Tierra Adentro
Louis Althuser por Arturo Espinosa, Flickr

Llueve. 

Te asomas por la ventana. Ves frente a ti dos gotas de agua que no se tocan. Parecen estar casi paralizadas y no ceden, adheridas al vidrio. Poco a poco, milimétricamente, se inclina una, apenas, hacia la otra dejando un levísimo rastro de agua en su trayectoria; parece que uno de los lados de la gota se va llenando de más agua. Se inclina lentamente hacia la otra gota y ésta, casi estática, se resiste. Parece alejarse de la gota que viene hacia ella, quiere evitarla a toda costa. Pero en un momento dado, sin más, la gota toca finalmente la membrana de la otra gota. Se precipita el encuentro, vertiginoso. La curvatura infinitesimal de una gota que se inclina hacia otra hace que se unan y se precipiten ahora rápidamente hacia abajo. En su paso, ya juntas, se llevan con ellas al resto de las gotas que esperaban, estáticas sobre el vidrio, esa desviación originaria. Del clinamen y de ese encuentro nace un mundo. 

 

En uno de los pasajes más bellos de la filosofía, Louis Althusser traza un paralelismo implícito entre los átomos de Epicuro y las gotas de lluvia que caen. Para Epicuro, antes de la formación del mundo, sobre el vacío, un número infinito de átomos caían en paralelo. Esto implica que antes de la formación del mudo no había nada y que todos los elementos del mundo ya existían en la eternidad. Antes de la formación del mundo no había significado, causa o fin ni razón o sin razón. Y de pronto el clinamen sobreviene. Lucrecio deduce el clinamen de los fragmentos de Epicuro: la curvatura infinitesimal, el mínimo desvío de un átomo hacia otro que provoca que un átomo se desvíe de su caída vertical en el vacío y rompa el perfecto paralelismo en tan solo un punto, lo cual induce un encuentro. La suma de los encuentros, luego del primero, se aglomera y esta es la creación de un mundo. Para Althusser, esto señala que lo originario no es la realidad de los átomos mismos, sino el encuentro, el clinamen, sin el cual los átomos no serían nada sino el fantasma de una existencia. El mundo se forma como efecto puro de la contingencia y depende del encuentro aleatorio de los átomos causado por la desviación del clinamen. Esto es fundamental para la forma en que Althusser propone en su último manuscrito publicado y reconstruido luego de su muerte que una corriente subterránea ha permanecido a lo largo de la historia de la filosofía: la filosofía del encuentro, el materialismo del encuentro. La filosofía ya no necesitaría pensar ni la razón ni el origen de las cosas, sino que debería ser una teoría de la contingencia y del hecho de la contingencia, de la necesidad subordinada a la contingencia y del hecho de que las formas le “dan forma” al efecto del encuentro. 

Louis Althusser (1918-1990) fue un filósofo francés, nacido en Argelia, que primordialmente se dedicó a pensar lo que denominó la “filosofía marxista”. Durante su juventud, Althusser se sentía fuertemente identificado con el cristianismo y su primer acercamiento a la filosofía de Spinoza y Montesquieu fue a través de la tradición cristiana. Estudió en la École Normale Supérieure en París y después se convirtió en profesor de filosofíaEn su enseñanza y al tomar ciertas técnicas del estructuralismo para leer a Marx se volvió un referente central y principal intelectual del Partido Comunista Francés (lo cual posteriormente se convirtió en una problemática relación que justificó de diferentes maneras a lo largo de su trayectoria). En su vida personal, Althusser sufrió en distintos periodos de su vida de depresión y momentos psicóticos que desembocaron en 1980 en la muerte de su esposa, luego de que la estranguló durante uno de sus momentos psicóticos. Fue declarado no apto para ser juzgado y pasó un largo periodo en hospitales psiquiátricos. Su vida intelectual cambió luego de este incidente y escribió muy poco más, alejado de sus estudiantes y amigos. Althusser murió el 22 de octubre de 1990. 

Comienzo por el final de Althusser, y releo el texto que más he subrayado en mi vida en cinco lecturas en diferentes momentos: antes, tentativa, subrayaba con lápiz, luego con más seguridad con pluma y después con colores. En “La corriente subterránea del materialismo del encuentro”, escrito después de la muerte de su esposa y su hospitalización, Althusser traza la que considero que es la condensación más atrevida de su pensamiento: desde Epicuro hasta Marx hay una corriente subterránea que ha buscado su anclaje materialista en una filosofía del encuentro y rechaza la filosofía de la esencia, de la razón y por tanto del origen y el final. Una de las preguntas que obsesionó al filósofo francés a lo largo de su trayectoria fue la pregunta por los (re)comienzos y es que cada punto de llegada era un nuevo punto de partida y la inconclusión un comienzo. Althusser ve los comienzos siempre en retrospectiva, a través de la retroacción necesaria: se asoma desde su ventana en el presente para ver lo que ha sucedido, el encuentro, y trabaja desde ahí, a partir de los resultados, hacia el comienzo, para ver esos instantes luminosos en donde finalmente las cosas adquieren la consistencia necesaria, se cuajan “en ciertos momentos felices [loselementos que conjuntan un encuentro susceptible”. Vuelvo entonces al comienzo de Louis Althusser, desde su final, la lluvia. 

Althusser fue, sobre todo, un hiperlector. Su principal contribución a la filosofía, desde mi punto de vista, no fue necesariamente su (in)definición1  de una filosofía marxista o su famosa teoría de la ideología y la interpelación, sino la forma en que, empapado en el estructuralismo y desde el marxismo, elaboró simple y sencillamente una nueva forma de leer (filosóficamente). Ya desde sus primeros textos controversiales como “Contradicción y sobredeterminación” o “Sobre la dialéctica materialista” y hasta sus libros imprescindibles Para Marx (1965) y Para leer El Capital (1965), sus intervenciones clave critican al conocimiento como mito especular de la visión, la lectura inmediata (la concepción empirista del conocimiento), y favorecen la lectura “sintomática”. La lectura sintomática, tal como él la define, “descubre lo no descubierto en el texto mismo que lee y lo refiere, en un mismo movimiento, a otro texto, presente por una ausencia necesaria en el primero”. Es decir, al leer un texto debemos estar atentos a sus lagunas, a las preguntas sin respuesta, o a las respuestas sin pregunta, a las torsiones de las frases, a las repeticiones, a los olvidos e incluso encontrar las metáforas, para así hallar en las contradicciones mismas las convicciones subterráneas verdaderas del texto.  

El ejemplo más claro de lectura sintomática está quizás contenido en la famosa frase de Marx“la anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono” (y no, quizás, viceversa). En un giro sorprendente, Marx clausura toda interpretación teleológica de la historia, la concepción evolutiva de la historia (la cual diría que la anatomía del mono, el precursor, es clave para entender a su sucesor, el hombre). También anticipa el famoso après coup (nachträglich) del psicoanálisis según el cual sólo en retrospectiva se puede reconocer qué tan significativo ha sido un acontecimiento, pues solo en un tiempo posterior al de su primera inscripción el pasado adquiere sentido y resignifica (desde el presente) tanto el pasado como el futuro. En la ruptura de la causalidad mecánica y en este gesto de Marx, Althusser encuentra una nueva forma de leer (desde su presente y a partir de esta forma retroactiva) lo que está ausente en la obra de Marxla filosofía de Marx.  

En vez de indagar genealógica o hermenéuticamente en la obra de Marx y cavar en la tierra para ir capa por capa y dar una interpretación más de sus postulados, como ya se había hecho hasta el cansancio en los años sesenta en que escribía Althusser, el filósofo francés decide de forma sumamente creativa leerlo sintomáticamente, es decir, hacer manifiesto lo latente. Sabemos que Marx jamás postuló una filosofía sistemática en su obra y por ello Althusser retorna a Marx, a sus puntos contradictorios y a sus preguntas y no a lo explícito, para forjar una política de izquierda verdaderamente revolucionaria que zanjaría viejos y nuevos problemas políticos. Pero más allá de Marx, en última instancia, Althusser buscaba no solo dar una nueva apreciación teórica, sino dejar en claro que el conocimiento es producción y no algo que se puede ver directa y empíricamente, de forma evidente o transparente. 

Cuando el joven Althusser se encontró con el marxismo descubrió una crítica radical de todas las ilusiones “especulativas” lo que le permitió establecer una verdadera relación con la realidad a través de crítica misma de las ilusiones. Luego de dedicarse a estudiar a Spinoza, Maquiavelo y Rousseau, Althusser descubrió, según confiesa en su autobiografía, El porvenir es largoque el marxismo le permitía experimentar con el cuerpo una forma de pensar. En la teoría marxista vislumbró un sistema de pensamiento (el materialismo) que reconocía la primacía de la actividad física y del trabajo sobre lo pasivo, sobre la conciencia especulativa. En la esfera del puro pensamiento, descubrió la primacía del cuerpo como agente que transforma la materia. Al igual que la gota de lluvia se desvía levemente para al fin crear un mundo, el encuentro de Althusser con el marxismo transformó la manera en que se puede pensar filosóficamente la tradición materialista en oposición al mito empírico del conocimiento de lo dado y el idealismo. 

Si hay un libro de filosofía que se plantea como novela policial, y que por lo tanto no deja de ser una lectura que me mantiene en vilo cada vez que lo (re)comienzo, es Para leer El Capital. Puede que sea solo que en mi lectura toman forma y consistencia muchas de las ideas que me interesan para pensar filosóficamente los actos más elementales. La insoportable lucidez del libro colectivo parte de una simplísima pregunta al establecer su postura como lectura filosófica de El capital¿qué es leer? Si Freud nos enseñó que debíamos sospechar lo que quiere decir escuchar y lo que quiere decir hablar (y callarse), dado que detrás hay un segundo discurso, el del inconsciente, entonces a partir de Marx lo que debemos sospechar es lo que quiere decir leer y por lo tanto escribir 

En ocasiones la lectura althusseriana de Marx es sumamente novelesca y parece ser dominio de la imaginación, además de estar llena de conclusiones prematuras, pero revela la riqueza infinitamente maleable de su material. Partiendo de la pluma de Althusser, la obra de Marx es riquísima y permite leer a contrapelo las viejas discusiones fijándose en lo que nadie había notado: las ausencias, las preguntas, los juegos de palabras, las metáforas, la retórica del discurso.   

El legado de Althusser continúa en una generación brillante de pensadores que fueron sus estudiantes y de una u otra manera han asumido su legado como Alain Badiou, Jacques RancièreÉtienne Balibar, Pierre Macherey, Jacques Derrida, Jean-Claude Milner, François Regnault y Jacques-Alain Miller. Este 22 de octubre estamos a 30 años de la muerte de Althusser, pero su pensamiento sigue vivo en su legado filosófico y en la generación más original de la filosofía francesa 

 

Cuando te asomes a la ventana, verás esas dos gotas que se unen lentamente estoy segura de que estarás condenado a verlas como yo, para siempre: como el clinamen de los átomos. Esto te llevará a pensar siempre en el encuentro (aleatorio) de dos gotas de la que nacen mundos posibles. 


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Ilustración por Aricollage.

