Tierra Adentro
Ilustración por Mariana Martínez

Donde todo empieza

El 8 de marzo de 2020 fue mi primera vez en una marcha, dudé mucho si asistir o no. Aunque llevo tiempo considerándome feminista, el activismo en primera persona siempre me pareció lejano. A las pocas manifestaciones que había acudido, lo hice de lejos: refugiada tras el lente de mi cámara fotográfica, cuando estudiaba la licenciatura en Comunicación.

Desde aquel entonces me emocionaba la entereza de tantas personas lanzando a gritos sus exigencias hacia el espacio público. Sobre todo, me sentía identificada con lxs estudiantes marchando en fila, a veces platicando; otras, protegían con listones los límites de su contingente para evitar intrusos, atentxs, entre la algarabía, a cualquier señal de peligro.

Estas precauciones vienen de un evento cercano en la historia de nuestro país, ocurrido en la ciudad donde vivo desde hace varios años: el 2 de octubre de 1968. Estoy segura de que este trauma nacional (y otros) tiene relación con las constantes recomendaciones de mis padres y abuelos de evitar cualquier activismo. Así que, en las marchas, yo miraba desde afuera; una parte de mí quería entrar, otra estar ahí sin involucrarse.

Después de varios años me decidí, motivada porque me acompañarían. Quedé de verme con un grupo de amigas, con quienes llevaba un par de meses juntándome para organizar talleres feministas; acordamos estar a las once en el Monumento a la Revolución. La idea era marchar en un contingente chileno: una de las chicas es de ese país. Se me hizo tarde y cuando llegué, ellas ya habían salido. Cerca del metro Hidalgo, me reuní con otras dos integrantes del grupo en la misma situación que yo.

La calle estaba repleta, parecía imposible ubicar a una sola persona entre la multitud. Había poca señal. De todas formas, las tres decidimos buscar al contingente. En el camino nos integramos a ratos con varias agrupaciones que se identificaban por el color de la ropa, del pañuelo, o por una manta con su nombre pintado en acrílico. Avanzábamos un trecho y después volvíamos lo andado. Nos unimos a consignas distintas con exigencias similares. Veía a los policías bordeando la avenida. El pavimento reflejaba el sol intenso, mientras respirábamos el polvo que levantaban nuestras pisadas. Ya nos habíamos resignando a seguir hacia adelante para evitar una insolación, cuando arrojaron el gas.

Lo reconocí por los gritos y la nube amarilla que surgió desde el suelo. Mis dos amigas y yo nos tomamos de la mano y caminamos con prisa hacia el jardín de la Alameda. Vimos a una mujer con la cara ensangrentada. Temimos que hubiera golpes; aunque probablemente, por lo que supimos después, ella se había caído cuando comenzó el caos. Justo cuando todo se calmó y volvimos a entrar a la marcha, apareció el contingente, ahí estaba nuestra amiga chilena. Contamos el incidente del gas, y ella, entre una y otra consigna antiPiñeira, nos dijo en tono casual que debimos llevar limón para chuparlo en caso de que nos gasearan.

Empezaba el cansancio: nos separamos por un rato para comprar agua. Yo estaba mareada, vi de lejos a otro grupo de amigas. Recordé que varias de ellas habían ido en la mañana a manifestarse en Ecatepec, y yo, que apenas llevaba una hora caminando bajo el sol, ya estaba exhausta. Comprendí entonces por qué le dicen a marchar poner el cuerpo. Sudor, insolación, la garganta irritada por el gas, llevar las exigencias al plano material: no más feminicidios, aborto libre y seguro, América Latina será toda feminista. Ante todo, justicia.

Cuando pasamos por la Antimonumenta, una chica que a lo mucho tendría veinte años contaba, en el micrófono, una experiencia de abuso. Los puños se alzaron al grito de no estás sola. Hasta ese momento, yo no había logrado repetir ninguna consigna con demasiada convicción; cuando escuché aquel testimonio, sentí que algo se liberaba dentro. Es tan difícil atreverte a alzar la voz cuando te han enseñado que es mejor estar callada. No estás sola.

