Ilustrador
Rodrigo Llorente
(2003) Madrid, España. Estudio diseño y comunicación visual en la Facultad de artes y diseño (FAD) de la UNAM.
Comisión Interamericana de Derechos Humanos. (CC BY 2.0)
Paulina Ramírez; un nombre como cualquier otro que pasó a la historia por haber encarnado un testimonios cruel de la violencia de género: fue víctima de abuso sexual durante 1999 en Baja California, a los 13 años. Aunque el Ministerio Público autorizó el aborto, Ismael Ávila Íñiguez, entonces director del Hospital General de Mexicali aseguró que la joven perdería la vida en el proceso. Paulina y su madre creyeron la mentira.
La ley en ese año ya permitía el aborto hasta los tres meses de gestación. Sin embargo, Paulina también fue presionada desde la justicia estatal y la iglesia. Juan Manuel Salazar, entonces procurador de aquella dependencia llevó a la adolescente ante un sacerdote, quien afirmó que interrumpir el embarazo sería “causa de excomunión”.
Tras el nacimiento de Isaac el 13 de abril de 2000, la justicia comenzó un largo proceso hasta el 8 de marzo de 2006, cuando el estado mexicano reconoció el derecho al aborto en casos de abuso sexual. Con el apoyo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), se llegó al acuerdo que estipula atención psicológica para Paulina y apoyos económicos de 5 mil 290 pesos cada ciclo escolar para solventar los gastos de Isaac hasta la preparatoria.
¿Por qué es necesario recordar el caso de Paulina? “Porque en la actualidad hablamos sobre mujeres que necesitan decidir sobre sus cuerpos. En ese tema hay un retroceso en México”, denunció en entrevista Arlet Palestina, abogada especializada en Derechos Sexuales y Reproductivos.
Derechos sexuales y reproductivos, una historia en eterno proceso
En México hay 14 derechos que garantizan una vida sexual y reproductiva plena para las personas:
Decidir sobre mi cuerpo y mi sexualidad
Ejercer y disfrutar mi sexualidad
Manifestar mis afectos públicamente
Decidir con quien o quienes me relaciono
Respeto a mi privacidad e intimidad
Vivir libre de violencia
Decidir sobre mi vida reproductiva
Igualdad
Vivir libre de discriminación
Información sobre sexualidad
Educación integral en sexualidad
Servicios de salud sexual y reproductiva
Identidad sexual
Participación en políticas públicas sobre sexualidad
Un paso importante en el reconocimiento a estas legislaciones en el país fue la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing, China, celebrada en 1995. En ella se alcanzó un punto de inflexión de igualdad de género con la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing , que establecía 12 esferas de en las que resaltaban objetivos como finalizar la violencia contra las mujeres, fomentar el empoderamiento económico femenino, garantizar el acceso a la salud y a la participación política.
La cuarta conferencia también es considerada un peldaño importante en el camino hacia la judicialización de los derechos de la mujer. Las acciones propuestas en Beijing se adoptaron en 189 países y consolidaron 50 años de avances jurídicos planteados en las tres reuniones anteriores.
La primera se realizó en México durante junio de 1975, cuyos objetivos contemplaban el acceso al trabajo, la educación, el voto y a mejores condiciones de vida para 1980. Para reforzar estas metas, el país emitió el artículo 40 que reconoce los derechos reproductivos de hombres y mujeres. También ratificó el convenio de la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer en 1981, como explicó Palestina.
Fue hasta 1994, durante la Conferencia sobre Población y Desarrollo de El Cairo , que se esclareció el derecho que tienen una mujer a tener control y decidir responsablemente sobre los asuntos relativos a su sexualidad, incluidas su salud sexual y reproductiva, libres de coerción, discriminación y violencia.
Aunque los convenios legales a nivel internacional tengan validez en cada país que los ratificó, “En México no hay leyes secundarias para garantizar igualdad entre mujeres y hombres”, explicó Palestina y mencionó que faltan políticas públicas que informen a las mujeres sobre sus derechos y otorguen un acceso a la salud integral.
La abogada también considera que el trabajo sexual debería ser un tema que atraviese el debate de todos estos derechos. “Si bien en la CDMX, Michoacán y Chihuahua hay una ley que reconoce esta actividad, las restricciones y la poca regulación al respecto en otros estados provoca que el crimen organizado tome el control”.
El tema urgente del acceso al aborto, es un derecho que ha permanecido en disputa en los años reciente: “Debería existir un marco jurídico que erradique la discriminación y el prejuicio que comienza cuando una institución pregunta a una mujer por qué quiere abortar”, complementó la abogada.
Aborto y agresiones sexuales, las deudas con la justicia
En México, la marea verde ha avanzado con la despenalización del aborto en 11 de 32 estados: Quintana Roo, Oaxaca, Guerrero, Colima, Ciudad de México (CDMX), Veracruz, Colima, Hidalgo, Sinaloa, Baja California Sur, Coahuila y Baja California Norte. El resultado fue posible debido a los avances alrededor del mundo por el respeto de los derechos sexuales y reproductivos.
Desde el 26 de abril de 2007, en CDMX se reformó el Código Penal y se modificó la Ley de Salud para reconocer el derecho de las mujeres a interrumpir legalmente su embarazo durante las primeras doce semanas de gestación.
En la práctica, “el acceso al aborto todavía se discute y está lejos de cumplir con los convenios internacionales porque no se cuenta con la infraestructura necesaria y la discriminación comienza desde los centros de salud”, sentenció la abogada feminista, luego de reiterar que en algunos hospitales aún se pide una justificación para interrumpir el embarazo.
En palabras de Palestina, el derecho debería convertirse en una realidad a lo largo del país, en especial por los casos de abuso sexual que fueron denunciados en 6 mil 977 llamadas al 911, de acuerdo al Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), un máximo histórico.
Este delito afecta a 6.4 millones de mujeres de 15 años y más que vivieron situaciones de abuso sexual durante su infancia. Ante el panorama, la abogada feminista comentó que las autoridades aún tienen una deuda urgente por saldar con las mexicanas. En 2018 un total de 10 mil 298 niñas de 11 a 14 dieron a luz.
Leyes necesarias para garantizar los derechos sexuales y reproductivos
Arlet Palestina también es colaboradora en la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer “Elisa Martínez”, organización dedicada a promover los derechos de las trabajadoras sexuales y personas transgénero, además comabate la trata de blancas. Debido a su experiencia en la ONG, ha identificado qué necesitan algunas leyes ya existentes para respetar los derechos de las mujeres.
La ley contra la trata está enfocada a castigar a quienes exploten sexualmente a una persona. Sin embargo, en palabras de Palestina, “será necesario modificarla para que deje de criminalizar a las trabajadoras sexuales por ejercer”.
Uno de los argumentos de la abogada es que estas mujeres también recurren a sus derechos sexuales al decidir de forma legítima y voluntaria dedicarse al mercado sexual. “Lo que se necesita es una regulación que integre a las trabajadoras al seguro social y sistema de pensiones, como cualquier otro empleado”, explicó.
Otra de las legislaciones que en México queda pendiente es la ley de identidad de género . Si bien la CDMX permite que una persona cambie de sexo en documentos oficiales y cuenta con una clínica trans, el resto del país aún carece de estos sistemas. “Hace falta que se considere a esta comunidad, sus necesidades como las terapias hormonales y un trato libre de discriminación en el mercado laboral”, agregó.
Por último, mencionó que el alquiler de vientres es, en la actualidad, uno de los temas por los que se preocupa. La gestación subrogada , proceso clínico en el cual la mujer accede a gestar al hijo de otra persona o pareja, ha sido regulada únicamente en dos estados: Tabasco y Sinaloa.
El resto del país aún se encuentra en un proceso de legalización difuso. “Los vacíos legales provocan que empresas privadas, sin un adecuado procedimientos médicos, recluten a las jóvenes a través de redes sociales y las expongan a un gran peligro como afectar su matriz de por vida”, denunció la abogada.
En síntesis, Palestina propuso un método con el que los podrían judicializarse estos derecho: erradicar la discriminación por razones de género y los prejuicios morales.
Al respecto mencionó el ejemplo de la organización GIRE , encabezada por la precursora del feminismo y derechos trans, Marta Lamas. Su ONG logró acompañar de forma gratuita procesos de aborto con base en los derechos reproductivos, en especial en los casos de abuso sexual.
Palestina también recordó uno de los logros de la Brigada Callejera que consiguió, junto a otros colectivos de activistas: la Sentencia del Juicio de Amparo 112/2013 , con la que el gobierno de la CDMX reconoció como trabajadoraxs no asalariadxs a quienes brindan sexoservicios.
“Se necesita un movimiento social que exija reflejar en la práctica lo que dicta la constitución”, concluyó la abogada respecto a cuál podría ser una vía hacia la reivindicación de los derechos sexuales y reproductivos de la mujer.
Fuente y referencias:
Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
“Vértigo”, Koes. Fotografía recuperada de Flickr (CC BY-NC-ND 2.0)
I
Antes de que mi familia terminara de separarse vivíamos en el departamento de FOVISSSTE que mi papá tardó más de treinta años en pagar. Estaba en un cuarto piso, tenía dos recámaras, un baño, pasillo, sala-comedor y cocina. Recuerdo que el espacio era mayor al que ofrecen ahora las casas de interés social. No pienso en ese lugar con especial afecto. Una de las cosas que ese edificio hizo por mí fue curtirme ante los temblores, pues a una altura de nueve o diez metros cualquier movimiento podía magnificarse, eso sumado al hecho de que en cada ocasión la estructura de nuestro conjunto de departamentos literalmente chocaba con la del edificio de atrás. Ya ni hablemos de la imposibilidad de llegar a la planta baja sin entrar en pánico porque las escaleras también se sacudían sin control.
