Guillermo Del Toro se ha convertido en uno de los directores más afamados del cine actual. Ha sido reconocido por innovar en los filmes de fantasía oscura con historias de drama en las que fantasmas, monstruos y humanos atormentados por sus pasiones son protagonistas habituales.
Aunque su reputación como gran cineasta en el género fantástico está consolidada, también ha demostrado ser un acérrimo fanático del romance. Su duodécimo largometraje, La Forma del Agua (2017), logró un impresionante éxito global con más de 90 premios internacionales, entre ellos un Globo de Oro y dos Premios Óscar a Mejor Director y Mejor Película.
La historia que consiguió tantos galardones ha sido considerada una de sus obras de mayor madurez, según el propio director. Al igual que en otras de sus películas, la trama gira alrededor de una criatura fantástica; pero en esta ocasión, el vínculo con el terror es más claro. Elisa, una conserje muda de un centro de investigación militar en Estados Unidos, se enamora de un monstruo.
Esta improbabilidad inspiró a Del Toro para retratar los diversos rostros de lo humano a través de sus criaturas. El testimonio del romance se transformó en una manera de acceder a la otredad y mostrar cómo dos amantes, marginados en un sistema inhumano, defendieron sus identidades motivados por palabras de valentía: “Si no hacemos nada, no somos nada”, declaró la mujer en lenguaje de señas. Con una historia de tales proporciones, el director desbordó su amor por los monstruos que ha declarado a lo largo de su carrera.
El inicio del romance con los monstruos
Guillermo Del Toro tiene una prolífica trayectoria como cineasta con tres Premios Óscar y seis Ariel, entre los más destacados. Los monstruos han sido aliados del director para contar historias en la pantalla grande, quienes lo han acompañado desde su infancia. En esa etapa de su vida, esas criaturas fueron capaces de ofrecer un sentido de pertenencia y aceptación frente al rechazo. En su libro, En casa con mis monstruos (2019), Del Toro reconoce que junto a sus amigos atemorizantes accedió a un lugar donde lo anormal se celebra.
Nacido el 9 de octubre de 1964 en Guadalajara, Guillermo Del Toro Gómez creció en un entorno marcado por valores conservadores y una fuerte influencia del catolicismo. De acuerdo con un artículo publicado en Nexos, su abuela intentó inculcarle las doctrinas de su fe con métodos extremos que incluyeron colocar chapas en las suelas de sus zapatos para infligir dolor en su camino a la escuela. Esta niñez, sometida a rigores y represiones, condujo a Del Toro a encontrar consuelo en los cómics, películas y libros sobre criaturas extrañas. El refugio también se convirtió en una fuente de inspiración y un símbolo de valentía frente a las adversidades de su entorno.
Entre las numerosas anécdotas compartidas por el cineasta, una sobresale: el recuerdo de una noche en su cama, rodeado por dedos verdes emergentes del suelo que impedían su paso hacia el baño. Este momento de terror infantil culminó en un pacto imaginario con los monstruos: el pequeño prometió su amistad eterna a cambio de poder llevar a cabo sus necesidades sin miedo.
Las vivencias de Guillermo del Toro en su infancia y la manera en que los monstruos contribuyeron a su desarrollo creativo y emocional muestran la complejidad de la mente de uno de los cineastas más innovadores del siglo XXI. Su habilidad para transformar experiencias dolorosas y aterradoras en obras de arte que cautivan e inspiran a audiencias globales, reside en la exploración de las bondades y horrores que habitan en el ser humano a través de los monstruos.
A lo largo de su vida, el cineasta ha dirigido 14 películas las cuales, en una entrevista para El Universal declaró que las considera “pura biografía”. Las películas que forman su filmografía son, en palabras del director, un recordatorio de su desempeño como padre, hermano o tío. El tiempo que dedicó a sus obras lo alejó de su vida personal, en la cual se admite ausente.
El romance con los monstruos exigió años para sostenerlo y, de alguna forma, Del Toro saldó su deuda con ellos al quedarse por siempre en aquel lugar donde lo anormal se celebra. La distancia que guardó con su propia vida personal permitió al director observar las emociones que habitan dentro del ser humano. A falta de un mejor modelo para representarlas, eligió a sus amigos de antaño.
