Decir que El plantador de tabaco (1960) es una novela posmoderna provoca cierta gracia. Su autor es John Barth(1930, E.U.), alguien no tan conocido en los países de habla hispana; a pesar de sus mamotretos, de los alcances de su narrativa, y de pertenecer al mundo de la “novela posmoderna americana” (las obras escritas y publicadas alrededor de la mitad del siglo XX). A diferencia de otros escritores como Don Delillo, Joseph Roth o Thomas Pynchon, cuyas obras más renombradas se publicaron en el mismo periodo, con el objetivo de analizar a la sociedad estadounidense a partir de mediados del XX junto con los entresijos del autor, de la creación en sí y de la parodia, John Barth ha sido reconocido por El plantador de tabaco, una novela satírica y rara (en la línea de Tristram Shandy, de Rabelais, de Cándido), publicada primero en Cátedra, para ser rescatada en 2013 por la editorial mexicana Sexto Piso, con la misma traducción laureada de Eduardo Lago.
Una de las extrañezas de este novelón, lo digo tanto por su extensión como por lo que significa en muchos niveles, es la época en la que ocurre la acción, también la historia de los personajes principales, la pareja cervantina conformada por Ebenezer Cooke, una especie de poeta flojo, ingenuo y oportunista; y por su maestro, Henry Burlingame, un hombre tan polifacético como irreverente, maestro del disfraz.
El viaje que realiza este par se lleva a cabo primero en las cercanías de Londres, y después por el Atlántico, rumbo a las viejas colonias de Nueva Inglaterra, especialmente Maryland, al finalizar el siglo XVII. Todo esto sería normal, si estuviéramos hablando de una novela histórica, romántica incluso; pero, al pensar en una narración posmoderna, difícilmente se nos vendría a la cabeza una epopeya “hudibrástica” con toques de Rabelais, sátira y aires a lo Fielding, a lo Voltaire. ¿Estamos ante una sátira inmensa?, ¿una novela al estilo Marguerite Yourcenar?, ¿acaso será Ciencia Ficción? Antes tendríamos que situarnos correctamente, pues, aunque sea divertido entrar a una obra sin saber gran cosa, la novela gana todavía más cuando comprendemos sus circunstancias.
¿Qué es El plantador de tabaco? ¿Qué significa esta novela de portada tan agradable y edición impecable? ¿Cómo guiarnos ante un mamotreto poco conocido, o del que apenas podemos saber nada? Según nos cuenta Eduardo Lago en el prólogo, la edición de esta novela en Cátedra era famosa por ser el libro más ancho de la colección Letras Universales, un logro nada desdeñable, pero si se le agrega el “epítome” de posmoderna, la situación cambia in extremis.
Me explico, este 2020 se celebran 60 años de haberse publicado El plantador de tabaco, la novela más importante, todavía superior a Giles el niño-cabra, de John Barth, uno de los exponentes de la narrativa norteamericana, a la altura de Los reconocimientos, de William Gaddis o El arcoíris de la gravedad; sin mencionar a otros grandes escritores americanos de la época. Sin embargo, no es la situación financiera, las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial ni los peligros del comunismo lo analizado en las innumerables páginas que John Barth ha concatenado como si su obra hubiera sido escrita por Lawrence Sterne con El Quijote en mente o hasta Las mil y una noches.
La novela en principio elige el realismo para desenvolverse, pues incluso se agrega un mapa de la región de Virginia, Delaware y Maryland. A continuación, con los intertítulos puestos en letras capitales, deviene la vida de Ebenezer Cooke, un hombre común, nacido en una familia más o menos acomodada en el Londres del 1600. Ebenezer cuenta con una hermana, y su educación y crecimiento evocan a la bildungsroman (novela de formación) clásica, lo mismo que la aparición del maestro, el mencionado Henry Burlingame, quien se encarga de llevar a los dos hermanos por la senda del conocimiento.
Nada extraño ocurre en los primeros capítulos. Se atisba el desarrollo de un personaje que, si bien no podría estar en una novela de Dickens, recorre su vida entera en busca del sentido, de la profesión, del bien hacer, de la vocación. Pronto, la hermana de Ebenezer, Anna, se pierde en la maraña de los primeros años para ser abandonada y rescatada después en breves momentos. El protagonista, un torpe jovenzuelo que no parece tener afición por nada, tampoco habilidad, termina por partir a Cambridge después de haber perdido a su tutor, Henry Burlingame, luego de una decisión paterna sin mucho fundamento en apariencia. Lo que sucede en los capítulos siguientes es la vida de desenfreno y holgazanería del joven en un ambiente que ni le va ni le viene.
Una vez aparece Burlingame, nos vamos enterando de qué va la novela. El plantador de tabaco se declara después de los primeros capítulos como una parodia irreverente de las novelas de formación, pues al poco tiempo el lector se da cuenta de que figuras tan señeras como Newton se convierten en machos cabríos lascivos en búsqueda del favor de algún mozuelo. La sexualidad, la “aberración” y todo tipo de actos tienen lugar en la obra, jugando con la condición que Ebenezer Cooke termina por colgarse: la de poeta virgen.
Eduardo Lago es un traductor que entiende a la perfección la obra de quien estudia; lee y relee, nos anuncia que John Barth es muchas cosas, pero principalmente es un narrador avezado que se ha entusiasmado con la musa, no ya del lenguaje (aunque también hay espacio para ello, ya que el mismo inglés, en este caso en traducción española, es reproducido tal cual se hablaba en el periodo de la instauración de las colonias), sino del mismo acto de contar.
Es presumible que la condición de la novela cambia al leerse en español, y de ser una de las grandes apologías a la narración posmoderna se convierte en una especie de rendición ante lo relatado, frente el solo y fino acto de hacer que las noches se extiendan hasta rozar el día y luego vuelvan a despertar; no por nada en el prólogo se hace alusión a Las mil y una noches. Cabe mencionar que la tradición satírica, humorística y al mismo tiempo filosófica que ha tomado John Barth parte desde el mismo Gargantúa y Pantagruel, pues aparecen en la obra exabruptos escatológicos en forma de pedos, ruidos grotescos, deyecciones líquidas y mucha risa convertida en pastelazo (la broma es involuntaria, no así la de John Barth). El autor no duda en trazar las circunstancias no solo de la mente, sino del cuerpo, utilizando a personajes secundarios, a veces famosos, o históricos, que devienen en un banquete filosófico sobre el cuerpo, el placer y el mismo actuar que provoca la hilaridad. No por nada, Aristóteles le dio tanta importancia a la risa, parece recordarnos Barth.
De Rabelais, con semejantes poéticas llenas de mierda y gases, da paso también al ridículo del letraherido Quijote y su siempre fiel Sancho Panza; aunque de una manera original, ya sea encajando el arquetipo del ayudante tonto en el mismo Burlingame, maestro sapiente y de múltiples caretas, o en Ebenezer Cooke, sin olvidar a su criado traicionero; ya que la sexoservidora dulce y hermosa, que uno piensa si lo será así por la visión errada y fársica de Cooke o su maestro, se asentará en Jane Toast, una prostituta que se convierte en el anhelo lúbrico del sacerdote de la poesía, tanto ridículo como estúpido, de Ebenezer Cooke.
