Tierra Adentro
Portada "Desahucio" de Imanol Martínez González. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Portada “Desahucio” de Imanol Martínez González. Fondo Editorial Tierra Adentro.

Lograr una voz característica es un rasgo que todo escritor siempre debe de buscar. Diferenciarse del resto de los creadores literarios es algo difícil, que se logra con el tiempo y luego de varias lecturas. En el caso de Imanol Martínez González, parece que lo encontró muy pronto en su carrera porque cuando uno se acerca a su literatura, se encuentra con una narrativa sofisticada, pulida y con frases pensadas.

En Desahucio, su más reciente novela, ganadora del Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2021, nos entrega la historia de un par de amigos que deben enfrentar el mundo adulto, un sitio lleno de enfermedades, de tristezas, de trabajo y de nostalgias. En toda la novela se respira un tono de melancolía por algo perdido, aunque más allá “del desahucio” que sucede en la novela, es como si los protagonistas vivieran su vida siempre esperando lo peor.

Los encontramos cansados de la existencia, pese a ser jóvenes exitosos, están carcomidos por un sopor eterno, por una melancolía de la que no pueden escaparse. Uno de ellos, por ejemplo, dice: Mi mujer se fue hace tiempo, demasiado pronto. Y yo, aquí, solo encontré refugio en pocas cosas. Mis manos se volvieron inútiles. Quizá eso me hubiera gustado: poder tener más tiempo para trabajar sin sentirme tan cansado.

Uno es un arquitecto exitoso, el otro un chef dueño de un prestigioso restaurante. Sin embargo, pese al lujo y a la sofisticación de su mundo, viven en un sin sentido.

¿Conoces esas épocas en que te golpea fuerte la vida? Bueno, pues yo estuve perdido por un tiempo. Por entonces daba tumbos en casi todo. Hasta que conocí a una mujer. Por un buen rato pareció como si huyendo fuéramos felices. Una noche, mirando al techo, me preguntó si habría otra forma de vida para nosotros. Me quedé mirando una grieta sin saber qué decirle. Intenté decirle la verdad. Luego nos separamos.

La historia se centra en una amistad, en uno de esos afectos masculinos que en realidad siguen la lógica de una pareja amorosa, claro, sin sexo. Las charlas entre ellos reflejan un mundo donde los fogones y las teorías de construcción se entremezclan con las reflexiones sobre la vida, sobre las relaciones humanas y sobre lo que significan el duelo y el recuerdo.

Es esto, la nostalgia por la vida pasada, por querer hacer algo que ya no se hizo, que permea toda la novela. La cuidada y culterana prosa de Martínez González, nos enfrasca en reflexiones interesantes cada ciertos párrafos; de esta manera, a veces detiene el relato para regalarnos algunas de sus ideas, pero creo, que el siguiente extracto define perfectamente gran parte del sentido de la obra.

Memorial es un término cuyo uso es desaconsejado en nuestra lengua, se prefiere el de monumento conmemorativo: la memoria o el recuerdo de alguien o algo. La huella visible del pasado, la piedra oscura del dolor. Edificaciones simbólicas en todo caso porque la única forma de mirar al horror es desde la periferia, habitándolo desde los suburbios; porque está ahí, porque nos duele, porque nos ciega. No hay lugar para mirarlo de frente, en un cara a cara que nos deja a tajo abierto; no hay forma de verbalizarlo ni edificarlo a no ser en el terreno de las asociaciones ocultas dentro de uno, capaces de producir emociones cuando se trastocan, el territorio del símboloSon, finalmente, espacios para no ser habitados, sitios para recordar a todos que aquí se escribió un verso más para el canto de los perdedores, el único canto posible —acaso un murmullo— entre las ruinas. ¿Cómo se proyecta el silencio que borra a la rabia?

Imanol Martínez González muestra, además, cómo las amistades muchas veces acaban convirtiéndose en relaciones paternofiliales. Constantemente los amigos, toman el rol de padre uno del otro, apoyándose y acompañándose.

Hoy en día que las masculinidades están cambiando es refrescante encontrarse con un libro que  habla sobre una compleja y satisfactoria amistad.


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Portada "Humanomáquina" de Diego Casas Fernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Portada “Humanomáquina” de Diego Casas Fernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.

No soy tan humano como parezco.

Casas Fernández

Si me concentro lo suficiente, podría tararear el ruido en el dial-up que provocaba la ToditoCard al intervenir la línea telefónica de mi casa, evocaría el display de la PC familiar con Windows 98 y probablemente la página de Internet Explorer seguiría cargando… Mi primer nickname online fue “JoOrGee” y lo utilicé durante años en Metroflog y Messenger, creo que también en Ares y 4Chan. No he olvidado ese arroba: es mi correo electrónico en Facebook, Instagram y Twitter, ciberespacios en los que, por cierto, soy conocido como @lagunauta, un apodo que incluso me gusta y hasta me representa mejor que los que me pusieron mis amigos en la secundaria. Nacimos a mediados de los noventa, así que todavía nos enseñaron a descodificar las manecillas del reloj y a cambio nos inocularon el Y2K cuando aprendimos a leer.

Fuimos nativos digitales desde el principio, eso nos dijeron los adultos, y así fue como vimos el mundo por primera vez algunos de nosotros: online / offline. En Humanomáquina, el libro con el que Diego Casas Fernández obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2021, el escritor mexicano ensaya a partir de la fisura analógica-digital que experimenta una generación que fue niñx cuando el mundo se acababa a cada rato, por lo menos desde el 2000, pero nunca pasaba nada. Los ensayos de Casas Fernández están programados a partir de un dislocamiento espaciotemporal: en «Venir de afuera» y «Quedarse adentro», el par de secciones que configuran Humanomáquina, el ensayista narra una biopic contemporánea, íntima y, en ciertos momentos, hasta confesional.

Desde “Genes virtuales”, el primer ensayo de «Venir de afuera», la búsqueda de la identidad en Internet se confronta con un captcha, la prueba diseñada en 2003 por Luis von Ahn para diferenciar entre personas y robots que navegan por el ciberespacio. El test no solo permite cuestionar lo humano, sino también el grado de inmersión que tiene la IA en la nueva aldea global. Cualquiera podría estar ahí dentro, hecho de unos y ceros, para participar del juego de la imitación. (Re)escribir entonces para sentirnos menos solos, como en “El pensamiento programado”, que explora la sutil relación entre el deseo de convertirse en máquina y la sensación de soledad. Este ser amalgamado aparece en “Cibersexuales” como un cíborg, personaje que ha excedido el relato de la scifi para cuestionar los lindes entre lo virtual y lo real. Su búsqueda es orgánica: nickname, género, historia. Un anecdotario sórdido de quienes vieron por primera vez a otro ser humano de carne y hueso desnudo pero en pixeles.

