Decía Jean-Claude Carrière, en su libro Práctica del guion cinematográfico, que toda acción, por mínima que sea, revela algo. “Como los gusanos —afirmaba él mismo— que, según dicen, fecundan, ciegos, la tierra que atraviesan, las historias pasan de boca a oído y dicen, desde hace mucho tiempo, aquello que ninguna otra cosa puede decir”. Es decir, en las acciones, pero más que eso en las huellas que dejan estas acciones, podemos intuir una historia porque “toda acción revela algo”. Esta pequeña sentencia, que a mí me parece más bien un apotegma, encierra una verdad apabullante o alumbradora (incluso ambas): todo el tiempo, pase lo que pase, estamos leyendo señales, decodificando mensajes y, más aún, dejando mensajes para que otros los desentrañen.
Hace un par de semanas, al volver de casa de un amigo, tuve que usar el metro para llegar al tren suburbano y regresar al Estado de México. Era sábado y era tarde, por lo que había asientos disponibles; me di cuenta, entonces, que de verdad era tarde (metro vacío es casi un oxímoron). En uno de los asientos viajaba un muchacho de pelo largo y chamarra cazadora de color verde militar, leía un libro que en la portada aparecía la palabra comunismo. La imagen que la acompañaba había sido intervenida con pluma de tinta negra, de tal forma que ya no era solo la imagen, sino algo más. Hasta ahí todo era común (comúnmente comunista o comúnmente común) pero no solo leía el libro: lo subrayaba. Pensé dos cosas:
1) Ese libro, que de por sí ya era la huella de alguien, la visión de alguien (porque un libro, o cualquier creación, no es más que la visión respecto a algo que una persona ofreció, en este caso el comunismo); ese libro, empero, ya había adquirido otro significado, porque quien lo tomara, posterior al subrayado del muchacho, no podría evitar formularse a partir de lo subrayado una segunda lectura, una tercera (una lectura subsecuente, en pocas palabras) del libro que de por sí ya era una lectura de algo. Estaba, por otra parte, el agregado de la portada: la imagen, una vez alterada, significaba algo más.
2) Nada es, en realidad, nuevo: todo ha pasado ya por la visión de alguien, por la mano de alguien.
Imaginé, entonces, esto: de pronto la luz se va en el metro y al volver a iluminarse el vagón estoy yo solo. Nadie por aquí, nadie por allá, de tal manera que como única huella de que ahí estuvo alguien más que yo me queda el libro. Podía imaginarme quién había sido ese muchacho y qué pensaba con tan solo echar un vistazo al libro (mejor dicho, a la lectura del libro que él había realizado), al subrayado. “El cine —glosa más adelante el mismo Carrière— es un hombre que llega a caballo a una ciudad del Oeste y nada sabemos de él. Va a definirse poco a poco, por sus gestos, por sus miradas”. O podría definirse, en todo caso, por sus huellas, mero resultado de sus acciones.
Me gusta esa labor de la pesquisa —tratar de inferir la acción por medio de la lectura de su impronta sobre los objetos o el ambiente—, es por ello, quizá, que veinte años después de su estreno (en 1971) me impactó tanto ver El hombre Omega (película basada en Soy leyenda, de Richard Matheson): porque ahí había un hombre solo, y nada sabíamos de él más que el hecho de que estaba en un mundo, al parecer, totalmente vacío. Y yo quería saber qué estaba pasando, cuáles habían sido esas acciones que dejaron como huella un mundo vacío.
Volviendo a aquel muchacho, ¿por qué subrayó esas precisas líneas y no otras? Los libros usados tienen ese añadido, cuentan una historia que no está en las letras per se: un boleto de autobús usado como separador, una flor seca, una envoltura de paleta, una huella de algo que puede ser sangre o solo polvo. La huella de la intervención, como la fotografía, congela el tiempo.
Pero la lectura de los objetos intervenidos, a manera de investigación, es, desde hace mucho, material para la literatura. Pienso en las historias de Sherlock Holmes, donde un misterio era resuelto a través de la interpretación de ciertos indicios, ciertas cicatrices sobre los objetos. Se puede reconstruir un evento, una persona, a través de su incidencia sobre el medio. Si el asesino no dejaba rastros entonces era casi imposible rastrearlo.
La fórmula sigue vigente: programas policiacos de muchos tipos, de muchas épocas, se basan en las pesquisas para atrapar al espectador (no solo al asesino): tenemos ganas de saber más, de saber qué provocó aquellas marcas. Existe en nosotros (al menos en mí) una curiosidad innata por saber qué hay detrás de una huella que normalmente no hallamos. Uno no repara en los rostros “cotidianos”, “normales”, en el metro: saltan a la vista los rostros que por alguna razón son particulares. Como el metro mismo, se perciben en él las ausencias; notamos los asientos solo cuando están vacíos. Los dientes de alguien resaltan cuando están demasiado limpios o demasiado sucios, o faltan; una nariz se hace notoria cuando no muy grande o muy pequeña, o está demasiado ganchuda.
En la película El hombre omega, la ciudad resalta, o la notamos, porque no hay nadie en ella, cuando normalmente la palabra ciudad suena a conglomeración, caos, hacinamiento. A nadie extraña una ciudad atestada o un desierto vacío; pero si invirtiéramos papeles, es decir, un desierto colmado de gente o una ciudad vacía, notamos que algo no está en el orden que entendemos de ellos.
Richard Matheson, en la novela de la que parte aquella película que tanto disfruto, propone este mismo juego: nos muestra huellas de un mundo particular (esa diégesis que él se inventó para nosotros) y es labor nuestra descifrarlas poco a poco para entender qué está sucediendo. Apenas empezar, atestiguamos la presencia de tablones rotos, de vidrios hechos pedazos y, sobre todo, de piedras que alguien (todavía no sabemos quién, pero hemos de descubrirlo) arrojó. Pero eso queremos averiguar, desentrañar, resolver eso que se nos plantea; somos lectores por naturaleza y leemos el medio, el mundo donde nos desenvolvemos: lo decodificamos. Somos, además, ávidos lectores de las cicatrices, de las huellas. Somos baquianos en el agreste terreno de la piel: imaginamos a dónde se dirige alguien, o de dónde viene, por las marcas de su piel. Es algo innato, o casi innato.
Si vemos a una mujer con un ojo morado o a un hombre con la ceja abierta, de inmediato realizamos una lectura y hasta inventamos una historia. ¿La golpean, tuvo un tropiezo? Él ¿es boxeador?, ¿lo asaltaron?, ¿estuvo en una riña? Sabemos de las personas, del mundo, a través de las huellas que dejan, de sus cicatrices. O al menos lo imaginamos.
Somos o nos dibujamos a través del caos. Las casas limpias son idénticas, el cloro y el aromatizante tienden a homogeneizarnos y nadie es distinto de nadie bajo el manto de la asepsia, pero todos los desórdenes son distintos: es nuestra huella. Nos citan a una fiesta a las siete de la noche en punto, y de pronto nos damos cuenta que son apenas las 6:20 y ya estamos frente al domicilio en cuestión. Leemos las huellas en la calle y las decodificamos y nos da miedo: hay grafiti, hay suciedad (huellas, al fin y al cabo, cicatrices) y alguien, que firma como Jerry, pintó con aerosol rojo que ahí él manda y que todo invasor será castigado. Entonces, tocamos a la puerta y nos invitan a pasar, un poco de mala gana y un poco sorprendidos y apenados. No alcanzaron a borrar sus huellas sobre la vida y los descubrimos: hay ropa tirada en la sala, unos zapatos maltrechos y un tazón de sopa junto a la pantalla que sintoniza cierto canal que no goza de muy buena programación. Los descubrimos a través de su caos, de su disposición de los objetos. Sobre los párrafos de la casa de interés social (con salas más o menos parecidas, con muebles de baño más o menos parecidos) ellos subrayaron lo que son, o lo que piensan o sienten, a través de la disposición de los objetos. La tele también es un párrafo: lo que sintonizamos es lo que subrayamos.
En El hombre omega (me gusta demasiado la película) el protagonista se da cuenta de la presencia de alguien más (alguien “humano”, o humanamente parecido a él, al menos) porque deja una huella: algo no está en el lugar de ayer, que también era el de antier. Insisto, tenemos presencia en el mundo por la huella que dejamos en él. Se habla también, entonces, de la huella ecológica, la mancha de carbono y suciedad que dejamos sobre el planeta en nuestro paso por él. Como las babosas de los patios, sabemos por dónde pasaron (nunca de dónde vienen y a dónde van, saber eso es casi imposible y preguntárselo puede ser lo suficientemente ocioso o profundo como para resultar peligroso) porque han dejado una huella brillosa, viscosa.
Esto: los hombres o mujeres que viven solos y que, además, han dado una copia de la llave de la entrada a su madre o abuela, y entonces un día, al volver del trabajo o de la escuela, encuentran el lugar limpio. Mamá (o abuela) han estado aquí, se dicen, porque se alteró el orden de las cosas: dejaron su huella al pasar.
Esto otro: uno visita a un familiar y encuentra huellas y con base en ellas se da cuenta quién ha estado ahí. Botellas de cerveza vacías: tal tío. Pañales sucios en el bote del baño: los primos que acaban de tener un hijo. Aroma a cierta fragancia y tabaco: el abuelo.
Esto también: uno vuelve a casa y encuentra la cerradura forzada y no hay televisión ni computadora. Sabemos que alguien estuvo aquí, y a qué vino. Pensamos por un segundo si Jerry nos siguió desde su colonia y que quizá ahora también manda aquí.
Las cosas que se notan, que se aprecian, hasta que faltan: el silencio, la paz, la salud. O el amor. Sobre todo ese. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido, dice la madre mientras hace el quehacer en la casa, y luego pide que levantemos los pies para barrer debajo del sillón, porque el polvo deja ahí su huella.
