Hace al menos diez años que no desempolvo mi 2666 de Roberto Bolaño, pese a que me ha acompañado en todas mis mudanzas. Me acordé de su existencia hace un par de semanas cuando C decidió usar el tomo para elevar a su computadora y simular que tenía uno de esos caros escritorios para estar de pie. Al ver ahí a mi 2666, cumpliendo una función utilitaria, tuve por un instante ganas de volver a leerlo y restituirle su dimensión literaria, pero rápidamente me distraje leyendo libros que ahora me interesan mucho más. Que no haya vuelto a abrir el libro y que no tenga el menor deseo de rescatarlo de su función utilitaria no quiere decir que no reconozca el valor de la obra de Roberto Bolaño y su importancia indiscutible dentro de la literatura latinoamericana. Pero sí quiere decir que me interesan muy poco las historias que cuenta y la forma en que las narra. A decir verdad, siempre fui una lectora bastante desapasionada de Roberto Bolaño y con el tiempo esto empeoró porque me cansé de escuchar y de leer tanta mala crítica literaria sobre su prolífica producción.
Leí por primera vez 2666 en el 2008, cuando la locura y el furor de la obra de Bolaño recién comenzaba luego de que su obra fuera traducida al inglés.1. Tras su muerte prematura en 2003, la importancia de la obra de Bolaño se instituyó primero en Estados Unidos y regresó después a llamar la atención dentro de América Latina, pese a que el autor ya había ganado el Rómulo Gallegos. En 2008 estaba en mi primer año de la licenciatura en literatura latinoamericana y el profesor de la clase de “Problemas de teoría literaria”, José Ramón Ruisánchez, en una de sus lúcidas y extrañas ocurrencias, decidió que leeríamos todo 2666 y complementaríamos nuestra lectura con distintos teóricos para pensar de forma crítica y creativa el libro de Bolaño.2En esa, mi primera clase de teoría literaria, me formé como crítica y leí por primera vez a autores como Georges Didi-Huberman, Jacques Derrida, Joan Copjec, Slavoj Žižek, Peter Brooks y Nelly Richard, entre otros. Recuerdo que en clase conjeturamos sobre todos los aspectos de 2666, desde el tamaño del libro y su portada como tumba hasta la compulsión de repetición en “La parte de los crímenes” y su necesidad de aproximarse a lo Real. Mi primer encuentro con Bolaño, como pueden constatar, no fue nada inocente, sino que estuvo guiado por la necesidad de hacer que mis intuiciones de lectura fueran más allá de las apariencias y las primeras impresiones. Escribí un denso ensayo sobre lo Real y Das Ding en 2666 y después de la clase leí todo lo que pude encontrar de Bolaño en las bibliotecas y librerías, acaso intentando convencerme de la importancia que todo el mundo decía que tenía. Fui con gusto a un coloquio dedicado a su obra y presenté un trabajo sobre él en uno de mis primeros congresos académicos. Pero muy poco tiempo después de comprometerme con su literatura y de que la infatuación se acabó, me cansé de leerlo y me quedó claro que mis intereses no iban por ahí. Desde entonces, si me lo preguntan, contesto que “no me gusta” y “no me interesa” la obra de Roberto Bolaño.
La primera de las razones por las cuales me alejé entonces del concurrido club de los admiradores de Bolaño fue completamente extraliteraria. A la popsteridad3y el éxito internacional de Bolaño le siguieron los demasiados libros de crítica literaria mediocres que comparan su obra con la de otros autores o que la consideran según tal o cual teoría crítica postestructuralista (acaso siguiendo el patrón de lo que Bolaño advertía con ironía en “La parte de los críticos” sobre las novelas del huidizo Benno von Archimboldi). Me cansé de leer sobre las infinitas intertextualidades y de encontrar ensayos que poco aportan a abrir nuevos enunciados y se dedican más bien a aplicar fórmulas preestablecidas a la literatura, encasillándola, domesticándola. También me cansé de ver la pelea entre mexicanos, chilenos, y españoles por apropiarse territorialmente de la obra de Bolaño mientras los críticos de los Estados Unidos supieron explotar bien el potencial del imaginario que Bolaño creó en su obra a través de su biografía. Luego, en el país en el que estudié mi doctorado vi cómo Los detectives salvajes y 2666 se convirtieron, a principios del siglo XXI, en el nuevo imaginario latinoamericano, sucesor del realismo mágico estereotípico del Sur Latinoamericano.4 Tanto el ethos romántico del poeta latinoamericano como la representación de Latinoamérica como región violenta y apocalíptica donde confluye el mal contribuyeron a este fenómeno que calzaba bien con el imaginario que los noticieros gringos frecuentemente proyectan de nuestros países.
