Tierra Adentro
Plaza municipal Linares acordonada. Fotografía por Mónica Miranda Echartea.

Día mil de la cuarentena. Esta mañana nos despertamos con un calor como en mucho tiempo no se sentía en el oriente extremo del área metropolitana de Monterrey: Apodaca, el municipio industrializado por excelencia de Nuevo León. Entre sus calles, pasean, guardan cuarentena, o trabajan las supuestas centenas de contagiados de COVID-19 que reporta el gobierno del estado.

Como siempre pasa en un día tan caluroso, acabará nublándose por la tarde, y el cielo negro dejará caer una tormenta por algunos minutos —si se sale de control será de apenas una hora— que causará inundaciones, vientos y granizadas; aunque recientemente, un diluvio de esa magnitud podría anteceder la posibilidad de un tornado. Así es Monterrey, bipolar, tripolar, multipolar, polipolar por definición, en la que el COVID-19 es un elemento del sostenido contraste que viven los inquilinos de esta ciudad.

En mi barrio pobre nadie cree en el coronavirus, o prestan menos atención al problema. Cada que salgo a las tiendas de abarrotes de la esquina, me siento más incómodo por usar cubrebobocas, lentes y playeras de manga larga (apropósito, con frecuencia percibo que ya no hay una persona debajo de esa indumentaria). Ningún vecino sigue esos protocolos aquí en mi calle, y cuando algunos traen tapabocas, lo sostienen en la barbilla; jamás los he visto colocárselo de forma adecuada. Me pregunto entonces ¿por qué lo compran?, ¿por qué nunca soy testigo de los momentos en que lo utilizan bien?, ¿existirán esas ocasiones realmente?

 

Primer indicio de que el COVID-19 es ficción

No se me mal entienda, no estoy poniendo en duda la existencia del virus, ni siquiera me refiero a la enfermedad. Una persona tan ignorante como yo sería incapaz, por ética, de hablar sobre virología. Pero sospecho que en el tema del COVID-19 hasta los expertos salen cuestionados. Mis pruebas para enunciar que la crisis sanitaria posee elementos ficcionales son cosas como estas:

La semana pasada abordé un taxi para ir por comida y resolver papeleos. Decir que el conductor tenía un cubrebocas es mucho, apenas era un pedazo de tela atravesado sobre su cuello. La eficiencia de los tapabocas es discutida constantemente; pero han sido aceptados por los gobiernos, y se intuye que deberían llevarse cuando sean óptimos para su uso.

En realidad, las personas se ponen cualquier cosa en el rostro con tal de que los dejen trabajar, subir a los transportes públicos y entrar a las tiendas para comprar cosas esenciales o no (un vicio es esencial). La gente no es tonta, aquí, pienso, se desenmascara a la Matrix. El punto es aparentar lo correcto. Jugar un papel. No hay que negarse a las indicaciones, deben respetarse y ya, sin importar que se use un cubrebocas improvisado. Aunque sea en forma ficticia, pero hay que seguir las reglas.

 

Apodaca-Linares

A 131 kilómetros de Monterrey, en la ciudad de Linares, municipio de la región citrícola del estado, las cosas son parecidas. Mi amiga Mónica ha vivido la mayor parte de su vida ahí y conoce a la perfección el Zeitgeist linarense: nadie cree tampoco en la pandemia, evitan preocuparse por eso. De hecho, se han reportado pequeñas escaramuzas por las medidas de precaución en los establecimientos.

Los días que he llegado a pasar por Linares durante el verano, constato que el calor es mucho peor que en el área metropolitana de Monterrey, cosa que ya es un decir, y que convierte a las calles de ese lugar en un verdadero infierno de paso. Al ser una ciudad pequeña, decenas de personas se desplazan en moto o bicicleta, y ante las medidas de sana distancia del alcalde y su equipo de gobierno, el caos no se hizo esperar.

El municipio quitó las bancas de los parques, entonces la gente se sentó en las jardineras y donde pudo. Las personas acostumbradas a descansar bajo los árboles, los encontraban acordonados con cintas preventivas; ante su decepción, las arrancaban. Las autoridades colocaron guardias en los bancos para hacer cumplir las reglas, pero los ciudadanos se enfrentaron contra ellos —con gritos y reclamos— por obedecer las indicaciones.

Plaza Linares acordonada. Fotografía por Mónica Miranda Echartea.

Plaza Linares acordonada. Fotografía por Mónica Miranda Echartea.

Breve intermedio para hablar del calor

El calor es un elemento importante en esto. Los característicos 40 grados nuevoleoneses de la canícula siempre han estado ahí, pero esta vez un agente extraño se introduce y complejiza la ecuación. Al inicio de la contingencia, circulaban las noticias de que el verano podría incidir en el nivel de contagios de la enfermedad. Al ser un virus respiratorio, se esperaba que siguiera los patrones de sus versiones análogas; al poco tiempo venían los desmentidos y de nuevo los énfasis en la posibilidad de que las altas temperaturas mermaran un poco al COVID-19.

En el desierto norestense, miro al coranavirus y al verano rabioso como en un thriller despiadado. Una persecución entre asesinos que se buscan para matarse y que de vez en cuando se alcanzan para asestarse una herida grave.

No peco de ingenuo —pero en el coronavirus todos lo somos, incluidos los expertos, insisto— y se sabe que el calor no desterrará al virus de aquí. Como testigo de primera mano de un bochorno bestial, no concibo que la canícula del desierto no deje medio zombie cualquier cosa que intente existir sobre la faz de la tierra o en la naturaleza.

 

Apodaca-Monclova   

A 194 kilómetros de Monterrey, las circunstancias se replican apenas con matices, salvo que para mi amigo Marco, quien como Mónica, también ha pasado la mayor parte de su vida en un municipio alejado de las áreas metropolitanas, no deja de asombrarse con la imaginación de la gente para enarbolar teorías conspirativas; las encuentra muy graciosas mientras me las cuenta, entre risas, por medio de mensajes de audio en WhatsApp. La más curiosa es una en la que los pobladores culpan al alcalde de la ciudad por el COVID-19. En redes sociales, la gente asegura que Alfredo Paredes instauró el régimen del coronavirus en Monclova, porque construye una quinta enorme y tiene que agenciarse los recursos para terminarla; por lo que va a los negocios a cerrarlos y a cobrar impuestos para su personal Xanadú, estilo ciudadano Kane.

Monumento a Francisco I. Madero, Monclova. Fotografía por Marco Peña Galindo.

Monumento a Francisco I. Madero, Monclova. Fotografía por Marco Peña Galindo.

Segundo indicio de que el COVID-19 es ficción

Al principio de la cuarentena, los citadinos creían que las autoridades escondían la verdadera y avasallante cifra de muertos, pero pensaban (aún es así) que no existe la enfermedad y que es un invento de los gobiernos del mundo para… en fin, yo que sé. De alguna manera este hecho tenía un correlato cuando muchas personas le reclamaban al presidente que pusiera el ejemplo y detuviera sus giras y saliera a cada conferencia de prensa con cubrebocas. Pero ¿ponerle el ejemplo a miles de compatriotas que ni siquiera creen en la existencia del virus?

 

ApodacaSão Paulo

A 7 mil 954 kilómetros de Monterrey, en el sur del continente, para ser precisos en São Paulo, Brasil, las cosas son peores. Con miles de víctimas en la capital del estado, São Paulo es el epicentro de la pandemia a nivel latinoamericano. En Jardim Jandaia, barrio de Ribeirão Preto, municipio del interior de São Paulo, vive  Davi (con quien estudié en la Universidad de São Paulo en 2016). En su localidad, los contagios van a la alza; aunque el número de fallecidos es bajo (225 muertes registradas hasta julio), para una población de casi 600 mil habitantes y en relación con el número de pacientes en la capital. En Ribeirão, los hospitales todavía no se desbordan, pero de la zona metropolitana de São Paulo, no se puede decir lo mismo, con tasas de ocupación de casi el 70%.

En Ribeirão Preto las personas continúan expectantes, aunque no sin contratiempos. Davi va a trabajar algunas horas al laboratorio, en el área administrativa. Se encarga de recibir a los pacientes y autorizar los exámenes médicos para la gente que tiene algún tipo de seguro médico privado en Brasil. Dice que no paran de hacer exámenes por COVID-19, aunque hasta hoy, la mayoría sale negativa.

Las tiendas y comercios solo abren 4 horas diarias, el transporte público también está restringido, lo que desde luego ocasiona aglomeraciones y embotellamientos. En las universidades, las clases continúan por medio de internet, y muchos de los estudiantes que habían ido a Ribeirão a estudiar en el campus de la Universidad de São Paulo, una de las más importantes de Brasil, regresaron a sus estados para tomar los cursos online.

Las “republicas” (espacios comunitarios para alumnos que pululan en los barrios aledaños) permanecen cerradas y vacías, pues no pueden ofrecerse por razones de hacinamiento. La gente sigue confinada, pero debe ir a trabajar y regresar antes de que termine el horario restringido del transporte público. Davi me cuenta un incidente ocurrido hace poco más de un mes. Fue una manifestación organizada por los dueños de los comercios y establecimientos en las avenidas de la ciudad, pidiendo que dejaran laborar a sus empleados en las tiendas. La caravana detuvo el tráfico y ocasionó mucho ruido, pues lanzaban sus consignas con el claxon. Esto también se podría calificar como un indicio de que el COVID-19 es irreal. Empresarios que no creen en el libre mercado y quieren que los ayude el estado.

Calle Calçadão en el centro de Ribeirão Preto, São Paulo. Fotografía por Adonai Takeshi Ishimoto.

Calle Calçadão en el centro de Ribeirão Preto, São Paulo. Fotografía por Adonai Takeshi Ishimoto.

Tercer indicio de que el COVID-19 es ficción

Los datos siempre confusos que apenas llega para ser refutados al día siguiente, incluso por la misma fuente que los emitió. Las notas en la web que anuncian una serie de peligrosos nuevos síntomas —derrames cerebrales, erupciones en la piel— contra la información que asegura la existencia de miles de personas asintomáticas y qué podrían estar propagando el virus, pero ¿cómo, si no tienen un solo síntoma?, ¿una sola tos o un estornudo ya serían un síntoma?, y si lo fuera, ¿qué no en ese momento dejarían de ser asintomáticos? De alguna forma el COVID-19 es la enfermedad de Schrödinger, Godot, y es Bansky, Elena Ferrante y es los papás, y todos los heterónimos de Fernando Pessoa.

