1. Se necesita mucha fe para creer que fundar la capital de un imperio sobre un lago es una buena idea. Con los siglos, el asentamiento devendría capital de un país (en aquellos tiempos inimaginable, cabe mencionar, en descargo de los involucrados), y los problemas no harían sino acumularse. Confianza en los dioses, la humana interpretación de sus mensajes, los recursos tecnológicos, la dominación de los elementos, la modificación impune del ecosistema. El antiguo Distrito Federal, la más antigua Tenochtitlan, es una suma de obcecaciones, microuniverso que en poco menos de 1500 kilómetros cuadrados ofrece un muestrario de maravillas y horrores, cimas y abismos. Mezcolanza, caos, centro, distendido Aleph.
A estas alturas de los discursos que hacen hincapié en lo regional, lo comunitario, la naturaleza híbrida de las identidades, es oneroso afirmar que alguna de las representaciones estéticas de la Ciudad de México retrata la totalidad del ser mexicano; lo menciono porque casi siempre que se habla de la gran novela mexicana, se piensa más bien en la gran novela defeña. También a estas alturas, el sueño de la gran novela nacional suele parecernos un deseo que perteneció a otra generación, y que, hechas las cuentas de las propuestas actuales, resulta inoperante. Prácticamente nadie sueña con escribir la novela que abarque, en quinientas páginas de apretada tipografía, el país entero. Sostenían este ideal necesidades literarias y extraliterarias —la crítica, la industria editorial, la sociología, la Historia— y personajes a quienes les hubiera venido bien anunciar, reconocer en primer lugar o construir un discurso totalizador alrededor de una simplificación como esa: la identidad completa de un país que, deslindado de sus áreas adyacentes, centrifugado de sus hibridaciones, se presentara de forma sencilla, portátil, y se pudiera individualizar, para entenderlo completo y de una vez.
Hoy reconocemos en la Ciudad de México una región literaria más de las que conforman el mapa actual de nuestras letras. Hay libros que han tomado a la capital como personaje, motivo principal o estrategia narrativa. Desde la fundacional La región más transparente, de Carlos Fuentes, narración coral que cuenta el paso de la urbe a la modernidad, pasando por Los detectives salvajes, colmena de historias que se sostienen y se generan unas a otras en el hacinamiento urbano, hasta la saga policiaca de Bernardo Esquinca —compuesta por La octava plaga, Toda la sangre, Carne de ataúd e Inframundo— que da cuenta de los sustratos temporales que conviven en el presente de la ciudad. La novela chilanga, defeña, del centro —el adjetivo para designarla es elusivo, lo que me lleva a pensar en que durante mucho tiempo la concebimos como la parte que definía el todo— cuenta con narradores que la han tomado como el gran y caótico escenario de sus historias: Guillermo Fadanelli (¿Te veré en el desayuno?) y Juan Villoro (El vértigo horizontal), como ejemplos puntuales.
2. Desagüe, primera novela de Diego Rodríguez Landeros (Mazatlán, 1988), despliega una nómina de historias que tienen como hilo la presencia del agua en la región donde coinciden la cuenca y el valle de México, así como la lucha, que dura ya cinco siglos, de la civilización que se asentó ahí por domesticar los ríos y lagos.
Dividida en dos partes, “El kilómetro cero” y “La historia de Dios”, la novela participa de los materiales del ensayo (crónicas históricas, datos científicos, biografías, reflexiones en torno a problemas hidráulicos) y de la ficción narrativa (relatos, atisbos de estructura novelística, estampas, personajes).
Cuidándose de establecer un centro inapelable que le permita al lector rastrear sin margen de error sus derivaciones, su estructura coincide con su tema: la trama de la novela fluye, cambia de apariencia en varias ocasiones, se desdobla en afluentes secundarios, pequeños ríos que contribuyen con el agua de su narrativa a ensanchar un cauce principal. De esta manera, los capítulos no tejerán tanto una ceñida celosía como un sistema subterráneo de vasos comunicantes, en donde se confundirán poco a poco las temperaturas de la Historia con la invención, hasta ofrecer un paisaje natural repleto de deshielos, manantiales, lagos.
Desagüe se presenta como una novela de tema, en la que caben variaciones y deslizamientos, para contar la historia de una ciudad que, desde sus avatares fundacionales, sobrevive a la terquedad de sus gobernantes y habitantes, olvidadizos de la furia de la naturaleza, empeñados en demostrar que la raza humana está dispuesta a todo con tal de no darse por vencida, incluso perder y no reconocerlo. El libro de Rodríguez Landeros, aunque podría leerse como la lucha de la humanidad por abrirse paso y establecerse, me parece en realidad una historia parcial de la necedad humana, retrato fragmentario de su ego conquistador y urbanista.
Por el lado de la crónica histórica y el ensayo encontramos la vida de Adrian Boot, ingeniero holandés que arribó a México en 1614 para inspeccionar las obras del desagüe del Valle de México, y que murió loco, seguro de que en el mapa hidrográfico de la región se delineaba la silueta de la Bestia del Apocalipsis. A Porfirio Díaz, “el Fausto mexicano”, quien luego de más de una década de empeño inauguró en 1900 el kilómetro cero del sistema de canales de desagüe. A Enrico Martínez, alemán nacido en Hamburgo, cosmógrafo del rey de España, que tras su llegada al Nuevo Mundo ganó, en 1608, una batalla contra las aguas del valle, y quien a raíz de su posterior y definitiva derrota cayó en desgracia, en la cárcel y en la ignominia. La lectura del Danubio de Magris, de cuyas páginas se entresaca la irónica parábola que propone que el manantial de donde nace el río homónimo es, quizá, una vieja llave de tubería que no cierra bien.
Por el lado de la ficción tenemos la historia del duelo de Indra, cuya novia, Ixtab, se suicidó en el kilómetro cero, aventándose al caos de las aguas negras; Indra recorre la ciudad y analiza la historia y construcción del gran canal, mientras intenta decidir si seguir o no los pasos de Ixtab. El doctor Winfried Georg Austerlitz, profesor de la UNAM, que además de impartir un seminario sobre las reacciones que producen los edificios en las personas, fuera del aula dicta cátedra a bocajarro sobre el tema que le pase por la cabeza. La historia de Dios, habitante lumpen de la periferia que pasa sus días entre la molicie y las drogas, y cuya vida de aventuras empieza cuando es encerrado en la cárcel, después de rescatar heroicamente a los sobrevivientes de un accidente de tren. El escandaloso fulgor y la anónima muerte de un sicario de Zumpango. Las historias del Murciélago y del Plástico, reos con el don de narrar anécdotas y mitos inesperados. La aparición de Agustín, “filósofo y confesor de la ciudad”, quien en una cantina del Centro Histórico confronta a Indra con su propia pena mientras conjetura el fin de la ciudad que se hundirá bajo las aguas.