Precisamente porque en la web no hay secreto que se resista, en “Hikikomori” el cíborg se aísla en su habitación sin dar explicaciones, con la esperanza de que tarde o temprano suceda algo del otro lado de la pantalla. Las posibilidades de la Surface Web se potencializan con el algoritmo libre de la Deep Web y los tratos, muchas veces, suelen ser perversos. En el ciberespacio, para variar, el cibersexo también está heteronormado y reproduce en esa nueva intimidad una sexualidad monolítica. “Más hombres que humanos” presenta a un integrante polémico del submundo digital: los incels [Involuntary Celibates]. Una forma retorcida de ejercer la masculinidad, varones solteros “hartos” del maltrato de una sociedad que aspira a ser igualitaria y no los promueve al lugar que ellos creen que merecen en el nuevo orden mundial.

«Quedarse adentro», la segunda sección de Humanomáquina, comienza con “De máquinas poetas” y se centra en la robopoética, ese concepto que pensó Stanislaw Lem como literatura bítica y que se refiere a los textos escritos por inteligencias artificiales mediante un proceso en el que no interviene el ojo humano y que, no obstante, participa de lenguaje. ¿Acaso no puede ser literario un enunciado producido por un bot? Un cuestionamiento similar surge en “Lorem Ipsum” con el papel del copywriter, escritor fantasma de la precarización, quien parte también de un texto espécimen para crear uno diferente pero que, como cualquier otro anterior y posterior, proviene del copypaste. El freelancer millennial evoca la materialidad del lenguaje a partir de la propia experiencia del cuerpo en el tecnocapitalismo.

“Las palabras, un virus humano”, “Solo se apagó y eso es todo” y “¿Desea guardar los cambios?”, los últimos ensayos de Humanomáquina, parten precisamente de la corporalización de lo digital —y viceversa— para exponer los casos en que la memoria y el cuerpo se enfrentan a las nuevas tecnologías y la obsolescencia programada. El primero de ellos es una suerte de relato pandémico en el que la escritura, como variante del virus oral, expresa lo que atraviesa al cuerpo durante el contagio y cómo el lenguaje podría relacionarse con la identidad genética y la individual. El segundo dialoga con la muerte en un sistema en el que el cuerpo es el protagonista de una narrativa tecnopolítica despiadada, en donde el transhumanismo promueve la superación de nuestras restricciones como especie y los límites de lo corpóreo. El último ensayo de Humanomáquina problematiza la memoria a partir del binomio hardware/software y cómo es que la siliconización del presente provoca la obsolescencia de los cuerpos y las tecnologías.

Con sus ensayos en Humanomáquina, Diego Casas Fernández entra en el foro y chatea con @yosotr10100110s, su álter ego bot que tuitea paradojas futuristas. Entre ellos se parafrasean, copian y reescriben el archivo, dispersan el link de origen para plagiar la realidad en cada lado del espejo negro. Como el cíborg que aprendió a reconciliar su naturaleza humana con la tecnología para sostenerse en el capitalismo, Casas Fernández navega el algoritmo al margen de una trama cypherpunk. Mientras que el futuro permanezca incierto, humanos y máquinas seguirán alterando el código fuente, creando hipervínculos, actualizaciones y dispositivos para configurar avatares cada vez más indistinguibles uno de otro. ¿Qué pasaría si te dijera que un robot escribió este artículo?

¿Te asustarías, humano?


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Jesús está en Las Vegas

Con María Magdalena

Es una rubia hermosa

Muy exuberante con página de internet.

Piyama Party

 

Tengo que advertir que este texto no se trata del Chuy Ortiz original, el unigénito, el primero de su nombre. Ese Chuy murió, quizá en Cancún, quizá en Vallarta, tal vez en los Cabos. Se dice que, en paralelo a su desvanecimiento, sonaba Bailando, bailando. Amigos adiós, adiós, el silencio loco y puede también que el mar estuviera vivo.

Ahora, el Jesús del que yo les quiero hablar es experto en el oficio de volarse las clases. Claro que raya baños con efemérides personales, como las clásica: puto el que lo lea, Ch. was here,  o Te amo N, L, o T, según en qué parte de la ciudad anduviera tirando rostro. Se enamora fácil y así de fácil deja de estarlo. Aprendió a fumar debajo de un manzano. Aprendió a beber debajo de ese mismo manzano. No era feo pero tampoco guapo. O como dicen, guapo para la gente fea y feo para le gente guapa.

En abril, Jesús descubrió a su padre agasajándose con una señora a quien nunca había visto. O más puntual, eran como las once de la mañana y Jesús vio a su padre agasajándose con una señora afuera de una farmacia, que apropiadamente estaba al lado de un motel llamado El centauro. Ella cargaba en la mano una bolsa de plástico, y adentro, como no queriendo, se intuía una pequeña cajita negra con rojo.

Chuy los miraba sin decir nada. Y su amigo solo le decía: Wey, no mames, no mames, carnal, ¡¿que no es tu jefe?! A la verga, sí es, ¿no? El amigo repitió frases parecidas varias veces hasta que Chuy detuvo su emoción con un asertivo –ámonos ya, fuga a casa del Chino. Siguieron por la banqueta, no sin antes voltear hacia atrás una última vez. Su amigo quién sabe qué miró. Jesús no intentó reconocer los rostros y se enfocó, sin saber muy bien la razón, en la bolsa blanca de plástico.

En la casa del Chino vivían él, su hermana mayor Gaby y su mamá que trabajaba en una maquila de la Ford. Su papá dejó de mandarles dinero de Houston hace ya más de cinco años y así fue como la jefa del Chino decidió darlo por muerto. Gaby iba ya a la universidad y trabajaba de mesera en un restaurante. Así que, por las mañanas, la casa era básicamente territorio de adolescentes ebrios y lascivos. Y aunque este día Gaby descansaba de sus clases de la Normal y de la chamba, le daba igual si su hermano metía amigos a la casa y bebían y fumaban mota u otras cosas, porque ella también aprovechaba para invitar a su bato a la casa. Lo que se dice ganar ganar.

A Jesús le atraía Gaby, pero no lo suficiente para decirle algo, solo disfrutaba saber que existía y quizá verla cada vez que se escapaba a beber a casa del Chino. Antes de tocar la puerta, Jesús le dijo a Pedro que no mencionara lo que había pasado afuera de la Similares. Pedro solo asintió y con una moneda de a cinco tocó la herrería de la casa. Abrió Gaby. Les sonrió a los dos vagos preguntando burlonamente que si ya iban a disfrutar la hora del receso y gritó el nombre de su hermano para avisarle que ya había llegado la visita.

Hacía un calor impune. De tanto sol, hasta las sombras de los árboles habían huido a esconderse debajo de las piedras. Salió el Chino con cuatro envases de caguama, les dijo ya era hora perros, sáquense una feria. Y se fueron  al expendio El parientito.

