Tierra Adentro
“Corral de locos” de Francisco de Goya. Extraída de Wikimedia Commons.

 

Capítulo X

Mi primera cena

 

 

Al terminar la examinación, oímos a alguien gritar, “Salgan al corredor”. Una de las pacientes nos explicó que esta era una invitación a cenar. Las recién llegadas tratamos de mantenernos juntas, así que salimos al pasillo y nos quedamos de pie en la puerta donde se habían reunido todas las mujeres. ¡Nos temblaba todo el cuerpo! Las ventanas estaban abiertas y la corriente pasaba zumbando a lo largo del corredor. Las pacientes se veían azules de tanto frío y los minutos se convirtieron en cuartos de hora. Al fin una de las enfermeras pasó al frente y abrió la puerta, por la cual nos amontonamos todas para llegar al rellano de una escalera. De nuevo, vino una larga espera directamente frente a una ventana abierta.

—Qué imprudencia de las cuidadoras dejar a estas mujeres mal abrigadas paradas en el frío —dijo la Srta. Neville.

—Es verdaderamente brutal —agregué, mientras observaba a las pobres locas cautivas.

Mientras esperaban en la intemperie, pensé para mis adentros que no disfrutaría la cena esa noche. Se veían tan desesperadas y perdidas. Algunas cuchicheaban palabras sin sentido a personas invisibles, otras se carcajeaban o lloraban sin propósito y una mujer vieja de pelo grisáceo me estaba dando empujones y; a base de guiños, asintiendo sabiamente la cabeza y levantado lastimeramente los ojos y las manos, me reconfortaba diciendo que no les prestara atención a las pobres criaturas, pues todas estaban locas.

—Paren el alboroto —nos ordenaron— y fórmense en una línea, de dos en dos. Mary, agarra una compañera. ¿Cuántas veces debo de decirles que se formen? Quédense quietas —y, conforme nos dictaban órdenes, propinaron varios empujones y de vez en cuando, una bofetada en las orejas. Después de este tercer y último alto, marchamos al interior de un comedor largo y estrecho, donde todas se apresuraron a tomar asiento en la mesa.

La modesta mesa, desprovista de mantel o decoraciones, ocupaba el largo del cuarto. Colocaron unas bancas largas sin respaldos y las pacientes tuvieron que ingeniárselas para pasar las piernas sobre estas y sentarse de frente a la mesa. A lo largo de la mesa, acomodados uno junto al otro, había varios cuencos llenos de una sustancia rosácea que las pacientes llamaban té. Junto a cada cuenco pusieron un grueso pedazo de pan embarrado de mantequilla. Un plato pequeño con cinco ciruelas pasas acompañaba al pan. Una mujer gorda se apresuró y arrebatando varios platos de las personas a su alrededor, vacío sus contenidos en su propio plato. Luego, mientras se aferraba a su cuenco con una mano, con la otra levantó el cuenco de al lado y engulló el líquido de un solo trago. Hizo lo mismo con un segundo cuenco en un abrir y cerrar de ojos. Estaba tan entretenida con sus capturas victoriosas que cuando miré mi porción, la mujer del lado opuesto ya había tomado mi pan sin pedir permiso ni perdón, y me dejó con las manos vacías.

Otra paciente, al ver esto, amablemente me ofreció el suyo, pero lo rechacé dándole las gracias y le pedí más a la enfermera. Tras arrojar un pedazo grueso en la mesa, aprovechó para recalcar el hecho de que había olvidado donde estaba mi hogar pero no había olvidado cómo comer. Probé el pan, pero la mantequilla estaba tan rancia que me resultó imposible comerlo. Una chica alemana de ojos azules al lado opuesto de la mesa me dijo que podía pedir pan sin mantequilla si así lo deseaba y que muy pocas de ellas eran capaces de comer aquella sustancia. Centré mi atención en las ciruelas pasas y me di cuenta que bastaba con unas cuantas. Una paciente me pidió que le diera mis ciruelas. Y lo hice. Mi cuenco de té era todo lo que me quedaba. Lo probé, y una probada fue más que suficiente. No tenía azúcar y sabía como si lo hubieran preparado en cobre. Estaba más desabrida que el agua. También le transfirieron esto a una paciente más hambrienta, a pesar de los quejidos de la Srta. Neville.

—Debes de comer algo —dijo—, si no vas a enfermarte y quién sabe, en un lugar así, puede que enloquezcas. Para una mente sana debes de cuidar a tu estómago.

—Me es imposible comer esa cosa —respondí y, a pesar su insistencia, no comí nada aquella noche.

No tomó mucho tiempo para que las pacientes se acabaran todo lo que era comestible sobre la mesa y luego nos ordenaron formar una fila en el pasillo. Una vez formadas, quitaron el seguro de las puertas y nos ordenaron regresar a la sala de estar. Muchas de las pacientes nos rodearon y tanto ellas como las enfermeras me pidieron que tocara algo. Para complacerlas, acepté tocar mientras la Srta. Tillie Mayard cantaba. La primer cosa que me pidió tocar fue “Rock-a-bye Baby”, y así lo hice. Ella cantó espléndidamente.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

La primera vez que me encontré con los nombres de las bombas atómicas tenía doce o trece años. Estaba leyendo una serie de fantasía llamada El círculo del crepúsculo. El segundo libro termina con el bombardeo de Hiroshima. El protagonista, amigo del emperador Hirohito, sobrevive a la explosión, que en el libro es parte del plan siniestro de El círculo del crepúsculo para dominar el mundo a través de sembrar el caos antes del año 2000.

Han pasado más de quince años desde que leí esos libros, pero están frescos en mi memoria. Recuerdo cuando leí el nombre de las bombas Little Boy y Fat Man. En ese momento, más que impresionarme, me pareció irónico, casi gracioso, que alguien llamara así a un arma de tal poder. Ahora me da vergüenza haber encontrado cómicos esos nombres porque como más los pienso, más me incomodan. Me parece retorcido y terrible llamar de esa forma a un arma con la capacidad de matar al instante a decenas de miles de personas. Es más, ¿por qué recordamos los nombres de las bombas antes que los de las víctimas?

Sé que la frase de Hannah Arendt no se refería a esto precisamente, pero, ¿no es esto otro tipo de banalidad del mal?

*

Repasemos los hechos, los números, los nombres propios. Hace 75 años, el 6 de agosto de 1945 a las 8:15 de la mañana el B-29, llamado Enola Gay sobrevolaba Hiroshima. Un único avión, recuerdan los sobrevivientes, que no llamó su atención porque pensaron que pasaba de largo hacia otra ciudad. Sin embargo, la aeronave abrió sus compuertas y, al encontrarse sobre su blanco, el puente Aioi, dejó caer a Little Boy, una bomba atómica de uranio que al cabo de 45 segundos explotó a 580 metros sobre la ciudad. El avión dio vuelta. Mientras se alejaban, la tripulación observó la nube en forma de hongo y el centro aplanado de la ciudad. El radio de destrucción fue de 1.6 km, pero el área de las tormentas de fuego se extendió por lo menos 11 km². Cerca del 30% de la población de la ciudad (entre 70 y 80 mil personas) murieron instantáneamente. Media hora después de la explosión, comenzó a llover, una lluvia negra que cayó sobre los sobrevivientes.

Tres días después, el 9 de agosto, el B-29 Bockscar no tenía como objetivo la ciudad de Nagasaki, sino Kokura, pero esta se encontraba cubierta de nubes, así que decidieron bombardear el objetivo secundario. Eran las 10:53 de la mañana, las autoridades japonesas creyeron que los aviones se encontraban en una misión de reconocimiento y no sonaron las alarmas. A las 11:01 se despejaron las nubes y Bockscar soltó a Fat Man, una bomba atómica de plutonio. Explotó a una altura mayor, así que los daños fueron menores que en Hiroshima, pero entre 35 y 40 mil personas murieron al instante.

El 14 de agosto el emperador Hirohito anunció la capitulación de Japón:

El enemigo ha empezado a utilizar una bomba nueva y sumamente cruel, con un poder de destrucción incalculable y que acaba con la vida de muchos inocentes. Si continuásemos la lucha, solo conseguiríamos el arrasamiento y el colapso de la nación japonesa, y eso conduciría a la total extinción de la civilización humana.

*

En el centro de Hiroshima se encuentra la Cúpula de la Bomba Atómica, el único edificio que quedó de pie en el hipocentro de la explosión. El edificio se construyó en 1915 y era una sala de exhibiciones, diseñada para aguantar grandes terremotos, así que, aunque quedó justo debajo de la bomba, sus columnas verticales resistieron y no perdió su forma. Toda la gente en su interior murió al instante. Las varillas de metal que forman el domo quedaron expuestas, todas las ventanas explotaron, pero la mayor parte de la estructura quedó intacta y así se preserva hasta el día de hoy.

Alrededor de este domo se estableció el Parque Conmemorativo de la Paz, donde cada 6 de agosto se lleva a cabo una ceremonia conmemorativa para consolar a las víctimas del bombardeo y rezar por la paz mundial. A las 8:15 de la mañana se guarda un minuto de silencio y por la noche se lleva a cabo la Ceremonia de las Farolas, durante la que se sueltan en el río cientos de farolas de papel inscritas con mensajes de paz para despedir a los espíritus de las víctimas.

En el parque hay muchos otros símbolos y monumentos, por ejemplo, el Museo Memorial de la Paz que reúne objetos y testimonios de los sobrevivientes. En una de las vitrinas se guarda un reloj detenido justo a la hora que se detonó la bomba. Barack Obama visitó el museo y el parque en 2016. Junto con el Primer Ministro Abe caminó hasta el cenotafio donde están escritos los nombres de las víctimas, dejó una corona de flores y guardó un minuto de silencio. Detrás de este monumento se encuentra la Flama de la Paz, que se encendió en 1964 y permanecerá prendida hasta que el planeta esté libre de la amenaza de una aniquilación nuclear. Obama no ofreció una disculpa por el bombardeo y Japón declaró que no habían buscado una, sino que tomaban esa visita como una oportunidad para sanar viejas heridas y redoblar el compromiso de desnuclearizar el mundo. Durante la ceremonia Obama dijo: “El recuerdo de la mañana del 6 de agosto de 1945 nunca debe desaparecer. Ese recuerdo nos permite luchar contra la autocomplacencia. Aviva nuestra imaginación moral. Nos permite cambiar”.

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En 1959, Mitsuo Fuchida, un piloto que formó parte del ataque sorpresa a Pearl Harbor, se reunió con el General Paul Tibbets, comandante del Enola Gay, y le dijo: “Hicieron lo correcto. Tú sabías cuál era la actitud de los japoneses entonces, qué fanáticos eran, morirían por el Emperador… Todo hombre, mujer y niño habría resistido la invasión con palos y piedras de ser necesario… ¿Puedes imaginar la matanza que habría provocado una invasión? Habría sido terrible. Los japoneses saben más de esto que los americanos”.

El debate alrededor de las bombas atómicas se centra sobre la pregunta de si eran realmente necesarias para terminar la guerra del Pacífico. De esta pregunta nacen muchos de los conflictos morales, legales y militares de este hecho histórico, cuya interpretación está todavía en el aire. Durante mucho tiempo los Estados Unidos han argumentado que se estimaban casi medio millón de muertes de soldados estadounidenses si se llevaba a cabo una invasión de isla en isla. La guerra se habría extendido mucho tiempo más. Al juzgar la precisión de estos números, algunos historiadores opinan que son una exageración, mientras que otros creen que el saldo podría haber sido incluso mayor.

