Tierra Adentro
José María Velasco, “Ahuehuete de la Noche Triste”. Imagen extraída de Flickr, digitalizada por Jorge Elías.

 

Tiene esta gran ciudad sobre agua hechas

firmes calzadas, que a su mucha gente

por capaces que son vienen estrechas;

Bernardo de Balbuena, Grandeza mexicana

 

 

El caminante anda por una ancha calzada. En ella, el vestigio de recuerdos ya casi empañados por el tiempo regresa a los labios que sueltan una bocanada de humo, mientras sus ojos se pierden en el largo camino recorrido de una ciudad tres veces fundada. En la primera de ellas, el caminante advierte que la calle que arropa sus pasos unía el centro del imperio con tierra firme, con un inmenso lago entre los dos; en la segunda, como escribiera Luis González Obregón, fueron “arrasados uno a uno sus teocallis y edificios, [y] abandonada después de glorioso sitio a causa del insoportable hedor que despedían los mil cadáveres”;[1] varias decenas de años después de su tercera fundación, tanques y halcones recorrerían con sevicia su historia centenaria para reprimir salvajemente una manifestación estudiantil.

El caminante también sabe que en los siglos de esta calzada están sus propios pasos que la caminaron fervorosamente, primero, y despechados, después. “En la guerra estas cosas suelen acaecer”, se dice mientras se sienta en una de las tres únicas mesas del área de fumar de un Toks. Acompañado de un café desabrido que va olvidando con cada nuevo cigarro su calor, el caminante fija su vista en los restos de un ahuehuete casi marchito, cuyos restos muestran todavía las cicatrices que un incendio le infligiera un 10 de enero de 1980. Sin embargo su mirada no ve las llamas ni escucha el crepitar de la madera, en realidad, se remonta muchos años atrás, a una fotografía en donde un maestro, que lleva sobre las canas un sombrero claro, platica con un joven de chamarra a cuadros y pantalón obscuro que lleva entre sus manos un pedazo de papel: artificio, quizás, al que acudirá la memoria días o años después. En la instantánea, es Manuel Gamio quien habla, y Miguel León Portilla lo escucha con la juvenil curiosidad que nunca lo abandonó.

En Forjando patria, Manuel Gamio escribe sobre los aspectos de la Historia. En el libro, describe los dos valores que ésta posee: el especulativo y el trascendente. Cuando la Historia está pasivamente en las bibliotecas o en la mente de los hombres su valor es especulativo, y si se le considera como un “copioso índice, como fuente inagotable de experiencias por medio de las cuales la humanidad ha alcanzado sus diversas etapas de florecimiento y decadencia”[2], entonces, se vuelve trascendente. Dentro de estos aspectos de la Historia, Gamio menciona —junto a los “prejuicios corrientes”, el “criterio integral” y los “límites específicos, geográficos y cronológicos”— el “bello aspecto”, que es, en palabras del insigne historiador, un aspecto “puramente descriptivo y encaminado a instruir agradable, aunque superficialmente, al lector”. Y quizás sea este aspecto el que ha acompañado al caminante en su travesía por la calzada que abriga al vetusto ahuehuete. Si como escribe Vicente Quirarte, a propósito de Guillermo Prieto, “la vagancia es un arte, una educación que se afirma conforme se complican los códigos de la ciudad”,[3] el andar de nuestro caminante ha encontrado en la calzada un código del que se cumplen quinientos años, y en ella, una historia que se anida en sus centros.

 

La tradición indígena, realista, vigorosa […] nos deja mirar cómo era […] la vida de los mexicanos antes de que llegara la Conquista: artes originales y novísimas[…]Industria ingeniosa de múltiples manifestaciones. Organización social compleja, fuerte y sabia. Rituales extraños en los que sangre fresca, copalli cristalino y goma ennegrecida, constituían la más devota ofrenda; panteón ilimitado, donde tuvieron cabida desde el dios generador de la existencia hasta los cuatrocientos dioses del vino y de la embriaguez. Instituciones militares que pusieron asombro en los capitanes hispanos.

Estas y otras manifestaciones reviven a nuestros ojos a la raza vencida; percibimos el ambiente de gloria en que se hizo grande, la miramos de relieve, palpamos casi, su carne cobriza, oímos su alarido bélico, sentimos el pavor y la admiración que llevaban consigo los guerreros de Cortés cuando en la “noche triste” hallaron medida a la pujanza de ese pueblo que sabía perder la vida como arrancarla.[4]

 

La historia —una de tantas— que en esta calzada se enquista tiene, como Cerbero, tres cabezas: los sucesos aciagos —para los conquistadores españoles— de aquel 30 de junio de 1520; el apelativo de “noche triste”, y el ahuehuete que se afincó en la memoria colectiva mexicana como el lugar donde Cortés lloró su derrota. Manuel Gamio escribió Forjando patria en 1916, por lo que “noche triste” ya estaba en el imaginario nacionalista.

Francisco López de Gómara, en su Historia de la conquista de México, de 1552, escribe: “fue aciago el día, y la noche triste y llorosa para nuestros españoles y amigos. Regocijaron aquella tarde y noche los de México con grandes fuegos, con muchas bocinas y acábales con bailes, banquetes y borracheras”.[5] Y si bien cabe la posibilidad que esta fuera la primera vez que el sustantivo y el adjetivo se emparentaran para nombrar una batalla por la conquista de México, Gómara hace alusión a una derrota posterior, cuando Moctezuma Xocoyotzin ya había muerto, al igual que su sucesor Cuitláhuac, y en el trono estaba el último tlatoani: Cuauhtémoc. El caminante tendrá que recorrer tres siglos en su memoria para buscar el epíteto en un artículo de El siglo XIX, en donde se consigna que:

 

En la próxima exposición de la Academia verán un magnífico cuadro histórico que ha ejecutado el hábil pintor mexicano don Francisco Mendoza. […] Representa la tremenda batalla conocida en la historia de la conquista con el nombre de la Noche Triste. […] Infinitas son las figuras del cuadro, y muchas de aquéllas son retratos verdaderos. Allí están Hernán Cortés, Alvarado, Sandoval, doña Marina, el señor de Iztapalapa, Cacamantzin, los hijos de Moctezuma y otros […] le excitamos a que siga cultivando con su diestro pincel la historia no explorada del país.[6]

 

En esta “historia no explorada del país”, será hasta el año de 1885 en donde el melancólico epíteto encuentre reposo —treinta años antes del libro de Gamio— en una pintura de José María Velazco: El ahuehuete de la noche triste. El año en que la pintura se fecha es relevante si se piensa que en 1880, Manuel Orozco y Berra publica su Historia antigua y de la conquista de México, en donde escribe que: “Tan profunda fue la impresión causada en el ánimo de los conquistadores por aquella sangrienta derrota, que bautizaron la jornada con el epíteto significativo de la Noche triste”. [7] Sin embargo, en 1892, Alfredo Chavero publica su Explicación del Lienzo de Tlaxcala, el códice fechado alrededor de 1550, y que da cuenta desde un lugar privilegiado, por el papel que tuvieron los tlaxcaltecas en la campaña, de la bienvenida y de la guerra a los conquistadores. En este texto, Chavero escribe, sin miramientos, en su descripción de la lámina decimonovena:

 

Los que aceptan la fábula de que Cortés lloró bajo el ahuehuete de Popotla, o en el teocalli de Tacuba, como quiere el Sr. Orozco, no están en lo cierto: si con esto lo rebaja la leyenda en la tremenda lucha de aquella noche memorable, la historia, por el contra­rio lo realza, pues no se bajó un instante del caballo, y no se detuvo ni en Popotla ni en Tlacopan; y ni tiempo tuvo para llorar, sino sólo para batallar sin descanso.

 

La idea del mito fue y es necesaria para establecer una noción de “patria diamantina”, de un nacionalismo tan necesitado en el siglo XIX después de una guerra de independencia, de luchas fratricidas, de invasiones extranjeras y de un proceso que llegaría a cierta engañosa calma con la pax porfiriana; así, la frase del citado Prieto, “Los valientes no asesinan”, la defensa del Castillo de Chapultepec o la Noche triste, son intentos de construir un arraigo en la historia y en la memoria. Y éste no debiera ser motivo para fútiles diatribas o encendidas arengas en pos de una nación fragmentada, diversa y compleja. Lucas Alamán escribió que: “estos trastornos que de tiempo en tiempo han sufrido todas las naciones; estas revoluciones que mudan la faz del orbe y que tienen el nombre de conquistas, no deben ser consideradas ni en razón de la justicia, ni en la de los medios que se emplean para su ejecución, sino más bien en razón de sus consecuencias”.[8] Y en esta pesquisa,  pretextada por quinientos años de aquella batalla, convendría revisar los diferentes testimonios con los que se cuentan.

La andanada del pueblo mexica en contra de los teules que se encontraban hospedados dentro de la ciudad se debió, indudablemente, a la ausencia de Cortés en la capital del imperio, puesto que Pánfilo de Narváez había llegado a la Villa Rica de la Vera Cruz, desde Cuba y con la venia del gobernador Diego Velázquez, para contraponerse a la campaña del extremeño. López de Gómara refiere que Cortés, al enterarse, le dijo a Moctezuma:

 

Señor, conocido tenéis el amor que os tengo y el deseo de serviros, y la esperanza de que a mí y a mis compañeros haréis, cuando nos vamos, muy crecidas mercedes. Pues ahora os suplico me las hagáis en estaros siempre aquí, y miréis por estos españoles que con vos dejo, y que os encomiendo, con el oro y joyas que les queda y que vos nos disteis; porque yo me parto a decir a aquellos que poco ha llegaron en la flota, cómo vuestra alteza manda que yo me vaya, y que no hagan daño ni enojo a vuestros súbditos y vasallos, ni entren en vuestras tierras, sino que se estén en la costa hasta que nosotros estemos para poder embarcar y nos ir, como es la vuestra voluntad y merced […][9]

 

Moctezuma accedió a los ruegos de Cortés, y éste partió a una campaña que terminaría con la prisión de Pánfilo de Narváez. Mientras tanto, y como refiere el mismo López de Gómara:

 

[…] pocos días después de ido Cortés a Narváez, vino cierta fiesta solemne que los mexicanos celebraban, y qui-iéronla celebrar como solían, y para ello pidieron licencia a Pedro de Alvarado [quien] se la dio, con tal que en el sacrificio no interviniese muerte de hombres ni llevasen armas. Juntáronse más de seiscientos caballeros y principales personas, y aun algunos señores, en el templo mayor; otros dicen más de mil. Hicieron grandísimo ruido aquella noche con atabales, caracoles, cornetas, huesos hendidos, con que silban muy recio, […] desnudos, empero cubiertos de piedra y perlas, collares, cintas, brazaletes y otras muchas joyas de oro, plata y aljófar, y con muy ricos penachos en las cabezas, bailaron el baile que llaman mazeualiztli […] Estando pues bailando aquellos caballeros mexicanos en el patio del templo de Uitcilopuchtli, fue allá Pedro de Alvarado. Si fue de su cabeza o por acuerdo de todos no lo sabría decir; más de que unos dicen que fue avisado que aquellos indios, como principales de la ciudad, se habían juntado allí a concertar el motín y rebelión que después hicieron; otros, que al principio fueron a verlos bailar baile tan loado y famoso, y viéndolos tan ricos, que se acodiciaron al oro que traían a cuestas, […] y sin duelo ni piedad cristiana los acuchilló y mató, y quitó lo que tenían encima. Cortés, aunque le debió pesar, disimuló por no enojar a los que lo hicieron.[10]

 

Al regresar Cortés de su expedición encontró al pueblo sublevado en contra de los invasores por la matanza. Y después de soportar los embates de los guerreros mexicas, el conquistador tuvo que pedir a Moctezuma que intercediera por él y por los suyos ante su pueblo. Moctezuma Xocoyotzin, quien en el juicio de la Historia ha pasado por un gobernante de feble temple respondió: “¿Qué quiere ya de mí, Malinche? […] Han propuesto de no os dejar salir de aquí con la vida; y así creo que todos vosotros habéis de morir”. [11] Al salir al pretil del templo, Moctezuma murió, dicen los vencedores, lapidado por su propio pueblo, y en eso coinciden tanto las historias de los cronistas de la conquista como plumas como la de Francisco Cervantes de Salazar. Sin embargo, como quisiera Manuel Gamio, si quisiéramos apelar al valor trascendental de la Historia y viéramos la historia de la conquista de América Latina en su conjunto, veríamos que es probable que a Moctezuma lo mataran los propios captores, para después dar la versión de que fue su propia gente, como un modo de expiar culpas y afirmarse como salvadores, en vez de conquistadores.

Lo cierto es que a la muerte de Moctezuma se eligió como sucesor a Cuitláhuac —su hermano, ambos hijos de Axayácatl—, quien dirigió por ochenta días la embestida contra el enemigo. Ante el asedio del pueblo mexica, Cortés decide abandonar la ciudad, no sin antes llevar consigo el oro que habían recolectado. Relata Cristobal del Castillo en :

 

Era media noche exacta y además lloviznaba, caía una lluvia fina. […] Entonces salieron los españoles. Nadie alzaba la voz, sólo iban llamándose disimuladamente. […] llegaron […] hasta el cuarto gran canal, llamado Canal Tolteca, pero ahí fueron vistos que salían, que se iban perdiendo en la noche, que iban a escapar secretamente de noche los españoles y todos los tlaxcaltecas. Y primero los vio una mujer que recogía una red allá, a la orilla del canal. En cuanto fue oído su llamado, todos […] se levantaron […] De ambos lados eran flechados los españoles, en ambos lados eran muertos […] Fue a causa de todo el oro y la plata […] que se hicieron pesados, que se hundieron en el agua […] Cuando llegaron al lugar llamado Popotla ya se había hecho de día.[12]

 

Esta crónica de Cristobal del Castillo se escribió alrededor de 1599, y junto a los textos de Bernal Díaz del Castillo y del propio Hernán Cortés en sus cartas de relación, entre muchos otros, son lo más cercano a conocer el olor de la sangre mezclada con el agua, del miedo surcado por las flechas, del sonido de la pálida sensación de asfixia entre las aguas hoy perdidas de la Ciudad. Escribió Bernal del Castillo: “volvamos a Pedro de Alvarado; que como Cortés y los demás capitanes le encontraron de aquella manera y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos”.[13] Del mismo modo, Diego Muñoz Camargo, historiador tlaxcalteca, escribe a mediados del siglo XVI —relato que podemos conocer gracias a una edición preparada ex profeso para la exposición de Chicago de 1892 por el mencionado Alfredo Chavero—:

 

[…] salieron los mexicanos con tan gran alboroto, ira y furia, y en tan breve espacio, que parecía que el mundo se acababa; y en un momento se hincharon las plazas y calles y azoteas de tantas gentes, que no cabían unos y otros, y vello era la cosa más horrible y espantosa que se vio jamás […] y comenzaron a arremeter y dar en los nuestros tras cruelmente y con tan gran ira, ímpetu, y coraje y furia, que no parecían sino leones fieros y encarnizados y hambrientos.[14]

 

El sonido de la carne atravesada por el tiempo llega hasta los oídos de nuestro caminante. El café se ha tornado insoportablemente solitario. Él sabe del tiempo y sus espirales. Si el llanto del conquistador del “mito negro”, como escribiera Paz, cayó entre las raíces del ahuehuete, en realidad no importa. Es la historia de la calzada lo que llena la memoria de sus pasos, los sonidos que alimentan esta Ciudad tres veces fundada. Es el trayecto que ha recorrido hasta encontrarse de pie, frente al árbol de la noche triste, enclavado en sus recuerdos, en una acera del siglo veintiuno, bajo el sol que quema sus labios que en la México-Tacuba repiten: “En la guerra estas cosas suelen acaecer”.

 

José María Velasco, "Ahuehuete de la Noche Triste". Imagen extraída de Flickr, digitalizada por Jorge Elías.

José María Velasco, “Ahuehuete de la Noche Triste”. Imagen extraída de Flickr, digitalizada por Jorge Elías.

 

 


 

[1] Luis González Obregón, México viejo, México: Editorial Offset, 1982, p. 7.

[2] Manuel Gamio, “Aspectos de la historia”, en Ernesto de la Torre, Lecturas Históricas Mexicanas (tomo III), México: UNAM, 1994, p. 438.

[3] Vicente Quirarte, “La Patria como oficio”, en La Patria como oficio. Guillermo Prieto, una antología general, México: FCE, Fundación para las Letras Mexicanas, UNAM, 2009, p.23.

[4] Manuel Gamio, op. cit., p. 442

[5] Francisco López de Gómara, Historia de la conquista de México, Venezuela: Fundación Biblioteca Ayacucho, 2007, p. 267.

[6] Ida Rodríguez Prampolini, La crítica de arte en México en el siglo XIX (tomo II), México: UNAM, 1997, p. 158.

[7] Manuel Orozco y Berra, Historia antigua y de la conquista de México, Tipografía de Gonzalo A. Esteva, 1880, p. 454.

