Hace casi una década acudí a un evento académico en Nueva York, Estados Unidos. Era la segunda vez que visitaba la ciudad aunque la primera que entraba en contacto con gente local. Una de las cuestiones que me llamó la atención es que dos de los anfitriones del evento, jóvenes afroamericanos, me dieron una lista de recomendaciones, la más importante era evitar cualquier contacto por circunstancial que fuera con la policía. Me pareció exagerado y se los hice saber, tratando de indagar el porqué de su postura. Me dijeron: “es simple, ellos son policías y nosotros afroamericanos, la violencia policiaca es un peligro constante aunque no hagas nada incorrecto. Y recuerda que tú eres mexicano” . Me seguía preguntando si el racismo del cuerpo policial era tan alarmante como lo planteaban mis colegas. Investigué un poco con otra gente y coincidieron en que era un tema de bastante gravedad y que no se le tomaba con la seriedad debida.
En los últimos días una imagen ha dado la vuelta al mundo en apenas un par de días. George Floyd, un ciudadano afroamericano es sometido en Minneapolis por el policía Derek Chauvin, quien ejerce presión con su rodilla contra el cuello de Floyd y le impide respirar provocándole la muerte. El hecho ha causado una indignación de tal magnitud que en pocas horas manifestantes prendieron fuego al cuartel de la policía de Minneapolis y las protestas se extendieron a más de 140 ciudades. Las autoridades han respondido con toques de queda y el despliegue de la Guardia Nacional en varios estados mientras que en Washington se apagaron las luces de la Casa Blanca y Donald Trump buscó refugio brevemente en un bunker.
No es la primera vez que el racismo y la brutalidad policiaca están imbricados en casos que desatan oleadas de movilización social. En 1992, la ciudad de Los Angeles ardió en llamas con las protestas por la violenta detención de Rodney King y la absolución de los policías involucrados. De 2013 a 2016 hubo una serie de mítines políticos por la brutalidad policiaca contra afroamericanos que alcanzó su punto culminante en los disturbios en Ferguson en 2014 y Baltimore en 2015 cuyo eje de la protesta se condesaba en la frase Black Lives Matter (las vidas de los negros importan) que encontró un amplio eco internacional.
Imagen de Luis Ham.
Queda de manifiesto que el racismo y la violencia policiaca no son hechos aislados, sino que forman parte de un problema estructural en Estados Unidos, de dos visiones distintas de país que originó la Guerra Civil.
A pesar del triunfo de los estados del Norte y la abolición de la esclavitud, es un hecho que la integración de los afroamericanos en Estados Unidos estaba lejos de generar algún consenso, incluso el propio Lincoln veía con buenas ojos que emigraran hacia algún lugar en Centroamérica.
Cien años después la segregación en los lugares públicos como parques, transporte, universidades o locales comerciales seguía siendo algo común y corriente. A pesar de su derrota en la Guerra Civil, los estados del Sur se las ingeniaron para elaborar legislaciones locales discriminatorias que se conocieron popularmente como las leyes Jim Crow y que funcionaban cotidianamente hasta 1965.
En Las raíces del fracaso americano (2010), el sociólogo estadounidense Morris Berman destaca que el enfrentamiento de Norte contra Sur fue mucho más allá de la cuestión de la esclavitud, que aunque era condenada moralmente por Lincoln y la Unión era más relevante en la agenda por cuestiones económicas. Pero la economía también traía consigo una modificación de valores por lo que para Berman, el conflicto entre Norte y Sur puede ser explicado como un “choque de civilizaciones”.
Al finalizar la Guerra Civil, los estados confederados vieron modificada no solo su economía cuasifeudal, sino también muchos de los valores tradicionales que ellos concebían como correctos como la familia, la comunidad o el supremacismo blanco. Y aunque el capitalismo industrial fue ganando espacio en la expansión del oeste, los valores quedaron ahí, agazapados, escondidos quizás, pero firmemente arraigados en amplios sectores de la población estadounidense.
Decía William Faulkner que el pasado no está muerto y que ni siquiera es pasado. Y si bien la Guerra Civil acabó con la esclavitud como forma económica, la relación amo-esclavo se transformó en la afirmación de valores que pretenden sustentar la figura de autoridad de la gente blanca sobre los negros y que con el tiempo se ha extendido a los latinos o a los musulmanes. Esa figura de autoridad que no se cuestionaba en el esclavismo con el paso de los años no ha desaparecido aunque si es mucho más cuestionada y puesta en duda, lo que fácilmente deriva hacia el autoritarismo. Y la violencia policiaca se vuelve una expresión constante de esa deriva autoritaria de los valores del supremacismo blanco.
La derrota del movimiento secesionista permitió el triunfo de la mitología del capitalismo estadounidense basado en el individualismo del hombre de empresa y acción con toques liberales. Sin embargo, como lo muestran las novelas de Faulkner, lo valores sureños sobrevivieron a la derrota y se enquistaron en generaciones de familias y personas, y no solo hasta el siglo XX, sino que están presentes hoy en día y toman la forma más parecida a una cosmovisión que de una ideología estructurada.
La victoria electoral de Donald Trump representa la continuidad de esos valores. “Make America Great Again” no refleja un programa económico o político, es principalmente el deseo de restablecer cierto tipo de valores ligados a Dios, la familia, la tradición, la superioridad racial y la autoridad. Es el “otro” proyecto de nación que quedó desterrado después de la Guerra Civil. Trump no creó un discurso de la nada y mucho menos inventó a sus votantes. Ellos ya estaban ahí, con una narrativa clara y definida que la campaña electoral de Trump y su presidencia solo han amplificado.
El racismo y la violencia policial coinciden muchas veces porque están ancladas en la misma matriz de autoridad que fácilmente se pervierte hacia el autoritarismo. Donald Trump es el síntoma de la enfermedad solamente. Pero el problema es tan viejo que se remonta a la Guerra Civil y la derrota del “otro” proyecto de nación. Esa derrota fue muy clara en el sistema económico pero muchos de sus valores se fueron adaptando al nuevo modelo económico y hoy encuentran un tiempo propicio para salir a la arena pública. Una eventual derrota electoral de Trump no cambiará los valores del Deep South (Sur profundo). Eso permanecerá por mucho tiempo porque no es una anomalía sino parte de la historia misma de los Estados Unidos.
Ilustración de Luis Ham.
Autores
Historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y McGill University, Canadá. Candidato a doctor en Ciencia Política por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), Francia.
Ilustración por Richard Zela
Hubo un día en el que México cambió el color del cielo en Marte. Era una época extraña, marcada por los fantasmas del fraude electoral, en donde todavía no existían los nuevos pesos o el EZLN. En esta época extraña, el último gran héroe de acción recorría la Glorieta de los Insurgentes con una toalla mojada sobre la cabeza. Arnold Schwarzenegger se plantaba en las oficinas del INFONAVIT para pedir consultas sobre sueños implantados. Entre las escaleras del Metro Chabacano aparecieron cinco espías interplanetarios asesinados y, en una persecución brutal por Metro Universidad, cadáveres ensangrentados volaron entre las escaleras eléctricas.
Eran, pues, tiempos extraños en los que un director holandés, conocido por sus dramas psicosexuales en Europa, decidió venir a México para filmar, con un actor austriaco, la más ambiciosa película americana de ciencia ficción de la década. Y lo logró con creces.
