Era la 40ª edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y Quino había sido invitado a dar el discurso inaugural tras 41 años de haber dejado de publicar las tiras cómicas de Mafalda. Seis años antes había anunciado su retiro, pues tenía la intención de renovarse para no dibujar siempre la misma viñeta. La verdad, que anunciaría años después, era que estaba perdiendo la vista debido a un glaucoma.
El mundo se le iba oscureciendo, pero se presentó en la feria del libro, y en lugar de un discurso, fue entrevistado por Cristina Mucci y Carlos Ulanovsky. Se habló de su trayectoria, de su estilo de dibujo, de su amor por el cine, y cuando el tema volvió inevitablemente a Mafalda, Cristina Mucci rememoró una pregunta que le habían hecho a Quino en una entrevista en Francia “¿Qué diría hoy Mafalda?”.
Las personas le preguntaban eso frecuentemente, dijo Quino, le reclamaban también el haber terminado la tira cómica, el haber matado a Mafalda, como si los comentarios sagaces o el humor político se hubieran terminado ahí. “Mafalda siempre dijo lo que digo yo” dijo Quino, “Mafalda soy yo”.
Hijo de migrantes españoles, Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, nació en Mendoza, Argentina en 1932. Inspirado por su tío Joaquín, que era ilustrador, inició su carrera como comiquero en el semanario Esto es. Pronto acumuló más colaboraciones en otras revistas y publicó su primer libro recopilatorio, Mundo Quino, pero ese era solo el inicio de una larga y homenajeada trayectoria.
Era 1963 y Quino acababa de publicar su primer libro cuando la empresa de electrodomésticos Mansfield le encargó crear una serie de personajes que formarían parte de una campaña publicitaria. Quino entregó una propuesta que fue rechazada y el proyecto terminó sin haber comenzado, pero entre los personajes diseñados para ser parte de la publicidad de la empresa estaba Mafalda.
Del material entregado, Quino decidió rescatar a la entonces aún sin nombre niña de cabello abultado para reutilizarla como personaje de una tira cómica para la revista Leoplán. La tira fue publicada y después se cambió al semanario Primera plana, donde durante los siguientes nueve años Mafalda y Quino obtendrían amor y reconocimiento internacional inigualables.
Podemos hablar mucho del éxito que siguió, de cómo Mafalda pasó a formar parte de la infancia de cientos de miles de personas a lo largo del mundo, de las críticas políticas y sociales que la tira cómica hizo durante las dictaduras latinoamericanas de los años sesenta o de cómo su primer libro recopilatorio se agotó después de cinco días.
Podemos hablar largo y tendido de premios, condecoraciones, felicidades y dificultades, o de cómo cuando dejó Mafalda, argumentando la necesidad de ser libre de dibujar siempre el mismo personaje, su popularidad y la de la misma Mafalda no hicieron más que seguir creciendo. Pero ahora, tras haber perdido a Quino el miércoles pasado, es importante recordar al hombre detrás del cómic, a esa persona que décadas después de haber dejado Mafalda, volvió a ella para participar en una campaña por los derechos de los niños en colaboración con la Unicef.
O de ese Quino que al ver que el movimiento Provida estaba usando la imagen de Mafalda con un pañuelo azul publicó el siguiente comunicado:
Hay que recordar al hombre que tuvo que dejar Mafalda, y poco después Argentina, por el aumento de la violencia en toda latinoamérica: “Luego del golpe (de Estado) de Chile la situación latinoamericana se puso muy sangrienta (…) Si la seguía dibujando me pegaban uno o cuatro tiros”.
Si vamos a recordar a Quino, debemos hacerlo más allá de la nostalgia que nos provoca la niña de cabello abultado y odio por la sopa. Quino, por medio de Mafalda y más allá de ella, nunca dejó de hablar de lo que creía en sus tiras cómicas, de criticar los regímenes políticos injustos con humor e ironía. En sus obras posteriores (A mí no me grite, Gente en su sitio y muchas otras más) realizó críticas aún más potentes y nunca permaneció callado ante la injusticia.
No perdimos a Mafalda cuando Quino dejó de trabajar en su publicación porque, como dijo en esa 40º edición de la Feria del libro de Argentina, él era Mafalda.
