Tierra Adentro
Hospital de la Misericordia, c.1900. Fotografía por Fernando Garreaud. Extraida der Wikimedia Commons.

 

 

Capítulo IX

(¿) Un experto (?) trabajando

 

 

—Nellie Brown, el doctor quiere verte —dijo la Srta. Grupe. Entré y me indicaron sentarme frente al escritorio, del lado opuesto al Dr. Kinier.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, sin levantar la vista.

—Nellie Brown —respondí con facilidad.

—¿De dónde vienes? —mientras escribía lo que dije en un cuaderno grande.

—De Cuba.

—¡Oh! —espetó, de pronto entendiendo la situación. Entonces se dirigió a la enfermera— ¿Viste algo sobre ella en los periódicos?

—Sí —contestó—, vi una larga historia de esta chica en el Sun del domingo.

Entonces el doctor dijo:

—Manténla aquí hasta que vaya a la oficina para ver la noticia de nuevo.

Salió un momento y me sentí aliviada de traer mi sombrero y chal. Cuando regresó, dijo que no pudo encontrar el periódico, pero, ya que la había leído, le contó la historia de mi debut a la enfermera.

—¿De qué color tiene los ojos?

La Srta. Grupe miró y respondió “grises”, aunque todo el mundo siempre había dicho que mis ojos eran cafés o avellanados.

—¿Qué edad tienes? —preguntó.

—Diecinueve desde el mayo pasado —mientras contestaba, volteó con la enfermera y le dijo:

—¿Cuándo tienes tu siguiente pase?

Supuse que se trataba de un permiso para su día libre.

—El siguiente sábado —contestó, con una risa.

—¿Te darás una vuelta a la ciudad?

Contestó que sí y ambos se rieron. Entonces le dijo:

—Mídela —me pusieron de pie bajo un metro y presionaron ligeramente la pesa sobre mi cabeza.

—¿Cuánto es, entonces? —preguntó el doctor.

—Ya sabes que no puedo leerlo —dijo ella.

—Sí, sí puedes; inténtalo. ¿Cuánto mide?

—No lo sé; hay algunas cifras ahí, pero no puedo leerlos.

—Sí, sí puedes. Ahora míralos y dime.

—No puedo, hazlo tú —y ambos rieron de nuevo mientras el doctor se levantaba de su lugar y se acercaba a ver por sí mismo.

—Cinco pies con cinco pulgadas; ¿no lo ves? —le dijo, tomando su mano y acercándola a las cifras.

Por su voz supe que aún no entendía, pero eso no me incumbía, pues el doctor parecía feliz de ayudarla. Luego me pusieron en la báscula y la enfermera se movió de un lado a otro hasta que logró balancear las pesas.

—¿Cuánto? —preguntó el doctor, de vuelta en su escritorio.

—No lo sé. Tendrás que verlo por tu cuenta —contestó, llamándolo por su nombre de pila, el cual olvidé. Se dio la vuelta y llamándola también por su nombre de pila, le dijo:

—¡Estás tomando demasiada confianza! —y ambos rieron. Entonces le dije el peso (112 libras) a la enfermera, y ella se lo dijo al doctor.

—¿A qué hora vas a comer? —le preguntó y ella se lo dijo. Le dio más atención a la enfermera que a mí y cada vez que me hacía una pregunta, le hacía otras seis a ella. Luego, escribió mi destino en el libro frente a él. Entonces le dije:

—No estoy enferma y no quiero quedarme aquí. Nadie tiene derecho a aprisionarme de esta manera.

No hizo caso de mis comentarios y, una vez que terminó con sus notas, así como con su conversación con la enfermera, dijo que con eso bastaba. Regresé al cuarto de espera con mis compañeras.

—¿Tocas el piano? —me preguntaron.

—Oh, claro; desde que era una niña —les respondí.

Insistieron en que debía tocar y me sentaron en un banco de madera frente a un piano de mesa a la antigua. Toqué unas cuantas notas y la respuesta desafinada me provocó escalofríos de cabo a rabo.

—Qué horror —exclamé, dirigiéndome a la enfermera McCarten, que estaba de pie junto a mí—, nunca había tocado un piano tan desafinado.

—Qué pena por ti —dijo con malicia—, tendremos que mandar a hacer uno solo para ti.

Comencé a tocar las variaciones de “Home Sweet Home”[1]. La plática se detuvo y todas las pacientes se sentaron en silencio mientras mis dedos fríos se movían lenta y rígidamente sobre las teclas. Terminé de manera abrupta y sin prestar mucha atención y me rehusé a tocar cualquier otra petición. Al no ver lugares libres para sentarse, me quedé en la silla frente al piano mientras miraba a mis alrededores.

Era un cuarto largo y desnudo, rodeado de unas bancas amarillas austeras. Estas bancas, las cuales estaban perfectamente derechas, e igual de incómodas, aguantaban a cinco personas, pero en la mayoría de ellas habían amontonadas seis personas. Unos cinco pies sobre el suelo, había unas ventanas abarrotadas justo frente a las puertas dobles que llevaban al pasillo. Tres litografías socorrían al blanco de las paredes, una de Fritz Emmet y otra de trovadores negros. En el centro del cuarto había una mesa larga adornada con un cubrecamas y alrededor estaban sentadas las enfermeras. Todo estaba impecable y pensé que las enfermeras debían de ser excelentes trabajadoras para mantenerlo así de limpio. Unos días más tarde me reiría de mi propia ingenuidad al creer que las enfermeras trabajaban. Cuando se dieron cuenta que no tocaría el piano de nuevo, la Srta. McCarten se me acercó vociferando:

—Aléjate de aquí —y cerró de golpe la tapa del piano.

—Brown, ven aquí —fue la siguiente orden que recibí de una enfermera de cara enrojecida en la mesa— ¿Qué traes puesto?

—Mi ropa —respondí.

Levantó mi falda y anotó un par de zapatos, un par de medias, un vestido de tela sencillo, un sombrero de paja de marinero, etcétera.

 

 


 

[1] “Home Sweet Home” es una canción compuesta por Sir Henry Bishop, con letra de John Howard Payne, quien la adaptó para la ópera Clari, or the Maid of Milan en 1823. Cuando Bishop la relanzó en 1852 como música de salón (parlor music), se convirtió en una especie de himno nacional con muchas versiones a lo largo de Estados Unidos durante la Guerra Civil y después.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.

Vida y destino (1980), la obra cumbre de Vasili Grossman, retoma todos los temas posibles de la guerra, de la tumultuosa lucha entre la Unión Soviética y la Alemania Nazi. En el documento, a medias histórico a medias ficcional, hay un sinfín de matices sobre la vida humana y la muerte. Son estos rasgos los que convierten a la novela, siempre poética, en una insignia que debe leerse en este tiempo.

¿Qué es Vida y destino? ¿Es acaso un prodigio narrativo, la Guerra y Paz del siglo XX? ¿Cómo afirmarlo? La novela fue escrita por Vasili Grossman hacia 1960, durante ese revisionismo post-Stalin que parecía abanderar Nikita Jruschov en la primera parte de la Guerra Fría. La obra en sí, publicada en Suiza veinte años después, en su idioma original, el ruso, merece un capítulo en la historia de las ocurrencias literarias.

La anécdota es conocida, basta decir que cuando Grossman terminó su libro, lo envió para su publicación a la revista Znamya; sin embargo, poco después la KGB entró a su departamento y se llevó o destruyó los manuscritos de la novela, pues a diferencia de Por una causa justa (1952), su primera novela (y que en realidad formaba una bilogía junto con Vida y destino), no glorificaba al régimen soviético ni respetaba las reglas del realismo soviético, literatura enfocada a enaltecer las proezas de la URSS.

Cuando Grossman le escribió a Jruschov, exigía que su manuscrito fuera liberado; la respuesta llegó del comité que le informaba al autor que su novela podría publicarse en 200 o 300 años. Grossman siguió escribiendo, pero murió, en 1964, sin saber si su trabajo sería publicado.

La edición se realizó gracias a que Andréi Sajarov, físico nuclear además de un fiero activista, pudo lanzar un microfilm de la novela grossmaniana y llevársela a Suiza, donde finalmente se imprimió. Que sobreviviera Vida y destino a una de las más grandes censuras de la historia moderna es algo digno de admirarse.

Vida y destino no es complaciente con el régimen soviético, no se parece a la obra de Mijail Sholojov (1905-1984) ni es un canto partisano que relata las hazañas de una nación, como una reescritura del poema El cantar de la hueste de Igor. En la poesía épica se resaltan ciertos valores en torno a un héroe, una conducta, una serie de causas que luchan, golpean y mueren de forma trágica.

En algunos casos, los protagonistas también son humanos, a pesar de la potencia de Aquiles o la invencibilidad de un Orlando. Sin embargo, el poema épico, además de relatar una circunstancia, enaltece la valentía, la fortaleza siempre luminosa, de la esencia de un súper humano, de gente que lo sigue como nubarrones y sirven casi de utilería. Vida y destino tiene el alcance de una elaboración tan larga como, digamos, El Orlando Furioso, pero su estilo, por supuesto, y nos lo dice el mismo Grossman, pertenece a la literatura del siglo XIX, a Guerra y Paz, otra novela de título binomial sobre la guerra y la condición humana.

He hablado brevemente del poema épico porque sirve de antecedente para mencionar el orgullo nacional, la fantasía de retratar a un grupo de personas dentro de determinadas fronteras y a este espacio nombrarlo “nación”. ¿Qué es una nación? Los internacionalistas se pelean por entender este concepto y a los países y corporaciones como agentes del mundo en pleno conflicto con el campo de las relaciones internacionales. Una nación, sin embargo, es algo ficcional bajo o sobre una ideología. La nación nazi no es igual a la Alemania de los sesenta, como tampoco es la misma del siglo XXI, bajo la mano de Angela Merkel. Por otro lado, el “soviet”, la unidad que parte de Marx y Engels, de Lenin y… sí, de Stalin, es una unidad ficticia que en nuestro imaginario parece haber detenido al nazismo, aunque no al totalitarismo.

