Tierra Adentro
Jorge Luis Borges en su oficina. Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 1973. Extraída de Flickr.

 

 

Prólogo primero

Borges cambió para siempre la forma en que escribimos y leemos. Y sin embargo, Borges nunca escribió un texto de más de diez páginas. Borges leía microscópicamente, de forma miope, y sus textos son el resultado de un proceso de condensación conceptual. De los libros que iba leyendo, se robaba frases que luego insertaba en sus textos para resignificarlas. Con las citas y su erudición, pero también con su oído y la oralidad de la gauchesca construyó una forma literaria única. A falta de un mejor término, Borges se adhiere a lo que él llama “literatura fantástica”. En 1940, con uno de sus mejores textos, “Tlön Uqbar, Orbis Tertius”, incluido en la Antología de la literatura fantástica en 1940, el autor argentino revoluciona el género o, más bien, inventa una nueva forma de escribir y de leer: la ficción especulativa o literatura conceptual.

La ficción especula no sobre la realidad, sino sobre sus efectos en la realidad. Lejos del debate de si un texto es verdadero o falso, las ficciones borgeanas operan de forma autónoma y se elaboran en la brecha entre la erudición enciclopédica y las fórmulas de los géneros populares que se repiten. Borges expande los espacios de acumulación de lo que ya existe y así, con sus objetos textuales microscópicos llenos de paradojas, irrumpe en la literatura universal como nunca nadie lo había hecho.

 

Prólogo del origen verdadero

Todo origen se construye como una teoría, hipótesis o conjetura. La teoría del origen de una amistad es donde surge un proyecto literario. Geraldine y yo somos Macedonio y Borges. Ella cuenta anécdotas y en una conversación puede elaborar las ideas más complejas de la manera más sucinta posible, con un ejemplo que lo deja todo clarísimo. Yo no hablo mucho pero absorbo lo dicho para después elaborarlo de forma escrita. A ella le cuesta mucho escribir, lo hace a cuentagotas. Yo escribo con facilidad, lleno cuadernos enteros. Pero mis mejores ideas surgen en conversación con ella y vienen de sus intuiciones que después yo plagio para continuarlas, darles otro aliento y espacio. Este mismo texto está plagado de falsificaciones y fabricaciones.

 

Prólogo del origen falso

En su prólogo a Macedonio Fernández, publicado en 1961, Borges cuenta que Macedonio Fernández, su viejo amigo, no le daba valor a la palabra escrita y que cuando se mudaba de casa no se llevaba sus manuscritos, sino que los iba dejando en los armarios. También cuenta anécdotas sobre su mentor, “un hombre mágico”, sobre sus dichos y hasta sobre los alfajores viejos que guardaba debajo de su cama. Geraldine dice que la biografía imposible de Macedonio es la anécdota por excelencia. Tras la muerte de Macedonio, sus amigos, entre los cuales estaba Borges, propagan el mito del autor que intentó insertar ficciones en la realidad. Borges es un maestro de la trama y con pocas palabras logra capturar los gestos fundamentales, acaso ficticios, de la vida de su amigo. En adelante, lo que escribe Borges es la condensación perfecta de los gestos macedonianos en forma de una “biografía de la eternidad”. Borges encausa a Macedonio y su acto fundacional: no se trata de que la ficción imite o refleje a la realidad, como querían los buenos realistas o los vendedores de espejos, sino de insertar la ficción en la realidad y ver cómo actúa y dónde la buscamos. Vivimos en un universo plagado de ficciones y eso es lo que Borges y Macedonio nos hacen ver. La ficción no es ni verdadera ni falsa y esa doble refutación es su forma de operar.

 

Prólogo del precursor

Borges admite que admira tanto a Macedonio que lo imita y lo plagia en su propia obra. Y, en efecto, muchas de las maniobras literarias que luego Borges perfecciona son absolutamente macedonianas. Macedonio Fernández fue un escritor conceptual radical que publicó poco en vida, aunque su obra fue muy vasta. Su proyecto más famoso es el de las novelas gemelas, Adriana Buenos Aires (Última novela mala) y Museo de la Novela de la Eterna (Primera novela buena). Con su usual sentido del humor, Macedonio dice haber escrito estas novelas de manera simultánea: “escribía por día una página de cada, y no sabía tal página a cuál correspondía; nada me auxiliaba porque la numeración era la misma, la calidad de papel y tinta, igual la calidad de ideas”. Aunque le añadió el epíteto de mala a su última novela y de buena a la primera, su idea es que juntas funcionan como un programa pedagógico.

Macedonio usa su última novela mala como un ejemplo que denuncia la decepción de ciertas prácticas de representación y propone en su primer novela la inserción del arte en la realidad. Adriana Buenos Aires, epítome de la novela realista, nos muestra un mal ejemplo de cómo el lector se puede perder en la trama de la novela y le presta toda su atención a asuntos triviales, romanticos y efímeros. Para Macedonio, la “continuidad de mentira es la dignidad del Arte de la novela”. En contraste, Museo de la Novela de la Eterna es una obra maestra de cómo escribir una novela sin novela que constantemente se interrumpe y nunca llega a comenzar y que busca una “conmoción total de la conciencia”. Es una novela compuesta casi enteramente de prólogos y una sección de la “novela” en donde no sucede nada y se pospone la acción.

De Macedonio, Borges toma su manera única de insertar formas de pensar dentro de la trama, su sintaxis oral y en ocasiones anticuada, y la manera en que reiteradamente juega con su metafísica en contraste con la ficción. Toma también a Macedonio mismo y a su mito como parte fundacional de su obra, su precursor, para transformar su carácter memorable en anécdotas. Dice Borges: “Para mostrar a Macedonio no he hallado mejor medio que las anécdotas, pero éstas, cuando son memorables, tienen la desventaja de convertir a su protagonista en un ente mecánico, que infinitamente repite el mismo epigrama, ahora clásico, o tiene la misma salida. Otra cosa fueron los dichos de Macedonio, imprevisiblemente agregados a la realidad y enriqueciéndola y asombrándola.”

 

Prólogo de la amistad

Tuvimos momentos difíciles en la amistad, pero pese a todo continuó. Lo que escribo es testamento de ello. Tengo un documento lleno de “cosas que dice Geraldine”. Entre otras, hay aforismos metafísicos o simples anécdotas como estas: “buscando un efecto de lo que ya no es causa” (20 de Octubre, 2013) o “pero en Guate conoció a este hombre, con el que se casó, que era más que pobre y pues todo lo demás fue solo tristeza”. Preservo su oralidad y genio en estas notas para capturar la anécdota en mi entramado. Soy su Borges, capturando su vida y propagando rumores acerca de su persona y sus dichos, que enriquecen y asombran a la realidad.

 

Prólogo del novelista que no fue

En Respiración artificial, Ricardo Piglia declara de forma provocadora que Borges clausura el siglo XIX y Roberto Arlt inaugura el siglo XX. En “Borges novelista”, Juan José Saer juega con el hecho de que Borges jamás escribió una novela y muchas veces declaró no tener ningún complejo de inferioridad ni vergüenza por no haberlo hecho. Es posible que, para Borges, Macedonio Fernández clausuró el género de la novela con su proyecto de las novelas gemelas. En la obra de Borges se condensa de forma muy precisa la teoría de la narración macedoniana: un rechazo del aconcecimiento, de la causalidad natural y de la inteligilibilidad histórica. El ensayo de Saer concluye de forma contundente en ese sentido: “Si las novelas del siglo XX no son novelescas, y si Borges no ha escrito novelas, es porque Borges piensa, y toda su obra lo demuestra, que la única manera para un escritor en el siglo XX de ser novelista, consiste en no escribir novelas”.

 

Prólogo al nacimiento

Jorge Luis Borges nació un 24 de Agosto de 1899. Y sin embargo, me es difícil imaginarlo como un recién nacido. Borges siempre es viejo, siempre está en blanco y negro; habla de forma pausada y buscando con calma las palabras que se le escapan. Borges nació con la Enciclopedia Británica en sus anaqueles y con el habla del Río de la Plata en el aire. La erudición, que necesita tiempo, es la sintaxis de Borges, su forma de narrar: conecta los elementos dispersos de las series o listas que trama en sus historias o ensayos. Y sin embargo, todo texto de Borges nos deja la sensación de que hay algo más allá de lo dicho, más allá del tiempo y la identidad, quizás la mera felicidad: “El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad” (Jorge Luis Borges, “El hilo de la fábula”).

 

Prólogo del lector

Borges plagió a Macedonio y con ello inventó una nueva forma de escribir y, sobre todo, de leer. El nacimiento de Borges se celebra en la Argentina como el día del lector y es que, antes que nada, Borges fue un lector agudísimo, microscópico, obsesivo. Los cuentos de Ficciones y El Aleph son insuperables y cambiaron radicalmente la forma en que leemos y escirbimos en América Latina. Si Macedonio conceptualizó al “lector salteado”, que entra y sale de la obra a su antojo, Borges conceptualizó a un “lector comprometido con el pensamiento” que va por la trama y se deja sorprender por la cadencia y sigue buscando el hilo perdido que solo encontrará en un acto de fe.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Bradbury. Ilustración por Richard Zela.

Por el cosquilleo que siento en mis pulgares, en la punta de mis dedos, sé que algo extraño y retorcido se aproxima. La rareza, llena de asombro y oscuridad, pero principalmente de nostalgia; va y viene por el aire de otoño.

Esa extrañeza se esconde en las profundidades marítimas, esperando por millones de años el sonido espectral de una llamada; controvertida, bajo el ruido de un trueno que todo lo confunde; conmovida, como una mujer que ve a su esposo construir un cohete falso para llevar a sus hijos al viaje de sus vidas.

Ray Bradbury (1920-2012) nació el 22 de agosto de 1920, en Waukegan, Illinois, un pueblo de la América Profunda donde los prejuicios raciales, la ignorancia y la depresión hacían mella.

Los años que siguieron en la historia del gran fantasista, convirtieron su vida -la de un escritor que buscaba el pan en las revistas Pulp– en una carrera como autor de revistas más serias, como la publicación Mademoiselle (revista americana fundad en 1935), en la que un joven caricaturista del New Yorker, el casi desconocido Charles Addams, creador de la famosísima familia Addams, ilustró lo que terminaría siendo una de las obras más personales de Bradbury: De la ceniza volverás (2001). Lo que siguió después de esas primeras publicaciones terminó por convertirlo en uno de los grandes clásicos norteamericanos del siglo XX.

Se han dicho demasiadas cosas de Bradbury. Yo no estoy aquí para decir algo nuevo, sino para sumar a esa marejada de autores que elogian, con toda justicia, la obra bradburyana, un texto más, una aspiración al sueño de aquel hombre que trascendió la oscuridad, la fantasía y el miedo; incluso ese temor a la bomba nuclear, a los soviéticos, del que habla Stephen King en Danza macabra (1981), y que parece tejer para siempre el aura que pendía sobre las cabezas de los norteamericanos durante años. El temor a la guerra nuclear, hasta a la destrucción de la humanidad, puede notarse en la literatura de Bradbury y en la de contemporáneos suyos; hay películas que así lo atestiguan.

Bradbury se hizo famoso siguiendo la estela de la Weird Tales, aunque nunca se convirtió en un escritor al estilo de H.P. Lovecraft, Clark Ashton Smith, y por suerte tampoco en un August Derleth. En Unutterable Horror V. 2 (2014), S.T. Joshi se sorprende de la cualidad especial de Bradbury, quien, a pesar de elogiar a los autores ya mencionados, escribe una obra que nada tiene que ver con los mundos de Los Mitos de Cthulhu, o con los universos de Clark Ashton Smith, que reunió Lin Carter para Ballantine Books en tres tomos: Zothique (1970), Hyperborea (1971) y Xiccarph (1972)1.

La construcción imaginativa de Bradbury posee un muy especial espíritu otoñal y melancólico que terminó por florecer en la idílica e imaginaria Green Town2.

Los cuentos de Dark Carnival (1947), que pueden ser leídos en la versión extendida y revisada: El país de octubre (1955), fueron publicados por August Derleth en la ya mítica editorial Arkham House. Bradbury, de esta manera, se daba a conocer al mundo como un gran nombre en la literatura de terror, pero ¿lo era realmente? Cuando uno escucha la palabra, ese apellido, Bradbury, que suena como a trueno o a sándwich con queso y pepinillos (muy americano), le viene a la cabeza las naves espaciales, principalmente los cohetes, o quizá un hombre con una manguera en las manos, expeliendo fuego en lugar de agua.

Para los más entendidos o curiosos, Bradbury remitirá a un hombre atiborrado de tatuajes que cuenta historias imposibles sobre lluvias infinitas y viajes a planetas no tan lejanos a la Tierra; también a carnavales que abundan por ahí para contarnos narraciones del tiempo. De igual forma, por supuesto, habrá dinosaurios que provocarán desajustes en la línea espacio-temporal que conocemos.

El hombre de Illinois no fue una voz de la narrativa de terror, y nada más. Ni siquiera podría afirmar que fue un pionero de la ciencia ficción únicamente, pues aunque los cohetes, las videollamadas (que en esta temporada de pandemia nos parecen de lo más normal) y las máquinas espeluznantes, estén en su cabeza y en las hojas de sus libros; también podría decirse que fue un gran escritor. Haber logrado algo así no es poca cosa.

A la manera de Le Guin, podríamos creer que la obra de Bradbury merece estar junto a la de cualquier otro autor cuyo apellido empiece con la letra B. Pasando por Honoré de Balzac, Charles Baudelaire, Samuel Beckett, o Saul Bellow. La literatura de subgénero tiende a seguir ciertas pautas que la “encuadran” en determinado estilo: los detectives, para la narrativa policíaca; el romance complicado, para la novela rosa. Sin embargo, autores que escriben dentro de un espacio que muchas veces reniega de la mimesis, no olvidan las grandes preguntas filosóficas de la literatura ni el estilo de la prosa. Aquí un ejemplo bradburyano:

“El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años…”

Por supuesto, esta es una traducción y un pequeño ejemplo de la difícil transición entre la prosa inglesa de Bradbury al español, como lo es también la de tantos escritores, de Virginia Woolf a Lovecraft.

Sin embargo, el punto, y si se quiere leer en inglés este será refrendado, es que el autor de Illinois no buscaba tan solo la literatura espectral, el aullido, la sangre, el tentáculo. Le importaba poco la basura efectista, lo que buscaba era la poesía, el uso complejo del lenguaje, hasta los juegos con los significados de los nombres de sus protagonistas. Además, la profundidad y el significado de sus historias, desde La feria de las tinieblas (1962), hasta Fahrenheit 451 (2009), se manifiesta como una búsqueda personal, una reflexión que convierte su literatura en una posibilidad de atisbar el alma humana.

Lovecraft, en El horror en la literatura sobrenatural (publicado en 1927, y luego revisado y expandido en la edición de 1934), habla de la importancia del ejercicio literario incluso en las obras populares. Para él, era importante la calidad en la prosa, no solo el efectismo de las historias. Bradbury, como Lovecraft, también buscaba hacer literatura, no solo diversiones populares.

Bien podemos imaginarnos a un Bradbury niño, girando en sentido inverso sobre un carrusel, con la Marcha Fúnebre siendo tocada al revés, convirtiéndose en ese infante aterido de frío y gusto y miedo, en una tarde otoñal, frente al desfile de los muertos, junto a los niños que avanzan para pedir dulces o amenazar entonces con una jugarreta. Bradbury en un día de verano, esperando ansioso la llegada de la feria, el olor de los algodones de azúcar, de las palomitas de maíz, de la bosta de caballo, de elefante.

Gran parte del imaginario del autor permite enfocarnos en un punto distante de la narrativa americana, donde mitos fundacionales que permearán en la cultura occidental están naciendo. No es casualidad recordar Eso (1986), de Stephen King, cuando se revisa La feria de las tinieblas (1962), porque su aura, sus temas y obsesiones, harán mella en los escritores tanto de ciencia ficción como de cualquier otro género (incluso de aquellos que no llevan género en sus cuentos o novelas).

Bradbury es regularmente emparejado con Richard Matheson, otro de los fantasistas que parecieron fundar una época, la literatura especulativa y extraña de mediados de los años 50. Esa generación publicó durante la época más imaginativa de la Guerra Fría. A veces se olvidan de mencionar a una escritora igual de trascendente como Bradbury: Shirley Jackson, una autora tan interesante e inconmensurable como Matheson o Bradbury, aunque su estilo se enfocara en las oscuridades íntimas de la mente, de lo que ocurre en la cocina o en la alcoba.

Como hizo Shirley Jackson con su exploración de lo que se llamó “Domestic Chaos”, Bradbury también revisita las casas de las familias americanas, de personas que tratan de asistir a sus propias vidas con la frente en alto y con los ideales aún incorruptos de ese “American Dream”, y que aun así se hacen preguntas, muchas de ellas incómodas, sobre el tiempo, la muerte, o el otro.

En Crónicas marcianas (1946), Bradbury se hace una pregunta incómoda (muchísimas, en realidad): ¿qué pasaría si los negros abandonaran el país, y no solo el país, el mundo? En el relato “Un camino a través del aire”, expone las heridas abiertas de los prejuicios, del racismo de una sociedad clasemediera que vive su día a día sin preocuparse de su entorno, de lo que ocurre en el mundo. Pueblos en los que nunca pasa nada, donde las mujeres visten de acuerdo a las normas y hacen lo que deben de hacer; lugares en los que la religión permea en la vida de los hombres, donde la violencia soterrada y el machismo siempre imperante se mantiene bajo la carne de los sujetos. Ahí, en esas colonias, Bradbury plantea cuestiones complejas, sentimientos que se exacerban en la imposibilidad aparente de un viaje a Marte.

En su libro de cuentos lo importante nunca es el Planeta Rojo, sino la soledad, los sueños y la certeza de la muerte. Para un lector que desconozca por completo la obra del autor de Illinois, descubrir Crónicas marcianas conllevará a muchas sensaciones, algunas de ellas contradictorias. No es un libro sobre conquista, sobre la fundación de una civilización, sino sobre los sueños, las fantasías y los temores de la gente común, de quienes en ocasiones levantan la mirada y sienten el “calor” de las estrellas.

