Tierra Adentro
Ilustración por Caro Monterrubio.
Ilustración por Caro Monterrubio.

Al poeta Juan Bañuelos, en memoria.

 

Orígenes

La palabra tojolabal (tojol ab’al’) viene de ab’al’: palabra, idioma, lengua; y de tojol: verdadero. O sea, tojolabal quiere decir lengua verdadera. Una tojol (waj) es una tortilla recién hecha, caliente y sabrosa, pero la tortilla tojol es la que “está en su punto”, recién salida del comal y está por cumplir su función de ser alimento. Así, los hombres y mujeres de este grupo étnico se hacen verdaderos (o tojol winik: hombre verdadero) desde una ética y frente a una conciencia colectiva. “Los hombres verdaderos” tienen un reto por cumplir día a día, se puede acertar o fallar en esa tarea, pero deberán hacer conciencia del reto y el compromiso que conlleva, pues “no se nace, sino se hace tojol”. El tojol, pues, es un camino de rectitud y siempre por construirse.

El pueblo tojolabal (emparentado con el chuj de Guatemala, en su origen) es una de las 14 lenguas mayas habladas en el presente, en el estado de Chiapas, al sureste de México1. Su relación ritual y sagrada con sus vecinos cercanos: chuj, tseltal, tsotsil, forman un espacio sagrado que, aparte de identidad, les da sentido histórico y simbólico en el ahora, considerando que el núcleo del grupo está asentado, básicamente, en los municipios de Altamirano y Las Margaritas. Su cultura, cosmovisión y vida cotidiana (lo sagrado y lo profano) tienen raíces y se organizan alrededor de la agricultura del maíz y frijol, la actividad más importante de la comunidad, que aparte de mantener el núcleo familiar, también sostiene fuertes lazos comunitarios. A través de la asamblea, con representantes locales y regionales, más un consejo de ancianos, deciden por el bien de los pueblos.

Por ser un pueblo mayense, los tojolabales pueden circunscribirse al complejo histórico y cultural llamado Mesoamérica, unidad creada por la antropología en los años 50, conformada por pueblos con un origen y una historia más o menos común y que abarca desde el norte del Altiplano Central, pasando por el sur de México, hasta llegar a Nicaragua y Honduras. Muchos mitos y rituales, con variantes, se repiten a través del Mesoamérica actual: el nacimiento de los primeros dioses, la creación de los hombres de maíz y la conexión con los muertos. Según descubrimientos arqueológicos en glifos, códices y estelas, la configuración mesoamericana tiene su origen con la cultura olmeca, la madre de las culturas, asentados en el Golfo de México (San Lorenzo y Tres zapotes en Veracruz; y La Venta, Tabasco). La cultura olmeca se remonta a 1250 a.C. y sus avances civilizatorios fueron extraordinarios: elaboración de cerámica compleja, una sociedad en torno al maíz, la invención de una simbología, o sea, un lenguaje con el cual poderse expresar a través de una estética propia y original. Y lo más importante: la invención de un calendario agrícola, que claramente marca la relación de los hombres con la naturaleza (plantas y animales), en una mitología con conexiones sagradas.

 

El presente

Es bien sabido que un poco antes de la Conquista, los grandes centros civilizatorios se encuentran en un colapso y los diferentes grupos mayas están por reorganizar su vida y su futuro. Aparte de que para los aztecas no fue fácil reducirlos en su tiempo imperial, parece que a los sureños no les interesa el poder, pues según la historiadora Gudrun Lenkersdorf 2 reproducen una “economía rural no acumulativa”, con “propiedad colectiva”, y se rigen por “naciones sin Estado (sin individualizarse)”.  Más lo anterior no es muy cierto: se trata de un pedazo de historia bastante caótica entre los nativos (desaparición de los centros políticos y económicos) y han llegado los españoles con su afán de desaparecer cualquier rasgo de la cultura original. A partir de ahí, la Conquista llega a la selva Lacandona, último reducto de los mayas, 167 años después.

Mucho tiempo después de guerras y evangelios españolizantes, a pesar del etnocidio de los antiguos lacandones, este pueblo originario (los tojolabales) que hoy viven en los territorios de Las Margaritas, Altamirano y alrededor de los valles de Comitán, pudieron permanecer autónomos ante la expansión comercial y tributaria del imperio azteca y del gobierno de la Nueva España.

En el siglo XIX se les despojó de sus tierras al crearse las haciendas, y después, en el siglo XX, fueron sustituidas por las fincas de poderosas familias chiapanecas que, ante la Reforma agraria promulgada por el presidente Cárdenas, el retraso propiciado de tal Reforma por los finqueros, y la poca vigilancia del gobierno central, se les da a los tojolabales las peores tierras (es el clima y la atmósfera histórica, la tensión de la relación indio-ladino (blanco o mestizo), con conspiración indígena de por medio, reproducida en la novela Balún Canán de Rosario Castellanos). Después, el ejido se abrió paso, pero el crecimiento poblacional y la parcelación extrema hicieron que muchas familias se internaran en la Selva Lacandona y las Cañadas, y así colonizarlas y obtener tierras más amplias y fértiles.

Ilustración por Caro Monterrubio.

Ilustración por Caro Monterrubio.

Lengua y cultura

Si algo sabemos acerca de la identidad y cosmovisión de los tojolabales, se lo debemos, considerablemente, al lingüista Carlos Lenkersdorf. De origen alemán, llegó a las comunidades indígenas de Chiapas en los años setenta. La primera tarea del maestro fue hacerse alumnos de los tojolabales y pedirles que les enseñara su lengua. Después de aprender el tojolabal, en una especie de ayuda mutua (ellos no sabían que se podía escribir su lengua), tuvo la llave para entrar y descubrir una cultura bastante singular, una comunidad donde la estructura lingüística tiene la posibilidad, desde su uso cotidiano, de incluir la perspectiva del otro, a la hora de tomar decisiones. El resultado es un conocimiento colectivo que se construye para la vida comunitaria.

En aquellos años, la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas ya se encontraba en el trabajo pastoral en tierras tojolabales, y el Obispo Samuel Ruiz pidió al maestro alemán que tradujera el Nuevo Testamento al tojolabal, tarea que lo llevo a darse cuenta de que los textos elegidos para su traducción eran aquellos que compartían afinidades con su cosmovisión, o sea, no eran traductores autómatas, sino críticos; y además se mostraban como una comunidad abierta a la pluralidad de culturas.

Para la década de los noventa, el doctor Carlos Lenkersdorf había hecho un diccionario tojolabal de dos volúmenes, un libro para principiantes en esta lengua y otro sobre la sintaxis y la gramática3; también había recopilado una serie de testimonios, mitos, ritos y cuentos de la tradición oral. Finalmente, su incansable contribución, siempre desde el ángulo de la lingüística y la filosofía del lenguaje, había elevado el pensamiento tojolabal al rango de “los amantes de la sabiduría”4, y había demostrado que esta cultura era sistematizable y podía profundizar en lo humano, al igual que las filosofías occidentales y orientales.

En todos sus libros, el lingüista Lenkersdorf, resalta el origen del pensamiento indígena tojolabal y, a través de sus estudios lingüísticos, lo diferencia de otros pueblos europeos, provenientes de la familia indoeuropea. Solo en pocas lenguas como el vasco, algunas australianas y africanas, poseen la estructura ergativa que posee el tojolabal. ¿De qué trata la ergatividad? A diferencia de las lenguas que tienen una relación estructural sujeto-objeto, las ergativas o intersubjetivas, convierten todo objeto en sujeto. En el tojolabal existen más de seis sujetos diferentes y en ninguna oración permanecen pasivos. Como la lengua refleja, en su estructura, el comportamiento y las costumbres sociales de un grupo, en el tojolabal no existe el verbo “ser”, ni el “yo”, sino un “nosotros” que implica inclusión y complementariedad en los actos de la vida. “[…] los sujetos, constituyentes del “nosotros” pueden ser humanos y animales, plantas y manantiales, nubes y cuevas, cerros y valles, comales y ollas” 5. La intersubjetividad, o sea, la inclusión de sujetos en el decir y actuar de los tojolabales nos recuerda que todo está vivo, por un principio animista, que ya no es anacrónico, como se piensa, sino que puede formar parte medular de la conciencia ecológica de hoy día.

En cuanto a literatura se refiere hay poco material recopilado por el mismo Lenkersdorf, desde los años 70, a partir de sus tareas de alfabetización, hasta su muerte en 2010. La razón de la poca existencia de textos literarios es que nos encontramos frente a una cultura de tradición oral, que empieza a interesarse por la escritura y tiene poco interés en difundir a un autor. La poesía y los testimonios, entre los tojolabales, son usados para recrearse como comunidad y es de quien se adueña del poema o la canción. Así pues, la literatura tojolabal ha sido anónima y sus temas recrean la vida cotidiana y los saberes ancestrales en boca de los viejos. Aquí una muestra de unos poemas recopilados por el maestro Lenkersdorf, con una traducción casi literal, pues es material que se originó en los momentos de los talleres de alfabetización en la comunidad:

 

Jun rato

Jun rato wa xk’an yal chab’ ora.

Nalan rato wa xk’an yal jun ora.

Chab’ rato wa xk’an yal chañe ora.

Jo’e rato wa xk’an yal lajune ora.

Wake rato wa xk’an yal lajchawe ora.

Ti wa xek’ ja k’adc’ua.

Wa xcha och a akwali.

 

Ja Ka’hM’

Qjxa eluk ja k’ak’u.

Wa xcha el ja k’ak’u.

Elta ja k’ak’u.

Cha’anxa ja k’ak’u.

Ojxa kujlajuk ja k’ak’u.

Kulanxa ja k’ak’u.

Tz’elanxa ja k’ak’u.

Ochta ja k’ak’u.

Manto jechel

 

Un rato

Un rato quiero decir dos horas.

Medio rato quiero decir una hora.

Dos ratos quiero decir cuatro horas.

Cinco ratos quiero decir diez horas.

Seis ratos quiero decir doce horas.

Pasó, pues, el día.

Ya entra la noche.

 

El día

 

Ya va a salir el sol.

Ya sale el sol.

Ya salió el sol.

Alto está el sol ya.

Ya va a llegar el sol a su plenitud (mediodía).

Ya se asentó el sol (mediodía).

Ya se inclinó el sol.

Ya se puso el sol.

Hasta mañana.

 

Actualidad

Sirva lo anterior como notas, un tanto dispersas, para constatar que los pueblos originarios, como el tojolabal, están vivos, frente a un Estado y una sociedad que no los escucha ni comprende. Su forma de vida, su organización social y su memoria constituyen el México profundo. Su relación sagrada con la naturaleza y otros pueblos hablan de cierta fuerza comunitaria y de una dinámica de cambio permanente frente al mundo complejo y problemático actual. De su lengua y palabra (su respeto a ella) nació, sobre todo para los pueblos originarios, la poesía del siglo XX y XXI. Una poesía que cimbró la conciencia y otorgó una esperanza de construir un país nuevo, a partir de una nueva identidad: la de los pueblos indios de México. Hoy día trabajan por su autonomía, a pesar de que los gobiernos perpetuaron y perpetúan un desprecio y un rechazo a su participación en la vida política y social de este país.

Su literatura, tanto oral como escrita, es la vanguardia de una literatura nacional, a veces poco apreciada y desplazada hacia las periferias o usadas por gobiernos neoliberales que ven en los pueblos indígenas, desde una visión folclórica, la oportunidad de relegarlos y aprovechar su imagen con fines turísticos, o trasnacionales con respecto a su territorio.

No es difícil imaginar que en el seno de estas comunidades que resistieron a través de siglos, se dé el nacimiento de una ideología como la del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en 1994. La mayoría de los tojolabales formaron parte (y además siguen en el territorio de resistencia) de las bases de apoyo, milicianos e insurgentes del EZLN. Pero su grito de guerra fue el reconocimiento de sus derechos y su autodeterminación, sin renunciar a la identidad mexicana. Lo más notable es que su aparición y construcción como movimiento lo hicieran a través del diálogo, y al mismo tiempo trabajaban sus autonomías con una filosofía propia, hecha desde los pueblos autónomos zapatistas.

Desde aquel primer día de 1994, y a través de una revolución más bien “cultural”, como le gustaba llamarle al maestro y poeta Juan Bañuelos, se desplegó un diálogo constructor, nacional e internacional, con la identidad, de por sí plural, de otros pueblos originarios. Desde entonces, su palabra verdadera se extendió por el mundo y va seguir siendo un referente para construir democracia ante la amenaza de gobiernos totalitarios en el orbe globalizado.

 

Bibliografía
Aubry, Andrés, 2005, Chiapas a contrapelo. Una agenda de trabajo para su historia en perspectiva sistémica, Editorial Contrahistorias/Centro de estudios Immanuel Wallerstein, México, pp. 5-70.
Cuadriello Olivos, Hadlyyn y Rodrigo Megchún Rivera, 2006, Tojolabales, Comisión Nacional Para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, México,
Lenkersdorf, Carlos, 1974, Relatos de los tojolabales, mayas de los Altos de Chiapas en México, La Castalia, Comitán, Chiapas, México, 18 pp.

López Austin, Alfredo y Leonardo López Luján, 2001 (2da. Edición), El pasado indígena, Colegio de México (COLMEX), Fondo de Cultura Económica (FCE), México, pp. 58-
Montemayor, Carlos, 2004, La voz profunda. Antología de la literatura mexicana en lenguas indígenas, Joaquín Mortiz, México.
Najera Castellanos, Antonio de Jesús, “La dimensión sagrada entre los tojolabales”, junio de 2016, revista Espacios.

