Tierra Adentro
Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.

Una serie de preguntas me atosigan de manera constante: ¿existe una literatura nacional, mexicana? ¿Sucede lo mismo con las creaciones de subgénero, aquellas conjuntadas en el término “no miméticas1? Es más, la cuestión que debería hacerme es la siguiente: ¿Difiere la obra de un escritor mexicano aficionado a la fantasía de la de uno anglosajón? ¿Se presenta una tropicalización de términos, tecnologías, formas de narrar?

El debate no me parece bizantino, ya que la determinación de la semiósfera a la que pertenece cierto autor, los rasgos visibles en su obra que devienen de su contexto cultural, sus historias, el nombre y el habla de sus personajes, en el caso de la narrativa; o la concatenación de sus versos, incluso los temas analizados en sus ensayos, sirve para comprender los textos que surge en determinadas geografías.

La “supremacía” de la literatura escrita por anglosajones o europeos permanece en el imaginario colectivo. Cuando pienso en un autor clásico de ciencia ficción pienso en Isaac Asimov, en Brian Aldiss, en Stanislaw Lem o Úrsula K. Le Guin. Me parece que lo mismo ocurre cuando se piensa en terror o en fantasía, incluso en la era contemporánea.

En ocasiones se ha dicho que Angélica Gorodischer, escritora argentina nacida en 1928, recurre a la forma de gobierno instituida por el imperio, en su famosa obra Kalpa imperial (1983), y uno podría aceptarlo como una tradición que parte no solo de la ciencia ficción, sino también de la fantasy. La influencia de obras como Fundación (1951) de Asimov, es notoria. También podría decirse que el mismo sistema confluye en space operas como Star Wars. Gorodischer no es la única, algo similar ocurre con los tropos sobre robots, invasiones alienígenas, contacto con una inteligencia extraterrestre o artificial.

En el caso de la fantasía, Liliana Bodoc, quien se hizo famosa con su Saga de los confines (2000-2004), sigue las temáticas de la guerra, la búsqueda del héroe y la amenaza de la invasión que recorren muchas obras de fantasía épica, como ocurre en J.R.R. Tolkien o en Le Guin, donde además abunda la magia.

Sin embargo, existe una enorme diferencia para ambas autoras. La prosa de Gorodischer bebe de la poesía, como lo hiciera Ray Bradbury, pero desde un contexto que se percibe latinoamericano. No sería extraño encontrar algo de Alfonsina Storni, del mismo Jorge Luis Borges, en Gorodischer. Por su parte, Bodoc recurre a la historia, a las culturas precolombinas para armar un mundo distinto a las ideas concebidas por la fantasía europea.

A pesar de las influencias, de la certeza de que estos géneros surgieron en Occidente, los autores de Latinoamérica, y particularmente los de México, conciben creaciones que se alejan de la adaptación simple, para generar una vertiente original y especulativa dentro de los géneros no miméticos.

Las bases erigidas por escritoras como Gorodischer, Silvina Ocampo, Armonía Somers, Juana Manuela Gorriti, los escritores fantásticos latinoamericanos o incluso Sor Juana Inés de la Cruz y Manuel Antonio de Rivas, no han sido desdeñadas, y los despliegues creativos, tanto de la Fantasy como de la Ciencia Ficción, en nuestra geografía es, al menos, deslumbrante.

 

Orígenes

La “fundación” de las literaturas no miméticas (el horror, la fantasía, lo fantástico o la ciencia ficción) pertenece al siglo XVIII, pero las exploraciones de la imaginación pueden rastrearse en el Gilgamesh, en Homero, en el Mahabharata. La diferencia yace en el cambio de paradigma ocurrido en el siglo XVIII: el Siglo de las Luces, cuando el pensamiento mágico fue relegado para dar paso al científico. Las revoluciones sociales y culturales del renacimiento dieron paso a Descartes, Galileo o Copérnico. ¿Por qué siguió existiendo la literatura que tiende a explorar la imaginación, los mundos “imposibles”? Podríamos aventurar una respuesta empírica: la imaginación es necesaria e inevitable. Tendemos a imaginar siempre, ante perspectivas cotidianas. En El acoso de las fantasías (Siglo XXI, 1997), Slavoj Žižek juega con la idea de la fantasía insidiosa. Nos dice el filósofo que podemos aceptar una determinada situación, pero esa “fantasía” estará acosándonos al respecto. Si esto funciona así, es concebible que, a pesar de entender el mundo a través del método científico, aún existiera una consciencia de imaginación, y el crear mundos imposibles resultara irremediable.

