siente en el pecho, presionando por las noches, quiero decir: la ansiedad y muchas veces, la impotencia.

 

En estos 28 días, las cifras también son un ancla en el paso del tiempo, un reloj que nos marca con otro tipo de minutos. El mundo se contagia de Covid-19 y de miedo, de incertidumbre, paranoia, amargura. Y eso me asusta lo mismo, quizá más, que oír la palabra “pandemia” en las noticias.

Quiero decir, me atemorizan sus palabras anunciando el fin; diciendo que el virus es un castigo divino, una advertencia de Dios o un plan maligno de los iluminati para cambiar el orden económico del mundo.  Sus palabras caen en la poca calma que logro reunir al ver el calendario en mi teléfono y corroborar que hoy es lunes, que no pasa nada interesante allá afuera de lo que me esté perdiendo. Resisto arbitraria, como dice la periodista Leila Guerreiro y me aferro a “soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada”, aunque mis proyectos de escritura estén marchando a cuenta gotas, pues cuentan que en 1606, durante la cuarentena que provocó la peste, Shakespeare escribió El Rey Lear, Macbeth y Antonio y Cleopatra, y yo solo he podido leer la primera parte de Suave es la noche, y he escrito tres o cuatro versos decentes o que al menos me gustan.

Estos días adentro, respirar tranquilamente ya en sí me parece una tarea, una afrenta importantísima en contra del miedo. Dormir sin tener pesadillas, tener apetito, bañarse y cambiarse de ropa, usar sostén, como para encima tener que soportar pensamientos erráticos ajenos o la presión de aquellos que llaman a intentar escribir grandes obras como si este encierro fuera un retiro de escritura.

En mis redes sociales están dejando de caber los amargados, los pesimistas, los negativos. Me declaro incompetente para soportarlos. Por salud mental, he silenciado a todos y todas aquellas que comparten noticias falsas, amarillistas. He mandado callar a los que socarronamente nos critican por hacer videítos leyendo poemas, por descargar tiktok, por transmitir en YouTube, por tener un poco de fe.

Me refugio en las cosas chiquitas. En mis pequeñas certezas: hoy es lunes. Afuera los obreros siguen trabajando.

Acaricio al perro que me viene a pedir que me acueste con él. Que deje de escribir esto.

Me dejo contagiar por su ternura, por las cosas simples, por los días adentro.

Con frecuencia me pregunto si saldré y esos mismos silenciados y silenciadas en mis redes sociales lo estarán en la vida apenas vuelva todo a la normalidad.

Quiero pensar que sí.

Que como dice Machado: “Hoy es siempre todavía”.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Quasar Outflows. Imagen extraída de Hubblesite.

 

Lo asombroso no es que el Universo sea tan grande,
sino que el ser humano lo haya medido.

“El jardín de Epicuro” Anatole France.

 

La primera vez que observé a través de un telescopio fue en la universidad cuando estaba haciendo mi servicio social en el Instituto de Astronomía de la UNAM. Una noche, después de una conferencia, subimos a la azotea para mirar Saturno a través del telescopio del Instituto. A pesar de la contaminación lumínica de la Ciudad de México, sí vi el planeta.  No sé qué había esperado, pero allí, al fondo, estaba una esfera amarillosa, rodeada de anillos. La imagen habría cabido en el espacio entre mi dedo pulgar e índice. Parecía más una calcomanía del planeta que el objeto espacial. Alguien me preguntó si podía ver la separación entre cada uno de los anillos y no supe qué responder porque no podía creer que lo estaba viendo, ni que a través de ese instrumento era capaz de mirar un planeta que lucía exactamente igual a los dibujos de los libros de física.

Ahora, abierta en la pantalla de mi computadora tengo una fotografía de Saturno tomada por el telescopio espacial Hubble. Ahí está la separación entre los anillos, el gas de distintos colores que conforma las capas del planeta, amarillo claro en el ecuador y luego otras franjas rojas, rosas, anaranjadas, incluso verdes. En una fotografía se ve una aurora, un círculo de luz azul brillante. Nunca había pensado que otros planetas podían tener auroras. En otras fotografías se ven sus satélites. Titán, diminuto junto a Saturno, es del tamaño de Mercurio y tiene su propia atmósfera. En una imagen, persigue su propia sombra.