Tengo dos pares de tenis, idénticos, que compré hace un par de meses en una oferta del 2×1 en una tienda cerca de mi casa. Un par lo uso para hacer ejercicio, el otro para… para no hacer ejercicio. Distingo un par del otro gracias a las huellas que las actividades dejan en ellos: los que uso para ejercitarme están más maltratados y tienen un tono verduzco debido al pasto, los otros aún conservan la forma que se les dio en la fábrica.
Se pueden leer las prendas, claro. Mi mamá, cuando aún lavaba la ropa de todos nosotros, sabía distinguir a quién pertenecía cada una: cuellos más negros, manchas de salsa picante o chocolate, agujeros. Ella sabía, siempre, a dónde habíamos ido o qué habíamos hecho con tan solo mirar las prendas. Dejábamos una huella en la ropa, subrayábamos, en la oración blanca de las playeras, nuestras actividades.
También se puede leer la actividad de alguien en los zapatos: si tiene problemas a la hora de caminar el desgaste de las suelas nos lo dirá. También nos dejará saber cómo pisa alguien, si arrastra los pies o si camina mucho o poco y por dónde lo hace.
Asimismo, se puede leer la ropa interior, pero eso es muy peligroso y prefiero no hablar de ello, al menos no ahora.
Antes, cuando el formato VHS era lo más avanzado en cuanto a tecnología se refería (al menos para ver películas) era posible saber hasta dónde había llegado alguien en la cinta o cuánto la había visto, siempre con base en el desgaste. Lo mismo con los casetes y con los vinilos: donde más desgaste había era donde más había permanecido el espectador. Recuerdo que en mi casa, hace muchos años, había un vinil que contenía canciones de Pedro Infante: el rayón más pronunciado correspondía a las mañanitas, canción que se activaba seis veces al año.
En el VHS de El hombre omega, la parte que más se reprodujo en mi casa (lo que seguramente generó una huella sobre la cinta magnética) es justamente donde Neville descubre que no está solo en el mundo; reproducida hasta el cansancio por mi hermano y por mí, ahí habíamos dejado claro un mensaje, habíamos subrayado y con ello generamos una segunda lectura, una tercera. Nos dibujamos a través de la intervención de nuestros objetos cotidianos: la hoja más doblada del libro, la fotografía impresa con más dobleces y huellas dactilares marcadas, el libro más maltratado (en mi caso es Dios en la tierra, de José Revueltas) son rastros que alguien puede leer si un día ya no estamos. “Matamos lo que amamos, lo demás nunca ha estado vivo”, dice Rosario Castellanos, y unos zapatos formales bajo mi cama, prácticamente nuevos, lo corroboran.
Leí un libro de cuentos con títulos muy elocuentes. En uno de ellos, “El último de los grandes mamíferos terrestres”, junto a una pareja en crisis aparecen los bisontes americanos, una de las especies gigantes que pobló América del Norte y sobrevivió la última glaciación. Aunque no viene al caso con la anécdota del cuento, pienso que mi último gran mamífero es Porfirio, un golden retriever de once años y problemas de sobrepeso que vive en el jardín de mi mamá. Antes tenía una compañera, pero murió hace unos años, y ahora Porfirio pace tranquilo, aunque un poco solo, entre las plantas que no ha logrado destruir.
Es el último porque, desde que me mudé sola, vivo en un departamento. No juzgo, o no demasiado, a quien decide tener perros grandes en espacios chicos ni tampoco creo que sea imposible (en el departamento abajo del mío vive una familia completa con tres bulldogs y entre los pasillos he visto un gran danés que expele varios litros cúbicos de orina en sus paseos), pero no tengo tiempo ni dinero para las atenciones que necesita un perro de ese tamaño.
Tener jardín y tener perro, o cierto tipo de perro, un perro de raza grande, son dos cosas que acompañaron el ideal burgués de familia, cada vez más remoto, porque la noción de hogar y de convivencia familiar se ha ampliado de manera cada vez más diversa. Y porque en las grandes ciudades ya es casi imposible costear alguna de las dos.
La casa en la que pasé la mayor parte de mi infancia y que se vendió después del divorcio de mis padres albergaba los restos mortales de tres perros, varios hámsteres, un hurón y dos tortugas. Cuando me fui, no solo dejé en ella mis recuerdos infantiles, sino también un pequeño cementerio. En su libro sobre animales, Sylvia Molloy escribió que, en el jardín de su casa en Long Island, su primera generación de mascotas yace enterrada abajo de un olmo, la segunda abajo de otro y así sucesivamente, porque tuvo muchos animales y, por suerte, también muchos árboles.
La derrota que han sufrido los panteones a perpetuidad frente a los crematorios es un resultado poco evidente de la falta de presupuesto para jardines públicos y particulares. Irónicamente, debido a la falta de áreas verdes, hay quienes recorren los cementerios con un fin lúdico y sin otra pretensión que tener un día de campo. Esto ha provocado que guardar cenizas en columbarios o en las salas de algunas personas sea un rito cada vez más común que no se limita a las muertes humanas. Ahora existe la costumbre de incinerar a las mascotas y no enterrarlas como, según yo, se había hecho siempre: en un hoyo con cal en el jardín. No porque un entierro casero sea menos digno que una urna, sino por lo impráctico que resultaría enterrar el cuerpo de un animal mayor a un canario en una maceta.
Además de la falta de espacio, el hábito también se debe al apego que muchas personas desarrollan por sus animales de compañía y a la humanización cada vez mayor que les otorgan. Los cuidados que hoy en día trascienden la vida terrenal, amor constante más allá de la muerte diría Quevedo, han modificado los ritos fúnebres. Alguna vez fui testigo de cómo a una tía, junto con el pago de su servicio funerario, le ofrecían un paquete que incluía la cremación y el velorio de su perro.
2.
Cuando adopté mi primer gato, nunca reconocí los lugares comunes que pregonan los amantes de los gatos, porque Simón no abandonó completamente su condición feral y vivió afuera la mayor parte del tiempo. Igual que el griego Aquiles, que prefirió la fama sobre una existencia larga y anodina, Simón tuvo una vida breve y aventurera, favorecida por el jardín, que funcionó como vía de escape hacia otros rumbos que eventualmente acabaron con su vida.
La dependencia que siento con mis gatas actualmente puede compararse solamente con la que ellas sienten por mí. Creo que nos arrastra el amor o algún sentimiento similar (es una incógnita si los animales aman como nosotros lo hacemos), pero también las dimensiones limitadas que nos vemos obligadas a compartir.
Pienso mucho tiempo en el tema del espacio, casi el mismo que llevo viviendo en un lugar de proporciones reducidas, aunque cuando habitaba una casa bastante más amplia no pensaba en eso, sino en que todo me quedaba lejos. O tal vez no pensaba en nada, pero ahora pienso en que en aras de una vida mejor ubicada, el problema de las grandes distancias se ha transformado en falta de espacio.
El jardín surgió como un trozo de naturaleza domesticable y, para mis perros y mi gato, un simulacro de la vida salvaje (con tres comidas al día). En Una breve historia del jardín, Gilles Clément escribió que el primer jardín perteneció al ser humano que decidió cesar su vagabundeo. “Los nómadas no hacen jardines” escribió Clément. Pese a que muchas personas piensan en él como un remanso de calma, el jardín y sus cuidados se oponen a la idea de descanso, como puede confirmar cualquier practicante de la jardinería o la horticultura. Se trata de un locus amoenus que se construye después de un día de cortar, rastrillar, deshierbar y abonar.
De entre los cuidados necesarios para un jardín exitoso, el cultivo de flores es tal vez uno de los más complicados. No puedo asegurarlo, porque en efecto carezco de jardín, pero mis macetas vacías han contemplado el paso de varios floridos habitantes que eventualmente perecen por culpa de mis precarias atenciones.
Cuando era niña, mi mamá me leía un cuento sobre un grupo de flores que amanecía marchito por bailar demasiado. Las flores convivían en una especie de sociedad estamental que organizaba bailes palaciegos, donde estaban presentes desde las vulgares margaritas hasta un par de petulantes rosas, que ocupaban los lugares reservados para la monarquía del reino vegetal. La fiesta del jardín aparece también en Alicia en el país de las maravillas, donde las flores forman parte de un coto cerrado, similar a un grupo de niñas maleducadas, que no admite hongos ni hierbas, ni Alicias miniatura.
Los mercados de plantas han descubierto un nicho generoso en vender especies de plantas cada día más raras, provenientes de ecosistemas cada vez más exóticos. Aunque lo exótico esté más bien en disponer de tiempo y espacio para su cuidado. Quizá el futuro de la jardinería resida en tener ambiciones modestas. Limitarse a jardines verticales o huertos minúsculos, reducidos a cajones que quepan junto a una ventana.
El 7 de enero de 2015, dos encapuchados irrumpieron en las instalaciones de la revista francesa Charlie Hebdo. Asesinaron a balazos a doce personas, entre las que se encontraban el director (Charb) y varixs artistas, e hirieron a otras cuatro. La gente de internet se indignó y, en apoyo a las víctimas, armó un hashtag del que ya nadie se acuerda. La revista afectada se fundó originalmente bajo el nombre de Hara-kiri, por el professeur Choron, y el editor, dibujante y periodista François Cavanna. Casi como una ironía divina por su primer nombre, a lo largo de su historia, Charlie Hebdo fue víctima de varios atentados, siendo el más fuerte el de 2015, a raíz de una serie de caricaturas que satirizaban a Mahoma. Los responsables de la masacre, dos hermanos que, se afirmó, pertenecían a una célula de Al Qaeda, huyeron del lugar de los hechos al grito de Al·lahu-àkbar, tomaron rehenes y finalmente fueron acribillados por la policía. Resulta curioso el hecho de que el atentado contribuyera a viralizar un famoso meme.