Otros historiadores con visiones menos indulgentes y algunos almirantes del ejército estadounidense aseguran que para el verano de 1945 Japón ya había perdido la guerra y que sitiar las islas con submarinos podría haber hecho que los japoneses se rindieran sin que fuera necesaria una invasión.

A la par que se hacían estimaciones para todos estos planes, los japoneses estaban intentando que Rusia fungiera como mediador del conflicto. Sin embargo, Rusia declaró que lucharía de parte de los Aliados el 9 de agosto. Hay historiadores que opinan que este hecho, más que las bombas, fue lo que convenció a los japoneses de rendirse.

Durante el resto de su vida, el expresidente de los Estados Unidos Harry S. Truman se quejó de esta pregunta y defendió la decisión de utilizar las bombas atómicas, pero, según uno de los miembros de su gabinete que estaba presente en ese momento, el 10 de agosto Truman dijo que no le gustaba la idea de matar a “todos esos niños”. Este debate me recuerda que la historia raramente es fija y que la reescribimos una y otra vez desde el presente.

 

ilustración por Eduardo Ramón Trejo

ilustración por Eduardo Ramón Trejo

Se calcula que a causa de la explosión en los meses subsecuentes murieron entre 90 y 140 mil personas en Hiroshima y entre 60 y 80 mil personas en Nagasaki debido a heridas, quemaduras y envenenamiento por radiación, al que se le llamó “enfermedad de bomba atómica”. El número de supervivientes o hibakusha es mucho mayor: se han reconocido 850 mil personas, de las cuales sólo 145 844 todavía están vivas.

Durante la ocupación de Japón, los Estados Unidos prohibieron que se hablara sobre las consecuencias de las bombas y los sobrevivientes tenían que ocultar su condición. Este secretismo y la creencia de que la enfermedad de radiación era contagiosa, ha causado que los sobrevivientes y sus hijos sufran discriminación a pesar de que la mayoría de los estudios han concluido que los hijos de hibakusha no presentan alteraciones genéticas o enfermedades a causa de la radiación.

Entre los hibakusha más famosos se encuentra Tsutomu Yamaguchi, el único reconocido como nijū hibakusha, que significa que sobrevivió a ambos bombardeos. Se cree que al menos 200 personas dejaron Hiroshima después de la explosión para refugiarse en Nagasaki. Yamaguchi vivía en Nagasaki, pero se encontraba en Hiroshima en un viaje de trabajo. El 6 de agosto estaba preparándose para salir de la ciudad y se encontraba a sólo 3 km del hipocentro cuando se detonó la bomba. Aunque sufrió quemaduras, sobrevivió y junto con sus colegas buscó refugio. Al día siguiente partió hacia Nagasaki, donde llegó el 8 de agosto por la noche. En el momento en que la segunda bomba explotó, Yamaguchi se encontraba en su trabajo describiendo el primer bombardeo, de nuevo a 3 km del hipocentro. Una vez más sobrevivió. Perdió la habilidad de oír del lado izquierdo, pero por lo demás vivió una vida sana hasta que murió de cáncer en el 2010 a los 93 años.

Mucho menos afortunado fue el caso de Sadako Sasaki, otra célebre sobreviviente que tenía apenas dos años en 1945. La onda de choque la catapultó por la ventana, pero la bebé sobrevivió sin heridas aparentes. Diez años después, le diagnosticaron un tipo de leucemia maligna debido a la exposición a la radiación. Murió menos de un año después el 25 de octubre de 1955. Sus compañeros y amigos hicieron una colecta para erigir un monumento en su memoria y en 1958 se desveló una estatua de Sadako sosteniendo una grulla de origami dorada en el parque Conmemorativo de la Paz en Hiroshima. Durante los meses antes de su muerte, Sadako se propuso la meta de doblar mil grullas de origami, puesto que, según una leyenda, de lograrlo podría pedir un deseo. Su familia cuenta que Sadako logró su objetivo y que, de hecho, dobló al menos 300 grullas más, pero su deseo no se hizo realidad.

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En el 2007 un grupo de intelectuales de Hiroshima creó una organización no oficial llamada The International Peoples’ Tribunal On the Dropping of Atomic Bombs On Hiroshima and Nagasaki y el 16 de julio del mismo año emitieron un veredicto. Al tomar en cuenta la exterminación indiscriminada de toda forma de vida en las ciudades y el sufrimiento innecesario que le causó a los sobrevivientes, el tribunal encontró que el uso de las armas nucleares debía considerarse como ilegal según el derecho internacional humanitario.

La pregunta en el centro de este veredicto es si deberían considerarse el uso de bombas atómicas como crímenes de guerra. Sin embargo, ninguno de los tratados o protocolos que se han rectificado durante el siglo XX condena el uso de armas nucleares. En casos como las Conferencias de la Haya es porque la idea de este tipo de armas ni siquiera existía y al leer todos estos tratados con cuidado, uno se encuentra con que pueden interpretarse de muchas maneras. La pregunta es entonces si más allá del derecho internacional, podemos como humanidad condenar el uso de las armas nucleares. Peter Kuznik, el director del Instituto de Estudios Nucleares de la American University, le escribió a Truman que los bombardeos nucleares de Japón no eran un crimen de guerra, sino un crimen contra toda la humanidad.

Leo Szilárd, quien tuvo un papel central en el Proyecto Manhattan, declaró en 1960 que, si los alemanes hubieran usado la bomba atómica sobre dos ciudades de Estados Unidos, por ejemplo, Buffalo y Rochester, y luego hubieran perdido la guerra se les habría condenado por crímenes de guerra en Nuremberg.

En el documental The Fog of War, el antiguo secretario de defensa de Estados Unidos Robert S. McNamara habla sobre este hecho y se pregunta cómo puede ser que una acción sea inmoral si se pierde la guerra y no inmoral si se gana.

No hay que olvidar que los vencedores son los que presiden los tribunales y escriben la historia.

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Después del bombardeo de Hiroshima, Tokio tardó varias horas en responder al desastre. Se dice que el emperador y su gabinete no supieron que se había utilizado un nuevo tipo de bomba hasta dieciséis horas después cuando el presidente Truman lo anunció desde la Casa Blanca. Días después, las emisoras de radio en Tokio describían la devastación: “Prácticamente todas las cosas vivas, humanos y animales, se quemaron hasta la muerte”.

Aunque esto es cierto, algunas cosas vivas sobrevivieron. Entre ellas, 170 árboles en Hiroshima y 50 en Nagasaki, que se han regenerado a lo largo de todas estas décadas. Se les llama Hibakujumoku, los árboles sobrevivientes, y han sido preservados como monumentos vivientes alrededor de la ciudad. Uno puede encontrar una lista de los especímenes en internet, pero algunos de los más famosos son los seis ginkgos que se encontraban a 1.6 km del hipocentro y que se han convertido en un símbolo de esperanza. Otro es el eucalipto que se encontraba a 740 m de la explosión en el castillo de Hiroshima, construcción que quedó destruida, mientras el árbol sobrevivió.

Otro árbol que salió ileso fue el llamado bonsái Yamaki, un pino blanco japonés que se cree fue sembrado en 1625 y se encontraba a tres kilómetros de la explosión en la casa de la familia Yamaki. Desde 1975, el bonsái se encuentra en el Arboretum Nacional de Estados Unidos en Washington D.C.

Después del bombardeo de Hiroshima se creía que nada volvería a crecer en el sitio por al menos tres décadas, pero, para la sorpresa de los habitantes, la primavera siguiente las adelfas florecieron y se convirtieron en su flor oficial, como símbolo de que la ciudad y sus habitantes podrían recuperarse después de la tragedia.

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Dos días después del bombardeo de Nagasaki, el presidente Truman declaró: “El único idioma que parecen entender es el que hemos estado usando para bombardearlos. Cuando se lidia con una bestia, hay que tratarla como una bestia. Es lamentable y, sin embargo, es verdad”. Esta cita ilustra muy bien que los estadounidenses habían deshumanizado a su enemigo hasta el grado de que frente a ellos no había personas, sino animales. Esto hizo que la decisión de matar a cientos de miles de personas fuera más fácil de tomar.

Escribo esto después de cuatro meses de encierro por la pandemia, un fenómeno que ha golpeado a toda la humanidad a la vez. Es un momento histórico diferente, donde no existe otro, ni un enemigo, sólo muchos seres humanos pasando por un encierro similar, un dolor similar. No puedo ser empática con la deshumanización del adversario que sucede durante la guerra. Tal vez por eso me impresionó tanto una entrevista que vi en YouTube con Theodore “Dutch” Van Kirk, navegante del Enola Gay.

En ella cuenta cómo Paul Tibbets, el piloto y comandante del Enola Gay, lo buscó para una misión que, si no terminaba con la guerra, por lo menos la acortaría. Sobre la bomba dice: “Dejamos caer la bomba y salvamos muchas vidas. Nuestras y de los japoneses, habría sido un baño de sangre si hubiéramos invadido Japón. Ellos sabían que estábamos en camino, sabían exactamente adónde llegaríamos y sus armas nos estaban esperando”. En el video narra la misión, la visión de Hiroshima destruida, “aplanada”, desde las alturas mientras se alejaban, el hongo atómico detrás de ellos.

Al final cuenta que, cuando los niveles de radiación de Nagasaki bajaron lo suficiente, él fue enviado a la ciudad. La entrevista termina con estas palabras: “Después de la guerra, muchas personas viajaron a Japón para visitar Hiroshima y Nagasaki. Fue cuando estuve apostado en Nagasaki que vi uno de los momentos más tristes de la guerra. Estábamos de pie, hablando entre la ciudad destruida, aplanada, cuando un autobús se detuvo cerca. Se bajó un soldado japonés, de regreso, en busca de su hogar. ¿Qué le dices a ese hombre? Fue uno de los momentos más tristes de mi vida”.

Y allí, con esas palabras, el enemigo deshumanizado, bestial, al que Van Kirk y el resto de los estadounidenses se habían enfrentado, vuelve a ser humano. Un soldado más que regresa a una ciudad destruida en busca de su hogar. ¿Qué le dices a ese hombre? ¿Qué consuelo puedes ofrecerle?

*

El nivel de aprobación del uso de las bombas atómicas ha disminuido constantemente desde 1945, cuando el 85% de los estadounidenses aprobaban el bombardeo. En cambio, para 2015 la aprobación había disminuido hasta el 57%. Sobre todo, la gente joven es la que desaprueba.

Sin embargo, en el 2017 la universidad de Standford realizó un estudio donde preguntó si la gente aprobaría el uso de una bomba atómica en la situación hipotética de que mataría a 100 mil iranís, pero evitaría una invasión en la que morirían 20 mil soldados estadounidenses. El 67% contestó que aprobarían el uso de una bomba atómica en estas circunstancias.

Al leer estos números pienso en un momento durante los Juicios de Crímenes de Guerra de Tokio, en 1946. El jurista Radhabinod Pal citó las palabras del Emperador Guillermo II de Alemania que dijo que para terminar la primera Guerra mundial era necesario que “todo pasara por el fuego y la espada; hombres, mujeres, niños y ancianos tendrán que sacrificarse y no habrá árbol o casa que se mantenga en pie”. Pal concluye que “la política indiscriminada de matar en pos de acortar la guerra es considerada un crimen. Durante la Guerra del Pacífico, si hubo un momento semejante a la carta del Emperador alemán fue la decisión de los poderes Aliados de usar la bomba. Las generaciones futuras lo juzgarán”.