Del otro lado de la calle, algunas tumbaron a patadas las vallas que rodeaban el Palacio de Bellas Artes. Otra vez el gas. Las tres volvimos a agarrarnos de las manos para cambiar el rumbo: esa sensación de no querer soltarse.

Decidimos seguir por avenida Independencia, la calle paralela a la marcha. Entramos a Madero desde Gante y descubrimos que estaba cerrada a la altura de Eje Central y del Zócalo. Quisiera ser monumento para que así me protegieran. La marcha había continuado por Cinco de Mayo. Ya estábamos lo suficientemente asustadas como para volver a pasar a un lado de quienes vigilaban la marcha, así que seguimos caminando en paralelo, hasta que por fin logramos llegar al Zócalo. Se veía menos acción que en Reforma. Muchas comían y tomaban agua o refrescos; algunas más platicaban en círculos, otras hablaban por altavoz. La lucha feminista será interseccional o no será, decía el cartel de una agrupación afromexicana. El ímpetu disminuyó después del gas y los enfrentamientos, había menos gente de la que esperábamos en la plancha. Un golpe a la mampara de un anuncio. Los vidrios cayeron al piso, diminutos. Cerca se agrupaban bomberos con extintores, que no sabíamos si eran para erradicar algún posible humo o arrojar  gas otra vez. Nos fuimos.

Después de huir de la zona donde cada tanto aparecían nubes amarillas a ras del suelo, comimos en una pequeña fonda; luego fuimos por una cerveza. La calle Regina estaba repleta. Muchas chicas con pañuelo saludaban como si nos conociéramos desde siempre. Por fin encontramos un sitio vacío. Eran cervezas artesanales, así que compartimos los tarros para probar las distintas maltas. Un par de semanas después, supe que una de mis amigas tenía COVID-19.

 

Algunas sensaciones compartidas

Cuando recibí la noticia, tuve miedo, paranoia, dolores de cabeza. Primero pregunté de inmediato cómo estaba y me respondió que estable; ella presentaba algunos síntomas, pero en realidad había ido al hospital por uno de sus roomies, que es asmático y estaba muy mal. Así que los pusieron juntos en la sala de COVID-19 y les hicieron una primera prueba que salió positiva. Faltaba aún el resultado definitivo.

Intenté averiguar en internet, pero me confundí más. ¿Por qué los pasaron a la zona de contagio antes de hacerles el estudio? ¿No tardaban dos días en dar resultados? ¿Cómo sabían ellos que estaban enfermos si habían entrado al hospital el día anterior? A la mañana siguiente, quise saber cómo seguía. Me dijo que con molestias, pero bien: “estable”. Otra vez esa palabra, es decir, estaba mal aunque no tanto.

Después, me angustié por mí, por mi pareja, por las personas que había visto en la semana. Me puse a pensar en cada recorrido: cada roce del cuerpo. Además, tuve un poco de catarro esos días; recordé en dónde quedó cada papel sucio. Me pregunté si me había tapado la boca en cada arranque de tos. Vueltas en la cama: días de considerar si debía hacer otra cosa aparte de aislarme. En ese momento, se ignoraba más de lo ahora sobre el virus. Por un instante creí, con ingenuidad, que podría hacerme una prueba.

En los medios comenzaron a hablar de confinamiento, y me empezó a dar claustrofobia. Quise ir a mi ciudad natal a resguardarme; en la Ciudad de México sería insoportable algo así. Era absurdo: tengo familiares que son adultos mayores. La respuesta fue contenerse, y a esa contención, siguió la ansiedad. Intenté evitarla con ejercicio en casa y tés. Llegó el desánimo: horas sin levantarse y de olvidarlo todo viendo televisión, horas de estar harta de las pantallas, de enojarme conmigo y con el mundo; horas de sobreinformación y miedo; horas de leer, intentar escribir, no poder concentrarse, y entonces mejor buscar una nueva receta para refugiarme en la cocina. Todo en un solo día.

