Ilustrador
Ray Patiño
(Ciudad de México, 1988) Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.
Seguí yendo a trabajar cuando muchos de mis contactos ya estaban refugiados en sus domicilios. Un día los jefes nos dieron a escoger: laborar desde casa o seguir en la oficina hasta que fuera obligatorio. Yo elegí quedarme en las instalaciones. Lo mío es la calle; desde muy joven viajé de aventón por gran parte del país, recorrí desde Tamaulipas hasta la frontera con Belice, malcomiendo en el camino, pernoctando en playas o en la batea de alguna camioneta. Me asfixiaba en mi casa.
Cuando visito reclusorios tengo la certeza de que no podría vivir en el encierro, viendo las mismas cuatro paredes durante largos periodos. La violencia y el hacinamiento, lo veo como algo menor. El aislamiento te va acabando, destruyendo la salud mental y física. Cuando veo a internos haciendo hasta 800 lagartijas por día, los comparo de inmediato con los pobres leones de los zoológicos, dando y dando vueltas en miserables fosos de cemento. Lo que mata es el encierro y yo moriría por él.
Alguna vez leí sobre las condiciones de existencia infrahumana en los reclusorios de alta seguridad. Desamparo absoluto, no hablar con nadie, revisiones nocturnas cada hora, siempre mirando hacia una luz que te vigila. Como única diversión, una hora al día en un patio lamentable, sin plantas, siempre cuidado por un custodio al cual no le puedes ver a la cara.
Fase 2
Cuando regresaba a casa luego del trabajo, hacía todo un ritual de limpieza, consistía en quitarme la ropa, ponerme unos huaraches, correr al baño a lavarme manos, brazos y rostro. Después de esto podía sentirme tranquilo. Mi esposa y yo sufrimos mucho con las enfermedades respiratorias, así que tratamos de mantenernos sanos porque seguramente habría complicaciones. Yo tuve influenza H1N1 , recién fui contratado apenas hacía unos meses en una librería, y hubiera muerto de no ser porque estaba dado de alta en el seguro social. Me atendieron en un médico particular. Pese a que ya me había acabado el tratamiento y la temperatura no amainaba, insistí en que era una gripa común.
Cuando me vio la doctora del IMSS, de inmediato me diagnosticó influenza . Acabé confinando en mi sala, con altas temperaturas y con dolor constante en los pulmones. Mi mujer se convirtió en mi enfermera. Tomamos muchas precauciones y ella no se infectó; por esa razón, tenemos miedo de contagiarnos.
En la noche, cuando regresaba a casa, me “enfermaba” de coronavirus y temía, incluso, besar a mi esposa. Tenía los síntomas: dificultad al respirar, cansancio y hasta sentía temperatura. Todo estaba en mi cabeza. Limpiaba compulsivamente cada rincón, celular, monedas, billetes, cualquier cosa para acabar con el virus. Si me enfermaba de verdad, no había problema, podría resistir otra vez la temperatura arriba de 40 grados, los dolores de cabeza y la tos que dejaba lastimado el estómago, como cuando tuve influenza. Lo que no sería capaz de soportar era transmitir el COVID-19 a Berenice.
Cuando nos dijeron que ya debíamos laborar desde casa, entendí que no había vuelta atrás. Años antes, hubiera agradecido el tiempo fuera; ahora, con pagos y deudas, me daba miedo. La vida de equilibrista de un tipo de clase media es muy endeble, en cualquier momento puedes caer. Claro, hasta que conoces la de otros menos privilegiados. Por ejemplo, en el camino al mercado, hay unos que apenas sobreviven: la señora de las tortillas que diario viene desde Toluca , el del queso y nopales que se para un rato frente al supermercado, el de las obleas y alegrías que, por irónico que parezca, te regala una mirada de infinita tristeza cada vez que te ofrece sus dulces.
En casa
Una vez en confinamiento , luego de la sesión de Zoom con las compañeras de la oficina y de saber que la reducción del salario no sería tan grave como pensábamos, comencé a tranquilizarme y a conocer a mis vecinos por completo. En mi edifico nadie canta Cielito lindo , no hay músicos esplendorosos que den conciertos desde su balcón, o una soprano que nos deleite con su voz. Los residentes son ordinarios: un hombre que hace su mandado en el OXXO; una madre soltera que cuida, sin mucha suerte, a sus tres hijos -una de ellas con una bebe- para que no vuelvan a caer en las drogas; una alcohólica con un tremendo dóberman que canceló las ventanas que daban al cubo de luz y una dicharachera vecina que lleva más de 20 años evitando que el edificio se caiga a pedazos.
Si usualmente uno sale a las seis de la mañana y regresa hasta las siete de la tarde a casa, desconoce los sonidos de los demás. Pronto me fui familiarizando no solo con los de mis condóminos, sino con los de junto, una construcción que cuando nueva debió ser residencial y bella, pero que ahora es una desgracia, parchada y pintarrajeada por igual.
Cada tanto tiempo, suena la bomba de agua, cada tanto tiempo la vecina de arriba, doña Trapitos (la apodé así porque siempre está lavando un trapito en la azotea), arrastra una silla y sacude una cobija o un mantel. Cada tanto tiempo, alguien acciona una licuadora, otro grita “gas”; una mujer, “agua”; otro, “basura”. Cada tanto tiempo alguien canta, arranca un auto, suena una alarma o golpea en las paredes. Lo sorprendente es cuando no hay ruido, cuando puedes oír el sonido de tus pasos sobre la duela vieja, cuando escuchas a los pájaros en los árboles. Es como si en determinado horario se pusieran de acuerdo para callarse.
Mi mujer y yo podemos pasar un buen rato sin hablar, estando juntos, solamente eso. Hace unos días ella me preguntó: ¿y si un día nos quedamos sin nada que platicar? Yo me reí. Siempre tenemos algo que charlar. Estando encerrados a veces, como una especie de acuerdo tácito, nos vamos a sitios separados y nos ignoramos. Para controlar mi ansiedad por el encierro, me compré desde hace semanas un bote gigante de pintura, así que he sacado todos mis libros y ahora pinto los libreros. Ella lee en silencio o se carcajea de las cosas que ve en redes.
A veces pienso que más que escritor me hubiera gustado ser carpintero o pintor de brocha gorda. Intenté ser pescador, pero es una vida muy dura. Lanzar la atarraya era difícil, aunque me agradaba la soledad de la lancha. Estuve unos días tratando, con un señor y su hijo cerca de Costa esmeralda en Veracruz ; sin embargo, el lanchero me dijo, muy sabio, que no iba a aprender porque no tenía verdadera necesidad.
Los vecinos mitigan el encierro como pueden. Una se volvió la celadora del edificio y se dedica a vigilar quién entra y quién sale. Uno hace rondines de su departamento a la esquina y viceversa. Alguno más llora cada tanto con Vicente Fernández . Otro, casi siempre, a la hora de la comida, cuando el calor comienza a bajar y el aire tibio se cuela por mi ventana, pone a la Fania y una selección los mejores salseros. Abre su ventana, sube el volumen a niveles aceptables y luego de un rato, apaga el sonido. He estado tentado a gritarle y felicitarlo por su buen gusto. Alguien ha decidido martillar pasadas las ocho de la noche.
En la red la gente hace de todo por paliar el aburrimiento. Se graban haciendo yoga, leyendo poesía, suben memes; unos prefieren discutir con sus conocidos sobre la realidad del país, no importando que acaben amistades. Otros más nos quejamos una y otra vez, como un mantra.
La azotea
Cuando veo las azoteas de mis contactos sueño con tener una así. Ahora les dicen Roof Garden , con esa manía tan de ahora de llamar a lo de siempre con un nombre en inglés. Nuestra terraza es un campo de guerra. Una cuarta parte está tomada por un tipo y su esposa que dicen son los que cuidan el edificio. Otra cuarta parte está enrejada por alguna vecina que ni vive en el edificio; la otra mitad es libre, pero se siente raro llegar ahí y ver el cielo. Es como arribar un sitio que no es tuyo, aunque debería ser comunal. Es el lugar de mi vecina alegre, quien impermeabilizó de su bolsa ese pedazo. Ahí cuelga su ropa y deja que algunos vecinos lo hagan también, aunque pocos le toman la palabra. Yo incluido.
El piso es rojo y tiene como puerta de entrada una pequeña reja. En ese páramo de tranquilidad de vez en vez, el camaleón de una inquilina, toma el sol. Ahí está el reptil, tirado cual largo es, contrastando su verde deslavado con el rojo intenso del piso. Cuando subo, las sabanas de mi vecina feliz ondean siempre al viento, similar a las velas de un barco. Tiene un raro gusto por las plantas. A mi abuela le gustaban los malvones rojos, rosas y naranjas. Mi vecina feliz tiene sábilas, helechos y muchos cactus. Es como estar en un desierto de cemento.
Las plantas están sembradas en cubetas, botes de pinturas viejas y cazuelas. Son casi treinta plantas diseminadas por su pedazo de azotea, como una especie de jardín que apenas si necesita agua.
Fotografía por Iván Frías.
Mi vecina feliz
Tiene más de sesenta años así que su hija, con la que vive, no la deja salir. Una vez vino a tocarme a la casa con un pretexto simplón, para luego contarme que su retoño no sabía ni escoger jitomates. Se quejó amargamente de que le había traído unos aguacates golpeados y que el pollo seguro era de supermercado porque estaba muy amarillo.
—Muy estudiada, pero no sabe escoger ni la verdura. —dijo entre queja y desahogo. Luego siguió contándome que no sabía que iba a hacer porque la alberca a la que iba ya la habían cerrado y se sentía un poco adolorida de no hacer ejercicio.
La dejo hablar porque me gusta escuchar a las señoras mayores. Siempre lo he hecho, encuentro algo de sabiduría en ellas, un conocimiento de la vida práctica. Giorgio Agamben , Slavoj Žižek , Byung-Chul HAN y demás se quedarían callados ante las certezas de mi vecina feliz.
