Tierra Adentro
Fotografía de Miriam Weston

Los tiempos que nos han tocado vivir ponen en evidencia que todas nuestras acciones de sobreexplotación del medio ambiente tienen repercusiones graves. En esta entrevista con Mariam Weston, ingeniera en desarrollo sustentable, llegamos a la conclusión de que la sensación de emergencia que vivimos ahora, debería trasladarse también a la realidad en la que estamos reduciendo nuestras posibilidades de subsistencia.

Nuestra depredación inconsciente de los recursos naturales nos está llevando a fenómenos como la sexta extinción, es decir, una pérdida masiva de biodiversidad de la que Mariam nos habla más a detalle en las siguientes líneas. Su trabajo se ha enfocado en el desarrollo de estrategias de conservación de especies, como directora de proyectos en la fundación Animal Karma. Gracias a su formación en el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Curtin en Asutralia, Durrell Conservation Academy en Inglaterra y Animal Record en España, nos ofrece un panorama claro de la situación actual a la que deberíamos estar haciendo frente. Uno de sus objetivos en su compromiso con la biodiversidad es compartir la información necesaria para despertar y fomentar la acción. Esperamos que esta entrevista sea parte importante de esos esfuerzos.

D: ¿Cuál es el peor escenario al que nos enfrentamos o hacia el que estamos encaminados actualmente en términos del impacto a la biodiversidad del planeta?

M: Con respecto a la biodiversidad estamos viviendo la sexta extinción masiva. En la historia del planeta ha habido cinco extinciones masivas antes de esta, en las que se perdió entre el 70 y el 90% de la vida existente, pero lo que caracteriza a todas estas extinciones, incluyendo a la de los dinosaurios, es que fueron causadas por fenómenos naturales. La sexta extinción es la única que ha sido producto de las actividades humanas, algunas causas directas son: el cambio de uso de suelo y mar, la extensión de la ganadería, la agricultura y la deforestación que estas actividades generan. Un ejemplo muy claro es cómo los orangutanes están desapareciendo por la expansión del cultivo de la palma para producir más del famoso aceite de palma. Otra causa es la explotación directa de organismos, como la cacería ilegal de especies de jaguar en México o la de tigres en India para su comercio, la pesca inmoderada y todas las consecuencias que derivan de esta —la pesca indirecta (bycatch) de especies no comerciales como tortugas marinas, delfines, o en México la vaquita marina.

Hay un reporte muy bueno del IPBES (Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistemáticos), sobre la sexta estinción que en inglés se llama “Nature’s Dangerous Decline “Unprecedented” Species Extinction Rates “Acelerating”. Para este reporte se juntaron más de 30 científicos alrededor del mundo y dictaminaron el estado de la biodiversidad, concluyeron que estamos perdiendo especies mil veces más rápido de lo normal. Perdemos aproximadamente 200 especies por día, están en riesgo más de 40% de las especies de anfibios, casi el 33% de los corales formadores de arrecifes, más de un tercio de todos los mamíferos marinos y se estima que el 10% de los insectos están amenazados; por lo menos 680 especies de vertebrados han sido llevados a la extinción desde el siglo XVI. Tenemos actualmente un millón de especies tanto de flora como de fauna categorizados en peligro de extinción: los sogas, el lobo gris mexicano, el cóndor de california, entre muchas otras de una larga lista.

D: Tu carrera en ingeniería sustentable implica recomendar o encontrar soluciones para las empresas y su relación con el ambiente, ¿cómo podría rastrearse su impacto?

M: Las empresas tendrían que ser completamente abiertas con sus reportes ambientales, en México se deben cumplir ciertas normas pero la realidad es que en la mayoría de los países las regulaciones son mínimas. La mayor parte de las empresas solo se concentran en cumplir las normas para seguir operando, sin hacer modificaciones importantes en sus procesos, que realmente impacten de manera positiva al medio ambiente.

Existen algunas certificaciones que nos ayudan a identificar empresas que an más allá del mínimo esfuerzo, como la ISO 14001 para normas ambientales. El único problema con la ISO es que es un poco incongruente, porque empresas tabaqueras o que venden armas pueden tener la certificación. Está padre que tu empresa sea “ambientalmente responsable” pero estás fomentando que se produzcan colillas que tienen un impacto ambiental muy grave y no tienes un programa para recolectarlas.

Otra certificación, es la EMAS (Eco-Management and Audit Scheme, Reglamento Comunitario de Ecogestión y Ecoauditoría) que es europea y esa sí es muchísimo más estricta. Una de las mejores formas que tenemos los consumidores para empezar a mejorar las cosas es pedir certificaciones o pedir informes de sustentabilidad. No solo quedarnos con lo que las empresas dicen que están haciendo bien, hay que asegurarnos que no sea un truco publicitario y consumir sus productos sin culpa: esto se llama greenwashing.

Por ejemplo, algo muy chistoso que pasó hace poco con esta empresa de cerveza, Corona, que sacó una campaña para invitar a la gente a limpiar playas. Está padre la iniciativa y todo pero creo que es muy importante que distingamos entre agentes pequeños y agentes grandes. Un agente pequeño es una persona y a nosotros como pequeños actores nos corresponden acciones pequeñas, a nosotros sí nos corresponde ir a limpiar playas, reducir nuestro consumo de carne, reducir y separar nuestros residuos, hacer composta. Acciones pequeñas individuales que en colectivo pueden hacer un cambio, pero que tú me digas que un actor grande (gobiernos o empresas), se pone a hacer muchas acciones pequeñas no es congruente. A un actor grande le tocan acciones grandes. Ellos en lugar de estar limpiando playas deberían estar haciendo cambios en el sistema. Podrían hacer más eficientes sus producciones, buscar alternativas para reutilizar sus empaques, facilitar que sus residuos no terminen en los océanos, crear un sistema operativo diferente, minimizar el uso de agua, utilizar energías alternas, etc. Soluciones verdaderamente innovadoras. Limpiar la playa es un primer paso pero no soluciona el verdadero problema: la producción de residuos y su ineficiente recuperación y disposición, así como el consumo excesivo de recursos naturales.

Esto es algo muy importante: distinguir completamente las acciones y los actores, qué acciones le tocan a cada quién y de esta manera poder exigir cambios verdaderos. Otro ejemplo buenísimo de esto son los popotes; hay hoteles gigantescos que están en el Caribe mexicano y destruyeron medio arrecife en su construcción pero no dan popotes. Así no va la cosa. Destruiste medio arrecife pero como no das popotes, “bravo, ya te puedes lavar las manos”.

Las cuestiones ambientales son problemas complejos porque no existen soluciones lineales, no por hacer A —una acción dada— automáticamente se va a reforestar el Amazonas. No solamente existe una solución. El biodiesel, por ejemplo, se planteó como una alternativa a los combustibles fósiles, pero después analizas el proceso y te das cuenta que vas a deforestar para plantar más soya. Esa soya, además, pudo haber sido utilizada para alimento de personas. Todos los problemas ambientales necesitan soluciones complejas o multidisciplinarias ya que todo depende del caso y del contexto. Por ello hay que innovar y exigir que cada vez más actores, ya sean ciudadanos, empresas o gobiernos, se responsabilicen de su impacto ambiental.

Volviendo a las certificaciones, también existen las de Rainforest Alliance que te informan cuando los productos, especialmente los maderables o los chocolates, vienen de prácticas sostenibles donde a los trabajadores se les paga adecuadamente y se les enseña a no talar de cierta forma para que el bosque se pueda regenerar.

Hay otras, por ejemplo, en la industria de la pesca, que es de las más nocivas. Leí hace poco que el 90% de nuestras pesquerías, están depleted, lastimadas o abusadas, sobre-explotadas por malos manejos. Existe una certificación que se llama MSC (Marine Stewardship Council) enfocado a que las actividades de pesca sean conscientes, que no haya sobrepesca y lleven buenas prácticas.

Muchas certificaciones más están surgiendo. También para el papel y maderables existe FSC (Forest Stewardship Council), que garantiza la producción sustentable de papel de baño, pañuelos, papel blanco, aquella que viene de tala legal, es decir, no estás destruyendo la selva de Calakmul para tener papel en tu casa.

Ahora bien, aparte de las certificaciones, existen tendencias nuevas para romper el sistema de producción clásico, conocido como producción lineal. La producción y consumo lineal es lo que nos ha llevado al colapso ambiental, ya que consiste en extraer los recursos del medio ambiente, procesarlos, transportarlos, consumirlos y desecharlos. Para una botella de refresco, por ejemplo, se extrajeron recursos, se produjo, se vendió, y como la empresa no tiene un lugar a dónde regresarla o donde se pueda reutilizar va a ir a la basura, ahí terminó su vida útil.

Por eso es necesario que surjan nuevos métodos de producción así como de consumo, como la economía circular y el craddle to craddle (cuna a cuna), donde los desechos se vuelven la materia prima para otro producto y se considera minimizar el daño ambiental durante el ciclo de vida del producto. Un producto craddle to craddle considera que los materiales que se utilizan para su elaboración sean seguros para los humanos y el medio ambiente, también la reutilización del producto para eliminar el concepto de desperdicio y garantizar que los productos permanezcan en ciclos perpetuos de uso y reutilización. Toma en cuenta que no se desperdicie agua en su elaboración, que se usen energías renovables y que se respeten a todas las personas y sistemas naturales involucrados.

A veces no nos damos cuenta de todo el problema que hay detrás de un producto. Para hacer un celular, por ejemplo, se necesita extraer un mineral que se llama coltán, que está destruyendo bosques en África, afectando la salud de las comunidades y le está dando en la torre a poblaciones de gorilas y de okapis, que son primos de las jirafas. Tenemos que ser conscientes de nuestro consumo y empezar a modificar hábitos, en lugar de comprar el último modelo de teléfono, mejor buscar uno de segunda mano o el viejito que tenía tal vez lo puedo llevar a reciclar o lo puedo vender para darle una segunda vida. Nos urge romper con la estructura lineal que ha gobernado el siglo XXI y que nos han llevado a todos estos problemas económicos, ambientales y sociales.

MariamAlgore

D: ¿Con qué organizaciones estás en contacto que están trabajando para mitigar el impacto en la biodiversidad?

M: Yo trabajo en Animal Karma en la conservación de felinos, tenemos algunos proyectos aquí en México, sobre todo los que involucran implementación de tecnología para la conservación. Recientemente colaboramos con Pronatura Yucatán, les asistimos con muestreo con drones dentro de un área natural protegida, para ver el avance de la deforestación y el de la ganadería en esa zona, así como tratar de generar estrategias para mitigarlo.

Yo diría que la amenaza número uno que tiene el jaguar en México es el conflicto que existe con los ganaderos. Al expandirse la tierra de ganadería hay disminución de presas, disminución de hábitat. Ahora es cada vez más frecuente que un jaguar ataque a una vaca, lo cual implica una pérdida económica para el ganadero y a veces es mucho más fácil eliminar la amenaza inmediata: matar al jaguar. Afortunadamente, México es el único país de Latinoamérica donde existe un seguro ganadero, puedes llamar al Fondo de aseguramiento ganadero, en las primeras 24 horas del ataque y te pueden compensar económicamente. Te reponen al animal para que tú no incidas en la necesidad de matar al jaguar o al puma o al lobo o al oso que tenga algún conflicto con tu ganado.

Estamos colaborando con el desarrollando algunos proyectos de divulgación y conservación para la zona del sureste, en especial de Calakmul y hacemos algunas donaciones de equipo de investigación. Estamos por abrir una especie de, no diría agencia de viajes, pero experiencias para que la gente pueda ir a hacer voluntariados a ciertas áreas naturales protegidas. Además con su participación será posible hacer donaciones para equipos de investigación o que se fondeen ciertas necesidades que requiera el proyecto. Eso es muy necesario porque cada vez la CONAP (Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas) está siendo muchísimo más golpeada y le reducen el presupuesto.

Otro proyecto que tenemos es en colaboración con Fundación Ikiam, un colectivo de achuares, grupo indígena que habita en la Amazonía ecuatoriana y la Amazonía peruana. Nosotros trabajamos con la ecuatoriana en una comunidad que se llama Wachirpas, con dos proyectos sobre conservación de la biodiversidad y sobre meliponicultura sostenible, que es como la apicultura pero con abejas que no tienen aguijón. Ese programa está enfocado a las mujeres de la comunidad para la preservación de la medicina tradicional y, en algún momento, para que puedan tener un ingreso económico sostenible que no implique desplazarse a ciudades, derribar árboles para vender la madera o incidir en actividades ilícitas como de cacería ilegal. Este proyecto me encanta porque además colaboramos con Mayabacab un colectivo increíble del sureste mexicano, ellos nos apoyan en las capacitaciones de meliponicultura; utilizan técnicas mayas entonces es una fusión de conocimientos ancestrales.

Soy líder del Climate reality project donde nos dedicamos a hacer concientización y educación en materia de cambio climático. Tenemos un proyecto muy padre en conjunto con Global shapers que es una iniciativa para jóvenes del Foro Económico Mundial, que se llama Acción climática desde casa. Todos los viernes, tenemos un webinar dedicado a alguna problemática y a sus solución relacionadas al cambio climático. Justo hace unas semanas tuvimos un panel sobre especie sombrilla. Ya estamos en la segunda temporada, y estamos colaborando con las comunidades de Global shapers de Ecuador, Colombia, Perú, Costa Rica, para hacer más grande el asunto.

Tuvimos invitados de la Universidad EARTH en Costa rica; de Guayaquil, Ecuador; otra de la Universidad CES en Medellín, y al biólogo Luis Felipe Lozano que es el coordinador del programa para la conservación del águila real en México. De esta manera podemos poner información de fuentes relevantes relacionada al cambio climático y todas las cuestiones relacionadas para un público joven de manera accesible y gratuita.

D: ¿La aportación individual puede ser significativa?, ¿cómo desde el plano individual podemos aspirar a un cambio drástico si las empresas y el modelo capitalista no implementa las medidas necesarias de cuidado?

M: Sí, sin duda. ¿Te acuerdas de las cámaras desechables que eran de rollo?  Ya no existen porque ya no hay demanda; la tecnología evolucionó y ahora hay una manera diferente de hacer fotografía. Creo que si los consumidores empiezan a ser conscientes poco a poco el sistema cambiará. Oreo tuvo un problema súper fuerte porque las galletas tienen aceite de palma y por la presión de la sociedad está buscando una alternativa en varios países.1 Eso ayuda muchísimo, los consumidores conscientes pueden cambiar el sistema, otro ejemplo es Colgate que ya vende una versión del cepillo de dientes de bambú y sin empaque plástico, es un pequeño paso pero es una señal de que las cosas pueden cambiar.

No es nada más que la sociedad haga su parte, es algo horizontal y multinivel. Hay que exigir tanto a las empresas como al gobierno como a la ciudadanía porque si excluimos algún sector, algún nivel de este panorama, no importa que uno o el otro intente compensar porque aun así se queda el vacío. Tiene que ser un cambio colectivo, pero claro que las acciones individuales aportan mucho.

Regresamos a que somos actores pequeños pero nuestras acciones pequeñas cuentan. Es posible hacer un cambio en tu forma de vida que genere un cambio en la naturaleza, tal vez no lo vemos porque somos un granito de arena pero sí tiene un impacto porque no es solo una persona, son varias haciendo la diferencia.

Importa mucho que se le exija a las empresas y que se le exija al gobierno que regule a las empresas, que sea congruente con las políticas ambientales. Algo que se nos olvida mucho como ciudadanos es que nosotros tenemos el poder en la urna y hemos dejado a un lado ser conscientes en cuestión climática-ambiental. Votamos porque nos agradan mucho sus políticas sociales, pero no estamos todavía en un nivel de preguntar, ¿cuáles son tus políticas ambientales? Y esto urge porque en 11 años la crisis ambiental va a estar muy grave y va a ser el problema número uno, para todos.

Ya lo estamos viviendo con el coronavirus, que surge precisamente por toda la presión que le hemos estado metiendo a los bosques, a la biodiversidad. Cuando talas bosque lo que haces es generar interacciones entre especies que antes no interactuaban y esto lleva a zoonosis, es decir a una enfermedad que se puede transmitir de animales a humanos, que eventualmente se transmite de humano a humano y aquí estamos. No solo ha pasado con el coronavirus hay muchos virus más, un ejemplo es un virus que se llama Nipah.

En Malasia estaban talando bosque para expandir campos de árboles frutales y granjas de puercos, en zonas donde hay una especie de murciélago que es el zorro volador, estos enormes murciélagos gigantes casi de dos metros de envergadura. Ellos portan naturalmente el virus del Nipah, está en sus excretas y sus fluidos, y cuando empezaron a talar el bosque, se acercaron a los árboles frutales a alimentarse. Los puercos de las granjas empezaron a comer todo lo que estaba en el piso, incluyendo la excreta del zorro volador, y cuando el humano consumió la carne de cerdo se contagió de este virus. Esto nos demuestra cómo nuestras acciones tienen repercusiones que regresan a nosotros manera negativa.

Cuando vas al súper y preguntas de dónde viene el salmón que estas comprando, si viene de la Colombia Británica, es un salmón como naranjoso, que se ve casi como mandarina, estás comprando un salmón cero sostenible. Ese salmón viene de una granja de acuacultura donde se están contagiando peces nativos, se están contagiando lobos, se están muriendo esponjas marinas primitivas y los pescadores locales están perdiendo su fuente de empleo, porque el salmón de estos criaderos tienen un virus (Piscine Reovirus) que se está propagando por el ecosistema; tú pagas por que se propicien esas actividades sin saberlo y además estás comiendo un pez enfermo.