Es un mundo salvaje el de Bradbury, pero no es uno imaginario. Cuando la población negra se va de ese pueblo de Illinois, en el cuento mencionado, un hombre pretende asustarlos para que no se vayan, incluso juega una mala treta a un joven que trabajaba para él. No lo dejará partir hasta que le pague lo que le debe. El miedo se percibe en el aire, pero no es el del chico, sino el de aquel hombre que ve su mundo derrumbarse. Los otros se van allá arriba, “al cielo”. ¿Y qué le dejan, dónde? La nación triste, la sociedad conformista, temerosa, incluso racista: el infierno. Ellos escapan, ¿es eso justo? Junto con él, sentimos un escalofrío muy humano recorrer nuestra piel.

Ilustración por Richard Zela.

Ilustración por Richard Zela.

El otro, ¿quién es el otro para Bradbury? Siguiendo la idea de Mijaíl Bajtín sobre la otredad, leo Crónicas marcianas o Fahrenheit 451 buscando al enemigo. La época podría hablarnos de ellos: los soviéticos. ¿Dónde están? Suele entenderse el tema recurrente de la invasión de los marcianos (el planeta rojo, de los rojos) o de cualquier otro planeta, como una forma de externalización del miedo hacia la URSS y los enfrentamientos con armas atómicas.

Basta ver el cine de aquellos años y analizar una película como The day the Earth stood still (1951) para comprender ese miedo, esa histeria de la que habla King en Danza Macabra al narrar cómo un día, en el cine, todos se paralizaron cuando la función se detuvo para que el dueño del recinto les hiciera un anuncio tremebundo: los soviéticos habían alcanzado el espacio, el Sputnik estaba sobre ellos. No imagino un evento más terrorífico que aquel: un niño blanco, estadounidense, nacido poco antes de los años 50, se entera de que no han sus compatriotas quienes alcanzaron el espacio, sino sus enemigos. En la mente de King, de muchos de esos niños, la Guerra Nuclear nunca estuvo tan cerca. Quizá un evento que podría superar esa sensación de inseguridad y terror fue el incidente del 9/11.

Stephen King comprendía que ese evento marcaba a toda una sociedad, la más influyente en siglos, y Bradbury sabía que esa misma importancia, tal impronta mental, no podía ser eludida. Sin embargo, la paranoia hacia “el otro” en Bradbury, puede explicarse de una manera distinta. No es el racismo que exhibió, por ejemplo, Lovecraft (durante una temporada, y que tampoco era un asunto extraño para la sociedad de la época), tampoco la xenofobia; sino la introspección cuidada, profunda, hacia el corazón de lo humano. Tenemos miedo, terror de nosotros mismos.

Cuando las bombas caen en Crónicas marcianas, o en algún otro de los cuentos de El hombre ilustrado (1951), o de Las manzanas doradas al sol (1953), viene la muerte, el olvido, pero nunca el enemigo; tampoco puede entenderse qué tipo de villano ha sido el causante. La pregunta escondida se revela: ¿acaso habremos sido nosotros? Cuando Montag, en Fahrenheit 451, empieza a liberarse de su prisión mental y acude al viejo profesor de alguna de las “terribles” materias prohibidas -todas aquellas que necesitaban libros-, la duda empieza a cundir en su mente. ¿De quién son aquellos bombarderos? ¿Dónde ocurre la batalla? ¿Qué es la guerra? Y el lector quizá haga el mismo cuestionamiento. ¿Será un invento de la televisión para mantener arriba el sentimiento patriótico, la paz?

El fuego sí que aparece, no como una amenaza velada al estilo El desierto de los tártaros (1940), de Dino Buzzati; sino como una presencia insidiosa que incluso termina por borrar del mapa a una civilización. El renacimiento de la cultura emana de las cenizas, de las tumbas y las hogueras aún encendidas. Irónico, Montag entiende que se buscaba quemar los libros para acallar los pensamientos de la sociedad, de las personas, pero son las flamas las que acaban con ellos también. Y lo que queda no es lo material, sino el conocimiento, la frase recordada, la memoria.

A cien años de Ray Bradbury, podemos estar seguros de que su obra no ha sido olvidada. Quizá, como anuncia S.T. Joshi, el trabajo más relevante del escritor de Illinois esté centrado en las décadas de los 50 y 60. Sin embargo, nunca dejó de escribir, ni siquiera se olvidó de explorar otros intereses como la poesía, o la novela de misterio. Su prosa, siempre contundente como el galope de un semental, entrevera cada uno de sus cuentos, novelas y obras de teatro. Puede verse incluso en el guion que realizó para John Huston, haciéndose cargo de Moby Dick (1956).

No había distinciones para Bradbury ni rigurosidad en los géneros. La ciencia ficción dura nunca pareció importarle, pues no era el artefacto, la nave espacial sofisticada, la terraformación, los ejércitos, las fórmulas engañosas del tiempo. Era la especulación: ¿Qué pasaría si…?, Bradbury lo anuncia en la introducción de El hombre ilustrado. En realidad, lo que hace Raymond Douglas Bradbury es escribir. Y eso, lo tenemos muy claro, le ha dado el estatus de inmortal. De cierta forma lo ha logrado. No está muerto, nunca lo estará.

Como apunte final, quisiera decir que la obra bradburyana resulta especialmente importante para los lectores mexicanos, a pesar de las traducciones españolas, de la lectura en inglés, y de la condición “norteamericana” del autor. México siempre fue importante para él, y se nota, especialmente en obras como El árbol de las brujas (1972), o el seminal El país de octubre (1955). Lo mexicano aparece retratado en la forma del pueblo, a la manera de la visión hollywoodense, pero esa aparente simpleza simbólica (y quizá prejuiciosa) termina por dar paso al deslumbre.

En el relato “El siguiente en la fila” una pareja madura hace un viaje al lugar de las momias, a Guanajuato, que se muestra como un pueblo de nada, un villorrio de gente morena que nunca se despierta temprano y que de cierta manera peculiar adora a la muerte. La visión racista no falta, la mujer parece horrorizada, el país se mete en sus huesos y quiere sacárselos. La protagonista quiere huir de ahí, no soporta la idea de convertirse en un muerto en esta nación bárbara, una momia norteamericana en Guanajuato. Y trata, bajo todos los medios de escaparse. Nuevamente, es la ironía la que golpea con más fuerza.

México también aparece en el libro perfecto para el Halloween, y también para Día de Muertos: El árbol de las brujas, pues ahí, un grupo de niños disfrazados exploran las tradiciones que honran a los muertos, desde el Antiguo Egipto hasta México; la última parada fue Michoacán, donde el lago de Pátzcuaro hace presencia con todo su colorido, en el día más especial para los difuntos, en una de las celebraciones más folklóricas y vistosas del país. Bradbury parece alucinado, y nosotros también, pues sus personajes terminan abrazando al otro, no lo rechazan. “Su día de muertos es mejor que el nuestro”, dice uno de los niños, y esa melancolía infantil queda reverberando en el aire, junto con el sonido de la guitarra, o quizá con el cantar de alguna de nuestras tonadas seminales, “La llorona”.

Bradbury es el país de octubre, el del otoño y, principalmente, es el de la melancolía. Los dorados siempre son resplandecientes en su narrativa poética de sueños en la infancia, marcianos y venusinos. Todo eso, la proximidad de la muerte, el aceptar la condición transitoria, hace que después de terminar un libro del gran, gran Ray Bradbury, uno sonría y descubra que, después de todo, la muerte nunca ha estado del todo ausente.

Afuera, el aroma de las hojas caídas, del dulce de calabaza y chilacayote, aún puede percibirse, mientras nosotros miramos nuestros huesos y recordamos siempre a los muertos, incluido él, que ahora en Green Town, Illinois, canta Beautiful Ohio.

 


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Patio de ‘agitados’ del antiguo Manicomio de Santa Isabel. Grabado publicado por “La Ilustración Española y Americana”. Extraída de Wikimedia Commons.

 

Capítulo XII

Deambulando con lunáticos

 

 

Nunca olvidaré mi primer paseo. Una vez que todas las pacientes se habían puesto sus sombreros de paja blancos, a la usanza de los bañistas en Coney Island, no pude evitar reírme de su apariencia cómica. No podía ni siquiera distinguir a una mujer de otra. Perdí a la Srta. Neville y tuve que quitarme mi sombrero para buscarla. Cuando nos encontramos, volvimos a ponernos nuestros sombreros y nos reímos la una de la otra. Nos formamos en línea de dos en dos y salimos a la banqueta por una vía trasera, vigiladas de cerca por los cuidadores.

No habíamos avanzado gran cosa cuando vi, apareciendo por todos los caminos, filas enormes de mujeres vigiladas por enfermeras. ¡Estaban por doquier! A donde sea que mirara podía verlas marchando lentamente en sus extravagantes vestidos, cómicos sombreros de paja y chales. La vista de aquellas filas pasando una tras otra, me hizo estremecerme de horror. Unos ojos ausentes adornaban sus caras indescifrables, y sus lenguas proferían una maraña de sinsentido. Un grupo pasó a mi lado y tanto mi nariz como mis ojos, me confirmaron que estaban terriblemente sucios.

—¿Quiénes son? —pregunté a un paciente cerca de mí.

—Los consideran los más violentos de la isla —contestó—, son de la Cabaña, el primer edificio de los escalones altos —algunos estaban gritando, algunos maldiciendo y otros tantos cantando, rezando o predicando, según les diera la gana; y juntos, formaban el más miserable ejemplo de humanidad que jamás haya visto. Mientras su estrepitoso andar se disipaba a la distancia, llegó otro espectáculo que jamás olvidaré:

Una cuerda larga atada a unos grandes cinturones blancos que estaban asegurados a las cinturas de cincuenta y dos mujeres. Al final de la cuerda había una carreta pesada de hierro, y dentro de esta, dos mujeres; una cuidándose el pie herido y la otra gritando a la enfermera: “Me golpeas y nunca lo olvidaré. Lo que quieres es matarme” y luego se ponía a sollozar. Las mujeres “en la cuerda”, como las pacientes lo llaman, estaban ocupadas en sus extravagancias particulares. Algunas gritaban todo el tiempo. Una que tenía ojos azules me atrapó observándola, se dio la media vuelta y se desvió tan lejos como pudo, parloteando y sonriendo, con esa apariencia espeluznante y terrible estampada en su rostro. Los doctores bien podrían juzgar su caso sin temor a equivocarse. El horror de ese episodio para alguien que nunca había estado cerca de una persona loca antes, era algo verdaderamente indescriptible.

—¡Que Dios se apiade de ellas! —susurró la Srta. Neville— No soporto mirar algo tan espantoso.

Y así continuaron con su procesión, solo para ser reemplazadas por más filas de mujeres. ¿Se puede concebir una cosa semejante? Según uno de los médicos, hay unas mil seiscientas mujeres en la Isla de Blackwell.

¡Demencia! ¿Qué puede ser más terrible que esto? Mi corazón se llenó de lástima cuando ví a una mujer anciana de cabello canoso, hablándole al aire sin propósito alguno. Una mujer tenía puesta una camisa de fuerza y otras dos mujeres tenían que traerla a rastras. Lisiadas, ciegas, viejas, jóvenes, modestas y bonitas; una masa de humanidad informe y absurda. Ningún destino podría ser peor que este.

Miré los bellos prados, que en algún punto imaginé como un lugar de consuelo y descanso para las pobres criaturas confinadas a la Isla, y me reí de mi propia ingenuidad. ¿Qué tanto podrían disfrutar un lugar así? No se les permite pisar el césped; tan solo existe para observarlo. Vi a algunas pacientes emocionadas recogiendo con mucho cuidado una nuez u hoja colorida que había aterrizado en el camino. Pero no les permitían quedársela. Las enfermeras siempre las obligaban a tirar el único consuelo de Dios que les quedaba.

Mientras pasaba un pabellón pequeño, donde mantenían encerradas a un montón de lunáticas desamparadas, leí una consigna en la pared, “Mientras viva, tengo esperanza”. Lo absurdo de aquella situación me golpeó repentinamente. Me hubiera gustado colocar un letrero sobre las puertas de entrada al manicomio: “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”.

Durante la caminata me molestó la gran cantidad de enfermeras que habían oído mi historia romántica, llamando a los cuidadores a mi cargo para preguntarles quién era yo. Me señalaban constantemente.

No tardó en llegar la hora de la cena y tenía tanta hambre que sentí que podía comerme cualquier cosa. El mismo cuento viejo de esperar tres cuartos de hora en el pasillo se repitió antes de que nos sentáramos frente a nuestra cena. Los cuencos en los que tomamos el té ahora estaban llenos de sopa, y en otro plato había una papa hervida fría con un pedazo de res, que tras una inspección más minuciosa, resultó estar echado a perder. No había cuchillos ni tenedores y las pacientes se veían algo salvajes cuando tomaron la carne entre sus dedos y jalaron en dirección opuesta a sus dientes. Las que tenían pocos o ningún diente, no pudieron comer. Para la sopa solamente dieron una cucharada sopera y un pedazo de pan fue la última entrada. Nunca se permite acompañar a la cena con mantequilla, ni café o té. La Srta. Mayard no pudo comer y vi a muchas de las mujeres enfermizas rechazar su cena con repugnancia. Me estaba sintiendo muy débil por la falta de comida e intenté probar un poco de pan. Después de los primeros mordiscos, el hambre se despertó y pude comer todo excepto la corteza de mi rebanada.

El superintendente Dent atravesó la sala de estar, soltando un ocasional “¿Qué tal?” o “¿Cómo se siente el día de hoy?” por aquí y por allá entre las pacientes. Su voz estaba tan fría como el pasillo y las pacientes no hacían ni el más mínimo esfuerzo por contarle sus pesares. Les pedí a algunas que le contaran cómo sufrían de frío y poca ropa para abrigarse, pero me respondieron que las enfermeras las golpearían si decían algo.

Nunca había estado tan cansada como lo estuve sentada en esas bancas. Varias de las pacientes se sentaban sobre un pie o de lado para cambiar de posición, pero siempre las regañaban y les ordenaban sentarse derechas. Si platicaban, las regañaban y les ordenaban callarse; si querían caminar para estirar los músculos tiesos, les ordenaban sentarse y quedarse quietas. ¿Qué método, excepto la tortura, enloquecería a alguien más rápido que este tratamiento? Se supone que aquí se envían a las mujeres para curarse. Me gustaría que los médicos expertos que me condenan por mi acción (que ya de por sí prueba su incompetencia)  tomaran a una mujer perfectamente cuerda y sana, le callaran la boca y la hicieran sentarse de 6 a. m. a 8 p. m. en bancas de respaldo recto, no le permitieran hablar o moverse todas esas horas, no le dieran nada para leer ni le dijeran nada de lo que acontece en el mundo, le dieran mala comida y un tratamiento hostil, y ver cuánto tiempo tardan en sacarla de quicio. Dos meses son más que suficiente para destrozarla física y mentalmente .

Ya he descrito mi primer día en el asilo mental, y como los otros nueve días fueron exactamente lo mismo en términos generales, sería tedioso contar cada uno a detalle. Al soltar esta historia, seguramente recibiré muchos reclamos y negaciones por parte de quienes quedaron expuestos. Yo simplemente cuento, en palabras comunes y sin exageraciones, sobre mi vida en un manicomio por diez días. Las comidas fueron una de las peores experiencias. A excepción de los primeros dos días después de mi ingreso, no había nada de sal para la comida. Las mujeres hambrientas, algunas incluso al grado de inanición, hicieron un esfuerzo por comer esa porquería que las enfermeras llamaban almuerzo. Le pusieron mostaza y vinagre a la carne y la sopa para darles sazón, pero solo lograron acentuaban su horrible sabor. Sin embargo, el hambre era tal que consumieron aquel platillo a lo largo de dos días, y después, las pacientes se vieron forzadas a tratar de engullir pescado fresco tan solo cocido en agua, sin sal, pimienta o mantequilla; carne de borrego, res y papas sin una pizca de condimentos. Las más locas se negaban a tragar la comida y las amenazaban con castigos. En varias de nuestras caminatas cortas, pasamos cerca de la cocina donde preparaban la comida para las enfermeras y los doctores. Allí vislumbramos melones y uvas y todo tipo de frutas, bello pan blanco y buenos cortes de carne; ante esta aparición, la sensación de hambre incrementaba diez veces más. Hablé con algunos de los médicos, pero no tuvo efecto alguno, cuando salí de ahí la comida aún estaba desabrida.

Mi corazón sufría de ver a las pacientes enfermas, enfermarse más en la mesa. Vi a la Srta. Tillie Mayard tan abrumada por un bocado rancio que tuvo que salir corriendo del comedor y recibió una buena regañada. Cuando las pacientes se quejaban de la comida, les decían que se callaran; que no recibirían tan buena comida en sus casas y que era un desperdicio dársela a personas mantenidas por la caridad.

Una chica alemana, Louise (olvidé su apellido) no había comido por varios días y finalmente, una mañana desapareció. Me enteré por las pláticas de las enfermeras que sufría de una fiebre muy grave. ¡Aquella pobre chica! Me dijo que había rezado sin cesar por una muerte rápida. Vi a las enfermeras ordenar a una paciente llevar al cuarto de Louise toda la comida que las pacientes sanas rechazaban. ¡Imagínense semejante atrocidad para tratar a alguien con fiebre! Por supuesto, la declinó. Luego vi a una enfermera, la Srta. McCarten, ir a tomar su temperatura y regresó reportando que estaba alrededor de los 66 grados. Me reí al oír su reporte y la Srta Grupe, al darse cuenta, me preguntó qué tan alta había llegado mi temperatura. Me rehusé a contestar. Entonces la Srta. Grady decidió probar su suerte. Regresó con un reporte de 37 grados.

