Imaginario femenino mexicano. Ilustración por Ari Collage.
Desde sus orígenes —principios del siglo XIX— y hasta la actualidad, lo fantástico y la ciencia ficción han tenido distintos acercamientos teóricos y diversos intentos por definir sus características temáticas y estéticas. A partir de un acercamiento personal como lectora y escritora, me enfocaré en la teoría de Flora Botton para hablar de los elementos más relevantes en las obras de las autoras mexicanas que he rastreado hasta ahora, cuya visión y propuesta resulta imprescindible compartir —dado que la mayoría del corpus de ambos géneros es representado por hombres—, y que se inscriben por completo en su descripción de lo fantástico: “Un reto a la imaginación, a la fantasía y a la sensibilidad”, donde el fenómeno insólito no puede explicarse mediante las leyes del mundo conocido. Su sello es la ambigüedad: la irrupción de lo sobrenatural en el paradigma de realidad de la propia historia.
En cuanto a la ciencia ficción, presenta lo especulativo de mundos posibles en los que cualquier tipo de ciencia o tecnología y diferentes factores propician una modificación —positiva o negativa— radical de la sociedad del futuro y otras temporalidades. A principios del siglo XX destacaron obras que además reunían otras características e inauguraron el término weird fiction , categoría inscrita en lo insólito.
En las últimas décadas, fantástico y ciencia ficción han fundado nuevos “subgéneros” que se inscriben en la literatura especulativa, como la narrativa utópica o distópica. Si bien ahora se está revalorizando esta imprescindible obra, aún hay prejuicios que la acusan de no convenir con el realismo imperante dentro de la ficción, de evadir la realidad o las problemáticas sociales; sin embargo, no hay nada más erróneo, pues nos ofrece perspectivas audaces para analizar y repensar nuestras experiencias personales y sociales.
Esta nueva literatura requiere lectores perceptivos, abiertos; un acercamiento distinto que permita ver más allá de las etiquetas estigmatizadas en estantes de librerías y bibliotecas, referir no tanto a géneros, sino a sus pluralidades: creaciones que surgen de un sinfín de búsquedas relacionadas con la experiencia humana que no fueron planteadas desde el inicio para pertenecer a algún género o categoría, de ahí que su naturaleza heterogénea y su diversidad de elementos no permitan asignarles una sola etiqueta.
La primera obra escrita por una mujer mexicana que se considera ciencia ficción porque buscó, a través de la ciencia, transgredir las leyes y limitaciones físicas mediante un viaje espacial como experiencia espiritual —lo que la instaura en lo que se considera fantasía científica—, data del siglo XVII: “Primero Sueño ” (1692), de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695). Es su poema más extenso, leído y estudiado, en el que primero recrea una atmósfera de oscuridad y silencio, elementos fundamentales de la noche para que la consciencia —o el alma— pueda trascender al cuerpo y alcanzar el conocimiento que le está vedado a los sentidos debido a la luz: toda una hazaña cognoscitiva. Luego, con la llegada del nuevo día, arriba también el fin de la inconsciencia y la vuelta a la realidad. Sor Juana representa aquí la voluntad incorpórea para acceder a un conocimiento más allá de lo físico y racional, donde convergen elementos renacentistas como el sueño, la noche, los astros y seres mitológicos, como Morfeo, Apolo e Ícaro. Respecto a lo científico, Sor Juana analiza lo mismo cuestiones fisiológicas que psicológicas, astronómicas y astrológicas, de la física y de la historia natural.
Un salto al siglo XIX nos lleva a Ana de Gómez Mayorga (1878-1954, CDMX), escritora de cuento fantástico y maestra normalista. Su obra más reconocida es Entreabriendo la puerta (1946), conformada por 30 cuentos; pero los que son considerados sus mejores relatos se reúnen en Nostalgia de lo recóndito (2011). En sus historias breves de títulos concisos, la normalidad se ve acechada e interrumpida por lo extraño. La trama de “La puerta” surge del misterio de lo onírico, donde una arquitectura nueva, oscura, desconocida y casi imposible aparece detrás de un muro con una puerta cerrada a cal y canto que siempre han despertado curiosidad en el protagonista; misma por la que, en una sola ocasión, tiene oportunidad de entrar.
Existen otras creaciones originadas a partir de la perspectiva infantil de la imaginación. Elena Garro (1916-1998, Puebla), narradora y periodista, utilizó estas percepciones para escribir La semana de colores (1964), obra considerada dentro del realismo mágico, pero donde las particularidades de lo fantástico son muy visibles. Las protagonistas, dos hermanas pequeñas, comparten su visión de la realidad que retoma lo que se les escapa a los adultos. Esta serie de cuentos muestra cómo el imaginario fantástico infantil, que no siempre es inocente y benévolo, irrumpe en la cotidianidad de una vida rural. “La culpa es de los tlaxcaltecas”, primera historia de la colección, es el mejor ejemplo de lo fantástico en la obra de Garro, donde el juego entre diferentes temporalidades y el choque entre dos mundos opuestos generan un sentimiento de extrañeza que lleva a lo insólito.
Guadalupe Dueñas (1920-2002, Jalisco) fue una gran cuentista y ensayista. Su obra resulta difícil de clasificar, y lo extraño está presente en gran medida, a pesar de que la propia escritora afirmó que en sus cuentos no había fantasía. Varias de sus experiencias dieron pauta a creaciones como “Mariquita”, donde un feto conservado en un frasco con líquido configura un cerrado sistema familiar, o “Zapatos para toda la vida”, donde una niña tiene a su disposición una cantidad interminable de perfumes y calzado tras la ruina del negocio familiar. Sus tópicos recurrentes son lo íntimo, las relaciones interpersonales alteradas por algún elemento externo, el absurdo, lo trágico, las distintas caras de la crueldad y lo siniestro desarrollado a través de mujeres que examinan su propio sitio en el contexto histórico.
Una particularidad en la obra de Dueñas es la creación de un bestiario propio: utiliza, entre otros, ratas, piojos, chimpancés, perros, sapos y vacas como protagonistas o personajes de gran importancia. Uno de sus mejores libros es Tiene la noche un árbol (1958), y el Fondo de Cultura Económica (FCE) publicó en 2017 sus Obras completas .
Otras voces, en cambio, surgen desde el erotismo, la locura, lo perverso, lo absurdo y la traición. Inés Arredondo (1928-1989, Sinaloa) destacó en la narrativa al resaltar lo conflictivo en las relaciones de pareja en sus tres libros de cuentos —La señal (1965), Río subterráneo (1979) y Los espejos (1988)—; asimismo escribió sobre las hostilidades tratadas desde diferentes perspectivas, la imposibilidad de la comunicación y el casi nulo entendimiento con el otro. Arredondo ofrece un panorama desesperanzado de las relaciones interpersonales que inician desde la infancia, una disección del amor y sus diversas facetas, la pasión destructiva y la violencia .
La incertidumbre y la ambigüedad, la soledad y el deseo son otros sentimientos que permean en la narrativa de Arredondo, al igual que el rencor y el egoísmo. Hay dos cuentos breves en los que el elemento fantástico es claro: “Orfandad” y “Apunte gótico”, que forman parte de Río Subterráneo (1979), donde vigilia y sueño se confunden entre imágenes siniestras , mutilación y muerte, creando una atmósfera de misterio puro. En “Orfandad”, la trama parte de lo onírico y toca la vulnerabilidad infantil, el aislamiento y la soledad. La niña que narra la historia comienza rememorando un sueño en el que, después de quedar huérfana por un terrible accidente, sus familiares la visitan y reaccionan de distintas formas hasta llegar a lo brutal, pero ninguno se hace responsable de ella; carcajadas vulgares la devuelven a la realidad, a un despertar verdadero entre el abandono y la inmundicia. El segundo es narrado a contraluz de una vela desde la voz de la joven protagonista, que describe confusa la transformación de un vínculo erótico y prohibido, pues pasa de la atracción física a lo repugnante tras la aparición de una niña-rata que la vuelve consciente de lo grotesco del incesto con su padre. En estos párrafos, lo mismo una imagen que una palabra remiten a la ambigüedad, dando paso a distintas interpretaciones o lecturas en torno a lo observado por la narradora. Sus Cuentos completos se publicaron en 2011 por el FCE.