Las pequeñas acciones cuentan un montón aunque no nos demos cuenta inmediatamente, como saber de dónde vienen nuestros alimentos o los productos que compramos. Otro ejemplo es el de la vaquita marina, que está en peligro crítico de extinción por un pez que se llama totoaba. La vejiga de la totoaba es muy valiosa en el mercado asiático, sobre todo en China porque creen que tiene propiedades medicinales, además de que se consume como una exquisitez.  Puede valer hasta  20,000 dólares.2 Las totoabas comparten territorio con la vaquita marina y como no estaba regulada la pesca de estos animales, se llevaban en las redes a las vaquitas. Ya cuando se trató de poner la ley, era muy difícil ganarle a la pesca ilegal. Aunque desde 1970 se les dijo que estaba pasando esto, se vieron un poco lentos en la acción. ¿A qué voy con esto? Si alguien no estuviera consumiéndolo no habría demanda. Cuando la demanda termina, el sufrimiento termina y eso es algo que voy a repetir siempre.

Justo ahorita con todo esto del pangolín, por el COVID, ya prohibieron al pangolín en la lista de ingredientes para la medicina tradicional, lo cual va a tener un buen impacto en las poblaciones silvestres. Yo espero que empecemos a ser más conscientes de lo que estamos haciendo, claro que nuestras acciones cuentan y más si podemos transmitir lo que sabemos a otras personas. Otra cosa que pasa mucho es que nos quedamos la información y no la transmitimos, o la información se queda en una élite científica y no se divulga. Nosotros como ciudadanos que ya nos enteramos tenemos la obligación de difundir esto, por nuestra salud y de futuras generaciones, es muy importante.


Autores
(Oaxaca, 1997) Escribe narrativa y poesía inspirada en su lugar de origen. En el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project. Obtuvo el Master in Fine Arts in Spanish Creative Writing por la Universidad de Iowa, donde además fue parte del consejo editorial y luego jefa de redacción de la revista Iowa literaria. Ha publicado en las revistas Este País, Tierra Adentro y Armas y Letras. Actualmente dicta clases de literatura y español en Coe College.
(Ciudad de México, 1995) Ingeniera en Desarrollo Sustentable por el Tecnologico de Monterrey con enfoque en manejo de recursos naturales, conservación de especies y desarrollo social. Mariam se ha formado en la Universidad de Curtin en Australia, en Durrell Conservation Academy en Inglaterra y en Animal Récord en España. Realizó su pasantía en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo de México (PNUD) en el proyecto de Especies en Riesgo, donde diseñó un sistema de caracterización de lagunas someras en la Reserva de la Biosfera de Calakmul. Cuenta con 5 años de experiencia como directora de proyectos en la Fundación Animal Karma donde promueve y desarrolla estrategias de conservación para la biodiversidad a través del uso de tecnologías para la generación de información técnica y científica de conservación así como del desarrollo de estrategias de educación ambiental. Es miembro del Climate Reality Project y de la Comunidad Global Shaper del Foro Económico Mundial. Socia y fundadora de la consultoría ambiental CLIMA.
Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.

Una serie de preguntas me atosigan de manera constante: ¿existe una literatura nacional, mexicana? ¿Sucede lo mismo con las creaciones de subgénero, aquellas conjuntadas en el término “no miméticas1? Es más, la cuestión que debería hacerme es la siguiente: ¿Difiere la obra de un escritor mexicano aficionado a la fantasía de la de uno anglosajón? ¿Se presenta una tropicalización de términos, tecnologías, formas de narrar?

El debate no me parece bizantino, ya que la determinación de la semiósfera a la que pertenece cierto autor, los rasgos visibles en su obra que devienen de su contexto cultural, sus historias, el nombre y el habla de sus personajes, en el caso de la narrativa; o la concatenación de sus versos, incluso los temas analizados en sus ensayos, sirve para comprender los textos que surge en determinadas geografías.

La “supremacía” de la literatura escrita por anglosajones o europeos permanece en el imaginario colectivo. Cuando pienso en un autor clásico de ciencia ficción pienso en Isaac Asimov, en Brian Aldiss, en Stanislaw Lem o Úrsula K. Le Guin. Me parece que lo mismo ocurre cuando se piensa en terror o en fantasía, incluso en la era contemporánea.

En ocasiones se ha dicho que Angélica Gorodischer, escritora argentina nacida en 1928, recurre a la forma de gobierno instituida por el imperio, en su famosa obra Kalpa imperial (1983), y uno podría aceptarlo como una tradición que parte no solo de la ciencia ficción, sino también de la fantasy. La influencia de obras como Fundación (1951) de Asimov, es notoria. También podría decirse que el mismo sistema confluye en space operas como Star Wars. Gorodischer no es la única, algo similar ocurre con los tropos sobre robots, invasiones alienígenas, contacto con una inteligencia extraterrestre o artificial.

En el caso de la fantasía, Liliana Bodoc, quien se hizo famosa con su Saga de los confines (2000-2004), sigue las temáticas de la guerra, la búsqueda del héroe y la amenaza de la invasión que recorren muchas obras de fantasía épica, como ocurre en J.R.R. Tolkien o en Le Guin, donde además abunda la magia.

Sin embargo, existe una enorme diferencia para ambas autoras. La prosa de Gorodischer bebe de la poesía, como lo hiciera Ray Bradbury, pero desde un contexto que se percibe latinoamericano. No sería extraño encontrar algo de Alfonsina Storni, del mismo Jorge Luis Borges, en Gorodischer. Por su parte, Bodoc recurre a la historia, a las culturas precolombinas para armar un mundo distinto a las ideas concebidas por la fantasía europea.

A pesar de las influencias, de la certeza de que estos géneros surgieron en Occidente, los autores de Latinoamérica, y particularmente los de México, conciben creaciones que se alejan de la adaptación simple, para generar una vertiente original y especulativa dentro de los géneros no miméticos.

Las bases erigidas por escritoras como Gorodischer, Silvina Ocampo, Armonía Somers, Juana Manuela Gorriti, los escritores fantásticos latinoamericanos o incluso Sor Juana Inés de la Cruz y Manuel Antonio de Rivas, no han sido desdeñadas, y los despliegues creativos, tanto de la Fantasy como de la Ciencia Ficción, en nuestra geografía es, al menos, deslumbrante.

 

Orígenes

La “fundación” de las literaturas no miméticas (el horror, la fantasía, lo fantástico o la ciencia ficción) pertenece al siglo XVIII, pero las exploraciones de la imaginación pueden rastrearse en el Gilgamesh, en Homero, en el Mahabharata. La diferencia yace en el cambio de paradigma ocurrido en el siglo XVIII: el Siglo de las Luces, cuando el pensamiento mágico fue relegado para dar paso al científico. Las revoluciones sociales y culturales del renacimiento dieron paso a Descartes, Galileo o Copérnico. ¿Por qué siguió existiendo la literatura que tiende a explorar la imaginación, los mundos “imposibles”? Podríamos aventurar una respuesta empírica: la imaginación es necesaria e inevitable. Tendemos a imaginar siempre, ante perspectivas cotidianas. En El acoso de las fantasías (Siglo XXI, 1997), Slavoj Žižek juega con la idea de la fantasía insidiosa. Nos dice el filósofo que podemos aceptar una determinada situación, pero esa “fantasía” estará acosándonos al respecto. Si esto funciona así, es concebible que, a pesar de entender el mundo a través del método científico, aún existiera una consciencia de imaginación, y el crear mundos imposibles resultara irremediable.

Es precisamente en el Siglo de las Luces, esta época de transición, cuando se escribe en México Sizigias y cuadraturas lunares (hacia 1773), por el fraile Manuel Antonio Rivas. No es el único, pues ciertas obras de Sor Juana Inés de la Cruz pertenecen a estas exploraciones2.

Me parece necesario establecer una aclaración muy sencilla en cuanto a “literatura de fantasía”. Tzvetan Todorov explica que la literatura fantástica es el lugar de en medio, donde lo imposible parece suceder, pero cuya resolución es incierta; incluso desarrolla dos vertientes más, la del relato “extraño” (si es que la resolución se explica por mecanismos naturales, como pasa en algunas novelas góticas de Ann Radcliffe, o en Scooby Doo) y el “maravilloso” (si es que la resolución transita hacia lo imposible, lo mágico y demás). El resultado intermedio sería lo fantástico3.

La terminología usada actualmente por narradores latinoamericanos (en el caso hispano me resulta más complejo entenderlo, porque desde la Universidad Autónoma de Barcelona se conjuntan explicaciones teóricas sobre lo fantástico que derivan hacia el miedo o lo siniestro4), no ocurre donde lo sitúa Todorov, aunque sea una literatura liminal. Lo fantástico, sin ponerme demasiado teórico, abunda sobre la irrupción de algo completamente ajeno, imposible, extraño en nuestra realidad. Lo plausible.

Este tipo de creaciones señalan la imposibilidad: que una muñeca se mueva o que una casa sea más grande por dentro que por fuera, o el que una mujer descubra una dimensión alterna en el espejo5.

Lo fantástico, por lo tanto, no es lo mismo que la “Fantasy”, término anglosajón que especifica la literatura donde se construyen otros mundos que pueden o no estar basados en el nuestro6, se deriva de los cuentos de hadas, del mundo maravilloso que describen obras de literatura antigua tan disímiles como el Gilgamesh o muchas de las narraciones de Las mil y una noches. Para que existiera lo fantástico tenía que ocurrir el Siglo de las Luces, ya que los lectores, después de la revolución cultural, entenderían a la realidad como aquella comprobable por la ciencia. Justo eso provocó una rebelión en la mentalidad de los creadores que querían seguir expandiendo la realidad tan gris, macabra o triste. Y fue así como surgieron las obras de Horace Walpole, Washington Irving o E.T.A. Hoffmann. La “revolución fantástica” no tardaría en alcanzar las costas de Latinoamérica.

Una vez comprendido por los narradores que la realidad era una, el camino de la Fantasy empezó a retratar el “mundo otro” que yacía en la Novela de Caballerías, o en las fantasías orientales. La palabra “Fantasía” se convirtió en un escudo y una caracterización para un género que diseñaría universos propios, los llamados Mundos Secundarios (alternativos)7, a diferencia del Mundo Primario (el real). La cuestión de la verosimilitud es necesaria, pues en las obras del subgénero, sigue existiendo la coherencia y las reglas que hacen funcionar ese cosmos.

Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.

Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.

 

Fantasía

Dentro de la Fantasía, estoy seguro, resuena ya en la cabeza del lector el nombre de Alberto Chimal (Toluca, 1970). Quizá sea uno de los nombres más obvios, pero no por ello menos interesantes. Chimal ha desarrollado una literatura amplia que va desde el realismo más perverso hasta la literatura de viajes fantásticos, sin olvidar los relatos extraños de Estos son los días (Era, 2004) o Grey (Era, 2006). Sin embargo, el subgénero que titula este apartado puede explorarse mejor en otro libro de cuentos, recientemente editado por Era: Gente del mundo (2014), donde a manera de la narrativa medieval, pues su obra recuerda incluso a Marco Polo, se habla sobre diversos pueblos con costumbres extrañas en países distintos que, por supuesto, no existen8.

Las exploraciones de la fantasía, que podrían llamarse urbanas, derivan también en la obra de José Luis Zárate, otro narrador de literaturas no miméticas, quien plasma en Xanto, novelucha libre (Castillo, 1994), un universo cercano al nuestro; además brotan monstruos y se desencadenan peleas (al más puro estilo de la lucha libre) que, a pesar de su cariz tétrico, tienen que ver con un retrato florido, como la máscara de El Santo, a quien evoca el personaje principal de esta obra. Bajo la misma línea, que permite igual el humor, sin convertir el género en un mero remedo, siguiendo el famoso axioma de “primero como tragedia, después como comedia”, los vampiros hacen su aparición9. Sorprendentemente, Xanto funciona también como una novela de terror, como un binomio bastante efectivo junto con La ruta del hielo y la sal (Vid, 1998).

En cuanto a las creaciones bajo un enfoque similar, Francisco Haghenbeck cuenta con una carrera dilatada al respecto, ya que su obra transita desde el guionismo para cómics hasta la novela de corte histórico. Sus exploraciones sobre el escuadrón 201 o la vida de Frida Kahlo, son palpables en las novelas Querubines en el infierno (Suma de Letras, 2015) y El libro secreto de Frida Kahlo (Océano, 2018), por nombrar solo dos ejemplos. Esta curiosidad creativa llevó a Haghenbeck a desarrollar El diablo me obligó (Suma de Letras, 2011), novela que ganó el premio Nocte, otorgado por la ya extinta Asociación Española de Escritores de Terror, y no el Bram Stoker, otorgado por la Horror Writers Association, como mencionaron por error algunos medios.

El diablo me obligó fue adaptada en una serie de Netflix, Diablero, lo que no es poca cosa. La novela, con altas dosis de terror, es una novela de fantasía donde Elvis Infante se dedica a capturar demonios con diversos fines.

La intensidad de la obra es palpable en el lenguaje y en el gran desarrollo de personajes que transitan en geografías tan disímiles como las de Afganistán o Los Angeles. Esta historia podría verse más apropiada dentro del contexto del terror, o clasificarse bajo la Fantasía Urbana con tonalidades lúgubres, como podría ser la serie protagonizada por Harry Dresden, escrita por Jim Butcher.

En esa misma intención de la fantasía de cierto toque urbano, no alejada del Mundo Primario, sería la novela de Casi Diosa (Harper Collins, 2018), escrita por Francisco Haghenbeck; la protagonista es una chica que se transforma en la Diosa de la Muerte. Dioses menores (Océano, 2019), del mismo autor abarca la obsesión que tiene por las divinidades participando en un ambiente cotidiano. La importancia de la fantasía como detonador de la imaginación narrativa lo hace ideal para entender lo que se está haciendo respecto a la fantasía en el país10.

Jaime Alfonso Sandoval, quien ya había obtenido relevancia con El club de la salamandra, (novela editada en 1998), acreedora al Gran Angular en 1997, y luego con República mutante (reeditada en 2002), que repitió el galardón, ahora en 2001. Sandoval se ha convertido en un narrador “underground”, especialmente para los lectores que no están al tanto de la Literatura Infantil y Juvenil. Este pequeño salto, que para muchos autores no lo es, sucedió con la trilogía del Mundo Umbrío (2012-201511), conformada por Las dos vidas de Lina Posada, La traición, y La venganza que, a pesar de seguirse manteniendo en los terrenos de la LIJ, su temática, los vampiros, o en este caso los “umbrios”, llamó la atención a más de un lector no tan aficionado a las narrativas dedicadas a los más jóvenes.

Algunos de los personajes de la saga de Sandoval, entre ellos la principal, Lina Posada, hablan como mexicanos, son mexicanos, y viven en un contexto nacional, hasta que se enfrentan a un grupo de vampiros salidos de la nada, y Lina termina descubriendo que ella misma es una vampira, una umbria, y que el mundo de los umbrios es todavía más extenso.

La obra de Sandoval explora esa técnica de la adaptación del Mundo Primario (mundo real) para trazar ciertas reglas que lo traspasan, terminando en un Mundo Secundario (mundo imposible o de fantasía) que se halla bajo tierra. Las reglas de los umbrios conviven con la naturaleza humana y la idiosincrasia de los personajes que transitan en las novelas. La extensión de las entregas, además del cuidado que le dio al worldbuilding (construcción del mundo fantástico), permite que la saga mantenga una enorme verosimilitud cercana a la de obras como Harry Potter.

Menciono con cierto énfasis la obra de Sandoval porque me parece un caso paradigmático de lo que representa la fantasía y otros géneros no miméticos en el país: para ellos existe un cierto desdén, un “es para los niños”. Si uno realiza una investigación seria sobre algunos de estos subgéneros, seguro descubrirá que muchas de estas obras están publicadas por editoriales como Castillo, SM, Santillana, Puck, Umbriel y demás, editoriales con colecciones para lectores juveniles o infantiles. Con ello no quiero demeritar la LIJ, sino lo contrario, exponer la importancia de lo que se hace en ella como un atrevimiento imaginativo ante la literatura hecha en el país, que no necesariamente corresponde solo a los jóvenes o niños, también a los lectores adultos que bien pueden disfrutar de El Señor de los Anillos.

La fantasía posee diversos caminos a seguirse, y no están determinados por reglas rígidas. En el caso de la fantasía épica, heroica, lo que algunos llaman “Alta Fantasía”, es donde empiezan a encontrarse las obras de Andrea Chapela, con su saga Vâudïs, constituida por cuatro libros, que además la autora comenzó a escribir desde que tenía 15 años.

Otro caso peculiar es el de una novela ganadora del Gran Angular, aunque en esta ocasión de manera internacional: Loba (SM, 2013), de Verónica Murguía, se convirtió en una obra que generó controversia, señalada por algunos como una copia de Canción de hielo y fuego, y defendida por otros, como Alberto Chimal, quienes mencionaban las bases de Verónica Murguía (su lectura atenta de las novelas de caballería, o la influencia del Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto, en su obra12), quien ya había escrito diversos libros del género como El fuego verde (SM, 1999) o El Ángel de Nicolás (Era, 2003).

Es cierto que la influencia de Murguía es occidental, pues a diferencia de lo que ocurre con la Saga de los confines, de Liliana Bodoc, el mundo retratado en Loba es el de dos reinos medievales de inspiración europea en constante guerra: Alosna (el país de los magos) y Moriana (el país de los guerreros llamados “lobos”). Este caso puede seguirse con otra obra del ya citado Francisco Haghenbeck, quien realiza una incursión, en La doncella de la sal (Montena, 2014), a los territorios del Sacro Imperio Romano durante la Guerra de los Treinta Años, pero utilizando las leyendas y mitos de la Europa medieval, de la que surgen las narraciones que terminarían recopilando los hermanos Grimm.

