Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.
Foto original tomada de Pixnio.
“When the bird of the heart begins to sing, too often
will reason stop up her ears.”
Hans Christian Andersen.
David Olguín decía que “el cuento y la dramaturgia son géneros hermanos” y lo que tenemos ante nosotros en Pollito de Talia Yael Rodríguez, ganadora con una potencia irrefutable del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2019, parece un inocente cuento infantil. No lo es. En él habitan miras de género, voces viejas que le dan simiente a nuestra cultura occidental y cualquiera que haya decidido seguirlas, se reconocerá de forma inevitable en ellas.
Pollito cuenta la historia de una niña cualquiera, pero que en este texto toma el nombre de Pollito; así será la metáfora de la historia. Es también la historia de una madre cualquiera. Una madre sin nombre que sacará a su hija de la escuela, porque le dijeron que tenía “retraso emocional”, para enseñarle en casa lo que ella sabe de la vida. Cuenta, por último, la historia de una familia que se desteje en el imaginario de una niña y por el cual nos lleva la dramaturga. Ellos serán, el único contraste al mundo que le ha planteado la madre; la única “otra versión del mundo” mientras su padre siga lejos. Mientras, el mundo sigue, con otro millón de niñas iguales, que no tienen idea de que existen.
Cada cuadro aborda una parte distinta del porqué la niña sabe que es un tesoro que debe de ser cuidado. Sin darse cuenta, Pollito cuestiona la construcción de género, la manera en que lo transmitimos sin darnos cuenta, la “feminidad” pasada de mujer a mujer y a la educación que damos en los detalles cotidianos y que lxs niñxs absorben sin cuestionarse.
En la obra hay un animal en la noche que ella mira por la rendija de la puerta. Respira, gruñe, contiene la respiración cuando mira a la niña a los ojos. No sabe que ese animal al que teme es su infancia. Pollito se cubre en sus sábanas color huevo y clama por sus padres, como todos en esas veces que el miedo nos avasalla. El problema empezó cuando ellos vinieron en su auxilio.
Primero la madre que cubre, después el padre que besa la frente y se va; así, Pollito nos trae a la vista a una niña, que recibe ese nombre porque no tiene más identidad que eso, esa cría que lleva los ojos nuevos para el mundo. Descubre que en el primer afecto está lo que la mantiene a salvo, la familia es la verdadera protagonista de esta obra. Es ahí donde el lector/espectador cae en las manos escribientes de la autora. La madre, madre simbólica de quien lee a Yael, se nos presenta en un juego. Es ineludible la identificación con el primer contacto amoroso que nos permite ver tan claramente la manera afectiva en que ella retransmitirá el cómo aprendió a querer. El padre está ausente y nos viene una típica identificación nacionalista. La señora, con mimos, enseña a su hija a querer desde la grieta, se alude a una ausencia que verá en su esposo y de la que culpará a nuestra heroína.
Vayamos desmenuzando el pollo: ninguna decisión resulta inocente en este texto, más parece una elección de signos de antaño que se encuentran en el hogar permeando las vivencias de Pollito, que a su vez la vuelven susceptible a lo que le digan y hagan sentir. Se trata de signos como la vieja historia de los abuelos y cómo su amor ha perdurado hasta que naciste tú. En esta ocasión no pareciera importar sus origines ni condición social o racial, pero lo que sí pesa es que se trata de una niña y que lo que ve es lo que reproducirá, aunque se trate de una idea de género que ella no inventó.
En la sala, un reproductor de video y un reclamo vivo en la boca de la madre que necesita ser oído ahora y dado que el padre no está, es Pollito quien atestigua y documenta el dolor de su mamá, ese olvido que nos llama como mexicanos.
Pero un pollito no lo será siempre, ella sabe que en cuanto el horno esté listo será su turno en la cocina. La niñez se muestra como un cuento en la vida de los padres, ellos la inventaron para depositar sus anhelos; es una copa de lágrimas, jamás es ella.
Son las frustraciones de la madre, su fragilidad enmascarada en las sombras ante el espejo que eventualmente llegará también a manos de Pollito.
Allá donde pronto somos niños
y tenemos casa
y en donde las ciudades son fotografías
(…)
donde hay amores y parientes mezclados
con objetos familiares
Allá donde las fiestas suceden a los duelos
los nacimientos a las muertes
Allá, solitario, sin tiempo, sin infancia,
cometa sin orígenes, extranjero al paisaje
paseándote entre extraños
Allá resides tú,
donde reside la memoria.
Pollito es un cuento de miedo para los adultos donde vemos cómo poco a poco por el cariño con que educamos a los hijos, esa “mejor manera de vivir”, anulan la voz de la infancia, que no siempre “como nos dijeron que es en casa” es lo menos roto que podemos pasar. Ella no repite ciegamente, lo vuelve su elección de lo bueno y lo cierto; ya que ni en soledad es capaz de cuestionarse el dolor pasado que le dieron a cargar. Ni en confianza lo cuestiona, llámese con su prima o con su novio -personajes de Yael, que nos trae para contrastarnos con la realidad afuera- La pequeña aprendió que eso “esto” es lo bueno, lo único, no hay más panorama que una casa y no dejaron que ni la vida ni la escuela la pudieran confrontar.
En esta historia no hay misericordia para la infancia. No hay un final feliz, pareciera el cuento perfecto.
VIII:
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
La autora no tiene certezas, más que cómo termina nuestra heroína y como un ángel exterminador, arremete contra su lector y sus probables recuerdos, ¿pero por qué no darles a los niños una opción de que el mundo no es tan terrible? y entra la voz valiente de la autora a defender que, si bien siempre hay más opciones, esta es la que le tocó a esta pequeña. No hay complacencias, hay realidad. Cruda, dolorosa y amorosa, igual que la familia. Pollito , llama a la reflexión sobre los cimientos. Es aguda, divertida y terrible. Toma a la mujer como un mito creada por ella misma y lo cuestiona. Confrontará a su posible lector, se revelará ante su futuro espectador y lo llevará, con una caricia, a las profundidades del armario, ahí donde todos sabemos siempre que hemos dejado algo.
Autores
(Ciudad de México, 1989) es director y dramaturgo. Egresado del Diplomado para la Creación Literaria del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (
inba ) y del Consultorio de dramaturgia del Centro de Artes de San Agustín Etla (
casa ), fue asistente general y coordinador en el Teatro el Milagro y coordinador y docente en el foro Cafebrería teatral Casa de la Sal, en Iztacalco, y en la Coordinación del Sistema de Teatros de la Ciudad de México. Es autor de
La Casa del Toro , obra finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2013;
El entierro de la libélula , ganadora del Segundo Premio Independiente de Joven Dramaturgia 2014; entre otras. Actualmente trabaja en Carretera 45 Teatro A.C.
Siena: vista externa de manicomio. Extraído de Wikimedia Commons.
Capítulo VIII
Adentro del manicomio
Conforme el automóvil cruzaba los hermosos prados de camino al manicomio, mi sensación de satisfacción por haber alcanzado mis objetivos fue eclipsada por la angustia reflejada en la cara de mis acompañantes. Pobres mujeres, no tenían esperanza alguna de un proceso inmediato. Estaban siendo conducidas a prisión y probablemente sin culpa alguna. En comparación, ¡sería mucho más fácil caminar a la horca que a este sepulcro de horrores vivientes! El automóvil continuaba avanzando y yo, al igual que mis compañeras, eché un vistazo horrorizado de despedida a la libertad mientras aparecían en el horizonte los largos edificios de piedra. Pasamos un edificio bajo y la pestilencia era tan horrible que me vi forzada a contener el aliento; llegué a la conclusión de que aquella era la cocina. Pronto me enteré que mi suposición sobre los intrusos estaba en lo correcto y sonreí al letrero al final del camino “No se permiten visitantes en esta ruta”. No creo que el letrero fuera necesario si alguien tratara de seguir el camino, especialmente en un día caluroso.
El automóvil se detuvo y la enfermera y el oficial en cargo nos dijeron que saliéramos. La enfermera agregó: “¡Gracias a dios! Vinieron de buena gana”. Obedecimos las órdenes de subir un tramo estrecho de escaleras de piedra, las cuales evidentemente habían sido construidas para hospedar personas que suben las escaleras de tres en tres. Me preguntaba si mis compañeras sabían en dónde estábamos, así que le dije a la Srta. Tillie Mayard:
—¿Dónde estamos?
—En el asilo para lunáticos de la Isla de Blackwell —contestó, con un tono triste.
—¿Estás loca? —pregunté.
—No —respondió—, pero ya que hemos sido enviadas aquí tendremos que estar calladas hasta que encontremos alguna manera de escapar. Pero habrá muy pocas si todos los doctores, como el Dr. Field, se rehusan a escucharme o a darme la oportunidad de probar mi sanidad —nos metieron en un vestíbulo apretado y cerraron la puerta a nuestras espaldas.
