Tierra Adentro

I

La ciencia ficción distópica es conservadora. Narrar la nonagésima forma en la que el mundo termina en catástrofe y nos aleja de imaginar las alternativas revolucionarias con las que sí podríamos mejorar el mundo. Además, advertir que el futuro será lo peor imprime inconscientemente la idea de que: “Oye, el presente no es tan malo. No deberías de quejarte. O sea, sí te vigilan, pero esto no es 1984. Sí nos falta en materia de derechos reproductivos, pero esto no es Gilead. Cálmate”.

Ergo, el escritor distópico se engaña con el trip moral de que escribe para criticar y advertir sobre los peligros de estructuras presentes. Pero, en realidad, le confiesa su amor secreto al status quo.

No hay nada revolucionario en escribir distopías. Encima, su estética se fetichiza también. Son otro producto hollywoodense, perfectamente envasable, replicable y comercializable. Sobra con recordar el boom de las distopías juveniles a inicios de la década pasada. Los juegos del hambre era edgy y era cool. Pero, ¿significó algo realmente a nivel de ideas revolucionarias?

Sería difícil responder que sí.

 

II

La literatura de ciencia ficción es escapista. Por eso, los lectores y escritores “serios” la leemos muy poco y la incluimos rara vez en nuestras listas de recomendaciones de lectura.

O sea, se comprende que la ciencia ficción tenga cierto interés, pero es un subgénero. Está targeteada para subculturas de geeks, no para el público en general. Es fantasiosa y, por lo tanto, es más difícil que el público la acoja positivamente porque puede percibir su abordaje como escapista.

Si la ciencia ficción quiere abordar problemas de la realidad, ¿por qué no los aborda de frente, sin metáforas raritas de aliens que nos rompan la verosimilitud a nosotros los normies?

 

III

Espera, ¿me estás diciendo que la ciencia ficción es escapista, aunque su vertiente distópica se la pase imaginando escenarios horribles?

¿Y también me estás diciendo que, aunque te parece que la ciencia ficción no es “para todos”, sí esperas que imagine soluciones verdaderamente revolucionarias para el mundo?

Pero, a ver, dime: ¿es siquiera responsabilidad de la ficción arreglar la realidad? ¿Por qué no le haces ese tipo de exigencias a la ficción realista, eh?

 

IV

Ok, probemos un tercer abordaje.

La ciencia ficción no es escapista ni tampoco es una fetichización catastrófica del futuro. La ciencia ficción es simplemente realista.

Basta con ver la realidad en este momento. 2020. Estamos en medio de una pandemia. ¿Alguien lo vio venir? Sí, precisamente los lectores de ciencia ficción. Nosotros llevamos años ensayando, haciendo terapia de choque anticipatoria para los escenarios más catastróficos. Pero eso no importa. Ahora es real y ninguna ficción nos hizo estar lo suficientemente preparados.

No hace falta ser adepto de Paty Navidad y creer que el virus es un arma creada en laboratorios o que estamos en medio de un experimento de obediencia social para instaurar el Nuevo Orden. No hace falta una teoría de la conspiración para ver por qué esto es distópico.

 

Distopía 2020

Distopía 2020 por Alberto Méndez

 

Estos incidentes víricos van en aumento. Nuestra injerencia, nuestra industrialización voraz del medio ambiente y del mundo animal desata fuerzas que luego se vuelven contra nosotros. El sistema económico necesita producir sin límites para no morirse. Pero la producción sin límites también lo mata.

A lo anterior, sumemos las perturbadoras imágenes de empresarios ganaderos tirando leche por el drenaje. La tiran porque, en medio de la crisis, no se pueden permitir una sobre-oferta que bajaría dramáticamente los precios. Mientras tanto, un montón de gente pierde su empleo, ve agravada su precariedad y pasa hambre… El sistema económico necesita producir sin límites para no morirse. Pero, después de producir, hay que desperdiciar para inflamar un número, para rendirle culto a los precios. El número abstracto es nuestro objeto de adoración y nos importa más que la gente concreta que no puede alimentarse.

Sumemos que la pandemia ocurre después de años en que el neoliberalismo ordena austeridad, recorte del Estado y de los servicios públicos. Para estar sano, el sistema económico exige un sistema de salud escuálido. Si la población muere en una pandemia, son colaterales. Lo importante es salvar al pobrecito sistema económico.

La economía del capitalismo tardío es una creatura distópica en sí misma: los entresijos de su funcionamiento, los sacrificios de sangre que hay que ofrecer para mantenerlo con vida son la revelación que obtienen los personajes al final de la novela, cuando descubren que todo está podrido y que la esperanza se ha perdido más allá de toda imaginación posible.

Ergo, la ciencia ficción distópica es literatura realista. Sentimos que no, porque los directores de arte de Los juegos del hambre no rigen la estética del mundo. Pero es que la realidad es siempre más mediocre que la ficción.

 

V

Si la distopía está aquí y leer ciencia ficción no nos sirvió para advertirnos y evitar su llegada; pero ya tampoco nos sirve para evadirnos de la realidad, entonces, ¿de qué puede servir la ciencia ficción en plena pandemia del 2020? (Digo, ya que estamos con la idea de encontrarle utilidad a la literatura porque, aun si no sirviera de nada, también sería maravillosa).

Quiero pensar que al menos la ciencia ficción distópica nos ha servido para aumentar nuestra reserva de metáforas. Si la literatura es una linterna que ilumina partes de la realidad y de nosotros mismos, entonces quizás, gracias a ella, al menos disponemos de metáforas que nos ayudan a iluminar esta situación: a entendernos mejor a nosotros mismos dentro del desastre.

Pienso en dos grandes obras que versan sobre desastres de orden planetario o incluso cósmico. Una es la monumental, total y gloriosa a la par que terrible trilogía de Los Tres Cuerpos de Liu Cixin. La otra es Cloud Atlas, de David Mitchell, también monumental, pero más un obelisco discreto que una montaña inconmensurable.

Ambas obras se parecen en que son espirales. La obra de Liu Cixin es una espiral ascendente: una espiral de arrasamiento. Comienza con la modesta amenaza de la Revolución Cultural de Mao Tse-Tung para los intelectuales chinos, pero de ahí asciende, arrasándolo todo, hacia la amenaza de autodestrucción ecológica, la amenaza de un culto que odia a la Tierra, la amenaza de una civilización alienígena muy superior a nosotros, la amenaza de la depredación a nivel cósmico y termina con una amenaza latente e imparable que acabará por desarticular las leyes físicas del universo.

 

LA TRILOGÍA DE LOS TRES CUERPOS | Cixin Liu

LA TRILOGÍA DE LOS TRES CUERPOS | Cixin Liu

 

En el primer libro, Liu Cixin te hace pensar que te habla del Homo homini lupus y de la depredación hacia la Tierra. Pero no. Cixin te muestra que el Homo homini lupus es una realidad y una tragedia cósmica. No es como quieren los new age: no hay aliens buenos que nos enseñarán a vivir en armonía y dejar de matarnos por los recursos. La ley del universo es la depredación: el Dark Forest, como se nombra al concepto dentro de la trilogía.

El Dark Forest lo permea todo. A escala cósmica, la depredación tiene límites cósmicos. No es solo que los humanos destruiremos la Tierra. Ahí no acaba: el universo entero colapsará porque ninguno de sus muy diversos habitantes puede trascender la depredación.

La trilogía de Los Tres Cuerpos es, si se quiere, una obra profundamente pesimista. O un poco optimista. El tercer libro, que es el más oscuro, también es el que más desborda momentos de ternura y amor.

Pero, al final,  es una obra que nos demuestra que los humanos nunca aprendemos nada.

 

VI

En medio de la pandemia, se mezclan muchas emociones. En parte, queremos volver a la normalidad: salir a la calle, reunirnos cara a cara con familia y amigos, dejar de sentir incertidumbre.

Del otro lado, está el sentimiento woke de que volver a la normalidad tampoco es deseable. Porque, ¿cuál normalidad? La normalidad de la depredación y el sistema económico nos trajo hasta aquí. No debemos añorar una normalidad tóxica, lo que necesitamos es subvertirla. Sentimos esperanza de revolucionarnos y salir con un mundo mejor luego de la crisis.

Al mismo tiempo, tenemos miedo de que ese mundo mejor no se logre: de que a ninguno se nos ocurra cómo ser mejores humanos. El miedo a no poder ser mejores humanos.

¿Y, si ante nuestra pasividad e incompetencia, no solo no salimos mejorados de aquí, sino que todo empeora? ¿Y si la crisis económica y social post-coronavirus se convierte en la excusa para medidas que atenten aún más contra los derechos humanos?

Por otro lado, hiede por ahí ese sentimiento eco-fascista. Ya saben, hablo del tuitero o del amigo (o de esa parte secreta de nosotros mismos) que dice: “¿Ya vieron cómo se recuperó Venecia? ¿Ven cómo los humanos sí éramos el virus?”

También está el eco-fascismo soft. Esta tendencia se manifiesta en la convicción de que la pandemia está aquí para enseñarnos algo. Debe enseñarnos a repensar la economía y la explotación, a ser más conscientes con todo y a ser veganos. Este es un pensamiento casi religioso: es ver el sufrimiento de la pandemia como purificación. Es la versión laica de quienes creen que el COVID-19 es una llamada de atención divina y que no saldremos de aquí hasta que nos arrepintamos de haber destruido a la familia tradicional.

Queremos aprender algo de la crisis y queremos que la crisis nos deje algo de provecho para nuestra evolución como especie. Pero, en la trilogía de Los Tres Cuerpos, a la humanidad le pasa literalmente de todo en un lapso de cientos de años y Nunca-Aprende-Nada. El universo tampoco aprende. Es una espiral en la que todo cambia, pero el espíritu se mantiene continuo.

Por eso la equiparo con Cloud Atlas. Esta novela de David Mitchell también es una espiral, pero es una espiral que se contrae y se vuelca hacia adentro.

Cloud Atlas no empieza con una trama distópica. O quizás sí. También es posible afirmar que son seis noveletas distópicas que se eslabonan una con otra en el tejido del tiempo. Solo que las primeras cuatro plantean distopías aparentemente abolidas en el pasado o asimiladas como parte de la realidad presente.

No notamos que David Mitchell nos ha narrado distopías todo el tiempo hasta que nos cuenta la historia de Sonmi~451, la clon que fue diseñada para ser mesera y nada más: servir y morir; su explotación justificada porque es un clon inhibido de desarrollar personalidad propia. Sin embargo, Sonmi asciende, es decir: su consciencia plenamente humana se despierta.

Ver la esclavitud de los clones y el sistema corporatocrático en el que las empresas son prácticamente religiones nos estremece.

Sin embargo, David Mitchell ya nos había hablado, en la primeara historia, del sistema esclavista que sufrían las personas de color. En la segunda, nos habló de la segregación a las minorías sexuales. En la tercera, de la impunidad y el poder desmedido con el que el dinero silencia a quienes dicen la verdad. En la cuarta, de la exclusión silenciosa, pero sistemática hacia los ancianos y quienes “no son productivos”. Para culminar, después de la distopía de los clones, la sexta historia plantea un mundo primitivo, lleno de violencia tribal, habitado por los supervivientes al colapso de la Tierra.

La distopía es la constante. A las personas de la historia número cuatro jamás se les ocurriría afirmar que las personas de color han nacido para ser esclavizadas. En el 2020, decirlo tampoco sería apropiado. Porque parece que nuestra consciencia colectiva crece, que la esfera de quiénes son sujetos de derecho se expande y que nunca volveremos atrás. Sin embargo, la historia de Sonmi (ubicada en un futuro no muy distante) prueba que no. Nuestra consciencia no se expandió nunca. Nuestro único avance como especie ha sido refinar nuestra forma de hacernos daño.

 

Cloud Atlas de David Mitchell

Cloud Atlas de David Mitchell

 

 

En Cloud Altas, los humanos aprenden a crear clones cuya humanidad es reducida objetivamente. Así, pueden confinarlos a labores de servicio y no sentirse mal por ello. La discriminación es científica y justificada. Aprenden esa tecnología, pero sobre la vida, sobre lo importante, Nunca-Aprenden-Nada.

Igual que en la trilogía de Liu Cixin, el espíritu humano permanece continuo.

Esto no es de extrañar, ya que el tema que subyace a la obra de David Mitchell es precisamente la continuidad de la experiencia humana.