Nuestro departamento estaba más cerca de la azotea que del suelo. Supongo que, cuando niña, por eso me gustaba pensar que, de ser necesario, quienes vivíamos a esa altura tendríamos mayores probabilidades de ver los detalles de la luna, de percibir más nítido el titilar de las estrellas o de comunicarnos con las naves de los habitantes de otros planetas. Imaginaba que existir en los últimos pisos de los edificios era también una especie de entrenamiento para cuando pudiera subir a un avión. En la azotea había una estructura que guardaba y sostenía al tinaco que alimentaba a todos los departamentos. Para llegar a él había que subir una escalera marinera de dos metros, levantar una compuerta, pasar un descansito un metro y subir una última escalera marinera de dos metros más. Me aventuré a explorar una de las pocas veces que me dejaron ir sola a recoger la ropa seca. Mi sorpresa más grande fue cuando me di cuenta de que nada bordeaba al tinaco: un espacio de seis metros cuadrados carente por completo de valla de seguridad, de algún borde que pudiera ofrecer cierta sujeción. Tendría unos doce años cuando acumulé la curiosidad suficiente para arrastrarme sobre mis rodillas y asomar la cabeza lo más que pude hacia abajo. No sabía que esa punzada en la boca del estómago era el vértigo. Tampoco sabía que la punzada podía convertirse en una suerte de telaraña cuyos extremos se expandirían como si hubieran sido disparados desde el centro para acomodarse en otras partes del cuerpo. Creo que basta sentir el vértigo por primera vez para que éste eche raíces y se quede adormecido dentro de la propia humanidad para siempre.
II
En la primera mitad de los noventa, Reino Aventura no atraía tanto por sus juegos mecánicos como por ser el hogar de Keiko, la ballena protagonista de Free Willy . Para la segunda mitad de la década, una vez que liberaron al cetáceo, la administración de Reino Aventura de pronto ya había invertido gran cantidad de recursos en un montón de atracciones para quienes gustaban de las emociones fuertes (juegos de altura y velocidad, principalmente). El año dos mil llegó con el renombrado Six Flags abriendo sus puertas para una cantidad impresionante de gente que no dudaba en pasar el día entero entre un juego y otro. Los spots publicitarios de ese tiempo consistían en secuencias de imágenes donde podía apreciarse con claridad la expresión de las personas que subían al Kilahuea o a la Medusa, porque la cara era la única parte del cuerpo que controlaban: ojos cerrados apretados con fuerza, la boca abierta y dispuesta a gritar. Por lo demás, las fuerzas físicas les convertían en muñecos o muñecas de trapo, cuya permanencia en sus asientos sólo dependía del correcto funcionamiento de los mecanismos de seguridad. Mi imaginación fatalista me hacía intercambiar lugares con alguna de las personas en la pantalla y pensar que existía el riesgo de salir disparada del juego. ¿Cómo podían divertirse con esa amenaza latente? ¿Cómo hacían para ignorar el peligro y dejarse ir, disfrutar las emociones o siquiera atreverse a participar? Porque al bajar del juego en cuestión siempre había alguien que preguntaba si se habían divertido, si volverían a subir o si recomendaban la experiencia. La respuesta, invariablemente, era sí.
Varias veces volví más allá de la azotea. Pensaba: necesito entrenar, por si alguna vez voy a Six Flags. Me entrené para no marearme al mirar hacia abajo: calculaba la distancia que me separaba del piso y la comparaba con lo que, suponía, me separaba de una nube; me exponía a la idea de la caída libre por tiempos que cada vez incrementaba un poco más; di por superado mi entrenamiento cuando fui capaz de sentarme en el borde de la estructura, dejando que mis pies colgaran. El vértigo permaneció, pero estaba contenido en mi cuerpo y eso me permitía controlarlo de alguna forma: no me impedía quedarme ahí el tiempo que quisiera, no sentía miedo, no me pensaba en riesgo. Me preguntaba si sentiría algo similar la primera vez que viajara en avión.
III
En La insoportable levedad del ser , Milán Kundera escribe: “Aquel que quiere permanentemente llegar más alto tiene que contar con que algún día le invadirá el vértigo”. Como si en vez de instalarse para siempre después de una primera vez, el vértigo fuera algo con lo que nacemos, un instinto que nos habita el cuerpo en espera del momento preciso para despertar y no volver a ser silenciado. Más adelante, en el mismo libro, Kundera reflexiona: “¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla de seguridad? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados”. El Kilahuea, la triple torre que ha sido de las principales atracciones en Six Flags desde el año dos mil, lleva a sus ocupantes hasta una altura de sesenta metros, desde donde descienden en caída libre en pocos segundos. Las personas que voluntariamente suben a ese tipo de juegos, ¿sentirán el vértigo conforme suben al punto más alto, o solo será un flashazo que les sorprende en el momento exacto en el que sienten la fuerza de la aceleración una vez que el descenso ha comenzado?
IV
He ido a Six Flags dos veces en mi vida: la primera, en 2003; la segunda, en 2023.
Después de mi arduo entrenamiento en la estructura del tinaco, desconocía el miedo que el vértigo puede originar. Por eso, en 2003, pensé que estaba preparada para la montaña rusa. Subí a la Medusa, en uno de los carritos del frente, en compañía de una amiga mucho más temeraria que nunca me soltó la mano. Desconozco por qué ninguno de los encargados del juego me dijo algo sobre quitarme los lentes, y yo no tuve el sentido común suficiente para razonar que saldrían volando si no lo hacía. Fueron pocos metros de avance lento al compás de los rechinidos del carrito sobre la estructura ―seguro para mí esa fue la primera señal de alerta―; en seguida el bajón a altísima velocidad, y fue un reflejo extrañamente exacto en mí, lo que me permitió conservar mis lentes ―de los cuales dependía por completo en ese momento―. Ya no volví a soltarlos, pero tampoco volví a abrir los ojos. El recorrido dura menos de un minuto, pero para mí fue un paseo larguísimo y nada placentero. El vértigo despertó justo antes de iniciar el descenso y no me dejó volver a separarme de tierra firme en el tiempo que permanecimos en el parque. Mi amiga y su hermano subieron a unas cuatro montañas rusas más, pero yo decidí quedarme a esperar en la seguridad de las banquitas con algún alimento para calmar los nervios.
En 2022 subí a un avión por primera vez, por eso me sentí mucho más valiente que veinte años atrás, y en 2023 dije: voy a darle otra oportunidad a la montaña rusa. Esta vez iba con dos amigos de toda la vida. Elegí una pequeña, Superman Krypton, y me subí en el primer carrito con uno de mis acompañantes, en tanto el otro tomó el segundo. De nuevo cerré los ojos en cuanto sentí la aceleración, pero como mis amigos gritaban yo lo hice también. Me di cuenta de que el grito fácilmente podía convertirse en carcajada, y continué. No dejé de gritar para no dejar de reír, y al bajar del juego pude seguir haciéndolo. Paseamos, comimos, platicamos, y propusieron subir a Batman The Ride. Pensé: ya superé una, puedo con otra. Lo hice y volví a gritar y el grito volvió a ser carcajada. Pero en algún momento dejé de gritar y fue como si mi cuerpo se dejara ir, como si mi fuerza lo abandonara. Entonces volví a gritar y recuperé la autonomía de la risa. Ya en tierra firme, con la garganta irritadísima, concluí: el vértigo, el miedo, la risa, la fuerza, todas se originan en el mismo centro, en un lugar primigenio de todo lo que el cuerpo es capaz de sentir.
Las vallas, los mecanismos de seguridad, las estructuras protectoras, todo está pensado para ayudarnos a controlar aquello que puede provocar que nos salgamos de control en circunstancias de altura. Y a pesar de su existencia, debe haber un ejercicio interno para asumir ese control. No viene de la nada, la ausencia de miedo no sucede porque sí. El vértigo está ahí, latiendo, habitándonos, lanzando el mensaje permanente de que hace falta un pequeñísimo mal cálculo para que cualquier artilugio de seguridad deje de ser efectivo. Y, sin embargo, buscamos esa sensación de descontrol para, de nuevo, creer que la controlamos por completo.
Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su
primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.
Ilustración realizada por Rodrigo Llorente
Una idea
—Hay que hacerlo.
El Chivo está completamente derretido y por ende adherido a la plastipiel del sillón. Se imagina que, si se levantara de golpe, una fina capa de dermis se quedaría pegada y le sangraría toda la espalda. La imagen le da un escalofrío delicioso.
—¿Qué cosa? Estás bien pendejo —dice Omar desde su posición horizontal, de brazos y piernas extendidas, sobre el tapete peludo, inmundo, azul en tiempos remotos, hoy apenas gris, que le está provocando una alergia que lo hace moquear y sorberse la nariz cada cuarenta segundos. Juega con el mechón de pelo atrás de su nuca, ya casi le alcanza para hacerse una coleta.
—Secuestrarla. Hay que secuestrarla.
—No mames.
—¿En serio, wei? Llevas como cinco horas convenciéndome y ahora que estoy convencido, el loco soy yo.
—Esa no era la conversación, bestia.
—Tons cuál era —, tras un breve ataque de tos, el Chivo continúa —. Está bien venenosa esta yerba, ¿de dónde la sacaste?
—Me la vendió la Kraken.
—Verrrga, no le hables a esa morra, tiene pactos con Satanás.