A pesar de estar consciente de mi sanidad y de tener la seguridad que sería soltada en unos cuantos días, sentí una punzada aguda constreñir mi corazón. ¡Diagnosticada loca por cuatro doctores expertos y atrapada detrás de los despiadados cerrojos y barras de un manicomio! Además, no estaría recluida yo sola, sino acompañada día y noche por lunáticos parlanchines carentes de sentido común; dormiría con ellos, comería con ellos, me considerarían uno de ellos; una posición sumamente incómoda. Seguimos tímidas a la enfermera por el desgastado pasillo adentro de un cuarto lleno de mujeres presuntamente locas. Nos dijeron que nos sentáramos y algunas de las pacientes amablemente se movieron para hacernos lugar. Nos miraban con curiosidad y una de ellas se me acercó y preguntó:
—¿Quién te envió aquí?
—Los doctores —respondí.
—¿Por qué? —insistió.
—Bueno, dicen que estoy loca —admití.
—¡Loca! —repitió, incrédula— No hay ni un rastro de eso en tu cara.
Esta mujer era demasiado lista, concluí, y seguí con gusto las órdenes de ir a ver el doctor que me dio bruscamente la enfermera. Esta enfermera, la Srta. Grupe, tenía una agradable cara alemana y de no haber detectado ciertas líneas duras alrededor de la boca hubiera esperado, como lo hicieron mis compañeras, recibir un trato amable de ella. Nos dejó en una pequeña sala de espera al final del pasillo y nos dejó a solas mientras entraba en un pequeño pasaje hacia la sala de estar o el recibidor.
—Me gusta dar la vuelta en el automóvil —le dijo a la persona misteriosa en el interior—, ayuda a dividir el día. Le contestó que el aire limpio le sentaba bien a su apariencia y reapareció frente a nosotras, con una sonrisa surcando su cara de oreja a oreja.
—Ven aquí, Tillie Mayard —dijo. La Srta. Mayard obedeció y, aunque no podía ver adentro de la oficina, podía oírla defendiendo su caso en un tono amable, pero firme. Todas sus observaciones fueron tan racionales como las de cualquier persona y pensé que ningún buen médico podía evitar impresionarse con su historia. Habló de su enfermedad reciente, que sufría de un trastorno nervioso. Rogó que probaran con ella todos sus estudios para locura, si es que tenían alguno, y le dieran justicia. ¡Pobre chica, mi corazón lloraba por ella! Fue entonces cuando decidí que mi misión sería beneficiar a mis hermanas dolientes; que mostraría cómo son aprehendidas sin un juicio a profundidad. La trajeron de vuelta a donde estábamos sentadas sin una sola palabra de simpatía o ánimo.
Luego llevaron a la Sra. Louise Schanz en presencia del Dr. Kinier, el médico.
—¿Su nombre? —preguntó, en voz alta. Contestó en alemán, diciendo que no hablaba ni entendía el idioma inglés. Sin embargo, cuando dijo Sra. Louise Schanz, ella respondió con un “Yah, yah”. Entonces intentó hacerle más preguntas, pero cuando se dio cuenta que no entendía ni una pizca de inglés, le dijo a la Srta. Grupe:
—Usted es alemana; ayúdeme a hablarle.
La Srta. Grupe resultó ser una de esas personas que se avergüenzan de su nacionalidad y se negó, diciendo que apenas podía entender unas cuantas palabras de su lengua materna.
—Sabes bien que hablas alemán. Pregúntale a esta mujer a qué se dedica su esposo —y ambos se rieron, como si les divirtiera una broma.
—No puedo hablar más que un poco —protestó, pero al final se las arregló para averiguar la ocupación del Sr. Schanz.
—¿Y de qué sirvió mentirme así? —preguntó el doctor, con una risa que pronto disipó su rudeza.
—No puedo hablar nada más —dijo ella, y lo cumplió.
Así fue como la Sra. Louise Schanz fue destinada al manicomio, sin una oportunidad de darse a entender. ¿Se puede excusar tal negligencia, cuando es tan fácil conseguir a un intérprete? Si se tratara de una reclusión de tan solo unos días, podría parecer innecesario. Pero aquí está el caso de una mujer que fue arrebatada del mundo libre sin su consentimiento y sin tener oportunidad de probar su cordura; probablemente encerrada de por vida detrás de las barras, sin siquiera decirle en su lengua materna el motivo o su lugar de destino. Comparemos esto con un criminal, a quien se le dan todas las oportunidades de probar su inocencia. ¿Quién no preferiría ser un asesino y probar su suerte, a ser declarado loco, sin esperanza de escapar? La Sra. Schanz les rogó en alemán por saber en dónde se encontraba e imploró por su libertad. Sin oír lo que tenía que decir, la regresaron a la sala con su voz rota en sollozos.
Entonces sometieron a la Sra. Fox a esta misma examinación simple y trivial y la regresaron de la oficina, convicta. La Srta. Annie Neville tomó su turno y me dejaron al último de nuevo. En este punto me decidí a actuar como lo hago en libertad, con la excepción que no les diría quién soy, ni de dónde vengo.
Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el
Pittsburgh Dispatch ,
New York World y
Cosmopolitan , entre muchos otros.
Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.
“Hasta saber la verdad”, escribió Clemente Rodríguez en una hoja de papel en noviembre de 2016. Luego pidió que la lucha por los 43 normalistas de Ayotzinapa se mantuviera viva. Para ese momento, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, su hijo, tenía más de dos años desaparecido y faltaban más de tres para que las autoridades mexicanas brindaran certezas sobre su paradero.
En una diligencia llevada a cabo por la Unidad Especial para el caso Ayotzinapa entre el 20 y 28 de noviembre de 2019 en la barranca La Carnicería, Ejido de Cocula, Guerrero, se localizaron cien fragmentos óseos no articulados y dispersos en una superficie de 200 metros, de acuerdo con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Entre los restos estaba un hueso que permitiría la identificación de Rodríguez Telumbre.
En la versión oficial del caso Ayotzinapa, construida durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, se afirmó que los 43 estudiantes normalistas desaparecieron el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, a manos de policías municipales corrompidos y supuestos integrantes del cártel Guerreros Unidos , quienes los mataron e incineraron en el basurero del municipio de Cocula.
La Procuraduría General de la República (PGR), en ese momento dirigida por Jesús Murillo Karam , y la Agencia de Investigación Criminal (AIC), comandada por Tomás Zerón de Lucio , ignoraron que estudiantes afirmaban haber visto a soldados y policías federales durante las horas de horror en Iguala. Dejaron a un lado esas líneas de investigación y la versión oficial se construyó con testimonios de los presuntos integrantes de Guerreros Unidos.
Según ellos, a las 17:00 horas del 27 de septiembre de 2014, Felipe Rodríguez Salgado, alias “El Cepillo”, señalado como líder de Guerreros Unidos, ordenó que los huesos que resistieron a las llamas de Cocula se fracturaran, se colocaran en bolsas de basura negras y fueran arrojadas en Puente Río San Juan, comunidad perteneciente al mismo municipio.
Sin embargo, el hallazgo del hueso en la barranca La Carnicería permitiría a Alejandro Gertz Manero, actual Fiscal General de la República, decir que dicha versión oficial, presentada por Karam y Zerón de Lucio, se había terminado.
Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.
EL TERCER IDENTIFICADO DE 43
“Ha sido identificado un resto humano perteneciente a una de las víctimas. Éste, además, no fue tirado ni encontrado en el basurero de Cocula ni en el Río San Juan, tal y conforme a la versión que pública y judicialmente sostuvo la anterior administración […] Con este nuevo hallazgo, como lo señaló el Fiscal General de la República, la ‘verdad histórica’ se acabó”, declaró Omar Gómez Trejo, titular de la Unidad para el caso Ayotzinapa de la Fiscalía General de la República (FGR), el 7 de julio de 2020.
Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, quien tenía 19 años de edad la noche en que los estudiantes fueron atados, se convirtió en el tercer normalista identificado. Es decir, en casi seis años de búsqueda, solo tres de las 43 familias recibieron respuestas sobre el paradero de sus muchachos.
El primero fue Alexander Mora Venancio . Expertos en la Universidad de Innsbruck, en Austria, compararon la muestra 27-29102014, la cual fue obtenida de dos familiares de Alexander, con un hueso ubicado en Cocula, y así identificaron el perfil genético del estudiante durante los primeros meses de investigación.
En 2015, la misma Universidad austriaca, a través de la referencia 13MR5421, logró identificar a Joshivani Guerrero de la Cruz . Lo que pasó con los otros 40 normalistas todavía es incierto, pero ni la pandemia de COVID-19 ha impedido que sus familias continúen buscando respuestas.