[8] Lucas Alamán, “La conquista de México”, en Ernesto de la Torre, op. cit., p. 106.

[9] Francisco López de Gómara, op. cit., p. 190.

[10] Íbid., pp. 197 y 198.  

[11] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México: Editorial Pedro Robredo, 1939, p. 78.

[12] Cristobal del Castillo, Historia de la venida de los mexicanos y de otros pueblos e historia de la conquista, México: Conaculta, 2001, p. 145 y ss.

[13] Bernal Díaz del Castillo, op. cit., p. 86.

[14] Diego Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala, México: Oficina tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1892, p. 223 y 224.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración por Güerogüero

En la actualidad la bicicleta representa una alternativa para transportarse, hacer ejercicio o simplemente es una actividad recreativa de la que pueden participar chicos y grandes, pero, ¿cómo fue la aparición de este artefacto en México y qué repercusiones tuvo en la sociedad? Esta pregunta es la que guía nuestra investigación.

El vehículo del porvenir

De las modas que nos llegan de París y Nueva York,
hay una sin igual, que nos llama la atención.
Son las bicicletas que transitan por Plateros y Colón,
Y por ellas han olvidado la sombrilla y el bastón.

Las bicicletas, niña hermosa, son las que andan por ahí.
Ellas corren muy veloz igual que el ferrocarril,
vámonos pa’ la Alameda con muchísimo placer,
y ahí con más violencia las veremos ya correr.

Estas estrofas forman parte de la polka “Las bicicletas” creada por Salvador Morlet en 1896 y reflejan sin duda la gran impresión que causaban en la sociedad. A pesar de esto, el uso de la bicicleta fue parte de una gran discusión para que pudiera rodar libremente por las calles de la capital mexicana.

Fue en el año de 1892 cuando las bicicletas tuvieron acceso a la vía pública, gracias a una carta elaborada por los miembros del Club Veloce y dirigida al secretario de gobernación. En dicha correspondencia solicitaban el libre tránsito por las calles de la metrópoli pues argumentaban que:

Algunos agentes de policía no nos han permitido circular por las calles de la ciudad manifestando que está prohibido andar en velocípedo porque algún periódico manifestó que los velocipedistas después de derribar a los transeúntes seguían su vertiginosa marcha burlando la acción de la policía. Apenas habrá vehículo alguno que sea más inofensivo que el velocípedo […] pero aun suponiendo que algunos velocipedistas hubieran cometido atropellos castíguese a estos en buena forma más no se supriman los velocípedos. (Archivo Histórico de la Ciudad de México, vol.3639, exp.1012.).

Para convencer a las autoridades capitalinas presentaban a la bicicleta como el vehículo del porvenir, señalando que las potencias europeas como Inglaterra, cabeza del progreso, contaba ya con más de mil quinientos velocipedistas y alrededor de cincuenta mil individuos que se dedicaban a la venta y construcción de biciclos y triciclos. Junto con eso anexaron una lista de razones por las cuales se debía permitir el uso de la bicicleta, entre las que destacaron:

  1. No deterioran los pavimentos
  2. Ocupan muy poco espacio
  3. Giran en muy poco espacio y con gran facilidad
  4. No se desbocan ni espantan
  5. Paran instantáneamente pues tienen garrote.

La petición tuvo una respuesta favorable el 16 de febrero de 1892, a pesar de esto el tema seguía siendo controversial en ese momento; la bicicleta seguía dividiendo opiniones entre las personas.

Vemos, por ejemplo, una publicación del periódico La voz de México que señalaba las dificultades que se presentaban: en primer lugar, el alto costo de las bicicletas (de 100 a 200 pesos), la imposibilidad de montarla en condiciones climáticas adversas, por ejemplo en la lluvia, “pero aún hay más… muchos individuos se hallan en absoluto imposibilitados para montar en bicicleta:

  1. Los hombres gordos
  2. Los hombres débiles
  3. Los miopes
  4. Los que padecen alguna afección al corazón, se exceptúa a los enamorados, naturalmente
  5. Los que sufren vértigos”

Aunque este artículo es tardío ante la llegada de la bicicleta, refleja las ideas que giraron en torno a ella durante la década. Ideas que fueron respaldadas por estudios que llevaron a cabo médicos europeos, así lo informó otra nota de La Voz de México:

En la academia de medicina de París se ha discutido ampliamente este asunto y designada ha quedado una comisión, la cual después de que oiga todas las opiniones que en pro y en contra expongan ante ella cuantos médicos lo deseen, acerca de la conveniencia o de los prejuicios que pueda ocasionar el ejercicio velocipédico, dictará el informe que ha de servir de base al fallo que adopte el citado centro científico.

En muy poco tiempo el número de esos nuevos conductores creció y se agudizó el problema de los accidentes en las vialidades. Otra estrofa de la polka de Morlet señala: “un bicicletista torpe una señora atropelló, el gendarme le pregunta: ¿señora que le pasó? La señora le responde: el demonio me tumbó”.

Ese tipo de percances tuvieron un seguimiento de la prensa que de alguna manera se mostraba inconforme con la presencia de bicicletas en las calles. Es difícil tratar de develar el porqué de la resistencia que algunos diarios tenían en contra de ese moderno artefacto, pues no hay una fuente de información contundente que nos lo demuestre. Proponemos la hipótesis de que las clases altas y los extranjeros eran el único público aficionado a ellas que tenía alcance a esa moda.

De alguna manera podemos imaginarnos el descontento que la clase media, recién aparecida, y las clases bajas tenían en contra de quienes manejan los velocípedos. Veamos, por ejemplo, la siguiente noticia:

Sigue el peligro de las bicicletas. Anoche en el crucero del callejón de López y Mirador de la Alameda, fue derribado un pobre dulcero por uno de esos jóvenes de calzón ajustado y cachuchita de lado, que devotos al espíritu de imitación por todo lo exótico atravesaba como exhalación la avenida Juárez montado en la ya manoseada bicicleta […] Ya se hace necesaria una disposición de policía contra esa nueva plaga. (Siglo Diez y Nueve, 1893).

Para solucionar esta problemática que venía manifestándose, en diciembre de 1895 se dio a conocer al público el reglamento de velocípedos, que se había creado desde el momento de la autorización de la circulación por las avenidas en abril de 1892 y que solo tenían conocimiento de él la policía y los clubs bicicletistas. A continuación mostramos algunos de los artículos importantes de dicho reglamento:

Art. 2.-Todo velocípedo irá provisto de un timbre o de bocina para anunciar su aproximación.

Art. 3.-Durante la noche, además del timbre y bocina de que habla el artículo anterior, llevarán los velocípedos una linterna encendida.

Art. 5.-Los velocipedistas jamás ocuparan las banquetas de las calles, ni montados, ni a pie rodando sus máquinas.

Art. 7.-Los velocipedistas irán siempre en las calles con velocidad moderada, principalmente al acercarse a las bocacalles. Art.

Art. 9.-Queda prohibido a los que no conocen el manejo del velocípedo hacer su aprendizaje en las calles. Art.

Art. 10.-La policía al hacer observar las prevenciones anteriores, cuidará que no se ataque o moleste a los velocipedistas ya sea silbándoles, dirigiéndoles palabras obscenas, arrojándoles proyectiles o de cualquier otro modo. (Archivo Histórico de la Ciudad de México, Fondo: Gobierno del DF, serie: Bandos, Leyes y Decretos, caja: 66, exp.1).

Para 1907 el número de bicicletas que circulaban en la ciudad era de 1608. Este registro se llevó a cabo desde 1894, la Secretaría de Hacienda promovió llevar un conteo de las bicicletas de la ciudad con el fin de imponerles un impuesto que se había planeado de un peso por mes, además de numerar las bicicletas. Sin embargo, los dirigentes del Cyclist Union Club lograron que el gobierno aprobara una tenencia de cincuenta centavos por mes e incluso fue el presidente del club bicicletista el que ideó el modelo de placas que todas las bicicletas utilizaron. Es por eso que, cuando se infraccionaba a un conductor, por medio del número de su placa se conocía también su dirección. Así fue como el vehículo del porvenir fue controlado y reglamentado como cualquier otro medio de transporte en la capital del país.

Mujeres pedaleando.

La bicicleta está a la orden del día; es el recreo de las multitudes, el encanto de la juventud, la reina del sport. ¡En bicicleta la mujeres jóvenes y bellas parecen más bellas y más jóvenes, pero quién sabe qué de rígido y sombrío tiene esa máquina muda e insensible! (El Mundo, 1898).

Durante el gobierno de Porfirio Díaz, los intelectuales liberales pensaban que las mujeres debían recibir una educación que les permitiera desempeñar eficientemente sus labores domésticas, educar a los hijos y ser guardianas de la moral familiar y social. La llegada de la bicicleta abrió las puertas para romper las normas de comportamiento que la sociedad establecía y las mujeres se aventuraron a pedalear contracorriente.

¿Cómo la bicicleta cambió la vida de las mujeres? Les dio cierta libertad de movilidad y la oportunidad de organizarse. Para 1893, la Ciudad de México tuvo una de las primeras excursiones organizadas por “varias de las señoritas de la capital” para recorrer diferentes puntos de la ciudad. De igual forma, las “jovencitas de la élite” se reunían a altas horas de la noche en las plazas y en las principales calles de la Ciudad de México. Así lo plasma un periódico de la época: “La moda de la bicicleta ha cundido entre las señoritas y es de ver cómo a eso de la diez de la noche muchas jovencitas de familias distinguidas, se reúnen el calzada del Emperador y se entregan al aprendizaje algo peligroso de cabalgar sobre dos ruedas”.

Cabe resaltar que del exterior llegaban noticias de la lucha de la mujer por la igualdad. En el Congreso Feminista de París, de 1896, Mad Pogno, declaraba que “la emancipación de la mujer viene en la bicicleta”. En el mismo congreso, Paula Mink opinaba lo siguiente: “En alas del entusiasmo, se propone pedir la bicicleta gratuita y obligatoria para las mujeres para que todas puedan gastar en pantalones símbolo de la igualdad entre el hombre y la mujer”. Sin embargo, el feminismo no era bien visto por gran parte de la sociedad, se le consideraba un peligro para el orden establecido, y se  culpaba a la modernidad de introducir nuevas ideas a las mujeres.

Ilustración por Güerogüero

Ilustración por Güerogüero

Inició un cambio en la forma de vestir en las mujeres; empezaron a utilizar nuevas prendas como los bloomer, unos pantalones bombachos fruncidos en la rodilla, mucho más cómodos para moverse en bicicleta. Para alguna parte de la sociedad este cambio no fue bien recibido, un claro ejemplo es el artículo escrito por F. de Salazarde nombre “El Marimachismo”, en el que critica a las mujeres mexicanas amantes del sport:

Que las señoritas usen cuellos de hombres, corbatas de hombre, sombrero y chaleco de hombre es feo, y tiende a desaparecer ese tinte de delicadeza que adorna a la mujer mexicana. (…) si una madre hubiera oído hablar a su hija el lenguaje soez (…) por la caída de la bicicleta de que fue víctima (…) jamás hubiera permitido a su hija el peligroso sport. (El amigo de la verdad, 1897).

En los periódicos de la época se argumentaba que el uso de la bicicleta podía ocasionarles daños físicos a los usuarios del vehículo de dos ruedas y que poco a poco se iban acercando al mono de Darwin. Se criticaba que la mujer perdiera esa imagen del ideal femenino.: “que perdiera su delicadeza, su imagen maternal, la imagen de mujer  buena, sufrida, abnegada, decente”.

Como podemos observar, hubo una fuerte resistencia por parte de la sociedad mexicana. Se dio una lucha entre la tradición y la modernidad. Aquellos artículos fueron un reflejo de los cambios sociales y políticos que estaba viviendo la sociedad porfiriana.

 

La bici, nuevo deporte y salud.

Dentro del proceso modernizador y civilizatorio del país, llevado a cabo por el gobierno de Porfirio Díaz, se encontraba el programa de higienización donde se buscaba mejorar el nivel de vida de la población y elevar los índices de salud; “el cuerpo aparece como lugar visible donde se plasman las políticas y los procesos de civilización y urbanidad.” (Elias, Norbert, 1986) Al mismo tiempo se buscaba imitar la moda y costumbres occidentales, que eran el reflejo del progreso, como el arte, la comida, la vestimenta y el sport, entre otros.

Precisamente es por estas razones que el ciclismo (aunque este es un concepto acuñado tiempo después, ya que en la época se llama bicicletismo) adquirió una gran importancia. En los apartados anteriores hemos visto que los clubes de bicicletistas que se formaron en la ciudad, además de impulsar esta práctica, fungieron como mediadores ante el gobierno para velar por sus intereses. Destacamos a personajes como José Hilario Helguero, Federico Trigueros, Alejandro Riva Fontecha y Francisco Rivas, estos personajes al disolverse el Veloce Club formaron el Cyclist Union Club del cual hemos hablado.

El principal oficio que tuvieron estos clubs fue el de organizar expediciones fuera de la ciudad, entre los destinos que imperaban estaban Cuernavaca, Amecameca, Toluca y la cascada de Necaxa en Puebla, también se hacían recorridos a la colegiata de Guadalupe.

Las carreras de bicicleta fueron bastante populares, el Cyclist Unión Club las organizaba dentro de la ciudad de México: “Su primera carrera fue el 8 de enero de 1893 con un largo de 26 km, saliendo de la Viga rumbo a Santa Anita en Iztacalco y luego de regreso” (García Velez, 2014).

El veinte de diciembre de 1895 se inauguró el velódromo de la calzada de la piedad, su construcción fue financiada por este club. “En ese velódromo hay departamentos para los ciclistas, tribunas y jardines donde se colocaran mesas para té y refrescos.” (La voz de México, 1895).

La bicicleta pasó de ser un medio de transporte para llegar más rápido a los destinos o una actividad para divertirse recorriendo la Alameda por las tardes, a ser un estilo de vida y una vía para ganar el reconocimiento social. Fue una herramienta de la modernidad que no solo fomentó un cambio en la vida urbana de las sociedades, sino que a nivel individual también abonó diversas transformaciones de la mano del deporte.

 


 

 

Fuentes consultadas.

 

Archivos

AGN       Archivo General de la Nación

AHDF      Archivo Histórico de la Ciudad de México

 

Hemerografía

El amigo de la verdad

El diario del hogar

El siglo Diez y Nueve

La Voz de México

Mundo

The Mexican Sportsmen

 

Bibliografía

Arrom, Silvia Marina, Las mujeres de la ciudad de México 1790-1857,(México: Siglo Veintiuno, 1985).

Beezley, William, “El estilo porfiriano: deportes diversiones de fin de siglo”, en Cultura, Ideas y Mentalidades, (México: El Colegio de México, 1992).

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Autores
(Acapulco, Guerrero, 1996) Es estudiante de Historia en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa. Sus lineas de investigación se centran en la historia cultural, el porfiriato, el zapatismo, historia de la religión y el islam.
(Ciudad de México, 1979) Es estudiante de Historia en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa. Sus lineas de investigación se enfocan en la Historia Social, Historia Cultural e Historia de la población Afromexicana.

Ilustrador
Güerogüero
Ilustrador egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha enfocado en la ilustración digital, la creación de GIFS, cómics y fazines. Su trabajo ha sido expuesto de manera colectiva en México, Canadá y Venezuela. Ha colaborado con distintos proyectos independientes y autogestivos, así como con distintas publicaciones editoriales y medios digitales.
Ilustración por Mariana Martínez

Donde todo empieza

El 8 de marzo de 2020 fue mi primera vez en una marcha, dudé mucho si asistir o no. Aunque llevo tiempo considerándome feminista, el activismo en primera persona siempre me pareció lejano. A las pocas manifestaciones que había acudido, lo hice de lejos: refugiada tras el lente de mi cámara fotográfica, cuando estudiaba la licenciatura en Comunicación.

Desde aquel entonces me emocionaba la entereza de tantas personas lanzando a gritos sus exigencias hacia el espacio público. Sobre todo, me sentía identificada con lxs estudiantes marchando en fila, a veces platicando; otras, protegían con listones los límites de su contingente para evitar intrusos, atentxs, entre la algarabía, a cualquier señal de peligro.

Estas precauciones vienen de un evento cercano en la historia de nuestro país, ocurrido en la ciudad donde vivo desde hace varios años: el 2 de octubre de 1968. Estoy segura de que este trauma nacional (y otros) tiene relación con las constantes recomendaciones de mis padres y abuelos de evitar cualquier activismo. Así que, en las marchas, yo miraba desde afuera; una parte de mí quería entrar, otra estar ahí sin involucrarse.

Después de varios años me decidí, motivada porque me acompañarían. Quedé de verme con un grupo de amigas, con quienes llevaba un par de meses juntándome para organizar talleres feministas; acordamos estar a las once en el Monumento a la Revolución. La idea era marchar en un contingente chileno: una de las chicas es de ese país. Se me hizo tarde y cuando llegué, ellas ya habían salido. Cerca del metro Hidalgo, me reuní con otras dos integrantes del grupo en la misma situación que yo.

