El Modernismo brasileño surgió a principios de la década de 1920 y tuvo como marco inaugural la Semana de Arte Moderno de 1922.1Distante en tiempo y estilo del Modernismo hispanoamericano (1875-1915) el Modernismo brasileño suele estar ubicado con las vanguardias. Y es que, en efecto, estuvo conectado directamente con los movimientos vanguardistas de Europa de aquel entonces, los cuales le ofrecieron las bases para su búsquedapor construir una idea de brasilidad. Esta idea se puede sintetizar a través del concepto de Antropofagiacreado por Oswald de Andrade.
Presentada por primera vez en el texto clave para la construcción del Modernismo cultural en Brasil, el Manifiesto Antropófago (1928), la Antropofagia oswaldiana está basada en la metáfora del canibalismo cultural, o la idea de que la cultura de otros países debería ser devorada y asimilada.La otredad es,por lo tanto, su fundamentomismo: […]“Solo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago”.2
En una búsqueda por comprender a la antropofagia, más allá de la canonización de su autor y del nacionalismo, João Cezar de Castro Rocha propone analizarla como “un ejercicio de pensamiento cada día más necesario en las circunstancias del mundo globalizado” (Rocha, 2011, p. 648).
Así como el concepto de Antropofagia requiere de un examen más detallado, como el que hicieron Roberto Fernández Retamar, Bluma Waddington Vilar, Eduardo Subirats, Luiz Costa Lima y el mismo João Cezar de Castro Rocha, el Modernismo brasileño también requiere reflexiones que lo desplacen, de un modo más amplio, de los lugares donde suelen ponerlo.
Si bien es frecuente subrayar las diferencias estilísticas entre el Modernismo brasileño y el hispanoamericano, hay cierta corriente crítica que, al considerar el Modernismo brasileño más allá de lo usual, busca pensar críticamente sus relaciones con la tradición anterior de la poesía brasileña. Me refiero, por ejemplo, a las investigaciones de Vera Lins y de Júlio Castañon. Al tiempo que se desarrollaba el Modernismo hispanoamericano, en Brasil se encontraban en boga los movimientos del Parnasianismo y del Simbolismo, de los cuales Olavo Bilac y João da Cruz e Sousa son mencionados repetidas veces como sus principales representantes. De acuerdo con Vera Lins, el ímpetu de los modernistas del 22, en su búsqueda por romper con la tradición, no les permitió distinguir a los “experimentales” del siglo XIX: “como Machado de Assis, los simbolistas como Cruz e Sousa y Sousândrade” (cuya obra después sería reconocida por la vanguardia posterior, el Concretismo).
Para la profesora e investigadora de la Fundación Casa de Rui Barbosa “es importante recordar a 1922, el grupo de Oswald y Mario de Andrade, Tarsila do Amaral y Anita Malfatti, pero no como monumento”. (Lins, 2021). La reflexión crítica acerca del Modernismo brasileño que se ha incrementado en tiempos recientes, nos lleva al razonamiento que les propongo en este ensayo: la idea de un Modernismo no-vanguardista.
Se trata de pensar un Modernismo brasileño desde una concepción crítica de modernidad, que cuestiona la idea de progreso como algo que necesariamente tiene que destruir lo que vino antes. De ese modo, se busca leer y pensar a las obras de autoras y autores que se quedaron al margen del canon modernista, que no encajan en las expectativas de sus contemporáneos y tampoco en las producciones posteriores o anteriores y que, sin embargo, lograron construir un camino propio. Son los casos, por ejemplo, de poetas como Manuel Bandeira, Ribeiro Couto y Cecília Meireles, cuyas poéticas dialogaron con el Modernismo de 1922, e incluso fueron parte de él, como lo fue Manuel Bandeira, pero que se mantuvieron al margen, en un lugar excéntrico respecto del de sus contemporáneos modernistas.
El poema “Canção excêntrica”, de Cecília Meireles, que integra el poemario Vaga música (1942) nos hace pensar en estos lugares excéntricos:
Ando buscando el espacio
para el dibujo de la vida.
En números me entrelazo
y pierdo siempre la medida.
Si pienso encontrar la salida,
en vez de abrir un compás,
me protejo en un abrazo
y creo una despedida.
Si vuelvo sobre mis pasos,
ya es distancia perdida. […]
[Original en portugués:]
Ando à procura de espaço
para o desenho da vida.
Em números me embaraço
e perco sempre a medida.
Se penso encontrar saída,
em vez de abrir um compasso,
protejo-me num abraço
e gero uma despedida.
Se volto sobre o meu passo,
é já distância perdida. […]
El Simbolismo representó un problema para la historiografía de la literatura brasileña; su escasa recepción se debe en parte a la coincidencia temporal con el parnasianismo y también al positivismo de la crítica de aquel entonces, que despreciaba, por ejemplo, a los lectores de Mallarmé. Manuel Bandeira, en su autobiografía Itinerario de Pasárgada, se refiere así al poeta francés: “Comprendí aún antes de conocer la lección de Mallarmé, que la poesía está en las palabras, se hace con palabras y no con ideas y sentimientos (Bandeira, 1984, p. 23).
