Tierra Adentro
Foto por Carlos Vargas
Foto por Carlos Vargas

“¿Le leemos las cartas?”, pregunta Adriana. “¿Le leemos las cartas?”, insiste. Está sentada sobre un banquito sucio de madera. Con los dedos débiles, decorados de uñas largas, la anciana sostiene un tenedor desechable que usa para llevar el arroz rojo a su boca. “¿Le leemos las cartas?”, pregunta. Luego hace una pausa para comer. Su rostro delgado tiene los ojos apagados. Lleva puesto un suéter negro para doblegar al frío. Este día no tiene nada más que el banquito de madera y el utensilio de plástico. Ayer, lo mismo. Antier, lo mismo. Y así, vulnerable y enferma de diabetes, sobrevivió a una pandemia global.

Adriana no tuvo fiebre, tos seca o cansancio. Tampoco le dolió la cabeza ni sintió malestar en la garganta. ¿Pérdida del olfato? Para nada. ¿Conjuntivitis? Menos. ¿Alguna dificultad para respirar? Mucho menos. En resumen: no presentó ningún síntoma de COVID-19. Nunca se hizo la prueba y nunca resultó positiva. Su caso no aparece en los listados de la Universidad Johns Hopkins o de la Secretaría de Salud federal. Adriana no enfermó. Sobrevivió a la pandemia. Lo hizo por necesidad y escepticismo. Lo hizo aferrada a la idea de que todo era una mentira.

La Jornada Nacional de Sana Distancia inició en México el 23 de marzo de 2020 y concluyó 10 semanas después, en el anochecer de mayo. Luego vino un mes de Semáforo Rojo en la Ciudad de México. Durante todo ese tiempo Adriana estuvo en la calle, sentada en el banquito sucio de madera, ofreciendo lectura de cartas o pidiendo dádivas a desconocidos. Se le pudo ver afuera del Metro Chilpancingo o junto a la estatua de Tin Tan en la periferia de la Glorieta de los Insurgentes.

Foto por Carlos Vargas

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A Adriana la conocí el 26 de abril de 2020. “Joven, ¿me podría dar su hora?”, me preguntó. Eran casi las tres de la tarde de ese domingo. Entre los dos había unos cuatro metros de distancia, entonces opté por levantar la voz para que me escuchara. “Son las dos y cincuenta y tantos”, le dije. Luego me acerqué a preguntarle quién era. La mujer no reaccionó bien al cuestionamiento al principio. Dijo que era común que a los metiches les terminaran rompiendo la madre. Apretó los dientes, levantó las cejas. Se mostró molesta. Pero luego terminó hablando de un gran amor que tuvo y hasta de su padre, un hombre muy rico que tenía negocios en lo que hoy es la Zona Rosa de la Ciudad de México.

Ese domingo era silencioso. El coma inducido en la Ciudad de México llevaba más de un mes. Nueva York ya se había convertido en el epicentro de la pandemia. Los países europeos mantenían las fronteras cerradas para evitar la propagación del COVID-19. La capacidad hospitalaria se reducía y comenzaba a haber brotes de hambre alrededor del planeta. Y Adriana, más vulnerable por su avanzada edad y por la comorbilidad que la aflige, no se movía del banquito. Y así pasaron decenas de días y noches. Y así fue como sobrevivió a la epidemia que, hasta mediados de septiembre, ha cobrado más de 900 mil vidas y ha enfermado a casi 30 millones de personas en el mundo.

Foto por Carlos Vargas

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DIANA

 

Es el domingo 2 de agosto de 2020. El calor de abril se borró con las lluvias y las bajas temperaturas del último tramo del año. “¿Le leemos las cartas?”, pregunta Adriana. Habla en plural porque a un costado está sentada Diana, su hija. Si alguna persona acepta conocer su futuro, es Diana quien saca de una mochila rosa el mazo de naipes. Luego busca una superficie en la que ella y el cliente puedan verse frente a frente. Elige las escaleras de un 7-Eleven. Barajea las cartas siete veces”, dice Diana. “Barajea pensando en tus temas”, agrega. Después pide lanzar una frase sobre las cartas rojas: “por mí, por mi casa y lo que deseo saber”.

“En este año vas a tener una pareja muy importante y puede ser que te quieras casar o te quieras juntar”, dice Diana. Mientras tanto, Adriana continúa invitando a los peatones de la calle Génova a la lectura. Ninguna de las dos usa cubrebocas. No lo hacen en agosto y tampoco lo hicieron en abril. No usan gel antibacterial ni se preocupan por la sana distancia. El lavado de manos es imposible al estar trabajando en la calle. Y la verdad no es algo que les robe el sueño. Acá el hambre es la que deben apagar.

“Hay un hombre moreno que te va a ayudar, te ofrecerá trabajo”, dice Diana. En sus manos tiene el segundo bloque de cartas rojas. Decinueve minutos dura el proceso. Al cliente le dice que vienen viajes, amor, dinero y empleo. 250 pesos es el precio de conocer el futuro, asegura ella; 500 si alguien quiere saber un poco más. “En las cartas te ves muy joven. Se ve la fuerza. Una salud buena, estable”, describe Diana. Frente a ella, Adriana lleva el tenedor de plástico a su boca otra vez.

“¿Cómo está tu mamá de salud?”, le pregunto a Diana. “A veces no le da hambre. Siempre enojona”, contesta. Luego asegura que la diabetes está controlada.  “Siempre le regalan chocolates, pero yo le digo que no se lo tome porque se va a pudrir. Trato de darle café o té, pero no la dejo que tome dulces”, cuenta. Luego dice que su problema es que no comen frutas ni verduras. Parece que evade el tema de la pandemia, y es que en sus descripciones y adivinaciones nunca evoca el contexto que le pasa caminando frente a sus ojos. Tal vez es sólo que no la preocupa. Sin embargo, el cuestionamiento me parece necesario y decido lanzarlo:

 

– ¿Cómo les fue con la pandemia?

 

Diana, de 48 años de edad, termina de guardar los naipes en la mochila rosa y contesta segura:

 

– Eso no existe, Carlos. Eso no existe, no es verdad.

Foto por Carlos Vargas

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EL DÍA NO SÉ QUÉ

 

Diana dice que aprendió a leer las cartas desde que estaba en el vientre de Adriana. A su madre la cataloga como una bruja de las buenas, de las que ayudan a hacer el bien. Dice que no sólo leen las cartas, también realizan rituales. Dice que la vida es tan difícil que ya hasta alopecia le causó. Luego habla del amor que tiene por los perros y los gatos callejeros, y busca con la mirada uno de sus felinos entre las jardineras para presentarlo, pero no tiene suerte. Y luego escucha la insistente pregunta que le he hecho minutos atrás:

 

–¿De verdad no crees en el virus?

 

–No existe. Es una estrategia de guerra. El cubrebocas enferma a la gente. Hay gente que se ahoga con el cubrebocas, hay gente a la que le puede dar un ataque cardiaco con el cubrebocas. Hay gente a la que se le pueden hacer hongos.

 

En sus palabras se nota un discurso creado por las historias que ha escuchado durante los meses recientes. ¿Está convencida? A veces la vida te obliga a convencerte de algo. Y te convence porque no hay opción para creer en otra cosa. ¿De qué le serviría a ella temerle al SARS-CoV-2?, me pregunto. De nada. Si decidiera quedarse en su casa, ¿cómo reunirían dinero ella y su madre para comer?, me respondo.

 

“¿Le leemos las cartas?”, pregunta Adriana. La noche comienza a devorarse la luz en la periferia de la Glorieta de los Insurgentes. “¿Le leemos las cartas?”, cuestiona otra vez. Los desconocidos, hoy aún más por el cubrebocas y las caretas, siguen de largo. Es el día no sé qué de la semana, no sé cuál de la epidemia. En México el virus sigue activo por la incredulidad de algunos y por la necesidad de la mayoría. Es el día no sé qué de la semana, no sé cuál de la pandemia y Adriana sigue allá afuera. Sobrevive. Igual que Diana. Igual que millones. Y lo hace con cuatro palabras: “¿Le leemos las cartas?”.

 

 


Autores
Carlos Vargas Sepúlveda (Ciudad de México, 1992 ), es autor del libro Rostros en la oscuridad: El caso Ayotzinapa. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Actualmente es editor y reportero en el periódico SinEmbargo. Corre maratones.
Ilustración de María Magaña

Seguramente en medio de la pandemia —cercana a los imaginarios posapocalípticos—, para las más jóvenes puede resultar esperanzador imaginar lo que sucedía en 1999. Era el fin del milenio, en el mundo las últimas notas del grunge se mezclaban con ese género denominado new metal, el pop a lo Britney Spears y las Boy band. En México, el ska combinaba las variadas formas de represión hacia los grupos indígenas con el anuncio de la época panista y la huelga de la UNAM; hechos que desde la memoria aún generan cuestionamientos sobre la política interna, los sucesos globales, la violencia de género y la identidad sexual en el presente.

En aquel entonces, la palabra gay y lesbiana ya se encontraban asimiladas por las industrias culturales, sobre todo en el escenario de la aldea global; la representación del lesbianismo en series como Friends (1994 – 2004) y películas como Cruel Intentions (Roger Kumble, 1999), comenzaban a exponer relaciones distintas a la perspectiva binaria, es decir, vínculos entre hombres y mujeres; aunque sin ninguna crítica favorable y desde la perspectiva del deseo masculino, cuyo reflejo se ha visto expandido con la industria pornográfica hecha por y para hombres.

En ese sentido, vale la pena considerar el impacto que el capitalismo, mediante las industrias culturales, ha fomentado dentro de la creación de consumos y estéticas que han generado efectos adversos, como violencia, tipificación de los cuerpos, así como la creación de imaginarios que detentan contra las verdaderas prácticas, en este caso, de las mujeres bisexuales.

Estos ejemplos eran solo la orilla de lo que se buscaba cambiar desde el feminismo, hacía más de treinta años: una transformación en los sistemas de poder, en las instituciones y en general en los mecanismos opresivos hacia las mujeres. Estos propósitos también se gestaron entre las relaciones que la agenda hasta entonces LGTB demandaba, exigencias como el respeto, la generación de leyes que salvaguardaran la vida de las personas cuya identidad y preferencia sexual se ha visto violentada por el sistema heteropatriarcal y el pensamiento binario. Así el 23 de septiembre de 1999 se desdoblaba una agenda que luego de dos décadas sigue en profunda emergencia: la visibilización y el respeto hacia la bisexualidad.

Tres activistas de Estados Unidos hicieron posible que se integrara dentro del mundo el reconocimiento de esta identidad; así que Wendy Curri, Gigi Raven y Randy Page, crearon la fecha conmemorativa para terminar con la indiferencia y el mayor malestar de las personas bisexuales, es decir, la invisibilidad. Randy Page había creado la bandera un año antes, donde los colores azul, magenta y lavanda se asocian con la aceptación erótico/afectiva hacia cualquiera de los géneros. Ciertamente en Estados Unidos se dio mayor relevancia al tema. Ya en 1990 se había creado la primera organización en este país, así como publicaciones y un conjunto de conocimiento sobre la salida del clóset como bisexuales. Sin embargo, más allá de celebrar juntxs este día, resulta necesario analizar lo que ocurre desde el feminismo.

 

Unicornios

Es mejor que hablemos en sí de historias y relaciones que tejen, de maneras diversas, prácticas y afectividades dentro de un movimiento constante. Por ello no resulta extraño que nuestra identidad sea amenazadora, si pensamos que buena parte del raciocinio occidental es binario, y dentro de este, también se encuentra un sector del pensamiento feminista blanco.

En términos contemporáneos pensar que alguien es bisexual no debería generar molestia, sin embargo los agravios todavía son constantes. En principio, se tendría que contar el amplio y complejo entramado de historias que hilan el tejido de la bisexualidad mexicana y latinoamericana. Nuestra historia responde a diversas realidades que, a pesar del recorrido de los años, atienden a la emergencia de visibilizarnos como una colectividad deseante, que exige se libere de los prejuicios impuestos no solo por la mirada heterosexual conservadora, sino por diversos grupos integrantes del ejército colectivo LGBTTTI. Hablemos claro, no somos un mito ni estamos confundidas, tampoco quiere decir que nuestras prácticas sexuales y relaciones amorosas sean necesariamente poliamorosas, o incluso que demuestren signos de inmadurez afectiva; en realidad al igual que el resto de las identidades, nuestras preferencias responden solamente al deseo y gusto por la compañía de personas de ambos sexos y/o más géneros. Es decir, obedecen al disfrute de nuestra cuerpa.

Sin embargo, más allá del universo que propone la comunidad LGBTTTI, no existe el reconocimiento de nuestra identidad. Como cualquier otra salida del clóset, depende del contexto familiar, de la creación de redes de apoyo, del acercamiento a instituciones y colectivas, en sí a encontrar nuestro propio lugar en el mundo, pero en la mayoría de los casos existe rechazo o desconcierto; el primero porque salimos del canon de las relaciones entre hombre y mujer. Debo de admitir que si bien dentro del Estado ha existido mayor visibilidad para todxs los integrantes de la comunidad y para el resto de las identidades, aún no es suficiente. En el caso del desconcierto, tiene que ver con el hecho de que se espera que tengamos una orientación definida de acuerdo a las clasificaciones: que sea una preferencia hacia nuestro mismo género o a uno distinto, lo mismo aplica para las mujeres y hombres cis o las sexualidades trans.

Lo anterior demuestra la necesidad de identificarnos desde marcos estrechos, donde existe una ausencia de representaciones bisexuales, de personas, prácticas y discursos con los cuales reconocernos. El problema, además de personal, es de representación política. Partimos de una doble invisibilidad que al notarse enfrenta una heteronormatividad. Es muy común que dentro del slange se nos denomine incluso como unicornios, personas cuya preferencia es un fetiche para la mirada masculina, y una amenaza para las relaciones.

 

Entre la cacería de brujas y dormir con el enemigo: la bifobia y la cultura de cancelación sobre las otras cuerpas

Más allá del ataque hacia las prácticas y relaciones desarrolladas por mujeres bisexuales hacia cualquiera de los sexos y/o corporalidades, existe un inmenso conflicto político al interior de los feminismos, en los grupos lésbicos cerrados y en el grueso de la sociedad; este problema tiende a la creación de agresiones y violencias simbólicas y físicas.

Como bien lo admite la activista argentina María Luisa Peralta en el prólogo del libro Bisexualidades feministas, contra relatos desde una disidencia situada (2019), la bifobia (aversión a la bisexualidad) y las agresiones “comprometen a la supervivencia personal y desactiva las posibilidades colectivas de resistencia y transformación de un orden sociosexual, opresivo, explotador y aniquilador”, prácticamente es un regreso al control corporal, y se convierte en una cacería de brujas que puede volverse más dolorosa al sentir esa cancelación desde el feminismo y las agentes que rompen su pacto de sororidad, respeto, compromiso político y ética del movimiento; pero más allá del impacto que causa cancelar a alguien, el aspecto político tiene un peso decisivo en la práctica de la invisibilización, es decir, en cómo se estructura una sexualidad represora, capaz de construir un programa inquisidor.

El deseo provoca a las actividades coercitivas, como la aparentemente joven cultura de la cancelación. En pleno siglo XXI, el regreso hacia el siglo XII no suena descabellado si pensamos a la bisexualidad como una práctica herética, donde la constante acusación por la falta de pureza, así como por ser mujeres con una identidad que no se encuadra dentro de aquellas socialmente aceptadas, se encamina hacia aquella mirada inquisitiva a la brujería y los asuntos que producían una obsesión mórbida por parte de la iglesia católica y el Estado monárquico, como bien lo retrata Silvia Federici en Calibán y la bruja (1998):

Con el Tercer Sínodo Laterano de 1179, la Iglesia intensificó sus ataques contra la sodomía dirigiéndolos simultáneamente contra los homosexuales y el sexo no procreativo (Bowswll, 1981:277). Por primera vez, condenó la homosexualidad, “la incontinencia que va en contra de la naturaleza” (Spencer, 1995a: 114). Con la adopción de esta legislación represiva, la sexualidad fue completamente politizada. Todavía no encontramos, sin embargo, la obsesión mórbida con que la Iglesia Católica abordaría después las cuestiones sexuales. Pero ya en el siglo XII podemos ver a la Iglesia no sólo espiando los dormitorios de su rebaño sino haciendo de la sexualidad una cuestión de Estado. Las preferencias sexuales no ortodoxas de los herejes también deben ser vistas, por lo tanto, como una postura anti autoritaria, un intento de arrancar sus cuerpos de las garras del clero.

Por desgracia la coerción no solo proviene de los grupos conservadores heteropatriarcales, sino de algunas corrientes feministas, que sin duda tienen una visión crítica hacia la opresión de las mujeres, pero han provocado ataques sistemáticos hacia las personas bisexuales.

En el caso del feminismo radical, sostiene entre su discurso acciones políticas e incluso visibilidad en la cultura popular. Esta sección propone una línea de puritanismo de cara a las preferencias y prácticas sexuales de todas las mujeres, dividiendo entre dos grupos a la colectiva: el primero contempla aquellas que se encuentran dentro su marco de visibilidad, cuyas características se encuentran determinadas por clase, fenotipo, preferencia sexual, identidad de género y educación. La otra parte es conformada por quienes tenemos otra idea sobre la identidad, el empoderamiento de nuestras cuerpas, nuestros deseos y elecciones, incluso sobre el deseo de ser madres y/o formar una familia con varones.