¿Qué procesos físicos se activan en el instante posterior a una revelación? Es como si una luz nos encandilara para enseñarnos un pedazo nuevo de la realidad. La cabeza da vueltas, la piel se eriza, las pupilas se dilatan. Eso es la crónica (un ornitorrinco, según Juan Villoro; un Kiwi, de acuerdo con el argentino Martín Caparrós), un rayo luminoso en lo que existe y desconocemos, o fingimos desconocer. Un artefacto extraño. Mutante con brazos de ensayo, piernas de novela, torso de periodismo y cabeza de poesía. La crónica no reniega su intención totalizadora, subjetiva y revolucionaria, sino que la profundiza.

“De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la ‘voz de proscenio’, como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona”, escribió Juan Villoro en La crónica, ornitorrinco de la prosa, publicado por La Nación de Argentina el 22 de enero del 2006. En una de las definiciones más exactas que existen sobre el género, pilar del periodismo narrativo en México. Villoro combinó los elementos que confluyen al interior de una crónica. La multiplicidad, queda claro, es su mayor virtud.

Inconforme con mostrar lo que ignorábamos, la crónica también lo explica, o como escribió Sara Sefchovich en Vida y milagros de la crónica en México (2017), “se propone dar fe de lo que sucede, pero también entenderlo”, bajo el mecanismo de reconstruir la realidad “mediada por quien la realiza”.

En ese sentido, la crónica posee dos rasgos inamovibles: la intención del texto —lo que se traduce en el enfoque único de quien la escribe— y su función social, cuyo carácter ha variado a la par de los contextos históricos. Esto es, según Sefchovich:

La crónica ha tenido una larga vida en México, siempre con enorme fuerza y vitalidad. Y las sigue teniendo hoy en el siglo XXI. Suyos han sido muchos milagros: desde inventariar a este país y a su gente hasta darle voz a quienes no la tienen; desde desenmascarar los discursos oficiales hasta visibilizar la realidad que no vemos o que deliberadamente se oculta; desde mostrar la vida cotidiana pero también lo excepcional, hasta denunciar la miseria, la violencia, la corrupción y la negligencia.

En México, la crónica es el género literario por excelencia y el más icónico del periodismo narrativo. Desde hace cientos de años, ha retratado los procesos sociales y las transformaciones del país. Algunos autores consignan como los antecedentes del género los textos del Chilam Balam y el Popol Vuh, así como las Crónicas de Indias, cuyas miradas pretendieron tergiversar los hechos cruentos de la conquista española. Así hasta la llegada de otros cronistas, como Miguel León Portilla, quien puso los sucesos en su justa dimensión.

Por lo tanto, la crónica, asociada por inherencia al tiempo, pretende ser un reflejo de la historia, donde, ante la incapacidad de contar una totalidad, la de nuestra cultura y tradiciones en permanente transformación, hace el trabajo de recortarla a través de una mirada personal.

Bajo esa línea, la crónica habla de los usos y costumbres, también preserva la tradición oral, generando una vía de comunicación con las masas, esquivando los textos dedicados a la llamada “élite intelectual”. Es, como escribió Sefchovich, una “descripción de la vida colectiva a través de tipos genéricos”, con “la utilización de los espacios que representan actitudes psicológicas de carácter social”.

Recalcando el valor de la palabra escrita, la crónica es información y es arte; es objeto para el saber y para el placer. Y, como apunta Sefchovich, “por ello se convirtió en el género más frecuentado en la literatura mexicana, el que más se lee” y “tiene más autoridad en la cultura”.

Una de las taras del periodismo tradicional es la necesidad de esconder al narrador. Quien mira y escribe debe pasar desapercibido en textos en tercera persona del singular, con una adjetivación que bien podría haber programado una máquina. Por el contrario, la crónica y el periodismo narrativo apuntan a quien escribe; su mirada única del mundo, su forma de concebir la existencia. Se trata, pues, del género más político y frontal; del menos elusivo.

Los cronistas no van sobre la corriente, sino en contra; aunque esto, como escribió Caparrós, los obligue a soslayar “las necesidades primordiales de las audiencias”. De hecho, la crónica no persigue su asimilación en un sentido de consumo, sino que se lanza a la confrontación, como una luz sobre las zonas oscuras de la sociedad. Contrasta historias, en apariencia diminutas, con la realidad mundial, o, como escribió el peruano Julio Villanueva Chang en El que enciende la luz. ¿Qué significa escribir una crónica hoy?1:

Un cronista necesita, para poder explicar fenómenos de estos tiempos, más de obrero que de príncipe, y bastante menos de escritor que de detective(…). Una parte de las historias más memorables son aquellas en la que un cronista ha sabido contagiar esa fascinación que sintió por lo descubierto, incluso cuando vuelve extraordinario lo banal.

También podría definirse a la crónica como un acto, una visión de algún contexto determinado, de la forma en que lo describe Sefchovich:

Por igual Díaz del Castillo que Prieto, Novo que Monsiváis, Gutiérrez Nájera que Villoro, tuvieron la voluntad y el propósito de recoger y reproducir lo que veían y de criticar y moralizar. Algunos con la suavidad de Amado Nervo, otros con las asperezas de José Joaquín Blanco, unos con la solemnidad de Cristina Pacheco, otros con la frivolidad de Guadalupe Loaeza” (…) De modo que la crónica no es la transmisión de la realidad, sino la reconstrucción de esa realidad mediada por quien la realiza.

Delimitada por lo factual, la crónica es, sin embargo, un género ficticio. No inventa, pero reproduce escenarios que han desaparecido. No crea personajes inverosímiles, toma los de la realidad y la memoria, los interpreta; pero ajusta las características de los mismos a las nociones del autor, ponderando aquellos que revelan un aspecto estético, o informativo.

“Es una creación de estructuras verbales cuya clave consiste en la transformación artística de la realidad, con una aguda conciencia del proceso creativo”, escribió Carlos Monsiváis en su artículo “De la hora del ángelus al zapping. La crónica en América Latina”, publicado en Letras Libres en diciembre de 2005.

Desde Días de guardar (1970) hasta Misónigo feminista (2013), Carlos Monsiváis, precursor y erudito de la crónica-ensayo, retrató las transformaciones culturales más importantes de México con un tono sesudo, mordaz y en el que nunca faltó la confrontación contra el régimen establecido, llámese político, o artístico. Con Monsiváis como ejemplo, aprovecho para acotar que entre los grandes milagros de la crónica en México está que los cronistas también fueron cronicados, reflejando su importancia en un sentido nacional y en la interpretación de nuestra idiosincrasia.

Por ello, para comprender el aporte de Monsiváis a la crónica mexicana, vale la pena leer el perfil que escribió Fabrizio Mejía Madrid, otro gran cronista mexicano, en la revista Gatopardo. Especializada en periodismo narrativo, particularmente en la elaboración de perfiles, en Gatopardo también es posible consultar un perfil sobre Juan Villoro, escritor por Diego Enrique Osorno, o sobre Lydia Cacho, escrito por Laura Castellanos.

Dentro de este equilibro entre hechos e imaginación, datos y estética, verdades y mentiras, lo que vuelve a la crónica literatura —y sin duda uno de los géneros más importantes que se han cultivado en México— es que “el aspecto recreativo termina por ser más importante que el aspecto informativo”, como apuntó Aníbal González en La crónica modernista hispanoamericana (1983), donde subraya que en la crónica no “pesa más lo que se dice, sino la fuerza de su exposición”.

De esta manera, si vemos las crónicas que se han escrito en México a lo largo de su historia desde una mirada aérea, pasaremos de la independencia a la  revolución, periodo en el que sobresalen textos como Cartucho: Relatos de la lucha en el Norte de México (1931), de Nellie Campobello, o Los de Abajo (1915), de Mariano Azuela. A su vez, contemplaremos a cronistas notables como Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Novo, Manuel Payno, Justo Sierra O’Reilly, Juan Díaz Covarrubias, Eligio Ancona, Luis G. Inclán, Ángel del Campo Valle, entre otros.

Avanzaremos décadas y aparecerán movimientos sociales y represiones, clases trabajadoras y cúpulas de poder que fueron retratadas por cronistas como Elena Poniatowska, Vicente Leñero, Julio Scherer, Ricardo Garibay, Luis González de Alba, José Joaquín BlancoArmando Ramírez, Guadalupe Loaeza, Guillermo Sheridan, Rafael Pérez Gay, Víctor Roura, Daniela Pastrana, Jaime Avilés, Juan Villoro, Paco Ignacio Taibo II y Alma Guillermoprieto.

Mientras que, en la actualidad, algunos de los cronistas que han retratado las derivas de la “Guerra contra el narco“, los perjuicios de las políticas públicas neoliberales y la vida urbana, son: Sergio Gonzalez Rodríguez, Fabrizio Mejía, Laura Castellanos, Lydia Cacho, Alejandro Almazán, Adrián Negro, Fernanda Melchor, Javier Valdez, Héctor de Mauleón, Magali Tercero, Marcela Turati, Diego Enrique Osorno, Blanche Petrich, José Gil Olmos, Lydiette Carrión, Daniel Rea, Memo Bautista, Iván Farías, Fabiola Eunice Camacho, entre otros.

Presenté a los autores anteriores como un retazo del panorama nacional de la crónica mexicana, a través de un sumario que responde a mis lecturas. Las listas y sus pretensiones totalizadoras son imposibles, por lo que subrayo: hay muchos más cronistas que trabajan en periódicos impresos o digitales; que han  publicado libros valiosos, o que han aportado a la construcción histórica de este género, sin duda el mejor del país.

 

Hablemos de crónicas mexicanas

Mi relación con la crónica mexicana comienza en el 2015, cuando trabajaba en un medio vendido a la derecha y un compañero reportero me pasó, vía inbox, “Acapulco Kids“, de Alejandro Almazán. Con este texto, publicado en diciembre del año 2008 en Emeequis, me parece viable desmenuzar algunos aspectos de la crónica mexicana contemporánea y hablar sobre otros autores.

Almazán narra un viaje a Acapulco, Guerrero, para investigar la prostitución infantil. En vez de iniciar el texto con un repaso mecánico sobre cifras, políticas públicas fracasadas, espacios de carácter oficial, el autor abre el telón al interior de un automóvil, en  un estacionamiento, y con un narrador en primera persona —él mismo— que dialoga con un franelero. Él le acaba de ofrecer a una niña por 300 pesos y le dice que “orita hasta te puedo conseguir una de nueve o diez años”, y Almazán contesta: “Regreso antes de esa hora, nada más no me vayas a fallar”.

Encubierto, personal, una narración en donde el autor participa físicamente en la experiencia fingiendo ser un pedófilo, “Acapulco Kids” rompió en un par de líneas todo lo que yo concebía entonces como las “reglas del periodismo”.