Podemos añadir a ese problema, la limitada conexión de las y los poetas brasileños, de un modo general, con la producción poética y de crítica en Hispanoamérica a principios del siglo xx, lo que de cierto modo perdura hasta hoy. Sin embargo, tanto Cecília Meireles como Manuel Bandeira tuvieron en la tradición de la poesía iberoamericana una importante fuente para su obra. Con diferentes intensidades, tanto Ribeiro Couto como Cecília Meireles y Manuel Bandeira fueron amigos de Alfonso Reyes (véase Sampaio, 2022), cuyas aportaciones fueron fundamentales para incrementar el conocimiento de la producción hispanoamericana en Brasil; principalmente a raíz de los intercambios que tuvo con Manuel Bandeira, quien tradujo, entre otros poetas hispánicos, a Sor Juana Inés de la Cruz, y que es considerado uno de los primeros hispanistas brasileños.
Cecília Meireles también fue una ávida lectora de la tradición de la poesía hispanoamericana, que se refleja en las métricas de sus “canciones” y en su obra maestra: Romanceiro da Inconfidência (1953). Tuvo en México la inspiración fundamental para sus expectativas acerca de las transformaciones sociales, educativas y culturales en Latinoamérica y en Brasil, como nos muestra el artículo “O exemplo do México”, publicado el 15 de marzo de 1931 en su Página de educação del Diario de Notícias de Río de Janeiro. También escribió poemas dedicados a México. De los que tenemos noticia son: “Pastorzinho mexicano”, (Mar absoluto e outros poemas, 1945); “Corrida mexicana”, (Poemas de viagens, 1963) y “Mexican List and Tourists” (Vaga Música, 1942), que escribió en 1940 desde el restaurante El charro, en Austin, Estados Unidos:
[…] Por el fresco de las seis horas,
las mesas están floreadas.
Por los rincones, calabazas.
Por las mesas, manos dadas.
(Tacos y tortillas). […]
[Original en portugués:]
[…] Pela fresca das seis horas,
as mesas estão floridas.
Pelos canteiros, abóboras.
Pelas mesas, mãos unidas.
(Tacos y tortillas). […]
Otro lugar excéntrico está conformado por el Carnaval melancólico de Manuel Bandeira, poemario que, curiosamente, acabó haciendo que su autor se vinculara con el Modernismo brasileño. En el artículo: “Manuel Bandeira: aprendizagem modernista”, Júlio Castañon explica la relación de Bandeira con el Modernismo de 1922: “El modernismo en Bandeira no surgió por medio de actitudes ostentosas o de manifiestos”. Su Carnaval, de 1919, es una poesía melancólica, no se refiere a la fiesta, a la alegre efusividad, “es antes angustia, cuando mucho amarga irreverencia” (Guimarães, 1986, p. 64). Dentro de este poemario se encuentra el poema “Os sapos”, una crítica al Parnasianismo, el cual fue leído por Ronald de Carvalho durante la Semana de 1922, y que causó abucheos en el Teatro Municipal de São Paulo.
Así, la poesía de esto que estoy llamando “un Modernismo no-vanguardista” se alejó de los principios de las vanguardias europeas, tanto respecto a la dimensión utópica de transformar el mundo con el arte, como de su categoría central: el choque. En su lugar, vemos una disposición distinta en sus diálogos de la tradición de la poesía occidental. Ni Bandeira ni Ribeiro Couto acudieron a los eventos de la Semana de 22. Bandeira cuenta: “Jamás atacamos públicamente a los maestros parnasianos y simbolistas, nunca rechazamos el soneto ni los versos metrificados y rimados en general. Poco me debe el movimiento (Modernista) y lo que yo le debo a él es muchísimo”.
De esta forma es como los análisis que toman a los movimientos literarios como bloques que se van sucediendo temporalmente, como si no hubiera una simultaneidad o intereses distintos entre los que comparten un mismo tiempo, son cuestionados y, poco a poco, entran en el horizonte los lugares excéntricos a los cuales las y los escritores son llevados, por el gusto a la investigación del lenguaje y la desobediencia de los patrones y expectativas en boga.
Una ruta que eligieron poetas como Manuel Bandeira, Cecília Meireles, Ribeiro Couto y Alfonso Reyes, que, con sus poéticas conectadas a la tradición de la poesía hispanoamericana, al simbolismo y a las métricas de la poesía occidental, poco se encajan a las expectativas vanguardistas. Justo por la dificultad que siguen representando para la crítica, sus obras nos muestran la fuerza del lenguaje poético en su labor de forzar los limites de sus mismos horizontes.
Referencias
Bandeira, Manuel (1984). Itinerário de Pasárgada. São Paulo: Nova Fronteira.
Guimarães, Júlio Castañon (1986). “Manuel Bandeira: aprendizagem modernista”, en Travessia, UFSC, vol. 5, núm. 13, 1986, p. 64. Disponible en: https://periodicos.ufsc.br/index.php/travessia/article/view/17518 Recuperado el 22 de abril de 2022.
Lins, Vera (2021). “A semana de 22, quase cem anos depois”. Río de Janeiro: Fundação Casa de Rui Barbosa, 2021.
Rocha, João Cesar de Castro (coord.) (2011). Antropofagia hoje? Oswald de Andrade em cena. São Paulo: Realizações.
