Tierra Adentro
Ilustración realizada por Darío Cortizo
Ilustración realizada por Darío Cortizo

Si bien es cierto que la conversación es un arte, no todos somos artistas. Cada vez más acostumbrados a las interacciones a través de medios digitales escritos (hay gente capaz de comunicarse usando única y exclusivamente memes y emojis), a veces no podemos con la tarea de dialogar con otro ser de forma por lo menos satisfactoria. Con más frecuencia de la deseable, nos quedamos sin nada qué decir y el ambiente se vuelve tan cómodo como un chiste de muertos a medio funeral. Difícil es, sin duda, conversar de verdad con alguien, dialogar: establecer auténtica comunicación basados en pautas de acción y reacción, como asegura Robert Mckee en su libro El guion. Se puede recurrir al monólogo, claro, pero quien habla y habla sin tener en cuenta a su interlocutor, se halla solo sobre el proscenio de su propio ego y locura. “Aquel que ya no oye lo que le objetan, hasta tal extremo está absorto en su carrera; y piensa en seguirse, no en seguirte”, abunda Michel de Montaigne.   

Platicar bien, esto es, comunicarse, resulta difícil aunque no lo parezca. Si en alguna situación se evidencia lo anterior es, sin duda, en las reuniones donde no conocemos a nadie, esas donde el “¿tú te acuerdas de…?” (en palabras de Tony, protagonista de la famosa serie Los Soprano, “el estado más bajo de la conversación”) no es una opción. Ah, cómo se echa en falta en esos momentos aquel dulce lubricante de conversaciones llamado nostalgia, que hace posibles el 99.99% de las reuniones con ex compañeros de preparatoria.

Una situación común: accedemos a asistir a una fiesta y, ya en el lugar, nos damos cuenta, horrorizados, de que sólo conocemos al anfitrión, quien ahora está estrechando manos y acariciando bebés con una maestría digna de presidente recién electo. No nos queda más remedio que unirnos al pequeño grupo de rechazados que se congrega en un rincón, generalmente cerca de la cocina; apátridas de la socialización. Luego de un par de frases convencionales (“¿Y tú de dónde lo conoces?”) llegamos a los temas monolíticos e infalibles: política, religión y futbol, que juntos forman esa oscura Pangea de la polémica de la que nadie sale bien librado. Pero ni eso es suficiente: la conversación llega a ese temido momento en que nadie dice nada más. ¿Qué hacer? ¿Combinar esos temas en forma de chiste? «Entran a un bar el Papa, Mao Zedong y un gato con guantes de portero…» 

Alguno que otro miembro de ese grupo tendrá la fortuna de ver pasar a un viejo conocido y escabullirse tras él; otros, los más astutos, se ofrecerán a servir bebidas o a ordenar aceitunas, jamón y cubitos de queso en los platos, pero uno “se queda ahí, aguantando mecha”, como diría Pedro Infante en Dos tipos de cuidado, aferrado a su vaso rojo lleno de cerveza tibia. Saber cuándo retirarse también es un arte (que ni a ciertos escritores, boxeadores y ludópatas se les da muy bien que digamos) y no es parte de nuestro repertorio. Ahí, hundiéndonos en las movedizas arenas del silencio, no faltará quien asienta ante una aseveración que nadie jamás hizo; algún otro, al más puro estilo de Virginia Woolf, se distraerá conjeturando el origen de cierta manchita en la pared; uno más hundirá la cara en su teléfono celular y claro que habrá quien se limite a comer de los platitos que el prófugo se conminó a servir.  