El meme de Al·lahu-àkbar se popularizó en medio de una alza en el número de atentados por parte de extremistas religiosos en Occidente. No me quiero imaginar la cara que puso esa banda fundamentalista cuando se dio cuenta de que su intento por evitar chistes provocó chistes aún peores, pobre gente seria. Lo gacho de este pedo es que la expresión de Al·lahu-àkbar es muy bonita y por los desmadres de weyes loquitos (que en todas las religiones hay), la banda joven de México no puede escucharla sin pensar en árabes terroristas caricaturizados. Al·lahu-àkbar significa “Dios es grande”, y se suele usar como acá mi tía diría “gracias a Dios”; estoy vivo, Al·lahu-àkbar; hoy vi bailar a la chica que me gusta, Al·lahu-àkbar.
Pero estos atentados no sucedieron porque unos musulmanes enojados se hayan levantado un día y hayan tomado su metralleta de la caja de metralletas que toda familia musulmana suele guardar junto a la caja de granadas.
En lo que conocemos como Medio Oriente, la mayor parte de los seguidores del islamismo se divide en dos grupos, lo suníes (aproximadamente el 85%, eligen a su líder comunitariamente) y los chiíes (aproximadamente un 10%, defienden que el liderazgo debía recaer en la familia de Mahoma). Tras la Primavera Árabe, la rivalidad entre Arabia Saudita (suní) e Irán (chií) exacerbó los conflictos que había en la región. Cada país respaldaba a distintos grupos armados en Siria, Yemen y otros lugares, lo que intensificaba las tensiones. La Primavera Árabe fue una ola de protestas populares en varios países de Oriente Medio y el norte de África buscaba derrocar dictaduras autoritarias. Aunque inicialmente motivadas por demandas de democracia y justicia social, muchas de estas revueltas llevaron a vacíos de poder y conflictos internos. A esto hay que añadirle la gente metiche. Tras el atentado del 9/11, la invasión a Irak liderada por Estados Unidos en 2003 debilitó las instituciones del país y desató tensiones sectarias entre suníes y chiíes. Esto permitió el surgimiento de insurgencias que luego evolucionaron en ISIS. El 9/11 fue tanto una consecuencia como un catalizador de un sistema geopolítico marcado por el intervencionismo occidental y el impacto del capitalismo global. El círculo vicioso funciona así:
1.- Intervenciones extranjeras generan resentimiento y desestabilización.
2.- Grupos extremistas aprovechan el caos y las narrativas de opresión.
3.- Occidente responde con más intervenciones, alimentando el ciclo de odio.
Todo este contexto puede explicar la violencia religiosa pero no da razón de la proliferación de memes sobre un tema tan delicado.
En Preparados para la guerra: la violencia del capitalismo, Alba Lafarga sostiene que las condiciones deplorables, mediatización de la violencia, y la estetización en la cultura popular de lo militar han contribuido a la asimilación de la guerra por parte de lxs jóvenes. Ante la amenaza constante de muerte, solo queda el humor para sobrellevarlo o, como diría Marge Simpson, en momentos como este, solo queda reír.
Pero es justo en los momentos más brutales donde se encuentra la esperanza. En Revelations, uno de los monólogos más famosos del predicador y comediante Bill Hicks, donde, entre otras cosas, habla de la relación entre el mercado de armas occidental y la desestabilización de Medio Oriente, este proclamaría:
El mundo es como un paseo en un parque de diversiones, y cuando eliges jugar piensas que es real porque así de poderosas son nuestras mentes. El paseo va de arriba abajo, da vueltas y vueltas, tiene escalofríos y emociones, es muy brillante, de colores, y es muy ruidoso, y es divertido por un tiempo. Algunas personas han estado un tiempo en el paseo y empiezan a preguntarse:
“¿Esto es real?, ¿o solo es un viaje?”,
y otras personas lo recuerdan y vuelven y nos dicen:
“Hey, no te preocupes, jamás tengas miedo porque solo es un viaje”.
Y nosotros… matamos a esas personas,
“¡cállenlo, tenemos demasiado invertido en este paseo, cállenlo!, miren mis arrugas de preocupación, miren mi abultada cuenta bancaria, miren a mi familia, ¡esto tiene que ser real!”.
Es solo un viaje.
Pero siempre matamos a esos tipos buenos que intentan decírnoslo. ¿Alguna vez se percataron? Dejamos a los demonios burlándose. Pero eso no importa porque solo es un viaje. Podemos cambiarlo cada vez que queramos. Es solo una elección. Sin esfuerzo, ni empleo, ni ahorros de dinero. Una elección, ahora mismo, entre el miedo y el amor.
Tanto Bill Hicks, el místico de la risa que aparece en los comics de Preacher para mostrarle el camino al protagonista, como Charbs, comediate y director de Charlie Hebdo, asesinado durante el atentado, fueron hombres corrientes que se aferraron con valentía la honestidad y el humor hasta el último momento. No solo hacían reír, buscaban contar la verdad, y eso, en mi opinión personal, es lo que, en un mundo donde la guerra se anuncia por todos lados y la risa ante el sinsentido brutal se posiciona como arma no-violenta, vuelve héroes a weyes que comían, cagaban y reían, como tú y yo, que estamos viendo memes al borde del abismo.
Son infinitas las humillaciones a las que uno se puede someter por dinero. Confieso que, en mi caso, la ignominia laboral no había excedido los rituales de la atención al cliente y la docencia en educación media. Si decidí repartir mi currículo en rincones poco confiables de internet fue, precisamente, por un solo motivo: dinero. Su escasez, quiero decir.
En mi bandeja de entrada reposaba el mensaje incómodo de un bot. Con entusiasmo artificial, me comunicaba que había sido seleccionado como uno de los usuarios beta de una aplicación cuyo nombre no diré (quizá tengo prohibido hacerlo desde el momento que firmé un contrato lleno de cláusulas que no leí). La mecánica de trabajo era tan sencilla como penosa: bitacorizarme el cuerpo. La aplicación había sido desarrollada con el fin de acompañar las meditaciones de quienes se interesaran en las pericias del mindfulness, desde oficinistas deprimidos hasta amas de casa que se la pasan entre la espada y el rivotril. Como usuario de prueba, me correspondía seguir la ceremonia automatizada de la meditación para, cotidianamente, rubricar mi autoestima y mi paz mental usando una escala numérica. Calificar, como quien pone notas con bolígrafo en mano, el progreso diario de mi felicidad.
Si las cosas salían bien —es decir, si los evaluadores nos encontrábamos un poco más lejos del suicidio después de probar el software—, la aplicación estaría disponible con dos planes: uno gratuito, lleno de anuncios, y otro premium, de suscripción mensual. A la plenitud, vaya, le venía bien PayPal o MasterCard.
II
Es famoso (lo suficiente como para que lo edite Penguin) el libro en el que Ryunosuke Koike integró algunos principios de la filosofía budista con la psicología contemporánea: The Practice of Not Thinking. Siendo él mismo un monje de la escuela Jōdo-shū, le interesaba ofrecer al público lector varios mecanismos para enfrentar la alienación del mundo actual. En medio de una oleada de pseudociencias y charlatanería naturista, debo reconocer que encuentro benévolas las intenciones del libro. Acaso los monstruos que engendró son el único problema aquí.
Koike plantea que, envueltos en una sociedad caótica, lo mejor que podemos hacer para salir bien librados del estrés y el hastío es construirnos, mediante la contemplación, un espacio mental en el que nuestros propios pensamientos no resulten abrumadores ni tortuosos. Recomienda cosas tan sencillas como prestar atención plena a la hora de comer, así como realizar con parsimonia ciertas actividades diarias, a fin de no convertirnos en equilibristas que hacen malabares con responsabilidades simultáneas.
Son buenos consejos, sí. Aunque, hurgando tan solo un poco en mi memoria, estas reglas del buen vivir no son, en absoluto, algo que mi abuela no me haya dicho mientras esperaba que terminaran los comerciales de su telenovela favorita. ¿Necesitamos que cada tanto se nos recuerde que el agua moja? Quizá. Pero valdría la pena cuestionar el sitio desde el que se propagan los instructivos de autoayuda.
Mindfulness, la palabrita consentida de la psicología pop desde hace al menos una década, sufrió una migración semántica importante cuando se le incorporó en los perímetros de la oficina: pasó de referir la atención sostenida en el momento presente a implicar también la suspensión absoluta del juicio. Esta práctica procura la aceptación del instante inmediato, evadiendo la reactividad. Los departamentos de recursos humanos en todo el mundo han llenado los espacios de trabajo con dinámicas de mindfulness cuyo fin es reorientarla mente del proletariadogodinato para que conviva en paz con las responsabilidades acumuladas que le generan estrés. Talleres, cursos y papelería decorativa se aglutinan en los cubículos con tal de volver más amistosa la lógica de un mundo que nunca para. No se busca abolir la fusta, sino acostumbrarse a sus latigazos.
¿A quién le conviene que seamos capaces de trabajar de forma continua sin ver mellada nuestra tranquilidad en el proceso? Exactamente a las mismas personas a las que les conviene la productividad ininterrumpida.
III
Estar quieto me da comezón. Me pica el cerebro lo mismo que las extremidades cuando debo quedarme rígido en un sitio, ya sea mental o físico. Mis neuronas y mis pies siempre han preferido las digresiones.
A menudo, cuando me encuentro tullido de estrés o entorpecido por mis pendientes, basta una caminata larga para distender los músculos y el pensamiento. Disfruto los trayectos holgados que permiten entretenerme con un álbum musical, reproducido íntegramente desde mis audífonos. ¿Algún monje budista tomaría por defecto mi aversión a la quietud? En todo caso, estoy seguro de que ese es el motivo por el que soy incapaz de recitar mantras al mismo tiempo que tuerzo el cuerpo en flor de loto.