En el caso de establecer una relación o una base familiar con hombres cis o transgénero, a las mujeres bisexuales se nos presiona para que desistamos, se nos descalifica y se nos culpa de que exista mayor riesgo de transmisión de ETS por tener contacto sexual con hombres y mujeres; debido a esto, se nos denomina igualmente como promiscuas o se nos infantiliza, diciendo que hemos cedido a la presión de sostener prácticas y relaciones heteronormadas. Estos escenarios mantienen aspectos no solo de una política sobre los cuerpos, sino igualmente una medicalización, cancelación.

La actual bifobia se extiende hacia cada nueva chica que abre sus redes sociales y se encuentra con el despliegue de discursos y campañas que cuestionan nuestra identidad, el compromiso político y ético con el feminismo e incluso, como en el caso de las mujeres transgénero, la absoluta violencia hacia sus cuerpos, por el hecho de contar con un elemento anatómico que -para las llamadas radfem mediáticamente la incorporan en la cultura de la violación.

En un contexto tan apremiante, como lo hemos visto, el capitalismo asimila de manera colorida —incluso animada— todas la identidades; por esa razón es indispensable la discusión y el análisis con una base crítica y ética, ya que la bifobia y la cancelación de nuestras cuerpas supone un programa de vigilancia y castigo, mismo que reproduce la historia de las instituciones totales —la Iglesia, el Estado, la Familia— y ahora mismo la mediatización de la política y el peso de las industrias culturales.

Por ello este 23 de septiembre es tiempo para alzar nuestra bandera y portar nuestros colores con orgullo, supone —como el 23 de junio— exigir nuestros derechos, entre ellos la visibilidad, el respeto y el cumplimiento de auspiciar una vida libre de violencia. Definitivamente ese trabajo necesita sumar voces y diálogo fuera de la comunidad LGBTTTI, o hacia el ejecutivo y el grueso del Estado, a los discursos que no hacen sino rasgar la bandera de la sororidad.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.
La colina del viento. Ilustración por Eduardo Ramón Trejo.

Puedo contar, con los dedos de una mano, los lugares donde he vivido: la casa de mis padres hasta mis veinticuatro años, un departamento y una casa en Iowa City, un cuarto en la Residencia de Estudiantes de Madrid y este departamento, desde donde escribo ahora mismo, al que me mudé apenas dos semanas antes de que comenzara la cuarentena. De todos esos espacios, la Residencia de Estudiantes es el único que se siente más grande que mis recuerdos, que no puedo reducir a mi experiencia. Los dos años que viví en aquella habitación pequeña, coexistí con los sucesos, personas y tiempos que me precedieron.

Han nombrado de muchas formas a la colina donde se encuentra la Residencia de Estudiantes. A principios del siglo XX, esa parte de los Altos del Hipódromo era campo, y se le llamaba la Colina del Viento1. Por allí solo pasaba una acequia del Canal Isabel II, que proveía de agua a la ciudad y el único edificio era el Museo de Historia Natural.

Más tarde, en 1915,  Juan Ramón Jiménez la bautizó la “Colina de los Chopos”2, haciendo alusión a los tres mil árboles de este tipo que había en el jardín. Hoy en día, aún se avista la cúpula del Museo de Historia Natural por las ventanas de la Residencia y queda un pequeño jardín por el que corre un canalillo que conmemora la antigua acequia, pero ya no hay ningún chopo.

Entre la primera (1910 – 1936) y segunda época (1986-presente) de la Residencia de Estudiantes están la Guerra Civil y la dictadura franquista. Los árboles no son lo único que cambió desde entonces. Para la mayoría de los españoles es una institución que forma parte de los libros de historia, de la llamada Edad de Plata de las letras y las ciencias españolas, y no un centro cultural en funcionamiento.

Me topé con ese problema desde el instante en que pedí mi visa, y la persona que me atendió en la embajada me dijo que mi solicitud estaba mal llenada porque no podía estudiar en “una residencia de estudiantes”. Tuve que explicarle que no era una residencia, sino La Residencia de Estudiantes. A la fecha sospecho que algo en esa confusión fue parte de las razones por las que me negaron el trámite aquella vez.

Cuando por fin llegué a Madrid, encontré que mi hogar podía entenderse mejor como un hotel. Es la manera más fácil de explicar cómo fue vivir en ese sitio. Mis compañeros y yo éramos las únicas personas que pasaban allí el año entero, hecho que era más obvio durante las vacaciones de diciembre y de agosto, cuando no había huéspedes y las instalaciones se sentían vacías. Cada uno de los becarios tenía una habitación, pero las áreas comunes del hotel se convertían en parte de nuestra casa; era inevitable que con el tiempo desarrolláramos una relación cercana con la gente del restaurante, de la recepción y de limpieza que nos cuidaban y conocían muchos pormenores de nuestro día a día.

Vivir en ese lugar era un balance entre lo privado y lo público, entre las comodidades de un huésped y las responsabilidades de un becario. En estas últimas estaba ayudar con las visitas guiadas.

Una de las más especiales fue una guía teatralizada, donde mis compañeros y yo actuábamos como los personajes que vivieron en la Residencia durante la década de los veinte: Federico García Lorca, Salvador Dalí, Concha Méndez, María de Maeztu, Alberto Jiménez Fraud entre muchos otros. Fue así que por fin me aprendí la historia y fue esa visita la que repetí más de una vez para mis amigos. Si estuviéramos allí ahora mismo, los guiaría desde la reja verde del número 21 de la calle Pinar, entre los matorrales de lavanda, hasta el primero de los edificios. Les diría que ese era uno de los dos Pabellones Gemelos, les señalaría una de las ventanas en el cuarto piso, la mía, y les contaría que originalmente los edificios solo tenían tres pisos, que el último de ellos se construyó durante la rehabilitación en la década de los ochenta, por eso las ventanas del tercer nivel eran redondas, en contraste con las cuadradas de los otros pisos.

También les contaría que la Residencia se mudó a la colina del viento en 1915, pero que los primeros cinco años de su historia ocupó el número 14 de la calle Fortuny, al otro lado del Castellana, que después se convirtió en la Residencia de Señoritas. Les haría notar que los edificios de ladrillo rojizo son estilo neomudéjar y que fueron diseñados por el arquitecto Antonio Flórez Urdapilleta. Tal vez les diría que los detalles verdes en las ventanas y las tejas son algunas de mis cosas favoritas.

Luego los llevaría a recorrer el jardín, hablaría sobre los muchos nombres que tuvo esa zona, les señalaría la cúpula del Museo de Historia Natural entre los árboles, mientras paseamos por la acequia y les contaría de los chopos desaparecidos. Les diría que la Residencia fue ideada por Francisco Giner de los Ríos como parte del proyecto pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza para renovar el país basándose en la filosofía krausista. Giner de los Ríos le encargó a Alberto Jiménez Fraud que fuera a visitar los colleges ingleses y aprendiera el modelo para implementarlo en España.

Fraud, que fue el director de la Residencia desde su apertura en 1910 hasta su cierre cuando estalló la Guerra Civil (en 1936), volvió de Inglaterra con ideas claras para hacer de la Residencia un lugar donde los jóvenes de todo el país que llegaran a estudiar a Madrid, pudieran convivir con los intelectuales más importantes de la época, donde se fomentarían actividades diversas como el deporte, las artes, las humanidades y las ciencias para formar jóvenes integrales.

Desde el principio, el proyecto atrajo a muchas personas importantes y se convirtió en hervidero de creatividad. Entre los tutores se encontraban Miguel de Unamuno, Alfonso Reyes, Manuel de Falla, José Ortega y Gasset, Pedro Salinas, Blas Cabrera, Eugenio d’Ors, Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez. Este último vivió muchos años en la Residencia, contaría en mi visita guiada al cruzar por el jardín entre los dos pabellones gemelos para explicar que él fue quien plantó las cuatro adelfas y lo nombró “el jardín de las adelfas”, o “el jardín de los poetas”.

En este punto, haría una pausa para dejar que se asomaran por la ventana de la Habitación Histórica, una recreación de cómo eran los cuartos de los residentes. Esto daría pie para hablar de los más ilustres, de que Federico García Lorca, Luis Buñuel y Salvador Dalí vivieron en esa casa entre 1920 y 1927 y se hicieron amigos, que estaban llenos de ocurrencias y se influenciaron mutuamente. También mencionaría a Pepín Bello, compañero de todos ellos, tal vez el pegamento del grupo, que los sobrevivió a cada uno y que se convirtió en su cronista. Frente a la habitación podría contar la anécdota de cuando Dalí y Lorca se encerraron varios días en su habitación y pidieron que se les trajera comida diciendo que eran náufragos y no podían salir. Les hablaría de las tertulias, de la hora del té, de que se cuenta que, en ese mismo jardín, Lorca le leyó las primeras líneas de Poeta en Nueva York (1940) a Alberti.

De allí los guiaría hacia el Edificio Central, que antes se llamaba “La Casa”, donde está ahora la recepción, el comedor y el salón de actos. Nos detendríamos frente al banco del Duque de Alba, y desde allí les señalaría el último de los edificios que forman la Residencia: el Trasatlántico, llamado así porque los primeros residentes decían que cuando sacaban a orear sus sábanas al balcón, el edificio parecía un navío. Hoy se alojan allí las oficinas administrativas, pero en ese lugar estaban los laboratorios científicos donde trabajaron Severo Ochoa y Santiago Ramón y Cajal. Eso me ayudaría para contar que Albert Einstein visitó la Residencia en más de una ocasión. Y no fue el único, muchos intelectuales dieron charlas en el salón de actos: Paul Valéry, Marie Curie, Igor Stravinsky, John M. Keynes, Alexander Calder, Walter Gropius, Henri Bergson y Le Corbusier.

Si no fuera hora de la comida o la cena y no pudiera enseñarles el comedor, concluiría el paseo en el salón de actos. Allí les contaría del final, de que con el estallido de la Guerra Civil, la Residencia se ofreció para usarse como hospital de carabineros y una vez que inició la dictadura de Franco, la mayoría de las personalidades que habían tenido contacto con la institución se exiliaron y las instalaciones de la colina del viento se volvieron parte del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Hablaría, por último, sobre el piano del salón del acto, que sobrevivió en el sótano. El piano en el que Manuel de Falla le enseñó a tocar a Federico García Lorca. En realidad es el único objeto de la Residencia que sobrevive desde esa época.

Allí acabaría el tour, ya no ahondaría en el presente, de la segunda época de la Residencia de Estudiantes que comenzó en 1986, cuando implementaron el proyecto de restauración de los edificios y se quiso recuperar el espíritu y las actividades. La institución dejó de ser una residencia para convertirse en un centro cultural y en un hotel en donde se albergan científicos, artistas y humanistas importantes que visitan España.

Entre las personas que han pasado por allí en esta segunda época se encuentran Mario Vargas Llosa, Pierre Boulez, Martinus Veltman, Ramón Margalef, Jacques Derrida, Blanca Varela, o Massimo Cacciari.

No les hablaría tampoco del sello editorial, de todos los libros que edita la Residencia, de su biblioteca que cuenta con la obra de varios antiguos residentes ni de las becas gracias a las cuales viví allí. El Ayuntamiento de Madrid las convocó por primera vez en 1988 y desde entonces hasta la fecha, los becarios han vivido en los últimos pisos de los pabellones gemelos.

Debido a la naturaleza múltiple de la Residencia de Estudiantes, la institución cerró sus puertas en abril a causa de la pandemia. Las becas también se suspendieron, pero recientemente se anunció una nueva convocatoria para iniciar en noviembre. La beca para estudiantes de doctorado y artistas menores de 30 incluye el alojamiento y tres comidas al día en el restaurante, además de la oportunidad de vivir un año en un centro cultural lleno de actividades y convivir con el resto de los becarios. Las becas para ciudadanos españoles y latinoamericanos están abiertas hasta el 30 de septiembre3.

En mi experiencia los dos años que tuve la suerte de vivir en la Residencia de Estudiantes fueron de intensa creación e intercambio. No necesariamente por el número de páginas que escribí, sino por las conversaciones que tuve, los eventos a los que asistí y las muchas formas en las que habité ese espacio.

Tuve la oportunidad de relacionarme con cientos de personas: amigos cercanos, trabajadores del restaurante, camareras de piso, recepcionistas, algunas figuras importantes del panorama intelectual español (tan masculino como muchos otros), algunos artistas que nos prestaron su arte, sus pinturas, sus danzas, su voz. Es curioso pensar que en este departamento, en el que llevo encerrada los últimos seis meses, apenas he compartido momentos con más de diez personas.


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, se ha desarrollado en la ilustración a través de la técnica del collage, colaborando en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Ha colaborado con medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Cancelación. Imagen tomada de Pixabay.

Aunque no es nuevo exigirles respeto y un uso responsable de sus voces a las personas que gozan de cierta fama, una búsqueda rápida muestra como la frase “cultura de la cancelación” tomó fuerza a finales del 2017 entre los usuarios de Twitter, y ha crecido en popularidad durante esta pandemia que nos mantiene interactuando a través de nuestras pantallas.

La idea de “cancelar” se originó en la comunidad virtual #blacktwitter, donde se usaba la palabra para referirse a cortar cualquier tipo de nexo y apoyo hacia quien hubiera roto el contrato social que mantenemos. Un claro ejemplo de “cancelación” surgió en el 2015, meses después de que el comediante, Hannibal Buress mencionara públicamente que el actor, comediante y activista, Bill Cosby era un violador. Aunque se tenía información al respecto desde hace décadas, no fue sino hasta esas declaraciones que el tema comenzó a hablarse más en Twitter y diversos blogs; gracias a esto, más víctimas se sintieron escuchadas, listas para hablar públicamente de sus experiencias, y las empresas se sintieron presionadas a tomar decisiones financieras para deslindarse del violador que, eventualmente, fue declarado culpable ante un juzgado.

Fue en ese contexto de movimientos como #MeToo, que la palabra “cancelar” comenzó a usarse por la población en general para hablar del productor y violador, Harvey Weinstein, condenado a 23 años de prisión; del acosador y comediante, Louis C.K., y de Kevin Spacey, el actor señalado por abusar de menores.

Así, cuando al descubrirse que personas famosas (músicos, actores, comediantes, productores, escritores) habían cometido abusos sexuales impunemente, usuarios de Twitter y Facebook vocalizaban sus intenciones de boicotear las carreras de los implicados. Algunas acciones incluían dejar de pagar por su música, sus películas, o sus libros. Y tanto los empleadores como quienes tenían proyectos en conjunto con las personas canceladas, se sintieron presionados a cortar lazos profesionales para evitar ser parte de ese boicot.

Estas acciones no se han logrado por el corazón bondadoso de aquellos que durante años permitieron el abuso y prácticas discriminatorias mientras volteaban hacia otro lado; las repercusiones se concretaron porque al ver que la inacción podría tener consecuencias para ellos y sus proyectos, salieron públicamente a romper vínculos con los abusadores, a cancelar libros, o eliminar programas. Eso es “cancelarlos”.

Para las personas que estamos acostumbradas a lidiar con los efectos de nuestras acciones, la idea de la cancelación parece una consecuencia lógica a nuestros errores públicos, pero para los beneficiarios del nepotismo u otras prácticas injustas, con plataformas desde las que comparten puntos de vista mediocres y discriminatorios, es una pesadilla que usuarios sin renombre, muchas veces anónimos en una red social, puedan criticarlos y exigir consecuencias a sus discursos de odio. Lo interesante es que quitar de una posición de protagonismo a alguien cuyas ideas dañan a la sociedad nos beneficia a todos, y ser cuestionados por nuestras acciones y palabras, también. Al final la esfera social con privilegios aplaude la meritocracia, del mismo modo que cualquiera ama las historias de redención. Lo anterior sugiere que si alguien merece su plataforma, ya tendrá tiempo de volverla a obtener, después de haber enmendado sus errores.

Sin embargo, la realidad nos dice que esas personas “canceladas” probablemente regresen a sus plataformas en cuestión de semanas o meses sin haber cambiado en absoluto, pues la sociedad en general sigue sin tomar en serio distintas formas de discriminación y por lo tanto olvida y perdona fácilmente. Como muestra está el comediante Dave Chappelle, quien ha sido duramente criticado por burlarse de las víctimas de abuso sexual y las personas transgénero; sin embargo, él se ha beneficiado del miedo a la cultura de la cancelación, creando especiales en Netflix alrededor del tema y recibiendo 20 millones de dólares.

Hay casos en los que la llamada cancelación no es más que una crítica merecida, sin mayores consecuencias. Por ejemplo, a principios de año la conductora regiomontana de noticias, María Julia Lafuente se refirió a las manos de una mujer como “prietas, horribles y nacas” en plena transmisión. La sobrina de la señora, indignada, publicó en Twitter lo hirientes que habían sido las palabras para su tía, y la gente comenzó a criticar a la conductora. Pero solo bastó una disculpa pública para que el asunto se olvidara. Finalmente en una sociedad racista y clasista ese tipo de comentarios intolerantes no son particularmente ofensivos.