Autores
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas (1972). Egresado de la Sociedad General de Escritores de México (CDMX, 1994-96). Estudiante de la licenciatura en Lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Ha sido corrector de estilo, distribuidor, consejero editorial, colaborador y editor de varias revistas mexicanas. Fundador de la revista Incuicatl, sobre literatura y lingüística. Primer lugar en poesía en el premio Casa del Lago “Juan José Arreola” de la UNAM (2000). Promotor cultural y difusor de la literatura, es fundador de la revista Azogues (2019), sobre literatura y artes gráficas de San Cristóbal. Ha participado en coloquios de lingüística, semiótica, literatura e historia.
Ilustración por Nuria Mel.

Salgan signos a la boca
de lo que el corazón arde,
que nadie, nadie creerá el incendio
si el humo no da señales.

El que su cuidado estima,
sus sentimientos no calle;
que no es muy valiente el preso
que no quebranta la cárcel.
Sor Juana Inés de la Cruz

El incendio estaba ahí, antes que los humanos. De los elementos primitivos rescatados por algunas culturas occidentales (agua, tierra, aire), el fuego no solo ha sido manipulado por la humanidad, sino que logramos recrearlo; el misterio y el origen habitan en esta posibilidad. Ya es común pensar en la lumbre como una alegoría del conocimiento, y las genealogías en occidente han recuperado a Prometeo como el personaje que robó el fuego a los dioses, lo que facilitó nuestra vida; pero es necesario reparar, también, en cómo facilitó el estallido de la violencia.

El ritual frente a la fogata y la oportunidad de lo incendiario evocan aspectos de nuestra subjetividad que se han vinculado a la percepción cultural que tenemos sobre el amor, la muerte y la pasión: la pira mortuoria, el cuerpo que se hace cenizas en búsqueda del estado fundacional; los sujetos que en metáforas se envuelven en llamas para evidenciar una fisiología que simula el calor y la inflamación de las reacciones sexuales; el incendio que acaba y propicia todo, lo pasional.

Bajo un examen etimológico, la pasión se padece, se construye en la pasividad del estado racional; desde una postura aristotélica, “«páthē» y «páthēma», coinciden en indicar alguna «afección», por lo general, descrita en términos de placer o dolor, per-turbación, alteración, apetencia o deseo.” (Luciano Garófalo, 2017, pág. 140) Quizá es lo que nos vincula con nuestra animalidad y la imposibilidad de comprendernos por completo y en lo que se focalizará esta reflexión. La propuesta es aproximarnos a las expresiones afectivas y cómo se estructuran para sostener un proyecto económico-comunicacional-político que flexibiliza sus estrategias, pero se afirman como única alternativa.

 

Temporada de arrebatos

En este apartado se abordará la pasión, no desde sus implicaciones con lo sexual-afectivo, sino con otras facetas que aparecen como contexto y escenario en el que se subliman esas afectaciones.

Hace unas semanas acudimos a reproducir de forma viral un video en que la pasión se expresa como desorden: “el asalto frustrado en la combi”. La pasividad es solo ante el miedo, mientras que las acciones parecen mediadas por la sobrevivencia. Ese registro detonó el enardecimiento de un código fuera de lo políticamente correcto, pero que responde a la identificación de esos otros sujetos que experimentan el mismo síntoma: el instinto que se performa y justifica.

El cuerpo confinado en un signo representa un totalidad tan amplia que se hace presente. La producción discursiva, posterior al alcance viral de la escena en la combi, daba cuenta del deseo compartido por muchxs: el contexto de la inseguridad que no logra paralizarnos, pues es solo uno de los obstáculos para la subsistencia. Ritual que contemporizamos a los modos discursivos actuales, pero que evoca a los rasgos barrocos de los versos con que inicia este ensayo: deseantes del todo, nos construimos signos para hacer presente la ficción.

El recordatorio apareció otra vez, en medio de las polémicas y opiniones sobre la “escena de la combi”; se hizo evidente que si hay respuestas radicales frente a la violencia, deben ser ejercidas por varones a quienes se idealizará y recuperará como sujetos hacedores de justicia; doble moral presente en las redes sociales que han expuesto desagrado o incluso han “regañado” a los movimientos feministas que realizan alteraciones en el espacio público para expresar la urgencia de atender las violencias de género.

Padecemos el juicio elaborado desde el miedo y el hartazgo. Las polarizaciones políticas (que no son exclusivas del contexto mexicano) vinculadas al estado o a movimientos como el feminismo, vociferan la urgencia de los temas y hacen indiscutible que muchas agendas se crean desde escenarios catastróficos que exigen actuar afectiva y efectivamente.

Con frecuencia acudimos a la batalla de interacciones discursivas. Cualquier aspecto parece reducido a estar “a favor o en contra”; reconocerse parte de un grupo: el que respalda o el que recrimina. La defensa que se observa en estas formas de sociabilidad construye un diorama dispuesto para el arrebato.

Las pocas preguntas que surgen apenas son retóricas, pues en estas disputas se plantea el juicio definitivo. Tener la razón no porque esto pueda realmente modificar las encarnaduras materiales sociohistóricas de los problemas, sino para marcar una moralidad del instante que se olvidará con el siguiente compromiso.

 

La flama atrae, deslumbra y mata

Una mujer se inflama.
Tiene veinte años
y un cuerpo lleno de fuego.
Palpita el vientre
sus blancos pechos erguidos
y abrasados.
Se contorsionan las caderas
los muslos hierven.
Anh Dai
tiene el cuerpo encendido por la llama.
Pero no es el amor.
Es el napalm.

Minerva Salado

En esta llamarada que habitamos, el amor consume la vida de miles de mujeres que han sido víctima de diferentes formas de violencia. De acuerdo con las cifras institucionales de denuncias por feminicidios, de enero a julio del 2020 en México, se reportan 566 casos (Secretaría Seguridad, 2020, pág. 18); aunque es bien sabido que la realidad rebasa estos números, en principio, porque no siempre hay condiciones para desarrollar procesos de denuncia.

Eros y Tánatos, personajes que la mitología griega vinculó al amor y la muerte, y que la tradición del psicoanálisis ha recuperado para exponer su teoría sobre las pulsiones: más que dualidad, es la evidencia de los aspectos contradictorios que nos configuran. Eros y Tánatos, entonces, se toman de la mano para normalizar su vínculo en la configuración de un proyecto que no es íntimo, sino político-económico, la forma en la que nos agrupamos a través de dispositivos como el matrimonio y las estrategias para lograrlo no solo sostienen la institucionalidad moderna sino que la perpetúan; lo que se considera como una decisión privada es apenas una de las elecciones a las que estamos sujetxs. O peor, la intimidad también está en juego y se ha hecho cada vez más partícipe de las relaciones de poder. Como expone Giorgio Agamben, “La intimidad es, pues, un dispositivo circular, por medio del cual, regulando selectivamente el acceso a sí, el individuo se constituye a sí mismo como el pre-supuesto y el propietario de la propia privacy.” (Agamben, 2017, pág. 179).

Gestionamos los afectos: administramos el tiempo que les dedicamos, el tipo de mensajes que usamos para vincularnos, el tipo de actividades y de registro comunicacional, en fin, buscamos su comprensión racional con equivalencias que nos sosieguen, por ejemplo, la cantidad de interacciones en redes nos otorga un número sobre el interés que generamos en otras personas.

La versión beta de Tinder estaría en los test de las revistas del siglo XX que, dirigidas a mujeres, proponían recetas y caminos para encontrar el “amor ideal”. Por lo que se planteaba un boceto de lo deseable en el terreno de Eros. Ahora, las estadísticas arrojadas por la información privada que volcamos en nuestros dispositivos, “nos acerca” con esos perfiles (que no sujetos o personas) que podrían ser compatibles con la narrativa digital que ideamos de nuestra personalidad y que bajo las dinámicas propuestas es posible diseñar una cartografía de la posibilidad.

Aunque no es nuevo que las expresiones que rodean a Eros estén vinculadas a los discursos ficcionales, de hecho, han sido parte importante de la producción estética y literaria de occidente, el uso excesivo del discurso de los afectos (iconos de “reacción”: corazones, caras alegres, enojo, etc.) nos coloca, de acuerdo con Jameson en “un tipo completamente nuevo de emocionalidad -que llamaré ‘intensidades’- cuya mejor comprensión se logra mediante un retorno a teorías más antiguas sobre lo sublime; la profunda relación constitutiva de todas estas características como una tecnología absolutamente nueva, que constituye, a su vez, la corporeización de un sistema económico internacional nuevo” (Jameson, 1991, pág. 17). Aunque este es un tema que merece todo un tratamiento aparte, sería importante reconocer que solo una de las características que ya reconocía Longino es la dimensión de los afectos como detonador estético.

A pesar de los cambios al exponer las narrativas, parece que la estructura del discurso amoroso de occidente reproduce las estrategias políticas-económicas de cada época y que, en gran medida, se explicitan en la figura del contrato matrimonial. En las tradiciones occidentales, el matrimonio, por ejemplo, ha sido un vínculo regulado por el poder hegemónico; en su momento, la iglesia y, en la actualidad, el contrato está institucionalizado por el estado y se basa en el reduccionismo de la sexualidad a un esperado propósito reproductivo, o la asignación de bienes materiales.

Durante mucho tiempo, en la ciencia social se consideró que la división del trabajo basado en la fisiología explicaba claramente la estructura diferenciada entre los cuerpos y, más aún, justificaba la dedicación de los cuerpos con vulva a lo doméstico que, además, no era entendido como trabajo. El contrato matrimonial del siglo XXI apenas ha ampliado las identidades de los cuerpos que puede sujetar, pero las condiciones económicas y reproductivas siguen en el centro.

Desde los distintos feminismos se ha abordado el mito del amor romántico como base de nuestras ideas e imaginarios en los que se presupone el sufrimiento y sometimiento en la configuración de la pareja y, en muchos casos, deriva en interacciones violentas. Las pedagogías del discurso amoroso se depositan en la repetición performática de las escenas observadas en el cine y la televisión, en las letras de canciones con promesas de felicidad tan grandes como el dolor inherente para alcanzarlas.

Una de las herencias de la modernidad que tuvo ecos en la construcción de amor romántico ha sido la idea de que los seres vivos “nacen, crecen, se reproducen y mueren”; concepto de educación básica que se admite como hecho absoluto e incuestionable.

Si cada ser vivo debe cumplir ese ciclo, y la reproducción está regulada por el vínculo familiar, entonces el matrimonio conformará el espacio legal de los intercambios sexuales como posibilitadores de la perpetuación, ya no solo de las especies, sino del modelo simbólico (bajo la premisa de que cada generación seguirá con la tradición del matrimonio como parte de la vida) y del material, en forma de patrimonio (patrimonium: bienes heredados por vía paterna). El contrato matrimonial y su reafirmación reproductiva parecen el fin último de todo proyecto amoroso.

Aunque en las producciones culturales, como ya se mencionaba antes, el amor suele vincularse con el sufrimiento o con el sacrificio; también se idealiza la promesa de un modelo de felicidad que “implica una forma de orientación: el solo anhelo de felicidad implica que nos veamos direccionadas en determinados sentidos, en la medida en que se supone que la felicidad se sigue de determinadas elecciones de vida y no de otras” (Ahmed, 2019, pág. 129). La promesa del amor es, entonces, la de una felicidad que también está comprometida por la obligatoriedad.

En tiempos recientes, cuando el confinamiento se volvió necesario, se puso en evidencia cuán imposible es convivir de forma saludable cuando no se cuenta con las condiciones básicas. Los espacios habitacionales de grandes capas de población no cuentan con espacios que permitan la privacidad para sus habitantes y complejiza la convivencia en espacios reducidos. La imagen de la familia feliz, con un padre y una madre que disfrutan de su trabajo (y aquí parece necesario recalcar lo doméstico también como espacio laboral), con hijxs disciplinadxs para continuar con el mismo estilo de vida, parece cada vez más lejano si pensamos que los contextos socioeconómicos demuestran el carácter espectral (porque se hace presente, aunque lo reconocemos irreal) de la escena que aún se promueve como lo deseable.

Desde la filosofía, la antropología, la sociología, la psicología, los estudios de las artes y literatura; y las experiencias feministas de chicanas, lesbianas, radicales, poscoloniales, cuir, entre otrxs, se han realizado propuestas que ponen en tensión el proyecto de amor romántico, pero lejos están de generalizar-popularizar otras formas de agrupación que no dependan, por ejemplo, del contrato matrimonial-estatal. El acto de privatizar los cuerpos se bifurca entre su objetivo de producción económica a partir del trabajo y el dispositivo legal de la pertenencia afectiva y reproductiva.

Ilustración por Nuria Mel.

Ilustración por Nuria Mel.

 

Entre tanto fuego, nos acostamos en cenizas

La incandescencia del Pathos afecta nuestra percepción sobre Eros y Tánatos. Atravesadxs por la aparente seguridad de entender el mundo, pero bajo la contradicción de no controlarlo. El miedo y la necesidad de certeza nos orientan por caminos que ya han sido probados, pero que buscan sofisticar los dispositivos de disciplinamiento: la supuesta flexibilidad de instituciones como el matrimonio que en algunas partes del mundo “permite” el contrato entre personas del mismo sexo, pero que no reformula los planteamientos que le sostienen como única posibilidad de agrupación con garantías estatales; a pesar del rebuscamiento en sus formas, parece que insisten en que “el deseo no es falta, sino exceso que amenaza con desbordarse; el placer no define la completitud supuestamente realizada, sino el desborde por el desahogo. No hay metafísica de animales primitivos y andróginos, sino una física de la materia y una mecánica de los fluidos. Eros no desciende del cielo de las ideas platónicas, sino de las partículas del filósofo materialista.” (Onfray, 2018, pág. 121).