Amparo Dávila (1928-2020, Zacatecas), poeta y narradora, afirmaba escribir por “intuición”, pues su aprendizaje fue principalmente autodidacta y desde pequeña dedicó gran parte de su vida a la lectura gracias a la biblioteca familiar con la que contaba —al igual que Arredondo y Dueñas—. Fue la única hija que sobrevivió entre sus hermanos, y a los 26 años se mudó a la Ciudad de México. En 1966 fue becaria del Centro Mexicano de Escritores, ganó el Premio Xavier Villaurrutia en el 77 con su libro Árboles petrificados , la medalla Bellas Artes en 2015, y este año, poco antes de su muerte, obtuvo el Tercer Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura por su destacada trayectoria cuentística.
Su primer libro de cuentos publicado fue Tiempo destrozado (1959), seguido por Música concreta (1964). En 2009, el FCE publicó sus Cuentos reunidos . Como Dueñas, afirmó que sus historias partían de hechos reales, por lo que, aunque en ellas destacan las características del género, Dávila no tenía en mente lo fantástico al escribirlas. Por lo general, sus personajes femeninos están sometidos a la hegemonía y la violencia masculina, los escenarios son cerrados y los ambientes sórdidos y oscuros, oníricos. En la mayoría de sus relatos, donde la pareja o un suceso terrible —como la muerte o un trastorno vinculado con la locura — suele desatar la trama, la indeterminación impera, tal es el caso del oscuro ente que trastoca el mundo de la protagonista en “El huésped” o las misteriosas criaturas que enloquecen al hombre que narra “Moisés y Gaspar”.
En el terreno de la ciencia ficción, Manú Dornbierer (1936, CDMX) se interesó en narrar lo que sucedería si un personaje se encontrara con su otro yo en realidades o universos paralelos de diferentes temporalidades. Es considerada la primera escritora que obtuvo gran reconocimiento nacional durante la década de los 70, aunque es más reconocida por su labor periodística. La grieta (1978), su primer libro de relatos de ciencia ficción, toma su título del cuento homónimo con el que ganó los juegos florales de Ciudad del Carmen en el 68. En 1996 publicó En otras dimensiones , prologado por Edmundo Valadés , que reúne cuentos en su mayoría fantásticos.
La trama que Dornbierer escribe en su novela Memorias de un delfín (2009) —publicada por la editorial Libros del Sol, financiada por ella misma debido al rechazo editorial, fue reeditada en 2019 por tercera ocasión por Porrúa—, gira en torno a un científico que ayuda a un delfín huérfano a sobrevivir, y luego él mismo se transmuta en uno para poder reunirse con esta especie en su propio hábitat y relatar sus experiencias.
Adela Fernández (1942-2012, CDMX), escritora y dramaturga prolífica en cuya obra destaca la creación fantástica, recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 1986 con su obra La prodigiosa (1980). Sus libros de cuentos más representativos son Duermevelas (1986) y Vago espinazo de la noche (1996). Los temas recurrentes en sus historias son la orfandad , el abandono, la depresión, la muerte, el crimen, la locura, el abuso infantil y la soledad; sus escenarios son opresivos y lúgubres. Sus relatos más trascendentes, ambos publicados en Duermevelas, son “Cordelias”, donde una niña pequeña se duplica al infinito a través de cualquier superficie reflejante, configurando la vida de todos los habitantes de un pequeño pueblo; y “La jaula de tía Enedina”, tétrica historia de dos personajes vulnerables discriminados y rechazados por su propia familia que, al fin, encuentran en ellos mismos y sus despojos lo más parecido al amor y la aceptación que les han sido negados.
Gabriela Rábago Palafox (1950-1995, CDMX) fue una narradora, poeta y normalista. Colaboró en diversos periódicos y revistas como El Cuento . Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores en 1979, destacó en la literatura infantil y recibió diversos galardones, entre ellos el Premio Puebla de Ciencia Ficción en 1988 por su cuento “Pandemia”, relato apocalíptico ambientado en una Ciudad de México que vive, como ahora, el miedo hacia un virus mortal —muy similar al VIH— que va menguando a la gente.
Otro de sus cuentos destacados es “Resurrección”, que se desarrolla en una realidad futura donde el ser humano ya habita la luna y el cristianismo ha sido erradicado cual enfermedad. El joven protagonista, que colecciona figuras deshidratadas de imitaciones de santos que recibe por correo postal y que retoman su tamaño natural mediante el agua, realiza un experimento con un líquido que anima cadáveres u objetos durante segundos, mismo que fue inventado por un científico amigo suyo. Mediante la ironía, Rábago realiza una ácida crítica sobre el gozo de la contemplación del padecimiento tan propio del cristianismo —reflejado en sus esculturas de santos y mártires y en el propio Jesús crucificado—. El cuento apareció en Más allá de lo imaginado , primera antología de ciencia ficción mexicana de Federico Schaffler , publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 1991; mismo año en el que la novela de Rábago: La muerte alquila un cuarto , obra que reúne las características de lo policíaco y la ciencia ficción, sale a la luz. Un año antes publicó el libro de cuentos La voz de la sangre (1990), donde recrea la figura del vampiro desde distintas voces.
A inicios del siglo XXI surgen las plumas de nuevas generaciones de escritoras cuyas búsquedas y cuestionamientos podrían resultar similares a los ya vistos, mas destacan sus perspectivas originales a través de una sorprendente creatividad.
Imaginario femenino mexicano. Ilustración por Ari Collage.
La primera de estas autoras es Cecilia Eudave (1968, Jalisco), narradora e investigadora que ha recibido diversas becas y distinciones como el Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce 2007, por su novela Bestiaria vida (2008), reeditada en España por Eolas ediciones en 2019. Microcolapsos , plaquette de minificción (2017), fue traducida hace poco al griego. Su obra se inscribe en lo fantástico y lo extraño, en la “narrativa de lo inusual” , como la catedrática Carmen Alemany Bay prefiere llamarla.
En Bestiaria vida , Eudave examina la vida doméstica y los lazos consanguíneos , el papel de los integrantes de una familia en la que cada miembro, de acuerdo con sus características tanto físicas como psicológicas, remite a un determinado perfil animal que conforma una colección de seres peculiares. Lo fantástico, como los humanos diminutos que los integrantes más longevos pueden observar en las alfombras o el monstruo que solo el padre puede ver a través de los espejos, brotan como flores coloridas en medio de la melancolía y el recuerdo de la protagonista.
Karen Chacek (1972, CDMX) es una prolífica escritora especializada en la literatura infantil y juvenil. Ha participado en antologías como El Abismo. Asomos al terror hecho en México (2011), Bella y brutal urbe (2013) y Festín de muertos. Cuentos mexicanos de zombis (2015). Su novela La caída de los pájaros (2014), de corte apocalíptico , retrata a una sociedad marcada por una pérdida descomunal: todos los niños han caído en un sopor profundo. Sin embargo, el gobierno obliga a los adultos a mantener su productividad a costa de la desgracia, y Violeta, la protagonista, guiada por la voz de una pequeña en su cabeza, con la ayuda del Fabricante de Aves empieza a buscar rastros que han dejado los niños para lograr rescatarlos.