Quino se ha ido y el mundo pierde un poco más de la ironía y el humor que todos necesitamos, pero su trabajo no caerá en el olvido. En los pocos días que han pasado desde su muerte, la escultura de Mafalda, sentada en una banca y acompañada por Manolito y Susana en Buenos Aires, ha ido lentamente llenándose de flores.
En esa entrevista inaugural de la 40º edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Quino dijo que dibujaba con la intención de que el mundo cambiara “para el lado bueno, el de los Beatles, el de John Lennon”. Pero que el mundo no había cambiado “a lo largo de leer la historia uno se da cuenta de que el mundo repite siempre los mismos errores”.
Quizás, como dijo aquella vez, el mundo siga repitiendo sus errores hasta el infinito. En ese caso, por lo menos, sus cómics seguirán siendo tan vigentes ahora como cuando fueron pensados y entonces tendremos siempre el oasis de humor y astucia en el que Quino supo refugiarnos.
—Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez,
un instante de dolor, quizá algo muerto que parece por momentos vivo aún,
un sentimiento, suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa,
como un insecto atrapado en ámbar. Un fantasma, eso soy yo.
Diálogo de El espinazo del diablo
Conocí a la escritora Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) gracias a una cita de su libro La primera vez que vi un fantasma (Candaya, 2018), que obró en mí a manera de hechizo: “Los monstruos, cuando nos encontramos, jamás volvemos a estar solos”. Poco después, el escritor Roberto Wong habló en su podcast (episodio “Tsunami: nueva literatura escrita por mujeres”) sobre el cuento de Solange titulado “Matadora”, publicado en dicho libro.
En diciembre de 2019 tuve la fortuna de coincidir con ella en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, pues ambas fuimos invitadas para distintas actividades. Finalmente, adquirí su libro en el stand de la editorial independiente Candaya, en el área internacional de la feria. Solange formó parte del Encuentro Internacional de Cuentistas, coordinado por Alberto Chimal. En el cuadernillo digital que reúne pensamiento y obra de los ocho narradores internacionales invitados, se publicó su relato “El mundo estará ahí afuera”, acompañado de un texto íntimo sobre la enfermedad y la muerte.
Esta catedrática y tallerista ecuatoriana es además una autora muy prolífica: ha publicado los libros de cuentos Tinta sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007), Balas perdidas (Premio Joaquín Gallegos Lara 2010), La bondad de los extraños (2014) y Levitaciones (2017).
La primera vez que vi un fantasma recibió mención honorífica del Premio Joaquín Gallegos Lara 2019 y fue publicado por una editorial catalana. Está conformado por quince narraciones acogidas bajo el epígrafe “Toda historia de amor es una historia de fantasmas”, mismas que exhiben lo inhóspito del mundo y de nuestros propios cuerpos, y cuyas temáticas están relacionadas con la pérdida, diferentes catástrofes, fugas, excursiones, venganzas, ingesta de alimentos, separaciones, lo onírico y la mentira, así como abandonos y agresiones que van desde violencias sutiles hasta homicidios y crímenes de odio.
Los personajes que habitan estas páginas, en su mayoría femeninos, experimentan cierta desazón —que va de lo abrumador a lo meramente incómodo— hacia su realidad, donde, tarde o temprano, la irrupción de un elemento sobrenatural o extraño se abrirá paso a través de una grieta imperceptible. Dicho elemento suele ser un fantasma, entes que ansían ser vistos, reconocidos, y que están más presentes de lo que nos gusta suponer: “todas las ciudades están construidas sobre huesos y cementerios, así que, de cada cinco habitantes, uno es un fantasma”, nos dice Solange. Estos visitantes, obligados a permanecer ocultos en nuestro mundo a falta de un reino propio, son espectros de lo que alguna vez fue, presencias mudas, escondidas en resquicios a la espera del momento adecuado para mostrarse. Lo que hace Solange es mostrar precisamente dichos resquicios o fisuras para que el lector identifique aquello que se logra colar hasta su vista.
La narrativa de Solange es un acto de magia, hechizo de la palabra con el que crea atmósferas densas, espacios en su mayoría cerrados y escenarios nocturnos. Metaficción, vueltas de tuerca y finales abiertos operan tanto en sus minificciones como en los relatos extensos. Gracias a los mecanismos de la ciencia ficción y lo fantástico, la autora logra que lo insólito y lo peculiar se vuelva palpable, reconocible.