La calle estaba repleta, parecía imposible ubicar a una sola persona entre la multitud. Había poca señal. De todas formas, las tres decidimos buscar al contingente. En el camino nos integramos a ratos con varias agrupaciones que se identificaban por el color de la ropa, del pañuelo, o por una manta con su nombre pintado en acrílico. Avanzábamos un trecho y después volvíamos lo andado. Nos unimos a consignas distintas con exigencias similares. Veía a los policías bordeando la avenida. El pavimento reflejaba el sol intenso, mientras respirábamos el polvo que levantaban nuestras pisadas. Ya nos habíamos resignando a seguir hacia adelante para evitar una insolación, cuando arrojaron el gas.

Lo reconocí por los gritos y la nube amarilla que surgió desde el suelo. Mis dos amigas y yo nos tomamos de la mano y caminamos con prisa hacia el jardín de la Alameda. Vimos a una mujer con la cara ensangrentada. Temimos que hubiera golpes; aunque probablemente, por lo que supimos después, ella se había caído cuando comenzó el caos. Justo cuando todo se calmó y volvimos a entrar a la marcha, apareció el contingente, ahí estaba nuestra amiga chilena. Contamos el incidente del gas, y ella, entre una y otra consigna antiPiñeira, nos dijo en tono casual que debimos llevar limón para chuparlo en caso de que nos gasearan.

Empezaba el cansancio: nos separamos por un rato para comprar agua. Yo estaba mareada, vi de lejos a otro grupo de amigas. Recordé que varias de ellas habían ido en la mañana a manifestarse en Ecatepec, y yo, que apenas llevaba una hora caminando bajo el sol, ya estaba exhausta. Comprendí entonces por qué le dicen a marchar poner el cuerpo. Sudor, insolación, la garganta irritada por el gas, llevar las exigencias al plano material: no más feminicidios, aborto libre y seguro, América Latina será toda feminista. Ante todo, justicia.

Cuando pasamos por la Antimonumenta, una chica que a lo mucho tendría veinte años contaba, en el micrófono, una experiencia de abuso. Los puños se alzaron al grito de no estás sola. Hasta ese momento, yo no había logrado repetir ninguna consigna con demasiada convicción; cuando escuché aquel testimonio, sentí que algo se liberaba dentro. Es tan difícil atreverte a alzar la voz cuando te han enseñado que es mejor estar callada. No estás sola.

Del otro lado de la calle, algunas tumbaron a patadas las vallas que rodeaban el Palacio de Bellas Artes. Otra vez el gas. Las tres volvimos a agarrarnos de las manos para cambiar el rumbo: esa sensación de no querer soltarse.

Decidimos seguir por avenida Independencia, la calle paralela a la marcha. Entramos a Madero desde Gante y descubrimos que estaba cerrada a la altura de Eje Central y del Zócalo. Quisiera ser monumento para que así me protegieran. La marcha había continuado por Cinco de Mayo. Ya estábamos lo suficientemente asustadas como para volver a pasar a un lado de quienes vigilaban la marcha, así que seguimos caminando en paralelo, hasta que por fin logramos llegar al Zócalo. Se veía menos acción que en Reforma. Muchas comían y tomaban agua o refrescos; algunas más platicaban en círculos, otras hablaban por altavoz. La lucha feminista será interseccional o no será, decía el cartel de una agrupación afromexicana. El ímpetu disminuyó después del gas y los enfrentamientos, había menos gente de la que esperábamos en la plancha. Un golpe a la mampara de un anuncio. Los vidrios cayeron al piso, diminutos. Cerca se agrupaban bomberos con extintores, que no sabíamos si eran para erradicar algún posible humo o arrojar  gas otra vez. Nos fuimos.

Después de huir de la zona donde cada tanto aparecían nubes amarillas a ras del suelo, comimos en una pequeña fonda; luego fuimos por una cerveza. La calle Regina estaba repleta. Muchas chicas con pañuelo saludaban como si nos conociéramos desde siempre. Por fin encontramos un sitio vacío. Eran cervezas artesanales, así que compartimos los tarros para probar las distintas maltas. Un par de semanas después, supe que una de mis amigas tenía COVID-19.

 

Algunas sensaciones compartidas

Cuando recibí la noticia, tuve miedo, paranoia, dolores de cabeza. Primero pregunté de inmediato cómo estaba y me respondió que estable; ella presentaba algunos síntomas, pero en realidad había ido al hospital por uno de sus roomies, que es asmático y estaba muy mal. Así que los pusieron juntos en la sala de COVID-19 y les hicieron una primera prueba que salió positiva. Faltaba aún el resultado definitivo.

Intenté averiguar en internet, pero me confundí más. ¿Por qué los pasaron a la zona de contagio antes de hacerles el estudio? ¿No tardaban dos días en dar resultados? ¿Cómo sabían ellos que estaban enfermos si habían entrado al hospital el día anterior? A la mañana siguiente, quise saber cómo seguía. Me dijo que con molestias, pero bien: “estable”. Otra vez esa palabra, es decir, estaba mal aunque no tanto.

Después, me angustié por mí, por mi pareja, por las personas que había visto en la semana. Me puse a pensar en cada recorrido: cada roce del cuerpo. Además, tuve un poco de catarro esos días; recordé en dónde quedó cada papel sucio. Me pregunté si me había tapado la boca en cada arranque de tos. Vueltas en la cama: días de considerar si debía hacer otra cosa aparte de aislarme. En ese momento, se ignoraba más de lo ahora sobre el virus. Por un instante creí, con ingenuidad, que podría hacerme una prueba.

En los medios comenzaron a hablar de confinamiento, y me empezó a dar claustrofobia. Quise ir a mi ciudad natal a resguardarme; en la Ciudad de México sería insoportable algo así. Era absurdo: tengo familiares que son adultos mayores. La respuesta fue contenerse, y a esa contención, siguió la ansiedad. Intenté evitarla con ejercicio en casa y tés. Llegó el desánimo: horas sin levantarse y de olvidarlo todo viendo televisión, horas de estar harta de las pantallas, de enojarme conmigo y con el mundo; horas de sobreinformación y miedo; horas de leer, intentar escribir, no poder concentrarse, y entonces mejor buscar una nueva receta para refugiarme en la cocina. Todo en un solo día.

 

Muchas emociones; después nada

Mi pareja y yo hablamos mucho porque estamos tensos. Los dos siempre hemos trabajado desde casa, pero últimamente tenemos más tareas, y debemos intercalarnos los espacios. A veces resulta, otras no. Vamos de un tema a otro, de una cotidianidad a una especulación, a alguna cuestión absurda o una broma. Un día, cuando la mente ya no me da para leer, ver películas o jugar scrabble, me acuesto en la cama y le pregunto: ¿a nadie se le ha ocurrido un día mundial de desconectarse? Sin computadora ni redes ni televisión. Sería genial.

Pero no hay descanso. El home office, me dice un amigo, lo toman algunos jefes como all day office. Él y otras personas que solían trabajar en oficinas me cuentan de llamadas intempestivas a las diez de la noche, pendientes siempre de suma urgencia e incluso la exigencia de producir más, a riesgo de perder el empleo.

Llevo tiempo como freelance, la presión y los descansos me los pongo yo misma. Muy seguido, me excedo en uno o en otro. Al principio de la cuarentena, pensé que podría aprovechar el confinamiento para, por fin, completar la lista extensa de tareas. Ha sido imposible, con la tensión que se siente en el edificio, en las calles, en especial en las redes: esa arma de doble filo con la que seguimos cerca de quienes queremos, y a la vez nos llena de información tan disímil, tan insistente y alarmante, que la ansiedad llega tarde o temprano.

Intento escribir, un día en que me siento rebasada por la cuarentena. Varias personas que quiero la están pasando mal, ya sea por situaciones de salud o económicas, que en ocasiones tienen que ver con el coronavirus y a veces no. A mí me duele la cabeza muy seguido, tengo sueño toda la mañana, me duelen las piernas y los brazos por la falta de movimiento.

Quiero escribir algo ingenioso, nuevo, y relacionarlo con mi obra literaria, con algún hecho del pasado, con lo que yo pienso que ocurrirá en el futuro. Imposible. Decido, entonces, hablar desde mi cotidianidad, porque no me creo capaz de enunciar respuestas absolutas para nada. En estos días de teóricos occidentales que predicen el fin del capitalismo como si se tratara de una película hollywoodense, creo que hay que detenerse un poco. Como hizo Mariana Enriquez: confesar que estamos cansadxs, confundidxs, y que no tenemos (porque no hay) una respuesta. Las respuestas, si las hay, serán múltiples.

 

No sé cuidar las plantas

La única que me ha sobrevivido es una valiente y generosa cuna de moisés, las demás se secan por exceso o falta de riego o luz. Estos cuatro factores y sus combinaciones resultan para mí un enigma. Además, están las variables de si vives en una casa o departamento, si la habitación es oscura o muy húmeda.

En “Alabanza al cuerpo danzante”, Silvia Federici nos habla de cómo el capitalismo nos ha separado de la tierra y la naturaleza, ha mecanizando nuestro cuerpo, a los animales, a la vegetación, siempre en afán de producir más. Por su parte Rita Segato dice que el virus es “un evento natural, de ese acontecer sinuoso e imprevisible que es el tiempo”, y, más allá de predicciones o declaraciones, debería conducirnos a entender que “proteger la vida, cuidar de ella en un aquí y ahora, a como dé lugar en un presente absoluto, es todo lo que importa”. A nivel estado, eso implica repensar las políticas del cuidado.

Pensando a nivel individual, me ubico en mi cuerpo y en todo lo que ha pasado en estos días. Me refiero a las preocupaciones, al miedo, a la exigencia de productividad permanente. Intento ser más amable conmigo. A veces parece imposible, es un ciclo sin fin. Pensar en cuidarme, o cuidar a otros, me provoca ansiedad. Siempre temo hacerlo mal, excederme en preocupaciones, o ser descuidada. Relegar lo importante, o priorizar lo menos esencial. Es algo que aprendo constantemente.

Quisiera, para empezar, saber que me estoy cuidando bien a mí misma.

Ilustración por Mariana Martínez.

Ilustración por Mariana Martínez.

Infusiones

Menta y manzanilla: Fresco y digestivo.

Zacate limón, toronjil y lavanda: un sueño profundo.

Té negro, jengibre, clavo, canela y cúrcuma: delicioso chai.

Toronjil, manzanilla y rosa, para un descanso relajante.

Hoja de naranja y zacate limón, refrescante para beber a lo largo del día.

 

Todo lo que nos queda es el ahora

El taller de autoformación feminista lo teníamos planeado para el 23 de marzo. Decidimos hacerlo por videoconferencia. Leímos “Pandemia”, de Gabriela Rábago Palafox, y “Contagio”, de Ana Emilia Felker. Se conectaron 78 mujeres de varios países. Hablamos de cómo la normalidad a la que se ansía volver es injusta y precaria. De continuar la lucha para exigir mejores condiciones laborales y apoyo a los pueblos marginados. Una activista trans nos contó que ellas siempre han vivido la sana distancia, es decir, un distanciamiento social conformado por prejuicios. Nos dijo que nunca han estado seguras, que estos días aumentaron los transfeminicidios.

Para la siguiente sesión, leímos dos textos de una compilaciónTodo lo que nos queda es el ahora, escritos sobre la pandemia recopilados por La Reci. A esas alturas, ya llevaba tiempo sobreinformándome acerca del coronavirus. Leyendo de los desastres ecológicos que ocasionan las pandemias, sus repercusiones sociales, incluso un diario de una mujer en Italia, que contaba a detalle su experiencia en el encierro.

Necesito encontrarme en las palabras de otrxs. Esos días buscaba textos con los que me sintiera relacionada, que incidan en la realidad que vivimos. Y entonces llegó este libro colectivo y latinoamericano a mí.

El día del taller, pudimos compartir nuestras impresiones con una de las escritoras que participó en el conjunto de textos: Gabriela Contreras, quien también se conectó a la videollamada. Ella comenzó hace tiempo una editorial autogestiva, llamada FEA: Feminismo, Estrías, Autogestión. Nos leyó en voz alta el poema incluido en la compilación: (…) La enfermedad es una solalas que portamos el virus de la pobreza / y nuestros olores nos delatan / sabemos de encierros y cuarentenas / mucho antes de esta estética apocalipsis (…) tenemos otras estrategias / para nunca soltarnos la mano. Apenas terminó de leer, le pregunté cómo logró escribir este poema, cuando a tantos nos cuesta hacer cualquier cosa estos días. Ella me respondió que era un impulso que traía desde antes, y que su cuerpo, de cierto modo, se hizo justicia a través de ese texto. Nunca se ha sentido segura en el exterior.

Todo lo que nos queda es el ahora está armado en varias secciones. En el apartado titulado Contarnos, podemos leer propuestas para encontrar nuevos caminos. Todas orientadas a un cambio radical en el sistema económico y político, que integre las múltiples maneras de, precisamente, contarnos el mundo.

María Galindo, autodenominada anarquista-feminista, propone una desobediencia absoluta. Es más, invita a “acostumbrarse al contagio”. Su lectura descoloca: creo que es precisamente su intención. Habla del COVID-19 como una forma de “ocultar o poner entre paréntesis problemas sociales”, a través de la “militarización de la vida social”. Además, denuncia “el dominio de la vida virtual”, donde la información se da “en proporciones calculadas para producir miedo”. Todos estos elementos conducen al “sálvese quien pueda como solución tutelada”. Ante este escenario, y quizá de alguna forma, resumiendo en imágenes y metáforas los textos que la preceden, Galindo invita a repensar el contagio. “¿Qué pasa si asumimos que nos contagiaremos ciertamente y vamos a partir de esa certidumbre procesando nuestros miedos (…) si nos planteamos la autogestión social de la enfermedad, de la debilidad, del dolor, del pensamiento y de la esperanza?”.

El texto, claro está, es una provocación. Lanzada desde Bolivia, un país donde la mayoría vive en la pobreza, se sostiene del comercio informal y donde muchas mujeres sufren violencia machista. Galindo llama a recordar a la comida y medicina tradicional como una forma de combatir el contagio. Desde mi lectura, de lo que se trata es de mejorar nuestras defensas al afianzarnos como comunidad.

Está bien: no salgamos, usemos guantes, tapabocas, gel; pero no olvidemos de hacer el mundo, en la medida de lo posible, un poco más habitable. “Necesitamos alimentarnos para esperar la enfermedad y cambiar de dieta para resistir”. El cuidado pasa por el cuerpo, por lo que consumimos, por los remedios caseros, por las emociones, por los entornos libres de violencia.

 

Qué me mantiene estos días

Mi taller de los martes, el curso de los miércoles, el tiempo que nos damos para hablar de literatura a pesar del cansancio.

Las videollamadas con personas queridas que no veía desde hace mucho.

Enviar un libro y un ramo de flores a una amiga, sentir que así puedo acompañarla.

Leer sin distracciones.

Las canciones y playlist que me han compartido.

Una compota de frutas que me regalaron.

Algunas llamadas telefónicas.

La amiga que me pasa remedios naturales por WhatsApp.

Los círculos de lectura, las charlas, las presentaciones, las lectoras.

Conocer a mujeres que intentan hacer las cosas de otro modo.

El aire un poco más limpio que de costumbre.

El canto de los pájaros.

El abrazo de la persona que me acompaña a dormir todas las noches.

 

Contagio

Ya pasó más un mes desde que vi a mi amiga. Ahora ella está bien. Nunca le dieron el resultado de la prueba en el hospital. ¿Tenía o no COVID-19? No lo sabemos con certeza. ¿Y yo? Como todos en este momento, podría ser (o no) portadora asintomática. Por las dudas, tomo precauciones.

De pequeña, me lavaba las manos una y otra vez, cuando tenía lo que yo consideraba malos pensamientos. El resultado de la formación en escuela católica y un padre farmacobiólogo. Por eso tengo que hacer un esfuerzo para no obsesionarme con la enfermedad, con los lugares sucios, con los virus y bacterias que nos acechan en el aire. Hacer lo posible para que el miedo al contacto no llegue demasiado lejos.

 

Constantemente pienso en:

Mi madre, que cuida a mis abuelos.

Mis amigas que han estado en hospitales estas fechas, con todo lo que implica.

Mis amigas que son madres y su entereza para continuar.

Mis amigas que aún salen hacia sus trabajos, por decisión de la empresa.

Mis amigas que pasan el día entero en casa, en un home office inabarcable.

Mis amigas que pasan el día en su hogar, y tienen ansiedad.