El texto retrata un Acapulco decadente, cuyo rumbo se perfilaba tras la conquista, “luego de quinientos años de ensangrentar destinos”, escribe Almazán, “llegaron los grandes edificios a la bahía y dividieron la ciudad en dos: la cara bonita y el patio trasero”; abarrotado de niños que viven en la calle. “Han traído hordas de niños al Malecón, al Zócalo, al canal que lleva las aguas negras a Hornos, al Oxxo que está rumbo a Telecable, a la Soriana de la Costera”, continúa el autor. Son menores de edad adictos a las drogas e inmersos en redes de prostitución infantil presuntamente dominadas por tailadenses, “Manuel es uno de esos niños que entran y salen del albergue (…) para comprar piedra y mariguana (…) sabe que debe de cumplir con el círculo vicioso para escapar, prostituirse”.

Entrar de lleno al ambiente retratado, ora como testimonio en tercera persona, ora como testimonio en primera, es un recurso que también encontré en cronistas como Sergio González Rodríguez, Diego Enrique Osorno, Lydiette Carrión, Javier Valdez, Fernanda Melchor, entre otros autores.

Algunos, como Osorno, Valdez y Melchor, han narrado historias de gente que está abajo, en el sicariato, o que han tenido poder y lo perdieron. Otros, como González Rodríguez y su libro Huesos en el desierto (2002), o Lydiette Carrión y La fosa de agua (2018), revelaron las historias y los datos que ocultan las versiones oficiales.

En tanto, escritores como Adrián Negro y Memo Bautista narran la vida urbana como participantes y receptores directos de la información, renovando así zonas ya muy contadas de nuestras ciudades —como “Tepito, tu onda me late, publicada en Yaconic—, o perfilando a personajes que pretendemos ignorar —Bautista lo logra en “Comer como teporocho en México“, publicada en Vice—. Aquí también se podrían incluir autores como Armando Ramírez y Héctor de Mauleón, así como Lydia Cacho, quien incluso hizo trabajo encubierto para revelar cómo funcionan las redes de prostitución en las ciudades.

El estandarte del periodismo narrativo sobre la vida urbana es, me parece, Los rituales del caos (1995), de Monsiváis, así como Instrucciones para vivir en México (2007), de Jorge Ibargüengoitia. Sin embargo, hay más narradores urbanos que han retratado las facetas oscuras del norte del país en textos personales —como Carlos Velázquez y Elma Correa— o del sureste —el caso de Carlos Hurtado—. Asimismo, se pueden consultar antologías de periodismo narrativo destinadas a profundizar en el narcotráfico, como La ley del cuerno (2011), o libros que explican la militarización del país, como La Tropa (2019), de Daniela Rea y Pablo Ferri.

La incertidumbre que vive el narrador de “Acapulco Kids”, inmerso en una investigación que podría costarle la vida al autor, es una manera de establecer un puente con el lector, a quien le resulta imposible no identificarse. Eso hace el periodismo narrativo: lanzarnos emocional e intelectualmente a un tema que desconocemos. De este modo, además de entrar en un territorio hostil para revelarnos la facilidad con la que se puede encontrar el horror en lo cotidiano, en un espacio turístico que se vende como destino seguro según las voces oficiales, Almazán cumple con varios preceptos de la crónica como género, entre los cuales se encuentra, de acuerdo con Sefchovich:

Se trata de un género que se ocupa de (o sea, que su objetivo es) observar y escuchar (hacer etnografía), averiguar (hacer sociología y sicología), desenterrar (hacer arqueología), recuperar (hacer historia), describir (hacer fisiología) y transmitir (hacer narrativa).

Además de Gatopardo, otros medios en donde se pueden leer crónicas mexicanas de excelente calidad son La Jornada —cuyos suplementos No ficción: el lado B de la escritura y La Crónica: el arte de narrar la historia recomiendo ampliamente—, El Universal, El País, Yaconic, Vice, Crónicas de asfalto y Tierra Adentro. Esta última realiza desde el año 2014 el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay, el cual nos acerca al panorama de la crónica contemporánea, con autores como Diego Olavarría, Emiliano Ruiz Parra, Aldo Rosales, Christina Soto van der Plas y, recientemente, Hiram Ruvalcaba.

La crónica se expande al compás de nuestra historia y cultura. Su evolución es un proceso que adquiere cada vez más profundidad y, por fortuna, mayor difusión. Pero su fin, como escribió Darío Jaramillo en Notas desabotonadas. La crónica latinoamericana, es  “conjugar la mirada subjetiva con una experiencia transubjetiva y, en ese sentido, una experiencia colectiva. Su importancia debe trascender lo meramente subjetivo y conectarse, por algún lado que a veces resulta ser un ángulo imprevisto, con un interés colectivo”.


Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.
Imagen tomada de Freepik

Ceniza fue publicado originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso


Obedecía solo a una ley, que era la del más fuerte.
Mary Shelley

 

La mujer se asoma a la puerta para contemplar un nuevo amanecer de ceniza. Se ha cubierto totalmente la piel con tiras de tela, unas gafas de buceador le protegen los ojos y un trapo empapado en agua le cubre la boca. El sol es un disco apagado que apenas se vislumbra entre la nube de ceniza que cubre el cielo. Hace semanas que no abandona la casa y meses que no ve a nadie, excepto cadáveres que están cubiertos por el mismo polvo que los mató.

Entra en casa y termina de prepararse. Se calza sus mejores zapatos, que le quedan un poco grandes: eran del viejo. Cuando se quita el pañuelo para volver a empaparlo en agua, sufre un ataque de tos. Escupe sangre. Casi tan importante como conseguir alimento es encontrar una nueva mascarilla. La suya está rota.

Antes de abandonar la casa, oculta en un agujero del piso los pocos alimentos que le quedan. Después de cerrar la puerta, se agacha para coger un puñado de ceniza y la echa en el picaporte. Si alguien pasa por allí, pensará que la casa lleva mucho tiempo abandonada, como todas en la urbanización.

La mujer pasa delante del cadáver del viejo, sobre el que ya se han acumulado varios centímetros de ceniza. La ciudad comienza a cinco kilómetros de la estación. Calcula que tardará tres horas llegar allí. El camino es empinado. Tal vez duerma en una casa abandonada y regrese a la estación mañana. En la ciudad todavía hay supervivientes, aunque, confía, cada vez menos. Algunos se encerraron en sus casas cuando comenzó todo y allí perecieron, mientras esperaban vanamente que desapareciera la nube de negra. Otros supervivientes se organizaron en bandas que se acabaron disputando la poca comida y el agua que había. Quizás ya hayan muerto todos.

Los campos se han secado y los árboles han perdido las hojas. De vez en cuando se ven animales caídos. Durante un tiempo la mujer trató de alimentarse de los cadáveres de animales, aunque encontraba el sabor repugnante. Entonces conoció al viejo revisor, que le aconsejó que no lo hiciera.

Siente frío, a pesar de que están en agosto. La mujer va marcando sus pasos en la ceniza. El viejo le dijo que la nube acabaría desapareciendo y que todo, poco a poco, volvería a la normalidad. Pero no ocurrió nada de eso. Un día comprendió que no lograría sobrevivir si el viejo seguía comiendo los pocos alimentos que les quedaban. Le encerró en una habitación. Poco antes de morir, el viejo comenzó a delirar: creía oír llover.

La mujer pasa el guante por el cristal de las gafas. Hay que limpiarlas cada poco. Ve un coche junto al arcén. Al parecer han intentado ponerlo en marcha lanzándolo cuesta abajo. Sin éxito, claro. La ceniza también ha acabado con todos los vehículos.

Cuando llega a la altura de la fábrica de gres, decide tomarse un descanso. Se sienta y, teniendo cuidado de dar la espalda al viento, se quita el pañuelo que le cubre la cara para beber un sorbo de agua. Quizás un poco más adelante se eche un caramelo a la boca. En el bar de la estación encontró una caja llena, todo un tesoro. Todavía le quedan más de trescientos.

La fábrica de gres está cerrada. La mujer se pregunta si los desvalijadores la habrán saqueado. Quizás haya algo interesante dentro. Durante un instante le da vueltas a la cabeza. Finalmente, decide seguir con su plan original de ir a la ciudad; no sospecha que acaba de firmar su condena. Reanuda la marcha cuando el pálido sol está en lo alto del cielo.

Pasa por delante del asilo. Lo recorrió unos meses atrás con el viejo. Encontraron medicinas y agua, pero les fue imposible abrir la cámara frigorífica. El viejo le propuso hacer un boquete en la pared, pero ella, que tendría que haber hecho todo el trabajo, adujo que probablemente los alimentos se habrían echado a perder. Ahora tiene una fugaz visión de cajas de frutas y verduras, de carne fresca y pescado. Tal vez la próxima vez siga la idea del viejo.

Un ruido le pone alerta. Ve un coche con la puerta abierta y rápidamente se mete en él. Afortunadamente, no hay dentro ningún cadáver. La mujer trata de contener la respiración. Oye unos pasos y un chirrido. Alguien empuja un carro metálico. La mujer siente los latidos de su corazón. Tiene ganas de toser. El chirrido se detiene. Dos personas hablan. Han debido ver sus huellas. La mujer aferra el cuchillo. Los pasos se acercan.

 


Autores
España. Ha ganado el VIII Premio de Relatos Entrelibros 2005, el XVI Premio para Escritores Noveles de la Diputación Provincial de Jaén 2006, el IV Certamen de Microrrelatos La Risa de Bilbao (2013), el IV Concurso de Microrrelatos La Calle de Todos (2014) y el II Concurso Ávila Me Mata (2015). Ha publicado relatos en los periódicos Ideal y La Razón. Algunos de sus cuentos han sido leídos en los programas La Rosa de los Vientos de Onda Cero, Wonderland de Ràdio 4, El Público de Canal Sur, Érase otra vez de Aragón Radio y La Ventana de la SER.
Fotografía tomada de Flickr
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(tonos y voces de la tormenta)

El dolor derrite cualquier nota de falsedad,

la aniquila

Svetlana Alexievich

para Mariana V

 

Pérdida y muerte

–Schubert siguió a Beethoven.

–¿Cómo que lo siguió?

Pide al mesero otra ronda de cervezas (en tarro) y botana. Estamos en La Invencible. En el pueblo de San Ángel.

–Sí, lo seguía en sus caminatas nocturnas, lo intentó seguir admirablemente en la música y lo siguió en la muerte.

–¿Es cierto que cargó el féretro de Beethoven?

–Sí, durante el cortejo fúnebre hacia el cementerio de la pequeña ciudad vienesa de Währing. Tras el entierro, Schubert se reunió con algunos amigos en un bar como este, que despedía un olor a miasmas y orina, se llamaba El Castillo de Einsenstad, ahí brindó por el sordo de Bonn, alzó el tarro de cerveza y exclamó: «Salud por el que siga a Beethoven».

–Pues salud.

–Salud. –Muerde el taco de pancita en salsa verde. Traga–. Veinte meses después…

–¿Después qué?

–Schubert murió. A los 31 años. Pidió ser enterrado en el mismo panteón que Beethoven. Y así se lo concedieron.