Lo supe —o lo confirmé— en terapia. Una de muchas. La psicóloga en turno era proclive al Gestalt y yo estaba lo suficientemente desesperado como para que no me importara. Ella no parecía estar muy convencida de las bondades de mi ocio; la espantaba un poco el hecho de que no dedicara espacios del día a hacer nada. Parte del plan de progreso que ella había trazado para mí consistió en potenciar mi conciencia sobre los pensamientos y sensaciones del presente (usaba, ay, la palabra sentipensamientos). Tuve por encargo sentarme en un parque a mirar un árbol sin hacer otra cosa que quemar calorías. Sin juicios, sin soliloquios, sin intelectualizaciones de por medio.
Ya en el parque tardé un rato en quitarle nitidez a las cosas. Logré ignorar al par de adolescentes que, tendidos a unos metros de distancia, atentaban contra la moral pública y la higiene dental. Me vi obligado a convertir el bullicio urbano —alarido de cláxones y carrocería— en una suerte de ruido blanco que llegaba de lejos para diluirse entre mis tímpanos. Las hojas del árbol dejaron de ser hojas, vueltas un manto homogéneo tamborileado por los dedos del aire. Abrazado amablemente por una atmósfera en la que todo ocurría con desbordada levedad, me dije al fin: qué pendejada.
IV
El bienestar es un mercado. No son nuevas las empresas ni los conglomerados que se abalanzan sobre potenciales clientes ofreciéndoles una miscelánea casi caricaturesca de artificios que —aseguran— mejorarán su vida: multivitamínicos muy a menudo innecesarios, malteadas hipocalóricas, cojines fisioterapéuticos, herbolaria milagrosa, manuales de feng shui, etc. Aturdidos por la publicidad de suplementos y homeopatía, hemos ignorado las dimensiones de la industria de la salud mental. De acuerdo con un reporte realizado en 2018 por el U.S. Department Of Health And Human Services,1 14% de la población estadounidense comenzó a meditar con el fin de mejorar su salud. Los efectos de la expansión global de esta tendencia son notorios: se estima que el mercado de las aplicaciones de meditación alcanzó un valor, en 2024, de cinco mil millones de dólares.2
Abundan las apps de salud mental cuyo funcionamiento, palabras más, palabras menos, consiste en llevar un recuento del estado de ánimo a lo largo del tiempo. Mediante journaling minimalista, al usarlas te conviertes en tu propio evaluador. El registro de las emociones y su periodicidad puede resultar muy útil (recomendable incluso) para las personas que poseen un diagnóstico de salud mental que las orilla a poner especial atención en sus patrones de conducta (como ocurre con la ciclotimia, por poner un ejemplo). Tengo motivos para creer que esta dinámica es contraproducente en otros contextos.
Daylio (disponible para ser descargada en cualquier sistema operativo) es una aplicación en la que el usuario debe puntuar su estado de ánimo en una escala del 1 al 5, de modo que, a partir de la identificación de patrones emocionales, pueda mejorar su gestión. Pregunto: ¿es realmente sano interpretar la felicidad propia en términos de tendencias gráficas? ¿Mejorar las métricas no es, acaso, una condicionante de estrés adicional?
Happify, por su parte, plantea diferentes actividades y juegos que, al completarse, acumulan puntos de progreso emocional. Pregunto: ¿la felicidad es una meta que se alcanza después de acumular puntos como quien juega en un arcade? ¿El bienestar puede entenderse como un producto gamificado?
Presas de nuestra propia desesperación por hallar la paz, hemos convertido a la felicidad en un estado cuantificable. Las emociones humanas, interesantes por su ambigüedad y fascinantes por su riqueza, han comenzado a entenderse desde un reduccionismo atroz. Peor aún: la idea de la mejora personal ha sido tomada como el imperativo moral de nuestra época.
V
Abrí la versión beta de la aplicación deseando que su mecánica fuera menos lela de lo que mis prejuicios esperaban. Para sorpresa de nadie, la experiencia fue incluso peor. Dediqué quince (no diez, no veinte) minutos de mi día a permitir que una vocecita hecha con inteligencia artificial me instruyera en las generalidades del budismo y los beneficios de la meditación. Cada una de las sesiones variaba en tema (algunas se centraban en combatir el estrés, otras, el enojo, etc.) y seguía más o menos el mismo guion, que terminaba con ejercicios de relajamiento y respiración.
Los usuarios compartíamos un chat grupal en Slack, plataforma de comunicación corporativa que espero no volver a usar de aquí a la tumba. Teníamos que reportar periódicamente nuestro estado, atentos a cualquier indicación emergente de los coordinadores.
Fue a medio periodo de prueba cuando las quejas comenzaron. Con inglés deficiente, alguien en el foro había contado que el escaneo corporal (la técnica de desplazar la atención en las sensaciones del cuerpo desde la cabeza hasta los pies) lo ponía más nervioso que templado: lo abrumaba la intensidad con la que era consciente de sus extremidades, como si cada palmo de la carne se hubiera vuelto más sensible; la descripción se parecía mucho a la de un ataque de ansiedad.
Las quejas solo aumentaron. Un par de personas relataron sentirse disociadas tras un par de semanas de práctica, como si su sistema límbico se hubiese desentendido por completo de sus propias emociones.
Los coordinadores del proyecto ignoraron, invariablemente, todos los comentarios negativos del equipo evaluador. Recuerdo apenas la tarde en la que otro mensaje automatizado me avisó que el trabajo había concluido, que tendría que esperar unos días a que el pago se depositara en mi cuenta de banco. La aplicación no ha sido lanzada. Desconozco si sus diseñadores han decidido abortarla o, peor, esperan pacientemente a liberarla en el momento oportuno.
“Coyote Go’oi”, escultura y foto de Daniela Plascencia. Este cuento es un ejercicio de écfrasis basado en la pieza, un intercambio de aullidos entre ambas: la artista y la autora.
Las personas que aparecen en los sueños son representaciones teatrales de algún yo inconsciente. Ajá, eso dicen. Esta vez no es así. Lo hueles, lo sabes: es un encuentro onírico compartido. Quien está frente a ti en este sueño no eres tú disfrazada, es realmente la presencia de don Tenorio. Se cambió tantito el físico, rejuvenecido y con cuerpo de coyote por debajo de su cuello. Antes de dormir, presionaste, en círculos, el pecho con la mano izquierda, el vientre con la mano derecha. Don Tenorio te había dado las instrucciones:
Para que conozcas tu ser interior, tu coyote.
Durante los masajes circulares previos al sueño, te imaginaste que entrarías en la selva de tu propia mente, pétalos de todos los colores como suelo, estrellas en los árboles, hierba de algodón. O que recorrerías, sobre una concha flotante de caracol, el mar de tu infancia y de tu adolescencia. O que verías, en las plantas de tus pies, los símbolos de tu destino. Ni por un segundo te cruzó la idea de que, dentro de ti, en los pasillos escondidos de tu ser, estaría, como elemento central, la presencia verídica de don Tenorio.
En el terreno árido de la realidad, tú fuiste la primera en buscarlo. Te contaron de su sabiduría en un viaje a Tochi, pueblo mayo bordeado por un bosque de cactus. Buscabas temas para transformarlos en cerámica de baja temperatura, esencia vieja de la cultura del norte para exponerla en galerías contemporáneas de la Ciudad de México. En la carretera por la sierra, un puberto que atendía unos abarrotes te vendió una Coca Cola retornable de vidrio y te indicó el camino:
Busca a don Tenorio. Es el único maestro nuestro que habla español. Vive en la casa azul que está enfrente de la iglesia. Vas a ver una cascabel colgada en la chapa.
Ahí estaba don Tenorio, exactamente como lo indicó el buqui, en su porche de cemento, camisa abierta a un pecho con canas, meciéndose en la mecedora bajo la sombra.
Buen día, maestro, le dijiste.
Buen día. Pásele.
Te sentó al lado de él, te sacó una taza de café soluble. Te deslizaste en una confianza instantánea, en el tiempo lento de las metáforas. Él encontró en ti, Elena, una discípula ingenua, motivada. Lo roció de juventud tu risa fácil, tu boca muy abierta, el temblequeo fresco. Se quedó serio cuando le dijiste:
Mi última escultura fue un coyote.
Te preguntó por qué. No supiste responder en una frase estructurada. Instinto. Atracción desde niña. Los perros, los lobos, los coyotes. La libertad en cuatro patas, los dientes de fuera, la lengua al aire. El aullido. Para ti, idioma del alma, voz que atraviesa portales, llamado directo a las raíces que nos unen con cualquier ser vivo.
Tenorio te escuchó sin dejar de mecerse, los dedos peludos y sus palmas presionando las mangas de la mecedora, la gravedad sexual hacia tus ojos negros y bríos incrustados en tu cuerpo embarrado de belleza relente subiéndole, quedito, quedito, la tensión arterial. Rareza una citadina como tú, con aire puro en los huesos y en la mente. Pero el gesto de sabio lo tiene bien ensayado, barbilla levantada, mirada entrecerrada, interjecciones nasales, y tú te dejaste llevar porque es un maestro y le abriste, con las dos manos de la voluntad, la puerta blindada de la memoria, de los anhelos y de las obsesiones.
Así está don Tenorio en tu sueño: barbilla levantada, mirada entrecerrada bajo el sol de mediodía que escurre en cascadas hirvientes a la sierra. Las canas del busto de Tenorio se unen a los pelos del pecho del coyote. Aunque el cuerpo sea diferente, la presencia pesada del maestro es la misma. Y su voz. Ronca, morosa:
Haces bien, Elena, te estás dejando llevar por el aire. Te falta fuego. Soltar y dejar transformar las cosas por lo que son.
