Los tiempos que nos han tocado vivir ponen en evidencia que todas nuestras acciones de sobreexplotación del medio ambiente tienen repercusiones graves. En esta entrevista con Mariam Weston, ingeniera en desarrollo sustentable, llegamos a la conclusión de que la sensación de emergencia que vivimos ahora, debería trasladarse también a la realidad en la que estamos reduciendo nuestras posibilidades de subsistencia.
Nuestra depredación inconsciente de los recursos naturales nos está llevando a fenómenos como la sexta extinción, es decir, una pérdida masiva de biodiversidad de la que Mariam nos habla más a detalle en las siguientes líneas. Su trabajo se ha enfocado en el desarrollo de estrategias de conservación de especies, como directora de proyectos en la fundación Animal Karma. Gracias a su formación en el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de Curtin en Asutralia, Durrell Conservation Academy en Inglaterra y Animal Record en España, nos ofrece un panorama claro de la situación actual a la que deberíamos estar haciendo frente. Uno de sus objetivos en su compromiso con la biodiversidad es compartir la información necesaria para despertar y fomentar la acción. Esperamos que esta entrevista sea parte importante de esos esfuerzos.
D: ¿Cuál es el peor escenario al que nos enfrentamos o hacia el que estamos encaminados actualmente en términos del impacto a la biodiversidad del planeta?
M: Con respecto a la biodiversidad estamos viviendo la sexta extinción masiva. En la historia del planeta ha habido cinco extinciones masivas antes de esta, en las que se perdió entre el 70 y el 90% de la vida existente, pero lo que caracteriza a todas estas extinciones, incluyendo a la de los dinosaurios, es que fueron causadas por fenómenos naturales. La sexta extinción es la única que ha sido producto de las actividades humanas, algunas causas directas son: el cambio de uso de suelo y mar, la extensión de la ganadería, la agricultura y la deforestación que estas actividades generan. Un ejemplo muy claro es cómo los orangutanes están desapareciendo por la expansión del cultivo de la palma para producir más del famoso aceite de palma. Otra causa es la explotación directa de organismos, como la cacería ilegal de especies de jaguar en México o la de tigres en India para su comercio, la pesca inmoderada y todas las consecuencias que derivan de esta —la pesca indirecta (bycatch) de especies no comerciales como tortugas marinas, delfines, o en México la vaquita marina.
Hay un reporte muy bueno del IPBES (Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistemáticos), sobre la sexta estinción que en inglés se llama “Nature’s Dangerous Decline “Unprecedented” Species Extinction Rates “Acelerating”. Para este reporte se juntaron más de 30 científicos alrededor del mundo y dictaminaron el estado de la biodiversidad, concluyeron que estamos perdiendo especies mil veces más rápido de lo normal. Perdemos aproximadamente 200 especies por día, están en riesgo más de 40% de las especies de anfibios, casi el 33% de los corales formadores de arrecifes, más de un tercio de todos los mamíferos marinos y se estima que el 10% de los insectos están amenazados; por lo menos 680 especies de vertebrados han sido llevados a la extinción desde el siglo XVI. Tenemos actualmente un millón de especies tanto de flora como de fauna categorizados en peligro de extinción: los sogas, el lobo gris mexicano, el cóndor de california, entre muchas otras de una larga lista.
D: Tu carrera en ingeniería sustentable implica recomendar o encontrar soluciones para las empresas y su relación con el ambiente, ¿cómo podría rastrearse su impacto?
M: Las empresas tendrían que ser completamente abiertas con sus reportes ambientales, en México se deben cumplir ciertas normas pero la realidad es que en la mayoría de los países las regulaciones son mínimas. La mayor parte de las empresas solo se concentran en cumplir las normas para seguir operando, sin hacer modificaciones importantes en sus procesos, que realmente impacten de manera positiva al medio ambiente.
Existen algunas certificaciones que nos ayudan a identificar empresas que an más allá del mínimo esfuerzo, como la ISO 14001 para normas ambientales. El único problema con la ISO es que es un poco incongruente, porque empresas tabaqueras o que venden armas pueden tener la certificación. Está padre que tu empresa sea “ambientalmente responsable” pero estás fomentando que se produzcan colillas que tienen un impacto ambiental muy grave y no tienes un programa para recolectarlas.
Otra certificación, es la EMAS (Eco-Management and Audit Scheme, Reglamento Comunitario de Ecogestión y Ecoauditoría) que es europea y esa sí es muchísimo más estricta. Una de las mejores formas que tenemos los consumidores para empezar a mejorar las cosas es pedir certificaciones o pedir informes de sustentabilidad. No solo quedarnos con lo que las empresas dicen que están haciendo bien, hay que asegurarnos que no sea un truco publicitario y consumir sus productos sin culpa: esto se llama greenwashing.
Por ejemplo, algo muy chistoso que pasó hace poco con esta empresa de cerveza, Corona, que sacó una campaña para invitar a la gente a limpiar playas. Está padre la iniciativa y todo pero creo que es muy importante que distingamos entre agentes pequeños y agentes grandes. Un agente pequeño es una persona y a nosotros como pequeños actores nos corresponden acciones pequeñas, a nosotros sí nos corresponde ir a limpiar playas, reducir nuestro consumo de carne, reducir y separar nuestros residuos, hacer composta. Acciones pequeñas individuales que en colectivo pueden hacer un cambio, pero que tú me digas que un actor grande (gobiernos o empresas), se pone a hacer muchas acciones pequeñas no es congruente. A un actor grande le tocan acciones grandes. Ellos en lugar de estar limpiando playas deberían estar haciendo cambios en el sistema. Podrían hacer más eficientes sus producciones, buscar alternativas para reutilizar sus empaques, facilitar que sus residuos no terminen en los océanos, crear un sistema operativo diferente, minimizar el uso de agua, utilizar energías alternas, etc. Soluciones verdaderamente innovadoras. Limpiar la playa es un primer paso pero no soluciona el verdadero problema: la producción de residuos y su ineficiente recuperación y disposición, así como el consumo excesivo de recursos naturales.