Paul Verhoeven se estableció como un director taquillero en Hollywood después de que Arnold Schwarzenegger le pidió dirigir Total Recall (1990), su segunda cinta de ciencia ficción americana después de RoboCop (1987). Con un presupuesto limitado y en considerable poco tiempo, Verhoeven rentó los Estudios Churubusco; contrató al genial Rob Bottin para hacer efectos visuales; creó sets gigantescos para simular la colonización de Marte; pintó estaciones enteras de metro en gris, incluyendo vagones a los que añadió monitores futuristas y utilizó la delegación Cuauhtémoc, el edificio del INFONAVIT y todo el nuevo brutalismo posible de la ciudad que imaginó Teodoro González de León.
Para hacer Total Recall , Verhoeven y Schwarzenegger apostaron todo en la impresionante capacidad de improvisación de un crew que tuvo permanente diarrea por la comida local; en lo barato que salía, a pesar de todo, pagar el rodaje en México y, claro, en el brillante guión de Dan O’Bannon y Ronald Shusett (que también escribieron, bajita la mano, Alien (1979) de Ridley Scott). Con mucha fe se lanzaron, entonces, a la desconocida aventura de filmar en una ciudad de caos y azares. El resultado fue único.
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No hay una sola película de ciencia ficción americana que se vea y se sienta como Total Recall ; un hito para Hollywood y una cinta que logró mezclar deseos profundos de narrativas lineales de acción con un pensamiento revolucionario, el vívido imaginario paranoico de Philip K. Dick y una poderosa idea de inclusión social. Todo en Total Recall vibra con una profunda vida interior. Mucho más allá del muy merecido Oscar que recibió por los efectos visuales de Bottin, hay algo en en esta película que no nos puede dejar tranquilos.
Total Recall es tan importante porque la enorme satisfacción de volverla a ver no acaba de cuadrar el misterio de su existencia. Eran tiempos extraños cuando un holandés fue a México para grabar una película sobre nuestros deseos ególatras con la estrella de acción más autorreferente de los noventa en un Hollywood que aún no había caído en los blockbusters ideológicos más banales, retacados de CGI y vacíos de espíritu. Eran tiempos extraños y, yo creo, que lo siguen siendo: Total Recall no ha acabado de decirnos todos sus secretos y, entre tanto tiempo transcurrido, sigue siendo una incómoda visión sobre cómo nos formamos con relatos y cómo vivimos atravesados de mitos violentos.
Soñamos que estamos despiertos
Cuando tenía cinco años, la familia de Paul Verhoeven se mudó a la ciudad de La Haya. Era, en ese fatídico año de 1943, el centro del poder nazi en Holanda. Desde 1940, todo el territorio holandés estaba bajo el dominio de Hitler y, tres años después, era la principal plataforma para lanzar los cohetes Saturn V diseñados por Herbert Von Braun que, después de la guerra, se iría con los americanos para llevar a Armstrong a la Luna.
Los cohetes alemanes disparados desde La Haya bombardeaban incesantemente Londres y, como respuesta evidente, los aviones de los aliados bombardeaban incesantemente La Haya. Día y noche caían casas iluminadas en llamas, estallaban pórticos, se escuchaban gritos agónicos. La mayoría de las bombas no caía en las plataformas de cohetes, sino en los barrios aledaños.
En medio de todo este horror, Verhoeven recuerda anécdotas terribles. En una ocasión, se encontró con soldados nazis tratando de recolectar lo que quedaba del cuerpo de un piloto inglés abatido. Tomaban una mano, un pie, un trozo de intestino y lo iban metiendo en una diminuta caja. El pequeño Paul Verhoeven creció en un infierno:
“De niño creo que vi tanta violencia ahí, tantos cadáveres… había mucha sangre y, extrañamente, toda el área alrededor de mi casa fue completamente bombardeada porque el líder del escuadrón inglés, en cierto punto, volteó un mapa en su cabina y bombardearon las áreas equivocadas. Bombardearon un área civil y murieron entre 20 mil y 30 mil personas. Y eso fue a cien metros de mi casa. Toda el área detrás de mi casa estaba completamente destruída, toda esa parte de La Haya estaba en llamas”.
Sin embargo, para el director esta niñez no fue traumática. Verhoeven recuerda su infancia con cierta alegría bañada de irrealidad. Ningún miembro de su familia fue asesinado, deportado o desaparecido. Así que la guerra fue para él, simplemente, un espectáculo ajeno, separado como un sueño… o como una película.
“Para mí, debo ser honesto, la guerra fue un tiempo maravilloso. Era un niño y me encantaba. (…) Para un niño todo esto era… divertido. Es impresionante que diga esto, pero así lo sentí. Fue como si cada día fuera una gran aventura. Por supuesto, si matan a tus padres y a tus hermanos, todo esto se convierte en otra situación, pero nadie de mi familia murió. Como niño no ves más lejos -no te das cuenta de que 100 mil judíos están siendo enviados a un lugar del que nunca regresarán-. (…) Para mí, fue como presenciar los más impresionantes efectos especiales que jamás haya visto. Todas las noches, al ver hacia arriba podías ver los aviones en llamas cayendo. Y al día siguiente mi padre me llevaba a caminar y podíamos ver el avión caído”.
Esta cercanía con la violencia cambió para siempre la perspectiva del futuro director. Para él, como siempre lo ha admitido, la guerra es un estado perpetuo, natural del ser humano, y la paz es una anomalía absoluta. No por eso, claro, Verhoeven hace apologías de la guerra, aunque no lo hayan entendido así los más obtusos detractores de la ironía pacifista de Starship Troopers . Y, más allá, para Verhoeven la violencia se finca en este extraño lugar entre realidad y ficción, sueño y vigilia.
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La violencia en las películas de Verhoeven es extremadamente real, extremadamente visceral y, al mismo tiempo, coreográfica y espectacular. Ahí, en los desmembramientos de Flesh + Blood , en las imágenes de violencia de Soldier of Orange , Spetters o, de forma mucho más notoria, en su trilogía americana de ciencia ficción ( RoboCop , Total Recall y Starship Troopers ), Verhoeven muestra un peculiar desapego frente a las imágenes más terribles. Los horrores sangrientos se filman de manera fría y distante, o parecen regodearse en su propio horror, o tienen un humor particularmente oscuro que, por cierto, los americanos tardaron mucho en entender.
En cualquier caso, la violencia en las películas de Verhoeven representa la frontera misma entre lo real y lo imaginario. Porque en la violencia está también el deseo, la venganza, las pulsiones de dominio, de amor y de muerte. La violencia aparece siempre como un límite entre el sueño y la vigilia, la realidad y la ficción en las fantasías de violación de Michèle Leblanc en Elle , en los sueños lúcidos y las pesadillas traumáticas de RoboCop y en toda la construcción de Total Recall . Como en sus películas, el recuerdo de una guerra muy real se convirtió, rápidamente, en esas memorias de infancia, en efectos especiales y fuegos de artificio.
Es por eso, tal vez, que Verhoeven cambió tan radicalmente de rumbo al llegar a Estados Unidos. Sus películas, en especial la maravillosa Turkish Delight y Soldier of Orange recibieron atención internacional: una fue nominada al Oscar por Mejor Película Extranjera; la otra, al Golden Globe en la misma categoría. Verhoeven ya era conocido en Estados Unidos y recibía llamadas de gente como Steven Spielberg incitándolo a venir a dirigir a Hollywood. Pero Verhoeven se negaba: estaba feliz en Holanda haciendo películas financiadas por el gobierno y viviendo con completa libertad creativa.
En esa época, todas sus películas, marcadas ciertamente por la violencia y la exuberante sexualidad de sus demás obras, fueron muchísimo más aterrizadas que las posteriores. Todas las cintas de la primera época holandesa trataban temas realistas: estaban basadas en autobiografías, se centraban en personajes reales o en verdaderos problemas sociales. Y eso terminó siendo un problema para Verhoeven en Holanda. Cuando la comisión que otorgaba las becas gubernamentales para la cinematografía cambió hacia una dirección ideológica de izquierda recalcitrante, los jurados decidieron que el cine de Verhoeven era vulgar y decadente y que no mostraba la realidad de los valores morales holandeses.