Muchas señoras mayores ya no tienen miedo a la vida, al que dirán. Ella es de esas, no quiere escuchar órdenes o indicaciones, porque durante años las ha seguido y ahora sabe qué funciona o no.
En su piso tiene un pequeño jardín con geranios y helechos. Yo, gracias a su influencia, intenté hacer el mío con seis plantas, un par de espadas de San Jorge, una palma, un ficus y dos que se murieron a la primera semana. Un día vi que las plantas estaban recién regadas, le pregunté a Berenice si ella lo había hecho, me dijo que no. Cuando tuve oportunidad le pregunté a mi vecina. Ella me dio un tremendo regaño, me advirtió que no sabía cuidarlas, que faltaba remover las hojas secas, que pusiera cascarones de huevo en la tierra, que a algunas les faltaba un palo para que estuvieran derechas.
Hace poco subí a colgar mi ropa y la encontré viendo sus plantas de azotea. Ella lleva ya casi mes y medio encerrada en el edificio. No sale para nada, sin embargo se ve relajada, tranquila, con mucha fuerza, tanta como para trapear las escaleras del edificio, como lo hizo la semana pasada, o para subir a lavar a mano su ropa. Supongo que no necesita hacer directos en Instagram ni poner largos estados sobre la situación del país en Facebook. Es más, no sabe ni qué es el WhatsApp . Tenemos un grupo en esa red y ella, claro, no aparece.
—¿Cómo estás? —me pregunta seca como es.
—Bien —respondo. Sabiendo que su pregunta es retórica. Desde hace unos días mi vecina alegre es con la única persona, fuera de mi mujer, con la que hablo.
Me dice algo de unos vecinos de abajo, me cuenta sobre un familiar enfermo. Evita ver las noticias, no le interesan, no quiere saber nada además de sus plantas en la azotea y solucionar los problemas del edificio. Es como una especie de sensei que vive el momento, le importa poco el pasado y el futuro.
Platicamos un rato, justo cuando llega a la puerta para bajar a su piso, se voltea y me quiere decir algo más; pero no sabe hablar de otra forma que no sean órdenes. Me dice: nunca sacas tu ropa a tender, la ropa necesita sol, más las sábanas. Qué bueno que ya subes a colgarla. Yo también subo a esta hora.
Sé que esto último es una invitación para subir a platicar.
—Me saludas a tu esposa. Nos vemos luego.
—Nos vemos, —respondo. Pero ella ya no me escucha. Baja por las escaleras, dejándome en el solazo, junto a sus plantas de azotea.
Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Curvatura de Marte. NASA.
Contrario a lo que uno podría imaginar, una sensación de vacío aborda a los astronautas no mientras están en órbita, sino cuando regresan a la Tierra. Es lugar común en sus testimonios posteriores que, de vuelta en casa, los viajeros espaciales sienten que su vida ha llegado a una cumbre desde la cual es muy difícil dotar de sentido su pasado o su futuro. Parece que los astronautas que logran regresar viven en un nuevo calendario que se estructura a partir de los aniversarios del viaje. Quizá se trata de una triste fortuna, como todas las promesas al final del arcoíris, pero ese vacío existencial dista mucho de ofrecer las explicaciones sobre la vida en la Tierra que la humanidad ha buscado durante siglos en el cielo nocturno. ¿Qué pasaría, sin embargo, si el viaje espacial no tuviera un regreso? Si el plan, de entrada, fuera partir para no volver.
Ése es el objetivo actual de Elon Musk, empresario conocido por sus opiniones excéntricas y el éxito de aplicaciones como PayPal. Hace más de diez años inició una compañía privada que tiene entre sus misiones desarrollar naves reutilizables y reducir al mínimo los costos de los viajes espaciales: SpaceX.
Musk es un empresario fuera de lo común que muy temprano identificó la importancia de crear un personaje que sostenga una visión gentil de sí mismo y oculte sus complejidades. Es sabido, por ejemplo, que su fascinación por el carácter ficticio Iron Man lo impulsó a diseñar una casa que pueda ser operada por inteligencia artifical. La obra de las hermanas Wachowski (creadoras de la saga Matrix ) ha marcado sus ideas del desarrollo tecnológica al punto de declarar que es muy probable que vivamos en una simulación. Recientemente el bautizo de su hijo se volvió una noticia internacional por la peculiar elección de nombre. El bebé que concibió con la música experimental Grimes se llama X Æ A-12 , ¿palabra? en la que cada uno de los signos se corresponde con una idea del matrimonio: “X” es la expresión de una incógnita en lenguaje matemático; “Æ” es una variación “élfica” de las iniciales “AI”, que significa “amor y/o inteligencia artificial”; “A-12” es el nombre del modelo de avión favorito de la pareja. Finalmente “A” es la inicial de “Arcangel”, la canción favorita de Grimes.
A pesar de su excentricidad, Musk es uno de los empresarios más poderosos del planeta. Dos de sus creaciones aseguran el bienestar económico de su progenie por varias generaciones: la compañía PayPal, creada para realizar pagos en línea y la empresa Tesla, de diseño de transportes y otro tipo de máquinas (cargadores, pilas, etcétera), que puedan funcionar sólo con energía solar (es decir, independientes de combustibles fósiles).
Pareciera que ambos proyectos abogan por la transición hacia formas de vidas autosustentables, al reducir por ejemplo la huella de carbono que imprimen los centros de abasto comercial y la transportación en vehículos que funcionan con gasolina; sin embargo, otros de sus proyectos (como es el caso de SpaceX) refuerzan una desigualdad social en la que sólo aquellos con suficiente capital financiero pueden acceder a una mejor calidad de vida. Una de sus misiones espaciales está dirigida a brindar un servicio de internet de banda ancha a lugares remotos de la Tierra, mientras que otra presupone la extinción del planeta y persigue crear un refugio extraterrestre.
En 2016 Musk expuso en la ciudad mexicana de Guadalajara, durante el Congreso Internacional Aeronáutico, su proyecto de colonizar Marte. Para él una misión al cuarto planeta del Sistema Solar podría significar un seguro contra la extinción en la Tierra. Si la vida humana está destinada a terminar en unos cuantos cientos de años en caso de que el calentamiento global continúe el vertiginoso camino que mantiene hasta ahora, es necesario encontrar nuevos territorios que ofrezcan otro panorama. Con sus condiciones actuales, sin embargo, Marte no es un lugar en el que una persona pueda sobrevivir siquiera a una caminata sin protección específicamente diseñada para ese propósito, en menos de un minuto la sangre se evaporaría y, aun contando con el material, lo más probable es que las feroces tormentas de arena y la radiación cósmica serían suficientes para reducir la vida a una estancia claustrofóbica en una cueva subterránea.
Según Musk ese contexto no sería un problema en sí. Sus cálculos apuntan que para el año 2040 es probable que al menos un millar de personas esté dispuesta a pagar una cantidad cercana a medio millón de dólares por cabeza para emprender el viaje sin retorno: “Tendrás que ahorrar todo tu dinero y vender todo lo que tienes, como los pioneros que fundaron las primeras colonias estadounidenses”, dijo en una entrevista con Ross Andersen. Dadas las condiciones de vida previsibles en el planeta rojo, es probable que los colonos entraran en tal conflicto entre ellos que la civilización marciana terminaría por autodestruirse antes de alcanzar cualquier clase de bienestar. Sin embargo, el empresario futurista avanzó recientemente en la dirección deseada con el vuelo de Falcon 9, el primer cohete reutilizable para el transporte de personas y materiales a la órbita terrestre y más allá. El 30 de mayo de 2020 la nave Crew Dragon partió del Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida rumbo a la Estación Espacial Internacional, que ha permanecido habitada y en órbita por distintos grupos humanos desde el 2010.
En plena pandemia y desde un país que ya suma más de 100 mil muertes por Covid-19, el presidente de los Estados Unidos presenció el despegue de la tripulación de una nave diseñada con fines estrictamente comerciales. Se trató, a decir verdad, de una puesta en escena absurda en la que una crisis de la vida en la Tierra promete resolverse expandiendo la lógica colonizadora que nos ha traído a este punto hacia el espacio exterior. Es sabido que la aceleración del desarrollo tecnológico iniciado en la Revolución industrial fue la semilla del problema actual de emisiones de gases producidos por combustiones fósiles, que ha aniquilado gran parte de la vida animal y vegetal; por otro lado, a estas alturas de la historia también resulta evidente que el ímpetu imperialista del siglo XVI, cuya lógica axial fue imponer unas formas de vida sobre otras es el responsable de los genocidios y los crímenes de lesa humanidad más devastadores.
Hay una anécdota en la historia de nuestro continente que ilustra bien este punto. En 1595, el insigne pirata sir William Raleigh presentó ante la corona inglesa una crónica ilustrativa de la ambición que los movió a él y a sus hombres a adentrarse por ríos amazónicos y perderse en conversaciones a medio traducir con los nativos para encontrar un lugar construido enteramente de oro. Entre su discurso enfocado en promover la avaricia puede distinguirse también la sorpresa radical de aquel que ha logrado exceder los límites de sus contemporáneos. Se trataba de convencer a la audiencia de que había un mundo nuevo , que ya había sido pálidamente adivinado en textos mitológicos que hablaban, por ejemplo, de mujeres guerreras y ciudades construidas con puro oro.
Las descripciones de los frutos nunca antes vistos por los europeos y la geografía laberíntica de los ríos amazónicos se corresponde con un afán meramente descriptivo (naturalista, precientífico), pero también con el esfuerzo de persuadir a la Corona de invadir las tierras americanas para su explotación. El oro, las piedras preciosas y la fecundidad de la tierra parecían haber sido dispuestas entre gente noble e ingenua para la llegada de los europeos que finalmente sabrían darles el mejor uso para enriquecer al hombre. ¿No es ésta una lógica similar a la que promueve Elon Musk con sus planes de colonizar Marte?