Entonces, porque el silencio es un arma de dos filos que no todos sabemos blandir, la única opción es recurrir a nuestra herramienta secreta: el dato cerealero, esa pieza de información inútil, estéril y de oropel, que sirve para no servir. «Oigan, ¿sabían que el olor a queso de los pies lo causa una bacteria?». Después de dejar sus platos a un lado con tanta discreción como pueden, los miembros del grupo abren los ojos y niegan con la cabeza. «No, no lo sabía», contesta algún piadoso. Y bueno, de ahí alguien más, como en esas coreografías improvisadas en los musicales (donde un mesero, inexplicablemente, comienza a bailar tap como el mismísimo Fred Astaire cuando el protagonista del filme, sin previo aviso, hace lo propio sobre una mesa), suelta un dato más en consecuencia. «Sí, es cierto, ya lo había escuchado. También dicen que si uniéramos los hilos de baba de todos los que se duermen mientras leen Santa, podríamos llegar de Júpiter a Marte». «Ah, fíjate», tercia alguien más, «no lo sabía». “Bendita parte trasera de la caja de Choco Krispis”, piensa el primero de ellos, agradecido, “la información que ahí viene me salvó de un minuto más en silencio junto a unos extraños”.

Efeméride elevada al grado de poesía y sapiencia, el dato cerealero, mientras más inservible, más bello, como la rosa. Ornato puro, información disecada, es ideal para romper el hielo. Bibelot del conocimiento humano (¿habrá palabra más fea, más pálida, que “bibelot”?), el dato cerealero, no se dude, es el juguete de colección que, una vez fuera de su empaque, pierde valor: al analizarlo, contextualizarlo, rompemos su cerealera magia. Este tipo de información no se piensa: se sabe. El dato cerealero es lo más cercano a poseer la sabiduría, ya que el pensamiento, como estableció Hannah Arendt en La vida del espíritu, no puede establecerse como una propiedad, por lo que nos quedamos con su versión asequible.  

El que acumula datos huecos (“conocimiento estático y sin contenido humano”, en palabras del maestro José Revueltas) es el animal que se mimetiza de depredador para no ser presa. ¿A quién le gusta parecer idiota frente a los demás? Sin que esto genere un beneficio, claro. En el fondo, seguimos siendo los niños a quienes les colocaban una estrella en la frente por “saber mucho” y se ríen del que pregunta porque está pensando y no ha llegado a saber. Enciclopedia andante, el poseedor del dato cerealero brilla ante el público; su memoria es el vaciadero de basuras al que aludía Ireneo Funes en el cuento de Borges. Asegura Francis Bacon, en su breve ensayo Del discurso, que “algunos desean en su discurso más el elogio de su ingenio […] como si fuese un elogio saber lo que se pudiera decir y no lo que se debe pensar”. El dato cerealero, al ser blandido por el sabio acumulador que lo posee, muestra que este sabe, mas no que piensa. Lo que se sabe está ahí en la vitrina, inamovible; lo que se piensa, escapa siempre, es la zanahoria frente al burro, esa que lo obliga al movimiento.

Dado que nos gusta saber más (sobre todo para humillar más), no es sorpresa que numerosos programas de televisión hayan alimentado esa necesidad: Aunque usted no lo crea de Ripley y Difícil de creer, por citar un par, nos permiten saber más, no necesariamente pensar más. De igual manera, las publicaciones impresas llevaron su parte: Muy interesante y Conozca más. Amamos los datos (pensamiento reducido a mercancía) y por ellos los colocamos en cuanto lugar podemos: cajas de cerillos, pantallas de espera del banco y del transporte público, secciones del periódico y, sobre todo, cajas de leche y cereal; que no haya un desayuno balanceado sin un nuevo dato para almacenar. Disfrutamos de ellos y nos gusta colocarlos en los contenedores más inusuales. Nos gusta tener más que el vecino, somos acumuladores, fetichistas de las mercancías (y el dato frío, sin utilidad, deviene objeto). Nos gusta tener mucho, saber mucho.  

Recuerdo a un compañero de la carrera, gran amigo, que admiraba profundamente al conductor de Difícil de creer. «Sabe muchas cosas», aseguraba emocionado, para luego proceder a contar cómo aquel sujeto, en una ocasión, recitó varias fechas importantes al hilo, sin dudar siquiera. «Conoce muchos libros», añadía emocionado. Y ahí estaba el aval de sabiduría que a muchos llena: el libro. Si está en un libro, debe de ser cierto, parecen pensar algunos, entendiendo el objeto (estático, asible) como estadio último del pensamiento (inasible). Saber en vez de pensar. El estudio de los libros, aseguraba también Montaigne en El arte de la discusión, es un movimiento lánguido y débil que no enardece; la discusión, en cambio, enseña y ejercita a la vez. Y ese amigo mío, para finalizar, decía que ese conductor de la televisión «era una enciclopedia andante». Si la Wikipedia (que está a punto de cumplir un año más de vida, para deleite de los amantes del dato cerealero) no miente, el término “enciclopedia”, etimológicamente, refiere a “círculo, circularidad”: es decir, apela más a lo autoconclusivo que a lo que aún puede avanzar o retroceder. El círculo, como el saber, está completo ya, y vuelve a sí mismo, a su punto de origen, una y otra vez.  