3. Al referirse a la diferencia entre información y narración, Ricardo Piglia afirma que es necesario suspender la información, pues está no ofrece sentido en sí misma, dado que un dato o hecho se conecta con otro y la cadena puede extenderse hasta el infinito. Es sólo cuando la información se suspende que una narración específica aparece y luego termina, dotando de sentido la dispersión de la realidad, proponiendo un inicio y un final (es decir un sentido, en sus acepciones de dirección y de significación). La apuesta de Desagüe por una noción de caos, una forma híbrida, falla al no lograr homogeneizar los fragmentos que la conforman. El exceso de datos y fichas suspende la confección de la ficción. La información que no se asimila salta a la vista y rompe el ritmo. Esto se percibe en los discursos forzados de los personajes, la falta de ilación de los episodios, y en el hecho de que incluso los sueños y los fantaseos derivan en una descarga de información que quizá en otro sitio, con otra presentación, resultaría interesante, pero aquí detiene el avance del relato.
La importancia de dominar un tema es relativa en comparación con la trascendencia de la búsqueda formal. El saber no es lo central, sino la técnica. Y Desagüe adolece de una falta de rigor para dejar fuera materiales que no terminan de embonar. Además, el trazo de la mitad de los personajes resulta tenue, sus historias son ofrecidas de forma esquemática, repetitiva (Indra en realidad no termina de volverse presente, ni de conmover); su historia no avanza, pues consiste únicamente en un ritornello al kilómetro cero, el puro patetismo de un duelo no superado. La información, de nuevo, suple a otros desarrollos de personajes, como el doctor Austerlitz, que funciona apenas como un dispositivo de exposición, y no como un ente de acción y pensamiento singulares.
Sin embargo, es en la segunda parte donde noto que la ficción remonta, se hace más presente, con la picaresca historia de Dios como base, en cuyos alrededores los elementos discordantes logran armonizar. Cuando se plantea como forma estética, el caos necesita revestirse de encanto o terror, y ofrecer un rostro, y en esta parte la narración lo consigue. En ella, la voz narrativa incursiona con más acierto en disquisiciones y cuestionamientos, y los vuelos líricos abonan al paisaje.
Quizá la ambición de la novela no alcanza a cumplirse porque lo que resalta en la primera parte son los tumbos de la investigación, y esto retarda la entrada a las minucias de las historias particulares (Indra, al final, es un testigo mudo, y una excusa para el coleccionismo expositivo de fichas, pero no consigue mostrar la naturaleza de la decisión de Ixtab). Quizá en la segunda parte la narración sale mejor librada, luego de poner en orden las referencias, ensayarlas, y finalmente desatar las posibilidades narrativas de algunos personajes.
La lectura resulta irregular, pues el ritmo desaparece por momentos. Para ofrecer una experiencia estética, lo caótico necesita hacernos presentir su diseño. Dejando de lado el exceso de información, me parece que Desagüe ofrece un recorrido interesante por las necias y espectaculares batallas entre urbanismo e hidrografía que han sucedido y suceden en la Ciudad de México; además, podemos encontrar entre sus páginas algunas historias con encanto y misterio, de personajes que ven en el horror del caos urbano el dibujo de su destino.
No puedo decir cuándo fue la primera vez que escuché una canción de Chalino Sánchez. Digamos, por conveniencia, que ocurrió en el mercado donde acostumbraba a comer con mi abuelo. Al fondo de un pequeño local, sobre un refrigerador verde y cuadrado, la televisión celebra un rostro joven y una pistola al cinto. Lo recuerdo así: la mano derecha sosteniendo un micrófono, sobre un escenario, acompañado de tres o cuatro músicos con quienes intercambia miradas. Luego, el sudor y el brillo y contraste de una grabación del siglo pasado, una espesa franja de salitre reptando por debajo de la tejana hasta alcanzar la nariz. Mientras canta, a ratos, utiliza la manga izquierda para limpiarse el rostro.
No puedo decir cuándo fue la primera vez que escuché a Chalino, sin embargo, sí puedo, al menos, intuir que debió ser en los 2000, cuando por razones ligadas a mi fecha de nacimiento, la radio, la tele y los discos de tianguis eran responsables de mi formación intelectual.
Un recuerdo de este tipo, para mucha gente, podría quedar en lo anecdótico solo porque ignora la manera cómo el descubrimiento de algo marca la relación con ese algo. No culpo a nadie, ni yo lo entiendo del todo. Sostengo, personalmente, la existencia de un antes y un después al escuchar La Canción; en mi caso, fue el punk, el rock urbano, algunos sonideros, el bafle en mochila, los que marcaron mi experiencia como adolescente creciendo en el Edo. Mex. de finales del s. XX.
Como era de esperarse, ni mis amigos ni yo éramos los únicos en vagar por colonia. Había de todo, y había música para todos. Había tanto que no existía necesidad de elegir y cualquiera podía rechazar todo a diestra y siniestra: al emo por flecudo, a Big Metra por dejar la VG y hacer reggaetón, o a los rucos jipis de los discos por jipis, o los skins porque sí, o al reggaetón por reggaetón. Yo mismo, en algún momento, le entre al tema. ¿Qué tenía que ver el punk con buscar pleito en los perreos en las canchas bajo el puente a un lado del Clandestino de Avenida Central? No sé. Incluso a través de una pregunta retórica la cuestión me parece ridícula.
Pese a todo, no me arrepiento ni me justifico. La música es un gusto adquirido.
Lo cual me lleva a preguntar, ¿en qué consiste la idea del gusto culposo, del placer reprochable?
He pasado los últimos dos meses buscando el video de la escena que dije recordar.
Pregunto aquí y allá. Asumo que internet es tan listo para completar los vacíos de mi búsqueda. Tecleo: chalino fiesta; chalino fiesta de cholos; chalino baile cholos coachela, etc. Insisto en la búsqueda. Puedo asegurar lo siguiente: viste saco rojo, camisa negra y tejana de un tono entre el hueso y el blanco sucio. Al fondo hay gente bebiendo, parejas bailando. No diría que se trata de un concierto, sino de un baile. Quizá una fiesta. Debió ocurrir en algún lugar de la frontera entre México y Estados Unidos antes de 1992.
De la vida de Rosalino Sánchez Félix se sabe poco, y de lo que se sabe, se sabe poco. O quizá no haya necesidad de saber más. En 1977 llega a Los Ángeles, California, para vivir con su tía, huyendo de la gente bravía y los ajustes de cuentas ligados al hacerse justicia por mano propia. Durante el mismo año, a los pocos meses, él y Armando, uno de sus seis hermanos, comienzan a trabajar de polleros.
¿En qué consiste la idea del gusto culposo, del placer reprochable?
Desde el punto de vista de la Ética, los deseos y los actos son buenos o malos y elegimos lo bueno y rechazamos lo malo. Esto significa que tener un sentido del pecado implica sentir culpa porque hay una elección ética por hacer, culpa que no importa cuán bueno me vuelva, no cambia.
Al final, eso no resuelve nada.
Si no hubiera conocido ley, no hubiera conocido culpa, dice Auden.