 

Contarnos

¿Qué va a pasar cuando esto termine? Según las hipótesis: pavor social, fiestas masivas, centros vacacionales repletos, crisis económicas, el estallido del desempleo que ya está comenzando. Rita Segato refutó: “más que una fantasía del futuro, debemos prestar atención a lo que de hecho hay, las propuestas y prácticas que emergen, lo que la gente está concretamente haciendo e inventando”. Entonces, habrá que seguir contando y escuchando nuestras historias, para ser conscientes de que existen nuevas formas de exigir una vida digna, de pensar nuestra relación con la tierra, de acompañarnos a la distancia. Y en la narrativa propia, evocar lo que sentimos estos días para situarnos desde la empatía; reflexionar (y recordar) la importancia que ha tenido el cuidado mutuo, el trabajo doméstico, el que hace funcionar los servicios básicos, y cuán necesario es construir y reforzar comunidades, cercanas y remotas.


Autores
Olivia Teroba (Tlaxcala, 1988). Escritora y editora. Estudió Comunicación y Letras. Ha sido becaria de diversos programas de escritura, como la Fundación para las Letras Mexicanas, el FONCA y Under the Volcano. Su primer libro Un lugar seguro, premio Estatal de Ensayo de Tlaxcala, fue publicado en 2019 por Paraíso Perdido. Respirar bajo el agua, su libro de cuentos premiado por el Instituto Cultural de Aguascalientes, será publicado en octubre de este año.

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.

Puedes leer aquí la primera parte


 

This morning I woke up in a curfew

O God, I was a prisoner, too

Could not recognize the faces standing over me

They were all dressed in uniforms of brutality.

How many rivers do we have to cross

Before we can talk to the boss?

All that we got, it seems we have lost

We must have really paid the cost

Burnin’ and a-lootin’ tonight.

The Wailers

 

El pasado 22 de diciembre, en la mítica plaza de Edinburgh Place en el centro de Hong Kong, había un rally. Las tiendas departamentales alrededor tenían adornos navideños. Por ahí, se podía ver un enorme pino de navidad en un mall cercano. Pero todo en el rally recordaba otros símbolos: banderas azules con lunas islámicas, símbolos nazis sobre banderas chinas, banderas de tíbet libre, de Estados Unidos, del Reino Unido… 

 

El rally de ese día, después de seis meses ininterrumpidos de protestas en Hong Kong, quería crear consciencia sobre la situación de los musulmanes Uighur en el Oeste de China; una etnia culturalmente atacada, vilipendiada, encarcelada y sistemáticamente eliminada por el gobierno chino. De alguna forma, la erradicación sistemática de una cultura, con el uso de campos de concentración y más de un millón de detenidos, parecía ser un pronóstico particularmente oscuro para los independentistas de Hong Kong. 

 

Como explicamos en un contexto histórico previo, Hong Kong es un territorio con un estatuto especial desde que, tras 150 años de ser colonia inglesa, en 1997 empezó un periodo de 50 años de transición para convertirse, oficialmente, en parte de China continental. El problema es que esta condena que no puede ser postergada, no puede echarse para atrás y no puede ser contestada, es una condena cultural para los que creen que Hong Kong no es, desde hace mucho tiempo, parte de China. 

 

La cuestión es compleja. Los más jóvenes habitantes de Hong Kong no nacieron durante la época del colonialismo inglés; pero son justamente ellos los que se sienten menos parte de China. La identidad cultural de ese cúmulo de islas es única, a medio camino entre las libertades de occidente y la fuertísima influencia cultural china. 

 

En cualquier caso, ese 22 de diciembre, los manifestantes jóvenes de Hong Kong, al luchar por la libertad de los Uighur, estaban luchando en contra de las políticas unificadoras de un continente. Porque China no quiere esperar el fin del periodo de transición, en 2047, y lleva años intentando disminuir la política de “un país, dos sistemas”. La independencia de Hong Kong -hasta donde ha podido llegar- depende del respeto de esta política. Pero el partido central chino, como bien critican algunos manifestantes, no tiene paciencia cuando se trata de control. 

 

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Fotografía por  Studio IncendoP1150928, CC BY 2.0, Link

 

En medio del rally, de pronto, un manifestante encontró, en un edificio cercano, una bandera de China. Junto a otros manifestantes más, la bajaron de su asta y planeaban quemarla. La policía de Hong Kong inmediatamente respondió y atacó a los manifestantes con gas lacrimógeno tratando de protegerla. Los manifestantes desistieron del intento de quemar la bandera, pero la policía mantenía una presencia inquietante. Algunos comenzaron a lanzarles objetos. Un policía desesperado sacó su arma y apuntó a los manifestantes. 

 

Por suerte, ese día, no hubo ninguna tragedia. Sin embargo, la relación tensa entre manifestantes y fuerzas del orden, la violencia y la importancia simbólica de los símbolos patrios chinos entre árboles de navidad y tiendas de lujo, dice mucho sobre la compleja situación de Hong Kong. 

 

Ese 22 de diciembre, el coronavirus todavía no existía, las protestas llevaban seis meses sin parar y todo parecía que los manifestantes iban a lograr, con insistencia y valentía, cambiar el trágico destino que los acechaba. Hoy, la situación de las protestas es muy diferente y la esperanza de un pueblo parece diluirse entre nubes de gas lacrimógeno, el complejo futuro de una pandemia global y la amenaza única de un regreso de la Guerra Fría. 

 

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Fotografía por Iris Tong

 

El país que no existe

 

Hong Kong es parte de China y la única razón por la que tiene un estatuto diferente al del resto de China continental es por los resultados violentos de las políticas comerciales del imperialismo inglés hace casi doscientos años. Si no fuera por la guerra del opio, su historia sería muy distinta. En cualquier caso, la ocupación británica y, luego, el estatuto de un territorio especial, creó algo único en Hong Kong: una identidad cultural híbrida, sincrética y que se ha revelado, en los últimos tiempos, profundamente política. 

 

Cuando se firmó el tratado de entrega suave para la transición de Hong Kong entre Margaret Thatcher y el primer ministro chino Zhao Ziyang, nadie pensó en la sociedad hongkonesa. Es normal: ¿Cuándo dos potencias imperialistas discutiendo fronteras en un mapa se han molestado por invitar a los que lo habitan? Por eso, claro,  nadie se molestó en hacer un referéndum o en consultar a los representantes de la sociedad civil hongkonesa. 

 

En general, se consideraba que la sociedad de Hong Kong, encabezada por burócratas complacientes con el régimen colonial, no era particularmente política o combativa. A pesar de los disturbios de 1966 y de la multitudinaria marcha para conmemorar la masacre de Tiananmén (la derrota de la lucha pro-democrática en China) que juntó a 1.5 millones de personas en 1989, nadie esperaba que las negociaciones políticas entre China y Reino Unido cambiarían considerablemente la inexistente cultura política en Hong Kong. Sin embargo, desde 1997, las protestas no han dejado de aumentar en tono, violencia y urgencia. 

 

Algo se despertó en los habitantes de estas islas cuando dos potencias, salvaguardando intereses comerciales propios, decidieron el destino de 7 millones de habitantes sin siquiera preguntar. A partir de 2003, en particular, las protestas anuales organizadas por la organización pan-democrática, Civil Human Rights Front (CHRF), han crecido hasta lo que hoy conocemos como el extinto Movimiento de las Sombrillas y, más recientemente, las violentas confrontaciones entre manifestantes vestidos de negro y policías en todo Hong Kong. 

 

En 2003, las manifestaciones del primero de julio crecieron hasta ganar notoriedad internacional y juntar a más de medio millón de personas porque fue el último intento, antes de 2020, de imponer una ley de seguridad nacional para controlar, desde China continental, la represión de las manifestaciones en Hong Kong. En efecto, a través del Artículo 23 de la Ley Básica de Hong Kong, los legisladores pro-Beijing buscaron impulsar la persecución política dentro de las islas que, hasta entonces, eran relativamente independientes. 

 

“Esta reforma deberá crear leyes propias que prohíban los actos de traición, secesión, sedición, subversión contra el Gobierno Popular Central, contra los robos de secretos estado, prohibir que organizaciones o cuerpos políticos extranjeros tengan actividades en la región y prohibir que organizaciones o cuerpos políticos en la región establezcan vínculos con organizaciones o cuerpos políticos extranjeros.”

 

La idea era muy clara, China quería controlar las protestas en el territorio de Hong Kong para nunca ver lo que se vio ese 22 de diciembre cuando un adolescente bajó una bandera China para quemarla. O, más aún, quería dar más capacidad de maniobra a la policía y al poder judicial de Hong Kong para arrestar y procesar a los manifestantes. Al final, las descripciones jurídicas de actos de traición, secesión y sedición pueden ser lo suficientemente amplias para abarcar todas las manifestaciones espontáneas que hemos visto en Hong Kong en los últimos meses. 

 

Después de esa propuesta de reforma nació una nueva conciencia política en la juventud de Hong Kong, una consciencia que no hizo más que acrecentarse cuando, en 2010, la secretaría de educación trató de reformar el currículum educativo para “fortalecer moral y cívicamente la educación”. La reforma fue percibida por padres de familia y estudiantes como una manera de lavarle el cerebro a los más jóvenes con propaganda partidista de China continental. Y los líderes en el poder, al ser abiertamente pro Beijing, consideraron que era apropiado explicar públicamente cómo la juventud debía identificarse más con los valores chinos. 

 

El resultado fue justamente lo contrario. Una juventud que, hasta entonces, había sido retraída y apática, se despertó de pronto y organizó revueltas que, en la cima de su apogeo, juntaron en poco tiempo a cientos de miles de personas en las calles de Hong Kong. Los jóvenes de estas pequeñas islas ya no iban a seguir el camino pragmático de la cultura burocrática de sus padres bajando la cabeza, trabajando por un buen empleo y esperando para formar una familia, pasear un perro y tener un Iphone. La imposición de un sistema político en la educación y el miedo a la programación ideológica china, creó un nuevo movimiento y nuevos líderes. 

 

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Fotografía por Studio IncendoCC BY 2.0链接

 

En particular, pienso en Scholarism y el carismático Joshua Wong en el movimiento que nació en 2010. Scholarism fue un grupo de protesta pacífica, juvenil y creativo, que se opuso al adoctrinamiento del partido central chino en la reforma educativa de Hong Kong. Se puede decir, incluso, que fue gracias al nacimiento de este movimiento que, posteriormente, más jóvenes se unieron a las protestas pro-democráticas y que nació el subsiguiente Movimiento de las Sombrillas en 2014. Gracias a ellos, también, tras 10 días de intensas protestas, el 8 de septiembre de 2012, el presidente Leung Chun-ying decidió suspender indefinidamente la propuesta de reforma educativa. A partir de ahí, la identificación cultural de Hong Kong con China, en particular entre los jóvenes, no volvió a ser la misma. 

 

Un estudio reciente de la Universidad de Hong Kong muestra que, a pesar de ser étnicamente chinos, la mayoría de los habitantes de Hong Kong se identifican como hongkoneses. Solamente el 11% de la población, de acuerdo a la investigación, se identifican como chinos y el 71% dice no estar, en lo absoluto, orgullosos de ser ciudadano de la República Popular de China. El programa de opinión pública de la universidad precisa:

 

“Entre más jóvenes son los entrevistados, es menos probable que se sientan orgullosos de ser ciudadanos nacionales de China, y es más probable que tengan sentimientos negativos hacia las políticas del Gobierno Central hacia Hong Kong.”

 

Eso explica, en parte, el cambio en las protestas que hemos observado en los últimos años. Las manifestaciones, encabezadas por una vigorosa y comprometida generación joven, han pasado de ser revueltas puntuales contra iniciativas gubernamentales -como lo fue ciertamente el movimiento que dio vida a Scholarism o, en 2014, el Movimiento de las Sombrillas- a ser algo mucho más ambicioso, abstracto, en la misma medida cargado de desesperación y esperanza.  

 

El Umbrella Movement sorprendió al mundo frenando una reforma política que hubiera permitido al Partido Central Chino pre-escoger a los candidatos para el máximo escaño ejecutivo en Hong Kong. Se trató de un movimiento lleno de alegría, juventud y rebeldía sin concesiones; un movimiento que, por primera vez en la historia de Hong Kong, se olvidaba del respeto al trabajo y a la circulación en la ciudad, pues luchaba por un propósito más grande, por un ideal y ya no por un pasivo pragmatismo. 

 

Fotografía por Studio Incendo, CC BY 2.0, Link

 

El Umbrella Movement logró mucho antes de extinguirse, calladamente, con el fin de la ocupación de Central (el barrio céntrico y símbolo del poder político y económico de Hong Kong). Pero, a diferencia del Umbrella Movement, lo que pasa ahora en Hong Kong rebasa una petición política particular. La de hoy es una lucha que ha transformado un sentimiento cultural disperso en una identificación separatista puntual. Los oídos sordos de un gobierno convirtieron, así, una revuelta de peticiones concretas, en un movimiento simbólico, cargado de importancia cultural, que reivindica el sueño de un territorio de ser independiente. 

 

La pared

 

Las protestas del año pasado en Hong Kong empezaron exactamente como las protestas de 2003, de 2012 y de 2014, a través de una propuesta de ley que, de alguna forma, ponía en entredicho desde dentro la frágil independencia de Hong Kong. Desde marzo de 2019 se planteó la posibilidad de pasar una ley, en el complejo legislativo (LegCo) para permitir la extradición de un ciudadano hongkonés desde Taiwán. El problema era que la legislación también permitiría las leyes de extradición con China. 

 

Si China ya tenía suficiente poder en Hong Kong para desaparecer libreros disidentes e imponer políticas públicas, una ley de extradición hubiera causado serios problemas a los activistas hongkoneses. En mayo y abril se organizaron protestas para acabar con la reforma y los legisladores pro-democráticos trataron de retrasar (filibuster) la iniciativa en el congreso. El 9 de junio, se organizó una protesta masiva que alcanzó el millón de personas, es decir una séptima parte de toda la población de Hong Kong. 

 

Aún así, el gobierno se negó a suspender la reforma. Pero, el 12 de junio de 2019, el movimiento tomó su verdadera fuerza y logró su primera victoria: miles de hongkoneses cercaron el LegCo y no permitieron que la sesión de aprobación de la ley de extradición tuviera lugar.  El logro tuvo una repercusión inmediata: el 15 de junio, Carrie Lam, la jefa del ejecutivo suspendió indefinidamente el proyecto de ley demostrando la fuerza conjunta de la voluntad popular. 

 

A pesar de esta aparente victoria, los hongkoneses se sintieron manipulados: pedían la completa anulación de la reforma de ley y no una suspensión que, una vez apaciguada la turbulencia, pudiera volver a ser sancionada. Así que el 16 de junio de 2019, una tercera parte de toda la población de Hong Kong salió a las calles a protestar. Esta vez no se trataba de una demanda, sino de un pliego petitorio de cinco demandas fundamentales que, hasta el día de hoy sigue vigente bajo el lema “cinco peticiones, ni una menos”. Desde entonces, sólo una de las exigencias ha sido cumplida. 

 

1. La completa anulación de la reforma de extradición. 

 

Cuestión que se logró, después de meses de intensas disputas en las calles de Hong Kong, el 23 de octubre de 2019.

 

2. La retracción de la asignación jurídica de “motín” o “sedición” (riot) a las protestas. 

 

Desde las protestas del 12 de junio en el LegCo y las primeras peleas callejeras entre manifestantes y policías, se ha aplicado esta figura jurídica a las manifestaciones en Hong Kong. Si se caracteriza a una protesta como un acto de sedición (rioting), la condena puede llegar hasta a 10 años de cárcel. Hasta el 30 de marzo de este año, más de 630 personas han sido encerradas por sedición. 

 

3. La liberación y exoneración de los manifestantes arrestados. 

 

Hasta el 28 de mayo, más de 9 mil personas han sido arrestadas por las protestas en toda la ciudad; de las cuales, más de mil 700 han sido condenadas. Los manifestantes, evidentemente, creen que estas detenciones están motivadas políticamente y que, por ende, son absolutamente ilegítimas. 

 

4. El establecimiento de una comisión independiente para investigar la conducta policial y el uso desmedido de la fuerza pública durante las protestas. 

 

Desde el 12 de junio, la brutalidad policiaca ha sido una constante en las protestas de Hong Kong. La policía local ha utilizado disparos de saco (bean bags), granadas de esponja, balas de goma y miles de latas de gas lacrimógeno, además de torretas con agua, bastones, palos, rocas e, incluso, en un uso injustificado de fuerza, armas de fuego reales para replegar a los manifestantes. En total, solamente hasta diciembre de 2019 (es decir, a la mitad de la protesta), ha habido más de 2 mil heridas consignadas. Algunas de ellas particularmente graves. También han muerto, al menos, dos personas. 

 

5. La renuncia de Carrie Lam y la implementación de un sufragio universal en las elecciones legislativas y para el ejecutivo. 

 

Como hemos explicado en otra parte, la particular conformación de Hong Kong hace que sólo un pequeño porcentaje de los escaños legislativos sean de elección popular. El resto de los escaños y el jefe del ejecutivo son elegidos por un comité especial de representantes de ciertos sectores profesionales de la ciudad que, en su aplastante mayoría, votan a representantes pro-Beijing. 