La trama política que teje John Barth no tiene relación aparente con la de los Estados Unidos de los años 60, tampoco es una hilarante forma de hablar sobre el periodo hippie, la posguerra o el miedo a la Guerra Fría. En cambio, el narrador de El plantador de tabaco se convierte en un guía para el sendero del mito. Ebenezer Cooke es un poetastro que realmente existió, y de cuya vida apenas se sabe nada. Pero el Ebenezer Cooke de Barth es un tremendo imbécil, aunque inolvidable por su docilidad, su ingenuidad y su pasión ridícula hacia el lenguaje, pues no hay peor poeta ni literato más falso que el mismo Cooke, quien se siente autorizado a ser el mensajero de la Poesía proveniente del Parnaso, nada más obtener la venia de lord Baltimore.
Durante la travesía del poeta, el Laureado de Maryland, cuya labor es componer un poema épico llamado La Marylandíada, a la manera de un grande entre los grandes, Barth diseña escenarios y personajes que conciben distintos elementos de la narrativa, y que recuerdan a ciertos pasajes de Huckleberry Finn y de Moby Dick, o cualquier novela de aventuras al estilo Jules Verne; sin olvidar las escenas repletas de sexo, deseo y perversión que provocan cierto disgusto. No hay página donde ocurra alguna violación, un pellizco o una confesión inmoral, parafílica o ciertamente grotesca. Sorprende que El plantador de tabaco no posea el título de novela obscena que se le dio a, por ejemplo, El arcoíris de gravedad. ¿Y todo esto para qué?
Ernesto de la Peña, en Carpe Risum, hace un estudio, que es también mero disfrute, evocando la lubricidad y la carcajada en Rabelais. La risa es una forma de explorar la humanidad, de buscar entre el deleite y la miseria lo que significa ser humano, más allá de la poesía o la filosofía, y es Ebenezer, Burlingame, Joan Toast, o cualquier otro personaje, prostituta, pirata, libertador, rey indio, papista o insurgente, el que sufre y goza con la carcajada sostenida, con la sonrisa leve de aquel que siente el aguijón del deseo, y concibe entonces la visión de la forma humana y del acto soberbio de la narración.
Eduardo Lago dice que El plantador de tabaco es una novela irremediable, inadmisible no leerla, un gran clásico de las letras americanas y mundiales; sin embargo es tan extraña que incluso él no volvería a visitarla. La linealidad de la obra poco a poco va difuminándose, en especial después de la mitad, cuando el cariz experimental de la novela provoca en el lector la comprensión de que se encuentra ante un enorme ejercicio metaficcional, como en El Quijote, y que por ello no atisba algo necesariamente nuevo. No importa, si acaso lo posmoderno en Barth sea la recuperación de lo viejo, comprendiendo que narrar, tejer, tramar, es más importante incluso que cualquier operación del lenguaje, más aún que un Ulises donde un hombre hace todo y nada; donde discurre su mente en un sinfín de vericuetos intelectuales.
El plantador de tabaco en cambio podría verse y leerse como una contraparte del Ulises, pues aquí no importa tanto el acto de pensar como el de vivir, no es la reflexión del lenguaje, pese a encontrarla en la novela; sino el transcurrir del tiempo narrativo, el placer de concatenar una historia con otra (a la manera de Far-Li-Mas, de Sherezade) en una estructura novelística compleja, sin olvidarse ni del Quijote ni de Las mil y una noches. La diferencia aquí reside en Ebenezer Cooke: al cumplir o no su cometido, cobre o no su herencia, ya ha escrito; aunque tal vez no en la novela, la gran epopeya de un hombre simple e ingenuo que sufre de la risa, de la perfidia y de la sexualidad, aprehendiendo todos estos elementos en su propia persona, que viaja desde la antigüedad hasta sus nuevas posesiones en la Maryland de un país por nacer.
Tal vez has existido apenas como la lagartija a la que cortan el rabo y el rabo salta, separado del cuerpo.
Fernando Pessoa
Nuestra sociedad vive enferma – y no me refiero a la pandemia ni a las patologías médicas, sino a las enfermedades del deseo, esas que padecemos “los sanos”. El éxito, la riqueza y la fama son ideas inofensivas a priori, pero en la práctica son objeto de un obsesivo culto que nos corrompe y dicta nuestros actos. Su idealización despierta celos, rencores y envidias que determinan nuestros conflictos internos y, por ende, las interacciones que tenemos con el mundo. Si bien estos trastornos individuales tienen su origen en el criterio de la comunidad (¿quién no ha deseado ser exitoso, rico o famoso?), suelen germinar en soledad. Se mantienen en la esfera privada porque son temas tabú que está mal visto evocar en reuniones y nadie admite abiertamente la influencia que tienen sobre su vida, pero es evidente que gobiernan nuestra cultura. Por otro lado hay trastornos colectivos asentados en los cimientos de la sociedad como el racismo, el clasismo y el patriarcado. Tanto así, que incluso han llegado a considerarse doctrinas o, en el peor de los casos, se mantienen invisibles a fuerza de costumbre y normalidad.
En medio de esa geografía de las voluntades nuestro deseo se atrofia y nos conducimos cual títeres endebles en una constante experiencia de la frustración. ¿Por qué? Esa es la compleja pregunta que trató de formular Freud en 1930 en el (no siempre) reconocido ensayo El malestar en la cultura [Das Unbenhagen in der kultur].
Un sentimiento que preferiría llamar sensación de eternidad
Pese a los conflictos que suscitan nuestros deseos, los seres humanos tenemos un vínculo innegable con nuestra especie y el mundo. Es una intuición escondida en un vago umbral de la mente; una idea que nos permite reconocernos en el otro (y lo otro); un sentimiento que hermana nuestros miedos, esperanzas y alegrías. Este cordón umbilical ha sido descrito en incontables ocasiones, pero su existencia rebasa lo racional y se asienta en un principio de buena fe, de panteísmo acaso: “es una sensación como de algo sin límites, sin barreras, por así decir «oceánica » (…) un sentimiento puramente subjetivo, no un artículo de fe; (…) pero es la fuente de la energía religiosa”1, declara un amigo de Sigmund Freud a quien el pensador confiesa no entender pero cuyas palabras resume bajo la noción de “sentimiento de atadura indisoluble, de co-pertenencia con el todo exterior”. No se trata entonces de la fe religiosa, pues dicho sentimiento pervive por igual en creyentes, ateos y agnósticos. Además, es bien sabido que Freud era un judío ateo y la religión le parecía un placebo social, un mal necesario.
Estos dos polos (las enfermedades sociales y el sentimiento “oceánico” humanitario) resumen la condición del individuo en sociedad pero también exponen la fragilidad de los límites del yo. A simple vista el cuerpo parece ser una barrera lo suficientemente clara, pero el abismo interior del yo es infinito. Más aún, sus fronteras tiemblan cuando pensamos en experiencias como el enamoramiento, donde el yo y el tú se funden; o en la experiencia parental, donde los padres pierden una parte de su identidad, pues la transfieren irremediablemente a sus hijos.