El mundo de Hellbrun (escenario de La doncella de la sal) está plagado de monstruos, criaturas y magia. La protagonista precisamente es quien realiza un viaje del héroe, del estilo que Joseph Campbell teoriza en El héroe de las mil caras, y cumple el objetivo para el que parece haber nacido: ser la guardiana de un unicornio.

Siguiendo las imágenes, además del bestiario occidental de la fantasía, se encuentra también la obra de Murguía, quien tiene unas bases asentadas en las novelas de caballerías como el Amadís de Gaula o el Tirant lo blanche, y la serie de estudios de Joseph Campbell o James Frazer. La constitución épica de la novela se nutre en la conversación, en la palabra y en el lenguaje. La solución, por supuesto, no es la más original, pero recuerda a ciertos elementos feministas en obras más recientes como El priorato del naranjo (Roca, 2019), de Samantha Shannon, o la obra de N.K. Jemisin, quien construye una narrativa de afrofuturismo más cercana a las proclamas y pensamiento feminista que el de otros autores. Este elemento permite al lector descubrir otras aristas en la narración y la formulación de los problemas, además de, por supuesto, darle otro cariz al desenlace.

 

La ciencia ficción

Los autores de ciencia ficción en México se hacen preguntas sobre las temáticas que “puede” o “debe” abarcar las historias de géneros especulativos. Este dilema se cuestiona en las antologías Más allá de lo imaginado (tres volúmenes, FETA, 1991-199413), Quimeras (2007) o Teknochtitlan (ITCA, 2015) de Federico Schaffler, así como en Los viajeros (SM, 2010), antologada por Bernardo Fernández (BEF).

El adjetivo de lo “mexicano” en la ciencia ficción quizá deriva, se plantea tanto Schaffler como BEF, en caudillos en un futuro alternativo, mariachis en el espacio, Sor Juana o capitalinos albureando a sus contertulios en una estación espacial. Sin embargo, en las antologías mencionadas se hace hincapié en la necesidad de tomar en serio a los creadores de este tipo de narrativas. En ninguna de ellas hay mariachis en el espacio ni Sor Juana pilota mechas.

Parte de esta concepción contemporánea que se tiene de la literatura de ciencia ficción hecha en el país recae en algunas obras de Héctor Chavarría. Su obra ha sido denominada como “Ciencia Ficción Jocosa”, el adjetivo agregado se debe a su interés por usar el lenguaje de los barrios populares de la Ciudad de México, junto con los estereotipos y clichés ya aprehendidos en la cultura del país, y del extranjero, sobre lo que es “el mexicano”.

Las temáticas de Chavarría y otros autores parecidos conllevan a un sesgo que se ha convertido en la base para el desprecio hacia este género. Tildar a la ciencia ficción hecha en México como “poco seria” a partir de la lectura de alguno de los cuentos de Chavarría, significaría desentenderse de qué ha sucedido en este subgénero, y lo que ocurre.

Desde las voces ya citadas anteriormente hasta las talentosas Libia Brenda, Gabriela Damián (ganadora del Premio James Tiptree Jr.), Iliana Vargas o Andrea Chapela, pasando por las obras de narradores certeros como Gerardo Horacio Porcayo, José Luis Zárate, Alberto Chimal o Bernardo Fernández, se puede construir un pequeño mapa que nos permite vislumbrar un poco el fenómeno y la calidad de las propuestas especulativas de estos autores, quienes perciben a la ciencia ficción como una oportunidad para imaginar los distintos futuros que podrían ocurrir, haber sucedido, o le pasarán a regiones tan poco llamativas para el mundo en el plano literario (con la excepción del Boom latinoamericano) como podría serlo Latinoamérica.

Desde mediados del siglo XX (en realidad, desde la Colonia) se exploraban los temas del futuro, o de los viajes a la luna, cuestión de interés para multitud de narradores. Para fortuna de los lectores entusiastas, no se necesita rascar demasiado para encontrar voces que se han interesado por el tema. Una búsqueda en las librerías de viejo y la posibilidad de encontrar algo de, por ejemplo, Manú Dornbierer, es alta. Es una lástima, por supuesto, que no exista interés de parte de editoriales mexicanas por reeditar estas obras.

La base que incluye a Elena Garro, María Elvira Bermúdez, Marcela del Río o Gabriel Trujillo, sirvió para que durante la década de los 80 surgiera el impulso que terminó en el Premio Puebla y el Kalpa, otorgados a escritores que se convirtieron en pioneros para la ciencia ficción mexicana, desde Mauricio José Schwarz a la injustamente olvidada Gabriela Rábago Palafox.

Justo estos premios se convirtieron en un espacio para que los autores pudieran explorar los tropos, historias y viajes que bordean, o tocan directamente, la ciencia ficción. El deseo por escribir a partir de las posibilidades de la ciencia, provocaron el nacimiento de cuentos célebres, como el de Héctor Chavarría, esta vez sobre la conquista de España por parte de los aztecas, una ucronía al menos interesante; o las exploraciones pandémicas en Gabriela Rábago Palafox, e incluso el relato apocalíptico de Ignacio Padilla “El año de los gatos amurallados”.

El apocalipsis y la fantasía, ambos temas muy queridos por narradores fantásticos y de ciencia ficción, como rescata el mismo Ignacio Padilla14, funcionan como disparadores para la creación especulativa. Así lo manifiesta Alberto Chimal en algunos de los relatos de Éstos son los días (Era, 2004). Su obra no pertenece a la llamada ciencia ficción dura, sino a las exploraciones híbridas con la fantasía y lo fantástico.

La “ciencia ficción dura” se enfoca en los temas clásicos o “serios”. Dice Miquel Barceló en Ciencia ficción. Nueva guía de lectura (Nova, 2015), que la ciencia ficción hard utiliza temas científicos, la tecnología o las especificaciones técnicas de una nave espacial.

Lo que construye Chimal o autores “seguidores” de su perspectiva como Edgar Omar Avilés, presenta divergencias imaginativas de futuros y mundos entrelazados en una estética cuasi bizarra. Estas especulaciones pueden observarse, por parte de Avilés, en Luna Cinema (ganador del Premio Bellas Artes San Luis Potosí) y Cabalgata en duermevela (libro publicado en 2011, acreedor del Premio Nacional de Cuento Joven Comala); cosa que también ocurre en la obra de Iliana Vargas, autora difícil de clasificar, quien parte desde universos alternativos, propios de lo fantástico y la fantasía, hacia encuentros de mundos que bien podrían ser el nuestro, máquinas e híbridos que brotan y se reproducen de maneras insospechadas en Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (FETA, 2012),  o Habitantes del aire caníbal (Resistencia, 2017).

Vale la pena detenerse por un instante en las obras de al menos estos tres narradores para descubrir una forma distinta de dirigirse hacia los géneros no miméticos. Si bien como lectores de ciencia ficción están acostumbrados a los viajes a la luna y hacia el espacio profundo, los futuros distópicos y tecnológicos propios del cyberpunk o las ucronías llenas de vapor del steampunk, también existen ciertas exploraciones híbridas que permiten un desarrollo imaginativo, tanto para el escritor como para el lector, donde abundan las rarezas, las imposibilidades, un bestiario donde lo que habita no son dragones, sino melusinas, creaturas propias de un zoológico o gallinas que dan huevos que en realidad son universos. El lector también encontrará una creatividad desbordada que cuestiona el significado de la realidad y de lo que la imaginación puede construir.

Otro de los autores que surgió de los premios de relato de ciencia ficción, y quien sigue en activo, es Gerardo Horacio Porcayo, autor nacido en Cuernavaca en la década de los 60. A Porcayo se le conoce por sus exploraciones en subgéneros poco explorados en el país como el horror gótico, con Dolorosa (1999) o el cyberpunk, con La primera calle de la soledad (1993).

Gerardo Horacio Porcayo está a la altura de voces ya cimentadas en las letras producidas en el país. Además, su visibilidad ha ido en aumento, con la publicación de Plasma Exprés (Destino, 2017), una novela con toques plenamente distópicos donde se descubre un asesinato ritual en pleno Chapultepec. Después de varios años, la obra que logró consolidarlo, y que también es llamada la primera novela cyberpunk mexicana, La primera calle de la soledad (1993), vuelve a editarse por el grupo Planeta15. La trama es sobre un asesino a sueldo, justiciero, Zorro, que trata de sobrevivir en medio de un caos corporativo complejo y bien ambientado.

La obra de Porcayo es interesante, pues a casi treinta años de su publicación, las temáticas ya conocidas del cyberpunk se perciben frescas en una narración delicada, con frases cortas y construcciones verbales peculiares. El estilo de Porcayo diverge del simplismo con el que podría acercarse un autor novato. En La primera calle de la soledad (1993) se funde la ciencia ficción, pero también el noir y el estilo literario sosegado y diletante. Los viajes a la Luna, las escenas de acción y los encuentros amorosos no se sienten artificiales, sino propios de una trama original que permite varias relecturas.

Junto con Porcayo, despuntan las obras de ciencia ficción de Bernardo Fernández (BEF), ilustrador, dibujante y narrador interesado en temas policiacos. Gel azul (Suma de Letras, 2009), que conjunta dos novelas cortas del autor (además de ser merecedora del Premio Ignotus 2007) se adentra en los territorios similares por los que circula Porcayo, convirtiéndolos a ambos en un dueto de la narrativa cyberpunk.

Para Porcayo y Fernández, las ciudades mexicanas, con especial interés en la Ciudad de México, funcionan como el escenario perfecto para desarrollar historias y estilos propios del subgénero, pero que no se quedan en la simpleza aparente de la fórmula. Tanto para BEF como para Porcayo, la actualización de los mundos especulativos debe hacerse desde una geografía reconocible, siguiendo la “enmarcación” utilizada de forma similar por el “cuento natural de miedo16“, como lo ha llamado Rafael Llopis. Este efecto provoca, en un lector mexicano o de otro territorio, el reconocimiento de una realidad aparente pero propia.

Es cierto que no conozco una novela de ciencia ficción que tenga, ya sea como ambiente o como recurso principal, el del viaje por el espacio. No he leído “space operas” mexicanas, aunque podría haberlas (BEF escribió un cuento de un astronauta oaxaqueño). Sin embargo, uno de los ejemplos más impresionantes que aborda de manera original este tema, es la obra de Efraím Blanco, especialmente en La nave eterna (Acá las letras, 2017), libro que mereció la Mención Honorífica del Premio Bellas Artes Nellie Campobello. La obra está emparentada con Bradbury, debido a su composición cuentística, y al uso de lo fantástico al momento de diseñar las naves, los viajes, las situaciones. No obstante, el recurso de la ficción breve, así como las anáforas demuestran el talante narrativo de Blanco, que recuerda incluso a la tradición argentina de cuento fantástico.

Hablar de viajes espaciales, e incluso de naves, es posible, sin llegar a “tropicalizar” la ciencia ficción mexicana, aunque México no sea un productor de tecnología. Como en el caso del afrofuturismo, donde se elevan los asuntos geopolíticos y sociales africanos, así como la reafirmación de la importancia cultural de zonas periféricas no anglo-eurocéntricas.

Autores como Porcayo, como Andrea Chapela, como Iliana Vargas o Efraím Blanco, se atreven a divergir sus discursos a través de los géneros no miméticos, y saben que sus exploraciones están cimentadas, incluso, en los autores canónicos de la tradición literaria del país. Carlos Fuentes tiene cuentos fantásticos que casi son de terror, y qué decir de Aura (1962). Juan Rulfo y los fantasmas, los muertos que siguen hablando desde sus tumbas ubicuas, porque México es Comala, por si no le queda claro a alguien. Elena Garro, Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, todos ellos llegaron a hundir su mirada en el pozo profundo de las tierras nunca descolonizadas del país, y de su boca brotan las maravillas y los horrores, las visiones de otro mundo. ¿No es esto una especie de fundación del Mexafuturismo?

Hace un par de años John Picacio, un dibujante e ilustrador mexicoamericano promovió la Mexicanx Initiative, un apoyo que becó a 50 autoras y autores mexicanos que participaron en la Worldcon, una de las convenciones más importantes del género en el mundo. Entre los autores había voces reconocidas como la de Alberto Chimal, y otras bastante nuevas como la de Andrea Chapela.

Este tipo de reconocimiento, apoyado por George R. R. Martin, confirman que la fantasía, la ciencia ficción y el terror hechos en México no son poca cosa, y que su madurez comienza a sentirse después del esfuerzo de decenas de autores, promotores y lectores entusiastas, que lograron una antología de tres tomos para Tierra Adentro, dos antologías publicadas en SM, apoyos de gobiernos estatales como el de Baja California, Puebla o Tamaulipas, y que ha terminado por convertirse en una visión sólida, en una propuesta que puede o no llamarse Mexafuturismo; pero que induce a pensar en que los lectores aprecian el enorme trabajo de quienes se han atrevido a arriesgarse con una visión distinta de la literatura.

Las creaciones de estos géneros o perspectivas ahí están, listan para ser devoradas, apreciadas por la audiencia, y qué mejor que hacerlo en este mundo apocalíptico, sumido en una pandemia global que nos ha dejado encerrados durante meses, pegados a las pantallas, con caretas como nuevas máscaras que nos ayudarán a enfrentarnos a nuestra neo-realidad.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Charles Bukowski, drinking on the set of the French TV program Apostrophes hosted by Bernard Pivot, 1978. Fotografía tomada de flickr.

Charles Bukowski me mira desde el cartel que colgué en mi puerta a los diecisiete años. Sonríe con una copa de vino el viejo misántropo, misógino, con sus dientes de roedor expuestos como un trofeo. Es la imagen más conocida del escritor nacido en Andernach en 1920, y fallecido en Los Ángeles en 1994 a una edad inmerecida, luego de que asumió una dieta macrobiótica, abandonó el alcohol y enfermó de leucemia a los 70 años; una correspondiente al último periodo del autor, cuando vivía en una casa de San Pedro con su esposa Linda Lee, y manejaba un BMW de 16 mil dólares.

Bukowski posee un estilo único, pero es un pésimo referente técnico. El escritor contracorriente, miembro de la revolución multicopista se ha ganado su sitio —tal vez necesario— a costa de ser un sujeto despreciable y profundamente sincero, bajo la admiración de un ejército enardecido de lectores underground que no pudieron soslayar su mordacidad, la disciplina con la que se ajustó a sus propias normas y la forma viral en la que difundió su obra en las décadas de 1960 y 1970, contradiciendo al canon poético de la época.

De acuerdo con David Stephen Calonne, Bukowski “desarrolló su propio lenguaje original y minuciosamente modulado para retratar un mundo moderno en el que el poder redentor del amor estaba siempre amenazado”. Y añade: “Naturalmente, el don de Bukowski para los diálogos, el vocabulario anglosajón monosilábico y la prosa escueta, esquelética incluso, se deriva de Hemingway, aderezado con elementos que en más de una ocasión dijo echar de menos en Hemingway: el sentido del humor, así como dosis considerables de argot, palabrotas, escatología y obscenidad”.

Era  portador de un idioma que, al replicarlo, —como cualquiera que comienza a escribir y ha leído La Máquina de follar (1974) o Se busca una mujer (1973)— produce el llamado Efecto Anagrama, tan propio de los talleres mexicanos o latinoamericanos. Diálogos al estilo de: “Te he dicho que mi amigo Juan es un tragaleches, Pablo”; o  “Venga, chaval, vamos a la alberca, sabes que quieres follar conmigo”.

Sin embargo hoy, frente a su imagen, me percato de que el escritor argentino Kike Ferrari (Buenos Aires, 1972) tiene la firma de Bukowski tatuada en el cuerpo. Recuerdo que Anagrama acaba de publicar un libro de inéditos titulado: Las campanas no doblan por nadie (2019), probablemente por razones comerciales. Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) se refirió a Bukowski como un autor necesario durante la juventud; ”aunque leerlo a los 50 [años] resulta algo triste”. En fin, aún existen quienes lo leen y  me siento menos culpable por eso, porque el autor sigue en todas partes, imparable, mal influenciando a los iniciáticos con su aliento a muerte y perturbando a los tradicionales con sus relatos sobre prostitutas, hombres desdichados, hipódromos y pensiones custodiadas por filipinos armados con cuchillos.

Luego de revisar sus obras autobiográficas, fotografías y los documentales en internet, descubrí que era un tipo tan oscuro como sus relatos. Perturbado, un  perseguidor inconcluso de la estabilidad. Un claro miembro del hampa de Los Ángeles que encarnó la yuxtaposición crimen-arte de la que habló el Marqués de Sade o Roberto Bolaño. Como señala Stephen Calonne, para Bukowski “la estructura de poder americana era criminal hasta los tuétanos y tenía una imagen especular en las violentas figuras que se oponían a ella”.

Pienso que hay escritores a los que observamos como las fotografías de una graduación de preescolar. La imagen nos avergüenza, traumatiza y nos remite a un preludio de divorcio, o a muertes súbitas presenciadas durante la niñez; sin embargo alrededor de ella se forma un halo de nostalgia innegable. Lo mismo me sucede con Bukowski: lo admiro y aborrezco a partes iguales. Llegué a él muy joven, en una época en la que mi visión de la literatura no podía concebir textos como los suyos. Conocí las primeras tablas técnicas del relato norteamericano —luego de Bukowski encontré a Ernest Hemingway, Raymond Carver, J.D. Salinger, Tobias WolffLucia Berlín—. Aprendí, además, que su vida y obra formaron parte del mismo corpus, algo que no imaginaba como una posibilidad.

