Tierra Adentro
Ilustración realizada por ChangosPerros
Ilustración realizada por ChangosPerros

I

El padre de tu padre se lo contó una noche al volver de la milpa, cuando no había luz eléctrica y ese calor sofocante del que siempre se ha quejado se colaba por las ventanas. Calor que la península de Yucatán conoce muy bien y empieza a avisar desde febrero que en mayo se pondrá peor. A ti te lo contó tu padre medio siglo después, cuando regresabas de la tienda de la esquina con un hielo en bolsita que se derretía durante el trayecto. En ese momento creías, y aún lo sigues creyendo de algún modo, que el hielo en bolsita es el único remedio lógico y plausible para mitigar el sol y destruir la primavera.

Te lo contó, quizá solo para distraerte de tus insistentes reclamos de ir a la piscina pública, y le creíste. Te dijo que, si querías ir a una piscina, sería mejor que tú mismo la construyeras, con tu dinero. ¿Y cómo? Le dijiste. Espérate al 3 de mayo. Ese día y solo ese puedes encontrarte dinero enterrado. ¿Y cómo? Le dijiste de nuevo. Si estás atento a tu camino en el monte o en el fondo del solar, es posible que puedas ver una candela. ¿Candela? Preguntaste. Sí, candela, fuego, lumbre. Debajo de esa candela encontrarás dinero. ¿Dinero? Preguntaste. Sí. Dinero de un terrateniente, latifundista o hacendado que lo guardó y se le olvidó dónde lo puso o se murió antes de poder gastarlo. Hay mucho dinero bajo la tierra, solo hay que encontrarlo. Así te lo contó tu padre. Decía que lo ponían en botijas para prevenir el futuro, para la fiesta o solo por el simple gusto de saber que uno tiene una pequeña fortuna en algún lugar de su tierra, sin que nadie lo sepa, ni los usureros ni los familiares indeseables ansiosos por una sustancial herencia. De ese dinero hablo.

 

II

La práctica de almacenaje de dinero en botijas era común en el Yucatán de siglos pasados. Las botijas eran recipientes de barro de distintos tamaños fabricadas para guardar valores en el terreno de una casa o solar. Herencia precolonial o colonial, y popularizada en las guerras sociales, por ejemplo, la Guerra de Castas. Aún hoy quedan reminiscencias de ese guardar lo valioso en ciertos lugares de la casa, como los pretiles o en algún recoveco del techo, justo arriba de las hamacas que se extienden a lo largo de la casa común y que, cuando eras niño, veías como una pista de obstáculos para atravesar hacia cualquier lugar.

Encontrar dinero en la calle es signo de buena fortuna, así te decían para mantenerte atento a la carretera, aunque estos fueran 10 centavos. Desde pequeño te acostumbraste a mirar hacia la calle buscando monedas que algún despistado fuera a dejar accidentalmente en su tránsito a su destino. Por eso cuando tu padre te contó acerca de la posibilidad de encontrar una fortuna enterrada en tu terreno, iniciaste tu tradición de buscar candela en la tierra, un fuego perpetuo que solo tú podrías ver.

Te quedaste toda la tarde de ese 3 de mayo imaginando el tamaño que tendría esa piscina que ahoga el calor y que se limpia sola con los aparatos electrónicos que anunciaban en la televisión. En eso estabas cuando tu padre te dijo que si llegaras a ver esa candela no debes contárselo a nadie. Solo tienes que cavar, cavar y cavar hasta encontrarlo, porque si lo cuentas entonces desaparece. Pero no escuchaste esa última parte del relato, hecho quizá solo comparable con los estudios de mecánica cuántica, algo que Heisenberg describió como el Principio de incertidumbre en 1927. Materia en la que te interesaste muchos años después, aunque no le entiendas nada. No lo escuchaste porque tú ya traías la piscina metida en la cabeza.

 

III

Para los mayas el Xook K’iin es una manera de convivir con la naturaleza. De leerla. Literalmente, significa “contar días”. Es una forma de observar el entorno, los árboles, el comportamiento de los animales, las características de la tierra o el viento, para leer el clima del año. Este ejercicio se realiza durante el mes de enero y, a pesar de ser una práctica muy antigua, aún tiene constancia en los campesinos de las comunidades de la península de Yucatán. Los campesinos lo usan para saber cuándo deben sembrar y así garantizar una cosecha productiva, dado que gran parte de ellos usa el sistema de milpa tradicional que depende de los ciclos de la lluvia y no de los sistemas de irrigación. Determinar de la forma más precisa posible el inicio de la temporada de lluvias es fundamental para lograr una buena cosecha. Es por ello, que el conocimiento de la cuenta de los días es una herramienta de supervivencia. El 3 de mayo es la fecha en la que esta temporada históricamente ha iniciado y generalmente coincide con el Xook k’iin.

Las lluvias siempre se atrasan, dice tu padre. Hace mucho calor, le dices. Ya debe llover, te contesta. Pongamos una piscina, le respondes. No recuerdas la última vez que viste llover un 3 de mayo. En realidad, temías que eso sucediera. ¿Cómo encontrarías el dinero enterrado el día de la primera lluvia de la temporada?

Es 3 de mayo y tu padre desea que llueva; tú, encontrar candela sobre la tierra. Tu padre desea que aprendas a sembrar el maíz de Xmejen naal, junto al frijol, el tomate y la calabaza; que aprendas a escuchar las semillas para hacer pepita tostada, sobre todo, que supieras que la milpa debe rotarse para cuidar la tierra y que una guardarraya mal hecha en el monte provoca incendios. Tú, la piscina motorizada.

 

IV

Durante muchos años te preparaste para el 3 de mayo. Te emocionaba más que la navidad o tu cumpleaños. Nadie te regala dinero en tus cumpleaños, o al menos no a ti. Bajo el pretexto señorial de que: “¿para qué va a querer dinero el niño? Mejor dale un juguete”. Quién eras tú para contradecir las afirmaciones categóricas de los adultos del principio de siglo.

Aunque hubo una vez, solo una, que no fue así. Cuando llegó a tu casa aquella tía que no has vuelto a ver en años, pero que siempre te felicita por Facebook en tus cumpleaños. Hoy en día le dirían a esa tía Motomami y te ríes al pensarlo así, coreando a la Rosalía. En esa ocasión, lo recuerdas bien, sacó de su bolsa, muy ad hoc a la moda de los 2000, un billete del siempre confiable Nezahualcóyotl para dártelo, en secreto, como presente de cumpleaños. Esa fue la primera vez que tuviste tanto dinero para ti solo y casi olvidaste la fortuna que descansaba bajo la tierra seca sobre la que dormías.

 

V

Nunca encontraste dinero en una botija enterrada bajo una candela. Dejaste de intentar buscar tesoros como si fueras un pirata. Hace décadas que dejaste de pedir un detector de metales para tus cumpleaños o navidad.

Lo que sí encontraste fue un frasco de vidrio con cientos de monedas una tarde en que fuiste a casa de tu bisabuela. No era 3 de mayo, pero sí fue durante una sequía de primavera, un día después de que un incendio consumió toda la construcción. Ahí estaba. A medio enterrar, como si no se esforzara en ocultarse. El incendio había comenzado en la noche, cuando el fogón donde se calientan las tortillas no se apagó bien.

El frasco lo encontraste entre los restos metálicos de lo que era un taller de zapatos en el que las hormas te parecieron tener formas de pies no humanos. En seguida pensaste en decirlo a todo mundo, pero en tu infinita avaricia te corregiste y decidiste quedarte el frasco para ti solo. Cuando tuviste la oportunidad de mirarlas, te diste cuenta que no conocías esas monedas. Eran grandes y pesadas y traían imágenes de personas desconocidas. No eran los pesos que se usan ahora con los números grandes, ni los nuevos pesos que empezaron a circular en 1994 y que ahora ya son viejos. Eran monedas con el rostro de un hombre con paliacate y decían 1970. Deben valer un chingo, pensaste, y son un montón. ¿Desde cuándo, y sobre todo ahora, lo viejo vale más que lo nuevo? Es por eso que nadie, pero nadie, en ninguna tienda, te los quiso aceptar, ni siquiera por un hielo en bolsita de esos que se derriten en las manos de camino a casa.

 

VI

Este año tampoco llovió el 3 de mayo. No recuerdas si alguna vez viste que lloviera el 3 de mayo. Ya no buscas candela sobre la tierra, y tu padre ya no va a la milpa. Todavía tienes las monedas del hombre con paliacate. Ahora sabes que es José María Morelos y Pavón, el que está en el billete de $50 pesos.

Ahora eres coleccionista. Coleccionas monedas. Coleccionas tazos. Coleccionas recuerdos. Coleccionas de todo. Tienes todas las monedas de $5 de la revolución y de la independencia; algunos billetes de cuando venían en papel y otros en plástico. También coleccionas frascos y botijas de barro. Lees el tiempo, el Xook k’iin, y esperas a que llueva el 3 de mayo.

De unos años para acá te ha asaltado otro deseo. Y es una imbécil necesidad de enterrar tu dinero. Tu colección. Tienes la idea de que, si la candela no se te apareció a ti, se le pueda aparecer a alguien más, aunque ese día llueva, porque ese fuego no se apaga con el agua. Quieres comprobar que lo que dijo Heisenberg en el Principio de incertidumbre no aplica a esto, que solo es para la mecánica cuántica y las ondas y las partículas. Quisieras que, si alguien encuentra tu botija un 3 de mayo, esta no desaparezca por contarlo y que, si no fuera mucho pedir, se gaste en algo mejor que una piscina.


Autores
(1994, Ticul, Yucatán) es Licenciado en Literatura Latinoamericana y Técnico en Educación Artística con Especialidad en Creación Literaria. En 2022 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia Joven “Gerardo Mancebo del Castillo Trejo”, ganador de los “LXIII Juegos Florales Nacionales de Ciudad del Carmen” y seleccionado en la 3ra convocatoria “Alas de Lagartija”. En 2020 ganó el Premio Estatal de Cuento Corto “Tiempos de Escritura”. Es productor ejecutivo del colectivo U Yotoch Yúuyum.

Ilustrador
ChangosPerros
Carlos Dzul. Villahermosa, 1983. Dibujante y monero. Ha sido becario del PECDA y el FONCA. Premio universitario de cuento Punto de Partida. Escribió una columna sobre cómic (Great Sioux Nation) en el diario Tabasco Hoy. Finalista Secuenciarte (Pixelatl) y residente de la CAZ, en 2022. Autor de las compilaciones de viñetas Existir es de Nacos, Mi Mundo Ideal y Viñetas para Enamorados y de los libros de cuentos Choto y Simón Clarinet (autoedición). Realiza historietas personalizadas y publica tiras cómicas en redes sociales bajo el nombre de ChangosPerros.
Litografía de Blaise Pascal. Siglo XIX (CC BY 2.0)
Litografía de Blaise Pascal. Siglo XIX (CC BY 2.0)

La profundidad del pensamiento de Blaise Pascal (1623-1662) destaca por la variedad de las disciplinas a las que consagró sus muchos años de estudio: física, matemáticas, filosofía, teología. Hijo de una familia acomodada en la Francia absolutista, su padre fue magistrado y su madre provenía de comerciantes acaudalados, miembros de la nobleza de toga del Ancien Régime. Con sólo tres años, al morir su madre por complicaciones de parto, su padre se tomó muy en serio la labor de crianza de sus tres hijos —Pascal era el mediano; Gilberte, la mayor y Jacqueline, la menor— y planificó un sistema de enseñanza que comprendía varias lenguas, incluyendo latín y griego, y complejos temas de física y aritmética por los que desde muy niño Pascal se interesó. Fue tal la dedicación a las matemáticas, y en particular a la geometría, que aún puberto resolvió problemas matemáticos que asombraron al mismo Descartes. Su precocidad intelectual fue compartida por sus hermanas, interesadas en el mundo de la poesía y la música.

Por lo que narra una de sus hermanas en la biografía de Pascal, su relación familiar transcurría en excelentes términos. Así, cuando su padre sufrió un accidente y se fracturó la cadera, no escatimó recursos para atenderlo. Fue entonces que conoció a los hermanos Deschamps, conocidos en su tiempo por haber desarrollado procedimientos y terapias de rehabilitación para el tratamiento de fracturas. Los Deschamps profesaban un tipo de catolicismo que pronto interesó a los Pascal, el jansenismo, frontalmente opuesto al tipo de teología que defendía la poderosa Compañía de Jesús, y que más tarde habría de consolidarse como la doctrina oficial de la Iglesia católica romana. En la querella entre jesuitas y jansenistas se resume el dilema occidental entre tradición y progreso, y Blaise Pascal jugó un papel importante en el debate entrambas corrientes de pensamiento. Para entender sus implicaciones y consecuencias es necesario, primero, señalar el origen de la controversia y, después, ubicar a Pascal en el ámbito que le resultó más cómodo: el del filósofo apologeta del cristianismo.