You can’t never get what you want
El deseo es el motor que nos conduce y dirige nuestros sueños. “No soy nada / nunca seré nada /no puedo querer no ser nada / aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”, proclama Fernando Pessoa en su poética de la nostalgia y la aspiración. A una persona pueden despojarla de todo menos de sus ambiciones íntimas, que gozan de un valor igual o mayor al de un bien material aunque nunca se realicen – no hay que desconocer el peso metafísico de los deseos en el receptáculo de la mente. Tanto más agrega Jorge Luis Borges en su Declaración final: “No hay en la tierra un hombre que secretamente no aspire a la plenitud. Es decir, a la suma de experiencias de que un hombre es capaz”. Nuestra inevitable condición deseante nos lleva a soñar sin importar nuestras posibilidades, a creer que podemos conocer todos los países del planeta, disfrutar los mejores platillos de la gastronomía o beber sus licores más exquisitos. Tal panorama confluye con el cauce de una sociedad que ha entronizado el consumismo como la forma reina de la felicidad.
Aunque todos reconocemos la felicidad como una quimera inalcanzable, un estado idílico de relativa consecución y esquiva posibilidad, de cierto modo estamos sometidos a su tiranía. “En nuestras sociedades el goce se transforma en una especie de extraña obligación pervertida”, recuerda Zizek en su reflexión sobre la promesa metafísica que se esconde tras las propagandas de Coca Cola. Ser feliz parece, pues, una condición sin la cual perderemos el respeto de nuestros amigos más queridos. “El ser humano no aspira a la felicidad, eso es algo que solo hacen los ingleses”, asegura Nietzsche con ironía en El ocaso de los ídolos, un tratado aforístico que pone en evidencia los impulsos infantiles que nos mueven a inventar dioses —o pequeños dioses como la belleza canónica, el turismo exótico o la corrección política, — y donde quizás no hacen tanta falta como creemos. La sensación de orfandad es la responsable de nuestra necesidad de inventar “padres” donde subyacen miedos, dirá Freud, y esa es nuestra manera de evitar el dolor de una existencia sin ilusiones conservando nuestra aspiración a la felicidad. Por eso, de alguna forma, “las religiones son deseos colectivos”.
Así pues, los humanos nos mecemos en una danza infinita entre “el principio de placer” (lo que queremos, que es todo y solo para nosotros) y “el principio de realidad” (lo que el mundo nos permite, que es bien poco y depende de incontables variables). Lo trágico reside en que la eventual obtención de un objeto del deseo , que nunca será suficiente porque éste es un dios insaciable y caprichoso. “Quizás el máximo terror del deseo consiste en ser satisfecho completamente”, reitera Zizek. Por eso la aspiración a la felicidad no se trata de encontrar un placer definitivo, empresa de antemano inalcanzable, sino de evitar el dolor en la medida de nuestras posibilidades. ¿Cómo logramos esto? En principio asimilamos “el afuera, el mundo exterior” como un enemigo, una fuente de displacer. Y entonces adoptamos una estrategia determinada para luchar contra él.
Los tres caminos: entre la frustración y el dolor
Una soledad buscada, mantenerse alejado de los otros, es la protección más inmediata que uno puede procurarse contra las penas que depare la sociedad de los hombres. Bien se comprende: la dicha que puede alcanzarse por este camino es la del sosiego.2
Según Freud, hay tres caminos para proteger nuestro yo interior de las agresiones del mundo exterior. El primero es el aislamiento y todas las formas que se desprenden de él. Dormir bastante es una forma de proteger nuestra mente del sufrimiento que provoca la realidad – aunque los sueños y las pesadillas siguen al acecho–; olvidar es otra manera en que el cerebro protege a la consciencia de los eventos que no queremos o no necesitamos recordar. Hay reiteradas historias sobre los soldados que olvidan largos períodos de su vida en combate “sin darse cuenta” de ello. Desde luego, este olvido es parcial y selectivo. Hay muchos sucesos traumáticos que permanecen e incluso insisten en quedarse en nuestra memoria como los desamores y el duelo por la muerte de los seres queridos. En definitiva, “nada que haya entrado a la psique puede borrarse del todo”.
El segundo camino para combatir el sufrimiento que nos produce el mundo exterior es “pasar al ataque” y someterlo a nuestra voluntad. En esa categoría entran los esfuerzos que hacemos para manejar nuestras vidas. Pagar los servicios públicos y la renta, culminar nuestros estudios, emprender ese proyecto que nos llevará al éxito, entablar contacto con esa persona que nos interesa. Pero también se incluye aquí la creación y el consumo de obras artísticas que alivian nuestra humana necesidad tener contacto con lo bello. A gran escala, Freud se refiere al grueso de la cultura, a todas las acciones de la humanidad que buscan refrenar la hostilidad de la naturaleza sobre los individuos: las invenciones tecnológicas, los medios y herramientas semejantes al avión, el servicio de pizza a domicilio o las videollamadas. No obstante, surge una pregunta inevitable: ¿cuál es la necesidad de artefactos como las minas quiebra-pata o las bombas atómicas? Pues bien, Freud cree que estos terribles dispositivos buscan saciar el (¿vergonzoso, contradictorio, bestial?) instinto de agresión connatural a los seres humanos, una tendencia que habría de conceptualizar como “pulsión de muerte”.
Por último, la tercera ruta en nuestra infructuosa tentativa para escapar del dolor son los paliativos, o lo que Freud denomina “el método de la intoxicación”. En este grupo no solo se encuentran la aspirina, los anticonceptivos o el prozac, sino además ciertas creencias y prácticas colectivas –“delirios de masa”– como las religiones, la meditación o el yoga; ejercicios que tratan de crear una consciencia sobre las sensaciones y emociones que nos hacen sufrir. Al intelectualizar o dogmatizar nuestros límites podemos dejar de sufrir innecesariamente (pues el dolor es inevitable; vivir duele y de cierta forma “el dolor es una afirmación de la vida”, como diría Schopenhauer). Sin embargo, cada persona tiene un carácter o constitución diferente y responde distinto al influjo exterior. En la tipología freudiana están los individuos “eróticos”, que dan prioridad a sus relaciones sentimentales; los “narcisistas”, que tratan de hallar la satisfacción en sus propios procesos anímicos; y los “seres de acción”, que no dejan de probar su fuerza y satisfacer su deseo en el mundo exterior.
Pese a los distintos caminos que la cultura ha creado, la suerte está echada en contra del ser humano. Su única esperanza reside en “hallar el punto medio”, la justa armonía entre lo que quiere y lo que puede como quien hace un negocio pero en vez de ganar algo espera no perder demasiado. Es evidente que el deseo trata de empujarnos a transgredir los límites sociales, a encontrar “los puntos de fuga”, porque el goce de satisfacer las pulsiones salvajes, no dominadas por el yo, es incomparablemente inferior al reducir el sufrimiento. Eso explica el fascinante atractivo y “el carácter incoercible de los impulsos perversos”3. Ahora bien, ¿eso nos hace perversos por naturaleza?