Hacia finales de los 70 el movimiento chicano ya cargaba veinte años de lucha por el reconocimiento de los derechos civiles y la erradicación de los estereotipos negativos acerca de la comunidad hispana. Sin embargo, en un plano paralelo, o seguramente anterior, la cultura heredada por los colonos de los antiguos territorios del norte de México, sumada a la propia de los nuevos migrantes, había echado raíces profundas; con esto no solo me refiero a la apropiación de ciertos elementos de la cultura afroamericana y occidental, sino aquello que Lalo Guerrero describe mejor: “ya que el destino me puso tan lejos de México, canto a esta tierra/ Los Ángeles, que es la capital del México de afuera”.
Cada quien canta desde su propio pico.
En el 84 Armando es asesinado en el hotel Santa Rita de Tijuana. Para Chalino, la muerte de su hermano fue, también, el comienzo de su carrera como cantautor de corridos. Para muchos migrantes e hijos de migrantes, Chalino significó tanto el reencuentro con la vida del otro lado de la frontera, como el primer encuentro con la vida que nunca se conoció. De cualquier forma, aun siendo terriblemente popular, “Nieves de enero” no tuvo lugar en los aparadores donde se ubica el gusto refinado. Al contrario, el salto sucedió de los recitales clandestinos, a las canciones pagadas por toughs locales, a las peticiones en la radio, a los éxitos de ventas en autolavados, tiendas de paso, puestos en la calle.
Yo no canto, yo ladro, dicen que decía Chalino.
Si me esfuerzo un poco más, afirmo que el video se presta para los remixes. Una caja de ritmos. A lo mejor el dembow no va. Por decir algo, “Cruisin’ X Chalino ft Lil Rob”, “Alma enamorada chopped & screwed”. Y no es difícil, las preguntas adecuadas dan las respuestas adecuadas, casi de inmediato encuentro una lista de reproducción llena de este tipo de joyitas.
Los señalamientos negativos siempre han rodeado a Chalino. Hay tela donde cortar. La vieja guardia de mafiosos hereda un rastro que seguir, de modo que los enanos puedan subir a la espalda de los gigantes y crecer, eventualmente, en una figura propia. Es cierto, puede que no sean las mejores enseñanzas, aunque considero difícil juzgar su practicidad.
Nos enfrentamos a los males sistémicos lo mejor que podemos; en raras ocasiones lo que podemos es lo mejor o si quiera es suficiente. Con seguridad, nos hace falta tiempo para ser capaces de repensar al bandido. Y aunque estoy de acuerdo con la premisa de acabar con los ídolos en favor de los referentes, la iconoclastia no es un talento de la crítica emanada por el buen gusto y los modales de las tiendas ni de la mass media. Todo lo contrario. Ajeno al mundo, desde un estudio de televisión, el comentarista de la hora anuncia, o mejor, arma una retahíla de amenazas no tan veladas acerca de jóvenes de piel oscura invadiendo las calles con armas, violencia, prostitución y drogas. Poco más adelante, durante el mismo verano, el comentarista recibe en el estudio de T.V. al dichoso grupo de jóvenes. Un éxito polémico. Podríase reclamar el descubrimiento de un nicho de mercado. A partir de ese momento —finales de los 80, principios de los 90— el gangsta acapararía los tops, llegando a estelarizar contenido de pago por evento en canales de televisión especializados en comedia, y tan solo hizo falta representar la vida callejera de los barrios negros, la mayor parte del tiempo, compartidos y disputados por otros sujetos marginales.
Así es cómo el espectáculo, el capital, crea leyendas. A mediano plazo N. W. A. se separa dejando a su paso evidencia de una rencilla más bien ideológica entre sus ex miembros. Los consecuentes lanzamientos de Ice Cube, repletos de contenido político, no tuvieron tanta suerte en comparación a la carrera de Dr. Dre o Snoop Dogg.
While y’all muthafuckers moved straight outta Compton / Living with the whites / I never had dinner with the president, sentencia en “No Vaseline”.
Siendo tal, Chalino Sánchez fue interceptado y ejecutado la noche del 16 de mayo de 1992, tras haber concluido un baile en el Salón Buganvilias.
Doce años después, Adán Sánchez, cantante, hijo heredero del rey del corrido, muere en un accidente de carretera —accidente o persecución de circunstancias sospechosas, nunca esclarecida por las autoridades mexicanas—.
Por supuesto, no puedo encontrar el video de la fiesta de cholos porque estoy buscando a la persona equivocada. En realidad, se trata de Flaco Jiménez. Precisamente, viste saco oscuro sobre camisa oscura, brillantina sin necesidad de sombrero. Según la versión, el baile sucede en algún momento entre 1975 y 1976. Aun cuando se trata de una grabación, me reprocho el confundirlos. En mi defensa, apenas conservo una pequeña imagen alojada al fondo de mi cerebro, además, parafraseando a Little Joe, el alma de la música chicana fluye a través de ellos.
¿Por qué, con el tiempo, uno se llega a avergonzar de lo que escucha?
This is for la raza. Siempre habrá quien esté dispuesto a no parpadear los oídos y atender.
No hace falta buscar demasiado para dar con papers sobre la tradición de la música popular, el habla, la versificación, el narco-corrido, etc. Aunque valioso, el acercamiento es árido. Quizá, para el caso, sea más interesante sopesar las consecuencias históricas de habitar los mismos espacios, aunado al relevo entre generaciones, para caer en cuenta que tal como sucediera con el northern soul, swing, R&B, las oldies but goodies, la cultura chicana hizo patente, una vez más, la apropiación de ciertos elementos urbanos ya no del todo ajenos. Del corrido a la cultura Hip-hop; del rancho a los traspatios enrejados de la célebre Suburbia, lowriders y los frescos representando la historia chicana en los bajopuentes y muros de L. A. y San Diego. A nadie debería parecerle coincidencia, en torno al mismo año del asesinato de Chalino —poco antes, poco después— se lanzaron los primeros álbumes de Kid Frost y Lil Rob, indiscutibles representantes de la música mexicana del otro lado.
A partir de este punto la genealogía es bastante dispersa:
Mad Ralphie [Manic Hispanic]: I’d like to say it’s a front, but it’s not. We all grew up in the barrio, with the exception of two guys. We all grew up in that culture, but not all of us lived the life, you know. We’ve looked the way we’ve looked for years when we were growing up. We’re not cholos or gangsters, but we come from that heritage and we’re proud of it.
Liz [entrevistadora]: ¿Alguno de ustedes es gangster?
Mad Ralphie [Manic Hispanic]: Me gustaría decir que solo se trata de nuestra apariencia, pero no lo es. Todos crecimos en el barrio, con la excepción de dos de nosotros. Todos crecimos en esa cultura, aunque no todos hemos elegido esa vida. Nos vemos tal como nos hemos visto durante años, mientras crecíamos. No somos cholos ni gangsters, pero esa es nuestra herencia y estamos orgulloso de ella.