Los monstruos son un reflejo de lo humano
De la misma forma en que inicia cualquier romance, los primeros encuentros son cruciales en las películas del cineasta. “De la vista nace el amor”, y Del Toro reivindica este axioma en la atmósfera cuando los protagonistas humanos y sus monstruos establecen una conexión al mirarse a los ojos por primera vez.
En sus filmes, el director enfrenta a los humanos ante las criaturas para provocar una irrupción en la realidad desde el inicio de la historia. Sin embargo, a medida que avanza la narrativa, el primer encuentro expone sus verdaderas intenciones. Se trata de un reflejo de lo que habita en los personajes principales.
Los momentos que muestran lo anterior son parte de la cultura popular: una niña encuentra en lo profundo de un bosque a un fauno, criatura que solo puede ser vista por quienes aún conservan inocencia entre el horror de la guerra civil española.
También está la protagonizada por una mujer muda que, al colocar su mano en el tanque donde esclavizaron al monstruo de la laguna, encuentra el valor para exigir visibilidad y luchar por la gentileza que el sistema militar de EE.UU. intenta arrebatar de su ser.
Del Toro entiende que solo algunos de sus personajes podrán tener afinidad con los monstruos. Los pocos humanos elegidos comparten una sed por averiguar quiénes son, aunque al enfrentarse a la verdad haya dolor. Un ejemplo claro lo ofrece la cinta, El Orfanato (2007), en la cual una huérfana y madre conocen a un niño fantasma con una máscara espeluznante que habría de revelar un infanticidio.
Los protagonistas que logran establecer un vínculo con estas criaturas también intentaban encontrar una forma más amable de habitar un mundo lleno de horrores, estaban en búsqueda de conservar su identidad. Al conocer a un monstruo, ellos se encuentran a sí mismos a través de los ojos del otro.
Un punto de encuentro entre los protagonistas de los filmes y los monstruos es la realidad que habitan. Son seres incapaces de adaptarse a sus contextos. Ofelia de El Laberinto del Fauno (2006) era lo opuesto a una joven franquista, aunque haya vivido entre militares del régimen.
En el caso de Pinocchio, adaptación del director estrenada en 2022, la marioneta viviente deseaba complacer las exigencias absurdas de Geppetto para que el hombre lo considerara un buen hijo y digno reemplazo del pequeño que perdió, pero jamás lo logró pese al amor que sentía hacia él. Incluso va más allá y escapa de los límites de la humanidad al volver de la muerte en repetidas ocasiones.
Elisa, protagonista de La Forma del Agua(2017), se negó a seguir la cotidianidad que la mantenía sumisa debido a su género y la discapacidad del habla con la que vivía. En ese contexto, la violencia era el único poder ejercido sobre los ciudadanos, quienes debían abandonar su humanidad si así lo exigía el país. La mujer decidió rebelarse cuando eligió amar a una criatura perseguida por el ejército estadounidense para usar sus habilidades en la carrera espacial de la Guerra Fría.
Estos personajes comparten un rasgo en común: son marginados por un sistema intolerante a las divergencias. Vivían en los márgenes de la sociedad, donde pasaban por minorías, o en el mejor de los casos, eran invisibilizados. Las criaturas en los filmes también representan de forma simbólica cómo eran tratados los protagonistas, pues son aborrecidos y odiados por los villanos de las obras.
A través de los monstruos, Del Toro explora la otredad rechazada, aquello que incomoda a lo hegemónico y suele ser temido en sociedades intolerantes. Una vez más, los aliados para representar a las divergencias, a los otros, son estas abominaciones y sus amantes humanos.
Cuando estas criaturas inspiran terror a los demás, acceden a un lugar donde también viven los personajes que merodean en las sombras. El atemorizar se vuelve una promesa de amor para llegar a ellos. Así, el terror termina hasta que los amantes se encuentran.
Del Toro inspira miedo con una versión monstruosa del amor
El cineasta tiende a ir en dirección contraria al resto de las películas de terror con sus monstruos, que a menudo son un problema del cual los humanos se deshacen con lujo de violencia. En lugar de deshumanizar a las criaturas, examina las similitudes con la humanidad que demuestran en sus actos. Es un diálogo en el cual se exponen los claroscuros de los humanos.
El hombre anfibio en La Forma del Agua (2017), es entrañable por su capacidad para comunicarse con Elisa. Un ser con tal complejidad también infringe brutalidad al militar antagonista en la cinta, Strickland, a quien amputó dos dedos en sus primeros encuentros y eventualmente asesinó porque acabó con la mujer. La criatura se transformó en ser ominoso al exteriorizar el horror que subyace en el agente.
