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La poesía siempre está en fuga. De sí misma, del tedio, de la comodidad. Que la vida nos libre de los poetas que antes de empezar ya saben exactamente a dónde van, dónde termina su exploración y lo que habrán de encontrar. Todo acto creativo entraña una crisis y su consiguiente resolución (la gracia de la literatura está en abrevar de la vida, pero también en crear con su material un espacio de reflexión, de refracción, que la vuelva distinta). Las búsquedas formales son las que mantienen andando la mente creadora (cuando una forma se repite, se vuelve fórmula).
Todas estas verdades, por visitadas, valen un peso: las venden por metro en los yonques de las mal llamadas “teorías” personales de la creación —esas convicciones personales que suelen salvarnos, tanto como nos salvan los rezos bajo la tormenta, y que, en todo caso, nos consuelan—; pero no por eso dejan de cobrar presencia en ciertos momentos de nuestra vida lectora.
El verso, la condensación, la imagen sensible, los juegos retóricos, el ingenio verbal, la resignificación, la reescritura, la revelación. Ninguno de estos elementos fue nunca exclusivo de la escritura literaria. Nos topamos con ellos en los terrenos de la publicidad, las expresiones populares (el grafiti, la canción), el humor; y ahora, en las redes sociales, los memes, las páginas virtuales. A raíz de esta última encarnación de los poderes de la poesía, existen partidarios de (una vez más) la muerte de ésta. Disgregados sus dones, dejado atrás su tiempo, ¿qué nos queda? Insistir. La poesía, sí, ha sido siempre una encarnación de la resistencia. Resistencia al mercado, la facilidad, la producción en serie, la vacuidad.
Un arte en perpetua extinción, inmerso en crisis continuas, es un arte saludable. La poesía, de entre la escritura literaria, siempre ha sido la más proclive a acoger y reflejar las vanguardias, la experimentación.
Pero también permite que sobreviva esa poesía que al primer golpe identificamos como tal, y en la que sobrevive lo mejor de la tradición. La estrofa, el ritmo, la imagen y su resolución, la voz poemática y sus estancias, el poemario. Conserva su dibujo y ahonda en sí. Poemas que terminan siendo buenos poemas y no quieren ser algo más, porque ya es bastante.
2
En Perras, Zel Cabrera (Guerrero, 1988) apuesta por el desacato al estigma, la rebeldía y el reto frontal. La emoción, en poesía, debe ser contundente, no titubear, y mostrarse. Contagiados del tono perentorio y sentencioso del epigrama estos poemas se instalan en la línea de los libros que, acudiendo al recurso del bestiario, critican una faceta del ser humano. (Si bien la palabra designa normalmente a uno o varios textos que trata sobre una colección de seres vivos que sirven de metáfora para las actitudes humanas, bien pudiera llamársele a esta otra advocación del mismo procedimiento, es decir, a los libros que se concentran en una sola animalidad, un bestiario monotema.) En este caso, la condición histórica, caduca ya, que considera a la mujer como un inerte objeto del deseo masculino, como víctima y portadora de una maldición que le viene desde nacimiento. Hasta aquí llegó Eva y su descendencia, su mancha y su destierro, nos dice la poeta.
Compuesto por series y poemas unitarios, este breve libro se divide en tres secciones, que comparten temas, pero no sus tratamientos. La primera, Bravas, presenta poemas en los que se despliega el amor traicionado y la ira que éste provoca, las consecuencias de la
renuncia a la ilusión: “La curiosidad mató al gato, pero no a la perra./ A las perras nos mata el amor/ y el odio.” Luego aborda la menstruación —un tema no demasiado recurrente en la poesía—, la sangre como señal y evidencia de vida, como herencia y lazo, como ciclo y marca de pertenencia del cuerpo.
La segunda, Domésticas, gira alrededor de las instituciones de la familia y el matrimonio, las recrea desde una mirada desengañada: nos dice que se sostienen en los secretos, las traiciones y la anulación de la mujer.
La última, Desobedientes, es quizá la más potente, y la que presente los poemas que ahondan más en su propuesta. Aquí se presenta el deseo de ver el mundo arder (“Pirómana”), la rebelión de la novia rechazada por la familia de la pareja (“Golfa”), la necesidad de no callar el abuso y el desamor (“Cicatrices”).
El libro posee un tono sostenido y una intensidad que no cesa. Hay poemas que se quedan con uno: “Carta a una oficinista”, la diatriba contra una tercera en discordia; “Declaración de principios” y “Golfas” en los que el sustrato vital impactante se compagina con una escritura que consigue elevar su tema y conseguir que nos hable de frente, brutalmente. Y esas tres entrañables estampas familiares que componen la serie “Lechugas”, que tratan de una madre con sus hijas, donde “La realidad (de ser mujer)/ de estar sola y acudir (puntualmente) a los horarios de riego/ de un par de verduras tiernas/ es un ruego que se tropieza.”
El poemario de Zel Cabrera colinda en más de un aspecto con esa parte de la obra de uno de nuestros poetas mayores, Eduardo Lizalde, en la que la figura del tigre se convierte en el emblema del amor —que es él mismo y a la vez se transforma en su contrario—; la escritura se vuelve el negro vaso de la ira, el recipiente dorado del odio: “Nadie vacila, como en el amor,/ a la hora del odio” (“Grande es el odio”), dice el autor de La zorra enferma; y
este bien podría ser un epígrafe fantasma de Perras. Si algo agradecemos a los creadores, y en este caso a los poetas, es que nos hablen de eso que, por distracción o miedo, pareciera que nadie nos puede hablar, al menos no con la contundencia que cabría esperar. Zel Cabrera es una poeta valiente y arrojada. Estos claramente son dos motivos para leerla, pero, antes, diré que son sus poemas, cuidadosos en el despliegue de sus pasiones, encendidos, pero que nunca pierden el rumbo; encuentro que esa es la principal razón para seguir leyéndola de cerca.
3
Restaurante bar familiar, de Luis Lugo (Ciudad de México, 1985), presenta anécdotas y escenas que intentan entresacar una revelación. A pesar de la variedad de los materiales (la bohemia, la familia, el arte, la infancia, la soledad adulta), dos elementos unifican el conjunto: el primero es la estructura, que alude a las partes de un establecimiento comercial de comida: aquí los poemas que suceden en el bar, acá los del área general, los de la infantil, la de ambiente familiar. El segundo es el tono: la lamentación, la tristeza incurable, que llega en sus momentos más sueltos y desangelados al patetismo.
Sucede que el libro recurre en demasiadas ocasiones a la exposición del luto, a mirar al mundo desde el final del derrumbe, desde el abismo. Es tan frecuente que el remate del poema contenga una confirmación de la tragedia, que pronto el gesto se vuelve cliché: toda pérdida es irreparable; toda memoria es dolorosa; toda existencia es desdichada. Luego, resulta un poco demasiado. Dicho recurso, de tan persistente, pierde potencia, y al tercer poema ya nos acostumbramos, y nos alejamos de la lectura.
Por ello, hay poemas que a la mitad del trayecto pierden potencia, tropiezan y se malogran, se vuelven predecibles. La arraigada nómina de excéntricos, artistas y
abandonados; los poemas que apuestan por temas prestigiados, seguros. El cansino y predecible malditismo con que los caídos se enfrentan al mundo (“Bohemios”, “Charlie”, “Estado hipnótico”); el estandarte de las drogas y los excesos que define su mundo (“Andy Warhol”, “Nico”, “Latas de sopa”, “Heroína”). A pareciera que no hay otra forma de mirarse más que a través de la autoconmiseración: textos en los que la voz poemática declara que la suya es la peor de todas las vidas (“Cliente”, “Castigo”), en los que se riza tanto el rizo del dolor y la pena que lo patético excluye cualquier otra intuición (“La habana”), en los que todo, cada elemento presente, indica una desgracia, guarda un mal augurio, se confirma la desgracia (“Mesero”, “E.T.”). La lamentación que no entronca con ninguna otra emoción (porque descarta hacerlo), la caída libre del sentimentalismo, al final resulta tediosa.
Sin embargo, hay momentos en los que el poeta logra trascender esos talantes, tan manidos de la poesía —el inagotable infortunio de estar vivos, ese en el que toda desgracia es infinita si se canta en primera persona—, y al agregar cierta ironía, o al alcanzar un aspecto inesperado de la misma experiencia, consigue librar el escoyo y ofrecer un poema de mayor calado y equilibro formal.
Tal es el caso de “Cine permanencia voluntaria”, donde confluyen la referencia al cine y la experiencia individual (el contacto extraterrestre y el hijo abandonado: idénticas esperanzas de llegar al otro inalcanzable). Haciendo un lado la maleza de las pequeñas grandes tragedias, es posible encontrar poemas que contienen hallazgos notables: “Una historia de vampiros antes de dormir” y “Divorcio”, que echa mano de la lógica de la ficción (el cuento de terror y el cine de acción) para aprehender, desde la óptica del niño, el mundo cruel de los adultos; “Jackson Pollock”, que recurre a las minucias de la infancia para desentrañar un destino artístico, y trasciende así la pura estampa melancólica; y “Cinta negra”, en la que una historia de violencia familiar puede ser contenida en objetos tan
aparentemente inocuos como los cinturones que marcan los grados de aprendizaje en el karate.
Restaurante bar familiar es un poemario desigual, con algunas páginas afortunadas. Le hubiera sentado bien una selección más rigurosa, que evitara la repetición y ponderara los poemas que aciertan en la justa medida de la emoción y las cosas que la rodean. De haber emprendido este camino, más severo y difícil, los logros se notarían con mayor facilidad, y no se perderían entre el conjunto más bien desafortunado.
4
Resistir. Dialogar con la tradición. Ausentarse. Ascender por la escalera de la referencia culta y bajar por la serpiente de la anécdota. Un juego. Una cosa de nada. La construcción de un lenguaje privado.
El ecosistema social está tan acelerado, que la generación emergente deja muy pronto de serlo. Se convierte de inmediato en un estrato más. En la aceleración de la producción cultural corremos el riesgo de perdernos. He aquí dos propuestas que, al provenir de poetas jóvenes, podríamos mirar (si lo hiciéramos desde la distancia, el gap, la incomprensión) como asomos, asedios; pero no lo son: se trata de libros que dan cuenta de voces personales. Con distintos grados de fortuna, se arrojan al vacío, y dejan la descripción de sus trayectos.
