Tierra Adentro
Ilustración de Mariana Martínez

 

Hace al menos diez años que no desempolvo mi 2666 de Roberto Bolaño, pese a que me ha acompañado en todas mis mudanzas. Me acordé de su existencia hace un par de semanas cuando C decidió usar el tomo para elevar a su computadora y simular que tenía uno de esos caros escritorios para estar de pie. Al ver ahí a mi 2666, cumpliendo una función utilitaria, tuve por un instante ganas de volver a leerlo y restituirle su dimensión literaria, pero rápidamente me distraje leyendo libros que ahora me interesan mucho más. Que no haya vuelto a abrir el libro y que no tenga el menor deseo de rescatarlo de su función utilitaria no quiere decir que no reconozca el valor de la obra de Roberto Bolaño y su importancia indiscutible dentro de la literatura latinoamericana. Pero sí quiere decir que me interesan muy poco las historias que cuenta y la forma en que las narra. A decir verdad, siempre fui una lectora bastante desapasionada de Roberto Bolaño y con el tiempo esto empeoró porque me cansé de escuchar y de leer tanta mala crítica literaria sobre su prolífica producción.

Leí por primera vez 2666 en el 2008, cuando la locura y el furor de la obra de Bolaño recién comenzaba luego de que su obra fuera traducida al inglés.1. Tras su muerte prematura en 2003, la importancia de la obra de Bolaño se instituyó primero en Estados Unidos y regresó después a llamar la atención dentro de América Latina, pese a que el autor ya había ganado el Rómulo Gallegos. En 2008 estaba en mi primer año de la licenciatura en literatura latinoamericana y el profesor de la clase de “Problemas de teoría literaria”, José Ramón Ruisánchez, en una de sus lúcidas y extrañas ocurrencias, decidió que leeríamos todo 2666 y complementaríamos nuestra lectura con distintos teóricos para pensar de forma crítica y creativa el libro de Bolaño.2En esa, mi primera clase de teoría literaria, me formé como crítica y leí por primera vez a autores como Georges Didi-Huberman, Jacques Derrida, Joan Copjec, Slavoj Žižek, Peter Brooks y Nelly Richard, entre otros. Recuerdo que en clase conjeturamos sobre todos los aspectos de 2666, desde el tamaño del libro y su portada como tumba hasta la compulsión de repetición en “La parte de los crímenes” y su necesidad de aproximarse a lo Real. Mi primer encuentro con Bolaño, como pueden constatar, no fue nada inocente, sino que estuvo guiado por la necesidad de hacer que mis intuiciones de lectura fueran más allá de las apariencias y las primeras impresiones. Escribí un denso ensayo sobre lo Real y Das Ding en 2666 y después de la clase leí todo lo que pude encontrar de Bolaño en las bibliotecas y librerías, acaso intentando convencerme de la importancia que todo el mundo decía que tenía. Fui con gusto a un coloquio dedicado a su obra y presenté un trabajo sobre él en uno de mis primeros congresos académicos. Pero muy poco tiempo después de comprometerme con su literatura y de que la infatuación se acabó, me cansé de leerlo y me quedó claro que mis intereses no iban por ahí. Desde entonces, si me lo preguntan, contesto que “no me gusta” y “no me interesa” la obra de Roberto Bolaño.

La primera de las razones por las cuales me alejé entonces del concurrido club de los admiradores de Bolaño fue completamente extraliteraria. A la popsteridad3y el éxito internacional de Bolaño le siguieron los demasiados libros de crítica literaria mediocres que comparan su obra con la de otros autores o que la consideran según tal o cual teoría crítica postestructuralista (acaso siguiendo el patrón de lo que Bolaño advertía con ironía en “La parte de los críticos” sobre las novelas del huidizo Benno von Archimboldi). Me cansé de leer sobre las infinitas intertextualidades y de encontrar ensayos que poco aportan a abrir nuevos enunciados y se dedican más bien a aplicar fórmulas preestablecidas a la literatura, encasillándola, domesticándola. También me cansé de ver la pelea entre mexicanos, chilenos, y españoles por apropiarse territorialmente de la obra de Bolaño mientras los críticos de los Estados Unidos supieron explotar bien el potencial del imaginario que Bolaño creó en su obra a través de su biografía. Luego, en el país en el que estudié mi doctorado vi cómo Los detectives salvajes y 2666 se convirtieron, a principios del siglo XXI, en el nuevo imaginario latinoamericano, sucesor del realismo mágico estereotípico del Sur Latinoamericano.4 Tanto el ethos romántico del poeta latinoamericano como la representación de Latinoamérica como región violenta y apocalíptica donde confluye el mal contribuyeron a este fenómeno que calzaba bien con el imaginario que los noticieros gringos frecuentemente proyectan de nuestros países.

La segunda razón por la cual dejé de leer a Bolaño fue más literaria. En la narrativa de Bolaño hay una promesa (incumplida) de que siempre hay más que descubrir, pero como lectora me topé una y otra vez con la mera repetición de lo mismo. Los narradores de Bolaño son seductores y manipuladores cuando cuentan historias y parece que siempre van a llegar a algo que apenas se vislumbra y que es necesario descubrir. Las historias despliegan una asombrosa habilidad de irse por las ramas. En cada uno de los libros de Bolaño (incluidos los manuscritos publicados de forma póstuma) no hay nada nuevo o diferente, sino la misma estrategia repetida ad nauseam. ¿Para qué leer el mismo libro en decenas de variaciones? Más allá de la imperfección o incompletud de la obra de Bolaño que algunos han resaltado como una virtud transgresora, lo que me agota como lectora es enfrentarme una y otra vez con la misma estrategia que no apuesta por un camino, sino por el desvío como gesto constitutivo.

En definitiva, a diferencia de los autores que más me gustan, Bolaño no es un innovador en la forma o en términos del lenguaje. Es un autor que juega con la representación visual y quizás el montaje y poco más. No se arriesga a pensar el lenguaje sino al servicio de la trama. No quiero decir aquí que todos los autores deben ser innovadores en este sentido, sino a que la literatura que está al servicio de la trama suele devenir (aunque no siempre) en tediosos discursos ideológicos o alegóricos. Esto es más visible en el hecho de que gran parte de la crítica literaria sobre Bolaño se decanta por este tipo de reflexiones sobre la violencia, la noción del mal o la modernidad y sus males(tares). Incluso en su versión más refinada, Bolaño siempre nos dice algo, como argumenta por ejemplo Zavala en La modernidad insufrible: “[s]u proyecto literario puede leerse como una compleja crítica de la modernidad literaria occidental y el modo en que se intersecta con la experiencia latinoamericana que simultáneamente la niega y la refunda”.5

Desde mi punto de vista, la literatura que decide apostar su descubrimiento en la trama no es necesariamente una literatura que deja los elementos necesarios para pensar sino que nos da un pensamiento ya rumiado y tejido para que lleguemos a una conclusión inevitable.

Ya no leo a Bolaño porque me cansé de su mismidad y porque la literatura que me da las piezas para decirme lo que debo de concluir me convierte en el tipo de lectora pasiva que nunca quiero ser. Ya no leo a Bolaño porque sus historias que se van por las ramas no llegan a tener consistencia y porque sus narradores voluntariosos e irónicos ya no me entretienen como antes. Ya no leo a Bolaño porque tanta crítica de su obra turbó mi capacidad de leer de formas más intuitivas. Ya no leo a Bolaño porque C necesita un librote del tamaño correcto para apoyar su computadora y poder trabajar.

 


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Ilustración de Carmen Lop

 

Bolaño fue poeta. Cualquier cosa que se diga después es secundaria. Esta aproximación al universo poético de Roberto Bolaño extrae su título de una entrevista incisiva — vendida como la última antes de su muerte —, en la que Mónica Maristain documentó las respuestas del autor ante preguntas nada generales. En esta entrevista, la periodista repasa juguetonamente el transitar en el mundo de Bolaño y le dice: ¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?, a lo que él responde: Yo nunca llevo la contraria.1

Tomando por significado de contrario el que nos otorga el diccionario de la RAE al final de su lista: “Persona que lucha, contiende o está en oposición con otra”, este texto partirá de la respuesta de Bolaño para trazar líneas sobre los contrastes, casi contradicciones, que van definiendo la poesía de este habitante patibulario.

Una lectura actual de la poesía de Bolaño busca su cartografía apoyándose en la obra narrativa, que por diversos motivos (entre los que mucho tiene que ver el mercado literario), ha logrado sacar de primer plano su escritura fundacional o poemas. Hemos de admitir que esta aproximación encuentra más importante centrar la vista en el argumento que nutre su poesía antes que referirnos a alguna recopilación en específico, porque un rasgo que caracteriza la obra poética de Bolaño es su unicidad y mutación; en espacio de treinta años (1973-2003) una sensación de particularidad o independencia es lo que más abarca, uno a uno, sus poemas.