Sampaio, Claudia Dias (2022). “Reyes y el modernismo no-vanguardista de la poesía brasileña”. Interfolia, vol. 3, núm. 5, enero-junio. UANL, Capilla Alfonsina, Biblioteca Universitaria. Disponible en: http://capillaalfonsina.uanl.mx/wp-content/uploads/Bolet%C3%ADn-Interfolia-5.pdf Recuperado el 12 de enero de 2023.
Portada “Humanomáquina” de Diego Casas Fernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.
En los primeros años de los noventa lo más frecuente era que las computadoras se vendieran en piezas separadas. Así fue en mi familia, adquirimos nuestra computadora de uso doméstico por un amigo muy cercano de mi padre que conocía a los proveedores. Era un ingeniero que se encontraba sin empleo e inició un negocio que cumpliera con esa demanda, permaneció con éxito por al menos diez años y siguió vendiendo insumos, dando mantenimiento, desarrollando proyectos para empresas pequeñas, hasta que inesperadamente murió ahogado en el Pacífico durante unas vacaciones.
1
Esta experiencia personal —y algunas otras—, me han acudido al momento de leer y releer el libro Humanomáquina (Tierra Adentro, 2022), ganador del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2021, escrito por Diego Casas Fernández. He querido recuperar este recuerdo a propósito de cómo está estructurado el libro, una articulación de piezas independientes, similar a las computadoras que se definen con el término ensamble o ensamblaje. De tal manera, considero que cada ensayo puede leerse de forma autónoma pero al constituirse como libro mantienen la sincronía necesaria para lograr que las preguntas e inquietudes propias del lector surjan, como en un urdir de cables, hasta que los leds verdes se encienden y la máquina inicia su funcionamiento.
El libro está dividido en dos partes, Venir de afuera y Quedarse dentro. Cada una contiene cinco ensayos y, durante la presentación en la Feria Nacional del Libro, BUAP (2023), Diego Casas manifestó haber retomado la idea del ensayo Entre ellos (2017) del escritor Richard Ford. En efecto, la organización de Humanomáquina sigue el modelo que utilizó Ford, pues dispone del primer apartado para referirse a la figura del padre y el segundo para el de la madre, ambas partes cohesionan la identidad y memoria del narrador. Sin embargo, el libro de Diego Casas se aleja a menudo de lo memorístico parareferirse a temas muy concretos que, a su vez, entrelazan conceptos aparentemente incompatibles, pero que puestos a prueba en la escritura y experiencia del autor, revelan su estrechez y semejanzas. Por ejemplo, la relación de episodios y conceptos que pertenecen propiamente a la informática con algunos de orden social; o la máquina como lo artificial y el cuerpo como lo natural; o bien, lo que se oculta encriptado y lo que queda manifiesto. Así, la lista de estos binomios que se proponen es larga, hasta concluir con la idea de lo mortal y la posibilidad del no morir.
“No soy tan humano como parezco. Lo supe a los trece años, mientras buscaba a mi padre en internet”, anticipa el narrador desde la primera línea, presentando así el momento clave en que inició una búsqueda por su origen en un espacio donde podía acceder sin mucho esfuerzo y que suponía lo suficientemente amplio, un rito de paso recientemente inaugurado con la conectividad global. Expresa también que con esto surgieron cuestionamientos acerca de su identidad y permite entrever una justificación, hasta cierto punto desafiante, “No soy tan humano”. El evento está enmarcado en sus recuerdos junto con la primera vez que llenó un captcha y tuvo que detenerse —indeciso— ante la pregunta “Are you a robot?”(“¿Eres un robot?”) un planteamiento probable de su genealogía: la fantasía de haber nacido de una mujer hecha de carne y hueso y un hombre ausente, virtual, “un avatar hecho de discurso”.
En la primera parte del libro, “Venir de afuera”, los ensayos refieren a esa búsqueda narrando, por ejemplo, los primeros acercamientos a su sexualidad, cuando descubrió que su cuerpo era capaz de transformarse frente a la cámara web en cada una de las distintas salas de chat que visitaba, utilizando diferentes nombres. Alude así al reconocimiento de que su identidad también le parecía algo versátil. “Una criatura en un mundo post genérico”, como explica Donna Haraway1, el ciborg es un “organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una realidad social y también de ficción”. En palabras de Diego Casas, es “la belleza de lo distinto, la rareza de lo improbable” —nos dice evocando la biografía de Alan Turing—.
En ese orden, algunas de las primeras máquinas que destacan en la historia de la humanidad, como la palanca, la polea y la cuña, fueron diseñadas para la realización de determinadas tareas, es decir, con un fin utilitario. No fue hasta la imprenta, cuando se hizo masiva la producción de libros y la propagación del conocimiento, que surgió también una nueva forma de comercio. Por lo tanto, reconocerse como un híbrido proveniente de este principio es asumir que parte de nuestras capacidades están dirigidas en beneficio de la economía de mercado. Es así como, en “El pensamiento programado” y “Más hombres que humanos”, Diego Casas repiensa determinadas prácticas de trabajo que —a menudo sin saberlo— realizamos al navegar por internet. Así como estructuras patriarcales que hemos replicado en ese espacio y que han resultado en fenómenos como el movimiento incel2.