En ese sentido, la vida de Bukowski se podría dividir en las parejas que tuvo: Jane Cooney Baker, Barbara Frye, Linda King y Linda Lee, o de los momentos traumáticos. Su padre, Henry Bukowski, un vendedor de leche que peleó en la Primera Guerra Mundial, conoció a la madre del autor, Katherine Fett, en Alemania y —como un salvador, según escribió el propio Bukowski (La senda del perdedor, 1982)— la llevó a vivir a Los Ángeles.

La relación con su padre fue particularmente significativa y dolorosa. Neeli Cherkovski, uno de sus amigos cercanos durante su periodo marginal (1950-1970) y autor de Hank: la vida de Charles Bukowski (1991) —la única biografía aprobada por el escritor— asegura que Henry Bukowski reprimió a Charles durante su niñez y dejó marcas profundas que el autor retomó en su literatura del yo, cercana y a la vez diferente en relación con otro de sus exponentes, Henry Miller (1891-1980).

A diferencia de Miller, cuyo estilo resulta más intrincado, Bukowski fue un escritor formativo. Sus estructuras se encuentran veladas por una capa transparente que nos permite observar el engranaje interno de sus obras y cómo opera la maquinaria. Tras leerlo, aprendí el manejo de la elipsis —un recurso inherente al Realismo Sucio, una derivación del minimalismo—, así como el manejo de la oralidad en los diálogos y el humor.

La que me parece su mejor obra, el libro de relatos Se busca una mujer (1973), sintetiza los elementos que se repiten en el resto de su literatura: las pensiones de mala muerte, los conflictos con mujeres, la fealdad, la desolación, la escritura como un acto radical y de trabajo, también el crimen, el rechazo a todas las normas sociales y el enajenamiento de la clase trabajadora estadounidense.

Tres o cuatro escenas podrían simplificar la relación entre Bukowski y su padre Henry; transcurrieron mientras Katherine Fett, su madre, era una audiencia inexpresiva ante los maltratos. De hecho ella solo aparece en sus historias para validar las acciones del padre —con frases como: “Así es, papi”, o “Hijo, no contradigas a papá”— hasta que se enferma de cáncer, escapa un par de días y desde un hotel le escribe una carta a Charles donde le dice: “Tu padre es un monstruo” (La senda del perdedor, 1982). Esa escena, junto con otra en la que ella le pide al escritor huir porque su padre acaba de descubrir sus cuentos prosaicos, mismos que arroja junto con su máquina de escribir al patio delantero, son las únicas en donde la reivindica. Katherine falleció por el cáncer en 1956.

Un momento emblemático es cuando Henry, tras un conflicto escolar, lleva a Bukowski al baño de la segunda casa que tuvieron después de trasladarse a Los Ángeles desde Baltimore, la 2122 de Longwood Avenue. El hombre, a quien su hijo describe como un gigante de cara roja que era “todo nariz, mejillas y bigote”, lo golpeaba en el culo con un cinturón hasta que Charles no podía levantarse. El autor recrea la escena en el documental “Born into this”, de John Dullaghan. En otra ocasión, pormenorizada en  su novela autobiográfica La Senda del perdedor (1982), su padre lo apalea con un rastrillo luego de que Charles no corta las hojas del pasto como él quería. La tercera es cuando Henry muere una mañana mientras iba por un vaso de agua, en medio de la cocina, y Bukowski resume su vida como la del hombre promedio inmerso en la máquina imparable del capitalismo y lo califica como alguien insignificante que murió a una buena hora, pues es el momento en que “la gente apenas se está despertando (Cartero, 1971)”.

Quizá otra escena clave es la última paliza. Bukowski ya mide uno noventa y la anécdota resulta francamente ridícula. “Golpéame más si eso te hace sentir bien”, le dice el hijo adolescente a su padre furibundo, y este no sabe cómo reaccionar. Con Bukowski aún frente él, con el culo sanguinolento expuesto, el padre abandona el baño con hilos de baba colgándole del bigote.

Henry Bukowski perteneció a la generación de trabajadores que fluctuaron entre empleos durante la Gran Depresión de 1929. Soñaba con ser ingeniero y terminó siendo lechero. Golpeó constantemente a Bukowski y su madre. Era antipático, un hombre frustrado y su única meta en la vida era la de una buena parte de los estadounidenses de la época: garantizarse un patrimonio y cierta estabilidad económica. Luego de su muerte en 1958, Bukowski remató la casa de sus padres y un patrimonio de 15 mil dólares en prostitutas y latas de cerveza, como parte de uno de sus tantos desprendimientos del núcleo familiar. En realidad su vida, sus acciones y su literatura fueron contradictorias con la rígida educación que recibió de niño.

Podría reescribir su biografía entera. Citar que su abuela paterna solo aparece en uno de sus libros para decir: “Los enterraré a todos”. O el tío de Bukowski, John, acusado de violación, alcohólico y con una familia que padece los maltratos. En tanto, el abuelo es una figura luminosa en su vida: lo ve una sola vez a los siete años, un día que lo llevan a visitarlo y únicamente permiten que Bukowski se baje del auto para saludarlo. Ya en la casa del viejo, Bukowski repara en sus ojos vidriosos, su barba blanca hasta el pecho, el aliento a Whisky.  El anciano le regaló una medalla de plata que obtuvo en la guerra. Bukowski nunca lo olvida y, en cada una de sus novelas, lo recuerda como un gran hombre. Pero, en sus años venideros, el autor eligió un entorno con personas diferentes a su abuelo para explotar su obra.

“Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y mentes rotas y destinos rotos. Me interesan. Están llenos de sorpresas y explosiones. También me gustan las mujeres viles, las borrachas con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas de maquillaje barato. Me interesan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad”, dijo al novelista chileno Poli Délano, durante un encuentro que mantuvieron en Los Ángeles. Se trata de una declaración de los principios que condujeron su vida y su escritura. Imposibles de separarse.

Además, en una buena parte de su obra, Bukowski hace críticas profundas al sistema. Los dueños de las empresas —como en el cuento Cristo en patines o la novela Cartero— son dioses, los amos de todo, limitan la vida de los obreros a un reducto miserable del que solo se puede escapar a través de la enajenación y los excesos. Su vulgaridad fue un recurso personal e incluso político para romper los modos de la época. Usó la decadencia como identidad porque ahí se sintió seguro, sin contraste. Sin embargo, se comparó siempre con los grandes escritores como Hemingway, Céline, Ezra Pound, Sylvia Plath, su ídolo John Fante, Dostoievsky Vladimir Maiakovski, entre otros. Bukowski era pretencioso, un ególatra acorazado con su narcisismo.

De hecho, reinventaba su vida y la contó cómo quiso. La historia sobre la pérdida de su virginidad tiene dos versiones; en la biografía de Cherkovski, Bukowski, de 24 años, alcohólico en ciernes, adicto a la música clásica, liga con una mujer que describe como inmensamente gorda en un bar y tienen sexo en una pensión de mala muerte; la cama se rompe, Bukowski le ofrece dinero a la mujer, pero ella se niega tras asegurar que fue una gran experiencia y que él es un buen chico. En la versión del propio Bukowski, mucho más cruel y la cual relata en una entrevista con Silvia Bizio, el escritor cambia de postura: “Regresé a la habitación. La mujer seguía durmiendo y yo no encontré mi billetera. Pensé que se la había robado, le dije: Lárgate, sucia puta, pues así aprendí a hablar en aquella época. Luego de que se marchó la encontré bajo la cama que habíamos reventado”.

¿Cuál fue la necesidad de contradecir las versiones, de pintarse como un tipo despreciable, como un misógino? En sus relatos, Bukowski no tuvo consideración con nadie, salvo consigo mismo en algunos casos. Cambiaba los hechos de tal manera que él siempre era un antihéroe patético, y sus conocidos aparecían como los perjudicados. La materia prima de sus historias fue su propia vida contada de forma literal o ajustada a conveniencia según su estado de ánimo. Era obsesivo con su obra. Cherkovski asegura que no permitía que modificaran sus textos, los cuales acostumbraba a reescribir desde cero.

Otro hecho contado en versiones contradictorias fue su acercamiento a la muerte en 1955, producto de una úlcera sangrante. La versión de Bukowski es que una noche vomitó sangre mientras estaba con su primera pareja, Jane Cooney Baker, una barfly varios años mayor que el escritor y con quien vivió en diferentes pensiones de donde los sacaban por generar disturbios. Lo llevaron de emergencias al hospital de Los Angeles County, logró recuperarse gracias a transfusiones sanguíneas que le suministraron porque su padre era un donante registrado. Los médicos le dijeron a Bukowski que no podía volver a beber. El escritor pasó dos semanas consumiendo leche y visitando el hipódromo, una actividad que llegó a considerar una profesión y le servía para perfilar a sus personajes. Luego, dice (en La senda del perdedor, 1982) que a la leche le echó un poco de vino, y luego menos leche, hasta que solo quedó el vino.

Recuperado en una camilla, su padre lo visitó acompañado de la alcoholizada Jane Cooney Baker. ¿Por qué la trajiste así?, pregunta Charles. ¿Por qué? Henry responde: Porque tú sabes qué clase de mujer es. Jane murió de cáncer y cirrosis en 1962 mientras trabaja en un hotel ubicado en la Vermont Avenue, en Hollywood. Solo Bukowski asistió al funeral. Algunos de los poemas más sentimentales del autor, publicados en El amor es un perro del infierno (1977), fueron dedicados a ella. Ahí también se incluyen muchos poemas sobre la turbulenta y apasionada relación que tuvo con la poeta y escultora Linda King, quien hizo un busto con el rostro del escritor y publicó un libro sobre su relación titulado Amando y odiando a Charles Bukowski: una memoria (2012).

Sin embargo los tiempos no cuadran. En 1955, cuando habría tenido lugar la hemorragia, Bukowski se supone que estaba casado con Barbara Frye, una editora de Texas sin una vértebra en el cuello a la que conoció a través de cartas y con quien inició una relación porque ambos se consideraban marginales; él, con los surcos que le dejaron las sesiones médicas para tratar el acné vulgaris que padeció en la adolescencia —un tema que aborda en muchos relatos— y lo volvió un antisocial; ella, baja de estatura e incapaz de girar la cabeza debido a la vértebra.  “Tengo la cara como renglón torcido”, le carteó Bukowski, según la biografía de Cherkovski, poco antes de que acordaran casarse. Barbara contestó que solo tenía una vértebra y que ambos eran renglones torcidos.

Por entonces Charles escribía hasta veinte poemas semanales que enviaba a diferentes editoriales independientes y marginales, un ritmo de trabajo que fue al final su vía para la consagración. Otra versión señala una distancia de dos años entre ambos sucesos, es decir, que Bukowski habría sufrido la hemorragia en el 55 y se habría casado en el 57, un año antes de la muerte de su padre, un año después de la muerte de su madre. La relación con Frye está pormenorizada en su novela autobiográfica Cartero (1971) donde la califica como una ninfómana que lo abandonó.

El gran salto a la fama vino, sin embargo, con Black Sparrow Press, la editorial independiente fundada por John Martin con el objetivo original de publicar a Bukowski a gran escala. Ese es un tema importante: una buena parte de los editores, escritores y académicos que lo conocieron, incluidos los europeos, se obsesionaron con su obra. Sus primeros editores, Jon y Gyps y Lou Webb, vivían con las hojas de sus poemas pegadas en las paredes. Cada uno de ellos reconoció a Bukowski como un escritor dedicado, cuyos peores desfases ocurrían por el alcoholismo. Asimismo, aunque estudió periodismo un par de años, Bukowski aborrecía a la academia, los poetas y al mundo literario en general.

En 1969 Martin, cristiano, un personaje contrastante con el escritor, le ofreció una cuota de 100 dólares mensuales de por vida para que se dedicara a escribir. Durante aquella época, Bukowski se acababa de volver padre. Tuvo una sola hija, Marina Louise Bukowski, nacida de su corta relación con  Frances Smith. Ya era conocido en el underground por las decenas de textos que publicó en revistas independientes, así como por la columna “Escritos de un viejo indecente” que publicaba Los Angeles Open City y la cual trasladó a Los Angeles Free Press. También por los recitales en los que confrontaba al público. Tenía 50 años cuando decidió dedicarse de lleno a la escritura. Había atravesado relaciones turbulentas, estuvo un breve periodo en la prisión de Moyamensing, en Filadelfia, trabajó en Correos —pese a las impresiones, Bukowski siempre fue muy ordenado con sus finanzas y temió morir en la pobreza— y viajó por Estados Unidos mientras hacía trabajos mecánicos entre 1940 y 1950. Sobre la Segunda Guerra Mundial, periodo en el que realizó los viajes, declaró una vez:

“Ya sabes, chico. Te levantas, te vistes, te preparas para ir a trabajar y luego bajas a enfrentarte con ese monstruo que lleva insignia de Correos en el pecho y que está ahí para maltratarte. Esa es la guerra de verdad, y yo estoy en la primera línea”.

Cuando conoció a Linda Lee, su última pareja, ya era un consagrado. Había publicado algunos de sus mejores libros de poesía y narrativa, varios traducidos en Europa. Daba recitales a los que asistían hasta cien personas. Religiosamente, se embriagaba y vomitaba antes de cada uno, insultaba al público y  pedía a los organizadores que le tuvieran listas tres botellas de vino o un refrigerador lleno de cervezas. Esa puesta en escena se volvería a la larga una de sus improntas y la repetiría incluso en la única lectura que dio en Alemania. Sin embargo, su arquetipo de hombre fuerte y viril se quebró tanto en sus relatos como en sus apariciones ante la cámara. En el documental Born into this, Bukowski llora desconsoladamente tras recitar un poema dedicado a Linda King.

En el relato Nocturnas calles de locura, incluido en La Máquina de Follar (1972), el autor le dice al espíritu de Hemingway, con quien de hecho conversa constantemente en sus historias: “Siempre he sido un cobarde”. O en el cuento titulado Yo maté a un hombre reno, el cual forma parte de la misma compilación: “Bukowski lloró en pensiones baratas, Bukowski no sabe vestir, Bukowski no sabe hablar, a Bukowski le asustan las mujeres, Bukowski no aguanta bebiendo, Bukowski está lleno de miedo, y odia diccionarios, monjas, monedas, autobuses, iglesias, los bancos del parque, las arañas, las moscas, las pulgas, los freaks; Bukowski no fue a la guerra. Bukowski es viejo, lleva cuarenta y cinco años sin soltar un cometa; si Bukowski fuese mono, lo expulsarían de la tribu…”

Según los testimonios que figuran en Born into this —donde aparecen algunas celebridades que lo conocieron, como Bono, de la banda U2, o el actor Sean Penn, quien pretendía interpretar el papel de Bukowski en la película El Borracho (1987)— la relación con Linda fue su verdadero momento de estabilidad, lo que le permitió vivir más años de los merecidos. En el documental hay una escena en donde ambos están frente a una mesa con varias botellas de vino vacías y tras una discusión Bukowski la golpea. Acto seguido editores, amigos y la propia Linda lo justifican argumentando que en realidad no era misógino, sino un tipo inseguro, y que se trató de un hecho de una sola vez. Sin embargo, el autor escribió varios textos en donde hace apologías claras a la violación y la violencia contra las mujeres. Un par de casos son el poema “A la puta que se llevó mis poemas”, u otro titulado “Alguien”, en donde escribió: “Y la tumbé en el sofá/ y le levanté el vestido hasta el cuello/ y me importó un pito si era una violación o el fin del mundo”. En el documental Linda reconoce que el autor quiso golpearla una vez más y ella le dijo: “Tú, hijo de puta, puedes descargar tu mierda a las nubes o a ti mismo, pero a mí no me vas a volver a tocar”.

Bukowski murió a causa de la leucemia el 9 de marzo de 1994 en el hospital San Pedro Peninsula, a los 73 años, y tras publicar más de 45 libros de poesía y prosa. Si se cuentan sus carteles y otras publicaciones especializadas, se trata de más de ciento cincuenta libros. En sus últimos años el marginal absoluto se remojaba en una piscina rodeado de los gatos callejeros que adoptó y escribía en una Macintosh. Veía cerca la muerte, tal como lo reflejó uno de sus personajes en la novela Pulp (1994) tras recibir un disparo:

“Allí estaba yo con aquel pájaro gigantesco y reluciente. Se quedó allí parado. Esto no puede ser real, pensé. Así no es como funciona. No, así no es como se supone que funciona.

Entonces, mientras yo lo miraba, el Gorrión abrió lentamente el pico. Apareció un inmenso vacío. Y dentro del pico había un enorme vórtice, amarillo, más dinámico que el sol, increíble.

Así no es como funciona, me dije una vez más.

El Gorrión abrió al máximo el pico, acercó la cabeza y el resplandor amarillo se propagó y me envolvió por completo”.

Pese a sus taras, Bukowski fue el líder de una causa: que los marginales tuvieran voz. Y lo logró. Tiene hasta la fecha imitadores tan malos como las hojas membretadas en donde publicó sus primeros poemas. Ese hálito despreciable y vital nos llega a cien años de su nacimiento. Muchos aún abrimos lo ojos y lo leemos sin pestañear. ¿Necesario? Es algo que no tengo interés en responderme. Aunque, como declaró Fresán, si sigues leyéndolo a los 50 años resulta un poco triste.


Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.
“In The Madhouse” de William Hogarth. Extraída de Wikimedia Commons.