Maniatado y, por primera vez en su carrera, artísticamente limitado, Verhoeven decidió probar su suerte en Hollywood. Esta separación con su país natal no fue, simplemente física, real y palpable. También significó la entrada a otro reino de ficción. Por primera vez, le ofrecían una película que no había sido escrita por Gerard Soeteman, su habitual guionista. Ya no tenía que escuchar a Soeteman despreciar la ciencia ficción y los cómics como estupideces infantiles. Y Verhoeven recordó su amor por The War of the Worlds (1953), por las historias más extraordinarias de superhéroes, por las invasiones marcianas y los robots impresionantes de las cintas de ciencia ficción de los años cincuenta.
Libre de las ataduras de la realidad, animado por su esposa, Verhoeven aceptó tratar, a finales de los años ochenta, el guión que tantos habían rechazado: una historia distópica sobre un Detroit sumido en la delincuencia, custodiado por un departamento de policía privado y fascistoide que encuentra la salvación en un mesías tecnológico resucitado. En ese mismo año -y esto no es ninguna coincidencia- Verhoeven ingresó al Seminario de Jesús, un grupo de teólogos y académicos que investigan la veracidad histórica de los evangelios. En este cruce mítico constante entre ficción y realidad, Verhoeven hizo su propia versión de un Jesucristo tecnológico.
“No creo que la religión cristiana hubiera tenido el mismo impacto si la muerte de Cristo no hubiera sido tan tortuosa. No voy a comparar a Cristo con Murphy, pero por supuesto que había paralelismos en mi mente. La idea básica era hacer algo sobre un alma humana que es destruída y que resucita. Para una resurrección verdadera, es necesaria una verdadera crucifixión”.
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Al estrenar RoboCop y, a pesar de que fue un éxito masivo e inesperado en taquilla, Verhoeven ya no quería hacer ciencia ficción de acción. Todos los guiones que le mandaban eran iguales: Hollywood había entendido que este director de tantos dramas reales tenía el potencial de convertirse en una gallina de tecnológicos huevos de oro. Entre tantos guiones, sin embargo, había algo que resaltaba. Un extraordinario guion escrito por los insignes creadores del Alien de Ridley Scott que adaptaba el cuento corto We Can Remember It for You Wholesale de Philip K. Dick.
La curiosidad de Verhoeven por el guión de Total Recall no era gratuita. Llegaba en un momento de máxima libertad creativa, pero en el que se sentía encasillado en las premisas de acción y ciencia ficción de Hollywood; en el que tenía grandes presupuestos, pero nadie sabía cómo hacer una película tan ambiciosa; llegaba en un momento de máxima reflexión sobre la realidad de un personaje literario como Cristo, por la verdad de la ficción y la ficción de la historia.
En ese justo momento, Total Recall empezó a rodarse y se gestó algo muchísimo más complejo de lo que las taquillas de Hollywood jamás entenderían: en esta película se concentró una reflexión poderosa sobre los sueños de una industria y los mecanismos maníacos que los alimentan. Total Recall es el reconocimiento de Verhoeven hacia Hollywood y, también, una cachetada con guante blanco bajo el lienzo de un cielo azul en un planeta rojo.
Ilustración por Richard Zela
¿Los humanos sueñan con planetas azules?
El imaginario de Marte ha cambiado considerablemente con el tiempo. En algún momento, antes de que se conociera verdaderamente la atmósfera, la composición química del suelo y del aire en Marte, se pensaban todo tipo de cosas extraordinarias sobre el planeta rojo. Marte se convirtió, como bien lo señaló Roland Barthes, en el repositorio de un imaginario identitario desdoblado, un lugar terrorífico o esperanzador a medio camino entre Estados Unidos y el desconocido mundo soviético.
“Marte aparece como una Tierra soñada, dotado de alas perfectas, como en cualquier sueño en que se idealiza. Es probable que si desembarcásemos en Marte, tal cual lo hemos construido, allí encontraríamos a la Tierra; y entre esos dos productos de una misma Historia, no sabríamos distinguir cuál es el nuestro”.
En esas descripciones encontramos a los antiguos marcianos de Bradbury extinguidos, como muchos pueblos originarios americanos, por la codicia de los nuevos colonizadores. El Marte de The Martian Chronicles es, además, una tierra exuberante llena de riquezas naturales, cielos azules y enormes vegetales. Marte siempre estuvo moldeado para parecerse a nuestro entorno, para agrandar o disminuir aspectos de nuestro presente desdoblados en un imaginario lleno de referencias.
Ahora mismo, los sueños de colonización de Marte (en particular los propuestos, con absoluta seriedad, por Elon Musk) hablan de terraformar, de cambiar la composición del aire en Marte para lograr crear una atmósfera. La presencia del hombre, finalmente llegando al planeta rojo, significaría la paulatina transformación de lo ajeno, lo imposible, lo inalcanzable, en un nuevo paraje terrestre. No podemos salvar esta tierra, pero crearemos una nueva.
Estos sueños de transformación de Marte son una proyección continua que atraviesa la literatura de ciencia ficción de los años cincuenta hasta las locuras de Elon Musk, pasando, por supuesto, por el imaginario de Paul Verhoeven.
La historia de Philip K. Dick tenía, ciertamente, muchos elementos presentes en la película. De hecho, los primeros veinte minutos de la cinta parecen directamente sacados del cuento. Sin embargo, al final, algo esencial cambia.
Cuando Ronald Shusett, Dan O’Bannon y Gary Goldman, propusieron el famoso tercer acto de Total Recall , los productores se volvieron locos. En particular, Dino de Laurentiis, el poderoso gestor de presupuestos que hizo más de 500 películas de inmensa popularidad nominadas a casi 40 premios Oscar. El incuestionable mandamás del estudio decía que la idea de Marte con cielos azules era demasiado abstracta. ¿Cómo se podría ver en pantalla un acto casi instantáneo de terraformación? ¿Qué significaba esto? Todo parecía demasiado confuso para un público al que, paternalistamente, Hollywood alimentaba con migajas narrativas.
Verhoeven tenía otra idea. No nada más ese tercer acto era absolutamente necesario en la película, sino que se convertiría en el pilar de toda la construcción narrativa. El cielo azul en Marte está presente en los storyboards dibujados por el mismo director y se perfilaba como el centro mismo de la duda. En una película de ciencia ficción, absolutamente descabellada, los cielos azules de Marte nos hacen cuestionar, finalmente, la realidad de lo que vemos.
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Justo antes de implantar a Douglas Quaid en Rekall, justo antes de que la película pase a la zona inestable entre sueño y realidad, el más joven técnico de la clínica dice: “Cielos azules en Marte, esto sí es una novedad”. La duda está plantada: ¿Todo lo que pasa a partir de ahí es el sueño comatoso de un hombre lobotomizado o la experiencia real de un espía?
En el cuento de Dick, el asunto está claro: Douglas Quaid no nada más es un espía en realidad, sino que también es el salvador de la humanidad. Su fantasía de ir a Marte y buscar aventura no es un escape de la monotonía de la vida y su fantasía de ser el único salvador de la humanidad, el hombre vivo más importante del mundo, no es solo una fantasía maníaca de megalomanía inconsciente. Ambas cosas son verdad y demuestran que, en el hombre más común, puede existir la vida más excepcional.