La alegría del fracaso ajeno
Es innegable que hay ciertos placeres vinculados con el dolor ajeno. Muchas veces nos provoca risa la desgracia del vecino, aunque tratamos de que sea mínima para que no perturbe nuestra buena conciencia – ¿quién no se ha burlado de la repentina caída circense de alguien?. Sin duda el goce es mayor cuando es alguien conocido y se ha establecido una relación de comparación –consciente o inconsciente– con esa persona. Incluso nos alegramos de hacer bromas inocentes a nuestros conocidos, que celebramos como singulares muestras de afecto. En esos casos, según dice Sócrates en El Filebo o del placer, se confunden el placer y el dolor porque, nos guste o no, “los hemos mezclado con envidia y (…) la envidia es el dolor del alma”4. Esa misma contradicción resumió el místico William Blake en sus Cantos de experiencia al versar que “La crueldad tiene corazón humano, y la envidia humano rostro”. También el sexo pasa por una serie de dinámicas donde el roce y la agresión, la violencia y la pasión, ocupan un rol importante –ya sea en pequeñas porciones que finalmente rozan los límites de “lo razonable”. La vida erótica no puede sustraerse de los polos que representan el sadismo y el masoquismo, vías que permiten aplacar esa pulsión de muerte. Las relaciones humanas contienen, inevitablemente, una dosis de esos placeres culposos. Juzgarlos de antemano sería desconocer los deseos que nos habitan. Llevarlos al extremo sería legitimar aberraciones como la violencia de género o la pedofilia, pero tampoco es una casualidad que el confinamiento haya traído fenómenos como el notable incremento de denuncias5por violencia intrafamiliar, de divorcios y de visitas a los sitios de pornografía en línea.
“Schadenfreude” es una palabra en alemán que podría traducirse como “alegría del fracaso ajeno” y se usa en la psicología cognitiva para definir la felicidad que nos produce vergüenza. Nada más problemático que sentirse feliz porque al vecino le fue mal, pero hay varios contextos en los que sucede, como el del reconocimiento deportivo (para ganar necesito que ellos pierdan) o el académico (para ser “el mejor” necesito de cierta forma que al resto le vaya mal). En una sociedad de libre mercado y competencia exacerbada, los infortunios del otro generan posibilidades de mejoría material o psíquica para el yo. Esta brecha se agranda con la tendencia comparativa de nuestra mente (nos comparamos con nuestros hermanos, amigos, parejas, etc.), lo cual deriva en un sinnúmero de acciones y pensamientos que si bien no podemos juzgar como malintencionados, tampoco nos enorgullecen. ¿Por qué? En general, la “alegría del fracaso ajeno” está mal vista en sociedad, pero en el fondo es de gran utilidad para la autoestima y la capacidad de resiliencia. Además, según teóricos de la psicología conductiva como Dan Ariely6, el “Schadenfreude” es un sentimiento de dominación connatural al ser humano y ha sido modelado por su evolución. Los primitivos Homo sapiens habrían desarrollado reacciones como la risa o el regocijo ante la tragedia ajena, hecho que combina “la ley del más fuerte” y el amor propio. En definitiva, Freud solo coincide a medias con la famosa sentencia romántica de Rousseau: “el ser humano no nace bueno, pero sin duda la sociedad lo corrompe más”.
Como la vida humana misma, la evolución cultural es una lucha entre el instinto de vida (Eros) y el instinto de destrucción (Thanatos). La semilla de esa idea figura en el mito de Psique, recogido por Apuleyo en El asno de oro. La doncella Psique –que en griego significaba “brisa” y derivó en “alma” y luego en “mente”– era tan bella que la diosa Afrodita, celosa, ordenó su muerte. Pero Eros, encargado del trabajo, sucumbió a los encantos de Psique y decidió no matarla sino esconderla en una torre, donde la visitaba al caer el sol y la amaba en la oscuridad, a ciegas. Una noche, la curiosidad movió a Psique a encender una vela para conocer el aspecto de su amante, pero en el breve instante que logró ver el rostro de Eros, lo quemó con la cera de la vela y lo hizo escapar horrorizado. Entonces, para recuperar el amor y la belleza de Eros, Psique tuvo que negociar con Afrodita y luego atravesar el mundo de los muertos para pedirle a Perséfone, la reina del infierno, su don. De este mito se desprenden dos reflexiones que iluminan nuestras derivas: por un lado, descubrir el verdadero rostro del ser amado nos puede llevar al desencanto absoluto (pues con frecuencia nos enamoramos de “la idea del otro” que ha modelado nuestro deseo), y por otro, que a veces para amar es necesario atravesar el infierno, y aún la muerte (el amor pasional colinda con la angustia y la prueba final de cualquier amor es la muerte).
La cultura, entre guerras y religiones
El instinto de agresividad que habita a los individuos debe, dice Freud, encontrar “fuentes de canalización” para no incurrir en la autodestrucción y el aniquilamiento de la especie. Así pues, los sistemas religiosos no solo crean “ilusiones perfectas” al responder preguntas metafísicas que carecen de solución concreta – ¿quién creó la especie humana?, ¿cuál es el fin último de la vida?, ¿qué hay después de la muerte? –, sino que además regulan las pulsiones de amor y muerte, y tratan en vano de aliviar el sentimiento de culpabilidad que estas generan7. Probablemente por eso, sostiene Freud, el judeo-cristianismo triunfó sobre las religiones paganas. En algún punto pareció necesario establecer esquemas como el sacramento de “la confesión”, o los mandamientos irrealizables pero consoladores como “amar a Dios sobre todas las cosas”. Eso explicaría también la hostilidad del catolicismo hacia la vida primitiva y la desvalorización de los placeres mundanos; aquello que Nietzsche llamó “la verdadera vida”.
Freud insiste en que la frustración de los deseos es una experiencia fundamental para la existencia de la “civilización” –palabra más acertada quizás para traducir “kultur”. Las leyes y la religión son pues un conjunto de diques que canalizan las aguas de la libido humana. Sin embargo, las contradicciones morales de los designios religiosos quedan expuestas en El malestar en la cultura. La célebre refutación de la máxima “amarás al prójimo como a ti mismo” es demoledora. Freud la presenta como antinatural, imposible e incluso injusta, pues no se puede amar por igual a los allegados más cercanos y a un desconocido que no tiene ninguna influencia directa sobre nuestras vidas:
¿Por qué tendríamos que hacerlo? ¿De qué podría servirnos? Pero, ante todo, ¿cómo llegar a cumplirlo? ¿De qué manera podríamos adoptar semejante actitud? Mi amor es para mí algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente. Me impone obligaciones que debo estar dispuesto a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien es preciso que éste lo merezca. Merecería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo. (…) Pero si he de amarlo con ese amor general por todo el Universo, simplemente porque también él es una criatura de este mundo, como el insecto, el gusano y la culebra, entonces me temo que sólo le corresponda una ínfima parte de amor, de ningún modo tanto como la razón me autoriza a guardar para mí mismo. ¿A qué viene entonces tan solemne presentación de un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir?8
El instinto de Thanatos es, pues, irrefrenable e insaciable como el deseo mismo. A lo máximo que se puede aspirar es a engañarlo momentáneamente y luego conducir su violencia hacia “un otro”. Así pues, los sistemas religiosos concentran el Eros y dirigen el Thanatos del individuo hacia un afuera: “siempre se podrá vincular amorosamente a mayor número de personas con la condición de que sobren otros para descargar los golpes”9. Desde esa perspectiva, no extraña que “evangelizar” y “conquistar” fueran acciones análogas durante sucesos como las cruzadas o en la colonización de África y América Latina. De alguna forma, civilizar es también agredir, coartar y castrar. Preguntas inevitables brotan de estas reflexiones: ¿Cómo nos sacudimos de nuestro instinto de agresividad? Y más aún, ¿quiénes son esos “otros” que reciben nuestros golpes? ¿Acaso nuestros familiares y amigos, nuestros colegas y compañeros?