Una y otra vez somos los mismos.

Quizás ese es el extraño consuelo que pueden darnos estas obras catastrofistas en tiempos de pandemia.

No sabemos si, tras el COVID-19, emergerá un mundo mejor. Quizás los new age no se equivoquen y alguna vez trascendamos nuestra proclividad a ser lobos de nosotros mismos. Quizás emerja un mundo mucho peor y todos nuestros miedos estén justificados.

Quizás, todo siga igual. De nuevo un capitalismo que seguirá desmoronándose de formas cada vez más estrepitosas. Quizás, unas pocas cosas cambien para bien o para mal.

No lo sabemos. Pero lo que estas obras de ciencia ficción distópica y catastrófica nos dicen es que habrá cierta continuidad. Quizás para eso las escribimos. Para eso imaginamos tantos escenarios horripilantes: para testearnos una y otra vez y darnos cuenta de que, aun en el momento más oscuro, nos seguimos reconociendo.

Nos reconocemos en lo peor de nosotros, pero también en lo mejor. Los actos de amor y de bondad que reconocemos como humanos: la amistad, el compañerismo, la lealtad y la compasión también tienen continuidad en nosotros.

Esa recurrencia sucede también en Cloud Atlas: en cada historia hay una situación de abuso distópico. Pero también hay al menos un personaje que elige hacer lo correcto, que es fiel a algo más grande, que exalta lo mejor del espíritu humano e inspira a otros.

Quizás para eso nos sirve la ciencia ficción justo ahora: para mantener la continuidad. Para recordarnos que hemos vivido escenarios mucho peores en la ficción y no hemos dejado de ser humanos.

Tal vez, en un mundo que cambia de formas que todavía no alcanzamos a comprender, lo que necesitamos es justo eso: un poco de continuidad y de fe en nosotros.


Autores
Guadalajara, 1991) fue beneficiaria de la emisión 2016-2017 del PECDA Jalisco, apoyo con el que escribió el libro de cuentos Noche de pizza con mi villano (Editorial Dreamers, 2019). Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Jesús Amaro Gamboa 2018 y ha publicado en medios como Revista Marabunta, Cantera Malaquita y Pliego 16. Actualmente trabaja en su primera novela.
Estación del metro Ecatepec.

En enero escuché por primera vez del Coronavirus, pero no lo tomé en serio hasta el 23 de marzo, que comencé a tener fiebre, cuerpo cortado, tos y dolor de cabeza. Por lo general no me gusta tomar medicamentos cuando tengo un resfriado, pues se me quita en tres días aproximadamente. Pero esta vez en verdad me sentí muy mal y decidí automedicarme. Creí que un antigripal (clorfenamina compuesta) me quitaría los malestares; sin embargo, después de varias horas, los síntomas persistieron. Mi preocupación aumentó al recordar las noticias que había estado escuchando. Recordé que el gobierno de la CDMX había activado un sistema de mensajes SMS COVID-19 para personas con posibles síntomas, y les escribí. Me hicieron responder algunas preguntas:

SMS COVID-19

SMS COVID-19

 

 

Después de eso recibí una respuesta que no me tranquilizó.

rt

 

Una de las preguntas que más me perturbó fue si había estado en contacto con personas que tuvieran COVID-19 y de inmediato pensé en mi amigo José Luna, que recién había regresado de Europa. Ocho días antes de comenzar a tener los síntomas, nos vimos en un pequeño local llamado La Vecindad, que está en la calle de San Jerónimo, en el centro de la CDMX. El lugar es tan pequeño que las mesas tienen una distancia mínima entre ellas y resultó inevitable escuchar las pláticas de los demás.

Entre cervezas se escuchaban teorías sobre el virus, algunos hablaban de una conspiración por parte del gobierno; alguien mencionó que un primo, que es doctor, le había dicho que todo era mentira; otros discutían sobre si el origen de la pandemia era chino o norteamericano. Yo molestaba a José, diciéndole que solo regresó a México para traernos el virus y matarnos a todos. Le cuestionaba burlonamente a qué chingados había regresado, si sabía cómo estaban las cosas, que mejor se hubiera quedado allá. Un trago a la cerveza y una pregunta más ¿por qué no me había dicho que recién había llegado? Que de haber sabido ni lo veía.

José me tocó el hombro diciendo que ahora ya estaba infectado, que no había más de qué preocuparse, pues sería uno de los primeros en enfermar. Me platicó sobre las bromas que le hicieron en el trabajo y cómo lo habían mandado a descansar hasta que estuviera seguro de no estar contagiado. Luego de eso, en un tono serio, me dijo que no se percató de la gravedad del asunto en el par de países que visitó (España y Alemania); “ni siquiera en los aeropuertos noté algo extraño o distinto a lo de siempre”. Únicamente recordaba que cuando llegó a la Ciudad de México, vocearon a ciertos pasajeros para hacerles una inspección sanitaria en una carpa inflable y transparente. A él no se le aplicó ningún protocolo, ni pasó por algún filtro sanitario, o al menos no se dio cuenta.

Pensé en cómo cada una de esas circunstancias me habían expuesto a un posible contagio del virus: el amigo que llegó de Europa, la cercanía con tantas personas y la falta de medidas de higiene en casi todos los lugares en los que estuve. El 23 de marzo en la conferencia vespertina sobre el COVID-19, se anunció la cuarta defunción en el país por esa causa.

Volví a sentir ansiedad y al día siguiente decidí ir al IMSS. Me recibieron fuera de mi horario porque llevaba temperatura, dolor de cabeza y tos; la enfermera fue indiferente como normalmente suelen comportarse, pero cuando tosí me tomó los signos para registrarlos y notó que mi temperatura era de 38.2°, fue entonces que me cuestionó sobre si había viajado a alguno de los países europeos con mayor contagio o algún país asiático, le respondí que no.

En seguida vino la pregunta de si había tenido contacto con algún diagnosticado, le dije que un amigo que recién había visto estuvo en Madrid. Con cara de fastidio me cuestionó si lo habían diagnosticado positivo de Coronavirus, respondí que no. Me estiró la mano con mi carnet y me mandó al área de enfermedades respiratorias.

Busqué entre los pasillos hasta que encontré una cartulina que indicaba que había llegado a mi destino. Era una sala improvisada con varios pacientes tosiendo, solo un par traían cubrebocas. En la recepción de la sala, una mujer reclamaba que atendieran pronto a su marido pues decía tener muchas dificultades para respirar.

Después de un par de horas esperando, llegó mi turno. Un apresurado doctor miraba su reloj mientras me hacía las mismas preguntas que los SMS y la enfermera. Revisó mi garganta y la respuesta fue la misma: que no podían realizarme la prueba porque no viajé, ni estuve en contacto con personas diagnosticadas. Me recetó paracetamol. Pero ni el medicamento, ni las palabras o negaciones de los médicos me ayudaron, empecé a sentir mucho miedo de estar infectado.

La información que daban en las conferencias vespertinas me ayudaba a calmarme un poco y afortunadamente el gobierno de la CDMX, como mencionaron en los primeros mensajes de texto, se comunicó conmigo a los tres días:

smsc

Las preguntas dejaron de llegar y no me daban nueva información. Los síntomas continuaron a pesar del medicamento.

Mientras contestaba las preguntas recordé nuevamente a José, no habíamos vuelto a hablar desde aquel día en que lo vi en La Vecindad. Supuse que si estaba enfermo o con síntomas ya me habría dicho, pero mi preocupación hizo que quisiera llamarle para preguntar cómo iba. Sería difícil, nuestra amistad se basaba en bromas sobre circunstancias que nos avergonzaban o podrían avergonzarnos, además, nuestra última charla estuvo llena de burlas y especulaciones sobre un fin apocalíptico gracias al Coronavirus que veíamos tan lejano. Quizás esta vez perdería mi dignidad por preocuparme de más, pero tenía que hacer la llamada y sentirme seguro de que yo no estaba infectado. Me arriesgaría a sufrir la burla, pues mi cerebro se seguía llenando de preguntas: “¿y si está enfermo y no me dijo?”, “¿si ya está en el hospital?”.

 

La pena

Tengo la necesidad de sentir certidumbre sobre mi entorno y sobre la mayoría de las cosas que me rodean o hago. Esta vez el posible contagio me hacía sentir vulnerable, las circunstancias me ponían lejos de poder controlar la situación, sabía que expresar mi duda me pondría a disposición del humor negro de mi amigo.

No estaba seguro de hacer la llamada, pero quería tener la certeza de que José no tenía el virus, de que yo estaba bien. Marqué y contestó enseguida, no sabía por dónde llevar la plática para plantearle mi posible infección, pregunté por algunos amigos en común y al fin salió el tema de la pandemia. Vi la oportunidad de platicar sobre mis síntomas y preguntar si él no había presentado algún malestar.

Su tono de voz se volvió serio y me dijo que estuvo en cama algunos días, me sentí horrible, pero luego terminó diciendo que se mejoró en un par de días. Él cree que solo fue por la reacción de unas vacunas que le aplicaron al llegar a México. Respiré y sentí un poco de calma, al menos el que podía ser mi principal transmisor parecía no estar infectado. Cambiamos de temas: el trabajo, la casa, la familia, cómo todo se derrumba de a poco.

Por la tarde recibí un mensaje de Miguel, con información de personas que tenían el virus pero que eran asintomáticas, “me la pasaron los compañeros del trabajo”, mencionó. La incertidumbre volvió a cobrar fuerza en mí. Miguel es un amigo, profesor de universidad, con el que me reúno frecuentemente. Le llamé y hablamos del tema; discutimos de la gran diferencia que hay entre el gobierno de la CDMX y el del Estado de México, en cómo afrontaba cada uno esta situación, pues a pesar de la información que circulaba por varios medios de comunicación no toda la gente acataba las medidas pertinentes, en varias charlas se podía escuchar “a poco tú conoces a alguien que de verdad lo tenga”, esto puede ser la traducción de “si no lo ves, no existe” y es la idea que pareciera reinar en la periferia de la ciudad, Ecatepec y Neza, que es donde vivimos.

Mercado de Ciudad Azteca.

Tianguis de Ciudad Azteca.

Le comenté mi experiencia al salir de casa, pues tenía que regresar unos libros a la Biblioteca Vasconcelos, eran los últimos días de marzo. Las medidas sanitarias aún eran mínimas, ya había menos gente en la calle y el uso de cubrebocas no era tan común, decidí utilizarlo por precaución.

Al salir de casa, me encontré con un par de niños jugando al fútbol, “tiene Coronavirus” gritaron señalándome y comenzaron a reír, entendía que para ellos era algo extraño y cómico. Pero en el trayecto de CD Azteca a Buenavista tuve que quitármelo ante miradas, susurros y algunas risas descaradas que se referían a mi aspecto, sentí incomodidad y temor de estar haciendo el ridículo.

Un par de sujetos que iban de pie me miraban y más adelante, antes de bajar del vagón comentaron “qué exagerado”; algunas estaciones después subió una pareja, se sentaron a unos cuantos lugares de mí y sus miradas de extrañamiento me acompañaron durante varios minutos.

En medio del tumulto las personas toman valor, es difícil identificar quién se ríe o quién ha dicho alguna cosa, se pierde la individualidad; la gente se convierte en una masa amorfa de varias cabezas. Pero esta vez la distancia entre las personas permitía la minuciosidad de las miradas y exaltaba esa extraña sensación de saberte observado.

Estación del metro Ecatepec.

Estación del metro Ecatepec.

En ese trayecto me sentí estúpido al usar cubrebocas, pero todo cambió cuando salí de la estación Buenavista y me encontré parado en uno de los lugares más concurridos de la ciudad. En esa terminal convergen el Tren Suburbano, distintas líneas del Metrobús y la plaza Forum Buenavista. Al ver tanta gente pensé en no volver a exponerme ni dejar de utilizar el cubrebocas. Mientras caminaba en dirección a la biblioteca me iba encontrando con más personas que lo utilizaban.

Terminé de contar lo sucedido a Miguel y antes de colgar comenzaron las bromas, me decía que tendríamos que dejar de frecuentarnos por un tiempo, que debía asegurarme de no estar “contagiado” (con voz de burla), y que esperaba que me curara pronto del Coronavirus. Le recordé que nos habíamos visto hace algunos días y que, en caso de estar infectado, él también lo estaría. “Estás loco yo no tengo nada”, dijo con una voz de preocupación. Le respondí que en ocho días él comenzaría a mostrar síntomas, número que inventé en el momento, pues sabía que a él le preocupaba infectarse del virus. Después de unos minutos de molestarlo colgamos.