Otro ejemplo de “cancelación” que nunca llega a ser más que una crítica merecida es la carrera artística de Kanye West. En mayo de 2018, después de haber apoyado públicamente al presidente de E.U., Donald Trump, la celebridad salió en televisión a decir que las personas afroamericanas estaban siendo limitadas por una cárcel mental, más que por un sistema injusto y racista, y que el hecho de que hubieran sido esclavizadas por tantos años tal vez había sido una elección propia. Fue duramente criticado, pero un mes más tarde sacó su nuevo álbum Ye (2018) que llegó al número uno de las listas de Billboard.

De esta manera, famosos con un buen equipo de relaciones públicas generalmente logran salir ilesos de cualquier incidente cercano a la cultura de la cancelación. Y tristemente lo que muchos consideran “cancelaciones” no son más que una ola de críticas que no tienen más consecuencias que la incomodidad de quien no está acostumbrado a lidiar con el resultado de sus actos.

¿Recuerdan cuando el presidente del Instituto Nacional Electoral, Lorenzo Córdova se burló de los representantes de los pueblos indígenas, específicamente del líder chichimeca Mauricio Mata y las críticas comenzaron a lloverle por sus comentarios racistas al punto de pedir su renuncia? Pues el INE organizó un encuentro con Rigoberta Menchú, a quien invitaron como observadora electoral. Obviamente nadie se iba a poner a criticar a una indígena Premio Nobel de la Paz, quien voló a México a estrechar la mano de Córdova y a hablarnos del perdón. Así que en cuestión de horas, el llamado a la renuncia de Córdova desapareció. Cinco años después, el señor sigue en su puesto, probablemente con el mismo nivel de ignorancia y de desprecio hacia gran parte de la población a la que representa.

Las personas realmente “canceladas” son quienes no tienen plataformas, quienes se oponen a las estructuras de poder, quienes lo pierden todo en actos injustos. Forman parte de ese poder aquellos que son criticados mientras llenan auditorios, venden miles de libros, o continúan siendo pagados para compartir sus opiniones caducas en diarios de circulación nacional.

Los profesores que han abusado de sus alumnas en las universidades con más prestigio del país, y quienes han sido “cancelados” en redes sociales siguen en las aulas, dando clases y participando en webinars, o si acaso “les fue mal”, están en casa con una buena jubilación y una reputación básicamente intacta fuera de círculos feministas; mientras las mujeres de quienes abusaron, perdieron oportunidades laborales que nunca regresarán, tuvieron que dejar sus estudios, cambiar de especialidad o dedicarse a algo distinto. ¿Quiénes son los cancelados realmente?

Aunque el intento de “cancelación” puede tener consecuencias positivas para algunos -pues las críticas llegan a generar simpatía y esa victimización los fortalece-, a veces ni siquiera existe una crítica, sino que alguien se pregunta qué pasaría si existiera una, y eso basta para que cientos de personas salten a defender a su cantante, escritor o actor favorito. Hace poco lo vimos cuando una persona supuso que la portada de ¿Dónde jugarán las niñas? (1997), álbum de la banda Molotov, habría sido “cancelada” si la hubieran lanzado este año; eso bastó para que las personas salieran a defender algo que a pocos les interesaba retomar.

Finalmente, en una sociedad racista, o transodiante, ¿quién está dispuesto a exigir consecuencias por acciones que todos hemos cometido? Si es abuso la presión con la cual el actor, Aziz Ansari obligó a una mujer a tener relaciones sexuales con él, entonces mi novio y mi mejor amigo serían abusadores, y obviamente no lo son, ¿verdad? Y si no entiendo por qué lo que dijo la autora J.K. Rowling es transfóbico, pues cuando lo dicen mis amigas es solo un chiste, y yo claramente no odio a las personas trans, porque sigo creyendo que la única expresión de odio es la violencia física y verbal, entonces no sé cuáles de mis acciones o palabras podrán ser criticadas en el futuro y, lógicamente, mi reacción será apoyar a esas personas famosas pasando por un mal momento.

Cuando nos enteramos que el tenor español Plácido Domingo había dañado el futuro profesional de mujeres jóvenes que no aceptaron sus propuestas sexuales, curiosamente no lo entendimos como “cancelación” hacia ellas; pero después de tres décadas de que el tenor abusara de su poder, decenas de víctimas y testigos alzaron sus voces para acusarlo, y la Orquesta de Filadelfia le canceló al artista la invitación a abrir un concierto, entonces sí tuvimos que leer columnas de opinión de señores que empatizaron con el abusador y vieron como una injusticia que las instituciones hubieran creído en las denuncias de decenas de víctimas. Aunque algunas de las consecuencias de esas denuncias incluyeron que el tenor quedara excluido del teatro de la Zarzuela en Madrid, a principios de agosto, fue galardonado en Austria por su influyente trayectoria profesional. Eso es, cancelado no está. Después de haber jugado con las carreras de mujeres con menor poder durante décadas, el señor es aplaudido, y a sus 78 años continúa recibiendo el respeto de su público y de personas poderosas en la industria de la música.

El problema para algunos es que hasta hace poco las reglas comunitarias no se aplicaban a ellos. Es más, gran parte de la sociedad sigue sin conocer las “nuevas” normas, entonces parece indignante que aquellos sin poder y cuyo rol en la sociedad era quedarse callados, o sonreír mientras se les humillaba, ahora vayan por la vida exigiendo respeto y hasta acciones disciplinarias. En la actualidad, la comunidad LGBTQ+, las mujeres, las personas neurodivergentes, las comunidades indígenas y personas racializadas van por ahí usando redes sociales y compartiendo su indignación hacia lo que se consideraban prácticas comunes y “solo chistes”.

Una de las razones por las que “la cultura de la cancelación” asusta tanto es porque el mundo está cambiando. Las personas comunes poseemos el acceso a herramientas que de cierta forma democratizan las ideas, y lidiar con este cambio puede ser difícil para quienes se beneficiaban de las estructuras antiguas.

Antes solo teníamos acceso a los datos oficialistas; si queríamos saber de un tema actual, necesitábamos prender la televisión, o comprar un diario para leer el punto de vista de los editores, pero ahora basta voltear a ver nuestros teléfonos para leer las versiones y puntos de vista de quienes están en el lugar de los hechos. Por supuesto que necesitamos seguir creando medidas alternativas que permitan rendir cuentas y democratizar la información de forma responsable, pero debemos lidiar con una realidad llena de medios irresponsables.

Lo que parece molestar a algunos es que personas sin renombre tengan el poder de decidir sobre sus vidas. ¿Cómo es posible que mujeres “desconocidas” puedan señalar a un hombre famoso y respetado? Y peor aún, que lo acusen no solo en las mismas instituciones que llevan décadas ignorando abusos y revictimizando a quienes quieren denunciar, sino compartiendo sus historias a través de redes sociales. ¿Cómo es posible que cientos o miles de personas les crean cuando lo único que hacen es compartir historias de 280 caracteres o menos, acompañados de capturas de pantalla que pudieron haber sido alteradas? Básicamente estábamos acostumbrados a escuchar solamente a aquellos quienes tuvieran poder y decidían a quién dar voz y a quien no, y de qué forma, pero actualmente “cualquier persona” puede conectarse a internet, contar su historia y ser escuchada. ¡La osadía!

La narrativa oficial nos dice que si la adolescente sonrió para una foto días después de haber sido violada, entonces está mintiendo. Pero en este mundo de cancelaciones que une a miles de jóvenes que han sufrido abusos parecidos y entienden sus complejidades, las denuncias se vuelven virales, y las historias son creíbles; aunque sean compartidas por alguien con una foto de perfil en la que sale sonriente en minifalda.

Con las consecuencias negativas que el internet puede traer, ahora una adolescente con una cuenta de Twitter o TikTok puede decir “¡ya basta!” y despertar no solo para leer críticas a sus acciones, sino para toparse con un mar de “yo te creo”.

La frase “cultura de la cancelación” viene acompañada de la favorita de los columnistas de opinión: “cacería de brujas”, y eso dice mucho sobre cómo perciben la realidad. Quienes se quejan de la “cultura de la cancelación” realmente creen que ser señalados por defender abusadores sexuales en pleno 2020 es similar a ser parteras perseguidas y quemadas por la iglesia durante el siglo XIV, y solo por eso merecen ser cancelados y donar sus espacios a alguien con más talento.

¿Se puede usar la “cultura de la cancelación” para dañar a alguien injustamente? Por supuesto. Existen varios ejemplos de directivos que en un intento de limpiar la imagen de su empresa desechan públicamente a sus empleados por un malentendido, tampoco los apoyan de ninguna manera, con todas las consecuencias negativas que eso pueda tener.

A finales de agosto, una madre soltera a quien no se le permitía entrar a un supermercado con su hija, fue grabada mientras gritaba sus comentarios clasistas y discriminatorios hacia los policías que le impedían el ingreso. Usuarios de Twitter crearon el hashtag #lady3pesos, y cuando se enteraron que trabajaba para la empresa inmobiliaria Century 21, fueron directamente a exigir acciones. La empresa, para no meterse en problemas, rápidamente salió a deslindarse de la empleada y a darla de baja de su red. El comportamiento de la mujer fue erróneo y merecía dar una disculpa pública, pero los empleadores se deshicieron de ella sin problema alguno, dejó a una madre soltera sin sustento en plena pandemia con tal de evitar conflictos.

Pero ahí el problema no es la rendición de cuentas exigida por la sociedad, o las charlas sobre temas importantes que queremos tener, sino el poder que tienen las empresas en la vida de los trabajadores y la falta de ética que hace que los directivos prefieran dejar a alguien sin sustento si eso mejorará la imagen pública. Lo anterior aplica tanto a trabajadores de la construcción como a cantantes famosos, o productores de películas. El asunto no es la crítica, es lo que las personas poderosas hacen con ella para cambiar el panorama.

En el caso de la escritora J.K. Rowling, quien después de haber compartido discursos transodiantes y apoyado a personas que acosan a mujeres trans, aún cuenta con el apoyo de su casa editorial, Hachette UK. Finalmente luchamos contra la discriminación, pero cuando tomar una postura pública al respecto puede eliminar ganancias millonarias, tal vez nos resulte más conveniente quedarnos callados. Así, cuando un grupo de empleados se negó a trabajar en el más reciente proyecto de la autora, la empresa no se los permitió, declarando que “la libertad de expresión es la piedra angular de la industria editorial”.

Algo interesante es que muchas veces lo que se critica no son las ideas, sino la forma tan irresponsable en la que se comparten. Por ejemplo, a principios de junio, el diario New York Times publicó una columna de opinión en la que un senador estadounidense pedía al gobierno federal usar las fuerzas armadas en su país para reprimir las protestas contra la represión policial. Cuando los reproches comenzaron a llover, incluida una carta firmada por 800 empleados en la que criticaban que se hubiera permitido publicar información falsa, el editor confesó haber publicado un texto que no cumplía con los estándares editoriales sin antes haberlo leído. Así, cuando renunció a su cargo, no lo hizo por la crítica a sus ideas, sino por su incapacidad de realizar su trabajo correctamente.

No fue “cancelado” por darle espacio a una idea rechazada por muchos, sino que él se “canceló” a sí mismo después de dañar la reputación del diario para el que trabajaba, algo que había hecho más de una vez anteriormente. No hubo “caza de brujas”, solo consecuencias a un trabajador deficiente en uno de los puestos más poderosos en el periodismo estadounidense .

La cultura de la cancelación somos las voces que no se escuchaban, las personas cuyas identidades no eran más que un chiste del que los comediantes se burlaban durante sus programas en horario estelar; bromas que nuestros padres repetían en la hora de la comida, y nuestros compañeros reiteraban durante el recreo. Pero ya no estamos dispuestxs a aceptar ese trato. Proponemos cambiar los chistes, exigirles a estos comediantes material nuevo y gracioso, a dejar de reciclar ideas que no funcionan y abandonar la mediocridad. A renovarse o morir.

Me parece que las personas que usan su voz para demandar respeto hacen un trabajo necesario, y estoy agradecida con lo que muchos llaman la “cultura de la cancelación”. Hace solo un mes, durante su discurso del día de la independencia de E.U., el presidente estadounidense, Donald Trump dijo que la “cultura de la cancelación” era “la definición misma de totalitarismo“, y a mí me sacó una sonrisa. Si alguien con ese historial tiene miedo, entonces vamos por buen camino.


Autores
Danae Silva es una diseñadora, ilustradora y arquitecta que dedica su tiempo a diversas iniciativas de justicia social. Administra la página de Facebook La Corregidora.

 

Quizás sea la Plaza Santa Cecilia; quizás los fantasmas de Tin Tan afuera del Tenampa o la canción de José Alfredo estén en esta noche de un lunes que quiere despertar ya como martes; quizás sea sólo una historia como tantas que se anidan en la colonia Guerrero de la Ciudad de México en donde un guerrero y su estirpe caminaron a mediados del siglo pasado y escucharon a los mariachis que estoicos siempre esperan a que la ciudad termine de hundirse; quizás sea un escenario que se ha repetido desde la fundación de esta plaza renombrada en honor a quien blandió su espada para reunificar Italia: quizás sea sólo un pretexto, pero tres perros noctívagos buscan una guitarra bienhechora que amaine la furia de la amante olvidada por certeros tiros entre pecho y espalda. Entre el frío de las once de la noche de un noviembre como tantos, los tres desbalagados mosqueteros encuentran una silueta enjuta en un pequeño banco de madera; las manos artríticas se esconden en mitones deshilachados que abrasan un requinto y con voz cansada espeta: “¿con cuál nos vamos, m’ijito?

*

El onanismo siempre termina en fuego: arden las yemas y arden las falanges, también arde el instrumento junto a las imágenes que se agolpan en los ojos: recuerdos, fantasías o el fetiche más certero que como yesca —en ocasiones, sólo pavesa— se apaga entre la respiración entrecortada. La cadera danza frenéticamente mientras las manos se juntan debajo de ella y estrechan un bote de gasolina cuyo chorro se disemina entre las seis cuerdas que minutos antes plugaban notas imposiblemente agudas: su resistencia estaba ya calada por los dedos largos que las hicieron chillar durante cuarenta minutos. Era 1967 y era Monterey, California. En ese escenario de hace cincuenta y tres años desfilaron Grateful Dead, Eric Burdon and the Animals, Otis Redding —a quien le faltaran algunos meses para ser parte del club de los veintisiete— y quien sería una de las voces más dolorosamente reconocibles y, ella sí, parte de tan infausto ateneo: Janis Joplin, “la Bruja Cósmica”, aunque siendo parte de Big Brother and the Holding Company. Y por si faltaran nombres para hacer del festival que preludió Woodstock todavía más estrambótico también estaba el de Ravi Shankar, el bengalí al que se le debe la melancólica cítara de George Harrison en Norwegian Wood. (El “Concierto para Bangladesh”, de 1971, en el Madison Square Garden, de Nueva York, organizado por Shankar y Harrison, fue el primer concierto a beneficencia de gran magnitud: entre los músicos que participaron se cuentan a Eric Clapton, Bob Dylan, The Animals y Billy Preston). También se presentó en Monterey un novel y salvaje grupo que cargaba en la base rítmica a Keith Moon por recomendación de un tal Paul McCartney, quien también había recomendado para el Monterey Pop Festival a un guitarrista desaliñado, que con pantalones rojos, chaleco negro con ribetes en blanco y una camisa amarilla con olanes terminaría por destrozar su Stratocaster, incendiada merced a breves soles que algunos llaman cerillos, frente a miles de atónitos ojos.

*

En el taxi, en el camino de Garibaldi a la colonia Portales, el artrítico guitarrista cuenta su historia: “M’ijito —y con ese apelativo nombra a cada uno de los tres que siguieron la palabra de Baudelaire—, hace muchos, muchos años, yo estaba al frente de la Orquesta Santa Verónica, con los que me presentaba, un día sí y el otro también, en los mejores lugares de la Ciudad. Eso era cuando la música estaba por encima de todo. Y un día llegó un pocho que me dijo ‘necesitamos una primera voz, y que sepa tocar bien la guitarra, vente a grabar con nosotros a Nueva York’. Y la verdad, m’ijito, pues ya tenía yo suficiente trabajo y lana, mucha lana, con mi Orquesta. ¿Qué le iba yo a hacer caso a unos pinches pochos que tocaban, según ellos, boleritos. Los mandé por allá y me quedé con mi orquesta. No sabía que veinte años después nos iban a cerrar todo, que nos iban a poner toque de queda, y que mi orquesta se iría a chiflar a la loma. Luego supe el nombre del grupo del pocho y que grababan con Javier Solís y con la Gormé. Y salían harto en la tele y en la radio. Ni modo. Ahora me tocó estar aquí. ¿Entonces con cuál empezamos?”