El ensayo de Freud goza de una actualidad innegable. Es cierto que sus revelaciones son de un enorme pesimismo. No solo la pulsión de muerte connatural al ser humano –gozamos ejerciendo nuestro impulso destructivo– sino que es imposible de extirpar. Pero también desnuda la estructura libidinal de nuestra sociedad y muestra que esta no seguiría existiendo si la pulsión de muerte hubiera primado. Su permanencia nos habla; nos recuerda quizás el “sentimiento oceánico” que nos vincula con el resto de la humanidad, o acaso el principio de buena fe que nos lleva a creer en los beneficios de la asociación mutua, la cooperación y las leyes. Imposible no pensar en la experiencia del confinamiento mundial como el punto más álgido de la civilización en toda la historia. En virtud del bien común restringimos nuestros deseos personales como nunca antes y nos exponemos a una experiencia de la soledad y la frustración única. Probablemente, la solidaridad sea el último refugio de la cultura humana, pero el precio psíquico que supone es bastante alto, ya que además genera nuevas preguntas y nuevos problemas, como todas las invenciones humanas. Baste pensar en la relatividad del progreso, en las invenciones tecnológicas que nos enorgullecen y en sus daños colaterales:
Si no hubiera ferrocarriles que vencieran las distancias, el hijo jamás habría abandonado la ciudad paterna, y no haría falta teléfono alguno para escuchar su voz. De no haberse organizado los viajes transoceánicos, mi amigo no habría emprendido ese viaje por mar y yo no necesitaría del telégrafo para calmar mi inquietud por su suerte. ¿Y de qué nos sirve haber limitado la mortalidad infantil, si justamente eso nos obliga a la máxima reserva en Ja concepción de hijos, de suerte que en el conjunto no criamos más niños que en las épocas anteriores al reinado de la higiene y, por añadidura, nos impone penosas condiciones en nuestra vida sexual dentro del matrimonio y probablemente contrarresta la beneficiosa selección natural? Y en definitiva, ¿de qué nos vale una larga vida, si ella es fatigosa, huera de alegrías y tan afligente que no podemos sino saludar a la muerte como redentora?10
Los beneficios de la cultura crean nuevos problemas sociales y psicológicos, nos enfrentan a nuevos dilemas. Lo cierto es que no sabemos vivir de otra forma, y un idílico regreso a la vida primitiva también implica una idealización, cambiar un verdugo por otro. Ningún pensamiento crítico debería dar por sentada la estructura y las barreras que constituyen nuestra sociedad. “No existe una cultura normal; toda cultura debe ser interpretada”, recuerda Zizek. La realidad es irreductible, no hay un manual definitivo que nos explique cómo vivir esa frustración inevitable. Quizás ahí reside el desafío esencial de la existencia, en su carácter indomable y en su incertidumbre.
Y Jehová dijo a Satanás: “¿No has considerado a mi siervo Job,quenohay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso deDiosyapartado del mal, y que todavía retiene su integridad, aun cuandotúmeincitaste contra él para que lo arruinara sincausa?
Respondiendo Satanás, dijo a Jehová: “Piel por piel, todo loqueelhombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano, ytocasuhueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tumisma presencia.” Y Jehová dijo a Satanás: “He aquí, él está en tu mano;mas guarda suvida.
[Job2:3-6]
ParaAurora Juárez (Yoyita), Fabiola Matay
Luis ArturoGarcía
Quienes en 2008 supimos que el mundo cambia de un día paraotro.
I
Ella no está muerta. Me dijo que le pidiera a Dios que nos ayude. Ella no está muerta.
A veces las soluciones desesperadas rescatan a alguien más excepto al que pidió la caridad. ¿Conoces a Chago? Es hermano de Chilo, vive aquí a la vuelta con su padre, tienen una Suburban verde que estaciona en su patio. Nunca he pensado que fuese un mal muchacho, su padre trabajó con mi esposo en una mina en San Luis Potosí durante quince años. María dijo: “Son tres semanas en la mina y una en Durango; si no me gusta me regreso.” Pensé que le había gustado, pero cuando llegó el primer mensaje supe que no.
Primer mensaje: 13/02/2011 a la 1:52 pm.
“Repórtame desaparecida, di que Chago me invitó a trabajar y no me devolvió, pero di que me invitó, los amo. No contestes por favor.”
Segundo mensaje: 14/02/2011 a las 9:51 am.
“A nadie le digas que te he enviado estos mensajes, desaparecí el lunes 7.”
Tercer mensaje: 14/02/2011 a la 1:54 pm.
“Má, no digas nada, me tienen los zetas, estoy en Miguelausa o Juan Aldama, pero la poli está involucrada, tengo mucho miedo”
Último mensaje: 14/02/2011 a las 10:40 pm.
“Ya no te mandaré mensajes, Te amo. Nunca lo olvides.”
Y empezaron las amenazas, , nunca supe quién era, me aterraba y colgaba el teléfono. Me dio mucho miedo y me fui a Gómez Palacio con todo y muebles. Saqué a Axel de la primaria a la mitad del año. Después busqué a Xavier, el Papá de Chago, pero él sólo me dijo que cayó la ley en El Alamillo, un rancho cerca de Cuencamé, y que hubo una balacera. ¿Sus hijos? También se fueron. Desaparecieron y no supimos de ellos mucho tiempo. Era como un torbellino rojo quitándole las cosas a la gente, cosas importantes. De repente ya no había nadie en las casas, ya no había quién buscara a nadie, la gente simplemente desaparecía, ya fuera porque se las robaban, porque tenían miedo de que se las robaran o porque iban a buscarlos. No tengo que decir que la policía … Ella me lo dijo: “la poli está involucrada” y todos lo sabemos por acá, nada es nuevo. Pero nos hacemos de la vista gorda para no meternos en broncas. Si tan solo hubiese buscado un trabajo normal, como cualquiera, pero no. La atoraron a ella, a los dos hijos de Xavier, a un cuñado de ellos y otro muchacho de la vuelta. Eso me dijo Xavier. Pasar por un pequeño duelo, o cómo quieran llamarle, dos años. Pensar que tu hija se te fue y hacerse a la idea; créeme, no es fácil. Y después pensé que no estaba muerta.