Esto es algo muy importante: distinguir completamente las acciones y los actores, qué acciones le tocan a cada quién y de esta manera poder exigir cambios verdaderos. Otro ejemplo buenísimo de esto son los popotes; hay hoteles gigantescos que están en el Caribe mexicano y destruyeron medio arrecife en su construcción pero no dan popotes. Así no va la cosa. Destruiste medio arrecife pero como no das popotes, “bravo, ya te puedes lavar las manos”.
Las cuestiones ambientales son problemas complejos porque no existen soluciones lineales, no por hacer A —una acción dada— automáticamente se va a reforestar el Amazonas. No solamente existe una solución. El biodiesel, por ejemplo, se planteó como una alternativa a los combustibles fósiles, pero después analizas el proceso y te das cuenta que vas a deforestar para plantar más soya. Esa soya, además, pudo haber sido utilizada para alimento de personas. Todos los problemas ambientales necesitan soluciones complejas o multidisciplinarias ya que todo depende del caso y del contexto. Por ello hay que innovar y exigir que cada vez más actores, ya sean ciudadanos, empresas o gobiernos, se responsabilicen de su impacto ambiental.
Volviendo a las certificaciones, también existen las de Rainforest Alliance que te informan cuando los productos, especialmente los maderables o los chocolates, vienen de prácticas sostenibles donde a los trabajadores se les paga adecuadamente y se les enseña a no talar de cierta forma para que el bosque se pueda regenerar.
Hay otras, por ejemplo, en la industria de la pesca, que es de las más nocivas. Leí hace poco que el 90% de nuestras pesquerías, están depleted, lastimadas o abusadas, sobre-explotadas por malos manejos. Existe una certificación que se llama MSC (Marine Stewardship Council) enfocado a que las actividades de pesca sean conscientes, que no haya sobrepesca y lleven buenas prácticas.
Muchas certificaciones más están surgiendo. También para el papel y maderables existe FSC (Forest Stewardship Council), que garantiza la producción sustentable de papel de baño, pañuelos, papel blanco, aquella que viene de tala legal, es decir, no estás destruyendo la selva de Calakmul para tener papel en tu casa.
Ahora bien, aparte de las certificaciones, existen tendencias nuevas para romper el sistema de producción clásico, conocido como producción lineal. La producción y consumo lineal es lo que nos ha llevado al colapso ambiental, ya que consiste en extraer los recursos del medio ambiente, procesarlos, transportarlos, consumirlos y desecharlos. Para una botella de refresco, por ejemplo, se extrajeron recursos, se produjo, se vendió, y como la empresa no tiene un lugar a dónde regresarla o donde se pueda reutilizar va a ir a la basura, ahí terminó su vida útil.
Por eso es necesario que surjan nuevos métodos de producción así como de consumo, como la economía circular y el craddle to craddle (cuna a cuna), donde los desechos se vuelven la materia prima para otro producto y se considera minimizar el daño ambiental durante el ciclo de vida del producto. Un producto craddle to craddle considera que los materiales que se utilizan para su elaboración sean seguros para los humanos y el medio ambiente, también la reutilización del producto para eliminar el concepto de desperdicio y garantizar que los productos permanezcan en ciclos perpetuos de uso y reutilización. Toma en cuenta que no se desperdicie agua en su elaboración, que se usen energías renovables y que se respeten a todas las personas y sistemas naturales involucrados.
A veces no nos damos cuenta de todo el problema que hay detrás de un producto. Para hacer un celular, por ejemplo, se necesita extraer un mineral que se llama coltán, que está destruyendo bosques en África, afectando la salud de las comunidades y le está dando en la torre a poblaciones de gorilas y de okapis, que son primos de las jirafas. Tenemos que ser conscientes de nuestro consumo y empezar a modificar hábitos, en lugar de comprar el último modelo de teléfono, mejor buscar uno de segunda mano o el viejito que tenía tal vez lo puedo llevar a reciclar o lo puedo vender para darle una segunda vida. Nos urge romper con la estructura lineal que ha gobernado el siglo XXI y que nos han llevado a todos estos problemas económicos, ambientales y sociales.
D: ¿Con qué organizaciones estás en contacto que están trabajando para mitigar el impacto en la biodiversidad?
M: Yo trabajo en Animal Karma en la conservación de felinos, tenemos algunos proyectos aquí en México, sobre todo los que involucran implementación de tecnología para la conservación. Recientemente colaboramos con Pronatura Yucatán, les asistimos con muestreo con drones dentro de un área natural protegida, para ver el avance de la deforestación y el de la ganadería en esa zona, así como tratar de generar estrategias para mitigarlo.
Yo diría que la amenaza número uno que tiene el jaguar en México es el conflicto que existe con los ganaderos. Al expandirse la tierra de ganadería hay disminución de presas, disminución de hábitat. Ahora es cada vez más frecuente que un jaguar ataque a una vaca, lo cual implica una pérdida económica para el ganadero y a veces es mucho más fácil eliminar la amenaza inmediata: matar al jaguar. Afortunadamente, México es el único país de Latinoamérica donde existe un seguro ganadero, puedes llamar al Fondo de aseguramiento ganadero, en las primeras 24 horas del ataque y te pueden compensar económicamente. Te reponen al animal para que tú no incidas en la necesidad de matar al jaguar o al puma o al lobo o al oso que tenga algún conflicto con tu ganado.
Estamos colaborando con el desarrollando algunos proyectos de divulgación y conservación para la zona del sureste, en especial de Calakmul y hacemos algunas donaciones de equipo de investigación. Estamos por abrir una especie de, no diría agencia de viajes, pero experiencias para que la gente pueda ir a hacer voluntariados a ciertas áreas naturales protegidas. Además con su participación será posible hacer donaciones para equipos de investigación o que se fondeen ciertas necesidades que requiera el proyecto. Eso es muy necesario porque cada vez la CONAP (Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas) está siendo muchísimo más golpeada y le reducen el presupuesto.