 

Apodaca-Birmania

A 14 mil 430 kilómetros de Monterrey, Cesar, a quien también conocí en Brasil en 2016, se encuentra varado en Birmania hace 70 días. Llevaba meses viajando por Asia hasta que llegó a Malasia, y en el traslado hacia aquel país, quedó atrapado en uno de los lugares que cuenta con menos casos en el continente.

Debido a una buena contención y a medidas que no distan a las de otras naciones, el gobierno y sociedad de Birmania han brindado resultados positivos. Hay toque de queda hasta la media noche, y no se recomienda salir sin cubrebocas. Cesar tiene comida y techo, pero no puede trabajar aún. Ha llegado a contactar con las autoridades mexicanas, aunque no recibió ningún tipo de ayuda para abandonar el país. Sintió una verdadera tristeza cuando vio partir a sus amigos argentinos, que a duras penas abordaron un vuelo de repatriación.

Las ciudades en Myanmar están resguardadas. Hay guardias en las carreteras, pues solo con un permiso especial se puede circular hacia otros estados. “La gente estaba muy asustada, se ha ido relajando”, me cuenta Cesar por Facebook, “pero sigue cuidadosa”. “Aquí no da para hacer la cuarentena en casa y los trabajadores tienen que salir para ganar dinero. Van al día, como en México”. En Birmania, a pesar de lo que se piense por ser Asia, dice Cesar, no estaban acostumbrados a esto. “Casi todo el mundo está aprendiendo. Está bien cabrón. No se le ve fin.”

Shwedagon Pagoda Yangon, Birmania. Fotografía por Cesar Salazar.

Shwedagon Pagoda Yangon, Birmania. Fotografía por Cesar Salazar.

Cuarto indicio de que el COVID-19 es ficción

La batalla por encontrar la vacuna es larguísima y difícil. El mundo clama por ella ahora, pero es increíble constatar que ¡ni siquiera con la vacuna en la mano estamos salvados! Miles de personas la esperan; sin embargo, otros miles también la rechazarán debido al gran auge de grupos aintivacunas y teorías conspiratorias de todo tipo. Recientemente el cantante Miguel Bose dijo que Bill Gates busca implantar microchips en el cerebro de las personas para controlarlas con la vacuna contra COVID-19. No cabe duda que lo que dice el filósofo esloveno, Slavoj Žižek, es verdad: “no queremos realmente lo que deseamos”.

Es increíble percatarse de que hay enfermedades para las que tenemos cura al día de hoy, pero de las cuales tenemos epidemias y brotes endémicos, como la polio en algunos países de África,y sin ir más lejos, el sarampión en el valle de México.

 

Apodaca-Dublin

En Irlanda las cosas pintan mucho mejor, al menos eso es lo que me cuenta Daniela, con quien trabajé de 2008 a 2012 vendiendo libros en la librería Gandhi de Monterrey. Hoy, casada con un ingeniero civil irlandés, vive en el centro de Dublín. Se dice que en Irlanda el contagio comenzó con un viajero que iba de Italia al norte de Irlanda y luego de Belfast hasta Dublín, él ya presentaba síntomas de COVID-19, pero esto es solo un rumor, jamás ha sido documentado.

En la segunda semana de marzo, el gobierno irlandés cerró escuelas y universidades. Durante la fase dos algunos lugares del sector esencial comienzan a laborar de manera paulatina. Restaurantes y cafés abrieron, aunque son menos de la mitad del total de los comercios de Dublín y solo funcionan entregando comida a domicilio.

En las calles el único tránsito observable es el de los repartidores. El gobierno implementó un plan por fases para regresar a la nueva normalidad. La fase 3 comienzó el 29 de junio, ese día se levantaron las restricciones para viajes nacionales. Desde hace 3 semanas se puede salir de las casas, caminar solo 5 kilómetros y de ser necesario, hacer un viaje de hasta 20 kilómetros.

Temple bar, centro de Dublin. Fotografía por Daniela Leal.

Temple bar, centro de Dublin. Fotografía por Daniela Leal.

El gobierno ha puesto mucho apoyo económico a disposición de la comunidad. Existe un programa para ayudar a las personas que se quedaron sin empleo debido a la pandemia. Lleva el nombre de covid-19 unemployment payment y es de 350 euros semanales por medio de una  transferencia a las cuentas bancarias, o recolección en la oficina de correos. Empezó el 26 de marzo y acaba de extenderse hasta agosto.

Hay otro incentivo que Irlanda aplicó contra la crisis, me cuenta Daniela. Se trata de uno en que el gobierno completa el salario del trabajador si su empresa lo reduce. Algunas compañías anunciaron que solo pagarán el 70% y es ahí cuando el empleado podría solicitar que el 30% restante se lo pague el estado. Esto aplica si el asalariado gana más de cierta cantidad al año, unos 30 mil euros.

En la calle las medidas no son tan diferentes a muchas partes del orbe. Con horarios graduales para padres de familia, ancianos, y discapacitados, limitando la cantidad de personas que acceden a los comercios con actividades continuas. En algunos medios de transporte como el Tram (un tren al ras del piso) se bloquearon algunos asientos para evitar aglomeraciones y solo puede ir sentada una persona por fila.

Igual que en Birmania, hay retenes en las vías de circulación de la metrópolis. La garda (policía irlandesa) cuestiona a los viajantes sobre la esencialidad de su salida y dirección de su destino. Hasta ahora no se han reportado incidentes policiales debido a la vigilancia. Cabe mencionar que los oficiales no están armados, y solo las protestas antirracismo a partir de la muerte de George Floyd en E.U., convocaron una cantidad de personas sin provocar algún altercado.

No hay puestos ambulantes, pero lo más parecido a eso son los pescadores, o los granjeros que salen a colocar sus productos. Ellos también tuvieron que parar, pero fueron adscritos a los programas del gobierno y obtuvieron un subsidio. Algunas personas no pudieron ser beneficiarias debido a los bajos salarios que perciben; sin embargo, estos casos se refieren principalmente a estudiantes (la legislación irlandesa les impide trabajar en turnos normales de empleo), y solo los registrados en hacienda se consideran trabajadores ordinarios. En cuanto a las escuelas, las clases continúan en línea y algunas universidades terminaron ya su ciclo escolar.

 

Apodaca

La verdad, yo ya estoy con los infortunados e ingenuos de mi colonia, no sabemos nada del virus y creemos que es mentira. Repito, no es que dudemos de su existencia, sino que nos queda actuar como si no existiera. Confirmo que es la mejor actitud. No sé si es mezcla de nihilismo mexicano o resignación (siempre hay lazos extendidos entre esto), pero tal vez nos ayude a surfear las olas de la pandemia de forma mucho más amable.

Esta mañana la pasé en el centro de Apodaca, ahora confirmo la gran farsa. Cualquier comercio abierto (esencial o no) y gente cruzando avenidas. Veo que nada ha cambiado salvo que las personas traen cubrebocas. Es el capitalismo con tapabocas. Fuera de eso, el panorama sigue igual.

Quizá uno de los indicios más contundentes para mí de que el COVID-19 es ficción, fue lo ocurrido el 27 de abril, cuando el gobierno estatal de Nuevo León restringió la circulación del transporte público. El primer día de la medida circularon las imágenes en internet de vagones del metro atestados de personas sentadas en el piso, unas junto a otras, solo que esta vez con cubrebocas. Es decir, todo igual para empeorar.

En este sentido, la batalla por la conducta ante la pandemia la ganaron los pobres. Cuando escuchaba a mis tíos y vecinos casi analfabetas decir que el COVID-19 no existe, pensaba que una comunidad como la nuestra no tendría oportunidad ante una crisis de este nivel. Pero al final, cosa increíble, los pobres tenían y tienen razón. Son el escudo en la inmunidad de rebaño. Están salvando a los ricos y al capitalismo, al final muchos de ellos y sus familias morirán, es claro; pero la mayoría joven perdurará y al poco rato habrán solucionado el problema.

No deja de ser paradójico como los millonarios permanecen resguardados en sus casas debido a sus fortunas. Es como si el sistema les echara en cara que no los necesita, que lo único que desea de ellos es su dinero. El trabajo siempre lo han hecho otros; por eso el mundo no debería parar. Las empresas no deberían hacerlo, y aquellas que no puedan cumplir en la nueva normalidad deberían ser borradas del mapa por no saber en qué consiste el capitalismo. Y este modelo quiere que sigamos, así que lo soportamos.

Las transformaciones del mundo, las protestas por injusticias raciales y por la igualdad no deberían parar. Tampoco las marchas del feminismo tendrían que detenerse. El mundo y su sistema económico quieren que continuemos. Así que sigamos como mis vecinos esta noche, con rancheras y cerveza hasta la madrugada, con reguetón al poco rato, perreando hasta verle las costuras a la simulación, perreando hasta ver la ficción del COVID-19.


Autores
José Luis Aguirre Aguilar (1983, Monterrey, N.L.) Egresado de la licenciatura en Bibliotecología y Ciencias de la Información por la U.A.N.L. Textos suyos han aparecido en Hermano Cerdo, Punto en línea (UNAM), Vida Universitaria (UANL, México), Armas y Letras (UANL, México), Poeta de gaveta (Revista de la Universidad de Sao Paulo, Brasil). En 2020 ganó el premio de poesía Rosario Castellanos de los Juegos Literarios Universitarios organizados por la Universidad Autónoma de Yucatán, (UADY).
Ilustración por María Magaña

Quiero ser novela, piensa un cuento insatisfecho de tener planteamiento, desarrollo y desenlace en una misma cuartilla. Ha intentado comunicarse con Tomás, su autor, cayéndose a propósito o dejándose volar por el viento, pero no ha logrado nada más que ser devuelto a su lugar.