Mientras tanto la Secretaría de gobernación anuncio la captura de doce secuestradores que operaban en Oaxaca, el Distrito Federal, Durango, San Luis Potosí y Michoacán. La investigación de 2 menores desparecidos en la capital duranguense llevó al arresto de esta banda de secuestradores. Les incautaron armas, droga, y material para la elaboración de bombas. Entre los detenidos se encuentran José “El Chago” López, Isidro “El Chilo” López, ambos hermanos, además de…
-Tú te la llevaste de mi casa, dime dónde está.
-Yo no sé dónde está, el que se la llevó fue mi hermano
-No es verdad, eras tú…
-Le perdí la pista en un rancho de la Sierra de Órganos, en No sé llegar ahí, me llevaron con los ojos vendados. Me secuestraron.
-¿Pero quiénes? ¿Mi hija también estaba secuestrada?
-Yo no sé nada señora, yo ya rendí mi declaración.
¿Su declaración? ¿Su declaración? ¡Me vale madres su declaración! ¡Yo quiero saber dónde está! A veces pensaba verla de noche, mientras dormía. No sería raro. Cuando era pequeña siempre la soñaba porque me preocupaba por ella. Y hace poco bajé por las escaleras y me pareció verla ahí, en ese sillón otra vez despeinada, llorando. Me acerqué a consolarla como cuando tenía nueve años y me preguntó:
-¿Y mi mami, no llega?
(Silencio.)
“Llega mañana” le dije a Axel. ¿Cómo se lo digo? ¿Qué le hubieras dicho? ¿Le contarías un cuento o le dices la verdad? Yo les quiero contar un cuento que nos dijo la abogada. Había una vez… una madre que se fue, nadie supo dónde buscar o a nadie le importó. Pero yo tengo un nieto que necesita seguro médico, necesita que lo inscriba en una escuela, necesita una beca alimenticia porque con mi pensión no alcanza, entre muchas otras cosas. La abogada y mi esposo no me contaron un final feliz. Dijeron: “uno nunca sabe” pero yo sé que está bien. Dijeron se cierra el caso. Ese día su hija estará legalmente muerta, dijo. Y oí el más grotesco de todos los términos que a la burocracia de este país se le pudo ocurrir. Todos somos un puñado de cadáveres, en dónde acaben nuestros huesos no importa. Yo quiero pensar que mi hija duerme bajo el mismo cielo que yo, que todavía respira el mismo aire que yo. Lo puedo sentir aquí y quien no me crea, no es madre. Así que no me vuelvan a decir esas palabras porque de solo oírlas se me hiela el alma. Sólo una vez lo dijeron y desde entonces tengo pesadillas más horrendas que cuando pensaba que alguien la tenía. PRESUNCIÓN DE MUERTE dijeron. Ella no está muerta. Me dijo que le pidiera a Dios que nos ayude. Ella no está muerta. 1
II
Código Civil Federal en su Última Reforma del 13 de abril de 2007.
Título undécimo
De los Ausentes e ignorados.
Capítulo V
De la presunción de muerte del Ausente.
“Artículo 705.- Cuando hayan transcurrido 6 años desde la declaración de ausencia, el juez, a instancia de [la] parte interesada, declarará la presunción de muerte. Respecto de los individuos que hayan desaparecido al tomar parte en una guerra, […], bastará que hayan transcurrido dos años, contados desde su desaparición, para que pueda hacerse la declaración de presunción de muerte, sin que en este caso sea necesario que previamente se declare su ausencia…”
¿Una guerra? ¿Contra quién? ¿El gobierno o nosotros? A fin de cuentas, los muertos de guerra no tienen identidad. Poco importa quiénes sean, a quienes dejaron o cómo. A mí quién me asegura que ella va a volver, o que sigue viva. Mi esposo, es un hombre bueno, ambos queremos a María, la criamos juntos y Axel es un ángel, pero todavía no puede hacerse cargo de sí. La ley es clara, de no levantar la solicitud yo o mi esposo, un juez lo hará dentro de cuatro años. Nos guste o no, estemos de acuerdo o no. Y sí, si ella regresa, la sentencia se cancela y todo volverá a la normalidad, pero el caso estará cerrado. Cierran todo y con ello las pocas esperanzas de que alguien, aparte de nosotros la esté buscando. El título undécimo es muy correcto: de los Ausentes e IGNORADOS. Pero los ignorados no son los que se van, fuimos nosotros. Trámites y más trámites y mientras ella pudo estar en Guatemala o China, sirviendo como trata de blancas a alguien con más fuerza que la puede someter.
No creía en las víctimas. Siempre pensé que cada uno hace su propio destino, pero cuando esto pasó… no sé, es difícil mantener esa visión cuando a uno le pasa. En el ministerio te ven con MISERICORDIA, te quieren dar limosna como a un mendigo cualquiera y cuando les dije que su limosna me la pasaba por el culo, que no quería su compasión sino a mi hija. No se rieron, pero vi sus caras burlonas. Si estuviera muerta como aseguran todos ¿No se me aparecería en sueños? ¿Qué clase de hija no quisiera que su madre descanse? Y, aun así, nosotros debemos continuar. No la dejo, siempre está conmigo. Llevo su foto en mi cartera, sus dientes de leche en una cajita junto a mi cama, pero si ella estuviera aquí, supongo que querría que su hijo estuviera bien, nosotros tranquilos y que continuamos a pesar de todo. Siempre ha sido muy fuerte, eso le enseñé.
Hoy te quiero preguntar ¿Qué harías en mi lugar? ¿Qué más podemos hacer? Hemos ido a todas las marchas, escuchado a todos los poetas, buscado por nuestra cuenta, recurrimos a videntes y demás gente así para tener una sola pista, pero siempre la respuesta es el vil y culero silencio. Silencio en este país que parece estar poblado de muertos: los de las fosas y los que los buscamos o los que en un mudo llanto esperan que vuelvan. Han pasado ya dos años y nada. Yo lo soporto, ¿pero Axel?… ¿Ven esta pluma? Con ella hoy he firmado mi decisión de seguir adelante, de no soltar, pero sí de vivir. A pesar de ella, a pesar de mí, tal vez. Dicen que el trámite puede tardar hasta siete años, pero Axel no puede esperar. Sólo quiero que cuando vea la vida de su madre, sepa que ella nunca dejó de buscar. La buscaré hasta los infiernos de ser necesario. Buscaré a María hasta en mis sueños.
¿Mamá?… ¿Mamá?
Es como si la oyera todo el tiempo ¿María, estás aquí?
Siempre. No me he ido.
Lo sabía. ¿Dónde estás, cómo?
Estoy aquí contigo, estoy bien. Es como si hubiera vuelto a empezar, como si me pudiera volver a enamorar. ¿Cómo está Axel? Sé que bien. El amor se siente en el pecho. La vida es amor y como tal, no es más que una sensación física. Sudor en las manos, temblor en los pies, mariposas en la panza y una enorme quietud de verte frente a mí. ¿Ma, te puedo pedir un favor? ¿Te acuerdas del último mensaje que te envié, recuerdas qué decía?