Pareciera que la ingeniería espacial hubiera alcanzado un nuevo culmen en la construcción de naves reutilizables que podrían asegurar un futuro extraterrestre para la humanidad. Si bien lo que sabemos de Marte no lo pinta como ningún Jardín de las Delicias, sino como un paisaje propio de las descripciones infernales de Dante, da la impresión que el nivel de hostilidad de su ambiente es proporcional al nivel de superación de la raza humana. La misma idea de progreso que nos ha traído a este momento preapocalíptico de la humanidad continúa su narrativa hacia dar por sentado que la Tierra muy pronto (¿100, 500 años?) dejará de ser un lugar útil para la vida. Por eso mismo es necesario invertir todos los recursos posibles en sobrevivir en un entorno extraplanetario.
Es cierto que la sustitución de los combustibles fósiles por energías renovables (como la energía solar) es uno de los objetivos de su compañía Tesla y que incluso se prevé que los cohetes de SpaceX puedan funcionar con grandes páneles solares en un futuro; sin embargo, eso no necesariamente implica que la vida en la Tierra (o en Marte) vaya a mejorar. La estructura económica y social en la que se están desarrollando los proyectos de Musk no parece ser distinta a la que nos ha traído al momento actual de crisis. La historia de la “carrera espacial” siempre ha tenido como trasfondo una competencia de tecnología bélica y aún hay cuentas pendientes sobre la relación entre la Guerra Fría y, digamos, la llegada a la Luna. De continuar el desarrollo tecnológico sin acuerdos internacionales o sin organismos de control independientes: ¿Quién regularía un uso bélico de estas nuevas tecnologías? ¿Qué sucedería si un solo país (que es de hecho el responsable de una cuarta parte de la contaminación ambiental a nivel mundial) llegara a poseer el monopolio de los tickets de salida para Marte? ¿Quiénes tendrán derecho a salvarse y quiénes no? ¿Un planeta sería la extensión de una nación?
El plan de SpaceX ha logrado tal nivel de aceptación en el imaginario actual que existen simulaciones montadas con el fin de preparar al ser humano para vivir en otro planeta. Un proyecto arquitectónico llamado “Mars 2117” en Dubái está enfocado en construir una ciudad apta para funcionar en el planeta rojo. Con una inversión de más de 140 millones de dólares, el grupo empresarial Big-Bjarke Ingels trabaja actualmente en hacer de este simulacro algo verosímil.
Aunque hasta el momento no se han encontrado rastros de vida en Marte, la colonización de este nuevo territorio tendría implicaciones funestas. No falta hacer una búsqueda exhaustiva para comprobar que existen problemas más acuciantes que un cambio de escenario para perpetuar cualquier forma de vida. La desigualdad económica y el colapso de las instituciones modernas dentro de los Estados han alcanzado una nueva expresión durante una pandemia viral que no se había visto en un siglo. El antecedente más cercano fue la gripe española de 1918, año que para muchos lugares de América fue más letal por la enfermedad que por la Primera Guerra Mundial. Es quizá precisamente la coincidencia entre el pico más cruel de la pandemia y el lanzamiento de Crew Dragon lo que vuelve todo este panorama más aterrador.
A principios del siglo XX, la experiencia humana seguía un ritmo más pausado que el actual debido, principalmente, a los grandes hitos en transportes y medios de comunicación que ocurrieron a lo largo de la centuria; sin embargo, muchas personas tienen hoy una vivencia muy similar a la que tendría alguien en aquella época: los usuarios de trenes subterráneos, por ejemplo, muchas veces invierten una cantidad de tiempo en realizar un recorrido igual a la que les tomaría hacerlo a pie por el atraso de las partidas y por la cantidad de gente que hay en horas pico. Podría decirse que en ambos momentos históricos (y quizá más acentuadamente ahora) el factor que realmente hace una diferencia en la vida cotidiana es el poder adquisitivo y la pertenencia a una cierta clase social. Esta conclusión es una vieja conocida del género de cierta veta de la ciencia ficción: no importa qué tan avanzada llegue a estar la tecnología o que tan viable sea expandir la raza humana a otros planetas, la lucha de clases seguirá siendo el motor más profundo de la sociedad.
Ursula K. Le Guin, que se cuenta entre las autoras más notablemente optimistas a la hora de imaginar futuros posibles, describió en su novela The Dispossessed (1974) a una sociedad anarquista que sobrevive gracias a una cultura basada en compartir los muy escasos recursos a su alcance. En Anarres, la luna de donde emprende un viaje un filósofo matemático llamado Shevek, el lenguaje ha sido modificado de manera tal que no se emplean pronombres o adjetivos posesivos, sino que para decir que algo es “de alguien” se nombran las relaciones de uso que la persona tiene con el objeto. De tal forma que el právico es un idioma en el que no tiene cabida la posesión y, al desarticular este concepto desde la lingüística la vida adquiere otro sentido. Detrás de este principio subyace la tesis del lingüista Benjamin Whorf, que a su vez la atribuye a Edward Sapir, de que la estructura y la manera en que opera una lengua determinan en gran medida la visión de mundo de sus hablantes. Aunque esta teoría data de la década de 1950 y ha tenido sus retractores, la puesta en práctica de Le Guin permite analizar la posibilidad de habitar un mundo diferente si se reorganiza la manera de jerarquizar los conceptos más cotidianos y, por tanto, invisibles. Digamos que la dinámica que estructura la sociedad y la cultura en Anarres es relacional, es decir, está basada en los vínculos que tienen las personas entre sí y con los objetos.
Por extraño que pueda sonar, el mundo utópico que Le Guin ideó como un posicionamiento contra la Guerra de Vietnam tiene una resonancia abrumadora en los discursos de filósofos mixes como Floriberto Díaz, que postuló en sus escritos a lo largo de 1990 el “tequio” como principal forma de organización política en comunidades de la sierra en Oaxaca. Este modo de organización implica una visión del trabajo como la capacidad del hombre para transformar a la naturaleza dentro de un contexto comunitario en el que distintos grupos de personas se concentran en realizar una tarea para el bien de todos y después disfrutan de los beneficios en conjunto. Se trata de dotar de importancia a los procesos y no a los productos.
En ambos casos, el literario y el político, es posible imaginar nuevas formas de relacionarse entre sí y con el entorno que no necesariamente conlleven a la acumulación en manos de unos cuantos y la escasez para la mayoría. Los esfuerzos actuales para posibilitar una vida fuera de la Tierra han requerido dirigir todas las miras en perpetuar la misma lógica de explotación, en la que la energía de trabajo de los obreros termina transformada en la riqueza acumulada de los dueños.
Elon Musk no tiene en mente una utopía anarquista para habitar Marte, sino un grupo de clientes que puedan pagar por este nuevo servicio a precios exorbitantes : salir de una Tierra en la que la enfermedad, el deterioro ambiental y el desequilibrio climático pronto harán imposible continuar el mismo ritmo desenfrenado de producción y acumulación. Martin Ross y Jim Vedda, ingenieros de la corporación Aerospace, alertaron desde 2018 que debía estudiarse con mayor detenimiento el tipo de daño que generan los cohetes en la atmósfera durante su despegue, tras observar que cantidades importantes de “black carbon” y de unas partículas muy nocivas llamadas “alúmina” se esparcen en la estratósfera y en la capa de ozono, cuya principal función es reflejar de vuelta los rayos ultravioleta emitidos por el Sol. Podría ser entonces que la creciente oferta comercial de viajes espaciales, que supuestamente busca preservar la vida en caso de que la Tierra deje de ser habitable, esté acelerando precisamente su deterioro. Actualmente hay entre ochenta y noventa despegues al año; sin embargo esta industria podría aumentar exponencialmente sin una legislación que la regule y, en tal escenario, el deterioro causado sería relevante a escala mundial.
Más allá de vigilar el desarrollo de esta nueva amenaza global y de seguir demandando el cese total de la producción basada en combustibles fósiles, tal vez el seguro más inmediato contra la extinción sea atender las relaciones de uso y colaboración que dominan las interacciones de nuestra vida diaria. Librar esta batalla en la forma de comunicarnos y de referirnos a los objetos que nos rodean quizás sea el único paso que prácticamente cualquiera podría dar en esa dirección. Si la vida dejara de ser posible en la Tierra también lo sería en cualquier otro contexto mientras perduren las mismas formas de relacionarnos. No hace falta esperar para comprobarlo, a menos de 100 kilómetros de donde sea que te encuentres, lector, hay personas viviendo en condiciones que vuelven inútil toda pregunta por el futuro.
Autores
(Ciudad de México, 1989) es egresada de la UNAM y doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Trabajó como consultora lingüística en la Academia Mexicana de la Lengua y como asistente de investigación en el Conacyt. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas. Desde 2018 es Jefa de Redacción de la
Revista de la Universidad de México .
Señales de ruta (Herring Publisher, 2019) es un texto escrito por Andrés Paniagua y César Campos, editado por Oliver Herring y Oswaldo García. Digo texto para eludir afirmarlo como libro, ensayo, poema o cuento. El texto pide, antes de ser leído, que te detengas a pensar qué hacer con él. Cómo hacerlo, pues leer como el acto lineal aprendido en la educación primaria queda suspendido en primera instancia. Por eso mismo es difícil escribir sobre un libro que no puedes hojear. Hacer una reseña sobre una serie de textos que no son unidos ni por el encuadernado del libro. Creo que nuestra forma de entender el fenómeno literario está centrada en la idea de unidad: uno comienza a poder hablar sobre un poema cuando lo logra ver como un todo, en eso consiste el trabajo hermenéutico, en concebir a la obra y al autor como un sistema cerrado.
El objeto del que queremos hablar es un rectángulo blanco que pesa 87.5 gramos y mide 14.3 x 10 x 1.2 cm. Dentro contiene tarjetas impresas por los dos lados. Para manipular este objeto debes sacar las tarjetas y dejar la caja rectangular de lado. Por torpeza se te pueden caer y quedar esparcidas y desordenadas. No importa. Se puede comenzar a leer desde ese lío. También puedes colocarlas en una superficie y pasar las tarjetas una por una hacia la izquierda siguiendo el orden propuesto por sus autores.