 

Así, a pesar de que los manifestantes lograron echar para atrás la propuesta de reforma a la ley de extradición, todos los otros puntos de su pliego petitorio siguen sin cumplirse. Es por eso que en las marchas por las calles de Hong Kong pueden verse todavía a manifestantes levantando la mano abierta: los cinco dedos significan la unidad de los cinco puntos del pliego petitorio. Pero las autoridades nunca han demostrado una voluntad real para dialogar exigencias o cualquier tipo de acuerdo con los manifestantes. 

 

A pesar de la presión internacional para entablar el diálogo después de un año de constantes levantamientos populares, el único acercamiento de Carrie Lam a los manifestantes fue un fallido Town Hall Meeting en el Queen Elizabeth Park que, a pesar de su intensidad, no cambió en nada las posturas de la líder del ejecutivo. 

 

Por el contrario, Carrie Lam se ha mostrado como una pared irrevocable que sigue defendiendo los intereses de China continental frente a las continuas y cada vez más violentas protestas. En algún momento llegó a llamar a los manifestantes como “los principales enemigos del pueblo” y dijo que sus intenciones ya no eran legítimas, sino una forma de “destruir Hong Kong, de destruir la vida que tanto quieren siete millones de personas que aquí habitan”. 

 

Desde que, en 2014, Lam participó en las mesas de negociación con los líderes estudiantiles como parte del gabinete del entonces jefe del ejecutivo, Leung Chun-ying, la mandataria mostró una voluntad férrea. Al escuchar las propuestas de los estudiantes sobre el derecho al sufragio universal, simplemente contestó: “Creo que tenemos que estar de acuerdo en no estar de acuerdo” y rechazó todas las peticiones de tajo. 

 

Desde que entró al poder, en 2017, exactamente 20 años después de la cesión de Hong Kong, Lam se propuso curar la enorme división de los hongkoneses entre los partidarios de China Continental y los independentistas. Por supuesto, curar esta división no significaba necesariamente conciliar divergencias, sino acabar, culturalmente, con cualquier disidencia. Por eso su postura política (una postura orgullosa de ser inalterable, que prefiere renunciar a perder una batalla), ha creado más división que puntos de encuentro. De hecho, un tercio del mandato en turno se ha consumido en disputas callejeras y constantes manifestaciones. 

 

En una entrevista, Chris Patten, anterior gobernador de Hong Kong, dijo a la BBC que, para dejar atrás esta crisis, Lam debía aceptar un proceso de negociación:

 

“Lo que claramente se necesita es entablar un proceso de negociación. Es la única forma en que le puedes poner fin a todo esto y regresar a la paz y la estabilidad en Hong Kong.”

 

Sin embargo, Carrie Lam parece ser una pared inalterable que atrapa a los manifestantes frente a la constante amenaza de una espada. Finalmente, la manera de mantener el orden, cuando se niega toda posibilidad de negociación, es a través de la fuerza. Y los manifestantes en Hong Kong saben muy bien que Carrie Lam no tiene miedo de utilizar la fuerza. 

 

La espada

 

Es cierto que no todas las manifestaciones han sido pacíficas. En los casos más violentos de enfrentamientos, los manifestantes han ejercido violencia directa contra la policía llegando a lanzarles tabiques y bombas molotov. El 13 de octubre de 2019, por ejemplo, un manifestante le cercenó la garganta a un policía con un cuter cortándole la yugular y una cuerda vocal. Por suerte, el policía sobrevivió al ataque. El manifestante fue condenado a cadena perpetua. Ese mismo día, una bomba explotó de forma remota en un bloqueo de calle puesto para atraer policías. A pesar de la clara intención, no hubo lesionados.

 

En diciembre pasado, también, algunos policías rastrearon a un manifestante que había disparado durante un enfrentamiento y encontraron en su departamento más bombas de fabricación casera y un rifle de asalto. Pocos días antes, hicieron varios arrestos relacionados con la muerte de Luo Changqing, un residente de 70 años que fue golpeado en la cabeza por un tabique lanzado por manifestantes. 

 

Finalmente, en medio de los días de huelga y manifestaciones más intensos de noviembre, en la estación de MTR (el servicio privado de metro en Hong Kong) de Ma On Shan, un hombre que estaba insultando virulentamente a los manifestantes fue regado con líquido combustible y prendido en fuego. El horrible momento quedó capturado en video y publicado en redes sociales. 

 

Ciertamente, todos estos incidentes violentos extremos son reprobables y, sin importar el contexto, resultan absolutamente desproporcionados para cualquier protesta. Sin embargo, no pueden opacar la creatividad pacífica de la lucha de los manifestantes en Hong Kong y la violencia inconsecuente con la que ha sido reprimida, por la policía local, su legítima ira. 

 

Un día antes de la histórica protesta del 16 de junio de 2019, la más grande en la historia de Hong Kong, murió el primer manifestante al caer de un andamiaje inestable. Leung Ling-kit subió a la plataforma con un impermeable amarillo (que ahora es otro símbolo de la protesta) para colgar pancartas. En esas pancartas se leían consignas en contra de la brutalidad policiaca, en contra de la ley de extradición y a favor de que se elimine el término de sedición (riot) para condenar las protestas. Desafortunadamente, Leung Ling-kit cayó del andamiaje y murió por el impacto brutal. 

 

La protesta de Leung, como la protesta del 16 de junio, un día después de su muerte, fueron protestas de estupor. Nadie podía creer que una institución, considerada hasta cierto punto confiable, como lo fue, durante tantos años, la policía de Hong Kong reaccionara como reaccionó en el cerco del congreso el 12 de junio. Ni siquiera después de lo que pasó durante las protestas del Movimiento de las Sombrillas. 

 

Nunca antes, como ahora, la policía había utilizado la fuerza indiscriminada, los gases lacrimógenos, las balas de goma, las balas de bolsa, las balas de irritación, las granadas de esponja, las torretas de agua irritante y las macanas como lo hicieron ese día. A partir de ahí, a pesar de las coloridas formas de manifestación pacífica, la costumbre de la violencia policiaca sólo creció en Hong Kong. 

 

No importó que miles de madres preocupadas por sus hijos hicieran sit-ins (como el del 5 de julio 2019); que se hicieran marchas de pelo gris en las que los adultos de la tercera edad exigían menos violencia (como la del 17 de junio); no importó que las protestas se concentraran en Lennon Walls (mensajes positivos con post its pegados masivamente en paredes), en sit-ins pacíficos en el aeropuerto para mostrar imágenes de violencia policial a los turistas; en flash mobs espontáneos en parques; en cánticos de libertad fortuitos en mall centers faraónicos; en miles de garzas de origami regadas en las calles y en máscaras coloridas que traían a la vida a personajes ficticios entrañables; en miles de personas haciendo un espectáculo de luces láser en el domo de un museo (como el 7 de agosto pasado); en rallys de profesionistas de todos los sectores (salud, abogados, ingenieros, trabajadores civiles, etc); en centenas de miles de paraguas multicolores protegiendo canales de abastecimiento… No importó, finalmente, que en medio de la crisis por el COVID-19, se llevaran a cabo vigías con velas en toda la ciudad o que, finalmente, la opinión internacional, los reportes de Human Rights Watch o de Amnistía Internacional criticaran ampliamente las medidas del gobierno. Nada de esto importó: la policía siguió reprimiendo inexorablemente a los manifestantes. 

 

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Sit-in en el aeropuerto de Hong Kong. Fotografía por Studio IncendoIMG_20190726_161256, CC BY 2.0, Link

 

En los primeros seis meses de protesta, es decir, en el momento álgido de las protestas antes de la llegada del nuevo coronavirus, la policía arrestó a más de 6 mil personas. El 40% de todos los arrestados fueron estudiantes y el más joven apenas tenía 11 años de edad. Más de 2 mil 600 personas han tenido que ser atendidas en salas de emergencia con heridas causadas por la fuerza pública. La policía de Hong Kong ha disparado 16 mil latas de gas lacrimógeno, 10 mil balas de goma, 2 mil balas de saco (bean bag round) y 2 mil granadas esponja. 

 

Además, la policía ha protagonizado momentos de violencia particularmente terribles que solamente sirvieron para exacerbar las tensiones. El primero de ellos, después de la violenta represión del 12 de junio 2019, fue el incidente en la estación de Yuen Long el 21 de julio de 2019. Ese día, después de una manifestación convocada por el CHRF en la que participaron entre 130 mil y 500 mil personas, un grupo de hombres vestidos de blanco con palos de metal y madera atacaron indiscriminadamente a transeúntes y manifestantes en la estación de Yuen Long. 

 

Este grupo de choque no fue controlado en ningún momento por la policía: mientras violentaban a pasajeros, manifestantes y todo lo que se les cruzaba, las fuerzas del orden, omnipresentes hasta ahora, nunca aparecieron. Al final, la policía llegó algunos minutos después de que los hombres vestidos de blanco se dispersaran. No hubo arrestos. 

 

Ahora se sabe que estos grupos, como una táctica utilizada comúnmente en China continental, son hombres pagados de la mafia, mercenarios de las triadas contratados para romper manifestaciones. De ahí el uso del color blanco: todos los manifestantes pro-democracia se visten, generalmente, de negro (en particular los más radicales). 

 

Ese día, en el ataque a la estación de Yuen Long, hubo 45 hospitalizados, incluyendo 3 graves y uno en estado crítico. Una de las personas que llegó al hospital, golpeada, era una mujer embarazada. En los vagones, se relata, también había niños paralizados por el terror. 

 

Este terrible incidente causó una oleada de protestas que no pararon en los siguientes meses, incluyendo algunos sit-ins en el aeropuerto que paralizaron cientos de vuelos internacionales y una huelga general a principios de agosto 2019. El 25 de agosto, sin embargo,  regresó la brutalidad policiaca en una jornada en la que se dispararon 215 latas de gas lacrimógeno, 74 balas de goma, 4 de saco (bean bag), 44 granadas esponja y, por primera vez durante las protestas, un policía disparó un arma real. Por fortuna, en este incidente el disparo fue apuntado al cielo. 

 

Policía apunta su arma a un periodista. Wikimedia commons.

Policía apunta su arma a un periodista. Wikimedia commons.

 

Nada se detuvo y la violencia siguió escalando como si la policía y el gobierno quisieran, viendo una hoguera en plena ciudad, echar gasolina al fuego. Así, en medio de acusaciones por abuso sexual policiaco durante los cateos (que fue el motivo del rally #MeToo del 28 de agosto), el 31 de agosto se vivió una de las jornadas de represión que más se quedaron grabadas en la memoria de los manifestantes. 

 

Ese día, la CHRF había convocado a una manifestación masiva, pero no obtuvieron el permiso de la policía local. Sin este permiso, toda movilización se considera ilegítima y la policía no duda en, inmediatamente, recurrir a la fuerza. Al mismo tiempo que prohibió la protesta, la policía arrestó a los importantes activistas Agnes Chow y Joshua Wong junto a varios consejeros legislativos pan-democráticos. Indignados por el arresto y la negativa a la marcha, cientos de miles desafiaron a la policía y salieron a las calles. 

 

Cuando un grupo se retiraba en la estación de MTR de Prince Edward, el tren se detuvo en el andén, los policías bloquearon el paso a paramédicos y agredieron con uso excesivo de violencia a todos los que se encontraron al paso. En un video que llegó hasta Amnistía Internacional, se observa cómo entran los policías a la estación amenazan con disparar granadas de esponja a corta distancia (lo que puede causar heridas de gravedad), golpean y rocían con gas lacrimógeno a personas completamente indefensas que no pueden más que abrazarse y llorar. 

 

 

Entre siete y diez personas tuvieron que ser trasladadas a hospitales, pero, por los bloqueos policiales, tardaron más de dos horas en llegar y ser atendidos. El incidente se volvió tan controversial porque, además, se corrió el rumor de que algunas personas habían sido asesinadas dentro de la estación. De hecho, cada 31 del mes, durante los siguientes 10 meses, los manifestantes ponían flores blancas a las afueras de la estación que la policía se apresuraba siempre a quitar. Las rosas blancas, claro, son una ofrenda de luto en Hong Kong. 

 

Después de este incidente, no hubo forma de tranquilizar las protestas. Mucho menos cuando, a principios de octubre, Carrie Lam pasó una muy controversial ley para que los manifestantes no tuvieran derecho a cubrirse el rostro durante las protestas. En un movimiento como el de Hong Kong, en donde no hay líderes visibles, el anonimato es un rasgo esencial. Considerando también y sobretodo, las políticas represivas y de vigilancia extrema de China continental. 

 

El 8 de noviembre de 2019, Chow Tzk-lok, un manifestante de 22 años, murió de manera sospechosa tras caer del segundo piso de un estacionamiento en una zona que la policía registraba después de una manifestación. Tzk-lok se convirtió en el segundo mártir oficial del movimiento y en parte de la narrativa en contra de la policía de Hong Kong. En ese mismo momento, también, a los gritos de “¡Venganza!” por la muerte de Tzk-lok, se suman los gritos de “¡Violadores!” dirigidos a los policías después de que una estudiante muy joven presentara una denuncia de violación contra la policía. La joven sostuvo que había abortado a principios de noviembre. 

 

En este momento álgido de odio hacia la policía, se organizó una huelga masiva de varios días que causó los conflictos más violentos desde junio. En los enfrentamientos en la Universidad China de Hong Kong, nada más, se dispararon 2 mil 330 latas de gas lacrimógeno en un solo día, nuevo récord para las protestas. Durante esta huelga, además, un policía disparó por primera vez contra un manifestante que, supuestamente, trató de quitarle el arma. Después de herirlo en el abdomen, los policías lo sometieron y lo esposaron contribuyendo a su hemorragia. El hombre herido, identificado como estudiante, sobrevivió al disparo, pero estuvo en una situación muy delicada y perdió un riñón y parte del hígado. 

 

Wikimedia commons

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Los conflictos de noviembre en la ciudad escalaron hasta la toma de la Hong Kong Polytechnic University, el 17 de noviembre del 2019. Los estudiantes que ahí se refugiaron y que repudiaron toda la noche la embestida de la policía, de repente se encontraron rodeados. Nadie podía salir sin ser arrestado y nadie pudo auxiliarlos. Al final, algunos escaparon gracias a cuerdas colgadas de un puente. Pero, la mayoría de los mayores de 16 años, fueron arrestados. 

 

Así, en los primeros seis meses de protestas, la relación con la policía se volvió cada vez más tensa. Evidentemente, la llegada del coronavirus en febrero de este año a Hong Kong, cambió completamente la dinámica de una protesta que nunca paró, ni un sólo día, durante todo diciembre, incluyendo días feriados. El primero de enero, de hecho, hubo una manifestación masiva en la que se juntaron cerca de un millón de personas, según los organizadores. Las demandas, después de tanta sangre y de tanta violencia, seguían siendo los mismo cinco puntos del pliego petitorio original. 

 

Las autoridades, en vez de pensar el coronavirus como una excusa para entablar mesas de diálogo, para desescalar la violencia irrefrenable entre manifestantes y policías, utilizaron las medidas sanitarias excepcionales para arrestar con mayor facilidad a los que, incluso con riesgo de contagio, no dejaron de salir a la calle. 

 

Wikimedia commons.

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Así llegamos al más inmediato momento de este conflicto imposible con la última provocación del gobierno chino. Una ley que permitiría castigar a toda persona de Hong Kong que desafiara nuevamente la autoridad del partido central. Una ley pensada para acabar con la alegría simbólica de las protestas a través del miedo. Entre la espada y la pared, los manifestantes de Hong Kong se enfrentan, ahora, a la pérdida de una cultura. 

 

El futuro perdido

 

“Vamos a pelear cada vez que haya enfrentamientos después de las manifestaciones. Este régimen depende de la policía para mantener el orden. Si, de alguna manera, vencemos a la policía no van a poder evitar establecer un diálogo con nosotros. Saben que algo tiene que pasar después.”

 

Un manifestante, de las fuerzas más radicales en el movimiento, explica tranquilamente su opinión, antes de que se desate la tormenta, a Saira Asher y Grace Tsoi, reporteras internacionales de la BBC. En una hermosa y detallada crónica de las protestas, Asher y Tsoi mostraron el corazón mismo de la organización juvenil más radical que, al frente de las barricadas, han aprendido a taparse el rostro; comunicarse por Telegram y otros servicios de mensajería encriptados; a no usar las tarjetas personales de transporte público; a apuntar lásers a los ojos de los granaderos para desorientarlos; a levantar los tabiques de las calles de Hong Kong para hacer armas y barricadas; a limpiar ojos afectados por gas lacrimógeno con soluciones salinas; y a regresar latas de gas lacrimógeno con raquetas de tenis. 