Titán persiguiendo su sombra. Fotografía del Hubble.

Titán persiguiendo su sombra. Fotografía del Hubble.

*

Hubble es el primer telescopio espacial. Orbita la Tierra desde el 24 de abril de 1990, cuando el transbordador espacial Discovery dejó la atmósfera de la Tierra atrás. Es del tamaño de un autobús escolar grande con 13.2 metros de longitud y 4.2 metros de diámetro. Pesa doce toneladas, que equivale al peso de dos elefantes africanos adultos, y se encuentra a 593 kilómetros sobre el nivel del mar. Su espejo principal tiene un diámetro de 2.4 metros. No tiene propulsores y para cambiar su ángulo gira sus ruedas en dirección contraria. Le toma el mismo tiempo girar sobre sí mismo que al minutero recorrer la cara del reloj, por lo que tarda 15 minutos en girar noventa grados. Orbita la Tierra a unos 28 000 km/h, lo que significa que le da una vuelta a nuestro planeta cada noventa y siete minutos. Durante los últimos treinta años ha recorrido más de 6 mil millones de kilómetros. Ha hecho más de 1.3 millones de observaciones y genera aproximadamente 10 terabytes de datos nuevos cada año.

Es nuestro ojo en el espacio. Nos ha permitido ver otras galaxias, los remanentes de explosiones de supernova y hacia el fondo del Universo.

*

La primera persona en ver los anillos de Saturno fue Galileo Galilei. Aunque no fue el inventor del telescopio, mejoró varios de los diseños y se le reconocen las primeras observaciones del cosmos a través de un instrumento. Vio los cráteres de la Luna, descubrió manchas solares y siguió las fases de Venus. El siete de enero de 1610, observó cuatro de las lunas de Júpiter y sobre este hecho escribió en Sidereus Nuncius: “Cuando estaba viendo las constelaciones de los cielos a través de un telescopio, el planeta Júpiter se presentó ante mi vista y como quiera que yo me había preparado un instrumento excelente, observé una circunstancia que nunca antes había sido capaz de ver, a saber, tres pequeñas estrellas, pequeñas pero muy brillantes, estaban cerca del planeta; y aunque yo creí que pertenecían al conjunto de estrellas fijas, hicieron sin embargo que reflexionase, porque parecían estar situadas formando una línea recta perfecta, paralela a la eclíptica, y ser más brillantes que el resto de las estrellas, igual que ellas en magnitud […] por tanto concluí, y decidí sin dudarlo, que existen tres estrellas en los cielos que se mueven alrededor de Júpiter, como Venus y Mercurio lo hacen alrededor del Sol; lo que fue establecido de largo tan claro como la luz del día por otras numerosas observaciones posteriores. Estas observaciones también establecieron que no sólo existen tres, sino cuatro, cuerpos sidéreos erráticos que hacen sus revoluciones alrededor de Júpiter”. Las llamó Ío, Ganimedes, Europa y Calisto.

Así comenzó la observación espacial. Los telescopios se volvieron más y más grandes, capaces de mirar cada vez más detalles del cielo. El problema de todos ellos, que Galileo no encontró con su pequeño telescopio, era la atmósfera terrestre, que distorsionaba la luz de las estrellas. Por eso a principios del siglo XX, con el avance de los cohetes espaciales, los científicos comenzaron a pensar en la posibilidad de poner un telescopio fuera de la Tierra.

Aurora de Saturno. Fotografía del Hubble.

Aurora de Saturno. Fotografía del Hubble.