Dentro de estas historias inquietantes con tintes siniestros e incluso espeluznantes en las que las advertencias convertidas en amenazas abundan, Solange enfocó su mirada en lo inusual: recreó instantáneas únicas, imágenes de situaciones excepcionales que nos presenta en un álbum con una portada melancólica en tonos fríos, fotografía de Patrick Tomasso en la que podemos advertir un ente de pie, cubierto por una sábana blanca y rodeado por el abandono.
El álbum fotográfico inicia con “A tiempo para desayunar”, la instantánea de un hombre enfrascado en su recuerdo de un solo y traumático hecho —un accidente automovilístico en el que su padre arrolló a una persona—, mismo que se altera conforme lo evoca una y otra vez, convirtiéndose en una pesadilla recurrente en la que él mismo cambia de papel: lo mismo es la víctima que el victimario o un testigo. El protagonista está instalado en un hotel en el que todos asisten a un desayuno perpetuo y reconstruyen algún recuerdo fundamental en un presente laberíntico en el que, a fuerza de mutismo, incluso el lenguaje se desvanece.
La segunda fotografía se titula “Paladar”, e inicia con un epígrafe muy atinado de Patricia Esteban Erlés cuyas primeras palabras son: “El amor es una suerte de canibalismo”. Éste es el retrato de una pareja distanciada que basa su relación en la ingesta de comida y que recorre Lima a través de un turismo gastronómico que inicia con los olores infectos y colores llamativos de un mercado latino. Su relación está construida en torno a una alimentación excéntrica: ranas crudas como ingrediente principal de un licuado y gusanos y saltamontes para otros platillos. Gran parte de la historia transcurre entre las calles de la ciudad. La pareja está alojada en un hotel famoso por sus espectros, en el que la protagonista (quien se recupera de una mastectomía) no siente temor porque ella misma se aterroriza y sufre un dolor constante que, más que estar en su cuerpo, está en su memoria. Durante una madrugada, los colores atractivos de la ciudad ejercen su poder y ella decide salir mientras su esposo permanece inconsciente en la profundidad del sueño. En la soledad de las calles conoce a Lorenzo, un fotógrafo que aprovecha el lugar desierto para lograr tomas de ese “lado b” nocturno de la urbe. Tras acompañarse unas horas y terminar en un restaurante de pollo frito, ella regresa al hotel. En La primera vez…, Solange imita a Lorenzo: capta de forma certera hechos o situaciones alternas a nuestra realidad.
“Un hombre en mi cama” anuncia un futuro cercano: inicia con la descripción de una escena similar a la de la película Historia de fantasmas (David Lowery, 2017) en la que, desde dos ventanas que están de frente, las figuras de dos espectros se miran y se reconocen. En un mundo apocalíptico y desolado donde resulta imposible pasar tiempo en el exterior debido al calor extremo y dañino —incluso mortal—, las cámaras, pantallas y “carros comunicadores” se han convertido en el único vínculo con los otros. Noa, la protagonista, es devota de las imágenes de hombres dormidos. Su mirada, en apariencia inofensiva, se alimenta de la imagen inmóvil del otro, del anhelo de lo imposible, como ocurre en La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata, donde los que observan son ancianos acaudalados, y el objeto de contemplación, bellas jóvenes narcotizadas. Noa vive una situación de distanciamiento social y encierro muy similar a la actual, y debe salir a presenciar un acto singular: la boda de su hermana con un árbol. La situación se complica más tras sufrir trastornos del sueño e ingerir somníferos para tratar de descansar un poco antes de la unión. Experimenta algunas horas en un estado de somnolencia contra la que no puede luchar, hasta que finalmente un sueño pesado, indistinguible de la muerte, la vence.
Lo onírico como dimensión alterna, presente en varios cuentos más, es de suma importancia en el universo narrativo de Solange, preocupación más que comprensible: el acto necesario de dormir, al que dedicamos en promedio una tercera parte de nuestras vidas, culmina en un fenómeno fisiológico intrincado cuyas imágenes hemos tratado de interpretar desde el misticismo, la metafísica e incluso la psicología.