Bibiana Camacho (1974, CDMX) es una narradora que ha publicado tanto novela como cuento. Con Tras las huellas de mi olvido (reeditada en 2010), recibió la mención honorífica del Premio Juan Rulfo de primera novela 2007. Su novela Lobo (2017) es la historia de Berenice, quien, por cuestiones profesionales, llega a un pueblo casi abandonado y en amenaza constante por el crimen organizado . Lo sobrenatural inunda el ambiente de suspenso en el que la mujer va descubriendo el día a día de los habitantes sumidos en el miedo. Tu ropa en mi armario (2010) y Jaulas vacías (2019) son libros de cuentos fantásticos, terroríficos y extraños.
Libia Brenda Castro (1974, Puebla), narradora y editora, ha colaborado en diversas publicaciones y antologías nacionales y extranjeras como El hombre en las dos puertas (2002) y Así se acaba el mundo (2012). Editó en 2018 Una realidad más amplia , antología bilingüe de ciencia ficción mexicana que le valió la nominación al Premio Hugo 2019, en la categoría Mejor trabajo relacionado. En su cuento “Burbuja”, habitado por entes holostáticos y holodinámicos —máquinas al servicio de los seres humanos— y vehículos voladores, la vida rutinaria de Andrea comienza a trastocarse cuando su hermana, quien supuestamente había fallecido años atrás, comienza a contactarla a través de sueños angustiantes.
Además, las últimas tres autoras mencionadas participaron en la antología de ciencia ficción escrita por mujeres titulada La imaginación: la loca de la casa (2015).
Daniela Tarazona (1975, CDMX), narradora y ensayista, tiene una gran presencia en el ámbito debido a su primera novela, El animal sobre la piedra (2008); en sus páginas retrata fielmente una mutación que detona con el duelo. Mediante el diario de Irma, el lector se vuelve testigo de la transformación de la protagonista que, tras la muerte de su madre, viaja a una zona costera para buscar alivio. En ese sitio alejado comienza un cambio físico que inicia con la muda de su piel cual reptil, mismo que representa una metamorfosis —o incluso evolución— emocional. Lo maravilloso de lo onírico y lo desconcertante de otra realidad se conjugan en sus palabras.
Martha Riva Palacio (1975, CDMX), reconocida y premiada escritora de literatura infantil y juvenil, ganó con Frecuencia júpiter (editada en 2013), el Premio Gran Angular México 2013. La novela especulativa cuya protagonista, una adolescente en estado de coma, acude al único espacio disponible: sus recuerdos, y solo se puede comunicar con una mariposa negra. En la obra, hay cuatro relatos o “simulacros del fin del mundo” intercalados. La crítica social enfocada en la violencia de género y la dictadura militar chilena se entrelaza en esta historia inscrita en la ciencia ficción.
Iliana Vargas (1978, CDMX), narradora y ensayista, ha publicado cuentos en antologías como Biútiful Frik (2018) y La tienda de los sueños: Un siglo de cuento fantástico mexicano (2016). Entre sus libros de cuentos se encuentran Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (2012), en él, el lector encuentra narraciones oscuras sobre fantasmas que visitan el plano terrenal, sombras autónomas y alucinaciones, y Habitantes del aire caníbal (2017), conformado por diversos mundos con seres tan extravagantes como sus propios idiomas y vivencias donde la autora experimenta con lo visual y con el lenguaje.
Vargas editó, en la revista Vozed , el dossier Fémina Incógnita , un espacio dedicado a creadoras cuyas exploraciones literarias abordan las diversas categorías de lo fantástico y la ciencia ficción. Próximamente la editorial Eolas publicará su siguiente libro de cuentos fantásticos, Yo no voy a salvarte.
Gabriela Damián Miravete (1979, CDMX), narradora, traductora y periodista, ha publicado cuentos en antologías como Los Viajeros: 25 años de Ciencia Ficción mexicana (2010) y Three messages and a warning. Contemporary Mexican Short Stories of the Fantastic (2011). Ganó, en 2018, el premio internacional de ciencia ficción James Tiptree, Jr. con el cuento “Soñarán en el jardín ”, inspirado en la violencia de género que se ha recrudecido en nuestro país en los últimos años: nos presenta a un México futurista en el que esta tragedia no es sino un mal recuerdo, y donde, gracias a un memorial de hologramas, se puede visitar a las víctimas de feminicidios.
Atenea Cruz (1984, Durango), narradora y poeta cuya obra ha sido laureada desde 2002, obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción en 2017 con el cuento “Una mujer solitaria”: la historia de una mujer obsesionada con la mancha negra de un espejo que va creciendo junto con su anhelo por penetrar en ella. Fue publicado junto con otros relatos —no todos fantásticos— en el libro Corazones negros (2019). Sus colaboraciones críticas y ácidas en Letras Libres retratan la decaída burocracia cultural actual en su estado de origen.
Andrea Chapela (1990, CDMX) es una autora de ciencia ficción y fantasía. Ganó el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018, con su cuento “Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio“, relato de ciencia ficción que trabajó con la beca Jóvenes creadores del Fonca en 2016; misma que le fue otorgada por segunda ocasión, ahora para escribir una novela. En 2019 ganó el Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola, con el libroUn año de servicio a la habitación (2019).
El relato “Ahora lo sientes ” se publicará en su próximo libro de cuentos, y se desarrolla en una Ciudad de México futurista, en la que cada habitante está directamente involucrado en cuerpo y mente con la tecnología. Rivera, la protagonista de esta historia, es en apariencia una agente sin escrúpulos que realiza servicios ilícitos para sus importantes clientes: se dedica a manipular mentes, sentimientos e intenciones con la finalidad de alterar procesos judiciales.
Cabe mencionar que Chapela, Vargas, Libia Brenda y Damián fueron seleccionadas para formar parte de la Mexicanx Initiative Anthology y asistir a la Worldcon 76 de 2018, en San José California. A partir de esa experiencia decidieron organizar la primera edición de Mexicona , un encuentro de ciencia ficción y narrativa fantástica en español . Se llevará a cabo de forma virtual durante las últimas semanas de septiembre de este año para crear un espacio de diálogo entre propuestas de Hispanoamérica en torno a obsesiones, preocupaciones y respuestas sobre diversos aspectos actuales a través de la literatura especulativa.
Las obras fantásticas y de ciencia ficción mexicana han tenido un gran apogeo en las últimas décadas debido a la posibilidad de experimentación que permiten. De igual manera, se ha revalorizado a las autoras fundamentales dentro del género —que quedaron en el olvido por estar fuera de la norma— gracias a la reunión y publicación de sus obras, a reediciones y a estudiantes que analizan sus trabajos en la actualidad.
Además, no todas las escritoras mencionadas tuvieron —o han tenido— las mismas oportunidades para publicar o integrarse al ámbito literario, de ahí que algunas sean más reconocidas que otras, lo que no tiene que ver con la calidad de su obra.
Es necesario mencionar que existe una gran tradición europea, anglosajona y latinoamericana escrita por mujeres como Mary Shelley , Charlotte Perkins , Ursula K. Le Guin , Joanna Russ , James Tiptree (pseudónimo de Alice Bradley Sheldon), Margaret Atwood , Juana Manuela Gorriti , María Luisa Bombal , María Elena Llana , Ana María Shua , Silvina Ocampo , Liliana Bodoc o Angélica Gorodischer , y actualmente Samanta Schweblin , Mariana Enriquez , Mónica Ojeda , Liliana Colanzi y Solange Rodríguez Pappe . Ellas son solo algunas de las escritoras más reconocidas en ambos géneros.
Sin importar las etiquetas limitantes, las escritoras mexicanas citadas en este texto han creado universos particulares que retan a la imaginación y que, a través de un uso magistral del lenguaje, desafían lo conocido y la realidad, otorgando nuevas perspectivas y formas de estar en nuestro propio mundo: nos transforman .
Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos
Tusitala de óbitos ,
El vals de los monstruos ,
Tristes sombras y
Despojos .
“Corral de locos” de Francisco de Goya. Extraída de Wikimedia Commons.