El comportamiento inhumano de las criaturas sólo surge ante quienes están motivados por la maldad. Como haría un animal, los seres del cineasta olfatean el horror en los humanos. Los depredan. Strickland era un hombre que cumplía con lo anterior y con varios estereotipos del monstruo: olía a podredumbre debido al injerto de sus dedos amputados; tenía un efecto intimidante en las personas; quería dominar el cuerpo de Elisa y torturaba a sus víctimas por placer.
Los monstruos en el imaginario del director delatan la corrupción de los personajes. Incluso los fantasmas en otros filmes del cineasta lucen espeluznantes por las muertes violentas que sufrieron a manos de los villanos. Una verdad que intentan gritar con dolor. Esto sucede en El Espinazo del Diablo (2001) y La Cumbre Escarlata (2015), cintas en las que cada antagonista se admite corrompido y cruel.
A menudo, son los villanos quienes reciben el designio de monstruos porque son despiadados para lograr sus objetivos. En El Espinazo del Diablo (2001), el antagonista robó oro motivado por la codicia, una consecuencia de la falta de cariño y empatía que sufrió desde niño en el orfanato español donde creció. Lucille Sharpe, de La Cumbre Escarlata (2015), retenía a su hermano y amante porque necesitaba sentirse amada al provenir de un hogar repleto de abusos maternales y abandono que la consumieron cuando era niña.
Las crueldades que cometen, pese a su naturaleza terrible, se desprenden de las experiencias que los personajes hayan tenido con el amor. Una explicación que Lucille confesó: “El horror fue por amor”. La mujer asesinaba a las esposas de su hermano con violencia porque lo entendía como un acto de lealtad y así demostraba qué era capaz de hacer por él. Convirtió el sadismo en una declaración de amor.
Estas dinámicas conforman matices de la maldad. Algunos personajes experimentan de forma pasional lo malévolo. Lo anterior sucede con Strickland también, a causa de su odio a la otredad, que transformó en herramienta ideológica a la cual dedicaba su vida con fervor.
El hombre era un amante del régimen ultraconservador en Estados Unidos durante la Guerra Fría, fanático del poder hegemónico de su país, la violencia estatal y, por supuesto, un cazador que extermina con pasión a cualquier ser diferente a él.
Strickland estaba enamorado de la hegemonía militar que ostentaba, una que deseaba imponer en sus enemigos. El poder que poseía el hombre anfibio atemorizó al agente porque fue incapaz de entenderlo. La capacidad para comprender emociones humanas que tenía la criatura encendió en el antagonista un odio desmedido. Reconoció al monstruo como su némesis, o en sus palabras: “Una afrenta”.
La principal diferencia entre el monstruo y el agente fue que el hombre intentó destruir lo que la criatura aprendió a amar, pero de forma inesperada, la amenaza causó que Elisa y su amante anfibio lucharan por su libertad contra un sistema diseñado para destruirlos. El odio de Strickland hizo que un par de marginados defendieran su identidad con valor. De esa manera, el militar reafirmó algo inolvidable en ambos: si la valentía es una consecuencia del miedo, también lo es del amor.
Portada de “La forma del agua”, dir. Guillermo del Toro. 2017. Fox Searchlight Pictures.
Cuéllar Barona Margarita, “La figura del monstruo en el cine de terror”, Revista CS [en línea]. 2008, (2), 227-246 [fecha de Consulta 6 de marzo de 2024]. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=476348366007
La distancia entre ser imbécil y ser malvado es cada vez más pequeña. Acaso el accidente común de la gente bienintencionada de este siglo es el de defender banderas ingenuas sobre las que pesan intereses oscuros. Las pseudociencias no son una excepción.
Nací en el año 2000: mis actas y credenciales cargan con el defecto de pertenecer a la generación más conservadora que el mundo ha visto en varias décadas. Con sorpresa decreciente, en los últimos años he visto cómo los miembros de la Gen Z pasaron de ser los caudillos de una moral progresista a convertirse en la planta de reciclaje sociológico de varias costumbres y prácticas rancias que se creían muertas junto con el milenio pasado. Ni Dios mismo pudo haber sospechado que, dentro del turbulento ecosistema del internet post pandémico, convivirían con holgada paz videos de bailecitos jocosos al lado de apologías discretas al supremacismo étnico. Hay algo de parodia y de tragedia en nuestro ecléctico consumo digital.