2
En la segunda parte del libro, el narrador ha quedado adentro, tal como sugiere el título. Las anécdotas y asuntos que le preocupan se acercan más al presente, llegando incluso a narrar la experiencia del personaje durante el confinamiento que produjo la pandemia provocada por covid. A la manera de un útero, su participación dentro de la virtualidad lo contiene y le permite continuar con vida siempre que se mantenga conectado. Es en esta parte cuando el narrador —retomando la estructura de Richard Ford— pone énfasis en las experiencias que lo asemejan o diferencian de su madre. Por ejemplo, las rutinas matutinas, la caligrafía manuscrita y el oficio, en contraste con su escritura digital, sedentarismo y nuevos puestos que ha tenido que asumir debido a las nuevas demandas laborales. Pero también destaca como semejanza, la vulnerabilidad del cuerpo ante la enfermedad. De tal forma, las experiencias que relata en esta segunda parte, acentúan el otro lado del origen, el materno, ese que lo ha nutrido y mantenido cerca.
Me gustaría resaltar uno de los ensayos que considero de los más notables del libro y que se integra en esta segunda parte. Me refiero a “Lorem Ipsum”, donde el narrador condensa las ideas que ha ido anticipando, muestra cómo es que aspectos humanos y mecánicos se coordinan para poner en marcha una práctica común iniciada por algún impresor en el siglo XVI. Lorem Ipsum es un texto ficticio que se utiliza aún en la industria de la edición, compuesto por una serie de palabras en latín que no tienen un significado real, pero que se han combinado de tal manera que crean la apariencia de un texto coherente y legible. Aunque su origen es incierto, Diego Casas señala la hipótesis de que haya surgido a partir de combinar fragmentos pertenecientes a un texto de Cicerón (Sobre los límites de lo bueno y malo), y narra la escena de cuando Fluvia arranca la lengua de la cabeza del filósofo, después de haber mandado su desmembramiento.
Además, este ensayo me ha llevado a pensar en el origen que tuvieron estos “textos espécimen” con las actividades gráficas que los niños a menudo realizan, simulando que escriben “como los adultos”. Líneas en zig zag, curvas y trazos circulares que van guardando espacios en blanco, imitando la forma de la letra, sobre todo la cursiva, y cada vez más cerca de parecerse a nuestro código alfabético. Así es como ambos fenómenos derivan en la producción de textos que, sin tener un significado legible, su interpretación está en aquello que el motivo que comparten, es decir, imitar la escritura. Sin embargo, aún habrá que considerar esos ejercicios infantiles en un contexto de escritura ya no manuscrita, sino principalmente digital.
3
No es de mi interés pronunciar una postura acerca de la pertinencia del ensayo literario, ni en los pecados o aciertos que cometemos al escribirlos. Sin embargo, debido a la categoría de la convocatoria por la que esta obra fue premiada, quiero hacer mención de los motivos por los que me gusta leer esos textos a los que llamamos así, sin detenerme a insistir en la rigidez de los géneros. Me gusta leerlos agitando las palabras que contienen, escuchar el ruido que producen como si fueran si fueran sonajas aludiendo; a veces, hago esto con una intención curiosa, lúdica; otras aludiendo a su carácter mágico —evoco el uso que se le da a la sonaja como ese instrumento primitivo en los rituales para “ahuyentar a los malos espíritus”—. O pensando en aquella obra de Duchamp sobre la que escribe Marina Azahua para explicar lo peculiar que tiene el ensayo: “un ruido secreto”. Así disfruto la lectura de este género, a la luz que da la escritora con sus reflexiones.
Entonces ¿Cuál es el ruido secreto que resuena en el interior de Humanomáquina? Si es verdad que “todo ensayo aloja un ruido, el verdadero tema sobre el que se ensaya”3, entonces ¿cuál es la naturaleza de éste? Lo oculto, eso que no puedo ver ni tocar pero se mueve, o lo que ha caído, y continúa haciendo eco. El libro de Diego Casas no se limita a informar o relatar sus experiencias, pues la manera en que relaciona sus pensamientos y anécdotas resulta casi siempre inesperada. De manera personal, intuyo que ese ruido se aloja en un argumento que el autor presenta desde su primera publicación, Punto ciego (2016). Se trata de la identidad que revela lo que escondemos, ya sea con esmero o sin la intención de hacerlo, la coraza que construimos con nuestras propias secreciones para protegernos —como un caracol— una prisión sólida hecha de nuestra esencia, que nos devora y nos termina definiendo constantemente.
Por último, quiero mencionar la ilustración de portada en esta edición, hecha por Mariana González Ortiz. En ella podemos ver una figura humana, rostro, brazos y manos en posición de estar escribiendo con un teclado. Al frente del cuerpo están los ojos y cubriendo todo el cuerpo una serie de máscaras que plagian el contorno del semblante. Como una identidad que ha quedado difusa por la posibilidad de transformarse, utilizando el lenguaje, ante un monitor.
Tentare. Probar con el tacto. Palpar. Experimentar.
Aliviar el dolor, volver táctil la ligereza que está contenida en el dolor.
El dolor es, primero que nada, exceso.
Exceso de cuerpo, de mundo, de decir.
Exceso, en su motivación original, implica abandono.
Del francés abandonner, dejar en poder de.
Seré más preciso. El dolor es ceder, suspendernos ante el mundo, ante el cuerpo, ante el decir.
El dolor también es, muchas veces, inflamación.