“La historia incómoda que nos contó Olivia el día de su cumpleaños”, narración que ha sido adaptada al teatro, fluye con la noche como telón de fondo para una reunión de celebración que se convierte en lo opuesto. Una ácida crítica social y la clara distinción de clases en una ciudad que divide la opulencia de la miseria son la base de este cuento en el que la figura de una leyenda urbana irrumpe en la vida de la protagonista para trastocarla por completo. Esta aparición, que se anuncia con un toquido particular que llega hasta los asistentes de la fiesta, demanda lo que parecería imposible para la mayoría, pero la protagonista lo resuelve de una forma muy práctica.
Uno de los relatos más tenaces y originales, que actualmente se está guionizando, es “Matadora”: exhibe de forma cruda la violencia de género que revictimiza a las mujeres al cuestionar las razones por las que fueron atacadas o incluso asesinadas. Mediante una triada femenina (madre-hija-gata), Solange dilucida en la ficción cómo nuestra atroz realidad podría llegar a su fin: mediante la revancha. La Matadora sabe de la misoginia y el machismo imperantes, de los abusos sexuales, sobre los feminicidios y la violencia que no se condena ni se castiga porque, para la sociedad, la víctima siempre es la culpable, y no está dispuesta a soportarlo más: “Esto nunca va acabar, pienso con desesperanza, a menos que hagamos algo todas juntas”. Así, en sus rondines nocturnos acecha y ataca a quienes antes eran los cazadores.
“El Atanudos” es otro relato de corte fantástico basado en el folclor ecuatoriano. Aquí, de nuevo, el sueño funge como portal a otra dimensión, y uno de los personajes afirma que “del mundo normal que todos habitamos, entran y salen seres que tienen el propósito de confundirnos”. El Atanudos, ente invisible, se encarga de anudar y entorpecerlo todo: desde la mente hasta el habla, el cabello, las extremidades y los intestinos. Es una especie de maldición que se hace presente mediante un hedor agrio y que se debe endilgar —o heredar— a alguien más para quedar libre, labor que incluso se puede realizar mediante el hecho de narrar la historia.
El último cuento da título al libro y es un cierre magnífico. En él, una pareja en fuga trata de llegar a Las Vegas fingiendo el secuestro de la mujer para poder cobrar una recompensa. Una notable diferencia de edad, reflejada en sus cuerpos y en los actos inmaduros del joven, permiten percibir lo que le ocurre a la protagonista, quien se estremece tanto por el abandono —y la doble estafa— del quien fuera su nueva pareja como por la aparición de un ente sobrenatural en su vieja habitación de hotel, y este avistamiento no le produce el sentimiento esperado de terror, sino una profunda tristeza. El sitio cuenta con su propio Pequeño Museo Norteamericano de la Muerte, en el que se le rinde tributo a criminales de la talla de Bonnie Parker, quien, junto con Clyde Barrow, conmocionó a la sociedad norteamericana cien años atrás. La sabiduría de una de las empleadas del sitio afirma que “si una deja que le decidan la vida, una se llena de odios, de fantasmas”.
En este catálogo de mujeres tan distintas como sus historias, atravesadas por rayos de oscuridad y negruras íntimas, familiares, encontramos una naturaleza aparentemente ajena pero que nos habita en lo más recóndito, que forma parte de nosotros sin saberlo. Estas instantáneas muestran diversos universos que van desde lo conflictivo de las relaciones interpersonales hasta los enfrentamientos con nosotros mismos, así como parejas en un choque continuo por la constante necesidad de evitar la soledad y el abandono, por lograr sobrevivir a costa del otro.
Los fantasmas presentes en este libro son entes multiformes, convicciones, creencias de quienes los vuelven visibles, existencias alarmantes que traen consigo el pasado, los errores, los secretos y el dolor que se creían ya olvidados. Representan diversos matices del inconsciente y de lo inexplicable que, sin embargo, resulta más real que lo concreto; lo escalofriante no reside en contemplarlos, sino en saberlos posibles.
Solange trabaja de forma creativa y original una escala del terror que colinda con la nostalgia y la pesadumbre. Su inventario fantasmagórico —de seres que no terminan de encajar, que no encuentran su sitio para estar—, nos desvela algunos de sus intereses y obsesiones, como la labor que ha adoptado para reivindicar la figura femenina dentro de la literatura.
Para conocer más sobre esta autora y su extraordinario mundo creativo, su bitácora titulada “El lugar de las apariciones” es una amplia colección de peculiares imágenes acompañadas de textos únicos, como la fotografía a blanco y negro de una persona cubierta con una sábana blanca y dos agujeros en forma de círculo a la altura del sitio donde deberían estar sus ojos: “Lo cierto es que tosemos fantasmas que tenemos atascados. Nos los sacamos de la solapa con un gesto de la mano y borramos sus vestigios cuando nos frotamos los párpados. En los intersticios de los dientes siempre nos quedan fantasmas y también bajo las uñas…”.