Otro proyecto que tenemos es en colaboración con Fundación Ikiam, un colectivo de achuares, grupo indígena que habita en la Amazonía ecuatoriana y la Amazonía peruana. Nosotros trabajamos con la ecuatoriana en una comunidad que se llama Wachirpas, con dos proyectos sobre conservación de la biodiversidad y sobre meliponicultura sostenible, que es como la apicultura pero con abejas que no tienen aguijón. Ese programa está enfocado a las mujeres de la comunidad para la preservación de la medicina tradicional y, en algún momento, para que puedan tener un ingreso económico sostenible que no implique desplazarse a ciudades, derribar árboles para vender la madera o incidir en actividades ilícitas como de cacería ilegal. Este proyecto me encanta porque además colaboramos con Mayabacab un colectivo increíble del sureste mexicano, ellos nos apoyan en las capacitaciones de meliponicultura; utilizan técnicas mayas entonces es una fusión de conocimientos ancestrales.
Soy líder del Climate reality project donde nos dedicamos a hacer concientización y educación en materia de cambio climático. Tenemos un proyecto muy padre en conjunto con Global shapers que es una iniciativa para jóvenes del Foro Económico Mundial, que se llama Acción climática desde casa. Todos los viernes, tenemos un webinar dedicado a alguna problemática y a sus solución relacionadas al cambio climático. Justo hace unas semanas tuvimos un panel sobre especie sombrilla. Ya estamos en la segunda temporada, y estamos colaborando con las comunidades de Global shapers de Ecuador, Colombia, Perú, Costa Rica, para hacer más grande el asunto.
Tuvimos invitados de la Universidad EARTH en Costa rica; de Guayaquil, Ecuador; otra de la Universidad CES en Medellín, y al biólogo Luis Felipe Lozano que es el coordinador del programa para la conservación del águila real en México. De esta manera podemos poner información de fuentes relevantes relacionada al cambio climático y todas las cuestiones relacionadas para un público joven de manera accesible y gratuita.
D: ¿La aportación individual puede ser significativa?, ¿cómo desde el plano individual podemos aspirar a un cambio drástico si las empresas y el modelo capitalista no implementa las medidas necesarias de cuidado?
M: Sí, sin duda. ¿Te acuerdas de las cámaras desechables que eran de rollo? Ya no existen porque ya no hay demanda; la tecnología evolucionó y ahora hay una manera diferente de hacer fotografía. Creo que si los consumidores empiezan a ser conscientes poco a poco el sistema cambiará. Oreo tuvo un problema súper fuerte porque las galletas tienen aceite de palma y por la presión de la sociedad está buscando una alternativa en varios países.1 Eso ayuda muchísimo, los consumidores conscientes pueden cambiar el sistema, otro ejemplo es Colgate que ya vende una versión del cepillo de dientes de bambú y sin empaque plástico, es un pequeño paso pero es una señal de que las cosas pueden cambiar.
No es nada más que la sociedad haga su parte, es algo horizontal y multinivel. Hay que exigir tanto a las empresas como al gobierno como a la ciudadanía porque si excluimos algún sector, algún nivel de este panorama, no importa que uno o el otro intente compensar porque aun así se queda el vacío. Tiene que ser un cambio colectivo, pero claro que las acciones individuales aportan mucho.
Regresamos a que somos actores pequeños pero nuestras acciones pequeñas cuentan. Es posible hacer un cambio en tu forma de vida que genere un cambio en la naturaleza, tal vez no lo vemos porque somos un granito de arena pero sí tiene un impacto porque no es solo una persona, son varias haciendo la diferencia.
Importa mucho que se le exija a las empresas y que se le exija al gobierno que regule a las empresas, que sea congruente con las políticas ambientales. Algo que se nos olvida mucho como ciudadanos es que nosotros tenemos el poder en la urna y hemos dejado a un lado ser conscientes en cuestión climática-ambiental. Votamos porque nos agradan mucho sus políticas sociales, pero no estamos todavía en un nivel de preguntar, ¿cuáles son tus políticas ambientales? Y esto urge porque en 11 años la crisis ambiental va a estar muy grave y va a ser el problema número uno, para todos.
Ya lo estamos viviendo con el coronavirus, que surge precisamente por toda la presión que le hemos estado metiendo a los bosques, a la biodiversidad. Cuando talas bosque lo que haces es generar interacciones entre especies que antes no interactuaban y esto lleva a zoonosis, es decir a una enfermedad que se puede transmitir de animales a humanos, que eventualmente se transmite de humano a humano y aquí estamos. No solo ha pasado con el coronavirus hay muchos virus más, un ejemplo es un virus que se llama Nipah.
En Malasia estaban talando bosque para expandir campos de árboles frutales y granjas de puercos, en zonas donde hay una especie de murciélago que es el zorro volador, estos enormes murciélagos gigantes casi de dos metros de envergadura. Ellos portan naturalmente el virus del Nipah, está en sus excretas y sus fluidos, y cuando empezaron a talar el bosque, se acercaron a los árboles frutales a alimentarse. Los puercos de las granjas empezaron a comer todo lo que estaba en el piso, incluyendo la excreta del zorro volador, y cuando el humano consumió la carne de cerdo se contagió de este virus. Esto nos demuestra cómo nuestras acciones tienen repercusiones que regresan a nosotros manera negativa.
Cuando vas al súper y preguntas de dónde viene el salmón que estas comprando, si viene de la Colombia Británica, es un salmón como naranjoso, que se ve casi como mandarina, estás comprando un salmón cero sostenible. Ese salmón viene de una granja de acuacultura donde se están contagiando peces nativos, se están contagiando lobos, se están muriendo esponjas marinas primitivas y los pescadores locales están perdiendo su fuente de empleo, porque el salmón de estos criaderos tienen un virus (Piscine Reovirus) que se está propagando por el ecosistema; tú pagas por que se propicien esas actividades sin saberlo y además estás comiendo un pez enfermo.