El cuerpo productor-mercancía-consumo de estos tiempos gestiona sus vínculos socioafectivos en función de intercambios comunicativos, económicos y sociales; la gestión racional-política del cuerpo cubre el espectro material a través de la distribución de los sistemas sanitarios y otras condiciones que definen las posibilidades de muerte: alimentación, seguridad, tipo de trabajo, condiciones de transportación, por mencionar algunos; y el aspecto simbólico en la construcción de subjetividades orientadas a modelos orgánicos que deben cumplir con las expectativas reguladas por las nuevas formas de sociabilidad.

Incendiarlo todo, ya es parte de las consignas feministas ante la indignación de años y la apatía de muchxs. La llamarada que se prende apenas ilumina lo que queremos exponer y evitar: los cuerpos y su subjetividad han sido privatizados e institucionalizados. La legalidad e ilegalidad, incluso de los afectos o la sexualidad, son parte de las regulaciones que sostienen el caos actual; residuos que, como indica Roland Barthes, “en el fondo de cada figura albergan una frase, a menudo desconocida (¿inconsciente?), que tiene su empleo en la economía significante del sujeto amoroso.” (Barthes, 1999, pág. 15). Así como la flama es apenas reflejo de la combustión, el discurso de Eros y Tánatos ilumina las estructuras simbólicas que lo sostienen, a pesar de las contradicciones que presentan. Esperemos que se apague el incendio o aprendamos a adivinarnos entre lo difuso del humo que sabemos, nunca termina por despejarse.

 

 

Referencias

Agamben, G. (2017). El uso de los cuerpos. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora.

Ahmed, S. (2019). La promesa de la felicidad. Una crítica cultural al imperativo de la alegría. Buenos Aires: Caja Negra Editora.

Barthes, R. (1999). Fragmentos de un discurso amoroso. México: Siglo veintiuno editores.

INEGI. (2016). Encuesta Nacional sobre la Dinámica de los Hogares (ENDIREH). México.

Jameson, F. (1991). Ensayos sobre el posmodernismo. Buenos Aires : Ediciones Imago Mundi.

Luciano Garófalo. (2017). La teoría aristotélica de las pasiones en la Retórica: el caso de phobos. Apuntes filosóficos, 26(51), 136-161. Obtenido de http://saber.ucv.ve/ojs/index.php/rev_af/article/download/14737/14403

Salado, Minerva. (1972). Al cierre. La Habana: Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Onfray, M. (2018). La fuerza de existir. Manifiesto hedonista. Barcelona: Anagrama.

 

 

 

 


Autores
Maestría en Comunicación y Cultura, Universidad de Buenos Aires. Profesora de asignatura de la UACM y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Colaboradorx del diagnóstico de violencia de género en Ecatepec. Ha diseñado y gestionado: talleres, exposiciones, jornadas, podcast, conferencias y otras acciones para problematizar la naturalización de las prácticas sexo genéricas. Coordinadorx del círculo de lectura “Incomodar el género y descolocar el cuerpo”, Biblioteca Vasconcelos.

Ilustrador
Nuria Mel
Diseñadora e ilustradora gráfica enamorada de los procesos creativos y los libros ilustrados. Ha colaborado como directora de arte e ilustradora en diversos proyectos culturales y editoriales. Su trabajo ha recibido el Tercer lugar (2005) más una Mención Honorífica (2018) en el Concurso Nacional de Cartel Invitemos a Leer y ha sido seleccionado para el 9 Catálogo Iberoamericano de Ilustración (Fundación SM, El Ilustradero y FIL Guadalajara). Maestra en Creatividad para el Diseño por la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, egresada del Diplomado CASA Ilustración Narrativa (2016) y el Diplomado Libro ilustrado y libro álbum de la Academia de San Carlos (2017).
Antiguo manicomio Hawkhead en Glasgow, por Leslie Barrie.

 

Capítulo XV

Incidentes de la vida en el manicomio

 

 

Hay muy pocas maneras de pasar el tiempo en los pabellones. Toda la ropa del asilo era confeccionada por las pacientes, pero eso no quiere decir que la costura mantuviera ocupadas sus mentes. Tras unos cuantos meses de confinamiento, la idea del mundo exterior se desvanece y todo lo que pueden hacer las prisioneras es sentarse y reflexionar sobre su horrible destino. Desde los pasillos superiores se puede apreciar una buena vista de los botes navegando y Nueva York. A menudo intenté imaginarme, mientras miraba a través de los barrotes a las luces distantes parpadeando, cómo me sentiría si no tuviera a nadie para obtener mi libertad.

He visto a algunas pacientes observar con anhelo hacia la ciudad que seguramente jamás volverán a pisar. Significa libertad y vida; parece estar tan cerca, pero el cielo yace cerca del infierno.

¿Que si las mujeres añoran sus hogares? A excepción de los casos más severos, son perfectamente conscientes de que están confinadas en un manicomio. El único deseo que jamás muere, es el de su liberación, de su hogar.

Una pobre chica solía decirme todas las mañanas: “soñé con mi mamá anoche. Creo que hoy podría venir y llevarme a casa”. Ese pensamiento en particular, ese afán, siempre está presente, aunque ha estado presa unos cuatro años.

La locura es una cosa tan misteriosa. He visto pacientes cuyos labios permanecen cerrados en silencio perpetuo. Viven, respiran, comen; la figura humana está ahí, pero hace falta ese algo, el cual no es necesario para que el cuerpo viva, pero que no puede vivir sin el cuerpo . Varias veces me he preguntado si detrás de esos labios sellados habría sueños imposibles de vislumbrar para nosotros, o si todo era una página en blanco.

En todo caso, son igual de tristes esos casos en que los pacientes siempre están conversando con sujetos inexistentes, los he visto en completa ignorancia de su entorno y absortos con la presencia de un ser invisible. Sin embargo, por muy extraño que parezca, obedecen cualquier orden que se les dé, de la misma manera que un perro obedece a su amo. Una de las fantasías más penosas de todas las pacientes pertenecía a una chica irlandesa de ojos azules, quien creía estar maldita por siempre debido a un solo mal acto en su vida. Su grito espeluznante, “¡Estoy maldita por toda la eternidad!”, sonaba noche y día, y me perturbaba en lo más profundo de mi ser. Su agonía parecía un vistazo del mismísimo infierno.

Después de que me transfirieron al Pabellón 7, todas las noches me encerraron en un cuarto con seis mujeres locas. Dos de ellas parecían no dormir nunca, pues pasaban la noche entera delirando. Una  acostumbraba levantarse y deslizarse por el cuarto en busca de alguien a quien quería matar. No pude evitar pensar en lo fácil que sería si esta mujer decidiera atacar a alguna de las otras pacientes encerradas con ella. No dormí mucho aquella noche.

Una mujer de edad mediana, que solía sentarse en la esquina del cuarto, estaba afectada de una manera muy peculiar. Tenía unas hojas de periódico en la mano y solía leer las cosas más hermosas que jamás escuché. A menudo me sentaba cerca de ella para oírla. La historia y los romances por igual, caían de sus labios con verdadera maestría.

Mientras estuve ahí, tan solo vi que entregaron una carta a una paciente. Despertó un gran alboroto a lo largo del manicomio. Todas las pacientes parecían sedientas por noticias del mundo exterior, así que se juntaron alrededor de la chica afortunada y la atiborraron con cientos de preguntas.

 

Los visitantes siempre eran recibidos con una mezcla de miradas curiosas y júbilo . Un día, la Srta. Mattie Morgan, del Pabellón 7, tocó su instrumento para entretener a unos visitantes. Estaban cerca de ella hasta que uno susurró que era una paciente. “¡Loca!” cuchichearon audiblemente, mientras retrocedían hasta que se quedó sola. El suceso le causaba tanto indignación como risa. La Srta. Mattie, con la ayuda de varias chicas que ha entrenado, hace que las tardes pasen de manera amena en el Pabellón 7. Suelen cantar y bailar. A veces incluso los doctores se acercan y bailan con las pacientes.

Un día, cuando bajamos a cenar, escuchamos un llanto tenue en el sótano. Todos parecieron darse cuenta y no nos tomó mucho tiempo deducir que había un bebé ahí abajo. Sí, un bebé. Parece inconcebible : ¡un pequeño e inocente bebé nacido en este lugar de horrores! No me puedo imaginar algo peor.

Alguna vez, una visitante trajo a su bebé en brazos. Una madre, que había sido separada de sus cinco hijos, pidió permiso para cargarlo. Cuando la visitante quizo retirarse, la angustia de la mujer era incontrolable, pues rogaba por quedarse con el bebé que, en su imaginación, era su propio hijo. Nunca había visto a las pacientes más emocionadas.

El único entretenimiento, si se le puede llamar así, que recibían las pacientes en el exterior, es un paseo semanal, si el clima lo permite, en el carrusel. Es un cambio, así que lo aceptan con algo de alegría.

Las pacientes con casos leves trabajan en una fábrica de cepillos para fregar, una fábrica de tapetes y una lavandería. No obtienen ninguna recompensa a cambio, excepto el hambre en sus estómagos.

 

 


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.

Dedicado a Pinales, a Saha y a Bigger, por su generosidad, sin conocerlos. 

 

En los largos trayectos a los que esta inevitable ciudad obliga, algunas veces por solaz, otras por sicalípticas odiseas, aunque las más de ellas es por la irremediable anchura con la que los chilangos tenemos que lidiar a diario para alcanzar oficinas, escuelas, parques y demás parajes para conseguir aquello llamado salario” —“Algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado, dice Cantinflas en la espléndida Ahí está el detalle, de Juan Bustillo Oro, un caminante atento, que pese a la premura de la rutina sea un moderno flâneur, puede encontrar resquicios en donde la cotidianidad se rompa y de ellos emerjan siluetas inesperadas, ritmos sugestivamente hipnóticos y ferales voces que expelen insultos en versos polimétricos y en compases de cuatro cuartos. 

       Hay gente que ha conocido el mundo y ha encontrado que éste no es ni tan ancho ni tan ajeno, hay quienes han escrito su vida de subida y saben que es lo mismo de bajada, los que han conocido el poder de la palabra saben quea lengua es la patria del hombre, y también que en la lengua se libran batallas. Estas siluetas se han enquistado en la ciudad,  tallando versos en una libreta que en un escenario improvisado llenarían el aire a ritmo de rap. Lo mismo esbozan paronomasias que calambures, intentan encontrarse en el mundo y mostrar sus propias señales: son raperos, o para decirlo de un modo más certero, son freestylers.  

El ritmo obstinado, de frecuencias inusitadamente graves, retumba en los oídos y llena los callejones poblados de árboles de la Alameda en una tarde cualquiera, quizás lluviosa, de la ciudad. En una de las explanadas que rodean el Palacio de Bellas Artes, una decena de jóvenes se juntan, ríen y riman de modos más o menos afortunados. Es un cipher, un término que si bien se masificó con la película mileescrita por Scott Silver quien tambiéco escribió la inquietantemente seductora Jocker— y protagonizada por Eminen, viene de varias décadas atrás y de miles de kilómetros de distancia. En 1963, un estudiante de Malcolm X, Clarence 13X, después conocido como Alleh, el Padre, se separó de la Nación del Islam el movimiento político y religioso fundado por Wallace Fard Muhammad en Detroit, en los años treinta, que busca mejorar las condiciones políticas, económicas, sociales y espirituales de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos— por no coincidir en sus preceptos. Quien en un principio llevó el nombre de Clarence Edward  Smith fundó, después de salir del Templo número 7 de la Nación del Islam, The Five Percent Nation, también conocida como la Nation of Gods and Earths o los Five Percenters, bajo la premisa, entre muchas otras, de que el mundo se dividía en el ochenta y cinco por ciento que no conoce a Dios en la Tierra; el diez por ciento que son esclavistas, los ricos y los poderosos, y el cinco por ciento que conoce el origen, a Dios y no se dejan embaucar por las enseñanzas del diez por ciento.  

Más allá de los dogmas, este movimiento originado en los años sesenta para contrarrestar el supremacismo blanco y el racismo que hasta nuestros días se mantiene evidente, no sólo en los Estados Unidos, sino también en el mundo baste recordar a George Floyd y a Jacob Blake, por mencionar sólo dos eventos— se imbuyó en la cultura de las comunidades afroamericanas que encontraron en manifestaciones artísticas como el rap, el break dance o el graffiti un actuar político y estético. El cipher proviene de de-cipher, porque las rimas que los raperos adheridos o influenciados por los Five Percenters improvisaban o escribían contenían referencias al dogma y a sus creencias y tenían que ser descifradas por aquéllos que fueran capaces o que estuvieran iniciados en los secretos del movimiento. Por mencionar a algunos que abrevaron de éste se puede mencionar a Big Daddy KaneWu-Tang Clan o Rakim 

De la carga política de los cipher —entendido éste más como un encuentro para improvisar, y no tanto como una batalla— originados en los Estados Unidos a la versión que se lleva a cabo en lugares como el Palacio de Bellas Artes, la plaza central de Coyoacán o el metro Hidalgo, por nombrar sólo les espacios capitalinos, queda poco. Se mantiene, sin embargo el gusto por la improvisación, el ingenio y los recursos retóricos que se aprenden de voz en voz, de rima en rima.  

