Tierra Adentro

Seguí yendo a trabajar cuando muchos de mis contactos ya estaban refugiados en sus domicilios. Un día los jefes nos dieron a escoger: laborar desde casa o seguir en la oficina hasta que fuera obligatorio. Yo elegí quedarme en las instalaciones. Lo mío es la calle; desde muy joven viajé de aventón por gran parte del país, recorrí desde Tamaulipas hasta la frontera con Belice, malcomiendo en el camino, pernoctando en playas o en la batea de alguna camioneta. Me asfixiaba en mi casa.

Cuando visito reclusorios tengo la certeza de que no podría vivir en el encierro, viendo las mismas cuatro paredes durante largos periodos. La violencia y el hacinamiento, lo veo como algo menor. El aislamiento te va acabando, destruyendo la salud mental y física. Cuando veo a internos haciendo hasta 800 lagartijas por día, los comparo de inmediato con los pobres leones de los zoológicos, dando y dando vueltas en miserables fosos de cemento. Lo que mata es el encierro y yo moriría por él.

Alguna vez leí sobre las condiciones de existencia infrahumana en los reclusorios de alta seguridad. Desamparo absoluto, no hablar con nadie, revisiones nocturnas cada hora, siempre mirando hacia una luz que te vigila. Como única diversión, una hora al día en un patio lamentable, sin plantas, siempre cuidado por un custodio al cual no le puedes ver a la cara.

 

Fase 2

Cuando regresaba a casa luego del trabajo, hacía todo un ritual de limpieza, consistía en quitarme la ropa, ponerme unos huaraches, correr al baño a lavarme manos, brazos y rostro. Después de esto podía sentirme tranquilo. Mi esposa y yo sufrimos mucho con las enfermedades respiratorias, así que tratamos de mantenernos sanos porque seguramente habría complicaciones. Yo tuve influenza H1N1, recién fui contratado apenas hacía unos meses en una librería, y hubiera muerto de no ser porque estaba dado de alta en el seguro social. Me atendieron en un médico particular. Pese a que ya me había acabado el tratamiento y la temperatura no amainaba, insistí en que era una gripa común.

Cuando me vio la doctora del IMSS, de inmediato me diagnosticó influenza. Acabé confinando en mi sala, con altas temperaturas y con dolor constante en los pulmones. Mi mujer se convirtió en mi enfermera. Tomamos muchas precauciones y ella no se infectó; por esa razón, tenemos miedo de contagiarnos.

En la noche, cuando regresaba a casa, me “enfermaba” de coronavirus y temía, incluso, besar a mi esposa. Tenía los síntomas: dificultad al respirar, cansancio y hasta sentía temperatura. Todo estaba en mi cabeza. Limpiaba compulsivamente cada rincón, celular, monedas, billetes, cualquier cosa para acabar con el virus. Si me enfermaba de verdad, no había problema, podría resistir otra vez la temperatura arriba de 40 grados, los dolores de cabeza y la tos que dejaba lastimado el estómago, como cuando tuve influenza. Lo que no sería capaz de soportar era transmitir el COVID-19 a Berenice.

Cuando nos dijeron que ya debíamos laborar desde casa, entendí que no había vuelta atrás. Años antes, hubiera agradecido el tiempo fuera; ahora, con pagos y deudas, me daba miedo. La vida de equilibrista de un tipo de clase media es muy endeble, en cualquier momento puedes caer. Claro, hasta que conoces la de otros menos privilegiados. Por ejemplo, en el camino al mercado, hay unos que apenas sobreviven: la señora de las tortillas que diario viene desde Toluca, el del queso y nopales que se para un rato frente al supermercado, el de las obleas y alegrías que, por irónico que parezca, te regala una mirada de infinita tristeza cada vez que te ofrece sus dulces.

 

En casa

Una vez en confinamiento, luego de la sesión de Zoom con las compañeras de la oficina y de saber que la reducción del salario no sería tan grave como pensábamos, comencé a tranquilizarme y a conocer a mis vecinos por completo. En mi edifico nadie canta Cielito lindo, no hay músicos esplendorosos que den conciertos desde su balcón, o una soprano que nos deleite con su voz. Los residentes son ordinarios: un hombre que hace su mandado en el OXXO; una madre soltera que cuida, sin mucha suerte, a sus tres hijos -una de ellas con una bebe- para que no vuelvan a caer en las drogas; una alcohólica con un tremendo dóberman que canceló las ventanas que daban al cubo de luz y una dicharachera vecina que lleva más de 20 años evitando que el edificio se caiga a pedazos.