Las pequeñas acciones cuentan un montón aunque no nos demos cuenta inmediatamente, como saber de dónde vienen nuestros alimentos o los productos que compramos. Otro ejemplo es el de la vaquita marina, que está en peligro crítico de extinción por un pez que se llama totoaba. La vejiga de la totoaba es muy valiosa en el mercado asiático, sobre todo en China porque creen que tiene propiedades medicinales, además de que se consume como una exquisitez. Puede valer hasta 20,000 dólares.2 Las totoabas comparten territorio con la vaquita marina y como no estaba regulada la pesca de estos animales, se llevaban en las redes a las vaquitas. Ya cuando se trató de poner la ley, era muy difícil ganarle a la pesca ilegal. Aunque desde 1970 se les dijo que estaba pasando esto, se vieron un poco lentos en la acción. ¿A qué voy con esto? Si alguien no estuviera consumiéndolo no habría demanda. Cuando la demanda termina, el sufrimiento termina y eso es algo que voy a repetir siempre.
Justo ahorita con todo esto del pangolín, por el COVID, ya prohibieron al pangolín en la lista de ingredientes para la medicina tradicional, lo cual va a tener un buen impacto en las poblaciones silvestres. Yo espero que empecemos a ser más conscientes de lo que estamos haciendo, claro que nuestras acciones cuentan y más si podemos transmitir lo que sabemos a otras personas. Otra cosa que pasa mucho es que nos quedamos la información y no la transmitimos, o la información se queda en una élite científica y no se divulga. Nosotros como ciudadanos que ya nos enteramos tenemos la obligación de difundir esto, por nuestra salud y de futuras generaciones, es muy importante.
Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.
Una serie de preguntas me atosigan de manera constante: ¿existe una literatura nacional, mexicana? ¿Sucede lo mismo con las creaciones de subgénero, aquellas conjuntadas en el término “no miméticas“1? Es más, la cuestión que debería hacerme es la siguiente: ¿Difiere la obra de un escritor mexicano aficionado a la fantasía de la de uno anglosajón? ¿Se presenta una tropicalización de términos, tecnologías, formas de narrar?
El debate no me parece bizantino, ya que la determinación de la semiósfera a la que pertenece cierto autor, los rasgos visibles en su obra que devienen de su contexto cultural, sus historias, el nombre y el habla de sus personajes, en el caso de la narrativa; o la concatenación de sus versos, incluso los temas analizados en sus ensayos, sirve para comprender los textos que surge en determinadas geografías.
La “supremacía” de la literatura escrita por anglosajones o europeos permanece en el imaginario colectivo. Cuando pienso en un autor clásico de ciencia ficción pienso en Isaac Asimov, en Brian Aldiss, en Stanislaw Lem o Úrsula K. Le Guin. Me parece que lo mismo ocurre cuando se piensa en terror o en fantasía, incluso en la era contemporánea.
En ocasiones se ha dicho que Angélica Gorodischer, escritora argentina nacida en 1928, recurre a la forma de gobierno instituida por el imperio, en su famosa obra Kalpa imperial (1983), y uno podría aceptarlo como una tradición que parte no solo de la ciencia ficción, sino también de la fantasy. La influencia de obras como Fundación (1951) de Asimov, es notoria. También podría decirse que el mismo sistema confluye en space operas como Star Wars. Gorodischer no es la única, algo similar ocurre con los tropos sobre robots, invasiones alienígenas, contacto con una inteligencia extraterrestre o artificial.
En el caso de la fantasía, Liliana Bodoc, quien se hizo famosa con su Saga de los confines (2000-2004), sigue las temáticas de la guerra, la búsqueda del héroe y la amenaza de la invasión que recorren muchas obras de fantasía épica, como ocurre en J.R.R. Tolkien o en Le Guin, donde además abunda la magia.
Sin embargo, existe una enorme diferencia para ambas autoras. La prosa de Gorodischer bebe de la poesía, como lo hiciera Ray Bradbury, pero desde un contexto que se percibe latinoamericano. No sería extraño encontrar algo de Alfonsina Storni, del mismo Jorge Luis Borges, en Gorodischer. Por su parte, Bodoc recurre a la historia, a las culturas precolombinas para armar un mundo distinto a las ideas concebidas por la fantasía europea.
A pesar de las influencias, de la certeza de que estos géneros surgieron en Occidente, los autores de Latinoamérica, y particularmente los de México, conciben creaciones que se alejan de la adaptación simple, para generar una vertiente original y especulativa dentro de los géneros no miméticos.
La “fundación” de las literaturas no miméticas (el horror, la fantasía, lo fantástico o la ciencia ficción) pertenece al siglo XVIII, pero las exploraciones de la imaginación pueden rastrearse en el Gilgamesh, en Homero, en el Mahabharata. La diferencia yace en el cambio de paradigma ocurrido en el siglo XVIII: el Siglo de las Luces, cuando el pensamiento mágico fue relegado para dar paso al científico. Las revoluciones sociales y culturales del renacimiento dieron paso a Descartes, Galileo o Copérnico. ¿Por qué siguió existiendo la literatura que tiende a explorar la imaginación, los mundos “imposibles”? Podríamos aventurar una respuesta empírica: la imaginación es necesaria e inevitable. Tendemos a imaginar siempre, ante perspectivas cotidianas. En El acoso de las fantasías (Siglo XXI, 1997), Slavoj Žižek juega con la idea de la fantasía insidiosa. Nos dice el filósofo que podemos aceptar una determinada situación, pero esa “fantasía” estará acosándonos al respecto. Si esto funciona así, es concebible que, a pesar de entender el mundo a través del método científico, aún existiera una consciencia de imaginación, y el crear mundos imposibles resultara irremediable.