Último mensaje: 14/02/2011 a las 10:40 pm.
“Ya no te mandaré mensajes, Te amo. Nunca lo olvides.”
Me dieron permiso, este es el último mensaje que te quería enviar pero no tenía crédito. Te amo, nunca lo olvides… y por favor. Descansa. Descansa, ma’.
¿Descansar? Pero quién dijo que estoy cansada. No, mi amor, nosotros estamos bien. Estaremos mejor cuando tú estés aquí. Te prometo ya no llorar, ¿si no estás muerta de qué te servirían mis llantos? Cada oración recuerda que es para ti: Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres y del fruto de tu vientre no te preocupes que yo lo defenderé como una fiera. Más de veinticuatro mil personas habían desaparecido en el mismo año que tú, María. Desde 2011 que te oigo y no entiendo. Todas lloramos nuestros huecos, ¿Qué país es éste, qué le pasó? ¿Cómo se llama? No voy pedirles nada. Exigiré lo nuestro. Lo que estuvieron obligados a darme y nunca me regresaron… El olvido en que nos tuvieron, mi hija, lo cobraré caro.
A unos kilómetros del Parque Nacional de las Montañas Rocosas, en Colorado, se erige un sitio lujoso que fue inaugurado a principios del siglo XX, el emblemático hotel Stanley. El éxito que tuvo en un inicio se vio opacado tras el accidente casi mortal de una de las recamareras en la habitación 217, lo que inició el rumor de que en el hotel ocurrían fenómenos paranormales y que estaba habitado por fantasmas, historias que fueron corroboradas tanto por los trabajadores del hotel como por los huéspedes.
Décadas después, en los 70, debido a los escasos visitantes y a los duros meses de invierno que orillaban al dueño a cerrar las puertas del lugar durante largos periodos, el sitio estuvo al borde de la quiebra. En ese entonces, Stephen King, quien comenzaba a ser un escritor reconocido tras publicar su primera novela, Carrie (1974), se mudó junto con su familia a Colorado buscando inspiración para una nueva historia.
Él y Tabitha, su esposa, decidieron celebrar Halloween en el Stanley, donde se registraron el 30 de octubre del 74. El hotel estaba por cerrar sus puertas debido a la temporada invernal, por lo que ambos eran los únicos huéspedes.
La primera noche, después de cenar, Tabitha se fue a su habitación, la 217, mientras King paseaba por el sitio casi desierto. Al llegar al bar, trazó los primeros esbozos mentales del personaje principal, Jack Torrance, un hombre de carácter explosivo y con problemas de alcoholismo. A la mañana siguiente, King despertó de golpe: tuvo una pesadilla que involucraba a su hijo pequeño. Durante el tiempo que le tomó consumir el primer cigarro del día, ideó la novela que titularía The shining, obra que publicó tres años después, en 1977, y donde el hotel Stanley se convierte en el hotel Overlook.
El resplandor fue el primer best seller de King. En 1980, Stanley Kubrick adaptó la novela a la pantalla grande, película con la que King no estuvo muy contento debido a los cambios que realizó el director, como la eliminación de varias escenas importantes, la reducción de diálogos de Wendy, el cambio del número de la habitación y la modificación radical del final, pues Kubrick buscó un cierre mucho más profundo y metafórico que el de King.
The shining relata la historia de Jack Torrance (interpretado por el inigualable Jack Nicholson), un hombre desempleado, con problemas económicos y antecedentes de violencia y alcoholismo que acude a una entrevista de trabajo al hotel Overlook para obtener un empleo como cuidador del lugar durante los meses de invierno que permanecerá cerrado al público, pues las intensas nevadas bloquearán los caminos y lo aislarán por completo.
Durante la entrevista, el director, Stuart Ullman (Barry Nelson), le comenta a Jack que el aislamiento total podría resultar nocivo: el vigilante anterior se perturbó al punto de matar con un hacha a su esposa y dos hijas para, finalmente, suicidarse. Jack, tras escuchar la trágica y espeluznante historia, reafirma su interés y compromiso respecto al empleo y asegura que ese tiempo en confinamiento será ideal para poder concluir el libro que está escribiendo.
Jack obtiene el trabajo, regresa a la ciudad y vuelve al hotel junto con su esposa, Wendy (Shelley Duvall), y su hijo de cinco años, Danny (Danny Lloyd), el día en el que el resto de los empleados partirán a sus hogares. Ullman los presenta con los últimos empleados que están por marcharse, y el niño, cuya percepción extrasensorial está muy desarrollada, se comunica telepáticamente con el jefe de cocina del hotel, quien le menciona que su propia abuela, quien también se podía comunicar de esa forma, llamaba a esa habilidad “el resplandor”. Le advierte que, entre todas las historias que se han originado en el hotel, hay algunas que no son buenas, y le prohibe entrar a la habitación 237.
Algunas semanas después, ya solos, quedan incomunicados por completo debido a las intensas nevadas y todo comienza a complicarse. Jack no puede escribir más, y la violencia contra la que lucha comienza a brotar de nuevo, primero de forma inconsciente: tiene una pesadilla en la que mata cruelmente a su esposa e hijo.
Danny finalmente entra a la habitación prohibida, de la que sale completamente alterado y con marcas en el cuello. Al verlo, Wendy piensa de inmediato que Jack maltrató de nuevo al niño y lo encara. Entonces Jack acude al bar y experimenta su primera visión, la del barman del hotel y una barra repleta de botellas.
Ilustración por Richard Zela.
Una secuencia de alucinaciones espantosas (como la famosa cascada de sangre), diversos fantasmas (las gemelas que se le aparecen a Danny o los espíritus que celebran una fiesta), explosiones de ira de Jack, ataques y persecuciones espeluznantes (una de las cuales culmina con el protagonista destrozando la puerta de madera del baño con un hacha, una de las escenas más representativas) son recurrentes en la película.
El resplandor es la historia de un hombre trastornado que cede a la locura bajo circunstancias excepcionales que él mismo buscó con la idea de cumplir un quehacer intelectual y lograr solventar su economía familiar. Jack Torrance pensó que su proyecto literario se beneficiaría al pasar algunos meses en confinamiento, lejos de los distractores e interrupciones de la vida cotidiana, pero no tomó en cuenta uno de los elementos que alimentarían el caos: su propia familia, un núcleo en crisis incluso antes del encierro.
El rompimiento de antiguos hábitos y la creación de nuevas rutinas para los tres integrantes repercutió definitivamente en sus emociones y pensamientos. Compartir el espacio ínitmo sin tener oportunidad de deslindarse de éste ni un momento, el aislamiento del resto de la sociedad y la imposibilidad de apartarse de los otros aun en un espacio inmenso, pero finalmente incomunicado, lleva a Jack a perder la paciencia, su ira detona y enfoca su cólera de la forma más violenta en las dos personas inocentes y vulnerables atrapadas con él.