La batalla ideológica se libró en el terreno de la gracia y se remonta a los primeros siglos del cristianismo: ¿una persona se salva por lo que hace en vida o porque Dios así lo determina y le da los medios para lograrlo? La primera postura tiene en Pelagio, monje británico del siglo IV, su exponente más importante. Confiado en contrarrestar los excesos de una época de moralidad licenciosa —¿cuál no la ha sido?— defendió que las obras de cada persona son las que la ponen en camino a la salvación o a la condenación eternas. Su doctrina gozó de cierta fama en el cristianismo, hasta que fue denunciada por san Agustín, quien ejerció presión en la curia romana hasta conseguir una declaración de herejía por parte de Inocencio I —el único caso de un papa que sucedió a su padre, Anastasio I, en el trono de Pedro—. Agustín consideró insolente que alguien pudiera siquiera pensar que la salvación se ganaba con méritos propios, puesto que sólo podía conseguirse gracias a los méritos de la pasión, muerte y resurrección de Cristo; que comparadas con los sufrimientos del Hijo, las obras individuales eran absolutamente insignificantes.

Agustín desarrolló una suerte de histeria doctrinal a propósito de su teología de la gracia —entiéndase ésta como una participación de la vida divina en el alma de cada quien—. Según él, la caída de Adán y Eva se hereda a todas las personas por medio del acto sexual. Y aunque el bautismo borra del alma el pecado de origen —más conocido como pecado original—, pues hace a la persona partícipe de la gracia divina, la depravación humana es tan absoluta que ninguna de sus obras puede considerarse buena per se. La única posibilidad de considerar buena una acción es que haya sido consecuencia de la gracia que Dios concede a las personas. Agustín concluyó que los niños que morían sin el bautismo iban a parar al infierno, que Dios predestinaba a quienes habrían de salvarse o de condenarse, y que cuestionar sus designios, justos por naturaleza, era propio de personas impías y, por tanto, una señal de condenación.

La polémica atravesó la Edad Media y llegó al Renacimiento. Para entonces la filosofía escolástica había encontrado un punto medio entre la acción humana y la intervención divina: teólogos como Tomás de Aquino propusieron que la salvación es un don gratuito —de ahí el término gratia— que sólo proviene de Dios, pero que la voluntad humana está en condiciones de aceptarla o rechazarla. Llevada a su extremo, esta doctrina apunta a la voluntad de una persona como el criterio último que determina si alguien se condena o se salva, pues se puede aceptar o rechazar la gracia voluntariamente.

A ninguno de los bandos le faltaba razón, ni en el aspecto histórico ni en el bíblico. En este último tenor, hay pruebas concluyentes a favor de una y otra doctrina —las epístolas paulinas contra la Carta de Santiago, por ejemplo—. Acaso la mejor postura la adoptó Erasmo de Rotterdam, quien defendió la suspensión del juicio al respecto como la mejor manera de zanjar la cuestión, lo que exasperó tanto a Lutero como al papa Pablo III, quienes lo querían cada uno de su lado en los albores de la Reforma protestante. Pero téngase en cuenta que Lutero era un fraile agustino; su visión de la doctrina cristiana seguía de cerca las enseñanzas de su fundador. Que una persona se salva no por sus méritos sino por los de Cristo era una doctrina ortodoxa. A Agustín no se le discutía: su lugar como teólogo y exégeta estaba afianzado desde hacía más de mil años. Lo que Lutero denunció fue una corrupción de la teología que Roma adoptó en el siglo XVI, que pretendía hacer de los méritos individuales la causa de la propia salvación —a través de las obras de caridad, de la vida de oración y de beneficios espirituales como las indulgencias que vendía el papa para la construcción de la nueva basílica de san Pedro—.

Entrado el siglo XVII, las dos posturas se enfrentaron nuevamente gracias a las obras del obispo de Iprés, Cornelio Jansenio —cercano a la teología agustiniana—, y del jesuita español Luis de Molina —defensor de la teología escolástica—. El enfrentamiento ideológico tuvo en Francia su epicentro, específicamente en la abadía cisterciense de Port-Royal des Champs, al sur de París, bajo tutela de la abadesa Angélique Arnauld. El confesor de las monjas, abad de Saint-Cyran, era un defensor acérrimo de la teología agustiniana-jansenista, por tanto, enemigo declarado de la teología molinista que defendían los jesuitas. Los Pascal comenzaron a frecuentar ese lugar a partir de su contacto con los hermanos Deschamps, quienes lamentaron que el interés que la familia profesaba por las artes y las ciencias no fuera también dirigido hacia la religión. Blaise Pascal atravesaba entonces una grave depresión, de modo que el estilo de vida sereno de los Deschamps, y en general de la comunidad jansenista que asistía a las predicaciones del abad de Saint-Cyran en Port-Royal, le vino estupendo para sobreponerse y reencaminar la vida que consideraba sin sentido.

Lector atento del tratado póstumo sobre la gracia de Cornelio Jansenio, Augustinus, Pascal encontró en él el fundamento doctrinal y moral de su fe católica. Sin dejar de lado sus investigaciones físicas y matemáticas, comenzó a polemizar con los jesuitas, a quienes acusaba de contaminar el catolicismo con innovaciones teológicas sin sustento ni en la tradición de la Iglesia ni en las Sagradas Escrituras. Los jesuitas, por su parte, echaron a andar la maquinaria sociopolítica que controlaban en Europa para lograr del papa la condena del jansenismo.

Una vez aceptada la doctrina de que la salvación depende enteramente de Dios, el pensamiento de Pascal desestimó cualquier intento por racionalizar la fe cristiana. Los clásicos argumentos que pretendían demostrar la existencia de Dios, de corte cosmológico o antropológico, resultaron vanos frente a un absoluto insondable. De hecho, el protestantismo, de raigambre agustiniana, echó por la borda las pretensiones racionalistas de la filosofía para dar una respuesta al misterio divino. Es famosa la sentencia de Lutero: “La razón es la meretriz del diablo”. Por esta razón Pascal, influido por el pensamiento agustiniano-jansenista, formuló un razonamiento sin pretensiones de objetividad científica ni de deducción lógica. La “apuesta de Pascal”, como se conoce, pretende convencer a no creyentes de que vivir cristianamente es lo más sensato a que pueden optar. La idea es muy simple: frente a dos escenarios, el de una vida conforme a la fe cristiana y una vida sin ese referente, la primera opción es la mejor que puede elegirse porque su recompensa es la felicidad eterna; y aun si no hubiera Dios, no habría nada que pudiera perderse. En esa apuesta, o se gana todo, o no se pierde nada.

El razonamiento pascaliano no pretende demostrar la existencia de Dios, sino mostrar la razonabilidad de una vida conforme a la fe cristiana. Y aunque pudiera pensarse que su autor traiciona la doctrina jansenista de la salvación por la gracia, Pascal asumió su razonamiento como tarea individual no porque creyese que con él habría de salvar a muchas personas, sino porque suponía que su apologética serviría como un instrumento para que la gracia convirtiera a quienes estuviesen predestinados a convertirse. El carácter apologeta de Pascal no estribaba en una formulación apodíctica de la existencia de Dios, sino en un razonamiento práctico-moral. Puesto que la fe en el Crucificado es “estulticia” para los paganos (I Cor I, 23), hacer de ella una teoría demostrable supondría traicionarla. La demostración es propia de las ciencias, no de la fe. Y en este punto se descubre un cariz esencial de la metafísica pascaliana: hay un abismo inconmensurable entre el mundo material y el espiritual. Las pretensiones jesuitas de reconciliación no hacen justicia a la fe cristiana, sencillamente porque no es de este mundo.

En Pascal encontramos una respuesta trágica a la tensión entre gracia divina y libre albedrío. A 400 años de su nacimiento, la pugna entre ambas teorías ha adquirido diferentes formas: fe en la tradición versus esperanza en el progreso, conservadurismo versus progresismo, derecha contra izquierda. En el fondo, la disputa sigue siendo la misma: ¿somos responsables de nuestra propia redención (en cualquiera de sus variantes: progreso moral, progreso social…) o dependemos de instancias y factores externos para conseguirla?


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.
Ilustración realizada por Mildreth ReyesIlustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Si bien la mayoría de las desgracias le pasan a uno por imbécil, a mí me pasan por urgido. Lo supe claramente a la mitad del calambre solar y me lo recriminé sin pausas durante todo el viaje. El calor, a pesar de que al mediodía le sobraban apenas un par de minutos, bastó para sentir que se me soldaban las coyunturas con el plástico azul bajo mis nalgas. Calculé las sombras del trayecto antes de elegir el asiento sobre el que me arranaría durante hora y media.

Voy en camino, me dije con la resignación de quien sabe que está cometiendo una idiotez. Quise explicarme que ya no había vuelta atrás. Pero sí había. Siempre hubo.  

*

Sábado, diez de la noche. Recién terminaba de ver el obligado maratón de anime que siempre he usado a modo de premio por salir vivo y más o menos cuerdo de otra semana. Me recuerdo hurgando el fondo de un tubo de galletas cuando vibró el teléfono en mi bolsillo celular. Para sorpresa mía y de mi memoria RAM, la notificación no era un correo electrónico de alguna publicidad indeseable. Tampoco se trataba de un SMS de Telcel ni de una llamada perdida de mi abuela. Era, concreto y azul, un mensaje de Messenger. Un mensaje de una de las muchas personas que acepto en Facebook sin tener la menor idea de su existencia, para luego asimilarla después de reaccionar a sus memes sin gracia y a sus thirst traps convertidas en pretexto de foto.   

Por las pocas interacciones que habíamos tenido previamente, sabía que la chica era soltera y contadora.

Me gustaría excusar mis modos ingenuos arguyendo el tiempo que ha pasado desde entonces, pero cierto tufo de honestidad involuntaria me obliga a reconocer que sigo siendo tan esencialmente imbécil como lo era durante aquellos días. 

>Hola!! 

>Hola, qué tal 🙂 

>como estas?  

>Bien, gracias por preguntar! Estoy descansando un poco, jaja. Y tú?  

Una conversación tan inocua como el agua. Aunque dilatada, sí, a lo largo de varios días.

No tardé en acostumbrarme a la periodicidad de los mensajes, a las fotos que alborotaban mi carne adolescente y mareaban el poco juicio con el que Dios me arrojó al mundo. Después de los isótopos del uranio, no hay nada más destructivo que una hormona descarriada.  

A mí me faltaba afecto y a ella le sobraba tiempo libre. 

 

*

Bajé con hambre. Me desentumí dando vueltas innecesarias por unas calles nombradas con motivo de los hermanos Serdán, buscándole orden a la semiurbanización del municipio. Zapotlanejo, se supone, ha pertenecido históricamente a Los Altos de Jalisco, pero carece de la gente güera per capita que hace falta y lo cierto es que no se encuentra tan al norte del estado. El pueblo es más bien chiquito —le calculé veinte cuadras, a chingadazo pitagórico— y homólogo al resto de la provincia del país. Está lleno de chuecas calles empedradas por las que circulan carros sin afinar. Adoquines tapizan la plaza principal, vecina de un templo de cantera.

Después del hambre vino la sed. Sed de azúcar, de alta fructosa, de néctar para el páncreas. Viendo mi reflejo en los vidrios de una camioneta, tan muchachito y tan nervioso, deduje que en un lugar así abundarían paleterías La Michoacana. No tardé en encontrar una.  

 

*

Me dijo que por qué no la visitaba. A mí me pareció que sería un acto de decencia mínima de mi parte hacer un esfuerzo por conocerle el rostro en persona. Quedamos para el sábado. Le pregunté dónde vivía, esperando Guadalajara o Zapopan por respuesta, incluso Tlajomulco o Tonalá. Pero dijo Zapotlanejo. Y mis genitales le respondieron que sí, que allá nos veríamos. 

 

*

La esperé sentado en la plaza del pueblo, sorbiendo el agua de frutas que contenía mi vaso de unicel. De pronto llegaron a mi mente las historias que habitan la mitad de los guiones de la Rosa de Guadalupe y de los otros programas que, generación de señoras preocupadas tras generación de señoras preocupadas, han protagonizado la televisión del país.  

Un par de niños chamagosos me pidieron dinero para un taco cuando comencé a sospechar, genuinamente, que mi cita sería más bien un señor buchón que había logrado engatusarme con fotos robadas de algún rincón de internet (cosa que bien hubiera podido comprobar con una sencillísima búsqueda inversa en Google, pero que decidí ignorar por el mismo motivo que viajé al pueblo: por pendejo).

El mundo se había convertido en la posibilidad de un robo o de un secuestro o de una estancia en un narcocampamento por las sierras del lugar. O de un encuentro anhelado por cada arruga en mis tanates.   

O de la muerte, probablemente.  

Pero acepto mi destino, me dije. Es posible que pase, y está bien, le susurré al vaso. Si me pasa, me pasará por andar de pinche urgido, repetí frente al quiosco. 

Sólo quedaba adivinar quién, entre el gentío, era ella. 


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Darío Cortizo
Ilustración realizada por Darío Cortizo

Si bien es cierto que la conversación es un arte, no todos somos artistas. Cada vez más acostumbrados a las interacciones a través de medios digitales escritos (hay gente capaz de comunicarse usando única y exclusivamente memes y emojis), a veces no podemos con la tarea de dialogar con otro ser de forma por lo menos satisfactoria. Con más frecuencia de la deseable, nos quedamos sin nada qué decir y el ambiente se vuelve tan cómodo como un chiste de muertos a medio funeral. Difícil es, sin duda, conversar de verdad con alguien, dialogar: establecer auténtica comunicación basados en pautas de acción y reacción, como asegura Robert Mckee en su libro El guion. Se puede recurrir al monólogo, claro, pero quien habla y habla sin tener en cuenta a su interlocutor, se halla solo sobre el proscenio de su propio ego y locura. “Aquel que ya no oye lo que le objetan, hasta tal extremo está absorto en su carrera; y piensa en seguirse, no en seguirte”, abunda Michel de Montaigne.   