Es precisamente en el Siglo de las Luces, esta época de transición, cuando se escribe en México Sizigias y cuadraturas lunares (hacia 1773), por el fraile Manuel Antonio Rivas. No es el único, pues ciertas obras de Sor Juana Inés de la Cruz pertenecen a estas exploraciones2.
Me parece necesario establecer una aclaración muy sencilla en cuanto a “literatura de fantasía”. Tzvetan Todorov explica que la literatura fantástica es el lugar de en medio, donde lo imposible parece suceder, pero cuya resolución es incierta; incluso desarrolla dos vertientes más, la del relato “extraño” (si es que la resolución se explica por mecanismos naturales, como pasa en algunas novelas góticas de Ann Radcliffe, o en Scooby Doo) y el “maravilloso” (si es que la resolución transita hacia lo imposible, lo mágico y demás). El resultado intermedio sería lo fantástico3.
La terminología usada actualmente por narradores latinoamericanos (en el caso hispano me resulta más complejo entenderlo, porque desde la Universidad Autónoma de Barcelona se conjuntan explicaciones teóricas sobre lo fantástico que derivan hacia el miedo o lo siniestro4), no ocurre donde lo sitúa Todorov, aunque sea una literatura liminal. Lo fantástico, sin ponerme demasiado teórico, abunda sobre la irrupción de algo completamente ajeno, imposible, extraño en nuestra realidad. Lo plausible.
Este tipo de creaciones señalan la imposibilidad: que una muñeca se mueva o que una casa sea más grande por dentro que por fuera, o el que una mujer descubra una dimensión alterna en el espejo5.
Lo fantástico, por lo tanto, no es lo mismo que la “Fantasy”, término anglosajón que especifica la literatura donde se construyen otros mundos que pueden o no estar basados en el nuestro6, se deriva de los cuentos de hadas, del mundo maravilloso que describen obras de literatura antigua tan disímiles como el Gilgamesh o muchas de las narraciones de Las mil y una noches. Para que existiera lo fantástico tenía que ocurrir el Siglo de las Luces, ya que los lectores, después de la revolución cultural, entenderían a la realidad como aquella comprobable por la ciencia. Justo eso provocó una rebelión en la mentalidad de los creadores que querían seguir expandiendo la realidad tan gris, macabra o triste. Y fue así como surgieron las obras de Horace Walpole, Washington Irving o E.T.A. Hoffmann. La “revolución fantástica” no tardaría en alcanzar las costas de Latinoamérica.
Una vez comprendido por los narradores que la realidad era una, el camino de la Fantasy empezó a retratar el “mundo otro” que yacía en la Novela de Caballerías, o en las fantasías orientales. La palabra “Fantasía” se convirtió en un escudo y una caracterización para un género que diseñaría universos propios, los llamados Mundos Secundarios (alternativos)7, a diferencia del Mundo Primario (el real). La cuestión de la verosimilitud es necesaria, pues en las obras del subgénero, sigue existiendo la coherencia y las reglas que hacen funcionar ese cosmos.
Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.
Fantasía
Dentro de la Fantasía, estoy seguro, resuena ya en la cabeza del lector el nombre de Alberto Chimal(Toluca, 1970). Quizá sea uno de los nombres más obvios, pero no por ello menos interesantes. Chimal ha desarrollado una literatura amplia que va desde el realismo más perverso hasta la literatura de viajes fantásticos, sin olvidar los relatos extraños de Estos son los días (Era, 2004) o Grey (Era, 2006). Sin embargo, el subgénero que titula este apartado puede explorarse mejor en otro libro de cuentos, recientemente editado por Era: Gente del mundo (2014), donde a manera de la narrativa medieval, pues su obra recuerda incluso a Marco Polo, se habla sobre diversos pueblos con costumbres extrañas en países distintos que, por supuesto, no existen8.
Las exploraciones de la fantasía, que podrían llamarse urbanas, derivan también en la obra deJosé Luis Zárate, otro narrador de literaturas no miméticas, quien plasma en Xanto, novelucha libre (Castillo, 1994), un universo cercano al nuestro; además brotan monstruos y se desencadenan peleas (al más puro estilo de la lucha libre) que, a pesar de su cariz tétrico, tienen que ver con un retrato florido, como la máscara de El Santo, a quien evoca el personaje principal de esta obra. Bajo la misma línea, que permite igual el humor, sin convertir el género en un mero remedo, siguiendo el famoso axioma de “primero como tragedia, después como comedia”, los vampiros hacen su aparición9. Sorprendentemente, Xanto funciona también como una novela de terror, como un binomio bastante efectivo junto con La ruta del hielo y la sal (Vid, 1998).
En cuanto a las creaciones bajo un enfoque similar, Francisco Haghenbeckcuenta con una carrera dilatada al respecto, ya que su obra transita desde el guionismo para cómics hasta la novela de corte histórico. Sus exploraciones sobre el escuadrón 201 o la vida de Frida Kahlo, son palpables en las novelas Querubines en el infierno (Suma de Letras, 2015) y El libro secreto de Frida Kahlo (Océano, 2018), por nombrar solo dos ejemplos. Esta curiosidad creativa llevó a Haghenbeck a desarrollar El diablo me obligó (Suma de Letras, 2011), novela que ganó el premio Nocte, otorgado por la ya extinta Asociación Española de Escritores de Terror, y no el Bram Stoker, otorgado por la Horror Writers Association, como mencionaron por error algunos medios.
El diablo me obligó fue adaptada en una serie de Netflix, Diablero, lo que no es poca cosa. La novela, con altas dosis de terror, es una novela de fantasía donde Elvis Infante se dedica a capturar demonios con diversos fines.
La intensidad de la obra es palpable en el lenguaje y en el gran desarrollo de personajes que transitan en geografías tan disímiles como las de Afganistán o Los Angeles. Esta historia podría verse más apropiada dentro del contexto del terror, o clasificarse bajo la Fantasía Urbana con tonalidades lúgubres, como podría ser la serie protagonizada por Harry Dresden, escrita por Jim Butcher.