Capítulo X
Mi primera cena
Al terminar la examinación, oímos a alguien gritar, “Salgan al corredor”. Una de las pacientes nos explicó que esta era una invitación a cenar. Las recién llegadas tratamos de mantenernos juntas, así que salimos al pasillo y nos quedamos de pie en la puerta donde se habían reunido todas las mujeres. ¡Nos temblaba todo el cuerpo! Las ventanas estaban abiertas y la corriente pasaba zumbando a lo largo del corredor. Las pacientes se veían azules de tanto frío y los minutos se convirtieron en cuartos de hora. Al fin una de las enfermeras pasó al frente y abrió la puerta, por la cual nos amontonamos todas para llegar al rellano de una escalera. De nuevo, vino una larga espera directamente frente a una ventana abierta.
—Qué imprudencia de las cuidadoras dejar a estas mujeres mal abrigadas paradas en el frío —dijo la Srta. Neville.
—Es verdaderamente brutal —agregué, mientras observaba a las pobres locas cautivas.
Mientras esperaban en la intemperie, pensé para mis adentros que no disfrutaría la cena esa noche. Se veían tan desesperadas y perdidas. Algunas cuchicheaban palabras sin sentido a personas invisibles, otras se carcajeaban o lloraban sin propósito y una mujer vieja de pelo grisáceo me estaba dando empujones y; a base de guiños, asintiendo sabiamente la cabeza y levantado lastimeramente los ojos y las manos, me reconfortaba diciendo que no les prestara atención a las pobres criaturas, pues todas estaban locas.
—Paren el alboroto —nos ordenaron— y fórmense en una línea, de dos en dos. Mary, agarra una compañera. ¿Cuántas veces debo de decirles que se formen? Quédense quietas —y, conforme nos dictaban órdenes, propinaron varios empujones y de vez en cuando, una bofetada en las orejas. Después de este tercer y último alto, marchamos al interior de un comedor largo y estrecho, donde todas se apresuraron a tomar asiento en la mesa.
La modesta mesa, desprovista de mantel o decoraciones, ocupaba el largo del cuarto. Colocaron unas bancas largas sin respaldos y las pacientes tuvieron que ingeniárselas para pasar las piernas sobre estas y sentarse de frente a la mesa. A lo largo de la mesa, acomodados uno junto al otro, había varios cuencos llenos de una sustancia rosácea que las pacientes llamaban té. Junto a cada cuenco pusieron un grueso pedazo de pan embarrado de mantequilla. Un plato pequeño con cinco ciruelas pasas acompañaba al pan. Una mujer gorda se apresuró y arrebatando varios platos de las personas a su alrededor, vacío sus contenidos en su propio plato. Luego, mientras se aferraba a su cuenco con una mano, con la otra levantó el cuenco de al lado y engulló el líquido de un solo trago. Hizo lo mismo con un segundo cuenco en un abrir y cerrar de ojos. Estaba tan entretenida con sus capturas victoriosas que cuando miré mi porción, la mujer del lado opuesto ya había tomado mi pan sin pedir permiso ni perdón, y me dejó con las manos vacías.
Otra paciente, al ver esto, amablemente me ofreció el suyo, pero lo rechacé dándole las gracias y le pedí más a la enfermera. Tras arrojar un pedazo grueso en la mesa, aprovechó para recalcar el hecho de que había olvidado donde estaba mi hogar pero no había olvidado cómo comer. Probé el pan, pero la mantequilla estaba tan rancia que me resultó imposible comerlo. Una chica alemana de ojos azules al lado opuesto de la mesa me dijo que podía pedir pan sin mantequilla si así lo deseaba y que muy pocas de ellas eran capaces de comer aquella sustancia. Centré mi atención en las ciruelas pasas y me di cuenta que bastaba con unas cuantas. Una paciente me pidió que le diera mis ciruelas. Y lo hice. Mi cuenco de té era todo lo que me quedaba. Lo probé, y una probada fue más que suficiente. No tenía azúcar y sabía como si lo hubieran preparado en cobre. Estaba más desabrida que el agua. También le transfirieron esto a una paciente más hambrienta, a pesar de los quejidos de la Srta. Neville.
—Debes de comer algo —dijo—, si no vas a enfermarte y quién sabe, en un lugar así, puede que enloquezcas. Para una mente sana debes de cuidar a tu estómago.
—Me es imposible comer esa cosa —respondí y, a pesar su insistencia, no comí nada aquella noche.
No tomó mucho tiempo para que las pacientes se acabaran todo lo que era comestible sobre la mesa y luego nos ordenaron formar una fila en el pasillo. Una vez formadas, quitaron el seguro de las puertas y nos ordenaron regresar a la sala de estar. Muchas de las pacientes nos rodearon y tanto ellas como las enfermeras me pidieron que tocara algo. Para complacerlas, acepté tocar mientras la Srta. Tillie Mayard cantaba. La primer cosa que me pidió tocar fue “Rock-a-bye Baby”, y así lo hice. Ella cantó espléndidamente.
Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el
Pittsburgh Dispatch ,
New York World y
Cosmopolitan , entre muchos otros.
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo
La primera vez que me encontré con los nombres de las bombas atómicas tenía doce o trece años. Estaba leyendo una serie de fantasía llamada El círculo del crepúsculo . El segundo libro termina con el bombardeo de Hiroshima. El protagonista, amigo del emperador Hirohito, sobrevive a la explosión, que en el libro es parte del plan siniestro de El círculo del crepúsculo para dominar el mundo a través de sembrar el caos antes del año 2000.
Han pasado más de quince años desde que leí esos libros, pero están frescos en mi memoria. Recuerdo cuando leí el nombre de las bombas Little Boy y Fat Man . En ese momento, más que impresionarme, me pareció irónico, casi gracioso, que alguien llamara así a un arma de tal poder. Ahora me da vergüenza haber encontrado cómicos esos nombres porque como más los pienso, más me incomodan. Me parece retorcido y terrible llamar de esa forma a un arma con la capacidad de matar al instante a decenas de miles de personas. Es más, ¿por qué recordamos los nombres de las bombas antes que los de las víctimas?
Sé que la frase de Hannah Arendt no se refería a esto precisamente, pero, ¿no es esto otro tipo de banalidad del mal?
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Repasemos los hechos, los números, los nombres propios. Hace 75 años, el 6 de agosto de 1945 a las 8:15 de la mañana el B-29, llamado Enola Gay sobrevolaba Hiroshima. Un único avión, recuerdan los sobrevivientes, que no llamó su atención porque pensaron que pasaba de largo hacia otra ciudad. Sin embargo, la aeronave abrió sus compuertas y, al encontrarse sobre su blanco, el puente Aioi, dejó caer a Little Boy , una bomba atómica de uranio que al cabo de 45 segundos explotó a 580 metros sobre la ciudad. El avión dio vuelta. Mientras se alejaban, la tripulación observó la nube en forma de hongo y el centro aplanado de la ciudad. El radio de destrucción fue de 1.6 km, pero el área de las tormentas de fuego se extendió por lo menos 11 km². Cerca del 30% de la población de la ciudad (entre 70 y 80 mil personas) murieron instantáneamente. Media hora después de la explosión, comenzó a llover, una lluvia negra que cayó sobre los sobrevivientes.
Tres días después, el 9 de agosto, el B-29 Bockscar no tenía como objetivo la ciudad de Nagasaki, sino Kokura, pero esta se encontraba cubierta de nubes, así que decidieron bombardear el objetivo secundario. Eran las 10:53 de la mañana, las autoridades japonesas creyeron que los aviones se encontraban en una misión de reconocimiento y no sonaron las alarmas. A las 11:01 se despejaron las nubes y Bockscar soltó a Fat Man , una bomba atómica de plutonio. Explotó a una altura mayor, así que los daños fueron menores que en Hiroshima, pero entre 35 y 40 mil personas murieron al instante.