Nadie debería esperar el mismo sonido habiendo pasado tanto tiempo. Chalino Sánchez se convirtió en el símbolo de una forma de vida que hoy día persiste, a la vez que representa una época pasada. A los nombres de los compositores clásicos pueden añadirse Delinquent Habits, Cali Life Style, Brownside —presentada como la versión chicana de N.W.A., donde Eazy-E participó como fundador— e, incluso, bandas de la efervescente escena latina del hardcore noventero como Manic Hispanic o Union 13; el chologoth sandieguino; en fechas más recientes suenan el trap y los corridos tumbados de Ivonne Galaz, Nataniel Cano, Herencia de patrones.
Opioides en forma de lean. Pacas en vez de cogollos. Malverde, La Santa, San Judas, ya todos los conocemos. Mafiosos, toughs, chacas y perreo. Morros polémicos a quienes, afortunadamente, los opinólogos no ignoran. Esas personas ya tienen su espacio, por lo que no vale la pena dar cuenta de sus opiniones. Sirva operativamente decir que la violencia no es nueva ni crece en el aire, al mismo tiempo, hablar de ella no implica, necesariamente, glorificarla. Al contrario, quienes la niegan o solo buscan señalar culpables hacen evidente la mezquindad personal.
Ahora me pregunto, ¿cómo ver la culpa desde afuera? ¿De qué forma estar al margen, ya no de la música, sino de los cambios, del mundo?
Según Auden, la fórmula mágica consiste en una inocencia en la que se descubre un contenido de culpa; luego, la sospecha de que uno puede ser culpable; y finalmente, una inocencia real de la cual ha sido expulsado el culpable, efectuándose una cura, no por intervención mía o de mis vecinos, sino por la intervención de un genio venido de fuera que elimina la culpa y otorga conocimiento sobre ella.
Por un lado, es difícil no alcanzar un tono pedagógico para contradecir a la crítica del autonombrado buen gusto. Por el otro, generalmente no hay mejor forma de interpretarla si no es a manera de berrinche.
Escondida entre las recomendaciones encuentro un trap bastante interesante en honor al compa Chalino. Creo que los Raprimal Boyz son defeños.
Ahora mismo pienso en un párrafo escrito por Sōseki, a propósito de la restauración Meiji: “los más viejos se quejan porque ven cómo su mundo está en proceso de extinción, pero esa es la tendencia de la civilización moderna, y uno no puede por menos darle la bienvenida. Por ejemplo, en los tiempos que corren ya no hay necesidad de que alguien te golpee en la cabeza como si fueras un melón para comprobar si mereces la pena de ser comprado”.
El 24 de enero de 1992, en Coachella, California, un hombre subió al escenario del restaurant bar Plaza Los Arcos y encañonó a ‘Chalino’ Sánchez mientras cantaba. El intérprete sacó el arma que siempre traía en el cinto y no dudó en tirar balazos. Bueno, un balazo. La escuadra se trabó como si se tratara de un western en el que, en pleno duelo, los segundos corren lentos para los pistoleros. Dos hombres se van a batir a muerte, salvo que en esta ocasión uno de ellos no sabía que iba a ser atacado. Algo como aquella historia que es pura mitología, la del tiroteo por la espalda a Jesse James y su transformación en una superestrella póstuma del cine del Oeste, muy parecido a lo que al poco tiempo le ocurriría a ‘Chalino’ Sánchez.
Luego de diez días en el hospital y con su rival en prisión (dos balas habían atinado al cuerpo del cantante), Sánchez continuó con su gira y esta se colmó de sold outs por todos lados. ‘Chalino’ fue un punk y así son los punks: resisten, son necios y, por ende, constituyen una imagen a veces mitificada, un producto ofrecido con una honestidad que no siempre despunta por su amplitud de registro ni por su calidad, y que a pesar de eso le termina dando identidad a quienes se forjan al otro lado del camino cargados de rabia; a los marginados, a los forajidos.
Quince años atrás, en 1977, a ese mismo lugar, los campos de Coachella, llegó siendo un plebe Rosalino Sánchez Félix, nombre completo del cantautor sinaloense, ayudado por “polleros”. Se dice que escapó de Sinaloa después de ultimar a balazos a un mafioso de la localidad luego de que éste violara a su única hermana. Como dice otro gran compositor; Julián Garza: “en los pueblitos del norte siempre ha corrido la sangre”.
En True Tales From Another Mexico (University of New Mexico Press, 2001), el libro del periodista norteamericano Sam Quinones, se menciona que el incidente se menciona ocurrió a mediados de los setenta y no difiere mucho del murmullo popular. Aunque también hay quien asegura que es una farsa similar a la historia en la que Pancho Villa en la cobra venganza contra un cacique que abusó de su consanguínea y el Centauro; otros se van por el lado heroico, donde llegó a impedir el acto matándolo para así rescatar a su hermana. Pero de Villa se sabe que fue un ladino, muchas veces llegó a mentir y a manipular para salvar el pellejo o para conservar su liderazgo. Sobre todo nos parece inverosímil pensar que Villa o Sánchez siendo tan jóvenes sobrevivieron después de atentar contra figuras como las antes mencionadas.
Sinaloa siempre ha sido una tierra brava y peligrosa, tarde o temprano aquel muchacho o alguno de sus siete hermanos se iba a llenar de sangre o sería la víctima. Al escapar, Rosalino se aventó una temporada en la pisca y después con trabajos pequeños de jardinería o como ayudante en la construcción. Otro adolescente indocumentado más buscando una vida -ya no se diga mejor- en Los Angeles.
La reflexión en torno al castigo
Luego del asesinato de su hermano Armando, con quien coyoteaba en la frontera de Tijuana, Chalino pasó unos meses tras las rejas por crímenes menores, y fue ahí donde empezó a componer corridos de manera autodidacta. La creatividad nace, se consolida o muere, en medio de la relación que el hombre tiene con el espacio que habita, si no, todos podemos preguntarnos hoy qué hemos estado haciendo en estos tiempos de encierro. En la ejecución todo se vuelve comunicativo, y las historias vienen solas cuando hay tiempo para escucharlas. Imagino al genio del sombrero ladeado rodeado de delincuentes, cargando el pesar por la muerte de su hermano y como antecedente aquel crimen cometido y una vida de pobreza sembrando maíz en “El Guayabo”, sindicatura de Las Tapias, de Culiacán. Siempre rodeado de plomo y sangre. ¿Qué hace el artista si no es narrar lo que ve y vive?
Ya lejos de casa y mejor conectado que nunca, el sinaloense siguió componiendo corridos por encargo, algo común en el mundo de la narcocultura, que, debemos aclarar, no existía como tal. Hay una contribución significativa del mexico-americano que recibe los trazos de su tierra y las convierte en algo propio. Él, por medio de sus obras inyectó un nuevo estilo al corrido tradicional mexicano, supo cómo narrar historias del día a día desde un punto de vista cargado de intensidad, lleno de folclor y casi anulando la metáfora. El contrabando, los robos y las ejecuciones ya no solo eran algo que “cuentan que en aquel pueblo”, cada suceso lo volvió un fiel retrato y al mismo tiempo lo desmembró hasta sus lugares, fechas, nombres y claves.
Como paga a veces dinero, otras veces joyas y algunas otras armas o droga. Todo fine.