—¿Qué pasó, parientito?—anunció el Chino. Y el parientito respondió el saludo con una mueca aparentemente desenfadada del calor de afuera.

Chino compraba cerveza en ese expendió desde que tenía trece años. Al parientito le daba igual la edad de sus clientes, había cosas más importantes de qué preocuparse, como siempre estar al tiro para tirar pitazo por el radio que le habían dejado los de la Línea a cambio de no dejarle tan alta la cuota de piso.

En el camino, Pedro y Jesús le contaron al Chino que era muy probable que los corrieran de la escuela después del incidente del baño. Pagar por la reparación de la tubería era inviable para los dos, así que la expulsión era ya más que un hecho. Chino hace poco había sido expulsado por fumar mota con el conserje en la cancha pegada al estacionamiento, aunque al conserje no lo corrieron. En el camino a la dirección, el conserje, o más precisamente, el Chernóbil, como le decían los estudiantes a ese hombre de cabello casi rubio y de labio leporino, hizo un trato con el Chino, invitando al morro a echarse toda la culpa a cambio de sacarle una copia de las llaves de la escuela.

Siempre terminaba de contar la historia sacando una llave dorada y larga que tenía grabado la marca de la cerradura FANAL y todos le preguntaban que para qué chingados quería llaves de la escuela, a lo que respondía:  Nunca se sabe, morros, nunca se sabe.

Se sentaron en el patio sobre unos blocks grises que desde hace cinco años se quedaron sin usar. Cuando aún llegaba dinero del otro lado, había planes de que Gabriela y Chino tuvieran su propio cuarto. Pero lo único que quedó de aquel proyecto fue una evidente disputa por la privacidad entre los hermanos, unas varillas salidas en el techo cubiertas con botellas de refresco de vidrio y esos blocks que nada más reducía el raquítico patio de su casa de Infonavit.

A pesar del sol, el ánimo de los tres bribones era contagioso. Gaby y su novio se les unieron y pusieron música en el estéreo de la casa. Daba igual si el novio de Gaby era un imbécil, lo que importaba es que para impresionarla, o darse a respetar por los morros, puso más cerveza.

A las cinco de la tarde se volvieron a quedar solos. Chino tenía ganas de meterse algo más fuerte y les inculcó a Jesús y a Pedro la idea de que fueran a cotorrear a otra parte. Chuy se resistió un poco más que Pedro, pero al final cedió a la idea, con la condición de pasar a su casa a cambiarse.

En casa de Chuy no había nadie. Al entrar, gritó el nombre de su papá y, efectivamente, no respondieron. Fue a su cuarto, se quitó el uniforme y se puso la ropa que usualmente se pone cuando sale con alguna morra. Pedro solo usó el baño para acomodarse el cabello y mirar cómo, después de esas caguamas, se había chapeteado. Él no cargaba uniforme porque ya había determinado que cualquier día es un buen día para no estar en la escuela, así que cargaba con un cambio de ropa en la mochila.

Salieron rápido de la colonia Las Granjas y tomaron el camión que los dejaba muy cerca del cruce. En el camino, el efecto de las cervezas que se habían tomado perdió su contundencia y acabó por fermentarse en ellos una sed desconsiderada. Al Chino le gustaba ir ahí porque no faltaban los gringos que se pasaban a Juárez con el único propósito de desmadrarse.

Al llegar a un congal que era famoso por estar abierto las 24 horas, con un descanso muy breve de siete a siete y media para cambiar de staff, los tres sonrieron porque el lugar no estaba lleno, pero sí generoso con el número de gringos embriagándose por todo el lugar.

Jesús había aprovechado la visita a su casa para robar dinero del cajón de su papá. Era notorio que esta vez se había sentido con mayor permiso de chingarle más dinero a su jefe, o mejor dicho, de llevarse casi todo.

Chuy andaba pesudo, y aunque el líder obvio de su lacónica clica era Chino, aún a pequeña escala, la feria hace bailar al perro. Y fue así que dijo: a ver, perros, yo picho pero consigan cagada pa tirar más cotorreo. Chuy, nuestro Chuy, era amo y señor de sus recursos, iba al baño y, como pocas veces se ha visto en la historia de este breve mundo, llevaba los ojos alzados y le sonreía a las personas sin distinción alguna. Era tan evidente su seguridad que se envistió de un atractivo que solo puede conseguir quién siente que no tiene nada que perder, porque sabe, o al menos intuye, que podría ganarlo todo.

Se turnaban para meterse unos llavazos FANAL o lamerse el dedo lleno de M. Y cuando la química se consagraba, se perdían entre los demás y brindaban con ellos como si fueran amigos de toda la vida, mientras sentían cómo desde el estómago una criatura generosa les acariciaba las entrañas hasta llenarles la cabeza de sangre, obligándolos a moverse como si su cuerpo fuera solo una parte minúscula pero necesaria de un cuerpo primordial y gigantesco que abarcaba todo el desierto. Ya adentro del hocico de la tarde, sintiendo cada uno de sus finísimos dientes, se besaban con alguien, prometiéndose amor incondicional por lo que duraba una canción. Y tres minutos después volvían a hacer lo mismo con alguien más, porque no importaba quién fuera si todos le pertenecían al desierto.

Desde arriba, la gente de ese lugar, que más bien era una bodega, no era tan distinta de una bola de plastilina amorfa; pero si acaso había diferencia con una bola de plastilina que un niño hizo mezclando todos los colores, era que esa masa tenía deseo, y se comía a sí misma y regurgitaba una y otra vez hasta imposibilitar el reconocimiento de su principio y su final.

Chuy, quien siempre había renegado de que su nombre era común y sin chiste, ahora se presentaba con su nombre y apellido como si fuera el mismísimo Jesús histórico. Así que se acercaba a la oreja tratando de sobreponerse al ruido, diciendo Yes, my name is Chuy, Chuy Ortiz.

No estaba claro cuál era el motivo, pero no le importaba; después de presentarse, sacaba una bolsita ziploc excesivamente pequeña. La otra persona se acercaba la llave de Chuy a la cara, y luego, sin más, alzaban los brazos como si supieran que su cuerpo podría desprenderse del suelo en cualquier segundo.

El tiempo ya se había vuelto una palabra innecesaria, aunque era evidente que afuera ya se había hecho de noche. Chuy sabía que tenía que volver a casa porque iba a esperar a su madre en la parada que el camión de la maquila tenía dispuesta para aquella parte de la ciudad. El pensamiento le hizo una incisión que lo invitó a la culpa, pero no lo suficiente como para hacerlo desistir de su proyecto. Así que se confesó a sí mismo un a la verga y siguió bailando.