Joshivani Guerrero de la Cruz. Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.
LOS MILITARES
Era 15 de julio de 2015. Las bisagras de la reja de entrada al Batallón 27 de Infantería, ubicado en Iguala, se rindieron luego de unos minutos de empujones entre militares y familiares de los 43 normalistas desaparecidos.
-¡Crash!
Los elementos castrenses, equipados de toletes, escudos y cascos, dieron varios pasos al frente. Los familiares de los estudiantes intentaron levantar la reja para usarla como muro de contención, pero fue inútil, pues el peso los derrotó. La reja se impactó de nuevo.
-¡Crash!
“¡Asesinos!, ¡asesinos!”, gritaron los manifestantes. Los militares no se movieron. Las familias querían que les permitieran pasar a revisar las instalaciones, pero recibieron gas lacrimógeno a cambio.
María de Jesús Tlatempa Bello, mamá de José Eduardo Bartolo Tlatempa , encaró a los elementos castrenses. Le dijo, desde el corazón, que ellos no eran ajenos a la violencia que lleva años cobrando miles y miles de víctimas a lo largo del territorio nacional.
“Tienen hijos. También los pueden desaparecer. Ahorita nos tocó a nosotros, pero a ustedes les puede tocar el día de mañana. Nosotros no vamos a dejar de buscar a nuestros hijos hasta encontrarlos con vida”, dijo la mujer. Algunos militares sonrieron, otros tragaron saliva. Como el de ese día hubo varios encontronazos. Y la pregunta fue creciendo: ¿por qué el entonces secretario de la Defensa Salvador Cienfuegos Zepeda no ordenaba que se abrieran las puertas del Batallón 27 para que padres y madres se sintieran más tranquilos?
El domingo 12 de julio de 2020, días después de que Alejandro Gertz Manero dijera de manera categórica que los 43 estudiantes no habían sido incinerados en Cocula, la revista Proceso reveló que la “verdad histórica” encubría a militares y la Fiscalía General de la República (FGR) ahora los está investigando. De acuerdo con el texto La verdad histórica encubría al Ejército , firmado por el periodista Álvaro Delgado Gómez, la Fiscalía mexicana cuenta con indicios de la participación directa de militares en la detención y desaparición de los estudiantes.
LAS FAMILIAS
El caso Ayotzinapa le dio la vuelta al mundo. Las manifestaciones ocurrieron en América, Europa, Asia, África y Oceanía. Fotografías, documentales, testimonios, crónicas, películas, libros. Se escribieron miles de líneas, se filmaron miles de minutos sobre el caso. Cientos de periodistas, nacionales y extranjeros, llegaron hasta la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos para contar las historias de los estudiantes. Cada uno de los productos trató de servir como combustible para que la verdad no se apagara.
La verdadera lucha, sin embargo, ocurrió en los hogares de las 43 familias. Desde regiones apartadas de Guerrero o desde una pequeña casa en Tixtla, municipio en el que se ubica la Normal Rural de Ayotzinapa, padres y madres de los desaparecidos viajaron una y otra vez para tratar de ser escuchados. No importó que lloviera o el sol fuera demoledor. Recorrieron kilómetros y kilómetros con la misma consigna: que sus hijos fueran regresados con vida. A pesar de la insistencia y el desgaste físico y psicológico que sufrían las familias, el gobierno de Peña Nieto prefirió mantener la “verdad histórica”.
Durante el sexenio del priista, Minerva Bello Juárez, madre de Everardo Rodríguez Bello, uno de los 43, murió sin conocer el paradero de su hijo. Tomás Ramírez, padre de Julio César Ramírez Nava, uno de los tres estudiantes asesinados durante la noche de Iguala, también murió esperando justicia. La autoridad se dedicó a debilitarlos. A ocultar verdades o a decirlas a medias.
Los decesos fueron dolorosos para el movimiento. Sin embargo, la esperanza legítima de hallar a los estudiantes con vida se mantuvo. Alguna familia dijo un día que dejaba la puerta de su casa abierta en las noches por si el desaparecido volvía, otra nunca dejó de conjugar los verbos en presente al hablar de su consanguíneo. Así cada una fue sobrellevando la tristeza en un México en que al menos 73 mil 201 personas han sido reportadas como desaparecidas desde 1964 , de acuerdo con un informe sobre Búsqueda, Identificación y Versión Pública del Registro de Personas Desaparecidas de la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB).
“Antimonumento +43” en avenida Reforma. Fotografía por Carlos Vargas Sepúlveda.
VAN POR ZERÓN
La versión oficial del caso Ayotzinapa fue desestimada por expertos y familias desde el primer minuto. Las inconsistencias en los informes y los reportes sobre tortura a los involucrados se iban carcomiendo poco a poco lo que quedaba de lo presentado por Tomás Zerón de Lucio y Jesús Murillo Karam. En septiembre de 2019, por ejemplo, Gilgardo López Astudillo , conocido como “El Cabo Gil”, a quien se señaló como la persona que ordenó ejecutar a los estudiantes de Ayotzinapa en el basurero de Cocula, fue liberado. El sujeto permaneció tras las rejas menos de cuatro años (fue detenido en septiembre de 2015). Un juez lo absolvió de los cargos porque la PGR habría obtenido las pruebas en su contra con tortura.
La prueba de que los 43 no fueron incinerados en Cocula, la obtenida con la diligencia de noviembre de 2019, solo fue otro naipe que se derrumbo del castillo que defendieron hasta el último minuto de la administración de Peña Nieto. Luego de la derrota electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI) frente al Movimiento Regeneración Nacional (Morena), partido fundado por Andrés Manuel López Obrador, lo único que les quedó a algunos fue ocultarse para evadir a la justicia. Al propio Zerón, por ejemplo.
El 30 de junio de 2020, casi dos años después de que la nueva administración prometiera a los padres y madres de los 43 estudiantes nuevas respuestas, la Fiscalía General de la República informó que ya había solicitado casi media centena de órdenes de aprehensión contra servidores públicos de varios municipios de Guerrero. Ese mismo día se confirmó que Tomás Zerón de Lucio, el extitular de la Agencia de Investigación Criminal, era prófugo de la justicia.
Zerón de Lucio está en Canadá, de acuerdo con información oficial. En su caso no habrá impunidad, dijo Marcelo Ebrard Casaubón, secretario de Relaciones Exteriores. Autoridades mexicanas ya llevan a cabo trabajo diplomático y legal para que el sujeto sea extraditado y enfrente la justicia en suelo nacional. A finales de julio, sin embargo, sigue libre.
SON TANTAS LAS PREGUNTAS
En septiembre de 2020 se cumplirán seis años del ataque en Iguala . En esa fecha tal vez ya hayan sido reveladas nuevas órdenes de aprehensión, capturas o la identificación de otras de las víctimas. Pero habrá muchas preguntas todavía sin respuesta. Habrá líneas de investigación que no estén claras todavía. Habrá también impunidad para personajes que participaron y que tal vez alcanzaron a lavarse la cara y manos muy fácil. Las familias seguirán esperando, marchando, exigiendo. Habrá también miles y miles de familias más buscando respuestas a otros casos.
Lo único que queda claro hoy -y ayer- es que aquella noche del 26 de septiembre de 2014, México perdió a decenas de aspirantes a maestros, cuyo destino era enseñar en las comunidades más pobres de Guerrero y de otros puntos del país. Cuyo sueño era poder terminar una carrera para ayudar a sus familias.
José Eduardo Bartolo Tlatempa, Jonás Trujillo González, Everardo Rodríguez Bello, Cutberto Ortiz Ramos, Martín Getsemany Sánchez García, Christian Alfonso Rodríguez, Abelardo Vázquez Peniten, Adán Abraján de la Cruz, Israel Jacinto Lugardo, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, Antonio Santana Maestro, Miguel Ángel Hernández Martínez, Leonel Castro Abarca, Jhosivani Guerrero de la Cruz, Giovanni Galindes Guerrero, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, José Ángel Campos Cantor, Mauricio Ortega Valerio, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, José Luis Luna Torres, Magdaleno Rubén Lauro Villegas, Bernardo Flores Alcaráz, Felipe Arnulfo Rosa, Benjamín Ascencio Bautista, Israel Caballero Sanchez, José Ángel Navarrete González, Marcial Pablo Baranda, José Antonio Tizapa Legideño, Miguel Ángel Mendoza Zacarías, Marco Antonio Gómez Molina, César Manuel González Hernández, Julio César López Patolzin, Abel García Hernández, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, Doriam González Parral, Jorge Luis González Parral, Alexander Mora Venancio, Saúl Bruno García, Luis Ángel Abarca Carrillo, Jorge Álvarez Nava, Christian Colón Garnica, Luis Ángel Francisco Arzola y Carlos Iván Ramiréz Villareal, los 43 desaparecidos, querían eso: un futuro distinto en el México desigual en el que les tocó vivir. Lo mismo Julio César Mondragón, Julio César Ramírez Nava y Daniel Solís Gallardo, asesinados durante la noche de Iguala.