A Omar se le nubla la vista. Tiene que sonarse, que limpiarse los ojos, que moverse de ese pinche foco de infección, pero no puede ni levantar la cabeza para mirar a su amigo ni dejar de observar esa lámpara espantosa que ¿siempre estuvo ahí? Lleva dos años pernoctando en ese cuchitril unipersonal y no recuerda haber visto antes ese colguije que parece un móvil de bebé. Del bebé de Rosemary.
—Bueno, ¿lo hacemos o no? —insiste el Chivo.
—Wei, no mames. A ver: sólo quería demostrarte, con un sencillo ejemplo, que no es tan difícil salirte con la tuya y menos en este país chaqueto. Si los criminales de la tele tuvieran licenciatura nunca los descubrirían, pero siempre ponen a puro drogo pendejo como tú. Por eso está chido Mesier Lupin.
—Es mesieu, monsié, jajaja ¡Ah no! ¡Era Arsen, Arsen Lupin! La gente con licenciatura no necesita robar.
—Si eres de Comunicación, sí. Ve este lugar de mierda.
—Porque así te gusta vivir, podrías conseguir mejor jale. Tú y yo estudiamos lo mismo y mírame…
El Chivo se saca una pelusa del ombligo, enterrado en su pancita flácida y lampiña.
—Ah, pues si el mundo está lleno de oportunidades, si es un regalo esperando a ser abierto, una cajita de sorpresas y de arcoíris, explícame por qué vergas te latió la idea de secuestrarla.
—Por probar tu punto.
—Naaah.
—Bueno, porque sus jefes sí tienen billete en serio. Lana de verdad. Imagínate lo que podríamos hacer dos caballerangos como tú y yo con diez millones. Poner un negocio, comprar acciones para hacernos ricos, dedicarnos al cine.
—No sabes qué es una acción. Ni qué es un caballerango.
—No, pero tú sí.
Omar se ríe sin sonido. Así se ríe siempre, jalando y soltando el aire con fuerza como hiperventilando. El Chivo se levanta a medias y le arroja una lata vacía a Omar, que le pega en la cara antes de volcarse sobre la alfombra y revelar que no estaba vacía del todo.
—¡Wei! La vas a ensuciar —dice el agredido encajando los dedos, llenándose las manos de peluche grisáceo. Y Omar se ríe porque más inmunda no podría estar, y el Chivo se ríe de su risa y pronto parecen dos lunáticos en la cumbre del éxtasis.
—Está perra esta mierda– dice Omar mirando la bacha.
—No le digas perra a la Kraken, ya te dije que está en tratos con El Maligno.
Se hace un silencio y cada uno piensa en su propio cuerpo, en la sensación de los brazos saliéndoles del torso y algo helado corriendo bajo la piel, en las luces cambiantes atrás de los ojos.
—Ya me estás convenciendo —habla de pronto Omar.
El Chivo se sienta de golpe, emocionado.
—¿En serio? Oye, pero pérate, fue tu idea, eh.
—Sí, pero es tu “mejor amiga” —aclara Omar.
—Mmm… sí, sí somos amigos —. El Chivo alza los hombros con desdén.
—Eso dice ella.
—Bueno, así es, medio posesiva… También es cuata tuya, no te hagas.
—Nomás llevamos dos clases juntos. Pues sí, cae chido, aunque me da… algo… que intenta ser ruda. Jajaja, como que dice mamadas para disimular su cuna y sólo se pone en evidencia, ¿no? Pero a quién le cae mal una vieja con esas tetas, se parece a mi Salma Hayek.
—Ey, ey, cálmate, es mi mejor amiga.
El Chivo eructa y sopla e inhala, apreciando su pútrida creación.
—Tu escala de valores siempre será una intriga para mí —dice Omar entre dientes.
—Bueno, bueno, no te pongas espeso, a ella no le haríamos nada. Un sustito, ¿a quién no le cae bien? Un buen sustito de vez en cuando, ya sabes, para ponerle sal a la vida. Hasta le va a dar caché, ya ves cómo le gusta cacarear sus anécdotas. Y con tu parte hasta la podrías invitar a cenar.
—Para soplarme yo su versión de las cosas.
—¡Ja! Y que te diga: uno de los tipos tenía unos brazos, uff, un paquetón, uff. Si no me hubiera amordazado me lo cogía ahí mismo.
Omar quiere reírse, pero de pronto parece imposible.
—Estás enfermo.
—Aparte no es nada para esos cabrones. Les va a dar ternurita que pidamos tan poco. Diez milloncitos. Nos los van a dar enseguida.
—¿Enseguida? Jajaja, esa palabra no existe.
—¿Cómo no? Se supone que el inteligente eres tú. Significa luego luego.
—Sí sé que significa, pero no existe. Enseguida, enseguida, encendida.
—Esenguida, ese guinda, ¿enceguecida?
Los dos se callan, confundidos. Omar por fin rueda hacia el mueble de la tele, alejándose de la alfombra y de pasada limpiándose los mocos con ella.
—Me está dando el bajón, ¿tienes perico?
Dos cabrones
Omar juega Playstation en su cuarto, medio sentado medio erguido entre las sábanas de una cama sin hacer. Es sábado. Su celular vibra y vibra, pero incluso si pestañea va a perder y nunca había llegado tan lejos en Call of Duty. De pronto cae en cuenta: “nunca había hecho tantos puntos”, y al pensarlo, inmediatamente pierde. El cuello le truena cuando voltea a ver su celular, es El Chivo.
—Ya tengo su horario, ¿qué día lo hacemos?
“Nunca, pedazo de pendejo” typea el Chivo como respuesta y después lo borra, letra por letra. Escribe: “Qué has pensado de decirle?”. Omar es de la idea de invitar a la misma Carmela a formar parte del complot. Siempre se está quejando de sus viejos, dice que son unos controladores elitistas y que la quieren menos que a su hermana porque salió morocha, se tatuó los dos brazos y se coge a puro negro. Bueno, Carmela dice un chingo de pendejadas y es a todo dar, pero luego esas morras que se juran bien rebeldotas, bien acá, resultan unas hijas de mami cuando la cosa se pone cerda.
Tal vez sí era mejor dejarla fuera y dividirse entre dos como insistía El Chivo. Además, ellos lo necesitan, ella no. Lo que sin duda era increíble, de no creerse, es que él tuviera los suficientes escrúpulos para titubear, mientras el imbécil del Chivo estaba all in desde el principio. Omar tampoco manda ese mensaje; vuelve a empezar: “No sé qué tan buena idea sea, we, piensa en lo cercanos que son…”.
Omar sabe que Carmela y El Chivo se conocen desde la primaria y que, dijera lo que dijera El Chivo, ella siempre había sido una excelente amiga. Cuando el wei se queda dormido en las pedas, ella se asegura de que el cabrón no deje de respirar, porque cuando era chico tenía apnea. Le pasa los apuntes para que estudie, resaltando lo más importante en colores fosforescentes y recordándole las páginas que debe leer para dejar de reprobar, porque Carmela es una borracha impulsiva, pero se toma las clases muy en serio.
Omar sospecha que el Chivo no quiere hacer esto sólo por el dinero, sino que el idiota se imagina genuinamente que si Carmela llegara a descubrirlos, se cagaría de la risa con la ocurrencia. Lo hace por la adrenalina, porque las drogas lo llenan de una ansiedad que no alivia con nada, ni el alcohol, ni el sexo, ni siquiera otras drogas surten el efecto de antes. Ya una vez cuando estaban bien colocados, le había sugerido asaltar un Oxxo, pero Omar le dijo que se fuera a dormir y el Chivo obedeció. Borra de nuevo aquel conato de mensaje: ve que el otro está escribiendo…
—Chivo llamando a Calamar
—No me digas así.
—Necesitamos nombres codificados
—Omar, el Calamar.
—Suena cabrón
—A ti todo el mundo te dice Chivo
—Hasta tu mamá
–Jajajaja
—Tru
—Bueno me bautizaré Caballerango del Zodiaco
—Wei, esto no es un juego
—Si vas a estar de pendejo no lentro al pedo.
—Nos podemos meter en un pedote
—Hay que borrar esta conversación
—Primera cosa inteligente que dices.
La pantalla se tapiza de Este mensaje ha sido eliminado antes de sustituirse con el cuadro negro que indica una llamada entrante.
—Qué pex —bala el Chivo haciendo honor a su apodo.
—Va, hagámoslo el jueves que sale tarde, pero acuérdate…
—Sí, sí, ya sé. Bolsa, cajuela, inyección, tu depto, pedir rescate, recibir dinero, regresarla sana sanita de rana.
—Ok, genio, como quiera mañana hay que repasar el minuto a minuto. No me da nada de confianza tu confianza. Hay que ser calculadores, pacientes, como Lupin.
—Uyuyuy quién te viera, si así fueras en la escuela…
—Así soy en la escuela.
Tres millones
–Que nos depositan un adelanto de tres melones, les mandamos prueba de que está viva, y nos rolan los otros siete.
–Eso no tiene ni pies ni cabeza.
–Pues qué van a saber estos riquillos sobre cómo negociar un secuestro, seguro están sacándolo todo de series y películas.
–Entonces estamos en las mismas.
El Chivo se ríe, aunque Omar lo dice serio, completamente serio.
–A ver, hay que cortarle un mechón de pelo. Lo voy a hacer yo porque no me latió como le echaste ojo la última vez.
Omar se muerde las uñas y aprieta la mandíbula. El falso impulso protector del Chivo lo estaba irritando desde la noche anterior porque, para empezar, él no quería hacerle nada a Carmela. El que aprovechó para ver si su chichi le cabía en la mano fue él, pinche Chivo asqueroso.