Platicar bien, esto es, comunicarse, resulta difícil aunque no lo parezca. Si en alguna situación se evidencia lo anterior es, sin duda, en las reuniones donde no conocemos a nadie, esas donde el “¿tú te acuerdas de…?” (en palabras de Tony, protagonista de la famosa serie Los Soprano, “el estado más bajo de la conversación”) no es una opción. Ah, cómo se echa en falta en esos momentos aquel dulce lubricante de conversaciones llamado nostalgia, que hace posibles el 99.99% de las reuniones con ex compañeros de preparatoria.

Una situación común: accedemos a asistir a una fiesta y, ya en el lugar, nos damos cuenta, horrorizados, de que sólo conocemos al anfitrión, quien ahora está estrechando manos y acariciando bebés con una maestría digna de presidente recién electo. No nos queda más remedio que unirnos al pequeño grupo de rechazados que se congrega en un rincón, generalmente cerca de la cocina; apátridas de la socialización. Luego de un par de frases convencionales (“¿Y tú de dónde lo conoces?”) llegamos a los temas monolíticos e infalibles: política, religión y futbol, que juntos forman esa oscura Pangea de la polémica de la que nadie sale bien librado. Pero ni eso es suficiente: la conversación llega a ese temido momento en que nadie dice nada más. ¿Qué hacer? ¿Combinar esos temas en forma de chiste? «Entran a un bar el Papa, Mao Zedong y un gato con guantes de portero…» 

Alguno que otro miembro de ese grupo tendrá la fortuna de ver pasar a un viejo conocido y escabullirse tras él; otros, los más astutos, se ofrecerán a servir bebidas o a ordenar aceitunas, jamón y cubitos de queso en los platos, pero uno “se queda ahí, aguantando mecha”, como diría Pedro Infante en Dos tipos de cuidado, aferrado a su vaso rojo lleno de cerveza tibia. Saber cuándo retirarse también es un arte (que ni a ciertos escritores, boxeadores y ludópatas se les da muy bien que digamos) y no es parte de nuestro repertorio. Ahí, hundiéndonos en las movedizas arenas del silencio, no faltará quien asienta ante una aseveración que nadie jamás hizo; algún otro, al más puro estilo de Virginia Woolf, se distraerá conjeturando el origen de cierta manchita en la pared; uno más hundirá la cara en su teléfono celular y claro que habrá quien se limite a comer de los platitos que el prófugo se conminó a servir.  

Entonces, porque el silencio es un arma de dos filos que no todos sabemos blandir, la única opción es recurrir a nuestra herramienta secreta: el dato cerealero, esa pieza de información inútil, estéril y de oropel, que sirve para no servir. «Oigan, ¿sabían que el olor a queso de los pies lo causa una bacteria?». Después de dejar sus platos a un lado con tanta discreción como pueden, los miembros del grupo abren los ojos y niegan con la cabeza. «No, no lo sabía», contesta algún piadoso. Y bueno, de ahí alguien más, como en esas coreografías improvisadas en los musicales (donde un mesero, inexplicablemente, comienza a bailar tap como el mismísimo Fred Astaire cuando el protagonista del filme, sin previo aviso, hace lo propio sobre una mesa), suelta un dato más en consecuencia. «Sí, es cierto, ya lo había escuchado. También dicen que si uniéramos los hilos de baba de todos los que se duermen mientras leen Santa, podríamos llegar de Júpiter a Marte». «Ah, fíjate», tercia alguien más, «no lo sabía». “Bendita parte trasera de la caja de Choco Krispis”, piensa el primero de ellos, agradecido, “la información que ahí viene me salvó de un minuto más en silencio junto a unos extraños”.

Efeméride elevada al grado de poesía y sapiencia, el dato cerealero, mientras más inservible, más bello, como la rosa. Ornato puro, información disecada, es ideal para romper el hielo. Bibelot del conocimiento humano (¿habrá palabra más fea, más pálida, que “bibelot”?), el dato cerealero, no se dude, es el juguete de colección que, una vez fuera de su empaque, pierde valor: al analizarlo, contextualizarlo, rompemos su cerealera magia. Este tipo de información no se piensa: se sabe. El dato cerealero es lo más cercano a poseer la sabiduría, ya que el pensamiento, como estableció Hannah Arendt en La vida del espíritu, no puede establecerse como una propiedad, por lo que nos quedamos con su versión asequible.  

El que acumula datos huecos (“conocimiento estático y sin contenido humano”, en palabras del maestro José Revueltas) es el animal que se mimetiza de depredador para no ser presa. ¿A quién le gusta parecer idiota frente a los demás? Sin que esto genere un beneficio, claro. En el fondo, seguimos siendo los niños a quienes les colocaban una estrella en la frente por “saber mucho” y se ríen del que pregunta porque está pensando y no ha llegado a saber. Enciclopedia andante, el poseedor del dato cerealero brilla ante el público; su memoria es el vaciadero de basuras al que aludía Ireneo Funes en el cuento de Borges. Asegura Francis Bacon, en su breve ensayo Del discurso, que “algunos desean en su discurso más el elogio de su ingenio […] como si fuese un elogio saber lo que se pudiera decir y no lo que se debe pensar”. El dato cerealero, al ser blandido por el sabio acumulador que lo posee, muestra que este sabe, mas no que piensa. Lo que se sabe está ahí en la vitrina, inamovible; lo que se piensa, escapa siempre, es la zanahoria frente al burro, esa que lo obliga al movimiento.

Dado que nos gusta saber más (sobre todo para humillar más), no es sorpresa que numerosos programas de televisión hayan alimentado esa necesidad: Aunque usted no lo crea de Ripley y Difícil de creer, por citar un par, nos permiten saber más, no necesariamente pensar más. De igual manera, las publicaciones impresas llevaron su parte: Muy interesante y Conozca más. Amamos los datos (pensamiento reducido a mercancía) y por ellos los colocamos en cuanto lugar podemos: cajas de cerillos, pantallas de espera del banco y del transporte público, secciones del periódico y, sobre todo, cajas de leche y cereal; que no haya un desayuno balanceado sin un nuevo dato para almacenar. Disfrutamos de ellos y nos gusta colocarlos en los contenedores más inusuales. Nos gusta tener más que el vecino, somos acumuladores, fetichistas de las mercancías (y el dato frío, sin utilidad, deviene objeto). Nos gusta tener mucho, saber mucho.  

Recuerdo a un compañero de la carrera, gran amigo, que admiraba profundamente al conductor de Difícil de creer. «Sabe muchas cosas», aseguraba emocionado, para luego proceder a contar cómo aquel sujeto, en una ocasión, recitó varias fechas importantes al hilo, sin dudar siquiera. «Conoce muchos libros», añadía emocionado. Y ahí estaba el aval de sabiduría que a muchos llena: el libro. Si está en un libro, debe de ser cierto, parecen pensar algunos, entendiendo el objeto (estático, asible) como estadio último del pensamiento (inasible). Saber en vez de pensar. El estudio de los libros, aseguraba también Montaigne en El arte de la discusión, es un movimiento lánguido y débil que no enardece; la discusión, en cambio, enseña y ejercita a la vez. Y ese amigo mío, para finalizar, decía que ese conductor de la televisión «era una enciclopedia andante». Si la Wikipedia (que está a punto de cumplir un año más de vida, para deleite de los amantes del dato cerealero) no miente, el término “enciclopedia”, etimológicamente, refiere a “círculo, circularidad”: es decir, apela más a lo autoconclusivo que a lo que aún puede avanzar o retroceder. El círculo, como el saber, está completo ya, y vuelve a sí mismo, a su punto de origen, una y otra vez.  

Van de la mano analogías geométricas con el conocimiento. Si el saber es redondo, el demostrar que se sabe suele ser rectangular: diploma, título, constancia. “Este que porta el sagrado papel, sabe, seguidle allá donde vayáis”, dice (así, en español antiguo, del que data esta creencia) la geometría del papel. En rectángulos, también, la información contenida en biografías, de cuya influencia y obra somos hijos. Ahí, encerrados entre las cuatro esquinas del conocimiento (enmicado e inalterable), veíamos a nuestros próceres retratados, y en la espalda, como el Pípila, la pesada loza de su descripción. Recuerdo con claridad que en la primaria nos ponían a copiar toda la información y después, a un lado en la hoja, debíamos colocar la imagen. Así, transformado en mausoleo el cuaderno, se nos pedía no pensar, sino saber, y el que supiera más era el mejor alumno, el que representaba a la escuela: el del cuadro de honor. Rectángulo, cuadrado, círculo: el conocimiento estático se halla encerrado.

En alguna otra ocasión, cuando estudiaba la primaria, nos hicieron otra prueba: mirar una monografía durante mucho tiempo y luego guardarla en el cuaderno. Entonces la maestra (con una monografía idéntica en la mano) comenzó a preguntar quién recordaba más detalles del rectángulo mayor (si no mal recuerdo, ahí estaba Juan Escutia cayendo para siempre envuelto en su bandera). Algunos atinamos muchos, otros menos, pero una compañera recordó casi todos. Claro, ella se llevó los aplausos. La maestra, entonces, comenzó a hablarnos de la memoria fotográfica, clara señal, al menos para ella, de los genios. Recordar con precisión los detalles (es decir, conocer muchos detalles), se asocia también a la genialidad; es pariente cercano del “saber mucho”. No nos habló, sin embargo, de que incluso aquellos que poseen ese tipo de memoria (cuyo nombre correcto ―valga el dato cerealero― es memoria eidética), no están exentos de omitir o agregar ciertos detalles; nunca están exentos de añadir u omitir detalles de la imagen: recordar es ficcionalizar. Por ello es que creamos falsos recuerdos. La memoria, asegura Hanna Arendt, es la madre de las Musas, y apostilla que primero se ve y luego se sabe. A esto, Siri Hustvedt, apoyada en algunos estudiosos de las neurociencias, lo llama “reconsolidación de los recuerdos”. La memoria complementa, no es un recuerdo pasivo de algo, sino un proceso creativo y activo que involucra a la imaginación. Recordar con precisión es saber, pero imaginar es ficcionalizar y, por lo tanto, es crear: pensar. 

Hundido ya en los recuerdos de la primaria (que espero presentar con tanta fidelidad como sea posible), aquella niña que memorizó más detalles que el resto, fue compañera mía en uno de tantos “congresos infantiles” que se organizaban por aquel entonces (que no eran otra cosa que concursos entre escuelas primarias para ver quién “sabía más”; una suerte de Guerra Fría en la que los maestros se enfrentaban a sus homólogos de otras instituciones por medio de enfrentar a sus alumnos como a dos monos con cuchillos en un yate de lujo). El equipo ganador de la justa fue el de una primaria privada y quizá la clave de su triunfo fue abrir su exposición con la frase “Pienso, luego existo”. No miento al decir que no entendí lo que quería decir aquella sentencia (¿ellos sí?), pero lo contundente de la frase, lo rimbombante, destrozó al resto de los equipos. No es que pensaran más que nosotros (ignoro si algo así es mesurable), pero demostraron que sabían más que nosotros. Punto a su favor. Memorizo, luego existo. A quien sabe mucho, se le considera sabio. Mientras más detalles se recuerden de algo, mayor la sorpresa de quienes escuchan.

Años después, sin embargo, (me confieso como pocas veces ante la hoja), participé en la versión infantil del famoso programa Jeopardy: uno de los premios era un Nintendo 64 acompañado de una televisión de 14 pulgadas, así que si quería jugar en una consola de última generación, debía aprovecharme de lo poco o mucho que sabía. En dicho espectáculo, se valoraba no el pensamiento, sino el conocimiento: quién sabe más cosas sobre todo en general (no me sorprendería que el 90% de los participantes ahora traten de socializar con extraños por medio del uso de datos cerealeros) es quien merece ganar. Nombre que reciben las crías de los jabalíes. Año en que se independizó Egipto. Cantidad de chupadas que hay que dar para llegar al centro de una Tutsi Pop. Una aclaración para quien no conozca el formato del programa: ahí las respuestas no debían formularse como tal: se debían arrojar en forma de pregunta. De cierta manera, se tenía la amabilidad (como en el ensayo, según Beatriz Sarlo) de expresar una duda que no se tiene. Es decir, premiaban, otra vez, el saber, el acumular datos, retenerlos tal cual son, sin agregar o quitar nada. Y entonces ahora, ¿con qué cara se le dice a quienes crecimos en una sociedad así que puede resultar más benéfico pensar que saber? Porque, aceptémoslo, saber paga, trae beneficios. Saber datos, resultados de la investigación de otros, del pensamiento de otros, es tomarnos una foto junto al león cazado, al lado del Ferrari de la exposición, abrazando por la cintura, de forma grotesca e invasiva, a la edecán. 

En ese mismo tenor, discutía con un amigo sobre la utilidad de pensar. Según Heidegger, esto no conduce a un saber, como las ciencias, no produce sabiduría alguna ni resuelve los enigmas del mundo. Yo le creo. Sin embargo, el saber las cosas, dar por sentado que se les conoce, negaría el terreno fértil para la poesía y, por extensión, para el ensayo. Saber algo lleva a un mismo punto (circularidad en su máxima expresión): a saberlo; pensarlo, por otro lado, nos orilla, valga la expresión, a re tratarlo, a re considerarlo y hallar nuestra propia visión. Me gusta pensar (o en otras palabras: quiero creer) que el pensamiento se escapa a clasificaciones. Clasificar no es entender y mucho menos comprender, aseguraba Octavio Paz; el saber está ya clasificado, perfectamente enmicado y puesto en los anaqueles de la memoria, listo para que alguien más tome de ahí un dato frío y aguado (como cereal que lleva más de media hora flotando en leche). Imposible agregar algo al saber: ya es. Recurriendo a la idea que postula Barthes, el saber, esa pieza de conocimiento estático, es una fotografía, dice “esto, es esto, es asá, es tal cual”; su envoltura es transparente y ligera. Está atrapado, no crece ni se descompone.