Danger AK, rapero, improvisador y gestor cultural, menciona en entrevista que: El rap, o la improvisación en el rap, es gracias a la comunicación y al conocimiento comunitario. Los raperos tallerean en comunidad, se juntan en los parques y van pasando su conocimiento de boca en boca, o de verso en verso. Dicen que el rap es de la calle, pero uno tiene que saber que aprendemos mejor en comunidad, que nuestro conocimiento puede ser parte de los demás 

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Y el conocimiento de Danger AK a propósito de esta disciplina lo ha llevado a estar, ahora, los lunes en el Canal Once, a hablar de noticias y sucesos del día a día, pero en cuatro cuartos, acompañado de un dj y en verso.  

En México, y por la influencia de mile, además de otros productos culturales como el streaming,  de la política prístina de la calle se ha llegado al espectáculo y a la formación de una liga profesional de freestyle.  En ésta la Freestyle Master Series— se cuenta con una primera división” y hasta una liga de ascenso, como un deporte. En México, en el 2020 se lleva a cabo la Segunda Temporada, con diez improvisadores que muestran su destreza enfrentándose entre ellos y luchando por conseguir un nombre y una reputación en un circuito que comienza a comercializarse y, también ellos, a masificarse, principalmente por plataformas como YouTubeTwitch y las redes sociales. 

Uno de ellos, con la tinta hasta el cuello, luce una figura imponente. Le dicen el Lobo Estepario1 y es originario del norte de la ciudad. Pese a ser tan joven, apenas de veintinueve años, ya es un veterano. Campeón nacional de Red Bull una de las ligas con mayor tiempo en nuestro país, participante de competencias internacionales, cuenta la historia de las batallas:  

Esto empezó hace varias décadas, con fiestas en donde habídisc jockeys y a alguien se le ocurrió empezar a animar estas fiestas, a presentar a los diyéis que iban a estar ahí,  y se les conocía como maestros de ceremonias (de ahí vienen las siglas MC), y a alguien se le ocurrió empezar a animarlas diciendo las cosas en verso, y después alguien llegó a contestarle, también en verso, y empezaron a luchar por ver quién rimaba mejor, quién tenía más ingenio, quién lo hacía con más ritmo. Evidentemente fue un modo también de conciliar a bandos contrarios, era mejor recibir un verso que recibir un balazo, y quien perdía en estas batallas era exiliado de esas reuniones, era una cuestión de honor

Lobo Estepario

Lobo Estepario

De aspecto fiero que contrasta con la amabilidad de su voz, en el escenario se transforma y parece devorar, verso tras verso, patrón tras patrón, a su oponente. La risa franca de Lobo se contagia y obliga a pensar que si el mundo dirimiera sus diferencias en verso, quizás sería un lugar mejor. Puedes decir lo que quieras allá arriba, pero una vez que terminas, todo se queda en el ritmo, abajo te abrazas y sigue igual que siempre. Es como una catarsis. Si al principio lo primero que debes conocer son las rimas consonantes y asonantes, después comienzas a conocer las barras, los dobles sentidos, la puesta en escena, y eso te ayuda a ganar, a ser el mejor en la tarima. El Lobo en la tarima disfruta, se ríe y celebra. Es agresivamente feliz, o quizás gozosamente iracundo, y su estilo seduce.  

Las batallas de improvisación tienen sus cimientos en la lengua, en los recursos retóricos que heredaron de la literatura; en el ingenio y en la habilidad para decir y contestar. Uno de los participantes más sólidos del circuito profesional es RC2, originario del Barrio Bravo, Tepito, y uno de los mayores exponentes del llamado doble tempo, que es improvisar diciendo las palabras al doble de velocidad: 

Hay doble tempo que le he aprendido a otras personas, que a su vez le aprendieron a otros, es escuela. Yo veía a un Chuty, que suelta mínimos latigazos de palabras, y a mí me gusta eso, para mí el doble tempo no es soltar simplemente una metralla, es meterle distintos flows. Siento que en eso soy único porque no hay nadie que haga tantos juegos. Yo empecé a los dieciséis años, para mi generación, eso era joven, hoy ya sería empezar viejo, hoy empiezan a los once o doce años. Y me di cuenta que el doble tempo era mucho más que hablar rápido, todos hacían lo mismo.  Y yo siempre quise sonar de otra manera, y busqué otros caminos. La habilidad en la respuesta es, quizás, lo que mejor define a estas batallas: 

 

RC

RC

Mira, esto se trata de querer voltear las cosas, creo que podríamos ser buenos abogados, el chiste es andar de contestones, aunque esto, las batallas, las más antañas empezaron por no terminar disparándose unos a otros, eran mucho más agresivas. En la propuesta está la respuesta, siempre hay que estar muy atentos a lo que te están diciendo, porque en eso que te dicen está lo que les vas a responder 

RC improvisa en nuestra conversación: Si quiero decirle algo con la palabra electrochoques puedo decirle: Yo soy el porky, porque, homie, jugando al póquer, joker, te meto dentro de tu lóquer, lo quería desde antes, deja que ahora los coloque en el cuerpo y te retuerces con mil electrochoques.   En tan sólo cuatro versos, RC echa mano de tres recursos retóricos: los fónicos, paronomasia y aliteración: porky-porque / porky-homie / porque-póquer-jocker /joker-lóquer; y calambur: lóquer-lo quería-coloque. Quizás, para ejemplificar de manera más tradicional, el calambur más recordado en la literatura mexicana sea el de Xavier Villaurutia: 

 

Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro  

cae mi voz  

y mi voz que madura  

y mi voz quemadura  

y mi bosque madura  

y mi voz quema dura3 


RC

RC

Un ejemplo más: en febrero de 2020, se llevó a cabo la Final Internacional de FMS, con dieciséis participantes; el vencedor, y primer campeón internacional de esa liga, fue Mauricio Hernández, Aczinoquien mira a ambos lados de la existencia: la vida y la muerte están en su rostro, la gente diría que no ve al mismo lado o Dios le dio la ventura de verlo todo. En su primera batalla, contra el freestyler “errecé, recurrió a un calambur certero: una de las pruebas a las que son sometidos los raperos en estas batallas aunque depende de la liga y el formato en el que batallan— es que les van dando una palabra al azar cada ciertos compases, y a Aczino le tocó “Parásitos, el llamado mejor freestylero que se ha parido” respondió: 

 

Tómatelo con calma,  

Que yo ya desparasité toda mi arma, 

Es parásitos, yo te tiro, te paras y toses 

Toda la maldita alma. 

 

Muchos de estos recursos retóricos son usados sin un conocimiento previo de literatura o de retórica, en sí misma. Sin embargo, esto no es en detrimento de la disciplina de la improvisación, ya que aunque está hermanada con la literatura, el freestyle tiene su propias reglas y sus propias convenciones. Azcino cuenta: 

El freestyle fue, en un principio, y sin ofender, muy ignorante de las técnicas que hacíamos, por decir sólo alguna, como las sextillas. No éramos conscientes, rimábamos la primera con la tercera y la segunda con la cuarta, pero no conocíamos los tecnicismos. Primero fue todo muy en bruto, y hasta la fecha son muy pocos los que se interesan en involucrarse en las reglas, en las figuras o normas poéticas, en la literatura; por decir algo más grande, en la poesía, pero ahora como hay otros circuitos es necesario hacerlo. Desde que iba en la secundaria, que empecé a improvisar, la clase de Español me llamaba mucho la atención porque explicaban la acentuación, las sílabas, la métrica. A nuestra maestra, que se apellidaba igual que yo, Hernández González, lo cual era muy raro el humor sutil del rapero en entrevista contrasta con la agresividad cuando batalla, le gustaba mucho la poesía, y nos ponía a escribir, como si nos fuera a servir de algo en la vida, decían los compañeros, aunque a mí sí me sirvió. Era como armar un rompecabezas, era llenar espacios con cualquier rima, y a mí se me facilitaba mucho. Más tarde me empapé más en la improvisación tradicional. Conocí primero el son jarocho, la décima, quizás por encimita, en Garibaldi, ahí puedes conocer, no tanto la tradición, pero sí un poco de lo que ésta conlleva, rimas muy digeribles para que cooperes pal chesquito, y te saquen una sonrisa, un chistecito. Conocí los festivales de los pueblos, porque tengo familia en Oaxaca, en Puebla, en Michoacán, y hay mucho folclore, y escuchaba el Querreque, alguna bomba, y simplemente me gustó. No me aburría, como a otros niños, y de ahí salté al rap, que es como el hijo bastardo de la tradición. 

Aczino

Aczino

El ya citado Danger AK es uno de aquellos que sabe la técnica, su nombre y su origen, quizás por ello es que los talleres que imparte sobre freestyle encontraron lugar dentro de Alas y raíces, de la Secretaría de Cultura y sea no participante de la liga profesional, sino jurado:  

En la improvisación oral, polimétrica, en un ritmo de cuatro cuartos, nuestro patrón es una cuarteta, pero a veces nuestros versos son endecasílabos, a veces dodecasílabos, a veces alejandrinos, a veces son sólo de seis sílabas. Hacemos muchas rimas internas, y esto lleva a la discusión de si es una cuarteta o una sextilla. Yo ahora estoy metiendo décimas, pero una de éstas no cabe en ocho, entonces utilizo el siguiente patrón de cuatro cuartos para que en la línea doce la haga coincidir. Pero la polimetría es empírica, se da de forma natural, los raperos no son conscientes de lo que hacen en realidad. Sienten el beat y le dan más prioridad a la cadencia, al flow, a la rítmica que a las sílabas, al cierre del patrón, al punchline. La polimetría se da más por la libertad, o libertinaje, de la disciplina. En el rap usamos Arte Mayor, de diez sílabas parriba. En la tradición se usa el octosílabo, que para nosotros serían versos muy cortos, nosotros naturalizamos el verso mayor por la necesidad del ritmo, la rima define dónde termina nuestro verso, nuestro ritmo. Al principio los versos eran muy pareados, tenían el esquema básico de A-B-B-A, porque rimaban inmediatamente. Ahora, con la profesionalización del oficio, los raperos buscan la cuarta línea, que es la que golpea, pero la construyen desde la primera. A veces usamos A-A-A-A, y en ocasiones, A-A-X-A, la X es la que llamamos la línea fantasma, que nos ayuda a crear un espacio mental para cerrar con más fuerza. Cuando uno es consciente, naturalmente dislocamos el acento, pero no en la rima, sino al interior del verso. La elección de la rima es consciente, se elige, el rapero amolda el verso al ritmo, por ello se cambian los acentos y es algo que se hace, casi, automáticamente.”  

Todo lo sabemos entre todos, el conocimiento comunitario es parte esencial del rap. Es una disciplina urbana con sus propios códigos, pero no es de la calle. En ella conviven los mismos vicios y virtudes que en cualquier otra disciplina u oficio. Comienza a masificarse y habrá más de uno que haya perdido la pasión por esta disciplina por su popularización, pero en sus raíces hay política e historia. Sin embargo, desde aquellos años sesenta en donde la comunidad afroamericana encontró en la cultura del hip hop una propuesta vital para hacer frente a una circunstancia que, dolorosamente, no ha terminado, hasta nuestro tiempo y nuestras calles mexicanas en donde el rap y la improvisación pueden ser una oportunidad para ejercitar el ingenio, además de ser una herramienta cultural y educativa, puede asegurarse que las manifestaciones artísticas son siempre políticas. Como escribiera Rànciereel arte y la política no poseen una relación unidireccional, sino que se imbrican en una vinculación de doble vía, a modo de vaivén, que va desde la estética a la política, y desde la política a la estética.4. Y en la propuesta estética siempre hay una posición política, y la cultura del freestyle no escapa de esta aseveración. Es la calle y el encuentro de sus jóvenes que hacen comunidad y demandan el espacio público para ellos lo que reclama, también, la ocasión de conocer un poco más del mundanal ruido, de mostrar la propia apuesta y de poder decir, como quería Bonifaz Nuño, de otro modo lo mismo. 


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración por Richard Zela.

Cuando el hombre acaparó el poder y se estableció como el prototipo de lo humano, entre géneros surgió la desigualdad, misma que ha configurado la Historia desde hace miles de años y que causó una violencia sistemática ejercida hasta ahora contra el 49.5% de la población mundial, según cifras de la ONU.

Debido a las diferencias biológicas, lo femenino fue relegado a las tareas domésticas y al cuidado familiar por su capacidad para concebir, siendo recluido y limitado. Esta hegemonía masculina —no solo sobre mujeres, sino también encima de otros hombres— representa el núcleo de la sociedad de clases, en esencia machista y misógino. La marginación metódica fue reforzada por el monoteísmo representativo de las religiones contemporáneas como el cristianismo.

Mencionar dichos antecedentes represivos es necesario para recrear los contextos sociohistóricos en los que vivieron las protagonistas de este ensayo: valientes aventureras que, por diferentes razones, se liberaron de la opresión y se embarcaron en la inmensidad de océanos y mares. Una de las primeras mujeres audaces en altamar, según Heródoto, fue Artemisia I de Caria, reina de Halicarnaso, quien ejerció un mando militar a bordo de una nave aproximadamente cinco siglos antes de la era común, fecha en la que están registradas las primeras actividades de piratería.