El constructo generacional no es útil a la hora de leer. Se lee, mejor, desde la tradición, la que como lectores hemos construido. Se rastrea y se define a las nuevas propuestas que habremos de acercarnos. Es ese, el concepto de tradición, el receptáculo de nuestros paseos, nuestras lecturas. El mapa resultante: la biblioteca.
El título de este texto apunta hacia una idea visible y retomada con frecuencia. Recuerda a El surco y la brasa, antología de Marco Antonio Montes de Oca y Ana Luisa
Vega, en la que, a manera del florilegio, incluye poemas cuyo criterio de selección es que el poema original pertenezca a otra lengua, con lo que se trata de un tomo de poesía traducida. Y a El azogue y la granada, título de un ensayo de Vicente Quirarte que indaga sobre el discurso amoroso del poeta Gilberto Owen. Hasta aquí la marginalia. Su funcionamiento es evidente, pero para concretar lo expresaría así: dos palabras, pertenecientes a campos semánticos distintos, a veces con un aire de rivalidad, o al menos de ajenidad, delimitan los parámetros del campo a tratar, marcan con dos rasgos el espectro que recorre la escritura.
La espina es ese colmillo (en el caso de Cabrera) y esa herida de infancia (en el de Lugo). La caída señala el ensimismamiento y el abandono (Luis), así como la liberación de la figura de la mujer, el despojamiento del yugo de la fantasía y la perfección que le impone la mente retrógrada (Zel). Dos voces muy distintas recorren su particular versión del laberinto del desgajamiento. Cada una en busca, o no, de su salida.
Autores
(Monclova, 1977) Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones, y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Ha recibido siete premios nacionales, entre ellos el de Poesía Joven Elías Nandino 2007, el de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y el de Poesía Ramón López Velarde 2009. Es autor de
Las afueras , entre otros libros.
Ilustración por Mónica Figueroa
En su libro Entre las cuerdas: cuadernos de un aprendiz de boxeador , el sociólogo francés Loïc Wacquant afirma que los pugilistas pertenecen a una estirpe especial. Explica que la fraternidad que vive entre los peleadores de un gimnasio tiene su origen en saberse poseedores de fuerza, rudeza, resistencia y valentía, es decir, de las características que encarnan la “virilidad” que el boxeo exige, pero sobre todo, explica, esa hermandad se fortalece aún más por la notable ausencia de mujeres en los entrenamientos.
En el gimnasio del barrio negro de Chicago donde Wacquant entrenó y realizó sus investigaciones de 1988 a 1991, las mujeres solo eran toleradas como espectadoras, eran vistas por entrenadores y boxeadores como una distracción, como seres sexuales que una noche de lascivia podían echar a perder meses del valioso esmero de un varón. Ni hablar, por supuesto, de la posibilidad de que alguna entrenara junto a ellos. No había manera. En su sesudo ensayo, el sociólogo francés incluso llega a decir que la ausencia de mujeres es parte de la esencia misma del boxeo.
Me da un poco de gracia que lo creyera tan firmemente; a fin de cuentas, aún faltaba más de una década para que Don King considerara conveniente –o sea lucrativo– promover peleas de boxeadoras en los grandes escenarios de Las Vegas. El hecho de que apenas en los últimos veinticinco años las mujeres hayan podido ser protagonistas de este deporte –fue hasta Londres 2012 que compitieron en boxeo olímpico, por ejemplo– obedece a que debieron ir rompiendo las barreras que les impedían hacerlo, que no solo eran morales, sino hasta “médicas” y legales. Se argumentaba que en un cuerpo femenino, los golpes en senos y vientre podrían ocasionar cáncer y que claramente no resistirían una pelea, aun cuando las mujeres son capaces de casi partirse en dos para dar vida a otro ser humano y han soportado las palizas de sus parejas durante siglos con la salvedad de que nunca se les había enseñado a defenderse.
Las puertas de los gimnasios no se abrieron sino hasta que ellas las dinamitaron para derribarlas. Las restricciones legales para que boxearan profesionalmente fueron desapareciendo poco a poco en los distintos países gracias a que, en cada caso, hubo una mujer testaruda haciendo lo imposible por derogarlas. En México, quien emprendió esa batalla fue Laura Serrano.
En 1989, Laura estudiaba derecho en la UNAM cuando vio que una mujer menuda entrenaba en Ciudad Universitaria con el equipo de boxeo. Le sorprendió tanto que aquella chica en apariencia frágil se ejercitara tan rudamente, como el hecho de que en una universidad se enseñara una disciplina que era calificada por muchos como brutal y salvaje. Fascinada, Laura empezó a entrenar y pronto desarrolló las habilidades de una boxeadora de primer nivel. La gente la miraba extrañada cuando entraba a los gimnasios, donde ni siquiera había vestidores para mujeres, y la calificaban burlonamente como lesbiana o una loca en busca de novio. Era una rara. Laura tuvo que ser muy tenaz para conseguir entrenador y ganar reconocimiento, así como respeto dentro y fuera del ring.
“Mis inicios como boxeadora amateur –dice Laura– se caracterizaron por la clandestinidad de los combates , pues al no estar regulado nuestro deporte, las peleas carecían de legalidad y seguridad, por lo que tenían características muy especiales. Peleábamos con quien se pudiera, a veces las rivales eran más pesadas, otras, era a la inversa; carecíamos de supervisión médica, no recuerdo un solo combate amateur en el que nos hicieran un examen médico previo, mucho menos posterior a los combates. Teníamos que armarnos de valor no solo para subir al ring, sino también para adaptarnos a las condiciones insalubres, a los ‘sanitarios’ malolientes que, cuando teníamos suerte, podíamos utilizar, o nos cambiábamos en lúgubres intentos de vestidores; a la hora de subir a los cuadriláteros padecíamos por las paupérrimas condiciones en que algunos estaban”. Las chicas boxeadoras de aquellos años peleaban en rings improvisados, algunos sin lona y con una sola cuerda en su perímetro, a la mitad de una calle de la Ciudad de México o en pueblitos empolvados donde a veces no había alumbrado público y tenían que boxear en penumbras. La gente iba a verlas por morbo, para mirar con sorna y diversión su atrevimiento varonil. “Vamos a ver cómo se dan en la madre las viejas”, decían; cuando veían que efectivamente se daban en la madre bien y bonito, la burla se transformaba en admiración y al final de la contienda los espectadores les pedían autógrafos y fotografías.
Una tarde de 1994, Laura estaba trabajando en un juzgado del Reclusorio Oriente de la Ciudad de México, cuando le avisaron por teléfono que su primer combate profesional estaba pactado: la cita sería el 7 de mayo en el hotel MGM de Las Vegas , en un cartel donde se disputarían cinco títulos mundiales (entre ellos los de Julio César Chávez y el Finito López) y su rival sería nada más y nada menos que Christy Martin. Martin era triple campeona mundial y la estrella de Don King, era por supuesto la cara más reconocida del boxeo femenil: con un récord de 31 peleas –21 de ellas ganadas por KO– tenía la fama de ser una versión femenina de Mike Tyson. Laura estaba consciente de que la querían como carne de cañón, aun así decidió aprovechar su oportunidad.
El calibre de su pelea de debut era espeluznante, como para deshacerle de miedo las tripas a cualquiera o por lo menos inducirle un ataque de pánico. Nadie le vaticinaba un buen final, la prensa llegó a afirmar que no tenía posibilidad de sobrevivir, e incluso su propio mánager le subrayó que no estaba obligada a ganarle a la norteamericana. “Solo Julio César Chávez creyó que yo podía derrotar ‘a esa pinche güera’”, dice Laura; unas semanas antes habían entrenado juntos en el gimnasio Nuevo Jordán y él pudo ver que su calidad de boxeo le daba posibilidades reales de dar batalla.
Laura llegó sola a Estados Unidos. Su entrenador no hizo ni el intento de tramitar su visa porque, si la acompañaba, corría el riesgo de perder su licencia al apoyar el boxeo profesional femenino, que estaba prohibido en la Ciudad de México. Un día antes de la función, en el gimnasio que le asignaron, Laura conoció a Adán Almaguer, un entrenador que tenía una hija también boxeadora; a falta de acompañantes, él fue quien gentilmente la auxilió en su esquina durante la pelea.
Ilustración por Liz Dot
Con el corazón explotando en su pecho, Laura subió al ring del colosal MGM ataviada con un sarape blanco que llevaba bordada con lentejuelas la imagen de la Virgen de Guadalupe, a quien a esas horas su madre encendía una veladora para pedir por la protección de su hija. En la otra esquina, Christy se pavoneaba con su ya característico traje color rosa rodeada por su equipo.
Sonó la campana y Laura saltó al centro del ring con zancadas entusiastas. En los primeros dos rounds la mexicana tardó un poco en definir su ritmo y distancia, la conectaron varias derechas de Martin que la hicieron retroceder para plantarse bien en el suelo; la americana parecía sentirse a sus anchas cazando a Laura con la mordacidad de quien asume al rival como presa fácil y quiere terminar la noche rápido. Pero pronto descubrió que estaba en un error: varias combinaciones de rectos de izquierda y derecha rebotaron en su cabeza, una tras otra. Conforme pasaban los segundos Laura era más ágil y precisa, aun si los cabellos se le escapaban de la coleta y estorbaban su vista, ella se desplazaba con ligereza a lo largo de todo el ring y cambiaba de guardia derecha a zurda con tanta gracia que parecía el movimiento más fácil y natural del mundo.
A partir del tercer round la lona se encendió; ya completamente despeinada, Laura imponía el tiempo de la pelea y sus piernas le ayudaban a burlar los golpes de Martin, quien cada vez lucía más desconcertada ante la gran condición física de su rival. A base de combinaciones largas de uppers y rectos de derecha e izquierda, con el público de fondo gritando “¡Duro, duro!”, la mexicana no daba respiro a Martin, cuya victoria se tambaleaba peligrosamente. El combate terminó, con los ojos morados Christy sangraba de nariz y boca; Laura solo tenía un poco lastimada la nariz. Contra todo pronóstico los jueces declararon un empate, pero si la decisión hubiera dependido de los espectadores, la victoria habría sido para Laura. Esa fue la mejor pelea de la noche.
***
Ya trepada con toda justicia en las grandes ligas del boxeo profesional, en 1995 Serrano tuvo la oportunidad de pelear por el título mundial de peso ligero de la WIBF contra la irlandesa Deirdre Gogarty . Ambas tenían 25 años. La mexicana de nuevo llegó sola, otra vez fue acompañada en la esquina por el señor Almaguer, pero ahora subía al ring con un cabello muy corto que le ahorraba preocupaciones y un uniforme azul y oro con el escudo de los Pumas de la UNAM en un costado. Fue presentada con estridencia como la “Poeta del ring” , pues además del boxeo era aficionada a la literatura e incluso escribía poesía.