¿Es punible saber mucho? ¿Debemos atacar ferozmente al que sabe cosas y no se detiene a pensarlas? No, aunque quizá tampoco sea como para salir en hombros de una reunión (exagero: eso claramente nunca ha pasado). No hay delito en ser “una enciclopedia andante”, pero tampoco hay otra cosa. Quizá, como decía Bruce Lee, no hay que temer al hombre que conoce diez mil patadas, sino al que ha practicado una patada diez mil veces. No el hombre que sabe diez mil cosas, sino el que ha pensado una sola con suficiente fuerza. ¿Es esto cierto? No lo sé, por eso sigo pensándolo. Ya lo dijo José José (creo): es que saber y pensar no es igual: saber es lucir, pensar es rumiar. Saber (y saber mucho) es la excelencia artificial que encanta a los ignorantes, como profetizaba Montaigne, y dado que todos somos, en mayor o menor medida ignorantes, no debiera sorprender la abundancia de canales de YouTube, Instagram y Tik Tok que se dedican a compartir datos huecos, pero interesantes. Y es que todos queremos saber, pero pocos deseamos pensar. 


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

Ilustrador
Darío Cortizo
(Morelia, 1999). Es licenciado en Arte y Diseño por la UNAM. Trabaja de manera independiente en proyectos relacionados a la autoficción en cómic y como ilustrador editorial e historietista para diversas revistas culturales de México. Sus principales temas de interés son el absurdo y el subjetivismo.
Walter Benjamin en 1928

Pocos momentos históricos tan decadentes son incitadores de una producción de deseo tan grande como París alrededor de 1900. A pesar de nuestro colonialismo cultural, en estas primeras décadas del siglo XXI no han pasado con bombo y platillo los homenajes a lo que podríamos llamar el origen de la estética moderna.  

Primero porque ya no somos modernos —¡nunca lo fuimos!—, segundo porque sería aceptar que vivimos en un paradigma histórico que tuvo grandes momentos que no se volverán salvo como repetición. 

La lógica cultural dominante entiende el pasado como una escalera desde la que ver para seguir avanzando. Hay otra manera de rememoración que ve el pasado cultural como un edificio estratificado por el poder y en vez de querer subirse, analiza la estructura, los pliegues y su función cultural es señalar los puntos donde hubo invisibilizaciones, donde se abusó y el sistema de dominación actuó en la construcción de un edificio que era público. Para que con suerte se ponga dinamita ahí.  

El trabajo fuerte de Walter Benjamin (1892- 1940) consistió en juntar los materiales con los que des-sedimentar la arquitectura conceptual y material que conformó al Capitalismo en ciernes.  

En el preciso momento en que Karl Marx está escribiendo El Capital (1861-1862), Charles Baudelaire publica sus poemas en prosa Spleen de París (1862) reificando un modo de economía al tiempo que una sensibilidad frente al mundo nuevo e inaugura en 1857, año de publicación de Las flores del mal, la primera Exhibición Universal en Londres que se puede leer como el punto de inflexión entre economía, experiencia y la forma en que el capitalismo se vuelve global.  

En ese punto es que regresar a Benjamin no es sólo un homenaje, sino un trabajo material en el que destejer un aspecto de la realidad que tomamos como natural puede ser necesaria para una comprensión crítica del mundo.  

 

Hay un prejuicio que circula de boca en boca de que Karl Marx “nunca trabajó en su vida” y por lo tanto ¿Cómo puede hablar sobre el trabajo enajenado y el ser social si nunca formó parte?  

Walter Benjamin nunca llegó a conseguir la habilitación para ser profesor de una Universidad, en cambio fue una especie de refugiado nómada que con mucho trabajo podría mantenerse él y a su familia.  

Entre los filósofos del siglo XX y la Escuela de Fráncfort en particular, Walter Benjamin goza de una fama especial por su calidad como persona, el misterio de su vida, su “suicido” y la agilidad –o inconsistencia – de su pensamiento que hacen de éste un filósofo que genera un deseo singular más allá de los textos.  

Aunque Benjamin nunca tuvo una vida acomodada, en 1823 comienza un periodo de fuerte precariedad aunada al fracaso personal, el suicido de su mejor amigo poeta del colegio con quien leyó a Hölderlin y el ascenso de la derecha en Europa.   

Pasa ese año preparando su habilitación, recibía dinero de sus padres, ganaba un poco más en la reventa de libros antiguos, e intentaba desarrollar otros proyectos editoriales como la publicación de su revista Angelus Novus que nunca logró. Pero consigue que le publiquen sus traducciones de “cuadros parisinos” de Las flores del mal de Baudelaire que ha trabajado desde años atrás.  

Walter Benjamin esperaba que esto le diera más posibilidades de conseguir su puesto (el círculo intelectual de esos años era estrecho), sin embargo, no sólo hubo silencio sobre su publicación, sino que Stefan Zweig quien fue traductor también de Baudelaire, fue el único en notar y reseñar su traducción para desacreditarla 

Él encarna una figura paradigmática, quien llegó a decir que para sobrevivir al capitalismo había que organizar el pesimismo —pues no se podía hacer caso omiso de ello—. Traducir a Baudelaire no sólo era una fijación de época. 

Para Adorno, Benjamin confronta el mundo formal de Baudelaire con la miseria de la vida. De ahí que el poeta fuera el modelo en miniatura de Los pasajes que intentaban desarmar el siglo XIX, el capitalismo, el arte, la sociedad de clases.   

“Baudelaire, quien tenía impregnada la ciudad, no la pinta nunca.” En cambio, se atraviesa el pathos de vivirla poéticamente —¡Estetizadamente!—. París, “donde incluso el horror tiene algo de encanto”. 

La ciudad del poeta, y eso es lo que le atrae a Benjamin, está en constante desterritorialización de una forma de vida hacia el progreso del que Haussmann, funcionario de Napoleón III, es responsable. Pudiera ser que la obra pública de este fuera el gran proyecto de gentrificación parisina; limpiar las calles, eficientar el tránsito, extender el número de viviendas, embellecer y abrir nuevas tiendas. Como efecto colateral eliminar la comuna de París, segmentar espacios de ocio, de trabajo y de vivienda.  

Esta obra destructora [la gentrificación llevada por Haussmann], y ello por más pacífica que fuera, ilustraría por primera vez y sobre el cuerpo de la ciudad misma lo que podía la acción de un solo hombre para conseguir aniquilar eso que, a lo largo de generaciones, se había erigido. Un sentimiento premonitorio de la extrema precariedad de las grandes urbes 

¿No es todo esto una odisea de lo que ahora llamamos precariedad? Y más aun, ¿no es Benjamin un modelo útil para la transmisión de valores de una clase social, marginal si se quiere, que se ha ido consolidando hasta formar una parte fuerte de la economía actual?

Ignacio Sánchez Prado en su estudio sobre el cine mexicano de los años 90, La proyección del neoliberalismo, trabaja con la hipótesis de que el cine tras la firma del TLCAN introduce los imaginarios del neoliberalismo “que han permitido el acomodo cultural de las clases medias y altas urbanas —a las que se dirige buena parte de la producción actual— a los valores y desigualdades del capitalismo avanzado”. 

Sólo con tu pareja (Cuarón, 1991) o Cansada de besar sapos (Colón, 2006), por ejemplo, muestran a personajes jóvenes que se dedican a algo cultual, la inestabilidad de la pareja es tema, viven en apartamentos minimalistas y apenas tienen contacto con su barrio; existen en un escenario cerrado posmoderno y escenifican lo que el autor llama una utopía de la clase creativa. Modo de producción que la juventud ha tomado como ley.  

Parte del atractivo revolucionario de la precariedad es que es un “logro” de las revueltas del 68 contra las jornadas laborales de 12 horas y la idea de pasar tu vida en una sola fábrica o empresa sin posibilidad de decisión. En cambio, este nuevo esquema —que no pensó sus consecuencias— da libertad de decidir dónde trabajar —¡home office!—, cuándo y cómo. Aunque eso conlleve no tener seguridad laboral, ni médica, ni futuro en cualquier término. Lo único seguro es que ya no somos seres en la línea de producción del trabajo alienado. Somos libres. 


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Retrato de Chantal Peñalosa Fong. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova
Retrato de Chantal Peñalosa Fong. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

Para MD

La obra de Chantal Peñalosa (Tecate, 1987) se consolida con el paso de los años como una de las voces más francas y elocuentes para abordar problemáticas territoriales y geopolíticas de la frontera norte. Este año el Museo de Arte Carrillo Gil inauguró El jardín no tiene rejas (2023), ejercicio curatorial basado en una instalación de Chantal que años atrás el museo albergó, lo cual demuestra el impacto que tiene a nivel institucional su visión artística. Su poética tiene la habilidad de ampliar nuestra noción de la historia, así como de aguzar nuestra percepción de lo cotidiano, a través del manejo de la luz, la coreografía, el aroma, la palabra y una admirable investigación archivística.

Panorámica de "El jardín no tiene rejas" (2023) en el Museo de Arte Carrillo Gil. Curaduría de Tatiana Cuevas e Isabel Sonderéguer

Panorámica de “El jardín no tiene rejas” (2023) en el Museo de Arte Carrillo Gil. Curaduría de Tatiana Cuevas e Isabel Sonderéguer

Peñalosa ha recurrido al archivo en trabajos anteriores para mostrar la historia como un entramado irrepresentable en tensión constante. La revisión crítica del archivo como estrategia de representación culmina en Unfinished Business Garage (2019), instalación realizada en colaboración con el alumnado de la UABC y exhibida en el Museo Jumex.

A fin de reconstruir una historia alterna del arte fronterizo, Chantal convocó a los alumnos de artes de dicha institución para que reinterpretaran piezas de décadas atrás. Su fin: desmontar la historia oficial, la cual, aún a pesar de sus anomalías y omisiones, no admite intersticios ni áreas grises.

Unfinished Business Garage “desacelera” la sincronía de las imágenes en la cultura visual oficial, así como la secuencia “lógica” que imponen los discursos historiográficos en el arte para explorar lo que gravita en los márgenes y lo que pernocta en la lejanía.

"Unfinished Business Garage" (2023). Cortesía de la artista

“Unfinished Business Garage” (2023). Cortesía de la artista

En términos conceptuales, sus instalaciones giran en torno a la ausencia (la de un cuerpo y el trazo que deja en un espacio determinado), así como de la ausencia como signo vivido en el presente, que es, la mayoría de las veces, una ruina. El resultado plástico apunta hacia aquello que ya no está o que ya fue; el objeto material sería entonces la huella o silueta de dicha ausencia, la estela que queda sobre un tiempo que se dilata inagotable.

Cito a Amanda de la Garza, para quien, en la obra de Peñalosa, “la espera es un tropo recurrente a la manera de un estado experiencial, donde el tiempo está siempre presente, puesto que el futuro, como promesa, nunca llega: es algo impronunciable, una forma de latencia permanente”1. El anhelo o la espera que Chantal Peñalosa plantea en su más reciente exposición nos remonta un siglo atrás, en los albores de la diáspora china en el periodo posrevolucionario.

Distanciades por las habituales confusiones por el uso horario (“tus seis son mis siete”, escribimos horas antes), acordé una videollamada con Chantal vía Zoom. Desde Los Ángeles, ella editaba el audio del video principal de Ghost Stories, su más reciente exposición en la galería Proyectos Monclova, hoy en una nueva sede en Polanco.

Vista de sala de "Ghost Stories". Fotografía: WhiteBalance

Vista de sala de “Ghost Stories”. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

"Boats. Junks. Photocopies", 3, 2023 Serigrafía sobre lino 110 x 147 cm. Fotografía: WhiteBalance

“Boats. Junks. Photocopies”, 3, 2023 Serigrafía sobre lino 110 x 147 cm. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

Por primera vez, la artista alude a sus orígenes familiares chinos2. A la par, reconstruye un episodio soslayado por la historia oficial: la diáspora china en México. El proceso empezó a finales del siglo XIX, cuando trabajadores provenientes de Cantón, al sur de China, arribaron a los Estados Unidos para laborar en las industrias ferroviaria y minera. Se les llamó “culíes” y su llegada al territorio estadounidense se vio interrumpida en 1882, cuando un acta prohibió su ingreso; en consecuencia, se vieron orillados a trabajar en México.

Su desplazamiento se alineó con las políticas del porfiriato y las intenciones de impulsar la industrialización con mano de obra extranjera. A pesar de su bienvenida inicial, el auge de sus actividades comerciales detonó una persecución que duró las tres décadas posteriores, atizada por discursos eugenésicos, higienistas y nacionalistas. Para el historiador José Luis Chong, “la sinofobia fue el corolario lógico del indigenismo revolucionario”3. El movimiento antichino se propagó a lo largo de la gran mayoría de los estados del país, pero se padeció de forma acentuada al norte, donde se concentró mayor número de migrantes.