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En su poema Historia de la noche, Borges habla de la relación entre la humanidad y la noche. En sus últimos versos describe los ojos como “tenues instrumentos” que nos ayudan a observarla. Los telescopios como el Hubble son ahora esos ojos con los que observamos la noche, para tratar de disipar el vértigo que nos provoca. Un día después de su llegada al espacio, el 25 de abril, el Hubble trasmitió sus primeras imágenes. Para horror de los científicos, las primeras fotografías mostraban la imagen de las estrellas rodeadas por un halo blanco. Este halo era provocado por el espejo principal del Hubble, que había sido pulido de forma incorrecta. La diferencia era tan delgada como el ancho de un cabello humano, pero terrible, porque el espejo era una de las pocas piezas que no podía ser reemplazada. Las imágenes del telescopio no servían. Se preparó entonces una primera misión de servicio. En diciembre de 1993, el transbordador Endeavour llevó a dos astronautas y al instrumento COSTAR (Corrective Optics Space Telescope Axial Replacement) al espacio para corregir la aberración esférica del espejo principal. Como los anteojos ayudan a los ojos con miopía, así el COSTAR le permitió al telescopio enfocar correctamente y ver el “tiempo cargado de eternidad” que es la noche.

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Descomposición de colores. Imagen de Hubblesite.

Descomposición de colores. Imagen de Hubblesite.

 

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Planetas, nebulosas, galaxias, cúmulos globulares. La mayoría de la gente ha visto alguna de las imágenes del Hubble sin saberlo. La famosa fotografía de los Pilares de la creación en la nebulosa del Águila o del cúmulo globular Omega Centauri, la nebulosa Ojo de gato o la galaxia del Sombrero. Todas las imágenes están a color, pero el Hubble sólo es capaz de tomar fotografías en escala de grises. Los colores llegan más tarde, con un tratamiento de filtros (verde, azul y rojo) que les permite a los científicos extraer información de la imagen.

El Hubble ha extraído del Universo más que imágenes. Ha ayudado a buscar planetas fuera del sistema solar, descubrir que los agujeros negros supermasivos son más frecuentes de lo que habíamos supuesto, observar la evolución del cinturón de asteroides, ver los satélites de planetas como Plutón, explorar el nacimiento y muerte de estrellas. Sobre todo, el Hubble ha sido capaz de mirar hacia el fondo de la galaxia, que significa no sólo ver lejos, sino ver hacia el pasado, hacia el inicio mismo del Universo, a 13 800 millones de años. En sus fotografías podemos ver estrellas a 13 200 millones de años de nosotros.

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“La historia de la astronomía es la historia de un horizonte que se aleja” dijo Edwin Hubble, un astrofísico estadounidense, que en 1929 demostró a través de un análisis de la luz de las galaxias que el universo crecía cada vez más y propuso una constante de expansión, pero su valor era impreciso. El telescopio que lleva su nombre les ha permitido a los astrofísicos refinar y hacer más exacta esta constante, lo que les ayudó a saber con más precisión la edad y tamaño del Universo. A través de las observaciones del telescopio espacial Hubble, se ha podido medir el efecto de la “energía oscura” sobre los objetos visibles y demostrar que el Universo no sólo se está expandiendo, sino que se está acelerando.

*

En 1990 nadie esperaba que el Hubble continuara trabajando después de cumplir quince años, pero hoy cumple treinta. Sin embargo, su reemplazo, el telescopio espacial James Webb, se pondrá en órbita en algún momento del 2021. Podrá tomar fotografías con más definición y más alcance que el Hubble. Tal vez será capaz de ver las primeras galaxias, en el momento mismo de su formación. Mientras tanto el Hubble continuará dando vueltas alrededor de la Tierra hasta que no pueda trabajar más. Entonces, la NASA decidirá si lo empujará fuera de órbita para convertirlo en basura espacial o, por el contrario, lo hará caer hacia la Tierra y estrellarse en el océano Pacífico.

Hasta entonces, el Hubble continuará siendo nuestros ojos hacia el Universo.

Fotografía del Hubble.

Fotografía del Hubble.

 


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.