Es precisamente en el Siglo de las Luces, esta época de transición, cuando se escribe en México Sizigias y cuadraturas lunares (hacia 1773), por el fraile Manuel Antonio Rivas. No es el único, pues ciertas obras de Sor Juana Inés de la Cruz pertenecen a estas exploraciones2.

Me parece necesario establecer una aclaración muy sencilla en cuanto a “literatura de fantasía”. Tzvetan Todorov explica que la literatura fantástica es el lugar de en medio, donde lo imposible parece suceder, pero cuya resolución es incierta; incluso desarrolla dos vertientes más, la del relato “extraño” (si es que la resolución se explica por mecanismos naturales, como pasa en algunas novelas góticas de Ann Radcliffe, o en Scooby Doo) y el “maravilloso” (si es que la resolución transita hacia lo imposible, lo mágico y demás). El resultado intermedio sería lo fantástico3.

La terminología usada actualmente por narradores latinoamericanos (en el caso hispano me resulta más complejo entenderlo, porque desde la Universidad Autónoma de Barcelona se conjuntan explicaciones teóricas sobre lo fantástico que derivan hacia el miedo o lo siniestro4), no ocurre donde lo sitúa Todorov, aunque sea una literatura liminal. Lo fantástico, sin ponerme demasiado teórico, abunda sobre la irrupción de algo completamente ajeno, imposible, extraño en nuestra realidad. Lo plausible.

Este tipo de creaciones señalan la imposibilidad: que una muñeca se mueva o que una casa sea más grande por dentro que por fuera, o el que una mujer descubra una dimensión alterna en el espejo5.

Lo fantástico, por lo tanto, no es lo mismo que la “Fantasy”, término anglosajón que especifica la literatura donde se construyen otros mundos que pueden o no estar basados en el nuestro6, se deriva de los cuentos de hadas, del mundo maravilloso que describen obras de literatura antigua tan disímiles como el Gilgamesh o muchas de las narraciones de Las mil y una noches. Para que existiera lo fantástico tenía que ocurrir el Siglo de las Luces, ya que los lectores, después de la revolución cultural, entenderían a la realidad como aquella comprobable por la ciencia. Justo eso provocó una rebelión en la mentalidad de los creadores que querían seguir expandiendo la realidad tan gris, macabra o triste. Y fue así como surgieron las obras de Horace Walpole, Washington Irving o E.T.A. Hoffmann. La “revolución fantástica” no tardaría en alcanzar las costas de Latinoamérica.

Una vez comprendido por los narradores que la realidad era una, el camino de la Fantasy empezó a retratar el “mundo otro” que yacía en la Novela de Caballerías, o en las fantasías orientales. La palabra “Fantasía” se convirtió en un escudo y una caracterización para un género que diseñaría universos propios, los llamados Mundos Secundarios (alternativos)7, a diferencia del Mundo Primario (el real). La cuestión de la verosimilitud es necesaria, pues en las obras del subgénero, sigue existiendo la coherencia y las reglas que hacen funcionar ese cosmos.

Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.

Ciencia Ficción y Fantasía hecha en México. Ilustración por Richard Zela.

 

Fantasía

Dentro de la Fantasía, estoy seguro, resuena ya en la cabeza del lector el nombre de Alberto Chimal (Toluca, 1970). Quizá sea uno de los nombres más obvios, pero no por ello menos interesantes. Chimal ha desarrollado una literatura amplia que va desde el realismo más perverso hasta la literatura de viajes fantásticos, sin olvidar los relatos extraños de Estos son los días (Era, 2004) o Grey (Era, 2006). Sin embargo, el subgénero que titula este apartado puede explorarse mejor en otro libro de cuentos, recientemente editado por Era: Gente del mundo (2014), donde a manera de la narrativa medieval, pues su obra recuerda incluso a Marco Polo, se habla sobre diversos pueblos con costumbres extrañas en países distintos que, por supuesto, no existen8.