Van de la mano analogías geométricas con el conocimiento. Si el saber es redondo, el demostrar que se sabe suele ser rectangular: diploma, título, constancia. “Este que porta el sagrado papel, sabe, seguidle allá donde vayáis”, dice (así, en español antiguo, del que data esta creencia) la geometría del papel. En rectángulos, también, la información contenida en biografías, de cuya influencia y obra somos hijos. Ahí, encerrados entre las cuatro esquinas del conocimiento (enmicado e inalterable), veíamos a nuestros próceres retratados, y en la espalda, como el Pípila, la pesada loza de su descripción. Recuerdo con claridad que en la primaria nos ponían a copiar toda la información y después, a un lado en la hoja, debíamos colocar la imagen. Así, transformado en mausoleo el cuaderno, se nos pedía no pensar, sino saber, y el que supiera más era el mejor alumno, el que representaba a la escuela: el del cuadro de honor. Rectángulo, cuadrado, círculo: el conocimiento estático se halla encerrado.

En alguna otra ocasión, cuando estudiaba la primaria, nos hicieron otra prueba: mirar una monografía durante mucho tiempo y luego guardarla en el cuaderno. Entonces la maestra (con una monografía idéntica en la mano) comenzó a preguntar quién recordaba más detalles del rectángulo mayor (si no mal recuerdo, ahí estaba Juan Escutia cayendo para siempre envuelto en su bandera). Algunos atinamos muchos, otros menos, pero una compañera recordó casi todos. Claro, ella se llevó los aplausos. La maestra, entonces, comenzó a hablarnos de la memoria fotográfica, clara señal, al menos para ella, de los genios. Recordar con precisión los detalles (es decir, conocer muchos detalles), se asocia también a la genialidad; es pariente cercano del “saber mucho”. No nos habló, sin embargo, de que incluso aquellos que poseen ese tipo de memoria (cuyo nombre correcto ―valga el dato cerealero― es memoria eidética), no están exentos de omitir o agregar ciertos detalles; nunca están exentos de añadir u omitir detalles de la imagen: recordar es ficcionalizar. Por ello es que creamos falsos recuerdos. La memoria, asegura Hanna Arendt, es la madre de las Musas, y apostilla que primero se ve y luego se sabe. A esto, Siri Hustvedt, apoyada en algunos estudiosos de las neurociencias, lo llama “reconsolidación de los recuerdos”. La memoria complementa, no es un recuerdo pasivo de algo, sino un proceso creativo y activo que involucra a la imaginación. Recordar con precisión es saber, pero imaginar es ficcionalizar y, por lo tanto, es crear: pensar. 

Hundido ya en los recuerdos de la primaria (que espero presentar con tanta fidelidad como sea posible), aquella niña que memorizó más detalles que el resto, fue compañera mía en uno de tantos “congresos infantiles” que se organizaban por aquel entonces (que no eran otra cosa que concursos entre escuelas primarias para ver quién “sabía más”; una suerte de Guerra Fría en la que los maestros se enfrentaban a sus homólogos de otras instituciones por medio de enfrentar a sus alumnos como a dos monos con cuchillos en un yate de lujo). El equipo ganador de la justa fue el de una primaria privada y quizá la clave de su triunfo fue abrir su exposición con la frase “Pienso, luego existo”. No miento al decir que no entendí lo que quería decir aquella sentencia (¿ellos sí?), pero lo contundente de la frase, lo rimbombante, destrozó al resto de los equipos. No es que pensaran más que nosotros (ignoro si algo así es mesurable), pero demostraron que sabían más que nosotros. Punto a su favor. Memorizo, luego existo. A quien sabe mucho, se le considera sabio. Mientras más detalles se recuerden de algo, mayor la sorpresa de quienes escuchan.