El origen de la palabra pirata reside en el griego clásico peirates, construida con el verbo arriesgar o aventurarse, incluso emprender: realizar una acción peligrosa o difícil. Esta práctica de abordar barcos en el océano de forma violenta para saquearlos, considerada como un crimen desde sus inicios, derivó en la patente de corso, y esta, a su vez, en los corsarios: piratas bajo el comando de algún gobierno.

Ya desde la antigua Roma, Augusto controló la piratería desbocada y puso a los criminales al servicio del imperio, pero con la llegada de Nerón al trono, cinco decenios después, el decaimiento del Estado trajo consigo un nuevo auge para esta actividad.

La figura femenina estaba prohibida en altamar por representar mala suerte para los barcos. Incluso en 1721, Bartholomew Roberts, un reconocido pirata galés, redactó un código de conducta pirata en el que, entre otras cosas, reconoció el derecho de cada tripulante a la repartición de los botines, estableció horarios y sitios para beber y prohibió las apuestas, así como a niños y mujeres a bordo, castigando con la muerte a quien se atreviera a subir a alguna disfrazada de hombre.

Estas restricciones iban de la mano con la aceptación de la homosexualidad, tema estudiado por antropólogos como Paul Bohannan y Barry Richard Burg, entre las décadas de los 80 y 90. Una práctica de los piratas era elegir hombres jóvenes, llevárselos con ellos y convertirlos en sus aprendices. De estas uniones oficiales surgió el antecedente del matrimonio igualitario, el matelotage: la alianza entre dos hombres y la unión de sus patrimonios. En caso de que uno muriera, el sobreviviente heredaba cada bien material de su compañero fallecido. Cabe aclarar que esta regla podía resultar una ofensa en tierra, pues Inglaterra castigaba los actos homosexuales incluso con la horca.

Sin embargo, los piratas abiertos en cuanto a la sexualidad, perpetuaban la misoginia, pues solían violar mujeres y secuestrarlas para pedir rescates en una situación liminar con las normas que regían en el mundo.

Durante la década de 1930, el escritor y periodista francés Henry Musnik se dio a la tarea de investigar las vidas de algunas de las mujeres que incursionaron en la piratería a lo largo de la historia. Publicó en 1934 el que se convertiría en su libro más popular, Les femmes pirates, mismo que fue traducido al castellano hasta 2007 en España.

Su recorrido histórico/mítico está dividido en seis capítulos. Dedica el primero a la leyenda de Alwilda, hija de un rey escandinavo del siglo V que, disconforme con el acuerdo de matrimonio que su padre había arreglado con el príncipe de Dinamarca, se rebeló y huyó junto a otras mujeres vestidas como hombres para hacerse a la mar. Durante la travesía se encontraron con un barco pirata sin capitán, cuyos tripulantes la eligieron como su líder. Otra pirata de la que Musnik habla en esta sección es de la vikinga Sigrid, hija del rey de Thule, isla vecina de Noruega; mujer enérgica que desafió a su época principalmente por desobedecer la tradición de suicidarse tras la muerte de su esposo.

En el segundo capítulo, titulado “Anteayer. Siglo XVIII. Mary Read y Anne Bonny”, el autor se enfoca en el periodo clásico de la piratería. Read y Bonny fueron compañeras de aventuras y son dos piratas legendarias. A pesar de que no se tiene mucha información sobre la vida de ambas, según el capitán Charles Johnson (posible pseudónimo de algún escritor inglés) en su libro A General History of the Robberies and Murders of the most notorious Pyrates (1724), Read se vistió como niño desde los trece años para hacerse pasar por su hermano muerto llamado Mark —nombre que adoptó— y obtener así la protección de su abuela. Tras la muerte de esta, Read continuó usando ropas masculinas y consiguió empleos destinados a hombres hasta que ingresó al ejército, donde conoció a un soldado a quien le reveló su verdadera identidad, con quien se casó y abrió una posada.

Cuando Read quedó viuda, volvió a adoptar su papel masculino, trabajando ahora como marinera. El barco en el que viajaba fue asaltado por piratas en las islas del Caribe y ella se convirtió en uno de ellos. Poco después, al conocer el edicto real que le otorgaba el perdón a cualquier pirata que se rindiera, se dirigieron a las Bahamas, pero ella no se entregó, sino que se unió a la tripulación de John Rackham —conocido como Calico Jack—, en cuyo barco conoció a Bonny, quien solo se vestía como hombre cuando había enfrentamientos.

En cuanto a Bonny, ella era hija de un abogado irlandés que se convirtió en terrateniente al llegar a Estados Unidos, y su juventud no estuvo exenta de violencia. Durante la adolescencia se casó con un pirata que la llevó a las Bahamas, donde poco después se separó y conoció a Calico, quien se convirtió en su nueva pareja y con quien procreó un hijo. Solo abandonó el barco durante sus últimos meses de gestación, y cuando regresó a bordo, descubrió que había otra mujer: Read. Ambas se hicieron íntimas, y se volvieron famosas por su crueldad y por estar siempre dispuestas a participar en asaltos y combates. En 1720, tras apoderarse de un importante navío, la tripulación de Calico fue declarada enemiga de la corona de Gran Bretaña.

Cuando localizaron el barco robado, el capitán y sus piratas se rindieron. Las únicas que pelearon por su libertad fueron Read y Bonny. Los hombres fueron enjuiciados y murieron en la horca. Ellas recibieron la misma condena, aunque esta se pospuso por estar supuestamente embarazadas. Al año siguiente, Read murió debido a una enfermedad, y se presume que su compañera regresó a Estados Unidos, donde rehízo su vida.

El pirata ha sido un motivo literario y cultural popular, y ellas no fueron la excepción: Bonny inspiró la película de 1951 Anne of the Indies, dirigida por Jacques Tourneur, y la convirtieron en un personaje de la serie de videojuegos Assassin’s Creed. En cuanto a Read, María Reimóndez publicó en 2009 la novela Pirata, cuya trama está basada en sus hazañas.

El tercer capítulo del libro de Musnik, “Ayer. Siglo XIX. Mistress Ching, almirantísima de los Ladrones”, habla sobre Ching Shih, una de las piratas más respetadas y temidas. Nació en China en 1775 y tuvo una infancia difícil en la que se vio implicada en diversos delitos hasta que, en la adolescencia, se dedicó a la prostitución. Poco después conoció a Zheng Yi, un renombrado y poderoso pirata con quien se casó. La ya extensa armada de Yi, que contaba con cientos de naves y decenas de miles de hombres y que era conocida como la Flota de la bandera roja, continuó aumentando con los años. Al quedar viuda, Ching tomó el control de la armada. Después se casó, de forma estratégica, con el joven que ambos habían adoptado como hijo. Su inmensa y aguerrida flota era el terror de los mares de Asia, y algunos de los suyos incluso se infiltraron en la corte del emperador. Ching ejercía su mando bajo reglas estrictas que protegían a las mujeres: el castigo más común a la desobediencia era la decapitación o el cercenamiento.

A pesar de que el emperador intentó acabar con el poderío de Ching, no lo consiguió, por lo que les ofreció el perdón, pero los piratas tampoco cedieron. En 1810 fueron atacados por barcos portugueses que casi lograron derrotarlos. Su esposo fue capturado y ella decidió negociar: solicitó el indulto de la tropa entera, así como conservar tesoros y fortunas. Se establecieron en Cantón, y ya formando parte de la aristocracia oriental, se unieron de forma oficial y tuvieron descendencia.

Su pareja recibió un puesto en la armada y se dedicó desde entonces a ir detrás de otros piratas. Ching abrió una casa de apuestas hasta que volvió enviudar; se mudó a Macao, actual región administrativa especial de China, donde dirigió un burdel y se dedicó al comercio de sal hasta morir, poco antes de cumplir setenta años.

Ching se ha convertido en personaje de películas y libros, y es también la única protagonista femenina en el libro de biografías ficticias Historia universal de la infamia (1935), de Jorge Luis Borges. El cuento “La viuda Ching, pirata” narra la trayectoria de la afamada capitana hasta que es derrotada: tras el asesinato de su esposo, ella toma su lugar como almirante y se convierte en una dura corsaria que es vencida tiempo después, luego de un arduo combate, lo que la lleva a cambiar de nombre y ocupación. Lo onírico, el simbolismo del dragón y la mitología oriental ayudan a construir al antihéroe muy bien, representado por la viuda. Borges conoció la historia de Ching gracias al libro The History of Piracy, de Philip Gosse, publicado en 1932, e incluso menciona al inicio del cuento a Mary Read, quien, en palabras del autor, “declaró una vez que la profesión de pirata no era para cualquiera, y que, para ejercerla con dignidad, era preciso ser un hombre de coraje, como ella”.

El cuarto capítulo del libro de Musnik está dedicado a los piratas djoamis, quienes delinquían en el golfo Arábigo. En su comunidad era permitido que una mujer se volviera pirata si quedaba viuda y únicamente tenía hijas, pues el pirata fallecido no tendría sucesor.

La quinta sección trata sobre la enigmática mujer de nombre desconocido que Benito de Soto Aboal —a quien se le considera el último pirata de Occidente— conoció a bordo del bergantín El Defensor de Pedro, donde este organizó un motín que culminó con el asesinato del segundo de abordo. Su traición tuvo un único testigo, y Soto, al confrontarlo, descubrió que el marinero era en realidad una mujer, cuyo poder sobre el resto era innegable. El acercamiento que ella tuvo con Soto fue una táctica, pues convenció a la tripulación de aceptarlo como capitán para lograr ejercer el mando a través de él. Tiempo después, al ser apresados, la misteriosa mujer desapareció. Se supo de su existencia gracias a las confesiones de los marineros que fueron arrestados junto con Soto.

El libro cierra con el apartado “En la actualidad. Siglo XX. Lai Cho San, mujer pirata de Macao”. Uno de los escasos registros de su vida se encuentran en el libro I Sailed With Chinese Pirates (1930), del explorador y periodista Aleko E. Lilius, quien incluso la comparó con Ching, pues, como si siguiera las huellas de la afamada pirata, también asoló la costa sur oriental, pero con un número reducido de naves que heredó tras la muerte de su padre, y se dedicó a proteger a los comerciantes que pagaban por sus servicios. Tanto Ching como Lao relevaron el liderazgo bélico, una tras la muerte del esposo y otra después del deceso del padre.

Este breve y conciso recorrido es una muestra clave del papel que han tenido las mujeres en los mares; sin embargo, aún quedan varias que merecen ser nombradas por su sagacidad, como Juana de Belleville, o Malika Fadel ben Salvador, quienes vivieron durante el siglo XIV; Sayyida al-Hurra y Grace O’Malley, pertenecientes al siglo XVI, o Ingela Gathenhielm, ya en el siglo XVIII.

Ilustración por Richard Zela.

Ilustración por Richard Zela.

Juana de Belleville, también conocida como Jeanne de Clisson, nació en 1300 y perteneció a una familia de la nobleza en Francia. Casada al inicio de su pubertad, tuvo dos hijos y quedó viuda siendo aún joven. Después se unió con Olivier IV de Clisson, con quien tuvo cinco hijos más. Durante la guerra de sucesión bretona, la pareja, perteneciente al bando francés, se vio involucrada en el enfrentamiento, pues Oliver se convirtió en comandante, y este suceso marcaría a toda la familia: la corona francesa lo acusó injustificadamente de traición y lo ejecutó de forma pública.

Juana nunca perdonó esta injuria y buscó vengar el asesinato de Oliver. La venta de sus tierras le permitió comprar embarcaciones, contratar navegantes expertos y una tripulación entera. La Flota Negra de Juana se podía distinguir a la distancia: barcos negros, de luto, con grandes velas rojas. El gobierno británico le ofreció una alianza para destruir los frentes franceses en sus dominios, misma que ella aceptó. Juana no se limitaba a observar a sus hombres en acción, también tomaba parte en las represalias, y se le atribuyen varias ejecuciones, lo que le concedió los motes de “Leona sangrienta” y “Tigresa bretona”.

La Flota Negra dominó el Canal de la Mancha hasta que los franceses lograron capturar sus naves; Juana huyó con sus hijos, recibió asilo en Londres y pasó sus últimos años en Bretaña.

De origen español y árabe, Malika Fadel ben Salvador nació en 1302 en el seno de una familia acaudalada. Durante su infancia quedó huérfana, y el hombre que la cuidó entonces, un familiar dedicado al comercio marítimo y a la piratería, se casó con ella y le enseñó el oficio. Viuda antes de cumplir los treinta años, heredó una flota y negocios a lo largo de los mares del norte de África. Murió al defender su barco tras una traición que culminó en asalto.

Sayyida al Hurra fue una reina marroquí que asoló, aliada con el corsario turco Jeireddín Barbarroja, el mar Mediterráneo y el Atlántico. Era originaria de una distinguida familia musulmana, radicada en Andalucía que huyó a Marruecos aproximadamente en 1490, cuando ella era muy pequeña. Antes de dominar los mares, junto con su esposo e hijos se dio a la tarea de restaurar Tetuán, ciudad destruida por los españoles. Al enviudar, quedó al mando del territorio.

Tiempo después, se casó con el sultán de Marruecos, mas reafirmó su independencia y poder al negarse a seguir la tradición de dejar su propia ciudad para casarse en la del sultán. Otra acción de empoderamiento fue su venganza contra los españoles a través de la piratería y su alianza con Barbarroja, el almirante más sobresaliente del Imperio Otomano. Líder nata, la reina dirigió su propia flota y acumuló una riqueza incalculable durante más de tres décadas, hasta que su yerno la derrocó.