 

***

 

Umbral del invierno de 1828. Franz Schubert, genio de la melodía, regordete, de espesa cabellera, tímido, de anteojos anticuados, siempre viejo, un poco burgués, que ponderaba la amistad y el alcohol por encima de muchas cosas (son famosas sus reuniones entre amigos poetas y músicos, que terminaron conociéndose como las Schubertiadas), está enfermo. Próximo a la muerte. Tiene una extraña dolencia, una suerte de derrumbamiento interior. Parece que finalmente la tristeza le estalló. Escribe en su Diario: “Nadie comprende el dolor de otro, nadie las alegrías de otro”. En el lecho de muerte, en el sótano de la casa de su hermano Ferdinand, le pide: “Te lo ruego, que me lleven a mi habitación. Que no me dejen en este cuartucho bajo tierra. ¿A caso no me gané también un lugar en la superficie de la Tierra?”

Acaba de componer su Viaje de invierno, un ciclo de 24 lieder –inspirados en poemas de Wilhelm Müller– que simbólicamente representarán su último viaje, su último invierno. Horas antes de su muerte, su amigo violinista Karl Holz, acompañado de su cuarteto de cuerdas, interpretó algunos lieder suyos, además de la última melodía que Schubert quiso escuchar para despedir la vida: el Cuarteto para cuerdas núm. 14 en Do sostenido menor de Beethoven.

 

***

 

A media carrera cambiamos de caballo, nos mudamos al tequila. Herradura blanco, derecho. Con sangrita y una cerveza Corona para acompañar.

–A mi amigo, Schubert lo salvó de la muerte.

–¿En qué sentido?

–Pasaba por la fuerte congoja de haber perdido a su madre. Llevaba meses sumergido en una tormenta, en una malsana tristeza, que le había provocado, entre otras cosas, una insensibilidad a cualquier tipo de placer. Pero además una poderosa propensión al suicidio. Una tarde, caminando por un barrio del oriente de la ciudad, escuchó algo, como un murmullo, «una repentina iluminación, un avivamiento de mi estado de ánimo, un súbito susurro o insinuación de vida, de alegría». Entonces comprendió que lo que estaba escuchando era música. Música a lo lejos.

–Carajo, pídete otra ronda de tequilas. Sostén el relato ahí. Voy a mear.

Hago al mesero la típica señal. Trae otro par de aceitosos, transparentes, vívidos y humeantes tequilas. Con sus respectivas mitades de limones, y más sangrita.

–Decías…

–Música a lo lejos. Entonces, como fragmentos a su imán, los oídos de mi amigo lo conducen a la fuente de aquel poderoso efluvio musical. La melodía escapa de la ventana de una casa que da a la calle. Mi amigo, conmovido hasta la médula, se apuesta lo más cerca que puede de dicha ventana, cierra los ojos, e intenta reconocer de qué música se trata. Es un lied de Schubert. Lo reconoce porque su padre lo ponía en su infancia.

–Schubert, solo Schubert es la vida, broder.

Es lunes y la cantina está vacía. De modo que me atrevo a cometer una fechoría: saco mi celular, busco un lied de Schubert, ese que comienza con las palabras Fremd bin ich [Forastero soy]. Subo el volumen. Escuchamos. Nos perdemos en aquella música. El mesero no se atreve a traernos más tequila.

 

Los tequilas y la música… ambos son mi sangre, «La sangre de mi vida».

 

 

Puedo resumir en tres palabras…

Tony está en su bañera, próximo al suicidio. Suena “Lovely day”, del enorme Bill Withers.  Es un día claro y soleado. Hasta hermoso. Su perra, una negra e inútil pastor alemán incapaz de abrir por sí sola una lata de comida, lo mira y parece que lo increpa. Ladra, ladra, ladra. Lo saca del cometido. «Si pudieras abrir una lata, ya estaría muerto. Pero no puedes ¿no? Porque eres inútil». Tony está quebrado, roto, con el ánimo erosionado, parece vivir entre una niebla compacta; ya no puede cree en la vida después de la muerte. Después de la muerte de su esposa Lisa. Suena el silencio. [“Silence”, de Dave Thomas Jr.] Sale de la bañera. Hay que alimentar a la inútil y vivaz perra.

En otra escena Tony cae derrumbado en el sillón. [Ahora suena “The Olny Thing”, de Subjan Stevens]. Sostiene un frasco con sugerentes barbitúricos. La perra ladra, una y otra vez. Tony destapa el frasco. Más ladridos, aunque esta vez no tienen resonancia. Todo parece apuntar a lo irremediable. Pero alguien llama a la puerta, nuevamente le frustran la muerte. Se trata de una mujer que recientemente lo ha comenzado a amar. Se llama Emma.

El relato concluye con otra escena: dos personajes secundarios esperan en la banca de un panteón. Uno de ellos pronuncia una frase del poeta norteamericano decimonónico Robert Frost: “Puedo resumir en tres palabras todo lo que he aprendido de la vida: la vida sigue”.

Pienso en William Styron, cuando cita a Dante –el final del canto XXXIV de su Divina Comedia– “Y otra vez contemplamos las estrellas”, para referirse a lo que quizás constituya la única merced de la depresión (la depresión como enfermedad, como afección, trastorno psíquico, biológico y social): no es invencible. Invencible, la cantina de San Ángel.

 

«Si algo nos puede enseñar la depresión es, en todo caso, la humildad del duro oficio de vivir».

[Viendo la serie After Life]

 

Brahms ante el sufrimiento

En su libro Esa visible oscuridad –poderoso ensayo autobiográfico dedicado a narrar su aguda depresión­– el novelista William Styron confiesa una experiencia que le sucedió durante un serio episodio de devastación próximo al suicidio:

 

“Una noche cruelmente fría, cuando supe que no me sería posible sobrellevar el día siguiente, me acomodé en la sala de la casa bien envuelto en ropa para resistir la frialdad. Mi mujer se había ido a la cama, y yo me obligué a ver una película […] En cierto punto del filme, que se desarrollaba en el Boston de finales del XIX, los personajes bajaban por el amplio pasillo de un conservatorio de música, y de otro lado de las paredes, acompañada por músico invisibles, llegaba una voz de contralto, un pasaje de la Rapsodia para contralto de Brahms, que se eleva de repente.

Ese sonido, al que, como toda la música –como a todo placer en realidad–, había permanecido yo insensible, en mi aturdimiento, durante meses, me traspasó el corazón como un puñal, y en un desbordamiento de recordación súbita pensé en todas mis alegrías que la casa había conocido: los niños que habían correteado por sus habitaciones, las fiestas, el amor y el trabajo, el sueño honradamente ganado, las voces y el ajetreo, la sempiterna tribu de gatos, perros y pájaros […]”.

 

La música es la más poderosa de las artes, porque no requiere mediación. Es un acto. A diferencia de la literatura, que tiene el muro del lenguaje. En música uno no necesita saber absolutamente nada de nada. A caso solo nos pida estar a su servicio. Con los oídos abiertos. Con el corazón dispuesto. Es perfectamente subjetiva y, aunque no es capaz de comunicar algo en concreto, se podría afirmar que pocas manifestaciones humanas logran el arduo milagro de conectarnos con la tristeza. Asunto relevante. Ejercer sin tapujos nuestro derecho a la tristeza. “La tristeza inmortal del ser divino”, como diría Rubén Darío. Abandonar esa necesidad de estoicismo ante la tristeza, que nos exige este tiempo ahistórico, veloz, roto, mezquino, desesperado. Educarnos en la tristeza. La tristeza como forma del conocimiento. Como un arte. Como un asunto eminentemente humano. Basta escuchar las Variaciones Goldberg de Bach, el Cuarteto La doncella y la Muerte de Schubert, el Quinteto para clarinete y cuerdas de Brahms, las Kinderszenen (piezas infantiles para piano) de Schumann, el Stabat Mater de Pergolesi o It never entered my maind en versión de Miles Davis (o lo que usted guste y mande), para encontrarnos de frente con la belleza, la tristeza, el dolor, los confines del alma, los misterios del sufrimiento; con la naturaleza humana.

Por cierto, Brahms y su música han logrado tocar, en momentos complejos y de ensombrecimiento, el corazón de muchos seres más –además del de Styron–, para muestra sólo un botón. Klara Wieck, esposa de Schumann, escribió a sus hijos tras la muerte de su esposo: “Entonces llegó Johannes Brahms. Vino, como un amigo entrañable, a compartir mi dolor, fortaleció mi corazón, que parecía a punto de quebrarse, elevó mis pensamientos, alegró mi espíritu en todo momento y en todo lugar”.

 

«No hay día en que no escuche aunque sea una miniatura de él [Brahms]. Alguna música que me permita dar gracias por esta vivo».

 

El viento de la locura

Robert Schumann terminó sus días en un hospital psiquiátrico, en Endenich, donde ya no componía música ni hablaba, solo ubicaba sobre un atlas nombres de países y pueblos, una y otra vez, y bebía agua del cuenco que hacía su esposa con las manos. Antes de ingresar al nosocomio pasó varios años en una suerte de trastorno psicótico, muy probablemente a causa de una profunda y prolongada depresión, asunto que le hacía padecer constantes y aterradoras alucinaciones. Por ejemplo, imaginaba que Bach tocaba a la puerta de su casa a la mitad de la merienda. Entonces Robert exigía a gritos que alguien le abriera al maestro; que no lo dejaran afuera esperando. Sus hijos, confundidos, miraban a su madre (Bach llevaba cien años de muerto). Les tenía rotundamente prohibido burlarse de su padre. Así, todos terminaban abriéndole la puerta a Bach, invitándolo a la mesa, mientras Klara interpretaba al piano las Variaciones Goldberg, ante la presencia del “maestro” y para agradecer el generoso gesto que había tenido al visitarlos. «Jamás sabré lo que causó mi depresión, como nadie sabrá nunca nada acerca de la suya».

 

Muchos artistas han fundado su arte sobre la fuerza de la debilidad; muchos también han sido aquellos que han “creado” para no morir. Aquí pondría a Schumann. “A veces, estallo de Música”, escribió en alguna ocasión a su esposa. Y aquí pondría también a la literatura, que posibilita múltiples encuentros con dicha fuerza y milagro. Voy a decir Carver, Baudelaire, Flaubert, Szymborska, Steinbeck, Dostoyevski, Doroty Parker o Hart Crane (quien por cierto se suicidó en el Golfo de México). De Parker pienso en su cuento “Te portaste perfectamente” y de Crane en su poema “The Broken Tower”, que escribió en Taxco y que uno de sus versos reza así: “Y de este modo entré en el mundo roto/ para encontrar la compañía visionaria del amor”. Pero también estoy consiente de la perogrullada que acabo de decir. Pues podría afirmar que casi toda la literatura se nutre de la fuerza del sufrimiento, del dolor, de la debilidad, la muerte, la locura; la literatura es así, siempre quiere ser escrita sobre aquello que no se puede decir. Por último, pienso en una novela que proviene enteramente de la música y la locura: El malogrado, de Thomas Bernhard, donde uno de los personajes principales es ni más ni menos que el ínclito y genial pianista Glenn Gould, “el más clarividente entre los locos”, que no le gusta el piano y que terminó alejándose del “circo” de los escenarios. Nadie como él interpretó nunca a Bach. Decir Variaciones Goldberg es decir Glenn Gould.

 

«Desgarrado hasta las mismas raíces de su ser».