 

 

Estos jóvenes saben, además, qué tienen que hacer y por qué; cantan lemas que entienden entre ellos (“¡La gente de Hong Kong echa aceite!”, un canto que incita a no rendirse, a continuar); entienden símbolos mutuos (como el meme de Pepe the Frog reinventado muy lejos de su uso por la ultraderecha americana); comprenden, finalmente, cómo comunicarse, con el enemigo que les niega la palabra. Bandera azul de advertencia, bandera negra de gas lacrimógeno, bandera roja para el ataque inminente. Entre manifestantes y policías impera el código olvidado de banderas de corsarios, marineros mercenarios y piratas. Los manifestantes también saben interpretar, para sobrevivir, el color de los enemigos espontáneos: el blanco que usan los golpeadores de las triadas o los opositores espontáneos que, en varias ocasiones, los han apuñalado

 

En esta batalla constante que ha durado más de un año; una batalla que no ha callado la violencia policial, las reformas legales, la necedad de Carrie Lam, los mártires, los heridos, las balas y los muertos inexplicables, los símbolos se multiplican. Cada vez que los jóvenes salen a las calles, hay una multitud de significantes propios que se despliegan. Aquí, como en ninguna otro lugar del mundo, los post its son un acto de rebeldía poética, las grullas de origami se yerguen, fosforescentes sobre el pavimento oscuro, como si fueran tachuelas que desarman tanques invisibles, las sombrillas son armas, las luces son armas, los cantos son armas, los colores vibran dispersando significados

 

Grullas de origami en Hong Kong. Wikimedia commons.

Grullas de origami en Hong Kong. Wikimedia commons.

 

Hong Kong ha creado nuevos códigos de protesta y, como en toda ofensiva militar, instauró las condiciones particulares de un frente. Verdun tenía su lógica, Central tiene la suya. El frente de batalla de Hong Kong oscila, simbólicamente, entre lo permitido y lo tomado. Ese es, finalmente, el estatuto mismo de la política en las islas: algo que se tambalea entre una democracia precaria (que debería durar otros 27 años) y la inminente potencia de la más fuerte, duradera y poderosa dictadura comunista del mundo. Por eso, los manifestantes toman y piden. Piden permiso para manifestarse y, cuando no se los dan, lo toman. Piden diálogo y, cuando no se los dan, inventan formas simbólicas de mostrar su descontento. Piden libertad y, cuando no se las dan, luchan vehementemente para que, al menos, no sea fácil suprimirla. 

 

Algunos analistas aseguran que la policía es tan violenta en Hong Kong porque desde la entrega del territorio a China el gobierno central del continente exige solamente una cosa a los funcionarios públicos: la lealtad de un perro de pelea. Se acabó el momento de la individualidad y del protagonismo. Aquí no existen los héroes o los salvadores, sino los que demuestran ser leales sin importar cuántos tabiques, bombas molotov o ruegos de humana empatía les lluevan encima. 

 

Del otro lado, sin embargo, las lealtades fluyen. El movimiento no es fiel a un líder sino a sí mismo, a los cinco principios que establecieron y, sobre todo, a la fuerza de lo que permite. En un movimiento pendular, este movimiento encuentra su carburante entre la absoluta desesperación y la esperanza. Por un lado, claro, están luchando una lucha desesperada: nada puede impedir (sobre todo considerando el imperio económico del capitalismo de estado chino), la anexión del territorio al continente en 2047. De ahí que se encuentren gritos y graffitis que rezan: “Si caemos, caen ustedes con nosotros”. 

 

Protestas en Hong Kong. Wikimedia commons.

Protestas en Hong Kong. Wikimedia commons.

 

Con cada manifestación, claro, las exigencias del movimiento no cambian, pero nuevas exigencias se suman. Existe, también, la esperanza. Este año hubo manifestaciones masivas pidiendo el apoyo de Estados Unidos en el conflicto. Un apoyo que, de hecho, llegó firmado por Donald Trump. No porque al presidente de Estados Unidos le importe gran cosa el devenir de la juventud en Hong Kong, sino porque le importa provocar a China. Para el régimen comunista, no hay ninguna discusión internacional posible: al ser Hong Kong parte de China desde 1997, éste es un asunto de política interna y ni siquiera el Consejo de Seguridad de la ONU puede hacer nada al respecto. Rusia, por supuesto, está de acuerdo. 

 

Estados Unidos y Reino Unido, sin embargo, ven en Hong Kong una forma de presión política a China y, con esto, le han dado cierta esperanza al movimiento de los jóvenes. El 27 de noviembre del año pasado, Donald Trump firmó el Hong Kong Human Rights and Democracy Act, una ley federal para imponer sanciones económicas a China como forma de presión internacional en contra de sus crecientes intervenciones en Hong Kong. En realidad, es también una manera de justificar presiones económicas a China; ese mítico lugar que Trump ama y odia más que a nada en el mundo. Supongo que se necesita ser un bully para querer y admirar a otro bully.

 

Por su parte, Boris Johnson, primer ministro de Gran Bretaña ha amenazado a China con una propuesta inesperada para uno de los más grandes impulsores del Brexit: la oferta de recibir, como ciudadanos, a los 3 millones de hongkoneses que nacieron antes de la cesión de Hong Kong en 1997. Con esto, al ofrecer visas (que permiten tanto trabajar como estudiar en Reino Unido) a tres millones de personas que formaron parte, por supuesto, del Commonwealth, Johnson amenaza a China con una fuga masiva de productividad, cerebros y capacidad económica. La amenaza, también, es muy real. 

 

Con estas dos reacciones internacionales, el movimiento joven en Hong Kong encuentra una luz al final del túnel. Es una luz tenue, lo saben, y que está hecha más de intereses propios y amenazas verbales para la política interna que de una real preocupación por ellos. Pero es una esperanza. 

 

Por eso, la lucha de los jóvenes en Hong Kong se sigue transformando, sigue mutando, sigue creciendo. Por eso hemos visto manifestaciones diferentes, dirigidas a los consulados internacionales, para pedir que se anule la cesión de 1997, para exigir también, mucho más allá del sufragio universal, la completa independencia del territorio. Por eso, finalmente, cuando hubo protestas independentistas en Cataluña, Hong Kong hizo un gesto simbólico de acercamiento y, a su vez, los manifestantes catalanes, protestaron en el consulado chino de Barcelona. 

 

Ahora, la misma temida reforma a la ley de seguridad nacional que alumbró las protestas de 2003 y 2019, regresó de la mano de Carrie Lam en medio de todas estas controversias internacionales. La mujer de hierro al frente del ejecutivo parece no querer ceder un centímetro. Su postura insiste con pasar leyes dictadas por el continente; en particular, leyes que servirán para acallar las protestas con la fuerza del estado (algo que China, desde hace mucho tiempo, sabe cómo hacer). 

 

Instalación artística "My God, let me survive this deadly love". Wikimedia commons

Instalación artística “My God, let me survive this deadly love”. Wikimedia commons

 

¿Cómo puede uno de los países más autoritarios y poderosos del mundo seguir permitiendo que se le insulte dentro de su territorio? ¿Cómo puede permitir protestas de un año, el país que acallaba, con balas, las protestas en un día? ¿Cómo puede ocurrir que, en medio de árboles navideños y centros comerciales, un manifestante baje una bandera china para quemarla?

 

La nueva imposición de la ley de seguridad nacional permitirá que se castigue, severamente, cualquier acto considerado como separatismo, sedición, terrorismo o de intervención extranjera. Además, comprende la instalación de un servicio de inteligencia en seguridad nacional dentro del territorio de Hong Kong que puede, si lo considera necesario, imponer su propia ley en casos de emergencia. Finalmente, la ley prevé una considerable multa y hasta tres años de cárcel para quien utilice de forma irónica, burlona o insultante el himno nacional o los símbolos patrios chinos; himno que, además, deberá tocarse obligatoriamente en las escuelas. 

 

La mano de China continental es evidente aquí y la línea que mantiene es clara: esta nueva ley no nada más busca perseguir con mucho más violencia y certera inteligencia las protestas, sino que quiere acabar, simbólicamente, con el movimiento. Todos los actos de burla, de mofa, de juego, todos los símbolos inventivos que se han creado durante las protestas, todos los nuevos significantes, podrán ser usados para singularizar, aislar y reprimir a quien los utilize. 

 

Esta ley no nada más busca dar armas legales al poder judicial de Hong Kong para procesar y encarcelar a los manifestantes, sino que busca fomentar el miedo frente a la mano invisible de un estado todopoderoso; un miedo que, si se muestra lo suficientemente efectivo, se convertirá en la mordaza de un pueblo que no ha dejado, en un año, de gritar por su libertad. La lección de la juventud hongkonesa resulta, en ese sentido, increíblemente valiosa: aunque el futuro parezca perdido, vale la pena luchar por cambiarlo. 


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Daños en casas antiguas en el centro de Oaxaca. Foto: Centro INAH - Oaxaca, Secretaría de Cultura.
Daños en casas antiguas en el centro de Oaxaca. Foto: Centro INAH – Oaxaca, Secretaría de Cultura.

Tras el sismo de ayer por la mañana —de 7.5 magnitud Richter con epicentro en la Crucecita, Oaxaca—  en mi familia todos empezamos a hacer llamadas y mandar mensajes. Supimos de las fachadas que se dañaron en el centro de Oaxaca de Juárez, así como de los derrumbes en construcciones viejas, las mismas que cada que pasábamos junto a ellas pensábamos “en el próximo temblor esto se cae”.

En mi familia sabemos de las dificultades para comunicarnos con mi papá, acostumbrados como estamos a que se encuentre en comunidades donde no llega la señal, por su trabajo como productor de café y encargado de un almacén de cooperativas de abasto, que reparte mercancía en comunidades de bajos recursos en el estado de Oaxaca.

En la mañana, después de vivir la sorpresa de escuchar la alerta sísmica, recuperar el aliento tras sentir cómo la casa saltaba debajo de nosotros y recordarle a los vecinos que cualquier cosa, aquí estamos, nos alivió recibir pronto un mensaje de mi papá: “En El Tomatal, todo bien”. El Tomatal es una comunidad de Santa María Colotepec, Oaxaca, está dos horas del epicentro del sismo. De Tomatal solo recuerdo la estructura de lámina de uno de los almacenes de CONASUPO, a un costado de la carretera.

Sin atrevernos a decirlo en voz alta, mis hermanos y yo envidiamos el trabajo de mi papá, que le permite estar al aire libre casi todo el tiempo, cerca de la playa, o entre los cafetales en Pluma Hidalgo. Pero desde siempre nos ha preocupado su don para atinarle al lugar exacto (o muy cercano) en el que los desastres naturales suceden. Por ejemplo, en 1997, mi papá sobrevivió al huracán Paulina en su camioneta atorada en un puente, detrás de un vehículo militar. Al estar en medio de la nada, en la carretera, no le quedó de otra que intentar abrir camino para él y para otros. Participó entonces en la reapertura de las vías terrestres y lograr que pasaran los equipos de emergencia, así como los camiones del almacén para repartir víveres.

Su mañana empezó gris, fría, algunas nubes se aborregaban en el cielo. Va a temblar, dijo Beto Pérez, amigo de toda la vida de mi papá, oriundo también de los cafetales. A las diez de la mañana los gallos cantaron y se nubló totalmente. El viento empezó a soplar del mar. Para entonces, mi papá ya estaba en el almacén supervisando las actividades que, aunque más lentas por la contingencia sanitaria, continúan el proceso de abastecimiento de las tiendas comunitarias. Él es parte del Consejo de Administración, que en conjunción con la gerencia se encarga de supervisar la distribución. Desde que inició la Jornada Nacional de Sana Distancia, todos los trabajadores que entraban en la población de riesgo se retiraron a sus casas. El resto continúa; el trabajo del almacén es vital para las poblaciones oaxaqueñas, pues los precios de dichas tiendas son los más accesibles y justos. El Consejo monitorea el uso continuo de cubrebocas y el proceso de sanitización, así como la planeación de las rutas para entregar los productos, puesto que algunas fueron cerradas por agencias municipales.

Alrededor de veinte trabajadores y él salieron para escuchar mejor las olas. El sonido del mar chocando contra la costa era más fuerte que de costumbre. Se quedaron quietos, poniendo atención a la violencia de la marea, hasta que después de unos minutos se calmó.

Volvieron para resguardarse de un aguacero que se soltó de pronto. Los perros aullaban. En eso, las láminas del techo empezaron a tronar, parecía que querían despegarse. Las estibas de harina cayeron en los pasillos. Intentaron salir por atrás, pero los rollos de papel higiénico taparon esa salida. Por fin alcanzaron la puerta de enfrente y vieron cómo la estructura se movía de un lado al otro. Los vidrios de las oficinas caían al piso.

La lluvia se calmó y el susto por el temblor seguía pegado al cuerpo, igual que la ropa mojada. La segunda alarma llegó por un reporte de la capitanía de Puerto Escondido en las radiodifusoras. El mar se retiró cincuenta metros y se esperaba un regreso en forma de tsunami en las próximas tres horas. Comunicaron el desalojo de las personas que viven cerca de las playas y repitieron la noticia para que los pobladores cercanos a la costa se alejaran del mar. No supimos la ubicación de mi papá en todo ese tiempo, pero esperamos lo mejor. Además, por su historial en desastres como este, nos lo imaginamos dirigiendo la evacuación.

Por la pandemia, las entradas a los pueblos que dan a la carretera internacional se encontraban cerradas. Para muchas de las comunidades de la costa, hasta este momento, la cuarentena había sido total, ningún foráneo tenía permitido el paso. Después del temblor, se levantaron los retenes. Poco a poco empezó a llegar el recuento de daños: varias construcciones se derrumbaron en San Juan Oxolotepec. “Sin novedad en los demás pueblos y ahora a esperar”, fue lo último que me escribió.

Mi mamá dice que mi papá solo aparenta estar en los lugares equivocados en el momento equivocado, porque, de una manera u otra, así aprendió a tener la voluntad para quedarse y ver cómo seguir adelante. Hace veintidós años, durante el huracán, nadie supo nada de él en días. Al menos ahora sabemos que está seguro, esperando que la marea vuelva con calma o la lista de comunidades afectadas para saber cómo ayudar.

 


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.

 

En mayo del año 2000, en el pueblo de Yoshii, prefectura de Okayama, un campesino japonés reportó el hallazgo de la osamenta de una serpiente muy extraña. Medía unos sesenta centímetros y, a diferencia de cualquier otra, tenía el estómago demasiado abultado, como si hubiera en su interior algo todavía en proceso de digestión. Los representantes de la comunidad llevaron el extraño cuerpo a un laboratorio universitario, en donde el departamento de biología se encargó de determinar si se trataba —como era la sospecha general— de un tsuchinoko, criatura que, desde el siglo VIII, ha formado parte de las leyendas de Japón.

Según los recuentos populares, el tsuchinoko vive en las profundidades del bosque. Se caracteriza por ser ágil, veloz, venenoso y porque tiene la capacidad de hablar: se les aparece a los viajeros en los parajes desolados y platica con ellos para engañarlos. No se trata, pues, de un animal común y corriente. Está muy lejos de serlo: el tsuchinoko es un yōkai, un monstruo del folclor japonés que se ha constituido como parte imprescindible para comprender la construcción cultural de los pueblos.

La definición de yōkai es muy compleja. Según anota el japonólogo Michael Dylan Foster, el término se puede traducir como monstruos, criaturas extrañas, seres fantásticos, espíritus, fantasmas, deidades menores, o cualquier otra ocurrencia de lo numinoso. En todo caso, se trata de seres mitológicos, cuya naturaleza varía de tal manera que algunos son prácticamente idénticos a los seres humanos, y otros son tan sustancialmente distintos como las linternas o los paraguas o distintos tipos de animales: los tejones, las ranas, los zorros.

Mientras las noticias de este hallazgo se difundieron a lo largo del país, en Yoshii se construyó una estatua de la peculiar criatura; además, se inició la producción en masa de sake de tsuchinoko y otros dulces regionales que tomaban su figura como motivo y promoción. Eventualmente, los análisis demostraron que la osamenta en realidad había pertenecido a una simple culebra con malformaciones genéticas, pero esto no impidió que las autoridades del pueblo continuaran gozando de la “fiebre del tsuchinoko” e, incluso, llegaran a ofrecer una cuantiosa recompensa —por lo menos 20 mil dólares— para aquel que les llevara un tsuchinoko de verdad.

Para el lector (no japonés) promedio, el revuelo que causó el descubrimiento del falso monstruo podría parecer una nimiedad. Ridículo, incluso, pues la equivalencia en México hubiera sido el hallazgo de un chaneque, un chololito o hasta del chupacabras (aunque muchos recordarán que en los años noventa hasta en TV Azteca se hablaba de los avistamientos de esta pesadilla del ganado). En Japón, no obstante, el avistamiento produjo no solo el furor general, sino que se desplegó en una serie de eventos que llevarían a la región a un renacido esplendor económico. Aún más, apenas un año después del incidente de Yoshii, en el pueblo de Mikata, localizado en la prefectura de Hyogo, el gobierno local exhibió un nuevo cadáver a la vista de todos, asegurando también que se trataba de un tsuchinoko real. Cabe destacar que los habitantes de Mikata no tuvieron la misma prisa para comprobar la legitimidad del hallazgo.