Hace falta un tropiezo desafortunado con el algoritmo para que el contenido que nos entretiene —clips de mascotas tiernas, digamos, o de comedia inocua— dé un giro hacia los terrenos umbríos de los que hablo. Pongo un ejemplo: a mediados del 2023, se popularizó un tuit de la periodista de ultraderecha Inez Stepman; igual de reaccionaria como de costumbre, citó un video de la actriz Rachel Ziegler para hacer el siguiente comentario:
¿Por qué toda la nueva generación de estrellas tiene los ojos demasiado separados entre sí? Ni siquiera es algo que necesariamente odio, a algunas chicas les queda bien, pero me parece extrañamente omnipresente.
En un sitio normal, una observación tan oligofrénica no hubiera merecido la atención de nadie. Pero hablamos de internet. El tuit de Stepman fue citado por cientos de personas que, dándole la razón, adjuntaban fotos de actrices como Anya Taylor-Joy y Halle Bayle. Aprovechando la queja sobre la supuesta uniformidad fenotípica de Hollywood, salieron de sus alcantarillas varios orates conservadores a decir sinsentidos preocupantes. Adjunto el del usuario @vers_laLune:
Sus ojos son de herbívoro. Hace que parezcan fáciles de cazar. Antes nos gustaban más las mujeres depredadoras con ojos más juntos. Ahora aparentemente nos gustan los herbívoros de ojos grandes. Nos gustaban las leonas, ahora nos gustan los ciervos.
De nuevo: en un sitio normal, una observación tan oligofrénica no hubiera merecido la atención de nadie. Sin embargo, las redes sociales suelen ser un caldo de cultivo idóneo para que ciertos postulados nocivos (como el que implica inventar una suerte de reemplazo estético que pone de manifiesto la decadencia moral de la sociedad) logren expandirse a cambio de decolorar sus tintes extremistas y volverse, con rapidez mutágena, un trend amigable.
Durante días cercanos al incidente de Stepman, algunos usuarios de TikTok (red que es usada en su mayoría por adolescentes de la Gen Z) ya habían comenzado a clasificar tipos de rostros, como si sus poseedores fueran pokemones. En un delirio zoológico que aun me llena de incredulidad y pena ajena, usuarios como @angelinugh y @jojoloranne (con 290,000 y 587,000 seguidores, respectivamente) promovieron el trend de catalogar a todas las mujeres del planeta Tierra como cat pretty, fox pretty, deer pretty o bunny pretty. ¿Con base en qué? En sus facciones.
De botepronto, el único aspecto medianamente ridículo alrededor de este fenómeno es ver a gente con más de seis años diciendo que una chica es linda como un conejito. El problema es que la clasificación morfológica no tardó en migrar hacia un extremo alarmante.
A mediados de 2023, cual ronchas de una infección expansiva, brotaron diferentes cuentas cuya articulación dependía del lenguaje de la fisiognomía: una pseudociencia arcaica que postula que es posible determinar rasgos de personalidad y conducta a partir de las proporciones físicas de un ser humano. Por pura habituación cotidiana ante la irracionalidad, a nadie le sorprendió que esto ocurriera. Si toleramos a la gente que justifica episodios maníacos porque Mercurio está en movimiento retrógrado, ¿por qué no haríamos lo mismo con alguien que asegura estar predispuesto a las artes por culpa de una protuberancia en su cráneo?
Parasitario y oportunista, el supremacismo blanco no tardó en hallar la forma de camuflarse en el trend. Basta una búsqueda rápida en TikTok para comprobar que sobran videos explicando las diferencias entre las mujeres con angel face y witch face. Y bastan tres neuronas funcionales para darse cuenta de que las primeras, en contraste con las segundas, no son otra cosa que mujeres con facciones caucásicas, hegemónicas del mentón a la frente. Ángeles unas, brujas las otras.