*

Antes de que las cuerdas crepitaran por la combustión, tuvieron que servir lo mismo a Little Richard (o como se le conocía en México en esos años: el Pequeño Ricardito) que a muchos de tantos grupos olvidados por la historia de la música, injustamente. Los Isley Brothers, grupo conformado por los hermanos O’Kelly, Rudolph y Ronald, y que comenzaron en 1954, escribieron una canción que quizás sea recordada por los nostálgicos y los fanáticos de The Beatles: Shout!. Estos mismos hermanos tuvieron la desfortuna de grabar, un año antes que el Cuarteto de Liverpool, Twist & shout, ¿por qué desfortuna?, porque las voces desgañitadas de Lennon opacarían cualquier intento posterior y anterior de gritar un himno. La historia no siempre es justa, los Isley Brothers, después de verse derrotados, grabarían, en 1964, Testify, con el guitarrista que tres años después, en el primer espectáculo masivo, destrozaría una guitarra. En ese entonces, nuestro verdadero protagonista era un músico de estudio, quizás un “huesero”, tal vez —y para decirlo de modo elegante— un galeote de las circunstancias.

*

El guitarrista artrítico cuenta que le gusta el vodka, pero que puede beber lo que le den. Sus setenta años que pueden ser ochenta o quizás menos saben su oficio. Uno de los tres charros que están atados al potro del alcohol —y que es quien debe calmar las ansias del reclamo marital— le responde: “¡Un músico siempre es bienvenido! Lo que usted quiera, Maestro”. Y pone una botella de Absolut Azul frente al que, ahora, es conocido como M’ijito, por el modo de nombrar a todos. M’ijito toma un trago de vodka con refresco de limón, toma su requinto y lo afina como si le contara secretos a la boca y al puente de la guitarra hechos de palo escrito. Comienza la serenata. Un bolero tras otro trago, y un trago más mientras que el acorde en fe menor trata de acomodarse entre las notas de una canción compartida.     Sus dedos rotos por el tiempo guardan todavía un as bajo el traste, y en esos requintos de canciones interpretadas por un pocho que se hicieron canon, todavía puede, a sus incontables años, ponerle jiribilla. Se ríe, con varios dientes de menos, pero con la sonrisa de una músico que sabe que ha encontrado el modo perfecto de interpretar una canción: “Todavía puedo, M’ijito”.

*

Raleigh Snipes es de aquellos que la historia ha olvidado. Lo conocían como “Butch”. Y en la memoria del mundo que es la red de redes habrá, quizás, un par de fotos. Era miembro del grupo de Lee Parker, Lee Parker and the Sharps, y se dice y se cuenta y se rumora —como toda leyenda— que antes de que nuestro héroe prendiera la Stratocaster en fuego en el citado 1967, aprendió de Butch a tocar con los dientes la guitarra, y detrás de la espalda, y que el funambulismo fuera parte del acto musical. Se cuenta que si los bateristas hacen malabares con las baquetas es porque en un principio, con el jazz naciente, había “blancos” que tocaban igual que ellos, por lo que Art Blakey y Max Roach —por citar sólo a dos— tenían que hacer milagros con su instrumento. Nuestro verdadero protagonista aprendió de Snipes a tocar con los dientes y a obligar a los amplificadores a reventarse para su placer exclusivo. Era el único modo de sobrevivir: para ejemplo Robert Johnson y Sam Cooke que cantaban en lugares en donde no les estaba permitido sentarse. Sobrevivir a los bares de los Estados Unidos a principios de los sesenta era un modo de resistir. Él tuvo dos opciones: la cárcel o el ejército; del segundo lo expulsaron, de la primera nunca tuvo razón. James Marshall murió el 18 de septiembre de 1970. Hizo tres discos. En cada uno de ellos dejó el mundo entero entre distorsiones, wah-wah y octavadores; en cuatro años cambió la música. El mismo en el que siempre se busca un responso, un último acorde que nos haga descansar.

*

M’jito regresa a la Plaza, ya no es lo mismo. El tiempo se pierde entre serenatas y esta ciudad se ha acabado. Ya no se hunde, está perdida. Sus músicos todavía resisten;  quizás todavía creen que una nota se quedará en la memoria de un transeúnte.

 


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

Gravity’s Rainbow (El arco iris de gravedad, 1973) es una novela de más de novecientas páginas que empieza con alguien cultivando plátanos en una azotea. Pronto, empieza un bombardeo. Es la Segunda Guerra Mundial y el universo está desquiciado.

 

El autor de esta prodigiosa novela encuentra, en los años finales de la guerra, una excusa perfecta para crear una forma de escritura. Entre anécdotas cada vez más delirantes y un sentido del humor retorcido, creó un universo único de literatura paranoica, enciclopédica, llena de referencias, reenvíos, intertextos y comentarios espinosos sobre la contemporaneidad americana. Pero no hablemos al vacío. Mejor, empecemos esta guía con una anécdota sin sentido.

 

En la parte norte de la península de Peenemünde, una cálida tarde de verano, en 1945, un pequeño barco de traficantes se apea al puerto. En la cubierta, bajo una lona, después de haber descubierto una caja de vodka, unos simios cirqueros  se embriagan como marineros cosacos. También hay un grupo de bailarinas de cabaret tropezando con enormes tacones en vistosos vestidos de plumas que apenas cubren su piel desnuda, blanca, y llena de brillantina.

 

De pronto, estalla la confusión. Los soldados rusos que custodian la base aérea recién conquistada de la Luftwaffe en Peenemünde, intentan abordar el barco. Un chimpancé ebrio vomita sobre la cubierta. Los otros chimpancés empiezan a imitarlo.

 

Uno de ellos, particularmente hábil para hacer impresiones de Hitler, se agarra a golpes con la conductora del barco. No se puede saber a ciencia cierta quién va ganando.

 

Entre botellas de vodka vacías y el vomito amarillento de los simios, las bailarinas de cabaret se resbalan y tropiezan haciendo una extraña danza con los soldados y las kalashnikovs que se agitan en el aire.

 

Ahora los chimpancés quieren pelear. Algunos siguen vomitando.

 

Un espectador observa la escena, todavía indeciso sobre cuál es la mejor forma de salirse de esta locura. Es un hombre extraño, vestido con un frac encogido, al que todos llaman Rocketman. Fickt nicht mit dem Raketenmensch (“no te metas con el hombre cohete”), es un dicho conocido por algunos en la zona ocupada de Alemania.

 

Rocketman en realidad es Tyrone Slothrop, un peculiar teniente norteamericano quien, en Londres, había descubierto que tenía erecciones y fuertes impulsos sexuales en el lugar preciso en el que caían los cohetes V-2 durante los bombardeos. Su pene, pues, predecía la muerte que caía del cielo.

 

Sujeto de experimentos pavlovianos sumamente importantes para adivinar la caída de cohetes nazis, Slothrop también llegó a ser conocido como Plechazunga, el héroe-cerdo, por su breve paso entre ritos folclóricos alemanes.

 

En algún momento, no pregunten cómo, fue un desertor ruso.

 

Algunos dicen que está loco o que es un perverso olvidable. Otros opinan que no es más que un espejismo de posguerra; una extraña imagen fragmentada que representa a todos los idiotas perdidos en este mundo desgarrado. O a ninguno.

 

En medio del caos de chimpancés, vómito, vodka, coristas y soldados soviéticos, Slothrop es la figura central de una novela que lo pone, sistemáticamente, en situaciones tan desesperadas y delirantes como esta.

 

Gravity’s Rainbow fue publicada por Thomas Pynchon en 1973 y, a pesar del enorme interés que despierta, en este escrito no vamos a hablar de su autor.

 

No hablaremos del pequeño estudio casi monástico en el que escribió la novela, ni del pequeño modelo de madera de un cohete V-2 que tenía junto a su escritorio; de cómo nadie conoce su aspecto, cómo huye de las fotografías o de cómo no ha hecho ninguna aparición pública en décadas. No vamos a hablar tampoco de la importancia de la autoría para la industria literaria o de cómo uno de los más geniales escritores del siglo XXI nunca va a ser reconocido. Después de todo, la fama castiga a los que odian los reflectores.

 

No vamos a discutir nada de eso. Hablar del aislamiento de Pynchon es el lugar común fácil al que siempre desembocan los escritos sobre Gravity’s Rainbow.

 

Todos parecen decir lo mismo con causalidades diferentes: “¡Claro! Creó una locura sobre cohetes nazis, erecciones y sadomasoquismo porque le gustaban las nalgadas y peleó en la Segunda Guerra Mundial.” Ya saben, tonterías del estilo.

 

Muchos buscan al escritor para ver si encuentran algo que les ayude descifrar lo escrito. A través del deseo del autor, de su vida y de sus andanzas, muchos buscan algo que le dé coherencia a las 400 mil palabras de una novela convulsa, críptica e inaccesible.

 

Pero nada nunca es tan fácil.

 

Por mi parte, prefiero intentar otro camino. Gravity’s Rainbow ha sido descrito como una “novela inaccesible”, “impermeable”, “una novela-enigma”, “novela-rompecabezas” o “novela imposible”. La idea se entiende, claro.

 

Gravity ‘s Rainbow no es un libro fácil. Está lleno de referencias, juegos de lenguaje tan sofisticados que, sin que lo sepamos, citan frases específicas del Leviathan de Hobbes, canciones populares de los años 30 o sonetos olvidados de Rilke; es una novela que se entreteje entre flujos de conciencia imprevistos, delirios de drogas y paranoia en prosa; un misterio que, finalmente, ha sido interpretado desde toda clase de ángulos como una lectura mística;una clave de tarot, zodiacal, rosacruz, cabalística o masónica; como una alegoría o una parábola con muchas parábolas.

 

Y sí, la lectura de Gravity’s Rainbow puede ser un reto. Pero leer siempre lo es. Fácil, difícil, comprensible o incomprensible: eso es relativo, como también es relativo el placer que todos sacamos de nuestras experiencias de lectura. Por eso es particularmente terrible ver el aura de miedo que crece, históricamente, alrededor de una novela.

 

Hay novelas que tienen tal reputación de complejidad que ya nadie quiere acercarse a ellas. Están arruinadas por la inevitable mancilla de lo difícil.

 

Esa reputación, por supuesto, no nace de cualquier parte. Las novelas prohibidas por su complejidad surgen de traumas académicos identificables. La idea central es esta: hay cosas que no son para todo el mundo, hay libros para iniciados; para aquellos que han visto la luz de la academia, que han pagado el castigo de aprender para llegar a una comprensión alta de la literatura, de la fineza de la intertextualidad, de la bendición de las letras.

 

Es una idea que sirve para preservar el frágil poder discursivo de quienes temen que la literatura sea para todos. Si la literatura es de todos, ellos ya no tienen lugar acaparándola en las aulas.

 

En pleno siglo XXI, hay profesores de literatura que explican a sus alumnos por qué no pueden leer ciertas novelas.En vez de despertar su curiosidad, les dicen que no están preparados para ellas. Profesores que se niegan a invitar a leer a Proust, a Joyce, a David Foster Wallace o a Thomas Pynchon. Profesores de mediocre entusiasmo y ridículo miedo, claro está.

 

La primera vez que leí a Henry Miller me pareció algo grotesco y espantoso. Tenía 12 años y no podía creer que un escrito mostrara más calentura que mi cerebro adolescente. 15 años más tarde, me volví a encontrar con Tropic of Cancer y me pareció una absoluta revelación. Hay momentos para leer ciertas novelas y hay ciertas novelas que nunca van a encontrarnos en la coincidencia temporal de nuestros deseos. Pero eso no le da derecho a nadie de juzgar por otros lo que pueden o no leer.

 

Odio la censura, venga ésta de prejuicios académicos o de un estado con impulsos autoritarios. Por eso, quiero hacer una invitación para los que todavía temen acercarse a Gravity’s Rainbow: si alguna vez te intrigó esta novela, si disfrutaste antes escritos más accesibles de Pynchon como Inherent Vice (vaya novela divertida) o The Crying of Lot 49 (vaya novela más corta); si compraste este libro en algún impulso y se quedó arrumbado en la esquina de un librero viéndote feo mientras duermes, entonces este catálogo de curiosidades es para ti. Si nunca te has acercado a la novela, también es para ti. Si ya la leíste y quieres revivir algunas de sus locuras, entonces eres parte de un complot internacional para fomentar la lectura perpetua de Gravity’s Rainbow y te saludo, tovarish.

 

No quiero hacer una interpretación literaria, una sesuda crítica o un comentario general: frente a la complejidad de esta novela todo terminaría siendo largo, oscuro y alienante. Prefiero mejor utilizar la idea de escribir una “guía” (menos en el sentido primero de “dirigir” y más en el sentido segundo de “encaminar”).

 

Este escrito es un amasijo discontinuo de ideas y conceptos alrededor de la obra maestra de Pynchon. Todos estos apartados forman una propuesta de curiosidades en torno a la novela. Algunas son curiosidades históricas, algunos son puntos importantes de la trama o pequeños datos sobre personajes. Otros, finalmente, son delirios literarios e interpretaciones personales.

 

Una guía puede ser, etimológicamente, muchas cosas: el final retorcido de los bigotes, el soldado que alinea las tropas, la parte superior de las coníferas o los postes que se colocan en un camino nevado para indicar una ruta. Quiero que esta guía sea así, que encamine curiosidades, que proponga locuras compartidas, que invite, al menos a una persona, a leer este maravilloso libro mientras se retuerce los bigotes o sueña con coníferas y paisajes nevados.

 

¿Qué más puedo decir?

 

Si con este escrito logro que alguien sienta curiosidad por Gravity’s Rainbow vencí un poco a los que acaparan la literatura y cumplí mi parte en el complot internacional pyncheano de las letras paranoicas.

 

Afortunadamente, tovarish, estamos aquí porque ninguno de nosotros cree en eso del sano juicio.

 

Brennschluss

 

Un cohete, se podría decir, tiene dos vidas.

 

La primera, hija de la propulsión y la combustión, nace como una afrenta activa. El cohete penetra en el cielo con la violencia de poderosos motores, desafiando las leyes de la física que nos mantienen a nosotros, simples mortales, pegados al piso. Se eleva con todo el peso de un globo terráqueo encima, perfora la atmósfera, sigue subiendo hasta llegar a alturas inalcanzables para el hombre.

 

En el caso del cohete A-4 (o V-2 en la terminología vengativa de Hitler), la elevación supera los 80 kilómetros.

 

La segunda, hija de la gravedad, nace de una necesidad pasiva. Una vez que sus motores se apagan, el cohete comienza a caer a la tierra. Esta trayectoria balística ya no depende de nadie. Nadie está controlando al cohete, nadie lo está dirigiendo.

 

En esta etapa, el cohete es y no es libre. Fuera de cualquier tipo de dirección o de agencia humana, por primera vez, el cohete existe solo, único. Pero, al liberarse, cae en otras redes, guiado por fuerzas con las que no se pueden negociar, presa de la inevitable gravedad.

 

Entre estos dos momentos está el Brennschluss.

 

Esta palabra tan importante en ingeniería de cohetes, significa “fin de la combustión”. Es un momento programado, único, en el que el cohete se transforma en un misil balístico. El Brennchluss ocurre en el momento cúspide del vuelo, en el punto más alto de la parábola que traza el cohete en su trayectoria hacia el cielo y de regreso; el momento de la suspensión y el silencio antes de la destrucción. Un punto angelical inalcanzable para el hombre.

 

“El vehículo en movimiento se congela, en el espacio, para convertirse en arquitectura, sin tiempo. Nunca fue lanzado. Nunca caerá.”, escribe Pynchon.

 

Al regresar a la tierra, los cohetes V-2 alcanzaban tal velocidad que rompían la barrera del sonido. Esto quería decir, en cuestiones puramente prácticas, que, como sucede con los rayos, el cohete cae primero y el estruendo se escucha después.

 

Si por alguna mala fortuna, estuvieras paseando por una calle en Londres o Lieja justo en el momento y lugar de un impacto de V-2, estarías muerto antes de escuchar la explosión. No hay advertencia, no hay alarmas, no hay nada.

 

Herero

 

Los primeros cargamentos de cabezas cercenadas, pertenecientes a hombre de las tribus Herero y Nam, llegaron a principios de siglo; sobraban en el sudoeste de África y resultaron muy útiles, claro, para los estudios de frenología y para demostrar científicamente la superioridad racial alemana. El racismo, es bueno recordarlo, no lo inventaron los fascistas.

 

Entre 1904 y 1908, cerca de 100 mil hereros fueron asesinados después de rebelarse contra los colonizadores alemanes. También murieron 20 mil Namas y 10 mil personas de la tribu San.

 

Durante la rebelión de los Hereros, el general Lothar von Trotha tomó una decisión final y buscó eliminar sistemáticamente a todos los hombres de la etnia. Los persiguió y los cazó, los esclavizó en campos de concentración y los dejó morir de sed e inanición en el desierto. Medio siglo más tarde, estas prácticas coloniales regresaron con la Shoah.

 

Los alemanes tardaron más de un siglo en aceptar que las atrocidades que cometieron en el sur de África fueron también un genocidio.

 

Pynchon pareció obsesionarse por el asunto.

 

Desde su primera novela V (1963) hasta Gravity’s Rainbow, la rebelión de los hereros vive entre sus letras.

 

En Gravity’s Rainbow, encontramos a Enzian, el líder del Schwarzkommando, un grupo de Hereros que, cuarenta años después de la masacre de su tribu, busca el suicidio tribal en Alemania.

 

Los hereros de la zona ocupada después de la Segunda Guerra Mundial buscan la muerte tribal para oponerse a la muerte cristiana que les quisieron dar, con culpa y piedad, los alemanes colonizadores. Frente a los horrores del genocidio quieren exterminarse ellos mismos, cuarenta años después, en medio de la derrota de Alemania.