 

Muchas emociones; después nada

Mi pareja y yo hablamos mucho porque estamos tensos. Los dos siempre hemos trabajado desde casa, pero últimamente tenemos más tareas, y debemos intercalarnos los espacios. A veces resulta, otras no. Vamos de un tema a otro, de una cotidianidad a una especulación, a alguna cuestión absurda o una broma. Un día, cuando la mente ya no me da para leer, ver películas o jugar scrabble, me acuesto en la cama y le pregunto: ¿a nadie se le ha ocurrido un día mundial de desconectarse? Sin computadora ni redes ni televisión. Sería genial.

Pero no hay descanso. El home office, me dice un amigo, lo toman algunos jefes como all day office. Él y otras personas que solían trabajar en oficinas me cuentan de llamadas intempestivas a las diez de la noche, pendientes siempre de suma urgencia e incluso la exigencia de producir más, a riesgo de perder el empleo.

Llevo tiempo como freelance, la presión y los descansos me los pongo yo misma. Muy seguido, me excedo en uno o en otro. Al principio de la cuarentena, pensé que podría aprovechar el confinamiento para, por fin, completar la lista extensa de tareas. Ha sido imposible, con la tensión que se siente en el edificio, en las calles, en especial en las redes: esa arma de doble filo con la que seguimos cerca de quienes queremos, y a la vez nos llena de información tan disímil, tan insistente y alarmante, que la ansiedad llega tarde o temprano.

Intento escribir, un día en que me siento rebasada por la cuarentena. Varias personas que quiero la están pasando mal, ya sea por situaciones de salud o económicas, que en ocasiones tienen que ver con el coronavirus y a veces no. A mí me duele la cabeza muy seguido, tengo sueño toda la mañana, me duelen las piernas y los brazos por la falta de movimiento.

Quiero escribir algo ingenioso, nuevo, y relacionarlo con mi obra literaria, con algún hecho del pasado, con lo que yo pienso que ocurrirá en el futuro. Imposible. Decido, entonces, hablar desde mi cotidianidad, porque no me creo capaz de enunciar respuestas absolutas para nada. En estos días de teóricos occidentales que predicen el fin del capitalismo como si se tratara de una película hollywoodense, creo que hay que detenerse un poco. Como hizo Mariana Enriquez: confesar que estamos cansadxs, confundidxs, y que no tenemos (porque no hay) una respuesta. Las respuestas, si las hay, serán múltiples.

 

No sé cuidar las plantas

La única que me ha sobrevivido es una valiente y generosa cuna de moisés, las demás se secan por exceso o falta de riego o luz. Estos cuatro factores y sus combinaciones resultan para mí un enigma. Además, están las variables de si vives en una casa o departamento, si la habitación es oscura o muy húmeda.

En “Alabanza al cuerpo danzante”, Silvia Federici nos habla de cómo el capitalismo nos ha separado de la tierra y la naturaleza, ha mecanizando nuestro cuerpo, a los animales, a la vegetación, siempre en afán de producir más. Por su parte Rita Segato dice que el virus es “un evento natural, de ese acontecer sinuoso e imprevisible que es el tiempo”, y, más allá de predicciones o declaraciones, debería conducirnos a entender que “proteger la vida, cuidar de ella en un aquí y ahora, a como dé lugar en un presente absoluto, es todo lo que importa”. A nivel estado, eso implica repensar las políticas del cuidado.

Pensando a nivel individual, me ubico en mi cuerpo y en todo lo que ha pasado en estos días. Me refiero a las preocupaciones, al miedo, a la exigencia de productividad permanente. Intento ser más amable conmigo. A veces parece imposible, es un ciclo sin fin. Pensar en cuidarme, o cuidar a otros, me provoca ansiedad. Siempre temo hacerlo mal, excederme en preocupaciones, o ser descuidada. Relegar lo importante, o priorizar lo menos esencial. Es algo que aprendo constantemente.