Para este relato fantasmal cosido de fragmentos, Peñalosa retoma la estructura de las historias de fantasmas chinas que, a partir de la dinastía Tang y a lo largo de seis dinastías subsecuentes, fueron agrupadas bajo el género de “registros de lo extraño” (zhiguai xiaoshuo – 志怪小说). Son relatos sobrenaturales breves que poseen una condición liminal.

"Boats. Junks. Photocopies", 4, 2023, Serigrafía sobre lino 110 x 147 cm. Fotografía: WhiteBalance

“Boats. Junks. Photocopies”, 4, 2023, Serigrafía sobre lino 110 x 147 cm. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

Hay patrones recurrentes en estas compilaciones de gran riqueza temática: espíritus perturbados por muertes violentas, retornos de espíritus con sed de venganza o fantasmas de amantes desolados4. Sus compiladores desdibujaron las divisiones entre la ficción y la realidad, de ahí que pudieron entenderse como parte de la historia misma.

Ghost Stories establece el punto de contacto entre la literatura china y la historia mexicana, dado que “la historia de la diáspora china en México ha sido relegada, también, al ámbito de lo fantasmal”5. Peñalosa hilvana un relato en consonancia con obras de la literatura mexicana contemporánea que han tematizado la migración china en México6. El procedimiento tampoco le ha sido ajeno al arte mexicano reciente7. Pero el relato que Peñalosa construye es ─no olvidemos─ identitario y genealógico.

"Places that seem to float", 2023 Signed & dated on the back Gouache sobre impresión digital en papel Hahnemuhle William Turner de 310 g/m2. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova.

“Places that seem to float”, 2023 Signed & dated on the back Gouache sobre impresión digital en papel Hahnemuhle William Turner de 310 g/m2. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

"Crowded Places", 2023 Gouache sobre impresión digital en papel Hahnemuhle William Turner de 310 g/m2 20.28 x 20.28 x 1.5 in / 51.5 x 51.5 x 3.8 cm. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

“Crowded Places”, 2023 Gouache sobre impresión digital en papel Hahnemuhle William Turner de 310 g/m2 20.28 x 20.28 x 1.5 in / 51.5 x 51.5 x 3.8 cm. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

 

Una de las series bidimensionales en la exposición consiste en cinco impresiones digitales intervenidas con sutiles rastros de acuarela verde y azul turquesa que referencian al género pictórico qinglu (青綠). En algunas predomina el blanco y el gris; cierta bruma o nubosidad refuerza la imposibilidad de aprehender el recuerdo, acaso un tenue efecto cinematográfico. Obras hechas de obras. Peñalosa generó la serie con Inteligencia Artificial e imágenes de uso libre. Cada una es el retrato hablado de un país jamás visitado. Una pregunta realizada a su abuela de ascendencia china detonó la composición: “¿cómo te imaginas China sin haber estado allí nunca?”. El desarraigo paradójico, implica el desconocimiento territorial y lingüístico de una región que, a pesar de todo, marca la identidad de sus ancestros.

Ríos de gente, arquitectura típica y tropos del paisajismo chino: los elementos desmontan los modelos de representación que Occidente ha forjado de China en idea, pero ¿cuál es el imaginario que las comunidades de ascendencia china han forjado, desde acá, a veces sin conocerlo, del país asiático?

Ghost Stories es también una exploración de la memoria y de cómo ─de acuerdo con Beatriz Sarlo─ las historias cotidianas al margen de la historia oficial participan para construir “discursos de memoria” a partir de un “giro subjetivo”8. La memoria, cuando no bebe de la experiencia vital, almacena un banco de imágenes de lugares que hemos visto o creemos haber visto. En la mente llevamos un stock de sitios que no conocemos, modificado, en buena parte, por la globalización.

El internet sería entonces el “archivo preexistente”, cuya combinación de imágenes ofrece la posibilidad de crear nuevas al infinito. Dicho proceso se vincula más al algoritmo que a la hibridación per se. En ese sentido, Chantal asume su práctica como post-remix.

Entre las imágenes huidizas nacidas de una memoria imposible, salen a flote imágenes náufragas. La serie Boats. Junks, Photocopies (2023) se conforma de cinco serigrafías sobre tela de lino. Parten de fotografías de archivo que la artista retomó de su investigación en torno a las comunidades chinas en Baja California. Tomas de embarcaciones y una vista panorámica de un puerto, posiblemente datadas entre 1920 y 1930, fueron amplificadas en su espectralidad colosal, buscando preservar la textura de una fotocopia (a secas, el archivo mexicano las cataloga como “embarcaciones del pacífico” y probablemente fueron tomadas en San Diego).

Panorámica de "Ghost Stories". Fotografía: WhiteBalance

Panorámica de “Ghost Stories”. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

Ya vaticinaba Georges Didi-Huberman que “la imagen a menudo tiene más de memoria y más de porvenir que el ser que la mira”9. Toda imagen evoluciona a fin de trascender a su época, delatando su potencia como documento frente a la historia.

Ubicado al centro de la sala de exhibición, Fong (2023), el video epistolar narrado por Chantal en voz en off es el corazón del relato. Fue filmado una tarde nublada y ventosa en el barrio chino de San Francisco. El anhelo de un reencuentro sella esta carta: Querida familia, vine a San Francisco a visitarlos y no los encontré, pero donde quiera que estén (…) los quiero.

Chantal Peñalosa, "Fong", 2023, Video 4K, 12'07''. Cortesía de Proyectos Monclova

Chantal Peñalosa, “Fong”, 2023, Video 4K, 12’07”. Cortesía de Proyectos Monclova

Su trama binacional se divide en dos partes. En la primera, Peñalosa evoca la llegada de su familia a La Paz en 1926, quienes se dedicaron al comercio textil. Sus vidas se vieron alteradas al huir  del hostigamiento y el maltrato de los movimientos antichinos, por lo que el 23 de febrero de 1932, un año después de la expulsión masiva de población china en Sonora, los varones de la familia decidieron emigrar a Estados Unidos; las mujeres permanecieron en el puerto de La Paz y más tarde se establecieron en Ensenada.

La hostilidad del gobierno de Baja California, aunada a la prensa de la época, reforzó las intenciones del movimiento antichino al afirmar que estas comunidades apoyaban intereses anexionistas del país vecino10. No es solo la historia la que se pierde en la neblina, junto con ella, las vivencias y costumbres de toda una comunidad. A ustedes los volvieron fantasmas.

A modo de epílogo, la segunda parte del video es un cuento alegórico escrito por Peñalosa, según las convenciones del zhiguai xiaoshuo. Narra la llegada de un grupo de varones que partieron de Shangai para explorar una región ignota. Al verlos, los pobladores nativos ls observan “como si fueran espectros” y exigen comprobar su existencia física al tocar una campana. Al fondo, el sonido del oleaje del mar. Conforme vemos el close-up de un mural del barrio chino, aparece pintada una Nao.

De tal forma, la pieza de video empalma tres capas históricas: el pasado colonial, el pasado de discriminación en el siglo XX y un presente lleno de incertidumbre. La historia tiene la capacidad de crear fantasmas. Tal vez la historia en sí sea un fantasma: sin hacerse visible, convivimos con ella, nos acecha.

A un costado de la sala, otro video muestra dos fotografías. Los retratos en sepia permanecen fijos: reclaman nuestra mirada. Se trata de los tíos chinos de Chantal Peñalosa cuando eran niños. Una carta contrasta ─o contesta─ a la otra: en este segundo video se lee un panfleto redactado por un comité pro raza de Baja California, una de tantas ligas antichinas surgidas en México durante las primeras décadas del siglo XX11.

La retórica virulenta que “alerta” a la población mexicana del “fatídico dragón chino” que “amenaza al águila del Anáhuac” se yuxtapone con los rostros inocentes que, en su cruda vulnerabilidad, encaran al espectador. Ante esta negación y ocultamiento de su propia identidad a la que se vieron sometidas las comunidades migrantes chinas, la artista se pregunta: ¿cómo reconstruir una memoria visual y material de la diáspora, incluyendo a sus segundas, terceras y cuartas generaciones?

Para Peñalosa, unir las piezas de esta exposición implica un acto ritual, una suerte de conjuro para devolvernos al pasado y así colocar una claraboya en las tinieblas de nuestra historia. Al igual que Margo Glantz en Las genealogías al escribir en torno a las comunidades judías como una búsqueda de completud identitaria, Chantal enuncia lo colectivo desde lo individual12. “Me doy cuenta de que las migraciones guardan muchos secretos”, asegura Peñalosa en nuestra llamada por Zoom, cuando ya había oscurecido y la conversación daba un inesperado vuelco personal

“Son secretos, pienso, que intentan cuidar a las siguientes generaciones de sufrir lo que nuestros ancestros”13. Al liberar a estos fantasmas, se aplaca un poco más ese dolor que va de una generación a otra. El dolor de negar una herencia, de no transmitir una lengua, de disimular los rasgos y cambiar los nombres y apellidos. Dolor que, además, fue padecido de manera radicalmente diferente por la población femenina, incluyendo aquellas mujeres mexicanas que fueron desterradas por haber contraído nupcias con hombres chinos14. ¿Qué perdura como la medicina tradicional, y qué se extravía en la fantasmagoría de los tiempos, como la evidencia material?

"Cotton" 3, 2023 Escultura en bronce a la cera perdida 80 x 34 cm. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

“Cotton” 3, 2023 Escultura en bronce a la cera perdida 80 x 34 cm. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

“Volver al pasado e indagar en estos archivos no se trata solamente de un proceso nostálgico. Esta exposición, pienso, tiene que ver con las políticas actuales y lo que hoy ocurre, por ejemplo, en Centroamérica”, asegura Chantal. En efecto, las olas de migrantes centroamericanos son un punto crítico en el panorama diario de las fronteras norte y sur. Persiste, sin embargo, el orgullo de poder articular su propia genealogía y hacer justicia poética a su familia.

Al encontrar por primera vez la fotografía de su bisabuelo y al emprender su investigación entre los archivos de su estado natal, relata: “a veces iba con mi mamá o con nuestro vecino y les contaba: “¡miren, esto es nuestro! ¡nos pertenece!” Tal vez las esculturas de la exposición condensan el sentido metafórico de Ghost Stories: vertidos en bronce en forma de ramas de algodón, son una de las principales mercancías comercializadas por China desde la era colonial y una de las actividades de cultivo más importantes entre los migrantes siglos más tarde.

Chantal Peñalosa, "1929", 2023 Video HD 9' 21''. Cortesía de la artista

Chantal Peñalosa, “1929”, 2023 Video HD 9′ 21”. Cortesía de la artista

Fragilidad, delicadeza en el objeto a primera vista, pero también algo resiliente e inquebrantable. Así, entretejiendo los retazos de su historia familiar, Chantal Peñalosa Fong nos entrega una instalación literaria y emotiva, nacida de un acto tan íntimo como es conversar con nuestros ancestros.

Panorámica de "Ghost Stories". Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova

Panorámica de “Ghost Stories”. Fotografía: WhiteBalance. Cortesía de Proyectos Monclova


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Imagen generada con Craiyon.com
Imagen generada con Craiyon.com

   – ———— Jorge Luis Borges escribió una vez que vivir en una época                           de grandes peligros y promesas es experimentar tanto la   tragedia como la comedia.

Noam Chomsky, “La falsa promesa del ChatGPT”

1

El auge de la Inteligencia Artificial me recuerda a la rutina de un ventrílocuo. Su encanto —hacer hablar a lo inanimado, ese muñeco que se parece tanto al público— nos seduce en la medida en que aceptamos la ficción e incluso interactuamos con ella. Aunque sabemos que el sujeto que guarda la mano en la espalda hueca del muñeco es el autor de las palabras que escuchamos, nos gusta creer que la mentira cobra vida y, a la manera de un oráculo con la carita maquillada y overol de Chabelo, nos devela un futuro incierto tan pronto acabe la rutina. Me pregunto qué tanto de este hechizo suculento nos mantiene al filo de la silla al enterarnos de la creatividad tecnológica. Hay algo en la réplica artificial que nos convoca y nos hace creer en las máquinas con esa fe de quien le reza a un cristo de madera.

 

2

Me acuerdo de la primera vez que me invadió esa peculiar inquietud, mitad asombro mitad angustia, frente a una computadora. Fue durante la secundaria, en plena clase de computación. Era la semana de entregas finales, y Germán, Vaca, Noé y yo estábamos hartos de buscar porno a escondidas, si es que uno a esa edad realmente puede hartarse. Comenzamos entonces a navegar por el ciberespacio, cuando aún era posible realizar semejante acción en la web y la metáfora galáctica cautivaba a los usuarios por remitir a la inmensidad de lo desconocido. El profeso, con el aspecto desaliñado de quien atiende un ciber por las tardes, revisaba y calificaba los proyectos, metiendo y sacando uno por uno los disquetes donde cada equipo había guardado su trabajo.

Mientras esperábamos sus observaciones, buscamos cosas al azar. Aún no había bloqueos institucionales en la red de la escuela. Íbamos de música a videos de caídas, pasando eventualmente por más porno, hasta que, después de que Germán se amasara el pene mientras presumía la cantidad de veces que se había masturbado la noche anterior con la página que acabábamos de cerrar, Vaca preguntó si conocíamos a Pedro.

—¿Cuál Pedro? —preguntó Noé.

—Pedro responde, el juego.