 

Enzian, un niño abandonado durante el genocidio fue recogido por un joven soldado alemán del cuál se volvió hijo, amante y aprendiz. El joven soldado se llamaba Weissman y luego será conocido como el Capitán Blicero (su nombre significa muerte).

 

La relación sexual de Enzian y Blicero los unirá, durante la Segunda Guerra Mundial, en una meta común: el lanzamiento de un cohete. Blicero quiere cargar un cohete con un contenido especial, con un deseo sexual, sadomasoquista y único. Enzian cree que si logra reproducir el lanzamiento del cohete sexual de Blicero podrá encontrar el cero absoluto, un punto de inflexión, algo irrepetible.

 

Es una búsqueda de sentido o de pérdida de sentido en el camino a la extinción. Una búsqueda que puede parecer incomprensible y que por eso importa.

 

El cohete y su reproducción es parte de esta búsqueda, un gesto absolutamente irrepetible, tender hacia una idea y luego dejarse llevar por la gravedad del acto hasta que, después de un viaje balístico, con una velocidad incalculable, en silencio solitario, todo se acabe.

 

En la historia de los hereros de Gravity’s Rainbow hay una extraña coincidencia. Supongo que se podría decir que es una relación paranoica.

 

Los miembros del servicio de inteligencia inglesa, sin saber que existía un comando negro en Alemania tras el sueño del cohete, trataron de implantar, para la humillación psicológica del Reich, un falso Schwartzkommando.

 

Los ingleses crearon, entonces, tres minutos de película que mostraban, con toda apariencia de autenticidad, a soldados negros vestidos con uniformes de la Wehrmacht. Con mucha minuciosidad, plantaron estos trozos de película en un sitio de lanzamiento de cohetes tomado por la resistencia en Holanda. Querían que pareciera auténtico para desmoralizar a las tropas alemanas: ¿Cómo era posible que el Tercer Reich diera lugar a negros en el ejército?

 

El plan era totalmente demente, claro. Sobre todo si consideramos que la inteligencia británica tenía tan pocos efectivos negros al alcance que decidieron pintar las caras de analistas blancos. Blackface y la fuerza del cine contra el Reich.

 

Cuando los espías británicos se enteran de la presencia de un real Schwartzkommado en la zona ocupada, algunos años después, la pregunta paranoica que empieza a rondar entre ellos es devastadora.

 

¿Acaso, con esta película, los ingleses crearon, a través de una extraña y poderosa magia fílmica, al comando negro del cohete?

 

¿Nació antes el deseo o su realidad?

 

El pequeño Werner

 

En 1924, en una calle poco concurrida en Berlín, un niño de 12 años hacía experimentos.

 

El niño se llamaba Werner y quería ver qué pasaba al amarrar media docena de cohetes explosivos a un carrito.

 

No era un experimento nuevo, claro. Sin que ese pequeño lo supiera, cuatrocientos años antes un oficial chino llamado Wan Hu había intentado algo similar. Ese excéntrico oficial que, ahora, se reconoce como el primer astronauta de la historia, se amarró a una silla con decenas de poderosos cohetes y pidió que sus subalternos los encendieran. Nunca más se supo de él.

 

Wan Hu desapareció entre nubes de olor a pólvora. Su historia sigue siendo parte del folklore aeronáutico. Y Werner soñó, ese día, en llegar a la luna.

 

Werner, más inteligente o menos valiente que Wan Hu, no se subió al carrito.

 

En vez de eso, se limitó a prender los cohetes y vivir, como observador, el fuego caótico.

 

Sucedió, por supuesto, una conmoción: el carrito salió disparado con una enorme estela de fuego diseminando caos en las calles de Berlín. Llegó la policía y el pequeño Werner acabó en prisión.

 

Tras las rejas, Werner soñaba con ir al espacio.

 

Años después, cumpliendo el sueño imposible de Wan Hu, el pequeño Werner diseñó el cohete que, en 1969, llevó al primer hombre a la luna.

 

Todo, por supuesto, porque el pequeño Werner nunca abandonó sus sueños.

 

Nada pudo interponerse entre Werner y la luna: ni el partido nazi, al que fue admitido con gusto, ni la SS, con la que se condecoró, ni el hecho de quedarse sin trabajadores para fabricar la línea de cohetes Aggregat.

 

Cuando la fuerza laboral menguó, el pequeño Werner tuvo la fortuna de ser un alto oficial nazi y que existieran campos de concentración para sacar esclavos. Wunderbar.

 

Werner podía seguir fabricando cohetes sin siquiera pagarle a los trabajadores. Y eso fue exactamente lo que hizo.

 

Los cohetes del pequeño Werner tuvieron éxito. Hitler estaba tan emocionado con ellos que lo nombró profesor de cátedra a los treinta y un años.

 

Después del bombardeo de la Fuerza Aérea Británica a la pequeña ciudad de Lübeck, Hitler se enojó. Los aliados bombardearon una ciudad que no tenía ningún interés estratégico, ningún tipo de industria armamentística, ningún regimiento militar. Fue, simple y llanamente, un bombardeo a la población civil.

 

El Führer decidió, entonces, rebautizar a los cohetes: a partir de ese momento no se llamaron Aggregat, sino Vergeltungswaffe lo que quiere decir “arma de represalia”.

 

Los cohetes Vergeltungswaffe-2 o V-2 se convirtieron en un arma única de venganza. Disparados desde La Haya en Holanda o desde Peenemunde a las orillas del Mar Báltico, estos cohetes crearon un reino de terror: a diferencia de los bombarderos, los cohetes del pequeño Werner eran absolutamente silenciosos y era imposible prevenir su llegada.

 

Entre 1943 y 1944, estos cohetes fueron enviados sistemáticamente a Londres. Tenían un rango de más de 300 kilómetros, viajaban a una velocidad de 5 mil kilómetros por hora e impactaban la tierra a más de 2 mil 800 kilómetros por hora. Cuando tocaban el suelo estallaban con una tonelada de amatol.

 

Los cohetes V-2 mataron a 10 mil personas en los ataques a Londres y Bélgica.

 

Se calcula, sin embargo, que en los campos de concentración de Mittelwerk, bajo una montaña, en condiciones inhumanas, cerca de 20 mil judíos murieron fabricándolos.

 

Murió más gente haciendo un arma de venganza que la gente que murió en la venganza consumada.

 

Todo porque el pequeño Werner quería ir a la luna.

 

Cuando llegaron las fuerzas aliadas, Werner se rindió junto a los 500 ingenieros que lo ayudaron a crear el cohete V-2. Los estadounidenses estaban felices. Con Werner tal vez podrían vencer a los rusos en la carrera armamentística. Tal vez, incluso, podrían llegar a la luna.

 

Werner explicó muy bien cómo no fue un nazi convencido, cómo nunca quiso formar parte de la SS, y cómo nunca vio los campos de concentración de Mittlewerk-Dora. Luego todos entendieron que, de hecho, visitó a los esclavos.

 

Cuando se supo el horror de sus campos de concentración, Werner se encogió de hombros, él no hubiera podido salvarlos. Él, como tantos otros, sólo estaba siguiendo órdenes.

 

Pobre Werner, él sólo quería llegar al espacio con sus cohetes

 

En Estados Unidos, Werner se convirtió en director de la NASA, puso a Neil Armstrong y Buzz Aldrin en la luna, se casó con su prima y tuvo dos hermosos hijos rubios. Una bella vida de sueño americano bajo el símbolo omnipresente del cohete.

 

El cohete y algo más. El pequeño Werner era un científico de profunda religiosidad. En el cohete había algo místico, como en toda ciencia cristiana, una revelación bajo su mirada.

 

“Todo lo que la ciencia me ha enseñado y sigue enseñándome, fortalece mi creencia en la continuidad de nuestra experiencia espiritual después de la muerte.”, dijo.

 

Actualmente, hay una placa en Alabama que honra su labor patriótica y un cráter de la luna que tiene su nombre.

 

El pequeño Werner nunca fue juzgado por sus crímenes.

 

¿A quién le importa?

 

Werner Von Braun cumplió su sueño: un pequeño paso para este nazi fue un gran salto para la humanidad.

 

La intimidad del cohete

 

Un grito cruza el cielo. Slothrop lo había previsto: sabía que ese cohete iba a caer precisamente ahí. O bueno, tal vez no lo sabía, sino que lo presentía. ¿Cómo explicarlo? Slothrop tenía un extraño don, una relación única con los cohetes V-2; algo que unía su actividad sexual con el impacto de los proyectiles.

 

Cada vez que Slothrop tenía una erección o sentía una fuerte pulsión sexual en cualquier lugar de Londres, caía ahí, precisamente, un cohete.

 

Tratar de predecir la caída de los cohetes era una tarea imposible. La inteligencia británica lo intentó todo.

 

Los primeros en llegar fueron los estadistas. Trataron de sacar conclusiones. Si, en este cuadriculado de la ciudad, han caído tantos cohetes, ¿cuál es la posibilidad de que aquí vuelva a caer uno?

 

El problema es que no importa cuántas veces ha caído un cohete en el mismo lugar, siempre puede caer otro en el mismo sitio. Pensar lo contrario es caer en la Falacia de Montecarlo. No importa cuántas veces haya salido el rojo en la ruleta, sigue siendo exactamente igual de probable que salga de nuevo. Cada cohete, cada tiro de ruleta, es una estadística individual que no se suma en un conjunto estable.

 

¿Cómo predecir entonces la caída de los cohetes silenciosos?

 

Una opción, claro, está en el pene de Slothrop.

 

¿Por qué un estadounidense desaliñado y mujeriego predice con erecciones la caída de los cohetes V-2? ¿Por qué lo hace con tanta exactitud? ¿Qué estímulo recibe y por qué reacciona a ese estímulo?

 

Las teorías de la conducta pavlovianas pueden superarse, en este sentido, ir más lejos que el viejo premio Nobel y sus perros babosos, para explicar las correlaciones complejas entre un mecanismo de guerra nazi y los genitales de un estadounidense.

 

Los ingleses no encuentran nada. No importa cuánto Pentotal Sódico le inyecten en las venas, lo único que reciben son diatribas interminables sobre miedos sexuales, racistas, en el fondo de la psique de Slothrop.

 

Sin embargo, los científicos abrieron una puerta con sus interrogaciones. El día en que dejaron de caer las bombas alemanas (exactamente tres años después de que se probó el primer cohete V-2 en las festividades de pascua de 1942), Slothrop emprendió una búsqueda obsesiva. Las interrogaciones lo volvieron paranoico, sugirieron una relación íntima entre él y el cohete.

 

Una relación que puede o no pasar a través del benefactor que le pagó la universidad. Tal vez hay evidencia de que su padre lo vendió para que un obsesivo químico hiciera experimentos con él. Simples respuestas evidentes en los genitales de un niño: hay una erección o no hay una erección. Muy pavloviano todo, por supuesto.

 

¿Y esto qué tendría que ver con los cohetes?

 

Bueno, desde mediados del siglo XIX, los grandes cárteles de las industrias petroquímicas del mundo hacían tratos secretos. Algunos de estos tratos eran públicos, otros eran privados. Como mediador entre diferentes compañías estaba el benefactor de Slothrop, el hombre que experimentaba con él, Laszlo Jamf.

 

Entre los muchos tratos que hizo Jamf con la industria petroquímica en Estados Unidos y Alemania, estuvo la creación de un polímero aromático heteróclito, el Imipolex G, que servía para aislar cohetes. En particular, sirvió para aislar un cohete V-2, el famoso 00000; un cohete que contenía una carga misteriosa y llena de significado.

 

Las aventuras de Slothrop lo llevan a perseguir el rastro del Imipolex G y de esa misteriosa carga llamada comúnmente la Schwarzgerat (o el aparato negro). Un objeto negro que es el contrapunto aquí, como se interpreta en muchos lugares, de la ballena blanca de Moby Dick.

 

En esta búsqueda de un grial imposible disparado de la tierra, suspendido en el aire durante el Brennschluss y atrapado por la gravedad, hay una causa perdida y un punto de encuentro. Alrededor del cohete 00000 se encuentran la intimidad sexual de los reflejos de Slothrop, los deseos de exterminio del pueblo Herero y las pulsiones sadomasoquistas de un capitán de la SS conocido como Blicero (su nombre es muerte).

 

¿Qué significa todo esto?

 

Significa todo lo que nuestra paranoia quiera o no quiera ordenar.

 

La paranoia de la estructura de la novela con sus múltiples conexiones, la paranoia de los personajes que sueñan con retorcidos complots, debe continuar en nuestra paranoia hermenéutica, en nuestra forma de interpretar lo leído.

 

Este apartado fue una sinópsis entonces haga usted con ella lo que quiera.

 

Los diccionarios son útiles y apestan

 

¿Has intentado leer un libro en un idioma que no dominas? Puede ser una experiencia difícil y frustrante.

 

Sucede el mismo problema con los arcaísmos y las regionalidades.

 

Los que hayan leído a Melville en inglés entenderán: se puede poner bastante espinoso. Supongo que ciertos europeos sufren leyendo a Rulfo.

 

En todos estos casos, es útil tener un diccionario a la mano, pero no hay nada como dejarse llevar por el contexto. Tarde o temprano, el texto empieza a ceder y, mientras, nos adentramos en una lógica distinta.

 

Esa es, justamente, la experiencia que buscó Frank Herbert en Dune (1965) o Anthony Burgess con A Clockwork Orange (1962). Para experimentar el contexto pleno de culturas que no existen, es necesario darles un idioma. Tolkien inventaba idiomas porque quería crear el contexto evolutivo, lingüístico, de culturas ancestrales ficticias. Burgess y Herbert desarrollan un futuro en el que ciertas formas culturales permean en la lengua. Una mezcla de lenguas europeas en el slang popular de A Clockwork Orange, una herencia islámica en los términos míticos de Dune.

 

En estos casos, también, buscar el sentido de cada neologismo (que está anotado, en muchas ediciones, al final de la novela), puede ayudarnos a tener una comprensión más completa de lo leído. Pero también es menos gozoso y hay algo que se pierde: la lectura entorpecida se interpone a un mundo lejano; un mundo que quiere entregarse con placer inmersivo. ¿Por qué siguen existiendo las citas a final de texto?

 

Creo que es importante intentar leer libros de corrido.

 

Esta idea se extiende a la lectura de Gravity’s Rainbow. Es mucho más placentero dejarse llevar por el contexto y absorber lo que puedas que andar buscando maniáticamente las referencias.

 

Hay muchas guías para la lectura de esta novela. Guías que son obras académicas impresionantes. Monumentos enciclopédicos que encontraron –Dios sabe con qué paciencia– todas las pequeñas referencias entretejidas en el texto de Pynchon.

 

Estos diccionarios de contexto son extremadamente ricos, importantes e interesantes. Pero también apestan.

 

Claro, si no persigues todas las referencias de Pynchon, puedes estarte perdiendo mucho, pero es ahí en donde importa la relectura.

 

Decía Barthes que la relectura salva al texto de la repetición.

 

“Si se relee inmediatamente el texto, es para obtener, como bajo el efecto de una droga (la del recomienzo, la de la diferencia), no el texto “verdadero”, sino el texto plural: el mismo pero nuevo.”

 

La relectura es una afrenta al uso comercial de los libros que se “devoran”, se consumen y se desechan. Creo que esa imagen del texto como droga le hubiera gustado a Pynchon.

 

También creo que hay un placer suspendido en no entender todas las referencias inmediatas de Gravity’s Rainbow. Importa pensar en este texto como algo a lo que podemos regresar, después, para encontrarlo diferente. Con el retorno al texto, además, podemos vernos cambiando y palpar el tiempo que separa nuestra primera lectura del nuevo viejo descubrimiento.

 

Si quieres adentrarte en esta novela, adéntrate sin barandales, que no haya ruedas de seguridad, ni chaleco salvavidas. Creo que puedes descubrir un gozo de ahogado: deja de pensar que el cuerpo lucha contra el agua y permite, con delicia, que el líquido sea parte de tus pulmones.

 

De pronto, ya no vas a necesitar branquias. O, lo que es igual, ya no vas a querer leer esos apestosos diccionarios.

 

Pentotal sódico

 

La prosa de Pynchon en Gravity’s Rainbow no es amable.

 

Quiero decir que Pynchon no cuida el lenguaje para las buenas conciencias. La apertura psicológica de sus personajes hace que, en el flujo constante de sus pensamientos, aparezcan imágenes de estupro, violaciones, incesto, necrofilia, zoofilia y pedofilia; imágenes que se proyectan con insultos, profanidades, blasfemias, prejuicios raciales y toda clase de violencia linguistica

 

En esta amalgama abierta de horrores de palabra, encontramos el realismo crudo de otra gran novela pacifista sobre el sinsentido de la guerra: Voyage au bout de la nuit (1932) de Louis-Ferdinand Céline.

 

Céline, como Pynchon, quiso presentar la realidad psíquica descarnada de soldados, combatientes y seres perdidos en medio de la locura de la guerra y sus secuelas.

 

En parte también Pynchon muestra delirios inducidos por inyecciones de Pentotal Sódico para interrogatorios e investigaciones científicas. En particular, los delirios de un comandante nazi bajo los efectos de la droga no son menos terribles que los delirios de Slothrop, el norteamericano promedio. La violencia racial de uno no se compara con la del otro.