Las exploraciones de la fantasía, que podrían llamarse urbanas, derivan también en la obra de José Luis Zárate, otro narrador de literaturas no miméticas, quien plasma en Xanto, novelucha libre (Castillo, 1994), un universo cercano al nuestro; además brotan monstruos y se desencadenan peleas (al más puro estilo de la lucha libre) que, a pesar de su cariz tétrico, tienen que ver con un retrato florido, como la máscara de El Santo, a quien evoca el personaje principal de esta obra. Bajo la misma línea, que permite igual el humor, sin convertir el género en un mero remedo, siguiendo el famoso axioma de “primero como tragedia, después como comedia”, los vampiros hacen su aparición9. Sorprendentemente, Xanto funciona también como una novela de terror, como un binomio bastante efectivo junto con La ruta del hielo y la sal (Vid, 1998).

En cuanto a las creaciones bajo un enfoque similar, Francisco Haghenbeck cuenta con una carrera dilatada al respecto, ya que su obra transita desde el guionismo para cómics hasta la novela de corte histórico. Sus exploraciones sobre el escuadrón 201 o la vida de Frida Kahlo, son palpables en las novelas Querubines en el infierno (Suma de Letras, 2015) y El libro secreto de Frida Kahlo (Océano, 2018), por nombrar solo dos ejemplos. Esta curiosidad creativa llevó a Haghenbeck a desarrollar El diablo me obligó (Suma de Letras, 2011), novela que ganó el premio Nocte, otorgado por la ya extinta Asociación Española de Escritores de Terror, y no el Bram Stoker, otorgado por la Horror Writers Association, como mencionaron por error algunos medios.

El diablo me obligó fue adaptada en una serie de Netflix, Diablero, lo que no es poca cosa. La novela, con altas dosis de terror, es una novela de fantasía donde Elvis Infante se dedica a capturar demonios con diversos fines.

La intensidad de la obra es palpable en el lenguaje y en el gran desarrollo de personajes que transitan en geografías tan disímiles como las de Afganistán o Los Angeles. Esta historia podría verse más apropiada dentro del contexto del terror, o clasificarse bajo la Fantasía Urbana con tonalidades lúgubres, como podría ser la serie protagonizada por Harry Dresden, escrita por Jim Butcher.

En esa misma intención de la fantasía de cierto toque urbano, no alejada del Mundo Primario, sería la novela de Casi Diosa (Harper Collins, 2018), escrita por Francisco Haghenbeck; la protagonista es una chica que se transforma en la Diosa de la Muerte. Dioses menores (Océano, 2019), del mismo autor abarca la obsesión que tiene por las divinidades participando en un ambiente cotidiano. La importancia de la fantasía como detonador de la imaginación narrativa lo hace ideal para entender lo que se está haciendo respecto a la fantasía en el país10.

Jaime Alfonso Sandoval, quien ya había obtenido relevancia con El club de la salamandra, (novela editada en 1998), acreedora al Gran Angular en 1997, y luego con República mutante (reeditada en 2002), que repitió el galardón, ahora en 2001. Sandoval se ha convertido en un narrador “underground”, especialmente para los lectores que no están al tanto de la Literatura Infantil y Juvenil. Este pequeño salto, que para muchos autores no lo es, sucedió con la trilogía del Mundo Umbrío (2012-201511), conformada por Las dos vidas de Lina Posada, La traición, y La venganza que, a pesar de seguirse manteniendo en los terrenos de la LIJ, su temática, los vampiros, o en este caso los “umbrios”, llamó la atención a más de un lector no tan aficionado a las narrativas dedicadas a los más jóvenes.

Algunos de los personajes de la saga de Sandoval, entre ellos la principal, Lina Posada, hablan como mexicanos, son mexicanos, y viven en un contexto nacional, hasta que se enfrentan a un grupo de vampiros salidos de la nada, y Lina termina descubriendo que ella misma es una vampira, una umbria, y que el mundo de los umbrios es todavía más extenso.