Durante la cuarentena, “el valor de capitalización bursátil de 20 farmacéuticas ha crecido 194,360 millones de dólares” (Méndez, 2020), y resulta evidente cuán redituables son las farmacéuticas que recuperan su sentido más etimológico, en tanto remedio/veneno que en búsqueda de una sustancia capaz de aminorar los padecimientos de esta pandemia, también desestabilizan aparatos políticos y económicos.
Ya desde hace años, la industria dedicada a la producción y distribución de sustancias médicas ha desarrollado mecanismos para aumentar sus ganancias que, para el 2017, se estimaron en 1,11 billones de dólares (AIMFA, 2018). Y si ese mercado legal resulta rentable, en el mismo periodo, Global Financial Integrity reportó que el tráfico de drogas generaba 426 billones de dólares (Clough, 2017). Bajo las regulaciones, o desde el margen legislativo, los medicamentos se posicionaron como el elemento indispensable para la vida orgánica.
La genealogía de la moral de los fármacos
Si algo ha marcado la genealogía de los fármacos es lo contradictorias que resultan las fronteras para aceptar el consumo de algunas sustancias. Aunque nuestra época parece tener delimitado el problema, estas separaciones se diluyen en algunas prácticas cotidianas que se revisarán más adelante. Por ahora es importante recuperar un breve repaso de algunas sustancias que han sido censuradas, pero tras un largo periodo, fueron consideradas como fármacos en Occidente, a partir de la modernidad y su proyecto emancipatorio-colonial en las américas.
El Caribe sacudió a Europa con el tabaco, y México agitó la controversia sobre el chocolate y sus propiedades curativas. Para 1631 se publicó en Madrid el Curioso tratado de la naturaleza y calidad del Chocolate1, del médico Antonio Colmenero de Ledesma, quien describía la preparación, usos medicinales y hasta una reflexión filosófica:
en el Cacao hay diferentes sustancias, en las unas, es a saber en las no tan grasas, hay más cantidad de lo mantecoso que de lo terrestre; y en las partes grasas hay más de terrestre que de oleaginoso. En estas hay calor y humedad (sic) predominio, y en aquellas (,) frialdad y sequedad. (Ledesma, 1631, pág. 12).
Con este tratado, el chocolate se clasificó como un fármaco que, al popularizarse en Europa, cuestionaba las reacciones corporales que causaba; la sensación placentera y “adictiva” del cacao, junto con un jocoso origen americano, llevó a la estigmatización de la sustancia que se relacionaba incluso con la lujuria. Elementos que se diluyeron a través de los siglos, hasta que, ahora, con los cuestionamientos sobre el consumo de azúcar, se ha regresado a algunas de las discusiones al respecto.
Junto con el alcohol, la cafeína también fue motivo de polémica, mientras que se apropiaban de muchos de los espacios de sociabilidad. En el siglo XIX, los cafés y bares se volvieron los personajes principales de la vida de una ciudad.
No solo se trata de la sustancia que altera el estado de ánimo, sino de todo lo que posibilita y la escena que se crea, tal como lo demuestra la cadena de venta más grande del mercado de café en taza: Starbucks, cuyo producto principal es la experiencia.
El chocolate, la cafeína, el tabaco y el alcohol son las sustancias que lograron superar la genealogía moral que las persigue, y se convirtieron en industrias legales que no están exentas de cuestionamientos, pero que han entrado en la “hegemonía del poder farmacopornográfico que se vuelve explícita a finales del siglo XX y hunde sus raíces en el origen de la modernidad capitalista, en las transformaciones de la economía medieval de finales del siglo XV que darán paso a las economías industriales, a los Estados-Nación y a los regímenes de saber científico-técnicos occidentales”. (Preciado, 2008, pág. 112)
Si como se menciona al inicio de este texto, la industria farmacéutica y el tráfico de drogas suman ganancias estratosféricas, agregar los beneficios económicos del chocolate, la cafeína, el tabaco y el alcohol, solo nos haría más evidente la inmensidad de los flujos de capital que circulan en torno al cuerpo y sus alteraciones; además abriría la pregunta sobre cuántas y cuáles son las sustancias que intervienen en el cuerpo; desde la industria alimenticia y la química en los alimentos, hasta la cosmética y el cuidado higiénico que rodean la producción y presentan una amplia polémica para categorizarlas.