–Si les mandas pelo cómo van a saber que sigue viva.
–¿Les mandamos un dedo entonces?
Los dos se ríen.
–Hay que tomarle una foto, es lo más fácil– sugiere El Chivo.
–Pues también podría estar muerta y la pudimos haber maquillado para la foto.
–Bien pros, ¿no? Bueno tons un video. Que se vea que respira.
–Al rato resolvemos eso, hay que ver primero lo del billete, ¿les dijiste que nada de depósitos, verdad, que mejor en efe como quedamos?
–Simón.
–Va, pues mira, voy a recogerlo al rato. Lo que se me ocurrió para blindarnos es esto: voy a separarlo en bonchecitos y esconderlos en diferentes lugares. Ya que hayan pasado tres o seis meses y nadie sospeche de nosotros, los recuperamos.
–Y yo cómo voy a saber dónde los metiste.
–No vas a saber, no confío en ti.
–Ah chingá.
–No me digas que tienes el autocontrol para esperarte a que estemos seguros.
El Chivo le da la razón con un gesto y vuelve a abrir con sigilo la puerta del clóset donde tienen apretujada a la chica inconsciente. La mira por un segundo y cierra de nuevo.
–Wei, deja de revisar cada diez minutos, no se va a ir a ningún lado. Está noqueada.
Omar duda del Chivo, del peligro que pueda correr Carmela dejándolo solo y decide:
–Es más, le voy a poner llave, ¿va?
Y le echa seguro a la puerta sin esperar respuesta.
Omar regresa al departamento pasada la medianoche. La operación le tomó mucho más tiempo del que pensaba. Horas revisando los alrededores del casillero de gimnasio abandonado dónde el padre de Carmela había asegurado que dejaría el dinero. No fue hasta que estuvo ahí, oculto entre los coches estacionados de la calle, frente al letrero apagado y a medio caer de XtremeSportz, que el plan le pareció infantil de principio a fin. Podía haber cámaras, policías encubiertos, detectives que lo siguieran al salir de ahí, incluso una pinche bomba en lugar de los billullos prometidos. Podían atorarlos de una y mil maneras. Pero no, nada de eso.
Cuando finalmente se decidió a entrar, todo avanzó como si fuera una película. Ninguna alarma, ni patrulla ni escándalo. El susurro de sus pasos, su respiración agrietada por la media que usó como pasamontañas, sus manos temblorosas metiendo la clave al candado. No le cupo ninguna duda: los padres de Carmela la amaban. Estaban obedeciendo las condiciones de los secuestradores al pie de la letra.
Tenía ganas de contárselo al Chivo, de echar una cervecita de alivio y al mismo tiempo tenía ganas de llorar, pero al abrir la puerta se encuentra con su colega, ahora sí que su parner in crime, igual de noqueado que la secuestrada. El bulto ronca a un lado de la puerta del clóset, entre recargado en la pared y no, con bolsitas de papas, cascos de cerveza y una botella de tequila Azul levantando una barrera de mierda a su alrededor. Un ligero olor a guácara invade la habitación. Omar le patea un pie.
–Levántate, pendejo.
El Chivo abre los ojos a media asta. Bosteza y luego eructa.
–Eres encantador.
–Te tardaste un chingo.
–Ya quedó. Tres millones estratégicamente ocultos.
–Ya ya ya, vamos a festejar– dice el Chivo al tiempo que saca una bolsita con polvo de sus jeans–. Un poco de caspa del diablo pa despertar.
Omar se mete una línea y el Chivo, al ver que su amigo no se abalanza sobre la segunda, se fagocita las otras tres a toda velocidad. Se sientan en la sala y hablan y ríen y ponen música. Afuera empieza a amanecer, pronto tendrán que mandar las pruebas de vida si quieren esos siete más, y vaya que los quieren, por lo menos el Chivo. Lo que más quiere Omar en ese momento es olvidar el asunto, borrar el episodio y, de ser posible, quedarse con el dinero cómo único recuerdo. La bocina se queda sin batería y los muchachos se miran el uno al otro, incapaces de solucionarlo. El Chivo se revienta otras tres líneas. Es bastante coca, piensa Omar, pero tampoco más de la que acostumbra su cuate cualquier lunes.
Se escucha un breve tosido.
–No mames, no me digas que se te olvidó volverla a inyectar– dice el Chivo.
–Cabrón, yo fui a hacer lo del dinero. Además, hay que tener cuidado, si la atiborras de esa madre se va a quedar lela. No creo que se haya despertado.
–¿Ah no?, y qué es ese ruido.
–La gente también tose dormida.
–Hola–, se escucha el hilo de voz de la muchacha, aún confundida por la droga y por el sendo putazo que le metió Omar sin querer cuando la metió en la cajuela –. ¿Hola?
Y las siguientes palabras se las intercambian los amigos sin sonido alguno, con ademanes y caras que sudan de puro susto:
“Shhh”, se lleva Omar el dedo a la boca.
“Hay que inyectarla de nuevo”. Pone una inyección imaginaria el Chivo sobre su brazo.
“No, no nos puede ver”, niega Omar, preocupado.
“¿Tons?”, Levanta las dos manos al techo el Chivo, gesticulando.
“Tapa eso, se puede asomar por ahí”. Omar hace mímica mientras arrastra el tapete felpudo para cubrir el huequito que se hace entre la puerta y el piso.
Lo único que se escuchó en el cuarto durante este intercambio fue el arrastre de los muebles y a Omar sorbiéndose los mocos cada tanto por su alergia reactivada por los ácaros y polvo que suelta la alfombra al moverla. Los cabrones se salen del cuarto para ponerse de acuerdo: el Chivo hará una voz diferente, grave, para ordenarle a Carmela que no abra los ojos antes de que se los cubran o la matarán sin miramientos.
Omar se impresiona con la sangre fría con que el Chivo habla y ejecuta: saca un tripié de quién sabe dónde y acomoda la cámara; ya van a aprovechar para hacer el video. A Omar le tocó la otra parte: quita el seguro al clóset y lo abre. La chica está en posición fetal, con la frente pegada a las rodillas, sin atreverse a alzar la cara. Omar se pone atrás de ella y la levanta de las axilas, la conduce al centro del cuarto y vuelve a sentarla en el piso, le tapa los ojos con su suéter.
Se da cuenta de las lágrimas que caen de sus bonitos cachetes, silenciosas, y no puede soportarlo. Sale corriendo al baño por papel y con unas bolas mal hechas la seca con delicadeza. Ella susurra un “gracias” quedo y entonces él la toma de la mano y le da un breve apretón para transmitirle seguridad, para hacerla saber que todo irá bien y que nada malo va a pasarle. Pero a ella la recorre un escalofrío al instante y endurece la boca. Él se imagina horrorizado lo que ella está temiendo y otra vez se sorbe los mocos con fuerza.
Todo está quieto, sus cuerpos cerca, sus caras también. Él aprovecha para memorizar sus facciones y sabe que, incluso si todo sale bien, jamás tendría el valor de invitarla a ningún lado. No después de esto.
–¿Omi?–, dice ella en un susurro al que le falta suavidad.
–¡No mames, cabrón! ¿Qué hiciste?–, grita el Chivo al escuchar eso.
–¿Chivo? ¿Qué pedo?
Ella se quita el suéter de los ojos de un jalón. Mira a uno y al otro, confundida en lo que su cerebro, que lento no es, va comprendiendo la situación para transformar su sorpresa en miedo y su miedo en furia.
–Me pueden explicar qué vergas…
El Chivo le da un trompazo con la cámara Nikon con lente de 50mm que la tumba al instante y, una vez en el piso, sigue golpeándola con más saña que espíritu, con un semblante gélido que su amigo jamás le había visto.
–¡No mames, wei! ¡qué haces! ¡no mames!
A Omar se le nubla la vista, un calambre le sobrecoge el pecho y hormigas imaginarias le caminan por la cara. Siente ganas de vomitar, y la imagen a su alrededor se ralentiza.
–Wei, qué haces, hay que llevarla al hospital. No mames, wei, qué pedo–. Esto Omar no sabe si lo dijo en voz alta o solamente lo pensó, o quizás lo gritó con todas sus fuerzas y los vecinos pronto estarán preguntando qué chingados pasa ahora con los del 604. Tal vez sólo aulló sin sentido.
Omar se levanta de un brinco y detiene el impulso violento del Chivo, lo tumba de un golpe, toma a Carmela en brazos y le da un beso antes de ingresarla anónimamente en urgencias. Luego abre los ojos y nada de eso. El Chivo sigue cómo energúmeno y él, Omar, está sentado en el piso hecho un ovillo contra la pared, llorando, aterrado de averiguar con su mirada si la chica aún respira.
Cuatro horas
… en absoluto silencio.
El Chivo hace rato que se dejó caer de un sentón, exhausto, se tapó la cara con una mano y con la otra acariciaba y todavía acaricia el cráneo roto de Carmela. Se mira la mano llena de esa sustancia que es apenas líquida, casi un sólido, como si no supiera cómo apareció de pronto entre sus dedos. Omar apenas puede verlo porque tiene los ojos anegados de lágrimas. Además del pecho le tiemblan las manos y la boca. Lo odia, odia al Chivo como nunca había odiado a nadie. Por tener esta idea tan estúpida y por destruir algo tan hermoso.
Dos jóvenes con cara de adolescentes y ninguno sabe dónde poner los ojos. No se reconocen entre ellos, ni a sí mismos.
–¿Cómo supo que eras tú, cabrón?
La voz del Chivo suena ronca, envejecida, y Omar no encuentra la suya para contestarle.