Así, empezaremos por dibujar una Ciudad de México de 1968, cuando Roberto Bolaño llega por primera vez y reconoce el panorama general de la cultura literaria en nuestro país, rehusándose a la educación universitaria para dedicarse a leer y encontrarse en sus caminatas con personajes afines tanto a él como a sus textos. Gran parte de las novelas de Bolaño nos otorgan pistas sobre cómo se relacionó desde temprano con las letras a través de los personajes recurrentes en sus libros, abiertamente seudos del autor y sus amigos, quienes desean y encuentran identidad agrupándose en los espacios bohemios de los setenta. La posibilidad de que estas manadas sobrepasaran la efervescencia identitaria y construyeran con fuerza envidiable un manifiesto o consigna de lo que les hacía tamborear el pecho se debe a que su actualidad era delimitada por altas figuras que inmaculaban la escritura a mano de un academicismo muy alejado de la realidad visceral que se vivía en la capital y en los pueblos latinoamericanos. Es decir, para Bolaño y los vaqueros solitarios con los que fue encontrándose, la batalla y el enemigo que se mandaba hacer un traje a figura de Octavío Paz, eran claros. Dos rayos que atravesaban, cada uno desde sus cualidades opuestas, un presente que cuidaba la cuna de los sueños de la ciudad a la vez que los pervertía. A pesar de que México se inscribe perpetuamente en la historia como un lugar de tibieza al nunca otorgarle a su sociedad un reconocimiento de la verdad tajante o evidencia de los intereses politicos en contra del pueblo, los infrarrealistas, movimiento que funda Roberto Bolaño con su compañero Mario Santiago Papasquiaro en 1975, se encargaron de abrir una herida susceptible a esa verdad, gracias a la consciencia de lo que sucedía en otros lugares de latinoamérica, subráyese Chile, el lugar de nacimiento del escritor. La nostalgia por la promesa de un gobierno tomado por los civiles, resonaba en las plumas de los poetas de una izquierda reaccionaria. El eco del opresor llegó a mimetizarse incluso entre los humanistas intelectuales, lo que llevó a que los infrarrealistas entonaran la utopía:

 

Es necesario que el pensamiento se aleje de todo lo que se llama lógica y buen sentido, que se aleje de todas las trabas humanas de modo tal que las cosas le aparezcan bajo un nuevo aspecto, como iluminadas por una constelación aparecida por primera vez. Los infrarrealistas dicen: Vamos a meternos de cabeza en todas las trabas humanas, de modo tal que las cosas empiecen a moverse dentro de uno mismo, una visión alucinante del hombre. […] Quemen sus porquerías y empiecen a amar hasta que lleguen a los poemas incalculables.2

 

En este periodo temporal, Bolaño sabe que su intención en la literatura tiene sentido desde la palabra poética y no cualquier otra. Quema sus obras de teatro, no se acerca a la prosa y podemos imaginarnos cómo festejó en la casa de Bruno Montané, en el café La Habana o la Encrucijada Veracruzana, el levantamiento de los aullidos infrarrealistas. Este estandarte incendiario como motor de las letras del movimiento infra, conformado por cerca de 20 escritores, de los que sustancialmente destacan los dos poetas que nombramos, hizo que una producción poética, inspirada en las cloacas o en los subsuelos de la ciudad, empezara a materializarse. En una primera publicación, Pájaro de Calor, ocho poetas infrarrealistas (1976), se hace visible una comunidad consumida por sus propios miembros, que proponía el abandono de los escenarios construidos hacia adentro y el compromiso del poeta por crear herramientas para la aventura y la sublevación —tan necesaria para hacer frente al establishment literario y politico— al menos de los jóvenes de su generación.

 

 

Ese halo de luz naranja pudo haber sido una gran poeta

[…] esa mujer que llora en el laboratorio

mientras las calles arden y yo caigo,

pudo haber sido una poeta

estamos muertos, nosotros somos los muertos

se oirá en esos días

[…] ella siente

que los motines volverán que la han vencido

esa vieja ocupada en su manicomio

sintiendo próxima su muerte y que en realidad

quisiera volver atrás, a una verdadera cama

ese halo de luz naranja que se apaga

sin alegría ni sufrimiento

pudo haber sido una gran poeta

la más amorosa

amada

mía.3

 

El título de este poema sugiere al lector una idea de mosaíco —rasgo recurrente en varios de sus versos—, mientras expone la escritura comprometida con la que Bolaño funda su universo poético. Es publicado en 1976, tres años después del golpe de estado en Chile, post matanzas estudiantiles y represión de los movimientos civiles en nuestro país, por lo que se lee una invitación a la poesía reaccionaria, ya sea tácita o explícita, pero desde el coraje que requiere cualquier cambio. Una invitación a la sociedad joven que, a pesar de su contexto, permaneció inerte en una vida sin compromiso; una vida en la que las ficciones sociales y políticas conformaron tanto como limitaron el imaginario.

 

Ilustración de Carmen Lop

Ilustración de Carmen Lop

 

Si bien hay cierto coraje en las palabras de Bolaño, también hay una frustración compasiva que reconoce la imposibilidad de esa mujer, el halo naranja o potencial que él y sus colegas reconocían en su generación. Hay que admitir que este poema se acomoda diagonalmente entre la mayor parte de su obra poética, a la que buscaremos referirnos como piezas que tácitamente, mediante la expresión libre del incalculable visceralismo de las palabras, sugerían una via distinta a lo hegemónico. Este poema nos sirve para sostener que, incluso a los 23 años, Bolaño ejecutaba en la poesía un compromiso politico, explícito también. Dicho compromiso se encarnaba, primero desde ese otro rasgo que reconocemos, el que lo dejaba ser contestario desde el verso visceral e inconexo, que pone todo el valor en el acto mismo de escribir sin institución; luego desde la furia de una necesidad: la de hablarle directamente a los lectores en busca del levantamiento. Es ahí en donde tantas preguntas y contrastes surgen. Tantas preguntas que muchos críticos pasaron para atrás, al dedicar de lleno su estudio a las obras claras y narrativas del autor (publicadas posteriormente), en donde lo poético y lo politico sigue siendo el tema, pero desde donde se desarrolla através del lugar y las acciones de sus personajes.

 

Mi pesadilla es un infinito

de flores, unas sobre otras, ocupando

todos los huecos de la página,

Arriba, abajo, al lado,

Sin dejar un espacio libre,

Avalanchas constantes de color y amabilidad,

En donde termina un relive empieza otro,

¿qué tipo de poesía se podría hacer allí?

tal vez el lento parpadear,

tal vez solamente el lento parpadear.4

 

 

La nostalgia por la promesa se iba manifiestando en un Bolaño más escéptico. Era atravesado el espíritu de los escritores que entendieron la poesía como única esperanza después del regreso de la dictadura y el nauseabundo proceder de intelectuales contemporáneos que se unían al poder.5

Bolaño, quien no podía creer cómo un país como México no escuchaba la destrucción de las bombas, iba configurándose fuera de su deseo inicial: conjurar cada letra en la dirección poética. Sin que esto cambiara su percepción de la poesía ni la de Mario Santiago, los infras emigran del país que les dio la aventura de la aventura e intentan sellar el movimiento reiteradas veces, lo que parece señal de que no lo quisieron conseguir del todo.

 

Atiende esto, hijo mío: las bombas caían

sobre la ciudad de México

pero nadie se daba cuenta.6

 

Con esto no queremos decir que Bolaño abandona la escritura poética, sin embargo, sí podemos sospechar el momento en el que la reubica: la poesía como aquello que se escribe a lápiz, el palpitar vital, pero ahora la mutación del valor que, sobre todo, compromete la muerte de quien escribe.

 

Ahí se perfila lo que Bolaño llama valor. Es una actitud y una conducta que se da en la vida y en la escritura, pero que resulta incurablemente existencial. Fue hablando de Alonso de Ercilla, en un texto de Entre paréntesis, donde con más claridad vino a definirla: “A Ercilla le queda algo que tienen todos los verdaderos poetas, si bien en sus formas más extremas y bizarras. Le queda el valor. Un valor que a la hora de la vejez no sirve para nada, como tampoco, entre paréntesis, sirve para nada a la hora de la juventud, pero que a los poetas les sirve para no arrojarse desde un acantilado o no descerrajarse un tiro en la boca, y que, ante una hoja en blanco, sirve para el humilde propósito de la escritura”.7

 

 

Su evolución en el mundo literario no le dejó otra opción más que reconocer la derrota de los ideales que sostuvieron los infrarrealistas en su juventud.

Fueron ingenuos y generosos, reconoce en el discurso que pronuncia cuando gana el Premio Rómulo Gallegos. Este discurso sostiene la intención de nombrar a sus compañeros ya muertos, nunca alejados de la primera fila de lucha desde la cual vieron pasar el tiempo sin que su grito revolucionario tuviera reminiscencia real, aunque este texto reconoce que a partir de ello muchísimos anacrónicos adeptos encontraron en sus letras un camino al levantamiento, o a lo que dolosamente nos parece un sinónimo —a las generaciones posteriores en contextos como el de nuestro país—, a la nada. Como interpreta Francisco Carrillo a partir de los pronunciamientos sagaces que el autor escribe para recibir el premio en Caracas y luego en Sevilla: “Frente a la épica que acompaña a la muerte de los poetas de su generación, Bolaño se imagina liquidado por unos herederos que se ubican en las antípodas de esos poetas que en sus vidas encararon algún episodio heroico y literario, es decir, heroico y politico.”8. Esto como desenlace de la intención que la poesía de Roberto Bolaño mantuvo primigeniamente, nos hace una sugerencia de por qué su obra poética, posterior a su reconocimiento como autor de culto, permaneció (igual que en sus inicios) como la esfera más particular, aquella que “no le ruborizaba tanto en comparación con su narrativa” porque le era más propia aunque no más fácil.

Desde una vision particular, algo que permite la derrota del movimiento infrarrealista, es reforzar aun más el sentimiento que con honestidad residía en la poesía de Bolaño al ser el último sobreviviente. Mientras los reflectores se posaban sobre sus novelas, mientras la academia escribía sobre ellas y estas se vendían a montones, sus poemas podían vivir en la nostalgia, aún el subsuelo, sin que se les pidiera nada más que eso: la memoria de lo que hizo que todo empezara, la demanda de una promesa compartida y la libertad de un Roberto Bolaño que regresaba a escribir.

 

 


Autores
Tania Langarica - Cuernavaca, 1993. Cree en lo poético como dirección política. Se interesa en las manifestaciones disidentes así como en los espacios olvidados del individuo. Es egresada en literatura por la Universidad del Claustro de Sor Juana, estudió Filosofía en La Universidad Iberoamericana y actualmente en la UNAM. Sus poemas han sido publicados en antologías como Químicas Sanguíneas (2016) y Poetas del Asfalto(2017) así como en diversas revistas electrónicas e impresas como Tierra Adentro(2017) y el Periódico de Poesía de la UNAM (2018). Su primer poemario individual No hay manantiales en la carne fue publicado por el FEDEM en el 2018. Escribió la tesis “La razón poética como aliciente político” en 2019, en donde advierte la relación de los temas que más la atraviesan. Ha llevado su escritura al performance poético en la campaña Embrace your Nature para los hoteles Mélia, y a otras disidencias sonoras como fue el caso de Rizoma en donde danzaron la letra de uno de sus poemas. Hoy investiga la experiencia laboral en México desde la poesía en su proyecto “La pas” y construye la plataforma Arte Nocivo.