The boy’s a time bomb (Time Bomb – Rancid)
La vida para alguien que haya estado en prisión no debe ser sencilla afuera. Muchas puertas se cierran, los amigos desaparecen y en ocasiones todo lo que queda son pedazos de familia y el recuerdo de algo que te hizo feliz, como la música.
Chalino, cargado de composiciones, optó por el DIY (hazlo tú mismo), contrató a un grupo norteño para que grabara sus temas y poder darlos a conocer, pero el destino hizo su juego y no lo permitió: el vocalista tuvo complicaciones de salud y así fue como terminó él mismo cantando, sin ensayos previos, nada, con unas cuantas horas de estudio por delante. La misma historia de todas las bandas que surgieron de ensayos en garajes, condición que hizo que tuvieran tiempo para experimentar con sus instrumentos, lo que trajo consigo un estilo musical mucho más crudo, pero en este caso con botas y sombrero.
Entre las primeras composiciones que grabó están “Armando Sánchez”, un homenaje a su hermano, “Los sinaloenses”, “El sapo”, “Beto López” y once canciones más con las que armó apenas un puñado de cassettes, mismos que salió a dejar en manos de sus clientes, los protagonistas de las historias, y a los tianguis locales, repletos de mexicanos. Para el segundo tiraje también fue él quien se encargó de la distribución. Eran cassettes sin nombre ni portada con la carátula completamente blanca. Para la tercera ocasión fueron más las personas que comenzaron a pedirle cassettes y así fue que para dicha edición se hicieron trescientas copias. Chalino aprovechó muy bien algo que nada más las calles te pueden dar o, en algunos casos, retirar: la reputación.
Con ése modelo de distribución, la música del sinaloense alcanzó más de trece estados entre México y Estados Unidos. Al poco tiempo, con un público cada vez mayor y la necesidad implicita de todo artista de llevar su música todavía más lejos, hizo su propia marca: RR Records. Un plebe que no había terminado más que el sexto de primaria, que se había ido para salvar su vida, para perderse, escondido, se había vuelto una figura. Comenzaba ya a sonar el mote de El Rey del Corrido y la bomba exploto. Cada concierto que ofrecía se abarrotaba en minutos, pronto se volvió una de las principales figuras de la música mexicana y, como ícono que era, volvió tendencia elementos que estaban siendo ignorados de la cultura del norte de México, y mucho hijos de mexicanos que vivían en Estados Unidos dejaron de ser cholos y ahora querían andar “enchalinados”. El corrido volvió a sonar con otro estilo. Todavía hay negocios de sombreros que ofrecen Texanas Hormadas estilo Chalino.
Todo lo consiguió él mismo. Por eso ‘Chalino’ Sánchez no sólo es El Rey del Corrido, también es el verdadero antihéroe de la música mexicana. Si bien es cierto, hay muchas historias en torno a su figura que no conoceremos su veracidad, lo que no debemos olvidar es que fue ilegal y que el 90% del contenido de sus letras nunca fue comercial, prácticamente su carrera sucedió en el underground, sin el apoyo de la radio y mucho menos de la televisión. Sam Quinones dice que ‘Chalino’ Sánchez fundó, sin saberlo, un movimiento que con los años se volvería una de las tendencias DIY más importantes en California: el corrido. Algo nada más comparable con el punk angelino y el gangsta rap de la costa este de Estados Unidos.
Todo poema aspira convertirse en mito (Galway Kinnell)
No todo era armas y violencia en las composiciones o interpretaciones de Chalino, entre sus temas de amor más famosos (y desgarradores) está “Me persigue tu sombra”, que se presenta como una bomba de humo en el pensamiento y nos regala una línea cargada de un dolor más real y menos poético.
/ he llorado al pensar que mi vida te sobra, /
Totalmente emo, las pocas canciones que tiene en el contexto son extraordinarias pero sí, muy tristes y prácticamente hechas nada más para su voz. Chalino también pudo sacar provecho de su desfachatez campirana y poca calidad vocal, llevó la imagen del cantor a cualquier sitio, un tipo normal con una escuadra fajada al cinto, que se destroza por un amor perdido mientras brinda y en seguida manda saludos o lanza sillas contra alguien, dispara. Todo en el mismo escenario. Punk.
Bien, digamos que en su faceta más sad recurrió a otro emo famoso, el poeta saltillense Manuel Acuña. El “Nocturno a Rosario”pertenece hoy al imaginario colectivo en gran parte gracias al sinaloense. El poema era el favorito de la suegra del cantante, así que no dudó en versionarlo. “Un saludo a San Marcos, Jalisco, a la señora Rosario Bolaños de Vallejo”.
En la película Bayoneta (Kyzza Terrazas, 2018), una producción México-Finlandia, “Nieves de enero” aparece casi como protagonista, pero toma verdadera relevancia cuando el ex boxeador Miguel Galíndez “Bayoneta” (Luis Gerardo Méndez) la interpreta prácticamente como un rezo previo al sollozo, con frío y la mirada de una ilusión efímera que más que abrazarlo, lo destroza y a mí también. “Se ha llegado el momento, chatita del alma, / de hablar sin mentiras. / Esperé mucho tiempo pa’ ver si / cambiabas, y tú ni me miras. / Al principio dijiste que ya que / vinieran las nieves de enero / ir a ver a la Virgen, y luego el casarnos sería lo primero…”. ¡Sin llorar!
La voz de Chalino, además de una infinidad de corridos, hizo populares temas como “Alma Enamorada”, “Desilusión”, “Carta de luto”, “Prenda del alma”, “Cuéntame tus penas” y, por supuesto, “Nieves de enero”.
Las flores de mayo
Las vidas tormentosas suelen contribuir con la fama del portador. La violencia estuvo presente en la vida de Chalino Sánchez prácticamente desde que nació. Cuatro meses después del tiroteo al que sobrevivió en Coachella, California, la muerte, al fin lo alcanzó.
Todavía hoy, para los cantantes de corridos residentes en los Estados Unidos, es peligroso tocar en algunas plazas de México, incluso en ciudades que podrían creerse seguras. La fama de Chalino tenía ese error desde la fuente, lo había puesto en el mapa. Regresó a presentarse a Culiacán, Sinaloa, a pesar del riesgo. En el baile del salón “Las Bugambilias” había poco más de 2,000 personas y aún así, como se puede ver en el video del evento, el intérprete recibió una nota en el escenario, una amenaza que consiguió cambiarle completamente el semblante. Al salir del concierto, civiles vestidos como agentes federales lo interceptaron para llevarlo secuestrado en una camioneta. Por la mañana apareció asesinado.
Sobre la muerte no hay tanto que decir. Vivir “la vida recia” implica que cualquier día también se te arrebate. Se dice que la inmortalidad se consigue a través de la memoria de las personas, que uno puede seguir vivo hasta que muere la última persona que lo conoció.