¡Quiero ser novela!, declara, y los demás escritos lo desaprueban: no hay mayor vanidad que alargarse sin sentido. No obstante, el cuento no lo cree así: sus personajes, una familia de tres zanates, aún pueden continuar su búsqueda por un sitio virgen para establecer su nuevo hogar, pues unos electricistas tumbaron su anterior nido.

Exhausto de no llamar la atención del escritor y de ser rechazado por sus compañeros, el cuento toma medidas drásticas: al entrar una ráfaga de viento, la aprovecha para impulsarse y sostenerse sobre sus esquinas. Se estira como si quisiera tocar el techo, y de este modo, asegura el equilibrio. Aunque tiembla de arriba abajo, logra la hazaña de permanecer vertical. Camina con sus puntas hasta la máquina de escribir, la cual está prensando una columna sobre economía. La desplaza y se deja aprisionar por el rodillo. La presión sobre su hoja le hace recordar el tiempo en que fue escrito: sentir las letras tatuarse en su cuerpo y la alegría de ver cómo su paisaje blanco se pobló de aquellos seres alados. Su pensamiento comienza a desviarse hacia las imágenes que su narración provoca: los árboles retorcidos, el pasto amarillento, las nubes ennegrecidas. Pero espabila. No puede distraerse. Utilizando sus esquinas superiores, alcanza las teclas. Cree que puede seguir escribiéndose, pero su hoja se dobla, al igual que su orgullo, pues sabe que depende de alguien más grande para cumplir su deseo.

Desilusionado, se detiene a apreciar su hábitat a través de los ojos de los pájaros. Todo es color sepia: los libreros semivacíos, las cortinas con hilitos volando y el montón de cajas selladas.

El cuento escucha pasos que se aproximan. El picaporte gira una media luna y acto seguido la puerta se abre. Una niña de cabello encrespado entra de puntitas, mirando atrás, como si alguien la estuviera siguiendo. Sus ojos almendrados se pasean por el lugar, buscando una caja para esconderse. Elije la más grande, la del rincón, la que guarda enciclopedias y libros de historia. Se oculta tras ella y se asegura de que su vestido rosa no se le escape por los costados. No quiere que eso la delate.

—¿Isabel? —cuestiona una voz femenina fuera del otro lado de la puerta.

Las mejillas de la pequeña se inflan por una risa que se quiere escapar. Se tapa la boca con ambas manos. El segundero da unos pasos cuando Lidia, una mujer de trenzas rubias, atraviesa el umbral.

La señora la busca por toda la recámara. Intenta que sus pasos sean lo menos sonoros posibles. A Isabel se le comienza a fugar la risa. Al cabo de unos momentos, la encuentra.

—Tu papá se va a enojar —advierte a la niña y la toma de la mano.

Casi como una invocación, Tomás llega al cuarto sin hacer contacto visual. Camina esculpiendo una joroba, sus ojos están somnolientos y sus labios trazan una línea que a ratos decae. Lidia quiere pedirle una cosa, pero al ver su semblante aletargado, duda de siquiera emitir una palabra. La mujer observa las cajas de la biblioteca y recuerda todas las que faltan por llenar, las que están en el resto de la casa. No, Lidia no puede pasar por alto su recordatorio.

—No te tardes, debemos seguir empacando.

Tomás siente las letras atravesar, una por una, sus oídos. Pero las ignora. Su mente está concentrada en organizar las oraciones que concluirán la columna de esta semana. Lidia espera una respuesta, pero no parece que Tomás tenga intenciones de decir algo. Ella mira por última vez la espalda de su esposo y le parece estar viendo la de un anciano. Lidia suelta un suspiro de resignación. Sabe que, haga lo que haga, no podrá arrebatar la tristeza de su marido. Entonces, se va con su hija.

Una vez solitario, Tomás pone los dedos en el teclado, pero no escribe, se da cuenta del reemplazo —¿Este cuento?—. Cree que Isabel le quiso gastar una broma y está a punto de gritarle para regañarla, pero se detiene, la voz no quiere salir. Decide calmarse. No se puede distraer.

El escritor jala la hoja solo para darse cuenta de que está bien prensada. Vuelve a jalar, esta vez con más fuerza. Pronto, el forcejeo se convierte en desesperación. La ficción intenta resistir mientras la familia de aves observa el cielo de su realidad agrietarse. Las nubes y los árboles se bambolean como si fueran una escenografía. Súbitamente, el aire es desgarrado: la hoja ha sido decapitada. El universo de los zanates comienza a teñirse de negro, y ellos, buscando salvarse, no tienen más remedio que atravesar la gran ruptura. Ahora, intentan sobrevivir en el espacio encerrado de la biblioteca. El tiempo otorga unos segundos cuando los cuerpos de las aves, formados de grafías, comienzan a gotear, a derramarse. A través de la lluvia de vestigios, Tomás alcanza a leer la frase que daba final al cuento.

“Buscaron hasta que sus plumas perdieron el color”

La lectura se interrumpe cuando los vocablos se confunden entre sí. Tomás siente su pecho estrujarse. Voltea a ver su escrito, ahora su garganta se quiebra. Desde lejos, las demás narraciones observan el desenlace de su compatriota. Los ojos del hombre humedecen sus gafas de botella, pero no hay lágrimas. Tiembla su mano izquierda en la cual sostiene la cabeza de su creación. Con gran esfuerzo, logra dejarla en el escritorio. Él se mantiene congelado en la silla, con los ojos detenidos en el orificio que un clavo dejó en la pared.

Pasa una semana. La biblioteca y el resto del departamento terminan de poblarse de cajas. Lo único que no se mueve es la estación de trabajo. Tomás se había sentido incapaz de escribir hasta que llegó el momento de la mudanza. Ese día, se ve obligado a entrar a la habitación. Se pasea por ella, respirando el polvo que el techo, los rincones y el piso desprenden. El lugar le causa nostalgia y no se hace a la idea de tener que abandonarlo. Sabe que su nueva casa no será tan cómoda como esta.

No puede seguir postergando el encuentro. Se posa frente a la máquina. Su mirada recorre la cinta mallugada, la guía de papel y el metal verde. Pone el dedo índice sobre la barra espaciadora y la presiona, pero está trabada. La percibe como si sus bordes estuvieran llenos de plastilina. Presiona con más y más fuerza. Su yema enrojece, pero logra vencer. El movimiento de la barra espaciadora suscita el retroceso de la máquina, el comienzo de una nueva línea. La campanilla corona la transición.

Absorto, Tomás ve su relato muerto. Aquello recuerda el instante en que sus personajes se convirtieron en tinta escurrida.

—¡Ya nos vamos! —exclama Isabel, quien ha llegado como un fantasma.

—Sí, sí… —Tomás alcanza a contestar.

Dedica una mirada más al espacio circundante, pero sus pupilas necias regresan a la máquina. Entonces, suelta un suspiro y pone la mano en la cabeza de su hija.

—Dile a tu mamá que no me tardo —la niña obedece.

Una vez solo, el autor prensa una nueva hoja, pero no escribe. Antes cierra los ojos. Relaja su cuello al respirar profundo. La página en blanco jamás le había parecido tan temible, pero no se distrae. Se yergue, levanta los párpados, pone los dedos en el teclado y comienza a tejer el renacimiento de los zanates.


Autores
Estudia Literatura Dramática y Teatro en la FFyL. Mención honorífica en el IV Premio Memorial 68 de la UNAM por el cuento "La caravana de la memoria". Segundo lugar en el Concurso de microrrelatos organizado por Milenio y Sweek con el microrrelato "Las ancianas". Forma parte del Taller de Narrativa Avanzada de Casa del Lago.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) Ilustradora mexicana multidisciplinaria enfocada en creación narrativa. Ha participado en proyectos que van desde ilustración editorial, cómics, libros infantiles, escenografía, exposición en galerías y pintura mural.

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Autores
(Cancún, 1988), igual conocido como El Dee, es un ilustrador e historietista caribeño. Es creador del cómic Yo y La Muerte, El Twit Ilustrado y Nido de Serpientes, proyecto ganador del premio Novela Gráfica Joven 2018 de Tierra Adentro. También es socio fundador de Pizzatánicos, marca de ropa mexicana. Su trabajo de ilustracion puede ser encontrado en paredes, portadas de libros, discos y carteles musicales tanto en México como en Francia, Rusia y Latinoamérica. Hoy en día vive en Cholula con su esposa y un montón de perros.

HISTORIA

El jefe de Ramírez lo ha enviado al mercado a buscar aguacates frescos. Quiere consentir a un misterioso grupo de inversionistas que está a punto de firmar un contrato millonario para instalarse en Michoacán y exportar el llamado “oro verde” a todo el mundo. Sin embargo, este negocio no es redituable para todos.

La venganza narra el contagio de un virus mucho más letal que el SARS-COV-2. Al igual que este, silente y peligroso, desde hace tiempo se propaga causando no solo muertes humanas, sino también animales; cada día padecemos sus síntomas, nos consumen hasta exterminarnos.

 

INSTRUCCIONES Y ADVERTENCIAS

Usa las flechas para moverte e interactuar con los personajes y objetos que encuentres a tu paso. La experiencia es más completa e incluye música si juegas en Explorer.

Hecho con Bitsy Game MakerSountrack: “Model’s Own” de Human HeadsNota: Bitsy Game Maker es un pequeño editor para crear juegos breves diseñado por Adam Le Doux. Dado que fue programada en inglés, la plataforma ofrece limitaciones para escribir los diálogos en otras lenguas, por ello los mensajes evitan las ñ y las tildes.

 

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La venganza

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Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
Ilustración por Carmen Lop

Silencio, obviedad y olvido. Latinoamérica surge como expresión del aparato colonizador que sostiene el proyecto de la modernidad. Silencio. La colonialidad es la base de la modernidad. Por la distancia temporal, es mejor obviarlo. Sin colonialidad no existiría la noción de Latinoamérica, pues previo a la época hispánica, los habitantes originarios mostraban amplias diferencias culturales y temporales entre sí. Silencio y total olvido.