Inflammatio, en el esplendor de la lengua latina, aquella que sabía exactamente dónde empezaba y terminaba el logos griego, significa incendio adentro.
Que un órgano se inflame asumiría que desconoció sus bordes.
El abandono de la forma es la pulsión que inaugura al fuego.
El fuego no tiene caducidad, solo admite intermitencias entre una ceniza y otra.
El cuerpo sí es caduco.
El cuerpo solo tiene derecho a emular una sola vez la ceniza.
Aliviar el dolor es intentar alejarse de todo fuego.
Es decir, retrasar la caducidad de la carne lo más posible.
Y así, aceptar que el dolor es, sin más, un recordatorio de la vigencia del cuerpo.
Dolor emana del eco latino dolare, labrar.
Se labra el cuerpo en el dolor.
Me refiero a que se somete al organismo a una resignificación de sus límites.
El cuerpo está ahí, moviéndose con la gesticulación insistente de los días. No siendo más de lo que ya era, hasta que algo modifica la carne.
Se le exige al órgano una manera que no es la suya.
El dolor es cambio.
Cambio, esa palabra tan brusca que asociamos con una fisura sin retorno, es en su inicio celta, una aproximación a la curva (Kambo).
Kambo, o mejor escrito, kamb-, doblar.
Aliviar el dolor, es decir, resistirse al doblez.
Doplus, dos veces la misma cantidad.
El dolor sería, evidentemente, alojar en una sola persona, dos veces un cuerpo.
Me explico mejor, asumirse en dolor sería algo así como no caber dentro de uno.
Ir hacia afuera. Pasarse de la raya. De nuevo, el exceso.
O mejor dicho, la pérdida de equilibro.
Perder o perdere, dejar. Equilibrio o aequus (igual), libra (balanza).
Dejar la igualdad.
El dolor, un cuerpo entregado a la asimetría.
Aliviar el dolor, es decir, devolverle a la carne su simetría.
Regresar a la igualdad.
El alivio es, entonces, un problema geométrico.
La geometría más que preocuparse por las propiedades de la forma, testifica la naturaleza de los cambios.
Un analgésico es una afrenta contra el cambio.
La analgesia es la suspensión del dolor.
Pendere, estar colgado.
Aquí, el cuerpo como un péndulo.
Su oscilación entre el equilibrio y el exceso.
Aliviar el dolor, o en otra sintaxis, aspirar a la pausa.
Desde Homero, pauein, cesar, apaciguar.
O mucho antes, desde el indoeuropeo paus-, dejar.
Un analgésico implica infringir una distancia.
Distancia con el propio cuerpo.
Distantia, armado del prefijo dis-, divergencia.
La raíz sta- donada del verbo stare, estar detenido.
Detener el dolor.
La mayor distancia a la que puede aspirar un cuerpo de sí mismo es el sueño.
Preciso esto último, el analgésico superlativo al que puede acceder el cuerpo es el sueño.
Sosegar, o más bien, sedare, calmar.
Llega Sor Juana a decir, y claro que yo le creo:
el cuerpo siendo, en sosegada calma,
un cadáver con alma,
muerto a la vida y a la muerte vivo.
Decir que la muerte alivia todos los dolores es una mentira.
Cuando alguien muere, dicen Ya va a descansar.
Campsare, doblar.
Algo así como que morir es desdoblarse.
Regresar a la unidad.
Regresar tanto que ya no se advierte forma alguna.
Algo sin forma no puede concretar la simetría.
Lo que estoy tratando de mostrar, y al contrario de lo que la oralidad se permite, es que la muerte no es analgésica porque en ella ya no existe la oportunidad de la forma.
Solo el cuerpo en gerundio exige las maneras del volumen, de sentir y, en consecuencia, padecer.
Lo que quiero decir es que en la muerte no hay una tentativa sobre el cuerpo.
Tentare. Experimentar.
Si la experiencia corporal queda anulada, el analgésico no tiene dónde ser.
Es redundante, pero para que algo duela, se necesita cuerpo.
La muerte no es una consecuencia del cuerpo, es su negación.
Para reconocerse cuerpo se necesita dolor.
Lo que quiero decir es que el cuerpo reafirma sus maneras cuando el órgano discute sus límites.
La analgesia implica así una contención del cuerpo.
Una tentativa de retrasar su motricidad, más nunca anularla.
El cuerpo exige la continencia.
Una regulación de sus ambiciones hacia afuera.
Posponer la desaparición.
Aliviar, levis, sublevar.
Aliviar el dolor, es decir, sublevarse contra la desaparición del cuerpo.
El 8 de abril de 2013 murió Margaret Thatcher, la noticia fue recibida de diversas maneras. Por una parte, fueron recordados los méritos de su gobierno, sobre todo por quienes se beneficiaron de sus políticas —la privatización de paraestatales, el liberalismo a ultranza, la guerra de las Malvinas—. Por otra parte, a quienes el thatcherismo afectó celebraron esa muerte. Una celebración que encontró en El mago de Oz (1939), la película de Victor Fleming y protagonizada por Judy Garland, un paralelismo y de donde se tomó una de las frases para la celebración: The witch is dead! (¡la bruja ha muerto!).