 

Capítulo XI

En el baño

 

 

Unas cuantas canciones después, nos dijeron que fuéramos con la Srta. Grupe. Nos llevaron a un baño húmedo y frío, y me ordenaron desvestirme. ¿Que si protesté? Bueno, nunca había rogado con tanta insistencia que me dejaran en paz. Dijeron que si no lo hacía, usarían fuerza bruta y que no tendrían la menor delicadeza. En ese momento noté que la mujer más loca del pabellón estaba de pie junto a la bañera sosteniendo un paño grande y descolorido. Estaba parloteando consigo misma y riendo entre dientes de una manera que me pareció realmente diabólica. Entonces supe lo que me esperaba. Me puse a temblar. Comenzaron a desvestirme y una por una, me quitaron todas mis prendas. Finalmente toda mi ropa había desaparecido excepto por una prenda.

—No me los quitaré —dije con vehemencia, pero de igual manera me los arrebataron.

Eché un vistazo al grupo de pacientes reunidos en la puerta contemplando aquella escena y brinqué adentro de la bañera con más energía que gracia. El agua helada me caló la piel y comencé a quejarme, ¡pero toda protesta era inútil! Rogué, por lo menos, que hicieran a los otros pacientes irse, pero me ordenaron que me callara. La mujer loca comenzó a tallarme. No puedo encontrar otra palabra más que tallar. Tomó un poco de jabón líquido de una bandeja de estaño y me lo frotó por todo el cuerpo, incluso sobre mi cara y mi precioso cabello. No podía ver o hablar, aunque había rogado que dejaran a mi cabello intacto. Aquella mujer loca talló, talló y talló entre cuchicheos. Me castañeaban los dientes y tenía la piel de gallina en mis brazos y piernas, que ya estaban azules del frío. De repente recibí, uno tras otro, tres cubetazos de agua helada sobre mi cabeza, que penetró en mis ojos, mis orejas, mi nariz y mi boca. Estoy bastante segura que algunas de esas sensaciones correspondían a las de una persona ahogándose; me arrastraron fuera de la tina, jadeante, estremeciéndome por los escalofríos. Para variar, esta vez sí me veía loca. Me percaté de la mirada anonadada de mis compañeras, que habían atestiguado mi suerte y sabían sin duda que ellas seguían. Incapaz de controlarme ante el escenario absurdo del que formaba parte, estallé en sonoras carcajadas. Empapada de pies a cabeza, me pusieron un camisón corto de franela, etiquetado en el extremo inferior en letras negras y grandes, “Manicomio, I. B., P. 6.”. Las letras significaban Isla de Blackwell, Pabellón 6.

Para ese entonces, la Srta. Mayard ya se había desvestido y, por mucho que haya odiado aquel baño, me hubiera dado otro chapuzón con gusto si eso le hubiera ahorrado la mala experiencia. La mera idea de esa pobre chica sumergida en un baño helado, me hizo sacudirme como si tuviera la fiebre, a pesar de jamás haber estado enferma. La oí explicar a la Srta. Grupe que su cabeza aún estaba adolorida por su enfermedad. Su cabello estaba corto y había perdido gran parte, por lo que pidió que la mujer loca frotara con más cuidado, pero la Srta. Grupe dijo:

—No tenemos inconveniente con lastimarte. Cállate o te irá peor —la Srta. Mayard efectivamente se calló y esa fue la última vez que la vi aquella noche.

Me apresuraron a entrar a un cuarto con seis camas y ya me había recostado cuando alguien llegó y de nuevo me sacó de un tirón, diciendo:

—Nellie Brown debe de quedarse en un cuarto sola esta noche, pues supongo que es ruidosa.

Me llevaron al cuarto 28 y me dejaron averiguar el funcionamiento de la cama por mi cuenta. Pero esta tarea resultó imposible. La cama estaba alta del centro y caída de ambos lados. Mi cabeza empapó la almohada al primer contacto y la humedad de mi camisoncito se transfirió a la sábana. Cuando la Srta. Grupe entró, le pregunté si podía tener un camisón de buen tamaño.

—No tenemos esos lujos en esta institución —dijo.

—No me gusta dormir sin uno —reclamé.

—Bueno, eso no me importa —dijo— estás en una institución pública ahora y no puedes esperar obtener nada. Esto es la caridad, así que deberías estar agradecida por lo que recibas.

—Pero la ciudad paga por mantener estos lugares funcionando —le insistí— y le paga a las personas para que traten bien a los pobres desafortunados que traen aquí.

—Bueno, no esperes nada de amabilidad en este lugar, no la tendrás —dijo, salió del cuarto y cerró la puerta.

Tenía por debajo una sábana y un pedazo de hule y por encima otra sábana con una cobija negra de lana. Nunca había sentido nada tan molesto como esa cobija en el momento en el que intenté envolverla alrededor de mis hombros para mantener fuera a los escalofríos. Cuando la jalaba hacia arriba, dejaba mis pies desnudos y cuando la jalaba hacia abajo, dejaba mis hombros expuestos. No había absolutamente nada en el cuarto, excepto la cama y yo misma. Como habían cerrado la puerta me imaginé que me dejarían en paz por la noche, pero no tardé en oír el eco de dos mujeres recorriendo el pasillo con un andar pesado. Se detenían en cada puerta, la abrían y unos segundos más tarde alcanzaba a oír cómo le volvían a echar el cerrojo. Hicieron esto a lo largo del pasillo sin la menor intención de ser silenciosas, desde el extremo opuesto y hasta mi dormitorio. Al llegar, se detuvieron un momento. La llave entró en la cerradura y giró. Miré a las personas en el umbral de la puerta. Entraron de una en una, uniformadas con vestidos de rayas cafés y blancas, adornados con botones de latón dorado, largos delantales blancos, un pesado lazo verde alrededor de la cintura, del que colgaba un manojo de llaves grandes, y gorros blancos en sus cabezas. Al estar vestidas como los cuidadores diurnos, supe que eran enfermeras. La primera llevaba una linterna y me deslumbró sacudiéndola en mi rostro mientras le decía a su asistente:

—Esta es Nellie Brown.

—¿Quién eres? —le pregunté.

—La enfermera nocturna, cielo —respondió y, tras darme las buenas noches, salió y le echó el cerrojo a la puerta. Entraron a mi cuarto varias veces a lo largo de la noche e incluso si hubiera podido dormir, el sonido puerta pesada siendo destrabada, su conversación ruidosa o su caminar pesado me hubieran despertado eventualmente.

No pude dormir, así que quedé tumbada en la cama imaginándome los horrores que ocurrirían en caso de que se desatara un incendio en el manicomio. Cada puerta se cierra por separado y las ventanas están cubiertas por barrotes gruesos, así que escapar es imposible. En un solo edificio hay, según me dijo Dr. Ingram, unas trescientas mujeres. Están encerradas de una a diez por cuarto. Es imposible salir a menos de que alguien destrabe las puertas. Un incendio no es improbable, es uno de los accidentes más comunes. Si el edificio se quemara, los carceleros o enfermeras nunca pensarían en dejar sueltas a sus pacientes locas. Les comprobaré esto más adelante, cuando relate el trato cruel que recibieron las pobres criaturas encomendadas a su cuidado. Como dije, en caso de un incendio, no escaparía ni una docena. Abandonarían a todas para que murieran rostizadas. Incluso si las enfermeras fueran bondadosas, que no es el caso, se necesitaría más empatía de la que poseen las mujeres de su clase para entrar en las flamas y arriesgar su propia vida mientras abren un centenar de puertas, soltando un montón de prisioneros locos. A menos de que haya un cambio sustancial, algún día habrá una historia de terror sin igual.

Con respecto a esto, ocurrió un curioso incidente poco tiempo antes de que me dieran de alta. Estaba hablando con el Dr. Ingram sobre muchos temas y le comenté lo que creía que pasaría en caso de un incendio.

—Las enfermeras deberían de abrir las puertas —dijo.

—Pero bien sabe usted que se quedarían de brazos cruzados y estas mujeres morirían quemadas —le dije. Se sentó en silencio, incapaz de llevarme la contraria— ¿Por qué no lo ha cambiado?

—¿Qué puedo hacer? —respondió— Hago sugerencias hasta secar mi cerebro, ¿pero de qué sirve? ¿Qué harías tú? —me preguntó a mí, la chica proclamada loca.

—Bueno, insistiría en que instalaran cerrojos en todas las puertas, como he visto en otros lugares, que pueden ser desbloqueados girando una palanca al final del pasillo. Entonces por lo menos tendrían una oportunidad de escapar. En este momento, con cada puerta cerrada por separado, no hay absolutamente ninguna.

El Dr. Ingram me miró con una expresión ansiosa que invadía su rostro amable y me preguntó despacio:

—Nellie Brown, ¿en qué institución ha sido recluida antes de venir aquí?

—Ninguna. Nunca fui confinada en una institución en toda mi vida, excepto por el internado.

—¿Entonces en dónde vio los cerrojos que me describió?

Los había visto en la nueva Penitenciaría Occidental de Pittsburgh, Pennsylvania; pero no me atreví a decírselo. Me limité a decirle:

—Oh, los vi en un lugar al que fui… como visitante, me refiero.

—Solo hay un lugar que conozca donde tienen esos cerrojos —dijo, con tristeza— y es en Sing Sing.

Su deducción sonaba más a una acusación. Me reí efusivamente, pasando de largo su comentario implícito, y le aseguré que hasta la fecha nunca había sido una prisionera de Sing Sing o siquiera lo había visitado.

Justo cuando comenzó a despuntar el alba, me fui a dormir. Apenas había cerrado los ojos cuando me despertaron bruscamente y me ordenaron que me levantara, mientras abrían la ventana y me despojaban de mi ropa. Mi cabello aún estaba húmedo y sentía todo mi cuerpo adolorido, como si tuviera reumatismo. Me arrojaron algo de ropa al piso y me ordenaron ponérmela. Pedí que me dieran mi propia ropa y Miss Grady, quien aparentemente era la jefa de enfermeras, me dijo que debería aceptar lo que se me diera. La inspeccioné de cerca. Unas enaguas[1] hechas de algodón ennegrecido y áspero, y un vestido blanco de calicó[2] barato con una mancha negra. Até los cordones de la falda alrededor de mi cintura y me puse el pequeño vestido. Estaba hecho, como todos los vestidos que usaban las pacientes, en una línea recta que iba desde la apretada cintura, cosida a una falda igual de recta. Cuando me estaba abotonando la cintura, noté que las enaguas eran unas seis pulgadas más largas que la falda y por un momento me senté en la cama y me reí de mi propia apariencia. Ninguna mujer ha añorado un espejo más que yo en aquel momento.

Vi a las otras pacientes caminando apresuradas por el pasillo, así que decidí no perderme nada de lo que pudiera estar sucediendo. Sumábamos cuarenta y cinco pacientes en el Pabellón 6 y nos enviaron a todas al baño, donde habían tan solo dos toallas malolientes. Miré a unas pacientes locas, que tenían unos sarpullidos tremendos invadiendo sus caras, secarse con las toallas y luego pasarlas a las mujeres con piel limpia cuando era su turno. Me acerqué a la bañera, lavé mi cara bajo el agua del grifo y mis enormes enaguas me sirvieron de toalla.

Antes de que terminara mi rutina de aseo, trajeron una banca al baño. Las Srtas. Grupe y McCarten entraron con peines en mano. Nos ordenaron sentarnos en la banca y el cabello de cuarenta y cinco mujeres fue cepillado por una paciente, dos enfermeras y seis peines. Cuando vi algunas de esas cabelleras cubiertas de ampollas siendo cepilladas, me di cuenta que este era otro detalle en el que no había pensado. La Srta. Tillie Mayard tenía su propio peine, pero la Srta. Grady se lo arrebató. ¡Vaya peinada! Nunca había pensado en lo que significaba la expresión “te daré una buena peinada”, pero lo averigüé ese día. Mi cabello, todo enmarañado y húmedo de la noche anterior, fue jaloneado de un lado al otro y, después de protestar sin conseguir nada, apreté los dientes y me aguanté el dolor. Se rehusaron a devolverme mis horquillas para el cabello y lo arreglaron en una sola trenza atada con un trapo rojo. Los rizos de mi fleco se negaron a quedarse atrás, así que por lo menos eso quedó de mi antigua gloria.

Más tarde fuimos a la sala de estar y busqué a mis compañeras. Miré a mi alrededor en vano, intentando distinguirlas de las otras pacientes. Después de buscar un rato, reconocí a la Srta. Mayard por su pelo corto.

—¿Cómo dormiste después de tu baño con agua fría?

—Casi me congelo y el ruido no me dejó dormir. ¡Es terrible! Mis nervios ya estaban por los suelos antes de venir aquí, tengo miedo de no poder aguantar la presión.

Hice lo mejor que pude por animarla. Pedí que nos dieran más prendas, al menos suficientes para lo que acostumbran usar las mujeres, pero me dijeron que me callara; que tendríamos tantas como quisieran darnos.

Nos obligaron a levantarnos a las 5:30, y a las 7:15 nos dijeron que nos reuniéramos en el pasillo, donde se repitió el ritual de espera, al igual que la noche anterior. Cuando entramos al comedor por fin encontramos un cuenco de té frío, una rebanada de pan con mantequilla y un plato de avena con melaza encima para cada paciente. Tenía hambre, pero la comida no era del todo comestible. Pedí un pan sin mantequilla y me lo dieron. No se me ocurre nada que se asemeje a aquel color oscuro y sucio. Estaba duro y en algunas partes, no era más que masa petrificada. Escondida adentro de mi rebanada, encontré una araña, así que me negué a comerla. Probé la avena con melaza, pero estaba echada a perder, así que me esforcé por beber el té, dando tragos a duras penas.

Una vez que regresamos a la sala de estar, a algunas pacientes les ordenaron tender las camas, a otras las pusieron a fregar el piso y al resto les dieron varias tareas para cubrir todo el trabajo por hacer en el pasillo. No son las cuidadoras que mantienen la institución en buen estado para las pobres pacientes, como siempre había pensado, sino las mismas pacientes que hacen todo por su cuenta; incluso limpiar las recámaras de las enfermeras y hacerse cargo de su ropa.

Alrededor de las 9:30 se les indicó a los nuevos pacientes, de los que formaba parte, que salieran para ver al doctor. Me hicieron pasar a la oficina, donde el doctor joven y coqueto que nos atendió el primer día, examinó mis pulmones y corazón. El que elaboró el reporte, si no me equivoco, fue el ayudante de superintendente, Ingram. Tras unas cuantas preguntas, me dejaron regresar a la sala de estar.

Al entrar, vi a la Srta Grady sosteniendo mi cuaderno y mi lapicero largo, que había comprado específicamente para la ocasión.

—Quiero mi libro y mi lápiz —dije con franqueza—, me ayuda a recordar cosas.

Estaba muy ansiosa por recuperarlo para poder tomar notas, y me desilusionó cuando dijo:

—No puedes tenerlo, así que mejor cállate.

Unos días más tarde le pregunté al Dr. Ingram si podía tenerlo y me prometió tomarlo en consideración. Cuando volví a sacar el tema, me comentó que la Srta. Grady dijo que yo solo había traído un cuaderno y que no tenía ningún lapicero. Me sentí hostigada e insistí en que efectivamente lo tenía, tras lo cual me aconsejó combatir las ilusiones de mi cerebro.

Una vez que las pacientes terminaron los quehaceres, dado que era un buen día a pesar del frío, nos ordenaron salir al pasillo y ponernos chales y sombreros para salir a caminar. ¡Pobres pacientes! Estaban tan ansiosas por una bocanada de aire fresco, por disfrutar una liberación momentánea de su prisión. Salieron aprisa al pasillo y se hizo un revoltijo para conseguir un sombrero. ¡Había un desfile de sombreros!

 

 


 

[1] Prenda de ropa interior femenina con encajes o bordados, generalmente blanca y de algodón, que se utilizaba debajo de la falda de un vestido para cubrir las piernas.

[2] El calicó (a veces llamado ‘percal’) es una tela de algodón sin procesar originaria de la India. Calico dress también se refiere a vestidos coloridos con diseños florales, pero en este contexto, por calicó se entiende una tela  de tejido crudo y sin adornos.


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.
Ilustración por Ray Patiño
Ilustración por Ray Patiño

A causa de la pandemia por Covid-19, el tema de las enfermedades crónicas, especialmente obesidad y diabetes tipo II, han causado gran controversia, ya que esto ha revelado que la salud deteriorada de una población está estrechamente relacionada con la posibilidad de desarrollar un cuadro severo ante la infección por el virus SARS-CoV-2. Como Promotora de la Salud, han llamado mi atención las recomendaciones hechas para adoptar un estilo de vida saludable, puesto que son las realizadas desde hace varios años y que no han tenido el impacto deseado para disminuir algunas de las enfermedades crónicas en México.

 

La promoción del estilo de vida saludable es una estrategia propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para la prevención de enfermedades, especialmente las crónico-degenerativas. La OMS define al estilo de vida como “una forma general de vida basada en la interacción entre las condiciones de vida en un sentido amplio y los patrones individuales de conducta determinados por factores socioculturales y características personales”. Desde esta perspectiva, se toman en cuenta las condiciones sociales y económicas en las que cada persona se desenvuelve y cómo estas tienen una influencia en la forma de vida y la salud. Sin embargo, este concepto ha sido malinterpretado en algunos casos, ya que se ha entendido desde una visión individualista y mercantilista de la salud.

 

Silvia Vargas Oreamun[1], Maestra en Salud y Población, menciona que sería incorrecto dejar de forma exclusiva la responsabilidad de la salud a cada persona, pues los patrones de conducta se relacionan con factores cognitivos y emocionales del individuo, desarrollados en un determinado contexto cultural, político, económico y ambiental. Es por esto que ciertos patrones de conducta no pueden ser controlados únicamente por el individuo, aunque estos tengan un impacto negativo en su salud.