La obra de Sandoval explora esa técnica de la adaptación del Mundo Primario (mundo real) para trazar ciertas reglas que lo traspasan, terminando en un Mundo Secundario (mundo imposible o de fantasía) que se halla bajo tierra. Las reglas de los umbrios conviven con la naturaleza humana y la idiosincrasia de los personajes que transitan en las novelas. La extensión de las entregas, además del cuidado que le dio al worldbuilding (construcción del mundo fantástico), permite que la saga mantenga una enorme verosimilitud cercana a la de obras como Harry Potter.

Menciono con cierto énfasis la obra de Sandoval porque me parece un caso paradigmático de lo que representa la fantasía y otros géneros no miméticos en el país: para ellos existe un cierto desdén, un “es para los niños”. Si uno realiza una investigación seria sobre algunos de estos subgéneros, seguro descubrirá que muchas de estas obras están publicadas por editoriales como Castillo, SM, Santillana, Puck, Umbriel y demás, editoriales con colecciones para lectores juveniles o infantiles. Con ello no quiero demeritar la LIJ, sino lo contrario, exponer la importancia de lo que se hace en ella como un atrevimiento imaginativo ante la literatura hecha en el país, que no necesariamente corresponde solo a los jóvenes o niños, también a los lectores adultos que bien pueden disfrutar de El Señor de los Anillos.

La fantasía posee diversos caminos a seguirse, y no están determinados por reglas rígidas. En el caso de la fantasía épica, heroica, lo que algunos llaman “Alta Fantasía”, es donde empiezan a encontrarse las obras de Andrea Chapela, con su saga Vâudïs, constituida por cuatro libros, que además la autora comenzó a escribir desde que tenía 15 años.

Otro caso peculiar es el de una novela ganadora del Gran Angular, aunque en esta ocasión de manera internacional: Loba (SM, 2013), de Verónica Murguía, se convirtió en una obra que generó controversia, señalada por algunos como una copia de Canción de hielo y fuego, y defendida por otros, como Alberto Chimal, quienes mencionaban las bases de Verónica Murguía (su lectura atenta de las novelas de caballería, o la influencia del Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto, en su obra12), quien ya había escrito diversos libros del género como El fuego verde (SM, 1999) o El Ángel de Nicolás (Era, 2003).

Es cierto que la influencia de Murguía es occidental, pues a diferencia de lo que ocurre con la Saga de los confines, de Liliana Bodoc, el mundo retratado en Loba es el de dos reinos medievales de inspiración europea en constante guerra: Alosna (el país de los magos) y Moriana (el país de los guerreros llamados “lobos”). Este caso puede seguirse con otra obra del ya citado Francisco Haghenbeck, quien realiza una incursión, en La doncella de la sal (Montena, 2014), a los territorios del Sacro Imperio Romano durante la Guerra de los Treinta Años, pero utilizando las leyendas y mitos de la Europa medieval, de la que surgen las narraciones que terminarían recopilando los hermanos Grimm.

El mundo de Hellbrun (escenario de La doncella de la sal) está plagado de monstruos, criaturas y magia. La protagonista precisamente es quien realiza un viaje del héroe, del estilo que Joseph Campbell teoriza en El héroe de las mil caras, y cumple el objetivo para el que parece haber nacido: ser la guardiana de un unicornio.

Siguiendo las imágenes, además del bestiario occidental de la fantasía, se encuentra también la obra de Murguía, quien tiene unas bases asentadas en las novelas de caballerías como el Amadís de Gaula o el Tirant lo blanche, y la serie de estudios de Joseph Campbell o James Frazer. La constitución épica de la novela se nutre en la conversación, en la palabra y en el lenguaje. La solución, por supuesto, no es la más original, pero recuerda a ciertos elementos feministas en obras más recientes como El priorato del naranjo (Roca, 2019), de Samantha Shannon, o la obra de N.K. Jemisin, quien construye una narrativa de afrofuturismo más cercana a las proclamas y pensamiento feminista que el de otros autores. Este elemento permite al lector descubrir otras aristas en la narración y la formulación de los problemas, además de, por supuesto, darle otro cariz al desenlace.