Mi fiebre empeoró, el dolor de cabeza no cesaba, el cuerpo cortado aparecía y desaparecía con una irregularidad desesperante. Hice una nueva visita al médico, ahora buscaba la tranquilidad en un hospital particular. El resultado fue el mismo cuestionario hecho ahora con un doctor pagado, mejor atención, una sala de espera despejada, amabilidad y atención más personalizada arrojaron el mismo resultado: no podían hacerme la prueba. La incertidumbre me afectaba más que los síntomas. La indicación fue seguir con el paracetamol, agregar el diclofenaco y permanecer en casa.

Dos días después, Miguel llamó para saber cómo seguía, intercambiamos algunas palabras serias, me dijo que me cuidara y luego vinieron sus burlas: ser hipocondriaco fue una opción que mencionó en la charla. Antes de colgar y como prediciendo su futuro, le recordé que le quedaban cinco días para que comenzara a sentir los primeros síntomas de la enfermedad que le había transmitido.

 

¿Hipocondríaco?

Las llamadas con Miguel parecían tener un guión: comenzábamos con mi estado de salud, seguido de platicar sobre actividades que se podían hacer en el encierro, presumir proyectos caseros y comentar lo que pensábamos de la pandemia. Él era incisivo con mi “falsa infección” y yo con su enfermedad que comenzaría en cuestión de días.

Una semana después marqué a Miguel, lo primero que le dije fue “Hola, hoy es tu último día sano”, contestó con un “vete a la chingada”. Yo también estaba cansado de la broma. Mi salud mejoró, ya no tenía dolor de cabeza, la fiebre aparecía muy esporádicamente y la tos cesó mucho, pero mi pecho estaba cansado y adolorido.

Los días que “había predicho” para la enfermedad llegaron a su fin. Conociendo a Miguel, me marcaría por mañana para alardear de que se encontraba con excelente salud. La llamada no llegó y en la tarde fue mi turno de marcar, no contestó. Por la noche se comunicó. Cuando contesté, estaba listo para las burlas sobre mi falsa predicción.

Lo primero que le dije fue “bienvenido al mundo del Coronavirus”, él ignoró mi comentario y me dijo que no me había podido contestar porque llevaba toda la tarde dormido, al medio día había ido al doctor porque tenía mucho dolor de cabeza y fiebre. Me burlé, creí que bromeaba, pero me mandó foto de la receta. Le dijeron que tenía una infección en la garganta. Me preguntó con una voz llena de inseguridad si creía que José se había contagiado en su viaje a Europa, si yo creía haber estado contagiado. Le contesté que no, que José no había tenido síntomas. Aparecieron los silencios incómodos, recordé mi llamada a José, parecía repetirse la historia, podía percibir en Miguel que se había infectado de la incertidumbre.

Hablamos de la necesidad de intentar guardar la calma. Le dije que lo mejor que podía hacer era mantenerse aislado. Me dijo que intentaría llamar a la línea que habían dispuesto para los posibles infectados y ver si lograba que le hicieran la prueba. Le dije que yo no lo conseguí. Me preguntó cómo me sentía, respondí ya sin el tono de burla: “Yo estoy mucho mejor”. Hablamos sobre las posibilidades de recuperación si es que estábamos enfermos, su ánimo mejoró. El dolor de cabeza lo atacó de nuevo y nos despedimos, preguntó una vez más sobre José y colgamos.

Al finalizar la llamada, pensé en que no puedo saber si José es una de las personas asintomáticas. Tampoco sé si realmente yo estaba contagiado, o si desarrollé esos síntomas porque me convertí en hipocondríaco, o simplemente fue una infección bacteriana.

Conociendo a Miguel, sé que le transmití una duda que ahora él comienza a experimentar gracias a todo lo generado por este virus que nos ha venido a robar la tranquilidad. La dificultad de enfrentarse con algo que no ves y que no te deja tener la certeza de si estás o no infectado, complica mucho la situación.

Ahora mi salud está recuperada, pero sigo sin sentirme a salvo, las medidas sanitarias se han endurecido y el aislamiento es la mejor manera de mantenerse lejos del virus. Una de las posibilidades es que no me contagié y que esté en peligro de hacerlo cuando salga a comprar algo de lo necesario para sobrellevar la cuarentena y si fuera el caso de ya haber estado enfermo, siempre existe la posibilidad de que mi cuerpo no haya generado la inmunidad. De cualquier manera, el virus nos tiene en un constante estado de incertidumbre. Solo me queda tomar las precauciones necesarias y esperar a que la situación mejore y que con ella regrese mi sensación de seguridad.


Autores
José Alberto Méndez Severiano, Estado de México (1986). Estudia la carrera de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Participó en el compilado de minificciones "Mínimas perdurables" publicado en colaboración con la Secretaría de Cultura, también ha participado en la revista Cultura Urbana.
Ilustración por Mariana Martínez

Fue hace siete muy francesas décadas. Era la noche del 11 de mayo de 1950, en el interior de un pequeño teatro francés, con muy poco público francés, sentados todos ellos en asientos franceses, esperando a que se levantara un telón francés, en el 5 arrondissement de París, Francia. 

 

No era un lugar lujoso como esos que acostumbran los franceses educados burguesamente por la Comedia Francesa. Era una de esas pequeñas salas de teatro francés, para intelectuales franceses, y uno que otro francés, despistado, que no tenía gran cosa que hacer. 

 

La obra, francesa, que se representaba era la primera obra de un escritor franco-rumano llamado Eugéne Ionesco. El muy francés nombre con el que se anunciaba en las calles francesas de París, Francia, era La Cantatrice Chauve, lo que quiere decir, en francés, “La Cantante Calva”. A su muy francesa manera, esta obra francesa de teatro francés contemporáneo cambiaría al mundo… mucho más allá de Francia. 

 

Y todo empezó con una imaginación francesa de lo que era ser inglés: 

 

“Interior burgués inglés, con sillones ingleses. Noche inglesa. El Sr. Smith, inglés, fuma su pipa inglesa y lee un periódico inglés, cerca de una chimenea inglesa. Tiene lentes ingleses, un pequeño bigote gris, inglés. La Sra. Smith, inglesa, se acomoda los zapatos ingleses. Un momento de silencio inglés. El reloj suena diecisiete golpes ingleses.”

 

Esta es la primera didascalia de La Cantante Calva. Las indicaciones muestran algo que se perfila como revolucionario: la obra juega con el límite de la lógica, el sinsentido y el absurdo en un lenguaje extremadamente codificado, como es el lenguaje teatral. A partir de La Cantante Calva, mucho más allá que con los intentos surrealistas de Guillaume Apollinaire (que creará escándalo, tres décadas después de su muerte, con la muy militante obra surrealista Les Mamelles de Tirésias), el teatro francés sintió una sacudida dura y considerable. 

 

El teatro del absurdo brilló fuerte y se apagó rápido. En 1950, cuando se representó por primera vez La Cantante Calva o en 1953 cuando se representó por primera vez Esperando A Godot de Samuel Beckett, este era un teatro contestatario que se separaba, radicalmente, del teatro burgués de la Comedia Francesa, del teatro popular realista del TNP y, por supuesto, del teatro marxista, ideológico, fuertemente contestatario, de Brecht. Entre estas tres corrientes dominantes, el teatro del absurdo no era casi nada, un pequeño movimiento de protesta intelectual, una idea poco comprendida. 

 

Para 1960, el teatro del absurdo era ya el rey de las representaciones parisinas, viajaba por el mundo y sus autores acabaron consagrados. En 1969, Beckett recibió el Premio Nobel de Literatura y en 1970, Ionesco entró a la Academia de la Lengua Francesa. El teatro de vanguardia, el teatro de propuesta radical, de deformación del lenguaje, del absurdo, se había canonizado.  

 

La lucha del absurdo se apagó en la normalidad, pero sus sueños siguieron repercutiendo en el mundo literario y en las escenas. A pesar de que el absurdo ya se considera un movimiento crítico para el estudio académico, algo pasado y superado, ciertas obras siguen teniendo repercusiones duraderas. Desde 1957, en el teatro de la Huchette, La Cantante Calva está, ininterrumpidamente, en cartelera. 

 

¿Pero por qué es tan importante esta obra y cómo ha sobrevivido tanto tiempo?

 

Calva cartel

 

El teatro espejo

 

En la Europa del siglo XVIII se gesta un profundo cambio cultural, social y político. Una nueva civilización surge, una nueva clase dominante, una nueva forma de gobernar alrededor de la figura del hombre, del individuo, de sus derechos, de la razón. Se trata, claro, de la burguesía, una clase que empieza a tener, como diría Robert Abirached, “el poder intelectual, el dinamismo moral y, cada vez más, el poder económico necesario para realizar su proyecto.” 

 

En medio del auge de la burguesía, el teatro en Francia se cerró sobre sí mismo. Los espectadores, ahora los reyes del poder económico que mueve al teatro y el centro mismo de todo el valor de entretenimiento que lo mantiene, reclamaron ciertos comportamientos, actitudes y temas. El público burgués, a través del contrato que le permite pagar el dinero de las entradas, exige cierto contenido: en el teatro quieren ver sus propios comportamientos, sus actitudes y sus temas. 

 

El teatro se modifica físicamente para lograr un mejor efecto de espejo, para que el espectador sienta que, en la escena, está viendo las escenas idealizadas de su propia vida. Las luces en la sala se apagan y la escena se separa de los espectadores por un muro invisible, la cuarta pared que deja observar un cuadro de realidad verificable. Al mismo tiempo, éste es un espejo tramposo: refleja idealizando, distorsiona siempre favorablemente. A la manera de los espejos en las ferias que regresan reflejos de figuras esbeltas frente a cuerpos descuidados, la escena burguesa regresa el reflejo moral de una sociedad idealizada.

El teatro se estanca en su propia fascinación y el público repite al infinito las escenas de sus propias expectativas. Se impone la mímesis burguesa que dice en la sala de teatro: “lo que van a ver es una realidad, sumérjanse en ella, déjense llevar por la ilusión”. Así, en una obra de Ibsen, cuando alguien toca a la puerta, está tocando una verdadera puerta. Para los dramas burgueses, cuando suena un teléfono, hay un teléfono en la escena que suena y debe contestarse. Las cosas son lo que señalan, el mundo que aparece en escena significa nuestro mundo; o, al menos, el mundo de la realidad burguesa del momento. 

 

La escena se llena de figuras de familia, historias de dinero, de comerciantes en problemas; y el orden se restablece siempre en el matrimonio, en la fortuna restaurada, en el éxito mercantil. El público se divierte y se instruye en este teatro del conformismo en el que se espera anticipadamente un resultado siempre halagador, siempre conservador, siempre idéntico. 

 

Frente a este teatro de lo mismo, surgieron dos figuras titánicas. Hablamos, claro, de Antonin Artaud y de Bertold Brecht. Pero Artaud nunca logró transformar al teatro desde dentro y sus conceptos acabaron siendo un apéndice académico de mucho valor teórico y de poca aplicación práctica. Por su parte, Brecht quedó relegado a su muy específica lucha política y, fuera del certero valor artístico, literario y teatral de sus representaciones, muchos lo encasillan dentro de la puesta en acción ideológica. 

 

Por otra parte, tanto Cocteau como Anouilh, Sartre, Camus, Giraudoux y Montherlant, para nombrar a los más reconocidos, se mantenían en los márgenes seguros de un tipo de representación convencional. Por más que sus temas fueran violentamente contemporáneos, ninguno atacó la forma teatral. Todo ellos, pues, utilizaban viejos preceptos para decir nuevas inquietudes. Nada tan radical como Artaud o Brecht, nada tan relevante, para la historia futura del teatro, como lo que sucedería en 1950 con esa pequeña representación de La Cantante Calva

 

La cantante calva se sigue peinando igual

 

En 1948, Ionesco no pensaba convertirse en un escritor de teatro. De hecho, el teatro le parecía bastante aburrido o francamente molesto. Lo suyo, más bien, era estudiar. Desde que era pequeño, pasó su vida entre Francia y Rumania. Estudió la lengua francesa y se interesó enormemente en la literatura. Su padre, un hombre militar y autoritario, siempre quiso que fuera ingeniero. 