De tanto hacer la repartición de los panes y los peces, se le acabó el truco, y en ese momento se dio cuenta de que hacía bastante que no estaba con sus amigos. Aventó las bolsitas al suelo y sacó su cartera para ver cuánta feria le quedaba, y se impresionó de lo mucho que el dinero le había quemado las bolsas. Volvió a confesarse un pues ya a la verga, y conspiró con otros dos gringos para irse a comprar otra cubeta y más cagada.

Para ese momento, Chuy había inaugurado un nuevo nivel de embriaguez en todos los sentidos posibles. Chuy, nuestro Chuy, había conquistado un nuevo record personal. Era tal la entrega que le había dedicado a su fiesta que había conseguido el sueño de muchos en ese lugar: perder la forma y ser atravesado por cada luz, cada cuerpo y cada olor que se le presentaba. Y ya estando ahí, la única postura posible no era renunciar, sino seguir, seguir hasta llegar tan lejos, hasta darle la vuelta completa al vicio, como para llegar y tocarle la espalda.

Renunció a la idea de Pedro y del Chino también. Ya tenía nuevos amigos. Estaba enamorado y su hogar estaba ahí, debajo de esos estrobos, bocinas y de ese piso repleto de ceniza, cerveza y miados. Cuando le preguntaban su edad, respondía que veinte años, y nadie lo ponía en duda porque era difícil calcularle la edad a partir de su mirada que más bien era un charco de agua vieja.

Decir que ya era noche sería decir cualquier cosa, lo que en realidad pasaba es que el negro había conquistado la plenitud de su forma de manera tan diestra que afuera el desierto se había extinguido. A decir verdad, podría hasta decirse que lo único que le hacía resistencia a la noche era ese congal con su música sin bordes y sus luces hambrientas de repetición.

La música sin bordes se bebía a Jesús completo, cada centímetro, cada cabello, cada cicatriz y cada gota de sangre tenían el único propósito de representar el movimiento. Y Chuy no se resistía, y cada vez que había oportunidad, volvía a lamerse el dedo o acercarse una llave a la cara. La noche seguía renovándole la vigencia al negro. Una y otra vez, así hasta que la música empezó a ceder su propósito para volverse solo una acumulación de relieves dentro de la cabeza.

Esta motricidad nocturna que parecía no conocer la caducidad empezó a ceder ante una luz, sí, tímida, pero aun así persistente con su propósito. Y lo persiguió tanto que en algún momento ya fue evidente la pugna entre una noche no dispuesta a ceder ni un centímetro, y una luz con la misma ambición de los que saben para qué han venido a este mundo.

De la nada, la música se detuvo. Unas luces blancas colgadas en los travesaños del techo de la bodega se encendieron. Un blanco clínico que dejaba observar la enfermedad de todos los que estaban parados en el centro de la pista de baile, que más bien, era el centro del desierto.

Un aviso casi policial emergió de las bocinas que minutos antes procuraban la ansiedad nocturna. —¡GENTE, GENTE! Media hora para limpiar, desalojen, por favor, desalojen. Please, it’s a staff change, half an hour, please, outside, please outside!

Chuy, antes de salir, pasó al baño. Se miró en el espejo, sí reconoció algo, fue quizá lo que uno nunca debe mirar, lo que vive debajo de la carne, lo que si le da el sol se apesta. Pero lo miró y, sintiendo que aún le quedaba algo del poder con el que se había envestido durante la noche, le dijo: me vale verga cómo te llames, pero yo me llamo Jesús, Jesús Ortiz.

En la calle, ya con la luz encima, ningún gringo le hizo caso. La gente comenzó a disiparse y solo unas cuantas criaturas de sombras irreconocibles esperaban ansiosas a que terminara la media hora.

Chuy, nuestro Chuy, ya no cargaba ni un peso. Sabía que seguramente su padre le metería una friega por chingarle casi toda la renta y que su madre, en medio del llanto, lo interpelaría con un no seas pendejo Jesús, de verdad que no seas pendejo, qué no ves cómo está todo allá afuera. Y, sintiendo cómo las piernas ya no querían responderle y que una ansiedad le empezaba a lamer la garganta desde adentro, decidió caminar siguiendo el sol, como únicamente los que le han acariciado las patas a Dios saben hacerlo.


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

YAYIJEMAL

Ta jts’is stuch’emal jbek’tal xchi’uk jun kuxinem akuxa

tsyayijes jtuch’emal:

ta jts’is, ta jchats’is,

chjik’av jbak’iltak yu’un oy volajtik vokolil,

chlok’talel ch’ayemal ta o’ntonal ta syayijemal jch’iel.

 

¿K’uyelan ta jkoles jyayijemal

ti mu xchuk sba li ak’obal ta sbe jch’ich’eltake,

ti mu kakal chkom li k’exlal ta jchinab

xchi’uk ta ko’nton?

¿K’uxi xu’ xkut yu’un ta jpajes li at o’ntonale?

¿K’uxi xu’ xkut yu’un xch’ay ta jol li syayijemal jch’iele…

yu’un k’alal chits’ibaj sole chmuk’ib?

 

Ta jts’is ta jchats’is syayijemal jch’iel.

yayijem sni’ jk’obtak yu’un ep xa la jts’is vokolil

xchi’uk lubeb li jpate yu’un xkuchoj li jlajele.


HERIDA

Suturo mi herida con una aguja oxidada

tres, cuatro puntos desgarran mi herida:

suturo y vuelvo a suturar,

coágulos de dolor ahogan mis huesos,

borbotea olvido en la grieta de mi infancia.

 

¿Cómo curar las hendiduras de mi pasado

sin que la noche se enrede en mis venas,

sin que la pena se atasque en los pliegues de mi cerebro

y atraviese mi pecho?

¿Cómo detener esta desesperación?

¿Cómo hago para olvidar esta herida abierta…

sí en cada verso que escribo se agrieta más y más?

 

Suturo y vuelvo a suturar

tres, cuatro puntos agrietan los tejidos de mi infancia.

Suturo en silencio

con mis dedos llagados de hilvanar tanta desgracia

y mi columna cansada de sostener el funeral de mi niñez.


Autores
Poeta, traductora maya tsotsil de San Juan Chamula, Chiapas, 1995. Licenciada en Lengua y Cultura por la Universidad Intercultural de Chiapas 2013-2017. Cursó la Maestría en Estudios E Intervención Feministas en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, UNICACH-CESMECA, 2019-2021. Asistió al Programa de Escritura Creativa del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa E.U, en 2021. Premio Estatal de la juventud 2021 en la categoría Fortalecimiento a la Cultura Indígena.

Ilustrador
Maricarmen Zapatero
Estudió Diseño en el Instituto Nacional de Bellas Artes e Ilustración en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha colaborado en distintos proyectos de ilustración para libros y publicaciones así como en medios digitales, proyectos independientes y de autoedición. Vive y trabaja en la Ciudad de México escribiendo e ilustrando sus propias historias.
Ilustración realizada por Axel Rangel.