La segunda razón por la cual dejé de leer a Bolaño fue más literaria. En la narrativa de Bolaño hay una promesa (incumplida) de que siempre hay más que descubrir, pero como lectora me topé una y otra vez con la mera repetición de lo mismo. Los narradores de Bolaño son seductores y manipuladores cuando cuentan historias y parece que siempre van a llegar a algo que apenas se vislumbra y que es necesario descubrir. Las historias despliegan una asombrosa habilidad de irse por las ramas. En cada uno de los libros de Bolaño (incluidos los manuscritos publicados de forma póstuma) no hay nada nuevo o diferente, sino la misma estrategia repetida ad nauseam. ¿Para qué leer el mismo libro en decenas de variaciones? Más allá de la imperfección o incompletud de la obra de Bolaño que algunos han resaltado como una virtud transgresora, lo que me agota como lectora es enfrentarme una y otra vez con la misma estrategia que no apuesta por un camino, sino por el desvío como gesto constitutivo.
En definitiva, a diferencia de los autores que más me gustan, Bolaño no es un innovador en la forma o en términos del lenguaje. Es un autor que juega con la representación visual y quizás el montaje y poco más. No se arriesga a pensar el lenguaje sino al servicio de la trama. No quiero decir aquí que todos los autores deben ser innovadores en este sentido, sino a que la literatura que está al servicio de la trama suele devenir (aunque no siempre) en tediosos discursos ideológicos o alegóricos. Esto es más visible en el hecho de que gran parte de la crítica literaria sobre Bolaño se decanta por este tipo de reflexiones sobre la violencia, la noción del mal o la modernidad y sus males(tares). Incluso en su versión más refinada, Bolaño siempre nos dice algo, como argumenta por ejemplo Zavala en La modernidad insufrible: “[s]u proyecto literario puede leerse como una compleja crítica de la modernidad literaria occidental y el modo en que se intersecta con la experiencia latinoamericana que simultáneamente la niega y la refunda”.5
Desde mi punto de vista, la literatura que decide apostar su descubrimiento en la trama no es necesariamente una literatura que deja los elementos necesarios para pensar sino que nos da un pensamiento ya rumiado y tejido para que lleguemos a una conclusión inevitable.
Ya no leo a Bolaño porque me cansé de su mismidad y porque la literatura que me da las piezas para decirme lo que debo de concluir me convierte en el tipo de lectora pasiva que nunca quiero ser. Ya no leo a Bolaño porque sus historias que se van por las ramas no llegan a tener consistencia y porque sus narradores voluntariosos e irónicos ya no me entretienen como antes. Ya no leo a Bolaño porque tanta crítica de su obra turbó mi capacidad de leer de formas más intuitivas. Ya no leo a Bolaño porque C necesita un librote del tamaño correcto para apoyar su computadora y poder trabajar.
Bolaño fue poeta. Cualquier cosa que se diga después es secundaria. Esta aproximación al universo poético de Roberto Bolaño extrae su título de una entrevista incisiva — vendida como la última antes de su muerte —, en la que Mónica Maristain documentó las respuestas del autor ante preguntas nada generales. En esta entrevista, la periodista repasa juguetonamente el transitar en el mundo de Bolaño y le dice: ¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?, a lo que él responde: Yo nunca llevo la contraria.1
Tomando por significado de contrario el que nos otorga el diccionario de la RAE al final de su lista: “Persona que lucha, contiende o está en oposición con otra”, este texto partirá de la respuesta de Bolaño para trazar líneas sobre los contrastes, casi contradicciones, que van definiendo la poesía de este habitante patibulario.
Una lectura actual de la poesía de Bolaño busca su cartografía apoyándose en la obra narrativa, que por diversos motivos (entre los que mucho tiene que ver el mercado literario), ha logrado sacar de primer plano su escritura fundacional o poemas. Hemos de admitir que esta aproximación encuentra más importante centrar la vista en el argumento que nutre su poesía antes que referirnos a alguna recopilación en específico, porque un rasgo que caracteriza la obra poética de Bolaño es su unicidad y mutación; en espacio de treinta años (1973-2003) una sensación de particularidad o independencia es lo que más abarca, uno a uno, sus poemas.