Esta obra, pues, nos expone la violencia por parte del estado, de las ficciones nacionales como justificación para cualquier tipo de abusos contra la dignidad. Se percibe el miedo de la gente común al enfrentarse a los invasores alemanes, pero también el horror que se vivía adentro de los países soviéticos, el actuar absurdo de un ejército que amenazaba con fusilar a todo aquel que no defendiera San Petersburgo.

Grossman deja de hacer concesiones, muestra desde las desgracias de los pobres y de los judíos, hasta las vivencias de quienes trataban de hacerse con una carta de racionamiento. La ficción de la nacionalidad, de la pertenencia a un país, se pierde ante la avalancha de la condición humana, el sufrimiento, la vejación y, en medio del horror, la esperanza.

Una novela como la de Grossman necesita una historia extraordinaria desde su proceso editorial. Al hojear la edición en español, publicada por Galaxia Gutenberg en 2007, traducida por Marta Rebón, directa del ruso, se percibe el cuidado de una obra que pasó sin pena ni gloria décadas antes, cuando Seix Barral hizo una traducción desde el francés. Vasili Grossman, el cronista ruso, gran novelista casi olvidado, merecía ser traducido desde su lengua materna, por fortuna, al menos el tomo en español, se ha convertido en un longseller.

En una reseña de la obra de Grossman, escrita por Rosa Eugenia Montes, leía que uno de los mayores triunfos de la novela de Grossman, es el de parecer un libro del siglo anterior. Vida y destino es tan grande y monumental como El idiota y Los miserables. El triunfo del relato grossmaniano es la de ser el nuevo Guerra y Paz. Las comparaciones no pueden hacerse a un lado, el mismo autor menciona el trabajo de Tolstoi; además de que la marabunta de personajes que permiten una sensación de polifonismo, explora la realidad de un mundo que se ha ido, pero que nos sigue hablando. Llega a nosotros desde el totalitarismo, del nazismo, de los horrores del socialismo y de Stalin, de la ficción del estado como entidad buena y justa; pero principalmente analiza lo único que nos importa: lo humano.

La cuestión antedicha está presente en cualquier género. La narrativa de fantasía logra una de las aventuras más grandilocuentes de la mente: vislumbra lo que no es, lo que podría o no ser. Se explica la realidad a través de un juego de espejos, o mediante un mundo secundario que es un trasunto de lo que conocemos; pero se visualiza y entiende tan solo en un momento estrecho, geográfico y temporal.

La ciencia ficción atisba lo que podría haber sido, lo que podría ser. Y el terror se enfoca en nuestros miedos, en aquello que nos asusta y perturba. Estos resúmenes aclaran que, aunque exploran la creatividad, ciertas secciones nunca se libran de la condición humana. En el caso de Grossman ocurre algo similar, el portento de su imaginación se manifiesta al, por ejemplo, seguir a una mujer que camina hacia la cámara de gas, quien encuentra descanso y calma en ella misma, no en las circunstancias avasalladoras de su realidad, sino en su interior. ¿Cómo podría cualquiera de nosotros saber qué piensa alguien en ese momento?, ¿cómo obtener sus últimos pensamientos antes de afrontar el destino que le ha obsequiado una maquinaria como la del nazismo?

Vida y destino busca plasmar, bajo los remanentes del “realismo socialista” un mundo que en sí es real, que vivieron cientos de personajes, algunos reflejos de la personalidad del autor, otros auténticos como amigos y actores históricos, en medio de una de las mayores conflagraciones que ha sufrido la humanidad; un horror que persigue incluso a los individuos de países que no participaron directamente en el conflicto. El imaginario de la Segunda Guerra Mundial, más que la Primera, sigue palpitando como una fuente inagotable de terminología, referencias, producciones artísticas, reflexiones y estudios. Es, posiblemente, uno de los temas que tardará muchas décadas, o incluso siglos en agotarse.

Vasili Grossman parecía entender lo que escribió en su gran novela. A diferencia de Por una causa justa, la neutralidad del narrador omnisciente, que llega a enfocarse en la voz de un determinado personaje, busca el entendimiento global, sin matices ideológicos, de lo que es la guerra y la misma humanidad, de cómo sufre una mujer que no puede obtener  el permiso de residencia. El narrador también se sitúa en el niño judío que avanza hacia la cámara de gas, habita en el químico que trata de entender lo que le ha ocurrido a su vida; en la familia que se muda a otra región, o en los horrores de los campos de exterminio. Incluso la voz omnisciente nos dice qué pensaba el francotirador Vasili Záitsev, o Stalin, o Hitler.

El sufrimiento y la redención se escapan en las rendijas de la calidad narrativa. El aporte de Grossman no es un retrato del vacío; tampoco una obra lacrimógena  que pretende sensibilizar a los lectores como una especie de manual sobre el sufrimiento en medio de la guerra, de los rusos o soviéticos. No es una contraparte ni nada parecido. Es una exploración literaria del alma humana.

Algo tienen los rusos, desde sus novelas y obras poéticas del XVIII, que parecen evocar un ambiente apocalíptico, final, de incertidumbre, pero de enormes hechos que convulsionan un continente entero. La narrativa rusa es tan enorme como su mismo territorio. Tantas vidas en aquellos paisajes tan variopintos manifiestan una tradición difícil de entender y quebrar.

Vasili Grossman construye una novela polifónica sin un protagonista, con historias que bien podrían ser pequeños cuentos, retazos de la vida de los soviéticos y los alemanes en una línea eterna, la del Volga, la de Stalingrado, la del fin y la esperanza. La visión grossmaniana se interna en la psique de los personajes aterrados y que se rehúsan a ser avasallados por el totalitarismo.

Si algo tiene la obra de panfletaria, y que gana más importancia para la época actual, es la fuerza de lo humano, la sencillez o la complejidad del alma contra el estado, ese Leviatán hobbesiano que aquí se convierte en un monstruo aún mayor. El dragón de múltiples cabezas amenaza con destruir la tierra rusa, y con ello el mundo. Y en cada escenario, ya sea el corazón de un niño, el de una telegrafista, una secretaria, un general de brigada, el de un campesino o un científico, logran detener a la bestia, cerrar sus fauces para hacerse escuchar. De sus gargantas se escucha, a modo de frase bíblica: “¿está hecho el hombre para el servicio del estado, o es el estado el que sirve al hombre?”

Grossman demuestra, con todas las voces en un grito colosal, en un canto que no puede silenciarse, que la humanidad no conforma las partes de un monstruo, que cada individuo es importante, con cada pequeño acento, con cada alma brotando de su boca, cada ser en rebelión contra el monstruo totalitario, esa fantasía convertida en horror.

Vida y destino no es Guerra y paz. No alcanza, si acaso, la potencia, la magnitud de la novela tolstoiana. Sus personajes se pierden en la memoria del lector, como un río de voces que se contradicen. Sin embargo, leer a Grossman sigue valiendo la pena, porque es un grito compuesto de muchos gritos en busca de un asidero para la humanidad, y que esta no sucumba ante el peso del Leviatán.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

 

 

 

Era domingo. Quedamos en vernos debajo del Monumento a la Revolución. Era la primera actividad social que haría desde que inició la cuarentena del Covid-19. Más de dos meses de no salir de casa, a no ser que fuera para ir al súper, la farmacia o a hacer un trámite necio en el banco. Llegó tarde, como siempre, unos veinte minutos después de la hora acordada. Para los que lo conocen, esto es algo intrínseco de la personalidad de Diego Rodríguez Landeros, esto y la imposibilidad de enojarse con él por su impuntualidad. Le solté un no mames genérico y él un disculpa protocolario. Nos saludamos de codo y tras unos minutos llenos de las preguntas básicas del confinamiento —¿cómo te va encerrado?, ¿qué rutinas de ejercicio haces?, ¿dónde compras la verdura?, ¿ves la novela de las 7?—, iniciamos la rodada con destino fijo a la Villa de Guadalupe.

La meta fue sugerencia mía, quizá algo de mi respeto a los ritos religiosos —a pesar de mi carnet de no creyente— tuvo algo que ver. Además, realizar un peregrinaje en medio de una pandemia, tiene un toque de fervor medieval que no se debía desaprovechar. La incertidumbre, imposible de disipar incluso escuchando a Gatell con la habitualidad de un feligrés de cielo ganado, es tal en estos tiempos que ayuda un poco de rito piadoso.

El trayecto tuvo desviaciones por sugerencia de Landeros. Hicimos, en nuestro peregrinaje, una parada para ver a un santo, al Santo. La estatua del luchador profesional que se hizo estrella de cine y entró así, cual héroe revolucionario, al inconsciente colectivo de las y los mexicanos. Entre callejones continuamos la ruta, atestiguando que Susana, aquella de apellido Distancia —que dicen sufre de una malformación congénita que le vuelve imposible bajar los brazos, aunque otros aseguran que es puro fanatismo religioso y con su pose rememora a la crucifixión, nadie sabe realmente— no vive ahí: los tianguis, los tacos y la caguama banquetera, en cambio, pasan como actividad esencial.

Sin pena ni gloria —qué va a ser, si sólo somos dos ociosos en bici— llegamos a la Villa de Guadalupe. La explanada vacía nos brindó cierta sensación de tranquilidad, de antigua paz. Frente al reloj reposaron las bicis y nosotros reanudamos la conversación abandonada en el Monumento a la Revolución. Al agotar el surtido de chismes, nos dirigimos al cerro del Tepeyac.