 

En cuanto al estilo de vida como forma de consumo, Juan Manuel Castro Albarrán[2], Doctor en Ciencias en Salud Colectiva, señala que es una forma de consumo individual de mercancías y para poder acceder a ellas hay que tener la capacidad económica que permita consumir productos orgánicos, light, con fibra, pagar un gimnasio, comprar ropa y zapatos adecuados para realizar ejercicio o realizarse exámenes periódicos en laboratorios.

 

Desde estos enfoques, los individuos son los únicos responsables de su bienestar y de tener la economía suficiente para comprar los productos que los harán ser saludables, quedando de lado la responsabilidad que tiene el gobierno con la población de generar políticas en salud pública.

 

En México, la promoción de estilos de vida saludable ha sido implementada, en los últimos años, debido al aumento acelerado en los casos de obesidad y diabetes tipo II. Hasta el 2019, el país ocupaba el primer lugar en obesidad de adultos y el sexto lugar en obesidad infantil en Latinoamérica. Respecto a la diabetes tipo II, de acuerdo al INEGI, esta enfermedad es la segunda causa de muerte en el país. La aparición de estas enfermedades, de acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura,  la Organización Panamericana de la Salud y la OMS, están relacionadas con cambios en los patrones alimentarios donde hay un mayor consumo de productos ultraprocesados, altos en azúcar y grasa[3], como lo es la alimentación en la mayoría de la población mexicana.

 

Por ello, las estrategias implementadas en México, han estado enfocadas en el cambio de la alimentación de los individuos. Tal es el caso de la campaña del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) “Chécate, mídete y muevete”. Donde el objetivo es motivar a la población a modificar conductas de manera positiva en temas como la actividad física y la alimentación sana. No obstante, este tipo de estrategias se ha puesto en práctica sin tomar en cuenta el entorno en el que se encuentran las personas.

 

No es suficiente la motivación para lograr un cambio en la alimentación de los individuos, cuando la oferta del mercado alimentario está conformada mayormente por productos industrializados, que muchas veces son más económicos y fáciles de obtener. Es el caso de la tienda OXXO que ofrece una promoción de 2 hot dog, una sopa instantánea y una cocacola por 40 pesos; mientras que un kilo de manzanas, en este misma tienda, puede llegar a tener un costo de hasta 70 pesos.

 

Otro ejemplo es el caso de Coca-cola, donde la disponibilidad que tiene este producto en casi cualquier lugar, junto con la publicidad persuasiva que utiliza, ha logrado representar el 70% del consumo de bebidas azucaradas embotelladas en el país, de acuerdo a La Alianza por la Salud Alimentaria. En una nota del New York Times sobre San Cristóbal de las Casas, Chiapas, se menciona que es más fácil conseguir una Coca-cola para hidratarse que agua embotellada, ya que el agua potable cada vez es más escasa en la región.

 

En este momento de pandemia, donde la recomendación es quedarse en casa, empresas como KFC, Pizza Hut y otras, que ofrecen comida rápida, han enfocado su estrategia de venta en el servicio a domicilio, puesto que consumir alimentos en sus locales ha estado prohibido la mayor parte del tiempo, y existen límites en el aforo. Esto los convierte en una de las opciones más viables para no salir de casa, siendo así, uno de los alimentos más accesibles para consumir.

 

En el contexto, donde el entorno no facilita a los individuos realizar elecciones que favorezcan a su salud, es necesaria la implementación de políticas orientadas a la generación de ambientes seguros y adecuados. Como ejemplo tenemos las políticas públicas en alimentación y nutrición, que de acuerdo al Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) son: “aquellas que tienen como principal objetivo garantizar que la población pueda tener acceso a alimentos que le permitan satisfacer sus necesidades y cumplir con los requerimientos nutritivos para una vida saludable”.[4]

 

Recientemente fue aprobada la modificación a la Norma Oficial Mexicana (NOM 051) sobre el etiquetado de alimentos y bebidas no alcohólicas preenvasadas, publicada en marzo de este 2020 y que entrará en vigencia el 1 de octubre de este mismo año. Esta medida busca que las personas realicen una mejor elección al consumir alimentos. De acuerdo a la norma, la información nutrimental debe aparecer en la parte delantera de los productos;  en caso de que sea dañino, deberá ser especificado mediante una etiqueta octagonal de color negro y borde blanco, y en su interior tendrá la frase “alto en”: “grasa saturadas”, “sodio”, “azúcares” o “calorías”, en uno o más símbolos independientes, según sea el caso. Esta se encontrará separada e independiente a la tabla de ingredientes e información nutricional de la parte posterior.

Infografía por Ray Patiño

Infografía por Ray Patiño

Es importante mencionar que el etiquetado implementado en 2014, basado en un sistema europeo, no era sencillo ni fácil de entender para la población. Lo anterior, de acuerdo a diferentes investigaciones, como la realizada por el Centro de Investigación en Nutrición y Salud del INSP: “Revisión del etiquetado frontal: análisis de las Guías Diarias de Alimentación (GDA) y su comprensión por estudiantes de nutrición en México”. Es por esto que era necesario un etiquetado nutrimental que facilitará a las personas entender el contenido de los productos que consumen.

 

Otro claro ejemplo sobre implementación de políticas en beneficio de la alimentación y nutrición, es la reforma al articulo 20 bis de la Ley de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, aprobada el pasado 5 de agosto, en el Estado de Oaxaca. La cual prohíbe la distribución, donación, regalo, venta y suministro a menores de edad de bebidas azucaradas y alimentos envasados de alto contenido calórico.

 

Este tipo medidas son favorables para que las personas tomen  decisiones mejor informadas y más saludables sobre los alimentos que van a consumir, no obstante, también son necesarias acciones que regulen la distribución y el acceso a productos procesados; regulación en las cantidades añadidas de azúcar grasa y sodio en los productos, además de algunas políticas que mejoren el sistema de distribución de alimentos saludables junto con estrategias publicitarias para fomentar su consumo.

 

Sin duda, México tiene un gran reto en cuestión de salud, ya que debe enfrentar la emergencia provocada por Covid-19, además de seguir implementando estrategias para prevenir y controlar los casos de obesidad y diabetes tipo II.

 

Desde mi formación como Promotora de la Salud, considero que la adopción de estilos de vida saludable es una opción que posibilita mejorar la salud, siempre y cuando sea abordada desde una perspectiva integral. Debe considerar el aspecto sociocultural de los individuos en conjunto con políticas en salud pública, como lo son las ambientales que garanticen un desarrollo sostenible; las que generen entornos seguros y adecuados para realizar actividad física y las enfocadas en alimentación y nutrición encaminadas a modificar el patrón alimentario mexicano actual hacia uno más saludable.

 

En este sentido, la promoción de un estilo de vida saludable, que no delega la responsabilidad de la salud en el individuo, se convierte en una opción viable para incidir en la disminución de las enfermedades crónico-degenerativas y en la construcción de sociedades con calidad de vida y desarrollo humano.

 

[1]              Vargas, S. (2011). Los estilos de vida en salud. En: La Salud Pública en Costa Rica, estado actual, retos y perspectivas. Escuela de Salud Pública, Editorial Universidad de Costa Rica.

[2]            Castro, J.  (1997). Promoción de la salud. A diez años de Ottawa: ¿salud-mercancía o derecho social. Salud Problema. (2), 55-60.

 

[3]              Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura(FAO)y la OMS/OPS (2018). Políticas y programas alimentarios para prevenir el sobrepeso y la obesidad.

[4]              Instituto Nacional de Salud Pública (2007). Evaluación de la política federal de nutrición y abasto, evolución histórica y situación actual de la nutrición y programas de alimentación y nutrición, y análisis de pertinencia de los programas gubernamentales en la problemática de nutrición en México. México: INSP.


Autores
Ciudad de México, 1985. Estudió la Licenciatura en Promoción de la Salud en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Ha participado en la impartición de talleres de promoción de salud para personal del Instituto Nacional de las Mujeres (IN-MUJERES) y en el Programa SaludArte de la Secretaría de Educación de la CDMX. Actualmente labora en la Dirección de Servicios Médicos y Equidad Social en la Alcaldía Gustavo A. Madero.

Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.
Imagen tomada de Pixabay

Para mis estudiantes de UC Riverside

Te veo: nerviosa, güera con una larga trenza, caminando en fila detrás de los demás niños (me has confesado lo mal que te caen todos) hacia la biblioteca. En la plataforma de arriba, te sientas con el resto de tus compañeros, te acomodas la falda, tus pies no llegan al piso. Debajo están los “estimados padres de familia”. Algunos con sus cámaras de video aparatosas (de casete) sobre tripiés. En tu escuela, le llaman “ejercicio de elocución”. Van por orden de lista y te toca hasta el final. Escuchas una tras otra. Que si juventud divino tesoro, que si te quiero te lo he dicho con el viento. A tu mejor amiga se le olvida el poema. Pero viene al rescate la maestra, que se sienta siempre de lado y tiene la copia de todos los poemas. Le susurra en voz baja la siguiente línea. A otros se les olvida todo. El más alto del salón se pone a llorar. Tú no te inmutas. Siempre igual de bien portadita y lista. No le hablas a nadie en el recreo, pero bien que declamas y acabas cada año yendo a la final del concurso de elocución. Te paras al fin, te subes a la tarima. Lista con la mímica, la entonación, bien memorizado el poema. Te colocas y recitas “Pleito de cobijas” de Margarito Ledesma (autodenominado humorista involuntario). Necia con que querías recitar ese poema que encontraste en un libro viejo en casa de tus abuelos:

Y, como eran dos voluntades
que jalaban con rumbos diferentes,
llegaron a ponerse tan renuentes
que de una colcha hicieron tres mitades…
no dejaron de darse algún moquete,
y dicen que ya se andan divurciando

Como para muchos, estos fueron tus primeros encuentros con la poesía. Contactos forzados y para otros traumáticos. Ejercicios de oratoria, de declamación, de memoria. En retrospectiva crees que uno de los aspectos más importantes de la poesía es su carácter memorable. Interiorizar y apropiarse de un poema. Adentrarse en el pulso del ritmo, la melodía y la estructura. Un poema se dice siempre en presente. Cada vez que te paras y repites un poema, cada vez que usas ese verso que tanto te gusta en una conversación, cada vez que encarnas el deíctico y decides que el yo del poema eres tú. En Memoria y materia Bergson dice: “La memoria… no es una facultad de clasificar los recuerdos en un cajón o de inscribirlos en un registro. No hay registro, no hay cajón, no hay facultad… la memoria está siempre presente; pero esta memoria, a la que su elasticidad permite dilatarse indefinidamente, refleja sobre el objeto un número creciente de cosas sugeridas”. La memoria es nuestra forma de ver el mundo y nos permite percibir las cosas de otras formas, mucho más ricas, que a través de la mera percepción inmediata.

Años después, quizás lo imaginan bien, esa pequeña güera de la trenza se volvió profesora de literatura y ahora obliga a sus estudiantes a recitar poemas en voz alta. Se le conoce por inventar clases raras y poner a sus estudiantes a realizar ejercicios incómodos para ejercitar la memoria y experimentar con los sentidos y sensaciones, para comprender mejor sus dos géneros predilectos: la crónica y la poesía (hace tiempo que las novelas y cuentos le aburren mucho).

Después de que leí Moonwalking with Einstein: The Art and Science of Remembering Everything (en español se tradujo como: Los desafíos de la memoria), del periodista Joshua Foer, decidí volver a esos años de los “ejercicios de elocución” a manera de experimentar con mi propia forma de ver y enseñar poesía. En el libro, Foer narra cómo logró, luego de entrenar y “ejercitar su memoria” durante un año, ganar el campeonato de memoria de los Estados Unidos. Tras entrevistar a los campeones de memoria, Foer se da cuenta de que usan técnicas milenarias de nemotecnia (basadas en el método de loci, los lugares) para ejercitar la memoria y aprenderse cientos de cifras, palabras, o el orden de barajas enteras. Inspirada por la idea de que se puede ejercitar la memoria y este tipo de técnicas están al alcance de todos, decidí implementar el método y torturar a mis estudiantes de licenciatura y doctorado.

Tanto en mi seminario de poesía y psicoanálisis del doctorado como en mi clase de poesía latinoamericana del siglo XX de licenciatura, los estudiantes debían aprenderse como mínimo tres líneas o versos del poema que teníamos asignado. Cada una de las clases comenzaba con una ronda en la que cada uno recitaba el fragmento que había elegido. Así, el ejercicio nos permitía ejercitar el debilucho músculo de la memoria que rara vez utilizamos.

En las clases, les expliqué a mis estudiantes el método del “palacio de la memoria” para que se acordaran de las palabras de un poema. El método se describe por primera vez en la “Retórica a Herenio” donde se cuenta la anécdota de cómo Simónides logra identificar los cadáveres de los fallecidos durante un terremoto porque recordaba el lugar exacto en el que estaba cada uno de ellos antes de morir y quedar desfigurados. Según ya lo intuían los oradores romanos y hoy confirma la neurociencia, los recuerdos están entrelazados en una red de asociaciones y es más fácil acordarse de las cosas que se asocian con una imagen del entorno, sobre todo si están asociadas a emociones muy fuertes o si contienen detalles ridículos, que se salen de lo ordinario. La memoria está íntimamente ligada con el orden espacial. Para recordar un poema, les decía a mis estudiantes, deben crear imágenes extrañas (mientras mas ridículas, obscenas y detalladas, mejor) asociadas con las palabras para después colocarlas en un espacio que conocen muy bien (la casa en la que creciste, en la que has vivido muchos años o la casa de tus abuelos). Se colocan las palabras hechas imágenes en las diferentes habitaciones, en el orden correcto y así al ir en tu mente por la casa, recuerdas el orden exacto de las palabras.

Una vez que nos quedó claro que la memoria es fundamental para apropiarse de la poesía, me importaba dejar en claro que no quería que pensaran la poesía de la misma manera en la que piensan un cuento, una novela o un ensayo. El siguiente reto fue inventar formas de leer y hablar de la poesía que no recurrieran al clásico esquema de la narrativa. Al principio fue muy complicado no atribuirle las líneas o versos a un personaje, narrador o autor, y no hablar de trama, espacio o tiempo causal. Me di cuenta de que la narrativa no es solo una de las muchas formas literarias que hay, sino la condición misma de la experiencia (que es inteligible en forma narrativa, traza secuencias causales, y representa la experiencia como hechos que se pueden contar o resumir o relatar). Hablar “de lo que trata” un poema es empobrecerlo y quitarle toda su dimensión de trabajo con el lenguaje. La métrica, el ritmo, la estructura, la musicalidad y el fraseo son tan importantes como el mensaje del poema (si es que lo tiene) y toda lectura narrativa lo reduce a un mensaje que se quiere transmitir. El resto del lenguaje poético pasa a ser decorativo o accesorio. Nos enfocamos, entonces, en aspectos que son más difíciles de “analizar” como la musicalidad y ritmo, el carácter epideíctico del discurso poético, dirigido a alguien y fabricado para ser dicho, el carácter memorable (una memoria mnémica, no interpretativa) de los versos que se guardan íntegros para ser repetidos.

Llegué a la conclusión, luego de copiar versos enteros en el pizarrón y dividirlos para enseñarles a los estudiantes la musicalidad del lenguaje y convencerlos de que la poesía es también música, que la transmisión del poema se aproxima más al de la matemática que al de la narrativa (que es lo que el psicoanalista Jacques Lacan llama “la instancia de la letra”). La poesía fundamentalmente saca al lenguaje de su función comunicativa hacia la función poética, lo que quiere decir que se sustrae de la mercantilización y uso de las palabras con un propósito concreto. El poema despoja a las palabras de su uso cotidiano y más que un significado distinto, les da otro orden y sintaxis.

En su movimiento, el poema comienza por interrumpir la continuidad de la cadena significante: una forma poética es capaz de reformular y socavar el espacio necesario de lo que es posible expresar en el lenguaje cotidiano. Si un poeta coloca la palabra “amueblado” en la siguiente frase: “mujer el mundo está amueblado por tus ojos”, no se refiere en realidad al departamento que uno quisiera rentar, ya cómodamente amueblado, sino que usa lenguaje figurado para denotar cómo es la presencia de la mujer en el mundo.

Para lograr captar estos aspectos del discurso poético hicimos varios ejercicios: escribimos poemas con el ritmo y líneas de nuestras canciones favoritas, jugamos a recortar palabras de poemas para armar un poema nuevo, hablamos de a qué saben las palabras o de qué color imaginamos que son, descompusimos imágenes de Instagram para fabricar haikús, musicalizamos poemas y leímos mucho en voz alta, en diferentes tonos (enojados, cursis, como discurso político, llorando, sensual), cada verso de los autores a los que nos acercamos (desde Vicente Huidobro y Oliverio Girondo hasta Minerva Reynosa y Coral Bracho).