El 14 de agosto el emperador Hirohito anunció la capitulación de Japón:
El enemigo ha empezado a utilizar una bomba nueva y sumamente cruel, con un poder de destrucción incalculable y que acaba con la vida de muchos inocentes. Si continuásemos la lucha, solo conseguiríamos el arrasamiento y el colapso de la nación japonesa, y eso conduciría a la total extinción de la civilización humana.
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En el centro de Hiroshima se encuentra la Cúpula de la Bomba Atómica, el único edificio que quedó de pie en el hipocentro de la explosión. El edificio se construyó en 1915 y era una sala de exhibiciones, diseñada para aguantar grandes terremotos, así que, aunque quedó justo debajo de la bomba, sus columnas verticales resistieron y no perdió su forma. Toda la gente en su interior murió al instante. Las varillas de metal que forman el domo quedaron expuestas, todas las ventanas explotaron, pero la mayor parte de la estructura quedó intacta y así se preserva hasta el día de hoy.
Alrededor de este domo se estableció el Parque Conmemorativo de la Paz, donde cada 6 de agosto se lleva a cabo una ceremonia conmemorativa para consolar a las víctimas del bombardeo y rezar por la paz mundial. A las 8:15 de la mañana se guarda un minuto de silencio y por la noche se lleva a cabo la Ceremonia de las Farolas, durante la que se sueltan en el río cientos de farolas de papel inscritas con mensajes de paz para despedir a los espíritus de las víctimas.
En el parque hay muchos otros símbolos y monumentos, por ejemplo, el Museo Memorial de la Paz que reúne objetos y testimonios de los sobrevivientes. En una de las vitrinas se guarda un reloj detenido justo a la hora que se detonó la bomba. Barack Obama visitó el museo y el parque en 2016. Junto con el Primer Ministro Abe caminó hasta el cenotafio donde están escritos los nombres de las víctimas, dejó una corona de flores y guardó un minuto de silencio. Detrás de este monumento se encuentra la Flama de la Paz, que se encendió en 1964 y permanecerá prendida hasta que el planeta esté libre de la amenaza de una aniquilación nuclear. Obama no ofreció una disculpa por el bombardeo y Japón declaró que no habían buscado una, sino que tomaban esa visita como una oportunidad para sanar viejas heridas y redoblar el compromiso de desnuclearizar el mundo. Durante la ceremonia Obama dijo: “El recuerdo de la mañana del 6 de agosto de 1945 nunca debe desaparecer. Ese recuerdo nos permite luchar contra la autocomplacencia. Aviva nuestra imaginación moral. Nos permite cambiar”.
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En 1959, Mitsuo Fuchida, un piloto que formó parte del ataque sorpresa a Pearl Harbor, se reunió con el General Paul Tibbets, comandante del Enola Gay , y le dijo: “Hicieron lo correcto. Tú sabías cuál era la actitud de los japoneses entonces, qué fanáticos eran, morirían por el Emperador… Todo hombre, mujer y niño habría resistido la invasión con palos y piedras de ser necesario… ¿Puedes imaginar la matanza que habría provocado una invasión? Habría sido terrible. Los japoneses saben más de esto que los americanos”.
El debate alrededor de las bombas atómicas se centra sobre la pregunta de si eran realmente necesarias para terminar la guerra del Pacífico. De esta pregunta nacen muchos de los conflictos morales, legales y militares de este hecho histórico, cuya interpretación está todavía en el aire. Durante mucho tiempo los Estados Unidos han argumentado que se estimaban casi medio millón de muertes de soldados estadounidenses si se llevaba a cabo una invasión de isla en isla. La guerra se habría extendido mucho tiempo más. Al juzgar la precisión de estos números, algunos historiadores opinan que son una exageración, mientras que otros creen que el saldo podría haber sido incluso mayor.
Otros historiadores con visiones menos indulgentes y algunos almirantes del ejército estadounidense aseguran que para el verano de 1945 Japón ya había perdido la guerra y que sitiar las islas con submarinos podría haber hecho que los japoneses se rindieran sin que fuera necesaria una invasión.
A la par que se hacían estimaciones para todos estos planes, los japoneses estaban intentando que Rusia fungiera como mediador del conflicto. Sin embargo, Rusia declaró que lucharía de parte de los Aliados el 9 de agosto. Hay historiadores que opinan que este hecho, más que las bombas, fue lo que convenció a los japoneses de rendirse.
Durante el resto de su vida, el expresidente de los Estados Unidos Harry S. Truman se quejó de esta pregunta y defendió la decisión de utilizar las bombas atómicas, pero, según uno de los miembros de su gabinete que estaba presente en ese momento, el 10 de agosto Truman dijo que no le gustaba la idea de matar a “todos esos niños”. Este debate me recuerda que la historia raramente es fija y que la reescribimos una y otra vez desde el presente.
ilustración por Eduardo Ramón Trejo
Se calcula que a causa de la explosión en los meses subsecuentes murieron entre 90 y 140 mil personas en Hiroshima y entre 60 y 80 mil personas en Nagasaki debido a heridas, quemaduras y envenenamiento por radiación, al que se le llamó “enfermedad de bomba atómica”. El número de supervivientes o hibakusha es mucho mayor: se han reconocido 850 mil personas, de las cuales sólo 145 844 todavía están vivas.
Durante la ocupación de Japón, los Estados Unidos prohibieron que se hablara sobre las consecuencias de las bombas y los sobrevivientes tenían que ocultar su condición. Este secretismo y la creencia de que la enfermedad de radiación era contagiosa, ha causado que los sobrevivientes y sus hijos sufran discriminación a pesar de que la mayoría de los estudios han concluido que los hijos de hibakusha no presentan alteraciones genéticas o enfermedades a causa de la radiación.
Entre los hibakusha más famosos se encuentra Tsutomu Yamaguchi, el único reconocido como nijū hibakusha , que significa que sobrevivió a ambos bombardeos. Se cree que al menos 200 personas dejaron Hiroshima después de la explosión para refugiarse en Nagasaki. Yamaguchi vivía en Nagasaki, pero se encontraba en Hiroshima en un viaje de trabajo. El 6 de agosto estaba preparándose para salir de la ciudad y se encontraba a sólo 3 km del hipocentro cuando se detonó la bomba. Aunque sufrió quemaduras, sobrevivió y junto con sus colegas buscó refugio. Al día siguiente partió hacia Nagasaki, donde llegó el 8 de agosto por la noche. En el momento en que la segunda bomba explotó, Yamaguchi se encontraba en su trabajo describiendo el primer bombardeo, de nuevo a 3 km del hipocentro. Una vez más sobrevivió. Perdió la habilidad de oír del lado izquierdo, pero por lo demás vivió una vida sana hasta que murió de cáncer en el 2010 a los 93 años.
Mucho menos afortunado fue el caso de Sadako Sasaki, otra célebre sobreviviente que tenía apenas dos años en 1945. La onda de choque la catapultó por la ventana, pero la bebé sobrevivió sin heridas aparentes. Diez años después, le diagnosticaron un tipo de leucemia maligna debido a la exposición a la radiación. Murió menos de un año después el 25 de octubre de 1955. Sus compañeros y amigos hicieron una colecta para erigir un monumento en su memoria y en 1958 se desveló una estatua de Sadako sosteniendo una grulla de origami dorada en el parque Conmemorativo de la Paz en Hiroshima. Durante los meses antes de su muerte, Sadako se propuso la meta de doblar mil grullas de origami, puesto que, según una leyenda, de lograrlo podría pedir un deseo. Su familia cuenta que Sadako logró su objetivo y que, de hecho, dobló al menos 300 grullas más, pero su deseo no se hizo realidad.