 

La voz de la depresión

Hölderlin describe un dolor, en su poema «El azul adorable»: “indescriptible, inexpresable, indecible”. Y es que, aunque la depresión tiene sus propias palabras: apatía, pérdida, ensombresimiento, melancolía, debilidad, tristeza, muerte, pesimismo, vida, disgregación, insomnio, desamparo, tormenta, descontrol, congoja, y aunque todas forman parte del sentido mundo de la vida humana –y por ende de la invencible tragedia de la existencia–, experimentadas desde la enfermedad cobran una dimensión muy distinta. Cesare Pavase escribió al decidir irse de esta vida: “No más palabras. Un acto. No volveré a escribir más”.

La propia palabra depresión parece en muchos casos insuficiente para narrar la compleja perturbación de la mente que supone esta enfermedad, de la que, por cierto, mucho se desconoce aún. Nuevamente Styron: ha propuesto renombrar “la enfermedad” con la palabra Brainstorm [tormenta en el cerebro], en vez de la imprecisa y anodina palabra “depresión”.

 

«El misterio de la vida es el misterio del sufrimiento».

 

Encore

Aunque muchos artistas han experimentado representar la desolación de la melancolía, “el horror de la depresión [para aquellos que la han vivido en carne propia] es tan abrumador que excede con mucho toda posibilidad de expresión; de ahí la frustrada sensación de insuficiencia que suele hallarse en la obra de los artistas, aun de los más grandes”, tal como lo afirma Styron.

 

«Me siento tan cansado que parece que podría atravesar mi cama, Schubert en el lecho de muerte».

 


Autores
Ciudad de México, 1985. Escritor y editor. Estudió Historia en la FFyL de la UNAM y música en la Escuela Nacional de Música. Autor del libro Las anforitas ocultas y antologador de la colección Santa María la Ribera. De autores y calles (UNAM). Su más reciente colaboración fue para la antología Lados B (Editorial Nitro-Press). Durante el 2016 fue becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca.
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La Ciudad de México, la tres veces fundada —su primera advocación está en aquella rodeada de lagos: México Tenochtitlan; la segunda comenzó el 13 de agosto de 1521, el día de la rendición de los mexicas; la tercera, cuando el Ejército Trigarante entró en la ciudad, el 27 de septiembre de 1821—, ha crecido a lo largo de los siglos hasta ser inabarcable para sus cronistas y sus caminantes, quienes han ensanchado tanto sus fronteras que hasta el nombre administrativo que llevaba desde 1824 se desvaneció en 2016 para dar paso al actual, más sonoro, reconocible y asaz estridente, como sus propias calles.

En 1975, año del conejo, según el horóscopo chino, murieron el generalísimo Franco y el compositor Dmitri Shostakóvich; México organizó los juegos Panamericanos y Bobby Fischer cedió su título de campeón mundial a Anatoly Karpov; se estrenó Pantaleón y las visitadoras y Monty Python and the Holy Grail, y One flew over the Cuckoo’s Nest ganó el premio Oscar a la mejor película. Y Bohemian Rapsody, estrambóticamente sonora, se escuchó por primera vez.

En México se vivía la cruda de 1968 y del “Halconazo de 1971; en estados como Guerrero, la persecución policiaca y las muertes eran moneda constante, mientras la nacional se devaluaba cada día más, y Francisco “el Bondojo” Fernández jugaba, junto a Pablo Larios y el “Harapos” Morales, en el Zacatepec, equipo al que dirigiera, décadas antes, el insigne Nacho Trelles. La colonia que le otorgara el hipocorístico —la Bondojito, al norte de la Ciudad, nombre de una especie de nopal— celebraba, ese año, el debut de Fernández en la primera división, pero en sus calles también se comentaba la tragedia que había cimbrado la mañana fría de un lunes de octubre.

Durante el siglo XX convivieron los tranvías impelidos por fuerza animal con los transportes de vapor y electricidad, este último estableció su primera línea en 19001. Antes, en 1857, el primer tranvía impelido por el aliento de cuadrúpedos tristes, había establecido su ruta desde el Zócalo hasta La Villa. En este vehículo, los habitantes de la Ciudad pasaban sus horas decimonónicas, y hasta nuestros días han llegado fieles retratos de su cotidianidad. Escribiera Manuel Gutiérrez Nájera:

Yo, sin embargo, paso las horas agradablemente encajonado en esa miniaturesca arca de Noé, sacando la cabeza por el ventanillo, no en espera de la paloma que ha de traer un ramo de oliva en el pico, sino para observar el delicioso cuadro que la ciudad presenta en ese instante. El vagón, además, me lleva a muchos mundos desconocidos y a regiones vírgenes. No, la ciudad de México no empieza en el Palacio Nacional, ni acaba en la calzada de la Reforma. Yo doy a ustedes mi palabra de que la ciudad es mucho mayor. Es una gran tortuga que extiende hacia los cuatro puntos cardinales sus patas dislocadas. Esas patas son sucias y velludas. Los ayuntamientos, con paternal solicitud, cuidan de pintarlas con lodo, mensualmente2.

En las décadas finales del siglo XIX, los tranvías se habían organizado en la Compañía de Ferrocarriles del Distrito Federal que agrupaba más de tres mil mulas y seiscientos carruajes de pasajeros, quienes recorrían doscientos kilómetros de vías. Para el año de 1917, la Ciudad de México tenía setecientos cincuenta mil habitantes, y los tranvías eléctricos, que llevaban apenas diecisiete años operando, tenían ya catorce líneas y un entramado de trescientos cuarenta y tres kilómetros de vías, lo que supone más del cincuenta por ciento de la actual red del metro.

Estos datos podrían darse en cualquier otra ciudad del mundo y darían cuenta del progreso y modernización de una urbe. Sin embargo, cuando menos en los que atañen a nuestra ciudad, estas cifras llevan a considerar el contexto político: en 1917 Venustiano Carranza llega al poder y se firma la Constitución, hasta ahora vigente, con lo que comienza el fin de la Revolución Mexicana.

Es decir, eran años en donde la sangrienta rebelión había trastocado la realidad capitalina. La pobreza, la hambruna y el valor devaluado del peso eran el pan —o el palo, para citar a Don Porfirio— de cada día. Aunado a esto, el crecimiento de la población supuso que la demanda del servicio de transporte aumentara, y con ello las utilidades para los concesionarios de los tranvías: la México Electric Transway Co., de origen inglés, y que tenía sede en Londres y una filial en Canadá3. En 1911, los operadores de los tranvías comenzaron a manifestarse en contra de las condiciones laborales a las que las empresas extranjeras los sometían. Francisco León de la Barra, presidente interino ante la renuncia de Díaz, respondió a las demandas por medio de la represión. No obstante, el movimiento de los transportistas tuvo réplicas en 1916, 1922 y 1946. En 1916, en particular:

(…) un grupo de personas aprovechó la oportunidad para improvisar los primeros autotransportes urbanos de pasajeros del país: colocaron sobre un chasis que disponía de motor de combustión interna una plataforma de madera con bancas y en algunas ocasiones toldo. La presencia de estos nuevos medios de transporte tuvo un efecto inmediato sobre el conflicto laboral: debilitó la presión de los tranviarios sobre las actividades de su huelga4.

Así comenzó la pugna por el transporte. Ante una Ciudad que se multiplicaba en sí misma y en la que convivieron tranvías eléctricos, mulas y camioneros; se erigieron los intereses políticos de la minoría oligárquica que, con la daga en el cuello de los trabajadores, velan por sus intereses.

El 24 de noviembre de 1932, a las cinco de la tarde, se llevó a cabo una ceremonia para despedir el “Tranvía de mulitas de ‘Granada’”, que daba servicio a un par de cuadras al nororiente del zócalo capitalino. La invitación decía:

Para despedir cariñosamente a este humilde y leal trenecito, que sirvió al público durante muchos años, se efectuarán solemnes honras fúnebres […] en la terminal de las calles de “Granada”; de allí será conducido el interdicto a su última morada.

Invitamos a Ud. atentamente a que asista a los funerales.

                                                                                                                                                  Los Dolientes

Se suplica abstenerse de enviar ofrendas florales.

 

    Agencia Eusebio Gayosso5.

Antes de que la fauna compuesta por “Delfines”, “Ballenas”, “Cotorras” y “Cocodrilos” se adueñaran de las calles, la población mexicana había crecido  de forma exponencial, y el servicio de tranvías estaba en desventaja en cuanto a la demanda en comparación con la de los camiones. El dos de enero de 1946 se nacionalizó la empresa de tranvías, lo que resultó en:

(…) una fórmula mixta en el transporte urbano de pasajeros: la concesión privada más el subsidio y la intervención estatal directa en la prestación del servicio. Los depositarios de la primera fueron los camioneros agrupados en la Alianza de Camioneros, en tanto el Estado participó a través de la empresa descentralizada Servicios de Transportes Eléctricos del Distrito Federal6.

Así nacía el “Pulpo Camionero”, y con él, el monopolio del servicio de los camiones que desplazó a los tranvías y no dejó que creciera la red de los trolebuses que se había introducido en la década de los cincuenta. Con la ciudad desbordada por su población, la demanda creciente y la oferta rebasada se hizo necesaria una nueva alternativa.

El Grupo Ingenieros Civiles Asociados (ICA) presentó al gobierno del infame Gustavo Díaz Ordaz el plan para construir un tren metropolitano, como en otros países del mundo. A partir de estas negociaciones, el 4 de septiembre de 1969 se inauguró la primera línea del Metro, con dieciséis estaciones —de Zaragoza a Chapultepec— y casi trece kilómetros de longitud. En los siguientes años, hasta 1972, se amplió la Línea 1 hasta Observatorio; se construyó la Línea 2 de Tacuba a Taxqueña, y comenzó la primera etapa de la Línea 3, de Tlatelolco a Hospital General. A partir de la última ampliación de estos años —la de Tacubaya a Observatorio—, el Metro dejó de expandirse. El comienzo del declive económico mexicano, el crecimiento de la deuda, el contexto político y las acciones federales fueron los obstáculos que detuvieron las obras del Sistema de Transporte Colectivo Metropolitano.

(…) la determinación de congelar la obra del Metro no fue un simple acto de racionalidad económica, sino que pasó también por la esfera política. Los camioneros tenían una cuota de poder y constituían un interlocutor político obligado (…) nacional; este poder era tal que permitió que Rubén Figueroa Figueroa, presidente de la Alianza de Camioneros, fuera designado candidato del PRI y posteriormente electo gobernador del estado de Guerrero (1975-1981). El gobierno capitalino tuvo que negociar con los camioneros y tolerar sus condiciones para mantener el funcionamiento del transporte citadino7.

El gobernador Figueroa, quien fuera secuestrado por el Partido de los Pobres en 1974, durante su campaña política, y nombrara a Acosta Chaparro8 como Director de Policía y Tránsito, fue también señalado por golpear a la Autónoma de Guerrero y por hacer que el mar escupiera muertos. Transportista y oligarca, logró que el transporte concesionado y manejado por la Alianza, de la que él era presidente, tuviera una presencia predominante en la capital, al grado que su apoderado legal, Octavio Sentíes, fue nombrado como Regente del Distrito Federal, y la expansión del Metro se  detuviera seis años.