Setenta y cinco años después, Little Boy y Fat Man siguen siendo las únicas bombas atómicas que se han usado, pero once países tienen este tipo de armas. A veces me pregunto si ya ha llegado esa generación futura o si todavía seguimos esperando.


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
(Zapopan, 1987) En su carrera como diseñador de revistas y de agencias publicitarias, el jalisciense ha creado un estilo reconocible, vibrante, lleno de referencias nostálgicas pero, paradójicamente, siempre fresco y actual. Sus ilustraciones para revistas como Generación, El Fanzine, Expansión y Tierra Adentro lo colocan como uno de los más creativos diseñadores a seguir.

 

Las representaciones del narcotráfico y las distintas violencias que engloba han aumentado considerablemente en los últimos años. Tal fenómeno parece estar relacionado con la circulación constante de productos audiovisuales que las plataformas mainstream y los medios de comunicación transmiten a diario . Si bien en los años noventa comenzaba a cobrar relevancia la figura del capo por la rápida expansión del narco en la sociedad mexicana, en la actualidad no falta el estreno en la televisión abierta o en Netflix de series que, a forma de biopic, van trazando la vida de los grandes narcos. Su lógica biográfica es lineal: se narra desde que eran unos mozalbetes hasta que, luego de grandes periplos no exentos de asesinatos, traiciones y venganzas, logran amasar dinero, fama y prestigio a través de la delincuencia (El Chapo, El señor de los cielos, Narcos, etc). La popularidad de dichos programas no parece sino remarcar algo: el narco llegó para quedarse.

¿Hemos normalizado tanto la violencia que personajes como El Chapo y Pablo Escobar ya no nos parecen personajes deleznables u objetos de crítica, sino símbolos del heroísmo y la superación personal? La respuesta es compleja. Para muchos de nosotros, que nacimos en los noventa, leer titulares que hablan sobre matanzas o de cómo el crimen organizado ha penetrado y desmantelado el tejido social nos parece algo cotidiano. Enterarnos de cifras y no de nombres (como de los 72 migrantes centroamericanos masacrados por los zetas o de las miles de personas que son desplazadas año con año por la violencia del narco) forma parte de nuestra realidad. Una realidad que, simplificada u obviada por algunas de las series mencionadas, se vuelve tolerable y, en algunos casos, hasta deseada.

Ante semejante panorama, me surgen las siguientes preguntas: ¿cómo representar lo irrepresentable?; ¿es posible que el lenguaje (con sus limitaciones) capture la brutalidad que brilla, justamente, por su carencia de límites?; ¿cómo exponer el despojo paulatino de los espacios públicos en manos de los cárteles y los logros mínimos por parte de las autoridades en su recuperación?; ¿cómo hablar, en fin, de los muertos y no de sus verdugos, de las pérdidas que han sufrido y siguen sufriendo muchas familias en las manos del crimen organizado?

Han sido notables los casos en la literatura mexicana cuyas páginas exponen las complejidades del narco y sus efectos en la sociedad. Uno de estos casos es Aquí no es Miami, de Fernanda Melchor (publicado originalmente por Almadía en 2013 y reeditado por Random House en el 2017). Eludiendo la presentación de estereotipos y lugares comunes, Melchor opta por escribir un retrato íntimo, fragmentario y a la vez crudo de Veracruz; valiéndose de las herramientas del reportaje y las ventajas de la ficción, traza una cronología que abarca desde la década de los setenta hasta la primera década de este siglo.

Como muchos de sus lectores, mi aproximación inicial a la obra de la veracruzana fue con Temporada de huracanes (2017). Mientras avanzaba en la historia de la Bruja y todos aquellos personajes marginados, criminales y con una sexualidad desaforada, supe que me encontraba con una de las mejores escritoras del panorama mexicano. Fui hipnotizado por su prosa que, sin desdeñar la oralidad y las ventajas de la confesión, conectaba voces, territorios, sensaciones, haciendo de esos párrafos inmensos una danza de imágenes lúgubres y prodigiosas. Al terminar el libro, busqué rápidamente otro para suplir la falta que padecen todos los buenos libros: finalmente se acaban.

En Aquí no es Miami ya son visibles lo temas que a la autora le interesan y le apasionan narrar. A estas alturas, me queda clara la fascinación de Melchor por la violencia y por indagar en los elementos que la propician. Para fortuna nuestra, las crónicas que componen el libro no se limitan a ser un catálogo pormenorizado de oprobios. Todo lo contrario: destacan por la fuerza del lenguaje y sus personajes, los cuales, por alguna u otra razón, se ven arrastrados por la violencia, llámese social, política, familiar o económica. A lo largo de sus páginas, los lectores compartimos el asombro que se lleva la narradora al enterarse de que los supuestos ovnis que veía de niña sobrevolando Boca del Río no eran más que avionetas de narcotraficantes (“Luces en el cielo”), así como el descubrimiento y la constatación de la misoginia en nuestro país, a través de la forma en que se enaltece de un hecho violento (“Reina, esclava o mujer”); no faltan, a su vez, las crónicas que abordan las razones o las circunstancias de alguien que decide meterse al narcotráfico (“Un buen elemento”), así como aquellas que narran los efectos psicológicos de un enfrentamiento armado en la vida de una señora (“Insomnio”). En todos estos relatos, destacan los inicios que obligan al lector a seguir con la crónica para descubrir por qué esa primera escena, como sucede en “Una cárcel de película”:

El traslado inició a las dos de la mañana, en medio de un norte furibundo. Algunos presos ni siquiera alcanzaron a vestirse por completo cuando los agentes federales irrumpieron en las crujías. A golpes y patadas los obligaron a formarse en los corredores, a cubrirse el rostro con los brazos desnudos, a desfilar frente a una valla de soldados que amenazaban con dispararles si se atrevían a alzar la mirada para buscar a sus familiares entre el griterío.

De manera similar a lo que Carlos Velázquez realiza con Torreón en El karma de vivir al norte (2013), las crónicas de Melchor nos permiten trazar una cartografía de su ciudad y de su estado, de cárceles que son desocupadas para grabar la nueva película de Mel Gibson (la ya comentada “Una cárcel de película”) y de aquellos lugares del puerto donde, antiguamente, hubo un gran negocio de mercancías robadas de los barcos (“El cinturón del vicio”). No es vana la comparación entre ambos autores: al igual que Velázquez, Melchor describe el deterioro de un país con un espacio particular; de modo similar al narrador norteño, habla de sus vivencias personales por medio de la historia de los otros (“La casa del estero”). A propósito de lo anterior, Melchor escribe al final del prólogo a esta última edición:

Aquí el lector no hallará ninguna fobia a la subjetividad, ninguna reticencia a sacudir el mecanismo del relato para darles a los hechos humanos un sentido distinto, más próximo al de la experiencia individual que al de la noticia. Tampoco hallará ficción ni fantasía, sólo historias que pudieron ocurrir en cualquier otra parte pero que, quién sabe por qué destino inexorable, no pudieron sino nacer en este sitio.

De acuerdo con Ricardo Piglia, los modos básicos y fundamentales de la narración son la investigación y el viaje. Si ese es el caso, son muchas las indagaciones que se narran en este libro (en torno a la impunidad, a los asesinatos, a la indiferencia), y muchos también son los viajes (los que realiza la autora para recabar información sobre un crimen, los que se ve obligada a realizar a través de los testimonios de los demás). La “subjetividad”, esa palabra tan denostada por cierta clase de periodismo ―aquella que se limita a mostrar cifras, a contabilizar los muertos, a señalar eventos sin reparar en sus circunstancias y las motivaciones de sus implicados― es retomada sin miedos y con destreza. Se sabe: a través de la mirada personal distinguimos solo fragmentos de la realidad. Sin embargo, es justo en la constatación de la imposibilidad de conocer los fenómenos a fondo donde estas crónicas encuentran una de sus mejores armas: “el mundo es ancho y ajeno”, afirmó Ciro Alegría, pero gracias a la escritura se vuelve menos ancho, menos ajeno.

Si en algo encuentran su efectividad los textos de este libro, es en la aseveración de que la violencia, antes de volverse espectáculo o mero titular en el periódico, afecta a ciertos cuerpos, a ciertos sectores de la población. No encontraremos una forma maniquea y limitada de observar el mundo; la frontera entre la maldad y la bondad, entre el amor y el odio, entre el individuo y la sociedad, es borrada y cuestionada constantemente. Exponer la vulnerabilidad a la que se han visto sujetos los veracruzanos y, por ende, los mexicanos, ha sido una tarea que Fernanda Melchor ha logrado con gran maestría y, sobre todo, con gran inteligencia. Es motivo de celebración encontrarnos con libros que nos sacuden de la atrofia con la cual vivimos la mayor parte del tiempo. Solo algo se espera: que Fernanda Melchor siga escribiendo y publicando, seduciéndonos con sus narraciones y obligándonos a explorar esta realidad tan sinsentido donde nos tocó habitar.

 


Autores
Egresado de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM. He sido becario del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Menciones honoríficas en el Concurso Nacional de Cuento “Beatriz Espejo” 2019 y en la Décima Edición del Concurso de Crítica Cinematográfica “Alfonso Reyes Fósforo” 2020.
Ilustración por Tamara Conforti

Nada como las sopas de perro. Sentarse a la mesa y recibir un humeante plato de ese potaje pastoso y oloroso hecho con las sobras del caldo de res del día anterior, engrosado con tortillas cortadas sin la menor simetría y perfumado con una gran rama de epazote. Como si de una comida para batallón se tratara, las sopas de perro son servidas con desgarbo, a grandes cucharadas y sin cuidar las cantidades de verdura, caldo o tortillas que son depositadas en cada ración. El protocolo de las sopas de perro indica agregar chile de tomate como único complemento y comerlas lo más caliente posible. A este placer se le une otro, de esos que sólo es capaz de dar el azar: el premio de encontrar un pedazo de carne o varios garbanzos.

El caldo de res “se hace solo”, dicen las matriarcas de mi familia. Eso quiere decir, en la jerga de esas cocineras, que solo hay que poner una gran olla de agua e ir agregando, en orden y tiempos tiránicos, los ingredientes que conforman la receta. A esta clase de comidas que “se hacen solas” pertenecen el pozole, el menudo, el picadillo rojo y la birria. No así la sopa de fideo o la fatigosa sopa de arroz. La clave del caldo de res radica en que todos los ingredientes deben quedar cocidos en su punto al apagarse el fuego y pueda inaugurarse el ritual de servir cada plato con variedad de colores y texturas en cada uno de ellos. Esta acuciosa repartición de verduras, legumbres, carne y líquido debe olvidarse al día siguiente cuando los restos del caldo de res son transmutados en sopas de perro gracias a los ingredientes que lo remozan.

 

Algunos expertos en la historia de la gastronomía indican que los primeros platillos elaborados de la humanidad fueron las sopas. Caldos de hierbas y carnes que habrían cumplido dos objetivos: ablandar las carnes y preparar de un jalón comida para grupos enteros. Esto daría paso a la necesidad, y después a la elaboración, de cerámica y utensilios más complejos para contener los potajes.