Aproximarse así a la poesía, obviamente, requiere un esfuerzo enorme. Algunos de mis estudiantes estaban felices de experimentar conmigo algo distinto en el salón de clases. Otros, decían: “la poesía no es lo mío” y repetían “no entiendo”. Pero acabaron por encontrar su propia manera de leer y escribir poesía. Debo decir aquí que mis estudiantes de licenciatura en la Universidad de California en Riverside son en su mayoría estudiantes que crecieron hablando español en sus hogares, pero muchos de ellos no tuvieron una educación formal en español, sino en inglés y por lo tanto son particularmente sensibles a los vericuetos y rarezas del idioma que a veces uno da por sentado. A través de sus voces descubrí una nueva forma de leer poesía: más íntegra y menos cerebral, mucho más intuitiva que textual, más performática y corporal que escolástica.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

 

 

Es raro volver a Hannah Arendt en estos días. Quizás suceda lo mismo con muchos autores y autoras emblemáticos del siglo XX; aunque sabemos que sus aportes son en algún sentido eternos, la sensación de que estamos protagonizando una transición única le da a la lectura una extrañeza, una distancia. El mundo del que estos pensadores hablaban parece estar mucho más lejos; los apenas cincuenta años que cumple el ensayo Sobre la violencia de Arendt se sienten estirados, se sienten como siglos, como si la distancia que nos separa de Arendt, Sartre o Heidegger fuera la misma que nos separa de Kant o incluso de Platón.

En el caso de Arendt, incluso, esta brecha puede parecer aún más grande, por razones inherentes a su propia forma de entender la filosofía: la idea de que una obra quiera pensar más allá de su tiempo parece contraria al modo en que Arendt siempre pensó la producción filosófica. Tanto en su vida, en su persistencia en participar del debate público más allá de los muros de las universidades (que en algunos fragmentos, presentes también en Sobre la violencia, puede leerse lisa y llanamente como un desprecio a las instituciones académicas, probablemente influido por la docilidad de los intelectuales alemanes frente al nazismo que Arendt atestiguó antes de huir de Alemania), como en sus críticas a la tradición filosófica y en su estilo de escritura vivo y polémico. Esta pulsión por ser una habitante de su tiempo es quizás una de las características más salientes de Arendt. Pero leyendo Sobre la violencia es como si ese principio de Tolstoi para la ficción, “pinta tu aldea y pintarás el mundo”, tuviera también sentido en la filosofía política. Eso sentí releyendo este ensayo ardiente: una filosofía política que habla a conciencia de una época (y a una época) es más actual que una filosofía que pretenda ser atemporal.

El tema central de Sobre la violencia (que antes de ser libro fue publicado en la revista New York Review of Books) es la violencia política. El detonador de estas reflexiones sobre qué es la violencia y cómo se relaciona con la política, el Estado y fundamentalmente con el poder es el clima de movilización que se vivía en las universidades norteamericanas en la segunda parte de la década de los 60 (relacionado con las protestas antibélicas y con el movimiento Black Power, entre otros), y también las conversaciones desatadas en medios intelectuales europeos a partir de la explosión de las luchas anticoloniales. Lo que a Arendt le interesa son los diversos modos en los que durante estos años circula la idea de que la violencia política es una buena estrategia para la izquierda; o más aún, en algunos discursos, la idea de que es la única estrategia posible. Esta discusión es probablemente de lo más extemporáneo del texto; la verdad, no importa qué inclinación tenga el lector en el siglo XXI, si a favor o en contra de las estrategias violentas, porque la violencia revolucionaria no es una opción política viable hoy, al menos no en el sentido en que parecía serlo en el siglo XX. Sin embargo, algunos de los conceptos que Arendt pone en juego para hacerse las preguntas que se hace sobre esto sí que son productivos para pensar la actualidad.

Es interesante que Arendt intenta correrse de la dicotomía fundamental que dividía a la izquierda en su tiempo, de la pregunta de si la violencia es buena o mala. Con la ironía que la caracteriza —que en algunos puntos del texto raya en el desdén— Arendt toma distancia del modo en que Frantz Fanon y Jean-Paul Sartre hacían, desde su punto de vista, una épica de la violencia. Sin embargo, Arendt también quiere tomar distancia de una descalificación de la violencia sin más, y sobre todo de la idea sostenida tanto por defensores como por detractores de la violencia política de que la intervención violenta es siempre irracional. “Bajo ciertas circunstancias, la violencia (…) es el único medio de restablecer el equilibrio de la balanza de la justicia”, escribe Arendt: “en este sentido, la rabia y la violencia, que a veces —no siempre— la acompaña, figuran entre las emociones humanas ‘naturales’, y curar de ellas al hombre no sería más que deshumanizarle o castrarle”[1]. Y Arendt da un paso más, llegando a preguntarse por el concepto de “racionalidad” que se oculta tras esta idea de la violencia como “irracional” y “emocional”, en la que estos dos últimos términos aparecen como sinónimos: “La ausencia de emociones ni causa ni promueve la racionalidad. ‘El distanciamiento y la ecuanimidad’ frente a una ‘insoportable tragedia’ pueden ser ‘aterradores’, especialmente cuando no son el resultado de un control sino que constituyen una evidente manifestación de incomprensión. Para responder razonablemente uno debe, antes que nada, sentirse ‘afectado’, y lo opuesto de lo emocional no es lo ‘racional’, cualquiera que sea lo que signifique, sino o bien la incapacidad para sentirse afectado, habitualmente un fenómeno patológico, o el sentimentalismo, que es una perversión del sentimiento”[2]. La relación de Arendt con el pensamiento feminista en vida fue, en el mejor de los casos, distante: sin embargo, este pasaje está muy en sintonía con algunos planteamientos que autoras feministas de segunda ola como Audre Lorde, Adrienne Rich, Luce Irigaray y Hélène Cixous empezarían a articular apenas unos años después de la publicación de Sobre la violencia. En Sobre la violencia, como en otras obras suyas, Arendt discute tanto con los que postulan a la violencia como lo eminentemente humano y lo eminentemente político como contra aquellos que postulan a la racionalidad o la contemplación como lo humano y lo político por excelencia: y aquí ya no se está refiriendo solamente a las discusiones de su tiempo, sino a gran parte de la tradición filosófica, llegando hasta Platón y el gobierno de los filósofos. Para Arendt —y esto es lo que la acerca a las colegas feministas, lo supiera ella o no— no hay nada negativo ni irracional en la emoción: por el contrario, la emoción tiene un lugar legítimo y clave en la concepción de lo político de Arendt. Lo dice en el fragmento citado: para responder a una situación en el mundo, hay que tener la capacidad de sentirse afectado por lo que pasa en él. Y es ese responder lo que para Arendt es la quintaesencia de la humanidad y la política: no es la reflexión, sino la acción (que Arendt distingue en este texto de la “mera conducta”) lo que tuerce la historia de la humanidad, lo que tiene la capacidad de guiar nuestro destino. Y esa acción no se produce sin que aparezca una voluntad de actuar, voluntad que no puede ser puramente intelectual, que tiene que estar ligada a la capacidad de sentirse parte del mundo: de sentir las injusticias, como luego diría el Che Guevara, o de reconocer la propia vulnerabilidad que deviene posibilidad de resistencia, como también escribiría luego Judith Butler.

Resulta paradójico leer esta reflexión tan lúcida sobre la relación entre la sensibilidad y la acción política en un texto tan plagado de racismo como Sobre la violencia. Es difícil avanzar en la lectura como si nada luego de leer que el interés principal de los estudiantes negros en las universidades norteamericanas “consistía en reducir los niveles académicos”[3], como escribe Arendt muy suelta de cuerpo. En las reseñas en Amazon y GoodReads, de hecho, podemos encontrar muchos usuarios que abandonaron Sobre la violencia luego de encontrarse con esas frases; nadie tiene la obligación de leer nada ni de rescatar a nadie, pero sí hace falta decir que notables filósofos negros como Lewis Gordon y Kathryn Sophia Belle[4] (autora del libro Hannah Arendt and the Negro Question) han preferido seguir leyéndola, y en todo caso preguntarse de qué manera la ceguera de Hannah Arendt —o, para ponerlo en sus propios términos, su incapacidad de sentirse afectada por la causa negra— pudo haber empobrecido su perspectiva no solamente sobre el activismo del Black Power en Estados Unidos sino incluso sobre el colonialismo como fenómeno más amplio (y, en el caso específico de este texto, sobre la violencia política en contextos postcoloniales, por ejemplo en su lectura de Fanon).

Con sus defectos y limitaciones, Sobre la violencia sigue siendo un ensayo profundamente valioso para los tiempos que vivimos. En sus páginas encontramos no solamente el vigor, la elegancia y la sutileza que caracterizaron a la escritura de Arendt, sino también algunas de las razones que la hicieron tan influyente en la teoría democrática que la sucedió.

Pensando en estos tiempos pandémicos, hay una línea de este texto que es particularmente rica: aquella en la que Arendt se pregunta por la relación entre el Estado y la violencia. La tesis más famosa de Sobre la violencia, la que más ha trascendido, es la que dice que el poder y la violencia no son cosas que vayan juntas, sino más bien casi opuestas: que la violencia aparece cuando el poder de un actor político aumenta, sino justamente cuando el poder (que, en la visión de Arendt, solo puede ser colectivo y venir de la legitimidad social) languidece. Lo que quizás se recuerda menos es el análisis del Estado que se desprende de esta tesis: distanciándose explícitamente de la ortodoxia marxista de su época, Arendt propone pensar el Estado como algo más que un mero agente de violencia de la burguesía, como una institución que tiene el potencial de producir poder en el sentido de un poder colectivo (que era el único sentido en que Arendt usaba el concepto de “poder”, diferenciándolo por ejemplo del concepto de “fuerza”). Esta es quizá una de sus ideas que mejor han sobrevivido, que podemos leer con claridad en los progresismos “estatistas” del siglo XXI y también que explican la influencia de Arendt en teóricos de la democracia tan difíciles como Jürgen Habermas y Chantal Mouffe. También nos puede servir para pensar la relación con el Estado en días de amenazas invisibles: mientras que en el imaginario de muchos “libertarios” que salieron a las calles con pancartas en las últimas semanas la intervención de un Estado democrático no puede ser otra cosa que violenta (curiosamente o no, lo que en 1970 todavía podía ser considerado patrimonio de algunas izquierdas se vuelve hoy propiedad casi exclusiva de las derechas), muchos otros intentamos pensar los modos en que el poder puede organizarse para cuidar las vidas de las personas, tanto en lo que refiere a la salud como a sus consecuencias económicas y sociales. Muchos nos preguntamos, también, cómo se puede articular ese cuidado con medidas y estrategias en las que lo que prime no sea el disciplinamiento violento (tanto vertical como mutuo) de la ciudadanía, ni la humillación ni el castigo, sino sobre todo la construcción de redes comunitarias y políticas. Arendt no utilizó —al menos hasta donde puedo recordar— el lenguaje del cuidado para pensar en el poder, pero sí planteó algunos elementos para imaginar una relación entre el Estado y la sociedad que no se leyera solamente en términos de poder de policía, de penas y prohibiciones. Puede no parecer novedad en 2020, pero definitivamente no es una pelea ganada.

 

Ilustración por Angy.

Ilustración por Angy.

 

 


 

[1] Arendt, Hannah, Sobre la violencia, Madrid, Alianza, 2005 (trad.: Guillermo Solana), p. 86.

[2] Arendt, Hannah, ibid., p. 86-87.

[3] Arendt, Hannah, ibid., p. 30.

[4] Ana Deumert explora diversos aportes sobre este tema en esta nota de la revista Diggit https://www.diggitmagazine.com/column/racism-and-how-read-hannah-arendt

 


Autores
(Buenos Aires, 1989) Es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y trabaja como docente y periodista. En 2017 publicó el poemario Reconocimiento de terreno (Pánico el Pánico). En 2018 ganó el premio Ficciones otorgado por el Ministerio de Cultura argentino por el libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie (Emecé, 2020). En 2019 publicó el libro de ensayos El fin del amor (Ariel). Sus textos han aparecido en publicaciones como Anfibia, La Nación, Infobae, revista Orsai y Words Without Borders, entre otras.

Ilustrador
Angy
(1988) es investigadora y artista visual. Vino de Caracas a la Ciudad de México a hacer una Maestría en Comunicación en la IBERO y ahora está a punto de empezar el Doctorado en Estudios Humanísticos del Tecnológico de Monterrey. Su proyecto creativo, Recorta y mueve, es un espacio creado para hacer exploraciones materiales y conceptuales con la imagen digital: específicamente le interesa manifestarse a través del collage y la animación GIF. Ha participado en dos exposiciones colectivas: Inauguración del Restaurante-Galería Otates (Guadalajara, 2017) y Noches de Autor en la Sociedad Dante Alighieri (CDMX, 2019); así como también ha colaborado como ilustradora en diversos medios digitales e impresos. https://recortaymueve.tumblr.com/
Imaginario femenino mexicano. Ilustración por Ari Collage.

Desde sus orígenes —principios del siglo XIX— y hasta la actualidad, lo fantástico y la ciencia ficción han tenido distintos acercamientos teóricos y diversos intentos por definir sus características temáticas y estéticas. A partir de un acercamiento personal como lectora y escritora, me enfocaré en la teoría de Flora Botton1 para hablar de los elementos más relevantes en las obras de las autoras mexicanas que he rastreado hasta ahora, cuya visión y propuesta resulta imprescindible compartir —dado que la mayoría del corpus de ambos géneros es representado por hombres—, y que se inscriben por completo en su descripción de lo fantástico: “Un reto a la imaginación, a la fantasía y a la sensibilidad”, donde el fenómeno insólito no puede explicarse mediante las leyes del mundo conocido. Su sello es la ambigüedad: la irrupción de lo sobrenatural en el paradigma de realidad de la propia historia.

En cuanto a la ciencia ficción, presenta lo especulativo de mundos posibles en los que cualquier tipo de ciencia o tecnología y diferentes factores propician una modificación —positiva o negativa— radical de la sociedad del futuro y otras temporalidades. A principios del siglo XX destacaron obras que además reunían otras características e inauguraron el término weird fiction, categoría inscrita en lo insólito.

En las últimas décadas, fantástico y ciencia ficción han fundado nuevos “subgéneros” que se inscriben en la literatura especulativa, como la narrativa utópica o distópica. Si bien ahora se está revalorizando esta imprescindible obra, aún hay prejuicios que la acusan de no convenir con el realismo imperante dentro de la ficción, de evadir la realidad o las problemáticas sociales; sin embargo, no hay nada más erróneo, pues nos ofrece perspectivas audaces para analizar y repensar nuestras experiencias personales y sociales.

Esta nueva literatura requiere lectores perceptivos, abiertos; un acercamiento distinto que permita ver más allá de las etiquetas estigmatizadas en estantes de librerías y bibliotecas, referir no tanto a géneros, sino a sus pluralidades: creaciones que surgen de un sinfín de búsquedas relacionadas con la experiencia humana que no fueron planteadas desde el inicio para pertenecer a algún género o categoría, de ahí que su naturaleza heterogénea y su diversidad de elementos no permitan asignarles una sola etiqueta.

La primera obra escrita por una mujer mexicana que se considera ciencia ficción2 porque buscó, a través de la ciencia, transgredir las leyes y limitaciones físicas  mediante un viaje espacial como experiencia espiritual —lo que la instaura en lo que se considera fantasía científica—, data del siglo XVII: “Primero Sueño” (1692), de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695). Es su poema más extenso, leído y estudiado, en el que primero recrea una atmósfera de oscuridad y silencio, elementos fundamentales de la noche para que la consciencia —o el alma— pueda trascender al cuerpo y alcanzar el conocimiento que le está vedado a los sentidos debido a la luz: toda una hazaña cognoscitiva. Luego, con la llegada del nuevo día, arriba también el fin de la inconsciencia y la vuelta a la realidad. Sor Juana representa aquí la voluntad incorpórea para acceder a un conocimiento más allá de lo físico y racional, donde convergen elementos renacentistas como el sueño, la noche, los astros y seres mitológicos, como Morfeo, Apolo e Ícaro. Respecto a lo científico, Sor Juana analiza lo mismo cuestiones fisiológicas que psicológicas, astronómicas y astrológicas, de la física y de la historia natural.

Un salto al siglo XIX nos lleva a Ana de Gómez Mayorga (1878-1954, CDMX), escritora de cuento fantástico y maestra normalista. Su obra más reconocida es Entreabriendo la puerta (1946), conformada por 30 cuentos; pero los que son considerados sus mejores relatos se reúnen en Nostalgia de lo recóndito (2011). En sus historias breves de títulos concisos, la normalidad se ve acechada e interrumpida por lo extraño. La trama de “La puerta” surge del misterio de lo onírico, donde una arquitectura nueva, oscura, desconocida y casi imposible aparece detrás de un muro con una puerta cerrada a cal y canto que siempre han despertado curiosidad en el protagonista; misma por la que, en una sola ocasión, tiene oportunidad de entrar.

Existen otras creaciones originadas a partir de la perspectiva infantil de la imaginación. Elena Garro (1916-1998, Puebla), narradora y periodista, utilizó estas percepciones para escribir La semana de colores (1964), obra considerada dentro del realismo mágico, pero donde las particularidades de lo fantástico son muy visibles. Las protagonistas, dos hermanas pequeñas, comparten su visión de la realidad que retoma lo que se les escapa a los adultos. Esta serie de cuentos muestra cómo el imaginario fantástico infantil, que no siempre es inocente y benévolo, irrumpe en la cotidianidad de una vida rural. “La culpa es de los tlaxcaltecas”, primera historia de la colección, es el mejor ejemplo de lo fantástico en la obra de Garro, donde el juego entre diferentes temporalidades y el choque entre dos mundos opuestos generan un sentimiento de extrañeza que lleva a lo insólito.

Guadalupe Dueñas (1920-2002, Jalisco) fue una gran cuentista y ensayista. Su obra resulta difícil de clasificar, y lo extraño está presente en gran medida, a pesar de que la propia escritora afirmó que en sus cuentos no había fantasía. Varias de sus experiencias dieron pauta a creaciones como “Mariquita”, donde un feto conservado en un frasco con líquido configura un cerrado sistema familiar, o “Zapatos para toda la vida”, donde una niña tiene a su disposición una cantidad interminable de perfumes y calzado tras la ruina del negocio familiar. Sus tópicos recurrentes son lo íntimo, las relaciones interpersonales alteradas por algún elemento externo, el absurdo, lo trágico, las distintas caras de la crueldad y lo siniestro desarrollado a través de mujeres que examinan su propio sitio en el contexto histórico.