El Metro, que naciera en el papel con el decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación, el sábado 29 de abril de 1967, comenzaba a ser parte de la vida de la Capital.

Sin embargo, apenas algunos años después de su inauguración, el 20 de octubre de 1975, el tren número 10 descargó la inercia de su andar contra de la retaguardia del tren número 8, en la estación Viaducto, de la Línea 2.

Oficialmente se reportaron 26 muertos y 69 heridos. Y el conductor del desafortunado tren, un joven de apenas veintidós años, Carlos Fernández Sánchez, fue el receptáculo de toda culpa. No podía ser de otro modo: el sistema nunca falla. El “error humano” fue la causa de la tragedia y le acarreó al operador una pena de catorce años de prisión y una multa de casi trece millones de pesos, según la sentencia del juez Juan Verniz. Así lo relata el periodista Luis Guillermo Hernández, quien ha contado esta historia como nadie:

(…) una Comisión Especial, conformada por el Procurador Horacio Castellanos Coutiño, el director del Metro, Jorge Espinosa Ulloa, y el secretario general de gobierno del Distrito Federal, creada por orden del presidente Luis Echeverría, encontró un único culpable, en apenas 5 días.

Quien busque los expedientes perdidos de la tragedia del Metro, tras 33 años de olvido, es posible que sólo encuentre silencio. Muchos de los protagonistas han muerto. Otros se perdieron de la mirada pública.

En el Archivo General de la Nación, que resguarda los archivos oficiales de la presidencia de Echeverría, no hay documentos relacionados con el caso. En el Archivo Histórico de la Ciudad de México, donde debía estar el expediente penal completo del conductor, sólo hay un oficio, del tamaño de media hoja carta9.

Los medios informativos —que, salvo honrosas excepciones, siempre han estado al servicio del mejor postor— cubrieron ampliamente la nota, y dejaron constancia de que el único culpable fue el joven Fernández Sánchez. Sin embargo, Héctor Manuel Zavala Bucio presentó Crónica de un silencio (1984). Zavala Bucio era el encargado de la prensa del Sindicato de Trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo en 1975, y había declarado después del accidente que este había sido producto de la fatalidad. En el testimonio posterior, Zavala Bucio afirma que:

Poco más tarde llegó Adán Camacho, solicitando la presencia de todos en la Sala de Plenos, y la mía, en su privado, a donde acudí predispuesto a recibir la reprimenda por mi incumplimiento y a exponer mis disculpas.

—¿Y el comunicado ? —me preguntó Adán—. Espero que no lo hayas dado a conocer […] Ven, vamos con los demás, necesito que me ayudes y me apoyes para echar marcha atrás sobre lo acordado ayer; nos podemos emboletar y meternos en broncas gratuitas; ya analicé anoche las cosas y es mejor callar, flaco, es mejor guardar silencio  […]

No recuerdo textualmente su discurso, pero, entre otras cosas, externó la propuesta de no declarar como sabotaje el incidente de Viaducto y respaldar las declaraciones de las autoridades de la Ciudad […] Confesó haber estado en contacto con algunos funcionarios, quienes le recomendaron e hicieron entender que era menester establecer cautela en toda declaración o agravar la consternación, sobre todo de carácter técnico, para evitar brotes de pánico o agravar la consternación ciudadana10.

En el mismo tenor, Siempre! publicó un artículo en donde se daba cuenta de los peritajes que especialistas de la UNAM y del IPN habían hecho. El joven Carlos Fernández Sánchez, quien tuvo como defensa al joven licenciado Jesús Zamora Pierce, había quedado a merced de la sevicia gubernamental y del servilismo del sindicato.

En los peritajes se decía que las causas del accidente habían sido “concurrentes, si una de ellas no se hubiese presentado, el alcance […] no habría ocurrido”. Estas causas fueron: un error en el diseño de las señales luminosas; un exceso de trenes en la línea; una falla en la comunicación radiotelefónica; una falla de señalización o una falla del sistema automático, y una falla en el frenado11.  Es decir, al joven, del que solo se sabe que salió de la cárcel en los ochenta y nunca más se le volvió a ver, se le imputaron los cargos, la culpa y se le cargaron “todos los muertos”.

En el corrillo de la Ciudad se hablaba de un sabotaje, de un accidente premeditado que hiciera que las autoridades pusieran atención en el desarrollo y mantenimiento del Metro. Un año después del accidente se instauró el pilotaje automático, que, dicen, era lo que se buscaba.

La Ciudad no es una. Sus habitantes son incontables como también las historias que se cuentan de su transporte. Recordemos a los cronistas que dejaron por escrito en las últimas décadas del siglo XX los sinsabores del caminante. José Agustín y José Emilio Pacheco dejaron cuentos sobre el Metro y sus laberintos. En la colonia Bondojito todavía hay quien habla de los dos hermanos, del futbolista y del operador. Al primero, el corazón lo traicionó a los treinta y siete años; al segundo, un país gobernado por corruptos lo mandó a chirona y, con ello, lo despareció de la historia de esta Ciudad.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
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Para el (ex)melanchólico

 

Pero, en verdad, ¿quién no está demente, melancólico, loco?,

¿quién no es un enfermo mental?

Robert Burton, Anatomía de la melancolía

 

Es difícil determinar con exactitud por qué algunas personas o cosas nos atraen más que otras. Dentro de esta incógnita que, en mi caso, mezcla historia propia y contexto social, la atracción a los libros, que son mitad persona y mitad cosa, es una categoría aparte. Hay libros que existen para interpelar a algunas pocas personas. Hay otros que son planetas gigantescos que pasan a través de los siglos creando séquitos inesperados de asteroides. La espesa Anatomía de la melancolía, escrita en el siglo XVII, me ha causado una atracción quasimetafísica desde hace años, cuando supe por primera vez de ella entre las páginas de otra obra de la excentricidad, Vida y opiniones de Tristram Shandy, Caballero. Robert Burton escribe sobre melancolía para evitarla, pues dice, no hay mejor leña para la hoguera del sufrimiento que el ocio. La depresión es un océano de dolor, tan grande y profundo que es indescriptible si estás dentro. Burton se rehúsa a nadar en esas aguas y opta por observarlas desde un faro altísimo, compuesto de citas, conjeturas, descripciones y anécdotas eruditas.

Anatomía de la melancolía. El nombre mismo es hipnótico.

La sola misión de conseguir el libro me resultó significativa: la traducción más fácil de conseguir es un compilado de greatest hits[1] y no el libro completo, que sólo está publicado en español, en toda la magnificencia de sus 474 páginas, por la Asociación Española de Neuropsiquiatría.

La materia prima de este ensayo viene de sus páginas, en las que me he movido siempre guiada por una libromancia melancólica.

 

*

 

Es difícil determinar con exactitud por qué algunas cosas nos atraen más que otras. Por ejemplo, en la botica de un monasterio, como llevada por una fuerza sobrenatural, me quedé mirando una piedra color tierra dulce, que, supe poco después, era calcedonia. Según la ficha que la acompañaba, esta versátil hija del sílice “expulsa los malos pensamientos causados por la melancolía” y refrena la libido cuando se pone en la parte donde se toca el sereno. Más allá de que sólo puedo intuir quién es el sereno y dónde se toca, la otra mitad de la prescripción me pareció perfecta y necesaria.

 

*

 

Intenté escribir sobre depresión. Recién había leído varios libros del tema. Me sentía lista e informada; incluso me inventé fuertes y controversiales opiniones, como debe ser. Luego erré entre muchos borradores que intentaban mezclar épocas y conceptos pero que nunca tocaban de lleno el tema. Como la calcedonia en el monasterio, se apareció la melancolía y no me dejó ir. Seguramente tiene que ver con algún tono antiguo del término, que, con toda una historia que remite a cumbres borrascosas y poetas mirando la noche, seduce a lo que queda de mi yo romántico del pasado. ¿Del pasado? El alejamiento temporal, el matiz literario del término, lo acientífico, también ayudan a crear  una distancia que la mucho más ominosa palabra “depresión” no tiene. Tan próxima, tan tangible, tan gris y sin poesía.

La palabra melancolía es, en parte, una protoforma de nombrar a la depresión. Visto desde una perspectiva moderna, aquello de lo que habla Burton en su obra no encaja tal cual en el concepto clínico contemporáneo.[2] El Nuevo Demócrito, pseudónimo de Burton, caracteriza ese mal por la presencia de “temor, tristeza y delirio sin fiebre”, pero a lo largo de sus páginas, un desfile de personajes históricos, reales y ficticios, demuestran formas distintas de locura, que definitivamente están más cerca del delirio que de una desesperanza incapacitante. Por otro lado, mis primeras exploraciones del laberinto de la Anatomía me llevaron a reafirmar unas de mis concepciones de ese entonces: Burton habla de la depresión como una falla de origen en los individuos. Apoyándose en la teoría de los cuatro humores que componen al hombre, dice que aquellos que tengan demasiada bilis negra están condenados a la melancolía. ¿Cómo llegamos a esa acumulación de bilis? Además de una propensión natural, las causas son de lo más variadas: designio de los dioses, una mala jugada del zodiaco, alimentación desbalanceada, mal de amores, estreñimiento. Si bien el mal de amores y el estreñimiento sí pueden llegar a dar un bajón de proporciones considerables, el designio de los dioses y el zodiaco ya no parecen una explicación suficiente para nada. Por otro lado, pensé en ese entonces, la traducción de la bilis negra a nuestra época es la teoría de la baja producción de serotonina.[3] Si un día me vuelvo loca como Ignatius, protagonista de La conjura de los necios que decide ver el mundo contemporáneo como si del medievo se tratara, comenzaré a creer que me deprimo por mi exceso de bilis negra a causa de un castigo divino, pero que no pasa nada, porque me curo cada vez con mi reserva de calcedonia y escribiendo sobre melancolía. Hay algo de cierto en ello. Por ahora, aún asentada (más o menos) en la realidad, me tengo que conformar con las mil explicaciones que rodean al hecho de que nos deprimimos cada vez más sin necesidad de la comanda de algún dios antropomórfico. A casi 10 años de mi primera lectura, la Anatomía ya no me resuena igual en este llamado a pensarnos desde nuestra “química” (no estoy segura de cómo llamar a los humores) y, por tanto, como solitarixs portadorxs de nuestros males. Curioso que la “enfermedad de nuestro tiempo”, y principal causa de incapacidad según la OMS, se siga pensando como un problema individual, y, a menudo, un tema tabú. Tampoco creo ya en esa satisfacción que me daba, paradójicamente, atribuir a la falta de serotonina mis depresiones.

 

*

 

El DSM-5, Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales, es el quinto vástago de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, que actualiza periódicamente este volumen de oprobiosa historia. Hojear sus 900 páginas de clasificaciones, me puso a pensar cómo sería un test a la Burton para diagnosticar melancolía. A continuación un primer acercamiento a una lista de síntomas de la sección del libro en la que Burton afirma que la tristeza es ingrediente inseparable de la melancolía.

-Lxs melancólicxs se enojan con todo.

-A pesar de que ríen de vez en vez, o se sueltan a series de carcajadas y sonrisas, regresan luego a la miseria.