José Vasconcelos asegura que “Donde quiera que ha habido arquitectura, ha existido también filosofía; no se llega a construir con gracia y ligereza, con majestad y armonía, mientras no se conquista, en lo espiritual, el orden armónico y sólido de una doctrina filosófica coherente y comprensiva”.[1]Es posible que este tipo de relación se pueda encontrar entre la cultura y la sofisticación culinaria. En un tazón de sopa está contenida la historia de la humanidad: la domesticación del fuego, de las plantas; los intercambios y aplastamientos entre los pueblos de todas las épocas; las expediciones de los naturalistas que introdujeron especies capaces de transformar —y lo hicieron—culturas enteras; las devastaciones sufridas por los países colonizadores; la historia de pueblos refugiados que huyeron de sus países por las muchas guerras; las memorias de las hambrunas; la búsqueda de milagros para paliar las pestes; el misticismo de los curanderos; la soberbia de los hombres en busca de la juventud y el fuego de los afrodisíacos; también la extinción de especies, sustituidas de forma ridículamente cándida por otras que aún existen para ocultar esa calamidad. Encontramos amalgamas culturales, caprichos de los cocineros, el ingenio de las matriarcas. La sopa es el espejo de la familia que la sirve, una instantánea de su raigambre y reflejo de sus hábitos más exquisitos o de sus costumbres más bárbaras.

El origen de la palabra “sopa” se remonta al germánico occidental, fue latinizada como “suppa” hacia el año 500 d.C., y se refería al platillo de rebanadas de pan remojadas con algún caldo. Las sopas más elaboradas se desarrollarían a partir de estas primitivas sopas. Eso sí, el tipo de pan y del caldo variaba según la condición económica de las familias, tal como sucede con la comida en general desde que dejamos de reunirnos entorno a una gran olla en el fuego y comenzamos a segregarnos por categorías.

La jerarquización se extendió a los alimentos, entonces los ingredientes se volvieron “exóticos” o “de primera”, o, más grotesco aún: “orgánicos”, etiqueta paradójicamente representativa de la industrialización de los alimentos que los llevó a un nivel aséptico, homogeneizado e irrisorio, cuando se proclamó a la tierra como una suciedad ineludible y a los procesos de las plantas, arcaicos.

Se desataron esfuerzos enfermizos por reducir el tiempo a los asuntos más esenciales; por eso los pasos en la elaboración de alimentos fueron encerrados en pastillas de sabor, sobres con ingredientes deshidratados y latas de sopa. La sazón, esa esencia personalísima, huella de nuestra relación íntima con el fuego y los alimentos, dejó de ser un problema y se puso al alcance de todos en forma de cubos o virutas desecadas.

Una olla de sopa, desde una mirada mística, conjunta los cuatro elementos y, es muy probable, que la quintaescencia sea la “mano” de quien la cocina. Una sopa puede ser fría o caliente, puede tener como base un consomé o ser un potaje con vegetales, carnes, legumbres y pastas reunidos ahí, como ya vimos, por las más diversas razones.

Las sopas, como ningún otro platillo, tienen la capacidad de representar la pobreza de un hogar y las extravagancias de otro. Mientras que cualquier olla con agua y uno o pocos ingredientes puede convertirse en sopa, una sopa exótica exige nidos de pájaros, aletas de tiburones, almejas de algún golfo paradisiaco, algas endémicas. Como si esto fuera poco, son adornadas con ralladuras de extraños hongos o cortezas de quesos; contener fideos hechos a mano en estado meditativo y ser depositadas en porcelanas importadas, cuencos de madera que imitan, de forma hipócrita, la más extrema rusticidad o en hogazas de pan hueco con tapaderas comestibles.

Ilustración por Tamara Conforti

Ilustración por Tamara Conforti

Las voces de mi familia siempre anuncian con gran pompa cuando hay sopa de pasta. Algunas veces las matriarcas dicen que aunque hicieron tacos, “arrimaron” sopa, como si lo primero fuera una falta y la segunda una expiación de sus antojos. Otras veces proclaman que “hicieron sopa para los niños”, como si esto fuera buena noticia para ellos o como si el valor nutrimental de las sopas fuera indiscutible.

Con todo y sus extravagancias, las matriarcas de mi familia se cuentan entre ellas las mejores recetas de sopas y potajes como muestra de cariño y hermandad al no haber aprendido otras formas de propinarse amor. La otra manera es sirviendo sopas de perro, hoy convertida en manjar, vestigio del pasado miserable de la abuela que para dar de comer a sus diez hijos un día hizo rendir el caldo de res del día anterior agregándole un puño de tortillas y una rama de una plantita que crecía en su jardín.

 


 

[1]José Vasconcelos, Historia del pensamiento filosófico. Ciudad de México: Universidad Nacional de México, 1935, pp. 535-536.

 


Autores
(Guadalajara, Jalisco, 1979) Articulista en Hipertextual. Autora de la columna Reflexiones Apátridas en Notas Sin Pauta. Escribe ensayos en vonnelara.com y edita el folletín Soflama, gabinete de ensayos.

Ilustrador
Tamara Conforti
Manuel Felguérez. Foto: Secretaría de Cultura.
Manuel Felguérez. Foto: Secretaría de Cultura.

 

Felguérez es artista dentro de las ligas mayores, como lo describió Francisco Icaza hace once años, “dentro de la pintura mexicana, él tiene un sitio muy merecido como un pintor de primer nivel[1].  Manuel Felguérez lucho constantemente para regar semillas del arte abstracto en México tanto en su faceta como docente investigador, en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México; así como gestionar el primer museo dedicado al arte abstracto en México, que vio la luz el 4 de diciembre de 1998[2], es el museo más grande de arte abstracto en Latinoamérica y el segundo a nivel mundial.

El Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez, (MAAMF), se encuentra la ciudad de Zacatecas, estado que vio nacer al rupturista. En él, el espectador puede apreciar el progreso del arte abstracto mexicano, deleitarse con obras de  más de 170 artistas de arte abstracto, y caminar entre más de 800 piezas que van desde la pintura, escultura, grabado y objetos personales del artista, siendo así una experiencia democratizadora del arte; puesto que gestionar un museo público de esa magnitud -en provincia-, es un gesto de solidaridad y democracia en pro del arte, tanto para los creadores y para el espectador.

 

Felguérez fue un demócrata, un luchador e idealista, rompió estigmas establecidos dentro del arte nacional, muy arraigados por la tradición de los muralistas y de la Escuela Mexicana de Pintura. Era un joven permanente, como lo describe Enrique Franco en Las posibilidades de la inteligencia: imagen de Manuel Felguérez,quizá no nos dimos cuenta, pero de un momento a otro la juventud en la época de Manuel Felguérez se volvió un estado permanente”[3].

Eso hizo que Felguérez descubriera y asumiera una nueva postura crítica frente a la afamada Escuela Mexicana de Pintura, abriendo nuevos paradigmas y descubriendo nuevas formas dentro de la geometría y abstracción. Un gesto auténtico dentro de las artes visuales en México que conjunto a muchos artistas, y de lo que más tarde, teóricos, críticos e historiadores del arte llamarían La Ruptura; como lo declaró Juan García Ponce “cada artista estaba en busca de un nuevo orden. Cada uno era visto como una isla unida a las demás por la corriente común del mar de la pintura en el que existe”[4]. Felguérez en varias ocasiones declaró, “nuestra intención era la autenticidad, teníamos que crear un estilo propio”. Crear esos nuevos signos, ser originales, auténticos y terminar con una tradición impuesta, hizo que La Ruptura, se consolidara como una nueva expresión en nuestro país, a partir de la década de los sesenta.

Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez. Foto: Secretaría de Cultura.

Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez. Foto: Secretaría de Cultura.

Quizás vimos esta  Ruptura propiamente en el Movimiento Estudiantil de 1968, como lo cuenta Felguérez en su crónica Esfumado, “Empecé como espectador y simpatizante. Muy pronto fui llamado para formar parte del Comité del Intelectuales, Artistas y Escritores”[5];  el Movimiento, también se convirtió en un parteaguas para las expresiones artísticas revolucionarias de la época en nuestro país:

Buscábamos ideas para realizar diferentes actividades en el campus. Para los universitarios en huelga todos los días eran como un domingo y Ciudad Universitaria un lugar de creación y estímulo constante: los poetas recitan sus poemas, los escritores leían párrafos, por supuesto los músicos se la pasaban tocando cualquier instrumento que apareciera, y nosotros los pintores teníamos que hacer algo. [6]

Francisco Icaza relata como Felguérez y él, estuvieron dentro del Movimiento, solidarios con los estudiantes y los ideales de renovación libertaria y democrática que se gestaban en el Movimiento Estudiantil de 1968:

Cuando se vino el movimiento del 68… Manuel y yo nos juntamos para apoyar el movimiento y nos metimos de lleno. Hicimos conexión con todo en el Facultad de Filosofía y Letras. Las primeras comisiones que tuvimos fue adiestrar a los estudiantes para que cuando tomaran camiones y los llevaran a CU no arriesgaran sus vidas, que lo hicieran con cuidado, que fueran menos agresivos. [7]

Con esto nació la idea de pintar un mural, en unas láminas gigantes que se encontraban tapando una escultura vandalizada del presidente Miguel Alemán en CU, que más tarde sería bautizado como Mural Efímero[8], la idea de dicho mural era libre, como el gesto abstracto de Felguérez y de los llamados Rupturistas, desgarrando el dogma establecido décadas anteriores en la plástica mexicana.  Como lo cuenta el mismo artista, “cada quien pintaba en el lugar que quisiera junto a otro o arriba o abajo[9]. El mural efímero,  fue un símbolo de solidaridad y resistencia democrática, como lo expresó Raquel Tibol:

Un grupo de pintores demostraron su solidaridad con el Movimiento Estudiantil por medio de un mural improvisado y colectivo que fueron pintando durante varios domingos en los festivales populares que organizaba el CNH, en la explanada de la UNAM, sobre láminas acanaladas de zinc que cubrían las ruinas del monumento a Miguel Alemán.[10]

Cuando el Ejército entró a Ciudad Universitaria, se llevaron las láminas donde se plasmó aquel mural de colores rígidos y trazos enérgicos, descrito por Raquel Tibol, “en la pintura predominaban los trazos y colores de fuerte expresión.”[11] Como los valores del Movimiento Estudiantil  y quizá como la seriedad profesional artística de Manuel Felguérez, que Icaza relata:

Él afirma que pinta diariamente, que nunca ha dejado de pintar; yo siempre lo he cuestionado: ¿Qué es más importante, la vida o la pintura? Yo presumo de haber vivido más la vida, soy más vital. El no, él es muy serio, yo soy más vacilador.[12]

Puedo afirmar que Felguérez también era un hombre entusiasta, era tan libre que a los 19 años de edad viajaba de mochila al hombro por Europa, primero como scout junto a Jorge Ibargüengoitia en un Jamboree realizado en Francia en 1948. Después de la reunión mundial de scouts, Jorge y Felguérez recorrieron algunas ciudades de Europa y llegaron a Bélgica, pidieron acampar en la embajada mexicana donde el padre de Icaza era embajador: “Llegué a la embajada y mi padre me recibió con la noticia de que ahí estaban unos amigos que venían de México y habían pedido permiso para acampar en el jardín de la embajada. Eran Manuel y Jorge. Me dio mucha alegría verlos”.[13]

Jorge Ibargüengoitia y Manuel Felguérez. Foto: Secretaría de Cultura.

Jorge Ibargüengoitia y Manuel Felguérez. Foto: Secretaría de Cultura.

 

Manuel Felguérez, tenía una genialidad inigualable, las agallas suficientes para presentarse en una embajada y pedir permiso de acampar, cuando aún no tenía un renombre pero sí perspicacia e inteligencia suficiente, que años más tarde veríamos plasmada en su gesto abstracto geométrico y después en el abstraccionismo lírico.