Años después, sin embargo, (me confieso como pocas veces ante la hoja), participé en la versión infantil del famoso programa Jeopardy: uno de los premios era un Nintendo 64 acompañado de una televisión de 14 pulgadas, así que si quería jugar en una consola de última generación, debía aprovecharme de lo poco o mucho que sabía. En dicho espectáculo, se valoraba no el pensamiento, sino el conocimiento: quién sabe más cosas sobre todo en general (no me sorprendería que el 90% de los participantes ahora traten de socializar con extraños por medio del uso de datos cerealeros) es quien merece ganar. Nombre que reciben las crías de los jabalíes. Año en que se independizó Egipto. Cantidad de chupadas que hay que dar para llegar al centro de una Tutsi Pop. Una aclaración para quien no conozca el formato del programa: ahí las respuestas no debían formularse como tal: se debían arrojar en forma de pregunta. De cierta manera, se tenía la amabilidad (como en el ensayo, según Beatriz Sarlo) de expresar una duda que no se tiene. Es decir, premiaban, otra vez, el saber, el acumular datos, retenerlos tal cual son, sin agregar o quitar nada. Y entonces ahora, ¿con qué cara se le dice a quienes crecimos en una sociedad así que puede resultar más benéfico pensar que saber? Porque, aceptémoslo, saber paga, trae beneficios. Saber datos, resultados de la investigación de otros, del pensamiento de otros, es tomarnos una foto junto al león cazado, al lado del Ferrari de la exposición, abrazando por la cintura, de forma grotesca e invasiva, a la edecán. 

En ese mismo tenor, discutía con un amigo sobre la utilidad de pensar. Según Heidegger, esto no conduce a un saber, como las ciencias, no produce sabiduría alguna ni resuelve los enigmas del mundo. Yo le creo. Sin embargo, el saber las cosas, dar por sentado que se les conoce, negaría el terreno fértil para la poesía y, por extensión, para el ensayo. Saber algo lleva a un mismo punto (circularidad en su máxima expresión): a saberlo; pensarlo, por otro lado, nos orilla, valga la expresión, a re tratarlo, a re considerarlo y hallar nuestra propia visión. Me gusta pensar (o en otras palabras: quiero creer) que el pensamiento se escapa a clasificaciones. Clasificar no es entender y mucho menos comprender, aseguraba Octavio Paz; el saber está ya clasificado, perfectamente enmicado y puesto en los anaqueles de la memoria, listo para que alguien más tome de ahí un dato frío y aguado (como cereal que lleva más de media hora flotando en leche). Imposible agregar algo al saber: ya es. Recurriendo a la idea que postula Barthes, el saber, esa pieza de conocimiento estático, es una fotografía, dice “esto, es esto, es asá, es tal cual”; su envoltura es transparente y ligera. Está atrapado, no crece ni se descompone.

¿Es punible saber mucho? ¿Debemos atacar ferozmente al que sabe cosas y no se detiene a pensarlas? No, aunque quizá tampoco sea como para salir en hombros de una reunión (exagero: eso claramente nunca ha pasado). No hay delito en ser “una enciclopedia andante”, pero tampoco hay otra cosa. Quizá, como decía Bruce Lee, no hay que temer al hombre que conoce diez mil patadas, sino al que ha practicado una patada diez mil veces. No el hombre que sabe diez mil cosas, sino el que ha pensado una sola con suficiente fuerza. ¿Es esto cierto? No lo sé, por eso sigo pensándolo. Ya lo dijo José José (creo): es que saber y pensar no es igual: saber es lucir, pensar es rumiar. Saber (y saber mucho) es la excelencia artificial que encanta a los ignorantes, como profetizaba Montaigne, y dado que todos somos, en mayor o menor medida ignorantes, no debiera sorprender la abundancia de canales de YouTube, Instagram y Tik Tok que se dedican a compartir datos huecos, pero interesantes. Y es que todos queremos saber, pero pocos deseamos pensar.