Poesía, drogas y misticismo flotando en La pecera de Dios de David Alfonso Estrada

Dios me llama; con “su cuerpo de leopardo, sus piernas de hipopótamo, su cabeza de cocodrilo y su melena de león” me transmite designios que confundo con casualidades. Mis más recientes lecturas llevan su nombre en el título: Un dios de paredes hambrientas de Garret Cook (Orciny Press, 2019), Dios en un Volkswagen amarillo de Efraím Blanco (Lengua de diablo, 2020) y La pecera de dios de David Alfonso Estrada (Tierra Adentro, 2019). Ya no puedo ignorarlo, es momento de regresarle la llamada.

En La pecera de dios, libro ganador del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2019, David Alfonso Estrada nos comparte las aventuras esquizoides de Natanael (Nat) Cienfuegos, un diseñador de 27 años que busca llenar los vacíos de su existencia a través de las drogas. En este viaje nuestro protagonista, que se cree el “espíritu encarnado de Osiris” y piensa que su perro es un robot, será encerrado en un brutal centro de rehabilitación (donde un narcotraficante lo ayuda a escapar), se convertirá en un poeta laureado (con La pecera de dios, una colección de poemas), formará parte de una sociedad suicida de escritores, un espíritu llamado Laura le dictará poemas, recaerá en las drogas, se recuperará (con la ayuda del fantasma de su padre y con el apoyo de su abnegada novia), se casará, escribirá una novela (Hágase tu voluntad, que es lo que estamos leyendo), contemplará su existencia a orillas del mar y se caerá y levantará y caerá y levantará y…

Aunque mi brevísimo y muy superficial resumen haría pensar en una remake de Trainspotting o en otra aventura de Cheech y Chong, estamos ante algo mucho más complejo. Empecemos con un detalle que de primera instancia podría pasar inadvertido: Nat es un diseñador en una agencia de publicidad. Trabajar en este tipo de lugares de mercantilismo exacerbado provoca cuadros de ansiedad y  depresión; te deshumaniza. Al yo mismo ser parte de esta industria, he comprobado que casi todos los que trabajamos en la agencia tuvimos que buscar algún tipo de ayuda psicológica (y en una extraña “casualidad”, recientemente descubrí que seis compañeros, sin habernos puesto de acuerdo, compartimos a la misma terapeuta).

La edad de Nat es otro detalle no fortuito. Recordemos el Club de los 27, donde músicos como Robert Johnson, Brian Jones, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y Amy Winehouse fallecieron a los 27 como resultado del abuso del alcohol y las drogas.

La gran paradoja de Nat, y de toda la generación que está llegando a los 30, es que a pesar de que anhela la muerte, lo que realmente busca es vivir; muere por vivir. Auténtico fantasma de “la generación del desencanto” (como exploraría Macaria España en su libro homónimo), un “títere en la mano equivocada” que nos remite al pesimismo cósmico de Thomas Ligotti: “Mira tu cuerpo: una marioneta pintada, un pobre juguete de partes articuladas al borde del colapso, una cosa enferma y doliente con una cabeza llena de imaginaciones falsas”.

Timothy Leary, psicólogo y entusiasta de la investigación y uso de sustancias psicodélicas, apuntó que con las drogas, específicamente con el LSD, descubrimos con horror nuestra existencia de robot; que nuestra vida está estereotipada, vacía, carente de significado. También, que la experiencia del viaje podría equipararse a una misa católica, un viaje psicodélico poderoso, que involucra transubstanciación de energía y una secuencia de muerte-nacimiento que usa todo tipo de técnica sensorial. Nat, al ser criado en un hogar católico y por el adoctrinamiento que suelen usar los centros de rehabilitación, está embebido en esa mitología. “Este es nuestro problema, que tarde o temprano terminamos en el cristianismo”, le confiesa un compañero.

Pero también Nat absorbe y sintetiza símbolos de otras mitologías, buscando la experiencia mística; la unión de lo particular y lo general, de lo humano y lo divino, de lo natural y lo sobrenatural, de lo aparente y lo absoluto, de lo visible y lo invisible; “las doce verdades que conducen a las brujas malas y a las hechiceras negras a las sombras”.