La subida, con las bicicletas a cuestas, nos hizo regresar al sentimiento de expiación, quizá en el sudor de la frente se iba el virus, quizá ésta era el remedio —qué vacuna ni qué madres— buscada por tantos científicos del mundo, o quizá solo era una necedad de dos ociosos en bici. En la cima nos tomamos la selfie obligatoria de todo paisaje que distrae del tedio y hablamos otro tanto, ahora de proyectos de escritura, de ideas para cuentos que nadie publicaría, de libros que uno y el otro debería leer, de la historia del Panteón Civil del Tepeyac y de la estatua del papa Juan Pablo II.

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El sol calaba fuerte y el cansancio ya había doblegado la euforia de salir a pasear tras la cuarentena. Emprendimos el regreso. En Reforma cada quien jaló para su rumbo tras acordar repetir la rodada el siguiente domingo.

Llegué molido. La cama me guiñaba un ojo. Me bañé. Un dolor de cabeza me confirmó que estaba insolado. Debía tomar agua antes que nada. Fui por un vaso, lo empiné y sentí el alivio momentáneo en mi garganta reseca. Ahora sí, a dormir un rato.

Desperté y ya era noche, no abrí los ojos del todo, me era imposible. Era como si una manta invisible me cubriera el rostro. Tragué saliva y el temor hizo presencia: estaba adolorida. Por mi mente pasaron todos los testimonios que había leído en redes sociales: se inicia con incomodidad en la garganta, luego te puede dar fiebre, y agárrate que se pone peor. Era Covid-19, no hay duda. Quizá lo pesqué en el súper, quizá en la farmacia, estuvo adormecido cuatro días y precipité el tormento gracias a la rodada. Debía avisar a Landeros, pero las fuerzas estaban en desabasto.

Traté dormir de nuevo: imposible. Sentía calor y frío a la vez. Alguien estaba hablando y descubrí que era yo. Las paredes del cuarto ya no eran blancas, tenían los grises del asfalto de Reforma, luego las fuentes del Monumento a la Revolución. Me cubrí el rostro, esperando el chisguete de agua. No llegó, claro que no van a prender las fuentes en plena cuarentena. Alguien me observaba, me volví hacia al marco de la puerta del cuarto y ahí estaba Juan Pablo II. Le grité que se fuera, que no eran horas para visitar, además qué iban a decir los vecinos, están prohibidas las visitas durante cuarentena. Él dijo que venía por el líquido de mis rodillas, que era agua bendita. La cama se puso tiesa y el cambio de textura me asustó, yo sabía perfectamente qué era aquello, estaba sobre las tumbas del Panteón Civil del Tepeyac, en la lápida decía mi nombre, como epitafio “Ya ni modos…” y la fecha de defunción era la de ese domingo. Una parte de mí me tranquilizó diciendo que sólo eran las cosas que había visto en el paseo, que agradeciera que no llegara el Santo a hacerme una plancha. Esto también pasará, repetí una y otra vez. Entonces sentí un viento helado y violento, ya no estaba sobre la tumba, mucho menos la cama, ni había pontífice en el marco de la puerta, sólo el vacío y la ciudad desde la cima de la Torre Latinoamericana, pero lo más aterrador, lo que más me sumió en un sentimiento de abandono y vértigo, fue ver que de la antena colgaban voladores de Papantla. Su vuelo era ensordecedor, parecían hélices de helicóptero. Si seguía viéndolos terminaría cayendo al abismo. Era un vuelo de muerte, asesino y morboso. Fue entonces que recordé mis malviajes en ácidos, que la música te puede hundir pero también rescatar. Tomé el celular que estaba a punto de caerse del borde del edificio. Abrí Spotify, seleccioné crear una nueva lista de reproducción y puse de título “Canciones para mi funeral”. No sé cómo le hice para ignorar a los voladores de Papantla, la vista de toda la Ciudad de México a mis pies, esperando mi caída, exigiendo que me uniera a su evangelio de concreto. Pero la selección de canciones exigió toda mi atención, debían demostrar quién fui en vida, debían provocar un calorcito en los asistentes —aunque temí que por la pandemia el funeral fuera por Zoom, y por eso mismo debía durar menos de 40 minutos, si no te cortan la sesión, y ni modo que paguen una cuenta si ya estoy muerto—. La primera canción es una bastante obvia: Mi último deseo – Banda los Recoditos; la segunda, una que hará sonreír a todo aquel que me haya sufrido borracho y con acceso a elegir la música: El mono de alambre – El Viejo Paulino y su Gente; le sigue la que siempre he sentido mía por el simple y estúpido hecho de decir mi nombre: Tubthumping – Chumbawamba; la cuarta, una para verme rudo, que me ha servido para motivarme y además me gustó la escena final de esa película: Lose Yourself – Eminem; volviendo a lo regional, después de todo uno es norteño aunque se le vaya el acento entre tanto chilango, puntos extra porque sé que no le caigo bien a todos: No soy monedita de oro – Cuco Sánchez; le sigue la que, desde que practiqué boxeo de puberto, sentí incrustada, además de la soledad que narra pues ni para qué les digo si ya estoy muerto: The Boxer – Simon & Garfunkel; y no sé cómo llegué a esto, quizá la banda del inicio me recordó a los sonidos balcánicos, en fin, la escuchan por Zoom y si no les gusta le ponen silenciar y ya: Kalasnjikov – Goran Bregovic; y el título de la penúltima se explica solo —además de que es mi banda favorita, o al menos la que más escuché en vida según los reportes anuales del mismo Spotify—In My Time of Dying – Led Zeppelin; y finalmente, ya cuando las diferentes ventanitas de las sesión de Zoom muestren un chillar de qué bueno era, él tan joven, por qué Dios, por qué, maldita existencia de perros: Sergio el Bailador – Bronco. Lo había logrado: cuarenta minutos de duración total de la lista de reproducción.

Despegué la vista del celular y ya no veía el concreto sediento de mí, alrededor estaban las paredes de mi cuarto, debajo mío la cama con una mancha de sudor, silueta de cuerpo, y en el marco de la puerta, mi gato Kant observando en su perpetuo quehacer estoico —que en ese momento pasó a un tributo a Diógenes el Cínico: lengüetazos rasposos en sus partes pudendas—. Pensé en marcarle a Landeros y preguntar si estaba bien, sí él también tuvo Covid-19 por un día y si sabía si, en algún momento de la historia de la ciudad, voladores de Papantla rasguñaron el cielo desde la antena de la Torre Latinoamericana.

Han pasado días, quizá meses (la cuarentena es la insana distorsión del tiempo); no le he marcado, o quizá sí, puede ser que no fue necesario, que él era uno de los voladores, o que la rodada fue parte de la fiebre y yo nunca he subido el cerro del Tepeyac; ahora que lo recuerdo, la estatua de Juan Pablo II traía careta y cubreboca, bajo la cruz de la Basílica se leía “¿No estoy yo aquí que soy tú mismo?” y con Landeros no he hablado desde la presentación de su libro. Es una vorágine de realidad y absurdo, de realidad pura pues.

Hoy abro Spotify y la única certeza que encuentro es la lista de reproducción “Canciones para mi funeral”, con su exacta duración de 40 minutos. Por fin le marco (¿o él me marcó?). Contesta (¿o yo contesto?) y le cuento todo, él, a su vez, dice su parte, y ahora estamos en un laberinto, más bien en un espiral, de un yo febril, en un tiempo con forma de rueda de bici, ensordecedor por el rehilete de los voladores de Papantla que cuelgan de la antena de la Torre Latinoamericana, sin Santo alguno que nos salve.

 

**

 

Siempre me ha parecido que la personalidad de mi compa Danush tiene ciertos rasgos de disciplina monástica. Educado con los jesuitas y autor, entre otros textos, de una novela inédita donde se narra la historia de un pastor evangélico que vive en el norte de México, su respeto por los horarios es una cosa casi benedictina: convivimos en el mismo espacio laboral durante dos años y nunca lo vi postergar su hora de comida más allá de las dos la tarde. Para él la puntualidad es muy importante y por eso, al llegar con retraso a nuestra cita en el Monumento a la Revolución y verlo un poco desesperado, me propuse compensar mi descuido contándole alguna historia mientras pedaleábamos.

Nos saludamos de codo y Danush, recargado en la columna del Monumento donde yace el cadáver sin cabeza de su paisano duranguense Pancho Villa, propuso que la Basílica de Guadalupe fuera la meta de nuestra rodada dominical de pandemia. Me pareció una buenísima idea y en pocos minutos encontré el pretexto para contarle la historia de terror de Juan González y García, el fantasma novohispano que, al frente de un comando de espíritus chocarreros, dirige una campaña ecologista de estertores de ultratumba en los vestidores de H&M, ZARA y otras tiendas de ropa del centro comercial Parque Delta.

Meditando la mejor forma de comenzar a narrar, avanzamos hacia Paseo de la Reforma y en el Antimonumento dedicado a los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa dimos vuelta hacia el norte. A la altura del templo de San Hipólito, comenté que el hecho de peregrinar al Tepeyac en medio de una pandemia mortal tenía algo de circularidad histórica. En 1531, cuando la Virgen de Guadalupe se le apareció a Juan Diego, la población indígena era diezmada por uno de los picos del cocoliztli, epidemia del siglo XVI desatada a raíz de la Conquista europea.

La fría y tenebrosa noche del 11 de diciembre de ese año, el macehual Juan Bernardino, habitante del pueblo chichimeca de Santa María Tulpetlac, en Ecatepec, agonizaba víctima del cocoliztli. Tumbado en un catre dentro de su choza humosa, agotado por la fiebre hemorrágica, le habló con voz raída al oído a su sobrino Juan Diego Cuauhtlatoatzin y le pidió que al rayar el sol corriera a Tlatelolco (18 kilómetros de distancia) a traer un confesor que le diera la extrema unción. A la mañana siguiente, llevando más de dos tercios del camino andados, con el sol ya alto picándole el coco y los pies entumidos, en las ariscas faldas del Tepeyac, entre rocas, víboras y agua sulfurosa, Juan Diego vio de nuevo a la Virgen —días atrás ya había tenido algunos encuentros hierofánicos con ella—, arrebujada en su piadoso manto de astros: “Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y te aflige; no temas esa enfermedad ni otra alguna. ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No soy yo tu salud? Suelta la enfermedad de tu tío; ten cierto que no morirá de ella.”