Ilustrador
Carmen Lop
Nació en la Ciudad México. Cursó la Licenciatura de Diseño de la Comunicación Visual en la ENAP con la especialidad en Ilustración. Ha publicado su trabajo en varias editoriales como la SEP, La Secretaría de Cultura, Malpaís Ediciones, y otras internacionales como Oxford University Press y Pearson de Chile. También ha incursionado en la docencia impartiendo talleres, conferencias y cursos de Ilustración y Diseño, en la Universidad del Valle y Museo Franz Mayer, entre otros.Desarrolla proyectos personales que abarcan otras disciplinas creando su propio trabajo como autora. Ha realizado el arte y escenografía para obras de teatro de Corvus Producciones, con temporada en el Centro Cultural Helénico y también se sumó a colaborar en el estudio multidisciplinario de Jan Hendrix. Protege su contenido con técnicas tradicionales principalmente.
Ilustración por Ray Patiño
Ilustración por Ray Patiño

Poema escondo

donde el dolor parece

quererlo todo

Ana Jimena Sánchez

0

Hay una cosa llamada Roberto Bolaño, una leyenda mórbida y extraña que se ha comido al autor y a la obra, y que nada tiene que ver con Roberto Bolaño.

1

Pero Roberto, eso es un poco desagradable que me lo digas, porque significa que yo sólo soy un personaje tuyo nada más, no tengo una existencia real. Todos nosotros, Ignacio y yo, somos como fantasías tuyas. Él me decía bueno, Rodrigo, me decía, peor sería que fueras un personaje de Isabel Allende, me dice, no te quejes, hay destinos peores.

(Rodrigo Fresan en el documental La Batalla Futura, 2016)

2

La primera vez que leí un libro de Roberto Bolaño, yo entraba a la edad de merecer, me acercaba a los veinte años y mi hermano mayor acababa de comprar Los Detectives Salvajes (1998). La portada era un rojo sangre en la pupila expandida. Muchas cosas me separan hoy de mi hermano, como las opiniones políticas o la orientación sexual, pero hay otras que me unen a él como, aunque ahora lo neguemos los dos, la música de Arjona que escuchábamos en la adolescencia o la literatura de Roberto Bolaño. Y la pesadilla me decía: crecerás./Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto/y olvidarás./Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.

1.1

Tenía esa carita mitad pícaro, mitad seriedad, mitad caricatura para ocultar algo. Un Daniel el Travieso envejecido, una adolescencia alargada por el miedo. Pero también tenía algo salvaje, no en la mirada, sino en las manos. El cigarro siempre encendido. La palabra precisa para responder cualquier pregunta que le hicieran, como cuchilla después de haber sido afilada muchas veces.

2.1

Como en la canción de Yuri yo veía pasar la vida detrás de la ventana. Mientras, me volvía un cliché. El joven que engañaba con su cara de niño y leía libros que robaba cuando no daba el dinero para comprarlos. Una práctica que, debo confesar, dejé hace poco.

No tenía certezas, salvo una: yo quería ser escritor.

Un amor desbocado/un sueño dentro de otro sueño.

1.2

Luego de 1998, con el premio Herralde, comenzó el mito. El premio Rómulo Gallegos, ganado en 1999, le abrió las puertas de la intelectualidad chilena, de la que él huía y que no necesitaba después del exilio. La diáspora chilena se había dividido en dos, entre los escritores; aquellos que tenían puestos diplomáticos y los que trabajaban en universidades europeas y norteamericanas, y luego estaba Roberto Bolaño, que trabajaba como mesero. Renegando a veces de la condición de escritor chileno, prefiriendo nombrarse escritor latinoamericano, como menciona en la entrevista para el programa La Belleza de Pensar en la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile, a finales de 1999.

1.2.1

Bolaño, desde la época anterior a los premios, era muy dado a la reinvención de la propia memoria. Se aparecía en los departamentos y las fiestas de sus amigos para contarles historias truculentas donde había matado, por error, a algún ladrón. O la vez que conoció a los asesinos de Roque Dalton. O cuando un compañero de primaria lo salvó de los campos de concentración de Pinochet. Alguna de las tantas escaramuzas en sus viajes de mochilero por el sur de América. Comenzaba a crear un personaje que tuviera una vida literaria y que no fuera fácil de creer a primera vista.

2.2

Luego, como destino manifiesto, entré a la carrera de letras y al mismo tiempo dejé de escribir por años. Una tormenta. Un gusano blanco retorciéndose/en el amor por querer ser escritor. Y el amor por ese entonces brincaba la ventana de la vida y me obligaba a salir de la vida. Yo era, sin darme cuenta, Juan García Madero y creía saber más que mis maestros, y quería incendiar las instituciones y buscaba referentes en la bohemia y la escena literaria de mi ciudad. Como si la juventud fuera el pecado y el castigo.

1.3

A poco de su muerte en 2003, en España, a Roberto Bolaño le salieron amigos por todas partes. Comenzó a brillar la veladora del santo. En Barcelona podías arrojar una moneda y seguro un amigo de Bolaño la atraparía para decirte que a él Roberto siempre le recomendaba comer frutas y verduras. Patricio, Patricio… come más fruta, me decía.

2.3

Roberto Bolaño en México, antes de la fama, era confundido con el comediante y productor de televisión Roberto Gómez Bolaño, Chespirito, creador de los programas El Chavo del 8 y El Chapulín Colorado. Durante años en la carrera, y en algunos congresos, me tocó ver cómo algún incauto era vilipendiado por confundirlos. No eras un verdadero alumno de letras, ni mucho menos aspirante a escritor, si cometías una confusión común sobre todos entre los alumnos de primer semestre, más guiados por los faroles de la bohemia que por las lecturas.

2.3.1

Aunque ambos sean vacas sagradas, que atraparon un momento de la idiosincrasia mexicana, no pastan en el mismo campo. Pobre de aquél que se atreva a hacerlos uno.

1.4

Siempre se consideró poeta antes que novelista, pero aprendió que el dinero llegaba mejor y más fácil con la prosa que con el verso. Y él tenía una familia que mantener. Antes de morir, por una insuficiencia hepática prolongada por casi diez años, dejó listos los papeles para que Carolina López y sus hijos tuvieran asegurados los derechos sobre su obra. Su amigo, el crítico literario Ignacio Echevarría, diría que poco antes del deceso Roberto lo nombró persona referente y encargado de todo lo que tuviera que ver con sus obras póstumas. Y aquí comienza el manoseo ajeno de su memoria.

2.4

Habían pasado once años de su muerte, yo había vuelto a escribir lentamente y publicaba en varias revistas de internet cuando supe de un grupo de Facebook llamado Los Perros Románticos. Me inscribí sin dudarlo. Ya antes, en 2009, había aparecido en CDMX La Red de los Poetas Salvajes, que reunía a varios poetas jóvenes, en su mayoría hombres, que seguían, de una u otra forma, la estela de los infras. Pero en 2014 me llamó la atención que no fueran únicamente mexicanos, sino personas de medio mundo de habla hispana. Dice Didier Andrés Castro, poeta colombiano y uno de sus fundadores: El nombre surge de Bolaño, porque era lo que más nos representaba. Sentíamos que en aquel momento la Alt Lit tenía a David Foster Wallace como maestro, y nosotros tomamos a Bolaño como el nuestro. La verdad no recuerdo cómo nació el nombre, quizá en una video llamada en la que nos leíamos cosas. Todos buscábamos lo mismo, de alguna forma compartíamos lecturas y así. Pero estaban distribuidos por todo internet. Kevin (Castro, autor peruano y otro de los fundadores) habló de que sería mejor una reunión. Escribí a Luna (Miguel, escritora española y tercera fundadora) después para proponerle algo así, ya que ella tenía una selección increíble. Ella ya había leído a Kevin, a David Meza y a algunos otros.

2.4.1

En aquella primera reunión virtual se habló de los infras, de la poesía de Bolaño, y de a poco la idea inicial de que fuera una base de datos se transformó en encuentros presenciales y en un grupo cibernético que llegó a crecer rápidamente y con la misma velocidad se extinguió en apenas un año. No había pretensiones, sino que se pensaba como un sitio de reunión para leer, sobre todo poesía. Nacieron redes de contacto y proyectos que ayudaron al crecimiento de varios escritores en diferentes puntos de América Latina, incluyéndome.

1.5

Después la muerte de Bolaño, hubo un nombre que comenzó a borrarse alrededor de su memoria y alrededor de sus textos. El que, según la tradición oral y escrita hecha alrededor de sus momentos finales, fue el último nombre y rostro que Roberto Bolaño vio camino al hospital. Si se revisa la primera edición de El gaucho insufrible (2003), en la dedicatoria del cuento El viaje de Álvaro Rousselot, se sabrá ese nombre, que desapareció en las siguientes ediciones y traducciones del libro. Una mujer que fue borrada. Pasa lo mismo en el índice onomástico de Entre paréntesis (2004), aparece en la letra P y lleva a la página 17 donde no está su nombre, pero sí hay una cita muy reveladora “De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura…”, que es un fragmento, a su vez, de la novela Amberes (2002). En ediciones posteriores ese nombre, de nuevo, ya no está.

De acuerdo a Mónica Maristain en su libro El hijo de míster playa (2012) Carolina López y Roberto Bolaño ya no convivían como pareja, vivían cerca para que Roberto pudiera tener contacto con sus hijos, Lautaro y Alexandra, pero él iba de Blanes a Barcelona presentando a aquella mujer a la que le dedicó El viaje de Álvara Rousselot con sus amigos y su madre como su novia, y ya buscaba rentar un piso para ambos en la capital de Catalunya.

Sin embargo, el 15 de julio de 2003 en el hospital Vall dHebron en Barcelona, en mitad de la noche y después de conducir lo más rápido posible por media ciudad, aquél nombre, que ya no aparece en las dedicatorias ni índices onomásticos, pero era presentada como su novia, llamó por teléfono a Carolina López y le dijo Roberto está muy mal, ven.