Así, empezaremos por dibujar una Ciudad de México de 1968, cuando Roberto Bolaño llega por primera vez y reconoce el panorama general de la cultura literaria en nuestro país, rehusándose a la educación universitaria para dedicarse a leer y encontrarse en sus caminatas con personajes afines tanto a él como a sus textos. Gran parte de las novelas de Bolaño nos otorgan pistas sobre cómo se relacionó desde temprano con las letras a través de los personajes recurrentes en sus libros, abiertamente seudos del autor y sus amigos, quienes desean y encuentran identidad agrupándose en los espacios bohemios de los setenta. La posibilidad de que estas manadas sobrepasaran la efervescencia identitaria y construyeran con fuerza envidiable un manifiesto o consigna de lo que les hacía tamborear el pecho se debe a que su actualidad era delimitada por altas figuras que inmaculaban la escritura a mano de un academicismo muy alejado de la realidad visceral que se vivía en la capital y en los pueblos latinoamericanos. Es decir, para Bolaño y los vaqueros solitarios con los que fue encontrándose, la batalla y el enemigo que se mandaba hacer un traje a figura de Octavío Paz, eran claros. Dos rayos que atravesaban, cada uno desde sus cualidades opuestas, un presente que cuidaba la cuna de los sueños de la ciudad a la vez que los pervertía. A pesar de que México se inscribe perpetuamente en la historia como un lugar de tibieza al nunca otorgarle a su sociedad un reconocimiento de la verdad tajante o evidencia de los intereses politicos en contra del pueblo, los infrarrealistas, movimiento que funda Roberto Bolaño con su compañero Mario Santiago Papasquiaro en 1975, se encargaron de abrir una herida susceptible a esa verdad, gracias a la consciencia de lo que sucedía en otros lugares de latinoamérica, subráyese Chile, el lugar de nacimiento del escritor. La nostalgia por la promesa de un gobierno tomado por los civiles, resonaba en las plumas de los poetas de una izquierda reaccionaria. El eco del opresor llegó a mimetizarse incluso entre los humanistas intelectuales, lo que llevó a que los infrarrealistas entonaran la utopía:
Es necesario que el pensamiento se aleje de todo lo que se llama lógica y buen sentido, que se aleje de todas las trabas humanas de modo tal que las cosas le aparezcan bajo un nuevo aspecto, como iluminadas por una constelación aparecida por primera vez. Los infrarrealistas dicen: Vamos a meternos de cabeza en todas las trabas humanas, de modo tal que las cosas empiecen a moverse dentro de uno mismo, una visión alucinante del hombre. […] Quemen sus porquerías y empiecen a amar hasta que lleguen a los poemas incalculables.2
En este periodo temporal, Bolaño sabe que su intención en la literatura tiene sentido desde la palabra poética y no cualquier otra. Quema sus obras de teatro, no se acerca a la prosa y podemos imaginarnos cómo festejó en la casa de Bruno Montané, en el café La Habana o la Encrucijada Veracruzana, el levantamiento de los aullidos infrarrealistas. Este estandarte incendiario como motor de las letras del movimiento infra, conformado por cerca de 20 escritores, de los que sustancialmente destacan los dos poetas que nombramos, hizo que una producción poética, inspirada en las cloacas o en los subsuelos de la ciudad, empezara a materializarse. En una primera publicación, Pájaro de Calor, ocho poetas infrarrealistas (1976), se hace visible una comunidad consumida por sus propios miembros, que proponía el abandono de los escenarios construidos hacia adentro y el compromiso del poeta por crear herramientas para la aventura y la sublevación —tan necesaria para hacer frente al establishment literario y politico— al menos de los jóvenes de su generación.
Ese halo de luz naranja pudo haber sido una gran poeta
El título de este poema sugiere al lector una idea de mosaíco —rasgo recurrente en varios de sus versos—, mientras expone la escritura comprometida con la que Bolaño funda su universo poético. Es publicado en 1976, tres años después del golpe de estado en Chile, post matanzas estudiantiles y represión de los movimientos civiles en nuestro país, por lo que se lee una invitación a la poesía reaccionaria, ya sea tácita o explícita, pero desde el coraje que requiere cualquier cambio. Una invitación a la sociedad joven que, a pesar de su contexto, permaneció inerte en una vida sin compromiso; una vida en la que las ficciones sociales y políticas conformaron tanto como limitaron el imaginario.