Después de cantarle sus palabras hermosas, la madre de dios le dio unos arrumacos a Juan Diego y le dictó unas puntillosas y extenuantes instrucciones: que subiera al cerro de las espinas, cortara varias docenas de flores y se las llevara cargando al obispo Juan de Zumárraga como un recadito sagrado de parte de ella. Al menos eso tradujo —vaya uno a saber si se lo inventó— el simpático canónigo Juan González y García, de veintiún años de edad, que afirmaba entender náhuatl y en esa ocasión, enervado por el aroma de las flores contenidas en el famoso ayate, fungió de intérprete entre el obispo y Juan Diego.

Con el paso de los años, González y García se volvió secretario y confesor de Zumárraga. Escaló muy alto en la jerarquía eclesiástica, pero en la cúspide de su carrera se retiró a hacer penitencia a una ermita que él mismo construyó en un pueblo llamado Ahuehuetlán, entonces una isla dentro del lago de Texcoco. Ahí murió y fue enterrado, con fama de santo, González y García en 1590. Hacia ahí la gente comenzó a peregrinar, atraída por cierto magnetismo sagrado. Ahí se levantó, décadas más tarde, el imponente templo de La Piedad Ahuehuetlán. Desde ahí pudo verse retroceder el agua de los lagos desecados hasta que el carácter insular del pueblo perdió toda significación. Ahí, tras la Independencia, llegó el abandono, el cuartel y el saqueo. Ahí el auge de terratenientes decimonónicos que mediante leyes liberales, cercamientos, violaciones y otros recursos propios de la acumulación primitiva del capital, convirtieron al pueblo en hacienda agrícola. Ahí el mercado inmobiliario del siglo XX derrumbó el templo, fraccionó la hacienda y fundó la colonia Narvarte. Ahí el Instituto Mexicano del Seguro Social levantó en 1955 un estadio de beisbol. Ahí, sobre el pasto del diamante, se improvisó una morgue gigantesca para las víctimas del terremoto de 1985. Ahí, a principios del siglo XXI, la mecánica neoliberal demolió el estadio e inauguró un centro comercial (Parque Delta) que recibe 20 millones de consumidores-feligreses al año, la misma cantidad que llega a la Basílica de Guadalupe en el mismo periodo de tiempo. Y ahí, en esa catedral del consumo, al frente de una asamblea de enardecidas ánimas en pena del terremoto, el fantasma de Juan González y García conjura contra la industria textil internacional. Él, que vio y tocó el ayate sagrado de Juan Diego, estampado sublimado mariano, modelo y flor de los textiles ante el cual palidece y se hace facha y andrajo cualquier tipo de tela profana, no comprende y abomina la locura de los posmodernos, súbditos idiotas de las tiendas de ropa.

−¿¡Acaso los vivos de esta época siniestra no entienden que el fenómeno del fast fashion contamina los ríos y esclaviza a las personas!? −grita retóricamente Juan González y García a su auditorio de fantasmas.

−No lo sé −me respondió Danush cuando llegamos a la Villa­−; o sea, la historia del fantasma novohispano está vergas, pero me parece que metes a huevo el asunto de la conciencia ecológica y el consumo responsable. El peligro es que la narración sea aleccionadora o quieras parecer contemporáneo a fuerzas −dijo y le contesté que simón, que tenía razón, y luego, para cambiar de tema, pues nuestro paseo no era taller literario, le pregunté si alguna vez había visto en funcionamiento el reloj de la explanada, sobre todo la rueda que, en medio de la espadaña, se abre cada tanto y muestra a unos autómatas con ojos de canica que, de forma absolutamente horrenda y demencial, representan el relato guadalupano: Juan Diego un maniquí color café y Zumárraga uno rosa con tonsura, entre nopales de plástico y fondos pintados al estilo pulquería, un teatro mitológico de engranes o −ya poniéndose locos− un portal hacia ese México paralelo donde todos somos muñecos hincados con las rodillas sangradas.

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Subimos el cerrito del Tepeyac con las bicis a cuestas. Ya arriba, contemplando la ciudad desde el mirador ubicado entre la capilla y el panteón, Danush dijo que estaría perrón que hubiera otros relojes con maniquíes autómatas: “Imagínate que en la antena de la Torre Latinoamericana −señaló hacia el Centro Histórico− se accionara cada hora, a manera de reloj cucú, un mecanismo con Voladores de Papantla falsos, y que desde las alturas, como desde los alminares musulmanes que anuncian el salat, sonara la flauta y el tambor”.

−Güey, eso sería una cosa súper vergas ­−le contesté­−, sobre todo porque el rito del Vuelo es, en efecto, un mecanismo que sirve para marcar y accionar el paso del tiempo. Lo sé gracias a uno de los batos enterrados aquí a un lado, en el Panteón del Tepeyac, junto al cuerpo sin pierna de Antonio López de Santa Anna y muy cerca de la tumba de Xavier Villaurrutia. Me refiero al historiador Alfredo Chavero, que en el siglo XIX escribió el primer tomo de México a través de los siglos. Ahí explica que el “Juego del volador”, como él lo llamaba, tiene una significación cronológica: los cuatro voladores que bajan por las cuerdas representan a los cuatro cargadores del año. Mientras descienden, cada uno da trece vueltas alrededor del palo. El resultado de multiplicar 13 por 4 es 52, cifra importante porque un siglo mesoamericano tiene 52 años, es decir el lapso en que tardan en coincidir los dos grandes calendarios antiguos: el de 260 y el de 365 días.

”Los Vuelos se llevaban a cabo cada 3, 8, 12, 36 y 52 años. Eran, literalmente, el motor del tiempo. Servían para darle cuerda al mundo. Si no se realizaban, el tiempo se detenía. Si se realizan con demasiada frecuencia, el tiempo se desbocaba, como sucedió hasta hace poco, antes de la Jornada Nacional de Sana Distancia, cuando afuera del Museo Nacional de Antropología, en Chapultepec, unos Voladores volaban cada media hora a cambio de la pinche propina de los turistas. El resultado, ya te habrás dado cuenta, fue la enloquecida aceleración de la vida y la muerte, de los virus que no están vivos ni muertos, de las pesadillas, del cambio climático, del derretimiento de los glaciares, de la extinción de las ranas de colores, de la hiperplasia oncológica, de los sentimientos, del sexo, del amor, de la industria, de los flujos informáticos y las finanzas, de las guerras y, lamentablemente, de la literatura que debería ser, por definición, un milagro lento.

−Chale, bato, es cierto, qué honda tristeza la festinación y prostitución de los ritos −dijo Danush−. Y cada vez más: por el Covid, si ahorita te mueres, ni siquiera te puede velar tu raza. Los ritos funerarios de toda una jornada son reducidos a sesiones de Zoom de cuarenta minutos. En chinga y a lo que sigue. Pero no te agüites, compa: este momento, en las alturas del cerrito sagrado, será eterno. Échate una selfie en la que salgamos los dos. ¡Y arriba Sinaloa y Durango!

Así fue.

Bajamos el cerro cargando de nuevo las bicis, dejamos la Villa y avanzamos pedaleando por Calzada Misterios, casi sin hablar. En Tlatelolco dimos un breve rodeo y continuamos nuestro regreso. Frente a la Glorieta de Cristóbal Colón, en Reforma, nos despedimos:

−Si me muero de Covid te llamo por teléfono −dijo Danush.

−Arre, bato ­−le contesté, chocamos los codos y lo vi avanzar: a unos cincuenta metros de distancia su bici comenzó a elevarse, como en E.T., el extraterrestre, hasta que la perdí de vista. Solo entonces reanudé mi propia marcha, también volando, sobre los edificios y las azoteas y los árboles de esta ciudad que, vista desde el aire, es un cráter descomunal y bello, milagroso.

 


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
(Mazatlán, 1988), estudió letras hispánicas en la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del Fonca. Textos suyos se han publicado en medios nacionales y en las antologías Álbum rojo. Narrativa sinaloense de no Ficción (2018) y Ciudades aprehendidas y otros apegos (2019). Es autor de El investigador perverso (2014) y Nadie es tan desvergonzado como desea (2019).

Ilustrador
Angy
(1988) Es investigadora y artista visual. Vino de Caracas a la Ciudad de México a hacer una Maestría en Comunicación en la IBERO y ahora está a punto de empezar el Doctorado en Estudios Humanísticos del Tecnológico de Monterrey. Su proyecto creativo, Recorta y mueve, es un espacio creado para hacer exploraciones materiales y conceptuales con la imagen digital: específicamente le interesa manifestarse a través del collage y la animación GIF. Ha participado en dos exposiciones colectivas: Inauguración del Restaurante-Galería Otates (Guadalajara, 2017) y Noches de Autor en la Sociedad Dante Alighieri (CDMX, 2019); así como también ha colaborado como ilustradora en diversos medios digitales e impresos. recortaymueve.com / @recortaymueve

Restaurante Bar Familiar de Luis Lugo es, sin duda, un libro notable. Mientras lo leía, me obsesionó un pensamiento: “Si este sitio ficticio fuera un establecimiento real, visitarlo sería una experiencia insólita, de esas que terminan por desquiciarte”. Estoy seguro de que comer en el restaurante-poemario de Lugo sería una vivencia tan reveladora que, a la hora de pedir la cuenta, descubriríamos que el autor nos ha anunciado, en la cantidad total de consumo, la fecha inequívoca de nuestra muerte. Tanto así me estremeció por momentos el libro.