Aldous Huxley ya tenía algunos años instalado en la costa oeste de California aquella mañana en que encontró, polvoriento y olvidado en uno de los estantes de alguna librería local, un pesado volumen titulado Phantastica (1924), publicado por el farmacólogo alemán Louis Lewin como tratado etnobotánico y manual de usuario. El escritor pagó el precio del libro y se fue con él a su estudio en las colinas de Hollywood.

La obra era una especie de enciclopedia sobre las drogas: el opio y sus derivados modernos, morfina y heroína, cocaína y peyote mexicano, hachís de la India y Medio Oriente; agaric de Siberia; betel de las Indias Orientales; el alcohol desde entonces universal; éter, cloral, veronal del Occidente contemporáneo… No faltaba ninguna: todas las drogas conocidas estaban ahí, tan al alcance de la mano como en el mercado negro y, pronto, en las puertas de la casa del ya célebre autor de Brave New World (1932).

Para cuando Huxley llegó a la última página de Phantastica —un libro que consideró ilegible por su prosa y estilo literario—, en su cerebro se había almacenado información acerca de la historia, la distribución geográfica, los diferentes modos de preparación, así como de los efectos fisiológicos y psicológicos de todos los venenos deliciosos, en palabras del autor, por medio de los cuales los hombres han construido, en un mundo hostil, sus paraísos breves y precarios: “Unas vacaciones fuera del espacio, fuera del tiempo, en la eternidad del sueño o del éxtasis”.

Aldous Huxley comprendió entonces por qué en cada momento y lugar de la historia hombres y mujeres han buscado, y luego encontrado, medios para tomarse unas «vacaciones de la realidad» de sus existencias generalmente aburridas y con frecuencia desagradables.

El 7 de abril de 1937, Aldous, su esposa Maria y su hijo Matthew, se embarcan en el Normandie desde las costas británicas hasta Nueva York. En septiembre de ese mismo año, los Huxley fijan su residencia cerca de Hollywood, en California, donde habitan temporalmente Santa Mónica hasta adquirir, a mediados de febrero de 1942, un nuevo domicilio en el rancho de Llano del Río, a unos 80 kilómetros al norte de Los Ángeles, en pleno desierto de Mojave.

Aldous Huxley se encontraba entre la práctica de la hipnosis y el estudio de la farmacología, además de su trabajo literario, cuando la salud de su esposa comenzó a empeorar. Él mismo practica varias sesiones de hipnosis a Maria tras el diagnóstico de un tumor mamario en 1952, cuyo germen del cáncer acabaría con su vida el 12 de febrero de 1955.

En gran medida, la inminente muerte de Maria y una historia familiar profundamente ligada con la depresión y el suicidio —Trevenen, uno de los tres hermanos mayores de Aldous se ahorcó colgándose de un árbol en 1914, cuando Huxley todavía estudiaba en el Balliol College de la Universidad de Oxford—, convencieron al escritor de contactar al psiquiatra británico Humphry Osmond, famoso por sus innovadores métodos de aplicación de la mescalina con fines terapéuticos.

Avecindados en Canadá, el doctor Osmond y su grupo de investigadores trabajaban desde el Saskatchewean Hospital, en Weyburn, con pacientes esquizofrénicos y alcohólicos para desarrollar un estudio sobre los aparentes beneficios de la mescalina sintética y el LSD (dietilamida de ácido lisérgico), un derivado del cornezuelo del centeno. El término «psicodélico» se le atribuye a Osmond, precisamente, por sus experimentos controlados a partir de drogas alucinógenas inoculadas en sus pacientes.

También conocida como «trimetoxifeniletilamina», la mescalina es un alcaloide de origen vegetal con propiedades alucinógenas y psicodélicas. Según Williams James en Las variedades de la experiencia religiosa —a quien Huxley acudió para abordar ciertos aspectos metafísicos de la adicción—, el cactus del peyote que florece en el norte de México y el suroeste de Estados Unidos contiene un principio activo de la mescalina que “estimula las facultades místicas de la naturaleza humana”.

En su búsqueda de la intoxicación divina y la experiencia mística, Aldous Huxley argumenta que el peyote produce autotrascendencia de dos formas reconocibles: por un lado, induce al consumidor a Otro Mundo de experiencia visionaria; y por otro, le brinda un sentido de solidaridad con sus correligionarios, con los hombres en general, y con la naturaleza divina de las cosas.

Esa luminosa mañana del 4 de mayo de 1953, antes de las 11:00 horas del día, Aldous Huxley decidió experimentar en carne y mente propias la sensación de 14 decigramos de mescalina disuelta en agua y se sentó a esperar en su estudio bajo la supervisión del doctor Osmond. Se conectó un dictáfono. El psiquiatra revolvió los cristales plateados del fármaco en el fondo de un vaso.

La sustancia tardó en hacer efecto, pero la sesión se prolongó exitosamente durante ocho horas en las que Huxley y Osmond registraron cada detalle de ese experimento que influyó en el plano mental y físico del escritor, y desde luego, en los estudios y posteriores investigaciones del científico.

Aldous Huxley sabía que en la cultura mexicana ancestral se procuraba la visión beatífica alimentándose con cactus venenosos, que un hongo llenaba de entusiasmo a los chamanes de Siberia otorgándoles el don de lenguas, y así muchos otros casos en las más diversas latitudes de este planeta. Quería acercarse al conocimiento de las religiones primitivas y sus experiencias con la divinidad.

El experimento quedó plasmado en The Doors of Perception (1954) y Heaven and Hell (1956). Apenas un mes después de su primera experiencia con la química espiritual, Aldous Huxley le escribió una carta a su amigo Harold Raymond en la que, detalles aparte, el escritor británico expresa una absoluta confianza en las capacidades de esta droga en pos de la apertura de la conciencia humana y una suerte de fusión con la naturaleza: “Se trata sin duda alguna de la más extraordinaria y crucial experiencia al alcance de los seres humanos, este plano de Visión Celestial, que espeja un sinfín de problemas filosóficos, arroja una luz intensa, y muestra todos los argumentos de los dominios de la estética, la religión, la teoría y el conocimiento”.

“¿Es agradable?”, le preguntó alguien durante el primer experimento con el doctor Osmond, en esa parte en la que se registraban todas las conversaciones en el dictáfono que habían instalado en la habitación, y Aldous Huxley contestó: “Ni agradable ni desagradable. Simplemente, es”, con la certeza de quien logró, por un momento, interesarse primordialmente no en las medidas y las colocaciones, sino en el ser y el significado.

“Se diría que hay tiempo de sobra”, era todo lo que contestaba Aldous Huxley a Humphry Osmond cuando el doctor le preguntaba acerca de lo que sentía por el tiempo. “Había mucho tiempo de sobra, pero no importaba saber exactamente cuánto”.