Se trata de uno de los números musicales de la película en el cual Dorothy (interpretada por Garland) acaba de llegar a Munchkinland —caer, mejor dicho— y al hacerlo mató a la Bruja Mala del Este, con lo cual los munchkins se vieron libres del régimen tiránico de esta última; por lo que comienzan a cantar junto a Dorothy y a Glinda, la bruja buena del norte, (interpretada por Billie Burke) la canción: Ding Dong the witch is dead!
El paralelismo resulta obvio y fue una de las razones por las que comenzaron a verse pancartas con esa leyenda; la canción alcanzó el segundo lugar en ventas en el Reino Unido en esa primavera. A pesar de haber transcurrido más de 22 años desde que Thatcher renunció, la gente seguía enojada con ella y lo declaraba muy a las claras.
21 de noviembre de 1990
Margaret Thatcher acaba de salir vencedora de las elecciones de liderazgo del partido conservador, pero debido a los estatutgs de su partido —gracias a los cuales en 1975 pudo quitarle ese puesto a Edward Heath; el líder para conservar su puesto tenía que obtener más de un 15% de ventaja sobre su competidor más cercano— la Dama de hierro tenía que volver a enfrentar una nueva elección para seguir dirigiendo a los conservadores.
El liderazgo de Thatcher se ha puesto en duda porque, por una parte ella había impulsado el Poll Tax —un impuesto único e igual para todas las personas que resultó muy impopular y desde su implementación en Inglaterra y el País de Gales en marzo de 1990 y en Escocia desde 1989; lo cual causó una serie de protestas que dejaron a lo largo del país numerosos heridos—.
Las protestas nunca la han detenido a lo largo de sus once años y medio en el poder. Como política no pocas veces se ha enorgullecido de no llegar a compromisos, menos aún de ceder en sus posturas. Desde su llegada al poder en 1979 lo demostró —“No soy una política de consenso, soy una política de convicciones”, como lo dijo ese mismo año, postura que mantuvo a lo largo no sólo de su mandato sino de su vida—, con una fuerte postura contra las huelgas y las organizaciones sindicales, opuesta a los compromisos que el gobierno laborista realizó para acabar con el invierno del descontento —una serie de huelgas de muy diversos sectores que se dieron entre 1978 y 1979 en medio de una gran inflación—. Así empezó una gestión en el que el individuo en oposición a la comunidad —recuérdese la frase que tan ampliamente ha sido citada y que resume su pensamiento al respecto: “Y no existe eso que llamamos sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias”—.
Así que cuando Michael Heseltine (1933) presentó su candidatura para liderar su partido, Maggie aún estando en París, no se preocupó. Estaba lista para enfrentar eso y más, lo había hecho en once años al frente del Reino Unido, lo había hecho por quince años en la dirigencia de los laboralistas. Pero estaba la cláusula del 15% de ventaja que iba a hacer que las elecciones internas tuvieran que volverse a efectuar.
El cuestionamiento de su liderazgo no venía sólo de Heseltine en su partido, este se planteó enfrentarla cuando su viceprimer ministro, Geoffrey Howe —el hombre que más tiempo estuvo en el gabinete de Thatcher y que era visto como uno de sus incondicionales— renunció a su puesto el 1 de noviembre y en la Cámara pronunció un discurso —“El tiempo ha llegado para que otros consideren su propia reacción al trágico conflicto de lealtades con él cuál he luchado por quizá demasiado tiempo”—.
Esa rebeldía no le hubiera afectado a la primera ministra de no ser por el estatuto. Tienen que volverse a realizar elecciones y esta vez es posible que Heseltine salga vencedor. Poco común en ella, Maggie ha decidido conversar con los miembros de su gabinete, uno por uno le dan su opinión sobre qué debería hacer ella, la primera mujer en alcanzar el puesto que ostenta. Uno por uno le han dicho lo mismo: debe de renunciar para que su sucesor sea alguien cercano a ella y no Heseltine.
La sombra del thatcherismo se sigue percibiendo aún hoy. Las políticas que se impulsaron dentro del Reino Unido durante su gestión pronto fueron replicadas en muchas partes del mundo y con ellas la ideología que pondera al individuo sobre la sociedad.
La crisis política que ha enfrentado el Reino Unido desde el Brexit tiene su raíz en el thatcherismo, en la obtusa oposición de Margaret Thatcher a la participación de su país en el proyecto de la Unión Europea —proyecto que consideraba utópico y en su visión ese adjetivo no era nada halagüeño—.
En 2005, en la celebración de sus 80 años, Geoffrey Howe, el otrora causante de su caída, resumió mejor que nadie lo que fue para el Reino Unido la gestión de Margaret Thatcher:
El enfrentamiento entre Margaret y yo, el cual terminó con nuestra relación, será recordado mucho menos que la brillantez de sus logros. Su verdadero triunfo no es solo haber transformado un partido sino dos, así que cuando los laboristas eventualmente regresaron el grueso del thatcherismo era aceptado como irreversible.
Y a Howe no le faltaba razón, en ese momento las políticas de Tony Blair en materia económica no se diferenciaban en demasía de las que Thatcher había impulsado en su momento.
28 de noviembre de 1990
Margaret Thatcher viste un traje sastre color vino, se ha puesto un collar de perlas. Sus pertenencias ya no están en esa casa, el número 10 de Downing Street, la residencia y el despacho de los primeros ministros del Reino Unido. Contuvo las lágrimas que amenazaban con salir cuando guardó en cajas lo que se iba a llevar. Sabía que tarde o temprano tenía que dejar esa residencia, pero no le es fácil.