Este discurso estético le ha resultado profundamente útil a los creadores de contenido de la alt right. En medio del bullicio de neurosis fisionómica, surgió la práctica de clasificar rostros de mujeres en diferentes variantes de feminidad: masculine female face, normal female face, femenine female face y ultra femenine female face. Como Barbies, a cada una de ellas se les asignó su correspondiente Ken. Los influencers de derecha comenzaron a lamentarse por la escasez de rostros femeninos emparejados con hombres de facciones occidentales. Usuarios con delirios de emperador romano, como @Tocharus, no dudaron en subir a Twitter fotos de hombres tan rubios como musculosos con la leyenda: necesitamos multiplicar la frecuencia de fenotipos como este.
Se me viene a la mente un pintor austríaco que proponía más o menos lo mismo.
II. La estirpe de Gall
Practicamos la taxonomía de rostros desde la infancia. Años y sitios pasan frente a nosotros mientras nos llenamos la mente con un catálogo de personalidades. Las estructuras de la memoria vuelven inevitable que, según el capricho de sus rasgos, asociemos ciertas cualidades a la gente que conocemos a lo largo de la vida. A veces se acierta con ese prejuicio abstracto, porque ocurre que las personas se parecen. Pero las coincidencias no son más que la estadística en acción.
Inconsciente de esto, Franz Josef Gall, nacido en 1758, dedicaría el resto de sus años a comprobar una intuición temprana. Ya desde su infancia en las calles de Tiefenbronn, Alemania, Gall mostró una atracción particular hacia la variación de las características físicas de quienes lo rodeaban; quiso entender por qué incluso él y sus hermanos, a pesar del parentesco que los unía, poseían características que permitían individualizarlos. Observador, coleccionaba todo tipo de plantas y animales con fines clasificatorios. Hizo lo mismo con los cuerpos humanos. En su época de estudio elemental ya se había planteado que la capacidad de algunos compañeros suyos para memorizar cosas mejor que otros residía en la forma de su cráneo. Decidido a ampliar su trabajo, redactó tratados explicando que las propensiones de personalidad residían en diferentes partes del cerebro. Sus esfuerzos por medir cráneos fueron, de cierto modo, el esbozo de una cosmogonía de la conducta humana.
No hace falta conocer los detalles biográficos de Gall para estar familiarizado con la postura de los esclavistas del siglo XIX, quienes justificaban la sumisión de sus presos a partir de supuestas estructuras craneales que los delataban como poco proclives a la actividad intelectual y, por otro lado, dados fácilmente a la servidumbre.
Aun hoy, doscientos años más tarde, sobrevive gente que se mantiene de los conocimientos falsos provenientes de ciencias igual de falsas. En cualquier red social se encontrarán perfiles de profesionales de, digamos, grafología o quiromancia. Abundan quienes aseguran ser capaces de elucidar los rasgos más íntimos de la conducta ajena a partir de los garabatos que se hallan en una hoja de papel o en las yemas de los dedos. La realidad reducida a un simple guiño de carne.
Tengo una humilde regla: no confiar en la gente a la que el mundo le cabe en la palma de la mano.
Poeta y cuentista nacido en Rafah, al sur de la Franja de Gaza. Su familia es originaria de la aldea de Hatta, arrasada por las fuerzas israelíes en julio de 1948. Actualmente vive en la ciudad de Ramala en Cisjordania.
Los frarmentos provienen de su página en Facebook.
29 de diciembre de 2023, 11:41 de la mañana
Hace 140 siglos que estamos soñando. Siempre quisimos se un pueblo que pintara amapolas en la orilla del campo; un pueblo normal que errara y acertara, construyera y destruyera, cuya gente discutiera entre sí sobre cómo hay que casarse y qué es lo que dictan los cuentos populares.
Hace 140 siglos que quisimos, pero el tiempo también quiso. Alzamos nuestras ciudades sin puertas. Nuestras plazas abrigaron a los extranjeros del frío y de la cruel soledad. Len enseñamos nuestra lengua y con ellos hemos compartido sus costumbres, tanto tristes como alegres, para integrarlos a la textura de la noche. Pero ellos robaron nuestro fuego e hicieron una boda en la orilla del campo; robaron nuestra melodía y dijeron: “Esa noche es nuestra; esas mañas e historias nunca fueron de ustedes”.
Hace 140 siglos que estamos bordando, puntada a puntada, los patrones que forman parte de nuestra nación: una gacela al lado de un olivo; una espina que abraza la montaña; un pájaro que observa las historias desde su antiguo nido. Mientras cultivábamos nuestro trigo y dejábamos la mitad para las criaturas de alas salvajes creadas por Dios, nadie nos compartía su pasión por la búsqueda interna y externa de la divinidad. Incluso los paganos habían dejado sus estatuas a las puertas de nuestros templos, y luego entraron para rezarle al Dios que nos dio la flor y el trigo.