El lenguaje profético, filoso y delirante de Nat nos remite a personajes como Tyler Durden de El club de la pelea, Elliot Alderson de Mr. Robot o Rust Cohle de True Detective; personajes que han escuchado el gruñido de la lechuza, que han visto el Ojo de Dios.

Durante este trepidante descenso al pozo de Demócrito, el autor encuentra en el sarcasmo la mejor forma de exhibir el surrealismo del mundillo literario: La pecera de dios, poemario ganador de un premio nacional que llevó a Nat a presentarse en la FIL de Guadalajara, es una obra primeriza donde la imagen esquizofrénica del autor importa más que la calidad literaria de los poemas; la musa de su segundo poemario es un espíritu llamado Laura que invocó con una ouija; el grupo de escritores decadentes llamado Guillotina, que ve en Nat a una oscura promesa, a una estrella de la mañana, quiere emular los pasos de Baudelaire y Burroughs; su gran salto a la novela es lo que ahora estamos leyendo y analizando bajo el título de su primer poemario…

Pero sobre todo en Nat podemos encontrar el arquetipo del niño en busca de su padre; al joven que padece la grave enfermedad de vivir en nuestros días; al hombre que confunde el amor con necesidad; al artista emergente.

Y en su conjunto podemos ver en La pecera de dios, a través de su grueso y enmohecido cristal, a pequeños organismos que deben alimentarse de hojuelas de poesía y misticismo para evitar ser devorados por una realidad cada vez más insoportable.

Al final, admitiendo que todos somos pesimistas, resulta inevitable pensar que lo que nos cuenta el autor en esta no-novela es una simulación, que el verdadero Nat nunca fue rescatado del anexo por su amigo narcotraficante y sucumbió bajo las botas del padrino Chano, que todo es el alucine de una larga noche de trabajo frente al monitor… pues “la eternidad es un mismo error cometiéndose”. Sin embargo, me quedo con la imagen de Nat saltando de la pecera de dios y llegando a la orilla del mar.


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).
Ilustración de Luis Ham

 

Cuando uno está fuera de
lugar, uno siempre tiene que
estar listo para brincar al lado,
trecho a trecho, en la Nada que
se encuentra precisamente al
lado del fuera del lugar

(Jelinek, 2006, pág. 30)

 

Hay cuerpos que ya tenían largas décadas de esta prolongada escena distópica que hoy se hace evidente por la aceleración sobreexpuesta de lo naturalizado en los modos de vida. Hay cuerpos que se deben proteger, resguardar y salvar. También (como apunta Jelinek, una de esas escritoras que incomodan a muchxs) cuerpos que, acostumbradxs a fuerza de sobrevivencia, han aprendido a habitar en el cambio constante y el caos que representa la incertidumbre.

 

Existen cuerpos que no encuentran seguridad, ni en el hogar construido por la modernidad, ni en las formas institucionales (reales o simbólicas que hasta ahora se habían postrado como benefactoras), porque a cambio de la fuerza de trabajo devuelven dádivas para la subsistencia. De hecho, contrario a lo que se piensa, lo evidente con la pandemia (y, con los tiempos posteriores) es que la posibilidad de la vida no sólo radica en lo fisiológico, sino, sobre todo, en lo económico-social; un lugar ya común en las reflexiones de este siglo, pero pocas veces “ilustrado” bajo esta forma que recuerda a la estética camp.

 

Dudé mucho al momento de escribir esto, intenté, por todos los medios, aliviar las preguntas que me colocaban no sólo en un cuestionamiento, sino, sobre todo, en un dilema ético. Porque, en el fondo, sé reconocer que algunas de las estrategias de sanitización, al menos desde Latinoamérica, nos dejan con los cuerpos expuestos a los regímenes totalitarios. No podía dejar de pensar en lo que pasaría en Chile, por ejemplo, un país con todas las luchas abiertas, con todas las heridas expuestas y con toda su población disidente en las calles. Mientras parecía que, en México, incluso algunas voces “progresistas” apelaban por el disciplinamiento como recurso último para la salvaguardia. Sigo sin poder concebir que se vuelva ley la prohibición al espacio público, me parece que, muy a menudo, lo que se desea en momentos de miedo, puede resultar contradictorio en momentos de calma.