Apenas sonó la campana la pelea inició con intensidad, nada de medias tintas o perezosa cautela. Esas mujeres pelearon cada round como si fuera el último. Laura se notaba segura, su ya pulida técnica ahora alcanzaba la más fina y violenta elegancia. Brincoteando con la ligereza de una bailarina de ballet, se desplazaba por todo el ring imponiendo su distancia, su cadencia y sus arranques de velocidad, mientras conducía a Gogarty al sitio que se le antojaba. Sus saltos de venadito y su cintura en alerta le permitían salir de las zonas peligrosas y, fiel a su estilo, intercalar continuamente su guardia derecha e izquierda.
Con los pies en punta Laura flotaba bucólicamente. Pero esto no era un paseo en el campo y esa tarde ella alimentaba una hoguera. La armonía de sus desplazamientos laterales y hacia atrás estaba lejos de ser dancística, su único propósito era atraer a Deirdre y encerrarla en combinaciones de golpes que subían y bajaban de la cabeza al torso, del abdomen al rostro, yendo de los volados a los ganchos con apabullante determinación.
La guardia de Laura era más bien baja, pero combinada con su refinado juego de piernas, le permitía ver a su rival, estudiarla y cazar el segundo exacto en que la confusión de recibir golpes por todos lados abría un espacio generoso para clavarle a Gogarty densos rectos de izquierda y derecha. Explayándose por todo el ring, Serrano cabeceaba y salía del ataque contrario aterrizando en su rival uppers y ganchos al hígado. Conforme avanzaban los rounds la intensidad se elevaba aunque cada vez parecía más imposible que se pudiera pelear mejor. Ambas boxeadoras arribaron a ese 20 de abril con una condición física fuera de este mundo.
Con las llamas de la pelea trepidando alto, Laura empezó a concretar combinaciones de golpes muy largas: si en el tercer round encadenaba unos diez o quince golpes seguidos, a partir del cuarto el rosario de ataques ya era de veinte o treinta puñetazos sin pausa alguna. La mexicana era omnipresente en el cuerpo de Gogarti, estrellaba su cabeza, su vientre, los costados. Cuando la embestía el huracán de fuego, la irlandesa no podía hacer otra cosa que quedarse casi inmóvil, aventurando intentos vanos de esquivar, aguantando estoicamente la tormenta. Y vaya que resistió. Al final del cuarto round, con un escandaloso “¡Chitiquitibum a la bimbombá!” proveniente de la esquina mexicana, Laura encerró a Deirdre entre las cuerdas y durante los diez últimos segundos no dejó de atacarla; cualquiera habría caído noqueada con los músculos deshechos, pero la resistencia de Gogarti se empeñaba en continuar y entonces la campana le concedió el descanso.
Laura inició el quinto round con una potencia asesina pegando con la sobrada frescura de quien empieza una pelea con los brazos descansados. Pero de nuevo su rival se mantenía erguida y dispuesta a seguir. El público ardía. “¿Cuál es la diferencia entre dos hombres campeones y dos mujeres campeonas? ¡Ninguna!”, decía emocionada una de las comentaristas que narraba la pelea, “hoy estamos viendo dos campeonas aquí, y yo espero que a partir de hoy se les dé el respeto y aceptación que merecen, ¡deben ser mostradas al mundo porque ellas son verdaderas atletas!”.
Todas las fuerzas de la tierra se despertaron en el sexto round; para sorpresa del público y los expertos, Laura continuaba brincando con esas piernas que parecían ser de metal elástico y ligero, rebotando como una goma infinita, mientras que Deirdre seguía convenciéndose de que podía resistir el maremoto de magma. Pasados unos veinte segundos del séptimo round, Laura decidió que era el momento de incendiar el MGM. Desde el centro del ring empezó a golpear a la irlandesa como lo hizo durante toda la pelea, atacó, esquivó, cabeceó, dio un paso hacia atrás y en el contragolpe tomó un impulso bestial para iniciar una de las más largas combinaciones de golpes de la historia. Arrolló a su rival hasta las cuerdas y la sometió en la esquina. Arriba, abajo, cabeza, hígado, upper , gancho, rectos, abdomen, nariz, volados, abajo, arriba de nuevo, estómago, boca, hígado, upper , hasta alcanzar una cantidad desquiciada de cuarenta o cincuenta golpes. Uno tras otro tras otro, como si en la ráfaga final los brazos de cualquier boxeador no fueran madera calcificada capaz de irradiarle el más profundo dolor.
“¡Serrano es una máquina!” gritaba un comentarista, “¡Es imparable!”, decía la otra. “¡Estas atletas de campeonato merecen cada una diez millones de dólares!”. El público gritaba eufórico, y en eso, la esquina de Deirdre arrojó la toalla. De no haberlo hecho ella no se habría rendido nunca pero era imposible que resistiera con salud otro round más. Con los brazos en alto, Laura gritaba y lloraba de emoción desde su esquina.
Aquella tarde, con un espectáculo soberbio de técnica, determinación y resistencia física, Laura Serrano se convirtió en la primera mexicana y primera latinoamericana en ganar un campeonato mundial de boxeo . Al final de la pelea le preguntaron cómo es que había logrado su hazaña. Ella respondió orgullosa que entrenó muy duro por meses: había hecho 122 rounds de sparring con grandes campeones mundiales como Julio César Chávez, Miguel Ángel González, Aarón Zárate, el Ratón Jiménez y Marco Antonio Barrera.
Ilustración por Liz Dot
Ese día Laura fue más poeta que nunca, y más poeta de lo que jamás serán muchos intelectuales atrapados en sus habitaciones. Pocas veces ha sucedido una pelea con la belleza y el nivel de espectáculo que lograron Laura y Deirdre. Sin embargo, si ese combate hubiera sucedido en sus respectivos países de origen, ambas habrían podido ser encarceladas al desafiar las leyes vigentes de entonces. Es triste pensar que en México, más allá del círculo más cercano de familiares y amigos, pocos se enteraron de su victoria. Y no despierta más que rabia saber que un famoso boxeador tapatío, que jamás ha peleado tan finamente como Laura ni con tanta garra ni deseo gane un número exorbitante de millones por cada pelea, mientras Laura solo obtuvo por su hermosa proeza un pago de dos mil dólares.
***
Tres años después, en 1998, Don King incluyó a Laura en una megafunción que sucedería en la Plaza de Toros de la Ciudad de México y cuya pelea estelar era la de Julio César Chávez contra Miguel Ángel González. El pago destinado para ella era de quince mil dólares, la bolsa más grande de su carrera. Era la gran oportunidad de Laura para ofrecer el espectáculo de su boxeo al gran público: miles de mexicanos podrían verla y admirar la excelencia que logran las mujeres boxeadoras. Pero esto no sucedió. El reglamento de boxeo de la capital del país prohibía el boxeo femenil profesional y las autoridades decidieron respetar esa norma. Laura hizo las gestiones necesarias, habló con funcionarios, delegados, jefes de oficina, con todo aquel por cuyas manos pasara esa decisión. Incluso Chávez pidió a su abogado que se encargara de que Laura subiera al ring esa noche. Sin embargo, los rivales se mantuvieron firmes. Preocupado, José Sulaimán exclamaba “la mujer es la dueña de la sociedad, la arquitecta de la familia, la patrona, la dulzura de la vida, por eso ni me la puedo imaginar, de veras, en un ring, golpeándose con otra”. Por su parte, Ricardo Contreras defendía su postura con indignación: “mientras yo esté como presidente de la Federación Mexicana de Boxeo, en mi país no habrá boxeo femenil porque es el último rincón de masculinidad que nos queda”. La escena es elocuente en su ironía. Por un lado un montón de señores con traje evitando que Laura peleara para proteger la virilidad del deporte, mientras que en el gimnasio una camada de los mejores pugilistas que ha dado este país entrenaba con ella codo con codo porque respetaban su talento y valentía.
Laura no peleó en la Plaza de Toros. Pero gracias a sus gestiones y al amparo que tramitó argumentando que el reglamento de boxeo violaba sus garantías individuales, al año siguiente legalmente las mujeres tuvieron el derecho de pelear como profesionales. Para celebrar el fin de aquella prohibición que databa de 1947, se realizó una función en la Arena México donde se enfrentaron Ana María Torre y Mariana Juárez, a la que Laura solo fue como invitada.
Laura continuó boxeando en Estados Unidos y siguió invicta hasta 2003 . Algunos años después decidió retirarse. Sin embargo en 2012, al ver que la situación del boxeo femenino en México iba cambiando y el panorama rendía sus primeros frutos, quiso regresar al ring. Y una vez más le prohibieron pelear. El nuevo argumento fue que su edad ya no era adecuada: tenía 44 años.
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El 11 de julio de 2015, Laura Serrano fue reconocida como miembro del Salón Internacional de la Fama del Boxeo –máximo reconocimiento que se otorga a los mejores boxeadores del mundo– en la misma ceremonia que Laila Ali, Jeanine Garside, Deirdre Gogarty, Ann Wolfe, Terri Moss y Spark Lee, la primera réferi con licencia profesional en EUA. Esa noche, el sociólogo francés que afirmó que el boxeo no era un deporte para mujeres se tragó cada una de sus palabras.
Bibliografía
Serrano Laura. “La poeta del ring”. Nueve estampas de mujeres mexicanas. Tomo II. México. DEMAC.2009. Págs. 451-511.
Wacquant Loïc. Entre las cuerdas: cuadernos de un aprendiz de boxeador. España. Siglo XXI. 2006
Autores
(Oaxaca, 1988) Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Trabajó durante cinco años en Surplus Ediciones y actualmente es editora en Almadía. Es becaria del FONCA en la especialidad de ensayo. Baila y practica boxeo.
(Ciudad de México, 1991) Estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Ha participado en muestras colectivas e individuales en México, Rumania y Eslovenia, donde destacan Éxodo de ultramar (Yope, Oaxaca, 2019) y Una vez más la verdad es pasada por fuego (IAGO, 2017). Es becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA.
Ilustrador
Liz Dot
Artista visual, directora creativa y partner en Sociedad Fantasma, estudio de animación enfocado en crear historias. Con background de dirección de arte, creativa y estrategia en publicidad para marcas internacionales. Actualmente desarrollando pequeños mundos en audiovisual y cerámica.