Kappa estatua camino

La anécdota anterior nos ayuda a entender la relevancia cultural y hasta comercial que tienen los yōkai a lo largo y ancho del territorio japonés. Al grado de que, en casi cada región, existe al menos uno que se integra rápidamente a las narrativas sociales y tradicionales. Así como cada ciudad establece sus atractivos paisajísticos o históricos para atraer al turismo local e internacional, de la misma manera las criaturas folclóricas pueden llegar a instituirse como elementos que determinan la identidad de los pueblos. “Las criaturas sobrenaturales”, dice Dylan Foster, “negocian con los extremos, creando interacción entre los intereses comerciales locales (el vino de tsuchinoko) y los estudios científicos (un profesor de biología), el rigor académico (una base de datos con más de treinta mil entradas) y la fascinación popular”.

Vi este fenómeno de manera particularmente clara en el pueblo de Tōno, en la prefectura de Iwate. Aunque escondido en uno de los últimos rincones del campo japonés, Tōno goza de un indudable atractivo turístico, pues inspiró al celebérrimo Kunio Yanagita —llamado por algunos “el Grimm japonés”— para escribir su famoso 遠野物語 [Tōno monogatari, traducido por editorial Quaterni como Leyendas de Tono], libro que inició con los estudios folclóricos del país asiático. Apenas al salir de la estación de trenes, me encontré de frente con una fuente llena de kappa, una especie de reptiles similares a las tortugas que viven en los ríos y solo aparecen de vez en cuando para robarse a las mujeres, a los niños y a los caballos. Cuando miré la bellísima fuente de los kappa pude sentir con claridad que estaba por adentrarme a un espacio cercano a la magia, como si aquellos reptiles rojos fueran una especie de conejo blanco que me diera la bienvenida a las maravillas de Japón.

kappa

La mayoría de los pueblos japoneses se ha dedicado a cultivar y engrandecer a sus propios yōkai. Su estudio y relevancia han crecido de tal manera que en la actualidad es posible encontrar un amplio número de enciclopedias, manuales, mapas y otros escritos respecto a estas criaturas. No obstante, el furor está lejos de ser una moda: en el periodo Edo (1603-1868), varios escritores y artistas se dedicaron a llevar a cabo estudios, manuales y bestiarios que pretendían catalogar con una precisión casi taxonómica las miles de criaturas que poblaban el imaginario fantástico de Japón. Y si bien hay varios textos que merecerían una mención, sin duda el más popular es el trabajo del artista del ukiyō-e, Toriyama Sekien.

Basado en el concepto del Hyakki Yagyō [el Desfile Nocturno de los Cien Demonios, creencia popular según la cual durante las noches de verano cientos de monstruos caminan a lo largo y ancho de las calles de Japón], Toriyama Sekien se dedicó a ilustrar la apariencia de un centenar de yōkai, acompañados con una pequeña descripción de sus características, el sitio donde vivían o incluso qué hacer en caso de encontrarse con uno de ellos. Si bien su técnica, tanto en la ilustración como en la descripción, es ahora criticada por burda y limitada, lo cierto es que se trata del primer intento clasificatorio de estas criaturas, esfuerzo que abrió un campo de investigación inagotable sobre la cultura tradicional de Japón. Cito directamente de su libro la entrada para “Kitsune bi”, los populares zorros de fuego: “De acuerdo a la leyenda, los zorros de toda la región de Kantō se unieron para ir al santuario de Ōji Inari, en Edo, para presentar sus ofrendas en el último día del año. Una vez ahí, exhalaron fuego de sus bocas sus narices. Estos fuegos fueron vistos por los locales, quienes los usaron para predecir la próxima cosecha”.

kappa manhole

En su célebre serie Cien famosas vistas de Edo, el artista del ukiyo-e Utagawa Hiroshige —de la legendaria estirpe Utagawa— incluyó el grabado “Los zorros de fuego se reúnen en año nuevo en el Árbol del Disfraz, Ōji”. En la escena podemos observar con claridad el maravilloso evento descrito por Toriyama Sekien: una miríada de zorros de fuego se reúne alrededor del árbol, definiendo el punto donde se construyó el santuario. Un santuario que todavía se mantiene a la vera del gran árbol de Hiroshige, en una esquina rodeada de edificios departamentales cerca de Akasaka. Aquel buen presagio que se grabara en el fuego, ¿no remite a la aparición de los famosos fuegos fatuos que, según las leyendas mexicanas, aparecen en los caminos desolados, en los campos, los cementerios e incluso dentro de las casas para designar en dónde hay tesoros enterrados?

Con este trasfondo, no es casualidad que el reconocimiento de las amabie se diera de forma tan acelerada en Japón. Desde que la epidemia del COVID-19 se instauró como la nueva realidad a principios de 2020, artistas de todo el mundo —pero, principalmente, de Japón—, se entregaron con resolución a elaborar sus propias versiones del particular yōkai, representado como una sirena con una suerte de pico y tres patas características, y que promete la protección contra las plagas si uno dibuja su retrato y lo comparte con otras personas, como una especie de amuleto para la protección. Al igual que todos los yōkai, las amabie aparecieron en el escenario japonés como una respuesta, una manifestación mágica que pretendía representar un tipo específico de miedo. En este caso, el miedo a las enfermedades.

Según el recuento histórico, el primer avistamiento de una amabie ocurrió en 1846 —en los últimos años del periodo Edo—. Se le apareció a un oficial de la provincia de Higo, hoy prefectura de Kumamoto, en la isla de Kyūshū, para darle dos predicciones: la primera era anunciar que en Japón habría buenas cosechas durante los próximos seis años. Y la segunda, que una terrible plaga estaba a punto de internarse en las islas japonesas. Junto al dibujo del yōkai, aparece una leyenda sucinta del encuentro:

“Se dice que en el mar de Higo todas las noches empezaron a aparecer luces extrañas.  Cuando un oficial de la provincia fue a verlas, se le apareció una criatura como la que se muestra en la imagen, y le dijo: ‘Yo soy una amabie que vive en las profundidades del mar. A partir de éste, durante los siguientes seis años los cultivos seguirán siendo abundantes en el país, pero también la enfermedad prevalecerá. ¡Rápido! Haz un dibujo de mí y muéstraselo a la gente.’ Y diciendo esto, volvió a sumergirse en el agua”. Al final del texto, aparece una fecha de mediados de abril del año 3 de la era Kōka (1844-1848).

El oficial copió la figura y se la transmitió de inmediato al gobierno de Edo —hoy Tokyo—. En ella, podemos apreciar con claridad algunas de las cualidades físicas: se trata de una criatura con escamas, largos cabellos y una especie de pico, así como tres patas que bien podrían ser aletas. De igual manera, se aseguró de transmitir el aterrador vaticinio de la amabie, que venía acompañado con un mensaje de esperanza: para protegerse de la enfermedad, la gente tenía que dibujar la figura del amabie y compartirla con tantas personas como fuera posible. En pocas palabras, la amabie estaba pidiendo volverse viral.

kappa pond anuncio

Desconozco si la gente de Edo se dedicó a seguir las instrucciones de la amabie. Como un dato curioso, los registros históricos de pandemias no establecen que haya ocurrido nada durante la década de 1840-1850, si bien en otros países de Asia, como China y Corea, fue precisamente en esta época en la que se desató una epidemia de tifus que no llegó a cruzar el mar de Japón. No obstante, según declara el investigador William Johnston, en 1858-1859, se desató una gran epidemia de cólera (Johnston la llama “la enfermedad epidémica arquetípica”) que mató alrededor de trescientas mil personas. Aunque esto ocurrió más de una década después de la aparición de la amabie.

Fue gracias al mangaka Mizuki Shigeru que la amabie llegó a ser conocida en el siglo XX. En su maravillosa Enciclopedia yōkai —que se puede encontrar ya en español, en dos volúmenes bellamente cuidados— le dedica una entrada en donde reproduce la vieja leyenda de Edo, y discurre acerca de algunas de sus virtudes como yōkai vaticinador. Desgraciadamente, fuera de esta página enciclopédica —ilustrada, también, siguiendo la tradición de Toriyama Sekien— no existe mucha mayor información en español o siquiera en inglés, pues el amabie no goza de la misma popularidad que la de otros yōkai.

Esto podría tener su explicación en dos cosas: en primer lugar, porque los primeros intentos de clasificación datan de mediados del siglo XVIII —el libro de Toriyama apareció en 1781—, varias décadas antes de la primera aparición del amabie. Por otro lado, porque hasta el 2020 no se trataba de un ser de particular relevancia, ni siquiera en comparación con otros de sus parientes acuáticos como los kappa o los samebito. Fue la presente contingencia del COVID 19 la encargada de darle al amabie un lugar en la cultura popular, y que la volvió un signo protagónico en nuestros tiempos. Y podemos estar seguros de que el nombre de amabie conservará un lugar muy especial en la posteridad para los amantes y estudiosos de la cultura japonesa.

Entre el tsuchinoko de Okayama y el amabie de Kumamoto se cierne la misma expectación porque lo fantástico irrumpa en la realidad para transformarla. Y si bien no hay aún ninguna convocatoria gubernamental en Japón para cazar una real, lo cierto es que su difusión global ha vuelto innecesario el ejercicio: la amabie está en todas partes. Luego de que esta pandemia viniera a cambiar nuestra forma de entender la sociedad, es natural que el amabie haya regresado hasta nosotros con un renovado impacto. Y una prueba está en los cientos de artistas, aficionados y profesionales, que se han dedicado desde el pasado marzo a compartir en sus redes sus propias creaciones del amabie. Tan solo en México, la convocatoria para el concurso “Dibuja tu amabie”, que convocó la Fundación Japón en México y que culminó el pasado 29 de mayo, convocó a más de 400 artistas de todas las edades, quienes compartieron su propia versión de aquella peculiar criatura.

Amabie imagen original de 1846

Hay un consenso entre los investigadores de que los yōkai son portadores de la memoria histórica de Japón. El reconocimiento del que ahora goza el amabie es también un vaticinio sobre la relevancia que irá cobrando para los investigadores del futuro, quienes seguramente mirarán esta época y podrán reconstruir el relato de la pandemia partiendo de esta peculiar sirena. Después de todo, esta es una de las funciones más importantes de los yōkai y otras criaturas mágicas en Japón y el mundo: nos ayudan a contar una historia de nuestros pueblos, que de ninguna otra forma seríamos capaces de reconstruir.

Cientos de imágenes que no son sino una respuesta, un acto de resistencia ante el distanciamiento social al que hemos sido empujados, un esfuerzo para encontrar una conexión emocional con los otros para compartir esperanza ante el temible virus que asola nuestros tiempos.


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).
Ilustración por Édgar MT

Experimento 1: Ir al puerto. Esperar a que zarpe un barco. Mirar cómo se aleja, cómo se hace más pequeño al acercarse al horizonte. Mirar cómo desaparece primero el cuerpo, luego el mástil, al final la bandera. Aunque tengas unos binoculares, en algún momento desaparecerá de la vista. Si la Tierra fuera plana, no habría horizonte y podríamos ver los objetos cada vez más lejos en la distancia sin ocultarse.

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Hace un año, en mayo de 2019, se convocó la primera reunión de terraplanistas en México. En la foto oficial del encuentro se ve a doce personas posando frente a la Torre Latinoamericana. Hombres, mujeres, niños. Todos hacen una señal que se parece al saludo a la bandera, pero que, en este caso, representa la creencia de que la Tierra no es esférica, sino un disco plano rodeado de una muralla de hielo. 

Cuando vi esta fotografía por primera vez, me pregunté qué caso tenía creer que la Tierra es un disco. ¿Por qué poner en duda algo tan básico que sólo se puede creer si se desconfía de todo tipo de testimonio, prueba científica o fotografía? ¿Cuál es el sentido?

Desconfiar de la forma misma de la Tierra es desconfiar de todo el conocimiento humano. A partir de ahí, es válida toda interpretación. 

*

Experimento 2: Buscar la fecha del siguiente eclipse lunar. Esperar despierta. La Tierra pasa entre el Sol y la Luna. Su sombra se proyecta sobre la superficie del satélite. La imagen: una sombra redonda sobre un objeto redondo.  

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El principal argumento de los terraplanistas es así: ¿Puedes probar , personalmente, que la Tierra es redonda? ¿Lo has visto con tus propios ojos? ¿Has sido testigo? ¿Cómo puedes estar seguro de algo que no has visto? 

No pueden creer lo que no han visto con sus propios ojos. 

El 23 de febrero del 2020, Michael “Mad Mike” Hughes murió durante un vuelo de prueba del cohete espacial que había construido en su casa. Él, como muchos otros terraplanistas, aseguraba que la única manera de probar sin ninguna duda que la forma de la Tierra plana, es yendo al espacio y viéndolo uno mismo. No valen los testimonios, los videos, las fotografías. La única forma de estar cien por ciento seguro del hecho es verlo con nuestros propios ojos. Murió cuando el cohete falló en un vuelo de prueba, ni siquiera llegó lo suficientemente alto para saber si estaba equivocado.  

Algunas personas aseguran que en realidad Mad Mike no creía que la Tierra era plana. Sólo usaba esa excusa para darle publicidad a sus campañas de fondeo y conseguir dinero para construir cohetes caseros. 

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Experimento 3: Escoger un árbol en la mitad de un bosque. Un árbol alto. Mirar al horizonte desde la base y luego comenzar el ascenso. Hay que detenerse durante la subida y mirar alrededor. Buscar el horizonte. La visión se extiende, con cada metro se puede ver más y más lejos. Si la Tierra fuera plana, la visión desde la base y desde la cima sería la misma. 

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La mayoría de los mitos creacionistas asumían que la Tierra era plana y tenía bordes. Los griegos hasta el periodo clásico, entre ellos Homero, describían el océano como el cuerpo de agua que rodeaba la superficie circular de la Tierra. Una idea similar se puede encontrar antes en la cultura egipcia y en Mesopotamia. Los nórdicos describían la Tierra como un disco rodeado de un océano cuyo eje es el árbol Yggdrasil. Para los chinos la Tierra era cuadrada, mientras que el firmamento era un domo circular. Esta visión se mantuvo hasta el siglo XVII. 

En el mundo occidental, las primeras ideas sobre la Tierra como una esfera aparecieron en el siglo V a.C. entre los pitagóricos. Algunos de los pensadores griegos que se cree que comenzaron a pensar en la Tierra esférica fueron Parménides, Empédocles y Pitágoras. Lo que se sabe con seguridad es que Platón estudió matemáticas pitagóricas y cuando regresó a fundar su academia comenzó a describir la Tierra como una pelota, todos sus extremos equidistantes del centro, la más perfecta de todas las figuras, sin dar ninguna justificación. Su alumno estrella, Aristóteles, observó que las estrellas que se veían en Egipto o Chipre no eran las mismas que se veían más al norte. Sólo si la superficie estaba curveada podía ser posible que, al navegar hacia el sur, los viajeros observaran cómo las constelaciones del sur se alzaban en el cielo. Asimismo, observó que la sombra de la Tierra durante un eclipse lunar era circular. Después, en 240 a.C. Eratóstenes estimó la circunferencia de la Tierra con un error menor al 5%.  

Estas ideas pasaron de los griegos a los romanos y así se esparcieron por el imperio. Tolomeo describió cómo al navegar hacia un grupo de montañas, estas parecen crecer, lo que se explicaría si antes la curvatura de la Tierra hubiera ocultado su verdadero tamaño. 

A diferencia de lo que se cree ahora, las obras de Tolomeo y Aristóteles influyeron a muchos estudiosos durante la Edad Media, tanto cristianos como islámicos. Es un mito creado durante el siglo XVIII que en este periodo los estudiosos creían que la Tierra era plana. La mayoría mantuvieron la creencia griega como se puede ver, por ejemplo, en la Divina Comedia, Dante describe la Tierra como una esfera. 

Sin embargo, la primera demostración de la forma esférica de la Tierra la aportó la circunnavegación (1519-1522) que comenzó Fernando de Magallanes y que Juan Sebastián Elcano continuó al morir su capitán. Esta prueba, sumada al cálculo de Eratóstenes, terminó por convencer a la mayor parte de los europeos educados. 

O eso parecía.

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Experimento 4: Tomar un avión que viaje a más de 10 kilómetros de altura. Elegir un asiento junto a la ventanilla. Observar la curvatura de la Tierra. Si esto no es una posibilidad, comprar un vuelo redondo desde México a Japón. Experimentar la pérdida de un día en la ida y la ganancia de otro en el regreso. En Japón, llamar por teléfono a casa. Experimentar la diferencia horaria. Si la Tierra fuera plana, en todos los continentes sería de noche o de día al mismo tiempo. Los husos horarios sólo pueden explicarse si la Tierra es esférica. 

