Tierra Adentro
Fotografía de Cynthia Cea

Lunes, 9 de marzo del 2020

Nuestra experiencia de mundo está cambiando y va a cambiar radicalmente en los próximos días.

Es la última semana de clases y hoy cancelaron clases presenciales por el resto del cuatrimestre y hasta dentro de tres semanas. Esta mañana le pregunté a los estudiantes si pensaban que la escuela tomaría tal descisión y nadie me respondió afirmativamente. Pero por la tarde, cuando llegué a mi clase de psicología, nos llegó el correo electrónico pidiéndonos dar clases en línea por el resto del periodo. En Santa Clara County se registró el primer caso de coronavirus de todo California, y ahí, en medio, está la universidad en la que trabajo. Sabíamos que era cuestión de tiempo y que el virus se comenzaría a propagar, pero nunca imaginamos lo que eso implicaría para la vida diaria.

Ahora tendremos que enseñar y tomar clases, trabajar e ir al doctor, por medio de plataformas de video. Para los que nacimos a finales de los años ochenta y en los noventa es quizás más fácil, pero para quienes que no crecieron en el mundo en línea usar los recursos disponibles representa un desafío muy cuesta arriba.

En los últimos cinco años muchas universidades han implementado cursos en línea. Tu profesor es un cuadrito que habla en un video a través de una pantalla y no un ser humano que se come una manzana en el descanso y bromea sobre la clase. Para los que enseñamos en las humanidades suele ser una idea inconcebible que nos da alergia, pues consideramos que es una forma de abaratar nuestra labor y desvirtuar el contacto necesario y el diálogo en la educación. Ahora es obligatoria la medida. Y a ver si internet nos aguanta a todos.

Los doctores, también en los últimos años, han querido mover la atención de pacientes a plataformas de video. Esta mañana, todavía, me negué a tener una cita con mi doctora por video e insistí en ir al consultorio y verla cara a cara, pese a que ella solo teclea en la computadora mientras me hace las preguntas de protocolo. Me parece, sin embargo, que en las próximas semanas esto ya no será posible. Hoy fue el último día de normalidad en el norte de California.

Escribo esto con tinta roja en mi cuaderno, para que quede señalado el cambio.

Fotografía de Cynthia Cea

Fotografía de Cynthia Cea

 

 

Martes, 10 de marzo del 2020

En California hay espacio. Lo siento cada vez que me subo al coche y voy por carreteras de seis carriles o llego al centro comercial con más espacio de estacionamiento que de tiendas. Todo se hace desde el coche y a una distancia prudente. Las medidas obligatorias para detener al coronavirus, como mantener una distancia de seis pies (casi dos metros) de otra persona, son algo que ya se practicaba desde hace mucho.

A diferencia del acostumbrado beso, besos, o abrazo en otros lados, acá ya he pasado meses sin contacto humano en la era previa al coronavirus. Aquí la gente siempre compra comida para llevar y suelen comer en su coche más que en su casa. Puedes ir al banco desde el coche, pedir tu café de Starbucks, comer una hamburguesa o una dona, lavar el coche sin bajarte o hacer que te cambien el aceite mientras tú te quedas sentado en el confort del asiento de conductor.

Hay un cierto poder que los californianos adquieren cuando manejan y sienten que son los amos del camino y la distancia, que todo el paisaje les pertenece. Incluso, puedes ir a un parque nacional y recorrerlo en tu coche, sin bajarte nunca a que el viento te mueva el cabello. Además de esto, hace años que los productos esenciales se piden por internet y llegan en paquetes enormes. En California las compras parecen siempre ser de pánico y excesivas en los enormes galerones de los supermercados que cada día festivo se inventan un nuevo descuento o cupones para atraer a la gente.

Las medidas actuales no son sino la generalización de la forma de vida californiana. Cada vez más, siento que vivo dentro de un cuadro impresionista: la gente es un puntito lejano que solo puedo apreciar si me alejo aún más. Vivir en este estado de excepción me hace pensar que acaso ya vivíamos en una excepción que ahora se ha normalizado.

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Fotografía de Cynthia Cea

 

 

Miércoles, 11 de marzo del 2020

Impartí la última clase del cuatrimestre en línea. Mis estudiantes eran cuadritos parlantes en una pantalla. Me pregunto cuántos estaban en pijama o con pantuflas. Yo intento hacer la faramalla y vestirme, pero hay algo en la pantalla que no me deja tomar las cosas tan en serio.

Las cosas parecen empeorar a nivel mundial. Nos vamos a convertir en elocuentes hologramas por meses, al parecer.