Era 19 de mayo de 1956 en Yuma, Arizona, cuando Aldous Huxley se casó con Laura Archera, amiga de la familia, violinista y psicoterapeuta italiana, algunos años más joven que el escritor, con quien además compartía el interés por el estudio y desarrollo de la mente humana. Ella fue testigo de la primera ingesta de 75 miligramos de LSD por parte de Huxley a finales de 1955.

Desde entonces el escritor abogó por un uso justificado, que no apologético, de vehículos artificiales o «transformadores de la mente» en pos de conseguir estados de conciencia superiores, desde luego, en personas sanas y siempre bajo estricto control médico. En cada uno de sus experimentos, no obstante, se lamentó de no poseer una facultad de visualización creativa o de ser poco imaginativo, incluso envidió a visionarios, médiums o genios musicales.

Aldous Huxley continuó indagando en las profundidades de la mente humana, buscando esa «conciencia superior», hasta la noche del 21 de noviembre de 1963. Al siguiente medio día, el presidente John F. Kennedy circulaba por las calles de Dallas, Texas, en su limusina descapotable Lincoln Continental del 61.

Cinco horas más tarde, Aldous murió de cáncer de lengua en su casa del 3276 Deronda Drive en Los Ángeles, California, no sin antes pedirle por escrito a Laura que le suministrara una última dosis de 100 miligramos de LSD que ella misma se encarga de inyectarle mientras le recita al oído el Bardo Thodol.

Quizás lo único que Huxley anhelaba en ese momento era una ración extra de soma, la eufórica, narcótica y alucinante súper droga que imaginó como un «cristianismo sin lágrimas» en Brave New World y que lo ayudaría a cruzar, por fin, las puertas de la percepción.


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.

Ilustrador
Axel Rangel

Para celebrar los 90 años de Yoko Ono realicé este poema sonoro en homenaje a su PIEZA GRABADA 1:
Pieza de piedra.
Grabar el sonido de una piedra envejeciendo.
Escogí esta pieza en particular dada mi obsesión por las piedras. Grabar el sonido de una piedra envejeciendo es una labor de miles de años, sin embargo envejecer en este mundo es lo mismo para todxs. ¿Qué tipo de sonidos se registran mientras envejecemos? Pensé en las aves, el campo, perros ladrando y sintetizadores con un drone sostenido; también una voz en primera persona confirmando su paso por este mundo de lava y rocas chocando.
Yoko Ono dejó un legado de poesía maravillosa que se puede encontrar en su libro Pomelo, publicado por Alias. Ejercicios de la Fluxus, casi psicomágicos, que vale la pena llevar a cabo aunque en apariencia resulten imposibles. ¡Larga vida a Yoko!

Autores
Horacio Warpola es autor de varios libros de poesía, los más recientes Carcass (Obelisco Records, 2019 / Fracas, 2021), La incertidumbre cuántica (Editorial Montea, 2019) y Arcanum Planetae (Obelisco Records, 2020). Ha aparecido en las antologías Todo pende de una transparencia -Muestra de poesía mexicana reciente (Vallejo & Co., Perú), Guasap -15 poetas mexicanos súper actuales (La Liga Ediciones, Chile), El autor es usuario. Antología panhispánica de escrituras digitales (Letral, España), Relatos de Música y Músicos (Alba Editorial, España), Lines In Land -A Collection of Mexican Poems (Australian Poetry), Nueva York Poetry Review (Julio - diciembre 2020), entre otras. Colabora y trabaja en proyectos de literatura electrónica, arte digital y arte contemporáneo, mantiene en Twitter el bot literario @Poesía_es_bot y tiene un programa semanal en Radio Nopal. Ha sido becario del PECDA y el FONCA.
Ilustración realizada por Rodrigo Llorente.
Ilustración realizada por Rodrigo Llorente.

 La educación sentimental llega de muchas maneras a nosotros. Es un ambiente, una atmósfera que retomamos de forma inconsciente cada que se activa en nosotros una respuesta emocional que consideramos válida. Los malos ejemplos abundan: en las telenovelas encontramos el melodrama. En series de televisión como Mujer casos de la vida real y La rosa de Guadalupe nos chutamos historias con una carga moral importante, con una advertencia sobre lo que está mal para la sociedad; de niños, el capítulo semanal o quincenal dictaba las preocupaciones de los adultos a nuestro alrededor, era como un segundo noticiero, un segmento para reforzar los pánicos morales de turno.

Depende de uno si estos miedos se interiorizan o no. Lo innegable es su efecto a largo plazo, pues generaciones siguen pendientes de las personas que los rodean, para ver si pueden ubicar a los drogadictos, pues se les ha dicho que se pueden ubicar a simple vista. Lo mismo pasa con los emos, completamente identificables gracias a una elección en la tienda de zapatos: “No hay duda, eres emo”, te dirán cuando tu ropa lleve rosa y negro. 

¿Hay un espacio libre de estas guías morales? Tal vez no completamente, pero algunas caricaturas son mucho más profundas de lo que la gente cree. Aunque no todas pasan la prueba del tiempo, esto debe quedar muy claro. Mi decepción fue enorme cuando intenté ver de nuevo los Power Rangers, por poner solo un ejemplo. 

Otra serie de caricaturas de mi infancia de verdad me enseñaron cosas, y lo curioso es que las que lo hicieron así eran las que menos se lo proponían, no en lo superficial al menos. De ahí que, ahora que soy un adulto, no pueda dejar de rondar en mi cabeza la pregunta que aparece en el título de este ensayo: ¿para qué sirven las caricaturas? ¿Es un material de entretenimiento que los padres le ponen en una tablet a sus hijos para que no estén dando lata a la hora de la comida? ¿Aspiran a ser más que entretenimiento? Yo creo que sí. 

Las caricaturas para niños pequeños más exitosas a lo largo del tiempo son aquellas que logran imitar los juegos infantiles para llevarlos de una forma u otra al núcleo de su propuesta narrativa. Es verdad que hay grandes obras que narran los hechos desde puntos de vista un poco más lejanos, pero las que logran entrar a nuestras mentes, a nuestras lógicas de juego, son las que se imponen. 

El caso de Rugrats es el ejemplo perfecto de esto. Desde la introducción se nos muestra un mundo que se explora a gatas, desde abajo. La sala de los padres de Tommy se muestra como un mundo gigantesco lleno de posibilidades. A esto se agregan sus amigos, personajes que no existen sólo por existir, sino que aportan diferentes aspectos de la experiencia humana a los capítulos. Hay un líder, un par de gemelos, está el niño temeroso y una auténtica villana que los manipula y aterroriza. Aparecen algunas cuestiones que podrían considerarse avanzadas para la época en la que el programa se transmitió: la dificultades de ser padre soltero, el divorcio, la pérdida de múltiples seres queridos, las dificultades económicas y crisis existenciales de los padres de los niños.  