 

Es un virus que “hace llorar a Foucault”, había pensado de forma irónica, porque parece que lo único efectivo es la obligación del confinamiento; pero no es la pandemia, sino la forma social que se basa en el disciplinamiento, más que en la razón afectiva o, como lo denomina Orlando Fals Borda, una práctica sentipensanteque pueda ser congruente con lo cotidiano.

 

Estamos peligrosamente receptivos a la orden de lxs otrxs, porque no reconocemos la voz propia que nos salvaguarda. Y peor, creemos que estamos bajo la idea de una sociedad benefactora, pero pocxs se han preguntado por qué no son tan difundidas las casi nulas propuestas de traducir a los modos de vida de comunidades indígenas que, en México, para 2018, registran la existencia de 68 pueblos y más de 25 millones de personas que se autoadscriben como tal, por lo que representan el 21% de la población total del país; y que conservan formas distintas de agrupación familiar y comunitaria, por lo que deberían existir medidas apropiadas para sus realidades (espacios en los que carecen de agua, formas de agrupación distintas a las mestizas, centros de salud a muchas horas y sin posibilidad de transporte, etc.). Otra deuda del proyecto fallido del capitalismo multicultural. Y otra evidencia de esta fase que algunxs denominan como biocapitalismo.

 

Aquí me gustaría establecer un vínculo con la forma discursiva que ha adquirido el COVID-19, porque, sobre todo, está convertido en signos de circulación que contienen, lo mismo fake news, que cifras, aportes científicos, posturas institucionales, comentarios personales, memes, bromas o hasta canciones. La fase más expansiva del virus está en su contexto de significación: lo comunicable.

 

Tanto asépticxs como escépticxs coinciden en que esta crisis modificará ampliamente los modos de vida y los vínculos más estructurales. Incluso, muchxs de mis pensadores favortixs se muestran optimistas frente a lo que parece una forma de “obturar” el capitalismo y generar espacios resilientes derivados de expresiones comunitarias fuera de la noción de estado (como ya lo practican muchos espacios sociales). Por supuesto, lxs hay menos entusiastas, y yo tiendo a situarme ahí, no sé si por (post)colonizadx o porque mi lectura sobre la “vasija de Pandora” es que ahí se guardaban los peores males del mundo y entre ellos está la esperanza, pero yo guardaría muchas reservas.

 

Otro pensamiento con el que también me he encontrado, ha sido el de especular que la fase del capitalismo por venir sólo agudizará estrategias basadas en la búsqueda de la protección del cuerpo fisiológico; lo que deriva en dispositivos que aumentan la invisibilidad de aquellxs otrxs que quedan al margen del trabajo “intelectual-creativo”. Es decir, una composición social que podría considerar el aislamiento como una estrategia de salvaguardia perfecta frente a un virus o “casi cualquier atentado”; sin embargo, trasladar las formas de producción, distribución y consumo a los espacios virtuales, sólo haría más invisible la necesidad de una mano de obra presencial que, al no estar contemplada como relevante, es más susceptible a ser precarizada.

 

Para exponer un poco más la idea anterior, pensaba que, si algo se ha expuesto en medio de todas las medidas de seguridad recomendadas es la posibilidad de resguardo de algunxs, porque existen otrxs que continúan con la distribución y, más aún, porque han observado en los sistemas de repartición a domicilio, una forma de laborar. Lo que, ni empleadxs por estos medios, ni consumidores observamos a primera instancia es cómo se precariza el trabajo que requiere la presencialidad del cuerpo. Mientras hay quienes pueden protegerse casi al punto de la esterilización absoluta (en su mayoría con algún tipo de seguridad sanitaria social o privada), hay quienes sólo pueden ver en la contingencia, la posibilidad de sobrevivir al (bio)capitalismo y, por supuesto, cumplen con labores que no suelen ofrecer ningún tipo de garantía en sectores de salud.