Aproximarnos a una noción de “lo latinoamericano” parece conservar una generalidad homogénea que solo alude al proceso historiográfico que “resulta” en una conformación geopolítica. La conquista “ha sido uno de los movimientos telúricos más fuertes, sin embargo, su lugar en la creación del orden capitalista moderno fue silenciado y los efectos de este ejercicio de dominación, también fueron negados en la historia y en la sociedad” (Maldonado, 2017, pág. 71). Reducción máxima de los procesos y ocultamiento de las bases del proyecto de modernidad que hoy vemos avasallante, a pesar de que tenía siglos anunciándose. Es decir, en tanto que las narrativas de lo colonial se vacían de sus encarnaduras materiales sociohistóricas y se disneyfican como un producto de consumo, por ejemplo, en la visión patrimonial o incluso en la industria turística; accedemos a una memoria que no contempla la búsqueda de las condiciones de posibilidad para proponer disrupciones; sino que se regodea en una supuesta mímesis realista del hecho que se vuelve verdad, a fuerza de repetición en múltiples dispositivos.

Hacia finales del siglo XV, la necesidad y promesa de encontrar nuevos proveedores y mercados, llevó a superar los miedos sobre un mundo rodeado de peligros, dragones y relatos. Hoy, la economía se centra en los relatos ficcionales del mundo digital para lograr una expansión que sostenga el proyecto iniciado hace siglos y que apenas ha logrado modificarse.

 

Colonialidad y cuerpos racializados

Como se ha insistido, no se pretende establecer una genealogía latinoamericana que deje de fuera muchas de las nociones particulares y regionales; sin embargo, se parte de una reflexión generalizada sobre algunos de los procesos coloniales que han derivado en formas de racialización de los cuerpos en la zona.

El asesinato de George Floyd, las manifestaciones sociales y digitales posteriores han generado reacciones en “Latinoamérica” y, sobre todo en México, donde se ha puesto en el centro la pregunta sobre las propias formas de racismo. Aunque quisiera hacer una revisión amplia, voy a centrarme en todas aquellas expresiones que suponen que en México existe “menos racismo” que en Estados Unidos.

No voy a recuperar las cifras de las encuestas de CONAPRED que ponen en evidencia cuantitativa el gran problema del racismo en el país, pues me parece más significativo rescatar un par de frases que aún escuchamos en la calle y lo vuelven evidente: “¡Ah, cómo eres indio! ¡Traes el nopal en la cara! y una que seguro recordarán por su aparición en un filme mexicano de 2002, “Si te gusta el frijol”, estas son expresiones de los ecos que, aunque parecen exagerados, encierran una forma de racialidad atravesada por el colonialismo.

Cierto que, en México, como en otras partes de Latinoamérica, la discriminación racial está vinculada a la de clase porque, evidentemente, a pesar de todos los cambios tecnológicos y la corrección política que se pretende en los efímeros discursos de las redes sociales, seguimos ante una misma lógica “como te ven, te tratan”. Y es que, en el fondo, ¿cuál sería la diferencia entre la segmentación por castas o la segmentación socioeconómica de las empresas de marketing?, ¿cuáles son los beneficios de este formato de estado institucionalizado y global?, si la posibilidad de apertura a la competencia invisibiliza la desigualdad en las condiciones de la competencia misma.

La colonialidad, de acuerdo con Aníbal Quijano, uno de los precursores de los estudios decoloniales, se refiere a la “dominación producida en el plano mental, aquella que se ha ocupado de constituir a la generalidad de los sujetos que son parte de una comunidad con una racionalidad y que son incorporados al interior de una subjetividad dominada para reproducirla de manera inconsciente en la práctica de las acciones cotidianas.”(Romero, 2014, pág. 2)Esto es, cuando en las sociedades se gestan frases como “su pareja es rubix, sus hijxs les saldrán bien bonitxs”, o  “se fue a estudiar a Europa/EU,  esas Universidades sí son buenas”,  se pone en evidencia una forma naturalizada en la que la racionalidad-racialidad europea-sajona resulta en lo “deseable” y, por tanto, en lo que se persigue. La búsqueda, entonces, no es por la reivindicación de las diferencias, sino por la aceptación desde la hegemonía.

 

Homologación global y la diversidad blanqueada

Uno de los pensadores latinoamericanos que indagó ampliamente sobre la “blanquitud” es Bolívar Echeverría, quien ya exponía cómo los procesos de “asimilación racial” que posibilitan la obtención de derechos, no siempre implican modificaciones en las estructuras simbólicas, sino que presuponen una adaptación a los modelos hegemónicos para lograr su inclusión.

Ser blanco, no significa solo un color de piel o una supuesta carga genética hereditaria, sino una cadena de significados vaciados en modos de vida.  CONAPRED y la agencia 11.11, hacia 2010, expusieron un video enmarcado en la campaña “Racismo en México”; el material es muy recomendable para revisitar, no como condena, sino como una evidencia de la expresión social de nuestro país. En dicho documento visual se observa cómo lxs participantes consideran que “moralmente” identifican que la raza blanca es poseedora de valores éticos, por lo que, cuando se pregunta a lxs participantes por su identificación racial, suelen dudar; es decir, ante el proceso de mestizaje, lo que queda difuminado no es solo la pertenencia identitaria, sino las condiciones que la acompañan.

Podemos condenar lo que somos, porque la contradicción ha conformado nuestros cuerpos, mientras que pensamos en la promesa de un proyecto de modernidad que se plantea como posibilidad de un futuro que siempre está por venir y en el que nuestra diferencia se desintegrará, para incorporarnos a lo que se nos había negado. La modernidad eurocéntrica se preserva a través de la configuración de dispositivos que naturalizan las relaciones de poder y las ocultan a través de la repetición favorecida por la noción actual de espectáculo y su correlación con la visión de público como dimensión colectiva

Desde los centros hegemónicos, “lo latinoamericano” es apenas esa curiosidad lejana y llena de una magia irracional, digna del buen salvaje. Intento o copia kitsch que se observa con la extrañeza de la lejanía y con la que se puede ser condescendiente, siempre recordando que son muestras de una periferia “en desgracia”. Otredad que puede asimilarse a un modelo que, cada vez, parece menos deseable.

Latinoamérica, entonces, aparece como el canal satelital con telenovelas, la música con ritmos “tropicales”, los tragos fuertes que envilecen a las mentes más instrumentales, la gala de premios cargada de cuerpos estereotipados, la extrañeza, el ruido, el chirriante color que exagera. En fin, la estética de una fiesta permanente que solo expone la flojera y desidia de los cuerpos que, ante el jolgorio, “deciden” morir por una supuesta exhibición abierta a la felicidad no laboral.

Algunas de las cuestiones que se presentan como centrales en este texto, son parte de los debates derivados de los estudios postcoloniales y decoloniales que han sido cuestionados por una atemporalidad; es decir, se considera que la supuesta lejanía temporal del acontecimiento no ha generado vínculos con los modos de vida actuales. Por lo que, silenciar, obviar y olvidar, se vuelven los elementos medulares de las formas de discriminación, en los países colonializados.

El triunfo de la colonialidad es justo la asimilación silenciosa e incuestionable de los sistemas simbólicos que la conforman; mientras que el concepto de la identidad latinoamericana, entonces, aparece como inventario de elementos y acontecimientos vaciados que disneyfican, con propósitos económicos, la fuerza de las narrativas de la memoria.


 

Bibliografía

Lipovetsky, G. y. (2016). La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico(2a ed.). Barcelona: Anagrama.

Maldonado, H. (2017). ¿Qué significa ser tocado por la colonialidad? . En M. C. González, Decolonialidad y Psicoanálisis (págs. 71-76). CDMX: Ediciones Navarra. Obtenido de Maldonado, H. (2017). ¿Qué significa ser tocado por la colonialidad? En M. C. González, Decolonialidad y Psicoanálisis (págs. 71-76). Ciudad de México: Ediciones Navarra.

Romero, J. R. (2014).La noción de patrimonio como colonialidad festiva, Obtenido de http://www.academia.edu/14964901/La_noci%C3%B3n_de_patrimonio_como_colonialidad_festiva

 

 


Autores
Maestría en Comunicación y Cultura, Universidad de Buenos Aires. Profesora de asignatura de la UACM y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Colaboradorx del diagnóstico de violencia de género en Ecatepec. Ha diseñado y gestionado: talleres, exposiciones, jornadas, podcast, conferencias y otras acciones para problematizar la naturalización de las prácticas sexo genéricas. Coordinadorx del círculo de lectura “Incomodar el género y descolocar el cuerpo”, Biblioteca Vasconcelos.

Ilustrador
Carmen Lop
Nació en la Ciudad México. Cursó la Licenciatura de Diseño de la Comunicación Visual en la ENAP con la especialidad en Ilustración. Ha publicado su trabajo en varias editoriales como la SEP, La Secretaría de Cultura, Malpaís Ediciones, y otras internacionales como Oxford University Press y Pearson de Chile. También ha incursionado en la docencia impartiendo talleres, conferencias y cursos de Ilustración y Diseño, en la Universidad del Valle y Museo Franz Mayer, entre otros.Desarrolla proyectos personales que abarcan otras disciplinas creando su propio trabajo como autora. Ha realizado el arte y escenografía para obras de teatro de Corvus Producciones, con temporada en el Centro Cultural Helénico y también se sumó a colaborar en el estudio multidisciplinario de Jan Hendrix. Protege su contenido con técnicas tradicionales principalmente.
Ilustración por Ray Patiño

En los 80, el estrecho vínculo derivado de la santería entre Cuba y México, aquella adoración de los santos a través de ritos, adivinación, rezos y ofrendas que pueden incluir sacrificios animales, la cual admite que existe un solo dios y cuenta con una organización jerárquica bien definida y establecida de acuerdo a los conocimientos y capacidades de sus miembros; protagonizó uno de los sucesos más impresionantes en la historia del crimen en nuestro país: la noticia del hallazgo de un rancho en Matamoros donde se realizaban rituales y en el que encontró una fosa común con más de una docena de cadáveres. Las particularidades terroríficas de las evidencias llevaron a los medios de comunicación sensacionalistas a apodar a los involucrados como los narcosatánicos, a utilizar indistintamente el término “santería” y vincularlo sin inconvenientes con el narcotráfico, el satanismo y el asesinato, alimentando así la estigmatización de la práctica en el país.