 

Viernes, 13 de marzo del 2020

No es fácil estar en casa. Me da claustrofobia y me canso de las cuatro paredes. Ya me aprendí las grietas de la pared y la rutina de los vecinos. Salgo a caminar y correr, pero no es suficiente. La normalidad se ha roto y dicen que esto va a ponerse peor. A diferencia de otros desastres naturales, esta pandemia no nos vuelca a ayudar a los demás ni a gestos colectivos de apoyo masivo, sino que nos obliga a recluirnos: el mayor gesto de solidaridad, dicen, es guardarnos en nuestras burbujas con nuestros propios virus y bacterias. Nos vemos obligados a regresar a lo más íntimo, lo más propio, que es el hogar. Pero ¿qué pasa con todos aquellos para quienes el hogar representa un lugar vulnerable, peligroso y del que sienten que deben huir diariamente? Pienso en quienes experimentan violencia doméstica, o inclusive en quienes no tienen casa, como tantos aquí en California. No es una decisión fácil quedarse en casa cuando lo que hay en casa no es seguro.

 

Sábado, 14 de marzo del 2020

Decido salir con C para aprovisionarme de lo necesario y hacer nuestras compras de la semana, pero no somos las únicas. Los lugares más abarrotados y llenos de gente son los supermercados. Apenas hay espacio para estacionarse y la hipocondría es reina. Todos somos hipocondriacos ahora. Gente con tapabocas que lanza miradas de odio si te acercas demasiado o si osas tocar su carrito con tus obscenas manos. Limpian la tienda con cloro y los carritos con toallitas desinfectantes.

Vivo en un pueblo costero al sur de Santa Cruz y pese a ser un lugar pequeño veo en los supermercados la histeria colectiva ante la escasez y el deseo de comprar en exceso, por si acaso. Pues por si acaso, yo también voy. Pero en el supermercado no hay ya alimentos enlatados, y me fue imposible encontrar arroz, pasta, papas, frijoles, papel de baño, agua, productos de limpieza para desinfectar y hasta pan. Ni hablar de los geles antibacteriales, que hace semanas que no hay. Se ven letreros en los estantes advirtiéndole a las personas que sólo pueden llevarse dos paquetes de papel a la vez, pero lo cierto es que hace más de una semana que no veo un solo paquete de papel de baño en los estantes.

Fotografía de Cynthia Cea

Fotografía de Cynthia Cea

 

 

Los anaqueles de las tiendas masivas como Costco están vacíos, pero también los de todas las tiendas locales. Es una cuestión mundial y no es diferente aquí en California. Anticipando las artimañas de los consumidores, las tiendas advierten que no aceptarán devoluciones de productos en alta demanda, cosas con las que la gente especula. Y es que todo parece ser un juego desmesurado en el que el que se lleve el último paquete, gana. C se llevó el último paquete de mango congelado y tenía una sonrisa de oreja a oreja cuando se me acercó y me dijo que se sentía como una campeona por haberse llevado el último. Me asombra el circo que se ha vuelto salir de compras estos días. Pareciera que en este juego el que gana es el que acumula más cosas. No es muy diferente a la lógica del capital.

Hablé con el encargado de una tienda en Los Ángeles y me contó que en el sur de California hay también un caos en su tienda. La gente se sube a las estanterías de metal para sacar cosas de arriba y en un supermercado cerca del suyo entraron a asaltar con pistola en mano. A las cinco y media de la mañana abren los supermercados y ya hay una fila enorme de personas esperando entrar.

Las ventas de su tienda se han duplicado en una semana y casi llegan al millón de dólares. Trump dice que las tiendas han vendido más que durante la época navideña y no lo dudo.

Ana, empleada de otra tienda, me contó que a los empleados los tienen limpiando todo el tiempo y se han viso en problemas por querer tomar alguno de los artículos de mayor demanda. Ella, por ejemplo, se llevó un paquete de papel de baño escondido dentro de una caja de plátano para ir a pagarlo y que la gente no viera lo que llevaba. Dice que no lleva cosas porque crea que se vaya a enfermar, sino porque después no va a haber nada. Ese discurso es precisamente el que genera más pánico.

El pánico llegó hasta las tiendas de armas. Circulan en línea fotografías de enormes filas para comprar armas. Un par de conocidos que viven cerca de tiendas de armas me lo han confirmado. Una nota de NPR dice que la venta de armas ha aumentado entre 400% y 500% en el país. En un país con una historia de tiroteos como este me aterra el prospecto de que más gente paranoica tenga armas en momentos de crisis.

 

Lunes, 16 de marzo del 2020

Países enteros están paralizados ya y por la mañana leo la noticia de que se va a inmovilizar gran parte del norte de California (San Francisco y sus alrededores) con una orden para todos los

residentes llamada “shelter in place” (quedarse en casa). A partir de mañana los aproximadamente siete millones de residentes de la zona de la Bahía de San Francisco debemos quedarnos en casa excepto si necesitamos algo esencial de la tienda o farmacia.

Todos deben trabajar desde casa, a excepción de quienes tienen una labor esencial como la policía, los bomberos, quienes trabajan en las tiendas, los que responden a las emergencias, el personal médico y cierto personal de limpieza. Se ordenó que cierren todos los bares, clubes, restaurantes y gimnasios hasta el final del mes y se cancelaron los eventos de todo tipo en la región.

Es lunes y hace una semana estoy trabajando desde casa. Hoy anunciaron, también, que lo que inicialmente iban a ser tres semanas de clases virtuales se extenderá indefinidamente y que las clases del próximo cuatrimestre se llevarán a cabo de forma virtual.