Denis, su esposo, la espera en la puerta. Él le abre y las cámaras comienzan a flashear. Maggie sonríe como el instructor de imagen le enseñó a hacer —a él también le debe el borrado de su acento de Lincolnshire—.
Se acerca a un podio acondicionado con micrófonos para que su modulada voz pueda ser escuchada por la multitud —y los periodistas, sobre todo los periodistas— aglomerada ahí.
—Damas y caballeros, dejamos Downing Street por última vez después de maravillosos once años y medio. Y estamos muy felices de haber dejado al Reino Unido en un mucho mejor estado del que estaba cuando llegamos al poder hace once años y medio. Ha sido un tremendo privilegio servir a este país como primera ministra. También quiero agradecer a toda la gente que ha enviado sus cartas y flores, que siguen llegando. Ahora es tiempo de un nuevo capítulo y le deseo a John Major toda la suerte en el mundo, servirá espléndidamente y hará un gran trabajo como primer ministro, como estoy segura. Muchas gracias y adiós.
Denis camina detrás de ella, con una sutil sonrisa. Ambos se dirigen hacia el carro en el que dejan Downing Street. La multitud le aplaude a Maggie.
Ella, desde el asiento trasero, ve por última vez la puerta negra del número 10 y se permite una muestra de emocionalidad: llora. Ya no es necesario mostrarse como la mujer dura que ha sido desde que entró en política más de tres décadas antes, la que le ganó el apodo de Dama de hierro antes de alcanzar el liderazgo del Reino Unido. Ha perdido y se merece mostrar esas lágrimas a las cámaras.
Un reportero preguntó a una anciana en Escocia durante los funerales de Thatcher su opinión sobre la difunta y ella respondió, con su fuerte acento, que le enterraran una estaca en el corazón y le pusieran un collar de ajos para asegurarse de que no volviera. Quizá la exprimera ministra lo hubiera tomado con gracia ya que doce años antes, en 2001, cuando los laboristas hicieron una campaña advirtiendo del posible retorno al poder de Thatcher ella respondió: el regreso de la momia.
La animadversión que sigue despertando su figura no es ninguna broma —aunque sigue siendo motivo de escarnio, por ejemplo, se dice que su tumba es el primer baño público para todos los géneros en el Reino Unido—. Y es que su legado no solo fue económico, donde benefició a la clase empresarial pero empobreció a millones, sino en otros ámbitos, como la exacerbación del conflicto irlandés —es considerada responsable de la muerte de Bobby Sands en la prisión de Maze por no prestar oídos a las huelgas de hambre de los prisioneros de 1981; el 12 de octubre de 1984 Thatcher apenas logró salir con vida del intento de asesinato perpetrado por el IRA—, la guerra de las Malvinas —que le garantizó la reelección— o la persecución de las personas de la diversidad sexo-genérica.
Es innegable que la primera mujer en ser elegida para despachar en el 10 de Downing Street cambió la historia de su país —no tuvo políticas en favor de los derechos de las mujeres, ni dio ninguna de sus carteras a otra mujer a lo largo de los once años y medio en que fue primera ministra—. Tanto lo cambió que las celebraciones por su muerte no se hicieron esperar.
Eran los primeros años del siglo XXI. Las torres gemelas habían caído, la administración Bush atacaba Irak y Vicente Fox todavía no se dedicaba al cultivo de cannabis. Yo cursaba el cuarto grado de primaria y me entusiasmaba mi clase de historia. Usaba el libro verde con la imagen de Miguel Hidalgo pintada por Orozco.
Los contenidos de la SEP iniciaban con las grandes migraciones a América, la hipótesis del cruce por el Estrecho de Bering e imágenes de mamuts que habían sido amos y señores del continente. Después venían las tres zonas en la que se dividía América del Norte: Mesoamérica, Oasisamérica y Aridoamérica. Hasta aquí vamos bien. De ahí en adelante el libro cubría ampliamente las culturas de Mesoamérica, e incluso nos hicieron leer un texto que hablaba del origen del ser humano a partir del maíz. Ahora sí, aquí comienzan los problemas.
La SEP consideraba que México era esa serie de símbolos con un origen más o menos similar: el maíz, la chinampa, el jade, las pirámides, los penachos, los xoloitzcuintles y el color verde de una vegetación omnipresente. Mis compañeros de escuela y yo entramos en una confusión fundamental. A nuestro alrededor todo era un mundo muerto: arena, planicies, sequía, calor, estiércol y campos de cultivo que no flotaban sobre ningún lago, sino que más bien sobrevivían en medio de un desierto.
Todos los mexicanos de cuarto grado estábamos obligados a conocer nuestro origen ancestral, pero la historia de los pueblos prehispánicos de las entidades alejadas del centro eran cosa de historia regional. Un libro aparte, una historia distinta, una vida y una forma de ser completamente al margen de la civilización auténtica, la que era digna de museo y de mural posrevolucionario.