Lo único que quedará claro en septiembre de 2020, cuando se cumpla un sexenio, es que seguirlos nombrando es uno de los motores más fuertes que existen contra el olvido al que se apostó durante tanto tiempo.
Autores
Carlos Vargas Sepúlveda (Ciudad de México, 1992 ), es autor del libro Rostros en la oscuridad: El caso Ayotzinapa. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Actualmente es editor y reportero en el periódico SinEmbargo. Corre maratones.
Ilustración por Sully Peréz
Trabajo en un fondo feminista que otorga recursos económicos y acompañamiento a organizaciones y/o grupos de mujeres que trabajan por la igualdad de género en México. Desde esta experiencia, relato mis vivencias en medio de esta triple cuarentena.
Llevo 75 días en aislamiento. Supongo que, como la mayoría, al principio pensaba que todo pasaría rápido, pues recordaba los días de la influenza AH1N1 cuando paramos actividades sólo un par de semanas. Entonces, se nos proporcionaron medidas sanitarias básicas, se desarrolló una vacuna, y después todo volvió a ser como antes.
El 28 de febrero de este año se confirmó el primer caso de COVID-19 en México. Apenas empezaba a correr la información sobre el virus en el país, mientras se volcaba la atención en hechos indignantes y dolorosos: los feminicidios de Fátima, una niña de 7 años en el Estado de México, e Ingrid Escamilla, una joven asesinada por su pareja en la Ciudad de México.
A inicios de marzo, cuando apenas se hablaba del virus en el país, el Secretariado Ejecutivo Del Sistema Nacional de Seguridad Pública confirmaba que se habían cometido 92 feminicidios en el país, un 23% más que el mes anterior.
Con tales casos y un ambiente de hartazgo hacia la violencia contra las mujeres, era difícil concentrarse en otra cosa. Amigas y compañeras estábamos impactadas. La violencia contra las mujeres, ya de por sí desgarradora, se convertía en un show mediático con periódicos y portales de noticias publicando imágenes de la víctima; además, parecía repetirse la misma historia de impunidad, indiferencia y revictimización.
Para la primera semana de marzo en el trabajo, ya teníamos planeadas actividades en el marco del Día Internacional de las Mujeres . Sí, este sería un 8 de marzo como el de otros años, en el que no nos cansaríamos de alzar la voz, denunciaríamos las violencias estructurales, y también reconoceríamos los avances de los movimientos feministas. Al mismo tiempo, no sería como el de otros años. Desde algunas organizaciones se convocó a un paro nacional el lunes 9 de marzo, el denominado 9M, donde se invitó a todas las mujeres que pudieran a hacer un paro de labores para evidenciar que 10 mujeres son asesinadas cada día en el país. Con cifras tan grandes cualquier mujer que conocemos puede ser una víctima más.
6 de marzo. Había en el país 6 casos confirmados de COVID-19. Con el 8M en puerta, desde la organización lanzamos un webinar para hablar del tema de los feminicidios en el país. Días después de la sesión tuve la oportunidad de conversar con algunas asistentes. Una de ellas me sugirió hacer un webinar sobre los efectos del COVID-19 en la vida de las mujeres. Aunque me pareció una buena idea, la consideré algo precipitada, tomando en cuenta el número de casos y que no se había implementado aún ninguna medida. Tres meses después, ella tenía razón: algo más grande venía y nadie estaba preparadx para ello.
Sin tener en mente el Covid, se llevaron a cabo las manifestaciones del 8 Y 9M en todo el país. Con ello, la cifra: 21 mujeres asesinadas en el país, mientras miles de ellas clamaban justicia.
Ya en la primera mitad del mes de marzo había 59 casos de pacientes con Covid-19 confirmados, 18 de ellos en la Ciudad de México, la entidad con el mayor número. La situación dejaba de parecerse a la influenza de 2009. Mientras ese mismo día, en Italia, se había llegado a los más de 20 mil enfermos y 368 decesos en las últimas 24 horas.
Se inició la suspensión de actividades y la jornada de Sana Distancia el lunes 23 de marzo. Esa misma semana, tras recoger lo necesario para trabajar desde casa, cerramos la oficina con la esperanza de volver en, aproximadamente, un mes.
A medida que planeábamos cómo serían nuestras dinámicas laborales en la virtualidad, las solicitudes de financiamiento de emergencia de parte de las organizaciones comenzaron a llegar y lo que estaba por venir no sería fácil para nadie.
En la oficina se aseguraron de que cada persona contara con el equipo necesario para laborar desde casa, afortunadamente el trabajo a distancia no era algo nuevo para la mayoría de nosotras, sin embargo, los retos estaban en otros rubros.
¿Quiénes estaban preparadxs para llevarse el trabajo a casa por un largo tiempo? Yo pensé que lo estaba pero no fue así; conocí y compartí otros desafíos a través de mis colegas y las activistas, desafíos que visibilizaban desigualdades.
Por un lado los temas de infraestructura. Si bien la mayoría de la población mexicana (71%) es usuaria de Internet, no todas tenemos el mismo nivel de alfabetización digital ni el mismo acceso a la banda ancha. En las reuniones virtuales el tema de la conectividad representaba un problema para aquellas activistas que vivían en comunidades con poco acceso a Internet, lo que les implicaba gastos o desplazamientos a otras zonas.
Por mi parte, adquirí un paquete de Internet con mayor capacidad para intentar hacer frente a la demanda de conectividad, reuniones y algunos webinars que estamos impulsando para que más personas se enteren de la situación que atraviesan los derechos de las mujeres durante la pandemia y puedan sumarse a la causa.
Otro tema latente es el trabajo de cuidados en el hogar . Según la Encuesta Nacional Sobre Uso del Tiempo en México del total de horas destinadas a esta labor el 71% es realizado por mujeres, niñas y adolescentes. El aislamiento y sus dinámicas sociales venían con actividades que para nada representaban un aislamiento social o físico, significaba tener a hijxs en casa a quienes acompañar en sus actividades escolares, cuidar a aquellas personas que pudiesen estar enfermxs, lidiar con el aumento de trabajo doméstico derivado de tener a toda la familia en casa. Todo esto acompañado de la preocupación por estar llevando sustento a casa en medio del cierre de muchas actividades económicas.
Estar en casa y en el trabajo al mismo tiempo desvanece la línea que separa este espacio física y mentalmente, concentrarse y abstraerse es difícil cuando, como yo, vives en un departamento que se encuentra dentro de una torre con 36 departamentos más. Trabajar en nuestras casas nos llevó a confrontar nuestros espacios y aún con todo me siento afortunada. Ni siquiera puedo imaginar lo que ha sido esta contingencia para muchas familias que viven en pequeños departamentos habitados por 6 u 8 personas, sin privacidad ni la posibilidad de acondicionar un espacio para trabajar a distancia, si es que siquiera tienen la posibilidad de ello.
Ante la suspensión inmediata de actividades no esenciales, muchas organizaciones y grupos que se dedican a la promoción de los derechos de las mujeres a partir de diversos enfoques y actividades pararon labores con el impacto económico y emocional resultante para ellas y para otras mujeres.
La contingencia, como otras crisis, comenzó a mostrar qué sectores y grupos de la población recibirían los efectos más negativos de la pandemia en lo social, lo económico y lo emocional. Aquellos sectores que desde siempre se han visto en situaciones de vulnerabilidad, ignorados y en condiciones precarias.
Trabajadoras sexuales y trabajadoras del hogar se vieron afectadas inmediatamente, quedándose sin recursos suficientes para adquirir aquello que era lo más básico en esos momentos: comida y artículos de higiene. Una precarización aún mayor de sus condiciones y de sus posibilidades de acceso a una vida digna.
Las organizaciones que tienen albergues y acompañan a familias migrantes, niñas y mujeres principalmente, señalaban las condiciones de hacinamiento que tienen las estaciones migratorias y la falta de insumos de higiene para hacer frente a la enfermedad.
Las trabajadoras de la maquila también presentaban un contexto complejo. En la frontera norte de Coahuila, laboran cerca de 35 mil personas en la industria, 55% son mujeres. Comité Fronterizo de Obreras (CFO), organización que apoya a trabajadoras de la maquila en la frontera , nos compartió las medidas que tomaron algunas maquiladoras: al inicio de la contingencia, les adelantaron las vacaciones; al ver que esta duraría más tiempo del que pensaban, reiniciaron labores escalonadas, ofreciendo solo el 50 por ciento del salario, sin otorgar condiciones adecuadas para mantener la distancia y la higiene necesaria. Algunas ni siquiera contaban con jabón en los baños.