Para ambos casos, las fichas están numeradas consecutivamente pero eso es una falla en lo que propone el objeto textual, pues regresa a imponer un orden preconcebido que para el texto no es necesario. Desde sus contenidos se propone como una escritura contingente. Fue escrito por correo desde el trabajo y lo acompañan reflexiones sobre la ambigüedad de las certezas. Por eso no es casual la elección del formato fichero que abre las formas de lectura y límites de lo que sería un libro. Pero tampoco es un trabajo radical: el fichero es un gesto que recuerda tradiciones experimentales hispanoamericanas, pero Señales de ruta no se define por el fichero. Ahí se queda flojo, pues me parece que o tomas la experimentación y te dejas ir o numeras las páginas y haces un libro, no ambas.
Retomando la idea inicial que construye los saberes en unidades, ha habido también casos en que se quiere luchar contra ello. No es que sea malo que los conocimientos del hombre
recaigan en libros con un orden unitario, pero ciertamente homogeniza las formas en que se puede conocer y expresar.
Recientemente se publicó en México el proyecto Permanente obra negra (Sexto piso, 2019) de Vivian Abenshushan. Este libro es varios libros y a veces deja de ser un libro pero sí es un libro. Se publicó en tres formatos, como libro-libro, como libro suajado y como fichero. A éste lo atraviesan retazos, citas, escritura dispersa sobre el trabajo no remunerado de los escritores fantasmas o negros literarios como antaño se les nombraba, reflexiones sobre escrituras conceptuales de América latina y Europa. No hay relación entre estos dos ficheros más que el espíritu del que encarnan.
Como un eco aparece el fantasma de Walter Benjamin con su Libro de los Pasajes , trabajo inconcluso que consiste únicamente en una compilación de citas en cuatro idiomas sobre documentos y teorías del capitalismo en el París del siglo XIX. Existe la especulación de que éste iba a ser un ensayo formal y que por el contexto de la Segunda Guerra Mundial y la muerte del autor quedó inconclusa, lo cierto es que es un archivo de citas y comentarios dispersos. En él yace una teoría sobre el conocimiento de la historia desde los fragmentos olvidados. Lo cual recobra sentido con las hojas con citas que Bejamin dejó.
Para Señales de ruta este libro es importante, pero también el espíritu anarco-punk de las cartoneras latinoamericanas. Ediciones en las que lo importante es que los libros salgan y circulen. Editar rápido. Imprimir como fichero es también un asunto económico, pues es más barato imprimir fichas que armar libros y encuadernarlos. No parece una edición cartonera por la fina manufactura de la editorial queretana Herring Publisher pero bebe de esa idea.
Estamos frente a un texto repartido en fichas numeradas por corrección política o error, dos autores y una caja. Decidamos leer como Rayuela , siguiendo el orden propuesto o sacándolas al azar; hay una experiencia que reclama ser abierta. A pesar de la continuación innegable de nuestra mente al momento de leer cualquier cosa, no hay un sentido cabal en el texto y formalmente tiene algo de político. La forma dice algo sobre el contenido: te obliga a pensarla para poder entrar.
Ahora al interior de la caja. Los textos son poesía, no por la forma sino por su desconocimiento de las lógicas normalizadas del mundo. No importa mucho qué se dice sino
que lo que se está diciendo nos hace ver, oír y pensar el lenguaje. Después de todo, qué es la poesía sino ir hacia el lenguaje.
Los trozos de lenguaje tienen un tono directo, íntimo, casi confidencial. No como testimonio político o de una intimidad feroz como los diarios pero parten de que sabemos de lo que estamos hablando. Eso pretenden. Recordemos que materialmente cada uno de los textos fue escrito por correo electrónico teniendo como destinatario al otro escritor. De Andrés Paniagua para César Campos y de César Campos para Andrés Paniagua. Asistimos a una amistad que por error o por astucia podemos leer.
Dice una de las primeras fichas:
“A partir de ahora la tarea puede entenderse como la caza de un salmón.
Alguien allá afuera se confunde y arponea las olas.
Mientras tanto, en la cabina el relator del viaje se dedica a transcribir los bramidos de los peces (11).”
No sé ustedes, pero yo no estoy ahí. Me gustaría estarlo, eso sí. ¿Cuál tarea, cuál salmón?, ¿Quién me está diciendo qué?, no creo que los peces braman pero imaginar ese sonido se me antoja. Me parece que no hay respuestas pero a través de las fichas formamos una comunidad imaginaria, participamos de un diálogo con sus códigos secretos, sus misiones e incertidumbres. El efecto es el de un cadáver exquisito, ese experimento vanguardista donde uno dice lo que sea a partir de lo que sea que el otro escribió. Sin embargo hay motivos y repeticiones.
El salmón reaparece como alegoría de las posibilidades del silencio. El salto del salmón en el agua como esa tos azarosa que podemos no escuchar. La idea de casa es constante para derivar y pensar los límites de lo habitable y como lugar de exhibición. Una casa es un cubo blanco, el texto que conforma Señales de ruta está en una caja blanca, ambas formas de habitar en comunidad. La casa nos recuerda también a la precariedad y las constantes mudanzas de nuestra generación sin prestaciones laborales.
Entonces César Campos, Andrés Paniagua, Oliver Herring y Oswaldo García como por azar crearon un raro objeto literario. Se ha hablado de hacer otra edición pero normal: como libro.
Perdería la ambigüedad y los leves riesgos de ésta, pero la experiencia de perderse en una comunidad a la que eres momentáneamente bienvenido permanecería.
Señales de ruta no concluye ni cierra nada, es acaso un proyecto que tensiona el deber ser de un texto legible, el diálogo a susurros de un canon poético imaginario en el que desfila Juan de Dios Martínez y Mario Montalbetti, una confesión sobre modos de vida y una profunda amistad que se cimienta en el lenguaje. Su tema es quizás la confesión y el desvío, el método, los guiños blandos a lo experimental. Nos exponen a una sesión, quizá no lo pensaron así, pero el libro es una transferencia: aquel intercambio entre inconscientes en que se juega el miedo; los deseos mediante lo expresivo. Si lo pensamos así, que tal vez sea desviarse mucho, la forma no podría ser otra sino el de la carta clausurada: notas íntimas dirigidas a quien se acerque.
Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Tocas la pantalla y se abre la aplicación. Tocas un botón más, en el centro, para comenzar tu jornada laboral. Estás en línea. Una ansiosa viborita negra que va de izquierda a derecha simula estar ocupada en buscarte tu primer viaje del día. En la pantalla aparece el mapa delimitado de la zona donde vives. Eres una flecha sobredimensionada que cintila sobre el mapa y eso te hace sentir importante. Un número en la esquina señala la bonificación del día y de la hora. En las horas pico ganas a veces hasta el doble por entrega y es mejor que aproveches que la demanda se incrementa y precisan de tu fuerza de trabajo.
Cansada de la academia, renuncié a mi trabajo fijo como profesora universitaria en California el pasado diciembre. Me mudé y comencé a estudiar psicología clínica. Desde enero, dependía de un trabajo temporal dando clases de español y escritura en la universidad en la que también estudio, pero tras la crisis económica provocada por la pandemia del Covid-19 no me ofrecieron dar más clases. Hace tres meses que no tengo trabajo pero la renta tiene que pagarse y tengo que comer. Dadas las circunstancias de la pandemia, no hay mucho que una doctora en letras pueda hacer: el tipo de “trabajadores esenciales” que se necesitan ante la crisis no son intelectuales. He solicitado decenas de trabajos sin respuesta. Para sobrevivir, a partir de marzo decidí explorar diferentes trabajos en la llamada “gig economy” (economía de los trabajos esporádicos o, en mi traducción más coloquial, “economía de las chambitas”). Una semana después de descargar varias aplicaciones en mi teléfono y solicitar los materiales que no tardaron en llegarme por correo, me convertí en una trabajadora independiente para diferentes plataformas. Ahora soy repartidora de comida y de compras del supermercado.
Tu perfil muestra una foto de tu rostro con una sonrisa falsa, tu primer nombre y, justo debajo, las temidas estadísticas. En esta aplicación has tenido suerte y tienes un índice de satisfacción del 97%, pero en la otra que usas comúnmente tu aprobación baja hasta 90%. En tu perfil te presentas así:
Estudiante de psicología y escritora. ¡Me encanta manejar!
Sabe inglés, español y holandés.
De la Ciudad de México.
Nadie verá tu perfil, pero aún así te esfuerzas en ser coherente e interesante. En realidad, solo quieren que les entregues la comida a tiempo, pero nunca está de más poner una buena cara para que te den una propina que te ayudará al menos a pagar la gasolina o el seguro del coche que usas para trabajar.
Aunque el trabajo independiente o por contrato (“freelance”) ha existido desde la invención del dinero, la economía de las chambitas comenzó a crecer cuando se lanzó la aplicación de Uber . La compañía usó por primera vez la inteligencia artificial y las aplicaciones móviles para conectar a los pasajeros con conductores “independientes”.
La economía de las chambitas es diferente de los mercados con trabajadores independientes porque se enfoca en labores en donde no es necesario tener muchas habilidades, ningún título, estudios, o experiencia y porque controla los precios y la mercadotecnia (que en mercados que requieren mayor habilidad son controlados por los trabajadores independientes). Después del surgimiento de Uber en 2013, una gran cantidad de nuevas empresas imitaron el modelo: Instacart es el Uber de las compras en tiendas departamentales y Taskrabbit es el Uber de los trabajos domésticos (que nació con gente que se anunciaba como expertos en ensamblar muebles de Ikea). En pleno 2020, las aplicaciones que conectan a usuarios o empresas con trabajadores independientes son demasiadas: Fiverr, Shipt, DoorDash, UberEats, Grubhub, Postmates, Lyft, Kitchensurfing, Wag, Rover , entre otras, son las más populares en los Estados Unidos. La colección de plataformas en línea y aplicaciones prometen trascender el capitalismo, pero lo único que ha cambiado es el modo o la tecnología a través de la cual el trabajador es alienado y se le explota.