1.5.1

Aquí se acaba el circo, habría podido pensar Carolina López, después de recibir aquella llamada en mitad de una noche tan larga que se prolongó por varios días. Carolina López. Es fácil verla al pie de la cama, guardiana de la puerta. Una mujer que había soportado un ir y venir del carajo en su vida sentimental, de la que todo el mundo en el ambiente cultural barcelonés parecía tener un punto de vista. Una mujer cansada que no sabía que cuando se acaba una función empieza otra y otra y otra y luego otra.

2.5

A finales del año 2014 tuve mi primer encuentro personal con Los Perros Románticos, el grupo de Facebook.

Del internet a la                   carne.

Del pixel a la                       carne.

De los verbos a la                carne.

El colágeno de aquellos años

Piel Divina.

      Una materialidad.

2.5.1

Gente de varias partes del país se reunía para una lectura maratónica de poesía en 2014. Coincidiendo con la FIL de Guadalajara un montón de jóvenes poetas hervíamos de la emoción. El bar donde fue la lectura se llenó, como pocas veces he vuelto a ver en un evento de poesía convocado sólo por internet y sin tener que ver con instituciones, y con un cartel que no tenía nombres consagrados en él. Una planta a la orilla de la carretera, impulsada por el viento, se agita menos que nosotros en aquella semana. En esas noches de fiesta conocí y reconocí a personas que continúan siendo importantes en mi vida. Hay muchas otras que se fueron, lento. Como dientes de león el tiempo nos echó al aire y nos dispersó. Puede que la poesía no te dé para vivir, pero te da amigos, que es igual de bueno.

2.5.2

Un tipo de nostalgia específica por la juventud y sus estragos, por los amigos de aquellas noches y los recuerdos borrosos de esas fiestas. Dice Aixa de la Cruz que a los veintipocos el mundo se rige por el deseo y descubrir de golpe que la gente te desea es como intoxicarte de una droga que el cuerpo no disipa y permanece en la sangre modificando la estructura del pensamiento y de tus actos, es casi como salir de prisión. Pienso que eso, la estela de ese pensamiento nostálgico de la juventud, guía de una u otra forma las obras más emblemáticas de Bolaño como Los detectives salvajes, 2666 y Los perros románticos. Una manera de contar cómo crece la gente, qué hace la gente al crecer, cómo vive la gente al crecer. Hace tiempo que para mí la obra de Bolaño dejó de hablar de personas que creían que podían ser especiales de alguna manera, por medio de la literatura, y se convirtió en una advertencia de las consecuencias de nuestras acciones y el peligro de la vida adulta.

2.5.3

Como si la juventud fue al mismo tiempo el pecado y el castigo.

Una enfermedad que, si te descuidas, puede tener graves estragos.

1.6

LA VIUDA DE ROBERTO BOLAÑO SIENTA EN EL BANQUILLO AL CRÍTICO IGNACIO ECHEVARRÍA EN UNA DEMANDA POR 150,000 EUROS

El 17 de diciembre de 2019 en varios periódicos de la península ibérica apareció el titular que encendió la comidilla del mundo editorial, una demanda por daños morales contra Ignacio Echevarría por atentar contra la memoria del chileno y contra la intimidad de la familia Bolaño, por aceptar públicamente en un artículo que Roberto tenía una relación sentimental con aquella mujer borrada de las dedicatorias. Se reavivaba así un culebrón de telenovela mexicana que se remontaba a hacía poco tiempo.

1.6.1

LA VIUDA DE ROBERTO BOLAÑO DEMANDA A LA AMANTE POR 250,000 EUROS

Un juicio del 8 de noviembre de 2018 al 4 de mayo de 2019.

LA AMANTE DE BOLAÑO DEBERÁ PAGAR 35,000 EUROS

Dice la sentencia que se reconoce la relación sentimental de (nombre borrado por la historia oficial de la memoria y de las dedicatorias) con el señor Roberto Bolaño Ávalos, y se desestima que la señora (nombre borrado) atentara contra el honor del escritor, pero se reconoce que atentó contra el honor y la intimidad de su familia, después de una entrevista concedida a la periodista argentina Mónica Maristain para su libro El Hijo de Míster Playa (2012), conminándola a no hablar nunca más de su relación en público y a pagar la suma antes referida.

Algo parecido a un empate.

1.6.2

14 de enero de 2020.

IGNACIO ECHEVARRÍA ABSUELTO POR ATENTAR CONTRA EL HONOR DE ROBERTO BOLAÑO

Después de mucho esperar la justicia española dictaba sentencia y afirmaba que Echevarría no atentó contra el honor ni la memoria de su amigo fallecido diecisiete años atrás.

1.6.3

María Kodama, Mercedes Barcha y Carolina López pertenecen al mismo grupo, el de esposas de escritores y resquicios vivos de la memoria de sus maridos. Un grupo que, dice Rosa Montero en su libro La Loca de la Casa, por suerte ha comenzado a dejar de existir con la liberación femenina. La crítica ha centrado su mirada en Carolina López para hacerla parecer monstruo antes que una persona, olvidando que soportar a ciertos escritores y sus sinsabores no es tarea fácil, y priorizando así el mito del autor cuasi perfecto que no cometía errores ni arrojaba culpas sobre los demás.

3

De la memoria oficial de Roberto Bolaño se ha borrado un nombre, pero de la memoria de sus lectores no. Quedará en la mano de cada uno hacer sus conjeturas. A él, el hombre al que le gustaba jugar con su memoria, ahora le han hecho reescrituras sobre la misma borrando nombres e imponiendo una versión oficial. Es este juego de espejos que nos lleva a preguntarnos qué hay detrás de la ventana.

En la ciudad de Gerona hay una calle con su nombre. Quizás, cuando haya pasado el tiempo y alguien camine por esa calle no sabrá quizá si se refiere a un escritor chileno o a un comediante mexicano.

Sin embargo, Roberto Bolaño ha cumplido con la posteridad y hace pocos años se publicó su poesía completa, en un tomo tamaño ladrillo, que parece pensado para desnucar enemigos y no para la lectura rápida que le gustaba presumir en vida.

Cuando se planeaba la exposición Archivo Bolaño (2013) se encontró en su estudio un breve texto de despedida: “Y eso es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas me pondría a llorar. Se despide de ustedes Arturo Belano.”


Autores
(Puebla, 1990) ha publicado los libros Limosna para los pájaros (2015), Los cuerpos cautivos (2018), ¿Te acuerdas? (2018) y Aquí vivimos con una mano en la garganta (2019). La crítica no sabe si hace arte o publicidad.

Ilustrador
Ray Patiño
(Ciudad de México, 1988) Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.
Ilustración de Mitthu.

 

Mi encuentro con los libros de Roberto Bolaño se dio en la adolescencia al leer, como casi todos los que se inician en la obra del chileno, Los detectives salvajes. Tenía diecisiete y estaba en Culiacán; allí, en la antesala del desierto, entre el bochorno de los días, creí intuir algo en esa novela. Poco después ella y yo, también otros libros más, nos mudamos a la capital. Hice amigos y caminé de madrugada calles de las que alguna vez había leído. En las entonces pequeñas bibliotecas que cada uno guardaba en su departamento, Los detectives era una constante, una referencia compartida y casi obligada.

Esta historia, al menos su comienzo, es la de muchos. Podría ser relatada de manera semejante por una cantidad grandísima de personas; y la coincidencia me parece maravillosa.

Hace bastante tiempo que dejé de ser adolescente y que mi nostalgia se disgrega en el territorio, pero aún creo que Los detectives era (quizá lo es todavía) un rito de paso, una bienvenida a la ciudad y a la literatura latinoamericana. Mentiría si digo que después de eso me sumergí por completo en su obra; en realidad, no fue sino hasta un par de años después, al leer por recomendación el famoso ensayo “El pasillo sin salida aparente”, que vi en Bolaño luces y texturas que me interesaban profundamente. Sus escritos no ficcionales me llamaron con fuerza; el humor incisivo, la crudeza, la realidad desvestida seguía ahí, acompañada de la afirmación de su nombre, de sus obsesiones sin tapujos en un diálogo directo con el mundo.

Después de su muerte, sus artículos, ensayos, entrevistas y discursos fueron compilados en el libro Entre paréntesis, una especie de autobiografía ensamblada por manos que no fueron del autor, pero en donde podemos ver su contorno y, si nos quedamos lo suficiente, también sus marcas particulares. Un retrato hecho con fragmentos, con retazos recolectados de aquí y allá. Pero en la multiplicidad, en la diferencia espacio-temporal de cada uno de los textos, encontramos a un Bolaño no en partes sino completo y, a veces también, transparente.

Entre paréntesis no es en sentido estricto un libro de memorias, pero sí es un libro en el que el chileno realiza un constante (y arqueológico) trabajo de rememoración; son textos acerca de otros escritores, literatura, patria, exilio. Es el libro de un hombre traduciendo la naturaleza de la realidad, mostrando su cartografía interior.

Roberto Bolaño reiteró, en distintas ocasiones, que hablaba y escribía de cosas que le eran familiares, y detrás de esa afirmación (a primera vista sencilla, común), se esconde una de las urdimbres que sostienen su obra. Quiero decir, escribía de aquello que conocía: el pasado, los libros leídos, los lugares habitados, los rostros vistos, la escritura, la poesía desbordándose por todos lados; los recuerdos propios y también los que hizo suyos.

Las sendas expandidas de la memoria trastocan la manera y los ángulos desde donde conocemos a sus personajes, así como la estructura de sus textos; podemos notarlo tanto en sus novelas o cuentos, como en ensayos o artículos. En ellos consiguió hacer confluir muchas voces, brindarle dimensión y significados múltiples a lo que bien podría haber manifestado solo uno a primera vista.

En Bolaño hay recuerdos que aparecen, reaparecen y desparecen en el tejido dialógico de su obra. Como decía Goya: la invención se da en la combinación de la memoria. Inventio significa encontrar o descubrir; es decir, hacer claro algo que estaba ahí anteriormente. Moldear el pasado como un trozo de arcilla y dejar las marcas de nuestras huellas dactilares en la superficie. Una misma materia con la que se crean distintas formas, piezas que al final comparten su sustancia primera.

“Autorretrato”, por ejemplo, pequeña escultura que abre el libro Entre paréntesis, brilla por su discreción y aparente simpleza. En sus dos cuartillas la memoria astillada de Bolaño se manifiesta creando una narrativa propia; la edita, va hacia atrás y la ve desarmada, en toda su posibilidad de montaje.