Si usualmente uno sale a las seis de la mañana y regresa hasta las siete de la tarde a casa, desconoce los sonidos de los demás. Pronto me fui familiarizando no solo con los de mis condóminos, sino con los de junto, una construcción que cuando nueva debió ser residencial y bella, pero que ahora es una desgracia, parchada y pintarrajeada por igual.

Cada tanto tiempo, suena la bomba de agua, cada tanto tiempo la vecina de arriba, doña Trapitos (la apodé así porque siempre está lavando un trapito en la azotea), arrastra una silla y sacude una cobija o un mantel. Cada tanto tiempo, alguien acciona una licuadora, otro grita “gas”; una mujer, “agua”; otro, “basura”. Cada tanto tiempo alguien canta, arranca un auto, suena una alarma o golpea en las paredes. Lo sorprendente es cuando no hay ruido, cuando puedes oír el sonido de tus pasos sobre la duela vieja, cuando escuchas a los pájaros en los árboles. Es como si en determinado horario se pusieran de acuerdo para callarse.

Mi mujer y yo podemos pasar un buen rato sin hablar, estando juntos, solamente eso. Hace unos días ella me preguntó: ¿y si un día nos quedamos sin nada que platicar? Yo me reí. Siempre tenemos algo que charlar. Estando encerrados a veces, como una especie de acuerdo tácito, nos vamos a sitios separados y nos ignoramos. Para controlar mi ansiedad por el encierro, me compré desde hace semanas un bote gigante de pintura, así que he sacado todos mis libros y ahora pinto los libreros. Ella lee en silencio o se carcajea de las cosas que ve en redes.

A veces pienso que más que escritor me hubiera gustado ser carpintero o pintor de brocha gorda. Intenté ser pescador, pero es una vida muy dura. Lanzar la atarraya era difícil, aunque me agradaba la soledad de la lancha. Estuve unos días tratando, con un señor y su hijo cerca de Costa esmeralda en Veracruz; sin embargo, el lanchero me dijo, muy sabio, que no iba a aprender porque no tenía verdadera necesidad.

Los vecinos mitigan el encierro como pueden. Una se volvió la celadora del edificio y se dedica a vigilar quién entra y quién sale. Uno hace rondines de su departamento a la esquina y viceversa. Alguno más llora cada tanto con Vicente Fernández. Otro, casi siempre, a la hora de la comida, cuando el calor comienza a bajar y el aire tibio se cuela por mi ventana, pone a la Fania y una selección los mejores salseros. Abre su ventana, sube el volumen a niveles aceptables y luego de un rato, apaga el sonido. He estado tentado a gritarle y felicitarlo por su buen gusto. Alguien ha decidido martillar pasadas las ocho de la noche.

En la red la gente hace de todo por paliar el aburrimiento. Se graban haciendo yoga, leyendo poesía, suben memes; unos prefieren discutir con sus conocidos sobre la realidad del país, no importando que acaben amistades. Otros más nos quejamos una y otra vez, como un mantra.

 

La azotea

Cuando veo las azoteas de mis contactos sueño con tener una así. Ahora les dicen Roof Garden, con esa manía tan de ahora de llamar a lo de siempre con un nombre en inglés. Nuestra terraza es un campo de guerra. Una cuarta parte está tomada por un tipo y su esposa que dicen son los que cuidan el edificio. Otra cuarta parte está enrejada por alguna vecina que ni vive en el edificio; la otra mitad es libre, pero se siente raro llegar ahí y ver el cielo. Es como arribar un sitio que no es tuyo, aunque debería ser comunal. Es el lugar de mi vecina alegre, quien impermeabilizó de su bolsa ese pedazo. Ahí cuelga su ropa y deja que algunos vecinos lo hagan también, aunque pocos le toman la palabra. Yo incluido.