 

En Rumania, escribe crítica literaria con la que sorprende a muchos por su elocuencia y sagacidad. Da clases de francés, se casa, crea toda una vida en Bucarest. Sin embargo, para escapar del tenso ambiente en la Rumania de los años 30, el joven escritor toma una beca de doctorado para estudiar los temas de la muerte y el pecado en la literatura moderna a partir de Baudelaire. 

 

Cuando termina la guerra, Ionesco pierde su trabajo como periodista, desde Francia, para diarios en Rumania, y termina fungiendo como corrector de libros de derecho. Con este trabajo mecánico, terriblemente aburrido, Ionesco y su esposa apenas logran sobrevivir. Pero fue en estos años cuando, de pronto, el futuro miembro de la Academia Francesa se encontró con algo que cambiaría su vida: un manual para aprender inglés llamado Assimil. 

 

Como todos los manuales para aprender idiomas, el manual Assimil juega con conversaciones sencillas, hechas a propósito para transmitir las fórmulas esenciales de la lengua; fórmulas que siempre están en el registro de lo permitido, de lo elevado, de lo socialmente respetable; fórmulas que, en su generalidad plástica, bien pensante, agradable y educada, muestran un ideal muerto de la lengua en acción, la lengua pensada como debería ser siempre, la lengua rígida de marionetas didácticas. 

 

Ionesco tiene, entonces, un manual de conversación para aprender inglés, y en su tiempo libre se dedica consitentemente a copiar las frases prefabricadas del material didáctico. Copia y copia frases, conversaciones entre personajes anónimos, muy ingleses, que hablan de acuerdo a la lección por aprender; que se señalan a sí mismos para que él aprenda pronombres; que valoran todo para que él aprenda adjetivos; que describen la casa que habitan para que él aprenda sustantivos; qué es una puerta, una ventana, una sillón, la mesa de noche.

 

Ionesco escribe estas conversaciones para luego aprenderlas de memoria. Sin embargo, cuando las vuelve a leer, algo mágico sucede. Un extrañamiento único, una realización brutalmente honesta: estas frases tienen un cargado sentido de obviedad. Lo que se dice aquí es ridículo, porque es necesario. 

 

“Concienzudamente, copiaba, para aprenderlas de memoria, estas frases de mi manual.” Cuenta Ionesco. “Al releerlas atentamente, no aprendí el inglés, pero aprendí algunas cosas sorprendentes: que hay siete días en la semana, por ejemplo, cosa que ya sabía; o que el piso está abajo y el techo está arriba, cosa que también ya sabía, tal vez, pero que no había considerado seriamente o que había olvidado y que me pareció, de pronto, tan impresionante como indiscutiblemente verdadera. Tengo suficiente agudeza filosófica para darme cuenta que, lo que copiaba en mi cuaderno y repetía, no era frases inglesas y su traducción francesa, sino verdades fundamentales y constataciones profundas.”

 

Para la tercera lección de este manual de inglés, Ionesco se encontró con pequeñas representaciones, dice él, con sorna, basadas en una especie de mayéutica platónica. Así, aparecieron personajes que intercambiaban diálogos para demostrar un punto. 

 

“A partir de la tercera lección, aparecieron dos personajes que no sabía si eran reales o inventados: el Sr. y la Sra. Smith, una pareja inglesa. A mi enorme sorpresa, la señora Smith le explicaba a su marido que tenían varios hijos, que vivían en las afueras de Londres, que sus nombres eran Smith, que el Sr. Smith trabajaba en una oficina, que tenían una trabajadora del hogar que se llamaba Mary y también era inglesa, que tenían, desde hace veinte años, amigos llamados Martin, que su casa era un palacio porque ‘la casa de un Inglés es su verdadero Palacio.’”

 

A partir de la quinta lección, la cosa se puso bastante seria, y aparecieron los famosos Martin para intercambiar diálogos que no nada más mostraban verdades axiomáticas de una manera peculiar, sino que empezaban a enlazar problemas más complejos, frases más abstractas, verdades menos evidentes. 

 

“Para la quinta lección, los amigos de los Smith, los Martin, llegaban; la conversación empezaba entre los cuatro y, sobre los axiomas más elementales, se edificaban verdades más complejas: ‘El campo es más tranquilo que la gran ciudad’ afirmaba unos; ‘sí, pero en la ciudad la población es más densa, hay más tiendas’, replicaban los otros, lo que es verdad y demuestra, además, que verdades antagónicas pueden muy bien coexistir.”

 

Ahí, de pronto, Ionesco tuvo una revelación profunda que lo llevó a superar la discreta meta de aprender inglés para lograr algo mucho más ambicioso: transmitir las verdades absolutas de los Smith y del Martin a un público cada vez más grande. Alguien tenía que decir, finalmente, que el techo estaba arriba y que el piso seguía abajo. 

 

Inmediatamente, Ionesco pensó en el teatro, porque todo esto ya era teatral. El teatro son diálogos y, entre las frases que copiaba con tanta diligencia, todo era diálogo. 

 

“Escribí entonces La Cantante Calva que es una obra de teatro específicamente didáctica.” Explica Ionesco. “Toda una parte de la obra fue construida poniendo, una tras otras, las frases que tomé de mi manual de inglés; los Smith y los Martin del manual son los mismos Smith y Martin de mi obra, son los mismos, pronuncian las mismas frases, hacen las mismas acciones o ‘inacciones’. En todo ‘teatro didáctico’ no hay que ser originales, no hay que expresar lo que uno piensa: sería una falta contra la realidad objetiva; nada más hay que transmitir, humildemente, las enseñanzas que a uno le fueron transmitidas, las ideas que uno recibió. ¿Cómo me hubiera podido permitir cambiar la mínima cosa a estas palabras que expresan de una manera tan edificante la realidad absoluta? ¡Al ser auténticamente didáctica, mi obra no tenía que ser original, ni que ilustrar mi talento!”

 

Y, sin embargo, al colocar estas frases una junto a la otra, todo empezó a desacomodarse. Las realidades irrefutables como “hay siete días en la semana: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo” se convirtieron en las palabras de estos personajes, en cuestiones disparatadas como una semana de tres días compuesta de martes, jueves y martes. Los personajes cambiaron, sus diálogos cambiaron y, en esta transformación, nació el teatro del absurdo; un teatro que, al alejarse del didactismo que lo creó, confronta la necesidad transparente de ese didactismo y lo que revela de nuestra tragedia habitual.

 

El absurdo de lo real

 

La primera vez que se representó La Cantante Calva, ese 11 de mayo de 1950, Ionesco miró estupefacto la reacción del público: muchos reían, algunos reían a carcajadas. Para el autor, esta obra era una tragedia: la tragedia de nuestra común banalidad. El aspecto más didáctico de la obra era algo que se había traspasado, entre ese manual para aprender una nueva lengua y la realidad del autor: esas frases lanzadas para rellenar un vacío, asfixiar el silencio, para no transmitir nada o transmitir otra cosa, son las mismas que intercambiamos todos los días. 

 

La tragedia está en que no podemos escaparnos del lenguaje y que el silencio también debe decirse. La tragedia está en que, a pesar de que no tenemos nada que decirnos, no podemos dejar de hablar. La tragedia está, finalmente, en que todas las fórmulas de cortesía, todo el small talk del mundo, todo lo que decimos para familiarizarnos con el otro, son palabras absolutamente huecas, llenas de verdad, vacías de todo significado ulterior. 

 

“Hace algunos año tuve la idea, un buen día, de poner, una después de la otra, las frases más banales, fabricadas con las palabras más vacías de sentido, de los clichés más gastados que pude encontrar en mi propio vocabulario, en el de mis amigos o, en menor medida, en los manuales de conversación extranjeros. Maldita iniciativa: invadido por la proliferación de cadáveres de palabras, aturdido por los automatismos de la conversación, casi sucumbo al asco, a una tristeza innombrable, a una depresión nerviosa, a una verdadera asfixia.”

 

En La Cantante Calva, la banalidad de los diálogos se vuelve casi asfixiante. Y sin embargo, la tragedia de esta obra no está en su sinsentido, en el absurdo de sus propósitos, sino en esto mismo que señala el autor: el absurdo y el sinsentido no son cosas que se tienen que inventar y abstraer porque forman parte de nuestra realidad cotidiana, de nuestro lenguaje y de nuestra forma de relacionarnos. 

 

Esto es llevado aún más lejos por Beckett que decididamente busca expresar el silencio completo a través de la palabra: el silencio es aquí la última crítica, la última revuelta contra el sinsentido, la banalidad y el absurdo de nuestros intercambios lingüísticos cotidianos. Pascal Quignard explicaba su necesidad de narrar diciendo que “escribir es la única manera de hablar callándose”. 

 

Para Beckett, es lo mismo. El silencio juega un papel esencial en su literatura porque es un horizonte mesiánico, algo que debe construirse, una meta. En el pensamiento de Beckett, no basta callar, coserse la boca con un hilo blanco, el silencio tiene que mostrarse en presencia, a través de las palabras. El silencio debe conquistarse. Como bien dijo el crítico Georges Godin: “Detrás de la rabia de hablar se esconde siempre el deseo de callarse”. 

 

El deseo de silencio se siente en los personajes de Ionesco, se siente en el profundo y doloroso mecanismo con el que se entabla la conversación, siempre con carraspidos, con lenguas que truenan, con monosílabos, con gruñidos: todos buscan calmar esa sed de hablar por hablar, ese impulso absurdo que nos domina a todos, que nos lleva a atacar el silencio, a rellenarlo neuróticamente, a querer eliminarlo, a él y a la incomodidad que produce. 

 

La conquista del silencio es entonces una lucha abierta en contra del sinsentido, no es una lucha absurda, sino una lucha contra el absurdo, contra el flujo ininterrumpido de banalidades. El teatro de Ionesco no es necesariamente un teatro absurdo, sino un teatro que plantea la absurdidad de toda escritura, de toda conversación, de toda didáctica de la palabra. 

 

Por eso La Cantante Calva es un intento agresivo de anti-teatralidad: quiere apropiarse el teatro a través de su -parcial- destrucción. Para que viva el teatro, pues, Ionesco quiere mostrar la banalidad de sus propósitos anteriores, el vacío del espejo burgués, el vacío de todo realismo y, al mismo tiempo, la inutilidad de lo didáctico. De hecho, Robert Abirached describe todo este movimiento dramático como el último bastión contemporáneo que buscó rejuvenecer la mímesis burguesa:

 

“Es interesante subrayar que toda estas empresas no vienen de una voluntad, perversa o ingenua, de asesinar el teatro: consisten, precisamente, al contrario, de una tentativa casi desesperada -la última que hemos conocido- de restaurar la mímesis de una manera aceptable para la sociedad industrial moderna, liberándola de sus fardos y quitándole sus falsos semblantes. Los dramaturgos de los años cincuenta acabaron por destruir el teatro burgués, al desacreditar sus lecturas de la mímesis y ridiculizando los vestidos elegantes con los que habían vestido a sus personajes.”

 

Sin embargo, todo lo que logró, como un movimiento de vanguardia, como una forma de oponerse al viejo teatro; todo lo que puso patas arriba en el drama tradicional francés y en el mundo, parece que finalmente se agotó. Todo llegó a un término anticlimático y La Cantante Calva se convirtió en una obra que, lejos de seguir siendo revolucionaria, ahora se estudia en las escuelas secundarias. 

 

¿Esto quiere decir que el teatro del absurdo se traicionó a sí mismo? ¿Falló en todos sus cometidos? ¿Se empantanó en sus propias ambiciones?

 

Tal vez. Pero, tal vez, nunca hubiera podido ser de otra forma. El teatro del absurdo importa a pesar de su fracaso. La influencia de este teatro cambió profundamente la manera en que se escribe dramáticamente en Francia, liberó caprichos de realismo y, sobre todo, sigue siendo profundamente inquietante. A pesar de que se represente en juegos estudiantiles, a pesar de que ya se considere como una comedia declarada, La Cantante Calva es una de las expresiones más puras de la angustia cotidiana en la escena contemporánea.