Los poemas, desde el comienzo, hacen anunciaciones, condenan, imponen un destino. En una de las piezas, Kentucky Fried Chicken, aparece la etiqueta de un empleado que tiene impresa la leyenda: “Estoy aprendiendo”. Gracias a la fuerza del poema, aquel simple mensaje me hizo recordar que todos en este mundo somos unos principiantes, me hizo comprender que la ineptitud es parte de nuestra naturaleza. Cuando leí el poema En la barra me estuve preguntando durante horas si en el reencuentro con un amigo de la secundaria, yo sería el personaje de la vida ejemplar o el de la existencia patética. La respuesta me inquietó. Un poco más adelante, el texto Starbucks demuestra (con hechos) que, en el fondo, las vivencias entre padres e hijos se convierten tarde o temprano en historias de olvido o abandono mutuo.

En el restaurante de Lugo, si usáramos una crayola para salir del laberinto impreso sobre el mantel infantil, terminaríamos con las manos manchadas de sangre, como si durante ese juego hubiéramos matado, sin darnos cuenta, a nuestro propio Asterión particular. Así de contundente es el poemario. Después de leer el texto Mesero, supe que mi sendero también ha estado siempre cubierto de “vómito y cerveza”; a pesar de la peste, una y otra vez me había negado a aceptarlo.

La obra de Lugo demuestra que con las insignificancias de la vida también se pueden crear proezas narrativas / poéticas. Es pertinente recordar que, en su origen, la poesía era un instrumento para narrar. Me parece un acierto del autor utilizar sus poemas con el fin de contar historias, desarrollar conflictos de principio a fin y crear personajes quienes (debido a su infamia, su patetismo o su carisma) se vuelven memorables.

En el comedor-libro de Lugo, si pidiéramos el agua del día, nos sorprenderíamos al descubrir que se trata de líquido extraído del mismísimo río Estigia, y que el agua todavía suena como un montón de almas que penan en la transparencia. La musicalidad de los poemas de Lugo es sutil, justa. Hay dominio en el manejo de la melodía, Ícaro en tierra es muestra de ello. El poeta me convence de que justo así suena el dolor, de que así suena la imposibilidad de obtener lo que deseamos y así se escucha un alma cuando se hace pedazos. El texto Mudanza revela, por cierto, cómo suena la imprudencia de un niño, cómo se oye la probabilidad de su muerte.

Quiero destacar la bravura de las imágenes poéticas en Restaurante Bar Familiar. Encontré algunas que me desbarataron. Por ejemplo, la animalesca violencia intrafamiliar que mutila a un chiquillo aún más que el ataque de varias bestias. En uno de los textos es posible sentir la celeridad y la zozobra de un personaje que se enfrenta, en una carrera, con la muerte de su abuela. Me sorprendió igualmente la historia de un karateka que combate mano a mano con su padre y termina exiliado de casa. Al final, lo único que permanece del combatiente es su cinta negra.

Mi única queja es la inclusión de algunos textos (pocos) que no son tan efectivos como el resto. Incluso podría pensarse que sobran. Ello hace parecer que el poemario es irregular. Estoy convencido de que los poetas, incluido Lugo, necesitan mayor arrojo para quitar los escritos menores de sus colecciones. A todos les vendría bien desapegarse de las obras de su repertorio que todavía necesitan trabajo o edición. Aun así, sostengo lo que aseguré en un principio: estamos frente a un libro relevante. Recomiendo su lectura, por supuesto.

De existir el Restaurante de Lugo, yo dejaría como propina unos cuantos óbolos, solo para asegurarme de que sus personajes-comensales, después de muertos, lleguen a buen puerto en el reino de los fallecidos, y para que sean capaces de ubicarse en el lugar honroso que se merecen.


Autores
Ciudad de México (1977). Fue becario del FONCA, en el género de cuento (2007). Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2009). Fue ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2015). Fue Mención Honorífica del Premio Lipp de Novela (2017). Editorial Paraíso Perdido publicó su novela Los Demonios de la sangre. Fá Editorial publicó su poemario: Tatuajes de un mexicano herido. La BUAP editó su libro 52 vueltas.
Ilustración por Ray Patiño.

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Un día voy a ser una computadora / inmortal / ahí 
dentro huele bien / hacen bip / hay Microsoft 
Excel / y no puedes hacer nada para detenerme.
—Anónimo, pieza de arte digital en 3D.

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El canto de los pájaros empieza alrededor de las cinco de la mañana. Se despiertan más o menos al mismo tiempo. Digo más o menos porque el volumen va ascendiendo. Como si uno despertara al de junto y este a otro y así sucesivamente. Esta cadena-despertador es veloz.

Intento seguir sus notas pero inmediatamente aparece otra voz cantando más fuerte. Trato de enfocarme en ella, pero en ese momento surge una más que se posiciona por encima del resto. Siento que es imposible seguirle la pista a alguna. Por la forma de trinar, con ese gorgoriteo breve, consecutivo de vocalizaciones apresuradas, los pájaros parecen sostener una conversación más que las notas musicales de una melodía. La plática es acalorada y abrupta, inclusive algo más cercano al argüende que al diálogo.

El canto de los pájaros ─que no es canto sino argüende─ tampoco es de los pájaros sino de las pájaras. Los mirlos son negros y las mirlas de color marrón. Desde mi ventana veo el techo del edificio contiguo. Ahí están cantando los mirlos, salvo que son de color marrón. Son las mirlas en el esplendor del argüende.

[China toma medidas contra Animal Crossing debido
 a protestas virtuales. 14 de abril de 2020 a las 
16:25. Rettwitear.]

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Kenneth Goldsmith, artista textual, considera que el siguiente paso en la literatura no está relacionado con escribir cosas originales sino con elegir qué textos plagiar porque la producción de contenido hoy en día es excesiva. No sorprende que un hombre blanco de Nueva York descanse su visión de la literatura en el plagio, mientras que desde otros lugares hay escritoras como Cristina Rivera Garza, (nacida en Tamaulipas, cerca de la frontera) abogando por rutas totalmente opuestas, como la desapropiación. Lo que me interesa rescatar es que en efecto hay tanta información publicada que con frecuencia me siento como un repositorio de los sitios web que nunca alcanzaré a gestionar. Abro un link con la ingenuidad de quien pretende concentrarse en él, como siguiendo el canto de un mirlo; en cambio termino abriendo un sinnúmero de enlaces que llevan a otras páginas (algunas de las cuales continúan la cadena de vínculos), abrumada nuevamente por el argüende de las mirlas. El vicio de seguir el rastro del canto principal. Pero en la Red no hay tal cosa como una jerarquía. Sí, hay sitios que condensan y organizan información con esa estructura, pero la internet como la imaginó Paul Baran (el precursor que diseñó su arquitectura) aspira a redes distributivas con nodos que se comunican entre sí y que no dependen de un nodo central. Google es una forma centralizada de buscar información, pero no es la única ni la más segura en términos de privacidad. Al hacer una búsqueda aparecen cerca de ocho millones, doscientos mil resultados, dejando fuera los que no consideró relevantes, pero que podrían estar relacionados con mi búsqueda. Con todo, persiste la sensación de estar perdida en la infame turba de nocturnas aves, en el gorgoriteo de mirlas.

Estoy pensando en Lectulandia, en epubgratis.org y en el bot de libros en Telegram, además de los incontables anaqueles digitales (de libros, series, documentales o imágenes libres de copyright) en Google Drive o cualquier otro tipo de nube, personal o de alguna organización. Estas opciones para descargar contenido circulan libres gracias a la cuarentena, de muro en muro, de chat en chat. Demasiado contenido.

Aún hay que agregar el asunto de tomar cursos y talleres o asistir a conferencias, conversatorios y festivales artísticos. Muchas de estas actividades estaban fuera de mi alcance en la vieja normalidad, por falta de tiempo o dinero. Existía la inconveniencia de la corporalidad. Depender del cuerpo genera complicaciones: necesita abordar el metro y viajar por debajo de la tierra, subir, bajar, caminar, esperar un camión, enfrentar el tedio de las horas pico entre semáforo y semáforo. Además, tiene que detenerse en algún sitio para conseguir alimento. Si todo sale bien, el cuerpo llega a esa conferencia con un retraso citadino, cuya normalización se ha extendido hasta en las citas virtuales. Entonces el problema no eran las distancias.

[La organización Reporteros Sin Fronteras utiliza 
Uncensored Library, el edificio de una biblioteca 
construida dentro de Minecraft, como resistencia 
contra la censura en China. 12 de marzo de 2020. 
Guardar publicación.]

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Estamos encerrados, aislados, confinados. No me parece que haya igual cantidad de palabras para nombrar lo opuesto: estar libres. Tal vez sí hay, pero no me resultan familiares. De cualquier forma aquí hay una falla que valdrá la pena revisar en otro momento. Esto abre otras posibilidades de convivencia, nos empuja a explorar plataformas. Acelera la creación de herramientas y su uso en masa. Se genera una obligación de estar en muchos lados; a veces de manera simultánea o consecutiva. El cuerpo se ve liberado de ciertas rutinas sociales, pero la mente se halla a sí misma con nuevas amarras.

Es una incipiente forma de agotamiento. No necesitamos recorrer distancias para reunirnos en una junta virtual. Eso no significa que no usemos el cuerpo. La experiencia de una videoconferencia está mediada por él. Con los ojos veo la pantalla, con el dedo hago click en el mouse y uso los oídos para escuchar videoconferencias. La diferencia es que la interacción no cesa cuando apagamos el dispositivo.

Podemos pensar en internet como un edificio en el que hay diferentes cuartos dependiendo de las aplicaciones o redes sociales que usemos. Ahí dejamos objetos, partes de nosotros, una foto, un video, una idea. Y es un espacio en el que no dejamos de estar presentes. Es decir, claro, cerramos la aplicación, apagamos la computadora o el celular pero esas cosas nuestras siguen ahí, y otras personas pueden interactuar con nuestros objetos virtuales, nuestro contenido, aunque no estemos viéndolo en tiempo real.