Un calor sube por los muslos y no los ves. Sabes que tu cuerpo existe, pero no sabes si estás vestida o no, si eres humana o animal, si estás sana o en pedazos. Los pasos caninos de Tenorio acercándose a ti en inhalaciones profundas te aumentan la angustia hasta sacarte del sueño.
En la oscuridad de tu cuarto, te tocas las piernas y el vientre caliente. El coyote, cuando está frente a alguien, significa que ya le dio una vuelta antes desde lejos. ¿Significa que don Tenorio ya había estado rondando por el patio de tu inconsciente? La luz del celular se prende.
Te vi hecha bolita en el monte
El monte te cubría con una manta
Te dije que me acompañaras y te fuiste
🙁
Te quiero hacer una pregunta
Pero no quiero que pienses que estoy siendo invasivo
Dime, qué pasó
¿Estás menstruando?
No, estoy a una semana
Contestas y luego te arrepientes. ¿Por qué le sigues dando información? Dejas la cama que compartes con Emilio y sales al jardín, a la noche tibia de Hermosillo. No has prendido tu cigarro cuando, espejismo de la pesadilla, una rata corre por la barda. Un escalofrío te recorre y gritas. Descalza, caminas sobre la hierba seca y te pones en cuclillas. El chorro fogoso de pipí te salpica, pero una conexión a la tierra en el acto te consuela.
Elena, ¿qué te pasa? ¿Por qué no vas al excusado como una persona normal?
Soñoliento, las palabras de tu novio se pegan entre sí, mocosas. La pregunta y el tonito aumentan el sofoque. La falta de aire, el maestro en el sueño, qué horror, la rata por la barda, qué asco, y ahora Emilio en sus bóxers aguados. Su silueta de hombre fornido, de repente, por primera vez, te disgusta. Cien abdominales diarias, cien sentadillas, cien lagartijas. Repetitivo. Maquinal.
Elena, ¿qué onda? Pareces loca.
Aún en cuclillas, culo al aire, pies sobre el pasto, hueles la orina y la relacionas con Emilio y con el maestro en el sueño: desechos que hay que sacar del cuerpo. O estás confundiendo la sensación del sueño con la realidad. Si con Emilio todo va bien, no tarda en darte anillo.
¿Y por qué gritaste, Elena? Seguro se te cruzó una cucarachita y despertaste a toda la pinche cuadra. ¿O qué fue, amor?
Mientras te enderezas, analizas el acento demasiado golpeado de Emilio y piensas: no, las cosas no van tan bien. En que esas preguntas no pueden estar bien si el sofoque sigue aumentando. Si no es nada nuevo, si así anda siempre, todo needy. Por qué no pensaste en mí, hermosa, en mi horario, en que ya había acabado de trabajar. Vamos por unas alitas, ándale, gordi, acompáñame. Asfixia decorada. Cuántos te amo al día en palabras escritas por mensajes de redes sociales, o pronunciadas por llamadas, o susurradas cuando cogen en la cama king o cuando se toquetean en los semáforos.
Elena, contéstame, gordi, por favor, te dice Emilio. Me despierto de una pesadilla y parece que estoy en otra.
Su sufrimiento: método impecable, garantizado. Pesadillas, problemas con el jefe, inferioridad, soy lo peor, perdón. La víctima eterna implica, requiere, exige la atención y el cariño del otro. Yo también te amo, Emilio. Ya voy. No te preocupes. Ceder, ceder, ceder, humectar exigencia.
En el pecho descubierto y lampiño de tu novio, comparas la superficie lisa con las trencillas del torso de Tenorio tejidas al cuerpo del coyote en tu sueño. ¿Por qué no eras tú la que estaba tejida al coyote? Desde la habitación blindada de tus anhelos, don Tenorio se mezcló y violó. El maestro entró en huecos, en rincones íntimos sin permiso y, prepotente, manipuló tu cabeza. Tenorio te arrancó tu anhelo y se lo tejió al cuerpo.
Mañana tengo un día pesado y sabes que me va a costar volver a dormirme. No me traje mis pastillas, se me olvidaron en el gimnasio.
La voz de Emilio penetra en el agua de tu cuerpo como burbujas amorfas de mercurio. Adviertes cómo Emilio busca, a toda costa, tejerte con él, con los hilos de las desgracias cotidianas, psicológicas. Te acercas a él para analizarlo, y en el roce de los muslos, percibes una gota gorda que sale de ti y humedece el calzón. El susto te detiene. ¿Cómo puede ser sangre si todavía no te toca menstruar? ¿Cómo pudo verlo don Tenorio en el sueño?
Emilio se desespera de tu silencio y te toma un brazo. El contacto te clarifica la repulsión por las pupilas ahogadas de inseguridad, los pómulos de muñeco, los labios de carne blanda que no saben callar, las orejas bloqueadas. Emilio, en miniatura, está sentado en una silla con cinturón al centro del cerebro del propio Emilio. El cerebro, sí, muy rico en datos, historia, cultura, música, economía. Pero todo lo vive desde esa silla empotrada donde está bloqueado su alter ego. Y desde ahí también te ve como él te quiere ver, como él quiere que seas, con todas las capas de expectativas cerebrales que no le permiten percibirte ni a ti ni a tu coyote. Coyote solo tuyo. Ni de don Tenorio, ni de Emilio, quien inhala con mocos, tose, con su mano grande hace círculos en el músculo blando de la nariz, rascándose, y luego te dice:
¿Por qué me haces esto, amor?
Fotografía de María Guadalupe, tía de Karol y Evelyn. Fuente: AD Noticias, agosto de 2021.
Doce campanadas son la cuenta para establecer una larga lista de propósitos de Año Nuevo. Cumplirlos toma aún más años en algunos casos, y para la señora Guadalupe ya casi van ocho que ha implorado su único deseo desde el 23 de enero de 2017: encontrar a sus sobrinas Karol y Evelin. Tenían doce y nueve años respectivamente. Mientras se quedaron como eternas niñas en la memoria de la mujer, ella se quedó siempre anhelante, en una búsqueda que se vive infinita.
El destino sería cruel con Guadalupe, quien, con los días de ausencia, pasó de pedir verlas otra vez a solo tener una pista mínima de ellas. “Mi gran dicha sería saber que están vivas”. Lanza la plegaría desde lo profundo de sus ojos hundidos, de los que parecía imposible el encauce de un llanto; sin embargo, de allí brota una lágrima más. “Hay mucha desesperación”.
Nadie podría contradecirla. A sus 63 años, su búsqueda la ha llevado a través de la indiferencia de las autoridades hasta las fosas comunes en las que descansan los marginados sin nombre. Ha recorrido estos valles de desesperanza como un fantasma que vuelve a un pasado inexorable. En su caso, fue una simple visita a una papelería de Chimalhuacán, Estado de México. Así fue como vio a sus sobrinas irse en un camino hacia ningún lugar.
Historias comunes en zonas pobres
Las observas; las reconoces como tus pequeñas, el par de niñas que has cuidado, aunque no las hayas dado a luz. Las miras entusiastas, con ganas de ir a la escuela. Te piden permiso para ir a la papelería, a comprar ¿colores?, ¿monografías? En primera instancia, te preocupa el dinero para darles. Vender ropa de segunda mano es insuficiente para mantener a dos niñas.
La pobreza te asfixia más con cada año que pasa. Tu familia es considerada de escasos recursos, al igual que muchas en este municipio. Y como a otras, los peligros acechan en cada paso. Sientes un escalofrío de desconfianza al verlas alejarse hacia la papelería. Si hubieras sabido que sería la última vez que estarían frente a ti, las hubieras fundido en un abrazo a ambas en tu corazón.
En lugar de tus brazos, ellas se encontraron a otros extraños dispuestos a arrebatar inocencias. Lo viste tú misma en un video que conseguiste de la cámara de seguridad de un local, a casi un mes tras haber reportado la desaparición de tus sobrinas. En la grabación aparecen dos mujeres; engañaron a las pequeñas para llevarlas lejos de ti. Desaparecen en una frontera inaccesible para ti, hacia un destino más oscuro. Su ausencia es el único rastro que te queda de ellas.
El tiempo apremia, lo sabes. Acudes a la fiscalía de Chimalhuacán para reportar la desaparición. “Se tiene que esperar 48 horas, señora”. No las tienes. Decides sacar copias de las fotos de las niñas para ponerlas en pequeños carteles, debajo de una pregunta que nunca deseaste hacer a nadie: “¿Las has visto?”.
Fue en ese punto en el que tuviste tu primer encuentro con la desesperación, un huésped que mata la esperanza hasta dejarte con un nudo en la garganta. Su voz fría te recuerda que necesitas más dinero del cual careces para pagar volantes y una lona con la alerta Amber de tus sobrinas. Su abrazo te envuelve con frustración. Por desgracia, el visitante sería recurrente.
Te alivia un poco saber que el señor de la lona te la dejó a pagos. El principal problema son las autoridades y su falta de disposición, ni siquiera te toman en serio. Estás sola en la búsqueda, tu otra sobrina ya no puede acompañarte a la fiscalía por falta de recursos. La desaparición también se llevó tu salud. Cada día te acercas a la ruina y sabes que te derrumbarás pronto.
La deriva te lleva a un grupo de mujeres con playeras moradas y un mensaje que expresa lo que deseas para tus sobrinas. El lema te cae como refugio: “Nos queremos vivas Neza”. Con ellas, escuchas experiencias similares a la tuya y te ofrecen apoyo.
Elsa Arista ha estado en la asamblea de la colectiva durante siete años. Cuando habla de lo que sucedió con Karol y Evelin, el pesar de su mirada se vuelve nada ante la impotencia y la furia que escapan de su voz firme. “Son historias que, desafortunadamente, son comunes en zonas pobres”.