Los nativos del oeste africano, tras ser esclavizados y arribar a países como Haití y Cuba, crearon la santería al incorporar a su propia religión algunas características del catolicismo que les fue impuesto. Practicada por los primeros esclavos y sus descendientes, se extendió por todo Cuba pero, al no ser aceptada abiertamente, sus ritos se realizaban de forma clandestina. Más adelante, en 1953, la revolución cubana causó que una gran cantidad de santeros migraran a sitios de Estados Unidos con una población hispana considerable como Miami, Los Ángeles y Florida, así como a Puerto Rico y México, dada la cercanía.

Durante los 60, los mexicanos comenzaron a incursionar en esta práctica religiosa que cada vez adquiría más adeptos. La mayoría pertenecía a un estrato social alto, específicamente, a la élite de artistas y políticos. Al igual que en Cuba, los ritos se realizaban de forma secreta, y a estos se fueron incorporando elementos del catolicismo, lo que los alejó cada vez más de su origen africano.

En 1987, Sara María Aldrete Villarreal, originaria de Tamaulipas, era una joven de clase media de 23 años, alta, rubia y de ojos claros; estudiante distinguida de la carrera en Educación Física en el Southmost College, en Brownsville, Texas, ciudad en la que realizó la mayor parte de sus estudios. Además, contaba con una beca para estudiar danza, y en su tiempo libre daba clases de tenis.

Dos años después, su rostro se exhibía sonriente junto al de Adolfo Constanzo en la nota roja bajo los titulares “A la caza de los diablos mayores”, “¡Más crímenes satánicos!”. Las multitudes, tan satisfechas como alarmadas, leían con avidez sobre los “templos satánicos” de “el rey de la cocaína”. Los llamados “narcosatánicos” fueron acusados de sacrificar niños y cercenar a sus víctimas, de secuestro y tortura y de buscar protección a través de ofrendas sangrientas.

A pesar de que Constanzo era abiertamente homosexual (al igual que varios de sus ahijados), y de que Sara se declaró fascinada por su belleza aunque siempre negó haber tenido algo más que un vínculo de amistad con él, Sara y Constanzo pasaron a la historia del crimen como pareja, una de las tesis que ha generado mayor interés y gracias a la cual forman parte de una infame lista de parejas criminales entre los que destacan en el siglo XVIII, William Burke y William Hare quienes conformaron un dúo para asesinar y vender los cadáveres a la ciencia, crimen por el que Burke fue condenado a la horca y que inspiró a R. L. Stevenson a escribir el cuento “El ladrón de cadáveres” (1884).

Otra pareja criminal de renombre es la de Bonnie Parker, de 21 años, y Clyde Barrow, de 22, quienes durante la década de 1930 asolaron durante dos años los pequeños comercios y bancos de diversos Estados de Norteamérica. Finalmente, fueron acribillados juntos en su auto, un Ford V8. Varias películas se inspiraron en su trágica historia, como Sólo se vive una vez (Fritz Lang, 1937) o Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967). La canción “Bonnie & Clyde”, de La Casa Usher, inicia con la frase: “Cuando mató, fue porque no hubo otro remedio”.

En 1940, Raymond Fernández, practicante del vudú con el objetivo de estafar mujeres, conoció a Martha Beck, con quien inició una relación amorosa y a quien hizo pasar por su hermana sin imaginar que los celos añadirían el componente fatal a sus estafas, llevándolos a asesinar a cerca de veinte mujeres. La película Lonely Hearts (Todd Robinson, 2006) está basada en su historia.

El nombre de Adolfo Constanzo es la clave en esta historia: un joven de ascendencia cubana, tez clara, ojos verdes, cabello negro y tan solo dos años mayor que Sara. Nació en Miami y fue criado en Puerto Rico, donde su madre lo inició en el culto afroamericano Palo mayombe en el que ella era sacerdotisa y que, en esencia, es el culto a los espíritus y a la naturaleza.

Desde la adolescencia, Constanzo estuvo en contacto con el tráfico de drogas y el ocultismo a través de uno de sus padrastros. Fue acusado de crímenes menores, y en los 80 se dedicó a perfeccionar sus habilidades en el culto para viajar a México, donde también incursionó como modelo. Se dio a conocer como santero y médium, asegurando que sus rituales podían conseguir fama, poder y protección. Gracias a su experiencia, ganó popularidad y entró en contacto con diversas personalidades del espectáculo, narcotraficantes, políticos y funcionarios.

En 1984 se instauró en Matamoros como líder de un grupo dedicado a la santería y al tráfico de estupefacientes, cobrando miles de dólares por sus trabajos bajo el abrigo de los círculos de poder de la localidad. Tres años después, conoció a Sara. El Padrino, como lo llamaban, la introdujo al culto y la “bautizó” como la Madrina. Entre ambos reclutaban y lideraban a sus “ahijados”, jóvenes entre los 21 y los 23 años de edad que trabajaban para ellos. Aquél vínculo favoreció a la familia nuclear de Sara, pues Constanzo se hizo cargo de todas sus necesidades económicas.

En abril de 1989, uno de los ahijados que conducía por la carretera en dirección al rancho Santa Elena fue detenido por la antigua Policía Judicial Federal al evadir un retén. El joven de 22 años llevaba en su vehículo un arma de fuego y estupefacientes. Un largo interrogatorio logró su confesión: pertenecía a una secta que realizaba sacrificios en el rancho Santa Elena, donde también traficaban para el cártel del Golfo.

Las autoridades llegaron al lugar y descubrieron los horrores que le darían fama al grupo: un caldero de hierro con varios palos de madera a medio calcinar y restos de sangre y sesos, diversas cacerolas pequeñas con despojos animales, grandes manchas de sangre en las paredes y en el piso, osamentas carbonizadas tanto humanas como de animales, columnas vertebrales colgando, machetes y varios kilos de marihuana. Sin embargo, el descubrimiento más espeluznante fue el de una fosa común debajo de un corral donde localizaron restos en diferentes estados de descomposición de trece cuerpos humanos mutilados, lo que llevó a los agentes a etiquetar aquellos rituales como satánicos. En el rancho detuvieron a cuatro hombres, entre ellos, el dueño.

Una vez identificados los cadáveres, reconocieron al del estadounidense Mark J. Kilroy, estudiante de medicina de 21 años que desapareció tras viajar a México algunos meses atrás. Kilroy fue el verdadero motivo de que la noticia trascendiera en una región donde imperaba la violencia y la impunidad, pues el gobierno estadounidense presionó al gobierno de Salinas, que buscaba mejorar la relación entre ambas naciones, para esclarecer el crimen y encontrar a los culpables.

Los detenidos confesaron que las víctimas eran seleccionadas al azar, pero que Kilroy había sido elegido por ser norteamericano, pues Constanzo había especificado que necesitaba a un hombre con ciertas características para realizar un ritual sumamente importante tras perder una considerable carga de droga. Según los testimonios, Constanzo usaba las columnas vertebrales, los corazones y los cerebros de sus víctimas para realizar rituales de protección e invulnerabilidad para sus famosos clientes.

Mientras tanto, los otros cuatro miembros del culto y sus líderes, Sara y Constanzo, estaban prófugos. Al ser acusados de asesinato, huyeron en auto al centro del país. Algunas semanas después, la policía los ubicó en un edificio de departamentos en la delegación Cuauhtémoc, en la Ciudad de México, urbe en la que asesinaron a otras dos personas.

Sitiados, Constanzo ordenó tirar dólares por las ventanas para atraer a la gente, generar confusión e intentar escapar, pero la policía inició una balacera. Cuando Constanzo se dio cuenta de la imposibilidad de huir, le pidió a uno de los suyos que le disparara a otro de los ahijados y a él y que luego se diera un tiro. Sólo hubo tres sobrevivientes en el departamento. Sara fue una de ellos.

Al día siguiente, los cuerpos acribillados de Constanzo y otro joven encabezaron las publicaciones de nota roja que alimentaron el morbo de los espectadores. Tras la detención, aunque Sara alegó inocencia y declaró que había sido víctima de Constanzo asegurando que la tenía secuestrada, diversas pruebas corroboraron su complicidad y participación activa en los descarnados crímenes.

Cuatro eran los elementos esenciales que unían a los narcosatánicos: juventud, ambición, un nulo respeto por la vida humana y la supuesta impunidad de la que gozaban. En sus líderes, además, se conjugaron las características necesarias para representar sus papeles: el atractivo físico, la inteligencia y la habilidad de manipulación. Vivir sus breves existencias cruzando el límite de lo legal entre millones de dólares fue lo que los sedujo, pues esto les otorgó una exaltación de sensaciones que, de otra forma, no hubieran experimentado jamás.

Los sobrevivientes fueron acusados de homicidio, posesión de armas de fuego, profanación de cadáveres, asociación delictiva, delitos contra la salud y encubrimiento. Uno de ellos se fugó de la prisión, el otro murió poco después. Sara fue condenada a más de 60 años, sentencia que se redujo a 50 al encontrarla culpable solamente de encubrimiento.

Después de once años de encierro y de asistir a un taller de creación literaria, publicó un libro autobiográfico titulado Me dicen la narcosatánica (reeditado por Debolsillo en 2013), en el que afirma su inocencia y acepta que su único crimen fue haber conocido a Constanzo. Además, describe sus experiencias con El Padrino y los terribles abusos físicos, la tortura (como la abrasión de genitales) y violación que sufrió en manos de las autoridades para lograr su confesión. Sara tuvo oportunidad de presentar el libro dentro del reclusorio. Esa tarde apareció sonriente, maquillada, con su larga melena rubia ondulada y un sobrio vestido color rosa pálido.

Éstas son las primeras líneas de su obra: “Desde el 13 de abril de 1989 se me conoce con varios alias, apodos o sobrenombres: la Sacerdotisa, la Madrina, la Concubina del Diablo, la Narcofanática y la Narcosatánica. O, simplemente, Satánica. A partir de ese día, y a lo largo de dos meses, los medios de comunicación, nacionales e internacionales, difundieron mi nombre, mi imagen y mi vinculación con el cubano-norteamericano Adolfo de Jesús Constanzo, alias El Padrino”.