Ilustración de Carmen Lop
Si bien hay cierto coraje en las palabras de Bolaño, también hay una frustración compasiva que reconoce la imposibilidad de esa mujer, el halo naranja o potencial que él y sus colegas reconocían en su generación. Hay que admitir que este poema se acomoda diagonalmente entre la mayor parte de su obra poética, a la que buscaremos referirnos como piezas que tácitamente, mediante la expresión libre del incalculable visceralismo de las palabras, sugerían una via distinta a lo hegemónico. Este poema nos sirve para sostener que, incluso a los 23 años, Bolaño ejecutaba en la poesía un compromiso politico, explícito también. Dicho compromiso se encarnaba, primero desde ese otro rasgo que reconocemos, el que lo dejaba ser contestario desde el verso visceral e inconexo, que pone todo el valor en el acto mismo de escribir sin institución; luego desde la furia de una necesidad: la de hablarle directamente a los lectores en busca del levantamiento. Es ahí en donde tantas preguntas y contrastes surgen. Tantas preguntas que muchos críticos pasaron para atrás, al dedicar de lleno su estudio a las obras claras y narrativas del autor (publicadas posteriormente), en donde lo poético y lo politico sigue siendo el tema, pero desde donde se desarrolla através del lugar y las acciones de sus personajes.
La nostalgia por la promesa se iba manifiestando en un Bolaño más escéptico. Era atravesado el espíritu de los escritores que entendieron la poesía como única esperanza después del regreso de la dictadura y el nauseabundo proceder de intelectuales contemporáneos que se unían al poder.5
Bolaño, quien no podía creer cómo un país como México no escuchaba la destrucción de las bombas, iba configurándose fuera de su deseo inicial: conjurar cada letra en la dirección poética. Sin que esto cambiara su percepción de la poesía ni la de Mario Santiago, los infras emigran del país que les dio la aventura de la aventura e intentan sellar el movimiento reiteradas veces, lo que parece señal de que no lo quisieron conseguir del todo.
Con esto no queremos decir que Bolaño abandona la escritura poética, sin embargo, sí podemos sospechar el momento en el que la reubica: la poesía como aquello que se escribe a lápiz, el palpitar vital, pero ahora la mutación del valor que, sobre todo, compromete la muerte de quien escribe.
Ahí se perfila lo que Bolaño llama valor. Es una actitud y una conducta que se da en la vida y en la escritura, pero que resulta incurablemente existencial. Fue hablando de Alonso de Ercilla, en un texto de Entre paréntesis, donde con más claridad vino a definirla: “A Ercilla le queda algo que tienen todos los verdaderos poetas, si bien en sus formas más extremas y bizarras. Le queda el valor. Un valor que a la hora de la vejez no sirve para nada, como tampoco, entre paréntesis, sirve para nada a la hora de la juventud, pero que a los poetas les sirve para no arrojarse desde un acantilado o no descerrajarse un tiro en la boca, y que, ante una hoja en blanco, sirve para el humilde propósito de la escritura”.7
Su evolución en el mundo literario no le dejó otra opción más que reconocer la derrota de los ideales que sostuvieron los infrarrealistas en su juventud.
Fueron ingenuos y generosos, reconoce en el discurso que pronuncia cuando gana el Premio Rómulo Gallegos. Este discurso sostiene la intención de nombrar a sus compañeros ya muertos, nunca alejados de la primera fila de lucha desde la cual vieron pasar el tiempo sin que su grito revolucionario tuviera reminiscencia real, aunque este texto reconoce que a partir de ello muchísimos anacrónicos adeptos encontraron en sus letras un camino al levantamiento, o a lo que dolosamente nos parece un sinónimo —a las generaciones posteriores en contextos como el de nuestro país—, a la nada. Como interpreta Francisco Carrillo a partir de los pronunciamientos sagaces que el autor escribe para recibir el premio en Caracas y luego en Sevilla: “Frente a la épica que acompaña a la muerte de los poetas de su generación, Bolaño se imagina liquidado por unos herederos que se ubican en las antípodas de esos poetas que en sus vidas encararon algún episodio heroico y literario, es decir, heroico y politico.”8. Esto como desenlace de la intención que la poesía de Roberto Bolaño mantuvo primigeniamente, nos hace una sugerencia de por qué su obra poética, posterior a su reconocimiento como autor de culto, permaneció (igual que en sus inicios) como la esfera más particular, aquella que “no le ruborizaba tanto en comparación con su narrativa” porque le era más propia aunque no más fácil.
Desde una vision particular, algo que permite la derrota del movimiento infrarrealista, es reforzar aun más el sentimiento que con honestidad residía en la poesía de Bolaño al ser el último sobreviviente. Mientras los reflectores se posaban sobre sus novelas, mientras la academia escribía sobre ellas y estas se vendían a montones, sus poemas podían vivir en la nostalgia, aún el subsuelo, sin que se les pidiera nada más que eso: la memoria de lo que hizo que todo empezara, la demanda de una promesa compartida y la libertad de un Roberto Bolaño que regresaba a escribir.