Quisiera, para empezar, saber que me estoy cuidando bien a mí misma.

Ilustración por Mariana Martínez.

Ilustración por Mariana Martínez.

Infusiones

Menta y manzanilla: Fresco y digestivo.

Zacate limón, toronjil y lavanda: un sueño profundo.

Té negro, jengibre, clavo, canela y cúrcuma: delicioso chai.

Toronjil, manzanilla y rosa, para un descanso relajante.

Hoja de naranja y zacate limón, refrescante para beber a lo largo del día.

 

Todo lo que nos queda es el ahora

El taller de autoformación feminista lo teníamos planeado para el 23 de marzo. Decidimos hacerlo por videoconferencia. Leímos “Pandemia”, de Gabriela Rábago Palafox, y “Contagio”, de Ana Emilia Felker. Se conectaron 78 mujeres de varios países. Hablamos de cómo la normalidad a la que se ansía volver es injusta y precaria. De continuar la lucha para exigir mejores condiciones laborales y apoyo a los pueblos marginados. Una activista trans nos contó que ellas siempre han vivido la sana distancia, es decir, un distanciamiento social conformado por prejuicios. Nos dijo que nunca han estado seguras, que estos días aumentaron los transfeminicidios.

Para la siguiente sesión, leímos dos textos de una compilaciónTodo lo que nos queda es el ahora, escritos sobre la pandemia recopilados por La Reci. A esas alturas, ya llevaba tiempo sobreinformándome acerca del coronavirus. Leyendo de los desastres ecológicos que ocasionan las pandemias, sus repercusiones sociales, incluso un diario de una mujer en Italia, que contaba a detalle su experiencia en el encierro.

Necesito encontrarme en las palabras de otrxs. Esos días buscaba textos con los que me sintiera relacionada, que incidan en la realidad que vivimos. Y entonces llegó este libro colectivo y latinoamericano a mí.

El día del taller, pudimos compartir nuestras impresiones con una de las escritoras que participó en el conjunto de textos: Gabriela Contreras, quien también se conectó a la videollamada. Ella comenzó hace tiempo una editorial autogestiva, llamada FEA: Feminismo, Estrías, Autogestión. Nos leyó en voz alta el poema incluido en la compilación: (…) La enfermedad es una solalas que portamos el virus de la pobreza / y nuestros olores nos delatan / sabemos de encierros y cuarentenas / mucho antes de esta estética apocalipsis (…) tenemos otras estrategias / para nunca soltarnos la mano. Apenas terminó de leer, le pregunté cómo logró escribir este poema, cuando a tantos nos cuesta hacer cualquier cosa estos días. Ella me respondió que era un impulso que traía desde antes, y que su cuerpo, de cierto modo, se hizo justicia a través de ese texto. Nunca se ha sentido segura en el exterior.

Todo lo que nos queda es el ahora está armado en varias secciones. En el apartado titulado Contarnos, podemos leer propuestas para encontrar nuevos caminos. Todas orientadas a un cambio radical en el sistema económico y político, que integre las múltiples maneras de, precisamente, contarnos el mundo.

María Galindo, autodenominada anarquista-feminista, propone una desobediencia absoluta. Es más, invita a “acostumbrarse al contagio”. Su lectura descoloca: creo que es precisamente su intención. Habla del COVID-19 como una forma de “ocultar o poner entre paréntesis problemas sociales”, a través de la “militarización de la vida social”. Además, denuncia “el dominio de la vida virtual”, donde la información se da “en proporciones calculadas para producir miedo”. Todos estos elementos conducen al “sálvese quien pueda como solución tutelada”. Ante este escenario, y quizá de alguna forma, resumiendo en imágenes y metáforas los textos que la preceden, Galindo invita a repensar el contagio. “¿Qué pasa si asumimos que nos contagiaremos ciertamente y vamos a partir de esa certidumbre procesando nuestros miedos (…) si nos planteamos la autogestión social de la enfermedad, de la debilidad, del dolor, del pensamiento y de la esperanza?”.