 

La ciencia ficción

Los autores de ciencia ficción en México se hacen preguntas sobre las temáticas que “puede” o “debe” abarcar las historias de géneros especulativos. Este dilema se cuestiona en las antologías Más allá de lo imaginado (tres volúmenes, FETA, 1991-199413), Quimeras (2007) o Teknochtitlan (ITCA, 2015) de Federico Schaffler, así como en Los viajeros (SM, 2010), antologada por Bernardo Fernández (BEF).

El adjetivo de lo “mexicano” en la ciencia ficción quizá deriva, se plantea tanto Schaffler como BEF, en caudillos en un futuro alternativo, mariachis en el espacio, Sor Juana o capitalinos albureando a sus contertulios en una estación espacial. Sin embargo, en las antologías mencionadas se hace hincapié en la necesidad de tomar en serio a los creadores de este tipo de narrativas. En ninguna de ellas hay mariachis en el espacio ni Sor Juana pilota mechas.

Parte de esta concepción contemporánea que se tiene de la literatura de ciencia ficción hecha en el país recae en algunas obras de Héctor Chavarría. Su obra ha sido denominada como “Ciencia Ficción Jocosa”, el adjetivo agregado se debe a su interés por usar el lenguaje de los barrios populares de la Ciudad de México, junto con los estereotipos y clichés ya aprehendidos en la cultura del país, y del extranjero, sobre lo que es “el mexicano”.

Las temáticas de Chavarría y otros autores parecidos conllevan a un sesgo que se ha convertido en la base para el desprecio hacia este género. Tildar a la ciencia ficción hecha en México como “poco seria” a partir de la lectura de alguno de los cuentos de Chavarría, significaría desentenderse de qué ha sucedido en este subgénero, y lo que ocurre.

Desde las voces ya citadas anteriormente hasta las talentosas Libia Brenda, Gabriela Damián (ganadora del Premio James Tiptree Jr.), Iliana Vargas o Andrea Chapela, pasando por las obras de narradores certeros como Gerardo Horacio Porcayo, José Luis Zárate, Alberto Chimal o Bernardo Fernández, se puede construir un pequeño mapa que nos permite vislumbrar un poco el fenómeno y la calidad de las propuestas especulativas de estos autores, quienes perciben a la ciencia ficción como una oportunidad para imaginar los distintos futuros que podrían ocurrir, haber sucedido, o le pasarán a regiones tan poco llamativas para el mundo en el plano literario (con la excepción del Boom latinoamericano) como podría serlo Latinoamérica.

Desde mediados del siglo XX (en realidad, desde la Colonia) se exploraban los temas del futuro, o de los viajes a la luna, cuestión de interés para multitud de narradores. Para fortuna de los lectores entusiastas, no se necesita rascar demasiado para encontrar voces que se han interesado por el tema. Una búsqueda en las librerías de viejo y la posibilidad de encontrar algo de, por ejemplo, Manú Dornbierer, es alta. Es una lástima, por supuesto, que no exista interés de parte de editoriales mexicanas por reeditar estas obras.

La base que incluye a Elena Garro, María Elvira Bermúdez, Marcela del Río o Gabriel Trujillo, sirvió para que durante la década de los 80 surgiera el impulso que terminó en el Premio Puebla y el Kalpa, otorgados a escritores que se convirtieron en pioneros para la ciencia ficción mexicana, desde Mauricio José Schwarz a la injustamente olvidada Gabriela Rábago Palafox.

Justo estos premios se convirtieron en un espacio para que los autores pudieran explorar los tropos, historias y viajes que bordean, o tocan directamente, la ciencia ficción. El deseo por escribir a partir de las posibilidades de la ciencia, provocaron el nacimiento de cuentos célebres, como el de Héctor Chavarría, esta vez sobre la conquista de España por parte de los aztecas, una ucronía al menos interesante; o las exploraciones pandémicas en Gabriela Rábago Palafox, e incluso el relato apocalíptico de Ignacio Padilla “El año de los gatos amurallados”.