Sara ha respondido diversas entrevistas desde el presidio, entre ellas, una para Univisión, que influyó en el guion de la serie Capadocia (HBO, 2008).

En el 2000, afirmó para La Jornada creer en Dios, haber sido católica y estar interesada en diversas religiones además de la santería, mas no pertenecer a ninguna. Al preguntarle sobre su libro, comentó, desde el Reclusorio Preventivo Femenil Oriente, que todo lo que escribió era verídico y que quizá después escribiría ficción. Sobre Constanzo, afirmó que a pesar de que él pudo haberla matado en diversas ocasiones, nunca lo hizo, y que lo recordaba constantemente. A la pregunta de si desearía poder olvidarlo, respondió: “A veces juego a odiarlo. Pero no lo consigo”.

En 2004, en una entrevista con John Carlin, de El País, Sara relató haberse vinculado con Constanzo debido a su rango de sacerdote en la santería y por su dinero y poder. También, que él mismo la “bautizó” con la sangre de dos animales sacrificados para poder formar parte de la secta. Negó haber involucrado el homicidio en sus rituales y cualquier vínculo con el narcotráfico.

La brutal historia de los narcosatánicos inspiró la película Perdita Durango (Alex de la Iglesia, 1997), en la que dos adolescentes son secuestrados por una atractiva pareja de santeros para sacrificarlos.

A 31 años de los crímenes de los narcosatánicos, Sara, de 55, ha pasado la mayor parte de su juventud recluida y ha defendido su inocencia a lo largo de su recorrido por diversos centros penitenciarios del país, y actualmente purga condena en el penal femenil de Tepepan, donde solicitó su excarcelación para pasar las casi dos décadas que le restan bajo vigilancia.

Su voluntad férrea no ha podido ser doblegada ni con la violencia más extrema, lo que demuestra que su discreción casi total respecto a Constanzo y los crímenes del culto va incluso más allá de lo cognoscible.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Ray Patiño
(Ciudad de México, 1988) Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.

Seguí yendo a trabajar cuando muchos de mis contactos ya estaban refugiados en sus domicilios. Un día los jefes nos dieron a escoger: laborar desde casa o seguir en la oficina hasta que fuera obligatorio. Yo elegí quedarme en las instalaciones. Lo mío es la calle; desde muy joven viajé de aventón por gran parte del país, recorrí desde Tamaulipas hasta la frontera con Belice, malcomiendo en el camino, pernoctando en playas o en la batea de alguna camioneta. Me asfixiaba en mi casa.

Cuando visito reclusorios tengo la certeza de que no podría vivir en el encierro, viendo las mismas cuatro paredes durante largos periodos. La violencia y el hacinamiento, lo veo como algo menor. El aislamiento te va acabando, destruyendo la salud mental y física. Cuando veo a internos haciendo hasta 800 lagartijas por día, los comparo de inmediato con los pobres leones de los zoológicos, dando y dando vueltas en miserables fosos de cemento. Lo que mata es el encierro y yo moriría por él.

Alguna vez leí sobre las condiciones de existencia infrahumana en los reclusorios de alta seguridad. Desamparo absoluto, no hablar con nadie, revisiones nocturnas cada hora, siempre mirando hacia una luz que te vigila. Como única diversión, una hora al día en un patio lamentable, sin plantas, siempre cuidado por un custodio al cual no le puedes ver a la cara.

 

Fase 2

Cuando regresaba a casa luego del trabajo, hacía todo un ritual de limpieza, consistía en quitarme la ropa, ponerme unos huaraches, correr al baño a lavarme manos, brazos y rostro. Después de esto podía sentirme tranquilo. Mi esposa y yo sufrimos mucho con las enfermedades respiratorias, así que tratamos de mantenernos sanos porque seguramente habría complicaciones. Yo tuve influenza H1N1, recién fui contratado apenas hacía unos meses en una librería, y hubiera muerto de no ser porque estaba dado de alta en el seguro social. Me atendieron en un médico particular. Pese a que ya me había acabado el tratamiento y la temperatura no amainaba, insistí en que era una gripa común.

Cuando me vio la doctora del IMSS, de inmediato me diagnosticó influenza. Acabé confinando en mi sala, con altas temperaturas y con dolor constante en los pulmones. Mi mujer se convirtió en mi enfermera. Tomamos muchas precauciones y ella no se infectó; por esa razón, tenemos miedo de contagiarnos.

En la noche, cuando regresaba a casa, me “enfermaba” de coronavirus y temía, incluso, besar a mi esposa. Tenía los síntomas: dificultad al respirar, cansancio y hasta sentía temperatura. Todo estaba en mi cabeza. Limpiaba compulsivamente cada rincón, celular, monedas, billetes, cualquier cosa para acabar con el virus. Si me enfermaba de verdad, no había problema, podría resistir otra vez la temperatura arriba de 40 grados, los dolores de cabeza y la tos que dejaba lastimado el estómago, como cuando tuve influenza. Lo que no sería capaz de soportar era transmitir el COVID-19 a Berenice.

Cuando nos dijeron que ya debíamos laborar desde casa, entendí que no había vuelta atrás. Años antes, hubiera agradecido el tiempo fuera; ahora, con pagos y deudas, me daba miedo. La vida de equilibrista de un tipo de clase media es muy endeble, en cualquier momento puedes caer. Claro, hasta que conoces la de otros menos privilegiados. Por ejemplo, en el camino al mercado, hay unos que apenas sobreviven: la señora de las tortillas que diario viene desde Toluca, el del queso y nopales que se para un rato frente al supermercado, el de las obleas y alegrías que, por irónico que parezca, te regala una mirada de infinita tristeza cada vez que te ofrece sus dulces.

 

En casa

Una vez en confinamiento, luego de la sesión de Zoom con las compañeras de la oficina y de saber que la reducción del salario no sería tan grave como pensábamos, comencé a tranquilizarme y a conocer a mis vecinos por completo. En mi edifico nadie canta Cielito lindo, no hay músicos esplendorosos que den conciertos desde su balcón, o una soprano que nos deleite con su voz. Los residentes son ordinarios: un hombre que hace su mandado en el OXXO; una madre soltera que cuida, sin mucha suerte, a sus tres hijos -una de ellas con una bebe- para que no vuelvan a caer en las drogas; una alcohólica con un tremendo dóberman que canceló las ventanas que daban al cubo de luz y una dicharachera vecina que lleva más de 20 años evitando que el edificio se caiga a pedazos.

Si usualmente uno sale a las seis de la mañana y regresa hasta las siete de la tarde a casa, desconoce los sonidos de los demás. Pronto me fui familiarizando no solo con los de mis condóminos, sino con los de junto, una construcción que cuando nueva debió ser residencial y bella, pero que ahora es una desgracia, parchada y pintarrajeada por igual.

Cada tanto tiempo, suena la bomba de agua, cada tanto tiempo la vecina de arriba, doña Trapitos (la apodé así porque siempre está lavando un trapito en la azotea), arrastra una silla y sacude una cobija o un mantel. Cada tanto tiempo, alguien acciona una licuadora, otro grita “gas”; una mujer, “agua”; otro, “basura”. Cada tanto tiempo alguien canta, arranca un auto, suena una alarma o golpea en las paredes. Lo sorprendente es cuando no hay ruido, cuando puedes oír el sonido de tus pasos sobre la duela vieja, cuando escuchas a los pájaros en los árboles. Es como si en determinado horario se pusieran de acuerdo para callarse.

Mi mujer y yo podemos pasar un buen rato sin hablar, estando juntos, solamente eso. Hace unos días ella me preguntó: ¿y si un día nos quedamos sin nada que platicar? Yo me reí. Siempre tenemos algo que charlar. Estando encerrados a veces, como una especie de acuerdo tácito, nos vamos a sitios separados y nos ignoramos. Para controlar mi ansiedad por el encierro, me compré desde hace semanas un bote gigante de pintura, así que he sacado todos mis libros y ahora pinto los libreros. Ella lee en silencio o se carcajea de las cosas que ve en redes.

A veces pienso que más que escritor me hubiera gustado ser carpintero o pintor de brocha gorda. Intenté ser pescador, pero es una vida muy dura. Lanzar la atarraya era difícil, aunque me agradaba la soledad de la lancha. Estuve unos días tratando, con un señor y su hijo cerca de Costa esmeralda en Veracruz; sin embargo, el lanchero me dijo, muy sabio, que no iba a aprender porque no tenía verdadera necesidad.

Los vecinos mitigan el encierro como pueden. Una se volvió la celadora del edificio y se dedica a vigilar quién entra y quién sale. Uno hace rondines de su departamento a la esquina y viceversa. Alguno más llora cada tanto con Vicente Fernández. Otro, casi siempre, a la hora de la comida, cuando el calor comienza a bajar y el aire tibio se cuela por mi ventana, pone a la Fania y una selección los mejores salseros. Abre su ventana, sube el volumen a niveles aceptables y luego de un rato, apaga el sonido. He estado tentado a gritarle y felicitarlo por su buen gusto. Alguien ha decidido martillar pasadas las ocho de la noche.

En la red la gente hace de todo por paliar el aburrimiento. Se graban haciendo yoga, leyendo poesía, suben memes; unos prefieren discutir con sus conocidos sobre la realidad del país, no importando que acaben amistades. Otros más nos quejamos una y otra vez, como un mantra.

 

La azotea

Cuando veo las azoteas de mis contactos sueño con tener una así. Ahora les dicen Roof Garden, con esa manía tan de ahora de llamar a lo de siempre con un nombre en inglés. Nuestra terraza es un campo de guerra. Una cuarta parte está tomada por un tipo y su esposa que dicen son los que cuidan el edificio. Otra cuarta parte está enrejada por alguna vecina que ni vive en el edificio; la otra mitad es libre, pero se siente raro llegar ahí y ver el cielo. Es como arribar un sitio que no es tuyo, aunque debería ser comunal. Es el lugar de mi vecina alegre, quien impermeabilizó de su bolsa ese pedazo. Ahí cuelga su ropa y deja que algunos vecinos lo hagan también, aunque pocos le toman la palabra. Yo incluido.