En realidad, era extraño ponerle un límite cierto a lo que no sabemos cuánto durará. Se espera que después de que las cosas escalen y empeoren, las cosas regresen a la normalidad. Pero aunque la vida regrese a la normalidad, las cosas no van a ser iguales, no daremos por sentado lo que antes nos parecía normal y aprenderemos a vivir una vida más frágil bajo amenazas constantes.

Estos días, solo el medio aséptico de la virtualidad parece ser sano y salvo. No tenemos que tocar nada más que las teclas y pantallas sucias con nuestro polvo y bacterias de hace meses, las mismas de siempre, las que no representan una amenaza. Pero no olvido que conocí primero el término “virus” y “viral” con relación al mundo digital.

Los virus digitales infectan el ciberespacio y que de manera cotidiana afectan a nuestras computadoras, destruyendo datos o merodeando en el funcionamiento del disco duro. Ahora regresamos al significado literal del término: las infecciones virales son tanto reales como virtuales.

Fotografía de Cynthia Cea

Fotografía de Cynthia Cea

 

 

Miércoles, 18 de marzo del 2020

Salgo a la calle a caminar, desafiando las ordenes oficiales. La mayoría de los negocios de los alrededores están cerrados y la comida se vende sólo para llevar. Pero hay tanta gente caminando en el parque, la playa, y las calles, que parece fin de semana. ¿Nos estaremos tomando la pandemia en serio?

 

Viernes, 20 de marzo del 2020

Ayer dieron la orden estatal de “shelter in place” para todo California. 40 millones de personas sin moverse.

Todas las mañanas sale el presidente Donald Trump desde la Casa Blanca con su grupo de trabajo contra el coronavirus, anunciando los nuevos datos y medidas de prevención y, sobre todo, las medidas económicas. Es la nueva mañanera de por acá. Río y lloro a la vez: Trump es la voz de credibilidad que nos da las noticias sobre el virus. ¿Cómo confiar una situación así de grave a un presidente que se ha caracterizado por mentir durante todo su mandato?

Me cuesta escuchar la forma optimista en que se expresa y recalca que los “americanos” saldrán adelante sin chistar una vez pase la crisis. Me cuesta escucharlo hablar de la inmigración (no pierde ocasión) como una “tormenta perfecta” mientras les da a los agentes de la patrulla fronteriza el derecho a usar violencia en contra de los inmigrantes en las fronteras (dice que se trata de ambas fronteras, que la canadiense y la mexicana se van a tratar igual, pero sabemos que eso no es cierto). Anuncia que cerrarán las fronteras excepto para lo esencial y aumenta mi claustrofobia.

Bajo el disfraz de una respuesta de “todo el gobierno unido”, la administración de Trump está rápidamente aprobando medidas y políticas que quería implementar hace tiempo y que ahora ratifica bajo la bandera de que es “para nuestra protección”. Esto incluye más control y derecho a la violencia en las fronteras y evitar la sindicalización de los trabajadores. Los trabajadores federales pueden detener el dinero en su nómina que se le dedica a los sindicatos para tener “más dinero en tiempos de crisis”.

Se usa el virus como justificación para tomar medidas que se querían efectuar desde antes, pero habían encontrado resistencia. Pero nadie resiste una medida “para su protección” de un agente invisible, el virus. El virus tiene mil caras dependiendo del cuerpo que lo acoge.

 

Domingo, 22 de marzo del 2020

La novedad en los últimos tres días es que me volví repartidora de comida para una aplicación. No voy a tener trabajo los próximos tres meses y bajo estas circunstancias de la recesión que se nos viene encima, nadie va a contratar a alguien con un doctorado en literatura latinoamericana. No soy útil. Tomé la decisión de volverme repartidora por varias razones: para pagar la renta; para poder salir del encierro de la casa y la cuarentena con una buena excusa; para (por una vez en la vida) tener un “trabajo” más concreto y normal que no me obligue a pensar demasiado; para gastar la demasiada energía que tengo estos días de manía sin medicina.

Me encanta ser repartidora, pero es necesario que consiga unos guantes para entregar la comida. Los he buscado sin éxito. Ya me vieron feo y la viejita a la que le llevé una pizza ayer me dijo que prefería que me alejara. En cuanto me alejé, desinfectó con una toallita la caja después de que yo la dejé en una silla frente a su puerta.

La gente pide cosas absurdas que acaso en días menos complicados iría a comprar a su restaurante favorito. Hoy me hicieron manejar casi quince millas por un té helado tailandés, por ejemplo. Y no falta quien pide hamburguesas de un lugar que está a dos cuadras de su casa. Me sorprende que casi nadie deja propinas. Estoy segura de que con esto no podré pagar la renta pero estos días me entretengo viendo el paisaje y el color del cielo mientras manejo en la carretera. Es mi escape del encierro y del mundo virtual.

Sigo escribiendo con tinta roja, porque la normalidad no va a volver pronto a las tierras californianas. Ni al mundo.

Fotografía de Cynthia Cea

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Fotografía cortesía de la autora
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