Un punto de encuentro tras las desapariciones
Desde el 23 de enero de 2017 al 21 de diciembre de 2024, se contabilizan 637 mujeres desaparecidas, no localizadas y localizadas en Chimalhuacán. Respecto al Estado de México entero, hay 6 mil 837 personas desaparecidas y no localizadas, de las cuales 6 mil 638 parece que la tierra las ha devorado, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO).
En cuanto al número de personas desaparecidas, no localizadas y localizadas en el Estado de México, suman 3 mil 214 niñas y adolescentes de entre cinco y catorce años que han sido reportadas como desaparecidas desde el día en que Guadalupe vio por última vez a sus niñas. Los rostros de Karol y Evelin conforman este mar de ausencia en expansión.
Elisa Artista ha pertenecido a “Nos queremos vivas Neza” desde hace siete años. Es activista y dentro de su colectiva ha sido la mujer de las mil profesiones: abogada, historiadora, asesora jurídica y hasta ha brindado acompañamiento a víctimas y familiares de personas desaparecidas, entre ellas, la señora Guadalupe.
En su mirada hay un contraste entre la esperanza y la desilusión más allá de lo humano. Lo único que puede verbalizar, lo que desbordan sus ojos, es un logro a cuestas: “Ha sido difícil hacer valer los derechos de la mujer. Ha sido difícil que en México trascendiera”.
En su experiencia, los principales obstáculos para encontrar a un familiar desaparecido y acceder a la justicia tras una vejación es la apatía de las autoridades. “No quieren hacerlo. Normalizan la violencia machista y no ven a las mujeres como sujetos de derecho”. Incluso menciona que ha escuchado en más de una ocasión una excusa para comenzar la revictimización: “Están exagerando”.
Esa actitud es constante en el caso de Karol y Evelin. Las autoridades nunca prestaron la atención requerida. La indiferencia es el único saludo que Guadalupe recibe, incluso por parte del padre de una de ellas. “No se enojó ni nada. Sospechamos que él se las llevó para entregárselas a alguien más o las tiene trabajando”, explica con pesadez en su voz.
Con un inesperado atisbo de negación, complementa su hipótesis acerca de sus sobrinas: “No hay rastro de que las hayan matado, pero sí podrían ser víctimas de trata, o el papá las vendió”. Sin esperanza y sin resignación, la mujer intenta explicarse qué podría haber pasado con ellas para tener algo además de preguntas sin respuesta.
Aquella sensación de extravío se extiende hasta las entrañas de Guadalupe. “Me sentí muy mal. Me enfermé, estaba deshecha”. Sus palabras conforman un llanto que se asemeja más a un reclamo. “Estaba perdida, caí en coma. Estuve a punto de morir. Me recuperé, pero perdí la vista de un ojo temporalmente”.
En sus momentos de extrema necesidad, la colectiva la apoyó para que recobrara la energía y reanudara su búsqueda. “Me daba ánimo para seguir adelante, feliz de saber que no estoy sola”. De forma inesperada, el naufragio en el que Guadalupe vivía se convirtió en un punto de encuentro con otros familiares de personas desaparecidas. Un epicentro de resistencia junto a las activistas de “Vivas nos queremos Neza”.
Sin embargo, el mayor impedimento en la búsqueda es la pobreza; la mujer carece de los medios para acudir a las fiscalías y a las morgues. Acude a estos lugares a pie en trayectos que duran horas. Elisa está convencida de que ser pobre es una condena a la injusticia. En su experiencia, cada que sucede un crimen, las personas de escasos recursos suelen ser ignoradas. “Se criminaliza la precariedad”.
Enojo, impotencia, rabia
“Vivas nos queremos Neza” es una colectiva de apoyo jurídico y psicológico dirigido a víctimas de violencia de género y personas con familiares desaparecidos. Elisa considera que son el primer filtro al que acude la gente para exigir justicia. Conoce las respuestas más comunes en este proceso: “Se fue con el novio, se fue porque quiso”.
La pusilanimidad de las autoridades desencadena un ciclo de emociones que consumen los días de Elisa. Las evoca con una abnegación propia de una penitente al rezar. Son las mismas oraciones que se han pronunciado entre quienes buscan los restos de sus desaparecidos y conforman una procesión sin quererlo: “Enojo, impotencia, rabia”.
Elisa vive con el dolor que comparten las madres buscadoras y familiares de víctimas de feminicidio. La penuria se exacerba con la desestimación característica de la impunidad. Se puede leer que ha tenido decepciones y victorias en las líneas de expresión en su rostro.
El caso Ana María: la quemaron viva en su casa por las torres de Chimalhuacán. Otra zona de escasos recursos. “Vivía en una casa de cartón. Iba a irse a una fosa común por su situación económica. Su papá no tenía los documentos para probar que era su hija. Merecía una muerte digna”.
Ha vivido algunos episodios de éxito. El ardor también lo comparte Elisa, quien espera llegar a más mujeres víctimas de violencia. “Somos una opción para mujeres violentadas. Es un proceso que se ha ganado desde las redes sociales”. El fruto de su esfuerzo se materializa con amor. En “Juntas comemos, juntas florecemos”, una campaña para ayudar económicamente a las mujeres, ha visto cuán lejos pueden llegar con apoyo.
El punto culminante fue el caso de Diana Velázquez en 2017; provocó tal indignación que desbordó las calles. “Se logró la primera marcha masiva en Chimalhuacán. Fue un feminicidio que generó reacción en la comunidad. La mamá, la señora Lidia, se empoderó”.
Durante ese mismo año participó de forma activa en la búsqueda de Karol y Evelin. “Hace tres años tuvimos que obligar a las autoridades a realizar el retrato hablado de cómo lucirían en la actualidad”. La principal exigencia para continuar es el estatuto de “víctima” para la señora Guadalupe. Debido a esta omisión, las autoridades se deslindan de otorgar recursos económicos para impulsar la búsqueda.
En la actualidad, la investigación permanece sin avances. “No hay rastro. Dijeron (las autoridades) que iba a revisar, pero no hay ningún dato”, menciona Elisa la situación que ha enfrentado Guadalupe. Explicó lo que la mujer prefiere callar antes de contemplar la posibilidad que sus sobrinas se hayan esfumado hacia un no lugar más allá de la vida y la muerte.
Pasos entre las fosas comunes hacia la esperanza
—Tienes que llevar el fuego.
—¿Dónde está? Yo no sé donde está el fuego.
—Sí sabes. Está en tu interior.
La carretera (2006), Cormac McCarthy
Guadalupe nunca olvidará la última noticia que tuvo de la investigación sobre sus sobrinas. Podría describirse como un cielo oscuro sin estrellas. Faltaban registros de defunción, pero las autoridades llamaron a la mujer a reconocer cadáveres a una fosa común de Tlalnepantla.
Una vez más, Guadalupe tomó su fiel par de zapatos que guardan mil historias. Con ellos se ha sostenido en las calles mientras grita consignas de justicia; la han llevado a los edificios lujosos de las fiscalías; y con ellos ha pisado los campos desolados en los que se cosecha muerte y se espera encontrar lo que alguna vez fue un ser amado.
En la mayoría de las ocasiones lo hacía acompañada, pero esta vez iría sola. Su otra sobrina se quedó atrás por falta de dinero. El corazón debilitado por la enfermedad aún late, aunque es difícil determinar si es por el miedo de lo que encontrará en Tlalnepantla o la expectativa de hallar una respuesta que le dé paz.
El tiempo de traslado fue tortuoso, como lo han sido los anteriores. Entre la luz mortecina de aquel lugar, el caminar se vuelve frágil, con piernas temblorosas que se sobreponen una delante de la otra para evitar perder el equilibrio. Los pasos conducen a Guadalupe hacia un recuerdo que enciende su corazón.
También son pisadas, solo que diminutas e igual de torpes. Es una niña de cinco años, apenas en pie, la que llega a casa de Guadalupe por su propia cuenta. Sin hablar, sabe cómo expresar que necesita de alguien. Un par de miradas son suficientes para tomar la decisión de abrazarla como si fuera tuya. “Llegó sola conmigo desde que era bebé. La metí a la escuela”. Su nombre es Evelin.
La pequeña Evelin crecería con una hermana. En esa casa ya vivía Karol Guadalupe. “Su madre murió y me la dejó porque no quería que su padre hiciera cosas malas con ella, como ponerla a trabajar o abusarla. Crié a mi Lupita”, cuenta Guadalupe. Con los escasos medios para adoptarla, eligió hacerse cargo de ella. Tres años después, llegó Evelin. De pronto, la mujer tenía dos hijas por decisión, por amor.
Retroceder era impensable para Guadalupe, estaba convencida que esas niñas estudiarían. Quería para ellas un futuro más allá de los tianguis de segunda mano y las jornadas desesperadas en las que debían pepenar para traer algo a casa. “Yo compraba todo lo que necesitaban para ir a la escuela, las ayudaba con las tareas. Cada Día de Reyes, les regalaba ropa”.
Ellas eran su garantía de un mejor final para una vida que comenzó con abandono. Si ellas no eran esperanza, significa que nunca existió tal cosa. Había grandes sueños para las chicas. “Querían salir adelante. La más pequeña quería crecer para cuidar a su papá. La otra niña quería ser modista y seguir estudiando”, Guadalupe mencionó las aspiraciones que ellas dirían de estar a su lado.
Ella solo tenía un deseo. Lo soltó en un llanto fundido entre la ilusión y el desespero al encontrarse ante un abismo. “Mi gran dicha sería verlas hechas unas señoritas, verlas crecer y prepararse”. Años después, ese sueño quedaría muy lejos, al final de una fosa común en Tlalnepantla.
Tras buscar, el hallazgo sería el mismo que el de hace años: ausencia. “No había nada”. La frialdad con la que comunicó la última noticia de las autoridades proviene desde lo profundo de su impotencia. De un momento a otro, una chispa de esperanza provocó un incendio dentro de ella.