Ilustración de Mariana Martínez
Hace al menos diez años que no desempolvo mi 2666 de Roberto Bolaño, pese a que me ha acompañado en todas mis mudanzas. Me acordé de su existencia hace un par de semanas cuando C decidió usar el tomo para elevar a su computadora y simular que tenía uno de esos caros escritorios para estar de pie. Al ver ahí a mi 2666 , cumpliendo una función utilitaria, tuve por un instante ganas de volver a leerlo y restituirle su dimensión literaria, pero rápidamente me distraje leyendo libros que ahora me interesan mucho más. Que no haya vuelto a abrir el libro y que no tenga el menor deseo de rescatarlo de su función utilitaria no quiere decir que no reconozca el valor de la obra de Roberto Bolaño y su importancia indiscutible dentro de la literatura latinoamericana. Pero sí quiere decir que me interesan muy poco las historias que cuenta y la forma en que las narra. A decir verdad, siempre fui una lectora bastante desapasionada de Roberto Bolaño y con el tiempo esto empeoró porque me cansé de escuchar y de leer tanta mala crítica literaria sobre su prolífica producción.
Leí por primera vez 2666 en el 2008, cuando la locura y el furor de la obra de Bolaño recién comenzaba luego de que su obra fuera traducida al inglés.. Tras su muerte prematura en 2003, la importancia de la obra de Bolaño se instituyó primero en Estados Unidos y regresó después a llamar la atención dentro de América Latina, pese a que el autor ya había ganado el Rómulo Gallegos. En 2008 estaba en mi primer año de la licenciatura en literatura latinoamericana y el profesor de la clase de “Problemas de teoría literaria”, José Ramón Ruisánchez, en una de sus lúcidas y extrañas ocurrencias, decidió que leeríamos todo 2666 y complementaríamos nuestra lectura con distintos teóricos para pensar de forma crítica y creativa el libro de Bolaño.En esa, mi primera clase de teoría literaria, me formé como crítica y leí por primera vez a autores como Georges Didi-Huberman, Jacques Derrida, Joan Copjec, Slavoj Žižek, Peter Brooks y Nelly Richard, entre otros. Recuerdo que en clase conjeturamos sobre todos los aspectos de 2666 , desde el tamaño del libro y su portada como tumba hasta la compulsión de repetición en “La parte de los crímenes” y su necesidad de aproximarse a lo Real. Mi primer encuentro con Bolaño, como pueden constatar, no fue nada inocente, sino que estuvo guiado por la necesidad de hacer que mis intuiciones de lectura fueran más allá de las apariencias y las primeras impresiones. Escribí un denso ensayo sobre lo Real y Das Ding en 2666 y después de la clase leí todo lo que pude encontrar de Bolaño en las bibliotecas y librerías, acaso intentando convencerme de la importancia que todo el mundo decía que tenía. Fui con gusto a un coloquio dedicado a su obra y presenté un trabajo sobre él en uno de mis primeros congresos académicos. Pero muy poco tiempo después de comprometerme con su literatura y de que la infatuación se acabó, me cansé de leerlo y me quedó claro que mis intereses no iban por ahí. Desde entonces, si me lo preguntan, contesto que “no me gusta” y “no me interesa” la obra de Roberto Bolaño.
La primera de las razones por las cuales me alejé entonces del concurrido club de los admiradores de Bolaño fue completamente extraliteraria. A la popsteridady el éxito internacional de Bolaño le siguieron los demasiados libros de crítica literaria mediocres que comparan su obra con la de otros autores o que la consideran según tal o cual teoría crítica postestructuralista (acaso siguiendo el patrón de lo que Bolaño advertía con ironía en “La parte de los críticos” sobre las novelas del huidizo Benno von Archimboldi). Me cansé de leer sobre las infinitas intertextualidades y de encontrar ensayos que poco aportan a abrir nuevos enunciados y se dedican más bien a aplicar fórmulas preestablecidas a la literatura, encasillándola, domesticándola. También me cansé de ver la pelea entre mexicanos, chilenos, y españoles por apropiarse territorialmente de la obra de Bolaño mientras los críticos de los Estados Unidos supieron explotar bien el potencial del imaginario que Bolaño creó en su obra a través de su biografía. Luego, en el país en el que estudié mi doctorado vi cómo Los detectives salvajes y 2666 se convirtieron, a principios del siglo XXI, en el nuevo imaginario latinoamericano, sucesor del realismo mágico estereotípico del Sur Latinoamericano. Tanto el ethos romántico del poeta latinoamericano como la representación de Latinoamérica como región violenta y apocalíptica donde confluye el mal contribuyeron a este fenómeno que calzaba bien con el imaginario que los noticieros gringos frecuentemente proyectan de nuestros países.
La segunda razón por la cual dejé de leer a Bolaño fue más literaria. En la narrativa de Bolaño hay una promesa (incumplida) de que siempre hay más que descubrir, pero como lectora me topé una y otra vez con la mera repetición de lo mismo. Los narradores de Bolaño son seductores y manipuladores cuando cuentan historias y parece que siempre van a llegar a algo que apenas se vislumbra y que es necesario descubrir. Las historias despliegan una asombrosa habilidad de irse por las ramas. En cada uno de los libros de Bolaño (incluidos los manuscritos publicados de forma póstuma) no hay nada nuevo o diferente, sino la misma estrategia repetida ad nauseam . ¿Para qué leer el mismo libro en decenas de variaciones? Más allá de la imperfección o incompletud de la obra de Bolaño que algunos han resaltado como una virtud transgresora, lo que me agota como lectora es enfrentarme una y otra vez con la misma estrategia que no apuesta por un camino, sino por el desvío como gesto constitutivo.
En definitiva, a diferencia de los autores que más me gustan, Bolaño no es un innovador en la forma o en términos del lenguaje. Es un autor que juega con la representación visual y quizás el montaje y poco más. No se arriesga a pensar el lenguaje sino al servicio de la trama. No quiero decir aquí que todos los autores deben ser innovadores en este sentido, sino a que la literatura que está al servicio de la trama suele devenir (aunque no siempre) en tediosos discursos ideológicos o alegóricos. Esto es más visible en el hecho de que gran parte de la crítica literaria sobre Bolaño se decanta por este tipo de reflexiones sobre la violencia, la noción del mal o la modernidad y sus males(tares). Incluso en su versión más refinada, Bolaño siempre nos dice algo, como argumenta por ejemplo Zavala en La modernidad insufrible : “[s]u proyecto literario puede leerse como una compleja crítica de la modernidad literaria occidental y el modo en que se intersecta con la experiencia latinoamericana que simultáneamente la niega y la refunda”.
Desde mi punto de vista, la literatura que decide apostar su descubrimiento en la trama no es necesariamente una literatura que deja los elementos necesarios para pensar sino que nos da un pensamiento ya rumiado y tejido para que lleguemos a una conclusión inevitable.
Ya no leo a Bolaño porque me cansé de su mismidad y porque la literatura que me da las piezas para decirme lo que debo de concluir me convierte en el tipo de lectora pasiva que nunca quiero ser. Ya no leo a Bolaño porque sus historias que se van por las ramas no llegan a tener consistencia y porque sus narradores voluntariosos e irónicos ya no me entretienen como antes. Ya no leo a Bolaño porque tanta crítica de su obra turbó mi capacidad de leer de formas más intuitivas. Ya no leo a Bolaño porque C necesita un librote del tamaño correcto para apoyar su computadora y poder trabajar.
Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro
Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Ilustración de Carmen Lop
Bolaño fue poeta. Cualquier cosa que se diga después es secundaria. Esta aproximación al universo poético de Roberto Bolaño extrae su título de una entrevista incisiva — vendida como la última antes de su muerte —, en la que Mónica Maristain documentó las respuestas del autor ante preguntas nada generales. En esta entrevista, la periodista repasa juguetonamente el transitar en el mundo de Bolaño y le dice: ¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?, a lo que él responde: Yo nunca llevo la contraria.
Tomando por significado de contrario el que nos otorga el diccionario de la RAE al final de su lista: “Persona que lucha, contiende o está en oposición con otra”, este texto partirá de la respuesta de Bolaño para trazar líneas sobre los contrastes, casi contradicciones, que van definiendo la poesía de este habitante patibulario.
Una lectura actual de la poesía de Bolaño busca su cartografía apoyándose en la obra narrativa, que por diversos motivos (entre los que mucho tiene que ver el mercado literario), ha logrado sacar de primer plano su escritura fundacional o poemas. Hemos de admitir que esta aproximación encuentra más importante centrar la vista en el argumento que nutre su poesía antes que referirnos a alguna recopilación en específico, porque un rasgo que caracteriza la obra poética de Bolaño es su unicidad y mutación; en espacio de treinta años (1973-2003) una sensación de particularidad o independencia es lo que más abarca, uno a uno, sus poemas.
Así, empezaremos por dibujar una Ciudad de México de 1968, cuando Roberto Bolaño llega por primera vez y reconoce el panorama general de la cultura literaria en nuestro país, rehusándose a la educación universitaria para dedicarse a leer y encontrarse en sus caminatas con personajes afines tanto a él como a sus textos. Gran parte de las novelas de Bolaño nos otorgan pistas sobre cómo se relacionó desde temprano con las letras a través de los personajes recurrentes en sus libros, abiertamente seudos del autor y sus amigos, quienes desean y encuentran identidad agrupándose en los espacios bohemios de los setenta. La posibilidad de que estas manadas sobrepasaran la efervescencia identitaria y construyeran con fuerza envidiable un manifiesto o consigna de lo que les hacía tamborear el pecho se debe a que su actualidad era delimitada por altas figuras que inmaculaban la escritura a mano de un academicismo muy alejado de la realidad visceral que se vivía en la capital y en los pueblos latinoamericanos. Es decir, para Bolaño y los vaqueros solitarios con los que fue encontrándose, la batalla y el enemigo que se mandaba hacer un traje a figura de Octavío Paz, eran claros. Dos rayos que atravesaban, cada uno desde sus cualidades opuestas, un presente que cuidaba la cuna de los sueños de la ciudad a la vez que los pervertía. A pesar de que México se inscribe perpetuamente en la historia como un lugar de tibieza al nunca otorgarle a su sociedad un reconocimiento de la verdad tajante o evidencia de los intereses politicos en contra del pueblo, los infrarrealistas, movimiento que funda Roberto Bolaño con su compañero Mario Santiago Papasquiaro en 1975, se encargaron de abrir una herida susceptible a esa verdad, gracias a la consciencia de lo que sucedía en otros lugares de latinoamérica, subráyese Chile, el lugar de nacimiento del escritor. La nostalgia por la promesa de un gobierno tomado por los civiles, resonaba en las plumas de los poetas de una izquierda reaccionaria. El eco del opresor llegó a mimetizarse incluso entre los humanistas intelectuales, lo que llevó a que los infrarrealistas entonaran la utopía:
Es necesario que el pensamiento se aleje de todo lo que se llama lógica y buen sentido, que se aleje de todas las trabas humanas de modo tal que las cosas le aparezcan bajo un nuevo aspecto, como iluminadas por una constelación aparecida por primera vez. Los infrarrealistas dicen: Vamos a meternos de cabeza en todas las trabas humanas, de modo tal que las cosas empiecen a moverse dentro de uno mismo, una visión alucinante del hombre. […] Quemen sus porquerías y empiecen a amar hasta que lleguen a los poemas incalculables.