 

Ilustración de Mitthu.

Ilustración de Mitthu.

*

 

En 1973 Roberto tenía veinte años y soñaba con muertos. Bajo todas las constelaciones del cielo chileno, aparecían en su mente Dylan Thomas y Stalin bebiendo en un bar de la Ciudad de México; para ser más exacta, un bar del Distrito Federal. Detrás de los ojos duermevela de Bolaño, Dylan Thomas pedía whisky y Stalin, naturalmente, vodka mientras pasaban las horas y el aire de la urbe parecía un poco más limpio, las calles un poco más caminables.

Yo todavía no había nacido, no era un rostro ni un cuerpo, ni siquiera una intuición. En cambio, Roberto Bolaño había sido hecho prisionero por los militares golpistas y soñaba con un poeta y un dictador; con una mesita redonda donde los hombres pedían un trago tras otro; quizá también, con el olor amargo del alcohol; con la luna llena o menguante iluminando los edificios viejos de madrugada.

Tal vez el sueño era más verdadero, más amable que la realidad, y al despertar con los rayos del sol entrando al cono sur, Bolaño pensó que aquello que vivía era una pesadilla. Probablemente solo se dio cuenta de que los días continuaban su curso, aunque ellos estuvieran encerrados en un lugar donde poco les pertenecía. Porque la nostalgia no siempre es provocada al recordar el lugar donde hemos nacido y la patria es un territorio incierto, imposible de delimitar.

El vodka y el whisky bajaban por la garganta de los hombres que bebían, pero era Roberto quien estaba cada vez más al borde de la náusea.

Este es el episodio que Bolaño establece para hablar de su nacimiento. Del día en que llegó (literalmente) al mundo, nos da solamente el año: 1953; mismo en el que murieron Dylan Thomas y Stalin. Él lo sabía y los recordaba al estar cautivo, imaginando otros terrenos lejos en el continente; mientras se convertía en un paisaje nocturno extendiéndose hasta la capital mexicana.

Con estos recuerdos, como con los otros que recolectó a lo largo de su vida, hizo un constante trabajo de reconstrucción, cambiándolos de lugar y orden. Le dio sentido a lo que surgía de las profundidades del subconsciente, un significado a las cosas, como si el sueño fuera escrito en estrofas regulares, diría Enrique Lihn.

Mucho revela la ausencia de datos, la selección de imágenes y elementos con los que decidimos presentarnos ante los demás. Bolaño construyó un autorretrato sin cuerpo físico, compuesto solo de sus hijos y su obra, de recuerdos y sueños, de algunos países, del nombre de Carolina, su mujer.

Dos años después de escribir su autorretrato fue publicada en la revista Playboy, la ya famosa entrevista realizada por Mónica Maristain; última que daría el autor y que cierra el libro Entre paréntesis. En ella Bolaño excava las profundidades, cada respuesta deja traslucir el impulso poético, la sensibilidad del autor. En conjunto parecieran, realmente, complementar su “Autorretrato”. No me resisto a transcribir la respuesta dada a ¿qué cosas lo divierten? (que bien podría haber sido, pienso, ¿qué cosas lo hacen feliz?):

Ver a mi hija Alexandra. Desayunar en un bar al lado del mar y comerme un croissant leyendo el periódico. La literatura de Borges. La literatura de Bioy. La literatura de Bustos Domecq. Hacer el amor.

No sé si es la combinación de recuerdos, la curaduría que hace Roberto de sus memorias o mi debilidad por las listas, pero encuentro  algo bello y luminoso en la sencillez de su respuesta. El escritor se erige entre las líneas y los nombres de otros, entre paisajes y países. Cada uno de los textos conformando su obra es un fragmento que poco a poco ayuda a materializar un cuerpo que no se acotaba a los límites de la epidermis. Roberto Bolaño era, en parte, Chile, México, España, un bar en la capital, un trozo de la memoria latinoamericana, el sueño y la felicidad sencilla de estar al lado del mar.

 


Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.

Ilustrador
Mitthu
Es alter- ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992. Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía, mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más difruta y su fuente de trabajo más frecuente. Su obra se alimenta de la nostalgia, naturaleza y la cotidianidad, para posteriormente transformarlas en trazos, retratos y momentos con un pequeño toque surreal. Hoy en día se encuentra trabajando como ilustradora y muralista freelance, siempre buscando nuevas técnicas y formas para enriquecer su trabajo, así como colaborar en proyectos sociales, culturales y en pro al medio ambiente.
Ilustración de Luis Ham

 

¿Qué pensaría Bolaño si viviera?
Quizás así deben comenzar todos los ensayos para escritores que ya no están. Quizás no todos los ensayos, pero sí los que se escriben en memoria de quienes vivían con un fuego en la lengua y cuyas palabras todavía resuenan. Y entonces acudimos a la relectura exhaustiva, esa en la que los enunciados de un libro abandonan la trama para volverse las profecías que usamos para responder nuestras propias preguntas. Es peligroso re-leer a Bolaño estos días. O no: quizás no es peligroso, solo es ocioso y hasta cierto punto incorrecto porque nos remite a la lectura primera, a esos libros que nos permitían olvidarnos del mundo real cuando estábamos a pocos y torpes pasos de los pañales y que engullíamos como el más tierno pan antes del sueño.

Lo cierto es que resulta al menos extraño cerrar el libro y ver en el picaporte de la puerta la colección de cubrecbocas, señal inequívoca de cómo ha cambiado todo. ¿Qué excusa había para quedarse en casa antes? Casi ninguna buena, casi todo se trataba de salir e ir tras el rastro de tal o cuál sombra, búsquedas por lo demás infructuosas, pero que constituían un modelo de vida mucho más similar al de los nómades que al de los multihabitacionales cubiertos de gel antibacterial y en ello estaba su mérito.

Ahora ya es otro tiempo y digo que es peligroso leer a Roberto, o a Arturito o a Archimboldi o a B, porque en cuanto se rompe el hechizo de la narración, en cuanto se cierra el libro por respeto a los ojos, cansados de transitar la avenida Guerrero a pie, en cuanto cerramos las páginas de esas amistades inventadas que toman el lugar de nuestros propios amigos ausentes, aislados, separados y distantes, cae sobre nuestros corazones marcados a tinta por la lectura y a sangre y sudor por la vida la realización de que ese mundo dista ya mucho del presente, atravesado por un abismo que no se sabe muy bien cómo cruzamos pero que no ofrece vuelta atrás.

Sería pura fantasía pensar que Bolaño escribía para nosotros. Es decir, sus novelas las podía (y puede) comprar (o robar) y leer cualquiera que tenga el recurso (o la valentía y destreza), y sus libros, inmiscuidos en un mundo del arte y literatura que no ha cambiado tanto en 30 años, parecen hablar sobre lo que conocemos y nos apasiona y nos mantiene despiertos en la noche. Pero, como apunta él mismo en el inolvidable Discurso de Caracas, sus novelas no son más que cartas de amor a su propia generación, su generación de muertos nacidos en los cincuenta y que quizás sabían de antemano que una sombra los seguía por las calles vacías del Centro y por eso decían o pensaban en vivir y siempre vivir y lanzárse nuevamente al camino y, una vez más, abandonarlo todo.

Por otra parte, cualquiera que se interese tardará poco en descubrir que Bolaño no era optimista sobre el rumbo de la literatura latinoamericana. Y cómo serlo, si en sus últimos días de hígado cansado estaba rodeado de una élite intelectual muy similar a la que él mismo interrumpía y ofendía en su juventud, si bien volcada hacia el mercado. Como lo pone Francisco Carrillo, “Para Bolaño, la literatura es un imperativo ético en torno al que gira una narrativa que obsesivamente se pregunta por las exigencias de su legítimo ejercicio, es decir, quién es el verdadero poeta, en qué consiste una escritura responsable o cómo producir una literatura que no participe de la industria editorial” (Excepción Bolaño, 11). No era el mundo ya en el que Paz formaba su gremio político-literario, pero sí el mundo en el que la escritura había sustituido a la vida; una vez más se podía vivir de las columnas semanales, de la venta y reventa del propio nombre auspiciado por casas editoriales, un mundo dentro del cuál quien desempeñaba la literatura con éxito (léase: vender) podía y hasta aspiraba a vivir de forma decente. En “Sevilla me mata”, discurso que el chileno dejó inconcluso y que pretendía ser leído en el I Encuentro de Escritores Latinoamericanos, organizado por Seix Barral meros días antes de su muerte, entre sarcástico y serio, Bolaño plantea:

¿Qué no vende? Ah, eso es importante tenerlo en cuenta. La ruptura no vende. Una escritura que se sumerja con los ojos abiertos no vende.  […] ¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad, que sólo encubre el miedo.

 

Por eso regreso a la pregunta inicial, porque Bolaño nunca conoció a la generación que venía detrasito, la generación nacida en la década que a él mismo le otorgo el prestigio y privilegio de ser un autor internacional con traducciones a idiomas desconocidos para la tierra madre. Bolaño nunca se enteró de esa generación que nació en la década de los noventa, ni mucho menos esa generación que venía naciendo un año o dos antes o el año de su propia muerte. Dos generaciones que a Roberto y a Arturo y al resto de la pandilla los conocieron ya en los huesos, en el mausoleo humilde al que se retira todo buen escritor antes de tiempo.

Me lo pregunto porque eran niñas y niños de preparatoria quienes se apresuraron en tomar Chile. Me lo pregunto porque Bolaño, que se interesaba por el tema, nunca vio cómo el movimiento feminista paralizó una y otra vez a la Ciudad de México exigiendo una respuesta ante la muerte que hasta el momento no llega.

Me lo pregunto porque a Bolaño nunca le tocó una cuarentena, y si bien creo que Belano se la hubiera saltado sin cubrebocas con tal de seguir el rastro del misterio y la aventura, Bolaño hubiera agradecido los días de encierro y habría escrito y leído sin tomar en cuenta el paso del tiempo. Y me interesa saber, como alguien que ha pasado la mayor parte de los últimos tres o cuatro meses haciendo lo que puedo desde el encierro, cómo reconciliar el ímpetu que aún queda en mí por salir y no regresar y buscar la aventura, con el reconocimiento de que la mayor forma de expresar admiración por la literatura es leyendo y escribiendo y que esa es una aventura en sí misma. Me tranquiliza saber que todavía hay cartoneras y autopublicaciones y espacios autogestivos (como Avión de Papel, los libros encuadernados a mano de Joana Medellín, y el espacio cultural independiente que es Pandeo, por nombrar algunos proyectos de entre muchos más). Pero la sensación general es de desgaste, de que la vida se nos va.