-En cuanto abren los ojos, después de sueños terribles, inquietos, sus corazones apesadumbrados empiezan a suspirar.

-Las cosas pasadas, presentes o futuras, el recuerdo de alguna desgracia, las pérdidas, daños, abusos, etc. les atormentan y se reavivan, como si se hicieran de nuevo.

-Lxs melancólicxs, ven agresiones y ofensas en cada esquina.

-Lxs melancólicxs se animan y desaniman en un instante.

-Lxs melancólicxs son apasionados en extremo y lo que quieren lo buscan con frenesí.

-Lxs melancólicxs no persiguen nada porque no tienen ánimo para pararse siquiera.

-Lxs melancólicxs se enamoran en exceso.

-O, por el contrario, le temen férreamente al amor.

Amantes de los extremos. Visto así, lxs melancólicxs podemos ser todxs. O casi.

 

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Burton dice que hay dos tipos de melancolía en el mundo. La melancolía en disposición y la melancolía en hábito. De la melancolía por disposición, esa que va y viene, que responde a la tristeza, al temor, la enfermedad, la muerte, se dice que no puede ser evadida. “Nadie es tan sabio, nadie tan feliz, nadie tan paciente, tan generoso, tan divino, tan piadoso, que pueda defenderse”. La melancolía en ese sentido es inherente a ser humanx. La melancolía peligrosa es la que se vuelve hábito: una enfermedad crónica o continua. No toda tristeza es depresión, incluso cuando es profunda. En ediciones previas del DSM, existía algo llamado “la excepción del duelo” que evitaba un diagnóstico de depresión, aunque los síntomas coincidieran con los marcados en el DSM, a quienes hubieran perdido a alguien cercano.[4] El periodo de un duelo normal era, inicialmente, de un año. Luego, en la siguiente edición del DSM, de 3 meses. Después, dos semanas. Finalmente, la excepción del duelo desapareció, en parte porque presentaba una pregunta difícil de hacer: ¿por qué solo la presencia de la muerte resulta una circunstancia razonable para que el dolor profundo exista y se extienda en el tiempo? ¿Dónde empieza lo patológico y qué es solo una emoción humana normal? O diría quizás Burton, ¿dónde habitamos la melancolía por disposición y dónde la volvemos hábito?

 

*

En la época de Burton existía la creencia de que los acordes del universo, originados en los astros, regían con su música a los seres vivos. Por ello, ciertas melodías podían influir de manera determinante a las personas, y había una correspondencia entre cada uno de los cuatro modos musicales, mixolidio, dórico, lidio y frigio, con los cuatro humores. En el caso de lxs melancólicxs, propensos al exceso de bilis negra, el modo frigio contribuía a su enfermedad. Por ello, se recomendaba a lxs que adolecían de este mal que se mantuvieran alejados. El problema era que lxs melancólicxs, entonces y ahora, se sentían irremediablemente atraídos hacia ese modo, y en vez de obedecer la prescripción de música más alegre que revitalizara su ánimo, se encontraban imantadxs por aquello que sólo contribuía a su desequilibrio de humores. Y quién va a juzgar a esxs melancólicxs del pasado si en los peores momentos de dolor pocas cosas me parecen más bellas que la voz aterciopelada de Chet Baker llorando por enamorarse tan terriblemente fuerte que el amor no dura, en vez de recurrir al reggaetón que podría sacarme de mis momentos más bajos a fuerza de caderazos y guarradas. Ah, el placer de remover la tristeza y hacerla gloriosa con ornamentos que le vayan bien.

 

*

 

Es difícil determinar con exactitud por qué algunas cosas nos atraen más que otras. Dice la narradora de Entre los rotos, de Alaíde Ventura: “No puedo explicar con precisión qué cualidades tiene la tristeza que me resulta tan atractiva… en especial entre nosotros, los rotos… Es difícil mirar la tristeza y no pensar: Aquí yo puedo hacer algo. Se abre una ventana de posibilidades.”  ¿Qué buscamos cuando nos atraen las fisuras del otrx? ¿Consolarnos a través de ellxs? ¿Sentirnos comprendidxs o menos anormales? ¿Cumplir nuestro complejo de salvadoras, de cuidadoras por designio social? Un espejo que podamos romper.

 

*

 

Una nota que casi podríamos llamar optimista emerge de vez en vez entre las líneas del Nuevo Demócrito: la melancolía es la emoción más propicia para el pensamiento. Mejora la comprensión del hombre (para Burton, sólo hay hombres) más que ningún otro humor. Adelanta sus meditaciones más que cualquier bebida. Pienso en el propio inicio del libro, la ya mencionada declaración de que escribe sobre melancolía para no caer en ella. Las melancólicas vamos por la vida tratando de evadir la irresistible atracción que ejercen los planetas oscuros, con su fuerza vertiginosa. Como Burton, gravito en torno a aquellas cosas que acarician mis dolores, y las medito y amaso hasta que dejan de ser sufrimiento, y se vuelven materia de cambio. Quizás, como el personaje de Entre los rotos, mi deseo de arreglar cosas rotas, de arreglarme, es el centro real de la atracción centrífuga.

 

*

Lxs melancólicxs nos preguntamos constantemente si lo somos por hábito o por disposición, aunque cada vez creo menos que la depresión sea una identidad o que pensarse desde ahí haga algo más que dificultar el abandono del hábito. Quiero cambiar del soy al estoy. Quiero pensar que toda melancolía es por disposición.

*

 

En esta anatomía incompleta no puede faltar el final bellísimo y melancólicamente luminoso del Nuevo Demócrito. No todo es desamparo, ni siquiera para lxs habituales de lo oscuro. El consejo, tan vigente entonces como ahora, es doble: haz algo, toca a alguien; no abraces la soledad ni abandones la mente a sus divagaciones destructivas:

 

Tened esperanzas, infelices.

Dichosos, tened precaución.

 

En esos días en que me cuento entre lxs dichosxs, lo hago siempre desde esas líneas; en los que la melancolía por disposición amenaza con volverse hábito me recuerdo que somos (soy) menos melancólicxs cuando somos con lxs otrxs. Mi Anatomía seguirá siendo un planeta en torno al cual gravitar, mi ejemplar, que reposó por un par de años en una repisa, a lado de un filodendro que no para de extenderse y, bajo mi descuidado riego, moja todo a su alrededor. Moho. Sus orillas están llenas de polvo negro. Dicen que ese es incurable y peligroso, y que es mejor deshacerse del libro. Me rehúso.

 

[1] De esta edición saco las citas: Anatomía de la melancolía, Alianza editorial, 2008. La traducción es de Ana Sáez Hidalgo, Raquel Álvarez Peláez, y Cristina Corredor.

[2] Jesús Ramírez-Bermúdez, Depresión, la noche más oscura, publicado por Penguin Random House en 2020

[3] Para explorar el papel que tiene la serotonina en la depresión, y sus alcances reales, recomiendo el libro de Jesús Ramírez-Bermúdez, Depresión, la noche más oscura, publicado por Penguin Random House en 2020, así como el de Johann Hari, Lost Connections: Uncovering the Real Causes of Depression – and the unexpected solutions, Bloomsbury, 2018. Johann Hari es enfático al afirmar que los factores sociales y vivenciales son mucho más relevantes que la química cerebral o la predisposición genética y avoca su libro a analizar las “desconexiones” que llevan a la misma. Ramírez-Bermúdez afirma que: “el estrés social es quizá el factor más importante en la formación de los estados depresivos, pero esto no sucede más allá del cuerpo humano, sino en un individuo que tiene cuerpo, emociones, pensamientos.”

 

[4] Johann Hari, Lost Connections: Uncovering the Real Causes of Depression – and the unexpected solutions, Bloomsbury, 2018.


Autores
(Ciudad de México, 1988) Escribe narrativa y ensayo, y es traductora. Ha colaborado en revistas y en proyectos de investigación sobre literatura clásica y medieval. Fue becaria del FONCA y la Fundación para las Letras Mexicanas. Su primera novela, “Anticitera, artefacto dentado” fue publicada en 2019 por el Fondo Editorial Tierra Adentro.
Hospital psiquiátrico de St. Louis, staff e internas. Fotografía por St. Louis Water Department. Wikimedia Commons

Aquí puedes leer el capítulo XV


CAPÍTULO XVI
La última despedida

 

 

El día que trajeron a Pauline Moser al manicomio, escuchamos unos gritos desgarradores y una chica irlandesa, vestida a medias, vino tambaleándose por el pasillo como como si estuviese borracha al tiempo que gritaba: “¡Viva! ¡Tres hurras! ¡He matado al diablo! Lucifer, Lucifer, Lucifer…” y así sucesivamente, una y otra vez. Se arrancaba mechones enteros con la mano, mientras gritaba a todo pulmón: “Vaya que engañé a los diablos. Siempre dicen que Dios hizo el infierno, pero no lo hizo”. Pauline le ayudaba  a cantar las más horribles canciones y juntas convertían aquel lugar en un verdadero infierno. Después de que la chica irlandesa estuvo ahí alrededor de una hora, el Dr. Dent entró y mientras caminaba a lo largo del pasillo, la Srta. Grupe le susurró: “Ahí viene el diablo, ve por él”. Sorprendida de que le diera semejante instrucción a una mujer disparatada, esperaba ver a la frenética criatura correr directo hacia el doctor. Por suerte no lo hizo, pero comenzó a repetir su mantra de “Oh, Lucifer”.

Después de que se fue el doctor, la Srta. Grupe trató de provocarla de nuevo diciendo que la pintura del trovador colgada en la pared era el diablo y la pobre criatura comenzó a gritar: “Maldito diablo, te daré tu merecido”, hasta que dos enfermeras tuvieron que sentarse encima de ella para contenerla. Al parecer, incitar a las pacientes para que cometieran actos atroces era una fuente de entretenimiento para los cuidadores.

Siempre intenté hacerle ver a los doctores que estaba sana y pedía que me dieran de alta, pero mientras más me empeñaba en convencerlos de mi cordura, más dudaban de mí.

—¿De que sirve que haya doctores aquí? —le pregunte a alguno de ellos, cuyo nombre no recuerdo.

—Para cuidar a los pacientes y poner a prueba su sanidad —contestó.

—Muy bien —le dije—, hay dieciséis doctores en esta isla y, a excepción de dos, nunca he visto a ninguno prestar atención a los pacientes. ¿Cómo puede un doctor juzgar la sanidad de una mujer tan solo dándole los buenos días y negándose a escucharla cuando suplica por su libertad? Incluso las enfermas saben que no sirve de nada decir algo, pues les responderán que es su imaginación.

Les insistí a otros doctores: “Hágame todas las pruebas y dígame, ¿estoy loca o no? Pruebe mi pulso, mi corazón, mis ojos; pídame que estire el brazo, que mueva los dedos, como lo hizo el Dr. Field en Bellevue; y luego dígame si estoy cuerda”. Pero creían que estaba delirante, así que no me prestaban atención.

De nuevo, le dije a uno de ellos:

—No tienen derecho a mantener gente sana como prisioneros en este lugar. Yo estoy cuerda, siempre lo he estado y debo insistir en que me hagan una examinación completa o que me liberen. Varias de las mujeres aquí adentro también están cuerdas. ¿Por qué no pueden ser libres?