En este mundo, tus estadísticas valen más que tus habilidades: 75 viajes en UberEats , 93 entregas en Doordash , 37 para Postmates y 12 entregas de compras del supermercado para Shipt .
Como buena investigadora, te dedicas a comparar fríamente las aplicaciones, los requisitos, lo que paga cada una de ellas, y qué tan fácil es usarlas. Tienen ventajas y desventajas, pero su objetivo es el mismo: trasladar del punto A al punto B mercancía, comida o personas. Pero como buena escritora que eres, te aferras al término más poético que usa una de las aplicaciones para contar tu tarde de trabajo en forma de “viajes” (y no de “entregas”). Te gusta imaginar que vas a viajar a diferentes lugares en poco tiempo y que eres una arqueóloga voluntaria del lugar en el que vives.
Viaje 1. Suena una campanita en el celular. Aparece un círculo con el restaurante al que tienes que ir y la compensación estimada, así como el kilometraje del viaje. Lo aceptas antes de que se agoten los quince segundos que te dan antes de que desaparezca de tu pantalla y le envíen el trabajo a otro repartidor. Llenas tu botella de agua para la jornada laboral y sales de casa. Caminas cinco cuadras hasta la calle donde puedes estacionar tu coche sin que te pongan una multa. Conectas tu celular y manejas unos cinco minutos hasta el Starbucks en un pequeño centro comercial. Te pones el cubrebocas antes de salir de tu coche. En el piso, unos cuadritos marcados con cintas fosforescentes te señalan dónde debes pararte mientras esperas la orden y un letrero te señala que no podrás pedir una orden si no estás usando un cubrebocas. Pides la orden con el nombre del cliente que te aparece en la aplicación y te entregan una bolsa de papel cerrada con un sello que contiene dos cafés fríos con mucha crema batida y chispitas de chocolate, además de algo que huele a tocino. Regresas al coche y acomodas el paquete en el asiento del pasajero mientras deslizas el dedo sobre la pantalla para que te aparezca la dirección en la que debes entregar el pedido. Sigues las instrucciones del GPS y tu coche se convierte en la flecha que navega el mapa. Maniobras para que no se te caiga todo al tomar las curvas a una velocidad más alta que la máxima y a ratos tienes que ser un pulpo para detener las bebidas cuando frenas abruptamente.
Llegas a un complejo de apartamentos de tres pisos, mal numerado, y ves las temidas instrucciones: “dejar el pedido en la puerta: edificio 9, departamento F”. Suspiras. Estacionas el coche en el lugar para las visitas. Tomas el paquete con cuidado y ves que la bolsa de papel está un poco mojada por abajo. La crema batida está batida. Ni modo, ni qué hacerle. Subes y bajas escaleras. Caminas alrededor de la alberca y frente a los buzones con el paquete en mano. Es un laberinto polvoso lleno de rincones mínimos que la gente llama “hogar”. Caminas durante diez minutos dando vueltas alrededor del complejo hasta encontrar el edificio 9. El apartamento F es el último del tercer piso. Subes tres escaleras y la herrumbre de la letra “F” te da la bienvenida. Quitas unas telarañas del tapete de la entrada y ahí mismo colocas el paquete. Sacas tu celular para tomar una fotografía y así completar la entrega. Pero tu celular parece no tener señal. Presionas la pantalla una y otra vez hasta que toma una borrosa foto de la bolsa de papel medio húmeda con el logo de Starbucks, sobre el tapete que clama: ¡Bienvenido! Vuelves al coche. Has triunfado. Una vez recuperas la señal, la pantalla de tu teléfono se enciende con un nuevo pedido que deberás recoger en Panda Express.
Las empresas de la economía de las chambitas venden sus modelos de trabajo con la idea de que son un camino hacia el sueño de tener una mejor calidad de vida y que el trabajador puede administrar su propio “negocio”. Hay muchas cosas que, en principio, se ponen en juego en la ilusión que le brindan al trabajador: tienes la libertad de armar tu propio horario, no necesitas ningún tipo de entrenamiento, no tienes un jefe que te obligue a nada y puedes vivir la vida que quieres. ¿Se trata entonces de un paraíso de flexibilidad y libertad individual? ¿O es un mundo de explotación, lleno de conflictos?
Es una ironía un tanto cruel que los trabajadores en este tipo de plataformas vivan sin ninguna de las protecciones o seguridad que se le asegura a cualquier otro trabajador, incluso aquellos que trabajan por el salario mínimo. En los Estados Unidos, a los trabajadores de la economía de las chambitas se les paga bajo el esquema de “contratistas independientes” (también llamados “trabajadores 1099” por la forma que reciben para pagar impuestos) y por lo tanto no reciben compensaciones extra por su trabajo, no tienen beneficios si pierden su trabajo ni pueden tener vacaciones pagadas, un fondo de retiros, protecciones de licencia familiar o por discapacidad y tampoco tienen derecho de conformar sindicatos de trabajadores.
Este panorama se torna aún más gris si se considera que los repartidores bajo este endeble esquema laboral también somos considerados “trabajadores esenciales” durante la pandemia y que necesitamos salir y arriesgar la salud para ganar unos dólares y entregar a tiempo la comida de quienes tienen el lujo de quedarse en casa.
Viaje 2 . Manejas diez minutos siguiendo el destino que te marca el GPS. Entras al restaurante luego de leer los cinco carteles que dicen que no puedes entrar sin un cubre bocas que te tape por completo la boca y nariz. Te colocas bien la mascarilla quirúrgica que te envió una de las aplicaciones que usas (aunque el costo del envío, por supuesto, lo tuviste que pagar tú) y te paras en una de las flechitas anaranjadas que florecieron en los suelos en todos los supermercados y restaurantes, marcando los famosos seis pies de distancia. Sigues sin entender si los seis pies son los de alguien de dos metros o los de un niño de seis años, quizás porque a pesar de que llevas ya ocho años en este país, te niegas a aprender el sistema inglés de medidas. Hablas con el empleado y recoges una bolsa. Te dice que te falta llenar un vaso con la bebida que pide el cliente y ya en la máquina decides ponerle un poco de hielo, por si acaso.
Al coche de nuevo y manejar según lo marca el GPS hacia los dormitorios de la universidad. Por la carretera, el paisaje se torna verde hasta entrar al campus. Manejas por un estrecho camino hasta encontrar a un muchacho asiático que espera en la esquina con su celular. Te detienes y le entregas la bolsa. Pocas entregas son así de sencillas, pero sabes que cuando vas a la universidad no te espera ninguna propina y lo entiendes, pero no deja de decepcionarte. Los estudiantes que todavía están en el campus son los que no pudieron salir en medio del semestre, cuando se declaró la pandemia y las clases se pasaron al formato en línea o, quizás, son extranjeros, o no tienen otra casa, y posiblemente lidian con servicios de comida reducidos en los pocos comedores que todavía funcionan.
“Todo viaje depende de la carga de mito que el viajero sea capaz de agregarle, voluntaria o involuntariamente”, dice Martín Caparrós. Me pregunto cuál es la mitología que me impulsa en los viajes que hago al menos tres veces por semana entregando comida. A veces soy un caballero errante que lucha con perderse en el bosque de apartamentos y rescata a damiselas cautivas en prisiones, llevándoles comida que las sustente, arriesgándose a luchar con virus microscópicos potencialmente letales. Pero a veces soy Tlazoltéotl, “la comedora de suciedad”, visitando a la gente que está por morir, alentando la lujuria y el exceso de los deseos de crema batida de los moribundos.
Viaje 3 . Apenas regresas al coche, te aparece otro viaje para ir a un restaurante tailandés, cerca de la zona turística de la ciudad, ahora desierta. Lo conoces bien y entonces te apresuras a aceptar la entrega. Rara vez rechazas un viaje y al algoritmo no le gusta cuando no le respondes. Si te distraes por un momento o vas con música en el coche y no escuchas la campanita, no aceptas el viaje por omisión y la aplicación te penaliza con unos minutos (y a veces horas) en los que no te envía nuevas entregas.
Manejas y te estacionas en una calle empinada. Te asomas a ver si la rueda de la fortuna ya está moviéndose o si los juegos mecánicos ya abrieron, pero todo sigue cerrado y probablemente tardará mucho en volver a abrir. Eso sí, nunca falta gente en la playa, pese a que suelen estar cerradas de 11 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Cruzas la calle, abres la puerta de metal con algo de temor (imaginas virus pegados a las manijas cada vez que abres una puerta). Pides la orden con el nombre del cliente y esperas. Cinco minutos. La mujer de la caja grita el nombre del cliente que tú ya habías olvidado en tu breve ensueño en el que sentiste el calor de la arena en tus pies mientras caminabas por las playas de Tailandia que muestran las vetustas fotografías en las paredes. Revisas el teléfono y confirmas. Tomas la bolsa con cuidado y otra vez te imaginas al virus como criaturitas colgadas de la bolsa que la mujer recién ató para ti. La puerta de nuevo, punto posible de contacto con virus número diez o quince, se pierde la cuenta. Al llegar al coche deslizas el dedo sobre el teléfono y comienzas la entrega. Te pones gel antibacterial por enésima vez y arrancas.
Frente a ti, la playa. Esquivas a los peatones que deciden que la calle también es su playa y caminan en todos lados. Si llegas tarde, dile adiós a tus buenas estadísticas y posiblemente te toquen menos pedidos. El algoritmo es cruel y despersonalizado, no hay a quien reclamarle en caso de que pase algo y no puedes dirigir tu enojo sino al yugo de una aplicación, ubicua, sin rostro. Mate a su jefe es ahora desinstale la aplicación.