En este periodo temporal, Bolaño sabe que su intención en la literatura tiene sentido desde la palabra poética y no cualquier otra. Quema sus obras de teatro, no se acerca a la prosa y podemos imaginarnos cómo festejó en la casa de Bruno Montané, en el café La Habana o la Encrucijada Veracruzana, el levantamiento de los aullidos infrarrealistas. Este estandarte incendiario como motor de las letras del movimiento infra, conformado por cerca de 20 escritores, de los que sustancialmente destacan los dos poetas que nombramos, hizo que una producción poética, inspirada en las cloacas o en los subsuelos de la ciudad, empezara a materializarse. En una primera publicación, Pájaro de Calor, ocho poetas infrarrealistas (1976), se hace visible una comunidad consumida por sus propios miembros, que proponía el abandono de los escenarios construidos hacia adentro y el compromiso del poeta por crear herramientas para la aventura y la sublevación —tan necesaria para hacer frente al establishment literario y politico— al menos de los jóvenes de su generación.
Ese halo de luz naranja pudo haber sido una gran poeta
[…] esa mujer que llora en el laboratorio
mientras las calles arden y yo caigo,
pudo haber sido una poeta
estamos muertos, nosotros somos los muertos
se oirá en esos días
[…] ella siente
que los motines volverán que la han vencido
esa vieja ocupada en su manicomio
sintiendo próxima su muerte y que en realidad
quisiera volver atrás, a una verdadera cama
ese halo de luz naranja que se apaga
sin alegría ni sufrimiento
pudo haber sido una gran poeta
la más amorosa
amada
mía.
El título de este poema sugiere al lector una idea de mosaíco —rasgo recurrente en varios de sus versos—, mientras expone la escritura comprometida con la que Bolaño funda su universo poético. Es publicado en 1976, tres años después del golpe de estado en Chile, post matanzas estudiantiles y represión de los movimientos civiles en nuestro país, por lo que se lee una invitación a la poesía reaccionaria, ya sea tácita o explícita, pero desde el coraje que requiere cualquier cambio. Una invitación a la sociedad joven que, a pesar de su contexto, permaneció inerte en una vida sin compromiso; una vida en la que las ficciones sociales y políticas conformaron tanto como limitaron el imaginario.
Ilustración de Carmen Lop
Si bien hay cierto coraje en las palabras de Bolaño, también hay una frustración compasiva que reconoce la imposibilidad de esa mujer, el halo naranja o potencial que él y sus colegas reconocían en su generación. Hay que admitir que este poema se acomoda diagonalmente entre la mayor parte de su obra poética, a la que buscaremos referirnos como piezas que tácitamente, mediante la expresión libre del incalculable visceralismo de las palabras, sugerían una via distinta a lo hegemónico. Este poema nos sirve para sostener que, incluso a los 23 años, Bolaño ejecutaba en la poesía un compromiso politico, explícito también. Dicho compromiso se encarnaba, primero desde ese otro rasgo que reconocemos, el que lo dejaba ser contestario desde el verso visceral e inconexo, que pone todo el valor en el acto mismo de escribir sin institución; luego desde la furia de una necesidad: la de hablarle directamente a los lectores en busca del levantamiento. Es ahí en donde tantas preguntas y contrastes surgen. Tantas preguntas que muchos críticos pasaron para atrás, al dedicar de lleno su estudio a las obras claras y narrativas del autor (publicadas posteriormente), en donde lo poético y lo politico sigue siendo el tema, pero desde donde se desarrolla através del lugar y las acciones de sus personajes.
Mi pesadilla es un infinito
de flores, unas sobre otras, ocupando
todos los huecos de la página,
Arriba, abajo, al lado,
Sin dejar un espacio libre,
Avalanchas constantes de color y amabilidad,
En donde termina un relive empieza otro,
¿qué tipo de poesía se podría hacer allí?
tal vez el lento parpadear,
tal vez solamente el lento parpadear.
La nostalgia por la promesa se iba manifiestando en un Bolaño más escéptico. Era atravesado el espíritu de los escritores que entendieron la poesía como única esperanza después del regreso de la dictadura y el nauseabundo proceder de intelectuales contemporáneos que se unían al poder.
Bolaño, quien no podía creer cómo un país como México no escuchaba la destrucción de las bombas, iba configurándose fuera de su deseo inicial: conjurar cada letra en la dirección poética. Sin que esto cambiara su percepción de la poesía ni la de Mario Santiago, los infras emigran del país que les dio la aventura de la aventura e intentan sellar el movimiento reiteradas veces, lo que parece señal de que no lo quisieron conseguir del todo.
Atiende esto, hijo mío: las bombas caían
sobre la ciudad de México
pero nadie se daba cuenta.
Con esto no queremos decir que Bolaño abandona la escritura poética, sin embargo, sí podemos sospechar el momento en el que la reubica: la poesía como aquello que se escribe a lápiz, el palpitar vital, pero ahora la mutación del valor que, sobre todo, compromete la muerte de quien escribe.
Ahí se perfila lo que Bolaño llama valor. Es una actitud y una conducta que se da en la vida y en la escritura, pero que resulta incurablemente existencial. Fue hablando de Alonso de Ercilla, en un texto de Entre paréntesis , donde con más claridad vino a definirla: “A Ercilla le queda algo que tienen todos los verdaderos poetas, si bien en sus formas más extremas y bizarras. Le queda el valor. Un valor que a la hora de la vejez no sirve para nada, como tampoco, entre paréntesis, sirve para nada a la hora de la juventud, pero que a los poetas les sirve para no arrojarse desde un acantilado o no descerrajarse un tiro en la boca, y que, ante una hoja en blanco, sirve para el humilde propósito de la escritura”.
Su evolución en el mundo literario no le dejó otra opción más que reconocer la derrota de los ideales que sostuvieron los infrarrealistas en su juventud.
Fueron ingenuos y generosos, reconoce en el discurso que pronuncia cuando gana el Premio Rómulo Gallegos. Este discurso sostiene la intención de nombrar a sus compañeros ya muertos, nunca alejados de la primera fila de lucha desde la cual vieron pasar el tiempo sin que su grito revolucionario tuviera reminiscencia real, aunque este texto reconoce que a partir de ello muchísimos anacrónicos adeptos encontraron en sus letras un camino al levantamiento, o a lo que dolosamente nos parece un sinónimo —a las generaciones posteriores en contextos como el de nuestro país—, a la nada. Como interpreta Francisco Carrillo a partir de los pronunciamientos sagaces que el autor escribe para recibir el premio en Caracas y luego en Sevilla: “Frente a la épica que acompaña a la muerte de los poetas de su generación, Bolaño se imagina liquidado por unos herederos que se ubican en las antípodas de esos poetas que en sus vidas encararon algún episodio heroico y literario, es decir, heroico y politico.”. Esto como desenlace de la intención que la poesía de Roberto Bolaño mantuvo primigeniamente, nos hace una sugerencia de por qué su obra poética, posterior a su reconocimiento como autor de culto, permaneció (igual que en sus inicios) como la esfera más particular, aquella que “no le ruborizaba tanto en comparación con su narrativa” porque le era más propia aunque no más fácil.
Desde una vision particular, algo que permite la derrota del movimiento infrarrealista, es reforzar aun más el sentimiento que con honestidad residía en la poesía de Bolaño al ser el último sobreviviente. Mientras los reflectores se posaban sobre sus novelas, mientras la academia escribía sobre ellas y estas se vendían a montones, sus poemas podían vivir en la nostalgia, aún el subsuelo, sin que se les pidiera nada más que eso: la memoria de lo que hizo que todo empezara, la demanda de una promesa compartida y la libertad de un Roberto Bolaño que regresaba a escribir.
Autores
Tania Langarica - Cuernavaca, 1993. Cree en lo poético como dirección política. Se interesa en las manifestaciones disidentes así como en los espacios olvidados del individuo. Es egresada en literatura por la Universidad del Claustro de Sor Juana, estudió Filosofía en La Universidad Iberoamericana y actualmente en la UNAM. Sus poemas han sido publicados en antologías como
Químicas Sanguíneas (2016) y
Poetas del Asfalto (2017) así como en diversas revistas electrónicas e impresas como
Tierra Adentro (2017) y el
Periódico de Poesía de la UNAM (2018). Su primer poemario individual
No hay manantiales en la carne fue publicado por el FEDEM en el 2018. Escribió la tesis “La razón poética como aliciente político” en 2019, en donde advierte la relación de los temas que más la atraviesan. Ha llevado su escritura al performance poético en la campaña
Embrace your Nature para los hoteles Mélia, y a otras disidencias sonoras como fue el caso de Rizoma en donde danzaron la letra de uno de sus poemas. Hoy investiga la experiencia laboral en México desde la poesía en su proyecto “La pas” y construye la plataforma Arte Nocivo.
Ilustrador
Carmen Lop
Nació en la Ciudad México. Cursó la Licenciatura de Diseño de la Comunicación Visual en la ENAP con la especialidad en Ilustración. Ha publicado su trabajo en varias editoriales como la SEP, La Secretaría de Cultura, Malpaís Ediciones, y otras internacionales como Oxford University Press y Pearson de Chile. También ha incursionado en la docencia impartiendo talleres, conferencias y cursos de Ilustración y Diseño, en la Universidad del Valle y Museo Franz Mayer, entre otros.Desarrolla proyectos personales que abarcan otras disciplinas creando su propio trabajo como autora. Ha realizado el arte y escenografía para obras de teatro de Corvus Producciones, con temporada en el Centro Cultural Helénico y también se sumó a colaborar en el estudio multidisciplinario de Jan Hendrix. Protege su contenido con técnicas tradicionales principalmente.