 

Mientras te sientas, en una sala, a observar estos diálogos acartonados, te das cuenta de que estás en un momento único y privilegiado. Por poco más de una hora tendrás el placer de permanecer en silencio mientras otros hablan. La forma de la mímesis burguesa funcionó para algo: en esa sala oscura, el silencio, de pronto, ya no es incómodo. La obra vuelve a empezar, se desdobla, cuando acaba: nuestras conversaciones casuales, los refranes que utilizamos, nuestra plática cotidiana sobre el clima, las anécdotas que ya conocemos y nos repetimos fingiendo sorpresa, lo vacío de nuestras palabras diarias es una extensión de lo que vimos.

 

Sin alterarse, al fondo de su comodidad inglesa, mientras el mundo se transforma para permanecer igual, la cantante calva no cambia de peinado. Ella sabe, en el fondo, que su burla se mantiene, elegante como siempre, en el espejo que le presenta al mundo. La Cantante Calva sigue teniendo tanto éxito porque, al separarse del realismo, nos mostró, con un espejo certero, nuestra ridícula forma de hablar, nuestra aversión al silencio, nuestra fascinación por rellenarlo todo con palabras huecas y propósitos banales. Esta obra sigue siendo tan importante, después de siete décadas, porque nosotros no hemos conquistado el silencio y nuestra realidad, nuestra condena, es seguir siendo tan absurdamente consecuentes. 

 

Bibliografía:

 

Abirached, Robert, 2012. La crise du personnage dans le théâtre moderne, Tel Gallimard, Paris. 

Godin, Georges, 1994. Beckett. Hurtubise. Québec.

Ionesco, Eugène, 2002. La cantatrice chauve. Gallimard, Folio. Paris. 

Ionesco, Eugène, 2006. Notes et contre-notes. Gallimard, Folio Essais. Paris. 

 

Todas las traducciones son mías: asumo y me disculpo por sus torpezas. 

 


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Ilustración por Édgar MT

“Hasta ese punto, el ser humano tolera el ruido.
Cuando se sobrepasa, el dolor se suelta.”

-Antonio Di Benedetto.

 

Nos mantenían en el pabellón de maternidad. El llanto de mi esposa no se escuchaba por los gritos de los recién nacidos. Alguien en el pasillo, probablemente una enfermera, dijo que los bebés estaban inquietos, que acostumbran a dormir más.

Agradecí el ruido. Tenía que sentirme mal por ella y por mí. Se puede volver a intentar, pero en ocasiones no quedan ganas, solo el vacío que la tristeza llena gota a gota.

La doctora entró, venía con un enfermero que cargaba una pecera pequeña en la que flotaba un diminuto pez rojizo.

Preguntó como estábamos.

Silencio.

Nos explicaron lo sucedido. Solo podía concentrarme en la pecera, no distinguía bien al pez estático en el agua opaca, tal vez era un beta: un premio de consolación. Podría ser política del hospital regalar uno para incitar a sus pacientes a intentarlo de nuevo, cuando el plan alfa no funciona.

Desperté del trance cuando la doctora dijo: no pudimos salvar el embarazo y mi esposa comenzó a sollozar. La doctora la tranquilizó y repitió: no pudimos salvar el embarazo, pero sí al feto. El enfermero nos acercó la pecera y vimos bien su contenido: un embrión, nuestro alfa.

Lloré.

 

A los tres días los dieron de alta. Compré catorce peceras (cada dos semanas lo teníamos que cambiar a una nueva), once esféricas y tres cuadradas. Incluían una red de mano muy similar a las que se usan en los acuarios. La diferencia es que esta era de acero quirúrgico, el hilo de la red era del mismo que usan para poner suturas. El juego de pecera y red venían en bolsas selladas al vacío para no comprometer su esterilidad antes de usarlas.

Puse trece peceras en el cuarto del bebé y la más pequeña en la mesa del comedor. Dejé todo listo antes de ir a buscarlos. En el hospital nos dieron comida suficiente para dos semanas junto con un paquete de gasas para el periodo de gestación.

Me dio la pecera mientras se metía al auto; se la puse en las piernas cuando se terminó de acomodar en el asiento; le pasó el cinturón de seguridad por enfrente presionándola contra su vientre. Manejé con toda la precaución posible, imaginé que hasta el mínimo golpe en el auto podría romper el contenedor de nuestro hijo. Anette no habló en el camino, miraba el bebé en el acuario transparente sobre su estómago. Hipnotizada, sonreía. Me recordó a un bote con fondo de cristal. No lo mencioné.

Lo acomodamos en una mesa de noche. Ella dijo que era mejor dejarlo un par de días en la pecera del hospital, que se acostumbrara a la casa y evitarle la tensión de otra mudanza. Alejé la mesa de la cama, no quería que la golpeáramos mientras dormíamos.

Repasamos la lista de cuidados hasta que pudimos recitarla de memoria. Teníamos que cambiarle el agua cada doce horas, pero solo se llenaba a la mitad; él terminaba de llenarla con líquido amniótico que producían sus riñones. Lo alimentábamos cada tres horas y lo absorbía con su cordón umbilical. Parecía la trompa de un elefante. Si necesitaba algo entre horas, hacía burbujas. Ella aprendió de inmediato lo que significaban.

Ilustración por Édgar MT

Ilustración por Édgar MT

Apenas empezábamos y yo estaba asustado por el final. Las cuadradas eran para la última etapa de gestación, cuando los pulmones se desarrollan. La doctora nos dijo que debíamos que tener sumo cuidado, ya que el bebé, cuando está preparado, flota a la superficie y llora, hace formal su nacimiento. Tenemos que sacarlo de inmediato o se puede voltear y ahogarse.

Necesitamos ponerle nombre.

Regresé a trabajar, ella tenía permiso de maternidad.

Los días que llegaba temprano la veía con la pecera pegada en el vientre, acariciándola de arriba abajo.

Las primeras veces le cambiábamos el agua juntos. Preparábamos una pecera más grande para ponerlo, tirábamos el líquido, lavábamos y rellenábamos hasta la mitad. El agua era especial, venía con las medidas de las peceras impresas al frente, de modo que la cantidad siempre era la correcta. Una farmacia cercana enviaba semanalmente las bolsas de agua a la casa, ya no teníamos que pedirlas. Y en caso de presentarse algo de urgencia podíamos llamar, tenían todo lo necesario para los bebés de acuario.

Ahora ella le cambia el agua. Paso más tiempo en el trabajo, mi hijo ya no les importa. Como llego después de las nueve lo único que puedo hacer es vigilar la pecera mientras ella se baña. Cuando termina preparo la cena.

Rex no se mueve, solo su trompa umbilical cuando come o burbujea. Era normal, hasta el quinto mes comenzaría a nadar un poco, ya que estuviera en la pecera número seis. Me aburría verlo, sacaba mi celular o iba a la cocina por agua, cuando escuchaba que ella salía guardaba rápido el teléfono. No quería que pensara que no estaba atento.

 

Me levanto por un café. Desde la cocina veo a Rex en la mesa del comedor, inmóvil como es su costumbre.

¡Rubén!

¡En la cocina! No me escucha. Salgo de la cocina. La veo aún en una toalla mojada. Corre a la mesa del comedor.

¿No lo escuchas?

En la superficie del agua nacen y mueren burbujas muy pequeñas, no las podía ver desde donde estaba, y ni siquiera tan cerca las podía escuchar. El agua de la regadera sigue corriendo. Toma a Rex para llevárselo, quiero decir algo, me interrumpo cuando la veo resbalar. No cae, la pecera tampoco, me acerco para ayudarla y me da una cachetada con líquido amniótico.

¿Ves lo que provocas? ¡Lo pude perder de nuevo!

 

Dormí en la sala hasta la siguiente pecera. Aún quedaban once.

Ya no descansamos; ni Rex que gorgojea toda la noche; ella que dice escucharlo y yo claro, que no lo oigo, pero me despierta para decirme exactamente eso. No cree en la imposibilidad de mi oído de percibir lo que está entre las burbujas.

Dejó de bañarse. Ya no cuido del bebé, solo hago la cena y cenamos con él en medio de nosotros. Es mi hijo y lo amo, pero verlo rojizo, en ocasiones rosa, comiendo con su trompa, no es algo que me dé hambre.

 

Ha comenzado a llamarme todos los días al trabajo desde que la doctora le dejó de contestar.

No se calla.

Es todo lo que dice, hemos terminado en urgencias en más de una ocasión, siempre con el mismo diagnóstico: “Todo bien”, “es normal”. No lo cree.

Cuando llego a casa es la misma imagen. Ella en el cuarto con la televisión o la música en el estéreo a todo volumen. Dice que aún lo escucha.

Pequeñas burbujas.

La grasa se le acumula en el cabello. Las ojeras. Los dientes amarillos.

Ha dejado de despertarme por voluntad. La escucho por las noches yendo de un lado a otro con la pecera pidiéndole a Rex que se duerma. No deja que me acerque, solo puedo escucharla del otro lado de la pared.

Ilustración por Édgar MT

Ilustración por Édgar MT

Necesito resolver esto, tal vez hay otros padres que nos puedan dar consejos o un grupo de padres anónimos que se reúnan todos los jueves en alguna iglesia, después de los alcohólicos. De camino a casa paro en iglesias, en un centro doble A y en algunos consultorios a pedir informes. Ninguno de ellos tiene un grupo como el que necesito, pero me dicen que si hay uno en el centro de rehabilitación que se encuentra a diez minutos fuera de la ciudad.

 

Callo el motor, veo la luz de nuestro cuarto extinguirse. Es tarde, debería bajarme y entrar, pero no hay diferencia entre llegar tarde unos minutos o llegar tarde unas horas. Me quedo sentado en el auto hermético, escuchando nada, disfrutando el abismo que genera la ausencia de ruido.

A diferencia de lo que espero, la casa se encuentra en un silencio tan rotundo que el movimiento de mis llaves parece una tormenta, chocando una con otra, generando truenos artificiales. Arriba, le jala al baño y libera el ruido de un tifón en toda la casa. Sigue despierta.

Escucho diminutos plopsdescendiendo por las paredes. Subo las escaleras como si estuviera aprendiendo, despacio y tambaleante. Paso por el cuarto de Rex, veo las peceras vacías, aun nos falta camino.

Abro la puerta de nuestro cuarto y el sonido de agua me golpea los tímpanos, la taza del inodoro se está llenando tan lenta como siempre. Dejo que la luz del pasillo se derrame en mi lado de la cama. En la oscuridad puedo oler su shampoo. Ahí recién dormida vuelve a ser ella ¿Cuánto tiempo tardará en estallar la siguiente burbuja? Me siento en la cama y veo la mesa de noche, la pecera está vacía.

El inodoro termina de llenarse.


Autores
(Mazatlán, Sinaloa, 1990). Ha publicado en la revista digital Efecto Antabus. Participante del dossier sin nombre.

Ilustrador
Édgar MT
(Guadalajara, 1988) Ilustrador, artista visual y director de arte de la ciudad de Guadalajara. Egresado del Diplomado Ilustración Narrativa de las Imágenes de la UNAM y licenciado en Diseño para la Comunicación Gráfica en la UDG. Ha exhibido sus dibujos en diferentes ciudades del país y del extranjero.

Un pueblo ficticio, en California de 1960 y 1970, llamado Vineland: como la tierra prometida de los vikingos, sitúa la vida de una bella adolescente, hija de un hippie estrafalario que recibe cheques del gobierno y una directora, también exhippie, que abandonó todo (incluyendo su hija) para formar parte del sistema del FBI

¿Puede un tema ser más insólito? Hay que tener la mente abierta, y saber a que leemos a un alumno de Vladimir Nabokov, a un tipo misterioso que ha rechazado importantes galardones literarios; famoso por ser un fantasma. Hablamos de Thomas Pynchon, uno de los autores mas punitivos, exigentes y bizarros del Siglo XX y XXI. El tema y la prosa, por supuesto, tenían que ser tan excéntricos como él.

Seamos claros, hay muchísimos escritores extraños, incluso ahora. Un movimiento existe, liderado por la batuta de Carlton Mellick III, y abarca a narradores tan dispares como Laura Lee Bahr o Nick Antosca, el creador de esa serie macabra llamada Channel Zero, quienes buscan trascender lo fantástico o el horror, y que son influidos en parte por el surrealismo: el género bizarro. ¿Se podría afirmar que Thomas Pynchon es uno de sus padres? No exactamente. Lo que hizo el autor invisible, ganador del National Book Award y el Pulitzer, antecede al movimiento antedicho; partiendo desde una visión posmoderna de la estructura de la novela, de los personajes, que lo acerca a Robbe-Grillet. Y no es porque Pynchon sea vanguardista, lo suyo es la narración más disparata y enferma, a la vez que ágil y enciclopédica que golpea a los lectores con la fuerza de un poderoso alud.