“Yo quiero que las autoridades me ayuden porque es una desaparición. Que no nos hagan menos”, en su rostro se deslizaba una lágrima que la avivaría aún más. “Hay mucha desesperación para mí y otros que tienen seres queridos desaparecidos”. Ese llanto dejó de ser un río. Laceraba y surgió envuelto en llamas. Guadalupe encontró el fuego en su interior que la hizo cuidar de sus niñas, y que la impulsaría hasta encontrarlas.
En este último texto del año, me gustaría ofrecer a nuestros lectores un esbozo histórico-biográfico de un personaje imprescindible y símbolo de la lucha y resistencia en el complejo problema entre Israel y Palestina.
Mohammed Abdel Rahman Abdel Raouf Arafat al-Qudwa al-Husseini, también conocido como Yasser Arafat (1929-2004), a pesar de no tener orígenes palestinos, hizo suya la causa de este grupo en premuras constantes desde hace más de setenta años; ello, ante vecinos locales, regionales y mundiales que poco o nada han hecho para solucionar sus objetivos políticos de manera pacífica.
Por lo tanto, a veinte años de la muerte de Yasser Arafat, quisiera en primer lugar asentar ciertos elementos políticos que detonaron el conflicto general entre Israel y Palestina, el cual atraería su atención para resolverlo, en primera instancia, en términos bélicos durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX. Ante los desarrollos internacionales al fin de la Guerra Fría y un desgastado combate por la liberación de Palestina, tuvo que buscar una salida concertada con el gobierno israelí.
Finalmente, en el tercer apartado, expondré cuáles fueron las condiciones que hicieron fracasar de manera parcial dichos acuerdos bilaterales, y el trágico destino de Palestina luego de la muerte de Arafat; para concluir con una serie de reflexiones respecto al futuro de este particular, pero no único fenómeno desprendido de la Guerra Fría, que, como lo hemos visto a lo largo de los textos expuestos este año, sigue teniendo reverberaciones mundiales considerables.
Arafat antes del liderazgo palestino: 1947-1968
Previo a la entrada de Arafat como líder del movimiento político de liberación palestina, dos eventos marcaron la historia del Medio Oriente, los cuales, hasta nuestros días, siguen teniendo efectos nocivos en la región por la arbitrariedad de su planeación, la poca disposición de resolver conflictos territoriales por parte de los Estados recién formados, pero, sobre todo, por la necesidad estadounidense de generar un enclave estatal aliado incondicional en la región: Israel.
El primero de estos eventos es la primera Guerra Árabe-Israelí entre mayo de 1948 y marzo de 1949, en la cual Israel cimentaba su existencia estatal y control sobre la totalidad de su territorio actual, mientras que las regiones de Cisjordania y Gaza quedaban bajo control administrativo de Jordania y Egipto respectivamente. Sin embargo, el gran perdedor del conflicto sería el pueblo palestino, pues ellos no lograron generar un Estado independiente como Israel. Además, cientos de miles de refugiados palestinos serían expulsados de zonas israelíes a zonas de control árabe.
Por lo tanto, no es extraño que, en el imaginario colectivo palestino, este evento sea referido como la Nakba o Catástrofe: el proceso de desplazamiento y limpieza étnica durante la primera Guerra Árabe-Israelí de 1948 en el que miles de palestinos fueron expulsados, despojados de pertenencias y territorios e incluso asesinados por sus fuerzas estatales. No solamente los refugiados se trasladaron fuera de una región, en la que habían habitado y coexistido con otras poblaciones por siglos durante los dominios otomano y británico (siglos XVI-XX), sino que tuvieron que migrar a otros países de la zona.
Algunos de estos personajes rechazarían la pérdida total de su territorio natal y, a partir de ese fundamental objetivo, crearían la organización política Fatah, fundada en 1959 por profesionales residentes en Kuwait y otros Estados del Golfo Pérsico. Este grupo político sería el primer escalón hacia el liderazgo político y militar palestino de Arafat, ya que, para 1960, comenzaría a participar activamente luego de entablar relaciones con los líderes.1 No obstante, el segundo evento que marcaría su vocación y destino político ocurriría entre el 5 y el 10 de junio de 1967: la Guerra de los Seis Días.
Dicha confrontación entre Israel —ya plenamente sustentado militar y económicamente por Estados Unidos— y, por otro lado, Egipto, Siria y Jordania —apoyados de igual manera por la URSS— escaló las tensiones regionales.2 Estos tres países árabes serían derrotados por tropas israelíes en pocos días y, más allá de ello, perderían el control territorial de Gaza y Cisjordania en Palestina, la región de los Altos del Golán en Siria, y la Península del Sinaí en Egipto.
Lo anterior complicaría más las cosas para el futuro político en Palestina, pues toda vez terminada la guerra, los aparatos militares de los poderes árabes regionales habían sufrido un serio golpe en términos materiales y morales por parte de Israel; pero también se generaba un relativo periodo de estabilidad en la zona y una ventana de oportunidad para que Arafat desplegara por vez primera sus habilidades de negociación con el mundo árabe que había sufrido la derrota militar.
En este sentido, Fatah se uniría en 1967 a la Organización para la Liberación Palestina (OLP) y, dos años después, Arafat sería designado como su representante. Ello no sería por su propia figura o relevancia política en ese entonces, sino por su participación exitosa en la batalla de Karameh el 21 de marzo de 1968 entre fuerzas jordanas y palestinas contra el ejército israelí, que sería expulsado de aquel enclave. Así se aseguraba una reconstrucción moral y de consenso en el mundo árabe posterior a la debacle de 1967 y el aparente infranqueable poderío militar de Israel.3
Adicionalmente, Arafat no solo adquiriría relevancia como figura para unificar de nuevo a los países árabes contra Israel, también se convertiría en el enemigo eterno a erradicar del gobierno de Tel Aviv, al menos hasta el periodo de negociación a principios de los noventa.
Arafat, del líder rebelde al líder negociador: 1968-1993
A partir de 1969, Arafat consideraba que la única solución para la liberación de Palestina era por la vía de las armas. Así lo confirmaban los ataques paramilitares en ese mismo año —que llegarían al punto de 2,432—.4 En años subsecuentes, destacó el empleo de ataques como los de Múnich durante los Juegos Olímpicos de 1972 contra atletas de la delegación israelí, que tendrían como consecuencia la intervención militar de soldados y agentes del Mossad de Israel en Líbano contra líderes de la OLP en 1973. Esto aseguró el asesinato de tres, a excepción de Arafat, quien, una vez más, escapaba de la muerte.5
De manera paralela a dichos eventos, Arafat se encargó de coordinar intereses de los líderes del mundo árabe en contra de Israel para lograr un acuerdo secundario respecto a Palestina por medio de las armas. Con los antecedentes positivos morales de Karameh y la necesaria recuperación territorial de Egipto de la península del Sinaí —elemento fundamental para el control del Canal del Suez—, se gestaba así el tercer y último gran enfrentamiento entre el mundo árabe y el Estado de Israel, la Guerra del Yom Kippur.
Librada entre el 6 y el 25 de octubre de 1973, los primeros días tomaron por sorpresa al gobierno israelí, el cual, de no haber sido por los inmediatos y masivos apoyos económicos y militares de Washington, hubiera inclinado la balanza de la victoria a favor del bando sirio y egipcio. Este último era apoyado por guerrillas de la OLP, comandadas por Arafat, que ayudaron a asegurar el control al este del Canal del Suez.6
Sin embargo, conforme la guerra avanzó y las ganancias territoriales árabes fueron revertidas por Israel, la URSS comenzó a enviar, de igual forma, elementos adicionales de soporte militar a Siria y Egipto, amenazando con prolongar y expandir el conflicto en la zona. Además de esto, gracias a la alianza egipcia con Arabia Saudita, se ejecutaba la primera crisis petrolera de la historia, en la cual una reducción de la producción por Estados árabes elevó el precio de manera considerable, generando serias disrupciones en las economías europeas y estadounidense.7
Afortunadamente, gracias a la negociación entre Washington, Moscú, El Cairo y Tel Aviv, las partes involucradas pudieron lograr un alto al fuego respaldado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Iniciaron diálogos adicionales entre Israel y Egipto, que culminarían con los Acuerdos de Campo David en marzo de 1979, en los que se establecía la paz y el reconocimiento mutuo de ambos Estados, a cambio de la cesión total de la península del Sinaí, y con un apartado adicional relacionado a los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania.
Respecto a este último punto, la OLP jamás fue tomada en cuenta para determinar una resolución concreta sobre la ocupación militar israelí de dichos territorios.8 Esto fue visto no solo por las autoridades palestinas, sino también por demás Estados árabes con una posición negativa respecto a Israel, como una traición a la causa árabe, en general, y palestina, en particular. Con ello, Arafat recibía un fuerte revés respecto a su principal objetivo político.
Aunque los problemas para Arafat y la OLP no terminarían ahí, pues, entre 1982 y 1985, Israel invadió el Líbano, base de operaciones palestinas desde la cual habían orquestado ataques hacia Israel. Toda la estructura de mando y los combatientes tuvieron que trasladarse a Libia; luego, un breve momento a Egipto; y, finalmente, a Túnez, donde permanecerían hasta iniciada la década de los noventa.
Ante una situación cada vez más lejana para administrar la resistencia palestina desde Túnez, Arafat y la OLP corrían el riesgo de ser marginalizados y sustituidos en el liderazgo por un nuevo grupo político: Hamás, el cual surgió en 1987 y sería el responsable de organizar y ejecutar la Primera Intifada o Levantamiento desde aquel año y hasta 1993. Explotando las condiciones de ocupación militar en Gaza y Cisjordania, Hamás desarrolló protestas y violentos enfrentamientos entre civiles palestinos y militares israelíes que tomaron por sorpresa a las autoridades israelíes y a la propia OLP en el exilio.9
Buscando capitalizar y retomar el control del movimiento de independencia, Arafat participó en un congreso en Argelia en 1988, en el que se concretaban los primeros pasos para la normalización de las relaciones con el gobierno Israelí, pero también se generaba un proceso palestino de institucionalización.