La Srta. Tillie Mayard sufrió más que ninguna de nosotras por el frío, y aun así, intentó hacer caso a mi consejo de mantenerse positiva y tratar de aguantar la situación un tiempo más. El superintendente Dent trajo un hombre a verme. Tomó mi pulso, tocó mi frente y examinó mi lengua. Les dije que hacía mucho frío y que no necesitaba supervisión médica, pero que la Srta. Mayard sí, y que deberían de prestarle más atención. No me respondieron y me alegró ver a la Srta. Mayard dejar su lugar y acercarse a ellos. Les dijo a los doctores que estaba enferma, pero no le prestaron atención. Las enfermeras vinieron a arrastrarla de vuelta a la banca y después de que los doctores se fueron le dijeron “Después de un rato, cuando te des cuenta que los doctores no te harán caso, dejarás de molestarlos”. Antes de que los doctores se fueran, oí a uno de ellos decir (no recuerdo sus palabras exactas) que mi pulso y mis ojos no eran los de una chica loca, pero el superintendente Dent le aseguró que en casos como el mío tales pruebas no eran confiables. Después de verme un momento, dijo que tenía la cara más brillante que jamás hubiera visto en un lunático. Las enfermeras traían puestas varias capas de ropa térmica y abrigos, pero se negaron a darnos chales.

Casi toda la noche escuché a una mujer llorar por el frío y orar a Dios para que la dejara morir. Otra gritaba frecuentemente “¡Asesinato!” y luego “¡Policía!” a otras hasta que se me puso la piel de gallina.

La segunda mañana, después de que habíamos asumido nuestro “puesto” del día, dos de las enfermeras auxiliadas por algunos pacientes, trajeron a la mujer que había implorado a Dios que la llevara a casa la noche anterior. No me sorprendió su rezo. Aparentaba fácilmente unos setenta años y estaba ciega. Aunque los pasillos estaban helando, la mujer no estaba más abrigada que el resto de nosotras, que de por sí no era mucho. Cuando la trajeron a la sala de estar y la colocaron en la banca dura, clamó:

—Oh, ¿qué están haciendo conmigo? Tengo frío, mucho frío. ¿Por qué no puedo quedarme en la cama o por lo menos tener un chal?

Entonces se levantaba y tanteaba sus alrededores para salir del cuarto. Algunas veces los asistentes la empujaban de vuelta a la banca, y de nuevo la dejaban caminar para reírse cruelmente cuando se golpeaba con la mesa o el borde de las bancas. En una ocasión, dijo que los zapatos pesados que les daba la caridad lastimaban sus pies, así que se los quitó. Las enfermeras hicieron que dos pacientes se los volvieran a poner y cuando lo repitió varias veces, y batalló por quedarse descalza, conté a siete personas a la vez tratando de ponerle los zapatos. Luego la mujer anciana trató de recostarse en la banca, pero la volvieron a incorporar. El sonido de sus lamentos era tan penoso de escuchar:

—¡Oh, denme una almohada y unas cobijas, tengo mucho frío!

Tras esto, vi a la Srta. Grupe sentarse sobre ella y recorrer con sus manos frías la cara de la anciana y el interior del cuello de su vestido. Se rió salvajemente ante los lloriqueos de la anciana, así como también lo hicieron las otras enfermeras, y repitió su cruel burla. Ese día movieron a la anciana a otro pabellón.

 


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
Fotografía de Miriam Weston

Aquí puedes leer la primera parte

 

 

D: En tu conferencia sobre la sexta extinción hablas de la importancia de las Nature based solutions, ¿existen medidas así en México?

M: Esta tendencia es relativamente nueva así que hay pocos ejemplos internacionales y muchos menos nacionales pero sé que hay una iniciativa mexicana que se llama “Cultivo”. Ellos buscan generar un puente para que empresas puedan invertir en la restauración de bosques, praderas y manglares (Soluciones climáticas naturales) para ayudar a revertir la degradación de la tierra, proteger la biodiversidad y capturar carbono con la ayuda del sector privado. También, en México, tenemos el ejemplo del Grupo Ecológico Sierra Gorda, ellos tienen un plan increíble de conservación, aprovechamiento sostenible, apoyo a las comunidades y generan un retorno de inversión para sus donantes. Aunque no están certificados internacionalmente son un gran ejemplo de nature based solutions.

A nivel internacional, Jeff Bezos, el CEO de Amazon, invirtió un billón de dólares en Nature based solutions, que todavía no sé a qué se van a ir pero hablan mucho sobre rescatar bosques y reforestar. Greta Thunberg está trabajando en una serie donde se van a enfocar en todos estos Nature based solutions, entonces estoy segura que pronto sabremos de muchos más esfuerzos con esta técnica.

Si quieres hablamos un poco más del concepto de Nature based solutions porque vale mucho la pena. Estudios nos dicen que las Soluciones basadas en la naturaleza pueden proporcionar más de un tercio de la mitigación climática necesaria entre ahora y el 2030, de manera rentable para evitar la producción de 10 gigatoneladas de CO2 por año.1

Esto es importante porque creo que todo el tiempo vemos las energías renovables o la tecnología como una solución muy a la mano, pensamos en poner muchos paneles solares o transitar a energía eólica. Desde la geoingeniería, se proponen todas estas soluciones bien locas como hacer máquinas que filtren el CO2 y hagan oxígeno, pero pues ya existen los árboles. ¿Por qué gastar tantos recursos en crear estas tecnologías?, que claro tienen muy buenas intenciones pero son como un parchecito a un hoyo de bala, o a una herida muy profunda.

Es bien importante que hagamos énfasis en que en el mundo de la sustentabilidad existen dos ramas o dos vertientes: la sustentabilidad débil y la sustentabilidad fuerte. La primera plantea que todos los problemas ambientales, derivados de la acción humana —cambio climático, pérdida de biodiversidad— se van a poder restaurar o mitigar por la creación de tecnologías, la implementación de ciencia o el desarrollo científico. Es una apuesta al desarrollo tecnológico, de la creencia que solamente a través de esto vamos a poder remediar el problemón. En cambio, la sustentabilidad fuerte, a la que yo soy fiel partidaria, se basa en un principio de precaución y de decir: no sobre-explotes, concéntrate en preservar la naturaleza. La naturaleza puede acolchonar todos estos problemas, si le dan chance y no abusan de ella. Los árboles pueden hacer su trabajo solo si detenemos la deforestación. Debemos enfocarnos en conservar los recursos que ya tenemos.

Yo creo más en eso porque la naturaleza es súper resiliente y no nos necesita. Es muy importante hacer hincapié en que debemos cambiar el chip mental de que nosotros vamos a cuidar a la naturaleza o que tenemos que protegerla. Cancelen eso porque la naturaleza no nos necesita, y se va a adaptar. Ya ha pasado, después de cinco extinciones sigue aquí: sobrevivió un 30%, un 10% de los seres que tenían que sobrevivir, pero está bien y se adapta. El problema es para nosotros, ¿qué va a pasar con nosotros cuando ya no haya agua limpia?, ¿qué va a pasar cuando en 30 años haya refugiados climáticos? En realidad, ya está pasando, pero imagínate que el sureste se tenga que trasladar porque ya no hay playa.

Hace seis meses estaba viviendo en la reserva de la biósfera de Calakmul, e iba muy seguido a Playa del Carmen. Mi idea era una playa hermosa, un gran terreno de playa y el mar. Tenía como diez años que no iba, ¡y ya no hay playa! El mar llega a los hoteles. En Sian Ka’an hay un pueblo que se llama Punta Allen. Es una islita muy linda de pescadores y ellos platican que hace 20 años podías caminar todavía más o menos otros 20 metros hacia adentro del mar y ahorita ya no. Cada vez les llegan más fuertes los huracanes, les afectan más las sequías.

Todos estos son problemas que ni siquiera se hablan, problemas que van a afectar a las personas porque la naturaleza va a seguir. Qué mejor ejemplo que Chernobyl, decían que ya nada iba a existir en por lo menos 50 mil años y ahorita hay lobos, bosque. Todo está radioactivo, pero hay vida. Hay que deshacernos de esta ideología paternalista de abrazar a los árboles porque somos los seres superiores que necesitamos proteger a la naturaleza.

Todavía no tenemos este gusanito de gravedad. Ahora por el Covid-19 la gente siente ansiedad, o esta angustia de que las cosas están mal porque se ven los efectos, pero cuando les hablas de cambio climático, en conferencias, sobre todo cuando estamos en la normalidad lo ven muy lejano. Te dicen “sí hace un poco más de calor que antes”, pero no hay ese sentido suficiente de urgencia para tratar de salvar las cosas. Esto me preocupa porque tenemos una carrera contra reloj, eso sí es innegable.

Salió un reporte del IPCC (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático) y nos cambiaron la jugada. Antes se creía que el peor escenario ocurriría si la temperatura global aumentaba 2ºC. El reporte nos dijo en 2018 que no, el peor escenario se va a presentar cuando haya un incremento de 1.5 ºC, es algo muchísimo mas próximo. Nos estamos acercando a ese límite, lo que pasará si llegamos a ese límite está para llorar. Es peor que cualquier película apocalíptica que se puedan imaginar: pérdidas de siembra, sequías masivas, efectos tropicales fuertísimos, monzones porque es un ciclo: si hay mucha sequía en algún punto habrá mucha lluvia. No estamos preparados para eventos extremosos.

A mí me sorprende que en Estados Unidos, por ejemplo, en Nueva York, hace unos meses ya empezaron con simulaciones para que, si hay inundaciones o efectos climáticos agresivos, las entradas para el metro se cierren como una plataforma hermética y ya no permita que se inunden. ¿Se imaginan qué tan grave debe de ser que estas ciudades primermundistas ya se están preparando para el peor escenario? Ni siquiera están dando esperanza de que tal vez no pase.

Es súper importante que nos demos cuenta y más si somos de países en vías de desarrollo porque nos va a pegar durísimo. ¿En qué momento vamos a tener los medios, los recursos para hacer una adaptación y cambiar todo los métodos de vida de las personas? Aquí es donde me pregunto, ¿quién está pensando realmente en las poblaciones vulnerables? Las poblaciones costeñas, comunidades que viven dentro de las áreas naturales protegidas o comunidades remotas, que apenas si les llega agua así como están las cosas.

En Calakmul tuvieron una sequía terrible, la gente se quedó sin agua y tenían que pagar por ella. Esas comunidades tienen que pagar las consecuencias de un colectivo y, ¿quién les va a ayudar a ellos?, ¿quién está viendo por ellos?, si ni siquiera hay una conversación de cambio climático o una conversación de estas sequías; todavía peor no hay una conversación sobre cómo vamos a solucionar estos problemas. Al contrario, estamos en un diálogo de hacer desarrollos urbanos, de infraestructura que no contemplan la parte de los problemas ambientales. Ahora sí que, ¿por qué nadie piensa en los niños?, ¿por qué nadie piensa en todo lo que va a venir en —digamos en el mejor de los casos— diez años? Nos hace falta preocuparnos más de esto y tomarlo en serio; lo vemos lejano y no está nada lejano de la realidad.

D: ¿Cuál es la importancia de la autonomía de ciertas comunidades indígenas en la preservación del medio ambiente?, ¿algunas de tus estrategias se relacionan con estas prácticas?

M: Hablando desde la perspectiva de la comunidad con la que trabajo en el Amazonas, realmente están en la primera fila que tenemos contra toda esta depredación masiva de la Amazonía, contra las petroleras que quieren abusar de los recursos, las industrias que quieren talar o construir. Sí tienen esta consciencia súper clara de la dependencia a la naturaleza, por eso lo defienden porque es su modo de vida, para ellos es sagrada. Hay una conexión espiritual. Lo que más deberíamos aprender es eso: la defensa.

Además tienen prácticas que no son tan nocivas, tienen técnicas de cultivo y de ganadería de autoconsumo. No consumen más de lo que necesitan y no producen de más, a menos que necesiten vender y producen para vender, pero no con estas técnicas de agro-destrucción —si le podemos decir así— donde tiran la selva de manera masiva, ni utilizan pesticidas ni fertilizantes. Ellos han heredado técnicas en donde pueden aprovechar la naturaleza sin lastimarla. No es este sistema de producir lo más que pueda a costa de todo para tener incrementar la ganancia. Es una vida mucho más tranquila.

Creo que, además, existe la idea de que estos modelos de vida tal vez no van a permitir que las comunidades puedan crecer o desarrollarse. Al contrario. Me parece importante escuchar a la gente y aprender, tener claro que nuestro concepto de desarrollo puede no ser el mismo para todos.

Muchas veces ya hay un trauma porque son comunidades que vivieron generacionalmente muchísimos abusos. Nos estamos perdiendo de muchísimo conocimiento.  En un viaje a la Amazonía, conviviendo con las comunidades achuares, les pregunté por su medicina tradicional. Tienen muchos remedios de plantas y me contaron que los han visitado muchos científicos, recolectan las plantas, les enseñan qué hacen con ellas, después escriben papers, hacen medicinas, se vuelven millonarios vendiendo estas medicinas y a los achuares ni las gracias. Eso es tristísimo, ni siquiera hay una inclusión como autores de la información en los artículos.

Por el contrario, en Calakmul en la reserva de la biósfera tienen guardaparques, de comunidades originarias, que saben muchísimo de plantas nativas, su conocimiento es fundamental para los censos. A ellos les dan su lugar, los incluyen en los artículos científicos, ponen su nombre y les dan un un reconocimiento. Creo que es lo que tenemos que empezar a hacer porque no está padre esta dinámica donde una parte gana a costa de abusar del conocimiento originario y mucho menos padre esta imponer una ideología de desarrollo o progreso sin detenerse a preguntar qué opinan todas estas comunidades.

D: Mucho se ha hablado del mejoramiento de las condiciones ambientales que ha tenido nuestra ausencia durante la cuarentena, ¿cómo ves ese fenómeno?

M: Yo creo que hay un beneficio a corto plazo. La pregunta que es aquí es, ¿cuánto tiempo va a durar esto?  ¿Vamos a regresar a lo mismo?, ¿vamos a regresar a sobre-explotar todo lo que no explotamos en estos seis meses de cuarentena? Vamos a regresar a volvernos locos y querer consumir más o existirá realmente un cambio de consciencia.

Tanto hay pros como hay contras. Sí ha habido avistamientos de animales en zonas donde eso no sucedía. En Tampico, pudieron ver una nutria bebé. Y así como esta nutria ha habido muchos casos de osos en California, osos negros en Monterrey. Gracias a que hay menos flujo vehicular tambien se reducieron los atropellamientos de algunas especies en Estados Unidos, como los pumas. Según un reportaje de la revista National Geographic, en marzo y abril, el tráfico en las carreteras disminuyó hasta en un 73%. Durante ese tiempo, las muertes por atropellamiento de ciervos, alces, osos, leones de montaña y otros animales salvajes grandes disminuyeron hasta en un 58 por ciento, si esa  tendencia de tráfico se mantiene durante un año, se podrían prevenir 50 muertes de puma en California.2

Obviamente si los animales se sienten más seguros van a seguir saliendo, pero eso no quiere decir que sus poblaciones se van a reparar mágicamente de la nada, a menos que de verdad esto sea para siempre.

Este resguardo puede implicar no utilizar vehículos que producen CO2 o no consumir tanta carne roja, si pudiéramos conservar todos estos cambios a largo plazo tal vez sería mucho más sostenible. Al menos, darnos cuenta que la vida puede ser mucho más sencilla que lo que nos presenta el modelo consumista.

Cuando nos abran las puertas, vamos a querer conocer, estar en contacto con la naturaleza y salir a lugares paradisiacos pero, ¿cómo lo vamos a hacer?, ¿vamos a dejar las playas asquerosas como siempre? O vamos a estar conscientes de que todas nuestras acciones tienen una consecuencia.

Hace poco, tenía un debate con una amiga sobre lo que pasaría con las fábricas al terminar la cuarentena. Ella decía que en cuanto abrieran, iban a querer compensar el tiempo “perdido”. Se acabó la cuarentena en China, por ejemplo, y salió un encabezado en The guardian: la sobreproducción otra vez está afectando la calidad de aire.

¿A eso vamos?, ¿para eso nos pasan estas cosas? Tal vez parezca que podría haber una esperanza, pero si vamos a salir a hacer lo mismo pues no va a ser real. En la cuarentena sí se ha visto un beneficio a ciertas especies, pero no para todas. Hay especies que dependen completamente de la conservación o de la visita de turistas. El turismo sostenible ayuda a proyectos de conservación. La organización Save the rhino depende mucho de que haya literal un guardaespaldas para sus rinocerontes que los proteja de los cazadores. Por la cuarentena tuvieron que reducir su personal, lo cual tiene un impacto en las poblaciones de rinoceronte.

Hace poco también cerraron los parques para visitar gorilas y chimpancés en África, en Ruanda. Un cazador pudo matar a un gorila espalda plateada porque no hay suficiente personal que esté vigilando. Todas las especies que dependen de estrategias de conservación que, a su vez, dependen del turismo, sí están siendo afectadas. Por el otro lado tenemos otras especies que para ellas lo mejor es que no haya personas para que puedan salir a nuevos territorios a buscar presas o tener agua menos contaminada. Depende la especie. Pero hay tantos casos de cosas positivas como negativas. Aquí la cuestión es hacia dónde queremos ir y cómo vamos a regresar a la normalidad.

Un buzo subió una foto de cómo está el suelo marino, no me acuerdo en qué país pero está lleno de cubrebocas. Por otra parte, comprar en línea aunque puede ser muy fácil o muy efectivo, tiene costos extra que no consideramos: el empaquetado de plástico, el transporte que requiere para llegar a tu casa desde quien sabe dónde y la explotación de los recursos. Otra vez se vuelve importante el consumo consciente. Hay que darnos cuenta que tal vez solo estamos consumiendo porque no tenemos otra cosa qué hacer. Si ya lo estamos haciendo mínimo buscar que los residuos que estamos produciendo se separen y se vayan a plantas de reciclaje.

Es importante buscar alternativas, existen diferentes marcas mexicanas como Amai, que venden el shampoo o las cremas sólidas que no tienen bases y son fuentes responsables donde se le paga éticamente a los productores. Si alguien quiere educarse en consumo local, busquen a Enrique Cervantes. Tiene una iniciativa que se llama Mi bonito tianguis. Promueve el consumo local, por la pandemia no pueden hacer los tianguis, pero tienen una tienda, Agua bonita, donde venden estropajos, productos de limpieza de autorrelleno. Los estropajos son naturales, fabricados por artesanos que tardan días en trabajar el material. Él paga un porcentaje correcto y los vende también con un precio diferente para que también gane este tipo de comercio. La gente lo paga porque tampoco es un precio abusivo.