En cuanto al mar Céltico, su respetada y temida dueña en 1560 fue Grace O’Malley. Su padre, comerciante, poseía una importante flota perteneciente a la familia, de ahí el interés de O’Malley por navegar desde la infancia. Se casó muy joven y tuvo tres hijos. Junto con su esposo se dedicó al comercio y a la piratería, invadiendo castillos y tierras. Enviudó años después y continuó con las invasiones. Décadas más tarde, sus hijos fueron capturados durante el continuo enfrentamiento entre Inglaterra e Irlanda, por lo que O’Malley acudió a la reina Isabel I para abogar por su libertad.

A pesar de su duro oficio en altamar, hay testimonios de que ella era tan imponente y distinguida como la propia reina. Isabel I acordó liberarlos, devolverle las tierras y pertenencias que le habían sido robadas y otorgarle el perdón de sus delitos si ella dejaba de confrontar a los ingleses, a lo que O’Malley accedió. Sin embargo, Inglaterra no respetó el pacto, por lo que la pirata se unió a la guerra de los Nueve Años y siguió enfrentándose a los ingleses en busca de la independencia de su nación hasta el día de su muerte.

Si bien la mayoría de estas mujeres fueron longevas y murieron durante la vejez, Ingela Gathenhielm tuvo una vida breve. Nació en Suecia en 1692, y antes de cumplir los veinte años se casó con un comerciante y corsario de la misma nación, quien trabajaba para Carlos XII, por lo que ella se convirtió a su vez en una corsaria.

Gracias al desempeño de su esposo, este recibió un título nobiliario, y tuvieron varios hijos de los cuáles solo uno sobrevivió. Dominaron el mar Báltico hasta que, poco después, su marido murió de tuberculosis; de modo que Ingela se hizo cargo de la flota hasta que el patrocinio del rey terminó. Desde entonces se dedicó al comercio legal, como la venta de veleros, y falleció a los treinta y siete años.

Los ejemplos anteriores muestran que siempre han existido mujeres inconformes e insumisas que retan a la sociedad de su época. Si bien su información biográfica es escasa en comparación a la de las figuras históricas masculinas —vinculadas a estas por el interés imperante en sus relaciones afectivas—, y han sido ignoradas de forma deliberada por el discurso historiográfico oficial, existen registros confiables que permiten mantenerlas en la memoria colectiva.

Su valentía y coraje les impedía obedecer prohibiciones absurdas basadas en el género, someterse a una obediencia incuestionable, ser dóciles porque así lo dictaron quienes manejaban las vidas y cuerpos femeninos a placer y conveniencia.

Madres, esposas, viudas, huérfanas: ninguna vaciló al poner un pie sobre un barco para afirmar que su fortaleza y severidad era comparable —e incluso mayor— a la de los hombres.

Sobrevivir en un mundo masculino requiere decisión y coraje: valor que desbordaban estas corsarias de los mares, forjadas en particular por la desgracia y la pérdida. Estas mujeres aguerridas fueron líderes que dirigieron multitudes, sobresalieron entre la violencia de una hegemonía patriarcal y rompieron leyes sin temor a las represalias.

Pertenecientes a la nobleza, a la burguesía, o al vulgo, ellas navegaban la ruta implacable de los mares y el peligro, ya fuera por herencia, sucesión, venganza, ambición, exilio o un nacionalismo exacerbado; se opusieron a las normas, empuñaron las armas, capitanearon naves y lideraron multitudes temibles, abriendo caminos insospechados para un género transformado por la opresión.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Foto tomada de Flickr.

Me enamoré perdidamente de su mano izquierda. Ya sé, ya sé, pero… ¡la derecha era tan distinta!, del estilo de las recatadas. Izquierda era una fiera. El día que nos conocimos, la miré embolsándose un puño de dulces mientras la cajera se distraía con el cabello de Amanda. En el estacionamiento del supermercado se me apareció de nuevo y me acerqué de prisa. Le pedí que me dejara ayudarla con el mandado. Ella aceptó ofreciéndome las bolsas que cargaba con la diestra e intercambiamos teléfonos.

Amanda comenzó a fragmentarse luego del divorcio de sus padres. Tenía alrededor de trece años. El acuerdo fue pasar los fines de semana con Manuel y el resto con Catalina, lo que provocó que oscilara entre desayunar crepas en casa de su papá, desvelarse y dormir toda la tarde; al huevo con nopales de su madre, prohibido ver la tele más de una hora y “a las nueve de la noche te quiero en cama con la luz apagada”.

¡Cómo adoraba, Derecha, las visitas a Catalina! Su momento favorito era la hora del rosario, donde acompañaba la dulce y maquinal voz de Amanda con el frotar silencioso de las cuentas de madera. Entretanto, Izquierda se cerraba en puño sobre su regazo, negándose a colaborar con la señora que odió desde que tuvo memoria. No le perdonaba haberla azotado cuando Amanda era niña y acorde con su naturaleza, escribía, señalaba o recortaba con Izquierda, signo inconfundible de la presencia del diablo a ojos de su mamá.

Por otro lado, en ningún lugar se sentía tan a gusto Izquierda como en casa de Manuel, pues el padre de Amanda también era zurdo, y no escatimaba en materiales para que ella hiciera los dibujos que tanto adoraba. Lápices para claroscuro, de acabado metálico, de colores, acuareleables, carboncillo y plumones: todo estaba a disposición de Izquierda, que se movía en el lienzo como una artista del patinaje, dejando en ridículo a la mano contraria, cuyos trazos parecían garabatos infantiles comparados con los suyos.

A Derecha todavía le quedaba el consuelo de portar los relucientes anillos que Catalina regalaba a su hija en cada cumpleaños, siempre que no le hubiera faltado al respeto y saludara a las visitas con la mano adecuada.

El resultado fue la caótica Amanda que conocí, una los sábados por la noche y otra distinta los domingos por la mañana. Es más, cuando daban comienzo las cenas familiares, podía escuchársele defender que el fin natural de la mujer es el sagrado matrimonio, tener hijos y llevar una vida decorosa, y a la hora del postre criticar los cánones machistas que se imponen desde la infancia, calificando de retrógrada la pretensión de traer hijos al mundo. Los comensales no apartaban la mirada de sus platos y solo abrían la boca para zamparse un trozo de cheesecake.

Luego de nuestro primer encuentro, llamé a Amanda y la invité a Barrio Alegre. Al principio no decía mucho, pero al calor del alcohol Izquierda se hizo presente. Fue ella quien se alzó en el aire para pedir otra ronda de cervezas, la misma que me condujo hasta el baño de hombres, me tomó del mentón y comenzó a besarme. Fue Izquierda quién acarició mis mejillas y bajó tanteándome el abdomen hasta posarse sobre mi entrepierna. A la semana le pedí que fuéramos novios y Amanda, entusiasmada, aceptó.

Para ser feliz me bastaba contemplarla mientras leía, simulando peinar las páginas con el cariño que peina la espuma a las olas del mar. En ocasiones, cuando Derecha no se oponía y Amanda se quedaba a dormir, yo me pasaba toda la noche mirando soñar a Izquierda, fascinado por sus leves espasmos, y sentía que por fin había vencido el temor a morir.

Sin embargo, Amanda ocasionalmente se levantaba de humor derecho, y para muestra están las misas dominicales. ¡Con qué espontaneidad ―me acuerdo―, con qué gusto la acompañé cuando empezábamos a salir! Acabada la ceremonia pasábamos invariablemente cerca del mendigo (siempre hay uno afuera de las iglesias), que nos ofrecía las manos vacías y grasientas. En ese momento, Amanda me señalaba cualquier detalle del paisaje: el empedrado, la casa victoriana de enfrente, sus tejas ¿verde albahaca o verde esmeralda?, la cúpula con campana o el cielo gris. Mientras le digo que sí, que ya vi qué bonita la torre blanca de marfil, la diestra pone con suavidad un par de monedas de cobre sobre las palmas del mendigo, asegurándose de rozar disimuladamente las yemas de sus dedos, provocando que Amanda entorne los ojos y se estremezca, segura de que ni yo ni su mano izquierda nos enterábamos de lo que hacía con la derecha.

En ese perpetuo vaivén estuvimos once meses, hasta que ocurrió el acabose en la fiesta de Laura. Ya desde el camino, orquestamos una sinfonía de ideas que se antojaba estival (eran planes a largo plazo). En el asiento trasero del taxi, Izquierda jugaba con los caireles de Amanda, mientras Derecha me tomaba con ternura sobre el regazo cubierto de falda beige.

Durante la fiesta subimos de intensidad, intercambiando miradas burlonas, mordiéndonos los labios mientras los otros hablaban.

Por medio de un acuerdo silente, jugamos a desconocernos. Le pregunté si tenía novio y me dijo que no importaba. Me jaló al cuarto de Laura mientras se quitaba el sostén y de un empujón me hizo caer sobre un territorio suave y desconocido.

Mirándonos con ternura, entrecruzando las manos, arremetimos frenéticamente el uno contra el otro, luego suave, luego frenéticamente otra vez. Y así estuvimos jadeando, palpándonos, ensayando todas las posiciones que el ardor febril nos concedió y muriendo en cada contacto profundo. Los dedos de Izquierda en mi boca: imposible olvidar el sabor de sus dedos de luna.

En algún punto alguien tocó la puerta violentamente. Supimos de inmediato que se trataba de Laura y nos apuramos en salir, con la sonrisa que ponen los novios que acaban de darse el “sí” por primera vez. Pedimos un taxi.

Nadie sabe en qué estadística estará al minuto siguiente. Esa noche nos tocó ser uno de los ciento treinta y nueve mil percances viales que ocurren diario en el mundo. El otro, que venía alcoholizado, se brincó uno de los seis semáforos que hay de la casa de Laura a la mía. Impactó en el costado izquierdo, lugar de Amanda en ese momento. Al sentirlo venir, su instinto la obligó a protegerse el rostro con la siniestra y la diestra en puño sobre el pecho, como apretando al corazón. Se sumió la puerta y el vidrio de Amanda voló en mil pedazos, dejándola tapizada de esquirlas.

El susto duró lo que tenía que durar, pero el diagnóstico de Izquierda no fue favorable. La fiera mano que amé cayó en un estado de lasitud y estupor del que no volvería. Amanda interpretó el accidente como una señal que confirmaba las ideas de su madre. “Si no hubiéramos andado tan noche en la calle”, decía sentenciosamente. A partir de entonces, se volvió taciturna y mesurada, alegre como siempre, pero mesurada. Me tomó un par de semanas comprender que aquella noche Amanda fue por última vez su lado izquierdo, cuya forma más viva, la mano ahora lánguida, se ofuscaba en su propia tumba de carne.

La última noche que pasamos juntos me soñé bailando con Izquierda, que flotaba delicadamente. Abrí los ojos y miré la mano que no dormía, pero tampoco estaba despierta. Daba la impresión de ser un mero instrumento de Amanda, empalmada con Derecha, sosteniendo su rostro durmiente. Entonces, me acerqué y le di un beso, me levanté de la cama, me vestí sin hacer mucho ruido, y no volví a buscarla jamás.


Autores
(Coahuila, 1990). Licenciado en filosofía por la Universidad Autónoma de Querétaro. Ha colaborado en revistas electrónicas, en fanzines y en las antologías impresas: "Perros" de Ediciones Sherezade (Chile) y "Obsesivos" de Infinita Editorial (México).
“Montevideo e la repubblica dell’Uruguay. Descrizione e statistica, etc” por Bordoni, Giosuè. Extraida de Flickr.

 

Capítulo XIV

Algunas historias desafortunadas

 

 

Para este momento ya había conocido a la mayor parte las cuarenta y cinco mujeres en el Pabellón 6. Permítame presentarle a algunas de ellas. Louise, la bonita chica alemana quien, como había mencionado anteriormente, padecía de fiebre; estaba bajo el delirio de que los espíritus de sus padres muertos la seguían.

—La Srta. Grady y sus asistentes me han dado varias palizas —dijo— y no puedo comer nada de la porquería que nos sirven. No debería de tener que morir de frío por la falta de ropa adecuada. ¡Oh! Todas las noches rezo para que me regresen con mi papá y mamá. Una noche, cuando estaba presa en Bellevue, el Dr. Field vino; yo estaba en cama y cansada de la examinación. Por fin dije: ‘Ya estoy cansada de esto. No diré nada más’. ‘¿Ah, no?’ contestó enojado ‘Eso ya lo veremos.’ Dicho esto, recargó su muleta al lado de la cama y, recargándose en esta, me picó las costillas con fuerza. Me incorporé de un brinco en la cama y le dije: ‘¿Qué le sucede?’ ‘Quiero enseñarte a obedecer cuando te estoy hablando’ contestó. ¡Si tan solo pudiera morir y regresar con papá!

 

Cuando me fui ella estaba confinada en cama con fiebre, y tal vez para este momento su deseo ya se cumplió.

Hay una mujer francesa recluida en el Pabellón 6, o por lo menos lo estaba durante mi visita, quien creo que está completamente cuerda. La observé y hablé con ella todos los días, excepto los últimos tres, y me fue imposible encontrar en ella algún tipo de manía o delirio. Su nombre es Josephine Despreau, si no me equivoco en la escritura, y su esposo y todos sus amigos están en Francia. Josephine resiente mucho su situación actual. Sus labios tiemblan y se rompe en llanto cuando habla de su caso, incapaz de hacer algo al respecto.

—¿Cómo llegaste aquí? —le pregunté.