El apocalipsis y la fantasía, ambos temas muy queridos por narradores fantásticos y de ciencia ficción, como rescata el mismo Ignacio Padilla14, funcionan como disparadores para la creación especulativa. Así lo manifiesta Alberto Chimal en algunos de los relatos de Éstos son los días (Era, 2004). Su obra no pertenece a la llamada ciencia ficción dura, sino a las exploraciones híbridas con la fantasía y lo fantástico.

La “ciencia ficción dura” se enfoca en los temas clásicos o “serios”. Dice Miquel Barceló en Ciencia ficción. Nueva guía de lectura (Nova, 2015), que la ciencia ficción hard utiliza temas científicos, la tecnología o las especificaciones técnicas de una nave espacial.

Lo que construye Chimal o autores “seguidores” de su perspectiva como Edgar Omar Avilés, presenta divergencias imaginativas de futuros y mundos entrelazados en una estética cuasi bizarra. Estas especulaciones pueden observarse, por parte de Avilés, en Luna Cinema (ganador del Premio Bellas Artes San Luis Potosí) y Cabalgata en duermevela (libro publicado en 2011, acreedor del Premio Nacional de Cuento Joven Comala); cosa que también ocurre en la obra de Iliana Vargas, autora difícil de clasificar, quien parte desde universos alternativos, propios de lo fantástico y la fantasía, hacia encuentros de mundos que bien podrían ser el nuestro, máquinas e híbridos que brotan y se reproducen de maneras insospechadas en Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (FETA, 2012),  o Habitantes del aire caníbal (Resistencia, 2017).

Vale la pena detenerse por un instante en las obras de al menos estos tres narradores para descubrir una forma distinta de dirigirse hacia los géneros no miméticos. Si bien como lectores de ciencia ficción están acostumbrados a los viajes a la luna y hacia el espacio profundo, los futuros distópicos y tecnológicos propios del cyberpunk o las ucronías llenas de vapor del steampunk, también existen ciertas exploraciones híbridas que permiten un desarrollo imaginativo, tanto para el escritor como para el lector, donde abundan las rarezas, las imposibilidades, un bestiario donde lo que habita no son dragones, sino melusinas, creaturas propias de un zoológico o gallinas que dan huevos que en realidad son universos. El lector también encontrará una creatividad desbordada que cuestiona el significado de la realidad y de lo que la imaginación puede construir.

Otro de los autores que surgió de los premios de relato de ciencia ficción, y quien sigue en activo, es Gerardo Horacio Porcayo, autor nacido en Cuernavaca en la década de los 60. A Porcayo se le conoce por sus exploraciones en subgéneros poco explorados en el país como el horror gótico, con Dolorosa (1999) o el cyberpunk, con La primera calle de la soledad (1993).

Gerardo Horacio Porcayo está a la altura de voces ya cimentadas en las letras producidas en el país. Además, su visibilidad ha ido en aumento, con la publicación de Plasma Exprés (Destino, 2017), una novela con toques plenamente distópicos donde se descubre un asesinato ritual en pleno Chapultepec. Después de varios años, la obra que logró consolidarlo, y que también es llamada la primera novela cyberpunk mexicana, La primera calle de la soledad (1993), vuelve a editarse por el grupo Planeta15. La trama es sobre un asesino a sueldo, justiciero, Zorro, que trata de sobrevivir en medio de un caos corporativo complejo y bien ambientado.

La obra de Porcayo es interesante, pues a casi treinta años de su publicación, las temáticas ya conocidas del cyberpunk se perciben frescas en una narración delicada, con frases cortas y construcciones verbales peculiares. El estilo de Porcayo diverge del simplismo con el que podría acercarse un autor novato. En La primera calle de la soledad (1993) se funde la ciencia ficción, pero también el noir y el estilo literario sosegado y diletante. Los viajes a la Luna, las escenas de acción y los encuentros amorosos no se sienten artificiales, sino propios de una trama original que permite varias relecturas.