Por supuesto, esto entra perfectamente en el pensamiento paranoico de Philip K. Dick y en el corpus de un hombre que escribió también, con profundas dudas identitarias en plena psicodelia americana, A Scanner Darkly y Do Androids Dream of Electric Sheep ? Pero Verhoeven llevó las dudas del cuento a un lugar desesperante.
Melina aparece en el sueño de Quaid antes de aparecer en el monitor de Rekall. El psicólogo infiltrado que mandan para atrapar a Quaid suda y revela que, en realidad, están en Marte. Todo parece demasiado convulso para ser un sueño. Todos quieren convencerse de que todo lo que vive Quaid es real y perfectamente posible.
Sin embargo, lo que le prometen en Rekall se cumple: Quaid mata a los villanos, se queda con la chica y salva al planeta. En el fading a blancos del final de la película suena el leitmotif del sueño del score de Jerry Goldsmith, las mismas notas electrónicas que vemos en la pesadilla que abre la película. Se cierra un bucle y, encima de todo, como una gran certeza compleja, están los cielos azules en Marte. Esos cielos azules que le mencionaron a Quaid antes del procedimiento de implantación de memoria.
Si Verhoeven no quiere explicar qué sucede en realidad en la película, si todo parece confundirse voluntariamente para que nadie sepa, al final, si estamos viendo una realidad o un sueño, es porque así la película significa mucho más. El poder real de Total Recall , más allá de su análisis burlón del periodismo americano (cuestión presente en todas las películas estadounidenses de Verhoeven),o de las reflexiones políticas, está en la burla de las ilusiones de Hollywood. Cada quien elige el final que quiera: aquellos que optan por ver el último beso de Melina y Quaid como una fantasía pueden, más allá de elegir un camino muchísimo más sombrío y desesperado, leer un comentario interesante sobre la forma en que forjamos nuestros esquemas narrativos.
Ilustración por Richard Zela
El placer de la cinta está en olvidarse, en dejarse ir en las secuencias de acción, en el misterio, en las persecuciones, en la batalla final (con un mini boss y un end boss en necesarios showdowns ) para terminar celebrando al héroe de acción que mata a los malos, se queda con la chica y salva al planeta. Este esquema muestra el camino del héroe: un hombre común y corriente, con un trabajo aburrido y una vida gris, descubre que es el elegido para salvar a una civilización. El héroe de las mil máscaras de Campbell, Luke Skywalker y Harry Potter con el físico de Mister Universo.
El trabajo anodino y los compañeros de trabajo impiden que se cumplan sueños extraordinarios. La mujer, en un rol de esposa convencionalmente realizado para ser una fuerza de castración, impide que el hombre, tan creativo y naturalmente libre, cumpla sus sueños. La esposa representa la fuerza que, mientras el hombre sueña en otro planeta, en otras aventuras, en otras mujeres, lo lleva a dejar sus fantasías por la normalidad, a mantenerse, literalmente, con los pies en la tierra.
En la dicotomía entre los personaje de Lori (Sharon Stone) y Melina (Rachel Ticotin) encontramos las diferencias de esta fantasía masturbatoria masculina. Todo está ahí, en las diferencias de personalidad: una práctica, terrenal, seductiva dentro de lo permitido, sin particulares perversiones; la otra mucho más libre, llena de perversiones a la mano, con un carácter fuerte independiente y aventurero. Las diferencias físicas: una es la rubia de la normalidad americana suburbana con la que, literalmente, el personaje de Quaid dice haber “alimentado a su pene”; la otra es la exótica morena de otro planeta que confronta sus banales decisiones sexuales. Y todas estas diferencias se resuelven, en la fantasía de celos, con una pelea entre las dos mujeres de Quaid. Epítome de la fantasía masculina, los dos polos de sumisión y aventura se pelean por el amor del héroe hasta que una bala en la frente de Lori sella la decisión final del deseo masculino.
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Esta dicotomía se desarrolla siempre a partir de las elecciones que le dan al personaje de Quaid en Rekall. Decisiones que tiene que hacer honestamente para alimentar esta fantasía. Así, si vemos la película bajo el prisma del sueño, si admitimos la irrealidad de la historia de Quaid, entendemos que su camino narrativo, su victoria sobre los malos, su rescate revolucionario de un planeta y su conquista sexual, no son más que estereotipos hollywoodenses de éxito reproduciéndose naturalmente.
Quaid es el hombre común que sueña con ser importante y el alimento de este sueño son los sueños que vende Hollywood; los sueños de ser, sin saberlo, alguien excepcional destinado a muchas más cosas; de ser el centro de una disputa sexual entre dos fantasías: la de la esposa sumisa -que puede ser amarrada-, y la de la amante exótica de moral relajada y carácter combativo. De ser, finalmente, un símbolo de libertad y bondad moral. Porque aquí el éxito, la conquista de la fama, no pasa nada más con salvar a un planeta, sino con salvarlo de la encarnación absoluta del mal.
Para este hombre cotidiano el mal se manifiesta como una empresa, una corporación maligna que llega a cobrar incluso por el aire que se respira, que no parará en nada para enriquecerse y, por el beneficio propio, para condenar a toda una población. Al regresarles el aire, como Prometeo nos dio el fuego, Quaid se subleva contra lo que lo hace trabajar todos los días y se convierte en el héroe de una revolución que se opone a la normalidad de pagar para respirar y de las estructuras de fuerza fascistas con las que siempre se ha encarnado el mal imaginario la cultura popular americana después de la Segunda Guerra Mundial.
Matar al mal, salvar a los inocentes, transformarse en un ser bondadoso, revelarse contra su personalidad perversa, cumplir la fantasía sexual dicotómica de normalidad y exotismo, converger en el camino del héroe, todo esto se junta en la simple imagen del cielo azul sobre el suelo rojo de marte.
El amor infantil de este director por la ciencia ficción de los años cincuenta puede trazarse a una de las mayores influencias en todo el cine de ciencia ficción americano: la increíble adaptación libre de The Tempest de Shakespeare en Forbidden Planet de 1956. En esa maravillosa cinta, los viajeros interestelares que llegan a Altair IV en una misión de rescate se encuentran con que una milenaria civilización alienígena había logrado construir una máquina formidable que materializaba sus deseos. Con esta herramienta única, la vieja civilización alienígena había logrado cosas impensables, pero también fraguó su destrucción. La máquina no nada más materializó sus deseos más presentes, sino que dio vida a sus deseos inconscientes. Esa máquina, literalmente, crea un monstruo de deseos inconscientes que termina por masacrar a los antiguos alienígenas y que ahora se enfrenta a los exploradores humanos.
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La máquina milenaria que cumple sueños se replica, palmo a palmo, en Total Recall . La máquina alienígena que hace que muera el último malo, que salva a Melina y a Quaid y que lo convierte en el Prometeo que trajo el aire y los cielos azules a Marte es por la virtud de lo que logra, también, una máquina que cumple deseos. La cuestión aquí es que también se materializan los sueños inconscientes más perversos en el final feliz de Total Recall . Lo terrible de estos deseos está en lo que significan inconscientemente: si todo esto es un sueño, el hombre común que desea ser un héroe es la representación de un ser megalómano, sexualmente violento y reprimido, con un grave complejo de inferioridad y agresivos deseos de venganza. La imagen del monstruo del id que hizo Forbidden Planet se materializa aquí de forma mucho más sutil pero mucho más específica. La máquina que cumple deseos materializa el final feliz, pero nos muestra las terribles pulsiones que lo alimentan.