—Una mañana, cuando estaba intentando conseguir algo de desayunar, me enfermé gravemente y la señora de la casa llamó a dos oficiales que me llevaron a la comisaría. No podía entender sus procedimientos y le prestaron poca atención a mi historia. Las usanzas en este país eran nuevas para mí y antes de que me diera cuenta, ya estaba registrada como una mujer loca en este manicomio. Cuando recién llegué, me lamenté por estar aquí sin esperanza alguna de salir, y por mis lamentos la Srta. Grady y sus asistentes me estrangularon hasta lastimar mi garganta, que sigue adolorida hasta la fecha.

Una bonita y joven mujer hebrea hablaba tan poco inglés que no pude entender su historia excepto por lo que contaban las enfermeras. Dijeron que su nombre es Sarah Fishbaum y que su esposo la puso en el manicomio porque sentía afecto por otro hombre. Dando por hecho que Sarah estaba loca, es decir loca por los hombres, permítanme decirles cómo las enfermeras trataron de (¿)curarla(?). Solían llamarla para decirle:

—Sarah, ¿no te gustaría tener un agradable jovencito?

—Oh, sí; un hombre joven estaría bien —contestaba Sarah con las pocas palabras de inglés que sabía.

—Bueno, Sarah, ¿te gustaría que habláramos con alguno de los doctores de tu parte? ¿No te gustaría tener a uno de los doctores?

Y luego le preguntaban a cuál doctor prefería y le aconsejaban coquetear con él cuando visitara el pabellón, entre otras cosas.

Estuve observando y hablando con una mujer de tez clara por varios días y fallé en encontrar un motivo por el cual había terminado ahí, estaba tan cuerda.

—¿Por qué viniste aquí? —le pregunté un día, después de tener una larga conversación.

—Estaba enferma —contestó.

—¿Estás enferma mentalmente? —le insistí.

—Oh, no; ¿qué te hizo pensar eso? Estuve trabajando demasiado duro y colapsé. Tenía algunos problemas familiares y ya que no tenía ni un centavo ni un lugar a donde ir, apliqué para que los comisionados me enviaran a una casa de caridad hasta que pudiera regresar a trabajar.

—Pero no envían a gente pobre aquí a menos de que estén locos —le dije—. ¿No sabes que aquí tan solo envían mujeres locas, o mujeres supuestamente locas?

—Me enteré que la mayoría de estas mujeres estaban locas después de llegar, pero luego les creí cuando me dijeron que este era un lugar a donde envían a los pobres que aplican por ayuda, como yo lo hice.

—¿Cómo te han tratado? —pregunté.

—Bueno, hasta ahora me he librado de los golpes, pero me enferma ser testigo de tantas palizas habidas y por haber. Cuando me trajeron aquí, intentaron darme un baño, cuando era imperativo que no me bañara debido a la naturaleza de mi enfermedad y por la cual necesitaba hospitalizarme. Pero me metieron en la bañera de todas formas y sufrí por semanas después de eso.

Una Sra. McCartney, cuyo esposo es un sastre, se ve completamente racional y no tiene ni una sola idea delirante. Mary Hughes y la Sra. Louise Schanz no mostraron ningún rastro evidente de demencia.

Un día, dos caras nuevas se unieron a nuestras filas. La primera era una idiota, Carrie Glass, y la segunda era una atractiva chica alemana: bastante joven a primera vista y cuando ingresó, todas las pacientes hablaron de su aspecto agradable y aparente sanidad. Su nombre era Margaret. Me dijo que había sido una cocinera y era extremadamente limpia y ordenada. Un día, después de que había tallado el suelo de la cocina, las mucamas bajaron y lo ensuciaron a propósito. Esto la hizo enfurecer y comenzó a reñir con ellas; llamaron a un oficial y se la llevaron a un manicomio.

—¿Cómo pueden decir que estoy loca simplemente porque me dejé llevar por mi temperamento? —se quejó— Otras personas no son tachadas de locas cuando se enojan. Supongo que lo único que me queda por hacer es mantener la cabeza baja y evitar las palizas que veo a otras recibir. Nadie puede decir ni una mala palabra sobre mí. Hago todo lo que dicen y todo el trabajo que me dan. Soy obediente en todos los sentidos y hago todo lo posible por probarles que estoy cuerda.

Un día trajeron a una mujer loca. Era bastante ruidosa, así que la Srta. Grady le dio una paliza y le dejó un ojo morado. Cuando los doctores lo notaron y preguntaron si se lo habían hecho antes de llegar, las enfermeras les dijeron que así había sido.

Cuando estaba en el Pabellón 6 nunca escuché a las enfermeras hablarle a las pacientes a no ser que fueran a regañarlas, gritarles o molestarlas de alguna forma. Pasaban la mayor parte de su tiempo intercambiando chismes sobre los médicos y sobre las otras enfermeras de una manera poco edificante. La Srta. Grady casi siempre salpicaba su conversación con palabras vulgares y, por lo general, comenzaba sus comentarios invocando el nombre del Señor. Llamaba a las pacientes con los nombres más mundanos y vulgares. Una tarde, tuvo una disputa sobre el pan con otra enfermera mientras cenábamos, y una vez que salió la enfermera, le puso nombres ofensivos e hizo algunos comentarios malintencionados.

En las tardes una mujer, quien supuse que era la jefa de cocina para los enfermeros, solía salir y darles a las enfermeras pasas, uvas, manzanas y galletas. Imagínese lo que sentían las pacientes mientras se sentaban y veían a las enfermeras comer lo que en sus ojos era un banquete de lujo.

Una tarde, el Dr. Dent estaba hablando con una paciente, la Sra. Turney, sobre un problema que había tenido con una enfermera. Más tarde nos llevaron a cenar y la mujer que había golpeado a la Sra. Turney, y de la que habló con el Dr. Dent, estaba sentada por la puerta del comedor. De pronto la Sra. Turney tomó su tazón de té y, mientras pasaba por la puerta, se lo lanzó a la mujer que la había golpeado. Hubo un griterío y regresaron a la Sra. Turney a su lugar. Al día siguiente la transfirieron a la “pandilla de la cuerda[1]”, que supuestamente está formada por las mujeres más peligrosas y suicidas de la isla.

Al principio no podía dormir y tampoco quería hacerlo si eso significaba enterarme de alguna novedad. Tal vez las enfermeras del turno nocturno se quejaron al respecto. En fín, una noche entraron a mi cuarto e intentaron hacerme tomar de un vaso una dosis de una mezcla extraña para “ayudarme a dormir” según dijeron. Les dije que no haría nada por el estilo y me dejaron en paz por el resto de la noche, o por lo menos eso esperaba; pero mi esperanza fue en vano, pues regresaron a los pocos minutos acompañadas por un doctor, el mismo que nos recibió cuando llegamos. Insistió en que debía tomarla, pero estaba decidida en no perder la conciencia, aunque fuera por tan solo unas horas. Cuando se dio cuenta que no lograría convencerme, su actitud se volvió áspera y cortante, y dijo que ya había desperdiciado suficiente tiempo conmigo. Que si no tomaba la medicina, la insertaría en mi brazo con una aguja. Caí en cuenta de que si me administraba la medicina en el brazo, no podría deshacerme de ella, pero que si la tragaba aún quedaba una opción, así que dije que la tomaría. Olía y sabía como láudano[2] y era una dosis sobrecargada. Tan pronto como se fueron del cuarto y echaron seguro a la puerta, metí mi dedo en la garganta y probé qué tan profundo llegaría; por suerte, el cloral no logró cobrar efecto sobre mí esa noche.

Me gustaría mencionar que Burns, la enfermera del turno nocturno en el Pabellón 6, parecía ser amable y paciente con las personas pobres y afligidas. Las otras enfermeras hicieron varios intentos por platicar de amantes y me preguntaron si no me gustaría tener uno. Pronto se dieron cuenta que no tenía mucho interés en (lo que ellas consideraban) el tema en boga.

Una vez a la semana le dan un baño a las pacientes y esa es la única ocasión en la que pueden ver un poco de jabón. Una paciente me pasó un pedazo de jabón del tamaño de un dedal. Me pareció un gesto muy noble, pero seguramente ella apreciaría más el jabón barato que yo, así que le di las gracias y se lo devolví. En el día de baño llenan la bañera con agua y lavan a las pacientes, una tras otra, sin cambiar el agua. Repiten este proceso hasta que el agua se vuelve espesa, luego la drenan y rellenan la bañera sin siquiera lavarla. Usan las mismas toallas para todas las mujeres, sin importar si tienen sarpullido o no. Las pacientes sanas luchan por conseguir un cambio de agua, pero se ven forzadas a someterse a la voluntad de las enfermeras flojas y tiranas. Los vestidos rara vez se cambian más de una vez al mes. Si la paciente tiene una visita, he visto a las enfermeras apurarse para cambiar su vestido antes de que llegue el visitante. Esto mantiene viva la ilusión de una administración buena y dedicada.

Las pacientes que no se cuidan de sí mismas, acaban en condiciones bestiales y las enfermeras nunca cuidan de ellas, sino que le ordenan a otras pacientes que lo hagan.

Nos ordenaron sentarnos en el cuarto por cinco días. Nunca había invertido tanto tiempo en algo. Todas las pacientes estaban tiesas y doloridas y cansadas. Solíamos juntarnos en pequeños grupos en las bancas y torturar a nuestros estómagos platicando de lo primero que comeríamos en cuanto saliéramos. Si no hubiera sufrido y pasado hambre con ellas, la conversación probablemente hubiera sido bastante divertida. Pero dadas las circunstancias, solo me entristecía. Cuando se hartaban de hablar de su tema favorito, la comida, solían dar su opinión sobre la institución y su administración. El repudio hacia las enfermeras y los alimentos era unánime.

Conforme pasaban los días, la condición de la Srta. Tillie Mayard empeoró. Casi siempre estaba helada y le era imposible comer la comida provista. Día tras día cantaba para intentar conservar su memoria, pero finalmente una enfermera hizo que se detuviera. Yo hablaba con ella diario y me dolía verla empeorar tan rápido. Por fin, tuvo su primer delirio. Pensó que estaba tratando de hacerme pasar por ella y que todas las personas que pedían ver a Nellie Brown eran amigos suyos que acudían a buscarla, pero que de alguna manera, yo estaba intentando hacerles creer que era ella. Traté de razonar con ella, pero fue imposible, así que mantuve tan alejada como me fue posible, para que mi presencia no alimentara su fantasía y empeorara su situación.

Una de las pacientes, la bella y delicada Sra. Cotter, un día pensó que había visto a su esposo subiendo por la vereda. Dejó la fila en la que estaba marchando y corrió a saludarlo. Por este simple acto la mandaron al Retiro[3]. Después dijo:

 

—Me hierve la sangre de solo acordarme. Por haber llorado, las enfermeras me golpearon con un palo de escoba y brincaron sobre mí, causando daño interno para que nunca me recupere. Luego me ataron las manos y los pies, y me pusieron una sábana sobre la cabeza, la enroscaron alrededor de mi garganta, para que no pudiera gritar, y me echaron en una bañera con agua helada. Me sostuvieron debajo de la superficie hasta que abandoné toda esperanza y perdí el conocimiento. Otras veces me agarraban de las orejas y estrellaban mi cabeza contra el suelo y contra la pared. Luego me arrancaban el pelo desde la raíz, para que jamás volviera a crecer.

La Sra. Cotter me dio pruebas de su relato, la cicatriz en su nuca y los espacios calvos donde le habían arrancado el pelo a mechones. Cuento su historia de la manera más fidedigna que me es posible:

—No me trataron tan mal como he visto que tratan a otras allá adentro, pero sí arruinó mi salud e incluso si logro salir de aquí, seré un desastre absoluto. Cuando mi esposo se enteró de los maltratos que recibí, los amenazó con exponerlos si no me sacaban, así que me trajeron aquí. Ahora estoy bien mentalmente. Dejé ese miedo en el pasado y el doctor prometió dejar que mi esposo me llevara a casa.

Conocí a Bridget McGuinness, que parece estar sana hoy en día. Dijo que la habían enviado al Retiro 4, y la pusieron en la “pandilla de la cuerda”.

 

—Las palizas que me dieron allí fueron verdaderamente atroces. Me jalonearon del cabello, sumergieron mi cabeza en agua y me sostuvieron hasta casi ahogarme, y también me estrangularon y me patearon. Las enfermeras siempre colocaban cerca de la ventana a una paciente sumisa para que vigilara y les avisara cuando se acercaba alguno de los doctores. No tenía caso quejarnos con ellos, pues siempre alegaban que no era nada más que las lucubraciones imaginarias de nuestros cerebros enfermizos; además de que las enfermeras nos darían otra paliza por acusarlas. Solían sostener a las pacientes bajo el agua y las amenazaban con dejarlas morir a menos de que prometieran no decir nada a los doctores. Todas lo prometíamos, porque sabíamos que los doctores no nos ayudarían y haríamos lo que fuera con tal de escapar sus castigos. Después de romper una ventana me transfirieron a la Cabaña, el peor lugar en la isla. Todo está espantosamente sucio y el hedor es insoportable. En el verano un ejército de moscas invaden el edificio. La comida es aún peor de la que recibimos en otros pabellones y solo la sirven en platos de estaño. Incluso los barrotes, en lugar de estar afuera como en este pabellón, están adentro. Hay muchas pacientes sumisas que han estado ahí por varios años, pero las enfermeras se las quedan para que hagan su trabajo. Además de las múltiples palizas que me dieron, una vez las enfermeras me brincaron encima y me rompieron dos costillas —continúo con su relato—. Mientras estaba en ese lugar trajeron a una muchacha bonita. Había estado enferma y se manifestó en contra de que la pusieran en ese lugar tan sucio. Una noche, las enfermeras se la llevaron y, después de golpearla, la desnudaron y la sujetaron en una bañera helada, y la arrojaron de vuelta en la cama. Al llegar la mañana, la chica estaba muerta. Los doctores dijeron que murió de convulsiones y eso fue todo lo que se hizo al respecto. Les inyectan tanta morfina y cloral a las pacientes que pierden la cabeza. Yo he visto como se vuelven locas por un trago de agua debido a los efectos de la droga y las enfermeras se niegan a dárselos. He escuchado a mujeres rogar la noche entera por una gota de agua sin conseguir nada. Incluso yo pedí agua hasta que mi boca ya estaba tan seca como un pergamino y no podía hablar.