El piso es rojo y tiene como puerta de entrada una pequeña reja.  En ese páramo de tranquilidad de vez en vez, el camaleón de una inquilina, toma el sol. Ahí está el reptil, tirado cual largo es, contrastando su verde deslavado con el rojo intenso del piso. Cuando subo, las sabanas de mi vecina feliz ondean siempre al viento, similar a las velas de un barco. Tiene un raro gusto por las plantas. A mi abuela le gustaban los malvones rojos, rosas y naranjas. Mi vecina feliz tiene sábilas, helechos y muchos cactus. Es como estar en un desierto de cemento.

Las plantas están sembradas en cubetas, botes de pinturas viejas y cazuelas. Son casi treinta plantas diseminadas por su pedazo de azotea, como una especie de jardín que apenas si necesita agua.

Fotografía por Iván Frías.

Fotografía por Iván Frías.

 

Mi vecina feliz

Tiene más de sesenta años así que su hija, con la que vive, no la deja salir. Una vez vino a tocarme a la casa con un pretexto simplón, para luego contarme que su retoño no sabía ni escoger jitomates. Se quejó amargamente de que le había traído unos aguacates golpeados y que el pollo seguro era de supermercado porque estaba muy amarillo.

—Muy estudiada, pero no sabe escoger ni la verdura. —dijo entre queja y desahogo. Luego siguió contándome que no sabía que iba a hacer porque la alberca a la que iba ya la habían cerrado y se sentía un poco adolorida de no hacer ejercicio.

La dejo hablar porque me gusta escuchar a las señoras mayores. Siempre lo he hecho, encuentro algo de sabiduría en ellas, un conocimiento de la vida práctica. Giorgio Agamben, Slavoj Žižek, Byung-Chul HAN y demás se quedarían callados ante las certezas de mi vecina feliz.

Muchas señoras mayores ya no tienen miedo a la vida, al que dirán. Ella es de esas, no quiere escuchar órdenes o indicaciones, porque durante años las ha seguido y ahora sabe qué funciona o no.

En su piso tiene un pequeño jardín con geranios y helechos. Yo, gracias a su influencia, intenté hacer el mío con seis plantas, un par de espadas de San Jorge, una palma, un ficus y dos que se murieron a la primera semana. Un día vi que las plantas estaban recién regadas, le pregunté a Berenice si ella lo había hecho, me dijo que no. Cuando tuve oportunidad le pregunté a mi vecina. Ella me dio un tremendo regaño, me advirtió que no sabía cuidarlas, que faltaba remover las hojas secas, que pusiera cascarones de huevo en la tierra, que a algunas les faltaba un palo para que estuvieran derechas.

Hace poco subí a colgar mi ropa y la encontré viendo sus plantas de azotea. Ella lleva ya casi mes y medio encerrada en el edificio. No sale para nada, sin embargo se ve relajada, tranquila, con mucha fuerza, tanta como para trapear las escaleras del edificio, como lo hizo la semana pasada, o para subir a lavar a mano su ropa. Supongo que no necesita hacer directos en Instagram ni poner largos estados sobre la situación del país en Facebook. Es más, no sabe ni qué es el WhatsApp. Tenemos un grupo en esa red y ella, claro, no aparece.

—¿Cómo estás? —me pregunta seca como es.

—Bien —respondo. Sabiendo que su pregunta es retórica. Desde hace unos días mi vecina alegre es con la única persona, fuera de mi mujer, con la que hablo.

Me dice algo de unos vecinos de abajo, me cuenta sobre un familiar enfermo. Evita ver las noticias, no le interesan, no quiere saber nada además de sus plantas en la azotea y solucionar los problemas del edificio. Es como una especie de sensei que vive el momento, le importa poco el pasado y el futuro.

Platicamos un rato, justo cuando llega a la puerta para bajar a su piso, se voltea y me quiere decir algo más; pero no sabe hablar de otra forma que no sean órdenes. Me dice: nunca sacas tu ropa a tender, la ropa necesita sol, más las sábanas. Qué bueno que ya subes a colgarla. Yo también subo a esta hora.

Sé que esto último es una invitación para subir a platicar.

—Me saludas a tu esposa. Nos vemos luego.

—Nos vemos, —respondo. Pero ella ya no me escucha. Baja por las escaleras, dejándome en el solazo, junto a sus plantas de azotea.


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Curvatura de Marte. NASA.

Contrario a lo que uno podría imaginar, una sensación de vacío aborda a los astronautas no mientras están en órbita, sino cuando regresan a la Tierra. Es lugar común en sus testimonios posteriores que, de vuelta en casa, los viajeros espaciales sienten que su vida ha llegado a una cumbre desde la cual es muy difícil dotar de sentido su pasado o su futuro. Parece que los astronautas que logran regresar viven en un nuevo calendario que se estructura a partir de los aniversarios del viaje. Quizá se trata de una triste fortuna, como todas las promesas al final del arcoíris, pero ese vacío existencial dista mucho de ofrecer las explicaciones sobre la vida en la Tierra que la humanidad ha buscado durante siglos en el cielo nocturno. ¿Qué pasaría, sin embargo, si el viaje espacial no tuviera un regreso? Si el plan, de entrada, fuera partir para no volver.

Ése es el objetivo actual de Elon Musk, empresario conocido por sus opiniones excéntricas y el éxito de aplicaciones como PayPal. Hace más de diez años inició una compañía privada que tiene entre sus misiones desarrollar naves reutilizables y reducir al mínimo los costos de los viajes espaciales: SpaceX.

Musk es un empresario fuera de lo común que muy temprano identificó la importancia de crear un personaje que sostenga una visión gentil de sí mismo y oculte sus complejidades. Es sabido, por ejemplo, que su fascinación por el carácter ficticio Iron Man lo impulsó a diseñar una casa que pueda ser operada por inteligencia artifical. La obra de las hermanas Wachowski (creadoras de la saga Matrix) ha marcado sus ideas del desarrollo tecnológica al punto de declarar que es muy probable que vivamos en una simulación. Recientemente el bautizo de su hijo se volvió una noticia internacional por la peculiar elección de nombre. El bebé que concibió con la música experimental Grimes se llama X Æ A-12, ¿palabra? en la que cada uno de los signos se corresponde con una idea del matrimonio: “X” es la expresión de una incógnita en lenguaje matemático; “Æ” es una variación “élfica” de las iniciales “AI”, que significa “amor y/o inteligencia artificial”; “A-12” es el nombre del modelo de avión favorito de la pareja. Finalmente “A” es la inicial de “Arcangel”, la canción favorita de Grimes.

A pesar de su excentricidad, Musk es uno de los empresarios más poderosos del planeta. Dos de sus creaciones aseguran el bienestar económico de su progenie por varias generaciones: la compañía PayPal, creada para realizar pagos en línea y la empresa Tesla, de diseño de transportes y otro tipo de máquinas  (cargadores, pilas, etcétera), que puedan funcionar sólo con energía solar (es decir, independientes de combustibles fósiles).

Pareciera que ambos proyectos abogan por la transición hacia formas de vidas autosustentables, al reducir por ejemplo la huella de carbono que imprimen los centros de abasto comercial y la transportación en vehículos que funcionan con gasolina; sin embargo, otros de sus proyectos (como es el caso de SpaceX) refuerzan una desigualdad social en la que sólo aquellos con suficiente capital financiero pueden acceder a una mejor calidad de vida. Una de sus misiones espaciales está dirigida a brindar un servicio de internet de banda ancha a lugares remotos de la Tierra, mientras que otra presupone la extinción del planeta y persigue crear un refugio extraterrestre.

En 2016 Musk expuso en la ciudad mexicana de Guadalajara, durante el Congreso Internacional Aeronáutico, su proyecto de colonizar Marte. Para él una misión al cuarto planeta del Sistema Solar podría significar un seguro contra la extinción en la Tierra. Si la vida humana está destinada a terminar en unos cuantos cientos de años en caso de que el calentamiento global continúe el vertiginoso camino que mantiene hasta ahora, es necesario encontrar nuevos territorios que ofrezcan otro panorama. Con sus condiciones actuales, sin embargo, Marte no es un lugar en el que una persona pueda sobrevivir siquiera a una caminata sin protección específicamente diseñada para ese propósito, en menos de un minuto la sangre se evaporaría y, aun contando con el material, lo más probable es que las feroces tormentas de arena y la radiación cósmica serían suficientes para reducir la vida a una estancia claustrofóbica en una cueva subterránea.

Según Musk ese contexto no sería un problema en sí. Sus cálculos apuntan que para el año 2040 es probable que al menos un millar de personas esté dispuesta a pagar una cantidad cercana a medio millón de dólares por cabeza para emprender el viaje sin retorno: “Tendrás que ahorrar todo tu dinero y vender todo lo que tienes, como los pioneros que fundaron las primeras colonias estadounidenses”, dijo en una entrevista con Ross Andersen. Dadas las condiciones de vida previsibles en el planeta rojo, es probable que los colonos entraran en tal conflicto entre ellos que la civilización marciana terminaría por autodestruirse antes de alcanzar cualquier clase de bienestar. Sin embargo, el empresario futurista avanzó recientemente en la dirección deseada con el vuelo de Falcon 9, el primer cohete reutilizable para el transporte de personas y materiales a la órbita terrestre y más allá. El 30 de mayo de 2020 la nave Crew Dragon partió del Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida rumbo a la Estación Espacial Internacional, que ha permanecido habitada y en órbita por distintos grupos humanos desde el 2010.

En plena pandemia y desde un país que ya suma más de 100 mil muertes por Covid-19, el presidente de los Estados Unidos presenció el despegue de la tripulación de una nave diseñada con fines estrictamente comerciales. Se trató, a decir verdad, de una puesta en escena absurda en la que una crisis de la vida en la Tierra promete resolverse expandiendo la lógica colonizadora que nos ha traído a este punto hacia el espacio exterior. Es sabido que la aceleración del desarrollo tecnológico iniciado en la Revolución industrial fue la semilla del problema actual de emisiones de gases producidos por combustiones fósiles, que ha aniquilado gran parte de la vida animal y vegetal; por otro lado, a estas alturas de la historia también resulta evidente que el ímpetu imperialista del siglo XVI, cuya lógica axial fue imponer unas formas de vida sobre otras es el responsable de los genocidios y los crímenes de lesa humanidad más devastadores.