La pregunta que parece hacer Verhoeven no es, finalmente, si la aventura de Quaid es real o es ficticia, sino qué queremos nosotros que sea. ¿Qué deseo queremos que se materialice aquí? ¿Y qué soñamos cuando soñamos cielos azules sobre Marte? Tal vez los sueños no son reales, pero lo que los alimenta sin duda lo es. Total Recall funciona tan bien, tantos años después, porque los sueños masturbatorios de conquista masculina siguen siendo exactamente los mismos y seguimos impregnados de esquemas narrativos y míticos de enorme violencia y frustración.
Totall Recall es, así, una maravillosa y cruda construcción de realidad porque nos muestra que los finales felices están llenos de miseria y que, en este mundo o en cualquier ficción, no hay héroes que no tengan las manos manchadas de sangre.
Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Pedro Uc Be, poeta y defensor del territorio maya. Fotografía de Haizel de la Cruz.
Canek dijo:
Los hombres blancos no saben de la tierra ni del mar ni del viento de estos lugares. ¿Qué saben ellos si noviembre es bueno para quebrar maizales? ¿Qué saben si los peces ovan en octubre y las tortugas en marzo? ¿Qué saben si en febrero hay que librar a los hijos y a las cosas buenas de los vientos del sur? Ellos gozan, sin embargo, de todo lo que produce la tierra, el mar y el viento de estos lugares. Ahora nos toca entender, cómo y en qué tiempo debemos librarnos de este mal.
Ermilo Abreu Gómez
El 16 de diciembre de 2019, Pedro Uc Be , poeta y defensor del territorio maya en Yucatán, originario del municipio de Buctzotz, recibió una amenaza de muerte desde un número anónimo. Un sujeto le advirtió que lo matarían a él y su familia si no paraba con sus acciones en contra de las construcciones, financiados por empresas privadas, que invaden áreas naturales.
Pedro acababa de cumplir dos años encabezando la Asamblea de Defensores del Territorio Maya Múuch’ Xíinbal , cuyo fin es proteger las tierras de los pueblos originarios de Yucatán, formar redes de comunicación y resistencia entre las comunidades; y más de veinte años como integrante y fundador del Consejo Nacional Indígena (CNI).
“Para el neoliberalismo el único criterio es maximizar la ganancia de los inversionistas en el menor tiempo posible, pero sin considerar la participación integral de los ejidos y comunidades indígenas mayas que son los dueños de la tierra”, explicó en una entrevista para La Jornada Maya .
A lo largo de tres décadas de lucha, Pedro ha sufrido el encarcelamiento y asesinato de varios compañeros. Uno de los más recientes, menciona, es el caso de Samir Flores , un campesino indígena náhuatl a quien presuntamente asesinaron por su activismo en contra de la construcción de una termoeléctrica en la población de Huexca . Fue ultimado a balazos en la puerta de su domicilio. Los responsables, hasta la fecha, siguen libres.
Sin bandera religiosa ni política, acostumbrado a las amenazas de represión, consciente de la agresión contra más de 440 ambientalistas en los últimos diez años y del cruento panorama que viven los defensores de la tierra en México, Pedro publicó el mensaje en sus redes sociales, herramienta que hoy, sentado en la terraza de su domicilio, define como indispensable para dar a conocer su proyecto y, a su vez, para protegerse.
Asimismo, sobre las redes sociales, las considera una herramienta “maravillosa” pero mal utilizada. Lo expone con una frase que el escritor Juan Villoro dijo durante una ponencia en la Feria Internacional del Libro de Yucatán (Filey): “El internet nos ha llegado como le llegó el cuchillo a los primitivos: lo primero que se les antoja es cómo encajarlo en la costilla de su prójimo”.
Durante los últimos años se la ha identificado por ser un férreo opositor a los proyectos de energía renovable encabezados por megaempresas en Yucatán, como el parque fotovoltaico —actualmente detenido— que pretende construir la empresa Jinko Solar en las comunidades mayas de Valladolid.
“Ni rentamos ni vendemos tierras”, sentencia. “Nuestra tierra no es negociable, no queremos ser despojados de ella porque es la fuente de nuestra vida, alimentación, aprendizaje, lengua y cultura”.
El origen del poeta maya
Las principales vías de acceso a Buctzotz , municipio localizado al nororiente de Yucatán, con poco más de 10 mil habitantes, se encuentran cercadas por policías. Los casos de coronavirus, o Covid-19, están por llegar a una centena y media en el estado, mientras que son más de cinco mil a nivel nacional, y se busca prevenir la propagación del brote. Muestro un gafete de prensa falso, de un medio clausurado hace más de cinco años, y les explico que pasaré únicamente para hacer una entrevista. Menos de una hora, preciso, y los efectivos ceden. Ni siquiera revisan mi lugar de procedencia.
La gente de la comunidad lo identifica— “Ah, vas con Don Pedro”, dicen— y proporcionan las indicaciones para llegar. Un mototaxi me guía hasta su calle, que se encuentra a un costado de la plaza principal. Pedro mira el auto desde la ventana y sale a recibirme.
En su estudio hay un librero abarrotado, un refrigerador, una computadora, una mesa de madera con utensilios diversos y sin orden aparente. Cuelgan, cerca del techo, dos retratos que lo sintetizan a nivel ideológico: un dibujo a lápiz del revolucionario Ernesto Guevara y, más arriba, una pintura con los rostros de los guerrilleros Lucio Cabañas, Genaro Vázquez y el Subcomandante Galeano.
Autor de los libros U k’aay Siipkuut /El canto del Siipkuut (2019) y Yáanal Xya’axche’ /Debajo de la Ceiba (2019), ganador del concurso estatal “El espíritu de la letra” y el nacional “Alfredo Barrera Vázquez”, ambos en lengua maya, Pedro apunta que la poesía y la lucha en defensa del territorio son un tema común en su vida, una raíz profunda, anudada, que lo remite a su niñez como campesino maya.
“Donde nazco, en una familia de campesinos, comencé a labrar la milpa. Lo que conocí, hasta mis dieciocho años de edad, fue el trabajo para la producción de la comida. De eso estoy lleno emocionalmente, mentalmente, porque de la labor nace una emoción. Ese monte que trabajamos nos da una forma de mirar, vemos como ese lugar va transformándose en diferentes estaciones del año. Las flores amarillas, de este inicio de primavera, nos anuncian la preparación de los vientos del sur para comenzar a traer lluvia, y por eso se calienta más la tierra. Esos conocimientos nos llenan de una sabiduría que no tiene la gente de la ciudad y que no les significa absolutamente nada. Para la gente de la ciudad buscar comida es ir al supermercado. Nosotros aprendimos que para comer hay que ir a la milpa”.
El amor por la tierra y los elementos de su cultura encauzaron a Pedro en la poesía. A los dieciocho años entró a un seminario teológico de donde obtuvo tres herramientas fundamentales para interpretar su realidad: la hermenéutica , aplicada como una forma de entender los elementos culturales que marcaron su crecimiento; la teología , la filosofía y la homilética : el arte de preparar un discurso.
“En el seminario encuentro que la filosofía es el nido de estas materias, en donde brotan diferentes vidas que van configurando un pensamiento donde se unen la escritura y los conocimientos que adquirí de niño. Pasan los años y entiendo el valor del monte, del lugar en el que vivo, y descubro que vienen empresas y comienzan a depredar, a fumigar, a destruir y desnudar la tierra, a quitarles la casa a los animales. Es un dolor que uno no sabe cómo combatir. Al comienzo se buscan las vías legales, lo civilizado, para evitarlo. Pero te llevas una sorpresa al notar que el único valor que ostenta el mundo occidental es el monetario. Ante esto, comienzo a escribir como una reacción de impotencia. ¿Qué puedo hacer con el dolor que esto nos genera si los caminos legales y organizados están obstruidos?”