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En el 2007 un grupo de intelectuales de Hiroshima creó una organización no oficial llamada The International Peoples’ Tribunal On the Dropping of Atomic Bombs On Hiroshima and Nagasaki y el 16 de julio del mismo año emitieron un veredicto. Al tomar en cuenta la exterminación indiscriminada de toda forma de vida en las ciudades y el sufrimiento innecesario que le causó a los sobrevivientes, el tribunal encontró que el uso de las armas nucleares debía considerarse como ilegal según el derecho internacional humanitario.
La pregunta en el centro de este veredicto es si deberían considerarse el uso de bombas atómicas como crímenes de guerra. Sin embargo, ninguno de los tratados o protocolos que se han rectificado durante el siglo XX condena el uso de armas nucleares. En casos como las Conferencias de la Haya es porque la idea de este tipo de armas ni siquiera existía y al leer todos estos tratados con cuidado, uno se encuentra con que pueden interpretarse de muchas maneras. La pregunta es entonces si más allá del derecho internacional, podemos como humanidad condenar el uso de las armas nucleares. Peter Kuznik, el director del Instituto de Estudios Nucleares de la American University , le escribió a Truman que los bombardeos nucleares de Japón no eran un crimen de guerra, sino un crimen contra toda la humanidad.
Leo Szilárd, quien tuvo un papel central en el Proyecto Manhattan, declaró en 1960 que, si los alemanes hubieran usado la bomba atómica sobre dos ciudades de Estados Unidos, por ejemplo, Buffalo y Rochester, y luego hubieran perdido la guerra se les habría condenado por crímenes de guerra en Nuremberg.
En el documental The Fog of War , el antiguo secretario de defensa de Estados Unidos Robert S. McNamara habla sobre este hecho y se pregunta cómo puede ser que una acción sea inmoral si se pierde la guerra y no inmoral si se gana.
No hay que olvidar que los vencedores son los que presiden los tribunales y escriben la historia.
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Después del bombardeo de Hiroshima, Tokio tardó varias horas en responder al desastre. Se dice que el emperador y su gabinete no supieron que se había utilizado un nuevo tipo de bomba hasta dieciséis horas después cuando el presidente Truman lo anunció desde la Casa Blanca. Días después, las emisoras de radio en Tokio describían la devastación: “Prácticamente todas las cosas vivas, humanos y animales, se quemaron hasta la muerte”.
Aunque esto es cierto, algunas cosas vivas sobrevivieron. Entre ellas, 170 árboles en Hiroshima y 50 en Nagasaki, que se han regenerado a lo largo de todas estas décadas. Se les llama Hibakujumoku , los árboles sobrevivientes, y han sido preservados como monumentos vivientes alrededor de la ciudad. Uno puede encontrar una lista de los especímenes en internet, pero algunos de los más famosos son los seis ginkgos que se encontraban a 1.6 km del hipocentro y que se han convertido en un símbolo de esperanza. Otro es el eucalipto que se encontraba a 740 m de la explosión en el castillo de Hiroshima, construcción que quedó destruida, mientras el árbol sobrevivió.
Otro árbol que salió ileso fue el llamado bonsái Yamaki, un pino blanco japonés que se cree fue sembrado en 1625 y se encontraba a tres kilómetros de la explosión en la casa de la familia Yamaki. Desde 1975, el bonsái se encuentra en el Arboretum Nacional de Estados Unidos en Washington D.C.
Después del bombardeo de Hiroshima se creía que nada volvería a crecer en el sitio por al menos tres décadas, pero, para la sorpresa de los habitantes, la primavera siguiente las adelfas florecieron y se convirtieron en su flor oficial, como símbolo de que la ciudad y sus habitantes podrían recuperarse después de la tragedia.
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Dos días después del bombardeo de Nagasaki, el presidente Truman declaró: “El único idioma que parecen entender es el que hemos estado usando para bombardearlos. Cuando se lidia con una bestia, hay que tratarla como una bestia. Es lamentable y, sin embargo, es verdad”. Esta cita ilustra muy bien que los estadounidenses habían deshumanizado a su enemigo hasta el grado de que frente a ellos no había personas, sino animales. Esto hizo que la decisión de matar a cientos de miles de personas fuera más fácil de tomar.
Escribo esto después de cuatro meses de encierro por la pandemia, un fenómeno que ha golpeado a toda la humanidad a la vez. Es un momento histórico diferente, donde no existe otro, ni un enemigo, sólo muchos seres humanos pasando por un encierro similar, un dolor similar. No puedo ser empática con la deshumanización del adversario que sucede durante la guerra. Tal vez por eso me impresionó tanto una entrevista que vi en YouTube con Theodore “Dutch” Van Kirk, navegante del Enola Gay .
En ella cuenta cómo Paul Tibbets, el piloto y comandante del Enola Gay , lo buscó para una misión que, si no terminaba con la guerra, por lo menos la acortaría. Sobre la bomba dice: “Dejamos caer la bomba y salvamos muchas vidas. Nuestras y de los japoneses, habría sido un baño de sangre si hubiéramos invadido Japón. Ellos sabían que estábamos en camino, sabían exactamente adónde llegaríamos y sus armas nos estaban esperando”. En el video narra la misión, la visión de Hiroshima destruida, “aplanada”, desde las alturas mientras se alejaban, el hongo atómico detrás de ellos.
Al final cuenta que, cuando los niveles de radiación de Nagasaki bajaron lo suficiente, él fue enviado a la ciudad. La entrevista termina con estas palabras: “Después de la guerra, muchas personas viajaron a Japón para visitar Hiroshima y Nagasaki. Fue cuando estuve apostado en Nagasaki que vi uno de los momentos más tristes de la guerra. Estábamos de pie, hablando entre la ciudad destruida, aplanada, cuando un autobús se detuvo cerca. Se bajó un soldado japonés, de regreso, en busca de su hogar. ¿Qué le dices a ese hombre? Fue uno de los momentos más tristes de mi vida”.
Y allí, con esas palabras, el enemigo deshumanizado, bestial, al que Van Kirk y el resto de los estadounidenses se habían enfrentado, vuelve a ser humano. Un soldado más que regresa a una ciudad destruida en busca de su hogar. ¿Qué le dices a ese hombre? ¿Qué consuelo puedes ofrecerle?
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El nivel de aprobación del uso de las bombas atómicas ha disminuido constantemente desde 1945, cuando el 85% de los estadounidenses aprobaban el bombardeo. En cambio, para 2015 la aprobación había disminuido hasta el 57%. Sobre todo, la gente joven es la que desaprueba.
Sin embargo, en el 2017 la universidad de Standford realizó un estudio donde preguntó si la gente aprobaría el uso de una bomba atómica en la situación hipotética de que mataría a 100 mil iranís, pero evitaría una invasión en la que morirían 20 mil soldados estadounidenses. El 67% contestó que aprobarían el uso de una bomba atómica en estas circunstancias.
Al leer estos números pienso en un momento durante los Juicios de Crímenes de Guerra de Tokio, en 1946. El jurista Radhabinod Pal citó las palabras del Emperador Guillermo II de Alemania que dijo que para terminar la primera Guerra mundial era necesario que “todo pasara por el fuego y la espada; hombres, mujeres, niños y ancianos tendrán que sacrificarse y no habrá árbol o casa que se mantenga en pie”. Pal concluye que “la política indiscriminada de matar en pos de acortar la guerra es considerada un crimen. Durante la Guerra del Pacífico, si hubo un momento semejante a la carta del Emperador alemán fue la decisión de los poderes Aliados de usar la bomba. Las generaciones futuras lo juzgarán”.
Setenta y cinco años después, Little Boy y Fat Man siguen siendo las únicas bombas atómicas que se han usado, pero once países tienen este tipo de armas. A veces me pregunto si ya ha llegado esa generación futura o si todavía seguimos esperando.
Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos
Grados de miopía y de los libros de cuentos
Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio . Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.
Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
(Zapopan, 1987) En su carrera como diseñador de revistas y de agencias publicitarias, el jalisciense ha creado un estilo reconocible, vibrante, lleno de referencias nostálgicas pero, paradójicamente, siempre fresco y actual. Sus ilustraciones para revistas como Generación, El Fanzine, Expansión y Tierra Adentro lo colocan como uno de los más creativos diseñadores a seguir.
Las representaciones del narcotráfico y las distintas violencias que engloba han aumentado considerablemente en los últimos años. Tal fenómeno parece estar relacionado con la circulación constante de productos audiovisuales que las plataformas mainstream y los medios de comunicación transmiten a diario . Si bien en los años noventa comenzaba a cobrar relevancia la figura del capo por la rápida expansión del narco en la sociedad mexicana, en la actualidad no falta el estreno en la televisión abierta o en Netflix de series que, a forma de biopic , van trazando la vida de los grandes narcos. Su lógica biográfica es lineal: se narra desde que eran unos mozalbetes hasta que, luego de grandes periplos no exentos de asesinatos, traiciones y venganzas, logran amasar dinero, fama y prestigio a través de la delincuencia (El Chapo , El señor de los cielos , Narcos , etc). La popularidad de dichos programas no parece sino remarcar algo: el narco llegó para quedarse.
¿Hemos normalizado tanto la violencia que personajes como El Chapo y Pablo Escobar ya no nos parecen personajes deleznables u objetos de crítica, sino símbolos del heroísmo y la superación personal? La respuesta es compleja. Para muchos de nosotros, que nacimos en los noventa, leer titulares que hablan sobre matanzas o de cómo el crimen organizado ha penetrado y desmantelado el tejido social nos parece algo cotidiano. Enterarnos de cifras y no de nombres (como de los 72 migrantes centroamericanos masacrados por los zetas o de las miles de personas que son desplazadas año con año por la violencia del narco) forma parte de nuestra realidad. Una realidad que, simplificada u obviada por algunas de las series mencionadas, se vuelve tolerable y, en algunos casos, hasta deseada.
Ante semejante panorama, me surgen las siguientes preguntas: ¿cómo representar lo irrepresentable?; ¿es posible que el lenguaje (con sus limitaciones) capture la brutalidad que brilla, justamente, por su carencia de límites?; ¿cómo exponer el despojo paulatino de los espacios públicos en manos de los cárteles y los logros mínimos por parte de las autoridades en su recuperación?; ¿cómo hablar, en fin, de los muertos y no de sus verdugos, de las pérdidas que han sufrido y siguen sufriendo muchas familias en las manos del crimen organizado?
Han sido notables los casos en la literatura mexicana cuyas páginas exponen las complejidades del narco y sus efectos en la sociedad. Uno de estos casos es Aquí no es Miami , de Fernanda Melchor (publicado originalmente por Almadía en 2013 y reeditado por Random House en el 2017). Eludiendo la presentación de estereotipos y lugares comunes, Melchor opta por escribir un retrato íntimo, fragmentario y a la vez crudo de Veracruz; valiéndose de las herramientas del reportaje y las ventajas de la ficción, traza una cronología que abarca desde la década de los setenta hasta la primera década de este siglo.
Como muchos de sus lectores, mi aproximación inicial a la obra de la veracruzana fue con Temporada de huracanes (2017). Mientras avanzaba en la historia de la Bruja y todos aquellos personajes marginados, criminales y con una sexualidad desaforada, supe que me encontraba con una de las mejores escritoras del panorama mexicano. Fui hipnotizado por su prosa que, sin desdeñar la oralidad y las ventajas de la confesión, conectaba voces, territorios, sensaciones, haciendo de esos párrafos inmensos una danza de imágenes lúgubres y prodigiosas. Al terminar el libro, busqué rápidamente otro para suplir la falta que padecen todos los buenos libros: finalmente se acaban.
En Aquí no es Miami ya son visibles lo temas que a la autora le interesan y le apasionan narrar. A estas alturas, me queda clara la fascinación de Melchor por la violencia y por indagar en los elementos que la propician. Para fortuna nuestra, las crónicas que componen el libro no se limitan a ser un catálogo pormenorizado de oprobios. Todo lo contrario: destacan por la fuerza del lenguaje y sus personajes, los cuales, por alguna u otra razón, se ven arrastrados por la violencia, llámese social, política, familiar o económica. A lo largo de sus páginas, los lectores compartimos el asombro que se lleva la narradora al enterarse de que los supuestos ovnis que veía de niña sobrevolando Boca del Río no eran más que avionetas de narcotraficantes (“Luces en el cielo”), así como el descubrimiento y la constatación de la misoginia en nuestro país, a través de la forma en que se enaltece de un hecho violento (“Reina, esclava o mujer”); no faltan, a su vez, las crónicas que abordan las razones o las circunstancias de alguien que decide meterse al narcotráfico (“Un buen elemento”), así como aquellas que narran los efectos psicológicos de un enfrentamiento armado en la vida de una señora (“Insomnio”). En todos estos relatos, destacan los inicios que obligan al lector a seguir con la crónica para descubrir por qué esa primera escena, como sucede en “Una cárcel de película”:
El traslado inició a las dos de la mañana, en medio de un norte furibundo. Algunos presos ni siquiera alcanzaron a vestirse por completo cuando los agentes federales irrumpieron en las crujías. A golpes y patadas los obligaron a formarse en los corredores, a cubrirse el rostro con los brazos desnudos, a desfilar frente a una valla de soldados que amenazaban con dispararles si se atrevían a alzar la mirada para buscar a sus familiares entre el griterío.
De manera similar a lo que Carlos Velázquez realiza con Torreón en El karma de vivir al norte (2013), las crónicas de Melchor nos permiten trazar una cartografía de su ciudad y de su estado, de cárceles que son desocupadas para grabar la nueva película de Mel Gibson (la ya comentada “Una cárcel de película”) y de aquellos lugares del puerto donde, antiguamente, hubo un gran negocio de mercancías robadas de los barcos (“El cinturón del vicio”). No es vana la comparación entre ambos autores: al igual que Velázquez, Melchor describe el deterioro de un país con un espacio particular; de modo similar al narrador norteño, habla de sus vivencias personales por medio de la historia de los otros (“La casa del estero”). A propósito de lo anterior, Melchor escribe al final del prólogo a esta última edición:
Aquí el lector no hallará ninguna fobia a la subjetividad, ninguna reticencia a sacudir el mecanismo del relato para darles a los hechos humanos un sentido distinto, más próximo al de la experiencia individual que al de la noticia. Tampoco hallará ficción ni fantasía, sólo historias que pudieron ocurrir en cualquier otra parte pero que, quién sabe por qué destino inexorable, no pudieron sino nacer en este sitio.
De acuerdo con Ricardo Piglia , los modos básicos y fundamentales de la narración son la investigación y el viaje. Si ese es el caso, son muchas las indagaciones que se narran en este libro (en torno a la impunidad, a los asesinatos, a la indiferencia), y muchos también son los viajes (los que realiza la autora para recabar información sobre un crimen, los que se ve obligada a realizar a través de los testimonios de los demás). La “subjetividad”, esa palabra tan denostada por cierta clase de periodismo ―aquella que se limita a mostrar cifras, a contabilizar los muertos, a señalar eventos sin reparar en sus circunstancias y las motivaciones de sus implicados― es retomada sin miedos y con destreza. Se sabe: a través de la mirada personal distinguimos solo fragmentos de la realidad. Sin embargo, es justo en la constatación de la imposibilidad de conocer los fenómenos a fondo donde estas crónicas encuentran una de sus mejores armas: “el mundo es ancho y ajeno”, afirmó Ciro Alegría , pero gracias a la escritura se vuelve menos ancho, menos ajeno.