¿Fue su olor? ¿Su maldita alergia? ¿Fue la afamada intuición femenina o fue que atrapada en el clóset algo escuchó, algún objeto reconoció en la penumbra? Jamás lo sabrán porque la sangre corrió como si tuviera prisa por alejarse de su fuente y se expandió como yogurt sobre la loseta mugrienta del departamento de Omar. En algún momento, ninguno de los dos recuerda cuándo, la mancha dejó de crecer y ahora se seca, despacio.
Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.
Fotografía de Marco Verch, recuperada de Flickr (CC BY 2.0).
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No sería equivocado admitir que existe una especie de crisis generalizada en la percepción social de la ciencia. El negacionismo del cambio climático, el terraplanismo y el movimiento antivacunas son las pruebas más tangibles de ello. Todas esas expresiones han implicado consecuencias distintas, representando riesgos comunitarios en varias escalas. Este fenómeno ha llevado a las comunidades científicas a combatir esas distorsiones ideológicas con base en el análisis científico de los temas involucrados, por ejemplo, demostrando hasta el hartazgo cómo el ser humano sabe que el planeta Tierra es prácticamente esférico.
Sin embargo, movimientos como el anti-vacunas, que cuestiona la eficacia y seguridad de las vacunas y se opone a su uso, creyendo que pueden ser perjudiciales para la salud y causar efectos secundarios graves, incluyendo enfermedades autoinmunitarias y trastornos del desarrollo neurológico, buscan interferir en cuestiones vinculadas con la salud individual y colectiva, por lo que presentan un peligro distinto.
Por ello, las comunidades científicas, así como filósofos y sociólogos de la ciencia, también se han interesado en cómo operan esos movimientos. Se preocupan por el concepto de ciencia que tienen, la forma en la que leen los artículos científicos, cómo conciben las evidencias, sus maneras de organización, sus dispositivos discursivos, sus formas de persuasión y sobre todo, los contextos socioculturales en los que se desarrollan.
En este breve texto se hará un esbozo histórico sobre el movimiento anti-vacunas, presentando datos e información que permitan comprenderlo con mayor claridad, así como algunas reflexiones en torno a la confianza en la ciencia.
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El movimiento anti-vacuna nació, en pocas palabras, al mismo tiempo que las vacunas fueron creadas y difundidas como una herramienta de salud pública a finales del siglo XVIII e inicios del XIX. Uno de los primeros movimientos anti-vacunas se originó en Inglaterra en 1853, cuando se aprobó la primera ley de vacunación obligatoria para los niños. La ley establecía que todos los niños debían recibir la vacuna contra la viruela antes de cumplir los tres meses de edad y que sus padres debían presentar un certificado de vacunación o pagar una multa. Esto provocó protestas y resistencia por parte de grupos de padres, que argumentaban que la vacuna era peligrosa y que la ley violaba sus derechos y libertades individuales. Algunos grupos religiosos, como los cuáqueros y los metodistas, también se opusieron a la vacunación por razones éticas y morales.
En los Estados Unidos, se produjo una ola de resistencia contra la vacuna contra la viruela a finales del siglo XIX, liderada por el movimiento antivacunación de Nueva Inglaterra. Este movimiento, formado principalmente por médicos y abogados, argumentaba que la vacuna era peligrosa y que su uso era inconstitucional. El movimiento logró convencer a varios estados de abolir las leyes de vacunación obligatoria, lo que llevó a un aumento de la incidencia de la viruela en todo el país.
Durante el siglo XX, el movimiento anti-vacunas experimentó varios resurgimientos en diferentes momentos y en distintos lugares del mundo.
En la década de 1920, se desarrolló una oposición significativa a la vacuna contra la viruela en la Unión Soviética, liderada por el biólogo Trofim Lysenko. Lysenko argumentaba que la vacuna era ineficaz y que no se debía confiar en ella para prevenir la enfermedad. La perspectiva biológica de Lysenko era cercana al transformismo lamarckiano, que sostenía que las características adquiridas durante la vida de un organismo podían ser heredadas por su descendencia. Lysenko argumentaba que la vacuna contra la viruela no era efectiva porque no eliminaba las condiciones ambientales que, según él, causaban la enfermedad. En cambio, Lysenko defendía que era necesario mejorar las condiciones de vida de las personas para prevenir la enfermedad, en lugar de confiar en una vacuna.
Hacia los años 40, surgió una oposición a la vacuna contra la difteria en los Estados Unidos, liderada por grupos religiosos que argumentaban que la vacuna era antinatural y violaba la voluntad de Dios. También hubo preocupaciones sobre la seguridad de la vacuna y se informaron algunos casos de reacciones adversas graves.
En la década de 1970, surgió una oposición a la vacuna contra la tos ferina en el Reino Unido, liderada por padres que argumentaban que la vacuna causaba daño cerebral en los niños. A pesar de que la evidencia científica no respaldaba estas afirmaciones, la oposición a la vacuna llevó a una disminución en la tasa de inmunización y a un aumento en los casos de tos ferina.
En la década de 1990, se publicó un famoso estudio en la revista médica The Lancet que afirmaba que la vacuna contra el sarampión, la paperas y la rubéola (MMR, por sus siglas en inglés) estaba relacionada con el autismo. Aunque el estudio fue posteriormente desacreditado y retirado, generó una gran cantidad de atención mediática y contribuyó a un aumento en la oposición a las vacunas en todo el mundo, aunque es evidente que la recepción de dichas ideas también está condicionada por diversos factores socioeconómicos y culturales. Por ejemplo, con la vacunación contra el SARS COV 2, algunos estudios estadísticos mostraron que la población mexicana expresó un 69% de aceptación a la vacuna.
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El movimiento anti-vacunas actual se basa en una variedad de “argumentos” que se centran en la supuesta falta de seguridad y eficacia de las vacunas:
Las vacunas son peligrosas: Los críticos de las vacunas argumentan que las vacunas pueden causar efectos secundarios graves, como autismo, alergias, trastornos autoinmunitarios y otros problemas de salud. Esta idea contrasta con la opinión de las comunidades científicas que están de acuerdo en que los riesgos de no vacunarse son mucho mayores que los riesgos de las vacunas.
Las vacunas no son necesarias: Los oponentes de las vacunas argumentan que muchas enfermedades para las que existen vacunas ya no son un problema, y que la mejora de las condiciones sanitarias y de vida en general han sido las principales razones para la disminución de la incidencia de estas enfermedades. Sin embargo, los datos históricos y las investigaciones científicas demuestran que las vacunas han sido fundamentales en la prevención y erradicación de muchas enfermedades.
Las vacunas son un negocio lucrativo: Algunos críticos de las vacunas argumentan que la industria farmacéutica está más interesada en generar ganancias que en proteger la salud pública, y que la promoción de las vacunas es una estrategia de marketing para aumentar las ventas de las compañías farmacéuticas. A pesar de la mercantilización de la salud y el poder fáctico que representan las grandes farmacéuticas, es posible construir una visión crítica al respecto sin promover la negación de la eficacia de las vacunas.
Las vacunas no son naturales: Algunos movimientos anti-vacunas argumentan que las vacunas son una forma de intervención médica que no es natural, y que va en “contra del cuerpo humano y la naturaleza”. Esto ignora el hecho de que el cuerpo humano ha desarrollado una respuesta inmunológica natural a las enfermedades, y las vacunas imitan este proceso para proteger a las personas de las enfermedades de manera segura y efectiva. Este “argumento” se ha llevado a un punto realmente ridículo, por ejemplo, cuando los grupos antivax temían que la vacuna contra el SARS-Cov 2, tuviese microchips que pudieran entrar al cuerpo vía la inoculación.
Los grupos antivacunas suelen estar cercanos a corrientes ideológicas cercanas a la llamada alt-right, como en Estados Unidos. No es extraño ver que algunas personas en las movilizaciones antivacunas, apoyen a líderes políticos como Donald Trump, reproduzcan discursos racistas o simplemente estén dramáticamente desubicados frente a la realidad social.
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Para concluir este texto, convendría apuntar que la confianza en la seguridad de las vacunas, no implica bajo ninguna circunstancia, asumir de forma automática, ciega y acrítica cualquier producto de la investigación científica. Desde la filosofía de la ciencia y los estudios sociales sobre ciencia y tecnología, han proyectado diversas perspectivas críticas en torno al carácter social y situado de la ciencia. Estos debates han sido nutridos desde distintas posturas filosóficas, tales como el pluralismo, que defiende la idea de que no existe solamente una manera de hacer ciencia, sino que las disciplinas pueden ir construyendo distintas maneras de resolver problemas en el ámbito científico. Además se han enriquecido por una visión sociohistórica del quehacer científico en el que es sumamente importante visualizar los procesos científicos como parte de una larga historia en la que el concepto de ciencia no ha sido el mismo a lo largo del tiempo.
En todo caso, esta visión crítica no debe ser tomada como anti-científca. Una interpretación que vaya más allá de los individuos como foco de atención de los fenómenos sociales (incluyendo a la ciencia) puede brindar razones muy claras por las cuáles confiar en la ciencia, sin caer en un dogma acrítico que posicione a la ciencia en un pedestal sagrado de infinita objetividad y virtud. La actividad científica es ante todo, una actividad colectiva; una cristalización de múltiples procesos de trabajo que han derivado en consensos —que siempre pueden ponerse en crisis— y que se sostienen en la posibilidad de que cualquier enunciado pueda ser debatido, revisado y reinterpretado a la luz de experiencias de trabajo diferentes.