La publicación de Vineland (1990) llega a su 30 aniversario, la novela que tardó 17 años en publicarse, y que era esperada por críticos, lectores exquisitos, curiosos y escritores por igual. El mismo Salman Rushdie hacía cábalas meditando sobre lo que vendría a continuación. ¿Por qué? El trabajo anterior fue la inabarcable El arcoíris de la gravedad, nacida en 1973. Lo que se esperaba era algo parecido, tal vez igual de desmesurado, promesa que no se cumpliría hasta la publicación de Mason & Dixon.

Sin embargo, ¿quién que haya leído Vineland pensaría que se encuentra con un “respiro entre novelones gigantes”, como dijo John Leonard para Nation? Tal vez la extensión pueda resultar engañosa. Cuando alguien, un lector curioso, escucha sobre Pynchon, si es lo suficientemente obsesivo, se hará con un par de sus libros. El escritor esquivo tiene tres novelones que justificarían esta obsesión, o al menos harán que un lector travieso levante una ceja.

La “trilogía”, porque en realidad no lo es, estaría conformada por El arcoíris de la gravedad, Mason & Dixon y Against the day (o Contraluz, como fue nombrada en español por la editorial Tusquets). Lo siguiente sería examinar la prosa en cualquiera de estos libros para comprobar que, si bien esto no es la prosa de Woolf o Faulkner, al menos no se parece a la de alguien cuyo interés se centre más en la historia que en las figuras narrativas, en la estructura, en la locura.

Como decía, esta apreciación, guiándonos por el tamaño de los tomos gordos, es errónea. Novelas como La subasta del lote 49 o la misma Vineland parecerían creaciones de menor calibre, cosa que no es cierta, pues la novela más californiana de Pynchon es una arremetida contra de los valores históricos estadounidenses de las décadas 60, 70 y 80; además de una novela política repleta de surrealismo y transiciones cuasi oníricas que nos hacen pensar en la influencia que ejerció su prosa, aunque de manera indirecta, en narradores tan dispares como László Krasznahorkai o Mircea Cartarescu. Pero, vayamos directo, ¿qué es Vineland? ¿A qué hace alusión esta tremenda novela de mediana extensión?

Vineland, si se recuerda, es la tierra prometida hallada por el hijo de Erik el Rojo, Leif Eriksson, al llegar a las costas de Canadá, a la altura de Terra Nova. Esta región fue llamada así porque, según los registros vikingos, la tierra estaba llena de viñedos. La vid es el material esencial para la creación del vino, y California, como se sabe, es también una región vinícola; pero, si empezamos a adentrarnos en la extraña historia que tejió Pynchon en menos de 400 páginas, es también el centro de las drogas, la tierra de los fumatas, de las actrices en busca de sentido, de las directoras melancólicas que buscan en los rescoldos de su pasado una explicación para sus inclinaciones hippies y antihippies. El pubelo es un territorio mítico, ficcional, pero reconocible por los bosques de secuoyas, por las clásicas playas californianas con nombres en español, como “Playa Gordita”, además de la cercanía con Los Ángeles.

Y es, de alguna forma, esta Nueva Jerusalén el personaje más reconocible de la novela pynchoniana, porque además de Prairie, Zoyd, o el y terrible Brock Vond, los personajes se desarrollan con apenas unas cuantas descripciones, por medio del diálogo y de las acciones disparatadas, o hasta atravesando las extrañas señas de identidad que van saliendo una tras otra conforme la lectura avanza y el laberinto se hace más intrincado.

La historia de la novela retrata, si es que verdaderamente existe una historia per se en Vineland, la melancolía de una adolescente, Prairie, quien extraña a su madre, una ex hippie que se pasó “al lado malvado” de los federales, prendada de Vond debido a un deseo sexual apabullante.

La madre de Prairie estaba casada con Zoyd Wheeler, un sempiterno adolescente aficionado a las drogas, hippie del recuerdo, que recibe cheques gubernamentales debido a su situación mental. Cada año realiza una exhibición en la que atraviesa el cristal de alguna tienda para demostrar su locura. El mismo Zoyd extraña a su ex esposa, Frenesí, cuyo mismo nombre ya anuncia la personalidad casi psicópata del personaje, quien manifiesta conductas tiernas pero esquizoides, conformando una psicología (si es que esto puede decirse de algún personaje pynchoniano) contradictoria que hace a Frenesí entrañable.

Los personajes que se van sucediendo, uno tras otro, como si Vineland fuera un moderno Cuentos de Canterbury, o incluso una renovada Manuscrito encontrado en Zaragoza, retoman el foco de la voz narrativa para llevarla a aventuras extrañísimas, como las de LD y Takeshi Fumamoto; en medio de rituales místicos, ninjas, drogas y viejas técnicas para matar a alguien sin que este se entere.

La profundidad de los personajes no llega a parecerse a la de novelas mucho más convencionales, pues se intuye que la intención de Pynchon era retratar una espiral que da vueltas sobre sí misma en una especie de fijación física. El tiempo no existe o es circular. Los escenarios y la figuración temporal van dando vueltas en su mismo eje, superponiéndose con el hilo conductor de la melancólica, guiada por la curiosa Prairie, quien ancla la narración; aunque dejando que los pasos de los personajes vayan lo suficientemente lejos para perder al lector por varias páginas.

La prosa pynchoniana es compleja, pero menos que en El arcoíris de la gravedad, en parte porque, a pesar de la exaltación de la escritura y de las historias que van cayendo un tras otra ante los ojos del lector, hay un escenario, una enmarcación que define el significado y los alcances, que son diversos.

Para empezar, si se fija la atención en El arcoíris, el lector se percata de que la novela describe a Europa durante la Segunda Guerra Mundial, sin seguir las formas convencionales. La obra es vasta y casi eterna, llena de personajes que van apartando a sus antecesores para después darle la batuta a uno que ya casi hacíamos perdido. Por fortuna, los nombres son igual de hilarantes en Vineland, que en otras novelas pynchonianas. En esta es la California de 1984, con una visión a los años 60, la que está clavada en las uñas del narrador, en la lengua, en sus oídos.

No debe ser un accidente el año en que se ambienta el relato, pues si bien no existe una distopía en Vineland, se siente la nostalgia por la era de la inmadurez, por los hippies y las drogas que buscaban alterar el estado de consciencia, expandirlo, convertir al humano en un ser de luz, cosa que acaba con la brutalidad de Reagan o de Thatcher, del mismo Brock Vond, que personifica la brutalidad de los agentes federales de los años 50, la paranoia anticomunista, el horror ante “la liberación” de la generación de “los amantes de las flores”. Vond es el FBI, también representa la masculinidad fulgurante, manifiesta en la polla de Vond, que se menciona en boca de Frenesí, su amante puesta en cintura, o de cualquier otro que tenga el infortunio de encontrarse con tal mole humana.

Uno de los aspectos más interesantes de Vineland es, quizás, el interés de Frenesí, la directora de cine, exhippie, exesposa, exmadre de la bellísima adolescente Prairie, hacia la masculinidad tóxica (nunca mejor ejemplificada) de Brock Vond, de su polla, de su fortaleza, de su cinismo e ira.

Resulta claro que Pynchon no nos retrató a una mala madre, a una mujer perdida, a una “mujerzuela” que se va por interés, sino a una mujer llena de contradicciones y miedos. Las escenas sobre su maternidad son dolorosas e inquietantes, la obligación de la misma Frenesí a quedarse anclada a una secuoya, al lado de un pelele cuyo nombre evoca a Shaggy de Scooby Doo, o a cualquier otro perdedor desgarbado de la cultura pop occidental. ¿Cómo se casó una mujer así con un hombre tan estúpido como Zoyd?, ¿cómo puede sentirse tan atraída por la desgracia humana del brutal Vond?

Como una espiral que se va cerniendo sobre sí misma, el uróboros termina por morderse la cola, en un final disparatado y humorístico que deja al lector en un estado cercano al de los psicotrópicos que abundan en la novela. Vineland, para sorpresa de cualquiera, es una novela en espiral que termina por cerrar en un círculo perfecto, aunque los encuentros entre los personajes sean anticlimáticos, desquiciados, extraños, o se difuminen en las cajas que caen sobrepuestas donde parece perderse el hilo conductor que tal vez nunca quiso guiar nada.

En su 30 aniversario, Vineland parece una novela extravagante, tan innecesaria como necesaria, igualmente contradictoria y cómica como seria y “tesística”. Es una probada justa, mortal, pero accesible para el delicado y desaforado banquete de la prosa pynchoniana.

A comparación de otros autores norteamericanos célebres, para adentrarse en la narrativa del autor fantasma no es lo mejor empezar desde el inicio, desde V., tampoco desde sus novelas más complejas y largas, que pueden llegar a desalentar a un lector poco brioso. Vineland es una gran opción para empezar a recorrer los vericuetos de personajes que son anagramas, esperpentos, figuras ilusorias, seres humanos heridos y mucho más, para las historias peculiares y siempre estrambóticas de uno de los escritores más extraños de la narrativa norteamericana (otro autor, tocayo suyo, Thomas Ligotti, se acerca en cuanto a rareza e invisibilidad a Pynchon).

Vineland es la tierra prometida, la apertura a la continuación de la prosa del autor de El arcoíris de la gravedad; un mundo en el que las drogas y los perros se unen en una especie de apoteosis narradora que abarrota, subyuga, e ilusiona con disfrutables bofetones de comicidad y extrañeza, haciendo que, después de lo que hemos pasado como lectores, descubramos un ligero toque proustiano hacia el final, donde el círculo que se abrió hasta lo inconmensurable, por más improbable que parezca, termina por cerrarse.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración de Richard Zela

So with my eyes I traced the line

Of the horizon, thin and fine,

Straight around till I was come

Back to where I’d started from

Edna St. Vincent Millay

En 1889 Nellie Bly guardó, dentro de una pequeña bolsa de piel, los artículos necesarios para su viaje alrededor del mundo. La mujer quizá observó su tocador, los cajones de su cómoda, algunos pares de zapatos puestos en línea, examinando su relevancia o intentando predecir los cambios de humor de las nubes en los meses próximos. Sabía que, si todo iba como estaba planeado, su nombre ganaría la eternidad de las cosas que se recuerdan; y ella conseguiría un lugar en la Historia de los hombres.

¿Qué es lo que se empaca para una travesía nunca antes lograda?, ¿cuánto es esencial para navegar el mar y tomar trenes y cruzar carreteras?, ¿cuánto, para caminar la Tierra? Bly seleccionó solamente unos cuantos objetos; porque lo necesario es casi siempre muy poco. La lista se redujo: ropa interior, dos gorras, dinero, un reloj, papel, lápiz, tres velos, un blazer, un par de zapatillas y un botecito de crema para el rostro. La mujer confesó en un texto escrito a su regreso que aquella había sido una de las tareas más difíciles de su vida.

Pero Nellie Bly había estado siempre dispuesta a abandonar más que las cosas en su armario; la ciudad donde nació, por ejemplo, su familia, su nombre original. Este último, Elizabeth Jane Cochran, no apareció en los carteles, en los diarios de la época ni en las portadas de los libros que publicó en vida; quedó, sin embargo, en un acta de nacimiento de Pensilvania fechada el 5 de mayo de 1864. Todo lo que Elizabeth eligió e, incluso más, lo que aceptó dejar atrás, la convirtió con el paso de los años en una de las mujeres más conocidas del mundo, la hizo ser Nellie Bly.

 

*

 

La historia de Nellie es la de una mujer itinerante, guardando su vida en maletas que se hacían más pequeñas mientras ella crecía en identidad. Su naturaleza errante logró consolidarla, le brindó una voz fija y reconocible. Una mujer observando y dejándose observar, Bly seguía el rastro de sus ideas, las olfateaba a lo lejos y no dudaba en tomar camino hasta encontrarlas, hasta hacerse parte de ellas.