Si en algo encuentran su efectividad los textos de este libro, es en la aseveración de que la violencia, antes de volverse espectáculo o mero titular en el periódico, afecta a ciertos cuerpos, a ciertos sectores de la población. No encontraremos una forma maniquea y limitada de observar el mundo; la frontera entre la maldad y la bondad, entre el amor y el odio, entre el individuo y la sociedad, es borrada y cuestionada constantemente. Exponer la vulnerabilidad a la que se han visto sujetos los veracruzanos y, por ende, los mexicanos, ha sido una tarea que Fernanda Melchor ha logrado con gran maestría y, sobre todo, con gran inteligencia. Es motivo de celebración encontrarnos con libros que nos sacuden de la atrofia con la cual vivimos la mayor parte del tiempo. Solo algo se espera: que Fernanda Melchor siga escribiendo y publicando, seduciéndonos con sus narraciones y obligándonos a explorar esta realidad tan sinsentido donde nos tocó habitar.
Autores
Egresado de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM. He sido becario del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Menciones honoríficas en el Concurso Nacional de Cuento “Beatriz Espejo” 2019 y en la Décima Edición del Concurso de Crítica Cinematográfica “Alfonso Reyes Fósforo” 2020.
Ilustración por Tamara Conforti
Nada como las sopas de perro. Sentarse a la mesa y recibir un humeante plato de ese potaje pastoso y oloroso hecho con las sobras del caldo de res del día anterior, engrosado con tortillas cortadas sin la menor simetría y perfumado con una gran rama de epazote. Como si de una comida para batallón se tratara, las sopas de perro son servidas con desgarbo, a grandes cucharadas y sin cuidar las cantidades de verdura, caldo o tortillas que son depositadas en cada ración. El protocolo de las sopas de perro indica agregar chile de tomate como único complemento y comerlas lo más caliente posible. A este placer se le une otro, de esos que sólo es capaz de dar el azar: el premio de encontrar un pedazo de carne o varios garbanzos.
El caldo de res “se hace solo”, dicen las matriarcas de mi familia. Eso quiere decir, en la jerga de esas cocineras, que solo hay que poner una gran olla de agua e ir agregando, en orden y tiempos tiránicos, los ingredientes que conforman la receta. A esta clase de comidas que “se hacen solas” pertenecen el pozole, el menudo, el picadillo rojo y la birria. No así la sopa de fideo o la fatigosa sopa de arroz. La clave del caldo de res radica en que todos los ingredientes deben quedar cocidos en su punto al apagarse el fuego y pueda inaugurarse el ritual de servir cada plato con variedad de colores y texturas en cada uno de ellos. Esta acuciosa repartición de verduras, legumbres, carne y líquido debe olvidarse al día siguiente cuando los restos del caldo de res son transmutados en sopas de perro gracias a los ingredientes que lo remozan.
Algunos expertos en la historia de la gastronomía indican que los primeros platillos elaborados de la humanidad fueron las sopas. Caldos de hierbas y carnes que habrían cumplido dos objetivos: ablandar las carnes y preparar de un jalón comida para grupos enteros. Esto daría paso a la necesidad, y después a la elaboración, de cerámica y utensilios más complejos para contener los potajes.
José Vasconcelos asegura que “Donde quiera que ha habido arquitectura, ha existido también filosofía; no se llega a construir con gracia y ligereza, con majestad y armonía, mientras no se conquista, en lo espiritual, el orden armónico y sólido de una doctrina filosófica coherente y comprensiva”. [1]Es posible que este tipo de relación se pueda encontrar entre la cultura y la sofisticación culinaria. En un tazón de sopa está contenida la historia de la humanidad: la domesticación del fuego, de las plantas; los intercambios y aplastamientos entre los pueblos de todas las épocas; las expediciones de los naturalistas que introdujeron especies capaces de transformar —y lo hicieron—culturas enteras; las devastaciones sufridas por los países colonizadores; la historia de pueblos refugiados que huyeron de sus países por las muchas guerras; las memorias de las hambrunas; la búsqueda de milagros para paliar las pestes; el misticismo de los curanderos; la soberbia de los hombres en busca de la juventud y el fuego de los afrodisíacos; también la extinción de especies, sustituidas de forma ridículamente cándida por otras que aún existen para ocultar esa calamidad. Encontramos amalgamas culturales, caprichos de los cocineros, el ingenio de las matriarcas. La sopa es el espejo de la familia que la sirve, una instantánea de su raigambre y reflejo de sus hábitos más exquisitos o de sus costumbres más bárbaras.
El origen de la palabra “sopa” se remonta al germánico occidental, fue latinizada como “suppa” hacia el año 500 d.C., y se refería al platillo de rebanadas de pan remojadas con algún caldo. Las sopas más elaboradas se desarrollarían a partir de estas primitivas sopas. Eso sí, el tipo de pan y del caldo variaba según la condición económica de las familias, tal como sucede con la comida en general desde que dejamos de reunirnos entorno a una gran olla en el fuego y comenzamos a segregarnos por categorías.
La jerarquización se extendió a los alimentos, entonces los ingredientes se volvieron “exóticos” o “de primera”, o, más grotesco aún: “orgánicos”, etiqueta paradójicamente representativa de la industrialización de los alimentos que los llevó a un nivel aséptico, homogeneizado e irrisorio, cuando se proclamó a la tierra como una suciedad ineludible y a los procesos de las plantas, arcaicos.
Se desataron esfuerzos enfermizos por reducir el tiempo a los asuntos más esenciales; por eso los pasos en la elaboración de alimentos fueron encerrados en pastillas de sabor, sobres con ingredientes deshidratados y latas de sopa. La sazón, esa esencia personalísima, huella de nuestra relación íntima con el fuego y los alimentos, dejó de ser un problema y se puso al alcance de todos en forma de cubos o virutas desecadas.
Una olla de sopa, desde una mirada mística, conjunta los cuatro elementos y, es muy probable, que la quintaescencia sea la “mano” de quien la cocina. Una sopa puede ser fría o caliente, puede tener como base un consomé o ser un potaje con vegetales, carnes, legumbres y pastas reunidos ahí, como ya vimos, por las más diversas razones.
Las sopas, como ningún otro platillo, tienen la capacidad de representar la pobreza de un hogar y las extravagancias de otro. Mientras que cualquier olla con agua y uno o pocos ingredientes puede convertirse en sopa, una sopa exótica exige nidos de pájaros, aletas de tiburones, almejas de algún golfo paradisiaco, algas endémicas. Como si esto fuera poco, son adornadas con ralladuras de extraños hongos o cortezas de quesos; contener fideos hechos a mano en estado meditativo y ser depositadas en porcelanas importadas, cuencos de madera que imitan, de forma hipócrita, la más extrema rusticidad o en hogazas de pan hueco con tapaderas comestibles.
Ilustración por Tamara Conforti
Las voces de mi familia siempre anuncian con gran pompa cuando hay sopa de pasta. Algunas veces las matriarcas dicen que aunque hicieron tacos, “arrimaron” sopa, como si lo primero fuera una falta y la segunda una expiación de sus antojos. Otras veces proclaman que “hicieron sopa para los niños”, como si esto fuera buena noticia para ellos o como si el valor nutrimental de las sopas fuera indiscutible.
Con todo y sus extravagancias, las matriarcas de mi familia se cuentan entre ellas las mejores recetas de sopas y potajes como muestra de cariño y hermandad al no haber aprendido otras formas de propinarse amor. La otra manera es sirviendo sopas de perro, hoy convertida en manjar, vestigio del pasado miserable de la abuela que para dar de comer a sus diez hijos un día hizo rendir el caldo de res del día anterior agregándole un puño de tortillas y una rama de una plantita que crecía en su jardín.
[1]José Vasconcelos, Historia del pensamiento filosófico . Ciudad de México: Universidad Nacional de México, 1935, pp. 535-536.
Autores
(Guadalajara, Jalisco, 1979) Articulista en Hipertextual. Autora de la columna Reflexiones Apátridas en Notas Sin Pauta. Escribe ensayos en vonnelara.com y edita el folletín Soflama, gabinete de ensayos.