Buscar este tipo de comercio, es súper importante y, sobre todo, quitarnos esa idea de que todo lo que es verde u orgánico es más caro. Este mismo señor hace una comparativa de las manzanas que cultivan en el Estado de México y las manzanas que traen de Washington. Las del Estado salen en 20 pesos y son libres de pesticidas. Estás pagándole bien al agricultor y no hay tanta huella de carbono porque no lo tienes que importar de otro país; te cuesta menos que las que venden en el súper. El mercado sostenible puede estar al alcance de todos y todos podemos volvernos parte de un consumo responsable.

D: ¿A qué personas o medios de divulgación recomiendas seguir para estar al tanto del progreso o deterioro de la biodiversidad?

M: Recomiendo muchísimo Planeta insostenible de Luis Zambrano. De verdad que es una información muy buena, muy clara y da una perspectiva de cómo están las cosas y cómo se pueden abordar los problemas. También, La sexta extinción de Elizabeth Kolbert, si quieren deprimirse y darse un trip de cómo están las cosas en el planeta, este libro habla de muchos casos de cómo las actividades humanas le están dando en la torre a las especies, nos abre los ojos al problema.

Recomiendo mucho seguir a una doctora en sustentabilidad por la UNAM, Cristina Ayala, es una fregona y además es muy buena comunicando los mensajes, la pueden seguir en Instagram como @crisstagram. Si les interesa todo esto de mercados sostenibles pueden acercarse a Rainforest Alliance México, está haciendo un catálogo de todos los productores y empresas que tienen un manejo sostenible de los recursos y técnicas responsables. Obviamente les recomiendo seguir a Animal karma porque nosotros continuamente estamos sacando notas sobre la biodiversidad, tenemos un programa de noticias donde informamos sobre la conservación en México y el mundo todas las semanas. Realizamos entrevistas a expertos, por ejemplo, tuvimos una plática sobre cocodrilos, otra sobre tiburones, y ahí también pueden hacer mucho networking. Así pueden conocer personas que trabajan por la conservación en el país, en diferentes ámbitos.

Te podría dar una lista infinita de personas que recomiendo, Enrique Cervantes se llama @kiquecervantes. Todos los que estoy diciendo son mexicanos excepto el libro de La sexta extincion, para que se den cuenta que no es un asunto global del que México no sepa nada, al contrario hay un montón de iniciativas en el país. Enrique Cervantes sabe mucho de consumo local. @noseaswaste te enseña a reducir tus residuos y también es mexicana.

Para el consumo de ropa consciente y sostenible recomiendo seguir a Espacio vaivén o a Fashion revolution, que tienen una sede en México. Hay un índice que se llama el Fashion transparency index donde clasifican a las empresas o a las marcas de ropa por sus prácticas sostenibles, hacen un ranking y te explican quiénes son transparentes, tienen buenas prácticas de sustentabilidad, pagas responsables a sus trabajadores. Hay mil recomendaciones, si pueden dense una vuelta y también síganos en Youtube, Acción climática desde casa, todas las pláticas están grabadas, son muy amenas, son de máximo una hora y media, 20 min, 40 min, hay material para todo.  Realmente es querer empezar y empezar a tomar acción para cambiar las cosas, se que todo puede sonar muy abrumador pero enserio que somos millones de personas luchando por vivir en un planeta mejor para todos, la gente, las plantas, los animales, todos. No estas solo y no es una lucha que este solo en tus hombros, de verdad que lo único que tienes que hacer es informarte, estar consciente de la situación, transmitir la información y empezar a hacer cambios aunque sean pequeños, pero eso, HACER es lo más importante y no solo enterrar el problema debajo del tapete.

Los dejo con una frase que me marcó mucho de Greta Thunberng: “Quiero que entres en pánico. Quiero que actúes como si tu casa estuviera en llamas. He dicho esas palabras antes y mucha gente me ha dicho que es una mala idea. Una gran cantidad de políticos me han dicho que el pánico nunca conduce a nada bueno. Y estoy de acuerdo. Entrar en pánico a menos que sea necesario es una idea terrible. Pero cuando tu casa está en llamas y deseas evitar que se queme por completo, requieres cierto nivel de pánico para que tomes acción.”

NUESTRA CASA ESTÁ EN LLAMAS, ¿qué vas a hacer para que no se queme hasta la raíz?

 


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.
(Ciudad de México, 1995) Ingeniera en Desarrollo Sustentable por el Tecnologico de Monterrey con enfoque en manejo de recursos naturales, conservación de especies y desarrollo social. Mariam se ha formado en la Universidad de Curtin en Australia, en Durrell Conservation Academy en Inglaterra y en Animal Récord en España. Realizó su pasantía en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo de México (PNUD) en el proyecto de Especies en Riesgo, donde diseñó un sistema de caracterización de lagunas someras en la Reserva de la Biosfera de Calakmul. Cuenta con 5 años de experiencia como directora de proyectos en la Fundación Animal Karma donde promueve y desarrolla estrategias de conservación para la biodiversidad a través del uso de tecnologías para la generación de información técnica y científica de conservación así como del desarrollo de estrategias de educación ambiental. Es miembro del Climate Reality Project y de la Comunidad Global Shaper del Foro Económico Mundial. Socia y fundadora de la consultoría ambiental CLIMA.
Fotografía de Miriam Weston

Los tiempos que nos han tocado vivir ponen en evidencia que todas nuestras acciones de sobreexplotación del medio ambiente tienen repercusiones graves. En esta entrevista con Mariam Weston, ingeniera en desarrollo sustentable, llegamos a la conclusión de que la sensación de emergencia que vivimos ahora, debería trasladarse también a la realidad en la que estamos reduciendo nuestras posibilidades de subsistencia.

Nuestra depredación inconsciente de los recursos naturales nos está llevando a fenómenos como la sexta extinción, es decir, una pérdida masiva de biodiversidad de la que Mariam nos habla más a detalle en las siguientes líneas. Su trabajo se ha enfocado en el desarrollo de estrategias de conservación de especies, como directora de proyectos en la fundación Animal Karma. Gracias a su formación en el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Curtin en Asutralia, Durrell Conservation Academy en Inglaterra y Animal Record en España, nos ofrece un panorama claro de la situación actual a la que deberíamos estar haciendo frente. Uno de sus objetivos en su compromiso con la biodiversidad es compartir la información necesaria para despertar y fomentar la acción. Esperamos que esta entrevista sea parte importante de esos esfuerzos.

D: ¿Cuál es el peor escenario al que nos enfrentamos o hacia el que estamos encaminados actualmente en términos del impacto a la biodiversidad del planeta?

M: Con respecto a la biodiversidad estamos viviendo la sexta extinción masiva. En la historia del planeta ha habido cinco extinciones masivas antes de esta, en las que se perdió entre el 70 y el 90% de la vida existente, pero lo que caracteriza a todas estas extinciones, incluyendo a la de los dinosaurios, es que fueron causadas por fenómenos naturales. La sexta extinción es la única que ha sido producto de las actividades humanas, algunas causas directas son: el cambio de uso de suelo y mar, la extensión de la ganadería, la agricultura y la deforestación que estas actividades generan. Un ejemplo muy claro es cómo los orangutanes están desapareciendo por la expansión del cultivo de la palma para producir más del famoso aceite de palma. Otra causa es la explotación directa de organismos, como la cacería ilegal de especies de jaguar en México o la de tigres en India para su comercio, la pesca inmoderada y todas las consecuencias que derivan de esta —la pesca indirecta (bycatch) de especies no comerciales como tortugas marinas, delfines, o en México la vaquita marina.

Hay un reporte muy bueno del IPBES (Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistemáticos), sobre la sexta estinción que en inglés se llama “Nature’s Dangerous Decline “Unprecedented” Species Extinction Rates “Acelerating”. Para este reporte se juntaron más de 30 científicos alrededor del mundo y dictaminaron el estado de la biodiversidad, concluyeron que estamos perdiendo especies mil veces más rápido de lo normal. Perdemos aproximadamente 200 especies por día, están en riesgo más de 40% de las especies de anfibios, casi el 33% de los corales formadores de arrecifes, más de un tercio de todos los mamíferos marinos y se estima que el 10% de los insectos están amenazados; por lo menos 680 especies de vertebrados han sido llevados a la extinción desde el siglo XVI. Tenemos actualmente un millón de especies tanto de flora como de fauna categorizados en peligro de extinción: los sogas, el lobo gris mexicano, el cóndor de california, entre muchas otras de una larga lista.

D: Tu carrera en ingeniería sustentable implica recomendar o encontrar soluciones para las empresas y su relación con el ambiente, ¿cómo podría rastrearse su impacto?

M: Las empresas tendrían que ser completamente abiertas con sus reportes ambientales, en México se deben cumplir ciertas normas pero la realidad es que en la mayoría de los países las regulaciones son mínimas. La mayor parte de las empresas solo se concentran en cumplir las normas para seguir operando, sin hacer modificaciones importantes en sus procesos, que realmente impacten de manera positiva al medio ambiente.

Existen algunas certificaciones que nos ayudan a identificar empresas que an más allá del mínimo esfuerzo, como la ISO 14001 para normas ambientales. El único problema con la ISO es que es un poco incongruente, porque empresas tabaqueras o que venden armas pueden tener la certificación. Está padre que tu empresa sea “ambientalmente responsable” pero estás fomentando que se produzcan colillas que tienen un impacto ambiental muy grave y no tienes un programa para recolectarlas.

Otra certificación, es la EMAS (Eco-Management and Audit Scheme, Reglamento Comunitario de Ecogestión y Ecoauditoría) que es europea y esa sí es muchísimo más estricta. Una de las mejores formas que tenemos los consumidores para empezar a mejorar las cosas es pedir certificaciones o pedir informes de sustentabilidad. No solo quedarnos con lo que las empresas dicen que están haciendo bien, hay que asegurarnos que no sea un truco publicitario y consumir sus productos sin culpa: esto se llama greenwashing.

Por ejemplo, algo muy chistoso que pasó hace poco con esta empresa de cerveza, Corona, que sacó una campaña para invitar a la gente a limpiar playas. Está padre la iniciativa y todo pero creo que es muy importante que distingamos entre agentes pequeños y agentes grandes. Un agente pequeño es una persona y a nosotros como pequeños actores nos corresponden acciones pequeñas, a nosotros sí nos corresponde ir a limpiar playas, reducir nuestro consumo de carne, reducir y separar nuestros residuos, hacer composta. Acciones pequeñas individuales que en colectivo pueden hacer un cambio, pero que tú me digas que un actor grande (gobiernos o empresas), se pone a hacer muchas acciones pequeñas no es congruente. A un actor grande le tocan acciones grandes. Ellos en lugar de estar limpiando playas deberían estar haciendo cambios en el sistema. Podrían hacer más eficientes sus producciones, buscar alternativas para reutilizar sus empaques, facilitar que sus residuos no terminen en los océanos, crear un sistema operativo diferente, minimizar el uso de agua, utilizar energías alternas, etc. Soluciones verdaderamente innovadoras. Limpiar la playa es un primer paso pero no soluciona el verdadero problema: la producción de residuos y su ineficiente recuperación y disposición, así como el consumo excesivo de recursos naturales.

Esto es algo muy importante: distinguir completamente las acciones y los actores, qué acciones le tocan a cada quién y de esta manera poder exigir cambios verdaderos. Otro ejemplo buenísimo de esto son los popotes; hay hoteles gigantescos que están en el Caribe mexicano y destruyeron medio arrecife en su construcción pero no dan popotes. Así no va la cosa. Destruiste medio arrecife pero como no das popotes, “bravo, ya te puedes lavar las manos”.

Las cuestiones ambientales son problemas complejos porque no existen soluciones lineales, no por hacer A —una acción dada— automáticamente se va a reforestar el Amazonas. No solamente existe una solución. El biodiesel, por ejemplo, se planteó como una alternativa a los combustibles fósiles, pero después analizas el proceso y te das cuenta que vas a deforestar para plantar más soya. Esa soya, además, pudo haber sido utilizada para alimento de personas. Todos los problemas ambientales necesitan soluciones complejas o multidisciplinarias ya que todo depende del caso y del contexto. Por ello hay que innovar y exigir que cada vez más actores, ya sean ciudadanos, empresas o gobiernos, se responsabilicen de su impacto ambiental.

Volviendo a las certificaciones, también existen las de Rainforest Alliance que te informan cuando los productos, especialmente los maderables o los chocolates, vienen de prácticas sostenibles donde a los trabajadores se les paga adecuadamente y se les enseña a no talar de cierta forma para que el bosque se pueda regenerar.

Hay otras, por ejemplo, en la industria de la pesca, que es de las más nocivas. Leí hace poco que el 90% de nuestras pesquerías, están depleted, lastimadas o abusadas, sobre-explotadas por malos manejos. Existe una certificación que se llama MSC (Marine Stewardship Council) enfocado a que las actividades de pesca sean conscientes, que no haya sobrepesca y lleven buenas prácticas.

Muchas certificaciones más están surgiendo. También para el papel y maderables existe FSC (Forest Stewardship Council), que garantiza la producción sustentable de papel de baño, pañuelos, papel blanco, aquella que viene de tala legal, es decir, no estás destruyendo la selva de Calakmul para tener papel en tu casa.

Ahora bien, aparte de las certificaciones, existen tendencias nuevas para romper el sistema de producción clásico, conocido como producción lineal. La producción y consumo lineal es lo que nos ha llevado al colapso ambiental, ya que consiste en extraer los recursos del medio ambiente, procesarlos, transportarlos, consumirlos y desecharlos. Para una botella de refresco, por ejemplo, se extrajeron recursos, se produjo, se vendió, y como la empresa no tiene un lugar a dónde regresarla o donde se pueda reutilizar va a ir a la basura, ahí terminó su vida útil.

Por eso es necesario que surjan nuevos métodos de producción así como de consumo, como la economía circular y el craddle to craddle (cuna a cuna), donde los desechos se vuelven la materia prima para otro producto y se considera minimizar el daño ambiental durante el ciclo de vida del producto. Un producto craddle to craddle considera que los materiales que se utilizan para su elaboración sean seguros para los humanos y el medio ambiente, también la reutilización del producto para eliminar el concepto de desperdicio y garantizar que los productos permanezcan en ciclos perpetuos de uso y reutilización. Toma en cuenta que no se desperdicie agua en su elaboración, que se usen energías renovables y que se respeten a todas las personas y sistemas naturales involucrados.

A veces no nos damos cuenta de todo el problema que hay detrás de un producto. Para hacer un celular, por ejemplo, se necesita extraer un mineral que se llama coltán, que está destruyendo bosques en África, afectando la salud de las comunidades y le está dando en la torre a poblaciones de gorilas y de okapis, que son primos de las jirafas. Tenemos que ser conscientes de nuestro consumo y empezar a modificar hábitos, en lugar de comprar el último modelo de teléfono, mejor buscar uno de segunda mano o el viejito que tenía tal vez lo puedo llevar a reciclar o lo puedo vender para darle una segunda vida. Nos urge romper con la estructura lineal que ha gobernado el siglo XXI y que nos han llevado a todos estos problemas económicos, ambientales y sociales.

MariamAlgore

D: ¿Con qué organizaciones estás en contacto que están trabajando para mitigar el impacto en la biodiversidad?

M: Yo trabajo en Animal Karma en la conservación de felinos, tenemos algunos proyectos aquí en México, sobre todo los que involucran implementación de tecnología para la conservación. Recientemente colaboramos con Pronatura Yucatán, les asistimos con muestreo con drones dentro de un área natural protegida, para ver el avance de la deforestación y el de la ganadería en esa zona, así como tratar de generar estrategias para mitigarlo.

Yo diría que la amenaza número uno que tiene el jaguar en México es el conflicto que existe con los ganaderos. Al expandirse la tierra de ganadería hay disminución de presas, disminución de hábitat. Ahora es cada vez más frecuente que un jaguar ataque a una vaca, lo cual implica una pérdida económica para el ganadero y a veces es mucho más fácil eliminar la amenaza inmediata: matar al jaguar. Afortunadamente, México es el único país de Latinoamérica donde existe un seguro ganadero, puedes llamar al Fondo de aseguramiento ganadero, en las primeras 24 horas del ataque y te pueden compensar económicamente. Te reponen al animal para que tú no incidas en la necesidad de matar al jaguar o al puma o al lobo o al oso que tenga algún conflicto con tu ganado.

Estamos colaborando con el desarrollando algunos proyectos de divulgación y conservación para la zona del sureste, en especial de Calakmul y hacemos algunas donaciones de equipo de investigación. Estamos por abrir una especie de, no diría agencia de viajes, pero experiencias para que la gente pueda ir a hacer voluntariados a ciertas áreas naturales protegidas. Además con su participación será posible hacer donaciones para equipos de investigación o que se fondeen ciertas necesidades que requiera el proyecto. Eso es muy necesario porque cada vez la CONAP (Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas) está siendo muchísimo más golpeada y le reducen el presupuesto.

Otro proyecto que tenemos es en colaboración con Fundación Ikiam, un colectivo de achuares, grupo indígena que habita en la Amazonía ecuatoriana y la Amazonía peruana. Nosotros trabajamos con la ecuatoriana en una comunidad que se llama Wachirpas, con dos proyectos sobre conservación de la biodiversidad y sobre meliponicultura sostenible, que es como la apicultura pero con abejas que no tienen aguijón. Ese programa está enfocado a las mujeres de la comunidad para la preservación de la medicina tradicional y, en algún momento, para que puedan tener un ingreso económico sostenible que no implique desplazarse a ciudades, derribar árboles para vender la madera o incidir en actividades ilícitas como de cacería ilegal. Este proyecto me encanta porque además colaboramos con Mayabacab un colectivo increíble del sureste mexicano, ellos nos apoyan en las capacitaciones de meliponicultura; utilizan técnicas mayas entonces es una fusión de conocimientos ancestrales.

Soy líder del Climate reality project donde nos dedicamos a hacer concientización y educación en materia de cambio climático. Tenemos un proyecto muy padre en conjunto con Global shapers que es una iniciativa para jóvenes del Foro Económico Mundial, que se llama Acción climática desde casa. Todos los viernes, tenemos un webinar dedicado a alguna problemática y a sus solución relacionadas al cambio climático. Justo hace unas semanas tuvimos un panel sobre especie sombrilla. Ya estamos en la segunda temporada, y estamos colaborando con las comunidades de Global shapers de Ecuador, Colombia, Perú, Costa Rica, para hacer más grande el asunto.