Hay una anécdota en la historia de nuestro continente que ilustra bien este punto. En 1595, el insigne pirata sir William Raleigh presentó ante la corona inglesa una crónica ilustrativa de la ambición que los movió a él y a sus hombres a adentrarse por ríos amazónicos y perderse en conversaciones a medio traducir con los nativos para encontrar un lugar construido enteramente de oro. Entre su discurso enfocado en promover la avaricia puede distinguirse también la sorpresa radical de aquel que ha logrado exceder los límites de sus contemporáneos. Se trataba de convencer a la audiencia de que había un mundo nuevo, que ya había sido pálidamente adivinado en textos mitológicos que hablaban, por ejemplo, de mujeres guerreras y ciudades construidas con puro oro.

Las descripciones de los frutos nunca antes vistos por los europeos y la geografía laberíntica de los ríos amazónicos se corresponde con un afán meramente descriptivo (naturalista, precientífico), pero también con el esfuerzo de persuadir a la Corona de invadir las tierras americanas para su explotación. El oro, las piedras preciosas y la fecundidad de la tierra parecían haber sido dispuestas entre gente noble e ingenua para la llegada de los europeos que finalmente sabrían darles el mejor uso para enriquecer al hombre. ¿No es ésta una lógica similar a la que promueve Elon Musk con sus planes de colonizar Marte?

Pareciera que la ingeniería espacial hubiera alcanzado un nuevo culmen en la construcción de naves reutilizables que podrían asegurar un futuro extraterrestre para la humanidad. Si bien lo que sabemos de Marte no lo pinta como ningún Jardín de las Delicias, sino como un paisaje propio de las descripciones infernales de Dante, da la impresión que el nivel de hostilidad de su ambiente es proporcional al nivel de superación de la raza humana. La misma idea de progreso que nos ha traído a este momento preapocalíptico de la humanidad continúa su narrativa hacia dar por sentado que la Tierra muy pronto (¿100, 500 años?) dejará de ser un lugar útil para la vida. Por eso mismo es necesario invertir todos los recursos posibles en sobrevivir en un entorno extraplanetario.

Es cierto que la sustitución de los combustibles fósiles por energías renovables (como la energía solar) es uno de los objetivos de su compañía Tesla y que incluso se prevé que los cohetes de SpaceX puedan funcionar con grandes páneles solares en un futuro; sin embargo, eso no necesariamente implica que la vida en la Tierra (o en Marte) vaya a mejorar. La estructura económica y social en la que se están desarrollando los proyectos de Musk no parece ser distinta a la que nos ha traído al momento actual de crisis. La historia de la “carrera espacial” siempre ha tenido como trasfondo una competencia de tecnología bélica y aún hay cuentas pendientes sobre la relación entre la Guerra Fría y, digamos, la llegada a la Luna. De continuar el desarrollo tecnológico sin acuerdos internacionales o sin organismos de control independientes: ¿Quién regularía un uso bélico de estas nuevas tecnologías? ¿Qué sucedería si un solo país (que es de hecho el responsable de una cuarta parte de la contaminación ambiental a nivel mundial) llegara a poseer el monopolio de los tickets de salida para Marte? ¿Quiénes tendrán derecho a salvarse y quiénes no? ¿Un planeta sería la extensión de una nación?

El plan de SpaceX ha logrado tal nivel de aceptación en el imaginario actual que existen simulaciones montadas con el fin de preparar al ser humano para vivir en otro planeta. Un proyecto arquitectónico llamado “Mars 2117” en Dubái está enfocado en construir una ciudad apta para funcionar en el planeta rojo. Con una inversión de más de 140 millones de dólares, el grupo empresarial Big-Bjarke Ingels trabaja actualmente en hacer de este simulacro algo verosímil.

Aunque hasta el momento no se han encontrado rastros de vida en Marte, la colonización de este nuevo territorio tendría implicaciones funestas. No falta hacer una búsqueda exhaustiva para comprobar que existen problemas más acuciantes que un cambio de escenario para perpetuar cualquier forma de vida. La desigualdad económica y el colapso de las instituciones modernas dentro de los Estados han alcanzado una nueva expresión durante una pandemia viral que no se había visto en un siglo. El antecedente más cercano fue la gripe española de 1918, año que para muchos lugares de América fue más letal por la enfermedad que por la Primera Guerra Mundial. Es quizá precisamente la coincidencia entre el pico más cruel de la pandemia y el lanzamiento de Crew Dragon lo que vuelve todo este panorama más aterrador.

A principios del siglo XX, la experiencia humana seguía un ritmo más pausado que el actual debido, principalmente, a los grandes hitos en transportes y medios de comunicación que ocurrieron a lo largo de la centuria; sin embargo, muchas personas tienen hoy una vivencia muy similar a la que tendría alguien en aquella época: los usuarios de trenes subterráneos, por ejemplo, muchas veces invierten una cantidad de tiempo en realizar un recorrido igual a la que les tomaría hacerlo a pie por el atraso de las partidas y por la cantidad de gente que hay en horas pico. Podría decirse que en ambos momentos históricos (y quizá más acentuadamente ahora) el factor que realmente hace una diferencia en la vida cotidiana es el poder adquisitivo y la pertenencia a una cierta clase social. Esta conclusión es una vieja conocida del género de cierta veta de la ciencia ficción: no importa qué tan avanzada llegue a estar la tecnología o que tan viable sea expandir la raza humana a otros planetas, la lucha de clases seguirá siendo el motor más profundo de la sociedad.

Ursula K. Le Guin, que se cuenta entre las autoras más notablemente optimistas a la hora de imaginar futuros posibles, describió en su novela The Dispossessed (1974) a una sociedad anarquista que sobrevive gracias a una cultura basada en compartir los muy escasos recursos a su alcance. En Anarres, la luna de donde emprende un viaje un filósofo matemático llamado Shevek, el lenguaje ha sido modificado de manera tal que no se emplean pronombres o adjetivos posesivos, sino que para decir que algo es “de alguien” se nombran las relaciones de uso que la persona tiene con el objeto. De tal forma que el právico es un idioma en el que no tiene cabida la posesión y, al desarticular este concepto desde la lingüística la vida adquiere otro sentido. Detrás de este principio subyace la tesis del lingüista Benjamin Whorf, que a su vez la atribuye a Edward Sapir, de que la estructura y la manera en que opera una lengua determinan en gran medida la visión de mundo de sus hablantes. Aunque esta teoría data de la década de 1950 y ha tenido sus retractores, la puesta en práctica de Le Guin permite analizar la posibilidad de habitar un mundo diferente si se reorganiza la manera de jerarquizar los conceptos más cotidianos y, por tanto, invisibles. Digamos que la dinámica que estructura la sociedad y la cultura en Anarres es relacional, es decir, está basada en los vínculos que tienen las personas entre sí y con los objetos.

Por extraño que pueda sonar, el mundo utópico que Le Guin ideó como un posicionamiento contra la Guerra de Vietnam tiene una resonancia abrumadora en los discursos de filósofos mixes como Floriberto Díaz, que postuló en sus escritos a lo largo de 1990 el “tequio” como principal forma de organización política en comunidades de la sierra en Oaxaca. Este modo de organización implica una visión del trabajo como la capacidad del hombre para transformar a la naturaleza dentro de un contexto comunitario en el que distintos grupos de personas se concentran en realizar una tarea para el bien de todos y después disfrutan de los beneficios en conjunto. Se trata de dotar de importancia a los procesos y no a los productos.

En ambos casos, el literario y el político, es posible imaginar nuevas formas de relacionarse entre sí y con el entorno que no necesariamente conlleven a la acumulación en manos de unos cuantos y la escasez para la mayoría. Los esfuerzos actuales para posibilitar una vida fuera de la Tierra han requerido dirigir todas las miras en perpetuar la misma lógica de explotación, en la que la energía de trabajo de los obreros termina transformada en la riqueza acumulada de los dueños.

Elon Musk no tiene en mente una utopía anarquista para habitar Marte, sino un grupo de clientes que puedan pagar por este nuevo servicio a precios exorbitantes: salir de una Tierra en la que la enfermedad, el deterioro ambiental y el desequilibrio climático pronto harán imposible continuar el mismo ritmo desenfrenado de producción y acumulación. Martin Ross y Jim Vedda, ingenieros de la corporación Aerospace, alertaron desde 2018 que debía estudiarse con mayor detenimiento el tipo de daño que generan los cohetes en la atmósfera durante su despegue, tras observar que cantidades importantes de “black carbon” y de unas partículas muy nocivas llamadas “alúmina” se esparcen en la estratósfera y en la capa de ozono, cuya principal función es reflejar de vuelta los rayos ultravioleta emitidos por el Sol. Podría ser entonces que la creciente oferta comercial de viajes espaciales, que supuestamente busca preservar la vida en caso de que la Tierra deje de ser habitable, esté acelerando precisamente su deterioro. Actualmente hay entre ochenta y noventa despegues al año; sin embargo esta industria podría aumentar exponencialmente sin una legislación que la regule y, en tal escenario, el deterioro causado sería relevante a escala mundial.

Más allá de vigilar el desarrollo de esta nueva amenaza global y de seguir demandando el cese total de la producción basada en combustibles fósiles, tal vez el seguro más inmediato contra la extinción sea atender las relaciones de uso y colaboración que dominan las interacciones de nuestra vida diaria. Librar esta batalla en la forma de comunicarnos y de referirnos a los objetos que nos rodean quizás sea el único paso que prácticamente cualquiera podría dar en esa dirección. Si la vida dejara de ser posible en la Tierra también lo sería en cualquier otro contexto mientras perduren las mismas formas de relacionarnos. No hace falta esperar para comprobarlo, a menos de 100 kilómetros de donde sea que te encuentres, lector, hay personas viviendo en condiciones que vuelven inútil toda pregunta por el futuro.


Autores
(Ciudad de México, 1989) es egresada de la UNAM y doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Trabajó como consultora lingüística en la Academia Mexicana de la Lengua y como asistente de investigación en el Conacyt. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas. Desde 2018 es Jefa de Redacción de la Revista de la Universidad de México.