Luego de sortear los obstáculos en el camino llegas a la dirección. Ya te sabes el truco: cuando el mapa de Google dice que ya llegaste, sabes que todavía no has llegado y el destino está unos metros más adelante. Encuentras el número de la casa y tocas el timbre. Un perro ladra desgañitándose como desesperado, pero nadie sale. Esperas unos minutos más. Tocas la puerta con la mano, temiendo que el virus esté untado por ahí porque alguien estornudó. Nadie. Una vez más tocas el timbre y el perro gruñe y se golpea con la ventana. Finalmente, una mujer sale, luego de ponerse su máscara a paso de tortuga, a recibir la comida. Te aseguras de verla a los ojos, aunque quizás eso le parezca muy invasivo. No sabes si con los ojos le estás exigiendo algo o más bien se siente avergonzada, pero te dice: “Ya te dejé la propina en la aplicación”, luego de verte de abajo hacia arriba. “Gracias”, le respondes detrás de tu cubrebocas con voz impostada, para que te escuche: “que tenga un buen día”.
Cuando los clientes eligen la opción de que les entregues la comida a ellos y no que la dejes sobre el tapete lleno de telarañas, se ven forzados a ver que otro ser humano de carne y hueso y no un robot sin rostro es quien les lleva su comida. Suelen dejarte más propina. Un par de veces te han indicado en las instrucciones que te dejaron un billete debajo del tapete (te imaginas un ejército de virus que vive ahí debajo, pero necesitas agarrar ese billete que inmediatamente guardas en una bolsa de plástico sellada). En una ocasión, incluso, te dejaron un sobre pegado con cinta adhesiva en la puerta con tu nombre, con algo de dinero en efectivo. A decir verdad, te emociona el papel en tus manos más de lo que te aterra que el billete tenga el virus: el dinero en efectivo hace que tu trabajo se sienta más real y le da algo de solidez a la labor que se desvanece en el aire de seguir las instrucciones de una aplicación en tu celular.
Llevo mi pluma y cuaderno a todas partes. Es mi copiloto fiel en las entregas y me asegura que la literatura es pertinente en medio del mar del capital, la inmediatez y la urgencia que me devora.
Si tengo suerte (que otros verían como mala suerte y tiempo perdido) me quedan algunos minutos entre entrega y entrega. Abro la ventana del coche, extiendo el brazo y destapo mi pluma fuente blanca, de la que fluye tinta roja, lista para garabatear y desahogar observaciones mínimas:
Grietas y más grietas con líneas de colores: carreteras que comprimen el sentido del espacio bajo el tiempo.
No hay un arco dramático ni narrativo. Los personajes no tienen un trasfondo psicológico. Hay sólo un ojo que ve de forma oblicua y un oído que escucha el silencio. Una mano anota la realidad según la percibe y arma su sentido del tiempo: crónica (palabra que debiera ser un verbo).
El yugo de no hacer es estar perdiendo (lo único que se nos ha dado: tiempo).
Tu cuerpo será: el vaso comunicante de mi deseo o el obstáculo ante su satisfacción.
Suena la campanita y acaba tu tiempo libre. Los perros de Pavlov salivan y tú estás lista para aceptar un nuevo viaje.
Viaje 4 . La aplicación te ofrece entregar una pizza. Te parece una buena entrega porque como está lejos y a mayor distancia, el pago es mejor. Decides tomarla, todo listo con presionar la pantalla dentro del círculo que se prende y apaga con insistencia. Manejas hasta la pizzería y al bajar del coche la aplicación te ofrece otro pedido para añadirlo a tu ruta. Rara vez se encadenan los pedidos pero cuando sucede debes aprovecharlo.
Aún recuerdas el primer pedido que recogiste, en esa misma pizzería, hace unos meses. Estabas muy nerviosa y llevabas, por si acaso, la bolsa para mantener los alimentos calientes que la aplicación te había enviado a tu casa junto con tu paquete de “bienvenida”. Como si la bolsa fuera tu escudo de legítima repartidora cualificada cuando lo único que hiciste fue llenar un perfil en línea y presionar un botón. No podías creer que fuera tan fácil como pedir la orden por el nombre y luego llevar la comida al domicilio. En esa primera entrega, una viejita te dio una propina en efectivo y te emocionó mucho llevarle la comida a quien realmente lo necesita. Pero con el tiempo y los muchos viajes esa sensación se te ha desvanecido y ahora ves a tu trabajo como una oportunidad mecánica y sin mucho sentido. En realidad, los repartidores son cuerpos intercambiables que se desplazan a su propio costo y riesgo, en sus coches y pagando todos los gastos. No son empleados y no tienen ningún beneficio. No son tampoco “emprendedores” como lo anuncia la aplicación cuando busca que seas repartidor con la promesa de “tener un horario flexible”, “ser tu propio jefe” o “empezar a ganar dinero de forma inmediata”.
Esa retórica, junto con tácticas como bonos de cientos de dólares para los conductores que reclutan amigos para unirse a la plataforma, ayudan a las aplicaciones a inscribir a decenas de miles de trabajadores en todo el mundo. A su vez, la tecnología se promueve como innovadora y funciona con algoritmos de distribución de la oferta y demanda y crea la ilusión de una relación parecida a la de los empleados con sus empleadores. Pero en la era ubicua de las aplicaciones cuando surge un problema no hay a quién llamar.
En lugar de tener un jefe que da instrucciones directas, los trabajadores tienen entrenamientos por medio de videos en línea en los que todos sonríen; les llega trabajo por algoritmos y los evalúan por medio de calificaciones de “estrellitas” o de un pulgar hacia arriba o hacia abajo, según juzguen apropiado los propios clientes. Los sistemas de calificación por estrellas que ahora son estándar en todas las aplicaciones y páginas de comentarios de productos tienen graves problemas, lo sabemos; ayudan a las empresas a deslindarse de toda responsabilidad, culpando a los trabajadores independientes de hacer un mal trabajo. La empresa nunca tiene la culpa.
La naturaleza de las plataformas y las aplicaciones también garantiza (hasta cierto punto) una mayor atomización de los trabajadores que rara vez se encuentran y por lo tanto no interactúan en un lugar de trabajo y no pueden comunicarse ni identificarse a través de las plataformas, lo que hace más difícil que los trabajadores se organicen en sindicatos o exijan beneficios de forma colectiva. Las empresas se protegen así en contra de las demandas laborales y parece que todo es benéfico para ellos.
Entras a la pizzería donde ya conoces a algunos de los empleados y te preguntan para quién estás recogiendo hoy un pedido. Les dices los dos nombres y esperas unos minutos para que tengan lista la orden. Tomas las siete cajas de pizza sobre tus brazos y, balanceándote, logras empujar la puerta con un pie y salir a duras penas. Colocas sobre el asiento la torre de pizzas con humo que se escabulle por las comisuras de la caja. Tu coche se impregna con el olor a comida y carne. Te asquea un poco. Tu primera entrega queda a unos diez kilómetros y luego de un buen rato por la carretera, el GPS te señala que debes salir. Luego de varias vueltas, te encuentras en un camino de una vía no pavimentada, en medio de un bosque de secuoyas rojas. Has venido muchas veces a esta zona a entregar comida, pero no a un lugar tan remoto. Llegas finalmente a una zona llena de lo que acá llaman “casas móviles”. En realidad, las casas no son móviles sino estructuras baratas prefabricadas que se pueden colocar en terrenos que se rentan y nunca son de las personas que viven ahí. Lo peor de venir a los lotes de casas móviles es que la numeración es una pesadilla y no tiene ningún sentido. Das dos vueltas al terreno y finalmente encuentras la casa, en plena reparación, donde debes dejar cuatro cajas de pizza. Le das las cajas a una señora en la mano, intentando alejarte lo más posible de ella.
La siguiente entrega queda a cinco minutos. Sales del imponente bosque y te ciega el sol. Te detienes unos momentos a ver la dirección: la entrega tiene como destino un hotel. Sigues tu camino. Llegas finalmente al borde del mapa de la aplicación, en una zona llena de granjas y cultivos y por lo tanto los letreros de pronto están todos en español.
La señora de la casa móvil te envía un mensaje, quejándose porque le faltó una pizza. Tú no podías haberlo sabido, seguiste las instrucciones. Buscas una solución en línea, pero no hay con quién quejarse, a quién llamar. Le recomiendas por mensaje que se comunique con la pizzería y te disculpas por la omisión. Despídete de tu buena reputación en la aplicación luego de este incidente.
Llegas finalmente a tu segunda entrega. Ahí, cerca de la carretera, hay un hotel de paso. La aplicación te señala en las instrucciones que debes entregar las tres cajas de pizza restantes en la habitación 205. Entras al hotel sin decir nada, cargando las cajas, y luego de esperar el elevador y caminar por un largo pasillo, encuentras la habitación. Tocas la puerta mientras detienes las cajas entre tu cadera y la pared. Alguien, detrás de una cortina de humo de marihuana, extiende la mano y no te dice una sola palabra luego de tomar las cajas y azotarte la puerta en las narices en medio de la frase que apenas comenzaste a decir: “que tenga un…”.
“Buen día”, te dices a ti misma, ya de regreso en tu coche.
Me han comentado amigos de otras latitudes que me imaginan repartiendo comida en una motocicleta o bicicleta. Si pudieran ver las enormes carreteras, venas y arterias del estado de California, entenderían por qué me da tanta risa la imagen de un repartidor en motocicleta. Sería imposible franquear las distancias y probablemente me pondrían varias multas por usar la carretera en dos ruedas. A veces yo misma me cuestiono: ¿qué hace una doctora en letras repartiendo comida para una aplicación o esperando un pedido detrás de la bodega del supermercado? Pero no es un asunto de grados ni de títulos, sino de formas de ver el mundo. Me emociona cuando descubro algo nuevo en este trabajo y nada me gusta más que manejar para ir completando en mi mente el mapa mental de la California que desconozco. La ambivalencia en torno a las contradicciones en las que se fundó esta sociedad es lo que me mueve a seguir descubriendo sus rincones, no sin también querer denunciar la terrible inequidad en la que se basa el sueño del oro inmaterial de Silicon Valley, en el corazón californiano. Hay que trazar una arqueología del presente que se derrumba. Construir incansablemente con tinta un mundo más habitable.