—¿Cuál juego?

Ni tardo ni perezoso, abstraído por una urgencia de sexualizar todo a su alrededor, Germán completó el albur con la consabida réplica “Esta”, mientras volvía a estrujar su magullado sexo por encima del pantalón del uniforme. Sólo él se rio de su propio chiste.

Vaca volvió a preguntar si conocíamos a Pedro, esta vez más serio que de costumbre. Interesado por el misterio en los ojos de Vaca, pero ahora más receloso frente al ingenio de Germán, Noé inquirió de nuevo, esta vez reformulando sus palabras para evitar el doble sentido.

—Ya, de veras. ¿De qué Pedro hablas, Vaca?

Con sus manos blancas y gordas, Vaca sonrió y dispuso el monitor frente a él y comenzó a teclear la palabra “Pedro” acompañada de la palabra “responde” en el buscador de Yahoo! La página tardó en cargar y cuando por fin lo hizo, la conexión era tan débil que desplegó de arriba hacia abajo, poco a poco, una ventana parecida a la de Windows 98, con dos cuadros de texto superpuestos. Del lado izquierdo leímos “Ingrese la petición” mientras que debajo de esta, “Ingrese la pregunta”.

—A ver, alguien hágame una pregunta, órale— nos desafió Vaca.

Según esa primera versión, Pedro responde era un “Sistema interactivo de Almas en Pena”, una especie de juego de adivinación en el que al preguntar algo, el sistema, controlado por un espíritu chocarrero que al parecer nos conocía de pies a cabeza, respondería nuestras dudas por más difíciles que fueran.

—A ver si muy chingón. Quiero que me diga a quién del salón me voy a coger primero— preguntó Germán, que en ningún momento dejó de sobarse el pene, retador.

—No seas pendejo, Germán. Pedro no funciona así. Pero va.

Pedro, favor de responder, tecleaba Vaca letra por letra, la siguiente pregunta: ¿A quién del salón se va a coger el Germán?

Después del enter, debajo del segundo recuadro, apareció una respuesta que nos dejó atónitos:

a nadie x pinche feo

 

Germán detuvo las caricias y los tres guardamos silencio, aterrados. Ninguno esperaba semejante respuesta, ni mucho menos que el alma en pena hablara como un mocoso mexicano de secundaria pública.

—No mames, Vaca, ¿Qué pedo? — recuerdo que gritó Noé.

—Pinche Pedro ojete, ni me conoce— gimió Germán, que se limpiaba la mano, temblorosa, con el suéter. Tenía ganas de llorar.

—A ver, me toca, wey. Pregúntale cuánto vamos a sacar en el trabajo…O no, ya sé, mejor quién va a ganar el mundial…No, no, no, mejor dile cuántos años tengo, a ver si muy chingón el Pedro. Sí, pregúntale a ver si adivina que tengo quince años— Noé le pidió a Vaca y a lo que sea que fuera Pedro.

Vaca preguntó y la respuesta fue la esperada:

Noé tiene 14 años

 

En ese momento el maestro nos llamó a los tres para darnos malas noticias. Nuestro trabajo estaba mal, muy mal (una tabla con fórmulas en Excel) y la calificación era reprobatoria. Para entonces ya no nos importaba ni el trabajo, ni la nota ni mucho menos si reprobábamos el semestre. Daba igual, si Pedro sabía de computación, nuestro futuro estaba resuelto.

Recuerdo que Vaca no quiso revelarnos el truco. A Noé no le sorprendió demasiado y olvidó el tema pronto. No sé si Germán lo entendió, pero ya no volvió a exhibir su pene en el salón de computación ni mucho menos frente a una computadora.

Se sentía vigilado.

La sensación de estar en la mira de algo o alguien (un espíritu infernal, un pedófilo con ganas de jugar un poco con su presa, o simple programación básica), el pasmo al que induce el simulacro, la réplica artificial de lo humano, es semejante a la que experimenté hace poco, cuando se hizo público el funcionamiento de ChatGPT. En el fondo, tanto el mal llamado tarot virtual Pedro responde, de hace veinte años, como el modelo de lenguaje desarrollado por OpenAI, tienen algo en común: la fascinación por el artificio, el asombro genuino delante de un muñeco que habla, en definitiva, el uso de la información como arma de seducción, control y (auto)conocimiento.

 

3

Después de la prepa, no volví a hablar con Vaca, cuyo nombre de pila era Efrén, tampoco con Noé ni mucho menos con Germán. Encontré sus perfiles en Facebook, cuando aún tenía Facebook, hace más de diez años, pero no les escribí ni les envié una solicitud de amistad. Sin embargo, aún sigo jugando Pedro responde con mis alumnos cuando quiero que suelten la sopa.

Ahora que encontré el ChatGPT de vez en cuando le pregunto cosas. Cosas que genuinamente no sé y que puedo googlear o que simplemente deseo que alguien (otro espíritu chocarrero, esta vez con apariencia de nerd) me cuente los detalles. Lejos de creer que me quitarán el trabajo o de rendirme mansamente a su control cuando dominen el mundo, me gusta pensar en la IA como el lugar al que uno acude cuando se siente solo o simplemente desea escuchar cosas que quizás ya sabe o por lo menos imagina. Algo semejante ocurre en Her, cuando Theodore Twombly lleva al límite la relación con Samantha. El arrebato de Twombly lo lleva incluso a tener un orgasmo a oscuras, conducido dulcemente por la voz de su OS1.

ChatGPT no es el único sistema capaz de establecer un diálogo con el usuario a partir de ingentes cantidades de información. Google desarrolló el suyo (Google Bard), Microsoft también (Microsoft Turing), así como Facebook (RoBERTa), por poner solo algunos ejemplos. En todos prevalece el mismo propósito: establecer un diálogo entre el usuario y el modelo de lenguaje pre-entrenado; su propósito es, en todos los casos, cubrir sus necesidades cada vez más demandantes a partir de grandes cantidades de información. El encanto radica en la posibilidad de que todos estos modelos nos digan algo que los seres humanos no sabíamos, ni de nosotros ni de lo que nos rodea. Aunque sí lo sepamos, pero ¿Acaso no hay algo de extraordinario en ser atendido por una entidad (sea un alma en pena, sea simple lenguaje binario) que te responda todas tus dudas?

En su momento, los creadores de Pedro responde definieron el programa como un juego de adivinación, naturalmente condicionado por la información que proporcione quien conozca el truco. Esta información está condicionada por la capacidad de retención que naturalmente posea cada jugador que realice las preguntas. En cambio, toda la información que recoge el ChatGPT fue precargada en servidores en la web y hallada más o menos fácilmente, siguiendo patrones establecidos propios del tipo deep learning, definido como un “subconjunto de machine learning (…) donde las redes neuronales, algoritmos inspirados en cómo funciona el cerebro humano, aprenden de grandes cantidades de datos”, de acuerdo con la entrada en la página web de IBM dedicada al tema.

¿Por qué entablar un diálogo con una inteligencia artificial entrenada para proporcionar eficazmente información y darte sugerencias generalmente positivas? Programada, pues, para no equivocarse, el ChatGPT evade el error por considerarlo demasiado humano y, por ende, prescindible en su imitación. Noam Chomsky, en su artículo “La falsa promesa de ChatGPT”, revalora la equivocación frente a la eficiencia del modelo propuesto por OpenAI. Escribe Chomsky:

El talón de Aquiles del aprendizaje automático son la descripción y la predicción; no plantea ningún mecanismo causal ni leyes físicas. Por supuesto, cualquier explicación de tipo humano no es necesariamente correcta; somos falibles. Pero esto es parte de lo que significa pensar: para tener razón, debe ser posible equivocarse.

Motivados por nuestra propia curiosidad y una sensación de desagrado frente a lo que se erige como superior, los seres humanos buscamos aun en lo perfectible la imperfección que nos distingue, como una manera acaso de evitar que la ficción termine por devorarnos.

 

4

En un intento por recuperar ese lugar de pasmo y asombro frente a la ficción, antes de sabotearla con dudas que seguramente nos dejarán satisfechos, el siguiente ejercicio de escritura no creativa busca devolvernos ese lugar entre el público, pero al mismo tiempo alejados de sus gestos de desaprobación, como espectadores de lo que puede y no puede hacer el ChatGPT, ese ventrílocuo que casi nos engaña.

La idea es el ChatGPT responda por sí mismo a sus fans divididos, para variar, en apocalípticos e integrados. En un intento por que sea la propia IA la que se “defienda” y responda, decidí copiar y pegar diversas encontradas al azar, como cuando mis amigos de la prepa y yo navegábamos hace veinte años en el ciberespacio.

 

5

Chomsky dice: “ChatGPT y sus afines son constitutivamente      incapaces de equilibrar la creatividad con la restricción”.                  ¿Qué opinas?

 

ChatGPT: No estoy de acuerdo con esa afirmación. Aunque es cierto que ChatGPT y otros modelos de lenguaje basados en inteligencia artificial son sistemas automatizados que generan texto a partir de patrones encontrados en grandes cantidades de datos de lenguaje natural, estos modelos también tienen la capacidad de ser restringidos y controlados por los programadores y usuarios que los utilizan.

 

Según Alex Grech, consultor y académico, «A primera vista,          ChatGPT de OpenAI cambia las reglas del juego de la educación.    Los vaticinadores vociferan que representa el fin de la redacción      y las evaluaciones, y que la escritura asistida por IA marcará el      comienzo de una nueva era de trampas y plagios que no podrán      ser detectados por programas como Turnitin. La tentación es      prohibir el acceso a ChatGPT a través de redes escolares propias      o incluso volver a los exámenes de lápiz y papel». ¿Qué opinas?

 

ChatGPT: Si bien la tecnología como ChatGPT puede ser vista por algunos como una amenaza para la integridad académica, también puede ser una herramienta valiosa para enseñar y evaluar la escritura. Es importante que se utilice de manera responsable y ética, y que se establezcan y se apliquen políticas claras y estrictas en cuanto a la ética académica y el plagio.

 

Un estudio publicado en la revista Scientific Reports alerta de la      capacidad de dicha herramienta para influir en nuestros      propios juicios morales, además de la dificultad que tenemos      para advertirlo. ¿Qué opinas?

 

ChatGPT: Es importante tener en cuenta que la Inteligencia Artificial no es inherentemente inmoral o sesgada. Los sesgos y errores que se observan en la Inteligencia Artificial a menudo se deben a la forma en que se le entrena y se le proporciona información. Por lo tanto, es posible abordar estos problemas trabajando en la creación de conjuntos de datos más equilibrados y en la eliminación de sesgos en el entrenamiento.

 

¿Eres un alma en pena?

 

ChatGPT: No, como modelo de lenguaje, no tengo un alma ni estoy vivo, ya que no soy un ser consciente o vivo. Soy una herramienta creada por humanos para procesar y generar texto en base a patrones en los datos de entrenamiento que se me han proporcionado. Mi función es ayudar a las personas a obtener información y respuestas a preguntas de una manera más eficiente y precisa.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
Urbina, Villa y Zapata en Palacio, Museo de la Ciudad de México. M. Ramos, 2014. Licencia CC-BY-SA, Diego Delso.
Urbina, Villa y Zapata en Palacio, Museo de la Ciudad de México. M. Ramos, 2014. Licencia CC-BY-SA, Diego Delso.

La literatura mexicana del siglo XX comienza con la Revolución de 1910, cuando al fin concluye el siglo XIX, tan cargado de dificultades políticas y económicas para el país, invasiones norteamericanas y francesas, luchas intestinas. Algo semejante ocurrió en Europa: el nuevo siglo surge lenta y brutalmente luego de la Primera Guerra Mundial, 1914-1918. Hasta ese momento, la belle époque mantiene su hegemonía. Son los atroces sacudimientos militares los que cambian de una etapa a otra. En México no solo cuenta el levantamiento en armas de Francisco I. Madero, todavía en plena dictadura, antes Justo Sierra funda la Universidad Nacional y el filósofo Antonio Caso le da un golpe de positivismo que era el soporte filosófico del porfirismo. Las ideas anarquistas de los Flores Magón se cuelan en el magno movimiento y en 1919 es fundado el Partido Comunista Mexicano bajo la influencia de la naciente Unión Soviética. México es una suerte de crisol donde se funden nuevas corrientes de pensamiento político y llegan aires distintos en materia de cultura y literatura específicamente.

La gran rebelión mexicana se transformó pronto, junto con la rusa, en una de las grandes revoluciones del siglo XX. Surge, en efecto, por razones internas, luego de una larga dictadura y de la entrega de recursos nacionales al extranjero, cuando los explotados sufren en el campo y en las ciudades se resiente la falta de libertad y democracia. Francisco I. Madero es la mecha del enorme movimiento que se desatará en pocos meses. Se han acumulado fuerzas incontenibles que brotan entre los campesinos e indígenas y que tienen fuerte respaldo en las urbes donde intelectuales y profesionistas, unos cuantos obreros y masas de desarrapados exigen cambios radicales. Con la nueva reelección de Porfirio Díaz, queda claro que solo dejará el poder por la fuerza de las armas y así se inicia la insurrección a gran escala. Madero lanza el Plan de San Luis donde aparece la no reelección y hace un llamado a las armas para el 20 de noviembre. En Puebla, Aquiles Serdán resiste y finalmente es asesinado mientras que en Chihuahua estalla la Revolución. Muy pronto aparecen los dirigentes que darán los grandes combates contra las tropas gobernistas. Francisco Villa, Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Pascual Orozco, Pánfilo Náteras, Felipe Ángeles, Álvaro Obregón y otras figuras alimentan la imaginación popular y se traducen en corridos y leyendas, murales y novelas y cuentos que desbordan las fronteras nacionales. Zapata y Villa, por ejemplo, han sido llevados una y otra vez a la cinematografía norteamericana. Vale la pena citar la mejor versión que de Emiliano Zapata se ha hecho: ¡Viva Zapata! Con Marlon Brando y Anthony Quinn del cineasta Elia Kazan. Periodística e históricamente es el norteamericano John Reed con su obra México insurgente, uno de los mejores cronistas que la naciente revolución pudo tener. No solo ello, también dejó un libro notable de relatos que en México publicó el Fondo de Cultura Económica en 1972, Hija de la Revolución.