En esa misma intención de la fantasía de cierto toque urbano, no alejada del Mundo Primario, sería la novela de Casi Diosa (Harper Collins, 2018), escrita por Francisco Haghenbeck; la protagonista es una chica que se transforma en la Diosa de la Muerte. Dioses menores (Océano, 2019), del mismo autor abarca la obsesión que tiene por las divinidades participando en un ambiente cotidiano. La importancia de la fantasía como detonador de la imaginación narrativa lo hace ideal para entender lo que se está haciendo respecto a la fantasía en el país10.
Jaime Alfonso Sandoval, quien ya había obtenido relevancia con El club de la salamandra, (novela editada en 1998), acreedora al Gran Angular en 1997, y luego con República mutante (reeditada en 2002), que repitió el galardón, ahora en 2001. Sandoval se ha convertido en un narrador “underground”, especialmente para los lectores que no están al tanto de la Literatura Infantil y Juvenil. Este pequeño salto, que para muchos autores no lo es, sucedió con la trilogía del Mundo Umbrío (2012-201511), conformada por Las dos vidas de Lina Posada, La traición, y La venganza que, a pesar de seguirse manteniendo en los terrenos de la LIJ, su temática, los vampiros, o en este caso los “umbrios”, llamó la atención a más de un lector no tan aficionado a las narrativas dedicadas a los más jóvenes.
Algunos de los personajes de la saga de Sandoval, entre ellos la principal, Lina Posada, hablan como mexicanos, son mexicanos, y viven en un contexto nacional, hasta que se enfrentan a un grupo de vampiros salidos de la nada, y Lina termina descubriendo que ella misma es una vampira, una umbria, y que el mundo de los umbrios es todavía más extenso.
La obra de Sandoval explora esa técnica de la adaptación del Mundo Primario (mundo real) para trazar ciertas reglas que lo traspasan, terminando en un Mundo Secundario (mundo imposible o de fantasía) que se halla bajo tierra. Las reglas de los umbrios conviven con la naturaleza humana y la idiosincrasia de los personajes que transitan en las novelas. La extensión de las entregas, además del cuidado que le dio al worldbuilding (construcción del mundo fantástico), permite que la saga mantenga una enorme verosimilitud cercana a la de obras como Harry Potter.
Menciono con cierto énfasis la obra de Sandoval porque me parece un caso paradigmático de lo que representa la fantasía y otros géneros no miméticos en el país: para ellos existe un cierto desdén, un “es para los niños”. Si uno realiza una investigación seria sobre algunos de estos subgéneros, seguro descubrirá que muchas de estas obras están publicadas por editoriales como Castillo, SM, Santillana, Puck, Umbriel y demás, editoriales con colecciones para lectores juveniles o infantiles. Con ello no quiero demeritar la LIJ, sino lo contrario, exponer la importancia de lo que se hace en ella como un atrevimiento imaginativo ante la literatura hecha en el país, que no necesariamente corresponde solo a los jóvenes o niños, también a los lectores adultos que bien pueden disfrutar de ElSeñor de los Anillos.
La fantasía posee diversos caminos a seguirse, y no están determinados por reglas rígidas. En el caso de la fantasía épica, heroica, lo que algunos llaman “Alta Fantasía”, es donde empiezan a encontrarse las obras de Andrea Chapela, con su saga Vâudïs, constituida por cuatro libros, que además la autora comenzó a escribir desde que tenía 15 años.
Otro caso peculiar es el de una novela ganadora del Gran Angular, aunque en esta ocasión de manera internacional: Loba (SM, 2013), de Verónica Murguía, se convirtió en una obra que generó controversia, señalada por algunos como una copia de Canción de hielo y fuego, y defendida por otros, como Alberto Chimal, quienes mencionaban las bases de Verónica Murguía (su lectura atenta de las novelas de caballería, o la influencia del Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto, en su obra12), quien ya había escrito diversos libros del género como El fuego verde (SM, 1999) o El Ángel de Nicolás (Era, 2003).
Es cierto que la influencia de Murguía es occidental, pues a diferencia de lo que ocurre con la Saga de los confines, de Liliana Bodoc, el mundo retratado en Loba es el de dos reinos medievales de inspiración europea en constante guerra: Alosna (el país de los magos) y Moriana (el país de los guerreros llamados “lobos”). Este caso puede seguirse con otra obra del ya citado Francisco Haghenbeck, quien realiza una incursión, en La doncella de la sal (Montena, 2014), a los territorios del Sacro Imperio Romano durante la Guerra de los Treinta Años, pero utilizando las leyendas y mitos de la Europa medieval, de la que surgen las narraciones que terminarían recopilando los hermanos Grimm.
El mundo de Hellbrun (escenario de La doncella de la sal) está plagado de monstruos, criaturas y magia. La protagonista precisamente es quien realiza un viaje del héroe, del estilo que Joseph Campbell teoriza en El héroe de las mil caras, y cumple el objetivo para el que parece haber nacido: ser la guardiana de un unicornio.
Siguiendo las imágenes, además del bestiario occidental de la fantasía, se encuentra también la obra de Murguía, quien tiene unas bases asentadas en las novelas de caballerías como el Amadís de Gaula o el Tirant lo blanche, y la serie de estudios de Joseph Campbell o James Frazer. La constitución épica de la novela se nutre en la conversación, en la palabra y en el lenguaje. La solución, por supuesto, no es la más original, pero recuerda a ciertos elementos feministas en obras más recientes como El priorato del naranjo (Roca, 2019), de Samantha Shannon, o la obra de N.K. Jemisin, quien construye una narrativa de afrofuturismo más cercana a las proclamas y pensamiento feminista que el de otros autores. Este elemento permite al lector descubrir otras aristas en la narración y la formulación de los problemas, además de, por supuesto, darle otro cariz al desenlace.