De esa manera, Pedro escribió versos donde unió su visión del mundo desde la identidad maya y la defensa de la tierra. Su objetivo, explica, es acercar a las comunidades la necesidad de una resistencia organizada para enfrentar al capitalismo. “Lo que pasó por mi cabeza fue: cómo hacer accesible y, de ser posible, atractivas algunas líneas para llevárselas a la gente y que las escuchen. Pero pasó algo curioso, lo escrito pegó más en el mundo occidental que en los pueblos. Ahí ha sido complicado, pero lo hacemos. En las comunidades, antes de comenzar cualquier taller, leo un poema y lo reflexionamos. Les gustan mucho porque se encuentran, se espejan en ellos. Se dicen: es cierto, eso somos nosotros, pero ha costado trabajo. Es necesario generar canales de comunicación en los pueblos para hacerles llegar la información”.
La realidad a través de la poesía de Pedro Uc Be. Fotografía de Haizel de la Cruz.
Sobre esa línea, el poeta critica la postura de algunos autores que escriben en su lengua, quienes, desde la oralidad maya, abordan argumentativamente símbolos occidentales. Para él los símbolos necesarios son los mayas, los cuales deberían ser vistos desde las problemáticas de la contemporaneidad.
“Tenemos símbolos muy ricos que no hemos sabido explotar. Aquí es donde viene mi diferencia con algunos escritores y escritoras mayas: me parece que hay una tendencia de copiar los contenidos occidentales y decirlos en sonidos que son propios de la lengua. Eso, pienso, no hace literatura maya. Por el contrario, mi planteamiento es revestir esos símbolos de la realidad que vivimos y demostrar que son también una propuesta de vida, de valores morales, de sobrevivencia y alegría. Una forma que hemos aprendido los mayas desde hace cientos de años y que también le podría servir a otra cultura occidental”.
Al igual que otros escritores en lenguas indígenas, habita el mundo en dos idiomas. Su predilecto, el maya, le permite indagar en aspectos de sí mismo en los que es imposible utilizar el español. Al respecto, considera que en esa lengua está limitado, y que mantener la escritura en lengua maya es un acto político y de resistencia.
“Tengo dos razones para no escribir en español: la primera, que mi español es demasiado limitado; aunque puedo leer y comprender casi cualquier texto en este idioma, en especial textos sobre ciencias sociales, no puedo producir con él, está atropellado por el maya; la segunda: ¿qué voy a escribir en español si en español ya se ha dicho todo? Yo creo que no tengo nada que decir. En todo caso, es un esfuerzo por compartir lo que intento decir con quien no habla mi lengua”.
Añade que: “la resistencia de escribir en maya no es plástica, sino natural, no me lo propuse, es así desde que nací. Mi estructura de pensamiento es maya, aunque la exprese en español. Tal vez eso le da mayor legitimidad, es decir, que no sea algo comprado sino algo que se da como parte de la vida”.
Pedro es parte del grupo que fundó el Consejo Nacional Indígena durante 1996, en el marco del crecimiento mediático del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN ), organización que marcó un hito en cuanto a la lucha por la autonomía de los pueblos indígenas en México. Sin embargo, considera que su concepto sobre la identidad cobró forma en 1992. “Fue en ese tiempo, en los primeros meses del 1992, cuando participé en una serie de marchas y conferencias, de conversatorios, viajes y gestiones sobre la importancia de conocernos y rescatar nuestras formas de vida como culturas originarias”.
Ese mismo año descubrió el espacio de San Cristóbal de las Casas , Chiapas, bajo la gestión de Samuel Ruiz , obispo del estado y teólogo de la liberación que entonces trabajaba en favor de las comunidades indígenas e incluso fungió como mediador entre el EZLN y el gobierno federal de México, encabezado por Carlos Salinas de Gortari .
“Fundamos un evento que sigue vivo hasta el día de hoy, que se llama Teología India . Como parte de este proyecto hacemos un encuentro regional cada año, algo que sigue hasta la fecha: un evento en Chiapas y otro en Yucatán”.
Antes de que sonaran los primeros balazos en las selvas chiapanecas, como parte de la represión gubernamental contra el movimiento insurgente, Pedro ya avizoraba el panorama al que se enfrentarían en adelante los defensores de los pueblos originarios. En coordinación con la diócesis de San Cristóbal, en compañía de Samuel Ruiz y otros sacerdotes, viajó por América Latina . Tuvo experiencias desgarradoras. Destaca una en Guatemala , al borde de la conclusión de la guerra centroamericana, donde estuvo en pueblos únicamente habitados por mujeres porque habían asesinado a todos los hombres.
“En la zona de Chimaltenango , Huehuetenango , Quetzaltenango . Ahí encontramos pueblos de solo mujeres porque mataron a todos los hombres. Acompañamos situaciones así, complicadas, eso profundizó mi conciencia y el dolor que se vive en América Latina. Tal vez eso fue el sabucán en donde se iban guardando las palabras y emociones que más tarde estarían convertidas en versos”.
“Escribir desde nuestra identidad”
Sobre la amenaza que recibió el pasado 16 de diciembre, Pedro agradeció la labor de los medios de comunicación que la posicionaron a nivel nacional, pero resalta que no es la misma situación con el resto de los defensores del territorio en México; muchos han muerto, han sido reprimidos o encarcelados.
“La persecución, el encarcelamiento y el asesinato de indígenas que defienden su territorio ha sido la diversión del sistema desde hace mucho tiempo”.
En ese sentido, responsabiliza a la empresa Jinko Solar por la amenaza en contra de él y su familia. A través de la vía legal, la Asamblea de Defensores del Territorio Maya logró suspender de manera definitiva la construcción de un parque fotovoltaico financiado por la empresa. El abogado de la organización, Flavio Ayuso, dijo que se tomó la decisión porque para la construcción del proyecto “Yucatán Solar” no hubo una consulta libre e informada a la comunidad maya, que tiene derecho a un ambiente sano. El proyecto incluye, sin ningún aval científico, la deforestación de más de 246 hectáreas solo en este caso, pues en conjunto se plantea la deforestación de 15 mil hectáreas en la península para la construcción de parques eólicos, solares, mega granjas porcícolas y cultivos con organismos transgénicos.
“La empresa ha querido amedrentarnos, darnos miedo para levantar la demanda y desistir. No lo vamos a hacer. Se quejan de que han perdido millones de dólares, pero ni siquiera incluyeron en sus estudios que en la zona hay un cenote, un lugar sagrado para los sacerdotes mayas. Pelear contra estas empresas significa derrota de nuestra parte, persecución, descalificación, cárcel, amenazas y muerte. Porque sí lo hacen: matan a la gente y lo hemos visto. Afortunadamente en mi caso, hasta ahora, no ha prosperado, gracias a la circulación que tuvo en los medios y las organizaciones. Lamento que esto no pase con muchos otros compañeros”.
Tras esta situación, se acogió al Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de los Derechos Humanos y Periodistas . Le ofrecieron una escolta, que rechazó, pero aceptó ser monitoreado por las autoridades federales en su domicilio, así como un botón de alerta que le garantiza la presencia de los efectivos en quince minutos.
Para finalizar comenta que, incluso dentro de las etnias, hay indígenas que se han prestado a una representatividad falsa de las comunidades a nivel político. “Las guardias blancas están en todas las culturas, entre los pueblos indígenas también los hay. Si uno quiere, desde el poder político y económico, tener gatos, uno los va a tener de cualquier raza. Y esto ha pasado con nosotros: hay indios que trabajan de indios, y por muy poco. Eso se tiene que terminar. No somos un acto publicitario”.
La lucha sigue, señala Pedro. El camino es construir redes de información entre las comunidades, “mirarnos frente a frente para poner nuestros problemas en común” y usar la vía jurídica y política para fortalecer la unidad.