La confianza en la ciencia, al final, se puede entender como el reconocimiento a ese trabajo comunitario, que si bien tiene pautas, límites y reglas procedimentales, así como rigurosas formas de lectura del mundo, no nace del genio científico individual, sino a la colaboración. Esto no quita del mapa que las dinámicas sociales de la ciencia puedan generar una serie de problemas en torno al uso y abuso de sus resultados para múltiples fines.
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Este enfoque comunitario puede servir como último apunte frente al caso del movimiento anti-vacunas. Hay familias cuyos integrantes más jóvenes tienen problemas inmunológicos o bien, pueden llegar a ser alérgicos a componentes de las vacunas, por lo que no pueden vacunar a sus hijos. En el contexto de alimentación del miedo, desinformación, manipulación mediática y lucro con las emociones de las personas, muchas de estas familias justamente optan por no vacunar a sus hijos, atacando incluso, al uso de vacunas en general. Sin embargo, esas familias son las que deberían defender el uso de las vacunas debido la llamada “inmunidad de rebaño” que es una forma indirecta de protección contra enfermedades infecciosas que se logra cuando una gran proporción de la población se vuelve inmune a través de la vacunación o de la exposición previa a la enfermedad.
En el caso de los niños que no pueden ser vacunados debido a problemas de salud, la inmunidad de rebaño puede ofrecer protección indirecta. Si suficientes personas en su comunidad están vacunadas, la enfermedad tiene menos probabilidades de propagarse y, por lo tanto, es menos probable que estos niños estén expuestos a la enfermedad.
Sin embargo, la inmunidad de rebaño no es una solución perfecta para proteger a las personas que no pueden ser vacunadas. Si la tasa de vacunación disminuye, como cuando los discursos anti-vacunas se propagan viralmente, la inmunidad de rebaño puede disminuir y la propagación de la enfermedad puede aumentar, lo que aumenta el riesgo de exposición para los niños no vacunados, poniendo muchas vidas en riesgo.
Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Retrato de Cesar Chavez, 1966. Colección fotográfica de Los Angeles Times. (CC BY 4.0)
La historia de la hoy casi extinta UFW (United Farm Workers of America/ Unión de Campesinos) se extiende a lo largo y ancho de la extraordinariamente diversa topografía del estado de California. Esta topografía, como todo lo que nace bajo el sol de la región, no es algo estático, sino que es producto de enfrentamientos y de cambiantes fuerzas subterráneas: las tensas placas tectónicas y la gran falla que recorre el estado, desde el mar de Cortés hasta la costa de la punta norte, moldean las dos enormes sierras que enmarcan y empujan la costa de California hacia el mar. El resultado es una serie de valles larguísimos, deltas pantanosos y una enorme bahía. La constancia de los incendios y los sistemas de alta presión que castigan en forma de vientos (los famosos “vientos de Santa Ana” en el sur o, en el norte, el “viento del Diablo”) también transformaron los bosques en tierras baldías pero sumamente fértiles. A su vez, la presencia de los primeros colonizadores españoles, después mexicanos y finalmente anglosajones, transfiguró una vez más el territorio para crear tierras de cultivo y ganadería productivas. A mediados del siglo XX, California se convirtió en la zona agrícola más capitalizada de la historia de la humanidad.
Los valles de California a menudo se olvidan en el imaginario costero del estado, que suele enfocarse en las industrias masivas que han prosperado en las ciudades que se fundaron frente al Océano Pacífico. Detrás de las icónicas colinas de Hollywood y de sus exportaciones culturales, más allá de los intrépidos surfistas surcando las enormes olas, del camino real que sigue la ruta de las misiones, de los vivaces colores de las casas victorianas en las colinas de San Francisco y del corazón de la innovación tecnológica en Silicon Valley, se encuentra la California agrícola, donde los trabajadores del campo producen más del 35% de las verduras y hasta el 75% de la fruta y nueces que se consumen en los Estados Unidos.
En el mapa del desarrollo de la UFW destacan tres valles: el Valle de Salinas, ubicado al oeste de la Sierra de la Costa Central; el Valle Imperial, situado al sureste de Los Ángeles; y el Valle Central, que se extiende entre la Sierra de la Costa y la Sierra Nevada. De los tres, únicamente el Valle de Salinas cuenta con un clima mediterráneo y es naturalmente fértil, lo que permite cultivar verduras hasta diez meses al año. Los otros dos valles, por su parte, fueron producto de la intervención de la ingeniería y el capital.
En el sureste del estado, el gobierno federal transformó una enorme sección del desierto de Colorado en el fértil Valle Imperial, cerca de la frontera con México, mediante un proyecto de ingeniería que incluyó la construcción de cuatro represas para irrigar el desierto. Asimismo, en el Valle Central se financiaron veinticinco represas con recursos federales y estatales para canalizar el agua necesaria para el cultivo de uvas, algodón, tomates y arroz en la zona.
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César Estrada Chávez nació el 31 de Marzo de 1927 en una pequeña propiedad familiar en las afueras de Yuma, Arizona. El abuelo de César, Cesario, había sido un domador de mulas de Chihuahua que se asentó y construyó una propiedad para trabajar la tierra en el desierto de Colorado tres años antes de la fundación del estado en Arizona. Librado, el padre de César, tenía tres años cuando su padre se asentó en la región. A pesar de formar parte de la tercera generación de migrantes en los Estados Unidos, César mismo seguía considerándose a sí mismo como mexicano y estaba orgulloso de haber crecido hablando español y de haberse establecido en un territorio que en algún momento le había pertenecido a México.
César Chávez tenía tan solo doce años cuando presenció la destrucción de la casa donde nació, luego de que un terrateniente anglosajón, quien tenía el título de la tierra aledaña y le cobraba impuesto a los Chávez, enviara un tractor para saldar una deuda pendiente. La familia Chávez, desterrada, se vio obligada a abandonar su tranquila vida en Arizona y emigrar a California para trabajar en los campos ya desde entonces dominados por compañías agroindustriales. Para el joven César, esto significó no solo la pérdida de su comunidad, familia y niñez, sino también el inicio de su carrera laboral.
En busca de trabajo en las cosechas, la familia Chávez se incorporó al circuito migrante que se extendía entre el Valle Central y Oxnard, al norte de Los Ángeles, durante una de las épocas más difíciles de la agricultura en California. Después de la Gran Depresión, los salarios eran miserables y miles de trabajadores competían por empleos insuficientes en los campos. A pesar de los intentos de organización y sindicalización en la década de 1930, las perspectivas de mejoras para los trabajadores agrícolas eran sombrías. La Ley Nacional de Relaciones Laborales (NLRA) de 1935 no excluía a los trabajadores agrícolas de sus cláusulas y protecciones, por lo que no carecían de garantías y derechos para la organización colectiva y no quedaban a merced de las grandes corporaciones.
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Desde joven, César Chávez se enamoró de los libros y aprendió a leer tanto en inglés como en español gracias a la influencia de sus tíos. Aunque nunca le entusiasmó la educación formal, César se interesó apasionadamente por diversos temas a lo largo de su vida y se comprometía enteramente a leer, cuestionar, escuchar y aprender. Así como César no aprendió a leer en la escuela, tampoco se dejó influenciar por las doctrinas religiosas de la iglesia. Su madre le enseñó sus primeras oraciones, así como el poder de la caridad y de evitar la violencia. Ella era la líder espiritual de la familia y transformó su catolicismo popular, lleno de dichos, en una sensibilidad moral que moldeó a los Chávez. Además, la guía moral de la familia estaba respaldada por el catolicismo formal de la abuela de César, quien pasó varios años en un convento y le enseñó a sus hijos oraciones en latín e historias de la Biblia.
Estas dos características de César, su pasión por aprender y su compromiso con la justicia social, lo acompañaron a lo largo de toda su vida. Fue gracias a un sacerdote católico que César comenzó a interesarse en la política hacia 1950. En ese momento, con apenas 23 años, César ya era un veterano de la Segunda Guerra Mundial que intentaba abrirse una senda en el mundo. Cuando tenía diecisiete años, César se enlistó en la Marina de los Estados Unidos, “sobre todo para poder escapar del trabajo agrícola”. Después de ser ayudante en un barco en el Pacífico y pintor en Guam, lo dieron de baja. Regresó así a los campos y trabajó en la cosecha de melones, uvas, algodón y chabacanos. Intentó formar parte de un grupo de cortadores de apio, en donde se pagaba un salario más alto, pero no pudo aprender lo suficientemente rápido y mantener el ritmo.
En 1948, César se casó con Helen Fabela, hija de una familia de trabajadores agrícolas de Delano, California, lugar que se convertiría en el epicentro de las primeras campañas de la UFW. Pronto, la pareja tuvo dos hijos y César, ahora un hombre de familia, no sabía cómo se iba a ganar la vida ni qué rumbo iba a seguir. Por eso, cuando el padre Donald McDonnell tocó a su puerta con su sotana y estola, hablando español y solicitando su ayuda para establecer una iglesia en el barrio mexicano de San José, César, sin dudarlo, ayudó. El padre McDonnell, apenas cinco años mayor que César, empezó a inculcar a su nuevo discípulo en los principios de la llamada “Acción Católica”.