El piso es rojo y tiene como puerta de entrada una pequeña reja.  En ese páramo de tranquilidad de vez en vez, el camaleón de una inquilina, toma el sol. Ahí está el reptil, tirado cual largo es, contrastando su verde deslavado con el rojo intenso del piso. Cuando subo, las sabanas de mi vecina feliz ondean siempre al viento, similar a las velas de un barco. Tiene un raro gusto por las plantas. A mi abuela le gustaban los malvones rojos, rosas y naranjas. Mi vecina feliz tiene sábilas, helechos y muchos cactus. Es como estar en un desierto de cemento.

Las plantas están sembradas en cubetas, botes de pinturas viejas y cazuelas. Son casi treinta plantas diseminadas por su pedazo de azotea, como una especie de jardín que apenas si necesita agua.

Fotografía por Iván Frías.

Fotografía por Iván Frías.

 

Mi vecina feliz

Tiene más de sesenta años así que su hija, con la que vive, no la deja salir. Una vez vino a tocarme a la casa con un pretexto simplón, para luego contarme que su retoño no sabía ni escoger jitomates. Se quejó amargamente de que le había traído unos aguacates golpeados y que el pollo seguro era de supermercado porque estaba muy amarillo.

—Muy estudiada, pero no sabe escoger ni la verdura. —dijo entre queja y desahogo. Luego siguió contándome que no sabía que iba a hacer porque la alberca a la que iba ya la habían cerrado y se sentía un poco adolorida de no hacer ejercicio.

La dejo hablar porque me gusta escuchar a las señoras mayores. Siempre lo he hecho, encuentro algo de sabiduría en ellas, un conocimiento de la vida práctica. Giorgio Agamben, Slavoj Žižek, Byung-Chul HAN y demás se quedarían callados ante las certezas de mi vecina feliz.

Muchas señoras mayores ya no tienen miedo a la vida, al que dirán. Ella es de esas, no quiere escuchar órdenes o indicaciones, porque durante años las ha seguido y ahora sabe qué funciona o no.

En su piso tiene un pequeño jardín con geranios y helechos. Yo, gracias a su influencia, intenté hacer el mío con seis plantas, un par de espadas de San Jorge, una palma, un ficus y dos que se murieron a la primera semana. Un día vi que las plantas estaban recién regadas, le pregunté a Berenice si ella lo había hecho, me dijo que no. Cuando tuve oportunidad le pregunté a mi vecina. Ella me dio un tremendo regaño, me advirtió que no sabía cuidarlas, que faltaba remover las hojas secas, que pusiera cascarones de huevo en la tierra, que a algunas les faltaba un palo para que estuvieran derechas.

Hace poco subí a colgar mi ropa y la encontré viendo sus plantas de azotea. Ella lleva ya casi mes y medio encerrada en el edificio. No sale para nada, sin embargo se ve relajada, tranquila, con mucha fuerza, tanta como para trapear las escaleras del edificio, como lo hizo la semana pasada, o para subir a lavar a mano su ropa. Supongo que no necesita hacer directos en Instagram ni poner largos estados sobre la situación del país en Facebook. Es más, no sabe ni qué es el WhatsApp. Tenemos un grupo en esa red y ella, claro, no aparece.

—¿Cómo estás? —me pregunta seca como es.

—Bien —respondo. Sabiendo que su pregunta es retórica. Desde hace unos días mi vecina alegre es con la única persona, fuera de mi mujer, con la que hablo.

Me dice algo de unos vecinos de abajo, me cuenta sobre un familiar enfermo. Evita ver las noticias, no le interesan, no quiere saber nada además de sus plantas en la azotea y solucionar los problemas del edificio. Es como una especie de sensei que vive el momento, le importa poco el pasado y el futuro.

Platicamos un rato, justo cuando llega a la puerta para bajar a su piso, se voltea y me quiere decir algo más; pero no sabe hablar de otra forma que no sean órdenes. Me dice: nunca sacas tu ropa a tender, la ropa necesita sol, más las sábanas. Qué bueno que ya subes a colgarla. Yo también subo a esta hora.

Sé que esto último es una invitación para subir a platicar.

—Me saludas a tu esposa. Nos vemos luego.

—Nos vemos, —respondo. Pero ella ya no me escucha. Baja por las escaleras, dejándome en el solazo, junto a sus plantas de azotea.

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Fotografía cortesía de la autora
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