Ilustración por Ray Patiño
Poema escondo
donde el dolor parece
quererlo todo
Ana Jimena Sánchez
0
Hay una cosa llamada Roberto Bolaño, una leyenda mórbida y extraña que se ha comido al autor y a la obra, y que nada tiene que ver con Roberto Bolaño.
1
Pero Roberto, eso es un poco desagradable que me lo digas, porque significa que yo sólo soy un personaje tuyo nada más, no tengo una existencia real. Todos nosotros, Ignacio y yo, somos como fantasías tuyas. Él me decía bueno, Rodrigo, me decía, peor sería que fueras un personaje de Isabel Allende, me dice, no te quejes, hay destinos peores.
(Rodrigo Fresan en el documental La Batalla Futura, 2016)
2
La primera vez que leí un libro de Roberto Bolaño, yo entraba a la edad de merecer, me acercaba a los veinte años y mi hermano mayor acababa de comprar Los Detectives Salvajes (1998). La portada era un rojo sangre en la pupila expandida. Muchas cosas me separan hoy de mi hermano, como las opiniones políticas o la orientación sexual, pero hay otras que me unen a él como, aunque ahora lo neguemos los dos, la música de Arjona que escuchábamos en la adolescencia o la literatura de Roberto Bolaño. Y la pesadilla me decía: crecerás./Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto/y olvidarás./Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
1.1
Tenía esa carita mitad pícaro, mitad seriedad, mitad caricatura para ocultar algo. Un Daniel el Travieso envejecido, una adolescencia alargada por el miedo. Pero también tenía algo salvaje, no en la mirada, sino en las manos. El cigarro siempre encendido. La palabra precisa para responder cualquier pregunta que le hicieran, como cuchilla después de haber sido afilada muchas veces.
2.1
Como en la canción de Yuri yo veía pasar la vida detrás de la ventana. Mientras, me volvía un cliché. El joven que engañaba con su cara de niño y leía libros que robaba cuando no daba el dinero para comprarlos. Una práctica que, debo confesar, dejé hace poco.
No tenía certezas, salvo una: yo quería ser escritor.
Un amor desbocado/un sueño dentro de otro sueño.
1.2
Luego de 1998, con el premio Herralde, comenzó el mito. El premio Rómulo Gallegos, ganado en 1999, le abrió las puertas de la intelectualidad chilena, de la que él huía y que no necesitaba después del exilio. La diáspora chilena se había dividido en dos, entre los escritores; aquellos que tenían puestos diplomáticos y los que trabajaban en universidades europeas y norteamericanas, y luego estaba Roberto Bolaño, que trabajaba como mesero. Renegando a veces de la condición de escritor chileno, prefiriendo nombrarse escritor latinoamericano, como menciona en la entrevista para el programa La Belleza de Pensar en la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile, a finales de 1999.
1.2.1
Bolaño, desde la época anterior a los premios, era muy dado a la reinvención de la propia memoria. Se aparecía en los departamentos y las fiestas de sus amigos para contarles historias truculentas donde había matado, por error, a algún ladrón. O la vez que conoció a los asesinos de Roque Dalton. O cuando un compañero de primaria lo salvó de los campos de concentración de Pinochet. Alguna de las tantas escaramuzas en sus viajes de mochilero por el sur de América. Comenzaba a crear un personaje que tuviera una vida literaria y que no fuera fácil de creer a primera vista.
2.2
Luego, como destino manifiesto, entré a la carrera de letras y al mismo tiempo dejé de escribir por años. Una tormenta. Un gusano blanco retorciéndose/en el amor por querer ser escritor. Y el amor por ese entonces brincaba la ventana de la vida y me obligaba a salir de la vida. Yo era, sin darme cuenta, Juan García Madero y creía saber más que mis maestros, y quería incendiar las instituciones y buscaba referentes en la bohemia y la escena literaria de mi ciudad. Como si la juventud fuera el pecado y el castigo.
1.3
A poco de su muerte en 2003, en España, a Roberto Bolaño le salieron amigos por todas partes. Comenzó a brillar la veladora del santo. En Barcelona podías arrojar una moneda y seguro un amigo de Bolaño la atraparía para decirte que a él Roberto siempre le recomendaba comer frutas y verduras. Patricio, Patricio… come más fruta, me decía.
2.3
Roberto Bolaño en México, antes de la fama, era confundido con el comediante y productor de televisión Roberto Gómez Bolaño, Chespirito, creador de los programas El Chavo del 8 y El Chapulín Colorado. Durante años en la carrera, y en algunos congresos, me tocó ver cómo algún incauto era vilipendiado por confundirlos. No eras un verdadero alumno de letras, ni mucho menos aspirante a escritor, si cometías una confusión común sobre todos entre los alumnos de primer semestre, más guiados por los faroles de la bohemia que por las lecturas.
2.3.1
Aunque ambos sean vacas sagradas, que atraparon un momento de la idiosincrasia mexicana, no pastan en el mismo campo. Pobre de aquél que se atreva a hacerlos uno.
1.4
Siempre se consideró poeta antes que novelista, pero aprendió que el dinero llegaba mejor y más fácil con la prosa que con el verso. Y él tenía una familia que mantener. Antes de morir, por una insuficiencia hepática prolongada por casi diez años, dejó listos los papeles para que Carolina López y sus hijos tuvieran asegurados los derechos sobre su obra. Su amigo, el crítico literario Ignacio Echevarría, diría que poco antes del deceso Roberto lo nombró persona referente y encargado de todo lo que tuviera que ver con sus obras póstumas. Y aquí comienza el manoseo ajeno de su memoria.
2.4
Habían pasado once años de su muerte, yo había vuelto a escribir lentamente y publicaba en varias revistas de internet cuando supe de un grupo de Facebook llamado Los Perros Románticos. Me inscribí sin dudarlo. Ya antes, en 2009, había aparecido en CDMX La Red de los Poetas Salvajes, que reunía a varios poetas jóvenes, en su mayoría hombres, que seguían, de una u otra forma, la estela de los infras. Pero en 2014 me llamó la atención que no fueran únicamente mexicanos, sino personas de medio mundo de habla hispana. Dice Didier Andrés Castro, poeta colombiano y uno de sus fundadores: El nombre surge de Bolaño, porque era lo que más nos representaba. Sentíamos que en aquel momento la Alt Lit tenía a David Foster Wallace como maestro, y nosotros tomamos a Bolaño como el nuestro. La verdad no recuerdo cómo nació el nombre, quizá en una video llamada en la que nos leíamos cosas. Todos buscábamos lo mismo, de alguna forma compartíamos lecturas y así. Pero estaban distribuidos por todo internet. Kevin (Castro, autor peruano y otro de los fundadores) habló de que sería mejor una reunión. Escribí a Luna (Miguel, escritora española y tercera fundadora) después para proponerle algo así, ya que ella tenía una selección increíble. Ella ya había leído a Kevin, a David Meza y a algunos otros.
2.4.1
En aquella primera reunión virtual se habló de los infras, de la poesía de Bolaño, y de a poco la idea inicial de que fuera una base de datos se transformó en encuentros presenciales y en un grupo cibernético que llegó a crecer rápidamente y con la misma velocidad se extinguió en apenas un año. No había pretensiones, sino que se pensaba como un sitio de reunión para leer, sobre todo poesía. Nacieron redes de contacto y proyectos que ayudaron al crecimiento de varios escritores en diferentes puntos de América Latina, incluyéndome.
1.5
Después la muerte de Bolaño, hubo un nombre que comenzó a borrarse alrededor de su memoria y alrededor de sus textos. El que, según la tradición oral y escrita hecha alrededor de sus momentos finales, fue el último nombre y rostro que Roberto Bolaño vio camino al hospital. Si se revisa la primera edición de El gaucho insufrible (2003), en la dedicatoria del cuento El viaje de Álvaro Rousselot , se sabrá ese nombre, que desapareció en las siguientes ediciones y traducciones del libro. Una mujer que fue borrada. Pasa lo mismo en el índice onomástico de Entre paréntesis (2004), aparece en la letra P y lleva a la página 17 donde no está su nombre, pero sí hay una cita muy reveladora “De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura…” , que es un fragmento, a su vez, de la novela Amberes (2002). En ediciones posteriores ese nombre, de nuevo, ya no está.
De acuerdo a Mónica Maristain en su libro El hijo de míster playa (2012) Carolina López y Roberto Bolaño ya no convivían como pareja, vivían cerca para que Roberto pudiera tener contacto con sus hijos, Lautaro y Alexandra, pero él iba de Blanes a Barcelona presentando a aquella mujer a la que le dedicó El viaje de Álvara Rousselot con sus amigos y su madre como su novia, y ya buscaba rentar un piso para ambos en la capital de Catalunya.
Sin embargo, el 15 de julio de 2003 en el hospital Vall dHebron en Barcelona, en mitad de la noche y después de conducir lo más rápido posible por media ciudad, aquél nombre, que ya no aparece en las dedicatorias ni índices onomásticos, pero era presentada como su novia, llamó por teléfono a Carolina López y le dijo Roberto está muy mal, ven .
1.5.1
Aquí se acaba el circo , habría podido pensar Carolina López, después de recibir aquella llamada en mitad de una noche tan larga que se prolongó por varios días. Carolina López. Es fácil verla al pie de la cama, guardiana de la puerta. Una mujer que había soportado un ir y venir del carajo en su vida sentimental, de la que todo el mundo en el ambiente cultural barcelonés parecía tener un punto de vista. Una mujer cansada que no sabía que cuando se acaba una función empieza otra y otra y otra y luego otra.
2.5
A finales del año 2014 tuve mi primer encuentro personal con Los Perros Románticos, el grupo de Facebook.
Del internet a la carne.
Del pixel a la carne.
De los verbos a la carne.
El colágeno de aquellos años
Piel Divina.
Una materialidad.
2.5.1
Gente de varias partes del país se reunía para una lectura maratónica de poesía en 2014. Coincidiendo con la FIL de Guadalajara un montón de jóvenes poetas hervíamos de la emoción. El bar donde fue la lectura se llenó, como pocas veces he vuelto a ver en un evento de poesía convocado sólo por internet y sin tener que ver con instituciones, y con un cartel que no tenía nombres consagrados en él. Una planta a la orilla de la carretera, impulsada por el viento, se agita menos que nosotros en aquella semana. En esas noches de fiesta conocí y reconocí a personas que continúan siendo importantes en mi vida. Hay muchas otras que se fueron, lento. Como dientes de león el tiempo nos echó al aire y nos dispersó. Puede que la poesía no te dé para vivir, pero te da amigos, que es igual de bueno.