Viaje 5. Te duele el cuello luego de tanto manejar y poner atención al mapa pero decides tomar una última entrega antes de que anochezca. Llegas a un local de comida rápida que vende hamburguesas. “¿Tiene una orden para Jota Ce?”, le preguntas a la empleada detrás del mostrador, ahora cubierto con acrílico transparente para evitar el contacto directo. “No, no hay ninguna orden”, te responde “aquí no llega nada por ese sistema”. Te sonríe y coloca unas papas a la francesa con demasiado aceite dentro de una bolsa que después engrapa para cerrarla. Te vuelve a sonreír, te ve a los ojos y espera a que digas algo. “Pero aquí me mandó la aplicación y dice que recoja esta orden, ¿en serio no hay nada para Jota Ce?” Te ve fijamente y después se ríe. Su risa retumba en todo el local, prácticamente vacío. El eco multiplica su risa que se adhiere al aceite de las papas y a tu preocupación. Desconcertada, la ves. Comienzas a caminar hacia afuera.
“¡No!” te grita. “Estaba bromeando”, te dice y al fin respiras. Te ríes, pero de pura vergüenza, víctima de su broma, acaso su única diversión en el día tras preparar hamburguesas durante horas en un local sin un solo cliente, con esas paredes pintadas de amarillo que te hacen sentir como que te tienes que mover y que tenías que haber acabado hace horas y apúrate porque aquí se sirve comida rápida y no es lugar para la sobremesa y el disfrute, sino para el consumo eficaz. Acaso por eso te sorprende más ese retraso y la broma de la empleada, tomándose su tiempo para disfrutar de su breve engaño y tu cara de preocupación. Te da, al fin, la bolsa engrapada, aceitosa.
Ya con la orden de Jota Ce en mano, decides que esta será tu última entrega del día y presionas el ícono que tiene una mano en rojo que señala “parar” las siguientes ordenes. Para tu buena suerte, tu destino está cerca de tu casa. Tras manejar unos minutos en una calle cuyos letreros exigen que te detengas absurdamente en cada esquina, llegas a la casa del tal Jota Ce. Le dejas el pedido en las escaleras, sobre el montón de arena y enfrente del coche gris, como estipuló en las instrucciones. Tomas la fotografía de rigor y eres libre, acabó tu jornada laboral.
Vuelves a casa y ves tus ganancias del día. Habría que restarle a la cifra final los impuestos que todavía no pagas, la gasolina que te gastaste y subió esta semana de precio, el seguro del coche del mes y tus pagos por el coche que tampoco es tuyo, sino de tu banco que te lo financió. Lo que queda, es tu ganancia, algo risible. Lo mismo te espera mañana, si es que decides prender de nuevo la aplicación o hacerle caso cuando te manda notificaciones de que te necesitan y te ofrecen un dólar más por entrega porque hay más demanda de lo que hay conductores.
Una última anotación en mi libreta de ese día, luego de estacionarme:
Nada se percibe como algo enteramente nuevo (sería incognoscible). La memoria filtra el mundo y acomoda lo que se sale del cauce de la norma o es extraordinario. Quizás por eso me obsesionan las grietas y las manchas, las nubes y no los cielos: dinamitan la continuidad de lo mismo, introducen la diferencia en el horizonte de lo dado.
Viajo para encontrar las consecuencias de las grietas y persigo las nubes para encontrar el punto en el que condensan e intercambian mi mirada por la tuya aquí, en la palabra que nació como mirada y que la tinta, apresurada, logró apresar.
Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro
Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Las meninas o La familia de Felipe IV, Diego Velázquez, 1656
Las cosas bellas son difíciles de saber
Proverbio griego
Las meninas o La familia de Felipe IV, Diego Velázquez, 1656
¿Por qué las cosas tienen tal o cual nombre? ¿Hay una relación especial entre las palabras y las cosas que refieren? ¿De dónde provienen esos misteriosos acuerdos ancestrales que derivan en las lenguas que hablamos hoy? Con frecuencia se dice que las palabras son máscaras de lo real, designios arbitrarios del aparato lingüístico, nomenclaturas que esconden sistemas de poder erigidos desde tiempos inmemoriales para aclarar a unos y engañar a otros. Tanto expertos (políticos, abogados, lingüistas, filólogos, etc.) como profanos (gente como usted o yo) pretenden hacer un uso instrumental de las palabras pero desconocen la amplitud del espacio lingüístico; los puntos muertos que transitamos a gatas y en la oscuridad sin saber que no solo nos definen, sino trazan el rumbo de nuestras acciones. La influencia del pensador francés Michel Foucault en la crítica del pensamiento de occidente es innegable. Antes de habitar problemáticas ligadas a la razón (Historia de la locura en la era clásica ), el género (Historia de la sexualidad ) y el poder (Vigilar y castigar ), Foucault presentó en 1966 Las palabras y las cosas, una teoría antihumanista que aborda las intrincadas correspondencias entre las representaciones del lenguaje y las ciencias humanas en donde concluye que “lo humano se ha disuelto, está muerto”.
En las letras de “rosa” está la rosa, y todo el Nilo en la palabra “Nilo”
En la Grecia antigua se creía que una disposición divina había imbuido a cada cosa y a cada ser con un nombre único, intransferible y universal. Homero cantaba que los dioses usan palabras distintas a los humanos para nombrar las mismas cosas, pero tanto en unos como en otros hay una motivación especial que explica la relación. Así pues, en Cratilo o de la propiedad de los nombres , Sócrates refiere que el nombre de Zeus es idóneo porque su vocablo en griego antiguo (Ζεύς) expresa dos de sus atributos esenciales: por un lado, la idea de brillo o claridad en la bóveda celeste; y por el otro, la noción de causa de vida (tou dςεεn). La luz del día es indispensable para el florecimiento de cualquier existencia, por tanto “los elementos reunidos expresan la naturaleza del dios y la virtud de su nombre”, afirma el filósofo. La idea de base es que la palabra es el arquetipo, la representación e incluso la evocación de la cosa. Asimismo, en lenguas como el quechua o el náhuatl, las palabras también entrañan un estrecho vínculo — muchas veces insospechado— con respecto a la cosa nombrada, aunque su uso está dominado por la oralidad, lo cual implica variaciones en factores tan diversos como quién pronuncia el vocablo o en qué momento del día lo hace. En náhuatl, por ejemplo, la palabra ahuacátl da nombre al aguacate y significa “testículo”. La forma ovalada, ligeramente fálica del fruto y el lugar donde se encuentra la semilla explican la asociación. En quechua existe una palabra para referirse específicamente a un niño desnudo y con frío: chirisqui . Chiri quiere decir “pequeño” o “frío” según el contexto, y siki significa nalga. Hay un sinnúmero de factores sociales, históricos, espirituales y geográficos que determinan la forma en que cada lengua se articula para definir su realidad. Por eso, cada idioma es una forma de entender el mundo, y quien aprende un nuevo idioma ingresa a otro tipo de sensibilidad y de ethos . Se dice, incluso, que las personas que crecen en el bilingüismo desarrollan dos caracteres distintos. De alguna manera, las lenguas determinan las diferentes formas de ser de lo humano a lo largo y ancho del planeta como recuerda la historia de la Torre de Babel.
Según el relato bíblico, en Babel, futura Babilonia, se asentó el pueblo más grande de la humanidad “cuando toda la tierra tenía una sola lengua y un solo hablar”. Nimrod, el primer monarca, quiso erigir una torre que alcanzara el cielo y fuera el símbolo de la unidad entre los humanos. Su obsesión por culminar la obra fue tal que ni siquiera las obreras podían dejar de trabajar para dar a luz, debían sostener al recién nacido en sus delantales y continuar con la labor. Para numerosos intérpretes, la torre de Babel representa el artificio humano del lenguaje, un lenguaje común muy cercano al conocimiento divino que perdimos, como el paraíso. Para los cabalistas, evoca la arrogante tentativa de encontrar el nombre de dios, ese fuego prometeico. En definitiva, la desmesura de Nimrod provocó la cólera (¿la envidia, acaso?) de Dios, que bajó para separar a los hombres y dividió el idioma humano en muchos. No en vano Babel significa “confundir” en hebreo, y esa separación marca una ruptura definitiva con respecto al vínculo primigenio que refería Sócrates. No obstante, el mito sugiere que todas las lenguas vienen de una sola y por eso al indagar en sus raíces se descubren las profundas coincidencias de sus formas de nombrar.
En La tradición de la ruptura , Octavio Paz revive una de las claves de la problemática relación entre las palabras y las cosas. El lenguaje clásico, nos dice, es hijo del tiempo cíclico y de alguna manera pretendía reemplazar a lo nombrado, encarnarlo. Antes de la modernidad —“ese período que inicia quizás en el siglo XVIII y llega ahora a su ocaso”—, las palabras estaban fraguadas como una combinatoria precisa de símbolos; una especie de conjuro que encriptaba las características y representaba la cosa. El arte clásico, asimismo, estaba basado en la mímesis y de alguna forma quería ser, encarnar, el objeto retratado. Si por casualidad lo llegaba a transformar lo hacía de manera inconsciente y a destiempo, como es el caso de Velázquez en la pintura o Cervantes en la novela; sus revolucionarios estilos artísticos solo habrían de prosperar con la consciencia novelesca del siglo XIX. Así pues, la percepción moderna busca lo opuesto, la anticipación de lo desconocido, la percepción de lo heterogéneo, lo concreción de lo excepcional y en definitiva, la predicción de lo futuro. En esa singular diatriba se inscribe el capítulo inicial de la obra de Michel Foucault, el análisis de Las meninas , la pintura de Velázquez. Tras una minuciosa écfrasis —que es la descripción punto por punto de una imagen— el filósofo francés se concentra en un detalle; el fuera de campo donde confluyen las miradas de los personajes, un irreductible espacio muerto, un quiebre, una ausencia que constituye el elemento central de la obra y marca la escisión de un lenguaje:
Quizá haya, en este cuadro de Velázquez, una representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre. En efecto, intenta representar todos sus elementos, con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquélla recoge y despliega en conjunto, se señala imperiosamente, por doquier, un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta —de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo —que es el mismo— ha sido suprimido. Y libre al fin de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación.