Junto con Porcayo, despuntan las obras de ciencia ficción de Bernardo Fernández (BEF), ilustrador, dibujante y narrador interesado en temas policiacos. Gel azul (Suma de Letras, 2009), que conjunta dos novelas cortas del autor (además de ser merecedora del Premio Ignotus 2007) se adentra en los territorios similares por los que circula Porcayo, convirtiéndolos a ambos en un dueto de la narrativa cyberpunk.

Para Porcayo y Fernández, las ciudades mexicanas, con especial interés en la Ciudad de México, funcionan como el escenario perfecto para desarrollar historias y estilos propios del subgénero, pero que no se quedan en la simpleza aparente de la fórmula. Tanto para BEF como para Porcayo, la actualización de los mundos especulativos debe hacerse desde una geografía reconocible, siguiendo la “enmarcación” utilizada de forma similar por el “cuento natural de miedo16“, como lo ha llamado Rafael Llopis. Este efecto provoca, en un lector mexicano o de otro territorio, el reconocimiento de una realidad aparente pero propia.

Es cierto que no conozco una novela de ciencia ficción que tenga, ya sea como ambiente o como recurso principal, el del viaje por el espacio. No he leído “space operas” mexicanas, aunque podría haberlas (BEF escribió un cuento de un astronauta oaxaqueño). Sin embargo, uno de los ejemplos más impresionantes que aborda de manera original este tema, es la obra de Efraím Blanco, especialmente en La nave eterna (Acá las letras, 2017), libro que mereció la Mención Honorífica del Premio Bellas Artes Nellie Campobello. La obra está emparentada con Bradbury, debido a su composición cuentística, y al uso de lo fantástico al momento de diseñar las naves, los viajes, las situaciones. No obstante, el recurso de la ficción breve, así como las anáforas demuestran el talante narrativo de Blanco, que recuerda incluso a la tradición argentina de cuento fantástico.

Hablar de viajes espaciales, e incluso de naves, es posible, sin llegar a “tropicalizar” la ciencia ficción mexicana, aunque México no sea un productor de tecnología. Como en el caso del afrofuturismo, donde se elevan los asuntos geopolíticos y sociales africanos, así como la reafirmación de la importancia cultural de zonas periféricas no anglo-eurocéntricas.

Autores como Porcayo, como Andrea Chapela, como Iliana Vargas o Efraím Blanco, se atreven a divergir sus discursos a través de los géneros no miméticos, y saben que sus exploraciones están cimentadas, incluso, en los autores canónicos de la tradición literaria del país. Carlos Fuentes tiene cuentos fantásticos que casi son de terror, y qué decir de Aura (1962). Juan Rulfo y los fantasmas, los muertos que siguen hablando desde sus tumbas ubicuas, porque México es Comala, por si no le queda claro a alguien. Elena Garro, Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, todos ellos llegaron a hundir su mirada en el pozo profundo de las tierras nunca descolonizadas del país, y de su boca brotan las maravillas y los horrores, las visiones de otro mundo. ¿No es esto una especie de fundación del Mexafuturismo?

Hace un par de años John Picacio, un dibujante e ilustrador mexicoamericano promovió la Mexicanx Initiative, un apoyo que becó a 50 autoras y autores mexicanos que participaron en la Worldcon, una de las convenciones más importantes del género en el mundo. Entre los autores había voces reconocidas como la de Alberto Chimal, y otras bastante nuevas como la de Andrea Chapela.

Este tipo de reconocimiento, apoyado por George R. R. Martin, confirman que la fantasía, la ciencia ficción y el terror hechos en México no son poca cosa, y que su madurez comienza a sentirse después del esfuerzo de decenas de autores, promotores y lectores entusiastas, que lograron una antología de tres tomos para Tierra Adentro, dos antologías publicadas en SM, apoyos de gobiernos estatales como el de Baja California, Puebla o Tamaulipas, y que ha terminado por convertirse en una visión sólida, en una propuesta que puede o no llamarse Mexafuturismo; pero que induce a pensar en que los lectores aprecian el enorme trabajo de quienes se han atrevido a arriesgarse con una visión distinta de la literatura.