“But tell me, who are they, these wanderers?”, escribió Rilke, y bien podría haber estado hablando de Elizabeth Jane, de Nellie Bly y de todas las que fue en el transcurso. Para entenderlo debemos remontarnos a aquel día en el que la mujer leía el periódico. Con veintidós años, pasaba las hojas delgadas manchando los dedos índice y pulgar de tinta negra, hasta que un artículo atrajo su mirada y le produjo la más profunda indignación. El título preguntaba con burla: “What Girls are Good For?”; el autor desarrollaba en la columna que las mujeres servían para tener hijos y estar en casa. Forjar una carrera, estudiar; existir fuera del hogar le parecía, simplemente, una

pérdida de tiempo. Idea bastante común a finales del siglo XIX, no era inusual verla desplegada en los diarios.

Quizá, lo único peculiar de todo aquello fue Elizabeth tomando una pluma para responder a la opinión pública con la voz individual. La controversial réplica, con la firma “Lonely Orphan Girl”, hizo que el Pittsburgh Dispatch le ofreciera trabajo como corresponsal. Fue entonces cuando el editor la bautizó como Nellie Bly, tomando el mote de una antigua canción estadounidense. La suave melodía del piano o la mujer retratada en la letra, femenina y atenta a las necesidades de su marido, tal vez le parecieron ideales al editor del Dispatch para las columnas que tenía planeado asignar a Elizabeth, quien terminó por cubrir almuerzos de señoras y exposiciones florales. Dos años después, cansada, dejó en el escritorio de su jefe una nota: “Dear Q.O: I’m off for New York. Look out for me! Bly”.

Llevada por un impulso que ya no podría contener, huyó de las expectativas que recaían en su juventud y belleza, en su cuerpo de mujer. Maleta en mano partió al este, con un alma libre y un nombre nuevo.

 

NELLIR BLY

Ilustración de Richard Zela

 

 

Nadie la esperaba en Nueva York. Los hombres de la ciudad no supieron anticipar el acontecimiento que sería Nellie; un espectáculo, quiero decir, alguien digna de ser vista. Por meses tocó las puertas de los periódicos sin suerte. Una mujer que escribe no podía ser sino una broma, pensaban. Pero Bly poseía constancia de sol, saliendo cada día sin tardanza ni pesadumbre. Eventualmente, Joseph Pulitzer aceptó contratarla en el New York World si lograba completar un reportaje; debía infiltrarse en Blackwell’s Island, un famoso frenopático y desenmascarar los horrores que escondía.

Fingió una locura practicada por días frente al espejo. Salió de casa llevando solamente una libretita para hacer notas y algunas monedas. Diagnosticada con histeria fue trasladada al hospital psiquiátrico bajo el nombre de Nellie Brown. En el vestíbulo las grandes escaleras revelaban una majestuosidad pronto opacada por el denso aire del dolor. Charles Dickens las había pisado también, años antes, apuntando luego su elegancia y amplitud. El escritor hizo una visita corta y decidió irse, no soportó el sufrimiento en los rostros, las voces traspasando los muros, retumbando en los peldaños. Dickens tuvo la libertad de partir. Las puertas se cerraron con llave detrás de Nellie; le asignaron un cuarto, le dijeron que no saldría de aquel lugar.

Diez días después Joseph Pulitzer hizo lo necesario para llevarla de regreso a casa. Nellie Bly publicó un aterrador artículo hablando con detalle del tiempo en el que estuvo encerrada. Lo había logrado; la piedra angular de su carrera estaba puesta y a la espera de la edificación que pronto le seguiría.

En su reportaje “Ten Days in a Mad-House”, exhibió la crueldad de los doctores y las enfermeras; habló sobre la vulnerabilidad de las mujeres acusadas de insanidad. Quién no se volvería loco, se preguntó, encerrado por semanas en un cuarto gris, sin permiso de hablar, de leer, de tener algún contacto con el mundo. Quién no caería, finalmente, en aquello que llaman histeria.

 

*

 

Inesperada e improbable, la voz de Nellie Bly entró en la escena periodística estadounidense. Su andar itinerante la llevó a planear el viaje que la consagraría. Le propuso a Pulitzer realizar una vuelta alrededor del mundo en menos de 80 días; inspirada, por supuesto, en el personaje de Julio Verne, Phileas Fogg. Ella conseguiría, aseguró, establecer una nueva marca. Al afamado periodista le pareció una gran idea, digna de ser realizada por un hombre. Argumentó que las mujeres iban siempre escoltadas y que era imposible lograr aquella empresa con la cantidad de maletas con las que viajaban regularmente las damas, seis o siete, según fuera el caso.

Pero Pulitzer no contaba con la pericia de Nellie a la hora de empacar; sabía bien qué guardar y qué desechar. Se regía por la ligereza en la carga, por aquello que le permitiera avanzar a ritmo constante. Dos días le fueron dados para prepararse, eligió una maleta Gladstone café y el atuendo que portaría durante los siguientes meses.

La ropa con la que salió de casa para tomar un barco de vapor a Inglaterra: un abrigo victoriano de cuadros negros y blancos, un gorro a la Sherlock Holmes, guantes y una pulsera de oro en la muñeca derecha, fueron las piezas clave de su autorretrato, los elementos con los que se convirtió en un ícono. Dentro de la bolsa de mano hizo espacio para lo único que no era indispensable llevar sino una elección, una comodidad: el botecito de crema facial.

Pienso en Nellie despertando en territorios desconocidos, entre hablantes de lenguas que no entendía, y creo que su elección no fue simple vanidad o el deseo de un cutis juvenil. Era la esperanza de un ritual que podía ser más o menos conservado. Abrir el bote, esparcir la crema suavemente en el rostro y el cuello, sentir cómo entraba en los poros, cómo hidrataba la piel; era la rutina que permanecería entre los cambios bruscos, el recuerdo del autocuidado, del hogar y sus olores.

La crema era un tótem, una raigambre; la conservación de la identidad y la esperanza del regreso.

 

*

 

Nellie Bly hizo un ligero desvío en su ruta. En Francia, Julio Verne la esperaba con vino y galletas, curioso de ver a la contrincante de su personaje, a la mujer que creía tener la capacidad de vencerlo. En la pared de su estudio colgaba un mapa donde se trazaba la ruta que Phileas Fogg había seguido en su aventura. Enseguida, Verne trazó la de Nellie; Brindisi, Puerto Saíd, Adén, Colombo, Singapur, Hong Kong. Nellie veía los pasos que faltaban, estaba un poco más cerca de su meta.

Los periódicos siguieron la vuelta al mundo en 72 días realizada por Bly contra los pronósticos, las reglas y el tiempo. Registraron su recorrido, se sorprendieron con su perseverancia, reconocieron la hazaña. Quién hubiera pensado que una chica de Pensilvania sería la primera en batir el récord. Quién hubiera predicho que sería una mujer la que vencería los límites de lo imaginado. Reprodujeron su imagen en juegos de mesa, en carteles, en anuncios de pastillas para dolores de cabeza y constipación; ojos puestos en ella, las semanas pasaban y su vida era una noticia urgente.

Elizabeth Jane Cochran es recordada como era en aquellos días. Se mantuvo estática en su itinerancia como una veinteañera llamada Nellie Bly; trazando con su imaginación una línea en el horizonte, siguiéndola de ida y vuelta. Después de algunos imprevistos, pisó las tierras estadounidenses; con un abrigo a cuadros protegiéndola del viento nordestino, casi podía ver las luces de Nueva York brillar a la distancia. Llegó a Pittsburgh, en donde una multitud aplaudió su paso. Más de la mitad de los presentes eran mujeres juntando las palmas con algarabía.

72 días, seis horas y once minutos; una maleta de mano y una crema para el rostro le fueron suficientes para convertirse en un estandarte de posibilidades; en la certeza de que el mundo podía ser conquistado por cualquiera, si se sabía elegir las cargas correctas.

 

Ilustración de Richard Zela

Ilustración de Richard Zela


Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Ilustración de Eduardo Ramón Trejo

 

Estoy harto de siempre ver a la misma gente bonita en todas las pantallas. Rodeados de brillo, luces espectaculares y un millar de gritos clamando por ellos.

 

Tal vez Iron Man es un héroe precisamente porque nunca se queda viendo al techo preguntándose cómo llegará al final de la quincena, por qué sigue vivo. No le teme al futuro surgiendo como Galactus, mortífero y avasallante.

 

¿Si fueras un alienígena y conocieras a la humanidad por sus películas taquilleras, qué podrías asumir?

En principio, verías que todo sucede de la infancia hasta los 40 años, la vejez es un vacío emocional y existencial limitado a los papeles secundarios. Los padres y tíos ancianos sirven más como tumbas motivadoras que personajes reales ¿Acaso spiderman nunca se queda a platicar en las noches con su tía solitaria? Batman lo tendría más fácil, de tener padres, bastaría contratar una legión de enfermeras para cubrirlo durante sus jornadas nocturnas. Como una verdad incómoda, hacemos todo lo posible para no pensar en el futuro, el desgaste de la piel firme, la acción, la pasión. Millones son destinados para rejuvenecer a las grandes estrellas, ocultar bigotes, lunares, cicatrices. Para mantener la ilusión.

 

Presenciamos una película que nunca deja de promocionarse, usa todas las pantallas y bocinas a su disposición para asegurar que sepamos nombres, caras, poderes y trajes ¿Por qué lo permitimos? Quiero ver en la cartelera al anciano que toda su vida estuvo en el closet y al fin conoce el amor. Quiero poder ir al cine de la plaza y enseñarle a mi abuela cómo lidia una señora con la pérdida de su memoria. Así al menos ella no se sentiría tan sola.
¿Entre más envejeces, la culpa, el bochorno, la depresión se siente peor o sólo deja de importarte? ¿Qué pasa con la gente que arruinó toda su vida de forma lenta e imperceptible? Una historia de terror.

 

¿Te has dado cuenta que en las películas, salvo las parejas sentimentales, casi nunca se abrazan efusivamente? ¿Tú abrazas efusivamente?

 

Yo quiero ver a Spiderman con la voz cortada, intentando explicar entre sollozos por qué duele tanto; pidiendo perdón por ser un estorbo ¿Por qué, entre explosiones y disparos, los salvadores, confiados y musculosos, nunca rompen en llanto después de casi morir y matar a 30 personas?

¿John Wick tendrá pesadillas donde nada en un mar de sangre? Noches enteras repasando los rostros de todos a los que les arrebató la vida.

 

Ya no quiero más del asqueroso sabor a plástico que tengo al salir del cine. Las celebridades impolutas, el espectáculo cuidadosamente armado palidece ante los clamores de vida que vivo cada día; las miradas preocupadas, la tristeza en compañía, las carcajadas fortuitas. Quiero ver personas de carne y hueso, ya no más brillo sobre brillo, mentiras recubiertas con plástico y ci-yi-ai.

 

Quiero una película sobre la relación a distancia de mi madre y los amores que nunca fueron. Sobre todo, quiero que ella desee ver esa película, que no sea solo la bien vendida recomendación de alguien.

 

¿Por qué en las películas las parejas siempre terminan pareciéndose? Tienen la misma sonrisa de comercial, el peinado hacia el mismo lado, la misma altura (ligeramente distinta para encuadrar el beso perfecto). El beso perfecto: cuando llega la policía, las ambulancias y todo el peligro ha pasado…por ahora (aún faltan 2 secuelas).

 

Soy apenas más alto que la Viuda Negra y también quiero un protagonista chaparro. Un protagonista chaparro con un novio, con una novia increíblemente alta; unos novios de esos que cuando se besan, sus cuerpos adoptan formas de árboles viejos, que aprovechan los escalones para verse a los ojos.

¿Cómo encuadrar a un larguirucho y un chaparro? Más de 100 años de cine y sólo Fassbinder me ha dicho que en las ficciones también sale gente sin glamour.

 

¿Los feos pueden salvar el mundo? Tal vez, afuera del set.

Una vez leí que a Tom Cruise le dan un banquito para quedar al nivel de su contraparte femenina; el mismo actor que tantas veces arruinó planes de terroristas, sociedades secretas y amenazas biológicas.

¿Qué pensará Tom Cruise sobre su banquito? ¿Sentirá vergüenza al recordarlo cuando le cuesta trabajo dormir? ¿Por qué si la naturaleza del cine es crear una ilusión, el banquito y toda esa norma corporal se sienten como un insulto?