En primer lugar, y a partir de una votación favorable encabezada por Arafat, se reconocían las declaraciones 242 y 338 de la ONU, convocando al retiro de tropas israelíes de territorio palestino y un cese al fuego general en el Medio Oriente entre los Estados árabes e Israel. Por otro lado, se encomendó al escritor Mahmoud Darwish la redacción de la Declaración de Independencia Palestina, basada en la resolución de Naciones Unidas 181 de 1947, en la que se creaban ambos Estados. Finalmente, se reconocía la existencia del Estado de Israel, pero también el de Palestina.10
Se tomó aquello como pasos considerables para aceptar el inicio de un nuevo proceso de paz que, desde 1991, con la Conferencia de Madrid, comenzaría a delinear los puntos fundamentales de los Acuerdos de Oslo.
La solución incompleta de Oslo y el ocaso de Arafat: 1993 en adelante
Firmados en su primer conjunto el 13 de septiembre de 1993, bajo los auspicios de la administración estadounidense de William Clinton (1993-2001), no fueron un tratado de paz, como erróneamente se identifica, sino una serie de acuerdos interinos aplicados en un lapso de cinco años, relacionados con la desocupación militar en Gaza y Cisjordania y la creación de una entidad cuasi-estatal, puesto que la autoridad palestina posee ciertas capacidades de gobierno, pero el control territorial, económico, militar, de inteligencia, de servicios básicos y de desplazamiento entre Gaza y Cisjordania se encuentra bajo la voluntad de Israel. Dicha autoridad, poco tiempo después, comenzaría a ejercer funciones bajo el título de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Esta designaría a Yasser Arafat como su presidente entre 1994 y 2004. También se encargaría de administrar algunos asuntos de servicios públicos, impuestos, cultura, turismo y seguridad pública interna por medio de un aparato de seguridad especial.11
Este último elemento relacionado a la seguridad fue clave para la aquiescencia del gobierno israelí a reconocer a Arafat y la OLP como parte imprescindible para resolver el problema, pues, desde el surgimiento de Israel en 1948, la principal preocupación de los grupos ultranacionalistas dentro del gobierno israelí es cualquier tipo de amenaza a la existencia y “seguridad” estatal por parte de los vecinos circundantes y regionales (quienes, hasta la fecha, no reconocen dicho estatus).12 El sionismo, la corriente ideológica ultranacionalista israelí, ha aprovechado el argumento de seguridad para ejercer una política de violencia y represión constante hacia Palestina.
Por otro lado, resulta curioso que Arafat aceptara, además del carácter de aprovechamiento dentro de la coyuntura para recuperar el liderazgo en Palestina, el primer punto de los acuerdos de Oslo, en 1993, relacionado a la creación de la ANP. Esta no correspondía de manera recíproca al reconocimiento que la OLP había hecho de Israel como Estado pleno y que, desde los inicios de la lucha, él mismo expresó como la condición última de la lucha palestina.13
En septiembre 1995, se firmó otro grupo de acuerdos relacionados a la administración política y de seguridad de Cisjordania a partir de tres zonas de influencia. Para ese entonces, Cisjordania, al igual que Gaza, ya contaba con presencia de asentamientos israelíes. Complementario a dicho asunto, se establecía una ronda final de diálogos para continuar el proceso de paz en el verano de 1999.14
Otra serie de eventos descarrilaría aún más el proceso de paz, de los cuales considero que destacan los siguientes:
En primer lugar, el asesinato del Primer Ministro Israelí Yitzhak Rabin el 4 de noviembre de 1995 por un compatriota ultranacionalista. Esto demostraba un creciente rechazo a los acuerdos para establecer una paz permanente con Palestina, y eventualmente resultaría en gobiernos de orientación política más rígida al respecto, como el de Benjamín Netanyahu (1996-1999) y Ariel Sharon (2001-2006).15
En segundo lugar, el inicio de la Segunda Intifada entre 2000 y 2002 reiniciaría la espiral de violencia entre las poblaciones palestinas y las fuerzas de seguridad israelíes, causada por la falta de cumplimiento de mantenerse dentro del margen del proceso de paz, pero también alimentado por la inestabilidad política interna de Palestina, que Arafat no pudo realmente administrar de manera adecuada. Aquel brote de violencia puso a prueba los sistemas de seguridad pública palestina que, dado el poco nivel de institucionalización y la cantidad de participantes involucrados en el trágico evento,16 mostraron ser insuficientes.17
Y, en tercer lugar, independientemente de las distintas narrativas para encontrar responsables del fallo en los Acuerdos de Oslo, —sea la negativa de Arafat para concluir el proceso de paz; el advenimiento de gobiernos opuestos a los acuerdos, como los mencionados en el primer punto; o el surgimiento de movimientos extremistas—, la realidad política Palestina bajo el gobierno de la ANP. Arafat y su círculo político más cercano formaban parte de esta realidad política, donde hubo, desde su establecimiento en 1993 hasta el estallido de la Segunda Intifada, numerosos casos de corrupción,18 malversación de fondos y un bajo desarrollo de servicios y oportunidades para la población.19
La respuesta de Israel ante este nuevo episodio fue de total endurecimiento del control sobre los territorios palestinos. Se construyó una muralla de seguridad alrededor de Cisjordania; Gaza fue, una vez más, devastada por ataques militares israelíes; el complejo administrativo en Ramallah, desde el cual gobernaba Arafat, sería cercado por soldados entre 2002 y 2004.20 Aquel personaje tuvo que huir una vez más, pero, en esta ocasión, por razones de salud. Aunque ya no conseguiría los escapes de antaño, moriría el 11 de noviembre de 2004, a los 75 años de edad, en un hospital de París.
Mahmoud Abbas, el sucesor de Arafat al frente de la ANP, tendría una tarea importante que cumplir: restablecer la paz en los territorios palestinos y lograr una independencia política efectiva. Hasta el día de hoy, el grupo Hamás y el gobierno de Abbas se encuentran divididos respecto a los caminos para cumplir aquel propósito. La ANP ha decidido enfocarse en cuestiones institucionales. Hamás, además de adquirir relevancia política casi total en Gaza, ha tomado las armas.
Conclusión: más allá de Arafat, el futuro de Palestina
Yasser Arafat sin duda resultó ser un líder idóneo para mantener el movimiento de liberación Palestina, con aliados regionales y mundiales durante más de cuarenta años, por medio de la negociación activa y la explotación de las oportunidades del más amplio conflicto entre Israel y el mundo árabe desde 1948. También fue un rebelde de novela al escapar los constantes ataques e intentos de asesinato por parte del gobierno israelí, lo cual contribuyó en buena manera a que asumiera un estatus cuasi legendario para la causa independentista general.
Sin embargo, los verdaderos problemas surgieron —como en el caso de muchos revolucionarios profesionales creados y manifestados intensamente durante la Guerra Fría— una vez que la lucha parecía terminada. El proceso de paz e institucionalización era preciso para concretar los sacrificios hechos por tanto tiempo. Las condiciones políticas externas, internas, y de la propia personalidad inestable y siempre en movimiento de Arafat, contribuyeron en parte a que la lucha no pudiera cristalizarse.
Y, como efecto de lo anterior, aconteció un movimiento pendular que ya no pudo observar Arafat porque ya había muerto. Este es el triste recrudecimiento de la violencia para el caso de Gaza, para el bienestar de la población en asedio constante desde hace más de medio siglo. Ante ello, resulta difícil poder escribir algo positivo sobre el futuro del conflicto entre Israel y Palestina, sobre todo dados los recientes acontecimientos que parecen haber neutralizado cualquier posibilidad próxima de negociación. El único punto a considerar ahora es el total cese al fuego en Gaza.
Después de que aquello se cumpla, Hamás tendrá que decidir si desea enfrentar hasta el último combatiente a Israel o si prefiere entablar una negociación.
Fuentes consultadas
Abu Sharif, Bassam, Arafat and the dream of Palestine, Palgrave Macmillan, Estados Unidos, 2009.
Bunton, Martin, The Palestinian-Israeli Conflict: A Very Short Introduction, Oxford University Press, Reino Unido, 2013.
Catherwood, Christopher, A brief history of the Middle East, Carroll & Graf Publishers, Estados Unidos, 2006.
Dunning, Tristan, Palestine: Past and Present, Nova Science Publishers, Estados Unidos, 2019.
Karsh, Efraim, Arafat’s war: the man and his battle for Israeli conquest, Grove Press, Estados Unidos y Canadá, 2003.
Klein, Menachem, Arafat and Abbas: Portraits of Leadership in a State postponed, Oxford University Press, Estados Unidos, 2019.
Lia, Brynjiar, Building Arafat’s Police: The Politics of International Police Assistance in the Palestinian Territories after the Oslo Agreement, Ithaca Press, Reino Unido, 2007.
Rubin, Barry y Colp Rubin, Judith, Yasir Arafat: A Political Biography, Oxford University Press, 2005.
Scott-Baumann, Michael, The Shortest History of Israel and Palestine: From Zionism to Intifadas and the Struggle for Peace, The Experiment, Estados Unidos, 2021.
Sinivier, Asaf, Ed., Routledge companion to The Israeli-Palestinian Conflict, Routledge, Estados Unidos y Reino Unido, 2023.
Waxman, Dov, The Israeli-Palestinian conflict: what everyone needs to know, Oxford University Press, Estados Unidos, 2019.