Una particularidad en la obra de Dueñas es la creación de un bestiario propio: utiliza, entre otros, ratas, piojos, chimpancés, perros, sapos y vacas como protagonistas o personajes de gran importancia. Uno de sus mejores libros es Tiene la noche un árbol (1958), y el Fondo de Cultura Económica (FCE) publicó en 2017 sus Obras completas.

Otras voces, en cambio, surgen desde el erotismo, la locura, lo perverso, lo absurdo y la traición. Inés Arredondo (1928-1989, Sinaloa) destacó en la narrativa al resaltar lo conflictivo en las relaciones de pareja en sus tres libros de cuentos —La señal (1965), Río subterráneo (1979) y Los espejos (1988)—; asimismo  escribió sobre las hostilidades tratadas desde diferentes perspectivas, la imposibilidad de la comunicación y el casi nulo entendimiento con el otro. Arredondo ofrece un panorama desesperanzado de las relaciones interpersonales que inician desde la infancia, una disección del amor y sus diversas facetas, la pasión destructiva y la violencia.

La incertidumbre y la ambigüedad, la soledad y el deseo son otros sentimientos que permean en la narrativa de Arredondo, al igual que el rencor y el egoísmo. Hay dos cuentos breves en los que el elemento fantástico es claro: “Orfandad” y “Apunte gótico”, que forman parte de Río Subterráneo (1979), donde vigilia y sueño se confunden entre imágenes siniestras, mutilación y muerte, creando una atmósfera de misterio puro. En “Orfandad”, la trama parte de lo onírico y toca la vulnerabilidad infantil, el aislamiento y la soledad. La niña que narra la historia comienza rememorando un sueño en el que, después de quedar huérfana por un terrible accidente, sus familiares la visitan y reaccionan de distintas formas hasta llegar a lo brutal, pero ninguno se hace responsable de ella; carcajadas vulgares la devuelven a la realidad, a un despertar verdadero entre el abandono y la inmundicia. El segundo es narrado a contraluz de una vela desde la voz de la joven protagonista, que describe confusa la transformación de un vínculo erótico y prohibido, pues pasa de la atracción física a lo repugnante tras la aparición de una niña-rata que la vuelve consciente de lo grotesco del incesto con su padre. En estos párrafos, lo mismo una imagen que una palabra remiten a la ambigüedad, dando paso a distintas interpretaciones o lecturas en torno a lo observado por la narradora. Sus Cuentos completos se publicaron en 2011 por el FCE.

Amparo Dávila (1928-2020, Zacatecas), poeta y narradora, afirmaba escribir por “intuición”, pues su aprendizaje fue principalmente autodidacta y desde pequeña dedicó gran parte de su vida a la lectura gracias a la biblioteca familiar con la que contaba —al igual que Arredondo y Dueñas—. Fue la única hija que sobrevivió entre sus hermanos, y a los 26 años se mudó a la Ciudad de México. En 1966 fue becaria del Centro Mexicano de Escritores, ganó el Premio Xavier Villaurrutia en el 77 con su libro Árboles petrificados, la medalla Bellas Artes en 2015, y este año, poco antes de su muerte, obtuvo el Tercer Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura por su destacada trayectoria cuentística.

Su primer libro de cuentos publicado fue Tiempo destrozado (1959), seguido por Música concreta (1964). En 2009, el FCE publicó sus Cuentos reunidos. Como Dueñas, afirmó que sus historias partían de hechos reales, por lo que, aunque en ellas destacan las características del género, Dávila no tenía en mente lo fantástico al escribirlas. Por lo general, sus personajes femeninos están sometidos a la hegemonía y la violencia masculina, los escenarios son cerrados y los ambientes sórdidos y oscuros, oníricos. En la mayoría de sus relatos, donde la pareja o un suceso terrible —como la muerte o un trastorno vinculado con la locura— suele desatar la trama, la indeterminación impera, tal es el caso del oscuro ente que trastoca el mundo de la protagonista en “El huésped” o las misteriosas criaturas que enloquecen al hombre que narra “Moisés y Gaspar”.

En el terreno de la ciencia ficción, Manú Dornbierer (1936, CDMX) se interesó en narrar lo que sucedería si un personaje se encontrara con su otro yo en realidades o universos paralelos de diferentes temporalidades. Es considerada la primera escritora que obtuvo gran reconocimiento nacional durante la década de los 70, aunque es más reconocida por su labor periodística. La grieta (1978), su primer libro de relatos de ciencia ficción, toma su título del cuento homónimo con el que ganó los juegos florales de Ciudad del Carmen en el 68. En 1996 publicó En otras dimensiones, prologado por Edmundo Valadés, que reúne cuentos en su mayoría fantásticos.

La trama que Dornbierer escribe en su novela Memorias de un delfín (2009) —publicada por la editorial Libros del Sol, financiada por ella misma debido al rechazo editorial, fue reeditada en 2019 por tercera ocasión por Porrúa—, gira en torno a un científico que ayuda a un delfín huérfano a sobrevivir, y luego él mismo se transmuta en uno para poder reunirse con esta especie en su propio hábitat y relatar sus experiencias.

Adela Fernández (1942-2012, CDMX), escritora y dramaturga prolífica en cuya obra destaca la creación fantástica, recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 1986 con su obra La prodigiosa (1980). Sus libros de cuentos más representativos son Duermevelas (1986) y Vago espinazo de la noche (1996). Los temas recurrentes en sus historias son la orfandad, el abandono, la depresión, la muerte, el crimen, la locura, el abuso infantil y la soledad; sus escenarios son opresivos y lúgubres. Sus relatos más trascendentes, ambos publicados en Duermevelas, son “Cordelias”, donde una niña pequeña se duplica al infinito a través de cualquier superficie reflejante, configurando la vida de todos los habitantes de un pequeño pueblo; y “La jaula de tía Enedina”, tétrica historia de dos personajes vulnerables discriminados y rechazados por su propia familia que, al fin, encuentran en ellos mismos y sus despojos lo más parecido al amor y la aceptación que les han sido negados.

Gabriela Rábago Palafox (1950-1995, CDMX) fue una narradora, poeta y normalista. Colaboró en diversos periódicos y revistas como El Cuento. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores en 1979, destacó en la literatura infantil y recibió diversos galardones, entre ellos el Premio Puebla de Ciencia Ficción en 1988 por su cuento “Pandemia”, relato apocalíptico ambientado en una Ciudad de México que vive, como ahora, el miedo hacia un virus mortal —muy similar al VIH— que va menguando a la gente.

Otro de sus cuentos destacados es “Resurrección”, que se desarrolla en una realidad futura donde el ser humano ya habita la luna y el cristianismo ha sido erradicado cual enfermedad. El joven protagonista, que colecciona figuras deshidratadas de imitaciones de santos que recibe por correo postal y que retoman su tamaño natural mediante el agua, realiza un experimento con un líquido que anima cadáveres u objetos durante segundos, mismo que fue inventado por un científico amigo suyo. Mediante la ironía, Rábago realiza una ácida crítica sobre el gozo de la contemplación del padecimiento tan propio del cristianismo —reflejado en sus esculturas de santos y mártires y en el propio Jesús crucificado—. El cuento apareció en Más allá de lo imaginado, primera antología de ciencia ficción mexicana de Federico Schaffler, publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 1991; mismo año en el que la novela de Rábago: La muerte alquila un cuarto, obra que reúne las características de lo policíaco y la ciencia ficción, sale a la luz. Un año antes publicó el libro de cuentos La voz de la sangre (1990), donde recrea la figura del vampiro desde distintas voces.

A inicios del siglo XXI surgen las plumas de nuevas generaciones de escritoras cuyas búsquedas y cuestionamientos podrían resultar similares a los ya vistos, mas destacan sus perspectivas originales a través de una sorprendente creatividad.

Imaginario femenino mexicano. Ilustración por Ari Collage.

Imaginario femenino mexicano. Ilustración por Ari Collage.

La primera de estas autoras es Cecilia Eudave (1968, Jalisco), narradora e investigadora que ha recibido diversas becas y distinciones como el Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce 2007, por su novela Bestiaria vida (2008), reeditada en España por Eolas ediciones en 2019. Microcolapsos, plaquette de minificción (2017), fue traducida hace poco al griego. Su obra se inscribe en lo fantástico y lo extraño, en la “narrativa de lo inusual”3 , como la catedrática Carmen Alemany Bay prefiere llamarla.

En Bestiaria vida, Eudave examina la vida doméstica y los lazos consanguíneos, el papel de los integrantes de una familia en la que cada miembro, de acuerdo con sus características tanto físicas como psicológicas, remite a un determinado perfil animal que conforma una colección de seres peculiares. Lo fantástico, como los humanos diminutos que los integrantes más longevos pueden observar en las alfombras o el monstruo que solo el padre puede ver a través de los espejos, brotan como flores coloridas en medio de la melancolía y el recuerdo de la protagonista.

Karen Chacek (1972, CDMX) es una prolífica escritora especializada en la literatura infantil y juvenil. Ha participado en antologías como El Abismo. Asomos al terror hecho en México (2011), Bella y brutal urbe (2013) y Festín de muertos. Cuentos mexicanos de zombis (2015). Su novela La caída de los pájaros (2014), de corte apocalíptico, retrata a una sociedad marcada por una pérdida descomunal: todos los niños han caído en un sopor profundo. Sin embargo, el gobierno obliga a los adultos a mantener su productividad a costa de la desgracia, y Violeta, la protagonista, guiada por la voz de una pequeña en su cabeza, con la ayuda del Fabricante de Aves empieza a buscar rastros que han dejado los niños para lograr rescatarlos.

Bibiana Camacho (1974, CDMX) es una narradora que ha publicado tanto novela como cuento. Con Tras las huellas de mi olvido (reeditada en 2010), recibió la mención honorífica del Premio Juan Rulfo de primera novela 2007. Su novela Lobo (2017) es la historia de Berenice, quien, por cuestiones profesionales, llega a un pueblo casi abandonado y en amenaza constante por el crimen organizado. Lo sobrenatural inunda el ambiente de suspenso en el que la mujer va descubriendo el día a día de los habitantes sumidos en el miedo. Tu ropa en mi armario (2010) y Jaulas vacías (2019) son libros de cuentos fantásticos, terroríficos y extraños.

Libia Brenda Castro (1974, Puebla), narradora y editora, ha colaborado en diversas publicaciones y antologías nacionales y extranjeras como El hombre en las dos puertas (2002) y Así se acaba el mundo (2012). Editó en 2018 Una realidad más amplia, antología bilingüe de ciencia ficción mexicana que le valió la nominación al Premio Hugo 2019, en la categoría Mejor trabajo relacionado. En su cuento “Burbuja”, habitado por entes holostáticos y holodinámicos —máquinas al servicio de los seres humanos— y vehículos voladores, la vida rutinaria de Andrea comienza a trastocarse cuando su hermana, quien supuestamente había fallecido años atrás, comienza a contactarla a través de sueños angustiantes.

Además, las últimas tres autoras mencionadas participaron en la antología de ciencia ficción escrita por mujeres titulada La imaginación: la loca de la casa (2015).

Daniela Tarazona (1975, CDMX), narradora y ensayista, tiene una gran presencia en el ámbito debido a su primera novela, El animal sobre la piedra (2008); en sus páginas retrata fielmente una mutación que detona con el duelo. Mediante el diario de Irma, el lector se vuelve testigo de la transformación de la protagonista que, tras la muerte de su madre, viaja a una zona costera para buscar alivio. En ese sitio alejado comienza un cambio físico que inicia con la muda de su piel cual reptil, mismo que representa una metamorfosis —o incluso evolución— emocional. Lo maravilloso de lo onírico y lo desconcertante de otra realidad se conjugan en sus palabras.

Martha Riva Palacio (1975, CDMX), reconocida y premiada escritora de literatura infantil y juvenil, ganó con Frecuencia júpiter (editada en 2013), el Premio Gran Angular México 2013. La novela especulativa cuya protagonista, una adolescente en estado de coma, acude al único espacio disponible: sus recuerdos, y solo se puede comunicar con una mariposa negra. En la obra, hay cuatro relatos o “simulacros del fin del mundo” intercalados. La crítica social enfocada en la violencia de género y la dictadura militar chilena se entrelaza en esta historia inscrita en la ciencia ficción.

Iliana Vargas (1978, CDMX), narradora y ensayista, ha publicado cuentos en antologías como Biútiful Frik (2018) y La tienda de los sueños: Un siglo de cuento fantástico mexicano (2016). Entre sus libros de cuentos se encuentran Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (2012), en él, el lector encuentra narraciones oscuras sobre fantasmas que visitan el plano terrenal, sombras autónomas y alucinaciones, y Habitantes del aire caníbal (2017), conformado por diversos mundos con seres tan extravagantes como sus propios idiomas y vivencias donde la autora experimenta con lo visual y con el lenguaje.

Vargas editó, en la revista Vozed, el dossier Fémina Incógnita, un espacio dedicado a  creadoras cuyas exploraciones literarias abordan las diversas categorías de lo fantástico y la ciencia ficción. Próximamente la editorial Eolas publicará su siguiente libro de cuentos fantásticos, Yo no voy a salvarte.

Gabriela Damián Miravete (1979, CDMX), narradora, traductora y periodista, ha publicado cuentos en antologías como Los Viajeros: 25 años de Ciencia Ficción mexicana (2010) y Three messages and a warning. Contemporary Mexican Short Stories of the Fantastic (2011). Ganó, en 2018, el premio internacional de ciencia ficción James Tiptree, Jr. con el cuento “Soñarán en el jardín”, inspirado en la violencia de género que se ha recrudecido en nuestro país en los últimos años: nos presenta a un México futurista en el que esta tragedia no es sino un mal recuerdo, y donde, gracias a un memorial de hologramas, se puede visitar a las víctimas de feminicidios.

Atenea Cruz (1984, Durango), narradora y poeta cuya obra ha sido laureada desde 2002, obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción en 2017 con el cuento “Una mujer solitaria”: la historia de una mujer obsesionada con la mancha negra de un espejo que va creciendo junto con su anhelo por penetrar en ella. Fue publicado junto con otros relatos —no todos fantásticos— en el libro Corazones negros (2019). Sus colaboraciones críticas y ácidas en Letras Libres retratan la decaída burocracia cultural actual en su estado de origen.

Andrea Chapela (1990, CDMX) es una autora de ciencia ficción y fantasía. Ganó el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018, con su cuento “Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio“, relato de ciencia ficción que trabajó con la beca Jóvenes creadores del Fonca en 2016; misma que le fue otorgada por segunda ocasión, ahora para escribir una novela. En 2019 ganó el Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola, con el libroUn año de servicio a la habitación (2019).

El relato “Ahora lo sientes” se publicará en su próximo libro de cuentos, y se desarrolla en una Ciudad de México futurista, en la que cada habitante está directamente involucrado en cuerpo y mente con la tecnología. Rivera, la protagonista de esta historia, es en apariencia una agente sin escrúpulos que realiza servicios ilícitos para sus importantes clientes: se dedica a manipular mentes, sentimientos e intenciones con la finalidad de alterar procesos judiciales.

Cabe mencionar que Chapela, Vargas, Libia Brenda y Damián fueron seleccionadas para formar parte de la Mexicanx Initiative Anthology y asistir a la Worldcon 76 de 2018, en San José California. A partir de esa experiencia decidieron organizar la primera edición de Mexicona, un encuentro de ciencia ficción y narrativa fantástica en español. Se llevará a cabo de forma virtual durante las últimas semanas de septiembre de este año para crear un espacio de diálogo entre propuestas de Hispanoamérica en torno a obsesiones, preocupaciones y respuestas sobre diversos aspectos actuales a través de la literatura especulativa.

Las obras fantásticas y de ciencia ficción mexicana han tenido un gran apogeo en las últimas décadas debido a la posibilidad de experimentación que permiten. De igual manera, se ha revalorizado a las autoras fundamentales dentro del género —que quedaron en el olvido por estar fuera de la norma— gracias a la reunión y publicación de sus obras, a reediciones y a estudiantes que analizan sus trabajos en la actualidad.

Además, no todas las escritoras mencionadas tuvieron —o han tenido— las mismas oportunidades para publicar o integrarse al ámbito literario, de ahí que algunas sean más reconocidas que otras, lo que no tiene que ver con la calidad de su obra.

Es necesario mencionar que existe una gran tradición europea, anglosajona y latinoamericana escrita por mujeres como Mary Shelley, Charlotte Perkins, Ursula K. Le Guin, Joanna Russ, James Tiptree (pseudónimo de Alice Bradley Sheldon), Margaret Atwood, Juana Manuela Gorriti, María Luisa Bombal, María Elena Llana, Ana María Shua, Silvina Ocampo, Liliana Bodoc o Angélica Gorodischer, y actualmente Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Mónica Ojeda, Liliana Colanzi y Solange Rodríguez Pappe. Ellas son solo algunas de las escritoras más reconocidas en ambos géneros.

Sin importar las etiquetas limitantes, las escritoras mexicanas citadas en este texto han creado universos particulares que retan a la imaginación y que, a través de un uso magistral del lenguaje, desafían lo conocido y la realidad, otorgando nuevas perspectivas y formas de estar en nuestro propio mundo: nos transforman.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.