Las creaciones de estos géneros o perspectivas ahí están, listan para ser devoradas, apreciadas por la audiencia, y qué mejor que hacerlo en este mundo apocalíptico, sumido en una pandemia global que nos ha dejado encerrados durante meses, pegados a las pantallas, con caretas como nuevas máscaras que nos ayudarán a enfrentarnos a nuestra neo-realidad.

  1. La “mimesis” es la representación en el arte de la realidad. Por lo tanto, lo no mimético sería la no representación de la realidad factual o como fenómeno. Las posibilidades de lo extraño, lo imposible o fantástico aparecen (ver Auerbach, D. (2017). Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental. Ciudad de México: FCE.)
  2. El ensayo de Gabriela Damián, La mano izquierda de la ciencia ficción mexicana, explora el inicio del género en el país, además de presentar a narradoras mexicanas poco leídas que publicaron a mediados del siglo XX. https://www.letraslibres.com/mexico/revista/la-mano-izquierda-la-ciencia-ficcion-mexicana. El ensayo de Lola Ancira, Imaginario femenino en México, también explora la producción de escritoras fantásticas y de géneros no miméticos. https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/imaginario-femenino-mexicano/
  3. El texto de Todorov puede leerse aquí: http://iesliteratura.ftp.catedu.es/lectura/cuarto_atras/imagenes/Todorov.pdf
  4. Roas, D. (2011). Tras los límites de lo real. Barcelona: Páginas de Espuma.
  5. Aquí un ejemplo: https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/una-mujer-solitaria/
  6. Para algunos teóricos, incluyendo a Todorov, este género entraría dentro de lo “maravilloso”. La obra de Tolkien pertenece a este género, lo mismo que Harry Potter o Canción de Hielo y Fuego, considerando que existen clasificaciones dentro del mismo término: fantasía épica, fantasía urbana, dark fantasy, etc.
  7. También resulta útil la reflexión de Popper y el Mundo 1, Mundo 2 y Mundo 3. https://encyclopaedia.herdereditorial.com/wiki/Mundos_1,2_y_3
  8. Jeff y Ann Vandermeer acaban de editar una enorme colección de ejemplos de Fantasía Moderna, que van desde textos de Gabriel García Márquez o Jorge Luis Borges, hasta Greg Bear o Angela Carter. Cabe mencionar que, además de un texto de Leonora Carrington, Alberto Chimal está presente con dos relatos, “Mogo” y “Table with ocean” (originalmente “Mesa con mar”. Esta publicación demuestra la lenta, pero segura, inclusión de autores mexicanos en el imaginario de la literatura de Fantasía, Fantástica, y demás subgéneros. Ver Vandermeer, J. y A. (2020). The Big Book of Modern Fantasy. New York: Vintage Books.
  9. Basta recordar los guiños a películas como El Santo contra las mujeres vampiro (1962) o El Santo y Blue Demon contra Drácula y El Hombre Lobo (1973).
  10. Sobre La doncella de la sal se habla en otro apartado.
  11. La saga fue publicada en un inicio por SM, para después, dada su mala promoción, la obra de Sandoval, fue reeditada por el grupo Penguin Random House.
  12. Recomiendo la edición en dos tomos de Cátedra para profundizar en una obra poco leída en la actualidad, pero cuya influencia puede verse en el mismo Quijote. La edición resumida de Italo Calvino, en prosa, podría funcionar como un excelente prólogo.
  13. Dicha antología, dividida en tres volúmenes, manifiesta el interés en el género que manifestó una buena parte de narradoras y narradores mexicanos, con resultados variopintos. Ella, a pesar del aparente vacío de los siguientes años, es una prueba de que la ciencia ficción en México no dejó de practicarse.
  14. Incluso escribió un libro sobre el tema, que me parece bastante actual: La industria del fin del mundo (Taurus, 2012).
  15. La primera edición de la novela se realizó por el Programa Editorial Tierra Adentro, en 1993.
  16. Llopis, R. (2013). Historia natural de los cuentos de miedo. Madrid: Fuentetaja Literaria.

Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.