Vuelvo a los Rugrats y sé que estoy viendo algo de calidad, algo que fue pensado para niños que piensan y que son capaces de establecer un criterio propio con ayuda de un par de guías. Todo lo contrario a los juegos en la pantalla de Dora, la exploradora, donde las respuestas a sus preguntas aparecían señalada con un halo luminoso. 

En eso radica la función de una buena caricatura para niños: expandir su mundo o, en el mejor de los casos, darte herramientas para imaginar nuevos mundos mucho más allá de lo evidente. En ese sentido Recreo me formó mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir, pues te obligaba a entender el patio de juegos escolar como un ente vivo, con reglas del juego establecidas de forma rígida para aquellos que formamos parte en algún momento de ese mundo.  

Sus capítulos no solo abordan los roles y las funciones que cumplimos en la escuela, también se trataba la diferencia, la difícil transición que se da al momento de cumplir 10 u 11 años de la que ya nadie habla, la crisis de la primera década de vida es real y, a esa edad, Recreo me hablaba con una brutal honestidad sobre algunos de los problemas que podría encontrarme. Las normas, encarnadas en el director y en la temible Maestra Finster eran un fiel reflejo de cómo se siente la autoridad a esa edad, y la resistencia de los personajes se parecía a la rebeldía que un día tuve, al cuestionamiento de lo que se nos dice. 

Después llegaron a mi vida Samurai Jack, Avatar: la leyenda de Aang, Coraje, el perro cobarde, El laboratorio de Dexter, Las chicas superpoderosas, entre otras que, tal vez sólo para mí, ya no pasan la prueba del tiempo. 

Actualmente hay una gama altísima de caricaturas que dejan volar la imaginación y que se encargan de formar emocionalmente en muchos aspectos a las infancias. Esto contradice la visión rancia de que todo lo que se hizo durante la infancia propia fue mejor que lo que consumen las actuales infancias. Por nombrar algunos, creo que el impacto de Adventure Time, Over The Garden Wall y Gravity Falls apenas está comenzando a ser digerible para algunas personas.  

Un caso muy reciente, Bluey, una serie animada para niños en donde aparecen dos cosas que nunca había visto explícitamente en una caricatura: niños que gritan a la hora de jugar y hacer cualquier cosa, así como la relación y el involucramiento consciente de los adultos en el juego de los niños. Me ha sorprendido la solidez con la que, episodio tras episodio, se expone una enseñanza, pero nunca a expensas de la calidad del argumento, ni mucho menos restando diversión a la fórmula. En esta serie los padres también pueden salir con importantes lecciones sobre su trato con los niños en general, al punto de que ha conmovido a un público muy amplio en todo el mundo. 

Así, más allá de dar lecciones morales, considero que una buena caricatura sirve para ampliar nuestra concepción del mundo, o de una parcela de este. Sea la casa, la escuela, o, como pasa con Los Backyardigans, el patio trasero. Y son precisamente Los Backyardigans los que nos enseñan que se puede integrar el baile, el canto, la tensión narrativa y la imaginación. Los que, a través de objetos comunes, se imaginan aventuras en barco, en el antiguo Japón o en el desierto.  

Tomar lo cotidiano y transformarlo en algo magnífico es el imperio intangible de las infancias. Existimos adultos que insistimos en recuperar algo de esa gloria perdida, pero somos un caso perdido. Un atisbo de justicia en este mundo sería dejar a las infancias este privilegio, pues nuestro mundo requiere que estos crezcan a ritmo acelerado. A los grandes nos toca volver a las pantallas y olvidar por un momento nuestros años en este mundo. Dejar de lado la intoxicación de realismo.  


Autores
(Mexicali, 1993) es narrador y docente. Su trabajo aparece en la antología del Primer Certamen de Literatura para Niños "Escribiendo para el Futuro" (2018) y en "Vacunas contra la poesía: antología de relato corto" (2020). Ha colaborado en Cinosargo, Letralia, Bitácora de vuelos y Revista Plástico.

Ilustrador
Rodrigo Llorente
(2003) Madrid, España. Estudio diseño y comunicación visual en la Facultad de artes y diseño (FAD) de la UNAM.
Retrato de Patricio J. Gómez Garcés. Cortesía de Los libros del perro.
Retrato de Patricio J. Gómez Garcés. Cortesía de Los libros del perro.

The Changing of the Guard

Transmitido el 1 de junio de 1962

 

MI PATRIMONIO es este germen que fui naciendo en el tapiz dilapidado de su casa tapiz de un millón de años que después de dilatarse en hilos y heridas se hará mi padre patrimonio es el pañal de mierda henchido que dice Philip Roth limpiamos porque nos toca porque nuestros padres se convierten después de un tiempo en nuestros hijos y en patrimonio erijo la pelusa de otoño que restó en el lavabo cuando las manos que me enseñaron a rasurarme no pudieron rasurarse más solas porque nuestros padres después de un tiempo son patrimonio estos lentes de gota a cuentagotas la mirada asolada es decir dada al sol es decir mi padre al sol a quien llamaba Dada da de patrimonio las palabras y los gestos de esta última tribu nómada de sí misma que alojó el Río Ebro la calle el segundo piso de un edificio de focos epilépticos que ordeñan relámpagos y patrimonios los días que nombramos como nuestros padre e hijo cada sábado y cada domingo patrimonio en sí mismo el sol de diciembre que encalla en los espacios y los te quiero a mansalva buenos días en la sala de espera donde los desahuciados de la evolución entendieron lo que el mundo no que es preciso saludarse y amarse darse fuerza porque compartimos una cicatriz por patrimonio tengo el espagueti de mi padre capaz de tumbarnos como búfalos en la alfombra de risas es mi patrimonio saber que los fosfenos son luciérnagas que nos viven en los ojos patrimoniales los fonemas que repetía mi padre entre sueños de archiveros que crecían hacia arriba hambre sed radioterapia concéntrico patrimonio es la luz amarillenta de su cuarto y el nudo en el estómago al abrir la puerta a mi patrimonio lo veo tumbado en una cama caminando mientras su mano resguarda sus ojos de lo que quema es decir los asombra es decir les da asombro mi patrimonio es una urna en lo alto de mis libros un libro en lo alto de mis urnas el nombre de una voz que me reclama mucho más que la memoria es mi padre es el poema trampa de lo vivo es el poema me repite es el poema mi patrimonio ES LA VIDA ENTERA.