Fue un hombre recio en todos los sentidos, el valor que mostró desde joven lo acompaño el resto de su vida. En 1968 cuando el Movimiento estaba librando una batalla campal entre el autoritarismo gubernamental y la libertad democrática, tanto en lo político, social, cultural y artístico, Felguérez se manifestó sin titubeos a favor de la libertad, descolgando pinturas que tenía junto con Francisco Icaza en el Museo de Arte Moderno, “entonces Manuel y yo nos volvimos muy solidarios, tanto, que fuimos a descolgar unas obras que teníamos en el Museo de Arte Moderno en señal de protesta”. [14]

En 1979 Felguérez dio muestra, nuevamente, de ese arrojo democratizador, renunciando a la directiva de la Agrupación de Artistas Unidos para la Promoción del Comercio Exterior de la Plástica Mexicana, porque la misión de dicha Agrupación no era, poner el arte en un sentido público, sino que se reducía a que el arte estuviera solamente al  servicio de las clases poderosas, Felguérez declaró en esa ocasión:

Tiene que ver concretamente con el reciente Congreso Nacional de Artistas Plásticos, en que en el documento final o la conclusión, a que llegamos, después de tres días de deliberaciones  es <<poner el arte a la calle>>, es decir esta palabra de poner el arte a la calle, quiere decir darle un sentido público al arte… Es hacer que nuestro esfuerzo como artistas no se reduzca a las pocas gentes con capacidad económica de adquirir nuestra obra, sino que podamos hacer del arte un servicio social, es decir, que hagamos un arte, que esté en contacto con el público, a través del arte, digamos, monumental, del arte urbano, en fin, todo este tipo de cosas. Entonces esta idea de llegar hacer un arte, de servicio, de servicio al público, es contradictorio, con los fines que perseguía o persigue, los Artistas Unidos para la Promoción del Comercio Exterior. ¿Por qué?, porque es decir,  cuando se quiere, exportar algo, es decir lo que exporte el Instituto es mercancía, entonces el arte, se ha reducido como una mercancía más, que dependerá de la oferta y de la demanda, de la promoción que se le haga en el exterior para su venta.[15]

Tuve la fortuna de conocer al maestro Manuel Felguérez los últimos años de su vida, porque realicé mi servicio social en el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez, donde se me encomendó documentar su Línea de vida, como proyecto museológico; así, como ser parte de la organización de los festejos del 90 Aniversario de vida.  Al maestro le encantaba platicar de arte, con quién sea y donde fuera.

Manuel Felguérez. Foto: Secretaría de Cultura.

Manuel Felguérez. Foto: Secretaría de Cultura.

Cuando llegaba a su natal Zacatecas, caminaba por el centro histórico de la ciudad, siempre del brazo de Mercedes y su bastón en mano. Si un ciudadano lo reconocía, él saludaba alegremente y abrazaba al individuo como si lo conociera desde hace años. Sabía posar para cualquier foto, puedo asegurar que se fascinaba con los disparos de la cámara, y en tiempos contemporáneos, con el clic de la cámara del celular.

Recuerdo cómo amaba a su Museo, caminaba, observaba para luego dar órdenes, si había algún desperfecto. Era amable con toda la gente, en especial con los trabajadores del MAAMF, desde el personal de intendencia, custodios, administrativos, directivos e investigadores; se interesaba por ellos, los conocía de nombre y sabía perfectamente la función de cada uno, muchas veces sabía hasta la vida íntima de los trabajadores.

Los mejores recuerdos que tengo presentes son dos, el primero fue el día de su cumpleaños número 90 (12 de diciembre de 2018), en la ciudad de Zacatecas, yo estaba en funciones en el MAAMF, entonces llegó del brazo de Mercedes a un ciclo de conferencias que se impartía para conmemorar sus 90 años de vida;  al finalizar,  me tomó del brazo y me dijo: “quiero invitarte a un cena privada que me harán algunos amigos artistas, en unas horas más”, en ese momento Mercedes Oteyza me dijo, “si mija, ven con nosotros”, por supuesto no me negué, llegue del brazo de Mercedes. Ya en la cena escuché de propia voz de Felguérez su frase célebre “yo no vendo arte, yo vendo placer”. Entendí en ese momento, la declaración en varias entrevistas sobre su oficio:

La búsqueda de la belleza se da con el intelecto pero también con el sentimiento. Buscas el placer estético. El arte es una combinatoria de formas muy simples como el cuadrado, triángulo, círculo y tres colores básicos y tres complementarios que forman el universo. Buscas una combinatoria que te produzca placer estético… también la naturaleza y el ser humano te producen placer estético, si ves una persona que te encanta, sientes bonito… mira qué guapa, qué guapo… esto es igual. Uno trata de sentir placer para comunicarlo.[16]

El segundo fue en abril de 2019, durante la inauguración de exposiciones temporales del MAAMF, donde los expositores eran Irma Palacios, Saúl Kaminer y Ernesto Alvarez; por cierto, la obra de estos, es excelsa. El maestro había pedido que se invitará a niños y niñas con discapacidad visual a la inauguración de estas muestras. Los niños y niñas zacatecanos habían llegado con maestros y padres de familia, Felguérez comenzó a platicar con ellos, explicó de forma coherente y exquisita, qué es el arte. Eso fue rotundo para decir que Felguérez fue un hombre y un artista con agallas democratizadoras para el arte contemporáneo en México.

Ojalá en este mundo existan artistas geniales como lo fue Manuel Felguérez, democratizador, consecuente y generoso. Esperando también que Doña Mercedes Oteyza encuentre pronta resignación, fiel compañera de Manuel Felguérez.

Viva el abstraccionismo de Manuel Felguérez y su espíritu democratizador en favor del arte.

 

 

[1] Teresa del Conde, coord., Derroteros Manuel Felguérez. México, Consejo Nacional para la Cultura y las artes, 2009. P. 45
[2] Sitio oficial web del Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez. https://www.museodearteabstracto.com/museo.php.
[3] Teresa del Conde, coord., Derroteros Manuel Felguérez. México, Consejo Nacional para la Cultura y las artes, 2009. P. 24
[4] Juan García Ponce, Nueve pintores Mexicanos, en De la Pintura. México, Ficticia Editorial, 2013. Pp. 137.
[5] Manuel Felguérez, Esfumado, 59/57. 2018.
[6] Ibid.
[7] Teresa del Conde, coord., Derroteros Manuel Felguérez. México, Consejo Nacional para la Cultura y las artes, 2009. P. 43.
[8] Cuauhtémoc Medina / Olivier Debroise, coord., La Era de la Discrepancia. México, Turner, 2014. P. 70
[9] Manuel Felguérez, Esfumado, 59/57. 2018.
[10] Raquel Tibol, “En la Universidad”, Calli, revista analítica de arquitectura contemporánea, núm.35, septiembre-octubre de 1978. P. 9.
[11] Raquel Tibol, Confrontaciones, crónicas y recuento. Ediciones Sámara. 1992.
[12] Teresa del Conde, coord., Derroteros Manuel Felguérez. México, Consejo Nacional para la Cultura y las artes, 2009. P. 45
[13] Teresa del Conde, coord., Derroteros Manuel Felguérez. México, Consejo Nacional para la Cultura y las artes, 2009. P.p. 35-36.
[14] Ibid. P. 43.
[15] Entrevista de Silvia Lemus, 1979. México. Archivo Televisa News. https://noticieros.televisa.com
[16] Manuel Felguérez, entrevistas varias. 2018. https://www.facebook.com/museodearteabstractomanuelfelguerez

Autores
Ciudad de México (1987). Es licenciada en Teoría de Arte por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Ha colaborado para la revista Liberoamericana, Siempre! Y Emeequis.
Hospital de la Misericordia, c.1900. Fotografía por Fernando Garreaud. Extraida der Wikimedia Commons.

 

 

Capítulo IX

(¿) Un experto (?) trabajando

 

 

—Nellie Brown, el doctor quiere verte —dijo la Srta. Grupe. Entré y me indicaron sentarme frente al escritorio, del lado opuesto al Dr. Kinier.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, sin levantar la vista.

—Nellie Brown —respondí con facilidad.

—¿De dónde vienes? —mientras escribía lo que dije en un cuaderno grande.

—De Cuba.

—¡Oh! —espetó, de pronto entendiendo la situación. Entonces se dirigió a la enfermera— ¿Viste algo sobre ella en los periódicos?

—Sí —contestó—, vi una larga historia de esta chica en el Sun del domingo.

Entonces el doctor dijo:

—Manténla aquí hasta que vaya a la oficina para ver la noticia de nuevo.

Salió un momento y me sentí aliviada de traer mi sombrero y chal. Cuando regresó, dijo que no pudo encontrar el periódico, pero, ya que la había leído, le contó la historia de mi debut a la enfermera.

—¿De qué color tiene los ojos?

La Srta. Grupe miró y respondió “grises”, aunque todo el mundo siempre había dicho que mis ojos eran cafés o avellanados.

—¿Qué edad tienes? —preguntó.

—Diecinueve desde el mayo pasado —mientras contestaba, volteó con la enfermera y le dijo:

—¿Cuándo tienes tu siguiente pase?

Supuse que se trataba de un permiso para su día libre.

—El siguiente sábado —contestó, con una risa.

—¿Te darás una vuelta a la ciudad?

Contestó que sí y ambos se rieron. Entonces le dijo:

—Mídela —me pusieron de pie bajo un metro y presionaron ligeramente la pesa sobre mi cabeza.

—¿Cuánto es, entonces? —preguntó el doctor.

—Ya sabes que no puedo leerlo —dijo ella.

—Sí, sí puedes; inténtalo. ¿Cuánto mide?

—No lo sé; hay algunas cifras ahí, pero no puedo leerlos.

—Sí, sí puedes. Ahora míralos y dime.

—No puedo, hazlo tú —y ambos rieron de nuevo mientras el doctor se levantaba de su lugar y se acercaba a ver por sí mismo.

—Cinco pies con cinco pulgadas; ¿no lo ves? —le dijo, tomando su mano y acercándola a las cifras.

Por su voz supe que aún no entendía, pero eso no me incumbía, pues el doctor parecía feliz de ayudarla. Luego me pusieron en la báscula y la enfermera se movió de un lado a otro hasta que logró balancear las pesas.

—¿Cuánto? —preguntó el doctor, de vuelta en su escritorio.

—No lo sé. Tendrás que verlo por tu cuenta —contestó, llamándolo por su nombre de pila, el cual olvidé. Se dio la vuelta y llamándola también por su nombre de pila, le dijo:

—¡Estás tomando demasiada confianza! —y ambos rieron. Entonces le dije el peso (112 libras) a la enfermera, y ella se lo dijo al doctor.

—¿A qué hora vas a comer? —le preguntó y ella se lo dijo. Le dio más atención a la enfermera que a mí y cada vez que me hacía una pregunta, le hacía otras seis a ella. Luego, escribió mi destino en el libro frente a él. Entonces le dije:

—No estoy enferma y no quiero quedarme aquí. Nadie tiene derecho a aprisionarme de esta manera.

No hizo caso de mis comentarios y, una vez que terminó con sus notas, así como con su conversación con la enfermera, dijo que con eso bastaba. Regresé al cuarto de espera con mis compañeras.

—¿Tocas el piano? —me preguntaron.

—Oh, claro; desde que era una niña —les respondí.

Insistieron en que debía tocar y me sentaron en un banco de madera frente a un piano de mesa a la antigua. Toqué unas cuantas notas y la respuesta desafinada me provocó escalofríos de cabo a rabo.

—Qué horror —exclamé, dirigiéndome a la enfermera McCarten, que estaba de pie junto a mí—, nunca había tocado un piano tan desafinado.