Conforme escuché la voz de las activistas en campo, pensaba en los retos que esta contingencia representa en términos de salud, pero también en todos los servicios básicos que ya adolecían de atención adecuada y acceso pleno antes de que todo esto iniciara.
¿Y la violencia? Veníamos de exigir justicia por la vida de las mujeres y marzo nos traía malas noticias. Según la Red Nacional de Refugios, las denuncias por violencia hacia las mujeres y las solicitudes de refugio aumentaron más del 60% desde que empezó la cuarentena. El mismo incremento se observó en el número de llamadas catalogadas como violencia de género en la Ciudad de México. Línea Mujeres presentó un aumento de llamadas por violencia del 191% (811) en marzo de este año con respecto al mismo mes del año anterior (279). [1]
Pude leer un testimonio que hablaba sobre 5 casos de violación; uno de ellos, de una chica de 15 años que había sido violada por su primo. Una organización aliada acompañaba a la chica y a la madre con apoyo integral, aún con la contingencia. Esto lo hacen posible las redes de mujeres que, a pesar del contexto, buscan la manera de seguir defendiendo sus derechos.
Ilustración por Sully Peréz
Con todos los medios de información y comunicación enfocándose en temas de COVID teníamos una montaña de información en frente. Mis redes sociales y mi whatsapp se inundaron de mensajes sobre la letalidad del virus, teorías conspirativas, análisis globales de la pandemia, vídeos de otros países y noticias falsas.
También emergieron muestras de solidaridad, alternativas de consumo y autogestión, gestos de colectividad que contrastaban fuertemente con la realidad indiferente en las que todxs estuvimos inmersxs.
Pienso de nuevo en la chica que me propuso abordar el tema del COVID y sus impactos en la vida de las mujeres. Me alegra que por distintos canales se den a conocer los retos de las organizaciones que acompañan a miles de mujeres en sus comunidades; son grandes, tan grandes como sus fuerzas de seguir adelante para desafiar la impunidad y la injusticia con sus actos rebeldes y amorosos al acompañar a otras.
Estoy en el día 75 de aislamiento, pero, como dice Diana Maffia, esto no significa un aislamiento emocional o intelectual. Ojalá que este aislamiento físico detone la rebeldía de la solidaridad.
[1]González, C. (11 de mayo de 2020) Violencia de género en tiempos de COVID. Un breve análisis sobre las llamadas recibidas en Línea Mujeres de la Ciudad de México , CIDE. https://www.cide.edu/coronavirus/2020/05/11/violencia-de-genero-en-tiempos-de-covid-19/
Autores
(Ciudad de México, 1986) Obtuvo la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y la Maestría en Comunicación por la misma casa de estudios. Se ha formado en temas de comunicación, género, feminismo y TIC´s.
Actualmente labora en el sector social colaborando en el área de procuración de fondos de Fondo Semillas.
Ilustrador
Sully Pérez
"La Loca del Color" (Xalapa, Veracruz, 1991) es una ilustradora creyente de los seres espaciales. Se desarrolla en el dibujo, la ilustración y la escultura en arcilla. Su trabajo se divide en varias líneas: lo monstruoso, el cosmos, el mundo onírico y esotérico.
1
La poesía siempre está en fuga. De sí misma, del tedio, de la comodidad. Que la vida nos libre de los poetas que antes de empezar ya saben exactamente a dónde van, dónde termina su exploración y lo que habrán de encontrar. Todo acto creativo entraña una crisis y su consiguiente resolución (la gracia de la literatura está en abrevar de la vida, pero también en crear con su material un espacio de reflexión, de refracción, que la vuelva distinta). Las búsquedas formales son las que mantienen andando la mente creadora (cuando una forma se repite, se vuelve fórmula).
Todas estas verdades, por visitadas, valen un peso: las venden por metro en los yonques de las mal llamadas “teorías” personales de la creación —esas convicciones personales que suelen salvarnos, tanto como nos salvan los rezos bajo la tormenta, y que, en todo caso, nos consuelan—; pero no por eso dejan de cobrar presencia en ciertos momentos de nuestra vida lectora.
El verso, la condensación, la imagen sensible, los juegos retóricos, el ingenio verbal, la resignificación, la reescritura, la revelación. Ninguno de estos elementos fue nunca exclusivo de la escritura literaria. Nos topamos con ellos en los terrenos de la publicidad, las expresiones populares (el grafiti, la canción), el humor; y ahora, en las redes sociales, los memes, las páginas virtuales. A raíz de esta última encarnación de los poderes de la poesía, existen partidarios de (una vez más) la muerte de ésta. Disgregados sus dones, dejado atrás su tiempo, ¿qué nos queda? Insistir. La poesía, sí, ha sido siempre una encarnación de la resistencia. Resistencia al mercado, la facilidad, la producción en serie, la vacuidad.
Un arte en perpetua extinción, inmerso en crisis continuas, es un arte saludable. La poesía, de entre la escritura literaria, siempre ha sido la más proclive a acoger y reflejar las vanguardias, la experimentación.
Pero también permite que sobreviva esa poesía que al primer golpe identificamos como tal, y en la que sobrevive lo mejor de la tradición. La estrofa, el ritmo, la imagen y su resolución, la voz poemática y sus estancias, el poemario. Conserva su dibujo y ahonda en sí. Poemas que terminan siendo buenos poemas y no quieren ser algo más, porque ya es bastante.
2
En Perras, Zel Cabrera (Guerrero, 1988) apuesta por el desacato al estigma, la rebeldía y el reto frontal. La emoción, en poesía, debe ser contundente, no titubear, y mostrarse. Contagiados del tono perentorio y sentencioso del epigrama estos poemas se instalan en la línea de los libros que, acudiendo al recurso del bestiario, critican una faceta del ser humano. (Si bien la palabra designa normalmente a uno o varios textos que trata sobre una colección de seres vivos que sirven de metáfora para las actitudes humanas, bien pudiera llamársele a esta otra advocación del mismo procedimiento, es decir, a los libros que se concentran en una sola animalidad, un bestiario monotema.) En este caso, la condición histórica, caduca ya, que considera a la mujer como un inerte objeto del deseo masculino, como víctima y portadora de una maldición que le viene desde nacimiento. Hasta aquí llegó Eva y su descendencia, su mancha y su destierro, nos dice la poeta.
Compuesto por series y poemas unitarios, este breve libro se divide en tres secciones, que comparten temas, pero no sus tratamientos. La primera, Bravas, presenta poemas en los que se despliega el amor traicionado y la ira que éste provoca, las consecuencias de la
renuncia a la ilusión: “La curiosidad mató al gato, pero no a la perra./ A las perras nos mata el amor/ y el odio.” Luego aborda la menstruación —un tema no demasiado recurrente en la poesía—, la sangre como señal y evidencia de vida, como herencia y lazo, como ciclo y marca de pertenencia del cuerpo.
La segunda, Domésticas, gira alrededor de las instituciones de la familia y el matrimonio, las recrea desde una mirada desengañada: nos dice que se sostienen en los secretos, las traiciones y la anulación de la mujer.
La última, Desobedientes, es quizá la más potente, y la que presente los poemas que ahondan más en su propuesta. Aquí se presenta el deseo de ver el mundo arder (“Pirómana”), la rebelión de la novia rechazada por la familia de la pareja (“Golfa”), la necesidad de no callar el abuso y el desamor (“Cicatrices”).
El libro posee un tono sostenido y una intensidad que no cesa. Hay poemas que se quedan con uno: “Carta a una oficinista”, la diatriba contra una tercera en discordia; “Declaración de principios” y “Golfas” en los que el sustrato vital impactante se compagina con una escritura que consigue elevar su tema y conseguir que nos hable de frente, brutalmente. Y esas tres entrañables estampas familiares que componen la serie “Lechugas”, que tratan de una madre con sus hijas, donde “La realidad (de ser mujer)/ de estar sola y acudir (puntualmente) a los horarios de riego/ de un par de verduras tiernas/ es un ruego que se tropieza.”
El poemario de Zel Cabrera colinda en más de un aspecto con esa parte de la obra de uno de nuestros poetas mayores, Eduardo Lizalde, en la que la figura del tigre se convierte en el emblema del amor —que es él mismo y a la vez se transforma en su contrario—; la escritura se vuelve el negro vaso de la ira, el recipiente dorado del odio: “Nadie vacila, como en el amor,/ a la hora del odio” (“Grande es el odio”), dice el autor de La zorra enferma; y
este bien podría ser un epígrafe fantasma de Perras. Si algo agradecemos a los creadores, y en este caso a los poetas, es que nos hablen de eso que, por distracción o miedo, pareciera que nadie nos puede hablar, al menos no con la contundencia que cabría esperar. Zel Cabrera es una poeta valiente y arrojada. Estos claramente son dos motivos para leerla, pero, antes, diré que son sus poemas, cuidadosos en el despliegue de sus pasiones, encendidos, pero que nunca pierden el rumbo; encuentro que esa es la principal razón para seguir leyéndola de cerca.