 

Por fortuna, el resto de las artes y la historiografía misma sirven como perenne consuelo. Saber que mi nariz no es tan enorme como la de Francisco I; más la fortuna de no ser reconocido, entre otras cosas, por ser feo como Sócrates reducen mi sentimiento de extrañeza. Pero no es suficiente para mí, hay algo en la imagen en movimiento que es tan inmersivo, tan maravilloso y estimulante. El cinematógrafo estuvo esperando a contar historias, y ahora tenemos esta maquinaria millonaria que al final del día apenas y recordamos.

Frente a tal contrincante, es evidente que un ensayo no va a cancelar las siguientes 15 películas de Rápido y Furioso. Hay quien me dirá que podría evitarme todas estas quejas si conociera las cintas correctas, las de los viejos enamorados, las que encuadran la vida. Tal vez no pido que los superhéroes sean más reales, sino poder ver más cine real. Que las opciones no sean la misma cartelera de siempre o la piratería. La gran ventaja del imperio cinematográfico (además del dinero) es que entiende a las masas, se jacta de conocernos. El otro cine, el de los silencios, de los canales culturales, de arte; intenta hablarnos desde la verdad, el problema es que para dialogar necesitas ojos (que paguen su entrada). Y esos ojos ya fueron aprisionados con nombres, rostros, videos, cereales, entrevistas, ropa, todo con la misma imagen registrada.

 

¿Qué película quieres ver?

 

Buscar al cine que se siente real, es un camino medianamente complicado. La opción más sencilla está en internet, hay que evitar los virus, el audio desfasado o un doblaje deplorable. Si quieres que el viaje sea más cómodo, puedes rentar la película. Sin embargo, la única posición realmente ventajosa es vivir cerca de un lugar donde proyecten esa clase de cine. Queda claro que opciones hay muchas, lo problemático, la cuestión del asunto, es en saber qué buscar. Para que alguien sepa cómo se llama una de esas películas que muestra lo real, alguna persona debió decírselo, leerlo en algún lado o visto un fragmento por casualidad (esa es mi manera favorita).

 

En cambio, para las grandes producciones, nadie escapa de reconocer suspelículas, por algún nombre dicho en el transporte público, un video de internet, los espectaculares en la calle. Cómo le cuento a mi primo de diez años sobre la llegada de Akira y las persecuciones en moto cuando su gorra, mochila y tenis tienen al millonario robótico apuntándome a la cara. Se han encargado de hacer que todo el planeta alabe a lo mismos héroes, la libertad que me queda es quejarme, quizá lamentarme.

Tal vez mi problema no es con las películas de superhéroes, sólo son la vanguardia del espectáculo que manufactura nuestras vidas. Tal vez el problema son las jaulas de 6 días a la semana y 8 horas diarias. Queremos escapar de todo lo que se parezca a esta vida que va hacia ningún lado y un mundo que nunca ha tenido cabeza. En la desesperación por buscar un descanso de todo esto, a algunos les reconforta saber de otra tierra con peores problemas siendo salvada por superhéroes; pero lentamente, las explosiones pierden su llama, los actores envejecen, uno a uno nos quedamos a solas con pantallas oscuras y aún más incertidumbre. En un país pobre, desigual y en guerra, ya nadie cree en millonarios que rescatan al pueblo, en justicieros que acaban con los malos, ni en un repartidor de pizzas con la energía suficiente para combatir el crimen.

 

Por ahora, solo pido que las películas se sientan un poco más reales, no más estruendosas, ni épicas, ni costosas. Quiero poder dejarme llevar, creer que un héroe llegará para salvarnos.

Es una súplica.


Autores
(Chicontepec, 1997). Estudiante para profesor de primaria, en un intento por no perder la esperanza. No participa en muchas convocatorias, por miedo al rechazo más que por petulancia, debido a ello tiene pocas publicaciones. Disfruta la literatura crítica pero con humor, es un fiel creyente del absurdo.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, desarrolla su estilo en la ilustración a través de la técnica del collage. Ha colaborado en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Sus colaboraciones se han publicado en medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Concierto de Óscar Chávez en el Espacio Cultural Los Pinos, 2020. Secretaría de Cultura.
Concierto de Óscar Chávez en el Espacio Cultural Los Pinos, 2020. Secretaría de Cultura.

Para una minoría Óscar Chávez es una suerte de músico atado a los años setenta, músico político más que artista, desfasado y añejado. Para otros es el Caifán mayor, el actor de cuello levantado y voz potente que encarnó al Estilos en la señera película de la época, Los Caifanes (1967), dirigida por Juan Ibañez. Para otros es un historiador de la música mexicana del siglo XIX y principios del XX. Para unos más un activista, que siempre, desde la fatídica fecha del 2 de octubre de 1968, y de ahí para delante, puso el dedo en la llaga a través de canciones y fuertes declaraciones. Se vende mi país, decía en algunas canciones y en otras, con ironía describía la “casita” que se hizo el Negro Durazo, el corrupto jefe la policía mexicana, pero la canción acabó por aplicarse a la clase política en general. Para otros más, es una especie de baladista que rompía esquemas, el sueño de amor de muchas mujeres y el tipo a imitar por varios hombres.

Chávez fue eso y mucho más, pero principalmente fue un hombre de profundas convicciones y arraigadas tradiciones. Cada año, durante poco más de veinte, organizaba un concierto en el auditorio nacional, una cita obligada para sus seguidores, donde cantaba sus éxitos y presentaba canciones nuevas. Su casa musical fue Discos Pentagrama, en la que grabó poco más de cuarenta discos de los casi ciento cincuenta que grabó.

 

Un historiador musical

En esta friolera de títulos, muchos de ellos están dedicados a la recuperación de música no solo de México como lo hizo en el caso de los discos Herencia Lírica Mexicana volumen I y II, Latinoamérica canta, y luego Añoranzas mexicanas, ambos con dos volúmenes. En ellas hacía un recorrido por la canción escrita en el siglo XIX y principios del XX en nuestro país y en el subcontinente. E incluso, se remonta a al virreinato. La célebre “Román Castillo”, de autor anónimo, es un romance datado en la horquilla de siglos XVII-XVIII. Esta canción que se volvió parte de sus concierto y una de sus más clásicas interpretaciones.


En ella se muestra mucho de lo que ya conformaba la idiosincrasia del mexicano: los criados, el caballo, la honra, el romance prohibido y la hidalguía. Claro, en un ritmo de romance a lo español. Román Castillo es un héroe trágico porque se enfrenta a los ricos, o cuando menos eso deja entrever la letra, tan críptica y por ello tan abierta a interpretaciones.

Otra canción clásica de su repertorio es “Marihuana”. Otra canción de autor anónimo, esta del siglo XIX, que supuestamente hacía referencia satírica al inefable Antonio López de Santa Anna, que apuntan las malas lenguas, era gran fumador de ella.
Mariguana tuvo un hijito
y le pusieron San Expedito,
como el abogado de los de Santana
porque era Sansón para la mariguana.

 


Para más referencia, San Expedito era el abogado de las necesidades urgentes, prácticamente del dinero. Aunque con el tiempo, la fe de los mexicanos ha ido cambiando dependiendo la época. La canción caló muy bien entre las juventudes de los años sesenta que veían en el uso de drogas recreativas una bandera para diferenciarse de las rígidas normas del partido único. Cuni, cuni, cantaban ellos y la rana.

Otra canción clásica de su reportorio era “La Llorona”, que como muchos otros músicos mexicanos, aportó su propia versión. Esta canción también hunde sus raíces en la época virreinal, donde el mito de la filicida se crea. A esta canción se integra su hermana siamesa, “La Ixhuateca” en la versión del poeta Andrés Henestrosa, también basada en una canción anónima. En esta La llorona se convierte en su versión oaxaqueña y juega con el amor que busca la muerte.

“Perdón”, el bolero de Pedro Flores, se volvió una de las de las obligadas de su repertorio, un ícono que versionaban otros, ya no como creación del puertorriqueño, Flores, sino de Chávez.

https://www.youtube.com/watch?v=evgMgVnw4mw
Sus parodias políticas fueron sus éxitos más recientes, convirtiéndose luego en parodias neoliberales. Sin embargo, la versión que hiciera de La Casita, autoría de Felipe Lara y Manuel José Othón, donde a menara bucólica, ambos autores hablaban con amor de sus pobreza, Chávez la convirtió en el cinismo de la riqueza mal avenida.

A las parodias políticas y satirizar a un político se unieron la recuperación de las Canciones de la Guerra Civil y Resistencia Española (España 1936-1939-1975), también la recuperación de boleros del Caribe, entre muchas otras canciones que iban engrosando cada vez más su repertorio.

 

Un hombre de cine

Óscar Chávez estudió actuación con el gran Seki Sano (el cojo, como le decía Jodorowsky), gran maestro que fue expulsado de muchos países por su formación marxista. Con el tiempo, Chávez sería parte de una camada de actores que tomarían el cine mexicano y el teatro. Entre ellos sus compañeros en la icónica película Los Caifanes. (Cinta de la que, por cierto, Armando Ramírez se pitorreaba). Julissa, Ernesto Gómez Cruz, Enrique Álvarez Félix, Sergio Jiménez y Eduardo López Rojas.

La película con guion original de Carlos Fuentes (una especie de capítulo perdido de La región más transparente, llamado en primera instancia Fuera del mundo), fue modificado por el director teatral y a la postre, director cinematográfico, Juan Ibañez, llenando de calle lo propuesto por Fuentes. Cada uno de los personajes correspondería a un rol y cliché, siendo el de Chávez el del héroe trágico a lo Román Castillo. El Estilod fue la fusión de un personaje que desapreció con la reescritura del guion, fusionándose con otro El Rostro.

El Estilos se convirtió en una especie de masculinidad deseada, porque, pese a ser varonil, también era frágil y tierna. A lo barrial y callejero, se le unía la capacidad de cantar a capela y a recitar poemas sin esfuerzo. Mucha gente creyó que así era el actor, Chávez, que si bien dio mucho de su personalidad, la verdad es que también consistió en trabajo actoral.

Esto quedaría de manifiesto en la película El cuerpazo del delito (1970) Chávez interpretaría un personaje cómico llamado El Dedos. No quedándose a la saga del resto de actores cómicos con más tablas: Mauricio Garcés, José Gálvez, Roberto Gómez Bolaños, el increíble Ramón Valdés y Angélica María.

https://www.youtube.com/watch?v=5r6ieC_HqYg
Debido a diferentes conflictos con el sindicato de actores, Chávez tuvo solo fugaces apariciones en el cine nacional. Como él mismo contó en una entrevista: “(Los Caifanes) Se hizo con muy poco dinero, con todas las dificultades del mundo, por eso estimo mucho esa experiencia. Había muchos conflictos entre los sindicatos, traían un desmadre increíble. Por platicártelo rapidito: la filmación se interrumpió como quince veces. Se filmó prácticamente en la calle, con un clima del demonio. Fue un esfuerzo titánico y mis respetos al director, Juan Ibáñez, que ya murió”.

En Rompe el Alba (1988), ópera prima del tijuanense Isaac Artenstein, Chávez encarna al migrante chihuahuense Pedro J. González, que llegaría  la  ciudad de Los Ángeles en 1926, donde, luego de varios empleos acabaría siendo el conductor de un programa radiofónico. Poco a poco, y gracias a la música, que interpretaba en vivo con su guitarra, corridos y baladas, acaba por convertirse en portavoz de los braseros.

Así como el propio telegrafista convertido en locutor, tuvo problemas con los anunciantes norteamericanos que veían en el a un rojo despreciable, así también Chávez acabó teniendo problemas con los diferentes gobiernos y poderes fácticos. González y Chávez tendrían vidas paralelas, unidas por la música y el activismo. Chávez había nacido para interpretar a González.
Su legado

Pese a siempre estar en la independencia, dejando de lado los grandes medios de comunicación y las disqueras transnacionales, Chávez fue creando una siempre creciente base de seguidores. No solo dolió entre sus contemporáneos su muerte, sino entre las nuevas generaciones que lo fuimos adoptando como cantante/actor favorito. Gran influencia en el rock nacional, por ejemplo, compartiendo escenario con gente a la que le doblaba la edad. Siempre sencillo, honesto, era capaz de brindar con el mismo profesionalismo una entrevista igual a una radio por internet que a un diario nacional.

Hasta siempre… Óscar Chávez.


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.