—Qué pena por ti —dijo con malicia—, tendremos que mandar a hacer uno solo para ti.

Comencé a tocar las variaciones de “Home Sweet Home”[1]. La plática se detuvo y todas las pacientes se sentaron en silencio mientras mis dedos fríos se movían lenta y rígidamente sobre las teclas. Terminé de manera abrupta y sin prestar mucha atención y me rehusé a tocar cualquier otra petición. Al no ver lugares libres para sentarse, me quedé en la silla frente al piano mientras miraba a mis alrededores.

Era un cuarto largo y desnudo, rodeado de unas bancas amarillas austeras. Estas bancas, las cuales estaban perfectamente derechas, e igual de incómodas, aguantaban a cinco personas, pero en la mayoría de ellas habían amontonadas seis personas. Unos cinco pies sobre el suelo, había unas ventanas abarrotadas justo frente a las puertas dobles que llevaban al pasillo. Tres litografías socorrían al blanco de las paredes, una de Fritz Emmet y otra de trovadores negros. En el centro del cuarto había una mesa larga adornada con un cubrecamas y alrededor estaban sentadas las enfermeras. Todo estaba impecable y pensé que las enfermeras debían de ser excelentes trabajadoras para mantenerlo así de limpio. Unos días más tarde me reiría de mi propia ingenuidad al creer que las enfermeras trabajaban. Cuando se dieron cuenta que no tocaría el piano de nuevo, la Srta. McCarten se me acercó vociferando:

—Aléjate de aquí —y cerró de golpe la tapa del piano.

—Brown, ven aquí —fue la siguiente orden que recibí de una enfermera de cara enrojecida en la mesa— ¿Qué traes puesto?

—Mi ropa —respondí.

Levantó mi falda y anotó un par de zapatos, un par de medias, un vestido de tela sencillo, un sombrero de paja de marinero, etcétera.

 

 


 

[1] “Home Sweet Home” es una canción compuesta por Sir Henry Bishop, con letra de John Howard Payne, quien la adaptó para la ópera Clari, or the Maid of Milan en 1823. Cuando Bishop la relanzó en 1852 como música de salón (parlor music), se convirtió en una especie de himno nacional con muchas versiones a lo largo de Estados Unidos durante la Guerra Civil y después.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.

Vida y destino (1980), la obra cumbre de Vasili Grossman, retoma todos los temas posibles de la guerra, de la tumultuosa lucha entre la Unión Soviética y la Alemania Nazi. En el documento, a medias histórico a medias ficcional, hay un sinfín de matices sobre la vida humana y la muerte. Son estos rasgos los que convierten a la novela, siempre poética, en una insignia que debe leerse en este tiempo.

¿Qué es Vida y destino? ¿Es acaso un prodigio narrativo, la Guerra y Paz del siglo XX? ¿Cómo afirmarlo? La novela fue escrita por Vasili Grossman hacia 1960, durante ese revisionismo post-Stalin que parecía abanderar Nikita Jruschov en la primera parte de la Guerra Fría. La obra en sí, publicada en Suiza veinte años después, en su idioma original, el ruso, merece un capítulo en la historia de las ocurrencias literarias.

La anécdota es conocida, basta decir que cuando Grossman terminó su libro, lo envió para su publicación a la revista Znamya; sin embargo, poco después la KGB entró a su departamento y se llevó o destruyó los manuscritos de la novela, pues a diferencia de Por una causa justa (1952), su primera novela (y que en realidad formaba una bilogía junto con Vida y destino), no glorificaba al régimen soviético ni respetaba las reglas del realismo soviético, literatura enfocada a enaltecer las proezas de la URSS.

Cuando Grossman le escribió a Jruschov, exigía que su manuscrito fuera liberado; la respuesta llegó del comité que le informaba al autor que su novela podría publicarse en 200 o 300 años. Grossman siguió escribiendo, pero murió, en 1964, sin saber si su trabajo sería publicado.

La edición se realizó gracias a que Andréi Sajarov, físico nuclear además de un fiero activista, pudo lanzar un microfilm de la novela grossmaniana y llevársela a Suiza, donde finalmente se imprimió. Que sobreviviera Vida y destino a una de las más grandes censuras de la historia moderna es algo digno de admirarse.

Vida y destino no es complaciente con el régimen soviético, no se parece a la obra de Mijail Sholojov (1905-1984) ni es un canto partisano que relata las hazañas de una nación, como una reescritura del poema El cantar de la hueste de Igor. En la poesía épica se resaltan ciertos valores en torno a un héroe, una conducta, una serie de causas que luchan, golpean y mueren de forma trágica.

En algunos casos, los protagonistas también son humanos, a pesar de la potencia de Aquiles o la invencibilidad de un Orlando. Sin embargo, el poema épico, además de relatar una circunstancia, enaltece la valentía, la fortaleza siempre luminosa, de la esencia de un súper humano, de gente que lo sigue como nubarrones y sirven casi de utilería. Vida y destino tiene el alcance de una elaboración tan larga como, digamos, El Orlando Furioso, pero su estilo, por supuesto, y nos lo dice el mismo Grossman, pertenece a la literatura del siglo XIX, a Guerra y Paz, otra novela de título binomial sobre la guerra y la condición humana.

He hablado brevemente del poema épico porque sirve de antecedente para mencionar el orgullo nacional, la fantasía de retratar a un grupo de personas dentro de determinadas fronteras y a este espacio nombrarlo “nación”. ¿Qué es una nación? Los internacionalistas se pelean por entender este concepto y a los países y corporaciones como agentes del mundo en pleno conflicto con el campo de las relaciones internacionales. Una nación, sin embargo, es algo ficcional bajo o sobre una ideología. La nación nazi no es igual a la Alemania de los sesenta, como tampoco es la misma del siglo XXI, bajo la mano de Angela Merkel. Por otro lado, el “soviet”, la unidad que parte de Marx y Engels, de Lenin y… sí, de Stalin, es una unidad ficticia que en nuestro imaginario parece haber detenido al nazismo, aunque no al totalitarismo.

Esta obra, pues, nos expone la violencia por parte del estado, de las ficciones nacionales como justificación para cualquier tipo de abusos contra la dignidad. Se percibe el miedo de la gente común al enfrentarse a los invasores alemanes, pero también el horror que se vivía adentro de los países soviéticos, el actuar absurdo de un ejército que amenazaba con fusilar a todo aquel que no defendiera San Petersburgo.

Grossman deja de hacer concesiones, muestra desde las desgracias de los pobres y de los judíos, hasta las vivencias de quienes trataban de hacerse con una carta de racionamiento. La ficción de la nacionalidad, de la pertenencia a un país, se pierde ante la avalancha de la condición humana, el sufrimiento, la vejación y, en medio del horror, la esperanza.

Una novela como la de Grossman necesita una historia extraordinaria desde su proceso editorial. Al hojear la edición en español, publicada por Galaxia Gutenberg en 2007, traducida por Marta Rebón, directa del ruso, se percibe el cuidado de una obra que pasó sin pena ni gloria décadas antes, cuando Seix Barral hizo una traducción desde el francés. Vasili Grossman, el cronista ruso, gran novelista casi olvidado, merecía ser traducido desde su lengua materna, por fortuna, al menos el tomo en español, se ha convertido en un longseller.

En una reseña de la obra de Grossman, escrita por Rosa Eugenia Montes, leía que uno de los mayores triunfos de la novela de Grossman, es el de parecer un libro del siglo anterior. Vida y destino es tan grande y monumental como El idiota y Los miserables. El triunfo del relato grossmaniano es la de ser el nuevo Guerra y Paz. Las comparaciones no pueden hacerse a un lado, el mismo autor menciona el trabajo de Tolstoi; además de que la marabunta de personajes que permiten una sensación de polifonismo, explora la realidad de un mundo que se ha ido, pero que nos sigue hablando. Llega a nosotros desde el totalitarismo, del nazismo, de los horrores del socialismo y de Stalin, de la ficción del estado como entidad buena y justa; pero principalmente analiza lo único que nos importa: lo humano.

La cuestión antedicha está presente en cualquier género. La narrativa de fantasía logra una de las aventuras más grandilocuentes de la mente: vislumbra lo que no es, lo que podría o no ser. Se explica la realidad a través de un juego de espejos, o mediante un mundo secundario que es un trasunto de lo que conocemos; pero se visualiza y entiende tan solo en un momento estrecho, geográfico y temporal.

La ciencia ficción atisba lo que podría haber sido, lo que podría ser. Y el terror se enfoca en nuestros miedos, en aquello que nos asusta y perturba. Estos resúmenes aclaran que, aunque exploran la creatividad, ciertas secciones nunca se libran de la condición humana. En el caso de Grossman ocurre algo similar, el portento de su imaginación se manifiesta al, por ejemplo, seguir a una mujer que camina hacia la cámara de gas, quien encuentra descanso y calma en ella misma, no en las circunstancias avasalladoras de su realidad, sino en su interior. ¿Cómo podría cualquiera de nosotros saber qué piensa alguien en ese momento?, ¿cómo obtener sus últimos pensamientos antes de afrontar el destino que le ha obsequiado una maquinaria como la del nazismo?

Vida y destino busca plasmar, bajo los remanentes del “realismo socialista” un mundo que en sí es real, que vivieron cientos de personajes, algunos reflejos de la personalidad del autor, otros auténticos como amigos y actores históricos, en medio de una de las mayores conflagraciones que ha sufrido la humanidad; un horror que persigue incluso a los individuos de países que no participaron directamente en el conflicto. El imaginario de la Segunda Guerra Mundial, más que la Primera, sigue palpitando como una fuente inagotable de terminología, referencias, producciones artísticas, reflexiones y estudios. Es, posiblemente, uno de los temas que tardará muchas décadas, o incluso siglos en agotarse.

Vasili Grossman parecía entender lo que escribió en su gran novela. A diferencia de Por una causa justa, la neutralidad del narrador omnisciente, que llega a enfocarse en la voz de un determinado personaje, busca el entendimiento global, sin matices ideológicos, de lo que es la guerra y la misma humanidad, de cómo sufre una mujer que no puede obtener  el permiso de residencia. El narrador también se sitúa en el niño judío que avanza hacia la cámara de gas, habita en el químico que trata de entender lo que le ha ocurrido a su vida; en la familia que se muda a otra región, o en los horrores de los campos de exterminio. Incluso la voz omnisciente nos dice qué pensaba el francotirador Vasili Záitsev, o Stalin, o Hitler.

El sufrimiento y la redención se escapan en las rendijas de la calidad narrativa. El aporte de Grossman no es un retrato del vacío; tampoco una obra lacrimógena  que pretende sensibilizar a los lectores como una especie de manual sobre el sufrimiento en medio de la guerra, de los rusos o soviéticos. No es una contraparte ni nada parecido. Es una exploración literaria del alma humana.

Algo tienen los rusos, desde sus novelas y obras poéticas del XVIII, que parecen evocar un ambiente apocalíptico, final, de incertidumbre, pero de enormes hechos que convulsionan un continente entero. La narrativa rusa es tan enorme como su mismo territorio. Tantas vidas en aquellos paisajes tan variopintos manifiestan una tradición difícil de entender y quebrar.

Vasili Grossman construye una novela polifónica sin un protagonista, con historias que bien podrían ser pequeños cuentos, retazos de la vida de los soviéticos y los alemanes en una línea eterna, la del Volga, la de Stalingrado, la del fin y la esperanza. La visión grossmaniana se interna en la psique de los personajes aterrados y que se rehúsan a ser avasallados por el totalitarismo.