El texto, claro está, es una provocación. Lanzada desde Bolivia, un país donde la mayoría vive en la pobreza, se sostiene del comercio informal y donde muchas mujeres sufren violencia machista. Galindo llama a recordar a la comida y medicina tradicional como una forma de combatir el contagio. Desde mi lectura, de lo que se trata es de mejorar nuestras defensas al afianzarnos como comunidad.

Está bien: no salgamos, usemos guantes, tapabocas, gel; pero no olvidemos de hacer el mundo, en la medida de lo posible, un poco más habitable. “Necesitamos alimentarnos para esperar la enfermedad y cambiar de dieta para resistir”. El cuidado pasa por el cuerpo, por lo que consumimos, por los remedios caseros, por las emociones, por los entornos libres de violencia.

 

Qué me mantiene estos días

Mi taller de los martes, el curso de los miércoles, el tiempo que nos damos para hablar de literatura a pesar del cansancio.

Las videollamadas con personas queridas que no veía desde hace mucho.

Enviar un libro y un ramo de flores a una amiga, sentir que así puedo acompañarla.

Leer sin distracciones.

Las canciones y playlist que me han compartido.

Una compota de frutas que me regalaron.

Algunas llamadas telefónicas.

La amiga que me pasa remedios naturales por WhatsApp.

Los círculos de lectura, las charlas, las presentaciones, las lectoras.

Conocer a mujeres que intentan hacer las cosas de otro modo.

El aire un poco más limpio que de costumbre.

El canto de los pájaros.

El abrazo de la persona que me acompaña a dormir todas las noches.

 

Contagio

Ya pasó más un mes desde que vi a mi amiga. Ahora ella está bien. Nunca le dieron el resultado de la prueba en el hospital. ¿Tenía o no COVID-19? No lo sabemos con certeza. ¿Y yo? Como todos en este momento, podría ser (o no) portadora asintomática. Por las dudas, tomo precauciones.

De pequeña, me lavaba las manos una y otra vez, cuando tenía lo que yo consideraba malos pensamientos. El resultado de la formación en escuela católica y un padre farmacobiólogo. Por eso tengo que hacer un esfuerzo para no obsesionarme con la enfermedad, con los lugares sucios, con los virus y bacterias que nos acechan en el aire. Hacer lo posible para que el miedo al contacto no llegue demasiado lejos.

 

Constantemente pienso en:

Mi madre, que cuida a mis abuelos.

Mis amigas que han estado en hospitales estas fechas, con todo lo que implica.

Mis amigas que son madres y su entereza para continuar.

Mis amigas que aún salen hacia sus trabajos, por decisión de la empresa.

Mis amigas que pasan el día entero en casa, en un home office inabarcable.

Mis amigas que pasan el día en su hogar, y tienen ansiedad.

 

Contarnos

¿Qué va a pasar cuando esto termine? Según las hipótesis: pavor social, fiestas masivas, centros vacacionales repletos, crisis económicas, el estallido del desempleo que ya está comenzando. Rita Segato refutó: “más que una fantasía del futuro, debemos prestar atención a lo que de hecho hay, las propuestas y prácticas que emergen, lo que la gente está concretamente haciendo e inventando”. Entonces, habrá que seguir contando y escuchando nuestras historias, para ser conscientes de que existen nuevas formas de exigir una vida digna, de pensar nuestra relación con la tierra, de acompañarnos a la distancia. Y en la narrativa propia, evocar lo que sentimos estos días para situarnos desde la empatía; reflexionar (y recordar) la importancia que ha tenido el cuidado mutuo, el trabajo doméstico, el que hace funcionar los servicios básicos, y cuán necesario es construir y reforzar comunidades, cercanas y remotas.

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Fotografía cortesía de la autora
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