*

La idea de que la Tierra es un disco reaparece en el siglo XIX con el experimento del canal de Bedford. Este consiste en una serie de observaciones que se realizaron en el río Bedford en Inglaterra para medir la curvatura de la Tierra. En un punto del río, este tiene un canal de drenaje recto de alrededor de nueve kilómetros de largo. Dadas estas características, no sería posible que un bote en uno de los extremos avistara otro bote en el extremo contrario porque la curvatura de la Tierra lo ocultaría. Sin embargo, Samuel Rowbotham había observado varias veces que era capaz de ver el bote en el otro extremo y publicó en el periódico que le daría 500 libras a la persona que pudiera probar que la Tierra no era plana.

Alfred Wallace le demostró a través de un experimento que este efecto era provocado por una ilusión óptica causada por los efectos de la refracción de la atmósfera. El experimento consistía en colocar una línea recta a lo ancho del canal de postes de 4 metros de altura por encima de la superficie del agua para evitar la refracción. Si la Tierra tenía una curvatura, los postes de en medio se verían más altos que los que están en los extremos. A pesar de su demostración, Wallace no pudo cobrar las 500 libras porque había ofrecido el dinero no era Rowbotham, sino otra persona: John Hampden. Él miró a través del telescopio el experimento y decidió que los postes se veían del mismo tamaño, aunque todos los demás observadores lo contradijeron. Se negó a pagar y declaró que este experimento demostraba que la Tierra era plana. No hubo forma de convencerlo. Estaba seguro de lo que había visto y lo que significaba. 

Rowbotham, por otra parte, siguió escribiendo panfletos y libros a partir de estos experimentos. Llamó a su sistema de investigación Astronomía Zetética y lo planteo como un método alternativo al método científico, que ponía su énfasis en las observaciones sensoriales. Esto significa que, como en nuestro día a día no percibimos la curvatura, la conclusión es que la Tierra tiene que ser plana.

Cuando Rowbotham murió, Lady Elizabeth Blout creó la Sociedad Universal Zetética, cuyo objetivo era “la propagación de conocimiento relacionado con la Cosmología Natural, aquella que confirma las Santas Escrituras, basándose en la experimentación científica”. Esta es la primera sociedad de terraplanistas y así la idea de la Tierra plana toma un carácter religioso. 

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Experimento 5: Ir al Centro. Observar el atardecer desde Bellas Artes, el Sol desaparece entre los edificios. Cuando ya no pueda verse el Sol, subir al décimo piso de la Torre Latinoamericana. Mirar el Sol desaparecer en el horizonte otra vez. Cuando se oculte, subir veinte pisos más y mirar de nuevo el atardecer. Repetir hasta llegar al mirador. Si la Tierra fuera plana, una vez que se hubiera puesto el Sol, no podría verse desde ningún punto de la ciudad, pero como la Tierra es esférica, uno puede ir subiendo la Torre Latinoamericana piso a piso y experimentar varios atardeceres en el mismo día. 

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En 1956, Samuel Shenton crea la International Flat Earth Society, que tiene que enfrentarse a las primeras fotografías tomadas desde el espacio y a los testimonios de los astronautas. Shenton argumentó que las fotografías no eran reales. Así la idea de la Tierra plana comienza a mezclarse con teorías de conspiración, donde la NASA y el gobierno están tratando de engañar a los ciudadanos. 

De nuevo la sociedad pierde fuerza con la muerte de Sheton. Varias veces más se ha revivido la sociedad, hasta 2007 que Daniel Shenton (sin relación filial con Samuel) creó un foro en Internet en el que revivió a la Flat Earth Society. Facebook, Twitter y YouTube han permitido que las ideas terraplanistas lleguen a más y más individuos. Actualmente, existen conferencias, cruceros y series de televisión para que los terraplanistas se reúnan y encuentren. Sin embargo, bajo esta ideología convergen diversos tipos de personas: aquellas que creen que la Tierra es plana porque la Biblia así lo dice, aquellas que creen en múltiples teorías de conspiración y aquellas que encuentran consuelo en que su percepción del mundo es sencilla y correcta. 

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Experimento 6: Elegir dos puntos: digamos uno en Monterrey y otro en Cancún. Tomar dos palos de madera del mismo tamaño y dos cintas métricas. Invitar a un amigo, darle un palo y una cinta de medir. Viajar de la Ciudad de México al punto asignado. Buscar un jardín y clavar el palo en el suelo. Llamar al amigo y medir al mismo tiempo el tamaño de la sombra del palo. Si la Tierra fuera plana, las sombras serían del mismo tamaño, pero como la Tierra es esférica, el Sol golpea distintos puntos de la Tierra con un ángulo diferentes y, por tanto, las sombras serán de diferente tamaño. El primero en realizar este experimento fue Eratóstenes. 

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Uno de cada seis estadounidenses no está completamente seguro de que la Tierra sea esférica. Esta estadística me deja fría. Regreso a la pregunta. ¿Qué caso tiene dudar de la forma misma de nuestro planeta? Es más, durante todo el artículo he escrito que la Tierra es esférica, cuando en realidad su forma es la de un esferoide oblato, achatado en los polos y abultado en el Ecuador a causa de la fuerza centrífuga generada al girar sobre su propio eje. Los terraplanistas reducen su mundo a las interpretaciones de lo que perciben. 

¿Qué sucede si no podemos confiar en los testimonios de expertos, en las pruebas, incluso en la evidencia fotográfica? ¿Qué sucede cuando dudamos de todo lo que no esté de acuerdo con la interpretación que damos a nuestras percepciones? 

Parece que su argumentación se basa en un escepticismo puro. La duda por encima de todo. La duda también se encuentra en el fondo del método científico, pero la ciencia tiene la característica sustentar sus ideas en la evidencia, en la repetibilidad. Cuando se encuentran pruebas que desmontan una teoría, la teoría se abandona. El escepticismo de grupos como los terraplanistas —que dudan de toda prueba, de todo razonamiento y privilegian la experiencia personal— no permite ajustar las ideas a la evidencia que el mundo presenta, sino que ajustan sus percepciones para que coincida con sus ideas. 

A partir de este método, no me extraña que el terraplanismo congregue gente tan dispar, con ideas tan distintas. En 2015, la International Flat Earth Society respondió a críticas de Obama con un comunicado donde decían que ellos sí creían en el cambio climático. Pero existen terraplanistas que son cristianos fundamentalistas que no creen en la evolución o gente que cree en la ciencia, pero que piensa que vivimos en una conspiración del gobierno para controlarnos. Reducen su conocimiento del mundo a la experiencia. Supongo que uno puede consolarse: ¿quién es realmente ignorante cuando el entendimiento de lo que nos rodea es tan estrecho? 

A partir de aquí, ¿puedo extrañarme realmente de que exista tanta desconfianza en la ciencia y que vivamos en un mundo de post-verdad? Aun así, presento aquí siete experimentos, algunos más sencillos que otros, para quien quiera experimentar la curvatura de la Tierra, verla con sus propios ojos y maravillarse de que el mundo es mucho más complejo que lo que alcanzamos a ver a simple vista. 

*

Experimento 7: Googlear las fotografías de la Estación Espacial Internacional. Mirar los continentes, los océanos. La imagen puede ser de día o de noche con todas las ciudades encendidas. Da igual. Mirar la curvatura. Creer que las imágenes son una evidencia confiable y no una creación por computadora. 

 


 

 

Fuentes:

Picheta, Rob, “The flat-Earth conspiracy is spreading around the globe. Does it hide a darker core?”, 

https://edition.cnn.com/2019/11/16/us/flat-earth-conference-conspiracy-theories-scli-intl/index.html

Whittaker, Ian, “Even a Kid Can Prove the Earth Is Round: Here’s How”, https://www.space.com/38931-kids-can-prove-earth-round.html

Wolchover, Natalie, “Are Flat-Earthers Being Serious?”, https://www.livescience.com/24310-flat-earth-belief.html

Frenz, Erik, “7 ways to prove the earth is round”, http://crosstalk.cell.com/blog/seven-ways-to-prove-earth-is-round

 


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.

Ilustrador
Édgar MT
(Guadalajara, 1988) Ilustrador, artista visual y director de arte de la ciudad de Guadalajara. Egresado del Diplomado Ilustración Narrativa de las Imágenes de la UNAM y licenciado en Diseño para la Comunicación Gráfica en la UDG. Ha exhibido sus dibujos en diferentes ciudades del país y del extranjero.
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

En una época donde la incertidumbre es el manto que nos envuelve cada mañana frente a nuestros dispositivos, no resulta extraño que pensemos en la solvencia del tiempo, en el ocaso de nuestra vida. La vida dentro de cuatro paredes se vuelve un loop interminable; el exilio de la vida pública, el miedo a la peste, el miedo a una misma y a quienes viven con nosotros nos hace mirarnos casi próximos a la extinción.

Pero no somos sino una generación cuyas barreras del envejecimiento se vieron forzadas a suprimirse delante de las pocas oportunidades para establecer una vida independiente —de la familia y del Estado. Es entonces cuando la desilusión, el desasosiego posmoderno, nos confronta a buscar apoyo en aquellas figuras que siempre sostienen el aliento.

En una época donde las tradiciones son recicladas, quizá la palabra femenina sea la fuente más certera para sanar la melancolía contemporánea. Son las abuelas quienes logran otorgarnos consuelo ante la nebulosa mirada al futuro. Las reales, las de lazos consanguíneos, pero también las literarias terminan siendo quizá los últimos refugios donde podemos llorar tranquilamente, reír o dejarnos hipnotizar por las imágenes y cantares de las mujeres singulares que sobrevivieron sus propias pestes, sus propias guerras.

Anne Carson cumple setenta años y no creo que sea un improperio tomarla como una abuela nutricia, como un abrazo cuya fuerza se presenta no en la ternura, sino en la vigencia y en la necesidad absoluta de encontrar en las raíces del tiempo la libertad de la lengua, la profundidad que el deseo erótico logra transmitir en la palabra, incluso, más allá del tiempo y las trampas de la lengua frente a los efectos de traducción.

A lo largo de su trayectoria ha sido galardonada con premios como el T.S. Eliot Award, —fue la primera escritora en obtenerlo— el Pen Award en traducción, el Griffin Poetry Prize, y ahora con el premio Princesa de Asturias de las letras 2020, cuyos reflejos no deslumbran hasta haberla leído, hasta hacerla tan nuestra mediante el abrazo duro, pero evocador, de la tradición que ha tejido desde 1986 con su primer libro.

La ciudad de Toronto acogió sus primeros pasos, sus primeros hallazgos frente a una figura tan necesaria como la de aquella muchacha proveniente de la isla de Lesbos. Con tan solo quince años, Carson decidió seguir el camino de la imponente Safo, y con ello, tomar como territorio la lengua griega.

El espacio quedaría delimitado mediante los hilos del deseo erótico, pero sobre todo sobre la hipnosis que produce la metáfora en el terreno del relato, puesto que no existe otra forma de comprender la imagen poética que no sea mediante el deleite. Es así como desde su primer libro nos hizo comprender su visión sobre los múltiples encantamientos de la época clásica griega.

Con Eros the Bittersweet, publicado en 1986 por Princeton University Press, sostuvo su lugar como una de las mejores especialistas de estudios clásicos, y también, como la mejor traductora de Safo, al mismo tiempo que dibujó una impronta en la literatura universal del siglo XX: la de hablar del mundo clásico desde las preguntas, muchas veces irónicas, sobre el deseo, el género y las trampas del lenguaje bajo la sombra sáfica.

Ese primer libro sería el inicio de un sólido trabajo dedicado al lenguaje en sus múltiples formas: el ensayo, la poesía e incluso libretos para ópera, estructuras que demuestran que en la literatura no solo se trata de escribir desde la voz femenina, sino que los hallazgos de esta conforman la genialidad, la erudición y perspicacia necesarias para crear una obra clásica dentro del panorama contemporáneo.

Su camino ha sido intenso y formado desde la academia. Sin embargo, su conocimiento filológico no empaña de modo alguno el trabajo poético. Su erudición sobre las raíces del relato y el mito de occidente la han llevado al punto de interrogarse sobre las formas sobre las cuales hemos basado el erotismo contemporáneo.

Anne Carson no es una poeta fácil. Su manera de suspender la tradición grecolatina en el mundo posmoderno resulta ser un lugar incómodo para quienes no reconocen más territorio que el de las mesas de novedades, y aun en esas circunstancias estoy segura de que la potencia de su voz llegaría a la lectora más joven, al lector libre de una lectura mordaz. La fuerza de su oficio se desplaza desde Platón y Aristófanes hasta Sófocles: la cartografía que trazó en Eros…sería proyectada hacia los próximos treinta años.

La autora de Hombres en sus horas libres, corresponde a una generación de escritoras que no temían ni temen deambular entre la academia y la creación, como es el caso de Susan Sontag quien no reparó en advertir la profundidad de su conocimiento de la retórica, la prosa poética y las imágenes que logran cimbrarnos ante su implacable inteligencia.

En su segundo libro, Short talks, publicado en 1992, Carson alcanzó la madurez suficiente para reconstruir desde la brevedad la forma natural de la academia, y así transformar aquella estructura estéril de la que ya hablaba Virginia Woolfen algo espontáneo, chispeante. Estas son notas para una academia del deseo, o del mero ocio, donde lo mismo se habla de Rembrandt que de las orquídeas o de cómo caminar hacia atrás.

Como una miscelánea ensayística, Carson no hace sino llevarnos por un camino sostenido por digresiones, pero también tesis sobre la experiencia vital y el trabajo onírico, como puede apreciarse en “Charla breve sobre la verdad que pueden ofrecer los sueños”, en la versión de Ezequiel Zaidenwerg:

 

Asaltada por una súbita verdad me levanté a las cuatro de la
mañana. La palabra “grip” pronunciada “gripe” se aplica solo
a pueblos ciudades y lugares de residencia; la palabra “gripe”
pronunciada “grip” puede usarse para seres humanos. En mi
sueño vi las dos paredes de esta verdad conectadas por una
soga de cinco kilómetro de pelo de una mujer. Y en ese preciso
momento, todas las preguntas sobre el asesinato de las almas
de hombre y mujeres que encontrarían respuesta tan pronto
como yo tirara de la soga, se cortaron y cayeron en un montón
al fondo del abismo pedregoso junto al que yo había estado
durmiendo. Somos de nuevo mitad y mitad, somos el muñón
del lenguaje.

 

Si acaso como seres deseantes somos tan solo el muñón del lenguaje, el espacio entre dos cuerpos quizá sea aquello que conforma la completitud, lo que se esconde a simple vista y que no es otra cosa que el espacio de la intimidad. Mediante el relato, Anne Carson vuelve a estirar los hilos de la trama universal.

Primero con Autobiografía de rojo, una novela en verso que juega a replantear el mito de Hércules y Gerión desde el homoerotismo. Lejos de forzar la poesía homérica, Carson logra una vez más llevarnos desde las raíces de la humanidad hasta una historia de amor contemporánea, la misma que la posicionó bajo la luz de las reseñas y lectores hasta convertirse en un best seller.

La siguiente novela, prosa poética o ensayo narrativo es La belleza del marido, cuya descripción es “ensayo narrativo en 29 tangos”, y que si bien no logró la misma popularidad que Autobiografía de rojo, es preciso decir que hablamos de una de las mejores páginas de la historia del ensayo contemporáneo, o de los artefactos literarios, donde Keats es el invitado de honor, y sus citas y la estructura de la obra nos lleva incluso hacia un flashback de lo mejor de las vanguardias.

¿Acaso en estos tiempos es posible pensar la poesía como un género de moda? ¿Una mente forjada en la academia puede sostener tal travesía? De Carson puede decirse que su trabajo no es sino la vida cotidiana de una mujer singular cuyos límites únicamente se perciben en sus entrevistas.

Es conocido el hecho de que sus respuestas son cortas y casi siempre resulta ser distante: “Quiero ser una mujer insoportable”, responde con las ganas de provocar un episodio épico. Y lo logra, porque cómo no desear escuchar a una mujer cuya provocación se sostiene desde el mero deseo de ser alguien que vive de comprender el mundo grecolatino. Su vida logra alinearse con el recorrido que diariamente se configura y se configuraba antes de la pandemiadesde su cama hasta el escritorio.

Una escritora no es más que su obra. De la misma manera que lo expone en la introducción de Sino, el invierno: fragmentos de Safo, al decir que “Safo fue una música”, Carson es poesía, en los términos más complejos que la imagen y la lengua exigen en cada oído.

En su cumpleaños setenta, la mejor lección estriba en el hecho de que no es posible sostener una vanguardia, un dispositivo literario, acaso una forma de inventar la intimidad y el erotismo desde la lengua sin el conocimiento de los clásicos.

Hoy, a la sombra de Safo, los cantares, las respuestas cortas y la necesidad de reconocer el presente en el pasado, la escritura de Anne Carson nos enseña que la diferencia entre la luz y la iluminación no es otra cosa sino la capacidad de reconocer la sombra entre la oscuridad del tiempo.

 


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, desarrolla su estilo en la ilustración a través de la técnica del collage. Ha colaborado en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Sus colaboraciones se han publicado en medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.