La importancia del maíz era un tema importante. La maestra incluso nos mencionó que un astronauta mexicano había llevado tortillas al espacio. Asumimos que fueron de maíz. ¿Cómo iban a ser de otra cosa? La verdad era que nuestro mundo estaba lleno de tortillas de harina1: eran las de los tacos de papa con chorizo del lonche, o las del taco de huevo con wini2,eran las más populares en la carne asada e incluso hasta nos las comíamos solas con un poco de mantequilla o sal. Pueden ser convertidas en buñuelos, en quesadillas, en burritos, en chimichangas, sincronizadas y otros platillos de diferentes regiones como las lorenzas estilo Sonora o el burrito de langosta de Puerto Nuevo.
Ese mundo, tan rico y de digestión complicada, es completamente ignorado por un porcentaje importante de la población. Tal es el grado de desconocimiento que una muy buena amiga juraba que las tortillas de harina no eran lo suyo. Ella, nacida en Ciudad de México, se enfrentaba con un sesgo que ha hecho mucho daño a la cultura de la tortilla de harina: pensar que las Tortillinas son auténticas tortillas de harina. Con ese malentendido, hasta yo me encerraría en la jaula del maíz para siempre. Así, en uno de mis viajes a Baja California compré un paquete de tortillas de harina que tienen como rasgo particular el venir empaquetadas en una bolsa de plástico muy amplia que permite hacerles un nudo para su resguardo en el refrigerador. Se las llevé a CDMX. En cuanto las probó, su noción de la harina de trigo cambió para siempre. Las combinamos con un poco de queso y tiras de Rib eyechoice. Un nuevo gusto había nacido.
La transformación de mi amiga me hizo recordar que durante los primeros meses de pandemia circuló un meme que dejaba la distinción de autenticidad mucho más clara y de forma dramática. La imagen mostraba una estantería en un mercado de Nuevo León. El lado izquierdo y el derecho estaban completamente vacíos debido a las compras de quienes pensaron que la cuarentena sería cuestión de encerrarse tres semanas. Al centro todavía quedaban los paquetes de Tortillinas en sus diferentes presentaciones. El texto que acompañaba a la imagen era lapidario: “Ni en compras de pánico un norteño compra Tortillinas”.
No es obvio poder hacer esa distinción de calidad. Pues tanto la tortilla de maíz como la de harina no están distribuidas geográficamente de forma equilibrada. El siguiente mapa, elaborado por Adrián Acevedo (@ElenoAM), deja en claro estas diferencias profundas:
Inmediatamente, ubicamos a Sonora como el estado donde la tortilla de harina es más que una simple preferencia, es un credo. Es el estado de las famosas tortillas sobaqueras (o de agua) y de las tortillas gorditas, que incluyen manteca de cerdo, vegetal y leche. Después le siguen el resto de los estados norteños. Ahora, los estados del centro y del sur dejan ver que, sin duda, el maíz es su tradición y eso nadie lo niega. Mi duda existencial es sobre la importancia que se le da por encima del resto de las posibilidades culinarias que existen.
Las tías de una amiga nacida en Morelos decían que la tortilla de harina no era más que una mezcla de polvo y agua. La cosa más simplona del mundo. Demasiado sencilla, pedestre, vulgar, el sello de la barbarie, propia de aquella tierra donde termina el guiso. Pero es esa sencillez en la que descansan sus virtudes. La tortilla de harina es elástica si se prepara bien. Un grosor ideal le permite transportar carne, chicharrón prensado o chorizo sin que un viaje largo logre quebrantar su masa. Resisten tiempos de almacenamiento prolongados y aguantan muy bien cuando son congeladas. No hablemos de su aroma. Mi madre contaba la historia de una vecina que le preparaba el lonche a su marido que trabajaba en el campo. Describía que la señora echaba al comal la tortilla y esperaba el momento perfecto en el que la harina se inflaba. Con mano certera, la mujer hacía un corte transversal en la tortilla y la untaba de mantequilla por dentro. El olor, jura mi madre, invadía toda la cuadra y despertaba las envidias.
En este momento quisiera recordar al astronauta que me mencionó mi profesora de cuarto grado. El ingeniero Rodolfo Neri Vela fue el primer mexicano que viajó al espacio y al hacerlo solicitó incluir en el menú de la NASA a las tortillas. Hay diversos testimonios que dicen que las primeras fueron de maíz. Sin embargo, hay un punto a favor de la tortilla de harina por su capacidad de conservación y la NASA hoy en día las utiliza. Una búsqueda rápida en YouTube nos llevará a dar con un video titulado: “Tortillas espaciales” y ahí se presenta la historia de Jesús Olguín, propietario de una tortillería de tortillas de harina llamada Don Chava, en Houston. Una cliente llegó un día como cualquier otro y le mencionó que llevaría sus tortillas al espacio. Esas tortillas, dice el señor Olguín, son de receta sonorense. Tal vez sea la manteca, la calidad del trigo, el modo de preparación o un espíritu que no logramos comprender, pero esa tortilla cautivó los paladares de tripulaciones con culturas y nacionalidades distintas.
El maíz estaba destinado a conquistar Mesoamérica. Pero tal vez el campo de acción de las tortillas de harina sea atravesar las estrellas, acompañar a la humanidad en sus nuevas aventuras en búsqueda de otros mundos. Mundos donde no las desprecien. Mundos donde todos los niños lean un libro de texto y aprendan del viaje espacial y los burritos que nos salvaron del hambre.