El encierro nos orilló a poblar nuevos lugares (muchos sin puerta o con cerraduras fáciles de hackear) de los que no podemos salir aunque nos desconectemos. ¿Qué es salir? ¿Cuántas otras formas hay de estar encerrada?

[Navegaciones guiadas del Centro de Cultura 
Digital. Visitas guiadas a exposiciones 
pensadas por y para internet. 22 de mayo de 
2020 a las 13:01. Me gusta. Enviar por 
Messenger. Visto.]

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¿Parezco pesimista? Vernos obligados a limitar el contacto humano y estar en nuestras casas claro que hace más evidentes los problemas de una vida en cautiverio, con todas las implicaciones políticas de que unos sí estén en condiciones económicas de quedarse en casa y otros no. También hace patente la necesidad de pensar la cantidad de datos que están recopilando empresas como Amazon, Google, Facebook, sobre cómo nos comportamos en una situación así. A pesar de todo no me urge salir a la calle. No espero el fin de la cuarentena con el ánimo de quien aguarda en el interior de un vagón a que se abran las puertas de un metro que, después de 15 minutos de arribar a Taxqueña, aún no deja salir a los pasajeros. Todavía me quedan muchos poros del encierro a través de los cuales quiero seguir respirando.

[Se realiza asamblea virtual en la FES Acatlán
 y resuelve llevar a cabo un “paro” en la FES Acatlán en 
Minecraft. 7 de mayo a las 19:27. Abrir enlace en nueva 
pestaña. Exportar a Kindle.]

 

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Estoy en la computadora, tengo una junta. Una amiga me escribe por Messenger, la alerta suena simultáneamente en tres dispositivos. En la computadora se despliega la notificación sobre la cara de alguna persona conectada a la junta; también en el iPad sobre el documento que estamos revisando; y de igual forma en el celular, que me dispongo a activar pues ahí está guardado el dato que me pide mi amiga. Como no recuerdo la palabra clave para buscar la información solicitada, miro por la ventana en lo que me acuerdo. Ahí, arriba, están dos mirlas paradas en el techo del vecino. Miran a su vez hacia el techo de mi departamento. No hay argüende. A veces se observan entre sí y luego al horizonte. Están en silencio. Guardar capturas de pantalla. Convertir a gif. Reproducir. Reproducir. Reproducir.

 

 

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Autores
(Toluca, 1987) es egresada de la Licenciatura en Derecho, estudia Creación literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Escribe ensayo y poesía. Mantiene un bot literario en Twitter bajo @uneusuarie.

Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.
Foto original tomada de Pixnio.

“When the bird of the heart begins to sing, too often

will reason stop up her ears.”

Hans Christian Andersen.

David Olguín decía que “el cuento y la dramaturgia son géneros hermanos” y lo que tenemos ante nosotros en Pollito de Talia Yael Rodríguez, ganadora con una potencia irrefutable del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2019, parece un inocente cuento infantil. No lo es. En él habitan miras de género, voces viejas que le dan simiente a nuestra cultura occidental y cualquiera que haya decidido seguirlas, se reconocerá de forma inevitable en ellas.

Pollito cuenta la historia de una niña cualquiera, pero que en este texto toma el nombre de Pollito; así será la metáfora de la historia. Es también la historia de una madre cualquiera. Una madre sin nombre que sacará a su hija de la escuela, porque le dijeron que tenía “retraso emocional”, para enseñarle en casa lo que ella sabe de la vida. Cuenta, por último, la historia de una familia que se desteje en el imaginario de una niña y por el cual nos lleva la dramaturga. Ellos serán, el único contraste al mundo que le ha planteado la madre; la única “otra versión del mundo”  mientras su padre siga lejos. Mientras, el mundo sigue, con otro millón de niñas iguales, que no tienen idea de que existen.

Cada cuadro aborda una parte distinta del porqué la niña sabe que es un tesoro que debe de ser cuidado. Sin darse cuenta, Pollito cuestiona la construcción de género, la manera en que lo transmitimos sin darnos cuenta, la “feminidad” pasada de mujer a mujer y a la educación que damos en los detalles cotidianos y que lxs niñxs absorben sin cuestionarse.

En la obra hay un animal en la noche que ella mira por la rendija de la puerta. Respira, gruñe, contiene la respiración cuando mira a la niña a los ojos. No sabe que ese animal al que teme es su infancia. Pollito se cubre en sus sábanas color huevo y clama por sus padres, como todos en esas veces que el miedo nos avasalla. El problema empezó cuando ellos vinieron en su auxilio.

Primero la madre que cubre, después el padre que besa la frente y se va; así, Pollito nos trae a la vista a una niña, que recibe ese nombre porque no tiene más identidad que eso, esa cría que lleva los ojos nuevos para el mundo. Descubre que en el primer afecto está lo que la mantiene a salvo, la familia es la verdadera protagonista de esta obra. Es ahí donde el lector/espectador cae en las manos escribientes de la autora. La madre, madre simbólica de quien lee a Yael, se nos presenta en un juego. Es ineludible la identificación con el primer contacto amoroso que nos permite ver tan claramente la manera afectiva en que ella retransmitirá el cómo aprendió a querer. El padre está ausente y nos viene una típica identificación nacionalista. La señora, con mimos, enseña a su hija a querer desde la grieta, se alude a una ausencia que verá en su esposo y de la que culpará a nuestra heroína.

Vayamos desmenuzando el pollo: ninguna decisión resulta inocente en este texto, más parece una elección de signos de antaño que se encuentran en el hogar permeando las vivencias de Pollito, que a su vez la vuelven susceptible a lo que le digan y hagan sentir.  Se trata de signos como la vieja historia de los abuelos y cómo su amor ha perdurado hasta que naciste tú. En esta ocasión no pareciera importar sus origines ni condición social o racial, pero lo que sí pesa es que se trata de una niña y que lo que ve es lo que reproducirá, aunque se trate de una idea de género que ella no inventó.

En la sala, un reproductor de video y un reclamo vivo en la boca de la madre que necesita ser oído ahora y dado que el padre no está, es Pollito quien atestigua y documenta el dolor de su mamá, ese olvido que nos llama como mexicanos.

Pero un pollito no lo será siempre, ella sabe que en cuanto el horno esté listo será su turno en la cocina. La niñez se muestra como un cuento en la vida de los padres, ellos la inventaron para depositar sus anhelos; es una copa de lágrimas, jamás es ella.

Son las frustraciones de la madre, su fragilidad enmascarada en las sombras ante el espejo que eventualmente llegará también a manos de Pollito.

  Allá donde pronto somos niños
y tenemos casa
y en donde las ciudades son fotografías
(…)
donde hay amores y parientes mezclados
con objetos familiares
Allá donde las fiestas suceden a los duelos
los nacimientos a las muertes
Allá, solitario, sin tiempo, sin infancia,
cometa sin orígenes, extranjero al paisaje
paseándote entre extraños
Allá resides tú,
donde reside la memoria. 
1

Pollito es un cuento de miedo para los adultos donde vemos cómo poco a poco por el cariño con que educamos a los hijos, esa “mejor manera de vivir”, anulan la voz de la infancia, que no siempre “como nos dijeron que es en casa” es lo menos roto que podemos pasar. Ella no repite ciegamente, lo vuelve su elección de lo bueno y lo cierto; ya que ni en soledad es capaz de cuestionarse el dolor pasado que le dieron a cargar. Ni en confianza lo cuestiona, llámese con su prima o con su novio -personajes de Yael, que nos trae para contrastarnos con la realidad afuera- La pequeña aprendió que eso “esto” es lo bueno, lo único, no hay más panorama que una casa y no dejaron que ni la vida ni la escuela la pudieran confrontar.

En esta historia no hay misericordia para la infancia. No hay un final feliz, pareciera el cuento perfecto.

VIII:

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.  2

La autora no tiene certezas, más que cómo termina nuestra heroína y como un ángel exterminador, arremete contra su lector y sus probables recuerdos, ¿pero por qué no darles a los niños una opción de que el mundo no es tan terrible? y entra la voz valiente de la autora a defender que, si bien siempre hay más opciones, esta es la que le tocó a esta pequeña. No hay complacencias, hay realidad. Cruda, dolorosa y amorosa, igual que la familia. Pollito, llama a la reflexión sobre los cimientos. Es aguda, divertida y terrible. Toma a la mujer como un mito creada por ella misma y lo cuestiona. Confrontará a su posible lector, se revelará ante su futuro espectador y lo llevará, con una caricia, a las profundidades del armario, ahí donde todos sabemos siempre que hemos dejado algo.


Autores
(Ciudad de México, 1989) es director y dramaturgo. Egresado del Diplomado para la Creación Literaria del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (inba) y del Consultorio de dramaturgia del Centro de Artes de San Agustín Etla (casa), fue asistente general y coordinador en el Teatro el Milagro y coordinador y docente en el foro Cafebrería teatral Casa de la Sal, en Iztacalco, y en la Coordinación del Sistema de Teatros de la Ciudad de México. Es autor de La Casa del Toro, obra finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2013; El entierro de la libélula, ganadora del Segundo Premio Independiente de Joven Dramaturgia 2014; entre otras. Actualmente trabaja en Carretera 45 Teatro A.C.
Siena: vista externa de manicomio. Extraído de Wikimedia Commons.

 

 

Capítulo VIII

Adentro del manicomio

 

Conforme el automóvil cruzaba los hermosos prados de camino al manicomio, mi sensación de satisfacción por haber alcanzado mis objetivos fue eclipsada por la angustia reflejada en la cara de mis acompañantes. Pobres mujeres, no tenían esperanza alguna de un proceso inmediato. Estaban siendo conducidas a prisión y probablemente sin culpa alguna. En comparación, ¡sería mucho más fácil caminar a la horca que a este sepulcro de horrores vivientes! El automóvil continuaba avanzando y yo, al igual que mis compañeras, eché un vistazo horrorizado de despedida a la libertad mientras aparecían en el horizonte los largos edificios de piedra. Pasamos un edificio bajo y la pestilencia era tan horrible que me vi forzada a contener el aliento; llegué a la conclusión de que aquella era la cocina. Pronto me enteré que mi suposición sobre los intrusos estaba en lo correcto y sonreí al letrero al final del camino “No se permiten visitantes en esta ruta”. No creo que el letrero fuera necesario si alguien tratara de seguir el camino, especialmente en un día caluroso.