La música norteña no sólo perdió a uno de sus mejores exponentes que apenas estaría llegando a los sesenta años. Imagínense su obra con todo el alcance que tiene la vida moderna. En general, la música mexicana dejó de contar con un gran cantautor de la talla de Juan Gabriel o el mismo José Alfredo Jiménez. ¿Y luego? Sesenta años y no hay nada, algo así le pasó a Juan García Esquivel hace un par de años. Es quizás la partida temprana de la patria que niega el crecimiento o quizás es aún ese desdén que se le tiene al corrido y por el cual les es más sencillo ponerle motes como “narco” o “verde” o lo que sea que quieran vender o censurar. El corrido es el corrido, no es un tema menor.
A Chalino Sánchez lo enterraron junto a sus padres y su hermano en el panteón de “Los Vasitos” en Sinaloa. Cada mayo en su aniversario luctuoso las flores llegan hasta ahí, la gente se sienta junto a su tumba a cantar con él, le vacían latas de cerveza para que la tierra absorba y de alguna manera sientan que comparten algo con él, todos enchalinados, con la alegría que nos deja cantar llenos de dolor.
La Srta. Tillie Mayard sufrió enormemente por el frío. Una mañana se sentó en la banca junto a mí y estaba amoratada del frío. Sus extremidades se sacudían y sus dientes tiritaban. Le hablé a los tres cuidadores que estaban sentados en la mesa al centro del piso con sus abrigos puestos.
—Es cruel encerrar personas y luego dejar que se congelen —les dije. Contestaron que tenía puesta la misma cantidad de ropa que el resto y que no recibiría más. Justo entonces, la Srta. Mayard comenzó a convulsionarse y todas las pacientes la miraron asustadas. La Srta. Neville la atrapó en sus brazos y la sostuvo, aunque las enfermeras dijeron con aspereza:
—Déjala caer al suelo, eso le enseñará una buena lección —la Srta. Neville les dijo lo que pensaba de sus acciones y luego recibí ordenes de dirigirme a la oficina.
Justo cuando llegué, el superintendente Dent se acercó a la puerta y le manifesté la condición de la Srta. Mayard y la manera en la que estábamos sufriendo. Sin lugar a dudas, hablé con absoluta incoherencia, pues expuse el estado de la comida, la condición de la Srta Mayard, el trato de las enfermeras, su renuencia por darnos más ropa y el hecho de que continuaban diciéndonos que, ya que el manicomio era una institución pública, no podíamos esperar ni siquiera un poco de amabilidad. Asegurándole que no necesitaba asistencia médica, le dije que fuera con la Srta. Mayard. Así lo hizo. Me enteré después por la Srta Neville y los otros pacientes de lo que aconteció. La Srta. Mayard seguía sumida en su estado de conmoción, la pescó de la piel entre las cejas o de algún punto por ahí y pellizcó con fuerza hasta que su cara se puso roja del flujo de sangre a su cabeza, y finalmente volvió en sí. Todo el día siguiente sufrió de un terrible dolor de cabeza y de ahí en adelante siguió empeorando.
¿Loca? Sí, loca; y conformé observaba la locura apoderándose poco a poco de la mente que en un principio aparentaba estar sana, maldije en voz baja a los doctores, a las enfermeras y a todas las instituciones públicas. Algunos dirán que ya estaba loca desde antes de su confinamiento en el asilo mental. Aun si ese fuera el caso, ¿era este el lugar adecuado para enviar a una mujer convaleciente para que le den baños fríos, privada de suficiente abrigo y alimentada con comida horrible?
Esa mañana tuve una larga conversación con el Dr. Ingram, el ayudante del superintendente del asilo. Me di cuenta que él era amable con las pacientes desamparadas a su cargo. Comencé de nuevo con mi queja sobre el frío y tras oírme, llamó a la Srta. Grady a la oficina y ordenó que le dieran más ropa a las pacientes. La Srta. Grady dijo que si me hacía al hábito de acusar me traería problemas, me lo advirtió a buen tiempo.
Muchos pacientes en búsqueda de chicas desaparecidas vinieron a verme. Un día, la Srta. Grady gritó desde el pasillo:
—Nellie Brown, te buscan.
Fui a la sala de estar al final del pasillo, donde me esperaba sentado un caballero que me había conocido íntimamente desde hace años. Me di cuenta por la palidez de su rostro y su incapacidad de hablar que no esperaba verme ahí, y esto lo había impactado enormemente. En un instante me decidí que, si delataba mi identidad como Nellie Bly, diría que nunca lo había visto antes. Sin embargo, solo tenía una carta por jugar y decidí arriesgarme. Con la Srta. Grady rondando a unos cuantos metros, le susurré apresuradamente y de manera cortante:
—No me delates.
Supe que me entendió por la expresión de sus ojos, así que le dije a la Srta. Grady:
—No conozco a este hombre.
—¿La conoce? —preguntó la Srta. Grady.
—No; esta no es la señorita que estoy buscando —respondió con una voz forzada.
—Si no la conoce, no puede quedarse aquí —le dijo y lo llevó a la puerta. De pronto entré en pánico, pues temía que él pensara que me habían traído aquí por error y le dijera a mis amigos que intentaran liberarme. Así que esperé a que la Srta. Grady abriera la puerta. Sabía que debía de volver a cerrarla antes de poder irse y el tiempo que le tomaba hacer esto me daría una ventana de tiempo para hablar, así que lo llamé:
—Un momento, señor —volteó a verme y le pregunté en voz alta:
—¿Habla español, señor? —y luego susurré— Todo está bien. Estoy buscando algo importante. Quédate quieto.
—No —respondió con un énfasis peculiar, el cual supe que significaba que guardaría mi secreto.
Las personas del mundo exterior no pueden ni siquiera imaginar la longitud tortuosa de los días en esos asilos mentales. Parecían nunca acabar y aprovechábamos cualquier excusa que nos diera algo de qué pensar o de qué hablar. No hay nada que leer y el único tema que nunca pasa de moda, es evocar los deliciosos platillos que comerán tan pronto como salgan. Miraban ansiosamente el reloj, a la espera de que el bote encallara para ver si había otras almas desafortunadas que se unían a nuestras filas. En cuanto las arrojaban adentro de la sala de estar, las pacientes intercambiaban comentarios compasivos por las novatas y ansiaban mostrarles algún gesto de simpatía. El Pabellón 6 era el vestíbulo principal, por lo que veíamos desfilar por ahí a todas las recién llegadas.
Al poco tiempo de mi llegada, trajeron a una chica llamada Urena Little-Page. Ella era, desde el momento en que nació, algo tonta; y su talón de Aquiles era, como lo es para muchas mujeres, su edad. Decía tener dieciocho y se enfurecía si le decían lo contrario. Las enfermeras no tardaron en enterarse de esto y comenzaron a molestarla.
—Urena —dijo la Srta. Grady— los doctores dicen que tienes treinta y tres en lugar de dieciocho —y las otras enfermeras soltaron una carcajada.