“Eso vamos hacer siempre, contra todo megaproyecto que intente despojarnos o destruir la tierra. En cuanto al trabajo como poeta, estoy por terminar una obra de 250 poemas; quiero ver si hay un golpe de suerte para que alguien apoye con el financiamiento y se publique. Las literaturas indígenas merecen tener un papel con el resto de la literatura mundial, es injusto que nos traten como inferiores, aunque es cierto que no hemos reclamado nuestros derechos y me preocupa que la mayoría de quienes hoy dicen ser escritores lo hacen bajo la sombra del poder. Yo creo que la literatura hay que liberarla del poder. No podemos escribir bajo ningún yugo, sino desde nuestra identidad. Desde los sueños propios y no los prestados y menos los pagados”.
Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.
1
Existe la idea de que cada libro es un manual en sí mismo, una lista de instrucciones. Cada libro contiene su propio misterio (una otredad y su idea de la existencia) y la clave para resolverlo (el camino para descubrirla).
Si hacemos un acercamiento, si enfocamos el proceso y las circunstancias que permiten y rodean la creación, podemos afirmar que cada libro, también, nos invita a pensar la tradición dentro de la que se inscribe.
Los autores, al dar forma a sus obras, moldean al mismo tiempo una genealogía de la que buscan formar parte, un contexto estético en el que su creación puede existir, un ideal. Esto sucede de espaldas a la voluntad, o acontece en el ámbito de los deseos secretos. Ahora bien, quien escribe no puede adelantarse, programar a la distancia o dirigir las intuiciones e interpretaciones de quien lee; el resultado de la lectura es impredecible.
Estas afinidades actúan de manera semejante, pero aquí intentaré hacer una distinción. Las influencias operan de manera subconsciente, proveen un impulso al acto creativo desde zonas subterráneas de la conciencia; empujan desde abajo, desde los sedimentos, formados por los libros que nos impactan al grado de dar forma a los conceptos básicos que delinean nuestra poética. Cada vez que se le pregunta a un autor, nos dirá sus aspiraciones, es decir, la tradición particular que ha querido moldear para cierto momento de su escritura.
La invención final del libro es un derecho del lector. Así, al terminar de leer Cosmos nocturno , de Gerardo Lima (Tlaxcala, 1988), me puse a elegir en qué estante de mi biblioteca habría de poner el libro (dónde ubicarlo en esa suma libresca que todos llevamos en la cabeza). Decidí ponerlo cerca de esos tomos que se desentienden de los límites de los géneros, que echan mano de distintas escrituras y temperaturas, universos híbridos. Pienso, por ejemplo, en Las ciudades invisibles , de Italo Calvino, y Gente del mundo , de Alberto Chimal. Estos libros recrean, mediante leyendas, fragmentos y cuentos, la existencia de un lugar fantástico que podría surgir de cualquier sitio de este mundo.
También encuentro en estas páginas el vagabundeo y los ritmos morosos de Thomas Ligotti, así como ciertas cualidades del Ciclo Onírico de Howards Philip Lovecraft, que comprende narraciones como “La búsqueda en sueños de la ignota Kadath”, “La ciudad sin nombre” y “La maldición que cayó sobre Sarnath”; sobre todo, sus detenidas descripciones, que oscilan entre los paisajes naturalistas (los inventarios del ecosistema) y los paisajes urbanos (arquitecturas enloquecidas y antiguas).
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Los libros se mueven entre la confirmación del mundo que habitamos y su refutación. Toda lectura es idealmente un diálogo sin guion, una amistad sin programa fijo. A veces hay ciertos libros que vienen a confirmar cierto presentimiento. Cosmos nocturno ilustra para mí una certeza que he sostenido a lo largo de los años: el poema y el cuento están más cerca que el cuento y la novela.
Esta noción la comparten numerosos escritores y la expresan en sus meditaciones sobre el oficio desde distintas perspectivas. Raymond Carver, por ejemplo, afirmaba que sus poemas —la vertiente más discreta de las que conforman su obra— guardaban una continuidad directa con sus cuentos —la más conocida—. Lo anterior es sencillo de confirmar: sus poemas y cuentos están construidos con los mismos materiales cotidianos y discretos, transidos por huracanes emocionales que suceden soterrados, o en una calma producto de renunciar al mundo. Los cuentos son poemas que operan en una ampliación del campo de batalla. Ambos buscan fijarse en la mente del lector gracias a un momento preciso, quedar resumidos en una imagen —la llave que les permite ser portátiles—, y que vuelve inmediato el ejercicio de recuperarlos y revivirlos en la memoria. Los cuentos son tránsitos condensados en imágenes.
Esto sucede en el libro de Gerardo Lima. Aquí debo contar lo siguiente: los textos de la cuarta de forros pretenden siempre engancharnos, convencernos de que, dentro, hay algo que nos concierne; nos dan una pista, quizá nos informan de un aspecto extraliterario. Por lo general, reviso las cuartas desde el principio y a veces las consulto en el transcurso de la lectura, pero esta vez no fue así. Hay un dato que ofrece este texto editorial y que, al final, me resultó iluminador en cierto sentido: la mayor parte de los cuentos están inspirados en las imágenes tenebrosas, seductoras y vertiginosas, del pintor, fotógrafo y escultor polaco Zdzislaw Beksinski; obras que los lectores de nuestro país pueden reconocer como las que ilustran las portadas de la emblemática editorial de terror y misterio Valdemar. ¿Me hizo falta esa clave para leer el libro? La respuesta es no. Los cuentos, a pesar de su carga visual y de las imágenes seductoras y terribles que concentra, no se limitan a la écfrasis —la representación verbal de una representación visual—, no son derivados, ni dependen de las imágenes que los inspiraron. Son sin duda una extensión del universo estético de referencia. Pero también constituyen una forma artística por sí mismas, que se comunican, secretamente, con otras.
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Los cuentos de Cosmos nocturno suceden en el territorio de los sueños y los mitos. Los personajes, las historias, los lugares, parecen existir al margen del tiempo y de la realidad que la humanidad habita. No vienen de un pasado específico, en ningún momento se considera necesario abundar o siquiera mencionar antecedentes de los personajes, las historias, el origen de la ciudad, una ubicación en el mapa o los libros de historia. Todo se abre en la plenitud de su misterio, como un libro del que no leemos las primeras páginas, un libro sin prólogo. Las maravillas de una urbe extraña y oscura carecen de documentación, no necesitan explicaciones sus asombrosas naturalezas, viven en la leyenda oral, cobran la seductora existencia de los sueños o las pesadillas que se materializan a ras de tierra.
Paisajes antiguos de decadente belleza. Viajes al horizonte que parecen un fin en sí mismos. Edificios construidos siguiendo la geometría y la biología de los insectos. Un hombre que vive consagrado a amar y habitar una casa macabra. Una ciudad que vive un eterno crepúsculo. Un aventurero que sin quererlo encuentra una llave que abre la percepción. Cthulhu, que aparece quizá en agonía o despertando de su descanso eterno, en un mundo muerto, posapocalíptico. Transformaciones. Escenas de guerra. Cuentos y estampas de horror, locura y muerte.
Las cosas no empezaron. No tienen origen las maldiciones. Los sueños son eternos. Suceden, sucedieron y sucederán. Al margen de la voluntad y la mortalidad de los humanos. Tienen su lugar en el olvido. Y de vez en cuando, alguien las percibe, se percata de su existencia; es decir, las recuerda.