Tuvimos invitados de la Universidad EARTH en Costa rica; de Guayaquil, Ecuador; otra de la Universidad CES en Medellín, y al biólogo Luis Felipe Lozano que es el coordinador del programa para la conservación del águila real en México. De esta manera podemos poner información de fuentes relevantes relacionada al cambio climático y todas las cuestiones relacionadas para un público joven de manera accesible y gratuita.

D: ¿La aportación individual puede ser significativa?, ¿cómo desde el plano individual podemos aspirar a un cambio drástico si las empresas y el modelo capitalista no implementa las medidas necesarias de cuidado?

M: Sí, sin duda. ¿Te acuerdas de las cámaras desechables que eran de rollo?  Ya no existen porque ya no hay demanda; la tecnología evolucionó y ahora hay una manera diferente de hacer fotografía. Creo que si los consumidores empiezan a ser conscientes poco a poco el sistema cambiará. Oreo tuvo un problema súper fuerte porque las galletas tienen aceite de palma y por la presión de la sociedad está buscando una alternativa en varios países.1 Eso ayuda muchísimo, los consumidores conscientes pueden cambiar el sistema, otro ejemplo es Colgate que ya vende una versión del cepillo de dientes de bambú y sin empaque plástico, es un pequeño paso pero es una señal de que las cosas pueden cambiar.

No es nada más que la sociedad haga su parte, es algo horizontal y multinivel. Hay que exigir tanto a las empresas como al gobierno como a la ciudadanía porque si excluimos algún sector, algún nivel de este panorama, no importa que uno o el otro intente compensar porque aun así se queda el vacío. Tiene que ser un cambio colectivo, pero claro que las acciones individuales aportan mucho.

Regresamos a que somos actores pequeños pero nuestras acciones pequeñas cuentan. Es posible hacer un cambio en tu forma de vida que genere un cambio en la naturaleza, tal vez no lo vemos porque somos un granito de arena pero sí tiene un impacto porque no es solo una persona, son varias haciendo la diferencia.

Importa mucho que se le exija a las empresas y que se le exija al gobierno que regule a las empresas, que sea congruente con las políticas ambientales. Algo que se nos olvida mucho como ciudadanos es que nosotros tenemos el poder en la urna y hemos dejado a un lado ser conscientes en cuestión climática-ambiental. Votamos porque nos agradan mucho sus políticas sociales, pero no estamos todavía en un nivel de preguntar, ¿cuáles son tus políticas ambientales? Y esto urge porque en 11 años la crisis ambiental va a estar muy grave y va a ser el problema número uno, para todos.

Ya lo estamos viviendo con el coronavirus, que surge precisamente por toda la presión que le hemos estado metiendo a los bosques, a la biodiversidad. Cuando talas bosque lo que haces es generar interacciones entre especies que antes no interactuaban y esto lleva a zoonosis, es decir a una enfermedad que se puede transmitir de animales a humanos, que eventualmente se transmite de humano a humano y aquí estamos. No solo ha pasado con el coronavirus hay muchos virus más, un ejemplo es un virus que se llama Nipah.

En Malasia estaban talando bosque para expandir campos de árboles frutales y granjas de puercos, en zonas donde hay una especie de murciélago que es el zorro volador, estos enormes murciélagos gigantes casi de dos metros de envergadura. Ellos portan naturalmente el virus del Nipah, está en sus excretas y sus fluidos, y cuando empezaron a talar el bosque, se acercaron a los árboles frutales a alimentarse. Los puercos de las granjas empezaron a comer todo lo que estaba en el piso, incluyendo la excreta del zorro volador, y cuando el humano consumió la carne de cerdo se contagió de este virus. Esto nos demuestra cómo nuestras acciones tienen repercusiones que regresan a nosotros manera negativa.

Cuando vas al súper y preguntas de dónde viene el salmón que estas comprando, si viene de la Colombia Británica, es un salmón como naranjoso, que se ve casi como mandarina, estás comprando un salmón cero sostenible. Ese salmón viene de una granja de acuacultura donde se están contagiando peces nativos, se están contagiando lobos, se están muriendo esponjas marinas primitivas y los pescadores locales están perdiendo su fuente de empleo, porque el salmón de estos criaderos tienen un virus (Piscine Reovirus) que se está propagando por el ecosistema; tú pagas por que se propicien esas actividades sin saberlo y además estás comiendo un pez enfermo.

Las pequeñas acciones cuentan un montón aunque no nos demos cuenta inmediatamente, como saber de dónde vienen nuestros alimentos o los productos que compramos. Otro ejemplo es el de la vaquita marina, que está en peligro crítico de extinción por un pez que se llama totoaba. La vejiga de la totoaba es muy valiosa en el mercado asiático, sobre todo en China porque creen que tiene propiedades medicinales, además de que se consume como una exquisitez.  Puede valer hasta  20,000 dólares.2 Las totoabas comparten territorio con la vaquita marina y como no estaba regulada la pesca de estos animales, se llevaban en las redes a las vaquitas. Ya cuando se trató de poner la ley, era muy difícil ganarle a la pesca ilegal. Aunque desde 1970 se les dijo que estaba pasando esto, se vieron un poco lentos en la acción. ¿A qué voy con esto? Si alguien no estuviera consumiéndolo no habría demanda. Cuando la demanda termina, el sufrimiento termina y eso es algo que voy a repetir siempre.

Justo ahorita con todo esto del pangolín, por el COVID, ya prohibieron al pangolín en la lista de ingredientes para la medicina tradicional, lo cual va a tener un buen impacto en las poblaciones silvestres. Yo espero que empecemos a ser más conscientes de lo que estamos haciendo, claro que nuestras acciones cuentan y más si podemos transmitir lo que sabemos a otras personas. Otra cosa que pasa mucho es que nos quedamos la información y no la transmitimos, o la información se queda en una élite científica y no se divulga. Nosotros como ciudadanos que ya nos enteramos tenemos la obligación de difundir esto, por nuestra salud y de futuras generaciones, es muy importante.


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.
(Ciudad de México, 1995) Ingeniera en Desarrollo Sustentable por el Tecnologico de Monterrey con enfoque en manejo de recursos naturales, conservación de especies y desarrollo social. Mariam se ha formado en la Universidad de Curtin en Australia, en Durrell Conservation Academy en Inglaterra y en Animal Récord en España. Realizó su pasantía en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo de México (PNUD) en el proyecto de Especies en Riesgo, donde diseñó un sistema de caracterización de lagunas someras en la Reserva de la Biosfera de Calakmul. Cuenta con 5 años de experiencia como directora de proyectos en la Fundación Animal Karma donde promueve y desarrolla estrategias de conservación para la biodiversidad a través del uso de tecnologías para la generación de información técnica y científica de conservación así como del desarrollo de estrategias de educación ambiental. Es miembro del Climate Reality Project y de la Comunidad Global Shaper del Foro Económico Mundial. Socia y fundadora de la consultoría ambiental CLIMA.
Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.

Una serie de preguntas me atosigan de manera constante: ¿existe una literatura nacional, mexicana? ¿Sucede lo mismo con las creaciones de subgénero, aquellas conjuntadas en el término “no miméticas1? Es más, la cuestión que debería hacerme es la siguiente: ¿Difiere la obra de un escritor mexicano aficionado a la fantasía de la de uno anglosajón? ¿Se presenta una tropicalización de términos, tecnologías, formas de narrar?

El debate no me parece bizantino, ya que la determinación de la semiósfera a la que pertenece cierto autor, los rasgos visibles en su obra que devienen de su contexto cultural, sus historias, el nombre y el habla de sus personajes, en el caso de la narrativa; o la concatenación de sus versos, incluso los temas analizados en sus ensayos, sirve para comprender los textos que surge en determinadas geografías.

La “supremacía” de la literatura escrita por anglosajones o europeos permanece en el imaginario colectivo. Cuando pienso en un autor clásico de ciencia ficción pienso en Isaac Asimov, en Brian Aldiss, en Stanislaw Lem o Úrsula K. Le Guin. Me parece que lo mismo ocurre cuando se piensa en terror o en fantasía, incluso en la era contemporánea.

En ocasiones se ha dicho que Angélica Gorodischer, escritora argentina nacida en 1928, recurre a la forma de gobierno instituida por el imperio, en su famosa obra Kalpa imperial (1983), y uno podría aceptarlo como una tradición que parte no solo de la ciencia ficción, sino también de la fantasy. La influencia de obras como Fundación (1951) de Asimov, es notoria. También podría decirse que el mismo sistema confluye en space operas como Star Wars. Gorodischer no es la única, algo similar ocurre con los tropos sobre robots, invasiones alienígenas, contacto con una inteligencia extraterrestre o artificial.

En el caso de la fantasía, Liliana Bodoc, quien se hizo famosa con su Saga de los confines (2000-2004), sigue las temáticas de la guerra, la búsqueda del héroe y la amenaza de la invasión que recorren muchas obras de fantasía épica, como ocurre en J.R.R. Tolkien o en Le Guin, donde además abunda la magia.

Sin embargo, existe una enorme diferencia para ambas autoras. La prosa de Gorodischer bebe de la poesía, como lo hiciera Ray Bradbury, pero desde un contexto que se percibe latinoamericano. No sería extraño encontrar algo de Alfonsina Storni, del mismo Jorge Luis Borges, en Gorodischer. Por su parte, Bodoc recurre a la historia, a las culturas precolombinas para armar un mundo distinto a las ideas concebidas por la fantasía europea.

A pesar de las influencias, de la certeza de que estos géneros surgieron en Occidente, los autores de Latinoamérica, y particularmente los de México, conciben creaciones que se alejan de la adaptación simple, para generar una vertiente original y especulativa dentro de los géneros no miméticos.

Las bases erigidas por escritoras como Gorodischer, Silvina Ocampo, Armonía Somers, Juana Manuela Gorriti, los escritores fantásticos latinoamericanos o incluso Sor Juana Inés de la Cruz y Manuel Antonio de Rivas, no han sido desdeñadas, y los despliegues creativos, tanto de la Fantasy como de la Ciencia Ficción, en nuestra geografía es, al menos, deslumbrante.

 

Orígenes

La “fundación” de las literaturas no miméticas (el horror, la fantasía, lo fantástico o la ciencia ficción) pertenece al siglo XVIII, pero las exploraciones de la imaginación pueden rastrearse en el Gilgamesh, en Homero, en el Mahabharata. La diferencia yace en el cambio de paradigma ocurrido en el siglo XVIII: el Siglo de las Luces, cuando el pensamiento mágico fue relegado para dar paso al científico. Las revoluciones sociales y culturales del renacimiento dieron paso a Descartes, Galileo o Copérnico. ¿Por qué siguió existiendo la literatura que tiende a explorar la imaginación, los mundos “imposibles”? Podríamos aventurar una respuesta empírica: la imaginación es necesaria e inevitable. Tendemos a imaginar siempre, ante perspectivas cotidianas. En El acoso de las fantasías (Siglo XXI, 1997), Slavoj Žižek juega con la idea de la fantasía insidiosa. Nos dice el filósofo que podemos aceptar una determinada situación, pero esa “fantasía” estará acosándonos al respecto. Si esto funciona así, es concebible que, a pesar de entender el mundo a través del método científico, aún existiera una consciencia de imaginación, y el crear mundos imposibles resultara irremediable.

Es precisamente en el Siglo de las Luces, esta época de transición, cuando se escribe en México Sizigias y cuadraturas lunares (hacia 1773), por el fraile Manuel Antonio Rivas. No es el único, pues ciertas obras de Sor Juana Inés de la Cruz pertenecen a estas exploraciones2.

Me parece necesario establecer una aclaración muy sencilla en cuanto a “literatura de fantasía”. Tzvetan Todorov explica que la literatura fantástica es el lugar de en medio, donde lo imposible parece suceder, pero cuya resolución es incierta; incluso desarrolla dos vertientes más, la del relato “extraño” (si es que la resolución se explica por mecanismos naturales, como pasa en algunas novelas góticas de Ann Radcliffe, o en Scooby Doo) y el “maravilloso” (si es que la resolución transita hacia lo imposible, lo mágico y demás). El resultado intermedio sería lo fantástico3.

La terminología usada actualmente por narradores latinoamericanos (en el caso hispano me resulta más complejo entenderlo, porque desde la Universidad Autónoma de Barcelona se conjuntan explicaciones teóricas sobre lo fantástico que derivan hacia el miedo o lo siniestro4), no ocurre donde lo sitúa Todorov, aunque sea una literatura liminal. Lo fantástico, sin ponerme demasiado teórico, abunda sobre la irrupción de algo completamente ajeno, imposible, extraño en nuestra realidad. Lo plausible.

Este tipo de creaciones señalan la imposibilidad: que una muñeca se mueva o que una casa sea más grande por dentro que por fuera, o el que una mujer descubra una dimensión alterna en el espejo5.

Lo fantástico, por lo tanto, no es lo mismo que la “Fantasy”, término anglosajón que especifica la literatura donde se construyen otros mundos que pueden o no estar basados en el nuestro6, se deriva de los cuentos de hadas, del mundo maravilloso que describen obras de literatura antigua tan disímiles como el Gilgamesh o muchas de las narraciones de Las mil y una noches. Para que existiera lo fantástico tenía que ocurrir el Siglo de las Luces, ya que los lectores, después de la revolución cultural, entenderían a la realidad como aquella comprobable por la ciencia. Justo eso provocó una rebelión en la mentalidad de los creadores que querían seguir expandiendo la realidad tan gris, macabra o triste. Y fue así como surgieron las obras de Horace Walpole, Washington Irving o E.T.A. Hoffmann. La “revolución fantástica” no tardaría en alcanzar las costas de Latinoamérica.

Una vez comprendido por los narradores que la realidad era una, el camino de la Fantasy empezó a retratar el “mundo otro” que yacía en la Novela de Caballerías, o en las fantasías orientales. La palabra “Fantasía” se convirtió en un escudo y una caracterización para un género que diseñaría universos propios, los llamados Mundos Secundarios (alternativos)7, a diferencia del Mundo Primario (el real). La cuestión de la verosimilitud es necesaria, pues en las obras del subgénero, sigue existiendo la coherencia y las reglas que hacen funcionar ese cosmos.

Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.

Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.

 

Fantasía

Dentro de la Fantasía, estoy seguro, resuena ya en la cabeza del lector el nombre de Alberto Chimal (Toluca, 1970). Quizá sea uno de los nombres más obvios, pero no por ello menos interesantes. Chimal ha desarrollado una literatura amplia que va desde el realismo más perverso hasta la literatura de viajes fantásticos, sin olvidar los relatos extraños de Estos son los días (Era, 2004) o Grey (Era, 2006). Sin embargo, el subgénero que titula este apartado puede explorarse mejor en otro libro de cuentos, recientemente editado por Era: Gente del mundo (2014), donde a manera de la narrativa medieval, pues su obra recuerda incluso a Marco Polo, se habla sobre diversos pueblos con costumbres extrañas en países distintos que, por supuesto, no existen8.

Las exploraciones de la fantasía, que podrían llamarse urbanas, derivan también en la obra de José Luis Zárate, otro narrador de literaturas no miméticas, quien plasma en Xanto, novelucha libre (Castillo, 1994), un universo cercano al nuestro; además brotan monstruos y se desencadenan peleas (al más puro estilo de la lucha libre) que, a pesar de su cariz tétrico, tienen que ver con un retrato florido, como la máscara de El Santo, a quien evoca el personaje principal de esta obra. Bajo la misma línea, que permite igual el humor, sin convertir el género en un mero remedo, siguiendo el famoso axioma de “primero como tragedia, después como comedia”, los vampiros hacen su aparición9. Sorprendentemente, Xanto funciona también como una novela de terror, como un binomio bastante efectivo junto con La ruta del hielo y la sal (Vid, 1998).

En cuanto a las creaciones bajo un enfoque similar, Francisco Haghenbeck cuenta con una carrera dilatada al respecto, ya que su obra transita desde el guionismo para cómics hasta la novela de corte histórico. Sus exploraciones sobre el escuadrón 201 o la vida de Frida Kahlo, son palpables en las novelas Querubines en el infierno (Suma de Letras, 2015) y El libro secreto de Frida Kahlo (Océano, 2018), por nombrar solo dos ejemplos. Esta curiosidad creativa llevó a Haghenbeck a desarrollar El diablo me obligó (Suma de Letras, 2011), novela que ganó el premio Nocte, otorgado por la ya extinta Asociación Española de Escritores de Terror, y no el Bram Stoker, otorgado por la Horror Writers Association, como mencionaron por error algunos medios.

El diablo me obligó fue adaptada en una serie de Netflix, Diablero, lo que no es poca cosa. La novela, con altas dosis de terror, es una novela de fantasía donde Elvis Infante se dedica a capturar demonios con diversos fines.

La intensidad de la obra es palpable en el lenguaje y en el gran desarrollo de personajes que transitan en geografías tan disímiles como las de Afganistán o Los Angeles. Esta historia podría verse más apropiada dentro del contexto del terror, o clasificarse bajo la Fantasía Urbana con tonalidades lúgubres, como podría ser la serie protagonizada por Harry Dresden, escrita por Jim Butcher.

En esa misma intención de la fantasía de cierto toque urbano, no alejada del Mundo Primario, sería la novela de Casi Diosa (Harper Collins, 2018), escrita por Francisco Haghenbeck; la protagonista es una chica que se transforma en la Diosa de la Muerte. Dioses menores (Océano, 2019), del mismo autor abarca la obsesión que tiene por las divinidades participando en un ambiente cotidiano. La importancia de la fantasía como detonador de la imaginación narrativa lo hace ideal para entender lo que se está haciendo respecto a la fantasía en el país10.