Si algo tiene la obra de panfletaria, y que gana más importancia para la época actual, es la fuerza de lo humano, la sencillez o la complejidad del alma contra el estado, ese Leviatán hobbesiano que aquí se convierte en un monstruo aún mayor. El dragón de múltiples cabezas amenaza con destruir la tierra rusa, y con ello el mundo. Y en cada escenario, ya sea el corazón de un niño, el de una telegrafista, una secretaria, un general de brigada, el de un campesino o un científico, logran detener a la bestia, cerrar sus fauces para hacerse escuchar. De sus gargantas se escucha, a modo de frase bíblica: “¿está hecho el hombre para el servicio del estado, o es el estado el que sirve al hombre?”

Grossman demuestra, con todas las voces en un grito colosal, en un canto que no puede silenciarse, que la humanidad no conforma las partes de un monstruo, que cada individuo es importante, con cada pequeño acento, con cada alma brotando de su boca, cada ser en rebelión contra el monstruo totalitario, esa fantasía convertida en horror.

Vida y destino no es Guerra y paz. No alcanza, si acaso, la potencia, la magnitud de la novela tolstoiana. Sus personajes se pierden en la memoria del lector, como un río de voces que se contradicen. Sin embargo, leer a Grossman sigue valiendo la pena, porque es un grito compuesto de muchos gritos en busca de un asidero para la humanidad, y que esta no sucumba ante el peso del Leviatán.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

 

 

 

Era domingo. Quedamos en vernos debajo del Monumento a la Revolución. Era la primera actividad social que haría desde que inició la cuarentena del Covid-19. Más de dos meses de no salir de casa, a no ser que fuera para ir al súper, la farmacia o a hacer un trámite necio en el banco. Llegó tarde, como siempre, unos veinte minutos después de la hora acordada. Para los que lo conocen, esto es algo intrínseco de la personalidad de Diego Rodríguez Landeros, esto y la imposibilidad de enojarse con él por su impuntualidad. Le solté un no mames genérico y él un disculpa protocolario. Nos saludamos de codo y tras unos minutos llenos de las preguntas básicas del confinamiento —¿cómo te va encerrado?, ¿qué rutinas de ejercicio haces?, ¿dónde compras la verdura?, ¿ves la novela de las 7?—, iniciamos la rodada con destino fijo a la Villa de Guadalupe.

La meta fue sugerencia mía, quizá algo de mi respeto a los ritos religiosos —a pesar de mi carnet de no creyente— tuvo algo que ver. Además, realizar un peregrinaje en medio de una pandemia, tiene un toque de fervor medieval que no se debía desaprovechar. La incertidumbre, imposible de disipar incluso escuchando a Gatell con la habitualidad de un feligrés de cielo ganado, es tal en estos tiempos que ayuda un poco de rito piadoso.

El trayecto tuvo desviaciones por sugerencia de Landeros. Hicimos, en nuestro peregrinaje, una parada para ver a un santo, al Santo. La estatua del luchador profesional que se hizo estrella de cine y entró así, cual héroe revolucionario, al inconsciente colectivo de las y los mexicanos. Entre callejones continuamos la ruta, atestiguando que Susana, aquella de apellido Distancia —que dicen sufre de una malformación congénita que le vuelve imposible bajar los brazos, aunque otros aseguran que es puro fanatismo religioso y con su pose rememora a la crucifixión, nadie sabe realmente— no vive ahí: los tianguis, los tacos y la caguama banquetera, en cambio, pasan como actividad esencial.

Sin pena ni gloria —qué va a ser, si sólo somos dos ociosos en bici— llegamos a la Villa de Guadalupe. La explanada vacía nos brindó cierta sensación de tranquilidad, de antigua paz. Frente al reloj reposaron las bicis y nosotros reanudamos la conversación abandonada en el Monumento a la Revolución. Al agotar el surtido de chismes, nos dirigimos al cerro del Tepeyac.

La subida, con las bicicletas a cuestas, nos hizo regresar al sentimiento de expiación, quizá en el sudor de la frente se iba el virus, quizá ésta era el remedio —qué vacuna ni qué madres— buscada por tantos científicos del mundo, o quizá solo era una necedad de dos ociosos en bici. En la cima nos tomamos la selfie obligatoria de todo paisaje que distrae del tedio y hablamos otro tanto, ahora de proyectos de escritura, de ideas para cuentos que nadie publicaría, de libros que uno y el otro debería leer, de la historia del Panteón Civil del Tepeyac y de la estatua del papa Juan Pablo II.

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El sol calaba fuerte y el cansancio ya había doblegado la euforia de salir a pasear tras la cuarentena. Emprendimos el regreso. En Reforma cada quien jaló para su rumbo tras acordar repetir la rodada el siguiente domingo.

Llegué molido. La cama me guiñaba un ojo. Me bañé. Un dolor de cabeza me confirmó que estaba insolado. Debía tomar agua antes que nada. Fui por un vaso, lo empiné y sentí el alivio momentáneo en mi garganta reseca. Ahora sí, a dormir un rato.

Desperté y ya era noche, no abrí los ojos del todo, me era imposible. Era como si una manta invisible me cubriera el rostro. Tragué saliva y el temor hizo presencia: estaba adolorida. Por mi mente pasaron todos los testimonios que había leído en redes sociales: se inicia con incomodidad en la garganta, luego te puede dar fiebre, y agárrate que se pone peor. Era Covid-19, no hay duda. Quizá lo pesqué en el súper, quizá en la farmacia, estuvo adormecido cuatro días y precipité el tormento gracias a la rodada. Debía avisar a Landeros, pero las fuerzas estaban en desabasto.

Traté dormir de nuevo: imposible. Sentía calor y frío a la vez. Alguien estaba hablando y descubrí que era yo. Las paredes del cuarto ya no eran blancas, tenían los grises del asfalto de Reforma, luego las fuentes del Monumento a la Revolución. Me cubrí el rostro, esperando el chisguete de agua. No llegó, claro que no van a prender las fuentes en plena cuarentena. Alguien me observaba, me volví hacia al marco de la puerta del cuarto y ahí estaba Juan Pablo II. Le grité que se fuera, que no eran horas para visitar, además qué iban a decir los vecinos, están prohibidas las visitas durante cuarentena. Él dijo que venía por el líquido de mis rodillas, que era agua bendita. La cama se puso tiesa y el cambio de textura me asustó, yo sabía perfectamente qué era aquello, estaba sobre las tumbas del Panteón Civil del Tepeyac, en la lápida decía mi nombre, como epitafio “Ya ni modos…” y la fecha de defunción era la de ese domingo. Una parte de mí me tranquilizó diciendo que sólo eran las cosas que había visto en el paseo, que agradeciera que no llegara el Santo a hacerme una plancha. Esto también pasará, repetí una y otra vez. Entonces sentí un viento helado y violento, ya no estaba sobre la tumba, mucho menos la cama, ni había pontífice en el marco de la puerta, sólo el vacío y la ciudad desde la cima de la Torre Latinoamericana, pero lo más aterrador, lo que más me sumió en un sentimiento de abandono y vértigo, fue ver que de la antena colgaban voladores de Papantla. Su vuelo era ensordecedor, parecían hélices de helicóptero. Si seguía viéndolos terminaría cayendo al abismo. Era un vuelo de muerte, asesino y morboso. Fue entonces que recordé mis malviajes en ácidos, que la música te puede hundir pero también rescatar. Tomé el celular que estaba a punto de caerse del borde del edificio. Abrí Spotify, seleccioné crear una nueva lista de reproducción y puse de título “Canciones para mi funeral”. No sé cómo le hice para ignorar a los voladores de Papantla, la vista de toda la Ciudad de México a mis pies, esperando mi caída, exigiendo que me uniera a su evangelio de concreto. Pero la selección de canciones exigió toda mi atención, debían demostrar quién fui en vida, debían provocar un calorcito en los asistentes —aunque temí que por la pandemia el funeral fuera por Zoom, y por eso mismo debía durar menos de 40 minutos, si no te cortan la sesión, y ni modo que paguen una cuenta si ya estoy muerto—. La primera canción es una bastante obvia: Mi último deseo – Banda los Recoditos; la segunda, una que hará sonreír a todo aquel que me haya sufrido borracho y con acceso a elegir la música: El mono de alambre – El Viejo Paulino y su Gente; le sigue la que siempre he sentido mía por el simple y estúpido hecho de decir mi nombre: Tubthumping – Chumbawamba; la cuarta, una para verme rudo, que me ha servido para motivarme y además me gustó la escena final de esa película: Lose Yourself – Eminem; volviendo a lo regional, después de todo uno es norteño aunque se le vaya el acento entre tanto chilango, puntos extra porque sé que no le caigo bien a todos: No soy monedita de oro – Cuco Sánchez; le sigue la que, desde que practiqué boxeo de puberto, sentí incrustada, además de la soledad que narra pues ni para qué les digo si ya estoy muerto: The Boxer – Simon & Garfunkel; y no sé cómo llegué a esto, quizá la banda del inicio me recordó a los sonidos balcánicos, en fin, la escuchan por Zoom y si no les gusta le ponen silenciar y ya: Kalasnjikov – Goran Bregovic; y el título de la penúltima se explica solo —además de que es mi banda favorita, o al menos la que más escuché en vida según los reportes anuales del mismo Spotify—In My Time of Dying – Led Zeppelin; y finalmente, ya cuando las diferentes ventanitas de las sesión de Zoom muestren un chillar de qué bueno era, él tan joven, por qué Dios, por qué, maldita existencia de perros: Sergio el Bailador – Bronco. Lo había logrado: cuarenta minutos de duración total de la lista de reproducción.

Despegué la vista del celular y ya no veía el concreto sediento de mí, alrededor estaban las paredes de mi cuarto, debajo mío la cama con una mancha de sudor, silueta de cuerpo, y en el marco de la puerta, mi gato Kant observando en su perpetuo quehacer estoico —que en ese momento pasó a un tributo a Diógenes el Cínico: lengüetazos rasposos en sus partes pudendas—. Pensé en marcarle a Landeros y preguntar si estaba bien, sí él también tuvo Covid-19 por un día y si sabía si, en algún momento de la historia de la ciudad, voladores de Papantla rasguñaron el cielo desde la antena de la Torre Latinoamericana.

Han pasado días, quizá meses (la cuarentena es la insana distorsión del tiempo); no le he marcado, o quizá sí, puede ser que no fue necesario, que él era uno de los voladores, o que la rodada fue parte de la fiebre y yo nunca he subido el cerro del Tepeyac; ahora que lo recuerdo, la estatua de Juan Pablo II traía careta y cubreboca, bajo la cruz de la Basílica se leía “¿No estoy yo aquí que soy tú mismo?” y con Landeros no he hablado desde la presentación de su libro. Es una vorágine de realidad y absurdo, de realidad pura pues.

Hoy abro Spotify y la única certeza que encuentro es la lista de reproducción “Canciones para mi funeral”, con su exacta duración de 40 minutos. Por fin le marco (¿o él me marcó?). Contesta (¿o yo contesto?) y le cuento todo, él, a su vez, dice su parte, y ahora estamos en un laberinto, más bien en un espiral, de un yo febril, en un tiempo con forma de rueda de bici, ensordecedor por el rehilete de los voladores de Papantla que cuelgan de la antena de la Torre Latinoamericana, sin Santo alguno que nos salve.