The Shining nos muestra un confinamiento autoinducido derivado de una necesidad económica e intelectual. La causa del mismo son las condiciones climaticas extremas. Pero a Jack le resulta imposible escribir porque su soledad no es absoluta, no solo lo acompañan su esposa y su hijo, sino también los espíritus que comienzan a aparecer por doquier en el hotel. Aunque este hombre de temperamento irascible tiene una visión distorcionada de la realidad y se comporta de forma irracional tras varias semanas de reclusión, no es necesario padecer algún trastorno o padecimiento previos para que el aislamiento, bajo cualquier contexto, altere nuestro pensamiento y comportamiento.
La privación de la libertad puede presentar la oportunidad única de encausar la experiencia en el ámbito creativo y artístico, pero esto no es un hecho incuestionable. Como sucedió con Jack, podría afilar y mostrar lo más negativo de nuestras personalidades.
Actualmente, llevamos meses en confinamiento debido a una pandemia. ¿Qué nos provoca el encierro, qué genera en nosotros el aislamiento social, no saber qué va a suceder? Ante la incertidumbre, el cerebro actúa alimentando el miedo. Además, la limitación de espacio y de actividades modifica nuestra neuroquímica. Experimentar falta de apetito, irascibilidad, estrés, preocupación, pesimismo e insomnio es lo más común, pues son síntomas de que nuestras mentes y cuerpos no se encuentran en condiciones óptimas, lo que resulta igualmente en altibajos emocionales y una sensación de irrealidad. Abrumados por la cantidad de información y la manipulación mediática, nos alimentamos constantemente de miedos e incertidumbres que culminan en agotamiento mental, depresión, ansiedad. En ocasiones, el pánico nos domina por completo.
En condiciones ordinarias, diariamente tenemos miles de pensamientos, de los cuales un gran porcentaje puede ser negativo. En confinamiento, dicho porcentaje aumenta. El problema se presenta cuando nos resulta imposible discernir entre los pensamientos con fundamentos reales y los meramente catastrofistas.
Diversas son las razones que han generado reclusiones masivas a lo largo de la historia: pestes, luchas armadas, climas adversos. En menor medida, el encarcelamiento y el internamiento involuntario en instituciones psiquiátricas.
Deleuze, en su artículo “Post-scriptum sobre las sociedades de control” (1991), ya hablaba de las agrupaciones que sustituyen a las sociedades disciplinarias a través de “los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia.” En la misma línea, para Foucault, en Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión (1975), existe cierto origen cultural común para instituciones como la prisión, el manicomio y la escuela, mismas que buscan la disciplina estricta, el control y el sometimiento de cuerpos, mentes y la diversidad humana a través de clasificaciones, segregación, exámenes, calificaciones y rangos, así como el castigo (según el caso); estas instituciones distribuyen y dividen de forma severa tiempos y espacios, creando en conjunto “una verdadera empresa de ortopedia social”, lo que representa la base de nuestra sociedad disciplinaria.
Si bien el caso de Jack, en cuanto a su empresa literaria, fue un fracaso, hay diversos casos de éxito de escritores en confinamiento carcelario: Oscar Wilde redactó su carta De profundis en 1897 mientras purgaba su pena en la cárcel de Reading, en Francia. El Marqués de Sade escribió Los120 días de Sodoma (1904) al estar preso en la Bastilla. Ludwig Wittgenstein, quien buscaba continuamente el asilamiento para poder escribir, escribió su Tractatus Logico-Philosophicus (1921) siendo prisionero en Italia.
Ilustración por Richard Zela.
La cárcel le otorgó a Dostoievski la experiencia para escribir algunas de sus grandes obras una vez que estuvo en libertad. Fue encarcelado y condenado a muerte en 1849. A punto de ser fusilado, el propio zar lo perdonó. En Memorias de la casa muerta (1862), Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamazov (1880) la repercusión del presidio es notable.
En una situación de aislamiento distinta, Ana Frank escribió, en la década de los 40, un diario al tiempo que estaba escondida junto con sus padres y su hermana en una pequeña casa de otra familia en la Alemania nazi.
En México, el caso de José Revueltas es uno de los más sobresalientes. Tras algunos meses en una correccional de menores, otros tantos en las Islas Marías y varios más en Lecumberri, Revueltas escribió dos de sus mejores obras inscritas en contextos carcelarios: Los muros de agua (1941) y El apando (1969).
En un contexto diferente, el aislamiento resultó igualmente escencial para la creación de grandes obras literarias: la poeta Emily Dickinson vivió gran parte de su vida recluida en su hogar, e incluso en su propia habitación. Frankenstein, de Mary Shelley, y El vampiro, de Polidori, se escribieron en 1816 tras un encierro de varios días debido al mal clima que les impedía salir de la mansión de Byron en Suiza.
Como elemento de ficción, el tema del cautiverio ha servido para crear universos cerrados como El Decámeron, de Giovanni Boccaccio, que utilizó la reclusión de diez jóvenes ante la peste bubónica como motivo principal de esta obra. Un caso más actual y opresivo es el de Javier Tomeo con su novela El cazador (1967), en la que un hombre se encierra de por vida en su habitación para evitar a su madre —de nuevo, la familia como núcleo en crisis.
Sí, hay casos en los que la tensión entre libertad y cautiverio detona la creatividad, pero la creación artística no depende ni se limita a esto. Como le ocurrió a Jack, puede delimitarla o extinguirla. La escritora Mariana Enríquez publicó, hace poco, un texto en la Revista de la Universidad de México en el que reflexionó sobre la dificultad de escribir (y de realizar cualquier actividad intelectual) en nuestra situación actual: “Me rebelo ante esta demanda de productividad cuando sólo siento desconcierto. (…) Es posible que hoy esté constituida apenas de ansiedad. Me deja muda e inmóvil en un sillón, encerrada. No en mi casa, eso no importa. Encerrada en mi cabeza.”
Estamos inmersos en un sistema económico que, aún en cuarentena, nos explota, nos exprime. Inmersos en la hiperconectividad que, a pesar del aislamiento, nos permite estar en un contacto insistente con los demás. No tener energía o ánimo para existir y exigirnos, además, erudición, es completamente comprensible. ¿A qué deberíamos temerle más, a lo que ocurre del otro lado de la puerta, en el exterior, o a lo que está ocurriendo en nuestras mentes?
Centrarnos en el presente nos ayudará a establecer prioridades. Preocuparnos de estar bien en el momento actual es escencial para no perder la cabeza al igual que Jack, y así aprender a relacionarnos en —y con— una realidad que se está transformando al igual que nosotros.
A 40 años del debut de la película The Shining, su secuela, Doctor Sueño, cuyo protagonista es un Danny Torrance ya adulto, se estrenó en México a finales de 2019. Esta vez fue Mike Flanagan quien adaptó a la pantalla grande un guion basado en la novela Doctor sleep, misma que King publicó en 2013. Flanagan buscó reconciliar al autor de la novela con una adaptación de su obra, y, al mismo tiempo, con The Shining de Kubrick, lo que el propio King admitió que sucedió tras ver Doctor sueño y aprobarla totalmente.
Confiemos en que, dentro de unos meses, nuestra “nueva” realidad nos permita aterrorizarnos de nuevo en las salas de cine.