El automóvil se detuvo y la enfermera y el oficial en cargo nos dijeron que saliéramos. La enfermera agregó: “¡Gracias a dios! Vinieron de buena gana”. Obedecimos las órdenes de subir un tramo estrecho de escaleras de piedra, las cuales evidentemente habían sido construidas para hospedar personas que suben las escaleras de tres en tres. Me preguntaba si mis compañeras sabían en dónde estábamos, así que le dije a la Srta. Tillie Mayard:

—¿Dónde estamos?

—En el asilo para lunáticos de la Isla de Blackwell —contestó, con un tono triste.

—¿Estás loca? —pregunté.

—No —respondió—, pero ya que hemos sido enviadas aquí tendremos que estar calladas hasta que encontremos alguna manera de escapar. Pero habrá muy pocas si todos los doctores, como el Dr. Field, se rehusan a escucharme o a darme la oportunidad de probar mi sanidad —nos metieron en un vestíbulo apretado y cerraron la puerta a nuestras espaldas.

A pesar de estar consciente de mi sanidad y de tener la seguridad que sería soltada en unos cuantos días, sentí una punzada aguda constreñir mi corazón. ¡Diagnosticada loca por cuatro doctores expertos y atrapada detrás de los despiadados cerrojos y barras de un manicomio! Además, no estaría recluida yo sola, sino acompañada día y noche por lunáticos parlanchines carentes de sentido común; dormiría con ellos, comería con ellos, me considerarían uno de ellos; una posición sumamente incómoda. Seguimos tímidas a la enfermera por el desgastado pasillo adentro de un cuarto lleno de mujeres presuntamente locas. Nos dijeron que nos sentáramos y algunas de las pacientes amablemente se movieron para hacernos lugar. Nos miraban con curiosidad y una de ellas se me acercó y preguntó:

—¿Quién te envió aquí?

—Los doctores —respondí.

—¿Por qué? —insistió.

—Bueno, dicen que estoy loca —admití.

—¡Loca! —repitió, incrédula— No hay ni un rastro de eso en tu cara.

Esta mujer era demasiado lista, concluí, y seguí con gusto las órdenes de ir a ver el doctor que me dio bruscamente la enfermera. Esta enfermera, la Srta. Grupe, tenía una agradable cara alemana y de no haber detectado ciertas líneas duras alrededor de la boca hubiera esperado, como lo hicieron mis compañeras, recibir un trato amable de ella. Nos dejó en una pequeña sala de espera al final del pasillo y nos dejó a solas mientras entraba en un pequeño pasaje hacia la sala de estar o el recibidor.

—Me gusta dar la vuelta en el automóvil —le dijo a la persona misteriosa en el interior—, ayuda a dividir el día. Le contestó que el aire limpio le sentaba bien a su apariencia y reapareció frente a nosotras, con una sonrisa surcando su cara de oreja a oreja.

—Ven aquí, Tillie Mayard —dijo. La Srta. Mayard obedeció y, aunque no podía ver adentro de la oficina, podía oírla defendiendo su caso en un tono amable, pero firme. Todas sus observaciones fueron tan racionales como las de cualquier persona y pensé que ningún buen médico podía evitar impresionarse con su historia. Habló de su enfermedad reciente, que sufría de un trastorno nervioso. Rogó que probaran con ella todos sus estudios para locura, si es que tenían alguno, y le dieran justicia. ¡Pobre chica, mi corazón lloraba por ella! Fue entonces cuando decidí que mi misión sería beneficiar a mis hermanas dolientes; que mostraría cómo son aprehendidas sin un juicio a profundidad. La trajeron de vuelta a donde estábamos sentadas sin una sola palabra de simpatía o ánimo.

Luego llevaron a la Sra. Louise Schanz en presencia del Dr. Kinier, el médico.

—¿Su nombre? —preguntó, en voz alta. Contestó en alemán, diciendo que no hablaba ni entendía el idioma inglés. Sin embargo, cuando dijo Sra. Louise Schanz, ella respondió con un “Yah, yah”. Entonces intentó hacerle más preguntas, pero cuando se dio cuenta que no entendía ni una pizca de inglés, le dijo a la Srta. Grupe:

—Usted es alemana; ayúdeme a hablarle.

La Srta. Grupe resultó ser una de esas personas que se avergüenzan de su nacionalidad y se negó, diciendo que apenas podía entender unas cuantas palabras de su lengua materna.

—Sabes bien que hablas alemán. Pregúntale a esta mujer a qué se dedica su esposo —y ambos se rieron, como si les divirtiera una broma.

—No puedo hablar más que un poco —protestó, pero al final se las arregló para averiguar la ocupación del Sr. Schanz.

—¿Y de qué sirvió mentirme así? —preguntó el doctor, con una risa que pronto disipó su rudeza.

—No puedo hablar nada más —dijo ella, y lo cumplió.

Así fue como la Sra. Louise Schanz fue destinada al manicomio, sin una oportunidad de darse a entender. ¿Se puede excusar tal negligencia, cuando es tan fácil conseguir a un intérprete? Si se tratara de una reclusión de tan solo unos días, podría parecer innecesario. Pero aquí está el caso de una mujer que fue arrebatada del mundo libre sin su consentimiento y sin tener oportunidad de probar su cordura; probablemente encerrada de por vida detrás de las barras, sin siquiera decirle en su lengua materna el motivo o su lugar de destino. Comparemos esto con un criminal, a quien se le dan todas las oportunidades de probar su inocencia. ¿Quién no preferiría ser un asesino y probar su suerte, a ser declarado loco, sin esperanza de escapar? La Sra. Schanz les rogó en alemán por saber en dónde se encontraba e imploró por su libertad. Sin oír lo que tenía que decir, la regresaron a la sala con su voz rota en sollozos.

Entonces sometieron a la Sra. Fox a esta misma examinación simple y trivial y la regresaron de la oficina, convicta. La Srta. Annie Neville tomó su turno y me dejaron al último de nuevo. En este punto me decidí a actuar como lo hago en libertad, con la excepción que no les diría quién soy, ni de dónde vengo.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.
Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.

“Hasta saber la verdad”, escribió Clemente Rodríguez en una hoja de papel en noviembre de 2016. Luego pidió que la lucha por los 43 normalistas de Ayotzinapa se mantuviera viva. Para ese momento, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, su hijo, tenía más de dos años desaparecido y faltaban más de tres para que las autoridades mexicanas brindaran certezas sobre su paradero.

 

En una diligencia llevada a cabo por la Unidad Especial para el caso Ayotzinapa entre el 20 y 28 de noviembre de 2019 en la barranca La Carnicería, Ejido de Cocula, Guerrero, se localizaron cien fragmentos óseos no articulados y dispersos en una superficie de 200 metros, de acuerdo con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Entre los restos estaba un hueso que permitiría la identificación de Rodríguez Telumbre.

 

En la versión oficial del caso Ayotzinapa, construida durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, se afirmó que los 43 estudiantes normalistas desaparecieron el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, a manos de policías municipales corrompidos y supuestos integrantes del cártel Guerreros Unidos, quienes los mataron e incineraron en el basurero del municipio de Cocula.

 

La Procuraduría General de la República (PGR), en ese momento dirigida por Jesús Murillo Karam, y la Agencia de Investigación Criminal (AIC), comandada por Tomás Zerón de Lucio, ignoraron que estudiantes afirmaban haber visto a soldados y policías federales durante las horas de horror en Iguala. Dejaron a un lado esas líneas de investigación y la versión oficial se construyó con testimonios de los presuntos integrantes de Guerreros Unidos.

 

Según ellos, a las 17:00 horas del 27 de septiembre de 2014, Felipe Rodríguez Salgado, alias “El Cepillo”, señalado como líder de Guerreros Unidos, ordenó que los huesos que resistieron a las llamas de Cocula se fracturaran, se colocaran en bolsas de basura negras y fueran arrojadas en Puente Río San Juan, comunidad perteneciente al mismo municipio.

 

Sin embargo, el hallazgo del hueso en la barranca La Carnicería permitiría a Alejandro Gertz Manero, actual Fiscal General de la República, decir que dicha versión oficial, presentada por Karam y Zerón de Lucio, se había terminado.

Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.

Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.

EL TERCER IDENTIFICADO DE 43

 

“Ha sido identificado un resto humano perteneciente a una de las víctimas. Éste, además, no fue tirado ni encontrado en el basurero de Cocula ni en el Río San Juan, tal y conforme a la versión que pública y judicialmente sostuvo la anterior administración […] Con este nuevo hallazgo, como lo señaló el Fiscal General de la República, la ‘verdad histórica’ se acabó”, declaró Omar Gómez Trejo, titular de la Unidad para el caso Ayotzinapa de la Fiscalía General de la República (FGR), el 7 de julio de 2020.

 

Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, quien tenía 19 años de edad la noche en que los estudiantes fueron atados, se convirtió en el tercer normalista identificado. Es decir, en casi seis años de búsqueda, solo tres de las 43 familias recibieron respuestas sobre el paradero de sus muchachos.

 

El primero fue Alexander Mora Venancio. Expertos en la Universidad de Innsbruck, en Austria, compararon la muestra 27-29102014, la cual fue obtenida de dos familiares de Alexander, con un hueso ubicado en Cocula, y así identificaron el perfil genético del estudiante durante los primeros meses de investigación.