Los fósiles del lenguaje
A finales del siglo XIX, los primeros etnólogos descubrieron que muchas comunidades en distintos lugares del mundo (arahucanos, polinesios y africanos, entre ellos) acostumbraban dar a los hijos el mismo nombre que sus padres, lo cual también implicaba muchas veces el desempeño de la misma función en la comunidad, y bautizaron este fenómeno como teknonymia . Fue en 1889, tras una serie de viajes por México y Cuba, que las teorías primitivistas de Edward Burnett, expuestas en “Primitive culture” (1871), florecieron como una de las primeras perspectivas de la naciente disciplina antropológica. La presencia de la teknonnymia en occidente es a todas luces evidente. Los antiguos griegos y romanos añadían un epíteto a los nombres para indicar el lugar de procedencia y el nombre del padre. Apellidos como Erikson (hijo de Erik) en inglés, o Rodríguez (del latín, “hijo de Rodrigo”) en castellano son una muestra de dicho fenómeno en la actualidad. En India, el nombre de una persona indica de qué región viene, cuál es su lengua nativa y su casta (lo cual incluye casi invariablemente su condición económica, social y la vertiente religiosa de su familia en el hinduismo o el budismo). Por lo demás, Rusia y algunos países eslavos utilizan los patronímicos en el nombre — así, por ejemplo, Tatiana “Fedorova” indica que Tatiana es hija de Fedor. Desde luego, el eje patriarcal, nacional y religioso domina esta, como tantas otras directrices del lenguaje, y ese es el punto neurálgico que aborda Michel Foucault en Las palabras y las cosas : hay irreductibles relaciones de poder, de dominación y de jerarquía en las construcciones lingüísticas que expresan nuestras ideas. Dichas relaciones reducen las posibilidades de siquiera pensar en la libertad humana.
Las palabras conjuran el alma de las cosas
La historia del alma es difícil de rastrear con exactitud. En la Ilíada se canta que las almas abandonan la boca de los guerreros al morir. Para los cultos órficos que influyeron en la filosofía pitagórica, el alma era un principio extensivo y vital que proviene del “todo” (cercano a la idea pre-homérica de Cosmos ) e imbuye por igual a los seres y las cosas. Así, no solo el movimiento está determinado por el alma, sino también la existencia de los entes que aparentan inercia. Por eso el nombre de las cosas, al ser una representación de su esencia y una manera de cifrar sus rasgos distintivos, tenía un atributo mágico que consistía en conjurar las almas e invocar la presencia de la cosa nombrada. Este poder evocador del lenguaje pervive como una tradición en un sinnúmero de culturas del planeta (para las tribus cofanes que habitan el amazonas colombiano la creación vuelve a ocurrir cada vez que el taita o abuelo nombra cada cosa y recuerda su origen), pero ha adquirido un matiz negativo al asociarlo con la superstición y la brujería. De hecho Edward Burnett sentó las bases de la antropología con la conceptualización de la cultura entendida como “conjunto de saberes, costumbres y prácticas humanas”, e investigó la noción de alma para dar nombre a lo que hoy día conocemos como animismo.
Tras sus estudios de las etnias en México, Turquía, India y ciertas islas de la polinesia, el antropólogo inglés concluyó que “la existencia del alma” era la idea más elemental de las religiones humanas y la base de los dogmas sobrenaturales que se construían a partir del lenguaje. “Un sistema de creencias según el cual todos los seres y objetos tienen una consciencia o un alma, una doctrina de almas”, tal fue la primera definición de animismo. Sin embargo, el inglés no consideró este conjunto de prácticas como un fundamento de todas las culturas (o de su construcción simbólica), sino como un estadio pre-religioso o primitivo en la evolución de las culturas. Con el tiempo, su lectura historicista se convirtió en un modelo de pensamiento. El ser hombre occidental, hijo de la revolución industrial, de la idea de progreso y del método positivista, se concebía como el eje central de la historia humana. Por eso no es casual que Burnett haya sido el primer antropólogo en el sentido estricto del término, ni tampoco que haya dictado los lineamientos de dicha disciplina influido por el determinismo darwiniano . Aunque en su momento no hubo serios cuestionamientos al respecto, ya en la crítica nietzscheana del lenguaje relucían los contrasentidos de la teoría primitivista y se veía venir la crisis del pensamiento, enunciada por los primeros estructuralistas y más tarde por Michel Foucault.
Las trampas del lenguaje
Para Nietzsche las palabras son espadas de doble filo. Inventadas para darle orden a una realidad heterogénea y compleja, permiten la comunicación pero tratan de imponer su lógica en un mundo contradictorio que se resiste a entrar en sus casillas. Esta “voluntad de verdad” ha confundido a la humanidad, haciéndole creer que los signos lingüísticos son más que simples asignaciones colectivas. En su deseo de dominación, y conservación del poder, los hombres han convertido las palabras en meros instrumentos de control para las élites (los reyes, los sacerdotes y los “letrados”) que dictan las leyes, las verdades y los ideales éticos y estéticos. Esa innegable arbitrariedad ha desnudado las estructuras que subyacen bajo la construcción del lenguaje. “¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades? ¿Las cosas necesitan nuestro señalamiento para ser?” — no solo sería difícil, sino hipócrita sostenerlo, formula Nietzsche.
Pocos años más tarde, el lingüista francés Ferdinand de Saussure habría de teorizar su filosofía del lenguaje en Curso de lingüística general , la obra fundacional del estructuralismo y probablemente el primer estudio científico acerca de los fenómenos del lenguaje. A partir de un análisis binario, Saussure diferencia “lengua” y “habla”. La primera, se refiere a la estructura del lenguaje en la mente humana, el entramado de signos que lo componen; mientras que la segunda alude al acto de hablar —la parole , en francés. Por otra parte, distingue entre significado (sentido) y significante (signos y sonidos que componen las palabras) y pone en evidencia su relación arbitraria, esto es, la imposición de los nombres a las cosas sin que haya una motivación particular. Por ejemplo, la palabra “policía” tiene un origen griego ( πολιτεία ) pero su etimología, que hacía referencia al deber de los ciudadanos con el estado, se contrapone a su significado actual de un cuerpo judicial encargado de mantener el orden y la seguridad. Además, un hablante no necesita conocer al detalle esta información para comprender lo que es un policía. Por el contrario, dice Saussure, en el lenguaje poético sí hay un vínculo especial en tanto pasa por dinámicas de forma y melodía para establecer un vínculo autorreferencial.
La genealogía de los problemas
Ahora bien, la revelación de la estructura lingüística es sumamente valiosa para Foucault, pero su crítica rebasa el esquema estructuralista. No basta conocer los marcos del lenguaje, pues los individuos viven el fenómeno lingüístico sin tener consciencia de los mecanismos bajo los cuales se despliega, como bien lo demostró Freud al teorizar los deseos del inconsciente. “Las ciencias, en apariencia tan lúcidas, obedecen a un mecanismo inconsciente de la misma forma en que hay un inconsciente de nuestras conductas individuales y colectivas”. Por eso no es una inocente coincidencia que pensamientos como el del intercambio de bienes y servicios en la economía política de David Ricardo y la crítica de la razón humana en la filosofía de Kant se hayan suscitado al final del siglo XVIII, en el mismo momento de la historia. En otras palabras, eran necesarias ciertas condiciones de posibilidad, ciertas “condiciones de verdad” para la existencia de ciertos discursos, de ciertas palabras. Por tanto, el psicólogo, el sociólogo o el lingüista no descubren realmente qué es el hombre con sus análisis, más bien descubren “estructuras mucho más hondas, formas de pensamiento que no son controladas por nuestra consciencias de seres individuales”. Las palabras y las cosas tienen una relación irreconciliable, escindida hasta la médula y cualquier sensación de control es ilusoria. El lenguaje como un armazón de categorías, definiciones y arquetipos se ha desvanecido del horizonte de las ciencias humanas, y cualquier pensamiento que pretenda reivindicarse como tal debe asumir esa profunda desarticulación. Ahora cualquier estructura de conocimiento (científico o no) que se arrogue definitiva resulta inaceptable.
Se entiende entonces que el subtítulo de Las palabras y las cosas sea La arqueología del saber , pues el ejercicio crítico de los discursos encaja con el símil de la arqueología como el estudio de los cambios sociales y materiales de una época. En efecto, de estas reflexiones genealógicas se puede intuir el germen de la deconstrucción, método que vendría casi sistemáticamente con las obras posteriores de Foucault. La pregunta queda sobre la mesa: ¿hasta qué punto podemos hablar de libertad, autonomía o de lucidez en un espacio tan complejo como el lenguaje? ¿qué nos queda si después de “la muerte de Dios” el único papel del individuo es observar cómo se desvanece la idea de ser humano?
Aunque muchos piden soluciones ante este tipo de crítica, es bien sabido que la filosofía no es una doctrina de respuestas, sino de preguntas. Por lo demás, el pensamiento de Foucault es de un profundo pesimismo. Su desconfianza de ideas como la libertad humana lo han perfilado como un pensador antihumanista. De hecho, Las palabras y las cosas se publica en 1966, ad portas del Mayo francés. No extraña entonces que hayan llovido todo tipo de críticas por parte de filósofos, artistas y simpatizantes del existencialismo libertario y comprometido con la izquierda. Incluso se sabe que el mismo Sartre, de quien Foucault era un amigo cordial, catalogó su obra como “la última barricada de la burguesía”. Sin embargo, la extrema consciencia crítica del pensamiento foucaultiano difícilmente podría reconciliarse con otro modelo de pensamiento, pues ha establecido como principio la anarquía misma. Por el contrario, las airadas reacciones y el espacio de incertidumbre que deja la obra confirman que su propósito se ha cumplido: si el ser humano se desencanta de sí mismo, si se hace consciente de su fragilidad, si renuncia a la arrogancia (una arrogancia que le viene incluso desde las palabras), entonces quizás pierda esa voluntad de poder, esa sensación de dominio que lo lleva a pasos agigantados hacia la autodestrucción.
Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona.
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