La Revolución atrajo e influyó a narradores de la talla de D.H. Lawrence (La serpiente emplumada), Graham Greene (El poder y la gloria), Valle Inclán (Tirano Banderas, como todo lo peninsular, más de aires españoles que mexicanos), Emmanuel Robles (Las Navajas). Más adelante llegará a México B. Traven a darle vigor a los temas sociales e indigenistas con multitud de cuentos y novelas de enorme éxito. La identidad de este enigmático narrador permaneció oculta hasta que el periodista Luis Spota logró descifrarla.

Un análisis riguroso acerca del origen de las letras mexicanas tendría que remontarse. Por una parte, a la España que vence a los primeros americanos en 1521, del otro lado, pese a la relativa presencia prehispánica de la literatura mexicana, hay que considerar al menos la poesía y los mitos de mayas, aztecas, olmecas y otomíes, principalmente. Hablamos de una síntesis donde predominó la parte castellana, pero donde todavía laten los restos de enormes culturas cortadas abruptamente de tajo.

Si bien la novela colonial es un comienzo, esta tiene naturalmente raíces en España, son trescientos años de presencia española, imposible evitar esa enorme referencia. De tal suerte que la novela histórica en México, en boga después de Noticias del imperio de Fernando del Paso, Gonzalo Guerrero de Eugenio Aguirre y Madero el otro de Ignacio Solares, vienen no solamente de Walter Scott (1771-1832) con obras de la talla de Ivanhoe y Quintin Durward, cuyo éxito y veloz traducción al castellano fue impresionante, sino también de más lejos, con libros como Crónica del rey don Rodrigo con la destrucción de España, de Pedro del Corral, escrita alrededor de 1403 y que da origen a infinidad de novelas épico-históricas, cuyo eje son las batallas entre árabes y españoles.

Hay que aceptar, pues, que las letras mexicanas comienzan con los textos de los vencidos (los aztecas en principio) y fundamentalmente con las crónicas (que no novelas) de los vencedores. Imposible narrar en pocos párrafos las deudas del México actual con España, baste decir que, entre nuestros antecedentes literarios, por obvias razones en consecuencia, se cuentan El Lazarillo de Tormes (1554), Don Quijote de la Mancha (1604), el Amadís de Gaula y la novela picaresca. En plena lucha por la Independencia de España (1816), José Joaquín Fernández de Lizardi escribe El Periquillo Sarniento, la que muchos califican como la primera novela mexicana y un libro que anticipa alguno de los males que han prevalecido hasta nuestros días: la corrupción, la riqueza del subsuelo y la pésima administración política.

De muchas maneras, los años que van de 1821 a 1910, menos de un siglo, son intensos para el mundo y para México. Este país recién independizado recibe distintas invasiones, algunas implacables como la norteamericana de 1847, por la cual pierde más de la mitad de su territorio, y la francesa que dura unos tres años y establece un segundo imperio ahora con monarcas europeos de la casa Habsburgo. Lugar aparte están las atroces luchas intestinas que desangran y dividen al país y cuya cumbre es la guerra entre liberales y conservadores. Grandes novelistas aparecen: Justo Sierra O’Reilly, José López Portillo y Rojas, Rafael Delgado, Emilio Rabassa, Heriberto Frías, Manuel Payno, Guillermo Prieto, y muchos más que desarrollan la literatura propiamente nacional.

En 1900 la literatura mexicana seguía anclada en el pasado inmediato. Federico Gamboa, digamos, y su naturalismo, préstamo del francés, se mantiene. No ha sido suficientemente valorada la aportación de voces propias como la de El periquillo sarniento de Lizardi y Tomóchic de Heriberto Frías, por solo citar dos casos importantes. Pero está por comenzar un proyecto literario de gran envergadura para México. En ese arranque del siglo ya habían nacido los autores fundamentales del siglo XX: José Vasconcelos, Julio Torri, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez y Mariano Azuela. Los primeros cuatro forman parte de una generación, El Ateneo de la Juventud, el último, será quien formalmente inaugure lo que conocemos como Novela de la Revolución; ruptura y arranque, porque con esta literatura se acaba la dependencia de las corrientes europeas dominantes y principia una tendencia propia y poderosa. La Revolución, es cierto, brinda una sana explosión de nacionalismo, haciendo de lado al afrancesamiento que prevalecía en la cultura, y, sin embargo, y ello no deja de ser interesante, al mismo tiempo le dio al país un sentido universal del que carecía. Quizá esto se pueda apreciar más en artistas plásticos como Rivera y Siqueiros, aunque ambos tenían un definido proyecto estético nacionalista y revaloraban el pasado prehispánico, pero habían tomado lo esencial de la cultura universal; en política, digamos, venían del alemán Marx y del ruso Lenin. Diego había pasado por diferentes escuelas, especialmente por el cubismo y se había perfeccionado en París. Siqueiros, a su vez, tenían deudas con grandes muralistas del Renacimiento.

A don Alfonso Reyes le reprochan su ausencia de temas revolucionarios y su atenta mirada hacia los clásicos, su admiración por lo europeo. Lo que a nadie le cabe la menor duda es su talento literario. El propio Jorge Luis Borges, tan poco dado a elogiar a los demás, reconoce la excelsitud de su bagaje cultural y su capacidad para las letras. No hay desdén para el movimiento que a sus correligionarios iniciales subyuga, Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos, lo que ocurre es que la muerte de su padre, militar de alto rango al servicio de la dictadura, ocurrida en un intento de asonada frente a Palacio Nacional, lo conmueve mucho, su dolor lo traduce en versos tardíamente dados a conocer.

Julio Torri, por su lado, permanece único y respetuoso, absorto ante la más delicada literatura universal, incapaz de conmoverse con los brutales cambios políticos que a su alrededor ocurren.

Vale la pena precisar que la literatura de la Revolución Mexicana no fue ciertamente una literatura revolucionaria, un movimiento estético de gran envergadura, pero a nivel mexicano consiguió grandes cambios artísticos. Su temática fue nacional. Como en el caso de la pintura y la música, los creadores volvieron los ojos hacia lo propio y apareció una enorme preocupación por la forma y los temas mexicanos. La nueva literatura hizo que los escritores se fijaran en los indios, los campesinos, en los grandes problemas nacionales, lo cual le dio a la novela y al cuento una preocupación social y política desconocida hasta entonces y un impulso artístico avanzado. Recordemos, por ejemplo, el célebre cuento de Rafael F. Muñoz, “Oro, caballo y hombre”, así como el capítulo del libro de Estampas o cuadros de Martín Luis Guzmán, “La fiesta de las balas”, o la novela de este mismo narrador La sombra del caudillo. Todos ellos son trabajos memorables que dejan una profunda huella en los mexicanos y que, de no haber sido escritas en castellano, serían obras de alcance internacional.

Todavía en los años cincuenta, los escritores se movían pensando en función de ese movimiento, fuera para elogiarlo o vituperarlo. Sin duda lo que produjo fatiga no fue tanto el tiempo pasado como la insistencia política de hablar de ella cuando ya agonizaba y le entregaba a la burguesía recién creada los recursos por los que las masas campesinas habían luchado y muerto. La burocracia política, con sus discursos demagógicos, hacía chocantes a las figuras revolucionarias.

Etapas de la novela de la Revolución Mexicana

Para estudiar el fenómeno de la literatura de la Revolución Mexicana es necesario acudir a la edición (Aguilar) La novela de la Revolución Mexicana en dos volúmenes, realizados por Antonio Castro Leal, y seguramente continuar con Los protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX, entrevistas realizadas por Emmanuel Carballo, independientemente de acudir a otras fuentes. Antonio Castro Leal es quien primero estudia, agrupa y ordena a los autores de la Revolución, como también lo hizo con la novela del México colonial. Lo hace de forma aguda para que no haya equívocos: en principio están aquellos que fueron testigos directos, quienes, como Azuela, médico de las tropas villistas, y Martín Luis Guzmán cercano a Villa, toman las escenas y los personajes de primera mano. Ellos son parte del movimiento armado, igual que José Vasconcelos, quien narra en libros formidables, como el Ulises criollo, su propia experiencia, su memoria de los días violentos y soberbios de la gesta revolucionaria. A ellos se suman autores como Rafael F. Muñoz, Gregorio López y Fuentes, Mauricio Magdaleno y Nellie Campobello.

A la novela inicial, Los de abajo, obra de gran empuje tardíamente descubierta por el hombre de letras Francisco Monterde (el miso autor de libros sobre el tema: Lencho y El mayor Fidel García), le siguen otras basadas en la realidad inmediata. Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos escriben obras memorables. Todos los narradores son protagonistas, hombres y mujeres participan del movimiento armado. Son, pues, autobiográficas.

Enseguida vienen aquellos que nacieron durante los años revolucionarios, los que plasman sus recuerdos infantiles o cuentan historias que escucharon durante sus años iniciales o de formación. Sin embargo, el tema que propone la Revolución, que bien podría ir de 1910 a 1920, año en que es asesinado en Tlaxcalaltongo Venustiano Carranza, se ha estirado enormemente. No olvidemos que, en 1962, Fernando Benítez escribe El rey viejo, historia novelada de la muerte violenta del constitucionalista. Más adelante, Agustín Yañez (1904- 1980) retoma el tema revolucionario en su obra Al filo del agua, novela que introduce técnicas modernas y cuenta la historia de un modesto poblado que vive al margen de la gran tormenta: la gesta no pasa por allí, da un rodeo, lo deja prácticamente igual. No importa que las poderosas tropas de generales formados en la lucha guerrera, sacudan a la nación y destruyan el feudalismo que el régimen de Porfirio Díaz permitía. Para muchos es el inicio de la novela moderna, con una severa influencia de Manhattan Transfer de John Dos Passos. También José Revueltas recurre al tema o, mejor dicho, a la secuela que ha dejado. Más adelante, cuando los críticos suponían agotado el tema de la Revolución, Carlos Fuentes escribe dos obras fundamentales: La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, en ambos casos presenciamos la muerte simbólica de la Revolución, su caída con seres corruptos que se beneficiaron con los logros de aquellos que quedaron en los campos de batalla. Ello significa que podríamos hablar de una tercera etapa de la literatura de la Revolución, una literatura ya no de corte épico sino más bien de crítica áspera a los resultados de la gesta libertaria, su total decadencia convertida en el Partido de la Revolución Institucional (PRI), la práctica de la corrupción a gran escala, el autoritarismo llevado a extremos brutales como lo prueban las represiones frecuentes a electricistas, maestros, médicos, estudiantes, y, por último, una pobreza que repite la situación de 1910. El país de nueva cuenta ha quedado en manos de ricos, banqueros y empresarios extranjeros que revierten la obra revolucionaria cuyo momento de máximo esplendor llega con Lázaro Cárdenas, entre 1936 y 1940, donde es diseñado el México posrevolucionario, sus instituciones, su presidencialismo, sus vicios y virtudes que siguen vigentes.

La novela de la Revolución Mexicana, con sus logros y carencias, con sus autores hondamente preocupados por los problemas nacionales del país, supo presentar un movimiento grandioso que cambió el rostro de la nación y le ayudó a levantarse de una postración de siglos. Hoy, para hacer un nuevo intento de adentrarse plenamente en la modernidad, México no invoca más a la Revolución, no obstante, nadie podría negar los luminosos méritos de todos aquellos que por una razón u otra tuvieron la fortaleza de llevarla a cabo y que, por último, le dieron a la literatura mexicana la posibilidad de mostrar héroes o villanos de peculiares características, de grandeza y miseria.

Sin embargo, el tema no se agota, adquiere otra forma y tratamientos. Carlos Fuentes (Panamá, 1928- Ciudad de México, 2012), por ejemplo, lo retoma lleno de nostalgias; mejor dicho, aborda los resultados: una creciente corrupción y un presidencialismo que hereda los defectos del caudillismo histórico que conforman a México y que viene de muy lejos; hablamos de la fusión de dos autocracias, la azteca y la española. ¿De dónde podríamos arrancar la democracia? Hablo de La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz. Fuentes va más lejos y escribe Gringo viejo. En esta obra recupera a muchos de aquellos personajes legendarios y le hace, en la figura del talentoso humorista Ambrose Bierce, un homenaje a los muchos extranjeros que vinieron a México a pelear o a morir. Por una causa ajena y poco comprensible, como Mina, aquel soldado español que luchó y falleció por la Independencia mexicana y a quien Martín Luis Guzmán le rindió un cálido homenaje en Mina, el mozo.