Jaime Alfonso Sandoval, quien ya había obtenido relevancia con El club de la salamandra, (novela editada en 1998), acreedora al Gran Angular en 1997, y luego con República mutante (reeditada en 2002), que repitió el galardón, ahora en 2001. Sandoval se ha convertido en un narrador “underground”, especialmente para los lectores que no están al tanto de la Literatura Infantil y Juvenil. Este pequeño salto, que para muchos autores no lo es, sucedió con la trilogía del Mundo Umbrío (2012-201511), conformada por Las dos vidas de Lina Posada, La traición, y La venganza que, a pesar de seguirse manteniendo en los terrenos de la LIJ, su temática, los vampiros, o en este caso los “umbrios”, llamó la atención a más de un lector no tan aficionado a las narrativas dedicadas a los más jóvenes.

Algunos de los personajes de la saga de Sandoval, entre ellos la principal, Lina Posada, hablan como mexicanos, son mexicanos, y viven en un contexto nacional, hasta que se enfrentan a un grupo de vampiros salidos de la nada, y Lina termina descubriendo que ella misma es una vampira, una umbria, y que el mundo de los umbrios es todavía más extenso.

La obra de Sandoval explora esa técnica de la adaptación del Mundo Primario (mundo real) para trazar ciertas reglas que lo traspasan, terminando en un Mundo Secundario (mundo imposible o de fantasía) que se halla bajo tierra. Las reglas de los umbrios conviven con la naturaleza humana y la idiosincrasia de los personajes que transitan en las novelas. La extensión de las entregas, además del cuidado que le dio al worldbuilding (construcción del mundo fantástico), permite que la saga mantenga una enorme verosimilitud cercana a la de obras como Harry Potter.

Menciono con cierto énfasis la obra de Sandoval porque me parece un caso paradigmático de lo que representa la fantasía y otros géneros no miméticos en el país: para ellos existe un cierto desdén, un “es para los niños”. Si uno realiza una investigación seria sobre algunos de estos subgéneros, seguro descubrirá que muchas de estas obras están publicadas por editoriales como Castillo, SM, Santillana, Puck, Umbriel y demás, editoriales con colecciones para lectores juveniles o infantiles. Con ello no quiero demeritar la LIJ, sino lo contrario, exponer la importancia de lo que se hace en ella como un atrevimiento imaginativo ante la literatura hecha en el país, que no necesariamente corresponde solo a los jóvenes o niños, también a los lectores adultos que bien pueden disfrutar de El Señor de los Anillos.

La fantasía posee diversos caminos a seguirse, y no están determinados por reglas rígidas. En el caso de la fantasía épica, heroica, lo que algunos llaman “Alta Fantasía”, es donde empiezan a encontrarse las obras de Andrea Chapela, con su saga Vâudïs, constituida por cuatro libros, que además la autora comenzó a escribir desde que tenía 15 años.

Otro caso peculiar es el de una novela ganadora del Gran Angular, aunque en esta ocasión de manera internacional: Loba (SM, 2013), de Verónica Murguía, se convirtió en una obra que generó controversia, señalada por algunos como una copia de Canción de hielo y fuego, y defendida por otros, como Alberto Chimal, quienes mencionaban las bases de Verónica Murguía (su lectura atenta de las novelas de caballería, o la influencia del Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto, en su obra12), quien ya había escrito diversos libros del género como El fuego verde (SM, 1999) o El Ángel de Nicolás (Era, 2003).

Es cierto que la influencia de Murguía es occidental, pues a diferencia de lo que ocurre con la Saga de los confines, de Liliana Bodoc, el mundo retratado en Loba es el de dos reinos medievales de inspiración europea en constante guerra: Alosna (el país de los magos) y Moriana (el país de los guerreros llamados “lobos”). Este caso puede seguirse con otra obra del ya citado Francisco Haghenbeck, quien realiza una incursión, en La doncella de la sal (Montena, 2014), a los territorios del Sacro Imperio Romano durante la Guerra de los Treinta Años, pero utilizando las leyendas y mitos de la Europa medieval, de la que surgen las narraciones que terminarían recopilando los hermanos Grimm.

El mundo de Hellbrun (escenario de La doncella de la sal) está plagado de monstruos, criaturas y magia. La protagonista precisamente es quien realiza un viaje del héroe, del estilo que Joseph Campbell teoriza en El héroe de las mil caras, y cumple el objetivo para el que parece haber nacido: ser la guardiana de un unicornio.

Siguiendo las imágenes, además del bestiario occidental de la fantasía, se encuentra también la obra de Murguía, quien tiene unas bases asentadas en las novelas de caballerías como el Amadís de Gaula o el Tirant lo blanche, y la serie de estudios de Joseph Campbell o James Frazer. La constitución épica de la novela se nutre en la conversación, en la palabra y en el lenguaje. La solución, por supuesto, no es la más original, pero recuerda a ciertos elementos feministas en obras más recientes como El priorato del naranjo (Roca, 2019), de Samantha Shannon, o la obra de N.K. Jemisin, quien construye una narrativa de afrofuturismo más cercana a las proclamas y pensamiento feminista que el de otros autores. Este elemento permite al lector descubrir otras aristas en la narración y la formulación de los problemas, además de, por supuesto, darle otro cariz al desenlace.

 

La ciencia ficción

Los autores de ciencia ficción en México se hacen preguntas sobre las temáticas que “puede” o “debe” abarcar las historias de géneros especulativos. Este dilema se cuestiona en las antologías Más allá de lo imaginado (tres volúmenes, FETA, 1991-199413), Quimeras (2007) o Teknochtitlan (ITCA, 2015) de Federico Schaffler, así como en Los viajeros (SM, 2010), antologada por Bernardo Fernández (BEF).

El adjetivo de lo “mexicano” en la ciencia ficción quizá deriva, se plantea tanto Schaffler como BEF, en caudillos en un futuro alternativo, mariachis en el espacio, Sor Juana o capitalinos albureando a sus contertulios en una estación espacial. Sin embargo, en las antologías mencionadas se hace hincapié en la necesidad de tomar en serio a los creadores de este tipo de narrativas. En ninguna de ellas hay mariachis en el espacio ni Sor Juana pilota mechas.

Parte de esta concepción contemporánea que se tiene de la literatura de ciencia ficción hecha en el país recae en algunas obras de Héctor Chavarría. Su obra ha sido denominada como “Ciencia Ficción Jocosa”, el adjetivo agregado se debe a su interés por usar el lenguaje de los barrios populares de la Ciudad de México, junto con los estereotipos y clichés ya aprehendidos en la cultura del país, y del extranjero, sobre lo que es “el mexicano”.

Las temáticas de Chavarría y otros autores parecidos conllevan a un sesgo que se ha convertido en la base para el desprecio hacia este género. Tildar a la ciencia ficción hecha en México como “poco seria” a partir de la lectura de alguno de los cuentos de Chavarría, significaría desentenderse de qué ha sucedido en este subgénero, y lo que ocurre.

Desde las voces ya citadas anteriormente hasta las talentosas Libia Brenda, Gabriela Damián (ganadora del Premio James Tiptree Jr.), Iliana Vargas o Andrea Chapela, pasando por las obras de narradores certeros como Gerardo Horacio Porcayo, José Luis Zárate, Alberto Chimal o Bernardo Fernández, se puede construir un pequeño mapa que nos permite vislumbrar un poco el fenómeno y la calidad de las propuestas especulativas de estos autores, quienes perciben a la ciencia ficción como una oportunidad para imaginar los distintos futuros que podrían ocurrir, haber sucedido, o le pasarán a regiones tan poco llamativas para el mundo en el plano literario (con la excepción del Boom latinoamericano) como podría serlo Latinoamérica.

Desde mediados del siglo XX (en realidad, desde la Colonia) se exploraban los temas del futuro, o de los viajes a la luna, cuestión de interés para multitud de narradores. Para fortuna de los lectores entusiastas, no se necesita rascar demasiado para encontrar voces que se han interesado por el tema. Una búsqueda en las librerías de viejo y la posibilidad de encontrar algo de, por ejemplo, Manú Dornbierer, es alta. Es una lástima, por supuesto, que no exista interés de parte de editoriales mexicanas por reeditar estas obras.

La base que incluye a Elena Garro, María Elvira Bermúdez, Marcela del Río o Gabriel Trujillo, sirvió para que durante la década de los 80 surgiera el impulso que terminó en el Premio Puebla y el Kalpa, otorgados a escritores que se convirtieron en pioneros para la ciencia ficción mexicana, desde Mauricio José Schwarz a la injustamente olvidada Gabriela Rábago Palafox.

Justo estos premios se convirtieron en un espacio para que los autores pudieran explorar los tropos, historias y viajes que bordean, o tocan directamente, la ciencia ficción. El deseo por escribir a partir de las posibilidades de la ciencia, provocaron el nacimiento de cuentos célebres, como el de Héctor Chavarría, esta vez sobre la conquista de España por parte de los aztecas, una ucronía al menos interesante; o las exploraciones pandémicas en Gabriela Rábago Palafox, e incluso el relato apocalíptico de Ignacio Padilla “El año de los gatos amurallados”.

El apocalipsis y la fantasía, ambos temas muy queridos por narradores fantásticos y de ciencia ficción, como rescata el mismo Ignacio Padilla14, funcionan como disparadores para la creación especulativa. Así lo manifiesta Alberto Chimal en algunos de los relatos de Éstos son los días (Era, 2004). Su obra no pertenece a la llamada ciencia ficción dura, sino a las exploraciones híbridas con la fantasía y lo fantástico.

La “ciencia ficción dura” se enfoca en los temas clásicos o “serios”. Dice Miquel Barceló en Ciencia ficción. Nueva guía de lectura (Nova, 2015), que la ciencia ficción hard utiliza temas científicos, la tecnología o las especificaciones técnicas de una nave espacial.

Lo que construye Chimal o autores “seguidores” de su perspectiva como Edgar Omar Avilés, presenta divergencias imaginativas de futuros y mundos entrelazados en una estética cuasi bizarra. Estas especulaciones pueden observarse, por parte de Avilés, en Luna Cinema (ganador del Premio Bellas Artes San Luis Potosí) y Cabalgata en duermevela (libro publicado en 2011, acreedor del Premio Nacional de Cuento Joven Comala); cosa que también ocurre en la obra de Iliana Vargas, autora difícil de clasificar, quien parte desde universos alternativos, propios de lo fantástico y la fantasía, hacia encuentros de mundos que bien podrían ser el nuestro, máquinas e híbridos que brotan y se reproducen de maneras insospechadas en Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (FETA, 2012),  o Habitantes del aire caníbal (Resistencia, 2017).

Vale la pena detenerse por un instante en las obras de al menos estos tres narradores para descubrir una forma distinta de dirigirse hacia los géneros no miméticos. Si bien como lectores de ciencia ficción están acostumbrados a los viajes a la luna y hacia el espacio profundo, los futuros distópicos y tecnológicos propios del cyberpunk o las ucronías llenas de vapor del steampunk, también existen ciertas exploraciones híbridas que permiten un desarrollo imaginativo, tanto para el escritor como para el lector, donde abundan las rarezas, las imposibilidades, un bestiario donde lo que habita no son dragones, sino melusinas, creaturas propias de un zoológico o gallinas que dan huevos que en realidad son universos. El lector también encontrará una creatividad desbordada que cuestiona el significado de la realidad y de lo que la imaginación puede construir.

Otro de los autores que surgió de los premios de relato de ciencia ficción, y quien sigue en activo, es Gerardo Horacio Porcayo, autor nacido en Cuernavaca en la década de los 60. A Porcayo se le conoce por sus exploraciones en subgéneros poco explorados en el país como el horror gótico, con Dolorosa (1999) o el cyberpunk, con La primera calle de la soledad (1993).

Gerardo Horacio Porcayo está a la altura de voces ya cimentadas en las letras producidas en el país. Además, su visibilidad ha ido en aumento, con la publicación de Plasma Exprés (Destino, 2017), una novela con toques plenamente distópicos donde se descubre un asesinato ritual en pleno Chapultepec. Después de varios años, la obra que logró consolidarlo, y que también es llamada la primera novela cyberpunk mexicana, La primera calle de la soledad (1993), vuelve a editarse por el grupo Planeta15. La trama es sobre un asesino a sueldo, justiciero, Zorro, que trata de sobrevivir en medio de un caos corporativo complejo y bien ambientado.

La obra de Porcayo es interesante, pues a casi treinta años de su publicación, las temáticas ya conocidas del cyberpunk se perciben frescas en una narración delicada, con frases cortas y construcciones verbales peculiares. El estilo de Porcayo diverge del simplismo con el que podría acercarse un autor novato. En La primera calle de la soledad (1993) se funde la ciencia ficción, pero también el noir y el estilo literario sosegado y diletante. Los viajes a la Luna, las escenas de acción y los encuentros amorosos no se sienten artificiales, sino propios de una trama original que permite varias relecturas.

Junto con Porcayo, despuntan las obras de ciencia ficción de Bernardo Fernández (BEF), ilustrador, dibujante y narrador interesado en temas policiacos. Gel azul (Suma de Letras, 2009), que conjunta dos novelas cortas del autor (además de ser merecedora del Premio Ignotus 2007) se adentra en los territorios similares por los que circula Porcayo, convirtiéndolos a ambos en un dueto de la narrativa cyberpunk.

Para Porcayo y Fernández, las ciudades mexicanas, con especial interés en la Ciudad de México, funcionan como el escenario perfecto para desarrollar historias y estilos propios del subgénero, pero que no se quedan en la simpleza aparente de la fórmula. Tanto para BEF como para Porcayo, la actualización de los mundos especulativos debe hacerse desde una geografía reconocible, siguiendo la “enmarcación” utilizada de forma similar por el “cuento natural de miedo16“, como lo ha llamado Rafael Llopis. Este efecto provoca, en un lector mexicano o de otro territorio, el reconocimiento de una realidad aparente pero propia.

Es cierto que no conozco una novela de ciencia ficción que tenga, ya sea como ambiente o como recurso principal, el del viaje por el espacio. No he leído “space operas” mexicanas, aunque podría haberlas (BEF escribió un cuento de un astronauta oaxaqueño). Sin embargo, uno de los ejemplos más impresionantes que aborda de manera original este tema, es la obra de Efraím Blanco, especialmente en La nave eterna (Acá las letras, 2017), libro que mereció la Mención Honorífica del Premio Bellas Artes Nellie Campobello. La obra está emparentada con Bradbury, debido a su composición cuentística, y al uso de lo fantástico al momento de diseñar las naves, los viajes, las situaciones. No obstante, el recurso de la ficción breve, así como las anáforas demuestran el talante narrativo de Blanco, que recuerda incluso a la tradición argentina de cuento fantástico.

Hablar de viajes espaciales, e incluso de naves, es posible, sin llegar a “tropicalizar” la ciencia ficción mexicana, aunque México no sea un productor de tecnología. Como en el caso del afrofuturismo, donde se elevan los asuntos geopolíticos y sociales africanos, así como la reafirmación de la importancia cultural de zonas periféricas no anglo-eurocéntricas.

Autores como Porcayo, como Andrea Chapela, como Iliana Vargas o Efraím Blanco, se atreven a divergir sus discursos a través de los géneros no miméticos, y saben que sus exploraciones están cimentadas, incluso, en los autores canónicos de la tradición literaria del país. Carlos Fuentes tiene cuentos fantásticos que casi son de terror, y qué decir de Aura (1962). Juan Rulfo y los fantasmas, los muertos que siguen hablando desde sus tumbas ubicuas, porque México es Comala, por si no le queda claro a alguien. Elena Garro, Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, todos ellos llegaron a hundir su mirada en el pozo profundo de las tierras nunca descolonizadas del país, y de su boca brotan las maravillas y los horrores, las visiones de otro mundo. ¿No es esto una especie de fundación del Mexafuturismo?

Hace un par de años John Picacio, un dibujante e ilustrador mexicoamericano promovió la Mexicanx Initiative, un apoyo que becó a 50 autoras y autores mexicanos que participaron en la Worldcon, una de las convenciones más importantes del género en el mundo. Entre los autores había voces reconocidas como la de Alberto Chimal, y otras bastante nuevas como la de Andrea Chapela.

Este tipo de reconocimiento, apoyado por George R. R. Martin, confirman que la fantasía, la ciencia ficción y el terror hechos en México no son poca cosa, y que su madurez comienza a sentirse después del esfuerzo de decenas de autores, promotores y lectores entusiastas, que lograron una antología de tres tomos para Tierra Adentro, dos antologías publicadas en SM, apoyos de gobiernos estatales como el de Baja California, Puebla o Tamaulipas, y que ha terminado por convertirse en una visión sólida, en una propuesta que puede o no llamarse Mexafuturismo; pero que induce a pensar en que los lectores aprecian el enorme trabajo de quienes se han atrevido a arriesgarse con una visión distinta de la literatura.

Las creaciones de estos géneros o perspectivas ahí están, listan para ser devoradas, apreciadas por la audiencia, y qué mejor que hacerlo en este mundo apocalíptico, sumido en una pandemia global que nos ha dejado encerrados durante meses, pegados a las pantallas, con caretas como nuevas máscaras que nos ayudarán a enfrentarnos a nuestra neo-realidad.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Charles Bukowski, drinking on the set of the French TV program Apostrophes hosted by Bernard Pivot, 1978. Fotografía tomada de flickr.

Charles Bukowski me mira desde el cartel que colgué en mi puerta a los diecisiete años. Sonríe con una copa de vino el viejo misántropo, misógino, con sus dientes de roedor expuestos como un trofeo. Es la imagen más conocida del escritor nacido en Andernach en 1920, y fallecido en Los Ángeles en 1994 a una edad inmerecida, luego de que asumió una dieta macrobiótica, abandonó el alcohol y enfermó de leucemia a los 70 años; una correspondiente al último periodo del autor, cuando vivía en una casa de San Pedro con su esposa Linda Lee, y manejaba un BMW de 16 mil dólares.

Bukowski posee un estilo único, pero es un pésimo referente técnico. El escritor contracorriente, miembro de la revolución multicopista se ha ganado su sitio —tal vez necesario— a costa de ser un sujeto despreciable y profundamente sincero, bajo la admiración de un ejército enardecido de lectores underground que no pudieron soslayar su mordacidad, la disciplina con la que se ajustó a sus propias normas y la forma viral en la que difundió su obra en las décadas de 1960 y 1970, contradiciendo al canon poético de la época.

