Tierra Adentro
Hospital de la Misericordia, c.1900. Fotografía por Fernando Garreaud. Extraida der Wikimedia Commons.

 

 

Capítulo IX

(¿) Un experto (?) trabajando

 

 

—Nellie Brown, el doctor quiere verte —dijo la Srta. Grupe. Entré y me indicaron sentarme frente al escritorio, del lado opuesto al Dr. Kinier.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, sin levantar la vista.

—Nellie Brown —respondí con facilidad.

—¿De dónde vienes? —mientras escribía lo que dije en un cuaderno grande.

—De Cuba.

—¡Oh! —espetó, de pronto entendiendo la situación. Entonces se dirigió a la enfermera— ¿Viste algo sobre ella en los periódicos?

—Sí —contestó—, vi una larga historia de esta chica en el Sun del domingo.

Entonces el doctor dijo:

—Manténla aquí hasta que vaya a la oficina para ver la noticia de nuevo.

Salió un momento y me sentí aliviada de traer mi sombrero y chal. Cuando regresó, dijo que no pudo encontrar el periódico, pero, ya que la había leído, le contó la historia de mi debut a la enfermera.

—¿De qué color tiene los ojos?

La Srta. Grupe miró y respondió “grises”, aunque todo el mundo siempre había dicho que mis ojos eran cafés o avellanados.

—¿Qué edad tienes? —preguntó.

—Diecinueve desde el mayo pasado —mientras contestaba, volteó con la enfermera y le dijo:

—¿Cuándo tienes tu siguiente pase?

Supuse que se trataba de un permiso para su día libre.

—El siguiente sábado —contestó, con una risa.

—¿Te darás una vuelta a la ciudad?

Contestó que sí y ambos se rieron. Entonces le dijo:

—Mídela —me pusieron de pie bajo un metro y presionaron ligeramente la pesa sobre mi cabeza.

—¿Cuánto es, entonces? —preguntó el doctor.

—Ya sabes que no puedo leerlo —dijo ella.

—Sí, sí puedes; inténtalo. ¿Cuánto mide?

—No lo sé; hay algunas cifras ahí, pero no puedo leerlos.

—Sí, sí puedes. Ahora míralos y dime.

—No puedo, hazlo tú —y ambos rieron de nuevo mientras el doctor se levantaba de su lugar y se acercaba a ver por sí mismo.

—Cinco pies con cinco pulgadas; ¿no lo ves? —le dijo, tomando su mano y acercándola a las cifras.

Por su voz supe que aún no entendía, pero eso no me incumbía, pues el doctor parecía feliz de ayudarla. Luego me pusieron en la báscula y la enfermera se movió de un lado a otro hasta que logró balancear las pesas.

—¿Cuánto? —preguntó el doctor, de vuelta en su escritorio.

—No lo sé. Tendrás que verlo por tu cuenta —contestó, llamándolo por su nombre de pila, el cual olvidé. Se dio la vuelta y llamándola también por su nombre de pila, le dijo:

—¡Estás tomando demasiada confianza! —y ambos rieron. Entonces le dije el peso (112 libras) a la enfermera, y ella se lo dijo al doctor.

—¿A qué hora vas a comer? —le preguntó y ella se lo dijo. Le dio más atención a la enfermera que a mí y cada vez que me hacía una pregunta, le hacía otras seis a ella. Luego, escribió mi destino en el libro frente a él. Entonces le dije:

—No estoy enferma y no quiero quedarme aquí. Nadie tiene derecho a aprisionarme de esta manera.

No hizo caso de mis comentarios y, una vez que terminó con sus notas, así como con su conversación con la enfermera, dijo que con eso bastaba. Regresé al cuarto de espera con mis compañeras.

—¿Tocas el piano? —me preguntaron.

—Oh, claro; desde que era una niña —les respondí.

Insistieron en que debía tocar y me sentaron en un banco de madera frente a un piano de mesa a la antigua. Toqué unas cuantas notas y la respuesta desafinada me provocó escalofríos de cabo a rabo.

—Qué horror —exclamé, dirigiéndome a la enfermera McCarten, que estaba de pie junto a mí—, nunca había tocado un piano tan desafinado.

—Qué pena por ti —dijo con malicia—, tendremos que mandar a hacer uno solo para ti.

Comencé a tocar las variaciones de “Home Sweet Home”[1]. La plática se detuvo y todas las pacientes se sentaron en silencio mientras mis dedos fríos se movían lenta y rígidamente sobre las teclas. Terminé de manera abrupta y sin prestar mucha atención y me rehusé a tocar cualquier otra petición. Al no ver lugares libres para sentarse, me quedé en la silla frente al piano mientras miraba a mis alrededores.

Era un cuarto largo y desnudo, rodeado de unas bancas amarillas austeras. Estas bancas, las cuales estaban perfectamente derechas, e igual de incómodas, aguantaban a cinco personas, pero en la mayoría de ellas habían amontonadas seis personas. Unos cinco pies sobre el suelo, había unas ventanas abarrotadas justo frente a las puertas dobles que llevaban al pasillo. Tres litografías socorrían al blanco de las paredes, una de Fritz Emmet y otra de trovadores negros. En el centro del cuarto había una mesa larga adornada con un cubrecamas y alrededor estaban sentadas las enfermeras. Todo estaba impecable y pensé que las enfermeras debían de ser excelentes trabajadoras para mantenerlo así de limpio. Unos días más tarde me reiría de mi propia ingenuidad al creer que las enfermeras trabajaban. Cuando se dieron cuenta que no tocaría el piano de nuevo, la Srta. McCarten se me acercó vociferando:

—Aléjate de aquí —y cerró de golpe la tapa del piano.

—Brown, ven aquí —fue la siguiente orden que recibí de una enfermera de cara enrojecida en la mesa— ¿Qué traes puesto?

—Mi ropa —respondí.

Levantó mi falda y anotó un par de zapatos, un par de medias, un vestido de tela sencillo, un sombrero de paja de marinero, etcétera.

 

 


 

[1] “Home Sweet Home” es una canción compuesta por Sir Henry Bishop, con letra de John Howard Payne, quien la adaptó para la ópera Clari, or the Maid of Milan en 1823. Cuando Bishop la relanzó en 1852 como música de salón (parlor music), se convirtió en una especie de himno nacional con muchas versiones a lo largo de Estados Unidos durante la Guerra Civil y después.

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Fotografía cortesía de la autora
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