 

¿El virus replica los formatos de producción, distribución y consumo del capitalismo? O será que, por el contrario, hemos naturalizado, a tal punto, las estrategias económicas que se expresan en un cuerpo que no se desprende de lo fisiológico, por más intentos de salirnos de nuestra condición animal. Hasta ahora, por lo que sabemos, es que la propagación tan acelerada del virus se ha posibilitado por los modos de vida actuales. Si bien, la enfermedad se hace evidente en los cuerpos “más vulnerables”, también se hace más evidente aquella frase que hoy parece sacada del oráculo de Delfos, cuando Marx nos advertía “todo lo sólido se desvanece en el aire”; lo problemático, ahora, no sólo es que se desvanezca sino que se propague y albergue sin reconocer cómo se materializa.

 

Hay un sector, muy probablemente menor (pero considerable en torno a su capacidad de crear posicionamiento discursivo a través de medios digitales), que ha visto la posibilidad de trasladar su entorno laboral a los espacios virtuales, y lo que ha premiado es la “simulación” efectiva de herramientas que posibiliten la continuidad de una vida que no se vea detenida por un momento crítico que, bajo esta posición, encontrará su fecha de término. Algunxs creerían que es momento de agradecer las posturas naif, pero la realidad es que el estado de contingencia había iniciado con los modelos económicos que han desprovisto de lo más elemental a los cuerpos, arrojándolos como “producto de las polarizaciones económicas y el bombardeo informativo/publicitario que crea y afianza la identidad hiperconsumista y su contraparte: la cada vez más escasa población con poder adquisitivo, que satisfaga el deseo de consumo.” (Valencia, 2010, pág. 55), es decir, una escena más del Capitalismo Gore.

 

 

Mientras que Europa observa en esta pandemia una vicisitud sólo similar a la que tuvieron en la Segunda Guerra Mundial (léanse las declaraciones de Ángela Merkel), en Latinoamérica, sólo por mencionar una sección del mundo colonizado, hemos atravesado por conflictos políticos, pandemias y desastres naturales que, al no ser contagiados a otras latitudes, se han invisibilizado. Así son, aunque en narrativas digitales, las memorias débiles y fuertes, de las que habla Enzo Traverso.

 

Hasta ahora, parece que sólo se puede hablar desde la obviedad: se agudizará lo que, desde hace muchos años, se estaba advirtiendo. Se espera; sin embargo, encontrar un lugar para recomponer lo que, de por sí, estaba roto. Esto que aparece como un caos es sólo la imagen aumentada de lo que, por mucho tiempo se hacía evidente y se salía por todas partes. Y sí, también se hace indudable que no hay soluciones refractarias porque, hasta ahora, los aspectos más simbólicos de la vida se siguen planteando como una expansión consecuente a modelos económicos que requieren la conexión que, en algún momento, deja de ser virtual.

 

Si lo que se vive ahora es sólo la expresión de las estrategias bioeconómicas que se han estructurado en las formas del capitalismo tardío/avanzado(Jameson), aún sigo preguntándome por qué, incluso la escena del caos se ve como una representación de las ciudades hegemónicas, evidencia de la pérdida del confort vivido sólo por unxs cuantxs y sostenido por una constante distopía que, lejos de ver su final, podría encontrar un reto más para la resistencia.

 

 

 

 

 


Autores
Maestría en Comunicación y Cultura, Universidad de Buenos Aires. Profesora de asignatura de la UACM y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Colaboradorx del diagnóstico de violencia de género en Ecatepec. Ha diseñado y gestionado: talleres, exposiciones, jornadas, podcast, conferencias y otras acciones para problematizar la naturalización de las prácticas sexo genéricas. Coordinadorx del círculo de lectura “Incomodar el género y descolocar el cuerpo”, Biblioteca Vasconcelos.