 

**

 

Siempre me ha parecido que la personalidad de mi compa Danush tiene ciertos rasgos de disciplina monástica. Educado con los jesuitas y autor, entre otros textos, de una novela inédita donde se narra la historia de un pastor evangélico que vive en el norte de México, su respeto por los horarios es una cosa casi benedictina: convivimos en el mismo espacio laboral durante dos años y nunca lo vi postergar su hora de comida más allá de las dos la tarde. Para él la puntualidad es muy importante y por eso, al llegar con retraso a nuestra cita en el Monumento a la Revolución y verlo un poco desesperado, me propuse compensar mi descuido contándole alguna historia mientras pedaleábamos.

Nos saludamos de codo y Danush, recargado en la columna del Monumento donde yace el cadáver sin cabeza de su paisano duranguense Pancho Villa, propuso que la Basílica de Guadalupe fuera la meta de nuestra rodada dominical de pandemia. Me pareció una buenísima idea y en pocos minutos encontré el pretexto para contarle la historia de terror de Juan González y García, el fantasma novohispano que, al frente de un comando de espíritus chocarreros, dirige una campaña ecologista de estertores de ultratumba en los vestidores de H&M, ZARA y otras tiendas de ropa del centro comercial Parque Delta.

Meditando la mejor forma de comenzar a narrar, avanzamos hacia Paseo de la Reforma y en el Antimonumento dedicado a los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa dimos vuelta hacia el norte. A la altura del templo de San Hipólito, comenté que el hecho de peregrinar al Tepeyac en medio de una pandemia mortal tenía algo de circularidad histórica. En 1531, cuando la Virgen de Guadalupe se le apareció a Juan Diego, la población indígena era diezmada por uno de los picos del cocoliztli, epidemia del siglo XVI desatada a raíz de la Conquista europea.

La fría y tenebrosa noche del 11 de diciembre de ese año, el macehual Juan Bernardino, habitante del pueblo chichimeca de Santa María Tulpetlac, en Ecatepec, agonizaba víctima del cocoliztli. Tumbado en un catre dentro de su choza humosa, agotado por la fiebre hemorrágica, le habló con voz raída al oído a su sobrino Juan Diego Cuauhtlatoatzin y le pidió que al rayar el sol corriera a Tlatelolco (18 kilómetros de distancia) a traer un confesor que le diera la extrema unción. A la mañana siguiente, llevando más de dos tercios del camino andados, con el sol ya alto picándole el coco y los pies entumidos, en las ariscas faldas del Tepeyac, entre rocas, víboras y agua sulfurosa, Juan Diego vio de nuevo a la Virgen —días atrás ya había tenido algunos encuentros hierofánicos con ella—, arrebujada en su piadoso manto de astros: “Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y te aflige; no temas esa enfermedad ni otra alguna. ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No soy yo tu salud? Suelta la enfermedad de tu tío; ten cierto que no morirá de ella.”

Después de cantarle sus palabras hermosas, la madre de dios le dio unos arrumacos a Juan Diego y le dictó unas puntillosas y extenuantes instrucciones: que subiera al cerro de las espinas, cortara varias docenas de flores y se las llevara cargando al obispo Juan de Zumárraga como un recadito sagrado de parte de ella. Al menos eso tradujo —vaya uno a saber si se lo inventó— el simpático canónigo Juan González y García, de veintiún años de edad, que afirmaba entender náhuatl y en esa ocasión, enervado por el aroma de las flores contenidas en el famoso ayate, fungió de intérprete entre el obispo y Juan Diego.

Con el paso de los años, González y García se volvió secretario y confesor de Zumárraga. Escaló muy alto en la jerarquía eclesiástica, pero en la cúspide de su carrera se retiró a hacer penitencia a una ermita que él mismo construyó en un pueblo llamado Ahuehuetlán, entonces una isla dentro del lago de Texcoco. Ahí murió y fue enterrado, con fama de santo, González y García en 1590. Hacia ahí la gente comenzó a peregrinar, atraída por cierto magnetismo sagrado. Ahí se levantó, décadas más tarde, el imponente templo de La Piedad Ahuehuetlán. Desde ahí pudo verse retroceder el agua de los lagos desecados hasta que el carácter insular del pueblo perdió toda significación. Ahí, tras la Independencia, llegó el abandono, el cuartel y el saqueo. Ahí el auge de terratenientes decimonónicos que mediante leyes liberales, cercamientos, violaciones y otros recursos propios de la acumulación primitiva del capital, convirtieron al pueblo en hacienda agrícola. Ahí el mercado inmobiliario del siglo XX derrumbó el templo, fraccionó la hacienda y fundó la colonia Narvarte. Ahí el Instituto Mexicano del Seguro Social levantó en 1955 un estadio de beisbol. Ahí, sobre el pasto del diamante, se improvisó una morgue gigantesca para las víctimas del terremoto de 1985. Ahí, a principios del siglo XXI, la mecánica neoliberal demolió el estadio e inauguró un centro comercial (Parque Delta) que recibe 20 millones de consumidores-feligreses al año, la misma cantidad que llega a la Basílica de Guadalupe en el mismo periodo de tiempo. Y ahí, en esa catedral del consumo, al frente de una asamblea de enardecidas ánimas en pena del terremoto, el fantasma de Juan González y García conjura contra la industria textil internacional. Él, que vio y tocó el ayate sagrado de Juan Diego, estampado sublimado mariano, modelo y flor de los textiles ante el cual palidece y se hace facha y andrajo cualquier tipo de tela profana, no comprende y abomina la locura de los posmodernos, súbditos idiotas de las tiendas de ropa.

−¿¡Acaso los vivos de esta época siniestra no entienden que el fenómeno del fast fashion contamina los ríos y esclaviza a las personas!? −grita retóricamente Juan González y García a su auditorio de fantasmas.

−No lo sé −me respondió Danush cuando llegamos a la Villa­−; o sea, la historia del fantasma novohispano está vergas, pero me parece que metes a huevo el asunto de la conciencia ecológica y el consumo responsable. El peligro es que la narración sea aleccionadora o quieras parecer contemporáneo a fuerzas −dijo y le contesté que simón, que tenía razón, y luego, para cambiar de tema, pues nuestro paseo no era taller literario, le pregunté si alguna vez había visto en funcionamiento el reloj de la explanada, sobre todo la rueda que, en medio de la espadaña, se abre cada tanto y muestra a unos autómatas con ojos de canica que, de forma absolutamente horrenda y demencial, representan el relato guadalupano: Juan Diego un maniquí color café y Zumárraga uno rosa con tonsura, entre nopales de plástico y fondos pintados al estilo pulquería, un teatro mitológico de engranes o −ya poniéndose locos− un portal hacia ese México paralelo donde todos somos muñecos hincados con las rodillas sangradas.

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Subimos el cerrito del Tepeyac con las bicis a cuestas. Ya arriba, contemplando la ciudad desde el mirador ubicado entre la capilla y el panteón, Danush dijo que estaría perrón que hubiera otros relojes con maniquíes autómatas: “Imagínate que en la antena de la Torre Latinoamericana −señaló hacia el Centro Histórico− se accionara cada hora, a manera de reloj cucú, un mecanismo con Voladores de Papantla falsos, y que desde las alturas, como desde los alminares musulmanes que anuncian el salat, sonara la flauta y el tambor”.

−Güey, eso sería una cosa súper vergas ­−le contesté­−, sobre todo porque el rito del Vuelo es, en efecto, un mecanismo que sirve para marcar y accionar el paso del tiempo. Lo sé gracias a uno de los batos enterrados aquí a un lado, en el Panteón del Tepeyac, junto al cuerpo sin pierna de Antonio López de Santa Anna y muy cerca de la tumba de Xavier Villaurrutia. Me refiero al historiador Alfredo Chavero, que en el siglo XIX escribió el primer tomo de México a través de los siglos. Ahí explica que el “Juego del volador”, como él lo llamaba, tiene una significación cronológica: los cuatro voladores que bajan por las cuerdas representan a los cuatro cargadores del año. Mientras descienden, cada uno da trece vueltas alrededor del palo. El resultado de multiplicar 13 por 4 es 52, cifra importante porque un siglo mesoamericano tiene 52 años, es decir el lapso en que tardan en coincidir los dos grandes calendarios antiguos: el de 260 y el de 365 días.

”Los Vuelos se llevaban a cabo cada 3, 8, 12, 36 y 52 años. Eran, literalmente, el motor del tiempo. Servían para darle cuerda al mundo. Si no se realizaban, el tiempo se detenía. Si se realizan con demasiada frecuencia, el tiempo se desbocaba, como sucedió hasta hace poco, antes de la Jornada Nacional de Sana Distancia, cuando afuera del Museo Nacional de Antropología, en Chapultepec, unos Voladores volaban cada media hora a cambio de la pinche propina de los turistas. El resultado, ya te habrás dado cuenta, fue la enloquecida aceleración de la vida y la muerte, de los virus que no están vivos ni muertos, de las pesadillas, del cambio climático, del derretimiento de los glaciares, de la extinción de las ranas de colores, de la hiperplasia oncológica, de los sentimientos, del sexo, del amor, de la industria, de los flujos informáticos y las finanzas, de las guerras y, lamentablemente, de la literatura que debería ser, por definición, un milagro lento.

−Chale, bato, es cierto, qué honda tristeza la festinación y prostitución de los ritos −dijo Danush−. Y cada vez más: por el Covid, si ahorita te mueres, ni siquiera te puede velar tu raza. Los ritos funerarios de toda una jornada son reducidos a sesiones de Zoom de cuarenta minutos. En chinga y a lo que sigue. Pero no te agüites, compa: este momento, en las alturas del cerrito sagrado, será eterno. Échate una selfie en la que salgamos los dos. ¡Y arriba Sinaloa y Durango!

Así fue.

Bajamos el cerro cargando de nuevo las bicis, dejamos la Villa y avanzamos pedaleando por Calzada Misterios, casi sin hablar. En Tlatelolco dimos un breve rodeo y continuamos nuestro regreso. Frente a la Glorieta de Cristóbal Colón, en Reforma, nos despedimos:

−Si me muero de Covid te llamo por teléfono −dijo Danush.

−Arre, bato ­−le contesté, chocamos los codos y lo vi avanzar: a unos cincuenta metros de distancia su bici comenzó a elevarse, como en E.T., el extraterrestre, hasta que la perdí de vista. Solo entonces reanudé mi propia marcha, también volando, sobre los edificios y las azoteas y los árboles de esta ciudad que, vista desde el aire, es un cráter descomunal y bello, milagroso.

 


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
(Mazatlán, 1988), estudió letras hispánicas en la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del Fonca. Textos suyos se han publicado en medios nacionales y en las antologías Álbum rojo. Narrativa sinaloense de no Ficción (2018) y Ciudades aprehendidas y otros apegos (2019). Es autor de El investigador perverso (2014) y Nadie es tan desvergonzado como desea (2019).

Ilustrador
Angy
(1988) Es investigadora y artista visual. Vino de Caracas a la Ciudad de México a hacer una Maestría en Comunicación en la IBERO y ahora está a punto de empezar el Doctorado en Estudios Humanísticos del Tecnológico de Monterrey. Su proyecto creativo, Recorta y mueve, es un espacio creado para hacer exploraciones materiales y conceptuales con la imagen digital: específicamente le interesa manifestarse a través del collage y la animación GIF. Ha participado en dos exposiciones colectivas: Inauguración del Restaurante-Galería Otates (Guadalajara, 2017) y Noches de Autor en la Sociedad Dante Alighieri (CDMX, 2019); así como también ha colaborado como ilustradora en diversos medios digitales e impresos. recortaymueve.com / @recortaymueve