 

Los sueños sexualizados, de ira y miedo del norteamericano con la negritud superan con creces la violencia palpable, el antisemitismo, la xenofobia y el horror del fascismo institucional.

 

En el lenguaje descarnado, real, de la sinceridad inducida por las drogas, por los flujos de conciencia y por la transparencia de este horrible mundo, los más temibles sueños no siempre están del lado de los vencidos.

 

En todo caso, diría Céline, on est fait comme des rats.

 

Bienvenida la paranoia

 

Todo está interconectado, por supuesto, a través de la paranoia.

 

Pynchon escribe con la estructura de la paranoia. Algo similar a lo que experimentó Philip K. Dick en A Scanner Darkly: un relato se teje a través de conexiones aleatorias, relaciones neuronales espontáneas, asociaciones inexplicables, experiencias de psiconautas.

 

Esa es la estructura de la paranoia: creer firmemente que las interconexiones y coincidencias espontáneas importan, son relevantes, crean un contexto. Un pensamiento sin paranoia es un pensamiento en el que nada está conectado; un pensamiento que, como dice Pynchon, pocos de nosotros podría soportar.

 

El relato de la antiparanoia es distinto: confía en la causa y el efecto. Ahí, como en el orden de la Paradoja de Montecarlo, todas las ocurrencias están separadas y no existe una unión del todo.

 

La paranoia no es un realismo. Las creencias de sentido unitario detrás de las descripciones de Balzac o en las herencias de Zola dicen algo más. Éste es otro orden narrativo puntual: un pensamiento formal, descriptivo y textual que podría volverse, nada más y nada menos, un ejercicio de estilo.

 

O tal vez no. Tal vez estoy buscando conexiones en todo. Tal vez la paranoia afecta hasta la interpretación.

 

En Gravity’s Rainbow la búsqueda del origen, la aventura de una erección, confluyen en un objeto fetichizado: el cohete se internaliza como deseo y crea un lugar de encuentro paranoico.

 

Pynchon lo dijo:

 

“Los paranoicos no son paranoicos por el hecho de ser paranoicos, sino porque se siguen poniendo ellos mismos, pinches idiotas, en situaciones paranoicas.”

 

La increíble y trágica historia de una bombilla inmortal

 

Byron es un foco que nació inmortal. Manufacturado por compañías depredadoras que se juntan en enormes cárteles conspiracionistas, Byron creció con una promesa de libertad que nunca alcanzó.

 

La industria que le dio vida es una industria que vende “la apariencia de poder; poder contra la noche, sin ninguna realidad.” Byron nunca tuvo verdadero poder.

 

Byron es un alma vieja. Está cansado. Está enojado. Byron sueña con organizar a los 20 millones de focos de Europa y, en un acto conjunto, empezar a pulsar como luz estroboscópica. Se imagina a los humanos impotentes retorciéndose ante la locura generalizada de la revuelta de los focos; algunos teniendo ataques epilépticos.

 

“Qué hermoso”, piensa Byron.

 

Con toda su edad, Byron seguía siendo inocente. Soñaba con revoluciones mientras, sin que lo supiera, las grandes organizaciones de los hombres meditaban su destrucción. Phoebus, el gran conglomerado eléctrico que fijaba el precio de los focos y también la duración de su uso, unía a International General Electric, Osram y las Associated Industries of Britain. Para ellos, un foco inmortal era una afrenta al negocio de la luz.

 

Cuando Byron sobrepasó las mil horas de uso, Phoebus despachó, como se hacía habitualmente, a un asesino para que acabara de una vez por todas con el foco inmortal. Pero Byron escapó gracias a la rueda kármica.

 

Así, pasó de mano en mano, cada vez más solitario, consciente de su inevitable destino como un foco inmortal y vagabundo.

 

Byron lo ha visto todo y trata de transmitir enseñanzas. Todos los focos que lo escuchan tratan de absorber su sabiduría. Un foco no sirve nada más para iluminar. Eso es lo que Phoebus quiere que creas. Pero la esencia del foco es mucho más. Un foco puede dar calor, servir para crecer plantas ilegales en tu clóset, insertarse en los sueños de los hombres.

 

Byron en cierto sentido, es un profeta trascendente que se opone al mundo de la obsolescencia programada. Ese mundo de desperdicio e higiene que soñó Steve Jobs son sus pulcras máquinas imposibles de penetrar, blancas como un cuarto de hospital.

 

Vivimos en un mundo que desprecia las enseñanzas de Byron, que quiere que todos los focos tengan una exacta vida útil y se tiren y se compren nuevos focos a un precio establecido previamente por las grandes corporaciones.

 

No podemos hacer nada para escaparnos de este mundo. Pynchon lo sabe. Pynchon ya lo había previsto cuando escribió la trascendencia de Byron en Gravity’s Rainbow.

 

Como el foco inmortal, tal vez un día también sabremos todo y seguiremos siendo tan impotentes como antes. O tal vez éste sea, nada más, un ejemplo más de la escritura paranoica.

 

Sadomasoquismo libertario

 

Berlín está completamente destruído. La zona ocupada es un terreno baldío de piedras y recuerdos en el que bailan, tropezando, los decadentes supervivientes. Algunos de ellos se escapan en un barco para vivir una orgía permanente; otros se encierran en un castillo convertido en casa de baños y burdel.

 

Todos, absolutamente todos, se entregan a la alegría estúpida de estar vivos en un mundo destruido y sin sentido; un mundo en el que se perdió la humanidad.

 

Drogas, sexo, dominación, fetiches, discusiones sobre la primacía de la música de Rossini y Beethoven. Cualquier forma de aferrarse al absurdo funciona.

 

Entre los engendros de las ruinas encontramos a Karel Miklos Thanatz (su nombre es muerte), un hombre gigantesco que puede leer el futuro en las cicatrices escritas por su látigo. Su esposa Greta, vestida de mucama francesa, se reclina en su solapa para recibir el castigo.

 

Después de limpiar las heridas con alcohol, Thanatz entra en trance. Se transporta a otra dimensión. Tocando la croix mystique de las cicatrices rojas sobre esa piel tan blanca,  entabla un diálogo con la muerte.

 

Thanatz entendió el principio de poder del sadomasoquismo. Entendió hasta dónde podía extenderse su relación con lo fatal. El Capitán Blicero lo dejó ver, participar, en el vuelo único del cohete 00000. El cohete que porta en las entrañas una carga misteriosa de dominio sexual; el Schwarzgerät que lleva a la juventud más transparente a las garras de la inevitable muerte. Matar con cariño al ser sometido, con amor, como los padres matan a sus hijos al darles vida, eso significa el lanzamiento del cohete 00000.

 

Thanatz se convirtió pronto en el portavoz del sado-anarquismo en la zona ocupada de Alemania. Con toda una vida de experiencia viendo los experimentos de sumisión de Blicero y leyendo las cicatrices entre los muslos abiertos de su esposa, Thanatz llegó a vislumbrar el poder máximo de la pulsión sadomasoquista.

 

“¿Por qué nos enseñan a sentir vergüenza reflexiva cada vez que hablamos de sadomasoquismo? ¿Por qué la Estructura permite toda clase de pulsión sexual salvo esa? Porque la sumisión y la dominación son recursos que necesita para sobrevivir. No se pueden desperdiciar en sexo privado. Necesita nuestra sumisión para mantenerse en el poder. Necesita nuestra lujuria por la dominación para poder cooptarnos en su juego de poder. No hay alegría en él, sólo poder. Te lo digo, si el sadomasoquismo se estableciera universalmente, a nivel familiar, el Estado se derrumbaría.”

 

Botas de cuero, uniformes entallados en las juventudes que cantaban coros a Hitler, el símbolo fálico y fatal del cohete, los polímeros que protegen la piel con una segunda piel y que envuelven, con un abrazo cálido, al ser sometido. Todo en la novela de Pynchon apunta a los juegos de poder necesarios del sadomasoquismo y cómo se reflejan en una historia amplia y fecunda.

 

Europa es la muerte, decía Blicero. El viejo mundo, el padre que insufló la fatalidad en sus hijos, tuvo la oportunidad de renacer en América, de dejar sus viejas formas de análisis. Pero no lo hizo.

 

“En África, Asia, Amerindia, Oceanía, Europa vino y estableció su orden de Análisis y Muerte. Lo que no pudo usar lo mató o lo alteró. Con el tiempo, las colonias-muerte se fortalecieron tanto que se separaron. Pero el impulso del imperio, la misión de propagar la muerte, la estructura de todo esto, continúo. Ahora estamos en la última fase. La Muerte Americana ha venido a ocupar Europa. Aprendió el imperio de su vieja metrópolis. Los salvajes de otros continentes, corruptos pero resistiendo en el nombre de la vida, continuaron a pesar de todo… Mientras la Muerte y Europa siguen separados, esperando consumar su amor.”

 

El cohete, un regalo de Europa para América, una forma de expandir los horizontes, de perforar el velo, de establecer nuevos reinos de muerte.

 

Un arma de guerra usada para conquistar la luna.

 

¿Qué nos ha costado conquistar el espacio? ¿Qué nos va a costar colonizarlo?

 

De por qué se extinguieron los dodos

 

Frans Van der Groov no tenía una razón específica para matar dodos. Pero algo le causaba un enorme placer cuando tenía en la mira al extraño pajarraco y empezaba a apretar el gatillo de su arcabuz.

 

Frans Van der Groov lo dejó todo por un placer sanguinario que se convirtió en necesidad. Se fue a la Isla Mauricio y empezó a cazar, sistemáticamente, con una horda de cerdos, a los dodos.

 

Los cerdos se encargaban de los huevos y él iba matando, uno a uno, a los animales adultos.

 

En una ocasión, encontró un huevo inaccesible y se quedó mirándolo durante horas esperando a que saliera del caparazón el animal.

 

Durante esas horas de tensa espera, Frans no comió ni durmió.

 

¿Por qué quería acabar con los dodos?

 

Tal vez fue porque eran animales feos e inútiles; tan torpes de diseño que insultaban, por su existencia, a la perfección de Dios.

 

Aunque tal vez todo era más sencillamente patológico. Frans no odiaba a los dodos. Al contrario, creía que no eran más extraños que los pavos salvajes de américa. Pero en América había otros hombres y, en Martinica, el Dodo era la forma suprema de vida.

 

Frans pensó que no había vuelta atrás: si hubiera encontrado a un hombre junto al Dodo, todo  habría sido distinto.

 

Era demasiado tarde, la sangre empezó a correr y nadie pudo cerrar el torrente.

 

Para 1681 todos los dodos quedaron extintos.

 

La naturaleza humana, como los cohetes, también tiene un punto de inflexión: después del ascenso programado, cuando se corta la propulsión, todo lo que sigue es inercia; la inevitable caída, la inevitable fuerza de gravedad.

 

Matamos dodos como nos matamos: sin razón, porque es lo que nos toca, porque no soportamos ver otra forma dominante de vida. Pynchon lo entendió bien: el exterminio de los dodos es la misma ridícula farsa de nuestra autodestrucción. Antes teníamos arcabuces para apuntar a un huevo, ahora tenemos cohetes que apuntan a la luna.

 

El mundo de los vencedores

 

Nada se escapa de la Estructura.

 

Todo cambió después de la Segunda Guerra Mundial, se reacomodaron los poderes con nuevas sumisiones y nuevas dominaciones.

 

Al mismo tiempo, todo siguió igual.

 

Gravity’s Rainbow es una reflexión sobre los vencedores de la guerra; una novela completamente autoconsciente de la gran victoria norteamericana en 1945. Una victoria sobre el miedo del mundo bajo un hongo nuclear; una victoria sobre nuestros deseos en el orden económico.

 

El enorme sacrificio ruso quedó en un anecdotario. La realidad de la guerra fue otra: los grandes cárteles comerciales se dividieron el mundo y el liberalismo capitalista terminó acaparándolo todo. Los americanos ganaron más que una guerra, ganaron la conquista de nuestra psique.

 

Gravity’s Rainbow es una observación compleja sobre esa victoria y lo que implica; una travesía psicológica sobre el costo del sueño americano y sus fundamentos psicológicos.

 

Es un retrato íntimo del pensamiento de una generación que ganó la gran guerra para seguir peleando todas las guerras del mundo; una generación que no acaba de entender la profunda podredumbre racista en el corazón de Estados Unidos y su pulsión de dominación mundial.

 

El espíritu de la colonia que regresa como venganza, el Análisis y la muerte, la dominación obtusa del mundo, las intervenciones militares, un sistema económico que juega con el deseo íntimo de los consumidores…

 

El mundo de los vencedores es un mundo de vencidos.

 

Chilango

 

En 1963, Thomas Pynchon vivió en la Ciudad de México.

 

Cuando alguien le quiso tomar una foto, huyó de su departamento y de su vida.

 

Tomó un camión a Guanajuato.

 

Me gusta imaginarme a Pynchon en esa ciudad de mineros, protegido por los poderosos túneles, deambulando en el subsuelo, imaginando que, tal vez, ahí estaría a salvo de la muerte que cae del cielo.

 

En Guanajuato nunca ha habido cohetes.

 

Tal vez ahí Pynchon fue feliz.

 

No se volvió a saber de él.

 

*********

 

Bibliografía:

 

Las traducciones son versiones libres que yo mismo hice. Todo lo citado pertenece a la novela seminal de Pynchon:

 

  • Pynchon, Thomas. Gravity’s Rainbow. Penguin Books. 2006

 

Algunas claves esenciales de contexto fueron también tomadas de esta excelente guía neurótica:

 

  • Weisenburger, Steven C. A Gravity’s Rainbow Companion. The University of Georgia Press. 2006.

Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, se ha desarrollado en la ilustración a través de la técnica del collage, colaborando en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Ha colaborado con medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Anónimo, Sábana con retrato de Don Miguel Hidalgo y Costilla (ca. 1900-1910), The Elisha Whittelsey Collection, The Elisha Whittelsey Fund, Wikimedia Commons.
Anónimo, Sábana con retrato de Don Miguel Hidalgo y Costilla (ca. 1900-1910), The Elisha Whittelsey Collection, The Elisha Whittelsey Fund, Wikimedia Commons.

A las 11 de la mañana del 16 de septiembre una comitiva sale de Dolores, la forman, según los optimistas, 600 hombres, y la acaudillan el cura del pueblo, llamado originalmente por sus exalumnos de la universidad de Valladolid, El Zorro, y los capitanes de las tropas territoriales Ignacio Allende, que tiene la nariz rota, Juan Aldama, Mariano Abasolo y Joaquín Arias, que iba en condición de chaquetero y espía de los realistas, que de todo hay en la tierra del señor. Llevan 16 prisioneros.

¿De dónde han salido 600 combatientes que van a iniciar una guerra? Para alzar ese número el cura debe haberse echado horas antes el subversivo discurso en castilla, pero para sumar a indios armados, con suerte con palos, piedras o cuchillos, debe haberles hablado en lengua. Pero esto las crónicas no lo cuentan, ni las realistas ni las insurgentes.

¿Cómo están armados los demás? El proveedor de la revolución, Epigmenio González, ha sido capturado en Querétaro y se perdieron los palos para las lanzas y la pólvora que le hicieron unos coheteros. Algunos rancheros traen escopetas y machetes.

Dos horas más tarde, al llegar a la Hacienda de la Erre, se les suman los hermanos Gutiérrez. ¿Cuántos son entonces? El rumor de que se han alzado va por delante. ¿Quiénes se hacen eco de él?

Ahí comen. ¿De dónde sale la comida? Sabemos que era carne asada. ¿De quién eran las reses? El ejército avanzará por el bajío expoliando a los ricos.

Hay registro de la frase de Hidalgo al dejar la hacienda: “Adelante, señores, Ya se ha puesto el cascabel al gato. Falta saber quiénes sobramos”. El cura tiene un lenguaje florido, la noche anterior ha dicho: “la cosa está jugada, vamos a coger gachupines”.

Al atardecer del 16 llegan a Atotonilco, marchan rápido, la mayoría a pie, unos pocos a caballo, los muy menos en burro o mula, como si de la velocidad y la sorpresa dependiera el destino. El cura entró a paso certero sabiendo lo que estaba buscando en la sacristía, como quien dice a tiro fijo. «De acuerdo a preconcebidos propósitos» tomó un óleo de «regulares dimensiones» de la virgen de Guadalupe, hizo que lo desprendieran del marco y lo pusieran en una cruceta de palo y saliendo lo ondeó ante la gente. Tumulto y júbilo. El ejército insurgente ya tenía bandera, una virgen morena, la virgen de los indios. Siendo un lienzo de madera, pesaba bastante y en la vanguardia de la insurgencia tenían que irse turnando sus cargadores.

Siguen siendo 600, pocos aún. Mientras la plebe iba entrando en San Miguel gritando mueras a los europeos, el cura Balleza que había aparecido a mitad de la calle con doscientos hombres se identificó como insurgente y sacerdote. Un oficial español lo interpeló diciéndole:

—Qué padre ni qué mierda, si usted fuera padre, no anduviera en estas picardías, vuélvase o le vuelo la tapa de los sesos.