Si tengo alguna certeza, es que Bolaño sentía en el aire el cambio que el mercado y el dinero terminaron dando a nuestra vida, a la forma en que se hace política en nuestros países y que, lo comprobamos cada vez más, amenaza nuestra existencia. Lo que no me queda claro es si Bolaño era consciente de que, a pesar de todo, siempre hay jóvenes. Siempre estará la juventud que sueña con mil formas diferentes de militancia y pone el cuerpo y la vida en nombre de la aventura y la amistad y el amor y lo desconocido. Una juventud, diría Bolaño, idealista. Pero no lo diría en un mal sentido. Hay que ser idealistas para sobrevivir a la juventud, pero también al mundo actual.

Hoy, a escasos días del decimoséptimo aniversario de su muerte, inauguramos este dossier con el propósito de seguir generando ideas y conversaciones (como la que se dará este miércoles aquí) en torno a su obra. A lo largo de esta semana estaremos publicando textos que intenten abarcar el espíritu efusivo de Bolaño, pasando por las razones para no leerlo más de una vez hasta las razones para entregarse a la relectura frenética. Creemos que en la literatura de Roberto Bolaño existe el recordatorio de la fuerza que mueve a la juventud, el espíritu de la adolescencia que apuesta y pierde, y pierde pero vive. Es precisamente este espíritu desafortunado el que nos puede dar pistas para descifrar cómo sobrellevar todo lo que, inevitablement, debemos sobrellevar. En ese sentido, no ha habido otra época igual para leer a Roberto Bolaño.


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.
Plaza municipal Linares acordonada. Fotografía por Mónica Miranda Echartea.

Día mil de la cuarentena. Esta mañana nos despertamos con un calor como en mucho tiempo no se sentía en el oriente extremo del área metropolitana de Monterrey: Apodaca, el municipio industrializado por excelencia de Nuevo León. Entre sus calles, pasean, guardan cuarentena, o trabajan las supuestas centenas de contagiados de COVID-19 que reporta el gobierno del estado.

Como siempre pasa en un día tan caluroso, acabará nublándose por la tarde, y el cielo negro dejará caer una tormenta por algunos minutos —si se sale de control será de apenas una hora— que causará inundaciones, vientos y granizadas; aunque recientemente, un diluvio de esa magnitud podría anteceder la posibilidad de un tornado. Así es Monterrey, bipolar, tripolar, multipolar, polipolar por definición, en la que el COVID-19 es un elemento del sostenido contraste que viven los inquilinos de esta ciudad.

En mi barrio pobre nadie cree en el coronavirus, o prestan menos atención al problema. Cada que salgo a las tiendas de abarrotes de la esquina, me siento más incómodo por usar cubrebobocas, lentes y playeras de manga larga (apropósito, con frecuencia percibo que ya no hay una persona debajo de esa indumentaria). Ningún vecino sigue esos protocolos aquí en mi calle, y cuando algunos traen tapabocas, lo sostienen en la barbilla; jamás los he visto colocárselo de forma adecuada. Me pregunto entonces ¿por qué lo compran?, ¿por qué nunca soy testigo de los momentos en que lo utilizan bien?, ¿existirán esas ocasiones realmente?

 

Primer indicio de que el COVID-19 es ficción

No se me mal entienda, no estoy poniendo en duda la existencia del virus, ni siquiera me refiero a la enfermedad. Una persona tan ignorante como yo sería incapaz, por ética, de hablar sobre virología. Pero sospecho que en el tema del COVID-19 hasta los expertos salen cuestionados. Mis pruebas para enunciar que la crisis sanitaria posee elementos ficcionales son cosas como estas:

La semana pasada abordé un taxi para ir por comida y resolver papeleos. Decir que el conductor tenía un cubrebocas es mucho, apenas era un pedazo de tela atravesado sobre su cuello. La eficiencia de los tapabocas es discutida constantemente; pero han sido aceptados por los gobiernos, y se intuye que deberían llevarse cuando sean óptimos para su uso.

En realidad, las personas se ponen cualquier cosa en el rostro con tal de que los dejen trabajar, subir a los transportes públicos y entrar a las tiendas para comprar cosas esenciales o no (un vicio es esencial). La gente no es tonta, aquí, pienso, se desenmascara a la Matrix. El punto es aparentar lo correcto. Jugar un papel. No hay que negarse a las indicaciones, deben respetarse y ya, sin importar que se use un cubrebocas improvisado. Aunque sea en forma ficticia, pero hay que seguir las reglas.

 

Apodaca-Linares

A 131 kilómetros de Monterrey, en la ciudad de Linares, municipio de la región citrícola del estado, las cosas son parecidas. Mi amiga Mónica ha vivido la mayor parte de su vida ahí y conoce a la perfección el Zeitgeist linarense: nadie cree tampoco en la pandemia, evitan preocuparse por eso. De hecho, se han reportado pequeñas escaramuzas por las medidas de precaución en los establecimientos.

Los días que he llegado a pasar por Linares durante el verano, constato que el calor es mucho peor que en el área metropolitana de Monterrey, cosa que ya es un decir, y que convierte a las calles de ese lugar en un verdadero infierno de paso. Al ser una ciudad pequeña, decenas de personas se desplazan en moto o bicicleta, y ante las medidas de sana distancia del alcalde y su equipo de gobierno, el caos no se hizo esperar.

El municipio quitó las bancas de los parques, entonces la gente se sentó en las jardineras y donde pudo. Las personas acostumbradas a descansar bajo los árboles, los encontraban acordonados con cintas preventivas; ante su decepción, las arrancaban. Las autoridades colocaron guardias en los bancos para hacer cumplir las reglas, pero los ciudadanos se enfrentaron contra ellos —con gritos y reclamos— por obedecer las indicaciones.

Plaza Linares acordonada. Fotografía por Mónica Miranda Echartea.

Plaza Linares acordonada. Fotografía por Mónica Miranda Echartea.

Breve intermedio para hablar del calor

El calor es un elemento importante en esto. Los característicos 40 grados nuevoleoneses de la canícula siempre han estado ahí, pero esta vez un agente extraño se introduce y complejiza la ecuación. Al inicio de la contingencia, circulaban las noticias de que el verano podría incidir en el nivel de contagios de la enfermedad. Al ser un virus respiratorio, se esperaba que siguiera los patrones de sus versiones análogas; al poco tiempo venían los desmentidos y de nuevo los énfasis en la posibilidad de que las altas temperaturas mermaran un poco al COVID-19.

En el desierto norestense, miro al coranavirus y al verano rabioso como en un thriller despiadado. Una persecución entre asesinos que se buscan para matarse y que de vez en cuando se alcanzan para asestarse una herida grave.

No peco de ingenuo —pero en el coronavirus todos lo somos, incluidos los expertos, insisto— y se sabe que el calor no desterrará al virus de aquí. Como testigo de primera mano de un bochorno bestial, no concibo que la canícula del desierto no deje medio zombie cualquier cosa que intente existir sobre la faz de la tierra o en la naturaleza.

 

Apodaca-Monclova   

A 194 kilómetros de Monterrey, las circunstancias se replican apenas con matices, salvo que para mi amigo Marco, quien como Mónica, también ha pasado la mayor parte de su vida en un municipio alejado de las áreas metropolitanas, no deja de asombrarse con la imaginación de la gente para enarbolar teorías conspirativas; las encuentra muy graciosas mientras me las cuenta, entre risas, por medio de mensajes de audio en WhatsApp. La más curiosa es una en la que los pobladores culpan al alcalde de la ciudad por el COVID-19. En redes sociales, la gente asegura que Alfredo Paredes instauró el régimen del coronavirus en Monclova, porque construye una quinta enorme y tiene que agenciarse los recursos para terminarla; por lo que va a los negocios a cerrarlos y a cobrar impuestos para su personal Xanadú, estilo ciudadano Kane.

Monumento a Francisco I. Madero, Monclova. Fotografía por Marco Peña Galindo.

Monumento a Francisco I. Madero, Monclova. Fotografía por Marco Peña Galindo.

Segundo indicio de que el COVID-19 es ficción

Al principio de la cuarentena, los citadinos creían que las autoridades escondían la verdadera y avasallante cifra de muertos, pero pensaban (aún es así) que no existe la enfermedad y que es un invento de los gobiernos del mundo para… en fin, yo que sé. De alguna manera este hecho tenía un correlato cuando muchas personas le reclamaban al presidente que pusiera el ejemplo y detuviera sus giras y saliera a cada conferencia de prensa con cubrebocas. Pero ¿ponerle el ejemplo a miles de compatriotas que ni siquiera creen en la existencia del virus?

 

ApodacaSão Paulo

A 7 mil 954 kilómetros de Monterrey, en el sur del continente, para ser precisos en São Paulo, Brasil, las cosas son peores. Con miles de víctimas en la capital del estado, São Paulo es el epicentro de la pandemia a nivel latinoamericano. En Jardim Jandaia, barrio de Ribeirão Preto, municipio del interior de São Paulo, vive  Davi (con quien estudié en la Universidad de São Paulo en 2016). En su localidad, los contagios van a la alza; aunque el número de fallecidos es bajo (225 muertes registradas hasta julio), para una población de casi 600 mil habitantes y en relación con el número de pacientes en la capital. En Ribeirão, los hospitales todavía no se desbordan, pero de la zona metropolitana de São Paulo, no se puede decir lo mismo, con tasas de ocupación de casi el 70%.

En Ribeirão Preto las personas continúan expectantes, aunque no sin contratiempos. Davi va a trabajar algunas horas al laboratorio, en el área administrativa. Se encarga de recibir a los pacientes y autorizar los exámenes médicos para la gente que tiene algún tipo de seguro médico privado en Brasil. Dice que no paran de hacer exámenes por COVID-19, aunque hasta hoy, la mayoría sale negativa.