 

A Nice Place to Visit

Transmitido el 15 de abril de 1960

 

quisiera desdecir el desierto que fue esta alfombra

en color y portento parecida a un desierto

o a lo que soñamos que debe ser un desierto

desdecirlo y desbaratarlo para

borrar de sus esquinas la marca incombustible

del calentador caído que mi padre libró en su conato

aunque ese zafarse tan fácil de la muerte lo contaba entre el miedo y la añoranza

como si hubiese preferido no darse cuenta de las líneas incandescentes

en la alfombra la sucesión de horizontes ora naranjas ora marrones

sino saltarse el dibujo aquél llegar de pleno a las llamas demasiado tarde ya

para levantar el calentador y desconectarlo demasiado tarde ya

para correr al teléfono para los bomberos ya

demasiado tarde

tiempo apenas suficiente

para abrazarse a sus libros como la viejita de Fahrenheit cuatrocientoscincuentayuno

y dejarse acomodar por el fuego creciendo careciendo en el incendio desterrar

las lejanías no saber si es papel o piel lo que truena y se lamenta               crecer es carecer

despedirse desprovisto sastre sin imagen del desastre. Pero no,

mi padre levantó el calentador a su destiempo y el único legado del fuego fueron

tres estrías de alfombra frita. Digo desdecir el desierto de la alfombra

porque no es esa quemadura el único epígrafe de muerte incontinuada:

lejos                                                   allá

la fata morgana del cuerpo de mi padre

al desmayarse un once de septiembre

negra cábala para derrumbe de torres y Monedas.

Mi padre no se desmayó como se desmayan quienes se desmayan

su desplome no fue el de un edificio programado en su desequilibrio

sino el de una silla a la que le falta una pata             sin estruendo              matemática

se desmayó                 perchero lleno de ropa por fin vencido

jirón en el aire            estuvo             y no está

[desdecir la faz

del hombre deshojado                        derruido

los gestos como branquias demasiado holgadas]

yo iba detrás de él

y pude tomarlo de las axilas

por eso su caída fue la de un objeto que atrapamos

al desprecio de su cuerpo

no se hincó

me hinqué yo para sostenerlo

y no reaccionaba ya al acostarse

[desdecir                                                        no reaccionaba desde sí]

y decidí insuflar el prototipo

de su muerte               aire      aire      boca    boca

rogarle que no así       así no             me escuchas               por favor

un auxilio igual al de esos sueños donde

lo imprescindible del grito nos sale afónico y nadie escucha

este     es         el         espacio            abierto

el abismo                                                                               estrábico

y nadie escucha.

desdecir las dunas deslavadas de lenguaje

cayendo cuando cae él

el apalabrado origen de nuestra

hermandad                   padre               hijo.

 

desdecir también el cognado despoético

cuando des desarticulándose

es decir volviendo en sí, ojos abiertos

yo llorando

le pregunté

¿cómo estás

qué sentiste?

y descreerme cada vez que crea

saber de cierto

si respondió

uy qué susto

o

muy a gusto.

 

Walking Distance

Transmitido el 30 de octubre de 1959

 

volver

las veces en vano

en el vano de su puerta

volver             entreabrir

a la rotonda de su lecho

volver a

su cabeza sin encontrarse

en la almohada

de tanto darse vueltas

dejándose las ideas

de uno a otro oído

 

y a mi padre volver

volviendo

de los enclaves del sueño

el mismo injusto sueño tresmesino

de la hamburguesa humeante y

la ansiedad geológica

por los huevos rancheros

que no caben en la sonda naso-yeyunal

 

volver a mí desde la puerta

documentando

−como si los versos pudiesen escindir

lo que duele y no incendiarlo

los delirios y las luces

de su hambre horizontal.

 

 

Time Enough at Last

Transmitido el 20 de noviembre de 1959

 

¿Qué más cabe en esta cama?

No ocupa ni la mitad de la habitación

aunque allí está plantada

en la alfombra germina

las hendiduras del peso de mi abuela

sola

y mi abuelo a veces

que a veces dormía en el cuarto de al lado

y el viejo peso de mi padre

y el mío

que ahora duermo en el cuarto de al lado

 

menguantes pedazos de pared contra pared

 

y ahora el nuevo peso

solo

de mi padre.

 

Alrededor muebles cautos como osarios montes bíblicos

ojivas nucleares para quien sepa leerlas

Sobre todo libros

unos en otros

libros sobre todo

 

Pero en la cama

¿qué más?

La botellita de agua

nunca la misma

el celular bajo la almohada

por si en algún momento cabe dispararle al sueño

−o tomar la llamada de un viejo amigo

pañuelos escombro

que guardan el bullicio del moco

reptando por el tubo de la sonda

o la sangre de los pulmones a los labios

(y es un secreto esto de la sangre

palabra que no dice para no asustarme,

aunque yo la descubra

todas las mañanas al sacar la basura)

una estela salitre por la senda de la sonrisa en su mejilla

y la bacinica azul

el pato que le llaman

(y es broma decirle que aquí estoy cuando la pide

chiste tonto entre la noche

y él, con ganas de orinar,

me sonríe)

Un espejo oval de marco rosa

rosa pastel

que era de mi abuela

quien todavía huele en la casa

como casi la cama

como casi la tierra toda

un poco a polvo de rubor y naftalina.

 

(mi padre no

él guarda el rumor de los oleajes

que navegó desde la cabina de su Dauntless en 1942

un año antes de nacer

huele a cuero, mi viejo

a libro viejo y

a chamarra de cuero)

Vuelvo al espejo de su invento

 

como en una película que vimos sobre Leningrado

el espejo rosa de mi padre

es mirada de francotirador

y con ella explora esta nueva geología

el archipiélago apolillado en la cobija

la botellita de agua

(a sus ojos

la misma de ayer

que no pesa ni hace ruido)

y depreda con la mano

el celular

está en la almohada

y monitorea los lentos tumultos del papel confinado

re usa algunos, se rehúsa a mezclar la baba con la sangre

 

O tal vez nada de esto es cierto

y apenas salgo por la puerta

la habitación vuelve a empantanarse en el silencio

y no es ya el espejo quien se asoma

sino mi padre

y se mira

frágil sin bigote

y llora

y el espejo se despereza en el suelo y

para eso los pañuelos

la bacinica

“¿pato?”

y el teléfono muy lejos.

 

¿Qué más cabe en esta cama?

 

Mi padre

y a veces un espacio para sentarme.

 

Adelanto editorial de Adiós, Rod Serling (Los libros del perro, 2023).


Autores
Narrador, poeta, guionista, dramaturgo, locutor de radio y docente mexicano. Egresado de la Escuela de Escritores de Sociedad General de Escritores de México sogem. Co-fundador del sitio Hierofantes (Poesía & Rap Conciencia). Imparte el curso “Jugar con los géneros” en Central de Escritura, escuela en línea. Ha publicado cuentos y artículos revistas literarias impresas y electrónicas como Literal Magazine, La Pluma del Ganso, Absurdo, Letras de Chile, Penumbria, Operación Marte, Pez Banana, Tinta Chida y Pandecta. Ganador del xiv Concurso Nacional de Cuento Preuniversitario Juan Rulfo 2013 de la Universidad Iberoamericana uia y la Fundación Juan Rulfo.