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La novela La ciudad y la ciudad de China Miéville, se sustenta en una cautivante y provocadora premisa: en un mismo espacio físico, dos ciudades perfectamente diferenciadas, se traslapan. O quizá confluyen. O tal vez coexisten. La historia entraña una investigación criminal entre dos mundos, pues ha ocurrido un asesinato y no queda claro en cuál de los mundos existe el culpable; esta situación agravada por las tensiones políticas y transdimensionales que caracterizan a dos ciudades que se empeñan en ignorarse.
La metáfora es poderosa. ¿Qué son las percepciones de los sentidos y las de la mente, si no dos mundos que conviven, aunque a veces nos empeñemos en mantenerlos separados? ¿Qué divide la realidad de la imaginación si no una brecha que no siempre alcanzamos a distinguir? Gerardo Lima propone en estos cuentos breves y precisos, absorbentes y gratificantes, diversos caminos, nos abre distintas puertas, para cruzar al otro lado de la percepción. El mundo se transforma en cada página de Cosmos nocturno . Es éste y es otro. ¿Por qué ese mundo sombrío es tan distinto a este, si ambos están hechos con los mismos materiales, las mismas historias? Las sombras parecen humanas y de pronto se desvanecen: avanzamos por sótanos y pantanos insospechados —mitad en el mundo, mitad en la mente— que no sabemos que habitamos.
Autores
(Monclova, 1977) Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones, y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Ha recibido siete premios nacionales, entre ellos el de Poesía Joven Elías Nandino 2007, el de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y el de Poesía Ramón López Velarde 2009. Es autor de
Las afueras , entre otros libros.
I
Que nunca vuelen acechando sobre ti estos cuervos,
que se llevan en sus picos nuestros días,
que se llevan en sus garras los recuerdos*.
Ana me tomó de la mano mientras el doctor seguía explicando con su estúpido tono condescendiente. Blastocisto, gastrulación, gonadotropina… Que es una situación muy común: constituye el 50% de las pérdidas durante el primer trimestre… Yo solo podía ver su bigote mal recortado y aquellos dientes nicotínicos que dispersaban partículas de saliva a su alrededor. Los dedos de Ana se aferraron a los míos, preparándose para el tiro de gracia: legrado. La palabra, con su cualidad de lengua de vaca, permaneció adherida al techo, junto a las lámparas asépticas y migrañosas del consultorio, escurriendo su ponzoña.
Ana cambió su ropa por una bata operatoria detrás de un biombo y se recostó en una camilla negra. Desde mi lugar, solo podía ver sus piernas vacilantes; sus calcetines violeta provocaban una profunda tristeza.
—¿Se quieren quedar con el saco gestacional? —preguntó el doctor, mostrándonos un frasco de conservas.
Las primeras lágrimas de Ana brotaron y nos marchamos en silencio.
Nunca me había pesado tanto subir los nueve pisos del edificio. Las ráfagas de aire que se colaban por el hueco que debería albergar un elevador ausente parecían burlarse de nosotros.
Al abrir la puerta del 912, esperaba encontrar un ambiente que hiciera juego con las sensaciones y sentimientos que arañaban mi cuerpo, pero los rayos solares que se reflejaban en las paredes blancas eran tan potentes que entrecerré los ojos.
Ana se acercó a la cuna y comenzó a doblar la ropita que familiares y amigos nos habían regalado; la colocó en el maletín que habíamos comprado para el día del parto y se encerró en la recámara. Yo solo pensaba que ahora podría poner de nuevo mi escritorio en ese lugar. Reprimí la idea al ver una cuarteadura detrás de la cuna. De lejos se veía superficial, pero al tocarla pedacitos de yeso cayeron al piso. Tuve que bajar las persianas cuando un reflejo me golpeó la cara, y la penumbra, por fin, me reconfortó.
II
Que nunca soplen los demonios contra ti esta bruma,
que te deja el corazón enloquecido,
que te deja solo aullándole a la luna*.
—Todo es culpa de tu madre —dijo Ana entre sollozos antes de abandonarme.
La mañana siguiente entró la fase 2 de una larga pandemia que fragmentaría al país.
Pasaba los días lavándome compulsivamente las manos y escuchando las noticias. Por las tardes me gustaba sentarme en el viejo sillón gris capitoneado con botones violeta (el único mueble que pude comprar antes de la mala racha de negocios fallidos y desempleo) y ver el desolado paisaje citadino a través de la ventana. Sobre todo, no podía quitarle la vista al “gemelo”: el edificio que se encontraba al otro lado de la calle. Era una copia del que yo habitaba: misma altura, color, forma de las ventanas… En su parte más alta descansaba un enorme espectacular con el rostro sonriente del arquitecto Légamo y la frase “¡Salva nuestras raíces, vota Légamo!”, rematado con el logotipo de su partido: un cardosanto. Suponía que encima del mío habría un espectacular parecido. Por supuesto, ambos eran creación de Légamo, quien puso de moda este tipo de “arquitectura gemelar”. Imaginaba que ahí vivía otro yo: uno exitoso, con familia.
La cuarteadura se fue extendiendo por toda la pared hasta llegar a la fase 3 de la pandemia, botando la pintura y liberando ese polvillo blanco que se adhería a los muebles, al cabello y a mi estado de ánimo.
—¿De qué color eran tus ojos? —le preguntaba a mi hijo nonato mientras dibujaba sobre la pared desconchada cientos de miradas tristes de diferentes colores, sin atinar nunca al tono correcto.
De nuevo un reflejo golpeó mi cara, haciendo que todos nuestros ojos se cerraran.
Me asomé a la ventana y localicé al culpable: era el “gemelo”.
III
A veces nada te detiene cuando vas descendiendo,
y en el fondo no se encuentra la salida,
en el fondo solo existen los comienzos*.
Olvidé todas las recomendaciones sanitarias que había memorizado y descendí los nueve pisos con el corazón en la boca, sintiendo su sabor ferroso resbalar por la garganta. Al llegar a la planta baja descubrí que algo había cambiado: el color de las paredes y la alfombra, las lámparas, las macetas, el olor… El portón de salida había desaparecido. Caminé hasta el hueco del elevador fantasma para encontrar dos hojas metálicas que reflejaban mi silueta distorsionada y un tablero de botones numerados. Al oprimir el 9, las hojas se deslizaron con suavidad.
La puerta del 912 estaba entreabierta.
IV
A veces necesito llegar hasta el infierno,
para volver a valorar esto que tú me das*.
—Todo es culpa de nuestra madre —dijo mi gemelo apenas entré al departamento. Estaba frente a la ventana, sentado en mi sillón que aquí era violeta con botones grises; en sus manos descansaba un frasco de conservas.
Se levantó con movimientos cansados y retiró la aguja del disco que estaba sonando. Escuché que algo se rompía a la altura de mi pecho.
—Por un tiempo fue interesante… —continuó, abriendo el frasco. El reflejo del sol en su tapa metálica me hizo parpadear.
Me sentía como un espantapájaros a punto de ser atacado por una parvada furiosa de cuervos. De las paredes colgaban fotos enmarcadas de mi gemelo con gente famosa e importante; también, de su familia vacacionando. Sobre la mesa, floreros suntuosos que acogían diversas especies de cardosantos. Por la ventana, el espectacular colocado en lo más alto del edificio ahora ordenaba “¡Transformémonos, vota Légamo!”.
—…pero se ha vuelto intolerable —concluyó, llevándose el saco gestacional a la boca.
Mi cuerpo se sintió extremadamente ligero y de mis poros emergieron filamentos de luz violeta que poco a poco fueron ganando intensidad. Antes de cerrar los ojos vi a mi gemelo colocar el frasco vacío en una alacena repleta de otros frascos de conservas.
*”Cuervos” / La Barranca
Autores
(Ciudad de México, 1977)
Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de
Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es
Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).