De acuerdo con David Stephen Calonne, Bukowski “desarrolló su propio lenguaje original y minuciosamente modulado para retratar un mundo moderno en el que el poder redentor del amor estaba siempre amenazado”. Y añade: “Naturalmente, el don de Bukowski para los diálogos, el vocabulario anglosajón monosilábico y la prosa escueta, esquelética incluso, se deriva de Hemingway, aderezado con elementos que en más de una ocasión dijo echar de menos en Hemingway: el sentido del humor, así como dosis considerables de argot, palabrotas, escatología y obscenidad”.

Era  portador de un idioma que, al replicarlo, —como cualquiera que comienza a escribir y ha leído La Máquina de follar (1974) o Se busca una mujer (1973)— produce el llamado Efecto Anagrama, tan propio de los talleres mexicanos o latinoamericanos. Diálogos al estilo de: “Te he dicho que mi amigo Juan es un tragaleches, Pablo”; o  “Venga, chaval, vamos a la alberca, sabes que quieres follar conmigo”.

Sin embargo hoy, frente a su imagen, me percato de que el escritor argentino Kike Ferrari (Buenos Aires, 1972) tiene la firma de Bukowski tatuada en el cuerpo. Recuerdo que Anagrama acaba de publicar un libro de inéditos titulado: Las campanas no doblan por nadie (2019), probablemente por razones comerciales. Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) se refirió a Bukowski como un autor necesario durante la juventud; ”aunque leerlo a los 50 [años] resulta algo triste”. En fin, aún existen quienes lo leen y  me siento menos culpable por eso, porque el autor sigue en todas partes, imparable, mal influenciando a los iniciáticos con su aliento a muerte y perturbando a los tradicionales con sus relatos sobre prostitutas, hombres desdichados, hipódromos y pensiones custodiadas por filipinos armados con cuchillos.

Luego de revisar sus obras autobiográficas, fotografías y los documentales en internet, descubrí que era un tipo tan oscuro como sus relatos. Perturbado, un  perseguidor inconcluso de la estabilidad. Un claro miembro del hampa de Los Ángeles que encarnó la yuxtaposición crimen-arte de la que habló el Marqués de Sade o Roberto Bolaño. Como señala Stephen Calonne, para Bukowski “la estructura de poder americana era criminal hasta los tuétanos y tenía una imagen especular en las violentas figuras que se oponían a ella”.

Pienso que hay escritores a los que observamos como las fotografías de una graduación de preescolar. La imagen nos avergüenza, traumatiza y nos remite a un preludio de divorcio, o a muertes súbitas presenciadas durante la niñez; sin embargo alrededor de ella se forma un halo de nostalgia innegable. Lo mismo me sucede con Bukowski: lo admiro y aborrezco a partes iguales. Llegué a él muy joven, en una época en la que mi visión de la literatura no podía concebir textos como los suyos. Conocí las primeras tablas técnicas del relato norteamericano —luego de Bukowski encontré a Ernest Hemingway, Raymond Carver, J.D. Salinger, Tobias WolffLucia Berlín—. Aprendí, además, que su vida y obra formaron parte del mismo corpus, algo que no imaginaba como una posibilidad.

En ese sentido, la vida de Bukowski se podría dividir en las parejas que tuvo: Jane Cooney Baker, Barbara Frye, Linda King y Linda Lee, o de los momentos traumáticos. Su padre, Henry Bukowski, un vendedor de leche que peleó en la Primera Guerra Mundial, conoció a la madre del autor, Katherine Fett, en Alemania y —como un salvador, según escribió el propio Bukowski (La senda del perdedor, 1982)— la llevó a vivir a Los Ángeles.

La relación con su padre fue particularmente significativa y dolorosa. Neeli Cherkovski, uno de sus amigos cercanos durante su periodo marginal (1950-1970) y autor de Hank: la vida de Charles Bukowski (1991) —la única biografía aprobada por el escritor— asegura que Henry Bukowski reprimió a Charles durante su niñez y dejó marcas profundas que el autor retomó en su literatura del yo, cercana y a la vez diferente en relación con otro de sus exponentes, Henry Miller (1891-1980).

A diferencia de Miller, cuyo estilo resulta más intrincado, Bukowski fue un escritor formativo. Sus estructuras se encuentran veladas por una capa transparente que nos permite observar el engranaje interno de sus obras y cómo opera la maquinaria. Tras leerlo, aprendí el manejo de la elipsis —un recurso inherente al Realismo Sucio, una derivación del minimalismo—, así como el manejo de la oralidad en los diálogos y el humor.

La que me parece su mejor obra, el libro de relatos Se busca una mujer (1973), sintetiza los elementos que se repiten en el resto de su literatura: las pensiones de mala muerte, los conflictos con mujeres, la fealdad, la desolación, la escritura como un acto radical y de trabajo, también el crimen, el rechazo a todas las normas sociales y el enajenamiento de la clase trabajadora estadounidense.

Tres o cuatro escenas podrían simplificar la relación entre Bukowski y su padre Henry; transcurrieron mientras Katherine Fett, su madre, era una audiencia inexpresiva ante los maltratos. De hecho ella solo aparece en sus historias para validar las acciones del padre —con frases como: “Así es, papi”, o “Hijo, no contradigas a papá”— hasta que se enferma de cáncer, escapa un par de días y desde un hotel le escribe una carta a Charles donde le dice: “Tu padre es un monstruo” (La senda del perdedor, 1982). Esa escena, junto con otra en la que ella le pide al escritor huir porque su padre acaba de descubrir sus cuentos prosaicos, mismos que arroja junto con su máquina de escribir al patio delantero, son las únicas en donde la reivindica. Katherine falleció por el cáncer en 1956.

Un momento emblemático es cuando Henry, tras un conflicto escolar, lleva a Bukowski al baño de la segunda casa que tuvieron después de trasladarse a Los Ángeles desde Baltimore, la 2122 de Longwood Avenue. El hombre, a quien su hijo describe como un gigante de cara roja que era “todo nariz, mejillas y bigote”, lo golpeaba en el culo con un cinturón hasta que Charles no podía levantarse. El autor recrea la escena en el documental “Born into this”, de John Dullaghan. En otra ocasión, pormenorizada en  su novela autobiográfica La Senda del perdedor (1982), su padre lo apalea con un rastrillo luego de que Charles no corta las hojas del pasto como él quería. La tercera es cuando Henry muere una mañana mientras iba por un vaso de agua, en medio de la cocina, y Bukowski resume su vida como la del hombre promedio inmerso en la máquina imparable del capitalismo y lo califica como alguien insignificante que murió a una buena hora, pues es el momento en que “la gente apenas se está despertando (Cartero, 1971)”.

Quizá otra escena clave es la última paliza. Bukowski ya mide uno noventa y la anécdota resulta francamente ridícula. “Golpéame más si eso te hace sentir bien”, le dice el hijo adolescente a su padre furibundo, y este no sabe cómo reaccionar. Con Bukowski aún frente él, con el culo sanguinolento expuesto, el padre abandona el baño con hilos de baba colgándole del bigote.

Henry Bukowski perteneció a la generación de trabajadores que fluctuaron entre empleos durante la Gran Depresión de 1929. Soñaba con ser ingeniero y terminó siendo lechero. Golpeó constantemente a Bukowski y su madre. Era antipático, un hombre frustrado y su única meta en la vida era la de una buena parte de los estadounidenses de la época: garantizarse un patrimonio y cierta estabilidad económica. Luego de su muerte en 1958, Bukowski remató la casa de sus padres y un patrimonio de 15 mil dólares en prostitutas y latas de cerveza, como parte de uno de sus tantos desprendimientos del núcleo familiar. En realidad su vida, sus acciones y su literatura fueron contradictorias con la rígida educación que recibió de niño.

Podría reescribir su biografía entera. Citar que su abuela paterna solo aparece en uno de sus libros para decir: “Los enterraré a todos”. O el tío de Bukowski, John, acusado de violación, alcohólico y con una familia que padece los maltratos. En tanto, el abuelo es una figura luminosa en su vida: lo ve una sola vez a los siete años, un día que lo llevan a visitarlo y únicamente permiten que Bukowski se baje del auto para saludarlo. Ya en la casa del viejo, Bukowski repara en sus ojos vidriosos, su barba blanca hasta el pecho, el aliento a Whisky.  El anciano le regaló una medalla de plata que obtuvo en la guerra. Bukowski nunca lo olvida y, en cada una de sus novelas, lo recuerda como un gran hombre. Pero, en sus años venideros, el autor eligió un entorno con personas diferentes a su abuelo para explotar su obra.

“Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y mentes rotas y destinos rotos. Me interesan. Están llenos de sorpresas y explosiones. También me gustan las mujeres viles, las borrachas con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas de maquillaje barato. Me interesan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad”, dijo al novelista chileno Poli Délano, durante un encuentro que mantuvieron en Los Ángeles. Se trata de una declaración de los principios que condujeron su vida y su escritura. Imposibles de separarse.

Además, en una buena parte de su obra, Bukowski hace críticas profundas al sistema. Los dueños de las empresas —como en el cuento Cristo en patines o la novela Cartero— son dioses, los amos de todo, limitan la vida de los obreros a un reducto miserable del que solo se puede escapar a través de la enajenación y los excesos. Su vulgaridad fue un recurso personal e incluso político para romper los modos de la época. Usó la decadencia como identidad porque ahí se sintió seguro, sin contraste. Sin embargo, se comparó siempre con los grandes escritores como Hemingway, Céline, Ezra Pound, Sylvia Plath, su ídolo John Fante, Dostoievsky Vladimir Maiakovski, entre otros. Bukowski era pretencioso, un ególatra acorazado con su narcisismo.

De hecho, reinventaba su vida y la contó cómo quiso. La historia sobre la pérdida de su virginidad tiene dos versiones; en la biografía de Cherkovski, Bukowski, de 24 años, alcohólico en ciernes, adicto a la música clásica, liga con una mujer que describe como inmensamente gorda en un bar y tienen sexo en una pensión de mala muerte; la cama se rompe, Bukowski le ofrece dinero a la mujer, pero ella se niega tras asegurar que fue una gran experiencia y que él es un buen chico. En la versión del propio Bukowski, mucho más cruel y la cual relata en una entrevista con Silvia Bizio, el escritor cambia de postura: “Regresé a la habitación. La mujer seguía durmiendo y yo no encontré mi billetera. Pensé que se la había robado, le dije: Lárgate, sucia puta, pues así aprendí a hablar en aquella época. Luego de que se marchó la encontré bajo la cama que habíamos reventado”.

¿Cuál fue la necesidad de contradecir las versiones, de pintarse como un tipo despreciable, como un misógino? En sus relatos, Bukowski no tuvo consideración con nadie, salvo consigo mismo en algunos casos. Cambiaba los hechos de tal manera que él siempre era un antihéroe patético, y sus conocidos aparecían como los perjudicados. La materia prima de sus historias fue su propia vida contada de forma literal o ajustada a conveniencia según su estado de ánimo. Era obsesivo con su obra. Cherkovski asegura que no permitía que modificaran sus textos, los cuales acostumbraba a reescribir desde cero.

Otro hecho contado en versiones contradictorias fue su acercamiento a la muerte en 1955, producto de una úlcera sangrante. La versión de Bukowski es que una noche vomitó sangre mientras estaba con su primera pareja, Jane Cooney Baker, una barfly varios años mayor que el escritor y con quien vivió en diferentes pensiones de donde los sacaban por generar disturbios. Lo llevaron de emergencias al hospital de Los Angeles County, logró recuperarse gracias a transfusiones sanguíneas que le suministraron porque su padre era un donante registrado. Los médicos le dijeron a Bukowski que no podía volver a beber. El escritor pasó dos semanas consumiendo leche y visitando el hipódromo, una actividad que llegó a considerar una profesión y le servía para perfilar a sus personajes. Luego, dice (en La senda del perdedor, 1982) que a la leche le echó un poco de vino, y luego menos leche, hasta que solo quedó el vino.

Recuperado en una camilla, su padre lo visitó acompañado de la alcoholizada Jane Cooney Baker. ¿Por qué la trajiste así?, pregunta Charles. ¿Por qué? Henry responde: Porque tú sabes qué clase de mujer es. Jane murió de cáncer y cirrosis en 1962 mientras trabaja en un hotel ubicado en la Vermont Avenue, en Hollywood. Solo Bukowski asistió al funeral. Algunos de los poemas más sentimentales del autor, publicados en El amor es un perro del infierno (1977), fueron dedicados a ella. Ahí también se incluyen muchos poemas sobre la turbulenta y apasionada relación que tuvo con la poeta y escultora Linda King, quien hizo un busto con el rostro del escritor y publicó un libro sobre su relación titulado Amando y odiando a Charles Bukowski: una memoria (2012).

Sin embargo los tiempos no cuadran. En 1955, cuando habría tenido lugar la hemorragia, Bukowski se supone que estaba casado con Barbara Frye, una editora de Texas sin una vértebra en el cuello a la que conoció a través de cartas y con quien inició una relación porque ambos se consideraban marginales; él, con los surcos que le dejaron las sesiones médicas para tratar el acné vulgaris que padeció en la adolescencia —un tema que aborda en muchos relatos— y lo volvió un antisocial; ella, baja de estatura e incapaz de girar la cabeza debido a la vértebra.  “Tengo la cara como renglón torcido”, le carteó Bukowski, según la biografía de Cherkovski, poco antes de que acordaran casarse. Barbara contestó que solo tenía una vértebra y que ambos eran renglones torcidos.

Por entonces Charles escribía hasta veinte poemas semanales que enviaba a diferentes editoriales independientes y marginales, un ritmo de trabajo que fue al final su vía para la consagración. Otra versión señala una distancia de dos años entre ambos sucesos, es decir, que Bukowski habría sufrido la hemorragia en el 55 y se habría casado en el 57, un año antes de la muerte de su padre, un año después de la muerte de su madre. La relación con Frye está pormenorizada en su novela autobiográfica Cartero (1971) donde la califica como una ninfómana que lo abandonó.

El gran salto a la fama vino, sin embargo, con Black Sparrow Press, la editorial independiente fundada por John Martin con el objetivo original de publicar a Bukowski a gran escala. Ese es un tema importante: una buena parte de los editores, escritores y académicos que lo conocieron, incluidos los europeos, se obsesionaron con su obra. Sus primeros editores, Jon y Gyps y Lou Webb, vivían con las hojas de sus poemas pegadas en las paredes. Cada uno de ellos reconoció a Bukowski como un escritor dedicado, cuyos peores desfases ocurrían por el alcoholismo. Asimismo, aunque estudió periodismo un par de años, Bukowski aborrecía a la academia, los poetas y al mundo literario en general.

En 1969 Martin, cristiano, un personaje contrastante con el escritor, le ofreció una cuota de 100 dólares mensuales de por vida para que se dedicara a escribir. Durante aquella época, Bukowski se acababa de volver padre. Tuvo una sola hija, Marina Louise Bukowski, nacida de su corta relación con  Frances Smith. Ya era conocido en el underground por las decenas de textos que publicó en revistas independientes, así como por la columna “Escritos de un viejo indecente” que publicaba Los Angeles Open City y la cual trasladó a Los Angeles Free Press. También por los recitales en los que confrontaba al público. Tenía 50 años cuando decidió dedicarse de lleno a la escritura. Había atravesado relaciones turbulentas, estuvo un breve periodo en la prisión de Moyamensing, en Filadelfia, trabajó en Correos —pese a las impresiones, Bukowski siempre fue muy ordenado con sus finanzas y temió morir en la pobreza— y viajó por Estados Unidos mientras hacía trabajos mecánicos entre 1940 y 1950. Sobre la Segunda Guerra Mundial, periodo en el que realizó los viajes, declaró una vez:

“Ya sabes, chico. Te levantas, te vistes, te preparas para ir a trabajar y luego bajas a enfrentarte con ese monstruo que lleva insignia de Correos en el pecho y que está ahí para maltratarte. Esa es la guerra de verdad, y yo estoy en la primera línea”.

Cuando conoció a Linda Lee, su última pareja, ya era un consagrado. Había publicado algunos de sus mejores libros de poesía y narrativa, varios traducidos en Europa. Daba recitales a los que asistían hasta cien personas. Religiosamente, se embriagaba y vomitaba antes de cada uno, insultaba al público y  pedía a los organizadores que le tuvieran listas tres botellas de vino o un refrigerador lleno de cervezas. Esa puesta en escena se volvería a la larga una de sus improntas y la repetiría incluso en la única lectura que dio en Alemania. Sin embargo, su arquetipo de hombre fuerte y viril se quebró tanto en sus relatos como en sus apariciones ante la cámara. En el documental Born into this, Bukowski llora desconsoladamente tras recitar un poema dedicado a Linda King.

En el relato Nocturnas calles de locura, incluido en La Máquina de Follar (1972), el autor le dice al espíritu de Hemingway, con quien de hecho conversa constantemente en sus historias: “Siempre he sido un cobarde”. O en el cuento titulado Yo maté a un hombre reno, el cual forma parte de la misma compilación: “Bukowski lloró en pensiones baratas, Bukowski no sabe vestir, Bukowski no sabe hablar, a Bukowski le asustan las mujeres, Bukowski no aguanta bebiendo, Bukowski está lleno de miedo, y odia diccionarios, monjas, monedas, autobuses, iglesias, los bancos del parque, las arañas, las moscas, las pulgas, los freaks; Bukowski no fue a la guerra. Bukowski es viejo, lleva cuarenta y cinco años sin soltar un cometa; si Bukowski fuese mono, lo expulsarían de la tribu…”

Según los testimonios que figuran en Born into this —donde aparecen algunas celebridades que lo conocieron, como Bono, de la banda U2, o el actor Sean Penn, quien pretendía interpretar el papel de Bukowski en la película El Borracho (1987)— la relación con Linda fue su verdadero momento de estabilidad, lo que le permitió vivir más años de los merecidos. En el documental hay una escena en donde ambos están frente a una mesa con varias botellas de vino vacías y tras una discusión Bukowski la golpea. Acto seguido editores, amigos y la propia Linda lo justifican argumentando que en realidad no era misógino, sino un tipo inseguro, y que se trató de un hecho de una sola vez. Sin embargo, el autor escribió varios textos en donde hace apologías claras a la violación y la violencia contra las mujeres. Un par de casos son el poema “A la puta que se llevó mis poemas”, u otro titulado “Alguien”, en donde escribió: “Y la tumbé en el sofá/ y le levanté el vestido hasta el cuello/ y me importó un pito si era una violación o el fin del mundo”. En el documental Linda reconoce que el autor quiso golpearla una vez más y ella le dijo: “Tú, hijo de puta, puedes descargar tu mierda a las nubes o a ti mismo, pero a mí no me vas a volver a tocar”.