3
Restaurante bar familiar, de Luis Lugo (Ciudad de México, 1985), presenta anécdotas y escenas que intentan entresacar una revelación. A pesar de la variedad de los materiales (la bohemia, la familia, el arte, la infancia, la soledad adulta), dos elementos unifican el conjunto: el primero es la estructura, que alude a las partes de un establecimiento comercial de comida: aquí los poemas que suceden en el bar, acá los del área general, los de la infantil, la de ambiente familiar. El segundo es el tono: la lamentación, la tristeza incurable, que llega en sus momentos más sueltos y desangelados al patetismo.
Sucede que el libro recurre en demasiadas ocasiones a la exposición del luto, a mirar al mundo desde el final del derrumbe, desde el abismo. Es tan frecuente que el remate del poema contenga una confirmación de la tragedia, que pronto el gesto se vuelve cliché: toda pérdida es irreparable; toda memoria es dolorosa; toda existencia es desdichada. Luego, resulta un poco demasiado. Dicho recurso, de tan persistente, pierde potencia, y al tercer poema ya nos acostumbramos, y nos alejamos de la lectura.
Por ello, hay poemas que a la mitad del trayecto pierden potencia, tropiezan y se malogran, se vuelven predecibles. La arraigada nómina de excéntricos, artistas y
abandonados; los poemas que apuestan por temas prestigiados, seguros. El cansino y predecible malditismo con que los caídos se enfrentan al mundo (“Bohemios”, “Charlie”, “Estado hipnótico”); el estandarte de las drogas y los excesos que define su mundo (“Andy Warhol”, “Nico”, “Latas de sopa”, “Heroína”). A pareciera que no hay otra forma de mirarse más que a través de la autoconmiseración: textos en los que la voz poemática declara que la suya es la peor de todas las vidas (“Cliente”, “Castigo”), en los que se riza tanto el rizo del dolor y la pena que lo patético excluye cualquier otra intuición (“La habana”), en los que todo, cada elemento presente, indica una desgracia, guarda un mal augurio, se confirma la desgracia (“Mesero”, “E.T.”). La lamentación que no entronca con ninguna otra emoción (porque descarta hacerlo), la caída libre del sentimentalismo, al final resulta tediosa.
Sin embargo, hay momentos en los que el poeta logra trascender esos talantes, tan manidos de la poesía —el inagotable infortunio de estar vivos, ese en el que toda desgracia es infinita si se canta en primera persona—, y al agregar cierta ironía, o al alcanzar un aspecto inesperado de la misma experiencia, consigue librar el escoyo y ofrecer un poema de mayor calado y equilibro formal.
Tal es el caso de “Cine permanencia voluntaria”, donde confluyen la referencia al cine y la experiencia individual (el contacto extraterrestre y el hijo abandonado: idénticas esperanzas de llegar al otro inalcanzable). Haciendo un lado la maleza de las pequeñas grandes tragedias, es posible encontrar poemas que contienen hallazgos notables: “Una historia de vampiros antes de dormir” y “Divorcio”, que echa mano de la lógica de la ficción (el cuento de terror y el cine de acción) para aprehender, desde la óptica del niño, el mundo cruel de los adultos; “Jackson Pollock”, que recurre a las minucias de la infancia para desentrañar un destino artístico, y trasciende así la pura estampa melancólica; y “Cinta negra”, en la que una historia de violencia familiar puede ser contenida en objetos tan
aparentemente inocuos como los cinturones que marcan los grados de aprendizaje en el karate.
Restaurante bar familiar es un poemario desigual, con algunas páginas afortunadas. Le hubiera sentado bien una selección más rigurosa, que evitara la repetición y ponderara los poemas que aciertan en la justa medida de la emoción y las cosas que la rodean. De haber emprendido este camino, más severo y difícil, los logros se notarían con mayor facilidad, y no se perderían entre el conjunto más bien desafortunado.
4
Resistir. Dialogar con la tradición. Ausentarse. Ascender por la escalera de la referencia culta y bajar por la serpiente de la anécdota. Un juego. Una cosa de nada. La construcción de un lenguaje privado.
El ecosistema social está tan acelerado, que la generación emergente deja muy pronto de serlo. Se convierte de inmediato en un estrato más. En la aceleración de la producción cultural corremos el riesgo de perdernos. He aquí dos propuestas que, al provenir de poetas jóvenes, podríamos mirar (si lo hiciéramos desde la distancia, el gap, la incomprensión) como asomos, asedios; pero no lo son: se trata de libros que dan cuenta de voces personales. Con distintos grados de fortuna, se arrojan al vacío, y dejan la descripción de sus trayectos.
El constructo generacional no es útil a la hora de leer. Se lee, mejor, desde la tradición, la que como lectores hemos construido. Se rastrea y se define a las nuevas propuestas que habremos de acercarnos. Es ese, el concepto de tradición, el receptáculo de nuestros paseos, nuestras lecturas. El mapa resultante: la biblioteca.
El título de este texto apunta hacia una idea visible y retomada con frecuencia. Recuerda a El surco y la brasa, antología de Marco Antonio Montes de Oca y Ana Luisa
Vega, en la que, a manera del florilegio, incluye poemas cuyo criterio de selección es que el poema original pertenezca a otra lengua, con lo que se trata de un tomo de poesía traducida. Y a El azogue y la granada, título de un ensayo de Vicente Quirarte que indaga sobre el discurso amoroso del poeta Gilberto Owen. Hasta aquí la marginalia. Su funcionamiento es evidente, pero para concretar lo expresaría así: dos palabras, pertenecientes a campos semánticos distintos, a veces con un aire de rivalidad, o al menos de ajenidad, delimitan los parámetros del campo a tratar, marcan con dos rasgos el espectro que recorre la escritura.
La espina es ese colmillo (en el caso de Cabrera) y esa herida de infancia (en el de Lugo). La caída señala el ensimismamiento y el abandono (Luis), así como la liberación de la figura de la mujer, el despojamiento del yugo de la fantasía y la perfección que le impone la mente retrógrada (Zel). Dos voces muy distintas recorren su particular versión del laberinto del desgajamiento. Cada una en busca, o no, de su salida.
Autores
(Monclova, 1977) Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones, y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Ha recibido siete premios nacionales, entre ellos el de Poesía Joven Elías Nandino 2007, el de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y el de Poesía Ramón López Velarde 2009. Es autor de
Las afueras , entre otros libros.
Ilustración por Mónica Figueroa
En su libro Entre las cuerdas: cuadernos de un aprendiz de boxeador , el sociólogo francés Loïc Wacquant afirma que los pugilistas pertenecen a una estirpe especial. Explica que la fraternidad que vive entre los peleadores de un gimnasio tiene su origen en saberse poseedores de fuerza, rudeza, resistencia y valentía, es decir, de las características que encarnan la “virilidad” que el boxeo exige, pero sobre todo, explica, esa hermandad se fortalece aún más por la notable ausencia de mujeres en los entrenamientos.
En el gimnasio del barrio negro de Chicago donde Wacquant entrenó y realizó sus investigaciones de 1988 a 1991, las mujeres solo eran toleradas como espectadoras, eran vistas por entrenadores y boxeadores como una distracción, como seres sexuales que una noche de lascivia podían echar a perder meses del valioso esmero de un varón. Ni hablar, por supuesto, de la posibilidad de que alguna entrenara junto a ellos. No había manera. En su sesudo ensayo, el sociólogo francés incluso llega a decir que la ausencia de mujeres es parte de la esencia misma del boxeo.
Me da un poco de gracia que lo creyera tan firmemente; a fin de cuentas, aún faltaba más de una década para que Don King considerara conveniente –o sea lucrativo– promover peleas de boxeadoras en los grandes escenarios de Las Vegas. El hecho de que apenas en los últimos veinticinco años las mujeres hayan podido ser protagonistas de este deporte –fue hasta Londres 2012 que compitieron en boxeo olímpico, por ejemplo– obedece a que debieron ir rompiendo las barreras que les impedían hacerlo, que no solo eran morales, sino hasta “médicas” y legales. Se argumentaba que en un cuerpo femenino, los golpes en senos y vientre podrían ocasionar cáncer y que claramente no resistirían una pelea, aun cuando las mujeres son capaces de casi partirse en dos para dar vida a otro ser humano y han soportado las palizas de sus parejas durante siglos con la salvedad de que nunca se les había enseñado a defenderse.