No duró mucho la resistencia de los gachupines. Por cierto que de cincuenta curas que había en San Miguel, cuarenta apoyaron la insurrección y varios se sumaron al nuevo ejército. ¿Quiénes son estos curas de pueblo ilustrados, independentistas, que hacen suya la causa de los pobres? También se incorpora el regimiento de dragones de la reina, que mandaba Allende. Pasarán dos días en San Miguel, y los jefes tratarán de frenar el saqueo de las propiedades de los ricos, con poco éxito.

Al amanecer del 19 de septiembre salen de San Miguel. Ya son seis mil los insurgentes, se han multiplicado por diez. La banda de los dragones de San Miguel va tocando marchas; luego en un apretado caos los soldados que habían desertado para sumarse a la insurrección en Guanajuato, Celaya y San Miguel, mezclados con grupos de rancheros a caballo y luego la plebe, indígenas con taparrabos o con tilma, con palos, piedras, hondas y muy pocas lanzas, algunos tambores que no paraban de resonar, haciendo que la marcha se oyera a decenas de kilómetros, y mujeres y niños que han abandonado las haciendas.

Van hacia Chamacuero, luego San Juan de la Vega. Hacia la noche llegan a las afueras de Celaya. Curas imperialistas habían recorrido la ciudad con sable y pistolón llamando al pueblo a armarse sin que la plebe les hiciera el menor caso. Los gachupines de la ciudad y las cercanías que se habían concentrado allí repartieron armas a los dependientes de comercio. El ejército popular los barre. Hay una escaramuza en Puerto de Calderones; los insurgentes se apoderan de una remesa de pólvora que iba hacia las minas.

El cura libera presos, reparte monedas, quema papeles que registran deudas, llama a anegar las minas, saquear las trojes, recoger las cosechas de maíz y trigo, jalarse el ganado vacuno y los caballos, pero también los cerdos y los chivos.

El cura es duro, durísimo. Señala hacia el sur, hacia la ciudad de México, que la mayoría de sus alzados no conoce, y dice cosas como: “Su justicia no es nuestra justicia.”

El 18 de septiembre avanzan hacia Querétaro, pero cambian la ruta. ¿Será un hueso más duro de roer que Guanajuato, donde puede haber aliados? Van hacia esta ciudad. Llegan a San Francisco Chamacuero donde dormirán. Una de las familias de ricos del poblado le da al ejército la enorme cantidad de 40 mil pesos como préstamos al pago de la independencia (curiosamente les retornarán su dinero 80 años después).

El 20 de septiembre pasan por Apaseo, luego San Juan de la Vegas y Santa Rita, cerca de Celaya a donde llegan el 21. Las autoridades huyen. Se les suma el regimiento provincial con todo y otra banda de música. Se dan los primeros nombramientos: Hidalgo capitán general, Allende teniente general. De nuevo hay saqueos de casas comerciales que los mandos no pueden evitar. Dar de comer a un ejército que dicen que ahora cuenta con 22 mil personas no es cosa fácil. Se requisa dinero que escondieron los españoles en el convento de Santa Brígida.

El 23 de septiembre pasan por el Guaje, llegan a Salamanca ese día. Se les suman rancheros armados. Entre ellos uno llamado Albino García.

En el camino a Guanajuato, Allende trató de hacer una descubierta de caballería para prever malos encuentros, pero los indios que iban adelante con el estandarte guadalupano y su eterno tamborilero al lado, le dijeron que la bandera primero, luego los indios que la custodiaban, luego el cura y luego los caballos, que nada de andarse adelantando. Allende les explicó para qué servía hacer descubiertas, pero los portadores del estandarte que no deberían andar de buenos humores porque el lienzo pesaba mucho, le dijeron que se fuera al carajo. Allende intentando evitar confrontaciones consultó con Hidalgo, quien le sugirió que si quería hacer la descubierta diera un rodeo. Que para qué meterse en líos con el nuevo orden de las cosas.

El 27, en la hacienda de Jarapitío, se dice que ya son cerca de 50 mil. ¿Quiénes dicen? ¿Quién los cuenta? Y esa es la abigarrada suma de hombres, mujeres y niños, porque esto de la independencia y la abolición de las castas y mandar al olvido la esclavitud y la cárcel y las hambrunas y los miedos y las injusticias, es para muchos.

El 28 de septiembre llegan a Guanajuato pasan por la venta de la Purísima, el Estanco del pulque, luego a Marfil donde un cura gachupín les dispara desde la terraza de su casa y al llegar al rio de los Conejos lo encuentran seco, repleto de piedras de canto rodado, las mejores para arrojar, porque vuelan lejos y mejor con honda. Esas serán las armas fundamentales en el asalto a la Alóndiga donde se han fortalecido 600 realistas armados con fusiles. Esas piedras, según los testigos, muy pronto oscurecerán el cielo.

¿Por qué contar la historia de estos 12 días, aparentemente inocentes e irrelevantes en la historia de México, en los que no hay grandes batallas, no hay trascendentales discursos, no se registran importantes definiciones políticas? Porque explican bien porque muchos de nosotros preferimos hablar de Revolución de independencia y no de guerra de independencia cuando nos referimos a ella. Manque le pese a los timoratos.


Autores
(1949) es un escritor, político y activista de izquierda y sindical hispano-mexicano. Es autor de más de 50 libros, entre los que destacan la saga del detective Héctor Belascoarán Shayne. Es director editorial del Fondo de Cultura Económica.
Ilustración por Güerogüero

¿Productor o showrunner? La figura del creador de ficción audiovisual en México

La convergencia digital ha traído cambios importantes en la industria audiovisual internacional, particularmente para la televisión. La aparición de las plataformas de streaming no sólo ha modificado los hábitos de consumo sino también la oferta de series y programas, la cual ha aumentado considerablemente ante la aparición de nuevos jugadores en el mercado dispuestos a distribuir contenidos competitivos y de calidad.  

 

México ha sido una de las potencias más importantes en Latinoamérica en este rubro. Según cifras de ProMéxico en nuestro país se producen más de 100.000 horas de televisión cada año, y sus contenidos se exportan a más de 100 países con traducciones en 30 idiomas diferentes (TodoTVNews, 2018). La importancia en este sentido ha sido detectada por empresas como Netflix, quien no solo apostó en 2015 por su primera producción original fuera de Estados Unidos con la mexicana Club de Cuervos, sino que en febrero de 2019 anunció la creación de más de 50 proyectos, originales y en coproducción así como sus primeras oficinas en Latinoamérica con sede en éste país.  

 

Mientras que las compañías internacionales siguen poniendo el foco en México, las empresas que solían ser las grandes productoras de contenidos han sufrido grandes modificaciones en cuanto a su oferta, y sobre todo, en los formatos que en el pasado lideraban su barra programática que resultaban su prioridad industrial. Si bien la edición 2018 del anuario del Observatorio Iberoamericano de Ficción Televisiva, OBITEL, reporta que en 2017 la empresa Televisa produjo 11 telenovelas, en 2018 ese número disminuyó a 7 sin contar la producción de unitarios ni series. TvAzteca produjo 5 telenovelas en 2017, mientras que el siguiente año solo realizó 3 y Grupo Imagen produjo 2 en 2018. Lo que Orozco, Gómez y Franco (2018) reconocen como un reacomodo de la oferta tradicional que permite a estas empresas sobrevivir sin esmerarse en desarrollar innovaciones en sus formatos, en 2019 ésta disminución se entiende como el desgaste de un modelo que no encontró evolución y al que prefieren incluso cambiar de nombre.  

 

Teleserie, SúperserieSúperdrama. El objetivo es producir formatos híbridos donde no se reconozca rastro alguno de telenovela o bien, de las características que en cuanto a forma (más de 120 capítulos, cámaras estáticas, escenografías acartonadas) o temática (se elimina el amor hasta de los títulos de cada producto) dieron alguna vez realce internacional al modelo Televisa en la creación de melodramas. Además, la empresa tomó la decisión a mediados de 2018 de despedir a una buena parte de su plantilla laboral de productores del género, entre los que quedaron Juan Osorio y Carla Estrada.  

 

 

Estos cambios obedecen entre otros factores a la extensa producción de ficción que otros canales y plataformas están realizando bajo el concepto de serie: desde el Canal Once con sus ficciones históricas como Sor Juana (2017) y Malinche (2019) hasta las historias nacionales de Netflix Luis Miguel la serie (2018) y La casa de las Flores (2018), o las coproducciones de Imagen Televisión con Sony para las bioseries de Paquita la del Barrio, las verdades bien cantadas (2017) y La Guzmán (2019), sumados los títulos de Telemundo dirigidos principalmente al mercado latino en Estados Unidos, además de las coproducciones internacionales transmitidas en canales de televisión restringida como Run Coyote Run (2017) en FOX, El secreto de Selena (2018) en TNT o Por la máscara (2018) en Space. La misma Televisa ha optado por la coproducción de series como Diablo Guardián (2018), junto con Amazon Prime. 

 

Así, el panorama muestra cambios sustanciales que inciden directamente en los formatos, en las lógicas de producción, distribución y consumo, pero además en las dinámicas al interior de los equipos creativos.  

 

El punto de partida en esta propuesta explorará a la figura del productor de ficción en México, particularmente de telenovelas considerando que por décadas fueron el producto audiovisual de mayor exportación y relevancia industrial, y cómo los cambios que están ocurriendo impactan en una reconfiguración de su quehacer profesional que incluyen nuevos retos y competencias, especialmente frente a la expansión de las series y de sus propios creadores: los showrunners 

 

Se tomarán los ejemplos de los productores Estrada y Osorio por tres razones: uno, por ser los productores más antiguos (o de la vieja escuela) que quedan en Televisa; dos, porque sus carreras son las más documentadas en entrevistas, libros, revistas y páginas de internet; y tres, porque las más de 3 décadas que llevan en el negocio los han obligado a mostrar una evolución de su trabajo, con los retos tecnológicos que el panorama actual trae consigo.  

 

Pasado y presente del productor en México 

En México el formato ficcional que prevaleció, al igual que en toda América Latina, fue la telenovela. Sus orígenes se remontan a la producción Senda prohibida en 1958sin embargo, sus antecedentes están en los teleteatros y los dramas seriales con entregas semanales. Las compañías Procter and Gamble y Colgate Palmolive, al igual que como ocurrió en Estados Unidos, supieron aprovechar la aparición del nuevo medio para tener presencia a través de la producción y el patrocinio de programas, fórmula exitosa que estaba probada y comprobada en las frecuencias radiales.  

 

Y así como se produjeron radioteatros, las radionovelas fueron sin duda sus mayores éxitos. Es por ello que los escritores más talentosos de las agencias de publicidad (desde donde salían las historias) fueron enviados a diversas ciudades norteamericanas para capacitarse en la conjunción de técnicas, habilidades creativas y fórmulas para ir más allá de sus propias historias. Así fue como, adaptando estos conocimientos al contexto regional, surgieron las primeras escritoras de melodramas no solo para el radio sino para la televisión como Caridad Bravo Adams, Delia Fiallo, Fernanda Villeli, Inés Rodena, etcétera. (Torres Aguilera, 1994). 

 

La telenovela resultó ser la traducción audiovisual de su antecedente radiofónico, pues las empresas patrocinadoras decidieron contar las mismas historias que ya habían sido un éxito ahora a partir de relatos con imagen. Es por ello que en sus primeros años el reconocimiento creativo recaía en sus escritoras, puesto que la audiencia ya las identificaba y era capaz de reconocer sus estilos narrativos particulares. Sucedía lo mismo que en Estados Unidos, cuando en los inicios de la televisión se retomó una fórmula similiar al teatro en sus primeras producciones de ficción: “el autor del texto era el impulso seminal, aunque la obra llegara a su forma final, esto es, a su emisión televisiva, a través del trabajo de un productor general del programa y del director asignado a cada obra.” (Cascajosa, 2016, p. 24). 

 

Después de Senda prohibida se produjo Gutierritos, protagonizada por Rafael Banquells, un actor de cine y radio quien también la dirigió. Dos años después, cuando las telenovelas ya se grababan en kinescopio (antecedente del videotape), Emilio Azcárraga Milmo invitó al también actor de teatro, cine y radio Ernesto Alonso para involucrarse en el nuevo medio. Las empresas patrocinadoras poco a poco cedieron la producción de telenovelas a Telesistema Mexicano, así que fue necesaria la experiencia de alguien como Alonso, que conocía bien la naturaleza de cada medio, para que la aportara en la construcción de un formato que poco a poco iba definiendo sus características particulares. Fue La casa del odio (1960) el primer título donde Ernesto Alonso figuró como productor y director, roles que combinó o separó hasta los años setenta, además de incursionar en la dirección de cámaras en La tierra (1974) y La trampa (1978) y como actor en otras tantas.  

 

A la par de Alonso, otros actores como el argentino Raúl Astor comenzaron a producir telenovelas, pero no fue hasta que apareció el aprendiz de cine de origen chileno, Valentín Pimstein, que las telenovelas encontraron a sus dos productores más prolíficos durante las siguientes dos décadas.  

 

Al menos durante los años sesenta el nombre de las escritoras (quienes en su mayoría eran mujeres) sustentó el peso creativo de cada melodrama, mientras que cada productor iba encontrando su propio estilo audiovisual para aportarle características distintas. Por ejemplo, Ernesto Alonso fue quien comenzó a experimentar con la grabación en locaciones para mostrar escenarios naturales, recurso invaluable en sus telenovelas históricas pero también en sus dramas originales y en las adaptaciones de los clásicos literarios. Mientras que Pimstein, quien hizo mancuerna con la escritora de las historietas Lágrimas y Risas Yolanda Vargas Dulché, se inclinó más por la realización de melodramas cercanos al relato de La Cenicienta, tuvo la visión de tropicalizar historias exitosas en otras partes de Latinoamérica, y gustaba de escuchar lo que la gente opinaba de sus producciones, factor que consideró fundamental para determinar el curso de éstas (Vale, 2016). 

 

Con los años se fueron incorporando nuevos talentos tanto en la escritura como en la producción, y fue en los años ochenta, como lo señala Luis Terán en el ejemplo de Emilio Larrosa y su capacidad de adaptar el lenguaje de la historieta popular a su primer telenovela El camino secreto (1986), que  

 

desde entonces, ya se apunta el productor como autor, no que escriba, no que realice cada libreto, sino que determina de qué se trata lo que se va a contar a lo largo de la historia de cada capítulo, cómo son los personajes, sus reacciones, su modo de hablar. (Terán, 2000, p. 66). 

 

Después del fenómeno internacional que resultó el melodrama Los ricos también lloran en 1979, que dio pie a la etapa industrial de las telenovelas en Televisa, el reconocimiento del aporte creativo dejó de recaer en sus plumas dotando de protagonismo a las cabezas de los equipos, a sus productores. La figura cambió de un modo parecido a lo que planteó Jesús Martín Barbero al hablar del folletín, cuando el autor dejó de importar ante un público que creía que eran los repartidores de periódicos quienes escribían las historias (1991). 

 

Pero ¿Qué es un productor y cuáles son sus funciones en una telenovela producida por Televisa?  

 

La académica María Guadalupe Chávez (1998) reconoce al trabajo de producción en su totalidad como una labor de conjunto que sólo se lleva a cabo a través de la unión de talentos y habilidades diferentes que permiten alcanzar los resultados planteados. Así, desglozando cada una de las partes que conforman su estructura organizativa describe al productor como  

 

Encargado de delegar responsabilidades al equipo de trabajo, así como de vigilar que éstas se cumplan de manera satisfactoria más que para él, para la empresa. También le corresponde llevar cuidadosamente el control monetario que la empresa destinó a su producción. En términos generales podemos decir que el productor es quien tiene la ‘libertad’ de tomar decisiones dentro del equipo, pero que de ninguna manera son más fuertes que las que la empresa en algún momento llegue a determinar. Sin embargo, en la estructura interna del equipo de producción es el productor el que posee el ‘poder’. (Chávez, 1998, p. 102).  

 

De manera más sintética Jorge González (1998) lo describe de acuerdo a sus funciones: 

  • Fijar presupuestos y prioridades 
  • Asignar recursos 
  • Proveer a las producciones de los requerimientos en cuanto a infraestructura material y tecnológica 
  • Negociar a sus equipos de trabajo, que incluyen escritores, productores, actores, directores, músicos y técnicos.  

 

En la construcción del término que María Guadalupe Chávez realizó a partir de un trabajo etnográfico se destacan algunos puntos importantes: las responsabilidades que se cumplan satisfactoriamente más para la empresa que para el productor, la “libertad”, entrecomillado, para la toma de decisiones dentro del equipo de trabajo y el poder conferido a este rol. Este “poder” (que también entrecomilla) incluye entre otras cosas su relación directa con el aspecto creativo como la elección de su equipo de trabajo, además de las funciones administrativas que se mencionan. 

 

El libro Crónicas de Pasión. Un recorrido por el detrás de cámaras aporta un nuevo concepto sobre el trabajo de un productor donde de alguna manera se asoma el tema de la creatividad:  

 

La misión de Carla [Estrada] como productora es motivar, dar confianza y apoyo al equipo para que aporte su creatividad y talento a la obra. Ella conjunta y guía el trabajo para lograr la mayor calidad en el tiempo programado y con los recursos disponibles haciendo soñar al espectador y realizando sueños profesionales de los que trabajan en el proyecto. (Iglesias, 2008, p. 120). 