Entre ilegalidad y normalización: sociedad sustancializada
Todas las mañanas, corre porque la endorfina es el mejor café para despertar; luego de la rutina de ejercicios toma jugo de soya y un cóctel completo: el multivitamínico, las pastillas naturales para mejorar la digestión, un poco de espirulina para aumentar la actividad física, ginseng para la memoria, una tableta de calcio para prevenir la osteoporosis, una aspirina para evitar infartos, una tableta efervescente para la gastritis, unas gotas para nivelar la presión, una pastilla para el cólico y un parche antinconceptivo.
A veces toma las pastillas que le recomendó el psiquiatra, pero no le gusta “abusar” porque dicen que crean adicción. A su bebida añadió vitamina A y C, para prevenir los resfriados; el jugo es de soya porque “aminora” los síntomas de la menopausia. Después del cóctel, solo come un poco de fruta, pues prefiere lo natural.
De camino al trabajo, piensa que necesita un chocolate caliente, aún no entiende esa necesidad repentina de la “sustancia” cuando está “en sus días”, aunque a manera de una masturbación alimenticia, cambia el chocolate por una barra nutricional; hay que darle placer al cuerpo, pero de manera controlada. El cuidado de su dieta está relacionado a su predisposición genética para desarrollar múltiples enfermedades, por ello, a través de dispositivos, desde los más sencillos a los más sofisticados, le han realizado pruebas para medir los niveles de las sustancias de su cuerpo y sustituirlas o compensarlas con fármacos.
Desde pequeña tiene todas las vacunas y asiste a las revisiones periódicas; los médicos examinaron cada parte de su cuerpo: contaron los dedos, midieron, pesaron, analizaron su sangre, examinaron sus reflejos, cuidaron su cuerpo de las “malformaciones”, la vacunaron contra el tétanos, sarampión, rubiola, escarlatina, y recibió alguna inyección que le dio un alergólogo. Se trata de una tecnología volcada al servicio de la normalidad, cualquier cosa se puede ampliar con una lente, sobre todo las igualdades y las diferencias, así se pueden “arreglar los defectos”.
Como en este relato, los fármacos sostienen la narrativa que ha pretendido estandarizar al cuerpo y sus reacciones. Lo mismo la conducta que los niveles de química corporal, la obsesión práctica que aspira a un cuerpo óptimo y deseable se traduce en comportamientos que reproducimos en nuestros modos de vida.
Hasta aquí la ¿ficción? para seguir con las preguntas: ¿se puede liberar el cuerpo de los fármacos que parecen necesarios para nuestros modos de vida?, ¿cuáles son los límites que posibilitan el uso de algunas sustancias y el desprecio por otras? Estamos en un mundo que coincide en la condena hacia algunos productos de este tipo, pero que ha creado mecanismos de argumentación científica para moldear las conductas a partir de las bases de esos mismos fármacos. Ejemplo de lo anterior es el creciente uso de medicamentos para atender el TDH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), en especial, el aumento del consumo de Adderall.
El uso de los fármacos para la regulación de la conducta y la personalidad se normalizó a finales del siglo XX, y la psiquiatría ha encontrado en el proyecto de felicidad, impuesto por el capitalismo, un objetivo alcanzable a través del control de la química cerebral.
Como condena, menester o sociabilidad, los fármacos diversifican sus estrategias de consumo y modelan la moral en turno. Con esto no se está obviando que algunas sustancias tienen fuertes e inmediatas repercusiones a la salud, por el contrario, lo que se propone es poner énfasis en sus usos sociales y los aspectos que se consideran para su incorporación en los flujos de capital.
Como se expuso al inicio, el consumo de algunas sustancias que fueron consideradas como dignas de prohibición, hoy se han normalizado. Sin embargo, es interesante observar que la producción y distribución de fármacos ha estado relacionada con la ilegalidad, al menos, desde la Edad Media, cuando “la inquisición condena a los cultivadores, recolectores, y conocedores de preparaciones a base de plantas, considerándolos brujas, alquimistas, parteras, herejes o desviantes satánicos” (Preciado, 2008), figuras que al margen de la naciente sistematización del conocimiento médico, guardaban experiencias colectivas, por lo que “se inicia así un proceso de expropiación de saberes populares, de criminalización de germoplasmas vegetales que culminará en la modernidad con la persecución del cultivo, el uso y el tráfico de drogas” (Preciado, 2008).