2.5.2
Un tipo de nostalgia específica por la juventud y sus estragos, por los amigos de aquellas noches y los recuerdos borrosos de esas fiestas. Dice Aixa de la Cruz que a los veintipocos el mundo se rige por el deseo y descubrir de golpe que la gente te desea es como intoxicarte de una droga que el cuerpo no disipa y permanece en la sangre modificando la estructura del pensamiento y de tus actos, es casi como salir de prisión. Pienso que eso, la estela de ese pensamiento nostálgico de la juventud, guía de una u otra forma las obras más emblemáticas de Bolaño como Los detectives salvajes, 2666 y Los perros románticos . Una manera de contar cómo crece la gente, qué hace la gente al crecer, cómo vive la gente al crecer. Hace tiempo que para mí la obra de Bolaño dejó de hablar de personas que creían que podían ser especiales de alguna manera, por medio de la literatura, y se convirtió en una advertencia de las consecuencias de nuestras acciones y el peligro de la vida adulta.
2.5.3
Como si la juventud fue al mismo tiempo el pecado y el castigo.
Una enfermedad que, si te descuidas, puede tener graves estragos.
1.6
LA VIUDA DE ROBERTO BOLAÑO SIENTA EN EL BANQUILLO AL CRÍTICO IGNACIO ECHEVARRÍA EN UNA DEMANDA POR 150,000 EUROS
El 17 de diciembre de 2019 en varios periódicos de la península ibérica apareció el titular que encendió la comidilla del mundo editorial, una demanda por daños morales contra Ignacio Echevarría por atentar contra la memoria del chileno y contra la intimidad de la familia Bolaño, por aceptar públicamente en un artículo que Roberto tenía una relación sentimental con aquella mujer borrada de las dedicatorias. Se reavivaba así un culebrón de telenovela mexicana que se remontaba a hacía poco tiempo.
1.6.1
LA VIUDA DE ROBERTO BOLAÑO DEMANDA A LA AMANTE POR 250,000 EUROS
Un juicio del 8 de noviembre de 2018 al 4 de mayo de 2019.
LA AMANTE DE BOLAÑO DEBERÁ PAGAR 35,000 EUROS
Dice la sentencia que se reconoce la relación sentimental de (nombre borrado por la historia oficial de la memoria y de las dedicatorias) con el señor Roberto Bolaño Ávalos, y se desestima que la señora (nombre borrado) atentara contra el honor del escritor, pero se reconoce que atentó contra el honor y la intimidad de su familia, después de una entrevista concedida a la periodista argentina Mónica Maristain para su libro El Hijo de Míster Playa (2012), conminándola a no hablar nunca más de su relación en público y a pagar la suma antes referida.
Algo parecido a un empate.
1.6.2
14 de enero de 2020.
IGNACIO ECHEVARRÍA ABSUELTO POR ATENTAR CONTRA EL HONOR DE ROBERTO BOLAÑO
Después de mucho esperar la justicia española dictaba sentencia y afirmaba que Echevarría no atentó contra el honor ni la memoria de su amigo fallecido diecisiete años atrás.
1.6.3
María Kodama, Mercedes Barcha y Carolina López pertenecen al mismo grupo, el de esposas de escritores y resquicios vivos de la memoria de sus maridos. Un grupo que, dice Rosa Montero en su libro La Loca de la Casa , por suerte ha comenzado a dejar de existir con la liberación femenina. La crítica ha centrado su mirada en Carolina López para hacerla parecer monstruo antes que una persona, olvidando que soportar a ciertos escritores y sus sinsabores no es tarea fácil, y priorizando así el mito del autor cuasi perfecto que no cometía errores ni arrojaba culpas sobre los demás.
3
De la memoria oficial de Roberto Bolaño se ha borrado un nombre, pero de la memoria de sus lectores no. Quedará en la mano de cada uno hacer sus conjeturas. A él, el hombre al que le gustaba jugar con su memoria, ahora le han hecho reescrituras sobre la misma borrando nombres e imponiendo una versión oficial. Es este juego de espejos que nos lleva a preguntarnos qué hay detrás de la ventana.
En la ciudad de Gerona hay una calle con su nombre. Quizás, cuando haya pasado el tiempo y alguien camine por esa calle no sabrá quizá si se refiere a un escritor chileno o a un comediante mexicano.
Sin embargo, Roberto Bolaño ha cumplido con la posteridad y hace pocos años se publicó su poesía completa, en un tomo tamaño ladrillo, que parece pensado para desnucar enemigos y no para la lectura rápida que le gustaba presumir en vida.
Cuando se planeaba la exposición Archivo Bolaño (2013) se encontró en su estudio un breve texto de despedida: “Y eso es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas me pondría a llorar. Se despide de ustedes Arturo Belano.”
Autores
(Puebla, 1990) ha publicado los libros
Limosna para los pájaros (2015),
Los cuerpos cautivos (2018),
¿Te acuerdas? (2018) y
Aquí vivimos con una mano en la garganta (2019). La crítica no sabe si hace arte o publicidad.
Ilustrador
Ray Patiño
(Ciudad de México, 1988) Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.
Mi encuentro con los libros de Roberto Bolaño se dio en la adolescencia al leer, como casi todos los que se inician en la obra del chileno, Los detectives salvajes . Tenía diecisiete y estaba en Culiacán; allí, en la antesala del desierto, entre el bochorno de los días, creí intuir algo en esa novela. Poco después ella y yo, también otros libros más, nos mudamos a la capital. Hice amigos y caminé de madrugada calles de las que alguna vez había leído. En las entonces pequeñas bibliotecas que cada uno guardaba en su departamento, Los detectives era una constante, una referencia compartida y casi obligada.
Esta historia, al menos su comienzo, es la de muchos. Podría ser relatada de manera semejante por una cantidad grandísima de personas; y la coincidencia me parece maravillosa.
Hace bastante tiempo que dejé de ser adolescente y que mi nostalgia se disgrega en el territorio, pero aún creo que Los detectives era (quizá lo es todavía) un rito de paso, una bienvenida a la ciudad y a la literatura latinoamericana. Mentiría si digo que después de eso me sumergí por completo en su obra; en realidad, no fue sino hasta un par de años después, al leer por recomendación el famoso ensayo “El pasillo sin salida aparente”, que vi en Bolaño luces y texturas que me interesaban profundamente. Sus escritos no ficcionales me llamaron con fuerza; el humor incisivo, la crudeza, la realidad desvestida seguía ahí, acompañada de la afirmación de su nombre, de sus obsesiones sin tapujos en un diálogo directo con el mundo.
Después de su muerte, sus artículos, ensayos, entrevistas y discursos fueron compilados en el libro Entre paréntesis , una especie de autobiografía ensamblada por manos que no fueron del autor, pero en donde podemos ver su contorno y, si nos quedamos lo suficiente, también sus marcas particulares. Un retrato hecho con fragmentos, con retazos recolectados de aquí y allá. Pero en la multiplicidad, en la diferencia espacio-temporal de cada uno de los textos, encontramos a un Bolaño no en partes sino completo y, a veces también, transparente.
Entre paréntesis no es en sentido estricto un libro de memorias, pero sí es un libro en el que el chileno realiza un constante (y arqueológico) trabajo de rememoración; son textos acerca de otros escritores, literatura, patria, exilio. Es el libro de un hombre traduciendo la naturaleza de la realidad, mostrando su cartografía interior.
Roberto Bolaño reiteró, en distintas ocasiones, que hablaba y escribía de cosas que le eran familiares, y detrás de esa afirmación (a primera vista sencilla, común), se esconde una de las urdimbres que sostienen su obra. Quiero decir, escribía de aquello que conocía: el pasado, los libros leídos, los lugares habitados, los rostros vistos, la escritura, la poesía desbordándose por todos lados; los recuerdos propios y también los que hizo suyos.
Las sendas expandidas de la memoria trastocan la manera y los ángulos desde donde conocemos a sus personajes, así como la estructura de sus textos; podemos notarlo tanto en sus novelas o cuentos, como en ensayos o artículos. En ellos consiguió hacer confluir muchas voces, brindarle dimensión y significados múltiples a lo que bien podría haber manifestado solo uno a primera vista.
En Bolaño hay recuerdos que aparecen, reaparecen y desparecen en el tejido dialógico de su obra. Como decía Goya: la invención se da en la combinación de la memoria. Inventio significa encontrar o descubrir; es decir, hacer claro algo que estaba ahí anteriormente. Moldear el pasado como un trozo de arcilla y dejar las marcas de nuestras huellas dactilares en la superficie. Una misma materia con la que se crean distintas formas, piezas que al final comparten su sustancia primera.
“Autorretrato”, por ejemplo, pequeña escultura que abre el libro Entre paréntesis , brilla por su discreción y aparente simpleza. En sus dos cuartillas la memoria astillada de Bolaño se manifiesta creando una narrativa propia; la edita, va hacia atrás y la ve desarmada, en toda su posibilidad de montaje.
Ilustración de Mitthu.
*
En 1973 Roberto tenía veinte años y soñaba con muertos. Bajo todas las constelaciones del cielo chileno, aparecían en su mente Dylan Thomas y Stalin bebiendo en un bar de la Ciudad de México; para ser más exacta, un bar del Distrito Federal. Detrás de los ojos duermevela de Bolaño, Dylan Thomas pedía whisky y Stalin, naturalmente, vodka mientras pasaban las horas y el aire de la urbe parecía un poco más limpio, las calles un poco más caminables.
Yo todavía no había nacido, no era un rostro ni un cuerpo, ni siquiera una intuición. En cambio, Roberto Bolaño había sido hecho prisionero por los militares golpistas y soñaba con un poeta y un dictador; con una mesita redonda donde los hombres pedían un trago tras otro; quizá también, con el olor amargo del alcohol; con la luna llena o menguante iluminando los edificios viejos de madrugada.
Tal vez el sueño era más verdadero, más amable que la realidad, y al despertar con los rayos del sol entrando al cono sur, Bolaño pensó que aquello que vivía era una pesadilla. Probablemente solo se dio cuenta de que los días continuaban su curso, aunque ellos estuvieran encerrados en un lugar donde poco les pertenecía. Porque la nostalgia no siempre es provocada al recordar el lugar donde hemos nacido y la patria es un territorio incierto, imposible de delimitar.
El vodka y el whisky bajaban por la garganta de los hombres que bebían, pero era Roberto quien estaba cada vez más al borde de la náusea.