Siguieron molestándola hasta que la inocente criatura empezó a llorar y gritó que quería regresar a su casa y que todos la maltrataban. Después de que se cansaron de torturarla hasta sacarle lágrimas, comenzaron a regañarla y a decirle que se quedara callada. Se puso más y más histérica hasta que se abalanzaron sobre ella, la abofetearon y golpearon su cabeza violentamente. Esto hizo a la pobre chica llorar más, así que la estrangularon. Sí, realmente la estrangularon. Luego la arrastraron al clóset y oí sus gritos aterrorizados atenuarse hasta que se convirtieron en alaridos asfixiados. Después de desaparecer por varias horas, regresó a la sala de estar y vi con toda claridad las marcas de los dedos de las enfermeras en su garganta por el resto del día.
Este castigo pareció despertar su apetito por aplicar más. Regresaron a la sala de estar y atraparon a una mujer de cabello grisáceo, a quien, según había oído, llamaban tanto Srta. Grady, como Srta. O’Keefe. Estaba completamente loca y casi nunca paraba de hablarse sí misma o a otros a su alrededor. Siempre hablaba en voz baja; en esta ocasión, se encontraba sentada parloteando consigo misma sin molestar a nadie. La tomaron de los brazos y sentí una punzada en el corazón cuando empezó a gritar:
—¡Por amor a dios, señoritas, no dejen que me golpeen!
—¡Cállate, mujerzuela! —dijo la Srta. Grady agarrándola de las greñas, y la arrastró afuera del cuarto mientras chillaba y suplicaba. También la llevaron al clóset y sus aullidos bajaron de intensidad, hasta apagarse por completo.
Las enfermeras regresaron al cuarto y la Srta. Grady señaló que había “calmado la vieja estúpida por un rato”. Le dije a algunos de los médicos de lo ocurrido, pero no le prestaron importancia.
Uno de los personajes del Pabellón 6 era Matilda, una viejita alemana que, según creo, se volvió loca después de perder su fortuna. Era pequeña y tenía una bonita complexión rosada. No daba muchos problemas, solo en algunas ocasiones. Le asignaban tareas extra cuando hablaba por las tuberías de vapor o se paraba en una silla y hablaba por las ventanas. En sus conversaciones, maldecía a los abogados que habían embargado su propiedad. Las enfermeras no parecían tener problema con burlarse de un alma vieja. Un día, me senté junto a la Srta. Grady y la Srta. Grupe y las oí decirle a Matilda un montón de nombres viles para la Srta. McCarten. Tras indicarle que dijera estas cosas, la mandaron con la otra enfermera, pero Matilda probó que incluso en su estado, tenía más sentido común que ellas.
—No te lo puedo decir. Es privado —era todo lo que la oí decir. Vi a la Srta. Grady, pretendiendo hablar con ella, escupirle en el oído. Matilda se limpió la oreja discretamente y no dijo nada.
Lo que expone la técnica sobre la cultura no solo son prácticas, sino su lógica de uso y las relaciones que la conforman. Cuando se piensa, por ejemplo, que es casi imposible que la inteligencia artificial pueda crear una obra de arte, suponemos que existe una lejanía entre la subjetividad (propia de la humanidad) y la tecnología. Falso antagonismo que opaca una verdad: la tecnología es creación humana y nos pone de frente a nuestras formas de interpretar y existir en el mundo.
Aunque parece un simple cambio en la versión de los dispositivos, la pantalla, que en otros tiempos estaba dirigida exclusivamente a la mirada, hoy se expande con el acontecimiento táctil de hacerlo todo. Mover un dedo para ser y hacer: lo mismo personaje que compromiso. Usar la mano como transmisora de discursos y no para el contacto.
Las posibilidades de ver y sabernos observados nos sugieren una falsa percepción de omnipresencia; la horizontalidad de la red se exhibe como espacio abierto, pero olvidamos que “el pasado siempre resurge con una vuelta de tuerca. Internet, por ejemplo, es nuevo, pero la red existió siempre. La red con la que los pescadores atrapaban a los peces ahora no sirve para encerrar presas sino para abrirnos al mundo” (Márquez, 2015, pág. 183), y yo completaría, hasta que nos demos cuenta de la trampa y su forma rebuscada de encierro: sin paredes materiales, pero con muchos muros virtuales que nos mantienen cautivxs bajo la idea de una necesidad por “mantenernos informadxs” o “al día”. No se requiere el encierro de la antigua red de los pescadores pues, para algunxs, parece impensable pasar una semana o más tiempo sin acudir a la pantalla de las redes.
De la moda a la influencia
Incluso el concepto de moda, gestado en la producción moderna ha sufrido cambios significativos que responden a la flexibilidad que busca el mercado. La idea entró, desde finales del siglo pasado, en conflicto severo con una gran parte de sus consumidores; su vínculo con lo vacuo, con el poco interés por las otredades, los escándalos sobre la explotación a empleados, entre otras, pusieron en jaque lo que ya se hacía evidente y llevó a cambiar sus discursos.
El final de siglo y milenio significó, para la mayoría de los medios masivos tradicionales, una lucha contra denuncias sobre manipulación y orientación de las conductas; lo mismo posturas conservadoras, que progresistas, identificaron la importancia y el poder adquirido por los discursos mediáticos. La sobrevivencia radicó, entonces, en suavizar la tergiversación que se les había atribuido y convertirla en métodos para persuadir.
A partir del uso cotidiano de la palabra influencia, no dejo de pensar en que los eufemismos se han convertido en el argot más apropiado para estos tiempos. Frente a la manipulación, nos quedamos con su parte light. Ante el espejismo de público receptor y cautivo, elegimos interactuar para establecer un modelo participativo: un like y un comentario que busca evidenciar cuán equivocados están los demás. El dominio de la comunicación hegemónica cambió a un semblante incluyente, diverso e interactivo para lograr los fines económicos de siempre y responder a su propia crisis.
Jarie Jones, a quien se tiene la necesidad de nombrar como actriz transexual y que formó parte de la campaña de Calvin Klein, no da cuenta de un acto de buena voluntad; sino del propósito expansivo de mercado que incluye en su sistema a los cuerpos que habían sido sujetos de violencia por sus mismos productos. Como en otras épocas de la humanidad, “limpiar la consciencia” resulta en uno de los negocios más rentables.
Los tentáculos del disciplinamiento se extienden como la red y nos alcanzan en cada aspecto de la vida; como muchxs autores herederxs de los cuestionamientos sobre las relaciones de poder (Gilles Deleuze, Paula Sibilia, Boris Groys, Giorgio Agamben, entre otrxs) han dicho, salimos de la gestión del disciplinamiento monárquico para introducir e incorporar la autorregulación como vínculo de sociabilidad. El gran juicio sobre lo correcto, lo deseable, lo decible y lo replicable, está a la mano de (casi) todxs. La inquisición de los comentarios, a pesar de su carácter simbólico, ha tenido repercusiones en lo material, basta ver los suicidios provocados por ciberacoso, o los casos de personas que han perdido sus empleos debido a algún comentario en sus redes. En esta digitalidad sin contacto, la noción de justicia se reduce a la crítica más aguda, la interpretación más viral y al discurso que mejor apela a los sentimientos.