La ciencia ficción
Los autores de ciencia ficción en México se hacen preguntas sobre las temáticas que “puede” o “debe” abarcar las historias de géneros especulativos. Este dilema se cuestiona en las antologías Más allá de lo imaginado (tres volúmenes, FETA, 1991-199413), Quimeras (2007) o Teknochtitlan (ITCA, 2015) de Federico Schaffler, así como en Los viajeros (SM, 2010), antologada por Bernardo Fernández (BEF).
El adjetivo de lo “mexicano” en la ciencia ficción quizá deriva, se plantea tanto Schaffler como BEF, en caudillos en un futuro alternativo, mariachis en el espacio, Sor Juana o capitalinos albureando a sus contertulios en una estación espacial. Sin embargo, en las antologías mencionadas se hace hincapié en la necesidad de tomar en serio a los creadores de este tipo de narrativas. En ninguna de ellas hay mariachis en el espacio ni Sor Juana pilota mechas.
Parte de esta concepción contemporánea que se tiene de la literatura de ciencia ficción hecha en el país recae en algunas obras de Héctor Chavarría. Su obra ha sido denominada como “Ciencia Ficción Jocosa”, el adjetivo agregado se debe a su interés por usar el lenguaje de los barrios populares de la Ciudad de México, junto con los estereotipos y clichés ya aprehendidos en la cultura del país, y del extranjero, sobre lo que es “el mexicano”.
Las temáticas de Chavarría y otros autores parecidos conllevan a un sesgo que se ha convertido en la base para el desprecio hacia este género. Tildar a la ciencia ficción hecha en México como “poco seria” a partir de la lectura de alguno de los cuentos de Chavarría, significaría desentenderse de qué ha sucedido en este subgénero, y lo que ocurre.
Desde las voces ya citadas anteriormente hasta las talentosas Libia Brenda, Gabriela Damián (ganadora del Premio James Tiptree Jr.), Iliana Vargas o Andrea Chapela, pasando por las obras de narradores certeros como Gerardo Horacio Porcayo, José Luis Zárate, Alberto Chimal o Bernardo Fernández, se puede construir un pequeño mapa que nos permite vislumbrar un poco el fenómeno y la calidad de las propuestas especulativas de estos autores, quienes perciben a la ciencia ficción como una oportunidad para imaginar los distintos futuros que podrían ocurrir, haber sucedido, o le pasarán a regiones tan poco llamativas para el mundo en el plano literario (con la excepción del Boom latinoamericano) como podría serlo Latinoamérica.
Desde mediados del siglo XX (en realidad, desde la Colonia) se exploraban los temas del futuro, o de los viajes a la luna, cuestión de interés para multitud de narradores. Para fortuna de los lectores entusiastas, no se necesita rascar demasiado para encontrar voces que se han interesado por el tema. Una búsqueda en las librerías de viejo y la posibilidad de encontrar algo de, por ejemplo, Manú Dornbierer, es alta. Es una lástima, por supuesto, que no exista interés de parte de editoriales mexicanas por reeditar estas obras.
Justo estos premios se convirtieron en un espacio para que los autores pudieran explorar los tropos, historias y viajes que bordean, o tocan directamente, la ciencia ficción. El deseo por escribir a partir de las posibilidades de la ciencia, provocaron el nacimiento de cuentos célebres, como el de Héctor Chavarría, esta vez sobre la conquista de España por parte de los aztecas, una ucronía al menos interesante; o las exploraciones pandémicas en Gabriela Rábago Palafox, e incluso el relato apocalíptico de Ignacio Padilla “El año de los gatos amurallados”.
El apocalipsis y la fantasía, ambos temas muy queridos por narradores fantásticos y de ciencia ficción, como rescata el mismo Ignacio Padilla14, funcionan como disparadores para la creación especulativa. Así lo manifiesta Alberto Chimal en algunos de los relatos de Éstos son los días (Era, 2004). Su obra no pertenece a la llamada ciencia ficción dura, sino a las exploraciones híbridas con la fantasía y lo fantástico.
La “ciencia ficción dura” se enfoca en los temas clásicos o “serios”. Dice Miquel Barceló en Ciencia ficción. Nueva guía de lectura (Nova, 2015), que la ciencia ficción hard utiliza temas científicos, la tecnología o las especificaciones técnicas de una nave espacial.
Lo que construye Chimal o autores “seguidores” de su perspectiva como Edgar Omar Avilés, presenta divergencias imaginativas de futuros y mundos entrelazados en una estética cuasi bizarra. Estas especulaciones pueden observarse, por parte de Avilés, en Luna Cinema (ganador del Premio Bellas Artes San Luis Potosí) y Cabalgata en duermevela (libro publicado en 2011, acreedor del Premio Nacional de Cuento Joven Comala); cosa que también ocurre en la obra de Iliana Vargas, autora difícil de clasificar, quien parte desde universos alternativos, propios de lo fantástico y la fantasía, hacia encuentros de mundos que bien podrían ser el nuestro, máquinas e híbridos que brotan y se reproducen de maneras insospechadas en Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (FETA, 2012),o Habitantes del aire caníbal (Resistencia, 2017).
Vale la pena detenerse por un instante en las obras de al menos estos tres narradores para descubrir una forma distinta de dirigirse hacia los géneros no miméticos. Si bien como lectores de ciencia ficción están acostumbrados a los viajes a la luna y hacia el espacio profundo, los futuros distópicos y tecnológicos propios del cyberpunko las ucronías llenas de vapor del steampunk, también existen ciertas exploraciones híbridas que permiten un desarrollo imaginativo, tanto para el escritor como para el lector, donde abundan las rarezas, las imposibilidades, un bestiario donde lo que habita no son dragones, sino melusinas, creaturas propias de un zoológico o gallinas que dan huevos que en realidad son universos. El lector también encontrará una creatividad desbordada que cuestiona el significado de la realidad y de lo que la imaginación puede construir.