La Acción Católica se basaba en las enseñanzas de las encíclicas del papa León XIII y Pío XI, Rerum Novarum (“De las cosas nuevas”, de 1891) y, Quadragesimo anno (“En el cuadragésimo año”, de 1931), respectivamente. Rerum Novarum reconocía la lucha entre la clase de los “ricos” y del “proletariado”, defendía la propiedad privada, atacaba al socialismo y promovía la caridad de los ricos. Al mismo tiempo, alentaba la creación de asociaciones sindicales de trabajadores, preferiblemente católicas, con énfasis en la “justicia social”. Esta encíclica fue la base de la autoridad papal para fundar los movimientos de la acción social católica. En 1931, Pío XI escribió Quadragesimo Anno , cuarenta años después de Rerum Novarum , en medio de la depresión económica mundial. Esta encíclica habla del “carácter social de la propiedad”, se opone al individualismo y fomenta todo tipo de asociaciones sindicales de trabajadores para “regular las relaciones económicas conforme a las leyes de justicia conmutativa”.
Es por eso que cuando César Chávez fundó la Asociación de Trabajadores Agrícolas en 1962 (Farm Workers Association ) la llamó asociación y no “union ”, sindicato, porque el catolicismo sirvió como elemento de cohesión para los trabajadores agrícolas, además de que dominó gran parte de los símbolos e ideología de la asociación y de la posterior UFW. La membresía en estas organizaciones no solamente era una lucha por mejores salarios y beneficios, sino que también se consideraba, como enfatiza César, algo “bueno para el alma”. Según Chávez, a través de los sacrificios, los trabajadores se convertirían en mejores personas y estarían más cerca de Dios. Por eso, gran parte de la estrategia de la UFW consistía en movilizar la buena voluntad de los más afortunados y obtener protecciones del Estado.
La otra gran influencia religiosa formativa en la vida de César Chávez en el período anterior a la fundación de la asociación fue el movimiento cursillista. Los cursillos de cristiandad fueron desarrollados por jóvenes laicos para preparar a los adolescentes para el peregrinaje a Santiago de Compostela, pero su objetivo principal era inspirar y preparar a los futuros líderes del “ejército de militantes cristianos” para combatir al enemigo de la “cristiandad sin vida”. De hecho, el himno de los cursillistas, la canción “De colores”, se convirtió en el himno de la UFW. De tal manera, la UFW tiene en sus orígenes todos estos elementos que César Chávez absorbió en sus años formativos: prefiere y acepta una organización jerárquica, se opone al socialismo, tiene un compromiso con la justicia social y adopta una visión militante.
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Si quisiéramos encontrar las raíces de las estrategias de organización comunitaria de César Chávez, habría que leer con cuidado el Tratado para radicales: manual para revolucionarios pragmáticos de Saul Alinsky. Aunque el libro se publicó en 1971, el tratado recopila las lecciones orales sobre organización comunitaria que el autor había estado pregonando desde 1939. Otra gran influencia de César Chávez fue Fred Ross, un discípulo de las ideas y del modelo de Alinksy.
Alinksy, Ross y Chávez eran maestros en el arte de contar historias y de conversar. Sabían cómo hablar pero, sobre todo, sabían escuchar. Esta habilidad no es una casualidad, ya que en los centros de pensamiento de Alinsky se enfocaban en el arte de la conversación. Así, Chávez se convirtió en alguien que sabía escuchar. Su capacidad de prestarle toda su atención a la persona con la que estaba hablando se volvió parte de la leyenda de Chávez, y en este caso la leyenda tiene raíces muy precisas. Pero Chávez, Ross y Alinsky no solo escuchaban, sino que contaban historias para transmitir moralejas y dejar en claro puntos muy específicos. “¿Quieres tener un mejor salario, mejores condiciones de trabajo, control en las rentas, y que acabe la brutalidad policíaca? Déjame contarte cómo un grupo de personas se organizó en Los Ángeles y logró todo eso”, y luego contaban una historia, probablemente exagerada, como todas las buenas historias, cuyo objetivo era inspirar e instruir sin ser un recuento histórico preciso. ¿Qué enseñaban las historias? Que si construyes una organización y te mantienes activo en ella puedes mejorar tu mundo, y un organizador puede ayudarte en ese proceso. Así de simple.
En 1952, Chávez conoció a quien sería su futuro mentor, Fred Ross, quien había ayudado a fundar la Organización de Servicio Comunitario (CSO, por sus siglas en inglés), un grupo que abogaba por la comunidad mexicanoamericana con sede en Los Ángeles. Ross llegó a San José para establecer una filial local de la organización, y una de las reuniones que organizó fue en la casa de César Chávez. A Chávez le impresionó el éxito de la CSO en la lucha en contra de la brutalidad policial y la inscripción de votantes mexicanoamericanos, por lo que rápidamente se sumó como voluntario en la organización. Eventualmente, Ross logró contactarlo de tiempo completo, y durante una década Chávez viajó por California, organizando campañas, inscribiendo votantes y dirigiendo programas de ciudadanía. Este fue el inicio de su lucha en contra de la injusticia social.
En 1962, cansado de las limitaciones de su trabajo y de las finanzas precarias de la organización, Chávez renunció a su trabajo para perseguir su propia tarea quijotesca: la creación de un sindicato para los trabajadores agrícolas. Con sus pocos ahorros, trasladó a su familia a Delano, California, donde vivía su hermano y la familia de Helen. Mientras ella trabajaba en los campos, Chávez viajaba a las pequeñas ciudades agrícolas del Valle Central, celebrando reuniones en las casas de los trabajadores, tal como aprendió de su mentor, Fred Ross. En ese entonces, no usaba la palabra “sindicato”, sino la palabra “asociación”, y su objetivo inicial era obtener salarios justos y luchar contra las injusticias rampantes.
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Cinco meses después de llegar a Delano, Chávez fundó la Asociación de Trabajadores Agrícolas. Adoptaron al águila negra como emblema y “¡Viva la causa!” como su lema. Chávez planeaba construir la organización lentamente antes de aceptar participar en tareas más complejas como negociar contratos y convenir huelgas, pero la historia y los acontecimientos lo obligaron a moverse mucho más rápido de lo que él hubiera querido. El 8 de septiembre de 1965, un sindicato de trabajadores agrícolas filipinos declaró una huelga cuando los productores de uvas se negaron a aumentarles el salario por hora. Si los mexicanos y mexicoamericanos no se unían, la huelga fracasaría. Así, el 16 de septiembre, Chávez convocó a una reunión en la iglesia y los trabajadores apoyaron la huelga en un gesto sin parangón de solidaridad interracial, que no era la norma en la época. En los próximos cinco años, la Asociación convirtió a “la causa” en una frase común y atrajo a cientos de trabajadores al movimiento agrícola. Millones de estadounidenses boicotearon el consumo de las uvas y César Chávez llegó a estar en la portada de la revista Time . Este sería el inicio de la UFW con Chávez al frente, como líder y presidente.
Chávez sabía que para triunfar, la UFW iba a requerir apoyo externo. El movimiento laboral proporcionaba dinero, la religión católica y sus estandartes de la Virgen de Guadalupe les daban la autoridad moral y los voluntarios proveían la fuerza para continuar con la organización de base. El primer gran acontecimiento que expuso Chávez a los medios nacionales sucedió en la primavera de 1966, cuando lideró la famosa marcha de 300 millas desde Delano hasta Sacramento. Cientos de trabajadores agrícolas caminaron por la carretera 99 hasta el capitolio del estado. El periódico El malcriado , el Teatro Campesino, los brazos culturales y de propaganda de los trabajadores acompañaron todo el movimiento. Cuando la huelga comenzaba a decaer, Chávez emprendió un dramático ayuno (siguiendo el ejemplo de Gandhi) para volver a comprometer al movimiento con el principio de la no violencia. El ayuno de veinticinco días hizo que la sede del movimiento se convirtiera en un santuario religioso: cientos de personas acampaban fuera del recinto en donde estaba su líder y esperaban la liturgia nocturna que se ofrecía. El entonces senador Robert F. Kennedy llegó en persona hasta Delano para celebrar el momento en el que César Chávez decidió romper su ayuno. En los siguientes años, los ayunos de Chávez formarían también parte del imaginario que acompañaría la mística del singular líder de la UFW.
Con la victoria en el boicot de las uvas y el negocio de contratos, la UFW creció inesperadamente y tuvo que ajustarse para lograr atender las demandas de los trabajadores. En 1975, el gobernador aliado de Chávez, Jerry Brown, reformó la Ley Nacional de Relaciones Laborales (NLRA) y California se convirtió en el único estado que le otorgó a los trabajadores agrícolas el derecho a asociarse y conformar sindicatos. También estableció una agencia estatal para supervisar las relaciones laborales en los campos.
Cientos de elecciones y contratos mejoraron las condiciones y salarios de los trabajadores agrícolas, pero operar bajo las reglas estatales se volvió cada vez más difícil para la UFW. Hacia finales de la década de 1970, la mayoría de los líderes asociados con los inicios de “la causa” renunciaron o fueron expulsados. Chávez se enfocó en construir una comunidad en la sede del sindicato llamada “La Paz”, un complejo aislado en las montañas de Tehachapi que llegó a ser hogar de hasta 200 miembros de la UFW. Durante la década de 1980, el poder de la UFW disminuyó significativamente, se perdieron contratos y la administración republicana de California erosionó poco a poco su influencia política. Las últimas huelgas importantes en los campos del Valle Imperial y en el Valle de Salinas concluyeron con los mejores contratos que los trabajadores agrícolas habían obtenido en toda la historia. Las huelgas fueron el presagio de una guerra civil interna en la UFW en la que, eventualmente, muchos de quienes constituían la mesa ejecutiva acabaron enfrentándose en la corte contra Chávez. Otro de los problemas con los que César Chávez se enfrentó fue el cambio en los patrones migratorios y la llegada de cientos de miles de inmigrantes de Latinoamérica y de México dispuestos a trabajar por mucho menos en los campos de California. Chávez llegó a oponerse férreamente a la inmigración ilegal y a abogar por leyes de migración muy estrictas, ya desde los últimos años del programa bracero y también en sus últimos años de vida.