Las tiendas y comercios solo abren 4 horas diarias, el transporte público también está restringido, lo que desde luego ocasiona aglomeraciones y embotellamientos. En las universidades, las clases continúan por medio de internet, y muchos de los estudiantes que habían ido a Ribeirão a estudiar en el campus de la Universidad de São Paulo, una de las más importantes de Brasil, regresaron a sus estados para tomar los cursos online.

Las “republicas” (espacios comunitarios para alumnos que pululan en los barrios aledaños) permanecen cerradas y vacías, pues no pueden ofrecerse por razones de hacinamiento. La gente sigue confinada, pero debe ir a trabajar y regresar antes de que termine el horario restringido del transporte público. Davi me cuenta un incidente ocurrido hace poco más de un mes. Fue una manifestación organizada por los dueños de los comercios y establecimientos en las avenidas de la ciudad, pidiendo que dejaran laborar a sus empleados en las tiendas. La caravana detuvo el tráfico y ocasionó mucho ruido, pues lanzaban sus consignas con el claxon. Esto también se podría calificar como un indicio de que el COVID-19 es irreal. Empresarios que no creen en el libre mercado y quieren que los ayude el estado.

Calle Calçadão en el centro de Ribeirão Preto, São Paulo. Fotografía por Adonai Takeshi Ishimoto.

Calle Calçadão en el centro de Ribeirão Preto, São Paulo. Fotografía por Adonai Takeshi Ishimoto.

Tercer indicio de que el COVID-19 es ficción

Los datos siempre confusos que apenas llega para ser refutados al día siguiente, incluso por la misma fuente que los emitió. Las notas en la web que anuncian una serie de peligrosos nuevos síntomas —derrames cerebrales, erupciones en la piel— contra la información que asegura la existencia de miles de personas asintomáticas y qué podrían estar propagando el virus, pero ¿cómo, si no tienen un solo síntoma?, ¿una sola tos o un estornudo ya serían un síntoma?, y si lo fuera, ¿qué no en ese momento dejarían de ser asintomáticos? De alguna forma el COVID-19 es la enfermedad de Schrödinger, Godot, y es Bansky, Elena Ferrante y es los papás, y todos los heterónimos de Fernando Pessoa.

 

Apodaca-Birmania

A 14 mil 430 kilómetros de Monterrey, Cesar, a quien también conocí en Brasil en 2016, se encuentra varado en Birmania hace 70 días. Llevaba meses viajando por Asia hasta que llegó a Malasia, y en el traslado hacia aquel país, quedó atrapado en uno de los lugares que cuenta con menos casos en el continente.

Debido a una buena contención y a medidas que no distan a las de otras naciones, el gobierno y sociedad de Birmania han brindado resultados positivos. Hay toque de queda hasta la media noche, y no se recomienda salir sin cubrebocas. Cesar tiene comida y techo, pero no puede trabajar aún. Ha llegado a contactar con las autoridades mexicanas, aunque no recibió ningún tipo de ayuda para abandonar el país. Sintió una verdadera tristeza cuando vio partir a sus amigos argentinos, que a duras penas abordaron un vuelo de repatriación.

Las ciudades en Myanmar están resguardadas. Hay guardias en las carreteras, pues solo con un permiso especial se puede circular hacia otros estados. “La gente estaba muy asustada, se ha ido relajando”, me cuenta Cesar por Facebook, “pero sigue cuidadosa”. “Aquí no da para hacer la cuarentena en casa y los trabajadores tienen que salir para ganar dinero. Van al día, como en México”. En Birmania, a pesar de lo que se piense por ser Asia, dice Cesar, no estaban acostumbrados a esto. “Casi todo el mundo está aprendiendo. Está bien cabrón. No se le ve fin.”

Shwedagon Pagoda Yangon, Birmania. Fotografía por Cesar Salazar.

Shwedagon Pagoda Yangon, Birmania. Fotografía por Cesar Salazar.

Cuarto indicio de que el COVID-19 es ficción

La batalla por encontrar la vacuna es larguísima y difícil. El mundo clama por ella ahora, pero es increíble constatar que ¡ni siquiera con la vacuna en la mano estamos salvados! Miles de personas la esperan; sin embargo, otros miles también la rechazarán debido al gran auge de grupos aintivacunas y teorías conspiratorias de todo tipo. Recientemente el cantante Miguel Bose dijo que Bill Gates busca implantar microchips en el cerebro de las personas para controlarlas con la vacuna contra COVID-19. No cabe duda que lo que dice el filósofo esloveno, Slavoj Žižek, es verdad: “no queremos realmente lo que deseamos”.

Es increíble percatarse de que hay enfermedades para las que tenemos cura al día de hoy, pero de las cuales tenemos epidemias y brotes endémicos, como la polio en algunos países de África,y sin ir más lejos, el sarampión en el valle de México.

 

Apodaca-Dublin

En Irlanda las cosas pintan mucho mejor, al menos eso es lo que me cuenta Daniela, con quien trabajé de 2008 a 2012 vendiendo libros en la librería Gandhi de Monterrey. Hoy, casada con un ingeniero civil irlandés, vive en el centro de Dublín. Se dice que en Irlanda el contagio comenzó con un viajero que iba de Italia al norte de Irlanda y luego de Belfast hasta Dublín, él ya presentaba síntomas de COVID-19, pero esto es solo un rumor, jamás ha sido documentado.

En la segunda semana de marzo, el gobierno irlandés cerró escuelas y universidades. Durante la fase dos algunos lugares del sector esencial comienzan a laborar de manera paulatina. Restaurantes y cafés abrieron, aunque son menos de la mitad del total de los comercios de Dublín y solo funcionan entregando comida a domicilio.

En las calles el único tránsito observable es el de los repartidores. El gobierno implementó un plan por fases para regresar a la nueva normalidad. La fase 3 comienzó el 29 de junio, ese día se levantaron las restricciones para viajes nacionales. Desde hace 3 semanas se puede salir de las casas, caminar solo 5 kilómetros y de ser necesario, hacer un viaje de hasta 20 kilómetros.

Temple bar, centro de Dublin. Fotografía por Daniela Leal.

Temple bar, centro de Dublin. Fotografía por Daniela Leal.

El gobierno ha puesto mucho apoyo económico a disposición de la comunidad. Existe un programa para ayudar a las personas que se quedaron sin empleo debido a la pandemia. Lleva el nombre de covid-19 unemployment payment y es de 350 euros semanales por medio de una  transferencia a las cuentas bancarias, o recolección en la oficina de correos. Empezó el 26 de marzo y acaba de extenderse hasta agosto.

Hay otro incentivo que Irlanda aplicó contra la crisis, me cuenta Daniela. Se trata de uno en que el gobierno completa el salario del trabajador si su empresa lo reduce. Algunas compañías anunciaron que solo pagarán el 70% y es ahí cuando el empleado podría solicitar que el 30% restante se lo pague el estado. Esto aplica si el asalariado gana más de cierta cantidad al año, unos 30 mil euros.

En la calle las medidas no son tan diferentes a muchas partes del orbe. Con horarios graduales para padres de familia, ancianos, y discapacitados, limitando la cantidad de personas que acceden a los comercios con actividades continuas. En algunos medios de transporte como el Tram (un tren al ras del piso) se bloquearon algunos asientos para evitar aglomeraciones y solo puede ir sentada una persona por fila.

Igual que en Birmania, hay retenes en las vías de circulación de la metrópolis. La garda (policía irlandesa) cuestiona a los viajantes sobre la esencialidad de su salida y dirección de su destino. Hasta ahora no se han reportado incidentes policiales debido a la vigilancia. Cabe mencionar que los oficiales no están armados, y solo las protestas antirracismo a partir de la muerte de George Floyd en E.U., convocaron una cantidad de personas sin provocar algún altercado.

No hay puestos ambulantes, pero lo más parecido a eso son los pescadores, o los granjeros que salen a colocar sus productos. Ellos también tuvieron que parar, pero fueron adscritos a los programas del gobierno y obtuvieron un subsidio. Algunas personas no pudieron ser beneficiarias debido a los bajos salarios que perciben; sin embargo, estos casos se refieren principalmente a estudiantes (la legislación irlandesa les impide trabajar en turnos normales de empleo), y solo los registrados en hacienda se consideran trabajadores ordinarios. En cuanto a las escuelas, las clases continúan en línea y algunas universidades terminaron ya su ciclo escolar.

 

Apodaca

La verdad, yo ya estoy con los infortunados e ingenuos de mi colonia, no sabemos nada del virus y creemos que es mentira. Repito, no es que dudemos de su existencia, sino que nos queda actuar como si no existiera. Confirmo que es la mejor actitud. No sé si es mezcla de nihilismo mexicano o resignación (siempre hay lazos extendidos entre esto), pero tal vez nos ayude a surfear las olas de la pandemia de forma mucho más amable.

Esta mañana la pasé en el centro de Apodaca, ahora confirmo la gran farsa. Cualquier comercio abierto (esencial o no) y gente cruzando avenidas. Veo que nada ha cambiado salvo que las personas traen cubrebocas. Es el capitalismo con tapabocas. Fuera de eso, el panorama sigue igual.

Quizá uno de los indicios más contundentes para mí de que el COVID-19 es ficción, fue lo ocurrido el 27 de abril, cuando el gobierno estatal de Nuevo León restringió la circulación del transporte público. El primer día de la medida circularon las imágenes en internet de vagones del metro atestados de personas sentadas en el piso, unas junto a otras, solo que esta vez con cubrebocas. Es decir, todo igual para empeorar.

En este sentido, la batalla por la conducta ante la pandemia la ganaron los pobres. Cuando escuchaba a mis tíos y vecinos casi analfabetas decir que el COVID-19 no existe, pensaba que una comunidad como la nuestra no tendría oportunidad ante una crisis de este nivel. Pero al final, cosa increíble, los pobres tenían y tienen razón. Son el escudo en la inmunidad de rebaño. Están salvando a los ricos y al capitalismo, al final muchos de ellos y sus familias morirán, es claro; pero la mayoría joven perdurará y al poco rato habrán solucionado el problema.