Las puertas de los gimnasios no se abrieron sino hasta que ellas las dinamitaron para derribarlas. Las restricciones legales para que boxearan profesionalmente fueron desapareciendo poco a poco en los distintos países gracias a que, en cada caso, hubo una mujer testaruda haciendo lo imposible por derogarlas. En México, quien emprendió esa batalla fue Laura Serrano.
En 1989, Laura estudiaba derecho en la UNAM cuando vio que una mujer menuda entrenaba en Ciudad Universitaria con el equipo de boxeo. Le sorprendió tanto que aquella chica en apariencia frágil se ejercitara tan rudamente, como el hecho de que en una universidad se enseñara una disciplina que era calificada por muchos como brutal y salvaje. Fascinada, Laura empezó a entrenar y pronto desarrolló las habilidades de una boxeadora de primer nivel. La gente la miraba extrañada cuando entraba a los gimnasios, donde ni siquiera había vestidores para mujeres, y la calificaban burlonamente como lesbiana o una loca en busca de novio. Era una rara. Laura tuvo que ser muy tenaz para conseguir entrenador y ganar reconocimiento, así como respeto dentro y fuera del ring.
“Mis inicios como boxeadora amateur –dice Laura– se caracterizaron por la clandestinidad de los combates , pues al no estar regulado nuestro deporte, las peleas carecían de legalidad y seguridad, por lo que tenían características muy especiales. Peleábamos con quien se pudiera, a veces las rivales eran más pesadas, otras, era a la inversa; carecíamos de supervisión médica, no recuerdo un solo combate amateur en el que nos hicieran un examen médico previo, mucho menos posterior a los combates. Teníamos que armarnos de valor no solo para subir al ring, sino también para adaptarnos a las condiciones insalubres, a los ‘sanitarios’ malolientes que, cuando teníamos suerte, podíamos utilizar, o nos cambiábamos en lúgubres intentos de vestidores; a la hora de subir a los cuadriláteros padecíamos por las paupérrimas condiciones en que algunos estaban”. Las chicas boxeadoras de aquellos años peleaban en rings improvisados, algunos sin lona y con una sola cuerda en su perímetro, a la mitad de una calle de la Ciudad de México o en pueblitos empolvados donde a veces no había alumbrado público y tenían que boxear en penumbras. La gente iba a verlas por morbo, para mirar con sorna y diversión su atrevimiento varonil. “Vamos a ver cómo se dan en la madre las viejas”, decían; cuando veían que efectivamente se daban en la madre bien y bonito, la burla se transformaba en admiración y al final de la contienda los espectadores les pedían autógrafos y fotografías.
Una tarde de 1994, Laura estaba trabajando en un juzgado del Reclusorio Oriente de la Ciudad de México, cuando le avisaron por teléfono que su primer combate profesional estaba pactado: la cita sería el 7 de mayo en el hotel MGM de Las Vegas , en un cartel donde se disputarían cinco títulos mundiales (entre ellos los de Julio César Chávez y el Finito López) y su rival sería nada más y nada menos que Christy Martin. Martin era triple campeona mundial y la estrella de Don King, era por supuesto la cara más reconocida del boxeo femenil: con un récord de 31 peleas –21 de ellas ganadas por KO– tenía la fama de ser una versión femenina de Mike Tyson. Laura estaba consciente de que la querían como carne de cañón, aun así decidió aprovechar su oportunidad.
El calibre de su pelea de debut era espeluznante, como para deshacerle de miedo las tripas a cualquiera o por lo menos inducirle un ataque de pánico. Nadie le vaticinaba un buen final, la prensa llegó a afirmar que no tenía posibilidad de sobrevivir, e incluso su propio mánager le subrayó que no estaba obligada a ganarle a la norteamericana. “Solo Julio César Chávez creyó que yo podía derrotar ‘a esa pinche güera’”, dice Laura; unas semanas antes habían entrenado juntos en el gimnasio Nuevo Jordán y él pudo ver que su calidad de boxeo le daba posibilidades reales de dar batalla.
Laura llegó sola a Estados Unidos. Su entrenador no hizo ni el intento de tramitar su visa porque, si la acompañaba, corría el riesgo de perder su licencia al apoyar el boxeo profesional femenino, que estaba prohibido en la Ciudad de México. Un día antes de la función, en el gimnasio que le asignaron, Laura conoció a Adán Almaguer, un entrenador que tenía una hija también boxeadora; a falta de acompañantes, él fue quien gentilmente la auxilió en su esquina durante la pelea.
Ilustración por Liz Dot
Con el corazón explotando en su pecho, Laura subió al ring del colosal MGM ataviada con un sarape blanco que llevaba bordada con lentejuelas la imagen de la Virgen de Guadalupe, a quien a esas horas su madre encendía una veladora para pedir por la protección de su hija. En la otra esquina, Christy se pavoneaba con su ya característico traje color rosa rodeada por su equipo.
Sonó la campana y Laura saltó al centro del ring con zancadas entusiastas. En los primeros dos rounds la mexicana tardó un poco en definir su ritmo y distancia, la conectaron varias derechas de Martin que la hicieron retroceder para plantarse bien en el suelo; la americana parecía sentirse a sus anchas cazando a Laura con la mordacidad de quien asume al rival como presa fácil y quiere terminar la noche rápido. Pero pronto descubrió que estaba en un error: varias combinaciones de rectos de izquierda y derecha rebotaron en su cabeza, una tras otra. Conforme pasaban los segundos Laura era más ágil y precisa, aun si los cabellos se le escapaban de la coleta y estorbaban su vista, ella se desplazaba con ligereza a lo largo de todo el ring y cambiaba de guardia derecha a zurda con tanta gracia que parecía el movimiento más fácil y natural del mundo.
A partir del tercer round la lona se encendió; ya completamente despeinada, Laura imponía el tiempo de la pelea y sus piernas le ayudaban a burlar los golpes de Martin, quien cada vez lucía más desconcertada ante la gran condición física de su rival. A base de combinaciones largas de uppers y rectos de derecha e izquierda, con el público de fondo gritando “¡Duro, duro!”, la mexicana no daba respiro a Martin, cuya victoria se tambaleaba peligrosamente. El combate terminó, con los ojos morados Christy sangraba de nariz y boca; Laura solo tenía un poco lastimada la nariz. Contra todo pronóstico los jueces declararon un empate, pero si la decisión hubiera dependido de los espectadores, la victoria habría sido para Laura. Esa fue la mejor pelea de la noche.
***
Ya trepada con toda justicia en las grandes ligas del boxeo profesional, en 1995 Serrano tuvo la oportunidad de pelear por el título mundial de peso ligero de la WIBF contra la irlandesa Deirdre Gogarty . Ambas tenían 25 años. La mexicana de nuevo llegó sola, otra vez fue acompañada en la esquina por el señor Almaguer, pero ahora subía al ring con un cabello muy corto que le ahorraba preocupaciones y un uniforme azul y oro con el escudo de los Pumas de la UNAM en un costado. Fue presentada con estridencia como la “Poeta del ring” , pues además del boxeo era aficionada a la literatura e incluso escribía poesía.
Apenas sonó la campana la pelea inició con intensidad, nada de medias tintas o perezosa cautela. Esas mujeres pelearon cada round como si fuera el último. Laura se notaba segura, su ya pulida técnica ahora alcanzaba la más fina y violenta elegancia. Brincoteando con la ligereza de una bailarina de ballet, se desplazaba por todo el ring imponiendo su distancia, su cadencia y sus arranques de velocidad, mientras conducía a Gogarty al sitio que se le antojaba. Sus saltos de venadito y su cintura en alerta le permitían salir de las zonas peligrosas y, fiel a su estilo, intercalar continuamente su guardia derecha e izquierda.
Con los pies en punta Laura flotaba bucólicamente. Pero esto no era un paseo en el campo y esa tarde ella alimentaba una hoguera. La armonía de sus desplazamientos laterales y hacia atrás estaba lejos de ser dancística, su único propósito era atraer a Deirdre y encerrarla en combinaciones de golpes que subían y bajaban de la cabeza al torso, del abdomen al rostro, yendo de los volados a los ganchos con apabullante determinación.
La guardia de Laura era más bien baja, pero combinada con su refinado juego de piernas, le permitía ver a su rival, estudiarla y cazar el segundo exacto en que la confusión de recibir golpes por todos lados abría un espacio generoso para clavarle a Gogarty densos rectos de izquierda y derecha. Explayándose por todo el ring, Serrano cabeceaba y salía del ataque contrario aterrizando en su rival uppers y ganchos al hígado. Conforme avanzaban los rounds la intensidad se elevaba aunque cada vez parecía más imposible que se pudiera pelear mejor. Ambas boxeadoras arribaron a ese 20 de abril con una condición física fuera de este mundo.