César Chávez murió el 23 de Abril de 1993 mientras dormía, a los sesenta y seis años. Cientos de miles de trabajadores agrícolas salieron de Delano para celebrar su legado y vida. Lo enterraron en el complejo de La Paz.
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La falta de trabajo constante y la inestabilidad son solo dos de los muchos desafíos a los que se enfrentan los trabajadores agrícolas. El trabajo en los campos es peligroso y frecuentemente acaba en espaldas con daños permanentes, extremidades sin uso, articulaciones gastadas, y hasta puede ser perjudicial para la salud por el uso de pesticidas. Los trabajadores agrícolas habilitan la tierra para la cosecha a lo largo de todo el año: la preparan, plantan las semillas, deshierban las plantas, riegan los cultivos y abonan la tierra. Sin embargo, solamente producen mercancías, un producto, durante la cosecha, apenas una o dos veces al año. Además, dado que la demanda de trabajadores cambia mucho dependiendo del mes que es, no hay suficiente trabajo en una zona en particular para mantener un asentamiento permanente de personas, por lo que los pueblos agrícolas son pequeños y dependen del flujo de migrantes. Es una vida de movimiento y constante inestabilidad, sujeta a los caprichos del clima y de los empleadores.
A finales de la década de 1970 los trabajadores del campo gozaban de un ingreso de más de uno y medio salarios mínimos por hora. La UFW alcanzó su cumbre con una membresía de 50,000 trabajadores a finales de esa década, y su éxito era evidente en los generosos salarios que recibían. Pero la historia es cruel. La actual lista de salarios representa la derrota de la UFW en los campos de California. Los trabajadores agrícolas hoy ganan apenas el salario mínimo de California, un salario que se ha mantenido estancado en 8 dólares por más de una década. Los que recolectan apio ganan lo mismo por caja que sus predecesores de hace 30 años, lo que equivale a menos de un tercio de lo que ganaban antes. Los trabajadores de la lechuga, quienes alguna vez fueron los mejor remunerados, tienen suerte si logran ganar 9 dólares la hora. En un mundo en el que los costos de vida no dejan de subir, los salarios de los trabajadores agrícolas se han mantenido estancados.
El trabajo en los campos sigue siendo muy similar al que Chávez mismo experimentó en carne propia, pero los esquemas de organización son muy diferentes. Actualmente, la mayoría de los trabajadores agrícolas no son empleados de las compañías dueñas de los cultivos, sino que tienen contratos de mano de obra agrícola a través de otras organizaciones. La tendencia a la subcontratación que hoy prima en la industria comenzó en la década de 1980, cuando las pequeñas compañías empezaron a desaparecer y la industria se volvió cada vez más un monopolio de pocos líderes. La Ley de Relaciones Laborales, que alguna vez se vio como una victoria del movimiento de la UFW, es ahora la traba más grande, pues estipula que los contratista de mano de obra agrícola no son empleadores, y por lo tanto no son reconocidos para fines de negociación colectiva según la ley estatal. Los trabajadores, si quieren organizarse, deben presentar una petición dependiendo de su lugar de trabajo, y no pueden presentarla a través de la compañía que los subcontrata.
Por eso, a pesar de que se estima que hay 400,000 trabajadores agrícolas en el estado de California, el porcentaje que pertenece a un sindicato es estadísticamente cero, lo que significa que hay tan pocos miembros activos que caen dentro del margen de error. Actualmente, los valles llenos de trabajadores no tienen las protecciones de las que alguna vez gozaron gracias, en parte, a los esfuerzos de Chávez y de todos los miembros de la UFW. Hoy, los tres enormes valles de California celebran al viejo líder, sus ayunos y peregrinaciones, a treinta años de su muerte, pero no disfrutan de casi ninguna de las prebendas del pasado.
Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro
Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Cómic realizado por Ureshi San Universe
Autores
Ureshi-san Universe, ilustrador originario de Ensenada, Baja California, con enfoque en el género “yaoi”, también conocido como BL (Boys Love). Tras graduarse de la carrera de Diseño Gráfico en 2016, se ha dedicado a crear contenido visual de dicha temática inspirado en personajes de sus series y películas favoritas. Actualmente vive en Tijuana, Baja California, trabajando como ilustrador y diseñador gráfico para un canal de Youtube y, a su vez, trabaja en más contenido para compartir en redes sociales y se prepara como expositor para eventos próximos.
LSD, por Manel Torralba. Fotografía recuperada de Flickr (CC BY 2.0)
El 19 de abril de 1943 el químico suizo Albert Hoffman se administró una dosis de dietilamida del ácido lisérgico 25 y salió a dar un paseo en bicicleta, lo que cambiaría la historia para siempre. Por un lado, inauguraría un nuevo capítulo dentro de la cultura de las drogas, y, por otro, despertaría el culto mundial por la bicicleta como vehículo ideal de las sociedades contemporáneas.
Desde entonces, el ácido en sí mismo ha realizado un viaje a través de las décadas que lo ha convertido en un protagonista de nuestras obsesiones. Aunque se trata de una sustancia ilegal, su popularidad se ha incrustado hasta la médula en el subconsciente colectivo.
Uno de sus primeros usos fue como objeto de control por parte del gobierno de Estados Unidos. No obstante, a pesar de que actualmente se habla poco de los experimentos a los que sometían a militares y voluntarios durante finales de los cincuenta, ahora que en 2019 los crímenes perpetrados por la secta de Charles Manson cumplieron cinco décadas, se vuelve a indagar en este horrendo capítulo.
En su estupendo libro, Manson y la historia real , Tom O’Neill, documenta la capacitación que Manson tuvo por parte del gobierno a través de clínicas que le suministraron durante varios años LSD y, donde según el periodista, aprendió a manipular a la gente administrándoles a su vez él mismo la sustancia. Aunque dichos experimentos van más allá de esta secta, se sorprenderían de la gran cantidad de gente, países y agencias, además de la CIA y el FBI, involucradas en la exploración del ácido. Es la de Manson la más satanizada debido a que fueron los perpetradores del crimen del siglo .
Sin embargo, el uso recreativo del LSD buscaba imbuir de espiritualidad a la generación de los sesenta. Con Timothy Leary como principal promotor de la droga del amor y después con el respaldo de Ken Kesey, el fenómeno de la contracultura hizo del ácido su bandera. El impacto de este en la música, la literatura, etc., fue multitudinario. Activistas como Abbie Hoffman y Jerry Rubin, o escritores como Hunter S. Thompson, gravitaban alrededor del LSD. Incluso Philip K. Dick, que solo en una ocasión lo probó y tuvo un mal viaje, era relacionado con la sustancia. Todo mundo pensaba que era un gurú del ácido, cuando en realidad le tenía miedo.
La música y el LSD siempre han estado asociados. Sin embargo, durante los ochenta, la droga favorita de los músicos fue la cocaína. Durante principios de los noventa fue la heroína. Esto se extendió hasta inicios de los dosmiles, como se relata en Meet Me in the Bathroom , el libro de Lizzy Goodman sobre el renacimiento del rock en Nueva York a inicios del nuevo milenio, así como el resurgimiento de las drogas psicotrópicas a finales de los noventa. Por otro lado, cuando la cultura rave hizo explosión, el éxtasis fue una de las sustancias consentidas. Pero el regreso del ácido todavía tardaría unos años en presentarse.
El tabú alrededor del LSD se ha ido desinflando en los últimos años. Sin embargo, en 2018 el cineasta Gaspar Noé presentó una visión distorsionada y moralina del ácido en su película Climax . En ella, un grupo de bailarines celebran una fiesta y alguien sin avisar vierte LSD en una bebida colectiva que todos beben sin su consentimiento. A partir de que les surte efecto empiezan a ocurrir todo tipo de tragedias y mal viajes que tocan todos los clichés de la mala experiencia con las drogas, paranoia, claustrofobia, etc. Aunque es una interpretación libre, la visión de Noé parece ofrecer una versión tendenciosa del LSD: no lo consumas o esto podría ocurrirte. Lo cual es una mentira. De hecho, las primeras experiencias con LSD están muy alejadas de lo que ocurre en Climax .
La percepción sobre el LSD ha cambiado en los últimos años debido a su relación con la música, pues se ha convertido en el consentido de los asistentes a festivales. El miedo se ha perdido paulatinamente por distintas causas, una de ellas es que mientras que en los sesenta las dosis de LSD eran de quinientos microgramos, en la actualidad hay de distintos rangos, bajas: de 50, medias: 100 y altas: 200. Esto ha ocasionado que, administrada según el conocimiento de cada individuo sobre los umbrales de sus capacidades, sea una droga muy solicitada.
De ser considerado para uso recreativo, el LSD ha sido adoptado y adaptado para su uso terapéutico. Estudios sugieren que bien administrado, el LSD puede ayudar a curar la depresión y es en general una herramienta para aspirar a la salud mental. El método de la micro dosis cada vez es más socorrido por personas que necesitan estabilizarse emocional y anímicamente. La gente ya no sataniza al ácido. Al contrario, lo considera un aliado.
Antes de morir, Hoffman lamentaba el abuso que se había hecho de la sustancia. De seguir vivo quizá se habría sentido orgulloso de que la humanidad empieza a hacer cada vez más un uso responsable e inteligente de su descubrimiento.
Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros
Cuco Sánchez blues (2004),
La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009),
La marrana negra de la literatura rosa (2010) y
La efeba salvaje (2017), entre otros.