Vi la misma cosa con mis propios ojos en el Pabellón 7. Las pacientes solían rogar por un trago antes de retirarse, pero las enfermeras (la Srta. Hart y las otras) se rehusaban a abrir los baños para que pudieran saciar su sed.

 

 


 

[1] La “rope gang”, descrita en el capítulo XII, consistía en una cuerda larga de cincuenta y dos mujeres atadas por medio de cinturones de cuero alrededor de sus cinturas; cada una gritando, llorando o riendo, dependiendo de su delirio privado.

[2] Láudano: tintura alcohólica de opio mezclada con otras especias, cuyo ingrediente activo es la morfina, aunque también contiene trazos de codeína y narcotina. Se utilizaba en jarabes medicinales a lo largo del siglo XIX en Europa para tratar una sarta de malestares, desde dolor de dientes, tos y ansiedad, hasta tratamiento para cáncer y otras enfermedades terminales.

[3] The Retreat se refiere a la sección del instituto con celdas de confinamiento solitario.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
Nick Cave, imagen promocional. Matt Thorne

Un muerto no es lo mismo que un fantasma.

Christian Peña

No quería mirar por la ventana. No tuve el valor, creo. Necesitaba concentrarme en algo que me ayudara a sobrevivir en estos tiempos de incertidumbre, y se me hizo buena idea recurrir a los ídolos que, en el pasado, me enseñaron a enfrentar la vida. Así que pensé en la música de Nick Cave y los Bads Seeds, esas canciones cargadas de letras barrocas y rasgueos industriales de sintetizadores analógicos; aquellas que hablan sobre personas a punto de arruinar su vida, o la de alguien más. Los temas que eran cantados a gritos hacia un público aterrorizado para elevar su adrenalina. Esas letras siempre me parecieron las de un hombre que bailaba alrededor del cráter de un volcán activo, sorteando las llamaradas.

Me interesó echar un vistazo a sus últimas producciones, por eso del diablo y la vejez, así que reproduje el álbum de 2016, Skeleton Tree, y descubrí que en las canciones no se encuentran ni la rabia ni la habilidad melodramática para lanzar voces que disfruté en otros de sus discos, como si su música se hubiera disuelto en el aire y solo quedara dolor y confusión; y por encima de ambas cosas, mucha desesperanza. No parecían las melodías de un demonio, sino las de un hombre deshecho.

¿Qué le ocurrió a Nick Cave, en el transcurso de estos años, que lo dejó igual que un animal herido, el cual busca un rincón para esperar la muerte? Ni la adicción lo detuvo al abandonar su natal Australia para salir hacia Berlín junto a The Birthday Party; tampoco evitó que luego se mudara hacia Inglaterra, donde llegó a tocar junto a las bandas emergentes que cantaban en bares peligrosos: como Bauhaus, ellos dejaban el sarcófago por unas horas para acercarse al público; o como Siouxsie Sioux, quien invocaba magia muerta desde los escenarios.

Nick Cave fue un hombre que acabó tirado, en una ocasión, en un cuarto de hotel de una de las ciudades más peligrosas en nuestro país: Tijuana1; y que contaba haber sido adorado como un dios, en un pueblo mexicano, por traer una camisa de lamé verde 2.

Cave se enamoró, recayó en las drogas y volvió a surgir indemne. Hasta usó un bigote ridículo. En algunos discos como Tender Prey (1988) o Murder Ballads (1996), las canciones de Cave parecen postales que exponen el peor lado del ser humano: homicidios, suicidios, amenazas.

Internet respondió rápido a mis preguntas: Arthur Cave, uno de los gemelos que tuvo con Susie Bick, falleció al caer por un barranco tras consumir LSD3. Arthur tenía, apenas, dieciséis años. Fue una muerte que, en su momento, pudo haber tenido el mismo Cave en una de sus peores épocas.

Entonces sentí que en Skeleton Tree, Cave miraba hacia un abismo en el que todos, muchas veces, nos hemos encontrado: ¿con qué sintaxis podríamos intentar describir el agujero que queda cuando nos ha sido arrebatado alguien que formaba parte de nosotros, o de la manera en que nos relacionábamos con el mundo? Es por eso que, en los funerales, me dije, cuando se acercan nuestros amigos y compañeros de trabajo a brindarnos el pésame, sentimos que sus palabras no tienen peso, parecieran silenciosas. De la misma forma que cada ausencia de un ser amado señala el vacío desde el cual nos construimos, y nos formamos como personas; el que intentamos enterrar con mensajes de texto, con música, con alcohol o con trabajo; o, simplemente, al hacer planes sobre un futuro donde imaginamos que no habrá dolor.

Necesitaba fuerza, energía, no vulnerabilidad. Y si Cave no salió ileso de dicha pérdida, ¿cómo iba a poder hacerlo una persona común y corriente, como yo, ante lo que estamos viviendo?

De igual manera, me adentré en los discos esperando descubrir, aun así, una gota de fuerza escondida en algún compás. Me sorprendió lo que encontré: una oscuridad mayor a la que denotaba antes, con sus canciones sobre crímenes, una desesperanza más insondable. La primera canción (“Jesus alone) del álbum Skeleton Tree dice: You believe in God/ but you get no special dispensation for this believe now (crees en Dios/ pero no obtienes especial dispensación por esta creencia ahora).

Lo anterior contradice una línea de la canción “Into my arms”: I don’t believe in an interventionist god (no creo en un dios intervencionista).

 

Esto me pareció el giro de timón de un hombre que ha sufrido un impacto tan duro que en el fondo ya no le importa si cree o no en la divinidad, pues esta no estuvo cuando fue necesario. La composición, además, abre diciendo: You fell from the sky,/ crash landed in a field/ near the river Adur (caíste del cielo/ golpeando con un campo/ cerca del río Adur), y esto habla de un accidente aéreo ocurrido semanas después del fallecimiento de Arthur Cave, en el que 11 personas murieron tras la caída de un avión militar cerca del río Adur, en Inglaterra4.

Cuando uno está envuelto en pesares (ahí entiendo a Cave) siente que puede empatizar con cualquier dolor que aparezca en el camino. Por ejemplo, ¿cuántos sentimos, en estos días de irresolución, que nuestros problemas se encuentran amplificados en los cientos de noticias que nos bombardean?

Retrocedí en la discografía de Cave y escuché el disco anterior (Push de sky away, 2013). En este, encontré que su música ya se había vuelto más atmosférica, más cadente, como si flotara hacia un territorio donde la batería no marca el tiempo, y ni siquiera las letras parecen tener significado o sentido. Mas no era el fondo del pozo enmohecido desde donde cantaba en el Skeleton Tree: ahí solo se ve un círculo de luz, hacia arriba, una esperanza ajena, mientras se escuchan “Magneto”, canción que parece hablar sobre la fragmentación de la memoria ante el dolor o el trauma; o “Girl in amber”, que parece puntualizar lo mismo que dice Roberto Juarroz: “no tenemos lenguaje para los finales,/ para la caída del amor”.

Un par de tracks después, en “Distant sky”, el artista que años atrás exaltaba las emociones de su público a través de gritos guturales, de la misma manera que en un ritual pagano, se sentaba frente a un piano para decir: They told us our gods would outlive us, they told us our dreams would outlive us. But they lied (nos dijeron que nuestros dioses nos sobrevivirían. Nos dijeron que nuestros sueños nos sobrevivirían. Pero nos mintieron).

Entonces creí que no tenía caso pasar a Ghosteen (2019), el disco más reciente en la producción de Cave. Solo continuaría hundiéndome en el fango. A pesar de eso, entré en él esperando un segundo camino de canciones hirientes, filosas, de hiedra, como si necesitara sumergirme en lo más profundo para resurgir; sin embargo, el álbum me ayudó a encontrar una cuerda, en medio de la oscuridad húmeda del pozo, que servía para subir hacia la luz.

Ghosteen” significa, según todas las páginas que consulté, “fantasmita”; yo, de inicio, pensé en un fantasma adolescente. Arthur Cave caminando entre las canciones. Este es un álbum doble, donde el primer disco, compuesto por piezas cortas, son los hijos; mientras el segundo, compuesto por dos muy largas (y de puente, una recitada) son los padres5.

Hay dos imágenes que aparecieron, originalmente, en el Skeleton Tree y que acá regresaron: los niños elevándose hacia el sol (“Distant sky”) y la canción que gira (“Girl in amber”); mas también hay otras: caballos en llamas, Jesucristo yaciendo en los brazos de su madre, por ejemplo. En este trabajo, Cave rememora momentos en que bien pudiera estar hablando con su familia, en especial con su esposa, y, de pronto, el fantasma adolescente posee el cuerpo del padre en la canción “Ghosteen Speaks”: I am besides you. Look for me. Well, I think they’ve gathered here for me (Estoy a tu lado. Búscame. Bueno, creo que se han reunido aquí por mí).

Sin embargo, en las últimas tres piezas del segundo disco, Cave hace las paces, de alguna manera, con la pérdida: en el tema “Ghosteen” habla sobre la presencia y el recuerdo del hijo; hasta usa palabras que solo podría utilizar un padre para hablar con su pequeño, antes de decir que se puede amar algo que no puede sostenerse en la mano.

Después, en “Fireflies”, sentencia que solo somos luciérnagas encerradas en el frasco de un niño, donde no hay orden ni hay terreno medio, nada se puede predecir y nada puede ser planeado.

Finalmente, en “Hollywood”, hace el recuento de daños al hablar sobre un incendio en que animales huyen por un bosque hacia la playa y, para concluir, quizá en un momento de aceptación doloroso, narra la historia de Kisa, la mujer que corrió hacia Buda para pedirle que salvara a su hijo moribundo.

Buda le dijo que lo haría, si ella le llevaba una semilla de mostaza de algún hogar donde no hubiera muerto nadie. Kisa corre desesperada a buscar, pregunta en las casas del pueblo. En todos lados hay familiares perdidos. Finalmente se decide a enterrar a su hijo. “Es un largo camino para encontrar la paz mental”, susurra Cave con voz de falsete, en “Hollywood” .

Puedo imaginar a la familia tras la pérdida. El mundo continúa y uno no sabe hacía donde caminar: ¿en quién convertirse ahora que las cosas han perdido el orden que nos permitían avanzar?

Earl, el gemelo de Arthur, se volvió un individuo sin reflejo; Susie, ya solo era madre de una persona, y no se pudo mover de la cama durante varias semanas. Nick no terminaba ninguna de sus canciones. El fantasma adolescente continuaba a su lado, pidiéndoles que no superaran la situación, que continuaran sintiéndose mal, que no restructuraran sus emociones. Las exigencias de los Muertos suelen ser atroces: ya no forman parte de la vida, así que no tienen piedad. Pero quién habla no es el ser querido, con todas sus ideas y sus emociones, sino la sombra que imprimió en los recuerdos que, como música tocada sin auditorio, giran en la cabeza de los sobrevivientes: las charlas que quedaron a medias, los debates en los que nadie tuvo la razón.

Los fantasmas –más allá de su existencia real– embrujan a los vivos, convirtiéndolos en casas arrumbadas, llenas de recuerdos, que continúan en decadencia. Ya pasada la catástrofe, las emociones se quedan despedazadas en el suelo y uno se cansa de la lamentación.

Tras terminar de escuchar el disco, me quedé pensando en lo que ocurre en todas partes, en las personas que han muerto en las últimas semanas. Me dije que Cave tiene razón: nada puede ser predicho y nada puede ser planeado. No puede vivirse toda la vida en una casa embrujada, no podemos hacerle caso, con fervor, a los Muertos. En algún punto hay que trascenderlos. Esa es la esperanza del álbum Ghosteen: ni todo lo bueno lo es por siempre, ni tampoco lo malo: solo somos fotones lanzados de una estrella moribunda, dice Cave en “Fireflies”, luciérnagas atrapadas en la mano de un niño; y entonces, al pensar en esa frase, caigo en cuenta que tengo mucho sin ver una, y recuerdo que la última vez fue junto a una persona con quien ya no comparto mi vida; con quien, durante meses, cada noche antes de dormir, tenía una conversación imaginaria en la que le reprochaba todo lo que quedó al aire.

Abro la ventana y observo la calle: los coches ya empiezan a circular por la avenida, hacen fila en el semáforo, y la llenan de pitidos, de insultos, de smog. Las personas que alcanzo a ver caminan con vacilación, como si fueran escuchando a sus Muertos; sus mundos han estado en constante ebullición, no saben qué hacer. No sabemos, más bien. Ninguno de nosotros, en estos días, puede entregar una semilla de mostaza.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.