Un ejemplo de lo anterior es el cannabis, que ha permanecido dentro de las sustancias enjuiciadas debido a razones socio-culturales, sin tomar en cuenta sus efectos a la salud o al comportamiento; no obstante, que en algunas ciudades ha sido legalizado el consumo y/o la venta, esta planta solo ha conseguido entrar al diorama de “la progresiva transformación de los recursos naturales en patentes farmacológicas y la confiscación de todo saber autoexperimental de administración de sustancias por las instituciones jurídico-médicas.” (Preciado, 2008)
La moralidad de las sustancias parece definirse por una normalización, también depende de la posibilidad de cuerpos productivos y adaptados para mantener las configuraciones político-económicas de cada tiempo, y que se expresan en actos como los relatados previamente. De esta manera, y como propone Sayak Valencia en Capitalismo Gore (2010), las estrategias de producción, distribución y consumo de sustancias, replican los mecanismos de carácter expansivo y estándares de calidad propuestos por el capitalismo institucionalizado-legal.
Las estructuras de poder que imitan a los sistemas empresariales, también exponen los riesgos de la base de la pirámide, en este sentido, los cuerpos “de los disidentes distópicos (…) son ahora quienes detentan —fuera de las lógicas humanistas y racionales, pero dentro de las racionalistas-mercantiles— el poder sobre el cuerpo de la población, creando un poder paralelo al estado sin suscribirse plenamente a él, al tiempo que le disputa su poder de oprimir.” (Valencia, 2012, pág. 98)
El auge del saber técnico en torno a la normalización del cuerpo se basa en una idea de salud atravesada por valores éticos, políticos y estéticos, por lo que genera una industria farmacéutica con variantes médicas, cosméticas y conductuales. Ahora tenemos fármacos para todo, ya sea el blanqueamiento de piel, la regulación de la masa corporal, la higiene, la disfunción eréctil, o la ansiedad. En este sentido, el sistema de valores que guía a la investigación científica que se aleja de la búsqueda de “remedios” para las enfermedades y se centra en la homogeneización del cuerpo y sus conductas, conforma su ideal en valoraciones subjetivas que aún se encuentran en tensión, pero que se reafirman de acuerdo con el sistema hegemónico.
Está por demás decir que la salud, el ocio, e incluso la identidad y otras formas de subjetivación se envasan y compran en las estanterías de las farmacias, se tiñen con ellas, se incorporan al baño y la limpieza diaria, también se comen e introducen en nuestros cuerpos y en los rituales cotidianos.
La sociedad que ha sido pensada como confortable, está repleta de fármacos y sustancias para simular nuestra accesibilidad al discurso de la normalidad de los cuerpos. La producción laboral se sitúa en el centro de la configuración de lo de deseable y nuestras capacidades físicas y psicológicas estarán mediadas por la eficiencia profesional. Todo rasgo que queda fuera de los estándares puede ser modificado a través del diseño químico.
Referencias
AIMFA, A. d. (2018). Top 10 compañías farmacéuticas 2018 a nivel mundial. Obtenido de https://www.aimfa.es/top-10-companias-farmaceuticas-2018-nivel-mundial/
Clough, C. (2017). Transnational Crime is a $1.6 trillion to $2.2 trillion Annual “Business” Finds New GFI Report . Obtenido de https://gfintegrity.org/press-release/transnational-crime-is-a-1-6-trillion-to-2-2-trillion-annual-business-finds-new-gfi-report/
Ledesma, A. C. (1631). Curioso tratado de la naturaleza y calidad del chocolate. Biblioteca Nacional de España. Obtenido de http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000090098&page=1
Preciado, P. (2008). Testo Yonqui. Sexo, drogas y biopolítica . España: Espasa-Calpe .
Valencia, S. (febrero de 2012). Capitalismo Gore y necropolítica en México contemporáneo . (GERI-UNAM, Ed.) Relaciones Internacionales(19). Obtenido de https://revistas.uam.es/relacionesinternacionales/article/download/5115/5568/0