 

En 2015, la misma Universidad austriaca, a través de la referencia 13MR5421, logró identificar a Joshivani Guerrero de la Cruz. Lo que pasó con los otros 40 normalistas todavía es incierto, pero ni la pandemia de COVID-19 ha impedido que sus familias continúen buscando respuestas.

 

Joshivani Guerrero de la Cruz. Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.

Joshivani Guerrero de la Cruz. Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.

LOS MILITARES

 

Era 15 de julio de 2015. Las bisagras de la reja de entrada al Batallón 27 de Infantería, ubicado en Iguala, se rindieron luego de unos minutos de empujones entre militares y familiares de los 43 normalistas desaparecidos.

 

-¡Crash!

 

Los elementos castrenses, equipados de toletes, escudos y cascos, dieron varios pasos al frente. Los familiares de los estudiantes intentaron levantar la reja para usarla como muro de contención, pero fue inútil, pues el peso los derrotó. La reja se impactó de nuevo.

 

-¡Crash!

 

“¡Asesinos!, ¡asesinos!”, gritaron los manifestantes. Los militares no se movieron. Las familias querían que les permitieran pasar a revisar las instalaciones, pero recibieron gas lacrimógeno a cambio.

 

María de Jesús Tlatempa Bello, mamá de José Eduardo Bartolo Tlatempa, encaró a los elementos castrenses. Le dijo, desde el corazón, que ellos no eran ajenos a la violencia que lleva años cobrando miles y miles de víctimas a lo largo del territorio nacional.

 

“Tienen hijos. También los pueden desaparecer. Ahorita nos tocó a nosotros, pero a ustedes les puede tocar el día de mañana. Nosotros no vamos a dejar de buscar a nuestros hijos hasta encontrarlos con vida”, dijo la mujer. Algunos militares sonrieron, otros tragaron saliva. Como el de ese día hubo varios encontronazos. Y la pregunta fue creciendo: ¿por qué el entonces secretario de la Defensa Salvador Cienfuegos Zepeda no ordenaba que se abrieran las puertas del Batallón 27 para que padres y madres se sintieran más tranquilos?

 

El domingo 12 de julio de 2020, días después de que Alejandro Gertz Manero dijera de manera categórica que los 43 estudiantes no habían sido incinerados en Cocula, la revista Proceso reveló que la “verdad histórica” encubría a militares y la Fiscalía General de la República (FGR) ahora los está investigando. De acuerdo con el texto La verdad histórica encubría al Ejército, firmado por el periodista Álvaro Delgado Gómez, la Fiscalía mexicana cuenta con indicios de la participación directa de militares en la detención y desaparición de los estudiantes.

 

LAS FAMILIAS

 

El caso Ayotzinapa le dio la vuelta al mundo. Las manifestaciones ocurrieron en América, Europa, Asia, África y Oceanía. Fotografías, documentales, testimonios, crónicas, películas, libros. Se escribieron miles de líneas, se filmaron miles de minutos sobre el caso. Cientos de periodistas, nacionales y extranjeros, llegaron hasta la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos para contar las historias de los estudiantes. Cada uno de los productos trató de servir como combustible para que la verdad no se apagara.

 

La verdadera lucha, sin embargo, ocurrió en los hogares de las 43 familias. Desde regiones apartadas de Guerrero o desde una pequeña casa en Tixtla, municipio en el que se ubica la Normal Rural de Ayotzinapa, padres y madres de los desaparecidos viajaron una y otra vez para tratar de ser escuchados. No importó que lloviera o el sol fuera demoledor. Recorrieron kilómetros y kilómetros con la misma consigna: que sus hijos fueran regresados con vida. A pesar de la insistencia y el desgaste físico y psicológico que sufrían las familias, el gobierno de Peña Nieto prefirió mantener la “verdad histórica”.

 

Durante el sexenio del priista, Minerva Bello Juárez, madre de Everardo Rodríguez Bello, uno de los 43, murió sin conocer el paradero de su hijo. Tomás Ramírez, padre de Julio César Ramírez Nava, uno de los tres estudiantes asesinados durante la noche de Iguala, también murió esperando justicia. La autoridad se dedicó a debilitarlos. A ocultar verdades o a decirlas a medias.

 

Los decesos fueron dolorosos para el movimiento. Sin embargo, la esperanza legítima de hallar a los estudiantes con vida se mantuvo. Alguna familia dijo un día que dejaba la puerta de su casa abierta en las noches por si el desaparecido volvía, otra nunca dejó de conjugar los verbos en presente al hablar de su consanguíneo. Así cada una fue sobrellevando la tristeza en un México en que al menos 73 mil 201 personas han sido reportadas como desaparecidas desde 1964, de acuerdo con un informe sobre Búsqueda, Identificación y Versión Pública del Registro de Personas Desaparecidas de la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB).

 

"Antimonumento +43" en avenida Reforma. Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.

“Antimonumento +43” en avenida Reforma. Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.

VAN POR ZERÓN

 

La versión oficial del caso Ayotzinapa fue desestimada por expertos y familias desde el primer minuto. Las inconsistencias en los informes y los reportes sobre tortura a los involucrados se iban carcomiendo poco a poco lo que quedaba de lo presentado por Tomás Zerón de Lucio y Jesús Murillo Karam. En septiembre de 2019, por ejemplo, Gilgardo López Astudillo, conocido como “El Cabo Gil”, a quien se señaló como la persona que ordenó ejecutar a los estudiantes de Ayotzinapa en el basurero de Cocula, fue liberado. El sujeto permaneció tras las rejas menos de cuatro años (fue detenido en septiembre de 2015). Un juez lo absolvió de los cargos porque la PGR habría obtenido las pruebas en su contra con tortura.

 

La prueba de que los 43 no fueron incinerados en Cocula, la obtenida con la diligencia de noviembre de 2019, solo fue otro naipe que se derrumbo del castillo que defendieron hasta el último minuto de la administración de Peña Nieto. Luego de la derrota electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI) frente al Movimiento Regeneración Nacional (Morena), partido fundado por Andrés Manuel López Obrador, lo único que les quedó a algunos fue ocultarse para evadir a la justicia. Al propio Zerón, por ejemplo.

 

El 30 de junio de 2020, casi dos años después de que la nueva administración prometiera a los padres y madres de los 43 estudiantes nuevas respuestas, la Fiscalía General de la República informó que ya había solicitado casi media centena de órdenes de aprehensión contra servidores públicos de varios municipios de Guerrero. Ese mismo día se confirmó que Tomás Zerón de Lucio, el extitular de la Agencia de Investigación Criminal, era prófugo de la justicia.

 

Zerón de Lucio está en Canadá, de acuerdo con información oficial. En su caso no habrá impunidad, dijo Marcelo Ebrard Casaubón, secretario de Relaciones Exteriores. Autoridades mexicanas ya llevan a cabo trabajo diplomático y legal para que el sujeto sea extraditado y enfrente la justicia en suelo nacional. A finales de julio, sin embargo, sigue libre.

 

SON TANTAS LAS PREGUNTAS

 

En septiembre de 2020 se cumplirán seis años del ataque en Iguala. En esa fecha tal vez ya hayan sido reveladas nuevas órdenes de aprehensión, capturas o la identificación de otras de las víctimas. Pero habrá muchas preguntas todavía sin respuesta. Habrá líneas de investigación que no estén claras todavía. Habrá también impunidad para personajes que participaron y que tal vez alcanzaron a lavarse la cara y manos muy fácil. Las familias seguirán esperando, marchando, exigiendo. Habrá también miles y miles de familias más buscando respuestas a otros casos.

Lo único que queda claro hoy -y ayer- es que aquella noche del 26 de septiembre de 2014, México perdió a decenas de aspirantes a maestros, cuyo destino era enseñar en las comunidades más pobres de Guerrero y de otros puntos del país. Cuyo sueño era poder terminar una carrera para ayudar a sus familias.

 

José Eduardo Bartolo Tlatempa, Jonás Trujillo González, Everardo Rodríguez Bello, Cutberto Ortiz Ramos, Martín Getsemany Sánchez García, Christian Alfonso Rodríguez, Abelardo Vázquez Peniten, Adán Abraján de la Cruz, Israel Jacinto Lugardo, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, Antonio Santana Maestro, Miguel Ángel Hernández Martínez, Leonel Castro Abarca, Jhosivani Guerrero de la Cruz, Giovanni Galindes Guerrero, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, José Ángel Campos Cantor, Mauricio Ortega Valerio, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, José Luis Luna Torres, Magdaleno Rubén Lauro Villegas, Bernardo Flores Alcaráz, Felipe Arnulfo Rosa, Benjamín Ascencio Bautista, Israel Caballero Sanchez, José Ángel Navarrete González, Marcial Pablo Baranda, José Antonio Tizapa Legideño, Miguel Ángel Mendoza Zacarías, Marco Antonio Gómez Molina, César Manuel González Hernández, Julio César López Patolzin, Abel García Hernández, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, Doriam González Parral, Jorge Luis González Parral, Alexander Mora Venancio, Saúl Bruno García, Luis Ángel Abarca Carrillo, Jorge Álvarez Nava, Christian Colón Garnica, Luis Ángel Francisco Arzola y Carlos Iván Ramiréz Villareal, los 43 desaparecidos, querían eso: un futuro distinto en el México desigual en el que les tocó vivir. Lo mismo Julio César Mondragón, Julio César Ramírez Nava y Daniel Solís Gallardo, asesinados durante la noche de Iguala.

 

Lo único que quedará claro en septiembre de 2020, cuando se cumpla un sexenio, es que seguirlos nombrando es uno de los motores más fuertes que existen contra el olvido al que se apostó durante tanto tiempo.

Ayotzinapa-negro

 


Autores
Carlos Vargas Sepúlveda (Ciudad de México, 1992 ), es autor del libro Rostros en la oscuridad: El caso Ayotzinapa. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Actualmente es editor y reportero en el periódico SinEmbargo. Corre maratones.