—Están locas —fue su respuesta— y padecen de delirios.

Tras una larga plática con el Dr. Ingram, me dijo:

—Te voy a transferir a un pabellón más callado.

Una hora más tarde la Srta. Grady me llamó a la sala y, tras llamarme por los nombres más viles y profanos que una mujer es capaz de articular, me dijo que tenía suerte de salvar mi pellejo al conseguir que me transfirieran, pues de otro modo se las hubiera pagado por haberle contado todo a detalle al Dr. Ingram.

—Maldita mujerzuela, se te olvida tu lugar, pero no se te olvida decirle nada al doctor.

Después de llamar a la Srta. Neville, que también fue transferida amablemente por el Dr. Ingram, la Srta. Grady nos llevó al pabellón de arriba, el No. 7.

En el Pabellón 7 están la Sra. Kroener, la Srta. Fitzpatrick, la Srta. Finney y la Srta. Hart. No noté que las trataran tan mal como en el piso de abajo, pero las escuché hacer comentarios sañosos y amenazas, torcer los dedos y abofetear a las pacientes revoltosas. La enfermera nocturna, que se llama Conway si no mal recuerdo, es bastante irascible. En el Pabellón 7, si cualquiera de las pacientes poseía algún objeto modesto, pronto lo perdían. Todas debían desvestirse en el pasillo, frente a su propia puerta y doblar su ropa y dejarla ahí hasta la mañana siguiente. Pedí permiso para desvestirme en mi cuarto, pero la Srta. Conway me dijo que si alguna vez me atrapaba haciendo un truco así, me daría un motivo por el cual arrepentirme.

El primer doctor que vi aquí, el Dr. Caldwell, me acarició el mentón y como ya estaba cansada de rehusarme a decirle dónde estaba mi hogar, tan solo le hablaba en español.

El Pabellón 7 podría parecer un lugar decente a los ojos de un visitante ocasional. Sus paredes están repletas de cuadros baratos y tiene un piano, presidido por la Srta. Mattie Morgan, que en otra época estuvo en una tienda musical en la ciudad. Ha estado en el manicomio por tres años. La Srta. Mattie ha estado entrenando a varias de las pacientes para cantar, con algo de éxito. El artista del pabellón es Under (pronunciado Wanda), una chica polaca. Cuando quiere demostrar su talento, es realmente una pianista prodigiosa. Lee la música más difícil de una sola mirada y la manera en la que acaricia las teclas es perfecta.

En domingo se les permite asistir a la iglesia a las pacientes más calladas, cuyos nombres son elegidos por los cuidadores a lo largo de la semana. Hay una pequeña capilla católica en la isla, donde también se realizan otros servicios.

Un “inspector” vino un día y acompañó al Dr. Dent haciendo las rondas. En el sótano se toparon con que la mitad de las enfermeras se habían ido a cenar, dejando a la otra mitad a nuestro cargo, como solía hacerse siempre. Dieron órdenes inmediatas de traer a las enfermeras de vuelta a sus deberes hasta después de que las pacientes acabaran de comer. Algunas de las pacientes quisieron decir algo de la falta de sal, pero las enfermeras lo impidieron.

El manicomio de la Isla de Blackwell es una ratonera humana. Es fácil entrar, pero una vez adentro es imposible salir. Tenía en mente hacer que me internaran en los pabellones más violentos, la Cabaña y el Retiro, pero una vez que obtuve el testimonio de dos mujeres sanas, decidí no poner en riesgo mi salud (y mi cabello), así que no actué de manera violenta.

Ya hacia el final me habían aislado de todos los visitantes, así que cuando vino el abogado, Peter A. Hendricks, y me dijo que algunos amigos estaban dispuestos a hacerse cargo de mí si prefería estar con ellos en lugar del manicomio, no tardé en dar mi consentimiento. Le pedí que me enviara algo de comer en cuanto llegara a la ciudad y luego esperé con ansias mi liberación.

Esta llegó más pronto de lo que esperaba. Estaba fuera, formada en línea, tomando un paseo y justo me había percatado de una pobre mujer que se desmayó mientras las enfermeras intentaban forzarla a caminar.

—Adiós; me voy a casa —le grité a Pauline Moser, mientras pasaba de largo acompañada por una mujer de cada lado.

Con tristeza me despedí de todas las personas que conocía mientras las pasaba de camino a la libertad y a la vida, mientras ellas se quedaban atrás condenadas a un destino peor que la muerte. “Adiós” le susurré a la mujer mexicana. Me llevé los dedos a los labios y le envié un beso en señal de despedida, y de este modo dejé atrás a mis compañeras del Pabellón 7.

Anhelaba con ansias salir de este horrible lugar, pero cuando llegó el momento de mi liberación y supe que caminaría bajo el cielo abierto de nuevo, hubo un cierto dolor en irme. Por diez días fui una de ellas. Aunque algo ilógico, me parecía extremadamente egoísta dejarlas con su sufrimiento. Sentí un deseo quijotesco por ayudarlas con mi presencia y simpatía. Pero tan solo por un momento. Las barras cedieron y la libertad me supo más dulce que nunca.

En un abrir y cerrar de ojos ya me encontraba cruzando el río y acercándome a Nueva York. Una vez más era una chica libre tras diez días en el manicomio de la Isla de Blackwell.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
Imagen tomada de Freepik

“¿Cómo se lo explico a mi gato?” fue publicado originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso.


 

Mi esposo nos ha abandonado, ¿pero cómo se lo explico a mi gato? Quark mira por la ventana a los zanates revoloteando en el árbol de junto. Ese gato es listo y puede notar que algo anda mal, pero ¿será capaz de entenderlo?

El último dron de carga levanta el restirador de Mario y desaparece por el techo retráctil; sigue en el aire la fila de drones que han desmantelado una parte considerable de esta casa. Las paredes del estudio, ahora vacío, han comenzado a descomponerse. Pronto serán compostadas para que el resto de la casa pueda crecer, si es que eso aún es posible.

Lo que queda de Mario es su gabardina sobre mi silla, algunos libros y una grabación almacenada en mi memoria, porque una conversación de cien horas, dispersa entre varias semanas, no fue suficiente para hacerme entender que nuestras vidas estarían mejor separadas.

Cada que abro su mensaje, una alerta informa que mi supresor de emociones está activado, pues no seré capaz de experimentar el momento por mí misma. Es por eso que está activado el dispositivo.

Me muevo por la casa, abro las ventanas con un pensamiento. Quark mueve las orejas, y llamo su atención encendiendo y apagando la luz en progresión rítmica. Adoptamos al gato cinco años antes del accidente. Ahora, más de un año después de ese día, siento que ha transcurrido una eternidad.

¿Pudo Quark anticipar la partida de Mario? Incluso antes que yo notara los pequeños cambios en su rutina, la distribución sesgada de sus pasos sobre el piso, la probabilidad condicional de sus afectos, la desviación estándar de sus “te amo”. Las señales antes que me dijera que no veía un futuro conmigo.

Un avión pasa sobre la casa, siento disminuir la luz sobre los paneles solares del tejado. El tronido de las turbinas aumenta hasta forzarme a apagar mis ojos y mis oídos. Las puertas se abren con fuerza, pero nadie entra.

Tal vez nunca fue buena idea controlar una casa con el cerebro de una mujer muerta, aun si los filtros recortan las filosas deltas de mis miedos, aunque diga: “lo siento”, cada vez que asusto a las visitas.

Pero Quark no teme. Con los ojos cerrados, estira su cuerpo bajo un intenso rayo de sol; el contorno de su pelaje es un muro de fuego.

Una alerta aparece en mi campo virtual de visión: “El supresor de emociones está activado. Si desea percibir el rango normal de emociones, elija desactivar para una mejor experiencia”.

Sin notarlo, reproduzco el mensaje de Mario. Su rostro y torso aparecen torpemente. Puedo ver que está sentado en mi silla, por lo incómodo que parece.

—No sé cómo empezar esto —dice Mario—. Me ha atormentado tanto tiempo y creo que llegó el momento de partir. —Pasa una mano por su rostro, de pronto parece diez años más viejo—. Desde el accidente, las cosas han sido confusas, más para ti que para mí. Los doctores y técnicos nos mostraron esta opción, y tú elegiste tomarla. Sabíamos que no sería lo mismo, que no serías la misma persona. —Mario desvía la mirada, conteniendo el llanto. Quark salta en su regazo, y él sonríe con tristeza mientras lo acaricia—. Hablo ahora porque te encuentras dormida, en un ciclo que has adoptado aunque no cumpla ya una función orgánica en ti.

Dormir es una forma de mostrarle cuánto me importa: no permanecer consciente. El resto del tiempo divido la frecuencia de mi reloj para percibir un mundo más cercano al suyo.

En el video, Mario calla, mira al techo en busca de signos que delaten mi vigilia. Recorre con los ojos la que fuera mi habitación, donde se apilan las placas en criogenia con las rebanadas de mi cerebro, mi espina y parte de mis intestinos.

En mi campo visual externo, noto que Quark ha saltado sobre mi silla, frota su cabeza contra la gabardina de Mario. He olvidado alimentarlo. El despachador automático echa un puñado de croquetas, y Quark camina hacia su plato. El alimento y el agua no serán problema para Quark. El problema, a pesar de mis atenciones, será su soledad y su falta de entendimiento de la ausencia.

—Todo ha sido tan distinto —continúa Mario— que nuestras conversaciones parecen un intento de contacto entre diferentes especies.

Lo que sigue de la grabación lo he visto más de quince mil veces en la última hora estándar. Mario se levanta, besa en la frente a Quark y deja su gabardina sobre la silla, donde yo solía sentarme cuando aún tenía un cuerpo. Se despide de mí con una sonrisa que me recuerda al Mario que me acompañó los últimos días de mi borrosa existencia pasada.

Quark termina de comer y mira a su alrededor, notando mi presencia entre la fibra óptica y los repetidores. Activo su ratón de juguete y lo hago dar vueltas por el comedor. Veo sus pupilas dilatadas a la espera del siguiente movimiento súbito.

A veces puedes saber si hubo una separación por la cantidad de tráfico aéreo sobre las casas. Pero la mayoría de las separaciones toman tiempo, subliman los techos y agrietan las paredes, y todo lo que experimentas es una ligera y constante incomodidad.

Parte de mi cerebro reside en la nube, otra parte está dispersa entre cientos de microcontroladores. Sin embargo, sigo siendo humana. Lo extrañaré.

“Ha desactivado el supresor de emociones. Si experimenta molestias, seleccione la opción deseada en el menú”. Ignoro el mensaje y abrazo a Quark con todo mi ser.

Las paredes y ventanas crecen. Y aunque una parte de mí se ha marchado para siempre, mi casa es más grande ahora de lo que era antes de conocerlo.

Sé que estaremos bien, aun en su ausencia.


Autores
Físico con interés por las estrellas de neutrones y las explosiones estelares. Dibuja, pinta con acuarela y escribe ciencia ficción. Intenta comprender el mundo a partir de todo lo anterior.