Este es el episodio que Bolaño establece para hablar de su nacimiento. Del día en que llegó (literalmente) al mundo, nos da solamente el año: 1953; mismo en el que murieron Dylan Thomas y Stalin. Él lo sabía y los recordaba al estar cautivo, imaginando otros terrenos lejos en el continente; mientras se convertía en un paisaje nocturno extendiéndose hasta la capital mexicana.
Con estos recuerdos, como con los otros que recolectó a lo largo de su vida, hizo un constante trabajo de reconstrucción, cambiándolos de lugar y orden. Le dio sentido a lo que surgía de las profundidades del subconsciente, un significado a las cosas, como si el sueño fuera escrito en estrofas regulares, diría Enrique Lihn.
Mucho revela la ausencia de datos, la selección de imágenes y elementos con los que decidimos presentarnos ante los demás. Bolaño construyó un autorretrato sin cuerpo físico, compuesto solo de sus hijos y su obra, de recuerdos y sueños, de algunos países, del nombre de Carolina, su mujer.
Dos años después de escribir su autorretrato fue publicada en la revista Playboy, la ya famosa entrevista realizada por Mónica Maristain; última que daría el autor y que cierra el libro Entre paréntesis . En ella Bolaño excava las profundidades, cada respuesta deja traslucir el impulso poético, la sensibilidad del autor. En conjunto parecieran, realmente, complementar su “Autorretrato”. No me resisto a transcribir la respuesta dada a ¿qué cosas lo divierten? (que bien podría haber sido, pienso, ¿qué cosas lo hacen feliz?):
Ver a mi hija Alexandra. Desayunar en un bar al lado del mar y comerme un croissant leyendo el periódico. La literatura de Borges. La literatura de Bioy. La literatura de Bustos Domecq. Hacer el amor.
No sé si es la combinación de recuerdos, la curaduría que hace Roberto de sus memorias o mi debilidad por las listas, pero encuentro algo bello y luminoso en la sencillez de su respuesta. El escritor se erige entre las líneas y los nombres de otros, entre paisajes y países. Cada uno de los textos conformando su obra es un fragmento que poco a poco ayuda a materializar un cuerpo que no se acotaba a los límites de la epidermis. Roberto Bolaño era, en parte, Chile, México, España, un bar en la capital, un trozo de la memoria latinoamericana, el sueño y la felicidad sencilla de estar al lado del mar.
Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.
Ilustrador
Mitthu
Es alter- ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992. Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía, mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más difruta y su fuente de trabajo más frecuente.
Su obra se alimenta de la nostalgia, naturaleza y la cotidianidad, para posteriormente transformarlas en trazos, retratos y momentos con un pequeño toque surreal.
Hoy en día se encuentra trabajando como ilustradora y muralista freelance, siempre buscando nuevas técnicas y formas para enriquecer su trabajo, así como colaborar en proyectos sociales, culturales y en pro al medio ambiente.
¿Qué pensaría Bolaño si viviera?
Quizás así deben comenzar todos los ensayos para escritores que ya no están. Quizás no todos los ensayos, pero sí los que se escriben en memoria de quienes vivían con un fuego en la lengua y cuyas palabras todavía resuenan. Y entonces acudimos a la relectura exhaustiva, esa en la que los enunciados de un libro abandonan la trama para volverse las profecías que usamos para responder nuestras propias preguntas. Es peligroso re-leer a Bolaño estos días. O no: quizás no es peligroso, solo es ocioso y hasta cierto punto incorrecto porque nos remite a la lectura primera, a esos libros que nos permitían olvidarnos del mundo real cuando estábamos a pocos y torpes pasos de los pañales y que engullíamos como el más tierno pan antes del sueño.
Lo cierto es que resulta al menos extraño cerrar el libro y ver en el picaporte de la puerta la colección de cubrecbocas, señal inequívoca de cómo ha cambiado todo. ¿Qué excusa había para quedarse en casa antes? Casi ninguna buena, casi todo se trataba de salir e ir tras el rastro de tal o cuál sombra, búsquedas por lo demás infructuosas, pero que constituían un modelo de vida mucho más similar al de los nómades que al de los multihabitacionales cubiertos de gel antibacterial y en ello estaba su mérito.
Ahora ya es otro tiempo y digo que es peligroso leer a Roberto, o a Arturito o a Archimboldi o a B, porque en cuanto se rompe el hechizo de la narración, en cuanto se cierra el libro por respeto a los ojos, cansados de transitar la avenida Guerrero a pie, en cuanto cerramos las páginas de esas amistades inventadas que toman el lugar de nuestros propios amigos ausentes, aislados, separados y distantes, cae sobre nuestros corazones marcados a tinta por la lectura y a sangre y sudor por la vida la realización de que ese mundo dista ya mucho del presente, atravesado por un abismo que no se sabe muy bien cómo cruzamos pero que no ofrece vuelta atrás.
Sería pura fantasía pensar que Bolaño escribía para nosotros. Es decir, sus novelas las podía (y puede) comprar (o robar) y leer cualquiera que tenga el recurso (o la valentía y destreza), y sus libros, inmiscuidos en un mundo del arte y literatura que no ha cambiado tanto en 30 años, parecen hablar sobre lo que conocemos y nos apasiona y nos mantiene despiertos en la noche. Pero, como apunta él mismo en el inolvidable Discurso de Caracas , sus novelas no son más que cartas de amor a su propia generación, su generación de muertos nacidos en los cincuenta y que quizás sabían de antemano que una sombra los seguía por las calles vacías del Centro y por eso decían o pensaban en vivir y siempre vivir y lanzárse nuevamente al camino y, una vez más, abandonarlo todo.
Por otra parte, cualquiera que se interese tardará poco en descubrir que Bolaño no era optimista sobre el rumbo de la literatura latinoamericana. Y cómo serlo, si en sus últimos días de hígado cansado estaba rodeado de una élite intelectual muy similar a la que él mismo interrumpía y ofendía en su juventud, si bien volcada hacia el mercado. Como lo pone Francisco Carrillo, “Para Bolaño, la literatura es un imperativo ético en torno al que gira una narrativa que obsesivamente se pregunta por las exigencias de su legítimo ejercicio, es decir, quién es el verdadero poeta, en qué consiste una escritura responsable o cómo producir una literatura que no participe de la industria editorial” (Excepción Bolaño, 11). No era el mundo ya en el que Paz formaba su gremio político-literario, pero sí el mundo en el que la escritura había sustituido a la vida; una vez más se podía vivir de las columnas semanales, de la venta y reventa del propio nombre auspiciado por casas editoriales, un mundo dentro del cuál quien desempeñaba la literatura con éxito (léase: vender) podía y hasta aspiraba a vivir de forma decente. En “Sevilla me mata”, discurso que el chileno dejó inconcluso y que pretendía ser leído en el I Encuentro de Escritores Latinoamericanos, organizado por Seix Barral meros días antes de su muerte, entre sarcástico y serio, Bolaño plantea:
¿Qué no vende? Ah, eso es importante tenerlo en cuenta. La ruptura no vende. Una escritura que se sumerja con los ojos abiertos no vende. […] ¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad, que sólo encubre el miedo.
Por eso regreso a la pregunta inicial, porque Bolaño nunca conoció a la generación que venía detrasito, la generación nacida en la década que a él mismo le otorgo el prestigio y privilegio de ser un autor internacional con traducciones a idiomas desconocidos para la tierra madre. Bolaño nunca se enteró de esa generación que nació en la década de los noventa, ni mucho menos esa generación que venía naciendo un año o dos antes o el año de su propia muerte. Dos generaciones que a Roberto y a Arturo y al resto de la pandilla los conocieron ya en los huesos, en el mausoleo humilde al que se retira todo buen escritor antes de tiempo.
Me lo pregunto porque eran niñas y niños de preparatoria quienes se apresuraron en tomar Chile. Me lo pregunto porque Bolaño, que se interesaba por el tema, nunca vio cómo el movimiento feminista paralizó una y otra vez a la Ciudad de México exigiendo una respuesta ante la muerte que hasta el momento no llega.
Me lo pregunto porque a Bolaño nunca le tocó una cuarentena, y si bien creo que Belano se la hubiera saltado sin cubrebocas con tal de seguir el rastro del misterio y la aventura, Bolaño hubiera agradecido los días de encierro y habría escrito y leído sin tomar en cuenta el paso del tiempo. Y me interesa saber, como alguien que ha pasado la mayor parte de los últimos tres o cuatro meses haciendo lo que puedo desde el encierro, cómo reconciliar el ímpetu que aún queda en mí por salir y no regresar y buscar la aventura, con el reconocimiento de que la mayor forma de expresar admiración por la literatura es leyendo y escribiendo y que esa es una aventura en sí misma. Me tranquiliza saber que todavía hay cartoneras y autopublicaciones y espacios autogestivos (como Avión de Papel, los libros encuadernados a mano de Joana Medellín, y el espacio cultural independiente que es Pandeo, por nombrar algunos proyectos de entre muchos más). Pero la sensación general es de desgaste, de que la vida se nos va.
Si tengo alguna certeza, es que Bolaño sentía en el aire el cambio que el mercado y el dinero terminaron dando a nuestra vida, a la forma en que se hace política en nuestros países y que, lo comprobamos cada vez más, amenaza nuestra existencia. Lo que no me queda claro es si Bolaño era consciente de que, a pesar de todo, siempre hay jóvenes. Siempre estará la juventud que sueña con mil formas diferentes de militancia y pone el cuerpo y la vida en nombre de la aventura y la amistad y el amor y lo desconocido. Una juventud, diría Bolaño, idealista. Pero no lo diría en un mal sentido. Hay que ser idealistas para sobrevivir a la juventud, pero también al mundo actual.
Hoy, a escasos días del decimoséptimo aniversario de su muerte, inauguramos este dossier con el propósito de seguir generando ideas y conversaciones (como la que se dará este miércoles aquí ) en torno a su obra. A lo largo de esta semana estaremos publicando textos que intenten abarcar el espíritu efusivo de Bolaño, pasando por las razones para no leerlo más de una vez hasta las razones para entregarse a la relectura frenética. Creemos que en la literatura de Roberto Bolaño existe el recordatorio de la fuerza que mueve a la juventud, el espíritu de la adolescencia que apuesta y pierde, y pierde pero vive. Es precisamente este espíritu desafortunado el que nos puede dar pistas para descifrar cómo sobrellevar todo lo que, inevitablement, debemos sobrellevar. En ese sentido, no ha habido otra época igual para leer a Roberto Bolaño.
Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en
Periódico de poesía .