Otro de los autores que surgió de los premios de relato de ciencia ficción, y quien sigue en activo, es Gerardo Horacio Porcayo, autor nacido en Cuernavaca en la década de los 60. A Porcayo se le conoce por sus exploraciones en subgéneros poco explorados en el país como el horror gótico, con Dolorosa (1999) o el cyberpunk, con La primera calle de la soledad (1993).
Gerardo Horacio Porcayo está a la altura de voces ya cimentadas en las letras producidas en el país. Además, su visibilidad ha ido en aumento, con la publicación de Plasma Exprés (Destino, 2017), una novela con toques plenamente distópicos donde se descubre un asesinato ritual en pleno Chapultepec. Después de varios años, la obra que logró consolidarlo, y que también es llamada la primera novela cyberpunk mexicana, La primera calle de la soledad (1993), vuelve a editarse por el grupo Planeta15. La trama es sobre un asesino a sueldo, justiciero, Zorro, que trata de sobrevivir en medio de un caos corporativo complejo y bien ambientado.
La obra de Porcayo es interesante, pues a casi treinta años de su publicación, las temáticas ya conocidas del cyberpunk se perciben frescas en una narración delicada, con frases cortas y construcciones verbales peculiares. El estilo de Porcayo diverge del simplismo con el que podría acercarse un autor novato. En La primera calle de la soledad (1993) se funde la ciencia ficción, pero también el noir y el estilo literario sosegado y diletante. Los viajes a la Luna, las escenas de acción y los encuentros amorosos no se sienten artificiales, sino propios de una trama original que permite varias relecturas.
Junto con Porcayo, despuntan las obras de ciencia ficción de Bernardo Fernández (BEF), ilustrador, dibujante y narrador interesado en temas policiacos. Gel azul (Suma de Letras, 2009), que conjunta dos novelas cortas del autor (además de ser merecedora del Premio Ignotus 2007) se adentra en los territorios similares por los que circula Porcayo, convirtiéndolos a ambos en un dueto de la narrativa cyberpunk.
Para Porcayo y Fernández, las ciudades mexicanas, con especial interés en la Ciudad de México, funcionan como el escenario perfecto para desarrollar historias y estilos propios del subgénero, pero que no se quedan en la simpleza aparente de la fórmula. Tanto para BEF como para Porcayo, la actualización de los mundos especulativos debe hacerse desde una geografía reconocible, siguiendo la “enmarcación” utilizada de forma similar por el “cuento natural de miedo16“, como lo ha llamado Rafael Llopis. Este efecto provoca, en un lector mexicano o de otro territorio, el reconocimiento de una realidad aparente pero propia.
Es cierto que no conozco una novela de ciencia ficción que tenga, ya sea como ambiente o como recurso principal, el del viaje por el espacio. No he leído “space operas” mexicanas, aunque podría haberlas (BEF escribió un cuento de un astronauta oaxaqueño). Sin embargo, uno de los ejemplos más impresionantes que aborda de manera original este tema, es la obra de Efraím Blanco, especialmente en La nave eterna (Acá las letras, 2017), libro que mereció la Mención Honorífica del Premio Bellas Artes Nellie Campobello. La obra está emparentada con Bradbury, debido a su composición cuentística, y al uso de lo fantástico al momento de diseñar las naves, los viajes, las situaciones. No obstante, el recurso de la ficción breve, así como las anáforas demuestran el talante narrativo de Blanco, que recuerda incluso a la tradición argentina de cuento fantástico.
Hablar de viajes espaciales, e incluso de naves, es posible, sin llegar a “tropicalizar” la ciencia ficción mexicana, aunque México no sea un productor de tecnología. Como en el caso del afrofuturismo, donde se elevan los asuntos geopolíticos y sociales africanos, así como la reafirmación de la importancia cultural de zonas periféricas no anglo-eurocéntricas.
Autores como Porcayo, como Andrea Chapela, como Iliana Vargas o Efraím Blanco, se atreven a divergir sus discursos a través de los géneros no miméticos, y saben que sus exploraciones están cimentadas, incluso, en los autores canónicos de la tradición literaria del país. Carlos Fuentes tiene cuentos fantásticos que casi son de terror, y qué decir de Aura (1962). Juan Rulfo y los fantasmas, los muertos que siguen hablando desde sus tumbas ubicuas, porque México es Comala, por si no le queda claro a alguien. Elena Garro, Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, todos ellos llegaron a hundir su mirada en el pozo profundo de las tierras nunca descolonizadas del país, y de su boca brotan las maravillas y los horrores, las visiones de otro mundo. ¿No es esto una especie de fundación del Mexafuturismo?
Hace un par de años John Picacio, un dibujante e ilustrador mexicoamericano promovió la Mexicanx Initiative, un apoyo que becó a 50 autoras y autores mexicanos que participaron en la Worldcon, una de las convenciones más importantes del género en el mundo. Entre los autores había voces reconocidas como la de Alberto Chimal, y otras bastante nuevas como la de Andrea Chapela.
Este tipo de reconocimiento, apoyado por George R. R. Martin, confirman que la fantasía, la ciencia ficción y el terror hechos en México no son poca cosa, y que su madurez comienza a sentirse después del esfuerzo de decenas de autores, promotores y lectores entusiastas, que lograron una antología de tres tomos para Tierra Adentro, dos antologías publicadas en SM, apoyos de gobiernos estatales como el de Baja California, Puebla o Tamaulipas, y que ha terminado por convertirse en una visión sólida, en una propuesta que puede o no llamarse Mexafuturismo; pero que induce a pensar en que los lectores aprecian el enorme trabajo de quienes se han atrevido a arriesgarse con una visión distinta de la literatura.
Las creaciones de estos géneros o perspectivas ahí están, listan para ser devoradas, apreciadas por la audiencia, y qué mejor que hacerlo en este mundo apocalíptico, sumido en una pandemia global que nos ha dejado encerrados durante meses, pegados a las pantallas, con caretas como nuevas máscaras que nos ayudarán a enfrentarnos a nuestra neo-realidad.