No deja de ser paradójico como los millonarios permanecen resguardados en sus casas debido a sus fortunas. Es como si el sistema les echara en cara que no los necesita, que lo único que desea de ellos es su dinero. El trabajo siempre lo han hecho otros; por eso el mundo no debería parar. Las empresas no deberían hacerlo, y aquellas que no puedan cumplir en la nueva normalidad deberían ser borradas del mapa por no saber en qué consiste el capitalismo. Y este modelo quiere que sigamos, así que lo soportamos.

Las transformaciones del mundo, las protestas por injusticias raciales y por la igualdad no deberían parar. Tampoco las marchas del feminismo tendrían que detenerse. El mundo y su sistema económico quieren que continuemos. Así que sigamos como mis vecinos esta noche, con rancheras y cerveza hasta la madrugada, con reguetón al poco rato, perreando hasta verle las costuras a la simulación, perreando hasta ver la ficción del COVID-19.


Autores
José Luis Aguirre Aguilar (1983, Monterrey, N.L.) Egresado de la licenciatura en Bibliotecología y Ciencias de la Información por la U.A.N.L. Textos suyos han aparecido en Hermano Cerdo, Punto en línea (UNAM), Vida Universitaria (UANL, México), Armas y Letras (UANL, México), Poeta de gaveta (Revista de la Universidad de Sao Paulo, Brasil). En 2020 ganó el premio de poesía Rosario Castellanos de los Juegos Literarios Universitarios organizados por la Universidad Autónoma de Yucatán, (UADY).
Ilustración por María Magaña

Quiero ser novela, piensa un cuento insatisfecho de tener planteamiento, desarrollo y desenlace en una misma cuartilla. Ha intentado comunicarse con Tomás, su autor, cayéndose a propósito o dejándose volar por el viento, pero no ha logrado nada más que ser devuelto a su lugar.

¡Quiero ser novela!, declara, y los demás escritos lo desaprueban: no hay mayor vanidad que alargarse sin sentido. No obstante, el cuento no lo cree así: sus personajes, una familia de tres zanates, aún pueden continuar su búsqueda por un sitio virgen para establecer su nuevo hogar, pues unos electricistas tumbaron su anterior nido.

Exhausto de no llamar la atención del escritor y de ser rechazado por sus compañeros, el cuento toma medidas drásticas: al entrar una ráfaga de viento, la aprovecha para impulsarse y sostenerse sobre sus esquinas. Se estira como si quisiera tocar el techo, y de este modo, asegura el equilibrio. Aunque tiembla de arriba abajo, logra la hazaña de permanecer vertical. Camina con sus puntas hasta la máquina de escribir, la cual está prensando una columna sobre economía. La desplaza y se deja aprisionar por el rodillo. La presión sobre su hoja le hace recordar el tiempo en que fue escrito: sentir las letras tatuarse en su cuerpo y la alegría de ver cómo su paisaje blanco se pobló de aquellos seres alados. Su pensamiento comienza a desviarse hacia las imágenes que su narración provoca: los árboles retorcidos, el pasto amarillento, las nubes ennegrecidas. Pero espabila. No puede distraerse. Utilizando sus esquinas superiores, alcanza las teclas. Cree que puede seguir escribiéndose, pero su hoja se dobla, al igual que su orgullo, pues sabe que depende de alguien más grande para cumplir su deseo.

Desilusionado, se detiene a apreciar su hábitat a través de los ojos de los pájaros. Todo es color sepia: los libreros semivacíos, las cortinas con hilitos volando y el montón de cajas selladas.

El cuento escucha pasos que se aproximan. El picaporte gira una media luna y acto seguido la puerta se abre. Una niña de cabello encrespado entra de puntitas, mirando atrás, como si alguien la estuviera siguiendo. Sus ojos almendrados se pasean por el lugar, buscando una caja para esconderse. Elije la más grande, la del rincón, la que guarda enciclopedias y libros de historia. Se oculta tras ella y se asegura de que su vestido rosa no se le escape por los costados. No quiere que eso la delate.

—¿Isabel? —cuestiona una voz femenina fuera del otro lado de la puerta.

Las mejillas de la pequeña se inflan por una risa que se quiere escapar. Se tapa la boca con ambas manos. El segundero da unos pasos cuando Lidia, una mujer de trenzas rubias, atraviesa el umbral.

La señora la busca por toda la recámara. Intenta que sus pasos sean lo menos sonoros posibles. A Isabel se le comienza a fugar la risa. Al cabo de unos momentos, la encuentra.

—Tu papá se va a enojar —advierte a la niña y la toma de la mano.

Casi como una invocación, Tomás llega al cuarto sin hacer contacto visual. Camina esculpiendo una joroba, sus ojos están somnolientos y sus labios trazan una línea que a ratos decae. Lidia quiere pedirle una cosa, pero al ver su semblante aletargado, duda de siquiera emitir una palabra. La mujer observa las cajas de la biblioteca y recuerda todas las que faltan por llenar, las que están en el resto de la casa. No, Lidia no puede pasar por alto su recordatorio.

—No te tardes, debemos seguir empacando.

Tomás siente las letras atravesar, una por una, sus oídos. Pero las ignora. Su mente está concentrada en organizar las oraciones que concluirán la columna de esta semana. Lidia espera una respuesta, pero no parece que Tomás tenga intenciones de decir algo. Ella mira por última vez la espalda de su esposo y le parece estar viendo la de un anciano. Lidia suelta un suspiro de resignación. Sabe que, haga lo que haga, no podrá arrebatar la tristeza de su marido. Entonces, se va con su hija.

Una vez solitario, Tomás pone los dedos en el teclado, pero no escribe, se da cuenta del reemplazo —¿Este cuento?—. Cree que Isabel le quiso gastar una broma y está a punto de gritarle para regañarla, pero se detiene, la voz no quiere salir. Decide calmarse. No se puede distraer.

El escritor jala la hoja solo para darse cuenta de que está bien prensada. Vuelve a jalar, esta vez con más fuerza. Pronto, el forcejeo se convierte en desesperación. La ficción intenta resistir mientras la familia de aves observa el cielo de su realidad agrietarse. Las nubes y los árboles se bambolean como si fueran una escenografía. Súbitamente, el aire es desgarrado: la hoja ha sido decapitada. El universo de los zanates comienza a teñirse de negro, y ellos, buscando salvarse, no tienen más remedio que atravesar la gran ruptura. Ahora, intentan sobrevivir en el espacio encerrado de la biblioteca. El tiempo otorga unos segundos cuando los cuerpos de las aves, formados de grafías, comienzan a gotear, a derramarse. A través de la lluvia de vestigios, Tomás alcanza a leer la frase que daba final al cuento.

“Buscaron hasta que sus plumas perdieron el color”

La lectura se interrumpe cuando los vocablos se confunden entre sí. Tomás siente su pecho estrujarse. Voltea a ver su escrito, ahora su garganta se quiebra. Desde lejos, las demás narraciones observan el desenlace de su compatriota. Los ojos del hombre humedecen sus gafas de botella, pero no hay lágrimas. Tiembla su mano izquierda en la cual sostiene la cabeza de su creación. Con gran esfuerzo, logra dejarla en el escritorio. Él se mantiene congelado en la silla, con los ojos detenidos en el orificio que un clavo dejó en la pared.

Pasa una semana. La biblioteca y el resto del departamento terminan de poblarse de cajas. Lo único que no se mueve es la estación de trabajo. Tomás se había sentido incapaz de escribir hasta que llegó el momento de la mudanza. Ese día, se ve obligado a entrar a la habitación. Se pasea por ella, respirando el polvo que el techo, los rincones y el piso desprenden. El lugar le causa nostalgia y no se hace a la idea de tener que abandonarlo. Sabe que su nueva casa no será tan cómoda como esta.

No puede seguir postergando el encuentro. Se posa frente a la máquina. Su mirada recorre la cinta mallugada, la guía de papel y el metal verde. Pone el dedo índice sobre la barra espaciadora y la presiona, pero está trabada. La percibe como si sus bordes estuvieran llenos de plastilina. Presiona con más y más fuerza. Su yema enrojece, pero logra vencer. El movimiento de la barra espaciadora suscita el retroceso de la máquina, el comienzo de una nueva línea. La campanilla corona la transición.

Absorto, Tomás ve su relato muerto. Aquello recuerda el instante en que sus personajes se convirtieron en tinta escurrida.

—¡Ya nos vamos! —exclama Isabel, quien ha llegado como un fantasma.

—Sí, sí… —Tomás alcanza a contestar.

Dedica una mirada más al espacio circundante, pero sus pupilas necias regresan a la máquina. Entonces, suelta un suspiro y pone la mano en la cabeza de su hija.

—Dile a tu mamá que no me tardo —la niña obedece.

Una vez solo, el autor prensa una nueva hoja, pero no escribe. Antes cierra los ojos. Relaja su cuello al respirar profundo. La página en blanco jamás le había parecido tan temible, pero no se distrae. Se yergue, levanta los párpados, pone los dedos en el teclado y comienza a tejer el renacimiento de los zanates.


Autores
Estudia Literatura Dramática y Teatro en la FFyL. Mención honorífica en el IV Premio Memorial 68 de la UNAM por el cuento "La caravana de la memoria". Segundo lugar en el Concurso de microrrelatos organizado por Milenio y Sweek con el microrrelato "Las ancianas". Forma parte del Taller de Narrativa Avanzada de Casa del Lago.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) Ilustradora mexicana multidisciplinaria enfocada en creación narrativa. Ha participado en proyectos que van desde ilustración editorial, cómics, libros infantiles, escenografía, exposición en galerías y pintura mural.

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Autores
(Cancún, 1988), igual conocido como El Dee, es un ilustrador e historietista caribeño. Es creador del cómic Yo y La Muerte, El Twit Ilustrado y Nido de Serpientes, proyecto ganador del premio Novela Gráfica Joven 2018 de Tierra Adentro. También es socio fundador de Pizzatánicos, marca de ropa mexicana. Su trabajo de ilustracion puede ser encontrado en paredes, portadas de libros, discos y carteles musicales tanto en México como en Francia, Rusia y Latinoamérica. Hoy en día vive en Cholula con su esposa y un montón de perros.