Bukowski murió a causa de la leucemia el 9 de marzo de 1994 en el hospital San Pedro Peninsula, a los 73 años, y tras publicar más de 45 libros de poesía y prosa. Si se cuentan sus carteles y otras publicaciones especializadas, se trata de más de ciento cincuenta libros. En sus últimos años el marginal absoluto se remojaba en una piscina rodeado de los gatos callejeros que adoptó y escribía en una Macintosh. Veía cerca la muerte, tal como lo reflejó uno de sus personajes en la novela Pulp (1994) tras recibir un disparo:

“Allí estaba yo con aquel pájaro gigantesco y reluciente. Se quedó allí parado. Esto no puede ser real, pensé. Así no es como funciona. No, así no es como se supone que funciona.

Entonces, mientras yo lo miraba, el Gorrión abrió lentamente el pico. Apareció un inmenso vacío. Y dentro del pico había un enorme vórtice, amarillo, más dinámico que el sol, increíble.

Así no es como funciona, me dije una vez más.

El Gorrión abrió al máximo el pico, acercó la cabeza y el resplandor amarillo se propagó y me envolvió por completo”.

Pese a sus taras, Bukowski fue el líder de una causa: que los marginales tuvieran voz. Y lo logró. Tiene hasta la fecha imitadores tan malos como las hojas membretadas en donde publicó sus primeros poemas. Ese hálito despreciable y vital nos llega a cien años de su nacimiento. Muchos aún abrimos lo ojos y lo leemos sin pestañear. ¿Necesario? Es algo que no tengo interés en responderme. Aunque, como declaró Fresán, si sigues leyéndolo a los 50 años resulta un poco triste.


Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.
“In The Madhouse” de William Hogarth. Extraída de Wikimedia Commons.

 

Capítulo XI

En el baño

 

 

Unas cuantas canciones después, nos dijeron que fuéramos con la Srta. Grupe. Nos llevaron a un baño húmedo y frío, y me ordenaron desvestirme. ¿Que si protesté? Bueno, nunca había rogado con tanta insistencia que me dejaran en paz. Dijeron que si no lo hacía, usarían fuerza bruta y que no tendrían la menor delicadeza. En ese momento noté que la mujer más loca del pabellón estaba de pie junto a la bañera sosteniendo un paño grande y descolorido. Estaba parloteando consigo misma y riendo entre dientes de una manera que me pareció realmente diabólica. Entonces supe lo que me esperaba. Me puse a temblar. Comenzaron a desvestirme y una por una, me quitaron todas mis prendas. Finalmente toda mi ropa había desaparecido excepto por una prenda.

—No me los quitaré —dije con vehemencia, pero de igual manera me los arrebataron.

Eché un vistazo al grupo de pacientes reunidos en la puerta contemplando aquella escena y brinqué adentro de la bañera con más energía que gracia. El agua helada me caló la piel y comencé a quejarme, ¡pero toda protesta era inútil! Rogué, por lo menos, que hicieran a los otros pacientes irse, pero me ordenaron que me callara. La mujer loca comenzó a tallarme. No puedo encontrar otra palabra más que tallar. Tomó un poco de jabón líquido de una bandeja de estaño y me lo frotó por todo el cuerpo, incluso sobre mi cara y mi precioso cabello. No podía ver o hablar, aunque había rogado que dejaran a mi cabello intacto. Aquella mujer loca talló, talló y talló entre cuchicheos. Me castañeaban los dientes y tenía la piel de gallina en mis brazos y piernas, que ya estaban azules del frío. De repente recibí, uno tras otro, tres cubetazos de agua helada sobre mi cabeza, que penetró en mis ojos, mis orejas, mi nariz y mi boca. Estoy bastante segura que algunas de esas sensaciones correspondían a las de una persona ahogándose; me arrastraron fuera de la tina, jadeante, estremeciéndome por los escalofríos. Para variar, esta vez sí me veía loca. Me percaté de la mirada anonadada de mis compañeras, que habían atestiguado mi suerte y sabían sin duda que ellas seguían. Incapaz de controlarme ante el escenario absurdo del que formaba parte, estallé en sonoras carcajadas. Empapada de pies a cabeza, me pusieron un camisón corto de franela, etiquetado en el extremo inferior en letras negras y grandes, “Manicomio, I. B., P. 6.”. Las letras significaban Isla de Blackwell, Pabellón 6.

Para ese entonces, la Srta. Mayard ya se había desvestido y, por mucho que haya odiado aquel baño, me hubiera dado otro chapuzón con gusto si eso le hubiera ahorrado la mala experiencia. La mera idea de esa pobre chica sumergida en un baño helado, me hizo sacudirme como si tuviera la fiebre, a pesar de jamás haber estado enferma. La oí explicar a la Srta. Grupe que su cabeza aún estaba adolorida por su enfermedad. Su cabello estaba corto y había perdido gran parte, por lo que pidió que la mujer loca frotara con más cuidado, pero la Srta. Grupe dijo:

—No tenemos inconveniente con lastimarte. Cállate o te irá peor —la Srta. Mayard efectivamente se calló y esa fue la última vez que la vi aquella noche.

Me apresuraron a entrar a un cuarto con seis camas y ya me había recostado cuando alguien llegó y de nuevo me sacó de un tirón, diciendo:

—Nellie Brown debe de quedarse en un cuarto sola esta noche, pues supongo que es ruidosa.

Me llevaron al cuarto 28 y me dejaron averiguar el funcionamiento de la cama por mi cuenta. Pero esta tarea resultó imposible. La cama estaba alta del centro y caída de ambos lados. Mi cabeza empapó la almohada al primer contacto y la humedad de mi camisoncito se transfirió a la sábana. Cuando la Srta. Grupe entró, le pregunté si podía tener un camisón de buen tamaño.

—No tenemos esos lujos en esta institución —dijo.

—No me gusta dormir sin uno —reclamé.

—Bueno, eso no me importa —dijo— estás en una institución pública ahora y no puedes esperar obtener nada. Esto es la caridad, así que deberías estar agradecida por lo que recibas.

—Pero la ciudad paga por mantener estos lugares funcionando —le insistí— y le paga a las personas para que traten bien a los pobres desafortunados que traen aquí.

—Bueno, no esperes nada de amabilidad en este lugar, no la tendrás —dijo, salió del cuarto y cerró la puerta.

Tenía por debajo una sábana y un pedazo de hule y por encima otra sábana con una cobija negra de lana. Nunca había sentido nada tan molesto como esa cobija en el momento en el que intenté envolverla alrededor de mis hombros para mantener fuera a los escalofríos. Cuando la jalaba hacia arriba, dejaba mis pies desnudos y cuando la jalaba hacia abajo, dejaba mis hombros expuestos. No había absolutamente nada en el cuarto, excepto la cama y yo misma. Como habían cerrado la puerta me imaginé que me dejarían en paz por la noche, pero no tardé en oír el eco de dos mujeres recorriendo el pasillo con un andar pesado. Se detenían en cada puerta, la abrían y unos segundos más tarde alcanzaba a oír cómo le volvían a echar el cerrojo. Hicieron esto a lo largo del pasillo sin la menor intención de ser silenciosas, desde el extremo opuesto y hasta mi dormitorio. Al llegar, se detuvieron un momento. La llave entró en la cerradura y giró. Miré a las personas en el umbral de la puerta. Entraron de una en una, uniformadas con vestidos de rayas cafés y blancas, adornados con botones de latón dorado, largos delantales blancos, un pesado lazo verde alrededor de la cintura, del que colgaba un manojo de llaves grandes, y gorros blancos en sus cabezas. Al estar vestidas como los cuidadores diurnos, supe que eran enfermeras. La primera llevaba una linterna y me deslumbró sacudiéndola en mi rostro mientras le decía a su asistente:

—Esta es Nellie Brown.

—¿Quién eres? —le pregunté.

—La enfermera nocturna, cielo —respondió y, tras darme las buenas noches, salió y le echó el cerrojo a la puerta. Entraron a mi cuarto varias veces a lo largo de la noche e incluso si hubiera podido dormir, el sonido puerta pesada siendo destrabada, su conversación ruidosa o su caminar pesado me hubieran despertado eventualmente.

No pude dormir, así que quedé tumbada en la cama imaginándome los horrores que ocurrirían en caso de que se desatara un incendio en el manicomio. Cada puerta se cierra por separado y las ventanas están cubiertas por barrotes gruesos, así que escapar es imposible. En un solo edificio hay, según me dijo Dr. Ingram, unas trescientas mujeres. Están encerradas de una a diez por cuarto. Es imposible salir a menos de que alguien destrabe las puertas. Un incendio no es improbable, es uno de los accidentes más comunes. Si el edificio se quemara, los carceleros o enfermeras nunca pensarían en dejar sueltas a sus pacientes locas. Les comprobaré esto más adelante, cuando relate el trato cruel que recibieron las pobres criaturas encomendadas a su cuidado. Como dije, en caso de un incendio, no escaparía ni una docena. Abandonarían a todas para que murieran rostizadas. Incluso si las enfermeras fueran bondadosas, que no es el caso, se necesitaría más empatía de la que poseen las mujeres de su clase para entrar en las flamas y arriesgar su propia vida mientras abren un centenar de puertas, soltando un montón de prisioneros locos. A menos de que haya un cambio sustancial, algún día habrá una historia de terror sin igual.

Con respecto a esto, ocurrió un curioso incidente poco tiempo antes de que me dieran de alta. Estaba hablando con el Dr. Ingram sobre muchos temas y le comenté lo que creía que pasaría en caso de un incendio.

—Las enfermeras deberían de abrir las puertas —dijo.

—Pero bien sabe usted que se quedarían de brazos cruzados y estas mujeres morirían quemadas —le dije. Se sentó en silencio, incapaz de llevarme la contraria— ¿Por qué no lo ha cambiado?

—¿Qué puedo hacer? —respondió— Hago sugerencias hasta secar mi cerebro, ¿pero de qué sirve? ¿Qué harías tú? —me preguntó a mí, la chica proclamada loca.

—Bueno, insistiría en que instalaran cerrojos en todas las puertas, como he visto en otros lugares, que pueden ser desbloqueados girando una palanca al final del pasillo. Entonces por lo menos tendrían una oportunidad de escapar. En este momento, con cada puerta cerrada por separado, no hay absolutamente ninguna.

El Dr. Ingram me miró con una expresión ansiosa que invadía su rostro amable y me preguntó despacio:

—Nellie Brown, ¿en qué institución ha sido recluida antes de venir aquí?

—Ninguna. Nunca fui confinada en una institución en toda mi vida, excepto por el internado.

—¿Entonces en dónde vio los cerrojos que me describió?

Los había visto en la nueva Penitenciaría Occidental de Pittsburgh, Pennsylvania; pero no me atreví a decírselo. Me limité a decirle:

—Oh, los vi en un lugar al que fui… como visitante, me refiero.

—Solo hay un lugar que conozca donde tienen esos cerrojos —dijo, con tristeza— y es en Sing Sing.

Su deducción sonaba más a una acusación. Me reí efusivamente, pasando de largo su comentario implícito, y le aseguré que hasta la fecha nunca había sido una prisionera de Sing Sing o siquiera lo había visitado.

Justo cuando comenzó a despuntar el alba, me fui a dormir. Apenas había cerrado los ojos cuando me despertaron bruscamente y me ordenaron que me levantara, mientras abrían la ventana y me despojaban de mi ropa. Mi cabello aún estaba húmedo y sentía todo mi cuerpo adolorido, como si tuviera reumatismo. Me arrojaron algo de ropa al piso y me ordenaron ponérmela. Pedí que me dieran mi propia ropa y Miss Grady, quien aparentemente era la jefa de enfermeras, me dijo que debería aceptar lo que se me diera. La inspeccioné de cerca. Unas enaguas[1] hechas de algodón ennegrecido y áspero, y un vestido blanco de calicó[2] barato con una mancha negra. Até los cordones de la falda alrededor de mi cintura y me puse el pequeño vestido. Estaba hecho, como todos los vestidos que usaban las pacientes, en una línea recta que iba desde la apretada cintura, cosida a una falda igual de recta. Cuando me estaba abotonando la cintura, noté que las enaguas eran unas seis pulgadas más largas que la falda y por un momento me senté en la cama y me reí de mi propia apariencia. Ninguna mujer ha añorado un espejo más que yo en aquel momento.

Vi a las otras pacientes caminando apresuradas por el pasillo, así que decidí no perderme nada de lo que pudiera estar sucediendo. Sumábamos cuarenta y cinco pacientes en el Pabellón 6 y nos enviaron a todas al baño, donde habían tan solo dos toallas malolientes. Miré a unas pacientes locas, que tenían unos sarpullidos tremendos invadiendo sus caras, secarse con las toallas y luego pasarlas a las mujeres con piel limpia cuando era su turno. Me acerqué a la bañera, lavé mi cara bajo el agua del grifo y mis enormes enaguas me sirvieron de toalla.

Antes de que terminara mi rutina de aseo, trajeron una banca al baño. Las Srtas. Grupe y McCarten entraron con peines en mano. Nos ordenaron sentarnos en la banca y el cabello de cuarenta y cinco mujeres fue cepillado por una paciente, dos enfermeras y seis peines. Cuando vi algunas de esas cabelleras cubiertas de ampollas siendo cepilladas, me di cuenta que este era otro detalle en el que no había pensado. La Srta. Tillie Mayard tenía su propio peine, pero la Srta. Grady se lo arrebató. ¡Vaya peinada! Nunca había pensado en lo que significaba la expresión “te daré una buena peinada”, pero lo averigüé ese día. Mi cabello, todo enmarañado y húmedo de la noche anterior, fue jaloneado de un lado al otro y, después de protestar sin conseguir nada, apreté los dientes y me aguanté el dolor. Se rehusaron a devolverme mis horquillas para el cabello y lo arreglaron en una sola trenza atada con un trapo rojo. Los rizos de mi fleco se negaron a quedarse atrás, así que por lo menos eso quedó de mi antigua gloria.

Más tarde fuimos a la sala de estar y busqué a mis compañeras. Miré a mi alrededor en vano, intentando distinguirlas de las otras pacientes. Después de buscar un rato, reconocí a la Srta. Mayard por su pelo corto.

—¿Cómo dormiste después de tu baño con agua fría?

—Casi me congelo y el ruido no me dejó dormir. ¡Es terrible! Mis nervios ya estaban por los suelos antes de venir aquí, tengo miedo de no poder aguantar la presión.

Hice lo mejor que pude por animarla. Pedí que nos dieran más prendas, al menos suficientes para lo que acostumbran usar las mujeres, pero me dijeron que me callara; que tendríamos tantas como quisieran darnos.

Nos obligaron a levantarnos a las 5:30, y a las 7:15 nos dijeron que nos reuniéramos en el pasillo, donde se repitió el ritual de espera, al igual que la noche anterior. Cuando entramos al comedor por fin encontramos un cuenco de té frío, una rebanada de pan con mantequilla y un plato de avena con melaza encima para cada paciente. Tenía hambre, pero la comida no era del todo comestible. Pedí un pan sin mantequilla y me lo dieron. No se me ocurre nada que se asemeje a aquel color oscuro y sucio. Estaba duro y en algunas partes, no era más que masa petrificada. Escondida adentro de mi rebanada, encontré una araña, así que me negué a comerla. Probé la avena con melaza, pero estaba echada a perder, así que me esforcé por beber el té, dando tragos a duras penas.

Una vez que regresamos a la sala de estar, a algunas pacientes les ordenaron tender las camas, a otras las pusieron a fregar el piso y al resto les dieron varias tareas para cubrir todo el trabajo por hacer en el pasillo. No son las cuidadoras que mantienen la institución en buen estado para las pobres pacientes, como siempre había pensado, sino las mismas pacientes que hacen todo por su cuenta; incluso limpiar las recámaras de las enfermeras y hacerse cargo de su ropa.

Alrededor de las 9:30 se les indicó a los nuevos pacientes, de los que formaba parte, que salieran para ver al doctor. Me hicieron pasar a la oficina, donde el doctor joven y coqueto que nos atendió el primer día, examinó mis pulmones y corazón. El que elaboró el reporte, si no me equivoco, fue el ayudante de superintendente, Ingram. Tras unas cuantas preguntas, me dejaron regresar a la sala de estar.

Al entrar, vi a la Srta Grady sosteniendo mi cuaderno y mi lapicero largo, que había comprado específicamente para la ocasión.

—Quiero mi libro y mi lápiz —dije con franqueza—, me ayuda a recordar cosas.

Estaba muy ansiosa por recuperarlo para poder tomar notas, y me desilusionó cuando dijo:

—No puedes tenerlo, así que mejor cállate.

Unos días más tarde le pregunté al Dr. Ingram si podía tenerlo y me prometió tomarlo en consideración. Cuando volví a sacar el tema, me comentó que la Srta. Grady dijo que yo solo había traído un cuaderno y que no tenía ningún lapicero. Me sentí hostigada e insistí en que efectivamente lo tenía, tras lo cual me aconsejó combatir las ilusiones de mi cerebro.

Una vez que las pacientes terminaron los quehaceres, dado que era un buen día a pesar del frío, nos ordenaron salir al pasillo y ponernos chales y sombreros para salir a caminar. ¡Pobres pacientes! Estaban tan ansiosas por una bocanada de aire fresco, por disfrutar una liberación momentánea de su prisión. Salieron aprisa al pasillo y se hizo un revoltijo para conseguir un sombrero. ¡Había un desfile de sombreros!

 

 


 

[1] Prenda de ropa interior femenina con encajes o bordados, generalmente blanca y de algodón, que se utilizaba debajo de la falda de un vestido para cubrir las piernas.

[2] El calicó (a veces llamado ‘percal’) es una tela de algodón sin procesar originaria de la India. Calico dress también se refiere a vestidos coloridos con diseños florales, pero en este contexto, por calicó se entiende una tela  de tejido crudo y sin adornos.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.