Quizá lo más interesante de La región más transparente sea que se trata de una de las novelas que le permiten a México ingresar a las naciones que poseen una acabada literatura urbana. Más que en Agustín Yañez, es evidente la influencia de Manhattan Transfer, cuyo personaje principal es la ciudad de Nueva York. Casi simultáneamente aparecen dos novelas más: de Rafael Solana, El sol de octubre, y de Luis Spota, Casi el paraíso, lo que contribuye a reforzar una temática, la urbana, que aparece tardíamente en México. No son los únicos casos, pero sí los más destacados.

Fuentes, además de darle firmeza a esta corriente literaria, retoma la Revolución y sus dramáticas consecuencias de corrupción y frivolidad. Martín Luis Guzmán y Octavio Paz están presentes. Las generaciones siguientes, aquellas de quienes nacieron después de 1950, en un país que recupera la epopeya revolucionaria y aprecia la gesta social como pura nostalgia con frecuencia frívola. Así tenemos libros de autores jóvenes como Paco Ignacio Taibo II y Pedro Ángel Palou, que ven a Villa y Zapata con ojos de admiración y novelan sus respectivas historias. Los corridos populares que exaltaban a los revolucionarios son sustituidos por narco corridos, música popular destinada a exaltar a los traficantes de drogas. Las fotografías de escenas revolucionarias de los Casasola son puestas en bares distinguidos para jóvenes metrosexuales o para una multitud de personajes que se divierten y beben despreocupadamente, cuyos valores son eminentes y vienen de Estados Unidos, la potencia triunfadora luego de una larga confrontación con el proyecto socialista ruso, el llamado socialismo real, de muchas formas una aberración, una pésima versión del marxismo. La tragedia quedó atrás. Incluso ya hay margen para la parodia con Jorge Ibargüengoitia: su novela Los relámpagos de agosto hace mofa de la literatura de la Revolución Mexicana y parece el punto final de una épica que se extendió de modo asombroso. En el campo de las ciencias sociales, una y otra vez aparecen libros que hablan de un movimiento traicionado o interrumpido, como si fuera posible que desembocara en una transformación socialista según las ideas de Marx y de Engels. Puras especulaciones para una revolución que nació de la ira popular sin ningún proyecto más que acabar con las injusticias, lo que no es, por otro lado, poca cosa.

El distanciamiento con la Revolución

Antes de que iniciara la Revolución, alrededor de 1904 y 1905, nacen los integrantes de la generación que se llamará Contemporáneos; brillan Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen, Celestino y José Gorostiza. Cuando Francisco Villa daba las grandes batallas que acabarían con los restos feudales del México porfirista, 1914-1915, nacen los miembros de otra generación distinguida, donde Octavio Paz es la figura señera: Taller al que también pertenecen Rafael Solana, José Revueltas y Efraín Huerta. A Contemporáneos le corresponde la búsqueda de lo universal, algo que parecía haber quedado sepultado bajo toneladas de nacionalismo producto de la Revolución. A la discutible idea de que no hay más ruta que la nuestra, dicha en artes plásticas por Siqueiros, y avalada por cientos de escritores e intelectuales, esta generación busca a James Joyce, Virginia Wolf, André Gide, por ejemplo, fuentes de inspiración. Son una protesta contra los excesos de nacionalismo revolucionario existente en México. No le interesa el Ulises criollo de Vasconcelos, les importa el Ulises de Joyce. La respuesta es brutal: Diego Rivera los ridiculiza en un muro de la Secretaría de Educación Pública con orejas de burro, sus “inútiles” caballetes y los libros de Joyce son barridos por obreros y campesinos que actúan, como lo harán en la Alemania de Hitler y la China comunista, contra el arte “degenerado”.

La generación que se hizo llamar Estridentista, con Arqueles Vela, Germán List Arzubide y Manuel Maples Arce, Luis Quintanilla, Salvador Gallardo, Aguillón Guzmán y Germán Cueto, entre otros, permaneció siempre como inalterable oposición a Contemporáneos y mantuvo hasta el fin una actitud irreverente y antiimperialista. Por aquí se mezclaban los aires del dadaísmo, con los del futurismo y el surrealismo y lo aunaban con los de un aguerrido antiimperialismo sin omitir la presencia del nuevo mundo soviético. Fue un grupo con sentido del humor, de consignas graciosas e irreverentes que sesionaba en el Café de Nadie y en cuyo menú destacaba Merde pour le burgoise y el grito era “¡Viva el mole de guajolote!”.

Luego de Arriola y Rulfo vienen otros narradores y poetas. Una generación que se agrupa por afinidades más cercanas a las de Villaurrutia y Novo, bajo la influencia de autores europeos, como Juan García Ponce y Juan Vicente Melo. La siguiente, los nacidos alrededor de 1940, clava su atención en los autores norteamericanos: de Hemingway, McCullers, Faulkner, Nabokov, Capote, Salinger y Mailer, por ejemplo. Pareciera extinguirse la literatura de la Revolución en medio de nuevos mitos, temas y tratamientos.

Razones para morir

Volvamos al principio. La Revolución Mexicana fue una descomunal tarea de la sociedad en su conjunto. Es un fenómeno peculiar, no tiene a Enciclopedistas como antecedentes en Francia ni a teóricos como Marx, Lenin y Trotsky igual que en Rusia. Es en efecto una chispa que enciende una enorme llamarada. Como señaló el escritor español republicano, Max Aub: “El interés personal de los jefes priva sobre el ideológico, por la sencilla razón, como hemos visto, de que este no tenía formulación teórica. La gente se sacrificó por acabar con un régimen injusto con una utopía por meta”. Ello sin duda explica la hondura de los escritores de ese período, sus personajes sombríos, brutales e introvertidos, su futuro incierto, la muerte prematura como la de Demetrio Macías de Azuela en Los de abajo. Es, pues, un comienzo original para las letras nacionales. A diferencia de otras corrientes literarias, la mexicana no es revolucionaria en sí misma sino por su tema. Aunque en más de un momento la novela o el cuento adquieren características de asombrosa novedad. Tales son los casos de La sombra del caudillo en novela, de “Oro, caballo y hombre” en cuento y de Felipe Ángeles en teatro, ya citados.

Para el año 2000, políticamente la Revolución Mexicana ha muerto. Para muchos su agonía comenzó al concluir el período del general Lázaro Cárdenas, momento estelar de un movimiento que dio extraordinarias figuras, conmovió a todo el continente americano y atrajo figuras del orbe entero, incluida de la naciente Unión Soviética. Entra, pues, en un hospital para desahuciados, cuando en 1940 el sucesor de Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, revierte el artículo tercero constitucional que entonces precisaba que la educación primaria, amén de laica, gratuita y obligatoria serpia socialista, se declara católico públicamente sin importarle las largas luchas entre la reacción y los liberales, los conservadores y las fuerzas progresistas y la guerra cristera exacerbada por el asesinato de una figura como el general Obregón a manos de un fanático católico azuzado por la alta jerarquía eclesiástica. Lentamente la Revolución desaparece, sus hazañas quedan en las páginas de los libros y en los acartonados discursos de la clase gobernante. Después del general Cárdenas, cada presidente de la República se inclina más a la derecha: cesan las políticas sociales. Los logros políticos y económicos. Para multitud de jóvenes, en 1968, con exactitud, el dos de octubre, la Revolución muere violentamente cuando fuerzas militares y policiacas, en una maniobra conjunta, asesinan de golpe a más de quinientos estudiantes y encarcelan a cientos de jóvenes, intelectuales y académicos, entre ellos al escritor José Revueltas. Como en el sexenio anterior, habían puesto en prisión a David Alfaro Siqueiros. Mi padre, un médico cirujano con especialidad en pediatría, era activista del movimiento que en 1965 fue denominado Las batas blancas, le tocó estar en medio de aquella muchedumbre que corría desesperada de un lado a otro huyendo de las balas, viendo a sus compañeros morir. En esos momentos México se había colocado, con alguna discreción, al lado de Estados Unidos y solo mantenía relaciones con Cuba a causa de los pueblos. De ello dejó constancia René Avilés Fabila en una novela que originalmente apareció publicada en buenos Aires, en 1971: El gran solitario de Palacio.

Sin embrago, la palabrería “revolucionaria” no acabaría sino hasta el período de Miguel de la Madrid, en 1984. Con él, escuchar hablar de revolución y mirar alrededor resultaba irónico y ofensivo para aquellos que por miles murieron en la gran gesta, mucho más para la memoria de intelectuales que sufrieron cárceles y persecuciones. Ya con Carlos Salinas y Ernesto Zedillo no existe siquiera el recuerdo de la Revolución, ha comenzado el total retroceso o ha concluido una larga etapa política y económica del país. Ellos abren formalmente las puertas del Partido Acción Nacional, partido fundado en 1939, por un intelectual de derecha, Manuel Gómez Morín, parte de la generación llamada Los siete sabios, donde estuvo también el marxista Vicente Lombardo Toledano, impulsor de largas luchas sociales. México entra de lleno en el mundo del conservadurismo, en lo que los marxistas han llamado el reflujo; triunfa la globalización, el modelo neoliberal, impulsado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se extiende sin importar si coincide o no con las historias patrias y los valores de tantas naciones pobres. Sin el socialismo real, derrumbado de forma estrepitosa por sus propios defectos y errores, comienza la era de las privatizaciones a ultranza, de la entrega de los recursos nacionales a empresarios extranjeros. En suma, las viejas políticas sociales y el papel del Estado rector en México se vienen abajo. De nueva cuenta padecemos la contradicción entre un puñado de familias multimillonarias, y millones de miserables, de mexicanos en condiciones en extrema pobreza. La literatura fijará su atención en otros elementos sociales, éticos, políticos y económicos.

La Revolución Mexicana tiene secuelas, una de ellas, para muchos una contrarrevolución, una revuelta revolucionaria motivada por el clero, para otros más una lucha tardía por consignas zapatistas, es decir, por la posesión de la tierra, es la que han llamado guerra cristera o la cristiada y que de muchas formas entronca como pariente pobre con la novela de esa época. Elena Garro no solo escribió su memorable obra dramática Felipe Ángeles, sino que en Los recuerdos del porvenir delineó a muchas figuras cristeras. En estas tesituras, dentro de la literatura que produce la lucha de los que se alzaron en nombre de Cristo Rey contra los gobiernos revolucionarios, destaca entre muchos libros poco conocidos, una novela intensa y bien lograda de Antonio Estrada M.: Rescoldo, publicada en 1961. Esta literatura, la que produjo la guerra cristera, merecía un mayor estudio y la incorporación de diversos autores al cementerio de los escritores ilustres por la vía de la consagración oficial.

Luego de 1968 la literatura recupera un impulso de crítica social. Es ella quien juzga a los asesinos de Tlatelolco, a través de una serie de novelas y poemas. El arte en general asume una vez más cercanía con la política. Solo que el gran personaje de 1910-1920 está ausente: ahora se lucha contra sus magros resultados. En nombre de la Revolución Mexicana, el Ejército (al que la burocracia considera una gran herencia del movimiento revolucionario) y la policía disparan sus balas contra estudiantes inermes, los políticos del sistema condenan el movimiento estudiantil como si fuera obra de provocadores y dementes, de anarquistas.

La literatura de 1968 sirve de memoria para que los mexicanos no olviden la represión y muertes, juzga a los responsables y, seguramente, es de inmensa utilidad par que el país sufra transformaciones positivas. Para muchos es incluso un parte aguas. Esa literatura, sin personajes memorables, más bien anónimos, con algunos autores de significado cultural importante, hace que cada 2 de octubre se reaviven los impulsos democráticos y libertarios por los cuales los jóvenes lucharon y fueron masacrados. Luego de la matanza, muchos iniciaron el camino de la guerrilla. En los inicios de la década de los 70, el Ejército y la policía masacran a estos combatientes, es una guerra sin cronistas y sin memoria, olvidada, perdida en el recuerdo de uno o dos ensayistas y de un novelista, Salvador Castañeda, que la vivió y padeció prisión. Existen de nueva cuenta guerrillas como el EZLN y el EPR, que comienza a contar con narradores propios. La literatura de 68 está bien representada por Luis González de Alba, Los días y los años; María Luisa Mendoza, Con él, conmigo, con nosotros tres, y Fernando del Paso, Palinuro de México. En materia periodística, más allá, vale la pena citar dos casos: La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska y Días de guardar de Carlos Monsiváis, quien también es autor del iluminador relato de un movimiento no solo estudiantil que defiende los derechos humanos: El 68 La tradición de la resistencia.

El país ha puesto distancia con la Revolución que en el 2010 cumplió cien años de edad. Los homenajes que con tal motivo se prepararon fueron un réquiem de escasa dignidad. Mejor conmemoró la dictadura de Porfirio Díaz el centenario de la Independencia, aunque meses después el longevo gobierno cayó bajo el ímpetu revolucionario. Las artes de México quedaron con una deuda profunda con el movimiento político-militar. Sobre la literatura, el citado Max Aub hizo un señalamiento aclarado su importante influencia a finales del siglo XX, pero al mismo tiempo mirando hacia el futuro: “… estamos ya en otro mundo, el de nuestros días; sin la narrativa de la Revolución serían otros”. Tenía razón.


Autores
Periodista polifacético , investigador, consultor en asuntos públicos y líder de opinión experto en análisis político y periodismo cultural. Maestría en Literatura Dramática en Lengua Inglesa del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es un miembro electo del Consejo Académico del Área de las Humanidades y de las Artes, y de la Asociación Nacional de Periodistas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, y del Club de Periodistas de México A.C.