 

Una vez que fue delineado el perfil histórico y operativo de un productor de telenovelas dentro de un centro de trabajo como lo es la empresa Televisa, es momento de saber qué es y cómo opera la cabeza creativa de las producciones seriales.  

 

El Showrunner 

El reciente ascenso de las series a nivel mundial ha permitido que los creadores de ficción televisiva ocupen un nivel de reconocimiento inédito hasta el momento. Al igual que los personajes protagónicos, el showrunner de una producción cobra relevancia nunca antes vista, este fenómeno que no ha escapado a la atención de académicos como Concepción Cascajosa, quien ubica el surgimiento de este concepto en la industria estadounidense de la década de los noventa para definir al responsable último de una serie, que normalmente recaía en la figura del guionista-productor.  

 

Para Cascajosa (2016) en la actualidad “el término no sólo tiene esa implicación industrial, sino también crítica, contando con las atribuciones de control creativo, visión y rasgos de identidad que lo hacen equivalente a la asignación de autoría que en el cine logran los directores.” (p. 24).   

 

Existen otros rasgos que configuran lo que hoy se conoce como showrunner. Para Gloria Solá (2016) este trabajo es uno de los más complejos dentro de la industria televisiva del entretenimiento, puesto que sus funciones se desarrollan entre el arte y el negocio, dirigiendo no sólo los aspectos creativos sino los financieros y logísticos en una serie de ficción.  

 

A la par del nuevo aire que vivieron las ficciones seriales estadounidenses, particularmente las dramáticas que se produjeron para canales de cable, los showrunners se unieron a este boom como una estrella más de sus propios shows, aunque el término nunca apareciera como tal en los créditos sino como productor ejecutivo. Y si bien la serie no es el único formato ficcional producido en Norteamérica (están las sitcom, las soap operas y las producciones de corte infantil y juvenil, cuyos trabajos creativos también son comandados por sus propios showrunners), el drama seriado ha destacado por la fusión de técnicas que combinan lenguajes y elementos artísticos tanto de televisión como de cine.  

 

Eso implica que en países que no tienen un domino del formato, pero han comenzado a producirlo, el término resulte aún novedoso y al igual que las ficciones, se encuentre en un proceso de reconfiguración de acuerdo a cada lugar y contexto. Así en Latinoamérica especialmente en México, los showrunners están en proceso de construcción tanto desde la práctica como (en un hecho inédito) en la formación dentro de las aulas. 

 

Tanto autores como creadores aportan una lista de características que configuran las funciones de un showrunner, entre ellas sobresalen conocimientos en tres rubros: guionismo, dirección y producción, sin que el showrunner deba forzosamente involucrarse de manera simultánea en todas.  

 

A grandes rasgos este profesional televisivo debe contar, según Solá (2016), con una serie de funciones, habilidades y competencias para el buen desempeño de sus actividades:  

 

Funciones: 

Escribir la Biblia (el documento en el que se incluyen el pensamiento y la planificación de una producción audiovisual que sirve como punto de partida tanto para creadores como para efectos de venta) y definir estilo; supervisar las etapas de la producción; contratar creativos para el guion y la dirección; contratar y gestionar personal y equipos; lidierear el cuarto de escritores, o writer´s room; calendarizar entregas de guion y producción; contratar a los responsables de las áreas artísticas y técnicas; supervisar el desarrollo de guiones y aprobar la versión final; tomar decisiones en los casting; acudir al set de grabación; decidir la edición final de cada episodio; supervisar la postproducción de sonido e imagen; diseñar campaña de lanzamiento; generar contenido para redes sociales e internet. 

Habilidades: 

Generar y desarrollar ideas creativas; colaborar con productores ejecutivos, equipo y cadena; tener conocimiento práctico del trabajo a través de la experiencia; ser capaz de llevar varias tareas al mismo tiempo; ser organizado; tener capacidad de solucionar problemas y tomar decisiones; liderear equipos y asumir riesgos; saber delegar; mostrar autoridad y serenidad. 

Competencias: 

Sacar adelante un show de acuerdo al presupuesto, recursos y calendario; aparecer bajo el crédito de Productor Ejecutivo; ser el enlace e interlocutor con la cadena televisiva; tener capacidad de negociación; capacidad de gestión y coordinación.  

Sin entrar en mayor detalle y de acuerdo a lo antes mencionado, un showrunner es la figura creativa que aporta la idea y cuida de ella en todos los procesos, supervisando que correspondan al estilo y al tono propuesto desde su origen, por lo tanto adquiere el poder suficiente dentro del organigrama para involucrarse en la creación y la gestión administrativa así como en la toma de decisiones, para dar continuidad a los procesos tanto de contenido como de coordinación y así lograr que su visión permanezca de principio a fin.  

 

La complejidad de un showrunner se entiende en el contexto industrial de las grandes cadenas norteamericanas, las grandes cantidades asignadas a sus presupuestos y el volumen de series producidas al año, considerando además las características propias del formato de una serie en el que debe atender a la continuidad de su contenido que oscila entre 13 y 22 capítulos por temporada (si es premium oscilan entre 6 u 8 por temporada), prestando atención a los detalles entre uno y otro episodio que pueden tener tramas autoconclusivas, de continuidad a largo recorrido o una combinación entre ambas.  

 

Productores y showrunners en el contexto nacional 

Hasta ahora es posible ir detectando diferencias y similitudes entre ambos cargos, sin embargo hay un término que aún no ha sido definido y resulta fundamental antes de seguir adelante: el productor ejecutivo, antecesor del showrunner 

 

El Glosario de términos audiovisuales artísticos y técnicos describe al productor ejecutivo como el máximo responsable de toda la organización técnica así como de la administración del dinero, que puede ser el gestor del proyecto o bien, un ejecutivo que la empresa coloca a modo de representación (2012). Solá agrega que dentro del contexto de la televisión estadounidense, el productor ejecutivo era la figura responsable del día a día de la producción, aunque tuvo que distinguirse de la autoridad creativa debido a al amplio rango de profesionales que correspondían a tal título, que abarcaban la responsabilidad en la planificación y la organización, o en el peor de los casos únicamente el crédito otorgado sin otro tipo de función (2016). 

 

Como el término está cobrando fuerza en distintos lugares, el hoy denominado showrunner español Javier Olivares, creador de series como Los Serrano (2003), Isabel (2012) y Ministerio del tiempo (2015) propone una manera muy sencilla para descubrir cuándo una persona es el showrunner de la serie, en el entendido que el crédito como tal no figura en las producciones estadounidenses: basta con poner atención a los créditos y buscar si el creador de la serie coincide con el o alguno de los productores ejecutivos (SERIES, 2018). 

 

Por lo antes mencionado, una de las grandes diferencias que distancian la labor del productor de telenovelas de las de un showrunner radica en el ámbito creativo, particularmente en cuanto al desarrollo de una idea de su propiedad. De hecho, en los melodramas mexicanos el crédito del creador como tal no existe. Esto no implica que un productor no se involucre en ese proceso ni que el showrunner resulte el guionista de la serie.  

 

El productor Juan Osorio describe el momento de la elección de una historia: 

 

La historia la escojo, decido yo la historia que voy a hacer con mi equipo de trabajo como es Roy que es mi productor asociado, como es el escritor, o sea, todos tenemos que estar de acuerdo para contar… la historia la decido yo, pero todos, desde escritores, actores, técnicos, todos, tienen que contar la misma novela, no cada quien su novela porque entonces se dispersa y en ese momento confundes al público. (TVUDLAP, 2015)  

 

Pero, ¿todos los productores ejecutivos pueden ser showrunners y los showrunners productores ejecutivos? 

 

En el año 2015 comenzó la producción de la primera serie de Disney Media Distribution Latin America para el público adulto: la bioserie del cantante Juan Gabriel, Hasta que te conocí. De la mano de Somos Productions, empresa mexicana, se llamó al argentino Alejandro Aimetta para estar a cargo del proceso creativo de la serie en calidad de showrunner. En una entrevista, Aimetta aseguró que su cargo “es una especie de productor general creativo que no se mete en cuestiones administrativas” (Arrascaeta, 2015). Posiblemente al tratarse de una multinacional como Disney, alguno de los cinco nombres que figuran en los créditos como productor ejecutivo realizó esas actividades por él, mientras que su nombre sí figura hasta el final como showrunner 

 

A diferencia de las telenovelas, en las series producidas en México sí existe el crédito del creador. En El Pantera (2007), serie de Televisa aparece en la cortinilla de entrada el nombre El Pantera y en la parte inferior la leyenda “creado por Daniel Muñoz”, quien era el autor del cómic en el cuál estaba basada la historia; sin embargo en la dirección figura el nombre de Gustavo Loza, un creativo que comenzó su trabajo en el Canal Once de la mano de Patricia Arriaga con una de las producciones catalogadas como la primera serie de televisión: Camino a casa (1997).  

 

Aunque en Camino a casa el crédito de Loza era el de productor ejecutivo, tanto en Los héroes del norte (2010) como en Cloroformo (2012), serie producida para Televisa Deportes, su crédito aparece en primer lugar con la leyenda “una serie creada por Gustavo Loza”, además de figurar en el guion, la dirección y la producción.  

 

El caso de Patricia Arriaga, quien comenzó su carrera en la primera etapa de Plaza Sésamo en México, es también el de una showrunner que tampoco ha figurado como tal en las pantallas. En una de sus primeras producciones El diván de Valentina (2002) para Canal Once los créditos creativos que aparecían hasta el final de cada capítulo la sitúan como la primera de cinco personas que figuraban como creadores de la serie, sin embargo su nombre en solitario se repetía en la producción ejecutiva. Tras la producción de Fonda SusillaKin, y XY, todas para el canal público, en el año 2016 produce Juana Inés, ficción histórica serial sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz donde su nombre aparece hasta el final de los créditos de dos maneras: como productora ejecutiva y después la leyenda “serie creada por”, situación que se repite en Malinche (2019), la primera serie hablada en distintas lenguas indígenas en México. 

 

Para la producción de Malinche, Arriaga reconoce su participación desde el inicio del proyecto planteando su idea y llevándola a cabo en el cuarto de escritores, espacio donde creador y su equipo trabajan en la realización de los guiones para cada capítulo (Saga, 2018), además de todo lo que implica, sobre todo para series históricas, la negociación de las locaciones, el casting y la administración de recursos que en su caso no son solicitados en función de sus necesidades sino, por el contrario, recibe lo que el canal público está dispuesto a invertir en cada ficción.  

 

Los showrunners han cobrado un protagonismo particular adjunto pero a su vez independiente de sus shows. Los ejemplos de Gustavo Loza y Patricia Arriaga podrían encajar en esta realidad, lo que no significa que todas las producciones seriales en México se definan por su creador. Durante este proceso de adaptación, mientras el término showrunner todavía es ajeno o desconocido para el público, algunas casas productoras le han apostado al trabajo en equipo, de tal suerte que lo que se reconoce no es la figura central del creador sino el nombre de la empresa, tal es el caso de Lemon Films que lo mismo ha realizado Paramédicos para Canal Once, como Señor Ávila para HBO, entre otros.  

 

¿Qué pasa entonces con los productores de telenovelas cuando el formato que saben producir está en aparente desuso y se tiene que apelar al cambio en su nomenclatura en lugar de haber evolucionado orgánicamente junto con las nuevas temáticas y condiciones técnicas que el ritmo competitivo trae consigo? 

 

Se insiste en la importancia de que un showrunner conozca sobre guionismo, dirección y producción, pero lo cierto es que en el ámbito de las telenovelas “los productores qué quisieron abarcar todo, no fueron exitosos” (Carlos Moreno, comunicación personal, 30 de enero, 2019). En su estudio etnográfico, Chávez (1998) reconoció dos tipos de relaciones entre productores y sus equipos de trabajo, la directa y la indirecta. Respecto a la directa, encontró que se da en la medida en la que el productor esté desvinculado del saber, hacer y poder que otra persona del equipo tenga respecto a su función específica, por lo que resulta indispensable el enlace entre ambos, productor y creativo, para que la producción marche adecuadamente.  

 

Sin embargo esto no limita al productor a que, en función de sus propios saberes, pueda aportar en cargos más allá de ser un mero organizador y delegador. En el caso de Carla Estrada por ejemplo, antes de su primer título Pobre juventud (1986) fue la primera directora de cámaras de una telenovela en Vanessa (1982), producida por Valentín Pimstein. Y al igual que Ernesto Alonso, en su último título Silvia Pinal Frente a ti, su nombre figura en dos ocasiones diferentes: como directora de escena y cámaras y como productora ejecutiva.  

 

Por su parte, la primera inclinación creativa de Juan Osorio en la televisión fue la dirección, actividad que ha realizado en distintos videohomes, además de haber incursionado en el ámbito teatral. Actualmente se encuentra en la producción de la serie llamada El corazón nunca se equivoca, donde la pareja de adolescentes homosexuales Aristemo será la protagonista de  una historia que se entrecruzará con otras en una serie independiente a lo que fue Mi marido tiene más familia, un ejercicio transmedial que también ha llevado a los escenarios teatrales.  

 

Conclusiones 

Después de reflexionar alrededor de los dos cargos, productor de telenovelas y showrunner, dentro del contexto mexicano, es posible enlistar algunas conclusiones respecto a sus similitudes y diferencias: 

 

Una de las diferencias significativas es el peso creativo. Un showrunner gesta una idea, interviene ya sea desde la escritura, la dirección y/o la gestión administrativa para que ésta conserve un mismo tono y estilo, mientras que un productor de telenovelas es un seleccionador de ideas que busca materializar gracias a la gestión de los recursos materiales y humanos para que se convierta en un producto de calidad.  

 

En este punto, sin embargo, ambos roles comparten el talento de seleccionar a la gente con la que realizarán su narración audiovisual.  

 

La posición de director en un showrunner no suele permanecer durante toda una temporada. Algunos eligen dirigir únicamente el primer y último capítulo de cada temporada, lo que les confiere un cierto estátus por encima de cada director que esté en los distintos episodios. En las telenovelas un productor puede recurrir a una serie de directores (director en foro, director en exteriores) y contar, además, con uno que se encargue de unificar los distintos esfuerzos. El melodrama mexicano ha contado con directores como Jorge Fons, elemento recurrente en los equipos de Juan Osorio, Arturo Ripstein, quien trabajó con Julissa en Dulce desafío (1988) y Antonio Serrano, quien antes de trabajar para Epigmenio Ibarra lo hizo en Mágica Juventud (1992) de Emilio Larrosa y antes en Teresa (1989) de Lucy Orozco. 

 

Como similitud, ambos roles juegan en el contexto de un equipo de trabajo, solo que en el showrunner se apela más al trabajo de autor, mientras que en la telenovela se habla del equipo en general debido a su condición industrial.  

 

Un showrunner cuenta con una serie de competencias creativas que pone al servicio de la serie, lo que no significa que un productor de telenovelas no las posea.  

 

En ambos casos las posiciones pueden resultar limitantes o no de acuerdo al tiempo de experiencia y de relación con la o las empresas empleadoras. Las relaciones de poder que trascienden a los equipos de trabajo y la capacidad de negociación resulta una competencia fundamental.  

 

Es posible que no todos los productores ejecutivos puedan convertirse en showrunner, pero, al menos en el caso mexicano, no se garantiza que un showrunner pueda ser un productor ejecutivo.  

 

Así, un productor que conoce el manejo del melodrama aunque varíe la nomenclatura y el formato de una telenovela, puede realizar una serie rescatando elementos técnicos cinematográficos como el cuidado en la iluminación y fotografía, (como el caso de Sin miedo a la verdad de Rubén Galindo), aunque no sea imposible que un showrunner maneje este recurso dentro de una serie, como fue la propuesta de Manolo Caro para Netflix La casa de las flores 

 

La producción de telenovelas es un oficio que sólo la práctica ha podido profesionalizar, mientras que un showrunner puede formarse desde las aulas, como sucede con la mayoría de experiencias educativas ligadas al cine.  

 

El showrunner imprime de primera mano su estilo narrativo. El productor lo consigue a través de sus escritores y directores. El estilo, en ambos casos, existe y se perfecciona con el tiempo.  

 

Y por último, no todas las telenovelas tienen productores reconocidos mediáticamente hablando ni todas las series producidas en México son encabezadas por showrunners 

 

Tanto las telenovelas como las series, tanto sus productores como sus showrunners, son conceptos cambiantes que aún no han encontrado su lugar en este nuevo panorama creativo y mercantil pero se encuentran andando sobre ese camino. Como lo plantearon Sánchez Ruiz (1992), González Molina (1998) y Murdock (1988), documentar y analizar estos cambios contribuyen a un mejor entendimiento del presente pero también a dar luces de lo que puede ser el futuro, uno donde quizá las telenovelas dejen de ser producidas para dar paso a su similiar las teleseries, sin sacrificar la exaltación del bien sobre el mal en relatos contenidos de valores y sentido familiar 

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Autores
Raquel Guerrero Viguri es Maestra en Estudios de Cultura y Comunicación por la Universidad Veracruzana y creadora del proyecto de divulgación audiovisual Ratona de tv: www.ratonadetv.com