Hace 140 siglos que domesticamos las piedras para que pronunciaran nuestro nombre, para que nos amaran. Les hemos pulido y nos han pulido. Todos bailaron al ritmo de esas piedras: los habirus, cananeos, perizitas, hititas, hurritas, moabitas, amalequitas, jebuseos, filisteos, arameos, madianitas, guirgashitas, refaítas, fenicios, aqueménidas, idomas, itureos. Bailaron hasta agotar la historia que jadeaba detrás de sus pasos y luego se sentó a descansar.
Hace 140 siglos que esculpimos nuestras almas para proteger a la gacela y dar de comer al gorrión; para que el árbol cante y las nubes tengan dónde descender a los huertos.
Nosotros, los abajo firmantes, todavía guardamos cada letra pronunciada por al arena de este gran universo. Los ciclones van y vienen, van y vienen las calamidades, pero nosotros permanecemos, y así nuestras casas: calidez, aceite de olivo, historias mujeriles, sudores varoniles, balidos ovejunos, patrones de bordado, llantos por la leche y el arrullo, alheñas nupciales en las manos; todo lo que se resiste a ser arrastrado de su ciclo histórico, de su belleza eterna y de su color irrepetible de arena y montaña.
Ilustración de Marcela Landazábal Mora
MANAL MIQDAD
(s.a.)
Poeta e ingeniera. Madre de Ritta, Rasel y Aaser.
Los dos fragmentos vienen de la página de Manal en Facebook. Mientras el primero fue escrito el 4 de noviembre pasado, el segundo fragmento fue recogido y traducido durante la ofensiva israelí contra Gaza en junio-julio del 2014.
4 de noviembre del 2023, 8:59 de la noche
En esta hora oscura,
dentro del vientre de una guerra,
el tiempo pasa y no pasa.
No encuentro, por delante, ningún cuento
Y en honor de separar el pasado
del porvenir,
tampoco detrás lo encuentro.
“Érase una vez” ya es un cementerio.
Pero debo contarles algún cuento,
y lo empiezo con “Será, una vez, será…”
Algo de suerte,
capaz de mecer sus camas y su sueño
un poco lejos de la fusión
entre el mito y la fábula.
Una ficción compuesta de espejismos,
una ficción mentirosa.
Es lo más honesto que puedo,
si la guerra nos sigue vomitando,
rehusando digerirnos.
Unos más uno es cinco
y fueron cinco los que almacenaron
aceitunas, aceite y zaatar
a la espera del invierno.
Y cada que me interrumpen,
“Será, una vez, será…”
Junio-julio de 2014
No es lo que están imaginando. Pues lo que vivimos no tiene nada que ver con sentimientos vanos como coraje, orgullo, dignidad. Aquella noche fue la más dura, pero esa vez no lloré.
En la mañana, después del primer bombardero de los aviones sionistas, agarré mis fuerzas y comencé a juntar mis cosas: documentos oficiales, mi título universitario, constancias, regalos, lo que quedó de las cartas que me escribió mi tío (quien sigue preso en una cárcel israelí), mi celular, mi laptop…
Pero me quedé mirando mi segunda biblioteca, pues la primera la perdí en la guerra pasada. ¿Qué hago con los libros? Son pesados, y sería difícil cargarlos si me tocara correr. Entonces decidí quedarme con aquellos que llevan una dedicatoria de su autor,
De pronto sentí rabia por mí misma, esos dolores que causan escozor y te pueden matar. Yo, pensando en mis cosas… ¿Pero y si la muerte me alcanza más rápido de lo que yo alcanzo mis cosas? La muerte me agarrará por sorpresa, sin avisar, y yo iré con ella sin memoria ni papeles ni libros ni queridos ni amigos ni regalos ni sueños… Me iré sola y ligera.
Posdata a mis amigos que tienen libros prestados míos: si me muero, quédense con ellos. Son suyos.
Posdata a mi primo: Si no le pasa nada a mi biblioteca, es tuya.
Los pagos recibidos por el traductor y la dibujante fueron donados a proyectos locales autogestivos en la Franja de Gaza a través del Gaza Collective (@gaza_collective).