Apenas diferenciados, persona y personaje
Si en la edad clásica lo relevante era el ser, y en la modernidad: el tener. Hoy, sabemos, lo importante es aparentar; o como apunta Paula Sibilia, vivimos en la época de La intimidad como espectáculo (2008). Configurar el “yo” que se expone en un sinfín de lenguajes y plataformas, nos lleva a ser creadores, productores, distribuidores, actores y público de nuestros relatos.
Imágenes, video y palabras: la vida expuesta a la industria que nos encargamos de alimentar y que se sostiene en la “fascinación suscitada por esta multitud de historias minúsculas, todos esos minirelatos verídicos que se exponen en las pantallas que iluminan -y encandilan- al mundo contemporáneo.” (Sibilia, 2017, pág. 310)
La espectacularización del mundo propuesta por Guy Debord, en el siglo XX, se ha visto excedida con las formas de distribución de los medios digitales, ya no buscan llegar a las masas, sino al centro de la distribución de lenguaje que ha posibilitado mover el deseo de lo material a lo discursivo; es decir, lo relevante no es tener un objeto, sino poder mostrarlo. Ejemplo de esto son los unboxing que, desde 2006 mantienen la atención de seguidores que están dispuestxs a mirar por Youtube, cómo se extrae cada pieza que compone la caja de, prácticamente, cualquier producto. Ante esto, el marketing de la experiencia ahora es el de la exposición porque ninguna vivencia se percibe completa, sino se publica su registro.
Para articular lo anterior, sería relevante exponer que estas subjetividades son parte de una genealogía que se ha integrado a los modos de vida, a partir de dispositivos muy diversos; pensemos, por ejemplo, en la última década del siglo pasado, cuando aquella mascota virtual (tamagotchi) proliferaba en distintas partes del mundo y “colaboró” con nuestro actual comportamiento hacia las pantallas, pues bajo la premisa del cuidado de un ser/animal con necesidades que copiaban la vida orgánica, se requería la atención constante hacia cualquier “notificación”. La “mascota-juguete-acompañante” proponía una didáctica de la responsabilidad que disciplinaba la mirada y lo digital ante el dispositivo. Más aún, para la investigadora Anne Allison, el tamagotchi representa una “presencia prostética” (Allison, 2006), por lo que en ella se vacían gran parte de los deseos y elementos de la personalidad; una versión primitiva de los vínculos en las redes sociales.
“Eres tu propia marca” se ha vuelto uno de los temas más destacados para ciertas áreas laborales. Queda claro que la gestión del cuerpo y los signos que lo visten, deben ser curados, enseñados y disciplinados para mantener una congruencia digna del personaje. Pero quizá, desde otras épocas y formas de producción, es común mostrar una faceta o personalidad distinta en espacios profesionales; sin embargo, en estos tiempos, la creación de la persona como marca, no solo se reduce a los temas competitivos; por el contrario, la pérdida entre lo público y privado hace que cada aspecto de la vida se vuelva parte de nuestro cuerpo generador de discurso y, por ende, de capital. Lo anunciado desde la modernidad decimonónica, el cuerpo en el centro de la producción del trabajo, hoy se exacerba para exponer que debemos encontrar en cualquier ámbito, una forma de emprender que se inserte en el modelo de producción económico.
En el Testo Yonqui (2008), Paul Preciado ejemplifica cómo es que los aspectos que, en otros tiempos podrían haberse vinculado con lo privado o la vida cotidiana, hoy se capitalizan:
La insípida Hilton se lo hace con Weber. No hay en Hilton, tras su aparente entrega al vicio y la ociosidad, un rechazo de la economía capitalista, sino, bien al contrario, transformación de la totalidad de su vida y de su sexualidad en trabajo y conversión, a través de dispositivos de vigilancia extremos, de la totalidad de su vida en imagen digital globalmente transferible. (Preciado, 2008, pág. 189)
Ya es común considerar como empresarios a youtuberse influencers, las ganancias generadas en espacios donde lo relevante es la exposición de la persona/personaje van en aumento; Patricia SanMiguel, en su artículo “Influencers: ¿una profesión aspiracional para millennials?” expone una investigación que aborda el interés y la profesionalización de este tipo de empleos que se han vuelto populares entre las generaciones jóvenes, pues los vinculan con “un mundo idílico; aunque esto solo sea una parte de la vida de los influencers, con frecuencia, es lo que los jóvenes tienen en su cabeza, llevándolos a querer comenzar una carrera oficial en redes sociales” (SanMiguel, 2017, pág. 131)
La pantalla no es máscara, sino herramienta que multiplica la posibilidad de ser observados bajo los filtros que pensamos haber elegido. La ilusión promisoria de fama se hace real con cada like o reacción, al tiempo que se hace indiscutible lo efímero y pedestre del acto que esconde otro de los eufemismos recurrentes del vocabulario autocomplaciente capitalista: “todxs somos especiales”, pero, obviamente, de ser así, nadie lo sería; mismo planteamiento que el de la paradoja sobre la novedad, esbozado por las vanguardias del siglo pasado.
Ya en El sistema de la Moda (1967), Roland Barthes se plantea interpretar la indumentaria como discurso que logra clasificarse de acuerdo con los comportamientos sociales; sin embargo, hoy, la operación ocurre a la inversa; lo que cubre al cuerpo ya no solo es la indumentaria sino, sobre todo, el lenguaje: palabras, signos, imágenes, sonidos que “curamos” para configurar las versiones de lo que deseamos y convertir en ficción lo que somos.
Privatizar lo privado posibilita a (casi) todxs poseer un bien: el relato propio que circulará, y que no siempre resulta en capital económico para quien lo produce; no obstante, otorga vínculo social, al momento que se inserta en una cadena económica sostenida por mano de obra que no se reconoce como tal, aunque pone en el centro su deseo por ser parte de esta. Se dice, justo en estas formas de comunicación que predominan en las redes sociales, que la mayor agencia de datos es Twitter y no tiene ningún pago a sus “creadores”; la mayor empresa de transporte alternativo es Uber, que no posee ningún automóvil; el emprendimiento más exitoso en turismo es Airbnb y no tiene hoteles. Es decir, lo que sostiene a la industria es la información que compartimos y, además, esperamos sea vista.
Lo que se prefiere obviar y mantiene el flujo de capitales en las redes sociales es el arduo trabajo de quienes creamos, opinamos y compartimos (en nuestro tiempo de ocio). La red abierta de la que se hablaba al inicio de este texto permanece así, pues no atrapa cuerpos disciplinados, sino deseantes de disciplina.
Referencias
Allison, A. (2006). Millennial Monsters Japanese Toys and the Global Imagination. Berkeley : University of California Press .
Márquez, I. (2015). Una genealogía de la pantalla. Del cine al teléfono móvil. Barcelona: Anagrama.
Preciado, P. (2008). Testo Yonqui. Madrid: Espasa.
SanMiguel, P. (2017). Influencers: ¿una profesión aspiracional para millennials? En C. M. Medrano, Juventud: nuevos empleos emergentes. Madrid: Instituto de la Juventud. Obtenido de http://www.injuve.es/sites/default/files/2018/29/publicaciones/revista_completa_injuve_118.pdf
Sibilia, P. (2017). La intimidad como espectáculo . Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.