Con las llamas de la pelea trepidando alto, Laura empezó a concretar combinaciones de golpes muy largas: si en el tercer round encadenaba unos diez o quince golpes seguidos, a partir del cuarto el rosario de ataques ya era de veinte o treinta puñetazos sin pausa alguna. La mexicana era omnipresente en el cuerpo de Gogarti, estrellaba su cabeza, su vientre, los costados. Cuando la embestía el huracán de fuego, la irlandesa no podía hacer otra cosa que quedarse casi inmóvil, aventurando intentos vanos de esquivar, aguantando estoicamente la tormenta. Y vaya que resistió. Al final del cuarto round, con un escandaloso “¡Chitiquitibum a la bimbombá!” proveniente de la esquina mexicana, Laura encerró a Deirdre entre las cuerdas y durante los diez últimos segundos no dejó de atacarla; cualquiera habría caído noqueada con los músculos deshechos, pero la resistencia de Gogarti se empeñaba en continuar y entonces la campana le concedió el descanso.
Laura inició el quinto round con una potencia asesina pegando con la sobrada frescura de quien empieza una pelea con los brazos descansados. Pero de nuevo su rival se mantenía erguida y dispuesta a seguir. El público ardía. “¿Cuál es la diferencia entre dos hombres campeones y dos mujeres campeonas? ¡Ninguna!”, decía emocionada una de las comentaristas que narraba la pelea, “hoy estamos viendo dos campeonas aquí, y yo espero que a partir de hoy se les dé el respeto y aceptación que merecen, ¡deben ser mostradas al mundo porque ellas son verdaderas atletas!”.
Todas las fuerzas de la tierra se despertaron en el sexto round; para sorpresa del público y los expertos, Laura continuaba brincando con esas piernas que parecían ser de metal elástico y ligero, rebotando como una goma infinita, mientras que Deirdre seguía convenciéndose de que podía resistir el maremoto de magma. Pasados unos veinte segundos del séptimo round, Laura decidió que era el momento de incendiar el MGM. Desde el centro del ring empezó a golpear a la irlandesa como lo hizo durante toda la pelea, atacó, esquivó, cabeceó, dio un paso hacia atrás y en el contragolpe tomó un impulso bestial para iniciar una de las más largas combinaciones de golpes de la historia. Arrolló a su rival hasta las cuerdas y la sometió en la esquina. Arriba, abajo, cabeza, hígado, upper , gancho, rectos, abdomen, nariz, volados, abajo, arriba de nuevo, estómago, boca, hígado, upper , hasta alcanzar una cantidad desquiciada de cuarenta o cincuenta golpes. Uno tras otro tras otro, como si en la ráfaga final los brazos de cualquier boxeador no fueran madera calcificada capaz de irradiarle el más profundo dolor.
“¡Serrano es una máquina!” gritaba un comentarista, “¡Es imparable!”, decía la otra. “¡Estas atletas de campeonato merecen cada una diez millones de dólares!”. El público gritaba eufórico, y en eso, la esquina de Deirdre arrojó la toalla. De no haberlo hecho ella no se habría rendido nunca pero era imposible que resistiera con salud otro round más. Con los brazos en alto, Laura gritaba y lloraba de emoción desde su esquina.
Aquella tarde, con un espectáculo soberbio de técnica, determinación y resistencia física, Laura Serrano se convirtió en la primera mexicana y primera latinoamericana en ganar un campeonato mundial de boxeo . Al final de la pelea le preguntaron cómo es que había logrado su hazaña. Ella respondió orgullosa que entrenó muy duro por meses: había hecho 122 rounds de sparring con grandes campeones mundiales como Julio César Chávez, Miguel Ángel González, Aarón Zárate, el Ratón Jiménez y Marco Antonio Barrera.
Ilustración por Liz Dot
Ese día Laura fue más poeta que nunca, y más poeta de lo que jamás serán muchos intelectuales atrapados en sus habitaciones. Pocas veces ha sucedido una pelea con la belleza y el nivel de espectáculo que lograron Laura y Deirdre. Sin embargo, si ese combate hubiera sucedido en sus respectivos países de origen, ambas habrían podido ser encarceladas al desafiar las leyes vigentes de entonces. Es triste pensar que en México, más allá del círculo más cercano de familiares y amigos, pocos se enteraron de su victoria. Y no despierta más que rabia saber que un famoso boxeador tapatío, que jamás ha peleado tan finamente como Laura ni con tanta garra ni deseo gane un número exorbitante de millones por cada pelea, mientras Laura solo obtuvo por su hermosa proeza un pago de dos mil dólares.
***
Tres años después, en 1998, Don King incluyó a Laura en una megafunción que sucedería en la Plaza de Toros de la Ciudad de México y cuya pelea estelar era la de Julio César Chávez contra Miguel Ángel González. El pago destinado para ella era de quince mil dólares, la bolsa más grande de su carrera. Era la gran oportunidad de Laura para ofrecer el espectáculo de su boxeo al gran público: miles de mexicanos podrían verla y admirar la excelencia que logran las mujeres boxeadoras. Pero esto no sucedió. El reglamento de boxeo de la capital del país prohibía el boxeo femenil profesional y las autoridades decidieron respetar esa norma. Laura hizo las gestiones necesarias, habló con funcionarios, delegados, jefes de oficina, con todo aquel por cuyas manos pasara esa decisión. Incluso Chávez pidió a su abogado que se encargara de que Laura subiera al ring esa noche. Sin embargo, los rivales se mantuvieron firmes. Preocupado, José Sulaimán exclamaba “la mujer es la dueña de la sociedad, la arquitecta de la familia, la patrona, la dulzura de la vida, por eso ni me la puedo imaginar, de veras, en un ring, golpeándose con otra”. Por su parte, Ricardo Contreras defendía su postura con indignación: “mientras yo esté como presidente de la Federación Mexicana de Boxeo, en mi país no habrá boxeo femenil porque es el último rincón de masculinidad que nos queda”. La escena es elocuente en su ironía. Por un lado un montón de señores con traje evitando que Laura peleara para proteger la virilidad del deporte, mientras que en el gimnasio una camada de los mejores pugilistas que ha dado este país entrenaba con ella codo con codo porque respetaban su talento y valentía.
Laura no peleó en la Plaza de Toros. Pero gracias a sus gestiones y al amparo que tramitó argumentando que el reglamento de boxeo violaba sus garantías individuales, al año siguiente legalmente las mujeres tuvieron el derecho de pelear como profesionales. Para celebrar el fin de aquella prohibición que databa de 1947, se realizó una función en la Arena México donde se enfrentaron Ana María Torre y Mariana Juárez, a la que Laura solo fue como invitada.
Laura continuó boxeando en Estados Unidos y siguió invicta hasta 2003 . Algunos años después decidió retirarse. Sin embargo en 2012, al ver que la situación del boxeo femenino en México iba cambiando y el panorama rendía sus primeros frutos, quiso regresar al ring. Y una vez más le prohibieron pelear. El nuevo argumento fue que su edad ya no era adecuada: tenía 44 años.
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El 11 de julio de 2015, Laura Serrano fue reconocida como miembro del Salón Internacional de la Fama del Boxeo –máximo reconocimiento que se otorga a los mejores boxeadores del mundo– en la misma ceremonia que Laila Ali, Jeanine Garside, Deirdre Gogarty, Ann Wolfe, Terri Moss y Spark Lee, la primera réferi con licencia profesional en EUA. Esa noche, el sociólogo francés que afirmó que el boxeo no era un deporte para mujeres se tragó cada una de sus palabras.
Bibliografía
Serrano Laura. “La poeta del ring”. Nueve estampas de mujeres mexicanas. Tomo II. México. DEMAC.2009. Págs. 451-511.
Wacquant Loïc. Entre las cuerdas: cuadernos de un aprendiz de boxeador. España. Siglo XXI. 2006
Autores
(Oaxaca, 1988) Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Trabajó durante cinco años en Surplus Ediciones y actualmente es editora en Almadía. Es becaria del FONCA en la especialidad de ensayo. Baila y practica boxeo.
(Ciudad de México, 1991) Estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Ha participado en muestras colectivas e individuales en México, Rumania y Eslovenia, donde destacan Éxodo de ultramar (Yope, Oaxaca, 2019) y Una vez más la verdad es pasada por fuego (IAGO, 2017). Es becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA.
Ilustrador
Liz Dot
Artista visual, directora creativa y partner en Sociedad Fantasma, estudio de animación enfocado en crear historias. Con background de dirección de arte, creativa y estrategia en publicidad para marcas internacionales. Actualmente desarrollando pequeños mundos en audiovisual y cerámica.